ÉL
ERA UN HOMBRE PRÁCTICO…
A la hora de proponer matrimonio Charles Draysmith era tan romántico como
los fríos páramos de Diciembre. Puede que Emma Peterson fuera la hija de un
simple vicario, y que él sea el nuevo Marqués de Knightsdale, y puede que
quisiera casarse con ella para tener que evitar buscar una prometida entre las
insulsas damas de la sociedad. Pero el colmo de los colmos llegó cuando tuvo
la osadía de decirle lo mucho que iba a disfrutar haciéndola un heredero… y
es que hay cosas que una dama no puede permitir.
PERO ELLA ERA TODO PASIÓN…
Las mujeres tienen ese algo que consigue atraer la atención de un hombre.
Puede que su propuesta carezca de gracia, se dice a sí mismo Charles. Pero
es la solución perfecta: él consigue una esposa, sus pequeñas cargas
consiguen a la madre que tanto necesitan, y Emma obtiene una vida segura y
una buena posición en la sociedad. ¿Lo ves? Así de simple. Práctico. Sensat…
-¡oh no!, no me lances la figura de porcelana… Vale, lo mejor es que le
confiese la verdad para calmarla. Y la verdad es que está loca y
completamente enamorado de ella.
Sally MacKenzie
El marqués desnudo
Nobleza al desnudo - 2
ePUB v1.0
Pao_22 30.08.13
Título original: The Naked Marquis
Sally MacKenzie, Junio 2007.
Traducción: Rita Karina Plasencia
Editor original: Pao_22 (v1.0 a v1.0)
ePub base v2.1
Capítulo 1
«¿Por qué diablos tuvo que morir Paul?»
La lluvia resbalaba por el cuello del Mayor Charles Draysmith, quien, de pie
en el ancho camino de grava que conducía a la casa, miraba fijamente la
inmensa fachada de arenisca que se alzaba ante él. No quería entrar.
Se había demorado cuanto le había sido posible en Londres, en reuniones con
el abogado, con los banqueros de Paul, ocupándose de todos los detalles de la
sucesión… y odiando cada maldito minuto. Cada «sí, milord» arrancaba otro
pedazo de su vida.
Gracias a un anónimo ladrón italiano, ahora el marqués de Knightsdale era él.
Una ráfaga le empapó el capote, enviando más lluvia a deslizarse como una
cascada desde su cuello. No podía quedarse eternamente de pie allí fuera
como un idiota. Pronto llegaría la tía Bea, con sus carruajes, sus sirvientes y
su gata sobrealimentada, y empezarían los preparativos para la fiesta1 .
«Dios» Al día siguiente una horda de jóvenes aristócratas vírgenes,
acompañadas de sus madres invadiría Knightsdale. Un profundo temor se
apoderó de él y el sudor le humedeció las palmas de las manos, exactamente
como antes de cada una de las batallas en las que había luchado en la
Península. Quería dar media vuelta y echar a correr.
Dio un paso al frente y golpeó la puerta.
—Buenos días, milord.
—¿Son buenos, Lamben?
Charles dejó que el mayordomo se encargara del sombrero y el abrigo
mojados. Diez años habían transcurrido desde la última vez que había visto a
aquel hombre; en la boda de Paul. Nuevas líneas de expresión enmarcaban la
boca y los ojos de Lambert y su cabello comenzaba a escasear.
Indudablemente, el hombre también advertía cambios en Charles. La última
vez que había estado en casa apenas acababa de salir de la universidad; ahora
era un hombre de treinta años, envejecido por la sangre y la sordidez de la
guerra.
—Envíe a alguien para que se ocupe de mi caballo, por favor.
—Enseguida, milord. ¿Lady Beatrice viene con usted?
—No, yo me adelanté. Yo… ¿qué es ese alboroto?
Charles podría jurar que había oído un estruendo de artillería a lo lejos.
—Creo que es la señorita Peterson, milord, con Lady Isabelle y Lady Claire.
—¿Qué diablos están haciendo?
Charles dio unos pasos hacia las escaleras. El ruido provenía de uno de los
pisos superiores.
—Juegan a los bolos, milord. En la galería larga.
«Bolos», pensó Charles. «¿Cómo es posible que las niñas estén jugando a los
bolos? Aún son unas criaturas.»
Oyó un nuevo estruendo, seguido de alaridos. ¿Se habría lastimado alguien?
Echó a correr, subiendo los escalones de dos en dos. Si mal no recordaba, en
la galería larga había pesados bustos de mármol de los antepasados de la
familia Draysmith. Si alguno de ellos llegaba a caer sobre una criatura… ¿Y
esos ladridos? ¿Encima había un perro? ¿Qué tenía en la cabeza la tal señorita
Peterson? Recordaba a Nana y a la institutriz… ¿era Peterson el apellido de la
institutriz? No podía ser. Si no, seguramente lo habría recordado, porque era
el apellido del párroco. Había supuesto que sus sobrinitas estaban en buenas
manos. Por lo visto, se había equivocado. Pues bien, la tal señorita Peterson
pronto se hallaría buscando otro empleo.
Llegó a la galería larga justo a tiempo para ver a un pequeño terrier blanco y
negro llevarse por delante el pedestal que sostenía el busto del tío abuelo
Randall.
Emma Peterson dio un salto para evitar que cayera la estatua, en el preciso
instante en que un hombre rugía en las escaleras. La sorpresa al oír una voz
masculina casi hizo que ella misma derribase la fea estatua. No podía ser que
el señor Lambert hubiese dejado entrar a un loco en la casa…
—¿Qué demonios cree que está haciendo, mujer, permitiendo a ese animal
correr a sus anchas por la casa? Alguna de las niñas a su cargo podría haber
sido aplastada.
Emma se puso rígida. ¿Quién se creía ese hombre para venir con palabrotas y
críticas? Se subió las gafas sobre la nariz. ¿Acaso lo conocía? Su voz le sonaba
vagamente familiar. Si tan sólo se acercase un poco.
¿En qué estaba pensando? Debería estar echándolo escaleras abajo y fuera de
la casa. No era demasiado alto, pero sus hombros anchos y su aire de mando
dejaban entrever que estaba acostumbrado a salirse con la suya. ¿Qué pasaría
si efectivamente demostraba ser una amenaza? Si gritaba, ¿alguien la oiría a
tiempo para acudir en su ayuda?
—Prinny no quería hacernos daño, señor.
La valiente Isabelle hizo frente al intruso, echando hacia atrás sus hombros
angostos, aunque al mismo tiempo se acercó a Emma.
—Por supuesto que no quería hacernos daño. —La pequeña Claire rodeó con
sus brazos el cuello de Prinny—. Eres un perro bueno, ¿no es cierto, Prinny?
Tras lanzar un ladrido, Prinny lamió la cara de la niña.
—¿Prinny? ¡Válgame Dios, Prinny2 ! Tal vez sea un perro bueno, señorita,
pero su lugar no está corriendo por todas partes aquí dentro.
—Señor. —Emma se sintió satisfecha al escuchar la firmeza de su propia voz,
que no tembló ni se quebró en absoluto. Se irguió cuan alta era, aunque su
altura era insignificante—. Señor, debo pedirle que se retire. De inmediato.
—¿ Usted debe pedirme a mí que me vaya? En breve seré yo quien se lo
ordene.
Emma tragó saliva. Jesús, se estaba acercando.
—Isabelle, Claire, venid aquí, queridas.
El hombre se detuvo.
—¿Isabelle y Claire?
—Así es —contestó Emma levantando la barbilla.
Ahora estaba lo suficientemente cerca como para poder verlo con claridad.
Tenía la cara bronceada por el sol y llevaba muy corto el cabello, castaño y
rizado. Parecía mayor, más fuerte, más seguro de sí que aquel a quien había
visto brevemente y de lejos en la boda del difunto marqués, pero aun así
Emma supo que era él. Nunca podría olvidar esos ojos: de color azul claro,
como lagos, bordeados de oscuras pestañas. Charles Draysmith, aquel
muchacho a quien había idolatrado, aquel hombre por quien había suspirado,
estaba de regreso en Knightsdale.
—¿ Estas son mis sobrinas?
Charles miró fijamente a las niñas. La mayor —Isabelle— aparentaba unos
nueve años. Era delgada, de cabello rubio casi blanco, fino y lacio, pómulos
altos y tenía unos ojos verdes iguales a los de Paul. La otra niña aún era
regordeta, con las curvas propias de la primera infancia, pero ya no era una
criatura. Tenía el mismo cabello de Charles, salvaje y rizado.
Claire, la menor, se llevó los pequeños puños a las caderas —ademán que
Charles juraría haber visto innumerables veces en Nana cuando era un
muchacho— y adelantó la barbilla.
—¿Eres un hombre malo?
—¡Claire! —La mujer frunció el ceño—. Es vuestro tío Charles, el nuevo
marqués de Knightsdale.
Charles estudió a la institutriz. ¿Cómo sabía quién era él? Bueno, los
sirvientes debían haber estado aguardando su llegada: había avisado que él y
la tía Bea estaban en camino, de modo que no hacía falta ser un genio para
deducir su identidad. Sin embargo, no lo había reconocido al principio o no le
habría ordenado salir de la casa. Reconocía que la muchacha tenía agallas.
Había sabido mantenerse en sus trece ante sus gritos. En el ejército más de
un soldado había palidecido frente a su mal genio.
Pese a ser apenas unos centímetros más alta que Isabelle, el aspecto de la
mujer no era en absoluto infantil. Para nada. Charles levantó bruscamente la
mirada para estudiar su rostro. Tenía el cabello rubio oscuro, del color de la
miel tibia y aún más rizado que el de él, la cara salpicada de pecas y los ojos
color marrón dorado, bordeados por largas pestañas oscuras…
—¿Enana ? —preguntó Charles, atónito al reconocerla y conteniendo la risa.
Era imposible que esa fuera Emma Peterson, la hija del párroco, la niñita
flaca y con aire desamparado que solía andar pegada a sus talones como un
cachorro perdido. Pese a las burlas de los demás muchachos, nunca había
tenido el valor de rechazarla—. Perdón. Quería decir señorita Peterson.
¿Usted no es la institutriz de las niñas, verdad?
—No, milord. La institutriz, la señorita Hodgekiss, tuvo que marcharse con
urgencia a casa de su familia para atender a su madre enferma. Yo sólo estoy
reemplazándola.
Un delicado rubor coloreó sus mejillas. No lo miraba a los ojos. La mirada de
Charles se agudizó. Su instinto le decía que la señorita Emma Peterson
todavía abrigaba vestigios de su antigua adoración por él. Interesante. La
encontraba atractiva. Tal vez estaba frente a la solución de su problema. ¿Y si
le proponía matrimonio? Sin duda podía irle peor. Si ella aceptaba la
proposición antes de la maldita fiesta, no tendría que pasar los próximos días
huyendo de la jauría nupcial.
Charles sintió que Claire le tiraba de la manga.
—La señorita Hodgekiss teme que su mamá se muera. —Los grandes ojos
castaños se alzaron hacia él, mirándolo con fijeza—. Mi mamá murió en una
montaña en «Itlalia».
—Italia. Tu madre y tu padre murieron en las montañas de Italia.
Charles tuvo que aclararse la garganta. Nunca le había gustado demasiado
Cecilia, la esposa de Paul. Era hermosa y superficial, como tantas otras
señoritas de sociedad. Enredó sus dedos en la maraña de rizos de Claire y
miró de reojo a Isabelle. Las niñas no parecían desconsoladas. No le
sorprendía. Según le habían dicho sus amigos el duque de Alvord y el conde
de Westbrooke, Paul y Cecilia no habían sido padres excesivamente
afectuosos. La mayor parte del tiempo la habían pasado en Londres o en las
mansiones que sus amigos tenían en la campiña inglesa.
—¿Ahora nuestro papá eres tú?
—¡Claire, no seas tonta! —Isabelle la miró enojada—. Tío Charles no nos
quiere. Él quiere formar su propia familia.
Charles oyó que la señorita Peterson lanzaba un hondo suspiro. También él se
sentía como si acabasen de propinarle un puntapié en el estómago. Era cierto,
nunca había pensado demasiado en esas niñas —qué va, si había venido con la
idea de encontrar a un par de bebés de pecho— pero de ahí, a no quererlas…
—Soy vuestro tío, Isabelle. El hermano de vuestro papá. De modo que
vosotras dos sois mi familia y éste es vuestro hogar. Claire tiene razón: ahora
yo soy como un padre para vosotras.
Charles sonrió al notar que la tensión en los hombros de la mayor de las niñas
cedía un poco. Sin duda podía ser para sus sobrinas la misma clase de padre
que había sido Paul.
—Habladme de vuestro perro… Prinny, ¿así se llama, verdad? No se parece
mucho a nuestro príncipe regente. —Las únicas partes que Charles alcanzaba
a ver del perrito blanco y negro eran la cola, corta y gruesa, y las patas
traseras. El resto estaba como metido a presión entre la pared y el pedestal
del tío abuelo Randall—. ¡Oye, fuera de ahí!
Prinny dejó de escarbar la base de la pilastra, estornudó y sigilosamente se
dirigió a investigar las botas de Charles.
—Prinny es el perro de la señorita Peterson, papá.
—Claire, querida, Lord Knightsdale es vuestro tío, no vuestro papá.
Claire empezó a hacer pucheros.
—¡Pero no quiero un tío!, ¡quiero un papá!
Charles se arrodilló, para quedar a la altura de la niña y poder mirarla de
cerca. Detrás de su expresión testaruda notó la incertidumbre y el miedo.
Había visto esas mismas emociones en los ojos de muchos niños en España y
Portugal. Pese a pertenecer a una rica familia inglesa, Claire no era más que
una niña.
—Algunas personas podrían confundirse si me llamaras papá, Lady Claire.
Además, no sería bueno que te olvidaras de tu verdadero papá, ¿no crees?
El labio inferior de Claire temblaba mientras mantenía sus bracitos cruzados
con fuerza sobre el pecho.
—Quiero un papá. ¿Por qué no puedes ser tú mi papá? Y la señorita Peterson
puede ser mi mamá.
Charles se sentía como tambaleándose al borde del abismo. Un paso en falso
y Claire rompería a llorar.
—¿Qué tal si me llamas tío Charles cuando estemos con otra gente y papá
Charles en privado?
—¿En privado?
—Cuando estemos tú y yo solos… o con Isabelle o la señorita Peterson.
¿Aceptarías ese trato?
Claire se mordió el labio inferior, luego dibujó una amplia sonrisa y rodeó con
sus brazos el cuello de Charles. Como un reflejo, Charles la abrazó para evitar
caer de espaldas.
La piel de Claire era suave como la de un bebé. Charles sintió que los rizos de
la niña le hacían cosquillas en la mandíbula. Cuando lo besó en la mejilla el
aliento de Claire olía a leche y avena. Charles sintió una extraña ternura en el
pecho.
—«Ace'taría» eso, papá Charles —dijo Claire y se volvió para abrazar a
Prinny.
Aja, de modo que entre él y el perro no había tanta diferencia. ¿Acaso todos
los niños serían tan generosos con su afecto? Le echó una ojeada a Isabelle.
No, no todos los niños eran iguales.
—Si quieres, tú también puedes llamarme papá Charles, Isabelle.
—Tengo nueve años, tío. Ya no soy un bebé.
—No, claro que no.
Desearía que lo fuera. Estaba siempre demasiado erguida, demasiado tiesa.
Le recordaba a sus jóvenes soldados antes de la primera batalla. A los nueve
años se es demasiado joven para comportarse como un adulto.
—¿Creéis que podríais prestarme por un rato a la señorita Peterson? Me
gustaría hablar dos palabras con ella.
—Por supuesto —dijo Isabelle.
La señorita Peterson parecía estar reprimiendo una sonrisa. Bien. La quería
con una disposición favorable hacia él.
—Isabelle, ¿podrías llevar a Claire a vuestro cuarto?
—Claro, señorita Peterson.
—¿Podemos llevarnos a Prinny, mamá Peterson?
Al ver la expresión de la señorita Peterson, Charles se mordió el labio para no
reír. Estaba claro que se sentía incómoda con el nuevo nombre que le había
dado Claire, pero no quería herir los sentimientos de la pequeña.
—Está bien, siempre y cuando os aseguréis de que no moleste a Nana.
—Prinny no «mole'taría» a Nana, ¿verdad, Prinny?
El perro lanzó un par de agudos ladridos y lamió la cara de Claire.
—¿Ves, mamá Peterson? Prinny es un perro muy listo.
—Sí, bueno, también puede ser un tanto excitable.
—A Nana le gusta Prinny, señorita Peterson —dijo Isabelle—. Sólo finge que la
enoja.
—No creo que estuviera fingiendo cuando Prinny volcó el florero y le empapó
el vestido, Isabelle.
—Pero fue sin querer. —Claire acarició la oreja de Prinny—. Él sólo quería
oler esa gran rosa roja.
—Sólo aseguraos de que esta vez no se acerque a las flores de Nana.
—Sí, señorita Peterson, lo haremos. Vamos, Claire.
La voz aguda de Claire se oía a través de la galería mientras se alejaba
brincando hacia las escaleras.
—Creo que papá Charles va a ser un papá muy bueno, ¿no lo crees, Isabelle?
Tiene unos ojos muy bonitos y rizos como los míos.
Con una amplia sonrisa, Charles miró a Emma, que estaba colorada.
—Mis disculpas, milord. Claire todavía es muy pequeña. Estoy segura de que
sus modales mejorarán.
—Oh, no estoy ofendido. Mi cabello es terriblemente rizado… muy parecido al
de usted. —Recorrió con la mirada los rizos de ella. Emma había intentado
dominarlos, peinándolos hacia atrás para mantener la cara despejada, pero
algunos habían escapado. Se ruborizó aún más, de un modo muy atractivo—.
Y no me opongo a tener unos ojos bonitos… ¿a usted le gustan, señorita
Peterson?
—¡Milord! —El rojo de su cara se hizo aún más vivo.
Él sonrió, ofreciéndole el brazo.
—¿Me acompaña a mi despacho? Querría que me hablase de mis sobrinas.
Como quizás haya notado, no me he mantenido demasiado al corriente de sus
vidas.
Tras un instante de duda, Emma apoyó sobre la manga de él unos dedos
ligeramente temblorosos, que Charles cubrió con su mano. Eran tan
pequeños, tan delicados. Emma nunca le había parecido una niña delicada —
quizás porque siempre se había empeñado en seguirles el ritmo a él y a sus
amigos—. Pero ya no era una niña. Deslizó la mirada sobre su pecho. En
absoluto. Y por cierto que sus preciosos senos no eran pequeños, aunque
apostaría a que eran de una belleza exquisita. Un delicioso puñado, aunque
cubierto por un vestido insípido. Sus dedos estaban deseando desabotonarlo y
revelar las maravillas que ocultaba.
Una repentina lujuria hizo que una parte de su cuerpo, que normalmente no
era pequeña, se agrandase todavía más.
Apartó los ojos, reprimiendo una sonrisa.
De pronto su futuro le parecía mucho más prometedor.
Emma bajó, junto a Charles, las escaleras hacia el despacho. Experimentaba
emociones desordenadas. Se había enojado y asustado al verlo irrumpir de
esa manera, pero al comprender quién era… bueno, no sabía qué había
sentido.
Aún debería estar enojada. Lo había estado los cuatro últimos meses, durante
los cuales él no había hecho ni un simple viaje desde Londres para visitar a
sus sobrinas. No es que las niñas lo hubiesen extrañado; por desgracia
estaban acostumbradas al abandono. Pero mientras descendía esa larga
escalinata Emma admitió para sí que ella se había sentido desilusionada.
Oh, les había hecho una breve visita, apenas unas pocas horas, cuando los
restos del marqués y la marquesa habían sido depositados en la cripta
familiar. Pero antes de que se apagaran los ecos de la última plegaria, había
regresado a Londres a toda prisa. Y desde entonces, ni una visita más. ¿Por
qué? ¿Qué le había sucedido a este hombre? ¿Acaso la guerra era la culpable
de un cambio tan drástico? Indudablemente, el muchacho que ella había
conocido no habría ignorado así a sus sobrinas.
Recordaba el día en que lo había conocido. ¿Recordarlo? ¡Jesús! Atesoraba
ese recuerdo, que evocaba cada vez que se sentía sola, triste o desanimada.
En aquel entonces tenía seis años. Su padre acababa de tomar posesión como
párroco de la iglesia de Knightsdale y ella extrañaba su antigua casa, sus
viejos compañeros de juego, todo aquello que le era familiar. La soledad le
dolía en el cuerpo. En el bosque cercano a la iglesia había hallado un buen
tronco junto al arroyo y se había arrellanado allí para llorar hasta cansarse.
Pero las lágrimas sólo habían empeorado su dolor de estómago.
Y entonces, Charles había entrado silbando en el mundo de esa niñita. Lo
había oído antes de verlo. De no haber estado rendida de tanto llorar, habría
intentado esconderse. Pero el chico ya se había detenido frente a ella con las
manos en la cintura.
Era sólo cuatro años mayor que ella, muy flaco y con rizos castaños. Pero bajo
la luz del sol que inundaba el bosque a través del follaje, le había parecido
una especie de dios. Con un sonido de asco había sacado del bolsillo un
mugriento pañuelo.
«Ánimo», le había dicho, al tiempo que le restregaba la cara. «Deja ya de
lloriquear. No querrás que todos piensen que eres un bebé, ¿verdad? Vamos,
puedes ayudarme a buscar salamandras.»
Se había enamorado de él en ese preciso instante y así había sido desde
entonces.
Miró esa mano que cubría la suya. Ninguno de los dos llevaba guantes. El
peso de su palma tibia y el contacto de esos dedos fuertes, ligeramente
callosos, alteraron de un modo extraño la respiración de Emma. Sintió una
sorprendente necesidad de volver la mano y entrelazar sus dedos pequeños
con los de él.
Él no estaba a su alcance. Lo sabía. Siempre lo había sabido, incluso veinte
años atrás al mirarlo fijamente en el bosque. Charles había sido hijo y
hermano de marqueses —y ahora él era el marqués— mientras que ella sólo
era la hija del párroco, tan común como una de esas florecillas llamadas
«botón de oro» que abundaban en los campos de Knightsdale. Aun así, ella se
había apegado a él como un cachorro, feliz de tener algunos restos de su
atención. Cuando él dejó Knightsdale para ir a la escuela, ella había llorado
de nuevo; y tampoco esa vez las lágrimas habían conseguido aliviar el
doloroso vacío que sentía en el estómago.
Y luego, la muerte de su madre, la obligación de cuidar de su hermanita Meg
y de su padre. Ya no tenía tiempo para tontos sueños románticos.
Echó una ojeada al perfil de Charles mientras llegaban al vestíbulo de
entrada. Pese a no haber tenido tiempo para soñar y a que sus sueños no
tenían sentido, ella había soñado.
La última vez que él había estado en Knightsdale, ella tenía dieciséis años.
Aún no había debutado socialmente. Era aún demasiado joven para ser
invitada al baile de bodas del hermano de Charles. No tan joven, sin embargo,
como para no desear desesperadamente estar allí y tal vez bailar una pieza
con Charles.
Había hecho la cosa más audaz —lo único audaz, en realidad— de su vida. Se
había deslizado a hurtadillas por la ventana y a través de los bosques hasta la
terraza de Knightsdale. Oculta en las sombras, había observado a los hombres
vestidos de lino blanco y traje de etiqueta negro y a las mujeres que lucían
joyas y coloridos vestidos.
Había visto a Charles salir a la terraza en compañía de una dama de Londres.
Emma había clavado los ojos en ella. Llevaba un vestido que se adhería a cada
curva, con un escote peligrosamente pronunciado sobre sus generosos senos.
Era asombrosamente, sobrecogedoramente hermosa. Y luego Charles había
tomado a esa dama en sus brazos, besándola, mientras sus manos vagaban
libremente por el cuerpo de ella.
Al contemplar la escena Emma se había sentido muy rara: agitada, incómoda.
Avergonzada, mala… palpitante y febril. Había regresado corriendo a la
parroquia, como si la persiguiese el mismo Satanás.
Miles de veces había soñado con ese beso, pero en sus sueños la mujer entre
los brazos de Charles era ella.
Bien, ahora ya debía estar curada de ese mal. Retiró su mano del brazo de él
cuando entraron al despacho. Pese al esmero de los sirvientes, la habitación
aún olía a restos de lumbre y a polvo. Hacía más de un año que el marqués —
el anterior— había visitado la finca por última vez.
—Señorita Peterson, mis disculpas si la he asustado allá arriba.
Con un gesto, Charles le indicó un asiento junto al fuego. Prefirió permanecer
de pie, obligándolo a hacer lo mismo. Él le lanzó una mirada perpleja. Emma
entrelazó con fuerza las manos delante de ella.
—Milord, han pasado cuatro meses desde que su hermano y su esposa
murieron y sus sobrinas quedaron huérfanas. ¿Por qué ha tardado tanto en
venir a casa?
Charles se encogió de hombros.
—¿A casa? —Su boca se puso tensa y bajó los ojos hacia el escritorio. Cuando
levantó la vista de nuevo su cara no expresaba emoción alguna—. Las niñas
estaban en buenas manos. Hablé con el padre de usted en el funeral. Nana
estaba aquí y también la institutriz. ¿Para qué querrían ver a un tío que para
ellas era un extraño? Y, sinceramente, pensaba que todavía eran unas
criaturas.
—¿Cómo pudo haber pensado eso? Isabelle tiene nueve años y Claire, cuatro.
—Cuando Paul tuvo su primera hija, yo era un muchacho de sólo veintiún años
que vivía en Londres. Aparte de sentir desilusión porque no hubiese podido
traer al mundo un heredero, no pensé mucho en el asunto. Y después me fui a
la guerra. La pequeña, Claire, aún no había nacido cuando partí hacia la
Península.
—¿Y ahora que las ha visto, tiene la intención de abandonarlas de nuevo?
Emma notó en su expresión que era exactamente eso lo que había pensado
hacer.
—¡No puede hacer eso, milord! Las niñas ya han vivido suficiente tiempo al
cuidado de sirvientes. Necesitan un pariente en casa. ¡Usted ha oído cuánto
desea Claire un padre! Isabelle también, aunque es demasiado reservada para
decirlo.
—¿Y una madre, señorita Peterson? Seguramente las niñas necesitan una
madre tanto como un padre… o quizás más.
—Bueno, por supuesto que necesitan una madre, pero no hay nadie disponible
en este momento para ocupar ese lugar.
—¿No? —De pronto Charles sonrió abiertamente—. ¿Y usted?
Emma sintió como si sus pulmones se hubiesen quedado completamente sin
aire.
Charles se mordía el interior de las mejillas para contener la risa. La
mandíbula de la señorita Peterson se había caído como una roca.
—Si se detiene a pensarlo, esa es la solución perfecta, señorita Peterson. Las
niñas necesitan una madre, como usted misma ha observado. Ellas la
conocen, usted les gusta; y vive por aquí, así que tendrá la comodidad de
tener a su propia familia cerca.
«Y yo encuentro particularmente atractiva la idea de acostarme con usted.»
Charles sonrió, tratando de imaginar cuál sería la reacción de la señorita
Peterson ante esa declaración. Pero era verdad. No había pensado en ella
durante años y sin embargo al verla ahora, al tenerla de pie a sólo unos
centímetros de él… Quizás fuese el contraste: entre la chiquilla que recordaba
y la mujer que tenía ante sí. Fuera lo que fuese, era verdaderamente erótico.
Cambió de posición, alejándose de ella ligeramente para ocultar su reacción.
Era la solución perfecta a su problema. No era inconveniente para ninguno de
los dos. Tampoco significaba pasar mucho tiempo con ella. No tenía el menor
deseo de vivir en Knightsdale. Hallaría algo útil que hacer en Londres y sólo
se pasaría por Knightsdale de tanto en tanto a ocuparse de su responsabilidad
de engendrar un heredero.
Sí, se pasaría por allí para llevarla a la cama. Para quitar de su precioso
cuerpo ese vestido tan feo. Para hundir la cara en sus pechos suaves y bien
formados. Para…
Se volvió abruptamente hacia el escritorio. Sus pantalones ya le resultaban
claramente incómodos.
—¿Qué podría ser mejor, señorita Peterson? ¿Usted no tiene un pretendiente,
verdad?
—Bueno, no, pero…
—Y perdóneme por decirlo, pero a usted se le ha pasado un poquito la edad
para el matrimonio, ¿verdad? Si mal no recuerdo, tiene cuatro años menos
que yo, es decir, veintiséis.
—Sí…
Charles le echó una ojeada y notó el rostro encendido y en especial el pecho,
que subía y bajaba al ritmo de la respiración agitada. Bruscamente levantó los
ojos buscando los de ella. Tras las gafas, ardían chispas doradas bajo unas
cejas fruncidas.
Quizás no debería haber recalcado el hecho de que era firme candidata a
quedarse para vestir santos, pero seguramente eso influiría en su decisión
final. Era improbable que recibiera una proposición mejor (e incluso que
recibiera alguna otra proposición).
—No tengo la intención de molestarla, ya sabe. Pasaré la mayor parte de mi
tiempo en la ciudad. Sólo tendrá que soportar mis ocasionales visitas.
—¿Y por qué se molestaría en venir de visita? Ha sido perfectamente capaz de
quedarse lejos todos estos años.
Charles tosió, cubriéndose la boca. Seguramente ella veía lo obvio. La miró
otra vez. Tenía los brazos firmemente cruzados bajo sus magníficos pechos.
Ella levantó una ceja. ¿Cómo podía no haber notado antes el modo delicioso
en que se elevaban en un extremo? ¿O cómo su boca invitaba a besarla,
incluso formando una línea apretada como en ese momento?
¿Acaso se suavizaría la expresión de esa boca si él apoyaba en ella sus labios?
—Está el asunto del heredero.
—¿Qué? —Ambas cejas se elevaron y luego bajaron bruscamente—. ¿Qué
quiere decir exactamente?
Era interesante el contraste entre el tono gélido de sus palabras y el fuego de
su mirada.
Charles advirtió que probablemente era aconsejable la retirada, pero se había
internado demasiado en territorio enemigo. Ahora debía sostener
descaradamente su posición con toda naturalidad.
—Un heredero. Voy a necesitar uno, ahora que soy el marqués. Y me será
difícil conseguir uno si yo estoy en Londres y mi esposa está en Kent, ¿no le
parece?
Se agachó justo a tiempo para esquivar un perrito de porcelana que, tras
pasar volando junto a su oreja, se hizo añicos contra la puerta del despacho.
Capítulo 2
—¿Interrumpo algo?
Cautelosamente, tres plumas anaranjadas se asomaron por la puerta,
seguidas de tirabuzones grises y una cara muy redonda con los mismos
límpidos ojos azules de Charles.
—En absoluto, tía Bea. Pasa, por favor.
Emma parpadeó y se acomodó las gafas, el fuego de sus ojos reemplazado
ahora por una aparición igualmente llameante: la voluminosa forma de la tía
Beatrice, ataviada con un despampanante vestido de anchas rayas rojas y
anaranjadas, cuyo generoso escote hizo temer a Emma que los grandes senos
de la mujer se escaparan del corsé. Sobre su pecho amplio resplandecía un
collar de diamantes y rubíes.
—¿Vas a presentarme a tu acompañante, Charles? —Lady Beatrice apartó con
el pie los fragmentos de porcelana y levantó sus impertinentes. Unos ojos
agrandados por el cristal examinaron a Emma.
—Por supuesto, tía. Te presento a la señorita Emma Peterson, la hija del
párroco. Señorita Peterson, mi tía, Lady Beatrice.
—Lady Beatrice. —Emma hizo una reverencia—. Encantada de… ¡oh!
Emma saltó hacia un costado, boquiabierta. Algo le había rozado el tobillo.
Lady Beatrice lanzó una carcajada sonora y musical que parecía venir de lo
más profundo de su ser.
—No se aflija, querida mía. Es sólo Reina Bess3 …
Una gran gata anaranjada saltó a la silla que estaba junto a Emma y se hizo
un ovillo en el asiento. Parecía un manguito demasiado grande —y un
manguito enojado, además— pensó Emma, al notar la mirada furibunda que le
lanzó la gata antes de empezar a lamerse las patas.
Charles rio.
—No estoy muy seguro de que Reina obtenga la aprobación de Prinny, tía.
—No me digas que has invitado a ese gordo idiota, Charles. Indudablemente
no estaba en mi lista.
—Ni está en la mía. No, me refiero al perro de la señorita Peterson.
—¿Usted tiene un perro llamado Prinny, señorita Peterson? ¡Magnífico!
—En realidad el perro es de mi hermana, Lady Beatrice.
—Ah. Bien, entonces ansío conocer a su hermana. —Lady Beatrice se adentró
en la habitación—. ¿Hay alguna razón para estar de pie, Charles? ¿Será que
los muebles están infestados? Piojos no, espero. ¿Pulgas? La pobre Bess sí
que odia las pulgas.
—Hasta donde yo sé, no hay razón para que tú y tu gata temáis al mobiliario.
No puedo hablar con completa autoridad, por supuesto, ya que yo mismo
acabo de llegar. Estaba esperando que se sentara la señorita Peterson, pero
se ha mostrado renuente a hacerlo.
—Oh, bueno, yo no voy a mostrarme tan renuente… aunque acabo de pasar
sentada todo el camino desde Londres. Ahora que eres el marqués, Charles,
tendrás que hacer que alguien se ocupe de esos carruajes. Pensé que los
dientes se me iban a salir de tanto castañetear por el traqueteo; juro que sentí
cada piedra del camino.
Lady Beatrice se instaló graciosamente en el sofá; toda una hazaña, pensó
Emma, para alguien con esas imponentes medidas.
—Venga, señorita Peterson, tome asiento, por favor. O hará que se me tense
el cuello. Y estoy segura de que el pobre Charles necesita sentarse a
descansar. Bess le cederá su lugar, ¿verdad, cariño?
Reina interrumpió su ritual de limpieza el tiempo suficiente como para mirar
en dirección a Lady Beatrice. Luego volvió a usar su lengua para asearse
debajo de la cola. Emma apartó la mirada.
—Sólo dele un empujoncito, señorita Peterson —dijo Lady Beatrice—. Bess a
veces es un poquito tozuda.
«Y el Támesis está un poquito mojado», pensó Emma. Reina Bess no parecía
demasiado ansiosa por moverse. Claro que tampoco Emma estaba ansiosa por
recibir un arañazo en la mano.
—Permítame.
Al intentar coger a la gata, el brazo de Charles rozó el de ella. Emma
experimentó el involuntario contacto como una especie de descarga eléctrica
entre ellos. Él estaba tan cerca que ella sentía el calor de su cuerpo y percibía
ese aroma tan masculino, mezcla de jabón, cuero y lino. Observó cómo
ahuecaba las manos amplias y hábiles debajo de la gata y recordó el contacto
de la palma y los dedos de él.
Esperaba que él no le hubiese oído tomar aire de golpe o que no hubiese
notado cómo su cuerpo se inmovilizaba. Retrocedió tan rápidamente que se le
enredó el tacón en el dobladillo del vestido y tuvo que sostenerse del borde
del escritorio para no perder el equilibrio. Cuando lo miró de nuevo él estaba
depositando a Reina Bess en el acogedor regazo de su dueña.
Los ojos de su tía estaban fijos en Emma. La joven reprimió una risita
nerviosa. Lady Beatrice la miraba con enojo, de un modo similar a como la
había mirado su gata.
—Gracias, Charles. Eres nuestro héroe, ¿no es así, señorita Peterson?
Emma esbozó una sonrisa y se sentó en el borde de la silla ahora vacía. Antes
intentó sacudir con disimulo los pelos de gato anaranjados. Lanzó una mirada
a Charles, quien, con una amplia sonrisa, inclinó la cabeza.
—Hago lo que está a mi modesto alcance para ayudar a damiselas en peligro,
salvándolas de los dragones… y de todo tipo de gatos atigrados.
—Humm. —Lady Beatrice acarició a su gata y estudió a Charles. Emma
intentó no moverse nerviosamente mientras la mujer la examinaba—. Y dime
una cosa, Charles, ¿esta damisela necesita que la salven de algo en especial?
—El tono de su voz era relajado pero Emma detectó un trasfondo gélido.
—No que yo sepa, tía. —Charles metió las manos en los bolsillos y se reclinó
contra la repisa de la chimenea. Su voz era áspera—. ¿Por qué lo preguntas?
—No estoy acostumbrada a oír el sonido de loza que se hace añicos cuando
me dispongo a entrar a una habitación.
Emma estudiaba concienzudamente sus propias manos apretadas sobre el
regazo, rogando para sí que sus mejillas no estuviesen tan encendidas como
temía.
—Creo que dije algo con lo que la señorita Peterson no estuvo de acuerdo.
—¿En serio? Uno se preguntaría qué tema de conversación podría llegar a
provocar que una joven bien educada lance las chucherías a su alrededor.
Emma decidió que ya era hora de huir de allí.
—Milord, Lady Beatrice, creo que ya es hora de que me vaya a ver a las niñas.
Estoy segura de que a estas alturas ya deben haber agotado a Nana.
—No se vaya, señorita Peterson —dijo Lady Beatrice—. Apenas la conozco.
No era una petición. Emma se hundió de nuevo en la silla.
—Realmente no soy para nada interesante, Lady Beatrice.
Lady Beatrice levantó una ceja.
—Eso es lo que estoy tratando de determinar, señorita Peterson.
—Déjala ir, tía. La señorita Peterson tuvo la amabilidad de venir a reemplazar
a la institutriz de Isabelle y Claire, la señorita Hodgekiss, que está cuidando a
su madre enferma.
—Ya veo. ¿Y se está usted hospedando en Knightsdale? —Lady Beatrice hizo
una pausa. Sus ojos azules escudriñaron a Emma de pies a cabeza—. Qué…
conveniente.
Emma se irguió un poco en su silla. Seguramente la mujer no podía estar
insinuando que… No, no era posible. Jamás habían acusado a Emma —nadie
lo había considerado siquiera— de algo que no fuera una conducta
perfectamente decorosa. Debía haber malinterpretado el tono de Lady
Beatrice.
Aunque su mirada dura era difícil de malinterpretar.
—La señorita Peterson y yo estábamos empezando a ponernos al día cuando
llegaste, tía.
—¿A ponerse al día , Charles? ¿Entonces tú y la señorita Peterson…
vosotros… ya teníais algún tipo de… relación?
—No. —Emma esperaba no haber gritado la palabra, pero por la rapidez con
que Lady Beatrice levantó las cejas, temía haberlo hecho. Se tambaleó sobre
sus pies. Iba a marcharse de allí en ese preciso instante, lo quisiera o no la tía
de Charles—. Lady Beatrice, puedo asegurarle que…
—No, pequeña, por favor. —Lady Beatrice agitó en dirección a Emma una
mano profusamente enjoyada—. Siéntese. Acepte mis disculpas si la he
ofendido.
Emma se sentó, pero al borde de la silla, dispuesta a marcharse al primer
insulto.
—No estoy acostumbrada a ser tratada de esa forma, Lady Beatrice. Espero
que no se repita.
Lady Beatrice rio entre dientes.
—Sabe usted defenderse, ¿verdad? Eso es bueno. Entonces, dígame por qué
arrojó la… —Lady Beatrice miró el montón de añicos en el suelo y se encogió
de hombros—, por qué arrojó usted esa chuchería contra la puerta.
Emma se ruborizó.
—Era un perro, Lady Beatrice.
—Ah. —La mujer frotó las orejas de Reina—. Bess, aquí presente,
probablemente estaría de acuerdo… tampoco ella tiene demasiado afecto a
los perros. Me extraña que pase usted parte de su tiempo con una versión de
carne y hueso de esas criaturas, si las desprecia tanto como para sentirse
obligada a librar al mundo de las chucherías con forma canina (las cuales,
podría agregar, no le pertenecen). Dijo usted que Prinny es un perro,
¿verdad?
—Sí. —Emma miró a Charles en busca de auxilio. El muy miserable se cubría
la boca con la mano para ahogar la risa—. No era mi intención romper la
estatuilla.
—¿No? ¿Y qué quería hacer, entonces?
—Esperaba golpear en la cabeza a Lord Knightsdale.
—Por supuesto. ¿Charles?
—Lo único que hice fue pedirle a la señorita Peterson que se casara conmigo.
No aceptó.
Lady Beatrice parpadeó.
—Ya veo. ¿No habría bastado con un simple «no»?
—Parece que no.
Emma deseaba gritar, no estaba segura si por causa de la mortificación o de
la frustración.
—Lady Beatrice, por favor, discúlpeme. Créame que no puedo explicar mi
reacción.
—Entonces no lo intente, querida mía. Algunas cosas son inexplicables… y
otras se encarga de aclararlas el tiempo. Falta ver a cuál de estas categorías
pertenece este pequeño incidente. ¿Entonces ya os conocíais?
Charles rio entre dientes.
—La señorita Peterson y yo éramos compañeros de juego de niños, tía. Poco
antes de que llegaras, acababa de verla por primera vez en años.
—¿Años, Charles? ¿Cuántos?
Charles se encogió de hombros.
—Algunos. Por lo menos diez. O más probablemente veinte.
Lady Beatrice miró fijamente a Charles.
—¿No habías visto a la señorita Peterson desde niño y acabas de pedirle
matrimonio?
Charles volcó su peso sobre la otra pierna y carraspeó.
—Así es.
Lady Beatrice sacudió la cabeza.
—Señorita Peterson, mis disculpas. La entiendo perfectamente. Para la
próxima vez, sugiero un objeto más pesado desde una distancia menor.
Charles observaba a las damas mientras conversaban. Lambert había traído
té y pasteles, y un plato de crema para su alteza.
—Usted dijo que se está hospedando en la casa, ¿verdad, señorita Peterson?
—La tía Beatrice se sirvió el pastel más grande de todos.
—Sí. La señorita Hodgekiss partió inesperadamente la semana pasada y
pensé que lo mejor sería instalarme aquí para ayudar a Nana. Ya tiene sus
años.
—Claro que sí. ¿Y su familia puede arreglárselas sin usted?
Emma hizo una pausa y Charles se inclinó hacia adelante. ¿Acaso sus ojos se
habían ensombrecido?
—Oh, sí. Mi hermana tiene diecisiete, así que ya no necesita (ni desea) mi
supervisión diaria.
—Humm. Y tengo entendido que vuestra madre murió hace muchos años, ¿no
es verdad? —La tía Bea se sacudió del pecho algunas migajas.
—No mucho después de que Meg naciera. —Emma sonrió, pero Charles vio la
sombra de nuevo—. Yo crié a Meg y me ocupé de la casa, pero, bueno, las
cosas cambian. Puedo permitirme sin problemas enseñar a las niñas hasta
que la señorita Hodgekiss pueda regresar.
Charles observó a Emma mordisquear un trozo de pastel. Tenía una linda
boca: el labio inferior era carnoso, el superior, arqueado y sobresalía
ligeramente. Labios para ser besados. Observó la pequeña punta rosada de su
lengua salir fugazmente para atrapar una migaja que se había escapado… y
sintió una oleada de calor en cierta parte de su cuerpo. Era capaz de imaginar
cosas deliciosas para que hiciera esa lengua.
—¿No te parece, Charles?
—¿Humm? —Apartó la mirada de los labios de la señorita Peterson para
encontrarse con los ojos de tía Bea fijos en él—. Lo siento, tía. Me temo que
estaba distraído.
La tía Bea resopló.
—¿Así lo llaman ahora? En mis tiempos…
Charles echó una ojeada a la expresión desconcertada de Emma.
—Tía, para que no nos sonrojemos, ¿podrías simplemente repetir la pregunta?
La tía Beatrice también echó un vistazo a Emma.
—Está bien. Estaba intentando convencer a la señorita Peterson para que nos
acompañase en nuestra pequeña fiesta.
—¡Excelente sugerencia! —Charles sonrió abiertamente. En materia de
buenas ideas, siempre se podía confiar en la inspiración de la tía Bea.
—Pero Lord Knightsdale, no hay manera de que yo me sume a sus invitados.
—¿Y se puede saber por qué no, señorita Peterson? Usted sería una bonita
incorporación.
—Pero es que soy la institutriz.
—¡Bah! Sólo temporalmente. —La tía Bea ofreció a Reina un trocito de pastel.
Tras olfatearlo cuidadosamente, su alteza levantó la nariz, rechazándolo.
—Su linaje es impecable… su padre es hijo de un conde, si mal no recuerdo.
—El cuarto hijo de un conde —aclaró la señorita Peterson.
—No importa. La sangre es lo suficientemente azul.
La taza de té de la señorita Peterson golpeó estrepitosamente el plato.
—¿Lo suficientemente azul para qué?
—Para la «flor y nata»4 , señorita Peterson. —La tía Bea se metió en la boca la
torta que Reina Bess había rechazado—. Supongo que usted nunca ha
debutado socialmente, ¿verdad? —Las migas del pastel en su boca
amortiguaron el sonido de la pregunta.
—No. Cuando yo tenía diecisiete años, Meg era una niña de apenas nueve. No
quise dejarla sola y a mi padre no le interesaba enviarme a Londres. Supongo
que podríamos haber conseguido que alguna de las hermanas de mi padre me
presentase, pero no parecía valer la pena tomarse la molestia.
La tía Bea asintió con la cabeza, mientras sus plumas se balanceaban.
—Lady Gromwell, la condesa y Lady Fanning, la baronesa. Perfectamente
aceptable. —Tomó otra torta—. ¿Usted acaba de decir que su hermana tiene
diecisiete años? ¿Ella también rechazó un viaje a la ciudad?
—Así es. Nuestro padre le ofreció la oportunidad. Lady Elizabeth, la hermana
del duque de Alvord, iba a debutar socialmente; Meg podría haber ido con
ella. —La señorita Peterson suspiró, encogiendo ligeramente los hombros—.
Me temo que Meg no se interesa por los vestidos o los volantes. Prefiere
perder el tiempo en el campo, buscando plantas para agregar a su colección.
Hizo una pausa, mirando distraídamente dentro de su taza de té. Charles
advirtió otra vez la misma expresión ensombrecida de antes. Ella apretó los
labios.
—Y la situación en casa era… inestable.
¿Qué era lo que molestaba a la joven? Él deseaba ver en sus ojos risa —o
chispas de enojo y pasión— no tristeza.
—Parece que a su hermana no le vendría mal algo de refinamiento, señorita
Peterson —dijo la tía Bea—. Sugiero que la incluyamos entre los invitados a
nuestra fiesta, Charles. Será la oportunidad perfecta para que acceda a la alta
sociedad.
—Magnífica idea, tía. Y la señorita Peterson estará ahí para guiarla.
—Lady Beatrice, no me parece que…
—Nada, insistimos, ¿verdad, Charles?
—Sin duda. Yo la acompañaré hoy a su casa, señorita Peterson, para llevar la
invitación personalmente.
—Pero…
—Vamos, señorita Peterson —dijo la tía Bea—. Estoy segura de que su padre
no puede oponerse. Estará feliz de ver a su hija (a sus hijas) adquirir un poco
de refinamiento.
La señorita Peterson dejó su taza de té y se irguió en la silla; el enojo le
ensanchaba las ventanas de la nariz y le devolvía el fuego a su mirada.
—Lady Beatrice…
La tía levantó la mano.
—Vamos, señorita Peterson, no sea fastidiosa. ¿Por qué se opondría usted a
un poco de diversión? Un poco de cartas, un par de días de campo, un baile.
Todos ellos pasatiempos intachables.
La señorita Peterson adelantó la barbilla en un gesto combativo, como lo
hacía Claire.
—Será necesario que atienda a las niñas.
—Por supuesto, pero no a cada instante del día, seguramente. Nana puede
cuidarlas en la sala de estudio, ¿verdad? —La tía Beatrice miró a Charles.
—Claro que sí. —Sonrió abiertamente—. De hecho, es quien las está cuidando
en este momento. Y tampoco son unas criaturas. Isabelle me pareció muy
responsable.
—Demasiado responsable —dijo la señorita Peterson—. Y necesita mantenerse
al día con sus lecciones.
—Lo cual hará. —Charles vio la victoria a su alcance—. Yo mismo visitaré la
sala de estudio para colaborar, siempre y cuando no me pida usted que les
enseñe a usar acuarelas. No puedo pintar (ni dibujar) nada.
—Eh…
—Entonces, está decidido. —La tía Bea se adueñó del último pastel—. Vaya a
buscar su sombrero, señorita Peterson, que Charles la llevará a su casa ahora
mismo.
—Pero…
La tía Bea hizo un gesto con las manos, como ahuyentándolos. La señorita
Peterson miró a Charles. Él rio por lo bajo ante la confusa mezcla de
frustración, enojo y resignación que vio en la cara de la joven. ¿E ilusión?
¿Había sin duda un rayo de ilusión también? Sospechaba que hacía mucho
tiempo que la señorita Peterson no se permitía algo de diversión. Tal vez el
placer era algo que nunca se había permitido.
Charles estaba decidido a cambiar eso. Descubrió que le encantaría darle
placer. Delicioso placer. Caliente, sudoroso. Placer a la medianoche y al alba.
Observó el frufrú de su preciosa parte trasera mientras ella salía airada.
—Estás decidido por ella, ¿verdad?
Charles se encogió de hombros, volviéndose hacia su tía.
—Desde que recibimos la noticia de la muerte de Paul me has estado
fastidiando sin cesar para que me case. La señorita Peterson será una buena
elección.
—Tienes muchas damas para elegir.
—A todas ellas ya las conozco.
—Ah, pero están más interesadas en ti ahora que eres el marqués de
Knightsdale.
Charles sintió que se le retorcía el estómago. Dios, esa era una de las cosas
que más detestaba de esa maldita situación: la adulación. Los mismos que ni
siquiera veían al Mayor Draysmith, ahora se peleaban por saludar a Lord
Knightsdale.
—Eso es parte del encanto de la señorita Peterson, tía. No creo que le
interese un bledo mi título.
Emma se obligó a bajar las escaleras con calma. Aún estaba que echaba
chispas. ¡Qué descaro el de ese hombre! Venir aquí, después de todos esos
años y sugerir que se casase con él. Juraría que ni siquiera la había
reconocido al verla en la galería larga.
Él sólo quería que le diera hijos y los criara. Por cierto, que ella no iba a
ofrecerse para que la dinastía Knightsdale pudiese continuar una generación
más. Si se dejase llevar por lo que sentía en ese momento, con gusto acabaría
de inmediato con el linaje. Y lo haría con sus propias manos.
Se detuvo en el rellano del segundo piso y apretó con tal fuerza el pasamanos
que los nudillos se le pusieron blancos. Dio un profundo suspiro.
También estaba enojada consigo misma.
¿Por qué no podía ser feo: bizco, picado de viruela o jorobado? ¿Por qué tenía
que ser el único hombre que aparecía en sus sueños?
Tocó sus mejillas encendidas. Él no sólo se le había aparecido en sueños.
También había soñado despierta con él y con el beso que había visto.
Lo había invitado a su cama la misma noche que había corrido a casa después
de verlo en el baile de bodas de Paul.
Jesús, así era. La juiciosa niña de papá se había metido en la cama y después
de apagar la vela había rememorado la escena de la terraza. Pero en sus
pensamientos, era a ella a quien él besaba, no a una anónima dama
londinense. Había intentado sentir sobre sus labios los de él, moviéndose.
¿Serían cálidos o fríos, húmedos o secos? Había imaginado los brazos de él
rodeándola, apretándola contra su pecho, recorriéndola con sus manos…
Apretó los ojos. Se negaba a recordar en qué partes de su cuerpo había
imaginado esas manos.
Y ahora él le había propuesto matrimonio. Podía descubrir exactamente cómo
se sentían esos labios. Lo que sus manos…
¡Basta! No podía casarse con él solamente para probar la precisión de su
imaginación, ¿verdad? No. Indudablemente, no. Era extremadamente
absurdo.
Continuó bajando las escaleras.
Se había sentido desfallecer en el despacho, al notar cómo los ojos de él
parecían trazar el contorno de sus labios. A duras penas había conseguido
prestar atención a las palabras de Lady Beatrice. Deberían obligarlo a
vendarse los ojos: esa límpida mirada azul entrañaba un peligro para las
mujeres. Probablemente había sido el señuelo para atraer a sus brazos a
innumerables damas de sociedad. Pues bien, ella no sería una más de sus
víctimas, no importaba cuánto deseara serlo.
—Señorita Peterson… qué rapidez. Espléndido.
Emma miró hacia abajo. De pie en el vestíbulo, Charles la miraba con una
amplia sonrisa. El corazón le dio un vuelco antes de que pudiera dominarlo.
—No lleva tanto tiempo ponerse un sombrero, milord.
—¿No? Me rindo a su mayor conocimiento… es una tarea que nunca he
intentado.
—¡Sin embargo, no dudo de su experiencia en quitar sombreros!
Emma se mordió el labio. ¿De dónde había salido eso? Nunca antes había
tenido problemas para refrenar su lengua. Mantuvo la vista al frente mientras
salía por la puerta principal, pero sintió junto a la oreja el aliento tibio de
Charles que reía entre dientes.
—Ah, señorita Peterson, ¿detecto palabras que quedaron por decir entre
nosotros?
—No tengo la menor idea de a qué podría estar refiriéndose, milord.
—¿De manera que no está usted insinuando que le he quitado el sombrero a
más de una dama?
Emma sintió que una oleada de rubor le encendía las mejillas. Al oír las
palabras en boca de él, se dio cuenta de que lo había acusado directamente
de desnudar mujeres. Pero lo cierto es que ella no iba a admitirlo. Algunas
mentiras eran necesarias para la propia conservación.
—Por supuesto que no, milord.
Él rio con un sonido profundo y cálido.
—Oh, señorita Peterson, veo que juntos vamos a pasarlo maravillosamente
bien. ¿Puedo llamarla Emma?
—Claro que no.
—Maravilloso. Y usted debe llamarme Charles.
—Milord, ¿es que no me ha oído? No le he dado licencia para usar mi nombre
de pila.
—Bien, Emma, lo siento mucho pero voy a tomarme esa licencia. Algo que
aprendí en la guerra es que uno debe preguntar cortésmente, pero si algo es
crucial para la supervivencia, debe tomarlo (sin abandonar la cortesía, por
supuesto). Y de verdad pienso que el usar su hermoso nombre, Emma, es
crucial para mi supervivencia.
A Emma no se le ocurría absolutamente nada que decir. Estaba segura de
estar boquiabierta… más aún al sentir unas manos amplias y cálidas que le
rodearon la cintura y la levantaron para depositarla en el carrocín. Él se sentó
a su lado y la miró con una amplia sonrisa. La joven cerró las mandíbulas con
tal rapidez que pudo oírlas crujir.
Para terminar de perturbarla, el asiento del carrocín era extremadamente
estrecho. Sentía claramente contra su cuerpo la presión del costado, cadera y
pierna de Charles. Eran asombrosamente firmes, como una roca. Se movió,
intentando poner más distancia entre ellos. Él se movió con ella.
—Milord, me esté empujando.
—Charles, Emma. Sabe que me llamo Charles. De niña, usted solía llamarme
Charles.
—Y ahora no lo oirá usted de mis labios, milord. Al menos yo tengo alguna
noción de lo que es el decoro.
—Humm. Quizás yo pueda convencer a esos labios.
Antes de que imaginase siquiera lo que Charles se disponía a hacer, Emma
sintió sobre su boca la de él.
Sus ojos se cerraron, no podía —o no quería— decir si para evitar conmoverse
por la proximidad del rostro de Charles, o para concentrarse en el contacto de
esos labios que cubrían los suyos. Fue un brevísimo roce —seco y fresco—
pero ella lo sintió a lo largo de todo su cuerpo. Encendió un extraño fuego
abrasador en su vientre, un fuego que había permanecido encendido como un
rescoldo en sus sueños, pero que nunca había ardido en libertad. Un fuego
que temía que la consumiera.
¡Jesús, sí que estaba en problemas!
