Mayordomía Cristiana: Aprendan de Mí
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Temario:
Aprendan de mí
Autores:
Alejandro Bullón y Roberto Herrera
Edición:
Milagros Padilla de Vizcaíno
Su hermano en Cristo,
Roberto Herrera
Director de Mayordomía
División Interamericana
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Aprendan de mí
Contenido
Tema I
Jesús nuestro modelo de espiritualidad .................................................................. 5
Tema II
Jesús nuestro modelo de obediencia ...................................................................... 13
Tema III
Jesús nuestro modelo de generosidad ..................................................................... 21
Tema IV
Jesús nuestro modelo de servicio ............................................................................ 29
Tema V
Jesús nuestro modelo de fidelidad .......................................................................... 37
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Tema I
UNO DE LOS TEMAS más cruciales para todo cristiano es la lucha entre la carne y el espíritu.
Analizamos un poco ese tema en el capítulo 3. La «carne» representa la naturaleza pecaminosa que
resulta inherente al ser humano mientras que el <<espíritu» representa la nueva naturaleza que ca-
racteriza a los que han nacido en Cristo. El problema de nuestra situación es que la Biblia dice que
ambas naturalezas se oponen entre sí, haciendo que en ocasiones no hagamos el bien que queremos
hacer, sino el mal que detestamos, y dicha situación produce la más acuciante frustración espiritual
(Rom. 7: 15, 24). Como resultado, los cristianos hemos recibido el llamado de andar en el Espíritu
y no satisfacer los deseos de la carne (ver Gál. 5: 16-17). Además, se nos invita a entender que los
verdaderos hijos de Dios son aquellos
que viven bajo el control del Espíritu Santo (Rom. 8: 14). Esto es lo que comúnmente llamamos
«vida espiritual» o simplemente «espiritualidad». Ahora bien, cuando se trata de aprender a vivir «en
el Espíritu», no hay dudas de que el mejor ejemplo o modelo con que podemos contar es la persona
de Jesús. El conjunto de principios y actitudes por los que él rigió su vida mientras estuvo aquí en la
tierra lo convierten en nuestro modelo por excelencia. Nadie ha vivido como él, y por eso nadie ha
hablado como él ni ha alcanzado su estatura espiritual. De hecho, el apóstol Pablo señala que la meta
final de Dios para cada uno de sus hijos es que lleguemos a la estatura de la plenitud de Cristo (Efe.
4: 13). Así las cosas, cabe que nos preguntemos: ¿Por qué alcanzó Cristo semejante nivel espiritual?
¿Qué tipo de visión de este mundo y de la relación con el Padre tuvo el Maestro para que Dios lo
exaltara hasta lo sumo y le diera un nombre superior a todo nombre (Fil. 2: 9)? En los próximos pá-
rrafos te invito a echar una mirada a la cosmovisión y vida espiritual de Jesús para tratar de entender
por qué él es nuestro Modelo. Luego procuraremos aprender de él y mantener nuestra mente co-
nectada con el mundo espiritual, resguardando nuestro caminar de todo aquello que pueda impedir
el necesario progreso <fe la vida cristiana. Tal vez lo primero en lo que debamos fijamos, si vamos a
hablar de la espiritualidad de Jesús, es en el concepto que él tenía de Dios el Padre.
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Aprendan de mí
Además, hemos de considerar también la visión que Cristo tenía del mundo y de todo lo que acon-
tece en él, o «cosmovisión». Estos dos puntos son importantes porque la espiritualidad no ocurre en
el vacío, como a muchos les gustaría creer, sino que es un resultado, en primer lugar, del concepto
que tenemos de Dios y en segundo lugar de cómo vemos la vida, sus propósitos, el éxito, el futuro,
las personas y las cosas, entre otros temas.
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Jesús nuestro modelo de espiritualidad
Para Jesús, buscar de corazón a Dios y practicar la justicia que Dios aprueba, era una tarea que
debía tener prioridad sobre la búsqueda de la satisfacción de nuestras necesidades más básicas (Luc.
12: 29-31).
Para el Maestro, obedecer a Dios era más importante incluso que la vida en este mundo, pues esta
obediencia tenía como recompensa la vida eterna (Juan 12: 25). Es interesante notar que, incluso
cuando Cristo se consideraba Rey, él aclaró que su reino no era de este mundo y que su principal
función mientras se encontrará de paso por este mundo era la de dar testimonio de la verdad y salvar
a todos los que estaban perdidos en el error y el pecado (ver Juan 18: 36-37; Luc. 19: 10). Por eso,
desde muy joven, su mente mostró claridad de propósito cuando le dijo a su madre: «¿Acaso no
sabían que es necesario que me ocupe de los negocios de mi Padre?» (Luc. 2: 49, RVC). Por lo visto,
Jesús veía su vida en este mundo como una asignación, un tiempo de prueba, y por lo tanto era para
él algo transitorio y temporal.
Y si bien es cierto que él reconoció y enseñó que lo que hacemos en este mundo incide directa-
mente en nuestro destino eterno, fue también muy claro al no permitir que los parámetros e intereses
de este mundo determinaran su existencia, sino que vivió el aquí y el ahora aplicando los eternos
principios del reino espiritual. Por eso, aunque Jesús reconoció que tenía familia, su concepto de la
misma no seguía el parámetro terrenal (ver Luc. 8: 21), lo mismo puede decirse de su concepto sobre
los bienes materiales (Luc. 12: 15), de las personas (Luc. 4: 18-19) y de su misión en la vida (Luc.
19: 10).
Para Jesús, el amor, la misericordia, la justicia y la fidelidad a Dios determinaban todo lo que él
hacía, decía o pensaba y por eso fue un hombre profunda y auténticamente espiritual. Lo material era
secundario para él y por eso lo que primero resalta en su ejemplo de vida es su espiritualidad.
LA GRAN LECCIÓN
Lo que aprendemos de Jesús, entonces, es que la verdadera espiritualidad no es lo que ocurre
cuando logramos seguir una lista de requisitos o asistimos a ciertas actividades religiosas, sino que
es un resultado que brota de lo que ocurre en el corazón. La verdadera espiritualidad surge cuando
hemos aceptado el hecho de que Dios debe tener el primer lugar en nuestra vida y que, por lo tanto,
él es primero en todos los demás aspectos. Cuando una decisión como esta se aloja en nuestra mente,
el resultado es que veremos la vida como una serie de acontecimientos que ocurren aquí y ahora pero
que tienen consecuencias más allá de nuestra existencia y por lo tanto hay que aprender a vivir con
responsabilidad espiritual.
La espiritualidad, entonces, es el resultado de entender, a la luz de nuestra relación con Dios, que
lo material es perecedero y por lo tanto temporal e intrascendente; en cambio, las realidades espiri-
tuales son imperecederas y por ello son las más importantes y han de ocupar los primeros lugares en
nuestra lista de prioridades.
Jesús no era un «religioso profesional», él era un ser humano íntegramente espiritual, porque su
relación con Dios no solo era evidente cuando hablaba de las realidades celestiales y de la fe, sino
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Aprendan de mí
también en su trato con los seres humanos, en el uso de su tiempo, de su cuerpo, en el trato que
daba a su familia, en el cumplimiento de todos sus deberes y en la perseverancia y el amor con que
llevó a cabo su ministerio redentor hasta la muerte misma. Su espiritualidad se hacía evidente cuando
hablaba, pero también cuando asistía a alguna fiesta o celebración, como también cuando interactua-
ba con los enfermos, los marginados y los vulnerables. Cuando se relacionaba con extranjeros, con
ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y niños. En todos estos ámbitos él mantuvo una estrecha
y profunda relación con Dios el Padre y al mismo tiempo mostraba una comprensión espiritual de
los acontecimientos, que moldeó su forma de pensar y actuar.
veces por un mismo asunto como vemos en Mateo 26: 41-42, 44 y en ocasiones podía pasar toda la
noche orando (Luc. 6: 12).
Jesús no solo practicó la oración, sino que también enseñó a sus discípulos a orar (Mat. 6: 9-13)
y les recomendó enfáticamente que oraran para que pudieran enfrentar con éxito las tentaciones del
enemigo (Mar. 14: 38), les pidió que oraran por el tiempo de su persecución (Mar. 13: 18, 33), por
los que los calumniaban (Luc. 6: 28), por los que los ultrajaban y perseguían (Mat. 5: 44) y también
les enseñó a orar en forma sencilla, privada y confiando en el amor de Dios (Mat. 6: 5-9). Para Jesús,
el Templo era una casa de oración (Mat. 21: 13) y creía que todo lo que sus discípulos pidieran
en oración, creyendo, lo recibirían (Mat. 21: 22). Entonces, ¿de dónde provenía la espiritualidad
de Jesús? Pues claramente de un corazón que deseaba estar en comunión constante con Dios. Un
corazón que buscaba esa comunión sin importar cuáles fueran las circunstancias. A veces lo hacía
muy temprano; en otras ocasiones, al final de una larga jornada de trabajo, despedía a las personas y
se iba a orar. Jesús es el modelo espiritual por excelencia porque no le puso hora ni días a la oración.
No la convirtió en: un programa, sino en un estilo de vida. No era una actividad que él realizaba
bajo ciertas circunstancias o cuando estaba en algunos lugares. Para Jesús, cualquier día, cualquier
momento, cualquier hora era propicia para la oración.
Nunca complicó la práctica de la oración, sino que la simplificó y demostró que el que quiere orar
simplemente lo hace y punto. Definitivamente la vida espiritual de Jesús no era un aspecto más de
su vida, sino que era su esencia, su forma de ver y vivir, era el resultado de lo que había en su mente
y su corazón. Es por eso que Elena G. de White escribió que «Jesús vivió dependiendo de Dios y de
su comunión con él [...]. La vida de Jesús era una vida de confianza constante, sostenida por una
comunión continua, y su servido para el cielo y la tierra no tuvo fracaso ni vacilación» (La educación,
p. 73).
LA FE DE JESÚS
En este punto resulta apropiado señalar que la espiritualidad de Cristo muestra también que él
manifestó una profunda fe en su Padre celestial. Cristo es nuestro ejemplo en lo que respecta a vivir
por fe. Es posible que al mirar a Cristo pensemos que para él todo resultaba sencillo, que él no tenía la
posibilidad de tomar una decisión contraria al plan de Dios. Pero eso no es lo que nos dice la Biblia.
Él fue tentado en todo, pero sin pecado (ver Heb. 4: 15), y considerando que las tentaciones son
intentos del enemigo de hacemos desviar de la voluntad de Dios, podemos llegar a la conclusión de
que Jesús vivió en este mundo con la posibilidad real de no seguir el plan de Dios al pie de la letra.
De hecho, para él que era Dios, esta era una tentación mucho más grande que para nosotros. Pero
como hombre, él tuvo que aprender la obediencia (Heb. 5: 8) y eso significa que él aprendió a vivir
por fe en Dios. La fe que Cristo manifestó hacia el Padre se hace evidente en las Escrituras.
El lector atento de la Palabra de Dios puede comprobar que Jesús fue también nuestro modelo en
cuanto a vivir por la fe en Dios. Esto lo podemos constatar cuando consideramos lo que Jesús dijo
acerca de la fe (Mat. 9: 29; 17: 20-23), de la importancia que le otorgó a dicha virtud (Mat. 9: 2; 15:
28; Mar. 10: 52; Luc. 17: 6) y de lo mucho que la recomendó a sus discípulos (Mar. 11: 22; Luc. 8:
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Aprendan de mí
25; 18: 8; 22: 32; Mat. 21: 21). De nuevo, Jesús no solo fue un maestro o promotor de la fe, sino
que él mismo la puso en práctica. Por eso Hebreos señala que él es el «autor y consumador de la fe»
(Heb. 12: 2). Jesús estaba convencido de que Dios lo amaba (Juan 15: 9; 10: 17), él tenía absoluta
fe en que había sido enviado por el Padre para cumplir con el plan de Salvación (Juan 3: 17; 20: 21;
5: 37; 6: 38; 7: 16), creía que el Padre estaba siempre con él Juan 5: 19-20; 12: 49; 11: 42; 13: 3;
17: 21), creía que Dios amaba a las personas y procuraba activamente la salvación de todos _(Juan 3:
16-17; 5: 1 7; 16: 2 7) y también creía en el triunfo final del plan de Dios (Mat. 16: 18, 25: 31; 16:
27; Juan 14: 1-3; Luc. 22: 42).
