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Resumen - Beatriz Sarlo - Cabezas Rapadas y Cintas Argentinas"

El documento resume el capítulo "Cabezas rapadas y cintas argentinas" del libro de Beatriz Sarlo sobre la historia de Rosa del Río, una maestra hija de inmigrantes en la Argentina del siglo XX. Relata cómo Rosa se convirtió en directora de una escuela en un barrio pobre y tomó medidas como rapar las cabezas de los niños para combatir los piojos, así como distribuir moños y cintas con los colores de la bandera argentina en el desfile del 25 de mayo para enseñar patriotismo

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Resumen - Beatriz Sarlo - Cabezas Rapadas y Cintas Argentinas"

El documento resume el capítulo "Cabezas rapadas y cintas argentinas" del libro de Beatriz Sarlo sobre la historia de Rosa del Río, una maestra hija de inmigrantes en la Argentina del siglo XX. Relata cómo Rosa se convirtió en directora de una escuela en un barrio pobre y tomó medidas como rapar las cabezas de los niños para combatir los piojos, así como distribuir moños y cintas con los colores de la bandera argentina en el desfile del 25 de mayo para enseñar patriotismo

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RESUMEN DEL TEXTO DE BEATRIZ SARLO

“CABEZAS RAPADAS Y CINTAS ARGENTINAS”


Disponible en : Sarlo, Beatriz:“Cabezas rapadas y cintas argentinas”, de La máquina cultural.
Maestras, traductores y vanguardistas, Buenos Aires, Ariel, 1999

Beatriz Sarlo (1999), en su libro La máquina cultural desarrolla en el primer capítulo, bajo el
título de “Cabezas rapadas y cintas argentinas”, relata la historia de de una maestra, Rosa del
Río. Una joven docente hija de inmigrantes, de padre gallego y madre italiana, que pudo asistir
a la escuela y después se formó como Normalista gracias a una beca.

“Queridos niños, ¿Sabéis lo que es la escuela?...” “La escuela es la gran antorcha colocada en
medio de las tinieblas de la ignorancia; en su recinto están los maestros, apóstoles de la
ciencia, encargados de reunir en torno de ellos a los niños para disipar, con la luz de la verdad,
las sombras que oscurecen las inteligencias sin cultivo, y enseñarles a distinguir el bien del
mal” (Pág.19)

Rosa del Río narra que antes de entrar a la Escuela Normal, era una “salvaje” que picaba
solapas y trataba de conseguir la mayor cantidad de comida posible en la mesa y en la cocina.
Al ingresar su mundo se abrió, porque algunos de sus profesores eran distinguidos señores
que hablaban muy bien y recitaban poesías.

“La influencia de la educación perfecciona los dotes naturales y corrige casi siempre los vicios
y defectos, que sin ella se trasnmitirian por herencia de generación en generación” “Los fines
de la escuela Primaria : el fin individual, práctico para la felicidad y el progreso del hombre; el
nacional para que hagan conocer la patria y perpetuar sus glorias”1(Pág.22)

Rosa se consideraba una maestra muy moderna, desde que estaba en la escuela lo había
pensado así. Para ella, la lectura no fue una vocación sino una necesidad, la radio no existía
y las revistas eran costosas, en su labor le daba importancia fundamental a leer.

Al terminar la Escuela Normal, consiguió su primer trabajo como maestra en la escuela donde
había hecho la primaria. En 1921 llegó a ser directora de una escuela humilde en un barrio
pobre, la Escuelita de la calle Olaya.

1
Informe de la Escuela Normal de Maestras de la Capital al Ministro de Justicia e Instrucción Pública
de 1900
La Escuelita de Olaya, pertenecía al distrito escolar 7 : dos casas simétricas con treinta metros
de fondo, cinco ventanas a la calle y una puerta en cada extremo de los lotes; al lado, una
casa igual, que funcionaba como inquilinato.

Inicialmente eran 5 grados, pero dos años después estaban todos los grados completos, con
15 maestras, dos vicerrectores y profesores de música y dibujo. Para ella, los chicos a los que
iba a dar clase llegaban “salvajes” como cuando ella inició.