Riendo entre dientes, Charles volvió a su lado del asiento. Habría preferido
explorar más largamente la boca de Emma; pero los caballos estaban
inquietos y además podía suceder que Emma pro y lo dejara sin sentido de
una bofetada. Sin mencionar que la escena podía ser vista desde las
numerosas ventanas de Knightsdale. ¿Estaría tía Bea espiándolos desde
alguna de ellas? ¿O quizás la pequeña Claire?
No le importaba. Sonrió abiertamente, sintiendo una ridícula necesidad de
reír. No se había sentido tan alegremente despreocupado en años —desde
luego no desde que había partido para la Península—. Indudablemente no
después de haberse enterado de la muerte de Paul. Ni siquiera cuando era un
flamante universitario de parranda por Londres recordaba haber sentido esta
alegría pura y libre de cuidados. En aquel entonces había creído llevar una
vida maravillosa, adquiriendo una brillante pátina de sofisticación, pero
demasiadas mañanas después de una noche de libertinaje había sentido esa
pátina como una especie de herrumbre.
Aspiró una profunda bocanada del fresco aire inglés, impregnándose del
perfume de la hierba recién cortada. Tal vez no se había sentido de ese modo
desde la niñez, cuando tenía ante sí todo un glorioso día para llenarlo
pescando, cabalgando y jugando a Robin Hood o a los Caballeros de la Mesa
Redonda… con la joven que ahora estaba a su lado, a menudo pisándole los
talones. Rio entre dientes. ¿Quién habría imaginado que algún día sentiría
algo que no fuera enojo hacia esa molesta niñita de rizos a la que él había
apodado «Enana»?
—¿Qué lo divierte tanto, milord?
¿De modo que la señorita Peterson iba a darse aires? Le echó una rápida
mirada. Sí, su naricilla apuntaba hacia arriba.
—¿Sabía usted que los demás muchachos la llamaban «Sombra»?
—¿Qué? —Se giró para mirarlo—. ¿De qué está hablando?
—Cuando éramos niños. Los otros muchachos la llamaban «Sombra», porque
me seguía por todas partes.
—Oh. —Contempló el paisaje y un débil rubor coloreó sus mejillas.
—Pero yo no la llamaba así. No me molestaba que me siguiera.
—Usted me llamaba «Enana».
—Bueno, era pequeña. Ahora tampoco es muy alta que digamos, aunque
algunas partes de su cuerpo… —Charles dejó que sus ojos se posaran en sus
bien formados senos—, han crecido considerablemente.
—¡Milord! —Ahora sus mejillas ardían. Charles se preparó para la bofetada.
—Sus manos, por ejemplo —dijo riendo—. Estoy seguro que ahora son más
grandes. También la barbilla. Sus encantadores, eh, p…
Emma tomó aire haciendo que esa parte de su anatomía que él tenía en mente
sobresaliera tentadoramente.
—… pies también han crecido desde que usted era una chiquilla.
—Milord, es usted tan… escurridizo .
—¿Disculpe? —Charles puso su mejor expresión de inocencia—. Le aseguro
que no sé a qué se refiere.
—¡Sí que lo sabe! Que sus palabras escapan a mi comprensión. Cuando creo
entender de qué habla, de algún modo se las arregla para desorientarme. Es
tan difícil estar segura de qué habla como lo es atrapar con las manos una
trucha.
—Querida —dijo Charles, con la voz repentinamente ronca por el erotismo de
la imagen que su tosca e ingenua comparación había disparado en su mente
—, cuando usted quiera atraparme, por favor, hágalo. Me hará feliz
complacerla dejándome atrapar. Si yo fuese una trucha, sería un placer nadar
en su estrecha y húmeda, eh… —Charles tragó saliva, refrenando su
imaginación.
Ella le lanzó una mirada perpleja pero cautelosa.
—Lo está haciendo de nuevo.
Charles le recordó a su cuerpo que debía comportarse. Su voz era más clara
esta vez.
—¿Estoy haciendo qué?
—No se haga el inocente. Usted quería decir otra cosa, ¿no es así?
—No.
—Sí, así es.
Charles sonrió mostrando los dientes.
—Bueno, quizás.
—Dígame qué.
—Oh, no, Emma, amor mío. Claro que no se lo diré. Se lo mostraré… pero sólo
una vez que estemos casados.
Charles rio para sí, imaginando que podía oír rechinar los dientes de ella.
Contempló el edificio de piedra que tenía delante, que le era tan familiar,
donde había pasado tantas horas aprendiendo griego y latín con el reverendo
Peterson.
—¿Encontraremos a su padre en casa?
—Sí.
Charles percibió la repentina frialdad del tono de Emma. ¿Cuál sería el
motivo?
—¿Y a su hermana?
Emma se encogió de hombros.
—Meg probablemente esté fuera de casa, excavando la tierra en alguna parte.
Si mi padre y… —Se interrumpió. Las ventanas de la nariz se le ensancharon,
al tiempo que la expresión de su boca se endureció.
—¿Y quién? —la instó a terminar la frase, mientras detenía el carrocín.
Emma levantó la barbilla y enderezó los hombros, como un soldado
preparándose para el combate. Él dejó a un lado las bromas. Estaba bastante
seguro de haber encontrado la causa de la mirada ensombrecida de Emma.
—… y la señora Graham —Emma terminó la frase—. La señora Harriet
Graham. Es viuda. Ayuda en la iglesia, con las flores y ese tipo de cosas.
—¿Y?
—¿Y qué, milord?
—¿Y por qué al pensar en la señora Harriet Graham, viuda, se pone tan tiesa
como si se hubiese tragado un atizador caliente?
—No sé a qué se refiere.
—No puede ser el simple hecho de que ayude en la iglesia, ¿verdad? —
Charles vio que Emma tenía los ojos clavados en el suelo—. Usted ha dicho
«mi padre y…». El problema es el «y», ¿no es así? ¿Acaso esa señora Graham
es una arpía de la peor calaña?
Emma negó con la cabeza.
—Por supuesto que no. La señora Graham es un buen miembro de nuestra
iglesia.
—¿Pero quizás no es un miembro tan bueno de vuestra familia?
—¿Va a ayudarme a bajar de este carrocín o tengo que apearme de un salto?
—La ayudaré, querida. —Charles rodeó el carruaje y la tomó de la cintura. No
la deslizó hacia abajo contra su cuerpo, como deseaba hacerlo, ni la atrajo
contra él al depositarla en el suelo. Pero tampoco la soltó de inmediato.
Disfrutaba demasiado de la curva de su cintura bajo sus manos.
Para sorpresa de él, Emma no se apartó. Permaneció quieta, con la mirada
baja, los ojos ocultos por el sombrero.
—Emma, ¿está usted bien?
—Sí. Por supuesto. —Levantó la vista y lo miró un momento, para luego
retroceder. La soltó—. Lo siento. Venga por aquí —dijo la joven.
La siguió hacia el interior de la casa. Apenas entró percibió ese olor: el olor
del saber, olor a libros viejos, a cuero, papel y tinta. Había respirado ese
aroma tan a menudo cuando era un muchacho que luchaba con las
declinaciones del latín. También lo había respirado en la universidad, pero
éste era mejor. Olía a hogar. El padre de Emma había sido un buen maestro.
Estricto, exigente, pero siempre con comentarios alentadores. Charles había
trabajado duro para ganar su aprobación.
De hecho, había deseado que el reverendo Peterson fuese su padre. Quizás
esa era una de las razones por las que había tolerado a Emma. La había visto
como una hermanita.
Claro que no era así como la veía ahora.
Emma se detuvo fuera del despacho de su padre y golpeó la puerta
pausadamente.
—Tenemos visita, padre.
—Adelante, por favor.
La joven empujó la puerta. Charles se quedó helado en el umbral.
El reverendo Peterson había envejecido en los últimos veinte años. Tenía el
cabello gris, las mejillas levemente hundidas, los huesos de la cara más
marcados. Charles lo sabía. Hacía sólo cuatro meses que lo había visto en el
funeral de Paul. Pero era distinto verlo allí, en su despacho… en esa
habitación en la que el tiempo debería moverse en círculo.
—Milord —dijo el reverendo Peterson, incorporándose—, es un placer volver a
verle. Todos nos alegramos de que haya regresado a Knightsdale, su hogar.
Charles esbozó una amplia sonrisa.
—Finalmente. Gracias por no decirlo.
La sonrisa del reverendo Peterson no había cambiado. Sus labios sólo se
curvaban ligeramente pero los ojos le brillaban tras las gafas.
—Nunca osaría criticar a un marqués.
—En voz alta.
Los labios del párroco se movieron nerviosamente y se marcaron las arrugas
en el rabillo del ojo.
—Sólo estaba ansioso por tenerlo entre nosotros, milord. —Se volvió hacia
una mujer menuda que estaba sentada en una silla junto a su escritorio—.
Permítame presentarle a la señora Harriet Graham. La señora Graham es
relativamente nueva en Knightsdale, milord, pero desde que llegó ha sido un
miembro muy activo de la parroquia.
—Señora Graham.
Charles le dio la mano a la mujer. La irritación de Emma era casi palpable.
Aún permanecía de pie, tiesa junto a la puerta.
—Milord. —La señora Graham le sonrió con calma. La mujer le gustó
inmediatamente. Tenía un rostro agradable y tranquilo, cálidos ojos marrones
y cabello castaño que se estaba tornando gris.
«Así que ésta es la arpía.» Parecía una mujer común, de mediana edad, no
una candidata a madrastra malvada.
—Reverendo, he venido a traer una invitación para sus dos hijas.
Emma observó a Charles tomar la mano de la señora Graham. No le había
sorprendido encontrar a la mujer en el despacho con su padre. ¡Jesús, esa
mujer prácticamente vivía en la parroquia! Quizás efectivamente viviría allí si
Meg se hospedaba unos días en Knightsdale, para la fiesta.
La joven se mordió el labio. No, realmente no se imaginaba a su padre
quebrantando la ley de Dios, viviendo en pecado con una mujer, ni siquiera
con una Jezabel como Harriet Graham.
—Asistirán algunas damas de la edad de la señorita Margaret Peterson. Mi
tía, Lady Beatrice, ha pensado que ésta podría ser una excelente oportunidad
para que su hija menor se mojara los pies en el estanque social, por así
decirlo, y en un entorno familiar, con la guía de su hermana mayor.
—¿Y quién guiará a la hermana mayor?
—Papá, no soy un vegetal. Me las arreglaré.
Emma se ruborizó al ver que Charles arqueaba las cejas. Quizás había
hablado con un tono un poco áspero.
—No he querido decir eso, Emma, pero es que tú tampoco has ido a Londres.
—He estado en muchas reuniones locales.
—Sí, ya lo sé, pero…
Con una mirada cargada de enojo, Emma hizo callar a su padre.
—No se preocupe, señor. —Había un deje de humor en la voz de Charles.
Emma se volvió para lanzarle una mirada parecida a la anterior. La ignoró.
—Mi tía estará presente y la reunión no será demasiado agotadora. Sólo un
par de días de campo, un baile. Muy tranquilo. Muy relajado. Creo que el
duque de Alvord, su esposa y su hermana estarán allí, y también el conde de
Westbrooke, de modo que sus hijas verán algunas caras familiares.
El reverendo Peterson asintió.
—La hermana del duque, Lady Elizabeth, es amiga personal de Meg. No veo
objeción alguna, ¿y tú, Harriet?
Emma rechinó los dientes cuando la señora Graham asintió y murmuró que
estaba de acuerdo.
—Los invitados deberían llegar mañana —dijo Charles—, así que enviaré un
carruaje a recoger a la señorita Margaret Peterson por la mañana, ¿de
acuerdo?
—Excelente, milord. —El padre miró a su hija mayor—. Emma, seguramente
necesitas recoger algunas cosas. No planeabas tener actividades sociales
cuando fuiste allí a reemplazar a la señorita Hodgekiss.
—No, y tampoco ahora tengo planes de asistir a demasiadas actividades
sociales: pasaré la mayor parte de mi tiempo con las niñas.
—Pero no todo su tiempo —dijo Charles—. ¿Por qué no recoge ahora sus
cosas?
Emma no deseaba recoger cosa alguna. Se cruzó de brazos, dispuesta a
decírselo, pero antes que pudiera abrir la boca su mirada se cruzó con la de
Charles. Algo en su expresión le advirtió que estaba al borde de hacer un
berrinche de lo más infantil. Guardó silencio.
Tenía veintiséis años, no seis. No era un comportamiento digno. Respiró
hondo para calmarse.
—Supongo que es una buena idea. No tardaré demasiado.
—¿Quiere que la ayude?
—No, señora Graham. Puedo arreglármelas perfectamente yo sola. —Emma le
echó una ojeada a su padre y pudo ver una expresión de reproche. Se
ruborizó—. Pero gracias por la oferta. Será sólo un minuto.
No le llevó mucho más de un minuto hacer el equipaje. Su guardarropa no era
muy extenso, y la mayor parte ya estaba en Knightsdale. Amontonó
apresuradamente algunos vestidos extra en una pequeña maleta. Se detuvo,
con la mano sobre su traje de baile. ¿Debería llevarlo? No. Era ridículo. Sus
dedos se deslizaron sobre la sedosa tela. Había sido un verdadero derroche.
Nunca lo había usado.
Podía usarlo ahora, en la fiesta.
No. No iría al baile… ¿o sí?
Cerró los ojos, recordando a Charles y a aquella dama londinense en la
terraza, diez años atrás. En aquel tiempo era demasiado joven para ir al baile.
Ahora ya no lo era…
Cogió el vestido, lo metió con el resto de cosas y salió de su cuarto antes de
tener tiempo de cambiar de opinión.
Charles acomodó la maleta en el carrocín mientras ella se despedía de su
padre.
—¿Deberían arderme las orejas? —preguntó después de que Charles la
hubiese ayudado a subir.
—Emma, su padre nunca hablaría sobre usted conmigo y con la señora
Graham.
—Estoy segura de que le habla de mí a la señora Graham.
Con la vista fija adelante, esperó que Charles defendiera a la mujer. Él no dijo
una palabra. Ella también debería haber guardado silencio, pero las palabras
le apretaban la garganta, pugnando por salir.
La joven no tenía en quién confiar. No podía hablar con Meg. Una vez lo había
intentado pero su hermana era demasiado joven. No la entendía. Y las otras
mujeres que conocía eran demasiado mayores. Bueno, además prefería lavar
los trapos sucios en casa. Pero Charles había presenciado su mal
comportamiento.
¿Qué le estaba pasando? Primero, había perdido la paciencia, arrojándole esa
baratija a Charles; y ahora acababa de actuar como una niña maleducada.
Quizás estaba enferma. Ciertamente no se sentía bien del estómago.
Si Charles había dicho en serio lo de la propuesta de matrimonio, ahora
seguramente se felicitaba porque ella lo hubiese rechazado. Se estaba
convirtiendo en una arpía espantosa.
Si tan sólo la señora Graham se marchase de vuelta al lugar de donde había
venido… Si tan sólo las cosas volvieran a la normalidad…
Lanzó una rápida mirada a Charles. Él arqueó las cejas.
—¿Ya ha pasado el peligro?
—¿Qué peligro? —Emma frunció el ceño—. ¿A qué se refiere?
—Ha estado sentada ahí gruñendo y flexionando las manos. Temía que
estallara en cualquier momento.
—No estaba gruñendo. ¡Qué absurdo!
—Lo estaba.
—No lo estaba. Ni siquiera sé gruñir.
—Bueno, a mí me sonaban como gruñidos. ¿Le gustaría decirme cuál es el
problema?
—No. —Emma apretó los labios—. No hay ningún problema.
Charles suspiró.
—Imagino que tiene algo que ver con la señora Graham, pero francamente, no
alcanzo a comprender de qué puede tratarse. A mí me ha parecido una dama
perfectamente normal y respetable.
—¡Bueno, pues no lo es! —Emma asió con fuerza el brazo de Charles y lo
sacudió—. Es una desvergonzada, una descarada.
—¿La señora Graham?
—Sí.
Siguieron su camino en silencio durante unos minutos. Emma hacía esfuerzos
por controlarse. Temblaba por dentro.
—Está bien, Emma, me doy por vencido. No puedo imaginarme por qué puede
ser descarada la señora Graham. Sé que no es de buena educación preguntar,
pero de todos modos voy a hacerlo: ¿qué ha hecho?
—La hallé en el despacho besando a mi padre.
Recordaba la escena como si hubiese sucedido hacía un instante, aunque ya
habían pasado dos meses desde aquel día en que, al entrar para hablar con su
padre, lo había encontrado sentado en el sofá con la señora Graham. Desde
entonces nunca olvidaba llamar a la puerta antes de entrar.
—¿Y…?
Lo miró. Él levantó las cejas.
—¿Qué quiere decir con «y»?
—¿Y qué más? Usted vio a su padre besando a la señora Graham, ¿y…?
—¿No es suficiente? Y en realidad no lo vi besándola pero era bastante claro
que era eso lo que había estado haciendo. Ella tenía el cabello desordenado y
el cuello del vestido desabotonado.
—Ya veo. Una demostración de mutuo afecto. Quizás de cariño muy grande.
Han pasado… ¿cuántos?, ¿diecisiete años desde la muerte de su madre?
—No veo en qué cambia eso las cosas.
—¿Ha habido una serie de señoras Graham?
—¡Por supuesto que no! Mi padre es un hombre religioso.
—Precisamente. Entonces tal vez ya está listo para casarse de nuevo y se ha
dado cuenta de que le gusta la señora Graham.
—Es demasiado viejo para casarse.
Emma hundió los dedos en el brazo de Charles. El solo pensamiento de la
señora Graham mudándose realmente con ellos… Siempre habían sido sólo su
padre, Meg y ella. Nadie más. Y así debía ser.
—Querida —dijo Charles, tomando las riendas con una sola mano y aflojando
con suavidad la presión de los dedos de Emma sobre su brazo—, su padre no
puede tener mucho más de cincuenta años. No es demasiado viejo.
—Pero no quiero una madre.
—La señora Graham lo sabe, estoy seguro. Usted tiene veintiséis años y Meg
diecisiete. Es posible que ambas estén casadas antes de fin de año… al menos
espero que usted lo esté. Conmigo. Entonces vuestro padre se quedará solo.
Debería alegrarse de que haya encontrado a la señora Graham.
Emma le soltó el brazo. Sabía que él no lo iba a entender. ¿Cómo podría? Era
hombre, después de todo.
—Yo no voy a casarme.
Él sonrió, desviando nuevamente su atención hacia los caballos.
—Tal vez no. Esa es una elección suya. Debe concederle a su padre igual
libertad para elegir.
—Pero usted no lo entiende. Él es mi padre . Tiene obligaciones para con su
familia.
—También es un hombre , querida mía.
Emma bajó la vista y se miró las manos.
—Pensaba que nos amaba a Meg y a mí. ¿Por qué la necesita a ella ?
—Es otro tipo de amor, Emma. ¿Es que usted no comprende en absoluto las
necesidades de un hombre? ¿Los deseos de un hombre?
La joven sacudió la cabeza. ¿Qué podía para un hombre ser más importante
que sus propios hijos? Ella se había esforzado cuanto le había sido posible por
ser una buena ama de casa, por ser una madre para Meg. ¿En qué se había
equivocado? ¿Qué era lo que hacía falta?
—No —dijo ella—. No los comprendo. No los comprendo en absoluto.
—Entonces, amor mío, permítame explicárselo.
Capítulo 3
Este beso fue diferente. El primero había sido como un leve roce, fresco y
seco. Éste era un beso cálido, húmedo. Charles inclinó la cabeza y posó su
boca sobre la de ella, explorando con la lengua la unión de sus labios. Emma,
sin aliento, abrió la boca y sintió deslizarse dentro la lengua de él.
¿Quién habría pensado que existían besos así? Ciertamente esto escapaba a
su imaginación. Debería sentirse asqueada… pero no. En lo más mínimo.
Eran tantas las sensaciones. La lengua de él, llenándole la boca. La ligera
fricción mientras avanzaba. La presión cambiante de los labios de él. Su olor,
mezcla de jabón de afeitar y piel.
Dejó escapar un quejido cuando la lengua empezó a retroceder. Gimió al
sentir que arremetía nuevamente dentro de su boca. Debió asirse del brazo de
él para no caer del carruaje.
Jesús. Sentía latir su cuerpo en lugares que le habría avergonzado confesar.
El corazón le palpitaba con fuerza. Cuando Charles finalmente, con mucha
suavidad, la soltó, se estremeció y lo miró parpadeando. Sus labios mágicos
sonreían, pero en su mirada ardía una especie de voracidad, una llama azul
(seguro era el reflejo del fuego bajo la piel de ella).
¿Era eso lo que había visto en la terraza de Knightsdale tantos años atrás?
Imposible. Aquella joven habría ardido en combustión espontánea, como
Emma estaba segura de que ardería ella de un momento a otro.
—¿Qué es lo que acaba de hacerme?
—No todo lo que me hubiese gustado, querida.
Emma se veía deliciosamente aturdida. También él lo estaba. De no haberse
agitado los caballos por el prolongado alto en el camino, no estaba seguro de
cuándo se habría detenido. Y, sin duda, tenía que detenerse. Un carruaje
abierto, en un camino público, no era el lugar para iniciar a una virgen en los
placeres de la carne.
—La próxima vez que hagamos esto, cariño, no será en un carrocín con un par
de purasangres amenazando con desbocarse.
—¿La próxima vez? ¿Acaso habrá una próxima vez?
—Oh, sin duda. Tan pronto como pueda hacer los arreglos del caso.
—¡Milord! —Su cerebro debía haber emergido finalmente del estupor sexual.
Un cálido rubor coloreó sus mejillas de un rosa que le sentaba de maravilla.
Se enderezó las gafas—. Sin duda esto es algo muy indecoroso.
—Mucho, estoy seguro. —Charles dibujó una amplia sonrisa—. ¡Pero qué
delicia!
Ella giró para mirar directamente hacia delante.
—Creo que deberíamos regresar a Knightsdale.
Charles espoleó a los caballos obedientemente.
—¿No cree que ahora debería llamarme Charles, amor? El «milord» me suena
un poquitín falso. Después de todo, acabamos de hacer algo un tanto íntimo.
—No lo veo así.
—¿No? Bien, ¿y usted cómo lo llamaría? Porque mi leng…
—¡Milord!
—Si no desea una descripción minuciosa de todo lo que acabamos de hacer,
creo que haría mejor en comenzar a llamarme Charles. Y no es que me
moleste describirlo.
—¡Milord, por favor!
—¿Que por favor continúe? Será un placer. De hecho, quizás también le diga
exactamente lo que me gustaría hacer la próxima vez que tenga el placer de
poner la len…
—¡Charles! —Emma gritó su nombre, apretándole el brazo y sacudiéndoselo.
—¿Lo ve? No era tan difícil, ¿verdad?
Ella apretó los labios.
—Creo que preferiría no hablar en lo que queda de viaje.
—Espléndido. Me entretendré imaginando todas las cosas deliciosas que
podemos hacer juntos la próxima vez que tengamos la oportunidad.
La señorita Peterson no picó. Charles se contentó con imaginar cómo sería
quitar, una a una, lentamente, todas las prendas que cubrían ese precioso
cuerpo. Tenía muy buena imaginación. Cambió de posición en el asiento. Su
imaginación era demasiado buena. Sería mejor que ocupara la mente en
pensamientos que no lo elevaran tanto.
Emma hizo un ruidito, mezcla de siseo y gemido. Él le echó una ojeada.
Fruncía el ceño y se miraba las manos. ¿En qué estaría pensando? Esperaba
que no en lo mismo que él —deseaba que la visión de ellos dos juntos le
arrancase una sonrisa, no un gesto adusto—. Más que una sonrisa. Que la
hiciera gemir, retorcerse de deseo.
—¿No le gustan sus guantes, querida mía?
Ella gruñó.
—Mi padre nunca ha hecho eso con la señora Graham.
—Aja. Si usted lo dice…
—No podría haberlo hecho… ¿verdad?
—No sé si lo hizo, amor mío, pero la sola presencia de usted en este mundo
indica que podría haberlo hecho.
Con un rápido ademán, Emma se tapó la boca.
—No puede ser que así se conciba un hijo.
Charles contuvo la risa.
—No exactamente, pero algo tiene que ver en el proceso.
—¿Cuánto tiene que ver?
—Ay, amor mío, cómo ansío mostrárselo. —Rio al ver el enojo en su mirada. Si
hubiese habido por allí un perro de porcelana, estaba seguro de que lo habría
sentido hacerse añicos sobre su cabeza—. Piense en esto como si fueran los
compases de un vals, cariño. Quedan aún bastantes pasos antes de que
termine la pieza.
—¡Señorita Peterson!
La llamada provenía de un hombre que cabalgaba en dirección opuesta.
Charles lo estudió mientras se acercaba. Su postura sobre el caballo era
horrible —tiesa y desmañada—. Por otro lado, el jamelgo que montaba era un
ejemplar lamentable. Vistoso, pero con un paso terrible. Comprado por un
ignorante en materia de caballos.
—¿Amigo suyo?
—Conocido; el señor Albert Stockley. Ha alquilado la casa del señor Atworthy
hasta que éste regrese de la ciudad. —Emma lo saludó con la cabeza y sonrió
mientras el hombre se acercaba a ellos—. Buenas tardes, señor Stockley.
—Señorita Peterson. —El señor Stockley se inclinó ceremoniosamente.
A Charles le gustó menos todavía al observarlo de cerca. Era tan llamativo
como su caballo. Pequeño, enjuto pero fuerte. Su pelo, de un color que
recordaba al lodo, estaba ostentosamente arreglado en un peinado a la moda
y las puntas de la camisa eran tan altas que amenazaban con sacarle uno de
sus acuosos ojos azules. La nariz y los labios tenían esa perpetua expresión de
reproche del que está oliendo algo desagradable —o se prepara para olerlo de
un instante a otro—. Parecía ser uno de esos hombrecitos fastidiosos que
siempre tienen algo que demostrar.
—Señor Stockley, ¿conoce usted a Lord Knightsdale? —estaba diciendo
Emma.
A Charles le disgustó claramente cómo se agudizó la mirada de Stockley al oír
su título.
—No, no lo conozco. —Se inclinó hacia Charles—. Un placer, milord.
—Stockley. —Charles lo saludó con una ligera inclinación de cabeza. Disfrutó
al ver cómo el hombrecillo entrecerraba los ojos.
—Señorita Peterson —dijo Stockley—, había planeado visitarla en
Knightsdale, pero ahora que su excelencia está en casa supongo que usted
habrá regresado a la parroquia.
—Bueno, en realidad…
—La señorita Peterson se ha ofrecido amablemente para alojarse allí y ayudar
a mis sobrinas mientras su institutriz está fuera cuidando a su madre
enferma.
El señor Stockley frunció el ceño.
—¿Sí? ¿Y eso será totalmente decoroso, milord? No es que quiera criticar, por
supuesto, pero la señorita Peterson es una dama soltera. Necesita cuidar su
reputación.
Charles sintió que Emma se movía nerviosamente a su lado.
—No necesita usted preocuparse —dijo—. Mi tía, Lady Beatrice, está en casa.
Ella se ocupará de que yo mantenga mis instintos animales bajo control.
—Milord, no he querido insinuar…
—Perdón, pero en caso de que no lo hayan notado, caballeros , yo sigo
sentada en este carrocín.
Charles sonrió: Emma sonaba bastante enojada.
—Señor Stockley —dijo la joven—, agradezco su preocupación, pero puede
quedarse tranquilo. No corro ningún peligro debido a los «instintos animales»
de su excelencia.
—No, por supuesto que no. No quería insinuar… Sé que su virtud es
intachable… Bien, sólo deseaba preguntarle si le gustaría ir a dar un paseo
mañana por la tarde.
—Me encantaría, pero…
—Pero la señorita Peterson estará ocupada mañana por la tarde, Stockley.
Voy a ofrecer una fiesta de varios días y ella ha aceptado mi invitación para
acompañarnos (cuando lo permitan sus obligaciones como institutriz
sustituta, por supuesto). Mis invitados llegarán mañana… usted también es
bienvenido si desea asistir.
Stockley sonrió, con una rara expresión de impaciente entusiasmo.
—Será un placer asistir, milord. —Se inclinó nuevamente—. Espero verles a
ambos mañana, entonces.
Para Charles fue un placer verle la espalda, pese a que parecía un
espantapájaros sobre un caballo de tiro.
—Un tipo raro ese Stockley —dijo—. ¿Qué sabe usted sobre él?
—Creo que tiene algo que ver con la navegación… sólo lleva por aquí unas
pocas semanas. Parecía ser un caballero perfectamente amable, es decir,
hasta hoy. Realmente, milord, me molesta que se hable de mí como si yo no
estuviera presente.
—No me gusta ese tipo.
—Bueno, eso ha sido bastante evidente.
—¿Ha estado rondándola?
—No, no ha estado «rondándome». Usted está actuando de un modo ridículo.
—Humm.
Había algo desagradable en Stockley. Charles no tenía duda de que ese
hombre estaba interesado en Emma, pero había algo más, algo retorcido en
su mirada. Iba a mantenerlo vigilado.
—Hay algo que usted tiene que saber, Emma.
—¿Qué?
—Que usted sí corre peligro a causa de mis instintos animales.
Al llegar a Knightsdale Emma sintió alivio. Esperaba retirarse a su habitación
por un momento e intentar recobrar la calma antes de buscar a las niñas para
las lecciones. Al menos podía confiar en que Isabelle había paseado a Prinny.
Era una niña muy responsable.
—Señorita Peterson, tiene visita —le dijo el señor Lambert apenas cruzó el
umbral.
—¿Ya recibe, señorita Peterson? —Charles arqueó las cejas, empezando a
dibujar una sonrisa presuntuosa—. Me alegra mucho que ya se considere mi
casa como la suya propia.
—¡Milord! Por favor. Debe haber un error. Señor Lambert, ¿está usted seguro
de que la persona preguntó por mí?
—Son cuatro personas, señorita.
—¿Cuatro?
—Cuatro damas, señorita. Damas mayores. Lady Beatrice las ha recibido y
está ahora con ellas.
—Oh. —Con un brusco ademán Emma se tapó la boca—. La Sociedad. Hoy es
el segundo martes del mes, ¿no es cierto?
—Lo es, señorita. Lady Beatrice ha pedido un refrigerio. Quizás usted podría
acompañar a las damas en el salón azul.
—Por supuesto. Gracias, señor Lambert.
—¿La Sociedad, señorita Peterson? ¿Acaso es usted una reformadora
extremista?
—Difícilmente, milord. Me gustaría discutir sobre algunos temas, pero las
otras damas nunca pasan de los últimos chismes. —La joven suspiró. La
situación era tremendamente embarazosa—. Por favor, disculpe esta
intromisión. Como estaba hospedándome aquí, pensé que sería más simple si
reunía a las damas en Knightsdale. No fue mi intención abusar de su
hospitalidad.
—No, no, me encantaría que usted considerara a Knightsdale como su propia
casa. ¿Cuál es el nombre de esta sociedad de la que soy el anfitrión de facto?
—Sociedad para el Perfeccionamiento de las Mujeres.
—Dios mío.
Mientras se acercaba a la puerta del salón, a Emma le pareció que las damas
sonaban un poco más animadas de lo habitual. Lanzó una rápida mirada al
señor Lambert, quien aún estaba rondando por allí. Él carraspeó.
—Lady Beatrice pidió un refrigerio.
—Sí, ya me lo ha dicho usted.
Charles rio entre dientes.
—La tía les ofreció jerez, ¿verdad Lambert?
—Y brandy, milord.
—¿Y brandy? Sospecho que esta tarde tendrán algunas discusiones
estimulantes, señorita Peterson. ¿Cuánto hace que están ahí dentro, Lambert?
—Las damas llegaron al poco tiempo de haber salido usted y la señorita
Peterson.
—Ya. Es decir, tiempo de sobra como para coger una linda borrachera.
Un estallido de risas estridentes invadió el corredor cuando Emma abrió la
puerta. Con cautela, la joven cruzó el umbral.
—Aquí está. Pase, señorita Peterson. Deje que Lady Bea le llene el vaso… eh,
la taza. —La señora Lavinia Begley, esposa de un hacendado, se sentó…
bueno, se arrellanó, en realidad… en una silla frente a la puerta. Su nariz
lucía un rojo dos tonos más intenso de lo habitual y tenía la cara
indudablemente encendida.
La tía de Charles echó una ojeada al grupo. Se había cambiado de ropa y
ahora llevaba un vestido a rayas verde manzana y verde junquillo y una
diadema de diamantes. Esta se había movido un poco de su lugar y
amenazaba con resbalar sobre sus ojos. La empujó hacia atrás y sonrió.
—Sí, pase por favor, señorita Peterson… y tú también, Charles.
Emma echó un vistazo a la habitación. La Sociedad en pleno estaba allí: la
señora Begley, las señoritas Farthington y la señorita Blanche Russell. Había
intentado despertar el interés de las damas más jóvenes de la comunidad,
pero hasta ahora sus esfuerzos habían resultado infructuosos. La señora
Begley, quien superaba holgadamente los cincuenta, era la más joven del
grupo aparte de Emma.
—Lo siento mucho, Lady Beatrice. Había olvidado la reunión… y nunca habría
invitado a estas damas a venir aquí si hubiese sabido que usted iba a estar en
casa. Es decir, nunca he querido abusar…
—No se aflija, señorita Peterson. He disfrutado de conocer a la señora Begley
y de rememorar viejos tiempos con las señoritas Farthington. Hacía
demasiado tiempo que no disfrutábamos de una agradable reunión, ¿no es
verdad, señoritas?
Las señoritas Esther y Rachel Farthington, gemelas que habían debutado
socialmente cuando el Príncipe Regente era todavía una criatura, asintieron
al unísono.
—Sí, demasiado tiempo. —La señorita Esther tenía un lazo de color verde
entretejido en sus ralos mechones blancos.
—Desde la boda del pobre Paul. —El lazo rojo de la señorita Rachel
desafortunadamente acentuaba el rosado de su cuero cabelludo.
—No, Rachel, recuerda que…
—… que no fuimos a la boda. Es verdad.
—Porque estabas enferma.
—Tenía una leve dispepsia.
—Que me contagiaste al día siguiente.
—¿Les apetece un poco más de inspiración, señoritas?
Las gemelas asintieron y tendieron sus tazas de té para que Lady Beatrice
vertiera otro poco de brandy.
—¿Y a usted, señorita Russell?
La tímida señorita Russell hipó y asintió con la cabeza. Bueno, al menos los
licores le habían dado brillo a sus ojos acuosos, pensó Emma.
—Pasad y acompañadnos, señorita Peterson, Lord Knightsdale. —La señora
Begley tomó la botella de las manos de Lady Beatrice y se sirvió—. Todavía
queda algo.
—Oh, hermana, aquí está el nuevo Lord Knightsdale.
La señorita Rachel dio un codazo tan brusco a la señorita Esther que un poco
del líquido que ésta tenía en su taza salpicó fuera.
—Así es.
Las dos ancianas damas miraron fijamente a Charles.
—Ha crecido —dijo la señorita Esther.
—Recuerdo cuando solía hacer toda clase de travesuras.
—Y la señorita Emma, siempre estaba siguiéndolo por todas partes.
—¿Crees que los casarán?
Emma supuso que las gemelas pensaban que estaban susurrando. Dado que
ambas eran más que un poquito sordas, sus susurros eran apenas más bajos
que su forma de hablar habitual.
La señorita Esther asintió con la cabeza.
—Yo diría que para abril o mayo.
Emma se encrespó. Temía que si miraba a Charles, lo encontraría sonriendo
sin disimulo.
—Tendrán unos niños preciosos, ¿no crees?
—Claro que sí. Unos bebés adorables.
Emma oyó una risa ahogada a su espalda.
—Bebés maravillosos —murmuró Charles—. Muchos.
La joven sintió un extraño temblor en el estómago. Quizás ella tenía una leve
dispepsia.
—Tía, este grupo de damas sería una excelente incorporación a nuestra fiesta,
¿no te parece?
—Claro que sí. Magnífica idea, Charles. —Lady Beatrice levantó su taza—.
¿Qué decís, señoras? ¿Quién vota por una fiesta?
Las damas —incluso la señorita Blanche— levantaron sus tazas.
—Una fiesta —dijeron—. ¡Hurra!
—Creo que iré a ver qué están haciendo Lady Isabelle y Lady Claire —dijo
Emma.
—¿Se han portado bien las niñas, Nana? ¡Sentado, Prinny! Ssh, perro tonto.
¿Qué llevas puesto?
Ataviado con un sombrero y una capa de muñecas de color rojo, Prinny
ladraba bailoteando alrededor de las faldas de Emma.
—Claro que nos hemos portado bien, mamá Peterson. —Claire miró enfadada
al perro—. Vuelva aquí, Lady Prinny, es hora de ir al baile.
—Pensaba que había dicho usted que ese perro era de su hermana. —Nana
sacó un hueso de carnero de detrás de un estropeado ejemplar de The History
of Little Goody Two Shoes 5 que estaba sobre el estante de la sala de estudio
—. Toma, bestia salvaje, mastica esto.
Prinny le arrebató el hueso y lo llevó adonde Claire había acomodado a sus
muñecas. Isabelle leía, acurrucada en el asiento al pie de la ventana.
—Es el perro de Meg .
—Pues a mí no me lo parece. —Nana se ajustó las gafas y metió debajo de su
toca algunos mechones de cabello blanco que habían escapado—. Más bien
me parece que el perro se siente muy a gusto aquí.
Emma observó a Claire intentando atar un carrito alrededor de la cintura de
Prinny.
—No se preocupe, estoy segura de que Prinny estará muy contento de volver
a su casa cuando regrese la señorita Hodgekiss. —Emma detestaba
interrumpir las actividades de las niñas. Isabelle se veía tan absorta en su
lectura… Quizás las sumas podían esperar un día más—. ¿Cómo está la madre
de la señorita Hodgekiss? ¿Alguien ha tenido alguna noticia?
Nana gruñó.
—Mejor, creo.
—Bien, ya lo ve. No tendrá usted que padecer la presencia de Prinny durante
mucho tiempo más. Lamento lo de las flores.
—Oh, no me desagrada el perro, no desde que la cocinera nos da algunos
huesos para él. —Nana frunció la boca y miró a Emma—. Sólo me preguntaba
si también usted se siente aquí como en su casa.
—¡Nana! —El estómago de Emma dio un vuelco tal que sintió que lo tenía en
los pies—. ¿Qué es lo que quiere decir?
—Nada malo, señorita, así que puede usted borrar de su cara esa mirada. Me
alegraría que usted se casase con su excelencia. Usted les gusta a las niñas. Y
ellas necesitan una madre. Pues sí, Lady Claire ha estado toda la tarde
hablando de mamá Peterson.
—Nana, usted sabe cómo es Claire.
Nana ahogó una risita.
—Sí… una diablilla mandona.
—Exactamente. Y aunque lo siento mucho por ella, no puede acomodar las
vidas de los demás para satisfacer sus deseos.
—¿Por qué no?
—¿Que por qué no? —Emma apenas sabía qué decir.
Miró fijamente a la mujer mayor, quien se encogió de hombros.
—¿Por qué no, si Lady Claire desea aquello que es lo mejor para todos?
—¿Lo mejor para todos? Nana, el marqués acaba de llegar esta mañana.
Apenas lo conozco… y él tampoco me conoce.
—¡Oh! ¡Bah! Usted ha estado siempre enamorada de él.
—Eso no es cierto. —Emma sabía que la fuerza que había puesto en sus
palabras había sido un tanto exagerada: no necesitaba ver la sonrisa de
suficiencia en la cara de Nana para confirmar esa impresión. El rubor le subió
por el cuello.
—La veía seguirlo por todas partes cuando él era un muchacho.
—Yo era una niña entonces… más pequeña que Isabelle.
Nana sonrió ampliamente.
—¿Y era usted una niña cuando lo espió en el baile de bodas de su hermano?
Emma cerró los ojos. Quizás al abrirlos descubriera que todo eso no era más
que un mal sueño y estaría en su habitación de la parroquia.
—William, el lacayo, la vio escondida entre los arbustos.
Emma estaba a punto de morirse de vergüenza. No le sorprendía que Charles
hubiese pensado que ella estaría deseosa de casarse con él.
—No, lo siento. Le aseguro que es imposible que yo me case con Lord
Knightsdale. Va a ofrecer una fiesta y seguramente encontrará una novia
adecuada entre sus invitadas.
Nana farfulló desdeñosamente. Al echar una ojeada alrededor, Emma vio a
Isabelle con la mirada fija en ella.
—Aquella se preocupa demasiado —dijo Nana suavemente.
Emma asintió con la cabeza. Cruzó la habitación y se sentó junto a la ventana.
Claire aún jugaba feliz sentada en el suelo. Prinny tenía la cabeza sobre las
patas y una mirada de resignación, mientras Claire intentaba atarle un lazo a
la cola.
—¿Usted podría ser nuestra mamá, señorita Peterson?
—Isabelle…
Con suavidad, Emma retiró de la frente de la niña el suave cabello rubio. De
pronto recordó la conversación que había tenido con Charles cuando
regresaban de la parroquia, cómo ella había dicho que no quería una madre.
Ahora. Pero la había querido desesperadamente cuando tenía la edad de
Isabelle.
—Isabelle, me encantaría ser vuestra mamá, pero no es tan fácil.
—¿Por qué no?
Emma miró la carita seria de la niña. ¿Cómo podía explicárselo? Cuando ella
tenía nueve años, no entendía nada de relaciones entre hombres y mujeres.
Recordó lo que había sentido con los besos de Charles en el carrocín. Todavía,
a los veintiséis años, no entendía nada.
—Isabelle, me encantaría ser vuestra mamá, pero para eso tendría que
casarme con vuestro tío Charles.
—¿Y él no le gusta?
Emma dio un hondo suspiro.
—No lo conozco lo suficiente como para saber si me gusta o no.
—¿Hay otro con quien usted preferiría casarse?
—Isabelle. —Emma temía haberse dado cuenta de hacia dónde se dirigía esa
conversación—. No, no hay nadie más… ahora. Pero podría encontrar a
alguien más, y entonces, no podría casarme con él si ya estuviese casada con
vuestro tío Charles.
Isabelle sonrió.
—Eso no es un problema, entonces. Molly, una de las doncellas del piso de
arriba, dice que si usted no ha encontrado un hombre a su edad, ya no lo va a
encontrar. Entonces sí puede casarse con el tío Charles.
Emma estuvo tentada de interrogar a Isabelle para determinar cuál de las
doncellas del piso de arriba era Molly y poder estrangular a esa impertinente.
—Vuestro tío puede encontrar una muchacha con la que él prefiera casarse,
Isabelle. La fiesta se hará para eso, ya lo sabes.
—No, estoy segura de que a él no le gustará ninguna de ellas más que usted.
Usted es hermosa, señorita Peterson.
Nunca antes alguien había llamado hermosa a Emma.
—Gracias, Isabelle. —Emma le tocó la mejilla—. Sólo debéis estar dispuestas a
aceptar a la mujer que vuestro tío elija, ¿de acuerdo? Estoy segura de que
cualquier señorita que se case con él os querrá mucho a ti y a Claire.
—¡Mamá Peterson, mira!
Al volverse Emma vio a Prinny avanzar deprisa hacia ella, ahora con un
sombrero púrpura y arrastrando un carrito con dos de las muñecas de Claire
dentro. Emma rio… y oyó el maravilloso sonido de la risita entrecortada de
Isabelle.
—¿Qué le habéis hecho a ese pobre perro? —preguntó Charles desde la
entrada.
—¡Papá Charles! —Claire desparramó sus juguetes al incorporarse de un
brinco y correr hacia su tío. Él la levantó y la hizo girar en alto, mientras la
niña gritaba y reía.
—Bueno, no agite de ese modo a Lady Claire, milord.
—Nana.
Charles bajó a Claire de las alturas para depositarla en el suelo, pero la niñita
le rodeó el cuello con los brazos y hundió la cara en su corbata. Emma vio
cómo los ojos de él se agrandaban ligeramente; luego, una extraña sonrisita
se dibujó en sus labios y apretó con más fuerza a su sobrina.
—¿Lo ve? —susurró Isabelle—, tío Charles será un papá maravilloso.
El tono anhelante que Emma percibió en la voz de Isabelle le traspasó el
corazón. Reprimió unas repentinas ganas de llorar.
Tal vez Charles sería maravilloso como padre, pero… ¿lo sería también como
marido?
—¿Le apetecen más guisantes, señorita Peterson?
—No, gracias, milord.
Charles se reclinó en su silla y observó a la señorita Peterson probar su
rodaballo. En el aire flotaba algo raro. Había entrado a la sala de estudio para
invitar a Emma a compartir la cena con ellos. La joven había intentado
rechazar la invitación, pero justamente Isabelle la había instado a aceptar.
Ahora Emma estaba tan concentrada en su comida como si se trata de un
festín epicúreo.
No lo era. Charles suspiró, tomando otro bocado de pescado seco. Buena y
legítima cocina inglesa: comestible, pero no exactamente lo que sus
inminentes huéspedes esperarían de un marqués. No quería ofender a la
cocinera, pero quizás le gustase la idea de tener una ayudante en la cocina.
Por cierto, si Alvord o Westbrooke valoraban sus paladares le prestarían los
servicios de sus chefs durante los días de la fiesta.
—No he probado comida como esta en años —dijo la tía Bea, mirando
enfadada su plato.
—La comida sosa le sentará bien a tu estómago, tía.
—Bah… no quiero esta cosa. Sólo sírveme un poco más de Madeira, Charles,
por favor.
—No, tía. Acabo de cargar un carruaje con damas ebrias; no te quiero más
achispada de lo que ya estás.
—Puedo controlar la bebida.
—Pues yo creo que en este momento la bebida te está controlando a ti, así
que no le daremos más poder.
Charles esperaba que su tía no aprovechara para admirar su propia imagen
en algún espejo. Su conjunto verde y amarillo lo estaba mareando a él , que
no había apurado varias botellas de brandy.
—Mejor que hayas arrojado también algunos bacines dentro del carruaje,
Charles. Seguro que más de una de las damas va a aliviarse allí,
especialmente cuando el coche empiece a balancearse.
—Sí, pensé en eso.
Emma bajó el tenedor.
—Lady Beatrice, siento haberme tomado el atrevimiento de invitar a la
Sociedad a reunirse en Knightsdale. Nunca lo habría hecho si me hubiese
dado cuenta de lo, eh, lo inoportuna que sería la reunión.
La tía Beatrice hipó.
—No ha tenido nada de inoportuna, señorita. Lo he pasado estupendamente…
no había visto a las gemelas o a Blanche en años. También me agradó Lavinia.
No creo que las damas se sientan con demasiada vitalidad mañana por la
mañana. Dudo que sean las primeras invitadas en llegar.
Se estiró para alcanzar la botella de vino. Charles la movió.
—¿Cuándo llegan sus huéspedes, Lady Beatrice?
—Los huéspedes de Charles, señorita. Esa es la idea, ¿no le parece?
Encontrarle una esposa a Charles. Necesita procurarse un heredero. No
quiero que el título pase al primo Aubrey. Ese idiota probablemente gritaría si
encontrase una mujer en su cama. —La tía Bea se inclinó hacia Emma—.
¿Queréis que os diga lo que pienso? Yo…
—¡Tía Bea! Podría afirmar que ninguno de nosotros quiere saber lo que
piensas.
—Bueno, estoy convencida de lo que pienso. —La tía Bea pinchó una porción
de rodaballo y la agitó en dirección a la señorita Peterson—. Usted podría
ahorrarnos una cantidad significativa de problemas, señorita, si tan sólo
accediese ahora a casarse con Charles. Es un muy buen partido, ya sabe.
—¡Tía!
—¡Lady Beatrice!
Tía Bea probó el pescado.
—¡Puaj! Qué horrible. —Su tenedor golpeó estrepitosamente el plato. Se
inclinó de nuevo para acercarse a Emma e hizo un gesto con la cabeza en
dirección a Charles—. Límpiese esas gafas, muchacha, y mire a ese hombre.
El que está sentado ahí no es el primo Aubrey. Estoy segura de que con él,
tener un heredero será toda una experiencia. ¿Estoy en lo cierto, Charles?
Charles temía que su cara estuviese tan encendida como la de la señorita
Peterson.
—Si me disculpa —dijo la señorita Peterson con una voz estrangulada,
poniéndose de pie—, realmente debo… Siento un poco de…
—¿Calor? —dijo la tía Bea a la espalda de la señorita Peterson que ya había
emprendido la huida hacia la puerta—. Debería sentirlo, muchacha. Piense en
la espalda de este hombre. En sus piernas. En sus muslos. En…
—¡TÍA BEA!
Se interrumpió y miró a Charles.
—No hacía falta gritar, Charles. Pensaba que estabas acostumbrado a hablar
claro, pero te juro que estás más ruborizado que la señorita Peterson.
Charles se desató la corbata. Por fin había acostado a la tía Bea —bueno, se la
había entregado a su sufrida doncella para que se ocupase de ella— y se
había retirado a su alcoba.
—Es todo, Henderson. Esta noche ya no te necesitaré más.
—Muy bien, milord.
Observó la puerta cerrarse detrás de su ayuda de cámara. Deseaba estar solo.
Lo necesitaba. Tenía que dominar… esto.
Contempló la habitación, los cuadros oscuros, el mobiliario macizo, la enorme
cama. Dios. Asió con tal fuerza el poste de la cama que las ondas talladas en
la madera se clavaron en sus dedos. No debería estar ahí. Era la habitación de
su padre. La de Paul. Jamás había estado destinada a ser suya.
Pobre Paul, que había tenido que trasladarse allí cuando sólo tenía catorce
años.
Su padre había muerto de impaciencia en el patio de una posada, gritándole a
un mensajero que se movía demasiado lentamente para su gusto. El posadero
no paraba de pedir perdón, pero Charles no lo culpaba. Él mismo había hecho
un arte de evitar el mal genio y la mordacidad de su padre. Ésa era una de las
razones por las que había pasado tanto tiempo vagando por el campo.
Y además no era nada más que el segundo hijo, por lo tanto apenas
merecedor de la atención de su padre. Paul había sufrido la peor parte de la
atención del marqués.
Pero al menos Paul había estado preparado para el título. Bueno, quizás no
exactamente preparado —¿quién podía estar listo para hacerse cargo de
posesiones tan vastas siendo tan joven?—. Pero Paul había sido educado para
esa tarea: ya desde la cuna sabía que él sería el marqués. Era el sino de Paul,
el destino de Paul. No el suyo.
Se quitó la camisa y la arrojó al otro lado de la habitación.
Recordaba esa tarde en White's como si hubiese sido ayer. Estaba sentado
con Robbie, el conde de Westbrooke. Celebraban haber contribuido a la unión
de un amigo de ambos, James, duque de Alvord, y su esposa Sarah. Charles
estaba paladeando un poco de oporto cuando apareció el mensajero.
«¿El Mayor Charles Draysmith?»
El miedo le había hecho un nudo en el estómago. La expresión severa y seria
del hombre, así como el tono solemne de su pregunta presagiaban un cambio
irreversible en su vida. Se apresuró a tragar el oporto.
«¿Qué sucede? Yo soy el Mayor Draysmith.»
«Lamento informarle, Mayor, que el marqués de Knightsdale y la marquesa
han sufrido un trágico accidente.»
Maldición, maldición, maldición . Saltó de la cama para mirar por la ventana,
clavando la vista en la oscura extensión que constituía Knightsdale. Era una
noche sin luna; tan sombría como sus sentimientos.
En ese momento, cuando el maldito mensajero le había dicho que Paul estaba
muerto, había dejado de ser él mismo. Lo habían despojado de todo: de sus
planes, su futuro, su identidad. Se había convertido en el marqués de
Knightsdale. Todo lo que quedaba eran los detalles legales. Los de hasta
ahora y los de aquí en lo sucesivo.
Cerró bruscamente las cortinas. Se arrancó las medias, los pantalones, los
calzoncillos. Le habría gustado arrancarse también la piel. Escapar de esa
habitación, del título, de todas esas responsabilidades que no deseaba.
Pero no podía. Knightsdale era ahora su deber… no buscado, no deseado,
pero su deber a pesar de todo. Si el ejército le había enseñado algo, si los
años de barro y sangre habían dejado alguna huella en su alma, era el sentido
del deber. Se había convertido en su única constante en medio de la locura
del combate, en las largas marchas, en los días de hambre, sed y agotamiento.
El sentido del deber lo había impulsado a través de la Península y sería su
motivación también allí en Inglaterra.
Espontáneamente, el recuerdo de Claire se coló en sus pensamientos. El
sonido agudo de sus gritos de alegría cuando él la había alzado en la sala de
estudio, los brazos suaves como los de un bebé rodeándole el cuello y la
levedad de una pluma del pequeño cuerpo que sostenía en sus brazos.
Bueno, quizás eso fuera más allá del deber.
Se estiró. Y estaba además la señorita Emma Peterson. Acostarse con ella
indudablemente iba más allá del deber. La imaginó desperezándose, desnuda
entre las sábanas. Sí, ciertamente ella haría de esa habitación, de esa cama,
un lugar más interesante. Rio silenciosamente. Al menos a una parte rebelde
de su anatomía le resultaba bastante estimulante la imagen de esas deliciosas
curvas.
Se metió en la cama, obligando a su… mente, a ignorar el deseo de tener a la
señorita Peterson con él en ese momento. Ella podía no estar tan encantada
de verlo.
Debería haberla buscado para ofrecerle una disculpa apenas había terminado
la cena, pero le dio la impresión de que no querría hablar con él justo en
aquel momento. Ella necesitaba tiempo para recuperar la calma. Y, a decir
verdad, él también. Iba a ser una fiesta muy interesante si tía Bea conservaba
esa franqueza. No debía olvidar guardar en lugar seguro el brandy.
Por la mañana, antes de la llegada de los invitados, hablaría con Emma. Era
una mujer inteligente. Entendería que casarse con él era la decisión más
sabia. Era obvio que ella sentía cariño por Claire e Isabelle. Bueno, cualquiera
querría a Claire: era una criatura dulce. Era más difícil llegar a Isabelle, tan
seria y reservada, pero aun así cuando él había entrado a la sala de estudio, la
había visto sentada junto a Emma, murmurándole secretitos al oído.
Y el matrimonio sería beneficioso también para Emma. Miró sonriente el dosel
sobre la cama. Si bien el reverendo Peterson no había dicho una palabra,
Charles estaba seguro de que él y la señora Graham se alegrarían de no tener
más a Emma viviendo en la parroquia.
Tenía veintiséis años. Hacía tiempo que podría haber tenido su propio hogar,
su propia familia… y él estaba más que feliz de poder darle esas cosas. Más
que feliz. Disfrutaría especialmente de enseñarle lo placentero que podía
llegar a ser formar una familia.
A juzgar por el modo en que ella había respondido a sus besos esa tarde,
aquél sería un ejercicio vigorizador.
Capítulo 4
Charles estaba en medio de un sueño muy gratificante. Tenía a Emma
Peterson en su cama. Su cabello rubio miel se extendía sobre la almohada; las
manos de él se extendían sobre sus magníficos senos. Sentía sus dedos
acariciándole el brazo. Humm. Otra parte de su cuerpo ansiaba sentir el
delicioso contacto de esos dedos. Cuando ella lo golpeó con fuerza en el
hombro, con la mano abierta, él se detuvo. Nunca había recurrido a ese tipo
de juegos…
—¡Papá Charles, despierta!
Los ojos de Charles se abrieron de golpe. Miró la cara de Claire, a sólo unos
centímetros de su nariz.
—Eh… Claire. —Charles tenía plena conciencia de estar completamente
desnudo bajo las sábanas. No debía olvidar cerrar con llave la puerta de su
cuarto si la niñita tenía la costumbre de caminar dormida—. ¿Hay alguna
razón para que estés aquí?
—Claro, papá Charles. Tienes que venir rápido. Hay un fantasma en nuestro
cuarto.
—Vaya, Claire, probablemente acabas de tener una pesadilla. ¿Se lo has dicho
a Nana?
