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Análisis de "Las horas más oscuras"

El documento resume la película Las horas más oscuras (2017), dirigida por Joe Wright, que retrata los días cruciales en los que Winston Churchill asumió como primer ministro de Gran Bretaña y lideró la resistencia contra la Alemania nazi. Destaca la complejidad del personaje de Churchill y cómo la película captura tanto sus defectos como sus virtudes que lo llevaron a tomar la decisión crucial de no negociar con Hitler. Resalta también la dirección precisa de Joe Wright y las actuaciones del elenco, en particular la de Gary Oldman en el papel de Churchill.

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Análisis de "Las horas más oscuras"

El documento resume la película Las horas más oscuras (2017), dirigida por Joe Wright, que retrata los días cruciales en los que Winston Churchill asumió como primer ministro de Gran Bretaña y lideró la resistencia contra la Alemania nazi. Destaca la complejidad del personaje de Churchill y cómo la película captura tanto sus defectos como sus virtudes que lo llevaron a tomar la decisión crucial de no negociar con Hitler. Resalta también la dirección precisa de Joe Wright y las actuaciones del elenco, en particular la de Gary Oldman en el papel de Churchill.

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Winston, el reloj descompuesto.

Las horas más oscuras (Darkest Hour, Estados Unidos-Reino Unido/2017). Dirección:
Joe Wright. Elenco: Gary Oldman, Kristin Scott Thomas, Ben Mendelsohn , Lily James,
Ronald Pickup y Stephen Dillane. Guión: Anthony McCarten. Fotografía: Bruno Delbonnel.
Música: Dario Marianelli. Edición: Valerio Bonelli. Distribuidora: UIP. Duración: 125
minutos. Apta para mayores de 13 años.
Sí, ok antes de arrancar: la "problemática escena" del subte parece sacada de una ópera
rock de Andrew Lloyd Webber, y hasta cierto punto arruina la película. ¿Pero quedarse con
eso? Las horas más oscuras (Darkest Hour) OCTAVO film de Joe Wright, es una película
llena de sutilezas y ambigüedades, de virtuosismo y algunos defectos marcados. En su
búsqueda y pretensión me hace recordar mucho a la fallida Munich en su aspiración de
clausurar una historia muy compleja y del peligro – a su vez- de caer en cierto
maniqueísmo por esa lógica “best-sellerista” que se le impone siempre a todos estos films
surgidos a partir de un “smash hit book” o por la intervención -como aquí- de un escritor
(Anthony McCarten) especialista en su escritura. Con una dificultad mayor: acá no está en
juego el delicado conflicto entre israelíes y palestinos (que se come un poco el ánimo
conciliador de Spielberg), sino los propios claroscuros de un personaje como Churchill, que
como un reloj descompuesto -en aquellas “darkest hours” si se permite la asociación- da
dos veces por día la hora justa. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. El “carnicero” de
Gallipoli (“necesitábamos un segundo frente por Dios, nuestros chicos estaban muriendo
en el lodo de Francia” intenta justificarse en el film), el errático ministro de finanzas, el
pésimo analista sobre la India, fue también el halcón que supo desnudar como nadie las
intenciones de Adolf Hitler. Sin su intuición única y celosa (que también prefiguró la cortina
de Hierro de la posguerra) nada de lo que vino después (del mundo que hoy conocemos)
sería lo mismo, y eso es lo que la película pone en la palestra. Aquella hora decisiva.
El tiempo -la anécdota del reloj descompuesto también aparece en la película- como
decimos es uno de los temas principales de Darkest Hour. No solo por los intertítulos
gigantes alla Gordard y sin apelar al enchastre que se hizo Nolan con los saltos
temporales aquí y allá. Sino a los efectos de cómo se configura la película, de su trama.
Como aquella película de Roger Donaldson, Thirteen Days, sobre Kennedy y la crisis de
los misiles en Cuba, con la que comparte una estructura similar. Joe Wright es un narrador
preciso, prolijo, versado y cualquier limitación autoimpuesta es un regocijo para él. Aunque
también es cierto -y esto es uno de los posibles defectos del film- que el suspense podría
estar mejor aprovechado. Todo el avance nazi (como si fuese una pieza teatral) aparece
fuera de campo. Solo el virtuoso plano secuencia -Wright como Cuarón (otro manierista de
su generación) resuelve las limitaciones presupuestarias con esos alardes creativos- del
brigadier Nicholson en Calais recibiendo la carta de Churchill nos sitúa en suelo francés.
