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Un Nino Prodigio - Irene Nemirovsky

Ismael Baruch nació en una ciudad portuaria del sur de Rusia a orillas del Mar Negro. Provenía de una familia judía pobre dedicada al comercio de ropa usada. Ismael demostró un talento precoz para la música y la poesía, lo que llamó la atención de una princesa aristócrata que lo acogió bajo su protección. Sin embargo, al crecer, Ismael perdió su don y quedó dividido entre su antigua vida pobre y su nueva vida aristocrática, sin pertenecer realmente a

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Un Nino Prodigio - Irene Nemirovsky

Ismael Baruch nació en una ciudad portuaria del sur de Rusia a orillas del Mar Negro. Provenía de una familia judía pobre dedicada al comercio de ropa usada. Ismael demostró un talento precoz para la música y la poesía, lo que llamó la atención de una princesa aristócrata que lo acogió bajo su protección. Sin embargo, al crecer, Ismael perdió su don y quedó dividido entre su antigua vida pobre y su nueva vida aristocrática, sin pertenecer realmente a

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En

las tabernas de un puerto del Mar Negro, Ismael, un niño prodigio, canta
los dolores y las alegrías de los miserables y los excluidos. Su talento precoz
fascina a un poeta venido a menos que le introducirá en la corte de la
«princesa». Ismael se convertirá en el juguete de esa caprichosa mujer y
conocerá el lujo de la sociedad aristocrática. Pero los mismos que le
mimaban y aclamaban, lo abandonarán muy pronto a un trágico destino…

[Link] - Página 2
Irène Némirovsky

Un niño prodigio
ePub r1.0
jugaor 21.09.13

[Link] - Página 3
Título original: L’Enfant génial
Irène Némirovsky, 1927
Traducción: Miguel Azaola

Editor digital: jugaor


ePub base r1.0

[Link] - Página 4
Irène Némirovsky tenía veinticuatro años cuando se publicó Un niño prodigio en
Les Oeuvres Libres. Había nacido en Kiev, Ucrania, y su padre era un banquero lo
bastante próspero como para que se le permitiera residir en los barrios de la ciudad
vieja prohibidos a los judíos. A raíz de la Revolución de Octubre, Irène siguió a su
familia a París, un desarraigo doloroso a pesar de su amor por Francia, país que
conocía bien, en primer lugar por haber pasado en él numerosas vacaciones, y
además porque su institutriz francesa, que sustituyó en su cariño a una madre
indiferente, le había familiarizado con su lengua y su literatura. Y lo hizo con tal
éxito que no hay nada en sus escritos, ni siquiera en los más precoces, que deje
percibir su origen extranjero. Sin embargo, a pesar de una aclimatación fácil, todo
hace pensar que el exilio dejó en ella una profunda herida. Sería una asmática que
siempre echaría en falta el aire puro y glacial de las vastas estepas blancas; una
parisina que añoraría el abigarrado bullicio de los puertos del Mar Negro. En
quince años publicaría quince libros, seis de los cuales —desde el David Golder, que
la encumbró a la gloria, a La vida de Chéjov, publicada después de su muerte—
tienen como escenario su tierra natal.
¿Quién de entre sus compañeros de la Sorbona, para los que probablemente no
era más que una jovencita algo más rica y más mimada de la cuenta, despreocupada
y frívola, podía sospechar que, al volver de un baile o de una loca escapada a
Deauville en el asiento trasero de una moto, se encerraba en su habitación y escribía
sin que nadie lo supiera? Y no con la alegre superficialidad que se esperaba de las
mujeres de su época, sino textos sombríos, violentos, incluso cínicos. Hasta el punto
que el editor de su primera novela, que ella envió sin identificarse, se quedó
estupefacto cuando al fin la conoció, al ver aterrizar en su despacho a aquella
chiquilla de grandes ojos miopes, a la que sometió a un estrecho interrogatorio para
asegurarse de que no estaba haciendo de tapadera de algún autor ya curtido que
quería gastarle una broma.
Bajo su apariencia alegre y sencilla se ocultaba ni más ni menos una persona tan
atormentada, misteriosa y precoz como Ismael Baruch, el niño prodigio para quien
tanto los juegos de la luz sobre las olas como las callejuelas sombrías de las
barriadas pobres, tanto las lágrimas de una madre llorando sobre su hijo muerto de
hambre como los livianos amores de las chicas del puerto con los marineros, todo
era tema para sus canciones. Y sus novelas impresionaron a críticos y lectores lo
mismo que los poemas improvisados de su pequeño héroe cautivaban tanto a los
marineros, a las prostitutas y a las gitanas de los garitos del puerto de Odessa como
a los aristócratas y sus princesas en sus palacios. También ella poseía ese don que
nada puede hacer florecer si no se ha tenido desde siempre, aunque las
circunstancias puedan favorecer su revelación; ese injusto regalo de la vida por el
que el receptor paga —a veces en exceso— con una sensibilidad frente al mundo tan

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aguda que es causa de un sinfín de heridas y tormentos.
Con su espontánea poesía, el pequeño Ismael encanta a quienes le escuchan. Un
aristócrata enamorado decide regalárselo a su amante como quien regala un mono
inteligente. El crío harapiento cambia de universo de pronto. Sólo conocía la
fealdad, la grosería, la ignorancia; y queda prendado del lujo y la belleza. Pero
sobre todo de su bienhechora, la princesa, a cuyos pies, vestido a su vez como un
pequeño príncipe, mimado, consentido, admirado, canta sus canciones inocentes
mientras ella alarga hacia sus bucles «unos largos dedos blancos cargados de
caricias».
Un día cae gravemente enfermo. Su enfermedad puede ser sencillamente la
adolescencia, esa fiebre que disuelve los fáciles encantos de la infancia, hace agudos
los ángulos y desvela los rasgos abruptos de un rostro, despojándolo de su máscara
de dulzura, y despeja lo esencial de una personalidad que ya no es espontánea, sino
construida y asumida. A veces el «don» no resiste el huracán. Ismael, que lo había
recibido y compartido sin cuestionárselo, ahora lo hace. Sus poemas le parecen
pueriles y sin arte. Intenta paliar sus carencias con el estudio, el esfuerzo, la
imitación. Ya no es un niño prodigio. Y no consigue convertirse en un hombre de
talento. Abandonado por la princesa, en cuyos ojos «lúcidos, burlones y sabios»
hubiera debido fijarse más que en la boca que tanto le gustaba, busca refugio entre
los suyos. Por desgracia, ha cambiado demasiado. No le reconocen. Dividido entre
dos mundos, no pertenece a ninguno de ellos.
Rusa y francesa, judía y católica —se bautizaría muy poco después—, también
Irène Némirovsky estaba desgarrada entre mundos diversos. Al descubrir este
«cuento», escrito cuando la autora nada podía adivinar del terrible destino que le
esperaba, no es posible dejar de medir hasta qué punto la metáfora se aplica a su
propio caso. Siendo rusa, durante la mayor parte de su carrera literaria se empeñó
en ser una escritora francesa, privando así a su talento de uno de sus ingredientes
esenciales: su musicalidad eslava. Siendo judía, rechazó sus orígenes, llegando
incluso a hacer suyos algunas veces ciertos tópicos antisemitas que afloran en la
primera versión de Un niño prodigio. Como francesa, amó los suaves paisajes, tan
diferentes a los violentos decorados de su infancia, e hizo suyas unas costumbres
civilizadas que le parecían ser la garantía contra la barbarie. Y, sin embargo, la
asimilación la destruyó en lugar de salvarla. Los pogromos, que en su narración
causan la ruina del abuelo de Ismael, no se limitaron a los barrios bajos de Kiev o al
puerto de Odessa; galoparon a través de Europa y alcanzaron a Irène en el distrito
VII de París. Porque la intolerancia que conduce a la barbarie no es privativa de un
pueblo ni de una época y, antes de asesinar físicamente, mata moralmente, al asfixiar
las diferencias que son la riqueza de los hombres. Los guijarros que, siguiendo el rito
judío, siembra el padre de Ismael sobre la tumba de su hijo, tras haber pisoteado con

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rabia las flores que ha hecho depositar en ella la princesa, cubren también la fosa
común a la que fue arrojado el cuerpo de Irène Némirovsky.
«No iré al exilio por segunda vez», contestó en 1942 al gendarme que le proponía
la fuga para escapar del tren que iba a conducirla primero a Pithiviers y luego a
Auschwitz. Puede que con ello estuviera aludiendo no sólo al cruel viaje que la había
alejado para siempre de su querida Ucrania en 1918, sino también al exilio interior
del que, como sin duda había comprendido desde la promulgación de las leyes del
régimen de Vichy sobre el estatuto de los judíos, ya no se salvaría. Como tampoco se
había salvado el pequeño Ismael al cambiar su familia pobre por las casas de los
ricos; al perder la confianza en su «don» e intentar sustituirlo por lecciones
aprendidas.

ÉLISABETH GILLE

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Ismael Baruch había nacido un día de marzo en que nevaba mucho en una gran
ciudad marítima y mercantil del sur de Rusia, a orillas del mar Negro. Su padre vivía
en el barrio judío, no lejos de la plaza del mercado. Se dedicaba a la reventa de ropa
vieja y chatarra. Todavía usaba un viejo caftán raído, unas babuchas y, a cada lado de
la frente, como era de rigor, lucía unas cortas mechas en tirabuzón llamadas peiess.
Su mujer le ayudaba en su comercio y le proporcionaba hijos. Ella llevaba sobre sus
cabellos, cortados al cero desde el día de su boda, de acuerdo con la Ley, una peluca
negra, lanosa y rizada, que le daba una cierta apariencia de mujer negra, desteñida por
las nieves y las lluvias del norte. Era trabajadora, no más avara de lo necesario, y de
buena conducta. Se acordaba de tiempos más felices, pues su padre había sido rico
antes de que le quemaran la casa un día de pogromo, el Domingo de Pascua que
siguió al asesinato de Alejandro II.
A la madre de Ismael no le quedaban de su prosperidad pasada más que dos aros
de oro en las orejas. Eran para ella más queridos que su propia vista. Tintineaban con
un sonido claro, burlón, mientras ella iba y venía con su vestido de indiana manchado
y ajado, ordenando la tienda, fregando el suelo los viernes o cortando en trocitos muy
pequeños el pan negro y los dientes de ajo que repartía entre los de la casa.
Éstos aumentaban todos los años. Los niños pululaban en el barrio judío; andaban
a empujones por las calles, mendigaban, discutían, insultaban a los viandantes, se
revolcaban medio desnudos en el barro, se alimentaban de peladuras, robaban, tiraban
piedras a los perros, se pegaban y llenaban el barrio de un clamor infernal que nunca
se apagaba.
Los Baruch, por su parte, habían aportado catorce. En cuanto crecían un poco,
emigraban al puerto, donde desempeñaban todo tipo de oficios insólitos: ayudaban a
los cargadores y estibadores, vendían sandías robadas, pedían limosna y prosperaban
como las ratas que corrían por la playa entre los viejos barcos.
Atrapados por la ciudad o por el mar, casi nunca volvían a casa. Muchos zarpaban
en los grandes barcos que iban a Europa cargados de grano y cereales.
Pero la mayoría morían en la primera infancia. Las epidemias infantiles hacían
estragos en el barrio judío y se llevaban por delante niños a centenares. Los Baruch
perdieron así a la mitad. Su vecino, el carpintero, aceptaba clavar unas tablas a guisa
de ataúd a cambio de un pantalón viejo o una cazuela abollada. La madre lloraba un
poco, desnudaba el cuerpecillo y lo acostaba en la caja recién hecha que olía a resina
de pino. Baruch la llevaba bajo el brazo al cementerio judío, un triste recinto donde
las tumbas sin cruz se apretaban unas contra otras y no crecían las flores. Y pronto
nacía un nuevo niño que sustituía al que había muerto, llevaba su ropa y ocupaba su
mismo rincón en la vieja estera que servía de lecho para toda la familia. Luego crecía
y se marchaba a su vez.
Cuando Ismael tuvo diez años cumplidos, se quedó solo. Se dio cuenta porque su