A la luz de toda esta evidencia bíblica puede decirse que la iglesia que tiene la fe de Jesús no es solo
la que cree en él como Señor y Salvador, sino la que también vive de acuerdo con el modelo de fe que
Jesús mostró en su experiencia de vida en esta tierra.
UN DIOS SENSIBLE
Otra vertiente de la espiritualidad de Jesús que no podemos soslayar es la sensibilidad espiritual
de Jesús. No ha existido en este mundo una persona más sensible que Jesús. Es decir, la delicadeza y
ternura de Cristo le daban la incomparable capacidad de reconocer lo hermoso, lo justo, lo bueno y
las demostraciones de amor, compasión y misericordia que presenciaba. Pero a la vez, esa misma sen-
sibilidad lo hacía sentirse indignado ante lo vil, lo inmoral, la hipocresía y la maldad. Jesús aplicaba
los principios del reino de Dios a las circunstancias diarias. Era una persona que creía en el amor de
Dios y llevaba ese amor a todos aquellos que lo necesitaban sin importar si era un niño, un adulto,
un hombre, una mujer, un rico, un pobre, un judío o un extranjero. Él rechazó el mal y el pecado en
todas sus formas. No se calló ante la hipocresía, ante la falsedad religiosa, ni ante el afán de lucro y
la avaricia. No dejó que nadie lo arrastrara lejos de la voluntad de Dios y nunca rechazó a ningún ser
humano, por el contrario, a todos dio esperanza, perdón, oportunidades y sobre todo amor.
Por eso, cuando decimos que Cristo es nuestro modelo de espiritualidad hemos de incluir en esa
definición de espiritualidad la sensibilidad de Cristo que lo llevaba a practicar la piedad con todos y
a buscar siempre que se cumpliera la voluntad de su Padre en este mundo. Jesús no era una persona
sensible en el sentido de que se dejaba dominar por sentimientos sin propósitos. Jesús era sensible al
dolor, a la necesidad, al amor, a la fe y eso lo llevaba a poner a Dios en primer lugar y amar al prójimo
como a sí mismo.
¿Qué podemos aprender del modelo? Después de analizar a Jesús como modelo de espiritualidad
cabe que nos preguntemos: ¿Qué podemos aprender al contemplar a Cristo como nuestro modelo
en la espiritualidad? Tal vez lo primero sea admitir que cuando miramos la espiritualidad tal como se
observa en la vida de Cristo, entenderemos mejor su invitación a aprender de él (ver Mat. 11: 29).
En segundo lugar, aprendemos que una falsa espiritualidad, fundamentada en formas, ritos, pro-
gramas, ceremonias o la simple adhesión a una iglesia no nos llevará muy lejos. Muchos, así como
la mujer samaritana que se encontró con Jesús en el pozo de Jacob, seguimos creyendo que la espi-
ritualidad queda determinada por asuntos tan arbitrarios como la ropa que vestimos, la música que
oímos, la liturgia que rige nuestros servicios o mil cosas más que podemos añadir a la lista. Pero tal
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Jesús nuestro modelo de espiritualidad
vez Jesús nos diría lo mismo que le dijo a ella: «Dios es espíritu, y él quiere y busca ser adorado en
espíritu y verdad» (ver Juan 4: 24).
Esto quiere decir que hay una verdadera espiritualidad y una falsa. No se trata de un asunto for-
tuito. No es posible agradar a Dios de cualquier manera, o llegar al cielo tomando cualquier camino.
En este caso no todos los caminos conducen a Roma. Necesitamos estar seguros de que estamos y
nos mantenemos en una relación correcta y aceptable con nuestro Dios. Si ese es tu deseo entonces
aprende de la espiritualidad de Cristo.
Pregúntate: «¿Qué concepto tengo de Dios? ¿Quién es Dios para mí? ¿Cómo es él, cómo actúa,
qué ha hecho él por mí?». Necesitamos llenar estos espacios, y dar respuesta a estas preguntas si que-
remos alguna vez desarrollar una relación espiritual y no meramente religiosa con Dios. Al aprender
del Modelo llegaremos a la conclusión de que nuestra espiritualidad no será más alta que el concepto
que tengamos de Dios. Por lo tanto, nuestra espiritualidad comienza por conocer a Dios y a partir de
ahí desarrollar una relación de amor con él.
Luego es preciso preguntarnos: «¿Cuál es mi concepto sobre la vida en este mundo? ¿Para qué
existo? ¿Cómo debo usar esa existencia?». Sería virtualmente imposible desarrollar una verdadera
espiritualidad viviendo en este mundo, a menos que entendamos bien la realidad espiritual que se da
dentro de él y cómo encaja la voluntad de Dios en medio de nuestras circunstancias terrenales.
Por no entender bien cómo opera el mundo y el impacto que tienen sus caminos en la experiencia
de una persona que quiere agradar a Dios, más de uno dentro de la iglesia ha terminado dividiendo
su vida en dos: una secular y otra espiritual. Pensamos que la espiritualidad es lo que hacemos cuando
vamos a la iglesia o participamos de sus actividades: la oración, la predicación, la devolución de los
diezmos y las ofrendas generosas. El resto de nuestra vida, pensamos, es otra cosa. «Ahí tengo que ver
cómo me las arreglo, porque ese es otro mundo, y ahí no aplican los principios espirituales», solemos
pensar. Ese tipo de dicotomía nos convierte en cristianos mundanos. Claro está, este concepto es to-
talmente ficticio, pero más de uno ha intentado vivir la vida bajo esa perspectiva, no sin experimentar
las devastadoras consecuencias. Por este motivo Jesús dejó muy en claro que la espiritualidad también
implica saber que este mundo es de Dios, que vivimos en medio de una guerra ocasionada por la
rebelión de los seres humanos hacia Dios, donde el que quiere ser amigo de Dios no puede también
ser amigo del mundo.
Por lo tanto, ser espiritual es no solo saber lidiar con la iglesia, sino también con el mundo, con sus
ideas y con sus deseos. Si no tenemos un concepto espiritual de la vida en este mundo, terminaremos
teniendo un concepto mundano de nuestra espiritualidad.
Dicho lo dicho, si queremos desarrollar un concepto correcto de Dios y de la vida en este mundo,
necesitaremos la Palabra de Dios, que es el alimento espiritual (ver Mat. 4: 4). Debe considerarse
absurda la idea de que alguien puede llegar a ser cristiano sin alimentarse diariamente de la Palabra
de Dios. Tal vez deberíamos poner algún letrero bien grande en las iglesias que les dijera a todos los
que asisten: «AVISO: PARA SER CRISTIANO, HAY QUE ESTUDIAR Y PRACTICAR LAS EN-
SEÑANZAS DE LA BIBLIA».
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Aprendan de mí
Lo mismo podemos decir de la oración. Si queremos ser espirituales necesitamos orar para entrar
en comunión con la fuente de la espiritualidad. No habrá forma de mirar a Cristo, de hablar de
Cristo o pensar en él, y al mismo tiempo ignorar el hecho de que él oraba sin cesar. Aun siendo un
hombre extremadamente ocupado, buscado por multitudes, asechado por enemigos y dedicado a
tiempo completo en la preparación de sus discípulos, apartaba tiempo para orar. La verdad es que
hablar de imitar a Cristo sin desarrollar el hábito de la oración es solo hablar por hablar.
En resumidas cuentas, aprender de Jesús lo que significa la espiritualidad es entender que ella es
un asunto personal, que comienza en el corazón y se desarrolla hasta el punto en que se hace evi-
dente para los que nos rodean (ver Mat. 5: 17). Aprender de Jesús el significado de la espiritualidad
es también aprender a tener una fe como la suya y pedirle que nos ayude a vivir por fe. Sobre todo,
aprender de Jesús es pedirle que nos enseñe a vivir en medio de un mundo en el que muchos que
dicen amar a Dios, al mismo tiempo desprecian e irrespetan a los seres humanos. Que nos enseñe a
ser sensibles como Cristo para amar todo lo amable, todo lo puro, todo lo justo, todo lo bueno, todo
lo virtuoso, y a rechazar con todas nuestras fuerzas, todo lo malo, lo pecaminoso, lo indecente, lo
abusivo, lo opresivo y lo dañino.
En fin, hemos de. pedirle a Dios que nos dé una espiritualidad que nos permita iluminar el mundo
con su luz y a llevar el amor de Dios a dondequiera que vayamos. Una espiritualidad que no nos deje
amar al mundo y a sus caminos pecaminosos. Una espiritualidad que podamos experimentar los siete
días de la semana, dondequiera que vayamos y con todo aquel que nos rodee. De eso se trata la vida
cristiana y ese fue el ejemplo que Cristo nos dejó a su paso: Vivir para Dios y ser una bendición para
los demás.
Para eso te trajo Dios a su iglesia, para eso te ha dado su Palabra para eso tu iglesia trata de animar-
te y ayudarte con el estudio de este material. Porque, o vivimos para la carne y de la carne segaremos
corrupción, o vivimos para el Espíritu y del Espíritu cosecharemos vida eterna (ver Gál. 6: 8).
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Jesús nuestro modelo de espiritualidad
Tema II
MUY A MENUDO, los cristianos corremos el riesgo de, al reflexionar en Jesús y su obra en
‘nuestro favor, concentrarnos solamente en su muerte en la cruz. Esta forma de entender la obra
de Cristo puede hacerlo parecer desconectado de nuestro presente; o sea, alguien que hizo algo por
nosotros en el pasado y por lo cual debemos estar agradecidos, pero que en lo adelante nos toca a
nosotros hacer lo mejor que podamos con nuestras vidas. Nada más alejado de la realidad.
El Nuevo Testamento declara rotundamente
que Cristo no solo murió, sino que también vivió
por nosotros. A Cristo debemos no solo nuestra
redención, sino que él es también el perfecto
ejemplo de cómo hemos de vivir los que desea- Venid a mí todos los que estáis
mos agradar a Dios y cumplir su voluntad. Jesús trabajados y cargados, y yo os
vivió no solo como Adán debió vivir sino como haré descansar (Mateo 11: 28).
cada uno de nosotros debe vivir. Él no solo nos
redimió de la condenación del pecado (Rom. 8:
1), sino que también nos rescató de nuestra vana
manera de vivir (1 Ped. 1: 18).
Por lo tanto, a él no solo debemos agradecerle infinitamente su muerte vicaria, sino que de él
debemos aprender constantemente cómo vivir para Dios.
Cuando Cristo dijo en Mateo 11: 29: «Aprendan de mí», no estaba haciendo una sugerencia, más
bien estaba indicando la forma en que debemos verlo y relacionarnos con él. Estaba mostrando qué
significa seguirlo como Maestro. Resulta interesante que Mateo 11: 29 no es la única cita en la que
Jesús dijo que debíamos aprender de él. En Juan 13: 15 Jesús declaró: «Ejemplo os he dado para que,
como yo os he hecho, vosotros también hagáis». ¿Qué es lo que necesitamos aprender de Jesús? ¿En
qué hemos de verlo como nuestro ejemplo y modelo a seguir?