Su lucha diaria no era sólo contra el analfabetismo y la ignorancia, sino también contra
muchos males productos de la pobreza: Aquel barrio era muy pobre, con muchas familias que
vivían en conventillos, casas de inquilinato con pasillos largos, habitaciones que daban a
patios estrechos, lugares sin luz donde se comía, se cocinaba, se trabajaba, se dormía, baños
comunes y cocinas de braseros en las puertas de las habitaciones.

“..llegué y el primer día de clase vi a las madres de los chicos, analfabetas, muchas vestidas
casi como campesinas [...] Algunas no hablaban el español, eran “ignorantes” y se las notaba
nerviosas porque seguramente era la primera vez que salían para ir a un lugar público
argentino, a un lugar importante donde se les pedía datos sobre los chicos y papeles. [...] Los
chicos no parecían muy limpios con el pelo pegoteado, los cuellos sucios, las uñas negras.
Yo me dije, esta escuela se me va a llenar de piojos. Lo primero que hay que enseñarles a
estos chicos es higiene...” (Pág.53).

Ante la amenaza de los piojos, la solución inmediata a la que recurre Rosa, consiste en
contratar un peluquero del barrio para que rapara todas las cabezas de los alumnos varones
durante el recreo. A las niñas se les deshizo las trenzas y se las instruyó sobre la necesidad
del lavado y peinado diario y el uso del peine fino. Si al día siguiente alguna madre fuera a
pedir cuenta de lo que había hecho, Rosa haría uso de la autoridad que según ella tenía, no
sólo desde su condición de directora sino, por sobre todo, por su condición de mujer instruida,
y se limitaría a decirles que el lavado de cabeza cotidiano no era perjudicial y que de allí en
adelante los cabellos cortos o prolijamente trenzados constituían un requisito indispensable
para la presentación de los alumnos, “... ni esas madres ni esos chicos sabían nada de higiene
y la escuela era el único lugar donde podrían aprender algo...” (Pág.54).

En 1920 se había celebrado el centenario de la muerte de Belgrano, y en cada escuela se había


hecho el juramento a la bandera. Se realizó un desfile de alumnos hasta la plaza de Mayo. A
los dos años, Rosa propuso hacer algo distintivo y compró varios metros de Taffetas blanca
y celeste para elaborar vinchas para las niñas y moños para el cuello de los varones. Los
empaco en dos cajas, en la de los moños había una inscripción “El ave ama su nido, el león
su cueva, el salvaje su rancho y su bosque; el hombre civilizado a su patria” y en la caja de las
vinchas “Quien contemple una vez a la bandera, argentino o extranjero, la admira y quiere
como yo” ; Fueron usados en el desfile de cada 25 de Mayo.

Epílogo ¿Un robot estatal?

Sarlo expone que hay dos hechos distinguidos, el primero es sobre el rapado de las cabezas
y el segundo el colorido estético, de los moños y vinchas del desfile del 25 de Mayo que usaron
los alumnos de la escuela.

Ambos están unidos por un imaginario educativo implantado por el normalismo : La escuela
debería enseñar lo que no se aprende en casa, en este caso el aseo personal, vinculado con
un ordenamiento programado de los cuerpos y un ideal de respetabilidad cultural y la otra, el
patriotismo como núcleo de identificación colectiva que instala a los sujetos en una escena
social.

La escuela pública llenaba un supuesto vacío simbólico proporcionando todos los elementos
culturales valorables.

Al respecto, Sarlo sostiene que hay : “La 'gran escena' de las cabezas rapadas puede ser leída
en términos de la realización práctica de un bloque sólido de ideas y prejuicios: racismo,
higienismo autoritario, ausencia de todo respeto por la integridad y privacidad de los alumnos
que el Estado y las familias le habían confiado esa misma mañana del primer día de clases”.

Sarlo desarrolla que, a partir de la historia de Rosa, la escuela se instaura como una “máquina
de imposición de identidades”, pero que también contenía “la promesa de condiciones de vida
más ricas, tanto desde los aspectos simbólicos como de los materiales”.

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