Agresividad en Niños: Causas y Tratamientos
Agresividad en Niños: Causas y Tratamientos
INTRODUCCIÓN
El problema de la agresividad es uno de los trastornos que más invalidan a padres y maestros junto con la
desobediencia. A menudo se enfrentan a niños agresivos, manipuladores o rebeldes pero también se
enfrentan a no saber muy bien como deben de actuar con ellos o cómo incidir en su conducta para llegar a
cambiarla.
Los teóricos describen que la agresión es normal y necesaria para la adaptación del niño a su entorno. Las
reacciones agresivas son esperables, pero cuando se repiten con frecuencia y se convierten en un estilo,
entonces se puede decir que se esta frente a un problema.
La agresión es una dimensión de una conducta dirigida a procurar dolor o dañar de algún modo a otra
persona u objeto, así como también se presenta como rasgo y está relacionada con la incapacidad de las
personas para manejar sus emociones, específicamente con una baja tolerancia a la frustración y poco
autocontrol. El sentimiento que está en la base de las conductas agresivas es la cólera y la ira pobremente
canalizadas. Un problema central es que estos niños no se ponen en contacto con sus sentimientos ni los
de los demás, así como en un pobre juicio acerca del impacto de sus acciones en terceros.
Además de ello, el comportamiento agresivo complica las relaciones sociales que van estableciendo los
niños a lo largo de su desarrollo y dificulta por tanto su correcta integración en cualquier ambiente. El trabajo
por tanto a seguir es la socialización de la conducta agresiva, es decir, corregir el comportamiento agresivo
para que derive hacia un estilo de comportamiento asertivo.
Es por ello, que el siguiente trabajo aborda desde el punto de vista de la psicología y detalla la agresividad
en los niños, las causas y factores que influyen para que esta se desarrolle, así como también como
diagnosticarla y posibles tratamientos para abordarla.
OBJETIVOS
General:
Investigar acerca de la agresividad en los niños, sus causas y factores influyentes, y sus posibles
diagnostico y tratamiento.
Específicos:
1. Conocer conceptualmente de la agresividad en los niños y sus manifestaciones.
2. Identificar las causas y factores influyentes de la agresividad que presentan los niños
agresivos.
3. Indagar acerca de cómo diagnosticar y tratar psicoterapeuticamente a un niño agresivo.
LA AGRESIVIDAD
Una de las grandes dificultades de los padres es saber cómo tratar la conducta agresiva de sus hijos ya
que, a menudo, se enfrentan a la desobediencia y a la rebeldía de ellos.
Este comportamiento es relativamente común y a menudo aparece cuando el niño cumple un año. Cuando
el bebé nace, trae impulsos amorosos y agresivos que, con el tiempo y con el cuidado de los padres,
empezará a construir vínculos afectivos y a desarrollar sus relaciones personales. Esta es una fase muy
importante. Su personalidad será construida a partir de su conocimiento del mundo a su alrededor. Para
eso, es necesario que el bebé se sienta protegido y cuidado en su entorno familiar.
“La agresividad es un trastorno que, en exceso, y si no se trata en la infancia, probablemente originará
problemas en el futuro, cómo el fracaso escolar, la falta de socialización, dificultad de adaptación, etc.
Cuando se habla de agresividad, se está hablando de hacer daño, físico o psíquico, a una otra persona. Y
en los niños se puede presentar de dos maneras: directa e indirecta
Directa: ya sea en forma de acto violento físico (patadas, empujones,...) como verbal (insultos,
palabrotas,...).
Indirecta: o desplazada, según la cual el niño agrede contra los objetos de la persona que ha sido el origen
del conflicto, o agresividad contenida según la cual el niño gesticula, grita o produce expresiones faciales de
frustración.”
Definición de agresividad:
Algunos autores definen la agresividad como:
“Una conducta perjudicial y destructiva que socialmente es definida como agresiva”
"Un evento aversivo dispensando a las conductas de otra persona"
“Es una conducta cuyo objetivo es dañar a una persona o aun objeto”
TEORÍAS EXPLICATIVAS DEL COMPORTAMIENTO AGRESIVO
“De acuerdo a Ballesteros (1983), las teorías que se han formulado para explicar la agresión, pueden
dividirse en:
Teorías Activas:
Son aquellas que ponen el origen de la agresión en los impulsos internos, lo cual vendría a significar que la
agresividad es innata, por cuanto viene con el individuo en el momento del nacimiento y es consustancial
con la especie humana.
Estas teorías son las llamadas teorías biológicas. Pertenecen a este grupo las Psicoanalíticas (Freud) y las
Etológicas (Lorenz, store, Tinbergen, Hinde) principalmente.
La teoría Psicoanalítica: postula que la agresión se produce como un resultado del "instinto de muerte", y
en ese sentido la agresividad es una manera de dirigir el instinto hacia afuera, hacia los demás, en lugar de
dirigirlo hacia uno mismo. La expresión de la agresión se llama catarsis, y la disminución a la tendencia a
agredir, como consecuencia de la expresión de la agresión, efecto catártico.
Los Etólogos: por su parte han utilizado sus observaciones y conocimientos sobre la conducta animal y
han intentado generalizar sus conclusiones al hombre. Con el conocimiento de que, en los animales, la
agresividad es un instinto indispensable para la supervivencia, apoyan la idea de que la agresividad en el
hombre es innata y pude darse sin que exista provocación previa, ya que la energía se acumula y suele
descargarse de forma regular.
Teorías Reactivas:
Son teorías que ponen el origen de la agresión en el medio ambiente que rodea al individuo, y percibe dicha
agresión como una reacción de emergencia frente a los sucesos ambientales. A su vez las teorías reactivas
podemos clasificarlas en teorías del Impulso y teoría del Aprendizaje Social.
Las teorías del Impulso comenzaron con la hipótesis de la frustración-agresión de Dollar y Millar (1939) y
posteriormente han sido desarrolladas por Berkoviitz (1962) y Feshbach (1970) entre otros.
Según esta hipótesis, la agresión es una respuesta muy probable a una situación frustrante, es la respuesta
natural predominante a la frustración.
La hipótesis afirma que la frustración activa un impulso agresivo que solo se reduce mediante alguna forma
de respuesta agresiva. Sin embargo, cada vez se ha hecho más evidente que la hipótesis de la frustración-
agresión no puede explicar todas las conductas agresivas. De modo que parece ser que la que la frustración
facilita la agresión, pero no es una condición necesaria para ella. La frustración es solo un factor; y no
necesariamente el mas importante que afecta la a la expresión de la agresión (Bandura, 1973)”
“La teoría del aprendizaje social: afirma que las conductas agresivas pueden aprenderse por imitación u
observación de la conducta de modelos agresivos. Enfatiza aspectos tales como aprendizaje observacional,
reforzamiento de la agresión y generalización de la agresión.