Claire negó con la cabeza, haciendo rebotar los rizos alrededor de su carita.
—Nana está gritando demasiado fuerte.
¿Nana? ¿La tranquila y sensata Nana?
—¿Por qué está gritando Nana?
Claire puso los ojos en blanco y le dio otra palmada en el hombro.
—Ya te lo he dicho. Hay un fantasma. Mamá Peterson me ha enviado a
buscarte. Vamos, date prisa, papá Charles. Debes atrapar al fantasma.
—Está bien.
Claire recurrió a tironearlo del brazo. No había tiempo de ponerse los
pantalones —ni la niña parecía dispuesta a concederle la privacidad para
hacerlo— así que arrancó la sábana de la cama y se envolvió en ella. A la
carrera tomó un alfiler de corbata para ajustar su improvisada toga mientras
Claire lo sacaba de la habitación a empujones. En el corredor se encontraron
con la tía Bea, que llevaba una bata de color castaño rojizo con borlas
doradas, un gorro de dormir escarlata y una expresión de reproche en la cara.
Reina Bess, que parecía tan enojada como su dueña, sacudió la cola a los pies
de la tía Beatrice.
—En nombre de Dios, ¿qué es todo este alboroto? ¿No pueden dejarme morir
en paz?
—Por lo visto esta noche nadie descansa en paz, tía… y si antes no hubieses
llegado tan cerca del fondo de la botella de brandy, ahora no te sentirías tan
cerca de la muerte.
—¿Y supongo que nunca te has entonado?
—¿Entonado? Yo diría que hiciste mucho más que entonarte.
Otra vez Claire, tironeándole del brazo.
—Vamos, papá Charles. El fantasma va a escapar.
Charles se fue con Claire. Tía Bea y Reina Bess los siguieron.
—¿Cómo te ha llamado Claire?
—No importa.
—Qué fantástico atuendo el tuyo.
Charles emitió un gruñido. Avanzar rápido se hacía difícil: las piernas se le
enredaban en la sábana todo el tiempo. Y en las escaleras se haría imposible.
—¿Cómo os las arregláis vosotras las mujeres? —preguntó, después de
tropezar por cuarta vez.
—Mejor que tú, obviamente. Oh, quítate del camino y déjame pasar, ¿quieres?
—¿Y si realmente hay un fantasma?
—Estoy segura de que a estas alturas ya lo han espantado. Los chillidos de
Nana pueden oírse desde aquí.
Por fin llegaron al cuarto de las niñas. La señorita Peterson —vestida con un
largo camisón blanco que le cubría hasta el cuello, para desilusión de Charles
—, estaba intentando calmar a Nana. Cerca de ella, estaba de pie Isabelle,
con Prinny en brazos.
—He traído a papá Charles, mamá Peterson —anunció Claire.
Eso fue lo último coherente que se oyó durante un largo rato.
Nana miró a Charles y lanzó un grito. Reina Bess miró a Prinny y siseó. Prinny
miró a Reina Bess y emitió un aullido.
La tía Bea contempló la escena y con la cabeza entre las manos murmuró:
—Dios mío, por favor, dime que estoy alucinando.
Prinny, ladrando salvajemente, embistió contra Reina Bess, que se erizó
duplicando su tamaño y trató de huir trepando por la toga de Charles. Éste,
un caballero en todo momento, asió con fuerza su sábana para evitar que lo
separaran de ella y valientemente intentó reprimir la andanada de frases que
pugnaban por salir de sus labios mientras su majestad le clavaba las garras
en la piel. Supuso que su intento no había sido del todo exitoso, al ver los ojos
redondos de Claire y oírle contener el aliento.
—Huy, mamá Peterson, papá Charles ha dicho una palabrota.
Emma se lanzó a capturar las patas traseras de Prinny y al hacerlo obsequió a
Charles con un atisbo de su bien torneado tobillo, antes de que aquél oyese el
siniestro sonido de una tela rasgándose y sintiera en sus propios tobillos el
contacto de pelo de gato y aire.
—Tía, ven y coge a tu estú… estupenda gata.
La tía Bea se destapó los ojos.
—Sabía que tenías buenas piernas, Charles. ¿Lo ve, señorita Peterson? Con
piernas como esas no hacen falta pantorrillas falsas.
Charles no podía asegurar si el calor que sentía era efecto de la humillación o
de la furia.
—Señora, acorrale a su animal.
—Realmente, Charles, esto no es un campo de batalla. Bueno, tal vez se
parece un poco a uno, pero puedes bajar la voz. Estás asustando a su alteza.
—¡Haré más que asustar a esa jo…!
—¡Charles! Recuerda que eres un caballero.
—¡… juguetona gata tuya, tía, si no la coges ya !
La tía Bea cogió de la panza a Reina Bess y la levantó del suelo,
acercándosela a la cara.
—Ya, ya, gatita. El hombre malo no ha querido decir eso.
—No he querido decir sólo eso —murmuró Charles.
Pasó revista a los daños… en sus piernas, que por cierto estaban a la vista: se
veían arañazos y sangre, pero todas sus partes privadas estaban cubiertas. Y
también lo estaban, por desgracia, todas las de la señorita Peterson. Aunque
ella estaba mirándole las piernas.
—Ay, milord, sus pobres piernas. Traeré agua tibia para lavarlas, ¿quiere?
El pensar en la señorita Peterson lavándole las piernas provocó que la falda
de su toga, ahora corta, sobresaliera ostensiblemente. Pudo ver que tía Bea
abría la boca para lanzar un comentario al respecto.
Se volvió hacia Nana. Al menos ella tenía la cortesía de no comérselo con los
ojos.
—¿Alguien puede decirme de qué se trata todo esto? ¿Nana?
Nana se estrujaba las manos.
—Ay, milord, en mi vida he estado tan asustada. Me ha parecido oír un ruido,
así que he subido a ver a mis niñitas y entonces he visto algo en el pasillo.
Cuando he gritado, esa cosa se ha elevado flotando sobre el suelo y ha
desaparecido, justo ahí. —Señaló un punto cercano a los estantes de la sala de
estudio—. He oído el chirrido y el repiqueteo de sus cadenas, de verdad.
—Ya veo. —Tía Bea aún sostenía a Reina Bess, pero la señorita Peterson ya
había soltado a Prinny. El perro estaba olfateando en los alrededores del sitio
que había indicado Nana—. Entonces, ¿usted ha visto que el fantasma
desaparecía justo donde está ahora Prinny?
—¿Milord? —Nana parecía confundida.
—Ahí —repitió Charles—. Donde Prinny… el perro de la señorita Peterson…
está ahora.
—¿El perro de la señorita Peterson? ¡Oh! Discúlpeme, milord. —Nana
desapareció dentro de su habitación y salió en un instante con las gafas
puestas—. Ah, así está mejor. Sí, creo que estaba exactamente donde está
ahora nuestro querido perrito.
Charles miró fijamente a la anciana mujer.
—Nana, ¿por qué has gritado al verme aparecer?
—Pensaba que usted era el fantasma que había regresado, milord. —Lo miró
con más atención—. Es que usted lleva un atuendo un tanto, eh, extraño, ¿no
es cierto? ¿Es un disfraz? ¿Ha estado en un baile de máscaras, entonces,
vestido como uno de esos señores romanos?
—No, Nana. —Él echó una ojeada a la señorita Peterson, muy interesada en
examinar el suelo alrededor de sus propios pies (muy bonitos pies, notó
Charles) y emitía extraños ruiditos, como si se estuviese ahogando, pero al
menos ella sí llevaba sus gafas—. ¿Usted también ha visto esa aparición,
señorita Peterson?
—No, —intentó valientemente sofocar la risa—, milord. —Tragó—. Para
cuando yo he salido de mi habitación ya había, eh, había desaparecido. —
Apretándose los costados del cuerpo con las manos, la joven se inclinó, riendo
con ganas.
—Me encanta que la situación le parezca tan divertida, señorita Peterson.
Emma agitó la mano hacia él, obviamente incapaz de recuperar el aliento
para hablar. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Sí que te ves extremadamente gracioso, Charles —dijo la tía Bea—, aunque
me parece que la reacción de la señorita Peterson puede ser un poquito
exagerada.
—Perdón, Lady Beatrice —dijo Emma, rompiendo a reír con fuerza
nuevamente. Isabelle y Claire también soltaban risitas entrecortadas.
—Humm.
Charles suponía que el «fantasma» había sido producto de la imaginación de
Nana. Aun así, no podía ignorar el hecho de que, aunque para la señorita
Peterson y las niñas la situación era divertida, no lo era para Nana. La
anciana se esforzaba por sonreír pero se le notaba la tensión en los ojos y en
la boca.
—Señoritas, si ustedes creen poder pasar aquí el resto de la noche —dijo
Charles—, mañana les prepararemos habitaciones abajo. ¿Les parece bien?
La señorita Peterson finalmente logró dominarse.
—Por supuesto, milord. Estaremos bien.
—Tía, tenemos sitio abajo, ¿verdad?
—Sí. Seremos muchos, la mayoría de las alcobas las ocuparán los invitados;
pero estoy segura de que podemos encontrarles un lugar.
—Excelente. Entonces les deseo buenas noches, señoritas.
Charles recogió del suelo el extremo hecho jirones de su sábana y con un
gesto le indicó a la tía Bea y a Reina Bess que lo precedieran escaleras abajo.
Apenas dobló desapareciendo de la vista de las mujeres, oyó la voz de Nana.
—Válgame Dios, señorita Peterson, su excelencia realmente tiene buenas
piernas .
Emma colgó el último vestido en el armario. El traje de baile. Era ridículo
haberlo traído, pero…
Nunca debería haber comprado la tela. Había sido escandalosamente
complaciente consigo misma. Una extravagancia irracional. Eso había sido. Al
ver ese satén azul en la tienda del señor Ashford, había enloquecido. Tenía
que comprarlo. Bueno, incluso a Meg le había gustado el color: dijo que le
recordaba el cielo vespertino a principios del otoño. Eso había sido hacía…
¿cuánto?, ¿unos cuatro años?
Emma deslizó los dedos por la tela sedosa, siguiendo el contorno del angosto
corsé, de la cintura alta, de la falda recta. Bueno, quizás era comprensible
que hubiese comprado ese género tan hermoso. Pero el haber dejado que la
señora Croft, la costurera del pueblo, le hiciera un vestido como ése, sin duda
había sido una locura. ¿En qué había estado pensando? ¿En qué había estado
pensando la señora Croft? El vestido era demasiado atrevido para la hija de
un párroco, especialmente si se trataba de una firme candidata a solterona.
La tela apenas le cubría los senos y se adhería a todo lo demás como una
segunda piel. Al probárselo se había escandalizado… y también se había
sentido encantada. El espejo le había devuelto la imagen de una extraña: una
sofisticada, voluptuosa y magnífica extraña.
Había colgado el vestido al fondo de su armario. No pensaba usarlo. Podía
mirarlo, quizás; soñar con él, indudablemente. Pero, ¿usarlo? Jamás.
Hasta ahora. Emma acarició el vestido por última vez antes de cerrar la
puerta del armario. Se lo pondría para el baile. Ya estaba lastimosamente
pasado de moda y sin duda no se destacaría entre las galas londinenses que
se exhibirían en la fiesta, pero eso era inevitable.
¿Luciría como la mujer del espejo de cuatro años atrás? No. No se haría
ilusiones. Después de cuatro años ya no era la misma y además estaba segura
de que el tiempo había embellecido el recuerdo. Qué absurdo pensar que ella
podía ser tan hermosa… La del espejo era el tipo de mujer que Charles
admiraría, la que no veía nada de malo en permitir que los hombres pusieran
la len… Emma se ruborizó y respiró profundo. La clase de mujer para la que
el arte de besar no tenía secretos.
Indudablemente ella no pertenecía a esa clase.
Se sentó junto a la ventana, mientras el sol matinal le calentaba la espalda. Su
nueva habitación no era mucho más amplia que la del piso de arriba, pero
estaba mejor amueblada. La cama no era de simple madera de haya, sino de
caoba, y el armario, el lavamanos y el escritorio eran mucho más bonitos que
los de su cuarto de la parroquia. Y ésta era una de las habitaciones más
pequeñas, destinadas a alojar invitados de último momento, como ella. Nana y
las niñas estaban instaladas en una más grande al otro lado del corredor.
Cerró los ojos, dejando que el calor del sol le relajase el cuello. No había
dormido bien la noche anterior a causa del ridículo incidente del fantasma.
¿Por qué no había advertido que Nana no llevaba sus gafas? Se sintió tan
tonta. Pero había temido que realmente hubiese un intruso en el cuarto de las
niñas y no podía arriesgar la seguridad de las pequeñas. De modo que había
hecho lo único que se le había ocurrido: mandar corriendo a Claire a buscar a
Charles.
Sonrió al recordar su atuendo. Se veía tan gracioso… Gracioso e
increíblemente atractivo. Nana y Lady Beatrice tenían razón: Charles tenía
buenas piernas. Unas piernas maravillosas. Por supuesto, nunca había visto
otras piernas de hombre desnudas.
Y sus piernas no eran lo único que su mirada llena de interés había podido
observar. También los brazos, el cuello, los hombros, una parte del pecho.
Parecía la estatua viviente de un dios griego. Cálida. De carne y hueso.
De pronto, el sol que entraba por la ventana le pareció demasiado fuerte y se
sentó en la silla que había en el otro lado de la habitación.
¿Qué le sucedía? ¿Estaría enferma? Había soñado con Charles la noche
entera. Bueno, no era la primera vez que él aparecía en sus sueños, aunque
ahora podía incluir muchos más detalles. Pero no eran suficientes. No conocía
su contacto. Se ruborizó. Qué lascivia: querer tocarlo. Que él la tocara. Sentir
sus brazos rodeándola. Pasar los dedos por sus músculos, por el vello que le
oscurecía el pecho. ¿Sería suave o áspero? Y su piel… toda esa magnífica
piel… ¿cómo sería sentirla bajo sus dedos?
También había soñado con sus besos. El primero, un roce breve y tentador; el
segundo, cálido, húmedo, donde había sentido sus labios, su boca, su len…
Se abanicó con la mano. El recuerdo de ese beso despertaba en su cuerpo
sensaciones en verdad extrañas. La noche anterior realmente había sentido
palpitar cierto lugar de su cuerpo en el que esa sensación era nueva. Ahora
percibía una inquietante humedad en esa misma zona. Estaba húmeda y,
bueno, necesitada.
Tal vez fuera hora de casarse. Hasta ese momento, nunca lo había pensado
seriamente, pero, como había dicho Charles, Meg ya tenía diecisiete años.
Seguramente su padre ya no la necesitaba. Tenía a la señora Graham, y,
aunque él nunca lo había expresado, Emma estaba convencida de que se
alegraría si ella se mudaba de la parroquia. Y sólo podría hacerlo si
encontraba marido.
Tal vez el matrimonio también la curaría de sus nuevos… anhelos.
Pero no se casaría con Charles. No podía, aun cuando parecía ser la elegida
por él y por su tía. Había creído morir de vergüenza en la cena la noche
anterior. Lady Beatrice era demasiado franca para su propio bien… o para el
de Emma. ¡Seguramente no diría ese tipo de cosas delante de los invitados a
su fiesta!
No, Charles había sugerido que se casasen solamente porque no quería
tomarse la molestia de cortejar a una señorita de sociedad. Eso cambiaría ese
mismo día. Ese día tendría a su disposición una selección de atractivas
jóvenes de clase alta. No tendría que esforzarse en lo más mínimo. Podría
sentarse en el salón y hacer que desfilasen ante él, como si se tratase de
elegir un nuevo caballo para su cuadra. Seguramente iba a haber muchas
dispuestas a venderse por un título.
Ella no era de ésas. Claro que no. Y de todos modos, era ridículo pensar que
Charles iba a querer a una solterona madurita una vez que hubiese
contemplado el abanico de posibilidades, todas candidatas más jóvenes.
Regresó junto a la ventana. Su nueva habitación tenía una buena vista del
amplio camino de entrada a la casa. Ahora estaba vacío, pero en unas horas
estaría lleno de carruajes que llegarían trayendo su ofrenda de mujeres.
Seguramente asistiría también una variada colección de hombres sin
compromiso. Charles podía elegir sólo una de las damas… así que tenía que
haber otros hombres disponibles.
Tal vez alguno se fijara en ella: por ella misma, no porque podía darle hijos.
Podía pasar. En cualquier caso, esto sería lo más cerca que iba a estar nunca
de la Temporada y del Mercado Matrimonial londinense. Aprovecharía la
oportunidad para mirar un poco.
—Meg.
Emma había visto llegar a su hermana y se había apresurado a bajar para
recibirla.
Meg la miraba enojada.
—Qué mala eres, Emma —susurró.
—¡Meg! No imagino por qué me dices algo así.
La verdad, Emma no había esperado que la invitación a esa fiesta despertase
el entusiasmo de Meg, pero tampoco una reacción así: era una maravillosa
oportunidad para que la jovencita empezase a tener algo de relación social.
—Tú y sólo tú pusiste la abeja de la fiesta bajo el sombrero de papá6 , ¿no es
verdad?
Emma se ahogó.
—Papá no usa sombrero.
A Meg no le hizo gracia el comentario.
—Entiendes perfectamente lo que quiero decir. ¿Has venido o no a la
parroquia a invitarme a esa fiesta ridícula?
—Fue Lord Knightsdale quien nos invitó. Y no es una fiesta ridícula. Podrás
soportar moverte unos días entre la «flor y nata».
—No hiles tan fino. Tú estabas ahí, ¿no es verdad? Podrías haberme evitado
esto. Y no quiero moverme entre la «flor y nata». La «flor y nata» es sólo un
grupo de fanfarrones con pocas luces y jovenzuelas consentidas. Deseo estar
ahí afuera, en el campo norte del hacendado Begley. He encontrado una
parcela muy interesante de… Jesús, ¿qué es eso?
Al volverse Emma vio a Lady Beatrice que se acercaba. Hoy iba ataviada con
un impresionante vestido de color mora y verde y una selección de plumas de
avestruz ondeando entre sus rizos grises.
La aparición indudablemente impactó a Meg. Con ojos dilatados de asombro
lanzó una mirada incrédula en dirección a su hermana. Emma la miró con el
ceño fruncido, deseando fervientemente que sus modales la disuadieran de
hacer comentario alguno sobre el inusual sentido de la moda de su anfitriona.
—Lady Beatrice, ¿me permite presentarle a mi hermana Meg?
Meg hizo una reverencia.
—Le agradezco la invitación, Lady Beatrice.
—Bienvenida, querida. —Lady Beatrice se volvió al señor Lambert—. Lambert,
dígale a George que suba el equipaje de la señorita Margaret Peterson al
cuarto amarillo.
—Enseguida, milady.
Lady Beatrice sonrió y se volvió nuevamente a Meg.
—¿Sabe, señorita Peterson? Tengo maravillosos planes para su hermana.
Emma se puso rígida.
—¿De verdad? —Meg sonrió abiertamente. Obviamente había notado la
turbación de Emma—. ¿Y qué planes serían esos?
Emma rogó que la tierra se abriese y se la tragara, pero maravilla de
maravillas, Lady Beatrice se contentó con una mirada picara.
—Decirlos sería un poco prematuro.
Emma se permitió un pequeño suspiro de alivio.
—Pero sí que incluye…
—Lady Beatrice, eh, ¿ha dormido bien esta noche?
Interrumpir a la anfitriona era descortés, pero Emma estaba segura de que
estrangularla era un desacierto peor. Aun así, pretender cambiar de tema
hablando de los acontecimientos de la noche anterior no era una muy buena
idea. Lady Beatrice frunció el ceño.
—No, claro que no. Casi no pegué ojo, pero qué podía esperar con ese
molesto espectro y mi terrible dolor de cabeza. No beba brandy, Meg. Por lo
menos no en exceso.
—¿Brandy? ¿Y un espectro molesto? —murmuró Meg mientras Lady Beatrice
se frotaba la frente—. Quizás después de todo, esta fiesta no resulte tan
aburrida.
—¡Ssh!
—¿Qué ha dicho, querida? Me temo que no estaba prestando atención.
—Nada, Lady Beatrice. Simplemente me alegra que el incidente de anoche
haya resultado algo sin importancia.
Emma pudo ver que los ojos de Meg brillaban de curiosidad, pero
afortunadamente Charles eligió ese momento para hacer su aparición.
—Buenos días, señoritas. ¿La he oído decir que esta joven es su hermana,
señorita Peterson?
—Así es, milord.
Charles tomó la mano de Meg.
—Es un placer conocerla, señorita Margaret. La última vez que nos vimos,
usted todavía usaba andadores.
Meg puso los ojos en blanco, pero aun así sonrió.
—Por favor, Lord Knightsdale, llámeme Meg. Nadie me llama Margaret.
—Meg, entonces. Creo que encontrará a su perro en el cuarto de las niñas.
—¿Mi perro?
—Prinny —dijo Emma—. Tu perro Prinny.
—No sé por qué insistes en que Prinny es mi perro, Emma. Puede ser que yo
le pusiera nombre cuando era un cachorrito, pero para él su dueña eres tú.
Probablemente porque eres quien se acuerda de alimentarlo.
Esa era una discusión familiar. Emma dio un profundo suspiro e intentó
hablar con calma.
—Bien sabes que se supone que Prinny está para acompañarte en esos largos
paseos por el campo que insistes en dar. Él te protege cuando andas sola por
ahí.
—Humm. ¿Y se lo has dicho a Prinny? En las raras ocasiones en que me
acompaña, se va a perseguir conejos. No lo quiero conmigo. Pisotea los
especímenes.
—¿Los especímenes? —preguntó Charles.
—Me interesan mucho las plantas, milord.
—Milady, acaba de llegar el señor Stockley —anunció el señor Lambert.
—Ah, el pretendiente. —Meg miró a su hermana con una amplia sonrisa—.
Será un tanto difícil evitarlo si también está invitado, ¿no lo crees, Emma?
—¿El pretendiente? —Charles levantó una ceja mientras Lady Beatrice los
dejaba para ir a saludar al recién llegado.
Con gusto Emma le habría retorcido el cuello a su hermana.
—No le haga caso, milord. Meg sólo estaba bromeando. —Lanzó a la jovencita
una mirada que le advertía sobre graves consecuencias si insistía en seguir
con el tema. Meg la ignoró.
—Desde que se mudó a la casa del señor Atworthy el señor Stockley ha sido
una visita frecuente (o más bien constante) en la parroquia. Desde que Emma
se instaló aquí, extraño tropezarme con él. Está realmente muy enamorado.
—Ya veo. Cuánto me alegra, entonces, que nos lo encontráramos ayer en el
camino e invitado a la fiesta.
—Sí, qué afortunada casualidad, ¿verdad? Ven, Meg, te ayudaré a instalarte
en tu cuarto. —Emma la cogió de un brazo y huyó escaleras arriba.
—¿Qué ha sido eso?
—¿Qué ha sido el qué? —Emma recorrió con la vista la habitación de Meg.
Era apenas más grande que la que le habían dado a ella.
—Ese galope escaleras arriba. Casi no puedo respirar.
—Te aseguro que no sé de qué hablas.
La habitación de Meg daba a la parte trasera de la casa. Tenía una vista muy
agradable de los jardines y el lago.
—Emma, ¿qué está pasando entre tú y el marqués?
—¡Nada! —¿Acaso esa negativa había sonado como un chillido? Seguro que
no—. ¿Por qué piensas que está pasando algo entre Lord Knightsdale y yo?
—Emma, puede faltarme experiencia para desenvolverme socialmente, pero
no soy idiota. Generalmente eres tan formal como un arzobispo, pero hace un
momento ahí abajo actuabas como si estuvieras bailando un vals descalza
sobre carbones ardiendo. ¿Te gustaría explicármelo?
—No. Es decir, no hay nada que explicar. Soy simplemente la institutriz
suplente.
—¿Sí? ¿Y dónde están los niños?
—¿Cómo?
Meg prosiguió, ahora con las manos en las caderas.
—Los niños. Las institutrices por lo general cuidan niños, ¿no es así?
—Oh. Oh, sí. Isabelle y Claire. Tú las conoces, Meg.
—Por supuesto que las conozco, hermana querida. Si eres su institutriz,
aunque sea temporalmente, ¿por qué no estás cumpliendo con tus
obligaciones?
—Tienes razón. Me voy ahora mismo. Bienvenida a Knightsdale.
Emma cerró la puerta mientras Meg reía.
Así que a Stockley le gustaba Emma… Por primera vez Charles se alegró de
tener un título de nobleza para poder hacérselo tragar a ese afeminado. Lo
observó sacar su monóculo para examinar una gran urna floreada que estaba
junto a la puerta, llegando incluso a levantar la tapa de la urna y mirar
dentro.
—¿Busca algo, Stockley?
El pequeño petimetre se sobresaltó, haciendo que el jarrón se tambaleara
sobre su pedestal. Charles lo sostuvo en su lugar.
—Milord, me ha asustado. Sólo estaba admirando este trabajo tan delicado.
¿Sabe usted si pertenece a la dinastía Ming?
—Ni la menor idea. ¿Le interesa la loza?
—El arte, milord. El arte. Sí, me interesa mucho todo lo que es valioso:
esculturas, pinturas, joyas.
—¿En serio? —Charles se preguntaba si debería guardar en lugar seguro la
plata. ¿En qué había estado pensando el padre de Emma al dejar a ese pillo
traspasar el umbral de la parroquia?
¿En qué había estado pensando él ? ¿Acaso no era él quien había invitado a
este tipo a venir a Knightsdale? Ahora no podría perder de vista a Emma. Ni
un instante. Era su deber como anfitrión.
—Charles, las damas de la Sociedad están aquí.
—Bien. Voy enseguida, tía. —Charles se volvió hacia Stockley—. Espero que
disfrute de su estancia en Knightsdale. ¿Necesita que le muestren dónde está
su alcoba?
—Oh no, milord. Puedo encontrarla yo mismo. —Los labios de Stockley se
movieron nerviosamente y se inclinó.
Charles lo observó subir las escaleras.
—Tía, no le has dado a Stockley una alcoba cercana a la de Emma, ¿verdad?
—Por supuesto que no, Charles. ¿Por qué clase de tonta me tomas? Lo he
cambiado a la habitación de la señorita Russell esta mañana, cuando
trasladamos a la señorita Peterson del cuarto de las niñas al piso de abajo. Él
está en el extremo más alejado del ala este. No quisiéramos que se equivoque
de puerta por la noche, ¿verdad?
—No, sin lugar a dudas.
Charles estaba de pie junto a una de las ventanas del despacho,
contemplando los jardines y el lago. Ya habían llegado todos los invitados.
Indudablemente era un grupo extraño. Es decir, las madres cazamaridos, sus
hijas y la variada colección de caballeros sin compromiso no eran tan raras.
Era la incorporación de las damas de la Sociedad de Emma lo que hacía
interesante la lista de invitados. Con el agregado de un poco de brandy, la
«flor y nata» podía ya no ser la misma.
—Charles, ¿son las gemelas Farthington las damas que acabo de ver en el
corredor?
Charles sonrió mientras Robbie Hamilton, el conde de Westbrooke, se
deslizaba dentro del despacho.
—Las mismas.
—Dios. Necesito brandy. ¿Dónde lo guardáis?
—En aquella caja… si es que queda algo. Sólo asegúrate de no dejar que las
gemelas lo huelan siquiera.
Robbie se detuvo, con la mano en el corcho.
—¿Brandy y las gemelas Farthington?
Charles rio.
—Tazas llenas. Encontré en mi salón a toda la Sociedad para el
Perfeccionamiento de las Mujeres (menos la señorita Peterson) embebida en
brandy. Tuve que arrojar a todas esas damas en mi carruaje y llevarlas a casa.
—La sola idea me deja alucinado. —Robbie llenó dos vasos y le pasó uno a
Charles—. ¿Cómo has encontrado las cosas por aquí, amigo mío… aparte de
hallar achispadas a tus mayores?
—Bien, creo. —Charles sorbió el líquido ambarino, saboreando la tibieza que
le recorrió desde la lengua hasta el pecho—. Al parecer Paul hizo buenas
inversiones, así que hasta donde yo sé estoy bien de dinero. Me ocupé de todo
eso cuando estuve en Londres.
—Eso es un alivio. ¿Y la propiedad en sí?
Charles se encogió de hombros.
—Coles, el administrador de la finca, parece ser competente. Ayer mismo
llegué aquí y he tenido otros, eh… asuntos de que ocuparme. Le prometí que
hablaríamos mañana por la mañana.
Frunció el ceño, mirando dentro del vaso mientras agitaba lentamente el
brandy. Sintió sobre el hombro la solidez de la mano de Robbie.
—Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites.
Charles movió la cabeza en señal de asentimiento.
—Lo sé, Robbie. —Apretó brevemente el brazo de su amigo—. Lo sé.
Robbie sonrió.
—Es sólo que tengo más experiencia en esto de ser un lord. Y en administrar
mis bienes, por supuesto.
—Por supuesto.
—¿Qué más te dijo Coles?
—Sólo eso. Supongo que Paul estaba ausente la mayor parte del tiempo y se
desentendió bastante de la propiedad después de casarse con Cecilia. Coles
me dijo sin rodeos que esperaba que yo tuviese la intención de venir más a
menudo a Knightsdale.
—A Cecilia sí que le gustaba Londres.
—Y aparentemente cualquier otra finca que no fuera Knightsdale.
Robbie se arrellanó en una de las sillas junto al fuego.
—Necesitaba la atención constante de la sociedad.
—Dejando a sus hijas con muy poca de la suya propia.
—Así es. Pero muchos niños crecen educados sólo por la servidumbre. Me
atrevo a decir que yo no veía a mis padres más de cinco o seis veces al año…
y supongo que tú tampoco pasabas mucho tiempo con los tuyos, ¿me
equivoco?
—No. —Charles también se acercó al fuego—. Yo a mi padre no quería verlo.
Tú deberías recordar su mal carácter.
Robbie asintió.
—¿Y tu madre?
—No era tan distinta de Cecilia —dijo Charles con un suspiro.
—¿Y a ti te importaba?
—No que yo recuerde. Pero mis sobrinas… —Charles tomó otro sorbo de
brandy—, la más pequeña me llama papá Charles.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo un hombre desde la puerta—. ¿Conque ya eres
padre, Charles? Mis felicitaciones, aunque sería aconsejable que consiguieras
una esposa antes de comenzar a llenar el cuarto de los niños.
—¡James! —Charles se puso de pie para saludar al duque de Alvord—. ¿Cómo
está Sarah?
—Bastante bien, gracias.
—Esperando al próximo duque, tengo entendido —dijo Robbie.
James sonrió abiertamente.
—Quizás.
—¿De verdad? —Charles le ofreció a James la botella de brandy—. Eso se
merece un trago.
—Sólo asegúrate de haber cerrado la puerta del despacho, James. Charles
dice que las gemelas Farthington tienen debilidad por el brandy.
—¿En serio? Nunca lo habría adivinado. ¿Y era la señorita Russell a quien vi
arriba examinando la colección de estatuas?
—Es muy probable —dijo Charles—. ¿Había un hombrecito con ella?
James levantó las cejas.
—¡No me digas que la señorita Russell tiene un pretendiente!
Robbie soltó una carcajada.
—Si es así, esta va a ser sin duda una fiesta interesante. ¿Sabías que Charles
emborrachó a las damas?
—No las emborraché yo, Robbie. Fue la tía Bea. Yo no estaba en casa cuando
me robaron el brandy.
—Entiendo, —James sonrió—. O mejor dicho, no entiendo. ¿Quién es el
hombrecito que está cortejando a la señorita Russell?
—El señor Albert Stockley, pero no está cortejando a la señorita Russell. En
cuanto llegó lo encontré examinando el jarrón del hall de entrada y se me
ocurrió que quizás se había unido a la señorita Russell para apreciar el arte
de Knightsdale.
—¿Crees que Stockley podría ser un amigo de lo ajeno? —preguntó James.
Charles se encogió de hombros.
—Puede ser. El tipo no me gusta nada.
—¿Y por qué lo has invitado? —preguntó Robbie frunciendo el ceño—. ¿No es
ese fanfarrón que ha alquilado la casa del señor Atworthy?
—Sí. ¿Sabes algo sobre él?
—No. ¿Y tú, James?
—No. —James los miró con una amplia sonrisa—. Mi mente ha estado
concentrada en otras cosas.
—Apuesto a que sí. —Robbie puso los ojos en blanco—. Las damas de Alvord
huyeron a Brighton para dar a tu, eh… «mente» la oportunidad de lograr una
concentración completa.
—Tenía que cumplir con mi deber, después de todo, y encargarme de la
sucesión. Y te alegrará saber que tía Gladys, Lady Amanda y Lizzie ya están
nuevamente en casa. Lizzie vendrá mañana a la fiesta.
—¿Entonces la pequeña Lizzie también se va a unir a la manada de jóvenes
señoritas aullando detrás del marqués aquí presente?
—No creo que Lizzie esté interesada en Charles, Robbie.
—Y a mí no me interesa ninguna de esas jóvenes señoritas —dijo Charles.
—¿No te interesan? ¿Entonces por qué has reunido a este cardumen de
barracudas de salón de baile? Juro que he visto a Lady Dunlee y a la señorita
Frampton lanzándose miradas feroces en el vestíbulo. Si no eres tú, ¿quién es
el soltero que va a ser arrojado a sus fauces como un bocado? —Robbie
levantó la mano que no estaba sosteniendo el brandy—. No voy a ser yo.
—Bueno, no puedo ser yo, ¿verdad? —dijo James—. Y si Charles no está
dispuesto…
—No. Yo soy muy joven para casarme.
—También han venido otros hombres sin compromiso —dijo Charles—, así que
no hace falta que tengas miedo.
—¿Ah, no? Yo no estoy tan seguro. Si las damas no pueden tener un marqués,
quizás persigan a un simple conde. No, cada noche, antes de retirarme a
dormir haré que mi ayuda de cámara registre mi alcoba de arriba abajo para
estar seguro de que no hay ninguna señorita extraviada. Y evitaré
cuidadosamente todas las zonas de tu hermosa finca que se hallen algo
apartadas. —Robbie bebió otro sorbo—. Quizás me pegue a tu tía Bea… no
tendrá problema en encaminar a las señoritas invasoras; además tengo
entendido que es bastante generosa con la botella de brandy.
—Magnífica idea, Robbie —aprobó James. Se reclinó en su silla—. Sin
embargo aún no entiendo por qué has invitado a toda esa gente a venir a tu
casa, Charles, si no te interesa elegir una novia. Estoy bastante seguro de que
no ha sido por el paisaje que la adorable Lady Dunlee y la encantadora señora
Frampton hayan arrastrado hasta Knightsdale a sus deliciosas hijas, ávidas de
matrimonio. A menos, por supuesto, que el paisaje incluyese verte deslizando
el anillo de compromiso de Knightsdale en el dedo de alguien de su progenie.
—Sí, entiendo. Es que yo estaba en el mercado, pero ya he hallado la novia
apropiada.
—¡No me digas! ¿Y quién podría ser ese modelo de novia? —preguntó James.
—La señorita Emma Peterson.
—¿La hija del párroco?
—No es sólo la hija del párroco, James —dijo Robbie, riendo por lo bajo—. Era
«La Sombra».
—¿La Sombra? ¿Qué? Ah, sí, ya me acuerdo. La niñita que solía seguirle los
pasos a Charles cuando éramos unos muchachos. Esa era la señorita
Peterson, ¿verdad?
—Y por si no lo has notado —dijo con una sonrisa Robbie— (y por supuesto
que no lo has notado, siendo como eres, un hombre casado), la señorita
Peterson ha dejado de ser una niñita.
—Cuidado, Robbie. —Charles se sorprendió por la oleada de enojo que sintió
ante el tono ligeramente lascivo de Robbie—. No toleraré ninguna falta de
respeto hacia la señorita Peterson.
—Oh, yo siempre respeto a mis mayores.
—¿Tus mayores? La señorita Peterson tiene sólo veintiséis años.
—Como yo, amigo mío. Tú eres el anciano de treinta. No, creo que la señorita
Peterson es dos meses mayor que yo: recuerdo vagamente haber discutido
con ella sobre el tema cuando cumplí diez años.
—Caballeros, no escuchemos a nuestra infancia. —James levantó su vaso—. Se
imponen las felicitaciones. ¿Cuándo anunciarás tu compromiso, Charles?
—Pronto.
—¿En el baile? —quiso saber Robbie—. Ese sería el momento más apropiado.
Tal vez puedas mantener a las otras damas en la incertidumbre, así me
dejarán en paz.
—Sí. En el baile. —Charles recordó el sonido del perro de porcelana
haciéndose añicos contra la puerta de su despacho—. Espero. Todavía quedan
algunos problemillas por solucionar.
Capítulo 5
—Si la Temporada londinense se parece a esto, me alegra habérmela perdido.
—Meg, baja la voz. —Emma le dio a su hermana un discreto empujoncito en la
espalda para hacerla entrar al salón.
Allí un mar de conversaciones vino a su encuentro. Elegantes damas
londinenses con vestidos a la moda hablaban con caballeros que llevaban
elaboradas corbatas y ajustadas chaquetas negras. Emma se sentía más que
un poco desaliñada. Buscó una cara familiar… y vio a Lady Beatrice,
deslumbrante en un vestido carmesí con lazos anudados color verde lima,
riendo ruidosamente con el señor Begley. El líquido en sus copas era
sospechosamente similar al brandy.
¿Dónde estaban las otras integrantes de la Sociedad para el
Perfeccionamiento de las Mujeres? Emma localizó a las gemelas Farthington
en la esquina más alejada, examinando una gran pintura que mostraba a una
mujer desnuda, un hombre casi desnudo y querubines regordetes dispersos
por la escena. La señorita Esther señaló los hombros desnudos del hombre y
le dio un codazo en las costillas a su hermana. Por lo menos, ninguna de las
damas estaba bebiendo. La señorita Russell ocupaba un sofá cercano, con las
manos vacías, sin ningún vaso o taza a la vista. Emma sintió que algo de la
tensión acumulada desaparecía de su cuello. No deseaba que los londinenses
se entretuvieran con espectáculos lamentables a cargo de los lugareños.
—Mira a esa bandada de gansas vanidosas. —Meg señaló con la cabeza hacia
el otro lado de la habitación, donde un grupo de jóvenes damas se apiñaban
alrededor de Charles—. ¿O se dice manada de gansas vanidosas? Por fortuna
Lord Knightsdale lleva el pelo corto, porque si no fuese así, sus lindos
mechones castaños ya estarían enredados por el viento de tanto pestañeo
junto.
Emma pensaba lo mismo. Era muy desagradable ver cómo las muchachas
adulaban a Charles. Sin duda eso no le haría bien a su ya exagerada
autoestima. No es que no fuera cautivador. Se veía aún más apuesto —si eso
era posible— con traje de etiqueta.
Él levantó la vista. Sus asombrosos ojos azules encontraron los de Emma a
través de la habitación y el extremo derecho de su boca se elevó en una media
sonrisa.
Ella sintió que su vientre irradiaba un extraño calor.
—Y ahí viene tu admirador exclusivo, Emma. Debe de haber estado vigilando
la puerta para verte entrar.
—Mi admira… oh.
El señor Stockley se deslizaba hacia ella. Nunca antes lo había asociado con
una serpiente pero esta noche le pareció que algo en él le recordaba a ese
reptil. Quizás su inexpresividad. O su forma silenciosa —o más bien, furtiva—
de moverse.
¡Qué ridícula idea! No había dormido lo suficiente la noche anterior. Era
aquel extraño incidente en el cuarto de las niñas lo que estaba alimentando
esa extravagante fantasía.
—Sigo esperando descubrir que su lengua es bífida —murmuró Meg—. Creo
que iré a ayudar a la señorita Russell a calentar el sofá.
Emma resistió el impulso de coger del brazo a Meg.
—Señorita Peterson, me complace ver que Lord Knightsdale le haya permitido
acompañarnos en nuestra reunión. ¿Quién está cuidando a Lady Isabelle y a
Lady Claire?
Emma apretó los dientes.
—Nana está con las niñas, señor Stockley.
—Ah, Nana. Una mujer madura, de confianza. Su, eh… habitación está en el
mismo piso que la de las niñas y la de Nana, supongo.
Este hombre suponía demasiado.
—No imagino por qué podría interesarle a usted dónde está mi habitación,
señor Stockley.
Stockley sonrió con suficiencia.
—No es mi intención ser irrespetuoso, señorita Peterson. Confío en que una
mujer sensata como usted pondrá el mayor cuidado en cuidar su reputación.
Es sólo que… bueno… no sería aceptable que usted estuviera en el mismo
piso de su anfitrión. Una joven soltera, sin una carabina presente, usted
entiende. Podría dar origen a especulaciones desagradables. La gente es tan
ruin.
Emma podía nombrar a una persona ruin.
—Señor, no veo por qué peligraría mi reputación. Después de todo, Lady
Beatrice está en la casa, que además ahora está repleta de invitados. ¿Cree
usted que Lord Knightsdale va a derribar la puerta y a deshonrarme en mi
propia cama?
—No cesa de sorprenderme, Westbrooke, lo poco que conocemos a nuestros
amigos más íntimos. ¿Quién habría pensado que Knightsdale se había
dedicado a desflorar vírgenes?
Emma se ruborizó y se volvió para encontrarse con el duque de Alvord y el
conde de Westbrooke muy cerca.
—Vuestra alteza, no quería decir…
—Por supuesto que usted no quería decir nada, señorita Peterson. —El duque
le sonrió, pero su expresión se endureció al mirar al señor Stockley—. Sin
embargo, realmente me pregunto qué es lo que quería decir su acompañante.
—Señor Albert Stockley, vuestra alteza; y no quería ofender a nadie, por
supuesto. Sólo estaba advirtiendo a la señorita Peterson de un modo general,
como amigo.
—Como amigo. Ya veo. —El duque miró a Lord Westbrooke—. Corríjame si me
equivoco, Westbrooke, pero creo que la señorita Peterson es amiga de la
infancia de Knightsdale, ¿no es verdad? Lo lógico es que sea él quien cuide de
que ella no sufra daño alguno mientras esté bajo su techo.
—Así es —concedió Lord Westbrooke.
Emma ya había tenido suficiente.
—Oh, basta. —Verdad que el comentario de Stockley le había ofendido, pero
no necesitaba que esos dos la defendieran—. Estoy segura de que el señor
Stockley sólo estaba tratando de ser un caballero. No hace falta que se
aproveche de su importancia.
—Señorita Peterson, usted me ofende. —Había un inocultable brillo en los
ojos ambarinos del duque—. Mi importancia es demasiado grande para
«aprovecharme de ella».
—Así es —sonrió Lord Westbrooke—. Alvord no es lo suficientemente fuerte
para esa tarea. Se ha vuelto demasiado sensible, ahora que es un hombre
casado.
—Señor Stockley —dijo Emma—, como probablemente habrá supuesto
conozco a su alteza y a Lord Westbrooke desde que éramos niños, aunque en
aquel entonces ellos apenas notaban mi presencia.
Y tampoco la habían notado demasiado en los últimos años, pensó Emma.
¿Por qué ambos estaban a su lado en ese momento?
—Por supuesto que la ignorábamos, señorita Peterson —admitió el duque—.
Usted era una chica, y le aseguro que a nosotros no nos interesaban las
chicas por aquel entonces.
—Puede agradecerme a mí que la hayan tolerado —dijo Charles. Ya se había
despojado de su harén—. Si por ellos hubiese sido, mis dos camaradas la
habrían excluido de nuestros juegos.
Stockley había sido hábilmente excluido del grupo. El duque y Lord
Westbrooke dieron un pequeño paso al costado, se movieron un poco hacia
delante y Stockley desapareció detrás de la altura de ambos. Tampoco podía
compartir los recuerdos juveniles. El círculo se había cerrado, también en
cuanto a los temas de conversación y Stockley había quedado decididamente
fuera. Emma lo observó vacilar por un momento, luego girar y finalmente
alejarse.
—Vuestra alteza, ¿dónde está su esposa? —preguntó la joven.
—Descansando. —El duque sonrió tan ampliamente que parecía un muchacho
—. Se cansa con facilidad en estos días.
—Alvord cree ser tan inteligente que ha encontrado la…
—¡Robbie! —Charles indicó con la cabeza a Emma.
Lord Westbrooke la miró y enrojeció.
—Como estoy seguro que habrá deducido, Emma —dijo Charles—, el duque y
la duquesa están esperando su primer hijo.
—Qué maravillosa noticia, vuestra alteza. —Emma estaba conmovida por la
emoción inocultable del duque—. Espero conocer a su alteza mañana.
—Charles. —Lady Beatrice apareció cerca de Charles en compañía de un
anciano jorobado—. Es hora de pasar a cenar. Duque, como el hombre de más
alto rango aquí, usted va a escoltar a Lady Augusta.
—Será un placer.
Lord Westbrooke resopló.
—Poco prometedor. Lady Augusta parloteará hasta el hartazgo antes de que
usted haya terminado su sopa de tortuga.
La mano enjoyada de Lady Beatrice señaló a Lord Westbrooke.
—Y usted, milord, acompañará a Lady Barworth.
—¡A Lady Barworth no! —Las manos de Lord Westbrooke se elevaron como
para desviar un golpe, mientras el duque y Charles intentaban sin éxito
sofocar la risa—. Tenga piedad, se lo ruego. Soy demasiado joven para
soportar informes detallados sobre gota e indigestión.
—Milord, estoy segura de que no es tan terrible.
—Tienes razón, tía —dijo Charles—. Creo que Lady Barworth también habla
de las enfermedades de sus nietos.
—Y dicen que el más joven de los Barworth se está recuperando del
sarampión —dijo el duque—, así que te espera un verdadero placer,
Westbrooke.
—Dios mío. —Lord Westbrooke puso los ojos en blanco.
Lady Beatrice le lanzó una mirada amenazadora.
—Confío en que se comporte, milord.
—Por supuesto. Prometo que intentaré no dormitar durante el informe médico
de Lady Barworth y, si no logro mantener a raya a Morfeo durante toda la
comida, prometo no roncar. —Lord Westbrooke sonrió abiertamente—. O, por
lo menos, no demasiado fuerte.
Lady Beatrice gruñó y se volvió hacia Emma.
—Aquí está su acompañante, querida. —Sacudió el brazo del anciano y le
gritó al oído—: ESTA ES LA SEÑORITA PETERSON, SEÑOR MAXWELL.
USTED LA MANTENDRÁ BIEN ACOMPAÑADA.
—¿Qué? ¿Más delgada? —El señor Maxwell estaba tan encorvado que tenía la
cara a tan sólo unos centímetros del pecho de Emma—. ¡Sacrilegio! No les
quite ni una onza, querida mía.
Emma dio un paso atrás antes de que un poco de baba le cayera sobre el
corsé.
—Maxwell, te estás propasando. —Charles recordaba a un cielo de tormenta.
El señor Maxwell torció la cabeza para levantar los ojos hacia él.
—¿Cómo? No hace falta ponerse irascible, milord. No sabía que tenía los ojos
puestos aquí. —El señor Maxwell resolló riendo ostensiblemente—. El sólo
mirar no constituye ofensa, ¿verdad?
—Vamos, Charles —dijo Lady Beatrice—. Acompáñame al comedor. Tu
señorita Peterson está segura. El pobre señor Maxwell no puede hacer mucho
más que mirar.
El señor Maxwell no dio señales de haber oído; en cuanto a Emma, estaba
segura de tener la cara de un rojo más subido que el vestido de Lady Beatrice.
Miró a Charles escoltar a su tía a través de la habitación.
—¿Vamos al comedor? —preguntó el señor Maxwell al pecho de la joven.
—Supongo que no tenemos opción, ¿verdad? —dijo Emma, ahuyentando los
dedos errantes del señor Maxwell.
—No creo haber visto un vestido como el suyo esta Temporada, señorita
Peterson. ¿Quién es su costurera? —Había un brillo malicioso en los ojos
saltones de Lady Oldston.
Emma forzó una sonrisa.
—La señora Croft; es de por aquí.
—Ya veo.
—Qué pintoresco: aprovechar el… eh… talento local. Nunca lo he hecho.
Quizás se ponga de moda. —Lady Dunlee se permitió una sonrisita, lo
suficientemente pequeña como para no arrugar sus abultadas mejillas.
—No recuerdo haberla visto en la ciudad, señorita Peterson. —La tercera
gorgona, la señora Pelham, bostezó—. Usted debe haber debutado
socialmente —hizo una pausa astutamente, enarcó las cejas, y las ventanas de
su nariz se ensancharon—, hace ya algunos años.
—Estoy segura de no haberla visto, o a su hermana —dijo Lady Oldston—. Lo
recordaría. Estuvimos hace ya tiempo presentando en sociedad a nuestra
querida Amanda.
La querida Amanda parecía el resultado del cruce entre un caballo y un sapo,
de ojos saltones y dentuda (igualita a su madre).
—Y yo, a Lady Caroline.
Lady Dunlee puso un ligero énfasis en el título de su hija. Lady Oldston se
sonrojó. Ella era simplemente la esposa de un barón; Lady Dunlee era una
condesa.
Y Lady Caroline era más redonda que su madre. En ese momento hablaba en
susurros con la señorita Oldston junto a las ventanas que daban al jardín.
—Realmente creo que es todo un gesto de magnanimidad por parte de Lord
Knightsdale invitar a los vecinos —dijo la señora Pelham—. ¿No le parece,
señorita Peterson? Para usted esto debe de ser todo un lujo.
Emma gruñó —cortésmente, esperaba—. Las damas parecían no esperar nada
más coherente que eso de una provinciana como ella.
Si hubiese tenido una pizca de inteligencia, se habría escabullido
inmediatamente después de la cena, como lo había hecho Meg, en el trayecto
entre el comedor y el salón. Habría sido tan sencillo. Si alguien hubiese
preguntado, podría haber argumentado la necesidad de ir a ver a las niñas.
Sonrió, asintiendo vagamente a la siguiente gota de veneno verbal de la
señora Pelham.
No se engañaba. Había seguido a las damas al salón con la esperanza de ver
otra vez a Charles. ¿Tan estúpida podía ser?
Increíblemente estúpida, concluyó, al sentir saltar su corazón cuando él
atravesó el umbral. Sus ojos buscaron los de ella.
Lady Oldston suspiró.
—¿No es sumamente romántico el modo en que Lord Knightsdale, apenas
entra a una habitación, busca a mi querida Amanda? Él le ha prestado una
especial atención en la ciudad esta temporada. No me ha sorprendido en
absoluto recibir esta invitación.
La señora Pelham rio.
—¡Oh, Lady Oldston, qué gracioso! Usted sabe, por supuesto, que el marqués
está interesado sólo en mi Lucinda. No es que Amanda no sea una joven
agradable, por supuesto que lo es, pero Lucinda… bueno, mi querido esposo,
el señor Pelham ya ha tenido que rechazar a un conde y a un vizconde. —La
señora Pelham lanzó un suspiro—. Nos parece que Lucinda aún es demasiado
joven para casarse pero mi marido puede consentir en entregar las riendas,
por así decirlo, a un caballero tan serio y maduro como Lord Knightsdale.
—Aunque qué lástima lo de las huérfanas —dijo Lady Dunlee—. Tan
inconveniente. Quien se case con Knightsdale tendrá que cargar con las
mocosas de su hermano.
—Sí, pero para eso están las institutrices, ¿no es así, señorita Peterson? —La
señora Pelham sonrió con suficiencia.
Emma apretó los dientes. Desearía que el té ya se hubiese servido —el
aspecto de la señora Pelham sólo podía mejorar con una taza puesta de
sombrero.
—Estoy segura de que Lord Knightsdale espera que cualquier mujer con
quien se case trate a sus sobrinas con bondad y consideración.
—¿Y usted sabe lo que piensa Lord Knightsdale, señorita Peterson? —
preguntó la señora Pelham—. Qué… raro.
—No deje que el honor de mezclarse con nuestra clase le cree falsas
esperanzas, querida mía —aconsejó Lady Oldston—. Tengo entendido que
usted no tiene una madre que la guíe, aunque a su avanzada edad… Pero no
importa, deje que yo le susurre unas palabras al oído: los marqueses no se
casan con institutrices.
—Claro que no —concedió la señora Pelham—. Si anda a la pesca de una
proposición, bueno…
—Le hará una proposición, de acuerdo. —Lady Dunlee ahogó una risita—. Le
propondrá tener carta blanca .
—Ser amigos «especiales» —dijo Lady Oldston—. Le dará collares, pulseras y
también anillos, pero nunca uno de compromiso.
—Ponga los ojos en alguien que esté más a su alcance, querida —dijo Lady
Pelham—. Alguien como Stockley, quizás.
—Señorita Peterson.
Emma levantó la vista. Lady Beatrice estaba junto a la bandeja del té, taza en
mano.
—¿Sería tan amable de servir el té?
—Por supuesto. —Emma habría ido a cosechar el té con tal de escapar de
aquellas arpías—. ¿Me disculpan, señoras?
—¿En qué estaba pensando al sentarse con esa pandilla? —murmuró Lady
Beatrice cuando Emma se le acercó.
—Ellas se han sentado conmigo. No tenía ni idea de que fuesen tan
desagradables.
—¿Desagradables? —Lady Beatrice resopló—. Si ellas son «desagradables», el
viejo Satán es sólo un poquito travieso. Me imagino que no les ha agradado el
hecho de que Charles la haya escogido a usted para conversar antes de la
cena (Charles y sus amigos, Alvord y Westbrooke). —Sonrió y se inclinó para
acercarse un poco—. Deme las tazas de esas damas, señorita Peterson. Hoy
me he levantado un poquito torpe. Quizás el té caliente en sus delanteras
derrita sus corazones de hielo.
Emma le devolvió la sonrisa.
—Por favor, sea cuidadosa, Lady Beatrice.
—Mucho. ¿Desea que bañe a alguna en particular?
—No podría elegir a cuál de todas prodigarle una atención tan especial.
—¿No? Pues yo sí. Nunca me ha gustado ese particular tono amarillo que
lleva Victoria Pelham esta noche. Especialmente en ella, le sienta fatal. Le
hace verse como una tartaleta de limón recocida. Le haría un favor
animándola a cambiar su atuendo.
Emma sonrió. No esperaba que Lady Beatrice llevara a cabo tan extravagante
plan, pero unos minutos después, la señora Pelham lanzó un alarido para
nada propio de una dama.
—¿A mi tía no le ha gustado algo de lo que dijo la señora Pelham? —preguntó
Charles mientras cogía una taza de té de la bandeja de Emma.
—Creo que lo que no le ha gustado es la elección del color.
Echaron una ojeada a las damas. En medio de sus esfuerzos por secar la
delantera de la señora Pelham, Lady Beatrice se las había ingeniado para
derramar té también sobre Lady Oldston y Lady Dunlee.
—Tiene razón. El amarillo no le sienta bien a la señora Pelham.
Emma rio entre dientes.
—Lord Knightsdale. —La señorita Haverford elevó hacia Charles una sonrisa
con hoyuelos—. ¿Sería tan amable de pasar las páginas de mi partitura?
—Será un placer, señorita Haverford. En un momento estoy con usted.
—La señorita Haverford parece una joven muy agradable.
Emma trataba de tragarse los celos. La señorita Haverford tenía diecisiete
años, hermosos tirabuzones dorados, ojos de un azul profundo y dulces.
Además era hija de un vizconde.
—Una joven dama muy agradable, como Meg.
Emma sonrió abiertamente.
—No sé si alguien usaría esas palabras para describir a Meg. No es que no
sea agradable, joven y una dama, por supuesto, pero esas no son las primeras
palabras que me vienen a la mente cuando pienso en mi hermana.
—¿No? ¿Y qué palabras le vienen a la mente?
—No lo sé. —Emma frunció el ceño—. Inteligente. Resuelta. Testaruda.
Charles rio.
—Suena exactamente como una hermana mayor. —Bajó la voz—. Necesito
hablar con usted, Emma. Reúnase conmigo en el jardín de invierno cuando se
hayan retirado las damas, ¿quiere?
