Crisis de la razón en el siglo XX
Crisis de la razón en el siglo XX
La crisis de la razón:
la maladie du siècle
Apunte de Cátedra
En este texto comenzamos la unidad con el quiebre de la razón que se produce entre fines del
siglo XIX e inicios del XX al constatar que los objetivos iluministas y positivistas, en definitiva,
racionalistas, no sólo no se habían cumplido, sino que no habían hecho más que complejizar –
por ser benévolo, y no querer ser pesimista– la situación del hombre en el mundo: nuestro
ser/estar en el mundo. Por eso el tema central es el anuncio nietzscheano de la “muerte de
Dios”, que no es más que la caída de los distintos dioses/fundamentos creados por los hombres
para ordenar y dar sentido a la vida, es decir, la muerte de nuestros fundamentos morales para
actuar en la vida. Y si entre la Ilustración y el Positivismo ya habían “matado” al los dioses
religiosos y metafísicos, hacia fines del siglo XIX se constata la puesta en crisis de un nuevo
dios: la ciencia. La llamada racionalidad científico-tecnológica, si bien había traído algunas
ventajas para la vida vivida –nuevas y mejores medicinas, medios de comunicación, etc.–
también había traído nuevas y “mejores” armas con las que dominar al hombre. Muerta la fe en
el dios religioso y en el dios filosófico, ahora llegaba a su fin la fe en el dios de la ciencia.
Fines del siglo XIX e inicios del XX es una época de desilusión, de hastío, de decadencia, de
malestar. En definitiva, es la época del nihilismo. La época en que los hombres se dan cuenta en
que la confianza desmedida en la razón había hecho aguas. Esta crisis desata un estado de
desazón que se convertirá en un tema obligado de tratamiento filosófico y que conducirá a
repensar la filosofía, y al mismo tiempo el mundo y la vida. ¿Y entonces qué? ¿Y ahora quién
será nuestra/o guía? Si no hay nada en el mundo que nos oriente y que nos brinde una
respuesta a para qué vivimos –ni Dios, ni la razón ni la ciencia–, ¿qué hacemos ahora? ¿Cómo
vivimos ahora? ¿Cómo seguir con nuestras miserables y mundanas vidas, si no hay nada que
nos diga cómo hacerlo? Éste es el síntoma de una época: el mal del siglo, la crisis de la razón.
UBA XXI – Filosofía – Apunte de Cátedra: La crisis de la razón
1. La muerte de Dios
El loco: –“¿Dónde se ha ido Dios? Os lo voy a decir. Le hemos matado; vosotros y yo, todos
nosotros somos sus asesinos […] ¡Dios ha muerto! 1 ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le
dimos muerte! ¿Cómo consolarnos, nosotros, asesinos entre los asesinos? Lo más
¡Dios ha
muerto! sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su
sangre nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esa mancha de sangre? ¿Qué agua
servirá para purificarnos? ¿Qué expiaciones, qué ceremonias sagradas tendremos que
inventar? […] Jamás hubo acción más grandiosa, y los que nazcan después de
Se apaga la
nosotros pertenecerán, a causa de ella, a una historia más elevada que lo que
luz de la
fue nunca historia alguna.” Al llegar a este punto, calló el loco y volvió a mirar a razón.
sus oyentes; también ellos callaron, mirándole con asombro. Luego tiró al suelo
la linterna, de modo que se apagó y se hizo pedazos.2 (Nietzsche, 1984, 109-110)
Hacia finales del siglo XIX e inicios del XX se presenta a la intelectualidad, como una
preocupación generalizada, lo que da en llamarse la crisis de fin de siglo o
crisis de la razón. Esta ha sido enmarcada en gran medida por las
La crisis de la razón: categorías de decadencia, enfermedad, nihilismo o tragedia. (Beraldi,
-decadencia 2015, 156)
-enfermedad
-tragedia
-mal del siglo
[…] En el siglo XVI, las gentes de Europa habían perdido la fe en Dios,
-bancarrota de la
ciencia […] El XV y el XVI son, por eso, dos siglos de enorme desazón, de atroz
-nihilismo inquietud; como hoy diríamos, de crisis. De ellas salva al hombre
-malestar
occidental una nueva fe, una nueva creencia: la fe en la razón, en las
-ocaso de Occidente
-agonía de nuove scienze.3
Occidente
[…] La generación que florecía hacia 1900 ha sido la última de un
amplísimo ciclo, iniciado a fines del siglo XVI y que se caracterizó porque
sus hombres vivieron de la fe en la razón. ¿En qué consiste esta fe?