El Aprendizaje Social considera la frustración como una condición facilitadota, no necesaria, de la agresión.
Es decir la frustración produce un estado general de de activación emocional que puede conducir a una
variedad de respuestas, según los tipos de reacciones ante la frustración que se hayan aprendido
previamente, y según las consecuencias reforzantes típicamente asociadas a diferentes tipos de acción.
Para explicar el proceso de aprendizaje del comportamiento agresivo se recurre a las siguientes variables:
Modelado: La imitación tiene un papel fundamental en la adquisición y el mantenimiento de las conductas
agresivas en los niños. Según la teoría del Aprendizaje social, la exposición a modelos agresivos debe
conducir a comportamientos agresivos por parte de los niños. Esta opinión esta respaldada por diversos
estudios que muestran que se producen aumentos de la agresión después de la exposición a modelos
agresivos, aun cuando el individuo puede o no sufrir frustraciones. Congruentemente con esta teoría, los
niño de clases inferiores manifiestan mas agresiones físicas manifiestas que los niños de clase media,
debido probablemente, a que el modelo de las clases inferiores típicamente mas agresivo directa y
manifiestamente.
Reforzamiento: El reforzamiento desempeña también un papel muy importante en la expresión de la
agresión. SI u niño descubre que puede ponerse en primer lugar de la fila, mediante su comportamiento
agresivo, o que l e agrada herir los sentimientos de los demás, es muy probable que siga utilizando los
métodos agresivos, si no lo controlan otras personas.
Los Factores situacionales: También pueden controlar la expresión de los actos agresivos. La conducta
agresiva varía con el ambiente social, los objetivos y el papel desempeñado por el agresor en potencia.
Los factores cognoscitivos: Desempeñan también un papel importante en la adquisición y mantenimiento
de al conducta agresiva. Estos factores cognoscitivos pueden ayudar al niño a autorregularse. Por ejemplo,
puede anticipar las consecuencias de alternativas a la agresión ante la situación problemática, o puede
reinterpretar la conducta o las intenciones de los demás, o puede estar conciente de lo que se refuerza en
otros ambientes o puede aprender a observar, recordar o ensayar mentalmente el modo en que otras
personas se enfrentan a las situaciones difíciles”
CARACTERÍSTICAS DE UN NIÑO AGRESIVO:
“A menudo se encoleriza e incurre en pataletas (en niños pequeños)
A menudo discute o pelea con sus compañeros
A menudo desafía activamente o rehúsa cumplir demandas
A menudo molesta deliberadamente a otras personas
A menudo es susceptible o fácilmente molestado por otros” 1
DIAGNÓSTICO
“Ante una conducta agresiva emitida por un niño lo primero que se hará será identificar los antecedentes y
los consecuentes de dicho comportamiento. Los antecedentes nos dirán cómo el niño tolera la frustración,
qué situaciones frustrantes soporta menos. Las consecuencias nos dirán qué gana el niño con la conducta
agresiva.
Pero sólo evaluando antecedentes y consecuentes no es suficiente para lograr una evaluación completa de
la conducta agresiva que emite un niño, se debe también evaluar si el niño posee las habilidades cognitivas
y conductuales necesarias para responder a las situaciones conflictivas que puedan presentársele. También
es importante saber cómo interpreta el niño una situación, ya que un mismo tipo de situación puede
provocar un comportamiento u otro en función de la intención que el niño le adjudique.
Evaluar así si el niño presenta deficiencias en el procesamiento de la información.
Para evaluar el comportamiento agresivo se puden utilizar técnicas directas como la observación natural o el
autorregistro y técnicas indirectas como entrevistas, cuestionarios o autoinformes. Una vez determinado que
el niño se comporta agresivamente es importante identificar las situaciones en las que el comportamiento
del niño es agresivo. Para todos los pasos que comporta una correcta evaluación se pude disponer de
múltiples instrumentos clínicos que deberán utilizarse correctamente por el experto para determinar la
posterior terapéutica a seguir”
“Algunas pautas para identificar un comportamiento agresivo son:
1 - Identificar el tipo de conducta, es decir, qué es lo que el niño está haciendo exactamente. Hay que ser
objetivos y específicos en la respuesta. Si el niño patalea, grita, o de que forma expresa su agresividad.
2- Apuntar diariamente en una tabla, y durante una semana, cuantas veces el niño aplica la conducta de
agresividad. Anotar qué es lo que provocó el comportamiento. Con lo cuál será necesario registrar los
porques y las respuestas. Apuntar también en qué momentos los ataques agresivos es mas frecuentes.
3- Cuando esté determinado el procedimiento que utilizará, poner en práctica el plan. Debe continuar
registrando la frecuencia con que su hijo emite la conducta agresiva para así comprobar si el procedimiento
utilizado está sendo o no efectivo. Informar del plan elegido a todos los adultos que formen parte del entorno
social del niño. Mantenga una actitud relajada y positiva y notarás los progresos. Al final, todos se sentirán
mejor”2.
TRATAMIENTO
no estimular la agresividad
“No agredir a los niños ni física, ni verbalmente.
La agresividad de los niños no es ni no un reflejo de la que reciben o de la que visualizan. Se debe evitar
los castigos físicos y las actitudes agresivas y culpantes a la hora de reconvenirles por sus actuaciones.
Tener en cuenta que al hablar de "no agredirles" se hace referencia gran cantidad de comportamientos, no
solamente agresiones físicas.
Si muchos nos apuran, las agresiones de tipo físico serían un mínimo porcentaje de las que reciben los
niños.
El castigo físico debe quedar totalmente proscrito
Si se castiga físicamente a un niño se le esta enseñando que es lícito pegar cuando estamos enfadados
con alguien al menos, se corre el riesgo de que ellos lo interpreten así, con lo que no deberá extrañar sus
respuestas de agresividad.
Los padres que pegan a sus hijos pequeños, muchas veces lo hacen para descargar su propia agresividad
y/o para afirmar su poder que no saben como demostrar, imponer).
Impedirle la visualización de escenas de agresividad.
Debe "censurar" la TV, el cine, etc. La visualización de escenas de agresividad aumenta, al menos
temporalmente, la agresividad de quienes las contemplan.