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ración de pan y ajo había aumentado y porque un día su padre le llevó a ver al rabino
que enseñaba a los niños el alfabeto judío a cambio de un rublo al mes. Era una
cantidad que Baruch no hubiera podido distraer de su escaso presupuesto si hubiera
tenido otros hijos o la esperanza de tenerlos, pero su mujer y él se estaban haciendo
viejos e Ismael era el menor de su prole.
Ismael aprendió muy deprisa a leer, a escribir, a salmodiar oraciones y recitar de
memoria versículos de la Biblia.
La casa del rabino era caliente y, en invierno, a Ismael le gustaba quedarse en ella
un par de horas, acurrucado al calor que irradiaba la estufa, mientras a su alrededor
una veintena de vocecillas repetían sin descanso alguna frase sagrada, monótona y
lastimera. Pero, cuando quisieron enseñarle a hacer cuentas, se escapó y se puso a
vagabundear por el puerto, como habían hecho sus hermanos mayores antes que él.
La ciudad pasaba de abrasarse bajo los soles del verano a sufrir los latigazos de
los vientos del invierno, pero en primavera el oleaje libre y bravío del mar estaba
cargado de todos los perfumes de Asia. A Ismael le gustaban la ciudad y el puerto. Le
gustaba también la plaza del mercado en las mañanas de verano, con sus pilas de
tomates, de pimientos y de melones amontonados, y los rosarios dorados de cebollas
enredándose entre los puestos. Las vendedoras abrían los vientres rojos del pescado;
en los cubos de agua salada se maceraban montones de pequeñas manzanas verdes y
ácidas, con las que las amas de casa hacían conservas. Ismael recogía bubliks[1]
perdidas entre los pies de los viandantes, o un puñado de cerezas medio aplastadas
por los caballos. Se veían cáscaras de sandía tiradas por todas partes, y había carretas
enteras llenas de las pesadas frutas, redondas como lunas verdes; las cortaban y las
despachaban en tajadas jugosas, rojas y dulzonas. En cuanto Ismael tenía un kopek[2]
en el bolsillo, se compraba una y pasaba el resto del día chupando la carne rosa que
se le deshacía en la boca.
En la plaza del mercado podían verse hombres de tres razas diferentes que se
codeaban sin mezclarse nunca. Rusos de largas barbas piojosas y de ojos dulces en
caras elementales, talladas en dos o tres grandes trazos, como los juguetes de madera
de pino; popes con cabellos lisos como los de Cristo; campesinos con blusones de
algodón; mercaderes con blusones de seda. Luego estaban los tártaros, con la cabeza
envuelta en un turbante, que no hablaban mucho y se limitaban a desplegar en
silencio ante los ávidos compradores sus muestrarios cargados de turrón, de lokum[3]
y de papel de Armenia perfumado de incienso. Y por último los judíos, vestidos con
sus grasientas hopalandas, que saltaban como viejos pájaros, cuales desplumadas
aves zancudas, y que lo entendían todo, lo conocían todo, lo vendían todo y
compraban aún más.
Y el sol se derramaba sobre todo ello y el eterno viento del mar danzaba
alegremente entre el polvo, y cuando caía la tarde, las campanas de la iglesia

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ortodoxa sonaban, se llamaban y se respondían ahogando la voz del almuédano, cuya
silueta muda y blanca, encaramada al tejado de la única mezquita, se disolvía
lentamente en la noche.
Pero, por encima de todos ellos —judíos, tártaros o rusos—, Ismael prefería a la
chusma indefinida que bullía en el puerto: gentes del Levante que olían a ajo, a marea
y a las especias que el mar había recogido en todas las costas del mundo y había
arrojado allí como una espuma.
Dormían todo el día a la sombra de las barcas que se pudrían en el agua estancada
del puerto, pero, por la noche, se reunían en los tugurios de los alrededores, bebían,
se peleaban y a veces cantaban en las lenguas de todos los países del universo. Ismael
había hecho amistad con varios de ellos: marineros, estibadores, vagabundos. Les
ayudaba en sus tareas y se ganaba así, mal que bien, su pan de cada día. Pero, al
llegar la noche, en lugar de volver a la tienda, les seguía a la taberna. Aquellos
hombres se divertían haciéndole beber. A sus diez años conocía el sabor de los
distintos alcoholes importados de todos los rincones del mundo: el vodka ruso de
paladar de fuego, el raki[4], la ginebra y unas terribles mezclas que tragaba
gesticulando horriblemente, pero sin la menor protesta, orgulloso de que le
admirasen.
Su cabeza empezaba entonces a dar vueltas, los ahumados muros de la taberna
danzaban ante sus ojos fatigados y las voces de los cantantes le llegaban más veladas
y más profundas a través de la dulce lasitud que le entumecía los miembros.
Un tipo grandullón, que se llamaba Sidorka y había navegado por el Volga
durante años antes de dar con sus huesos en las orillas del mar Negro, le enseñó las
canciones que se cantan en el río. Pronto Ismael las supo de memoria; tenía un timbre
puro, suave y penetrante a la vez, y siempre cantaba sin cansarse hasta quedar
dormido, ebrio tanto de música como de aguardiente.
El caso es que Sidorka vivía con una fulana del puerto, conocida por la Lisanka,
que hubiera sido guapa de no ser por la terrible cicatriz que le desfiguraba la mejilla
derecha. Sidorka la molía a golpes y le quitaba continuamente el poco dinero que
ganaba. Hasta que un día ella murió. Sidorka vendió los pobres trapos que la Lisanka
había dejado, fue a la taberna y, cuando hubo bebido, se echó a llorar.
Era una noche muy calurosa y saturada de centelleos de estrellas. Sidorka salió
del pestilente recinto y fue a sentarse fuera, sobre el pretil. Sus piernas colgaban
sobre el vacío. A su lado tenía un litro de aguardiente.
Ismael le había seguido. En la sombra se oía el chapoteo del agua del puerto y el
chirrido de los barcos próximos. Ismael tocó al borracho con el dedo.
—¿Estás triste?
El otro no le contestaba. Se balanceaba como si fuera un oso y canturreaba por lo
bajo una melodía ininteligible.

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Acabó por decir, con voz pastosa:
—Cántame, pequeño…
—¿Qué quieres que te cante? —preguntó Ismael.
El otro, sin escucharle, seguía repitiendo:
—Cántame, pequeño, canta…
Ismael se sentó a horcajadas sobre el pretil y, marcando el compás con los pies
desnudos sobre la piedra, entonó la endecha de los remeros del Volga, pero el hombre
le interrumpió:
—No, no, cántame algo de Lisanka, de Lisanka…
—Estás bebido —dijo Ismael.
Pero el otro, con su obstinación de borracho, le seguía suplicando. Luego dijo
llorando:
—La quería… Está muerta…
Entonces Ismael, cerrando los ojos, se puso a cantar, a salmodiar más bien, con
una voz lenta y pura que vibraba de forma singular en el silencio de la noche:

Está muerta y yo arrastro mis inútiles días


como el pescador tira de las redes vacías.

—Sí, sí, eso es —sollozó Sidorka—, sigue cantando, pequeño.


Se balanceaban ambos sobre el pretil, echando la cabeza hacia atrás, cara al cielo
inmenso en el que las estrellas temblaban con tal fuerza que parecían comunicar una
especie de dulce vibración incesante al firmamento entero.
E Ismael seguía cantando, embriagado por las palabras que inventaba:

Está muerta la que amaba más que a mi vida…

Se esforzaba por acompasar sus frases al ritmo de las canciones populares, y


emitía de vez en cuando un eyá gutural y sonoro que Sidorka repetía con voz potente.
Algunos hombres que salían del garito rodearon a Ismael en silencio. La música
actuaba como el vino sobre las toscas y soñadoras naturalezas de todos ellos. Y
escuchaban pasmados aquellas palabras nuevas…
Le hicieron cantar durante toda la noche. Repetían a coro las cantinelas que él
descubría en su alma como tesoros depositados por Dios en ella desde toda la
eternidad. Le daban de beber cuando se detenía, agotado. Al fin calló, y rodó sin
hacerse daño bajo el pretil, sobre la arena, donde se quedó dormido entre las
peladuras y los cascos de botella.

* * *

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La noche siguiente, en la taberna, lo levantaron de pie sobre la mesa y le hicieron
cantar de nuevo. El niño no pensaba de antemano lo que iba a decir; las palabras
despertaban en él como pájaros misteriosos a los que sólo tenía que dejar volar, y la
música adecuada las acompañaba con la misma naturalidad. Las reyertas, los gritos,
las risas de las mujeres achispadas no le perturbaban, porque inventaba sin cesar
canciones de bebedor, para las que todo aquel ruido, todos aquellos clamores
resultaban indispensables. O a veces, ladeando la cabeza, iniciaba lentas melopeas
quejumbrosas que todos aquellos eslavos desconocían y que no eran sino un eco
inconsciente de los tristes cantos judíos que, como un inmenso sollozo más intenso
cada siglo, llegaban desde un tiempo inmemorial hasta su alma de niño. Entonces los
demás callaban y le rodeaban en círculo, apretujándose para escucharle mejor,
embrujados, con ojos iluminados por la ensoñación en sus bastos semblantes.
Le obligaban a repetir la misma cosa veinte veces y él se prestaba de buen grado,
más orgulloso de su ascendiente sobre todos aquellos hombres, que habrían podido
machacarle fácilmente de un solo puñetazo, de lo que nunca estuviera el niño Orfeo
entre las bestias salvajes. Su fama brillaba en el barrio cada vez más. Su áspera
naturaleza le hizo exigir dinero por cada velada. Le echaban kopeks a puñados. Muy
pronto no tuvo necesidad de trabajar en otra cosa. De día, dormía al sol o
zascandileaba por las calles. Los chavales de su edad le trataban con deferencia
porque contaba con la protección de toda la hez del puerto. En casa, sin embargo, su
reputación no impresionaba todavía a nadie. Viendo que Ismael se desentendía de la
escuela, su padre rezongaba y su madre se lamentaba. Pero, como Ismael traía dinero,
no le hostigaban. Además sólo hacia apariciones breves en el tenducho paterno; se
asfixiaba en aquel ambiente sombrío, mohoso. Prefería la miseria de sus amigos del
puerto que, por lo menos, nunca andaban escasos de alcohol, música y mujeres.
Poco a poco, los Baruch consideraron a Ismael tan perdido para ellos como sus
trece hermanos y hermanas que habían muerto o se habían ido lejos. Acostumbrados
a sufrir, se limitaron a añadir este nuevo quebranto a todos los que el Señor se
complacía en infligirles a ellos y a los de su raza.
Hacía tres noches que, en la taberna de la Punta del Muelle, un hombre se
mezclaba con los marineros y escuchaba a Ismael. Era invierno, y los vientos helados
que venían de la estepa danzaban en ráfagas en torno a las puertas cerradas. El
hombre llevaba un abrigo de nutria y un gorro de piel calado hasta los ojos. Los
habituales no le conocían y el patrón, al principio, le miraba con desconfianza. Pero
una noche invitó a beber a todos los presentes y la noche siguiente dejó en el plato
dos billetes de veinticinco rublos como pago por dos botellas de vodka de treinta y
cinco kopeks cada una. Cuando se marchó, corrió el murmullo de que se trataba de un
barin[5], y Machutka, una de las mujeres, se jactó de conocerle y de haberle visto en
algunos lugares de mala fama del puerto. Era un príncipe, dijo, generoso y rico, al

