Cuentos Ecuatorianos
Cuentos Ecuatorianos
INTRODUCCION
La cultura de los pueblos a lo largo de su historia ha sido transmitida según la capacidad de
sus interlocutores y la disponibilidad de medios y de los recursos didácticos en boga. Por
experiencia conocemos que los cuentos, las leyendas, los relatos, las fábulas e invenciones de
diversa índole, que en su forma se adornan con figuras literarias, tienen el propósito
implícito y explicito de transmitir precisamente mensajes de generación en generación o
dicho de otro modo, establecer una verdadera comunicación entre los elementos que lo
conforman, es decir, entre el emisor y el receptor y si se establece en doble canal, el
proceso es más efectivo.
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Los diversos recursos didácticos anotados en el párrafo descrito aún tienen vigencia en
nuestros tiempos, en la medida en que podamos aprovechar de los medios más sofisticados
de la comunicación para la respectiva difusión.
Los contenidos de los mismos, es decir, el fondo de la figura literaria utilizada, tiene
relevancia en la medida en que esté apalancada por el propósito de la comunicación.
Los cuentos y relatos presentados en el presente texto se caracterizan por ser amenos,
nada cansones ni aburridos. El lenguaje utilizado es por demás comprensible y los contenidos
para su estructuración, son asimilados en su mayoría de los acontecimientos reales de
nuestra época y tienen el propósito de provocar la discusión inteligente en cada temática. En
algunos de ellos podemos encontrar dosis de invenciones, pero que en todo caso no están al
margen de la realidad de los acontecimientos o de los contenidos teóricos de un determinado
tema.
El propósito del autor se enmarca en la posibilidad cierta de que estos contenidos puedan
ser materia de difusión, respondiendo a las diversas inquietudes de los integrantes de los
procesos de comunicación, de enseñanza-aprendizaje y otros. En este sentido puede
emplearse como recursos para la motivación, para la información, para la discusión o para el
discernimiento reflexivo.
Aspiro que este ensayo, sirva de motivación del lector para el rescate de tantos cuentos y
leyendas o de la elaboración de nuevos, que sean útiles a la orientación y formación de
mentalidades de nuestras nuevas generaciones.
La lora patoja
No hace mucho tiempo, quizá un medio siglo atrás, en las estribaciones de los andes, en uno
de los pocos rincones selváticos que quedan entre el yunga y la sierra, muy cerca de una
quebrada profunda y de suelo casi inaccesible para los humanos; en donde aun quedan pocos
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árboles milenarios, muchísimos chaparros, unas cuantas palmeras de tambán ( palma de seda)
de alrededor de unos treinta metros de altura, o quizás mas; en donde se escucha el canto
de los carpinteros cuando empieza a llover y el sonido ensordecedor de sus picos clavando en
los troncos de los arboles para hacer huecos para establecer sus viviendas; en donde hay
todavía agua fresca y pura para beber; en donde retozan sin descanso las traviesas ardillas
confundidas con uno que otro chucuri que corre tras una presa asustadiza; en donde habitan
los ratones colorados de monte alimentándose de las semillas que brotan de las generosas
plantas; en donde aun quedan algunas familias de zorrillos que esperan las sombras de las
noches para salir en busca de gusanos y mas lavas para alimentarse; en donde hay muchos
cocuyos que alumbran las noches oscuras del invierno y del verano; en donde se escuchan
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verdaderas sinfonías de cigarras y de grillos; en donde los sapos y las ranas conviven como
una verdadera familia; en donde uno que otro venado se queda enredado en sus cuernos en
los bejucos rastreros; en donde no llega el olor nauseabundo de los basurales de los pueblos
y de las ciudades. En una palmera, la más alta de todas, en uno de los huecos cavados y
abandonado por los carpinteros, nacimos dos hermanos. Cuando pichones, muy feos, sin
plumas que nos cobijaran, indefensos y frágiles como todos los seres en sus primeros días de
vida. Nuestros padres, con sus fuertes garridos, anunciaban su llegada trayéndonos la
comida recogida de los arboles generosos y de vez en cuando unos cuantos granos de maíz
tierno recogido en las sementeras de los aldeanos. De vez en cuando escuchábamos el sonido
de hachas y machetes que los labriegos usaban para hacer leña o llevarse uno que otro árbol
para la construcción de sus casas.
Por descuido, por pereza o por falta de destreza, en uno de los vuelos que hacíamos de
rutina, fui a parar en el chaquiñán, por donde pasaban los labriegos a realizar sus trabajos en
la chacras. Por coincidencia, fue en el momento preciso en que uno de ellos pasaba por allí y
pudo ser testigo de mi aterrizaje de buche que me dejó casi sin aliento y sin posibilidades de
escurrirme para esconderme entre la espesura de la vegetación. El afortunado labriego
inmediatamente reaccionó, se cubrió su mano y su brazo con un saquillo que llevaba y
protegiéndose, me atrapó para meterme en el mismo saquillo y llevarme a su casa, que será
mi morada, no se hasta cuando.
Desde la tranca, es decir, desde hace muchos metros de distancia a su casa, pegó el grito
llamando a su esposa, para darle la noticia y que tenía sabor a sorpresa, porque le
preguntaba: adivina que traigo en este saquillo? . . .. . La mujer que se motivó, empezó a dar
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mil respuestas, sin acertar. . . . En ese momento el labriego me aplastó y emití un fuerte
garrido que me delaté. La mujer muy emocionada gritó a todo pulmón una lora. . . una lora
patoja . . . de inmediato dijo: hay que cortarle las guías para que no pueda volar y se escape.
Inmediatamente llamó a su hijo Juanito, pidiéndole que trajera la tijera para cortarme las
alas. El niño corrió lo más que pudo motivado por la curiosidad de conocerme y de
acariciarme. El no sabía que podría hacerle daño con mi afilado pico de color, por lo que sus
padres le previnieron y escondiendo sus delicadas manos se acercó para por lo menos verme
de cerca. El preguntó como me llamaba y la respuesta inmediata fue, una lora . . . una lora
patoja y el niño seguía preguntando y por qué y por qué . . . . .
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En el corredor de su casa, entre dos pilares amarraron un palo no muy grueso, calculando que
podía caminar sobre él, me cortaron las guías y allí me pusieron. Yo estuve asustada, no sabía
como reaccionar, varios días no comí, en un rincón del palo permanecía acurrucada como si
tuviera tanto frio, muy raras veces abría los ojos; hasta que, acepté la realidad de mi
reclusión ilegal, sin tener lugar a defensa alguna. Pasaron varios días y varias noches de
tristeza y de nostalgia hasta que empecé a dar fuertes gritos llamando a mi hermano y a mis
padres para que vinieran en mi auxilio, mas todo fue inútil, nadie vino a mi rescate. Las penas
se hicieron carne de mi carne, sangre de mi sangre, hasta que entendí que la vida tenía un
valor muy grande y que a pesar de la soledad había que vivirla y con mucha intensidad.
Cada vez que me ponían la comida, me decían: lora patoja, tienes que aprender a hablar,
tienes que aprender a silbar, y me enseñaban unas cuantas palabras, algunas empezaban con
la P y otras con la Ch. Oyendo como ladraba el perro, aprendí a remedarlo; esto causó un
logro de felicidad para mis amos. En las madrugadas y en los atardeceres no dejé de garrir
para no olvidarme y cuando pasaban algunas bandadas de loros por el aire, yo corría y corría
por el palo que tenía en mis patas, queriéndoles alcanzar, mas todo era en vano ellos volaban
muy de prisa que nunca me escucharon los gritos que yo emitía en señal de auxilio.
En este hábitat, tan distinto al mío, transcurría el tiempo. Todas las noches, cuando eran las
once, empezaban a cantar los gallos, principiaba uno y seguían los demás, se calmaban hasta
cuando era la media noche, igualmente paraban un tiempo y luego cuando era la una de la
madrugada, empezaban de nuevo su letanía, que felizmente era corta. Otra vez a las dos de
la mañana y así cada hora hasta que llegaban a las cinco, en que sus cánticos eran mas
seguidos. Era la hora en que los labriegos dejaban el calor de sus camas para iniciar sus
labores cotidianas; acto seguido empezaba el cacareo de las gallinas exigiendo su desayuno
acostumbrado y la aurora anunciaba la presencia de los rayos solares que tanto nos hacían
falta para abrigarnos; Las vacas empezaban a mugir llamando a sus tiernos hijos y a las
ordeñadoras; por su parte los chanchos emitían fuertes gruñidos para que les atendieran con
sus desayunos favoritos; no faltaban el graznido y el relincho de los burros y los caballos que
también exigían la atención inmediata para que les liberaran de las estacas y les llevaran en
búsqueda de pasto tierno; por su parte los perros hambrientos y superando el frio del
amanecer salían en estampidas al camino a ladrar a los caminantes que presurosos se dirigían
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a sus labores habituales; los borregos, balaban y balaban sin descanso hasta que fueran
atendidos en sus exigencias; era todo un bullicio, tan diferente al amanecer de mi selva
encantadora.
En este nuevo ambiente conocí a los gorriones con sus delicados gorjeos, a las indefensas
tórtolas que siempre eran atrapadas por el mayor de los depredadores, el gato que
permanecía agazapado esperando la llegada de indefensos seres, no se salvaban ni insectos ni
reptiles, todo cuanto se movía eran devorados. También le conocí el mirlo parlanchín, que
junto a los gallos cantarines anunciaba la llegada de la nueva aurora. A los abusivos
guiracchuros que en bandadas llegaban a los soberados a comerse especialmente el maíz que
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guardaban los campesinos para su sustento. A los chirotes con pecho rojo que hacían un
alboroto cuando les pescaban sacando las semillas de la tierra para comerse. A las raposas
que llevaban a sus crías en una bolsa en la barriga y se alimentaban de los huevos de las
gallinas cuando no encontraban frutas de chamburos y babacos. A muy pocos picaflores que
revoloteaban tomando el néctar de flor en flor. A los niños traviesos que con sus flechas
ahuyentaban a los indefensos pájaros que se posaban en las ramas buscando insectos para
comer. Conocí, lo diferente; lo agradable y lo desagradable, lo bueno y lo feo; pero ante todo
a muchos seres vivientes con diferentes formas y maneras de vida, con sus limitaciones y sus
libertades; pero por sobre todo, con una fortaleza indestructible de defensa de su
existencia.
zapatos y un tejedor de ponchos, chalinas y cobijas con hilos de lana de borrego, este
personaje era de tez muy blanca, pelo castaño y las barbas muy abundantes y de color oro.
Entre las mujeres había una partera, una curandera que practicaba la medicina natural.
También había una mujer que limpiaba el mal aire y el espanto. Pero también había una que
hacía la brujería y se lo identificaba por la vestimenta negra que lo utilizaba y el fuerte olor
a ruda, pues en su casa tenía muchas plantas de este vegetal tan aromático.
A misa acudían una vez al año, con ocasión de las fiestas de San Pedro, para lo cual
nombraban a un vecino del lugar como prioste, el mismo que gastaba lo necesario para la
satisfacción de todos y todas. Había abundante comida, música con una banda de pueblo que
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lo contrataba con la debida anticipación, juegos pirotécnicos, vísperas de la fiesta y la misa
en el día principal en donde la gente tenía la ocasión de lucir las mejores prendas de vestir.
La casita en donde vivía "el barbas de oro", era de madera, con cubierta de cadi, tenía un
amplio corredor en donde estaba instalado su telar para el servicio a la vecindad. Desde muy
temprano se dedicaba a su labor de tejer y teñir el tejido para dar su terminado con la
respectiva cardada y entregar la obra a su debido tiempo. La casa estaba rodeada de un
amplio corralón de paredes de tapial, en cuyo interior habían muchas plantas aromáticas,
algunos arboles frutales: moras, capulíes, tunas; plantas ornamentales con flores de mil
colores y aromas distintos. Estaba ubicada en el partidero, en donde se unían varios
senderos de acceso a diferentes barrios y parcelas. El sitio era estratégico, por lo que era
visitado permanentemente por diferentes amigos y personajes extraños.
Mientras tejía las obras, a media mañana, tenía la costumbre de servirse una porción de maíz
tostado en tiesto de barro que lo preparaba religiosamente su esposa; pero un día que se
servía la llamada caca de perro que era el tostado hecho con panela, recibió insistentemente
la vista de una abejita que atraída por el olor fragante de aquella golosina volaba y volaba
con su característico zumbido que ya le sacaba de quicio. A los pocos días, mientras buscaba
unos cajones viejos, de aquellos que servían para embalar jabones se encontró con la
agradable sorpresa de que precisamente en el mejor cajón se había albergado una colonia de
abejas reales, muy rubias y que entraban y salían sin cesar durante el día, en sus patas
traseras llevaban unas bolitas de colores que el tejedor no podía dar explicación alguna. Al
paso de algunas semanas, el olor a la miel era tan fuerte que la gente podía percibir al paso
por el camino. Como el tejedor no sabía leer ni escribir le pidió a su nieto que estaba en la
escuela que le leyera una de las revistas que tenía guardada en su baúl, en la cual había
algunas fotografías de abejas. El niño que mas tarde se hiciera abogado y que tenía muy
serias dificultades para deletrear provocó una fuerte decepción al abuelo que estaba ansioso
de información. En estas circunstancias, el tejedor se orientó por las fotografías y tratando
de interpretar con la lógica, entendió que el humo era bueno para ahuyentar a las abejas y
así evitar la picada, también vio que se protegían el rostro con una malla para sacar la miel.
Con estos datos y la curiosidad correspondiente, una mañana soleada, se lanzó a la aventura,
para lo cual, en una teja de barro puso un poco de fuego para hacer humo, se cubrió el rostro
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y la cabeza con una tela blanca y sigilosamente se acercó al cajón en donde trabajaban
presurosas las abejitas. Dirigió al humo hacia la colmena soplando insistentemente y así pudo
ver como las abejitas habían construido unos panales de cera en donde estaba la miel, unos
gusanitos blancos, y unos panales tapados con cera obscura, eran las crías de las abejas. No
resistió la tentación de la miel y con la ayuda de un cuchillo de cocina cortó unos trozos de
panal que lo disfrutó con su esposa y su nieto querido. Recibió algunas picadas en las manos,
experimentó el dolor y la hinchazón y más tarde la comezón por el efecto del veneno. Esa
noche no durmió debido a la fiebre. Su esposa le puso en las picaduras mentol y le dio a
tomar agua para el resfrío.
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Con estos antecedentes, acomodó algunos cajones que tenía guardados con la esperanza de
que vinieran mas abejitas y así poco a poco se fueron llenando los cajones, pero sin cuadros.
A los cajones les había puesto unos techos, tal cual había visto en la revista; así quedaron
protegidos de las lluvias y de los rayos solares.
Un cierto día, un mercader que siempre visitaba la comarca ofreciendo algunos trastos para
cocina, al paso por el frente de la casa del tejedor de las barbas de oro, se sintió atraído por
el fuerte olor a la miel y aprovechó para hacer su negocio; llamó a la puerta del dueño de
casa, que de inmediato lo atendió. El mercader que tenía facilidad de palabra, de pronto
inició la conversación sobre el tema de las abejas; así aprovechó para contarle la experiencia
vivida con las abejitas en su apiario que estaba mejor organizado. Como el tema era de
muchísimo interés para el tejedor, éste invitó al mercader al almuerzo para continuar con la
conversación y hacerle muchísimas preguntas.