Tratar la conducta agresiva no implica simplemente su reducción o eliminación, sino que también es
necesario fortalecer comportamientos alternativos a la agresión. Por lo tanto hablar de cómo tratar la
agresión, resulta imprescindible hablar también de cómo incrementar comportamientos alternativos. Son
varios los procedimientos con que se cuenta para ambos objetivos, entre ellos tenemos a:
Procedimientos para controlar antecedentes
Los antecedentes se refieren a factores de la situación inmediata que se produce antes de que el niño emita
la conducta agresiva. Controlamos los antecedentes manipulando los estímulos ambientales que elicitan la
conducta agresiva, así como aquellos que elicitan conductas alternativas. Algunas formas de manipulación
de antecedentes son las siguientes:
Reducción de estímulos discriminativos
Se puede controlar los antecedentes eliminando la presencia de estímulos discriminativos. Por ejemplo en
casa, no dejando por mucho tiempo solos a dos hermanos cuando suele ocurrir que uno de ellos suele
agredir al otro.
Modelamiento de comportamiento no agresivo
Se puede facilitar la emisión de comportamientos alternativos a la agresión exponiendo al niño a modelos
que tengan prestigio para el, manifestando conductas alternativas a la agresión. Y no solo mostrando esas
conductas alternativas sino mostrando también como dicho comportamiento es recompensado.
Reducir la exposición a modelos agresivos
Un procedimiento útil para reducir la frecuencia de emisiones agresivas consiste en que, especialmente, los
padres y maestros no modelen este tipo de comportamiento. Así pues cunado intentamos regañar al niño
por algo que ha hecho, intentaremos no modelar conductas agresivas.
Reducción se estimulación aversiva
Puesto que el comportamiento agresivo puede ser instigado por la presencia de diversos estímulos
aversivos como conflictos, expresiones humillantes o carencia de cuidados necesarios durante la infancia,
un modo de reducir el comportamiento agresivo consiste en reducir la presencia de este tipo de
estimulación.
Procedimientos para controlar las consecuencias
2
“Recetas del psicólogo” Gloria Marsellach Umbert, (Psicóloga)
Las consecuencias se refieren a lo que ocurre inmediatamente después de que el niño emita la conducta
agresiva.
Para eliminar el comportamiento agresivo controlando las consecuencias que le siguen contamos con una
serie de procedimientos que podríamos agrupar en: a) procedimientos de extinción; b) procedimiento de
castigo, y c) procedimiento de conductas alternativas.
Los dos primeros tienen como objetivo reducir el comportamiento agresivo. El último tiene como objetivo
incrementar comportamientos alternativos a la agresión. Los procedimientos de castigo pueden ser positivos
o negativos.
Hablamos de castigo negativo cuando el individuo deja de estar en contacto con un evento positivo, tras
haber emitido la conducta inadaptada. Puede tratarse del procedimiento de "Costo de respuesta" o del
procedimiento de "Tiempo Fuera".
Hablamos de castigo positivo cuando aplicamos una consecuencia aversiva tras emitir la conducta agresiva.
Son muchas las formas que puede tomar dicha consecuencia. Por ejemplo, puede tratarse de un azote o
cualquier otro estimulo físico, o de una reprimenda o un grito, o de un gesto de desaprobación, etc.
Para eliminar el comportamiento agresivo controlando las consecuencias que le siguen se cuenta con los
siguientes procedimientos:
Extinción
Se basa en la idea de que una conducta que se mantiene gracias a las recompensas que recibe, puede
desaprenderse si deja de ser recompensada. Es decir, si una conducta dada ya no produce los efectos
esperados, su influencia tiende a disminuir. Si el niño emite una conducta agresiva y no sucede nada, se
dará cuenta de ello y abandonara ese modo de comportarse. Por tanto el procedimiento de extinción
consiste simplemente en suprimir los reforzadores que mantienen la conducta agresiva.
Procedimientos de castigo
Castigamos una conducta aplicando consecuencias aversivas o eliminando eventos positivos una vez que el
niño ha agredido. En el primer caso se trata de castigo positivo. En el segundo de castigo negativo. Son
procedimiento de castigo negativo el procedimiento de Tiempo Fuera y el procedimiento de Costo de
Respuesta.
Tiempo Fuera
Es un procedimiento mediante el cual el niño que se comporta de modo agresivo es apartado físicamente de
todas o muchas de las fuentes de reforzamiento durante un periodo de tiempo. Igual que con la extinción, el
propósito es reducir la conducta agresiva. Pero se diferencia en que la extinción supone la supresión del
refuerzo, mientras que en el tiempo Fuera el niño es apartado de la situación reforzante.
Costo de respuesta
Consiste en retirar algún reforzador positivo contingentemente a la emisión de la conducta agresiva. Es
especialmente eficaz cuando se combina con reforzamiento de conducta apropiada. De tal modo que lo que
el niño pierde por omitir la conducta inapropiada es parte de lo conseguido por emitir la conducta apropiada.
Por lo general se utiliza dentro de un contexto de economía de fichas, en el que se ganan puntos por emitir
la conducta adecuada. También puede consistir el Coste de respuesta en perdida de privilegios como no ver
televisión o no salir a recreo.
Castigo físico
Al aplicar el castigo físico tendríamos que dar, por ejemplo, un azote una vez que el niño se ha comportado
agresivamente. Concretamente en el caso del comportamiento agresivo, es al técnica menos indicada por lo
contraproducente que puede llegar a ser. Y es que ocurre que el castigo físico puede tener una serie de
efectos colaterales que lo contraindican. De hecho, es el método menos afectivo para cambiar la conducta
del niño.
Presentamos algunas de las razones por la no se aconseja el castigo físico para este trastorno:
Los métodos físicos de castigo suelen conducir a la hostilidad a muchos de los niños a quienes se les
aplica.
Si son los padres quienes aplican castigo físico constantemente puede ocurrir que estén enseñando al niño
a que les tema y le desagraden, ya que cualquier estimulo asociado con el castigo tiende a convertirse en
algo desagradable.
El castigo puede suprimir momentáneamente la conducta agresiva, pero los efectos a largo plazo son
menos atractivos. Se ha demostrado que los delincuentes han sido normalmente victimas de más ataques
de adultos que los no delincuentes.
En definitiva, no es aconsejable la aplicación sistemática de castigo porque sus efectos son generalmente
negativos; se imita la agresividad, aumenta la ansiedad del niño, y se incrementan las conductas de
evitación, como minino.
Reprimendas
Otra forma menos contraproducente de aplicar castigo positivo es mediante estímulos verbales como
reprimendas o gritos. Puesto que las reprimendas no causan daños físicos es un tipo castigo menos
censurable que el castigo físico. Si se utiliza sistemáticamente puede resultar una técnica eficaz para reducir
la conducta agresiva. Las reprimendas pueden consistir en un simple ¡No!. Para que resulte eficaz:
Debe darse cada vez que se emita la conducta agresiva.
La persona que suministra la reprimenda debe estar cerca físicamente del niño, y especificarle claramente
cual es la conducta por la que se le reprende.
Debe mirar al niño a los ojos, emplear una voz firme y sujetarle firmemente mientras le reprende.
Debe ser seguida de elogios por comportarse adecuadamente después de la reprimenda.
Sobrecorrección
Esta técnica tiene como fin corregir las consecuencias de la conducta agresiva y facilitar que el agresor
asuma al responsabilidad de tal conducta, Resulta útil en los casos en que ni la extinción, ni el costo de
respuestas, ni el tiempo fuera, ni el reforzamiento de conductas incompatibles ha tenido afecto, La sobre
corrección puede aplicarse en forma de sobre corrección restitutiva o en forma de practica positiva o en
ambas juntas. Normalmente antes de aplicar la sobre corrección se da una reprimenda ("No pegues"), una
descripción de la conducta inadaptada ("Estas insultando a tu hermana") o la manifestación de una regla
("No insultes a la gente").
Sobrecorrección restitutiva: Aquí se requiere que el niño restituya el daño que ha originado y sobrecorrija
o mejore el estado original de las cosas. Por ejemplo, por pegar a alguien, se le puede exigir al niño que
acaricie el área lastimada durante treinta segundos y que después pida disculpas diez veces después de
cada incidente. Este modo de actuar ante la conducta agresiva se conoce también como entrenamiento en
el respeto a otros.
Práctica positiva: Consiste en la repetición de una conducta deseable. Por ejemplo, si el niño ha dado
patadas a los juguetes tendrá que colocar al juguete tirado en su lugar y, además, ordenar todos los
juguetes presentes aunque no los haya tirado.
Reforzamiento diferencial
Consiste en reforzar otras conductas emitidas por el niño excepto la que deseamos eliminar, en este caso la
conducta agresiva.
Son dos las modalidades de reforzamiento diferencial que resultan útiles para el tratamiento de la conducta
agresiva:
Reforzamiento de omisión: Se refuerza al niño cuando lleva un tiempo sin emitir la conducta agresiva.
Reforzamiento de conductas alternativas o incompatibles: Se refuerza al niño por emitir precisamente
una conducta incompatible con la agresión. Incompatible quiere decir que no puede darse al mismo tiempo
que la conducta agresiva.
Una conducta incompatible a la agresión ante una situación conflictiva seria una conducta de cooperación, o
asertiva, o cualquier otro tipo de interacción no agresiva.
Ambos procedimientos permiten superar algunas de las consecuencias negativas que podría tener el uso de
la extinción. Puesto que con la extinción el niño deja de recibir la atención que hasta entonces recibía por la
conducta agresiva, al aplicar el reforzamiento diferencial continuamos atendiendo al niño, solo que ahora lo
hacemos por comportarse adecuadamente.
Además si combatimos el reforzamiento de conductas incompatibles con algunas de las técnicas
anteriormente vistas, no solo el indicamos al niño lo que esta mal, sino que también el decimos que es lo
que debe hacer, al tiempo que nos encargamos de incrementar la probabilidad de ocurrencia de la conducta
adecuada”
CONCLUSIONES
La agresividad es cualquier forma de conducta que pretende causar daño físico o psicológico a
alguien u objeto, ya sea este animado o inanimado.
Las conductas agresivas son conductas intencionadas, que pueden causar daño ya sea físico o
psíquico. Conductas como pegar a otros, burlarse de ellos, ofenderlos tener rabietas o utilizar
palabras inadecuadas para llamar a los demás.
La conducta agresiva es un comportamiento dependiente de factores situacionales y a nivel de
organismo. Se acepta factores hereditarios, pero se da primordial importancia a factores
ambientales.
Tratar la conducta agresiva no implica simplemente su reducción o eliminación, sino que también
es necesario fortalecer comportamientos alternativos a la agresión. Por lo tanto hablar de cómo
tratar la agresión, resulta imprescindible hablar también de cómo incrementar comportamientos
alternativos.
Para prevenir el comportamiento agresivo la mejor estrategia consiste en disponer el ambiente de
modo que el niño no aprenda a comportarse agresivamente, y por el contrario, si lo dispongamos
de modo que le resulte asequible el aprendizaje de conductas alternativas a la agresión.
RECOMENDACIONES
¿QUÉ PUEDEN HACER LOS PADRES Y LOS PROFESORES?
1. Definición de la conducta: Hay que preguntarse en primer lugar qué es lo que el niño está haciendo
exactamente. Si la respuesta es confusa y vaga, será imposible lograr un cambio. Con ello se quiere decir
que para que esta fase se resuelva correctamente es necesario que la respuesta sea específica. Esas serán
entonces las conductas objetivo.
2. Frecuencia de la conducta: Confeccionar una tabla en la que anotar a diario cuantas veces el niño emite
la conducta que hemos denominado globalmente agresiva. Hácerlo durante una semana.
3. Definición funcional de la conducta: Aquí se trata de anotar qué provocó la conducta para lo cual será
necesario registrar los antecedentes y los consecuentes. Examinar también los datos específicos de los
ataques. Por ejemplo, ¿en qué momentos son más frecuentes?
4. Procedimientos a utilizar para la modificación de la conducta: Plantearse en la elección dos objetivos:
debilitar la conducta agresiva y reforzar respuestas alternativas deseables (si esta última no existe en el
repertorio de conductas del
niño, deberemos asimismo aplicar la enseñanza de habilidades sociales).
• Ciertas condiciones proporcionan al niño señales de que su conducta agresiva puede tener consecuencias
gratificantes. Por ejemplo, si en el colegio a la hora del patio y no estando presente el profesor, el niño sabe
que pegando a sus compañeros, éstos le cederán el balón, habrá que poner a alguien que controle el
juego hasta que ya no sea preciso.
• Debemos reducir el contacto del niño con los modelos agresivos. Por el contrario,
conviene suministrar al niño modelos de conducta no agresiva. Muéstrele al niño otras vías para solucionar
los conflictos: el razonamiento, el diálogo, el establecimiento de unas normas. Si los niños ven que los
adultos tratan de resolver los problemas de modo no agresivo, y con ello se obtienen unas consecuencias
agradables, podrán imitar esta forma de actuar.
• Reducir los estímulos que provocan la conducta. Enseñe al niño a permanecer en calma ante una
provocación.