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que, además de beber, le gustaba recorrer los prostíbulos y los garitos. Aquello no les
extrañó demasiado: los oficiales y los señores de los alrededores remataban a menudo
sus noches en alguna traktir[6] del puerto, pero en grupos y nunca solos, así, como
éste, con una arrogancia que producía respeto, sin nadie que le defendiera frente a
tanto individuo peligroso. Llegaba, se sentaba sin decir palabra y se embriagaba
metódicamente. Sus ojos se encendían entonces y su rostro delicado y atormentado se
iluminaba con la más encantadora de las sonrisas. Invitaba a beber, luego hacía bailar
a las mujeres y se marchaba, tras haber distribuido dinero a todo aquel que creyera en
Dios, como decía Sidorka.
Una noche, cuando Ismael terminó de cantar, le llamó con un vago gesto de la
mano:
—Ven acá, pequeño…
Ismael, en pie ante el forastero, se dejaba contemplar en silencio. Era cierto que el
barin estaba borracho, pero en sus ojos inyectados en sangre había una admiración
consciente que era nueva para Ismael. El barin extendió hacia la ensortijada
pelambrera del pequeño unos dedos largos y finos que el alcohol hacía temblar
ligeramente.
—¿Cómo te llamas?
—Ismael.
—¿Eres judío?
—Sí.
—¿Dónde has aprendido tus canciones?
—En ninguna parte… Las invento…
—¿Quién te ha enseñado a traducir así lo que piensas y lo que sientes?
—Nadie… Todas esas cosas que digo cantan dentro de mí…
Un rictus de sorpresa recorrió las facciones del barin, pero no dijo nada. Llamó al
patrón y se limitó a indicarle su botella vacía. En cuanto hubo bebido otra vez, se
volvió hacia Ismael:
—Canta, pequeño… Me siento triste…
Ismael había oído muchas veces aquella frase u otras parecidas, ya que todos sus
amigos del puerto acudían a él cuando estaban tristes. Conocía bien la angustia
difusa, aplastante, que pesaba sobre todas aquellas almas sencillas en cuanto un
momento de ocio les permitía pensar vagamente en su ruda existencia, en la injusticia
del destino, en la miseria, en la muerte. A partir de su tristeza, Ismael elaboraba
canciones con facilidad, como quien confecciona magníficas joyas con el oro en
bruto. Pero la melancolía del barin le desconcertaba. Aquellos grandes ojos llenos de
turbación y ensueño, fijos en él, hablaban un lenguaje que no era capaz de
comprender.
El barin esperaba todavía. Ismael bajó los párpados y, de repente, preguntó:

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—¿Por qué te sientes triste?
El otro sonrió amargamente:
—Es verdad, tú no puedes saberlo… Se ha ido… Canta por mí y por ella,
pequeño poeta… Me ha dejado…
El niño se apoderó de una balalaica abandonada sobre una mesa. Había aprendido
a tañerla un poco y comenzó, con una voz vacilante que se hacía más firme a medida
que cantaba:

Estoy triste porque me ha dejado mi bienamada.


Cantad, bebed, compañeros.
Vuestras voces espantarán al negro demonio de mi dolor.
El vino ahogará mi pena.

De vez en cuando, Ismael pinzaba con una mano las cuerdas de la balalaica,
mientras cantaba con toda su alma, como nunca había cantado hasta entonces. Un
orgullo desconocido, nuevo, le invadía el corazón.
El barin le escuchaba con la cabeza entre las manos. Cuando Ismael calló,
permaneció largo rato así, sin hablar, sin moverse. Luego alzó la frente, hurgó
distraídamente en sus bolsillos, echó ante sí dinero, unas monedas de oro, unos
billetes, y se fue. Al llegar a la puerta se tambaleaba. Ismael vio que lloraba. En torno
a la mesa se produjo inmediatamente una terrible barahúnda. Se disputaban el dinero
que había dejado el barin. Las candelas cayeron al suelo. Hubo gritos, juramentos,
ruido de lucha, mujeres que aullaban como perros aplastados, el sonido sordo y
apagado de un cuerpo al caer. Cuando se encendieron otra vez las velas, se vio que
todos los billetes habían desaparecido. Cada uno sospechaba de su vecino, pero el
ladrón era Ismael que, ágil como un gato, se había deslizado entre las piernas de los
combatientes y había huido, llevándose el botín. Ahora corría con todas sus fuerzas
por las calles desiertas del puerto. La nieve le azotaba el rostro con sus copos
húmedos y blandos. Sus pies desnudos estaban ateridos de frío dentro de las
destrozadas botas, demasiado grandes para él, que iba perdiendo a cada paso. Pero un
júbilo desconocido impulsaba todos sus miembros, un sentimiento tal de potencia y
orgullo que hasta desdeñaba mirar hacia dónde se dirigía; parecía realmente, en su
carrera ciega, rápida y segura, que lo transportasen las poderosas alas de un dios.
Sólo se detuvo cuando tropezó de pronto con el pretil del muelle. A sus pies se
desataba la marejada, libre y salvaje. El niño levantó los brazos con un gran ¡eyá!,
triunfal y volvió a salir corriendo. Tenía los bolsillos llenos de dinero. Las canciones
nacían en sus labios como el viento de invierno sobre las olas. Y había hecho llorar al
barin… ¡Eyá!
Durante largos meses, el barin no regresó. Ismael seguía viviendo su extraña
vida. Tenía ya trece años, era alto y hermoso y había mujeres complacientes que,

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detrás de una barca carcomida o a la sombra de un muro, le habían enseñado ya cómo
hacer el amor. Después, les gustaba oírle cantar, pero, mientras ellas suspiraban
enternecidas por las caricias, él tarareaba un estribillo burlón y salía a escape con su
risa cruel de hombrecito.
Hasta que, una noche de diciembre, se oyeron a la puerta de la taberna cascabeles
de trineos y gritos de cocheros, y una partida de oficiales y nobles borrachos invadió
el local. Entre ellos, Ismael reconoció al barin. Hablaba muy alto, gesticulaba y, en su
cara enrojecida por el frío y el alcohol, sus ojos de dilatadas pupilas parecían
inmensos.
Ismael dormía sobre la estufa cuando entraron. Se incorporó al oír al barin, que
gritaba:
—¿Está ahí el pequeño judío? ¿El pequeño poeta? —luego, al ver al niño, avanzó
hacia él—: Vamos, baja de ahí… Síguenos… Tendrás todo el dinero que quieras…
Pero has de seguirnos toda la noche y cantar para nosotros tus más bellas canciones…
Ha vuelto, ¿lo sabías? Mi hermosura, mi reina… Vamos, ven, ven rápido, te lo
suplico, rápido…
Estrujado y arrollado, Ismael, sin saber cómo, se encontró fuera, envuelto en un
cobertor de piel de oso y tirado como un paquete en el fondo de un trineo. Luego oyó
llamadas, risas, restallar de látigos y, enseguida, el largo silbido del viento en sus
oídos y el chirrido peculiar de la aguda cuchilla del trineo al correr sobre la nieve
endurecida. Permaneció sin moverse, acurrucado en su piel de oso, con los ojos muy
abiertos hacia la noche, sin ver más que un farol amarillo que bailaba ante él
iluminando las grupas de los caballos, cubiertas de nieve. Habían dejado la ciudad y
corrían a toda velocidad —diez o quince carruajes, uno tras otro, en fila— a campo
través. Ismael miró hacia la parte de atrás del trineo. Allí vio dos sombras
confundiéndose en una sola que se besaban voluptuosamente en los labios.
Observándolas aún más, reconoció al barin y a una mujer vestida de negro con un
gran brillante en el cuello que refulgía en la noche con una fantástica luz. Entonces se
hizo un ovillo contra las piernas del hombre y la mujer, abrazados bajo el cobertor, y
se durmió deliciosamente.
No por mucho tiempo. Sintió que lo llevaban en brazos y pronto se encontró de
pie en medio de una gran habitación llena de gente. Más tarde supo que aquella casa,
fuera de la ciudad, formaba parte de la famosa «Aldea Negra» donde vivían los
zíngaros. Los trineos se detenían uno tras otro ante la escalera de entrada y de ellos
salían hombres borrachos, dando gritos, cantando, riendo. Sus botas, llenas de nieve,
crujían en las losas de mármol del vestíbulo. Ismael vio como unas mujeres morenas,
adornadas con velos y colgantes de monedas de oro, acudían a su encuentro. Luego
abrieron ante él una puerta y le empujaron dentro de otra habitación, esta vez muy
pequeña, con amplios divanes, candelabros encendidos, una ardiente estufa y una

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mesa para dos comensales.
Ismael observó maravillado las rosas que había en los jarrones y entre los
pliegues del mantel. Sus ojos admirados se abrieron de par en par; era la primera vez
en su vida que veía flores en diciembre.
El barin entró, apretando contra sí a la mujer de negro. La llevó hasta el diván y
se dejó caer en él, sentado a su lado. Luego, como si estuviera hambriento, se puso a
cubrir de besos sus manos y su rostro. Los demás, sentados a la mesa en la habitación
contigua, producían una barahúnda infernal. De vez en cuando se oía el ruido de un
vaso estrellándose con estrépito contra la pared. Las risas enloquecidas de las mujeres
ebrias penetraban como taladros en el cerebro de Ismael.
Pero la mujer de negro no parecía borracha. Sus ojos expertos y burlones se
mantenían lúcidos. Vio a Ismael de pie, inmóvil, junto a la estufa. Dijo:
—Este niño debe de tener hambre.
El barin masculló:
—Claro, claro… Que vaya a las cocinas y…
Ella le interrumpió:
—¿Y eso por qué? Que cene con nosotros…
—Si tú quieres… No tienes más que ordenarlo, ya sabes…
Ismael se acercó, se sentó en la silla que se le indicó y se puso a comer. Nunca
había probado semejantes manjares, pero lo que le atrajo por encima de todo fue el
champán. La mujer, ahora medio recostada sobre las rodillas de su compañero, le
observaba a través de sus pestañas semicerradas. Cuando Ismael quiso agarrar la
botella, le detuvo con un gesto.
—Deja eso… Es malo para los niños…
Él volvió a dejar la botella en la mesa, con una mirada de sorpresa.
Ella sonrió levemente.
—Ahora ve a abrir la puerta y di a los zíngaros que vengan.
Entraron dos hombres y una decena de mujeres morenas, cubiertas de joyas, con
grandes velos ceñidos a sus frentes, y empezaron las canciones y las danzas.
Ismael, tendido cuan largo era sobre la alfombra, escuchaba con el corazón
palpitante aquellos poemas tan parecidos a los suyos y aquella música bárbara,
distinta a todas las músicas del mundo. Las zíngaras se levantaban una tras otra y
bailaban haciendo ondular libremente sus cuerpos bajo los velos. Luego giraban
sobre sí mismas, más y más deprisa, mientras los espectadores daban palmas cada vez
con más fuerza y todo parecía dar vueltas alrededor de Ismael en un corro
desenfrenado, impúdico y salvaje.
De pronto sintió que la mujer de negro le tocaba el brazo:
—¿Te gusta esto?…
Y entonces, impulsado a lanzar una insólita bravata, respondió, encogiéndose de

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hombros:
—Mis canciones son mucho más hermosas. Y sólo serán para ti. Sólo para ti,
princesa… Después, nadie volverá a oírlas jamás…
—Pues, entonces, canta —dijo ella suavemente.
—Haz que se vayan todos y manda que me traigan una balalaica, princesa…
—¿Por qué me llamas así?
—¿Es que no lo eres? —preguntó él, ingenuamente.
Ella volvió a sonreír:
—No, pero no importa…
Con un gesto de la mano, pidió a los zíngaros que cesaran y la dejaran. Se fueron
tumultuosamente, vaciando los vasos a su salud. Le dieron a Ismael una balalaica y él
se sentó en el suelo, con la espalda contra la estufa y cruzando las piernas bajo su
cuerpo. La princesa le miraba con la mejilla apoyada en una mano, mientras con la
otra acariciaba distraídamente el pelo de su amante que, echado a sus pies, le besaba
las rodillas a través del vestido.
Ismael alzó hacia ellos su singular carita, pálida y ansiosa, vaciló un momento y
al fin se puso a cantar. Sus palabras eran ingenuas y sencillas, las mismas que con
tanto acierto traducían las penas y alegrías de los vagabundos del puerto y que, por
ello, producían insólitos acordes en los corazones. No tenían rima ni cadencia, sino
un ritmo natural como el del viento o el mar, una poderosa y misteriosa armonía.
El niño cantaba con una voz aguda y pura. Sus ojos, fijos en el vacío, parecían
seguir el desarrollo paulatino de una larga página que sólo él pudiera ver. Los
adolescentes bíblicos animados por el soplo de Dios debían de haber sido como él.
Cuando terminó, miró a la princesa con un sencillo y profundo orgullo.
Ella callaba.
Por fin dijo:
—Pequeño, ¿sabes que algún día serás un gran poeta?
Y añadió, como hablando consigo misma:
—El genio, pequeño… es eso…
Él no decía nada. ¿Qué iba a decir? No sabía qué era aquello.
El barin, alzándose sobre un codo, sentenció con la voz lejana de un hombre
ebrio:
—Este niño… este niño… ¿Qué te había prometido yo?
La princesa exclamó:
—No puede quedarse así… Míralo… Es un mísero, un ignorante, un
hambriento… un pequeño judío del puerto… Y, sin embargo, lleva el genio dentro de
sí… ¿No lo ves?
El barin extendió perezosamente la mano hacia la frasca de vodka y sentenció:
—Es feliz así… Es feliz porque no conoce su propio genio… El día que lo

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conozca, será desgraciado… También yo fui un gran poeta…
—Y ahora no eres más que un borracho, ya lo sé —concluyó ella con dureza.
Luego se volvió hacia Ismael y le preguntó con cierta aspereza—: Pequeño, ¿verdad
que quieres ser algún día un gran poeta, ser rico, ser un hombre ilustre?
—No lo sé —murmuró Ismael.
Se sentía abrumado por una inmensa angustia, por el miedo, por la rebeldía frente
a aquella mujer que quería violentar su vida libre.
Pero ella, fijando en él sus ojos oscuros y redondos como los de un ave de presa,
añadió:
—¿Vivir conmigo?
Y entonces, bajando la cabeza, Ismael dijo:
—Sí.

