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La Danza de Los Demonios - Esther Singer Kreitman

Este documento resume la vida y obra de Esther Singer Kreitman, autora de la novela La danza de los demonios. Creció en el seno de una familia judía ortodoxa y tradicional en Polonia a finales del siglo XIX y principios del XX, experimentando las limitaciones que la tradición imponía a las mujeres. La obra ofrece una visión del mundo judío polaco de la época a través de la protagonista Débora.
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La Danza de Los Demonios - Esther Singer Kreitman

Este documento resume la vida y obra de Esther Singer Kreitman, autora de la novela La danza de los demonios. Creció en el seno de una familia judía ortodoxa y tradicional en Polonia a finales del siglo XIX y principios del XX, experimentando las limitaciones que la tradición imponía a las mujeres. La obra ofrece una visión del mundo judío polaco de la época a través de la protagonista Débora.
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Publicada

en Polonia en 1936, La danza de los demonios constituye un gran


redescubrimiento literario. En esta novela autobiográfica, Esther Singer Kreitman,
hermana de los escritores Israel Yehoshúa y del Premio Nobel Isaac Bashevis Singer,
retrata vivida y apasionadamente el mundo de los shtetls polacos y la Varsovia judía,
un mundo repleto de rabinos, estudiantes de yeshivas, mendigos, granjeros,
maleantes, costureras y revolucionarios.
Débora, la protagonista, está excluida por ser mujer de los estudios en los que
destacan su padre, un ingenuo e idealista rabino, y su hermano precoz. Pero ella se
rebela leyendo libros que esconde detrás de la cocina, en sus breves incursiones fuera
de casa, así como en la atracción clandestina que siente hacia un joven rebelde
socialista. A pesar de ello, su familia seguirá poniendo límites a sus sueños, mientras
ella navega por las restricciones de la vida judía en un mundo que la tolera, pero que
no aprueba su actitud.
Esta obra magistral proporciona una visión demoledora de un mundo perdido y revela
el destino de las mujeres en un momento contradictorio, donde la tradición milenaria
colisiona con la modernidad.

[Link] - Página 2
Esther Singer Kreitman

La danza de los demonios


ePub r1.0
Titivillus 24-12-2018

[Link] - Página 3
Título original: Der Sheydim Tants
Esther Singer Kreitman, 1936
Traducción: Rhoda Henelde & Jacob Abecasis
Ilustrador de portada: Antonio Santos

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.0

[Link] - Página 4
ESTHER SINGER KREITMAN,
VIDA Y OBRA

(HINDE) ESTHER Singer viene al mundo el 31 de marzo de 1891. De su


nacimiento, lo menos que puede decirse es que no fue bienvenido por sus padres.
Estos se hallaban alojados desde su boda, dos años antes, en casa del abuelo materno,
en la pequeña ciudad de Bilgoray, a doscientos kilómetros al sur de Varsovia,
próxima a la frontera con Austria.
Un sucinto retrato de las personas más cercanas a la recién nacida —su padre, su
abuelo materno y, sobre todo, su madre— da suficiente idea del substrato familiar en
el que creció la autora:
Pinjas Méndel Singer, hijo y nieto de varias generaciones de rabinos jasidim, era
hombre de corazón más que de cerebro. Confiaba en las personas, y su ingenua fe en
Dios, nunca cuestionada, en la Torá y en los grandes hombres santos, no conocía
límites: «contaba con que Dios lo alimentaría, igual que alimenta a todas sus
criaturas». Por despreciar el aprendizaje del ruso, como idioma impuro, se vio
privado de obtener una licencia oficial para ejercer la función de juez rabínico, y
obligado de por vida a aceptar puestos de escaso relieve y remuneración.
Para Yaacov M. Sylverman, rabino de Bilgoray, Batsheva, su hija preferida,
«habría merecido ser hombre por su capacidad para el estudio», un juicio que por sí
mismo ya lo define a él. Era hombre práctico, con un profundo sentido del deber, y se
tenía por mitnagued, defensor del estudio y el debate talmúdico frente a la mística y
el populismo de los jasidim, a quienes despreciaba abiertamente. Al hecho de que su
amada hija se casara con uno de ellos vino a añadirse la incapacidad del yerno para
lograr independizarse de la casa de los suegros, no ya en los primeros cinco años de
matrimonio, tal como era acostumbrado, sino hasta poco antes de que sus dos
primeros hijos, Esther e Israel Yehoshúa, cumplieran respectivamente los seis y tres
años de edad.
Batsheva Silverman, además de ser «capaz de leer y comprender los textos
sagrados en hebreo, e incluso la Guemará en arameo», pues los había aprendido y
memorizado en su niñez y juventud, era a la vez una mujer de mente práctica,
inquieta y previsora. A la amarga sensación de ser un «varón fallido», como ya le
había inoculado su padre, vino a añadirse el tremendo desengaño de que su primer
alumbramiento fuera precisamente una hembra. Un desengaño también para su
marido, pues confiaba en que Dios, además de alimentarlo a él y a su familia,
también le daría un primogénito que continuara la senda de la religión y del estudio.

PRIMERA ETAPA: EL SHTETL, LENTSHIN Y RADZYMIN


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Podemos imaginar hasta qué límite llegaría después la frustración de Batsheva
cuando se vio recluida en Lentshin (Leoncin, en polaco), un humilde y pequeño
próximo a Varsovia, adonde finalmente la llevó a vivir su marido. Solo allí había
logrado que los vecinos judíos aceptaran sufragar directamente sus honorarios, ante la
imposibilidad de lograr un nombramiento oficial de rabino. Batsheva no encontró en
Lentshin mujeres de un nivel intelectual similar al suyo. De constitución enfermiza y
carácter reservado y lacónico, se refugiaba, tendida en su sofá, en la lectura de libros
sacros y de ética y moral religiosa. Solo encontraba consuelo durante los meses de
verano en sus escapadas a Bilgoray, siempre acompañada de sus hijos —al principio
los dos mayores, a los que se sumaron después otros dos: Isaac, nacido en 1904 y
Moshe en 1906— y donde siempre era calurosamente recibida en casa de los abuelos.
De estos primeros años de la infancia de Esther, unos pocos testimonios, aunque
muy significativos, nos dejó en primera persona Israel Yehoshúa, su hermano[1].
Veamos algunos ejemplos:

—Le preguntó a mi madre qué iba a ser ella cuando fuera mayor.
«¿Qué puede llegar a ser una muchacha?», fue la respuesta de mi
madre. Mi hermana, celosa desde muy pequeña, no podía aceptar que
las capacidades que a mí se me reconocían, a ella no se le
reconocieran. Esa era una fuente de constante fricción entre nosotros
dos.
—Mi hermana, fantasiosa y de carácter apasionado como mi
padre, excitaba aún más mi imaginación al evocar con anécdotas,
historias e invenciones la dulce vida que podríamos alcanzar cuando
el toque de cuerno de carnero por el Mesías resonara en el aire.
—Mi madre no preguntó por ningún regalo, pero mi hermana
quiso saber lo que mi padre había traído para ella. Él la miró
sorprendido. «¿Qué clase de regalo se le puede traer a una
muchacha?», preguntó. Para cada uno de mis dos hermanitos, aún
muy pequeños, trajo una yármulke y un tsitsit… (Para mí) un nuevo
libro de oraciones y, en una bolsa, un par de grandes filacterias que
pronto necesitaría para mi bar mitsva… y un tintero de plata que le
había entregado la abuela Támele.
—… debíamos guardar el dinero (un regalo de los abuelos) para
que sirviera de dote a mi hermana que estaba creciendo, y pronto
habría que ocuparse de buscarle un marido.

Estas pinceladas ya nos sugieren el retrato de la pequeña Esther: una niña


soñadora e inquieta, que envidiaba la suerte de su hermano, al verlo libre para
estudiar y disfrutar con los amigos, mientras ella —obligada por la debilidad física de
su madre y la ortodoxia e indiferencia de su padre—, debía atender la pesada carga de

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la casa y de sus hermanos menores, sin ningún reconocimiento por ello y sin más
perspectiva que convertirse un día en madre de familia.
Impulsado por el ansia de salir de la pobreza y estrecheces de Lentshin, el padre
de Esther encontró al fin una amistosa acogida entre los jasidim de un shtetl algo más
relevante aunque también modesto, Radzymin, cuyo rebbe, interesado por atraer un
rabino a su sede, lo contrató para dirigir su nueva yeshive. Pese a la dudas de su
esposa, que desconfiaba de esas promesas, decidieron hacer el traslado acompañados
por sus cuatro hijos.
Radzymin no representó para Esther, ya una jovencita quinceañera, un gran
cambio. Aunque de esta etapa ya no contamos con la misma fuente de información,
podemos suponer, a partir de su novela de tinte autobiográfico, que allí sí debió tener
contacto con algún muchacho de la yeshive de su padre, que en secreto le facilitaba
libros de literatura y de ideas nada ortodoxas, así como de aprendizaje del alemán. Su
situación familiar, sin embargo, siguió siendo la misma: atada al yugo de la casa y a
las tradiciones religiosas, mientras su hermano Israel Yehoshúa ya buscaba romper
con las ataduras y desembarazarse de las cadenas mentales a las que estaba sometido.
Ella veía, en cambio, que su porvenir ya estaba trazado y contra él se rebelaba
interiormente, en conflicto con la fuerte personalidad de su madre, cuyos
conocimientos por otra parte admiraba, y la inacción de su padre.
La situación económica de la familia no solo no mejoró, sino que incluso se
deterioró gravemente. La evolución desfavorable de la yeshive, donde Pinjas Mendel
se vio explotado sin escrúpulos, le llevó a buscar una salida y aceptó el ofrecimiento
de un conocido suyo para ir a ocupar el puesto de rabino en un barrio pobre de
Varsovia.

SEGUNDA ETAPA, VARSOVIA



El nuevo traslado de la familia en 1908, esta vez a un humilde piso de la calle
Krochmalna, en un entorno donde no faltaban el hampa y la prostitución, tuvo una
incidencia decisiva en la trayectoria que en los años siguientes habría de seguir cada
uno de los hijos. Israel Yehoshúa, tras acaloradas discusiones con su padre, se
despegó por completo de la tradición religiosa y huyó del ámbito familiar, primero
para encontrar acogida en el estudio de un pintor, y más adelante para incorporarse a
la escritura periodística y a los círculos literarios de la capital. El pequeño Isaac,
menos rebelde que su hermano mayor, mientras estudiaba en la yeshive, absorbió de
él su interés por la literatura y sus conocimientos, y aprovechó esos años infantiles
para escuchar y grabar en su memoria las jugosas historias y enredos judiciales,
envueltos en ingenua fe religiosa y supersticiones, a los que asistía oculto tras la
puerta del despacho rabínico de su padre. Años más tarde los trasladaría a su obra
literaria.

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En cuanto a Esther, la sacudida que supuso pasar de la oscuridad y la sordidez del
shtetl a la modernidad y apertura de Varsovia, aparte de facilitarle ciertas lecturas y
contactos intelectuales, no hizo sino acrecentar su sensación de impotencia. Seguía
envidiando la suerte y la rebeldía de Israel Yehoshúa cuyas capacidades admiraba,
aunque realmente él no prestara la menor atención a la «sed de estudio y de escritura»
de su hermana. Se asegura que ella volcó esos sentimientos reprimidos en páginas y
escritos que desgraciadamente no nos han llegado (¿destruidos por ella misma, o por
indicación de su propia madre, según alguna versión?). Sin duda, su atormentada
situación interior le debió producir un desequilibrio psíquico lindante con la histeria y
la depresión, ya que Batsheva se lamentaba de esas frecuentes y repentinas reacciones
de llanto o de risa en su hija, sin hacer nada por comprenderla. Isaac Bashevis, años
más tarde, lo expresaría así: «mi hermana sospechaba que mi madre no la quería, lo
cual no era cierto, pero realmente eran incompatibles» y se inspiraría, además, en las
frustradas aspiraciones intelectuales de Esther para crear la figura de Yentl.
Inesperadamente, cuando ya habían pasado tres años desde su llegada a Varsovia,
el atolladero en el que Esther seguía sumida tuvo un súbito desenlace: sus padres
aceptaron la propuesta de un rico predicador itinerante de apellido Kreitman, que
buscaba una muchacha de familia judía devota, incluso sin dote, para esposarla con
su hijo Abraham, residente en Amberes, donde trabajaba como tallador de diamantes.
En pocos meses, y sin siquiera dar oportunidad a ambos jóvenes para que se
conocieran, los padres respectivos acordaron reunirse con ellos en Berlín, y allí
mismo celebrar el enlace. La descabellada idea, si al principio produjo el rechazo de
Esther, enseguida se tornó a sus ojos en una luz de esperanza para un cambio en su
vida.

TERCERA ETAPA, AMBERES



El marido de Esther resultó ser un infeliz de carácter apocado, en cuya compañía
ella se sentía extraña. Vivía enfrentado con sus hermanos y con su padre y tropezaba
con grandes dificultades para obtener trabajo debido a la crisis en la industria de los
diamantes. Ante las alarmantes noticias del estallido de la Primera Guerra Mundial y
del rápido avance del Ejército alemán (Amberes sería ocupado en octubre de 1914),
el matrimonio decidió emigrar, junto con su primer y único hijo de seis meses, a
Inglaterra y como refugiados se instalaron en el East End de Londres. En esta ciudad
habría de pasar Esther la mayor parte de su vida de adulta y, finalmente, de escritora.

CUARTA ETAPA, LONDRES Y VUELTA A VARSOVIA


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En los primeros años en Londres, durante los cuales la familia malvivió mediante
ayudas de la Agencia Judía y trabajos esporádicos del marido, Esther se entregaba
por completo al cuidado y educación de su hijo, dentro de las dificultades derivadas
de la guerra: la escasez de alimentos y de trabajo, y hasta los bombardeos de la
capital británica en junio de 1917.
Recuperada lentamente la normalidad y una cierta mejora económica, en 1926, al
cumplir su hijo Morris los trece años, Esther no soporta el peso de su exilio, interno y
externo, y decide viajar al reencuentro con su familia en Polonia. Acerca de este
episodio disponemos de información a partir de las memorias que muchos años más
tarde escribió su hijo, bajo el nombre de Maurice Carr. Según cuenta, allí permaneció
Esther tres meses, alojada en la casa alquilada por su hermano Israel Yehoshúa en el
shtetl de Otwock, donde los novelistas y poetas de lengua yiddish se reunían los
veranos. Israel Yehoshúa se hallaba entonces dando los toques finales a su primer
libro de relatos, con el que comenzaría a darse a conocer como gran escritor. El otro
hermano, Isaac, a sus veintidós años, escribía artículos y reseñas de libros para
revistas, con lo que se ganaba el sustento, además de estar traduciendo al yiddish La
montaña mágica, de Thomas Mann. Esta repentina aproximación al ambiente
literario despertó de nuevo en Esther el ansia por dedicarse a la escritura. En cuanto a
los lazos con sus padres, que acudieron a verla desde la lejana ciudad de Dzykow, en
Galitzia, en donde Pinjas Mendel ocupaba el puesto de rabino, la frialdad del
encuentro reflejó claramente el abismo que los separaba de sus hijos (el cuarto,
Moshe, seguidor de las tradiciones, seguía viviendo con ellos en Dzykow).
Tras su regreso a Londres, y estimulada por aquel despertar literario, en 1929
Esther vuelve a viajar a Varsovia, esta vez sola y con la intención de entregarse a la
escritura. Permanece unos diez meses, durante los cuales, habiendo ya perfeccionado
su dominio del inglés, emprende la traducción al yiddish de dos obras y las publica en
Varsovia: en 1929, Vaynakht (Christmas carol), de Charles Dickens, considerada por
algunos como una condena al capitalismo industrial y, en 1930, Di froy in sotsyalizm
un (Intelligent woman’s guide to socialism and capitalism), de George Bernard Shaw,
donde el autor defiende con brío la igualdad entre la mujer y el hombre en el ámbito
legal y moral.

ÚLTIMA ETAPA, REGRESO A LONDRES



Cuando Esther vuelve a Londres, empieza a publicar relatos cortos en periódicos
y revistas literarias yiddish, no solo de Londres, sino también de Varsovia, París y
Amberes y, sobre todo, acomete la ficción novelística. En 1936 logra enviar a
Varsovia y publicar Der Sheydim Tants (La danza de los demonios), donde recoge
magistralmente la infausta experiencia de su niñez y su adolescencia en la persona de
la protagonista Débora (bajo este nombre alcanzaría difusión internacional la

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traducción al inglés por su hijo, diez años más tarde). Cabe señalar que en ese mismo
año Israel Yehoshúa publica en Nueva York su primera gran obra (Los hermanos
Ashkenazí) y su otro hermano, Isaac, que acababa de emigrar a América, publica en
Varsovia su primera gran novela, Satán en Goray. Curiosa coincidencia temporal de
la culminación del genio literario de los tres hermanos.
El nombre de Esther Kreytman ya se hizo conocido en los círculos literarios
yiddish de la Europa central. Cuando se produce la invasión de Austria por las tropas
nazis, un novelista y corresponsal del diario Forward, A. M. Fuchs, logra huir de
Viena con su hija y, tras instalarse en París, escapa de la tristemente célebre redada
del Velódromo de Invierno en 1942 y viaja a Londres. Allí visita a Esther, cuyo
nombre conoce, así como el de sus hermanos, a través de sus libros. Esa visita
desemboca en el enamoramiento entre los hijos de ambos, que un buen día anuncian a
Esther su intención de casarse y de marcharse a vivir en París.
Para Esther, que siempre había volcado todo su amor en su hijo, ese abandono
supuso un golpe muy duro. Resurge su neurosis, que llega a un clímax cuando en
1944 se dirige por carta a su hermano Isaac, suplicándole ayuda, sin resultado alguno,
para que la ayudara a emigrar a América. En ese mismo año, no obstante, publica en
Londres su segunda novela Brilyantn [Diamantes], también en parte autobiográfica,
donde relata la caída de la familia de un negociante en diamantes en Londres y
Amberes durante los años de la Primera Guerra Mundial. Las ricas descripciones del
improvisado alojamiento de los refugiados en Londres y, en vena satírica, del tumulto
de los oradores en el Hyde Park y de la ruidosa vida en el East End judío fueron
objeto de grandes elogios por Melech Ravitch, el escritor y crítico literario en lengua
yiddish.
En los años que siguieron, Esther se mantuvo activa y no solo participaba en la
revista londinense Loshn un Lebn [Lengua y vida], sino que continuó con su creación
literaria y publicó en Londres en 1949, bajo el título Yijes [Linajes], una colección de
catorce relatos cortos, con personajes, no solo de su Polonia natal sino también del
East End londinense. El libro, en traducciones más recientes al inglés y al francés, ha
salido bajo el título de Blitz, el primero de esos relatos. En el de mayor resonancia,
Naye Velt [El nuevo mundo], Esther describe en primera persona cómo un feto
rebelde, dentro del vientre de su madre, grita y trata de expresar su rebeldía contra la
humillación y la injusticia que, como niña, sufrirá después de nacer. Una muestra más
de que nunca llegó a desaparecer en ella la falta de sosiego y de paz interior, ni los
contradictorios sentimientos hacia sus padres y hermanos, en definitiva, sus demonios
interiores, con los que, en frías palabras de su hijo, «se hacía daño a sí misma». En un
último y quizá furibundo deseo antes de su muerte, en 1954, Esther dispuso que su
cadáver, contradiciendo la tradición judía, fuera incinerado.

LA DANZA DE LOS DEMONIOS

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En esta novela, como ya se ha dicho, la autora transforma en ficción, con singular
maestría, los principales acontecimientos de su propia infancia y juventud, sus
sentimientos, sufrimientos y rebeldías hasta ser llevada por imposición a convertirse
en mujer casada y exiliarse. Débora, la protagonista, es su alter ego; Mijael
representa a su hermano Israel Yehoshúa, y tanto el padre, Avrom Ber, como la madre
de ambos, Réisele, son fiel retrato de quienes lo fueron, con otros nombres, en la vida
real.
El arranque de la novela no puede ser más revelador. Ante el frecuente
comentario que Avrom Ber, el padre, hace a Réisele, la madre: «Mijael llegará a ser,
con la ayuda de Dios, un gran talmudista», Débora preguntaba, mitad en broma,
mitad en serio: «¿Y yo qué llegaré a ser, papaíto?». Si en algún caso recibía respuesta
era, invariablemente, que una muchacha no necesitaba llegar a ser nada. La niña,
herida en lo más profundo de su ser, pensaba que de nadie recibiría nunca un elogio.
El tema de la función de la mujer en el núcleo familiar está presente en toda la
obra y muy ligado a su origen histórico: los tiempos en los que la religión dominaba
el rumbo de las sociedades. Ya en el siglo XVII el gran poeta inglés John Milton[2] lo
había resumido con una sola frase: «He for God and she for God in him». («El por
Dios y ella por el Dios en él»). Es decir, el varón acaparando la faceta espiritual de la
vida, mientras que el destino de la mujer es servirlo en todo lo terrenal.
En cualquier comunidad de jasidim, como la que comprendía a la familia de los
Singer, esa diferencia de status entre el hombre y la mujer se prolongó más tiempo
que en otros entornos, en cierto modo hasta la modernidad. En la novela, es
determinante del sino de Débora: a sus quince años, en lugar de seguir el rumbo
educativo y formativo de sus hermanos, ha de cargar con el yugo de los trabajos del
hogar, en una familia de muy escasos recursos económicos, hasta el punto de obligar
a la protagonista a rogar que le vendieran alimentos a crédito. Y no era este el mayor
de sus problemas.
La madre de Débora, Réisele, al provenir del movimiento de los mitnagdim,
literalmente «oponentes» al jasidismo, tuvo la posibilidad de estudiar, pese a ser
mujer. Sin embargo, sus estudios tampoco le ofrecieron salida alguna. Lo único que
le proporcionaron fue la oportunidad de ser consejera de su marido en asuntos
prácticos, así como poder citarle de memoria los versículos que necesitaba para sus
apuntes en los márgenes de los libros sacros.
Débora, por su parte, está hambrienta de recibir una formación. Lee lo que cae en
sus manos, incluso a Karl Marx. Ve en el saber un camino para su liberación de las
restricciones de la religión, de su yugo familiar, pero ¿cómo? Ni siquiera le han
enseñado un oficio.
La novela refleja la lucha de Débora por lograr su independencia en las varias
etapas de su adolescencia, hasta que se convierte en mujer y se siente atraída por un
joven, descubriendo al fin el auténtico amor por otra persona. Se esboza una tierna

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historia de amor en el corazón de la novela, pero finalmente son las circunstancias las
que determinan sus destinos. Llegada a la edad adulta, lo que se impone para una
joven es el matrimonio concertado, en función de la presencia o carencia de una dote.
La protagonista se ve obligada a elegir entre dos coyunturas desfavorables:
permanecer en un hogar, en el que se siente indeseada, o aceptar el matrimonio con
un desconocido. Tan terrible dilema le lleva a sufrir una crisis depresiva que, sin
embargo, no le impide insistir en su sueño de hacerse independiente y culta.
Lo que subyace en la descripción de las peripecias de Débora es el tono
desesperado de rebeldía, de protesta y de ansia por demostrar que una muchacha
también puede llegar a ser alguien. Y al mismo tiempo, no faltan los repetidos brotes
de compasión hacia los más débiles, los toques de humor, los diálogos vivaces y
algunas maravillosas descripciones de paisajes y, sobre todo, de su amada Varsovia.
Retrata las miserables callejuelas del gueto judío (sí, ya entonces era un gueto, si bien
todavía no encerrado) y, al mismo tiempo, las elegantes calles con comercios y
deslumbrantes escaparates en el centro de la ciudad. Y qué decir de los bellos
Jardines Sajones, donde los judíos ortodoxos no podían entrar a causa de su atuendo,
ni las mujeres que no llevaran sombrerito.
Volviendo a la autora y a su vertiente de defensa contra la discriminación de la
mujer, vale la pena recordar el comentario que en la revista literaria Jewish Quarterly
de octubre de 2015 hace el prestigioso crítico literario Yaakov Wise: «¿No será
Esther Singer Kreitman la primera feminista en la literatura yiddish?». Y a
continuación afirma: «Pese a que murió en el anonimato y la indigencia, en sus
últimos años fue aclamada como la principal prosista femenina en yiddish y un
importante prototipo para las siguientes generaciones de feministas judías».

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CAPÍTULO I
EN YÉLEJITZ

«MIJAEL llegará a ser, con la ayuda de Dios, un gran talmudista».


Estas palabras se las oía decir Débora algunas veces a su padre, reb Avrom Ber[3],
rabino de Yélejitz, en conversación con su madre, Réisele, quien además de rébbetsin
era algo así como la secretaria privada y consejera de su esposo. Siempre que era
necesario convocar una asamblea en el shtetl o se tenía que pedir algún aumento de
sueldo o, en general, había que ocuparse de algún asunto complicado, esa era tarea de
Réisele. Se tumbaba en el sofá, y su cuerpo enjuto y endeble no hallaba reposo hasta
que en el cerebro encontraba respuesta adecuada a la petición del rabino.
Reb Avrom Ber vestía habitualmente un gabán de terciopelo negro, además de
zapatos y medias de rabino. La hermosa barba rubia, unida a los tirabuzones algo más
oscuros a cada lado, confería a su rostro un aire de distinción.
—¿Y yo qué llegaré a ser, papaíto? —preguntaba a veces Débora a su padre,
mitad en broma, mitad en serio, pues jamás había oído de nadie un elogio.
Reb Avrom Ber, por lo general, no le respondía o en algún caso lo más que le
decía era que una muchacha no necesitaba llegar a ser nada. Esas palabras herían
profundamente a Débora.
—¿Y por qué mamá sí llegó a ser algo? También ella fue muchacha alguna vez.
Lo cierto es que, en realidad, Avrom Ber consideraba la instrucción de su esposa
un desatino. Solo que ya era demasiado tarde para esta apreciación, y aprovechaba la
capacidad mental de Réisele para poder sentarse él a estudiar y no molestarse en
pensar en otra cosa que en los comentarios relacionados con la Torá. Sabía muy bien
que ella era, gracias a Dios, una mujer inteligente; entonces, ¿para qué entrometerse
en sus asuntos? Mejor quedarse sentado en el despacho rabínico, absorto en su
estudio y en su quehacer, mientras masticaba tranquilamente unos pelos de su barba y
canturreaba alguna «nueva» melodía de las que solía traer, junto con unos pocos
rublos, después de cada visita a su rebbe. Había elegido al rebbe de R… en
sustitución al de Sandz, porque la sede de este último le resultaba demasiado alejada.
Las argumentaciones relacionadas con temas de la Torá eran, para Avrom Ber, tan
atractivas como la vida misma; aunque no las más simples entre ellas. Por el
contrario, cuanto más agudas, espinosas y polémicas, más le atraían; y cuanto más
intrincadas e impenetrables, más interesantes le resultaban. Cuanto más profundizaba
en ellas, más brillaban en su apacible rostro los bondadosos ojos castaños, más se le
enardecían las mejillas, y más pálida y alta parecía su frente. Si atrapaba algo que él

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se sentía capaz de desentrañar, se le erguía la barba, la torturaba, tiraba de ella, la
mordía y la enroscaba alrededor de los dedos mientras reflexionaba. Su satisfacción
era enorme cuando lograba culminar el comentario innovador, y entonces, solo
entonces, la soltaba. La barba desempeñaba para Avrom Ber un papel importante en
sus logros. Era su «mano derecha» ante cualquier difícil cuestión en la Torá o en el
Shulján Aruj[4].
Antes de que lo nombraran rabino de Yélejitz, su suegro le había obligado de
hecho a abandonar esas innovaciones durante algún tiempo y empezar, desdichado de
él, a estudiar el Maguén Abraham[5] para poder ganarse la vida. Ya entonces la barba,
pese a ser todavía incipiente, le había servido con fidelidad y soportó bastante más de
lo que debía soportar Réisele. A su esposa, cuando él le pedía ayuda para algún
asunto cotidiano, o para citar algún versículo de la Biblia en el que se sabía menos
versado que ella, no la maltrataba como a su barba. Se dirigía a ella con deferencia y
disfrutaba cuando la veía dispuesta a responderle, lo cual no siempre era el caso.
—Discúlpame, ¿podrías decirme dónde se encuentra tal o cual versículo?
A Réisele le hubiese gustado en ese momento esbozar una sonrisa de gran
satisfacción por el hecho de que su marido la necesitara también para esa clase de
asunto, pero no le era posible… Y no le era posible debido a la especial configuración
de su rostro: unos pómulos marcados y un mentón en exceso prominente. Por tanto,
pensativa y abriendo aún más sus grandes ojos grises, se llevaba al entrecejo una
mano transparente, de un blanco azulado, y respondía de memoria:
—En Samuel I… En Isaías… En Salmos… —O en cualquier otro libro y capítulo
al que perteneciera el versículo requerido.
Reb Avrom Ber la premiaba siempre con un espontáneo «¡Bravo!» y volvía con
rapidez a su despacho rabínico. Ella, aún dubitativa por si hubiese errado en la
respuesta, comprobaba que no se había equivocado, estiraba de nuevo en el sofá sus
flacas piernas y volvía a tomar en las manos algún libro sacro.
En ocasiones, Avrom Ber la pillaba hojeando algún libro apócrifo. En ese caso
pensaba: «No es ella la culpable, sino su padre».
El padre de Réisele provenía de Bielorrusia y ejercía de rabino en una importante
ciudad de la región de Plock[6]. Para él, la dedicación al estudio del Talmud tenía
prioridad absoluta frente al misticismo y la ortodoxia de los Tenía unos profundos
ojos negros, que siempre posaban sobre Avrom Ver, su yerno jasíd, una mirada de
superioridad unida a una irónica sonrisa…
Durante mucho tiempo había «torturado» a su yerno, insistiéndole en que toda
persona estaba obligada a intentar ganarse el pan, y que ocho años viviendo a costa
de su suegro no eran pocos. Le aseguraba que a él también le habría gustado
dedicarse a anotar innovaciones en los márgenes de los libros sacros en vez de
«trabajar» y prepararse para conseguir un puesto de rabino. Tanto insistió, que Avrom
Ber se dejó convencer. Se trasladó a la capital, allí entregó a su tutor los cien rublos

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que había recibido de su suegro y empezó a prepararse para el examen del idioma
ruso…
Tal vez todo habría salido bien si no hubiera sido por la llegada de cierto joven,
de barbita recortada y risueños ojos negros, que también aspiraba a presentarse al
examen para un puesto de rabino oficial. Casualmente, este joven se enteró de que la
esposa del tutor conversaba en ruso con su marido y sus hijos, y además no se cubría
la cabeza con una peluca.
Al parecer, informó de ello a Avrom Ber y, aunque al principio este no quiso ni
pudo confirmarlo, pasadas cuatro semanas ya se había hartado del lugar. No le
entraban en la cabeza esas extrañas palabras del método de autoaprendizaje de
Naimanovitch, como por ejemplo: Odin tsar bil bolen i skazal… («Un zar estaba
enfermo y dijo»…), y tampoco aguantaba las constantes quejas del tutor porque no
cumplía con los deberes que le mandaba realizar. ¡Aquella información sobre la
esposa del tutor fue el último golpe! Agarró sus bártulos y se marchó. ¿Adonde? Ni él
lo sabía. No se atrevía a regresar a la casa del suegro, y dinero no tenía. Se marchó al
albur.
Sus pasos lo llevaron al shtetl más próximo. Allí no reveló su identidad.
Únicamente anunció su propósito de pronunciar un sermón en la sinagoga entre las
oraciones de la tarde y de la noche. Y de este mismo modo fue viajando de un shtetl a
otro. Los feligreses, por lo general, se deleitaban con él, y en especial las mujeres
hasta intentaban besarlo…
—¡Cuánta dulzura, cuánto encanto, cuánta magnanimidad! ¡Mejor que el mejor
de los vinos, de verdad mejor! —proclamaban las féminas, y hasta los estudiosos de
la Torá lo elogiaban. Pero también de esto se hartó. Cierta mañana decidió arriesgarse
y regresó a casa.
El suegro lo miró con ojos abiertos como platos. La sorpresa no le dejó
pronunciar respuesta alguna. La tenía preparada, y muy cáustica, pero se retuvo y se
quedó observando al yerno. No cesaba de mirarlo. A continuación, agarró el taled y
las filacterias, y abandonó su gran escritorio de nogal plagado de libros y papeles,
dejando en mitad del despacho a un confundido Avrom Ber. Desde la puerta, aún
consiguió gritarle:
—¡Ya va siendo hora de que dejes de ser un holgazán! —Y se marchó a la
sinagoga.
Avrom Ber no cambió por ello. Continuó siendo un holgazán y no logró alcanzar
un puesto de rabino en ninguna ciudad de cierta importancia, precisamente por no
haberse sometido al examen de ruso. En el shtetl de Yélejitz, sin embargo, que
carecía de rabino, fue bien acogido y logró que, sin carácter oficial, lo nombraran
para ese puesto. Cuando Réisele planteaba alguna discrepancia a este respecto, él no
se abstenía de contraatacar. Censuraba al padre de ella por no haber tenido en cuenta
el principio: «kol ha’melamed et bittó Torá keílu melamedá tefelut»[7] («quien enseña
Torá a su hija es como si le enseñara a servir a un dios ajeno»), y haberla impulsado a

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estudiar la Biblia. Y no se limitó a eso: siempre que encontraba en un libro sagrado
alguna cita destacable, una anécdota inteligente o una historieta interesante, la
llamaba a su despacho: «¡Réichik!», y allí se lo explicaba. Incluso le traía libros para
que los leyera, libros sagrados se entiende, aunque ella finalmente leía de todo…

En lo que respecta a Débora, al crecer en un hogar como este —con sus padres
siempre ocupados, él anotando innovaciones en los márgenes y ella absorta en sus
libritos sagrados—, inevitablemente envidiaba a su hermano Mijael, pues pensaba
que se le prestaba más atención que a ella. A Mijael, por su parte, le importaba un
comino si lo elogiaban o no y, cuando estudiaba, era porque no tenía otra cosa que
hacer (pese a lo cual almacenaba muchos conocimientos). Adoraba a su madre y
amaba las historietas que le leía cuando alguna vez ella estaba de buen humor. La
consideraba el auténtico sostén de la familia… Y sin embargo, ¿cómo era la realidad?
En casa no faltaba nada, excepto ese algo que transmite un mínimo de sensación
de hogar, ese cálido ambiente que, por lo general, envuelve íntimamente a una
familia, incluso muy a menudo alrededor de la preparación de la comida. Mijael solía
pasar las tardes de verano en el prado que desde cerca de casa se extendía hasta muy
lejos, más allá del río. Para él, el verano significaba la buena vida. Tardes enteras, y a
veces también la mitad de la mañana, permanecía en el prado o al lado del río.
Tumbado a pierna suelta sobre la hierba, siempre abundante junto al agua, miraba al
vacío durante horas y, si se le antojaba un baño, se quitaba las ropas, las envolvía en
un paquete atado con los flecos del tsitsit y entraba en el agua. Allí se zambullía,
saltaba sobre una pierna o imitaba a Hanna y sus muecas cuando se lamentaba ante el
espejo por su mala suerte. Cuando no era esto, acostado sobre la espalda y dando
zapatetas en el aire con sus piernas largas y delgadas, blancas como las de una
muchacha, escupía hacia arriba, apuntando en dirección a las líneas cobrizas que el
sol poniente encendía en los árboles, o hacia las nubes que en el cielo parecían
montañas. Cuando se hizo mayor ya no escupía hacia el cielo, pues leía tumbado
boca abajo: esto le daba aire de persona seria y adulta a quien, de vez en cuando,
simplemente le entraban ganas de cometer alguna diablura.
Ni el padre ni la madre le preguntaban qué hacía, pues ambos estaban demasiado
absortos en sí mismos. ¿De dónde se habría sacado reb Avrom Ber que Mijael se
convertiría al crecer, con la ayuda de Dios, en un gran talmudista? Solo Dios lo sabe.
Los malos tiempos empezaban para Mijael al final del verano, cuando tumbarse
sobre la hierba ya no era posible debido a la humedad. El cielo se cubría de nubes de
un gris plomizo, incluso en mitad del día, o bien empezaban a soplar los vientos y se
ponía a llorar imitando a la vieja Hanna. También el aire se volvía opaco y las
mañanas parecían envueltas en humo, como después de un incendio. En casa, el
desorden crecía todavía más. Se percibía una especie de débil susurro, del que
emanaba una melancolía cargada de temor. ¡Cada año lo mismo! En esa época,

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Débora sentía una gran pesadez en el corazón. El último otoño en Yélejitz fue peor
que el de los años anteriores. La madre estuvo todo el tiempo enferma y Débora, que
ya había cumplido los quince años, se convirtió en el ama de la casa. Sobre ella
recayó todo el yugo del trabajo hogareño.
Reb Avrom Ber andaba muy agitado ante la proximidad de aquel Rosh
Hashaná[8]. Estudiaba poco y reflexionaba mucho. En cuanto a Réisele, los pómulos
se le habían vuelto más angulosos, el cuello más arrugado y, aunque leía menos,
hundía la cabeza, si cabe con mayor profundidad, en las amarillentas páginas de sus
libritos sacros. Dentro de casa, Débora no sabía qué hacer consigo misma. En ningún
otro lugar el comienzo del mes de Elul[9] se hacía notar de modo tan manifiesto, con
aquellas montañas doradas que, al ir desapareciendo poco a poco, anunciaban un
prolongado, muy prolongado invierno de ventanas y puertas cerradas, cielos grises y
días muertos. Débora se había acercado a la casa del vecino y notó que allí reinaba
más alegría que en el resto del año. Figar, la hija de Yankl, y sus dos hermanas más
jóvenes, sentadas a una larga mesa que había sido prolongada mediante unas tablas,
trabajaban en el amasado del pan. Juntas faenaban y cantaban. Enfrente, al lado de la
ventana, de pie, estaba el propio Yankl. Sobre una tela campesina extendida en la
mesa de trabajo deslizaba su tiza y después cortaba con una gran tijera de sastre,
como si fuera el Ángel de la Muerte. Sara Petlak, su esposa, atareada al lado del
horno y con el rostro llameante ante el fuego abierto, removía las ascuas con un
atizador, muy absorta en su tarea. Su modo de estar absorta era diferente al de la
madre de Débora: no transmitía melancolía. Jáyimke, el hijo menor, con su sucia
naricilla en la cara picada por la viruela, rodeado de zapatos, polainas, suelas y trozos
de cuero, y sentado sobre un taburete de tres patas con hueco en el centro, se afanaba
sobre una bota para reforzarla con clavos. Los sacaba de la boca con tal destreza que
dejó a Débora boquiabierta.
—¿Cómo es que ni siquiera tiene miedo?…
Jáyimke lo hacía todo aprisa, como un duende. El mechón rubio sobre su rostro
tiznado saltaba de un lado a otro de la ancha raya de su peinado y, a la vez que dirigía
fugaces miradas a Débora, seguía trabajando como si miles de diablillos lo
empujaran…
Clip-clap, clip-clap… y ya estaba la bota vuelta del revés, con el borde de la suela
totalmente clavado.
La esposa de Yankl trajinaba en ese momento con la sartén. Las doradas rodajas
de cebolla saltaban alegremente dentro de la grasa hirviente que burbujeaba subiendo
y bajando, mientras se oía el crepitar, bizz-bizz-bizz, y el olor se expandía por toda la
habitación. Causaba una sensación tan grata y hogareña, que a Débora incluso le
asaltó la idea de que debía de ser muy agradable tener una madre como esa.
Enseguida, sin embargo, se avergonzó profundamente y en su corazón se reprendió a
sí misma. Por supuesto, solo fue un pensamiento fugaz. Su madre era una persona
imponente, y le inspiraba mucho respeto y amor. Aunque al mismo tiempo se le

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ocurrió pensar que ella, Débora, al hacerse mayor, sería como la esposa de este sastre,
sabría cocinar sabrosas cenas, y nada más. Incluso llegó a encontrarse cierto parecido
con la mujer que estaba junto al horno. Eso bastó para que empezara a odiarse a sí
misma. ¿Ella, como esa mujer?
Mijael no vivía muy en paz con Débora. En las tardes de los sábados de invierno
solía provocarla, al ver que se sentaba a leer el libro de los Salmos mientras él
escapaba al río. Allí, sobre las aguas congeladas entre campos cubiertos de nieve,
bajo el transparente y silencioso cielo azul, patinaba algún tiempo. Y qué decir
cuando, a causa de una nevada, con las orejas heladas, las mejillas rojas por el frío y
los ojos brillando con destellos cambiantes, de marrón a cobrizo y a negro, volvía a
casa, reanimado y radiante de vitalidad. Se burlaba de su hermana al verla aburrida y
leyendo salmos como una vieja pecadora. Aunque lo cierto es que Débora trataba de
matar el tiempo, un tiempo que se estiraba como si fuera de goma, mientras soportaba
en silencio el desbarajuste de la casa. Por mucho que trajinara sin descanso, el hogar
parecía más bien una posada a punto de cerrarse.
—¿Has estudiado, Mijael? —preguntaba entre bostezos un somnoliento Avrom
Ber, esperando que su hijo le rindiera cuentas.
—¡Claro que sí!
A Débora le costaba contenerse y no traicionarlo. ¡Vaya sinvergüenza! Un
absoluto embustero. Y encima se burlaba de ella. Pero, mientras tanto, su padre ya le
había pedido que le trajera un vaso de té, y ella ni siquiera volvía a pensar en Mijael.
Además, tampoco se sentía limpia de pecado. Canjear un libro de su padre por un
cuento, cuando el librero ambulante se presentaba, era peor, en definitiva, que patinar
durante el shabbat. Si su padre se enterara, cualquiera sabe lo que haría… ¡Ahí es
nada, cambiar un libro sagrado por una novela! Pero Débora también pensaba que si
ella estuviera en el lugar de Mijael no tendría necesidad de hacer cosas inapropiadas;
se quedaría estudiando, pues de lo contrario podría volverse loca. También leyendo
una novela se aburría uno bastante y, además, el cachazudo librero venía solamente
una vez cada cuatro semanas. Tenía que esperarlo hasta que, con ocasión de alguna
feria, llegaba cargado como un asno y sin traer nada interesante. Si al menos se
presentara más a menudo, alguna que otra cosa se le podría sacar; aunque, más que
nada, traía pequeños y libros de oración en yiddish para mujeres. Pero se veía
obligada a esperar hasta la siguiente feria para leer por enésima vez el cuento de tres
hermanos. Por esta razón terminaba hojeando el libro de los Salmos, ora intentando
encontrar su significado, ora llorando sobre las páginas, desgastadas y amarillentas.
Si ella estuviera en lugar de Mijael se sentaría a estudiarlo… Pero como solo era una
muchacha, si planteaba una pregunta a la madre, ella se negaba a aclararle el
significado:
—No es necesario que lo entiendas —le respondía.
A Mijael no le preguntaba nada. ¿Para qué? Cuando alguna vez le pedía una
explicación, después se daba cuenta de que se había burlado de ella y se lo había

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interpretado al revés. La madre lo tomaba a risa, la tildaba de burra por habérselo
creído, y rehusaba darle la explicación correcta. En cuanto a su padre, era inútil
esperar de él que la ayudara con alguna explicación; incluso había escondido encima
del horno el método Naimanovitch de autoaprendizaje del ruso. El maestro se lo
había enviado años atrás desde Plock, junto con la factura. Débora casi se mataba
cada vez para alcanzarlo y bajarlo de allí. Arrimaba la mesa al horno, ponía una silla
encima de la mesa, se subía encima de la silla, y entonces caía de todo: polvo, hojas
sueltas, plumeros quemados, cualquier cosa menos ese libro. Lo cierto es que
tampoco importaba mucho; ya hacía tiempo que ella se lo había aprendido de
memoria: Odin tsar bil bolen i skazal… («Un zar estaba enfermo y dijo»…). ¡Sí!
Conocía todos los cuentos sin necesidad de leerlos.
Se aburría. Estaba harta del trabajo de la casa: no le aportaba nada. Sentía que
algo le faltaba, pero no sabía qué. Mijael lo tenía todo tan claro, con cualquier cosa
estaba contento y ella con nada. A Mijael le interesaba todo: el río, el prado, las
mujeres que venían a consultar a su padre alguna cuestión de índole religiosa y, por
supuesto, también la feria. Cuando llegaba la feria, Mijael se convertía en una
persona atareadísima.
El miércoles, el día semanal de la feria, era realmente apasionante. Ese día las
mujeres no se quedaban sentadas en el terroso umbral de sus casitas decrépitas,
envueltas en pobreza e intercambiando cotilleos; ni las pandillas de muchachos y
muchachas, ociosos y vocingleros, llenaban las calles; tampoco los niños correteaban,
descalzos, sucios y descuidados, detrás de unos perros con pulgas y unas cabras
escuálidas; ni las respetables tenderas se quedaban sentadas a la puerta de sus
comercios, despatarradas y aburridas, buscando compradores en vano con la mirada,
y esperando la feria. Tampoco se hallaban dentro de las tiendas las mujeres que,
durante las largas jornadas de invierno, se sentaban, con la cabeza envuelta en trapos,
a escuchar el lúgubre sonido del silencio. En cuanto a los buhoneros y los libreros
itinerantes, que normalmente abandonaban el shtetl a la hora en que se encendían las
lámparas de queroseno para ir a vender por los pueblos, ese miércoles se quedaban en
sus casas y tenían que esforzarse para ganar el pan.
Ya el martes por la tarde en la sinagoga, los hombres, tras arrimarse por última
vez a la estufa para calentarse un poco, terminaban de rezar rápidamente las
oraciones de la noche y se apresuraban a volver a casa con sus esposas y a prepararse
para el día siguiente, el gran día que sostenía a todo el shtetl, incluidos los cabezas de
familia, al propio rabino y a todo ser viviente.
El miércoles por la mañana temprano, a Mijael ya no se le podía encontrar. En
medio de los gritos y los golpes, el barullo y el ajetreo, él se adentraba en el mercado
y regresaba a casa cuando ya era realmente «obligado», es decir, a la hora del rezo de
la tarde. Tanto le atraían las escenas que surgían espontáneamente en la feria, que le
costaba arrancarse de allí. También a Débora le gustaba la feria, pero ¿dónde
encontraba tiempo para eso? En cuanto se detenía a fijarse en algo, ya venía alguien a

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avisarla. «¡Débora, tu mamá te llama!», le decía la hija de una vecina tirándole del
chal, y Débora se marchaba a casa disgustada.
Era cómica aquella vecina, Feigue Lea, que sabía gritar como nadie. Todavía
podía oír Débora los aullidos que lanzaba contra su marido porque cualquiera excepto
él, su inepto esposo, era capaz de montar la caseta en el mercado, pese a que se
esforzaba más que ninguno. Mientras los demás lo hacían sin que apenas les
temblaran los tirabuzones, a su marido, aunque los atara a las orejas o los sujetara con
la mano, no se le estaban quietos.
Cierto que Feigue Lea no era la única en quejarse de su marido. Todas gritaban y
chillaban a sus cónyuges, tanto si había motivo como si no; pero Feigue Lea por
encima de todas, y además con motivo…
En cuanto a Mijael, no sabía qué hacer primero. Estaba más ocupado que los
propios tenderos. ¡No era poca cosa lo que había para ver en ese día! Dudaba entre
qué no debía perderse y de qué podía prescindir.
De pronto llegaban carros desde las aldeas, cargados con todo lo que podía haber
en el mundo. En su interior, entre las mercancías, las maderas y las telas, asomaban
las cabezas cubiertas de algunas mujeres, envueltas en chales. Aunque somnolientas,
no olvidaban escupir tres veces diciendo «¡Caiga sobre tu cabeza!» en respuesta a las
maldiciones que les lanzaban las tenderas judías del shtetl, por traer toda clase de
mercancías con las que competían con ellas: desde multitud de géneros y botas
campesinas hasta velos blancos para las novias y chaquetas de piel de borrego; e
incluso pequeños crucifijos, medicamentos y golosinas. Y por si fuera poco, hacían
subir los precios de los demás feriantes al comprarles toda clase de artículos.
Los carruajes conducidos por aldeanos endomingados y abuelas engalanadas con
floridas faldas se dirigían a la gran plaza al final del prado. ¡Les seguía una buena
tropa de vacas, caballos, bueyes, cerdos, terneros y ovejas! ¡Toda una multitud de
animales capaces de armar un estrépito no menor que el de Feigue! Permanecían
tranquilos por un momento, como atontados y silenciosos, rumiando como
correspondía a unas bestias domésticas, y de pronto se oía: ¡Muu! ¡Bee! ¡Quiquiriquí!
¡Cuá, cuá!
Alrededor del mediodía, la feria llegaba a su clímax. Las mujeres no disponían de
tiempo para maldecir y los hombres, o bien ayudaban en las tiendas o daban un salto
a casa a fin de preparar algo de comida para los niños y tomarse ellos algún
tentempié. Luego, al salir, comprobaban el cierre de las puertas para que los pequeños
no salieran a enredarse entre las piernas de la gente. También Mijael corría a casa a
tragar un bocado y enseguida volvía a la feria. No dejaba pasar ni lo más
insignificante que mereciera su mirada.
En cierta ocasión observó cómo los campesinos estaban burlándose de David el
carnicero y se negaban a venderle una vaca para carne.
—¡No debemos vendérsela, Komie, a alguien que maldice a Jesús! —estaban
murmurando entre ellos los campesinos, mientras exigían un precio que no estaba al

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alcance de David.
—¿Por qué no te pasas al bando de ellos, como hizo tu hijito, eh? —le hostigó a
David el también carnicero Moyshe Mendl, mirándole con ojos rencorosos—. ¡Con la
carne de un cerdo ganarías más que con la de diez vacas!
David no respondió. En ese momento se fue empequeñeciendo hasta hacerse del
tamaño de un recién nacido. Encogido, salió corriendo a su casa y dejó todo el
mercado para Moyshe Mendl. A la feria anterior ni siquiera había acudido. Y Mijael,
al pasar luego delante de la casita de David, echó una mirada al interior y lo vio allí
sentado, con la cabeza inclinada ante la estufa fría y las manos (aunque era
primavera) enfundadas en las raídas mangas de la pelliza con viejas manchas de
sangre. Pensativo y adormilado, las gafas caídas hasta la punta de su nariz dejaban
ver una enrojecida protuberancia. Su librito de oraciones, mientras tanto, tan oscuro y
encogido como él mismo, tirado sobre la silla, esperaba que él despertara de un
cúmulo de confusos pensamientos.
—¡Qué pena! —se dijo Mijael. Por un instante sintió ternura en el fondo de su
corazón—. Casi nada ha quedado ya de él.
De pronto, rompió a reír, a la vez que enrojecía de vergüenza… ¡Vaya infamia!
Reírse de David, cuando este se hallaba sumido en la angustia. Pero ¿cómo habría
podido evitar reírse al verlo? ¿Era su culpa haber oído casualmente desde la cocina la
conversación que David mantuvo con su madre? Había traído secretamente a Réisele
un kilo de carne y le estaba confesando sus penas. Al recordar esto, Mijael rio aún
más fuerte, porque ¡así ocurre, incluso cuando uno no lo quiere!
—¡Venerada rébbetsin! —se había lamentado David—. Desde que me acaeció la
desgracia, nunca me he sentido tan hundido como hoy. De otros tiempos para qué
hablar. La rébbetsin sabe, Dios le dé larga vida, que yo solía vender la carne de casi
dos vacas a la semana, aparte de la carne de terneros. Las más respetables amas de
casa venían a la carnicería de David. Sabían que David no sacrificaba bueyes y que
daba el peso correcto; en cuanto a si la carne era, en ningún otro carnicero podían
confiar más que en David. Pero cuando Dios castiga, lo lleva a uno hasta el fondo y
ahí se queda. A partir de entonces, de dos vacas para carne pasé a solo una y, así y
todo, a nadie desearía yo lo que me costaba venderla.
En ese instante Mijael había reído ruidosamente, al ver que David, sin darse
cuenta, ofreció a su madre una pizca de tabaco en polvo.
—La rébbetsin puede creerme —prosiguió David—; incluso los askenazíes
cambiaron de actitud. Antes tenían a David por un buen hermano y sabían que no los
engañaría, les pagaría lo debido y que, sobre lo que otros les ofrecieran, David les
pagaría un rublo más. Hoy en día, no me conocen. Me cuesta un ojo de la cara —que
me perdone la rébbetsin—, conseguir una vaquita. Murmuran entre ellos y se ríen.
Me exigen tal precio que de ningún modo puedo pagarlo, no me es posible hacer la
compra. Hasta tengo que rogarles que acepten mi dinero y me hablan de un modo que
se me nublan los ojos. Que unos askenazíes me hablen así, es señal de que han

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llegado los tiempos del Mesías, no otra cosa —y, diciendo esto, David se echó a
llorar como un chiquillo.
La propia Réisele le sirvió entonces un vaso de té. Y cuando David se tranquilizó
y siguió mencionando a los askenazíes, Réisele encontraba difícil comprenderlo:
«¿A quién se referirá cuando habla de askenazíes? —pensaba—. No a los judíos
sencillos que rezan al estilo askenazí, estos al fin y al cabo no compran carne a lo
largo de la semana y para el shabbat tal vez solo una cabeza, algo de pulmón o de
hígado, una pierna o unos callos. De ellos, en cualquier caso, no obtenía sus
ganancias».
—Desde que me sucedió esa desgracia —prosiguió David—, «él» se convirtió en
una persona importante: vestido con gabán de seda, se transformó en un jasíd y todo
a costa de mi desdicha.
—¿De quién habla? —preguntó Réisele.
—¿De quién voy a hablar? ¡De Moyshe Mendl! ¡Esa carroña impura, ese
borracho! Con once hijos bastardos, aún le parecen pocos. Así que pega a su pobre
esposa hasta que la despelleja. El sábado pasado le lanzó a la cabeza un cántaro de
leche porque ella no podía ir al baño ritual, que me perdone la rébbetsin. ¡Qué
grosero personaje, qué bastardo hijo de mala madre! —El recuerdo despertó en David
al carnicero que era—. Incita contra mí a los askenazíes, los incita a no venderme ni
una ternerita. Les cuenta la patraña de que, desde mi personal desdicha, yo maldigo a
su Dios, que usted me perdone, y ellos se lo creen. De modo que no tengo otro
remedio que arrastrar mis viejos huesos hasta la aldea vecina. En una ocasión me caí,
como un degollado, en mitad del camino. Pensé que ya no me levantaría por culpa de
ese maldito, ese, ese…
—¿A quién se refiere usted al decir askenazíes? —le interrumpió Réisele en
mitad de sus exclamaciones, aprovechando que él hacía vanos esfuerzos por
encontrar el calificativo adecuado para Moyshe Mendl.
—¿Qué quiere decir a quién? ¡A los askenazíes!
—¿Qué quiere decir con askenazíes? —intentó Réisele aclararlo de este modo.
—¡Je je! La rébbetsin, larga vida tenga, se está burlando. La rébbetsin, que viva
muchos años, ¿no sabe lo que quiero decir con askenazíes?
—¡Realmente no lo sé! ¡De verdad que no!
—¿Que la rébbetsin no sabe lo que significa askenazíes? ¿Yo lo sé y la rébbetsin,
larga vida tenga, no lo sabe? —David no podía creerlo y pensaba que Réisele estaba
bromeando.
—¡Escuche, reb David! De verdad no lo sé y le pido que me lo diga.
—¿Que quiénes son? ¡Los goyim[10], por supuesto! ¿Qué hay de raro en ello?
Mijael aún recordaba cómo su madre rompió entonces a reír, hasta tal punto que
se llevaba las manos al vientre; era la primera vez en su vida que la veía reír así. Reía
con tan fuertes espasmos que Avrom Ber, al entrar, se asustó y la miró con ojos
abiertos de par en par. ¿Qué habría sucedido de pronto?

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Y también su padre, recordaba Mijael, cuando Réisele le contó todo, se doblaba
de risa. Solo que él, a continuación, advirtió que realmente no le agradaba que le
siguiera comprando la carne a David. ¡Bendito sea Dios, que nos guarde y nos
proteja!
Réisele, no obstante, tenía su propia opinión sobre el tema. ¡Al contrario!,
precisamente ahora se podía confiar en David; ahora, más que antes de que su hijo se
hubiera convertido. Y desde luego, más que en ese ignorante, vestido con el gabán de
seda de un No debían permitir que David se hundiera. Las mujeres que habían dejado
de comprarle la carne eran unas solemnes idiotas.
—Naturalmente, yo me cuidaré de que ellas no se enteren —tranquilizó Réisele a
su esposo; y siguió comprando en la carnicería de David hasta el día en que la familia
se marchó del shtetl.
Ciertamente, se podía confiar en David mucho más que antes.

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CAPÍTULO II
EN VENTA EL PUESTO DE RABINO

ERA jueves, alrededor de las diez de la mañana, y Réisele ya estaba a punto de


enviar un telegrama. No hizo falta. La puerta se abrió y entró Avrom Ber en persona,
acalorado y radiante. Todo él delataba que traía algún secreto, pues se enjugaba el
sudor de la frente pese al gélido día, todavía invernal. Con la mirada buscó una silla.
Débora se la acercó frente al sofá de la madre, y él se sentó, desabrochó su abrigo, se
desprendió del sombrero, enderezó tlyármulke de terciopelo sobre su cabeza y
anunció:
—¡Traigo noticias! Todo va de lo mejor, gracias a Dios, como lo mejor del
mundo. Como lo mejor del mundo, os lo aseguro. —Y dijo esto último en plural,
mirando a Débora, de quien esperaba la natural reacción a su entusiasmo.
Débora, al ver a su padre tan animado, pensó que seguramente traería de su visita
al rebbe una sustanciosa ayuda económica. Esto la alegró, ya que justamente entonces
tenían múltiples deudas. Esperaba impaciente que su padre mencionara la cantidad.
Se moría de ganas por oír de qué se trataba. Avrom Ber, sin embargo, como para
fastidiar, no mostraba ninguna prisa. Apartó las manos de la barba, sacó la pipa de un
bolsillo, le dio unos toquecitos al llenarla de tabaco, aspiró aire para que prendiera, y
finalmente dijo:
—¿Qué dirías tú acerca de quince rublos a la semana más el alojamiento, eh?
Réisele abrió unos ojos asombrados, lo miró detenidamente y no respondió.
—¿Estás sorprendida, no? Bueno, pues te contaré todo con más detalle.
Débora se sentó al pie del sofá de su madre y se esforzó en callar, indecisa entre
mantenerse seria ella también, o demostrar alegría.
—Que sepáis que en la corte del rebbe de R… se está construyendo una nueva
yeshive.
—¡Lo único que sé es que ya era hora de que yo lo supiera! —respondió Réisele,
todavía enfadada por la larga demora de su marido en regresar y por la prolongada
angustia que le había causado. Además, los quince rublos tampoco le entusiasmaban
tanto. Ella no creía en el rebbe de R… ni en sus promesas, y así se lo repitió ahora
abiertamente a su esposo.
—¡Una lítvak[11] siempre será una lítvak! —reaccionó él, casi irritado. Había
venido a la carrera desde el mercado para darle cuanto antes la noticia, y ella, nada…
Pero enseguida se moderó: la pobre Réisele, se dijo de todo corazón, estaba muy
débil y no había que causarle ansiedad.

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—Tú sabes que el rebbe me considera muy próximo a él en su sede. De hecho,
sostiene a nuestra familia con los pocos rublos que me entrega en cada visita. Y, por
tanto, era natural que en cuanto surgiera una ocasión yo estuviera el primero en su
lista. El rebbe, larga vida tenga, es un alma bondadosa. Yo suelo lamentarme ante él
de que tú eres frágil, de que los hijos también lo son, de que no tenemos ingresos… Y
eso, sencillamente, le llega al corazón.
Réisele esbozó una sarcástica sonrisa. Avrom Ber lo detectó enseguida:
—¿Por qué razón, si no, crees tú que me da dinero? ¿Acaso recibe algo de mí a
cambio?
—Ya que lo preguntas, te diré qué recibe a cambio. El rebbe, quiero que me
entiendas bien, casi no cuenta con personas importantes entre sus seguidores y, desde
luego, no con rabinos. Por tanto, le agrada que por su sede se pasee algún «sombrero
de rabino». Tú ya me has dicho que le cuesta despedirse de ti y que insiste en que
prolongues tus visitas, en que te quedes algunos días más. Y siempre te pide que
vayas a visitarlo cuanto más a menudo mejor, aun cuando cada uno de tus viajes le
cuesta dinero a él. Sencillamente, no te das cuenta de lo que eso significa, pero yo sí.
Reb Avrom Ber agarró de nuevo su barba con ambas manos y empezó a dar
paseos apresurados por la habitación:
—¡Eres una lítvak! ¡No eres mejor que tu padre! Calumnias a un hombre justo.
¡Eres de los que sospechan de inocentes! ¡Un lítvak está dispuesto a hablar mal de
Dios y de su Mesías! Siempre he dicho que tu padre cometía una falta cuando te daba
clases. —Avrom Ber, como siempre hacía, trasladaba su rabia al suegro…
A partir de ese momento las discusiones entre ambos cónyuges ya fueron
continuas. Tanto Débora como Mijael, conscientes de que R… era una ciudad
bastante más grande que Yélejitz, abrigaban la esperanza de que su padre lograse su
propósito esta vez y de que al fin podrían salir de su minúsculo shtetl. Su padre se
convertiría en director de la nueva yeshivey todo iría de lo mejor, según decía él.
Reb Avrom Ber ya casi no estudiaba. No paraba de discutir con Réisele, pues ella
se mantenía en sus trece diciendo que no confiaba en el rebbe, y menos aún porque le
daba dinero y le hacía regalos. Él, en cambio, se empeñaba en demostrarle que esa
era precisamente la mejor prueba de la generosidad, la esplendidez y la bondad del
rebbe. Aparte de que, sencillamente, el rebbe lo necesitaba a él, porque la nueva
yeshive sería una de las más hermosas de Polonia, e incluso de Lituania.
Además, el rebbe de R… ya se aproximaba a sus ochenta años y no había nadie
que lo fuera a reemplazar. No es que esto tuviera importancia. «Ojalá siga con buena
salud y viva para ver la llegada del Mesías», decía Avrom Ber. Mijael y Débora
estaban totalmente de acuerdo con su padre.
A casa empezaron a acudir una vez y otra los más destacados cabezas de familia
de Yélejitz. Intentaron disuadir de ese nuevo paso a reb Avrom Ber, ofreciéndole toda
clase de incentivos, además de prometerle una subida de salario. Al ver que él se
mantenía en lo suyo, decidieron probar suerte con Réisele. Ella, tras incorporarse y

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sentarse en el sofá en señal de respeto, escuchó sus palabras. A continuación,
mientras asentía con su lúcida cabeza, pensaba de ellos que no eran menos
embusteros que el rebbe de R…
Poco después, comenzó a frecuentar la casa un hombre que, en calidad de
mediador, venía a interceder ante reb Avrom Ber en favor de un joven, perteneciente
a un shtetl vecino, que ya aspiraba a sustituirle en el puesto de rabino de Yélejitz.
Mijael detestaba a ese individuo de ojos ávidos, aunque se alegraba del objeto de sus
visitas.
Débora no lo odiaba, pero habría preferido que el hombre se presentara con la
barba bien peinada y que su gabán, grasiento y verde por el uso, no tuviera manchas
de barro. Le molestaba además que llevara, sobre unos zapatos deformados y
extrañamente grandes, un par de botines de goma, desgastados y estirados, que ni
siquiera se quitaba al entrar en casa. Tampoco aguantaba el tufo de su grasienta
boquilla, ni las colillas de cigarrillos liados, ni su forma de argumentar agitando unos
brazos velludos, ni sus uñas sucias. Y más que nada le asqueaban esos dientes
partidos, de color marrón amarillento, algunos casi negros como el carbón. Desde
luego, el aspecto del hombre no era muy estético.
Curiosamente, a Débora no le asqueaba en esos días Hanna, la asistenta de la
casa, quizá porque ya estaba acostumbrada a ella. Hanna, pese a los mugrientos
pliegues de su falda pegada a las caderas, la dejaba en paz, no pedía su ayuda ni le
encargaba recados y, cada vez que entraba en la casa, a ella le suponía un descanso.
Cierto que últimamente Débora trataba de evitarla; no por pereza, pues sentía
compasión de ella y estaría dispuesta a ayudarla, sino porque no podía soportar que
ahora se mostrara más enojada que nunca, enfadada con todo el mundo. A su rostro
habían aflorado unas oscuras sombras amenazantes; los surcos del cuello, así como
las arrugas de las mejillas y las comisuras de los labios se marcaron con mayor
intensidad, lo mismo que el vello de su mentón, aún más grisáceo que el cabello que
asomaba bajo la peluca. En esos días, además, Hanna ya no limpiaba la casa ni en
absoluto cocinaba, lo cual tenía disgustada a Débora y de nada servía quejarse de
ello.
En cuanto a Réisele, tras su primera reacción, había llegado finalmente a la
conclusión de dejar correr el asunto del traslado y que sucediera lo que tuviera que
suceder. Al fin y al cabo, ella tampoco le tenía mucho cariño a Yélejitz. De modo
que, confiando en el Todopoderoso y en que les otorgara lo mejor, dejó de intervenir
por completo. Envuelta aún más en su chaqueta de fieltro, dejó en manos de su
esposo la decisión; algo que antes nunca había sucedido.
En esa etapa de incertidumbre, Mijael se aproximó más a su hermana, consciente
de que, en las problemáticas circunstancias que ambos estaban viviendo, ella era su
compañera de fatigas. Abrió su corazón ante Débora. Comentaron lo poco inteligente
que era por parte de su madre negarse a intervenir en el asunto de la venta del puesto
de rabino. De ese modo, sabe Dios cuándo se mudarían, tal vez nunca. Los dos se

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lamentaban de esa actitud, pues ardían de ganas por perder de vista todo lo que les
rodeaba: el amargo aislamiento de su empantanado shtetl, el viejo Yoel, ayudante de
la sinagoga, el ambiente detestable, Hanna, la vaciedad cotidiana y hasta el viejo sofá.
Esperaban que el nuevo rabino tomara posesión de todo ello, junto con el puesto.
Aun cuando reb Avrom Ber visitó dos veces al rebbe en tres semanas, y de cada
visita regresó con nuevas y fantásticas noticias —que ya estaban colocando el tejado,
que ya iban llegado jóvenes que de momento estudiaban en el oratorio del rebbe, y
que este ya prometía veinte rublos a la semana—, Mijael y Débora seguían escépticos
al ver que su madre no mostraba interés por todo el asunto…
En una hermosa mañana, sin embargo (poco antes de la fiesta de Purim), se abrió
la puerta de casa y entró el ya conocido mediador, acompañado esta vez por un
hombrecillo rechoncho, con abrigo negro de cuello de piel, como de hombre rico, y
detrás de él un joven pálido, alto y delgado, de ojos inquietos y cejas negras,
demasiado espesas para una persona de su edad, y un par de largos tirabuzones
también oscuros (que, por cierto, no paraba de manosear). Solo entonces Mijael
empezó a creer que se aproximaba el final. No pudo contenerse y compartió su
entusiasmo con Débora, que se alegró aún más que él.
Reb Avrom Ber recibió a esas personas con un efusivo sholem aléijem, según era
su costumbre. Él mismo les acercó unas sillas. El grueso hombrecillo se sentó
pesadamente, se desabrochó el abrigo, recuperó el aliento, con sus carnosas y
pequeñas manos sacó un grueso reloj de oro, le echó un vistazo y de nuevo lo metió
en el bolsillo de su chaleco. El joven pálido, que buscaba un rincón donde dejar su
maletín marrón, lo metió finalmente debajo de la mesa, se sentó con todo respeto y
dirigió a su suegro una mirada interrogante. El mediador también se sentó, abrió
varios botones de su pesado abrigo y sacó algunos flecos de un sucio tsitsit, con los
que empezó a juguetear o a desgranarlos entre los dedos. Finalmente, una vez que
Avrom Ber indicó a Yoel que mandara a la criada servir el té, el mediador se decidió
a hacer la presentación de los invitados al anfitrión. Reb Avrom Ber les preguntó
cómo estaban, si les había agradado el shtetl, etcétera. A continuación, comenzaron a
hablar acerca de Yélejitz y también del precio por la cesión del puesto. Salió a relucir
que el pálido joven disponía solo de cuatrocientos rublos. Reb Avrom Ber lo escuchó
confundido. Había oído a Réisele mencionar, como de paso, que seiscientos rublos
era el valor de la casa. ¿Y la cesión del puesto de rabino, a cuánto alcanzaría? Junto
con el valor de la casa, mil rublos no serían demasiados, estimó ella entonces. Y
ahora se estaba hablando de que disponían solo de cuatrocientos rublos. Por
añadidura, Réisele no deseaba intervenir y, sin ella, él no se atrevía a hacer nada. Le
pareció que, en general, la conversación estaba siendo demasiado prosaica. Harto de
ello, la desvió hacia temas de erudición talmúdica.
De inmediato, al pálido joven le subió el color a las mejillas. Varias veces se puso
en pie y se sentó. Sus ojos chispeaban en el rostro enrojecido. Cambió por completo,
se convirtió en otro hombre. Reb Avrom Ber escuchaba sus palabras con serenidad,

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mientras se acariciaba la barba y sorbía el té; de repente, imprimió al debate un giro
que ciertamente hacía añicos los argumentos talmúdicos del joven y derribaba todo el
edificio que con tanto esmero había construido. El hombrecillo rechoncho seguía con
la mirada cada paso y cada movimiento de su yerno, sonreía con los ojillos hundidos
y disfrutaba, sin saber realmente si había motivo para alegrarse o lo contrario. Yoel
aprovechó ese momento para dar un salto a la cocina y charlar con Hanna acerca de
los invitados, mientras el mediador hacía cálculos sobre una hoja del papel de filmar
desenrollado. El joven retorcía su cinturón y tiraba de la punta de su barbita, mientras
daba paseos por la habitación. Se acercó a la estantería de libros y mecánicamente
sacó un ejemplar del Pri Megadim[12] al que echó una rápida mirada, sin leer nada.
Sus pensamientos estaban muy lejos de aquel libro. Lo volvió a meter en la
estantería, justo en el mismo lugar de donde lo había sacado y de modo igualmente
mecánico. Esta vez comenzó a dar pasos más rápidos por la habitación. De pronto se
detuvo ante la ventana como si fuera a asomarse, e intentaba tirar del cordón de la
cortina. El suegro se levantó, se acercó a la ventana para sacar de la mano de su yerno
el cordón y le dijo en voz baja:
—Kalman, estás dañando ese cordón.
Reb Avrom Ber seguía sorbiendo su té, ya frío como el hielo, y de vez en cuando
respondía:
—¡Bueno, sí! ¡Naturalmente que es así! —Tratándose de comentarios bíblicos,
reb Avrom Ber se encontraba en su elemento. No tenía necesidad de exaltarse.
De pronto, el rostro del joven se iluminó con una sonrisa. Se acercó a la mesa,
miró fijamente al suegro como si no lo reconociera y dijo:
—¡Lo tengo! ¡Sí! ¡Es así!
El sudor le corría por la cara. Sacó un pañuelo del bolsillo, se enjugó la frente y
expuso un argumento de tal calibre que no se dejaría refutar ni «romper en añicos».
Esta vez Avrom Ber también se enardeció un poco, porque de ningún modo se iba a
dejar vencer. Su barba le ayudó. Se puso en pie y emprendió una lucha a vida o
muerte. Al final, sonrió. El joven se sentó con aspecto avergonzado, derrotado y sin
armas para seguir el combate. También sonreía, pero ¡menuda sonrisa!…
—Ha quedado claro, reb Kalman —reconoció finalmente Avrom Ber—, que
usted, alabado sea Dios, sabe lo que es debatir sobre el Talmud. Ha demostrado
perspicacia, reb Kalman; me agrada usted. ¿Dónde ha estudiado?
—En el oratorio jasídico de Guer.
—¡Oh, ya veo! ¡De modo que es usted discípulo del rebbe de Guer! Y su suegro,
¿también visita la sede de algún rebbe? —preguntó mirando al suegro, para no
ningunearlo del todo.
El joven dirigió la vista hacia su suegro.
—Yo viajo de vez en cuando a Radzymin —dijo él—, cuando ocurre, Dios nos
guarde, alguna desgracia, una enfermedad o algo así. Si no, uno no dispone de
tiempo, está siempre ocupado.

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—El suegro de reb Kalman desea, junto con el puesto de rabino, adquirir también
la casita —intervino en ese momento el mediador.
Reb Avrom Ber se echó a reír.
—¡Ah!, ¿entonces es eso? Claro que sí, ¡con mucho gusto!
El joven también rio y el suegro, sin entender de qué se reían y para no quedarse
atrás, también se unió a ellos.
El mediador, en cambio, no se rio. Estaba preparándose para el punto concreto de
materializar el acuerdo.
—Que no se ofenda el rabino, pero hay que concretar ya el tema y procurar
llevarlo a buen término.
Reb Avrom Ber se disculpó y entró en la habitación de su esposa. Réisele frunció
el ceño y lo miró con sus grandes ojos melancólicos.
—¿Quieres decir que realmente vas a ceder el puesto?
—¡Naturalmente! Por cierto, lo tenemos que acordar ahora mismo. Con la ayuda
de Dios, no nos arrepentiremos.
—¡Sandeces! Está claro que el joven no posee más dinero, ¡pero su suegro sí!
Hasta setecientos rublos sería razonable. Debemos recordar que tenemos una hija y
que, en general, tampoco es demasiado dinero. Solo la casa…
No pudo seguir hablando. Un nudo en la garganta la asfixiaba. Hablaba en voz
baja. Su voz sonaba hueca, como si procediera, no de la laringe y ni siquiera de la
boca, sino de algún otro lugar. Se volvió a acostar en el sofá. Reb Avrom Ber esperó
unos minutos en vano a que Réisele añadiera algo más, pero ella no dijo nada.
Finalmente, volvió a su despacho rabínico, dio algunas vueltas alrededor de la
habitación y espetó, como si hablara mecánicamente:
—¡Setecientos rublos no es demasiado! —Y se sintió más aliviado, como si lo
hubiera dejado atrás. ¡Gracias a Dios por ello!
El suegro musitó al yerno al oído que no estaba en condiciones de añadir
trescientos rublos. El mediador se retorcía como un gusano. Nervioso, removía los
flecos de su tsitsit, así como todos los miembros de su cuerpo. Intentó convencer en
voz baja a reb Avrom Ber de que el precio era demasiado alto y, por otro lado, al
suegro de que el precio conseguido era una ganga. Re Avrom Ber mandó a Yoel que
llamara a la rébbetsin. Sin ella no podía arreglárselas. A Réisele le irritó el asunto.
Una cosa era preparar un diálogo para su esposo cuando necesitaba pedir un aumento
de sueldo, y otra muy diferente regatear con ese hombre. Sí, muy diferente.
«No, no voy a ir. Se acabó». Escribió una nota con algunas palabras y la envió
con Yoel a su marido.
Reb Avrom Ber la leyó y se alegró.
—Bueno, amigos, ¡aceptaré seiscientos rublos y que haya éxito!
—¡Amén! —soltó un grito el mediador, como si acabaran de arrancarle una
muela.