• Recompensar al niño cuando éste lleve a cabo un juego cooperativo y asertivo.
• Existe una cosa denominada "Contrato de contingencias" que tiene como finalidad comprometer al niño en
el proyecto de modificación de conducta. Es un escrito en el que se indica qué conductas el niño deberá
emitir ante las próximas situaciones conflictivas y que percibirá por el adulto a cambio.
Asimismo se indica qué coste tendrá la emisión de la conducta agresiva. El contrato deberá negociarse con
el niño y revisarlo cada X tiempo y debe estar bien a la vista del niño. Se tiene que registrar a diario el nivel
de comportamiento del niño porque la mera señal del registro ya actúa como reforzador.
5. Poner en práctica el plan: cuando ya se ha determinado qué procedimiento se utilizará, puede comenzar
a ponerlo en funcionamiento. Debe continuar registrando la frecuencia con que el niño emite la conducta
agresiva para así comprobar si el procedimiento utilizado está o no resultando efectivo. No olvide informar
de la estrategia escogida a todos aquellos adultos que formen parte del entorno del niño. Mantenga una
actitud positiva. Luche por lo que quiere conseguir, no se desmorone con facilidad. Por último, fíjese en los
progresos que va haciendo el niño más que en los fallos que pueda tener.
6. Evaluar los resultados del programa: Junto con el tratamiento que se ha decidido para eliminar la
conducta agresiva del niño, si ha planificado también reforzar las conductas alternativas de cooperación que
simbolizan una adaptación al ambiente. Una vez transcurridas unas tres semanas siguiendo el
procedimiento, deberá proceder a su evaluación. Si no ha obtenido ninguna mejora, por pequeña que sea,
algo está fallando, así es que se deberá volver a analizar todos los pasos previos. La hoja de registro nos
ayudará para la evaluación de resultados. Si ha llegado al objetivo previsto, es decir, reducción de la
conducta agresiva, no se debe dejar drásticamente el programa que se efectúa, porque se debe preparar el
terreno para que los resultados conseguidos se mantengan. Para asegurarse de que el cambio se
mantendrá, elimine progresivamente los reforzadores materiales.
ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL CASTIGO
1. Debe utilizarse de manera racional y sistemática para hacer mejorar la conducta
del niño. No debe depender del estado de ánimo, sino de la conducta emitida.
2. Al aplicar el castigo no hacerlo regañando o gritando, porque esto indica que la actitud es vengativa y con
frecuencia refuerza las conductas inaceptables.
3. No se debe aceptar excusas o promesas por parte del niño.
4. Hay que dar al niño una advertencia o señal antes de que se le aplique el castigo.
5. El tipo de castigo y el modo de presentarlo debe evitar el fomento de respuestas
emocionales fuertes en el niño castigado.
6. Cuando el castigo consista en una negación debe hacerse desde el principio de
forma firme y definitiva.
7. Hay que combinar el castigo con reforzamiento de conductas alternativas que ayudarán al niño a
distinguir las conductas aceptables ante una situación determinada.
8. No hay que esperar a que el niño emita toda la cadena de conductas agresivas
para aplicar el castigo, debe hacerse al principio.
9. Cuando el niño es mayor, conviene utilizar el castigo en el contexto de un contrato conductual, puesto
que ello ayuda a que desarrolle habilidades de autocontrol.
10. Es conveniente que la aplicación del castigo requiera poco tiempo, energía y molestias por parte del
adulto que lo aplique.
BIBLIOGRAFÍA
"AGRESIVIDAD INFANTIL"
Isabel Serrano, Ed. Pirámide.
"INTRODUCCIÓN A LA PSICOPATOLOGÍA Y PSIQUIATRÍA",
J. Vallejo y otros, Ed. Salvat.
"PREVENCIÓN PEDAGÓGICO SOCIAL DE LA AGRESIVIDAD"
Arroyo M., Ed. Educadores.
"AGGRESSION: A SOCIAL LEARNING ANALYSIS"
Bandura A., Ronald Press N.Y.
"PSICOLOGÍAS SOCIALES"
J.Mª Blanch, Ed. Hora.
La agresividad es una característica natural que ayuda a los seres vivos en su lucha por la
supervivencia y que sirve al hombre para enfrentar situaciones desfavorables; pero, cuando esta
energía "sale de control" puede generar problemas de violencia y convivencia social. Aquí algunos
consejos para detectarla y canalizarla adecuadamente.
Es imposible encontrar un ser humano que no haya manifestado conducta agresiva en al menos una
ocasión y, más aun, es probable que ésta reacción emocional vuelva a presentarse en muchas
ocasiones durante su existencia, casi siempre cuando se repiten condiciones y circunstancias que
generan incomodidad, inseguridad o falta de placer.
Lo cierto es que hablamos de un impulso que busca garantizar la subsistencia de una ser vivo,
incluso de una especie, al momento de enfrentar adversidades o de elegir a los individuos más aptos
para reproducirse y, de hecho, la humanidad tuvo que recurrir a este instinto en sus primeros días
para cazar o luchar con sus predadores, pero el desarrollo de la civilización ha generado condiciones
de convivencia en las que los ciudadanos resuelven diferencias por vías socialmente establecidas,
regidas por leyes, por lo que en este contexto la agresividad es mal vista.
Cabe señalar que tan mala fama se debe a aquellos casos en que la agresividad llega hasta sus
últimas consecuencias, en las que se presentan arranques intempestivos que concluyen en fuertes
discusiones verbales y actos de violencia física, mismos que por desgracia generan dificultad para
socializar, ocasionan lesiones corporales o anímicas e incluso pueden tener desenlaces fatales.
Lo cierto es que el carácter agresivo es un poco difícil de entender, ya que no sólo consiste en
insultar, pegar, matar, robar, estafar o usurpar casas, sino que admite variaciones sutiles como llegar
tarde o faltar a una cita, incurrir en actos de corrupción, crear condiciones adversas en el trabajo o
dejar de realizar algún pago urgente, todo ello sin que el individuo lo note.
En efecto, el psicólogo francés Jacques Lacan (1901-1981) tuvo el acierto de realizar una distinción
entre una agresión, que es consciente y deliberada, y la agresividad, la cual es inconsciente y pasa
inadvertida, por lo que la persona no se da cuenta de cómo se comporta o que altera a terceros, pero
presenta dificultades para convivir.
¿Aprendida o innata?
Aunque se coincide en señalar que la agresividad es un instinto natural, también es posible afirmar
que la manera de manifestarla depende de las experiencias y del aprendizaje recibido en hogar,
escuela, trabajo u otros grupos sociales, es decir, se moldea a través de lo que hemos disfrutado o
sufrido a lo largo de la vida.