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Aprendan de mí
Es muy evidente cuando leemos el relato bíblico que muchas de las declaraciones y acciones de
Cristo se encuentran mucho más allá de nuestra realidad, nuestras posibilidades y nuestras circuns-
tancias humanas.
Aun así, hay aspectos de la vida del Maestro que él quiere que aprendamos e imitemos. En este
capítulo prestemos atención a uno de esos aspectos en particular: Jesús como modelo de obediencia.
la parte más alta del Templo y le dijo: «Si de veras eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque la Escritu-
ra dice: “Dios mandará a sus ángeles para que te cuiden. Te levantarán con sus manos, para que no
tropieces con piedra alguna”» (Mat. 4: 6, DHH) y de nuevo Jesús responde de inmediato: «También
dice la Escritura: “No pongas a prueba al Señor tu Dios”» (Mat. 4: 7, DHH).
Entonces vino el tercer ataque de Satanás: «Finalmente el diablo lo llevó a un cerro muy alto, y
mostrándole todos los países del mundo y la grandeza de ellos, le dijo: “Yo te daré todo esto, si te
arrodillas y me adoras”», a lo que Jesús contestó: «Vete, Satanás, porque la Escritura dice: “Adora al
Señor tu Dios, y sírvele solo a él”» (Mat. 4: 8-10, DHH).
Este relato nos presenta una verdadera batalla espiritual entre dos titanes. Los movimientos son
rápidos, los ataques por parte de Satanás vienen en envolturas engañosas, mientras que Jesús se atrin-
chera en la Palabra de Dios para repeler los ataques y triunfar sobre el diablo. ¡Cada palabra cuenta
en esta lucha! Y todo para establecer si los hijos de Dios debemos alinear nuestra vida con la voluntad
revelada de Dios o podemos, en oración, ayuno y meditación, escoger nuestras propias ideas o prefe-
rencias para cumplir con la voluntad divina.
Los que leemos la Biblia no siempre captamos de inmediato todas las implicaciones de esta batalla
entre Jesús y Satanás, pero sin lugar a dudas tenemos aquí el ejemplo más grande e importante que
nos dejó Cristo como nuestro modelo para vivir una vida de obediencia a Dios.
Ese ejemplo no fue un método para ser líderes, o un plan para organizar la iglesia o alcanzar a
las distintas clases sociales, fue un ejemplo para todos los que llevamos el nombre de «cristianos» y
esa misma actitud de dependencia absoluta al Padre que manifestó Cristo al inicio de su ministerio
terrenal la podemos ver en sus milagros, sus sermones y hasta en su muerte en la cruz. Con esto en
mente te invito a analizar de forma más pausada el relato de la tentación, para descubrir en él las
enseñanzas del divino Maestro con respecto a la obediencia. Al hacerlo, entenderemos mucho mejor
la invitación de Cristo cuando nos dijo: «Aprendan de mí» (ver Mat. 11: 29).
LOS PROTAGONISTAS
Para entender mejor el mensaje del relato de la tentación primero hemos de fijarnos en cada uno
de los personajes y tratar de entender qué persiguen y qué hay detrás de sus palabras y acciones.
En primer lugar, está Satanás. Necesitamos fijarnos en cómo ataca, qué palabras usa y qué sig-
nificados esconden. Ya sabemos por sus nombres (Satanás y diablo) que es un engañador, acusador
mentiroso y enemigo de Dios y de su pueblo. En el relato de la tentación resulta claro que el engaño
satánico consistió en querer venderle la idea a nuestro Salvador de que como él había sido enviado
a salvar a la humanidad, él tenía entonces que «ingeniárselas» para llevar a cabo el plan de salvación.
En otras palabras, el enemigo insinuó que se puede ser fiel a Dios siguiendo nuestras propias ideas y
preferencias, especialmente si hemos estado ayunando y orando.
Si prestamos atención a cada una de las palabras de Satanás en el episodio de la tentación notare-
mos que él estaba tratando de convencer a Jesús de que no siempre hay que hacer las cosas exacta-
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Aprendan de mí
mente como Dios dice, o sea, que hay otras formas de cumplir con Dios y que no es necesariamente
desobediencia añadir o cambiar algo del plan que Dios tiene para nosotros. Por supuesto, todas estas
ideas se manifestaron de forma más directa en el último ataque, donde señaló que si el Salvador se
postraba y lo adoraba podría cumplir la misión que Dios le había dado de forma mucho más fácil y
agradable, sin tener que morir en la cruz. En otras palabras, le sugirió que él podía darle lo mismo
que su Padre le ofrecía, pero a un menor precio.
Al analizar la situación desde este punto de vista podemos saber lo que piensa Satanás de la obe-
diencia a Dios. Resulta obvio que Satanás piensa que la obediencia depende de las circunstancias, que
la obediencia a Dios no anula nuestras propias ideas y opiniones y que debemos colocar en primer
lugar nuestra comodidad y seguridad y después, si se puede, hacer lo que Dios pide. Así las cosas, las
tentaciones tenían un propósito mucho mayor que simplemente fabricar panes o realizar un salto
suicida. La verdadera intención del enemigo era erradicar de la mente de Jesús la idea de que hemos
de obedecer a Dios. El enemigo procuró quitar a Dios de su trono universal e instalarse él mismo allí.
El segundo personaje que encontramos en el desierto de la tentación es Jesús, y él también pre-
sentó lo que pensaba en cuanto a la obediencia. Analicemos sus palabras y acciones. En primer lugar
Jesús acudió a la sabiduría divina revelada en la Palabra de Dios. El Maestro contestó los tres ataques
del enemigo con citas textuales del libro de Deuteronomio. Las tres veces que Satanás intentó ven-
derle sus falsas ideas sobre la obediencia a Dios, él las rechazó con palabras que venían del propio
Dios, mostrándonos así que «las armas que usamos no son las del mundo, sino que son poder de
Dios capaz de destruir fortalezas» (2 Cor. 10: 4, DHH); es decir, son armas espirituales con las que
podemos enfrentar y derrotar a «huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Efe. 6: 12).
Otro detalle que no podemos pasar por alto es que, en el desierto, Satanás mostró que para él la
Palabra de Dios no es lo primero a la hora de decidir; pero para Cristo, la Palabra está en primer
lugar. Nota que el Maestro dijo: «No solo de pan». Esta es una declaración muy rica, pues señala
que para Jesús el pan era importante y necesario, pero no lo primero ni lo más importante. Jesús no
ignoraba las realidades ni necesidades materiales, pero siempre las colocó en su debido lugar. Primero
que lo material está lo espiritual, antes que el pan está la voluntad de Dios.
La segunda respuesta del Señor fue: «También dice la Escritura: «No pongas a prueba al Señor tu
Dios”» (Mat. 4: 7, DHH).
Es preciso tener en cuenta que, para la segunda
tentación, Satanás citó el Salmo 91, quizás al darse
cuenta de que Jesús citó la Biblia para contestar
su primera tentación el enemigo pensó que podría
Para Jesús el pan era importante
combatir fuego con fuego y le señaló la oración del y necesario, pero no lo primero
Salmista que dice: «Dios mandará que sus ángeles ni lo más importante.
te cuiden. Te levantarán con sus manos, para que
no tropieces con piedra alguna» (Sal. 91: 11-12,
DHH). Pero por segunda vez el Señor acudió a la
sabiduría divina y enarboló la Palabra para derrotar la forma maliciosa en que Satanás había
citado la Biblia y para enseñamos que obedecer significa confiar en la Palabra de Dios y no en ponerla
a prueba.
Jesús señaló con meridiana claridad que para obedecer como Dios pide, la clave no está en esperar
a que Dios nos demuestre que lo que él dice es cierto, sino en confiar en que lo que él dice es verdad.
Un hijo de Dios no necesita lanzarse desde una torre para comprobar si es cierto que Dios mandará
sus ángeles a que lo carguen en brazos y lo salven de la muerte. Esa es una promesa de Dios para los
que confían en él y no tienen necesidad de probar a Dios en cuanto a lo que él ha prometido, pues
sus promesas son fieles y verdaderas (Apoc. 21: 5; 26: 6). Poner a prueba la Palabra de Dios es como
decirle al Señor: «En realidad no confío en lo que dices, no tengo una garantía de que lo que dices
ocurrirá o de que cumplirás lo que prometes. Si quieres mi obediencia y mi fe, demuestra que tienes
palabra». ¡Pero este tipo de pensamiento constituye una grave ofensa contra Dios, su santidad y su
carácter!
Deut. 6: 16 muestra que en la antigüedad Dios había prohibido a su pueblo que manifestaran
semejante tipo de actitud hacia él. En Éxodo 17: 7 se nos cuenta que Moisés le puso por nombre
«Meriba» a un lugar donde Israel quiso poner a prueba a Dios diciéndole: «Si es cierto que estás con
nosotros, demuéstralo dándonos agua».
De esta segunda experiencia de Cristo frente al tentador se desprende que cuando Jesús nos dice
«aprendan de mí», nos está invitando a obedecer sin intentar probar a Dios. Ser cristiano no es venir
a la iglesia con la idea de ver si nos va bien, si mejoran las cosas, si se cumplen mis deseos o se llenan
mis expectativas para entonces entregarme a Dios y servirle. Los hijos de Dios, como Jesús, recono-
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Aprendan de mí
cen que la Biblia no es un libro para poner a prueba a Dios, sino para probamos a nosotros en cuanto
a nuestra fe y obediencia. Cada palabra de Dios es una prueba para esa fe y obediencia. Tomar esas
palabras y pretender forzar a Dios a hacer cosas que queremos o necesitamos es llegar al atrevimiento
de querer ponerle una especie de trampa a Dios. Pero Dios no puede ser probado por nada ni por
nadie. Él es el Soberano del universo y eso quiere decir que no hay ley que lo someta, ni autoridad a
la que tenga que rendir cuentas. La soberanía de Dios convierte su Palabra en ley irrefutable y por lo
tanto, la obediencia consiste en confiar en ella por fe.
Así que, en las dos primeras respuestas de Cristo aprendemos de nuestro modelo de obediencia
que la base para una genuina obediencia a Dios es el conocimiento de su Palabra y la fe en ella. De
esta manera queda listo el escenario para reflexionar en la última respuesta de Cristo: «Vete, Satanás,
porque la Escritura dice: “Adora al Señor tu Dios, y sírvele solo a él”» (Mat. 4: 10, DHH).
Esta respuesta de Cristo parece sugerir que en
este punto del relato Satanás perdió la compostu-
ra y se mostró de forma descarada. Como él sabía
que Cristo había venido al mundo para rescatar a
la raza humana y que al final Jesús llegaría a ser el Para Jesús el pan era
Rey de reyes y Señor de señores se quitó la careta, importante y necesario, pero no
ya no le dio un consejo como cuando le sugirió lo primero ni lo más importante.
convertir las piedras en panes, ya no se escondió
detrás de un pasaje bíblico como cuando le habló
de los ángeles que vendrían a rescatarlo. Ahora se
llenó de orgullo y mostró su verdadera intención.
Le dijo en pocas palabras: «¿Quieres reinar sobre todos los países de este mundo? ¿Quieres
tener seguidores en todos ellos? Debes saber que son míos, yo los controlo. Pero te los daré si me
reconoces como tu dios y me das la adoración debida. Son míos y te los daré si me obedeces y sirves
a mis propósitos». ¡Cuánta pretensión de este ángel caído ante Dios hecho hombre! Tal vez por eso,
en su última respuesta, Jesús lo llamó por su nombre.