—Eso suena muy indecoroso.
—Aunque no lo sea. Pero no se preocupe: quiero hablar sobre Isabelle y
Claire.
—Y no puede esperar hasta mañana. —Emma vio a la señorita Haverford
sentada al piano, haciendo señas en dirección a ellos—. Creo que la señorita
Haverford se está impacientando.
—Eso parece. —Charles le devolvió el gesto—. No, no puede esperar. ¿Me
promete que se reunirá conmigo?
Emma lanzó un suspiro.
—Está bien.
Emma esperó entre las sombras del jardín de invierno. Aspiró el perfume
húmedo y cálido de la tierra y de la naturaleza en crecimiento. La densa
vegetación amortiguaba los sonidos, dando una sensación de privacidad.
Eso era una locura. Debería estar arriba, en su habitación.
Oyó pasos en el sendero y se camufló entre las plantas. ¿Y si alguien la
descubría allí? ¿Cómo explicaría el estar al acecho entre el follaje?
—¿Emma?
En la oscuridad, la voz de Charles tenía un sonido aún más grave y recio.
—¿Sí?
—Ah.
Le tomó la mano, atrayéndola hacia el corazón del oscuro jardín de invierno.
—Milord, íbamos a hablar sobre sus sobrinas.
—Ssh. Hablaremos… dentro de un momento. No quiero que me encuentre
ninguna de las jóvenes o de sus madres.
Emma lo imitó y bajó la voz.
—Pensaba que todas se habían retirado a descansar.
—Se supone que lo han hecho, pero las precauciones nunca están de más. —
Charles se paró debajo de las ramas de un árbol alto plantado en una maceta
—. Esto servirá.
No se había molestado en soltarle la mano. Ella dio un ligero tirón para
intentar liberarse y él aumentó la presión de sus dedos, atrayéndola hacia su
cuerpo.
Era algo tan íntimo, estar de pie con él a la luz de la luna, ocultos entre las
hojas. Ella aspiró el perfume de jabón y piel mezclado con el olor cálido y
húmedo de la tierra y las flores.
—Milord, esto es un poco indecoroso.
—Humm. Sólo un poco, señorita Peterson y mucho menos indecoroso de lo
que a mí me gustaría que fuera.
La mente de Emma le ordenaba que retrocediera, pero su cuerpo se negaba a
obedecer.
—¿De qué quería hablar, milord?
—Charles.
—Milord.
Su boca se curvó en una sonrisa, su preciosa boca que estaba sólo unos
centímetros por encima de la de ella.
—Si insiste en llamarme «milord», Emma, tendré que persuadirla nuevamente
de que use mi nombre de pila. ¿Recuerda cómo logré esa hazaña ayer, en el
carrocín?
¿Acaso podría olvidarlo? Todo su cuerpo, desde las uñas de los pies hasta la
punta del pelo terriblemente rizado, le dolía de vergüenza al recordar esos
labios sobre los suyos.
—Charles, entonces. Usted quería hablar acerca de Isabelle y Claire.
—Humm.
Lentamente, delineó los labios de Emma con la punta del dedo, cuya piel era
ligeramente áspera, seca, cálida. Los labios se estremecieron y el calor se
acumuló en la parte inferior de su cuerpo. Retrocedió, soltándose de un tirón.
—Lord Knightsdale, usted quería hablar de sus sobrinas.
Él sonrió abiertamente.
—Bueno, así es, pero también quería besarla, Emma. Ayer realmente disfruté
de la sensación que me produjo hacerlo, ¿usted no?
Emma no tenía intención de responder a esa pregunta.
—¿Qué pasa con sus sobrinas?
Charles suspiró.
—Sólo deseaba sugerirle que las lleváramos a pescar por la mañana. Podemos
ir al arroyo y volver a casa antes de que cualquiera de mis invitados
despierte. Creo que Isabelle y Claire disfrutarían y a mí me daría la
oportunidad de compartir un momento con ellas antes de tener que reunirme
con el administrador y empezar a cumplir mis deberes como anfitrión.
—Eso sería maravilloso. —Emma sonrió. Si Charles pasaba tiempo con las
niñas, las conocía mejor, las cuidaba, sería más difícil que las dejara. Ellas
necesitaban que él fuese parte de sus vidas—. Estoy segura de que les
encantaría. Dudo que hayan ido de pesca alguna vez.
—¿Nunca? Qué lástima.
—Pero no necesitáis que os acompañe.
—Claro que sí, Emma. Seguramente las niñas se sentirían mucho más
cómodas en su compañía. A mí prácticamente no me conocen. —Le dirigió
una sonrisa ladeada—. Y también yo me sentiría más cómodo si usted
estuviera allí. No tengo demasiada práctica en el trato con niñitas.
Pero solía tenerla, pensó Emma. Solía saber exactamente cómo hacer sentir
cómoda a cualquier persona. Probablemente aún conservaba esa capacidad.
Pero se daba cuenta de que él y las niñas de verdad podían llegar a sentirse
incómodos. Y con toda franqueza, le agradaba mucho la idea de estar al aire
libre, en la quietud de las primeras horas de la mañana, con la única
compañía de Charles, Isabelle y Claire.
Se negó a examinar cuál era la razón exacta de ese sentimiento.
—Está bien, milord. ¿A qué hora y dónde nos encontramos?
—Yo la buscaré en su habitación. No me mire así, no habrá un alma en pie
para verme, así que no vamos a escandalizar a nadie.
—¿Y la servidumbre?
—No entraré en su cuarto, Emma. Le hablaré a través de la puerta, si eso está
más de acuerdo con su idea del decoro.
—Muy bien. —Sin duda, un plan así no podía tener nada de indecoroso. Ella
era la institutriz provisional de las niñas, y una solterona de veintiséis años—.
Entonces creo que me retiraré a descansar, Lord Knightsdale, ya que me
levantaré de nuevo tan pronto.
Emma vio relucir los dientes de él en la oscuridad.
—¿Aún le teme a las arañas, Emma?
—¿Arañas? —Emma tragó saliva y bajó la voz. Aguzó el oído, pero no percibió
ningún ruido de pasos acercándose. Si hubiese habido alguien cerca, habría
oído el chillido involuntario que acababa de dar. No le asustaban los gusanos
o los escarabajos, ni los bichos en general, pero nunca había podido dominar
su aversión hacia las arañas—. ¿Por qué menciona a las arañas?
—Uno de los inconvenientes de concertar una cita secreta entre los arbustos,
querida, es que ocasionalmente uno debe ser anfitrión (o anfitriona, en este
caso) de huéspedes que no han sido invitados. Permítame.
Charles sacudió una gran araña negra del corsé de la joven. Al verla, ella
lanzó un grito —que no tenía nada que ver con los dedos de Charles rozándole
los pechos—. Afortunadamente, su vestido tenía un cuello muy alto, no había
posibilidad alguna de que arañas —o dedos— llegasen demasiado lejos si se
desviaban por allí.
Nunca antes su miedo a las arañas le había hecho estremecer los pechos de
ese modo tan extraño.
Charles sostenía la repugnante criatura por encima de la cabeza de ella.
—¿La dejo caer por su espalda? —preguntó, riendo—. Aún recuerdo con
cuánta fuerza gritó (y qué salto pegó) cuando Robbie le dejó caer aquella
araña en la espalda siendo niños.
—Sólo deshágase de ella, por favor. —Emma se volvió y retrocedió hacia él,
sin despegar los ojos de la mano de Charles. Decididamente, no le gustaban
las arañas.
—Por supuesto, cariño. —Con un movimiento rápido arrojó la criatura hacia
los arbustos y rodeó con sus brazos la cintura de la joven, atrayéndola contra
su cuerpo, en un estrecho abrazo. Emma sintió sobre el cuello la tibieza de su
aliento—. ¿Quiere que me asegure de que ningún otro monstruo maligno haya
decidido invitarse a dar un paseo sobre su cuerpo?
—Sólo le temo a las arañas.
Las palabras apenas lograron salir de su boca. La ancha mano derecha de
Charles ya descendía por su falda. Por fortuna no se detuvo sobre esa zona
cuyo repentino calor y humedad la habían sobresaltado. Sus rodillas
temblaban, pero el brazo izquierdo de él la mantenía erguida, pegada contra
su cuerpo en la seguridad de un abrazo.
No podía respirar. La mano de él se movió de la falda a la parte de arriba del
vestido. Sintió sobre los senos la presión de la palma; los dedos se demoraban
delineando las curvas.
Sus pezones se endurecieron, como anhelantes brotes.
Estaba segura de que debería haberse sentido mortificada al ver la mano de
un hombre sobre su vestido, al sentirla. Pero el calor que la invadía en
oleadas no se parecía a la mortificación. Sentía el más escandaloso deseo,
necesidad, de sentir una mano de hombre sobre su piel desnuda.
Gimió.
La hizo girar hacia él y ella se entregó a su abrazo, buscando aferrarse a sus
hombros. Era maravilloso tocar ese cuerpo duro. Sentía sobre su vientre la
presión de un bulto que le intrigaba y se frotó contra él. Si tan sólo estuviese
un poco más abajo. Si tan sólo presionara la zona que más anhelaba ese
contacto.
—Dios, Emma.
Charles separó los dedos de una mano sobre sus nalgas, apretándola aún más
contra sí. Con la otra mano abarcó el contorno inferior de su cara y le acarició
la sensible piel justo detrás de la oreja mientras con el pulgar le empujaba
suavemente hacia abajo el labio inferior. La joven dejó escapar su aliento en
un suspiro. Luego abrió ligeramente la boca, humedeciéndose los labios, que
también necesitaban que él los tocara.
Y él los tocó. Su boca se movió sobre la de Emma, chupando, lamiendo,
jugando a rozarla y escapar. Era enloquecedor. Ella necesitaba más —más
presión, más movimiento, más… no sabía qué—. Dejó escapar otro gemido.
Esa señal bastó para que el deseo que no podía poner en palabras le fuera
concedido. La lengua de él le llenó la boca, igual que el día anterior. Le apretó
las nalgas con ambas manos, atrayéndola hacia él, ascendiendo luego sobre
su cintura y los costados de sus pechos. Se detuvieron un momento allí, antes
de continuar deslizándose sobre la espalda y ascender hasta hundirse en su
cabello.
Ella también necesitaba tocarlo. Deslizó las manos por debajo del abrigo que
se interponía, sólo para encontrarse con un chaleco. Dejó que sus dedos
resbalaran hasta la espalda de él y vagaran hacia abajo hasta sentir el
agradable contacto de sus pantalones. Exploró las curvas musculosas de esa
zona.
—Querida —susurró él, con voz temblorosa—, me encanta esto, pero me temo
que es mejor que nos detengamos. El suelo del jardín de invierno no sería una
cama confortable.
—¿Cómo? —A Emma le costaba pensar. Todo lo que quería era sentir. Deslizó
los dedos sobre la parte inferior del cuerpo de Charles, hasta encontrar el
bul…
Dejó caer las manos, sintiendo que le escocían. ¿Qué la había impulsado a
hacer eso? Se apretó contra el pecho de Charles.
—Yo…
—Ssh. —Charles posó un dedo sobre los labios de la joven.
—Pero tenía mis manos sobre… Estaba tocando su… —Emma aspiró con
fuerza—. Me disculpo, milord, por mí extremada… eh… —Emma no podía ni
empezar a pensar en las palabras para describir lo que acababa de hacer—.
Bueno, le ruego me disculpe, Lord Knightsdale.
Charles se echó a reír.
—No se disculpe, señorita Peterson. Ha sido un placer tener sus manos en
mí…
Emma gimió muerta de vergüenza.
—Y puede que usted recuerde que mis manos estaban en su hermoso…
—¡No lo diga!
Charles rio por lo bajo.
—Está bien, no lo diré… esta vez. Pero sepa que he disfrutado cada instante
de nuestro encuentro, tanto lo que han hecho sus manos como lo que han
hecho las mías, y que espero repetir la experiencia, pero sin la enojosa
presencia de la ropa y en el entorno más confortable de mi alcoba.
—¡Lord Knightsdale!
—Charles. Por favor, Emma. Cada vez que me llama Knightsdale, espero
volverme y ver a mi hermano detrás… una sensación especialmente
desconcertante tras un encuentro bastante íntimo.
—Oh. Eh. Sí. Ya veo.
Emma no veía nada, excepto a sí misma, desnuda en la cama de Charles. Con
él, desnudo como un bebé. Pero él no era una criatura. Jesús, claro que no. Su
imaginación no alcanzaba a completar los detalles de ese cuadro, pero lo que
había vislumbrado de su cuerpo la noche de la caza del fantasma de Nana le
ayudaba a hacer un boceto. Sus hombros. Los músculos abultados de sus
brazos. El vello que le oscurecía el pecho. Los músculos marcados de sus
piernas. Los muslos…
Deseaba sentir su piel contra la de ella. Quería deslizar los dedos sobre la
musculosa extensión debajo de sus pantalones. Sentía deseos de ver ese
interesante bulto contra el que había frotado su vientre.
Temía estar jadeando. Tragó saliva y se enderezó, intentando escuchar lo que
decía Charles.
—Seguramente recuerda que le sugerí que nos casáramos. Usted no aceptó la
propuesta (al menos creo que ese fue el meollo de su respuesta cuando arrojó
ese perro de porcelana en dirección a mi cabeza). ¿Le gustaría reconsiderar
su respuesta ahora?
—No. —Emma no estaba en condiciones de pensar cosa alguna. Todo su
cuerpo anhelaba, palpitaba y… en fin, indudablemente era incapaz de
cualquier pensamiento racional—. No. Yo, eh… No. Creo que me retiraré. A
mi cuarto. Sola.
Charles colocó sobre su brazo la mano de Emma y la escoltó fuera del jardín
de invierno. Se veía claramente que la joven había estado ocupada en algunas
actividades interesantes entre los arbustos; pero a él no le preocupaba que
ese desaliño pudiera ser objeto de comentarios. Todos los demás ya se habían
retirado a sus habitaciones.
Y, francamente, si alguien los veía, tanto mejor. Sería comprometedor para
ella, por lo que se vería obligada a casarse con él. En ese momento, ya no le
importaba cómo llegase ella a compartir su cama, siempre y cuando llegase…
pronto.
Dios, nunca antes había estado tan cerca de perder el control como hacía un
momento. De haber tenido un sofá cerca, probablemente no se habría
detenido. Por cierto que Emma tampoco se había esforzado en poner un freno
a la situación.
La observó mientras subían las escaleras. Tenía la barbilla levantada, los ojos
fijos hacia delante. Se esforzaba en ignorarlo. Se la veía tan distante, tan
dueña de sí misma… pero hacía sólo unos instantes había respondido de un
modo tan ardiente. Se mordió los labios para reprimir un gemido al evocar
ese hermoso cuerpo contra el suyo. Dios, al sentir sobre su pantalón las
manos de ella…
Su única intención había sido hablar de la pesca del día siguiente.
Sí, claro.
Llegaron al piso de los dormitorios.
—Hasta mañana, Lord Knightsdale —dijo Emma, hablándole a la corbata de
Charles.
—La acompaño a su habitación.
Ella levantó la vista y tras mirarlo a la cara como dando pequeños saltitos con
los ojos, éstos reanudaron el concienzudo examen de la ropa de Charles.
—No es necesario, milord. —Intentó alejarse, pero él le aprisionó la mano con
la suya.
—Concédame ese placer.
Otra vez levantó los ojos de golpe pero ahora había en ellos un destello de
pánico.
—Señorita Peterson, por favor. No voy a deshonrarla.
—No pensaba que… Por supuesto que no… Por favor, disculpe si le he dado
esa impresión.
—Oh, no diga nada. Va a enredarse más. Supongo que se le puede perdonar
que se sienta un tanto inquieta después de nuestras recientes actividades,
pero espero que se dé cuenta de que nunca la forzaría a hacer algo que usted
no quisiera.
—Por supuesto que no lo haría usted.
—Y allá abajo, cariño, lo que usted ha hecho no ha sido exactamente
disuadirme.
Emma dejó escapar un sonido estrangulado y abandonó todo intento de
liberar su mano.
Charles sonrió mientras caminaban por el corredor. No, llevarla al jardín de
invierno había sido una idea insensata y estúpida. No había estado pensando
con la cabeza, sino con otra parte de su cuerpo —la que aún palpitaba
frustrada—. Era posible que tras despedir a Emma fuese a darse un buen
chapuzón en el agua fría del lago.
Al detenerse junto a la puerta de la joven, pensó en besarla otra vez. Si de
todos modos se iba a dar el chapuzón, bien podía hacer algo para que su
sangre volviese a arder. Era una lástima que el vestido no fuese más
adecuado a sus propósitos; el cuello era demasiado alto. Algo con un escote
un poco más generoso, que dejase vislumbrar algo de sus senos, le habría
complacido mucho más. Le habría costado sólo un momento apartar látela…
—¿Milord?
—¿Humm?
¿Podría persuadirla esa misma noche de que aceptara su proposición de
matrimonio? La puerta de la alcoba estaba justo detrás de Emma. ¿Qué podía
ser más conveniente? Esa cama podía ser un espléndido escenario para sellar
una promesa de casamiento. No necesitaría bañarse durante la medianoche
en el agua fría del lago: podría mojar su parte más caliente en la deliciosa y
cálida humedad del cuerpo de Emma…
—Milord…
… muchas veces. Sin duda una sola no sería suficiente para enfriar su sangre.
Pero ella era virgen… Alargó la mano para tocarle la mejilla.
Ella frustró su ademán.
—Lord Knightsdale, preste atención. —Le sacudió la manga—. ¿No huele a
humo?
Charles aspiró. El olor acre de ropa de cama chamuscada despejó su mente
de cualquier pensamiento lujurioso. Algo, aparte de él, estaba ardiendo.
Capítulo 6
Charles se sentó en la cama, mirando fijamente la puerta que comunicaba la
habitación del marqués con la de la marquesa. O en este caso, la suya con la
de Emma.
Habían tenido mucha suerte la noche anterior. Una de las doncellas debía
haber dejado una vela encendida en la habitación de Emma. Algo había hecho
caer la vela y el fuego había llegado a la cama. Las llamas no se habían
extendido —él mismo las había apagado con la jarra de agua que estaba junto
al lavamanos—. No había hecho falta despertar al resto de la casa. La alcoba,
sin embargo, no podía usarse, por lo que Emma había tenido que trasladarse
a la única cama vacía que quedaba en la casa. La de la marquesa.
La puerta entre ambas alcobas no estaba con llave. No había podido
encontrarla. Podía entrar a la habitación de Emma en cualquier momento —y
sorprenderla durmiendo, vistiéndose, tomando un baño— y ella podía hacer lo
mismo. Pero había aprendido a no esperar milagros.
Se frotó la frente. La noche anterior no había dormido bien, pero
desgraciadamente la causa de su insomnio no habían sido lujuriosos sueños
donde aparecía Emma.
¿Cómo era posible que alguien hubiese encendido y olvidado aquella vela? Le
pediría al señor Lambert que hablase con las doncellas. Tales descuidos eran
extremadamente peligrosos.
Con un suspiro salió de la cama. Era agradable sentir el frío del alba sobre la
piel desnuda.
En realidad, no creía que se hubiese tratado de un descuido de la
servidumbre. No, le preocupaba más otra posibilidad.
¿Y si el problema no era que alguien había descuidado esa vela?
Se puso los pantalones. Había examinado el problema desde todos los ángulos
y siempre había llegado a la misma conclusión. Alguien había estado en la
alcoba de Emma. No había otra forma de que la vela hubiese caído al suelo y
el fuego no se hubiese propagado al resto de la habitación. En cuestión de
minutos la llamarada se habría extendido de la cama a la alfombra y de allí a
las cortinas. En la Península había visto incendios devorar casas con increíble
rapidez.
Este fuego no podía haber ardido más de unos segundos. ¡Dios! En el mismo
momento en que él había estado de pie en el corredor deseando el cuerpo de
Emma, alguien había estado dentro de la habitación de la joven. Separado de
ellos por tan sólo una puerta. Al oírlos había escapado, derribando la vela a su
paso, apresurado (o apresurada).
¿Pero cómo había salido? El cuarto tenía solamente una puerta, frente a la
que se hallaban Emma y él.
Charles se pasó las manos por el pelo. Lo más importante de esa cuestión era
¿qué le habría sucedido a Emma de no haberla retenido él hasta tarde en el
piso de abajo? ¿Y si ella hubiese estado dormida en su cama?
Respiró profundamente, poniéndose la camisa. Eran demasiadas preguntas.
Quién, qué, cómo. Pero al menos ahora tenía a Emma casi al alcance de la
mano. Si ella gritaba, estaría a su lado en un instante.
Rascó la puerta comunicadora.
—¿Emma?
No hubo respuesta.
Meditó unos cinco segundos antes de abrir la puerta. La habitación estaba a
oscuras. Caminó silenciosamente hacia la cama. Emma estaba allí, con su
maraña de rizos esparcida sobre la almohada, cubierta hasta la barbilla por
las mantas. Sonreía, como si estuviese en medio de un sueño agradable.
Detestaba tener que despertarla, pero los peces no picarían más tarde, y sus
invitados por desgracia sí7 .
¿Debería despertarla con un beso? No, nunca llegarían al arroyo si la besaba.
—Emma. —Tomó uno de los rizos esparcidos sobre la almohada y le hizo
cosquillas en la nariz.
Ella rezongó y le dio la espalda.
—Emma, cariño, es hora de levantarse. —Le sacudió el hombro con suavidad.
—Qu… —Sus ojos se abrieron—. Huy —dijo tapándose la cabeza con las
sábanas.
Él la destapó hasta la barbilla.
—Acuérdese, dormilona, que íbamos a ir a pescar con Isabelle y Claire.
—Es tan temprano. Y usted no debería estar en mi habitación.
—Ya sé que es temprano, pero se está haciendo tarde si queremos pescar
algo. Tiene que levantarse. Vístase y traiga a las niñas. Iré por el equipo de
pesca y nos encontraremos junto a la casa de verano, ¿de acuerdo?
Emma gruñó.
—Si me voy, ¿volverá a dormirse? —Él sonrió abiertamente—. ¿Debería sacar
las sábanas y hacerle cosquillas en los pies?
—No, no. —Lo miró con el ceño fruncido—. Estoy despierta. Váyase.
—¿Está segura? Si me deja plantado ahí afuera, en el frío de la mañana,
traeré hasta aquí un gran balde de agua del lago y se lo arrojaré encima.
—No me cabe duda. Ahora váyase.
Al oír a Charles reír por lo bajo con esa risa profunda, Emma sintió algo en la
boca del estómago. Bueno, quizás no en el estómago —estaba segura de que
ese extraño apetito no tenía que ver con la comida—. Y tenía todo que ver con
Charles. No tenía dudas de que él podría satisfacer esa avidez que estaba
carcomiendo su… interior. Si ella se lo permitiese, claro.
Nada más oír el ruido del pestillo se arrastró fuera de la cama. ¿Qué haría?
Durante la noche se había despertado más de una vez, con las sábanas
retorcidas y anudadas, el cuerpo anhelante en zonas que le avergonzaba
recordar, la piel ardiendo. Ansiaba el contacto de Charles. Deseaba regresar
al jardín de invierno para hacer nuevamente todo lo que habían hecho. Y más.
¿La lujuria sería esto? Siempre había pensado que sólo los hombres eran
vulnerables a ese mal, pero aparentemente Charles se las había arreglado
para contagiárselo. Resopló. Él le había asegurado al señor Stockley que ella
estaba a salvo de sus instintos animales. Pero quizás ahora fuera Charles el
que estaba en peligro. Y dormir en la alcoba de la marquesa no ayudaba. Era
una habitación hermosa y amplia, con una cama también hermosa y amplia y
una preciosa puerta comunicadora que no tenía llave. Podía sorprender a
Charles cuando quisiera.
Suficiente. Fue hasta el lavamanos y se salpicó agua en la cara. Le agradó
sentir el líquido frío sobre su piel caliente. Se vestiría y levantaría a las niñas.
Seguro que Prinny querría ir a dar un paseo. No hacía falta tener miedo de
que esa mañana se repitiera el incidente del jardín de invierno. Las niñas
harían de carabinas. Y ella mantendría bajo estricto control sus propios
instintos animales.
Se puso su vestido más viejo y se recogió el pelo descuidadamente, usando
horquillas para armar una especie de moño. Completaban el conjunto una
pelliza desteñida y un sombrero que había estado considerando regalar a la
señorita Russell para el espantapájaros de su jardín.
Salió al corredor y se encaminó al cuarto de las niñas. Simplemente no
pensaría en Charles —en Lord Knightsdale— como otra cosa que un
contratador temporal. Decididamente, ni siquiera consideraría la posibilidad
de aceptar una posición más permanente en Knightsdale. Él no la amaba. Sólo
estaba interesado en encontrar una solución conveniente: en ella él tendría
una institutriz y una mujer para darle hijos, a quien fácilmente podía plantar
en su hacienda y olvidar durante la mayor parte del año. Bueno, pues ella
podía tener veintiséis años, ser una solterona, pero no estaba desesperada. Ni
tampoco estaba interesada en un título. Dejaría que las muchachas
londinenses se disputasen la atención del gran marqués.
Quizás probase qué tal besaba el señor Stockley.
—¡Papá Charles! ¡Nunca había ido a pescar!
Emma sonrió al ver a Claire corriendo hacia Charles. Él miró a la niña con
una amplia sonrisa y Emma sintió una gran tristeza. Claire anhelaba tanto
tener un padre… no simplemente alguien a quien llamar papá, sino un
hombre que eligiese ser parte de su vida. ¿Charles estaría dispuesto a hacer
eso?
No, si lo que planeaba era vivir en Londres y venir al campo sólo para plantar
su semilla.
Emma se sonrojó a causa de las extrañas sensaciones que le despertaba ese
pensamiento. No sabía exactamente cómo se engendraba un hijo, pero estaba
bastante segura de la estrecha relación entre el proceso en cuestión y las
actividades a las que se habían entregado en el jardín de invierno.
Prinny casi le dislocó un hombro al salir disparado para saludar a Charles.
—¿Es necesario llevarlo con correa? —preguntó Charles.
—Si quiero volver a verlo. Una vez que haya gastado un poco de energía lo
soltaré, pero si lo hago ahora se irá tras una ardilla y no lo veremos más.
—Bueno, deje que lo lleve yo. Venid, niñas, ¿llevaríais vuestras cañas de
pescar para que pueda ayudar con Prinny a la señorita Peterson?
—Por supuesto, tío Charles.
—Sí, sí, papá Charles. Nunca he sostenido una caña de pescar.
—Bien, entonces aquí tenéis. —Repartió las cañas y tomó la correa de Prinny,
cambiando a la mano izquierda la cesta para la pesca—. La señorita Peterson
y yo solíamos ir a pescar cuando éramos niños, ¿sabéis? La primera vez que
vinimos a este remanso, yo era un poco mayor que tú, Isabelle, y la señorita
Peterson tenía seis años.
Claire se adelantó, para caminar junto a Charles.
—¿De verdad? ¿Y pescaste algo, papá Charles?
—Yo pesqué algunos, pero la señorita Peterson sólo pescó un resfriado. —
Charles rio—. Se cayó al agua y tuve que sacarla.
—Yo creo que me empujaron al agua, milord.
—Bueno, eso nunca quedó claro, ¿verdad? Robbie insiste en que usted se
tropezó.
—¡Con la ayuda de su pie!
Siguiendo un estrecho sendero de tierra se adentraron en el bosque. Allí el
aire era húmedo y más fresco. Un reyezuelo trinó en las ramas más altas.
Emma aspiró el aroma limpio y penetrante de los pinos y el olor más suave de
las hojas viejas. Oyó el arroyo murmurando sobre las rocas allá arriba.
Había pasado tantas horas de su niñez en esos bosques, siguiendo a ese
hombre que ahora reía por algo que había dicho Claire. Hasta Isabelle se
había acercado a él.
Charles Draysmith había sido nada más que el segundo hijo del marqués,
llevando solamente un título de cortesía —que, hasta donde ella sabía, nunca
había usado— pero en su meñique había más encanto que en su padre y
hermano juntos. Toda la gente lo quería: los granjeros, los tenderos, los niños
del pueblo. La pequeña Emma Peterson.
Él le había dejado hacer de Lady Marian cuando jugaban a Robin Hood. O de
la princesa Ginebra, ignorada por los Caballeros de la Mesa Redonda, cierto,
pero aun así parte del juego. El duque de Alvord y el conde de Westbrooke —
en aquel entonces el marqués de Walthingham y el vizconde Manders— la
habían tolerado, pero sólo a instancias de Charles. La mayor parte del tiempo
se comportaban como si ella fuese invisible, excepto cuando Robbie quería
reñir con ella. Más de una vez Charles había mediado en las discusiones de
ambos y la había rescatado del arroyo cuando se había «tropezado» con el pie
de Robbie.
—Este lugar es bueno para pescar, ¿no le parece, Lady Claire?
Charles bajó la cesta. Claire corrió hacia la orilla.
—No veo ningún pez, papá Charles.
—¡Por supuesto que no! Los peces son criaturas astutas. No quieren que la
gente los atrape, ya sabes.
—¡Porque entonces serán nuestro desayuno! —Claire batía palmas, saltando
sobre un pie y el otro—. ¿Podemos desayunar pescado?
—Quizás… si es que atrapamos alguno.
Prinny descubrió una ardilla y comenzó a ladrar como loco.
—Y si es que este perro no ahuyenta a todos los peces. Señorita Peterson,
¿podría ocuparse de Prinny mientras les indico a las niñas cómo se hace?
Emma arrastró a Prinny un poco más lejos del arroyo. Por un minuto se
oyeron sus ladridos de protesta, pero enseguida encontró algo interesante
que olfatear al pie de un abedul.
—¿Quieres que te ayude a poner el cebo en el anzuelo, Isabelle?
—Sí, por favor, tío Charles.
Claire se apoyó contra Charles, observándolo trabajar con el sedal de
Isabelle.
—Puaj —dijo arrugando la nariz—. Una lombriz.
—¿Quieres verla más de cerca? —Charles rápidamente acercó la ondulante
criatura a la cara de Claire. Con un grito agudo la niña retrocedió bailoteando
en medio de risitas.
—No, papá Charles. Las lombrices son babosas.
—¿Entonces no quieres poner el cebo tú sola? Te enseñaré cómo se hace.
—Puedes enseñarme a mí también, tío Charles —dijo Isabelle—. No soy un
bebé.
—Yo tampoco soy un bebé. —Claire se puso los pequeños puños en las
caderas y le sacó la lengua a su hermana—. Enséñame, papá Charles.
—¡Lady Claire, compórtese, por favor! —dijo Charles, con voz risueña—. ¿Qué
le ha estado enseñando su institutriz?
—No culpes a la señorita Peterson, tío Charles —dijo Isabelle—. No es su
culpa que Claire sea mala.
—No soy mala. —El labio inferior de Claire temblaba—. Mamá Peterson, no
soy mala, ¿verdad? Mi madre siempre decía que yo era mala, pero no lo soy.
Emma soltó la correa de Prinny y se acercó a abrazar a la niñita.
—Por supuesto que no lo eres, cariño. Y estoy segura de que tu madre
tampoco lo decía en serio. Es sólo que a veces los mayores nos ponemos un
poco gruñones.
—No, señorita Peterson. —Isabelle clavó en los ojos de Emma una mirada
seria—. Mamá… bueno, decía que… quería un niño, ya sabe, para no tener
que tener ningún otro bebé.
Claire asintió con la cabeza.
—Si ella hubiese tenido un niño, habría cumplido con su deber.
—Papá necesitaba un heredero, señorita Peterson y ni Claire ni yo podíamos
ser su heredero.
Por encima de la cabeza de Claire, Emma encontró la mirada de Charles. Se
lo veía tan acongojado como se sentía ella.
—Bueno, ahora yo soy vuestro papá, Isabelle —dijo—. Y me gustáis tal como
sois. —Cogió la barbilla de Claire entre sus dedos, inclinándose junto a Emma
para mirar a los ojos a la pequeña—. Y tú no eres mala, Lady Claire. Por
supuesto que no. Pero sí debes aprender a comportarte. ¿Te imaginas qué
diría la gente si la señorita Peterson le sacase la lengua a mi tía?
Claire soltó una risita.
—¡Mamá Peterson nunca haría eso!
—Exacto. Así que tú también debes aprender a no hacerlo, al menos cuando
debas usar tus modales formales. Pero antes sólo quería hacerte una broma:
no necesitas modales elegantes cuando vas a pescar, ¿verdad?
—¿No? —Los ojos de Claire parecían enormes en su carita.
—No. A los peces no les importa. ¡Pero cuidado con las rabietas! A los peces
no les gustan; son demasiado ruidosas. Los ahuyentarías.
—Nada de rabietas —accedió Claire.
Charles soltó la carita de Claire y miró a Isabelle.
—Señorita, creo que antes de empezar esta aburrida conversación sobre
modales yo os había ofrecido mostraros cómo poner el cebo en un anzuelo.
Isabelle sonrió.
—Sí, pa… tío Charles.
—Puedes llamarme papá Charles si quieres, Isabelle.
—No. No, gracias. Tengo nueve años.
—Y yo tengo treinta, tontita. Con nueve no eres demasiado mayor, sin duda no
tan mayor como para no querer un papá. —Charles le alargó la mano—.
Podría ser nuestro secreto.
Isabelle puso su mano en la de Charles, pero sacudió la cabeza.
—Muéstrame cómo preparar el cebo, tío Charles.
—Y a mí —dijo Claire, empujando para acercarse—. Enséñame también a mí.
—Echó una ojeada a Emma—. ¿Y mamá Peterson, papá Charles? ¿Le vas a
enseñar cómo poner esa lombriz babosa en el anzuelo?
—Oh, a la señorita Peterson ya se lo enseñé hace años, cuando ella era sólo
un poco mayor de lo que eres tú ahora, Lady Claire.
—Claro que sí —dijo Emma, sonriendo—. Y es un maestro muy bueno.
—¿Usted también va a pescar, señorita Peterson?
—No, Isabelle. Creo que iré a hacerle compañía a Prinny.
—Aguarde un momento y extenderé la manta para que se siente.
—No se moleste, milord. Yo puedo hacerlo.
Emma sacó la manta de la cesta y se alejó hasta el abedul. Prinny había
gastado suficiente energía como para contentarse con echarse a la sombra.
La joven se sentó sobre la manta y miró a Charles con las niñas.
Sería un padre maravilloso, si sólo estuviese dispuesto a vivir en Knightsdale.
—Ahora no dejéis que vuestros sedales se enreden uno con el otro, niñas —
dijo—. Voy a sentarme con la señorita Peterson y dejaros pescar solas.
—De acuerdo, papá Charles. Atraparemos montones de peces para el
desayuno.
—No atrapéis más de los que pueda poner en la cesta.
—Intentaremos no pescar tantos. —Claire sonrió y se volvió para mirar
fijamente el agua, como si pudiese inducir a los peces a picar.
Charles se quitó el abrigo y se sentó junto a Emma. Miró a las niñas.
—Supongo que mi hermano y su esposa no fueron los mejores padres.
Emma lanzó un suspiro.
—No creo que hayan sido diferentes de la mayoría de los padres de la «flor y
nata», pero seguramente sus hijas querían más de ellos.
—Más podría haber sido peor. Dios, no puedo creer que Cecilia les dijese a las
niñas que quería un hijo varón para que no le pidieran más hijos.
—No sabemos si realmente dijo eso, milord. Los niños a veces malinterpretan
las cosas. Escuchan trozos de conversaciones y los unen de un modo que tiene
sentido para ellos, pero su conocimiento del mundo es muy limitado.
En realidad Emma no había dudado ni por un momento que Cecilia les
hubiese dicho a las niñas exactamente lo que acababa de contarles Isabelle.
La mujer había sido tremendamente vanidosa y egocéntrica. Completamente
insensible.
Charles se encogió de hombros.
—Sea lo que sea lo que Cecilia haya dicho o no, está claro que las niñas
necesitan padres ahora.
—Sí. —Emma vaciló. En realidad no le correspondía opinar pero sintió la
necesidad de expresar lo que pensaba. Seguramente ahora él entendería que
era necesario que se quedase en Knightsdale—. Cuando usted se case,
milord…
—Querrá decir cuando nos casemos, Emma. —Se volvió y la miró—. Usted les
agrada a las niñas. Ellas… —Se interrumpió y frunció el ceño—. ¿De dónde ha
sacado un sombrero tan horrible?
Así que justo en ese momento notaba lo que llevaba puesto… Este
pretendiente sí que estaba pendiente de ella.
—No es horrible. Es un sombrero perfectamente adecuado, especialmente
para salir de pesca por la mañana temprano.
—Sólo si planea usarlo para atrapar a los peces. Sería una adecuada red… o
más bien un balde. Debería deshacerse de él. De hecho, me alegrará
encargarme de eso yo mismo. —Intentó coger las cintas del sombrero. Emma
puso las manos sobre ellas y echó la cabeza hacia atrás.
—Puede estar seguro de que no lo hará. Deje quietas sus manos, Lord
Knightsdale.
Un destello claramente malévolo apareció en sus ojos.
—Pero es que anoche en verdad disfruté tanto no dejándolas quietas.
—¡Compórtese, señor!
—Debo…
—Papá Charles, papá Charles, he atrapado un…
El resto de la frase se perdió en un fuerte chapoteo.
—¡Tío Charles! —gritó Isabelle—. ¡Claire se ha caído al agua y no sabe nadar!
Emma saltó sobre sus pies, tambaleante, pero la reacción de Charles fue
mucho más rápida. Estaba en el arroyo con Claire en brazos antes de que
Emma hubiese podido desenredar sus faldas.
—Claire, cariño —dijo—, son los peces los que deben salir del agua, no las
niñitas las que deben entrar.
Claire tosió y farfulló:
—El pez se ha escapado, papá Charles.
—Bueno, atraparás otro, otro día. Y te enseñaré (y también a Isabelle) a
nadar. ¿Te gustaría aprender a nadar?
—¡Sí!
Emma llegó por fin a la orilla del arroyo. De pie junto a Isabelle miró a los dos
en el agua. Claire podría haber estado aterrorizada, pero sonreía
abiertamente y sus brazos rodeaban con fuerza el cuello de Charles. Él estaba
empapado, con la camisa y los pantalones adheridos al cuerpo.
Se veía maravilloso. Más que eso. La lujuria de la noche anterior regresó con
fuerza y Emma pensó en ir a hacerles compañía en el agua. Necesitaba
enfriar su sangre de algún modo.
Charles llevó a hombros a Claire hasta Knightsdale. Ella iba charlando y
riendo. No parecía molestarle el estar mojada, pero Charles había prometido
enseñarles a nadar a ella y a Isabelle en cuanto tuviese la oportunidad. Con
un lago en la finca, el no saber nadar era demasiado peligroso para las niñas.
Aunque Claire era pequeña aún, podía aprender lo suficiente para salvarse si
cayera nuevamente. Pero Isabelle sin duda tenía que aprender. Él le había
enseñado a nadar a Emma cuando ella tenía sólo seis años.
Echó un vistazo a la mujer que caminaba a su lado. Él le había dado lecciones
después de que Robbie le pusiera la zancadilla y ella, al igual que Claire,
cayese al arroyo. Al principio los otros muchachos se habían reído —la niña se
veía tan graciosa con las faldas desplegadas— pero él había visto el miedo en
sus ojos.
Durante las lecciones no había demostrado miedo. Sonrió. Estaba decidida a
no permitir que Robbie le hiciera pasar de nuevo por algo así.
¿Aún recordaría cómo nadar? La sonrisa de Charles se hizo más amplia. Le
gustaría evaluar nuevamente sus habilidades. Quizás esa tarde, en alguno de
los sectores del lago más apartados. Ella podría usar su combinación.
—¡Papá Charles!
Claire le dio un enérgico tirón de pelo. La cambió de posición sobre sus
hombros mientras contemplaba a Emma en el agua, que se había quedado en
combinación. Una combinación mojada. Una combinación fina y traslúcida,
que dibujaba cada una de sus preciosas curvas y lo provocaba con un atisbo,
una sombra de los pliegues de la tela por encima de los muslos. Si hiciese frío,
sus pezones se endurecerían como dos pequeños picos bajo la tela mojada,
tentadora…
—¡Ay! El pelo está unido a mi cabeza, Lady Claire.
—Lo siento, papá Charles, pero no me estabas atendiendo.
—Eh.
De repente advirtió que sus pantalones empapados revelarían a quien
quisiera mirarlo a qué tipo de pensamiento había estado prestando atención.
Obligó a su mente a pensar en temas que no tuvieran ninguna relación con
Emma. La administración de su patrimonio. Ah. Eso funcionó de maravillas.
Echó otra ojeada a Emma. Ella observaba el suelo. Al menos suponía que eso
era lo que estaba haciendo —no podía verle la cara—. Su horrible sombrero
ocultaba completamente sus facciones. Quizás un policía, en vez de un
sombrerero, había diseñado esa cosa. Con toda seguridad se parecía más a un
balde que a un sombrero.
Sólo tendría que tramar algún accidente para librar al mundo de su insultante
existencia.
—Papá Charles, como no hemos atrapado ningún pez, ¿qué podemos comer
en el desayuno? Tengo hambre.
—No te preocupes, Lady Claire —dijo—. Pasaremos a ver a la cocinera.
Seguramente tendrá algo sabroso.
—No podemos molestar a la cocinera, tío Charles.
—¿Por qué no, Isabelle? Cuando tenía tu edad, yo solía molestar a la cocinera
todo el tiempo, ¿no es verdad, señorita Peterson?
—Sí. —Emma todavía no lo miraba—. Bueno, lo hacía cuando yo lo conocí.
Tenía hambre todo el tiempo. Creo que la cocinera lo llamaba retoño de
Satanás, pero le daba a usted lo mejor que tenía: el pastel más grande o la
fruta más madura.
—¿Y usted se ponía celosa, señorita Peterson?
Emma le echó una rápida ojeada y luego continuó con la vista al frente.
—Por supuesto que no, milord. Admiraba su capacidad para consumir
cantidades ilimitadas de comida.
—Ah, pero yo era un muchacho en pleno crecimiento.
—Yo soy una niña en pleno crecimiento, papá Charles —dijo Claire, dando
botes encima de sus hombros—. ¿Qué crees que tendrá para comer la
cocinera?
—Quizás tartas de grosella. Mmm. No es exactamente comida para desayunar
pero sus tartas de grosella son deliciosas. —La cocinera podía no estar a la
altura de los estándares de Londres cuando se trataba de preparar una cena
para la «flor y nata», pero con seguridad había cosas que sabía hacer muy
bien. Bajó la vista hacia Isabelle. Estaba demasiado callada de nuevo—.
¿Alguna vez has comido una de esas tartas de grosella, Isabelle?
—No, tío Charles. Mi madre decía que engordaríamos si comíamos tartas y
que es muy difícil conseguir marido si eres gorda.
Charles sintió que se le caía la mandíbula.
—¡Patrañas! Sólo tienes nueve años, Isabelle. Unas cuantas tartas no te
convertirán en una solterona.
—Mi madre decía que nunca es demasiado pronto para pensar en el futuro.
No podemos vivir en Knightsdale toda la vida.
Charles miró fijamente a Isabelle, sin saber si reír o lanzar un juramento.
¿Acaso Paul no sabía lo que su esposa les decía a las niñas?
—Yo he comido una tarta de grosella, papá Charles.
—¡Claire! —dijo Isabelle—. No mientas.
—¡No es mentira! Una vez entré a hurtadillas a la cocina y cogí una. No me
gustó. Me quemé la boca.
—Bueno, no hace falta entrar a hurtadillas a ninguna parte —dijo Charles—.
Entraremos en la cocina, le daremos los buenos días a la cocinera y veremos
si tiene algo para darnos.
—¿Estás seguro de que podemos hacer eso, tío Charles? —Isabelle arrugó la
frente—. Mi madre decía que nunca había que molestar a la cocinera.
—Por supuesto que estoy seguro, Isabelle. —Charles se volvió hacia Emma.
Tenía la cabeza erguida y una expresión preocupada—. Señorita Peterson,
usted es la institutriz. ¿Qué opina? ¿Estoy en lo cierto al afirmar que podemos
entrar a la cocina impunemente?
—Por supuesto, milord.
Emma sonrió, pero aún tenía la frente ligeramente arrugada. Charles
apostaba que también ella gritaría si oía una vez más la frase «Mi madre
decía». No estaba bien tener mala opinión de los muertos pero, bueno, en
este momento no extrañaba a Cecilia.
—¿Lo ves? —dijo—. Si una institutriz lo dice, debe ser verdad. Las
institutrices nunca quieren que hagamos nada divertido, ¿no es así?
—¡Milord! —exclamó Emma, poniéndose las manos en las caderas—. No debe
usted difamar el noble oficio de las institutrices.
Claire dijo entre risitas:
—Pero lo que dice papá Charles es cierto, mamá Peterson. La señorita
Hodgekiss nunca nos permite hacer cosas divertidas.
—¿Y acaso yo no os he dejado ir a pescar?
—Sí, pero usted no es una institutriz de verdad —dijo Isabelle. Su voz aún
sonaba preocupada.
—Bien, yo soy un marqués de verdad. —Charles bajó a Claire de sus hombros
—. Y digo que podemos entrar en la cocina. —Se irguió todo lo que pudo y
trató de verse como el duque de Alvord en su pose más típica de duque—. En
realidad, ahora que lo pienso, esta es mi cocina. Yo soy el marqués de
Knightsdale, ¿o no?
—¡El marqués de Knightsdale! —gritó Claire—. ¡Cuidado, cocinera!
—No creo que a la cocinera le guste que le griten, Lady Claire —dijo Emma.
—Eso es muy cierto, señorita Peterson, «se atrapan más moscas con miel que
con vinagre», como dicen por ahí.
Claire arrugó la nariz.
—Pero yo no quiero moscas, papá Charles.
—No seas tonta, Claire. —Isabelle de repente sonaba como una
experimentada hermana mayor—. Tío Charles sólo quiere decir que es más
probable que consigas lo que quieres si pides con amabilidad, sin darle
órdenes a la gente a tu alrededor.
—Exactamente. Darle órdenes a la cocinera sólo le hará enfadarse.
Necesitamos un acercamiento más sutil. —Charles se apoyó en una rodilla
para poder mirar a la cara a las niñas—. He comprobado que apelar al
corazón de la cocinera da muy buen resultado. Tú y yo, Lady Claire, somos
una pareja lamentable después de habernos metido en el arroyo. Estoy seguro
de que no podrá resistir la compasión que le inspiraremos. ¿Crees que puedes
verte digna de compasión?
—Oh, sí, papá Charles. —Claire abrió mucho los ojos y bajó las comisuras de
los labios. Incluso Isabelle lanzó una risita.
—Muy bien. Te dejaré ir delante en nuestro acercamiento conmovedor. Ahora,
Lady Isabelle —dijo Charles volviéndose y poniendo las manos en los hombros
de la niña. Los sentía tan frágiles bajo sus dedos—. Creo que harías bien en
encabezar nuestro ataque de encanto.
—¿Ataque de encanto? ¿Qué quieres decir, tío Charles?
—Bueno, he notado que tienes la sonrisa más encantadora.
—¿La tengo? —Isabelle se ruborizó suavemente. Charles sonrió abiertamente.
—Claro que sí. Cuando sonríes, tus ojos brillan de un modo extraordinario.
Estoy seguro de que si le sonríes a la cocinera nos dejará comer todas las
cosas ricas que deseemos.
—¿De verdad?
Charles parpadeó. Había estado bromeando con Isabelle, pero ahora que ella
estaba sonriéndole, veía que lo que acababa de decir era cierto. Tenía una
hermosa sonrisa. Iluminaba su cara delgada y angulosa con un encanto etéreo
que lo asombró. Se propuso hacerla sonreír más a menudo.
—Creo que estamos listos para invadir la cocina.
De alguna manera Emma tenía que convencer a Charles de que se quedara en
Knightsdale. Las niñas lo necesitaban.
Se sentó a la larga mesa de la cocina, sobre un banco, y observó cómo
Isabelle y Claire parecían resplandecer con la atención de Charles. Era
maravilloso que cualquier hombre se interesase por ellas —sin duda su padre
nunca lo había hecho—, pero que ese hombre fuera Charles era más que
maravilloso. Las estaba hechizando, como hechizaba a todo el mundo. Como
la había hechizado a ella cuando era niña.
Poco después de que hubieron entrado en sus dominios, la cocinera le había
obsequiado a Prinny un hueso que éste mordisqueaba contento en una
esquina de la habitación, junto al fuego. Claire se subió al banco junto a
Charles. Se sentó lo suficientemente cerca como para tocarlo. La niña le
acariciaba la manga y reclinaba la cabeza contra su hombro cuando hablaba
alguien que no fuera ella. Emma sospechaba que si Charles le hubiese dado la
menor oportunidad, Claire se habría sentado en su regazo.
Isabelle se sentó frente a Charles, junto a Emma. A los nueve años era
demasiado grande para colgarse de él físicamente, pero lo hacía con la
mirada. Emma observó que, después de uno de los pequeños cumplidos de
Charles, un ligero rubor coloreaba las mejillas de Isabelle. Apostaría a que
estaba más que un poco enamorada de su tío. Era uno de esos inocentes
amores locos que se curan con la edad.
No como el de Emma.
Emma se irguió más en el banco. Era imposible. Aunque encantador, Charles
no era para ella. Había decidido que iba a fijarse en otros hombres más a su
alcance. El señor Stockley, por ejemplo…
No, no iba a pensar en el señor Stockley justo ahora. En ese momento sólo
disfrutaría de estar allí con Charles y las niñas.
—Tome, Lady Isabelle, coma un poco más de pan, coma —decía la cocinera, al
tiempo que ponía una gran rodaja de pan fresco en el plato de la niña.
—Gracias, señora cocinera. —La cara de Isabelle se iluminó con una sonrisa
como rara vez mostraba. La cocinera parpadeó sorprendida y miró a Emma.
Ambas sonrieron.
Emma deseaba que se le hubiese ocurrido antes llevar a las niñas a la cocina.
Nunca se habría imaginado que Cecilia les hubiese privado de ese refugio,
con sus altas ventanas soleadas y el tibio olor a comida recién horneada. La
cocinera era una mujer sencilla y alegre, de regazo y corazón amplios. Puede
que no supiera preparar una elegante salsa francesa pero sí que sabía hacer
sonreír a una niñita.
—¿Y podemos comer también un poco de mermelada, por favor, señora
cocinera?
Emma tuvo que ahogar la risa ante la expresión congraciadora de Claire.
—Por supuesto que podéis, Lady Claire. ¿Y os gustaría probar mi pastel de
limón?
—Oh, sí, por favor.
—Supongo que no tendrá ninguna tarta de grosellas por aquí, ¿verdad, señora
cocinera?
Charles se inclinó hacia la cocinera y sacó a relucir su sonrisa congraciadora.
Esta vez, Emma no sintió el impulso de reír… más bien de llorar. Era
increíblemente atractivo.
—Sí… resulta que tengo, milord.
—¡Estupendo! ¿Puedo comer una? —Miró a Emma—. ¿Y usted, señorita
Peterson? ¿Le gustaría comerse una de las tartas de grosella de nuestra
cocinera?
—No, se lo agradezco, milord.
—¿Está segura, señorita Peterson? —preguntó la mujer—. Mire que hay
muchas.
—No, gracias, señora. No me gustan las grosellas, pero sí me comería un
trozo de su pastel de limón.
—¿No le gustan las grosellas, señorita Peterson? —preguntó Charles cuando
la cocinera se fue a buscar las tartas—. Me temo que no tiene paladar.
—No a todo el mundo le gustan tanto las grosellas como a usted, milord.
—Bueno, quizás eso sea bueno. Más para mí, ¿no le parece?
Charles tomó una tarta del plato que la cocinera había puesto sobre la mesa.
Emma lo observó mientras la mordía. Sus dientes eran blancos y fuertes, tan
diferentes de los del señor Stockley, torcidos y amarillentos. Un poco del
relleno de grosellas chorreó por su barbilla y sacó la lengua para atraparlo.
Jesús, hasta su lengua parecía fuerte.
¡Qué tontería, la gente no tenía lenguas fuertes! Aunque esa lengua sí que le
había parecido fuerte al tenerla en su…
Mordió un gran trozo de pastel de limón.
—¿Quiere un poco de leche fría, señorita Peterson? Está colorada.
Emma negó con la cabeza. Tenía la boca demasiado llena —y se sentía
demasiado mortificada— para pronunciar palabra. Charles la miró y levantó
una de sus varoniles cejas.
¿Cejas varoniles? Pensó en golpearse la cabeza contra la mesa de madera
para ver si recuperaba un poco de sensatez… o por lo menos perdía un poco
de lujuria.
—Hemos ido a pescar, señora cocinera —dijo Claire—. Papá Charles nos ha
mostrado cómo poner las lombrices en los anzuelos. Luego yo he atrapado un
pez, pero me he caído al agua y papá Charles me ha salvado y ahora él nos va
a enseñar a nadar a mí y a Isabelle.
La sorpresa dilató los ojos de la cocinera al escuchar la frase «papá Charles»
y luego sonrió abiertamente a Lord Knightsdale. Las orejas de Charles
enrojecieron. Bien… podía soportar un poco de vergüenza. Isabelle también
participó del relato, con una voz juvenil y entusiasta, que sonaba como la de
una niña de nueve años, no como la de una pequeña adulta.
Charles tenía que quedarse en Knightsdale. Él traía diversión, aventura y
risas, a las vidas de las niñas. Antes no lo habían extrañado, porque no lo
conocían. Ahora, si se marchaba a vivir la mayor parte del año en Londres…
no soportaba pensar en ello. Sus corazones se partirían.
Emma no quería analizar si serían solamente los corazones de las niñas los
que se partirían.
—Ha sido fantástico, señora cocinera, pero creo que sería mejor que nos
fuéramos. —Charles se puso de pie, sacudiendo las migas de sus pantalones
—. Me temo que Claire y yo necesitamos urgentemente tomar un baño.
—Yo no necesito un baño, papá Charles. Solo tomo un baño los domingos.
—O los días en que te has metido al arroyo —dijo él.
Claire frunció el ceño y empezó a hacer pucheros. Charles rio.
—Vamos, Lady Claire, nada de rabietas. Recuerda que a los peces no les
gustan… y a mí tampoco. Ve con la señorita Peterson; ella y Nana te dejarán
limpita.
—No me gusta bañarme. —Claire se cruzó de brazos y su cara adoptó una
expresión claramente tozuda.
—¿Quieres usar un poco de mi agua de lavanda? —le preguntó Emma.
Fue como si una nube se hubiese apartado dejando paso al sol.
—¡Sí! Luego voy a oler como tú, ¿verdad?
Emma rio.
—Sí, luego vas a oler como yo.
—Y tú hueles muy bien. ¿No crees que mamá Peterson huele muy bien, papá
Charles?
Charles dibujó lentamente una amplia sonrisa.
—Oh, sí. La señorita Peterson huele realmente muy bien.
Emma estaba segura de haberse sonrojado desde la raíz del pelo hasta la
punta de los pies.
—Eh, bueno, vamos entonces, Claire. Ven, Prinny. —Se inclinó para ajustar la
correa al collar del perro. No tenía sentido correr riesgos con tantos extraños
en la casa.
Charles aún sonreía cuando dio un paso a un lado para dejarle salir de la
cocina delante de él. Las acompañó hasta el piso de los dormitorios.
—La veré más tarde, señorita Peterson.
—¿Y a nosotras, papá Charles? ¿También nos verás más tarde?
Charles revolvió el cabello de Claire.
—Pasaré por vuestro cuarto cuando pueda, diablilla. Tengo una cita con el
señor Coles, el administrador, y luego tengo que ser el anfitrión de todas esas
damas y todos esos caballeros de Londres… por eso hemos ido a pescar tan
temprano por la mañana, para que yo pudiera veros antes de mis otras
obligaciones.
—¡Por favor, pasa a vernos! Tienes que decirme si es cierto que huelo tan
bien como mamá Peterson.
Charles sonrió abiertamente.
—Por un placer así, seguramente haré todo lo posible por pasar. Quizás pueda
robarle a mis obligaciones unos minutos antes de la cena. Ahora ve a tomar tu
baño.
Emma y las niñas casi consiguieron llegar al cuarto de las pequeñas sin
ningún percance. Lo habrían logrado de no haberse detenido para que Emma
buscara el agua de lavanda. Sucedió que cuando estaban a tan sólo unos
metros de las escaleras al cuarto de las niñas, dos jóvenes salieron entre
risitas de una de las habitaciones que les quedaban de paso. Con un ladrido,
Prinny salió disparado hacia adelante. Las damas —la señorita Oldston y Lady
Caroline— lanzaron un grito.
—No os asustéis —dijo Claire—. Prinny es muy amistoso.
Lady Caroline tomó aire, sus mejillas rellenas se arrugaron al fruncir el ceño y
elevó con desdén su nariz regordeta. Tenía un asombroso parecido con el
cerdo premiado del hacendado Begley, Ivy (o «Ese Maldito Ivy», como él solía
llamarlo).
—No estoy asustada. Simplemente no me gustan los perros, esas cosas
molestas y sucias.
La señorita Oldston rio a carcajadas y sus labios dejaron al descubierto sus
grandes dientes.
—Por lo menos no es un gato, Caro. Al menos no te vas a hinchar, a ponerte
colorada y a sentir picazón.
Lady Caroline volcó su desagrado en la señorita Oldston.
—De verdad, Amanda, tienes que controlarte. Pareces un caballo y suenas
igualito que uno.
—Es mejor que verse como un cerdo. Si quieres las atenciones de
Knightsdale, deberías procurar desviar la tuya de sus tortas y bombas de
crema.
—Bueno, sin duda no va a elegir a una yegua escuálida como tú.
—Papá Charles va a elegir a mamá Peterson.
El repentino silencio que siguió a las ingenuas palabras de Claire era tan
denso que resultaba asfixiante. Al menos Emma sentía que no podía respirar.
Lady Caroline se quedó boquiabierta; los ojos naturalmente prominentes de la
señorita Oldston se agrandaron notablemente. Emma cerró los ojos por un
instante, deseando poder desaparecer detrás del enmaderado.
—¿Papá Charles? —dijo la señorita Oldston.
—¿Mamá Peterson? —Los ojos pequeños y duros de Lady Caroline
examinaron a Emma.
—¡Claire, tío Charles te dijo que no lo llamases «papá» delante de la gente!
Claire se encogió de hombros.
—He tenido que decírselo, Isabelle. —Levantó la vista hacia Lady Caroline y la
señorita Oldston—. Mi madre y mi padre murieron en Itl… —hizo una pausa,
haciendo un evidente esfuerzo por pronunciar bien la palabra—, en Italia. Tío
Charles es mi papá ahora. Y va a casarse con la señorita Peterson.
—Oh, ¿de verdad? —Lady Caroline examinó lentamente el viejo vestido de
Emma, su raída pelliza y el vergonzoso sombrero—. Qué raro. Debo haberme
perdido el anuncio. ¿Tú lo has oído, Amanda?
—Lady Caroline, señorita Oldston —dijo Emma—. Lady Claire sólo tiene
cuatro años. Tiene una imaginación muy viva.
—Mamá Peterson, yo no me he imaginado a papá Charles contigo sobre la
manta.
—¿La manta?
—Hemos ido a pescar esta mañana, Lady Caroline —dijo Emma—. Lord
Knightsdale quiere pasar algún tiempo con sus sobrinas, naturalmente, para
conocerlas mejor, ya que ahora es su tutor. Y yo estoy reemplazando a su
institutriz, que está cuidando a su madre enferma. —Emma sabía que estaba
balbuceando. En realidad no le debía la más mínima explicación a Lady
Caroline, pero tampoco podía permitir que corriera el chisme entre los
invitados—. Yo estaba llevando a las niñas a su cuarto a asearse después de la
pesca. Lady Claire se ha caído al arroyo.
—Ya veo. Qué generoso de parte de Lord Knightsdale interesarse por las
huérfanas de su hermano, ¿no te parece, Amanda?
—Sí, Caro, muy generoso.
—Aunque estoy segura de que eso cambiará una vez que se haya casado —
dijo Lady Caroline con una risita condescendiente.
—Yo estoy segura de que eso no va a cambiar, Lady Caroline.
¿Cómo podía esa muchacha malcriada decir una cosa así con Claire e Isabelle
de pie frente a ella? Emma habría deseado que Prinny fuese tan fiero como se
sentía ella en ese momento. Le habría encantado dejar que el perro arrancase
de un mordisco un trozo del amplio trasero de Lady Caroline.
—Oh, señorita Peterson. —Lady Caroline movió la cabeza, riendo entre
dientes—. Quizás si usted hubiese debutado socialmente estaría más al tanto
de las costumbres de la «flor y nata».
Prinny tendría que esperar su turno. Emma deseaba arrancarle un trozo a
Lady Caroline con sus propios dientes.
—Puede que no esté íntimamente familiarizada con las costumbres de la «flor
y nata», Lady Caroline, pero conozco a Lord Knightsdale desde que éramos
niños. Él nunca abandonaría a sus sobrinas.
Quizás las abandonase físicamente para partir a Londres, pero nunca las
abandonaría emocionalmente. Si las niñas necesitaban algo, Emma estaba
convencida de que Charles se lo daría.
—¿Y usted está… íntimamente… familiarizada con las costumbres de Lord
Knightsdale?
—No, por supuesto que no, Lady Caroline. Sólo quería decir…
—Poco importa lo que usted haya querido decir, señorita Peterson. Parece
haber olvidado algo fundamental: Lord Knightsdale tendrá una esposa. Dudo
que cualquier dama de la «flor y nata» quiera hacerse cargo de las mocosas
del hermano de su marido.
—¡Usted es una señorita mala! —exclamó Claire. Emma oyó el llanto en su
vocecita. Isabelle tenía una palidez fantasmal.
—Y tú una niña que no sabe comportarse —respondió Lady Caroline—. Será
mejor que tengas cuidado con tus modales si no quieres terminar en un
orfanato.
Emma había tenido suficiente. Soltó la correa de Prinny. Liberado, el perro
trepó por las amplias faldas de muselina blanca de Lady Caroline. Durante el
paseo por el arroyo, sus patas habían acumulado una generosa cantidad de
buen lodo de Kent.
Emma sonrió abiertamente. Qué fuerte podía gritar Lady Caroline.
—Tenemos que hacer algo, Claire. —Isabelle se sentó en la cama de Claire. La
señorita Peterson había bajado para unirse a los invitados; Nana estaba
dormitando. Se suponía que Claire dormiría la siesta y que Isabelle leería.
Pero Isabelle decidió que eso era demasiado importante para postergarlo—.
No podemos dejar que tío Charles se case con ninguna de esas damas de
Londres.
Claire se sentó, frotando a lo largo de su mejilla el suave extremo de su vieja
manta.
—Papá Charles va a casarse con mamá Peterson.
—Yo espero que sí, pero no podemos darlo por sentado, Claire. Creo que sería
mejor que hiciésemos algo para asegurarnos de que se casen.
Prinny entró silenciosamente y se subió de un salto a la cama de Claire.
Después de tanto juguetear durante la pesca de la mañana y de la emoción de
perseguir a la señorita Oldston y a Lady Caroline a lo largo del corredor,
estaba excepcionalmente tranquilo. Apoyó la cabeza en el regazo de Isabelle y
dejó que le acariciara las orejas.
—¿Cómo hacemos eso, Isabelle?
Esa era la pregunta con la que todo el tiempo había estado luchando Isabelle
desde que la señorita Peterson las había llevado a rastras hasta su cuarto. La
señorita Peterson se había enojado tanto que no podía hablar. Sólo caminaba
nerviosamente por la habitación, con pasos pesados, farfullando y
disculpándose torpemente con las niñas por lo que habían hecho aquellas
mezquinas damas londinenses.
—Creo que tenemos que encargarnos de que la señorita Peterson y tío
Charles pasen juntos todo el tiempo que sea posible.
—Podemos ir a pescar todas las mañanas. A mí me ha gustado.
—No, creo que tienen que estar a solas, Claire: sólo ellos dos.
—¿Por qué?
Isabelle se encogió de hombros.
—No estoy segura de por qué. Pero la señora Lambert estaba hablando con
Nana la semana pasada sobre una tal señorita Wendle que vive en la casa
donde trabaja la hermana de la señora Lambert. La señorita Wendle estuvo a
solas con Lord «No sé qué» y se casaron de inmediato. Creo que la señora
Lambert le iba a contar más a Nana, pero entonces me vio y se calló.
Claire apoyó el mentón en sus rodillas.
—Mamá Peterson duerme ahora en la habitación de mamá. Hay sólo una
puerta entre su cuarto y el de papá Charles.
Isabelle asintió con la cabeza.
—Tal vez si ponemos algo que la señorita Peterson necesite, como su cepillo
del pelo, en el cuarto de tío Charles, ella tendrá que entrar a buscarlo.
—Y llevémonos ese sombrero feo que llevaba hoy.
Isabelle lanzó un suspiro.
—Sí. Desearía que hubiese una manera de deshacernos de algunos de sus
vestidos: no son tan bonitos como los de las damas de Londres.
—A papá Charles eso no le importa.
—No lo sé, Claire. Yo creo que a los hombres les gustan las mujeres que
llevan ropa bonita. Mamá siempre quería la última moda. Una vez la oí
discutir con papá sobre eso.
—Bueno, si estaban discutiendo debe ser porque a papá no le gustaba la ropa
que ella usaba.
—No, estaban discutiendo sobre el precio de la ropa de mamá. Y cuando se
reconciliaron, terminaron juntos en la habitación de mamá. —Isabelle frotó el
lomo de Prinny—. Es bueno que las habitaciones de tío Charles y de la
señorita Peterson estén una junto a la otra. Intentaremos reunirlos allí y tal
vez la ropa no importe tanto.
—Está bien. Podemos hacer eso en cuanto me despierte de mi siesta. Nana
dijo que todos los huéspedes de la casa iban a ir a dar un paseo alrededor del
lago, así que mamá y papá no estarán en sus habitaciones.
Isabelle asintió, pero su mente estaba todavía inmersa en el problema de la
ropa. Habría deseado que la ropa de la señorita Peterson fuese más bonita,
pero no había nada que Claire y ella pudieran hacer al respecto. Pero quizás
sí había algo que podían hacer para que las damas de Londres se vieran
menos atractivas. Dibujó una amplia sonrisa.
—Hagamos que esas mujeres mezquinas se pongan más feas.
—Es imposible hacer más fea a la gorda —dijo Claire—. Parece una cerda.
—Sí, pero una cerda bien vestida.
—No tan bien vestida ahora que Prinny ha apoyado sus patas por toda su
falda. —Claire se inclinó hacia adelante y dio unas palmaditas en la cabeza a
Prinny—. Perro bueno.
Prinny le lamió la mano.
—Sí, pero ¿recuerdas que la que se parece a un caballo, la señorita Oldston,
dijo que era una suerte que Prinny no fuera un gato?
Claire movió la cabeza asintiendo.
—Dijo que la gorda se pondría toda colorada y tendría picores si Prinny fuese
un gato.
—Y que se hincharía, aunque es difícil imaginar más gorda a Lady Caroline.
Claire soltó unas risitas.
—Reina Bess es una gata.
—Exactamente. —Isabelle sonrió abiertamente—. Y apuesto a que a Reina
Bess le encantará conocer la alcoba de Lady Caroline.
Capítulo 7
Emma todavía estaba furiosa cuando se unió a los otros invitados para dar un
paseo alrededor del lago. Se mantuvo tan lejos como pudo de Lady Caroline y
de la señorita Oldston —lo que también significaba quedarse alejada de
Charles—. Las jóvenes se amontonaban a su alrededor como abejas sobre
limonada derramada.
¿Cómo podían esas señoritas malcriadas haber dicho cosas tan aborrecibles
delante de Claire e Isabelle? No alcanzaba a entenderlo. ¿Creían que las niñas
eran sordas? ¿O estúpidas? Si Prinny no hubiese llenado de barro sus
vestidos, Emma habría… ¿hecho qué? ¿Qué podía hacer ella? Sólo era la
institutriz provisional.
—Bonito día, ¿no es cierto, señorita Peterson?
Podía aceptar la proposición de Charles. Le gustaría ver las caras de esas
maliciosas muchachas cuando se hiciese ese anuncio. Y si ella fuese en
realidad la marquesa, podría hacer que echaran a esas arpías arrastrándolas
de las orejas.
—¿Señorita Peterson?
Emma parpadeó. El señor Stockley estaba a su lado, mirándola
inquisitivamente.
—Lo siento, señor. Estaba distraída. Decía usted que…
—Era sólo un comentario sobre el clima, señorita Peterson.
—¿Sobre el clima?
—Así es. Hace un día muy bonito, ¿no le parece?
—Sí. Cierto. Muy bonito.
Emma buscaba a alguien que la rescatara de la conversación extremadamente
aburrida del señor Stockley, pero no aparecía salvador alguno. La mayoría de
los caballeros estaban reunidos en torno a las damas más jóvenes, que
seguían apiñadas en torno a Charles. Lady Beatrice y la Sociedad para el
Perfeccionamiento de las Mujeres habían preferido quedarse dentro. —Emma
esperaba que Charles hubiese guardado el brandy bajo llave—. El duque de
Alvord estaba haciéndole compañía a su esposa que dormía la siesta. Al
menos eso era lo que él había dicho, pero Emma había notado en su cara la
misma expresión resuelta de Charles aquella noche en el jardín de invierno.
El conde de Westbrooke había ido a recoger a Lizzie, la hermana de Alvord, y
Meg probablemente estaba fuera investigando el jardín de césped.
—¿Está usted disfrutando su estancia en Knightsdale, señorita Peterson?
—Eh, sí. Por supuesto. ¿Y usted, señor? ¿Está satisfecho con su habitación?
Debería estarlo. Aunque la casa del señor Atworthy era cómoda, no se
comparaba a Knightsdale.
—Muy satisfecho. Estoy muy interesado en las mansiones. Ya sabe: la
arquitectura, el mobiliario, las estatuas.
—¿De verdad?
—Oh, sí. ¿Ha tenido la oportunidad de explorar Knightsdale, señorita
Peterson? ¿Ahora como institutriz, o quizás cuando era niña? Tengo entendido
que usted y el marqués son amigos de la infancia. ¿Ha jugado en los áticos o
en los sótanos? ¿En algún extraño armarito o en algún desván?
El entusiasmo hacía brillar los ojos del señor Stockley. Bueno, Meg podía
sentirse extremadamente animada por causa de una ramita cualquiera.
Probablemente era más comprensible el entusiasmo por una casa que por una
mala hierba. Knightsdale era una mansión imponente.
—No, señor Stockley, las niñas y yo nos hemos quedado en las partes
principales de la casa. Y yo no era exactamente una amiga de la infancia de
Lord Knightsdale, era más bien un incordio de la infancia. Puede preguntarle
a Lord Westbrooke o a su alteza. O al mismo Lord Knightsdale, por supuesto.
El señor Stockley rio entre dientes.
—No creo gozar de la simpatía de Lord Knightsdale.
Decir sólo eso era quedarse corto. Charles miraba al señor Stockley igual que
Reina Bess de Lady Beatrice miraba a Prinny. Con desdén. O con asco.
—Estoy segura de que él lo llevaría a recorrer Knightsdale si usted se lo
pidiese, señor Stockley. O quizás la señora Lambert, el ama de llaves, estaría
dispuesta a mostrarle la casa.
—¿Y usted, señorita Peterson? ¿Estaría dispuesta?
—Señor Stockley, le aseguro que yo no sería una guía adecuada.
Al dejar atrás una curva en el sendero, llegaron a un claro donde se alzaba
una pequeña cabaña gótica. Las damas y la mayoría de los caballeros se
habían acercado para examinar la estructura. Charles retrocedió, con las
manos en las caderas y la mirada fija. Miraba a Emma.
—¿Qué d…? —tosió—. ¿Qué es esto?
—Una casa gótica, milord.
—Sé que es una casa gótica, señorita Peterson. Lo que desearía saber es por
qué está aquí. —Abarcó con un amplio gesto los árboles y el lago.
—¿No la había visto antes, milord? —pregunto el señor Stockley.
—No, no la había visto.
—No me sorprende —dijo Emma—. No estaba la última vez que usted vino de
visita, milord. La difunta marquesa la hizo construir poco después de su
matrimonio.
Charles gruñó.
—¿Hay alguna otra monstruosidad ensuciando la finca, señorita Peterson?
—Ninguna nueva, milord. Creo que todos los otros caprichos fueron
construidos por vuestro padre, abuelo o bisabuelo.
—Gracias a Dios. Temía tropezar con una réplica del establo de Prinny en
Brighton.
Emma esperaba que un entusiasta de la arquitectura como el señor Stockley
se uniese al grupo lanzando exclamaciones a propósito del edificio, pero
apenas le echó una ojeada después de haber escuchado que era una
estructura relativamente nueva. Se alejó, caminando hacia adelante. Emma
suspiró.
—¿Contenta de haberse librado de su pretendiente? —preguntó Charles.
—Ssh. —Emma echó una ojeada a los demás, pero estaban todavía admirando
los vitrales—. El señor Stockley no es mi pretendiente.
—Me alegra mucho oír eso, cariño.
Charles no deseaba ser el guía de esa partida de idiotas que paseaban
alrededor del lago. Lo que él quería era pasar tiempo con Emma. Solos.
Persuadirla a aceptar su proposición. Podían, por ejemplo, comprobar si esa
ridícula casa gótica tenía una cama cómoda y una sólida cerradura. Por
supuesto que él iba a averiguarlo. Uno nunca sabe cuándo puede
sorprenderlo una tormenta.
Al menos Stockley se había quitado finalmente del camino. Charles colocó
sobre su brazo la mano de Emma. La quería con él, y si ella no se movía de su
lado, no sería asediado por ninguna de esas jóvenes de risitas tontas.
Alvord y Westbrooke habían eludido sabiamente esta invitación. Ya les diría
algunas palabras cuidadosamente escogidas cuando los viera más tarde.
Además del señor Stockley, los únicos hombres —y usaba ese término con
mucha flexibilidad— que estaban ayudándolo a escoltar a las damas eran tres
simplones. El señor William Dunlee, un joven corpulento también conocido
como «el Gordinflón», segundo hijo del conde de Dunlee; el granujiento señor
Frampton —«el Granos»—, hijo mayor de un barón; y el señor Oldston,
acertadamente apodado «el Sapo» en honor de los prominentes ojos que eran
una característica familiar, heredero de Sir Thomas. Los tres habían ido
juntos a la universidad y, hasta donde Charles sabía, se las habían ingeniado
para escapar de allí sin obstruir sus cerebros con el menor vestigio de
conocimiento.
¿De dónde había sacado su tía tal variedad de vegetales? Si esos retoños y
esas señoritas de risita tonta representaban el futuro de la nobleza británica,
Inglaterra estaba en serios problemas. En ese mismo momento el Gordinflón,
el Granos y el Sapo se estaban arrojando acianos entre ellos. Sus abrigos y
pantalones estaban plagados de abrojos y las tontas jovencitas que los
miraban, reían como si fuera el espectáculo más divertido que les había
tocado presenciar.
—¿Damos un paseo, señorita Peterson?
—Me encantaría.
—Tiene que salvarme de estos idiotas, Emma —exhortó él apenas salieron del
alcance del oído de los demás.
—Son un poco infantiles.
—¿Un poco? En la Península tuve a cargo muchachos mucho más jóvenes que
éstos. Algunos no habían terminado de crecer y aun así eran soldados
admirables y valientes.
—Me imagino que la guerra hace madurar a las personas.
—Sí, no se equivoca.
Paseó la mirada sobre el lago, recordando el día que había recorrido ese
sendero por última vez. Entonces era un poco más joven que esos tres
bufones que estaban junto a la cabaña. Seguramente no era tan idiota como
ellos.
Por un instante cerró los ojos, resistiéndose a recordar. Tal vez sí había sido
como esos muchachos y con una idiotez mucho menos inocente. Al salir de la
universidad se había sentido perdido, enojado. Necesitaba hacer algo , y eso
con frecuencia había sido beber, apostar y putañear.
Cuando la esposa de James, Sarah —norteamericana y ferviente republicana—
había denigrado el sistema británico de primogenitura, Charles había
argumentado que no todos los herederos eran tan malos tipos como el primo
de James, Richard, dispuesto a recurrir al asesinato para heredar. Había
insistido en que él no sentía envidia de su hermano.
Había hablado con absoluta sinceridad.
Había mentido.
Ayudó a Emma a sortear la raíz de un árbol que había crecido a través del
sendero.
Nunca había codiciado el título, eso era verdad, pero sí había envidiado a su
hermano. Paul nunca había estado sin rumbo en la vida. Jamás. Siempre había
sabido qué quería. A los veinte años, al encontrarse con la superficialidad de
la «flor y nata», Charles había ansiado tener esa seguridad.
—Si no hubiese seguido a James al ejército, no sé qué habría sido de mí.
Probablemente habría terminado siendo un libertino derrochador.
—Tonterías. Estoy segura de que le habría ido bien en lo que hubiese
emprendido.
La miró. Ella había hablado con absoluto convencimiento, como si no hubiese
duda de que él podría llevar a cabo cualquier tarea que se propusiese.
—Usted realmente lo cree, ¿verdad?
—Por supuesto.
Sus ojos límpidos, de color marrón dorado, le devolvieron una mirada firme
desde detrás de las gafas. Recordó cómo solía ella mirarlo cuando era niña.
Aquello era idolatría; esto era diferente. Esto era la confianza de una mujer
adulta. Emma creía en él.
Su confianza estaba construida en el aire, por supuesto —basada en fantasías
juveniles—. Ella no lo conocía. No lo había visto durante veinte años, desde
que era un muchacho. Sin embargo, él quería creer que ella tenía razón.
Deseaba conservar siempre a su lado la certidumbre de Emma.
—Cásese conmigo, Emma. Por favor. —¿Había sonado demasiado entusiasta?
La joven debía creer que era un lunático. Pero sería una decisión sensata por
parte de ella. Moderó su voz—. Nuestro casamiento resolvería tantos
problemas. Nos libraríamos de esos londinenses idiotas. Mis sobrinas
tendrían una madre y usted obtendría una casa propia. Su padre podría
casarse con la señora Graham sin que para usted eso fuese ninguna molestia.
—Le sonrió abiertamente, inclinándose para acercarse a ella—. Y yo obtendría
la preciosa oportunidad (muchas preciosas oportunidades) de engendrar un
heredero. ¿Qué dice?
La quemante bofetada de Emma habló por sí misma.
—Pon el pescado sobre la almohada, Claire. Creo que será lo mejor.
Isabelle estaba de pie en la habitación de Lady Caroline, con Reina Bess en
brazos. Su alteza les había concedido el favor de acompañarlas una vez que
Isabelle la hubo convidado con un poco de trucha. Ahora maullaba y se
retorcía un poco. Isabelle la sujetó con más fuerza.
—Un minuto, gatita. Claire te está preparando un rico bocadillo.
—¡Miau!
—Sobre la almohada, Claire. Pon la mayoría del pescado sobre la almohada.
Allí es donde la señorita apoyará la cara.
—Lo sé. —Claire dibujó una amplia sonrisa—. Queremos asegurarnos de que
la cara de la señorita cerdita se hinche.
—Así es… pero tampoco pongas demasiado. Si nota olor a pescado,
sospechará. No apoyará la cara en algo que huele a pescado.
—La cocinera dijo que este pescado es muy fresco. —Claire colocó un
pedacito más de pescado sobre la almohada—. Ahí está. Listo.
Isabelle depositó a Reina Bess sobre la cama. Su alteza caminó sobre el
cubrecama y luego se sentó en la almohada, consumiendo delicadamente
cada trocito de pescado. Buscó más de esa golosina y al no encontrar nada, se
lamió las patas, bostezó, se estiró y finalmente saltó de la cama, deslizándose
fuera de la habitación.
—Creo que eso será suficiente —dijo Isabelle.
Claire fue brincando hasta la puerta.
—No veo la hora de que la señorita cerdita regrese del lago.
—Esperemos que se acueste a dormir una siesta antes de la cena.
Emma estaba tan enojada que no podía ver con claridad. A ciegas se alejó
dando zancadas por el sendero. A su espalda oyó la voz de Charles que la
llamaba, pero lo ignoró. Luego oyó a una de las encantadoras jóvenes
londinenses hablando con él. Esperaba que fuese la gorda Lady Caroline.
Aquel torpe estúpido realmente se merecía pasar un rato con esa arpía.
Desearía haber tenido a mano otro perro de porcelana. Lo habría estrellado
por encima de la cabeza de «Lord Arrogante». ¿Casarse con él sólo para
solucionarle sus problemas? ¿Para que él pudiera tener un heredero y librarse
de sus molestas perseguidoras? ¡El fanfarrón arrogante! ¡Ese idiota enervante
y frívolo! ¿Y cómo se atrevía a mencionar a la señora Graham? La señora
Graham no era un problema. Papá nunca se casaría con esa mujer. Él
respetaba demasiado a su propia familia.
Debería estar en casa, cuidando a su padre. Pero Isabelle y Claire también la
necesitaban. No podía dejarlas a merced de esas malvadas jóvenes
londinenses, desalmadas, crueles y maliciosas.
¿Qué pasaría si Charles se casaba con una de esas muchachas? ¿Qué les
sucedería a Isabelle y Claire?
Pero ella no podía casarse con Charles sólo para proteger a sus sobrinas…
¿verdad?
Avanzó dando traspiés, bajando por la orilla hasta la gruta. Siempre había
amado su silenciosa paz. Ahora necesitaba esa serenidad para recuperar su
propia calma.
Desgraciadamente, no era la única que había buscado la soledad de la gruta.
Se detuvo en la entrada y miró con atención. El señor Stockley estaba de pie
junto a la estatua de Poseidón. Se comportaba del modo más extraño. Primero
tiró del tridente. Luego intentó torcer el brazo de la estatua. Le golpeó el
pecho y le miró el interior de la boca. Hasta metió la mano en el pequeño
estanque en la base de la estatua y palpó el agua. Finalmente se puso de pie,
secó la mano en sus pantalones y se encogió de hombros antes de dirigirse
hacia el muro de piedra. Metió los dedos en las grietas entre las rocas.
Obviamente preferiría estar solo. Pero al volverse para salir de allí, el pie de
Emma hizo que un guijarro suelto resbalara dando pequeños saltitos y yendo
a rebotar contra la pared. El señor Stockley dio un grito ahogado y se giró
para hacerle frente.
—Discúlpeme, señor. No quería molestarlo. Creía que no habría nadie aquí.
Ya me voy.
—No, por favor, quédese, señorita Peterson. —El señor Stockley respiró
hondo y se enderezó el chaleco—. No esperaba… Me ha cogido por sorpresa,
eso es todo. —Sonrió del modo más ofensivo. De pronto había algo
empalagoso en su voz—. Acérquese. —Arqueó las cejas repetidas veces—.
Acompáñeme.
¿Acaso ese hombre pensaba que lo había seguido? Evidentemente, Lord
Knightsdale no era el único estúpido arrogante en los alrededores.
—No, no, de verdad, yo…
El señor Stockley se acercó pavoneándose. Emma debió reprimir una risita.
Le recordaba a un gallo en el corral. Sin embargo, tenía una mirada cómplice.
—No pensaba que… Usted no me había dado ninguna señal alentadora… —
Stockley torció hacia arriba la comisura derecha de sus labios—. Necesita un
hombre, ¿no es así?
—¿Cómo?
—Un hombre. Ustedes las mujeres son todas iguales. Remilgadas y correctas
por fuera pero tan necesitadas por dentro. Especialmente las mujeres como
usted.
—¿Las mujeres como yo?
Emma estaba segura de que la pregunta había salido como un chillido. Dio un
paso atrás pero el señor Stockley la detuvo, poniéndole una mano en el brazo.
—Como usted. ¿Cuántos años tiene, treinta?
—Veintiséis. —No es que le importara la edad, pero no quería cuatro años
extra agregados al total.
—Veintiséis. Ya prácticamente se ha quedado para vestir santos. Sin
demasiadas esperanzas de hallar alivio para sus instintos en una cama
matrimonial. Y usted realmente quiere satisfacerlos, ¿no es cierto?
Emma esperaba no haber asentido con la cabeza. Nunca admitiría que sentía
algo tan vulgar como deseo de satisfacer sus instintos . Anhelos, quizás, pero
no instintos. Bueno, tal vez hubiese algo de instintivo. Desde que Charles la
había besado —especialmente desde el encuentro en el jardín de invierno— se
había sentido febril e inquieta. Claro que había tenido el instinto de abrir la
puerta que comunicaba ambas habitaciones.
—Señor Stockley, no tengo la menor idea de qué está usted hablando.
—Permítame explicárselo, entonces.
El señor Stockley empleó la boca, pero no precisamente para hablar. Sus
manos se cerraron alrededor de los brazos de Emma y la atrajeron de un tirón
hacia su cuerpo. Presionó sus labios contra los de ella.
La joven sentía curiosidad. Lo admitía. Charles era el único que la había
besado. ¿Besar sería una actividad placentera en sí misma, o acaso el placer
que se pudiera sentir dependería de la habilidad del hombre que besaba?
Lo cierto es que no sentía deseos de besar al estúpido «Marqués de la
Insolencia» en ese momento. Tal vez el señor Stockley fuera un cambio
conveniente, incluso un antídoto contra esa irritante atracción que sentía
hacia el «Lord Zopenco».
No lo era.
El señor Stockley olía a cebolla, col y sudor. La tomaba de los brazos con
demasiada fuerza y apretaba los labios de Emma contra sus propios dientes.
No sentía nada de la maravillosa fiebre que había experimentado con Charles.
No, se sentía aburrida. Incómoda. Deseaba fervientemente estar en otro
lugar. Cerró con firmeza los labios y deseó que terminara pronto.
—Venga esta noche a mi alcoba. —La voz del señor Stockley sonaba
particularmente grave—. Le indicaré cuál es. —Sus manos comenzaron a
deambular. Emma se retorció para evitar sus dedos, pero eso sólo pareció
alentarlo. Ella estaba empezando a alarmarse.
—¿Emma?
Las manos del señor Stockley cayeron pesadamente, y retrocedió de un salto.
—¿Está usted ahí dentro, Emma?
—Sí. —Emma debió aclararse la garganta y respirar hondo para que su voz
fuera perceptible al responder—. Sí, Lord Knightsdale, estoy aquí con el señor
Stockley.
Charles apareció en la entrada de la gruta. Sus ojos parecían medir la
distancia entre ella y su acompañante. Emma tragó saliva y carraspeó una vez
más.
—Solamente estábamos bes… eh, buscando las piedras que están sueltas y
apartándolas del camino para evitar que alguien se tropiece con ellas. —La
muchacha miró hacia el suelo para unir la acción a las palabras, pero en el
suelo no se veía ni el más diminuto guijarro—. El señor Stockley está muy
interesado en conquis… muy interesado en construcciones , las
construcciones. Estatuas y… y ese tipo de cosas. Yo estaba ayudándole, ah, a
buscar, hum, estatuas, eh, interesantes.
Emma sabía que el rubor de su cara podía compararse con el de uno de los
vestidos de Lady Beatrice. Realmente sentía que sus mejillas estaban tan
calientes como para iluminar el rincón más oscuro de esa gruta en
penumbras.
Charles y el señor Stockley la miraban fijamente. Sonrió.
Charles se giró para mirar a Poseidón.
—Supongo que han notado la escultura en medio de la gruta.
—Sí —dijo Emma—. Estábamos buscando más.
Charles contempló el pequeño espacio vacío. Emma siguió su mirada sobre
las paredes rocosas y el suelo de piedra.
—¿Aquí dentro?
—No, eh, por supuesto que no. Hablaba en general. En el futuro. En algún
otro lugar.
—En algún otro lugar, sí. —El señor Stockley hizo una reverencia—. ¿Si me
disculpa, milord?
Charles asintió con la cabeza. El otro salió huyendo.
—Emma —dijo Charles una vez que estuvieron solos—, ¿le gustaría
explicarme lo que acaba de decir?
Emma se esforzó aún más por sonreír.
—No.
Algo andaba mal. Emma parecía estar tan nerviosa como un caballo indómito.
¿Qué habían estado haciendo ella y Stockley ahí dentro? No podía haber
estado besando a ese afeminado.
Se acercó. Ella dio un paso hacia atrás.
—¿Está usted bien, Emma?
—Por supuesto que estoy bien. ¿Por qué podría no estarlo?
—No lo sé. No se la ve muy tranquila. ¿Stockley ha hecho algo para ponerla
nerviosa?
—¡No! —Tomó aire, haciendo que sus hermosos pechos sobresalieran de un
modo interesante de contemplar—. No. Claro que no. El señor Stockley no me
ha perturbado en lo más mínimo. Estoy perfectamente bien. Qué raras ideas
tiene usted, milord.
—Humm. No trató de besarla, ¿verdad?
—¡Besarme!
Charles juraría que la respuesta de Emma había sido un chillido. Dio un paso
para acercarse a ella, que volvió a retroceder, quedando contra la pared de la
gruta.
—Creo que se ha quedado sin espacio para la retirada, cariño.
—Tonterías. No estoy retrocediendo.
—¿No? —Se inclinó hacia adelante, poniendo ambas manos sobre la pared,
una a cada lado de la cabeza de la joven—. Me alegra oír eso. Es necesario
que hablemos, cielo. ¿Por qué me ha abofeteado?
Bajó los ojos, clavándolos en la corbata de él.
—Discúlpeme. No ha estado bien por mi parte.
—Eso no responde a mi pregunta, Emma. —Le levantó la barbilla con el borde
de su mano—. No era mi intención ofenderla.
—No, por supuesto que no. —Ella lo miró a los ojos y otra vez bajó la vista (él
habría jurado que le miraba la boca). Sacó apenas la pequeña lengua rosada y
se humedeció los labios. Su voz sonó ligeramente agitada—. ¿No deberíamos
regresar con el grupo? Estoy segura de que Lady Caroline está
preguntándose dónde está usted.
—Dios, estoy seguro de que así es. De hecho, debe estar resoplando en el
sendero, pisándome los talones.
Charles no podía desperdiciar tan preciosa oportunidad. Como Emma había
hecho notar, podían interrumpirlos en cualquier momento. Dejó que su mano
se deslizara desde la barbilla de ella, hasta abarcar todo el contorno inferior
de la cara. Podía ser que les quedaran sólo unos segundos de privacidad. ¿Por
qué malgastarlos en conversar? Más tarde averiguaría el porqué de la
bofetada. Sonrió. Podía estar a punto de recibir otra, pero correría el riesgo.
No podía tenerla tan cerca, en esa intimidad, sin robarle un beso.
Se inclinó para posar sus labios sobre los de la joven. Ella despedía un
perfume dulce, limpio, a limón y lavanda. Su piel era tan suave; la línea de la
mandíbula, tan delicada. Rozó con sus labios los de Emma y ella gimió,
apoyándole las manos en el pecho. Por un instante temió que la intención de
la joven fuera apartarlo de un empujón, pero luego deslizó los dedos por su
cuello hasta enredárselos en el pelo.
La levantó, apretándola contra su cuerpo. Sus senos tiernos cedieron a la
presión del pecho masculino. Empezó a juguetear con los labios de la joven,
haciéndole cosquillas con los suyos, explorando la comisura con la lengua.
Ella abrió la boca y él se deslizó dentro.
Tenía una boca hermosa y pequeña. Cálida. Húmeda. Con su lengua recorrió
toda esa boca, el paladar, la lengua. Emma aún era demasiado inocente para
saber qué hacer, pero él sí que sabía. Le enseñaría. Le acarició toda la boca
con su lengua y ella emitió un suave sonido de placer. Su cabeza cayó de
nuevo contra el hombro de él; la boca de la joven se abrió más, ofreciéndole
espacio para continuar explorando.
Emma era tan… generosa.
Él había tenido su ración de prostitutas y viudas. Esos encuentros habían sido
razonablemente placenteros —cópulas vigorosas, gratificantes— pero con
poca generosidad involucrada. Amistad, a veces. Necesidad mutua,
frecuentemente. Pero ¿generosidad? ¿Esta inocente entrega, esta confianza
que sentía en Emma? Nunca.
Era asombrosamente erótico.
Movió la boca para besarla en el cuello, justo detrás de la oreja. ¿Podría
aflojar el maldito cuello de su vestido? Posiblemente, pero no quedaba
tiempo. Si algún invitado —o invitada— preguntaba por el marqués, Stockley
se aseguraría de decirle dónde encontrarlo.
Ah, ahora sí que no quedaba más tiempo. Oyó el sonido de unos pasos
arrastrándose por el sendero. Se enderezó.
—Emma.
—¿Mmmm?
—Emma, amor mío, en un segundo vamos a tener compañía.
—¿Compañía?
—Sí. —La besó con fuerza en los labios—. Podemos continuar con esta
interesantísima… discusión… más tarde, pero a menos que quieras
escandalizar a quienquiera que sea que está a punto de entrar en esta
hermosa gruta, será mejor que hagas algo para que no se note tanto que
acaban de besarte intensamente.
La joven abrió mucho los ojos y se irguió en el preciso momento en que la
inconfundible voz de Lady Caroline lo llamaba.
Emma esperaba que su desorden interno no se reflejase en su apariencia.
Lady Caroline le dirigió una mirada dura, pero luego desvió su atención a
Charles.
—Lo extrañábamos, milord.
—Usted me halaga, Lady Caroline. Debo haber estado fuera de su vista
apenas unos minutos.
—Cada minuto sin su presencia es una eternidad, milord.
Emma puso los ojos en blanco. No le preocupaba que Lady Caroline notara la
descortesía de su gesto; la atención de la joven no se apartaba de Charles.
Por lo que concernía a Lady Caroline, Emma había dejado de existir.
Eso era bueno. Necesitaba algunos minutos para volver a controlar sus
emociones.
Bueno, había satisfecho su curiosidad. Besar al señor Stockley había sido tan
encantador como vaciar orinales, pero besara Charles…
Ay, Dios mío.
Ninguna de las sensaciones que había despertado la boca de Charles sobre la
suya era ni remotamente parecida al aburrimiento. Bueno, su… interés había
comenzado en el momento en que él había entrado en la gruta. Le había
bastado verlo para que su juicio se esfumara. Él había intentado que
hablaran. ¿Por qué ella no le había dicho exactamente lo que pensaba de su
insultante proposición matrimonial, si es que su sugerencia podía dignificarse
llamándola de ese modo?
Un planteamiento tan racional la superaba. Lo había visto y su estómago
había empezado a realizar extrañas proezas gimnásticas. Sólo se le había
ocurrido una cosa que hacer con su boca y no era precisamente hablar.
Después de que el señor Stockley se marchase, y Charles se hubiese
acercado, la respiración de ella se había vuelto irregular. Y su corazón había
aleteado como un pájaro intentando escapar de una jaula. Una extraña tibieza
líquida… no, no podía ni pensar en eso.
¿Qué le estaba ocurriendo? ¡Se suponía que estaba enojada con ese hombre!
Él había sugerido que se casaran para su propia conveniencia, no porque la
amara. Ella era simplemente una mujer que estaba a mano, una mujer que le
organizaría la vida con muy poco esfuerzo por su parte. Alguien a quien
podría embarazar fácilmente y dejar en el campo sin mayor inconveniente.
Embarazar fácilmente… ¡ja! Mientras él se apretaba contra ella, podría
haberle pedido que fuera a Londres caminando hacia atrás y ella habría
intentado complacerlo. Debía estar bastante seguro de que accedería sin
decir ni pío a cualquiera que fuese el procedimiento para engendrar hijos.
¿Acaso ella no tenía orgullo?
Aparentemente, no. Mirándolo, de pie junto a Lady Caroline y Poseidón,
sentía nuevamente ese extraño calor líquido acumularse en la parte inferior
de su cuerpo. ¿Cómo era posible que en un momento dado quisiera
abofetearlo con toda su fuerza y al siguiente lo abrazase como si nunca fuera
a soltarlo?
Era una idiota… un vegetal, una casquivana.
—¿Nos unimos al grupo, Lady Caroline?
Emma entrecerró los ojos. Si Charles podía ser encantador con esa serpiente,
podía serlo con cualquiera. Incluso con su antigua compañera de juegos. No
significaba nada. Debía recordar eso. Era un seductor experto: no había
aprendido a besar así estudiando o luchando contra Napoleón. Eran años de
práctica.
Pues bien, podía irse a ejercitar sus habilidades amatorias con alguna otra
estúpida muchacha.
Pero no con Lady Caroline. Emma no podía dejar que se casase con esa arpía.
Las pobres Isabelle y Claire pagarían el precio. Y por la misma razón, no
podía casarse con la señorita Oldston. ¿Y con la señorita Pelham? Dudoso. Su
madre era una gorgona; costaba imaginar que la hija pudiera ser muy
diferente. Y la pobre señorita Frampton tenía tantos granos como su
hermano.
Quizás la señorita Haverford fuera una candidata. Era bastante juiciosa. A
Emma no se le ocurría nada objetable excepto, por supuesto, su extremada
juventud. Y quizás era un poquito insulsa. Pero con los años podría ganar
carácter.
—¿Señorita Peterson?
Charles la miraba expectante, como si no fuera la primera vez que le hacía la
pregunta. Emma sonrió y puso la mano en el brazo que le ofrecía; Lady
Caroline iba agarrada del otro lado.
—¿No extraña Londres, Lord Knightsdale? —preguntó Lady Caroline—. ¿El
teatro, las fiestas, los bailes? —Echó una ojeada a Emma—. Oh, lo siento…
¿conoce Londres, señorita Peterson?
Emma apretó los dientes.
—No, Lady Caroline, no he tenido el placer.
—¿No? —Lady Caroline trató de parecer amable, pero sus ojos (esos ojos
pequeños, de expresión dura, parecidos a los de un cerdo) la delataban.
Resplandecían maliciosamente—. Qué pena. Pero me imagino que la vida en
el campo tiene sus ventajas, ¿no es verdad? El ritmo lento. Las actividades
familiares. Deber ser bastante… cómoda para, eh… —le sonrió a Charles—,
para algunas personas —concluyó.
«Para una solterona como yo», pensó Emma. Lady Caroline no pronunció las
palabras, pero éstas flotaban en el aire.
Charles rio.
—A mí me gusta mucho el campo, Lady Caroline. Estoy algo cansado de la
ciudad. —Le sonrió a Emma—. Sin embargo, estoy seguro de que usted
disfrutaría visitando Londres, señorita Peterson. Tal vez se pueda organizar
un viaje para dentro de poco.
Lady Caroline le lanzó a Emma una mirada asesina capaz de atravesarla de lo
aguda que era.
—No sé si habrá un viaje a Londres en mi futuro, milord —dijo Emma.
—Apostaría a que lo habrá, señorita Peterson. De hecho, estaría dispuesto a
poner mi dinero en esa apuesta.
—¿Va a llevar a sus sobrinas a Londres, entonces, milord? —Lady Caroline le
mostró los dientes a Emma en algo que se parecía a una sonrisa—. Es un viaje
tan educativo… los museos, la ópera, la Torre. Lo disfrutará, señorita
Peterson. Me imagino que para una institutriz como usted, será el paraíso.
Charles tosió.
—Sí. —Miró a Emma con ojos que bailoteaban maliciosamente—. Será muy
educativo. Y quizás yo pueda ayudarla, señorita Peterson. Creo que podría
daros algunas clases.
«Apuesto a que podría», pensó Emma, «¿pero clases de qué y a quiénes ?»
Muchas más como la que acababa de darle y estaría obligada a casarse con
él, aunque casi valdría la pena con tal de ver la mirada en la cara de la
querida Lady Caroline cuando se anunciara el compromiso.
¿Acaso había enloquecido? ¿Qué diablos estaba pensando? Con toda
seguridad, Lord Knightsdale no le daría ni una más de sus clases.
—He encontrado el sombrero, Isabelle.
—Bien. ¿Ves el cepillo de la señorita Peterson?
Claire miró sobre el tocador de Emma.
—Sí. No es muy elegante.
—Eso no importa. Lo necesitará esta noche. Vamos, pongámoslo en la
habitación de tío Charles.
Isabelle tomó la delantera hacia la puerta comunicadora. Empujó para abrirla
y vio a Henderson, el ayuda de cámara de tío Charles, doblando corbatas.
Retrocedió deprisa y al hacerlo, le pisó el dedo del pie a Claire.
—¡Ay!
Henderson levantó la vista.
—¿Puedo ayudarla en algo, Lady Isabelle?
—Eeh… —Isabelle entró en la habitación—. Sólo estábamos buscando a tío
Charles.
—¿Buscabais a vuestro tío? ¿Y qué podríais estar haciendo con el sombrero de
la señorita Peterson?
—No es muy bonito —dijo Claire. Se lo probó—. ¿No cree que parece un
balde?
La cara de Henderson se retorció como si algo oliera mal.
—No me corresponde hacer comentario alguno sobre la ropa de la señorita
Peterson.
—¿Pero si le correspondiese, señor Henderson? —lo interrogó Isabelle—.
¿Diría que este sombrero es muy elegante?
Henderson parecía luchar consigo mismo. Con un suspiro admitió:
—No, no puedo decir que ese sombrero sea particularmente elegante.
—Creo que la señorita Peterson estaría mejor sin él, ¿no cree usted?
—Lady Isabelle…
—Lo que pasa es que no queremos que se vea mal al lado a esas damas de
Londres, señor Henderson —explicó Claire.
—No, comprendo…
—Esas damas de Londres son malas .
—Lady Claire…
Con una sonrisa, Isabelle empujó a Claire de regreso a la habitación de la
señorita Peterson.
—Bueno, ya que tío Charles no está aquí, nos vamos a ir. Adiós, señor
Henderson.
Cerró la puerta y lanzó un suspiro.
—Qué mala suerte que el señor Henderson haya estado en la habitación de tío
Charles.
Claire se encogió de hombros.
—Mientras hablabais, puse el cepillo de mamá Peterson debajo de los papeles
sobre el escritorio de papá Charles.
Isabelle sonrió abiertamente.
—Buen trabajo, Claire.
Claire fue brincando hacia la puerta que daba al vestíbulo, agarrando el
sombrero de las cintas y balanceándolo.
—Apuesto que a la señorita Russell le gustaría esta cosa para el
espantapájaros que tiene en su jardín.
Capítulo 8
Emma vio a la señora Graham cuando regresaba del lago. La mujer estaba de
pie en el hall de entrada de Knightsdale, mirando a su padre y riendo.
Se le hizo un nudo en el estómago. De modo que Lady Caroline no era la
única arpía revoloteando por el paraje de Knightsdale.
—Gracias por el paseo, milord —dijo Lady Caroline detrás de ella. Se volvió
para ver a la muchacha pestañear repetidas veces mirando a Charles. La
descarada puso una mano en su amplio pecho y la otra en el brazo de él—. Me
temo que estoy un tanto fatigada por el esfuerzo. Creo que subiré a dormir
una siesta.
¿Esperaba que Charles la acompañara?
—Vamos, Caro. —La señorita Oldston sonaba casi tan impaciente como lo
estaba Emma por causa de la pose afectada que había adoptado Lady
Caroline.
—Le veré más tarde, milord. —Lady Caroline rozó a Emma al pasar y siguió a
la señorita Oldston escaleras arriba.
Emma apretó los puños. Desearía tener algunos de los abrojos que el
Gordinflón y los otros habían estado arrojando cerca de la casa gótica… le
encantaría verlos decorando el amplio trasero de Lady Caroline.
Respiró hondo. Estaba siendo extremadamente infantil. Esos sentimientos
eran indignos de ella.
Echó una ojeada a la señora Graham y su mal humor se disparó nuevamente.
La mujer tenía la audacia de sonreírle, como si compartiera su impaciencia
hacia esa estúpida Lady Caroline. Emma no compartía nada con la señora
Harriet Graham. Nada.
Excepto a su padre. Cuando él le sonrió a la señora Graham, el estómago de
Emma se retorció.
No. Él sólo estaba siendo cortés. No traería a esa mujer a formar parte de la
familia. No podía hacer eso.
—Reverendo Peterson, justo el hombre que estaba buscando —dijo Charles—.
Y la señora Graham. Bienvenidos a Knightsdale. Espero que no le importe si
tomo prestado a su acompañante por un momento. Tengo un pequeño
problema que discutir con él.
—Por supuesto que no, milord. —La señora Graham le sonrió a Charles. Al
menos ella no se deshacía en pestañeos al mirarlo.
—Excelente. Lambert —Charles se dirigió al mayordomo, que andaba
rondando por ahí detrás—, acompañe a la señora Graham al salón azul. —Le
devolvió la sonrisa a la mujer—. De verdad, serán solamente unos minutos,
señora.
—Por favor, tómese su tiempo, milord. No tengo prisa. —La señora Graham
miró a Emma, quien apretaba los dientes—. ¿Le gustaría acompañarme,
Emma?
—No.
Emma vio que Charles se ponía rígido. Su padre frunció el ceño. Quizás había
sido un tanto brusca.
—No, gracias. Estoy un poco cansada. —¿Estaba usando la excusa de Lady
Caroline? ¡Jesús! No podía caer tan bajo—. Es que, eh…
—Entiendo, no se preocupe —dijo la señora Graham—. Estaré bien.
—Creo que Lady Beatrice está en el salón con algunas de las damas mayores,
señora —dijo el señor Lambert.
Charles arrugó el entrecejo.
—¿Algunas de las damas mayores, Lambert? Usted no se está refiriendo a la
Sociedad, ¿verdad?
—Sí, milord. —El señor Lambert carraspeó—. No obstante, me tomé la
libertad de poner el brandy a buen recaudo.
—Bien hecho.
Emma lanzó una mirada a su padre y vio el reproche en sus ojos. Luchaba con
su conciencia. Era su hija… y su conciencia ganó el combate.
—Supongo que puedo quedarme abajo unos minutos más y acompañar a la
señora Graham. ¿Si me disculpan, papá, milord?
Emma se concentró en la sonrisa agradecida de su padre mientras seguía a la
señora Graham hacia el salón azul.
—¿Puedo ofrecerle una copa de brandy, reverendo? —Charles hizo pasar al
reverendo Peterson a su escritorio.
—¿La voy a necesitar, milord?
Charles sonrió abiertamente.
—Espero que no.
—Entonces, tomaré una copa, gracias.
Charles le alcanzó el brandy al padre de Emma, indicándole con un gesto que
tomara asiento, mientras él permanecía de pie junto a la chimenea. Unos
nervios repentinos le impedían sentarse.
No había esperado sentirse nervioso.
El párroco probó un sorbo de brandy. Charles sentía sobre él los ojos del
reverendo, que lo observaba con detenimiento.
—No le voy a hacer un examen sobre declinaciones o conjugaciones, Lord
Knightsdale, ni a pedirle que traduzca a César.
Charles rio.
—No… y menos mal. No sé si podría defenderme bien.
—Tonterías. Usted era un excelente estudiante… cuando quería. Tengo
entendido que le fue muy bien en la universidad.
Charles se encogió de hombros. No tenía la intención de hablar sobre latín.
Quería hablar sobre Emma.
—Señor, la razón por la que quería hablar con usted… Bien, me gustaría… —
Charles carraspeó y volvió a empezar—. Quisiera su permiso para…
—¿Sí? Sólo dígalo, muchacho. No puede ser tan malo.
—Quisiera casarme con su hija, señor.
El reverendo Peterson permaneció tieso en su silla, como hipnotizado.
—¿Con Emma?
—Por supuesto, con Emma. Meg es demasiado joven.
—Bueno, no tanto en realidad, pero estoy de acuerdo en que para usted
Emma sería una mejor elección. Meg no está interesada en hombre alguno,
hasta donde yo sé. Emma lo está, pero se rehúsa a admitirlo.
—¿Entonces tengo su permiso para proponérselo?
—Claro que sí. Aunque será ella quien decida, por supuesto.
—Por supuesto. Y aún no estoy listo para proponérselo.
—¿Teme que no acepte?
Charles rio.
—Bueno, a decir verdad, ya me ha rechazado, pero creo que con el tiempo
puedo hacer que cambie de idea.
El reverendo Peterson asintió con la cabeza.
—Ella lo ha idolatrado durante años, como sabe.
—Bueno, sí, lo sabía… aunque le diré que en este momento no está actuando
exactamente como si me idolatrara.
El reverendo lanzó un suspiro.
—Emma no está muy feliz actualmente, Lord Knightsdale, y me temo que yo
sea el culpable.
—¿Qué quiere decir, señor?
Ahora era el turno del párroco para ponerse incómodo. Tomó un gran trago
de brandy.
—Usted sabe que mi esposa murió antes de que Meg cumpliera un año. Fue
un parto difícil y Catherine nunca se recuperó del todo. Yo estaba destrozado,
al igual que Emma, por supuesto. Ella sólo tenía nueve años, pero resolvió
tomar el lugar que su madre había dejado vacío. Se hizo cargo de Meg y de la
casa. Nunca debí habérselo permitido, pero en ese momento me pareció que
le hacía bien. Le daba algo que hacer, un propósito, si se quiere. Y yo…
El párroco cerró los ojos, apretando los labios como en un repentino acceso
de dolor.
—Señor, no es necesario que…
El reverendo Peterson levantó la mano.
—No, milord, quisiera continuar. —Con un suspiro apoyó el vaso sobre la
mesa que había junto a él. Apretó las manos, inclinándose hacia delante, con
los antebrazos sobre las rodillas—. No me interesaba en absoluto casarme de
nuevo. Emma se encargaba de todo. Yo podía vivir inmerso en mis
investigaciones, en mis textos de griego y latín antiguos. Era feliz (eso creía
yo). Y pensaba que Emma y Meg también eran felices.
—Estoy seguro de que lo eran.
—Quizás. Pero la vida continúa. Las cosas cambian. No es un pensamiento
muy profundo, lo sé, pero es muy cierto. Harriet se mudó al pueblo después
de la muerte de su marido (heredó una pequeña cabaña aquí) y cuando la vi
por primera vez después del servicio…, bueno, algunos sentimientos que creía
muertos hacía mucho tiempo, revivieron. Se ofreció como voluntaria para
ayudar con la iglesia… no por atrevida, ya me entiende, sino porque
verdaderamente disfruta el trabajo de arreglar las flores y preparar el altar,
ese tipo de cosas. También había participado activamente en su antigua
iglesia y le había resultado reconfortante. Nos hicimos amigos… y más tarde
nuestra amistad se hizo más profunda.
—Comprendo, señor. No es necesario ahondar en detalles que usted
preferiría mantener en privado.
El párroco rio, sonrojándose ligeramente.
—Oh, no tema, no lo haré. —Sacudió la cabeza—. Hemos obedecido las
enseñanzas de la iglesia, a duras penas. Y cada día se nos hace más difícil.
Estoy seguro de que me comprende.
Charles sonrió abiertamente.
—Creo que sí.
El párroco le devolvió la sonrisa.
—Entonces usted no piensa que soy demasiado viejo para… no, no importa. El
quid de la cuestión es que deseo casarme con Harriet… y ella quiere casarse
conmigo. Pero sé que a Emma no le gusta la idea. Siento que estaría
traicionándola.
—Bueno, debo decir que no le gusta demasiado la señora Graham.
El párroco resopló.
—Decir sólo eso es quedarse corto. —Se pasó la mano por el cabello que ya
estaba encaneciendo—. Harriet y yo lo hemos discutido y realmente no
entendemos su reacción. Ella está absolutamente segura de que nunca ha
hecho nada para insultar o herir a Emma. De hecho, tenían una relación
amistosa… hasta que demostré mi interés.
—¿Y Meg qué piensa de un nuevo matrimonio? ¿Ella sabe que usted quiere
volver a casarse?
—Oh, sí. Meg es muy diferente de Emma… bueno, Meg no tuvo que asumir
todas las responsabilidades que asumió Emma. Creo que a Meg no le interesa
demasiado, siempre que nuestro matrimonio no interfiera con sus actividades
y ella pueda seguir cavando en el lodo. Se parece mucho a mí en ese aspecto,
sólo que mi pasión son los clásicos y la de ella, las plantas.
El reverendo Peterson cambió de posición en su silla.
—A menudo he pensado… Es decir, pienso… Bueno… —El padre de Emma
levantó la vista para mirar a Charles directamente a los ojos—. Vamos, no
vaya a malinterpretar lo que voy a decirle, joven. No estoy recomendándole
que se tome libertad alguna con mi hija. Pero he empezado a pensar que si
Emma tuviese una idea más concreta de lo que es el amor entre un hombre y
una mujer, podría comprender mis sentimientos. Si ella hubiese
experimentado la… atracción… por un hombre, quizás entendería que el
matrimonio es más que… Bueno, tal vez entendería algo sobre el amor entre
los esposos. Que el amor que Harriet y yo nos tenemos no amenaza el amor
que tengo por ella y por su hermana. Que no estoy traicionando a su madre ni
menospreciando sus esfuerzos durante todos estos años. Que ella siempre
tendrá en mi corazón el lugar de hija, no necesita seguir llevando mi casa.
Charles se sentó frente al párroco.
—¿Entonces Emma no ha tenido nunca un pretendiente?
—No. No mentí al decirle que ella lo adoraba a usted. —Suspiró—. Pensándolo
ahora, debería haber insistido en que asistiera a una Temporada. Alguna de
mis hermanas la habría presentado gustosa. Pero Emma no quería dejar a
Meg… y yo no quería que mi cómoda rutina se alterase. —La amargura se
coló en su voz—. Ahora estoy pagando por mi egoísmo.
—Vamos, señor, nada de reprocharse a sí mismo, por favor. Creo que usted
me hizo un favor, sin que ninguno de los dos lo supiéramos. Me parece que
Emma y yo nos llevaremos de maravilla. —Charles sonrió abiertamente—.
Sólo me falta convencerla a ella de eso.
Realmente no había razón alguna para estar allí, pensó Emma mientras el
señor Lambert les abría la puerta del salón azul y entraba detrás de la señora
Graham. Se habría dado cuenta de eso en cuanto el señor Lambert dijo que la
Sociedad estaba allí, si no hubiese permitido que la culpa nublase su
pensamiento.
—¡Harriet! —La señora Begley elevó su taza de té cuando entraron Emma y la
señora Graham—. Y la señorita Peterson. Qué encantadora visita. Lady
Beatrice, ¿conoce a la señora Graham?
Emma inspeccionó el salón mientras la señora Begley se ocupaba de las
presentaciones. El señor Lambert había dicho que el brandy estaba a salvo,
pero los ojos de las damas estaban sospechosamente brillantes. Las gemelas
Farthington estaban sentadas juntas en el sofá, riendo entrecortadamente,
mientras la señorita Russell contemplaba con sonrisa beatífica un jarrón con
rosas.
—Un placer conocerla, señora Graham. —Lady Beatrice estaba ataviada con
un conjunto de color castaño rojizo y verde Pomona8 adornado con plumas en
colores que alternaban, dando la desafortunada impresión de una ciruela
pudriéndose—. ¿Un té, señoras?
—Sí, por favor —dijo la señora Graham—. Sería muy agradable tomar un té.
Lady Beatrice les sirvió té y luego metió la mano en su costurero, de donde
sacó con una sonrisa triunfal una botella de brandy.
—¿Os apetece un toque de crema francesa?
La señora Graham rio.
—Oh, no. Me quedaría dormida antes de ver el fondo de la taza.
Emma frunció el ceño mientras cogía su taza de té, también sin brandy.
—El señor Lambert ha dicho que había guardado eso. —Se mordió los labios
tan pronto como pronunció la frase. No estaba allí para criticar.
Lady Beatrice se encogió de hombros y guardó la botella en el costurero.
—El señor Lambert puede ser un excelente mayordomo, pero cuando de
astucia se trata, no puede competir conmigo.
—Vaya, señorita Peterson, no nos mire así —dijo la señora Begley—. Tampoco
es que cedamos a este gusto todos los días. Pues ayer tomamos nuestro té sin
una gota de brandy, ¿verdad, señoras?
—Ni una sola gota. —La señorita Esther Farthington sacudió lentamente la
cabeza.
—Y hoy apenas hemos tomado una gota. —La señorita Rachel Farthington
suspiró.
La señorita Russell sonreía a las rosas.
—Se preocupa demasiado, señorita Peterson, si me permite que se lo diga. —
La señora Begley señaló con su taza a Emma, mientras las gemelas asentían
con la cabeza—. Usted tiene sólo veintiséis, no sesenta y seis. A veces actúa
como si fuese una dama anciana.
Las gemelas interrumpieron abruptamente sendos gestos de asentimiento y
en idéntico gesto fruncieron el ceño.
—Alguien de sesenta y seis no es una anciana. —La señorita Esther dio un
golpecito sobre la mesa con su taza—. Nosotras tenemos setenta y no somos
ancianas, Lavinia.
—Claro que no. —La señorita Rachel meneó el dedo—. Alguien de ochenta y
seis puede que sea una anciana, pero alguien de sesenta y seis… nunca.
La señora Begley levantó las manos y por poco derramó el té.
—Lo que quiero decir, señorita Peterson, es que usted es todavía soltera,
casadera, atractiva…
Con cada adjetivo, las gemelas Farthington parecían hincharse como
reyezuelos enojados, con las plumas erizadas. La señora Begley les lanzó una
mirada hostigadora.
—Eso es lo que quiero decir , usted es todavía joven … demasiado joven para
estar constantemente preocupada por el decoro.
La señora Graham soltó una risita ahogada.
—Creía que eran las muchachas jóvenes quienes más tenían que preocuparse
por el decoro, Lavinia.
—Y yo no soy joven —dijo Emma. Esa era una conversación extremadamente
estúpida—. Mi hermana Meg es joven.
—Su hermana Meg es una verdadera criatura. Las niñas de su edad necesitan
la compañía de carabinas. Sin embargo, usted… —La señora Begley hizo una
pausa, golpeando suavemente sus dientes con la taza.
—Usted es un botón de rosa en su segundo día —completó la señorita Russell.
Todas se miraron fijamente como si hubiese hablando una de las sillas. La
señorita Russell las miró parpadeando.
—¿Qué diantre quieres decir, Blanche? —interrogó la señora Begley.
—Señorita Peterson… sus pétalos ya se han desplegado un poco. Están más
relajados. Más abiertos.
Lady Beatrice resopló.
—Poco probable.
—No, yo comprendo lo que quiere decir Blanche —dijo la señorita Rachel—. Y
tiene razón.
La señorita Esther asintió con la cabeza.
—Meg es como un botón de rosa nuevo, fresco, bien cerrado…
—… pero Emma ha estado más tiempo al sol. La ha rozado más el viento.
—La han visitado más abejas…
—Señorita Esther, no estoy segura de hacia dónde va esta metáfora, pero está
comenzando a sonar bastante indecorosa. —Había evidente irritación en la
voz de la señora Graham.
—Sólo están diciendo que Emma tiene suficiente experiencia como para ser
interesante —explicó la señora Begley—. Con lo cual estoy bastante de
acuerdo.
Emma se irguió de repente.
—No tengo experiencia alguna.
—No de naturaleza íntima, por supuesto. Al menos, eso es lo que yo
supongo…
—¡Lavinia!
—Bueno, Harriet, seguro que tiene más experiencia de vida que una jovencita
de diecisiete años —dijo la señora Begley.
En los oídos de Emma aún quemaba la palabra «íntima». Resopló, intentando
actuar como si la conversación no se le estuviera escapando.
—Oh, sí. Nueve años más de experiencia, para ser exacta.
—Y cada uno de esos años es importante, señorita. En el matrimonio no todo
ocurre en el dormitorio, como sabrá. Los hombres sí que le permiten a una
emerger de entre las sábanas de vez en cuando, para comer, leer los diarios,
conversar. Es mucho más atractivo tener una esposa (o un marido, en nuestro
caso) con algunos pensamientos interesantes dándole vueltas en la cabeza…
¿Sábanas? Emma sentía cómo un suave rubor le subía por el cuello. De golpe
se le presentó la imagen de Lord Knightsdale vestido sólo con sus sábanas, la
noche en que había ido al cuarto de las niñas a cazar fantasmas.
—Usted está… sazonada, señorita Peterson —dijo la señora Begley—. Es
mucho más apetecible para un hombre de paladar refinado.
—Señora Begley —dijo la señora Graham—, del modo en que usted lo dice,
parece que Emma fuese un filete.
—A esto le vendría bien un poco más de sazón, a menos que yo esté
equivocada. —Lady Beatrice le agregó otro toque de brandy a su taza—.
Lavinia tiene razón, señorita Peterson. Usted se preocupa demasiado por el
decoro. Necesita correr algunos riesgos… divertirse un poco. Ya no es una
muchacha en su primera Temporada… y, sí, sé que usted nunca ha asistido a
una Temporada, pero el concepto es aplicable. La sociedad, al menos aquí en
el campo, le dará más libertad que la que usted parece dispuesta a
concederse. —Sostuvo en alto la botella de brandy birlada—. Un poco de
descarrío hace bien, señorita Peterson. Es aburrida aquella mujer que sólo
conoce el decoro.
—Y ningún hombre quiere una mujer aburrida —completó Lady Begley.
—Y menos aún mi sobrino.
Emma escupió un sorbo de té de vuelta a la taza.
—¿Me he perdido algo? —preguntó la señora Graham.
—No. No hay nada que perderse. Nada en absoluto. Lady Beatrice
simplemente ha bebido demasiado licor. Está aturdida. Ofuscada. Confundida.
Emma estaba horrorizada. Ahora todas las damas de la Sociedad conocían la
opinión de Lady Beatrice sobre el matrimonio de su sobrino (y eran damas
con poco sentido del decoro y con lenguas veloces).
—Yo no estoy confundida, señorita. Charles necesita un heredero; sus
sobrinas necesitan una madre. ¿A quién más va a elegir? Es decir, observe a
la competencia. Lady Caroline…
La señorita Esther imitó el gruñido de un cerdo.
—La señorita Oldston.
La señorita Rachel relinchó.
Lady Beatrice asintió con la cabeza.
—Y además se parece extraordinariamente a un sapo. Como toda su familia.
Después está la señorita Frampton.
—Granujienta. —La señora Begley arrugó la nariz.
—La señorita Pelham.
—Con una madre detestable.
Nuevamente todas miraron fijamente a la señorita Russell.
—Bueno, es la verdad. La señorita Pelham tiene una madre detestable. Yo no
la querría como suegra.
—Exactamente. —Lady Beatrice asintió con el consiguiente balanceo de
plumas—. Solamente nos queda usted.
—Y Meg, Lizzie y la señorita Haverford, así como también incontables damas
de la «flor y nata» que no han asistido a esta fiesta.
Lady Beatrice puso los ojos en blanco.
—A Meg sólo le interesan las malas hierbas, y a Lizzie el conde de
Westbrooke. La señorita Haverford es uno de los nuevos botones de rosa de
los que hablaba la señorita Russell… demasiado joven. No me imagino a
Charles pidiéndola en matrimonio.
—La señorita Haverford no es demasiado joven —dijo Emma—. Tiene
diecisiete, la misma edad que Meg y Lizzie. Una edad perfectamente
aceptable para el matrimonio.
Lady Beatrice resopló.
—No para Charles. Él se aburriría tanto, se dormiría antes de poder…
—Lady Beatrice, por favor. —La señora Graham miró con el ceño fruncido a la
tía de Charles—. Emma es una señorita bien criada y soltera.
Lady Beatrice la miró de igual manera.
—Y así se quedará si no se mueve. Charles es como una ciruela esperando que
la recojan. Puede comerla si quiere. Sólo necesita estirar el brazo y cortarla
del árbol de los solteros.
La señora Begley cogió la botella de brandy.
—Dios mío, Lady Bea, no se ponga poética con nosotras.
—Bueno, es la verdad. Parte de atrapar un marido es encontrar uno que esté
maduro. Charles lo está. El título le pesa sobre los hombros. Alguien lo
recogerá antes de que termine este año; puede muy bien ser la señorita
Peterson. —Lady Beatrice se inclinó hacia Emma—. Vamos, muchacha. Vaya a
cosechar al hombre antes de que alguna otra jovencita le coja la delantera.
Emma miró con fijeza a Lady Beatrice. ¿Cómo respondía una a un comentario
semejante? ¿Le contestaba que ella quería algo más del matrimonio?
¿Pero exactamente qué? Amor, por supuesto, pero ¿qué había de las
inquietantes sensaciones que la inundaban siempre que pensaba en el cuerpo
firme de Charles contra el suyo?
—Bien, creo que ya hemos divagado lo suficiente acerca de la horticultura
matrimonial —dijo la señora Graham con una sonrisa—. Esta especulación es
infundada hasta que Emma haya recibido una proposición de Lord
Knightsdale. Y estoy segura de que ella preferiría considerar el tema en
privado, ¿no es así, querida?
Emma emitió un sonido que la señora Graham debió haber interpretado como
de asentimiento. La mujer desvió la conversación por canales más aceptables.
Fluía alrededor de Emma: chismes sobre familias vecinas, sobre los invitados
de Londres. Emma estaba agradecida: era el primer sentimiento positivo que
había tenido hacia la señora Graham desde que se había dado cuenta de que
la mujer era para su padre más que una simple dama de la parroquia.
Intentaba pensar con claridad, pero no lograba borrar de su mente las
imágenes, las sensaciones de su encuentro con Lord Knightsdale en la gruta.
Su olor. Su sabor. La sedosa aspereza de su lengua llenándole la boca.
Sentía calor. Se derretía. Por lo menos había algo en su cuerpo que sin duda
estaba húmedo.
Fijó la vista en su taza de té. Quizás ese desagradable señor Stockley tenía
razón: quizás ella tenía… instintos. Pensó en la puerta entre su alcoba y la de
Lord Knightsdale. La puerta cuya llave se había perdido. La puerta que
permanecía siempre abierta.
Se abanicó con la mano en un vano esfuerzo por enfriar su sangre.
—¿Se siente bien, querida? —le preguntó suavemente la señora Graham.
Emma asintió con la cabeza. Esperaba que ninguna de las otras damas
hubiese notado sus mejillas encendidas. ¿Qué dirían si supieran que había
recibido una especie de proposición matrimonial? Bien, indudablemente Lady
Beatrice consideraría las palabras de Charles como una proposición
matrimonial hecha y derecha, pero no lo era para Emma. Ella quería que le
hablasen de amor, no de conveniencia. De pasión, no de practicidad. ¿Era
mucho pedir?
Probablemente. Después de todo, Charles era un marqués. Para él, el
matrimonio era un deber.
Pero si oyese de él palabras de amor… ¿aceptaría ser su esposa?
Qué ridiculez. Ni siquiera iba a pensarlo. Estaba segura de que él le hablaría
de amor cuando las ranas criasen pelo.
Y no esperaba ver ranas peludas mientras viviera.
¡Jesús! Emma asomó la cabeza fuera de su alcoba y prestó atención. ¿Qué
podía ser ese ruido?
—¡Aaaaah! ¡Mamá! ¡Achíís! Aaaaah.
Lady Caroline salió de su habitación como una tromba y voló por el corredor,
gritando y estornudando. Se asomaron otras cabezas. Emma, al ver a Meg, se
dirigió a la habitación de ésta.
—¿Qué está sucediendo, Emma?
Ambas observaron a Lady Caroline aporrear la puerta de su madre.
—No tengo ni idea.
Finalmente, la doncella de Lady Dunlee respondió a los golpes.
—¿Qué desea, milady? ¡Oh! ¡Oh, Dios mío! —La doncella se cubrió la cara con
el delantal y comenzó a gemir.
—Oh, por el amor de Dios, Mary. —La voz estridente de Lady Dunlee podía
oírse por encima del jaleo—. ¿De qué se trata todo este griterío? ¿No se puede
tener un momento de pa…? —Lady Dunlee apareció en la puerta. Se le cayó la
mandíbula, abrió los ojos como platos y luego ella empezó a chillar.
Lady Beatrice rozó a Emma al pasar, con Reina Bess siguiéndola
tranquilamente.
—Lady Dunlee, por favor, cálmese usted.
—¿Que me calme? ¡Que me calme ! Me calmaré. Mire a mi hija.
Emma miró, al igual que todos los otros invitados que estaban en el corredor.
Los ojos de Lady Caroline estaban tan hinchados que parecían dos
hendiduras, tenía la cara cubierta de manchas rojas que sobresalían de la piel
y la nariz le goteaba. Se sorbía la nariz, estornudaba y se rascaba.
—Ya veo. —Lady Beatrice carraspeó—. Lamento que Lady Caroline esté
indispuesta.
—¿Indispuesta? ¿Usted llama a esto una indisposición? Pues yo lo llamo un
desastre.
—Bueno, indudablemente es un episodio desafortunado. Quizás se sentiría
mejor si se acostara.
Lady Caroline lanzó un grito y ocultó la cara en el hombro de su madre.
—¿No? —Lady Beatrice se balanceó sobre sus tacones—. ¿Cuál es
exactamente el problema, Lady Dunlee?
La dama señaló a Reina Bess, quien había decidido sentarse junto a las faldas
de Lady Beatrice y asearse la pata trasera.
—Esa criatura es el problema.
—Lady Dunlee, no señale a mi gata de ese modo. —Lady Beatrice se movió
para escudar a Reina Bess—. Estoy segura de que ella no quería molestar a su
hija.
—¡Ja! Pues entérese que Lady Caroline es muy sensible a los gatos.
—Ha estado sobre mi almohada, mamá. Sé que ha estado ahí. Me sentía bien
hasta que me acosté a descansar.
Lady Dunlee se irguió cuan alta era.
—¿Qué estaba haciendo su gata en la cama de mi hija?
—No tengo ni idea. Reina Bess no tiene debilidad por la carne de cerdo.
—¿Carne de cerdo? —Lady Dunlee frunció el ceño con tanta fuerza que sus
cejas se unieron formando una «V» encima de la nariz—. ¿Qué tiene que ver
la carne de cerdo?
—Es que Bess es un animal muy inteligente. Habría creído que con sólo
echarle una ojeada a su hija se habría dado cuenta de que no podía haber
nada interesante en su habitación.
Lady Dunlee tomó aire, escandalizada.
—Lady Beatrice, ¿está usted comparando a mi hija con un… con un cerdo?
—Así es.
Lady Caroline sollozó con más fuerza cuando los curiosos que se habían
congregado alrededor intentaron en vano ahogar la risa.
—Por favor, que vengan mi marido y mi hijo, y que traigan nuestro carruaje —
dijo Lady Dunlee—. Nos vamos.
Lady Beatrice sonrió.
—Que tengan un hermoso viaje.
—Pobre Lady Caroline.
Meg resopló.
—No creo que de verdad lo lamentes.
Emma rio.
—No, la verdad es que no, pero siento como si debiese hacerlo. Realmente se
la veía tan abatida… pero lo único que pensaba al mirarla era en cómo su cara
ahora hacía juego con sus modales. Es una joven bastante desagradable.
—Lo es, sin duda. —Meg se volvió para regresar a su habitación.
—Eh, ¿Meg?
—¿Sí?
Emma jugueteaba con su falda.
—Realmente me pregunto cómo entró Reina Bess a la habitación de Lady
Caroline… creía que ella se cuidaba bastante de dejar la puerta cerrada.
Meg se encogió de hombros.
—Quizás esta vez se le olvidó. —Se adentró unos pasos en la habitación.
Emma permaneció en el umbral.
—¿Lo estás pasando bien, Meg? Casi no te veo.
Meg se volvió para mirar a Emma.
—Emma, ¿quieres entrar?
—Pues sí, si tú quieres, claro. Tengo unos minutos. Sería bonito conversar.
Me pregunto en qué andas metida. No has ido a caminar con las otras
jovencitas esta tarde.
—No he ido a caminar, porque es aburrido eso de caminar sosegadamente
alrededor del lago. Ya he caminado alrededor de ese lago y mejor
acompañada.
—¿Mejor acompañada?
—En mi propia compañía. Sin esas detestables señoritas londinenses
descerebradas y sus estúpidos acompañantes.
—Pero se supone que esta fiesta es para que adquieras refinamiento social,
Meg.
—No deseo esa clase de refinamiento social. Ya he aprendido a no comer con
las manos y a no hablar con la boca llena. No necesito aprender a apuñalar
por la espalda o a subestimar a otros.
—Pero…
Por primera vez, Emma echó una ojeada a la habitación de Meg. Parpadeó. A
excepción de la cama, todas las superficies horizontales estaban cubiertas de
plantas. Sobre el escritorio había ramitas y flores dispuestas en hojas de
papel. Pedazos de loza con cosas verdes se alineaban en el alféizar junto al
asiento al pie de la ventana. El tocador estaba cubierto por una variedad de
hojas.
—Meg.
—No empieces, Emma.
—¿Pero qué estás haciendo?
—¿Qué te parece que estoy haciendo? Recogiendo especímenes, por supuesto.
No vengo muy a menudo por Knightsdale, ya lo sabes. He hallado algunas
plantas interesantes aquí.
Emma examinó el desorden que tenía delante pero por una vez decidió que no
quería discutir con Meg. Ella no era su madre.
De pronto las lágrimas le quemaron los ojos. Pestañeó para no llorar.
—Meg, ¿qué piensas de la señora Graham?
La jovencita le lanzó una mirada aguda.
—¿Qué quieres decir?
Emma se acercó a inspeccionar las plantas diseminadas junto al asiento al pie
de la ventana.
—¿Crees que papá se va a casar con ella?
—Probablemente.
—¿Y eso no te molesta? ¿No te molesta que ella vaya a ocupar el lugar de
mamá?
—Emma… —Meg apretó las manos detrás de la espalda y lanzó un suspiro—.
¿Quieres sentarte?
—No puedo.
Meg miró a su alrededor. Incluso las sillas estaban cubiertas con ramitas u
hojas.
—Ah, sí. Entiendo. Lo siento. Eh, podemos sentarnos sobre la cama.
—No, no es por eso. —Emma miró a Meg—. Es que estoy demasiado inquieta
para sentarme.
—Ah. Bien, eh, lo que pasa es, Emma, que en realidad no recuerdo a mamá.
Yo no tenía ni siquiera un año cuando murió. Tú eres la única madre que he
conocido.
—¿Y no te importa que la señora Graham ocupe… —Emma tragó más lágrimas
—, ocupe mi lugar?
—Emma. —Meg se frotó la frente—. Hace años que ya no necesito una madre.
Tú eres mi hermana. Y siempre lo serás. Estoy segura de que no dudarás en
decirme lo que piensas de mi comportamiento, de mis planes, de mi futuro.
No preveo demasiados cambios en nuestra relación.
—¿De verdad?
—De verdad.
Emma se sorbió la nariz y se sentó en la cama de Meg, quien se acomodó al
otro lado.
—Pero lo que sí creo, es que la señora Graham le hará bien a papá —dijo Meg.
—¿Cómo? ¿En qué sentido podría hacerle bien a papá?
—A él le gusta, Emma. Creo que la ama. Papá ahora sonríe más.
—Antes también sonreía.
—Sí, lo sé, pero esto es diferente. Simplemente parece… más feliz, como si
estuviese entusiasmando por algo distinto de sus mohosos libros viejos y sus
traducciones.
—Pero nos tiene a nosotras. —Emma tiraba del cubrecama de Meg.
—Creo que se está dando cuenta de que no nos tendrá para siempre. Él
espera que algún día nos casemos. Y entonces se quedará solo.
—No.
—Sí, Emma. No es que tenga intenciones de casarme pronto, pero sí sé que
con el tiempo podría casarme. Y también tú deberías pensarlo. Sé que papá
no desea que sacrifiques tu vida por él. Ya has hecho suficiente.
—Yo no estoy sacrificando mi vida. Qué idea más ridícula.
—Sé que tú no lo tomas como un sacrificio, pero piensa… ¿no quieres tener tu
propia casa?
—Tengo la parroquia para cuidar.
—Pero ¿y niños? Yo creería que quieres tener hijos.
—Quizás.
Emma consideraba a Meg como si fuese una niña… y estaban también
Isabelle y Claire. Por supuesto que le gustaban los niños. Si se quedaba y
llevaba la casa de su padre, no tendría hijos para criar, eso era cierto. Y si su
padre se casaba con la señora Graham, tampoco tendría una casa que llevar.
No le haría falta a nadie.
Se rodeó la cintura con los brazos.
—Papá no se casará con la señora Graham si yo no quiero que lo haga.
—Quizás no… pero tú no quieres manejarle así la vida, ¿verdad? Usar el amor
que te tiene para controlarlo, para imponerle límites. Él nunca nos ha hecho
eso. Siempre nos ha dejado seguir a nuestro corazón.
—¿Qué quieres decir? ¿Adónde hemos seguido a nuestro corazón? Aún
vivimos en casa, ¿no?
—Eso es precisamente lo que quiero decir. Papá me deja salir y perder el
tiempo con mis hierbas y mis cosas. A ti no te obligó a participar de la
Temporada (y a mí tampoco, aunque habría sido muy fácil para él haberme
mandado a Londres con Lizzie esta primavera). Nunca insistió en que te
casases, y tú indudablemente ya tienes edad como para justificar que lo
hubiese hecho.
Emma desvió la mirada de Meg.
—Nunca me han hecho una proposición matrimonial.
—Porque nunca te ha interesado ninguno de los hombres del pueblo.
—¿Qué quieres decir? —Emma frunció el ceño—. Siempre he bailado en las
reuniones, ¿no es verdad? He sido perfectamente cortés y agradable.
—Sí, cortés y agradable. Nunca apasionada.
—¡Meg! ¿Qué sabes tú de pasión?
—Nada, en realidad. Pero tengo ojos, Emma. Miro. Y en realidad soy una
observadora bastante hábil. —Meg rio por lo bajo—. Quizás por estar
buscando siempre sutiles diferencias entre plantas similares. En todo caso,
percibo cuando hay romance en el aire. Una muchacha que está interesada en
un hombre, brilla. Sus ojos se iluminan, su piel se ruboriza, la respiración se
le acelera. Se la ve más animada. A ti se te ve siempre igual, aunque estés
hablando con una anciana carabina o con un joven lord que es un excelente
partido.
—Qué ridiculez. Estoy segura de que te equivocas. Yo creo que papá nunca
nos ha empujado a ninguna de las dos a nadar en las aguas sociales porque
estaba demasiado absorto en sus libros para que le importara.
Meg rio.
—Bien, ahí tienes. Sin duda papá prefiere evitar las molestias y hasta ahora
(es decir, hasta que la señora Graham se mudó al pueblo) creo que estaba
contento con dejar las cosas como estaban. Pero ya no creo que lo esté.
—¿No? —Emma no lo había notado inquieto. Bueno, estaba el incidente del
despacho cuando ella los había sorprendido a él y a la señora Graham.
Realmente prefería no recordarlo.
—Emma, si papá ama de verdad a la señora Graham, debería casarse con ella.
—Tonterías. No la ama. Está encaprichado, eso es todo. Supongo que la
señora Graham es una mujer atractiva para su edad. Sabe cómo seducir a un
hombre. No la culpo, de verdad. Estoy segura de que la vida de una viuda
debe ser bastante precaria. Sólo desearía que encontrase otra víctima para
asegurarse un futuro confortable.
—Emma, tú no creerás eso, ¿verdad?
Emma se encogió de hombros.
—No sé lo que creo. Lo que sí sé, es que no puedo vivir en la misma casa que
esa mujer.
—No creo que vayas a tener que hacerlo.
—¿No? —Emma sintió que el alivio la inundaba. Sonrió—. ¿Entonces crees
que papá entrará en razón?
—No creo que sea papá quien necesita entrar en razón.
Emma frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que creo que no vas a seguir viviendo en la parroquia por
mucho tiempo más. Te he dicho que soy bastante observadora (aunque en
este caso, hasta un ciego lo vería). Cuando hablas con Lord Knightsdale, no te
ves como si estuvieses hablando con una anciana carabina.
—¿Qué?
Meg sonrió abiertamente.
—En el instante en que se acerca Lord Knightsdale tus ojos se iluminan, el
rubor te enciende la cara y tu pecho se agita.
Emma puso los ojos como platos y la mandíbula se le cayó sobre la cama.
Miró fijamente a Meg. No podía querer decir… Seguramente no estaba
insinuando que… Cerró la boca de golpe y la miró enojada.
—¡Lo que agitaré será mi mano en el aire para arrojarte algo, miserable
remedo de hermana!
Meg cayó de espaldas sobre la cama, riendo, mientras Emma cogía la
almohada que tenía más a mano y se la arrojaba a la cabeza.
Capítulo 9
Charles miraba fijamente la pila de papeles sobre su escritorio. Necesitaba un
secretario.
No, necesitaba una esposa. Emma. En la gruta había hecho algunos progresos
interesantes en el cortejo. Si Lady Caroline no hubiese ido tras sus pasos.
Un ligero golpe en la puerta.
—Adelante.
Apareció el señor Lambert, trayendo una gran pila de cartas.
—El correo, milord.
—Póngalo sobre el escritorio, Lambert.
Lambert pestañeó ante la montaña de papeles que ya ocupaban la superficie
del escritorio.
—¿Dónde, milord?
Charles lanzó un suspiro.
—Buena pregunta. Démelo a mí, entonces.
—Muy bien, milord. Y supongo que se habrá enterado de la partida de Lord
Dunlee y su familia.
—¿De verdad? Un poco repentina, ¿no? ¿Dijo por qué se marchaban?
—Creo que quien insistió en irse fue Lady Dunlee, milord.
—¿Lady Dunlee? ¿Y por qué querría marcharse? Yo habría dicho que estaba
bastante interesada en los festejos.
¿Interesada? Parecía tan concentrada como un oficial francés en la línea de
batalla. Había llegado a pensar que sin duda ella planeaba hacerlo prisionero
para entregarlo a su hija, esa joven tan parecida a un cerdo.
Lambert se aclaró la garganta.
—Una de las doncellas de arriba le confió a la señora Lambert que Lady
Beatrice insultó a Lady Caroline.
Charles arqueó las cejas.
—Qué raro. La tía Bea no acostumbra ir por ahí atacando ferozmente a
jovencitas.
—Creo que Lady Caroline insultó a Reina Bess.
—¿A Reina Bess? ¿Y por qué la tía Bea haría tanta alharaca por un personaje
de la historia británica?
—No a la reina verdadera, milord. A la gata Reina Bess. Al parecer, Lady
Caroline es muy sensible a los gatos. La mascota de Lady Beatrice entró en la
habitación de la dama y ella estaba sufriendo las consecuencias (Lady
Caroline, quiero decir, no Reina Bess). Estaba muy… manchada, según me
dijo la señora Lambert.
—Entiendo. Gracias por informarme, Lambert.
«Entonces», pensó Charles mientras Lambert cerraba la puerta tras de sí,
«una señorita menos que evitar.» Qué lástima que la tía no hubiese ofendido
antes a Lady Caroline. Si se hubiese ido antes del paseo por el lago, su
encuentro con Emma en la gruta podría haber sido significativamente más
gratificante. Quizás a estas alturas hasta sería un hombre comprometido.
Necesitaba planificar cuidadosamente su campaña. A juzgar por el modo en
que ella había respondido en la gruta, él no le era indiferente, pero sí que
actuaba de un modo absurdo. Nunca le había explicado el porqué de la
bofetada. Él tan sólo le había propuesto matrimonio. Ni siquiera la había
besado, eso había venido después y entonces no había dado señales de querer
abofetearlo.
No, ninguna señal, en absoluto. Se movió en la silla, pensando en la joven, en
su suavidad, su calor, en cómo se había entregado y abierto a él. Dios. Y la
culpa de que la hubiese besado era de ella, que había estado mirándole los
labios del modo más voraz. Por simple cortesía la había invitado a probarlos.
Estaría feliz de dárselos a probar más de una vez. Realmente le encantaría
saborearla a ella, cada centímetro de su cuerpo, cada curva, cada lugar
secreto.
—¿Ocupado, Charles?
Charles se sacudió la dulce lujuria que había encendido su imaginación.
—En realidad no. Pasa, Robbie.
Robbie examinó el aspecto del escritorio mientras se acercaba.
—Me parece que debieras estarlo.
—Lo sé. Creo que ya me he encargado de los asuntos más urgentes. —Charles
bajó la vista y la fijó en el desorden que tenía ante sí—. Pero no estoy del todo
seguro.
—Necesitas un secretario.
—Lo sé, maldita sea. Necesito muchas cosas desde que murió mi hermano y
heredé el maldito título. No puedo conseguir todo al mismo tiempo.
—Está bien. —Robbie tomó la licorera y se sirvió brandy—. Me parece que
también necesitas un trago.
—Gracias. —Charles cogió el vaso que le alargaba su amigo—. Tu ausencia
esta tarde tampoco ha facilitado las cosas. He tenido que quedarme a hacer
de niñera de esas jovencitas y esos muchachos enervantes que la tía Bea ha
reunido para esta maldita fiesta.
Robbie sonrió abiertamente, repantigándose en la silla junto al escritorio de
Charles.
—¿Por qué crees que me ofrecí tan rápido para ir a buscar a la hermana de
Alvord? Maldita la gana que tenía de andar pesadamente alrededor de tu
hermoso lago con ese grupo de vegetales.
—Pensaba que tal vez querías pasar un tiempo con la sensual Lizzie.
—¿Lizzie… sensual? —Robbie soltó una carcajada—. La pequeña Lizzie es
como una hermana, Charles. Lo sabes. Preciosa, encantadora, pero…
¿sensual? Si apenas ha dejado los andadores.
—No exactamente, Robbie. Ya tiene diecisiete años. Ha debutado socialmente
esta Temporada. Alvord ya podría estar recibiendo proposiciones
matrimoniales… puede que ya tenga unas cuantas.
Robbie frunció el ceño y luego se encogió de hombros.
—No. Lizzie no está lista para casarse… estoy seguro de eso. James no la
obligará. De hecho… ¿qué ha sido eso?
Charles también oyó un ruido sordo.
—No lo sé. No suena como si viniese del corredor.
—¿Has mirado fuera?
—No ha sonado como un golpe al aire libre —dijo Charles, pero miró
igualmente por la ventana. Nada—. Me ha sonado a algo pesado que hubiese
caído sobre madera.
—No, tienes razón. —Robbie se levantó y asomó la cabeza por la puerta del
despacho—. El corredor está vacío. Quizás tienes ratas muy grandes dentro
de tus paredes.
Charles arrugó el entrecejo mirando la ordenada biblioteca.
—Sinceramente espero que no.
Después de la cena, Emma se sentó junto a Sarah, la duquesa de Alvord, en el
salón. Le gustó instintivamente esa americana alta y pelirroja. Calculaba que
tenía más o menos su edad, quizás uno o dos años menos.
—Mi marido dice que usted es una amiga de la infancia, señorita Peterson.
—Así es, vuestra alteza. Bueno, no estoy segura si era exactamente lo que se
dice una amiga. Me temo que era más bien una molestia. Lord Knightsdale
dice que el duque y Lord Westbrooke me llamaban «Sombra».
La duquesa rio.
—Y su hermana y Lizzie tienen la misma edad, ¿no es cierto? ¿También son
amigas?
—Así es. —Emma buscó con la mirada a su hermana. Por una vez Meg no se
había escapado temprano. Estaba sentada con Lizzie y se reían de algo—. Se
había hablado de enviar a Londres a Meg con Lizzie para la Temporada, pero
mi hermana no está muy interesada en bailes y fiestas de sociedad.
—¿No?
—No. Le interesa mucho más salir al campo a buscar nuevas muestras para
su colección de hierbas.
—Me alegra oír que tiene esa pasión. Sin embargo, no me sorprendería si con
el tiempo se interesa más por los hombres y el matrimonio. A la mayoría de
las muchachas les sucede eso. —La duquesa rio—. Enseñé en una escuela
para señoritas en Filadelfia, así que he pasado algún tiempo observando a
jovencitas.
Emma asintió con la cabeza, pero no estaba segura de que la duquesa tuviese
razón. Esa tarde Meg había dicho que pensaba que algún día se casaría; era
un comienzo. Y era verdad que en aquella reunión la variedad de candidatos
no era demasiado atractiva. El Gordinflón —no es que fuera un premio—
había partido con su familia. El Granos y el Sapo necesitaban muchos años
más de refinamiento antes de estar listos para la vida matrimonial. Lord
Westbrooke era un buen partido, pero Lizzie había estado enamorada de él
desde siempre, aunque el conde no parecía ser consciente del interés de la
jovencita por él.
Necesitaba llevar a Meg a Londres para una Temporada, era tan simple como
eso. Bueno, simple si se casaba con Charles; no tan simple si tenía que
depender de las hermanas de su padre.
No iba a casarse con Lord Knightsdale.
—¿Y cómo le está yendo al nuevo Lord Knightsdale, señorita Peterson?
—¿Cómo? —Emma miró fijamente a la duquesa—. ¿Qué quiere decir?
—Me refiero a Charles. ¿Sabe cómo le está yendo? Cuando hablé con él en
Londres, me dio la impresión de que no tenía demasiadas ganas de heredar el
título. Por supuesto que en ese momento no había razón alguna para suponer
que lo heredaría, su hermano era joven y saludable. ¿Charles se está
adaptando bien a ser marqués?
—Vuestra alteza… —¿Que Charles no deseaba ser marqués? Nunca lo había
dicho, ¿verdad? Por supuesto jamás había esperado heredar ese título. Ese
debía ser el motivo de su ansiedad por casarse: para poder terminar pronto
con el desagradable asunto y continuar con su vida—. En realidad no lo sé.
Lord Knightsdale no me confía sus cosas.
—¿No lo hace? Estaba segura de que James me había dicho… —La duquesa
frunció el ceño, luego sacudió la cabeza—. No importa. Debo haberme
confundido. Por favor, discúlpeme. —Se ruborizó—. En estos días no soy del
todo yo misma.
Emma sonrió.
—No necesita disculparse, vuestra alteza. ¿Cómo se siente?
—Bien. Es sólo que me canso con mucha facilidad, pero me han asegurado
que eso pasará pronto. —La duquesa sonrió—. Doy por hecho que sabe que
estoy en estado.
—Sí. Me temo que no es ningún secreto.
—No hay demasiados secretos en la «flor y nata», ¿verdad? —La duquesa rio
—. No es que desee ocultar mi embarazo. Es sólo que estoy acostumbrada a
llevar una vida más privada. El casamiento con un duque británico ha traído
aparejada la necesidad de acostumbrarme a algunas cosas.
—Sí, la vida ha de ser muy diferente aquí. —Emma trató de imaginarse
dejando a su familia y su lugar para cruzar el Atlántico—. ¿Extraña mucho su
país?
—No. —La duquesa se alisó la falda—. Oh, de vez en cuando me pongo un
poco nostálgica, pero en realidad ya no tengo un hogar en los Estados Unidos.
Mi madre murió cuando yo era pequeña; mi padre, el año pasado… fue su
muerte lo que me hizo venir a Inglaterra.
Levantó la vista y le sonrió a alguien por encima del hombro de Emma. Al
volverse, Emma vio al duque de Alvord encabezando a los hombres que
entraban al salón después de haber bebido su oporto después de la cena.
—No, —Emma oyó decir a la duquesa—, ahora mi hogar está en Inglaterra.
Los ojos del duque hallaron a su esposa y una amplia sonrisa le iluminó la
cara.
Sin duda estaba locamente enamorado de ella, pensó Emma mientras lo
saludaba y se excusaba para que él pudiese ir a sentarse en el sofá junto a su
duquesa. Se dedicó a observarlo durante la velada. Su expresión era
agradable pero reservada al hablar con la mayoría de la gente, pero al mirar a
su esposa su rostro expresaba ternura y un fuego especial le iluminaba los
ojos.
Le encantaría hacer que un hombre la mirase de ese modo. ¿Charles lo haría?
Resopló. La señorita Russell hizo una pausa en la crónica de los males de su
jardín y le dirigió una mirada alarmada. Sonriendo, Emma tosió como
aclarándose la garganta.
Charles solamente quería tener a mano un ama de cría y una niñera. Lo miró
fugazmente. Estaba hablando con sir Thomas y lord Haverford. Sus miradas
se cruzaron y él le sonrió.
Ella se miró las manos, esperando que los frenéticos latidos de su corazón no
se oyesen en toda la habitación.
Le gustaría tener hijos. Meg no se había equivocado en cuanto a eso. Le
gustaría tener un bebé… con los límpidos ojos azules de Charles.
Vio al señor Stockley paseando la vista por el salón y se volvió rápidamente.
Quizás si se retiraba al sofá del extremo más lejano podría evitar su enojosa
atención.
Cuando ella estuviese en estado, ¿se vería tan feliz a Charles, tan orgulloso de
ella, tan protector como se notaba al duque con su duquesa? No. Estaría en
Londres, una vez que estuviese seguro de que su semilla había prendido. Tal
vez ni siquiera se molestase en volver a Knightsdale para el nacimiento. ¿Por
qué debería hacerlo? Mejor quedarse en Londres, bebiendo y frecuentando
prostitutas. Le dio un tironcito a su falda. Probablemente no lo volvería a ver
hasta que no fuese hora de empezar a buscar el siguiente pequeño Draysmith.
—Señorita Peterson, ¿se siente bien?
—¿Qué? —Emma alzó los ojos y se encontró con el ceño fruncido de Charles
—. Sí, por supuesto que me siento bien. ¿Por qué me lo pregunta?
—Estaba gruñendo de nuevo.
—Yo no gruño.
—¿No? Humm. Entonces quizás eran gemidos.
Emma se sonrojó.
—Claro que no eran gemidos.
—¿No? Me gustaría hacerle gemir.
«Ya lo ha hecho.» Emma se tapó la boca bruscamente pero la expresión de
Lord Knightsdale no había cambiado. Al parecer las palabras no habían salido
de su boca.
—¿Puedo acompañarla?
—No veo modo de evitarlo.
Él rio entre dientes y se sentó junto a Emma, un poco más cerca de lo
necesario. Su pierna le rozaba la falda. En realidad sus cuerpos no se tocaban
pero ella habría jurado que sentía el calor del cuerpo de él a lo largo del
costado.
A menos que fuera el calor de su propio cuerpo el que estaba sintiendo. ¿Y si
fuese así y él también lo sintiese? Intentó alejarse.
—Vamos, no sea quisquillosa, señorita Peterson.
—No soy quisquillosa.
Debió haber hablado demasiado alto, porque Lady Beatrice miró en su
dirección y comenzó a acercarse. Emma se sintió aliviada, bueno,
principalmente aliviada, de poder evitar un têteàtête con Lord Knightsdale.
—¿Estás fastidiando a la señorita Peterson, Charles? —Lady Beatrice se
acomodó en una silla.
—Por supuesto que no, tía… ¿la estoy fastidiando, señorita Peterson?
—No. —Emma supuso que el hacer palpitar el corazón de una con tan sólo
acercarse no podía considerarse fastidioso.
Algo inquietante, quizás. ¿Perturbador? Indudablemente.
—Hablando de fastidiar, tía, creo que te llevas el premio en esa categoría.
Lambert me ha dicho que insultaste a Lady Caroline hasta tal punto que ella y
su familia abandonaron Knightsdale.
Lady Beatrice se encogió de hombros.
—Ella insultó primero a Reina Bess.
—Dios mío, tía, pareces Claire. Reina Bess es una gata .
—Y Lady Caroline es una cerda.
Emma ahogó una risita. Lord Knightsdale se volvió a mirarla con fijeza.
—Supongo que usted está de acuerdo con la observación de mi tía.
—¿Eh?
—Por supuesto que lo está. Cualquiera que tenga ojos estaría de acuerdo
conmigo. Y una cerda desagradable , además. Estamos bien, libres de ella. —
Lady Beatrice sonrió, elevando sus impertinentes para inspeccionar el salón
—. Se me ocurren algunos otros idiotas cuya ausencia mejoraría esta fiesta. —
Sus anteojos se detuvieron en el Granos y el Sapo, que reían con disimulo
junto a la puerta que daba al jardín—. ¿En qué crees que andan metidos esos
dos?
—En nada bueno, estoy seguro. Iré a averiguarlo, ¿quieres?
—Espera un momento. Quizás se les pase. —A continuación los impertinentes
de Lady Beatrice se detuvieron en el señor Stockley—. Humm, ese hombre me
resulta conocido.
—Ha estado aquí desde ayer por la mañana.
—Lo sé, Charles. No, esto me tiene inquieta desde el instante en que lo vi. Es
como tener una palabra en la punta de la lengua: no puedo caer en la cuenta
de por qué me resulta familiar. ¿Qué sabe de él, señorita Peterson?
—No demasiado, Lady Beatrice. Ha alquilado la casa del señor Atworthy,
quien decidió quedarse en Londres.
—Nadie se queda allí después de la Temporada, señorita Peterson. —Lady
Beatrice frunció el ceño—. Muy raro.
—Usted se quedó, ¿no es verdad, Lady Beatrice?
—Oh, no. Qué desagradable, Londres en verano. De lo más aburrido, también.
—Pero pensaba que había venido de Londres por la fiesta.
—Sobreviví a Londres.
Charles sonrió.
—Yo me quedé en Londres poniendo en orden los asuntos de mi hermano,
señorita Peterson. No estoy tan en contra como mi tía de un Londres sin la
«flor y nata».
—¿Y quién es ese señor Atworthy? —Ahora Lady Beatrice fruncía el entrecejo
—. El apellido no me suena.
—Tía Bea, será mejor que muevas los ojos… harás que el pobre Stockley
estalle en llamas con el calor de tu mirada fija en él a través de esa lupa.
—Eso podría ser bueno —dijo Lady Beatrice, pero bajó los impertinentes.
—También el señor Atworthy es relativamente nuevo en el vecindario —dijo
Emma—. Creo que le ganó la casa en una partida de cartas al heredero de los
Bannister poco después de la muerte del viejo señor Bannister.
—Ah, Bannister. A él lo recuerdo. Seguro que tú también, Charles. ¿No tenías
la misma edad que su heredero?
—Creo que Bannister tenía la edad de Paul.
—Humm. Entonces, ¿de qué vive Stockley?
—No estoy segura —respondió Emma—. No lo he interrogado.
Lady Beatrice levantó una ceja con incredulidad.
—Seguramente le ha hecho usted algunas preguntas por simple cortesía.
Emma se encogió de hombros.
—Creo que dijo que su familia se dedicaba al tráfico marítimo.
—Tráfico marítimo. —Lady Beatrice pronunció la frase como si fuese una
maldición.
—Quizás mi padre sepa algo más sobre él.
—Espero que así sea, si lo dejó meterse en su casa.
—Lady Beatrice, el señor Stockley no se met…
La mano de Lord Knightsdale se posó sobre la rodilla de la joven. El contacto
la sobresaltó y se detuvo en mitad de la frase.
—Parece un tanto agitada, señorita Peterson. Quizás podría bajar la voz.
¿Cómo se atrevía a decirle cómo comportarse?
Él rio por lo bajo.
—No, no me golpee. Suelte el aire lentamente. Más tarde será un placer dejar
que su lengua me azote. —Bajó la voz hasta un susurro que sólo ella podía oír
—. Que me azote o me… haga otras cosas.
—¡Lord Knightsdale! —No sabía a qué se refería, pero estaba segura de que
fuera lo que fuese, iba en contra de las buenas costumbres.
—Stockley… Stockley… En cualquier momento me va a venir a la mente.
—Seguramente, tía. Sin embargo, creo que debo ir a charlar con los señores
Frampton y Oldston antes de que lleven a cabo la travesura que están
planeando, cualquiera sea. Si me disculpan…
Lord Knightsdale llegó a la puerta del jardín justo a tiempo para capturar al
lechón que el señor Frampton pensaba introducir en el salón.
—¿Puedes creer que en el mundo exista gente tan idiota, Henderson? ¿Qué
tienen en la cabeza, para que se les ocurra soltar un cerdo dentro de la casa?
—De acuerdo a mi experiencia, milord, los hombres jóvenes de la edad de los
señores Frampton y Oldston a menudo no piensan en absoluto.
—Yo no era tan estúpido, ¿o sí?
Henderson se llevó la mano a la boca, tosió y se volvió para colgar el abrigo
de Charles.
—Creo que usted puede haber hecho una o dos cosas que fueron un tanto
irreflexivas, milord. Pero no involucraron al ganado.
—Humm. Quizás. Pero… —Charles oyó un ruido en la puerta comunicadora.
La sangre se le subió a distintas zonas del cuerpo, y no principalmente a la
cabeza. Tragó saliva e intentó pensar con claridad—. Creo que por hoy hemos
terminado, Henderson. Me las puedo arreglar solo.
Henderson carraspeó.
—Estoy seguro de que puede, milord. Por favor, no haga ninguna estupidez.
—Está bien. Lo intentaré. Gracias. Hasta mañana. —Charles caminó hacia la
puerta comunicadora, haciendo un gesto con la mano para que Henderson se
fuera. Se detuvo antes de abrir la puerta.
—Buenas noches, señor Henderson —articuló en silencio.
Henderson se encogió de hombros, hizo una reverencia y salió.
—Bien, Emma.
Charles tenía pensado decir algo más, pero la visión de Emma en camisón,
con su cabello rizado, rubio oscuro, flotando como espuma sobre sus
hombros, lo dejó sin aliento —y también sin la mayoría de sus procesos
mentales racionales—. Eso, sumado al pequeño detalle de que ella estaba de
pie entre ambas habitaciones, le dificultó tremendamente concentrarse en
algo distinto de la parte de su cuerpo que se había endurecido… y en qué
cosas preferiría hacer en cualquiera de las dos, ¿por qué no en ambas?,
camas deliciosamente mullidas que tenían a su disposición.
—¿Cuál, ah, es el problema?
Emma levantó los brazos para echarse hacia atrás el cabello y al hacerlo el
camisón le marcó los pechos. Charles cerró los ojos, rogando poder conservar
el dominio de sí mismo. Y no estar babeando. Se frotó la cara con la mano y
tragó saliva.
—Alguien se ha llevado mi sombrero, milord, y también mi cepillo del pelo.
Los he buscado por todas partes y no puedo encontrarlos.
La voz sonaba más lejana. Charles abrió los ojos y vio a la joven caminando
hacia el fuego.
Dios, dame fuerzas. Su bonito camisón, delgado, de tela ya gastada, apenas
ocultaba la lozanía de sus formas. El fuego detrás de ella marcaba el contorno
de sus maravillosos senos de pezones oscuros. Su delgada cintura, que se
destacaba aún más, entre esos pechos y caderas generosos. Sus caderas, sus
muslos, la deliciosa sombra oscura que cubría…
Un caballero, discretamente le habría alcanzado a la dama una bata.
Los caballeros llevaban vidas extremadamente aburridas.
—¿Qué le ocurre? —susurró ella con voz severa. Apoyó ambas manos sobre
las caderas, estirando y ajustando más la tela, ofreciéndole una vista aún
mejor de ese cuerpo delicioso—. Está ahí parado como un niño bobo.
—Perdón. —Charles desvió la mirada de sus formas… y se dedicó a observar
la cama. Mala elección. Empezó a recorrer con la vista el suelo, deteniéndose
para corroborar que no estaba anunciando su atracción demasiado
descaradamente. Gracias a Dios se había puesto una bata. Cualquier
evidencia física de su admiración estaba oculta por los generosos pliegues—.
Deseo… eh, quería saber qué necesita. Mis disculpas. ¿Cuál es el problema?
—Mi sombrero, alguien ha robado mi sombrero. —Emma estaba de pie
señalando el armario abierto delante de ella.
—¿Está segura? —Feliz de tener algo que hacer, además de desear a Emma,
Charles fue a inspeccionar el armario—. Aquí está —dijo, levantando el
sombrero que había usado esa tarde en el lago.
—Ese sombrero no. El otro.
—¿El otro?
—El que usé para ir de pesca.
Charles parpadeó.
—Señorita Peterson, ningún ladrón que se precie de serlo robaría su
sombrero de pesca.
—Pues no está aquí.
—Quizás la doncella ha pensado por equivocación que usted lo había
desechado.
—¿Y por qué iba a pensar eso?
—Porque usted debería haberlo desechado. Creo que la mujer más pobre del
barrio de los burdeles en Londres se avergonzaría de ser la dueña de ese
vetusto sombrero.
—Bueno, de todos l…
—Señorita Peterson, ¿realmente pensaba que ese sombrero era atractivo?
Emma se sonrojó. Charles podía verla debatiéndose entre la sinceridad y el
sincero deseo de ponerlo en su lugar.
—No —admitió finalmente—, pero eso no significa que me guste la idea de
que alguien se lleve mis cosas.
—Está bien, entiendo que eso es preocupante. —Charles trataba de pensar.
Ahora percibía su perfume (una embriagadora mezcla de lavanda, limón y
aroma a mujer)—. ¿Ha dicho que le faltaba algo más?
—Mi cepillo del pelo.
Él frunció el ceño.
—¿Es valioso?
—Bueno, no.
—¿Es posible que se le haya traspapelado?
—¿Dónde?
Emma hizo un gesto indicando su tocador. Completamente vacío, ni la menor
posibilidad de que el cepillo se hubiese perdido en esa superficie tan limpia.
—¿Podría haberse caído al suelo?
Charles se arrodilló para mirar debajo del tocador. Emma se inclinó cerca
para mirar por encima de su hombro. Al menos eso es lo que él supuso que
estaba haciendo. Sintió que el camisón le rozaba el brazo y volvió la cabeza.
Oh… Dios. Se encontró mirando de frente el encantador, hermoso,
maravilloso, increíble vértice de sus piernas. Sólo un delgado trozo de tela se
interponía entre él y el vello oscuro y rizado que podía distinguir sobre su…
Tragó saliva. Intentó no olvidarse de respirar… y aspiró el olor almizclado de
su lugar secreto. Le bastaría alargar el brazo, para atraerlo hacia su boca.
Podría hundir la cara allí y luego también otra parte de su cuerpo.
—No lo veo, ¿y usted? —preguntó la señorita Peterson.
—Qu… —Charles, que estaba en cuclillas, se incorporó de un salto y su cabeza
golpeó con fuerza contra la parte inferior del tocador. Vio las estrellas… y al
inclinarse Emma sobre él, vio pechos.
—¡Su pobre cabeza! ¿Dónde se ha golpeado? Déjeme ver la parte de atrás.
Lo atrajo hacia ella. Si ahora simulase perder el equilibrio caería de cara
entre esos suaves globos redondos que se mecían tentadoramente cercanos a
su boca. Podía ver los deliciosos pezones oscuros frotándose contra el
camisón. Debían tener un sabor dulce, aunque no tan dulce como…
—Estoy bien —dijo con voz ronca, mientras se soltaba con dificultad. Se
aseguró de que su bata estuviese bien cerrada antes de intentar ponerse de
pie. Francamente, estaba sorprendido de que el generoso corte de la prenda
cubriese la tremenda atracción que sentía.
—¿Está seguro? Le veo un poco… raro.
—No, no. —Se aclaró la garganta—. Estoy bien. De verdad. Apenes… Apenas
un golpecito, ¿ve? —Se tocó la parte de arriba de la cabeza e hizo una mueca
de dolor.
—¿Lo ve? Está lastimado.
Se estiró para tocarle otra vez la cabeza, no era la parte de su cuerpo que
más anhelaba sentir el contacto de la joven. Él movió las caderas hacia atrás
para no empalarla con su virilidad. Uno o dos pasos hacia atrás, un tropezón
bien calculado, y aterrizaría de espaldas sobre la cama con el delicioso peso
del cuerpo de ella encima.
—¿Lo ve? Le duele tanto que está comenzando a transpirar.
La asió de los hombros y la hizo volverse, empujándola delante de él hacia su
habitación. Tenía que alejarse de la cama de ella antes de derribarla allí como
el animal en celo que era.
—Estoy bien , señorita Peterson. Sencillamente espléndido. Mejor imposible.
—¿Qué está haciendo?
—Usted necesita cepillarse el cabello. Estoy seguro de que debo tener un
cepillo para prestarle. De hecho, hasta puedo cepillárselo yo.
Podría llegar a morirse, pero tocar su pelo —el de la cabeza— era una idea
mucho más cuerda que cualquiera de las que en ese momento estaba
considerando.
Lord Knightsdale estaba comportándose de un modo muy peculiar. ¿Por qué
la empujaba hacia la habitación de él? ¿Acaso tenía intenciones indecentes?
Ella tenía que ponerse firme; clavar los tacones9 , literalmente.
Pero no podía obligarse a detenerlo. En realidad no le temía. Y sentía
curiosidad. Deseaba saber cómo era su habitación —aunque lo fuera desde
hacía poco tiempo—. Pero aun así, quería ver el lugar donde él disfrutaba de
su intimidad. Y si conocía un par de cosas más, pues bien, tenía unas extrañas
ansias de que así fuera. Quizás la señora Begley y Lady Beatrice tenían razón:
se preocupaba demasiado por el decoro. Necesitaba correr algunos riesgos.
Se detuvo en el umbral. El mobiliario oscuro y pesado y las cortinas azules y
doradas debían ser elección de su padre o de su hermano. Aun así había
muchos toques masculinos que sólo podían ser de Charles: los alfileres de
corbata arrojados al descuido sobre la cómoda, el escritorio atestado de
papeles, el…
—¡Mire! —Emma metió la mano entre los papeles y sacó su cepillo del pelo—.
¿Cómo ha llegado esto aquí?
—No lo sé. —Charles le quitó el cepillo y lo examinó—. Perdone que se lo
diga, pero no me parece que esto pueda tentar a un ladrón.
—No, ¿pero cómo ha llegado a su habitación? ¿Alguien ha podido haber
estado mirando sus papeles?
—¿Y cepillándose el cabello al mismo tiempo? Lo dudo. —Charles revolvió
entre las cosas que había sobre su escritorio—. Parece que todo está en
orden.
—¿En orden?
Se rio entre dientes.
—Corrijo. Parece que no faltara nada.
—Bien. Entonces sólo cogeré mi cepillo y regresaré a mi habitación.
Charles puso el cepillo fuera de su alcance.
—Me parece que eso no va a ser posible. Me he ofrecido a ser su doncella y
estoy decidido.
El corazón de Emma empezó a palpitar del modo más inquietante.
—Eso es ridículo. Puedo cepillarme el pelo yo sola.
—Seguro que puede. —Charles la sentó en su tocador y le pasó las manos por
el cabello—. Pero esta noche se lo cepillaré yo. Es el precio que debe pagar
por perturbar mi velada haciéndome buscar sus pertenencias perdidas.
—No era mi intención molestarlo…
Charles rio.
—Oh, señorita Peterson, si usted supiera…
Comenzó a deslizar el cepillo por el cabello de Emma.
Ella cerró los ojos para sentir mejor los largos movimientos con que le
cepillaba el pelo. Tenían la dosis exacta de suavidad y firmeza. Las cerdas le
masajeaban el cuero cabelludo, y se abrían paso a través del cabello,
separándolo, sin darle tirones. Sus manos anchas lo alisaban, apartándoselo
de la frente, sacándolo de detrás de las orejas, levantándolo del cuello.
—Usted ya ha hecho esto antes.
—Quizás.
—No tiene hermana ni esposa.
—Usted pregunta demasiado.
Entonces les había cepillado el pelo a sus amantes. Ese pensamiento le restó
placer a la experiencia.
—No se enoje, querida. —Ella sintió sus labios en la frente y abrió de repente
los ojos. Él sonrió—. Créame, nunca lo he hecho así. —Su voz era
extrañamente ronca—. Mmm. No, nunca fue así.
Sus labios rozaron la sien de la joven, deslizándose hasta la mejilla. Ella hizo
un leve sonido e instintivamente ladeó la cabeza. Él rio por lo bajo y comenzó
a mordisquear un punto sensible justo detrás de la oreja.
Ella aspiró bruscamente. Tenía una sensación tan rara en los pechos. ¿Sería
posible que sus pezones estuviesen haciendo eso, fuera lo que fuese? Se
estaban volviendo puntiagudos. Temía mirar la imagen del espejo. Y entre sus
piernas, tenía una clara sensación de humedad.
—Milord…
—Ssh, Emma. No tenga miedo. Sólo estamos jugando. Prometo mantener mis
labios por encima de sus hombros y mis manos por encima de sus caderas,
¿de acuerdo?
—Eh…
Su mente quedó en blanco cuando las manos de Charles llegaron a sus
pechos.
—¡Oh!
—Mmm. Exquisitos. Sus pechos son tan hermosos, cariño. Son perfectos.
—Pero…
—Ssh. No se preocupe. Relájese. ¿No le parece delicioso?
Claro que Emma no podía negar que la sensación era deliciosa.
Pecaminosamente deliciosa. Charles tenía las manos sobre sus pechos y los
masajeaba. Con las manos ahuecadas los tomaba desde abajo, levantando su
peso. Acariciaba los costados con sus dedos. Emma dejó caer la cabeza hacia
atrás, contra el pecho de él. Arqueó la espalda, elevando sus senos.
—Así, cariño. Dios, es tan bueno tocarte.
Los labios de él trazaron el contorno de su cara.
—Abra los ojos, amor. Mire al espejo.
—No…
Pero los abrió. Y lo que vio fue sobrecogedor. Su boca abierta, la cara
encendida. La cara de él contra suya, la sombra de su barba de días, el azul
brillante de sus ojos, ahora cargados de… ¿lujuria? ¿Esa extraña luz sería
lujuria? Y sus manos, sus dedos, oscuros contra la blancura del camisón. Uno
de sus dedos le tocó el pezón y ella se estremeció.
—Emma.
La atrajo hacia arriba entre sus brazos, apretándole los senos contra su
pecho. Las manos de él subieron para rodearle la barbilla y el contorno de la
cara y con sus labios abrió los de ella, mientras su lengua arremetía dentro de
su boca, llenándola. Tenía que asirse de los hombros de él para no caer al
suelo. Se dejó caer contra el cuerpo de él.
Las manos de Charles bajaron lentamente por su espalda, pero se detuvieron
al llegar a la cintura. Su boca se deslizó hasta llegar a la base del cuello,
donde se detuvo. Ella deseaba que esas manos llegasen a sus nalgas y la boca
a sus pechos.
¿Acaso había enloquecido?
Poniendo las manos contra sus hombros lo empujó y él aflojó la presión del
abrazo.
—¿Qué me está haciendo? —Dios mío, estaba jadeando.
Charles también.
—¿Qué es lo que me está haciendo usted a mí ?
—Dígamelo usted —dijo ella—. Usted es quien se ha sentido así antes.
Él rio.
—No exactamente. —Respiró profundo y sonrió abiertamente—. Estamos
seduciéndonos mutuamente, cariño. Me encantaría levantarla en brazos ahora
mismo y llevarla hasta esa deliciosa cama detrás de mí para continuar
explorándonos. ¿A usted también le gustaría hacer eso?
—No.
—Mentirosa. —La besó una vez más, brevemente y luego la hizo girar en
dirección a su propia habitación—. Pero probablemente tiene razón. Debería
volver a su cama… sola.
Emma casi corrió hasta la puerta.
—¿No confía en mí, cariño? ¿O es de sí misma de quien duda?
—Buenas noches —dijo y cerró la puerta, dejando detrás la risa suave de
Charles.
—Que duerma bien —le susurró él a través de la madera.
Emma tocó la puerta suavemente, luego caminó resueltamente a su gran
cama vacía.
Tenía la plena seguridad de que no iba a pegar ojo.
Capítulo 10
Charles levantó la vista hacia el dosel y suspiró. Ya casi amanecía. Iría a
nadar. Diablos, si anoche hubiese ido al lago después de haber cerrado Emma
la puerta comunicadora, su sangre se habría enfriado lo suficiente como para
permitirle dormir un poco. El caso era que había dado vueltas en la cama toda
la noche. Su cuerpo simplemente no conseguía relajarse. Tomó su almohada y
la puso sobre la parte menos relajada de su cuerpo.
Bueno, debía haber dormido un poco porque había tenido algunos sueños
espléndidos. ¿Podía haber algo más exquisito que sentir los pechos grandes y
suaves de Emma en sus manos, su delicioso peso descansando sobre sus
palmas? Mmm. Quizás el sabor de sus pezones. Al tocarla allí le había gustado
verla temblar… ¿gritaría cuando su boca los rodeara?
Cerró los ojos, sonriendo. Daría cualquier cosa por mecer esos pechos otra
vez, por hundir su cara entre ellos. Por tocar esos tobillos torneados, subir
por las piernas bien formadas, los muslos blancos como la leche, hasta el
delicioso triángulo oscuro que le había parecido tan tentador la noche
anterior. Y besarla allí…
Empujó la almohada hacia abajo. No podía postergar la ida al lago ni un
minuto más.
Con las piernas colgando fuera de la cama, agarró sus pantalones. Se los puso
de un tirón, los abotonó bien y se echó encima una camisa.
Si tan sólo él no fuese un caballero, podría haber tenido a Emma en su cama
la noche anterior. Habría sido tan fácil. Algunos besos más. Unas caricias
más. Si él hubiese dejado que sus manos, y su boca, vagasen más abajo…
Cerró los ojos, imaginando la sedosa humedad, el sabor dulce.
Podría haberla hecho gozar plenamente sin despojarla de su virginidad. Lo
habría hecho con mucho gusto.
Y quizás podría haberle enseñado a darle placer a él.
Esperaba que el agua del lago estuviese realmente fría.
Salió de su habitación y caminó sigilosamente por el corredor. No quería
despertar a nadie: no quería que nadie especulase sobre los motivos que
podría tener el marqués para andar paseando a esa hora intempestiva, a una
hora en que podría haber estado pasando un momento delicioso en la tibieza
de la cama de Emma.
¿Por qué se resistía a él? Sin duda parecía disfrutar cuando él la tocaba.
¿Acaso tenía miedo? ¿Era ésa la razón para que no hubiese accedido a
casarse con él?
Tendría que conseguir con paciencia que perdiese esos nervios virginales.
La provocaría. La tentaría. Le haría sentir su roce, se pararía cerca de ella, la
tocaría ligeramente cuando estuviesen hablando. La haría arder por él, para
que ese fuego consumiese sus miedos. Dibujó una amplia sonrisa. Y estaba
seguro de que podía traspapelar una gran variedad de pequeños objetos en la
habitación de Emma.
¿Cómo había terminado el cepillo de ella entre sus papeles? Se encogió de
hombros. Era extraño… pero no se quejaba. Para nada. Esperaba que ese tipo
de cosas extrañas ocurriesen muchas veces más.
Emma se cepillaba el pelo; y recordaba las manos de Charles haciendo la
misma tarea. Bueno, cuando él lo había hecho no parecía una tarea, era… No
sabía cómo definirlo. Era indescriptible. Sentir sus manos enredándose entre
sus rizos, sus palmas anchas alisándole la piel, sus dedos tocándola… Tragó
saliva.
Dejó el cepillo y ocultó entre las manos sus mejillas encendidas. Los dedos de
él habían estado sobre sus pechos. Sobre sus pez… No podía ni pensarlo. Pero
podía sentirlo. Su cuerpo palpitaba con ese recuerdo.
Al menos él no había tocado su piel desnuda. Al menos llevaba camisón.
¿Y si no hubiese sido así? ¿Cómo habría sido sentir sus dedos sobre la piel?
Intentó respirar profundamente mientras se abanicaba con la mano.
La noche entera se había retorcido entre las sábanas. No conseguía sentirse
cómoda. Su cuerpo estaba demasiado… sensible. Deseaba que se abriese la
puerta comunicadora y que Charles entrase a concluir aquello que había
empezado. Fuera cual fuese el final.
El señor Stockley había hablado de instintos. Emma lanzó unas risitas que
tenían un toque de histeria. Esas sensaciones eran más que instintos. Eran
fiebre, enfermedad… locura. Al otro lado de la puerta podía encontrar lo que
la curaría.
¿Y si abría esa puerta y le decía que sí, que se casaría con él si apagaba el
fuego que había encendido en sus venas?
Pensó que él con gusto la complacería.
¿Sería tan terrible? Sospechaba que los hijos eran el producto de esa
actividad. A ella le gustarían los niños. Él necesitaba un heredero. Ambos
serían felices.
Y luego él partiría a Londres.
¿Un hombre fecundaría a una mujer la primera vez que hiciera lo que fuese
que le hacía? ¿Tendrían quizás que repetir el procedimiento más de una vez?
¿Muchas veces? Quizás si Charles disfrutaba los esfuerzos lo suficiente, se
quedaría en Knightsdale, al menos por un tiempo. A las niñas eso les gustaría.
¿Pero y a ella?
¿Qué había del amor?
Arrojó su cepillo sobre el tocador. Estaba tan confundida… necesitaba aclarar
sus pensamientos. Sacaría a Prinny a dar un paseo matinal. Así Isabelle
podría dormir hasta más tarde si quería. Sin duda ella no iba a dormir.
Se vistió, cogió su sombrero bueno y caminó sin hacer ruido por el corredor.
Prinny había decidido que prefería estar con las niñas. Emma sospechaba que
Claire estaba usando su encanto para convencer a la cocinera de que le diera
unos cuantos huesos escogidos y los estaba llevando a escondidas a su cuarto.
Halló a Prinny en la cama de Claire.
—¿Prinny? —susurró. Las orejas del perro se movieron nerviosamente y
levantó la cabeza—. Ven, vamos a dar un paseo.
Las uñas de Prinny dieron unos golpecitos en el suelo pero Claire ni se movió.
Emma lo sujetó con una correa hasta que hubieron salido de la casa y el perro
hubo gastado un poco de su energía. Entonces decidió que se arriesgaría a
perderlo antes de que Prinny le dislocara el brazo. Salió disparado delante de
ella persiguiendo a una ardilla.
¿Estaría Meg por ahí afuera, en algún lugar de la hacienda, recolectando
especímenes? A menudo madrugaba para ir a buscar plantas.
Emma se detuvo en el amplio césped y miró la casa detrás de ella. El sol
empezaba a iluminar sus muros de arenisca y arrancaba destellos a las
ventanas. Esa prolija fachada siempre había sido su preferida entre las de
todas las mansiones de la zona: Westbrooke había sido reformada tan al azar
a lo largo de los siglos que ahora era una mezcolanza arquitectónica; el
castillo de Alvord le daba sensación de encierro.
Si se casaba con Charles sería la señora de Knightsdale.
Bajó hacia el lago. Le agradaba la señora Lambert, el ama de llaves. Sería
fácil llevarse bien con ella. Adoraba a Isabelle y a Claire. Estaría cerca de
Meg, podría vigilarla de cerca. Y estaría cerca de su padre.
¿En qué estaba pensando? La casa, las niñas… nada de eso era realmente
importante. Lo que importaba era Charles. ¿La amaba… o ella era solamente
una solución simple para un problema urgente? ¿Podría soportar un
matrimonio por conveniencia?
No, no con Charles. No, por la forma en que le hacía sentirse.
Lo necesitaba demasiado. Lo sabía. Andaría colgada de él cuando estuviese
en el campo y lo añoraría cuando se fuese a la ciudad. Eso no sería bueno
para ninguno de los dos. A él la situación llegaría a molestarle… y a ella se le
partiría el corazón.
Oyó a Prinny ladrar más fuerte, allí adelante.
—¡Prinny!
Los ladridos eran cada vez más altos. ¿Habría encontrado a Meg?
¿Necesitaría ayuda su hermana? Emma se recogió las faldas y echó a correr
hacia el lago.
Oía a Prinny, pero no podía verlo. Debía estar tras aquellos arbustos que ella
tenía delante. Se agachó para pasar debajo de una rama colgante, entre dos
arbustos demasiado crecidos.
—Pri…
Resbaló; se detuvo y quedó boquiabierta.
—Buenos días, señorita Peterson.
—Oh.
Cerró los ojos, apretándolos fuerte y los volvió a abrir. La visión no había
desaparecido. El marqués de Knightsdale estaba de pie bajo un árbol junto al
lago, desnudo como Dios lo trajo al mundo. Bueno, no tanto. Llevaba una
toalla alrededor de la cintura, toalla que Prinny intentaba frenéticamente
quitarle.
Tragó saliva, con la boca seca de repente. Había visto bastante de él la noche
de la caza del fantasma en el cuarto de las niñas, pero entonces estaba algo
más cubierto por una sábana. Esa mañana una porción bastante mayor de ese
cuerpo espléndido se le ofrecía a la vista. La fuerte columna del cuello; la
amplitud de los hombros; los músculos de los brazos que se marcaban
mientras aferraba la toalla. El vello rizado, de un tono castaño claro, se
esparcía sobre su pecho, formando una línea hasta el ombligo, que continuaba
bajando, no podía precisar cuánto más. La toalla no le permitía verlo.
Afortunadamente. Sí. Era una verdadera suerte que la toalla no le permitiese
verlo.
Prinny tironeó otra vez del extremo que tenía cogido por el hocico y la toalla
se deslizó un poquito.
—¿Cree que podría intentar que su perro me soltase, cariño? A menos que
quiera ver todavía un poco más de mí de lo que está examinando en este
momento. No es que me oponga, por supuesto. Siempre es un gusto
complacer a una dama. Simplemente le daré a Prinny la dichosa toalla,
¿quiere?
—¡No!
Emma dio un salto para coger del collar a Prinny. Le colocó la correa e
intentó persuadirlo de que soltara su preciado botín. Luchaba por mantener la
vista fija en las mandíbulas de Prinny y no en las piernas de Charles. En sus
pies desnudos. En los dedos de los pies.
—¡Prinny, perro malo! —decía la joven. Su voz sonaba débil a sus propios
oídos. «Olvídate de los dedos de los pies del marqués», se repetía a sí misma
—. ¡Prinny, suelta esa toalla ahora mismo!
Prinny gruñía. No tenía interés en cooperar.
—Lo siento, milord —se disculpó Emma, mirándolo desde donde estaba en
cuclillas con Prinny—. Parece que… ¡oh! —Se quedó mirando fijamente la
toalla. Un bulto muy grande sobresalía del cuerpo de Charles—. ¿Se ha
dislocado algo?
—¿Qué quiere decir?
—Algo anda mal, milord. ¿Ve? —Estiró la mano hacia la protuberancia.
—NO LO TOQUE.
Emma se echó hacia atrás instantáneamente.
—No es necesario que grite. ¿Le duele mucho?
Todo el cuerpo de Charles, al menos todo lo que ella tenía a la vista, enrojeció
vivamente.
—Sí. Me duele muchísimo. Voy a morir en unos cinco segundos si usted no se
vuelve y cierra los ojos en este mismo momento.
Su voz sonaba cortante. Ella levantó la vista hasta su cara. El marqués tenía
los labios apretados.
—¿No hay algo que pueda hacer para ayudarlo?
—Sí, hay algo. Estoy seguro de que usted puede curar esta dolencia, pero no
hoy. Hoy usted va a volver a cubrirse los ojos con las manos y a mantenerlas
allí hasta que yo se lo diga. Nada de espiar. ¿Entendido?
—No soy uno de sus soldados, milord.
—Soldados. Oh, Dios. Sólo haga lo que le digo, señorita Peterson. ¿Por favor?
Se lo ruego.
—Oh, muy bien. —Emma no deseaba empeorar su sufrimiento, pero no le
gustaba que le gritasen. De todos modos, suponía que había que tener
algunas consideraciones para atender a un hombre que obviamente estaba
sufriendo. Se volvió… pero taparse los ojos implicaba soltar a Prinny—. Milord
—dijo, empezando a volverse.
—Alto ahí, señorita Peterson.
—Pero… ¡oh!
Emma sintió un tirón en la correa y acto seguido Prinny escapó corriendo
hacia el lago, arrastrando la toalla de Charles en la boca. Con un brusco
ademán se tapó los ojos.
Charles luchaba por ponerse los pantalones. Miraba con ansias el lago. Ahora
más que nunca necesitaba un chapuzón helado. Que Emma hubiese podido
observarlo con tanto detalle… Dios, eso había sido una lenta tortura. Y ella ni
siquiera sabía lo que le estaba haciendo, qué era lo que estaba mirando.
Realmente le encantaría mostrárselo. Si tan sólo pudiese llevarla ahora a su
cama. Podría aliviar algo de esa tensión. Un poco de alivio facilitaría la tarea
de abotonarse los malditos pantalones.
Si no se casaba pronto con ella, iba a volverse loco, absoluta y completamente
loco.
—Milord, no debería estar aquí afuera sin ponerse la ropa.
—Habla como una institutriz, señorita Peterson. —Por fin venció la resistencia
del último botón—. ¿Está espiando?
—¡No! —dijo ella con un grito agudo—. Pero no debería estar aquí afuera
nadando así. Podría venir cualquier persona.
—Ya ha venido cualquier persona. —De un tirón, Charles se puso la camisa.
—Exactamente. Meg probablemente anda por aquí, buscando especímenes en
algún sitio. ¿Y si ella hubiese tropezado con usted? ¿O la señorita Oldston, o
la señorita Pelham, o…?
—O las damas de la comisión de Almack's10 . Cariño, las damas londinenses ni
se moverán de sus camas hasta dentro de algunas horas… y cuando lo hagan,
no van a salir corriendo al aire libre. Tomarán su chocolate, se ocuparán de
acicalarse y quizás bajen a la hora del almuerzo. No me preocupa la
posibilidad de encontrarme con cualquiera de ellas cerca del lago cuando el
sol acaba de salir.
—Bueno, ¿y con Meg?
—Meg está (o estaba, cuando salí) en la cocina, hablando con la cocinera. Le
advertí que iba a nadar.
Charles sonrió, recordando la sonrisa cómplice de la jovencita. Apostaría a
que Meg se imaginaba por qué había sentido la necesidad de ir a darse un
chapuzón matinal. Seguramente tenía más idea del tema que su preciosa
hermana, ajena a todo esto.
—Puede destaparse los ojos, Emma. Ya estoy presentable.
Emma giró. Inmediatamente bajó los ojos hacia los pantalones de él.
—¿Seguro que está bien, milord? —Alargó otra vez el brazo, como para
tocarlo. Charles aguardó, con la esperanza de que lo hiciera, pero no, se
detuvo y alejó la mano—. En verdad parece estar mejor. Hace un momento
había algo en su cuerpo que a todas luces no andaba bien. ¿Lo ha notado? —
La joven se ruborizó y enderezó los hombros—. Sé que no debería traer a
colación un tema tan íntimo, pero parecía dolerle tanto… ¿Se ha hecho
examinar por un cirujano?
—Por el amor de Dios, mujer, no hay nada fuera de lugar en mi cuerpo, como
me complacerá mostrarle una vez que acceda a casarse conmigo. —La agarró,
atrayéndola a sus brazos—. Quizás se lo muestre antes, si continúa
torturándome de este modo.
—¡Milord!
Charles ya había tenido suficiente de mirar y hablar. Era hora de tocar…
hacía rato.
Durante un instante ella se debatió en su abrazo y luego se dejó caer contra
él. Su boca se abrió gustosa al sentir el roce de los labios de él. Estaba
aprendiendo.
Él la saboreó lentamente, completamente. No había prisa. Estaban seguros
ahí junto al lago y era cierto que ninguno de los huéspedes saldría tan
temprano. ¿Y si los viesen y la señorita Peterson quedase comprometida?
Pues bien, él tenía intenciones honorables. Completamente honorables.
Ella hizo con la garganta un ruidito extraño, parecido al ronroneo de un gato.
Charles se apoyó contra el tronco del árbol, llevándola consigo, acariciando el
costado de uno de sus pechos. Con un gemido, la joven se arqueó en dirección
a sus manos. Le frotó el pezón con el pulgar y ella se fundió contra él. Deslizó
una mano por la espalda de la joven, hasta sus nalgas, apretándola contra su
pobre cuerpo que ardía por ella.
En ese momento lo que más deseaba en el mundo era tener allí una cama
agradable y mullida.
Emma se estaba derritiendo. Sentía pesadas las extremidades, las rodillas no
le respondían… ya no podía mantenerse en pie. Había un anhelante vacío allí
abajo, en su vientre y un perturbador latido húmedo entre sus piernas.
¿Estaría enferma? Sin duda se sentía febril. Debería alejarse de Charles. Lo
haría, en un momento. Cuando pudiera moverse.
Entonces fue cuando el dedo de él le tocó el pezón. Y ya no fue capaz de
pensar más. Sólo de sentir. ¡Jesús! Podía sentir a Charles. Necesitaba
sentirlo.
Sus labios rozaron la mandíbula de ella, que se volvió apenas, inclinando la
cabeza contra el brazo de él, dándole espacio a esa boca para recorrer lo que
quisiera. Lo que ella quería que la boca recorriera.
El primer destino elegido por los labios de él fue un punto en la parte de
arriba del cuello, justo debajo de la oreja. Allí se enroscaron ardientes
zarcillos de deseo. Él se movió lentamente bajando por la garganta, regando
el camino con besos suaves y húmedos, quitándole el aliento. Ella gemía.
Emma tenía tanto calor. Sentía que ardía. Sus pechos estaban hinchados.
Necesitaban que él los tocase. Necesitaba sentir, como la noche anterior, esas
manos sobre su cuerpo. Jadeó, arqueando la espalda, empujando los pechos
hacia arriba, rogándole silenciosamente que la tocase.
Y él la tocó. Con una mano la tomó de la cara, le acarició el cuello y luego los
hombros. Con la otra, atrajo contra sí la parte inferior de su cuerpo. Empujó
una pierna entre las de Emma, quien se acurrucó contra él. Era maravilloso
sentir la presión del muslo firme y musculoso contra la parte de ella que más
lo ansiaba. Empezó a mecerse.
—Eso es mi amor. Sí, Emma. Así, suave.
Le aflojó el cuello del vestido y deslizó la mano debajo de la tela. Sus dedos —
directamente, sin obstáculos— le tocaron la piel. Ese contacto la sobresaltó. O
lo habría hecho, de haber sido capaz de sobresaltarse. Pero no lo era. La
extraña necesidad febril que la consumía acaparaba sus emociones.
Y entonces los labios de él le tocaron el pecho. Ella le enredó los dedos en el
cabello, abrazándolo fuerte. Sintió en el pezón la lengua áspera de él, que
empezó a chupar un pecho, succionando. Con la otra mano le masajeaba las
nalgas, impulsándola a mecerse apretándose cada vez más contra la pierna de
él.
Algo le estaba sucediendo a Emma.
—Charles. —Habló con un hilo de voz.
—Ssh, Emma. Todo va bien. Vamos, corazón. Puedes hacerlo. Vamos, amor
mío. Yo estoy aquí. Todo está bien. Yo te sostengo. No te voy a soltar.
Emma se sentía salvaje. Lujuriosa. Enloquecida. Desesperada.
Algo le estaba sucediendo. Estaba tan tensa. Charles mamaba un pecho y
después el otro. Sentía sobre sus pezones el aire fresco de la mañana y el
calor del sol. Su cuerpo estaba expuesto al mundo, para que lo viera Charles.
No le importaba nada. La dominaba la necesidad. Jadeaba, retorciéndose
contra Charles, quien la guiaba tomándola de las nalgas, ayudándola a
frotarse contra él.
No era suficiente. Ya no le bastaba con eso. Había algo que iba más allá.
Charles la apretó más fuerte contra él, mientras deslizaba la mano donde
hasta hacía un instante había estado su muslo. Una vez allí, la mano se
ahuecó y los dedos empezaron a frotar la zona, moviéndose de arriba abajo,
hasta llegar a un pequeño punto, especialmente sensible…
Emma estalló. La boca de él capturó los extraños sonidos que hacía mientras
algo poderoso latía a través de ella. Y luego se derrumbó contra él. Se sentía
tan débil que no podía levantar la cabeza. La dejó apoyada sobre su pecho
mientras poco a poco se calmaban los violentos latidos de su corazón.
—Qué hermoso, Emma —susurró Charles—. Qué hermoso.
Con una de sus manos aún le masajeaba las nalgas, mientras con la otra le
acariciaba el cabello. Ella estaba acurrucada contra su muslo. Todavía la
recorrían pequeños temblores. Cerró los ojos. Quería permanecer
exactamente donde estaba, para siempre.
Junto al lago, colgada del cuerpo del marqués de Knightsdale, a la vista de
cualquier transeúnte, con la parte superior del vestido enrollada alrededor de
la cintura.
Emma lanzó un quejido, se separó de Charles y echó a correr hacia la casa,
arreglándose el vestido mientras se alejaba.
—¿Qué le has hecho a Emma, Charles?
—¿Qué quieres decir con que qué le he hecho, tía?
Charles levantó la vista de sus papeles. Esa mañana su tía estaba ataviada
con un vestido violeta y verde manzana. Se preguntó, no por primera vez,
cómo su costurera podía soportar el perpetrar tales crímenes contra el buen
gusto.
—No quiere salir de su habitación. Dice que está indispuesta.
—¿Sí? ¿Y por qué yo debería tener algo que ver con su indisposición?
La tía Beatrice se inclinó sobre el escritorio y lo espetó con la mirada.
—Porque Lavinia Begley ha dicho que ha visto a Emma venir corriendo desde
el lago esta mañana temprano. Parecía tener algún problema con su vestido.
Y luego, pocos minutos más tarde, has aparecido tú con Prinny.
Charles realmente temía estar ruborizándose.
—La señorita Peterson ha tenido un, eh, accidente con su vestido. Yo he
traído al perro para que ella pudiese volver inmediatamente a arreglar el
problema.
La tía Bea resopló.
—O quizás volvió para escapar del problema. ¿Exactamente cómo ha sucedido
el… accidente?
—En realidad no puedo decirte cómo ha sucedido.
—¿No puedes? Qué gracioso. No quieres, más bien.
—Tía, espero que no estés insinuando que yo le he hecho insinuaciones
indecorosas. —¿Indecorosas? Más bien escandalosas. Ignoró el pensamiento
—. Mis intenciones son absolutamente honorables.
—Oh, deja esa actitud altanera. No te estoy reclamando nada. Hazle todos las
insinuaciones que te parezca, pero desliza un anillo en el dedo de la
muchacha antes de deslizar otra cosa entre sus muslos.
—¡Tía!
—Por el amor de Dios, Charles, ¿no eres virgen, verdad?
—Eso no te incumbe… pero ahora que lo dices, pensaba que tú sí lo eras.
Charles parpadeó. La tía Beatrice realmente se había ruborizado: el color no
combinaba con su conjunto.
—Y eso —dijo ella—, no es asunto tuyo .
—Correcto. Estoy de acuerdo. No es asunto mío.
El pensamiento era… Habían corrido rumores… No, no podía dejar que su
mente pensase en eso… Bueno, si su tía había tenido un amante, el tipo debía
haber sido daltónico. Aunque uno supondría que ella se habría quitado… No,
no quería pensarlo.
—Emma, sin embargo, es virgen. —Su tía hizo una pausa y levantó una ceja—.
Lo es, ¿no es verdad? Es decir, ¿todavía? ¿Tú no la…?
—¡NO!
—Bien. Sin embargo, creo que algo le has hecho. —Se encogió de hombros—.
Las muchachas jóvenes son tan asustadizas hoy en día. Probablemente sólo le
has dado un beso un poco demasiado intenso, aunque está ese asunto del
vestido…
La tía lo observó con cuidado. Charles permaneció inexpresivo.
—Humm. Bien, lo que sea que haya sucedido, obviamente le ha perturbado.
Ve arriba y discúlpate. Discúlpate muy amablemente. Muy concienzudamente.
Quiero anunciar vuestro compromiso en el baile.
Mientras subía las escaleras, Charles admitió que esa mañana había dejado
que la pasión le nublara el juicio. Estaba completamente seguro de que el
beso que él le había dado en el carrocín el día de su llegada había sido el
primer beso de Emma. Y ese beso había sido un simple roce de labios. Bueno,
con Emma nada era «simple». Pero nunca debería haberla llevado tan lejos y
tan rápido en el camino de la seducción como lo había hecho junto al lago.
Golpeó la puerta.
—¿Emma?
—Váyase.
Echó una ojeada al corredor. Las señoritas Farthington le devolvieron sendas
miradas cargadas de interés. Las saludó con una inclinación de cabeza y
siguió camino a su propia habitación.
Golpeó la puerta comunicadora.
—¿Emma?
—¡Váyase!
—Es necesario que hablemos, cariño. —Empujó la puerta. Esta no se movió—.
¿Ha puesto algo contra la puerta, Emma?
—Sí. —Su voz se oía apagada, como si hubiese estado llorando.
—Cariño, no tenga miedo de mí. Déjeme entrar. Prometo que sólo
hablaremos. No la tocaré ni la perturbaré de ninguna manera.
El silencio fue la única respuesta a sus palabras. Charles lo tomó como una
señal alentadora.
—Emma, debe tener preguntas que hacerme. ¿Entiende lo que ha pasado en
el lago?
—¡NO!
La negativa fue un gemido cargado de lágrimas, seguido por un indudable
sonido de llanto. Charles tuvo una sensación muy rara, como si el corazón le
diese un vuelco en el pecho.
—Déjame entrar, Emma. Podemos hablar tranquilos. No querrás que alguien
escuche por accidente nuestra conversación, ¿verdad?
—No.
Esta vez percibió además una nota de pánico en su voz. La oyó caminar hasta
la puerta y empujar algo fuera del camino. Ella abrió la puerta. Sus pobres
ojos estaban hinchados de tanto llorar.
—Emma. —Rompió su promesa sin pensarlo dos veces. Con dificultad logró
pasar por el estrecho espacio que dejaba la cómoda que ella había puesto
frente a la puerta, y la atrajo con suavidad hacia él, abrazándola
estrechamente—. Emma, cariño, lamento haberte perturbado así. No quería
asustarte.
Ella suspiró y se reclinó contra él.
—Ven.
La condujo hasta la amplia silla que había junto al fuego y la sentó en su
regazo. Apoyó su cabeza sobre el hombro de él, acariciándole el cabello, como
lo habría hecho con Isabelle o Claire.
Le encantaba sentir el peso del cuerpo de ella relajado contra el suyo. Estaba
asombrado de no sentir deseo. Oh, el deseo estaba ahí, por supuesto, pero
como una orquesta que toca en el salón de baile cuando uno está de pie en la
terraza. Maravillosa, mágica, pero sólo es música de fondo.
Se sentía extrañamente contento. Dejó descansar su propia mejilla sobre la
cabeza de ella, besándole el pelo, respirando su aroma dulce.
—¿Qué es lo que me ha hecho? —susurró ella contra su pecho.
¿Cómo responder a esa pregunta?
—Te he hecho el amor, cariño.
La sintió tensa.
—Entonces, estoy… eh… ¿Estoy… e-embarazada?
La situación le habría hecho reír, si no hubiese sido por la angustia de Emma.
—No, Emma, no estás embarazada.
—¿Está seguro?
—Completamente seguro, cariño. Es imposible que estés embarazada.
—Pero me sucedió algo muy… extraño.
De nuevo susurraba. Tenía que retener el aliento para oírla.
—Me sentía tan… salvaje. Tan necesitada. Anhelaba que usted me… no sé…
que me llenase de algún modo.
Charles respiró profundamente, no pudiendo evitar un estremecimiento.
Ahora sí sentía lujuria. Y ésta amenazaba con arrasar con todas sus buenas
intenciones.
Sabía exactamente cómo podía llenarla.
—Tenía sus labios en mis… eh… ya sabe. Como un bebé al que se amamanta.
Y luego, yo… yo… estallé. Algo en mi interior palpitaba y, y sentía calor en
todas partes y mi piel estaba roja y luego… todo se relajó.
—Mmm. —Dios, él era quien iba a explotar—. Eh, parece algo un poco
incómodo. ¿Te gustó, cariño?
Ella permaneció en silencio un minuto y Charles pensó que su propio corazón
se detendría.
—Sí —susurró finalmente—. Me gustó.
Suspiró y la abrazó más fuerte.
—Me alegro.
—¿Pero cómo sabe que no estoy en estado?
—Porque… —¿Qué podía decir? No le parecía que ella estuviera lista para
escuchar los detalles—. Porque a mí también tiene que sucederme algo,
cariño, para hacer un bebé. Y eso no ha sucedido hoy.
—Oh. —Levantó la vista hacia él—. ¿Lamenta que eso no haya sucedido?
Dios, tenía que besarla. Le rozó la frente con los labios.
—Un poco, cariño, porque es algo muy agradable. Pero yo sabía que no era el
momento adecuado.
Ella bajó la cara antes de que él pudiese saborear sus labios. Los dedos de la
joven retorcían uno de los botones del chaleco de él.
—Entonces, ¿usted ha hecho bebés antes?
—¡No! —Al menos estaba casi seguro que ninguno de sus otros encuentros
había resultado en un niño.
—¿Entonces cómo sabe que es agradable?
Charles se sentía desesperado.
—Simplemente lo sé, Emma. Tendrás que confiar en mí en cuanto a eso. Es
algo que los hombres sabemos.
—A mí eso me suena a patraña.
—Pues no lo es. Ahora, ¿me perdonas por lo de esta mañana?
Ella asintió con la cabeza.
—Supongo que sí. Pero tengo una pregunta más.
—¿Sí? —Charles sintió un vuelco en el estómago cuando ella bajó la vista y se
miró las manos. ¿Por qué presentía que esa iba a ser la pregunta más difícil?
—Usted ha dicho que me había hecho el amor.
—Sí.
—¿Eso significa que me ama?
Charles sintió como si le acabasen de dar un puntapié en el estómago.
Emma había sentido tanto miedo y vergüenza. Vergüenza al pensar en cómo
se había comportado junto al lago; miedo cuando pensaba que podía estar en
estado. No estaba casada. ¿Cómo podría criar a un niño? ¿Dónde vivirían? El
calor de la vergüenza la invadió. Su padre, Meg… se escandalizarían, se
sentirían tan desilusionados.
No podía imaginarse qué diría su padre.
Echó la llave a la puerta que daba al corredor y empujó la cómoda contra la
puerta comunicadora. No quería ver a Charles. Se llevó las manos a las
mejillas encendidas. Oh, Dios. Él había visto sus pechos. Había apoyado la
boca en ellos, en sus pez… Cerró los ojos, apretándolos con fuerza. Él la había
tocado . Y ella se había retorcido contra él como, como… No sabía cómo qué.
Todo el incidente superaba su experiencia.
No, no soportaba pensar en lo que había sucedido en el lago, y sin embargo
en las últimas horas no había podido pensar en otra cosa, —cuando no estaba
llorando, aterrorizada de estar encinta.
Estaba poseída por Charles. Era una locura. Al cerrar los ojos, lo veía como si
tuviese su imagen marcada a fuego en los párpados. Lo veía de pie a la luz de
la mañana, como un dios griego, veía sus hombros anchos, los músculos de
sus brazos, su pecho. Centímetros y centímetros de cálida piel.
Se rodeó con los brazos; y sintió las manos de él deslizándose sobre su
cuerpo, sobre las nalgas, sobre los pechos. Sentía sus labios, la lengua en su
piel, la boca succionando. Sentía ese vacío húmedo y palpitante entre las
piernas. El calor invadió su piel, volviéndola más sensible.
¿Qué le sucedía? Esa enfermedad iba más allá de la lujuria que había sentido
en el jardín de invierno, más allá de los instintos sobre cuya presencia le
había advertido el señor Stockley. Esto era una verdadera locura.
Entonces, cuando Charles había llamado suavemente a su puerta, había
tenido miedo tanto de dejarlo como de no dejarlo entrar. Al verlo de pie allí,
no podía decir si él era su salvación o su perdición. No importaba. Fuera lo
que fuese, lo necesitaba.
Casi había llorado de alivio al sentir el contacto de esas manos, atrayéndola
contra su pecho. Aspiró su perfume, ese olor a limpio del lino y el jabón, y ese
aroma tan masculino.
Estaba tan calmado. Sus manos y su voz le infundieron tranquilidad. Él había
hecho que se aflojase el apretado nudo de miedo y vergüenza que tenía en
estómago.
Era Charles. Era el muchacho que ella había idolatrado cuando era niña, el
que había secado sus lágrimas al encontrarla llorando sola junto al arroyo del
bosque. Era el joven con el que había soñado cuando estaba dejando atrás su
niñez. Era el primer hombre que había besado, el único que la había tocado.
Dejó que la sentase en su regazo. Allí se sentía abrigada y protegida. No
había ni rastros de esa tensión y confusión que había sentido en el lago.
Bueno, quizás algún rastro. Pero mínimo. Sentía la firmeza de su hombro
debajo de la mejilla y la mano acariciándole el cabello. Algo comenzó a
palpitar cerca de su cintura.
—¿Qué es lo que me ha hecho? —le había preguntado.
—Te he hecho el amor, cariño —había sido la respuesta.
Se había puesto tensa. Una vez había oído a la señora Lambert decir esas
palabras a una doncella embarazada.
«Oh, él te hizo el amor, ¿verdad, muchacha? Te ofreció un revolcón, eso es lo
que hizo, y tú estarás pagando por ello dentro de algunos meses, con un bebé
llorón.»
—Entonces, estoy… eh. ¿Estoy… e‑embarazada?
—No, Emma, no estás embarazada.
Había tanta seguridad en su voz. Debía saber. A los hombres les enseñaban
esas cosas.
Había sentido un alivio infinito, así que le había descrito sus sensaciones en el
lago, cómo la locura la había dominado. Él no pareció escandalizarse. Bueno,
probablemente él no lo veía como algo escandaloso. Ya lo había hecho antes,
con otras mujeres. No era nada especial para él.
Eso se había hecho dolorosamente evidente al hacerle la última pregunta.
—Usted dijo que me había hecho el amor.
—Sí.
—¿Eso significa que me ama?
El silencio que había seguido prácticamente no dejaba duda acerca de cuál
era su respuesta, por lo que también ella había querido dejar en claro sus
propios sentimientos.
Y lo había abofeteado.
Capítulo 11
—Creo que nuestro plan no está funcionando, Isabelle. Parece que mamá
Peterson y papá Charles están peleados.
Isabelle asintió con la cabeza. Ella y Claire estaban sentadas en el descansillo,
mirando al grupo que partía para un día de campo. El tío Charles se había
acercado a la señorita Peterson más de una vez, pero ella siempre se había
alejado.
—Tenemos que pensar en otra cosa, Claire. —Isabelle frunció el ceño. Había
estado tan segura de que el cepillo escondido iba a juntar al tío Charles y a la
señorita Peterson—. ¿Hay alguna otra cosa de la señorita Peterson que
podamos poner en la habitación de tío Charles?
—¿Qué tal su camisón, Isabelle? ¡Escondamos eso!
Isabelle asintió.
—Sin duda va a necesitarlo. Creo que sólo tiene uno.
—Pues si tiene más, también los esconderemos. —Claire se levantó cuando el
último huésped hubo salido del vestíbulo—. Vamos. Lo esconderemos bien; así
mamá Peterson y papá Charles tendrán que buscarlo un buen rato.
—No marcha bien, Lavinia.
—Yo no perdería las esperanzas todavía, Lady Bea. No se trata de una
competición. Lord Knightsdale no es tonto. Nunca elegiría a simplonas como
Lucinda Pelham o Amanda Oldston.
—Supongo que la señorita Haverford es una muchacha lo suficientemente
agradable. —Lady Beatrice se encogió de hombros—. Estoy segura de que ella
podría conseguirlo.
—Quizás, pero es demasiado joven, como usted misma ha dicho.
Lady Beatrice asintió. Estaba sentada con la señora Begley en la sala de día,
bebiendo té… sólo té.
—Me gustaría que Charles se comprometiese con la mente, no sólo con el…
ya sabe. Si se casa nada más que para tener un heredero, me temo que sólo
se quedará en Knightsdale el tiempo justo para lograr ese objetivo. La
propiedad (y las niñas) lo necesitan aquí de un modo más permanente.
—Exacto. No, creo que la señorita Peterson es la única opción válida.
—Entonces, ¿qué podemos hacer nosotras para asegurarnos de que el idiota
de mi sobrino elija bien?
—Humm. No estoy segura. Tendremos que pensarlo. Quizás deberíamos
conseguir el apoyo de la Sociedad.
Lady Bea resopló.
—No creo que haga daño alguno. Parece que el muchacho se las está
arreglando para arruinar las cosas él sólito.
Emma estaba furiosa y cuanto más pensaba en la escena final con Charles en
su alcoba, más aumentaba su furia. Lord Knightsdale se había tomado
increíbles libertades con su persona, ¿y no sabía si la amaba? Ella podría
haber bailado una cuadrilla al ritmo de los titubeos de él mientras le decía
entre dientes que saliera de la habitación. Lo había echado de su cuarto con
un portazo, casi sin darle tiempo a su trasero para cruzar el umbral.
También estaba furiosa consigo misma. Estúpidamente había supuesto que
las actividades físicas a las que se habían entregado reflejaban algo más que
lujuria por parte de él. Resopló. Era una patética e ingenua virgen de
veintiséis años, ¿acaso pensaba que los hombres sentían amor por las
prostitutas a las que frecuentaban? Su estómago dio un vuelco. ¿Ella
significaría para Charles más de lo que significaba una prostituta?
Subió a zancadas al cuarto de las niñas. Llovía. La mayoría de los huéspedes
habían decidido pasar su día de campo dentro de la ridícula réplica del
Panteón11 que el abuelo de Charles había cometido la locura de construir. A
Emma no le interesaba escuchar todos los «ooh» y «aah» acerca de las
estatuas. Había regresado sola.
—Nana, ¿dónde están las niñas? —Al oír su voz, Prinny salió a la carrera de la
habitación de Claire, ladrando como loco—. Ssh, caballerete. Está
perturbando la paz.
—Visitando a la cocinera… ¡basta, tú, bestia salvaje!
Emma frunció el ceño. ¿Cuándo era la última vez que les había dado sus
lecciones a Claire e Isabelle? Había sido extremadamente negligente con sus
obligaciones. Pues bien, eso iba a cambiar. Al día siguiente empezarían con
las lecciones a primera hora de la mañana.
—Muy bien. Llevaré a Prinny abajo, a la galería larga, para que corra un poco.
Todos los huéspedes están de día de campo en el Panteón.
Al llegar a la galería, Emma vio que se había equivocado. El señor Stockley
estaba allí, dedicado a admirar la larga fila de antepasados Knightsdale
dispuestos con artístico esplendor sobre las paredes de la galería. Emma se
detuvo, inclinándose para coger del collar a Prinny. De ningún modo quería
repetir su experiencia con el señor Stockley en la gruta, especialmente
teniendo tan reciente su perturbador encuentro junto al lago con el malvado
marqués. Había empezado a arrastrar a Prinny hacia las escaleras cuando se
detuvo a observar la extraña conducta del señor Stockley.
Estaba mirando detrás de las pinturas. Emma parpadeó. Efectivamente, volvió
a hacerlo. Cuidadosamente separaba el marco de la pared y espiaba detrás.
Luego metía la mano en ese espacio y la movía de arriba abajo. ¿En qué
demonios estaba pensando?
A Prinny también le pareció que esa actividad era algo inusual. Comenzó a
ladrar. El señor Stockley dio un salto y por poco derribó de su pedestal el
busto del señor Randall, el tío abuelo de Charles.
—Señorita Peterson. Pensaba que estaba de día de campo.
Emma entró en la galería. No tenía opción. Prinny estaba decidido a
investigar el rarísimo comportamiento del señor Stockley.
La joven se dio por vencida y soltó el collar del perro. Éste salió despedido a
oler las botas del señor Stockley. El hombre arrugó la nariz y retrocedió.
—¿Podría llamar a su perro, señorita Peterson?
—Prinny es realmente muy amistoso, señor Stockley.
—Puede ser. Sin embargo, el hecho es que no me gustan los animales.
—Comprendo. —Emma no se sorprendió. Ya había decidido que el señor
Stockley era un individuo desagradable. Se inclinó para asir a Prinny del
collar, pero el perro se le escapó bailoteando—. ¡Prinny, ven aquí ahora
mismo!
Prinny estornudó, perdiendo repentinamente interés en el señor Stockley. Fue
a olfatear la pared detrás del tío abuelo Randall.
—Yo diría que no tiene usted demasiado control sobre su perro, señorita
Peterson.
—En realidad Prinny es el perro de mi hermana.
El señor Stockley levantó una ceja, claramente dudando de esa afirmación.
—Ya veo. —Luego levantó una de las comisuras de su boca y su voz adquirió
el mismo tono empalagoso que había usado en la gruta.
¡Oh, Jesús! Otra vez había empezado a dirigirle esos ondulantes movimientos
de cejas.
—También veo que estamos bastante solos. Notó que yo me había separado
del grupo en el Panteón, ¿no es así?
—¡Señor Stockley!
Él rio entre dientes, poniéndole las manos en los hombros. Retorciéndose
intentó liberarse de él. La asió con más fuerza.
—Nos interrumpieron la última vez que tuvimos unos momentos a solas, ¿no
es verdad? Pensaba que quizás usted podía encontrar el camino a mi
habitación. —La atrajo más hacia él—. No importa. Será un placer ocuparme
de usted ahora.
—No, por favor. —Casi se ahogó. ¿Cómo podía haber besado a ese hombre en
la gruta? Era obvio que no usaba regularmente polvo para dientes. Prinny
tenía mejor aliento que él.
—Señor Stockley, le aseguro…
—Vamos, señorita Peterson… Emma… usted ya no es una jovencita. No hay
necesidad de falsas protestas.
—No tienen nada de falsas. ¡Desearía que me soltase, señor!
—Desea que le meta una mano bajo las faldas. Lo sé. Será un gusto
complacerla.
¡Bajo sus faldas! Ni siquiera Charles había puesto sus manos debajo de sus
faldas, aunque la idea le resultaba extrañamente atrayente. Pero
indudablemente no con esa repugnante serpiente.
—Inténtelo y grito.
—Oh, ¿y quién va a oírla? ¿Su perrito, tal vez? —El señor Stockley resolló—.
¿Y qué va a hacer el perrito? ¿Retarme a duelo? Me muero de miedo. —Se
inclinó, acercándose más a ella, con un brillo muy desagradable en los ojos—.
Pero gracias por la advertencia. Me aseguraré de taparle la boca antes de
taparle su…
Emma no esperó por más detalles. Gritó con todas sus fuerzas, pero el señor
Stockley era rápido. Su boca cubrió violentamente la de la joven, antes de que
ésta hubiese alcanzado a vaciar una mínima parte de sus pulmones.
No importaba. La habían oído. El señor Stockley la soltó y gritó mucho más
fuerte de lo que ella jamás habría esperado gritar. Prinny, su salvador, gruñó.
—Maldito…
Prinny dejó caer el delicado tejido de lana azul que tenía en la boca y mostró
los dientes, sin duda listo para tomar otro pedazo del trasero del señor
Stockley. El hombre entró en razón. Se volvió y huyó, ofreciendo a Prinny y a
Emma la fugaz visión de un trasero blanco como la nieve.
—Buenos días, señorita Peterson.
—¿Dónde está su pretendiente?
Emma levantó la vista del libro que estaba leyendo y miró fijamente a las
gemelas Farthington.
—¿Perdón?
—Se refieren a papá Charles, mamá Peterson.
Emma miró a Claire con el ceño fruncido.
—Vuelva a sus letras, señorita.
Las gemelas Farthington soltaron risitas entrecortadas.
—Papá Charles —dijo la señorita Esther.
La señorita Rachel sonrió.
—Apuesto a que Lord Knightsdale sería un muy buen padre.
—Y a que sería muy bueno para ganarse ese título, si tú me entiendes —
susurró la señorita Esther, dando un codazo en las costillas a su hermana.
Las risitas de las damas se hicieron más audibles.
—Oh Dios mío, sí. Esos hombros…
—… esas piernas.
—Mmm. Le quedan bastante bien los pantalones, ¿no crees?
—¡Señoritas, por favor! —Emma sentía las mejillas encendidas. Miró otra vez
a Claire. Ella e Isabelle miraban a las gemelas con ojos brillantes llenos de
interés—. ¿Han venido a la sala de estudio por alguna razón en particular?
—Oh, no.
—Sólo pasábamos por aquí.
Nadie «sólo pasaba por» el piso más alto de Knightsdale.
—Ya nos vamos.
—Le diremos al marqués dónde puede encontrarla.
—Está bien. Por favor, no se molesten. —Emma observó a las dos ancianas
damas mientras salían. Esperaba que llegasen abajo sanas y salvas.
—Veamos, ¿qué suponéis vosotras que ha sido eso? —Claire e Isabelle se
limitaron a soltar unas risitas.
—Acabo de ver a Lord Knightsdale entrando en su despacho.
Emma colocó la rosa roja de tallo más largo en el centro del florero que
estaba arreglando en el salón.
—Le agradezco la advertencia, señorita Russell.
—No, no se lo estoy advirtiendo, se lo estoy contando. —La señorita Russell se
inclinó acercándose—. Está solo.
—¿Eh?
La dama asintió enérgicamente con la cabeza.
—Sería el momento perfecto para… usted sabe.
Emma se enderezó las gafas.
—No, no sé.
—¿No sabe? —La señorita Russell frunció el entrecejo—. Lavinia dijo que la
vio regresar del lago con su vestido caído…
—Sí, bueno, gracias, señorita Russell. Me aseguraré de tomar nota de dónde
anda Lord Knightsdale. Qué bien ha hecho usted en decírmelo.
La señorita Russell sonrió abiertamente.
—Sabía que querría saberlo. Yo termino de arreglar las rosas por usted.
—Gracias. Muy amable.
Emma sonrió y salió prácticamente corriendo de la habitación, apurada por
alejarse del despacho de Lord Knightsdale tanto como pudiera.
—Señorita Peterson… Emma… ¿tiene un momento?
Emma sacó la cabeza del armario que estaba inspeccionando en la sala de
estudio.
—Usted también no, señora Begley.
—No tengo ni idea de a qué se refiere. —La señora Begley miró a Claire y a
Isabelle—. Niñas, ¿por qué no lleváis a pasear a Prinny? Tengo que hablar dos
palabras con la señorita Peterson, en privado.
—¿Es sobre el tío Charles? —Isabelle sonrió.
Claire también sonrió abiertamente.
—Las señoritas Farthington ya le han dicho a mamá Peterson lo buen papá
que sería.
—¿Ya se lo han dicho? Pues bien, yo también deseo hablar sobre Lord
Knightsdale, así que sed buenas y dejadnos solas.
—¡Niñas!
—Volvemos enseguida, mamá Peterson.
—Estoy segura de que Prinny necesita realmente un paseo, señorita Peterson.
Emma observó salir a las niñas y luego se volvió a la señora Begley.
—¿Mamá Peterson?
Emma se sonrojó.
—A Lady Claire realmente le encantaría tener una madre. Me pareció lo
mejor para ella permitirle que me llame «mamá», aunque se supone que lo
hace solamente en privado.
La señora Begley asintió y carraspeó.
—Entonces, las gemelas Farthington han pasado por aquí, ¿verdad? A veces
pueden ser un par de mentecatas.
Emma hizo un gesto de asentimiento.
—Sin duda.
—Sin embargo, en este caso no se equivocan. Lord Knightsdale sería un padre
excelente.
—Lady Begley…
Lady Begley levantó la mano.
—No, escúcheme sin interrumpirme, señorita Peterson. Usted no tiene una
madre que la aconseje, y sé que usted y la señora Graham no son las mejores
amigas.
—Señora Begley, por favor…
—Usted necesita hablar, con una señora que tenga marido, sobre la, eh… vida
de casada. Sobre el lecho matrimonial. Sobre las relaciones conyugales.
—¡Señora Begley! —Emma estaba segura de que iba a estallar en llamas, de
lo que le ardían las mejillas.
—Veamos, sé que usted tiene casi treinta años…
—Tengo veintiséis , señora Begley.
—Veintiséis , entonces. A su edad la mayoría de las muchachas están casadas
y tienen una familia numerosa. Pero usted ha vivido como en un refugio,
cuidando a su padre y a su hermana.
—Sí, sí.
—Simplemente no quiero que tenga miedo de… ya sabe.
—No, no, no tengo miedo de… de nada.
—Porque a algunas muchachas no les gusta demasiado. Me imagino que, con
el hombre equivocado, puede llegar a ser incómodo, o incluso desagradable.
—De verdad, no necesita…
—Pero el, eh, acto conyugal es realmente bastante agradable. Usted sabe lo
que un hombre y una mujer hacen juntos en la cama…
—Eh…
—No, nadie se lo ha dicho, ¿verdad? Bien, los hombres, ellos toman su, su…
cosa . —La señora Begley hizo un vago gesto en dirección a su cintura—. Y la
ponen, eh, donde va. —Otro gesto igualmente vago hacia su cintura—. La
primera vez puede doler un poco, pero después puede ser bastante
encantador. Y hay generalmente algunos besos y acercamientos y… y más
besos. —La cara de la señora Begley adoptó una expresión extraña, casi de
ensoñación—. El hacendado es muy bueno en eso, ya sabe.
—¡No! No, por favor, no se sienta…
Emma no quería pensar en el corpulento hacendado Begley y en la señora
Begley haciendo cualquier cosa que involucrase una cama y… cosas
localizadas en cualquier lugar cerca de la cintura de una persona. El
hacendado Begley ya ni siquiera tenía una cintura.
La señora Begley sonreía abiertamente.
—De veras que es muy bueno en eso. Vaya, anoche… —Suspiró y sacudió la
cabeza—. Bueno, eso no viene al caso. El punto es, señorita Peterson, que el
lecho matrimonial puede ser un lugar muy confortable. Y estoy bastante
segura de que Lord Knightsdale sabe cómo complacer a una mujer. Vaya, si
yo no tuviese a mi hacendado y fuese unos años más joven…
—Sí. Gracias. Le aseguro que ya lo he entendido.
La señora Begley se inclinó hacia adelante.
—¿Pero entiende que ésta es su mejor oportunidad? ¿Quizás la única? No
quiero ser grosera, señorita Peterson, pero las mujeres de treinta años…
—¡Veintiséis!
La señora Begley agitó la mano desdeñosamente.
—Las mujeres de veintiséis , si prefiere, ya prácticamente se han quedado
para vestir santos. Pocos hombres, si es que hay alguno, están interesados en
alguien de esa edad cuando pueden escoger entre la nueva cosecha de
frescas jovencitas. Lo que quiero preguntarle es: ¿para qué se está
reservando usted exactamente?
Emma dio una agitada vuelta por el jardín. Si veía a otra integrante de la
Sociedad para el Perfeccionamiento de las Mujeres, huiría dando gritos. Al
doblar una esquina vio a Lady Beatrice. Afortunadamente, la tía de Charles no
la había visto. Emma retrocedió agachándose tras un rosal.
—Señorita Peterson.
Se volvió para ver de dónde provenía ese susurro. La voz no parecía
pertenecer a ninguna de las damas de la Sociedad.
—Aquí, señorita Peterson.
La duquesa de Alvord, sentada en un banco debajo de un árbol, la saludaba
agitando la mano. Rio cuando Emma llegó hasta allí.
—¿De quién se esconde?
Emma sonrió.
—De Lady Beatrice.
—Ah. Bien, siéntese aquí a mi lado. Simularemos estar conversando. Si viene
para este lado, estoy segura de que le parecerá descortés interrumpirnos.
Emma no estaba para nada segura de la cortesía de Lady Beatrice, pero
afortunadamente la dama no fue para ese sector del jardín.
—Si no le molesta que se lo pregunte, señorita Peterson, ¿por qué se está
escondiendo de Lady Beatrice?
—Temo que venga a detallarme las razones por las que debo casarme con su
sobrino. —Emma se ruborizó—. Debo parecer muy vanidosa pero hoy ya han
logrado abordarme otras cuatro damas para darme ese mensaje, por lo que
esperaba escuchar la misma cosa de la tía de Lord Knightsdale.
—Qué interesante. ¿Y usted no desea casarse con Charles?
Emma observó con atención la cara de la duquesa. Hete aquí una mujer, una
mujer joven, que seguramente la entendería. Era obvio que ella estaba
completamente enamorada de su marido, y el duque estaba muy enamorado
de su esposa.
—Lord Knightsdale no me ama.
—Oh. —La duquesa parpadeó—. ¿Él le ha dicho eso?
—No, pero es obvio, ¿no?
—No para mí. De hecho, sí creo que James dijo que Charles estaba bastante
interesado en usted.
Emma sacudió la cabeza.
—Oh, él quiere una esposa… necesita una, ahora que es marqués. Y yo soy
una opción conveniente. Eso es todo.
—¿Está usted segura? He notado cómo la siguen sus ojos cuando está en una
habitación con él.
Emma se sonrojó, y su corazón comenzó a palpitar.
—¡Seguramente lo ha imaginado usted!
—No, no creo. —La duquesa sonrió—. ¿Él le ha prestado especial atención?
¿Ha buscado verla en privado? ¿La ha besado, quizás? —Riendo, le aclaró—.
No necesita responder a esas preguntas en voz alta. No voy a tener la audacia
de entrometerme en su vida privada.
Emma se alisó la falda. El señor Stockley la había besado y él indudablemente
no la amaba. La deseaba, quizás, pero ¿amor? No. ¿Por qué iba a ser diferente
el interés de Charles?
Bueno, Charles le había propuesto matrimonio.
Esto era tremendamente vergonzoso, pero necesitaba obtener
desesperadamente algunas respuestas. Se obligó a confiarse a la duquesa.
—Lord Knightsdale ha, eh, tenido conmigo atenciones un tanto especiales,
tanto es así que yo, yo… —¿Cómo podía decirlo? La duquesa permanecía
sentada, tranquila, esperando. Emma se recordó a sí misma que necesitaba
consejo—. Yo… yo le pregunté si me amaba, y él…
—¿… él le dijo que no? —La duquesa parecía consternada—. Pero usted acaba
de decirme que él no le había dicho que no la amaba.
—¡No! Sí. No lo sé. En realidad él no dijo que no me amaba, sólo se quedó
sentado ahí, mirándome fijamente, boquiabierto como un, ¡como un enorme
bacalao! —Emma se sorbió la nariz. Se sobresaltó al sentir resbalar las
lágrimas por sus mejillas. Las limpió con el reverso de la mano y se mordió los
labios, pero no pudo evitar hipar.
Quería taparse la cara y llorar a rienda suelta. Se sentía tan pequeña… tan
perdida… como si tuviese la edad de Claire.
—Dijo que yo le gustaba muchísimo, que por supuesto sentía cariño hacia mí.
Siguió y siguió, enredándose más y más en sus palabras. —Tragó saliva, con
la cara ardiendo—. Creo que él solamente… me desea —dijo en un susurro.
—Señorita Peterson… Emma. —La duquesa le dio una palmadita en la rodilla
—. Por favor, eso no es tan malo. En realidad, yo creo que es bastante bueno.
Tome, séquese los ojos.
Emma tomó el pañuelo que le ofrecía la duquesa, algo le había pasado al
suyo, y se reclinó. Se sorbió la nariz, hipando nuevamente.
—¿Dónde tuvieron esa conversación?
Emma se sonrojó.
—En mi habitación.
—¿En la alcoba de usted?
—Sí. Es vergonzoso, lo sé, pero…
—No, no. No me escandaliza. Eso está bastante bien. —La duquesa sonrió—.
Yo conocí a mi marido en la alcoba de una posada. En la cama. Desnuda.
Emma se quedó boquiabierta. La duquesa era americana . Quizás… no, no
podía imaginarse que las costumbres americanas fuesen tan distintas.
La duquesa rio.
—Una especie de comedia de enredos nos condujo a esa situación, y nos llevó
un buen tiempo superar todos los obstáculos, pero sí creo… bueno, en
realidad me hace feliz decirlo… que James me deseó desde el preciso instante
en que me vio. —Se ruborizó—. Y vio bastante de mí. Y yo también lo deseé a
él. Un poco de deseo (o mucho) es muy bueno, siempre que lleve al
matrimonio, por supuesto.
—¿El deseo es bueno? —Emma nunca había escuchado a su padre dar ese
sermón.
—Sí, yo creo que sí, si por deseo se entiende una fuerte atracción física. El
matrimonio es una relación muy física, ya sabe.
—Oh.
Emma no recordaba el matrimonio de sus padres —ella era demasiado
pequeña cuando murió su madre— pero la señora Begley había hecho alusión
a besar y a algo que sucedía antes de los besos. Y sin duda sus encuentros con
Charles habían sido extremadamente físicos. Emma se sonrojó, recordando
ese encuentro tan físico junto al lago.
—Claro que sí. Sin el componente físico, no habría bebés. —La duquesa dibujó
una amplia sonrisa, poniéndose la mano sobre el vientre—. Lo que hay que
recordar, Emma, es que los hombres no se sienten a gusto hablando. Son
mucho mejores haciendo.
—No entiendo.
—Bien, lo que quiero decir es que los hombres y las mujeres son diferentes.
No es que me crea una experta, por supuesto, pero he estado meditando
sobre el asunto recientemente.
—Comprendo. —Emma disimuló su desilusión. Había esperado hallar
respuestas y en vez de eso se encontraba con perogrulladas.
La duquesa rio.
—No, no soy una simplona sin remedio. Por supuesto que los hombres
parecen diferentes, pero lo que muchas mujeres nunca llegan a comprender
es que en realidad ellos son diferentes.
—Todavía no lo entiendo.
—Por supuesto que no. Es un concepto difícil de captar. Pasé semanas, meses,
en malentendidos con James porque yo no comprendía eso. —Sonrió—. Bueno,
también estuve intentando imaginarme los procesos mentales de un noble
inglés… todo un desafío para una americana republicana, se lo aseguro.
Nunca entenderé el sistema británico de primogenitura o… bueno, esa no es
la cuestión, ¿verdad? —Se inclinó acercándose—. Los hombres no piensan de
la misma manera que lo hacemos nosotras, Emma. Por ejemplo, suponga que
otra mujer la ignorase al salir de la iglesia. No quiero decir que le volviese la
cara; nada tan obvio como eso. Simplemente que no la saludase. ¿Qué
pensaría usted?
Emma frunció el ceño.
—Supongo que me preguntaría si la he ofendido de alguna manera.
—Exactamente. Puede que usted lo pensase y se preocupase por el asunto,
preguntándose qué podía haber hecho.
—Sí, supongo que haría eso.
La duquesa asintió con la cabeza.
—Las mujeres analizan cada una de las emociones, estudian cada acción,
siempre esperando que haya algún significado para deducir. Los hombres no
hacen eso. Estoy convencida. Si un hombre ignorase a James… no es que
alguien vaya a hacerlo, tiene que soportar a cada adulador… —Suspiró y
sacudió la cabeza—. Le decía, si un hombre ignorase a James, él simplemente
supondría que el otro no lo había visto. —Sonrió—. Es bastante más agradable
ser así, en realidad: hace la vida mucho más simple.
Emma arrugó el entrecejo.
—Me temo que aún no me doy cuenta qué tiene que ver eso con Charles.
—Cuando le preguntó a Charles si él la amaba, Emma, le pidió que analizase
lo que sentía por usted. Probablemente él no sabía la respuesta porque nunca
se había detenido a pensarlo. Sólo sabía que la deseaba. —La duquesa sonrió
abiertamente—. Supongo que no estaban sentados como mojigatos cada uno
en una silla mientras tenían esa conversación en la alcoba de usted.
Emma se ruborizó terriblemente.
—Bueno, no…, pero entonces, ¿cómo se puede saber si lo que un hombre
siente por una es amor o deseo?
—Emma, todavía está usted pensando como una mujer. Probablemente en la
mente de Charles no hay diferencia actualmente entre una cosa y la otra. Una
vez que él haya satisfecho sus deseos más urgentes, será capaz de darse
cuenta de que la ama. En este momento no está pensando tanto con la cabeza
como con… —la duquesa se sonrojó—, otra cosa.
—¿Con otra cosa?
—Tengo la certeza de que Charles estará encantado de contarle todo acerca
de eso. No soy lo suficientemente audaz para intentar contárselo yo misma.
—Sarah.
La duquesa se volvió y una amplia sonrisa le iluminó la cara.
—Aquí estoy, James.
Emma observó aproximarse al duque. También él sonreía y su cara tenía la
expresión tierna que adquiría sólo al mirar a su duquesa. Pero esta vez Emma
notó también otra cosa.
Los ojos del duque tenían un destello que le resultaba familiar. Lo había visto
en los ojos de Charles cuando la miraba.
Capítulo 12
Charles se sentó en su despacho, rodeado por montañas de papeles. Sin duda
necesitaba un secretario. Juraría que había más papeles ahora que la última
vez que se había sentado allí. ¿Se reproducirían?
Reproducirse. Se recostó en la silla, con las manos entrelazadas detrás de la
cabeza. Cómo le encantaría estar ocupado con Emma engendrando pequeños
Draysmith. La joven había estado exquisita junto al lago. Tan receptiva. Tan
sólo contemplar su inocente pasión le había excitado tanto…
Se moría por tocarla sin capas de tela entre ellos. Por sentir el contacto de su
piel; en todas partes. Por entrar en ella…
Se movió en la silla. Esa palpitante expectación era casi insoportable.
Dios, el orgasmo de Emma contra su mano lo había transportado al paraíso.
Bueno, en realidad, al purgatorio. El paraíso habría sido llegar juntos a la
cima, él dentro de ella, sobre una buena cama mullida.
Sin embargo no había sabido utilizar el tiempo que había estado en la
habitación de Emma. Frunció el ceño y apoyó los codos sobre el escritorio,
pasándose las manos por el cabello. Todo había marchado bien hasta el final,
hasta que ella le había preguntado si la amaba. Tendría que haber previsto
esa pregunta, pero no lo había hecho.
Era una pregunta que había evitado escrupulosamente durante tantos años…
¿Por qué las mujeres tenían que hablar de amor? Cuando era más joven,
muchas de sus compañeras de cama habían terminado sus encuentros con esa
pregunta: ¿las amaba? Eso había arruinado una cópula completamente
satisfactoria. Se había sentido atrapado. Todas ellas querían algo de él: una
promesa, una linda chuchería… algo. Las muchachas del campo querían
algunas monedas extra; las viudas, una proposición de matrimonio.
Todas ellas querían poseer un pedazo de él, aunque sólo fuese un pedazo de
su corazón. Él no lo entregaba. No quería ataduras. Le gustaba demasiado su
libertad.
Aprendió a acostarse sólo con profesionales, mujeres que entendían que entre
ellos todo era estrictamente físico —bueno, también económico, por supuesto
—. Mujeres que tenían claras las reglas. Las emociones —aparte de la
satisfacción y quizás algo de amistad— no tenían lugar en la cama.
Pero esto iba más allá de la cama, ¿verdad? Aquí se hablaba de matrimonio.
Familia. Hijos. Un linaje que continuar.
Qué extraño. Desde que había empezado a interesarse tan especialmente por
Emma, el título no le pesaba más. La aplastante depresión que siempre había
sentido al pensar en estar atado a Knightsdale había desaparecido. En vez de
eso sentía… expectación.
Por Emma.
Si aquel anónimo ladrón no les hubiese disparado a Paul y a Cecilia en los
Alpes italianos, provocando la destrucción del carruaje al caer por la ladera
de la montaña, él no habría regresado a Knightsdale para encontrar a Emma
Peterson hecha toda una mujer. Eso, el no saber que un tesoro como Emma
vivía en Kent, habría sido la tragedia de su vida. Si su hermano apareciese
hoy en la puerta, estaría feliz de verlo. Le devolvería alegremente todos sus
deberes y se iría, pero se llevaría con él a Emma, si pudiese. Bueno, y antes
de partir compartiría con Paul sus propias ideas acerca de la forma adecuada
de criar a dos niñas.
¿Amaba a Emma? Si el amor era esa necesidad devoradora que bullía en él
cada minuto del día y de la noche —especialmente de la noche— y casi lo
abrumaba cada vez que estaba cerca de ella… entonces sí, la amaba.
Necesitaba tenerla en su cama, no sólo una vez, sino todos los días. Varias
veces por día. De varias maneras distintas. Sus labios dibujaron lentamente
una sonrisa. Iba a disfrutar tanto haciéndole conocer los placeres del lecho
conyugal.
Y él mismo conocería algunos placeres. Podría hundirse en ella y dejar que su
semilla fluyese dentro de su vientre, sin necesidad de condón o de salirse. Ella
era virgen y fértil. Se esperaba que él le diera hijos.
Deseaba ver su cuerpo más redondeado y pesado por llevar dentro a sus
bebés. Ver a sus hijos alimentándose de la leche de sus pechos. Criar con ella
a Isabelle y a Claire. Despertar cada mañana con la cabeza de ella sobre la
almohada. Envejecer y arrugarse junto a ella, conocer su cuerpo de mujer tan
bien como el propio o incluso mejor.
Dibujó una gran sonrisa. Sí, la amaba.
Se lo diría y luego le daría el anillo de compromiso de Knightsdale. Lo sacaría
ya mismo. Estaba en la caja fuerte ahí en el escritorio. El ladrón no se lo había
llevado, Cecilia aún lo tenía puesto cuando trajeron su cuerpo a Inglaterra.
Frunció el ceño. El abogado no había podido detallarle las pertenencias
robadas, aunque sí había insistido en que un ladrón italiano había causado las
muertes. Paul, Cecilia, todos sus sirvientes habían sido asesinados. No había
testigos. Crandt, el abogado, confió en los investigadores italianos que habían
examinado el lugar del accidente. Todo el equipaje había sido desgarrado,
como si el ladrón estuviese buscando algo en particular. Incluso los asientos
de los coches —los que habían resistido a la caída de la montaña— mostraban
tajos hechos con cuchillo y les habían sacado el relleno.
¿Por qué? ¿Paul se habría convertido en un traficante? ¿Llevaría secretos de
Estado? Charles no había podido descubrir nada en Londres. Había dejado de
intentarlo. ¿Qué sentido tenía? Paul estaba muerto.
Abrió la caja fuerte. Todas las joyas de la familia estaban allí. Bueno, quizás
no todas. Se rio por lo bajo mientras sacaba el anillo de compromiso y lo
deslizaba dentro de su bolsillo. El verano que él tenía siete años —antes de
que Emma se mudase a Knightsdale— el tío abuelo Randall había venido de
visita. Él y Paul simulaban que el tío era un pirata. Se habían pasado el
verano cavando alrededor de la propiedad, en busca de joyas escondidas y
doblones de oro. Probablemente el tío abuelo Randall se había desternillado
de risa, cuando había estado lo suficientemente sobrio para notar a qué
jugaban.
Cerró la caja fuerte. Quién sabe, podría haber sido verdad. Randall tenía algo
que hacía recordar a un pillo. El escultor que había hecho su busto aquel
verano había capturado bien ese algo.
Sonrió mientras salía del despacho. Quizás les contase la historia a las niñas.
Apostaría que a Claire le iba a encantar salir a buscar tesoros.
Cada vez que Emma miró a Charles durante la cena, se encontró con que él la
estaba mirando. Era tremendamente desconcertante. Ella estuvo empujando
una judía por todo su plato mientras intentaba escuchar al hacendado Begley
hablar de sus perros de caza. No podía mirarlo sin recordar la conversación
con su esposa unas horas antes. No podía mirarle la cintura sin ruborizarse.
No apartaba su atención de la cara del hombre. De sus labios. ¿Él y la señora
Begley besándose? Y acurrucándose, sea lo que fuese que significara eso. No
podía ser lo que Charles había hecho con ella, ¿o sí?
Emma ocultó su judía debajo de una hoja de repollo. Había perdido el interés
por la comida.
Se volvió para hacerle una pregunta al señor Frampton que estaba sentado al
otro lado. Él respondió con entusiasmo, exhibiendo una significativa cantidad
de carnero masticado para que Emma inspeccionase. Nuevamente centró su
atención en las judías que tenía en su plato.
¿Podía ser que la duquesa de Alvord tuviese razón? ¿Era posible que ella le
importase a Charles?
Lo miró otra vez, sólo un instante. Estaba escuchando a Lady Haverford, con
la cabeza cortésmente inclinada hacia la dama, pero al notar la mirada de
Emma le dirigió una sonrisa que se fue ampliando lentamente haciendo
aparecer los pliegues más asombrosamente atractivos en su mejilla derecha.
«Oh, Dios mío.» Los ojos de Emma se retiraron una vez más hacia su plato.
Estaba ansiosa de que sirvieran el segundo plato, aunque sólo fuese por un
cambio de paisaje.
Charles tenía de nuevo ese destello en sus límpidos ojos azules. Y esa…
mirada enfocada en ella, como si no hubiese nadie más en la habitación…
como si, por un instante, Lady Haverford hubiese dejado de existir.
—Caballeros —dijo Lady Beatrice cuando se sirvieron los dulces—, propongo
que pasen de su oporto por esta noche y nos acompañen a las damas en el
salón para jugar a las charadas.
Ese anuncio fue recibido con refunfuños desde todos los puntos de la mesa.
—Charadas no, Lady Bea —pidió el conde de Westbrooke—. Tenga piedad, por
favor.
El duque de Alvord se rio.
—Vamos, Westbrooke, apostaría a que guardas en tu interior un actor
frustrado.
—Pues perderías, Alvord. Odio actuar y más todavía odio adivinar.
—Tía —dijo Charles—, el propósito es entretener a nuestros invitados, no
torturarlos.
—Pues yo adoro jugar a las charadas, Lady Beatrice. —La señorita Pelham se
inclinó hacia adelante para dirigirse a la tía de Charles sentada en el otro
extremo de la mesa—. Soy bastante buena en eso, así que será un placer estar
en el equipo de Lord Westbrooke. —La joven dirigió algunos enérgicos
pestañeos a Lord Westbrooke.
Él adoptó una expresión de acosado.
Emma le echó una ojeada a Meg, quien puso los ojos en blanco, haciendo
gestos sin disimulo a Lady Elizabeth. Lizzie, con las cejas fruncidas y los
labios apretados, miraba enojada a la señorita Pelham.
—Nosotras vamos a jugar, ¿verdad, Rachel? —gorjeó la señorita Esther
Farthington desde la izquierda del señor Maxwell.
—Claro que sí, pero sólo si estamos en diferentes equipos —respondió la
señorita Rachel desde la derecha del señor Maxwell.
El señor Maxwell continuó atacando la bandeja de dulces, que algún sirviente
incauto había colocado a su alcance.
—Cuando estamos en el mismo equipo nos peleamos —le confió la señorita
Esther a la larga mesa.
—No nos ponemos de acuerdo en nada.
—Discutimos terriblemente.
—Es mucho mejor separarnos.
Las gemelas Farthington sonrieron afablemente, y con idénticas sonrisas, a
los demás invitados, quienes las miraron con ojos dilatados de asombro.
—Sí, bueno —dijo Lady Beatrice, rompiendo el atónito silencio—, si todo el
mundo ha terminado de comer, deberíamos pasar al salón. Señor Maxwell,
SEÑOR MAXWELL. —Lady Beatrice gritó en un intento por captar la atención
del anciano—. AHORA VAMOS A JUGAR A LAS CHARADAS.
—¿Ensaimada? No me gusta la ensaimada. Lo que me gusta son estos
pastelitos. ¿No quedan más?
—NO.
Lady Beatrice se puso de pie, dando por terminada cualquier otra posible
discusión y condujo a las damas al salón. Los hombres las siguieron,
protestando.
—Yo designaré los miembros de cada equipo… veamos, ¿cuántos somos? —
Lady Beatrice echó una ojeada a la habitación.
—No podemos contar a Maxwell —susurró Charles al oído de Emma—.
Empezará a roncar en el instante en que se acomode en su silla.
—Charles, ¿no puedes meter en cintura a tu tía? —farfulló Lord Westbrooke
detrás de ellos—. Charadas… ¡Dios mío!
—Las gemelas parecen muy contentas de tomar parte en el juego —dijo
Emma.
Lord Westbrooke resopló.
—Seguro.
—Ya has oído a la señorita Pelham, Robbie —dijo Charles—. Es una experta.
Será un placer para ella darte toda la ayuda que necesites.
—Como si eso fuese a mejorar la experiencia. Yo creo que ha decidido que a ti
no puede conseguirte con sus mañas, Charles, así que me ha visto a mí. He
estado eludiéndola todo el día. Tuve que reclutar a Lizzie para que me
ayudase a defenderme en el Panteón esta tarde… ella y Meg me hicieron
compañía para que la querida señorita Pelham no pudiese arrinconarme y
pretender sonsacarme una promesa de matrimonio.
—Seguramente no es para tanto, Lord Westbrooke.
—Claro que es para tanto, señorita Peterson . ¿Y por qué tanta formalidad
ahora? Por cierto que no me llamó usted «milord» el día que Charles la
rescató del arroyo, hace algunos años.
—¿Hace algunos años? Yo sólo tenía seis y usted me puso la zancadilla .
—Yo no hice eso. Mi pie era perfectamente visible: no fue mi culpa que usted
se tropezara con él, ¿o sí?
—Su pie no era perfectamente visible hasta que lo plantó enfrente de los
míos.
—Niños —interrumpió Charles—, algún día daréis por zanjada esta discusión ,
¿no es cierto? ¿O aún reñiréis por esto cuando tengáis la edad de las gemelas
Farthington?
—Oh, no lo sé… es tan divertido irritar a Emma.
Emma abrió la boca para protestar pero se detuvo al ver la risa en los ojos de
Robbie.
—¿Le pido disculpas, finalmente, señorita Peterson? ¿Le digo (sólo por
caballerosidad, por supuesto) que la culpa fue toda mía?
Él estaba bromeando. Todos estos años, ella había estado guardándole
rencor, pensando que él hacía lo mismo… y todo había sido una broma. Él
disfrutaba la pelea verbal. La hallaba divertida.
Emma se relajó y sonrió. ¿Había sido demasiado seria? Quizás. Discutir sobre
un incidente de la niñez, sin importancia, era ridículo. Sonrió abiertamente.
—Oh, por favor, no se disculpe ahora… especialmente si sólo lo hace por
caballerosidad.
Robbie fingió enjugarse la frente.
—Bien, qué alivio. Estoy seguro de que el esfuerzo de ser un caballero sería
demasiado para que lo soportase mi pobre corazón.
—Indudablemente, demasiado —confirmó Charles.
—¡Lord Westbrooke! —Lady Beatrice agitó la mano hacia Robbie—. Deje de
intentar esconderse ahí. Estará en el equipo con las señoritas Oldston, Rachel
Farthington, Margaret Peterson, con Lady Elizabeth, y con las señoritas
Frampton y Pelham.
—Oh, Dios —farfulló Robbie—. No voy a salir de esta habitación a menos que
tenga a Meg de un lado y a Lizzie del otro. Protección. Necesito protección.
Emma rio por lo bajo.
—¿También necesita protección, Lord Knightsdale? Usted es mejor partido
que Robbie.
Charles suspiró.
—Emma, querida mía, ¿por qué continúa llamándome Lord Knightsdale? Ha
podido decir muy bien «Robbie». De hecho, he oído antes mi nombre en sus
labios. —Bajó la voz y se inclinó más cerca—. Creo que he saboreado mi
nombre en sus labios.
—Estamos en una reunión, milord. Compórtese.
—¿Entonces en privado no es necesario que me comporte?
Emma enrojeció, recordando en detalle el encuentro junto al lago.
—Humm —dijo Charles—. Está algo ruborizada, cariño. ¿Tal vez está
pensando en nuestro encuentro de esta mañana? En realidad ahí sí que me he
comportado. Créame.
—Milord, ¿cómo puede decir eso?
—Porque sé exactamente qué habría hecho en caso de no haberme
comportado. En esa ocasión he ejercido un extremo control de mí mismo,
como lo he hecho más tarde en su habitación. Necesitamos hablar , amor mío.
Emma contuvo el aliento. ¿Quería decir algo especial al usar esas palabras?
En su mirada se veía claramente el inconfundible destello.
—Charles, deja de susurrarle al oído a la señorita Peterson y ven aquí —dijo
Lady Beatrice.
Emma cerró los ojos, con el deseo de hallarse en su alcoba al abrirlos
nuevamente. No. Cuando los abrió, allí estaba Lady Beatrice gesticulando en
dirección a ella.
—Vamos. Charles, tú y la señorita Peterson se os uniréis a los señores
Stockley y Frampton y a las señoritas Esther Farthington, Oldston y
Haverford.
—¿Por qué Alvord no está obligado a jugar? —Robbie se las había ingeniado
para colocar un sofá entre él y la señorita Pelham.
—Creo que nosotros los viejos casados estamos disculpados, Westbrooke.
El duque sonrió, sentándose junto a su esposa.
—Esos divertimentos están reservados para los no comprometidos.
—Eso es ridículo. ¿Y usted, hacendado? ¿Querría participar?
—No, no, Westbrooke. Me basta con mirar. Pero lo alentaré a usted.
—¿Y usted, señorita Russell? Seguro que le gustaría participar.
—Oh, no, milord. No, gracias, no.
Robbie echó una ojeada a la habitación.
—¿Señor Maxwell?
Un ronquido fue la respuesta del señor Maxwell.
—¿Qué le había dicho? —le murmuró Charles a Emma.
—Déjese de rodeos, señor. —Lady Beatrice le entregó a Robbie un trocito de
papel—. Usted y la señorita Pelham…
Emma se cubrió la boca para ocultar la sonrisa que le provocó la expresión de
Robbie. Llamarle mirada feroz a la que había en sus ojos era quedarse corto.
Lady Beatrice también pareció notarlo. Hizo una pausa y miró fijamente a
Robbie antes de continuar.
—Y Lady Elizabeth y el señor Oldston pueden hacer la representación.
—¿Nos sentamos, señorita Peterson? Esto puede llegar a ser más entretenido
que la mejor farsa de Drury Lane12 .
Emma dejó que Charles la condujese hasta un sofá. Antes de que pudieran
sentarse, el señor Stockley ocupó uno de los extremos.
—Por favor, acompáñeme, señorita Peterson. —El señor Stockley dio una
palmadita en el sitio libre que había junto a él.
Sería grosero ignorar su invitación. Emma se sentó en el borde del sofá, tan
lejos de él como pudo, lo cual no era lo suficientemente lejos, ya que el sofá
era muy pequeño. Le complació verle hacer una mueca de dolor al sentarse.
Era la marca de Prinny. El señor Stockley lo pensaría dos veces antes de
mirarla moviendo así las cejas.
También podía pensarlo dos veces debido a las furiosas miradas de Charles
desde una silla vecina.
Luego de entregarle el papelito a la señorita Pelham, Robbie se había
instalado de brazos cruzados contra el manto de la chimenea. La señorita
Pelham y el señor Oldston iniciaron un acalorado intercambio de susurros;
Lizzie escuchó por unos minutos y luego fue a pararse junto a Robbie.
—Ah, señorita Peterson. —El señor Stockley le echó una ojeada a Charles
mientras se inclinaba para susurrarle a Emma—. Sobre lo de esta tarde… ay.
Emma sonrió.
—¿Se ha hecho daño, señor Stockley?
—No es nada. No hay de qué preocuparse.
Emma deseó que Prinny estuviese cerca. Estaba segura de poder persuadirlo
para que tomase una muestra de mayor tamaño de la persona del señor
Stockley.
—¿Esta tarde? —El ceño fruncido de Charles hizo aparecer un profundo surco
entre sus cejas—. ¿No estaba usted en el Panteón esta tarde, Stockley?
Stockley se sobresaltó y nuevamente hizo una mueca de dolor al apoyar el
peso del cuerpo sobre su trasero herido.
—Sí, milord, estuve allí un rato.
—Encontré al señor Stockley en la galería larga, examinando los cuadros,
milord. —Emma miró al señor Stockley—. Muy concienzudamente.
—¿Connoisseur , Stockley?
—Un poco, milord. Simplemente un estudioso. Siempre a la búsqueda de…
conocimiento.
Emma pestañeó y examinó más cuidadosamente al señor Stockley. La nota
amenazadora que había oído en su voz esa tarde estaba allí otra vez.
—¿De verdad? —También en la voz de Charles había un tono de crispación—.
Yo que usted sería extremadamente cuidadoso sobre el tipo de conocimiento
que perseguiría, especialmente si involucrase de cualquier modo a la señorita
Peterson.
Emma pestañeó otra vez. Charles estaba casi gruñendo, como un perro con el
pelo erizado.
—¡Violación!
Emma giró nuevamente la cabeza en dirección a los jugadores de charadas.
La señorita Rachel Farthington rebotaba en su asiento, gritando. El señor
Oldston tenía los brazos alrededor de la señorita Pelham, quien luchaba
salvajemente. Robbie y Lizzie se desternillaban de risa.
—¿Qué demonios…? —Charles se adelantó, pero el señor Oldston soltó a la
señorita Pelham. De hecho, ambos se pusieron en cuclillas frente a la señorita
Rachel, sonriendo y alentándola.
Charles miró a Lady Beatrice con el ceño fruncido.
—Tía, les has dado… me imagino que no les has hecho representar La
violación de las Sabinas …
—Milord —dijo la señorita Pelham, con evidente enojo—, ¡usted no era quien
debía decirlo!
Emma se escabulló a su cuarto tan pronto como pudo. Las charadas no habían
tenido éxito. Tras examinar los papelitos para ver qué otros títulos había
escogido su tía, Charles había declarado que todos eran indecorosos. Lady
Beatrice había manifestado su desacuerdo y ambos habían salido al corredor
a discutir el asunto. No bien la cola del vestido color mora y anaranjado de
Lady Beatrice hubo traspasado el umbral, los hombres huyeron hacia el salón
de billar. Para cuando Lady Beatrice y Charles regresaron, el grupo de
invitados estaba severamente diezmado. Desgraciadamente, el señor Stockley
no era uno de los que se habían marchado. Seguía revoloteando cerca de
Emma, lo cual enfurecía a Charles. Aunque a Emma no le agradaba el señor
Stockley, se dio cuenta de que las disputas verbales constantes le agradaban
menos aún. Al quinto comentario mordaz de Charles, ella ya tenía dolor de
cabeza.
Y ahora no encontraba su camisón. Revisó el armario una vez más, aunque
era muy poco probable que no hubiese mirado bien la vez anterior. Tenía un
guardarropa muy reducido: no había sitio para que un camisón errante se
escondiera. No podía estar en el armario.
Pues bien, no pensaba dormir con el vestido puesto. Pasaría la noche en
combinación.
Por lo menos su cepillo no se había ido otra vez a pasear por ahí. Se sentó
frente al tocador y empezó a soltarse el pelo. Miró la puerta que conectaba su
habitación con la de Charles. ¿Cómo había terminado su cepillo entre los
papeles de él? ¿Era posible que también su camisón estuviese ahora allí?
La idea hizo que su piel floreciese con una tonalidad rojo fuego. No le iba a
hacer falta el camisón para no sentir frío esa noche. En ese momento incluso
la combinación le resultaba de demasiado abrigo.
Se miró largamente al espejo y un mal pensamiento se instaló en su mente.
¿Y si esa noche no usaba la combinación? ¿Y si dormía cubierta tan solo por
las sábanas? Nadie se enteraría.
Empezó a sentir en la piel un cosquilleo muy extraño.
Tenía veintiséis años. Era una mujer adulta. Si se le ocurría pavonearse por
su alcoba tan desnuda como había llegado al mundo, ¿quién podría oponerse?
Ni siquiera tenía una doncella que pudiera escandalizarse.
Antes de perder el valor se puso de pie y se quitó la combinación. El aire
nocturno le puso la piel de gallina en los brazos e hizo que sus pezones se
endurecieran como pequeños guijarros.
Se dejó caer nuevamente en la silla. El tapizado de seda se notaba fresco
contra sus nalgas: ligeramente resbaladizo, suave pero con un levísimo toque
áspero. Se estremeció, irguiéndose en la silla.
Tomó su cepillo, concentrándose en deslizarlo por el cabello largo y rizado. Al
principio miraba al frente, la vista fija en los ojos que le devolvía el espejo,
tratando de ignorar el resto del reflejo como si se fuese a quedar petrificada
si se permitía mirar su propio cuerpo.
No le hacía falta mirar. Sentía. Cerró los ojos, concentrándose en las nuevas
sensaciones: el fuego que entibiaba su piel; su cabello resbalando sobre los
hombros, acariciándole los senos, haciéndole cosquillas en los pezones; la…
libertad de su cuerpo mientras se movía, sin estar limitado por el más leve
roce de tela.
Sentía los pechos más grandes, más sensibles, los pezones anhelantes. Otra
parte de ella también estaba anhelante. Las sensaciones eran casi demasiado
intensas. Jadeó, abriendo los ojos.
En el espejo vio cabello rizado color rubio oscuro y vislumbró su piel desnuda.
Reunió la mata de cabello en sus manos y la sostuvo recogida para poder
mirarse. Vio que junto con los brazos se elevaban sus pechos. Eran grandes,
dorados por el resplandor del fuego, con pezones redondos e
insoportablemente duros.
Sabía que a los hombres les gustaban. No había crecido en un convento:
había sorprendido a más de uno mirándole esa parte del cuerpo. No le
gustaba que se la comieran con los ojos. Elegía vestidos con cuello alto como
convenía a la hija de un párroco. Echó una ojeada al armario. Bueno, el traje
de baile de satén azul era la única excepción y nunca lo había usado en
público. ¿Se atrevería a estrenarlo para el baile?
¿Le gustaría a Charles? Tenía un canesú tan pequeño que a él sólo le llevaría
un instante bajárselo hasta la cintura.
Dejó caer el cabello. Tras un instante de vacilación, tomó sus pechos en las
manos, levantándolos, sintiendo su peso. Charles lo había hecho la noche en
que le había cepillado el cabello, pero entonces ella llevaba camisón. Él le
había tocado la piel desnuda junto al lago. La había visto con toda claridad a
la luz de la mañana. Le había puesto su boca, su lengua, sobre los pezones.
Sintió humedad entre las piernas y se levantó de un salto. No quería manchar
el hermoso asiento de seda.
Miró la combinación que, por esa noche, había desechado. No sentía frío en
absoluto. No iba a usarla. Se metió en la cama, se quitó las gafas y apagó la
vela.
No podía ponerse cómoda. Hacía un momento había notado que sus pechos
estaban especialmente sensibles, pero ahora sentía una sensibilidad parecida
al dolor en todo su cuerpo. Si se estiraba de espaldas, sentía la fricción de las
sábanas contra los pezones y las nalgas. Extendía las piernas y percibía entre
ellas el profundo latido de la necesidad. El vacío y la avidez la consumían. Se
puso de costado, pero la sensación de dolor no desaparecía. Boca abajo era
aún peor: deseaba frotarse contra la cama. Sentía tanto calor, estaba
ardiendo. Febril.
Si se tocaba donde el anhelo era más intenso, donde la había tocado Charles,
¿se curaría?
No. No podía hacer eso. Le escandalizaba demasiado… aunque era discutible
qué podía escandalizar demasiado a una solterona llena de lujuria como ella,
retorciéndose desnuda en su cama. Aun así, mantuvo las manos bien metidas
debajo de la almohada y trató de dormir.
Consiguió dormitar. Soñaba con Charles desnudo junto al lago. Con sus
hombros. Los músculos de sus brazos. Su pecho, salpicado de vello rizado y
castaño claro que formaba una línea hasta el ombligo, y continuaba debajo de
la toalla. Y entonces… despertaba, frustrada. Su imaginación no podía
proporcionar los detalles de lo que aquella toalla había mantenido oculto.
Tras despertar de golpe cinco o seis veces, se dio por vencida. Quizás si se
ponía la combinación, podría apagar ese fuego que estaba haciendo estragos
en su cuerpo.
Estaba buscando sus gafas cuando oyó un crujido y luego un sonido como si
se raspase algo. Se incorporó en la cama, tirando de las sábanas para
cubrirse. Algo se movía en el otro lado de la habitación. Algo blanco emergía
de la pared…
Intentó llenar de aire sus pulmones. Gritó tan alto como pudo, pero a ella no
le sonó fuerte en absoluto. Después se sumergió bajo las mantas y empezó a
rezar como la hija buena de un párroco que había sido alguna vez y que
prometió volver a ser si solamente sobrevivía a aquella noche.
Capítulo 13
Charles dejó el libro a un lado. Había leído la misma página al menos veinte
veces. Al final reconoció que esa noche no iba a entenderlo.
¿Qué diablos habría estado haciendo Stockley con Emma en la galería larga
esa tarde? Y además se había pasado toda la noche rondándola. Al menos ella
no había mostrado indicio alguno de disfrutar de las atenciones de ese
hombre.
Más le valía que no las disfrutase. Ella era suya. Sólo necesitaba hacer que
admitiese ese hecho.
Volvió a mirar la puerta comunicadora. Dios, le encantaría ir ahora mismo
adonde estaba ella. Necesitaba verla. Hablarle. Abrazarla. Necesitaba…
Se movió cambiando de posición. Iba a tener que ir a darse otro chapuzón en
el lago. Jamás conseguiría dormir en ese estado de excitación. Demonios, ni
siquiera estaba seguro de poder abotonarse los pantalones. Tenía que
convencer a Emma de casarse con él antes de que cierto órgano estallase… y
con él, toda esperanza de continuación para el linaje de los Draysmith.
Se incorporó y sacó las piernas de la cama, con un estremecimiento. Nunca
había estado en un estado tan doloroso. Tenía que aliviarse pronto. En la
posada local había mujeres complacientes. Nan se ocuparía de él: había
pagado sus servicios antes. Pero no quería hacer una visita a «El Hombre
Verde».
En honor a la verdad, la idea de llevar a la cama a cualquier otra que no fuese
Emma no le resultaba en absoluto tentadora. No, tendría que irse al lago.
Emma lo había arruinado. Si ella no se casaba con él, se enfrentaba a la
perspectiva de una larga e incómoda vida llena de chapuzones nocturnos.
Iba a coger sus pantalones cuando oyó un extraño ruido que provenía de la
habitación de Emma. Se quedó inmóvil, con el corazón palpitante. Había oído
antes ese ruido apagado, durante la guerra. Las mujeres que estaban
demasiado aterrorizadas para llenar de aire sus pulmones y gritar con fuerza
hacían ese ruido.
Salió precipitadamente de la cama, ignorando sus pantalones y tomando en su
lugar el candelabro. Necesitaba ver al enemigo —y, si era necesario, el
pesado candelabro de latón dejaría una buena marca en la cabeza de un
hombre.
Abrió de un empujón la puerta comunicadora, sosteniendo en alto la vela.
Nadie. Registró la habitación entera. No vio a nadie, ni siquiera a Emma. Se
acercó a la cama. Había un gran bulto en el medio, debajo de las sábanas.
Con cautela cogió un extremo y las arrancó con un solo movimiento veloz.
Había encontrado a Emma. Estaba hecha un ovillo, con la cabeza hundida
entre las manos, su glorioso cabello desplegado a su alrededor y su precioso,
blanco y suave trasero desnudo.
Dios, había empezado a jadear.
Emma tomó aire y se levantó de un salto, retorciéndose para girar la cabeza
hacia él.
Él ya ni siquiera podía jadear. No podía respirar. Miró sus senos generosos
que se movían junto con su cuerpo y la boca se le secó tanto como se le
endureció otra parte del cuerpo.
Le había visto el pecho junto al lago, pero esto era mucho mejor. Sus ojos
siguieron la larga línea del cuello, las delicadas clavículas, la exquisita
trayectoria de sus pechos níveos, sus esbeltas costillas.
—¿Emma? —dijo con voz ronca.
—¿Charles? —Alargó la mano para coger sus gafas—. Estás desnudo.
—Eh… tú también, cariño.
Dios, los ojos de ella ya no le miraban la cara. Estaban fijos en su parte más
obviamente masculina. Muy obvia y muy masculina en ese momento.
—¿Era eso lo que estaba debajo de la toalla esta mañana?
—Sí. —Charles reprimió una risa ligeramente histérica—. Por lo general lo
llevo conmigo.
—¿Pero cómo entra en tus pantalones?
—Se pliega para guardarlo. —Charles puso cuidadosamente el candelabro
sobre la mesa de noche. Tragó saliva de nuevo, y con voz ligeramente
temblorosa preguntó—. ¿Te gustaría tocarlo?
Emma dudó, con evidente curiosidad.
—¿Puedo?
—Por favor.
Alargó la mano con cautela. Él vio acercarse sus dedos pequeños y cerró los
ojos por un momento mientras sentía un roce como de alas de mariposa. Era
delicioso, pero demasiado fugaz.
—¿Todos los hombres tienen estos… estos apéndices?
Dios, iba a derramar su semilla con sólo escuchar esas preguntas.
—Sí, cariño. Es una parte importante para hacer bebés. ¿Te gustaría tocarlo
otra vez? Te prometo que no me lastimarás.
Lastimarlo, no. Enloquecerlo de lujuria, sin duda.
Acercó la mano nuevamente. Esta vez ella dejó explorar a sus dedos,
recorriendo a lo largo, rodeando su grosor, incluso acariciando los sacos que
colgaban entre las piernas. Se movió para darle más espacio para explorar,
abriendo ligeramente las piernas. Se mordió los labios, asido con fuerza al
poste de la cama. El sudor le goteaba por la espalda. Sin duda iba a arder por
combustión espontánea. Lo único que esperaba era tener antes la
oportunidad de hundirse en el cuerpo de Emma.
—Cuando hago esto, se mueve solo —dijo Emma, acariciándolo.
Efectivamente, dio un salto sobre la palma de la joven. Apretó los dientes,
saboreando las oleadas de placer que se propagaban desde la mano de ella—.
Es tan duro y tan suave, pero la punta es blanda y… y húmeda. —Con el dedo
untó esa humedad por el resto del miembro, que nuevamente dio un salto
sobre su mano. Ella soltó una risita, deslizando los dedos hacia arriba hasta
llegar a la espesa mata de vellos en la base—. Y el vello que tienes aquí es aún
más rizado que tu cabello.
Ante un gruñido de él, ella retiró la mano.
—¿Estás seguro de que no te estoy lastimando?
—Sí. Estoy completamente seguro. —Dios, ¿se había estremecido al decirlo?
Carraspeó—. Completamente seguro.
—Tu voz suena rara.
Porque estaba ebrio de lujuria. Sus rodillas estaban a punto de ceder. Juraría
que iba a desplomarse sobre la cama, una muy buena idea, pero primero
había algo que debía traer de su habitación.
—Emma. —A Charles le alegró mucho que su cerebro aún fuese capaz de
formular un pensamiento coherente—. Quédate exactamente… exactamente
… dónde estás. No te muevas. Para nada. Regreso en un momento. Júrame
que no te vas a mover.
—Bueno… —Emma se sonrojó y alargó la mano hacia la ropa de cama. Su
mano fracasó en el intento, al encontrarse con la cama vacía—. ¿Dónde están
las mantas?
—Las traeré… más tarde. Ahora no las necesitas. Te doy mi palabra. Son
totalmente innecesarias. Superfluas. Hasta irritantes. Así estás perfecta. No
te muevas. Por favor.
Ella dejó escapar un pequeño suspiro.
—Muy bien.
—Bien. Espléndido. Maravilloso. Quédate quieta.
Charles retrocedió hasta la puerta, sin despegar los ojos de Emma. Ella no se
movía. De hecho, sus ojos estaban clavados en la parte más prominente del
cuerpo de él. Era cada vez más prominente, él podía sentirlo. ¿Seguro que su
crecimiento tenía un límite? Ya sentía un anhelo casi insoportable.
Respiró. Sentía un doloroso anhelo, pero no iba a tardar mucho en
satisfacerlo. Seguramente encontraría alivio esa misma noche. De lo
contrario, moriría. Esa era la verdad. Si no se deslizaba dentro de su cuerpo
cálido y apretado antes del amanecer él iba a… iba a… no sabía qué iba a
hacer, pero seguramente nada bueno. Como mínimo, gritar. Más bien iba a
salir disparado por los corredores de Knightsdale, completa y absolutamente
loco.
—Recuerda… quédate justo ahí —le repitió al llegar al umbral de su
habitación—. No te muevas.
Le llevaría sólo un segundo encontrar el anillo de compromiso. Sabía
exactamente dónde estaba. Dentro de un momento lo deslizaría en el dedo de
Emma. Y luego él se deslizaría dentro de su cuerpo… pero eso no le tomaría
sólo un momento. No. Era la primera vez de Emma. Se tomaría todo el tiempo
del mundo. Esperaría hasta que ella le rogase que lo hiciera.
Si es que conseguía esperar tanto. Lamentablemente, no estaba seguro de
cuánto podría prolongar el momento en esta ocasión en particular. A
excepción de su primera vez, siempre había logrado aguantar el tiempo que
hiciera falta, eso era para él motivo de orgullo. Pero esa noche…
Esa noche temía no estar a la altura de las circunstancias. No podía… no
podía fallar, por el bien de Emma, pero ella le afectaba mucho más que
cualquiera de las otras. Era casi como si estuviese ante un acto
completamente diferente, un acto que nunca antes hubiese realizado.
—No te muevas —repitió una última vez.
Ella alzó la mano para quitarse el cabello de la cara. Ese movimiento hizo que
sus pechos se elevaran, balanceándose. Una belleza.
—Vuelvo ya mismo.
Moriría, literalmente, caería muerto ahí mismo, si ella de repente recordaba
que era una correcta y formal señorita inglesa.
Emma observaba a Charles retroceder hacia la puerta. Esa, eh, parte de su
cuerpo que ahora se destacaba era la cosa más extraña que había visto en su
vida. Sobresalía rígida de la línea del cuerpo y parecía hacer reverencias
cuando Charles caminaba. Él obviamente había deseado que lo tocara ahí,
pero parecía haber sentido dolor cuando ella lo había hecho. Era tan extraña
al tacto: dura y blanda, caliente y suave.
¿Qué sería lo que necesitaba ir a traer de su habitación?
¿En qué estaba pensando ella? Probablemente había ido a buscar un arma. Él
había venido en respuesta a su grito, ¿no? Sólo se había sobresaltado al verla
desnuda…
¡Jesús! Nuevamente alargó la mano para coger las mantas. ¿Dónde estaban?
Se arrastró hasta abajo de la cama y las vio en el suelo.
—Habías prometido que no te ibas a mover.
Levantó bruscamente la cabeza. Charles estaba de pie en la puerta, tan
desnudo como se había ido.
—Pero no me quejo. —Sonrió. Sus ojos resplandecían—. Esa es una postura
muy atractiva, cariño.
¡Jesús! Estaba a cuatro patas, cada centímetro de su cuerpo expuesto para
que él lo examinara. Se dejó caer de bruces en la cama. Él rio por lo bajo y
caminó hasta ella.
—Todavía no llevas nada encima —masculló con la cara contra el colchón. Era
agradable sentir la frescura de las sábanas contra sus mejillas ardientes.
—Correcto. No preveo que vaya a necesitar la ropa en un futuro inmediato.
De hecho, espero que se convierta en una verdadera molestia.
¡Dios! Sintió la caricia de su mano ancha deslizarse por su espinazo, desde el
cuello hasta las nalgas. El colchón se movió, luego sintió que ambas manos
descendían por su espalda. La parte de delante del cuerpo de la joven empezó
a palpitar. Hundió aún más la cara en la cama. Las manos de él bordeaban
ahora los costados de su cuerpo, rozando sus pechos, metiéndose entre sus
muslos. Separó las piernas. Tenía que luchar consigo misma para no levantar
su cuerpo y dejar que las manos de él se deslizasen por debajo.
—¿Dónde está tu arma? —Jadeó mientras uno de los dedos de Charles
recorría la hendidura entre sus nalgas.
—¿Qué arma?
Ella gimió. Las manos de él le rozaban los muslos, tan cerca de donde ella las
deseaba.
—¿Te estoy lastimando, cariño?
Ella oyó la risa en su voz.
—No —jadeó. No iba a dejar que la distrajera más—. ¿No es por eso por lo
que has ido a tu habitación, para traer un arma? Has entrado aquí porque yo
había gritado, ¿no es verdad?
—Tienes razón, ha sido por eso.
Las manos de él dejaron de tocarla. Ella casi rompió a llorar. La cama se
movió otra vez y él apareció ante ella. La cosa que sobresalía apuntaba hacia
Emma, como si quisiera que la acariciara nuevamente. Ella cogió las sábanas
para abstenerse de alargar la mano hacia esa cosa.
—¿Exactamente de qué se suponía que debía rescatarte, Emma? No veo nada
amenazador.
Ella levantó la cabeza. Debía admitir que en ese momento en la habitación no
había nada.
—Había algo allí. —Hizo un gesto con la barbilla—. Algo blanco, que salió de
esa pared.
—¿Que salió de la pared? ¿Puedes ser un poco más específica?
Emma se ruborizó.
—Bueno, no llevaba gafas en ese momento.
—Ah, otro fantasma como el que vio Nana.
—No. Bueno, estoy segura de haber visto algo… —Emma estaba casi segura…
¿pero qué podía haber sido?
—¿Aquí?
Charles tenía una espalda muy atractiva. Sus músculos se flexionaron y se
marcaron mientras recorría la pared con las manos.
—¿Es aquí donde crees haber visto tu fantasma, Emma?
—Sí.
Su cuerpo se estrechaba desde los hombros hasta la cintura delgada y las
musculosas nalgas. En el jardín de invierno las manos de ella las habían
tocado. Pero aquel día llevaba pantalones. ¿Cómo sería… cómo sería tocarlas
desnudas?
—Yo no veo nada, Emma.
—Eh.
La lujuria la consumía. Su mente estaba embotada, todo su cuerpo palpitaba.
Se avergonzaba de sentir eso, pero quería que Charles volviese a su cama.
Que le mostrase más de lo que le había mostrado en el lago. Ella quería
conocerlo todo.
Incluso si él no la amaba.
No importaba. Ella sí lo amaba.
Él era el motivo de su total desinterés por los otros hombres. Meg tenía
razón: había mirado a buenos partidos del mismo modo en que miraba a
viejas carabinas; excepto a uno. Charles la había arruinado para todos los
demás.
Lo había amado desde el momento en que él secó sus lágrimas en el bosque
cuando ella tenía seis años, cuando le había dejado que fuese su sombra, pese
a las burlas de Robbie y James. Él había sido su Sir Lancelot, su Robin Hood.
Y cuando creció, él había sido el héroe de todas las novelas de Minerva
Press13 que había leído en secreto encerrada en su cuarto. Él la había visitado
en sueños, reconfortándola cuando estaba cansada o desanimada, cuando
criar a Meg y llevar la casa para su padre la habían abrumado. Al principio él
sólo le pasaba un brazo por los hombros y le besaba la frente. Pero después
de verlo con esa mujer anónima en la terraza para el baile de bodas de su
hermano, había empezado a soñar que la envolvía en sus brazos, apretándola
contra él y besándola en los labios.
¿Y ahora? Oh, Dios. Ahora sus sueños eran ardientes, tentadores. Frustrantes.
Aún les faltaban algunos detalles cruciales.
Bien, esa noche conocería esos detalles. Dios, si Charles no volvía a la cama
en ese mismo momento, iba a llorar. Tenía veintiséis años. Nunca había
estado con un hombre. Como le había preguntado la señora Begley, ¿para
quién se reservaba?
Aunque tuviera que suplicarle a Charles, no iba a salir virgen de esa cama.
Al volverse él, los ojos de la joven bajaron hasta su cintura. Emma sonrió. No
sería necesario suplicar.
—Ni rastro de fantasmas, cariño.
—Eh.
Dios, los ojos de Emma se habían clavado en la parte de él que más la
anhelaba. Sonrió. Quizás eso no era enteramente verdad. Su corazón la
anhelaba más. