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Género gramatical y dominio masculino

Este documento analiza cómo el género gramatical en español refleja el dominio masculino en la sociedad. Explica que el género gramatical surgió como una clasificación de sustantivos que ya no corresponde directamente a características naturales. Aunque originalmente podría haber reflejado una visión del mundo donde lo masculino dominaba, ahora el género es principalmente una convención lingüística. El artículo argumenta que el género gramatical es arbitrario y se ha mantenido más por tradición que por reflejar la realidad
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Género gramatical y dominio masculino

Este documento analiza cómo el género gramatical en español refleja el dominio masculino en la sociedad. Explica que el género gramatical surgió como una clasificación de sustantivos que ya no corresponde directamente a características naturales. Aunque originalmente podría haber reflejado una visión del mundo donde lo masculino dominaba, ahora el género es principalmente una convención lingüística. El artículo argumenta que el género gramatical es arbitrario y se ha mantenido más por tradición que por reflejar la realidad
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Política y Cultura

ISSN: 0188-7742
politicaycultura@[Link]
Universidad Autónoma Metropolitana Unidad
Xochimilco
México

Villaseñor Roca, Leticia


El género gramatical en español, reflejo del dominio masculino
Política y Cultura, núm. 1, otoño, 1992, pp. 219-229
Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco
Distrito Federal, México

Disponible en: [Link]

Cómo citar el artículo


Número completo
Sistema de Información Científica
Más información del artículo Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal
Página de la revista en [Link] Proyecto académico sin fines de lucro, desarrollado bajo la iniciativa de acceso abierto
El género
gramatical
en español,
reflejo del
dominio
masculino
Leticia Villaseñor Roca*

AI revisar los diversos planteamientos


sobre el origen del género gramatical resal-
ta la tesis de que su establecimiento respon-
de a la visión que los usuarios del lenguaje
tienen del universo. En este sentido, las len-
guas no son más que un reflejo de la con-
ciencia colectiva de los pueblos. La variación
en el lenguaje, y específicamente en el uso
del género gramatical, es la expresión sim-
bólica de los cambios en la sociedad. Así,
el tipo de lenguaje que utilizan los hablantes
cambia de acuerdo con lo que son y lo que
hacen: seleccionan palabras y patrones
gramaticales distintos, simplemente porque
* UAM Iztapalapa, Área de Lingüística.
manifiestan tipos de estructuras sociales di-
ferentes.

POLÍTICA Y CULTURA N° 1 OTOÑO 1992


POLÍTICA Y CULTURA

Es innegable que en las sociedades existen asimetrías cuyas causas hay que
situar en las relaciones de poder que ejercen unos grupos sobre otros. A lo largo de la
historia se ha podido observar que el papel de las mujeres en los ámbitos social,
cultural, económico y político está condicionado por el dominio de lo masculino. Y
aunque el efecto de dominar no siempre es el resultado de la intención de domeñar,
es un hecho que las mujeres han sido relegadas por mucho tiempo.

El propósito de este trabajo es formular algunas cuestiones que expliciten cómo


la gramática ha establecido el género masculino y femenino y de qué manera el siste-
ma de creencias culturales es el que ha marcado la prioridad del primero sobre el se-
gundo mediante la actividad discursiva de los individuos.

Desde el punto de vista gramatical, el género constituye un sistema de clasifica-


ción de los nombres y se manifiesta en el plano sintáctico para atender el fenómeno
de la concordancia. La concordancia del nombre con otras clases sintácticas varía de
una lengua a otra; sin embargo, sobresale en particular la que se da con los adjetivos,
artículos, pronombres y hasta con los verbos. Dentro del ámbito de la gramática, es
indudable que el género nada enlaza. Es interesante tomar en cuenta la visión de
algunos gramáticos que explican el papel que juega la concordancia en la formaliza-
ción del género. Francisco Sánchez de las Brozas, el Broense, al hablar en su Minerva
(1587) de las desinencias del adjetivo señala que: "los nombres adjetivos no tienen
género, sino terminaciones [...] y si no hubiese nombres adjetivos, o tuviesen una sola
terminación, nadie hablaría de género gramatical".1

En el mismo sentido se expresa Andrés Bello (1847): "La clase a que pertenece el
sustantivo, según la terminación del adjetivo con que se construye [...], se Ilama género
[...] Es evidente que si todos los adjetivos tuviesen una sola terminación en cada
número, no habría género en nuestra lengua".2

Y al lado de estos señalamientos sobre la concordancia en el español, Antoine


Meillet (1958), quien analiza la categoría del género en lenguas indoeuropeas, se ex-
presa en los mismos términos:

El carácter masculino o femenino en un sustantivo indoeuropeo sólo se recono-


ce por la forma masculina o femenina de los adjetivos con los que ocasionalmente se
relaciona. Así, las palabras latinas pater [padre] y lupus [lobo] tienen género masculino
porque se construyen con las formas adjetivas iste [este], bonus [bueno]; mater [madre]
y fagus [la haya-árbol] son femeninos por que se construyen con ista [esta], bona
[buena].
1
Citado por RAE; Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, Madrid, Espasa-Calpe, 1981,
p. 173, nota 7.
2
Loc. cit.
EL GENERO GRAMATICAL

Sin la concordancia con el adjetivo, la distinción masculino/femenino no existiría


entre los indoeuropeos [la traducción es mía].3

Entonces, ¿de dónde surge la necesidad de los hablantes de las distintas lenguas
que distinguen géneros en los nombres? para muchos estudiosos el género gramatical
es una más de las clasificaciones nominales que en el pasado se establecieron.
Numerosas lenguas poseen sistemas que van de menos a más complejidad, y se ba-
san en la oposición de rasgos tales como animado/inanimado, humano/no humano,
macho/hembra, grande/pequeño, líquido/sólido y demás característica que se consi-
deren relevantes en los referentes.

El género es una visión que los hablantes tienen del universo. De la misma ma-
nera que muchas de las categorías gramaticales, el género es percibido y vivido por
éstos como un reencuentro con el "orden natural" de las cosas, muchas veces a pesar
de las incoherencias. De estas clasificaciones de los nombres quizá la que más arbitra-
ria parece ser es la de masculino/femenino (género gramatical), referida a macho/
hembra(género natural).

El género para Edward Sapir (1921) tiene su origen en un "recorte" de la realidad


que varía según los tipos de sociedades, y que ha dejado su huella sobre la lengua. Al
mismo tiempo reconoce que la diferenciación del género ha dado lugar a formas
lingüísticas que subsisten a pesar de que las concepciones que les dieron origen ha-
yan evolucionado:

La forma vive más que su contenido conceptual. Una y otra están cambiando
incesantemente pero, hablando en términos generales, la forma tiende a seguir exis-
tiendo cuando el espíritu ha desaparecido o ha cambiado su esencia. La forma irra-
cional, la forma por la forma—o como se le quiera llamar a esta tendencia de aferrarse
a las distinciones formales una vez que han tenido existencia— es para la vida de las
lenguas un hecho tan natural como la conservación de modos de conducta que han
sobrevivido a la significación que un día tuvieron. En [español] se nos hace saber de
una vez por todas que un objeto es masculino o femenino, sea un ser viviente o una
cosa inanimada; de manera semejante, en muchos idiomas indios de Estados Unidos
o del Asia Oriental, es preciso hacer constar que el objeto pertenece a cierta categoría
por sus características físicas (por ejemplo, circular como un anillo, esférico como una
pelota, largo y delgado, cilindrico, parecido a una lámina, o en masa como el azúcar)
antes de que se proceda a anunciarlo (se dice, por ejemplo: "dos categorías —de—
pelota manzanas"; "tres categorías—de— lámina tapetes"). Es como si en un periodo
del pasado inconsciente de la raza se hubiera hecho un precipitado inventario de la