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El suegro intentó aún regatear, bajar el precio. El yerno le susurró algo al oído y
él guardó silencio. A continuación pidió que fueran a ver la casa para examinarla.
Este ya era el papel de Mijael; Débora, en pie y un poco alejada, se sintió feliz.
Cuando terminó de inspeccionar el exterior de la casa, el suegro pidió que lo
acompañaran para ver las habitaciones y Débora ayudó a Mijael en la tarea. El suegro
examinó las paredes y los techos, palpó el horno, y comprobó la firmeza de las
ventanas y los cristales. En cuanto intentaba señalar algunas faltas, era el mediador
quien le respondía y nadie más. Esa inspección hizo que el suegro se sintiera otro
hombre, una persona más importante, sobre todo porque el mediador se esforzaba en
convencerle de ello… A continuación, se decidió que se convocaría a los miembros
del consejo comunal para reunirse con ellos esa misma noche y lograr su
conformidad.
Yoel regresó exhausto. Jadeaba como una máquina a vapor.
—¡Vaya lo que he tenido que correr! ¡Seguramente diez veces, si no más, he ido y
venido hasta que los encontré en su casa!
—¿Y qué hay finalmente? ¿Vendrán?
—Ha salido bien. Dejádselo a Yoel. Yo sé cómo hay que hablar con ellos. Saldrá
bien, saldrá bien… ¡Seguramente no se imaginan cuál es el motivo! ¡Je, je, je! Ya sé
lo que tengo que decirles. Irá bien.
—¿Y qué crees, Yoel? ¿Que él les va a gustar?
—¡Vaya pregunta! Ese joven es una perla, no es un cualquiera. El problema será,
no obstante, que no querrán que se marche usted.
—¡Bueno, eso se comprende! Pero yo no puedo quedarme para siempre en este
rincón perdido —pareció justificarse reb Avrom Ber ante él, y le pidió que mandara a
la criada preparar un vaso de té.
Mientras se calentaba las manos sobre las ascuas del samovar, Yoel pensaba que
era una pena que Hanna envejeciera de un día para otro; y encima, que pareciera más
enfadada a medida que envejecía. Con todo, le seguía gustando meterse con ella y
hacerle alguna cosquilla bajo el mentón, o ponerle su ajada mano sobre la nuca
arrugada, y así lo hizo en ese momento. Hanna casi volcó el samovar y, como
siempre que Yoel se metía con ella, le echó una buena bronca, lo llamó viejo jamelgo
y recordó los antiguos tiempos (es decir, ayer para ella, y a la vez cien años atrás).
Por la tarde llegaron los miembros del consejo comunal y algunos vecinos de los
más notables. Entre todos ellos destacaban los dos más importantes del shtetl: Mendl
el grande, un hombre alto, que caminaba un poco inclinado por haber crecido
demasiado, con una rizada barba castaña, un espeso bigote, y el cuello embutido en la
pelliza. En su mano enguantada empuñaba un nudoso bastón de color claro. Venía
directamente del bosque y llegó sin cambiarse la ropa.
El otro, el pequeño Mendl, era un hombrecillo de rostro moreno, naricilla
pequeña, delgada y rojiza, una barbita redondeada, un bigotito más bien ralo y dos
chispeantes ojos negros que eran enormes en proporción al personajillo. Esos ojos no

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descansaban ni un instante. Penetraban a cualquiera hasta en los más ocultos
rincones. Se entrometían hasta la propia alma y, de paso, indagaban en qué pensaría
el vecino. Captaba todo aprisa y lo sabía todo: a él no se le podía engañar. Ataviado
con un abrigo de algodón negro y ya algo desgastado, y un par de galochas casi
infantiles que, al igual que el mediador, tampoco se quitó al entrar en la casa,
envolvía su cuello en una bufanda roja de lana, procedente de la fábrica que poseía en
pleno centro del mercado. En su tienda se podía adquirir, además de lo que allí se
fabricaba, todo lo que a una persona se le antojara o pudiera necesitar. En el shtetl lo
consideraban un ricachón… y naturalmente, por esta razón, jugaba un papel
importante y lo sabía. Los restantes cabezas de familia acudieron a la reunión por
cumplir, no hablaban mucho y escuchaban con gran seriedad lo que los dos Mendl
tuvieran que decir.
Reb Kalman, seguramente por primera vez en su vida, enrojeció desde la punta de
los pies hasta la coronilla cuando el pequeño Mendl estuvo mirándolo largo rato, en
contra de su costumbre, hasta que llegó a alguna conclusión acerca de él. Al suegro,
en cambio, le dedicó una leve mirada y ya le pareció suficiente; él se la devolvió
haciéndole honor, y sin entender por qué ese hombrecillo, tras mirar tanto tiempo a su
yerno, después lo había mirado a él. ¿Qué querría ese raquítico personajillo?
—Señores —dijo reb Avrom Ber mirando primero al pequeño Mendl y después al
grande, y a continuación a todos los presentes—. Señores, como ya ven ustedes, debo
marcharme de Yélejitz. Tal vez esté escrito en el cielo. La persona no hace ni el más
mínimo movimiento del dedo meñique sin que antes no haya sido decretado en el
cielo. Yo… —reb Avrom Ber quiso decir algo más, pero observó que Mendl el
grande miró al pequeño y todos los presentes intercambiaron miradas, esperando una
palabra de ambos.
Nadie rompió el silencio en el despacho rabínico. Nadie osó abrir la boca. Reb
Avrom Ber aprovechó la oportunidad para retomar la palabra.
—¿Ven ustedes a este hombre? ¿A reb Kalman? Es, bendito sea Dios, un gran
erudito. Más aún, es un hombre perspicaz y puede afirmarse que, además, experto.
Hoy hemos conversado sobre temas de estudio y debo confesar que me dejó
extenuado.
Reb Kalman, con la vista clavada en un libro sacro, no levantó la vista. Su suegro
entendió que debió gustarle lo que acababa de decir reb Avrom Ber y observó a este
con gratitud bovina.
Todas las miradas se concentraron en reb Kalman. Él esbozó una sonrisa de
reconocimiento a los presentes y enseguida volvió a absorberse en su lectura.
Mendl el grande, el pequeño Mendl y tras ellos (huelga decirlo) los demás
presentes, estuvieron conformes con que reb Avrom Ber continuara el trato con reb
Kalman. Yoel trajo una botella de aguardiente y unas copas. Todos brindaron,
desearon mazl tov al nuevo rabino y durante un rato conversaron entre ellos. Reb
Kalman, realizando un esfuerzo, intercambió unas palabras con sus nuevos patronos.

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A continuación, estos pasaron a la habitación de la rébbetsin, a quien también
felicitaron y expresaron sus mejores votos, y finalmente se dispersaron.
Aquella velada quedó profundamente grabada en los cerebritos infantiles de
Débora y Mijael, y la recordarían después durante muchos años.
—¡Bueno, loado sea Dios, se convierte usted en el rabino de la localidad! —
afirmó reb Avrom Ber, tendiendo la mano a reb Kalman—. Yo estaba seguro de que
les caería bien. Le deseo todo el éxito que usted merece.
—¡Amén! —dijo reb Kalman, y le apretó la mano con tanta gratitud que hasta el
gastado corazón de Yoel se sintió conmovido.
En ese momento entró Réisele, pálida y delgada. Con sus grandes ojos grises, más
bien parecía un judío estudioso que hubiera pasado la noche estudiando el Talmud. Ni
siquiera el vestido negro y la chaqueta lograban borrar esa impresión… Reb Avrom
Ber le acercó con todo respeto una silla y le ofreció sentarse, como si se tratara de
una invitada.
—Ya sabes que los patronos, me refiero a reb Mendl y el… —casi dijo «pequeño
Mendl» pero logró tragarse esas dos palabras; trató de recordar el apellido, pero no le
salía. Al final, dijo alegremente—: Ambos, gracias a Dios, dieron su conformidad.
—Lo sé, ¡y que sea enhorabuena! —deseó Réisele en voz baja a Kalman y al
suegro. Este último la miró con la expresión de una vaca que gira la cabeza para ver
quién la está ordeñando. Le pareció que esa mujer le estaba arrebatando una fortuna;
¿tal vez valdría la pena intentar regatear? Y lo intentó.
El mediador tenía esa clase de mala suerte de quien, cuando ya está a punto de
alargar la mano y agarrar lo que se le debe, surge un obstáculo y todo se viene abajo.
Por esta razón, avanzaba con mucha cautela en todo el asunto, sin dejar de calcular en
cada momento los porcentajes que le corresponderían. Le trastornó de tal modo el
intento del suegro de regatear, que ya no sabía en qué mundo estaba. Miró a Réisele
como si de un momento a otro la fuera a matar. Pero no. ¡Había olvidado que no fue
ella quien de nuevo decidió regatear, sino el suegro de Kalman!
Agarrando los flecos de su tsitsit, y blandiéndolos como si se tratara de una
espada, gritó con desesperación:
—¡Está claro que se me está causando un gran perjuicio! ¡Que el propio rabino lo
juzgue! Que me perdone la rébbetsin, pero se me puede causar un gran daño, porque
hay mucho dinero en juego.
—Nosotros no somos tenderos —espetó Réisele en voz baja al suegro y, con una
mirada de desprecio, hizo amago de salir de la habitación.
Al ver esto, tanto se asustó el mediador que se levantó bruscamente y de una
zancada se colocó en el umbral separando las piernas, como si formara una barricada
para no dejar salir a nadie.
—¡Se me está causando claramente un gran perjuicio! —repitió una vez más,
medio enfadado con Réisele—. ¡Al fin y al cabo estamos entre correligionarios!
¡Debemos procurar llevar a término el asunto hoy mismo! ¡Que no se hable más!

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Réisele sonrió comprensiva y con sinceridad; quiso contentar a ese pobre y
cómico sujeto y se volvió a sentar. El suegro ya no abrió la boca. Miraba a Réisele
con una especie de temor entreverado de respeto, una especie de devota veneración
que lo enmudeció.
—Bueno, ¡que sea enhorabuena! —intervino de pronto Yoel, frotándose los ojos.
—¡Sí, que sea enhorabuena! —repitieron todos, excepto Réisele. Se decidió que
reb Avrom Ber recibiría la mitad del dinero al cabo de unos días y la otra mitad el día
de la mudanza. Naturalmente, el precio quedó al final tal como Réisele había querido:
seiscientos rublos.
Ya de camino a la posada, el suegro, un experto en regatear el precio de una
mercancía y comprar más barato que sus competidores, seguía asombrándose al
recordar cómo se había sentido perdido bajo la mirada de Réisele, hasta el punto de
aceptar sin discusión lo que ella había fijado.
—¡Una extraña mujer esa rébbetsin! —dijo a su yerno, mientras sentía en el
corazón un pinchazo de arrepentimiento.
—¡Una mujer inteligente y digna! —respondió el yerno, y añadió bajando la voz
—: ¿Qué otra cosa si no? Por algo es hija de un gran erudito…

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CAPÍTULO III
LA FAMILIA SE TRASLADA A R…

UNA vez que los visitantes se marcharon, la familia siguió conversando acerca de lo
sucedido aquel día. Para Réisele todo había sido como un repentino acontecimiento
que irrumpía en su aletargada vida. No podía hacerse a la idea de que había sido ella
quien finalmente dio el consentimiento. Y no obstante, volvería a darlo si hiciera
falta, aunque tampoco ahora lo haría de todo corazón.
Una forzada sensación de alegría se instaló en la casa al término de ese día. Algo
así como una combinación de nostalgia por el pasado y de nebulosa visión por el
futuro. Incluso en los muchachos, la alegría era solo externa y ninguno de los dos
reveló al otro, ni siquiera con un guiño, lo que sentía en su fuero interno. Eso sí,
continuaron charlando largo rato, comentando detalles y, en apariencia, bastante
animados.
Hasta las cuatro de la madrugada no se fueron a dormir y, pese a lo tardío de la
hora, ninguno de ellos conseguía conciliar el sueño. Ya era de madrugada cuando
comenzó a oírse el ronquido que salía de las camas y a sentirse el calor sudoroso en
los dormitorios.
Débora no lo consiguió del todo, ni siquiera en la madrugada. Dando vueltas,
acurrucada en su cama de muchacha y cubierta con la manta hasta las orejas, no
lograba dormir. «Ojalá pudiera comunicar con el viejo Toni, el guarda —pensaba—.
Le habría regalado tabaco para su pipa con tal de que dejara de dar paseos por la
irregular acera, de un lado a otro». Esos pasos con gruesas botas eran una verdadera
tortura. No la dejaban dormir… ¡Qué noche tan negra! Como si alguien hubiese
vertido sobre el mundo toneles de tinta; cada vez parecía más oscura y empeñada en
estirarse más allá de lo que el reloj indicaba. Débora se arrebujó aún más en la manta
y hundió su cabeza despeinada hasta casi tocar las rodillas, haciéndose un ovillo, pero
conciliar el sueño le resultaba imposible.
«No en balde asegura mamá que soy una criatura atolondrada, un animalito
alocado. Todos duermen. Nadie está tan alterado como yo, nadie se vuelve loco.
¡Duérmete! ¿Me oyes?».
Viendo que de ningún modo lo lograba, saltó de la cama, encendió la lámpara de
queroseno e intentó leer alguna hoja del periódico que uno de los invitados había
olvidado sobre la mesa y ella había escondido, cual prenda preciosa. La lámpara
humeaba y, al terminar de arder la mecha, las sombras dejaron de temblar sobre las
paredes. Un humo maloliente se esparció por la habitación. Volvió a apagar la

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lámpara, ocultó la hoja del periódico bajo la almohada y, cuando ya despuntaba un
grisáceo amanecer, el sueño la venció.
Alrededor de las doce del mediodía la familia despertó y todos se vistieron
apresuradamente.
—¡Vaya, qué tarde ya es!
Débora se sentía contenta. Las pocas horas de sueño la habían refrescado. Se
acordó de la tarde anterior. Por fin habían dado el gran salto; ahora todo era seguro.
Cuando entró Hanna, se atrevió a enlazarla por la cintura y a dar vueltas con ella
alrededor de la habitación. Hanna se enfureció y la irritación profundizó las arrugas
en su rostro.
—¡Deja! No tengo ganas de bailar ni fuerzas para ello. ¿Qué se te ha subido de
pronto a la cabeza? —reaccionó, y luego entre dientes: «¿Se habrá enriquecido de
pronto su abuela?».
Débora la miró desconcertada. Las palabras de Hanna la habían herido. Enojada,
y a la vez entristecida, salió de la habitación. Gracias a que Mijael aún se mostraba
amigable con ella, no tomó demasiado a pecho el desplante de Hanna ante su
entusiasmo. Después del desayuno, bajó con él al río (algo que nunca había sucedido)
para hacer planes de futuro… Hanna ya no le importaba ni un bledo. En cuanto a
Mijael, dio rienda suelta a su alborozo patinando un rato sobre la superficie del agua,
todavía congelada y firme pese a la proximidad de la primavera.

La fiesta de Pésaj ya había quedado atrás. La familia empezó a embalar todas las
pertenencias y la casa estaba patas arriba. Mijael se negó en redondo a que
empaquetaran su viejo abrigo y, aunque Débora le advirtió de que le podría ser útil
alguna vez, no le hizo caso.
—¡Qué va! ¿Quién va a necesitar ese viejo andrajo?
Ya llevaba puesto su nuevo gabán y no le importaba que se fuera a manchar.
Débora protestaba: ¿y por qué ella no se ponía el nuevo vestido? ¡Si se lo habían
confeccionado para la gran ciudad!
Réisele ya no se acostaba en el sofá. Reb Avrom Ber ayudaba a Yoel a introducir
los libros en grandes cajas de madera. Muy acalorado, se enjugaba el sudor que le
corría por la cara hasta la barba. Yoel trabajaba a desgana, únicamente por cumplir.
Pronto pasaría a ser el ayudante de reb Kalman y tendría que trabajar para él, así que
economizaba fuerzas. Afortunadamente, algunos vecinos (no de los más destacados)
entraron en la casa a ayudar. Se enojaron con Yoel al verlo rezagarse en su quehacer,
de modo que al final lo empujaron a un lado y ellos mismos se pusieron manos a la
obra. Avrom Ber los observaba mientras se secaba el sudor, y se asombró de lo
hábilmente que lo hacían. Encendió la pipa, soltó unas bocanadas de humo y sonrió
satisfecho… «¡Qué destreza!», se dijo, acariciándose la barba. Los vecinos no
paraban: un-dos, clip-clap, y las cajas ya estaban embaladas, clavadas y atadas con

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cuerda. La ropa de cama y otros bultos ya habían sido envueltos mediante una
delgada tela de yute. Avrom Ber se sintió muy agradecido:
—¡Qué buenas personas son ustedes!
Su fino semblante se revistió de auténtica felicidad. Emanaba bondad por los
ojos, y hasta su pipa parecía sonreír al unísono con él.
Los vecinos, inspirados por el agradecimiento de Avrom Ber, pasaron a la cocina
para empaquetar los enseres de menor tamaño. A Réisele no le permitían realizar
ningún trabajo.
—Que la rébbetsin no lo olvide: es una persona frágil. Basta que Débora nos haga
el favor de mostrarnos lo que hay que hacer y ya nos arreglaremos.
Hanna se notó algo destemplada. Con la cabeza envuelta en un paño se acostó en
el sofá de la rébbetsin y desde allí observaba cómo los vecinos trajinaban.
—¡Que trabajen, que trabajen, ellos no están enfermos como yo! ¡Ya quisiera yo
verlos si les doliera la cabeza como a mí!
En realidad, lo que la aquejaba era la incertidumbre de si la nueva rébbetsin iba a
querer emplearla. No obstante, intentaba consolarse; si no ella, otra la emplearía, se
decía. No era bueno confiar en una sola camisa ni en una sola esperanza.
Motl, el muchacho de familia humilde que estudiaba en la sinagoga y comía en
casa de Avrom Ber cuando algún día fallaba la comida de la comunidad, también
ayudó a empaquetar. Se sentía feliz. El día anterior el rabino le había dicho que estaba
decidido a llevarlo con él para que estudiara en la yeshive de R… Trabajaba en el
embalaje con todas sus fuerzas, procurando siempre coincidir en el mismo lugar
donde se hallaba Débora. Sus miradas se cruzaban de vez en cuando. Incluso en una
ocasión él le rozó la mano. Sintió que el cuerpo le temblaba. ¿Qué era aquello? Un
estremecimiento recorrió su espina dorsal. Llevaba puesta una gorra «nueva», así
como el «nuevo» gabán que reb Avrom Ber consiguió que le donara el secretario de
Mendl el grande. Ambos le estaban un poco pequeños. Pero ese gabán gris, con
apertura por detrás rematada por dos botones también grises, le prestaba un aire como
de gran ciudad. En cuanto a los cristales de sus gafas, los había dejado tan pulcros
que, por mucho que Débora se esforzara en evitarlo, se veía reflejada en ellos.
Llegado el momento previsto, se presentó Abish en la casa: traía dos carruajes,
uno de ellos de gran tamaño, provisto de lona para cubrir el equipaje, y el otro,
destinado a los viajeros.
Casi toda la población del shtetl se concentró alrededor de la vivienda del rabino.
Los niños, a quienes se había dado el día libre en el jéder, enseguida se desmandaron,
subiéndose a los carros y poniéndose en pie sobre los radios de las ruedas, por lo que
recibían algún golpe de fusta de Abish y también de Itchele, el cochero. Pero a quién
importaban esos golpes. Los niños podían imaginar que provenían de su melámed.
Abish, después de tensar las cuerdas alrededor del equipaje, extendió la lona y
preparó un toldo impermeable para el segundo carro en caso de lluvia. Empezaron a
moverse. Mijael se sentía en el séptimo cielo. Los niños, e incluso los muchachos

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mayores, lo miraban con suma envidia, algo que en Mijael provocaba no poco placer.
Algunos muchachos seguían colgándose de la parte trasera de los carros y Mijael se
lo señalaba a Abish, quien enseguida, con ayuda del látigo, dispersaba a los chicos, lo
cual no impedía que en el momento en que volvía la cabeza ellos se arremolinaran de
nuevo. Poco a poco, los carros se fueron abriendo paso a través de las arenosas calles
del shtetl.
Réisele ya se sentía agotada de tanto girar la cabeza a izquierda y derecha para
responder a las bendiciones y devolver la sonrisa a los grupos de mujeres sencillas
que, por timidez, no se habían acercado a su casa para despedirse, sino que
prefirieron hacerlo a cierta distancia al pasar ante ellas.
La mitad del shtetl, si no más, hombres y mujeres que no sentían timidez alguna,
situados a uno de los lados de los carros, les siguieron recorriendo un buen trecho del
camino y parte del prado. Iban caminando, conversando, riendo y voceando consejos
y buenos deseos. Sus gritos se superponían al ruido que producían los caballos, tanto
por las recién colocadas herraduras como por los frecuentes relinchos que lanzaban a
cada nuevo estallido de bendiciones femeninas. Era como si también ellos quisieran
decir algo, o ¿tal vez querrían indicar a esas mujeres que ya era suficiente, pues
cuánto tiempo podían seguir así? Finalmente, ellas también lo comprendieron y, tras
expresar por última vez sus mejores votos, tomaron el camino de vuelta.
Abish se puso cómodo en el pescante, hizo restallar el látigo en el aire y, tras
soltar un fuerte silbido, azuzó a los caballos:
—¡Arreando, moveos, muchachitos!
Justamente eso es lo que los animales esperaban. Refrescados y descansados tras
varios días de asueto, se lanzaron al galope. El carro casi se levantaba sobre las
ruedas, lo que hacía temblar a Avrom Ber por miedo a que volcaran, Dios nos libre.
Abish, al notarlo, aflojó ligeramente las riendas.
Yélejitz ya hacía tiempo que había desaparecido en la lejanía. Tal vez habrían
recorrido milla y media cuando llegaron al shtetl de Senzomin. Allí debían detenerse,
para permitir a reb Avrom Ber despedirse de sus feligreses locales. Abish había
puesto mala cara, pero ¡qué remedio tenía, era deseo del rabino!
Los caballos aprovecharon el intermedio para beber varios cubos de agua, apoyar
la cabeza en la hierba y esperar pacientemente. ¡Qué podía hacerse! A esos judíos les
daba pena despedirse y querían, ellos también, desear lo mejor a la familia… Débora
permaneció sentada como sobre alfileres, con enormes ganas de continuar viaje y
acercarse a R… Pero los aldeanos, en especial las mujeres, necesitaban explayarse
ante su rabino. Se trataba, además, de gente poco habituada a encontrarse con otros
judíos; más bien se veían con campesinos, con ganado, con vacas y caballos, excepto
en las fiestas solemnes de Rosh Hashaná (el Nuevo Año) y Yom Kipur (el Día del
Perdón), cuando viajaban a Yélejitz, bien cargados de frutas. Allí los apodaban
lengalkes, según la denominación de unas peras que maduraban por aquellos días.
Por tanto, esta era para ellos una gran oportunidad de tener delante y recibir en su

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aldea al rabino y a la rébbetsin. ¿Acaso podían pasarlo por alto, como si nada
ocurriera?
Porque ¿cuál era su realidad? ¿Cuándo veían por allí un judío sencillo, y a la vez
decente? Si una vez a la semana les visitaba Hershl Stock para comprar la cerda de
los puercos —siempre con la camisa abierta y el velludo pecho al descubierto como
un campesino, las botas enlodadas colgadas al hombro, la barba revuelta y un bastón
grueso y nudoso con clavo en la punta como el del cazador de perros—, ¿acaso eso
podía considerarse como haber visto a un judío? Por consiguiente, lo de ahora era un
auténtico placer, se alegraban y disfrutaban con el privilegio.
Más que ningún otro se sentía contento y honrado el tío Yone. Ya hacía algunos
años que había adoptado la costumbre de llevarle un regalo a Réisele después de la
fiesta de Succot, varias fanegas de patatas, un saco de coles, unas zanahorias, unas
remolachas y otras verduras para almacenar. ¿Era poco honor que nada menos que el
rabino acudiera a saludarle a él antes que a los demás cabezas de familia de la aldea y
le sonriera con esa calidez que le penetraba, como derritiéndose, hasta cada una de
sus extremidades?
La esposa de Yone dejó a su marido disfrutar del honor y, mientras tanto, dio un
salto a la casa. Trajinó unos minutos y regresó con un queso amarillo seco, hecho casi
de pura crema, además de medio kilo de mantequilla envuelta entre dos hojas verdes
recién cortadas. Así como la mantequilla a la vista despertaba el apetito, las hojas,
humedecidas por pequeñas gotas, brillaban como la plata.
Los muchachos y las muchachas de la aldea adivinaron desde lejos que algo que
tenía que ver con ellos estaba sucediendo. Prometieron a sus compañeros, pastorcillos
no judíos, un trocito del pan trenzado en cuanto llegara el viernes, a cambio de dejar a
su cuidado las vacas y los caballos, las terneras y las cabras, e ir corriendo a sus casas
a recibir aún no sabían a quién. Después contaron a sus amiguitos que habían ido a
ver al «cura» judío, con lo que sus compañeros abrieron los ojos asombrados. No
sabían que los judíos también tenían un «cura», puesto que ni siquiera tenían una
iglesia.
Otras amas de casa siguieron el ejemplo de la esposa de Yone. No queriendo ser
menos, sacaron de sus despensas lo que buenamente podían: una de ellas un cuenco
de nata, otra un poco de remolacha en escabeche del año pasado, o una botella de
zumo de frambuesas que ellas no se permitían consumir más que en alguna fiesta o,
no lo quiera Dios, por motivo de una enfermedad. Réisele protestaba y lo agradecía
excusándose por no poder llevarse todos esos víveres. ¿Qué harían con ellos entre
tanta abundancia? Les suplicaba como si fueran unas atracadoras, pero ellas, como si
oyeran a una pared. Incrustaban los regalos en el carro, los cubrían con paja y
deseaban a la rébbetsin que lo comieran con salud.
Gracias a Dios, también este intermedio fue superado. Los caballos tragaron el
poco de agua que todavía quedaba en el fondo de los cubos, Abish los enganchó de

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nuevo al carro, de nuevo se oyó el clip-clap de los cascos, y se hizo realidad la
auténtica despedida.
Una vez que salieron de la aldea, Avrom Ber aconsejó a Réisele que juntos se
trasladaran al otro carro.
—Será más cómodo —le dijo.
Réisele le hizo caso por complacerle. Allí podría ojear más fácilmente algún
libro.
Ítchele, el cochero, alisó las prominencias más salientes de la carga a fin de que
ambos se acomodaran mejor.
Ahora los muchachos tenían todo un carro para ellos solos. Aquello era ¡más que
un gozo!, un puro deleite. El aire olía a hierba joven; en algunos árboles asomaban
hojitas que acababan de brotar, claras y tiernas; en otros ya se veían hojas bastante
grandes y entre ellas henchidos y rojizos capullos; seguro que de la noche a la
mañana podrían cubrir las ramas secas. El cielo parecía allí incomparablemente más
alto que en Yélejitz e incluso más que en Senzomin. Deslumbrante, se extendía en la
inmensidad de un azul blanquecino, estático sobre el mundo. Los rayos del sol
calentaban los árboles dispersos por los campos abiertos y salpicaban las chozas
campesinas. Se diría que estas habían sido sembradas en las praderas para emerger
más tarde de la tierra, ya blanqueadas, y esconder las sombras en su interior. Y si en
el cielo asomaba una tenue nubecita con ganas de moverse, tampoco tenía fuerza para
enturbiar la serenidad. Todo reposaba, todo era claridad y calor, impregnado por la
maravillosa primavera.
—¡Que Dios bendiga vuestra cosecha! —gritó Abish en polaco a los campesinos
y campesinas que caminaban al lado de sus pequeños caballos. Arrastraban unos
arados relucientes que removían la oscura tierra con energía y con ganas, rebosantes
de vigor.
—¡Que Dios os dé salud! —respondían ellos y ellas, y se santiguaban.
Reb Avrom Ber no entendía bien lo que decían, aunque comprendía que allí había
un intercambio de bendiciones. Con muchas ganas él les habría correspondido, pero
no hablaba polaco. Tal vez en ruso habría logrado sacar alguna palabra. Al fin y al
cabo, en su momento había empezado a estudiarlo en el método de autoaprendizaje
de Naimanovitch, para el examen; cierto es que enseguida lo abandonó porque se
hartó, pero algo aún recordaba. De pronto, sintió afecto hacia aquella gente del
campo, entregada a una labor sana y útil. Adam la’amal nolad[13] («El hombre nació
para el duro trabajo»), recordó. Todo lo que le rodeaba estaba imbuido de amor y
belleza. Sin poder contenerse, rompió a cantar con júbilo. Había olvidado que eran
los días de la sefirá[14] y comenzó a entonar: «Qué glorioso y agradable…».
—¿Cómo es que de pronto te pones a cantar ese himno? ¡Estamos en los días de
sefirá! —exclamó Réisele, asombrada.
Avrom Ber enmudeció de golpe. Fue realmente penoso ver la tristeza que le causó
esa interrupción. Solo que, ¿cuánto tiempo puede uno seguir melancólico? Y él,

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todavía menos.
Continuaron haciendo camino y los campesinos desaparecieron, al igual que la
hamaca en la que un muchacho se mecía, y también la ropa extendida al sol sobre un
prado abierto. El campo se desplegaba, vasto y solitario. No se veía a nadie. Sobre la
tierra, oscura y labrada, ya se atisbaban signos de vida, brotes de verdes briznas de
hierba.
Reb Avrom Ber se notaba desasosegado. Su cuerpo se estremecía, exultante;
empezó de nuevo a canturrear y enseguida se detuvo:
—¡Ah, sí! ¡La sefirá!, la sefirá.
Habría abrazado a Réisele y la habría cubierto de besos de la cabeza a los pies.
Solo que, en primer lugar, le daba vergüenza. ¡Cualquiera sabe! Además, la veía tan
concentrada, tan seria, como si en ese momento necesitara resolver la teoría de la
relatividad de Einstein.
Ya habían recorrido un largo trecho. Avrom Ber dormitaba. A Réisele se le
cerraban los ojos. Había forzado demasiado la vista en la lectura. (Dicho sea de paso,
también había podido contemplar y captar la maravillosa belleza del día, y tal vez
más que ningún otro). Se quedó dormida.
Mijael silbaba con toda su fuerza. Sentado al pescante al lado de Abish, sujetaba
las riendas en las manos. Como si realmente fuera un cochero intentaba arrear a los
caballos, que ponían en el trote su mejor voluntad sin necesidad de que nadie les
gritara: «¡Vamos, moveos!». Pero Mijael disfrutaba haciéndolo y Abish quiso darle
ese gusto.
En lo que respecta a Motl, se retorcía como un gusano, como si le resultara
demasiado estrecho el carro medio vacío. No paraba de moverse. Se había sentado
tan cerca de Débora que ella ya sentía el calor de su ardoroso y joven cuerpo. Un raro
estremecimiento atravesó su cuerpo de muchacha, a la vez que algo le decía que
debía avergonzarse por ello y ocultarlo. Se había tornado roja como el fuego, y se le
notaba. Se alejó de él, pero Motl no renunciaba. Giraba y se movía como lo haría un
epiléptico. Apenas se fijaba en la belleza del paisaje. Débora lo absorbía por
completo.
Ella se alejó un poco más en el asiento. Motl se arrimó y, súbitamente, Débora
sintió que le tomaba una mano en la suya; la mano de él le quemaba con un ardor
inusual. La soltó, con todo su cuerpo ardiendo y los ojos en llamas.
Siguieron viajando otras tres horas. El sol bajó un poco más en el cielo y los
remotos horizontes se iban alejando. Pequeñas nubes, y otras de mayor tamaño, como
montañas de un rojo cobrizo, se desplazaban sobre el cielo despejado, de un momento
a otro más grandes y sonrosadas. Atravesando campos y senderos, los campesinos
regresaban del bosque hacia sus casas, con las hachas y las sierras en la mano o
colgadas sobre los hombros. Algunos de ellos dirigían un saludo con alguna palabra
amistosa y otros sencillamente los observaban al pasar. Cortar árboles en un día
caluroso como ese, seguro que no habría sido un trabajo fácil, y las camisas de lino se

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les pegaban a la espalda, mientras gruesas gotas de sudor les caían de la frente. Los
más jóvenes entre ellos silbaban alegremente porque ya volvían al hogar, dispuestos a
calmar el hambre. Tampoco al ganado le había saciado la hierba todavía joven, y
volvía al redil con un sano apetito. Las jóvenes campesinas, por su parte, se habían
adelantado corriendo, y de las chimeneas de las chozas ya salían columnas de humo
blanco que anunciaban la cena caliente en preparación.
Al cabo de otro largo trecho, Abish detuvo a los caballos e Ítchele, el cochero, les
colgó los morrales al cuello. Masticaban la cebada con pocas ganas, alzaban la cabeza
de vez en cuando, la giraban de un lado a otro como si estuvieran descontentos, se
relamían con las anchas lenguas e intentaban masticar de nuevo. Sus viscosas fosas
nasales se dilataban como si buscaran olfatear algo en el aire, Ítchele llenó dos cubos
de agua en un manantial cercano. Los caballos relincharon y se encabritaron, casi
volcaron el agua, pero metieron rápidamente sus cabezas. En un instante habían
vaciado los cubos. Aún les goteaba el hocico cuando Ítchele trajo otros dos cubos de
agua, mientras el propio Abish hacía lo mismo para sus caballos. Esa segunda vez no
se entusiasmaron tanto, pero tampoco se negaron a beber. Abish les volvió a colgar
los morrales y lo mismo hizo Ítchele, que sintió hambre al ver con cuánto apetito los
animales tragaban la cebada. Abish le entregó un buen trozo de pan de centeno y una
porción de salchichón seco. También él tomó algo.
Réisele llamó a Mijael y le entregó un paquete con comida. Ambos hermanos se
dieron un buen atracón. ¿Qué no habría en ese paquete? Galletas de huevo con
mantequilla y queso, tortas de miel, ricas y jugosas peras, un poco de zumo de
cerezas, de frambuesa, ¿qué más podía faltarles?
Reb Avrom Ber pronunciaba para cada alimento una bendición tras otra, y Réisele
respondía «amén» en voz baja, aunque comió muy poco. Bendecía más que comía.
Abish se enjugó el bigote, agradeció los ricos víveres que le habían ofrecido los
muchachos, tendió a Itchele una botella de agua y gritó a los caballos:
—¡Ahora a galopar, chicos!
Solo que Abish, al parecer, nunca había utilizado ese camino de Yélejitz a R… y
no sabía que los caballos, incluso con la mejor voluntad, no podrían cumplir su orden.
El trayecto se hizo muy pesado. En el lodazal que allí empezaba, y les llevó tal
vez una hora atravesar, las ruedas se iban hundiendo profundamente, volvían a subir
y de nuevo se hundían hasta el eje, subían otra vez y se hundían de nuevo, daban
marcha atrás y volvían a empezar. El bosque parecía ya tan próximo como si con la
mano se le pudiera alcanzar. Pero el tramo que aún quedaba por recorrer se hizo
durísimo; era realmente tierra yerma que mediaba entre el campo y el bosque.
—¡Eh! ¡Muévete, inútil! —gritaba más allá un joven labriego, de rostro sano y
redondo, y aún más sanos y endurecidos brazos, al ver a un escuálido potro que
trabajaba más con las costillas que con las patas. El pobre animal se empeñaba en
hacer lo que su amo le mandaba, un campesino huesudo de rostro sucio y con gruesas
gotas de sudor del tamaño de guisantes que le caían sobre la nariz. Casi estaba

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matando al pobre caballito. El joven labriego, aparentemente pletórico de energía
pese a la larga jornada de trabajo, arrojó sobre el carro el hacha y la sierra y se puso a
empujarlo. Sin tardar mucho tiempo, logró sacarlo del lodo y ponerlo a un lado del
camino.
Ítchele azotaba a sus caballos. El joven labriego le clavó la mirada y siguió su
marcha mientras mascullaba: «¡Caballos judíos!». Abish se enfureció con Ítchele por
maltratar a los animales:
—¿A ti no te cuesta el dinero, eh? ¡Zopenco! Si fueras un verdadero cochero y no
un tarugo, ya hace tiempo que habríamos dejado atrás este trecho —gritó Abish,
olvidando que él iba delante con su carro.
Pero también esto se superó. Con la ayuda de un poco de suerte, se alcanzó el
bosque. Después de una pausa para dejar descansar a los caballos, todos volvieron a
ocupar sus asientos en los carros. Abish se secó el sudor, y el de los caballos, con un
trapo sucio. Los animales parpadeaban con sus ojos color ámbar y lo agradecieron a
su manera equina.
El bosque resplandecía a la luz del sol. Los álamos casi alcanzaban con sus puntas
brillantes los escasos retazos visibles del cielo azul.
Abish, ya sentado de nuevo en el pescante, no permitió que Mijael montara en él.
—¡Siéntate en tu lugar dentro del carro y no me marees la cabeza! —dijo,
olvidando que no estaba tratando con Ítchele. Mijael le hizo caso, porque el pescante
ya había dejado de interesarle.
La primera parte del bosque, aún bastante densa porque en ella la tala de árboles
apenas había comenzado la semana anterior, quedó atrás con sus frondosos pinos y
sus esbeltos álamos. De nuevo emergió el cielo despejado mientras atravesaban un
bosquecillo de árboles jóvenes recién encalados. Al poco tiempo ya asomó un trozo
de luna y fueron apareciendo rutilantes estrellitas juguetonas, traviesas y jóvenes
como el propio bosquecillo.
Nada más salir de ese tramo, entraron en otro, realmente horripilante, de bosque
desolado, cuyos árboles —ya resecos, dispersos, torcidos y con escasas hojas en sus
ramas desnudas y misteriosas—, infundían tristeza, tal como unos viejos astutos que
con los brazos extendidos tantearan en medio de la oscuridad.
A Débora le invadió una mezcla de pavor y asco, hasta que al fin se llevó un
alegrón cuando se adentraron en el auténtico bosque.
¡Este sí que era un bosque de verdad!
Se extendía a ambos lados, espeso y opaco. El camino, marcado por la rodada de
sucesivos carros en tiempos pasados, se hacía más angosto y oscuro a medida que
avanzaban. El aire olía a miel, como si toda suerte de fragancias del mundo se
hubiese concentrado allí.
«¡Oh, quién podría describir esta maravilla de aroma!». Estas palabras afloraron a
los labios de todos aunque, al faltar aliento para expresarlas, guardaron silencio
mientras inhalaban el aire perfumado de la noche de mayo en Polonia.

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—¡Mira, una ardilla! —gritó Débora a Mijael. Él miró, pero ya era demasiado
tarde; había desaparecido.
—¡Qué lástima! Tenías que haberla visto. ¡Qué velocidad! No eran patitas, sino
alas con las que corría. Una aparición maravillosa.
—¡Ja, ja, ja! —se rio Mijael—. ¿Hasta cuánto de maravillosa puede parecer una
ardilla?
—Tenías que haberla visto —insistió Débora.
—Bueno, ¡mejor para ti que la has visto! —replicó Mijael y, de todos modos,
echó una mirada al lado opuesto del camino.
Reb Avrom Ber ya había rezado sus oraciones y decidió que sería mejor reunir a
todos en el mismo carro para pasar la noche. Dio un tirón desde atrás a la chaqueta
del cochero y le transmitió su opinión. Itchele intentó convencerlo de que no había
razón para tener miedo, pero en vista de que insistía, le dio una voz a Abish para que
parara a los caballos. Se detuvieron y Réisele, aunque cansada, de nuevo tuvo que
bajar de un carro para subirse al otro. Parecía muy descontenta. También lo estaba
Abish.
—Un bosque —rezongó—, hay que darse prisa en atravesarlo, sin entretenerse.
En estos tiempos, en los bosques de Polonia no se está muy seguro, sobre todo por la
noche.
Réisele le dirigió una mirada severa, pero no dijo nada.
—En efecto —replicó reb Avrom Ber—, por esa razón quería yo que nos
sentáramos todos juntos, y hay que procurar no quedarse dormidos.
—Ya lo creo. De lo contrario, los bandidos podrían atacarnos y robar nuestras
pertenencias, además de abrirnos las tripas —gritó Ítchele, con intención de provocar.
—En cambio, si se está despierto —remachó Abish, como para atenuar un poco
las palabras del patán de Itchele—, siempre puede uno pagar un rescate a cambio de
su vida.
«¡No es mal consuelo!» —pensó Réisele, aunque decir, no dijo nada.
—Si por el contrario duermes, podrías despertar con la cabeza cortada y, encima,
no encontrar ni vestigio de tus pertenencias —bromeó Mijael, ocultando la cara para
que no vieran que él también tenía miedo.
—¡Mijael, cierra el pico! —se enfadó Avrom Ber—. ¡No abras la boca al diablo!
—añadió con voz suave y asustada a la vez.
—¡Cállate, tonto! —añadió Réisele a Mijael.
Débora se arrebujó en su abriguito y Motl cerró los ojos. Mijael ya se arrepentía
de las pocas palabras que había soltado; le pareció que con ellas había hecho
aumentar el peligro…
Una vez realizado el cambio de carros, Abish fustigó a los caballos. Itchele hizo
lo mismo con los suyos y a galope atravesaron el bosque. El aire perfumado tuvo el
efecto de embriagarlos como un preciado vino. Los carros rebotaban y se mecían,
mientras los pasajeros, aunque habían acordado que no dormirían, poco a poco

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dejaban caer la cabeza y volvían a enderezarla una y otra vez, intentando oponerse al
sueño. El cansancio, finalmente, los venció.
No despertaron hasta que los carros se detuvieron en R…

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CAPÍTULO IV
EN R…

EL luminoso amanecer, de un color rojo sangre, anunciaba un día de sol radiante.


Débora se preguntaba atónita cuándo habrían salido del bosque. Se frotaba los
ojos; ¿tal vez no habría dormido nada? Conque ya estaban en R… Miró a su
alrededor. A sus ojos somnolientos, las casas de una planta de la plaza del mercado —
donde Abish se había detenido para pedir a Avrom Ber, en el otro carro, que le
indicara el camino a la corte del rebbe— le parecieron rascacielos. La ciudad dormía.
Había ventanas cubiertas mediante finas cortinas de tul; otras mediante estores
bordados, o sin bordar, pero bien limpios; algunas, las de la gente pobre, por solo
media cortina, y las más humildes por una sábana o incluso un delantal. Acá y allá
una lámpara de gas estaba a punto de apagarse. Sobre un banco dormía tendido un
anciano, judío o gentil, era difícil de determinar: un hombre roto, eso sí, pues dormía
con la cabeza hundida entre los brazos plegados.
Débora se estremeció de compasión. Nunca había visto algo así. ¿Que una
persona durmiera a la intemperie, abandonada? Le vino al pensamiento Foltche, el
loco del pueblo, en Yélejitz. Pero incluso él contaba con un rincón donde dormir, en
la casa de estudio. Es cierto que no siempre aceptaba entrar, y que no paraba de dar
porrazos con la puerta, gritando que si la cerraba su madre lo agarraría por la
garganta. Asustado, la mantenía abierta todo el tiempo sin poder conciliar el sueño.
Ya de madrugada, solía caer exhausto en cualquier rincón a la intemperie y se
quedaba dormido. Bueno, pero se trataba de un loco. Aquel hombre sobre el banco,
sin embargo, incluso dormido se veía que no estaba loco. Eso quería decir que dormía
al raso por no tener siquiera dónde echar un sueño. La invadió tal piedad hacia
aquella cabeza canosa oculta y hacia esas manos posadas sobre las rodillas, que hasta
empezó a odiar a esa ciudad, en donde una cosa así era posible.
El carro viró hacia una callejuela estrecha y penetró, con gran dificultad, en un
patio de forma cuadrada, donde se detuvo. Abish e Ítchele bajaron a arrastrar las
pesadas cajas.
—¿Qué mirabas tan fijamente antes, Débora? Como ves, ya hemos llegado al
lugar al que veníamos, alabado sea Dios —dijo reb Avrom Ber.
Débora apenas lo oyó. Caminaba mirando hacia arriba, hacia las acortinadas
ventanas. Había tantas viviendas… Según el número de ventanas, solamente en ese
patio había multitud de hogares y, sin embargo, una persona había tenido que dormir
al raso. La llamaron y se apresuró a entrar en una de las casas, pero el recuerdo del

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anciano en el mercado no la dejaba en paz. Pensó que ya era un milagro que el
hombre hubiera encontrado, junto a aquel banco, una antigua toma de agua. Eso no la
consoló, aunque finalmente se conformó con una explicación: «Debe de ser también
un loco; no puede ser otra cosa». Esto último la tranquilizó…
A continuación, empezó a recorrer las habitaciones de la vivienda. Eran tan
diferentes de las de Yélejitz… Solo los techos estaban encalados. En las paredes
empapeladas, sobre un fondo azul había flores pintadas de color marrón.
«¿Flores de color marrón? —pensó, sin poder contener la risa—. No es de
extrañar. Si brotan sobre una pared azul, ¿por qué no han de volverse de color
marrón?…».
Recorrió las tres habitaciones. Eran amplias, vacías y despejadas, y con grandes
ventanas.
—¿Qué haces dando vueltas, Débora? Mejor sería que ayudaras a preparar algún
lecho para tu madre. La pobre está muy cansada. Tú también podrías tumbarte un
poco. No son más que las cinco de la mañana.
Débora preparó con unas mantas dos lechos sobre el suelo y su madre se acostó.
Su padre rezó la oración de la mañana y también se tumbó.
—¡Ah! —exclamó—. ¡Da gusto estirar un poco el cuerpo!
Acerca de Mijael nadie se preocupó. Pensaron que él y Motl se habrían ido a
dormir a la habitación contigua.
Débora se tendió con la cabeza apoyada sobre el lecho de su madre. Motl, en la
otra habitación, recostó la suya contra una caja. Avrom Ber fue el primero en
reaccionar.
—Y Mijael, ¿dónde está? —preguntó, despertando a Débora.
—¡Qué sé yo!
Réisele oyó en sueños que Mijael no se hallaba en la casa.
—¡Ay de mí! ¿Cómo puede ser? ¿Dónde estará? —preguntaba, retorciéndose los
dedos—. ¿Dónde puede estar en una ciudad desconocida?
Tras comprobar que no se hallaba en el patio ni en ningún otro lugar, se produjo
un tumulto. Pero antes de que llegaran a salir para buscarlo, Mijael llegó corriendo y
radiante. Sin advertir que los demás, reconfortados y enfadados a la vez, y a punto de
enfurecerse, clavaban en él la mirada, entró en la habitación donde dormía Motl y le
dio un codazo en el costado. Él lo miró estupefacto, abriendo unos ojos somnolientos
y airados.
—Estáis dormidos como unos muertos —dijo Mijael, refiriéndose en realidad
únicamente a Motl—. ¡Tenías que haber visto lo que es un shtetl! ¡Ni comparación
con Yélejitz…!
—¿En dónde has estado, eh? —preguntó reb Avrom Ber, intentando parecer
enojado.
—¡En ningún lugar!
—¿Y dónde está ese ningún lugar? —intervino Réisele, realmente irritada.

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—Estuve en el patio.
—¡No has estado en el patio!
—¡Sí he estado! —Mijael se mantuvo en sus trece.
—Bueno, dejémoslo. Lo que importa, por el momento, es que ya tenemos aquí a
esta «joya» nuestra.
A la mañana siguiente, Avrom Ber se sentía ya como propietario de esa casa.
Guio a Réisele por las habitaciones y las examinó de nuevo, con comentarios de
entendido en la materia. Réisele no daba muestras de ninguna complacencia, ni
siquiera de aprobación. Parecía como molesta y preocupada, aun cuando no tenía
nada que objetar. En realidad, todo estaba bien: las paredes recién empapeladas, los
techos blancos impecables, el aspecto como de la gran ciudad y mucho más elegante
que en Yélejitz. Y no obstante, no era totalmente de su agrado. Sin ningún motivo
concreto. En Yélejitz al menos había cosas que desaprobar…
—Está todo bien, ¿no es así? —preguntó Avrom Ber con satisfacción.
En ese momento alguien, un anciano, abrió la puerta delantera de un empujón,
utilizando su rodilla. En las manos, fláccidas y temblorosas, llevaba una bandeja con
vasos, cucharillas, una jarra de leche caliente, un azucarero, algunas galletas de
almendras y una tetera con agua hirviendo. El pobre hombre apenas arrastraba los
pies. Depositó la bandeja, enderezó un poco el combado cuerpo, recuperó el aliento y
rebuscó algo en los bolsillos.
—El rebbe, quiero decir su madre, la rébbetsin, les envía de momento un té —
dijo, mientras sorbía una pizca de tabaco con sus pequeñas fosas nasales.
—Gracias —dijo Réisele.
—¡Je, je, je! No es a mí a quien tiene que agradecerlo. Si el rebbe, quiero decir la
rébbetsin, no lo hubiera mandado, ¡je, je, je!, seguro que yo no lo habría traído.
Réisele ya sonrió. Reb Avrom Ber disfrutaba.
—¿Acaso nos va a faltar algo aquí, Dios no lo quiera? ¿Qué opina usted, reb
Báruj?
—¡Vaya pregunta! Ya quisiera yo para mí que me faltara lo mismo que a ustedes.
Fue el propio rebbe quien encargó a alguien que dijera a su madre la rébbetsin que
ella mandara, ¡achís!, al ayudante a decir a la criada que me diera el té para traérselo,
¡¡¡achís!!!…
El pobre Mijael contuvo las ganas de reír o, al menos, de soltar alguna gracia. Se
notaba que se divertía, pero temía lanzarse. Al fin y al cabo, una ciudad nueva, una
persona desconocida… así que guardó silencio.
—¡Siéntese, reb Báruj! —invitó Avrom Ber, olvidando que no había sillas.
El anciano miró a su alrededor.
—Tampoco usted tiene donde sentarse.
—No importa. Nos arreglaremos —dijo reb Avrom Ber, y le acercó una caja.
Todos se sentaron sobre cajas, bultos o ropa de cama. Débora sirvió el té. Motl se
sentía bien. Era como uno más de la familia durante ese día.

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Reb Avrom Ber invitó al anciano a que también tomara un vaso de té. Réisele,
sentada sobre el paquete de ropa de cama situado un poco más lejos, bebió con ganas,
pues tenía la garganta reseca.
El anciano, animado por la amistosa mirada del rabino, soltó la lengua y empezó
a contar todas las maravillas de la yeshive. Una vez que terminó el té, se secó el
bigote con el pañuelo. Avrom Ber miraba encantado a Réisele. El hombre, mientras
tanto, tras aspirar otra pizca de tabaco y limpiarse con la palma de la mano, se
dispuso a acompañar a reb Avrom Ber a la casa de estudio.
—¡A… ah! ¡Bien…! —Y retuvo con dificultad otro estornudo.
—¡Enseguida vendrás tú también, Motl! Y tú, Mijael, ¿¡me oyes!? —dijo Avrom
Ber desde la puerta, y salió con su acompañante.
Motl se coló en la cocina, donde Débora trajinaba con un paquete buscando algo.
Parecía apenada y Motl creía saber por qué. Había oído cómo Réisele la había
regañado sin motivo aquella misma mañana. Con Mijael, en cambio, no se había
enfadado, pese a la diablura de irse a deambular por una ciudad desconocida cuando
todos en la casa estaban preocupados. No tenía suerte Débora con su madre, pensó
Motl, no sin rencor.
—¿Le gusta este lugar? —preguntó queriendo decir algo, aunque enseguida se le
ocurrió que era una pregunta tonta, ya que de momento no había nada que pudiera
gustar.
—¡Así, así!… —respondió Débora, con acento abatido.
—¿Qué sucede? —preguntó Motl de nuevo, y se sintió aún más torpe que antes;
tal vez no debería hacer preguntas.
—¿Usted cree en la suerte? —preguntó súbitamente Débora.
Una pregunta tan extraña, así, sin más… No sabía cómo responder.
—¿En la suerte? Sí, naturalmente. —A decir verdad, Motl, nunca había tenido
ocasión de saborearla.
Alrededor de las dos de la tarde entró en la casa una muchacha de mejillas sanas,
brazos cortos y ojos vivaces.
—Me ha enviado la rébbetsin madre para que ayudara a limpiar y a desembalar
—les informó.
Réisele la miró complacida porque realmente la necesitaba.
Reb Avrom Ber regresó para almorzar y luego se marchó de nuevo a la yeshive, a
impartir su primera lección a los discípulos jasidim.
—Sería una lástima comenzar tarde el primer día —se justificó ante Réisele.
La muchacha se lanzó a trabajar como un vendaval. Realmente parecía tener
fuego en las manos. En cuanto terminó de limpiar los cristales, enseguida se puso a
fregar los suelos. Se ofendió cuando Débora se ofreció a ayudarla. Réisele sonrió al
ver las ganas de esa muchacha por lucir sus capacidades y supuso que no siempre
trabajaría con el mismo ímpetu, con tantas ganas. Aunque una Hanna nunca llegaría a
ser —eso se veía con claridad—, ¡realmente iba a necesitar una muchacha como ella!

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—¡Ahora voy a traer el almuerzo! —dijo. Se soltó la falda, que antes había
recogido para limpiar, se arregló el cabello con un medio peine y, tras enjugarse la
cara con el borde del delantal y mirarse en los inmaculados cristales, se marchó
llevándose los útiles de limpieza.
Regresó cargada con un montón de enseres. Puso encima del horno apagado unas
cacerolas y pidió un mantel. Una vez que extendió, sobre varias cajas adosadas, el
mantel que Débora le entregó, distribuyó unos pesados cubiertos de plata, a
continuación los platos de auténtica porcelana y ni siquiera olvidó un pimentero.
Seguidamente, en un pequeño cazo, reservó un poco de consomé para reb Avrom
Ber, más un trozo de carne en un plato que cubrió con otro, y tapó después el
conjunto con una manta para mantenerlo caliente. Entretanto le contó a Réisele que la
joven rébbetsin, la esposa del reb be, era una mujer de oro, y que la anciana
rébbetsin, en cambio, podía aprender mucho de ella. Hablando de sí misma dijo que,
si hubiera tenido suerte y no se hubiera quedado huérfana, serviría solamente a la
joven y no a la vieja.
Después de que terminaron de comer, la joven recogió los cacharros. Presionada
insistentemente por Réisele para que lo aceptara, regresó a su casa con una moneda
de un guílder en el bolsillo.
Unos días más tarde, Léiser Nusen, el «jefe», el más insolente y el más
sinvergüenza de los cinco asistentes del rebbe, se convirtió, para disgusto de reb
Avrom Ber, en su mano derecha. Una vez que recibió dinero para comprar muebles,
adquirió lo que le pareció bien sin consultar con nadie y pagó el precio que decidió
por sí mismo. Réisele empezó a odiar a este hombre, aunque estaba claro que
minucias como estas, el odio o la estima, no hacían mella en él. Réisele discutió en
vano con su marido por haber confiado el dinero a esa clase de individuo, pero él se
justificó diciendo que se vio obligado a ello. Léiser Nusen se lo había impuesto y ese
hombre, cuando deseaba algo, lo conseguía incluso de personas más fuertes.
Dio orden al viejo Báruj de que ayudara a Zélik, el criado del rebbe, a instalar
cada mueble en su lugar.
Báruj no paraba de repetir que él era, en realidad, el jefe de los asistentes y que, si
viviera todavía el anterior rebbe, que en paz descanse, sería él y no Léiser Nusen
quien tendría el mando en la sede. Pero desde que el viejo rebbe se largó a dirigir su
corte en el paraíso, Léiser Nusen se convirtió en el mandamás. En consecuencia, el
pobre Báruj debía hacer todo lo que él mandaba. Solamente podía desahogar la rabia
aspirando tabaco.
Tampoco le disgustaba un trago de aguardiente. La anciana Henie, la esposa de
Báruj, comentaba que desde que Léiser Nusen arrebató a su esposo el derecho a ser el
jefe de los asistentes, él había empezado a empinar el codo. No obstante, muchos que
aún recordaban aquellos buenos tiempos, cuando Báruj tenía el mando, aseguraban
que él que nunca rechazó un trago de aguardiente. Con todo, siempre fue una buena
persona y no llegaba a emborracharse. Eso sí, le gustaba soñar con «aquellos

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tiempos» y cuando empezaba a contar sus batallitas, incluyendo cosas inventadas,
uno terminaba tomándole cariño e incluso interesándose más sinceramente por él.
Había que verlo cómo entraba en éxtasis y empezaba a creerse las aventuras, los
acontecimientos y los prodigios de aquel tiempo, cuando aún vivía el viejo rebbe y él
era el jefe en la sede. Débora amaba tanto esas historias, que realmente se convirtió
en enemiga de Léiser Nusen por haberle robado el mando a Báruj. Incluso Réisele
apreciaba a ese viejo tan abandonado y endeble, aunque se preguntaba, sorprendida,
cómo habría llegado a tener una imaginación tan desbordante.
Zélik se ocupó de montar las camas de madera con cabecero, que reunían dos
cualidades a la vez, según Léiser Nusen: buen aspecto y bajo precio, pues dijo que le
habían costado una miseria. En realidad, de baratas no tenían nada: veinticinco rublos
por ambas camas había sido un precio bastante elevado.
—¡Vaya camas! —había dicho él—. ¡Qué pulido, qué brillo, y en madera tallada!
¡Y qué madera!
Y aunque Réisele objetó:
—¿A quién le importa la madera? ¿Acaso por eso vamos a discutir? ¡Que Dios
nos de buena salud es lo que importa! Pese a lo que usted dice, en poco tiempo esas
camas empezarán a crujir cuando alguien se acueste en ellas.
—¡Tonterías! Les echarán un poco de aceite y se sentirán bien. ¡Ja, ja, ja! Al fin y
al cabo, no van a ser mejores que las personas, con perdón por la comparación —
bromeó Léiser Nusen. Dio de nuevo instrucciones a Zélik sobre lo que tenía que
hacer y se marchó.
Mientras Zélik trabajaba, Báruj a su lado no cesaba de gruñir. Le entregaba las
herramientas equivocadas. Cuando necesitaba un martillo le daba un destornillador.
Zélik, pese a que eso le irritaba, nunca le soltaría a Báruj una mala palabra. Al fin y al
cabo, se trataba de un asistente del rebbe y además anciano, con nietos de la edad del
propio Zélik. Y además, tampoco le tenía antipatía. Un vez que terminó de instalar las
camas y comprobó su solidez, empezó a trabajar en el armario, también un buen
pedazo de mueble.
—Solo que es un poco estrecho —comentó Zélik— y ligero. Casi no pesa. Pienso
que podría llevarlo sobre la espalda.
La mesa, por el contrario, era una pieza bien pesada. Un poco desgastada, tal vez
era de segunda mano pero, desde luego, no una mesa ordinaria. Sentado a una mesa
como aquella, con patas macizas como las de un oso, con unos bordes tan lisos y ese
gran peso, seguro que se estudiaría de otra manera, y la comida también sabría mejor.
La mesa de cocina, en cambio, era totalmente nueva, al igual que las sillas. Estas
tenían unos brazos artísticamente tallados y rematados por una bola con un pequeño
hueco en cuyo interior se alojaba un botón de latón.
—Es una pena que no estén barnizadas. Yo en su lugar las barnizaría —aconsejó
Zélik a Réisele—. De lo contrario, se ensuciarán antes de que uno se dé cuenta.

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—¡No seas asno! —rezongó Báruj, aspirando una pizca de tabaco—. ¡Barnizar…,
déjate de zarandajas! Cuando se ensucien ya habrá tiempo para barnizarlas.
Zélik se negó categóricamente a aceptar una propina.
—Que disfruten de todo con salud —dijo. Recogió las herramientas y se marchó
a casa. Lo mismo hizo Báruj. Por fin, gracias a Dios, la familia poseía un hogar
propio.
Para Réisele, todo era nuevo: muebles nuevos, habitaciones nuevas, una ciudad
nueva y una vida nueva. No obstante, había algo más, también nuevo, que se había
sumado a toda esa novedad. Un sentimiento que sin motivo aparente deprimía el
estado de ánimo; una nueva melancolía que de un día para otro se hacía más pesada, a
la par que los bolsillos de Réisele se volvían más livianos. No era esta, sin embargo,
la principal causa del extraño desaliento que se notaba en aquellas habitaciones, cuya
limpieza, Débora, de momento, se esforzaba por mantener.
Reb Avrom Ber venía de la yeshive cada día con noticias de nuevas maravillas:
estaban llegando estudiantes jasidim de todas partes, realmente de los cuatro rincones
del mundo; aquella iba a ser la mayor yeshive de Polonia; pronto no iba a haber sitio
para todos y habría que añadirle un ala adicional.
El rebbe, sentado a la mesa cada shabbat, a la hora de su comentario de la Torá
hacía mención de determinados versículos y alusiones que «demostraban» cuán
grande sería la compensación divina a quien ayudase a otros judíos a dedicarse al
estudio. A continuación rogaba, casi decretaba, que todo judío residente en R… debía
cumplir con la buena acción, dictada por la costumbre, de invitar a comer en su casa
un día a la semana, naturalmente como mínimo, a un estudiante de la yeshive. Los
más pudientes deberían invitarlo dos o incluso tres días por semana. La cocina
comunal, afirmaba, de momento seguiría distribuyendo comidas, pero pronto habría
de ser financiada e incluso ampliada para que la yeshive pudiera asegurar su
existencia. Era obligación de los cabezas de familia de la ciudad asumir la ayuda
económica a esa sagrada misión. Y, tras estas palabras, el rebbe volvía a hablar de su
Torá, como siempre con la dulzura que extasiaba a sus discípulos. Finalmente,
siguiendo el acostumbrado ritual, distribuía entre ellos los sobrantes de su propia
comida.
La apelación hecha por el rebbe se propagaba enseguida por toda la ciudad, y los
judíos, por lo general, ayudaban. Muchos cabezas de familia mantenían a algún
estudiante, generalmente no varios días a la semana, pero sí algún día.
Reb Avrom Ber impartía a diario su lección a los discípulos de la yeshive. Mijael
estudiaba junto con los muchachos de más edad y también con los jóvenes, y en nada
se quedaba atrás. A Débora no le faltaba trabajo en la casa. Solo a Réisele se le hacían
largos los días y ni siquiera en sus textos sagrados encontraba interés. No acababa de
adaptarse y le resultaba incómodo su nuevo sofá, por cierto, como ella, también
bastante endeble.

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—Si visitaras alguna vez a la joven rébbetsin te darías cuenta de que es una
persona poco común, una mujer decente y de ilustre linaje, hija del rebbe de Balzak,
y realmente inteligente. Por añadidura, una mujer erudita —insistió reb Avrom Ber,
escudriñando a Réisele para ver su reacción a esas últimas palabras.
Réisele sonrió y pensó que, en cuanto se presentara la ocasión, debería realizar
esa visita y conocer a dicha persona.
Y la ocasión se presentó. En una soleada mañana, la criada de la joven rébbetsin,
ataviada no como una criada, sino vestida de blanco, con un impoluto y planchado
delantal también blanco y zapatos negros relucientes, hermosa, rubia y con una
sonrisa encantadora, infundió vida a la casa.
—La esposa del rebbe, vida larga tenga, ha pedido que la rébbetsin la visite hoy
por la tarde.
Transmitió esas pocas palabras con una sonrisa tan abierta que incluso a Réisele
le obligó a sonreír.
La joven rébbetsin, con un vestido negro de seda, un largo collar de perlas
alrededor del cuello blanco y algo rollizo, y una repeinada peluca de seda artificial, se
puso en pie al ver a Réisele entrar. También ella llevaba vestido negro y peluca de
seda artificial, aunque sin collar de perlas en su escuálido cuello. La anfitriona fue a
su encuentro, le tendió la mano, la invitó a sentarse y pronto despertó cariño en su
invitada.
Aquellos ojos francos e inteligentes seguramente agradaban a cualquiera y
Réisele era, sin duda, buena conocedora de la naturaleza humana.
Además, todo en esa casa era tan personal, y estaba dispuesto con tan buen gusto
como si armonizara con la propietaria, que forzosamente tenía que agradar. Una
tonalidad azul muy discreta dominaba tanto en el empapelado de las paredes como en
el marco de las puertas y ventanas.
Los muebles sencillos, de fina artesanía, concordaban asimismo con la dueña de
la casa. En la habitación de la joven rébbetsin reinaba una atmósfera delicada que le
hacía a uno sentirse cómodo, serenaba el ánimo y acariciaba la vista, a la vez que
retrataba la personalidad de quien había sabido ordenarlo de ese modo.
Réisele se sintió muy a gusto, como pez en el agua. Esa era justamente la
atmósfera que ella echaba en falta en su casa.
La joven rébbetsin le mostró un libro que acababa de recibir de un sobrino suyo,
precisamente el autor de la obra. Luego la condujo frente a la estantería, cuya puerta
de cristal corrió para darle a conocer un poco cuáles eran sus amigos (toda clase de
libros sacros y también otros, todos en hebreo, de los que se sentía muy orgullosa). Se
consideraba a sí misma una experta en literatura y, de forma indirecta, demostraba a
Réisele que sabía lo que había que leer… Allí, frente a esa estantería abierta, Réisele
tuvo la sensación de hallarse delante de un gran jardín, cuyas seductoras flores le
estaba prohibido arrancar.

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La joven rébbetsin volvió a cerrar la estantería y las dos mujeres se sentaron de
nuevo. La criada de abierta sonrisa y rostro jovial les trajo té y un tentempié sobre
una bandeja de plata labrada, ya algo deformada por el tiempo. Las cucharillas, el
azucarero, la tenacilla para los terrones de azúcar, también de plata labrada y con
ligeros defectos, obviamente procedían también de alguna lejana herencia familiar.
—Beba el té, rébbetsin, ¿por qué lo deja enfriar? ¿Tal vez quiera usted un poco
más de licor de fruta?
—No, de verdad que no. No se moleste la rébbetsin, ya ve que sí estoy bebiendo
el té.
—¿Tiene usted aquí, en R… algo que leer, al menos? Me refiero a algo
interesante, de la clase que nos gusta —la joven rébbetsin lo dijo en plural,
sugiriendo de paso a Réisele que, si lo deseaba, podría dejarle prestados algunos
libros—. El rabino me ha hablado tanto de usted, que ya sé que compartimos el
mismo vicio.
Réisele sonrió, realmente complacida. Más tarde, ya en casa, contó a su esposo
que había pasado varias horas con la joven rébbetsin y lo mucho que le había
agradado. Avrom Ber se acarició la barba y pareció tan feliz, por lo menos, como si
de pronto le hubiesen dicho que había sido agraciado en ese día con una gran fortuna.
—¡Y posee una gran estantería de libros!
—¿Ves? Ya te dije que aquí, gracias a Dios, nada te iba a faltar. En Yélejitz no
tenías nadie con quién hablar y sin embargo aquí ya cuentas, gracias a Dios, con una
buena amiga, y has visto qué buen carácter tiene. ¡Como de pura seda! ¡Un alma
refinada!
—Muy cierto —asintió Réisele.
—¡Y lo que aún te queda por descubrir! ¡Ya llegarás a conocerla! ¿Sabes? Tiene
sus propios admiradores.
Reb Avrom Ber contó a Réisele, sonriendo, que a muchos de los discípulos del
rebbe no se les ocurriría, aunque les pagaran por ello, regresar a casa sin antes
haberse despedido de ella.
—La tienen en gran estima. Y a decir verdad —añadió en voz baja, como si
temiera que le oyeran las paredes— yo también la valoro más que a…
No dijo a quién. Pero Réisele comprendió la alusión y asintió en silencio.
En la yeshive todo marchaba bien. En una esquina del patio cuadrado, el edificio
se alzaba en toda su gloria. Los nuevos ladrillos eran de un rojo deslumbrante y el
tejado de zinc ondulado brillaba, caldeado por el aliento abrasador del sol. A través
de los anchos ventanales, abiertos de par en par, un quejoso y dulce sonsonete flotaba
sobre el patio, daba vueltas, serpenteaba hasta llegar a la calle, regresaba y
revoloteaba sobre sí mismo, cargado de misterio, para resonar enseguida en cada
rincón. Sobre el conjunto de voces que se fusionaban en ese canturreo destacaba la de
Avrom Ber, con su tierno y paternal Yesh omrim[15].

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A Motl le alegró mucho la oportunidad que le había ofrecido el rabino esa misma
mañana al elegirlo precisamente a él para traerle a la yeshive la pipa que se había
dejado en casa. Dado que a Motl le proveían sus comidas en la cocina común del
rebbe, nunca se le presentaba la ocasión de entrar en la casa de reb Avrom Ber.
Albergaba la esperanza de que lo invitaría alguna vez, pero la idea ni pasaba por su
cabeza. ¿Por qué iba a hacerlo, si se veían todos los días? Tendría que ser profeta para
adivinar que Motl ardía de ganas por encontrarse con Débora.
Echó a correr en busca de la pipa como si de un tesoro se tratara, pero la suerte no
estaba de su lado.
¿Qué podía hacer? Como reza el dicho popular: «Si en tu destino no está, no lo
encontrarás». Precisamente en ese momento Débora había ido a situarse en un rincón
del patio para ver pasar al rebbe, todavía desconocido para ella. Ese día iba a
pronunciar, según Mijael la había informado, la primera de una serie de charlas
talmúdicas en la yeshive, así que decidió observarlo al pasar. Y lo consiguió.
Alrededor de las once de la mañana, el rebbe cruzó el patio. Caminaba con pasos
rápidos, que resonaban sobre los adoquines como las herraduras de un caballo, y
perdón por la comparación. Iba acompañado por uno de sus asistentes. De pronto,
todo el patio adquirió una suerte de atmósfera oficial. Débora se retrajo en su rincón,
como si temiera que con su presencia pudiera profanar la santidad del lugar. No
obstante, pudo echar una furtiva mirada al rebbe. La impresionó su enorme estatura.
¡Nunca había visto esa clase de coloso, tan alto, tan ancho y con esa panza! ¡Santo
Dios, algo así no lo había contemplado en su vida! Vestía un gabán de satén negro,
ligeramente abierto, que dejaba entrever el blanco tsitsit de lana con anchas rayas
negras; la barba, larga hasta casi el fajín, y también ancha, cubría un semblante rojo,
carnoso y radiante. ¡Y al mismo tiempo tan ordinario! Ni rastro de finura espiritual.
Esos ojos sonrientes eran astutos y autosatisfechos. Débora se quedó mirándolo
fijamente: ¿qué clase de rebbe era ese? Intentaba compararlo con su propio abuelo, o
con su padre. ¿Cómo podía diferir tanto de ellos? No había equiparación posible. Era
un rebbe muy particular.
De repente, mientras aún seguía abrumada por la impresión que le había causado
ese personaje, el destello de un par de luminosos ojos negros le produjo un súbito
temblor. Un joven alto y delgado, envuelto más que vestido en un gabán largo,
desgastado y ceñido por un fajín deshilado, pasó ante ella casi volando. Esos ojos
grandes y hundidos en un rostro de acentuados pómulos soltaban chispas y, con su
última e instantánea mirada, incendiaron como lo habría hecho un rayo el infantil
cuerpo de ella.
El joven desapareció al atravesar la puerta de la yeshive.
—¿Era ese el aspecto de un? —siguió preguntándose Débora, desconcertada e
intentando olvidar al joven. ¿Tal vez ella se habría equivocado? ¿Quizá no fuera más
que uno de los asistentes? Pero un asistente no iría vestido con un gabán de satén en
días laborables, ni tampoco con un yármulke extrañamente grande, tal vez el triple

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que el de su padre, adherido a la cabeza como formando parte de ella. «En verdad,
ese yármulke y el rebbe parecían hechos el uno para el otro», se le ocurrió pensar y se
echó a reír.
«Más apropiado sería que fuese el rebbe ese joven que corría, el de los ojos
luminosos —se dijo luego, enrojeciendo como el fuego—. Tenía aspecto refinado».
Tal pensamiento no la abandonó mientras duró el camino a casa, hasta que entró en
una tienda para comprar un encargo de Réisele.
Más tarde, cuando contó todo a su madre e intentó describirle al rebbe, le
asombró que precisamente a ella no le sorprendiera en absoluto, sino que, sonriendo
al escucharla, solo comentara:
—Eso demuestra que tiene, a Dios gracias, una buena salud…
¿Era eso lo único que a su madre se le ocurría decir en respuesta a su
desconcierto? ¡Qué raro!…

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CAPÍTULO V
EL REBBE NO PAGA EL SUELDO

PASARON varias semanas. La billetera de Réisele había adelgazado tanto como si


realmente sufriera de tisis. Ya casi no había comida y el rebbe seguía sin abonar
ningún sueldo. Reb Avrom Ber, aunque continuaba pensando que seguramente
recibiría todo el dinero de una vez, ya se sentía inquieto y decidió (pese a que no le
resultó nada fácil), planteárselo al rebbe.
—Venga a verme alrededor de las cinco —fue su repuesta, como si se le estuviera
pidiendo una dádiva—, y ya se verá lo que se puede hacer por usted.
Reb Avrom Ber, ofendido, comprendió que, pese a todo, no había otra alternativa
y se presentó a la hora fijada: tenía que sobrevivir y mantener una familia.
El rebbe lo invitó a sentarse y antes de nada le informó de que por esas fechas
solía trasladarse al balneario. En tono de mando le encargó que cuidara de la yeshive
durante su ausencia y se asegurara de que los jóvenes se sentaban a estudiar. Después
pasó a hablar de la cocina. Puesto que la anciana rébbetsin, su madre, lo iba a
acompañar, en su lugar la esposa de Léiser Nusen se encargaría de la cocina. Él
proveería el dinero necesario. A continuación, comenzó a divagar acerca de los
estudios. Se escabullía como un gusano. Finalmente interrumpió para reflexionar y,
como obligándose a sí mismo, se puso en pie, corrió una cortina de terciopelo verde
oscuro y entró en un cuartito lateral que Avrom Ber veía por primera vez. Se oyó
cómo agitaba unas llaves y después cerraba, dando varias vueltas, un pesado candado.
Cuando regresó, puso en la mano de Avrom Ber dos billetes y varias monedas de
plata.
Tras las oraciones de la tarde y de la noche, ya en casa, reb Avrom Ber entregó el
dinero a Réisele. Había en total veinticinco rublos, que inyectaron un poco de
confianza en el hogar:
—Seguramente acostumbra a pagar todo de una vez.
—¿Todo de una vez? —preguntó Débora—. En estos momentos nos debe tal vez
más de cien rublos.
—No seas tonta. Se entiende que solamente es un adelanto, como suele decirse —
refutó reb Avrom Ber—. Seguro que antes de emprender viaje me pagará lo que falta.
En la sede del rebbe, mientras tanto, se venían realizando los preparativos para el
viaje. De nuevo pasaron varias semanas. La situación de la familia se hacía cada vez
más seria. El aprieto era cada vez mayor y el rebbe no entregaba más dinero. Reb
Avrom Ber no lograba comprenderlo. El rebbe seguramente sí; conversó con él en

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varias ocasiones a lo largo de la semana acerca de la marcha de la yeshive, y también
con los cabezas de familia para insistirles en que invitaran a comer al mayor número
posible de estudiantes durante el mayor número de días, a fin de aliviar la carga de la
cocina de la anciana rébbetsin. Ya estaba todo a punto para emprender su viaje y, sin
embargo, seguía sin entregar ninguna suma a Avrom Ber. Cuando este, tras largo
debate consigo mismo, lo abordó directamente, el rebbe le respondió que en uno de
esos días lo recibiría. Pasaron esos días y más días, y el viaje se seguía demorando,
sin que nadie supiese por qué. Reb Avrom Ber todavía abrigaba esperanzas.
Finalmente, los preparativos llegaron a término y el rebbe, acompañado de su
particular matarife ritual, además de una pandilla de asistentes, un criado, etcétera,
etcétera, salió de viaje dejando a Avrom Ber con las manos vacías. La anciana
rébbetsin viajó con su séquito y la joven rébbetsin con el suyo. Cuando esta última se
despidió de Réisele, le preguntó si pensaba desplazarse a algún lugar de veraneo. Le
asaltaba una cierta sospecha y quiso, con esa pregunta, sonsacar a Réisele si había
base para pensar que no le iba tan bien. Ni siquiera imaginaba la verdad completa, o
sea, que el rebbe no les pagaba nada y que la familia estaba en apuros y hasta en una
situación desesperada. Réisele le respondió que en ese momento no sabía nada y que
ya vería. La joven rébbetsin dedujo de esa vaga respuesta más de lo que Réisele
hubiese querido que dedujera, y mandó llamar a reb Avrom Ber. Le entregó en mano
veinticinco rublos y le prometió que hablaría de ese tema con el rebbe, aun cuando no
tenía gran influencia sobre él… «Humm…», murmuró, deseando decir algo que no
dijo…
Mientras tanto, las invitaciones a los estudiantes para comer en casa de las
familias no llegaban ni con mucho a ser suficientes y la cocina comunal, en
consecuencia, se empobrecía y se hacía más exigua cada día. El aspecto pálido de los
muchachos revelaba que estaban pasando hambre y muchos de ellos empezaron a
optar por marcharse. Reb Avrom Ber, naturalmente, no podía retenerlos. En
definitiva, el estudio en la yeshive no marchaba como debiera… La esposa de Léiser
Nusen no se avenía a adelantar su propio dinero (seguramente conocía bien al rebbe)
y la reserva de comida ya era insuficiente para los estudiantes que aún no habían
tomado la decisión de marcharse. El carnicero, el panadero, el propietario de la tienda
de comestibles, todos, como si se hubiesen puesto de acuerdo, rehusaban entregar
nada a crédito, ni siquiera por valor de un rublo. No querían verse después obligados
a sudar para cobrar, como si estuvieran pidiendo limosna. Esa era su razonada
respuesta.
La yeshive se redujo al mínimo. Todo aquel que tenía adonde ir se marchó. Reb
Avrom Ber no paraba de dar vueltas en la cabeza al asunto y no veía cómo
arreglárselas. Réisele, de nuevo, pasaba el día acostada en el sofá.
Ahora a Débora le tocaba ser no solo el ama de casa, sino la que fregaba los
suelos e incluso la que hacía de lavandera. Las vecinas de la corte del rebbe le
enseñaron el oficio y le decían que trabajar no hacía daño, que era sano y que sus

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hijas también trabajaban. Débora llegó a detestarlas, pues sospechaba que disfrutaban
al verla realizar esos trabajos. Y se preguntaba: ¿en qué les beneficiaba que ella
fregara los suelos?
Motl venía de nuevo a comer en casa. Aunque le sabía mal decirlo, echaba pestes
del rebbe (eso sí, nunca en presencia de reb Avrom Ber; él no se lo permitiría).
En cuanto a Mijael, cada día llegaba a casa con diferentes cotilleos que los
estudiantes se contaban en secreto entre ellos, relativos al rebbe, así como chistes que
los amargados jóvenes inventaban sobre él. El propio Mijael imitaba los gestos del
rebbe cuando incitaba a las familias para que acogieran a los estudiantes en las
comidas. Lo hacía tan hábilmente, casi con la pericia de los más grandes artistas de la
mímica, que hacía retorcerse de risa a quienes lo veían. Era el único modo de lograr
que la alegría hiciera mella en el agobiante desánimo cotidiano. Gracias a Mijael se
reían, no únicamente Débora y Motl, sino incluso Réisele quien, por un instante, se
olvidaba de sus problemas.
Por otro lado, el joven de pálido rostro que aquel día había pasado volando ante
los ojos de Débora, mientras ella esperaba ver al rebbe, comenzó a frecuentar la casa
de reb Avrom Ber. Débora no salía de su asombro. Comer, nunca quería, aunque
hubiesen intentado pagarle por ello. Siempre alegaba que acababa de comer.
Conversar, sí, conversaba con el rabino acerca de cuestiones del Talmud y estudiaban
juntos. Débora no sabría decir por qué, pero bastaba que ese joven entrara en la casa
para que ella se sintiera bien y se olvidara de todo, para que todo se le hiciera más
diáfano y agradable. Bastaba su llegada para insuflar a la casa una atmósfera tan
especial que no dejaba el más mínimo lugar para la preocupación, y ello sin que, por
su parte, diera muestra alguna de alegría. Era sorprendente que incluso Réisele
pusiera a ese joven por los cielos y dijera que era un placer oírle hablar, aun cuando a
ella no le dirigía la palabra ni tampoco a Débora. Se mantenía aparte, encerrado en sí
mismo. Debía de ser muy devoto.
«Llegar a gustar a mi mamá es toda una hazaña —rumiaba Débora— y para mí
un placer». No podía negar, sin embargo, que con esto crecía su amargura al ver que
ella, por el contrario, no merecía ningún elogio por parte de su madre.
Había oído, por ejemplo, cómo Réisele lo ensalzaba ante su esposo:
—Un joven como hay pocos —había dicho—. Refinado y con un espíritu lúcido.
Me alegra que visite nuestra casa.
—Cierto. Es un prodigio. Tiene cabeza de genio. Un joven realmente valioso.
Ojalá estuviera en mi mano convertirlo en yerno nuestro —fue el comentario de reb
Avrom Ber.
Débora se echó a reír. No estaría nada mal llegar a convertirse en una novia por
ese camino.
«Una cosa» no entendía en él… ¿Por qué en lugar de caminar corría por el patio?
¿Y por qué, del mismo modo, también su mirada era esquiva? ¿Y por qué, cuando
argumentaba sobre temas talmúdicos con el padre de ella, parecía como si cortara con

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un cuchillo? En esas ocasiones, sus ojos se hacían tan extraordinariamente grandes
que parecían salirse de las órbitas y lanzar llamas. Incluso cuando no hablaba, esos
ojos no eran como los de otras personas. Tan intensos y tan negros, que parecían
encerrar algún misterio. Unos ojos muy singulares. Era apuesto y, si vistiera un poco
mejor, aún lo sería más, mucho más.
Tanto se emocionaba Débora cuando él entraba en la casa, que ni siquiera
percibía cómo Motl, presa de los celos y la envidia, casi enfermaba al verla a ella
resplandecer.
A Motl también le tenía bastante aprecio. Él le leía libros y charlaba con ella en
cuanto tenía oportunidad. Cuando recientemente le dejó prestado uno, le advirtió que
ninguna persona debía saber que leía algo similar, ni de quién lo había recibido en
préstamo. Desde luego, nadie lo sabría. Motl le había comentado que esos libros que
le traía debía leerlos obligatoriamente, pues eran de gran utilidad. En secreto, le
confesó que a él se los dejaba en préstamo el «joven prodigio». Débora se llevó un
susto cuando oyó esto, pero poco a poco se habituó a la idea. Por cierto, Motl le
confió además que el «joven prodigio» no tenía ni un pelo de devoto. Ella no se lo
reveló a nadie, pues había dado su palabra, pero pensó que por parte de Motl no
estaba bien haberle descubierto el secreto de otra persona. Tal vez por esta razón ella
prefería al «joven prodigio»…
A lo largo del verano se produjeron varios incendios en la sede del rebbe. Aunque
eran de escasa importancia y enseguida fueron sofocados, comenzaron a hacerse más
frecuentes, casi cada dos semanas. Una vez fue porque, al caerse una vela, la cera
derretida sobre la mesa empezó a arder; otra, porque un estudiante que entró en el
retrete había olvidado ahí una colilla encendida; poco después, un visillo situado
encima de la estufa prendió fuego y no paró de arder. Nadie lo comprendía ni sabía
cómo interpretarlo. Nunca antes había sucedido tal cosa, aunque lo cierto era que en
ningún caso, una vez apagado el fuego, se habían constatado daños de importancia…
En consecuencia, agradecieron a Dios que esos incendios les dieran de qué hablar en
los ociosos días del estío, cuando no había ganas de trabajar, ni tampoco en qué.
«Todos» se encontraban allá lejos en los balnearios, los estudiantes no acudían a la
yeshive y la cocina común podía decirse que ya estaba cerrada. Por tanto, así tenían
un tema de conversación entre ellos y con los vecinos interesados, que tampoco
tenían fuerza ni ganas para trabajar en días tan calurosos como aquellos.
En cuanto a Débora, en R… se aburría menos que antes en Yélejitz. Allá los días
eran más previsibles, más sosegados dentro de su monótona y tediosa marcha. Aquí,
en cambio, las concretas preocupaciones materiales agitaban los días y también el
joven cerebro de Débora. Los problemas y las inquietudes brotaban por todos los
lados. Como gusanos en una vivienda descuidada, salían reptando desde todos los
agujeros. Si taponabas uno se abrían otros dos…
Y lo peor surgió cierta mañana cuando, de pronto, se presentó una dama vestida
con un abrigo negro y empezó a exigir enérgicamente el pago del alquiler. Aquello

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les cayó encima como un inesperado mazazo. Hasta ese momento, tanto reb Avrom
Ber como el resto de la familia habían estado convencidos de que el patio pertenecía
al rebbe y él les proporcionaba la vivienda, tal como había prometido. Nunca
mencionó nada acerca de un alquiler; se entendía que no habría necesidad de ello.
Pues bien, resultó que Léiser Nusen había pagado por adelantado el primer trimestre
y ahora había que abonar el segundo.
En realidad, todo el patio era propiedad de una mujer que enviudó poco tiempo
atrás y que venía desde Varsovia cada trimestre para recaudar los alquileres. Una
auténtica arpía que no respetaba a nadie. Réisele le explicó una y otra vez que
correspondía al rebbe pagar el alquiler y que cuando él regresara del balneario lo
abonaría todo de una vez… La mujer, sin embargo, no quiso oír nada de eso:
—¡Yo no conozco a ningún rebbe! Ustedes viven aquí y deben pagar —afirmó, y
nada le hacía desistir.
—¿Por qué no se presentó usted antes, o al menos anunció su llegada? De ese
modo, habríamos estado al tanto —argüía Réisele en vano. La mujer se sentó en una
silla al lado de la ventana, desabrochó su valioso abrigo negro, elevó el velo del
sombrero, colocó los guantes de ante negro sobre la mesa, cruzó las piernas,
embutidas en medias también negras, y se dispuso a seguir sentada el tiempo que
fuera necesario hasta que le pagaran el alquiler.
Reb Avrom Ber estaba dando su clase en la yeshive. Débora corrió a llamarlo y le
contó toda la historia.
—Mamá está trastornada —dijo—. Hay que hacer algo. La mujer no quiere
abandonar su empeño.
—Humm… ¡Ay, Padre misericordioso! Santo Creador de todos los mundos, el de
arriba como el de abajo, ¡ayúdanos alguna vez! —imploró Avrom Ber, como un niño
a su padre. Destrozado por la noticia, que de ningún modo esperaba, regresó a casa.
—¡Buenos días! —dijo, en parte a nadie en particular y en parte a la mujer.
Ella hizo ademán de levantarse.
—Quédese sentada, quédese sentada. No importa —dijo él en un gesto de
caballerosidad.
La mujer le hizo caso.
—Tal vez podría usted esperar algunas semanas. Con la ayuda del Todopoderoso
le pagaremos pronto. Ni un solo groschen, Dios no quiera, le va a faltar.
Ni Avrom Ber ni tampoco Réisele cayeron en la cuenta de que jurídicamente esa
mujer no podía exigirles el alquiler, ya que Léiser Nusen había alquilado la vivienda
a nombre del rebbe. La mujer lo sabía muy bien, pero no obstante intentaba cobrar.
¿Por qué esperar si posiblemente podía conseguir lo suyo en el acto?
—No soy más que una pobre viuda, algo que no les deseo a ninguno de ustedes
—le dijo a reb Avrom Ber—. Por tanto, usted comprenderá que se me debe pagar a
tiempo. Una viuda solitaria no tiene quien se ocupe de ella. Si yo no fuera viuda…

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—Ahí arriba —replicó él levantando la mirada al cielo—, ahí arriba cuidan de las
viudas y de los huérfanos…
Pronunció estas palabras con tal seriedad y tan imbuido de lo que decía, que
convenció asimismo a la mujer; realmente la convenció. La profunda comisura que se
formaba a uno y otro lado de su boca se ablandó un poco, y hasta asomó a sus ojos el
destello de una húmeda mirada. Se puso en pie, bajó de nuevo el velo del sombrero
hasta cubrirle parte de la cara y preguntó:
—¿Me promete usted, rabino, que… digamos en cuatro semanas, me pagará
usted?
—Con la ayuda del Todopoderoso, pero yo no he dicho en cuatro semanas. Tal
vez antes. Con Él todo es posible. Y tal vez un poco más tarde. ¡Todo está en sus
manos! —añadió como para él mismo.
La mujer se enfundó los guantes negros y se disculpó ante Réisele:
—Si yo no fuera viuda… —repitió antes de marcharse.
—¿Cómo terminará todo esto? —preguntó después Réisele a su esposo, que
justamente en ese momento estaba planteando esa misma pregunta al Señor del
Mundo.
—No entiendo por qué esta mujer no apareció en todo este tiempo. Ni en mis
sueños se me ocurrió que después de tantos problemas nos iba a venir encima
también esta adversidad. Si es verdad lo que dice, ahora le debemos mucho dinero. El
rebbe me prometió una vivienda y no creo que quiera quedar mal frente a una mujer
tan peligrosa como esta. Sobre todo porque no es de esta ciudad. Ahora bien, ¿le
pagará la deuda o no? Esa es la cuestión.
También Réisele había pensado lo mismo pero ¿cómo se podía saber?
—¿Tú guardas algo parecido a un contrato? —preguntó, casi por preguntar, pues
¿no sabía que a su marido ni siquiera se le habría pasado por la cabeza hacer tal cosa?
—Naturalmente que no se me habría ocurrido firmar un contrato con el rebbe.
—¡Naturalmente…! —repitió Réisele y le dio la espalda. Se sentó a hojear un
libro, aunque no consiguió concentrarse ni en una sola palabra. Tampoco podía
contener el temblor nervioso que agitaba su frágil cuerpo, reacio a tranquilizarse.
—¿Quieres comer algo, papá? —preguntó Débora.
—Aún no he rezado mis oraciones —respondió él, mientras daba vueltas por la
habitación una y otra vez y de un lado a otro, fruncía la frente y se mesaba la barba
balbuceando.
—Mantente tranquila —le dijo a Réisele, acercándose a ella—. El Creador,
bendito sea, no nos abandonará. Verás cómo con la ayuda del Todopoderoso las cosas
saldrán bien. ¡Serénate! —le rogó como a un niño enfermo. Ella no contestó. Y él
regresó a la yeshive.
—¿Quién está gritando tanto, Débora?
—No es nada, mamá, nada. Es la misma mujer.
—Sin embargo, me parece que hablan en polaco.