Si abrimos el Discurso del Método, que ha sido el programa clásico del tiempo nuevo, vemos
que culmina en las siguientes frases: “Las largas cadenas de razones, todas sencillas y
fáciles, de que acostumbran los geómetras a servirse para llegar a sus más difíciles
demostraciones, me habían dado ocasión para imaginarme que todas las cosas, que puedan
caer bajo el conocimiento de los hombres se siguen las unas a las otras en esta misma
manera, y que sólo con cuidar de no recibir como verdadera ninguna que no lo sea y de
guardar siempre el orden en que es preciso deducirlas unas de las otras, no
puede haber ninguna tan remota que no quepa, a la postre, llegar a ella, ni Fines del siglo
XIX e inicios del
tan oculta que no se la pueda descubrir”. XX: fin de la fe
en la ciencia.
Estas palabras son el canto de gallo del racionalismo, la emoción de alborada
que inició toda una edad, eso que llamamos la Edad Moderna. Esa Edad Moderna
de la cual muchos piensan que hoy asistimos nada menos que a su agonía, a su canto del
cisne.4
Vanidad de
vanidades, y […] Este hombre [Descartes] nos asegura que en el Universo no hay arcanos,
¡todo vanidad! no hay secretos irremediables ante los cuales la humanidad tenga que
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detenerse aterrorizada e inerme. El mundo que rodea por todas partes al hombre, y el existir
dentro del cual consiste su vida, va a hacerse transparente a la mente humana hasta sus
últimos entresijos. El hombre va, por fin, a saber la verdad sobre todo. […] (Ortega y Gasset,
1941, 13-17)
Anduvo no ha mucho por el mundo una cierta doctrina que llamábamos positivismo, que hizo
mucho bien y mucho mal. Y entre otros males que hizo, fue el de traernos un género tal de
análisis que los hechos se pulverizaban con él, reduciéndose a polvo de hechos.
[…] Les sucedió lo que dicen sucede con frecuencia al examinar y ensayar ciertos complicados
compuestos químicos orgánicos, vivos, y es que los reactivos destruyen el cuerpo mismo que
se trata de examinar,8 y lo que obtenemos son no más que productos de su composición.
(Unamuno, 1958: XVI, 133-134)
[…] Aunque cada vez más convencido del valor y virtualidad de la ciencia,
La ciencia como
cada día siento por ella más desvío. No la considero ya más que como “opio de los
narcótico, un opio para ahogar los dolores del ansia de pueblos”
Cientificismo
vs. eternidad afectiva. Y luego la ciencia se está convirtiendo en
Anticientificismo superstición, el microbio va a ser una entidad teológica. “La ciencia
dice…”, etc., etc.”10 (Unamuno, 1972, 273)
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Y nos hablan de la sacrosanta Ciencia los que se pretenden sus sacerdotes y nos la han
erigido en ídolo creando la religión de la ciencia, y como a toda religión acompañan
supersticiones, la superstición cientificista. Y esta a su vez provoca el antificientificismo de los
que han proclamado la bancarrota de la ciencia.11 (Unamuno, 2011, 57)
[…] Este intolerante cientificismo prende mejor y arraiga más donde la ciencia arrastra más
lánguida vida. –Es natural: a menos pensamiento,12 pensamiento más tiránico y más
absorbente. (Unamuno, 2007: VIII, 642)
[El cientificismo es] una enfermedad de que no están libres ni aun los
Cientificismo: hombres de verdadera ciencia, sobre todo si esta es muy especializada,
-miope
-estrecho pero que hace presa en la mesocracia intelectual, en la clase media de
-ignorante la cultura, en la burguesía del intelectualismo. Es muy frecuente en
-semicientífico médicos y en ingenieros, desprovistos de toda cultura filosófica. Y
-enfermedad
-especialización
admite muchas formas, desde el culto a la locomotora o al telégrafo
-creencia en los hasta el culto a la astronomía flammarionesca. Los felices mortales que
signos materiales del viven bajo el encanto de esa enfermedad no conocen ni la duda ni la
progreso
desesperación. Son tan bienaventurados como los librepensadores
profesionales. (Unamuno, 2017, 230)
Tratemos de ver claramente, por de pronto, qué es lo que significa desde el punto de vista
práctico esta racionalización intelectualista operada a través de la ciencia y de la técnica
científicamente orientada. ¿Significa, quizás, que hoy cada uno de los que estamos en esta
sala tiene un conocimiento de sus propias condiciones de vida más claro que el que de las
suyas tenía un indio o un hotentote? Difícilmente será eso verdad. […] La intelectualización y
racionalización crecientes no significan, pues, un creciente conocimiento general de las
condiciones generales de nuestra vida. Su significado es muy distinto; significan que se sabe
o se cree que en cualquier momento en que se quiera se puede llegar a saber que, por tanto,
no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos e imprevisibles, sino que, por el contrario,
todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Esto quiere decir simplemente
que se ha excluido lo mágico del mundo. A diferencia del salvaje, para quien tales poderes
existen, nosotros no tenemos que recurrir ya a medios mágicos para controlar los espíritus o
moverlos a piedad. Esto es cosa que se logra merced a los medios técnicos y a la previsión.