El mercader le comentó que en su colmenar tenía varios cajones con abejas; pero que en su
interior contenían unos cuadros de madera distribuidos ordenadamente para que las abejitas
hicieran sus panales con la cera que ellas producen y depositar en ellos la miel, las crías, el
polen y que eso le permitía sacar la miel con facilidad. Inmediatamente al escuchar esta
parte de la conversación el tejedor se acordó de la revista con las fotografías de las abejas
y fue a sacar de su baúl para mostrarle al mercador, el mismo que entusiasmado lo fue
leyendo en voz alta y en forma pausada para que se pudiera entender bien a cerca del tema.
Esta circunstancia hizo que el tejedor valorara el saber leer y escribir y que era una buena
oportunidad para enterarse de muchas cosas que ocurrían en el mundo y que se transmitían a
través de libros y revistas.
Como se habían identificado con el mundo de las abejas, los dos personajes entraron en
confianza e hicieron el compromiso de seguir hablando a cerca de la Apicultura. Por su parte
el mercader se comprometió a seguirle visitando en cuanto le sea posible para continuar con
las pláticas a cerca de la temática.
cuadros y arreglando los cajones llenos de rendijas y para comenzar a hacer bien las cosas;
y, así crear las mejores condiciones de vida para las abejitas.
Como el cajón que albergaba a las abejas era muy pequeño, éste pronto se llenó de obreras y
de zánganos, y como es natural en la especie, las nodrizas criaron algunas reinas con la
intención de perpetuarla. Así se dio la primera enjambrazón; a pocos metros de la colmena,
en una planta de chilca, se apiñaron formando una bola para proteger a su reina. De la
conversación que tuvo con el mercader y de la fotografía de la revista, sacó la conclusión de
que había que ponerlas en otro cajón que sería la nueva casa para que sigan trabajando. A los
seis días, de nuevo encontró otro enjambre más pequeño en la misma planta de chilca; era un
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enjambre secundario, sin duda con una reina virgen. Otra vez hizo la misma hazaña de
recoger a las abejas que no le habían picado ni una sola. Así siempre estuvo atento a la salida
de los enjambres para capturarlos y formar su colmenar que mas tarde sería muy grande y el
único en la zona.
Como su nieto fue a estudiar en la capital y nunca más regresó a su terruño. El abejero de las
barbas de oro que ya había enviudado prematuramente, se quedó relativamente solo.
Disfrutó de su existencia junto a sus abejas, se alimentó de lo que le prodigaban los insectos
más trabajadores y generosos que habitan la faz de tierra. No sufrió de los achaques de la
vejes. Vivió alrededor de los ciento veinte años. Su muerte fue muy dulce; tendido en la
cama, se estiró lo suficiente y dejó de respirar. Nadie de la vecindad se había percatado de
tal acontecimiento, su perro fiel y compañero se quedó acostado acompañándolo, hasta que
sus abejas se dieron cuenta por el mal olor que emitían al descomponerse los cadáveres y de
inmediato acudieron para cubrirlos con propóleos y embalsamarle junto a su guardián querido
que también había muerto de pena y de viejo.
En una mañana de verano, bajo un sol resplandeciente, de pronto empezó a lloviznar y dos
abejas pecoreadoras se posaron en el envés de una hoja ancha para guarecerse y
rápidamente se saludaron tocándose las antenitas. Una de ellas comentó: como ha cambiado
el tiempo, ya no es el mismo de antes en que se podía salir a pecorear sin contratiempos.
Mientras que la otra, afirmando lo dicho por su semejante, inició un relato un poco mas largo:
Estamos a mitad de verano, pocas plantas han iniciado su floración y el flujo del néctar es
escaso. En nuestro colmenar hemos superado la escases de miel y de polen, muchísimas
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
abejas han muerto y que decir de los hermanos zánganos que perecieron de frío y de hambre
fuera de las colmenas.
Estuvimos empezando a recoger el néctar para elaborar las primeras gotas de miel y vino un
frío tan intenso que tuvimos que quedarnos en el interior de la colmena por muchos días.
Hace un mes que iniciamos el trabajo con intensidad; pero el Apicultor que nos cuida, tuvo un
problema con su esposa: la víspera de revisarnos se embriagó y vino con un olor tan fuerte
que no podíamos respirar, para colmo no se había bañado y apestaba que daba arcadas. Su
velo estaba tan sucio que daba asco. Pero eso si vino trayendo un ahumador grandísimo que
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parecía una chimenea, el humo era tan fuerte e intenso que el mismo estaba tosiendo sin
parar, no podía ver por el ardor de los ojos. Como estaba al parecer apurado, abrió la
primera colmena con movimientos bruscos y las abejas guardianas le atacaron sin piedad. En
los guantes de cuero que cubrían sus manos quedaron más de doscientos aguijones clavados
en ellos. Por estar apurado no se había puesto las botas y mis hermanas guardianas le picaron
en los tobillos que le sacaron corriendo. Como el olor del veneno se regó en el ambiente, las
guardianas de las demás colmenas se contagiaron de la agresividad y comenzaron a atacar a
todo cuanto se movía, no se salvaron las gallinas, los chanchos, las vacas y todos los animales
de la vecindad. Era todo un alboroto. Para muestra de lo que había pasado los chanchos que
sobrevivieron quedaron sin orejas y sin rabos porque se les han caído por efectos del veneno
y sus dueños no han podido venderlos porque son unos verdaderos monstruos.
Solo en mi colmena quedaron mas de quinientas abejas heridas, con los intestinos
derramados y tuvieron una fea agonía que les duro dos días, perdimos muchas obreras que
trabajan sin sueldo, sin vacaciones y sin descanso los fines de semana. Para recuperar a las
muertas hemos tenido que esperar casi un mes. Hoy las guardianas están a la expectativa del
mínimo ruido y movimiento y no es para menos, ante el peligro hay que organizarse para
defender la vida.
Ya tuvimos una conferencia entre nosotras y ante el daño que nos causa el humo y el mal
trato de los apicultores, decidimos enviar unas exploradoras para que busquen un lugar
seguro, al otro lado del cerro entre las rocas y lo mas alto posible. Estamos esperando
recolectar la suficiente reserva para emprender el viaje tan anhelado. Queremos estar
libres, seguras y seguir siendo parte de la naturaleza. Es por eso que muy pronto
enjambraremos.
Como había cesado la llovizna, y con ella el riesgo de mojarse las alas que impiden el vuelo, las
dos abejitas pecoreadoras se despidieron para continuar con su labor de pecorea y de
retorno a sus colmenas respectivas dando cumplimiento a sus obligaciones de verdaderas
obreras.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
El sacha runa
En una mañana espléndida de verano, Sebas, viajaba muy contento e ilusionado de vacaciones
de final de año con rumbo a la Amazonia ecuatoriana en compañía de sus padres. Iban
admirando el paisaje andino, sus nevados que despejados permitían ver hacia el infinito del
horizonte. Disfrutaban del silbido del viento que se perdía entre el pajonal y de su
movimiento que daba la impresión de ser unos verdaderos rebaños al mover con cadencia a la
paja del páramo. Por ventura tuvieron la oportunidad de mirar el vuelo majestuoso de un
cóndor muy cerca de un cerro de roca negra que se levanta junto a la orilla de la carretera.
No faltaron los comentarios a favor de la naturaleza y del paisaje serraniego, no dejaron de
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haber expresiones emotivas al ver el cruce veloz de un venado que se perdía entre la espesa
vegetación.
De vez en cuando, el joven viajero emitía gritos emotivos al experimentar los virajes del
coche en las curvas agudas de la vía. Todo evento era causa de comentarios, de risas y de
carcajadas de los alegres excursionistas.
Continuando con el optimista viaje, iban disfrutando del sinuoso riachuelo que paralelo a la
vía se deslizaba entre piedras de varios tamaños y colores. Pasaron varios estrechos puentes
y abismos espantosos. Comenzaron a sentir el calor húmedo del sector que les obligó a
sacarse las chompas que llevaban puestos.
Cuando despertó a causa del calor y del zumbido de muchos mosquitos, su actitud fue de lo
más natural y normal puesto que había recibido algunos golpes especialmente en su cabeza,
así no experimentó desorientación ni desesperación. Sin embargo al sentirse solo comenzó a
gritar y de inmediato vino en su ayuda una hermosa y elegante orangután que se le acercó
sigilosamente al observar a un extraño ser que se parecía a sus parientes de la selva. Ella no
sabía que hacer frente a ésta tan delicada situación y rascándose la cabeza empezó a llamar
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
a los suyos que asistieron con la velocidad de un rayo. Eran muchos simios que no
desconcertó al infeliz peregrino, y que más bien seguía actuando con naturalidad.
Cuando empezaron a caer las sombras de la noche, la hermosa orangután le trajo dos papayas
de mico, frutas que se veían muy amarillas que despertó el apetito del exótico varón y que
sin pensarlo dos veces se sirvió tan exquisito manjar. Acto seguido, bien escoltado se dirigió
a la orilla del rio en pos de unos bocados de agua que lo necesitaba para reponerse de la
deshidratación. Siempre estuvo custodiado por la primate que a medida que pasaban las
horas le asistía de acuerdo al cambio climatológico de la espesa vegetación.
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A la hora de dormir, la esbelta y comedida orangután le guió bajo una roca muy grande que
hacía de techo muy seguro durante las copiosas lluvias. Este dormitorio estaba protegido por
unas inmensas telas de araña que impedían el ingreso de mosquitos y zancudos sedientos de
sangre fresca para su alimentación.
Con el paso de los meses y de los años, de tanto caminar y trajinar en la espesa selva, su
vestido se había convertido en verdaderos harapos; de sus zapatos de muy elegante citadino
no quedaban más que los recuerdos. Sus pies se habían crecido y endurecido de acuerdo a la
dureza del suelo, de las piedras del río y de las raíces del boscaje. Su pelo y su barba habían
crecido tanto, de tal manera que su rostro estuvo tan bien protegido de las inclemencias de
tan rudo ambiente. Apenas se veían sus ojos y el blanco marfil de su dentadura. Para sus
compañeros de la selva no causaba sorpresa alguna, era uno más de ellos con características
diferentes bajo las mismas condiciones climáticas. Era el sacha runa, que integraba la
comarca de los libres de la selva.Como su protectora siempre estuvo pendiente del sacha
runa, aprovechando que a la otra orilla del gran boscaje habían matado a un inmenso oso y lo
habían abandonado los cazadores, luego de que las aves de rapiña vaciaran su piel, ella con
mucho esfuerzo la trasladó para elaborar un gran traje para su protegido. La lavó durante
varios días en el río, cuando estuvo seca y sin mal olor, la untó con semillas de higuerilla
machacadas con piedras para que sea mas suave y agradable y la cubrió su cuerpo, creando
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
así un personaje único, rústico y bien protegido ante el ataque de sobre todo de las abejas
que se defendían cuando les robaba la miel para su alimentación.
Durante su vida selvática, jamás causó desorden alguno. Era amigo de todos y de todas, su
tiempo lo dedicó al cuidado y a la protección de la pacha mama, a vivir su vida en un mundo de
armonía y de libertad, de respeto y de sometimiento a las leyes de la selva.
A los nativos del lugar que recorrían la región en pos de cacería o de pesca, los vigilaba con
sigilo y discreta reverencia. Entendía que eran parte integrante del inmenso boscaje y que su
existencia dependía de lo que la selva les podía ofrecer. Por su parte ellos que lo habían visto
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alguna vez bañándose en el río bajo la luz de una luna inmensa y redonda en una noche de
verano, lo reverenciaban, imaginando que era algo supremo, lejano pero semejante. Es que
era el Sacha runa, es decir el hombre de la selva al igual que ellos que deambulaban día y
noche por ella en pos de la supervivencia.
Por su parte, el Sacha runa, el personaje mítico de la selva jamás dejó de custodiar a sus
árboles que corrían el riesgo de ser destruidos por los colonos hambrientos y sedientos de
dinero que no escatimaban esfuerzo alguno y que con sus hachas bien filudas querían hacer
de los milenarios, centenarios e indefensos árboles: tablas, tablones o madera para vender a
extraños comerciantes inescrupulosos que no tienen la mínima conciencia de los efectos
negativos de la destrucción del entorno ecológico.
Cada vez que escuchaba el sonido destructor de una hacha asesina, el Sacha runa en
compañía de sus amigos de la selva acudían al sitio mismo de la destrucción para hacerles
espantar y provocar el retiro pavorosos del lugar.
Los colonos conocían por conversaciones de sus colegas mas viejos que vivieron experiencias
pasadas, que el Sacha runa les quitaba las herramientas, que les ortigaba y les hacía bañar
en la cascada de la muerte. Con estos antecedentes los leñadores, siempre estaban a la
defensiva y trataban de no acercarse al sitio peligroso y peor talar los árboles codiciados
por los habitantes de la selva. Sin embargo, cuando llegaban los comerciantes sentían la
tentación de ir un pos de uno de ellos, pero cuando recordaban la versión de la existencia del
Sacha runa, se detenían al solo imaginar tan tremendo castigo.
Es así como el personaje de la selva, el Sacha runa, se convirtió en una leyenda para la gente
de la zona. El gran boscaje, gracias a su presencia se mantiene frondoso, lleno de árboles
gigantes y majestuosos, de plantas de diversa índole, con hojas de las mil formas y variados
colores que ofrecen diversos usos, especialmente curativos al igual que sus raíces.
En la fresca y acogedora selva, hay miles de seres vivos que disfrutan de su riqueza
alimentaria, del calor y de la humedad, del agua pura y cristalina sin ninguna contaminación.
Ahí disfrutan a las anchas desde los seres más diminutos como los hongos y las bacterias
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hasta los más grandes y voraces carnívoros dentro de la cadena alimentaria. Están las
simpáticas hormigas, las llamadas arrieras, las culonas, las saca calzón y otras mas que
realizan actividades sin descanso. Están también, los termes y los comejenes que aprovechan
al máximo las ramas caídas y podridas. Viven también las lagartijas, las iguanas y los
camaleones que siempre están ocupados en la cacería de insectos descuidados que deambulan
a toda libertad; los sapos, las ranas, los grillos y las cigarras que en las tardes luego de
afinar sus instrumentos musicales ensayan una larga sinfonía nocturna dedicada a la madre
naturaleza.
En este inmenso boscaje, no faltan las culebras, las anacondas y más serpientes que se dejan
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acoger por la fresca hojarasca en las noches frías emitiendo verdaderos silbidos para
comunicarse entre la parentela. Están también ratones, conejos, los cuyes de monte y más
diminutos mamíferos que están siempre atentos a la presencia de algún enemigo natural.
También están los traviesos y aulladores monos, micos y mas parientes cercanos haciendo en
las ramas verdaderos circos para distracción de elevados loros, pericos, papagayos,
carpinteros y un sin número de pájaros de mil colores que gorjean sin cesar anunciando la
llegada del día durante todas las madrugadas. Están presentes también los atractivos pavos
reales cortejando y protegiendo a sus parejas; los búhos, lechuzas y muchísimos pájaros
nocturnos dueños y señores de la oscuridad, en donde hacen de las suyas para su
supervivencia.
Viven más de ocho mil variedades de bungas, abejorros y abejas: melíferas, meliponas y
trigonas que visitan sin cesar a miles de flores para recolectar el néctar para elaborar la
miel para su alimentación al igual que el polen y realizar a la vez la polinización para asegurar
la producción y la perpetuación de las especies vegetales a través de sus semillas.