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—Es ella, solo que con los otros vecinos discute en polaco —dijo Débora, sin
poder contener la risa. Aunque se le ocurrió pensar: «¡Que no se le ocurra volver
aquí!». No lo dijo en voz alta, pero las ganas de reír se le esfumaron. Nerviosa,
intentó reconocer de nuevo los gritos de esa mujer pero, gracias a Dios, ya no se oían.
—Una mujer repulsiva, ¿no crees, mamá?
Réisele no respondió. «¡Solo nos faltaba esto! —pensaba—. ¡Es lo único que nos
faltaba!». La imagen de esa mujer implacable, vestida de negro, se resistía a
desaparecer de su vista. Allí, en Yélejitz, ella poseía al menos un rincón propio, no
tenía motivo para temer que vinieran a exigirle el pago del alquiler. Se acordó de lo
mal que lo había pasado hasta que llegó a poseer una vivienda decente que, además,
no pertenecía a la comunidad sino que era realmente suya. Y ahora, con esta mujer,
¡solo faltaba esto!…
Recordaba de qué manera se había llegado a construir su casa: a raíz de un
pensamiento fugaz. A Herzl, el ricachón, se le había metido en la cabeza convertir a
su joven hijo, cuyo cerebro era tan obtuso como el de su padre, en estudioso del
Talmud. Asombrado al ver que Avrom Ber le prometía enseñarle tanto como fuera
posible, el hombre le entregó por adelantado todo un billete de cien rublos. Réisele,
medio en broma, le transmitió a reb Avrom Ber lo que estaba pensando; él fue y
repitió la ocurrencia a Mendel el grande; este rompió a reír y contó en la sinagoga
que el rabino se iba a construir una casa por cien rublos. Así y todo, la idea prosperó.
Los feligreses lo tomaron a risa, pero reb Yósef Kohn, un gran negociante maderero
que únicamente aparecía por el shtetl para el aniversario de sus padres fallecidos,
asumió como un honor donar la madera necesaria para la casa del rabino. Y Yósef
Kohn era alguien de suficiente peso como para que su ejemplo lo siguieran los demás
negociantes de los alrededores de Yélejitz. Las contribuciones comenzaron a fluir
desde todos los lados. Había quien mandaba tejas, otro donaba algunos rublos y otro
unas vigas. Recaudaron más de lo que se necesitaba, de modo que a Réisele le
correspondió pagar únicamente el trabajo, los cerrojos, los cristales, el cemento,
etcétera. Y de aquella broma brotó una buena vivienda. Y es que, cuando las cosas
salen bien, continúan saliendo bien. Fue Yehoshe Glisker, el contable del
terrateniente, quien informó a este de que el rabino se iba a construir una casa con
solo cien rublos. Al aristócrata le agradó la idea y le hizo reír, así que, junto con
Yehoshe Glisker, fue a ver al pan rabin, al señor rabino.
Réisele lo recordaba como si estuviera sucediendo en ese momento. Acababa de
salir de la cama y reb Avrom Ber ya se había ido a la casa de estudio cuando Yehoshe
Glisker entró y dijo que el terrateniente quería hablar con el rabino. Ella se llevó un
buen susto. ¿Para qué necesitaba el terrateniente de pronto al rabino? Se le ocurrió
que podría querer iniciar algún juicio relacionado con la ley judía. Posiblemente
habría perdido el pleito con algún judío en un tribunal estatal. Pero resultó que el
aristócrata no quería ningún juicio con nadie, sino que necesitaba hablar con reb
Avrom Ber sobre un asunto que solamente concernía al propio rabino. Aunque

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Yehoshe Glisker estaba al tanto, no dijo nada para que la sorpresa fuera mayor.
Réisele recordaba cómo, al presentarla ante el terrateniente, este abrió sorprendido
unos grandes ojos grises en su rostro de ancha nariz, moreno y sonriente. Enseguida,
no obstante, hizo una profunda reverencia e intentó ocultar la expresión de sorpresa
con una broma entre seria y amable.
—¿Conque dices que no sabes de qué se trata, eh?
Reb Avrom Ber regresó en ese momento a la casa, blanco como la pared. Pero al
ver al terrateniente salir sonriente a su encuentro, con Yehoshe Glisker a su lado, se
desvaneció el peso que oprimía su corazón. Réisele no salía de su asombro: «¿Qué
podía ser lo que necesitaban de ellos?». Cuán grande fue su sorpresa, sin embargo,
cuando el terrateniente, tras estrechar la mano de reb Avrom Ber y comentarle lo que
Yehoshe Glisker le había contado acerca de una posible vivienda, anunció que él
contribuiría para ese fin con una parcela libre de cualquier impuesto y carga. Además,
para mayor alegría de Réisele, el terrateniente no mostró ninguna intención de entrar
en la casa.
A continuación, cuando ella expresó su deseo de que la nueva vivienda se
construyera al lado de la sinagoga, el hombre sonrió ampliamente y elogió «al pan
rabin por su buen gusto», por haber elegido esa parcela lindante con el prado…
Después se encaminaron todos hacia allí, cada uno detrás del otro: ella, Avrom Ber, el
terrateniente con su contable y un gran perro de pelaje largo y color castaño claro que
no paraba de menear la cola, como si él también se alegrara por el buen gusto del
rabino. Réisele sonrió al recordar cómo su esposo se encogía y retrocedía, procurando
alejarse del perro, y este, como para fastidiar, expresaba su buen humor y satisfacción
brincando de uno a otro.
Al llegar a la parcela, Yehoshe Glisker sacó un metro de carpintero que se
doblaba en cuatro, midió sobre la tierra y, haciendo algunos comentarios, marcó con
tiza los límites. Finalmente, desde el suelo miró hacia arriba con una sonrisa al
terrateniente, como diciendo:
—Cuando tú lo quieres soy contable y, si hay necesidad, también puedo ser
agrimensor. Así que dime: ¿qué es lo que no puedo ser?
Aún tenía Réisele ante los ojos al terrateniente, alto, esbelto, recto, de cabello
claro y rubio brillando bajo el sol. Aún veía cómo, con unos golpecillos de bastón,
hizo unos pequeños agujeros en el terreno cubierto de hierba previamente marcado
por la tiza. Luego se dirigió a ella y le dijo que el terreno marcado se lo regalaba. Reb
Avrom Ber se sintió tan agradecido que, venciendo su reticencia como rabino,
estrechó con fuerza la mano del aristócrata cristiano.
A continuación, un muchacho gentil, pelirrojo y de rostro tiznado, se acercó
tirando de dos caballos de piel negra y brillante, patas excepcionalmente finas,
cabezas estrechas y colas cortas. Recordaba Réisele también cómo el aristócrata y el
contable montaron con gran agilidad y, después de que el primero hiciera una última

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reverencia ante ella, salieron a galope con tal ímpetu que Avrom Ber, hasta mucho
tiempo después, no dejaba de asombrarse.
—¿Cómo es que no tienen miedo? —se preguntaba.
Réisele sonreía al recordar todo esto, pero enseguida volvió a ponerse seria.
Ahora tenía que enfrentarse temblorosa a esa mujer de porte diabólico, cuya sola
presencia producía malestar. «Humm… —se decía—, con la casa ya vendida y sin
rastro del dinero, excepto algunos muebles sin valor, ¿qué haremos de aquí en
adelante?».
Reb Avrom Ber consiguió, tras gran esfuerzo y sufrimiento, reunir diez rublos
para tapar de momento la boca a la mujer cuando se presentó, exactamente cuatro
semanas después, con intención de ver cuánto dinero podía sacarle y de paso
comprobar si el rebbe ya estaba de regreso.

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CAPÍTULO VI
EL INCENDIO

AL final del verano, dos robustos purasangres de pelaje gris, que recorrían al galope
las calles y callejuelas de R…, se detuvieron con un fuerte relincho en el patio, donde
todo estaba listo para recibir al venerable amo de la casa. Era el anuncio de que el
rebbe ya había llegado.
Reb Avrom Ber, que acababa de salir de la yeshive, se topó con él sin buscarlo,
cara a cara. El rebbe no dio muestra de reconocerlo y, acompañado por dos de sus
asistentes, entró directamente en su despacho privado.
Alrededor del patio se congregó una muchedumbre ociosa: hombres y mujeres,
muchachas, niños y jóvenes, incluidos no judíos, que contemplaban con admiración
los caballos del rebbe. Estos masticaban tranquilamente la avena de los morrales
colgados a su cuello, sin dignarse prestar atención a la «chusma» que los rodeaba.
Como de costumbre al finalizar el verano, el rebbe había regresado de los
balnearios acompañado por todo su séquito, así como su madre, la anciana rébbetsin,
del suyo. La esposa, la joven rébbetsin, había prolongado su estancia algunas
semanas más.
De nuevo empezaron a brotar en el patio señales de vida.
El rebbe, bronceado y tal vez con algún kilo de grasa menos y la nariz pelada y
pulida, ocupó de nuevo el «sillón rabínico». Sus asistentes, muy ajetreados, de nuevo
daban vueltas por el patio… Sus criadas ya no podían permanecer sentadas y ociosas
en los balcones más altos y sagrados mientras flirteaban con los jóvenes de las
posadas, con el mayordomo que no había viajado o con algún transeúnte. Al patio
acudían de nuevo mujeres cargadas con gallinas metidas en cestos. Las posadas
volvieron a abrir sus puertas. Y la mujer de Hersh Leib de nuevo recriminaba a Dios
por el hecho de que a su marido, hombre apuesto y de fina barbita redondeada, el
asistente más joven del rebbe, le hubieran asignado acompañar al jefe a hacer sus
necesidades.
—El rebbe está cansado y, de momento, aún no recibe a nadie —advertía Léiser
Nusen a los asiduos seguidores, ansiosos por ver el rostro bronceado y reluciente del
rebbe.
Reb Avrom Ber, aunque todavía era considerado el más próximo de los
seguidores, no acudió a visitarlo. Se negaba a verlo, no le apetecía ir a saludarlo en un
momento en que a él le invadía la angustia, el desconcierto y la amargura. A causa de
ese hombre había perdido su ingenua confianza en las personas. Aunque apenas se

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daba cuenta de ello, de modo inconsciente le dolía mucho que fuera así. Por otra
parte, se avergonzaba terriblemente ante Réisele y le apenaba verla sufrir. Cierto que
ella siempre había sufrido desde que lo conoció a él, pero no tan intensamente como
ahora. La había sacado de una casa llena de comodidades, la había llevado a un
pequeño shtetl, a Yélejitz, donde se asfixiaba y se afligía, y ahora, cuando estaba a
punto de poder darle una vida algo mejor, se presentó este rebbe y lo destrozó todo.
Los sacó de un lugar donde obtenían, al fin y al cabo, algún ingreso, además de
poseer una casita, y los dejó literalmente pasando hambre, como si él y su familia
estuviesen allí abandonados a su capricho, para hacer de ellos lo que a él se le
antojara.
Al tercer día desde su regreso, el rebbe mandó llamarlo.
—¡Sholem aléijem, rebbe!
—¡Aléijem sholem! Bueno, ¿cómo han ido las cosas por aquí?
Reb Avrom Ber se irritó. Perdió la paciencia. El rostro del rebbe, bien alimentado
y rebosando tranquilidad, había exacerbado su indignación; no era el mismo Avrom
Ber.
—¿Cómo deberían haber ido las cosas?
—¿Qué quiere decir con eso? ¡No le entiendo!
—¡Y yo no entiendo cómo es que el rebbe se sorprende! Los estudiantes, al no
haber comida, se dispersaron. Im eyn kémaj eyn Torá[16] («Si no hay pan no hay
Tora») —citó en hebreo reb Avrom Ber en tono poco amistoso. Estaba a punto de
reclamar su dinero.
El rebbe lo esperaba. Pensativo, empezó a dar paseos alrededor de la habitación.
—Usted es, al fin y al cabo, el director de la yeshive, de modo que era su
obligación ocuparse de que los estudiantes no se marcharan en bloque y de que la
yeshive no perdiera su carácter para acabar siendo una especie de sinagoga vacía.
—¡Pero si no había ni un groschen para mantener la cocina! Y además los días de
acogida de los estudiantes por las familias también fueron reduciéndose poco a poco.
—¡Bah! ¡Bobadas! —replicó el rebbe, mientras enrojecía como un langostino.
De nuevo empezó a dar paseos por la habitación. Por el bolsillo de atrás de su
gabán asomaba un pañuelo amarillo y en una mano sujetaba una pequeña tabaquera
de plata. Hizo un gesto como si quisiera decir algo, luego cambió de idea y giró en
redondo para dar por completo la espalda a Avrom Ber. Naturalmente, a este no le
quedó otro camino más que marcharse, sin haber llegado a pedir el dinero que se le
debía.
Transcurrieron varias semanas. Parte de los estudiantes regresaron. También se
incorporaron algunos nuevos jóvenes jasidim, deseosos de librarse temporalmente
tanto de sus esposas como de la mala cara de sus suegros por seguir viviendo todavía
a su cuenta. Acudían a este lugar para respirar el aire de la hermosa y bien cuidada
yeshive. Y por último, seguían allí los pocos estudiantes que no llegaron a marcharse,

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aquellos para los cuales algún día de ayuno era algo a lo que estaban bien
acostumbrados.
El rebbe, por su parte, enojado con reb Avrom Ber, no tardó en encontrar algún
otro «sombrero rabínico» para su sede, en la persona de un astuto individuo que le
ordeñaba todo lo que podía.
Mijael, a su modo, dejó de detestar al rebbe, porque ¿en qué era él peor que otros
embaucadores bien alimentados? Por otro lado, en él encontraba material para una
buena fuente de parodia y los chistes a su costa eran cada día más agudos y
originales. Levantaban los más sombríos estados de ánimo y las más tercas
melancolías, y gracias a ellos se convirtió en el estudiante más popular de la yeshive,
aun cuando era el más joven.
—Vamos, Mijael, haz que haya un poco más de alegría; se está tan triste aquí…
—le rogaban, como si de un payaso profesional se tratara, para que les hiciera reír.
Mijael no necesitaba pensarlo mucho y pronto la retumbaba de risas.
—¡Qué bien, Mijael! ¡Bravo!
Reb Avrom Ber, pese a lo sucedido, siguió impartiendo sus lecciones talmúdicas.
En la casa apenas había comida, pero él continuaba con las clases.
Llegó el comienzo del otoño y con él los días próximos a las fiestas solemnes del
nuevo año judío. Los rayos de sol que se filtraban entre los bancos y las mesas de la
yeshive se retraían cada día más. Sin embargo, aunque el cielo colgaba más bajo, el
calor seguía apretando como si el cambio de estación no tuviera que ver con él. Al
contrario, se hizo más sofocante.
Era viernes y las cocineras de la sede del rebbe acababan de introducir el chólent
en el horno. También Débora había terminado los preparativos para el shabbat…
Mijael, dado que el viernes no había clases, tumbado en el prado junto al río en las
afueras de la ciudad, contemplaba a las jóvenes campesinas que con pies descalzos y
cestas de champiñones en los brazos recorrían el campo. Réisele, más endeble que
antes, seguía acostada en el sofá, pues todavía era pronto para encender las velas
sabáticas.
Súbitamente, un cierto tufo a quemado invadió el patio. La anciana rébbetsin fue
la primera en detectar la presencia del humo. Ataviada con un largo vestido de satén
negro, un pañuelo que destellaba alrededor de la frente y un vistoso y alto tocado
tradicional, lanzaba gritos con voz ronca desde el centro del patio.
El humo se extendió enseguida por las casas próximas y, antes de que lograran
descubrir el origen del mismo, grandes columnas negruzcas empezaron a salir por los
ventanales abiertos de la yeshive. El pánico se generalizó y llegó gente corriendo
desde la calle y del propio patio. Todos gritaban y se lamentaban, pero nadie hacía
nada. Hasta que se escuchó una voz exigiendo que se llamara a los bomberos.
Cuando estos llegaron, sin embargo, había transcurrido tiempo suficiente para que
grandes llamas y una nube de chispas volantes surgieran desde la espesa negritud del
edificio de la yeshive. En pocos minutos el patio quedó iluminado.

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El rebbe, acompañado por Hersh Leib, llegó en ese momento procedente del
baño. En la barba y en sus tirabuzones aún brillaba el agua. La resplandeciente
blancura del ancho cuello de la camisa contrastaba con el rostro rubicundo y el pecho
descubierto.
—¿Qué hacéis allí quietos? ¡Haced algo! —gritó como un animal herido, al
mismo tiempo que echaba a correr con la agilidad de un muchacho de doce años,
obviando su pesado cuerpo, en dirección al despacho rabínico.
Dentro de la algarabía general, se elevó una voz:
—¡El rebbe!
—Y todos a continuación:
—¡El rebbe! ¡El rebbe! ¡El rebbe ha entrado en su despacho! ¡Socorro! ¡Salvad al
rebbe!
De pronto, hombres que corrían como locos, con las barbas despeinadas y los
brazos levantados, y también mujeres, se precipitaron hacia el despacho. Desde las
ventanas de las casas que aún no ardían se arrojaban envoltorios con ropa de cama,
vestimentas y otros objetos. Del espeso y maloliente humo saltaban chispas a uno y
otro lado y, en un momento dado, se vio al rebbe salir corriendo hacia el patio con
una cartera de cuero bajo el brazo, seguido por su madre, la anciana rébbetsin.
Una vez fuera, se sentó sobre una pila de ropa de cama al lado de la cual habían
sido depositados los artículos de más valor y, en especial, los rollos de Torá que se
consiguieron salvar envueltos en paños, como a mimados infantes.
Los bomberos no lograron extraer gran cosa de entre las llamas que, al propagarse
y elevarse cada vez más luminosas, lamían y devoraban todo a su paso.
La anciana rébbetsin se retorcía las manos. El cielo, en plena puesta del sol,
enrojeció doblemente con el incendio. Amargos quejidos llenaban la callejuela
vecina, entre mujeres que se desmayaban y niños que lloraban a gritos. Los hombres
conducían a los pequeños a calles más alejadas.
El rebbe continuaba sentado sobre los bultos. De nada servía hablar con él ni que
los jasidim y los notables de la ciudad le rogaran que se trasladara al interior de
alguna de sus casas.
Reb Avrom Ber se deshacía en su compasión por él Ya le había perdonado todo.
Pero de qué servía. Nada servía de nada, de nada en absoluto. Ahí seguía sobre los
bultos desparramados, mientras extraía de la cartera de cuero los «papeles» y los
diamantes auténticos de su madre, y los introducía en lo más hondo de su amplio
bolsillo delantero.
La anciana rébbetsin no quiso despegarse de él y allí se mantuvo, inamovible.
Más tarde, cuando empezó a oscurecer en el patio (en la calle, desde mucho
antes), el rebbe se levantó y, junto con varias decenas de hombres, rezó con retraso la
oración de la tarde. Mujeres, muchachas e incluso chicos no judíos se apartaron para
hacerles sitio y contemplaron la escena con respeto. El cielo, una vez apagados los
fuegos, ya se había ennegrecido por completo.

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Entre todos recogieron los rollos de la Torá y los devolvieron a la antigua casa de
estudio, que había resultado intacta. El patio en su conjunto no había sufrido mucho.
Solo la nueva yeshive quedó borrada y en su lugar se veían las vigas metálicas
retorcidas, un montón de cascotes de ladrillo calcinados y restos de hollín húmedo.
El rebbe se ocupó personalmente de que sus pertenencias quedaran a resguardo de
manos ajenas y las protegía con dedos temblorosos.
Mucho, mucho tiempo después, los asistentes del rebbe y los propietarios de las
posadas todavía contaban a los jasidim que visitaban la corte con qué abnegación y
espíritu de martirio el rebbe se había precipitado, poniendo en riesgo su vida, a salvar
de su despacho toda clase de manuscritos y reliquias heredados de su padre, de
bendita memoria; y contaban también los demás milagros e innumerables prodigios
que entonces se produjeron. El hecho de que el rebbe se hubiera quedado sentado
sobre los bultos a la intemperie lo habían interpretado de diversas maneras: unos
decían que simplemente quiso someterse a lo que «desde arriba» se le había
decretado; otros vieron en ello un acto de humildad; algunos más afirmaban que
quiso compartir con los rollos de la Torá esa especie de exilio. Aunque nadie conocía
la causa exacta del incendio, se murmuraba que no fue accidental, sino que los
estudiantes de la yeshive tuvieron algo que ver con ello por venganza, por haberles
dejado totalmente abandonados mientras «él» viajaba a los balnearios. Algunos
creían en esos rumores y otros se burlaban de ellos. Todo quedó como un gran
misterio.
Las fiestas solemnes del nuevo año judío ya estaban a punto de comenzar. Como
todos los años en esas fechas, los hombres se acordaban de ir a visitar al rebbe para
obtener su bendición. En la sede y en los alrededores del patio se producía un gran
movimiento de gente. El bullicio en la estrecha callejuela era constante y los foráneos
la recorrían dando vueltas y más vueltas. En sus rostros se veía la huella del agotador
esfuerzo que realizaban en su trabajo cotidiano; algunos de ellos aún traían los
gabanes manchados de harina. ¿Quién tenía tiempo ni paciencia para cambiar de
vestimenta? Durante el año, demasiado enfrascados estaban en ganarse el pan de cada
día como para permitirse el lujo de hacer una pausa y realizar una corta visita al
rebbe. Aun cuando R… estaba a dos pasos de Varsovia y de otras comunidades
judías, no siempre les era posible desplazarse. Al llegar la víspera de esas fiestas, sin
embargo, sus corazones se volvían más sensibles, sus almas se despertaban y exigían
lo suyo: recordaban que la perenne carrera y el ajetreo para asegurarse lo material no
eran la esencia; debían pensar un poco en el espíritu. En consecuencia, se preparaban
para hacer esa pausa, ver al rebbe, abrir ante él su corazón, oprimido bajo el gabán en
el día a día, y sentir que seguía latiendo…
Los asistentes del rebbe, agobiados por la multitud de visitantes, aceptaban
sobornos por adelantar algunos turnos y permitir a algunos entrar antes que los
demás.

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Los seguidores jasidim, en cambio, que se pasaban todo el año recordando que la
vida terrenal no es lo esencial, que la continua preocupación por lo material debe
dejar lugar para un poco de vida espiritual, para la ignota vida en el mundo venidero,
no se limitaban a una sola pausa cada año, sino que viajaban cada dos semanas y
daban vueltas por la corte como si fueran de la familia. Ciertamente eran pocos en
cantidad, pero de gran calidad. Ellos no pagaban sobornos. Gracias a Dios, podían
redactar por sí mismos las súplicas al rebbe y, además, no tenían ninguna prisa.
Prolongaban su estancia después de las fiestas, razón por la cual miraban con
desprecio los rostros encandilados y fervientes de la gente humilde que esperaba en la
cola para que les dejaran entrar a depositar en manos del rebbe su óbolo y volver a
casa el mismo día. Así y todo, las posadas se llenaban y apenas se podía conseguir en
ellas un lugar para pernoctar. Los posaderos, con sus mujeres e hijos, sudaban
trabajando durante el día y no tenían en dónde dormir por la noche. Algunas mujeres
que poseían un puesto en el mercado preferían mudarse alrededor del patio del rebbe;
allí hacían mejores negocios y contribuían al tumulto general al pregonar sus
mercancías:
—¡Comprad, amigos, comprad! ¿Habéis visto alguna vez galletas de huevo como
estas? ¡Comprad, que más adelante os costará más!… ¡Diez groschen por dos huevos
duros! ¡Recién puestos por la gallina! ¡Huevos calientes!
—¡Manzanas jugosas! ¡Un bálsamo para el corazón! ¡Comprad, comprad, dos
groschen por medio kilo de peras! ¡Solo dos groschen!
—¿Quién quiere comer una tarta de queso caliente? ¡Que lo diga! La doy
totalmente gratis, total cinco groschen —bromeaba una mujer, fuerte como un
cosaco, que obtenía pingües ganancias.
Mijael disfrutaba con esa mujer y se alegraba de que vendiera más que nadie.
—Sabe mucho de negocios. Desde luego es más lista que esos pobres borregos
cubiertos de harina que vienen aquí a donar sus pocos guílders. ¡Auténticos necios!
¡Vienen aquí a limpiar sus almas en el lodo! Por si el rebbe tuviera pocos pecados,
ellos traen además los suyos. ¡Ja, ja, ja!
Mijael se burlaba de esos hombres que en la cola suplicaban y entregaban dinero
a Léiser Nusen. Encima aguantaban que se enfadara con ellos mientras él husmeaba
como un perro para detectar quién poseía el hueso más gordo, y a ese lo dejaba entrar
antes.
—Mijael, hazme el favor de no marearme más la cabeza con el tema del rebbe —
decía Réisele—. Incluso sin eso ya me duele bastante.
—No, mamá. Tenías que haber visto a Léiser Nusen y a los demás sinvergüenzas,
tenías que haberte fijado en sus caras mientras, a su alrededor, todas esas vacas
esperaban en la cola y se empeñaban en que fuera precisamente él quien las ordeñara.
Los demás asistentes del rebbe casi reventaban de envidia. Quien peor lo pasó fue el
pobre Báruj, pues hoy no consiguió escribir ni tres notas rogatorias y no ganó ni un
groschen.

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Que Mijael se burlara de esas personas sencillas irritaba a Débora. Veía en ellas
su propio destino. Se las explotaba, se las despreciaba y nadie les advertía de nada,
nadie hacía nada para que supieran qué clase de personaje era el rebbe ni esa pandilla
que lo sostenía.
—¿Cómo podrían ellos llegar a saberlo? —argüía Débora ante su hermano—.
¿Acaso nuestro propio padre no había tenido por el rebbe una estima elevada?
Le dolía el hecho de que a menudo se pensara que de las personas sencillas podía
uno mofarse, como cuando ella se dejaba engañar por Mijael. También a ella la
explotaban y, si alguna vez se resistía a sobrellevar todo el yugo, a ocuparse de toda
la casa, le preguntaban:
—¿Qué querrías hacer entonces, si no lo que haces? ¿Acaso querrías estudiar una
página de la Guemard para un día ser rabino?
Así era todo, pensaba Débora con amargura. Quienes se burlaban del prójimo no
hacían nada para mostrarle dónde estaba su error.
Mijael, en cambio, consideraba esa carrera por ver al rebbe como una expresión
de la estupidez humana, algo que le provocaba la risa. Eso de filosofar se lo dejaba a
Débora.
—Mamá, ¿por qué nadie les dice a esos judíos que el rebbe es una persona
detestable?
—¿Quién debería decírselo?
Débora se quedó pensativa.
—¿Por qué no nuestro propio padre?
—¿Acaso papá no tiene otra cosa que hacer? —le respondió Réisele, sumida
también en sus pensamientos.
—A pesar de todo, mamá, ¿por qué no puede papá decirles la verdad?
Réisele guardó silencio. De pronto, se dio cuenta de que no había respondido a
Débora.
—Si él se lo dijera, no lo creerían. Llegarían a apedrear a la persona que se lo
dijera —dijo Réisele—. ¿Lo comprendes? Las personas humildes, ¿qué saben? Y
además, tienen que aferrarse a algo. No pueden quedarse solos. El rebbe para ellos es
una especie de becerro de oro.
—¡Echan un rublo a la caja y sale una ternera engordada! —intervino Mijael, a
través de la puerta entreabierta de la habitación contigua.
—¡Y vaya ternera! —asintió Réisele.
—Toda una vaca —subrayó Débora.
—¿Una vaca, dices? —replicó Mijael, entrando en la habitación—. Las vacas son
todos los demás, incluida tú, no él. Las vacas son todos ellos; todos menos «él».
—¡Bueno, basta ya! Con su pan se lo coman, él y todos los suyos. ¿A quién le
importa? —dijo Réisele.
—Pero también hay jasidim que vienen a visitarlo —insistió Débora, que no
quería dejar el tema.

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—¡Débora, no me marees la cabeza!
—¡No! Dime por qué es así, mamá. —Débora de ningún modo quería dejarlo.
—Porque esos jasidim no tienen nada de destacados estudiantes talmúdicos; en
ningún otro lugar recibirían consideración alguna. Solamente aquí son considerados
personas notables a los que el rebbe sienta a su mesa, como sus más próximos
seguidores.
—Y por tanto miran con una sonrisa de desprecio a los «sacos de harina» —
intervino de nuevo Mijael.
—¿Pero creéis que estos continuarían viniendo realmente si se les revelara toda la
verdad de que el rebbe es un estafador? —preguntó Débora.
—No seas pesada y no hagas tantas preguntas. —Réisele ya perdió la paciencia
—. No en vano dijeron los sabios: «Preguntar en exceso es propio de un am-haaretz
(“ignorante”)» —y al citar esto en hebreo, dirigió la mirada a Mijael con una sonrisa.
Débora captó la palabra hebrea am-haaretz; el resto lo intuyó. Humillada, salió y
se prometió a sí misma que nunca más la compararían a ella con quienes acudían en
masa al rebbe.
Casi cada noche, acostada en la cama, decidía deshacerse del yugo de la casa y
ponerse a estudiar. Al fin y al cabo, es lo que había deseado toda su vida: estudiar,
llegar a saber, no seguir siendo la más insignificante de la familia. Aprendería,
adquiriría conocimientos y demostraría que no únicamente papá era un estudioso del
Talmud, mamá un pozo de conocimientos y Mijael, en palabras de su padre, un futuro
y brillante talmudista, y únicamente ella no necesitaba llegar a nada. Demostraría que
una muchacha también podía llegar a ser alguien.
No obstante, estos eran loables pensamientos para rumiarlos en la cama. Por la
mañana, al levantarse, se vería arrastrada a las mismas obligaciones que antes, y cada
día se parecería al anterior. De nuevo haría todo el trabajo de la casa y de nuevo
cargaría sobre sus jóvenes espaldas todo el yugo y la responsabilidad. Carecía de
coraje, y era demasiado sensible para negarse de verdad a «ayudar» a su débil madre.
Por esa razón, ella misma se ponía de nuevo los arneses para trabajar, y su
sufrimiento era doble.
Ni siquiera tenía con quién salir a distraerse un poco. Sus dos amigas, la hija del
joven matarife ritual y la hija de Hershl, el de la ferretería, la encontraron un día
arrodillada y con la falda subida hasta las rodillas, fregando el suelo como una
campesina. Desde entonces, ni ellas venían a visitarla, ni ella iba a sus casas.
Fue un milagro que Motl le prestara un libro en alemán y le confiara en secreto
que él estudiaba esa lengua. Durante varios días, sentados sobre la hierba del prado,
él le enseñó a leer las letras góticas y ahora ya conocía el libro casi de memoria.
—Canciones como estas y poesías como estas —le había dicho Motl— no se
encuentran en ningún otro pueblo ni en otra lengua. Los alemanes poseen una
especial fuerza de expresión.

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En consecuencia, ella se deleitaba leyendo Erlkönig (.El rey de los elfos), la obra
de Goethe, y ya se consideraba a sí misma un poco erudita en el idioma alemán.
Mijael, al enterarse de ello, la imitó empleando su propio alemán:
—¿Wer reitet so spät durch Nacht und Wind?[17]
Esto le hizo a Débora perdonarle todo y le respondió extasiada:
—Es ist der Vater mit seinem Kind. ¿Y conoces lo que sigue, Mijael? Es bliet ein.
Él la interrumpió anticipándose:
—Es blüht ein kleine Blümchen / Auf einer grünen Au…[18].
Mijael recordaba solamente el comienzo, así que Débora lo completó triunfante:
—Sein Aug ist wie der Himmel / So heiter und so blau. / Es hat nicht viel zu
sagen / Und alies was es schpricht, / Ist immer nur dasselbe: Nur
Vergissmeinnichd[19].
Lo cierto es que la lectura tranquilizaba espiritualmente a Débora. En esas
ocasiones, mientras leía, se sentía totalmente diferente, algo así como en mitad de una
fiesta. Pero ¿de dónde podía sacar el tiempo, ya que «toda la casa reposaba sobre
ella»? Nunca ponía objeción alguna. Simplemente hacía el trabajo. ¿Qué otra cosa
podía hacer, si no había nadie en casa que pudiera encargarse de esas tareas? Eso sí,
irritarla sí la irritaba… ¿Por qué se merecía ella tener que cargar más que ningún otro
con las consecuencias de los malos tiempos por los que estaban pasando? No la
irritaría tanto si a cambio recibiera algún reconocimiento, si no pensaran que ella fue
creada para ser una muchacha de cocina y que no debería aspirar a nada diferente. Si
al menos en su propia casa no la tomaran por la «tonta del pueblo»… Últimamente,
pensamientos como este nublaban su cerebro y corría a buscar consuelo en las
páginas desgastadas y amarillentas del libro en lengua alemana. Y cuando, totalmente
desmoralizada, tampoco allí obtenía respuesta, salía al otro lado del portal del patio.
Allí, apoyada contra un poste del alumbrado cuya luz nunca se encendía, Débora
contemplaba a los niños que jugaban. Y también a los hombres y mujeres que iban y
venían, cada uno ocupado en su lucha, auténtica y cotidiana, por ganarse algunos
groschen. Todos ellos eran gente sencilla, que trabajaba y se afanaba sin detenerse a
pensar por qué ni para qué…

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CAPÍTULO VII
REB AVROM BER SE VUELVE PRAGMÁTICO

QUEDARON atrás los días de las fiestas solemnes de los comienzos del otoño. A la
sensación festiva, dulce y amarga a la vez, sucedió una melancólica cotidianidad. En
la sede del rebbe imperaba el silencio. Un silencio enfermizo. El suave y
adormecedor canturreo que brotaba de la casa de estudio talmúdico evocaba ahora la
tonadilla nostálgica que una madre cantaría al mecer en la cuna a su niño enfermo, o
la canción de un borracho ya casi sobrio.
Los escasos estudiantes que habían viajado a sus casas para los días festivos aún
no habían regresado. Los dueños de las posadas se pasaban los días tumbados sobre
bancos, durmiendo, o bien deambulaban por las calles lamentándose de los malos
tiempos… El sol derramaba calor y luz haciendo caso omiso del calendario.
Continuaba abrasando día tras día sin importarle que las fiestas ya hubiesen quedado
atrás. En la estrecha callejuela, los irregulares adoquines tampoco parecían mostrar
intención de dejar paso al invierno.
Poco a poco, no obstante, el calendario se impuso sobre la tozuda prolongación
del verano. Los amaneceres comenzaron a retrasarse y con mirada somnolienta
despertaban aletargados después de una larga noche. Las gotas del rocío se adherían
como gruesas lágrimas sobre los vidrios de las ventanas. Pese a que las tardes aún
eran cálidas, el sol comenzaba a bajar pronto en el cielo como si presintiera que ya no
tendría una larga existencia.
Era tremendamente desesperada la atmósfera en casa de reb Avrom Ber. De
repente, él se había transformado en el miembro más pragmático de la familia. Veía
que se aproximaban los rigores del invierno (en la mente de Avrom Ber, ni los otoños
ni las primaveras existían) y había que preparar carbón, haría falta ropa de abrigo, y
Dios sabe todo lo que se iba a necesitar. ¿Qué es lo que no hace falta para el invierno?
Y no tenían ninguna fuente de ingresos. Si la yeshive hubiera quedado en pie, aún
habría recibido alguna aportación. Pero, tal como estaban las cosas ahora, no se
divisaba salida alguna. ¿Cómo sería todo más adelante, cómo se desenredaría esa
situación? No podía adivinarlo en absoluto. Vivir con esa desazón era más amargo
que la muerte. Ya estaban acostumbrados a vivir en las estrecheces, pensaba Avrom
Ber, pero ahora comenzaba un capítulo totalmente nuevo y tal vez más amenazante
que el anterior, tanto porque el dinero hacía mucho tiempo que faltaba, como también
porque «ella», tan debilitada, difícilmente sobreviviría. ¿De dónde iba a sacar fuerza

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para nuevas ideas? Totalmente abatido, suspiraba en su fuero interno: «¡Ay, que el
Todopoderoso se apiade de nosotros!».
Por supuesto que el rebbe le había prometido varias veces que haría construir la
yeshive de nuevo. Pero ¿eso qué importaba? ¿Qué beneficio tendría para él, si
entretanto no cobraba su sueldo? Reb Avrom Ber, tras largo debate consigo mismo,
hasta llegó a preguntarle: «¿Cómo terminará todo esto?». La respuesta del rebbe fue
que tratarían de buscar una solución y que seguro que Dios ayudaría. Así terminó la
entrevista.
Aunque su suegro, el padre de Réisele, comenzó a enviar algunos rublos de vez
en cuando, ya lo advertía el dicho popular: «Un saco roto no es posible llenarlo».
Llegó el invierno. Blancas capas de nieve comenzaron a cubrir los tejados. En el
patio del rebbe, un arbolito huérfano se erguía y sus débiles ramas congeladas
apuntaban hacia los témpanos de hielo en los desagües. Los adoquines brillaban bajo
el gélido y radiante sol. El constante graznido de los cuervos sobre los tejados y bajo
las ventanas reforzaba el ambiente invernal en las viviendas humildes.
Reb Avrom Ber casi nunca se hallaba en la casa y Réisele, por su parte, apenas
bajaba ya de su sofá y no paraba de leer.
Débora adquirió una palidez enfermiza. Con aire tenso, irritado y nervioso,
cualquier pequeñez se le hacía más preocupante que la situación real que envolvía a
toda la familia. Incluso Mijael en las últimas semanas se mostraba demasiado callado,
demasiado serio para su edad y sobre todo para su naturaleza. Si alguna vez soltaba
una broma, esta era tan mordaz y cínica que provocaba un estremecimiento de terror,
sobre todo por venir de boca de un muchachito de quince años.
Aunque Avrom Ber no cesaba en la búsqueda de un puesto de rabino, el conocido
aforismo «me esforcé y, por tanto, encontré»[20], en su caso sería una falsedad. La
joven rébbetsin le socorría con algunos rublos de vez en cuando (naturalmente,
Réisele no debía saberlo), pero eso no era más que una gota en el mar.
Para mayor sufrimiento, el invierno se presentó muy duro. Aceras resbaladizas y
compactos montículos de nieve congelada al lado de las alcantarillas recordaban a
Débora, cuando salía a hacer la compra, que un abriguito de verano no era lo más
apropiado…
Mijael, pese a todo, iba de vez en cuando hasta el río helado para patinar, pero ya
no era exactamente como antes. A su energía le faltaba entusiasmo, ahora
«comprendía» que patinar, en sí, no era un objetivo para él… Pensaba que debería
intentar ganar algo de dinero, pero ¿cómo? ¿Haciendo qué? ¿Acaso sabía hacer algo?
Estaría dispuesto a aprender un oficio, incluso a hacerse sastre por ejemplo, pero ni
siquiera se atrevía a exteriorizar un pensamiento como ese, una ocurrencia tan
insólita. Esa idea de que él, Mijael, debería lanzarse a ganar dinero carcomía su
mente, envejecida de pronto. Empezó a parecer más pálido, más estirado y más
melancólico que nunca.

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El hielo decoraba con su pertinaz artesanía los cristales de las ventanas y de la
puerta. El frío invadía las habitaciones. El escaso carbón que la familia conseguía
introducir en la estufa no calentaba; se diría que no ponía demasiado esfuerzo en ello
por tratarse de la estufa de un pobre. Así se prolongó el duro invierno y pareció
interminable.
No obstante, como a todo lo terrenal, también al frío invierno le llegó su fin.
La primavera dio comienzo y la nieve se derretía formando riachuelos y pequeños
afluentes. En las afueras de la ciudad, grandes placas de hielo flotaban ya sobre el río.
De nuevo el lodo se adhería a los faldones de los gabanes. En el aire flotaba, junto a
la fragancia de la cálida brisa de primavera, la exaltación precursora de la inmediata
pascua de Pésaj. Y cuando los judíos ya comenzaban a pensar en la preparación de
las matsot, en la caridad con los necesitados, etcétera, en la casa de reb Avrom Ber
penetró también —a la vez que la luz del sol, más pálido, más alto y radiante— un
rayo de esperanza.
En la sinagoga, Avrom Ber había conocido casualmente a un ricachón que desde
hacía solo unas seis semanas acudía al rebbe de R…, debido a que en su ciudad había
fallecido su propio rebbe sin haber dejado alguien que lo reemplazara. No le resultaba
cómodo ese desplazamiento al rico y poderoso personaje y, por tanto, su mayor deseo
era encontrar un buen rebbe para su shtetl; estaba buscando la persona idónea, sin
resultado hasta el momento. Cualquier rebbe establecido tenía ya su corte de
seguidores y una sede propia. Por otra parte, él tampoco quería elegir a cualquiera.
Así se lo confió explícitamente a reb Avrom Ber, y este pensó de inmediato que, si
buscaran un rabino, ese podría ser el momento más propicio. Así se lo hizo ver, del
modo más natural, a aquel hombre.
Lo expresó con tal calidez en la sonrisa, que enseguida conquistó el corazón de su
interlocutor e hizo que le brotara una idea:
—Efectivamente en nuestro pueblo también necesitamos un rabino, ya que el
rebbe, bendito sea su recuerdo, cumplía para nosotros ambas funciones. Ahora bien,
¿cuál es el problema? Que hay una parte contraria. El asunto es este: los jasidim del
rebbe de Guer, tradicionales enemigos de nuestro rebbe hasta el punto de haberlo
convertido en objeto de burla, ahora pretenden nombrar a un yerno suyo, a quien
siempre habían tenido de su parte. ¿Me sigue usted? Nosotros, en realidad todo el
shtetl, no lo queremos y de ningún modo vamos a aceptarlo; ¡de ningún modo! —
repitió, comenzando a acalorarse…—. Y nosotros somos, alabado sea Dios, más
poderosos que esas pocas decenas de insolentes jasidim de Guer. Con la ayuda de
Dios, nosotros y no ellos ganaremos la causa… ¿Aceptaría usted ser nuestro rebbe?
¡Rabino y rebbe a la vez! ¿Qué dice a eso?
—Naturalmente, no.
—¿Por qué no?
—Sencillamente porque no soy rebbe.
—Bueno, pues nosotros haremos de usted un rebbe.

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—¡No lo quiera Dios! ¡Un rebbe no se hace! A un rebbe lo nombran los jasidim,
pero ni siquiera ellos pueden hacer un rebbe de quien no lo es.
—Pues yo le digo que usted es tan digno de serlo como muchos grandes rebbes.
¿Aunque sabe qué le digo? Acepte, por el momento, el puesto de rabino de nuestro
shtetl —propuso, con doble intención—. Sé que usted ya desempeñó ese puesto en
Yélejitz, donde están los mayores enemigos de Guer. ¡Lo sé! Y me han contado que a
usted lo tenían allí en gran estima. Lo mismo he oído de mucha gente de aquí.
Reb Avrom Ber sonrió, intentando ocultar su satisfacción sin conseguirlo.
—Entonces, de momento, lo recibiremos solamente como rabino, con tal de no
dejar el puesto al insolente de Guer —dijo, recalcando de nuevo con rabia la palabra
«insolente».
—No obstante —objetó Avrom Ber con amargura al ver que, ya que le proponían
algo, había de ser con algún defecto—, no es bueno ir a ocupar un puesto sobre el que
existe conflicto.
El ricachón no tuvo en cuenta esa respuesta y, como si se tratara de una
transacción comercial más, le pidió que se preparara para viajar a su shtetl. Él
enviaría a alguien para que lo acompañara.
—De ese modo podrá comprobar personalmente que yo he eliminado a la parte
contraria y que usted no va a encontrar ningún conflicto.
A reb Avrom Ber no le olía bien el asunto y, todavía dubitativo, replicó:
—Bueno, cuando las cosas lleguen a ese punto, veremos.
—Llegarán a ese punto con la ayuda del Todopoderoso, y le doy mi palabra de
honor de que cuando mandemos llamarle será porque todas las dificultades se habrán
allanado.
Dos semanas más tarde, reb Avrom Ber recibió en efecto una carta de ese
hombre, firmada asimismo por algunos otros destacados miembros de su comunidad,
también deseosos de recibirlo como rabino. Dos personas relevantes viajarían a R…
para acompañarlo, si es que aceptaba hacerles una visita. La carta decía además que
serían portadores de un contrato para el puesto de rabino, firmado por todos los
miembros de la congregación… e incluso con una cláusula adicional: en caso de que
después cambiara de idea y rechazara aceptar el puesto, se sentirían honrados
reembolsándole todos los gastos.
En casa de reb Avrom Ber se produjo una explosión de júbilo. Él también se
alegró, aunque había un punto que no dejaba de atormentarlo: ese contrato que le
pedían firmar tal vez iba a privar de un trabajo al joven seguidor del reb be de Guer.
Réisele no sabía nada de ese «insolente» joven porque su esposo no le había
mencionado nada sobre él, y Avrom Ber decidió responder a la carta diciendo que, en
principio, estaba dispuesto a aceptar la oferta.
Una buena mañana llegó al patio delante de la casa un carruaje conducido por dos
bien alimentados caballos zainos, que desde luego no parecían pertenecer a ningún
pobre. Bajaron de él dos hombres, abrigados como en un gélido día de invierno y, a

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continuación, el cochero sacó el carruaje fuera del patio. Los vecinos, desde las
ventanas, lo siguieron con la mirada… Los dos hombres entraron en la casa de reb
Avrom Ber.
Réisele, sorprendida, se levantó del sofá, los invitó a pasar al comedor, les rogó
que tomaran asiento y, con un guiño, indicó a Débora que fuera a llamar enseguida a
su padre.
Reb Avrom Ber, que ya había olvidado el asunto del joven de Guer, se llevó una
alegría.
—¿Dices que ya están aquí? ¡Gracias a Dios! —dijo a Débora. Murmuró algo en
voz baja, y se apresuró a regresar a la casa. Entró en ella radiante.
—¡Quédense sentados, no se muevan, por favor!
Los dos hombres se volvieron a sentar.
Reb Avrom Ber pidió a Débora que preparara el samovar. Réisele continuó
sentada por cortesía, luego se disculpó y salió a tenderse en su sofá.
Débora buscó las mejores cucharillas, sacó brillo a los vasos y, con mucho gusto,
llevó la bandeja para servir a los visitantes el transparente té color ámbar.
Los hombres sorbieron el té y tímidamente se quitaron las bufandas azules de
alrededor del cuello. En ese momento, reb Avrom Ber les invitó a tomar un refrigerio.
Aquel día, Débora tomó prestado en la tienda más de lo acostumbrado. A cambio
de ese crédito suplementario se vio obligada a responder a las preguntas de la
tendera: quiénes eran esos hombres que había visto llegar en el carruaje, para qué
habían venido, por qué, qué clase de parentesco tenían con ellos, cuándo se iban a
marchar, a menos que quisieran quedarse en R… Por muy tacaña que Débora intentó
ser con sus palabras, no tuvo otro remedio que satisfacer en lo posible la curiosidad
de la tendera.
Una vez que dieron por finalizado el refrigerio en la casa, de nuevo se acercó el
carruaje, los hombres volvieron a colgarse las largas bufandas y aconsejaron a Avrom
Ber que se abrigara bien porque en el camino haría frío. Lo ayudaron a entrar en el
vehículo y se aseguraron de que viajaría cómodamente sentado. Tampoco olvidaron
de asegurárselo a ellos mismos.
Mijael llegó corriendo como un torbellino, pero demasiado tarde. El carruaje ya
se había marchado.
—Te lo mereces —lo amonestó Réisele en tono burlón—. Te pasas los días
correteando por allí. ¡Si te hubieras quedado en la sinagoga estudiando te habrías
enterado a tiempo de todo el asunto!
Pasaron dos semanas completas sin recibir noticias de reb Avrom Ber. Aparte de
una postal, que envió nada más llegar, no daba ninguna señal de vida.
Entretanto se aproximaba la fiesta de Pésaj. Réisele había recibido algunos rublos
que le envió su padre y no sabía bien en qué orden invertirlos.
La tendera les exigía el pago de lo que se le debía. Literalmente les tiraba de las
faldas. Débora ya se negaba a entrar en la tienda hasta que no llevara algunos rublos

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para pagar a la mujer, que día tras día se volvía más osada. Quería saber todo lo que
pasaba en casa y su atrevimiento iba creciendo. Por otro lado, no le hacía ningún caso
a Débora cuando entraba en el comercio. Seguía atendiendo a los demás compradores
y la dejaba esperando. Hasta que, finalmente, Débora se presentó y le puso en la
mano los pocos rublos que aún guardaba a fin de cubrir la deuda. De nuevo en la casa
no quedó ni un solo groschen.
En el aire ya se sentía el cálido aroma y el sabor de la matzá recién horneada. En
las callejuelas el olor al borsch de remolacha fermentada, a la cebolla, al rábano
picante rallado y al perejil se superponía a las preocupaciones sobre cómo conseguir
pagar los manjares y los demás preparativos de la Pascua. Cada adoquín y cada
delgado arbolito parecían anunciar la proximidad de la fiesta. Los jóvenes recaderos,
bien aseados, con gorra de papel y una nueva tela de saco a la espalda, silbando
alegremente, cargaban sobre la cabeza los cestos llenos de matsot desde los hornos
situados en sótanos hasta cada ama de casa atareada y acalorada… Los cabezas de
familia más devotos llevaban en bolsas la matzá shmurá, especialmente amasada y
horneada, cuidándola con el mismo esmero que si transportaran a unos tiernos bebés.
Las calles se llenaron de alegría y animación; hasta el nerviosismo tenía un encanto
especial en esas fechas. Los judíos se aglomeraban con gran bullicio delante de los
carros llenos de patatas, remolachas, gallinas y huevos, con los que los campesinos
hacían pingües negocios. ¡Por huevos no valía la pena preguntar porque eran
imposibles de conseguir! Casi arriesgabas la vida en el mercado. Los compradores se
excitaban, mientras los vendedores, con los carros ya vacíos casi desde el momento
en que aparecían por el mercado, regresaban a sus casas.
En el hogar de Réisele apenas se notaba la víspera de la fiesta. Ella, tan callada
como siempre, seguía tumbada en su sofá leyendo algún libro sacro, como si no
supiera que quedaban no más de diez días para la llegada del Pésaj. Cundía en la casa
un silencioso dolor que cada cual procuraba no revelar al otro. Cada uno pensaba para
sus adentros: ¿qué podía haber sucedido para que no hubiera respuesta del padre a
ninguna carta?
Finalmente, seis días antes de, reb Avrom Ber regresó. Igual que aquel día en
Yélejitz cuando volvió ilusionado con el plan acerca de la yeshive de R…, ahora
también se sentó frente al sofá de Réisele y en voz baja, conteniendo el aliento,
comenzó con un «si Dios quiere, todo será tan bueno como el mismo mundo»; eso sí,
solamente si Réisele estuviera de acuerdo. Acerca de lo cual ella, abriendo unos ojos
como platos y mirando fijamente a su esposo, pareció pensar: ¿estará trayéndonos
una nueva catástrofe?
—La cosa es como sigue —comenzó él, intentando aparentar tranquilidad sin
conseguirlo; cada arruga de la cara escondía su inquietud—: un rabino, de momento,
allí no se necesita…
Los ojos de Réisele se abrieron aún más.
—¿Sino? —preguntó.

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Pasaron varios minutos sin que Avrom Ber lograra abrir la boca.
—Sino… un rebbe.
—¿¡Qué!?
—Es decir, de lo que se trata es de esto: el que había antes era rabino y rebbe a la
vez. Le pagaban muy bien y le tenían gran respeto. Ahora quieren un nuevo rebbe.
—¿Y entonces…? —Réisele no entendía y lo interrumpió en mitad de su
respuesta.
—Quieren… —y lo dijo en voz tan baja que Réisele tuvo que arrimarse a él para
oírle—. Según dicen, han sabido que yo, gracias a Dios, soy descendiente de un gran
linaje, y de mí han oído hablar mucho y bien. O sea, que les agrado mucho, gracias a
Dios. Me han prometido un ingreso sustancioso. Todo el shtetl, de corazón y con el
alma, me ha rendido honores, y me quieren tener como… humm… como rebbe.
¡Quieren tener un nuevo rebbe!
—Todavía no lo entiendo —replicó Réisele—. ¿Qué tiene que ver todo esto
contigo? Lo que esos hombres trajeron aquel día a casa era un contrato de rabino.
El sudor empapaba a reb Avrom Ber.
—Sí, pero el problema es el siguiente: un yerno del anterior rabino no quiere de
ningún modo renunciar al puesto. Según afirma, él es el único que tiene derecho a ser
el sucesor y no permitirá que un forastero ocupe el lugar que detentaba su suegro. De
modo que habrá conflicto, y él también tiene sus partidarios. Es de Guer. Y los demás
jasidim de Guer, que antes se burlaban de su suegro y lo acosaban, a él precisamente
sí lo apoyan y no aceptarán a ningún otro, incluso a costa de un derramamiento de
sangre. Exceptuándoles a ellos, lo cierto es que el contrato de rabino que me trajeron
iba firmado por casi todos los cabezas de familia del shtetl y ahora me han prometido
que, con la ayuda de Dios, ellos saldrán vencedores. Pero ¿cuál es el problema? Que
eso llevará algún tiempo y por consiguiente proponen que, mientras tanto, me
traslade a residir en su shtetl. Allí, con la ayuda de Dios, nuestra vida será todo lo
buena que puede ser en el mundo. Son gente honrada y hablan en serio: «De
momento usted será nuestro rebbe, nuestro guía espiritual —me dijeron— y le
prometemos que nosotros vamos a vencer y no ellos».
»Al principio no me atrajo la idea —continuó—, pero luego pensé que esto ya no
tenía nada que ver con quitarle al yerno sus posibilidades de sucesión… ¿Crees que
hablaron por hablar? ¡Que Dios nos guarde! Lo decían de todo corazón. Cincuenta
rublos me dieron para preparar la fiesta de Pésaj. No sirvieron de nada mis protestas.
Realmente me obligaron a que los tomara. Sin embargo, no me he comprometido de
modo definitivo, porque no sabía si tú estarías de acuerdo. “Háganos el favor de
aceptarlo —casi me suplicaron al entregarme el dinero— y celebre la fiesta como lo
haría un rey”.
Réisele guardó silencio durante largo rato.
Reb Avrom Ber, harto de estar sentado, se levantó y empezó a dar paseos de un
lado a otro de la habitación, sin dejar de secarse el sudor de la frente. Transcurrió un

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cuarto de hora, media hora, y ella no respondía. No decía ni una palabra.
Simplemente seguía sus pasos con esos ojos grandes, grises y melancólicos que a él
le quemaban como ascuas.
Entretanto llegó Débora, después de su compra en la tiendecita y, al ver a su
padre, hasta se sonrojó de alegría.
—Buenas tardes, papá. ¿Cuándo has llegado, papá? ¿Y por qué no te has quitado
el abrigo? Hace demasiado calor. ¿Te preparo un té? —Y sin esperar la respuesta
empezó a trajinar con el samovar y enseguida estuvo el té en la mesa—. ¿Cómo estás,
papá?
—Bastante bien, Débora, bastante bien —respondió Avrom Ber, contento de que
alguien le hablara.
—¿Vas a ser el rabino de allí? —preguntó Débora, sin poder contenerse más.
—¡Probablemente! —dijo su padre mirando de soslayo a Réisele, que seguía
acostada en el sofá en la misma posición, distante y sin hablar: resentida, amargada y
tozuda. Las comisuras de sus labios se habían hecho más profundas. ¿Sonreía o era
una mueca? Una especie de dolor camuflado por una sonrisa amarga había asomado a
su escuálido rostro. ¿O tal vez estaba llorando? ¿O quizá todo unido? Cada miembro
de su cuerpo se estremecía.
Una fuerte sensación de ardor inundó el pecho de reb Avrom Ber. El exceso de
calor incluso le producía náuseas. Comenzó a sentir ahogo en la garganta y un ataque
de tos. Le pidió a Débora que le trajera un vaso de agua y ella se lo sirvió sin
entender lo que sucedía. Acababa de darse cuenta de que su madre estaba temblando
toda ella. Reb Avrom Ber bebió un sorbo y, con las manos a la espalda, volvió a dar
paseos por la habitación, incluso más rápidamente que antes.
—¡Ay, ay, ay, Señor del Universo, ayúdanos alguna vez! ¡Ay, misericordioso
Creador de ambos mundos, el de arriba y el de abajo! —Y de pronto se dirigió a
Réisele como si ella fuera el Señor del mundo—. ¿Qué es lo que debemos hacer,
entonces? ¿Debemos morirnos de hambre? ¡Adelante, dilo! ¿Acaso no sabes que yo
no me considero un rebbe? Me pidieron ser su guía espiritual. Aún soy capaz de
impartir una clase de Talmud. Dar una clase de Talmud a judíos sencillos significa ser
su guía espiritual.
Réisele no respondió.
—¿Qué hay de malo en ello? ¡Adelante, dilo! ¿Qué otra cosa debemos hacer? —
imploraba, como se suplica a un secuestrador. Pero ella callaba. Una sonrisa,
aparentemente dura, casi cínica a la vez que compasiva, como la de quien desea
aplacar un ruego infantil, se ocultaba tras las marcadas comisuras de su boca. De
pronto, rompió a reír de un modo inhabitual en ella.
—Aún no has empezado y parece que ya conoces bien el trabajo que vas a hacer
—le espetó a Avrom Ber, con un toque de burla y de desprecio en la voz, que a él le
hizo sentirse extrañamente rebajado y ofendido—. Para empezar, dijiste que ibas a ser
un rebbe y ¡ahora lo llamas un guía espiritual! Entonces, ¿qué reproches podrás tener

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contra el rebbe de R…? —le preguntó en el tono cortante de un severo juez que
espera una respuesta de su acusado.
Ahora le llegó a Avrom Ber el turno de quedarse mudo. No sabía qué responder.
Se sintió aún más detestable. Se dio cuenta de que ella tenía razón, de que era
realmente una vergüenza que él hubiera pensado en hacer una cosa así, y que los
judíos de ese shtetl casi lo habían inducido a caer en la tentación debido al penoso
trance por el que estaba pasando. Y sintió una especie de agradecimiento a su esposa
por haberle salvado a tiempo. Ella siempre tenía razón, se dijo a sí mismo, ¡siempre!
La suya era la auténtica voz juiciosa. Y sintiéndose aliviado, como si le hubiesen
quitado del corazón una pesada carga, se sentó y bebió gustosamente el té que hacía
tiempo ya se había enfriado.
—¿Duermes? —preguntó a Réisele algunas horas más tarde, despertándola en la
cama de al lado.
—No —respondió ella en voz baja, todavía enfadada.
—¿Sabes? Tienes toda la razón. He reflexionado y estás realmente en lo cierto.
Un ser humano puede a veces dejarse embaucar, especialmente en una situación
como en la que nos encontramos tú y yo ahora. No voy a aceptar el puesto, y del
dinero únicamente tomaré una parte como préstamo para la fiesta; lo demás se lo
devolveré, si Dios quiere, inmediatamente después. Sin duda, el Todopoderoso no nos
abandonará. Tal vez tú podrás viajar con los hijos a la casa de tus padres por algún
tiempo, hasta que el Señor del mundo nos mande algo. De este modo, me será más
fácil desplazarme y buscar en los alrededores un puesto de rabino.
Réisele se reconcilió con él, y Avrom Ber, agotado y aliviado a la vez que
satisfecho, se sumió en un profundo sueño.
Débora y Mijael no se enteraron hasta la mañana siguiente de que «de aquel
pueblo no había salido nada»… Débora lo calificó como una «desgracia total». No
obstante, apenas tuvo tiempo de pensar mucho en ello. La fiesta de Pésaj ya estaba
tan próxima, y en su casa todo estaba por preparar… Su padre, por cierto, le informó
de que, gracias a Dios, había algún dinero para la fiesta y eso la consoló un poco.
Tras mucho tiempo buscando a alguien que la ayudara a limpiar y a hacer kosher el
menaje que utilizarían durante la Pascua, encontró a una vieja mujer, algo decrépita, y
ambas se pusieron manos a la obra.
La mujer adecentaba las habitaciones de un lado a otro y, con unas manos
delgadas y deformadas como dos pequeñas ramas de árbol sin hojas, limpiaba las
mesas, los bancos, los estantes y los suelos. Cada movimiento suyo iba seguido de un
gemido y de temblores de su fláccida papada. Se frotaba repetidamente los ojos,
enrojecidos e inflamados, y se quejaba a Réisele de que en su propia y humilde casa
aún no había visto la menor señal de preparación de la fiesta.
—Cuando una no es capaz de mendigar —decía con pesadumbre—, es muy
amargo tener que trabajar hasta la muerte sin poseer nada. Así es la vida —filosofaba
la mujer, mientras sacaba fuera de la casa todo lo que no fuera kosher, y posaba unos

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sucios dedos sobre su rostro. Esas manchas sobre la nariz podrían ser la única señal
en ella de la preparación de la fiesta.
Reb Avrom Ber encargó matzá shmurá para él y para Réisele, y matzá ordinaria
para el resto de la familia. Todo estuvo listo a tiempo, a pesar de que los preparativos
habían comenzado a última hora.
Réisele se ocupó de que, con el dinero que recibieron prestado, la anciana
también pudiera disfrutar y ver señales del Pésaj, no solo sobre su nariz sino también
en su casa.
Mijael eludía todo el ajetreo de preparativos para la fiesta. Tumbado sobre un
banco en la casa de estudio, no la del rebbe sino otra, se esforzaba en dibujar esbozos
de «personitas» (es así como Avrom Ber calificaba los dibujos artísticos a los que
últimamente se dedicaba Mijael con gran entusiasmo). Y cuando venía a casa para
comer, no tardaba en volver a su ocupación, ya que la mujer de la limpieza
literalmente lo echaba de la casa. Aunque precisamente esa mujer, en la segunda
tarde desde que empezó a trabajar, le aportó una compensación. Mijael, al entrar,
detuvo la mirada sobre ella cuando en la cocina, todavía con la falda subida y sujeta
con alfileres, contemplaba los paquetes envueltos en papel marrón sobre el suelo ya
fregado, y listos para sacarlos fuera. A Mijael se le ocurrió que debía intentar
retratarla y, sin pensarlo más, sacó del bolsillo un lápiz y tomó un papel. Nadie se fijó
en lo que hacía y menos aún la mujer. Solo cuando él le pidió que girara un poco la
cabeza y subiera un poco más su falda manchada, ella le miró con un rostro tan
expresivo que Mijael le quedó agradecido toda su vida. Esa fue la primera, y también
última, obra suya que no destruyó.
Enseguida después de Pésaj, Avrom Ber envió por carta a sus interlocutores
treinta rublos, a la vez que les explicaba por qué no podía aceptar el puesto y, sobre
todo, el motivo de que no les devolviera la totalidad del dinero. Les prometió
mandárselo en cuanto encontrara un puesto de trabajo. Nada más recibir la carta,
volvieron a visitarlo los dos personajes, pero de nada les sirvió insistir e intentar
convencerlo. Reb Avrom Ber se negó de forma categórica.
Los dos hombres regresaron abatidos. ¡Cielos, qué humillación! De ningún modo
podían comprender por qué razón se había negado a aceptarlo, siendo ellos unos
judíos honrados y sencillos que querían tenerlo únicamente como guía espiritual, que
lo estimaban y le ofrecían un generoso ingreso. Al marcharse, se lamentaban
resentidos:
—No quería que lo consideraran rebbe ¡y hemos accedido en todo! Quería ser
tenido por guía espiritual y dimos nuestra conformidad. Tal vez habrá pensado que el
puesto no resultaba bastante digno para él. Si esos jasidim de Guer hubieran querido
recibirlo, ¡seguro que habría aceptado el cargo con mucho gusto, y aún daría gracias a
Dios!
Dos días después, suegro y yerno intercambiaron cartas. Primero, fue Avrom Ber
quien escribió a su suegro. Se dirigió a él utilizando, además del tratamiento

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honorífico habitual, la calificación de tsena malé sifrei[21], grande entre los hijos de
Israel, etcétera, etcétera. En la carta le explicó con todo detalle su situación. Le dio a
entender que siempre se había esforzado en poder proveer las necesidades de su
familia, como era su obligación. Y que seguramente había sido la voluntad del Cielo,
contra la cual ni el hombre más poderoso puede hacer valer su sabiduría, que Réisele
y los niños tuvieran que alojarse mientras tanto en su casa. Naturalmente, sería
solamente por un corto período de tiempo, hasta que él encontrara una aceptable
fuente de ingresos, etcétera, etcétera.
A esta carta su suegro respondió empezando por: «A la atención de mi querido y
erudito yerno, etcétera» y, sin más tratamiento, le dijo que, desde luego, no
rechazaría, Dios no lo quiera, a su «hija acompañada por sus hijos», pero que él,
Avrom Ber, había sido siempre, y seguiría siendo, un holgazán.

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CAPÍTULO VIII
EL CIELO, SIN EMBARGO, DISPONE ALGO
DIFERENTE

SUCEDIÓ unos diez días después de la fiesta de Réisele ya estaba preparándose para
emprender viaje con sus hijos a la casa de los abuelos, cuando Avrom Ber regresó de
la sinagoga acompañado por un hombre de rostro moreno, la barba bien peinada y
razonablemente larga, y unos vivarachos ojos castaños.
—¡Buenas tardes!
Réisele le respondió con un frío «¡buenos días!» mientras pensaba: «seguro que
se ha buscado algún nuevo lío». Pero ¡qué le importaba a ella! Ahora iba a trasladarse
a su casa paterna y no regresaría tan pronto. «¡Basta ya!», se dijo, pero cuando
Avrom Ber la llamó para que se uniera a ellos en el despacho no pudo reaccionar de
forma grosera y accedió.
Avrom Ber le acercó una silla. Reb Zalman (así se llamaba el invitado) procedía
de Varsovia y había venido a R… a visitar al rebbe para un asunto relacionado con la
yeshive. Pues bien, el mismo reb Zalman le había sugerido a Avrom Ber, nada menos,
que optara por conseguir un puesto de rabino en Varsovia.
—¡No sería esa una mala idea! —dijo Réisele, sonriendo entre escéptica y
contenta aunque, en su opinión, lograr así sin más ese puesto en Varsovia era como
esperar que el samovar empezara a hablar. Con todo, algún interés le despertó
escuchar lo que reb Zalman, mientras sorbía el té, contó acerca de cierto barrio de
Varsovia. Se trataba de un barrio judío en el que necesitaban urgentemente un rabino
capaz de responder a consultas sobre asuntos cotidianos de índole religiosa. Dado que
los rabinos oficiales de la ciudad vivían lejos de ese barrio, resultaba incómodo para
las amas de casa enviar a la criada cada vez que necesitaban resolver una duda sobre
si un alimento era kosher o no lo era. A la criada le entraba pereza y, en definitiva, la
familia acababa consumiendo alimentos prohibidos, Dios nos guarde de ello. Él, reb
Zalman, contaba con numerosos buenos amigos y conocidos en ese barrio, y ellos se
ocuparían de que los vecinos accedieran a pagar la retribución de su rabino. Además,
dado que él intervenía como árbitro en litigios comunitarios y conocía a numerosos
rabinos de la ciudad, tal vez podría lograr que el alto tribunal del que ellos formaban
parte asignara algún sueldo al puesto. Él argumentaría hasta qué punto se necesitaba
allí un rabino, qué obstáculos surgían con frecuencia al no contar con ninguno,
etcétera, etcétera.