3
A. Meillet; "La categorie du genre et les conceptions indoerupéennes", Linguistique historique et
linguistique générale, París, Líbrame Honoré Champion, 1958, p. 212.
POLÍTICA Y CULTURA

experiencia, lanzándose a una clasificación prematura que luego no toleró revisión,


y hubiera dejado a los herederos de su idioma embarcados en una ciencia a la cual ya
no otorgan éstos el menor crédito y que, al mismo tiempo, no tienen fuerzas para
destronar. El dogma rígidamente prescrito por la tradición se petrifica o se convierte
en formalismo. Las categorías lingüísticas constituyen un sistema de dogma creado
en otra época: dogma del inconsciente. Muchas veces sólo tiene una semi-realidad
en cuanto conceptos; su vida tiende a arrastrarse lánguidamente, a convertirse en for-
ma por la forma.4

De acuerdo con lo anterior es necesario observar que los hechos lingüísticos son
más bien efectos y no causas. Ahora los géneros no corresponden más que a una es-
pecie de etiqueta lingüística, son un efecto y una supervivencia del pasado.

Ciertas definiciones del género que presentan algunos gramáticos tradicionales


reflejan esta necesidad de diferenciar los nombres según sean referidos a la oposición
marcada por el sexo. Nebrija, autor de la primera gramática castellana (1492), decía
que el género en el nombre es "aquello por lo que el macho se distingue de la hembra"
El término "aquello" usado en la definición de Nebrija, y que parece una indetermina-
ción, hace pensar en la idea de sexo o género natural. La Real Academia Española no
definió el género de los nombres en las primeras ediciones de su gramática, pero sí
menciona más tarde que éste es "el accidente gramatical que sirve para indicar el sexo
de las personas y de los animales, y el que se atribuye a las cosas".5 Y siguiendo a Vicen-
te Salvá (1840) "son dos los géneros, masculino y femenino, correspondientes a los dos
sexos naturales: macho/ hembra, sin desconocer la existencia de cosas que han
de ser consideradas como de un género o de otro, incluidos en ellos por consideracio-
nes de orden gramatical exclusivamente".6

A juzgar por estas definiciones es evidente que la atribución de un género a los


nombres de los seres inanimados es un hecho arbitrario. Lo mismo sucede con los de
algunos animales a los que la gramática les ha atribuido un único género para ambos
sexos; por ejemplo, en español se dice la mosca, la rata, el cangrejo, para designar
tanto al macho como a la hembra. Y aun la arbitrariedad del sistema gramatical es más
patente cuando se trata de nombres referidos a personas que no marcan la alternancia
masculino/femenino para la de hombre/mujer; así, en español la forma el cabeci-
lla ("el jefe") no puede usarse en femenino pues cambiaría su significado: la cabecilla
("diminutivo de cabeza"), o un político ("quien se dedica a determinada actividad"), al
4
E. Sapir; El lenguaje, tr. de Margit y Antonio Alatorre,Méx¡co, FCE, 1954, pp. 116-117.
5
RAE; Gramática de la lengua española, Espasa-calpe, Madrid, 1962 (nueva edición, reformada, de
1931], p. 10.
6
V. Salvá; Gramática de la lengua castellana según ahora se habla, estudio y edición de Margarita Lliteras,
Madrid, Arco/Libros, 1988.
EL GENERO GRAMATICAL

construirse en femenino adquiere otro sentido: una política ("actividad relativa a


cuestiones de gobierno o de Estado").

En su estudio sobre las concepciones de los indoeuropeos en torno de los géne-


ros, Meillet rechaza la idea de que la clasificación de los nombres haya sido
originalmente conforme a tres géneros: masculino, femenino y neutro, como fre-
cuentemente se señala. Más bien se apoya en la oposición género animado/género
inanimado. Dice que los antiguos opusieron claramente el masculino y el femenino
neutro. En cuanto a su valor semántico, los dos primeros se usaban para designar a los
seres animados (de sexo macho o hembra) y el neutro a los inanimados; en cuanto a
la forma, también el masculino-femenino (genero animado), se oponía en efecto al
neutro, (inanimado). En las lenguas indoeuropeas la flexión del masculino en muchos
casos no se distinguía en nada de la del feminismo. Así, en latín la flexión de mater (f.)
es igual a la de pater (m.) y la de lupus (m.) coincide con la de fagus (f.), por ejemplo.
Además, en los adjetivos la oposición del masculino/femenino se marca por una
diferencia de tema y no de flexión. Obsérvese el paradigma latino novus(m.), novum
(n.), nova (i.). En el masculino y el neutro la marca diferenciadora sí está en la flexión
(-s para el masculino y -m para el neutro), el tema se mantiene (novu-); en cambio, la
distinción entre el masculino y el femenino se da en el tema. Con base en esto, Meillet
señala que la forma femenina es derivada de la masculina; así, el género femenino
aparece como un subgénero al interior del género animado. Y concluye: "Al género
animado, marcado principalmente por el masculino, y con una diferenciación
eventual para el caso particular del femenino, se opone el género inanimado, el neu-
tro" [la traducción es mía].7 Esto es, para los indoeuropeos los nombres debían refle-
jar en primera instancia la diversidad existente en el mundo real entre lo animado y lo
inanimado. Por tanto, no es sino posteriormente que los nombres que designan
machos o hembras han recibido una forma femenina diferente a la masculina.