Tal es, esencialmente, el significado de la intelectualización. (Weber, 1979, 198-200)
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UBA XXI – Filosofía – Apunte de Cátedra: La crisis de la razón
Si, […] comparamos la situación en que hacia 1910 los europeos se encontraban y la de
ahora, la advertencia del cambio, de la mutación sobrevenida, debería causarnos
un saludable pavor. Han bastado no más de veinte años –es decir, sólo un trozo La pérdida
de la vida de un hombre, que es ya de suyo tan breve– para trastocar las cosas de la fe en la
ciencia.
hasta el punto de que mientras entonces, en cualquier parte de Europa, podía
recurrirse a la fe en la ciencia y en los derechos de la ciencia como máximo valor
humano, […] hoy hay ya naciones donde ese recurso provocaría sólo sonrisas, naciones que
hace unos años eran precisamente consideradas como las grandes maestras de la ciencia, y
no creo que haya ninguna donde, a la fecha en que hablo, el cuerpo social se estremeciese
ante la apelación. (Ortega y Gasset, 1941, 19-21)
El malestar [En] El Ocaso de Occidente13 [de Oswald Spengler, editada en dos partes en
como síntoma 1918 y 1922] había emergido un difuso malestar, que muy pronto se tradujo
del ocaso de en una abierta reacción, en la confrontación con la ciudadanía burguesa de la
Occidente.
era guillermina, la visión positivista del mundo y la confianza optimista en el
progreso que caracterizaron la Belle Époque. (Volpi, 2005, 72)
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UBA XXI – Filosofía – Apunte de Cátedra: La crisis de la razón
[…] ¿Qué es lo que ha pasado para que tal situación se produzca? La ciencia
sabe hoy muchas cosas con fabulosa precisión sobre lo que está aconteciendo Del apogeo al
“ocaso” de la
en remotísimas estrellas y galaxias. La ciencia, con razón, está orgullosa de ciencia.
ello, y por ello, aunque con menos razón, en sus reuniones académicas hace la
rueda con su cola de pavo real. Pero entre tanto ha ocurrido que esa misma ciencia ha
pasado de ser fe viva social a ser casi despreciada por la colectividad. No porque este hecho
no haya acontecido en Sirio, sino en la Tierra, deja de tener alguna importancia – ¡pienso! La
ciencia no puede ser sólo la ciencia sobre sirio, sino que pretende ser también la ciencia sobre
el hombre. Pues bien, ¿qué es lo que la ciencia, la razón, tiene que decir hoy con alguna
precisión sobre ese hecho tan urgente, hecho que tan a su carne le va? ¡Ah!, pues nada. La
ciencia no sabe nada claro sobre este asunto. ¿No se advierte la enormidad del
Razón caso? ¿No es esto vergonzoso? Resulta que, sobre los grandes cambios
naturalista humanos, la ciencia propiamente tal no tiene nada preciso que decir. La cosa
=
es tan enorme que, sin más, nos descubre su porqué. Pues ello nos hace
reduccionismo
reparar en que la ciencia, la razón a que puso su fe social el hombre
moderno, es, hablando rigorosamente, sólo la ciencia físico-matemática, y
apoyada inmediatamente en ella, más débil, pero beneficiando de su prestigio, la ciencia
biológica. En suma, reuniendo ambas, lo que se llama la ciencia o razón naturalista.