* * *

Al día siguiente, por la mañana, un trineo de lujo devolvió a Ismael a su casa. Su


padre, que no le había visto desde hacía tres días, creyó morir, embargado por la
emoción. Al saber lo que había ocurrido, meneó la cabeza varias veces, sin decir
palabra, y salió de la casa tras encomendar encarecidamente a su mujer que no dejara
marchar a Ismael hasta que él volviera. Y corrió a ver a su suegro, que era hombre de
sabio consejo.
A todo esto, a Ismael ni se le pasaba por la cabeza escaparse de nuevo; se caía de
sueño y eso era todo. Se arrastró hasta un rincón del cuarto, se echó por encima un
faldón de la hopalanda paterna y se durmió entre visiones de zíngaros, festines y
mujeres vestidas de negro, con brillantes en el cuello, que danzaban a su alrededor
entre risas mudas y hechizantes.
Mientras tanto, Baruch recababa informes sobre la princesa. Enseguida supo que
era la viuda del general que tiempo atrás había sido gobernador de la ciudad. También
se enteró de que poseía grandes propiedades en el sur, refinerías y bosques que
cubrían varios millares de hectáreas. Por último le dieron el nombre de su amante, el
poeta Romano Nord, en quien Baruch reconoció de inmediato a aquel a quien Ismael
llamaba «el barin». Nord vivía con ella desde hacía seis años. Ella le dejaba y volvía
a tomarlo a su capricho. Se decía que él bebía para olvidarla, pero su terrible vicio no
le salvaba; dentro del vino, en el fondo del vaso, creía ver como en un espejo el rostro
imperioso de su amante.
Tras recorrer todo el barrio judío, Baruch volvió a su casa. En la tienda le
esperaba la princesa, perfumada y vestida de negras pieles. Un sombrerito oscuro de
alas anchas cubría sus cabellos como un ave nocturna.
La princesa esperaba ser recibida como si fuera un hada madrina. Pero, con gran

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extrañeza por su parte, tropezó con una resistencia inimaginada. Ella era, sin duda,
una de esas criaturas altivas que fuerzan al mismísimo destino a plegarse a sus
caprichos como quien doblega el cuello de un caballo rebelde, pero nunca hasta
entonces había tenido que vérselas con un viejo judío de la plaza del Mercado. Para
cuando salió del tenducho de los Baruch, después de una hora de regateos, había
prometido toda una pequeña fortuna a cambio del derecho a encargarse de la
educación y de la instrucción de Ismael. Hasta que todo quedó acordado e incluso
firmado sobre un espeso papel grasiento, no se dio cuenta de que la habían
embaucado. Pero era demasiado tarde para volverse atrás. Además, consideraba que
aquel extraordinario niño poeta, de pelambrera ensortijada que casi tapaba sus ojos de
fuego, valía todo lo que le estaban haciendo pagar por él y más aún.
Con verdadero placer, se puso a preparar la habitación de la que Ismael tomaría
posesión al día siguiente.
La princesa vivía en un antiguo palacete, al fondo de un jardín poblado de
estatuas. De trecho en trecho, entre los negros árboles, se alzaba, sonriente, una forma
marmórea de ojos vacíos; y la nieve subrayaba con un ribete blanco, como un
plumón, las líneas puras de sus bellos miembros desnudos.
Al día siguiente, Ismael paseó, serio y silencioso, por el parque y las habitaciones
del palacete, adornadas con tapices y espejos pintados a la italiana, pájaros y flores.
La princesa, maravillada, comprobó que se encontraba francamente cómodo entre
todos aquellos objetos, a pesar de que eran más extraordinarios para él que si fueran
visiones del Paraíso. Y cuando estuvo bañado, peinado y vestido como un joven
señor, con un traje de terciopelo y un gran cuello de encaje terminado en puntas,
pareció de pronto un retrato de Van Dyck, un encantador príncipe niño de largos
bucles. Se acostumbró enseguida a su nueva vida, a la que aportaba la curiosa y
preciosa facultad de asimilación propia de su edad y de su raza, así como una singular
atracción por todo lo que era bello, poco común, de líneas nobles y de colores
armoniosos. Un instinto especial parecía asesorarle sobre qué debía decir y qué debía
hacer, cuáles eran las palabras aprendidas en el barrio judío que no debía repetir o,
por el contrario, qué gestos de la princesa, en la mesa o en otras circunstancias de la
vida, le convenía imitar. Era algo que le resultaba fácil porque poseía ese don
inestimable de la naturalidad que, por lo general, les es concedido a los niños muy
pequeños.
La princesa se apresuró a ocuparse de su instrucción. Un viejo profesor del
gimnasio[7] vino a darle clase todos los días. Aprendía rápido y bien, con una especie
de avidez febril y una singular mirada hambrienta en el fondo de sus ojos inmensos.
Sólo una cosa le extrañaba a la princesa. Había depositado en la habitación de Ismael
una cierta cantidad de libros: novelas, relatos de viajes, sobre todo poesías; pero
observó que Ismael los abría muy pocas veces. Incluso parecía sentir por ellos una

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cierta repugnancia, a pesar de saber leer desde hacía tiempo tanto el ruso como el
hebreo, gracias a los desvelos del rabino del barrio judío. En cambio, permanecía
horas enteras acurrucado junto a las faldas de la princesa mientras ella tocaba el piano
o cantaba, y a menudo unas lágrimas redondas y pesadas descendían lentamente por
su pequeño rostro, pálido y extasiado, levantado hacia ella.
Amaba a la princesa con todo su corazón, con todo su febril y ardiente
corazoncillo de niño prodigio. En cuanto a los libros, le hacían sentirse celoso y
desgraciado. Se ponía a imitar inconscientemente los versos de otros, y una especie
de rabia cargada de odio lo desquiciaba. Sus antiguas canciones le parecían ridículas,
despreciables, y las nuevas, sin saber por qué, le resultaban aún peores. Hasta
entonces había mirado a la naturaleza y a los hombres con sus propios ojos, y había
traducido con sus propias palabras lo que le decían en voz baja. Y de pronto notaba
que entre el mundo exterior y su alma se deslizaba el pérfido espejo deformante del
alma ajena. Sin embargo, cuando se acercaba a la princesa, todo aquello desaparecía.
Sus ojos y su boca eran manantiales eternamente renovados de canciones, como lo
fuera antes el mar… En cuanto a éste, lo había abandonado hacía tiempo. Se limitaba
a contemplarlo de lejos, desde la altura del solemne paseo marítimo, orlado de casas
hermosas, por el que pasaba en carruaje. Sus olas rompían mansamente al fondo de
una playa sembrada de conchas color de rosa. No obstante, un día deseó verlo en su
intimidad, en el puerto, donde lamía los botes varados como una perra mimosa y
gruñona. Pero en cuanto llegó al principio del malecón, retrocedió ante el olvidado
olor a cieno y a pescado podrido. Del mismo modo, el barrio judío le pareció
pequeño, miserable, lleno de alboroto y de hediondez. Además, sus padres se habían
mudado. Ahora vivían en una de las calles más hermosas de la ciudad. Baruch hacía
negocios con su suegro, el viejo Salomón, y ahora usaba sombrero hongo, dijes de
oro y se afeitaba la cara. La señora Baruch llevaba en el dedo un anillo de plata con
un brillante un poco amarillento, pero del tamaño de una avellana. Ya no limpiaba la
casa; se ocupaba de ello una sirvienta. Cosía todo el día, sentada frente a la ventana,
como una señora, y repasaba minuciosamente el libro de cuentas.
Ismael iba a verlos dos o tres veces por semana. Si el Mesías se hubiera dignado
visitar a los Baruch no habría sido recibido con tanto respeto y amor. Se sentían
orgullosos de tener por hijo a aquel jovencito atractivo, cuidado, elegante, rico y
bello, cuyo prodigioso futuro parecía tan asegurado. Mientras tanto, la vida de Ismael
se deslizaba con la extraña rapidez de un sueño. De día aprendía, leía, montaba a
caballo, paseaba. Cuando llegaba la noche, acompañaba a la princesa y a Romano
Nord en sus locas carreras en trineo, a campo través. Según a qué horas, se peleaban
o se amaban en su presencia.
A menudo se dirigían a la «Aldea Negra» e iban hasta la casa discreta y rodeada
de pinos a la que había llegado Ismael una noche cuando era un pequeño vagabundo

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andrajoso. Ahora conocía bien el largo camino llano entre las dos planicies blancas,
la escalera de peldaños de madera, los salones recalentados, las lámparas de pantallas
rojas que daban a la habitación un color rosa oscuro, como el que se filtra entre los
dedos al ponerlos frente a la luz. Comía delicados manjares sin sorprenderse,
manejaba sin desconfianza el cuchillo y el tenedor, y las flores, siempre presentes,
tanto en invierno como en verano, habían dejado de inspirarle admiración. Cortaba
distraídamente una rosa, una obra maestra que había llegado, envuelta en briznas de
paja y en papel de seda, directamente del famoso país donde el sol es eterno, y la
prendía en la solapa de su traje de terciopelo. Conocía por sus nombres a todas
aquellas mujeres morenas, con sus amplios vestidos negros, sus chales abigarrados,
sus pañuelos rojos anudados en la cabeza, que cantaban con voces broncas, profundas
y extrañamente dulces en ciertos momentos. A menudo danzaban haciendo tintinear
sus collares, sus brazaletes, los aros de oro de sus orejas en forma de cuarto creciente.
Ismael las miraba recostado en el suelo, a los pies de la princesa. Cuando era él quien
cantaba, acompañándose con la balalaica o con la guitarra, las mujeres le rodeaban en
círculo, arrodilladas, como serpientes escuchando a su encantador. Él veía el brillo de
sus ojos atentos, cómo estiraban hacia él sus cabecitas adornadas con varias hileras de
monedas de oro, la sonrisa de sus bocas, húmedas de vino, y le penetraba una extraña
exaltación que se traducía en canciones arrebatadas, alegres, en palabras que
castañeteaban y sonaban como panderetas. Pero las mujeres se iban, saturadas de
vino y de dinero, y para la princesa y el barin, Ismael cantaba canciones tristes que le
producían a él mismo ganas de llorar, melopeas lánguidas y lentas, simples y
dolorosas como la música de la lluvia, del viento y del mar.
Entonces la princesa alargaba hacia sus bucles unos largos dedos blancos,
cargados de caricias, y sonreía con su sonrisa inesperada que iluminaba por completo
su imperioso rostro y se borraba lentamente, dejando en las comisuras de su boca un
débil pálpito, como un escalofrío luminoso.
El barin escuchaba con la cabeza entre las manos; luego seguía bebiendo y, con la
mirada perdida, suspiraba dulcemente: «Me aburro», como una confidencia, como
una queja, como los vagabundos del puerto que tampoco tenían ya otras palabras para
expresar todo su pesar.
Y luego lloraba, y sus lágrimas caían en su vaso y se perdían en la espuma del
champán.
Los dos decían: «Pequeño poeta», «Niño prodigioso», «Maravilla…».
Otras veces, por encima de su cabeza, los ojos de ambos se encontraban, velados
por un brusco deseo, y enseguida, sin una palabra, sus labios se unían largamente. Se
besaban delante de Ismael sin miedo ni vergüenza, como ante el Eros de marfil,
salpicado de polvo de oro, de su dormitorio. No veían que el niño adelgazaba y
empalidecía más cada día. No se daban cuenta del cansancio de sus facciones, de sus