Ahora bien, si los rasgos formales característicos de cualquier lengua están


profundamente arraigados en hechos de la conciencia colectiva de los pueblos, y el
género aparece como un sedimento depositado en un estado de sociedad más anti-
gua, según la idea central de Sapir expuesta más arriba, habría que mencionar tam-
bién otro aspecto que se vincula estrechamente a esta postura. Se trata de la función
metafórica de los géneros o simbolismo sexual. La categoría puramente formal, juega
un papel importante en las actitudes mitológicas de una comunidad lingüística. Los
modos de interpretar metafóricamente los nombres inanimados son influidos por su
género. Roman Jakobson (1959) menciona los resultados de un test llevado a cabo por
el Instituto de Psicología de Moscú, los cuales demuestran que "los rusos, pueblo
aficionado a personificar los días de la semana, representaban repetidamente lunes,
martes y miércoles como seres masculinos y jueves, viernes y sábado como persona-
7
Meillet;. Art. cif., p. 213.
POLÍTICA Y CULTURA

jes femeninos, sin advertir que esta distribución era debida al género masculino de los
tres primeros y al femenino de los tres restantes".8 Además, de dónde viene ese senti-
miento tan difundido por los poetas, los mitos, las religiones, de que la muerte, la vida,
la tierra, la justicia, la fortuna, la luna son de naturaleza femenina —aunque bien es
cierto que pueden variar de una lengua a otra, como lo señala Jakobson— mientras que
el cielo, el fuego, el sol, el día tienen apariencia masculina; no hay duda deque la fuerza
del simbolismo sexual se relaciona con los valores conceptuales provenientes de
estructuras mentales, sociales y culturales de los usuarios de la lengua.

Algunos ejemplos que ilustran la importancia de la función simbólica de las


connotaciones sexuales en cuanto a la evolución de los géneros gramaticales podrían
ser las formas latinas dies (día) y manus (mano). En el siglo XIII, Alejandro de Villa Die
trataba de explicar el doble género de dies y decía que algunas lenguas románticas lo
hicieron masculino porque es "activo al expulsar a la noche"; otras lo consideran en
femenino porque es "desalojado por la noche", es decir, porque se comporta de mo-
do pasivo.9 Meillet apunta que "la mano en general se designa en femenino evidente-
mente porque sirve para recibir los objetos".10 Y Ángel Rosenblat (1962), al explicar el
proceso de acomodación del género que se dio en la transición del latín al español,
menciona que:

Las únicas dos formas que se han salvado del doble proceso analógico son
la mano y el día. Esa doble "excepción" es sin duda espectacular. La única interpreta-
ción que se ha dado, y sólo vale a falta de otras, es la siguiente: la mano ha conserva-
do invariable su femenino por oposición a el pie; el día ha conservado su masculino
por oposición a la noche.11

Hasta aquí se ha resaltado la tesis que apoya la intervención de factores externos


a la lengua —es decir, la relación entre las categorías del pensamiento colectivo y las
del lenguaje—en la formación y evolución del género. Sin embargo, no conviene de-
jar de lado que dicho proceso también está determinado por las condiciones propias
del sistema de la lengua, por factores internos como la analogía. El estudio de Ro-
senblat, ya citado, es una muestra clara de la relevancia de la fuerza reguladora que
dio al sistema el proceso analógico en el paso del latín al español. El analiza el origen
de las terminaciones -o, -a, que son las marcas básicas con las que se construye el