Lo desenmascaró como el único ser que ha querido usurpar el lugar y la adoración que solo le
corresponden a Dios. Jesús lo llamó por su nombre para que todos los que leemos el relato podamos
comprender que dondequiera que veamos algo o a alguien intentando ocupar el lugar de Dios, sin
duda ahí está Satanás.
Me llama la atención que al que le dijo: «Adórame, obedéceme, sírveme», Jesús le ordena: «Vete».
En otras palabras, le dijo: «Hablas como si tuvieras autoridad sobre mí, pero yo, en el nombre de
Dios y aferrado a su Palabra te derroto y te ordeno que te vayas. Tú no mandas, vete, eres solo un
usurpador queriendo hacerme creer que puedes darme lo que solo mi Padre me puede dar». Y en-
tonces por tercera vez citó la Biblia contra el enemigo, y al hacerlo no le permitió argumentar más o
rebatir la sabiduría divina: «Al Señor tu Dios adorarás y solo a él servirás» (Mat. 4: 10).
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Jesús nuestro modelo de obediencia
Jesús, nuestro ejemplo de obediencia, nos enseñó que en este mundo no hay dos dioses, sino solo
un único y verdadero Dios. No hay dos fuentes de autoridad, hay una sola y un engañador que pre-
tende rebatirla.
Jesús no nos dejó otra opción cuando dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al
Padre sino es por mí» (Juan 14: 6). No hay dos caminos, dos verdades o dos posibilidades para tener
acceso a la vida eterna, solo hay una y esa es Jesucristo.
Obedecer, entonces, no significa que la Biblia comparte el pedestal con mis ideas, mi experiencia,
mi cultura, mis amigos y mis circunstancias.
Obedecer es hacer lo que Dios diga, estar donde él quiere que esté y hacer lo que él mande. Ser
obedientes es hacer un compromiso de exclusividad con Dios y no permitir que nada ni nadie se
interponga entre nosotros y nuestro Salvador.
Cuando miramos a la obediencia de Cristo en la Biblia, lo que vemos no es un modelo del tipo
«esto sí y aquello no». Jesús no discutió sobre el valor nutricional del pan o si la torre era un buen
lugar para echarse hacia abajo, o si la lista de países que Satanás le ofreció estaba completa.
Para Jesús, la obediencia no comenzaba por un acto, una decisión o una palabra. Para Jesús, la
clave de la obediencia siempre era la voluntad revelada de Dios en su Palabra. Y ese Jesús es el mismo
que dijo: «Ejemplo os he dado para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13:
15). Ese es el que hoy nos invita a aprender de él.
Como hijos e hijas de Dios, porque hemos de reconocer que en el fondo de cada tentación se
esconde la satánica intención de hacemos dudar de nuestra condición de hijos de Dios, tú y yo hemos
sido apartados como mayordomos. Administramos la vida que Dios nos ha prestado y el planeta que
nos ha sido otorgado como hogar. Dado que esta es nuestra realidad, la obediencia a Dios se encuen-
tra en el centro mismo de nuestra respuesta de amor y fe a ese Dios que es nuestro dueño y nuestro
Señor.
Todavía hoy Satanás nos tienta para hacernos creer que, si somos inteligentes, estamos actualiza-
dos y contamos con acceso a la información, entonces no necesitamos la Biblia. Podemos usarla, nos
susurra en el oído, pero no es necesario que todo se haga solo como Dios dice, también puedo tener
«mi propio plan» y si oro y ayuno, Dios va a bendecir lo que hago, aunque no esté del todo alineado
con su Palabra. ¡Qué gran mentira!
Todavía hoy Satanás se nos acerca para sugerimos que es legítimo buscar maneras más fáciles o
menos costosas para hacer la voluntad de Dios, aunque tengamos que escoger un camino diferente
al que él nos ha indicado. Todavía nos insinúa que, con tal de lograr nuestras metas, se vale cualquier
camino, se vale adorar o servirle a cualquiera, aunque no sea Dios.
Apreciado lector, con frecuencia corremos el riesgo de pensar que en el tema de la obediencia lo
que está en juego es si vestimos de cierta manera o si no comemos de esto o aquello o devolveremos
los diezmos Y traeremos ofrendas generosas o si no escucharemos cierto tipo de música. La verdad es
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Aprendan de mí
que, si todo esto fuera el quid del asunto, entonces sería relativamente fácil manifestar una obedien-
cia perfecta a Dios.
Pero si nuestro ejemplo de obediencia es Cristo, entonces lo que está en juego aquí es: ¿De qué
está llena nuestra mente? ¿De la Palabra de Dios o de nuestras propias ideas o los consejos de otros?
Lo que está en juego es si estamos dispuestos a obedecer después de que Dios cumpla 0 si estamos
prestos a obedecer porque Dios siempre cumple. Lo que está en juego es si somos capaces de arrodi-
llamos ante cualquiera y servirle a cualquiera que prometa cumplir nuestros deseos, aunque hacerlo
implique negar a Dios. ¡Que Dios nos ayude a vivir una vida fundamentada en su Palabra! Una vida
de adoración y obediencia continua, siguiendo a nuestro ejemplo: Cristo Jesús.
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Jesús nuestro modelo de obediencia
Tema III
según el relato de Lucas, Jesús se presentó como el cumplimiento de la profecía de Isaías 61: 1-2: el
portador de las buenas noticias para los pobres, de libertad para los encarcelados, el que lleva vista a
los que no pueden ver y liberación a los que están en esclavitud.
El hecho de que Lucas era médico quizás lo hacía más sensible al ministerio misericordioso de
Jesús. Imagino que Lucas sintió una gran admiración al saber que Jesús tocaba a los leprosos, levanta-
ba a los paralíticos y expulsaba los demonios que atormentaban a las personas. Es por eso que Lucas
no puede dejar de mostrar a Jesús curando flujos de sangre, devolviendo la vista a los ciegos, sanando
la hidropesía en un hombre y hasta resucitando una niña. Lucas presenta a Jesús como alguien de-
dicado a dar sin esperar recibir nada a cambio, como alguien que daba más que simplemente cosas
materiales, que también ofrecía ayuda espiritual a aquellos que la necesitaban y que terminó dando
su propia vida en un gesto infinito de altruismo y solidaridad divinas. Si tenemos que escoger una
palabra para describir todo esto, creo que la más apropiada sería: Generosidad.
Además de Lucas, Pablo también muestra un interés especial y una gran admiración por la gene-
rosidad de Cristo y sus implicaciones para nosotros como sus seguidores. De hecho, Pablo señala en
2 Corintios 8: 9 que Jesús era admirado por todos sus seguidores por su bondad, y que dicha bondad
era el mayor incentivo para que ellos también manifestaran esa cualidad en sus vidas: «Porque ya
saben ustedes que nuestro Señor Jesucristo, en su bondad, siendo rico se hizo pobre por causa de
ustedes, para que por su pobreza ustedes se hicieran ricos» (2 Cor. 8: 9, DHH).
Pablo entendía que toda la vida y obra de Cristo era una gran demostración de generosidad en
favor del ser humano y así quería que todos lo entendieran. Él, siendo rico, es decir, siendo el dueño
y Señor del universo, aceptó convertirse en uno de nosotros y vivir con todas las precariedades que
implica ser un ser humano. El que verdaderamente era rico se hizo pobre, tanto así que Lucas registra
las siguientes palabras de Cristo: «Las zorras tienen cuevas y las aves del cielo tienen nidos, pero el
Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (Luc. 9: 57-58, DHH). No obstante, el mismo
que reconoció que no poseía nada en esta tierra se dedicó a hacer el bien por medio de la predicación,
la enseñanza y el ministerio de sanidad hacia los enfermos y vulnerables.
Jesús fue sin duda la generosidad convertida en ser humano! Nadie, nunca, ni en tiempos de
Cristo ni posteriormente ha superado la generosidad manifestada por el Maestro de Galilea. Jesús
demostró solidaridad y bondad a todo tipo de personas sin importar su nacionalidad, sexo, condición
social, física, emocional o espiritual.
Ahora bien, una cosa es considerar la generosidad de Cristo y otra muy distinta es entender las
implicaciones de dicha generosidad. De nuevo recurriremos a Pablo para comprender las implicacio-
nes teológicas de la generosidad de Cristo: «Que haya en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo
Jesús, quien, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino
que se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo, y se hizo semejante a los hombres; y estando en la
condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para
que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo
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Jesús nuestro modelo de generosidad
LA GENEROSIDAD DE LA ENCARNACIÓN
Frente al insondable misterio de la encarnación de Cristo lo único que podemos hacer es rendimos
ante el amor y la majestad de Aquel que estuvo dispuesto a hacer semejante sacrificio por nosotros.
De hecho, cuando consideramos la encamación, notamos que la generosidad de Cristo no se mani-
festó mediante una transacción financiera, sino que alcanzó su máxima expresión en el hecho de que
Cristo estuvo dispuesto a olvidarse de sí mismo, a renunciar a sus prerrogativas y «despojarse» de su
estatus, no por alguna ganancia personal, sino para beneficiarnos a ti y a mí.
Cristo no fue un buen hombre que se sacrificó para ayudar a otros seres humanos. No fue alguien
que tenía mucho y dio algo para que otros tuvieran. Él no fue una persona muy espiritual y religiosa
que, con su corazón lleno del amor de Dios, se entregó en cuerpo y alma a una obra de amor. Todo
lo anterior resultaría admirable si se dijera de cualquiera de nosotros, pero el caso de Cristo trasciende
todo esto. ¡Pero Jesús es Dios! Él no era alguien que tenía mucho y dio una parte, él es el dueño de
todo el universo y se dio a sí mismo por completo para salvamos, Jesús no ayudó al prójimo, él se
convirtió en nuestro prójimo y nos salvó.
Para nosotros, mostrar generosidad no es complicado, en primer lugar porque sabemos cómo
ayudar a los demás, si queremos. Además, podemos ser generosos con tan solo ayudar un poco. No
tenemos que dejar de ser lo que somos ni renunciar a todo lo que tenemos. Con un poquito de fe en
Dios y de amor por él podemos hacer mucho bien a otros. Pero el caso de Cristo es muy diferente,
pues para poder mostrar generosidad por nosotros primero tuvo que hacerse como nosotros, y para
eso tuvo que «despojarse», o más bien «vaciarse» de sí mismo. En su caso no era suficiente dar un
poco de lo que tenía, él tuvo que darlo todo y lo hizo movido por su propia naturaleza amorosa. Por
eso Jesús es nuestro ejemplo de generosidad, porque su amor y bondad lo llevaron a despojarse y
darse a sí mismo.
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Aprendan de mí
Cuando consideramos a Jesús desde esta perspectiva notamos que su generosidad no solo se ma-
nifiesta cuando nos sana de alguna enfermedad o provee alimentos para nuestra mesa o nos ayuda a
obtener algo de dinero. Aunque todo esto sin duda forma parte de la provisión generosa de nuestro
Salvador, son asuntos en los que también pueden ayudamos un buen médico o una persona que
tenga dinero. Más allá de lo material, y por lo tanto temporal, la Biblia procura hacernos entender
que Jesús no solo muestra generosidad hacia nosotros, sino que el personifica la generosidad misma,
y eso es mucho más grande e importante que conseguir lo que queremos en un momento dado. Esto
quiere decir que la esencia de Cristo es ser generoso con sus criaturas. Él es un ser absolutamente libre
de egoísmo y orgullo, que son la esencia del pecado.
Por eso Pablo dice que él, «siendo igual a Dios», no se aferró a esa realidad con todos sus derechos.
No se aferró a su lugar como parte de la Deidad, sino que estuvo de acuerdo en Ocupar un lugar
mucho más rebajado que el suyo, aceptó ser tratado como no merecía para que nosotros pudiéramos
tener la posibilidad de reconciliamos con Dios y ocupar de nuevo el lugar que perdimos cuando nos
rebelamos contra el Creador.