De este modo, el manejo de nuestros impulsos depende de la relación que se tenga con la gente y,
sobre todo, con los padres, por lo que, a grandes rasgos, se puede afirmar que un niño que crece en
un hogar donde las dificultades y diferencias se solucionan con gritos y golpes, aprende que es a
través de estas vías como puede manejar su agresividad y hacer frente a toda situación desfavorable;
algo similar ocurre en aquellas familias en donde la violencia se vale de formas más "suaves", como
el chantaje emocional o la amenaza verbal.
Una persona educada en un ambiente adverso suele ser más sensible a los estímulos del exterior que
pudieran representar peligro, de modo que "sale de control" o "estalla" en condiciones que para otra
persona son comunes, por ejemplo:
Así, una persona agresiva actúa como si se encontrara amenazada y amplifica su agitación interna
debido a que en su inconsciente guarda memoria de hechos que lo han marcado y en los que tuvo
que sacrificar sus proyectos, sufrió una gran pérdida, recibió burlas repetidas, fue ignorado o
careció de respeto a su persona y espacio vital.
¿Soluciones efectivas?
A lo largo de la historia de la humanidad se han propuesto distintas soluciones al problema de la
agresividad, siendo algunas de ellas limitadas y otras poco viables. Dentro de estas últimas
encontramos un par de casos extremos: erradicarla por completo o ejercerla libremente.
En primer lugar, es imposible despojar al ser humano de agresividad, no sólo por lo ya explicado,
sino porque en la práctica se ha observado que realizar esto demanda alto costo: la Medicina da fe
de intervenciones quirúrgicas en el cerebro a personas con trastornos mentales y carácter muy
violento, con el fin de eliminar las conexiones nerviosas que comunican a la sección de la masa
encefálica responsable del enojo; el resultado de dicha cirugía, indistintamente, es generar personas
con una vida casi vegetativa. La conclusión al respecto es que no es posible eliminar este impulso
instintivo sin destruir al hombre mismo.
En contraste, ejercer la agresividad con entera libertad implicaría obedecer todo deseo por insultar,
robar, matar u organizar guerras; lo cierto es que el mundo se encontraría sin límites de ninguna
especie, la vida se tornaría insoportable y se lograría el exterminio de la especie humana, algo que,
justamente, es contrario al objetivo de este instinto: luchar por la supervivencia.
A la par de estas dos soluciones nada prácticas para controlar la agresividad, existen otras
alternativas, como neutralizarla o reprimirla, pero ambas han tenido la cualidad de ser limitadas en
sus alcances.
La neutralización busca detener la agitación interna a través del uso de una fuerza opuesta, como el
amor o la solidaridad, de modo que el instinto, aunque no se erradica, puede inhibirse y controlarse.
En principio se trata de una solución útil que une al sujeto a sus semejantes, pero en la práctica se
ha visto que con el paso del tiempo no es lo suficientemente fuerte como para neutralizar impulsos
muy intensos e incluso puede generar frustración en la persona, pues siente que ha perdido el
autocontrol que había conseguido con tanto esfuerzo.
La represión es un sistema parecido al anterior, sólo que en vez de utilizar una fuerza contraria, la
agresividad se opone a ella misma. Este tipo de control es también momentáneo dado que no
siempre se cumple el objetivo de someter un impulso agresivo, pero además ocurre que el sujeto
vuelca su agresividad consigo mismo, de modo que se martiriza y se crea una serie de culpas que
merman su autoestima y autoimagen.
Ante la aparente falta de salidas, la conclusión a la que han llegado diversos especialistas en materia
de salud mental, es que la manera más constructiva de convivir con nuestra propia agresividad
consiste en encauzarla o canalizarla, para lo cual existen diversos recursos probados en la práctica.
En paz con la violencia
En primer lugar hay que señalar que una de las claves para manejar la agitación interna consiste en
volvernos conscientes de nuestros pensamientos; esto se logra al detectar aquellas situaciones que
resulten amenazantes y que conducen a la ira, o bien, si ocurre un estallido, se puede respirar
profundamente y dejar pasar un poco de tiempo para evitar precipitaciones y, ante todo, para no
interpretar ni juzgar las cosas de manera equivocada.
Una introspección seria sobre los móviles que desencadenan el enojo permite conocer los
pensamientos repetitivos y malestares que guían inconscientemente a una persona, además de que
bien puede servir para descubrir que la comunicación que se sostiene con los semejantes no es
siempre la más indicada, e incluso que muchas de las costumbres propias son ofensivas o sólo
sirven para empeorar las cosas, como gestos y movimientos corporales que ofenden.
Cabe mencionar que cualquier persona puede lograr cambios muy positivos a través de esta
práctica, pero también que no siempre cuenta con la claridad de pensamiento ni la certeza de cómo
actuar para cambiar, de modo que en dicha circunstancia no se debe dudar en acudir al psicólogo a
fin de recibir la orientación adecuada para encaminar el trabajo individual.
Asimismo, para evitar frustración y motivos de agitación interna es muy conveniente comenzar a
situarse en el "aquí y ahora", de modo que, por ejemplo, se planeen actividades o tareas que puedan
ser cubiertas a través de las habilidades o capacidades de la persona, debido a que la creación de
metas ilusorias o inalcanzables genera frustración e irritación; si la tarea que se desea alcanzar es
muy compleja, se tratará de segmentar en pequeñas partes más sencillas.
También es muy útil que la persona deje de asumir responsabilidades que no le corresponden, como
cuando conduce su vehículo y se encuentra en el cruce de dos avenidas muy conflictivas; este hecho
suele generar mucha irritación y probables enfrentamientos verbales y físicos, pero una mente
tranquila y serena, ubicada en su realidad, buscará alternativas para cumplir su objetivo en vez de
enfrascarse en discusiones y maniobras que sólo fomentan más violencia.
Asimismo, se tiene bien establecido que la práctica deportiva permite a toda persona distraerse y
liberar tensión, además de que ofrece muchos otros beneficios que son motivo de satisfacción
personal, como mejoría general de la oxigenación del organismo y el fortalecimiento de huesos y
músculos.
Recurrir a prácticas que tranquilizan la actividad mental, como meditar o realizar yoga, puede ser
muy benéfico para encauzar un comportamiento agresivo y centrarse en la introspección para
encontrar las causas primeras de la impulsividad, tal como lo han conseguido muchas personas.
Una persona asertiva es expresiva, espontánea y segura, gracias a que conoce sus emociones y
anhelos, se siente satisfecha de su vida social y tiene confianza en sí misma, de modo que es capaz
de encontrar un punto medio entre lo que quiere comunicar y lo que los demás quieren y esperan.