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ojos hundidos, ojerosos, ardientes, de sus pequeñas manos febriles, con los dedos
hinchados; y él parecía respirar su amor impetuoso como si aspirara una flor
envenenada.
La princesa organizaba con frecuencia fiestas en el gran salón blanco de su casa.
Hacía que Ismael subiera a una pesada mesa de malaquita y cantara, acompañándose
con una balalaica o con una guzla dálmata cuya única cuerda le había enseñado a
tañer muy suavemente ella misma. Ismael cantaba sin preocuparse por todos aquellos
hombres con dolmanes de húsar bordados, o por todas aquellas mujeres, vestidas de
gran gala y cubiertas de pedrería, que le aplaudían frenéticamente. Él sólo veía a la
princesa y no apartaba la vista de las líneas sinuosas de su boca, que se entreabría
lentamente en una sonrisa de satisfacción y orgullo.
Cuando terminaba de cantar, le llenaban de besos y caricias. Las mujeres lo
sentaban en sus rodillas, lo apretaban contra sus pecheras y le pasaban por el pelo sus
dedos perfumados y cargados de anillos.
Y esta embriaguez sutil le resultaba más peligrosa que el terrible alcohol que
bebiera tiempo atrás en los tugurios de los marineros, porque ya era un hombre y las
formas de los bellos cuerpos exuberantes que adivinaba bajo los vestidos le turbaban
con una exquisita y lenta tortura. Decían de él que era bello, lo elogiaban como un
precioso objeto de adorno, como una flor rara, y el placer que experimentaba ante
todas aquellas lisonjas que se expresaban en su presencia era tan agudo que le
resultaba casi doloroso, como las caricias que son demasiado suaves.
En un rincón, junto a un jarrón de mármol rosa que se levantaba en la sombra,
esbelto y airoso, con bajorrelieves de ninfas danzantes y asas adornadas con máscaras
de sátiros, había un gran sillón por el que Ismael sentía una inclinación muy especial.
Se acurrucaba entre sus cojines y contemplaba el baile como si fuera un cuadro. Los
echarpes y los encajes giraban en remolinos ante sus ojos, como hacen las nubes
cuando sopla en las llanuras el viento del norte. Del conjunto de todas aquellas
mujeres brotaba, como de un ramo de rosas, un perfume indefinido y poderoso. Un
delicioso vértigo se apoderaba suavemente de Ismael. Y a veces se dormía así, en un
delicado sopor entrecortado por leves ensoñaciones, con su cálida mejilla apoyada
contra la superficie lisa y fresca del jarrón de mármol.
Luego, las mujeres desaparecían una tras otra, arrebatadas por grandes oficiales
de hopalandas con mil pliegues, amplias como miriñaques. Los sables arrastraban
sobre las losas del vestíbulo. Los cascabeles de los trineos tintineaban dulcemente en
la ciudad dormida. Venían los camareros a apagar las arañas. El salón a oscuras
parecía inmenso y lleno de misterio. El claro de luna helaba completamente las
paredes blancas. El piano, abierto, relucía débilmente en la sombra. Rozada por una
corriente de aire, la cuerda de un violín, fuera de su estuche, vibraba tenue, como un
suspiro. Un abanico olvidado aún guardaba entre sus plumas el perfume del baile,

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mezclado con el olor penetrante de las flores marchitas. En el silencio flotaba algo así
como un eco de la música que había cesado, y los húmedos espejos parecían guardar
en el fondo de sus aguas el reflejo de los rostros que se habían inclinado sobre ellos,
el relámpago de una sonrisa.
Entonces la princesa se acercaba a Ismael y le besaba en la frente, dándole las
buenas noches. Él se apretaba contra ella sin decir palabra, lánguidamente, presa de
una perturbadora y sutil voluptuosidad, y por los grandes ojos de la princesa, un poco
melancólicos, un poco burlones, pasaba de pronto una mirada indefinible.
Una vez, mientras le retenía así, apretado contra ella, un brillante prendido en los
encajes rojizos de su pechera arañó la mejilla de Ismael. El niño cerró los párpados, a
punto de desfallecer por aquella leve herida, pálido hasta en sus labios.
Sorprendida, la princesa apartó suavemente la cabeza morena y vio la sangre que
corría por el pequeño arañazo.
—¿Te he hecho daño, Ismael?
Él sacudió, huraño, sus largos rizos:
—No, no…
Ella inició un movimiento para alejarse. Y él se abalanzó sobre ella, la apretó
entre sus brazos con un gran gesto apasionado y torpe y, como un loco, se puso a
frotar su mejilla herida contra el duro brillante. Pero ella se rió muy suavemente,
cogió entre sus manos la cara vuelta hacia atrás del niño, hundió su mirada imperiosa
en el fondo de aquellos ojos inmensos, que vacilaban y se cerraban como ante una luz
demasiado intensa, y a continuación le besó en los labios malvada, tiernamente, como
se muerde la carne rosa de una fruta.
Y desapareció tras los pliegues de la cortina de terciopelo azul.
Todas las mañanas a las ocho, un criado venía a despertar a Ismael, que montaba
a caballo con la princesa de nueve a diez, antes de la clase diaria de gramática rusa.
Pero aquel día, al entrar en el dormitorio del niño, Piotr vio que su joven señor estaba
sentado en la cama con el camisón desabrochado, el cabello en desorden y los ojos
ardientes y abiertos de par en par en su pequeño rostro convulso y febril. El criado,
horrorizado, le preguntó qué le pasaba. Ismael se puso a hablar como un demente,
con risas y frases incoherentes y entrecortadas. Grandes escalofríos le sacudían. Piotr
fue a buscar a la princesa. Pero Ismael no reconocía a nadie; deliraba.
Cuando vino el médico, diagnosticó de inmediato una fiebre cerebral y, como
conocía la historia del pequeño poeta, no pudo impedir mascullar entre dientes:
—De todas formas, no me extraña…
—¿Va a morir? —preguntó angustiada la princesa.
—Pues claro —dijo el médico, como la cosa más natural del mundo.
Le parecía imposible salvar aquel pobre cerebro de niño prodigio, agotado por la
fuerza misma de su propio genio, y la princesa no protestó. Pensaba que aquella

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muerte precoz de Ismael sería bella, que remataría dignamente su vida, breve y
singular. Es verdad que tenía los ojos arrasados en llanto, pero eran esas lágrimas
nobles y fáciles que se derraman al leer una tragedia griega, donde el dolor es sereno
como un mármol antiguo.
Sin embargo, Ismael no murió.
Deliró y ardió en su fiebre durante seis semanas, aferrándose a los bordes de la
cama y a los pliegues de las cortinas con los ojos en blanco, llenos de espanto, con el
sudor frío de la muerte en las sienes y en las manos. La habitación estaba cubierta de
tapices que el tiempo había vuelto verdosos y que así, medio borrosos, parecían esos
paisajes subacuáticos que se atisban en el fondo de las charcas. Representaban
escenas de caza, pero los personajes tenían un cierto aire de monstruos marinos; el
tejido, raído y descolorido por la humedad, los confundía a todos en la misma sombra
indefinida, verdosa y plateada.
Ismael, aterrado, se imaginaba que le rodeaban en un estrecho círculo y que
intentaban sofocarlo. Otras veces creía que eran cadáveres de ahogados —los había
visto en el puerto, tiempo atrás— y gritaba que venían a llevárselo, y acusaba a la
princesa de entregarle a ellos. Luego caía dormido en un sueño largo y pesado, y los
criados se santiguaban y salían de puntillas, como en las casas en que hay un muerto.
Los Baruch se sentaban a ambos lados de la cama y gemían en voz alta, en
yiddish[8]. Aquel niño moribundo significaba el desmoronamiento de todos sus
sueños, el fin de su prosperidad presente. Y por ello se lo disputaban a la muerte
como una presa, con una especie de crudeza obstinada que dolía presenciar.
Mientras tanto, había llegado la primavera. Florecía en los tilos, en los arbustos
de celinda y en los racimos rosados de las acacias. Una rama frondosa llegaba a tocar
levemente, como un dedo, la ventana de Ismael, y el olor de lilas era excesivo, y el
polvo que empezaba a levantarse en las calles de la ciudad era dorado a más no
poder, y las vendedoras se instalaban en las plazuelas, en los peldaños de las
escalinatas, en los brocales de los estanques y vendían fresas y rosas primerizas. Y de
repente, con el buen tiempo, Ismael se curó. Bajó la fiebre, dejó de delirar y
reconoció a sus padres, al médico, a la princesa. Pronto se levantó, más alto, endeble
y enflaquecido, con sus hermosos bucles cortados y las mejillas transparentes. Lo
instalaron en una tumbona, delante de la ventana abierta, y pasaba el día entero
jugando a recortar con unas tijeras extrañas siluetas en las hojas de los árboles.
La princesa iba a viajar al extranjero. Quería llevarse a Ismael, pero el médico le
dijo:
—El pequeño necesita tranquilidad. Su cerebro agotado está saturado de
impresiones demasiado fuertes… Campo, reposo y, sobre todo, nada de trabajo
intelectual… De lo contrario perderá su genio y su salud, y a continuación su vida…
La princesa poseía, a un día de la ciudad, una gran casa de campo que había

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dejado en manos de unos administradores, y ordenó que trasladaran allí al niño. Él no
lloró cuando le separaron de ella, pero sus ojos se llenaron de una inmensa angustia y
de una expresión de terror profundo y callado. Sus manos crispadas se agarraron al
vestido de la princesa con tal fuerza que arrancó un trocito de tela. Ella salió
corriendo. Él permaneció un largo rato inmóvil, contemplando fijamente el retal de
encaje que tenía entre los dedos. Luego lo arrojó lejos de sí, como con rabia, y estalló
en sollozos.
La princesa salió de viaje aquella misma noche.
Ismael no conocía el campo. Cuando contempló las grandes estepas que ya
empezaban a amarillear, los bosques profundos, los campos, los prados, los pastos, se
quedó desconcertado, trastornado. Se sintió infinitamente desgraciado y solo. El aire
demasiado puro fatigaba sus pulmones, el cielo esplendoroso le hacía daño en los
ojos y el silencio le atemorizaba. Añoraba, a pesar suyo, el clamor de la ciudad, el
rodar del los droshkis[9] sobre los desiguales adoquines, los gritos de los vendedores,
las canciones de los cocheros, el dulce y eterno ruido del mar.
La gran mansión estaba cerrada. Ismael vivía en casa del administrador, en un
amplio pabellón al final del parque. Su cuarto estaba en la planta baja, y los árboles lo
rodeaban tan de cerca que estaba siempre un poco en sombra, como en un
sotobosque.
Aturdido en un principio por el aire libre, Ismael permaneció días enteros en la
cama, adormilado, con la cabeza vacía y el estómago revuelto, como en plena mar.
Luego ya pudo levantarse, bajar al jardín y pasear por el campo.
Se acercaba con una especie de desconfianza instintiva a la naturaleza. Le hería;
ni siquiera la encontraba hermosa. Aquel pequeño poeta que podía conmoverse tan
fácilmente ante una calle empinada, fangosa y oscura, a la luz vacilante de un farol
agitado por la brisa de la madrugada, no conseguía comprender la nobleza y el
encanto de los grandes bosques, de los campos. Estaba enfadado con la naturaleza; le
irritaba por su silencio, por su sonriente evidencia, por la calma con que arropaba su
cerebro febril, por el exceso de agradable lasitud con que le enlazaba.
Quiso componer nuevas canciones.
Se hizo con un pedazo de papel y un lápiz y se dirigió a una pequeña pradera
abandonada, cubierta de grandes umbelas y de avena loca. Y allí esperó, confiado, al
genio de siempre. Sabía reconocer muy bien su proximidad. En esos momentos, su
cerebro adquiría una singular lucidez y los pensamientos se dibujaban en él con una
nitidez alucinante, vestidos ya todos ellos de imágenes perfectamente talladas y
cinceladas, como salidas de las manos de un misterioso orfebre.
Pero, ahora mismo, lo único que llenaba su pobre cabeza fatigada era un bienestar
nebuloso y apático. De las altas hierbas subía un zumbido constante, dulce y confuso,
como la canción perfecta del buen tiempo. Los pájaros enmudecían. Un pequeño

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manantial cercano fluía con un fresco murmullo.
Como un inocente, con una dicha tal que su corazón parecía ensancharse de gozo,
Ismael repetía tres breves palabras en voz muy baja, siempre las mismas: «… Hace
buen tiempo… hace buen tiempo…». A su lado, una mariposa blanca se elevó,
zigzagueando, desde una mata de hierba. La siguió con la mirada, abriendo mucho
los ojos. La mariposa vacilaba; se posaba en el borde tembloroso de las flores y
volvía a emprender un vuelo ebrio, con sus alitas palpitando en una incesante
vibración que era como el ritmo mismo del verano, como el estremecimiento y el eco
de una música misteriosa que llegaba desde lo más recóndito de la tierra. La mariposa
voló hacia Ismael. Y entonces el niño tiró el papel y el lápiz y, con las mejillas
ardiéndole, lanzando un leve grito, bárbaro e ingenuo, se lanzó en su persecución. Y,
desde aquel día, dejó de escribir.