Cuando hablamos de Cristo y su actitud abnegada no podemos evitar fijamos también en Lucifer,
el ángel de mayor rango en el cielo y que se convirtió en Satanás porque no estuvo dispuesto a reco-
nocer y aceptar el lugar que le correspondía, llevando a cabo un burdo intento de usurpar el lugar del
propio Dios. Lo mismo pasó con nuestros primeros padres.
Cuando salieron de las manos de Dios eran criaturas perfectas. Pero de esa posición inmejorable,
los seres humanos hemos llegado a convertirnos en pecadores, rebeldes contra Dios y cada vez más
depravados y malvados, y todo comenzó cuando Adán y Eva intentaron «ser su propio dios».
Lo que hizo Satanás y luego nuestros primeros padres incitados por él, tiene un solo nombre:
Egoísmo, es decir, escogimos vivir pensando solo en nosotros y creyendo que todo lo demás, inclu-
yendo a Dios, debe girar en torno a nuestros deseos y preferencias. El egoísmo viene del orgullo, que
nos lleva a creer que somos lo que no somos y que tenemos un lugar que en realidad no tenemos y
unos derechos que no nos han sido dados ni hemos ganado. En otras palabras, el orgullo nos desna-
turaliza y nos corrompe.
Pero Jesús, que no necesitaba usurpar el lugar de Dios porque él es Dios, no se rebeló, no se aferró
a su posición privilegiada, sino que estuvo dispuesto a aceptar un lugar mucho más bajo del que le
correspondía («siendo rico se hizo pobre», dice Pablo) y aceptó someterse en obediencia a la voluntad
de Dios hasta el final de su existencia terrenal.
Lo que Jesús hizo es el ejemplo máximo de generosidad, pues nos puso a nosotros en primer lugar.
Él entregó su riqueza para que nos fuera dada a nosotros y aceptó nuestra pobreza como suya. Él se
humilló, se despojó a sí mismo y todo eso lo hizo para hacer posible nuestra redención.
Satanás y los seres humanos con todo nuestro orgullo y egoísmo solo hemos obtenido condena-
ción y muerte. Pero Jesús, mediante la generosidad y humildad, obtuvo un nombre que está por
encima de todos los demás nombres. El que no hizo guerra para exigir que lo trataran como a Dios,
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Jesús nuestro modelo de generosidad
por su generosidad verá el día en que toda lengua lo alabará y toda rodilla se doblará delante de él.
El que nunca intentó sentarse en el trono de Dios, que le pertenece por derecho, verá el día en que
todos lo reconocerán como Señor y Dios justo.
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Aprendan de mí
Esto significa que no hay otra forma en la que tú y yo podemos dejar de estar bajo la servidumbre
del pecado que no sea convirtiéndonos en siervos de Dios, como lo hizo Jesús. La Biblia dice que,
llegado el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo (Gál. 4: 4). Las Escrituras presentan un
interesante equilibrio: Jesús «vino» (Mat. 5: 17; 9: 13; 10: 34; Mar. 1: 38; Juan 5: 4 3; 8: 14; 9: 39),
pero Jesús y el resto de los autores declaran que él fue enviado (Juan 4: 34; 5: 30, 36-37).
Fue el Padre que entregó a su Hijo a la humanidad (Juan 3: 16). Fue el Padre el que le dijo a su
Hijo lo que tenía que decir y enseñar (Juan 8: 28). Fue el Padre quien decidió el momento cuando
Jesús tenía que ir a la cruz (Mat. 26: 39, 42). Fue el Padre el que decidió que Jesús tenía que pasar
por ese momento solo (Mat. 27: 46; Isa. 63: 2-3). Fue el Padre que lo resucitó (Hech. 2: 32; 5: 30;
Rom. 8: 11;
Gál. 1: 1). Fue el Padre que aceptó su sacrificio por nosotros y le dio el exaltado nombre que tiene
Jesús ahora (Fil. 2: 5-11). En otras palabras, todo lo que Cristo ganó para nosotros, lo ganó humi-
llándose y sometiéndose a la voluntad de su Padre. Y justamente esa es la única manera en que un ser
humano puede agradar a Dios. Hemos de tomar la decisión de rendirnos a su voluntad. Es por esto
que Jesús nos dice: «Aprendan de mí».
Pero todavía hay más, porque en el caso de Jesús, él no solo mostró su generosidad al humillarse,
sino que estando en la condición de ser humano, que de por sí implicaba humillación para el Dios
eterno, se humilló a sí mismo mediante la obediencia y mantuvo esa actitud hasta su propia muerte.
Por eso lo que Pablo dice en estos versículos debe considerarse entre las principales declaraciones
bíblicas sobre Cristo y su obra en nuestro favor. El mensaje que Pablo intenta transmitir en su Carta
a los Filipenses es que la generosidad de Cristo no solo fue un asunto puntual, aunque alcanzó su
máxima demostración en la cruz, sino que la actitud de generosidad de Jesús es eterna, no tiene prin-
cipio ni fin, ya que desde antes de la fundación del mundo él aceptó humillarse por amor a nosotros.
Siendo Dios aceptó convertirse en siervo, y ya rebajado a la condición de siervo, se humilló todavía
más haciéndose obediente a la voluntad de su Padre hasta la muerte. La generosidad de Jesús es ili-
mitada. Él no fue generoso una vez y para siempre, él sigue siendo generoso con nosotros todos los
días y a cada momento (Lam. 3: 22-23).
Por eso Pablo fue tan insistente en que comprendiéramos la idea de que la generosidad de Cristo
es la base sobre la que descansa todo el plan de salvación. Hemos de entender qué significó la ge-
nerosidad de Jesús para poder apreciar mejor lo que él hizo y lo que él es para nosotros. Hemos de
reflexionar en la generosidad de Cristo y en los resultados de dicha generosidad para aprender a vivir
de acuerdo con su ejemplo y de esa manera cumplir con la voluntad revelada de Dios.
Cuando entendamos la generosidad de Cristo nos daremos cuenta de que lo que Dios espera y pide
de nosotros no es que muramos crucificados sobre una cruz, porque eso solo tuvo sentido cuando
el que estaba sobre la cruz era Jesús, el Hijo de Dios. Lo que Dios sí nos pide es que crucifiquemos
nuestro «yo» junto con Cristo (Gál. 2: 20). Esto significa que, motivados por la misma generosidad
que impulsó a Cristo, entendamos que el camino que nos lleva hacia arriba comienza yendo hacia
abajo. La Biblia dice que «el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mat.
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Jesús nuestro modelo de generosidad
23: 12). Cuando Dios nos pide que nos humillemos bajo su voluntad lo que nos está diciendo es que
el camino más seguro consiste en obedecer su voluntad, en dejar de vivir como si fuéramos dioses y
aceptemos el señorío y el gobierno de Dios en todos los aspectos de nuestra vida.
Jesús te dice hoy: «Aprende de mí, que soy generoso. Aprende a ser humilde delante de Dios, no
intentes tomar el control, deja que Dios sea quien gobierne tu vida. No intentes trazar el camino,
reconoce que él es el camino. No creas que puedes inventar tu propia verdad, admite que Dios es la
verdad».
Esa fue la clave del triunfo de Cristo, él se olvidó de sí mismo, de lo que era y le correspondía,
se hizo siervo y aprendió por medio de la obediencia (Heb. 5: 8) a vivir como siervo, dejando que
el Padre lo dirigiera todo. Hoy, el nombre de Jesús está por encima de todo otro nombre, hoy él es
fuente de salvación para todo el que desee ser salvo y hoy el Padre lo ama porque dio su vida por amor
a ti y a mí (Juan 10: 17).
La pregunta que ahora surge ante nosotros es: ¿Cómo lo haremos? ¿Cómo manifestaremos la ge-
nerosidad de Cristo 7 ¿Cómo puedo yo ser verdaderamente un siervo de Dios, sujeto a su voluntad?
Tal vez podemos comenzar contestando la principal de las preguntas: ¿Quién gobierna mi vida? Y si
queremos ir más allá entonces hemos de considerar los siguientes interrogantes:
l. ¿Soy humilde delante de Dios en el cuidado de mi cuerpo? ¿Lo glorifico al comer, beber, ves-
tirme, trabajar, descansar o recrearme? ¿Dice la forma en que se ve y trato mi cuerpo que Dios
gobierna mi vida?
2. ¿Soy humilde delante de Dios en el manejo de mi tiempo? ¿Son todos los días iguales para mí
o realmente puedo decir que el sábado es diferente? ¿Alguien que ve cómo uso mi tiempo diría
que lo aprovecho lo mejor posible y que trato de agradar a Dios en este ámbito de mi vida?
3. ¿Soy humilde delante de Dios en la forma en que obtengo y gasto el dinero? ¿Puedo pedir que
la bendición de Dios repose en la forma en que me gano el dinero? ¿Mi uso del dinero dice que
Dios es el dueño de ese dinero o dice que soy yo? ¿Devuelvo el diezmo? ¿Soy generoso dando
ofrendas para Dios? ¿Diezmo y ofrendo porque soy adventista o porque he tomado la decisión
de obedecer a Dios en todo lo que él pida de mí?
4. ¿Soy humilde delante de Dios en la forma como empleo mis talentos y habilidades? ¿Veo mi
profesión, mis conocimientos y mis habilidades, como algo que me pertenece o como algo que
Dios me otorgó ? ¿Estoy tan ocupado sacando provecho a mis habilidades que no tengo tiempo
para ponerlas al servicio de Dios y de su iglesia? ¿Soy una bendición para otros o simplemente
les presumo de mis bendiciones sin que ellos reciban nada de mí?
Estas preguntas dicen mucho acerca de si hemos aprendido de la generosidad de Jesús. Los asuntos
implícitos en estas preguntas son la clase de cosas que dicen de qué lado de la raya estamos, a quién
servimos y cuál es la actitud que nos caracteriza. Es por eso que todavía hoy el mensaje de Pablo
resuena fuerte y claro en cada iglesia, en cada hogar y en la mente de cada cristiano: «Haya, pues, en
vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Fil. 2: 5).
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Aprendan de mí
Necesitamos escuchar una vez más la invitación de nuestro amado Salvador: «Aprendan de mí»
(Mat. 11: 29). Que Dios nos ayude a ser generosos como Jesús.
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Jesús nuestro modelo de generosidad
Tema IV
De estos dos pasajes podemos colegir que, para Jesús, su misión consistía en servir y que el servicio
implica grandeza. Aunque resulta contraproducente, hemos de admitir que hoy en día el servicio no
siempre genera gozo en quienes lo prestan; mientras que otros sirven siempre y cuando el servicio les
sirva para un propósito ulterior, explícito o no tan evidente. De hecho, hay quienes sirven porque
están obligados y si pudieran esquivar dicha «carga» lo harían sin pensarlo dos veces. Y todo esto pasa
porque no es lo mismo servir que ser un siervo de corazón.
Ahora bien, Jesús no solo asumió el título de «siervo», sino que se comportó como tal. En este
sentido, la experiencia más aleccionadora para sus discípulos la encontramos en el capítulo 13 del
Evangelio de Juan: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que
pasara de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el fin. Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo
de Simón que lo entregara, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y
que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla,
se la ciñó. Luego puso agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con
la toalla con que estaba ceñido. Cuando llegó a Simón Pedro, este le dijo: “Señor, ¿tú me lavarás los
pies?”. Respondió Jesús y le dijo: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás
después”. Pedro le dijo: “No me lavarás los pies jamás”.
Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Le dijo Simón Pedro: “Señor, no
solo mis pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que está lavado no necesita sino
lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos”. Él sabía quién lo
iba a entregar; por eso dijo: «No estáis limpios todos». Así que, después que les lavó los pies, tomó
su manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y
Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros
también debéis lavaros los pies los unos a los otros, porque ejemplo os he dado para que, como yo os
he hecho, vosotros también hagáis”» (Juan 13: 1-15). De este relato se desprenden varias lecciones,
una de las más importantes es que donde Jesús está no tienen cabida el orgullo, el afán por el poder
o prestigio, ni la competencia por tratar de ser el de mayor rango.
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Jesús nuestro modelo de servicio
que el Maestro no los recriminó por no haber estado dispuestos a hacer el trabajo reservado para los
siervos; sino que, mediante el ejemplo, derribó ante sus ojos el mundo de fantasía basado en el poder
y la posición que existía en la mente de los discípulos.
Aquella noche en el aposento alto Jesús enseñó que vivir una relación de amor con él implica
aceptar el servicio como un estilo de vida.
Demostró con sus acciones que, para él, la grandeza era sinónimo del servicio abnegado y alegre
en favor de los demás, que la dignidad era inherente a un corazón dispuesto a entregarse en amor
y servicio y que la única y la más grande posición que tenía disponible para sus seguidores era la de
siervos. Antes de la Última Cena, los discípulos concebían el ministerio como una actividad marcada
por el egoísmo y caracterizada por una búsqueda a cualquier precio de la preeminencia. Pero Jesús,
en la última noche que compartió con ellos antes de su crucifixión, los desafió con un modelo de
ministerio basado en el servicio. Él los visualizó como un grupo de personas con una genuina dispo-
sición de hacer todo a su alcance para ayudar a otras personas, sin importar qué tan humilde fuese la
tarea requerida para lograrlo.
Cada cristiano debiera meditar en el hecho de que Jesús dedicó su última reunión con los apóstoles
a recordarles que él no había venido para ser servido, sino para servir, que él no había venido a exigir
el lugar más alto, sino a darlo todo para que los demás fuesen elevados hasta Dios y la salvación.
Jesús dignificó el servicio y lo elevó a la posición más alta y deseable para los que quieren vivir vidas
que marquen la diferencia. Sin lugar a dudas, el recuerdo de aquella noche quedaría impreso para
siempre en la mente de los discípulos y sería una motivación inextinguible para lo que ocurrió con
ellos después de la resurrección de Cristo.
vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que de vo-
sotros quiera ser el primero, será siervo de todos» (Mar. 10: 42-44).
Jesús mostró con su ejemplo de servicio que cuando uno ama a Dios y a las personas, el resultado
natural será el deseo de ayudar y bendecir a otros. Por eso, una posición de autoridad jamás será una
excusa válida para dejar de servir ni una justificación para servimos de ellas. Por el contrario, el amor
nos lleva a servir con humildad y alegría desde la posición en que nos encontremos. De ahí que Jesús
dijo enfáticamente: «Pero no será así entre vosotros» (Mar. 10: 43). En otras palabras, Cristo prohibió
que en su causa se trate de tener el control de los demás o que se busquen formas de recibir más re-
conocimiento que los demás. Estas son actitudes contrarias al ejemplo dado por Cristo y que él pide
que sus seguidores descarten.
Así que Jesús tiene, sin lugar a dudas, toda la
autoridad moral para decimos: «Aprendan de mí
e imiten mi vida de servicio». El no solo nos pide
que estemos dispuestos para servir en todo lugar y La muerte de Cristo fue el
en todo tiempo, sino que también nos enseñó que mayor servicio prestado alguna
debemos servir como él lo hizo: con el ejemplo, vez a la humanidad.
con humildad, con sencillez y con alegría. Cuando
Jesús anduvo en la tierra sirvió al pobre, al rico,
al ignorante, a los entendidos, a hombres, mujeres y niños, al pecador, al despreciado y al
religioso. Enseñó el evangelio a todos los que quisieron oírlo, alimentó a la gente hambrienta que
iba a escucharlo, sanó a los enfermos sin importar su nacionalidad, religión o estatus social. Ayudó
siempre a cualquier hora, porque él hizo del servicio a los demás su ministerio, porque su ministerio
era servir, no ser servido.
El libro El camino a Cristo describe la vida del Maestro con estas palabras: «La vida terrenal del
Salvador no fue una vida de comodidad y dedicación a sí mismo, sino de acción persistente, fervoro-
sa e infatigable en favor de la salvación de la perdida humanidad. Desde el pesebre hasta el Calvario
siguió la senda de la abnegación y no buscó librarse de tareas fatigosas ni de las incomodidades de los
viajes, ni tampoco de la dureza del trabajo ni de las preocupaciones» (p. 115).
EL SERVICIO EN RETROSPECTIVA
Cuando Jesús, reunido con sus discípulos en el aposento alto, se ciñó la toalla, tomó la palangana
y lavó los pies de todos ellos, no solo resolvió el inconveniente causado por la ausencia de un siervo
que hiciera ese trabajo, sino que aquella noche él elevó el servicio a una especie de realeza que deben
alcanzar todos los que quieran ser parte de su reino. Mientras los discípulos estaban absortos en sus
discusiones sobre quién tendría más prestigio, el Maestro los dejó sin palabras diciéndoles: «Aquí las
cosas no serán así. Eso pasa fuera de este círculo, pero aquí será diferente. Y como ustedes solo están
acostumbrados a pensar como se piensa y actúa allá afuera, les he dado ejemplo, para que como yo
he hecho, ustedes también hagan».
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Jesús nuestro modelo de servicio
¡Qué avergonzados deben haberse sentido al ver a su Maestro haciendo lo que ellos pensaban que
era degradante! Con razón Pedro trató de «corregir» esa «vergüenza» al negarse a que Cristo le lavara
pies. Así siempre ha sido entre nosotros, no nos gustan los que con su virtudes muestran nuestros de-
fectos, los que con su humildad muestran nuestro orgullo y arrogancia. Pero Jesús le hizo ver a Pedro
que no era necesario ocultar la humildad de Cristo por motivos de «vergüenza». Por eso le dijo «si no
te lavo los pies, no tendrás parte conmigo», es decir, «si no te ayudo a entender esta lección, el daño
será mayor, vas a inhabilitarte para el reino». Y acto seguido el Maestro agregó: «Lo que yo hago, tú
no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después» (Juan 13: 7).
Jesús sabía que sus discípulos no entendían adecuadamente su obra ni su misión. Tenían la idea
de que Jesús era el rey que había venido para restaurar el dominio judío sobre las demás naciones.
Es por eso que se preparaban para ocupar el lugar más aventajado en semejante escenario. Por eso
era frustrante para Pedro ver al Rey que lo haría grande, ceñido con una toalla y lavando los pies de
otros. Y esa visión distorsionada de Cristo y su obra fue lo que hizo que se desilusionaran totalmente
cuando lo vieron clavado en la cruz. Si verlo lavando pies ya les hacía sospechar que algo andaba mal
con sus expectativas, verlo en la cruz los convenció de que todo había sido un «fracaso».
Por eso Jesús le dijo: «Lo entenderás después». Ese «después» sería la resurrección cuando ellos, por
fin, con el entendimiento abierto por el Espíritu Santo se dieran cuenta de que la muerte en el Cal-
vario en realidad había sido la victoria sobre el pecado, que la cruz era necesaria dentro del gran plan
de salvación de Dios y que fue en aquella cruz que Cristo conquistó un nombre sobre todo nombre
y se convirtió en la eterna fuente de salvación para la humanidad (Luc. 24: 46-48).
Fue solo después de la resurrección que los discípulos entendieron que la muerte de Cristo fue el
mayor servicio prestado alguna vez a la humanidad. Que él nunca debió morir, porque no tenía nada
que pagar.
Entonces los discípulos comprendieron que todo se trató de servir a otros, de ayudar a otros, de
salvar a otros. Entonces entendieron que la cruz era la salvación y el trono desde el cual Cristo reina
sobre las almas de aquellos que conquistó con su amor y redimió con su sangre.
Fue entonces cuando entendieron la imagen de Cristo ceñido con una toalla y con una palangana
entre manos, lavando los sucios pies de sus discípulos. Solo al contemplar la cruz vacía y al Cristo
resucitado entendemos que la obra de Dios es siempre una obra de amor que demanda humildad,
sacrificio y entrega.
Cuando los discípulos entendieron que en el reino de Cristo el servicio es la marca de la verdadera
grandeza, entonces experimentaron una transformación en sus vidas. El libro de Hechos muestra una
iglesia viva, que servía a la comunidad y que no escatimaba esfuerzos en la predicación del evange-
lio. Es por eso que todavía hoy, más de dos mil años después, los seguidores de Cristo necesitamos
escuchar con atención la voz del Maestro diciéndonos: «Aprendan de mí a servir y no a ser servidos».
Todo verdadero discípulo de Cristo es reconocido por los demás como siervo, Pablo incluso lo
menciona en 1 Corintios: «Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y adminis-
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Aprendan de mí
tradores de los misterios de Dios» (1 Cor. 4: 1). Así que todos los que hemos tomado la decisión de
seguir a Cristo hemos de estar dispuestos a servirle independientemente de nuestra posición social o
económica. El Señor Jesús nunca hizo esa clase de excepciones o distinciones, al contrario, cuando
una señora vino a él solicitando privilegios y honra para sus hijos, Jesús fue muy enfático al respon-
derle lo siguiente: «Entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será
vuestro servidor; y el que quiera ser el primero. entre vosotros será vuestro siervo» (Mat. 20: 26-27).
No sé si la señora de Zebedeo aprendió la lección, pero sus dos hijos definitivamente la aprendieron.
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Jesús nuestro modelo de servicio
Puedes servir en tu hogar, en tu escuela, en tu trabajo o en tu vecindario. Hay una gran obra que
hacer. Algunos necesitan comida, ropas, un poco de dinero, medicamentos o un lugar donde posar.
Otros necesitan apoyo porque están enfermos, amistad, aceptación, consuelo, amor, comprensión
y empatía. Hay muchas personas que necesitan que alguien los escuche, que necesitan una oración,
una visita, una palabra de ánimo. Otros necesitan de alguien que los defienda de los abusos, la vio-
lencia y la intolerancia. ¡Hay tanto por hacer! Jesús tenía razón cuando enseñó que en vez de discutir
por los puestos de autoridad debiéramos dedicamos a brindar ayuda a los necesitados.
Por supuesto, como miembros de la iglesia de Cristo el mayor servicio que podemos prestar al
mundo es la predicación del evangelio.
De hecho, la iglesia es la agencia que Dios tiene en este mundo para organizar y llevar a cabo un
ministerio de restauración en favor de los seres humanos. La misión de servir fue dada por Cristo a la
iglesia, no a un grupo o a un tipo de personas dentro de ella: «Por tanto, id y haced discípulos a todas
las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles
que guarden todas las cosas que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin
del mundo» (Mat. 28: 19-20). Estas palabras de Cristo se aplican a todos nosotros y muestran que el
servicio más grande que podemos dar a las personas es ayudarles a conocer a Dios y su maravilloso
plan para ellos.
Dado que la predicación del evangelio es el mayor servicio que podemos prestar, ¿no crees que
todos deberíamos colaborar para que la iglesia pueda llevar a cabo la Gran Comisión? Hay muchas
formas en las que tú y yo podemos ayudar y seguir así el ejemplo de servicio de Cristo. Quizás la
que primero te llega a la mente es la predicación activa del evangelio, la testificación de la que hemos
hablado ya en otros capítulos. También puedes usar tus talentos para bendecir la vida de otros.