8
Roman jakobson; "Aspectos lingüísticos de la traducción", Ensayos de lingüística general, tr. de josep M.
Pujos y Jen Cabenas, Barcelona, Seix Barral, 1975, p. 75.
9
Citado por Ángel Rosenblat en "Morfología del género en español. Comportamiento de las termina
ciones -o, -a", NRFH, El Colegio de México: XVI, 1962, p. 42, nota 12.
10
Ibid., p. 34, nota 3.
1
Ibid, p. 34.
EL GENERO GRAMATICAL

paradigma del género gramatical en el español: los nombres latinos terminados en -


us eran por lo común masculinos, y de ellos surgió la -o del masculino español; sobre
la base de los nombres latinos terminados en -a, la mayoría de los cuales eran femeni-
nos, se creó el femenino español en -a. Ya partir de este esquema se produjo un proce-
so de acomodación que fue con mucho el predominante: nombres femeninos con
flexión en -us y los neutros con flexión en -u, -us, -um se hicieron masculinos por
influencia de su forma flexional (por ejemplo abyssus (f.) > el abismo (m.); templum (n.)
> el tem-plo (m.); corpus (n.) > los cuerpos (m.) que por su apariencia del plural dio un
singu-lar analógico); a su vez, nombres neutros plurales con la flexión en -a se hicie-
ron femeninos también por influencia de su forma flexional (por ejemplo, folia (n.) >
la hoja).12

Así, pues, de acuerdo con las ideas esbozadas, es un hecho innegable que las
lenguas transitan desde su origen a través de estas dos vías: por un lado, poseen sus
reglas internas de funcionamiento y, por el otro, los hábitos de la vida cotidiana y la
identidad cultural de los hablantes inciden en ellas. Sin pretender restar importancia
al valor de los mecanismos internos de los sistemas lingüísticos que han operado en
la conformación del género gramatical interesa ahora mostrar algunos datos que dan
cuenta de la influencia que han ejercido factores extralingüísticos en el uso de éste.

Al estudiar el lenguaje es posible identificar las estructuras de la sociedad y las


asimetrías que, en diversos niveles, se han generado dentro de ella. La gramática ha
establecido el género masculino y el femenino, pero es la tradición cultural la que ha
marcado la prioridad del primero sobre el segundo. Esta no es intrínseca a la lengua,
más bien está determinada por los usuarios, a través de su intencionalidad comunica-
tiva.

A continuación se presentan algunos ejemplos de la actitud de los hablantes al


interpretar el valor sintácticó-semántico de lo masculino y lo femenino.

El trabajo realizado por Susan Ervin (1962) parte de una encuesta sobre la
connotación del género aplicada a un grupo de ítaloparlantes en Boston (Estados
Unidos), y tiene como propósito estudiar el efecto de los estereotipos masculino y
femenino sobre hechos lingüísticos. Un primer grupo de sujetos hizo una clasifica-
ción, en una escala apreciativa, de 30 palabras seudoitalianas, de las cuales la mitad
tenía desinencias masculinas y la otra, femeninas. Un segundo grupo resolvió el mismo
test con el orden invertido. Los sujetos debían asociar a cada palabra cuatro valores
dados entre las siguientes oposiciones: bueno/malo; grande/pequeño; bello/feo; débil/
fuerte.

12
Ibid p. 31
POLÍTICA Y CULTURA

.Los resultados fueron conforme a lo que se esperaba: con un radical idéntico, las
palabras fueron clasificadas de manera diferente según tuvieran una terminación
masculina o femenina. Esto vino a confirmar cómo una intuición lingüística de base
cultural influye en los hablantes sobre la oposición entre el sexo "débil, "pasivo" y
"bello", y el sexo "fuerte, "activo" y "menos bello". A partir de estos resultados, la autora
de la encuesta desarrolló la hipótesis de una generalización semántica en la gramáti-
ca. En el caso del género, la semantización se establece frecuentemente a partir del
simbolismo sexual; de las propiedades físicas ligadas al sexo, como el tamaño o la
fuerza, y de las distinciones de orden cultural relacionadas con el sexo y los estereo-
tipos psíquicos y morales.