* * *

Se levantaba antes del alba. El jardín, empapado de rocío, aún dormía en ese
silencio singular que precede al despertar de los pájaros. Se internaba en los bosques
y desayunaba un mendrugo de pan y las frutas que cogía. Caminaba durante horas
enteras por entre los cardos o se quedaba dormido al borde de un sendero. Tallaba
silbatos en las cañas de los juncos, como los niños del pueblo. Como ellos, mataba las
serpientes que dormían en la maleza. Y se bañaba en el gran río remansado que corría
en torno al parque y rodeaba la finca de la princesa como un ceñidor de plata.
Descubría en sus paseos miles de cosas que le encantaban o le sorprendían. En
primer lugar, los pájaros y sus gritos diferentes. Luego la misteriosa vida de la tierra,
las hormigas, los insectos, las plantas, las bayas desconocidas, ligeramente agrias y
dulzonas, las flores de los bosques, las de los campos, las que brotan en la estepa, los
grandes lirios negros de las riberas del río, las amapolas entre el trigo… Ahora, la
menor brizna de hierba le apasionaba, le mantenía inmóvil y cautivado durante horas.
Empezaba a experimentar algo que nunca antes había sentido: una sencilla alegría de
vivir, sana y profunda, comparable al placer de beber el agua fría del pozo cuando
tenía sed, o al de dormir al sol sobre la tierra perfumada y cálida de julio, o al de
correr sin motivo alguno sobre la hierba hasta perder el aliento, mientras el viento
azotaba su cabello en desorden.
Ismael no había sido nunca un verdadero niño. Allá en el gueto, siempre había
sentido en el fondo de su corazón una especie de angustia indefinida, un vago deseo,
un orgullo demasiado poderoso, una facultad casi torturante de impregnarse de
belleza y de tristeza. Pero este vigor, esta sencillez de espíritu, esta ausencia de
pensamientos y necesidades, esta despreocupación, le llenaban ahora como de una
sangre nueva. En su cabeza, debilitada por la enfermedad, había dos o tres ideas

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claras: «Hace buen tiempo… va a llover… tengo sed, a comer fruta… es el cuco…
qué bien, unas moras…», y en el alma una felicidad inmensa y luminosa, la felicidad
de los animales saciados y de las plantas al calor del verano.
Una noche, no obstante, la gloria de un sol poniéndose sobre un río pálido y
tranquilo, el silencio sobrenatural de la campiña y, en alguna parte, muy lejos, el
canto de una campesina que volvía con las vacas, la fluida suavidad del aire, los
dorados átomos que danzaban en un último y oblicuo rayo de sol, todo ello removió
en él su antiguo genio, dormido durante tantos meses. Pero, casi al instante, una
invencible pereza le embotó el cerebro como una profunda parálisis; le sorprendió
una sensación de vacío, una especie de penosa fatiga, de asco. Se empeñó en seguir.
A duras penas ensambló una estrofa. Y entonces sintió en la cabeza un dolor y un
peso insoportables y, de nuevo, una sensación casi física de vacío. Mientras tanto, el
cielo se había apagado, el río se amorataba y la campesina había callado. Junto a la
linde de un bosque que las sombras alejaban, brilló una luz en la ventana de una casa.
Otra se encendió un poco más lejos. La noche ensanchaba aún más la gigantesca
campiña. En un repliegue del terreno parpadeaban todas las luces de una aldea y,
echando atrás la frente, Ismael vio que en el cielo se encendían también las estrellas,
una por una, como los cirios en la penumbra de la iglesia. Y apretó el paso hacia casa,
porque tenía hambre.
Parecía como si su cuerpo entero absorbiera toda aquella savia, toda aquella
salud, sólo para sí, sin reservar una porción para provecho del cerebro, suavemente
aletargado y profundamente dolorido aún por la terrible sacudida que había estado a
punto de aniquilarlo para siempre. Había crecido y engordado. Unos pies y unas
manos de hombre remataban sus piernas y sus brazos, en los que se marcaban los
músculos. Sus mejillas eran morenas y rosadas. Cuando se bañaba, miraba
sorprendido su pecho, que empezaba a cubrirse de vello, y su cuerpo, que cambiaba y
perdía de pronto la fragilidad, la gracilidad, la exquisita finura de pequeño objeto
decorativo que tanto había complacido a la princesa tiempo atrás. Del niño prodigio
ya no quedaba nada y en su lugar brotaba un guapo muchacho, un joven robusto,
como todos los jóvenes. Y él se dejaba llevar por la ingenua alegría de sentirse sano,
sencillo y feliz.
Pero el verano terminó y una breve carta de la princesa le anunció que ella pasaría
el invierno en Italia. Ismael se quedó en el campo. Vio llegar el otoño, las grandes
lluvias y, casi enseguida, las primeras nieves. El mágico invierno ruso se apoderó de
la tierra, de los árboles, del río. Hubo días de una inmovilidad, de una serenidad
sorprendentes; cielos rosa sobre bosques de azúcar cande, horas de silencio blanco
que sólo perturbaban los lejanos cascabeles de los trineos de los leñadores. Hubo
atardeceres apoteósicos, de maravillosas puestas de sol que incendiaban las estepas.
Y noches gélidas, en las que temblaban estrellas enormes, azules y próximas como

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miradas amigas. Ismael pasaba los días fuera, igual que en pleno verano. Caminaba
leguas enteras por la llanura o salía con los campesinos en sus rústicos trineos que se
deslizaban por los caminos sin más ruido que el eterno y melancólico cascabeleo de
las sonajas en los cuellos de los caballos.
Pero cuando soplaba el viento del norte, descargando sus ráfagas y sus
tempestades de nieve sobre la campiña, Ismael se refugiaba en la gran mansión.
Había conseguido que el administrador le dejara la llave de la biblioteca. Era una
habitación baja, llena de libros y con grandes sofás de cuero negro. Se hundía en el
hueco de un sillón cerca de la estufa, que roncaba suavemente. En cada rincón, sobre
un pedestal, había un busto de mármol de facciones serenas y ojos vacíos. Ismael leía.
En los cristales, el hielo había trazado dibujos de bosques maravillosos, complicados
encajes, plantas y flores de ensueño. Nada era comparable a la dulzura, al silencio de
aquella habitación cerrada en que vivían los libros.
Ismael leía como quien se embriaga. Salía de sus lecturas con la cabeza llena de
fuego, enajenado, aturdido, como si de repente acabara de despertarse de algún
sueño. Había poesías que no podía repetir sin llorar y otras que le llenaban de un
sentimiento parecido al terror. Y, cuando se acordaba de sus canciones, le parecían
tan desastradas, tan torpes, desmañadas y estúpidas, que se sentía infinitamente
avergonzado, humillado y desgraciado. Intentaba perseverar, imitar a todos aquellos
poetas de voces de oro, pero un desaliento inmenso se apoderaba de él. Las palabras,
que en otro tiempo capturaba como pájaros dóciles, volaban lejos de él, se volvían
temibles y cargadas de un misterio hostil. Todas aquellas rimas sabias, aquel ritmo
con el que «ellos» se expresaban con la soltura de quien toca un instrumento fácil y
seguro, aquella ciencia que, a partir de una simple combinación de palabras, creaba
una melodía singular, más rica y mil veces más variada que la música, todo aquello
abrumaba al pobre chico, le llenaba los ojos de lágrimas de rabia, impotencia y
desesperación. No comprendía cómo la princesa y el barin habían podido escuchar
sin reírse sus bárbaras estrofas, con sus asonancias ingenuas, sus perífrasis burdas,
sus crudas imágenes. No se daba cuenta del encanto que, en los oídos de aquellos dos
hastiados, tenía su poesía espontánea de niño prodigio.
Asqueado, desechaba el arte popular en que, sin darse cuenta, se había inspirado y
se esforzaba en copiar servilmente a Pushkin, a Lermontov, a los extranjeros, a los
clásicos; naturalmente, no conseguía nada y se debatía entre rimas rebeldes como un
loco que intentara extraer melodías de Wagner de un caramillo desafinado. Se puso
entonces a leer obras de crítica y de preceptiva, imaginando en su inocencia que la
poesía se aprende a base de aplicación y fuerza de voluntad. Fue un desastre. En
nombre de leyes que era tan incapaz de descifrar como si estuvieran en chino,
comprobó que unos condenaban lo que otros aprobaban; se extravió en el intrincado
bosque de los juicios literarios; perdió completamente la cabeza. ¡Dios mío! ¿Era

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posible que fueran tantas las objeciones a las que había que hacer frente para escribir,
tantas las exigencias múltiples y contradictorias que había que satisfacer? Luego, para
su desgracia, leyó los libros eruditos en que se analiza el acto de escribir y todos los
complejos engranajes del mecanismo de la creación; y así llegó a ser como un
hombre que, en el momento de ir a ejecutar cualquier gesto insignificante, se
preguntara por las partes, infinitamente pequeñas, de que se compone su voluntad de
actuar. Y se quedaba pasmado, desamparado frente a su página obstinadamente en
blanco. Entonces alzaba los ojos, veía ante sí la extensa campiña y escapaba lejos de
la erudición de los hombres.
Llegó la primavera y las nieves se deshelaron. En la ciudad vecina, Ismael
conoció a una joven de su edad, la hija del tendero Jacob Schmul. Era judío. Había
muchos judíos en la pequeña ciudad y se ocupaban de su comercio con bastante
libertad. Ella se llamaba Raquel y llevaba el vestido pardo de las colegialas y el
delantal negro con peto. A cada lado de la cara le colgaba una larga trenza pelirroja,
recia como la cola de un garañón. Iba a esperar a Ismael a los caminos llenos de
baches donde se quedaban empantanados los carruajes. Él la conducía de la mano a lo
largo de las cunetas ribeteadas de nieve fundida, pardusca y espesa como la corteza
de una empanada, hasta la tienda de comestibles, que era la primera casa de la
población. Charlaba con el padre en la ronca y melódica lengua yiddish, que no había
olvidado. Schmul dejaba juntos a Raquel e Ismael sin temor; el chico era judío, y a
Schmul sólo le asustaban los gois, cierta clase de oficiales y gentilhombres que iban a
beber a las tabernas de los alrededores. Ellos eran los únicos que deshonraban a las
chicas judías sin miedo ni remordimientos.
Y no se equivocaba. El idilio de Raquel e Ismael fue inocente mientras duró el
deshielo. Pero en primavera cambió de tono durante los largos paseos por los prados
y los vagabundeos entre los bosques. Ismael acababa de cumplir quince años. El
irritante perfume de las trenzas pelirrojas le recordaba a las mujeres que le habían
enseñado, todavía niño, los gestos del amor.
Un día —era el mes de octubre, que en Rusia llega acompañado de nieblas, frío
repentino y largos aguaceros precoces—, Ismael acababa de dejar a Raquel, que se
había quedado en el cobertizo donde habían pasado dos horas juntos. Subía la
escalinata de la casa cuando vio, sorprendido, que la mujer del administrador
acechaba su llegada.
—¡Date prisa, Ismael! —le gritó—. Hay alguien que te espera.
Ismael se detuvo, pálido, petrificado por la sorpresa. De pronto, todo el pasado le
golpeó en la cara como una vaharada de perfume… «Alguien…». ¿Quién podría ser,
sino la princesa? El amor olvidado volvió a henchirle el corazón; volvió a ver el
rostro imperioso, el vestido oscuro, el duro brillante magullándole la mejilla… Se
lanzó hacia el vestíbulo, empujando a la mujer, que sonreía. Pero no vio a la princesa.