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El mencionado reb Zalman en menos de cinco minutos hizo buenas migas con
todos: con Débora, que seguía sirviéndole té; con Mijael, que sentado frente a él en la
mesa fingía leer un libro; y hasta se diría que con las propias paredes y con el té.
Incluso Réisele escuchaba con sumo interés todo lo que decía reb Zalman y pensó
que era un hombre inteligente.
—Con el rebbe de R… también hablaré del asunto. Me debe un favor y
naturalmente no me lo negará. ¡A mí no se me niega nada! —añadió con seguridad—.
Le pediré, de hecho le exigiré, que escriba a sus jasidim de ese barrio y les ordene
que me ayuden en la tarea. ¡Hágame usted caso! Varsovia es una ciudad con una
importante población judía. ¿Por qué va a atrofiarse usted en este pequeño shtet?
Débora abrió unos ojos como platos ante estas últimas palabras. ¿Referirse a R…
como un pequeño shtetl? «Se ve que ese hombre nunca ha estado en Yélejitz», pensó.
—¡Menuda ciudad es Varsovia! —siguió diciendo Zalman con presunción, como
si toda Varsovia le perteneciera—. Imagínense ya instalados allí. ¿Qué no se puede
hacer en Varsovia? Si un judío no puede ganarse allá un ingreso, no lo hará en ningún
otro lugar. Hay en Varsovia numerosos rabinos no oficiales, los llamados «rabinos de
barrio», y todos ellos se ganan la vida. Usted, si Dios quiere, no se va a quedar atrás.
¡Al contrario! Tiene mayor probabilidad que ellos, porque a usted lo necesitan
realmente, ¿me comprende?
Todavía se explayó mucho más reb Zalman, como si su vida, o al menos su medio
de vida, dependiera de que Avrom Ber residiera en Varsovia. Y hablaba con tanta
energía y tan gran seguridad en la mirada, que la idea creció ella sola sobre la mesa,
fue madurando de un minuto a otro y contagió a todos unas enormes ganas de
mudarse en ese mismo momento a Varsovia. Hablaba de un modo tan sensato, todo
tan mesurado, conciso y con tanto empeño en ayudarles, que no dejó lugar para el
más mínimo resquicio de duda. Acordaron que reb Avrom Ber viajaría con él a
Varsovia para explorar juntos el terreno, y que Réisele y los hijos aplazarían su viaje
a la casa del abuelo hasta pasadas una o dos semanas.
—Para viajar siempre tendrán ustedes tiempo —insinuó reb Zalman.
A Débora le latía con fuerza el corazón. No esperaba algo parecido. ¿Y si su
padre regresara de Varsovia y confirmara que realmente se mudaban? Qué
maravilloso sería, y desde luego… ¡un poco mejor que trasladarse a la casa del
abuelo!
Recordaba la última vez que estuvo allí de visita, unos años atrás, junto a su
madre. ¿Cómo era su vida allí? La abuela, siempre ocupada preparando sus
confituras, sus zumos, sus mermeladas y tartas de grosella; y el horno en la cocina,
encendido días enteros, sin que el fuego se apagara ni por un minuto. Se acordaba
muy bien:
«En la casa había de todo lo bueno, pero tocarlo estaba prohibido. Todo había de
guardarse para preparar conservas en previsión del invierno: las cerezas, las grosellas,
las frambuesas, los arándanos, y después las ciruelas y las remolachas. Como si

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durante el verano no fuera necesario comer, como si todo lo que crece estuviera
destinado al invierno, y las personas no tuvieran derecho a una golosina en verano.
Fuera de esto, la abuela se portaba bastante bien. Ofrecía y servía lo mejor: pescado,
carne, sopa. ¡Todo eso y con el mayor placer! Se sentía muy feliz cuando se comía lo
que ella había preparado; si alguien no lo aceptaba, le afectaba realmente; pero de
dulces nada, nada de lo que tú querías, nada de lo que te gustaba más que todos los
platos que ella servía con tanta generosidad. Si tomabas una grosella, no eras una
persona como es debido, sino una golosa, una gata, una mal educada y ¿qué más
eras? Y no solo esto; por añadidura, cada mañana temprano, la abuela iba a la
sinagoga a rezar y se llevaba todo el manojo de llaves, de modo que ya podías
desfallecer de hambre, que no era posible tocar nada. Y encima debías estar contenta
porque era por tu bien, o porque en cierta ocasión pilló a la criada con las manos en la
masa… Y por esta razón debías ayunar esperando hasta que ella regresara de la
sinagoga. Después, a decir verdad, te servía un desayuno digno de un rey: arándanos
con nata, champiñones revueltos con mantequilla, frescos béigueles recién horneados,
también con mantequilla y queso, café con aroma a café auténtico, etcétera. Cualquier
cosa, menos que tú tocaras algo por tu cuenta.
»Cuando llegaba el jueves ya eras doblemente prisionera. Entonces Malka, la
larguirucha, también tenía algo que decir. ¡Había que ver lo que conseguía hacer en
un jueves! Lo primero hornear el pan; la abuela no era capaz de hacerlo sola y
necesitaba recurrir a ella. Malka lo sabía y se volvía más arrogante que el alcalde de
la ciudad. Sobre todo porque, no solamente el pan trenzado, sino que además
preparaba la mantequilla y el pastel, las galletas al huevo, las galletas al aceite, los
bollos y las tartas de almendra. Y una vez terminado esto, aún tenía que elaborar una
masa y extenderla con el rodillo para cortarla en forma de fideos, y otra más, en
forma especial, para hacer un kíguel. Y ya podía Dios guardarte de que te acercaras a
su tabla de cortar, o se te antojara agarrar una galleta de almendra recién sacada del
horno. Armaba tal bronca como si invadieras su dominio privado. Y ahí no acababa
todo para mí. Después de los gritos de Malka llegaba una ración de moralina por
parte de la abuela y un sermón por parte de la mujer de uno de los tíos, que llevaba
residiendo en la casa paterna tal vez veinte años y que, por tanto, también se sentía
con derecho a predicar. A continuación venían las burlas del tío y, finalmente, una
buena reprimenda por parte de mi madre. Y por si esto aún fuera poco, cada viernes
por la mañana te enviaban a visitar a varias familias respetables, aunque pobres, para
donar a cada una un enorme pan, tan grande como la cabeza de Og, el rey de Bashán,
y media libra de carne kosher. Aunque lloviera a cántaros o, por el contrario, el sol
abrasara como el fuego del horno de la abuela, los jueves te tenías que arrastrar con
un cesto para llevar quizá veinte panes y diez libras de carne, e incluso un trozo de
pescado hervido para algunos elegidos. Y ya podía protegerte Dios si te negabas a
cumplir con esta buena acción.

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»El abuelo por su parte se pasaba todo el día en su despacho, es decir, en su
tribunal, sentado y estudiando el Talmud. No llegabas ni a verlo, y si él se acercaba
alguna vez y querías decirle algo o al menos oírle hablar (porque precisamente hacia
él sentías verdadero cariño), te respondía como si hablara en turco: a base de nú y
nú-o, y no se oía nada más; esos nús y nú-os añadían una singular veneración hacia él
y empezabas a sentirle más respeto que cariño. Fuera de mi madre, no intercambiaba
palabra con nadie y eso hacía que en su presencia, tan imponente él, inteligente y
superior, te sintieras extrañamente humilde, tan insignificante que te avergonzabas. Y
si él te sonreía, te escondías en algún rincón, azorada como si de pronto percibieras lo
poco que eras frente a él: un gusanito.
»Aparte de todo esto, tenías que aguantar el acoso de los hijos de la tía, es decir,
los primos, que veían en ti una competidora. Consideraban que únicamente a ellos les
correspondía el derecho de los nietos, puesto que vivían en la casa, allí habían nacido
y se habían criado, mientras que tú… ¿a qué venía a casa una extranjera? Y qué decir
si la abuela cosía para ti, como invitada, un nuevo vestidito o un abriguito. Entonces
estabas realmente perdida: empezaba la envidia, el odio, la burla, las caricaturas,
hasta el punto de que perdías totalmente el apetito e ¡incluso renunciarías al regalo! Y
si por casualidad los abuelos mandaban a mi madre a los balnearios para que
recuperara fuerzas, los primos se revolucionaban y tú rogabas, de verdad, que te
tragara la tierra. Supongo que si hoy en día fuéramos a la casa, tal vez todo sería
diferente».
¡Ahora, sin embargo, Varsovia!… pensaba Débora. Aunque, para qué engañarse,
¿sería posible que se fueran a vivir allí? Naturalmente, ella había oído hablar de
Varsovia: el pequeño Méndel viajaba allí para comprar mercancía; del hijo de Iosef
Kohn se decía que allí estudiaba, ¿pero que en Varsovia realmente necesitaran un
rabino? ¿Y que su padre, a quien tanto el abuelo como Réisele consideraban un
holgazán, fuera a ocupar un puesto de rabino allí? Parecía una idea descabellada. No
obstante, reb Zalman afirmaba que tal cosa era posible, que así sería. ¡Quién sabe!
Mijael, en cambio, lo tomó como algo bastante natural y se entusiasmó.
Últimamente le rondaban por la cabeza toda clase de ideas acerca de Varsovia. Había
pensado que, cuando se hiciera un poco mayor, iría a vivir en esa ciudad, abandonaría
los estudios de la yeshive y se dedicaría a aprender un oficio. Y he aquí que la ocasión
se presentaba por sí sola. Realmente no lo esperaba. La alegría le hizo soltar en ese
momento un fuerte silbido.
Reb Avrom Ber se asustó.
—¿Eh? ¿Qué es eso, Mijael? —le preguntó.
Mijael miró a su alrededor. Con una cautivadora sonrisa y sonrojándose un poco,
avergonzado ante reb Zalman, se justificó diciendo que no sabía cómo se le había
escapado ese silbido. Tanto Avrom Ber como Réisele aseguraron que jamás le habían
oído hacer algo semejante.

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—Bien, entonces, ¿en qué quedamos? —preguntó reb Zalman, levantándose para
marcharse.
Avrom Ber lanzó una mirada fugaz a su esposa. Réisele se detuvo a reflexionar
unos instantes y pensó que, a fin de cuentas, la propuesta parecía razonable. Por un
lado, en Varsovia no dependerían de la voluntad de unos pocos notables vecinos para
poder ganarse la vida y, por otro, como había señalado con acierto Zalman, para
viajar a la casa de los abuelos con los niños siempre estaba a tiempo.
—Y bien, ¿qué dices? —insistió reb Avrom Ber, ya impaciente por conocer su
respuesta—. ¿Quedamos en lo dicho?
—Creo que sí. Siempre se puede probar.
Débora se estremeció. ¿Podría encontrar allí a aquel «joven prodigio»? Según
había oído, cuando de pronto vinieron a llamarlo, se había marchado a Varsovia. Se
puso tan nerviosa que sin apenas darse cuenta preguntó a su padre si el joven estaría
allí.
—¿Cómo voy a saberlo yo? En aquella ocasión, en la casa de estudio, lo llamaron
para que saliera, le entregaron una carta y él se marchó sin más a la estación. Ni
siquiera volvió para despedirse. Se rumoreaba que alguien en su familia había
enfermado gravemente. Ahora bien, adonde viajó nadie lo sabía. ¿Y por qué lo
preguntas?
Débora enrojeció como el fuego.
—Por nada. Lo preguntaba porque sí.
—Bien. Acordamos por tanto que mañana, si Dios quiere, viajaremos a Varsovia
—concluyó reb Zalman, y se despidió.
—Es un hombre inteligente, pero menuda tendencia tiene a exagerar —dijo
Réisele cuando el hombre se hubo marchado.
—Es una persona valiosa y muy perspicaz; un hombre de negocios, un
comerciante astuto. Sabe de todo, está en todas partes y en todas partes lo quieren. Yo
lo conozco desde hace muchos años —dijo reb Avrom Ber.
—¿Es discípulo del rebbe de aquí?
—No precisamente, pero viene a visitarlo. Tienen algunos negocios entre ellos.
—Humm… —refunfuñó Réisele, viendo cómo su confianza en reb Zalman
comenzaba a disiparse—. No obstante, podemos intentarlo.
Lo cierto era que ganas de trasladarse a casa de sus padres, en calidad de hija a
quien de nuevo deberían mantener, no tenía ninguna.
Alrededor de las diez de la mañana, Avrom Ber emprendió el viaje a Varsovia en
unión de reb Zalman. Al cabo de dos semanas, regresó con una buena nueva: incluso
había alquilado una vivienda.
—¿Conque sí? —dijo Réisele—. ¿Has alquilado una vivienda y sin haber
preguntado a nadie?
—En primer lugar, reb Zalman insiste en que no se debe preguntar —se justificó
reb Avrom Ber—. Y yo te digo que tiene razón. Lo que se hace, ya está hecho. Si uno

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empieza a vacilar, a menudo se estropean planes que más adelante ya no se pueden
retomar. De los costes del traslado, el rebbe se hará cargo, según me dijo reb Zalman.
Así se lo prometió a él. Débora, ¿tal vez tienes un vaso de té para tu padre?
—Menuda prueba es esa promesa —apuntó Réisele sonriendo.
—Ya verás cómo todo va a salir bien esta vez.
—¡Ojalá!
Mientras sorbía el té, reb Avrom Ber les describió su impresión de la visita a
Varsovia:
—El judío varsoviano es ante todo una persona generosa y de visión amplia.
—Quieres decir que no es mezquino ni tiene miras estrechas, ¿verdad? —le
interrumpió Réisele.
—Exactamente. No lo es —respondió reb Avrom Ber, aún más animado por la
comprensión de Réisele que por la generosidad del judío varsoviano—. Para él, el
rublo no tiene importancia. Lo puede gastar y lo puede ganar. ¿Has visto cómo es reb
Zalman? Así son todos ellos. Si una persona les cae bien, por ella pasarán sobre el
fuego y el agua, y yo, bendito sea Dios, les he caído bien. Tenías que haber visto qué
clase de recepción me dieron en su pequeño oratorio. Brindaron en mi honor y desde
todos los lados me saludaban con tal calidez y efusión como si me hubieran conocido
desde hacía tiempo. Se alegraban sinceramente de que me vaya a instalar allí. Lo
pude advertir en el rostro de cada uno… «Efectivamente, aquí necesitamos con
urgencia un rabino —me dijeron—, porque lo que está sucediendo es una blasfemia.
No queremos extendernos sobre esto, pero un judío como usted es justamente lo que
necesitamos. Una persona honesta, no un embaucador que solo piense en sus
ingresos, que en un juicio sentencie según más convenga y que, cuando alguien acuda
a plantearle una cuestión de carácter religioso, le respondan que está durmiendo o no
está en casa». Alguien que parecía un importante miembro del oratorio, me dijo:
«Esperamos que aquí obtenga una buena remuneración, y con ayuda del
Todopoderoso así será». Y reb Zalman es uno de los miembros más destacados;
figura entre los verdaderamente influyentes. Se dedicó toda la tarde a redactar una
lista con los nombres de quienes habían prometido contribuir… Ninguno se había
negado. Y si había alguien de quien no estaba seguro, ni se molestó en preguntarle.
Le estuve observando atentamente. Es un hombre inteligente y una persona decente.
¿Qué es lo que no ha hecho por mí? Ante todo, tuve que alojarme en su propia casa.
Su esposa, una mujer en verdad valiosa, se desvivió por mí. Me preguntaba si quería
esto o aquello y me preparó un lecho como para un rey; por si fuera poco, mandó a su
hijo a traerme otra almohada. No sabía qué más hacer por mí.
»En cuanto al propio reb Zalman, pasó toda la semana corriendo de un lado a otro
a fin de localizar una vivienda; buscaba y rechazaba, nada le gustaba; ¡un verdadero
perfeccionista! Seleccionaba como si se tratara de una vivienda para él, hermosa y a
la vez no muy cara. Algo difícil de encontrar, desde luego, pero él no ahorró tiempo
ni molestias, ni tampoco pensó en sus propios gastos. Y tanto tiempo siguió

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buscando, hasta que al fin encontró lo que deseaba. “¿Ve usted? —me dijo finalmente
—. Busqué y encontré”. Y lo dijo con idéntico entusiasmo que si estuviera a punto de
ganar miles de rublos. Eso sí, debo confesar que a mí las viviendas que anteriormente
me enseñó también me habían gustado…
Réisele lo escuchó con una sonrisa, como si quisiera decirle: «¡Vaya persona poco
práctica que eres!». Y, sin embargo, se dio cuenta de que no era en el escepticismo de
ella donde se encontraba la sabiduría de la vida, sino precisamente en esa cálida
ingenuidad y cierta falta de pragmatismo que le permitía a su marido conquistar a
muchas personas; en esa naturalidad infantil, que era lo más bello que nos ofrecía la
vida. Y pensó que una persona verdaderamente sabia es aquella que entiende qué
camino debe elegir. Porque, en realidad, se dijo Réisele: «¿para qué y para quién
cuestionar demasiado? ¿Qué consigues con ello?».
Durante las dos semanas siguientes, dos semanas completas, Réisele ya no se
quedaba tumbada en el sofá. Estuvo trajinando y ayudando a Débora a prepararse
para el viaje. Incluso revisó la ropa de cama y la mandó lavar a una asistenta, en
honor al traslado a Varsovia.
Sus hijos nunca la habían visto en ese estado de ánimo y se preguntaban qué
habría sucedido de pronto con su madre. Se llevaron una gran alegría. Mijael se
sentía inspirado por ella, con ganas de ayudar. Ya no iba a tumbarse en la hierba,
como había hecho entonces en Yélejitz mientras los demás embalaban el equipaje.
Realmente se comportaba de un modo sorprendente: empezaba a cantar e interrumpía
en seco con un silbido; a continuación, rompía por descuido algún jarrón; después,
agarraba una pesada maleta, ya llena, y empujándola recorría con ella las
habitaciones vacías.
Débora, como de costumbre, trabajó más duro que los demás, mientras a la vez
reflexionaba. Se esforzaba en intentar imaginarse cómo sería Varsovia; apenas podía
acostumbrarse a la idea de que, esta vez, sí iban a mudarse, y nada menos que a
Varsovia.
Y así llegó el martes por la mañana. Finalmente, un gran carro se acercó a la casa
y a él fueron subiendo el mobiliario y los demás enseres. Luego se acercó un segundo
carro, provisto de unos arcos sobre los que se podía tender una lona de protección.
Hubo una gran agitación en el momento previo al arranque: gritos para arrear a los
caballos y el clip-clap de sus cascos sobre los irregulares adoquines. Ya todos estaban
preparados. Réisele, pálida y vestida de negro, con una chaqueta de terciopelo y
bufanda de seda también negra sobre la peluca, parecía más delgada de lo habitual.
Avrom Ber, aún con el abrigo de invierno, llevaba puesto el sombrero de fieltro, en
lugar del bonete de terciopelo que acostumbraba a usar en R… Daba gusto verlo de
nuevo con su sombrero de rabino. Se despidió del grupo de hombres, e incluso de las
mujeres, con un movimiento de cabeza.
—¿Has ido a despedirte de él? —preguntó Réisele.

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—¡Sí! ¡Le he perdonado todo! Que el Todopoderoso también le perdone —deseó
reb Avrom Ber, nada seguro de que también Dios lo perdonaría—. Al fin y al cabo, él
me hizo comprender el verdadero significado de la expresión: «Nunca confíes en los
poderosos, ni en un hombre que no tiene salvación[22]». Afortunadamente hay,
gracias a Dios, bastantes buenos judíos en el mundo y, sin embargo, lo que se dice
confiar, solo es posible en el Creador. Él es un padre bondadoso y magnánimo —
afirmó, elevando la mirada hacia el límpido y despejado cielo.
En ese instante llegó ante la casa el carruaje del tirado por sus caballos
purasangres. Al parecer, el rebbe se había empeñado en enviar su propio carruaje para
llevar a reb Avrom Ber a la estación del tren. Deseaba rendirle ese honor.
—¿Y tú te has despedido de la rébbetsin? —preguntó reb Avrom Ber a Réisele.
—¡Qué pregunta! ¡Por supuesto!
—¡Me refiero a la anciana!
—No, no pude. De ninguna manera.
—¿Débora tampoco?
—No.
—Humm… Bueno. ¡Pues que así sea!
Léiser Nusen y Báruj ya estaban en el carruaje del rebbe, con Zélik como
cochero, y Avrom Ber y Mijael se unieron a ellos. Réisele y Débora se acomodaron
en un droshky alquilado y enganchado a un caballo único pero bien alimentado, con
gruesas patas algo arqueadas y pelaje blanco por encima de los cascos.
Dijeron adiós a todos los que se congregaron en el portal. Débora no olvidó
despedirse incluso de las mujeres que le habían enseñado a fregar los suelos, y
también de la tendera. Después del intercambio de muchos buenos deseos, los carros
arrancaron camino de la estación. Débora giró la cabeza para echar una última mirada
a ese patio del que ya estaba hastiada y, de repente, vio a Motl. Con expresión
lastimosa, como a punto de llorar, con una sonrisa melancólica, los seguía con la
mirada. Ella nunca se había detenido a pensar en él antes, pero ahora, en esa mirada
que el muchacho le devolvió, había como un reproche por no llevarle con ellos a
Varsovia. Sintió tal compasión que, de no ser porque se avergonzaba, habría ido a
despedirse otra vez de él y se disculparía. Le diría que viajaban a Varsovia con la sola
esperanza de una incierta retribución. Pronto, no obstante, se olvidó de Motl, pues la
imagen del «joven prodigio» se le apareció ante sus ojos y además ¡en Varsovia! Lo
veía envuelto en su desgastado gabán, con un descosido aquí y allá, y con expresión
de alguien tan refinado, tan inteligente, ¡asombrosamente inteligente!…
Mijael gritó hacia Motl algunas palabras amistosas, el cochero hizo restallar el
látigo y el carro arrancó. Todos les abrieron paso y los siguieron con la mirada hasta
que salieron a la calle.
Mijael, sentado en el pescante junto a Zélik, comenzó a excitarse:
—¡Corred, caballitos del rebbe, corred, y así caigáis muertos antes volver aquí!
—maldijo entre dientes, como un cochero cualquiera—. ¡Corred, no es muy larga

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vuestra carrera, solamente hasta la estación! —los animó. Y a continuación,
dirigiéndose a Zélik—: También para estos gordos asquerosos deberíamos encontrar
discípulos apropiados.
Zélik abrió los ojos de par en par y no reaccionó hasta varios minutos más tarde,
rompiendo a reír.
—¿Qué ocurre? ¿Que al fin has captado el chiste? —preguntó Mijael.
«¿De qué estará hablando? ¿Qué he captado? ¿Qué chiste?» —se preguntó Zélik
y rio aún más fuerte—. ¿Es que no has visto esa carroña? —preguntó.
—¿Dónde?
—Allí —dijo Zélik apuntando con la fusta hacia un escuálido caballito con la
grupa y el flanco llenos de heridas.
Mijael volvió la cabeza y lo vio. El pobre caballito arrastraba un carro
sobrecargado, cubierto con una lona raída, y estiraba la cabeza como si avanzara más
con el sucio morro que con las patas que cedían bajo el peso.
—Eres un buen canalla —le espetó a Zélik—. Te ríes de un caballo enfermo
porque tiene una grupa esquelética. ¡Espera, espera! Cuando hayas trabajado un par
de años más para el rebbe ya verás qué pinta va a tener tu estúpido trasero. Aun con
todo, mal cochero no eres.
Los carruajes se detuvieron delante de la estación del ferrocarril.
Léiser Nosn se afanó en ayudar personalmente a reb Avrom Ber: llevó al vagón el
maletín con los manuscritos, lo colocó sobre el portaequipajes y cuidó de que el
rabino se sintiera cómodo. Mientras tanto, se enfadó con Báruj, al verlo ahí plantado
como un muñeco de trapo sin mover un dedo. Se despidió finalmente y salió. Báruj,
con las rodillas temblorosas, ofreció a reb Avrom Ber un pellizco de tabaco, y
envolvió otro poco en un papelillo para entregárselo como regalo de despedida.
—¡Le hará mucho bien! ¡En el camino, aspirar un poco de tabaco es
imprescindible! ¿Y tú, granuja? —se dirigió a Mijael—. ¡También te mereces un
poco de tabaco! Incluso si eres un buen bribón. —Y le ofreció entre sus dedos ese
regalo a Mijael—. Te digo que es bueno, ¡que te refrescará! ¡Tómalo te digo, tonto!
Bueno, y las maletas, ¿ya podrás subirlas tú, eh?
Mijael sorbió el tabaco y casi se sofocó entre estornudos y risas: «¡Achís! ¡Achís!
¡Achís!».
—Escriba usted una cartita alguna vez. ¡No lo olvide, por Dios! —insistió Báruj,
mientras estrechaba la mano de Avrom Ber—. Y usted —se despidió de Réisele—, no
siga allí con sus pequeños achaques, manténgase sana. Tú, Mijael, aguanta sentado
estudiando. En Varsovia no habrá rebbe, ¿me comprendes?
Mijael se echó a reír.
—Bueno, hay que marcharse —se percató finalmente Báruj—. ¡Que estéis todos
sanos y fuertes!
Con su endeble cuerpo bajó las escaleras de hierro del vagón. El tren empezó a
moverse, como si todo el tiempo solamente hubiera estado esperando la despedida de

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Báruj.
—¡Adiós y hasta nunca! —exclamó Mijael, y reb Avrom Ber le mandó callar.
—Incluso Báruj sabe que de mí no hace falta despedirse por separado —dijo
Débora para sus adentros. No es que quisiera nada de él, pero así y todo le dolió de
modo especial—. ¡Todos, todos se comportan igual!
—¡Mijael, no te quedes al lado de la puerta! ¡Débora, no te asomes tanto por la
ventana! —rogaba Réisele enfadada, pero ¿quién podía arrancarlos de allí, cuando a
lo lejos se veía la ciudad desplegada como una larga colina gris salpicada por algunas
crestas? Los árboles de ramas húmedas, con capullos en cadena como una sarta de
cuentas rojas, corrían hacia atrás a toda velocidad, tan estúpidamente hermosos como
si se dieran prisa temiendo llegar tarde a alguna cita. Las bocanadas de humo de la
locomotora se elevaban una tras otra contra el sereno y nítido cielo; ¿quién podía,
pues, permanecer sentado, quieto y sin asomarse por la ventanilla?
—¡Débora!
—¿Qué quieres?
—Mamá duerme.
—Shh… Lo sé.
—Mira esto: ¿a que es bonito, eh?
—¿Has vuelto a dibujar? Yo, en tu lugar, rompería antes el papel. ¿Para qué lo
pintas si luego lo vas a romper?
Sorprendentemente, Mijael no se enfadó.
—¿Ves allá lejos, donde se encuentran el cielo y la tierra? ¡Esa línea se llama
horizonte! ¿Lo ves?
—¡Lo veo, lo veo!
—¿Te das cuenta de lo interminable que es? Si te quedas mirándolo mucho
tiempo, a la fuerza terminas dormido.
—¿A la fuerza? Entonces, ¿por qué no te has quedado dormido tú, ni yo
tampoco?
—¿Y cuánto tiempo en total crees que llevamos viajando, tonta?
—Shh… Papá ya duerme también.
—¿No te lo he dicho?
Mijael parecía haber perdido la inspiración y guardó el lápiz en su bolsillo.
Ahora, ambos pegaban su nariz al cristal.
Alguien por detrás cerró la ventanilla del lado opuesto. Volvieron la mirada, pero
enseguida regresaron a contemplar el paisaje. Rivalizaban sobre quién veía mayor
extensión, sin perderse las colinas que empezaban a reverdecer, ni la laguna verde,
alargada y estrecha, cubierta de musgo en mitad de la ancha pradera.
—Debe de haber una aldea allí cerca —dijo Mijael.
—¿Por qué lo dices?
—Porque allí veo vacas, potros e incluso terneros y pastores. ¿No los ves tú?
¡Míralos!

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La locomotora lanzó un silbido y comenzó a entrar humo por las ventanillas de
los vagones. La gente se apresuró a cerrarlas. El tren se detuvo con una fuerte
sacudida.
Reb Avrom Ber abrió los ojos y también Réisele, al igual que otros pasajeros no
judíos de avanzada edad. Se presentó un revisor de aspecto cansado.
—¿Tienen ustedes billetes? —preguntó, adoptando un tono oficial.
Allí no encontró más que personas honradas, así que siguió a otros vagones, por
si en ellos tuviera mejor suerte.
Una vieja campesina cargada con un cesto para huevos, aunque lleno de toda
clase de alimentos, bajó del tren… La pobre mujer se agarraba a la barandilla de
hierro, pero a punto estuvo de caer hasta que consiguió bajar los altos escalones, muy
separados entre ellos.
También bajó del vagón un anciano con un saco en una mano y la otra
deslizándola sobre el frío hierro de la barandilla. Un joven, que no cargaba con nada,
dio un salto hasta el andén y se llevó una caída que le produjo bastante daño.
Nuevamente arrancó el tren y a lo lejos se divisaban anchos caminos desiertos,
manchas boscosas y diminutas chozas de campesinos, con chimeneas que parecían
salir de la tierra; el humo negro que expulsaban se elevaba por encima de los sucios
tejados de paja de las casitas, todavía no blanqueadas. Mijael disfrutaba del
espectáculo. De pronto, sin embargo… ¿qué era aquello? De nuevo una columna de
vapor, denso y oscuro, emergió de la locomotora y, como para fastidiar, fue a dar
directamente en los rostros de los pasajeros. Cada cual comenzó a bajar
apresuradamente los paquetes depositados en los portaequipajes. A continuación,
¡pif-paf, pif-paf!, y el tren frenó en seco.
A Débora le pareció que todavía seguían en la aldea que dejaron atrás. Y es que el
tren apenas había avanzado. No obstante, ¡edificios tan altos como esos nunca los
había visto, ni siquiera en R…! ¿Sería que ya estaban en Varsovia?
—¿Es esto Varsovia, mamá?
—No. Si no me equivoco, es Praga-Poludnie; un suburbio de Varsovia.
—¿Y Varsovia está todavía lejos?
—No. Casi ya estamos allí. Pero aquí es donde, efectivamente, debemos bajar del
tren.
—¿Varsovia tiene el mismo aspecto?
—¡Casi!
—¿De verdad? ¿Tan cerca está? —preguntó Débora—. ¡Yo pensaba que aún
estaría lejos, muy lejos!
—¿Y quién te ha dicho que pensaras? —se rio Mijael. Débora se ruborizó.
¡Vaya estación! Aceras asfaltadas, como las que había visto en un libro, llenas de
gente apresurada que compraba periódicos. Y todos esos vendedores, que ofrecían
chocolates, frutas y revistas, y hasta libros, ¿para quién, puesto que nadie lo
compraba ni se acercaba a ellos? Cigarrillos, sin embargo, sí les compraban. Tal vez

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en otro momento ganaran algún dinero. ¿Y por qué la gente se apresuraba, volando
como locos? Parecía que no fueran capaces de caminar, sino de correr nada más.
Mijael bajó las maletas, mientras Avrom Ber y Débora le ayudaban. Réisele se
alisó el chal.
Todo el mundo acarreaba bultos. En el tren no quedó ni un solo pasajero. Ellos
permanecieron quietos en el andén, con las maletas a sus pies. Los porteadores les
preguntaban:
—¿Llevarles el equipaje?
—¿Tal vez necesitan algún droshky?
Reb Avrom Ber les sonreía como pidiéndoles perdón, porque no los necesitaba, ni
a ellos ni tampoco un droshky.
Enseguida se presentó reb Zalman.
—¡Ajá! ¡Sholem aléijem! ¡Que sean bienvenidos, en buena hora!
—¡Amén!
—¡Exactamente a la hora calculada! Acabo de llegar a la estación. El droshky iba
un poco despacio. ¿Ustedes llevan mucho tiempo esperando?
—¡En absoluto! Acabamos de llegar.
—¡Todo ha ido bien! ¡Imposible adivinar cuándo llegan los trenes! Esperen aquí
unos minutos, saldré a traer un droshky —dijo reb Zalman y se marchó.
Con su repentina aparición, reb Zalman había creado su propia atmósfera,
desligada del ambiente general de la estación. En cuanto él llegó, toda la familia
empezó a sentirse más segura y como en casa, como si ya conocieran cada rincón. No
se atrevieron a moverse del sitio, tal como se les había pedido, porque seguir un paso
más ya era entrar en lo desconocido, lo distante, salir del entorno que él había creado
con su presencia.
—Bueno, ¿qué te parece un hombre como este? Se ha presentado justo en el
minuto previsto; ni siquiera, al segundo. Y eso le cuesta dinero y tiempo —comentó
reb Avrom Ber.
—Un hombre como pocos; es una persona decente e inteligente —asintió Réisele.
Reb Zalman regresó, agarró una maleta en cada mano y de ningún modo permitió
que Réisele llamara a un porteador.
—No gastemos el dinero. ¡Enseguida estaremos fuera!
Le dio una maleta a Mijael y otra más pequeña a Débora, mientras que Avrom
Ber y Réisele quedaron con las manos vacías. Todos ellos siguieron a Zalman, que
caminaba por delante. El conductor del droshky llevaba un número a la espalda sobre
una placa de estaño cosida a su guardapolvo azul abierto. Con una gorra de visera
lacada y el rostro curtido por el sol, les ayudó a instalarse, una vez que colocó las
maletas a su lado en el pescante. Réisele y Débora se sentaron en el banco de atrás y
Mijael enfrente, encajado entre Avrom Ber y reb Zalman (afortunadamente, ninguno
de los dos era demasiado grueso). El cochero se detuvo a pensar un momento, como

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si quisiera decir algo a los pasajeros, luego cambió de idea y subió al pescante.
Enseguida echaron a rodar sobre el irregular adoquinado.
¡Clip-clap! ¡Clip-clap! Llegaron al puente y entraron en él. Allí el pavimento era
más liso y se rodaba más rápido, pero enseguida se detuvieron, al igual que los demás
vehículos, y se formó una acumulación que parecía peligrosa: tranvías, automóviles,
camiones, droshkys, bicicletas, carros de campesinos, muchísimos carros de
campesinos…
¿Qué sucedía? ¿Por qué se habían detenido todos? Así como en la estación todos
tenían prisa, aquí esperaban inmovilizados.
—Fijaos en esto —señaló Réisele—: tanto correr en la estación como si cada
minuto valiera millones, y aquí todos quietos como postes.
—¡Es justamente lo que yo estaba pensando!
Aunque ¿qué le importaba a Débora que estuvieran parados, si a ambos lados se
veía el río Vístula, sobre cuya serena superficie, rojiza y lisa, se reflejaba el sol
poniente? De pronto, ese reflejo empezó a temblar y a moverse cada vez con más
fuerza, hasta parecía bailar. Débora oyó un silbido y un enorme buque a vapor con
ventanillas tan pequeñas que casi se hundían en el agua pasó deslizándose sobre el río
y cortando los saltarines rayos del sol. Una estela de espuma blanca se elevaba a
ambos lados del barco mientras varios barquitos como de juguete, que ella no había
observado antes, navegaban por sus flancos flotando sin ningún temor sobre el
inmenso río que parecía tener, a ojos de Débora, el ancho del mar. Entretanto, ya se
aproximaba otro navío.
—¡Vaya buque! —dijo a Mijael.
—¡Eh! ¡Es gigantesco! Aunque yo estaría dispuesto a viajar en él, incluso subido
a su parte más alta. ¡Y eso que es muy veloz!
Débora soltó una carcajada.
—¡Y mira lo que hay junto a las orillas! —exclamó Mijael.
Débora lo contempló: ¡Santo Dios, lo que había allí! Barcos a vapor y barcazas,
enormes pilas de maderas, ladrillos, hierros, cemento y gran cantidad de toneles, tan
grandes como no había visto en su vida. Y ¿sobre qué descansaba todo ese material
almacenado? Los barcos de vapor seguramente estarían anclados, pero todo lo demás,
¿sobre qué estaba soportado?
Al fin, los vehículos empezaron a moverse. No solamente el droshky en el que
viajaban, sino a la vez los de delante y detrás; se movían todos al mismo tiempo,
como si se hubieran puesto de acuerdo. Ya estaban rodando de nuevo y, tras cruzar el
puente, desapareció el Vístula.
—¡Ahora sí que estamos en la auténtica Varsovia! —exclamó reb Zalman—.
Bueno, ¿qué les parece? —preguntó en tono desafiante.
Todos respondieron que Varsovia era la ciudad más bella del mundo. Y reb
Zalman lo escuchó orgulloso. Aunque no quedó del todo satisfecho. Giró la cabeza
hacia el cochero y le preguntó:

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—Bonito shtetl Varsovia. ¿No es así?
—¡Bonito! ¡Bonito! —respondió en yiddish el cochero, algo molesto.
Débora lo miró sobresaltada, como si de pronto algo hubiera caído al suelo.
—¿Cómo? ¿Este hombre es judío? —preguntó a su madre, sin poder contenerse.
—Al parecer, sí —dijo Réisele, también sorprendida por su parte.
—Podría ser un gran estudioso del Talmud —dijo burlonamente Mijael, mientras
reb Avrom Ber procuraba darles una explicación.
—Nunca puede saberse. Incluso podría ser un buen judío. Quizá sea la vestimenta
la que le da un aspecto tan burdo.
—Tal vez sin ser judío conozca algunas palabras en yiddish —sugirió Débora en
voz alta. No podía creer que un judío pudiera tener ese aspecto.
—¡Judío, sí! ¡Judío soy! —intervino el propio cochero, que les había oído—.
Cuando se tiene que trabajar como un campesino para ganarse un miserable ingreso,
acaba uno transformándose en un campesino. ¡En un campesino se transforma! —
repitió en un tono airado, y fustigó la espalda del caballo como si tuviera la culpa de
todo.
—No desahogue usted su ira sobre el caballo —dijo Mijael—, aunque sea usted
judío.
—Suerte que el cochero no lo ha oído —dijo reb Zalman y se rio.
Débora era toda ojos. Giraba la cabeza a derecha e izquierda. Había tanto que ver
que no sabía cómo arreglárselas. Miraba acá y allá y le resultaba difícil decidir de qué
debía prescindir. Se frotaba los ojos de vez en cuando y abarcaba todo lo que podía.
Todo era nuevo y todo interesante. Mijael miraba fijamente frente a él ya que, tal
como estaba sentado, no le era posible dar la vuelta a la cabeza…
¡Vaya tráfago! ¡Vaya carreras! Todo el conjunto daba la impresión de un
permanente infierno donde los pecadores se veían obligados a dar vueltas sin cesar,
sin tregua ni descanso, dentro de un eterno caldero. Aunque Mijael pensaba: si el
infierno fuera una especie de Varsovia, él se lanzaría dentro con mucho gusto.
—Es como una gran feria en Yélejitz —pensaba Débora. No tenía tiempo para
hablar. Ya llevaban un rato viajando y ni los comercios, ni las calles, ni las personas,
ni la congestión del tráfico se agotaban. En todas partes había multitudes, en todas
partes había ruido, movimiento y agitación vital. Era una especie de proceso sin fin:
correr, apresurarse, perseguir, y todo ello, ¿hacia dónde? No se veía nada que
impulsara a una persona a detenerse o entrar en algún lugar; parecían perseguidos por
malos espíritus. ¿Dónde empezaba Varsovia y dónde acababa?
—¡Menudo shtetl! —dijo Réisele en voz baja, maravillada.
—¡Oh, sí, es una ciudad extraordinaria! —hizo eco Zalman con alborozo, como si
alguien acabara de entregarle un contrato según el cual todo Varsovia le pertenecía a
él en exclusividad.
—Tampoco Praga-Poludnie estaba mal —se atrevió a decir reb Avrom Ber.

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—¡Qué tontería! ¿Cómo se le puede equiparar a Varsovia? —exclamó reb
Zalman, hasta sintiéndose ofendido—. No hay comparación.
Reb Avrom Ber, sonriendo y con buen humor, replicó:
—¡Naturalmente, no está a la altura de Varsovia!
Reb Zalman se tranquilizó.
—Yo tenía la impresión de que Varsovia y Praga-Poludnie eran una misma ciudad
por el parecido entre ambas, —comentó Débora—. Habría jurado que Praga es
Varsovia, si papá no me hubiera explicado que donde acaba Praga empieza Varsovia.
Ahora veo realmente la diferencia.
—Son como dos gatos en un mismo saco —bromeó Mijael riéndose.
—Son dos sacos pero un solo gato —replicó Débora, y a reb Zalman le divirtió
ese intercambio de símiles.
—Le gusta esto, ¿eh? —le preguntó, lleno de orgullo y felicidad por haber sido él
y no otro quien trajo a Débora a su Varsovia.
—¡Que si me gusta!… —respondió ella embelesada, y reb Zalman se relamió de
placer, pensando: «¡Qué muchacha más simpática!».
De pronto, el droshky se detuvo y el cochero dio un ágil salto.
—¡Tal como soy judío que ya hemos llegado! No me había dado cuenta.
—¡Se le dijo el número 24!
—¡No grite tanto! ¡No soy sordo! —se enfadó el cochero con reb Zalman, y
tirando de la brida del caballo se detuvo en el número 26.
—¡Oiga, buen hombre! ¡Se le dijo a usted el número 24! —gritó reb Zalman.
—¡Ahí lo tiene! —refunfuñó el cochero, tiró de la brida hacia atrás y paró en el
número 24.
Mijael se abrió camino entre Débora y su madre, descendió el primero y empezó
a bajar las maletas. Todos ya estaban en la acera esperando a Réisele, a quien se le
había dormido una pierna. Mijael, encogido y con los miembros agarrotados tras el
viaje, ayudó a su madre como pudo para que, cojeando y con mucha dificultad,
alcanzara el portal. Como las maletas ya estaban en la acera, Débora agarró una de
ellas con una mano y con la otra un chal. Mijael revisó el interior del droshky por si
se hubiera olvidado algo.
Reb Zalman regateaba con el cochero, mientras este, mascullando algo, maldecía
bajo el bigote. Finalmente, tendió la palma de una mano casi de cuero, dio una
palmada con la otra, examinó de nuevo el par de guílders, escupió encima, los metió
dentro de su gran portamonedas, que luego embutió en el fondo del bolsillo de su
brillante pantalón protegido por el guardapolvo azul, ¡y se marchó con su carro!
—¡Mira a esta gente! —exclamó al lado de ellos una niña de unos doce años, de
trencita alborotada y con un abriguito deshilachado. Se dirigía a otra niña, pelirroja y
pecosa, que limpiaba su naricita respingona con la palma de la mano—. ¡Son unos
paletos de pueblo! ¡Vienen a vivir en nuestra casa!
Desde una tienda próxima también los estaban observando.

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—¿Sabe usted, Málkele? ¡Es el rabino, que larga vida tenga! ¿Qué dice usted a
eso? Para nuestro patio es un honor; lo afirmo como hija judía que soy —decía una
mujer de aspecto descuidado con una gastada peluca.
—¿Y qué se creía usted? Puesto que ahí vivo yo, tiene que haber de todo —dijo
Málkele, mirando a su alrededor y satisfecha con su ocurrencia. A continuación,
envolvió con un raído chal sus hombros estrechos y, con una jarrita de leche en la
mano, desapareció en el tercer portal.
—¿Y quién es esa pobre mujer, tan delgada? —preguntó una anciana refiriéndose
a Réisele, mientras palpaba un arenque. La tendera, sin responderle, la miró con ojos
enfadados—. Usted debería saberlo, ¿no?
—¿Cómo voy a saberlo yo? —replicó la tendera, malhumorada—. ¿Ha elegido ya
algo, en buena hora? No manosee usted los pepinillos. ¿De nuevo quiere comprar a
crédito? ¡Váyase al diablo! —Y hablándose a sí misma, después de que la anciana se
marchó—: Quizá me deba ya cuatro guílders. ¡Y encima se permite manosear! ¡Vaya
descaro!
Reb Zalman caminaba a buen paso por delante, con una maleta agarrada en cada
mano. La familia le seguía. Un portal los tragó a todos. Los escalones de piedra,
planos y grisáceos, estaban desportillados en algunos puntos. Los iban subiendo uno
a uno casi sin fuerzas. Se detenían para respirar y luego, jadeando, seguían adelante.
A punto de resbalar sobre cáscaras de pepinillos y otras verduras llegaron al fin ante
una puerta alta y marrón, la de su vivienda. Reb Zalman rebuscó en los bolsillos y
finalmente encontró la llave adecuada. Abrió la puerta de par en par.
—¡Ajá! ¡Aquí vale la pena vivir!
Reb Avrom Ber acercó una silla a Réisele para que se sentara.
—Bueno, ¿qué dices a esto? —le preguntó mientras miraba a reb Zalman—. A él
debemos estarle agradecidos. ¡Personas como él no abundan en el mundo!
No podía reprimir su gran entusiasmo, e incluso en presencia de reb Zalman lo
elogiaba. Él hizo ademán de rechazarlo con la mano aunque, feliz de oírlo, apenas se
mantenía en pie.
Todos se sentaron a descansar sobre maletas y sillas. A continuación, reb Zalman
salió y se llevó con él a Mijael. Al cabo de media hora regresaron, cada uno cargado
con un paquete en la mano, envuelto en papel marrón humedecido y con algunas
manchas. Se aproximaron a una mesa y unas sillas que no parecían de uso habitual.
¿De dónde las habrían sacado?
Mijael ayudó a reb Zalman a extender un vistoso mantel almidonado.
Alguien llamó a la puerta. Reb Zalman se apresuró a abrir y dejó entrar a una
mujer más bien rellena, de cuarenta y pocos años, con peluca rubia y brillante, bien
peinada y con un bonito alfiler en mitad del moño. Destacaban sus manos blancas, el
rostro liso y algo rosado con hoyuelos infantiles al sonreír, y en la boca los dientes de
oro.

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Reb Zalman le sonrió y ella se sonrojó como una niña, mostrando la dentadura.
También enrojeció su blanca papada. No sabía qué hacer consigo misma.
Réisele la saludó y la invitó a sentarse.
Lo aceptó agradecida, aunque algo nerviosa. Enseguida se levantó, le musitó unas
palabras a reb Zalman y comenzó a sacar platos de un cesto y a ponerlos sobre la
mesa. A continuación, entró en la cocina y regresó con una sopera de porcelana en la
que había un consomé de pollo y fideos que distribuyó entre los presentes. Luego
puso sobre la mesa el pollo, todo él dorado, con aspecto de haber vivido siempre así,
hervido. Además, trajo unos pepinillos, un sifón con agua de soda, pan y compota de
manzana. Finalmente, depositó en el centro un tintineante puñado de cubiertos de
plata y pidió a Réisele que, por favor, cuidara de que nada se perdiera.
—Cuando uno está de mudanza eso puede suceder —se justificó, sonriendo con
aire de culpabilidad.
Réisele se lo prometió. Aunque quiso agradecérselo, no encontraba las palabras
adecuadas, pues la mujer la había hecho azorarse a ella también.
—Muchísimas gracias —logró decir al fin.
—¡No hay de qué! —respondió la mujer, mientras delicadamente salía del piso.
—Es una vecina —dijo reb Zalman—. Son gente que está forrada de dinero, pero
muy buenas personas y extremadamente devotas. El marido es bastante buen
conocedor del Talmud, muy bondadoso y de mano generosa. Nadie correría riesgo de
morir por falta de un guílder suyo. Por desgracia no tienen hijos. ¡Lástima! —
exclamó con pena reb Zalman—. La mujer me había prometido que todo estaría listo
y cumplió su palabra. Aquí encontrarán ustedes muchos judíos de esta misma clase,
buenas personas. El judío varsoviano es especial —dijo reb Zalman, insistiendo en su
elogio…
—Por supuesto —asintió reb Avrom Ber, satisfecho y acariciándose la barba.
Reb Zalman se unió a ellos para la comida. Realmente, también estaba
hambriento. Al finalizar, todos pronunciaron la bendición de gracias por los
alimentos.
Ya había oscurecido cuando reb Zalman, antes de marcharse, quiso mostrar el
oratorio a reb Avrom Ber. Este regresó poco después y, al cabo de algunas horas, dos
grandes furgones se detuvieron junto a la casa. Contenían los enseres, que en poco
tiempo fueron descargados y subidos a la vivienda.
Mijael, pobre de él, se esforzaba queriendo montar algún mueble. Por fortuna, al
poco rato, se presentó el marido de la «buena» mujer, un hombre bajito, con un reloj
de oro sobre el abdomen, gabán gris con abertura por detrás, botas cortas y lustrosas,
y que al reír también exhibía, como su esposa, unos dientes de oro. Saludó a reb
Avrom Ber y le dio la bienvenida, tendió la mano a Mijael, y saludó a las mujeres con
un movimiento de su corta y ancha cabeza. A reb Zalman lo puso por las nubes y
prometió que, junto con él y otros judíos de la vecindad, se asegurarían de que nada
les faltara. A continuación se quitó el gabán, se subió las mangas bien almidonadas de

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la impecable camisa y se unió a Mijael en la tarea de montar las camas. Lo
consiguieron tras un duro y paciente trabajo. Luego, el hombre se puso de nuevo el
gabán, echó un vistazo a su reloj, dio las buenas noches y se marchó a su casa.
—Ya casi es media noche —les señaló desde la puerta.
A la mañana siguiente, ni Avrom Ber, ni Réisele, ni sus hijos podían creer que ya
había transcurrido la noche cuando, sorprendidos, oyeron a reb Zalman llamar a la
puerta.
—¿Ya es de día?
Se vistieron en un santiamén y lo dejaron entrar.
—¡Han dormido ustedes muy bien, al parecer! —bromeó reb Zalman—.
Tampoco yo me he dado cuenta de adonde se me fue la noche. Veo que los enseres ya
están todos aquí.
—¡Sí! ¡Bendito sea Dios!
—Este joven les montará todos los muebles —anunció reb Zalman. Todos
volvieron la cabeza. No se habían percatado de que con él había entrado un joven, de
rostro anguloso y moreno, que enseguida se alejó de la puerta y se puso a trabajar.
Reb Zalman permaneció en la casa hasta que todo estuvo totalmente en orden. El
joven carpintero, obligado a distribuir el mobiliario siguiendo las órdenes de reb
Zalman, lo maldijo en su fuero interno más de una vez. Finalmente ambos se
marcharon y, una vez más, la familia quedó instalada en un nuevo hogar; una vez
más, lo desconocido.
—Tan temprano por la mañana y ya están gritando —comentó Réisele.
—Ayer no se oía nada de esto —dijo Débora, sorprendida.
«¡Frescos béigueles! ¡Béigueles calientes!».
«¡Compro todo lo viejo! ¡Viejas polainas! ¡Viejos sombreros!».
«¡Vidriero! ¡Vidriero!».
«¡Bollos! ¡Bollos calientes!».
—¡Dios mío! Uno se puede volver loco aquí —dijo Réisele impaciente.
—Ya te acostumbrarás. Ni siquiera les prestarás atención —la consoló reb Avrom
Ber—. Reb Zalman ya me dijo que os lo advirtiera de antemano, para que no os
asustarais al oírlo, pero lo olvidé. Al fin y al cabo, se trata únicamente de unos judíos
que buscan ganarse la vida, ¿comprendes? —dijo reb Avrom Ber con un suspiro—.
Qué se le va a hacer. Ni siquiera en Varsovia faltan problemas.

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CAPÍTULO IX
UNA CONSULTA AL RABINO EN VARSOVIA

RESULTÓ que los judíos de Varsovia no se parecían en nada a como los había
descrito reb Zalman: «Un judío varsoviano —había dicho— con la misma facilidad
puede gastar dinero que ganarlo». Débora había pensado entonces que todos ellos
vivirían rodeados de riqueza o algo parecido. Pues bien, nada de eso. Ella ya llevaba
casi tres semanas en Varsovia y no podía salir a la calle. ¿Por qué? Por causa de un
par de guílders como ahora se verá. Estaba enfadada con los judíos de Varsovia.
Panna Rushka (la señorita Rushka), hija de reb Zalman y, según él, de la misma
edad que Débora, había ido a visitarles el primer sábado y le dejó bien claro que ¡en
Varsovia no se salía a la calle sin sombrero! «Esa es la ley que rige aquí», afirmó.
Débora decidió entonces quedarse en casa, puesto que de momento no había dinero
para comprar un sombrero, y además su abriguito ya estaba desgastado.
En una posterior visita para ver si Débora ya tenía sombrero, panna Rushka casi
se echó a llorar porque reb Zalman, sin darse cuenta, se dirigió a ella por su nombre
yiddish, Rújele, y encima, queriendo quitar importancia al asunto del sombrero, lo
agravó al afirmar: «Tú también salías sin sombrero hace ocho años, cuando
acabábamos de mudarnos de Zhulkovka a Varsovia; y ya eras una muchacha
crecidita, no debes olvidarlo».
Desde entonces, panna Rushka no había vuelto a poner el pie en la casa. Débora,
pobre de ella, se aburría en su soledad.
A Mijael, en cambio, le iba bien. No necesitaba sombrero y podía andar por allí
como quisiera. Y si su abrigo no estaba en muy buen estado, le daba igual. ¿A quién
le importaba? Además, ya se había hecho asiduo del oratorio de Krel, en la calle
Gnoina. Estudiaba un poco, se divertía otro poco, y el resto del tiempo paseaba por
las calles de Varsovia como lo haría un turista. A veces se perdía, pero luego se las
arreglaba para encontrar el camino de vuelta. ¿Qué más podía pedir?
Unos días después, sin embargo, Zalman llegó acompañado por un joven moreno
de ojos tristes, en cuya escuálida espalda la protuberancia de una joroba marcaba un
cerco con brillo sobre el gabán. Mijael acababa de peinarse los tirabuzones detrás de
las orejas, había cepillado el gabán y el sombrero, y estaba a punto de salir a dar uno
de sus paseos por Varsovia cuando reb Zalman le hizo ver que, en adelante,
acompañado por Iosef, el joven de la joroba, debería dedicarse a recaudar el dinero
que los cabezas de familia se habían comprometido a contribuir. Al parecer, no
convenía esperar a que ellos mismos lo llevaran al oratorio.

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—Aunque sus intenciones son buenas —razonó reb Zalman a Mijael—, algunas
veces se olvidan y otras no tienen el dinero encima, pero si uno va a reclamárselo es
diferente.
Mijael no se negó. Al contrario, vio en ello una oportunidad de conocer a muchos
varsovianos. Recorrer los patios, subir escaleras y recoger dinero le pareció una
buena ocupación, en cualquier caso más entretenida que quedarse sentado estudiando
el Talmud.
No siguió pensando esto mismo, sin embargo, durante mucho tiempo.
Al cabo de dos o tres semanas comenzó a toparse con la mala cara de las amas de
casa, con la ira de las criadas porque Iosef se resistía a creer que no había en ese
momento nadie en la casa, y otras veces simplemente con las puertas cerradas.
Tampoco subir escaleras resultó ser tan atractivo como él había imaginado al
principio.
Además, empezó a notar en el patio y en las escaleras un mal olor que se tornó
nauseabundo cuanto más avanzaban los días y la primavera iba aproximándose a su
fin… Por otro lado, los gritos en patios y calles se hacían cada vez más insoportables.
Los niños huían de sus humildes y estrechas viviendas y pasaban los días jugando en
el exterior y en las aceras de las calles. Alborotaban, producían ruido y daban rienda
suelta a unas vocecitas que ensordecían a los vecinos, ya de por sí bastante
vocingleros. Los gritos de los ropavejeros y los vendedores de béigueles al
promocionar sus gangas casi derribaban muros. Y no digamos la música: en cuanto
algún vecino ponía en marcha un gramófono, llegaba un mendigo con su propio
instrumento y tocaban a dúo. Lo mismo ocurría si se trataba de una mujer no judía
que arrancaba a cantar como un pájaro; ello bastaba para que se presentara otra,
vestida con harapos, que entonaba en yiddish alguna letanía femenina.
—¡Arrojadme algo por la ventana, judíos! ¡Tened piedad de una pobre viuda
enferma y con seis niños! ¡Arrojadme algo!
—¡Judíos misericordiosos, tirad algo para un lisiado! —Etcétera, etcétera.
Mijael ya estaba harto de todo esto y se negó en redondo a seguir acompañando a
Iosef. El pobre jorobado tuvo que continuar el trabajo solo, mientras Mijael se
dedicaba a pasear por la parte elegante de Varsovia donde crecían árboles y donde las
calles eran limpias y silenciosas; donde los cristales de las ventanas brillaban y se
veían macetas con flores, y donde las persianas bajadas en las viviendas lujosas
revelaban que sus propietarios habían viajado a su residencia de verano o al
extranjero.
Débora estallaba de ganas por salir a ver ese mundo de ensueño, que Mijael sí
tenía a su alcance y ella no, todo por culpa de un miserable sombrero.
¿Qué habría echado ella en falta, si hubiera sido un muchacho? Ya le dijo su
padre una vez, en Yélejitz, que una muchacha no necesitaba llegar a ser alguien al
crecer. Pero ¿por qué, al menos, no podían hombres y mujeres llevar las mismas

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ropas?, se preguntaba. Entonces habría podido vestir como quisiera, lo mismo que
hacía Mijael.
¡La solución, al fin, llegó! Resultó más fácil comprar un sombrero que reformar
las costumbres del mundo.
Era una mañana temprano. En la novena semana de estancia de la familia en
Varsovia, alguien llamó a la puerta. Débora la abrió y dio un brinco hacia atrás. A
primera vista le pareció haber visto al rebbe de R…, solo que con otras ropas.
—¿Está en casa el rabino, larga vida tenga? —preguntó un individuo de rostro
afeitado y rubicundo, con una barriga que empezaba a la altura del corazón, un
trasero sobre el que podría construirse una ciudad, y una voz como de varios
barítonos en coro.
—¡Papá está en el oratorio!
—¿Cuándo volverá a casa?
—Dentro de media hora.
—¿Tal vez podría esperarle aquí? —preguntó, con acento de yiddish varsoviano.
A Débora la cara se le volvió blanca como la pared. Temblorosa, lo condujo al
despacho rabínico. Le invitó a que se sentara. El hombre, con una gruesa mano
velluda, se subió la manga de la camisa hasta la ancha correa de cuero del reloj de
pulsera, comparó la posición de las agujas con las del reloj de oro que mediante una
pesada cadena, también de oro, colgaba sobre su vientre, y tomó asiento.
El sillón crujió bajo el enorme peso, como si sufriera. El hombre miró a Débora
con una picara mirada de buen humor y le preguntó:
—¿Tiene usted miedo?
—¡No! ¡Dios no lo quiera! Quiero decir, ¿por qué iba a tener miedo?
La miró de nuevo y dijo:
—¡Si tiene miedo, es mejor que me lo diga!
—Ni pizca de miedo —le aseguró Débora. A continuación se deslizó
sigilosamente hacia el dormitorio donde Réisele aún descansaba acostada en la cama.
En voz baja le susurró algo al oído acerca del visitante y del susto que le había
causado. Le pidió que se vistiera y entrara en el despacho.
Réisele la miró con desdén.
—¡No seas paleta! En Varsovia no deambulan caníbales por las calles. Más vale
que regreses enseguida porque es de mala educación dejar solo a un visitante.
—Pero mamá, un gigante como este seguro que no lo has visto en tu vida. Es aún
más grande que el rebbe de R…
Réisele se rio en voz baja.
—Vamos, vuelve allí, boba.
De nuevo en el despacho, Débora se aproximó a la estantería de libros, enderezó
algunos de ellos, quitó el polvo del escritorio y puso orden en los papeles
desperdigados que su padre la noche anterior, por lo tardío de la hora, no había
arreglado. Buscaba ocupación con tal de no mirar al personaje, sentado sobre la silla

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que crujía. Por suerte, Avrom Ber había olvidado llevar consigo el taled y las
filacterias y regresó antes de lo esperado.
—¡Buenos días, rabino! —exclamó el hombre. Con marcado respeto dio un
brinco, y de la silla escapó un ronco gruñido.
—¡Buenos días! —le respondió Avrom Ber, también él intimidado—. ¿Qué tiene
que decirme de bueno? —le preguntó, evitando mirarlo.
Lo invitó a sentarse y, como si se hubiera arrepentido de haber desviado la
mirada, ahora lo miró directamente a los ojos. Su afabilidad hizo el milagro de que el
hombre se sintiera próximo a él, como ante un hermano, y a la vez tímido como ante
un padre cuando se sabe que se ha cometido una falta.
«¡No te dé vergüenza! A mí me lo puedes contar todo —parecía decir la barba de
reb Avrom Ber y lo confirmaban sus ojos…—. Al fin y al cabo, no somos todos más
que personas y debemos comprendernos mutuamente y perdonarnos. Sí,
perdonarnos».
En consecuencia, el hombre, jefe de una banda de ladrones en cierto barrio de
Varsovia, se sintió conminado a abrir su voluminoso corazón. La expresión del rostro
de reb Avrom Ber era estimulante y el visitante se dispuso a hablar… Cierto que le
habría sido más fácil empezar si hubiera podido abrirse el cuello de la camisa que lo
ahogaba.
Sí, lo iba a contar todo. No excluiría nada. Pero ¿por dónde comenzar? De nuevo
echó una mirada a su anfitrión, carraspeó, introdujo el pañuelo blanco en el ancho
bolsillo de su pantalón y decidió que abordaría el asunto de modo indirecto.
—¡Humm…! ¡Venerable rabino! ¡Quiero plantearle una consulta relacionada con
la Ley judía!
—Bien, ¡adelante! —respondió reb Avrom Ber con buen ánimo, satisfecho de que
un personaje como aquel quisiera tal cosa. «Nunca sabe uno valorar realmente hasta
dónde puede llegar un alma judía», pensó.
—El asunto es este —comenzó el individuo, intentando hablar en voz baja,
aunque cada una de sus palabras se podía oír en el dormitorio de Réisele—. ¡Yo soy
judío! Judío, ¿usted comprende, rabino? Judío de verdad. En mi casa se respeta el
kosher como en cualquier otra. Los «chicos» no cruzan el umbral de mi casa. Ni
siquiera aunque enfermaran del cólera los dejaría yo entrar. Y los mataría si tocaran a
un hijo mío o simplemente me ocultaran algo.
»Muchachos, les digo, ¡debéis saber que mi nombre es Berl Fass! ¡Y con eso
basta! Ellos saben que yo no pretendo tomar nada de lo suyo y ellos tampoco nada de
lo mío. Puedo jurar por cada uno de ellos y por su honradez: entregan hasta el último
groschen, y si uno me dice que obtuvo tanto y no más, lo creo porque yo sé que son
honestos. Una palabra suya es una palabra. Ahora bien, ¿qué podemos hacer cuando
el destino manda que una desgracia penetre en nuestra propia casa? Ya puedes haber
echado los dientes en este maldito oficio; nadie podrá decir de mí que soy un primo,
pero, en fin, usted comprenderá que no siempre se puede ser buena persona.

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»Resulta que debía llegar cierta mercancía de la provincia, e inesperadamente —
ya que se trataba de mercancía, al fin y al cabo, y no de unas chicas a las que puedes
dejar deambular por las esquinas— había que ponerla a buen recaudo. Total, solo
durante un par de días, hasta que zarpara el barco. Puesto que no había ningún lugar
disponible para ocultarla y había que tener mucho cuidado, la almacené
temporalmente en mi casa. ¿Qué podía hacer? Hay que ganarse el pan, y en estos días
la larga mano de los de allá arriba es severa: ya no se puede untar a la policía con
unos pocos groschen como en épocas pasadas. Ellos mismos lo dicen con claridad:
exigen que se les pague como es debido o, en caso contrario, se permitirán
comportarse como policías honrados. Por tanto, ¿qué se puede hacer en un caso como
este? Se intenta, hasta donde resulta posible, llevar a cabo la cosa en silencio y no
tener que depender de sus favores.
—¿Y cuál es la consulta relacionada con la Ley judía? —preguntó reb Avrom
Ber, que no lograba entender ni una palabra y lo miraba sorprendido y picado por la
curiosidad.
—¡Enseguida va a oír usted qué desgracia me ha golpeado! Mi socio es un tipo
joven y apuesto, cuyo trabajo es ocuparse de las chicas. Un joven de porte
excepcional. Todas se vuelven locas por él. Alto y esbelto como un pino, tiene el
cabello negro, un bigotito, usa un bastoncillo y ejerce su encanto como si fuera, al
menos, un aristócrata. A ellas las caza como si fueran moscas. Bueno, pues
precisamente a mí me tocó la desgracia. Mi estúpida hija también cayó en sus redes,
se «prendó de él», y cuando mi yerno, su marido, se enteró del asunto, porque el
mismo joven —maldita sea su estampa— presumió ante él, decidió que no quería
saber nada de ella: un divorcio y ninguna otra cosa. Y ahí la tienes, ya preñada. El
marido dice que no cree que el niño sea suyo y no quiere seguir viviendo con ella. Y
de nada sirve hablar con él ni amenazarlo. Hace menos de un año que invertí en él
una fortuna, pues quería tener un yerno decente y respetable. Y ahora estoy metido en
el fango hasta el cuello —y lo demostraba poniendo una mano bajo el mentón—,
pero quiero que al menos mi descendencia no se enfangue también.
»Bueno, ya ve usted. Cuando el destino lo quiere, no sirve de nada la buena
voluntad, ni siquiera al precio de tu vida. ¡Puta! —le grito—. ¿Qué me has hecho?
¿Por qué me has hecho tan desgraciado? Ella no me responde, pero ver su aspecto te
rompe el corazón. Al fin y al cabo, es sangre de tu propia sangre.
»El maldito joven no había querido más que hacerle una trastada a mi yerno,
porque este es arrogante y se mantiene a distancia de él y de toda la banda. Pero de
paso, me hizo desgraciado a mí. Es verdad que le he dado una paliza que lo he hecho
picadillo y, en cuanto salga del hospital, mis chicos acabarán con él. Tan cierto como
que soy judío, le aseguro que vivo no va a escapar de mis manos. Pero mientras tanto,
¿qué hacemos? El otro majadero insiste en el divorcio. De acuerdo: ¡que haya un
divorcio, y por mí que se vaya al diablo! Pero el niño ¿qué culpa tiene? ¿Por qué
debe, pobrecito de él, convertirse en huérfano de dos padres vivos?

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Reb Avrom Ber sintió un deseo incontenible de escupir ante tanta palabra
blasfema y de mostrarle la puerta al personaje. Pero, en primer lugar, le tenía miedo,
y además, al fin y al cabo, por obligación tendría que ocuparse de que ambos
hombres se divorciaran de la muchacha, lo cual no era poca cosa. Aunque no había
entendido bien todo aquello de la «mercancía», «los chicos», etcétera, sí entendió
muy bien la «escandalosa» vileza que la hija había hecho a su padre. ¡Y, además, una
mujer casada, Dios nos guarde! Se sentía asqueado.
—¿Qué edad tiene el niño? —preguntó, por olvido.
—De momento, el niño no tiene edad, pero mi hija lo espera cualquier día de
estos. Lo que quisiera saber, venerable rabino, es si en el caso de que sea varón se le
podrá circuncidar sin contar con el padre.
—¡Naturalmente! De hecho, es obligado hacerlo. Pero de momento, su hija debe
divorciarse de ambos hombres —sentenció reb Avrom Ber—. Divorciarse
inmediatamente, ¿me oye usted? Prohibido esperar.
Berl Fass se puso en pie bruscamente. Como un buey herido, gruñó y exhaló un
profundo y sonoro suspiro.
—Venerado rabino, yo quisiera que sea usted quien divorcie a mi hija de los dos
asquerosos yernos míos.
Avrom Ber reflexionó.
—Vuelva a verme, junto con su hija y su yerno, dentro de cuatro días. Yo
mientras tanto prepararé todo, mandaré al escriba componer el acta de divorcio y
después le diré cuándo debe usted venir con el otro.
—¡Muchas gracias, rabino! ¡Muchísimas gracias le doy! ¡Que Dios le guarde de
similares desdichas! —le deseó el personaje, y salió mientras a sus ojillos asomaban
dos gruesas lágrimas.
Reb Avrom Ber, visiblemente alterado, dio varios paseos por la casa. ¡Qué
abominación! ¡Una muchacha judía! No lograba sobreponerse. Además, la idea de
verse obligado a oficiar esos dos divorcios le producía náuseas, pero negarse le estaba
prohibido por varias razones. En primer lugar, era su deber como rabino, una vez que
se habían dirigido a él. Por otra parte, también se trataba de su medio de vida. Y
finalmente, ¿acaso se atrevería a oponerse a ese individuo que alardeaba de que, pese
a ser «buen judío», se dedicaba a robar? «No hay duda de que existen toda clase de
buenos judíos en el mundo», pensó y, aunque se contuvo para no romper a reír, una
leve sonrisa le asomó entre la barba y el bigote.
—¿Quién ha estado aquí tanto tiempo? —le preguntó Réisele.
—Un hombre que quería plantear una consulta relacionada con la Ley judía.
—¿Y por qué ha estado gritando tanto tiempo?
—¡Bah, no fue nada! —respondió Avrom Ber con un gesto de la mano, dando a
entender a Réisele que no quería contárselo en presencia de Débora.
Más adelante le relató toda la historia y se lamentó de las costumbres en Varsovia.

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—Es una historia que puede suceder solamente en una gran ciudad como esta. En
un pequeño shtetl no se oiría hablar de tal barbaridad, Dios nos guarde.
—¿Y cómo es que se dirigió precisamente a ti? —preguntó Réisele, sorprendida.
—¡Quién sabe! Tal vez alguien lo envió. Es un asunto realmente desagradable —
dijo Avrom Ber con un suspiro, y se justificó exponiendo las razones por las que
aceptó el caso.
—Lo que no se comprende es que un personaje de esa calaña quiera cumplir con
la Ley —dijo Réisele, estupefacta.
—¡Misterios, misterios! Con todo, es un alma judía y, por lo que se ve,
descarriada. El desdichado de él no encuentra reposo —le explicó reb Avrom Ber,
esta vez ya con el taled y las filacterias en la mano, y salió hacia el oratorio.
Cuatro días más tarde se presentó de nuevo el tal Berl Fass. Con rostro
demacrado, en ese poco tiempo había perdido mucho peso. Parecía más pequeño y la
barriga también se le había reducido. Arrastraba a su hija detrás de él, una joven de
no más de veintidós años, de semblante redondo y pálido, ardientes ojos negros,
labios carnosos y una pequeña nariz achatada. Llevaba sombrero y se la podría tomar
por hija de un buen judío; hasta ese punto tenía buen aspecto. Detrás de ella iba su
madre, una mujer en la cuarentena, de nariz puntiaguda, el rostro sembrado de pecas,
los ojos llorosos y los dientes deteriorados.
Reb Avrom Ber cerró su libro de Guemará e invitó al personaje a sentarse. Unos
minutos más tarde llegó el escriba acompañado por Suskind, el encargado del
oratorio. Ocasionalmente ahora hacía de ayudante de Avrom Ber. Suskind colocó un
banco de madera contra la pared, enfrente de la mesa, e invitó a sentarse a las
mujeres. Al cabo de diez minutos llegó el marido, un hombre alto, con la cara
afeitada aunque oscurecida por la negritud del cabello. Saludó a los que estaban
sentados a la mesa e intencionadamente eludió al suegro y a las mujeres sentadas
enfrente. No se habló mucho, porque no había lugar para intentar hacer las paces
entre ellos. Él no quiso sentarse y daba constantes paseos por el despacho. Parecía
muy amargado. Se notaba en él un gran esfuerzo por mantener la sangre fría, pero el
fuego que ardía en sus ojos revelaba un fuerte nerviosismo, tormento y rabia. Su
esposa se mantenía tranquila; la madre, sin embargo, no paraba de sollozar y sonarse
la nariz enrojecida, de cuya punta colgaba una persistente gota, como una lágrima en
equilibrio inestable.
Las partes adversas se separaron. El padre, ya al lado de la puerta, le dijo a reb
Avrom Ber que al otro hombre lo traería en cuanto saliera del hospital. Una vez que
pagó al escriba y al ayudante, dejó en la mano de reb Avrom Ber un total de cuatro
rublos. Esto no le había sucedido nunca: que por un divorcio le pagaran nada menos
que cuatro rublos.
Algunas semanas más tarde, se presentó el socio con la cabeza vendada y
ayudándose con un bastón, pues padecía una leve cojera. La esposa, que entretanto
había parido, más pálida que la vez anterior y más delgada, llevaba un traje negro

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ceñido que le daba aspecto de una jovencita. La madre no acudió; solamente Berl
Fass, el padre, que en esta ocasión parecía muy vivaz. En sus hundidos ojillos
destellaba un fulgor triunfal. Al lado de la puerta se apostaron dos tipos fornidos. Uno
de ellos, todo el tiempo con las manos metidas en los bolsillos; el otro, un hombre
moreno, de piernas cortas y hombros excepcionalmente anchos. Una y otra vez
recordaba al primero que dejara de silbar. Este, al poco tiempo lo olvidaba, luego se
daba cuenta y de nuevo se abstenía de silbar.
—¿Ve usted, rabino? ¡Este es él, el sinvergüenza! No quería venir. Decía que para
él, ella le valía tal como está ahora. Pero le obligué a aceptar mi punto de vista, y más
cosas que tendrá que aceptar antes de que lo meta bajo tierra. ¿Ve usted a esos dos
tipos al lado de la puerta? Con ellos puedo contar.
Reb Avrom Ber acababa de fijarse en ellos.
—Siéntense —les invitó.
Los dos tipos intercambiaron una mirada. Apenas lograban aguantar la risa. En
cuanto al socio, de vez en cuando lanzaba una furtiva mirada, desde debajo de la
venda, a la pálida mujer que no podía contener las lágrimas. Él hacía lo que le
mandaban, ¿acaso tenía elección? Cuando terminaron todas las formalidades, Berl
Fass se enjugó el rostro con el pañuelo y dirigió una sonrisa triunfal a los dos tipos al
lado de la puerta. Estos cruzaron entre sí una mirada de complicidad y le
respondieron con picaros guiños. Todo estaba en orden.
—¿Ve usted, rabino? ¡A mí, cuando estoy contento con un trabajo, el dinero no
me importa en absoluto! Tome usted, ¡diez rublos! Tal como soy judío, ni un
groschen menos —exclamó como si alguien estuviera regateando con él y exigiendo
precisamente menos. Con el dinero aún en la mano, dio tal golpe sobre el escritorio
que los muebles de la casa temblaron.
—¡Buen día tenga usted, rabino! —gritó a continuación.
—¡Buen día!
Berl Fass agarró a su hija por la mano.
—Ven aquí, pájara —dijo, mientras ordenaba a los matones—: ¡Agarradlo!
Los dos individuos sacaron al socio vendado fuera de la casa.
Reb Avrom Ber miró alrededor de su despacho, como si quisiera de nuevo
convencerse de que ya no había nadie. Sintiéndose al fin libre, suspiró.
—Rabino, ha olvidado usted el dinero encima del escritorio —gritó detrás de él
Suskind, cuando Avrom Ber se puso en pie y se dirigía a la habitación de Réisele. El
ayudante le llevó el flamante billete de diez rublos y se lo entregó. Sus ojos brillaban
como los de un gato cuando ve a un ratón. Reb Avrom Ber le dio su parte, tras
rebuscar en los bolsillos, y Suskind se marchó doblemente contento, porque ese
mismo día tenía que atender el aniversario de una defunción…
—¿Ya lo has dejado atrás? —preguntó Réisele.
—Sí, ¡alabado sea Dios!
Réisele observó el billete de diez rublos, todavía en la mano de su esposo.

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—¿Cómo? ¿Diez rublos te ha dado?
Reb Avrom Ber puso el billete sobre el sofá, al lado de Réisele, y trató de
justificarse:
—Tal vez no debía haber aceptado tanto, pero sencillamente estaba asustado. Hoy
era un hombre algo diferente al del otro día y en verdad sentí miedo.
—Un canalla como ese nunca se ha visto —dijo Réisele.
—Que Dios bendito nos guarde y nos proteja, y que el pan de cada día nos lo
proporcione por otros medios, no tan ruines como este —suspiró Avrom Ber alzando
la mirada al techo.
Regresó a su despacho y allí Débora le llevó un vaso de té. Él la miró con ternura
y le pidió que pusiera un poco de orden en su escritorio. Débora limpió las cenizas,
colocó las sillas en su lugar y barrió el suelo del despacho.
—¡Eres una hija magnífica, Débora! ¿Tal vez traerías otro vasito de té?
Débora se lo trajo. Avrom Ber, de pie y de cara a la pared junto al atril, abrió el
libro de Guemará y en él encontró sosiego.

Débora pudo así finalmente adquirir un sombrero. Ya no se veía obligada a quedarse


encerrada en casa y a esperar a que Mijael se dignara a contarle toda clase de
inventos suyos y detalles que incitaran su curiosidad.
Llegado el shabbat, después de la comida del chólent, no se fregaban los platos ni
se hacía ningún trabajo. Tras despejar la mesa y pasar la escoba en un santiamén,
Débora ya se quedaba libre. Y especialmente para esta ocasión, cuando iba a estrenar
un nuevo vestido y un sombrero bonito y favorecedor, como había reconocido la
propia panna Rushka. Prometió venir a recogerla ese sábado para llevarla de paseo
por la «auténtica Varsovia», como la llamaba Mijael. En el corazón de Débora la
sensación festiva era aún más notoria que la que revelaba su atuendo. Llamaron a la
puerta y era panna Rushka.
—¡Hola! Buenos días. Siéntese.
—No es necesario. Puedo estar de pie —dijo panna Rushka, y se sentó—. No se
moleste por mí. Acabo de tomar el té.
—Entonces, tome al menos una fruta —le rogó Débora mientras se ponía el
sombrero ante el espejo, no exactamente como panna Rushka le había enseñado a
hacerlo cuando lo compraron.
—Mejor así, ¿ve usted? Le va mucho mejor —dijo su amiga, mientras le
inclinaba el sombrero hacia un lado.
Débora bajó las escaleras en un vuelo y con el corazón palpitante de exaltación.
Panna Rushka apenas lograba mantener ese ritmo al caminar. Débora se dio cuenta
de que iba demasiado rápido y ralentizó los pasos. Casi no conseguía ocultar, ni un
poco, su temblorosa excitación ni la emoción que, como el azogue, resbalaba por su
interior.

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El sol brillaba como si lo hiciera por encargo. La calle estaba llena de vida.
Por las aceras abarrotadas paseaban las parejas y se empujaban entre sí
abriéndose paso: muchachas con novio y otras sin él; algunas acompañadas por
muchachos jóvenes con gabanes largos, pequeños gorros modernos y zapatos
lustrosos, y otras por hombres con chaquetas cortas, pantalones largos y polainas,
cuellos almidonados, pecheras y puños que no parecían de papel, y una gorra en lugar
de sombrero. Había mujeres con marido y otras sin él, mujeres delgadas y mujeres
gruesas, y tampoco faltaban adolescentes que también se abrían camino entre la
multitud, escapando de las miradas de la familia, en dirección al Jardín de Bagatela.
En los Jardines Sajones solamente podían entrar los hombres vestidos de corto, a la
europea, que gozaban de un privilegio otorgado por el zar, y allí se paseaban
libremente como si no fueran judíos.
Los artesanos judíos, en cambio, paseaban por el Jardín de Krasinski. Y también
por las calles; ¿acaso era malo pasear en el shabbat? Puesto que no había necesidad
de trabajar y tampoco se exigía dinero por ello; puesto que se era libre y se tenía
comida para todo el día, ¿quién notaba los malos olores, a quién le importaba el
polvo, o los adoquines desgastados y puntiagudos que hacían torcerse los pies?
Estaban tan acostumbrados a todas esas cosas que sin ellas no se habrían sentido en
casa.
Débora había llegado a conocer tan bien esta calle, por haberla contemplado los
sábados desde la ventana durante largo rato, que cada rostro, cada niño y cada
adoquín le parecían ya vistos. Con los ojos cerrados los habría reconocido. Incluso las
muchachas con pañuelos de colores en forma de triángulo a la espalda, nunca con
sombrero y siempre frescas y sonrosadas, que también paseaban por las aceras
cualquier día de la semana, ahora en el shabbat le parecían también festivas.
Con las mejillas repletas de savia, Débora, rebosante de felicidad, se
entusiasmaba por hallarse donde hasta entonces no había podido estar.
Inesperadamente se topó con la vendedora de vino de peluca rubia, la misma que,
cuando iba a su casa a plantear una consulta al rabino, siempre llevaba un paquete
bajo el abrigo y, floreciente como una rosa, murmuraba secretos al oído de Réisele.
Luego, cuando el contenido de su paquete recibía la aceptación como kosher,
exclamaba con alegría: «¡Bendito sea el Señor!» mientras Réisele pensaba que era
una idiota…
—¡Enhorabuena por el nuevo vestido, Débora! ¿Qué tal está su mamá?, etcétera,
etcétera. Débora, impaciente porque terminara su cháchara, se deshizo finalmente de
ella.
—¿Sabe usted? Ya estamos en la calle Krulewska —comentó su amiga.
—¡Es una calle preciosa! —dijo Débora—. Limpia como el oro.
—¡Eso aún no es nada! ¡Ahora vamos a entrar en la calle Marszalkowska y ya
verá! Ahí la tiene. ¿Qué me dice usted de esta calle? —preguntó panna Rushka con
orgullo.

