a fama de Arturo llegaba a otros pueblos de alrededor; incluso ve
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nían de lejos a encargarle nuevos trabajos. Él era fabricante de
galones. Poseía un gran taller, y cuatro mujeres trabajaban en él
casi todos los días de la semana, pues tenía tantos encargos que no daban abasto.
En las semanas de mucho trabajo, Arturo les echaba una mano, porque si no, no
había forma de atender a todos sus clientes.
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Arturo sólo pensaba en el dinero
que podia ganar, pero no ponía
amor en su trabajo...
―Vengo de parte del noble Ricardo hizo un poco deprisa y sin atender de-
Valtierra ―dijo una tarde un hombrecillo masiado a que estuvieran bien termina-
menudo―. Quiere encargarte unos ga- dos.
lones de oro.
―Qué importa ―se decía el fabri-
Arturo, que ya veía el dinero en- cante―. El oro que llevan estos galones
trando en su casa a sacos, respondió in- brilla tanto y es tan preciado que el no-
mediatamente que sí. ble quedará encantado.
―Pero serán muy caros... ―se Así ocurrió. Cuando el noble se
atrevió a decir―. Si el noble Valtierra los puso los galones sobre su uniforme de
quiere de oro, de oro los tendrá, aunque gala y se miró en el espejo, los brillos
le costarán una pequeña fortuna. del oro lo deslumbraron, Sabía, ade-
más, que despertaría la envidia de toda
El hombrecillo y Arturo cerraron el la corte. Había encargado semejante
trato y éste se puso a la tarea. Lo cierto capricho para lucirlo en la fiesta de bien-
es que, como tenía mucho trabajo, los venida que darían a la futura esposa del
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conde. Venía de muy lejos y aseguraban que era una mujer muy hermosa y
elegante.
―Mis galones de oro le maravillarán ―se decía el noble.
Cuando llegó el esperado día, todos lo miraban encantados por
los brillos que despedía el oro. Más de uno le preguntó dónde había
conseguido que le fabricaran semejantes galones. Sin embargo,
cuando entró la futura esposa del conde, todas las miradas
se dirigieron a ella. Y no sólo por su belleza y elegancia.
Asombró a los presentes su vestido. Se trataba de un tra-
je sencillo, de color crema, pero la tela con la que estaba
hecho despertó la curiosidad de todos los presentes.
La fiesta de bienvenida transcurrió con todas
la miradas puestas en la nueva dama. Al cabo
de unos días se supo que su vestido estaba
hecho con encajes de lino.
―Sí ―le decía la doncella de la
dama a la doncella de un noble―. Es
encaje de lino. Es tan difícil de ha-
cer y tan delicado que ha traido
consigo a una encajera para
que le haga los vestidos.
Una doncella se lo
dijo a otra, y ésta a
otra, y así hasta que
llegó a oídos de
todos los nobles.
Enseguida en-
cargaron
ve s t i d o s ,
camisas
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La encajera ponía mucho esmero en cada detalle...
y trajes. La encajera, una mujer muy ―Fíjate cuántos fallos tiene ―le
tranquila y acostumbrada a disfrutar de decía el noble Valtierra a su futura es-
su trabajo, aceptó todos los encargos. posa―. Sí, sí, es de oro, ¡pero qué mal
Aunque, bastante precavida, les fue ad- hecho está!
virtiendo uno a uno que tardaría bastan-
te. Poco a poco el fabricante de galo-
nes vio menguar su negocio. Cada vez
―Lo más hermoso del encaje es el le hacían menos encargos, hasta que
mimo con que se trabaja ―le explicaba llegó un día en que no le hicieron nin-
a todos los que acudían a hacerle un en- guno. No podía resistir la curiosidad.
cargo―. Tendrá que esperar varias se- ¿Cómo tenía la encajera tanto trabajo
manas, pues el encaje de lino requiere y, además, podía cobrarlo tan caro? Un
paciencia y cuidado. buen día se acercó a su taller y se lo
A ninguno le importó esa espera. preguntó:
La imagen del vestido de la futura espo-
sa del conde, tan elegante y hermosa, ―Explícame el éxito de tus enca-
no se les quitaba de la cabeza. Lejos jes ―le pidió, por qué siendo de lino los
quedaron los galones de oro, de los que vendes más caros que mis galones de
nadie se acordaba. oro ¡y no te falta trabajo!
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La encajera, con su ha-
bitual calma, le dijo así:
―Tú trabajas en oro y no en lino, pero
más vale el arte y cuidado que yo le pongo que las prisas
con que tú lo haces.
Desde entonces el fabricante de galones
trabaja con más cuidado y más amor...
Pues aprendió que, más que el oro, importa el mimo y la atención.
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