Wright con su clase acostumbrada parece decirnos “no quiero filmar dos veces la misma
escena”. Si quieren saber que es lo que pasaba en Francia ahí está su obra maestra, el
plano secuencia insuperable de Expiación. Como Spielberg (ya que citamos a Munich) otro
de los que se niega a superponer sus creaciones.
Las excentricidades, brutalidades y peculiaridades del personaje están presentes. Su
naturaleza brusca, machista, genial (aclaremos por las dudas que esta tercera no es
consecuencia de las dos anteriores). También su inteligencia, sus virtudes superlativas de
orador, de escritor y de político. Todo aquello el film lo pone en la superficie y de ningún
modo falta a la verdad histórica, lo oculta o lo exagera. El histrionismo tan comentado (el
mejor regalo que podemos hacerle a ese actor gigante llamado Gary Oldman es no
redundar en su transformación) tiene que ver con esa impronta teatral que Joe Wright sabe
manipular muy bien y que nos remite a sus admirados Ophuls y Von Sternberg. Por algo
también hizo alarde al convocar a la “Baby Keira (Knightley)” Lily James, en el papel de la
secretaria, de modo de satisfacer su capricho de “director de pequeñas divas”. Como Levin
en Anna Karenina, el personaje de James representa el punto de vista del film. Hay una
conexión entre ambas historias ya que por alguna razón Wright decide hacer funcionar esa
veta teatral, y colocar en el centro del escenario (teatro) a personajes (ficcionales o no)
queridos y amados, vindicados o repudiados de la historia: Anna Karenina, Winston
Churchill, como marionetas de la historia de la humanidad, pero también como seres
individualísimos y extraordinarios bajo el juicio y la mirada de la multitud. Como si fuese un
proceso en donde la historia deberá decidir si los condena o los absuelve. El parlamento
británico tiene mucho de esa escenografía. Los camaradas de su partido y la oposición
dirán si lo apoyan a Churchill en su cruzada más riesgosa. No es la intención de Wright
reproducir aquel parlamento miméticamente como andan diciendo por ahí, sino a partir de
la recreación empezar a tallar con sus observaciones personales. El hilo de luz que entra
por las ventanas, la posición de la cámara -en búsqueda expresiva constante- que nunca
se sirve del plano normativo y codificado. “Teatral”. Porque no hay nada menos teatral que
el cine de Wright. Es la deconstrucción absoluta de sus normas y procedimientos. La
alteración de su monotonía y sus reglas automáticas. Como Luhrmann pero bastante más
inteligente. Y si no fíjense la escena (la mejor del film) de Winston Churchill antes de
hablar por radio a la población, con la luz roja y los cambios de plano utilizados de modo
magistral para acentuar el dramatismo. No la voy a describir. Espero que la observen y la
analicen.
Como verán nada tiene Darkest Hour de film standard. Se le crítica su impronta british (un
poco ridículo teniendo en cuenta que el protagonista es ¡¡CHURCHILL!!) y ese modelo
popularizado en los años 30 por Alexander Korda. De paso nos olvidamos de Breve
Encuentro, El tercer hombre, Los 39 escalones, Las zapatillas rojas y todas las obras
maestras que aquel modelo nos prodigó. Es cierto imitado y bastardeado. Pero Wright ha
dado muestras suficientes de no ser un copista. A riesgo incluso de adentrarse en aguas
no tan seguras. Sinceramente los críticos (son varios) que asimilan a Joe Wright con los
mediocres John Madden o Tom Hopper (perdónenme) escriben con un cucurucho en cada
ojo. No se entiende esa pereza para describir algo que por lo menos han visto y conocen.
Tampoco de ciertas desidias y prejuicios ideológicos para con el personaje. La película por
lo menos hasta aquella fatídica escena en el subte no los niega ni los oculta. Wright no se
propone cultivar un realismo alla Rossellini y tampoco es verdad que esa sea la única
forma genuina de acercarse a la ficción histórica. Allí está nada menos que El joven sr.
Lincoln de John Ford que comparte con esta película su tono de fabula histórica. Ford se
servía y utilizaba de muchas licencias creativas en aquel fabuloso film, al que tampoco le
esquivaba la propaganda. Pero rememorando aquel film de Ford, entiendo de las
preocupaciones de Wright y el guionista McCarten. Churchill a pesar de sus dotes
oratorias (algo en lo que también se destacaba Lincoln), capaces hasta de movilizar las
fibras íntimas de sus más cruentos detractores, nunca fue un personaje popular. Al punto
de perder las elecciones de 1945 ante Clement Attle. Como con Neville Chamberlain sólo
ante el fracaso de “las palomas”, sus oponentes, es que El Halcón fue convocado.