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Débora no encontraba palabras. Todo le bailaba ante los ojos. En los grandes
escaparates de los comercios, al reflejo de los rayos del sol, destellaban con luz
dorada las anchas bandas de tejidos de crêpe de chine, encaje, batista transparente,
tan ligeros que parecían telarañas, colgadas sobre unos altos pedestales de terciopelo.
También largas tiras de satén, de seda, de muselina, se mantenían en equilibrio por sí
solas en el aire. ¿Quién podía vestirse con telas como esas? No se veía a nadie que
entrara a comprar. Había también comercios que exponían flores, joyas, objetos de
arte, cuadros y todo bellísimo, todo magnífico, todo atraía la vista. No se podía dejar
pasar ninguno sin detenerse a mirarlo. El brillo podría dejarte ciego.
¡Qué tráfico incesante! ¡Qué cacofonía de bocinas, de ruidos de automóviles, del
clip-clap de herraduras de brillantes caballos que arrastraban carruajes de lujo, del
paso rápido de droshkys, bicicletas! ¡Cielo santo, cielo santo, qué bullicio había allí!
Débora no pronunciaba palabra. No podía mirar bastante, saciar suficientemente
sus sedientos ojos. Ahora se daba cuenta de que Mijael no exageraba en nada, de que
todo era aún más hermoso de lo que él había contado.
Al oscurecer, el espectáculo sobrepasó realmente todas las fantasías de Débora.
Las luces de las tiendas comenzaron a encenderse simultáneamente y los artículos
adquirieron un tinte mágico. Las lámparas en las farolas a ambos lados de la calle
eran como dos largos collares de perlas luminosas. Débora contemplaba los anuncios
intermitentes de salas de cine y de las cafeterías, que durante el día no había notado.
Los rótulos y los carteles incluso afeaban la escena con unas imágenes que
introducían lo ordinario, así como también añadían cotidianidad las multitudes que
salían de los jardines, llenaban las anchas aceras y pululaban, como abejas alrededor
de la miel, junto a los comercios que iban cerrándose uno tras otro. En algunos de
ellos la luz solamente se había reducido, mientras que en otros la habían apagado del
todo. El aspecto de las calles cambió por completo. La armonía se disipó. Débora, sin
embargo, no dejaba de admirarse de la belleza de la calle Marszalkowska.
—¿Sabe usted? Aquí todo es más hermoso de lo que me había contado mi
hermano.
Panna Rushka, complacida, comenzó a mencionar nombres de tiendas y artículos.
—La tienda de Herz, ¿la ha visto usted? ¡Ah! ¿No? ¡Pues aquí está!
Débora vio únicamente el nombre en las elegantes persianas ya bajadas.
—Siempre cierran así el escaparate por la noche. Tenía usted que haberlo visto de
día —Panna Rushka describió y elogió las maravillas de esa tienda—. Y los Jardines
Sajones, ¿los ha visto?
—¡No!
—Si quiere, mañana puedo acompañarla. Verá cómo las damas ricas se pavonean
en su paseo. Allí no permiten entrar a los hombres con negros gabanes largos ni a las
muchachas sin sombrero. ¿Usted puede salir de casa cuando quiera?
Débora se quedó pensativa. No lo sabía.
—¡Yo sí puedo! —dijo triunfalmente panna Rushka.

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—Seguramente tampoco a mí me lo impedirá mi madre. En cualquier caso, venga
usted a mi casa mañana.
—Mejor venga usted a la mía.
—Es que aún no conozco el camino —hubo de responder Débora, obligada a
recordar que seguía siendo una pueblerina.
Se despidieron. Débora quiso ocultarle al menos que ni siquiera conocía el
camino a su propia casa. Deambuló por las callejuelas que ahora le parecían,
comparadas con la calle Marszalkowska, realmente oscuras. Preguntó en su
macarrónico polaco a varias personas y, sin comprender del todo las respuestas, se
desvió a la derecha, luego a la izquierda. Finalmente, cuando creyó que ya nunca se
las arreglaría, dio otro giro a la izquierda y se vio en su propia calle.
—Bueno, ¿lo has pasado bien? —le preguntó Réisele con una sonrisa, al ver
cómo Débora miraba a su alrededor, como si no reconociera la habitación de la que
había salido unas horas antes.
Esas pocas palabras de su madre alegraron a Débora. Ahora no había duda de que
estaba en casa. Corrió hacia ella llenándola de besos y abrazos.
—¡Ay, mamá! Tenías que haber visto qué calle. ¡Qué belleza! ¡Y está tan cerca! A
dos pasos de aquí. Mijael me contaba tanto sobre ella que pensé: sabe Dios dónde
estará.
—¿Y qué imaginabas? ¿Que una calle tiene que estar lejos para ser bonita? —
llegó la voz de Mijael desde atrás de una cortina de ventana—. Una calle es como una
muchacha. Si anda mal vestida parece fea como un demonio. Pero si tiene dinero, se
compra un vestido nuevo y un sombrero, su aspecto es el de una persona refinada.
Débora acababa de darse cuenta de que Mijael estaba allí.
—Y la calle del Nuevo Mundo, ¿la has visto? ¿Y la del suburbio Cracovia? Y los
bulevares Ujazdowskie, Jerozolimskie, ¿las has visto? —Mijael no se quedaba corto
—. ¿No? Entonces aún no sabes lo que significa hermosura. ¡Ah! ¡Pero todo aquello
no está tan cerca! Las piernas te empezarán a flaquear antes de que llegues allí
caminando.
—Vamos, Débora, cámbiate de ropa y prepáranos un vasito de té —pidió Réisele.
Débora no se movió. No le apetecía vestirse de nuevo como el ama de casa de
cada día. Su estado de ánimo era demasiado festivo como para ponerse a avivar el
fuego en el carbón del samovar.
De nuevo cruzó por su mente el pensamiento de que no era justo que su madre le
exigiera a ella cambiarse de ropa, precisamente para preparar el té, cuando Mijael
podía realizar igual de bien esa labor.
Sin embargo, recapacitó: la habían mimado y vestido tan bien que no dijo nada,
se cambió de ropa y atendió el samovar.
Reb Avrom Ber entró en la casa radiante y sonriente como de costumbre. No
parecía molestarle que él ya hubiera acabado. Para él ese día era como un querido
invitado, cuya llegada siempre recibía con alegría. Pero no solamente lo respetaba y

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lo disfrutaba en su comienzo, sino también al finalizar. En ese momento, lo primero
que ya echaba de menos era su vasito de té caliente ya que el samovar no lo
encendían durante el sábado, pero también la bendición de la havdalá, y de la nueva
luna cuando correspondía, lo mismo que la última comida de cada shabbat, que solía
celebrar invitando a casa a algunos conocidos.
—¡Buena semana tengáis! —saludó al llegar—. ¿Me preparas un vasito de té,
Débora? Muy amable por tu parte, pues la verdad es que lo necesito. Tal vez los
amigos que me acompañan también lo querrán.
Se frotó las manos y volvió a entrar en su despacho con los acompañantes.
Débora secó bien los vasos, los llenó y los puso sobre la bandeja.
—Mijael, entra tú también al despacho y de paso participarás en la última comida
del shabbat, en vez de estar aquí pegado a mí —dijo Réisele.
—En el invierno sí lo hago, mamá. En invierno vale la pena unirse a la comida de
un buen trozo de asado, una sopa de cebada y un poco de borsch de remolacha. ¡Pero
hoy no! Detesto que me inviten a una cola de arenque.
—Menudo sinvergüenza estás hecho —se enfadó de buen humor Réisele.
Al día siguiente, se presentó panna Rushka. A Débora, su madre no le impidió
salir a pasear.
Le encantaron los Jardines Sajones. En su vida había visto muchos árboles,
muchos céspedes y flores, pero nunca un jardín tan cultivado y tan cuidado. Las
numerosas filas de flores multicolores que a pesar de la variedad armonizaban tanto
entre sí; los hermosos y vetustos árboles en los senderos estrechos y oscuros, todo era
muy hermoso y al mismo tiempo parte de la gran ciudad. La impresión que recibió
fue completamente distinta a la del día anterior. La belleza en el interior de ese jardín,
en lugar de excitar, calmaba los nervios. La gente caminaba despacio, sosegada,
como si el tiempo no le importara. Las prisas, los alborotos de la calle, allí no
existían.
Las parejas, vestidas para el día de fiesta, deambulaban con calma, y el modo en
que caminaban enlazadas no dejaba entrever ninguna ausencia de concordia interna.
Había señores de avanzada edad sentados en bancos y leyendo periódicos, fumando o
puliendo sus gafas. Los niños se perseguían y no obedecían a las niñeras, ni tampoco
a los soldados que las acompañaban. Se reían de ambos.
En la calle Marszalkowska, a la que salieron a continuación, comprobaron que en
el domingo todo era diferente. El brillo era más apagado, la calle más desierta, con
casi todos los comercios cerrados y las persianas bajadas. Iban y venían damas y
caballeros ya mayores, con el libro de oraciones bajo el brazo, el rostro serio y
devoto. Todo su aspecto era acorde con la fiesta religiosa e incluso los estudiantes
cortejaban con mayor discreción a las muchachas. Los rótulos parecían haberse
encogido y los anuncios luminosos no tenían movimiento, excepto algunos acá y allá
que tampoco destacaban, o muy poco, a la luz del día. Incluso los droshkys

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estacionados en fila parecían respetar el reposo en ese día. Descansaban. Nadie los
utilizaba.
—Señorita Rushka, ¿tal vez querrá ir a visitar un poco los bulevares? —preguntó
Débora, al estilo varsoviano.
—Hoy no. El sábado si usted quiere iremos allí. Hoy no hay nadie. El sábado, sin
embargo, se está muy przyjemne (en polaco: «agradable») allí.
Aceptado. Irían el sábado, ¿qué elección había para Débora?

Poco a poco se fue adaptando a la vida de Varsovia. Ya ni siquiera era consciente de


ello. Con el tiempo todo se volvió cotidiano, familiar, evidente y sencillo. Nada le
sorprendía ni le causaba una impresión especial. La calle Marszalkowska se le hacía
menos fantástica cada semana que pasaba. Los mendigos, hombres y mujeres, que
pedían limosna en las escaleras de la iglesia, dejaron de atormentar la mente de
Débora y apenas la movían a compasión. Casi ni los miraba, excepto cuando tenía en
el bolsillo unos copecs y podía permitirse donárselos.
En casa de reb Avrom Ber la vida fue adquiriendo cierto orden, y él cada vez
mayor reputación. Los judíos se acostumbraron a acudir a su despacho para consultas
y arbitrajes rabínicos, y también a pagar con más regularidad los pocos copecs de sus
honorarios. Ya casi no había de qué quejarse.
Mijael eludía una vez y otra el oratorio y el estudio del Talmud. Hizo nuevos
amigos y amigas, y empezó a frecuentar casas en las cuales ni Réisele ni Avrom Ber,
de haberlo sabido, le habrían permitido entrar. Pero no se enteraban, y para Mijael
todo iba a pedir de boca.
Reb Zalman se convirtió en visitante asiduo de la familia. Casi no pasaba día sin
que se presentara en la casa y, cuando ya les había abastecido de todo, quiso
proveerles con algo más y diferente: un novio para Débora. Empezó a traerles cada
día una nueva «alhaja».
Por ejemplo, cierto día se presentó con un gran ricachón que, sin ser
especialmente erudito ni tampoco un completo ignorante, tenía un hijo al que se
podría llamar estudioso aunque poco práctico… Lo cual, no obstante, en opinión
tanto de reb Zalman como de Avrom Ber, no era un defecto: había que tener en
cuenta que el padre era tan rico que podría mantener a la pareja para siempre…
Unos días más tarde vino a casa con un muchacho, según reb Zalman una perla,
en cuyo rostro brillaba la espiritualidad. Era un estudioso perseverante. Siempre
acompañaba a Guer a su padre, pues este, según se decía, era un discípulo de los más
allegados al rebbe. No era un pretendiente rico, pero sí alguien con cuya familia sería
un honor emparentarse.
Más adelante, reb Zalman incluso se presentó ante Débora con un judío lituano,
un hombre honesto y viudo; se había divorciado de su primera mujer por no haberle

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dado hijos. Tenía una inteligencia excepcional y un auténtico pico de oro, y además
ganaba mucho dinero.
La desgracia, sin embargo, fue que Débora no quiso ni oír hablar de ninguno de
ellos. No quería casarse todavía. Rogaba que la dejaran en paz. Pensaba que aún tenía
tiempo.
Pero ¿cuánto tiempo podía seguir una muchacha soltera? Cierto que aún era
joven, pero precisamente por eso había que ocuparse de encontrarle un marido.
Cuando una muchacha se hace mayor ya entra en la soltería y resulta difícil hallar un
novio decente, sobre todo si tampoco hay una dote que ofrecer. Pero todo terminaba
como si hablara a una pared.
—Intenta comprender, Débora —insistía reb Zalman—. Si no fuera por mí, tal
vez hasta el día de hoy no tendrías ni siquiera ropa apropiada que ponerte y no
habrías podido salir a la calle. Por tanto, debes de saber muy bien que tienes en mí un
buen amigo y que no te propondría a alguien que no valiera para ti. ¿Crees que no sé
que hay que buscar a alguien que te merezca?
—Es verdad, reb Zalman. Pero yo no puedo casarme con alguien porque le guste
a usted.
—¿Y quién te gusta a ti? —preguntó él, esforzándose en ocultar su disgusto.
—¿A mí? ¡Ninguno! —respondió Débora, con el rostro inflamado. Sintió que la
sangre le subía a la cabeza.
—Yo sé lo que tú quieres —intervino, ya airado, reb Avrom Ber—. Seguramente
quieres un novio moderno, de esos que llevan cuello almidonado, ¿eh? ¡Pues no te lo
daré, un novio moderno con cuello almidonado!
De este modo, los esfuerzos de reb Zalman terminaron en nada y Débora persistió
en su soltería.

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CAPÍTULO X
UNA FORTUNA

EL verano llegaba a su término. Débora no se había topado con el «joven prodigio»


en ningún lugar. Al aproximarse las festividades solemnes del Rosh Hashaná y Yom
Kipur, la actividad en el despacho rabínico de Avrom Ber, con las idas y venidas, se
acrecentaba como en una feria: había que responder a más consultas de lo normal
sobre cuestiones de normativa religiosa, así como realizar más comprobaciones y
búsquedas de referencias en los libros. El joven jorobado regresaba de sus rondas,
para la recogida de contribuciones, con los bolsillos llenos de monedas de cobre, e
incluso empezaron a asomar monedas de plata de veinte groschen y hasta guílders.
La auténtica conmoción, sin embargo, se produjo cuando de pronto reb Zalman
dio a conocer su plan de organizar, para los rezos de las próximas fiestas, un oratorio
dirigido por reb Avrom Ber y precisamente en su propia casa.
—¡Haga lo que le propongo! Usted verá que me lo va a agradecer. ¡Hágame caso!
Mande usted imprimir tarjetas para la compra de asientos. Yo y otros buenos amigos
le buscaremos feligreses, y usted obtendrá, si Dios lo quiere, una auténtica fortuna.
Réisele puso mala cara al oírlo, puesto que no estaba de acuerdo. Pero reb Zalman
lo consiguió. ¿Qué es lo que no conseguía reb Zalman? Empezaron por desplazar las
camas, mover mesas, preparar tableros y fabricar bancos. Débora tenía trabajo para
dar y tomar. También Mijael estaba ajetreado. Y Avrom Ber recorría una y otra vez
las habitaciones dando su aprobación a cada nuevo avance del trabajo y la
enhorabuena por cada resultado.
Réisele se veía como sumida en el montaje de un mercado que nada tenía que ver
con ella, pero que sin embargo le obligaba a aguantar el trajín. Se oponía a que
transformaran su casa en un infierno (así lo calificó explícitamente), pero cuando reb
Zalman les explicó, a ella y a su marido, la fortuna que el plan podía aportarles,
precisamente cuando la proximidad del invierno requería preparar provisiones,
asintió de modo implícito, eso sí, sin bajar del sofá excepto cuando tenían que
moverlo, por cierto con relativa frecuencia.
El tumulto fue llegando a su cima cuando ya faltaban escasos días para la fiesta;
las consultas de carácter religioso se multiplicaban y las habitaciones ya casi se
habían vaciado. Los nuevos bancos de madera pintados de blanco, en filas adosadas a
las mesas y acopladas entre sí, proclamaban con plena seriedad que aquello no era un
juego, que los Días Solemnes estaban próximos y había que estar preparados…

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Las escasas tarjetas nominales que se había logrado vender a los feligreses que
asistirían, tanto hombres como mujeres, también proclamaban algo: que una gran
fortuna no traerían, puesto que muchos «clientes», pese a la proximidad de la fecha,
aún no habían aparecido. Mientras tanto, un dormitorio estaba a reventar con las
camas y otros muebles «superfluos», entre los que había que abrirse camino para
meterse a dormir, y hasta en la cocina se habían dispuesto bancos para asientos más
baratos e incluso algunos gratuitos.
Réisele examinaba con burla y resentimiento las mesas carentes de tarjetas,
especialmente donde se hallaban los asientos más caros y aún no reservados. Avrom
Ber, avergonzado ante ella por el fracaso, era consciente de su burla y ya se sentía
arrepentido. Realmente, pensaba, no había motivo para haber organizado todo ese
barullo en la casa y encima estropear la fiesta en familia. Réisele, como siempre muy
incisiva, ya se lo hizo ver a reb Zalman, cuando vino a comprobar cuánta gente se
había apuntado: «¿Quién es el sabio? Quien prevé lo que sucederá», le espetó,
citando la Ética de los Ancestros.
—Ya verá usted —replicó reb Zalman—. Llegarán en el último día. Siempre es
así. La gente está ahora trabajando y no piensa en ello. Quienes ya son miembros de
una sinagoga no tienen necesidad de buscar asiento, y quienes no lo son están
enfrascados en sus tareas y sobre todo en la preparación de una fiesta como esta, ¡que
no es poca cosa! En el último día se acordarán y le pagarán lo que les pida. Darán
gracias a Dios por encontrar un asiento libre.
Y así sucedió. Todos los asientos se ocuparon y realmente hubo ganancia de
algunos rublos (aunque desde luego no una fortuna).
Reb Zalman se sintió verdaderamente satisfecho; solamente le disgustó que no se
hubieran aprovechado, poniéndolos a la venta, los pocos asientos gratuitos en la
cocina.
—¡Vaya error! Podían habernos proporcionado también unos buenos rublos —
comentó con un toque de pena aunque, entendiendo que la cosa ya no tenía remedio,
no le dio más importancia—. ¡A mí me lo debéis agradecer! Yo busqué los feligreses,
los busqué debajo de la tierra. ¡Cuando quiero hacer algo, lo hago! A mí no se me
niega nadie. Les di la orden y acudieron —se jactó, olvidando que pocos días antes
había asegurado que «en el último día vendrían por sí solos».
Réisele se sonrió. También Avrom Ber recordaba lo que había dicho reb Zalman,
pero en ese momento no le parecieron contradictorias sus palabras. Solamente veía en
él a un verdadero buen amigo. Acariciándose la barba con gran deleite, pidió a
Débora que sirviera el té.
Llegó el octavo día del nuevo año, el último antes de la víspera del Día del
Perdón. Reb Avrom Ber no daba abasto; ¡menuda cantidad de aves había en Varsovia!
Sorprendía que hubiera lugar también para las personas y que estas, tan impacientes
como si estuvieran sentadas sobre alfileres, se lanzaran a cumplir con la antigua y
discutida tradición de sacrificar un ave por cada miembro de la familia en expiación

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de los pecados. El rabino debía decretar previamente, en caso de duda, si se trataba de
un ave kosher.
También ese día quedó atrás. Al siguiente, la víspera del Yom Kipur, Réisele tomó
parte activa en los preparativos más inmediatos: había que cocinar esas aves, servir la
comida temprano por la tarde antes de la hora de comienzo del ayuno, y además
preparar la cena para la finalización del ayuno al día siguiente por la noche. Fue una
jornada agotadora para todos: Avrom Ber, volcado en sus actividades rabínicas; la
pobre Débora, sudando lo suyo, y Mijael compensando lo que no había hecho el resto
del año, pues su padre vigilaba que no se escabullera ni un instante. Finalizada la
comida, seguida de un té, una gaseosa y abundante ingestión de agua en previsión del
largo ayuno, cada uno debía además estar listo, aseado y vestido para recibir esa
misma noche la llegada de la solemne fecha. ¡No era cualquier cosa la víspera del día
más santo del año!
Empezó a oscurecer. Los feligreses fueron llegando cargados con sus bolsas del
taled, sus libros de rezos, sus zapatillas para el día siguiente y también con sus
pecados… Incluso las mujeres traían paquetes bajo el brazo. El sol ya se estaba
poniendo. En la sala transformada en oratorio, una cortina de terciopelo verde con
bordados y ribetes dorados realzaba el sagrado misterio del Arca donde habían sido
guardados los rollos de la Torá. Del mismo modo se había cubierto la mesa que haría
de atril para el oficiante. La temblorosa llama de unos gruesos cirios empotrados en
cajas llenas de arena arrojaba sombras sobre las paredes, coincidiendo con los últimos
rayos del sol poniente. Avrom Ber, todo él de blanco en su función de jazán[23],
envuelto en el taled festivo y con un yármulke de seda igualmente blanco en la
cabeza, de pie junto al atril, musitaba algo, sin apenas mover los labios. Su aspecto
reverencial realzaba el temor a la justicia divina propio de esa solemnidad festiva.
Incluso el mozo no judío, con quien Mijael iba recorriendo las habitaciones para
mostrarle lo que tendría que hacer si surgiera la necesidad durante el día sagrado,
también parecía sentir el temor a Dios.
A Réisele, el vestido de seda blanca (el de su boda) le prestaba un toque de gran
seriedad, y realzaba su rostro de tez clara, casi translúcida, así como los grandes ojos
grises. Débora, con una blusa blanca y un lazo también blanco en el cabello,
presentaba el aspecto de una devota muchacha. En cuanto a Mijael, con su negro
gabán de satén, el fajín y el sombrero de terciopelo, parecía un auténtico y piadoso
judío. Hasta los tirabuzones parecían habérsele alargado para ese día.
En el último instante llegó con gran apresuramiento una anciana, tocada con un
viejo bonete negro cuyos flecos enmarcaban un rostro menudito. Sobre su desgastada
chaqueta de terciopelo negro, las lentejuelas verdes brillaban reflejando los últimos
rayos del ocaso. Se sentó junto a la puerta de la cocina y desenvolvió de un pañuelo
blanco su libro de oraciones, grueso y amarillento. A continuación sacó un frasquito
de sales aromáticas, lo destapó y comprobó la intensidad del perfume. Limpió los

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cristales de las gafas que le colgaban del cuello y, por fin, estuvo lista para acompañar
los rezos desde su asiento gratuito.
Se impuso un profundo silencio. Antes de pronunciar la primera oración, Tefilá
Zaká[24]. Reb Avrom Ber se volvió hacia el público y señaló con el dedo a varios
feligreses. Estos se acercaron al arca sagrada, se detuvieron con recogimiento ante
ella un instante y luego, tras correr pausada y reverentemente la cortina, sacaron cada
uno un rollo de la Torá y se apostaron alrededor del oficiante. Reb Avrom Ber entonó
a continuación con voz melodiosa y nítida, y todos repitieron a continuación: Al daat
hamakom[25]… Acto seguido, recitó tres veces, con voz cada vez más alta y
emocionada, el solemne Kol Nidrei[26]. Desde la sección de las mujeres se oía el
llanto. Más fuerte aún era el de las mujeres que ocupaban los asientos «baratos» o
«gratuitos» en la cocina. La anciana de la chaqueta negra era realmente la
zóggerin[27] de estas mujeres, la única que sabía leer las oraciones hebreas y alzaba la
voz más que ninguna. No se limitaba a recitar los cánticos del oficiante, sino que los
entonaba casi a dúo con él; si reb Avrom Ber era el barítono, ella era el alto. Las
mujeres más pobres, sentadas en la cocina y vestidas lo mejor que podían en honor de
la fiesta, con un delantal blanco para encubrir su raído atuendo y un lazo blanco
decorando su humilde peluca, se arrimaban a la anciana de la chaqueta negra
intentando hacer eco a sus palabras. Al no conseguirlo, dado lo estridente de sus
gritos, se limitaban a murmurar las oraciones en yiddish y únicamente la seguían en el
llanto.
Al día siguiente, reb Avrom Ber dirigió los rezos desde la mañana y continuó,
siempre puesto en pie, con las correspondientes al resto del día. No sentía el agotador
esfuerzo. Su voz fluía como un dulce y puro vino que refrescaba a los fieles. Las
mujeres se derretían realmente y comentaban tras cada oración que después de haber
llorado y abierto su corazón ante Dios, se sentían más ligeras y renovadas que nunca,
pese al ayuno.
Réisele tragaba las lágrimas y se enjugaba los ojos con el pañuelo que había
preparado sobre la mesa. También Débora lo hacía con el suyo.
En las habitaciones el calor era sofocante. La cera de los cirios se derretía sobre
las cajas de arena y goteaba de los candelabros. El olor al sudor de las personas se
mezclaba con el de las sales aromáticas, pero ¿quién lo iba a notar? Se hallaban
demasiado sumidos en el ansia espiritual de ese día para fijarse en lo que sucedía en
la Tierra. En el Día del Perdón, lo material carecía de sustancia.
Afortunadamente llegó la oración de conclusión del día, la Neilá[28]. El atronador
toque final del shofar o cuerno de carnero provocó en las mujeres un sollozo tan
intenso que casi arrastró también a los hombres, como delataba de vez en cuando
alguna voz rota conteniendo el llanto.
La posterior oración de la noche ya fue la normal de la semana. Eso sí, se rezó
con mayor apresuramiento de lo habitual, algo nada de extrañar tras el largo día de
ayuno: el cuerpo exigía su derecho sin contemplaciones.

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Los feligreses se saludaron los unos a los otros, sin dilapidar ni un solo minuto,
deseándose un feliz sellado del perdón de sus pecados y se dispersaron hacia las
respectivas viviendas.
Débora preparó la mesa (también aceleradamente) y Réisele, siempre tan débil, en
ese momento también acopió fuerzas para ayudar a su hija a servir la comida. Reb
Avrom Ber irradiaba satisfacción y Mijael devoraba la comida. Débora masticaba
algo mientras servía los platos. Inesperadamente, estando todos sentados a la mesa y
ya en los postres, se lamentó de que echaba en falta un cinturón de cuero.
—Lo he buscado por todas partes y no lo he encontrado.
—¡Vaya! ¡Otra novedad! —dijo Réisele—. Lo habrás dejado en algún lugar, pues
ayer te lo vi puesto.
—No, mamá. ¡Hoy me lo quité! Me apretaba y lo dejé en la cocina encima de una
silla. Creo que lo han robado.
—¡Más vale que te calles! Decir que en Kipur te han robado un cinturón… Hay
que estar loca para pensarlo —replicó Réisele, ya enfadada.
Débora, dolida por la pérdida, siguió insistiendo:
—Sospecho de la anciana que estaba sentada al lado de la puerta y que gritaba
tanto.
—¡Débora, no digas disparates! —se irritó también su padre—. No es asunto
menor sospechar de inocentes, y menos de una mujer judía, precisamente en el Yom
Kipur.
—Pero papá, el Yom Kipur ya ha pasado —le recordó Mijael.
—¡Mijael, cállate! ¡No quiero oír ni una palabra más sobre esto! ¿Lo oyes? —
exclamó Avrom Ber, ya furioso.
—También yo pienso que es ridículo sospechar de esa anciana. Si hubiese querido
robar, ¿para qué necesitaba un cinturón de cuero? En todo caso habría hecho lo
posible por robar una chaqueta para sustituir la que llevaba puesta —apostilló Mijael,
y fingió un acceso de tos.
—¿Y tú cómo has llegado a ver a esa anciana? ¿No estabas entre los hombres? —
le preguntó Débora.
—¡Eres tonta! Esa mujer rezaba al mismo tiempo que el jazán —dijo Mijael. No
pudiendo aguantar la risa, corrió a terminar su compota en la cocina.
Al día siguiente, cuando el carpintero desmontó los bancos y las mesas, apareció
el cinturón, muy pisoteado y sucio.
—¡Mamá! ¡Está aquí!
—¿Quién está aquí?
—¡El cinturón!
—¡Ya te lo dije!
—Ahora veo que no se debe sospechar de nadie sin estar convencido de ello.
En ese momento, Mijael entró en la habitación.

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—Entonces, según tú, ¿cuándo está permitido empezar a sospechar? ¿Una vez
que ya estás convencida?
—¡Vaya! Aparece cuando menos te lo esperas —se rio Débora, admirada de la
agudeza de Mijael. Reconocía que ella se había enredado—. Qué rápido lo capta
todo.
Réisele también se rio, mientras Mijael siguió disfrutando con sus humoradas.
Finalmente, quedaron atrás todas las fiestas de ese período inicial del año. En la
última celebración, la de Simját Torá («Alegría de la Torá»), todos bailaron. El
invierno se aproximaba y comenzaba a oírse la tonadilla: «Tormentas y nevadas / y
en el bolsillo nada». Aquel había sido un año de trece meses en el calendario hebreo,
y ya casi era final de octubre. En las ventanas empezaban a formarse cristales de
hielo y en la calle caía una fina nevada.
—Para abastecernos de carbón, gracias a Dios, no nos falta dinero y para comprar
ropa de invierno tampoco —comentó reb Avrom Ber—. Las noches se harán más
largas y el estudio, con la ayuda de Dios, será más placentero.
Réisele se envolvió aún más en la chaqueta de terciopelo y se sumergió en su
lectura, no menos placentera.
Mijael leía a ratos, estudiaba algo también a ratos, salía con amigos, charlaba,
bromeaba y vivía bastante contento. Únicamente a Débora se la veía triste, inquieta.
Sentía que algo faltaba en su vida y constantemente anhelaba algo. ¿Qué era? No lo
sabía. Antes soñaba con vivir en una gran ciudad y ahora ya estaba en Varsovia, la
ciudad más grande de Polonia. Después había ansiado tener un sombrero y ropa para
poder salir. También esto lo tenía ya. ¿Ahora qué era lo que deseaba? ¿Por qué su
madre podía estar satisfecha consigo misma y ella no? ¿Y qué decir de papá?
También Mijael, a quien la vida le regalaba con generosidad asuntos de interés.
Siempre y en cualquier lugar encontraba algo que le podía interesar. Ni siquiera
necesitaba buscar. La vida venía a su encuentro. Solamente ella soportaba una
condena. Nunca lograba encontrar el lugar que le correspondía. Mientras trabajaba en
la casa le molestaba tener que dedicarse a esas tareas. Si se hastiaba del trabajo y lo
abandonaba, se aburría mortalmente. ¿Leer? En primer lugar no tenía qué, y ¿por qué
iba a engañarse a sí misma? Había perdido el interés en los libros. No le aportaban lo
mismo que al principio, cuando empezó a leerlos en R…, o en Yélejitz, cuando
alguna vez caía en sus manos algo digno de ser leído.
Panna Rushka, por su parte, resultaba tan aburrida que Débora agradecía a Dios
que ya no viniera a verla. Alguna vez, sin embargo, sí iba a su casa. Precisamente por
ella se enteró en una ocasión de que en Varsovia cualquiera podía inscribirse
libremente en un curso de tarde. Se inscribió y allí se sintió bien. Esperaba las tardes
con ilusión. Más que aprender, más bien engullía las lecciones. Si había que
memorizar algo, ella era la primera de la clase. Por añadidura, conoció allí a una
jovencita que, aunque bastante mayor que ella, no se vanagloriaba por serlo y la
trataba de igual a igual… Débora consideraba un rasgo de amabilidad que esa

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muchacha (se llamaba Beilke) se aproximara a ella. Era una persona interesante,
bondadosa, alegre e inteligente. Fueron forjando su amistad poco a poco y
encariñándose una con la otra.
La muchacha empezó a dejar caer a veces la palabra «asociación», una asociación
donde se llevaban a cabo grandes tareas, un trabajo muy importante, una misión
sagrada. Más adelante hizo algún intento de convencer a Débora para que se afiliara.
Sin saber de qué clase de asociación se trataba, Débora, sin embargo, se mostró
dispuesta a ello debido a su total confianza en Beilke.
Esperaba con impaciencia a que la invitara y la presentara a sus compañeros y
compañeras, como recientemente le había prometido.
—Si los compañeros y compañeras consideran que eres una persona que, ante
todo, puede ser leal, tiene convicciones democráticas y posee firme voluntad y un
carácter fuerte, te aceptarán con mucho gusto.
Débora ardía de ganas por inscribirse ya. No tenía la menor idea de a qué olía la
cosa, pero si había allí camaradas, seguramente sería algo bueno. Al fin y al cabo,
algo había leído en los libros de Motl acerca de «camaradas», y siempre eran
personas estupendas.
—A mí me caes bien y te voy a recomendar absolutamente —le prometió Beilke
—. Ven a mi casa el sábado alrededor de las seis de la tarde. Charlaremos un poco y
daremos un paseo.
Débora acudió a toda prisa a la cita y salieron a dar una vuelta.
—Primero vamos a refrescarnos un poco. Durante toda la semana trabajamos
duro y ni siquiera tenemos tiempo para respirar algo de aire fresco —dijo Beilke,
como justificándose porque en lugar de invitarle a entrar en su casa la recibió a la
puerta, con el sombrero y el abrigo puestos.
Mientras paseaban, Beilke hablaba, se reía, bromeaba y le contó algunos chistes
(más interesantes que los de Mijael)… Lo hacía en un tono tan cordial y abierto, que
Débora quedó realmente entusiasmada. Se reía con ella de todo corazón. Incluso
chistes que ya había oído antes, le divirtieron cuando Beilke los contó.
—A esto se le llama una persona encantadora —comentó Débora casi en voz alta.
Alrededor de las siete regresaron a la casa.
Beilke vivía en una pequeña habitación, pobremente amueblada aunque
impecablemente limpia. La pequeña mesa estaba cubierta con un mantel de terciopelo
rojo.
Invitó a Débora a que se sentara sobre la cama porque su única silla,
desgraciadamente, estaba «enferma». Ambas se rieron de la silla rota. Beilke faenó
unos minutos junto al hornillo de gas, sirvió el té y se sentó al lado de Débora sobre
la cama. Mientras bebían, Beilke contó cómo era su asociación y la labor que
llevaban a cabo:
—Tenemos muchachos y muchachas que trabajan en todo el país, así como
hombres, y también mujeres, de más edad. No me vas a creer si te digo que tenemos

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camaradas, hijos e hijas de padres ricos, que están dispuestos a sacrificarse diez veces
al día por nuestro sagrado ideal. ¡Incluso tenemos hijos de rebbes! Y desde luego,
huelga decirlo porque son la mayoría, hijos de trabajadores. Son, naturalmente,
nuestro fundamento. ¿Dices que de Karl Marx has oído hablar?
—Sí. He leído algo.
—¿Qué es lo que has leído?
—El comienzo de su Economía política. Era muy difícil comprenderlo. Lo leí
varias veces y sin embargo no entendía nada.
—¿Qué más has leído?
—Acerca de los nihilistas y de un tal Mijaíl Bakunin y su compañera María, una
modista. También del propio hermano del zar o de su tío, no me acuerdo
exactamente.
—¿Te interesaron mucho? Me refiero a esos libros. ¿Te has parado a pensar en
ellos?
—¡Muy a menudo! Pero quiero decirte la verdad. Me resultaba difícil creer en lo
que decían.
—¿Es por eso que no te interesaste antes en unirte a nuestro partido? ¿O acaso
había otra razón? ¡Tienes que decirme la absoluta verdad! Debes perdonarme, pero es
muy importante, ¿me comprendes?
Débora le contó que hasta hacía poco tiempo vivía con su familia en un pequeño
shtetl y que, por ser su madre enfermiza, el yugo de la casa y todo el trabajo recaían
sobre ella. Le dijo que, hasta no hacía mucho tiempo, libros como esos ni siquiera
llegaban a ella. También que amaba mucho a sus padres y sentía gran compasión por
su madre, ya que había sufrido toda su vida y, aunque enferma, era «¡la mujer más
inteligente y más interesante del mundo!», añadió Débora con fervor.
Siguieron charlando durante mucho tiempo. Débora bebía literalmente cada
palabra de Beilke. Ahora se veía a sí misma como una nadería al lado de esa
muchacha, tan cultivada y leída, además de despierta e inteligente, llena de un sano
conocimiento de las personas, y tan idealista… Aun cuando era bastante pobre y
trabajaba el día completo en el taller de una costurera, se ocupaba de pagar de su
bolsillo la habitación, la comida y la ropa, y aún ahorraba lo suficiente para invitar a
un vaso de té a una amiga. Débora pensó que era una gran persona y así se lo dijo
abiertamente. Beilke reía de todo corazón.
—Eres todavía tan niña, tan ingenua, pero ¡precisamente por eso te aprecio!
Ahora, Débora, lo que quiero de ti es que seas discreta. Ya sabes lo que entre nosotros
quiere decir discreta. Sencillamente, como una muerta. Acerca de todo lo que has
oído aquí, debes reflexionar y tener en cuenta las advertencias que te he hecho. Más
adelante, una vez que se calme tu actual excitación y te sientas más sosegada, y
después de una apropiada reflexión sobre todo eso, si aún lo deseas, serás una de las
nuestras.

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»Ahora tomaremos otro vasito de té y comeremos algo también. Seguro que estás
hambrienta, ¿eh? Yo, por mi parte, tanto como diez lobos. Si no te apetece, no sientas
vergüenza de decirlo. Ese es nuestro lema: “¡Siempre abierto entre los nuestros y
cerrado ante los demás!”.
—Siendo así, dame algo de comer. —Débora intentó también ella demostrar
franqueza.
Beilke partió en dos un arenque, lo aliñó con vinagre y cortó un trozo del pan.
Hacía mucho tiempo que Débora no comía con tanta gana ni gozaba tanto de una
cena como aquella noche. En cuanto a Beilke, disfrutaba hasta sonrojársele las
mejillas.
—Ahora, Débora, quisiera también saber quién te recomendó leer estos libros que
mencionaste antes. ¿Puedes decírmelo?
Débora se retorcía como un gusano.
—Tendrás que disculparme, pero di mi palabra a alguien de que nadie sabría
nunca quién me los prestó, ni tampoco si habíamos tenido alguna mínima relación
uno con el otro —se ruborizó al decirlo como si le hubieran pillado en una falta—.
No puedo hacerlo. Me tienes que perdonar. No es un secreto mío, sino de otra
persona. Creo que me entiendes, ¿no?
El rostro de Beilke resplandeció.
—Gente como tú es lo que necesitamos tener. Un secreto propio también hay que
saber guardarlo, ¿comprendes? Toma este folleto, léelo y tráemelo de vuelta mañana,
o mejor quémalo. Sí, quémalo; naturalmente cuando nadie te vea. Por tanto, me
prometes que nunca en tu vida dejarás escapar ni una palabra, ¿eh? Es decir, incluso
si decidieras que no quieres inscribirte, digamos que cambias de idea o te formas
mala opinión sobre nuestra causa, incluso entonces ¡no dejarás escapar ni una sílaba
que pueda traicionarnos! Una palabra puede a veces costar miles de vidas, miles, ¿me
oyes?
—Te juro que, aunque me costara la vida, no se me escapará ni un murmullo. En
cuanto a inscribirme, sí me inscribiré, lo deseo de todo corazón. Siento que me espera
otra vida, una vida hermosa.
Beilke la observó más atentamente. «No, no hay nada que temer, pensó. Es una
muchacha honesta y capaz de entusiasmarse. Guarda en su interior un mundo de
energía aprisionada. Puede llegar a ser una verdadera idealista. Hay que darle la
oportunidad de lanzarse. Ayudarle a despertar de un sueño enfermizo y ocioso y
ofrecerle una sana y verdadera tarea que cumplir. Hay que aprovecharla para nuestra
causa, que pronto será también la suya».
Beilke acompañó a Débora casi hasta su casa. Se despidieron y acordaron
encontrarse al día siguiente, el domingo, alrededor de las cinco.
—¿Cómo es que vienes tan tarde? —le preguntó Réisele.
—¿Es tarde?
—¡Ya son las once y media!

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—Al parecer, charlando no me di cuenta de la hora. No sabía que había pasado
tanto tiempo. ¿Necesitas algo, mamá? ¿No?
—No, no necesito nada —respondió Réisele y se fue a dormir.
Reb Avrom Ber también terminó de verificar algo en un libro sacro y se fue a
dormir.
Precisamente aquel día la familia había finalizado antes de lo habitual el rito de la
conclusión del shabbat, e incluso Mijael ya roncaba sobre un libro muy escondido
bajo la almohada. Secretos…

Débora se metió en la cama. Los pasos de su padre ya apenas resonaban y pronto


dejaron de oírse. La oscuridad era absoluta. Encendió una vela encima de una silla
junto a la cama y cubrió el respaldo colgando un vestido para que hiciera de pantalla.
Devoraba cada palabra del folleto, en el que se apelaba a una gran lucha contra el
enemigo. Sus páginas aludían al sufrimiento de los hermanos y hermanas, camaradas
de ambos sexos, las mejores y más bellas personas de almas nobles, los mayores
idealistas, que languidecían en Siberia y llenaban las prisiones, enfermos de
tuberculosis, de epilepsia, trastornos nerviosos y hasta ceguera, debido a la perenne
oscuridad; héroes y heroínas que no se rendían pese a las peores torturas y
sufrimientos, en comparación a los cuales la Inquisición fue solo un juego. Débora
seguía leyendo con ojos centelleantes, las mejillas inflamadas y la respiración
entrecortada. Su corazón se desgarraba. Toda ella ardía en deseos de venganza contra
el enemigo y, a la vez, de entusiasta admiración por los héroes. Era un folleto de no
más de veinte páginas, pero que contaba lo suficiente. Leerlo y después continuar con
la rutina de cada día, quedarse indiferente, era inconcebible… ¡Dios mío, con lo que
sucedía en este mundo, y ella viviendo como una vaca! Comía, dormía, paseaba, sin
interesarse ni por asomo en ayudar a liberar al mundo de la desgracia, de la
inmundicia, de la vileza, de una inaudita injusticia. Al lado de todo esto, se podía
decir que el rebbe de R… era un santo. Seguir llevando la misma forma de vida ya no
era posible. «Tendrán que afiliarme —se prometió—. Juraré por todo lo que me es
sagrado que seré discreta, ¡más aún, muda! Que les ayudaré en todo lo que pueda. Sí,
será así. Tendrán que aceptarme».
Tras dar muchas vueltas en la cama, finalmente concilio el sueño. Despertaba
cada diez minutos con inquietantes imaginaciones, palpaba el folleto bajo su
almohada y se alegraba de que nadie se lo hubiera robado.
Al despertar a la mañana siguiente encendió un fuego en la estufa; el folleto ardió
entre trozos de leña empapados en nafta. Angustiada y melancólica, Débora
observaba el fuego. Imaginaba a los hermanos y hermanas ardiendo en la hoguera.
Las hojas se plegaban bajo las llamas; una o dos volvieron a enderezarse y, sobre el
quemado papel negro, aparecieron letras blancas. Las podía leer casi con claridad.
Débora dio un salto hacia atrás, aterrorizada. Sintió que un escalofrío, como un

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gusano bajo su piel, recorría todo su cuerpo. Pronto, gracias a Dios, las letras se
esfumaron.
Su padre ya estaba vestido. Le oyó hacer las abluciones rituales[29]. Armándose
de coraje, se acercó a la estufa y añadió nafta sobre la leña que estaba a punto de
apagarse. Recordó que la noche anterior no había preparado el té cuando regresó a
casa. Eso podría despertar alguna sospecha… A partir de ese día trabajó con ahínco.
En primer lugar para no provocar ninguna desconfianza, y segundo para ayudar a su
pobre mamá, indefensa y débil. Ahora trabajaba con otra actitud. Incluso empezó a
sentir cierta satisfacción en el trajín, y hasta un cierto orgullo. Al fin y al cabo,
ayudaba a otra persona…

Diez días más tarde, Débora pertenecía «oficialmente» al Partido Socialista.


Había pasado casi un mes desde que, por recomendación de Beilke, la aceptaron
en el partido. Ya conocía el programa de memoria y, por tanto, era una de ellos. No
obstante, como sucede con cualquier programa que resulta válido mientras todo se
desarrolla con normalidad, a cada instante podían surgir toda clase de imprevistos,
redadas, descubrimientos, traiciones, etcétera. Por esta razón, en el partido todavía la
consideraban como «la niña» y aún no le confiaban ninguna labor importante. Todos
la apreciaban, sin embargo; las camaradas y aún más los camaradas.
Sucedió un cierto domingo. La célula a la que pertenecía Beilke, reunida en su
habitación, esperaba a un camarada muy importante que debía llegar desde la
provincia para preparar una reunión, traer consigo material, recoger informes,
etcétera, etcétera. Beilke se había referido con frecuencia a este camarada, siempre
poniéndolo por las nubes, y le prometió a Débora que se lo presentaría. No obstante,
pensaba que en la reunión, de hecho una especie de prerreunión, Débora no podría
participar. Aún no llevaba tiempo suficiente en el partido como para asistir a los
encuentros más secretos.
—Tal vez pueda conseguir del camarada que diga que sí. En ese caso no habrá
problema —le prometió Beilke, y los demás asintieron: «Si él da su conformidad, no
habrá ningún problema».
Débora, sentada sobre la cama de Beilke, escuchó con seriedad y curiosidad la
conversación entre ella, dos muchachas y otro joven de provincias. Hablaban acerca
de lo que iba a tener lugar si todo transcurría según lo previsto; y los comentarios
giraban, más que nada, alrededor del esperado visitante que se retrasaba.
—En el camarada Shimon se puede confiar al cien por cien. Llegará.
—Sin duda alguna. Ni se me ocurre pensar lo contrario. Pero estoy un poco
intranquila por otra razón: no confío mucho en su aguante físico —dijo Beilke.
—¿De qué se trata en realidad?
—No sabría decirlo. Tiene muy mal aspecto; pálido como un muerto, ni siquiera
quiere admitir que está enfermo. Cuando le digo: ¡Estás enfermo!, me contesta

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bromeando: «La enferma eres tú, de la cabeza». Y sigue trabajando y silbando como
si nada.
—Seguramente sabe lo que hace. Entiende la gravedad del asunto mejor que yo
—intervino una muchacha menuda y delgada, pero con muestra de determinación en
la comisura de los labios.
—¡Aquí llega! —exclamó con un grito Beilke, y corrió volando hacia la puerta.
—¡Cuidado! No te apresures, Beilke. Tienes que estar segura de que es él —
advirtió la muchacha menuda.
—¡No digas tonterías! Reconozco sus pasos.
Beilke abrió la puerta y entró un joven alto, de rostro anguloso y tez cetrina.
Caminaba algo inclinado hacia delante, casi envuelto en un abrigo verde. Se notaba
que había pasado frío. Aparte de la nariz enrojecida, su mentón era agudo como un
cuchillo y los ojos grandes y ardientes.
—¡Buenas tardes, camaradas!
—¡Buenas tardes, camarada!
Todos se apretujaron para hacerle sitio.
—¡Hace un frío de lobos! ¿Cómo os va todo por aquí?
—Bien —dijeron todos casi al unísono—. ¿Y por allí?
—¡De momento, también!
Todos palidecieron y preguntaron:
—¿Qué quiere decir eso?
—Perdonadme, es un mal hábito mío. Todo va bien, perfectamente. Con el
sistema que seguimos, el éxito está garantizado. Lo tenemos todo en el bolsillo, ¿me
comprendéis? Nos ha afectado, sin embargo, una pérdida esta semana. ¡El viejo Hans
ha fallecido!
Se quitó el abrigo y el sombrero y los lanzó sobre la cama. Todos sonrieron.
—Ahora es cuando Hans podrá delatarnos ante el demonio —ironizó Beilke. Con
reproche en la mirada, y a la vez una mezcla de gran amor y respeto hacia el
camarada, recogió su ropa y la colgó sobre un gancho en la puerta.
—Discúlpame, Beilke, por mi descuido. Ya sabes lo que digo: que me estoy
convirtiendo en un verdadero desastre.
—¿Te estás convirtiendo justamente ahora? —bromeó Beilke, y rieron los demás.
—Había sido un camarada importante, Hans. ¿Cómo ha fallecido? —preguntó la
joven menuda.
—Como un… —empezó a responder Shimon, pero de pronto se fijó en Débora.
—¿A quién veo aquí? —preguntó, mientras desviaba significativamente la mirada
hacia Beilke, como si esperara una respuesta, como si estuviera preguntándose a sí
mismo: «¿Qué ocurre? ¿Tal vez debo hacer como si no la conociera? ¿Tal vez ella no
me reconocerá a mí? Creo que esto hay que darlo por descontado».
—Disculpe —dijo dirigiéndose a Débora—. Me parece que usted es de R…
—Sí.

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—Entonces, ¿qué hace usted aquí?… Es decir, ¿cómo está? —se corrigió.
—Bien, gracias —respondió Débora, congelada por la sorpresa. «¿El joven
prodigio?», pensó.
—¿Y qué tal todo? ¿Qué tal están su padre y su madre?
—Bastante bien, gracias.
—Así que… es decir, ¿que ahora viven en Varsovia? Y Mijael, ¿qué tal le va?
¿Sigue haciendo el payaso?
—Aún más que antes.
—¡Es un muchacho inteligente! —dijo, y Débora no comentó nada.
De pronto, Shimon se dirigió a Beilke, simulando enfado:
—Has quitado de aquí mi abrigo y necesito buscar algo en él.
Comprendiendo su insinuación, Beilke le siguió hasta la puerta, mientras él
hurgaba en los bolsillos.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Shimon.
—Es una de las nuestras.
—¿Desde hace cuánto tiempo?
—Un par de semanas.
—¡Qué coincidencia más extraña! —dijo Shimon, en tono descontento—.
Escucha, Beilke, no podemos tenerla aquí esta noche. Tienes que ocuparte de que se
marche a su casa antes de que empecemos a tratar algo. Es una buena muchacha.
Seguramente toma las cosas con más seriedad que todos nosotros. Pero es demasiado
pronto.
—Le prometí que intentaría convencerte.
—¡Aún mejor! No me has podido convencer, ¿comprendes?
—La tomaría bajo mi responsabilidad —repuso ella.
—Beilke, no está bien. Ni siquiera prepares el té. Tiene que marcharse enseguida,
¿me entiendes?
—¿Que si entiendo, dices?
Shimon se dirigió luego a Débora:
—Bueno, ¿y cómo le va todo por aquí?
Débora no sabía qué responderle. Con expresión algo confundida lo miró
sonriendo. «¿Dónde encuentro yo una palabra? —pensaba—. ¡Ay de mí, aunque sea
una sola palabra!».
—Dígame mejor quién la hizo engancharse.
—¿A mí? Beilke —y pensó, «gracias a Dios»—. ¿Y a usted, quién?
—¿A mí? También Beilke seguramente. Además, de todos modos yo soy un
enganchado veterano. ¿Y qué opina de nuestra célula?
—Extraordinaria. Pero soy todavía tan novata…
—Todo llegará con el tiempo. Mientras tanto, seguramente ya conoce usted
nuestro lema: oír, ver y callar. No puede dejar escapar ni una palabra sobre su

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pertenencia al partido. Y acerca de mí, tampoco debe decir ni una palabra a nadie. En
general, ni mencione mi nombre. ¿Me lo promete?
—Por supuesto.
—¿Cómo se imagina usted que reaccionaría su padre si supiera que su hija y su
antiguo discípulo «prodigio»?… ¡Dios nos libre!
Desató los tirabuzones de su cabellera y todos soltaron una carcajada.
Débora sintió una quemazón en el fondo de su ser. En ese momento se despertó
en ella un extrañamente doloroso amor hacia él.
—Eso quiere decir que ya en ese tiempo, cuando venía a nuestra casa, estaba
enganchado al partido.
—¿Ve usted? Ahora ya está afirmando segura de ello, ni mucho menos. Entonces,
¿cómo la podemos considerar uno de los nuestros? —Shimon encontró la
oportunidad para pillar a Débora en una falta.
—Ya me acostumbraré.
—¿Y mientras tanto?
—Me callaré —respondió Débora, casi rompiendo a llorar de vergüenza.
Shimon quería deshacerse de ella y ni siquiera intentaba disimularlo. Beilke, con
su instinto femenino, había adivinado el motivo y apenas pudo reprimir el llanto a
causa de su irritación. Había en el partido gente más joven que Débora, casi niños,
que arriesgaban su libertad, su vida, y que seguramente también tenían a alguien
próximo que los amaba y quería protegerlos.
Débora comenzó a ponerse el abrigo. Shimon lo advirtió, satisfecho.
—¿Ya se va usted?
—Tengo prisa. Mi madre no está bien de salud.
—¿Todavía sigue débil?
—Sí, todavía.
Se veía obligada a marcharse; así se lo dijo a Beilke. ¡Y tenía tantas ganas de
quedarse! ¿Por qué no podía hacer una excepción? En ese momento, Shimon,
echándose encima de nuevo su amplio abrigo, subió el cuello y la acompañó a bajar
las escaleras.
—Buenas noches. Y por Dios, Débora, no mencione ni una sílaba acerca de
nuestro encuentro aquí. No mencione nada. La cosa es muy, muy seria. ¿Lo
comprende, no?
—¡Puede estar tranquilo! No soy tan niña como piensa.
—¡Bien, Débora, muy bien!
Y mientras hablaban, durante varios minutos, no dejó de apretar su pequeña y
cálida mano en la suya, grande y huesuda.
Ella ya le perdonaba todo. Seguramente él tendría alguna razón para comportarse
así. Al fin y al cabo: «qué entiendo yo —se dijo a sí misma—; Beilke me había
hablado del heroísmo del camarada Shimon, de su entrega, de su fuerza de carácter, y
cuando yo le pregunté dónde vivía me respondió que en todas partes y en ninguna.

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Solo lo reconocí de verdad…, de verdad lo reconocí, cuando desenredó sus
tirabuzones; entonces dejó de ser un extraño para mí».
Ese cálido apretón de su mano no solamente hizo arder su cuerpo, acelerar el flujo
de la sangre en sus venas y calentar su corazón, sino que iluminó el fondo de su alma.
Ahora, inopinadamente, Shimon creció ante sus ojos. En apariencia bromeaba, pero
era una persona seria, profunda, un gran hombre lo llamó Beilke. Débora lo había
adivinado hacía mucho tiempo. Solo necesitó una mirada para saberlo, cuando
en R… él atravesó corriendo el patio del rebbe. Y ahora, con todo, él había bajado
espontáneamente la escalera para acompañarla y la llamó por su nombre, como si
fueran viejos conocidos. A pesar de que poco antes se había comportado con
severidad y la trató como si fuera una persona en quien no se confía del todo.
Débora concluyó que debió ser la Providencia quien la condujo precisamente a
Beilke. ¿Acaso faltaban células del partido en Varsovia? Según le había informado
Beilke, en la ciudad había más camaradas de lo que se pensaba, más células,
pequeñas y grandes, de lo que se creía. Y ella tuvo que dirigirse justamente a esa
célula del partido. Trabajaría incansablemente bajo la inspiración de Shimon, en una
labor importante y un gran ideal común. Después disfrutarían de lo que ellos mismos
iban a crear. Le seguiría fielmente, lo cuidaría, a fin de que tuviera fuerzas para su
gran tarea. Su aspecto no era bueno, mucho peor que en R… Ahora habría que
ocuparse de él. Un día su nombre sonaría en el mundo y lo señalarían: un gran
hombre, un hombre santo, que se arriesgaba por los demás, que sufría por los demás.
Y ella trabajaría a su lado…
En estas divagaciones habría seguido hasta Dios sabe cuándo, si en ese momento
no hubiera dado un repentino tropiezo, al tiempo que llegaba a su oído una voz
misteriosa y a la vez remotamente conocida: «¡Que el cólera invada tus sucias
entrañas, perro piojoso!». Y dos grandes manos carnosas, ceñidas a su cintura, la
ayudaron a ponerse en pie sobre la acera, con una fuerza que casi la hizo temblar y
caer hacia atrás. Lo evitó el mismo individuo que la había enderezado, agarrándola de
la mano.
—¡Muchas gracias! —dijo Débora al corpulento y barrigudo personaje de ojillos
astutos, chispeantes y a la vez risueños.
Intentó escapar, pero el hombre no mostró voluntad de permitírselo, mientras
seguía con sus increpaciones.
—¡Te voy a apuñalar! ¡Las venas te voy a abrir si se te ocurre molestar a la hija
del rabino! ¿Me oyes, imbécil?
Débora ya lo había reconocido. Era Berl Fass, el jefe de los ladrones, el mismo
que había acudido a su padre para plantearle una cuestión relacionada con la Ley
judía… Sintió náuseas, su buen estado de ánimo se desvaneció, temblaba y buscaba
alguna manera de huir de la banda de jóvenes que encabezaba esa odiosa criatura, su
jefe. Imposible: él la sujetaba con fuerza por el brazo. ¿Qué hacer? ¿Gritar?
Paralizada por el miedo y la repulsión, sentía la presión de esa mano grasienta.

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—Discúlpeme, señorita —dijo él, adoptando un tono refinado…—. Ninguno de
mis chicos habituales lo habría hecho, pero este es una bestia aldeana, un puerco que
todavía no ha aprendido nada.
Débora le habría perdonado cien veces si la hubiera soltado para poder seguir a su
casa. Por cierto, no se había dado cuenta de que había sido una zancadilla la que le
hizo tropezar. En una noche tan fría, había pensado que había resbalado sobre una
placa de hielo y lodo.
—¿Veis a esta señorita? ¡Es la hija del rabino! Y no envidio al tipo que la
moleste. Con otras muchachas podéis hacer lo que queráis, ¡pero no con la hija del
rabino! ¿Me oís? Y si no me hacéis caso, yo mismo os lo meteré en la cabeza. ¡Y tú,
cerdo de aldea, ven aquí! —ordenó a uno de sus pupilos, un joven delgado y pálido,
con brillo asesino en unos ojos claros, burlones y crueles.
El tipo, de pie y apoyado en la jamba de un portal, jugueteaba con una brizna de
paja entre sus sucios dedos y no respondió. Ni un músculo movió, ni parpadeó un ojo,
como si no fuera con él. Berl Fass le clavó una mirada punzante. La furia le hizo
ponerse de una palidez casi azulada y sus pequeños ojos se cubrieron de sangre.
—¿De modo que sí? ¿Fue la semana pasada cuando te recogí y te comportas así?
—Soltó la mano de Débora y antes de que ella se diera cuenta, gritó—: ¡Toma!
Dos fuertes bofetadas resonaron en la gélida noche.
—¡Un chico de los míos! ¡Un chico de los míos! ¡Así te entre una gangrena en las
vísceras! ¡Como soy judío, hoy mismo, como soy hijo de madre, voy a acabar con él!
¡No es de los nuestros! ¡No va a seguir conmigo! —gritó Berl Fass a un sujeto bajito
y tuerto, que parecía ser el segundo del jefe—. ¡Chinche! ¡Como una chinche lo voy a
aplastar si no se porta como una persona! ¡He liquidado a matones más grandes!
¿Verdad que nosotros —dijo mirando al tuerto de anchos hombros— nos hemos
ocupado de peces más gordos? Ya lo creo, nos hemos deshecho de tipos como este —
exclamó entre risas—. ¿Habéis visto cómo sigue sonriendo?
Adivinaba algo en los ojos de aquel joven que no prometía nada bueno.
Reconoció en él un futuro rival. Su sonrisa, y aún más su silencio, revelaban que era
listo, que encerraba energía y una fuerte voluntad. Se alegró porque, de momento, él
seguía siendo, gracias a Dios, el jefe y no necesitaba ningún sustituto. Satisfecho por
haberse dado cuenta a tiempo, su potente risotada siguió a Débora hasta que entró en
su casa.
—¿Por qué estás tan pálida? —le preguntó Réisele al advertir que todo su cuerpo
temblaba.
—¿Pálida? —Débora fingió sorpresa.
—Acércate —dijo Réisele, y le puso una mano en la frente—. A mí me parece
que tienes fiebre. Tal vez, Dios no lo quieras, te hayas resfriado.
—¿Qué dices? ¡Fiebre! Solo que me he caído: las calles están muy resbaladizas a
causa del hielo.

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—Lo digo de una vez por todas: no hay que permitir que una muchacha deambule
sola en una ciudad como Varsovia. ¡Mírala, qué aspecto tiene! Y además, tan
asustada.
—¡Mamá, te lo estás imaginando!
—Ven, acuéstate. Como si nos faltaran preocupaciones…
—Mejor es que yo prepare el té. De verdad que no me pasa nada.
—Creo que hoy prepararemos el té sin ti —dijo Réisele y la cubrió con la manta.
Era, en realidad, lo que más necesitaba Débora. Temblaba como una hoja al
viento.
Reb Avrom Ber también le palpó la frente. También a él le pareció que estaba
«caliente» y también él pensó que esa noche tendrían que preparar el té por sí
mismos. Se puso a ello con la ayuda de Réisele y sobre todo de Mijael. Mientras
preparaban el samovar, Débora, acostada como una princesa, contemplaba cómo los
demás trabajaban. Con todo su malestar, no pudo evitar reírse para sus adentros
viendo a los tres trajinando alrededor de un simple samovar. Eso significaba nada
menos que los tiempos habían cambiado… ¡Y encima era a ella a quien iban a servir
el vaso de té!

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CAPÍTULO XI
¡BAH, TONTERÍAS!

DESPUÉS de que Débora saliera de la casa de Beilke, los reunidos comenzaron a


tratar seriamente el tema por el que Shimon, acompañado de otro camarada, había
venido desde provincias. Llegaron algunos camaradas más, todos ellos hombres y
mujeres jóvenes. En el interior del pequeño cuarto, el aire cargado de humo era
sofocante. Shimon, con el rostro enrojecido, se sofocaba tosiendo. Para aliviarlo,
algunos camaradas apagaron el cigarrillo a medio fumar. No podían permitirse abrir
la ventana. La camarada menudita y de expresión resuelta anotaba mediante
taquigrafía todo lo que se debatía y lo que Shimon le dictaba. Beilke repartió los
paquetes de propaganda que él había traído y por enésima vez advirtió que tuvieran
cuidado al distribuirlos después entre la gente. Uno a uno fueron saliendo a
continuación los camaradas hacia sus respectivas viviendas, dispuestos a afrontar el
peligro para sus vidas. En la habitación quedaron Beilke, Shimon y el otro camarada
de provincias. Los dos hombres prepararon el té, no muy hábilmente, mientras Beilke
se ocupaba de improvisar el arreglo de una cama sobre el suelo. Finalmente decidió
repartir, lo más equitativamente posible (en honor a los principios socialistas), las dos
almohadas, la manta, y por encima los abrigos de los tres.
Apagó la lámpara, apartó de la ventana la pesada tela negra y dejó entreabierta
una pequeña rendija para ventilación. La habitación, en la oscuridad, parecía más
holgada y se respiraba más libremente. Shimon dobló sus largas piernas, preparado
para una noche de poco dormir. Beilke tiró de la manta con intención de alargarla,
pero al perder finalmente la paciencia, se acurrucó y concilio el sueño.
«Ha crecido un poco —se decía Shimon, pensando en Débora—. Se ha hecho una
persona adulta, ya no es una niña. Y además es inteligente. ¿Podría haber imaginado
en aquel entonces que fue por ella que empecé a frecuentar la casa de su familia
en R…? Ahora tampoco parece habérsele ocurrido que yo… Aunque, ¿qué me dicen
de este enamorado? —intentó burlarse de sí mismo—. Ha sido una suerte que yo no
le importara nada a la pequeña, siendo una niña inteligente. Nunca le importé. Sin
embargo, es tan natural que un pobre pecador de carne y hueso se enamore de
alguien… Basta que un médico le diga que en una mujer no debe ni pensar, y que
además tenga un montón de trabajo y nada de fuerzas, para que encima se enamore.
¿Cómo podría ser de otro modo? ¡Así ardan como la leña húmeda esos carceleros
míos! Esta vez me arrebataron realmente las fuerzas hasta la última gota. Me
convirtieron en un lisiado. Y encima, va este tipo y piensa en el amor —un acceso de

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tos interrumpió sus pensamientos—. Pero bueno, ¿qué hacer si ya entonces me
enamoré de ella? ¡Hasta de su padre me había enamorado! Esto no lo sabrá jamás, me
moriría antes. Y sin embargo, ¿para qué demonios la necesito en el partido?»,
irritado, comenzó a toser incluso más fuerte.
El joven acostado a su lado se movió pero siguió durmiendo. «No, no es eso —
siguió reflexionando Shimon—. Si yo estuviera seguro de que ella podría ser útil —
intentaba justificarse ante sí mismo—, sería otra cosa. No es por tratarse de ella. Es
que, sencillamente, no podrá encajar en nuestro marco. Ama a la humanidad entera.
Es la encarnación de reb Avrom Ber, solo que con falda».
Beilke daba vueltas en la cama. El otro joven roncaba con tal ritmo que el más
grande de los poetas lo habría deseado para él. «Qué suerte tiene, qué bien duerme el
condenado», pensó Shimon. Pero de repente, como para desmentirlo, el joven estiró
una pierna e hizo un gesto cómico con el brazo; obviamente buscaba a alguien a
quien abrazar. Shimon se rio. Beilke dio la vuelta en la cama. El verdadero héroe de
la historia, al no encontrar a nadie a su lado, continuó roncando.
Beilke se levantó casi al alba. Alrededor de las seis de la mañana ya se movía por
la habitación con pasos sigilosos y cortos, como una gatita. Le daba pena despertar a
Shimon, que no había conciliado el sueño hasta la madrugada. Lo sabía porque
tampoco ella lo había logrado hasta muy tarde en la noche. Cubrió con su manta a los
jóvenes, como una madre que quisiera ofrecerles un poco de calor. Con el amanecer,
el frío se sentía aún más y quiso que, al menos ahora, se calentaran un poco. Cerró
silenciosamente la puerta y salió.
Abajo, en la tienda, a esa hora ya podías encontrar de todo si tenías los copecs
necesarios. Compró una pequeña barra de pan, un arenque ahumado, una jarrita de
leche para Shimon y media libra de azúcar en polvo.
—¡Buenos días, camarada! —la saludó, al volver a la casa, el joven de provincias,
aún tapado por la manta.
—¡Buenos días! —le respondió Beilke—. ¿Quieres vestirte o prefieres seguir
abrigado bajo la manta? Es bastante temprano, de modo que si lo deseas puedes
seguir durmiendo.
Hablaba en voz baja, cuidando de no despertar a Shimon, quien ahora había
sustituido al joven con sus ronquidos, solo que más silenciosos y sin ritmo alguno.
Beilke afirmó que había olvidado comprar té y bajó de nuevo a la tienda. Cuando
subió, el joven ya estaba casi vestido y Shimon despierto.
—¡Buenos días! ¿Qué tal se ha dormido?
—¡Estupendamente! —dijo Shimon, y dirigiéndose al joven—: Sabes que nos has
dado un concierto bastante bueno, ¿no?
—¿Que si lo sé? Si tú lo dices, seguramente hay que creerlo.
—Puedes creerme. Soy un crítico musical destacado —bromeó Shimon, y
mirando a Beilke:
—Camarada Beilke, ¿no habrás olvidado algo más?

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—¡Ah, sí, es cierto! —Y salió.
Shimon se puso los pantalones y sus tirantes, un par de zapatillas y, junto con el
joven, comenzó a extender la manta sobre la cama.
Beilke se rio con ganas al ver cómo discutían por arreglar el lecho cada uno a su
manera, sin poder evitar que la joroba de la escasa ropa de cama se inflara como la
levadura.
—¡Dejadlo ya, inútiles! Ya la arreglaré yo. Y tú, Shimon, te vas a acatarrar
andando por ahí medio vestido, ¿no crees?
—¡No me marees la cabeza!
—Shimon, hazme caso y deja de salpicarte con esa agua tan fría.
Shimon, como un niño tozudo, se enjuagaba el torso, seco y enjuto, con un placer
especial. Con ambas manos llenas de agua se lavó el rostro, metió su negra cabellera
bajo el grifo y volvió a salpicarse la cara con el agua fría.
—¡Ah, qué gusto!…
Beilke le riñó de nuevo.
—No te pongas pesada, Beilke, y no digas bobadas. Por el momento sigo vivo y
no voy a andar por allí somnoliento, sin refrescarme, solo porque quieres
convencerme de que estoy enfermo. No voy a convertirme en un inútil.
—Claro, será porque ya lo eres —dijo Beilke entre risas. Al joven provinciano,
que se estaba sirviendo un vaso de té, también le hizo reír la broma de Beilke.
Ella tenía prisa por llegar a su trabajo y se despidió del joven.
—Tú todavía estarás aquí —le dijo a Shimon, con una cálida mirada—. No
olvides que a las ocho en punto regreso a casa.
Echó una ojeada a su reloj y bajó las escaleras a toda prisa.
El joven, después de escribir algunos apuntes en su cuaderno, volvió a decir algo
sobre cierta misión que debía llevar a cabo en su shtetl y salió.
Shimon se quedó solo en la habitación. Mientras se peinaba le vino a la mente
una idea: si a alguien debían atraer para el partido era a Mijael. Sí, sería muy útil. Era
un muchacho consistente, a diferencia de Débora, que igual que se había hecho
socialista podría haberse hecho sionista si hubiera surgido la ocasión. «Necesita algo
a que aferrarse —se dijo—. Está llena de buenos sentimientos y es idealista, sí; pero
un ideal determinado no tiene. ¿O tal vez sí? Quién lo sabe. ¡Ah, pero cómo sabría
amar…! Está creada para ello».
Shimon terminó de asearse. No le apetecía comer, así que comenzó a repasar los
papeles, que luego arrugaba con la mano para agruparlos en el borde de la mesa y
después quemarlos. «No —siguió pensando—, a nuestro lado no va a trabajar. No
necesitamos tener aquí ninguna Débora. Solo significaría ofrecerles víctimas
gratuitas, sin ninguna finalidad». Utilizando el hornillo de gas se preparó un té. Dejó
el vaso sobre la mesa y empezó a dar vueltas por la habitación. Se acercaba de vez en
cuando, con la garganta reseca, a tomar un sorbo y leer algunos papeles. «Si sigo
viendo su imagen sobre el papel, bailando ante mis ojos, quiere decir que esa pequeña

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me conquistó anoche de verdad. ¡Vaya problema! No se puede estar siempre
trabajando. La vida se compone de algo más que el trabajo».
—¿Shimon, me escuchas? Si por ejemplo me abrazaras ahora, si me dieras un
beso de todo corazón, ¿acaso no gozarías? ¡Confiésalo!
—¡¿Qué…?! —Shimon miró a su alrededor. Con toda claridad le pareció que le
hablaba Débora. Juraría que la había oído pronunciar esas palabras.
»Pero si ni siquiera me tiene en su mente. Soy un idiota. Bueno, al parecer, el día
de hoy ya está perdido. Hoy ya no se va a trabajar. Además he dormido muy mal. El
ronquido de ese muchacho era como un continuo trompetazo. ¡Al diablo! Hay que
asegurarse de que esto no vuelva a suceder. ¡Shimon, no en vano has sufrido, no por
nada has desgastado tus pantalones en toda clase de cárceles y contraído una
enfermedad! Antes, te pudrías allí en el shtetl. Eras un “joven prodigio”, un hereje y
Dios sabe qué más. ¿Y todo eso para empezar ahora a jugar con amores? ¡Qué sabré
yo! ¡Bah, tonterías! ¡Puras tonterías! Además, tal cosa no existe en el mundo. ¡Amor,
zarandajas…! Es cosa de mujeres. Pero ¿qué ocurre? Solo porque Débora sea una
muchacha bonita, ¿por eso debes volverte loco? Ella te gusta. ¿Y qué? Nadie te
impide, no lo quiera Dios, disfrutar cuando la ves.
»¡Qué lento avanza este inútil reloj! Son las nueve y media. ¡Aún queda mucha
mañana! ¡Al diablo! Quizá me acerque a charlar un rato con Mijael. Debe de ser ya
un joven hecho y derecho. Larguirucho, lo fue siempre. ¡Y no me importaría ver al
“viejo” también! Un buen “muchacho”… Un hombre cálido, a su modo capaz de
resucitar a los muertos».
Perdido en sus pensamientos, se puso su ropa de las botas, cuyo cuero reseco
chirrió al embutir en ellas sus delgadas piernas, y el sombrero de terciopelo.
Desenredó sus tirabuzones y echó una ojeada a la imagen que se reflejaba en cada
uno de los seis pedazos del espejito roto de la pared. Rompió a reír. Debería además
ensuciar el gabán con un poco de barro. Comprobó que la puerta quedaba cerrada tras
él y salió con el propósito de ir a ver a Mijael. En las escaleras se cruzó con un jasíd
que le dio los buenos días, como si lo conociera desde hacía años.
—Buenos días —le respondió. Y continuó bajando hasta la calle. Deambuló un
buen rato. El día era sombrío y húmedo, y un frío mordiente penetraba hasta los
huesos. La tez casi se le volvió azulada. El reloj señalaba las once y cuarto. Llegar
más bien temprano estaría bien visto.
El rabino, al parecer, aquella mañana necesitaba acumular fuerzas porque aún
seguía desayunando, pese a lo avanzado de la hora. La sala caldeada y oscura
transmitía una sensación de confort invernal. Tras remover el café, Avrom Ber estaba
esforzándose en no claudicar ante el rígido trozo de mantequilla que se resistía a
derretirse sobre los huevos revueltos. Ni siquiera la ayuda de Réisele había sido
eficaz; sentada a la mesa, con un chal sobre sus huesudos hombros, pálida, estaba
absorta en la lectura de un libro. Shimon llamó a la puerta entreabierta.

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—¡Buenos días! —exclamó Avrom Ber sorprendido, y le tendió la mano sin
esperar a que él se acercara a la mesa—. ¡Sholem Aléijem!
—¡Aléijem sholem!
—¡Oh! ¡Vaya invitado! —Avrom Ber le acercó una silla—. Siéntate.
—Muchas gracias.
—¿De dónde vienes? ¿De tu casa? ¿Cuándo llegaste a Varsovia? ¡Ayer
precisamente! ¡Vaya, vaya, qué sorpresa! ¡Hace mucho que no te veía! ¿Cuánto
tiempo hace? ¿Hace ya dos años, dices? Te equivocas. No hace tanto. ¿Y cómo estás?
—No estoy mal.
—¿Y la salud? —preguntó, con mirada suspicaz, Avrom Ber.
—¡Así, así! De hecho, bien.
—¿No lo reconoces? —preguntó Avrom Ber a Réisele—. Es nuestro «joven
prodigio».
El «joven prodigio» sonrió.
—¡Claro! ¡Ahora lo reconozco! Lo cierto es que de pronto no supe quién era.
¿Cómo está usted?
—¡Así, así! Alabado sea Dios. ¿Y cómo está la rébbetsin?
—¡También así, así! Como siempre; es decir, que no se lo desearía a usted. ¿Tal
vez se unirá a desayunar con nosotros? ¿Seguramente acaba de rezar las oraciones de
la mañana?
—Sí, por supuesto.
—Bien, entonces vaya a lavarse las manos.
—¡Muchas gracias! Pero no puedo comer ahora, porque acabo de desayunar.
Hace muy poco tiempo.
—¿Sí? ¿Lo dices de verdad? —preguntó Avrom Ber.
—¡Naturalmente!
—Un vaso de café sí que tomarás. ¡Vaya, vaya, no me lo esperaba! —Avrom Ber
no podía acabar de alegrarse—. ¿Sigues estudiando? Tú eres el verdadero estudiante
que persevera.
En vez de responder, Shimon se quitó el abrigo y lo dejó medio colgado sobre la
silla. El calor de la habitación, después del mordiente frío de la calle, casi lo ahogaba,
pero se sentía contento de su decisión.
«Es igual que su hijita», murmuró para sí mismo mientras contemplaba el afable
rostro de reb Avrom Ber y el sincero gozo que su llegada le había proporcionado.
Réisele, algo encorvada, fue a la cocina y le trajo un vaso de café, mientras el chal le
resbalaba de los hombros.
—¿Cómo le va a tu padre?
—¡Así, así! Luchando cada día —respondió Shimon.
Avrom Ber suspiró:
—Es decir que, pobre de él, no encuentra manera de ganarse la vida. Al menos,
¿está bien de salud?