El año viejo
Hace muchísimos años, cuando no había el servicio de alumbrado publico y peor el
domiciliario, en una noche de luna resplandeciente, casi redonda y muy grande, víspera de la
luna llena, que coincidió con el último día del año; como de costumbre, una de las familias más
importantes de la comarca andina se reunió para amenizar la noche: contar cuentos, los
chismes más sobresalientes de los vecinos y de familiares. En esa noche, no hizo falta
encender el candil ya que la luz de la luna era suficiente. Por supuesto que el ambiente
estuvo helado y los miembros de la familia se sentaron en el corredor muy pegaditos y
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
abrigados con ponchos los hombres y chalinas las mujeres. Hubo de todo: cuentos miedosos
que provocaron tensiones especialmente en los niños, risas y carcajadas en los adultos
debido a uno que otro chiste contado al azar; murmuraciones a las vecinas solteras que les
vieron salir a escondidas a verse con los enamorados; descrédito a la Mariquita que había
enviudado prematuramente y que ha cambiado antes de cumplir el año su vestido negro por
un rojo de burato con vuelos blancos y las coqueterías sobre todo con los mercaderes que de
vez en cuando deambulaban ofreciendo algunos objetos para uso casero.
En ese contexto nada serio, de pronto Juan Francisco, el tío solterón de la familia irrumpió
para murmurar a cerca de la finalización del año: Ya se acaba el año, un año menos de vida,
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cada vez nos ponemos más viejos, las solteras se quedan en la percha, como pasa el tiempo y
ahora parece que es más de prisa…… Estos comentarios conmovieron enormemente a los
presentes, especialmente a los adultos que, iban entrando en una situación de seria reflexión
que contagió a los más pequeñines que quedaron confusos y sin respuestas halagadoras.
Aparentemente, habían pasado de prisa las horas de aquella noche tan amena, que de pronto
el primer cántico del gallo anunciaba las once de la noche y en ese momento surgió la idea de
invitar a los vecinos y a más parientes a una reunión para programar la despedida del año.
Con esta idea se fueron a dormir con la tarea de pensar que hacer para aquella celebración
tan importante y que sería por la primera vez.
En la mañana siguiente, con ocasión del desayuno, el tío Pacho / como se lo conocía/ tomo la
iniciativa para proponer que: sería bueno limpiar toda la casa, el patio e incluso el camino del
frente de la casita en la que vivían, poner música a alto volumen con la victrola que se
accionaba con manivela para que de un ambiente de fiesta y luego ir a invitar a los vecinos
para conversar a cerca de ella, en la que participarían todos y todas.
A eso de las diez de la mañana reunidos los vecinos en el patio de la casa de los
organizadores, resolvieron construir un monigote que sería embutido en unas ropas viejas
con aserrín extraído de la madera que habían aserrado. Los adolescentes que eran más pilas
que los demás, a escondidas acudieron al baúl del tío Pacho para robarle su único terno de
casimir que tenía guardado para las fiestas y los días domingos. Una vez que lograron el
terno, lo vistieron al muñeco y como estuvo muy parecido al tío Pacho decidieron hacerle una
careta lo más semejante al personaje que representaría al año viejo que lo hicieron sentar en
una silla y lo adornaron con arcos de ramas y enredaderas floridas. Lo pusieron un letrero
que decía: CON UNSION DESPIDAMOS A LO MALO DE ESTE AÑO PARA EMPEZAR UNA
NUEVA VIDA. El tío Pacho al caer en cuenta de que le estaban tomando el pelo, desapareció
por encanto y tomó la iniciativa de elaborar el testamento, para sacarse el clavo / SEGÚN
EL/; mientras que sus sobrinos queridos planificaban los disfraces de viudas para completar
el cuadro. Para ello igualmente a escondidas de las solteras de la familia se sustrajeron los
mejores vestidos, las chalinas y una que otra cartera. No lograron ponerse los zapatos de
taco, ya que estos se hundían en el suelo húmedo.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Los vecinos y las vecinas del lugar luego de cumplir con las tareas encomendadas, a medio día
se retiraron a sus casas para almorzar, cumplir con algunas actividades pendientes propias
del lugar, bañarse, cambiarse de ropa y prepararse para la fiesta, en la que por primera vez
estarían reunidos sin discriminación alguna.
Habían pasado las horas de prisa en aquel ambiente de fiesta de la vecindad. Cuando el sol
estaba para esconderse en el horizonte, empezaron a llegar, primero los jóvenes del
vecindario, luego las chicas bien vestidas y pintarrajeadas, con los mejores perfumes y
escondiendo entre las chalinas los rostros cargados de picardía. Luego se integraron los
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adultos de toda la comarca y finalmente las amas de casa que tenían que dejar en regla sus
cocinas. Los guambras, mujeres y varones casi permanecieron todo el día, ni sintieron el
hambre en medio de la algarabía y de la expectativa de que iba a pasar en aquella noche
memorable.
Fregándose las manos en señal de alegría asomó por la esquina del patio el tío Pacho y en su
bolsillo de la camisa blanca, la única que tenía, traía unos papeles escritos y muy bien
doblados, era el testamento que tanto trabajo le había costado, a nadie le dejó sin la
respectiva herencia, de acuerdo a sus gustos, preferencias y circunstancia de la vida.
Al encontrarse con su mejor amigo que era desde la infancia, le confesó que ya había
elaborado el testamento y le fue leyendo con el propósito de encontrar sugerencias y
cambios. Los dos amigos leyeron y releyeron el testamento e iban corrigiendo y completando
lo que faltaba.
A medida que llegaba la media noche, la luna ya había recorrido la mitad del cielo y
resplandeciente alumbraba el ambiente fiestero; a voz en cuello, el tío Pacho anunció que
faltaban unos pocos minutos para que sea la hora cero, es decir, el fin del año y que
convendría parar la música y el baile para escuchar el testamento. Todos se quedaron en
silencio y curiosos por saber que les tocaría a cada uno. Subiéndose a una silla para que le
vieran, casi gritando leyó: Hijitos míos, hombres y mujeres; nietitos adorables; parientes
cercanos y lejanos . . . . . todos y todas presentes aquí en esta mi última morada y de una
agonía muy intensa; en que me ha tocado estirar la pata y quedar boca arriba, que me vistan
de fiesta y me metan en la caja; me encierren en la tumba oscura y muy helada; y, de mi se
acuerden el año venidero, les quiero expresar mi voluntad serena y encargarles para rígida
obediencia el cumplimiento estricto de niños buenos. En este instante de despedida y que
nadie se salva de ella, les quiero recordar con vehemencia y destello, el valor que tiene la
vida y la transcendencia de ella; que nadie que nació se quede sin disfrutarla, porque no hay
otra mas bella…… A mi hijo, José María, el más viejo de todos, le dejo el bastón de mando,
para que con su ejemplo de buen garañón, cuide y proteja a las desamparadas mujeres y en
sus momentos del tiempo libre haga cumplir a raja tabla las normas de esta gran comarca. Al
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Pedro que vive el rincón mas lejano, cerca de la jungla espesa, le dejo este inmenso horizonte
para que cuide con afán y evite que nadie destruya el ecosistema que esta lleno de vida y su
entorno esta en peligro. Al Juan José, rubio de nacimiento y ennegrecido por el frío y el
viento, le dejo el cacho del buey arisco, para que sople a todo pulmón desde la cima,
convocando al vecindario para aplicar la justicia por propia mano a los cuatreros que por aquí
merodean. Al Martin de la esquina oscura, le dejo el guagrapinga de cuero de vaca madura,
para que castigue con bravura a todos los guaynanderos que andan sueltos haciendo de las
suyas y llenando a las mujeres de guaguas. Al Manuel, el carpintero, le dejo un hacha muy
fila, para que con destreza fina, labre bigas y pilares para construir casas finas. Al Agustín
de tinte fino, le dejo su telar y muchas ovejas cargadas de lana fina, para que cubra con
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unción los cuerpos de las damas con pañolones y muchas chalinas. A mi lánguido Rufino, le
dejo las tijeras y la barbera, para que siga cumpliendo con afán y muy ligero siga dando cada
semana al vecindario, chismes mas calientes y amenos. Al Andrés, al más hablador de la
comarca, le dejo una yunta de flacos bueyes y el arado, para que nunca el bastimento falte.
Al tímido Matías, que vive junto a su adorada tía, le dejo una alforja llena de amorfinos, para
que en los carnavales recorra con sus amigos entonando y cantando coplas a sus vecinas y
vecinos. Al Carlos, al más entonado de todos, le dejo el recetario de amantes, para que acuda
diligente con sus sabios consejos antes de que las parejas presurosas metan las patas y al
abismo se lancen juntas. Al Miguel, al más expedito, de lengua larga y que es un buen quishca,
le dejo el libro grande de las leyes, para que en el consulte cada caso y dé el respectivo
castigo, añadiendo sus consejos de gran amigo. Al Estuardo, que de flaco, casi no se le ve
cuando esta en la cancha, le dejo una docena de balones untados con cebo de vaca para que
convoque a la juventud al juego y de los vicios les saque. Al Milquisidé, de espalda ancha, que
por su devoción al trabajo, es ejemplo en la barriada, le dejo su aguda garganta, para que con
voz de autoridad serena, ayude a todas las familias a transmitir las buenas costumbres y los
buenos modales. A todos mis hijos queridos, sin discriminación alguna, les dejo el consejo
oportuno de permanecer unidos siempre y que a ninguno les falte el saludo, el aire, el agua y
la papa; que gocen de la maravilla de la vida, que cuiden a la naturaleza toda y que luchen
siempre por la libertad que es el don mas sagrado de la vida. Que no se escondan tras las
sobras de la noche, que hagan las cosas con limpieza de corazón, pensando en que todos
somos hermanos.
En mis minutos que quedan, no quiero olvidarme de mis hijas mimadas; a ellas que son la
esencia de la belleza, manantial de superiores sentimientos, expresión diamantina de
sutileza; con devoción, admiración y delicadeza, les encargo de por vida la buena crianza y la
formación armónica de generaciones sabias, con alma de seres libres y no de esclavos. A la
Juanita, con alma sencilla y buena, partera de nacimiento y comadrona por herencia, le dejo
una inmensa planada de hierbas buenas y plantas curativas, para que aliviar el dolor con amor
y sabiduría en los partos pueda. A la María, de trenzas largas y gruesas, que a pesar de su
joroba, sus años no le pesan, le dejo el libro de la sabiduría, para que con su testimonio de
vida ofrezca, los mejores consejos de ejemplar madre, esposa y hermana a la vez. A la
Margarita, de cuerpo esbelto le dejo toda la alegría y la firmeza para que sigua haciendo de
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
la juventud una generación con sabiduría, alegre y competitiva. A la Luz Angélica le dejo, mi
única maquina de coser y de aguja fina, para que siempre les tenga, a la moda, bien vestidas y
luzcan en las fiestas andinas. A la bella Inés, que toda una mujer es, le dejo el encargo de
seguir, con ahínco catequizando para la libertad a toda la niñez. A la Amadita, que es toda
una damita, por encargo de vida le pido que sigua siendo consejera de todos y todas las
ovejas descarriadas. A todas las niñas buenas, sin discriminación alguna, de tarea les dejo
que cuiden la cultura de mi pueblo, y que se miren en ese gran espejo. A los niños traviesos
les pido, que obedezcan a los mayores, que es el único legado que les queda. A toditos los
nietos adorables, en esta noche de mil última morada, les encargo de por vida a la madre
naturaleza, que la cuiden y la defiendan, ya que es la única madre generosa y buena,
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generadora de vida entera, pero frágil como ninguna. Al despedirme de toditos, les comparto
mi regocijo: que sigan alegres y unidos, que celebren mi despedida y empiecen una nueva vida
cargada de muchos bríos. Que juntos busquen ardientemente la felicidad en cada instante; y
que por sobre todas las cosas antepongan la justicia, como seres con inteligencia. Que
siempre estén presentes, en todos los actos de sus vidas el amor al prójimo como Doctrina.
Así expiró el año viejo cuando el reloj del tío Pacho marcaba las doce la noche y en ese
momento todos se abrazaron de gozo. Ninguno se quedó sin dar ni recibir su feliz año nuevo.
Muchos lloraron de emoción infinita, algunos se quedaron atónitos por tan gran
acontecimiento, hasta que únicamente quedaron las cenizas y el recuerdo del año que se fue
y que de ningún modo retrocederá.
El mirlo parlanchín
Volando entre los arboles, unas veces nervioso, con la mirada por todos los lados, con sus
ojos bien abiertos a pesar del malestar causado por el smog de la gran ciudad o con la calma
de una ave segura de estar en su propio territorio, gorjeando de vez en cuando para
comunicarles a sus parientes y amigos que está en su espacio; con la libertad, compitiendo
con el viento, está el mirlo parlanchín, vestido todo él de negro brillante para no confundirse
con los demás que no sean de su especie; sus patas y el pico son de color amarillo. Solo le
falta el bastón y el sombrero negro para estar vestido como todo un varón.
Posado en una rama de un árbol centenario de capulí, que frondoso le brinda abrigo en la
noches frías de verano, bullicioso cual ninguno, despierta a todos los lindantes y muy
especialmente a sus críos y les va contando la historia de su vida en el tiempo y en el espacio
de una tierra pródiga y generosa en donde anidan infinidad de seres que hacen y dan
testimonio de la grandeza como expresión infinita de la creación entera.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Con armoniosa voz y delicada poesía va cantando la historia todos los días: Nacimos en un
nido tosco, de ralas ramillas secas entretejidas por nuestros hábiles progenitores, que una a
una reunieron en miles de vuelos. Pocos pelos y lanas de borregos y más musgos que plumas
delicadas de gorriones, sirvieron de abrigo, primero de los huevos y luego de los polluelos.
Del amor de nuestros ascendientes, mi madre puso en el nido dos huevos y a partir de eso,
nuestros padres se alternaban, y con sus cuerpos el calor nos suministraban. Luego de
algunas semanas, bien cuidados, los cascarones de maduros se fragmentaban y con nuestros
picos a la luz del mundo asomábamos. A partir de esa maravilla de la vida, en turnos estrictos
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nos alimentaban, trayendo en sus buches las delicias de la tierra: gusanos y mil lombrices,
semillas de zapán y capulíes, pepas de espino y de vez en cuando unos mortiños. Esas eran
nuestras predilectas golosinas, cargadas de muchas proteínas y minerales que a las pocas
semanas éramos unos fornidos pichones. En las noches, siempre estaban los dos junto a
nosotros para darnos abrigo cuando necesitábamos porque nacimos sin plumas y sobre todo
para protegernos de algún nocturno enemigo que nunca faltaba. Cuando percibían que algún
chucuri se acercaba, una gran bulla levantaba y a pesar de la oscuridad de la noche, con su
aletear amedrentarlo lograban. Y luego de ese gran susto, con música paterna nos arrullaban
hasta que llegue la madrugada en que éramos acariciados por la melodía bulliciosa de muchos
mirlos adultos que contaban las historias a sus críos.
Una vez que nuestros cuerpos, de plumas se cubrían, se acercaba la hora de aprender el
aleteo para el vuelo y posados en el filo del nido que nos arrullaba, con la debilidad de
frágiles polluelos simulábamos volar y volar, pensando en que todo el horizonte era nuestro.
Luego de varias semanas de gozar en el nido y luego de varios días de preparación para el
primer vuelo, llegó la hora cero, en que hambrientos a propósito nos tenían y mostrándonos
en el pico una rica lombriz que de desayuno serviría, nuestros padres nos incitaban a
seguirles volando de rama en rama. Por descuido o por pereza, muchas veces al suelo caíamos
y nuestra madre presurosa al auxilio venía en prevención de salvaguarda de nuestras vidas.