El estudio de Giorgio Perissinoto (1981), denominado "Sobre el valor específico


del masculino genérico",13 es un análisis de los datos obtenidos también a través de una
encuesta, sobre el uso de los sustantivos gramaticalmente masculinos, los cuales
pueden incluir tanto a las mujeres como a los hombres. Este estudio tuvo el propósi-
to de explorar la relación entre la intención genérica de la codificación y la inter-
pretación, genérica o específica, de la descodificación.

A las mujeres y hombres encuestados se les informó que se trataba de un estudio


psicológico que buscaba medir el tiempo de reacción al relacionar una oración con
una imagen presentada en una lámina. Las oraciones clave, que estaban intercaladas
entre otras, fueron leídas en voz alta con la lámina de mujer o mujeres. Los encuesta-
dos debían de juzgar si la imagen era compatible o no con la oración escuchada. De
esta manera se midió si se excluía o no a la mujer de la situación, o del papel social
que la lámina sugería.

Algunos ejemplos de las oraciones clave utilizadas son:

-La calidad de mexicano se adquiere por nacimiento o por naturalización.

-El puesto siguió vacante por falta de solicitantes.

- El salario mínimo que deberá disfrutar el trabajador será suficiente para satisfacer
las necesidades normales de la vida.

-El acta de nacimiento se extenderá con la asistencia de dos testigos.

Los resultados de la investigación, según Perissinoto, subrayan la hipótesis de su


trabajo: el masculino genérico excluye a la mujer en un porcentaje muy alto de casos.
Aunque la intención de los hablantes sea claramente genérica (incluye a mujeres y

13
Realizado sobre el español mexicano.
EL GENERO GRAMATICAL

hombres), los oyentes interpretan específicamente un gran número de genéricos


eliminando a la mujer.

Los genéricos de alta interpretación específica, es decir, donde hubo un alto por-
centaje en que una lámina que representaba a una mujer no resultó compatible con
la oración escuchada, son de varios tipos.

-Los que admiten terminación femenina como trabajador/-a; ¡nqu¡lino/-a.

-Los terminados en -o cuyo femenino en -a no es frecuente ni usual, como in-


geniero, médico.

-Los masculinos en -a, como accionista.

-Los terminados en -ante, -ente, como solicitantes, pretendientes.

Perissinoto señala que los genéricos de alta interpretación específica masculina


se explican por el hecho de que estos casos "provocan o suscitan imágenes estrecha-
mente vinculadas con el sexo masculino, porque históricamente la mayoría de los
lexemas se han asociado a los hombres".14

Lo que el autor ilustra con este trabajo es "que el masculino domina y oculta el
femenino. Es preciso recordar que la lengua es conducta social y, como tal, un estado
de la lengua es a la vez un reflejo de una situación social. Las leyes están redactadas
casi exclusivamente en masculino; los destinatarios son los hombres, las mujeres lo son
por extensión, no por inclusión [...] Aunque los derechos del trabajador' es un ge-
nérico, no cabe duda de que significa para muchos mexicanos los derechos del varón
que trabaja1; y sólo la reflexión, la autovigilancia del sistema incluiría a la mujer".15

Existe otro fenómeno, que vale la pena añadir, referido a las connotaciones de
menosprecio que con frecuencia se les asigna a los sustantivos femeninos. Hay un
grupo de nombres, aplicados a personas, que mantienen invariable su forma desinen-
cial aunque hagan referencia a hombres o mujeres, se distinguen en uno u otro caso
solamente por el artículo o el demostrativo, masculino o femenino, antepuesto. La
gramática española los clasifica como un género aparte llamado "común". Entre ellos
están un/una joven, un/una mártir, un/una testigo, etcétera. Pertenecen a este grupo
los siguientes ejemplos:

14
G. Perissinoto; "Sobre el valor específico del masculino genérico", ponencia leída en el
ColoquiodeSociolingüística en México, Universidad Autónoma Metropolitana, septiembre de 1981.
15
Loc. cit.
POLÍTICA Y CULTURA