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—Tampoco mucho.
—¡Ay, ay, ay! —gimió Avrom Ber suspirando de nuevo. Estaba claro que le dolía
de verdad—. ¡Ya ves, Señor del mundo, cómo tienen que luchar los hijos de tu
pueblo! —exclamó, no en tono de protesta, sino solo recordando el hecho al Creador;
eso sí, instintivamente, sin dar muestra de aceptación. Esto se le notaba—. Y por lo
demás, ¿cómo te va? ¿Tal vez ya estás comprometido?
—No —respondió Shimon, y se sonrojó.
«¡Al diablo! —pensó enseguida—. Tal vez habría sido un buen trato. Hace mucho
tiempo que puso su ojo en mí como posible yerno. Ya en R… lo noté. Pero qué le
vamos a hacer si la cosa no está predestinada… —y esbozó una amarga sonrisa—.
¡Al diablo de nuevo! Me ruborizo como una doncella. Me he vuelto blandengue. No
hace más de una hora me dije que eso del amor era una gran tontería, una estúpida
ocurrencia de un soñador enfermo. Verdaderamente, soy tan coherente como una
veleta. En fin, ahora y aquí, dentro de mi papel, me puedo permitir ruborizarme».
En ese momento irrumpió en la habitación el asistente de reb Avrom Ber, muy
excitado.
—¡Dice que no quiere venir, que no necesita ningún arbitraje y no tiene por qué
venir!
—Debiste recordarle que todo judío está obligado a presentarse a un arbitraje
rabínico cuando se le convoca.
—Me empujó fuera, simplemente, y cerró dando un portazo. ¡Es un ignorante, un
rufián! —replicó el asistente, furioso.
—Vaya, vaya… —refunfuñó Avrom Ber—. No importa. Seguro que todavía
cambiará de idea.
«¿Dónde estará ella, la pequeña?» —se preguntaba Shimon, intentando eludir la
conclusión a la que había llegado.
—¿Cómo se encuentra su hija? —preguntó en ese momento el asistente, mientras
ayudaba a Réisele a quitar la mesa del desayuno—. He oído decir que no se sentía
bien.
Shimon echó una furtiva mirada a reb Avrom Ber. A punto estuvo de preguntar:
«¿Qué le pasa a Débora?».
—¡Bah, no es nada serio! Resbaló anoche en la calle, cuando volvía de reunirse
con su amiga, y a nosotros nos pareció que tenía algo de fiebre. Le mandamos que
pasara el día de hoy en la cama.
—¡Ah! —dijo el asistente—. Por esa razón me dijo ayer Mijael que viniera hoy
un poco más temprano. Me había asustado.
—¡Por supuesto, por supuesto! —dijo reb Avrom Ber, aprobando la decisión de
Mijael.
Shimon, enfadado, se ensañaba consigo mismo: «De todas formas vas a estirar la
pata pronto. Entonces, ¿qué es lo que quieres, imbécil? Lo repetiré de nuevo: ¡Bah,

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tonterías! Ya veremos quién vencerá a quién. ¿Quién entiende mejor la estupidez
humana, el corazón o la mente?».
Reb Avrom Ber continuó charlando un rato con Shimon sobre asuntos del día a
día y luego pasaron a discutir sobre algún tema talmúdico.
Al principio, Shimon no tenía el menor deseo de entrar en esa clase de debate. De
eso ya se había «desprendido», pertenecía a su pasado. Su último encarcelamiento
había «acabado con él». Ya entonces estaba «tocado», pero no tan seriamente como
ahora. Entonces mantenía sus plenas energías para esos desafíos intelectuales.
Todavía conservaba el pleno control de sí mismo y se burlaba de los pensamientos o
tentaciones absurdas que a veces surgían en su mente. Sabía cómo odiar con pleno
vigor y trabajar con seriedad contra los «parásitos». Cuando sus deberes lo llevaron
a R… su única misión era esperar vigilante a que los camaradas gentiles del partido,
disfrazados con gabanes de satén, vinieran a verlo y a proporcionarle material,
informes, planes, etcétera. Entonces podía sentarse a estudiar tranquilamente el
Talmud e incluso encontraba interés en ello. En aquel tiempo aún podía contar con
sus pulmones para respirar. Podía llevar una doble vida. Ahora, en cambio, le
resultaba difícil concentrarse, le faltaba agilidad en los razonamientos y se
desenvolvía con dificultad, se enredaba. Pese a ello, de un minuto a otro, a medida
que los compartimentos de su mente se iban abriendo, recobraba su agudeza.
Reb Avrom Ber detectó esta transformación. Ambos profundizaban cada vez más
en la discusión. El interés de Shimon se fue despertando gradualmente. Sus pómulos
empezaron a enrojecer. El fondo de sus grandes ojos negros irradiaba fuego.
Olvidando todo lo demás, se ponía en pie y movía los brazos como en mitad de una
disputa. Tampoco reb Avrom Ber callaba: ayudándose de su fiel compañera, la barba,
intentaban juntos refutar las argumentaciones de Shimon. Y no les resultaba nada
fácil. Shimon parecía decidido a no ceder de ninguna manera.
El final del debate, sin embargo, fue el de siempre: Avrom Ver salió victorioso.
Shimon tomó asiento, como agotado y con la típica sonrisa del vencido. También reb
Avrom Ber tomó asiento, solo que su amable sonrisa era la del vencedor.
—Tengo la impresión de que ahora no estudias tanto como en otros tiempos —
dijo en tono de leve reproche, aunque tan paternal que Shimon olvidó por un instante
que estaba representando un papel, y con sinceridad intentó justificarse.
—¡Bueno, no importa! Como dice el Talmud: «El lugar que ocupa el arrepentido
no merece ocuparlo ni siquiera el más justo»[30] —citó con mucho tacto reb Avrom
Ber, para recordarle de forma indirecta que debería estudiar más…
En ese instante llegó a casa del rabino una mujer con intención de plantear alguna
consulta ritual e inmediatamente después se presentó también el hombre que antes se
había negado a acudir al arbitraje.
Shimon se puso el abrigo.
—Bueno, ¡ve en paz y con buena salud! —se despidió reb Avrom Ber—. Ven a
verme esta noche y seguiremos charlando un ratito más.

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Lo acompañó hasta la puerta, mientras indicaba al hombre que se sentara. Luego
atendió a la mujer acerca de su pregunta.
Shimon, antes de salir, se asomó a la habitación de Réisele para decirle adiós y, ya
en la calle, se dio cuenta de que había olvidado preguntar por Mijael, el motivo por el
cual había ido a la casa. Reflexionó: regresar no le parecía bien, aunque entonces,
¿cómo podría verlo para hablarle de su plan? De pronto, sintió una especie de
compasión hacia Mijael y hacia aquella casa, la de Avrom Ber, con todo lo que
contenía. En ese momento era lo que más amaba en el mundo. Tal vez debía dejarles
en paz. ¿Es que aparte de Mijael no existía ningún otro?
Se encaminó hacia su hogar temporal, la habitación de Beilke, y la encontró
terriblemente fría. Sin quitarse el abrigo se sentó en la cama. Toda clase de
pensamientos entrelazados, sin tener nada que ver unos con otros, se agolpaban en su
mente, especialmente relacionados con su paso por R… ¡Ah! En aquel tiempo valía
la pena vivir, aún estaba lleno de energía, sano, fuerte; después, cuando salió la
segunda vez de la cárcel, se le incrustó una ligera tos a la que apenas prestó atención.
Pero tenía aliento: lo demás no le importaba.
Ahora, en cambio, ¿por qué tenía que negarse a sí mismo que trabajar por el
partido ya no era lo que le entusiasmaba?, sino más bien la sana comprensión
humana, la razón, lo que le impulsaba a trabajar por la causa, aunque al mismo
tiempo, ¿no era cierto que echaba en falta el fervor, las ganas, el coraje y el
convencimiento de la victoria? «Únicamente se puede trabajar —pensó— cuando a
uno lo impulsa la exaltación, cuando no se detiene porque el camino sea duro, el lodo
espeso y el caballo cansado, sí, muy cansado».
De pronto sintió hambre. Volvió a bajar a la calle y buscó un restaurante que no
pareciera demasiado elegante ni demasiado sucio. Entró y encargó un almuerzo.
El propietario del restaurante también desempeñaba, al igual que Shimon, un
doble papel en la vida: era camarero y propietario a la vez. Vino hacia él, bajito y
orondo, con una sonrosada papada, un delantal casi limpio sobre su notable barriga y
todo él sonriente, y le recitó el menú. Shimon encargó un plato de sopa, una ración de
carne asada y un vaso de té.
El hombre apuntó el encargo y se fue, dejando a Shimon confiado en que pronto
le traería la comida. Pasaron diez minutos y el hombre no aparecía. Shimon ojeó un
periódico y leyó unas noticias que le resultaron muy conocidas; echó una ojeada a la
fecha y sonrió. El periódico ya era histórico, con más de un mes de antigüedad. Miró
el reloj y vio que habían pasado quince minutos. Esperó y pasaron otros diez. Buscó
al hombre, pero en vano. Había desaparecido. ¡No estaba allí! Aparte de Shimon, en
el local no había nadie más. Solamente un gatito jugando con una bola de papel de
periódico y un niño de naricita roja que, en mitad de la sala, se calentaba junto a la
estufa de hierro. En la barra tampoco había nadie y, sobre el mostrador, unas cuantas
galletas cuyo aspecto tan poco apetitoso garantizaba que, sin duda, nadie se las
llevaría (el propietario debía de saberlo).

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Shimon perdió la paciencia y cuando, ya desesperado, estaba a punto de
marcharse, llegó el hombre con un plato de patatas acompañadas de pasta. Antes de
que se diera cuenta de lo que le habían puesto delante, el hombre desapareció de
nuevo. Shimon quiso protestar, decirle que se había equivocado de plato, pero no
había con quién hablar. Salvo que quisiera dirigirse al gatito, ya que incluso el niño
había desaparecido. Como no había otro remedio, comió las patatas y la pasta, y
siguió esperando.
Esta vez solamente tuvo que esperar cinco minutos. El hombre llegó con un plato
de hígado, pues, según dijo, carne asada no había. Aunque Shimon temía comer el
hígado, el propietario del restaurante afirmó que él exigía a sus clientes comer lo que
les mandara y no lo que ellos quisieran. Además, le trajo el té antes de que hubiera
terminado de comer el hígado. El té, naturalmente, se enfrió, pero Shimon no podía
quejarse, pues la culpa había sido suya.
—¿Quién le ha mandado comer tan despacio? —dijo el hombre. Según él, un
trozo de hígado no requería más de un minuto para comerlo, y por ello no había
querido hacerle esperar.
Shimon pagó por la comida y salió del cálido restaurante a la calle. Comenzaban
a encenderse las farolas en el oscuro atardecer. La luz procedente de unas tiendecitas
con paredes pintadas de verde, en donde vendían soda y en el invierno galochas,
proyectaba sobre las aceras mojadas unas rayas del mismo color que incrementaban
la sensación de tristeza. ¿Qué podía hacer? Aún faltaban tres horas hasta las ocho, y
el frío se agudizaba. En unos pequeños puestos de venta, junto a los que se sentaban
unas ancianas despeinadas y de ojos lacrimosos, las vendedoras de unas manzanas
raquíticas tenían las mejillas y las manos hinchadas, y tan rojas como la remolacha, a
causa del frío.
Shimon subió de nuevo a la habitación de Beilke y se mudó la ropa jasídica, que
lo agobiaba. Volvió a sentirse sumido en su labor cotidiana. Bien… ya no era un
«joven prodigio». ¡Ya era tiempo de volver a hacer algo! Pero ¿qué se podía hacer
con ese frío? Se envolvió en una manta e intentó después alisar la cama. Avivó la
llama de la lámpara de queroseno, pero al notar que humeaba se vio obligado a
reducirla. Hasta ese instante no advirtió que había olvidado quemar el montoncito de
papeles arrugados que había dejado sobre la mesa y se dijo: «¡Vaya imprudencia!
Aunque… enseguida vamos a calentarnos». Metió los papeles en la pequeña estufa de
hierro y, mediante unos trozos de leña que encontró, logró encender un buen fuego.
Ahora trabajaría. Pero no, tampoco le fue posible. Le dolía la cabeza, y el hígado que
había comido comenzaba a hacer su efecto. Le producía retortijones. No debería
haberlo comido. «¡Al diablo con esos miserables negociantes! Te ponen un plato con
piedras y te obligan a tragarlas. ¡Esa es la clase de personas que hay que extirpar de
una vez por todas!», se dijo en voz alta. Mientras tanto, el fuego ardía a la perfección.
«Ellos también necesitan ganarse la vida», le advirtió una voz desde su interior.
«Pueden encontrar un trabajo productivo, ya que no están enfermos» —replicó él.

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«Pero es que no hay bastante trabajo» —argumentó de nuevo la voz interior.
«¡Hay que procurar que lo haya! Hay múltiples trabajos por hacer. No todos los
recursos están explotados. Polonia, por ejemplo, tiene bastante tierra para alimentar a
sus habitantes, e igual ocurre en casi todo el mundo. Si se consiguiera crear un orden
digno… ¡Maldito sea aquel hígado!».
Beilke llamó a la puerta y entró.
—¡Buenas tardes, camarada!
—¡Buenas tardes!
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó Beilke mientras se quitaba el abrigo y el
sombrero.
Shimon no respondió.
—¿Qué has hecho hoy?
—Fui a visitar a la familia de Débora. ¿Sabes una cosa, camarada Beilke? He
decidido dejar a esa familia en paz. Es mejor así. Mucho mejor. Debo volver a
ponerme a trabajar como antes. ¿Te acuerdas? Hay que empezar a lanzar una nueva
campaña de agitación, es decir, trabajar con arreglo a un sistema diferente.
—¿Por ejemplo? —preguntó Beilke, mientras se disponía a freír un poco de carne
picada que había traído. Un sabroso aroma a cebolla frita, a hogar y a sano apetito
impregnó la habitación—. ¿Dices que ya has comido? ¿Hígado, además? Pero un té sí
tomarás conmigo. No debiste comer hígado. ¡Eres como un niño pequeño!
—Un té, claro que sí, ¿por qué no? —respondió Shimon pensativo.
—¿Aún tienes mucho que hacer hoy? —preguntó Beilke, mientras masticaba con
ganas un trozo de carne. El color y el brillo le habían subido a las mejillas. Sus ojos
claros miraban ardorosamente a Shimon.
—¿Has oído lo que te he dicho antes? Que si empezáramos a trabajar con otro
sistema, completamente diferente…
—¿Por ejemplo? —repitió Beilke.
—Por ejemplo, eliminando el terror como instrumento de la lucha de clases.
Beilke abrió los ojos de par en par y dejó de masticar.
—Sí, renunciar por completo al viejo lema de que «el fin justifica los medios».
De los jesuitas no hay nada bueno que aprender. Ese es un principio rancio y
obsoleto, y se puede decir con toda seguridad que ya ha demostrado su fracaso.
—¿Y…?
—Comenzar desde cero. Un proceso diferente, tal vez más lento pero más seguro.
Por ejemplo, a una persona de tipo medio le explicas por las buenas lo equivocado
que es el modo de vida actual. ¿Que no está de acuerdo contigo? Continúas siendo
tolerante e intentas persuadirle mediante hechos sólidos, mediante teorías
convincentes. ¿Que aún no está de acuerdo? Entonces hay que dejarlo. Continuáis
siendo amigos, más aún, realmente camaradas, pero cada cual con sus puntos de
vista. De vez en cuando entabláis una conversación sobre política y, antes de lo que
esperabas, se convierte en uno de los tuyos.

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—Muy bien, y mientras tanto las masas oprimidas languidecerán, hundidas en la
miseria. La sociedad, tranquilizada y sintiéndose segura, aprovechará la oportunidad
para divertirse a lo grande.
—Escucha, Beilke. Esa respuesta tuya, naturalmente, ya la esperaba. Pero
también sé que un gran plan como este no se puede concebir y hacerlo viable en un
solo día. De todos modos, ¡solo ha sido un pensamiento fugaz! Aunque quiero añadir
algo: si pudiéramos lograr una aceptación generalizada para nuestra causa por medios
pacíficos; si actuáramos como un imán irresistible para atraer a todos los elementos
sanos de la sociedad, el presente orden social se desmoronaría, la sociedad se
convertiría en un gran crisol de culturas y la gente acudiría a nosotros desde todos los
rincones del mundo por voluntad propia.
—¿Y quién creará ese nuevo plan? Quiero decir sacarlo a la luz, proponerlo…
—Eres muy ingenua, Beilke. Yo solamente estaba pensando en voz alta y tú
enseguida planteas un montón de preguntas.
—Bueno, también tú debes, antes que nada, ser tolerante y aceptar que una
persona tiene derecho a plantear preguntas, ¿no es así? —bromeó Beilke.
—Tienes razón —dijo Shimon, satisfecho con la reacción de ella—. Ya sabes, a
veces se te acumulan pensamientos absurdos que realmente corroen el cerebro.
—Creo que hoy no estás en plena forma física, camarada.
—No, no en plena forma. Parece que el hígado que comí me está afectando.
—Dime una cosa. ¿De verdad piensas instalarte en Varsovia por algún tiempo?
—¡Sí!
—En ese caso, tengo para ti una habitación y además un consejo.
—¡Ah, ya sé! Que cuide mi salud, que no me lave en agua fría, que no coma
hígado…
—Puedes tomarlo a broma, pero en mi opinión no tienes derecho a hacer con tus
escasas fuerzas lo que se te antoje. Tus fuerzas no te pertenecen solamente a ti.
Nosotros las necesitamos, esa es la realidad y lo digo abiertamente. Por esta razón es,
sobre todo por nosotros, que debes ante todo procurar tomar alimentos adecuados y
en general cuidarte. Es una pena que mi madre no resida en Varsovia. Te cuidaría
como a un hijo propio y, sobre todo, en su casa podrías trabajar el doble y desarrollar
tus ideas, al mismo tiempo que recuperarías tu salud. Se sacrificaría realmente por un
joven que persevera en estudiar el Talmud, pues para ella misma se está preparando
una parcela en el mundo venidero. Serías como un hijo suyo y en cierto modo
compensarías la desgracia que yo le causé al marcharme de casa y hacerme costurera,
es decir, una desvergonzada que quería vivir en libertad, manchando su imagen ante
todo el shtetl.
—Al parecer olvidas que yo quiero llevar mi vida aquí con toda naturalidad, y no
volver a ser un estudiante del Talmud. Es decir, me niego a volver a llevar una doble
vida, salvo excepciones muy poco frecuentes.

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—En ese caso, todo lo que tendrías que hacer sería soportar sus reproches.
Volcaría todos sus problemas sobre tu cabeza por ser un pecador, como yo lo fui.
Beilke rompió a reír con tan sano regocijo que Shimon la miró con ojos de
hombre y pensó que realmente era bastante atractiva…
—¿Más té?
—¡No, gracias!
Continuaron conversando un rato. Beilke preparó la cama, pues debido al
duermevela de la noche anterior ambos necesitaban acostarse temprano. Apagó la
lámpara.
Por segunda noche consecutiva, no conseguía conciliar el sueño. Shimon, en
cambio, se quedó dormido enseguida. A Beilke, su lucha interior le hacía retorcerse y
dar vueltas sin descanso. «¡Ay de mí! ¡Qué doloroso es amar sin ser correspondido,
sembrar sobre una piedra!», se decía. Continuó despierta durante mucho tiempo y ya
eran las tres cuando abandonó la cama. Bajo el largo camisón, su figura parecía aún
más alta y delgada. Se sentó en el borde, al lado de Shimon, y lo contempló. La
blancura de su pálido rostro destacaba en la oscuridad y recordaba más bien un
espectro de otro mundo antes que la cara de una persona viva. Beilke siguió
observándolo durante largo rato, transportada por un intenso éxtasis de amor. La
envolvía una compasión cálida y maternal, la misma que sentiría una madre
contemplando a su niño enfermo en el umbral de la muerte.
Apartó el cabello de la frente de Shimon, la acarició con ternura y le plantó un
beso. Shimon despertó sobresaltado.
—¡¿Beilke?! ¿No duermes? ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué no duermes?
Beilke rompió a sollozar como una niña.
—¿Te ocurre algo? ¿Así, sin más? ¿Acaso estás enferma?
—Shimon, no debes fingir. Sabes que no tengo nada contra ti, pero no es justo
que ignores mi sufrimiento.
—Beilke, no seas pueril —la tomó en los brazos y acarició tiernamente su cabeza
—, Beilke, tú sabes que soy un hombre enfermo. Trabajamos juntos por una causa y
no ignoras que te estimo y que me interesas, me interesas mucho. Eres tan buena
camarada… Te quiero por tu afilada inteligencia, por tu franqueza hacia las personas
y hacia las cosas. Escúchame, te vas a enfriar. Ven a dormir, Beilke. Vuelve a la
cama.
La acercó más a su cuerpo y la cubrió con la manta que ella le había reservado
mientras se conformaba con los abrigos para taparse. Beilke temblaba, y no
únicamente por el frío, sino por esa ternura que el sentido común le había obligado
siempre a reprimir; por la pasión y las emociones, que no se dejaban vencer por la
razón.
Los dos olvidaron por un momento que él padecía una enfermedad contagiosa, o
tal vez lo quisieron olvidar.

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Beilke se levantó temprano. Pensó en dejarle a Shimon unas palabras escritas, con
el pretexto de que no había querido despertarlo al irse al trabajo. Pero comportarse
como una cobarde no formaba parte de su carácter. Esperó a que él abriera los ojos y
preparó el desayuno. Juntos tomaron el café y hablaron acerca de encontrar un
alojamiento para él. Ambos se sentían libres como siempre, como si esa noche nada
hubiera sucedido entre ellos.
Shimon se instaló finalmente en Varsovia. Continuó trabajando para el partido
como lo había hecho antes. Daba clases a un par de alumnos y ese ingreso, añadido a
lo que recibía del partido, le permitía vivir un poco más holgadamente.
Débora, por su parte, sentía crecer de día en día su amor hacia él. Shimon seguía
tratándola como a una persona todavía no adulta. Era amable con ella como podría
serlo con cualquier buena chica. Pero más adelante, incluso su presencia parecía
inquietarlo. Comenzó a darle cada vez menos ocasiones de trabajar para el partido.
Sencillamente deseaba que se marchara. Lo interiorizaba así: «Tenerla no la vas a
tener y, por otra parte, debes trabajar. Tu trabajo es más importante que el de ella.
Esto hay que admitirlo…».
Al principio, Débora quiso convencerse a sí misma de que si no la dejaban
participar en las reuniones era porque no llevaba suficiente tiempo en el partido.
Otras veces pensaba que no depositaban gran confianza en ella debido a que era hija
de un rabino. Sin embargo, ¿y en Shimon, con su pasado jasídico? Ahora bien, a él lo
necesitaban porque era una persona muy capaz, una persona sin la cual el partido tal
vez tendría un carácter totalmente diferente… Por ella, en cambio, no les valía la
pena reflexionar y correr riesgos. Lo que ni siquiera cruzaba por su mente era que la
mano de Shimon estuviera detrás de ello. Únicamente le dolía su distanciamiento y
que la tratara como a una criatura demasiado insignificante como para perder el
tiempo con ella. A veces, hasta quería pensar que la ignoraba para hacerla sufrir. Esto
ya habría sido alentador para ella; peor sería que no le importara nada… Pensándolo
bien, ¿qué interés podía tener él por alguien como ella? ¿Qué era ella a su lado?
Aunque, por otra parte, ¿en qué era ella peor que otras camaradas? ¿Qué falta había
cometido para perder la estima que encontró al entrar en el partido? ¿Y por qué razón
incluso Beilke enfrió su relación con ella y la evitaba en cuanto podía? ¿Por qué?
¿Por qué?
Así de atormentada pasó el invierno. No conseguía encontrar un lugar para ella. Y
por si fuera poco, en casa no paraban de acosarla con propuestas para que se casara,
algo que ni remotamente se le pasaba por la cabeza. La familia empezó a mirarla con
malos ojos, incluso a temerla como se teme a alguien que solamente causa problemas,
en especial Réisele:
—No comprendo cómo una muchacha se pasa los días pensando, llorando o
lanzándose de pronto a cantar como una loca, o desapareciendo tardes enteras sin que
se sepa dónde está. ¡Y además se ha vuelto muy fresca y deslenguada! Si le dices una
palabra pones en peligro tu vida. ¡No sé qué ha pasado con ella! Apenas me atrevo a

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decirlo, porque me entra miedo. Qué sé yo, puede que sean los nervios. Sin embargo,
más nerviosa que yo no creo que sea, y yo no ando por ahí llorando y a continuación
cantando. Me avergüenzo ante los vecinos. ¡Ojalá Dios nos ayude y se logre
encontrarle alguna pareja!
Débora comenzó a detestar su hogar. Se daba perfecta cuenta de que la miraban
como a una loca, de que ella misma no sabía lo que quería. Empezó a pensar que
sería bueno tener algún lugar al que huir. Había oído decir que las muchachas de
provincias, cuando no se entendían con los padres, huían a Varsovia. ¡La propia
Beilke también lo hizo! Es cierto que ella no era Beilke; a Beilke en el partido la
tenían por un miembro destacado, mientras que a ella intentaban expulsarla. Por
tanto, una cosa era aspirar a algo y otra muy diferente llevarlo a la práctica. No, no
había huida posible, no tenía adonde huir.
Del partido se fue retirando poco a poco, por propia iniciativa. El comportamiento
de Shimon llegó al extremo de que empezó a parecerle que se burlaba de ella. En el
mejor de los casos, que la consideraba absolutamente incompetente. Y cuando una
tarde le preguntó —lo hizo poniendo en riesgo su propia salud— por qué razón a ella
no la aprovechaban en beneficio del partido, mientras a miembros más jóvenes les
confiaban ciertas tareas, su cortante respuesta fue la siguiente:
—Te diré la verdad. Apenas encajas en nuestra organización.
Y por si fuera poco, volviendo la cabeza, comenzó a ojear una vieja revista que
había sobre la mesa, como si quisiera evitar deliberadamente incluso mirarla.
También Beilke cogió en sus manos un periódico, con tal concentración en la lectura
como si con la mirada se propusiera salvar una vida humana.
Esto fue el punto final. Ya no pudo soportar más. Con dificultad consiguió no
echarse a llorar como una niña en la habitación de Beilke. Y tal vez fue ese perenne
temor suyo a parecer infantil lo que la salvó: no lloró.
Al regresar a casa, sí lloró lo suyo. Se sintió aliviada y se prometió no pensar en
él nunca más. La invadió una especie de odio, en sustitución del amor, no solo hacia
Shimon, sino hacia todo su entorno. Y lo descargó sobre el socialismo.
Si en ese momento contara con un oficio habría huido de Varsovia, de sus padres,
de sí misma y sobre todo de Shimon. Habría querido no verlo nunca más, ni siquiera
encontrarse con él en la misma ciudad.
Lo cierto es que a él, de todos modos, no lo habría vuelto a ver. Al cabo de pocas
semanas de haberse instalado en Varsovia, Shimon se vio obligado, por
requerimientos del partido, a regresar a R…

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CAPÍTULO XII
DE LO QUE ES CAPAZ LA PROVIDENCIA

REB Zalman, mientras tanto, no cesaba en su búsqueda de novio para Débora y llegó
una tarde con una nueva proposición, con algo «que no se encuentra en estos
tiempos», según dijo.
—¡Escuchen de lo que es capaz la Providencia! —anunció maravillado a reb
Avrom Ber—. Usted conoce a reb Bóruj Leib, el director de la yeshivede Berishlitz,
¿no es así?
—Por supuesto que lo conozco. ¿Quién no conoce a reb Bóruj Leib?
—A su hijo seguramente también lo conoce, ¿no es así?
—Sí, estuvo una vez en R… con su padre. Lo había llevado con él para que se
despidiera del rebbe antes de viajar a Bélgica. En aquella ocasión almorzó en nuestra
casa. Recuerdo que lo invité.
—¡Usted sabe que su hijo emigró para eludir el alistamiento militar!
—Sí, naturalmente.
—Bueno, entonces, ¡escuche de qué es capaz la Providencia! Debido a que
Débora desea un novio de los de cuello almidonado y usted no desea un yerno de los
de cuello almidonado, ninguna de las proposiciones matrimoniales ha podido tener
éxito hasta ahora, y la verdad es que uno empieza a desanimarse. Pues bien, ha tenido
que llegar reb Bóruj Leib, y que anoche precisamente habláramos de usted, para que
de pronto se me encendiera una lucecita y al parecer, escúcheme bien, al mismo
tiempo él pensara en lo mismo. Así surgió la idea de casar a su hijo con la hija de
usted. ¿Qué le parece, eh? Esto sí que será lograr, como suele decirse: «El lobo
saciado y la oveja entera». ¡Ja, ja, ja! Con toda honestidad, la Providencia sabe cómo
hacer las cosas. Usted habrá oído que Amberes es una ciudad de judíos devotos.
—¡Sí, lo he oído decir!
—Pues ¡supera lo que haya podido oír! Mucho más que Varsovia. Allí no abunda
tanto la apostasía. Es una ciudad de judíos observantes. Solo que allí se visten de otro
modo, ¿me entiende? No en vano viven en el extranjero. Visten al estilo europeo y,
sin embargo, pese a su ropa de corte moderno son mucho más practicantes, mucho
más estrictos que los judíos de aquí. ¡Es una ciudad puntera en el judaísmo! Allí la
gente se dedica a estudiar el Talmud. Hay numerosas sinagogas y oratorios jasídicos.
En una palabra, como en Varsovia. El hijo de reb Bóruj Leib estudia el Talmud cada
día, al terminar su trabajo.
—¿Cómo? ¿Es artesano?

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—¿Artesano? ¿Qué piensa usted? ¿Que trabaja como zapatero? Es nada menos
que tallador de diamantes.
—¿Qué? —Avrom Ber casi se asustó.
—¡Sí, sí! ¡Tallador de diamantes! Comprenderá usted que ingresos no le faltan.
Como reza el dicho: «Cuando se corta la madera caen astillas, y cuando se cortan
diamantes caen diamantitos». Hoy es una profesión noble, ¿me oye? Le envidio a
usted de todo corazón. Es como si le hubiera caído del cielo. Ojalá quisiera
emparentarse conmigo, pero, en fin, tal vez no sea el predestinado para mi hija. Lo
que el joven desea, así me lo ha dicho, es emparentarse con la familia de usted porque
ha oído decir que su hija es una joven excelente, bella e inteligente. ¿Y de quién cree
usted que lo habrá oído? —preguntó Zalman con una sonrisa de complicidad—. El
hecho es que reb Bóruj Leib piensa que bajo la influencia de la hija de usted su hijo
continuará siendo un buen judío. ¿Me comprende? Al fin y al cabo, ella lleva el sello
de su familia.
Reb Avrom Ber echó mano a su barba. «¡Qué cosa tan sorprendente! Aunque,
¿quién sabe? ¿Tal vez la Providencia?», pensó. En cualquier caso, había que consultar
con Réisele y la llamó para que lo oyera. A ella también le pareció razonable el
asunto: «¿Sabe usted que no podemos ofrecer una dote?», fue su pregunta.
—¡Eso ya es cosa mía! —afirmó reb Zalman—. Le he explicado a reb Bóruj Leib
lo que significa emparentarse con reb Avrom Ber. Ya verá usted cómo lo arreglaré de
tal modo que no solamente aporte la dote, sino que también cubra los gastos de la
boda. ¡Déjemelo a mí! ¡Cuando decido hacer algo, lo hago! A primera hora de la
mañana, si Dios quiere, se le enviará una carta al joven y, si da su consentimiento,
con la ayuda de Dios, todo saldrá a pedir de boca.
El joven, desde la lejana Bélgica, envió su consentimiento. ¿Por qué no iba a
aceptar? Su padre, en la carta, no solo prometía pagar la dote, los regalos de boda y la
manutención después del casamiento, hasta que él pudiera prosperar por sus propios
medios, sino que además incluyó una donación de cincuenta francos. ¿Por qué iba a
negarse? Tendría que ser idiota para rechazarlo. Y además, él recordaba a Débora de
cuando la vio en su casa de R… Realmente era una bonita muchacha. Entonces, ¿por
qué no? Bien al contrario, para él sería un honor. ¿Qué había de malo en
comprometerse?
Cuando se le presentó a Débora la propuesta, a ella le pareció, así de pronto, que
era la mejor salida. Marcharse al extranjero, no seguir siendo «la hija del rabino»,
poder comportarse como quisiera, sentirse libre, perder de vista todo, y de golpe.
Podría conseguirlo a través del matrimonio. En su ansia por escapar de la familia, sin
embargo, olvidó considerar el alto precio que había de pagar: casarse con un hombre
al que ni había visto en su vida, ni conocía ni sabía nada sobre él.
Una vez que comunicó su aceptación, la alegría invadió a Avrom Ber. Réisele, en
cambio, se limitó a no dar muestra de satisfacción. Una reacción que a Débora
molestó, sin embargo, por el hecho de que no se hubiera opuesto. Significaba

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claramente que nada tenía en contra de que su hija se marchara al extranjero; es decir,
¡que le agradaba deshacerse de ella! Muy bien, pensó, en ese caso era evidente que
debería marcharse. También significaba ¡que su madre no la echaría mucho de
menos! ¡Humm…! No podía deducirse otra cosa. Esto último, más que irritarla, la
sorprendía. Llegó a la conclusión de que a ella no la necesitaba nadie: Shimon ni
siquiera pensaba en ella; sus padres no solo asentían, sino que estaban encantados de
enviarla fuera; y del partido la empujaban literalmente a que lo dejara. Neciamente,
ella había querido convencerse de lo contrario: que para Shimon no era del todo
indiferente; que sus padres la amaban; que si su madre insistía una y otra vez en sus
sermones era solamente por el bien de su hija…
«La verdad es que me odia —comenzó a pensar—, que siempre me odió y que se
alegra de esta oportunidad para deshacerse de mí. Esta es la verdad. Piensa que no
soy bastante inteligente. Es así, me lo dice diez veces al día. ¿Qué más puede pensar
de mí? Que soy una vaca sentimental proclive a sentir compasión por cualquiera, que
confío en quienquiera que sea, que me imagino tonterías que no tienen pies ni
cabeza… Todos se burlan de mí, todos: mi propia madre, Mijael, ¿y quién no?… Así
que, ¿casarme? ¡Adelante! ¿En qué sentido es peor casarse —para escapar de un
hogar que te resulta extraño y del que estás harta, y de tus propios padres que quieren
deshacerse de ti— que, digamos, morir? ¿Cuál es la diferencia? Tampoco papá hizo
ninguna mueca. Solo le faltó decir: ¡Que se vaya! ¿Quién la necesita aquí? No le
importó ni un comino».
Que su papá la amaba era algo de lo que siempre se sintió segura. Ahora veía que
no contaba con nadie. Rompió a llorar y a sollozar con ardor. Réisele acudió a su lado
a toda prisa, todo lo rápido que sus débiles piernas se lo permitían.
—¿Qué te sucede, Débora?
En ese instante, Débora sintió auténtico odio hacia su madre. Quiso atormentarla.
No respondió a su pregunta. Y cuando Réisele, asustada, insistió varias veces en que
le dijera por qué lloraba, le respondió que no estaba llorando y que la dejara en paz.
Réisele la miró boquiabierta. Por primera vez en su vida oía a Débora hablarle de
ese modo. Enfurecida, y sin decir palabra, regresó a su habitación.
—¿Has oído esto? —dijo a Avrom Ber cuando él entró para preguntar por el
repentino llanto de Débora—. Esta hija tuya me acorta los años. ¡Ojalá salga adelante
este matrimonio! ¡Que se marche! ¡Con salud y en paz!
—Con la ayuda de Dios, saldrá adelante. No olvides que es un enlace afortunado,
bendito sea Dios. No es poca cosa en estos tiempos casar a una muchacha sin poner
un groschen de dote… Alabado sea Dios por su merced.
—Y encima se anda con remilgos. Nadie la complace bastante.
—Es cierto, pero gracias a Dios no nos ha avergonzado. No ha elegido, Dios no
lo quiera —apuntó con satisfacción Avrom Ber—, a uno de esos jóvenes que no usan
gabán, sino que, al mismo tiempo que se casa como ella prefiere, con alguien que
viste al estilo moderno como el joven de Amberes, se trata, según nos informa reb

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Zalman, de un judío temeroso de Dios. Pasa horas estudiando, será un buen marido y
ganará más que lo suficiente.
Dos días más tarde llegó a la casa una visita formal: una oronda mujer de baja
estatura, con chaqueta de lino negro, decorada con múltiples cintas de seda y la
cabeza cubierta por un chal de encaje negro, amplio y de elevado precio. La
acompañaba otra mujer, alta y de rostro algo enrojecido, también con chaqueta de tela
negra pero con menos cintas y un chal más estrecho. Al lado de ambas caminaba,
arrastrando los pies, una mujer bajita, también con chaqueta negra aunque sin cinta
alguna y un somero chal en la cabeza, nariz reducida y ojillos acuosos, la boquita
encogida y el mentón pequeño y con arrugas. Se trataba, respectivamente, de la futura
suegra de Débora, su hermana y su cuñada, que venían a conocer a la novia.
La casa estaba bien limpia y ordenada. Réisele, ataviada con su vestido negro, se
había empolvado los pómulos con colorete. Débora resplandecía de excitación. La luz
de la lámpara le prestaba, como deliberadamente, el aire de una novia.
No sin esfuerzo, la futura suegra logró sentarse en una silla demasiado alta para
ella y quedó como clavada, en posición inclinada hacia delante. De ese modo, a su
hermana le quedó hueco bajo la mesa para estirar sus largas piernas, mientras que a la
cuñada, sentada como si fuera una niña, le colgaban las suyas.
Débora las observó y no pudo evitar la risa. Las tres mujeres intercambiaron
miradas de sorpresa y casi podría haberse cancelado el compromiso, si no fuera
porque a continuación ella respondió a sus preguntas con tacto, modestia y sensatez,
y porque además Réisele se inventó un cuento: acababa de sucederles ese día un
incidente tan cómico que Débora no lograba olvidarlo, lo que le hacía reír de modo
descontrolado.
Débora causó finalmente buena impresión. Unos días más tarde se celebró en la
casa el compromiso matrimonial.
El futuro suegro, un hombre de elevada estatura, barba pelirroja como el fuego,
cuerpo grueso y rostro vigoroso, en el que apenas se adivinaban los ojos, se mostró
realmente encantado con Débora y no le quitaba ojo de encima. En cuanto a la futura
suegra, que no lograba sentarse del todo en ninguna silla, tampoco desviaba de ella la
mirada.
Cuando le colgaron del cuello desnudo una larga y trenzada cadena de oro,
Débora sintió un temblor al contacto con la frialdad del metal. No pudo evitar el
pensamiento de que con esa cadena se podría atar al más grande de los perros. No
puso atención a la conversación en la mesa, ni tampoco a los buenos deseos. Solo
rumiaba una cosa: se estaba vengando de sus padres, de Shimon y de sí misma.
Consciente ahora de que Shimon ni siquiera pensaba en ella, se alegraba, sin
embargo, de cometer esta especie de traición.
Al llegar, no obstante, el esperado momento del compromiso en que, tras romper
un plato en el suelo, todos bailaron alrededor del mismo cantando ¡¡mazl tov!!, la
invadió una melancolía tan angustiosa que, en medio del jolgorio general, los

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invitados lo detectaron. Comenzaron a interrogarla, a preguntar qué le pasaba, si es
que no se encontraba bien, no lo quisiera Dios, o tal vez sentía náuseas. Le insistían
en que no debía sentir vergüenza. Ella les aseguró que no le pasaba nada, aunque la
palidez del rostro, y también sus ojos, delataban lo contrario.
Finalmente los asistentes se dispersaron y, por fin, también reb Zalman se
marchó. Las luces se apagaron.

Débora, acostada en su cama, mantenía la mirada clavada en la oscuridad. Su mente


no funcionaba. No pensaba, no sentía, no reflexionaba. No se alegraba, pero tampoco
se arrepentía. De hecho, no recordaba nada de lo que le había sucedido esa noche. El
reloj ya señalaba las cinco cuando el sueño la venció.
Por la mañana, reb Avrom Ber la saludó con un radiante «buenos días».
—¡Mazl tov, Débora! ¿Sabes? ¡Ahora te has hecho mucho más querida para mí!
¡Alabado sea Dios por su merced! ¿Por qué no me respondes, Débora? ¿No te
alegras?
Ella guardaba silencio. Su padre le acercó un aguamanil de cobre con un poco de
agua y un barreño de latón.
—Toma, lávate las manos.
—¿Por qué en la cama? Ya me lavaré cuando me levante.
—Quiero que comas algo. Ayer no estabas del todo bien.
Le acercó a la cama en una bandeja un platito con tarta y un vaso de té. Débora
miró la tarta y sintió un escalofrío, como si la tarta hubiera sido amasada con veneno
en lugar de huevos y azúcar.
—No puedo, papá, no puedo. Déjame en paz.
—¿Qué te sucede? ¿Aún no estás del todo bien, eh?
—Estoy sana, sana. Déjame dormir, te lo ruego. Quiero dormir. No quiero
ninguna tarta, no quiero.
—Bueno, duerme y que descanses.
Avrom Ber se lo contó a Réisele. Su hija, con el rostro lívido, se negaba a comer.
—Seguramente estará cansada —dijo Réisele, y dio la vuelta hacia la pared.
También ella deseaba seguir durmiendo.
Débora se levantó alrededor de las dos de la tarde. En silencio, dando vueltas por
las habitaciones, fue arreglando el desorden de la noche anterior. Extremadamente
pálida, a sus ojos asomaba una desesperada tristeza, como a causa de algún luto.
A partir de aquella mañana, deambulaba por la casa como si fuera una extraña. Se
sentía ajena a todo e innecesaria. Miraba al padre, a la madre y al hermano como a
unos simples conocidos en cuya casa ella se alojaba como invitada, y que esperaban
con ansia el momento en que la abandonara para marcharse a cualquier sitio.
También ella empezaba a esperarlo. Una pesada y opresiva amargura se adhería a
todo lo que observaba. Se le encogía el cuerpo bajo la carga de negros pensamientos,

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de toda clase de torpes ideas que desde la mañana no cesaban de perturbar su mente,
de corroerle el corazón, de envenenar su sangre.
Mil veces se dijo que, al fin y al cabo, un compromiso se podía romper. No había
razón para hundirse. Y mil veces se repitió que no, que si querían deshacerse de ella,
no debería quedarse en la casa. Decidió, para castigarse a sí misma, no mencionar la
posibilidad de romper el compromiso; a menos, a no ser, que le surgiera una
oportunidad para poder subsistir por sí misma. ¿Cómo? ¿Haciendo qué? ¿Qué sabía
hacer ella? ¿Qué le habían enseñado? Melancólica y resentida, se mantenía
obstinadamente callada.
Los padres no sabían cómo actuar. Réisele consideraba el continuado silencio de
su hija como una suerte de reacción al «excesivo parloteo» precedente. Tal vez estaba
convirtiéndose en una persona madura; al fin y al cabo ya era una muchacha con edad
para casarse. Se habría hecho más juiciosa. No se preguntó por qué estaría Débora tan
pálida últimamente; a ella misma, en cambio, siempre enfrascada en sus libros, sí que
se la veía endeble. Y si alguna vez se lo mencionó a Avrom Ber, él comentó que era
lo habitual en una muchacha antes de su boda. ¿Acaso no comprendía Réisele la
felicidad que eso suponía, bendito sea Dios? Bóruj Leib viajaba por toda Rusia y
recaudaba una fortuna para la yeshive, por lo cual le pagaban muy bien. Y, además,
Débora iba a lograr un novio que vestía al estilo actual, moderno…
—Pero papá —intervino Débora entrando desde la cocina, desde donde había
oído casualmente la conversación—, ¿quién te ha dicho que yo quiero un novio que
vista al estilo moderno?
—¿Qué crees? ¿Que nosotros no nos damos cuenta? —respondió su padre con
una sonrisa.
En la casa empezaron a considerarla como una joven independiente. Comenzaron
a mostrarle más respeto. Se ocuparon de comprarle ropa más elegante. El futuro
suegro le traía un regalo tras otro. Débora se mostraba indiferente, tanto a él como a
sus regalos. Eso molestaba, a él y sobre todo a la futura suegra, y les sorprendía. No
sabían cómo interpretar la singular actitud de la muchacha acerca de todo lo
concerniente al matrimonio.
—Una joven rara —comentaron entre ellos—, inteligente y buena, pero el hecho
de que no le interese si recibe regalos o no resulta incomprensible. Y no solo eso: se
le regala un vestido y no lo usa. Le da todo igual.
—No deberías comprarle nada y ya verías. ¿Cuánto apuestas a que se moriría de
ganas por un regalo? —aconsejó la cuñada de reb Bóruj Leib, la de las piernas largas.

El invierno ya había quedado atrás con sus noches prolongadas, durante las cuales
Débora tuvo tiempo suficiente para pensar, y también para no pensar en nada.
Y llegó de nuevo la primavera. Las calles de Varsovia estaban literalmente
cubiertas por el barro que formaba la nieve derretida. Los festivos días del Pésaj,

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calurosos, enlodados y aburridos (así, al menos, le parecieron a Débora) llegaron a su
fin, como todo lo terrenal, y enseguida, como cada año en esa época, las noches
fueron haciéndose más cortas. El sol, cada día más alto en el cielo, calentaba con
mayor fuerza. La gente salía de nuevo de sus encierros y respiraba un poco de aire
fresco. De nuevo se oía la vocinglera algarabía de los niños y los malos olores del
patio se esparcían, impulsados por el calor. La gente pobre buscaba algún ingreso
vendiendo ropa vieja. La esposa del pastelero, de nuevo a la puerta de su tienda,
volvía a soltar maldiciones. Débora, en lugar de salir fuera a la luz del día, se
asomaba a la ventana abierta que daba al patio. Si había algo que le interesaba era el
juego de los niños allá abajo. Lo contemplaba durante horas e incluso a veces se
involucraba y se divertía mentalmente siguiéndolos con la mirada. En casa se negaba
a realizar el menor trabajo. Le importaba un bledo que todo estuviera desordenado.
De hecho, tampoco se hallaba en condiciones de trabajar. Últimamente empezó a
sentir dolores en el corazón. El médico que la examinó no le dio importancia, lo
atribuyó a los nervios y nada más. Necesitaba, según dijo, mucho aire fresco, comer
bien y sobre todo dejar de preocuparse. Le prescribió un medicamento, pero el dolor
en el corazón persistía, a veces más leve y otras más agudo.
—Casarla será para ella la mejor cura —aconsejó reb Zalman en una ocasión en
la que Réisele se lamentó ante él—. Tendrá un marido, un hogar del que ocuparse y
no estará nerviosa. Suerte que el futuro suegro no se ha enterado, pues seguro que
rompería el compromiso.
—Con la ayuda de Dios, no será nada. Solo se debe a los nervios —tranquilizó
Avrom Ber a reb Zalman y, a la par, también a Réisele.

—Débora, he oído decir que te has comprometido con un joven de Amberes muy
rico. Entonces, ¿se te puede desear mazl tov? —le preguntó Beilke en un casual
encuentro en la calle, sin abandonar una sonrisa burlona.
Débora no le respondió.
—En cualquier caso, no es rico —se justificó finalmente, tras una larga pausa—.
Y todavía no sé si saldrá algo de esto. Ya sabes cómo son los padres. Toda su meta en
la vida es casar a los hijos y asegurar su futuro, pero yo todavía tengo algo que decir
al respecto.
—¿Conque sí? Alguien me contó que ya estabas comprometida.
Débora enrojeció como el fuego.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Una muchacha. No la conoces.
—Es falso…
¡Ahora lo comprendía Débora! Este era el motivo por el que últimamente Beilke
se había distanciado tanto de ella: «Piensa que me vendo por dinero, o tal vez ya me
desprecia como a una futura burguesa». Y también veía ahora claro por qué Beilke se

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había encogido de hombros con irritación cuando, al preguntarle en una ocasión qué
tal estaba el camarada Shimon, ella le respondió: «¿Cómo lo voy a saber yo?».
Débora comenzó a sentir un fuerte deseo de poner fin a esa hipócrita relación y,
de una vez, mandar al diablo todo el asunto.
—¿Sabes, Débora? —preguntó Beilke, de repente—. Acabo de recibir una carta
de Shimon. Este verano regresará por fin a Varsovia. La semana pasada estuvo aquí.
—¡¿De verdad?! —reaccionó Débora instintivamente. Se contuvo y preguntó con
mayor frialdad—: ¿Estuvo mucho tiempo?
—No. Únicamente unas horas.
Beilke buscaba algo en sus ojos, como si quisiera detectar el efecto de esas
palabras.
«Deben de ser imaginaciones mías —pensó Débora—. Aunque sé que Beilke no
puede tener ni idea, la veo buscando algo en mis ojos. ¡Voy a enloquecer! ¡Este será
mi final! Estoy cayendo en un mundo loco, de locas suposiciones y de sueños locos,
y el deseo de hacerme daño a mí misma también es locura…».
—¿Sabes, Beilke? Estoy buscando un trabajo. Tal vez podría encontrar empleo
con alguna costurera. ¿Me podrías recomendar a alguna?
Beilke se echó a reír.
—Es posible encontrar un empleo con alguna costurera, pero hace falta saber
coser, ¿comprendes?
—Beilke, últimamente te has vuelto muy rara. Estás enfadada conmigo. ¡Así que
dime por qué, y ya está! ¿Por qué tienes que fingir que eres mi amiga?
—No digas tonterías, Débora. ¡No estoy enfadada contigo! ¡En absoluto! ¡Ni un
poco! Cuando una tiene toda clase de preocupaciones por el partido, y
preocupaciones personales tampoco faltan, entonces puede parecer poco amistosa,
pero ¿enfadada? ¿Qué culpa tienes tú?
Beilke habría tenido muchas ganas de tragarse estas últimas palabras, pero
Débora ya reaccionó:
—¿Qué has querido decir?
—Nada, Débora. No seas tan suspicaz. No se puede pensar que hay algo oculto
detrás de cada palabra. No he querido decir nada. Dime más bien, ¿por qué
últimamente tu aspecto no es el de antes? ¿Y por qué desde hace algún tiempo no se
te ve casi nunca?
—¡Es tu imaginación! ¡Me siento estupendamente! En cuanto a por qué no acudo
a tu casa, lo sabes mejor que yo. ¿Por qué finges no saberlo?
—Créeme, Débora, en relación a eso yo no tengo la culpa. Si dependiera de mí
todo habría sido diferente. Ellos no te comprenden. Yo sí —se justificó. Le conmovió
el lastimoso aspecto de su amiga.
Débora prometió pasar a visitarla alguna vez pero no lo hizo. En ocasiones, sin
embargo, le entraban muchas ganas de abrir su corazón cuando estaba con Beilke.
Aún sentía cariño por ella.

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Cierto día, uno de los camaradas se ofreció enseñar a Débora el manejo de una
máquina bobinadora de hilo de seda. Cuando lo anunció en casa, se produjo un
escándalo.
—¿Cómo? ¿Antes de la boda? ¡Se ha debido volver loca! No se explica de otro
modo.
«¡Que digan lo que quieran! —pensó ella—. ¿Acaso me han tenido en cuenta
alguna vez? En cuanto aprenda un oficio y empiece a ganar algo de dinero, ya no
tendrán a quién decirle nada».
Los primeros dos o tres días, todo fue muy bien. Era un trabajo prometedor. El
camarada, un joven delgado, de sólidos hombros y ojos benevolentes y adormilados,
trabajaba de la mañana a la noche. A su lado se sentaban dos ayudantes: su hermana,
una muchacha rellenita de unos dieciséis años, y una joven aprendiza. Mientras
trabajaban solían cantar. Las ruedas giraban y trepidaban al ritmo de las canciones:
los hilos de seda centelleaban, brillaban y cambiaban de tonalidad.
De momento, a Débora le tocaba estar a un lado observando y aprendiendo de
ellos cómo, cuando el hilo se rompía por un salto brusco de la bobina, lo atrapaban
con la punta de dos dedos, lo anudaban y de nuevo lo soltaban. Esta última era la
maniobra más delicada, pero también le pareció bastante fácil. Tanto el camarada y su
hermana como, al parecer, incluso la aprendiza, lo hacían con suma rapidez y
habilidad. Débora, convencida de que ya conocía el trabajo desde las primeras horas,
pensó que perdía el tiempo continuando como observadora. Así que se alegró de que
finalmente le asignaran una bobina para ella sola. Sin embargo, observar era mucho
más fácil que actuar: de ninguna manera lograba atrapar los extremos del hilo cuando
se rompía y, una vez que lo conseguía con gran esfuerzo, le era difícil realizar
correctamente el nudo. Se le deshacía una y otra vez y, al final, resultaba un nudo
tosco y abultado. Y lo peor era que el hilo ya no se enrollaba como era debido, tal
como ellos lo dejaban, liso y en línea, sino que se enredaba.
No sirvieron de nada los esfuerzos, ni tampoco el esmero y las explicaciones del
camarada. Al parecer, tres días eran muy pocos para aprender un oficio. La madre del
camarada se alegró de que Débora hubiera comprendido que su hijo, un pobre
muchacho que tenía que mantenerla a ella y a la hermana más joven, no podía
permitirse dedicar su tiempo a enseñarle y, menos aún, desperdiciar la seda que ella
continuamente enredaba.
—¿Qué? ¿Ya se acabó tu trabajo? —se burló Mijael—. ¿Estás en huelga o has
ganado tanto que puedes permitirte holgazanear?
Débora se mordió la lengua y no le respondió. Empezó a buscar un empleo de
niñera. Pasó por un sinfín de entrevistas y promesas… pero no conseguía un empleo.
Al parecer tendría que esperar a que nacieran muchos más niños… En cada lugar
topaba con un pretexto diferente para no aceptarla. Y, sin embargo, había niñeras que
sí encontraban empleo y madres que buscaban niñeras. No lograba comprenderlo.

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Mientras tanto, la fecha prevista para la boda se acercaba. Réisele se tomó un
gran interés en reunir un ajuar y casi abandonó por completo los libros. Cada día
venía a casa alguna mujer con muestras de telas: lino, seda, satén, terciopelo, además
de plumas, plumones y toda clase de paños. Débora daba paseos por las habitaciones
como si la cosa no fuera con ella. Las muestras no le importaban lo más mínimo; más
le interesaban los anuncios en busca de niñera. Y durante todo ese tiempo de
infructuosa búsqueda de un trabajo padecía, además, de dolores en el corazón.
—Si continúa rechazando interesarse en todo esto y llorando por cualquier
motivo, ya podemos esperar un año para que se celebre la boda —murmuraba
Réisele. Mientras tanto, elegía a su propio gusto el corte de las telas, siempre de la
mejor calidad. Se decía a sí misma que ella sabía mejor lo que le convenía a Débora y
lo que no.
Empezaron a presentarse en la casa costureras para los vestidos, sastres para los
trajes, y cada día era necesario medir y volver medir. Débora hacía mecánicamente lo
que le mandaban, sin poner voluntad y sin mostrar interés. Todo aquello significaba
que finalmente iba a casarse. ¡Una absoluta locura! ¿Y si se negara en ese mismo
momento? Sus padres no la iban a matar. Y puesto que nadie quería contratarla como
niñera, o ni siquiera como criada, ¿acaso no podía quedarse en casa sin más? Esto
pensaba Débora mientras daba vueltas delante del espejo. Sobre su ropa, la costurera
pinchaba alfileres una y otra vez, los metía, los sacaba, descosía y cosía de nuevo.
Débora obedecía.
—Va a ser usted una novia radiante —la elogió la costurera, con un alfiler entre
los labios.
—¿Radiante? ¿Precisamente radiante? —preguntó Débora, por preguntar algo.
—¡Que tenga yo un año tan bueno como que es verdad! ¡Mírese en el espejo!
¡Parece usted una princesa, que Dios la libre del mal de ojo! ¡Seguro que una reina no
podría ser más bella! ¿He oído decir que va a vivir usted en Alemania?
—En Bélgica. —Débora le corrigió su error.
—¡Conque sí! ¿Y dónde está Bélgica? ¿No está en Alemania?
—No. Naturalmente que no —dijo Débora sonriendo burlonamente.
La costurera no entendía por qué tenía que burlarse de su pregunta, pero no iba a
discutir con la clienta.
—Me sorprende que sus padres le dejen marcharse al extranjero —siguió
incisiva, mientras sacaba un alfiler de la boca.
Débora no le respondió. A punto estuvo de arrancarse el vestido, arrojarlo al suelo
y romper a llorar de rabia y dolor. Contuvo la lágrima que le brillaba en el extremo de
un ojo y se volvió de espaldas al espejo, tal como le mandaba la costurera.
—Seguro que será un matrimonio por amor —la costurera no se conformaba sin
más y seguía hablando—. En estos días los padres no tienen control sobre los hijos —
se respondió a sí misma—. Perdóneme que sea tan curiosa, pero me asombra mucho
que un rabino deje que su hija se marche a Alemania.

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«¡Vete al diablo y deja de hacer estúpidas preguntas, so idiota!», casi gritó Débora
enfurecida y, en lugar de responder, le dijo:
—¡A ver si se da usted prisa!
La pobre costurera se quedó con muchas ganas de saber dónde conoció al novio,
pero ya no siguió preguntando: «¡Hay gente con suerte! —pensó—. Una mocosa y ya
viaja al extranjero, ya se ha enamorado… Solo yo tengo tan mala suerte».
A Débora la reserva de paciencia se le consumió hasta la última gota. A medida
que se aproximaba el día de la boda se ponía más nerviosa. Empezó a protestar, a
rogar que rompieran el compromiso o, al menos, poder encontrarse antes con el novio
en Berlín para ver con quién se iba a casar.
—¿Qué sentido tiene eso ahora, cuando solo quedan días contados para la boda,
cuando todo está ya preparado? —le decían.
Finalmente, dejó por completo de hablar sobre el asunto y, con los nervios del
todo destrozados, se metió en la cama.
¡La desesperación se adueñó de la casa! ¡Un verdadero desastre! Réisele
deambulaba encogida por las habitaciones. Todo se le caía de las manos, ahora que
había más trabajo que nunca. Mijael, queriendo echar una mano, no paraba de romper
platos. Reb Avrom Ber temblaba ante el temor de que el consuegro se enterara.
Por fortuna, el consuegro no llegó a enterarse de nada. El médico le comunicó
que solo se trataba de un enfriamiento. Para terminar, afirmó que los nervios no se
trataban en la cama. Por el contrario, debía levantarse, salir con frecuencia al aire
fresco, encontrarse con gente, y sobre todo, por Dios, evitar negros pensamientos.
Debía comer mucha fruta y verdura y, en particular —aconsejó el médico mientras
miraba su reloj—, ¡evitar las contrariedades! En su opinión, el mal le había
sobrevenido a causa de alguna experiencia traumática y por esta razón debía evitar
pensamientos sombríos. No era una situación de peligro gracias a que lo habían
advertido a tiempo, pero se debían cumplir al pie de la letra todas sus
recomendaciones, insistió el médico. E hizo hincapié en algunos consejos, realmente
inusuales.
Pasaron varias semanas. Débora comenzó a recuperar su aspecto más normal.
Había que casarla. Lo habían venido demorando, pero ya no cabían más
aplazamientos.
—¿Cómo? ¿Hacerle caso al médico? ¿Acaso estamos locos? —exclamó reb
Zalman abriendo unos grandes ojos. Tanto Réisele como Avrom Ber estaban de
acuerdo en que había que mandar al médico al diablo—. Ahí está el ajuar. Ya estamos
todos preparados para una boda, y él nos sale con que Débora debería trabajar como
vendedora en una tienda a fin de estar siempre ocupada…
—Un goy siempre es un goy —sentenció finalmente reb Zalman, y reb Avrom
Ber y Réisele asintieron con la cabeza—. Vaya un cuento, que una muchacha pocos
días antes de su boda se haga vendedora porque sí. De todos modos, nunca se ha oído

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que un médico recete consejos. Un médico receta prescripciones. Para consejos, uno
va a visitar al rebbe —dijo reb Zalman.
—¡Tiene razón! Con la ayuda de Dios bendito, después de la boda estará más
sana que antes.
Mientras tanto, reb Bóruj Leib, el futuro suegro, incluso protestó con vehemencia
porque Débora había adelgazado. Lo dijo abiertamente:
—Deberían haber visto ustedes a nuestra otra nuera. Da gusto mirarla. Una
belleza, con una cara más redonda que una manzana.
—Desde luego que sí. Igual que no es posible mirar directamente al sol
resplandeciente, tampoco a su cara es posible mirarla de frente —afirmó la futura
suegra, para reforzar las palabras de su marido, e hizo una mueca en dirección a
Débora.
—Bueno, menuda historia. Ojalá al novio le guste. Si resulta que sí, todo estará
bien —dijo reb Bóruj Leib, y repitió—: ¡Ojalá, ojalá!
Se decidió que el domingo viajarían a Berlín y el martes siguiente se celebraría la
boda.
Llegó ese domingo. Seis semanas habían transcurrido desde el bajón neurasténico
de Débora. A la casa acudieron amigos y vecinos, se pronunciaron brindis, se
repartieron enhorabuenas y despedidas, se bebió vodka, se formularon los mejores
deseos de futuro para la novia y para los consuegros, todos hablaron y cotillearon,
pero lo peor para Débora fueron los besos. Poco faltó para que la dejaran sin mejillas
mientras seguían besuqueándola y deseándole toda suerte de gozo y éxito, que
proporcionara a sus padres una gran felicidad y ella la obtuviera de sus padres, y que
en Amberes se convirtiera en una mujer muy rica, más aún, millonaria. Nunca se
podía saber, porque de los diamantistas todo se podía esperar. Cada cual conocía el
caso de alguna muchacha humilde que se casó con alguien del extranjero y ahora era
multimillonaria. Lo cual no impidió que expresaran su asombro por el hecho de que
Réisele, la rébbetsin —larga vida tuviera—, permitiera que su única hija, Débora, se
marchara fuera, y así lo repitieron sin ningún miramiento.
Débora, aguzando el oído, lo oyó todo. De modo que la gente se asombraba, ¿eh?
Puesto que lo consideraban como una falta achacable a la madre, ¿no debería, por
esto precisamente, insistir ella en quedarse en la casa? ¿Qué estaba pasando allí? En
realidad, ¿por qué no arrojaba todo por la borda y lo proclamaba a voces, para que
oyeran y vieran, tanto esas aburridas mujeres que vinieron a despedirse como los
consuegros, los padres y todos en general, lo que estaban haciendo con ella? No
obstante… en verdad, ¿qué es lo que estaban haciendo? No la llevaban a Siberia.
Primero viajaría a Berlín y luego a Amberes. Al fin y al cabo, ¿tan lejos estaba
Amberes de Varsovia? Y además, podría suceder que ella no le gustara al joven.
Había oído al consuegro mencionarlo entonces, y ella reaccionó esperanzada. Pero él
se había reído a continuación, afirmando que solo lo dijo a fin de que Débora se

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esforzara en mejorar de aspecto y que, desde luego, no quería ni oír hablar de romper
el compromiso.
De modo que ahora ella iba a viajar a conocerlo. ¿Y si por mala suerte a él sí le
gustaba? ¿A él? ¿Quién era ese «él» al que iba a ver? «Estoy completamente loca.
Shimon no lo habría permitido… ¡Señor del mundo! ¿Por qué hago siempre
justamente lo contrario de lo que quiero hacer y, ni siquiera cuando entiendo que así
no se debe actuar y me enfado conmigo misma, voy y repito lo mismo que antes, una
falta tras otra, una tontería tras otra aun sabiendo que no debo, y lo hago una y otra
vez…?».
—Débora —la llamaron—, madame Barshka viene a despedirse de ti.
Débora sentía sequedad en la garganta, no quería más besos. Sin embargo, se besó
también con madame Barshka e incluso le devolvió la sonrisa.
«Si al menos no hubiera cometido la locura de ir a un café ayer mismo a contarle
a Shimon la historia de que me querían casar con un desconocido de Amberes. Y si la
mirada de Shimon no me hubiera revelado que solo cuando se ama a una persona de
verdad pueden los ojos transmitir tanta calidez, tanta ternura. Y si él, además, no
hubiera dicho: “¿Me oyes, Débora? Nunca creerías cuánta fuerza hay hasta en el más
frágil cuerpo humano”. Y si él no la hubiese mirado con una inmensa dulzura y ella
no le hubiera preguntado con avidez: “¿Qué has querido decir con eso?…”. Y si él
hubiera buscado en el acto la única palabra que a ella podría confirmarle que tenía
razón, cuando a veces pensaba que Shimon sí la amaba y con eso se consolaba…».
Sin embargo, en ese instante se había acercado a ellos un camarada que les
interrumpió y, cuando de nuevo quedaron solos y ella retomó su estúpida historia, y
aún esperaba que Shimon dijera la palabra que ella esperaba, aunque solo fuera para
desaconsejarla sobre lo que iba a hacer, tal vez incluso para protestar, en lugar de eso
le oyó decir:
—¡Si es así, mazl tov, Débora! ¡Has hecho muy bien, Débora!
En suma, que allí estaba de nuevo, besándose con una vieja mujer de rostro lleno
de verrugas negras y peludas. Quiso limpiarse la boca pero la mujer no dejaba de
observarla todo el tiempo. ¿Cuándo le quitaría los ojos de encima?
«¡Brrr! ¿Por qué enfadarme con nadie? ¿Quién me hace algún mal? Yo me lo
hago a mí misma. ¿Acaso porque Shimon me haya respondido con esas palabras, eso
me obliga a viajar a Berlín? ¿No puedo decir de una vez por todas no viajo porque no
me da la gana y ya está? ¡No tendréis que echarme de casa! Yo misma me alejaré de
vosotros cuando quiera. ¿Qué hizo Beilke cuando decidió alejarse de su madre? Se
levantó y se marchó».
Pero ya todos se iban acomodando en los carruajes. Y arrancaron en dirección a la
estación del tren.
Ni siquiera se había despedido de Beilke. ¿Para qué tenía que acompañarles
panna Rushka a la estación? ¿Y la esposa de reb Zalman, para qué? ¿Y qué alegre

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motivo tendría hoy panna Rushka para que su aspecto fuera diferente del habitual en
ella?
Los carruajes ya rodaban por las calles de Varsovia. «¿Qué gritan a nuestro paso?
¿Qué es lo que quieren? ¿Qué?», pensaba.
¡Clip-clap! ¡Clip-clap!, repiqueteaban los cascos de los caballos. De repente, se
sintió dolorosamente bien: cada adoquín desgastado de los puentes de Varsovia, cada
acera enlodada, cada fachada sucia, cada porteador encorvado, le parecieron tan
suyos… Esas mujeres sentadas en el suelo con niños envueltos en chales rotos, a
quienes pellizcaban para que lloraran, le parecían seres próximos a quienes era difícil
dejar atrás. Las pobres muchachas de naricillas rojas y facciones prematuramente
envejecidas, con sus tiesas trencitas, le parecían hoy encantadoras, pese a su
expresión acongojada.
El carruaje se detuvo debido al enorme atasco. Débora vio a una vieja y enjuta
mujer, envuelta en un echarpe agujereado y con un cesto en el suelo, que miraba a su
alrededor. Levantaba el cesto, en cuyo interior había algo difícil de definir, aunque
daba la sensación de ser alguna porquería.
—¡Comprad, mujeres, comprad! ¡Fruta, oro puro! —anunciaba la anciana con
voz nasal y débil; apenas se la oía. Con los dedos removía el contenido del cesto para
ordenarlo mejor, pero solo conseguía aplastarlo más.
Débora observaba a esa mujer con tal interés por saber lo que contenía ese cesto
como si su vida dependiera de ello. Y antes de que el carruaje se moviera de nuevo lo
supo: alguna vez habían sido albaricoques. Sintió compasión por la anciana, le habría
dado alguna limosna aunque según Beilke la caridad solo servía para mantener el
corrompido orden social. En cualquier caso, ¿quién tenía la culpa de eso? ¡Panna
Rushka, reb Bóruj Leib! Lanzó una moneda en el momento en que el carruaje
empezó a moverse. Al volver la cabeza hacia atrás, vio cómo la mujer forcejeaba con
un muchacho, un golfillo de la calle, que había agarrado la moneda y, tras escupir con
sus gruesos labios, alzó una pierna y huyó dando brincos.
Débora habría querido decir algo. ¡Qué desvergüenza! Pero el carruaje ya se
alejaba a toda velocidad.
—¡Débora, pronto te habrás liberado de Varsovia! —comentó alguien.
—¡Liberada! —repitió Débora con vigor, aunque terminó bajando el tono de voz
—: Al contrario, Varsovia es una ciudad bastante admirable.
—Varsovia es la mejor ciudad del mundo. No existe ninguna como ella —dijo
panna Rushka—. Aunque me llenaran de oro no me marcharía de Varsovia. —
Débora se sobresaltó y se movió en su asiento—. Y mucho menos, al extranjero —
siguió diciendo panna Rushka con una sonrisa tonta y maliciosa.
Su mamá tosió y dio un leve pellizco en el rollizo brazo de su hija.
—Bueno, la gente viaja por todo el mundo —dijo intentando enmendar las
últimas palabras de ella, aunque añadió—: No obstante, Débora, hasta siento un
estremecimiento cuando me digo que muy pronto ya no vas a estar aquí.

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Débora no respondió.

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CAPÍTULO XIII
¡UNOS POCOS FAMILIARES! VIAJE A BERLÍN

¡UNOS pocos tíos, tías, hermanos, hermanas, cuñadas, cuñados, primos, primas y
buenos amigos! Todos hablando a la vez, dándose besos, entregando algo para llevar;
todos gritando, todos mandando saludos al novio, a Rivke, a Leibl, a Bashe, a Yentl, a
Note, a Feivish, a Menájem, y así interminablemente.
El tren en dirección a Berlín empezó a arrancar muy despacio, mientras soltaba
una espesa nube de vapor, ¡puff!, ¡puff!, ¡puff!
Por fin, los tíos y las tías, los hermanos y las hermanas, los cuñados y las cuñadas,
los primos y las primas, junto con los buenos amigos, quedaron atrás, sin fuerzas para
seguir agitando en la mano pañuelos y bufandas. Todos mandaban besos, como si no
hubieran besado ya bastante. ¡Una verdadera tropa de máquinas de besar! ¿Por qué la
tuteaban?, se preguntó Débora, ¿y por qué no ella a Shimon? Plasta esta absurda
pregunta le sobrevino y la sorprendió, así, sin más.
Empezaba a despertar a su nueva situación. Reparó en que ese tren la acercaba,
cada vez más, a una persona que no conocía y a una ciudad muy distante de Varsovia
que tampoco conocía. No obstante, ahora todo le parecía más leve, mucho más leve.
Le daba la sensación de que se trataba de un juego de niños.
—Débora, ¿tal vez querrás recostarte un poco? —le preguntó su madre.
De pronto, se encrespó. «Ni por un instante me dejan tranquila. Y no solo eso; me
atraparon viva, completamente consciente, hicieron conmigo lo que querían, y yo se
lo permití». ¿O tal vez —y de pronto sintió un temblor, como si le asaltara una
repentina ráfaga de frío— todo se le habría hecho sin su conocimiento, sin ser ella
consciente? ¿Era posible que aunque hubiera oído, visto y sentido, careciera de
cualquier medio para defenderse? ¿Y qué debería hacer ahora? Veía con claridad
cómo el tren cada vez se alejaba más. Dentro de algunas horas ya sería demasiado
tarde. ¿No era ya demasiado tarde? Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—Discúlpeme, Fräulein. ¿Usted fuma? —le preguntó en alemán el caballero
sentado frente a ella.
—Yo no.
El hombre le dirigió una mirada de sorpresa. Ella se dio cuenta de que le había
respondido como una imbécil.
—¡Por favor, usted puede fumar!
—¡Ah, muchas gracias! —dijo él tocando su sombrero, y de paso se lo quitó y lo
colocó sobre la maleta que había arriba. Encendió el cigarrillo, cruzó las piernas, se

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recostó sobre un lateral para ponerse cómodo y dejó escapar entre los labios de un
rojizo oscuro una voluta de humo azulado. El humo serpenteó elevándose en espiral,
se volvió blanco y desapareció. Otra voluta de humo gris y más espeso siguió a la
anterior.
—¿Puedo preguntarle adónde viaja usted, Fräulein?
—A Berlín —respondió Débora, en tono más bien arisco.
«¿Por qué no podía quedarse callado ese tipo sentado frente a ella? —pensó—.
¿Qué le importa adonde viajo?».
—Yo también viajo a Berlín, una hermosa ciudad. ¿Ha estado allí alguna vez?
—No.
—¡Oh, es una ciudad espléndida! He residido en ella cuatro años seguidos. Los
mejores de mi vida. Allí, además, recibí mi título. ¿Sabe usted? Disfruto con solo
pensar que viajo a ella de nuevo. Apetece contemplar otra vez la ciudad donde uno
pasó su juventud. Usted no puede imaginar tal cosa a su edad, puesto que aún es
joven, ¿no? Pero se echa de menos no solo el lugar donde uno ha pasado algunos
años felices, sino también a los colegas, y no me creerá si le digo que ¡incluso al viejo
profesor, ja, ja, ja! ¡La memoria todo lo transforma en algo tan próximo, después de
haberlo arrinconado durante años!…
Débora se sintió aliviada. Realmente era agradable hablar con un hombre sencillo
y bueno. Le entraron unas ganas irresistibles de preguntarle dónde vivía él ahora.
Era verdad lo que decía de Berlín y se ajustaba a lo que ella siempre había oído
decir, que era una bella ciudad. Decidió preguntárselo, ¿de qué tenía miedo? Le
sentaría bien conversar con él.
—¿Puedo preguntarle —dijo, empleando la misma fórmula que él— dónde vive
ahora?
—Por supuesto, ¡se lo ruego! —respondió alegremente su locuaz vecino—.
Ahora vivo en Járkov.
—¿Es usted ruso?
—Ruso, por supuesto. A Berlín viajo en busca de instrumentos, instrumentos
médicos. En ningún lugar se consiguen otros tan perfectos como en Berlín. Los
alemanes aún conquistarán el mundo. Hacen tales progresos en cada campo, avanzan
con pasos tan gigantescos, que nadie podrá seguirles.
—Comprendo. No en balde gritan Deutschland über alies («Alemania por encima
de todo») —apuntó Débora, recordando que Shimon se burlaba de ellos a causa de
ese lema.
—Saben de lo que son capaces. Se conocen a sí mismos. ¡Se sienten orgullosos, y
con justicia! —dijo el médico con entusiasmo.
—Perdóneme, pero a mí me parece usted muy germanizado —dijo Débora, y se
sonrojó al decirlo.
—¿Por qué? ¿Quién lo ha dicho? Al contrario, amo a Rusia, amo su grandiosa
extensión, pero después de vivir algún tiempo en la civilizada Europa Occidental

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resulta difícil soportar el salvajismo de Rusia. Por cierto, ante todo soy judío. Los dos
países me importan poco. A mí, si me interesa un país, es Palestina. Ojalá que
Palestina llegara a parecerse un día al modelo de Alemania, más que al de Rusia. La
tierra rusa y sus recursos naturales, sí; ¿por qué no? Pero no la política, siempre con
un lado bueno y otro cruel, y tienes que cargar con todo. Los rusos son salvajes,
caóticos e ineptos. Su política bordea la locura y, si no abren los ojos, Alemania les
dará una severa lección.
—Entonces, ¿se entiende que es usted sionista?
—¿Qué otra cosa puede y debe ser un judío, sino sionista?
—Es usted muy tolerante si puede ver a los alemanes bajo esa luz. Le diré la
verdad. He oído decir algunas cosas acerca de los alemanes y, por lo que sé, tal vez
sean buenos fabricantes de instrumentos médicos, pero como antisemitas incluso se
superan. Y he oído de personas muy prominentes (de nuevo entraba aquí Shimon), de
personas que los conocen de cerca, personas preparadas, que son los mayores
reaccionarios del mundo. Me sorprende que no le duela su lema: «Deutschland über
alies». En Rusia el salvajismo es grande, es verdad, pero Rusia está enferma. A
alguien sano, sin embargo, ¿cómo podría expresarlo?, a alguien sano y a la vez
malvado, es más difícil perdonarlo.
—Tiene usted razón, Fräulein, mucha razón. Naturalmente, desde mi punto de
vista, tal vez Palestina es la que debía ser über alles, pero no soy tan pretencioso
como para exigir tal cosa —dijo el médico, medio en broma.
Débora sintió despertar en su interior las mismas ganas que le asaltaban al oír las
intervenciones de Shimon en los debates sobre esos asuntos; unas ganas de oír más y
de devorar cada palabra de lo que era la «inteligencia absoluta».
«Realmente es horroroso —pensó— oír a una persona como esta decir que
Palestina debiera parecerse a Alemania».
—Según usted, si el kaiser Guillermo se lanzara a liberar a los súbditos rusos de
su salvajismo y los atenazara con sus civilizados puños de hierro, llegaría la salvación
al mundo. Pues vaya pinta tendría el mundo entonces, ya puede uno imaginarlo —
dijo una Débora ya enardecida, con el color subido a las mejillas y los ojos
llameantes, como si estuviera a punto de declarar la guerra al kaiser.
—¡No debe usted excitarse tanto, Fräulein! ¡Ya le he dicho que a mí me da igual
quién vaya a llevar en adelante la política, ni quién la lleva ahora, sea Rasputin o
Wilhelm II! A mí no me interesa la política en general, sino solo en cuanto pueda
tener alguna influencia en la realización de nuestro ideal como pueblo judío. Por lo
demás, los tiranos pueden irse al diablo. Además, mejor no tocar estos temas en un
tren ruso, pues no sabemos quién viaja con nosotros y, al menos de momento, vamos
a querer retornar a Rusia.
Para Débora esas últimas palabras tuvieron el efecto de poner el dedo en una
llaga.