Puedes ayudar a la iglesia a cumplir la misión de llevar el evangelio a todo el mundo por medio de
tu fidelidad al devolver los diezmos, que luego son usados para sostener el ministerio pastoral que
se dedica a tiempo completo a la predicación del evangelio. También por medio de tus ofrendas
generosas ayudas a que el evangelio llegue a nuevos lugares y también colaboras para que miles de
congregaciones locales se mantengan abiertas y alcancen personas para Cristo.
También puedes ayudar aceptando responsabilidades de dirección o apoyo en alguno de los minis-
terios de la iglesia, visitando a otros miembros y amigos de la iglesia para orar con ellos y estudiar la
Biblia, o cantando en el coro, sirviendo en la Escuela Sabática, en el departamento de niños, con los
jóvenes o en cualquier otro aspecto de la iglesia.
Este fue el llamado que Jesús le hizo a Pedro después de su restauración espiritual cuando le dijo
tres veces: «Apacienta mis ovejas y mis corderos». Pedro aceptó ese tierno llamado y dedicó el resto
de su vida al servicio abnegado.
Cuando se trata de servir, lo más importante es hacer lo que puedas en cada oportunidad que Dios
te dé. La forma de hacerlo, a cuántas personas puedes alcanzar o si alguien lo reconocerá, no son los
asuntos más importantes. Se trata de entender que somos hijos de Dios y seguidores de Cristo y que
nuestra identidad se manifiesta claramente en la forma en que actuamos e imitamos la humildad, la
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Aprendan de mí
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Jesús nuestro modelo de servicio
Tema V
Dicho lo dicho, este incidente nos presenta a un Jesús seguro de su misión y que tenía claras sus
lealtades. De hecho, Jesús no tuvo miramientos en decir a sus padres terrenales, las personas a las que
más consideración tenía en este mundo, que su principal compromiso era con «los negocios de su
Padre» y que ninguna persona o relación en este mundo ocuparía un lugar más elevado en su vida que
su relación con su Padre celestial. En otras palabras, estamos viendo aquí la primera evidencia pública
de que Jesús había venido a hacer la voluntad de Dios a este mundo y de que él se mantendría fiel a
su misión sin importar la situación.
Moisés, Josué, Aarón...), especialmente cuando se trata del acceso a Dios y de representarlo ante los
seres humanos y reconciliarnos con él.
Ya el autor de Hebreos había presentado, en los capítulos anteriores, que Jesús es superior a los
profetas y a los ángeles y ahora dice que es superior a Moisés, considerado en la tradición judía como
el hombre que más cerca había estado de Dios, tan cerca que la propia Biblia declara que hablaban
cara a cara, como quien habla con su amigo (ver Núm. 12: 8; Éxo. 33: 11), además de haber sido
el medio que Dios había utilizado para comunicar la ley que formalizaba el pacto entre Dios y su
pueblo.
Para entender la superioridad de Jesús, el autor de Hebreos nos pide a todos los que hemos re-
cibido el llamado celestial que «consideremos» a Jesucristo; es decir, que lo contemplemos, lo ob-
servemos, lo estudiemos y sobre todo que lo imitemos, porque él es el único que puede llevamos
hasta Dios. Ahora bien, ¿qué es lo que vamos a descubrir y aprender si contemplamos a Cristo con
detenimiento? Veremos que Jesús fue fiel a Aquel que lo constituyó; es decir, que fue fiel a su Padre
celestial. Hebreos dice que Jesús fue fiel en toda la casa de Dios, como lo fue también Moisés, pero
en una dimensión superior a la de este último y por lo tanto recibiendo un mayor honor. Podemos
apreciar mejor la fidelidad a la que se refieren estos pasajes mediante dos imágenes cargadas de signi-
ficado que aparecen en Hebreos 3: l.
Jesús, el apóstol superior. La palabra «apóstol» es de origen griego, apostolos, para ser más exactos)
y significa «enviado». Esto quiere decir que Jesús fue el enviado del Padre. Él tenía la exclusividad en
cuanto a la representación, el acceso y la ejecución del plan de salvación. Por eso la iglesia entendió
desde el principio y proclamó que solo en Jesús, y en nadie más, hay salvación (Hech. 4: 12).
Cristo era el embajador del cielo para la salvación de la humanidad en el sentido más elevado
posible: ¡Él es Emanuel, Dios con nosotros! Él era la voz de Dios hablándonos y tenía todo el respal-
do del cielo en su misión de salvación. En su misión como apóstol de Dios Jesús se mantuvo fiel al
Padre. Él se dedicó exclusivamente a los «negocios de su Padre» (ver Luc. 2: 49; Juan 4: 34), a hacer
la voluntad de su Padre (Juan 5: 30); 6: 38), a enseñar y decir lo que el Padre le indicara (Juan 12:
49; 14: 10); en fin, él nunca puso su voluntad primero que la del Padre (Luc. 22: 42).
De hecho, cuando el enemigo intentó convencerlo de que tomara las riendas de su vida y dirigiera
por sí mismo el plan de salvación, rechazó con firmeza esas tentaciones y proclamó que obedecería la
Palabra de Dios y solo se sometería al Padre (ver el capítulo 10).
Cuando Jesús nos dice: «Aprendan de mí a ser fieles», está sin duda invitándonos a considerar la
forma en que él llevó a cabo su parte en el plan de salvación, cómo se relacionó con su Padre y cómo
mostró quién estaba a cargo y quién aceptó la posición de siervo para obedecer por amor a nosotros.
Jesús demostró con su ejemplo que ser fiel a Dios no es ir solo donde nos guste, o hacer solo lo
que nos convenga. Jesús nos enseñó que ser fiel implica morir al yo y dejar que Dios ocupe el primer
lugar. Quizás esa sea la razón por la que la mayoría de las personas que caen presa de la infidelidad al
Señor manifiestan la misma actitud.
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Aprendan de mí
Constantemente he escuchado personas decir: «Yo sé lo que es mejor», «yo puedo manejar los
diezmos y las ofrendas de forma más eficiente que el plan de Dios para ellos». Pero de un corazón
que haya decidido darle el primer lugar a Dios es de donde brota una fidelidad total. Por eso Jesús
pudo cumplir su papel como apóstol o enviado de Dios. Y si Jesús, el Hijo eterno de Dios, el Creador
y sustentador del universo le cedió el control al Padre, ¿no crees tú que nosotros, seres humanos im-
perfectos, que nunca estaremos en el mismo nivel de Cristo, estaremos más seguros si manifestamos
una actitud de obediencia y fidelidad a los designios del Padre?
Cuando la Carta a los Hebreos identifica a Jesús como el apóstol de Dios, lo está mostrando como
alguien que siguió el plan de salvación al pie de la letra, sin desviarse en lo más mínimo de los planes
del concilio celestial. Eso es lo que se llama fidelidad, hacer lo que Dios dice que hagamos y como él
dice que lo hagamos.
Jesús, el sumo sacerdote supremo. La segunda imagen que la Carta a los Hebreos presenta de la
fidelidad de Jesús es su función como sumo sacerdote de la fe que nosotros profesamos (Heb. 3: 1).
Esta es una declaración impresionante y llena de significado. El sumo sacerdote en la Biblia no era
más que el mediador entre Dios y el ser humano. Cuando la Biblia se refiere a Cristo como nuestro
sumo sacerdote alude al hecho de que la obra que el Padre le asignó al Hijo tenía que ver con la crea-
ción de una vía de entendimiento entre ambas partes; es decir, Dios y los seres humanos, que nos
encontrábamos separados por el pecado. Cristo tenía que revelar al ser humano quién es Dios, de
forma que pudiéramos creer y confiar en su amor, su perdón y en que él estaba dispuesto a reconci-
liarlos con Dios. Dicho de otra manera, Jesús tenía que construir nuestra fe en Dios y esa fe tenía que
ser una especie de puente que, al cruzarlo, nos llevara de vuelta a Dios. Por eso más adelante Hebreos
dirá que él es el autor y el consumador de nuestra fe (Heb. 12: 2).
Pero además de revelamos quién es Dios y cuánto nos ama, como Sacerdote, Jesús también tenía
que representar a la humanidad delante de la divinidad, mostrar que nuestra deuda había sido pagada
en la cruz, que el costo para libramos de la esclavitud había sido saldado y que la rebelión contra Dios
no tendría cabida en los que hemos aceptado su sacrificio en la cruz del Calvario. De manera que por
el ministerio de Cristo el camino quedó allanado para el reencuentro entre el ser humano y Dios. Es
por eso que Hebreos señala que Cristo ha abierto un camino nuevo y vivo hasta la misma presencia
de Dios para que lo transitemos (ver Heb. 10: 20).
Esta era una tarea que no podía llevar a cabo alguien que solo fuera Dios, porque no podría rela-
cionarse con el ser humano en un plano de igualdad; pero tampoco la podía cumplir alguien que solo
fuera humano, porque el ser humano por su propia cuenta nunca podrá tener acceso a la santidad de
Dios. La tarea de reconciliar al ser humano con Dios tenía que recaer sobre alguien que fuese Dios
y hombre al mismo tiempo. Y eso fue lo que hizo Cristo, porque solo él podía hacerlo (ver Heb. 4:
14-16). Es por eso que en ningún otro hay salvación, es por eso que no hay otro nombre debajo del
cielo dado a los hombres en el que podamos ser salvos fuera del nombre de Cristo Jesús (Hech. 4:
12). Elena G. de White resume bien esta idea con las siguientes palabras: «El que trata de transformar
a la humanidad, debe comprender a la humanidad.
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Jesús nuestro modelo de fidelidad
Solo por la compasión, la fe y el amor pueden ser alcanzados y elevados los seres humanos. En esto
Cristo se revela como el Maestro de los maestros: de todos los que alguna vez vivieran en la tierra,
solamente él posee una perfecta comprensión del alma humana» (La educación, p. 71).
Definitivamente Jesús fue fiel en su tarea como el sumo sacerdote de nuestra fe. Él nos mostró a
Dios como nadie más podía hacerlo, la Biblia dice que: «A Dios nadie lo vio jamás; quien lo ha dado
a conocer es el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre» (Juan 1: 18, RVC).
Gracias a Cristo podemos creer, por él podemos confiar y entregamos al amor de Dios. El retrato
de Dios que Cristo nos regaló en sí mismo ha abierto un camino de reconciliación, porque ahora
sabemos que Dios no está enojado con nosotros, sino que nos ama y quiere nuestra salvación (Juan
3: 16). Ahora sabemos que el Padre no ha preparado un infierno para nosotros, sino para el diablo y
sus ángeles y, por el contrario, para nosotros ha preparado un reino eterno (Mat. 25: 31, 41).
Así las cosas, Jesús mostró con su ejemplo que ser fiel a Dios significa servirle cumpliendo el minis-
terio que él nos asigne. El que es responsable también es fiel en lo que le corresponde hacer y por eso
resulta confiable. No hay tal cosa como fidelidad sin responsabilidad de acuerdo a lo que vemos en la
vida de Cristo. Si hoy Cristo se levanta frente a nosotros para decimos «aprendan de mí», es porque
él cumplió fielmente con su misión. Por eso la fidelidad nace en el corazón como una decisión vo-
luntaria, y se ve en nuestros actos y palabras cada día. La fidelidad es la obediencia puesta en acción.
FIDELIDAD SUPERIOR
Después de haber visto cómo la fidelidad de Jesús permea su papel tanto de apóstol como de sumo
sacerdote, podemos llegar a la conclusión de que Hebreos 3: 1-6 procura presentar a Jesús como
modelo superior y supremo de fidelidad. Dado que nadie ha sido ni será tan fiel como él, nadie más
está calificado para ser nuestro ejemplo a seguir, o como lo diría Hebreos, digno de que lo «conside-
remos».