Hace no mucho tiempo, las ciudades no eran tan grandes, había muchos árboles de maderas
finas, con abundantes y sabrosas semillas, con muchas hojas que hospedaban cantidades de
insectos que eran verdaderas golosinas. Frutas, por supuesto que también había, se podía
escoger el menú para la alimentación de cada día; los hortelanos viraban la tierra agrícola a
menudo y muchos gusanos y lombrices teníamos. Muy rara vez a los niños traviesos, con
flechas en las manos les veíamos. La vida era llena de respeto, libertad y de abundante aire
puro, que los estornudos no conocíamos.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
El agua fresca para calamar la sed o para deleitarnos del baño en los veranos ardientes, en
las quebradas cercanas se encontraba. Todo era una verdadera maravilla, y la vida era mucho
más fácil que producía una gigantesca alegría.
Con el pasar de los años, las calles de la ciudad permanecen oscuras que parece neblina; pero
es consecuencia de muchos autos que llenan de gases malsanos que tanto daño hacen a todos
los seres que habitamos entre el concreto y los rascacielos, entre la abundancia y la miseria,
entre la prisa y el stress, entre el ruido y el temor, entre la estrechez y a insalubridad. Cada
día y cada noche que pasan, marcan en el calendario de la vida, una mancha que es imborrable
y es que, a la madre tierra y a su entorno natural se le causa una enorme herida que el
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tiempo no le cicatriza.
El Planeta tierra, entero está en peligro, por culpa de las ambiciones mezquinas de los
humanos que a lo largo de su historia no han sabido cumplir con sus obligaciones de hijos
buenos, de cuidarla y protegerla. Al contrario, lo han explotado sin mesura sus recursos
naturales; han roto los ecosistemas; han contaminado las vertientes, los ríos, las lagunas y
los mares; han talado las selvas y los bosques, rompiendo el equilibrio natural y lo que el más
grave han roto el equilibrio de la humanidad, creando brechas muy grandes entre los
indigentes y los millonarios; entre los pobres y los ricos; entre los explotadores y los
explotados; entre los opresores y los oprimidos; entre los menesterosos y los poderosos.
En este bregar de la vida, de búsqueda de alimentos para la dieta diaria, de una hambruna
absurda y provocada, hemos tenido que aprender a subsistir; a escondidas hemos ejercitado
a saquear la comida chatarra de perros y gatos citadinos, que sus amos les proporcionan en
bolitas para que permanezcan entretenidos. En los basureros y en las esquinas mal olientes,
cautelosos nos acercamos para tomar unos trozos de pan que es lo único que desechan
algunos humanos.
Muchos de nuestros parientes, a tiempo tomaron la decisión de hacer vuelos largos para irse
tras los chaparros y la selva, en busca del agua pura y fresca. En búsqueda de alimentos
sanos y naturales, lejos de la contaminación y de las enfermedades, lejos y muy lejos del
ruido y de la inmundicia, es decir de la suciedad, de la basura, de la mugre, de los
excrementos. Cuentan que han tenido que adaptarse a otros climas, a otras formas de
alimentación, a otras costumbres, a otras relaciones de vida con otras especies, a
defenderse de otros enemigos naturales; pero también a disfrutar de la abundancia que
ofrece la madre naturaleza en el seno de la selva: alimentación variada de acuerdo a las
estaciones del año, agua cristalina para saciar la sed, agua sana para refrescarse en horas
del calor, protección segura en las horas de la noche bajo el ramaje espeso de muchas
especies forestales; libertad y seguridad para cantarle a las anchas a la madre naturaleza,
para ofrecerles mensajes de optimismo a los sobrevivientes de la tierra, para con su sonoro
gorjeo , anunciar la llegada de la madrugada, siendo reloj para los labriegos que tanto
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
necesitan de la musicalidad delicada de su Pacha mama, para que eleven su espíritu de lucha,
en la búsqueda de un mundo de libertad con dignidad.
La llama encantadora
José Manuel, desde cuando tenía cuatro años de edad, todos los días acompañaba a su
hermana mayor al páramo para pastar a la manada de borregos; para ellos no habían Sábados,
Domingos ni días festivos. Se levantaban muy temprano, antes que el sol asomara brillando
entre las montañas lejanas de su Comunidad. En las madrugadas, su madre les preparaba la
acostumbrada tonga integrada de tostado, máchica y unos trozos de panela que depositados
en las shigras de lana de borrego, las llevaban colgadas en el hombro bajo el poncho o la
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bayeta para mantenerlas abrigadas hasta el momento de saciar el hambre en el frío intenso
del páramo. Luego de desayunar, presurosamente se dirigían al corral para hacerles
despertar, en unos casos o hacerles levantar a algunos borregos perezosos. Nunca dejaron
de acompañar a los pastores los dos perros blancos, que aunque lánguidos y flacos no dejaron
de ser fieles y de disfrutar de las largas caminatas ayudando a arrear ordenadamente a la
manada que de vez en cuando algunos se salían del grupo para tomar unos bocados de hierba
tierna a la orilla del chaquiñán.
Un cierto día, en el crudo invierno del páramo, el sol no se dejó ver debido a la copiosa
neblina que cubría el ambiente. A pocos centímetros no se podían divisar a los borregos. El
frío era mas intenso que nunca. El papa cara caía con tal intensidad que partía sin compasión
la tez de los curtidos rostros de los pastores. Los fieles compañeros de los jóvenes
campesinos lograron acurrucarse en un hueco que hicieron rascando entre la paja del páramo.
Junto a ellos se encogieron los pastores para aprovechar el abrigo que aunque mal oliente de
perros mojados, les servía para mantenerse con calor en tan intensa helada.
Habían pasado varias e interminables horas de tan frío helado, de intensa oscuridad y de
terror provocado por los rayos y los truenos que dominaban al gran pajonal. Los borregos no
se doblegaban ante la inclemencia climática, disfrutaban del pasto tierno que encontraban
entre las plantas de chuquiragua. De vez en cuando se sacudían para botar el agua que se
quedaba encharcada en la lana y muchos de ellos retozaban aprovechando que los perros
estaban escampando junto a sus pastores.
José Manuel se había quedado profundamente dormido, a tal punto que no sintió el abandono
de su hermana y de sus dos fieles amigos que de regreso por el resbaladizo camino llevaron a
la manada rumbo al guatana al caer las sombras de la noche.
A media noche, el pastor se despertó debido al hambre, había escampado y la luna brillaba
con intensidad a tal punto que podía divisar el horizonte. Las estrellas eran cada vez más
numerosas, de vez en cuando escuchaba el croar de algunos sapos y a lo lejos divisaba algún
relámpago que adornaba la espléndida noche en el pajonal. No sintió frío ni temor alguno,
pues estuvo bien acompañado, es más, se sintió muy bien cobijado por una sedosa y delicada
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
cobija que nunca antes había experimentado. Al momento en que intentó incorporarse, José
Manuel sintió una caricia muy delicada en su rostro curtido por el frio del páramo y escuchó
a la par una voz que le susurraba al oído ..... No temas José Manuel . . . . Tu hermana, tus dos
perros y los borregos están a salvo, llegaron de vuelta al corral . . . esta noche no escucharás
el aullido de los lobos hambrientos. . . . ellos ya saciaron el hambre con los descuidados
conejitos que saltarines jugaban a las escondidas entre las plantas de la paja del páramo . . . .
. El Sacha runa tampoco saldrá del socavón del miedo a los truenos. Al escuchar esta
narración José Manuel experimentó una aguda curiosidad . . . deseaba saber quien la
acompañaba. . . quien la protegía . . . . Quien la susurraba . . . y por mas que abría sus ojos no
podía divisarla, únicamente sentía su calor, su presencia, un aroma muy especial, era la llama
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encantadora que estaba junto a el, aquella dulce llamita que, cuando caía con mas intensidad
la lluvia, con un fuerte soplo la alejaba para evitar que José Manuel se mojara. Así la
protegió durante todo el pertinaz aguacero de las alturas.
La llama encantadora continuó con su agradable platica, mientras que José Manuel la atendía
con mucha atención . . . le contó que el planeta tierra estaba en riesgo a consecuencia de la
destrucción de los bosques, de la contaminación del aire y del agua causada por la
industrialización, por las malas prácticas agrícolas, por el uso indebido de pesticidas, por la
quema del pajonal, por la presencia de plásticos en la tierra que no se descomponen a pesar
del paso del tiempo, por el egoísmo de los hombres que desean sacar el máximo provecho de
la pacha mama sin importarles que hay muchos seres que habitan y se alimentan de lo que la
madre tierra produce.
Al momento en que José Manuel salió de su guarida, con asombro observó a un hermoso
animal que vestido de un color café claro, le insinuaba a que la acompañara por el chaquiñán
que conducía a la conocida yacu pamba o pampa del agua, que era un lugar poco frecuentado
por los pastores y sus rebaños. Sin dudar un solo instante, él se acercó a la llama
encantadora, la acarició su frente blanca, la tocó todas y cada una de las partes de su
cuerpo, con asombro palpo la sedosidad de su pelo y volvió a experimentar el olor mientras
estuvo en su guarida durante la noche. En ese momento comprendió que era ella quien la
acompañó y la protegió mientras dormía en el frío y húmedo pajonal. Con afecto, él la
preguntó. . . cómo te llamas . . . . en donde vives. . . . qué haces tan temprano en el
pajonal . . . . tienes familia . . . . quien es tu dueño.. . . . . . Mientras le seguía preguntando, la
llama continuaba con su caminata a la par que iba respondiendo a cada una de sus inquietudes.
La llama también le contó que tenía muchos parientes cercanos y lejanos. . . . que algunos se
llamaban vicuñas, otros alpacas y camellos, que pertenecían a la familia de los camélidos, que
tenían diferentes tamaños y tonalidades en su pelaje y que éste servía para tejer hermosas
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
prendas de vestir, que eran muy abrigadas en el frío y muy frescas en horas de calor, que
ella se llamaba llama y que vivían especialmente en los páramos andinos, que muchos estaban
en peligro de extinción. Le contó que ellas no destruían el ambiente, que no provocaban la
erosión de la tierra debido a que en la planta de sus cuatro patas tenían una especie de
esponja para amortiguar el peso de su cuerpo. Le contó que sus excrementos servían para
abonar el suelo., que se podía también utilizar cuando seca para quemar en vez de leña . . . . .
Cuando llegaron a yacu pamba, la llama encantadora se dirigió a la manada de sus parientes
para presentarles a su amigo José Manuel. Eran muchas llamas de diferentes edades y
tamaños, habían machos y hembras, pocos recién nacidos, todas y todos estaban alegres
disfrutando de la copiosa hierba tierna que crecía en esa pampa bajo el amparo del urcu rumi
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en donde anidaban cóndores como dueños legítimos de la montaña.
José Manuel se quedo sorprendido al escuchar de la llama encantadora la noticia de que esa
manada le correspondía por derecho y por herencia de sus ancestros y se comprometió a
cuidarlas y protegerlas. . . a repartir una pareja a cada familia en las comunidades cercanas y
lejanas, a buscar mas llamingueros para capacitarles en el cuidado y la alimentación, en el
control de las enfermedades, en la industrialización y la comercialización de la lana, en la
organización del turismo ecológico, para que gentes de las ciudades y de otros países
vinieran a conocer el mundo interno y externo de la llamas andinas
La sabiduría del chacarero
No hace mucho tiempo atrás, quizá unos 90 o 100 años, un niño nacido en el capo, por alguna
circunstancia no definida se quedó huérfano y se crió bajo el amparo de un tío paterno. Su
infancia no fue de lo mejor, no tuvo la oportunidad de ir a la Escuela, su tiempo estaba
dedicado al cuidado de una manada de borregos, a acarrear agua para la elaboración de la
comida de una familia muy grande, a recoger leña para cocinar. Desde muy temprano
aprendió a lavar su ropa, a manejar con habilidad el azadón y el machete. Tiempo para jugar
con niños de su edad no le quedaba debido a sus responsabilidades que le fueran encargadas
y controladas con mucha reciedumbre. Un cierto día de crudo invierno en que el cielo
permaneció nublado, puesto su poncho y su sombrero viejo de lana de borrego, con sus pies
desnudos, tiritando de frio, cumplió con su obligación de arrear al rebaño rumbo al páramo
para el acostumbrado pastoreo. Al igual que todos los días estaba acompañado por su perro
fiel que nunca le dejó solo, que siempre estuvo atento al desorden de algunos borregos
hambrientos que se salían del grupo para tomar algunos bocados de hierba en la orilla del
camino.
En el páramo, el frío era mas intenso y de vez en cuando caía el papacara con tal intensidad
que al rostro curtido del niño le hacía sangrar; los dedos de sus manos y de sus pies estaban
casi helados. Los borregos aprovechaban para hacer de las suyas en la libertad. El fiel
compañero del niño pastor se acurrucó entre las pajas para protegerse de las inclemencias
del clima. La neblina se intensificaba con el paso del tiempo a tal punto que no se podía
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Aprovechando la oscuridad del día debido a la fuerte neblina, los lobos hambrientos del lugar
hicieron presas fáciles de algunos indefensos corderos que se alejaron de la manada y que
jugaban y saltaban entre las pajas y los bordes de los caminos tantas veces caminados por
ellos.
Cuando llegó la tarde, el pastorcillo y su fiel compañero, rigiéndose por el reloj biológico,
recogieron al rebaño y decidieron regresar al corral luego de recorrer muchos kilómetros de
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distancia. Como de costumbre su tío, al caer las sombras de la noche les recibió a la entrada
y empezó a contar uno a uno a los borregos y cayó en cuenta de que faltaban al menos seis
corderos. Por este hecho le propinó una paliza con el mismo látigo que usaba para arrear al
rebaño, ordenó que no le dieran su merienda y que durmiera junto a los borregos.
El indefenso pastorcillo, cayó en una terrible depresión, sus abundantes lágrimas no fueron
suficientes para desfogarse de tan cruel e injusto castigo. La presencia de su perro fiel y de
su gemido no lograron apaciguar su resentimiento. Era injusto el castigo.
Cuando empezaron el cántico de los gallos y la sinfonía mañanera de los mirlos y los gorriones
anunciando la llegada de la aurora, el niño agobiado por la crueldad de su tío, decidió iniciar
una caminata sin rumbo. Le acompañó su fiel amigo que no dejó de mover la cola en señal de
que estaba junto a él, en las buenas y en las malas. También le acompañaban los recuerdos y
los momentos vividos con sus compañeros de pastoreo. Caminaron y caminaron sin descanso
durante todo el día. Saciaron la sed bebiendo agua fresca que encontraban encharcada en los
camellones del camino. Al atardecer encontraron unas plantas de mortiño que colgaban de
sus ramas unas pocas frutas maduras, era un verdadero manjar para saciar el hambre y
recobrar las energías perdidas. Sin mirar hacia atrás continuaron el camino lodoso y cuando
las sombras de la noche empezaban a cubrir el ambiente, miraron a lo lejos venir en su
dirección a un jinete cabalgando en un caballo muy brioso que daba miedo.
De pronto al acercarse el jinete preguntó al niño sudoroso y agitado: a donde vas tan tarde?