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—Yo no retornaré —dijo para concluir, en voz tan baja que el médico no la oyó.
Él encendió un cigarrillo.
—¿Qué clase de comportamiento es este? —la amonestó en ese momento reb
Bóruj Leib, su futuro suegro, cuando el médico, excusándose al modo europeo, se
marchó al vagón restaurante a tomar un tentempié—. Con un hombre a quien ves por
primera vez, es decir, un desconocido de quien no sabes nada, entablas una
conversación, y encima sobre temas como estos. ¿Cómo sabes que no es un espía? Y
en general, ¿a qué viene que hables con él? No es digno de una muchacha decente.
¡No lo comprendo en absoluto! No quise entrometerme antes —continuó— porque,
sencillamente, sentía miedo. Creí que me iba a desvanecer. No faltaría más que me
enredaran en este país con las autoridades, Dios no lo quiera.
Débora no respondió.
«¿Habrase visto? Este hombre, un desconocido para mí, ¡piensa que tiene
derechos sobre mi persona! ¡De nuevo, alguien que esgrime la “vara de la
moralidad”! —Sintió impulsos de desahogar sobre él toda la furia de su corazón—.
¡Qué cara más dura! ¿Quién se cree que es?».
—¿Por qué no respondes, Débora? Tu suegro te está hablando —intervino reb
Avrom Ber.
Al oír la voz de su padre se calmó.
—No tengo nada que responder. Una persona se dirigió a mí y yo le contesté. No
veo en ello ningún pecado.
—Pero no resulta apropiado en una muchacha a punto de casarse. ¿Cómo se te
ocurre hablar a un hombre desconocido? —argumentó reb Avrom Ber.
Débora le respondió con una ambigua sonrisa.
—¡Se burla de todo el mundo! —exclamó el suegro, excitado y dando vueltas por
el estrecho espacio del vagón.
—¿Para qué necesitabas todo esto? —preguntó Réisele, robando unos instantes de
su lectura (por casualidad había caído en sus manos la biografía del filósofo Moisés
Mendelssohn, entre algunos viejos libros que reb Avrom Ber había comprado
recientemente al librero ambulante).
—¡Te ruego, mamá, que me dejes en paz! Pronto te vas a deshacer de mí. No
debes permitir que te afecte —respondió Débora a su madre, con abierta amargura.
—¡Bendito sea Dios por su misericordia! —replicó Réisele, y volvió a su libro.
La suegra dormitaba. Ni oía ni veía, como de costumbre. Respiraba sonoramente
y en sus pálidos labios se esbozaba una bonachona y torcida sonrisa.
Débora le echó una ojeada y se le ocurrió que si el novio había salido a la madre,
seguramente ahora también dormiría y sonreiría en su viaje desde Amberes hacia
Berlín.
El médico regresó del restaurante ya saciado y radiante. De nuevo ocupó su
asiento y era visible que deseaba reanudar la conversación anterior en tono más
superficial. Empezó a fumar, esta vez un cigarro puro. No podía ni imaginar que

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debido a la conversación que había entablado antes con la Fräulein sentada frente a
él, solo por el hecho de ser su más próxima vecina de asiento, el pasajero alto y
barrigudo, de mirada punzante y ojos brillantes de excitación, se hubiera enfurecido.
No podía tener ni idea de que la Fräulein, de nuevo con expresión arisca, estuviera
emparentada con alguien del compartimento.
Débora sentía ganas de comenzar a charlar ampliamente de nuevo con él. En
primer lugar, para fastidiar al suegro, pero también porque sí, por el placer de
conversar con alguien que te trata como a una persona adulta y en cuya presencia no
te anulas, puedes expresar lo que deseas y te entiende. Y además no te ves obligada a
tragarte las palabras que estabas a punto de pronunciar si por alguna razón decides
callar.
Pese a ello, respondió de forma escueta y tajante cuando el médico le dirigió unas
palabras. El corazón le bullía. Lo pensó mejor y salió al pasillo para acomodarse en
otro compartimento. La siguió luego su padre.
—¿Sabes, Débora? Eres una muchacha estupenda. Ahora me has causado
verdadera satisfacción. El suegro ya ha hecho las paces.
—¡Mazl tov! ¡Mazl tov! Por mi parte, puede enfadarse de nuevo.
—¿Cómo se te ocurre, Débora? Estás viajando, gracias a Dios, para casarte con
un joven buenísimo y buen partido, gracias a Dios. Cualquier muchacha, en especial
si careciera de riqueza, se consideraría afortunada en tu lugar. Y pones una cara como
si tu suegro no mereciera ser respondido. ¿Sabes lo que me dijo? Que tiene guardado
para ti como regalo unos pendientes que valen trescientos rublos. Piensa entregártelos
en Berlín. ¿Qué dices a eso? Está dispuesto a todo por complacerte.
Débora se limitó a sonreír.
—El hombre se desvive realmente por ti. Eres una muchacha afortunada, gracias
a Dios.
Ella lanzó un profundo suspiro.
Reb Avrom Ber, a pesar de su miopía, se dio cuenta de que el tema de los
pendientes la había impresionado muy poco.
—¿Tal vez querrás tumbarte?
—Sí, estoy cansada y me siento débil.
—Bueno, diré a mamá que venga, ya que este compartimento está casi vacío.
Réisele entró. Al cabo de un rato ambas se quedaron dormidas. Cuando
despertaron, alrededor de las siete y media de la mañana, el tren ya entraba en la
estación de Alexanderplatz.
Con ojos semicerrados, pálida y alterada, Débora intentó ponerse en pie.
Echó una ojeada por la ventanilla. ¡Qué grandiosa estación! Atestada de personas
que entraban y salían. Como dentro de una gigantesca marmita en la que se cocieran
vivas, con enorme prisa por escapar arrastrando maletas.
Volvió a entrar, junto con su madre, en el primer compartimento. La suegra ya
estaba despierta.

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—¡Buenos días! ¿Ha dormido bien la consuegra? —preguntó Réisele y a
continuación, dirigiéndose a Débora—: ¡Oh, Débora, estás realmente descompuesta!
Mírate en el espejo, por curiosidad.
Débora echó una mirada, por curiosidad, y sonrió en lugar de responder.
En medio del hervidero de viajeros que se apresuraban en el andén, contrastaba la
presencia también de algunos hombres, alemanes altos y bien afeitados, de cuerpo
erguido y seguros de sí mismos, con anchos abrigos de verano, gruesos bastones y
aún más gruesos cigarros. En Varsovia no se veía gente tan gigantesca, y estos de
aquí, además, no corrían. Mezclados con todo el barullo, las carreras, el tumulto y el
acarreo de maletas, ellos caminaban con circunspección y pasos medidos.
Reb Bóruj Leib bajó el equipaje con cierta ayuda, si así se le puede llamar, por
parte de Avrom Ber. La suegra también logró finalmente descender del vagón y el
suegro pudo entonces secarse la cara con un pañuelo, como era debido. Al fin estaban
todos situados en el andén, con el equipaje a sus pies.
—¿Quieren que les lleve las maletas? —Gracias a la carretilla que llevaba el
porteador, entendieron lo que en alemán quería decirles. Aunque se había dirigido al
suegro, también dirigió la pregunta a los demás situados a su alrededor.
—Débora, explícale por favor que queremos un automóvil —dijo la suegra, tras
una mirada interrogante a su marido. Este asintió y Débora hizo de transmisora de la
petición: querían un taxi para que los trasladara a un hotel kosher, en la
Grenadierstrasse.
El impaciente porteador, en cuanto oyó que deseaban ir a la Grenadierstrasse y no
a alguno de los hoteles que él había intentado mencionar, cargó el equipaje sobre la
carretilla verde y, sin que de nada sirviera gritarle o silbarle, atravesó la estación a tal
velocidad que la suegra lo recordaría mucho tiempo después. La pobre mujer jadeaba,
resoplaba y gruñía, intentando mantenerse junto a los demás.
La mañana era luminosa. Fuera de la estación, una larga fila de taxis relucientes
esperaba a los viajeros. A cada instante, uno de ellos salía cargado de pasajeros y,
enseguida, el hueco que había dejado se llenaba.
El porteador se acercó al que estaba en cabeza y parecía el más adecuado.
Comunicó la dirección al taxista y le susurró que «esa gente» eran judíos polacos. El
otro frunció el ceño. Cuando reb Bóruj Leib quiso preguntar cuánto le iba a costar el
servicio, el taxista ya había cargado las maletas. El porteador seguía con la mano
tendida. El suegro no sabía que hacer.
—¿Cómo? ¿Dos marcos?
—¡Jawohl! ¡Dos marcos, y hágalo un poco más rápido! El tiempo es dinero,
¿comprende? —exclamó el porteador enfadado.
—Bueno, ¡qué remedio! ¿Qué podíamos hacer? ¡Que se vaya al diablo! ¡Y quién
sabe cuánto nos va a sacar este otro! —dijo luego el suegro a su mujer, mientras
volvía a abrocharse el bolsillo trasero del pantalón, una vez sentado en el taxi.
Enfrente iban su mujer, Réisele y la infeliz Débora…

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La gran ciudad latía con un pulso lleno de ímpetu, un pulso que vibraba con la
vitalidad de una persona sana, fuerte y segura de sí misma.
¡De modo que esto era Berlín! Contemplar la ciudad envuelta en el radiante sol de
la mañana hacía meditar en lo hermoso que era vivir.
Las calles estaban abarrotadas. En el interior de los cafés y en las terrazas,
hombres y mujeres, trabajadores de camino a su lugar de trabajo, esperaban con
impaciencia a que se les sirviera una cerveza. Tranvías atestados de gente circulaban
sin cesar chirriando sobre los raíles. Los automóviles, pese a lo temprano de la hora,
atravesaban las calles volando como demonios. En las aceras, hombres y mujeres
parloteaban y toda la ciudad parecía movida por alguna oculta fuerza.
—¡Es realmente magnífico! —dijo Débora, olvidando que viajaba para casarse—.
¡Mira, mamá, todo lo que hay por aquí! —Berlín le producía tal disfrute que no podía
guardar en silencio su entusiasmo. Olvidaba que enseguida esas masas humanas
serían tragadas por fábricas repletas de humo.
Réisele contemplaba la ciudad con ojos más críticos.
—No podría vivir aquí ni un día. Es tan ruidoso que te puede ensordecer.
Grenadierstrasse no era tan espectacular, aunque en comparación con las
callejuelas del gueto de Varsovia era una calle limpia y tranquila. El hotel pertenecía
a un judío polaco, Herr Linder, o reb Jayim, como lo conocían los jasidim y los
rabinos que habitualmente se hospedaban allí.
Herr Linder, al oír la llegada del taxi, salió apresuradamente a recibir a los
clientes. Abrió la portezuela del coche, echó un vistazo al interior y saludó con un
sholem aléijem tan efusivo como si conociera a aquellas personas desde hacía años.
Se llevó una mano a su despejada frente, bajo un yármulke de seda, como si quisiera
acordarse de algo.
Avrom Ber salió primero del taxi y, detrás de él, Débora, que ayudó a su madre a
bajar a la acera. Lo mismo hizo luego el suegro con su mujer hasta lograr, con gran
dificultad, hacerla salir del vehículo.
—Disculpe, pregúntele cuánto debo pagarle —pidió Bóruj Leib en yiddish al
propietario del hotel.
—¡Déjemelo a mí! ¡Ya me entenderé yo con él! —dijo Herr Linder con
autoridad. Se subió los blancos y almidonados manguitos, empeñados en bajarse
hasta la muñeca, y comenzó a regatear en alemán con el taxista mientras miraba y
señalaba con el índice las agujas del contador. El taxista se agitaba enardecido, la
sangre le subió a la cara y se volvió rojo desde la coronilla hasta la nuca. Siguió
discutiendo hasta que, finalmente, después de bramar con rabia «¡sucio judío!»,
agarró el dinero y se marchó.
—¡Qué cochino! —exclamó entre risas el propietario del hotel—. ¡A mí quería
engañarme! ¡Pensaba que acabo de llegar de Polonia y no conozco las tarifas! No le
iba a dar más de lo que le correspondía. ¡Una maldición es lo que merecía!

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Tras estas palabras, abrió de par en par las puertas del restaurante que formaba
parte del hotel. Se apostó a un lado de la puerta y, con un gesto, invitó a los recién
llegados a que entraran. El pavimento brillaba. Los faldones del gabán acortado de
Herr Linder aleteaban a su espalda. Dio orden a un chico de unos diecisiete años de
que se encargara de introducir las maletas.
—¡Vamos, muévete!
Reb Bóruj Leib condujo al propietario del hotel a un extremo del vestíbulo para
hablar con él en privado. Enseguida Herr Linder, apuntando con uno de sus gruesos
dedos, hizo recuento de los componentes del grupo. Parecían tan totalmente
subordinados a esos dos gruesos personajes del otro lado del vestíbulo, que
despertaban compasión.
Les hizo señal de que avanzaran y él empezó a subir las escaleras. Todos le
siguieron. Los peldaños crujían bajo el peso. La suegra se esforzaba todo lo que
podía:
—¡Uff!, ¡uff!, ¡uff! —jadeaba a cada paso.
Por fin, entraron en una gran sala cuadrada y luminosa, con tres ventanas abiertas
de gran tamaño, donde pudieron sentarse en un blanducho sofá raído y unos sillones
aún más raídos.
—Esta es la más hermosa estancia del hotel. Miren qué luminosidad. Tan cierto
como que soy judío, que les beneficiará la salud. ¿Qué debo mandar que les suban?
¿O tal vez querrán ustedes refrescarse antes?
—Aún no hemos rezado las oraciones de la mañana —señaló reb Avrom Ber.
—Ah, ¿no? Entonces han llegado en el momento justo. Vamos a hacerlo ahora.
—¿Cuenta usted aquí con un minyán de diez hombres? —preguntó incrédulo reb
Avrom Ber.
—En mi hotel —dijo Herr Linder— hay de todo, gracias a Dios. Si se necesita un
minyán, también lo hay. ¡Y qué minyán! Enseguida verán ustedes quién se aloja aquí,
en mi hotel. Tal vez diez rabinos, que Dios los bendiga, podrá tener con usted. Y en
cuanto a los demás huéspedes, ¡tampoco tengo de qué avergonzarme!
Reb Avrom Ber se frotó las manos.
—¡Oh, Señor del mundo, así son tus judíos! ¡En cualquier parte, gracias a Dios,
se los encuentra uno! —exclamó con alegría—. En cualquier parte, ¡y qué judíos! —
dijo admirado antes de conocerlos. Pensó que en Berlín, incluso los jasidim, como
este reb Jayim, vestían al estilo moderno, con chaqueta corta, sin que eso les
impidiera ser buenos judíos, temerosos de Dios. Recordó que Zalman le había dicho
eso mismo acerca del novio.
Una criada alemana de cabello rubio, claras y saludables mejillas, y aún más
saludable busto que apenas lograba encajar en su ceñido corpiño y luchaba por salir,
condujo a las mujeres a un cuarto de baño y les indicó cómo debían utilizar los grifos
de agua fría y caliente. Les entregó toallas limpias y jabón, y a continuación les

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preguntó si estaban seguras de que ya no necesitaban su ayuda. Luego bajó silbando
las escaleras.
Reb Avrom Ber y su consuegro desayunaron junto con los rabinos (que no
llegaban a diez precisamente), y con los demás huéspedes (de quienes no había por
qué avergonzarse). Juntos bebieron y brindaron a la salud de todos, se explayaron en
bendiciones mutuas y prometieron asistir a la boda. Uno de ellos, un rabino delgado y
de barbita rala, resultó ser pariente lejano de Avrom Ber. En fin, hubo motivo de
alegría para toda la concurrencia.
Débora sentía el corazón más ligero. La opresión que sintió antes de llegar a
Berlín había desaparecido. No sabía por qué, ni quería pensar en el motivo. Se
contentaba con sentirse un poco mejor. Concentró sus pensamientos en preguntarse
qué clase de personas serían los ocupantes de la casa de enfrente, de blancas y
almidonadas cortinas. ¿Serían judíos o no? ¿Se trataba de una familia numerosa?
Después de bañarse, peinarse y mudarse de ropa, se asomó a la ventana y forzó la
mirada intentando vislumbrar más allá de las cortinas, como si realmente su vida
dependiera de conocer todos los detalles, como si ese fuera el objetivo de su viaje a
Berlín.
La joven criada despejó la mesa del desayuno y eso a Débora la fascinó: le
parecía tan bien que le sirvieran y la dejaran absolutamente libre… Todo se hacía sin
recurrir a ella y todo marchaba bien. La criada era una singular criatura que hacía
todo como una máquina, sin complicaciones. Una buena chica, pensó Débora.
—¡Ojalá tuviéramos sus fuerzas! —comentó la suegra, bromeando, a Réisele.
—Desde luego, no parece muy débil —asintió ella después de fijar la mirada en la
sirvienta, que se sonrojó de pies a cabeza. Con una sonrisa en los labios, se llevó los
platos y los cubiertos dentro de un cesto de paja tan rubia como ella.
El motivo por el que aún no se había presentado el novio tenía a todos sobre
ascuas. Debería haber llegado esa misma mañana en el tren de Amberes, y se
consolaban diciendo que Amberes estaba más lejos de Berlín que Varsovia. Y puesto
que habían acordado por carta que saldrían a la misma hora, era lógico que llegara
más tarde…
Quien no estaba en absoluto preocupada era la novia. Una calma inusual se había
instalado en todo su ser y ni siquiera un bombardeo sobre la casa habría podido
alterarla. Por primera vez en su vida experimentaba tal tranquilidad y ligereza, que se
sentía como una recién nacida.
Sus suegros y sus padres especulaban acerca de cuál podía ser el motivo del
retraso del novio. No así Débora. Ella ni reflexionaba ni pensaba en si él iba a llegar,
si no iba a llegar, cómo sería su aspecto, qué clase de persona sería, qué impresión
causaría en ella y ella en él; nada de eso. Como si su mente se hubiera vaciado de
pronto. No pensaba absolutamente en nada.
Llegó la noche. Todos se fueron a dormir después de enviar un telegrama, pero
¿qué le importaba a ella todo el asunto? ¿Qué tenía que ver con ella?

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A la mañana siguiente, a las nueve, en el rostro de la suegra apareció una sonrisa
más amplia de lo que en él cabía…
—¡Es Berish! ¡Reconozco sus pasos! ¡Ese es su modo de subir las escaleras! ¿No
le voy a reconocer yo?
Quiso correr a su encuentro, pero su hijo le ahorró el esfuerzo. Se abrió la puerta.
La criada introdujo a un joven alto y de cuerpo relleno, de aspecto afable y jovial, con
sonrisa de autosatisfacción, barba pelirroja redondeada, un abrigo gris y un maletín
en la mano.
Una palidez mortal se apoderó de Débora. El joven miró alrededor de la
habitación con desconcierto y timidez. Cuando vio a su madre, que intentaba
levantarse del sofá, se sintió mejor.
—¡Buenos días, mamá! —Se inclinó hacia ella y la besó—. ¿Cómo te encuentras,
mamá?
—¡Bendito sea Dios! —le respondió ella, radiante—. ¿Cómo estás tú? Mira, esta
es tu suegra.
El joven miró a su alrededor buscando ansiosamente, y detuvo la mirada sobre
Réisele. «¡Qué aspecto tan enfermizo!», pensó. La saludó, pero al no saber si le
estaba permitido o no darle la mano, se retuvo.
—Y ahora te voy a presentar a tu novia —prosiguió su madre.
Débora se esforzó en sonreír.
El novio, en cuyo rostro hasta la barba pareció enrojecer, sonrió abiertamente. No
le salía decir nada y, cuando al final murmuró alguna palabra, de todos modos nadie
la oyó.
«¿Y ahora qué debo hacer?…» —se preguntaba. Solamente se le ocurrió sentarse
en la silla que, mientras tanto, su madre le había acercado. Daba pena mirarlo.
Sudoroso, no encontró nada mejor que callar…
Justo en ese momento, cuando no sabía qué decir, lo salvó su padre, que,
tendiéndole una gruesa mano, le preguntó:
—Bueno, ¿y cómo estás, Berish? ¿Has visto ya a la novia?
—Estoy bien. ¿Y cómo estás tú, papá?
—No muy mal. ¿Y bien…?
—Bastante bien.
El joven se volvió aún más rojo que su barba.
—¡Ah, por fin! ¡Sholem aléijem! ¿Cómo estás? —preguntó reb Avrom Ber,
entrando a la habitación y casi zarandeando al novio—. Estábamos muy preocupados,
pero ¿qué más da eso ahora? ¡Lo importante es que ya estás aquí, gracias a Dios! Sin
duda, ya habrás rezado tus oraciones de la mañana.
—Sí, antes de llegar a la estación.
Su padre le echó una mirada suspicaz:
—¡Bueno, nosotros vamos a hacerlo ahora! —y dirigiéndose a su mujer—: Tirtsa
Roise, encárgate de que mientras tanto nos suban algo para comer. El desayuno lo

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vamos a tomar juntos. ¿Va usted a bajar, consuegro?
—¡Naturalmente! ¡Por supuesto!
¿Acaso había duda de que su propósito era dejar que el novio y la novia
intercambiaran alguna palabra? En la mesa del desayuno se decidió que acto seguido
los jóvenes saldrían con los consuegros a realizar algunas pequeñas compras en el
gran almacén Tietz. A Avrom Ber lo excluyeron y Réisele se disculpó porque no se
sentía con fuerzas para salir.
El día era luminoso. Berlín resplandecía. En los escaparates, los artículos que
brillaban bajo la luz del sol captaban la mirada con dorados reflejos. Los que estaban
situados a la sombra exhibían su muda belleza y atraían con modestia la atención de
los transeúntes. Las losas de las aceras destellaban, como tachonadas por diminutos
diamantes. Los transeúntes ociosos daban muestra de un talante más festivo que los
de la mañana anterior. Entre los anuncios de las grandes tiendas, los de colores más
chillones y provocativos ofrecían una estampa variopinta. A Débora le recordaron su
primera visita a la calle Marszalkowska en Varsovia.
Caminaba con el novio a su lado y en silencio. Y lo mismo él.
«¡Si al menos no estuviera sonriendo continuamente!», pensaba Débora. ¡Que
fuera a convertirse en su marido, ni soñarlo! Parecía una persona honesta, pero ¿qué
tenía eso que ver? Era una persona sin vida, caminaba y sonreía como si no tuviera
vida. «Comer, sí —se dijo a sí misma, y sonrió—. Desayunó como si estuviera vivo».
De pronto, fue la imagen de Shimon la que se le apareció. Se inclinaba hacia ella
en toda su altura, tan inteligente como nunca le había parecido. «Shimon, ¡ahora ya es
demasiado tarde! ¡No se puede cambiar nada! ¿Que por qué ahora no? ¡Porque no es
posible!».
«De todos modos —siguieron fluyendo sus pensamientos—, me dijo bien claro
que yo había hecho bien. ¡Mazl tov!, me deseó incluso. Entonces, ¿por qué no deja de
atormentarme? No puedo militar en ningún partido, no soy capaz de contar buenos
chistes, soy como una vaca, no tengo dote. ¡No soy más que una joven sin dote! ¡Esa
soy yo!».
«¿Pero por qué razón este hombre no para de sonreír? ¿Por qué demonios no lo
deja de una vez?… ¡Al diablo con él! Realmente Berlín es una ciudad hermosa; ni
comparación con Varsovia. ¡De nuevo está sonriendo! Parece una persona inteligente.
Seguro que es inteligente. ¿Por qué iba a ser tonto?».
—¿Ha dicho usted algo? —preguntó finalmente el novio superando su timidez,
aunque sabía muy bien que ella no había dicho nada.
Sonreía amablemente y esperaba oír alguna palabra. Débora sintió que el corazón
se le encogía. «¿Qué le hacía a él sentirse tan bien?».
—Débora —la interpeló en ese momento el suegro—, haz el favor de preguntar
otra vez por el camino que lleva al gran almacén de Tietz, ya que parece que nos
estamos desviando.
Débora detuvo a un caballero vestido con un amplio abrigo.

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—¿Königstrasse? ¡Gewiss! («Por supuesto»). Vayan ustedes hacia la derecha,
luego giren a la izquierda y ya estarán en la Königstrasse.
Débora se confundió en las direcciones. Giraron a la izquierda, luego a la derecha
y después otra vez a la izquierda, preguntaron varias veces y, finalmente, les llamó la
atención el rótulo en grandes letras del gran almacén Wertheimers. Frente a él, por
suerte, estaba el Tietz.
Los largos mostradores repletos de toda clase de mercancías parecían un sueño:
¡un orden tan perfecto no se encontraría en ningún lugar del mundo! En las mullidas
moquetas el pie simplemente se hundía, y las dependientas eran amables y
encantadoras, tanto si efectuabas una compra como si no. En cuanto al tamaño de la
tienda, se diría que toda Varsovia cabría en un solo rincón. ¡Señor del mundo! ¿Para
que se necesitaba tanta mercancía? ¿Cuándo se llegaría a vender todo eso? ¿Dónde
habría tanta gente como para comprarlo todo? Aunque tuviera que surtir al mundo
entero, a Tietz seguramente aún le sobrarían mercancías.
Pasaron de un departamento a otro y los largos mostradores seguían siendo igual
de numerosos y variados, y al mismo tiempo tan uniformes que no se sabía dónde
empezaban y dónde terminaban. Pero ¡qué belleza!
La mirada de Débora se posó sobre un par de largos guantes de seda blancos. El
novio los compró para ella, junto con una bufanda azul de rayas blancas, que parecía
un símbolo de la bandera sionista, y además un paraguas. Para él compró otro
paraguas y un par de guantes de fina piel marrón. «¿Para qué necesitaba un joven
devoto con barba, y pelirroja además, comprar unos guantes de piel tan elegantes,
como lo haría un dandi?», se preguntó Débora. Amberes debía de ser una ciudad muy
extravagante.
La suegra también hizo algunas compras. Ya había estado en esa tienda con
ocasión de la boda de su hijo mayor, que también se marchó al extranjero para eludir
el alistamiento militar. Con todo, no podía acostumbrarse al hecho de que allí los
precios fueran fijos. Aunque la dependienta le aseguró una y otra vez que estaban
marcados por la dirección y ella no podía cambiarlos, intentó regatear la compra de
un chal de encaje negro para su hija, un mantel para su nuera, y varias alhajas de
bisutería para las nietas. La dependienta ya estaba a punto de enfadarse, pero se
contuvo y apretó un botón.
Se presentó un joven alto, vestido con frac negro y pantalón a rayas negras y
blancas, con el pelo negro alisado hacia atrás y como bañado en brillantina, y unos
dientes tan blancos como Débora no había visto en su vida, que casi deslumbraban al
sonreír. Palpó el chal sin quitarse los guantes blancos, se inclinó y con una melosa
sonrisa dijo en tono muy refinado:
—Lo siento mucho, múdame, pero aquí los precios son fijos.
Bastaron esas palabras para que la suegra abriera en el acto su billetera y pagara
lo marcado sin rechistar.

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Regresaron al hotel con varios paquetes y los paraguas, todo ello elegantemente
envuelto.
Se sentaron luego a la mesa. El escaso apetito de Débora llamó la atención, en
especial de su suegro.
—Si sigues comiendo así, menuda figura vas a tener —le dijo, algo irritado.
Su padre también estuvo de acuerdo en que tenía que comer más. Y la suegra
explicó que cuando uno pierde la costumbre de comer, después cuesta trabajo volver
atrás y se acaba sin fuerzas. Todos, excepto el novio, insistieron en lo mismo. Y
Débora, pese a su falta de ganas, comió.
Al día siguiente se celebraría la boda.
Los novios no se vieron en todo ese día. Débora, al despertar, de nuevo estaba
calmada. Se sentía bien. Tan bien que nada le importaba, ¡ni siquiera la familia que
vivía en la casa de enfrente!
Al anochecer, sin embargo, cuando su madre le pidió que se pusiera el vestido de
novia, se apoderó de ella un profundo temor. Súbitamente sintió la seriedad del
momento. Como si eso fuera a salvarla, quiso demorar los preparativos diciendo a su
madre que aún era demasiado pronto.
—¿Por qué tanta prisa? ¡Yo ya dije que no hacía ninguna falta un vestido de
novia!
—No seas infantil, Débora, ni hagas el ridículo —replicó Réisele—. Si se te ha
dicho que ahora debes ponerte el vestido es porque seguramente ha llegado la hora. Si
la boda se hubiera celebrado en nuestra casa, habrías pasado el día entero vestida de
blanco.
—¡De blanco! ¡Más bien de negro! —dijo Débora.
Réisele se llevó las manos a los oídos.
De espaldas a ella y de pie frente a la pared este, Débora pareció rezar en silencio
la obligada oración de Shmone Esréi[31]. Un cúmulo de insólitos pensamientos
cruzaron por su mente. De pronto veía a Hanna y al gatito que se llevó con ella
cuando se mudaron de Yélejitz. ¿Y a Yoel? ¿Cómo había entrado en su cabeza? No
conseguía alejarlo; de ninguna manera. «¡Mazl tov, Débora! Sé buena chica. ¡No
olvides rezar!», decía ahora Shimon…
De pronto le vino a la memoria cómo la suegra, en su macarrónico alemán
mezclado con yiddish, se había empeñado en protestar ante la dependienta no judía
por el excesivo precio del chal y la muchacha, abriendo unos grandes ojos azules,
intentó en su correcto alemán explicarle que la culpa no era suya, sino de quienes
habían marcado los precios, y que ella no había tenido que ver absolutamente nada en
el asunto. De repente, Débora rompió a reír en voz alta. Réisele y la suegra abrieron
unos ojos como platos.
—¿Cómo? ¿Te ríes en mitad de un rezo tan solemne? ¿Te has vuelto loca, no lo
quiera Dios? —dijo Réisele intentando refrenar su ira al máximo y estupefacta, pues
¿qué razón podía haber para reírse de ese modo en aquel momento?

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Débora comprendió que su madre tenía razón y contuvo la risa. Dio tres pasos
hacia atrás, según el ritual del rezo, y de pronto, contra su voluntad, contra toda razón
y sin fundamento alguno, estalló en otra risa aún más atronadora que la anterior, una
risa espasmódica.
Réisele se mordió la lengua, presa de vergüenza e irritación.
Dos horas más tarde, en el patio, Débora, bajo el palio nupcial de terciopelo rojo
soportado por cuatro palos, de pie y rodeada por un grupo de personas jubilosas,
temblaba como aquejada de fiebre. Sentía mucho frío.
Reb Avrom Ber ofició personalmente la ceremonia.
Todos adoptaron un aire solemne, incluida la criada alemana. Llegó el momento
para los novios de ponerse el anillo y Débora, alterada, no lograba sacarse el guante.
Había olvidado por completo que su traje de boda tenía mangas desmontables. En su
aturdimiento, al dar un fuerte tirón al guante blanco que el novio le había comprado
en Tietz, arrastró también la manga. Toda azorada, quedó con el brazo desnudo a la
vista de todos. El suegro sintió un agudo pinchazo en la espina dorsal, su ya hinchado
rostro se inflamó y los pequeños ojos se le incendiaron, pero no dijo nada. Débora se
volvió a enfundar como pudo el guante blanco y, con la manga sujeta en la mano,
rodeada de gente, entró en la sala del banquete.
Las mesas ya estaban puestas y los invitados a su alrededor. Se brindó a la salud
de los novios, se intercambiaron buenos deseos y se besó a quien correspondiera.
Reb Bóruj Leib semejaba un barril de pólvora a punto de explotar. La mecha ya la
había encendido Débora, pero se trataba de una pólvora controlada, que sabía dónde y
cuándo estallar. El suegro estaba a la espera. Cuando todos ya se habían sentado
alrededor de las mesas y comían el pescado, llegó la hora de la verdad.
—¡Qué humillación! —exclamó, alzando la voz—. ¿Para eso he tenido que
desvivirme con el anhelo de que mi hijo tuviera de quién aprender a ser un buen
judío? ¿Para esto he tenido que sacrificarme tanto? ¿Para que la novia llevara bajo el
palio un vestido sin mangas? Mi hija se comportó de un modo bastante diferente en el
día de su boda. ¡No hay excusas! Lo he visto todo. Todo lo he visto —y el suegro
continuó despotricando. La pólvora había explotado y él ardía; más aún, se asaba.
El novio habría deseado que se lo tragara la tierra. La suegra sollozaba, y Débora
miraba tranquilamente de uno a otro como si quisiera hacer un estudio del rostro de
cada ser humano. Pareció como si todo el asunto no le importara, como si no hubiera
captado lo que allí había sucedido.
Reb Avrom Ber, que no había alcanzado a ver el brazo desnudo, tampoco podía
creer que Débora llevara un vestido sin mangas…
—Enseguida me llevo a mi hija —gritó, irritado, a su consuegro—. ¡Y nos vamos
a casa! ¿Cómo se ha atrevido a calumniar a mi niña?
Réisele se mordía las uñas. Con gran esfuerzo reprimió el llanto. Sus grandes ojos
grises miraban tan melancólicos y asustados, que realmente podían encarnar el
símbolo de la aflicción.

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Finalmente los rabinos y, sobre todo, el propietario del hotel, emplearon toda su
pericia para reconducir la situación y restablecer la paz.
De nuevo se volvió a beber y a intercambiar buenos deseos. Reb Avrom Ber se
sintió nuevamente radiante. ¡No era poca cosa que el Creador ayudara a que tuviera
lugar una celebración como esa! Ya había olvidado el incidente, como si hubiera sido
una pesadilla. La gente comía y los rabinos contaban anécdotas. Avrom Ber los
escuchaba y también disfrutaba contando algunas. El suegro, por su parte, no se
quedaba atrás y relataba chascarrillos relacionados con los diamantistas de Amberes.
El novio asentía con una sonrisa. Réisele, en el otro extremo de la mesa, había
entrado más en calor. Ahora sus ojos, sin abandonar la melancolía, brillaban algo más
festivos. La suegra asentía con entusiasmo al escuchar cualquier palabra de su
marido; la inteligencia de él la maravillaba sin límites. Su rostro relucía como un
plato de gelatina licuada. En cuanto a Débora, no paraba de sorprenderse de que no
tuviera que ser ella, sino la criada, quien sirviera la cena.
La propietaria del hotel se presentó engalanada, de punta en blanco. La criada
traía sin cesar nuevos platos. Se comía, se bebía, los hombres se balanceaban en
bailes jasídicos sujetándose uno al otro por la cintura, se cantaba, se bailaba y se
gozaba.
La novia, agobiada con su vestido, parecía soportar un gran peso. La ropa le
estaba terriblemente ceñida. No encontraba una posición para estar cómoda. Por si
fuera poco, la invitaron a bailar. Quiso decir algo, pero no llegó a decirlo. No deseaba
bailar, pero sí bailó, en círculo y agarrando la punta de un pañuelo rojo, con un grupo
de jasidim desconocidos. La cabeza le daba vueltas y, como en un sueño, veía la
imagen de Shimon bailando en el centro, riendo y bromeando:
«¡Mazl tov, Débora! ¡Has hecho bien!» —repetía.
Se sintió mareada. Pensó que si no la soltaban enseguida se desplomaría. Y el
trance habría sido menos terrible si no hubiera visto a la hija de los propietarios del
hotel, una bonita muchacha de edad parecida a la suya, acercarse y fijar la mirada en
ella con estupor.
Finalmente, los participantes en la danza la soltaron.
A la mañana siguiente le rasuraron la cabeza. No se resistió. El cabello podía
volver a crecer. Solo la peluca le producía malestar. Le tapaba los ojos.
Su rostro adquirió una extrema palidez. Sentía el anillo, frío y superfluo, como un
cuerpo extraño en su dedo. No hablaba. No reaccionaba. Hacía todo lo que le
mandaban.
Después del desayuno, la hija de los hoteleros subió corriendo a la habitación y le
trajo un par de telegramas llegados con retraso.
—Perdóneme, madame —preguntó la muchacha en alemán—. Dígame, por favor,
¿cómo llaman a la danza que bailó usted ayer en círculo con la gente?
—Era… ¡la danza de los demonios!
—¿Cómo dice usted?

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—No importa el nombre. De todas formas no la va a conocer. Esa danza se baila
únicamente entre nosotros en Polonia.
—Pero, por favor, dígame cómo se llama. Quisiera saberlo. Es la primera vez que
veo una danza tan singular. Es muy bella, fantásticamente bella.
—Se trata de una danza ritual —dijo Débora, y casi lloró al pronunciar estas
palabras.
—¡Ah! ¿Es eso? ¡Ahora lo entiendo! Una ceremonia ritual. ¡Pero insólita y
realmente bella!
Débora miró la cabellera castaña de la joven. En ese momento se sentía tan
abatida y tan vieja, que la esbelta y ágil jovencita, posiblemente unos pocos años
mayor que ella, le pareció una niña. La muchacha bajó satisfecha las escaleras.
«¡Madame, me llamó madame!», pensó Débora. Sola en la pequeña habitación,
nadie vio ni oyó el estallido de auténtica angustia acumulada que alivió un poco la
opresión sobre su corazón. Un rato más tarde, totalmente exhausta y acostada en el
sofá de su habitación, oyó la conversación que mantenían entre sí sus padres en el
salón, separado por una simple cortina:
—Escucha —oyó decir a su madre—. Ya sé con exactitud por qué ayer el suegro
armó tal escándalo, precisamente en la mesa y en presencia de desconocidos. ¡Eso se
llama una canallada! No hay duda de que hemos cometido un error con esta boda.
—¿Por qué lo dices?
—¿Por qué lo digo? Por nada. Solo porque he abierto los ojos demasiado tarde y
al fin me he dado cuenta de a quién he tomado como consuegro. Además de esto,
¿por qué lo digo? Tú sabes que él llevaba encima unos pendientes por valor de
trescientos rublos y se los iba a entregar a Débora en Berlín. De ese modo, sería como
si se los regalara el novio.
—Por supuesto, y me sorprende que hasta ahora no se los haya entregado. ¿A qué
estará esperando?
—¡Ahora vas a oír qué clase de vil personaje es nuestro consuegro! —siguió
hablando Réisele—. Esta mañana estaba yo tendida en el sofá en nuestra habitación
cuando, sin quererlo, escuché cómo discutía al otro lado de la pared él con el novio:
«Yo no quiero regalarle a ella unos pendientes con diamantes falsos —se defendía el
joven—. Si queréis, entregádselos vosotros mismos. O no se entrega nada o, si se ha
hecho una promesa, se mantiene la palabra».
—También oí —continuó Réisele— cómo la consuegra le rogaba que no
complicara la situación. Propuso que después del verano ella podría ocuparse de que
fabricaran un par de pendientes con diamantes auténticos. Y Débora no se enteraría
de nada. «Tú mismo harás el cambio, ¿me entiendes?». Así se lo explicaba a Berish,
pero él se negó a tener nada que ver con el asunto. «Podría ocurrir que ella se enterara
—comentó— y entonces, ¿cómo quedaría yo?». En ese momento intervino el
barrigudo padre: «¡Si no quieres hacerlo, no lo hagas! No recibirás nada. En cuanto a
ella, puede esperar hasta el día del Juicio Final». A lo que el hijo replicó con una

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pregunta: «¿Y esta ha sido la causa de que armaras tal escándalo anoche en la
mesa?».
—Y eso no es todo —prosiguió Réisele—. Tenías que haber oído lo que le espetó
entonces a su hijo: «Te voy a dar dos bofetadas si no te callas, ¿me oyes? ¡Cállate de
una vez!». Se lo dijo aullando, ¿comprendes? ¡Le había puesto el dedo justo en la
llaga, donde le dolía! ¿Te das cuenta ahora de lo rastrero que es? No solo nos engañó
primero trayendo unos trozos de cristal por los que afirmaba haber pagado trescientos
rublos, a fin de que Débora cayera en la red, sino que después, cuando vio que no
podría llevar a cabo el engaño, simplemente se adelantó para que no saliera a la luz,
humillándola y avergonzándola en el banquete, a ella y a nosotros, delante de unos
desconocidos.
Réisele exhaló un profundo suspiro.
—Comprenderás que ahora ya no se trata de los pendientes —dijo tras un largo
silencio.
—¡Por supuesto que no! ¡Naturalmente que no! Unos pendientes… —dijo reb
Avrom Ber, y suspiró en voz baja.
Si no lo hubiese oído de boca de Réisele, de ningún modo habría creído que tal
cosa era posible. ¿Era esa clase de persona su consuegro? ¡Difícil creerlo, y sin
embargo la propia Réisele lo había dicho! ¡La propia Réisele! Avrom Ber guardó
silencio durante un largo rato; luego se enzarzó con su barba, la besó, la peinó, la
acarició, la enrolló en un dedo y finalmente hasta la mordió. No protestó la barba; ni
un pelo. Lo comprendía o tal vez, puesto que jugaba un papel tan importante en la
vida de su dueño, consideró que era de justicia que participara también en su
atormentada decepción y que sintiera compasión por él.
—¿Comprendes? —repitió Réisele—. Ahora ya no se trata de los pendientes.
—¡Por supuesto que no!
—Al parecer, desde ese pequeño cuarto se oye todo lo que se habla —dijo Débora
al entrar, y señaló con un dedo la cortina roja que, en lugar de una puerta, separaba
ambas habitaciones.
Réisele la miró sorprendida con sus grandes y melancólicos ojos.
—Mamá, no me importa nada todo eso, ¡ni un comino! No tienes que decirles
nada. De todos modos, yo no quería esos pendientes.
Réisele la miró de nuevo y decidió mantenerse callada.
Reb Bóruj Leib y su esposa se prepararon para acompañar al nuevo matrimonio
en su viaje a Amberes y, al mismo tiempo, visitar a sus otros dos hijos en esa ciudad.
Reb Avrom Ber y Réisele no podían permitirse el lujo de acompañarlos, pues casi
no les llegaba el dinero para el regreso a su casa. Esa misma tarde tomarían el tren
para Varsovia.
Réisele se despidió de su hija en silencio. Le dio un beso en la frente y quiso
decirle algo, pero se limitó a hacer un mohín con los labios. Ambas callaron. No

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lloraron. No tenían qué decirse la una a la otra. Se separaron dejando entre ellas un
despiadado silencio.
Avrom Ber se despidió de su hija en tono tierno y paternal. La besó en la cabeza y
durante largo rato miró hacia el cielo, como en busca de que el Creador llevara la
felicidad a su hija y a ellos. Débora le oyó murmurar: «Al fin y al cabo, eres
Todopoderoso y un buen padre». A continuación, lo vio subir al vagón del tren.
Réisele asomó la cabeza por la ventanilla y de nuevo se despidió sin palabras.
Allá, en el oscuro andén bajo la luz crepuscular quedó su hija, de pie y rodeada por
tres desconocidos, en una estación desconocida y contemplando cómo sus padres
regresaban a casa.
La locomotora dejó escapar un silbido agudo y prolongado, y el tren comenzó a
moverse. Réisele y Avrom, todavía asomados a la ventanilla, vieron cómo la silueta
de su hija se alejaba y empequeñecía a cada minuto, hasta que desapareció.
—¡Que mi consuegra no olvide saludar a todos en Varsovia! —voceó la suegra de
Débora hacia un vagón cualquiera, y a continuación se marcharon sin más.

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CAPÍTULO XIV
EN AMBERES

DURANTE el viaje de Berlín a Amberes, reb Bóruj Leib de nuevo se empeñó en dar
muestra de irritación, esta vez por motivo de que Débora había elegido, como lectura
para matar el tiempo, el libro que su madre había terminado de leer unos días atrás.
Estaba muy enfrascada en esa lectura y su compasión hacia el pobre jorobado
hacía que realmente se le derritiera el corazón… Le daba mucha pena aquel filósofo
deforme, el desventurado Mendelssohn, a quien tajantemente negaron la entrada en
Berlín por cualquiera de sus puertas. La impresionaron los méritos que tuvo que
acumular para lograrlo y sintió auténtica rebeldía contra la policía berlinesa. Tan
absorta estaba que se olvidó de sí misma. Su suegro, sin embargo, no le permitió
olvidar nada.
—Para colmo, es una hereje —comentó a su esposa—. No hay más que ver que
lee libros de Mendelssohn, el de Dessau. ¡Míralo, echa una ojeada y verás! —E
inclinó la cabeza para señalarle la portada a su mujer. Solo que había olvidado que
ella era analfabeta.
Tirtsa Roise miró la portada y, aunque no comprendía por qué estaría prohibido
leer los libros de Mendelssohn, meneó la cabeza en señal de asentimiento. Con una
media sonrisa insinuó a su marido que debería callar y no empezar una nueva
discusión. «Curioso —pensó mientras tanto—. ¿Qué libro podrá ser ese? Pero si él lo
dice, seguro que sabe de qué se trata».
En cuanto a Berish, el recién casado, dio señal de agitación y dirigió a su padre
una mirada de súplica amenazante. Reb Bóruj Leib guardó silencio al fin. Débora,
aunque lo había oído todo, hizo como si no se hubiese enterado y siguió leyendo. En
su fuero interno le hervía el corazón.
Llegaron a Amberes por la tarde. La estación estaba semioscura y absolutamente
vacía. Con la llegada de los viajeros se animó un poco, realmente solo un poco. Las
calles de la ciudad también se veían desiertas y escasamente alumbradas. Las verjas
de hierro del jardín zoológico parecían encerrar una prisión. Una llovizna nada
veraniega tapaba los cristales del taxi que los llevó a la Levrikstrasse, o «bulevar de
Levrik», como lo llamaban los bromistas. Berish se vio obligado a llamar
repetidamente al timbre de la puerta principal. Solo después de unos fuertes
timbrazos logró que se le oyera, pese al ruido que salía del interior.
Una turbia luz verdosa lo confirmó al fin. Se abrió la puerta y salió una mujer
alta, treintañera, con prominente busto y una peluca rubia y aplanada; detrás de ella,

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otra mujer, menuda y rechoncha como un barril, con peluca negra coronada por un
moño. Finalmente, también salió un joven pelirrojo, el hermano de Berish, muy
parecido a él, solo que con barba bastante más larga. Y detrás de ellos, toda un tropel
de niños.
Intercambiaron los primeros besos y abrazos, y a continuación grititos y
justificaciones por no haber ido a la estación a esperarlos. Tras un respiro, los besos
recomenzaron. Reb Bóruj Leib ya había besado casi cada hueso de Beile, su nuera,
cuando percibió su error al interponerse su hija Rivke, mucho más alta. De pronto, al
joven pelirrojo se le ocurrió decir que podían besarse en el interior de la casa y no en
la oscuridad del umbral. Todos estuvieron de acuerdo y entraron.
Los chiquillos, en pandilla, arrastraron los paquetes, y los de mayor edad las
maletas. Por fin, pudieron sentarse en el salón de la casa de Rivke.
Flotaba en el aire un olor húmedo a moho y suciedad. El hule que cubría la mesa
del comedor debió de haber estado alguna vez sin agujeros ni manchas de tinta. Las
cortinas de las ventanas también mostraban desgarrones. Las sillas crujían. El niño
más pequeño, un bebé hermoso y regordete de pocos meses, lloraba a gritos en la
cuna porque no lo habían llevado en brazos cuando fueron a recibir a los visitantes.
«¡De modo que ya estoy en Amberes! —pensó Débora—. ¡Un buen remanso de
paz, por lo que veo!».
Las dos mujeres de la casa se dispusieron a preparar el té, mientras que el joven
de la barba larga sacó una botella de whisky de dentro de la maleta de su padre. Su
madre le entregó otra:
—Toma, Lipe, abre este aguardiente para nosotras, las mujeres.
Bebieron a la salud de todos y el padre deseó al hijo recién casado que pronto la
familia pudiera celebrar una circuncisión. Las mujeres le desearon lo mismo a
Débora, que no encontraba ninguna respuesta adecuada. Ellas intercambiaron una
mirada, luego observaron al novio y sonrieron. Débora también esbozó una forzada
sonrisa. La escena le pareció más bien cómica.
Una de las mujeres limpió el mantel de hule y se sentaron a la mesa. En una
esquina, Lipe, el hijo mayor, debatía en voz baja con su padre algún asunto serio y al
parecer confidencial, mientras se tiraba de la barba, pendiente de la impresión que
causaba: cada vez que tiraba de ella sonreía con gesto triunfal. Y justamente cuando
estaba a punto de hacer una nueva demostración, se abrió la puerta e hizo su entrada
el propietario de la casa, un hombre de unos cuarenta y cinco años, de barba negra
bien peinada y con señales de empezar a encanecer.
Recorrió la escena con una mirada, incluyendo todo y a todos. No dio claras
muestras de sorpresa o satisfacción, ni tampoco de lo contrario. Se acercó a su suegro
y le saludó con un sholem aléijem (en el recién casado, su cuñado, aún no había
reparado). Luego arrugó la nariz y, olisqueando varias veces con aire de entendido, se
acercó a la cuna en donde el niño seguía berreando. Se inclinó hacia él, lo destapó y
en el acto se extendió por toda la habitación un olor nada agradable.

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—¡Ven, acércate y mira, experta ama de mi casa! —exclamó en tono de sarcasmo
y enfado, dirigiéndose a su esposa. El bebé, mientras tanto, con unas pataditas ya
había extendido todo el contenido. Cada uno de los presentes se tapó la nariz.
La mujer alta de la peluca rubia acudió enseguida y se justificó por lo ocupada
que había estado hasta ese momento; también dijo que la cosa acababa de suceder…
El marido la perdonó e incluso le dio un furtivo pellizco cuando se inclinó hacia la
cuna. Luego la ayudó a ordenarla.
Para ventilar la habitación, abrieron un poco la ventanilla superior. De nuevo
brindaron, esta vez por el dueño de la casa, y se desearon mutuamente que todos
llegaran a ver al niño, ahora ya limpio en la cuna, hacerse mayor. Después del brindis,
degustaron la tarta de miel.
Los suegros, las mujeres de la casa y Lipe llevaron a Berish a la habitación
contigua para hablar entre ellos. Débora se quedó sola con el dueño de la casa y los
pequeños.
—¿Al menos le han revelado la verdad acerca de cuánto gana su esposo? —le
preguntó de repente el cuñado, con una sonrisa maliciosa y significativa.
A Débora le dio un brinco el corazón. «¿A qué viene de pronto esta clase de
pregunta? ¿No ha podido encontrar otro tema para entablar una conversación? —
pensó sorprendida y al mismo tiempo irritada—. ¡Vaya un tipo raro…!».
—No tiene de qué preocuparse. Todavía se puede remediar —siguió hablando el
hombre—. Solo depende de usted.
¿Qué es lo que se podía remediar? ¿Qué es lo que dependía solamente de ella?
Las palabras de aquel hombre la inquietaron.
—Lo digo por lo siguiente —volvió a hablar—. Si una mujer es inteligente puede
convertir al peor marido en un buen marido y al más vago en laborioso. Todo
depende únicamente de la esposa. Ya comprende usted a qué me refiero. No es
preciso decírselo más claro.
«No. Desde luego que no», se dijo Débora. Lo había comprendido perfectamente.
Aunque intentó consolarse, pensando que aquel hombre era, sin duda, un enemigo de
su marido.
Él la observó, buscando comprobar la impresión que le había causado. Débora
recorrió con la mirada la habitación. Era tan pobre y oscura… La lámpara de gas
iluminaba solo hasta una baja altura y con una luz turbia. El empapelado de las
paredes se veía grasiento e incluso arrancado en algunos puntos; el suelo, húmedo y
pegajoso, y el techo teñido de marrón por el humo. Una gruesa araña tejía su tela en
un rincón junto a la puerta. Sobre una tira de papel amarillo encolado que colgaba del
techo, una mosca luchaba por escapar del mismo destino que decenas de sus
semejantes allí muertas, pero no lo lograba. Finalmente, lo pagó con una de sus patas
y salvó el resto. Todo ese conjunto le encogió el corazón a Débora. «¿Cómo es
posible, se preguntaba, que haya gente que cuelgue de sus techos un cementerio?
¡Brr!… ¡Vaya familia! ¿Y cómo se atreve a darme consejos, como si él fuera un pozo

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de sabiduría?». De pronto, tras echar de nuevo una ojeada a su alrededor, sin querer
dejó escapar, como hablando para sí misma:
—¡No siempre para los sabios es el pan![32] —y enseguida se preguntó de dónde
le habrían llegado esas palabras. Recordó que su padre a veces lo repetía a propósito
de sus escasos ingresos. De modo que Débora ya conocía su significado.
El hombre, que en absoluto se consideraba pobre, pues había sido rico antes de
divorciarse de su primera esposa (al fin y al cabo, no hacía mucho tiempo de eso) y a
quien, por otra parte, el resto de la familia tenía por hombre inteligente, se dio por
aludido y en el acto se convirtió en enemigo de Débora.
Ansiosa de liberarse de él, ella se acercó a jugar con el bebé, que reía con ganas.
Las deliberaciones del resto de la familia llegaron a su fin. Acordaron que
prepararían la cena, y después Débora iría con las demás mujeres a dormir al piso de
la cuñada, mientras que los hombres pernoctarían en un hotel de esa misma calle.
Las dos cuñadas comenzaron a trajinar y Lipe bajó a hacer algunas compras. El
dueño de la casa, todavía resentido, no quiso intervenir, y si le preguntaban algo o le
pedían alguna opinión, reprimía las ganas de mandar y dar consejos, y respondía que
no le marearan la cabeza.
El ama de casa extendió un mantel con visibles agujeros y no demasiado limpio,
lo que motivó que su madre se avergonzara y, mediante un guiño a su nuera, la
mandó que trajera de su casa, que se encontraba bien cerca, un mantel recién lavado y
almidonado. Cuando regresó con un nuevo mantel y lo desplegó encima del anterior,
Rivke se mordió los labios con despecho, mientras la cuñada sonreía triunfalmente.
Comenzaron a poner la mesa. Mientras tanto, Lipe volvió cargado con arenque,
salchichón, bollos frescos y cerveza. El suegro se sentó a la cabecera, el recién casado
a su lado derecho y el yerno ofendido a la izquierda, junto a Lipe. Finalmente, se
acomodaron las mujeres.
Los niños, que se habían sentado apretujados como sardinas en lata, se
mantuvieron tranquilos al principio pero, poco a poco, cogieron confianza y
decidieron divertirse un poco. Rivalizaban, con sus manitas no demasiado limpias, en
tirar del arenque, del salchichón y de los demás víveres. Palpaban un bollo y luego lo
cambiaban por otro. Se estiraban sobre la mesa intentando alcanzar algún pequeño
trozo de la tarta de miel y lamían los platitos mientras sus naricillas moqueaban. Los
padres y sus vecinos de mesa se enfadaban con ellos e intentaban explicarles cómo
comportarse.
—¡Puaj! ¡Qué vergüenza!
—¡Límpiate la nariz!
Aunque en realidad, ¿a quién de ellos le importaba? ¿Quién tenía en cuenta a
nadie? ¿Acaso si se mantuvieran tranquilos no les sermonearían también?
Constantemente, los mayores les repetían que no era apropiado comportarse de un
modo u otro. Y ellos, convencidos de que no iban a conseguir nada si obedecían, no
hacían ningún caso y actuaban como les daba la gana. Únicamente el mayor de ellos,

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ya una personita de unos doce años, lo pasaba mal: no debía rebajarse como los más
pequeños, pero por otra parte nadie lo consideraba un adulto. Simplemente, se
olvidaban de él. Aunque mirara con avidez los alimentos que le gustaban, nadie se los
acercaba. El resultado: que no tenía ni una cosa ni la otra. Molesto y enfadado,
también él decidió agarrar el mantel y arrastrar lo que podía. Cuando los mayores,
avergonzados y sorprendidos por su comportamiento, armaron un escándalo, él, en
lugar de responder, empezó a aleccionar a los más pequeños, a uno con un pellizco, a
otro con un codazo, y a decirles que ¡de una vez por todas no estaba bien echar mano
a los dulces! En cuanto al bebé, al principio desde la cuna quería participar en la
diversión; ya limpio y seco, alborotaba y se reía, pataleando feliz con sus gordezuelas
piernecitas. Luego se hartó, cambió de idea y se quedó dormido.
—¡Se están pasando de la raya estos niños!
—Jáyim, ¡te cortaré los dedos! No toques nada, ¿me oyes?
—Solo estoy jugando. No estoy comiendo nada.
—Pues juega, entonces, y deja esa manzana.
—¡A ti! ¿Me oyes? ¡Te voy a matar!
—No tengo nada que hacer. ¿Qué quieres que haga?
—¿No tienes nada que hacer? Métete un poco de rapé en la nariz.
—¡Yánkele, siéntate como es debido!
—Estoy sentado como es debido.
—¡Siéntate derecho, te digo! ¿Me oyes o no?
—¡Féiguele!… ¡Puaj! ¿Una niña de tu edad? Rápido, sécate la nariz. Debes
avergonzarte. ¡Rápido, sécate la nariz! —Le llovían los pañuelos desde todos los
lados, tanto de la tía como del tío Lipe y de la abuela, mientras la madre corría a
acercarle su delantal, pero Féiguele ya se había limpiado hacía tiempo con la esquina
del mantel…
—¡Si estos desvergonzados mocosos no corrigen su comportamiento, lo van a
sentir! —se enfadó el padre, mientras miraba de soslayo a Débora con sus penetrantes
ojos negros. Los niños se quedaron quietos durante unos minutos. Mientras,
preparaban sus fuerzas para un nuevo ataque al pastel.
—¿Por qué no toma usted nada? ¿Tal vez no le gusta el salchichón belga? —
preguntó Lipe a Débora—. Sé que en Varsovia producen el mejor salchichón. El
salchichón de hígado que hacen allí es famoso en todo el mundo. —Al mismo
tiempo, miró con una sonrisa hacia su hermano recién casado como diciendo: «Te
molesta mucho, ¿eh? ¡Estoy hablando con tu esposa!».
Berish no aguantó esa mirada y bajó los ojos. Su expresión era elocuente:
«¡Puedes irte al diablo!».
—¿Por qué lo dice? —respondió Débora con intención de mostrarse amable,
aunque no pudo ni probar el embutido—. Al contrario, es un salchichón muy bueno.
Reb Bóruj Leib bebía en ese momento copa tras copa. En cuanto a su yerno, se
olvidó de los niños y decidió dejarles hacer lo que quisieran. Lipe aprovechaba

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cualquier oportunidad para presumir de su barba. Cada vez que levantaba la copa,
estiraba el cuello y elevaba el mentón hacia sus padres, como diciendo: «Mirad y
extasiaros».
En cuanto al pobre Berish, habría deseado acercarle a su esposa unos gajos de
naranja, un poco de licor, un vaso de soda, hablar con ella, y que reventara su
hermano. Pero ¿cómo lo iba a hacer si la habían sentado en el otro extremo de la
mesa? Desde su lugar no podía, le daba vergüenza. Y recordaba muy bien que a Lipe,
en ocasión similar, lo habían sentado al lado de su esposa. Tal vez porque eran primos
entre sí. ¡Pero no! ¡Ahora, en su caso, había sido por pura maldad!
Al terminar finalmente la cena, los hombres rezaron la bendición por los
alimentos. A los pequeños, a quienes poco a poco se les iba cayendo la cabecita, los
habían llevado a dormir mientras los demás continuaron sentados.
Eran ya más de las dos de la madrugada. Débora estaba completamente exhausta.
Lipe y su esposa ya se habían ido a su piso. La suegra y Débora fueron después.
Débora, en cuanto entró, miró hacia la cama con ojos ávidos. Ojalá la invitaran ya a ir
acostarse. Era una cama bien arreglada y cubierta con una colcha de felpa; sobre la
colcha había una gruesa almohada de plumón, ribeteada con flecos, y rematada con
unas artísticas iniciales bordadas en seda roja.
«¡Ay, si pudiera tirar todo eso al suelo, quitarme la ropa y entrar en la cama de
golpe!», pensó Débora. En ese instante, observó en un rincón del dormitorio a Lipe,
sin que él la viera a ella, muy ocupado en introducir en la boca de su esposa una
cucharada con una ciruela hervida.
—¡Déjame en paz! —imploraba la esposa haciendo muecas, como cuando se
toma un medicamento.
—¡Hazme caso! La ciruela hervida es buena para la salud. ¡Tienes que tomarla!
—Ella protestaba, gesticulaba, pero de ningún modo cedía Lipe a las súplicas de su
mujer.
—¡Ahora, esposa mía, vete a dormir! —Y al darle un beso, vio a Débora.
Avergonzado, se disculpó diciendo que «no sabía que había alguien más en la
casa»…
Su rechoncha esposa, gracias a Dios, ya sonreía y fue a prepararse la cama.
—Es un loco y nada más —se quejó de él ante Débora, aunque satisfecha de que
hubiera visto qué clase de marido tenía—. Si le digo que no puedo comerlas, me
tortura. ¡Y siempre lo mismo! No es feliz hasta que finalmente me como las ciruelas.
Débora casi se arrojó sobre la cama que le habían asignado.
Su suegra y su cuñada comenzaron a desabrocharse los corsés, a desatar los nudos
y a soltarse las almohadillas que, alrededor de las caderas, acentuaban unas formas ya
generosas… Débora las observaba asombrada desde su cama: ¿para qué necesitaban
llevar almohadillas? ¡Tan gordas como ya eran de por sí!
Rebajaron la luz de la lámpara. Débora se acurrucó recogiendo las piernas. Desde
la cama, limpia y mullida, observaba sobre la pared el movimiento de las sombras de

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ambas mujeres. Las veía dar vueltas, al tiempo que lanzaban al aire una profusión de
enaguas, como si fueran unas locas. Finalmente, también sus sombras se acostaron, y
se hizo el silencio en la noche.
El agotador cansancio le impedía a Débora conciliar el sueño. Pensamientos
incoherentes se entrecruzaban en su mente, ya embrollada. Intentó contar ovejas pero
no sirvió de nada. Despierta y aguzando el oído, llegó a escuchar la conversación que
mantenían la suegra y la cuñada:
—¿Duermes, Beile?
—¡No!
—¿Por qué no?
—Que sé yo. ¡No consigo dormir!
—¿Cómo va eso?
—¡En el quinto mes!
—Eso lo sé. Me refiero a tu relación con Lipe.
—¿Con Lipe? ¡A mis enemigos se lo deseo! Bien enterrada en vida estoy. Pero a
usted eso no le importa.
—¡Él dice, sin embargo, que ya no es el mismo!
—¡Por supuesto, él puede decir lo que quiera! ¿Cuándo ha hablado usted con él
por última vez?
—No hace nada de tiempo, en la alcoba. Lo llamé expresamente para que entrara.
Él fue el primero que nos contó que estabas encinta. Ya ves, y tú te quejas. Cuando
tengáis un bebé, él será totalmente otro. ¡Ya lo verás!
—¡Ojalá! Pero mientras tanto, se pasa los días en el café de Leibl jugando a las
cartas. Y yo, el día entero trabajando en la casa. ¡Como usted habrá visto, mi casa
tiene otro aspecto que la de Rivke!
—Bueno, es que ella tiene niños que criar, Dios los guarde. ¡Espérate, espérate a
que tú tengas el pequeño! ¡Tampoco serás un ama de casa ejemplar!
—¿Es que acaso no trabajo yo todo el día, y la mitad de la noche, como
costurera? ¿Y las clientas? Son piedras más que personas. ¡Así ardan junto con él!
Ojalá me hubiera muerto bajo el palio nupcial, antes que llevar una vida tan negra.
A Débora, por un lado horrorizada, por otro le entraron ganas de reír. Oyó unos
sofocados sollozos.
—¿No estará despierta ella? —oyó a Beile preguntar.
—¡Qué va! Si cayó como una piedra. Estaba agotada. ¡Ojalá pudiera yo conciliar
el sueño de ese modo! No es bueno envejecer, ¿sabes?
—¿Y yo qué gano con ser joven? ¿Me beneficia en algo? ¡Mal dolor le dé!
—¡Antes que nada, deja de maldecir tanto y todo el tiempo a mi hijo! —La
suegra ya se enfadó.
—A su hijo… Y yo, ¿qué soy? ¿Un perro, acaso? ¿No soy hija de mi madre?
—No llores, no llores —se ablandó un poco la suegra—. De momento, nadie te
abandona. Al fin y al cabo, el suegro te manda alguna ayuda, y otro poco lo ganas

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con tu oficio.
—¿Y qué pasará cuando nazca el bebé? Usted misma ha dicho que ya no seré tan
buena ama de casa. ¿Quién se ocupará de ganar el sustento entonces?
—Todavía no es tan terrible la situación como la pintas —respondió la suegra,
buscando palabras para suavizar lo que había dicho antes—. Mañana, si Dios quiere,
hablaré con tu suegro y de nuevo otra vez con él, con Lipe. Y su padre le dará una
buena lección si no cambia. ¡Ya verás! Cuando tengas el bebé, él trabajará como
cualquier padre. Un bebé lo cambia todo.
—¡Ojalá! Yo también quiero creerlo, aunque algo dentro de mí lo impide. Pero
además, ¿en qué me beneficia ahora ese futuro prometedor? De momento, paso cada
noche sola en casa y, si me siento mal o vomito, ni siquiera tengo a alguien que me
traiga un poco de agua fría. ¿Sabe usted que no se ha acordado de que su esposa casi
enloquece de tanto esperar? ¿Sabe que en dos años no se le ha ocurrido entrar,
mirarme a los ojos y, por qué no, llevarme al teatro yiddish?
—¿Hay «treatro» yiddish en Amberes?
—Por supuesto. Ha venido de Londres. Dicen que uno se parte de risa. Hay un
actor que canta unas canciones tan cómicas que al oírlas no puedes parar de reír. El
propio Lipe trajo una vez a casa unas hojas con la letra y la música de las canciones,
y las cantaba todo el día hasta marearme. Una de ellas comenzaba así: «La
larguirucha Hanna está acostada en la cama. / Echa en falta al hombre que la ama».
Dice que él está embelesado con ese actor. No se le ocurre que a mí también me
gustaría verlo. Para él soy como un perro. ¿Qué le importa si reviento de rabia?
—Mira, Beile, ¡esa debería ser tu última preocupación, el «treatro»! Yo ya he
vivido muchos años, gracias a Dios, y no he estado nunca en un «treatro». Sin
embargo, ¡vivo bien y así puedo seguir hasta los ciento veinte años!
—Pero hoy en día todo es diferente. Los tiempos exigen que el marido lleve a su
esposa al teatro. Las mujeres de hoy quieren vivir, ya no aguantan seguir enterradas
en vida, como yo —y rompió a llorar amargamente.
Débora la escuchaba asombrada. Sintió tanta compasión por esa pobre mujer que
también se echó a llorar en silencio y contenidamente. Mientras tanto, aquellas dos
continuaron su conversación, la más joven insistiendo en sus quejas y la mayor a la
defensiva. Por fin se quedaron dormidas.
Aunque Débora intentó sacar algunas conclusiones de lo que había oído, sus
pensamientos derivaron en multitud de direcciones, hacia los cuatro puntos
cardinales, dando origen a un revoltijo como el del saco de un mendigo. El sueño la
venció y se despertó con jaqueca.
—¿Qué tal se ha dormido? —le preguntó Lipe con una sonrisa, cuando se vieron
por la mañana. La esposa echó una mirada, primero a él, luego a su suegra y
finalmente a los que se hallaban a su alrededor. Estaba disfrutando: «Que vean todos
que yo tengo razón. Que se convenzan por sí mismos de qué clase de canalla es mi
marido…».

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Débora contestó a Lipe: «¡Muy bien!». Y de paso observó, divertida, además de
la agria satisfacción de su cuñada, el furor mal contenido de Berish, su marido, que
casi murmuró su acostumbrado «¡Vete al diablo!».
Después del desayuno, Débora salió con él a conocer la ciudad.
La mañana era clara y luminosa; la lluvia de la noche anterior había lavado el
aire. Débora miró a Berish directamente a la cara. «¡Humm, si tuviera la barba un
poco más larga, apenas lo podrían distinguir de su hermano Lipe!». Hasta tal punto se
parecían los dos hermanos. Pensó en lo que había oído desde la cama durante la
noche anterior. También recordó las palabras de Lipe antes de que su mujer se
acostara. Hubiera querido que todo el descaro con el que él se comportó la afectara y
le produjera temor, en lugar de la vaga inquietud que la corroía constantemente.
Habría querido pensar con preocupación: «¿Hará también lo mismo mi marido, el
joven que está a mi lado? ¿Me dará un dulce por las noches para después dejarme
sola e irse a jugar a las cartas?». Y sin embargo, todo lo que ocupaba su mente era
que, a esas horas, en la cocina de su familia, en Varsovia, seguramente reinaría el más
completo desorden; que Amberes era una ciudad repugnante; y que no podría vivir en
ella ni un solo día.
Las calles del barrio adonde fueron a parar en su paseo estaban como muertas;
uno podría acostarse a dormir en mitad de la calzada y nadie lo despertaría. Las casas
eran bajas; la más alta, de dos plantas. Unas viviendas limpias y encaladas, como si
se tratara de cazuelas recién fregadas. También las aceras estaban tan
extremadamente limpias que no se caminaba por ellas cómodamente, como cuando se
estrena un traje nuevo. Los cristales de las ventanas relucían por su pulcritud. En los
visillos había dibujos de bailarinas desnudas y querubines de gruesas piernecitas,
como el bebé de su cuñada. Cortinajes tan bellos no se veían ni en Varsovia ni en
Berlín. Pasearon por calles y callejuelas, y en todas ellas la misma sensación: todo
rematadamente pulcro, todo muerto, todo desierto.
En ese vacío, aparecieron de pronto dos grandes perros amarillos que jadeaban al
arrastrar el carro de un vendedor itinerante de frutas y verduras. A su paso, salían a la
puerta de las casas unas mujeres con aspecto igual de aseado que sus viviendas. El
vendedor, de rostro rubicundo, no paraba de sonreír y se dirigía a ellas con exquisita
cortesía. Las amas de casa, también muy amables, le devolvían la sonrisa de igual a
igual…
Al saludarse lo hacían de un modo singular, con solo una palabra:
El vendedor: —¡Madame!
Y ellas: —¡Mynheer!
«Un saludo mecánico —pensó Débora—, como entre militares; y enseguida, una
vez hecha la compra, ellas entraban en sus casas. Quedarse un instante más de lo
estrictamente necesario sería como transgredir una ley. ¡Qué desolación! ¡Brrr! Suerte
que un caballo dejó inesperadamente su boñiga sobre la calzada, ¡qué risa! De no ser
por esto, no habríamos visto salir a una mujer con un recogedor de goma y una

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escoba, ni a los pajarillos celebrando un banquete. La calle habría estado aún más
desierta».
Recorrieron calle tras calle. A su lado, su marido armonizaba con las aceras por
las que transitaban: el mismo aspecto apagado y lustroso, igual de vacío y con esa
misma pulcritud burguesa.
—¡Mynheer! —se dirigió a él un señor de avanzada edad. Débora escuchó la
conversación. Por una parte juraría que en yiddish, pero no; era una mezcla de alemán
y yiddish de la que no entendió nada, ni una sola palabra. Berish, mientras se
acariciaba la barba, le indicó con un dedo la dirección solicitada tratando de
precisarle más la información. El hombre asentía educadamente, con su fláccida
papada rojiza temblando, en señal de que lo había comprendido, hizo una inclinación
y desapareció por una calle lateral.
Al poco rato se detuvieron y Berish llamó a una pulida puerta amarilla con una
aldaba de estaño plateado. La puerta se abrió con cautela y apareció una mujer con
aspecto de judía holandesa.
—¡Mynheer!
—¿Los apartamentos de la segunda planta están en alquiler?
La mujer les lanzó una escrutadora mirada, midiendo de pies a cabeza a Débora y
su nuevo traje de terciopelo.
—¿Se puede entrar a verlos? —preguntó Berish, entendiendo que los
apartamentos sí estaban en alquiler.
Tras una nueva ojeada a ambos a la vez, la mujer pareció despertar de un sueño:
—¡Sí, por supuesto!
Los condujo a un vestíbulo y pidió que esperaran un momento. Ella desapareció
detrás de una puerta, ancha y lujosa. Tanto el linóleo del pasillo como el pulido
perchero relucían de limpios, y más aún la mesilla con un florero. La lámpara del
techo estaba envuelta en una pantalla roja, y de las paredes colgaban pesados retratos
de unos ancianos con pelucas rizadas, medias y zapatos blancos, y jubones azules con
volantes en los puños. ¿Qué clase de criaturas eran esas? ¿Y porqué había retratos de
perros colgados en las paredes? Sobre la larga banda azulada de la alfombra del
pasillo un gatito jugaba con un pajarillo de lana. La mujer regresó.
—Por aquí, hagan el favor —y les indicó que la siguieran. Subieron una escalera
pintada en blanco y con una alfombra de color diferente a la anterior, sujeta a los
peldaños mediante relucientes varillas de latón. En el primer rellano de la escalera
había una ventanilla tapada por un visillo de muselina de un blanco impecable. Un
joven caballero montado a caballo les sonreía desde arriba, en la pared. Al llegar a la
primera planta se abrió una puerta por la que salió una mujer morena, atractiva, con
un vestido rojo oscuro y fulgurantes anillos en los dedos, estrechos y alargados.
Dirigió una sonrisa apenas perceptible hacia Débora y su marido, así como otra,
mucho más abierta, a la casera.

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La propietaria continuó guiándoles para subir a la segunda planta, ahora mediante
una escalera de madera desnuda, con los peldaños sin recubrir. El contraste con la
anterior era chocante y entristecedor. Ya en el interior del apartamento, sin embargo,
aunque vacío y con paredes también desnudas, las habitaciones de techo alto eran
luminosas y ventiladas. El empapelado de las paredes era de baja calidad, aunque
limpio y de color claro. Había menos ornamentos en el techo que en el piso de abajo,
pero sí molduras perimetrales. Las ventanas abiertas eran amplias y dejaban entrar un
aire fresco.
El precio del alquiler resultó no ser demasiado elevado para la categoría de aquel
barrio. Por añadidura, Berish contaba con la promesa de su padre de enviarle una dote
y, por tanto, decidió alquilar el apartamento. Al preguntar a Débora, ella respondió
que le daba igual y que hiciera lo que le pareciera bien, porque ella no sabría qué
decirle. Y no mentía.
La casera les hizo un interrogatorio detectivesco: ¿Quiénes eran? ¿De dónde
venían? ¿Qué hacían? Les aseguró que solo gracias a que su aspecto era de «buenas
personas» y a que no tenían hijos, les alquilaba el apartamento a un precio tan
reducido.
—Para mí, si una persona me gusta, el dinero no tiene importancia.
Les dio un recibo a cambio de la fianza que entregaron, los felicitó y ellos se
encaminaron de regreso a la Levrikstrasse, ya contando con un apartamento propio.
Berish rebosaba de alegría.
—¡Oh! ¡Qué barrio! ¡Qué habitaciones! Y sobre todo, lejos de la familia.
Mientras tanto, conjeturaba: «Si ella no fuera tan melancólica, tan fría… Ni
siquiera se alegró con el apartamento. Solo se fija en la ciudad. Para mí, ni una
mirada. Qué cosa tan rara. ¿En qué tiene tanto que pensar una persona? Cuando se le
habla, parece despertar de un sueño. Tal vez yo debí haber sido más hombre, no tan
apocado. Ella responde cuando se le dirige la palabra; cuando soy yo quien lo hace,
responde como si no estuviera presente. ¿Qué se podría hacer para animarla más? Si
yo no fuera tan tímido, le habría preguntado por qué seguía tan pensativa y si le
faltaba algo. Pues está claro que no es por maldad que se mantiene tan distante.
Seguramente con el tiempo me querrá más, se acostumbrará a mí. Es que aún somos
unos desconocidos el uno para el otro —se consolaba—. Solo que me resulta
desagradable que el cerdo de mi hermano se alegre, porque creo que ya se ha dado
cuenta de cómo van las cosas entre nosotros. Bueno, pues ¡que se vaya al diablo!».
La Levrikstrasse no estaba igual de muerta que las calles de aquel barrio, pensó
Débora al llegar. Las casas también aquí eran pequeñas, pero no tan «impecables», no
lo quiera Dios… Tampoco era una calle melancólica. Judíos con sombrero galitziano
de fieltro, con toda clase de barbas, largas y cortas, pelirrojas, castañas y rubias,
peinadas y despeinadas, cuidadas y descuidadas, caminaban por las calles y las
callejuelas de alrededor y, en la misma Levrikstrasse, gesticulaban moviendo los
brazos, conversaban y negociaban. También había vendedores itinerantes de frutas y

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verduras, y de otras mercancías, con carretas tiradas por perros, pero parecían perros
diferentes, más alegres y más adaptados a los comerciantes. Por qué no decirlo,
añadían colorido esos perros de los judíos… Los niños de la calle alborotaban aquí no
menos que los de Varsovia, algunos persiguiendo gatos sucios. Las mujeres no se
metían en sus casas como si tuvieran miedo.
Y también había tiendas, ¡y bastantes! Aquí la gente comía, compraba y no les
importaba la pulcritud de las aceras. Las amas de casa regateaban con los
dependientes, hablaban en voz alta, no susurraban confidencias y no sonreían. Las
tiendas eran pequeñas y no muy limpias. Multitud de letreros kosher, algunos
semiborrados, otros enteros, sucios o legibles, grandes o pequeños, anunciaban los
productos desde cada desaseado escaparate. Desde luego había animación en general.
Claro que no al mismo nivel que en Varsovia…
Al entrar en la casa, Berish contó a la familia todo lo relacionado con el
apartamento que había alquilado. Su cuñada Beile arrugó la nariz. Rivke, su hermana,
no comprendía para qué necesitaba mudarse a un barrio gentil, donde no se veía por
la calle ni un solo judío. El cuñado aún no se entrometió. Y en cuanto a su hermano
Lipe, el de la barba más larga, con quien Berish no se hablaba, bromeó:
—¡Cómo no! ¿Entre judíos va a vivir? ¿Como nosotros los pobretones? ¡Hace
muy bien! Los ricachones saben lo que quieren —comentó en tono de burla.
—Realmente, ¿por qué has tenido que irte tan lejos? Viviendas buenas y baratas
también las hay aquí cerca —dijo su madre, también en desacuerdo.
—¡Qué sé yo! Es un bonito apartamento. Por casualidad pasé por allí, vi que no
era caro y lo alquilé.
—¿Ya has entregado una fianza? ¿Sí? Bueno, entonces nada que hacer. ¡Que haya
suerte!
—¡Es que le atrae vivir entre no judíos! Está en el fondo de su alma,
¿comprendes? —dijo el padre dirigiéndose a Lipe. Este último, en señal de
satisfacción, alzó con altanería la punta de su barba.
—¡Cuando nosotros nos convirtamos en gente refinada, tampoco iremos a vivir a
calles judías! —insistió Lipe, irónico y complacido.
Pasaron así, o más bien fueron arrastrándose así, los tradicionales siete días[33] a
partir del enlace matrimonial. También se superó la última noche. Los suegros se
preparaban para el viaje de regreso. Sus maletas, ya llenas, estaban en el suelo, atadas
con cinturones de cuero. Nadie había visto la dote que el suegro iba a entregar en
Amberes.
Débora oyó la conversación al respecto que mantuvieron Berish y su padre en la
habitación de Lipe. No había nadie más que ellos dos. Reb Bóruj Leib hablaba
irritado.
—¡No me persigas! ¡No voy a huir de ti! ¡Lo que de ti haya tomado, te lo
devolveré siempre! ¿Necesitas mudarte de casa? ¿Y qué culpa tengo yo? A Lipe le va
bien residiendo en casa de Rivke, vuestra hermana. ¿Y tú quieres irte a vivir lejos, en

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un barrio rico donde te despellejan? Será seguramente porque puedes permitírtelo,
porque de lo contrario no te habrías comprometido.
—¡Pero papá! Te he repetido ya diez veces que el apartamento no me cuesta más
que lo que paga Lipe. Rivke le cobra un alquiler bastante caro.
El padre se enfureció y el hijo también.
—¿Piensas que es una virtud vivir recluido en este sucio agujero, tanto si cuesta
más como menos? —preguntó Berish.
—¿Así que no te parece digno de ti? ¿Acaso tu esposa es más rica que Beile? ¿Su
padre es más millonario que el de Beile?
—¡No las compares! —dijo Berish, bajando la voz.
El padre se enardeció. El blanco de sus pequeños ojos quedó recubierto por una
espesa retícula roja.
—¿Cómo? ¿Qué has dicho de la hija de mi hermano? ¿Que no la compare con tu
esposa?
—¡Ah! Ya veo, padre, ¿así que has hecho las paces con tu hermano, eh? ¡Alabado
sea Dios!
—¡Insolente! ¡Te voy a dar dos bofetadas! ¡Apóstata! —gritó el padre. Por fin, y
de una vez por todas, empezó a liberar el ansia reprimida y la rabia acumulada, para
lanzarse a una auténtica pelea.
La suerte hizo que en ese momento entraran unos vecinos para despedirse. La
cólera, a la que solo faltaba la pimienta, se le disipó. Vio claramente que tendría que
trasladar la pelea a Varsovia y allí disputar con «ellos». Pensó en dirigir la cólera
contra su mujer, pero ya no era lo mismo y no le dijo nada. «Si al menos ella no se
entrometiera en todo, intentando pacificar a las partes…», masculló, y se conformó
con no decirle nada, sino dar vueltas por el pringoso suelo refunfuñando y esperar la
hora de partir.
Solo cuando llegó el momento de marcharse y el taxi ya esperaba a la puerta,
extrajo de su bolsillo la gruesa billetera de cuero, todavía bien rellena. A Lipe se le
hizo la boca agua y miraba el dinero con avidez. Reb Bóruj Leib sacó trescientos
francos y los puso, apresuradamente, en la mano de Débora:
—¡Cuida de no desperdiciarlo! Con esto tendrás para comprar muebles, y podrás
aprovechar algo para vuestro mantenimiento durante algunas semanas. Después de
los gastos de la boda, me he quedado sin dinero y no podré mandar nada durante
algún tiempo. Bien, te deseo buena salud y que Dios os ayude a no necesitar nunca
depender de nadie.
Tirtsa Roise besó a Débora deseándole lo mejor, y lloró las lágrimas que aún
guardaba después de despedirse de los hijos. A Rivke no le era posible acompañarles
a la estación, a causa de los niños; Beile de pronto había sentido náuseas y Débora
decidió quedarse con ellas en la casa. Solamente los hombres irían con ellos hasta la
estación.