[…] El progresismo que colocaba la verdad en un vago mañana ha sido el opio entontecedor
de la humanidad. […] De aquí que al primer empellón sufrido por la armazón superficial de
nuestra civilización –ciencia, economía, moral, política–, el hombre se ha encontrado con que
no tenía verdades propias, posiciones claras y firmes sobre nada importante.
Lo único en que creía era en la razón física, y esta, al hacerse urgente su Desmoronamiento
verdad sobre los problemas más humanos, no ha sabido qué decir. Y del suelo donde
afirmarnos.
estos pueblos de Occidente han experimentado de súbito la impresión de
que perdían pie, que carecían de punto de apoyo, y han sentido terror, pánico y les parece
que se hunden, que naufragan en el vacío.
Decadencia de
la fe en la […] Y aquí tienen ustedes el motivo por el cual la fe en la razón ha entrado
razón.
en deplorable decadencia. El hombre no puede esperar más. Necesita que la
ciencia le aclare los problemas humanos.
[…] Desde hace más de un siglo usamos el vocablo «razón», dándole un sentido cada día más
degradado, hasta venir de hecho a significar el mero juego de ideas. Por eso aparece la fe
como lo opuesto a la razón. Olvidamos que a la hora de su nacimiento en Grecia y de su
renacimiento en el siglo XVI, la razón no era juego de ideas, sino […] que, a través de la
razón física, la naturaleza cósmica disparaba dentro del hombre su, formidable secreto
trascendente. La razón era, pues, una fe. […]
Todas las definiciones de la razón, que hacían consistir lo esencial de esta en ciertos modos
particulares de operar con el intelecto, además de ser estrechas, la han esterilizado,
amputándole o embotando su dimensión decisiva.
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[…] Cada vez más, la historia de la filosofía, vista desde dentro, asume el
carácter de una lucha por la existencia, […] El problema universal de la más profunda relación
esencial entre la razón y lo existente en general, el enigma de todos los enigmas, se convierte
en el auténtico tema.
La ingenuidad […] Ahora estamos seguros de que el racionalismo del siglo XVIII, su modo de
del querer de ganar la sustentabilidad exigida a la humanidad europea, era una
racionalismo. ingenuidad. (Husserl, 2008, 56-57 y 59)
Las primeras generaciones racionalistas creyeron poder aclarar con su ciencia La ciencia
física el destino humano. Descartes mismo escribió ya un Tratado del pretendía aclarar
hombre. Pero hoy sabemos que todos los portentos, en principio el destino
humano y
inagotables, de las ciencias naturales se detendrán siempre ante la extraña culminó
realidad que es la vida humana. ¿Por qué? Si todas las cosas han rendido disolviéndolo.
grandes porciones de su secreto á la razón física, ¿por qué se resiste está
sola tan denodadamente? La causa tiene que ser profunda y radical; tal vez,
nada menos que esto: que el hombre no es una cosa, que es falso hablar de la naturaleza
humana, que el hombre no tiene naturaleza. […]
Hacer algo para
no perder la […] El hombre no tiene naturaleza. El hombre no es su cuerpo, que es una
existencia, dar cosa; ni es su alma, psique, conciencia o espíritu, que es
sentido a su
también una cosa. El hambre no es cosa ninguna, sino 300 años de
ser, a su existir.
un drama –su vida, un puro y universal acontecimiento fracaso de la
Razón.
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que acontece a cada cual, y en que cada cual no es, a su vez, sino acontecimiento. […] El
hombre no encuentra cosas, sino que las pone o supone. […] El existir mismo no le es dado
«hecho» y regalado como a la piedra, sino que –rizando el rizo que las primeras palabras de
este artículo inician, diremos– al encontrarse con que existe, al acontecerle existir, lo único
que encuentra o le acontece es no tener más remedio que hacer algo para no dejar de existir.
[…] Pero el hombre no sólo tiene que hacerse a sí mismo, sino que lo más grave que tiene
que hacer es determinar lo que va a ser.