De donde vienes? Como te llamas? El pastorcillo muy asustado, iba respondiendo a cada
pregunta y le conversó a cerca de su decisión de abandonar la casa de su tío y de no regresar
para soportar los crueles castigos a los que era sometido en casos de cometer algún error. El
caballero que cabalgaba de prisa se detuvo para escucharle con mucha atención y de
inmediato le invitó a que le acompañara a su casa en la hacienda Rumipamba, de cual era su
mayordomo. El niño aceptó la invitación y acto seguido montó en el anca del caballo y el amigo
fiel le siguió a galope hasta llegar a la hacienda. El mayordomo les convidó una suculenta
merienda y acto seguido le llevó al niño a un cuarto para que durmiera sobre unas cargas de
paja de cebada, cubierto con unos ponchos viejos, lo suficiente para abrigarse durante la
noche. Su fiel compañero se acurrucó tras la puerta hasta la mañana siguiente.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
En la hacienda, el niño se integró al grupo de trabajadores, allí aprendió a ordeñar a las vacas
para lo cual se levantaba a la madrugada, motivado porque podía tomar con libertad la leche
tibia recién ordeñada. Aprendió también como atender a los terneros recién nacidos, a
vacunar e inyectar al ganado, a amansar y a montar a caballo, a organizar y controlar el
trabajo cotidiano de la hacienda. Cuando adolescente aprendió a manejar el tractor agrícola,
a comercializar la leche y los quesos. Se proyectaba a ser un buen administrador y por eso es
que gozaba de la confianza del mayordomo que le llegó a estimar en alto grado. Lástima que
falleció prematuramente a causa de una enfermedad propia de la época.
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Como los propietarios de la hacienda que residían en la Capital tuvieron buenas referencias
del Jovencito en cuanto a su horades y responsabilidad, le confiaron la administración de la
propiedad, que desde ese entonces comenzó a generar muchas utilidades, lo cual provocó el
despilfarro de los señoritos que se habían dejado influir por las exigencia de la sociedad de
consumo: reuniones permanentes, derroches ilimitados, consumo de whisky de las mejores
marcas, vestidos finos para engalanar los cuerpos esqueléticos de las muchachas, es decir
todo cuanto servía para hacer relucir la vanidad de la familia.
Con el paso del tiempo, el joven administrador, se enamoró de una de las ordeñadoras más
bonitas del grupo, con la cual contrajeron nupcias que fueron celebradas en la propia
hacienda. Asistieron como invitados especiales los dueños de la hacienda que a la vez fueron
sus padrinos, todos los trabajadores y los vecinos de la comarca. Para la celebración mataron
un torete, muchas gallinas y cuyes; las mujeres se encargaron de pelar varios quintales de
papa chola; prepararon algunos barriles de chicha de jora que sirvió para beberla durante
una semana que duró la fiesta. De su matrimonio tuvieron ocho hijos que crecieron felices en
el campo, compitiendo con la libertad del viento, respirando aire fresco sin contaminación,
tomando leche fresca de vaca hasta saciarse, alimentándose de granos tiernos, de carne de
gallina, de cuy y de todo lo que con generosidad producía la madre tierra que era labrada con
mucho afán y esperanza. Aprendieron con obediencia las reglas básicas de la moral a través
del testimonio de sus padres. Cuando llegaba la edad escolar, en turno acudieron a la escuela
del lugar, en donde aprendieron las primeras letras que les serviría para continuar sus
estudios en la Capital.
Como sus patrones habían entrado en el juego de la sociedad de consumo y cada vez
experimentaban mayor exigencia social y económica, decidieron vender la propiedad por
partes, empezando desde el páramo, para terminar con la casa de hacienda. El administrador
que tenía una buena perspectiva, iba comprando uno a uno los lotes hasta que con el pasar del
tiempo la integró en su totalidad para transformarse en el nuevo hacendado, con la
diferencia de que el en persona trabajaría sus propias tierras, cuidaría a sus animales y
asumiría las demás actividades propias del campo.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
A su segundo hijo, que luego de pasar varios años en la Universidad y que se dedicó a la dulce
vida en vez de estudiar para lograr su profesión, con ocasión de su prematuro matrimonio,
con lágrimas en sus ojos le expresó: cuando yo muera, no quisiera tener un hijo millonario, un
nieto botarata y un bisnieto pordiosero. . . . A su hija la mas consentida de todos y que se
recibiera de médico, con motivo de la fiesta de graduación, en su discurso lleno de sabiduría,
entre otras cosas, con la delicadeza del caso le dijo: que tu profesión sirva para salvar vidas,
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no para interrumpirlas y peor para inmolarlas con prácticas suicidas a consecuencia de
desequilibrios mezquinos de la sociedad.
A la ingeniera Agrónoma, que tanto se había motivado por el trabajo abnegado de su padre;
que a pesar de ser testigo de la dureza de sus jornadas en la cotidianidad del trabajo de
campo, con ocasión de la fiesta de su graduación le pidió que no destruya la naturaleza,
deforestando la vegetación de la hacienda y especialmente de las quebradas; que no
contamine las vertientes de agua cristalina con el uso y abuso de pesticidas; que no rompa el
equilibrio ambiental con prácticas irracionales pensando en el dinero; que ayude a la tierra a
protegerse de la erosión con la implantación de cortinas naturales y que sobre todas las
cosas, respete la vida de todos los seres que habitan la faz de la tierra.
A sus tres restantes hijos que estaban bien enrumbados en el estudio, en su lecho de agonía
les dijo con la alegría del padre que ve a sus hijos triunfar: sigan adelante, la vida es un reto
para cada uno de nosotros, no descuiden los valores éticos y morales que les hemos podido
transmitir con el ejemplo. No descuiden los valores de la solidaridad, el respeto y la
generosidad. Por ningún concepto deben ser serviles y perder la dignidad humana. Que esta
despedida, no sea una despedida triste, sino de esperanza y de optimismo.
Taita carnaval
En una pequeña y acogedora población de los andes ecuatorianos, enclavada entre cerros y
quebradas, muy cercana a la ciudad de Guaranda, nació y creció un apuesto joven, bajo la
tutela de una familia distinguida, muy conservadora, pero responsable en su trabajo diario de
hortelanos. Por ventura había cursado el segundo año de la primaria en la Escuela del lugar;
en aquella época era más que suficiente como para cumplir cualquier actividad enmarcada en
los derechos ciudadanos. Cuando cumplió los veinte, por voluntad propia fue al cuartel militar
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
a cumplir con su obligación, vivencia que le sirvió para templar su carácter, aprender un
oficio y abrir horizontes para su existencia. De regreso del cuartel, fue muy cotizado por las
solteras de su terruño. Con sus amigos que tenían la misma edad organizaban y salían a dar
serenatas en altas horas de la madrugada. No importaban las distancias que tenían que
recorrer, ni el frio o la lluvia que soportar; lo importante era cumplir con el objetivo: pasar
bien. Muchas de las veces les fue muy mal: los taitas de las chiquillas no les abrían las
puertas, como era la costumbre en la comarca; algunas veces fueron echados con perros
bravos; otras, bañados con orinas que las madres recogían en bacinillas a propósito. Cuando
estaban con mucha suerte, amanecían bailando con las muchachas de la casa y bebiendo con
el padre de ellas algunas botellas de mistela o aguardiente de contrabando, cuyo licor era
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muy apreciado porque no provocaba estragos en el chuchaque.
Para salir de serenatas había que saber tocar algún instrumento musical y en esa época era
la guitarra que se había puesto de moda, pero era difícil rasgarla para acompañar a los
cantos que se entonaban en aquel período y en tan especial ocasión. Todas las tardes
religiosamente se reunían en el corredor de su casa para aprender a tocar la guitarra y
cuando alguien ya aprendía, lo festejaban con unas copitas que solamente les servían para
calentar el cuerpo o afinar la garganta.
En sus primeros años mozos le fue muy bien. Con ocasión de sus trasnoches, sus serenos, sus
dones de buena gente, de muy buen conversador, con su buen humor de joven muy bien
parecido, consiguió muchas amistades y algunos compromisos amorosos. Pero al momento en
que las muchachas y sus padres se dieron cuenta de que se estaba pasando de listo, le
cerraron todas las puertas y las posibilidades del disfrute de las serenatas con sus
respectivas algarabías del baile y el cortejo acostumbrado. Quedó muy lejos la
acostumbrada buena voluntad de las amas de casa, de brindarle un café bien cargado
endulzado con panela y acompañado con unas deliciosas tortillas de harina de maíz tostadas
en tiesto de barro y con abundante queso. Así de sencillo, se acabo la buena vida.
Y Cuando se estuvo quedando solterón, se detuvo para reflexionar y buscar una modalidad
para reconquistar a sus amistades y a sus viejos amores y así superar de alguna manera su
soledad.
Así empezó a hacer volar a su imaginación. . . . . . .Había que crear un motivo o una ocasión
para visitar a los familiares, a los vecinos, a los compadres, a los conocidos y hasta a los
desconocidos. Así es como empezó a barajar diversos pretextos y le pareció el mejor, el de
recorrer los senderos tantas veces caminados, los chaquiñanes lodosos y resbaladizos
entonando coplas nacidas de su propia inspiración que describían la vivencia, la soledad, la
inocencia, la picardía, las esperanzas y desesperanzas, los dichos populares llenos de
sabiduría.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Es así como empezó a ensayar uno que otro verso con rima, con contenidos extraídos del
contexto de su mundo conflictivo. Estas coplas serian cantadas con ocasión del Carnaval, que
coincidía con la temporada de las deshierbas del maíz y que para ello las familias se
preparaban con la debida anticipación, ya que había que preparar los siete platos para dar de
comer a los peones en señal de agradecimiento a la madre tierra y con la fiel convicción de
que las cosechas serán abundantes. En ninguna casa faltaban la fritada de chancho y el mote
pelado, el cuy con papas enteras, el caldo de gallina, la conserva de calabaza y el barril de
chicha de jora y por supuesto los chigüiles envueltos en hojas de maíz.
Con sus amigos de mayor confianza que tenían la costumbre de reunirse todas las tardes
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para tocar la guitarra, ensayaron algunas coplas que servirán de muestra para ir creando y
cantando de acuerdo a la ocasión. Como tenían que acompañar con la guitarra ensayaron
varias combinaciones de notas musicales, hasta que les parecieron las más adecuadas, en su
orden: MI menor, Do, MI menor y LA menor. La primera nota serviría para el espacio entre
uno y otro verso o copla del carnaval.
La tarde y la noche del Viernes decidieron iniciar la aventura y para ello primero se
dedicaron a repasar las primeras coplas que habían compuesto: A la voz del Carnaval todo el
mundo se levanta; aun mas oyendo la voz, del quien suspirando canta. Que bonito es carnaval.
Esta copla que se convertiría en la introducción antes de cualquier otra.
Cuando llegaron a la primera casa, luego de la primera copla cantaron: Pasando, pasando
estoy, pasando por mí camino; Y las puertas me han de abrir, si me muestran cariño. Que
bonito es carnaval. Pero como no tuvieron respuesta positiva continuaron caminando, sin
antes manifestar su descontento: El cielo esta estrellado y la noche muy helada. Quédate no
mas echada, como una burra preñada. Que bonito es carnaval.
Al acercarse a la siguiente casa, luego de entonar las dos primeras coplas, y al recordar a su
primer amor, ensayaron la siguiente: Las estrellas en el cielo, caminan de dos en dos; Así
caminan mis ojos, negrita por verte a voz. Que bonito es carnaval. A la vida de mi vida,
muerta la quisiera ver; En una sala tendida y no en ajeno poder. Que bonito es carnaval. Y
para despedirse cantaron: De esta esquina para arriba, disque me juran matar. Cual será ese
valeroso para darle la del oso. Que bonito es carnaval
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
En la tercera casa tuvieron suerte. Es que el dueño de casa era muy amigo de los padres del
carnavalero y como le gustaba la bebida, aprovecharía el fin de semana para pasarla bien.
Entonces llegó la hora de lucirse con las mejores coplas: Ahora si que estoy con gusto, ya no
siento la pobreza; Ahora que estoy con mis amigos y aguardiente a la cabeza. Que bonito es
carnaval. Esta noche es de alegría y de amigos a lo grande; yo aquí alegre cantando y mi
mujer muerta de hambre. Que bonito es carnaval.
Tanta era la algarabía y tan buenas eran las coplas, que llamó la atención a la vecindad y que
en el transcurso de la noche fueron sumándose con cierto recelo a la fiesta del carnaval, en
donde se polvearon con harina de maíz, jugaron al tusuchi con afrecho. Este juego fue un
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gran pretexto para manosear a las solteras. Bailaron hasta el cansancio y para descansar
crearon un estribillo que decía: ya será bueno, ya será basta; Zapato de hule pronto se gasta.
En los momentos de descanso aprovecharon para conversar, para planificar las siguientes
visitas, para contar chistes y reírse a carcajadas.
A media noche, los carnavaleros estaban lánguidos y cansados por el baile, afónicos de tanto
cantar, los guitarristas ya no podían con el dolor de los dedos de tanto puntear y de pronto a
alguien se le ocurrió cantar las últimas coplas que decían: Mi garganta no es de palo ni
hechura de carpintero; si quieren oírme cantar, denme un trago primero; que bonito es
carnaval. Señora buena Señora, mátele al gallo patojo; Para ir tomando caldito porque me
muero de antojo; Que bonito es carnaval. Por la chicha y por el cuy, por eso no mas me vine;
porque tostado y mazamorra en mi casa mismo tengo. Que bonito es carnaval. A lo que los
dueños de casa respondieron de inmediato sirviendo el banquete del carnaval a todos los
presentes. Hubo caldo de gallina, papas con cuy, fritada de chancho con mote pelado, dulce
de calabaza con chigüiles y chicha de jora en abundancia. Luego de tan exquisita comilona y
ya con las energías recuperadas continuaron con las coplas de agradecimiento, con el baile,
con el juego con polvo hasta el amanecer. Ninguno sintió los estragos de la mala noche; casi
nadie se había embriagado a pesar de haber ingerido tanto aguardiente. Es que el buen
humor y sobre todo por la transpiración provocada por el baile no les permitieron
emborracharse.
Cuando el sol había calentado el ambiente, y el momento en que las chicas se dieron cuenta
de que los carnavaleros estaban con mal olor debido al sudor de tanto baile, con el respectivo
disimulo y al menor descuido les lanzaron agua; así se instituyo el juego del carnaval con
agua, nadie se salvó del baño, eran todos contra todos, a las muchachas les metieron en el
tanque que estaba casi lleno; así pasaron hasta el medio día, y cuando estaban casi secas las
ropas que llevaban puestos, decidieron organizarse para ir a visitar a otras familias. Como ya
estaban bien ejercitados en el canto de las coplas, sabían cuales eran las más adecuadas para
las diversas ocasiones y sin duda para manifestar sus deseos. Así llegaron a una casa
importante, en donde fueron atendidos a cuerpo de Rey. Cantaron y bailaron hasta el
agotamiento, se sirvieron un gran banquete y bebieron las mejores mistelas preparadas para
la ocasión. Aquí se les ocurrió a las muchachas ensayar algunas coplas satíricas dirigidas a los
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
jóvenes del grupo: Los jóvenes de este tiempo son de pura fantasía; meten la mano al
bolsillo, sacan la mano vacía. Que bonito es carnaval. A lo que de inmediato los jóvenes
respondieron: Las muchachas de este tiempo son como la granadilla; apenas tienen quince
años ya mueven la rabadilla; Que bonito es Carnaval. A la vecina del frente se ha quemado el
delantal; a no ser por los bomberos se quemaba el animal Que bonito es carnaval. La única
muchita que tengo, a la puerca le he de dar; voz carishina y pelada, que es lo que me vas a
dar. Que bonito es carnaval. Las mujeres cuando mean, mean que chisporrotean; los hombres
cuando orinamos, sacudimos y guardamos; que bonito es carnaval.