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—¿Tienes algún mensaje para tu mamá? —preguntó la suegra ya sentada en el
taxi.
—No, nada —respondió Débora, y rompió a sollozar como una niña perdida.
—¡Ya! ¡Ya empiezas! ¿Qué será más adelante? —bromeó la suegra y le dijo—:
¡Ese llanto es más propio de una niña que de una mujer casada!
Las mujeres aún repitieron bien alto sus buenos deseos y los niños ayudaron en
coro, recordando a gritos a los abuelos lo que debían traerles la próxima vez que los
visitaran. El taxi, mientras tanto, arrancó y salió de la estrecha calle.
Débora no lograba contener el llanto. Cada vez que secaba las lágrimas, le
brotaban de nuevo y con más fuerza. «Es una vergüenza, una vergüenza, para una
mujer casada», repetía, mientras desahogaba su cólera en los billetes nuevos que tenía
en la mano y los arrugaba con furia. Esto le proporcionaba un insólito placer. Aunque
no conocía su valor, se le ocurrió que podrían serle útiles, por ejemplo podrían
ayudarle a huir de allí. Hasta un momento antes, ni siquiera en sueños podía
ocurrírsele un pensamiento tan extravagante. Ahora sí.
—¡Débora, todavía vas a romper los billetes! —le reprochó su cuñada Beile,
mirándole la mano con codicia.
Débora, al advertir esa mirada, como la de una gata hacia un ratón, metió los
billetes en su bolso. La cuñada dio muestra de decepción: no había llegado a adivinar
cuántos billetes habría, si tres o diez, y se propuso preguntárselo. Ya tenía preparadas
las palabras adecuadas, cuando entró Berish, que regresaba de la estación.
—Ponte el abrigo y vamos a salir un poco —dijo a Débora, sin apartar la mirada
de su cuñada. Beile comprendió y se marchó a su piso, pensando: «Mi Lipe no se dio
prisa en volver a casa. Ella ha tenido suerte con Berish mientras que yo estoy
enterrada en vida». Y tomó una pastilla para calmarse.
El sol relucía de nuevo.
—Débora, todo irá bien —dijo Berish—. Hablé con mi padre en la estación y me
aseguró que nos lo mandará más tarde, pues no lo llevaba encima. Sencillamente le
faltaba dinero. No puedo hacer nada. Por las malas sería peor. Yo creo que sí lo va a
enviar. A Lipe también, cuando se casó, le financió todo.
Débora no respondió. Le daba igual. ¡Si pudiera usar el dinero que ahora tenía y
marcharse! ¿A casa? ¿Por qué no? Ahora habría dado mil dotes por poder volver a
casa. ¿Por qué había cometido la locura de marcharse? ¿Por qué no supo que en casa
nunca se está tan solo, ni se siente ese vacío? En casa, sufrir encerraba cierto placer.
Pero ¿qué hacer ahora? Sola, con un joven desconocido al que no soportaba. ¿Por qué
razón?, no lo sabía. Sola, en un país desconocido y con parientes que le eran ajenos, a
quienes encontraba repulsivos y preveía que serían sus enemigos de por vida. ¿Por
qué?, tampoco lo sabía.
Sacó de su bolso los tres billetes y se los entregó a su marido.
—¿Cómo? ¿Únicamente te dio trescientos francos? A mí me mencionó
quinientos, y que lo demás lo enviaría después. Espero que lo haga pronto, en cuanto

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llegue a su casa. ¡Si no, vamos a pasarlo mal! Mi hermano Lipe no se recorta la barba
y de ese modo agrada a nuestro padre y capta su confianza. Además, le miente
constantemente, lo halaga y, aunque no es más que un gran idiota, ¡conoce el truco
para hacerle la pelota!
Débora rompió a reír, a pesar de su pena. Su joven marido la envolvió con la
mirada. «¡Esta sí que es una mujer!», pensó.
—Antes de nada vamos a entrar a comer algo.
La llevó a la cafetería de la gran galería de tiendas Tietz y, de una máquina
expendedora empotrada en la pared, extrajo un bocadillo de sardinas. Se sentía de
muy buen humor. «Me gustaría saber lo que piensa de mí —se dijo—. ¡Con tal de
que piense algo! Esto le ha gustado. ¡Debe de sorprenderle un poco que de una pared
salga automáticamente un bocadillo de sardinas!». Le mostró otro truco: echó una
moneda con agujero en el centro y obtuvo dos vasos de clara y espumosa cerveza.
Débora rehusó la bebida y él le trajo una taza de café.
No cabía en sí mismo; estaba radiante. Entraron en tiendas de muebles, los
examinaron y ¡todos los precios eran tan altos que daban miedo!
—¡Vaya!… ¡Están locos estos vendedores! ¿Qué te parecen esos precios?
Cuando encontraron unos vendedores más cuerdos, se decidió a comprar, de
momento, un par de camas. Esto era lo necesario, además de una mesa y sillas.
—Más adelante, cuando él nos envíe el resto de la dote, terminaremos de
instalarnos.
Débora sentía un cosquilleo en la garganta. Estaba a punto de decirle que, si fuera
por ella, no debería comprar ni esos muebles ni ninguno, y que mejor sería que le
diera el dinero para el billete de regreso. Pero no lo dijo. Solamente comentó que a
ella su suegro le había dicho que no podría enviarlo tan pronto, ya que andaba mal de
fondos.
—¡Conque sí! A mí no me dijo eso, sino que, en cuanto llegara a su casa,
enseguida lo enviaría.
—¡Tal vez!
—¿Las camas te gustan, Débora?
Ella se sonrojó. Sí, le gustaban. Todo le gustaba. El vendedor de muebles los
miraba encantado. Todo lo que propuso les había gustado. Le pagaron lo que pidió.
«Ojalá pudiera cazar clientes como estos varias veces a la semana», pensó.

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CAPÍTULO XV
ESCALERA DESNUDA

POR fin estaban instalados en el nuevo apartamento. Incluso ya les había llegado a
esa dirección, desde Varsovia, una carta de la familia de Débora. Las habitaciones
eran amplias y eso hacía que el vacío se notara aún más. Además, los suelos no
estaban cubiertos por alfombras, y la escalera de madera seguía igual de desnuda que
cuando fueron a ver el apartamento para alquilarlo. La atmósfera era agobiante y
triste. Berish se pasaba los días vestido y tumbado en la cama, mirando al techo y sin
hablar. No obstante, se notaba en él que disfrutaba por el hecho de no residir ya en la
misma casa que «ellos». Vivir en un piso propio era un placer que le hacía sentirse
bien.
Débora comenzó a extrañarse de que él no trabajara; de que, en general, no
hiciera nada. ¿No era tallador de diamantes? ¿Por qué entonces la máquina de cortar
continuaba tapada con un paño azul? Le vinieron a la mente las palabras de su
cuñado, el marido de Rivke, cuando preguntó si le habían dicho cuánto ganaba
Berish. Y recordó asimismo el desgarrador lamento de Beile acerca de su esposo, el
hermano de Berish, tan parecido a él.
Y sin embargo, por absurdo que parezca, todo esto no le molestaba a Débora en
absoluto. Lo que sí le molestaba era que su marido no saliera de casa. Se sentía
apesadumbrada, algo le carcomía, y no sabía dónde. Si le preguntaran: ¿dónde sientes
la pesadez?, ¿dónde te sientes mal?, no sabría qué contestar. No le pesaba el corazón,
no era su caso. Al contrario; últimamente el corazón no le dolía. Se sentía mal, pero
de modo impreciso. Cuando él salía de casa alguna vez, notaba algún alivio. Durante
un rato, al menos, se olvidaba de sí misma. Pero ¿cuándo salía él? ¡Por todos los
diablos! Unos días atrás, incluso había empezado a cantar cuando él salió de la casa.
Más de dos meses hacía ya que vivían juntos. Del dinero que les dio el suegro
casi no quedaba rastro. Débora sabía muy bien que ya no les enviaría ninguna otra
suma. Lipe había escrito una carta a su padre en la que contaba que Berish se había
afeitado la barba y que, además, su esposa andaba por ahí sin peluca. Como
resultado, recibieron del padre una carta muy severa en la que, entre injurias y
maldiciones, tildaba a Débora de blasfema. Solo por culpa de ella, afirmaba el suegro,
Berish se había afeitado la barba. Y esto después de que su padre se hubiera arruinado
para concertar ese matrimonio con la hija de un rabino, esperando que influyera en
que su hijo siguiera siendo un buen judío. Al final, había sido ella quien le llevó a
descarriarse del buen camino. ¿Quién podía esperarlo? ¿Y tenía que haber gastado él

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esa fortuna, solo para elegir una nuera tuberculosa?, etcétera, etcétera. Al final de la
carta les aseguraba que de él ya no recibirían ni un groschen.
Unos días después de llegar esta carta, Débora se decidió a preguntar a su marido
por qué no trabajaba.
—No hay trabajo, querida mía. ¡No lo hay! —Y diciendo esto, sin mayor
explicación, la enlazó súbitamente por la cintura y la atrajo con fuerza hacia él.
Débora se liberó con repulsión, asustada. ¿Qué le había entrado de pronto?
Berish hizo ademán de abrazarla de nuevo. «¿Por qué tengo que ser tan inepto?
—se dijo—, sentir timidez hacia mi propia esposa…».
Sin embargo, se apartó de ella por propio impulso.
—¡Eres como una chiquilla! ¡Tiemblas ante mí como si yo fuera un desconocido,
como si te hubiera violentado! —le reprochó, armándose de coraje. ¡Únicamente
había querido romper el hielo de una vez por todas! Imaginó que ella se disculparía,
que le diría que no había sido más que timidez por su parte, una timidez que con el
tiempo se curaría. Él también era igual de tímido, y sin embargo ahora…
—Veo que estás preocupada por la última carta de mi padre. ¿De verdad crees que
no nos va a mandar más dinero? —preguntó—. Es solo una amenaza, yo lo conozco
mejor.
—No creo nada. ¡Ni tampoco pienso en ello!
«Entonces —se dijo él—, debe ser que se avergüenza. Todavía se siente extraña
conmigo. Debiera llevarla al teatro. Seguro que eso la animaría un poco más».
Débora fue a la cocina y empezó a preparar el almuerzo. Trataba de eludir a su
marido, pero no. ¡Ya estaba allí! Había agarrado un cubo de agua y, al entrar
apresuradamente, sin darse cuenta, derramó el agua en el suelo.
«¡Ojalá que no me ayudara tanto!». —Débora no quería que la ayudara en nada.
—¡Mañana iremos al teatro yiddish! —dijo él mirándole a los ojos.
—¡Pero si no tenemos dinero! —le recordó Débora, como si le revelara un
secreto—. ¡Solo nos queda veinte francos! —Pensó que eso le sugeriría que debería
buscar trabajo.
—¿De qué te quejas, pues? —bromeó Berish, sin que la sugerencia le hubiera
hecho ningún efecto—. ¡Todavía somos ricos!
Pasaron algunos días. No la llevó al teatro, pero él seguía igual de contento. Y
más contento aún se sentiría, si no fuera por la expresión contrariada que mantenía
Débora. «Lo que sucede es que está preocupada —se dijo Berish—. Tal vez piense
que yo no quiero trabajar. Es posible que le hayan contado toda clase de mentiras
sobre mí. Necesito averiguarlo».
—Débora, cuando no hay trabajo, yo no puedo trabajar. Y además, él acabará por
enviarnos algo… Sé que te han contado muchas mentiras, al igual que también se las
escriben a mi padre. Ellos saben muy bien que cuanto menos dinero me envíe a mí,
más tendrá para ellos. ¿Tú lo comprendes, verdad? Cuando no hay trabajo, no
podemos sacarlo de la pared. Lipe lleva sin trabajar al menos dieciocho meses. Es

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una suerte para él que mi cuñada Beile tenga una ocupación. Él no gana ni un
céntimo. En cuanto a mi cuñado, que se considera tan listo, ¿crees que gana algo?
¡De boquilla, pero nada más! Si no fuera por nuestro padre, se moriría de hambre,
junto con su pandilla de niños. Mi padre amenaza constantemente con que no enviará
más dinero, pero siempre lo envía. Lo mismo hará con nosotros, no temas.
—¿Quién teme?
—Beile se come el hígado de envidia porque yo no te dejo sola días enteros, ni la
mitad de las noches, y no me paso el tiempo en el café como su marido, jugando a las
cartas y perdiendo el dinero que ella gana. Bien es verdad que si yo tuviera a Beile
como esposa tampoco me portaría mejor, y huiría aún más lejos que a la cafetería de
Leibl.
Débora escuchó esto con atención. Berish quería decir que los ingresos
exclusivamente podrían llegarles de su suegro y, mientras tanto, ellos se habían
deshecho, ella de la peluca y su marido de la barba. ¡Vaya perspectiva! Pero ahora, al
menos, ya sabía cuál era la situación. Y entonces, ¿cómo es que seguía él tan
tranquilo? Tal vez por estar convencido de que no eran más que amenazas, o algo
parecido. ¿Pero qué más daba? De hecho, ¿por qué tenía eso que importarle a ella?
«De todos modos —se decía—, yo no puedo vivir a su lado. Tanto si hay ingresos
como si no los hay, eso no cambia nada. Lo mejor, lo más honesto, sería que le dijera
ahora toda la verdad y le confesara la razón real de mi comportamiento hacia él. Y ya
está».
Berish, mientras tanto, seguía con lo suyo:
—No deja de ser raro. Ya hubiera deseado Beile para ella una vida como esta.
Habría trabajado como diez caballos para su marido, puesto que se muere por él
incluso tal como es. Maldice, llora, pero le entrega sus francos duramente ganados,
para que él los pierda en las cartas. Y tú eres tan infantil, una niña adorable pero
mala. Si quiero darte un beso, te resistes como si te fuera a matar, Dios no lo quiera.
Eso realmente me irrita, ¿por qué voy a negarlo?
«Tiene razón —pensó Débora—. ¿Por qué negarlo? ¿Por qué no ser honesta yo
también y contarle abiertamente toda la verdad? Contarle que he cometido una
terrible equivocación y que merezco cualquier castigo por no haber sido sincera
conmigo misma ni con los demás, por haber implantado en mi cabeza una idea fija:
que mi madre me odiaba, que quería deshacerse de mí, y que, por esa razón,
conscientemente me he hecho desgraciada a mí misma. Me he hecho daño a mí por
hacer daño a otro».
—Sin embargo —la consoló su marido, al ver que sus ojos se llenaban de
lágrimas—, no debes tomar mis palabras tan en serio.
Débora, sin mirarlo directamente a los ojos, como si hubiese sido sorprendida en
alguna mala acción, decidió que le iba a hablar.
—Escúchame —dijo tras un largo silencio—. Te voy a contar toda la verdad. Solo
trata de comprenderme.

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Y al finalizar su relato, añadió:
—Y lo peor es que lo sigo amando también ahora, incluso a pesar de mí misma.
Luego, ¿cómo es posible amar a dos personas a la vez?
Berish la escuchó atentamente y le pareció «interesante». Empezaba a amarla
tanto, que estaba dispuesto a perdonarla mil veces.
Esta vez, Débora lo miró fijamente a los ojos. Esperaba alguna palabra de él. Veía
claramente que estaba angustiado, que se mordía las uñas, pero callaba.
«Volver ahora a casa de mi padre —cruzó por su mente— no sería buena opción.
Incluso si oyera de sus labios que quiere un divorcio, ni siquiera entonces volvería a
casa de mi padre. El mundo es bastante grande. Solo que no tengo dinero… ¡Debería
empeñar mis joyas!». Así daban vueltas sus pensamientos.
Pero notó en él algo curioso: no solo no dijo nada; pareció que hasta se había
tranquilizado. De nuevo sonreía. ¡Absolutamente incomprensible! Le acarició la
mano y siguió consolándola. ¡Qué persona tan rara!
Poco a poco, fueron empeñando las joyas de Débora. Pero del dinero que
obtenían, ella no podía separar lo necesario para el viaje de regreso a Varsovia. Y
pensó: ¿por qué no empeñaba para sí misma lo que le quedaba de las joyas, compraba
el billete para viajar y ponía fin a todo esto? «¿Que se produciría un escándalo? —se
dijo—. Bueno, ¡pero comerme, mis padres no me van a comer! ¿Que montarán una
escena? Mejor aguantar reprimendas que continuar soportando una tortura cuyo final
será, con seguridad, llevarme al manicomio».
Si él no fuera tan insólitamente bueno…, pensaba Débora. Después de haberle
contado todo, todavía la consoló:
—No importa. En la vida sucede de todo. Nosotros nos acostumbraremos.
¡Seguro! Y hasta entonces, ¡te quiero tanto que mi amor bastará para los dos! ¿Me
oyes, Débora?…
Y prometió, además, que ya no volvería a importunarla hasta que ella por
iniciativa propia le dijera que empezaba a quererle. De vez en cuando, no obstante,
olvidaba su promesa e insistía en que ella asumiera efectivamente su papel de esposa.
—En lo que respecta al trabajo, está bien buscarlo —decía—. ¡Pero de qué sirve!
Mientras tanto, los días pasaban y el suegro, cumpliendo su palabra, no enviaba ni
un céntimo. Berish volvía cada día a casa con la misma canción:
—No hay trabajo. Más de un año dura ya la terrible crisis en la industria de
diamantes. Los pocos puestos disponibles los acaparan los galitzianos. Saben
lamerles las botas a los patrones y trepar mediante halagos. Yo no sé hacerlo. Y
naturalmente, el jefe les da a ellos los encargos. A mí, después de muchas horas
esperando, al final me dice que no dispone de más encargos.
Las habitaciones de la casa continuaban vacías, al igual que los bolsillos. El
corazón, también vacío, se encogía. Y por si fuera poco, la casera no paraba de
acosarlos porque no cubrían la escalera con una alfombra o, al menos, con un linóleo.

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—¿Ve la diferencia entre ustedes y los inquilinos del primer piso? ¡Que una mujer
tan joven como usted deje tan abandonada la escalera es una vergüenza! —Estos
reproches se los repetía dos o tres veces por semana a Débora, mientras que con la
mujer de la primera planta se mostraba doblemente amable.
Débora le prometió que pronto comprarían alfombras. Se excusó diciendo que
aún no les era posible, etcétera, pero la casera no aceptaba ningún pretexto:
—Yo sé dónde podría comprarlo a precio de ganga. Si quiere, yo la acompañaría.
Con otra no haría lo mismo. Pero usted es una buena mujer. A mí me gusta hacer un
favor a la gente que me agrada. Si fuera usted menos descuidada, yo la querría más
que a la mujer de la primera planta. Detesto a esa clase de gente que creen que tienen
agarrado a Dios por los pies y caminan arrogantes con la nariz en alto. Si usted
quiere, podría acompañarla mañana por la tarde. Mañana dispongo de tiempo.
—Qué mala suerte, mañana yo no podré —le respondió Débora, tras agradecer
efusivamente el ofrecimiento—. Ya me ocuparé de fijar con usted otro día.
Mientras decía esto pensaba que, si tuviera dinero, antes compraría algo para
comer. Llevaba días y semanas pasando hambre.
De vez en cuando, su marido encontraba algún trabajo y ganaba algo de dinero.
Con ello pagaban primero el alquiler, luego las deudas en la tiendecita, y de nuevo se
quedaban sin un céntimo. Acerca de esto, ella no escribía ni una sola palabra a sus
padres. ¿Para qué, si su padre no tendría dónde encontrar dinero para podérselo
enviar? Además, preferiría morir de hambre antes que pedirles ayuda. Su madre
apenas se mantenía con vida. ¿Por qué le iba a añadir congojas? Por cierto —se
detuvo a pensar—, ¿había sido su madre, de verdad, la única culpable de todo lo
sucedido? También su padre había estado de acuerdo. Y sobre todo, ella misma.
Podría haber dicho: ¡no! Y ahí habría acabado el asunto.
Esta clase de sentimientos hacia sus padres la invadió a raíz de la carta que
recibió de ellos, en la que su madre le rogaba que le escribiera con más frecuencia y
que no la hiciera sufrir; que le contara la verdad de cómo le iban las cosas allí, porque
tenía la sensación de que no iban bien y se angustiaba. Bastante sufría ya por haber
pecado contra su hija.
Estas últimas palabras le hicieron bien a Débora en su momento, a la vez que le
dolieron. Ese mismo día —y no podía explicarse por qué razón—, sin pararse a
pensarlo ni un instante, respondió a la carta diciendo que no las comprendía, ya que
su madre nunca había pecado contra ella en nada. A partir de entonces, la
correspondencia con sus padres se mantuvo siempre en el mismo tono insustancial:
«Hemos recibido tu postal, Débora. Alabado sea Dios que oímos que estáis sanos.
Nosotros también, gracias a Dios, estamos sanos. Que el Creador ayude a que
tengamos el privilegio de oír siempre buenas noticias los unos de los otros. Saludos a
nuestro querido yerno, etcétera, etcétera».
Débora les respondía en el mismo tono. Por mucho que Réisele intentara indagar
un poco más a fondo, no le servía de nada. Débora no tenía nada más que escribirles.

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Incluso cuando a veces intentaba redactar una auténtica carta en varias hojas de
papel, luego la leía, la rompía y de nuevo les enviaba una simple postal similar a las
anteriores. Así continuaron, sin saber absolutamente nada la una de la otra.
Incluso en cierta ocasión en que, estando enferma en la cama, sintió hambre y en
casa no había nada para comer, desde el propio lecho escribió a sus padres que,
alabado sea Dios, se encontraba sana y fuerte, etcétera, etcétera. De este modo, poco
a poco se fue distanciando por completo de ellos (aun cuando seguía queriéndolos), e
igualmente se distanció de su esposo (aun cuando él la quería).
La amargura le fue envenenando la sangre y comenzó a odiar al mundo entero.
Miraba a cada persona con suspicacia, veía en cada uno a un antagonista oculto. Si
alguien se dirigía a ella con una palabra amable lo tenía por hipócrita, y si otro no era
tan amable con ella, lo veía como un enemigo mortal. De vez en cuando acudía a
visitarlos la hermana de su marido, y la recibía con tan escasa cordialidad que Rivke
dejó de hacerlo. Débora llegó a decirle abiertamente que solo los visitaba para
espiarlos y luego denunciarlos al suegro, algo que causó estupor a la inocente cuñada.
Si descubría que alguien le había mentido, no le permitía ninguna rectificación, hasta
que llegó un momento en que nadie entraba en su casa. Y a nadie echaba de menos,
pese a sentirse más sola que nunca. Hacia su marido seguía abrigando el mismo
sentimiento: se notaba desgraciada en su presencia; no lo soportaba, sin que hubiera
motivo alguno. Sola se sentía mejor, muchísimo mejor. Y no obstante, el permanente
aislamiento y vacío de su mísera existencia la ponían de los nervios, hasta el punto de
que cuando él regresaba a casa incluso experimentaba alivio. ¿Pero cuánto tiempo le
duraba ese alivio?
No hacía realmente nada, y la verdad es que no había nada que pudiera hacer. Si
al menos pudiera leer…, pero en cuanto empezaba a hojear algún libro, le aparecían
manchas negras bailando sobre las hojas; la cabeza le daba vueltas, sentía vértigo y
tenía que cerrarlo. Penetraban en su mente insólitos pensamientos y se le adherían de
tal forma que no lograba sacudírselos. En una ocasión se le ocurrió, por ejemplo, que
podía salir a buscar trabajo como criada. Enseguida comprendió lo absurdo que era
pensar tal cosa, ni por un instante. Al fin y al cabo, tenía una familia, un esposo,
¿cómo podía ocurrírsele algo así? Y además, ¿quién iba a emplear a alguien con
aspecto más de muerto que de vivo?
Naturalmente, por experiencia sabía y comprendía que esa clase de
desconcertantes pensamientos había que quitárselos de encima, librarse de ellos.
¡Pero no había manera! La pegajosa y absurda idea ya no la abandonaba durante todo
el día. No le servía de nada argumentar consigo misma, no valían razonamientos
lógicos: «¿Por qué? Y de nuevo, ¿por qué? Y de hecho, ¿por qué no?». Y volvía a
enfurecerse consigo misma: «No eres más que una idiota, de nuevo solo vas a recibir
golpes. Si estás hambrienta, ¡muérete! Cuando uno se avergüenza de trabajar, merece
morirse de hambre», etcétera, etcétera. ¡Sin tregua y sin fin!

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Cada día el gusano que le había roído el día anterior se transformaba en otro de
diferente clase, y ya sabía ella que ese día no le pertenecería, que el gusano empezaría
a taladrar su mente, que tendría que resignarse y claudicar, a sabiendas de que la iba a
horadar y horadar hasta permitir la entrada de una nueva horda de pensamientos
huidizos, que, persiguiéndose los unos a los otros a una velocidad vertiginosa, la
dejarían sin fuerzas, absolutamente exhausta.
Si no fuera tan cobarde, iría a ver a un médico. Pero por mucho que se enfurecía
consigo misma nunca iba a verlo. Tenía miedo de oír la verdad, pues sabía lo que él le
iba a decir: que debía reírse de sus temores, tomar el control de sí misma y deshacerse
de todos esos malos pensamientos. Cada vez que se proponía realizar esa visita,
siempre lo dejaba para otro día.
Así transcurrieron días, semanas y meses que se prolongaban como una eternidad.
Cada día, cada semana y cada mes eran idénticos, como dos gotas de agua. Nada
cambiaba, salvo que ella y su marido se mudaban de un apartamento a otro. ¡Y esto,
en cierto modo, era una suerte! Entre mudanza y mudanza, quedaba menos tiempo
para atormentarse.
Ya hacía mucho tiempo que se habían visto obligados a abandonar su primer
apartamento.
—No acostumbramos a albergar indigentes —les había dicho finalmente la
casera, al ver que la escalera seguía desnuda y que Débora parecía cada día más
escuálida.
La propietaria de la segunda vivienda, en cambio, también una casita de dos
plantas, se conformó con pedirles que la pusieran un poco en orden. Ella era pastelera
y trabajaba desde la medianoche hasta el mediodía siguiente para ganarse un
«mendrugo». Tenía dos hijas malvadas que se negaban a ayudarla y, además de
pasarse el día acicalándose y pintándose las uñas, engullían las tartas de queso que su
madre y el aprendiz, «un joven de la casa», preparaban y de las cuales casi vivían.
Aparte de pelear la una con la otra y ambas a la vez con su madre, no sabían hacer
nada más. Aún recordaba Débora con una sonrisa el día en que la mujer, abriendo su
corazón ante ella, le dijo:
—¿Sabe usted? Yo pienso que el rey Salomón era realmente sabio al afirmar que
las hembras no valían para nada. Si Dios me hubiera ayudado y, en vez de hijas, yo
hubiera tenido hijos varones moviéndose por la casa, dígame usted, ¿qué me habría
faltado? Pero tal como me han ido las cosas, estoy jorobada. Unas chillonas como
estas, que dejan a su madre matarse trabajando y se niegan a echarle una mano, ¡no se
las desearía yo ni a mis peores enemigos! Dios misericordioso, ¡ojalá no hubiera
vivido para quedarme viuda y criar unas bocas inútiles que alimentar! ¿De qué me
van a servir? ¿Acaso van a decir el kaddish por mí después de que muera?
Las hijas se burlaban:
—¡Sí, sí, vaya viuda que es!… —decían.

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Bastantes preocupaciones tenía esta casera como para acosar a Débora acerca de
una escalera. Por cierto, que en la suya solo había unos trozos de desgastado linóleo,
con peor aspecto que si estuviera desnuda. De aquella casa tuvieron que mudarse a
causa de una desafortunada coincidencia. Unos parientes de la pastelera, una pareja
que iba camino a América, tuvieron que hacer escala en Amberes. Por ese motivo, la
mujer les pidió que dejaran libre el apartamento.
El nuevo piso al que fueron a parar se hallaba en las afueras de la ciudad. Las
ventanas del salón daban a un cuartel militar. A un lado de la calle se alineaba una
sucesión de casas pequeñas y viejas, y enfrente el largo muro del cuartel con un
pesado portal de hierro.
Débora pasaba los días asomada a la ventana. Con los codos apoyados en el
alféizar y el mentón entre las manos, contemplaba cómo los soldados belgas hacían
ejercicios. A ella le recordaban alegres chicos de jéder jugando a los soldaditos.
—¡Un, dos, tres! ¡Un, dos tres! —bramaba el oficial, y los soldaditos, con una
extraordinaria precisión, desfilaban por el largo patio del cuartel. Esos ejercicios
atraían la mirada de Débora, pegada a la ventana como una niña que solo pudiera
contemplar los juegos de sus compañeros sin participar en ellos.
Berish pasaba todo el día fuera de casa. Había encontrado algún trabajo en el que
ganaba quince francos por semana. Lo suficiente para pagar el alquiler y pasar
hambre. Débora envidiaba a los soldados que a la hora del almuerzo atravesaban el
patio con un cuenco de sopa caliente en la mano. Los efluvios le hacían la boca agua.
La casera, una mujer cristiana, de baja estatura, caderas anchas y cabello liso y
peinado hacia atrás con una ancha raya en medio, poseía una tienda de comestibles
bajo la vivienda, en la que vendía embutidos de cerdo «a mitad de precio». Siempre
estaba llena de soldados que, en especial los domingos, formaban cola.
Los vecinos de los alrededores atribuían la principal razón de ese éxito a
Georgette, la sobrina de la casera. Mientras los demás tenderos veían sus comercios
casi vacíos, en el de la casera casi se mataban por entrar. Para tratar del asunto los
tenderos ya habían celebrado reuniones y habían decidido atraer a Georgette con una
mejora de sueldo, además de envenenar a Yacont, el perro que también gustaba a los
soldados. Cierto viudo incluso pretendió casarse con Georgette y convertirla en
tendera independiente, en lugar de que trabajara para su tía. Pero sabido es que contra
el destino nada puede la maldad. Yacont siempre escapaba de ellos a tiempo y, en
cuanto a Georgette, no quiso saber nada de unirse a un viudo.
Débora se entendía bien tanto con Georgette como con Yacont. Solo que
Georgette no disponía ni de un minuto libre durante el día, y a Yacont la antipática
patrona nunca lo dejaba subir, el diablo sabe por qué. Algunas veces sí lograba subir.
Al principio, Débora le tenía miedo; lo dejaba frotándose contra la puerta sin dejarle
entrar, hasta que el perro se ofendía y ya no volvía a subir. Poco a poco, sin embargo,
empezaron a comprenderse mutuamente. Ella le dejaba que le lamiera el tobillo, si
bien luego corría a lavarse el pie, y al poco tiempo se habían hecho los mejores

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amigos. Cuando los lunes veía a Débora bajar a la tienda con el cuadernillo de los
alquileres y unos pocos francos en la mano, el perro saltaba y corría por la tienda con
tal alegría como si una tía rica hubiese llegado. Brincaba a su alrededor, la lamía, la
besaba y hasta frotaba el morro contra el suelo, llevado por la emoción.
De pronto, la situación se volvió crítica. Si la patrona hubiera decidido en ese
momento echarlos del piso, solo les habría quedado un camino: arrojarse al río y
ahogarse. Yacont se ponía frenético porque aquella semana Débora no había bajado a
pagar el alquiler, y la casera no permitía al perro subir. De repente, lo encadenó bajo
el mostrador y así lo mantuvo dos días, sin que él supiera por qué ni para qué.
¡La cosa se había puesto mal, muy mal! El patrón de Berish, que también se
dedicaba a la talla de diamantes, desde la semana anterior no conseguía más
encargos. Debido a la incertidumbre de la bolsa todo el mundo del negocio se había
paralizado, sin más motivo que lo sucedido en Serbia: el príncipe heredero austríaco
había sido asesinado. ¡Una razón suficiente para que en Amberes no se tallara
diamantes y que ellos tuvieran que pasar hambre!
«¡Por todos los demonios! —se decía Débora—. Y luego dirán que no hay justicia
en el mundo… ¡Por razón de justicia se va a declarar una guerra; porque se ha
derramado sangre, una sangre de determinado color! ¡Nada menos que sangre azul,
no roja! Si a ti se te va secando la sangre de hora en hora, eso no molesta a nadie, ni
siquiera te preguntarán si por casualidad estás hambrienta… ¡Vaya novedad! ¡Un
nuevo Marx! ¡Un Karl Marx con faldas!».
Así se burlaba de sí misma, cuando se le ocurrió pensar que, después de todo,
podría ser bueno que estallara la guerra. El propio Shimon lo había afirmado en uno
de los últimos debates: la siguiente guerra traería un caos generalizado de tal
magnitud que desembocaría en una revolución mundial, y tendríamos un socialismo
que se instauraría hasta en el planeta Marte. Recordaba exactamente sus palabras,
cada una de ellas. A él le gustaba tratar los temas serios con ligereza, incluso
añadiendo una broma, lo cual, ciertamente, no debilitaba ni un pelo su intrépida
seriedad, ni tampoco impedía que perdurara la impresión deseada.
«¡Shimon, Shimon, Shimon! ¿A qué viene Shimon en todo esto? Si no vuelvo a
casa, a Varsovia, y no pongo fin a esta clase de vida, sin duda me volveré loca. Sin
duda. Pero ¿cómo puede alguien viajar cuando no tiene ni veinte céntimos para
comprarse un panecillo? Es casi seguro que la guerra va a estallar. Hoy lo oyó
Georgette de un soldado y yo misma también he visto señales de ello. Estos últimos
dos días ha habido mucho movimiento en el patio del cuartel. Se saca brillo a los
bronces, se multiplican las marchas: ¡Un, dos, tres! ¡Un, dos, tres!, no paran de
repetir los oficiales. Y los soldaditos, como ovejitas, marchan en fila con pisadas
rítmicas de sus pesadas botas. No es fácil comprender qué relación puede tener una
guerra entre Austria y Serbia con el trasiego y los preparativos en un patio de cuartel
militar en Bélgica. ¡El diablo lo sabrá! No faltaba más que una guerra. Con seguridad

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ya no podré volver a casa. Volver a casa…, como si ahora pudiera volver. ¡Ja, ja, ja,
volver a casa!».
Berish regresó de la calle.
—Ya, ya tenemos una guerra entre Austria y Serbia. Dicen que también llegará
aquí.
—¡Mazl tov!
Se fueron a dormir sin cenar. Su marido estaba muy débil. A ella eso no le
preocupaba. Ya llevaba dos días pasando hambre.
… De nuevo se vio a sí misma sentada junto a la ventana. Él, al menos, salía a
pasear. Ella necesitaba imperiosamente escapar de allí antes de que llegara la guerra.
«¡Estoy loca! ¿Para qué demonios lo necesito?». Se asustaba de sus propios
pensamientos. Razonar con esa carencia de lógica, de forma tan desquiciada, no le
había sucedido nunca. ¿A qué venía en ese momento pensar en viajar? No había
dinero ni para un mendrugo y ella pensando en hacer un viaje. ¿A quién le importaba
esa guerra? ¿Qué tenía que ver con ella? ¡Ojalá tuviera bastante dinero para cubrir los
gastos y poder volver a casa!
… ¡Ah! ¡Si pudiera encontrarse con Mírel! Mírel, la de Moyshe Mendl. Seguro
que le prestaría dinero para los gastos. Aunque solamente fuera para comprar un pan,
tampoco sería mala cosa. Tal vez debería intentar bajar a la calle. Puede que sí se lo
prestara. Lo debería intentar. Era una mujer encantadora. También ahora podría
acompañarla a la finca del terrateniente para beber leche ordeñada directamente de la
vaca, como entonces hizo en Yélejitz después de su enfermedad. ¿Qué edad tenía
entonces? Lo recuerda, ocho años. Aún era una niña. Le gustaría saber si Mírel
todavía tendría el arrendamiento de la finca del terrateniente.
Era buena persona el terrateniente. ¡Y qué flores! Una vez la había sentado en su
regazo. ¡Cuánto se avergonzó! Además quiso que le diera un beso. ¡Qué loco!
Y su hermano, que había llegado de Alemania… Según contó Mírel, allí
estudiaba algo. ¡Ja, ja! Lo recordaba como si fuera ayer: la llamó Krausköpfchen
(«cabecita rizada»). Como si todo transcurriera en ese mismo instante, lo tenía ante
sus ojos: el terrateniente mandó traer del bosque, sobre unos carros, un montón de
tablas pulidas, con las cuales cubrieron una parte del prado formando una plataforma;
encima montaron una carpa y la cubrieron con una lona muy gruesa sujeta con anillos
metálicos. Era una lona gris, lo recordaba exactamente, gris. Llegaron de fuera unos
gendarmes y tocaron música con acompañamiento de tambores. Aún tenía delante de
sus ojos la escena: unas personitas muy pequeñas hechas de tela, muñecos que
hablaban y se peleaban entre ellos y luego hacían las paces. Eran marido y mujer. ¡Y
los campesinos reían tan fuerte! Acudieron numerosos campesinos, cientos. —De
pronto, Débora rompió a reír—. Se acordó de que el hermano del terrateniente no
paraba de gritar: «¡No empujar! ¡No empujar!», y lo apodaron con esas palabras en
polaco: ¡Nie pchaj! Y los judíos del shtetl decían que ojalá aquel Nie pchaj les

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visitara cada semana y se organizara un festival como ese en su honor. Eso les traería
buenas ganancias.
… Recordaba, como si fuera en ese momento, cómo el Nie pchaj le pidió que
entrara con él en la carpa para enseñarle todo lo que había dentro. Pero ella no quiso
entrar. Le daba miedo. Entonces él le habló en alemán, y ella creyó que le hablaba en
yiddish. «No tengas miedo, Krausköpfchen, que no te haré nada malo». Lo recordaba
tan vívidamente…, cada palabra. Y es que había hablado muy despacio y muy claro.
Débora abandonó sobresaltada esta ensoñación. Aquel cuadro tan vivo ante sus
ojos la había hecho disfrutar, hasta el punto de que sonreía de felicidad.
—¿Y ahora qué? No siento nada de hambre.
¿Qué era lo que quería, entonces? El día anterior tenía hambre. Ahora, gracias a
Dios, no; pero el dolor de cabeza se había hecho mucho más intenso.
Se puso de pie.
«¡Ay, no puedo andar, apenas puedo cruzar la habitación! ¿Me estaré quedando
paralítica? ¡No, eso está prohibido! Intentaré bajar, por si Georgette está sola en la
tienda. Tal vez me fiaría un panecillo. ¡Pero no, es una locura! Ayer dijo que no
podía. Tenía orden muy estricta de la tendera de no darme a crédito ni un solo
céntimo. “Usted ya la conoce”, se disculpó. Desde luego, si le entregara el último
pago del alquiler, más lo que se le debía en la tienda, no necesitaría los favores de
Georgette. Pero tal como estaban las cosas…».
¿Qué hora era? Echó una mirada al patio del cuartel de enfrente. No paraban de
comer. ¿Sería ya mediodía? En cualquier caso, ella, en ese momento, no podría
comer. Y tampoco se sentía cansada. Ya ni sus extremidades le dolían. Probó a dar
unos pasos y caminaba ingrávida como una pluma. Ingrávida y vacía. Hasta el dolor
de cabeza había desaparecido. Eso sí, la sentía extrañamente vacía. No podía
mantenerla derecha. ¡Humm, humm! Tampoco tenía peso. Se balanceaba de un lado a
otro, como una ramita al viento. Se acercó de nuevo a la cama.
—¡Qué bien! Acostada estoy realmente mejor. —Así siguió tumbada unos diez
minutos, cuando oyó a Georgette gritar desde abajo:
—¡Ya está! ¡La guerra! ¡Ya la tenemos aquí también!
Débora oyó muy bien lo que gritaba Georgette, pero no tuvo fuerzas para
responderle. ¿Qué le importaba a ella? Eso sí, si tuviera para los gastos del viaje
volvería a casa. Quién podía saber si más tarde aún sería posible. El sargento que
venía a ver a Georgette, el mismo que la llevaba de paseo después de cerrar la tienda,
hoy no había venido.
«Estoy loca, eso es todo —se dijo—. Al parecer, el hambre enloquece a las
personas. Volver a casa, volver a casa, ¿para qué demonios necesito yo volver a
casa?». Siguió tendida tranquila, totalmente sosegada. No pensaba, no sentía nada,
estaba bien, asombrosamente bien…
Súbitamente saltó de la cama, recogió su ropa del ajuar, la cadena de oro y el reloj
también de oro de su marido y lo envolvió todo. Con una extraordinaria rapidez, en el

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maletín de cuero que Berish llevaba en la mano cuando se vieron en Berlín, embutió
además unas pocas y arrugadas blusas, y algunas prendas de ropa interior. Terminó la
carta para su marido y la escondió bajo la almohada. ¿Había algo más que debía
llevar con ella? ¡No, nada! Cerró la puerta con llave, luego la escondió sobre el
contador de gas en el pasillo y bajó las escaleras. La casera no le preguntó nada.
Yacont, el perro, sí empezó a ladrar tan fuerte que la lengua, colgando por fuera,
pareció caérsele de la boca. De ningún modo aceptaba tranquilizarse. Débora apretó
los dientes y salió. La calle quemaba como bajo mil soles.
Fue directamente con el maletín y su contenido a la casa de empeño municipal.
Los brazos y las piernas le temblaban. Por dentro, el corazón le daba saltos. Había
animación en las calles. La gente volvía de su trabajo. Miró nerviosamente a su
alrededor, por ver si su marido se hallaba también entre ellos. Ella ya no caminaba,
corría con la ligereza de un pájaro, no sentía los pasos bajo sus pies. Realmente
flotaba. Quería dejar atrás a toda velocidad el jardín zoológico, antes de que
empezaran a salir las esposas de los ricos negociantes diamantistas, que pasaban allí
todo el día. Pero no, ya estaban saliendo. Débora las vio: saciadas, sonrientes,
orondas y atiborradas. Aunque apenas podían moverse, tenían aspecto de estar muy
contentas. Les echó una mirada, y después también a las jóvenes casadas, de ojos
despiertos, ávidos y ardientes. Hablaban entre ellas haciendo un sinfín de gestos; se
inclinaban con afectación, se retorcían, se enderezaban y agitaban sus blancas
manitas, con anillos de diamantes en los dedos. No se daban prisa. Seguramente
volvían a casa a encontrarse con sus maridos, que regresarían de la Bolsa. «Pero ¿qué
me está pasando? —reaccionó con brusquedad—. ¿Por qué me he detenido a mirar?»,
y volvió a caminar con pasos aún más rápidos, moviendo los brazos, nerviosa,
asustada, veloz como una ardilla.
¡Gracias a Dios, ya estaba en la casa de empeños! Descargó sus pertenencias y
miró al joven, en cuyo rostro la sombra de la rejilla dejaba unas gruesas rayas
verticales.
—Dígame en cuánto estima usted su valor. Pero rápido, por favor.
El rostro del joven, al agacharse, pareció que se contraía. Preguntó a Débora
amablemente:
—Dígame, ¿cuánto pide usted?
De nuevo extendió la ropa sobre la mesa y echó una mirada a los artículos de oro
que había puesto en la balanza.
—¿Tanto? ¿Ciento treinta y cinco francos, nada menos?
—Eso es —dijo el joven, y le deslizó por debajo de la rejilla un fajo de billetes—.
El andén número dos. El tren que ve usted allí sale para Bruselas dentro de siete
minutos.
—Sí, el tren a Berlín —casi le suplicó Débora, mientras su ojo izquierdo
parpadeaba sin control, como si guiñara al joven detrás de la cuadrada e iluminada
taquilla.

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Afortunadamente ya estaba sentaba en el vagón, con el pequeño maletín sobre las
rodillas temblorosas. Estirando la cabeza, cuyo peso no sentía, miraba con ansiedad
por la ventanilla. El sol derramaba sus rayos sobre las copas de los árboles, sobre
lagunas y praderas, sobre montañas y torres de iglesia, cabañas de campesinos,
rastrojos y hojas caídas. La pesadez sobre el corazón se le esfumó y, al mismo
tiempo, el yugo que le oprimía el pecho.
Con una fuerte sacudida, el tren se detuvo en la primera parada. Débora bajó al
andén con los demás pasajeros. Compró algunas galletas, un vaso de café y una cajita
de caramelos ácidos. «¡Qué rico! ¡Qué sabrosas galletas! Un café como este no se
toma en Amberes». De nuevo estaba sentada junto a la ventanilla. «¡Qué suerte! —
pensó—. ¡Igual que hace un año!, ¡ja, ja!». Pero ahora no viajaba para casarse.
Viajaba con el corazón más liviano y, a cada instante que pasaba, más liviano aún. El
tren comenzó a arrancar de nuevo, y los muchachos vendedores de periódicos, de
chocolates y cigarrillos ya saltaban fuera de los vagones abarrotados de viajeros.
Nadie se sentía tan bien como ella. Un insólito abandono, no decidido, no deliberado,
un abandono inconsciente, natural, que ahora tanto la ayudaba, la reconfortaba y la
liberaba totalmente de preocupación y de responsabilidad. Estaba alejándose de una
persona que le era más difícil de soportar que el hambre; más incluso que el desolado
ambiente de Amberes. Se sentía libre y no tenía que pensar en nada, ni siquiera en sí
misma. ¡Libre!
Se encendieron las luces en el compartimento. Los pasajeros sentados frente a ella
cerraron la ventanilla, corrieron las cortinillas de un verde oscuro, apoyaron la cabeza
sobre almohadillas, sobre echarpes, sobre paquetes o incluso sobre algún codo, y se
dispusieron a dormir. Un joven delgado y pequeño como un soldadito belga, aunque
vestido de civil con la ropa gastada, volvió a abrir la ventanilla. El hombre que tenía
enfrente lo miró de arriba abajo, sonrió con una horrible mueca. —«¡Brrr, como para
echarse a temblar!»— y volvió a cerrar la ventanilla sin pronunciar ni una sola
palabra. Los demás pasajeros lo observaron y se mantuvieron neutrales.
… ¿Qué había sucedido? Débora ya estaba despierta y en el mismo lugar que la
noche anterior. La locomotora, con gran estruendo del motor a vapor, como enfadada,
expulsó una densa nube de humo y ya estaban rodando. En el asiento que antes
ocupaba aquel hombre ahora había una mujer alemana, de mediana edad y con
sombrero negro, y comía algo que había sacado de una bolsita de tela.
Débora contemplaba por la ventanilla los anchos y abiertos prados, el cielo alto y
lejano, algún árbol torcido acá y allá, y un grupo de niños que perseguía a una vaca.
El animal corría con las patas arqueadas, y sus ubres, que parecían de goma,
oscilaban de un lado a otro. Su zafio hocico vacuno parecía sonreír. «¡Ja, ja! —rio
Débora en su interior—. ¡Parece aún más tonta que la vaca que Mírel solía ordeñar en
el establo del terrateniente!».
Se puso de pie, alisó su arrugado abriguito y se miró un instante en un pequeño
espejo. «¡Magnífica!», se dijo, burlándose de sí misma.

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Bien, parecía lo más aconsejable ir hasta el vagón restaurante y comer algo. Allí
pidió dos bollos y un café. Podía comer más, pero tenía que administrar sus cuentas.
Aunque no; un segundo vaso de café tenía que tomar. Su garganta estaba
terriblemente seca. Luego regresó a su compartimento. En su asiento se encontró al
joven delgado de la noche anterior, pero la mujer alemana ya se levantaba y se
preparaba para bajar del tren, con lo cual Débora ocupó de nuevo un asiento junto a la
ventanilla. ¡Era una suerte tener la ventanilla, una ayuda! Sin embargo, ¿qué podía
hacer si de nuevo sentía hambre? El estómago no paraba de gruñirle. El joven sentado
enfrente miraba absorto por la ventanilla y parecía saciado, no comía. Durante todo el
viaje no había comido nada, absolutamente nada.
Ella sí estaba hambrienta, pero lo iba a ignorar. Posó la mirada en una cabaña de
campesinos en mitad del prado. El tren avanzaba despacio. Un perro —habría jurado
que era Yacont, por su gran parecido—, tiraba obstinadamente de una cadena y
ladraba con desesperación; seguramente, necesitaba comer. Ella se alegró al ver la
fina columna de humo negro que salía de la chimenea; debían de estar preparando el
almuerzo.
El sol se sumergió dentro de una oscura masa de nubes que comenzaba a cubrir el
ancho cielo; esas franjas nubosas, al aglutinarse, se oscurecían aún más. El cielo
pareció bajar hasta casi posarse sobre el tejadillo de la cabaña. El tren volvió a
acelerar a toda marcha. Débora contó de nuevo el dinero que le quedaba y dudó si ir o
no otra vez a comprar algo para comer. Al fin y al cabo, no se había hecho más rica
por encontrarse viajando hacia su casa. Frente a ella tenía a alguien que no había
comido nada en todo ese tiempo.
Sin embargo, como si hubiera leído sus pensamientos y quisiera fastidiarla, el
joven sacó una barra de pan partida en dos y un gran trozo de queso verdoso con
agujeros. Se preparó para comerlo.
—¿No se negará a tomarlo, Fräulein? —le preguntó ofreciéndole el bocadillo.
«¿Cómo? —pensó muy enfadada—. ¿Cómo?». Se levantó furiosa y se dirigió al
vagón restaurante, dejando al joven con el bocadillo verdoso en la mano.
La comida le costó dos francos, pero, por mucho que bebiera, su garganta seguía
seca. ¿Qué estación era esa? ¡Oh! Bajó enseguida del tren con otros cientos de
pasajeros. Se sentó en un banco a esperar a que llegara el suyo. Como pasatiempo, se
puso a releer las postales que había recibido de su familia durante los últimos catorce
meses, desde que se casó. Había insinuaciones, palabras no claras: algo así como que
el abuelo no se encontraba bien…, que tal vez la situación iba a cambiar…, aunque
en cualquier caso no había que preocuparse… sin Su Voluntad no sucede nada y
contra Su Voluntad nadie sabe nada… Se asustó, pero no permitió que esos negros
pensamientos continuaran, ¡Dios nos guarde! Envolvió de nuevo las postales.
En ese momento arrancaba el tren con el que podría haber seguido viaje si
hubiese tenido bastante dinero para continuar en él. Empezó a llover a cántaros; eso
hacía que el humo de la locomotora se posara a baja altura. Sintió escozor en la

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garganta. Se levantó y empezó a ir y venir por el andén, con el maletín en una mano y
el sombrero en la otra.
—¡Hola, Krausköpfchen!
Muy próximo a ella también daba paseos un alemán alto, de inflado rostro entre
rojizo y azulado, vestido con una gabardina negra y un gorro alto de visera lacada, al
parecer un empleado del ferrocarril.
—Está usted congelándose. ¡Entre aquí! —dijo, y le señaló una pequeña cabina al
final del andén—. No tenga miedo, Krausköpfchen, no le haré ningún mal, no soy un
caníbal. Entre usted, pues si no se va a congelar. Las noches aquí son siempre frías.
—¡De veras que no siento frío! —le respondió en alemán—. Mejor es que me
diga cuándo sale el próximo tren.
—¿Cómo? ¿El tren lento de tercera clase? ¡Así que la Krausköpfchen va a viajar
en el tren lento! —La cara del alemán pareció inflarse aún más—. ¡Un gran crimen,
verdaderamente!
Un reloj estaba marcando las horas: uno, dos, tres, cuatro… Débora se acercó más
hacia la salida.
—Entre usted en mi oficina y le daré la información exacta. ¿Cómo? ¿Pero se
asusta de mí? —Lo preguntó con una taimada sonrisa y avidez en la mirada.
Débora empezó a asustarse realmente de él y pasó a otro andén más animado
aunque igual de frío. El reloj parecía haberse inmovilizado, cada minuto, una
eternidad. Oyó un tren que se aproximaba y volvió sobre sus pasos. El individuo
seguía allí.
—¡Bueno, aquí tenemos de nuevo a nuestra Krausköpfchen! —dijo sonriendo con
los ojos, mientras escupía al suelo.
Sintió hacia ese personaje un insuperable asco. Le parecía como si le estuviera
tocando el cuerpo con sus odiosos y chispeantes ojillos. Por suerte, pasó a su lado en
ese momento un inspector, y el inflado alemán lo saludó llevándose una mano a la
frente con un sorprendente gesto. Ambos se alejaron por el andén.
Se oyó un silbido y entró en la estación una gran nube de humo. Luego, dos
ojazos llameantes emergieron de la oscuridad y el tren lento se detuvo. Agarrándose a
la oxidada barandilla de hierro, Débora subió un escalón y se sentó en un banco de
color gris.
¡Era un tren horroroso! ¡Brrr! En el vagón, totalmente oscuro, flotaba un olor
rancio. Algunos niños dormían en el suelo sobre sacos. Se oía un ronquido de
naricitas taponadas. Las mujeres iban envueltas en grandes chales negros, como en
pleno invierno.
—¿No hay nada que comer? —se oyó una voz—. ¿Ni unos mendrugos? ¿Ni a
crédito? ¡Nadie fía ni un groschen en estos tiempos! Te puedes morir de hambre sin
que nadie se entere.
—¡No, no hay nada! —gimieron otros—. Aunque hubiera sido posible comprar
algunas gallinas para ganar algo, pero quién tiene dinero para ello. Y si luego deseas

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vender algo, no te dan nada a cambio.
—¿Y qué es lo que ansiamos, al fin y al cabo? Casar a una hija en edad de crecer
—se lamentaba una mujer señalando a una niña de unos doce años, de rostro cetrino,
que estaba masticando algo—. No lo comas todo, porque más tarde no tendrás nada
—le dijo la joven madre, tan envejecida como si tuviera más de setenta años,
desdentada y con decenas de verrugas en su piel seca.
—¡Callaos, sucios judíos! —aulló un tipo alto, con abrigo a cuadros. Fumaba una
pipa de terracota que soltaba un pestilente hedor.
Débora casi se ahogaba, ansiaba huir de ese horrible compartimento, pero estaba
tan lleno y oscuro que lo hacía imposible. Desde cada rincón se oía el ronquido de los
que dormían, así como la conversación, en toda clase de lenguas, de los que estaban
despiertos.
Al llegar el tren a la frontera, bajó para pasar la aduana. De hecho todos bajaron.
Se les hizo abrir las raídas maletas y desatar cada bulto.
Una policía de aspecto hombruno se llevó a algún lugar, arrastrándola por el
brazo, a una mujer encinta, que lloraba y suplicaba. A Débora ni siquiera le abrieron
el maletín. El oficial de aduana le indicó con una mano que se marchara. Ya estaba
removiendo el paquete de otra mujer, rebuscando entre un montón de trapos. Su
propietaria se rio diciendo: «En mi paquete, solo encontrará maldiciones.
Maldiciones es todo lo que puedo darles».

¡Varsovia! ¡Varsovia! ¡Última estación!


El aspecto de la sala de espera de la estación era exactamente el de antes; nada
había cambiado en ella, pensó Débora. Todo el dinero que poseía era un rublo y
veinte copecs. ¿Ir a casa caminando? ¿O quizá tomar un droshky y llegar como una
persona respetable? Le entraron ganas de bailar de alegría, pero las piernas, muy
debilitadas, no la sostenían. Miró a su alrededor. Ahí estaban, el mismo espejo
alargado y el mismo sofá triangular en un rincón.
—¡Eh, cochero!
Un pequeño cochero judío, cuyo guardapolvo azul le venía demasiado grande,
tras subirse las mangas para sacar las manos, acercó el droshky a la estación con un
alegre golpe de fusta al caballo.
Se puso cómoda en el asiento y todo le parecía cercano a ella: el cochero, el
caballo, el droshky. ¡Varsovia! Rodaban por las calles llenas de vida. Se sentía viva,
los adoquines estaban vivos. Llegaron a los Jardines Sajones, ¡vivos también! La
calle Krulewska presentaba un cierto estilo foráneo, pero enseguida reconoció a la
muchacha que salía de una tiendecita donde vendían soda y que le sonrió. Débora
quiso devolverle el saludo pero el droshky ya había avanzado demasiado. La calle
Krulewska había vuelto a ser familiar para ella, gracias a la muchacha de la tienda de
soda.

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«¡Varsovia! ¡Varsovia! Tan íntima y tan propia. Cuánto te quiero».
—¡Soo…!
—¿Cómo? ¿Ya? ¿Es que ha seguido algún atajo?
—¿Y qué es lo quería usted? ¿Que por veinte copecs la llevara a Berlín?
«¡Ay, no! Eso sí que no. Que no me lleve a Berlín. ¿Quién le ha pedido tal cosa?
¡No quiero ningún Berlín!», hubiera deseado gritar.
Los niños que jugaban alrededor del portal de la casa no la reconocieron. La
panadera estaba tomando un té y reñía a un joven enharinado por haberla dejado sin
béigueles. El muchacho aguantó la risa y descargó los béigueles calientes en el cesto
grande de un rincón del portal. Tampoco la pastelera la reconoció.
Verdaderamente, los adoquines eran angulosos, le torcían el pie; la escalera estaba
sucia y con trozos enteros desprendidos.
Vio la puerta. La misma puerta marrón. Llamó dando unos porrazos. El corazón
le apremiaba, con latidos fuertes y entrecortados. Nadie respondía.
—¡Vaya, no estoy en el extranjero! ¡Es mi casa, por todos los demonios! —
exclamó, y abrió ella misma la puerta.
—¿Cómo? ¿Qué es esto?
Las habitaciones estaban vacías. En los cristales de las ventanas había manchas de
cal y en el suelo un cubo, también con manchas de pintura de todos los colores,
además de unos cepillos. En un rincón, al lado del fregadero, se veía un montículo de
yeso color rosa en pedazos. El despacho rabínico estaba recién pintado y el
dormitorio también. Colgados de un gancho sobre la puerta había un arrugado gorro
de fieltro y una bata blanca, con grandes agujeros junto a los bolsillos, totalmente
pringada de pintura verde y rosa.
Inmovilizada, absolutamente perpleja, la invadió una terrible inquietud.
¿Dónde estaban sus padres? ¿Por qué no le habían escrito que se estaban
mudando? ¿Por qué no le mandaron la nueva dirección? Como petrificada, observaba
las paredes desnudas y las puertas recién pintadas. Sentía picor en la garganta debido
a la pintura fresca, y el paladar irritado como si se hubiese secado. ¿Qué haría ahora?
¿Adónde podía ir?
—¿A quién busca usted aquí, Fräulein?
—Mis padres vivían aquí. Quizás sepa usted adonde se mudaron.
El pintor se puso la bata que colgaba de la puerta y dijo que no sabía nada.
Ella empezó a salir.
—Tal vez el conserje lo sepa. Yo también necesito verlo. Vengo de buscarlo ahora
y no estaba. ¿Aquí vivía el rabino, no es verdad?
—Acaba de decir usted que no sabía nada, ¿eh?
—No. No tengo la menor idea.
Débora salió con el maletín en la mano. Era algo inaudito. No le habían escrito y
habían dejado que hiciera ese largo viaje. Estaba desesperada. Sentía como si se
estuviera hundiendo, se derrumbaba.

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La pastelera, de pronto, la reconoció.
—¡Ay, Dios mío! ¿Qué hace usted aquí? ¡Mire qué aspecto tiene! Su padre se
trasladó a otra ciudad. ¿Cómo es que ha venido hasta aquí? Las habitaciones están
vacías. ¡Qué pena me da! Parece usted enferma. ¿Tal vez tenga hambre? No debe uno
dejarse morir por indigencia. ¡Hay que contárselo a alguien! ¿No le apetecerá un vaso
de té?
En la tienda de abajo tampoco sabían nada. Bueno, algo sabían pero lo habían
olvidado. No lograba encontrar al conserje de ningún modo. Como para fastidiar, no
había estado allí en todo el día. Nadie lo había visto. Débora entró en el pequeño
restaurante de la calle Rog. ¿Tal vez el propietario sabría algo? Tampoco la
reconoció.
—¿El rabino? ¿Cómo iba a saberlo yo?
Débora encargó un plato de sopa. No debía pedir carne, porque si no se tiene
dinero para pan no se come carne. El propietario, rezongando, puso delante de ella un
plato de alubias con fideos. «¡Una vagabunda, una gorrona! ¡A ver si se larga
pronto!», pensó. Le trajo un vaso de té, pero ella no lograba beberlo. Se atragantaba
con la sopa. Se ahogaba.
Un joven se sentó en la mesa de al lado. Débora quiso cambiarse de sitio.
—¿Tal vez le molesto? Perdóneme, Fräulein, si me tomo la libertad. ¿Es usted
varsoviana?
—Sí.
—¿De verdad? Creí que vendría de provincias. No parece usted de aquí. Tampoco
se sienta molesta por ello. Los de provincias también son buenas personas. ¿Y qué me
dice usted de esta desgracia? Se rumorea que en cualquier momento estallará la
guerra. ¡Por si faltaban problemas, tendremos además una guerra! ¿Sabe usted? Dicen
que si hay guerra se cortarán todos los caminos y la gente no podrá volver a sus
casas. A mis padres, antes que nada, los envié a su shtetl. Quién sabe lo que sucederá
en Varsovia. También dicen que todo el problema empezó cuando mataron a un
príncipe. Mire aquí —dijo el joven señalándole con el dedo índice un trozo de
periódico grasiento.
Ella no consiguió leerlo. Las palabras estaban tapadas por la grasa.
«¿Conque sí, realmente está a punto de estallar la guerra? —pensó—. Tal vez,
después de todo, una guerra no estaría tan mal. Por supuesto, la gente piensa que una
guerra es lo peor que puede pasar en el mundo. ¡Desde luego! Solo un loco pensaría
otra cosa. Sin duda, una guerra traería violencia y nada más».
—Débora, ¿cómo es que estás hablando sola? ¿Estabas durmiendo?
Débora se incorporó a medias en la cama, miró a su alrededor las paredes
desnudas en la habitación, se frotó los ojos e intentó despertar de su sueño
semiconsciente. Fijó la mirada en la vacía oscuridad.
—¿Quién es? —preguntó.

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—¿Qué quiere decir quién es? Soy yo, Berish. ¿Has soñado algo, Débora? Voy a
preparar un té. He conseguido prestados dos francos.
Berish intentó encender la lámpara; había olvidado que no quedaba gas. La
lámpara se apagó de golpe y la oscuridad se hizo de nuevo. Echó una moneda en el
contador de gas y volvió a encender. Una franja de mortecina luz verdosa se dibujó
sobre la cama y sobre el lívido rostro de Débora.
Berish puso la bandeja con dos vasos de té y unas pocas rebanadas de pan sobre
la cama. Se sentó en una silla al lado y masticó con ganas el trozo de pan duro.
Débora se esforzaba en tragar un bocado pero de ninguna manera lo conseguía.
—¿Sabes, Débora? ¡Ya tenemos la guerra aquí también!
Débora suspiró mientras sorbía el té y guardó silencio: ¡A ella qué más le daba!

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GLOSARIO
Béiguel (yiddish)
Bollo de masa horneado en forma de anillo.

Borsch (yiddish)
Sopa de remolacha que se sirve especialmente en la fiesta de Pésaj.

Chólent (yiddish)
Estofado que se sirve el sábado, preparado y mantenido caliente desde el
viernes por la tarde.

Guemará (hebreo)
Segunda Sección del Talmud (literalmente, «finalización») que consiste,
esencialmente, en el análisis y elaboración de las opiniones y comentarios
expresados por los sabios en la primera parte, la Mishnd.

Havdald (hebreo)
Breve rito y bendición sobre el vino en el hogar a la salida del shabbat para
señalar la «distinción» (significado literal de la palabra) entre el día festivo (el
sábado, lo sagrado) y la entrante semana laboral (lo profano).

Jasid (hebreo)
(pl. jasidim). Seguidor de un movimiento, dentro del judaísmo ortodoxo,
creado en Polonia a mediados del siglo XVIII por el rabino Israel Baal Shem
Tov, y centrado en el fervor religioso, el misticismo y la alegría, más que en el
estudio del Talmud. Los jasidim se agrupaban alrededor de diferentes rebbes,
a los que atribuían popularmente gran sabiduría y poderes milagrosos.

Jéder (hebreo)
Literalmente, «habitación». En la comunidades judías askenazíes, escuela
primaria de carácter religioso.

Kaddish (hebreo)
Literalmente, «santo», «sagrado». Designa la plegaria en memoria de los
muertos.

Klézmer (yiddish)
Músico ambulante que actuaba especialmente en bodas y otras celebraciones
en Europa de este.

Kosher (yiddish)

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(Kasher en hebreo). Literalmente, «apto», «correcto». Lo que se ajusta
estrictamente a las leyes religiosas sobre alimentación. Kashrut, el conjunto
de conceptos relativos a los alimentos permitidos por la Ley judía, en
particular los productos cárnicos y su preparación.

Kíguel (yiddish)
Pastel elaborado con pasta o arroz.

Matzd (hebreo)
(pl. matzot). Pan ázimo que se come durante los ocho días de la fiesta del
Pésaj.

Mazl Tov (yiddish)


(Mazal Tov en hebreo). «¡Enhorabuena!».

Melámed (yiddish y hebreo)


Maestro escolar, sobre todo de los alumnos del jéder, la escuela primaria para
los niños judíos en la Europa del Este, donde empezaban desde sus primeros
años a aprender el alfabeto y después a leer la Guemard.

Minydn (hebreo)
Quorum, se aplica al número mínimo de diez judíos para orar en público.

Mitnagued (hebreo)
(pl. mitnagdim). Oponente de los jasidim, dentro del judaísmo ortodoxo, que
prima el estudio del Talmud sobre el misticismo.

Pésaj (hebreo)
Literalmente, «pasar delante». Pascua que se celebra en la primavera y
conmemora el éxodo de la esclavitud en Egipto. Dura siete días (en la
Diáspora ocho) durante los cuales se consume el pan ázimo y se celebra el
Seder, o la cena pascual en la cual se lee la Hagadd. El significado
etimológico alude a que Dios pasó ante las casas de los judíos al imponer los
castigos a Egipto.

Purim (hebreo)
Literalmente, «suertes». Nombre de la fiesta que celebra la salvación de los
judíos en el imperio persa, tal como figura en el relato bíblico del Libro de
Ester. Viene precedida por el día de Ayuno de Ester.

Reb (yiddish)
Tratamiento de respeto que antecede al nombre de cualquier persona.
Equivale al «don» en español.

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Rebbe (yiddish)
Título de respeto a un rabino que lidera un grupo jasídico.

Rébbetsin (yiddish)
Esposa del rebbe o del rabino.

Shabbat (hebreo)
Sábado, día de descanso y devoción religiosa (en yiddish, shabbes).

Shavuot (hebreo)
Literalmente, «semanas». Festividad conmemorativa de la entrega de la Torá
a Moisés en el monte Sinaí. Al mismo tiempo es la fiesta de las Primicias de
la cosecha.

Shofar (hebreo)
Trompeta de cuerno de carnero que, con diferentes grupos de notas, es tocada
especialmente en las solemnidades judías de Rosh Hashaná y Yom Kipur.

Sholem Aleijem (yiddish)


(Shalom Aléijem en hebreo; literalmente, «que la paz sea con vosotros»).
Saludo equivalente a «¡Hola!», incluso si se dirige a una sola persona.

Shtetl (yiddish)
Diminutivo de shtot, «ciudad» (pl. shtétlej). En Europa del Este, el shtetl
pertenecía a la nobleza polaca y estaba poblado sobre todo por judíos que
llevaban un modo de vida tradicional, centrado alrededor del hogar, la
sinagoga y el mercadillo. Este último era su lugar de encuentro con los
campesinos y los terratenientes para el intercambio de mercancías, en su
papel de intermediarios entre el campo y la ciudad.

Simját Torá (hebreo)


Noveno día de la fiesta de Succot, en el que se enaltece a la Torá, finaliza el
ciclo de su lectura a lo largo del año y comienza su repetición.

Succot (hebreo)
Fiesta que coincide con las fechas de la cosecha en otoño y que se distingue
por la construcción de una Succd («cabaña») en conmemoración del
deambular de los israelitas por el desierto, tras su liberación de Egipto.

Torá (hebreo)
Literalmente, «enseñanza», «ley». La Torá comprende los primeros cinco
libros de la Biblia (Pentateuco en su denominación griega) que contienen el
cuerpo entero de la Ley Judía recibida por Moisés. Dividida en 54 capítulos,

[Link] - Página 218


se lee por capítulos en la sinagoga cada sábado a lo largo del año. El conjunto
formado por la Torá, los libros de los Profetas y las Crónicas, se denomina en
abreviatura hebrea Tandj.

Tsitsit (hebreo)
Literalmente, «fleco». Taled pequeño, con flecos en cada una de las cuatro
esquinas, que los judíos ortodoxos llevan puesto debajo de la camisa.

Yármulke (yiddish)
(En hebreo, kipa). Bonete o gorro con el que deben cubrirse los hombres,
especialmente en los lugares sagrados y en los servicios religiosos.

Yeshivá (hebreo) o Yeshive (yiddish)


(pl. yeshivot). Literalmente, «lugar para sentarse», «academia». Seminario
rabínico donde se estudia el Talmud.

Yiddish
Lengua de los judíos askenazíes que, con caracteres hebreos, deriva del alto
alemán medio a partir del siglo X, con la inclusión de términos hebreos y
arameos. Posteriormente, los judíos que huyen de las matanzas de los
Cruzados en Alemania la llevan a Europa del Este, en donde se le incorporan
términos de las lenguas eslavas. A mediados del siglo XIX surge la gran
literatura en lengua yiddish que llega a su cima en la primera mitad del siglo
XX, antes de la casi total aniquilación criminal de sus hablantes.

[Link] - Página 219


NOTAS

[Link] - Página 220


[1] De un mundo que ya no está. De próxima aparición en español, consiste en una

sucesión de flashes sobre los más vivos recuerdos de la infancia del autor hasta la
fecha en que la familia se trasladó a Radzymin. La obra no tuvo continuación al verse
interrumpida por la muerte repentina de Y. Singer en 1944. <<

[Link] - Página 221


[2] John Milton (1608-1674), El paraíso perdido. Libro cuarto. <<

[Link] - Página 222


[3] En yiddish, Avrom = Abraham. Avrom Ber: nombre propio compuesto, como más

adelante en otros muchos casos: Bóruj Leib, Feigue Lea, Tirtsa Roise, Léiser Nusen,
Hersh Leib, etc. (Todas las notas son de los traductores). <<

[Link] - Página 223


[4] Código de leyes judías compilado por el rabino Iosef Caro (Toledo, siglo XVI). <<

[Link] - Página 224


[5] Comentario para aplicación práctica de las leyes por los rabinos, compuesto por

rabí Abraham Levy Gombiner (Polonia, siglo XVII). <<

[Link] - Página 225


[6] Fundada en el siglo XII, Plock fue capital histórica de Polonia. En el siglo XIX

alcanzó un importante desarrollo comercial e industrial y su población judía llegó a


ser un 40 % del total. <<

[Link] - Página 226


[7] Discutida opinión del rabí Eliezer (siglo I), dentro de las discusiones talmúdicas.

<<

[Link] - Página 227


[8] En hebreo, literalmente, «comienzo de año». Designa la solemne festividad del

Año Nuevo judío, a principios del otoño. <<

[Link] - Página 228


[9] Último mes del calendario hebreo, coincidente con el final del verano. Al terminar

del mes de Elul comienza el nuevo año. <<

[Link] - Página 229


[10]
Goyim, plural de goy: Literalmente, en hebreo, nación. Coloquialmente, se
emplea en tono despectivo para designar a un no judío. <<

[Link] - Página 230


[11] Lítvak: judío original de Lituania. Con el apodo de lítvak designaban los jasidim

peyorativamente a los mitnagdim, que se oponían a los rebbes y a la visión mística de


la religión. <<

[Link] - Página 231


[12] Comentario clásico del Shulján Aruj anteriormente citado, obra del rabino Yoséf

Teomim (siglo XVIII). <<

[Link] - Página 232


[13] Libro de Job: 5, 7. <<

[Link] - Página 233


[14] Literalmente, en hebreo, «recuento». Designa el período de 49 días, que separa la

fiesta del Pésaj y de Shavuot. Tradicionalmente se evitan en este período


celebraciones y muestras de alegría, en recuerdo de cierta epidemia que acabó con la
vida de numerosos alumnos del rabí Akiva en el siglo I. <<

[Link] - Página 234


[15] En hebreo, literalmente, «hay quienes dicen». En los debates sobre una cuestión

talmúdica es la expresión que se emplea una y otra vez en la yeshive para exponer las
opiniones discrepantes. <<

[Link] - Página 235


[16] Cita de Pirkei Avot, Ética de los Ancestros, en el Cap. 3. <<

[Link] - Página 236


[17] «¿Quién cabalga tan tarde por la noche y bajo el viento? / Es el padre con su

hijo». <<

[Link] - Página 237


[18] «Florece una pequeña flor / sobre la tierra verde…». <<

[Link] - Página 238


[19] «Su ojo es como el cielo / tan luminoso y tan azul. / No tiene mucho que decir / y

lo que dice / siempre es lo mismo: solamente no me olvides» (poema de Hoffmann


Von Fallersleben, 1848). <<

[Link] - Página 239


[20] La cita completa del Pirkei Avot (Ética de los Ancestros) es: «Si alguien te dice:

me esforcé y no encontré, no le creas. No me esforcé y encontré, no le creas. Me


esforcé y encontré, créele». <<

[Link] - Página 240


[21] En arameo, expresión equivalente a «pozo de sabiduría». <<

[Link] - Página 241


[22] Libro de los Salmos, 146:3. <<

[Link] - Página 242


[23] En hebreo, oficiante y cantor del servicio religioso en las diversas festividades

judías. <<

[Link] - Página 243


[24] En hebreo, «oración pura». En la apertura del ayuno, hace alusión al perdón por

los pecados cometidos, de forma consciente o inconsciente, contra el prójimo. <<

[Link] - Página 244


[25] En hebreo, «con el consentimiento de esta congregación…». El oficiante declara

que está permitido rezar junto con los transgresores. <<

[Link] - Página 245


[26]
En hebreo, «todos los votos…». El oficiante declara que todos los votos,
promesas y juramentos que cada persona se haya impuesto desde el anterior Yom
Kipur quedarán cancelados e invalidados. <<

[Link] - Página 246


[27] Mujer que leía en voz alta las oraciones en hebreo para que las repitieran las que

no conocían la lengua. <<

[Link] - Página 247


[28] En hebreo, «cierre, conclusión». En la Neilá se sella definitivamente el veredicto

del juicio a los seres humanos correspondiente a cada año. Con sobrecogimiento
religioso, los fieles piden a Dios un veredicto favorable. <<

[Link] - Página 248


[29] El ritual judío prescribe lavarse las manos al despertar, antes de rezar y de las

comidas del día. <<

[Link] - Página 249


[30] En el Talmud, Tratado de Berajot, 34:2. <<

[Link] - Página 250


[31] En hebreo, «dieciocho». En abreviatura designa la oración que se reza a diario, de

pie y en silencio, y contiene dieciocho bendiciones. <<

[Link] - Página 251


[32] Cita parcial del Eclesiastés [Link] «Volví y observé que, bajo el sol, no para los

veloces es (siempre) la carrera, ni para los fuertes la guerra…, ni para los sabios el
pan, ni para los prudentes la riqueza… sino que para todos ellos el momento y la
suerte (mandan)». <<

[Link] - Página 252


[33] Tradición talmúdica según la cual, en cada uno de los siete días, los novios

celebran en familia, después de la cena, una a una de las siete bendiciones que fueron
pronunciadas bajo el palio nupcial el día de la boda. <<

[Link] - Página 253

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