MARÍA DE NAZARET
La fe como disponibilidad absoluta a los planes de Dios.
El ángel Gabriel le presenta a María de parte de Dios el encargo de ser la madre del Señor.
María, en actitud de abandono, acepta la propuesta. Aparentemente todo es pasividad. En
realidad, es fidelidad. La fe de María consiste en la afirmación incondicional a la voluntad
del Padre. Como esclava, su voluntad la entrega al Señor. A él le corresponde tomar las
iniciativas y a ella ejecutarlas con fidelidad y disponibilidad absolutas.
La llamada: “Has encontrado gracia ante Dios” (Lc 1,30)
María tendría unos 15 años cuando experimentó un encuentro decisivo con Dios. Vivía en
Nazaret. Era virgen desposada cuando tuvo esta experiencia religiosa. Ningún otro encuentro
interpersonal ha tenido tanta importancia y trascendencia como éste de María con Dios.
El ángel se acerca a María y le propone de parte de Dios si acepta ser la madre del Verbo
que quiere hacerse hombre para salvar a la humanidad. S. Bernardo presenta la creación
entera en trance de expectación, conteniendo el aliento para oír la respuesta de María: “Di
que sí, le dicen los montes, los mares, el viento, los hombres y todo ser viviente; di que sí,
pues de tu sí depende la salvación”.
Es significativo que en su saludo el ángel omita el nombre pro- pio de María. El saludo del
ángel lo podemos traducir como repleta de gracia o encantadora. Significa que Dios encontró
en María un encanto o simpatía muy especial. Por eso se le comunica que “el Señor está con
ella”, expresión bíblica que indica una asistencia extraordinaria de parte de Dios.
Primeramente se le anuncia que será madre del Mesías. Ese había sido el sueño dorado de
toda mujer en Israel, particularmente desde los días de Samuel. Ante este anuncio ella quedó
extrañada y emocionada. Pero la extrañeza de María debió ser mucho mayor todavía con la
Testimonio de grandes segunda notificación: que dicha maternidad mesiánica se consumaría sin participación
creyentes humana, de una manera prodigiosa. Se trascendería todo el proceso biológico y
brotaría una creación original y directa de las manos del Omnipotente, para quien
todo es posible (Lc 1,37)
La prueba: ¿”Cómo será eso pues no conozco a varón”?
Hay que entender la “situación vital” de María en el momento de la anunciación. María,
joven inteligente y reflexiva, midió exactamente su enorme responsabilidad. Delante de ella
se levantaba, alta como una muralla, una responsabilidad histórica. Y delante de la muralla
estaba ella solitaria e indefensa. Se le había hecho una pregunta y ella tenía que responder.
Según cómo sea su respuesta, se desequilibrará la normalidad de su vida; ella lo sabe. Si la
joven responde que no, su vida transcurrirá tranquilamente, sus hijos crecerán, vendrán los
nietos y su vida acabará normalmente en el perímetro de las montañas de Nazaret.
Si la respuesta es afirmativa, arrastrará consigo serias implicaciones, se desencadenará un
verdadero caos sobre la normalidad de una existencia ordenada y tranquila. Tener un hijo
antes de casarse implica para ella el libelo de divorcio de parte de José, ser apedreada por
adúltera, quedar socialmente marginada y quedar estigmatizada con la palabra más ofensiva
para una mujer en aquellos tiempos: harufá (la violada).
Además, más allá de las consideraciones humanas y sociales, ser madre del Mesías
implicaba ella lo sabía entrar en el círculo de una tempestad.
Una nube de dudas y preguntas se habría cernido sobre la joven.
¡Sin participación humana! Jamás aconteció cosa semejante. ¿Será posible? Nadie puede
enterarse de esto; yo sola con el secreto en el corazón. Y si la noticia se divulgara nadie la
podría acreditar ni aceptar, van a decir que estoy loca, cuando José se entere, ¿qué dirá?
¡Dios mío! ¿Qué hago? ¿Qué respondo?
La respuesta de fe: “Soy una sierva del Señor; hágase en mí según su palabra” (Lc 1, 38)
María, como adulta en la fe, por encima de todas las perplejidades y preguntas y, llena de
paz, humildad y dulzura, confía y se entrega: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi
según su palabra” (Lc 1,38). María manifiesta una tremenda confianza, un abandono audaz y
temerario en las manos del Padre, pase lo que pase, aceptando todo los riesgos. María se
expone al riesgo, y da el sí de su vida sin otro motivo que su fe y su amor. Si la fe se
caracteriza, precisamente, por la decisión arriesgada y la soledad bajo la carga impuesta por
Dios, la fe de María fue única. Ella es el prototipo del creyente. “Con su hágase, la Señora
decía de hecho amén a la noche de Belén sin casa, sin cuna, sin matrona –aunque ella no
tuviera conciencia explícita de esos detalles-, amén a la fuga de un Egipto desconocido y
hostil, amén al silencio de Dios durante treinta años, amén a la hostilidad de los sanedritas,
amén cuando las fuerzas políticas, religiosas y militares arrastraron a Jesús al torrente de la
crucifixión y de la muerte, amén a todo cuanto el Padre disponga o permita y que ella no
pueda mudar” (I. Larrañaga, El silencio de María, 77)
Para la reflexión personal y en grupo:
Textos fundamentales: Lc 1, 26-38; 2, 1-51; 23, 1-56
1. ¿Estás dispuesto a decir “hágase” como María, te agrade o no lo que Dios tiene
previsto para ti?
2. ¿Qué nos enseña la fe de María?
3. En resumen: ¿Qué mensaje darían como GRUPO a los demás compañeros de la
persona de Abraham?