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Micro Rre Latos

Este documento presenta una colección de microrrelatos de diferentes autores. Los relatos tratan temas como la confusión, el amor, la muerte, la fantasía y la condición humana. La mayoría son muy breves, contados en pocas oraciones o párrafos.
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Micro Rre Latos

Este documento presenta una colección de microrrelatos de diferentes autores. Los relatos tratan temas como la confusión, el amor, la muerte, la fantasía y la condición humana. La mayoría son muy breves, contados en pocas oraciones o párrafos.
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MICRORRELATOS

El espejo chino

Un campesino chino se fue a la ciudad para vender la cosecha de arroz y su mujer le pidió que no se olvidase
de traerle un peine.
Después de vender su arroz en la ciudad, el campesino se reunió con unos compañeros, y bebieron y lo
celebraron largamente. Después, un poco confuso, en el momento de regresar, se acordó de que su mujer le
había pedido algo, pero ¿qué era? No lo podía recordar. Entonces compró en una tienda para mujeres lo
primero que le llamó la atención: un espejo. Y regresó al pueblo.
Entregó el regalo a su mujer y se marchó a trabajar sus campos. La mujer se miró en el espejo y comenzó a
llorar desconsoladamente. La madre le preguntó la razón de aquellas lágrimas.
La mujer le dio el espejo y le dijo:
-Mi marido ha traído a otra mujer, joven y hermosa.
La madre cogió el espejo, lo miró y le dijo a su hija:
-No tienes de qué preocuparte, es una vieja.
Anónimo

Hablaba y hablaba, de Max-Aub

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer
de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde
estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla
por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además, hubiese sido muy capaz de echarme mal de
ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que
se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

La extranjera

Se han apoyado en la baranda del faro. Han llegado hasta aquí sin miedo.
Atraídos por el amor al vértigo. Guiados por una flecha insolente de la noche. Ella mira hacia abajo. El mar la
deslumbra. Olas hinchadas como venas patean su rabia contra la muralla de rocas. Él le pide: Ámame.
Ella no responde. Es joven y cierra los ojos como si estuviera viviendo muchas muertes. Ella teme saltar. Él le
reclama: Bésame. La luz del faro indaga por las cosas perdidas y los encuentra a ellos. Amantes de las
sombras son el blanco del silencio. Ella quiere saltar porque en su garganta tiene un nudo de reproches.
Como él no pregunta, tampoco ella le responde. Su pasado es un mapa deshecho. Viene de un país hundido.
No resulta fácil decir lo que se piensa. Y ella piensa demasiado. Ahora abre los ojos para ver el naufragio de
su alma. Él la abraza como si quisiera desnudar su rabia. Ella le pide: Mátame.
Nuria Ama

El perro que deseaba ser un ser humano

En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de


máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser
humano, y trabajaba con ahínco en esto.
Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos
patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía,
movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía
las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna.
MICRORRELATOS
‘La tacita’, inédito de José María Merino

He vertido café en la tacita, he añadido la sacarina, remuevo con la cucharilla y, cuando la saco, observo en la
superficie del líquiedo caliente un pequeño remolino en el que se dispersa en forma elíptica la espuma del
edulcorante mientras se disuelve. Me recuerda de tal modo una galaxia que, en los cuatro o cinco segundos
que tarda en desaparecer, imagino que lo ha sido de verdad, con sus estrellas y sus planetas. ¿Quién podría
saberlo? Me llevo ahora a los labios la tacita y pienso que me voy a beber un agujero negro. Seguro que la
duración de nuestros segundos tiene otra escala, pero acaso este universo en el que habitamos esté
constituido por diversas gotas de una sustancia en el trance de disolverse en algún fluido antes de que unas
gigantescas fauces se lo beban.

Tranvía (Andrea Bocconi)

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre
excelente para mis hijos”, pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.
Dudó. Ella bajó.
Se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”.

Minirrelato de I.A. Ireland: Final para un cuento fantástico

–¡Que extraño! –dijo la muchacha avanzando cautelosamente–. ¡Qué puerta más pesada!
La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
–¡Dios mío! –dijo el hombre–. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han
encerrado a los dos!
–A los dos no. A uno solo –dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.

Las gafas, Matías García Megías

Tengo gafas para ver verdades. Como no tengo costumbre no las uso nunca.
Sólo una vez…
Mi mujer dormía a mi lado.
Puestas las gafas, la miré.
La calavera del esqueleto que yacía debajo de las sabanas roncaba a mi lado, junto a mí.
El hueso redondo sobre la almohada tenía los cabellos de mi mujer, con los rulos de mi mujer.
Los dientes descarnados que mordían el aire a cada ronquido, tenían la prótesis de platino de mi mujer.
Acaricié los cabellos y palpé el hueso procurando no entrar en las cuencas de los ojos: no cabía duda, aquello
era mi mujer.
Dejé las gafas, me levanté, y estuve paseando hasta que el sueño me rindió y me volvió a la cama.
Desde entonces, pienso mucho en las cosas de la vida y de la muerte.
Amo a mi mujer, pero si fuera más joven me metería a monje.

El dedo, de Feng Meng-lung

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le
permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el
dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso
era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo
de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.
MICRORRELATOS
-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.
-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

El Verdugo, de A. Koestler

Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo
emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su
vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una
persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año
sesenta y seis, realizó su ambición.
Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas
rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su
espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió
airadamente al verdugo:
-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!
Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una
serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:
-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.

El gesto de la Muerte, de Jean Cocteau

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:


-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro,
quisiera estar en Ispahán.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta
mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.

Literatura, de Julio Torri

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se
dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur,
turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a
vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su
mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y
empavorecedores.
La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria
que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos,
el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo
fascinante, mágica, sobrenatural.

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