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Quien le esperaba era su padre, bebiendo grandes vasos de té con el administrador. Su
padre… envejecido, enflaquecido, más encorvado. Un corto bigote a la americana
sustituía a las peiess de antaño. Pasada la decepción inicial, Ismael se echó en sus
brazos con auténtica alegría. El padre le miró un largo rato con sus ojillos
escrutadores.
—Cuánto has crecido —terminó diciendo, con un meneo de cabeza y en tono de
censura—. Cuánto has crecido…
Ismael le preguntó por su salud, la de su madre, su vida, sus negocios. Él
respondió con brevedad, sin dejar de mirar fijamente a su hijo con expresión apenada.
En un momento dado, dijo:
—¿Te han cortado los rizos?
Y como Ismael protestase, riendo:
—Vamos, padre; tengo ya quince años.
El padre comentó con una tenue sonrisa agridulce:
—Lo sé… Lo sé muy bien… Lástima… —y luego interrogó con aspereza—: ¿Ya
trabajas?
—¿En qué, si no tengo profesores? —preguntó sorprendido Ismael.
—Bah, bah… ya me entiendes… No el trabajo escolar… sino tus canciones, tus
poesías.
Ismael bajó culpablemente la cabeza. Baruch sacudió la barbilla sin decir nada.
Miraba con evidente desagrado a aquel vigoroso adolescente de gestos torpes y
rasgos anodinos, tan distinto del niño que había conocido.
Terminó por sentenciar, frunciendo los labios:
—Sólo espero no haber llegado demasiado tarde…
Ismael dirigió a su padre una mirada temerosa de rapazuelo cogido en falta.
Baruch prosiguió:
—Mañana nos iremos de aquí… He venido a buscarte… Me parece que ya estás
curado del todo… —añadió, con la misma expresión inexplicable de hostilidad.
Ismael balbuceó:
—Sí, sí, desde luego… —y luego preguntó, con voz ahogada—: ¿Me reclama la
princesa?…
Baruch hizo una mueca harto desagradable que pretendía ser una sonrisa.
—La princesa… No se acuerda demasiado de ti, muchacho… La princesa…
Trajo de Italia dos grandes perros…, un mono y un mocetón con pinta de golfo que
trastea la mandolina… o el violín, ya no sé… —vaciló un momento y terminó—: Así
que he pensado… He venido a buscarte… Hay que refrescarle la memoria a la
princesa… Es una mujer, una gran señora… Uno se olvida…
Aquella noche, por primera vez después de quince meses, Ismael no pudo dormir.
Por más que se volvía y se revolvía en la cama, no conseguía aliviar su corazón de

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una angustia difusa. Y le seguía afligiendo el mismo sentimiento candente de
vergüenza sin que pudiera desentrañar su oscuro motivo.
Al día siguiente por la mañana, se despidió de Raquel en el cobertizo. Ella le
había esperado, tranquila y fresca como siempre. Al verle, le había lanzado una leve
sonrisa burlona y una mirada descarada que él conocía bien y siempre le intimidaba
un poco. Él le anunció fríamente que iba a marcharse. Ella le parecía de repente tan
lejana… Se sorprendió mucho y se irritó un poco cuando ella se echó a llorar. Le dijo
«Volveré…» mirando al suelo, con aire incómodo. Luego la besó y salió a escape,
muy extrañado, en su inocencia de hombrecito, por la inesperada expresión de sus
ojos, sumisos y desolados.
En el tren, su padre le explicó a Ismael que había hecho unas especulaciones
desastrosas sobre la última cosecha de trigo candeal. No podía ocultarle que debía a
Rabinovich, el más intratable de los usureros —«tu abuelo, en comparación, es un
ángel del Señor»—, la bonita suma de cinco mil rublos. Como es natural, se había
dirigido a la princesa, pero ella le había mandado a paseo sin ningún miramiento. Sin
embargo, siempre había mimado y querido tanto a Ismael, «su pequeño poeta», que a
él sí le concedería con facilidad una menudencia semejante, estaba seguro de ello.
Pero, mientras se lo contaba y se lo repetía al inmóvil y silencioso Ismael, a Baruch le
invadía una irritación inexplicable. La princesa no le habría negado nada al Ismael de
otros tiempos, sin duda, ¿pero a ese pasmarote? Y el padre siguió interrogándole
ásperamente sobre sus canciones, preguntándole si llevaba algunas consigo para
mostrárselas a la princesa, poco menos que exigiéndole que las compusiera de
inmediato, delante de él, sin ver la mirada aterrada y aturdida del pobre chiquillo.
Por fin Baruch se amodorró en su rincón e Ismael se puso denodadamente manos
a la obra. El tren corría con su ruido exasperante, trepidante. El chico, con la cabeza
congestionada, intentaba en vano reunir las ideas, las palabras, las rimas rebeldes…
Nada… No se le ocurría nada… Y las lágrimas le asomaban a los ojos; una rabia
impotente le retorcía el corazón. Hasta que se durmió él también, muerto de
agotamiento.
Al día siguiente, Baruch le llevó a casa de la princesa. Ismael reconoció
inmediatamente el gabinete azul, el profundo sillón, el cojín sobre el que se había
arrodillado tantas veces a los pies de la princesa. Sin embargo permanecía pasmado,
paralizado por una timidez espantosa. Todo aquel lujo, que no le había sorprendido ni
perturbado cuando no era más que un pequeño vagabundo andrajoso, resulta que
ahora le cortaba la respiración, le impedía hablar, moverse, pensar. Había perdido la
efímera realeza soberana de la infancia. Antes, la riqueza de su visión interior le
oscurecía el mundo visible. Los tapices, los perfumes, la belleza imperial de aquel
rostro de mujer, todo lo aceptaba entonces con desenvoltura, con naturalidad. Pero es
que antes, había sido un niño prodigio; y ahora no era más que un chico torpe y

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estúpido como los demás… La princesa le miraba con sus ojos fríos. Dos perros
blancos dormían en el suelo, a su lado. También ella estaba vestida de blanco. Todo el
cuerpo de Ismael temblaba. Ante él flotaba una especie de niebla a través de la cual
sólo se dibujaban, con dolorosa precisión, sus propias manos, coloradas, demasiado
grandes, crispadas nerviosamente una contra otra. La princesa hizo un mohín de
disgusto. ¡Qué lástima!… De modo que, al crecer, aquel niño maravilloso se había
convertido en eso… Un adolescente robusto y tosco, sin belleza ni genio… Trató, no
obstante, de hacerle hablar.
—Pero, Ismael, ¿es que no me reconoces? ¿Te doy miedo, acaso? ¿Por qué no
dices nada? A ver, habrás compuesto nuevas canciones en estos quince meses, ¿no?
Dime. Vamos. Habla…
Él, con las sienes zumbándole y el gaznate seco, balbuceó:
—Sí, señora.
—Muy bien; pues recítamelas.
Él callaba, desesperado.
Ella le hizo todavía algunas preguntas más, esforzándose en dulcificar su tono
cortante. Pero él bajaba cada vez más la cabeza y se limitaba a murmurar «Sí, señora;
no, señora» con aire estúpido y los labios rígidos de angustia.
Ella fue impacientándose y acabó por despedirlo.

* * *

Wunderkind[10]… Eso fue lo que se les ocurrió para zaherirle… «Niño


prodigio»… ¡Y qué ironía la de semejante apelativo! No le maltrataban ni le
regañaban, sólo le miraban con ojos burlones y duros, susurrando entre sus labios
apretados, en un feo alemán con acento yiddish: «Wunderkind». Su padre, su madre y
toda la patulea de judíos que se habían enorgullecido de aquel genio que había
surgido milagrosamente entre ellos, todos ellos repetían con desprecio y cólera:
«Wunderkind, vamos, Wunderkind», hasta que Ismael, aun siendo dulce e incapaz de
maldad, sintió el hormigueo en la punta de los dedos, el rojo deseo de matarlos a
todos. Al fin y al cabo, ¿era acaso culpa suya? ¡Exigirle que fuera un genio no era
más que una monstruosa injusticia! «Trabaja, lee», le repetían todos aquellos
ignorantes, todos aquellos imbéciles. Y el desgraciado muchacho trabajaba sin orden
ni método. Pasaba noches enteras agachando sobre la mesa su cabeza embotada, a
punto de estallar. Escribía y tachaba versos infames que rompía inmediatamente,
paralizado por la idea de que tendría que mostrárselos a la princesa.
Ahora vivía con sus padres, pero ya no en el piso, demasiado caro para ellos
desde que habían cesado los gestos generosos de la princesa, sino con Salomón, el
suegro de Baruch, en la vieja tiendecilla del gueto. A través del delgado tabique,

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Ismael oía roncar al viejo la noche entera. El humo de la lámpara de petróleo le hacía
toser. Se acordaba con desesperación del campo, de la vida libre y sin
preocupaciones; y luego la maldecía, al ver en ella, quizá no sin razón, la pérdida de
su genio. E intentaba comprender… ¿Por qué habían callado en él aquellas canciones
que antes nacían de sus labios espontáneamente? ¿Sería su enfermedad la causa? ¿O
lo era, por el contrario, el regreso a la salud, a la vida normal? ¿Habría sido su genio
una especie de flor morbosa, nacida sólo por llevar una vida violenta, excesiva,
malsana? ¿Necesitaría, para abrirse, la turbia atmósfera de los garitos del puerto, la
excitación del vino, de las caricias?
Por desgracia, era sencillamente que estaba entrando en el difícil período de la
adolescencia; que su cuerpo, al convertirse bruscamente en un cuerpo de hombre, le
robaba la savia a su inteligencia; que la bienhechora naturaleza, en su sabiduría, al
querer hacerle vivir, interrumpía la fuente divina de su genio. Pero nadie se lo decía.
Nadie le abría la esperanza de encontrar más tarde el don delicioso y fatal; más tarde,
cuando fuera ya un hombre… Nadie cerca que le murmurara al oído: «Espera,
confía»… Todos se le echaban encima, le rodeaban, se le enganchaban como
humanos que quisieran abrir a la fuerza una flor con sus dedos sacrílegos. E Ismael
sollozaba en el desolado silencio de la noche; se sentía tan débil, tan pequeño,
torturado cobardemente, injustamente. Pensaba en la princesa como en una divinidad
terrible. Recordaba haberse acurrucado en otro tiempo sin temor entre sus brazos, al
calor de sus senos. ¿Por qué ella ya no le quería? Se sentía ferozmente celoso de los
grandes perros blancos… ¿Por qué no le permitía ella echarse a sus pies, en su lugar?
Y sollozaba con más fuerza, con una humillación más punzante que un dolor físico…
Eran hermosos, aquellos perros…
Era la décima vez que Baruch había arrastrado a Ismael hasta la princesa aquel
mes y, una vez más, el chico había correspondido a todas las preguntas con un
mutismo de imbécil, limitándose a mirarla con los ojos angustiados de un perro al que
quieren ahogar.
—¿Qué quiere usted? Nos hemos equivocado —dijo despreocupadamente la
princesa—. Colóquelo de aprendiz y asunto terminado… Yo pagaré —añadió. Luego,
como el viejo judío y su ridículo muchacho realmente le resultaban incómodos, dijo
—: Mi secretario le entregará el dinero… No tiene sentido que vuelvan…
—¡Vago, idiota, engendro! —mascullaba el padre, inconsolable.
El dinero no le satisfacía. ¡Haber soñado ser el padre de un poeta ilustre para
encontrarse con un futuro zapatero o un ropavejero!… Y además, ¿quién iba a
quererlo de aprendiz, con quince años y acostumbrado, como estaba, a una vida de
comodidad y lujo?
Gemía junto a su mujer y su suegro, dirigiendo a la princesa las más sonoras
maldiciones judías, sin olvidarse por ello de imprecar también a aquel muchacho que