Así se armó lo que se llamaría mas tarde el contrapunto que consiste en organizarse en
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grupos para ir cantando coplas satíricas que son respondidas de la misma manera en turnos
bien organizados. Y por supuesto no se salvaron los casados: Más arriba de mi casa se ha
formado una laguna; donde lloran los casados sin esperanza ninguna. Que bonito es carnaval.
Y tampoco se salvaron los bailarines: Bailen, bailen bailarines; bailen que les pagaré, una rosa
en cada en cada mano y clavel en cada pie. Que bonito es carnaval. Y para variar, con el afán
de sacarse el clavo por algo del pasado: Esa pareja que baila se parece a San Francisco, y
galán que lo acompaña, es igual a chivo arisco. Que bonito es carnaval. Y un estribillo: Alhaja
guambra la de la loma, que se hace dueña de mi paloma.
Pasaron los días y las noches, crearon y cantaron innumerables coplas, ensayaron los más
diversos pasos de bailes de la época, comieron y bebieron los mejores banquetes y las más
sabrosas mistelas hasta saciarse, jugaron al tusuchi y se polvearon los rostros con talco y
harina de maíz, se bañaron para refrescarse y superar el chuchaque, se quedaron dormidos
sentados para recobrar las energías, hicieron grandes amistades y algunos compromisos
matrimoniales. Así llegó el día Miércoles de ceniza y con el, el día de la despedida de la
fiesta que mas tarde será la más popular de la comarca.
Este día compusieron y cantaron las coplas más tristes de despedida a la fiesta del Carnaval:
Cantaremos carnaval ya que Dios ha dado vida, no sea cosa que el otro año, ya nos toque la
partida o caigamos patas arriba; adiós, adiós Carnaval. Mushca, mushca tototo muérdele al
carnavalero; a que el otro año no vuelva como perro molinero, Adiós, adiós carnaval.
Tan fuerte fue la tristeza que provocó la finalización de esta fiesta muy especial que, se les
ocurrió enterrar al carnaval, para tener un pretexto más para ponerse a llorar mientras
entonaban las coplas más tristes. Es así como se les ocurrió armar una caja de madera muy
similar a las de los funerales que lo llevaron cargando a remuda entre todos y todas al cerro
más alto de la Comarca, en donde mientras continuaban cantando, cavaron el hueco para
sepultar al carnaval. De las coplas que mas sobresalieron fueron las siguientes: Cuando Salí
de mi casa de nadie me despedí; solo de una hojita seca, que cayó cerca de mí. No te vayas
carnaval.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Es así como se instituyó la fiesta del carnaval y a la persona que lo inventó se lo bautizo
como el Taita Carnaval y se lo recuerda con mucho cariño, porque gracias a el se conserva la
tradición y los valores de la generosidad, la solidaridad, la alegría, la poesía, la fantasía.
El gorrión solitario
El pájaro cantarín, posado en una rama seca se tambaleaba jugando con el viento fresco de la
mañana y en su vaivén con nostalgia iba gorjeando:
De pronto el tropel de un niño consentido, irrumpe la inspiración del solitario gorrión. El crío
corría muy cerca de su abuela que iba muy presurosa a la misa dela mañana. Llevaba en sus
manos delicadas una funda de ricas golosinas, que al tropezarse en el bode de la vereda dejó
caer un delicioso chito muy cerca de una planta de tomate riñón que había crecido en la orilla
de la vereda.
Esta es mi oportunidad de llenar el estómago aunque fuera con comida chatarra. Pues los
humanos a menudo lo hacen y sin embargo mal o bien sobreviven.
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Con este claro pensamiento, el gorrión voló junto a la golosina y picoteando lo saboreó y al
comprobarlo que estaba de su agrado intentaba arrastrarlo bajo el follaje de la plantada de
tomate para esconderlo y en la tranquilidad saciar su deseo. Sedaba mil modos para lograr el
objetivo, pero el peso y el tamaño de la golosina lo impedían. Utilizando el pico y sus delgadas
patas, hacía todo el esfuerzo para esconderlo y cuando estuvo a punto de lograrlo, un
inesperado intruso se acercaba; era un silencioso ratón atrevido que alzando su cabeza movía
a todo lado y olfateando con insistencia a la golosina se aproximaba presuroso. Una vez que
logro verla de muy cerca, el goloso ratán, muy contento planeó llevarse al tifón para servirse
un delicioso desayuno al estilo de un gran Rey roedor.
Pero el porfiado ratón que ya olió la golosina, insistía en llevársela. En ese preciso instante en
que se disputaban de tan exquisito desayuno, escucharon los pasos de seres extraños que se
avecinaban al sitio de los acontecimientos, se trataba de un perro flaco y lánguido que era
llevado con una cadena por sus amo, para que hiciera sus necesidades biológicas en la calle o
en acera.
Al ver que el galgo estaba tan cerca, olvidándose del botín encontrado y para salvar la vida,
el gorrión dio un salto espectacular a la verja y ponerse a buen recaudo; mientras que el
atrevido ratón muy asustado se deslizó con la velocidad de un rayo al sifón por donde salió.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
El gorrión encaramado en la verja miró con tristeza e indignación al perro que dando un gran
sacudón al abuelo que lo llevaba, tomó de un solo bocado el rico manjar encontrado en aquella
fría mañana y escuchó decir al abuela con su voz temblorosa:
Apúrate perro elevado, no te distraigas por nada. Camina de prisa, pues tenemos que
regresar al departamento antes de que se llenen de carros y nos impidan cruzar las calles.
El perro por su parte, cada vez que se encontraba con un poste de luz o alguna planta
ornamental, se paraba, olía y alzando la pierna hacía pipi y cuando su dueño lo halaba
bruscamente, éste le replicaba:
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Como la ciudad comenzaba a desertarse, el ruido de los vehiculaos mas intenso se hacía, las
calles se llenaban de smog, el gorrión comenzó a toser y toser a causa de tanta
contaminación.
Superando su crisis respiratoria se puso a saltar de rama en rama en el árbol de capulí que
era su albergue preferido y buscaba entre las escasas hojas los pocos pulgones que
quedaban. Cuando encontraba alguno, feliz lo saboreaba a pesar de saber a acierte, a diesel
o a gasolina. Pero no le quedaba otra alternativa que la de ingerir estos insectos como
alimento aunque estuvieran tan contaminados y pusiera en peligro su vida y se consolaba, al
saber que no era el único ser que estaba en riesgo de perder prematuramente su vida.
La araña y doña Rosa
Doña Rosa era anciana de cabellera blanca como la nieve, de rostro muy arrugado, que
caminaba temblorosa y muy encorvada por el peso de sus años. Vivía sola en una casa muy
vieja, de paredes de tapial, techo con tejas de barro cocido. Cuando llovía había muchas
goteras que mojaba el interior. Se dedicaba al comercio de harinas que las vendía
diariamente a los vecinos del barrio. De bodega, tienda y dormitorio tenía un cuartucho con
piso de tierra. En la trastienda estaba la cocina con un fogón, en donde cocinaba con leña
para ella y su gato flaco que se encargaba de cazar o ahuyentar a los ratones golosos que no
faltaban a consecuencia del olor agradable que emanaban las harinas calientes que eran
traídas del molino de agua de Dn. Lucho.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Su cama servía también para esconder el dinero fruto de la venta de sus productos. Debajo
era el escondite de una manda de cuyes criollos y ariscos a quienes no les faltaba la hierba
fresca para la alimentación.
El mal olor de los excrementos de los cuyes era un atractivo muy fuerte para moscas y
mosquitos que invadían la habitación y que molestaban con sus zumbidos a los compradores.
La puerta de calle estaba tan vieja y llena de rendijas, al igual que la que daba a la cocina.
Del marco superior prendía una enorme tela de araña que crecía día a día y que servía para
atrapar a los moscos que llegaban desde el exterior. Su dueña era una enorme araña negra
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que tejía sin descanso durante las noches para asegurar abundante comida para ella y sus
tiernos hijos.
Todas las mañanas Doña Rosa se levantaba muy temprano para hacer su oficio de ama de
casa, luego de su aseo personal: arreglar su cama, barrer la habitación, hacer el desayuno
que se servía con su gato cariñoso, proporcionar la yerba a sus cuyes, con quienes conversaba
amigablemente.
Como no podía enderezarse ni mirar hacia arriba y peor hacer movimientos en lo alto, jamás
destruyó la red tejida por la araña. Sus clientes que eran bien atendidos tampoco hicieron
nada para destruirla, además en nada les molestaba.
Del fruto de su trabajo y del ahorro de toda su vida, Doña Rosa había amasado una buena
fortuna que la tenía bajo el colchón viejo y molido de tanto soportar el maltrato por tantas
noches de insomnio. Sus vecinos murmuraban: Qué hará Doña Rosa con tanto dinero? . . . en
donde guardará? . . . . .quién heredará cuando muera?
Por su parte Doña Rosa, todas las noches mates de acostarse, después de rezar con
devoción, conversaba con su gato y le decía: cuidarás los atados de billetes a fin de que los
ratones no se acerquen y destruyan o utilicen haciendo nidos. . . . Cuando yo me muera,
después de pagar los gastos de mi entierro, el sobrante entregarás a una casa de ancianos y
algo guardarás para que pagues por las misas de honras, cada año.
El gato por su parte le decía: No es bueno que guardes tanto dinero, reparte a la gente
pobre que tanto lo necesita, a los niños huérfanos, haz obras de caridad, no seas tacaña.
Una determinada noche, cuando el sueño les había invadido y se quedaron profundamente
dormidos Doña Rosa y su gato; agazapándose en las sombras de la noche, llegaron tres
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
ladrones a la puerta principal y forzando con una barra las seguridades, la abrieron para
cometer el robo de la fortuna de Doña Rosa. Los cuyes asustados corrían por todos lados
emitiendo fuertes chillidos que hicieron despertar a los dormilones.
Los ladrones, al ver que una sombra se movía lentamente en el interior de la habitación,
dispararon apuntando al cuerpo de la anciana que se dirigía a la cocina para esconderse.
Asustados los ladrones y creyendo que le habían muerto a la anciana, emprendieron en veloz
carrera, mientras se acusaban mutuamente de haber cometido tal acelerado hecho.
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Una vez que el silencio y la calma volvieran a la habitación, el gato salió del escondite para
buscar a su ama que estaba asustada, sentada junto al fogón de la cocina. El minino cariñoso
como siempre, acercándose con su cuerpo encorvado y la cola alzada se refregaba en el
cuerpo tembloroso de la mujer, a quien le iba diciendo: Los ladrones ya huyeron. . . . . los
vecinos del barrio fueron tras ellos . . . . . Debes cerrar la puerta . . . . Levántate y entremos
a la habitación . . . los cuyes ya se callaron. . . . . Todo está en calma.
La ancíana incorporándose con dificultad siguió al gato que se adelantó con rumbo al
dormitorio. Una vez que estuvieron en el interior, el gato señalando con el dedo mostró a su
dueña las cuatro balas que estaban enredadas en la enorme tela de araña y le dijo: La red
tejida por la araña negra, fea y repugnante, salvó tu vida y la mía. No únicamente servía para
cazar moscas y mosquitos. Fue nuestra segura protección.
Desde aquel entonces, la anciana comprendió que todo cuanto existe en la naturaleza es
parte de la armonía del entorno natural y que todos sus elementos son útiles y necesarios
para los seres que habitan la faz del planeta tierra.
La ranita y la serpiente
En una noche de pleno invierno, en un ambiente selvático alumbrada por una enorme y
redonda luna llena, una hermosa ranita vestida toda de verde claro, croaba y croaba sin
cesar y en su cantar iba pronunciando unos versos acompañados por la dulce melodía
brindada por tiernos grillos y enamoradas cigarras:
y en el cristalino estero
De pronto un agudo silbido irrumpe el ambiente romántico de la fresca noche; era una
intrépida serpiente que sigilosa se acercaba a la orilla del arroyo en busca de alguna
descuidad presa. Alzaba su cabeza para mirar a todos lados y con la fina lengua iba
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olfateando. Aquella noche estrenaba su vestido nuevo y lucía mas brillante que de ordinario.
La serpiente desafiante, arrastrándose muy cerca a la asustada ranita verde y con una voz
que infundía miedo, mientras la atacaba, murmuraba:
Suelta la rama que tienes en la boca, en esta noche no he encontrado a ratón descuidado,
Por su parte la ranita se movía por todos los lados sin soltar la rama que era su única
defensa, mientras la imploraba:
no sabía nadar; más la intención fue vana, porque las culebras son muy buenas nadadoras. Una
vez que las dos contrincantes se encontraron frente a frente en el agua, empezaría otra
lucha a muerte; pero felizmente la ranita precavida no dejó en tierra la ramita que la
protegía y que en el agua su uso era más fácil porque flotaba y ya no era necesario seguirla
teniendo en la boca. En esta ocasión se abrazó fuertemente a la rama. Con las extremidades
posteriores nadaba y se protegía del ataque de su enemiga, hasta que encontró una rama más
gruesa a la que se aferró a un extremo y con el otro se defendía propinándole fuertes
garrotazos a la porfiada serpiente. Por varias ocasiones a la serpiente, soñada la dejaba.
Al ver que la serpiente asustada se quedó quieta, la lechuza posándose en una piedra a la
orilla del arroyo le seguía dando su letanía:
es un regalo de la naturaleza,
es un don de la existencia.
Luego de escuchar muy atentas el mensaje de la inspirada lechuza, las dos contrincantes
sonrieron con dulzura, se abrazaron, se perdonaron mutuamente y las tres se quedaron
admirando a la luna que se escondía entre las lejanas nubes y que retornaba coqueteándose
para peinarse en el cristalino río.
La tórtola y la paloma
Era un palomar, hermoso cual ninguno. Sus albergues, adornados en sus entradas con arcos
de muchos colores, copia exacta de los viejos que aún quedan en algunas regiones de la Gran
Francia. Al frente de él estaban los soberados que hacían de graneros y que siempre estaban
llenos de mazorcas de maíz suave y duro. Los alares de las casas de campo eran refugio
preferido de palomas caprichosas que anidaban buscando abrigo seguro para sus críos
delicados.
Todas las mañanas, a pesar de ser frías, las bandadas a recorrer la zona salían. Como la era
estaba llena de arvejas frescas, a recogerlas se detenían.
En un árbol viejo y retorcido de jigua, las tardes y las mañanas frías, antes de que el sol
saliera, una tórtola muy sola gemía. Era un verdadero canto de agonía, puesto que muy sola se
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
sentía; un maldito cazador a su pareja le dio cacería. Muy sola volaba y vivía y cuando
cansada se sentía, en la misma rama se dormía.
La afortunada tórtola valoraba su vida, que a pesar de su soledad perderla no quería, ya que
muy bien ella comprendía que no hay otra oportunidad para disfrutarla cada día.
Ella también, fue a la era a recoger unos granos de arveja para su dieta del día y de pronto
se encontró con una paloma muy blanca, que llevaba en su cabeza una corona de plumas
doradas; era muy joven y hermosa, pero a la vez muy solitaria. Llevaba en su alma una
profunda condena: había enviudado muy temprano a causa de una enfermedad un tanto rara.
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Las dos aves de pronto se pusieron a platicar y la paloma le invitaba a que fuera a vivir en su
palomar; pero la tímida tórtola le replicaba: Es mejor que tu vengas con migo a navegar por
aquel firmamento que se pierde a lo lejos, por donde sale y se esconde el astro sol.
Asombrada la paloma por tal invitación, le repetía: tengo miedo de alejarme de mis amigos y
familiares.
Llegó el día en que la tórtola muy triste acercándose al oído le dijo: Querida amiga mía, ha
llegado la hora de mi despedida. Luego de que el sol caliente los trigales, llegarán mis amigos,
haciendo una verdadera romería para regresarme al inmenso valle que nos espera con sus
sementeras cargadas de ricos manjares.
No te vayas mi querida compañera, hemos hecho una linda amistad, nos hemos confiado
nuestros secretos y también nuestras dolencias; juntas las heridas de nuestros corazones
nos hemos curado. . . . . . .
Cuando los ojos de las dos amigas empezaron a empaparse, por la cruel separación,
escucharon un gran ruido provocado por el aleteo de una gran bandada de tórtolas que venían
al rescate de aquella tórtola desesperada que en una mañana de verano, tomó el vuelo para
sumirse en la soledad, pensando que era una mejor manera de llegar al agonía .
Al sentirse otra vez sola, sin pensar en más, la paloma emprendió un vuelo desesperado.
Volaba y volaba, y cada vez sacaba fuerzas de donde más podía para alcanzarlas. Sus alas
iban perdiendo energías de tanto esfuerzo que hacía, hasta que a lo lejos divisó a un
cristalino río que generoso le ofrecía agua fresca para recobrar sus energías. Mientras iba
saciando su sed, miraba a su alrededor y de pronto fue atraída por el cántico de una hermosa
y gigante torcaza que arrullaba a sus tiernos polluelos.
El paso aéreo de la paloma blanca una sombra iba proyectando, que jugueteando entre las
ramas, la curiosidad iba despertando en las tórtolas hambrientas que no perdían un instante
para irse alimentando. De pronto, la sombra de la viajera, a su amiga la cobijó, que inquieta
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alzó la vista al cielo para sorprendida descubrir que se trataba de su buena amiga a quien le
invitó a posarse en la rama de un árbol para poder conversar con más calma.
Qué haces tan sola en esta inmensidad de la selva? . . . la tórtola preguntó y la paloma
fatigada respondía: Al sentirme tan sola luego de tu despedida, decidí darles alcance para
cumplir con el sueño de descubrir nuevos mundos. La tórtola le susurraba: pronto aprenderás
a vivir en la selva y gozarás de la variedad de frutos deliciosos que producen las plantas
generosas, dormirás en la rama bien protegida.
Luego de esta amena conversación, las dos amigas decidieron integrarse al grupo de viajeras.
La alegría se reflejaba en la hermosa tórtola al saber que muy pronto recorrerá los sitios
más preferidos de su infancia y logrará una doble satisfacción al hacerlo con su amiga y
compañera de aventura. Así volaron hasta llegar al valle más hermoso, donde el sol se levanta
muy temprano y se oculta sin antes transformarse en una enorme esfera pintada al rojo vivo.
Al llegar a la tierra de los ensueños, cada una con su pareja, volvieron a posarse en el árbol
de su preferencia y entonando una verdadera sinfonía despidieron al ocaso para sumirse en
un profundo descanso necesario para recuperar las energías y acarrear en sus picos: pajas,
lanas y cerdas recogidas en el campo para construir con habilidad los nidales en donde
depositarán los huevos con cuidado para mas tarde incubarlos y brindar los mejores cuidados
a sus críos.
Muy juntas las dos amigas, en la selva muchas cosas descubrían. Todas las tardes, posadas en
la misma rama seca, cubierta por otras frondosas que buena sombra les ofrecían, miraban a
la hilera de doble vía que las hormigas hacían, cargando en sus espaldas finas, trozos de
hojas tiernas diez veces mas pesadas que sus cuerpos, para enterrar en sus guaridas y
cultivar hongos para su comida.
Descubrieron también una colmena, que aprovechando un enorme tronco viejo y agrietado
por el paso del tiempo, las abejas se habían instalado para elaborar una exquisita y aromática
miel muy parecida al color del marfil.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Con mucha alegría disfrutaban de la felicidad experimentada por las parejas enamoradas de
las tórtolas que veían a sus huevos reventar y salir unos hambrientos pichones, que con el
cuidado generoso iban creciendo aceleradamente y empezaban a ejercitar los primeros
aleteos aprendiendo a volar.
Pero, llegó el momento en que, organizadas en una fuerte bandada, mucho más numerosa que
la anterior, alzaron el vuelo para cruzar el inmenso firmamento en busca de mejores días y
de seguridad para la supervivencia de la especie.
Unidas las amigas, mas que nunca, participaron de esta nueva aventura hasta cuando al pasar
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por aquel cielo despejado, que cubría viejos recuerdos, la palomita blanca, que agotada por el
viaje y agobiada por el peso de sus años, haciendo una picada espectacular al piso se
desplomó hasta llegar a la era de sus dorados sueños, muy cerca del palomar en donde nació,
creció y vivió gran parte de su vida.
Sus amigos, parientes y mas vecinos, agónica la encontraron, le dieron los últimos cuidados y
cuando apacible murió, le hicieron una gran fiesta brindándole un adiós de despedida y
cavando con sus picos muy hondo le sepultaron para que experimente la verdadera libertad, y
recordaron que todos vuelven al lugar en que nacieron y que para seguir generando vida es
preciso llegar a morir.
Los tres hermanos
Todas las tardes de lluvia, los gallinazos se guarecían en una cueva rocosa de donde
admiraban con melancolía los fuertes aguaceros que provocaban crecientes destructoras de
las laderas. Con verdadera alegría miraban que luego de la creciente, el río quedaba sin malos
olores y cristalino.
En sus momentos pacíficos y de inspiración uno de los hermanos hacía un canto a la madre
naturaleza:
Luego de que la lluvia amainaba, los tres compañeros inseparables, en el árbol más alto se
posaban y abriendo sus alas tomaban el calor del sol que se despejaba en aquella tarde de
invierno helado. Desde lo más alto del árbol preferido miraban con atención como se iban
formando las nubes que nacían desde el agua del río cristalino para regarse en el infinito
firmamento, ayudadas por las corrientes del viento que soplaba por la cañada.
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Una vez que consideraban estar listos, con un fuerte aleteo emprendían hasta tomar cierta
altura y quedarse con sus alas extendidas para navegar plácidamente utilizando sus colas
como timones para tomar la dirección deseada. Con sus ojos bien abiertos y sus olfatos muy
atentos exploraban la zona hasta encontrar alguna carroña, rodearla insistentemente por
varias horas y cuando estaban seguros de que no había intruso alguno bajaban en picada para
servirse el suculento majar tan preferido.
Del grupo de niños, el más escandaloso, tomando una piedra y lanzando con fuerza hizo daño
a una ala de un desafortunado gallinazo que estaba comiendo su deliciosa mortecina. Sus
amigos le decían: no tienes que ser y tan malvado. . . por qué haces daño a ese pobre e
indefenso gallinazo? . . . . Lo único que hace es asear la quebrada que la ensucian la gente que
vive en la ciudad. . . . Él es el que corre el riego de contagiarse de enfermedades al
alimentarse con los desperdicios, con piltrafas y hasta con las serpientes que son un peligro.
Debido a la herida causada en su ala, el adolorido gallinazo quedó inhabilitado para volar y
tuvo que pasarse acurrucado en el suelo durante toda la noche hasta cuando le atacó un
feroz chucuri de la quebrada, que tomándole del cuello con sus mandíbulas, la sangre le chupó
para luego marcharse.
Al día siguiente, los dos hermanos miraron desde las alturas el cadáver del desgraciado
gallinazo y soltándose en un llanto imparable, decidieron alejarse para siempre del lugar en
que nacieron, mientras iban preguntándose:
Por qué las personas que tienen inteligencia, no valoran la libertad de quienes libres nacimos?
Así volaron con tristeza y se perdieron tras los cerros nublados que están tan lejos de la
gran ciudad. Jamás volvieron a mirar el espeso bosque de árboles viejos y retorcidos de
eucaliptos y peor visitar a la quebrada y al río.
El tiempo iba pasando presurosos, las quebradas se llenaban de olores nauseabundos, sin
control las ratas repugnantes aumentaban día a día; la posa de agua dormida y cristalina
donde se bañaban los niños se llenó de basura y de porqurías.
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Los niños que presenciaron la violencia en contra del indefenso gallinazo, extrañaban el vuelo
apacible de los tres hermanos que alegraban el ambiente semi selvático de aquella orilla tan
entrañable.
Debido a la acumulación de tanto desperdicio que era la delicia de los gallinazos, la zona se
infestó provocando una fuerte epidemia que afectó a la población de los alrededores.
Muchos fueron salvados al ser llevados oportunamente al Hospital y algunos murieron
prematuramente.
El niño causante de la tragedia del indefenso gallinazo sobrevivió con una fuerte secuela de
la epidemia y en sus momentos de reflexión hizo un canto a la vida:
El granjero y el maíz
Era una granja muy hermosa, rodeada de árboles de jigua, chicharrón, motilón y miles de
chaparros que en el mes de mayo florecían brindando un aroma que en otros lares del
universo jamás se percibían.
Durante los veranos, en las madrugadas frías, los mirlos y los gorriones entonaban muy
alegres sus cánticos anunciando la llegada de las cosechas.
En los matorrales, las tórtolas y las torcazas anidaban con abundancia ofreciendo a los niños
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campesinos el deleite de la recolección de huevos frescos y de delicados pichones para
satisfacer tan exigentes paladares.
De ves cuando se veía cruzar muy veloz al chucuri vivaz, que iba tras la presa favorita o que
se escondía del cazador.
Cuando eran las tres de la tarde, al escuchar el bullicio de las bandadas de loros que hacían
retumbar el silencio de la granja tranquila y apacible, el granjero gritaba: carajo . . . ya
vienen los loros . . . . . guambras, corran a espantarlos …. Que estos bandidos van a acabar
con la sementera de choclos.
Los bulliciosos loros, vestidos con trajes elegantes, de verde, rojo, azul y plomo, visitaban las
sementeras de maíz, para ver que los choclos estén de cosecha para servirse el plato
favorito en medio de la algarabía.
En aquella granja, tan generosa por la fertilidad del suelo, el granjero y su esposa sembraban
y cosechaban de todo; pero lo que mas cultivaban era el maíz blanco con cuatro y seis
mazorcas muy grandes en cada caña. Es que, el maíz lo utilizaban para todo: hierba para la
alimentación de los animales domésticos, los toctos y las cañas para los chanchos; los choclos
tiernos y frescos para saborear y completar la ración alimenticia diaria para la familia y para
los trabajadores que tenían el rango de peones. Cuando maduro y seco, al maíz lo guardaban
para todo el año y lo utilizaban preparando el mote que nunca faltó en la mesa o el maíz
tostado en tiesto de barro para acompañarlo con un vaso de leche fresca de vaca. Pero
también servía para hacer harina y amasar las deliciosas tortillas con abundante queso
coloreado con achiote o también para elaborar la deliciosa colada de harina de maíz bien
sazonada con sal o con raspadura.
Un determinado verano, el granjero que constató que la cosecha era buena, ordenó: recojan
únicamente las mazorcas grandes y sanas; las mas pequeñas e incompletas, sobra de loros,
guiracchuros y ratones de monte, dejen colgadas en la calchas secas, para ración segura de
pájaros hambrientos y para los pobres aldeanos que recojan la chala.
Por el fruto recolectado de las primeras cosechas, el granjero y su esposa estuvieron muy
felices, debido a que, a decir de ellos, fueron premiaros por el trabajo abnegado. Su esposa
exclamó : ¡Demos gracias al Todo Poderoso y a nuestra madre naturaleza, paguemos a los
peones con grandes raciones de mazorcas, con abundante comida y hasta con ricas golosinas,
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llenemos los soberados y los trojes con las mejores mazorcas!
Él, por su parte dijo: Hay que seleccionar las mejores mazorcas para las próximas siembras y
guardarlas con toda la hoja colgadas en guayungas para que no se infesten de gorgojos. Todo
es ocurría mientras la pareja disfrutaba de una noche clara de luna llena, de cielo despejado,
con abundantes estrellas que juguetonas volaban de un lado a otro para esconderse en el
inmenso firmamento de verano.
Luego, orgulloso señaló: unas pocas latas de maíz servirán para venderlas y con el dinero
comprar una o dos paradas, para bien vestidos asistir a la misa dominical del pueblo o ir de
compras a la plaza, y por supuesto para lucir muy futres en la única fiesta del año: el
carnaval, que es una ocasión de deleite y de derroche.
Acto seguido la esposa expresó: hay que guardar el maíz mas delgado para alimento de las
gallinas durante el invierno y para engordar los chanchos para obtener la carne para el
banquete que se hacen en la siembra, la deshierba y en el aporque de las chacras que es una
parte del ritual sagrado del maíz.
Pero llegó un día, en una de aquellas exuberantes cosechas, en que el inquieto granjero se
puso a mirar, que luego de la jornada diaria, las mujeres humildes de la vecindad, algunas con
sus niños de pecho a la espalda, muchas de ellas esposas de los peones, chalaban algunas
mazorcas de maíz dejadas con ese propósito; y, con una ira incontenible, fruto del egoísmo,
con gritos, insultos y actitudes descomedidas, mezquinó el sobrante de la cosecha que era ya
una costumbre instituida en aquella granja generosa; ordenó al mayordomo que vigile que no
dejen una sola mazorca en el campo por más pequeña que sea.
En ese año el granjero y su familia, llenaron trojes y soberados de tanto maíz recolectado
que se pudrió por la humedad del invierno prolongado. Hasta el momento no se saben los
motivos por los cuales las gallinas dejaron de poner los huevos a pesar de no faltarles el maíz
como alimento predilecto. En ese invierno llegó la peste que enfermó a chanchos causando la
muerte masiva. La fiesta de la siembra del maíz ya no tuvo el ritual acostumbrado con la
ración abundante y generosa de las siete comidas y de la copiosa carne de chacho y de
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
gallina. Y desde ese entonces las cosechas abundantes se han convertido en miserables y
limitadas recolecciones de mazorcas diminutas, podridas e infestadas por gorgojos.
El granjero y su mujer constataron que los conejos de monte, vestidos de traje obscuro,
perdieron el brillo intenso de sus ojos, que ya no tenían en donde esconderse de los galgos
flacos y hambrientos que también perdieron sus golosinas en los choclos frescos y tiernos de
aquellas sementeras tan grandes y productivas.
Hoy, las pocas aves que quedan, cantan afónicas tristes melodías, recordando con melancolía
tan alegres y lejanos días.
Los ratones colorados de campo, a los graneros han invadido; los gorgojos pululan en los
trojes vacíos y el hambre de la humanidad es noticia de todos los días.
En el centro de un añejo y frondoso boscaje, impregnado por el aroma de las mil flores en el
verano; estaba enclavada la mansión de una doncella que vivía de distantes ilusiones de una
mujer platónicamente enamorada y de los recuerdos lejanos e imborrables de su niñez. Se
llamaba Leonora, y en su rostro llevaba sellado el paso de los años solitarios. Su majestuosa
casa de campo, estaba rodeada de amplios jardines con flores de mil fragancias y matices y
de espesas y generosas huertas. Su rincón preferido, era aquel que contenía muchísimas
plantas y flores de ilusiones, que las custodiaba con toda la dedicación, puesto que obedecía
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
a la superstición, de que cultivando las ilusiones con amor y ponderado afán, alcanzaría muy
pronto su amor preferido y esperado. Además frecuentaba a su altar muy privado, en donde
le velaba a su San Antonio puesto de cabeza, con el mismo propósito; ya que, consideraba se
estaba quedando solterona.