Frente a la oposición un/una gallina, en su aceptación de


cobarde, chillón, Esteban Rodríguez, en su obra Observaciones
acerca del género de los nombres (1947), dice: "No creo que de-
ba aplicarse a mujeres puesto que es condición natural de la mujer
ser gallina".16 Asimismo, este autor cuestiona la postura del
diccionario que admite las formas un/una bachiller y no una ba-
chillera con el significado de mujer que ha cursado el bachiIlerato,
cuando en el pasado sí se usaba refiriéndose a la mujer habladora
y de charla impertinente: "¿Por qué aplicar esa sola acepción
femenina del vocablo a las mujeres, en lo que las perjudica, y no
en la otra que las favorece?"17

También registra un/una marica, pero según él debe usarse


en masculino pues sólo puede atribuirse al hombre afeminado o
de poco ánimo y esfuerzo: "Diríamos un marica en sentido fami-
liar, como decimos análogamente un gallina.18 Y, por último, un
ejemplo más de Rodríguez: un bruja/una bruja se dice en sentido
figurado y familiar al hombre o mujer faltos de dinero. Pero una
mujer puede ser bruja en dos sentidos: "Arrancada y sin dinero y
como liviana, que anda en malos pasos y gasta ciertas libertades
que perjudican su honestidad".19

Podrían enlistarse numerosos ejemplos más, pero el propó-


sito central de este trabajo no es documentarlos; aunque sí sería
muy provechoso hacerlo en otra oportunidad, pues en México aún
son muy pocas las investigaciones que analizan hasta dónde
nuestras tradiciones culturales y sociales, han influido en nuestros
usos lingüísticos con respecto a la posición de la mujer, en todos
los niveles, y específicamente en el empleo del género gramatical
en el español.

16
Esteban Rodríguez; Observaciones acerca del género de los nombres,La Habana, Lex, 1947, p. 442.
17
Ibid., p. 439.
18
Ibid., p. 451.
19
Ibid., p. 443.
EL GENERO GRAMATICAL

BIBLIOGRAFÍA

Bello, Andrés; Gramática de la lengua castellana,Méx¡co, Editorial Nacional, 1954.


Ervin, Susan; "The Connotation of Gender", en Word, 18, pp. 241 -261.1962.
Jakobson, Roman; "Aspectos lingüísticos de la traducción", en Ensayos de lingüística
general, tr. de Josep M. Pujol y Jem Cabenas, Barcelona, Seix Barral, 1975.
Meillet, Antoine; "La Catégorie du genre et les conceptions des indoeuropéens", en
Linguistique historique et linguistique genérale, París, Líbrame Honoré Champion,
Editeur,1958.
Perissinoto, Giorgio; "The Generic Masculine in México City Spanish", ponen-cia leída en la
California Linguistics Association Conference, California State University, Long Beach,
Marzo, 1981a.
"Sobre el valor específico del masculino genérico", ponencia leída en el Coloquio de
Sociolingüística en México, Universidad Autónoma Metropolitana, septiembre, 1981b.
Real Academia Española Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, Madrid,
Espasa-Calpe, 1981.
Gramática de la lengua española, Espasa-Calpe, Madrid [nueva edició[Link] de la de
1931] 1962.
Roca Pons, Juan; "Arquitecto y arquitecta", en Hispania, Nueva York, vol. XLVI, núm. 2,
1963, pp. 373-374.
Rodríguez Herrera, Esteban; Observaciones acerca del género de los nombres, La Habana,
Editorial Lex, 1947
Rosenblat, Ángel; ."Morfología del género en español. Comportamiento de las terminaciones -
o, -a", en NRFH, México, El Colegio de México, Vol. XVI, 1962, pp. 31-80.
Salva, Vicente; Gramática de la lengua castellana según ahora se habla, Estudio y edición
de Margarita Lliteras, Madrid, Arco/Libros, 1988.
Sapir, Edward; El lenguaje, tr. Margit y Antonio Alatorre, México, FCE, 1954.

Yaguello, Marina; Les mots et les femmes, París, Payot, 1979.

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