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les había defraudado de forma tan inexplicable.
Por fin, al cabo de un mes, pudo colocar a Ismael con uno de sus primos, que era
sastre en el puerto.
Durante tres semanas, el pobre chico, aturdido, maltratado, tuvo que aprender a
usar la aguja en un cuartucho sombrío y sucio que apestaba a ajo y a petróleo.
Le abrumaba una inmensa tristeza, un espantoso sentimiento de fracaso, una vana
y estéril rebelión contra la vida, los seres vivos, Dios…
Una noche de invierno, en lugar de volver a casa, se fue a merodear por el puerto.
En los cruces vacilaba un poco, pero enseguida tomaba el camino que buscaba sin
equivocarse nunca, por entre todas aquellas callejas oscuras y fangosas. El instinto le
llevó hacia el traktir de la Punta del Muelle. Le guiaba el ruido del mar golpeando los
muros del malecón. Por fin se detuvo. Reconoció los escalones desencajados de la
entrada y, un poco más lejos, el farolillo rojo frente a la mancebía.
Alguien estaba tocando, extrayendo sonidos agudos y pobres de una armónica, y
unas voces aguardentosas entonaban a coro un estribillo triste y obsceno. Ismael
entró. Nada había cambiado. Vio las mesas, cubierta cada una por un trapo
mugriento, como si las hubiera dejado la víspera; y la lámpara bajo el icono, en el
rincón; y el samovar[11], y las botellas alineadas junto a la pared. Pero los hombres ya
no eran los mismos, ni las mujeres tampoco. Los primeros habían emigrado o habían
muerto; y las segundas estarían, sin duda, en casa o en el hospital.
En ese momento, Ismael se estremeció. Un hombre bebía frente a él: era el barin.
Con el gorro de piel calado hasta los ojos, sostenía su vaso de vodka con mano
temblorosa. Estaba cambiado, envejecido. Su barbilla mal afeitada le daba un aspecto
desaliñado. Ismael también observó que vestía ropas viejas y remendadas.
Se acercó.
—Buenas… ¿Me reconoce usted?
—¡Pequeño! ¡Eres tú!… —una fugaz sonrisa pasó por el rostro inexpresivo del
barin. Señaló a Ismael un taburete que tenía delante—. Siéntate ahí… ¿Quieres
beber?…
Hablaba con dificultad y las palabras parecían enredarse en su boca, como si
hubiera perdido el hábito del lenguaje humano. El chico se sentó, retorciéndose
tímidamente la camisa con ambas manos. Tras pasar curvado el día entero sobre su
minucioso trabajo, aún le quedaba el hormigueo en los dedos, las punzadas en la
nuca, el picor en los párpados. Bebió un gran vaso de vodka de un solo trago; fue
como si de repente fluyera fuego por todas sus venas. Sin embargo callaba,
extrañamente afectado por el aspecto del barin. Sobre todo sus ojos, rojos e
hinchados, le hipnotizaban.
El barin preguntó:
—¿Ya no vives… allí?…

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Ismael bajó la cabeza.
—No… —dijo. Luego, se atrevió a preguntar—: ¿Y usted?… ¿La princesa?
El barin se pasó una mano vacilante por la frente.
—Ya lo ves…
Bebieron, hundiéndose en una especie de delirio taciturno. Escuchaban el latido
de su propia sangre. El mundo visible se iba envolviendo en brumas y sombras.
Una idea confusa se abría paso en el cerebro de Ismael… Tenía que volver… al
día siguiente… Madrugar… el trabajo… Hizo ademán de levantarse, pero volvió a
caer pesadamente.
—Déjalo —aconsejó el barin—. Lo único bueno es esto…
—Soy tan desgraciado —balbuceó Ismael—, tan desgraciado…
Lágrimas agrias corrían por sus mejillas. Las enjugaba con el dorso de una manga
impregnada de alcohol.
El barin se encogió de hombros.
—Desgraciado dices… Mírame a mí… Un rey. Yo he sido más que un rey… ¡Ah,
mis versos!… Mis preciosos versos… ¿Por qué me daría Dios el genio para
quitármelo tan pronto? No creas que blasfemo… Dios es temible, entiéndeme, y yo
no digo nada contra Su Gloria… Sólo pregunto, con una humildad desesperada:
«Dios Todopoderoso, ¿por qué me has arrebatado lo que Tú mismo me habías dado?
¿Acaso lo he utilizado alguna vez para algo que no fuera glorificar Tu obra y Tus
criaturas? He sido un buen obrero, Señor, ¿por qué me quitas la herramienta de las
manos?» —y levantó en el aire sus manos temblorosas. Luego las posó sobre los
cabellos de Ismael—. Pequeño, pequeño… ¿Comprendes, comprendes?… Aquí, en
mi cabeza, y aquí, en mi corazón, hay versos, versos hermosos… Siento el batir de
sus alas. Como los pájaros… Aquí, ¿comprendes? Y no puedo escribirlos… Cuando
quiero atraparlos, salen volando… lejos… lejos… No se lo dirás a nadie, ¿verdad?…
Antes también volaban… Pero yo volvía a capturarlos. En el vino; o en su boca…
Pero ahora, cuando bebo, mi cabeza, mi pobre cabeza me duele como si fuera a
estallar, y parece como si unos demonios perversos se burlaran de mí… «Eso es,
así… un esfuerzo… un pequeño esfuerzo más… sólo uno más, uno muy pequeño…».
Y nada, nada… Escucha, te lo diré, pero no se lo cuentes a nadie. Quizá… No me
atrevo a decirlo en voz alta… Quizá mis maravillosos pájaros hayan muerto. Quizá
sólo quede un montoncito de plumas, un montoncito muy pequeño de plumas
muertas… Señor, Señor, ¿por qué me has arrebatado mi genio? —tomó la mano de
Ismael, por encima de la mesa, y la acarició distraídamente—. Me echó… Y yo sin
embargo la quería… Lloré… Ella me miró y se echó a reír… ¿Por qué, dime? ¿Es
culpa mía? ¿Qué culpa tengo yo, si ya no puedo seguir escribiendo? Y sin embargo,
la quiero… Pequeño, pequeño, ¿qué le hemos hecho a Dios para que nos haya
castigado con tanta dureza?

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Se calló y se puso a beber de nuevo. En sus ojos había una especie de inmenso
estupor…
El tabernero vino a advertirles que se cerraba. Y se internaron en el frío de la
noche.
Caminaban apoyándose contra las casas. Vieron en el suelo una masa negruzca
rodeada por hombres inclinándose. Era un caballo muerto. Sus largos dientes relucían
débilmente en las sombras.
El barin dijo:
—Si todavía supiera escribir, contaría la historia de un caballo que tuve… Era
precioso… Boyardo[12], así se llamaba, y realmente tenía el aire de un señor entre las
bestias… Recuerdo sus finos remos, temblándole al terminar la carrera, empapados
de sudor. Se había hecho viejo, muy viejo… Yo ya no lo quería… Estaba bien
cuidado, es verdad, pero no sentía ya orgullo por él en mi corazón… Sus ojos, que me
seguían, estaban tan llenos de cosas… Ahora lo comprendo. Me preguntaban: «¿Por
qué? Si es que no es culpa mía… Querría ser todavía joven y hermoso… Te
avergüenzas de mí… Y yo te quiero…». Lo maté, pequeño… Sólo la muerte nos
salva… ¡Si se pudiera morir!…
—Siempre se puede morir —dijo Ismael.
En su interior amanecía una gran luz, un gran sosiego.
El barin arqueó los hombros.
—Yo tengo miedo —afirmó.
Al día siguiente encontraron a Ismael ahorcado en su cuchitril. Su cuerpo se
balanceaba sobre un montón de leños apilados. Se había dado muerte con sencillez,
una muerte modesta, sin lucimiento, en un rincón oscuro del cuartucho, entre las
telarañas… Sus padres le lloraron mucho. Al fin y al cabo, había sido un hijo dócil y
bueno, incluso inteligente. ¿Por qué se habría suicidado? Los niños son extraños y
crueles. Y justo ahora, en sus días de vejez, se quedaban solos…
Ismael fue enterrado en el cementerio judío, entre tumbas muy antiguas que se
desmoronaban poco a poco. Nadie las cuidaba porque el cementerio estaba lejos de la
ciudad, y los caminos eran malos, bacheados por las nieves.
Sus padres fueron a visitarle la primavera siguiente. Encontraron sobre la losa un
ramillete de flores todavía muy frescas. Reconocieron en él una ofrenda de la
princesa. Lo arrojaron lejos de sí; la ley de los judíos prohíbe dar flores a los muertos,
que sólo son podredumbre. El padre, con el alma llena de indignación y escándalo,
pisoteó las rosas durante un buen rato. Pero, antes de retirarse, de acuerdo con el
ritual, lanzó un puñado de guijarros sobre la tumba de su hijo.
Luego se marchó.
Así fue como vivió y murió Ismael Baruch, el niño prodigio.

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* * *

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IRÈNE NÉMIROVSKY (Kiev, Ucrania, 1903 - Auschwitz, Polonia, 1942). Hija
única de un próspero banquero judío, recibió una educación esmerada (aprendió
francés, ruso, polaco, inglés, vasco, finés y yiddish), aunque tuvo una infancia infeliz
y solitaria. Tras huir de la revolución bolchevique, su familia se estableció en París en
1919, donde Irène obtuvo la licenciatura de Letras en la Sorbona.
Luego de publicar El malentendido (1926) y Un niño prodigio (1927), la
aparición de su novela David Golder (1929) le abrió las puertas de la celebridad. Le
siguieron, entre otras, El baile (1930), Las moscas del otoño —traducida también
como Nieve en otoño— (1931), El vino de la soledad (1935), Jezabel (1936) y Los
perros y los lobos (1940).
Pero la Segunda Guerra Mundial marcaría trágicamente su destino. Deportada y
asesinada en el campo de concentración de Auschwitz, igual que su esposo, Michel
Epstein, dejó a sus dos hijas una maleta que éstas conservaron durante decenios. En
ella se encontraba el manuscrito de Suite francesa, cuya publicación en 2004
desencadenó un fenómeno sin precedentes: obtuvo el Premio Renaudot —otorgado
por primera vez a un autor fallecido—, fue aclamada por la crítica y se convirtió en
un clamoroso éxito de ventas, relanzando el interés por una autora que bien puede
situarse entre los grandes escritores franceses del siglo XX.
Otras obras póstumas, disponibles en español, son Fogatas, La vida de Chéjov, El
ardor de la sangre, El maestro de almas y El caso Kurílov.

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Notas

[Link] - Página 39
[1] Patatas. (N. del T.) <<

[Link] - Página 40
[2] Moneda fraccionaria del rublo ruso. (N. del T.) <<

[Link] - Página 41
[3] «Caprichos de reina» o «Delicias turcas»: dulce a base de almidón y azúcar, y

aromatizado con agua de rosas o con limón. Su consistencia es blanda y algo


pegajosa. (N. del T.) <<

[Link] - Página 42
[4] Licor turco de sabor anisado. (N. del T.) <<

[Link] - Página 43
[5] Miembro de la clase superior. (N. del T.) <<

[Link] - Página 44
[6] Taberna. (N. del T.) <<

[Link] - Página 45
[7] Instituto o colegio público de enseñanza media. (N. del T.) <<

[Link] - Página 46
[8] Lengua judeoalemana de origen centroeuropeo y hablada por gran número de

comunidades judías. Se basa sobre todo en el alemán, pero también toma muchas
palabras de las lenguas eslavas y del hebreo, cuyo alfabeto suele usarse para su
escritura. (N. del T.) <<

[Link] - Página 47
[9] Carruajes de tiro. (N. del T.) <<

[Link] - Página 48
[10] Literalmente «niño prodigio» en alemán. (N. del T.) <<

[Link] - Página 49
[11] Recipiente para calentar el agua del té. (N. del T.) <<

[Link] - Página 50
[12] Antiguo señor feudal ruso. (N. del T.) <<

[Link] - Página 51

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