Para ilustrar mejor la fidelidad de Jesús a su misión, el autor de Hebreos lo compara con Moisés, el
principal dirigente del pueblo de Dios, el responsable de sacar a Israel de Egipto, formar la nación de
Israel y dirigirla durante cuarenta años en el desierto hasta llegar a las fronteras de Canaán. Al tomar
a Moisés como punto de comparación, el autor es consciente de que, en la mentalidad judía, Moisés
era el hombre que había tenido la relación más cercana con Dios y el siervo a quien el Señor le había
mostrado mayor confianza y respaldo. Moisés es el libertador, legislador y profeta por antonomasia
para Israel. Y cada una de estas funciones las llevó a cabo fielmente según las órdenes de Dios.
Así que imagina ahora la sorpresa de los lectores cuando el apóstol señala que Cristo fue superior
en la fidelidad mostrada a su Padre, primero porque su condición no era la misma que la de Moisés.
Jesús era el Hijo de Dios, mientras Moisés solo era el siervo de Dios.
Moisés por tanto servía en la casa, pero Cristo era el Creador de todo incluyendo esa casa de Israel
en la que Moisés sirvió. Moisés fue el intermediario para que la ley llegara a los israelitas, pero Cristo
es el fin (propósito) de la ley para todos los seres humanos (Rom. 10: 4). Moisés le sirvió a Dios al
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Aprendan de mí
dirigir la salida de Egipto del pueblo de Israel y posteriormente guiarlo hasta la Canaán terrenal, pero
Jesús aceptó convertirse en el siervo de Dios para hacer posible la liberación de toda la humanidad
y guiar a todos los salvados a la Canaán celestial. En fin, podemos decir que Moisés conoció a Dios,
habló con Dios cara a cara, vio la gloria de Dios y por lo tanto sabía más que todos en Israel acerca de
Dios. Pero de Jesús basta con decir que ¡él es Dios! Por lo tanto, él tiene mayor honor y ha recibido
el más alto nombre y posición de parte del Padre, porque solo él es fuente de salvación para toda la
raza humana.
Es por todo esto que, si alguien desea entender qué significa ser fiel a Dios y cuál es la fidelidad que
Dios acepta y aprueba, solo debe mirar a Jesús y aprender de él, de sus enseñanzas y de su ejemplo de
vida. De él aprenderemos sin duda que ser fieles a Dios es ir a donde él quiera que vayamos y hacer
lo que él quiera que hagamos y que todo lo demás es un mero subproducto de lo anterior.
Es así como llegamos a Hebreos 3: 6, donde se nos dice que esa fidelidad incomparable de Cristo
será efectiva en nosotros y por nosotros siempre y cuando mantengamos firme la confianza en Cristo
hasta el fin. Desafortunadamente, muy a menudo concebimos la fidelidad como si se tratara de
una capacidad que desarrollamos y mediante la cual agradamos a Dios con las cosas que hacemos
o decimos, pero la gran verdad bíblica es que «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11: 6) En
otras palabras la fidelidad es en realidad fe expresada en hechos y palabras. De hecho, tanto en hebreo
como griego se usa la misma palabra de «fe» que para «fidelidad», por eso resulta tan importante
seguir el consejo de Hebreos y «considerar» a Cristo, mirarlo e imitarlo, para desarrollar nuestra fe en
él y que esa fe nos conduzca por el camino de la fidelidad.
Ese camino de fidelidad implica creer que Dios creó nuestro mundo en seis días y reposó el
séptimo día y lo santificó. Aceptar esta verdad nos llevará a honrar a Dios mediante la observancia
del sábado, el monumento de la creación.
Ese camino de fidelidad implica creer que Dios creó nuestro mundo en seis días y reposó el
séptimo día y lo santificó. Aceptar esta verdad nos llevará a honrar a Dios mediante la obediencia y
la observancia del sábado, el monumento de la creación.
Ese camino de fidelidad conlleva creer que cada día es un nuevo regalo de la misericordia de Dios
y como tal, hemos de administrar el tiempo de forma sabia, sabiendo que es un regalo del que ten-
dremos que dar cuenta a Dios.
Ese camino de la fidelidad requiere también el reconocimiento de que Dios es el dueño del oro
y la plata, que él es quien nos da la capacidad para generar las riquezas y que todo lo que tenemos y
somos, se lo debemos a su gracia. Esto producirá en nosotros un gozo sin par cuando participemos
de la devolución de la décima parte de nuestros ingresos que le corresponden como reconocimiento
de que él es el Dueño de todo. Además, al entregarle nuestras ofrendas voluntarias y generosas le
decimos. 1 d «gracias» y le demostramos nuestro amor y generosidad.
Ese camino de la fidelidad también significa que nadie recibe nada si no le es dado de arriba. Por
lo tanto, todo don perfecto y toda buena dadiva viene del Padre de las luces, del Dios de amor. En-
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Jesús nuestro modelo de fidelidad
tender esto me llevará a sentir placer cuando coloco mis dones y habilidades al servicio del Señor y
de su iglesia.
En fin, como podemos ver, ser fieles a Dios no es hacer lo mejor que se nos ocurra, no es mejorar
mi comportamiento hasta que le agrade a Dios. Más que esto, la fidelidad es una obra espiritual que
Dios hace en nosotros y que comienza cuando nos enfocamos en Cristo y aprendemos quién es él y
qué ha hecho por nosotros. La Carta a los Hebreos luego añadirá que, además de la fe que debemos
mantener firme hasta el fin, también debemos gloriarnos en la esperanza para mantenemos siendo
parte de la casa o familia de Dios.
Gloriarnos en la bendita esperanza que tenemos en Cristo significa darle a Dios el primer lugar
en nuestra vida. Significa que toda mi vida gira alrededor de mi fe en Cristo. Significa que mi más
grande anhelo es estar con él y por lo tanto mi primera tarea cada día es consagrarme a él, mi mayor
expectativa es recibirle cuando regrese en las nubes de los cielos, mi mejor negocio es serle fiel en lo
poco aquí, para recibir lo mucho cuando él me reciba en su reino.
Gloriarme en la bendita esperanza es entender que estoy de paso por este mundo y que no tiene
sentido sobrecargarme con lo terrenal.
Gloriarme en la bendita esperanza es no dejarme dominar por el temor, sino recordar que Dios
tiene planes para mí; es vivir confiando en que si Cristo murió por mí en la cruz del Calvario, enton-
ces sin duda también volverá a buscarme para llevarme con él. Es creer que ciertamente hay un lugar
para mí en el cielo que nadie me puede arrebatar ni ocupar por mí. Solo una persona que se gloría en
la bendita esperanza en Cristo y que hace de ella la más grande gloria de su vida puede tomar la deci-
sión de vivir para Dios, incluso cuando nuestro planeta continúa en constante rebeldía contra Dios.
Así era Jesús, desde niño manifestó una fe y fidelidad inquebrantables al Padre. En Juan 13: 3 se
dice que Jesús sabía que «el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de
Dios y a Dios iba». En ocasión de la resurrección de Lázaro Jesús elevó la siguiente oración: «Padre,
gracias te doy por haberme oído. Yo sé que siempre me oyes, pero lo dije por causa de la multitud que
está alrededor, para que crean que tú me has enviado» (Juan 11: 41-42). La fe y fidelidad de Cristo
hacia el Padre que se manifestó a los doce años en Jerusalén lo acompañó durante toda su vida, hasta
la cruz del Calvario. ¡Yo quiero una fe así! ¡Yo quiero ser así de fiel! ¿Te gustaría tener una fe así?
Tú y yo, que vivimos en el tiempo del fin necesitamos una fe así. El último libro de la Biblia señala
que el pueblo de Dios en el tiempo del fin se caracterizará, entre otras cosas, por tener la fe de Jesús
(Apoc. 14: 12). En otras palabras, para atravesar los eventos finales de forma segura, tú y yo necesi-
taremos manifestar la misma fe que manifestó Jesús, esa misma fe que él nos otorga por su Espíritu.
IMITEMOS A DIOS
Los cristianos hemos recibido el llamado a imitar a Dios (Efe. 5: 1), y como Dios se entregó por
completo en la persona de Cristo, ahora nos pide una entrega total. Ese es el sentido detrás del primer
mandamiento: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxo. 20: 3). Dios pide exclusividad porque
él ya la dio.
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Aprendan de mí
Así las cosas, ser fieles a Dios es darle al Señor la exclusividad de nuestro amor, de nuestra obedien-
cia y de nuestra adoración, Además implica ser minuciosos en nuestra devoción a Dios, considerando
los asuntos pequeños como igualmente importantes a los más grandes. De hecho, Jesús dijo que «el
que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también
en lo más es injusto» (Luc. 16: 10) y a renglón seguido añadió: «Si en las riquezas injustas no fuis-
teis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que
es vuestro?» (Luc. 16: 11-12). En otras palabras, Jesús cultivó la fidelidad desde su infancia, como
vimos en la introducción de este capítulo. Así que, cuando llegó el momento de realizar el sacrificio
supremo, él estaba listo. ¿Se puede decir lo mismo de ti y de mí hoy? Si malgastamos una vida de
setenta u ochenta años, ¿estaremos listos para administrar toda una eternidad?
Si descuidamos nuestro cuerpo frágil y mortal, ¿estaremos en condiciones de administrar un cuerpo
incorruptible? Si somos mezquinos con los centavos que ganamos aquí en la tierra y nos cuesta de-
volverle a Dios lo que le pertenece, ¿crees que Dios nos confiará las riquezas eternas? Esta vida es una
prueba para saber si somos dignos de heredar las riquezas eternas.
Es por todo lo dicho anteriormente que cuando hablamos de fidelidad en términos eclesiásticos,
lo hacemos teniendo en mente implicaciones prácticas en lugar de solo teóricas. Fue Jesús quien dijo
que «todo árbol se conoce por su fruto» (Luc. 6: 44), con esto estableció que la forma más confiable
de verificar la autenticidad de nuestra experiencia como cristianos es mediante los frutos concre-
tos que produzca nuestra vida. Por eso resulta pertinente, antes de finalizar el tema de Jesús como
modelo de fidelidad, que nos hagamos algunas preguntas para reflexionar:
¿Soy una persona confiable para Dios y para los demás? La Biblia muestra que Dios está buscando
personas que no solo hagan lo que él dice, sino que hagan las cosas como él dice. Ser fieles no es hacer
lo mejor que podamos, es hacer lo que dice Dios en lo grande y en lo pequeño, en lo público y en lo
privado, en lo individual y en lo colectivo.
¿Muestran mi vida diaria, mis decisiones y mis preferencias que vivo para glorificar a Dios? ¿Cómo
uso mi tiempo? ¿Cuido mi cuerpo? ¿De qué me gusta hablar? ¿En qué me gusta pensar? ¿Cómo uso
el dinero y los bienes materiales que Dios me ha otorgado? ¿Qué imagen de Dios perciben mediante
mi conducta aquellos que me conocen?
Por asuntos como los anteriores es que el mensaje de la mayordomía cristiana es tan oportuno y
útil para nuestro crecimiento espiritual.
Cuando la mayordomía nos anima y desafía a ser fieles a Dios, nos está invitando a imitar a Cristo
y de eso se trata el cristianismo. Por eso, mayordomía es espiritualidad y es salvación en Cristo.
No pases más tiempo en la iglesia sin decidir que tu meta en la vida será glorificar a Dios con todo
lo que hagas. Vive como Jesús, que fue fiel a su Padre hasta la muerte en la cruz. Al igual que Cristo,
cumple con lo que Dios te pida fielmente y mantente así hasta el final, como él lo hizo, confiando en
Dios y gloriándote en la esperanza de que el que comenzó en ti la buena obra, la perfeccionará hasta
el día de Jesucristo (ver Fil. 1: 6).
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TEMARI
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