[…] Podrán los físicos sentir ante él enojo o dolor –aunque ambos sean en éste caso un poco
pueriles–, pero esa convicción es el precipitado histórico de trescientos años de fracaso.
(Ortega y Gasset, 1941, 31-54 y 79-80)
[…] Del Dios abstracto y lógico del intelectualismo de la Razón Suprema, […], no
se saca vida, paz ni justicia.
[…] Lo que más o menos disfrazado entristece a tantos espíritus modernos, el mal del siglo
que denuncia Max Nordau, lo que perturba a las almas, no es otra cosa que la obsesión de la
muerte total.
La vanidad […] Se paraliza la energía espiritual ante el espectro de la venidera nada
de la razón
eterna, que envuelve a todo en vaciedad abrumadora. Tocase la vanidad del
progresismo en el caso de no haber otra vida, y la idolatría progresista se
La pérdida de la fe
en Dios produjo una desploma. Descorazona el luchar por el bienestar de seres que volverán
“desesperación un día a la nada de que salieron y se columbra que el hacer la vida más
sentimental”, y la
fácil, más grata y más placentera es, haciéndola más amable, aumentar
pérdida de la fe en
la Razón, produjo el pesar de tener un día que perderla […]. (Unamuno, 1999, 123-128)
un “escepticismo
racional”. ¿Y […] Ahora bien, cabe preguntarse si todo este proceso de
entonces? Ni Dios desmagificación [desencantamiento del mundo], La lucha por
ni la Razón puedenprolongado durante milenios en la cultura occidental, si el sentido
dar sentido a de la vida y
todo este «progreso» en el que la ciencia se inserta como
nuestra existencia. la muerte
elemento integrante y fuerza propulsora, tiene algún sentido
que trascienda de lo puramente práctico y técnico. Este problema
está planteado de manera ejemplar en la obra de León Tolstoi, quien llega a él por
un camino peculiar. Su meditación se va centrando cada vez más en una sola cuestión, la de
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[…] Hay que predicar de continuo contra esa barbarie de la supremacía de los conocimientos
de aplicación y contra esa otra barbarie del especialismo a toda costa […]. Así llegaríamos a
aprender a manejar máquinas, pero no a saber hacerlas, y sobre todo a perder el apetito de
vida y a no tener motivo de vivir. (Unamuno, 2007: VIII, 419)
El nihilismo
El nihilismo es, por lo tanto, la situación de desorientación que aparece una vez que
fallan las referencias tradicionales, o sea, los ideales y los valores que
¿Para qué
representaban la respuesta al “¿para qué?”, y que como tales iluminaban el
vivimos? ¿Hay
alguna actuar del hombre. En otro importante fragmento escrito en el invierno de
finalidad? 1887-1888 Nietzsche ilustra posteriormente la dinámica que instiga la
¿Algún motivo?
desvalorización de los valores supremos y provoca la llegada del nihilismo:
Ya no lo
sabemos ni El hombre moderno cree de manera experimental ya en este valor, ya
tenemos las Caída en el
en aquél, para después dejarlo caer; el círculo de los valores superados
herramientas vacío
para saberlo. y abandonados es cada vez más amplio; se advierte siempre más el existencial.
vacío y la pobreza de valores; el movimiento es imparable, por más que
haya habido intentos grandiosos por desacelerarlo. Al final, el hombre se atreve
a una crítica de los valores en general; no reconoce su origen; conoce bastante como para
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no creer más en ningún valor; he aquí el pathos, el nuevo escalofrío… La que cuento es la
historia de los próximos dos siglos… (Nietzsche, 1988: XIII, 56-57)
[…] No es, pues, una exageración considerar a Nietzsche como […] el que
El pathos, el
sentimiento de diagnostica a tiempo la “enfermedad” que afligirá al siglo y para el cual ofrece
la época: no hay una terapia.
nada y no tengo
de donde […] La muerte de Dios, imagen que simboliza la venida a
Nihilismo:
asirme. Esta menos de los valores tradicionales, se convierte en el hilo concepto para
será la historia
del siglo XX y
conductor para interpretar la historia occidental como interpretar la
XXI. decadencia y suministrar un diagnóstico crítico del presente. historia
occidental
[…] El nihilismo es, por lo tanto, la “falta de sentido” que presente.
aparece cuando se debilita la fuerza vinculante de las respuestas
tradicionales al “¿para qué?” de la vida y del ser, y esto sucede a lo largo del proceso
histórico, en el curso del cual los supremos valores tradicionales se daban como respuesta a
aquel “¿para qué?” –Dios, la Verdad, el Bien- pierden su valor y perecen, generando la
condición de “insensatez” en la que se encuentra la humanidad contemporánea.
[Una] gran categoría que cae con el nihilismo es la de la verdad: No hay fin
dado que en el devenir no hay ni fin ni unidad. No hay unidad
La muerte de No hay verdad.
Dios también […] Cuando se hace claro que “no es lícito interpretar el
significa la ¡No hay nada! ¡Y
carácter general de la existencia ni con el concepto de «fin», este mundo no
muerte de la
Verdad como ni con el concepto de «unidad», ni con el concepto de se soporta así!
ideal «verdad», se termina por inhibir todo principio organizador y
regulador.
toda trascendencia, y por admitir como única realidad el mundo en su eterno
fluir y devenir: el problema es que este último se muestra privado de sentido y de
valor.” Por lo tanto, “no se soporta este mundo […]” (Nietzsche, 1988: XIII, 48) (Volpi, 2005,
15-18, 47-66)
El colectivo singular “historia”, que Hegel utiliza ya como evidente de suyo, es una acuñación
del siglo XVIII: “La ‘Edad Moderna’ presta a la totalidad del pasado la cualidad de
La noción de una historia universal… El diagnóstico de la Edad Moderna y el análisis de las
“historia”.
épocas pasadas guardan una recíproca y cabal correspondencia”. A esto
10
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Como el mundo nuevo, el mundo moderno, se distingue del antiguo por esta
La continua
novedad. abierto al futuro, el inicio que es la nueva época se repite y perpetúa con cada
momento de la actualidad que produce de sí algo nuevo. A la conciencia
histórica de la modernidad pertenece, por tanto, el deslinde entre “lo novísimo” y lo moderno:
la actualidad como historia del presente dentro del horizonte de la Edad Moderna, pasa a
ocupar un lugar prominente. También Hegel entiende “nuestro tiempo” como
“tiempo novísimo”. Pone el comienzo de la actualidad en la cesura que la Lo moderno
Ilustración y la Revolución francesa representaron para sus contemporáneos como continua
renovación de
más reflexivos de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Con este la ruptura con
“glorioso amanecer” henos aquí, piensa todavía el anciano Hegel, “en el último el pasado.
estadio de la historia, en nuestro mundo, en nuestros días…”. Una actualidad
que desde el horizonte de la Edad Moderna se entiende a sí misma como la
actualidad del tiempo novísimo no tiene más remedio que vivir y reproducir la renovación
continua la ruptura que la Edad Moderna significó con el pasado. (Habermas, 1989, 16-17)
Para confirmar este proceso hacen aparición reflexiones y convicciones crepusculares que
incrementan la sensación de que se ha llegado a un estado final irreversible. Se
teoriza expresamente sobre la idea de un “fin de la historia” y de una El fin de la
historia en
posthistoire. El “fin de todas las cosas”, que el iluminista Kant avistaba como sentido lineal
sentido final de la historia en el que culminaría el constante progreso de la y progresivo.
humanidad hacia lo mejor, se ha convertido, en el debate actual sobre la
posthistoire y el fin de la historia, en una mera “agonía del fin”, en el sofocante
reconocimiento de la irreversibilidad del estado alcanzado.
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salida de la historia entendida como progreso lineal y la entrada en una dimensión donde eso
que era historia –evolución, desarrollo, progreso según el curso imparable e irreversible del
tiempo– ha sido puesto fuera de juego por el estancamiento al que los sucesos históricos han
llegado. (Volpi, 2005, 137-138)
El fin de la historia está inscrito en sus comienzos –la historia, el hombre presa del tiempo,
llevando los estigmas que definen, a la vez, al tiempo y al hombre.
Así como los teólogos hablan, y con justa razón, de nuestra época como de una
época poscristiana, así se hablará un día de las ventajas y desventajas de vivir en plena
poshistoria. (Cioran, 1976, 427)
[…]
Ni, pues, el anhelo vital de inmortalidad humana halla confirmación racional, ni tampoco la
razón nos da aliciente y consuelo de vida y verdadera finalidad a esta. Más he aquí que en el
fondo del abismo se encuentran la desesperación sentimental y volitiva y el escepticismo
racional frente a frente, y se abrazan como hermanos. Y va a ser de este abrazo, un abrazo
trágico, es decir, entrañadamente amoroso, de donde va a brotar manantial de vida, de una
vida seria y terrible.16 El escepticismo, la incertidumbre, última posición a que llega la razón
ejerciendo su análisis sobre sí misma, sobre su propia validez, es el fundamento sobre que la
desesperación del sentimiento vital ha de fundar su esperanza.
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UBA XXI – Filosofía – Apunte de Cátedra: La crisis de la razón
Tuvimos que abandonar, desengañados, la posición de los que quieren hacer verdad racional y
lógica del consuelo, pretendiendo probar su racionalidad, o por lo menos su no irracionalidad
[catolicismo-cristianismo], y tuvimos también que abandonar la posición de los que querían
hacer de la verdad racional consuelo y motivo de vida [racionalismo]. Ni una ni otra de ambas
posiciones nos satisfacían. La una riñe con nuestra razón, la otra con nuestro sentimiento. La
paz entre estas dos potencias se hace imposible, y hay que vivir de su guerra. Y hacer de
esta, de la guerra misma, condición de nuestra vida espiritual.
La incertidumbre […]
vital como punto
de partida para Y ese escepticismo salvador de que ahora voy a hablaros, ¿puede decirse
la creación de que sea la duda? Es la duda, sí, pero es mucho más que la duda.
nuevos sentidos.
La lucha por el […]
sentido.
La certeza absoluta completa, de que la muerte es un completo y definitivo e
irrevocable anonadamiento de la conciencia personal, una certeza de ello como
estamos ciertos de que los tres ángulos de un triángulo valen dos rectos, o la certeza
absoluta, completa, de que nuestra conciencia personal se prolonga más allá de la muerte en
estas o las otras condiciones haciendo sobre todo entrar en ello la extraña y adventicia
añadidura del premio o del castigo eternos, ambas certezas nos harían igualmente imposible
la vida. En un escondrijo, el más recóndito del espíritu, sin saberlo acaso el mismo que cree
estar convencido de que con la muerte acaba para siempre su conciencia personal, su
memoria, en aquel escondrijo le queda una sombra, una vaga sombra de sombra de
incertidumbre, y mientras él se dice: «ea, ¡a vivir esta vida pasajera, que no hay otra!», el
silencio de aquel escondrijo le dice: «¡quién sabe!...». Cree acaso no oírlo, pero lo oye. Y en
un repliegue también del alma del creyente que guarde más fe en la vida futura, hay una voz
tapada, voz de incertidumbre, que le cuchichea al oído espiritual: «¡quién sabe!...». […].
¿Cómo podríamos vivir, si no, sin esa incertidumbre?
El «¿y si hay?» y el «¿y si no hay?» son las bases de nuestra vida íntima.
[…]
Del eterno e
Y hemos llegado al fondo del abismo, al irreconciliable conflicto entre la razón irresoluble
conflicto entre
y el sentimiento vital. Y llegado aquí os he dicho que hay que aceptar el
razón y fe,
conflicto como tal y vivir de él. Ahora me queda el exponeros cómo, a mi puede surgir
sentir y hasta a mi pensar, esa desesperación puede ser base de una vida una nueva
filosofía
vigorosa, de una acción eficaz, de una ética, de una estética, de una religión y
hasta de una lógica.
[…]
Y el que me siga leyendo verá también cómo de este abismo de desesperación puede surgir
esperanza, y cómo puede ser fuente de acción y de labor humana, hondamente humana, y de
solidaridad […] El lector que siga leyéndome verá su justificación pragmática. Y verá cómo
para obrar, y obrar eficaz y moralmente, no hace falta ninguna de las dos opuestas certezas,
ni la de la fe ni la de la razón, ni menos aún –esto en ningún caso– esquivar el problema de la
inmortalidad del alma o deformarlo idealísticamente, es decir, hipócritamente. El lector verá
cómo esa incertidumbre, y el dolor de ella y la lucha infructuosa por salir de la misma, puede
ser y es base de acción y cimiento de moral. (Unamuno, 1958: XVI, 234-259)
[…] La creencia en «certezas inmediatas» es una ingenuidad moral que nos honra a nosotros
los filósofos; pero ¡nosotros no debemos ser hombres «sólo morales»! ¡Prescindiendo de la
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UBA XXI – Filosofía – Apunte de Cátedra: La crisis de la razón
moral, esa creencia es una estupidez que nos honra poco! Aunque en la vida burguesa se
considere que la desconfianza siempre a punto es signo de «mal carácter» y, en consecuencia,
una falta de inteligencia; aquí entre nosotros, más allá del mundo burgués, y de su sí y su no,
–qué nos impediría ser poco inteligentes y decir: el filósofo tiene ya derecho al «mal
carácter», en cuanto es el ser que hasta ahora ha sido más burlado siempre en la tierra–, el
filósofo tiene hoy el deber de desconfiar, de mirar maliciosamente de reojo desde todos los
abismos de la sospecha.
[…] Que la verdad sea más valiosa que la apariencia, eso no es más que un
prejuicio moral; es incluso la hipótesis peor demostrada que El mundo
El como ficción
perspectivismo. hay en el mundo. Confesémonos al menos una cosa: no
(creación).
existiría vida alguna a no ser sobre la base de apreciaciones y
de apariencias perspectivistas; y si alguien, movido por la virtuosa
exaltación y majadería de más de un filósofo, quisiera eliminar del todo el «mundo aparente»,
entonces, suponiendo que vosotros pudierais hacerlo, —¡tampoco quedaría ya
nada de vuestra «verdad»! Sí, ¿qué es lo que nos fuerza a suponer que
Hay que perder existe una antítesis esencial entre «verdadero» y «falso»?
el respeto por ¡Dios ha muerto!
¿No basta con suponer grados de apariencia y, por así Ahora es
las lógicas, las
gramáticas, decirlo, sombras y tonos generales, más claros y más necesario que
que nos oscuros, de la apariencia, —valeurs (valores) diferentes, vivan muchos
gobiernan, y dioses.
[…]? ¿Por qué el mundo que nos concierne en algo —no iba a
crear otras
nuevas. ser una ficción? Y a quien aquí pregunte: «¿es que de la ficción no forma
parte un autor?» —¿no sería lícito responderle francamente: por qué? ¿Acaso
ese «forma parte» no forma parte de la ficción? ¿Es que no está permitido ser ya
un poco irónico contra el sujeto, así como contra el predicado y el complemento? ¿No le sería
lícito al filósofo elevarse por encima de la credulidad en la gramática? Todo nuestro respeto
por los gobernantes: ¿mas no sería tiempo de que la filosofía abjurase de la fe en los
gobernantes? (Nietzsche, 1993, 59-60)
[…] [Hay] una fuerte sentencia, que como agorero estribillo se hace resonar de vez en cuando
sobre nuestras cabezas soñadoras; y la sentencia es esta: ¡vanitas vanitatum et
Por eso, ante el omnia vanitas!, ¡vanidad de vanidades y todo vanidad!
espíritu de
disolución del Cuando esta tentación nos venga opongámosle un conjuro, el conjuro del
racionalismo se Espíritu de Creación; y el conjuro es: ¡plenitudo plenitudinis et omnia
puede oponer
el espíritu de plenitudo!, ¡plenitud de plenitudes y todo plenitud! (Unamuno, 2007: VIII,
creación. 658)
Referencias bibliográficas
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UBA XXI – Filosofía – Apunte de Cátedra: La crisis de la razón
NIETZSCHE, F. (1984). La gaya ciencia. Madrid: Sarpe, Libro 3º, af. 110 y 125.
----------------- (1993). Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza, Secc. 1, af.34.
UNAMUNO, M. DE (1958). “Alrededor del estilo. Realidad objetiva”. En: Obras Completas, vol.
XI. Manuel García Blanco (ed.). Madrid: A. Aguado, pp.832-834
------------------- (1999). “El mal del siglo”. En Robles, L. (ed.), C.C.M.U., Nº 34, pp.99-131.
------------------- (2007). “La educación”. En Obras Completas, vol. VIII. Ricardo Senabre
(ed.). Madrid: Castro, pp. 411-428
WEBER, M. (1979). “La ciencia como vocación”. En El político y el científico. Madrid: Alianza,
pp.180-231
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