Todas las mañanas, religiosamente visitaba a sus ilusiones y espantaba a una abeja que
atraída por el perfume de las flores, frecuentaba y recogía el néctar para llevarse a su
colmena. La espantaba a la abeja, porque creía que estropeaba a sus flores hermosas y
entorpecía la realización de sus sueños.
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Fueron muchísimas las correrías tras la abeja que día a día se repetía, hasta que, en una
noche de luna grande y muy redonda, en el silencio misterioso de su adorado ejido, tuvo un
dulce y placentero sueño: Vestida de etiqueta, hermosa cual ninguna, le visitaba muy alegre
la abejita, a quién la corría todas las mañanas de su fastuoso jardín; y con la delicadeza de
una visitante simpática, al oído le explicaba que no era la única abeja que visitaba a sus
flores, que eran muchísimas, muy parecidas y que el único afán, era el de recoger el néctar
de las flores para elaborar la miel.
También le decía que en sus patas traseras acarreaban el polen de las flores para el alimento
de sus hermanas y hermanos pequeños; pero que al ir de flor en flor ayudaban a que se
polinicen para asegurar su fructificación. Que no dañaban a las frutas, debido a que no
disponían de mandíbulas trazadoras y que sus únicas herramientas eran la lengua y el buche
para succionar y almacenar el néctar, el agua y los propóleos, las patas para acarrear el
polen; y en el interior de la colmena, las glándulas cereras y faríngeas para la secreción de la
cera y de la jalea real, respectivamente.
Además le conversaba que tenía un aguijón muy filudo en el término de su abdomen y que lo
utilizaba únicamente para defenderse de algún enemigo que lo atacaría; pero que su veneno
servía para la curación de algunas enfermedades como las del reumatismo y la artritis.
Así mismo, con una dulzura única le decía: que vivían en colonias, dirigidas por una Reina que
era la madre de la colmena, que tenían varios hermanos de madre que se llamaban zánganos y
muchas hermanas obreras que tenían muchísimas responsabilidades y papeles que cumplir
dentro y fuera de la colmena, de acuerdo a la edad que iban atravesando; así desde que
nacían hasta que morían eran en su orden: nodrizas, productoras de cera y jalea real,
barredoras, guardianas, ventiladoras, asistentes de las pecoreadoras; recolectoras de agua,
de néctar, de polen, de propóleos. Que la Reina era la única hembra perfecta, es decir, que
estaba en capacidad de reproducirse luego del vuelo nupcial y de poner huevos fecundos y no
fecundados, que podía poner de dos mil hasta tres mil huevos al día en épocas de abundante
floración y de condiciones climáticas favorables. Que podían recorrer hasta tres Kilómetros
de distancia para recolectar el néctar y el polen de las flores.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
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Como nunca, la hermosa solterona se había quedado profundamente dormida, hasta que el sol
ya había calentado el ambiente y a media mañana, presurosa, se levantó de su cama, se aseó,
preparó y se sirvió su acostumbrado y suculento desayuno. Acto seguido, fue a visitar a sus
ilusiones y de pronto recordó su sueño misterioso y el mensaje de la visitante abejita; y,
mirando a la esquina de occidente, en efecto vio entrar y salir abundantes abejas en la
perrera de su fiel amigo que de viejo se había muerto hace precisamente un año.
Ese día, como de costumbre, vino el hortelano a realizar los trabajos de rutina de su huerta.
Ella, por su parte, sentía deseos de compartir su sueño con alguien de confianza y sobre todo
el hecho de la llegada de la colmena; y efectivamente así lo hizo, le contó detalladamente a
su hortelano, con quién decidieron construir varios cajones para albergar a los enjambres
que llegarán para radicarse en su propiedad y establecer un verdadero y gigante apiaro.
Leonora, las había tomado tanto cariño a sus obreras sin sueldo, a tal punto que se pasaba
horas y horas mirándolas el despegue desde sus piqueras, el aterrizaje de las pecoreadoras
y las acarreadoras del polen que venían unas tras otras cargadas dos bolitas de colores en
sus patas traseras, la salida de los bulliciosos zánganos que abandonaban sus colmenas para
hacer sus necesidades biológicas en horas de fuertes temperaturas, la fila de abejas
ventiladoras enfriando el interior de las colmenas con sus movimientos rápidos de sus alas
membranosas.
A cada colmena la bautizaba con el nombre de una flor de su jardín y para establecer su
registro le proporcionaba un número, que lo marcaba con tinta orgánica proveniente de las
semillas maduras de arrayán en el lado posterior.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Con el pasar de los años: de tantos inviernos y veranos, de innumerables alegrías y contadas
tristezas, de muchísimas satisfacciones y de pocas desesperanzas, de largas jornadas de
trabajo y de profundas meditaciones, de muy escasos padecimientos y nostalgias, con su
rostro surcado pero lleno de gozo, en una noche helada de verano, en su plácida cama que
lucía de fiesta de doncella, Leonora le devolvió su vida a la existencia humana, quedando en
su fisonomía plasmada una radiante pincelada de eterna placidez.
Cuando las abejitas de su colmenar se enteraron, armaron una gran minga y una verdadera
fiesta: con sus zumbidos le entonaron mil cánticos, le bañaron de miel todo su cuerpo y le
recubrieron su cadáver con una película de propóleos para que se conservara intacta,
hermosa y sonriente por centenares de años.
La leyenda del café
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Relata la leyenda que: hace muchísimos años atrás, en una comarca montubia, propia del
entorno del sub trópico ecuatoriano, en donde las personas caminaban bajo la espesa
vegetación con los pies desnudos sorteando el deslizamiento de serpientes y culebras de
todos los colores y tamaños; en donde las casitas de madera o de caña y con techos de cadi ,
eran edificadas sobre unas bases muy altas de azán para evitar que se inundaran en los
pertinaces inviernos, caracterizados por la abundancia de agua proveniente de las
estribaciones de la serranía y de los aguaceros eternos; en donde los lechos de esteros
secos de verano, se convertían en verdaderos mares que posibilitaban el traslado de los
lugareños sobre improvisadas balsas construidas de palos secos encontrados en la selva.
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En ese territorio tan distante de la civilización; en donde los colonos prácticamente convivían
con la vida silvestre, que era abundante; en donde había que inventar innumerables sistemas
de protección a favor de la vida de las personas y de los pocos animales y aves domésticos;
en donde había que limpiar día a día el patio y los alrededores de las casas con el machete o
el rabón para evitar el escondite de porfiados reptiles, roedores, anfibios y mas extraños
seres indefensos. Allí vivía con sus progenitores una chica de cabellos rubios, de ojos azules,
de tés muy clara y que cuando los descubrió al mirarse el único espejo natural de la poza de
agua dormida del estero, decidió cuidar su belleza para brindarla como único y gran regalo al
amor de su vida que en sus momentos de soledad sentimental lo había imaginado.
En una tarde de crudo invierno, de pronto el cielo se despejó y la lluvia se aplacó. Ella estuvo
sentada sobre un trozo de madera, que hacía de cómoda butaca, en el corredor de su casita
muy humilde que era el lugar predilecto por el frescor que le acariciaba en tan insoportable
clima tropical. Casi recostado su rostro hermoso en sus manos delicadas sobre el pasamano
rústico, de pronto observó que un pájaro de plumas muy brillantes y negras, escavando con
sus patas, depositó una semilla que traía en su pico y luego la tapó para irse a posar en una de
las ramas de la planta de almendras que había crecido, sin que ser humano lo sembrara. Esta
planta muy hermosa, servía de sombra fresca en las horas soleadas de las tardes de verano y
de gallinero seguro durante las noches que eran entusiasmadas con verdaderas sinfonías de
cigarras y grillos enamorados.
Los días pasaban muy de prisa, mientras que las noches eran eternas. Pero a pesar de todo
eso, el tiempo no se detenía y la semilla fue creciendo día a día hasta que en el próximo
invierno ya se había convertido en un verdadero arbusto, hermoso cual ninguno, único en su
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
entorno, acariciado y cuidado por la hermosa muchacha que nunca dejó de admirarlo y de
protegerlo.
Ella fue testigo de los primeros botones florales, a quienes con dulzura de doncella los
acarició. Vio como las ramas delgadas y dóciles se iban cubriendo de muchísimos brotes
antes de su floración. Observó con mucho esmero que abejas, abejorros y mariposas de mil
colores revoloteaban anunciando un verdadero festín. Y a la hora precisa llegó a su lecho un
aroma nunca antes experimentado, es que su árbol predilecto y muy perfumado se había
vestido de blanco y amaneció para adornar y aromatizar aquel ambiente tan lejano pero tan
lleno de la armonía natural.
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Durante ocho días y noches que duró la floración del árbol preferido, la vida de la chica de
los cabellos de oro se había trastocado. Sus noches fueron apacibles: llenas de sueños y de
fantasías, de recuerdos agradables de su infancia, de imaginarios romances, de dulces
serenatas de grillos seductores, de suaves melodías de encantadoras Valdivias, de
románticas sinfonías nacidas en el vientre selvático de la inmensidad. Su rostro era más
hermoso y sus labios dibujaban sonrisas de prosperidad y felicidad. Durante este corto
tiempo pudo conciliar el sueño y recuperar las energías perdidas en tan largas noches que no
podía dormir.
Cierta día, en horas de la tarde, cuando el calor tropical comienza a sofocar, luego de que
había cumplido con sus labores de ama de casa, ya que su madre tenía que acompañar al
trabajo de la parcela a su esposo, la jovencita de los ojos azules, se había quedado
profundamente dormida bajo la sombra copiosa de la planta de almendra que estaba muy
cerca del arbusto de cafeto. Nadie lo despertó, ni los zancudos se atrevieron; durmió plácida
y profundamente y en su rostro expresaba el descanso y el gozo de un sueño nunca antes
experimentado: El árbol de café, con ardorosa unción y como prueba de correspondencia por
tanta atención le dijo con dulzura al oído: que cuando maduren sus semillas, las recoja, las
retire sus cáscaras, las deje secar a la sombra para que conservaran el aroma, las tueste en
un tiesto delgado de barro, las muela lo mas fino y con la harina de color obscuro prepare
una bebida y lo consuma con su familia en los desayunos. Que la bebida preparada con dos
cucharadas de café molido y agua hervida le calmará la angustia provocada por la soledad,
que le dará nuevos bríos cuando sienta el cansancio en las largas jornadas de trabajo. Que
servirá de medicina preventiva de muchas enfermedades extrañas. Lástima que despertó
antes de recibir mas recetas; pero en su rostro dibujaba una felicidad nunca antes
experimentada y en su olfato quedó impregnado el olor aromático de la taza café preparado.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Con la curiosidad propia de un verdadero perito, agazapándose fue tras el ruido y pudo
observar que con sigilo entraban y salían varias lagartijas de entre el asiento de las pencas
de una de las cabuyas negras. Cuando estuvo muy cerca, pudo percibir un aroma provocador
por la dulzura que atraía a muchísimas abejas y a varios picaflores muy diminutos que
estaban adornados de unas colas muy largas y vistosas. Estos hechos le llenaron de mayor
curiosidad que le obligaron a acercarse cada vez más al sitio visitado por las lagartijas,
abejas y picaflores.
Una vez que estuvo entre las pencas y evitando ser pinchado por las espinas, observó que a la
altura de la cuarta fila había una perforación muy redonda y semejante al asiento de un
pilche y en su interior un líquido muy cristalino que sabía a un verdadero manjar. La
curiosidad iba en aumento cada vez más y más, no se pudo contener y remojando el dedo
índice de su mano lo llevó a la boca para saborear y descubrir que se trataba de algo nunca
antes degustado. La delicia de aquella exquisita bebida hizo que ideara un sorbete natural y
en efecto buscó entre la vegetación un tallo hueco y lo sufrientemente largo que le pudiera
servir para lograr el objetivo final de saciar su curiosidad y con ella también la sed. El joven
curioso, había succionado hasta terminar aquel néctar y dejar completamente vacío el
orificio. Como estuvo tan atareado en tan especial acontecimiento, no se había percatado de
la presencia de su novia adorada que le estuvo esperando en el sitio que siempre se
encontraban y que de cansancio se regresó a su casa royendo en su mente tantos
pensamientos extraños, posiblemente causantes del incumplimiento del compromiso de verse
todas las tardes a esa misma hora: llueva, truene o relampagueé.
Habían caído las sombras de la noche y al joven enamorado, que le había picado el bichito de
indagación, lamentaba el olvido de la cita amorosa y se consolaba con el aroma y el dulzor de
la bebida descubierta por una pura casualidad. Por su mente pasaron muchas imágenes de
como obtener o preparar la bebida, y algo más.
CUENTOS Y LEYENDAS ECUATORIANOS
Por sus ocupaciones propias de la actividad agrícola, no pudo regresar al siguiente día, es
más, tenía que darle una explicación a su enamorada del por qué de su incumplimiento a la
cita, pero de su mente no se borraba ni se apartaba el acontecimiento experimentado.
Regresó al tercer día y mientras se acercaba a la cabuya negra, el olor era más fuerte y
agradable al olfato del joven preocupado. El orificio se había llenado hasta desbordarse, las
levaduras habían hecho su parte y la bebida estaba muy bien fermentada. El joven, utilizando
el sorbete bebió hasta saciarse. A los pocos minutos experimentó una extraña sensación, se
había embriagado, se quedó tendido en el suelo profundamente dormido hasta el siguiente
día, en que sus familiares y vecinos del lugar le encontraron con un fuerte chuchaqui, muy
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deshidratado y con mucha sed que lo aplacó con varios sorbos de chaguarmishki fresco.
Se armó una gran conferencia entre familiares, amigos y vecinos del lugar. Hubo muchas
preguntas e inquietudes. Algunas ingenuas y otras acertadas ideas para la extracción del
chahuarmiski (dulce de cabuya). Hasta que al fin el joven seducido, decidió contarles el
sueño que había tenido: Cuando las cabuyas lleguen al estado de madurez, víspera de la salida
del chawarkero que coincide con la llegada de la Semana Santa, están en condiciones de
secretar el chahuarmiski y para obtenerlo, hay que cavar un hueco lo más grande posible a la
altura de la cuarta fila de las pencas. Hay que taparlo con las mismas pencas y esperar hasta
el día siguiente en que las lagartijas beban los primeros bocados y la bebida estará lista para
ser consumida con confianza por los humanos. La bebida fresca es el mejor tonificante, es el
mejor estimulante para el cansancio en las jornadas fuertes del campo. Cocinado con arroz
de cebada o quinua es uno de los platos más nutritivos y deliciosos. Todos los presentes, se
habían quedado atentos escuchando la versión del joven que muy entusiasmado no paraba de
seguir narrando su experiencia personal.
En ese ambiente de amena narración, los vecinos presentes escucharon el sonido melodioso
de una bocina que les convocaba a la minga de su comunidad y se retiraron muy de prisa para
cumplir con su obligación y saborear al final de la jornada unos sorbos del delicioso
Chawarmishki que se había recogido durante la noche y el día de tal perdurable
acontecimiento.