In C de Terry Riley
Durante la segunda mitad del siglo XX, se desarrollaron numerosos estilos
compositivos, de una forma u otra unidos y separados al mismo tiempo por grandes
diferencias, sin embargo algo común entre ellos era la idea de la innovación, además de
la búsqueda de una música global.
Entre 1940 y 1950, el poeta, compositor e instrumentista Louis Thomas Hardin,
conocido como Moondog, daría los primeros pasos en lo que más tarde (1968) se
acuñaría como música minimalista. Un personaje peculiar, y un símbolo de la ciudad de
Nueva York, quien durante mucho tiempo vivió como músico callejero.
Terry Riley comenzó a trabajar en este tipo de obras, creando tanto música instrumental
como electrónica. En 1964 compuso In C, su obra más emblemática, y la cual supuso
un antes y un después en la música minimal.
La música minimalista consiste en la creación de una obra con una escasez de
elementos, refiriéndonos a todos los parámetros que podemos tener en cuenta en una
composición: Ritmos simples y repetitivos, generalmente de una breve duración,
escasez de instrumentos o armonías basadas en acordes diatónicos y en su gran mayoría
triadas.
Esta obra combina una composición minimalista con un planteamiento semiarbitrario.
Puede ser interpretada tanto por voces como por instrumentos, siendo posible
cualquiera, y el número de participantes puede variar, existiendo interpretaciones que
comprenden desde 3 componentes hasta cientos de ellos. Riley comenta que un buen
número de músicos es 35. Hablamos de una pieza aleatoria, ya que es imposible crear
dos interpretaciones iguales, debido a la variedad en los timbres si se utilizan distintos
instrumentos, la forma de medir el tiempo además del factor humano que cada intérprete
impregna en la obra.
Esta obra la componen 53 pequeñas frases musicales, todas ellas en la tonalidad de Do
M, las cuales puede repetirse un número arbitrario de veces, y la duración de los
mismos suele comprender entre 45 segundos y 1 minuto y medio, y deben ser
interpretados en orden, pudiendo omitirse algunos de ellos. La pieza hace énfasis
armónicos entre el 3º, 5º y 7º grado. Realiza un juego con las dinámicas, apreciando al
final de la obra grandes movimientos dinámicos (crescendo y decrescendo), que crean
un gran juego en la masa sonora.
Los patrones son interpretados a voluntad del músico. No tienen por qué coincidir
rítmicamente entre los diferentes intérpretes, aunque sean iguales. Esto le infiere una
gran riqueza polirrítmica. La duración de estos patrones también es libre, sin embargo
no deben exagerarse, para que no se dé un desfase de varios patrones entre sí. La
percepción del músico es muy importante, ya que si piensa que su patrón no está
sonando correctamente, ya sea por la masa sonora del momento, o porque no resulta
cómodo para la técnica del instrumento, podrá cambiarlo de tesitura o doblar los valores
de las notas.
Originalmente esta obra carecía de un pulso constante, pero el compositor
estadounidense Stephen Michael Reich, introdujo la idea de un pulso constante,
interpretado por un instrumento de percusión laminado, y la idea convenció a Riley,
algo que sin duda cambiaria un aspecto muy importante de la obra.
Aun con la polifonía presente debida a la interpretación simultanea de diferentes
patrones, se puede considerar una obra heterofónica, al estar compuesta por la variación
de una línea melódica. Aunque está más ligada con culturas no occidentales,
encontramos ejemplos de esta textura en compositores como Debussy, Stravinski o
Johann Sebastian Bach (Aria para soprano con oboe Cantata BWV80).
Todos estos elementos infieren una gran personalidad a la obra, evidenciando que no
hace falta un control total de la composición para conseguir transmitir inquietudes e
incertidumbres sobre la misma. Estamos ante un ejemplo de la evolución de la música
durante el S.XIX, la cual ha ido abandonando elementos que se consideraban
primordiales a la hora de abordar la composición, y que poco a poco han ido
fundiéndose con las nuevas técnicas.
Javier Moreno Lucas, martes 17:30-19:00