Lograrlo no siempre es fácil, sobre todo por la falta de costumbre, pero se puede recurrir a la ayuda
de un psicólogo para conseguirlo de la mejor manera.
Pongamos algunos ejemplos para clarificar este aspecto: si se invita a un amigo a cenar y éste llega,
sin avisar, con retraso de una hora, es natural que se experimente irritación. Cuando la reacción del
anfitrión es: "Entra, la cena está en la mesa", su actitud es evidentemente pasiva, y tendrá que
contener su enfado y frustración, que además puede estallar en algún momento de la reunión.
Del lado opuesto se encuentra la conducta agresiva, que se manifiesta con frases como: "Me has
puesto muy nervioso llegando tarde; ¡es la última vez que te invito!". Por su parte, un individuo
asertivo expresa, con tono ecuánime: "He esperado durante una hora; me hubiera gustado que me
avisaras que llegabas tarde".
Otro caso relativamente común es el del compañero de oficina que busca constantemente que otras
personas hagan su trabajo. Cuando se piensa en que esa situación debe terminar y la persona
conflictiva vuelve a pedir "ayuda", se pueden mostrar diferentes reacciones; la pasiva consistiría en
una frase como: "Estoy bastante ocupado, pero si no consigues hacerlo te puedo ayudar", en tanto
que una conducta agresiva sostendría: "Olvídalo, casi no queda tiempo para hacerlo. Me tratas
como a un esclavo. Eres un desconsiderado".
En cambio, la idea se expresa con mayor claridad a través del pensamiento asertivo: "No, no voy a
hacer tu trabajo. Estoy cansado de hacer, además de mi trabajo, el tuyo".
Finalmente, pensemos que la agresividad actúa de manera similar a un río, y aunque podemos
optar por varias soluciones, como erradicarla (secar el río), ejercerla (dejarlo correr libremente),
neutralizarla (oponerle una corriente de agua en sentido puesto), reprimirla (construir un dique
e impedirle el paso), la mejor de las soluciones consiste en encauzarla (abrir canales para enviar
el agua hacia fines productivos como el cultivo) a fin de obtener resultados positivos y una mejor
convivencia, ¿no lo cree?
Este comportamiento es relativamente común y a menudo aparece cuando el niño cumple un año.
Cuando el bebé nace, trae impulsos amorosos y agresivos que, con el tiempo y con el cuidado de los
padres, empezará a construir vínculos afectivos y a desarrollar sus relaciones personales. Esta es
una fase muy importante. Su personalidad será construida a partir de su conocimiento del mundo a
su alrededor. Para eso, es necesario que el bebé se sienta protegido y cuidado en su entorno familiar.
La influencia de la familia
La familia es uno de los elementos más relevantes dentro del factor sociocultural del niño. La
familia lo es todo para él. La familia es su modelo de actitud, de disciplina, de conducta y de
comportamiento. Es uno de los factores que más influyen en la emisión de la conducta agresiva.
Está demostrado que el tipo de disciplina que una familia aplica al niño, será el responsable por su
conducta agresiva o no. Un padre poco exigente, por ejemplo, y que tenga actitudes hostiles, y que
esta siempre desaprobando y castigando con agresión física o amenazante constantemente a su hijo,
estará fomentando la agresividad en el niño. Otro factor que induce al niño a la agresividad es
cuando la relación entre sus padres es tensa y conturbada. Dentro del factor sociocultural influirían
tanto el tipo de barrio donde se viva como expresiones que fomenten la agresividad, como "no seas
un cobarde".
Los factores orgánicos tipo hormonal, mecanismos cerebrales, estados de mala nutrición, problemas
de salud, etc., también influyen en el comportamiento agresivo. Y dentro del factor social, el niño
que no tiene estrategias verbales para afrontar las situaciones difíciles, será fácilmente conducido a
la agresión.
1 - Identificar el tipo de conducta, es decir, qué es lo que nuestro hijo está haciendo exactamente.
Hay que ser objetivos y específicos en la respuesta. Si el niño patalea, grita, o de que forma expresa
su agresividad.
2- Apuntar diariamente en una tabla, y durante una semana, cuantas veces el niño aplica la conducta
de agresividad. Anotar qué es lo que provocó el comportamiento. Con lo cuál será necesario
registrar los porques y las respuestas. Apuntar también en qué momentos los ataques agresivos son
mas frecuentes.
3- Elegir dos objetivos para modificar la conducta: debilitar la conducta agresiva y reforzar
respuestas alternativas deseables existentes en el repertorio de conductas del niño o en la enseñanza
de habilidades sociales. Ejemplos:
- Existen algunas condiciones que proporcionan al niño consecuencias gratificantes para su
conducta agresiva. Por ejemplo, si en el patio del colegio, no estando el cuidador, el niño sabe que
pegando a sus compañeros, éstos le cederán lo que él quiera, habrá que poner a alguien que controle
el juego hasta que ya no sea necesario.
- Reducir el contacto del niño con los modelos agresivos. Muéstrele a su hijo otras vías para
solucionar los conflictos cómo el diálogo, el razonamiento, el establecimiento de normas, etc. Si los
niños ven que los mayores tratan de resolver los problemas con tranquilidad, podrán imitar esta
forma de actuar.
- Los padres deben reducir los estímulos que provocan la conducta. Enseñar al niño a permanecer
en calma ante una provocación.
- Recompense a su hijo cuando éste lleve a cabo un juego cooperativo y asertivo.
4- Cuando esté determinado el procedimiento que utilizará, poner en práctica el plan. Debe
continuar registrando la frecuencia con que su hijo emite la conducta agresiva para así comprobar si
el procedimiento utilizado está sendo o no efectivo. Informar del plan elegido a todos los adultos
que formen parte del entorno social del niño. Mantenga una actitud relajada y positiva y notarás los
progresos. Al final, todos se sentirán mejor.
Es normal que un bebé se comporte llorando o pataleando, pero eso no debe ser considerado
aceptable en las etapas posteriores. Hay que corregirlo. Y lo primero, es encontrar la causa.
Normalmente, cuando un niño sostiene una conducta agresiva es porque reacciona ante un
conflicto. Por ejemplo, problemas de relación social con otros niños o con los mayores por no
conseguir satisfacer sus propios deseos; problemas con los mayores por no querer seguir las órdenes
que éstos le imponen; y problemas con adultos cuándo les castigan por no haberse comportado bien,
o con otro niño cuando éste le ataca. Con estos conflictos, los niños se sienten frustrados y
construyen una emoción negativa a la cual reaccionará de una forma agresiva o no, dependiendo de
sus experiencias y modelos.