Paradójico es que Churchill utilizaba a las palomas para hacer espionaje. Pero siempre fue
un aristócrata recluido en su círculo y despreciado incluso por sus colegas, la mayoría más
ricos y de mejor linaje que el suyo, a los que vencía con su astucia e inteligencia. Ese es el
punto. Si Lincoln era un abogado de pueblo que se convirtió en presidente – de paso: Qué
genial la decisión de Ford de concentrar su película en una sala de juicio (que es casi
como un escenario teatral, teatro donde después el verdadero Lincoln sería
paradójicamente asesinado)- nada de eso hay en la historia de Churchill. Ni elemento de la
naturaleza al cual recurrir (como las orillas del río) que sirven al Lincoln de Peter Fonda
para rememorar a su vieja amada y prefigurar su idealismo. Un político, aristócrata y militar
del siglo XIX (ya grande y recluido en habitaciones oscuras) que conocía de los giros
populistas característicos del siglo posterior, de ahí que no se le haya hecho difícil
convencer a sus pares (sobre todo) y al resto del imperio sobre la decisión de no capitular
e ir a la guerra abierta con la Alemania nazi de Hitler. Pero cuya carencia de popularidad
era su talón de Aquiles. En su soledad -aunque claramente ficcional es genial esa escena
con el Rey Jorge VI (un Ben Mendelsohn increíblemente bien) en su habitación dándose
apoyo mutuo- estaban expuestas sus grandes dudas sobre lo que estaba llevando
adelante. Como aquella llamada desesperada a Roosevelt (otra invención) pidiéndole
ayuda por teléfono (no existían los aparatos particulares). Esas dudas arrecian el costado
humano y falible del personaje y dejan la ficción, la impostura y la puesta en escena a un
lado. Es cierto que la operación Dynamo fue un éxito. Pero su ejecución fue toda una
apuesta al vacío y una incertidumbre. Ayudado también por el valor y el coraje de los
franceses que protegieron la retaguardia y permitieron el rescate de 300.000 soldados de
las playas de Dunkerque, antes de que cayeran muertos o fuesen hechos prisioneros.
Olvido pornográfico de Nolan en su película. Y es cierto que la guerra no era una opción
sino una necesidad. Mas de seis millones de judíos exterminados lo atestiguan. “Preferiría
la paz más injusta a la más justa de las guerras”. Todos Cicerones -autor de la frase
célebre- se queja Churchill ante sus pares. También es probable que lo de Churchill haya
sido el mas puro instinto de conservación y la exaltación de los ideales patrióticos
(nacionalistas, imperialistas), antes que la voluntad de socorro a la Europa continental.
Pero también son ciertas dos cosas: una como dijimos más arriba que sin el tesón de
Churchill la humanidad se hubiese expuesto a su propia debacle. De ahí la importancia y
trascendencia de lo que la película está relatando. Por más aristócrata, conservador o
liberal (según la conveniencia) que haya sido Churchill en vida. Negar la grandeza e
importancia del personaje es poco menos que estúpido. Dos: Que los que más sufrieron
aquella necesaria decisión fueron los civiles ingleses que tuvieron que soportar los
cruentos bombardeos de Hitler sobre Londres y otras ciudades. Se podría pensar aquella
escena infortunada del subte como la propia expiación de Churchill. Y sí, aquí la expiación
también aparece. Una escena que hasta podría salir de la imaginación del propio Churchill
ante su decisión crucial. Escena en la que a esos civiles (de las clases populares) intenta
Joe Wright rendirles tributo (Wright ya lo había hecho en Expiación con los soldados que
partían a la batalla y aquellas imágenes de archivo musicalizadas con el Claro de Luna de
Debussy). No por nada el personaje de Cecilia Tallis (Keira Knightley) en Expiación, que
no era de ninguna clase popular pero se había marchado a Londres a colaborar con la
causa, muere ahogada en la boca del subte ante el bombardeo nazi. Pero como las
limitaciones del personaje de Churchill así lo impedían, tenemos esta escena inventada y
particular, necesaria desde lo dramático pero imposible desde el plano histórico, que será
objeto de debate por muchísimo tiempo. Creo más justo celebrar en cambio que existan
directores jóvenes como Joe Wright, que honran una tradición de cine cada vez más
olvidada y perimida. Nunca perdemos de vista que quedan muy pocos.
PD: Qué paradoja sería que en pleno apogeo del MeToo y Time´s up le dieran el Oscar a
alguien por interpretar a Winston Churchill. No me quiero imaginar los insultos proferidos
por Lady Astor donde quiera que esté.

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