El niño puede aprender a comportarse de forma agresiva porque lo imita de los padres, otros adultos
o compañeros.
Muchos padres se quejan contándonos que su hijo, en los primeros años de vida, era tierno y
educado, pero que ahora, hay días en que se expresa de una forma muy �pesada�, incontrolable,
sin paciencia, y con más resistencia. Y ellos se preguntan dónde se equivocaron. Tranquilos, el mal
humor de los niños es parte de su desarrollo. Algunos niños, aunque hayan dormido lo suficiente,
pueden que despierten con malas ganas, y que vuelvan locos a sus padres en su tentativa de
animarles para ir al cole, por ejemplo. Cada niño es un mundo y cada uno tiene un ritmo diferente.
Cuando no presentan dificultades para empezar el día, es casi seguro que lo hará en otros
momentos. Puede que sean más testarudos a la hora de vestirse, o que discutan acerca de la comida,
de cómo habéis guardado sus cosas, etc.
Aproximadamente a los dos años de edad, muchos niños manifiestan rebeldía a través de las
conocidas rabietas. Cualquier NO de sus padres es motivo de frustración para el niño, que se siente
llevado a expresar su no aceptación tirándose al suelo, con gritos, llantos, etc. La etapa de 5 y 7
años de edad, es un periodo caracterizado por una mudanza de comportamiento. Algunos
psicólogos la llaman de �adolescencia de primera infancia�. En esta fase, existen alteraciones
físicas, psíquicas y sociales. El niño experimenta barreras rumbo al mundo adulto, lo que hace con
que su humor sea más inestable.
Hoy en día, a partir de los 7 u 8 años, los niños ya expresan con mucha más claridad lo que quieren
y lo que piensan, y además, lo que sienten. Cuestionarán y repudiarán lo que no les gustan, y los
padres tienen que encontrar fórmulas para controlar la situación. Por ejemplo, si el niño tiene que
levantarse a las 8 de la mañana y resulta que él necesita de más tiempo para ganar ritmo, en lugar de
insistir a que él se levante �de inmediato�, lo mejor es darle más tiempo, despertándole unos 10
minutos antes de las ocho, para que él pueda reaccionar de mejor manera al despertarse. En estos
momentos, estimular al niño con cariñitos y animarle con palabras dulces también resulta aceptable.
Lo importante es no crear un hábito de discusión día tras día, a la primera hora de la mañana. Con el
tiempo, este momento se convertiría en un pozo de estrés.
A partir de los 8 o 9 años de edad, la rebeldía vuelve al día a día de los niños. A esta edad los niños
esperan respuestas, y que todos sus deseos sean atendidos enseguida. Esta postura suele durar hasta
el final de la pubertad.
Sea cual sea la razón, lo ideal es no dejar que el mal humor se extienda. Habla con tu hijo, mímale,
y demuéstrale que tú no tienes la culpa de lo que le está pasando, pero que sí él puede contar
contigo. La palabra llave es paciencia. Calma para educar, argumentar, y comprender lo que está
ocurriendo.
Los padres deben traducir los momentos de mal humor de sus hijos como ocasiones para educar al
hijo a encontrar opciones y superar sus frustraciones. Es desesperante en muchas ocasiones, pero no
se puede ignorar que esos comportamientos son parte de la educación y del crecimiento de los
niños. Los padres pueden ayudar a sus hijos a que aprendan a conocer y a controlar sus emociones,
y demostrarles que los demás también pasan por lo mismo. En el caso de que el esfuerzo de los
padres no funcione, y que el mal humor del niño esté influenciando negativamente en sus estudios y
sus relaciones, la orientación de un profesional especializado puede ser una gran colaboración.
Solamente un experto en el tema podrá evaluar el comportamiento del niño, y descartar algún
trastorno como la hiperactividad o la depresión.
La terquedad es la negativa a todo contacto humano mediante un retraimiento hacia sí mismo. Son,
por ejemplo, los niños que se ponen "de morros" en un rincón porque no quiere recoger los
juguetes, o por qué no quiere comer lo que le ponen a la mesa, o por qué no quiere jugar lo que le
proponen. El paso siguiente es la resistencia, es decir, las famosas rabietas.
¿De qué nos hemos equivocado en la educación para que nuestro hijo se haya convertido en un niño
terco? Es absolutamente normal que en unos periodos determinados, entre los 3 y 4 años de edad, el
niño se muestre terco. A esta edad el niño descubre su "yo" y con él su propia voluntad. El
problema es cuando la terquedad persiste e invade otras etapas del niño.
Todos los niños en algún momento sienten agresividad. La cuestión es cómo canalizan esta
emoción. La agresividad infantil constituye una de las principales quejas tanto por parte de los
padres como de los profesores respecto al comportamiento de los niños por su elevada frecuencia.
El principal problema de la agresividad infantil es la elevada correlación que existe entre niños
agresivos y adultos agresivos. En otras palabras, un comportamiento agresivo no tratado en la
infancia predispone al niño a ser agresivo en la etapa adulta.
¿Qué es la agresividad infantil?
La agresividad infantil es un estado emocional asociado a sentimientos de ira, odio y deseo de hacer
daño (tanto físico como psíquico) a otras personas, animales u objetos.
¿Cualquier tipo de agresividad que muestren los niños es mala? Existen ciertas clases de
agresividad (como por ejemplo las rabietas) que forman parte del normal desarrollo del niño ( y que
son la ocasión perfecta para enseñar al niño a canalizar y comprender la agresividad); el problema
surge cuando la agresividad no desaparece en el momento adecuado o cuando su intensidad está
totalmente fuera de control.
Si bien cada niño muestra su agresividad de distinta manera, existen síntomas bastante comunes en
la forma de expresarla, entre los que se encuentran los siguientes:
Respiración acelerada.
Existen patrones muy comunes en las situaciones que originan la agresividad en los niños. ¿Cuáles
son las situaciones más frecuentes?
Por lo general, el comportamiento agresivo de los niños suele responder a la existencia de carencias
afectivas y/o a una baja autoestima. Por ello, en el tratamiento de la agresividad infantil es
imprescindible determinar su origen, qué carencias presenta el niño, su forma de actuar frente a
familiares, amigos, compañeros, profesores, etcétera.
¿Ya no sabes qué hacer con la agresividad de tu hijo? No te preocupes, nuestro equipo de
psicólogos de Valencia está a tu completa disposición. Envíanos un formulario y… ¡No tardaremos
en contactar contigo!
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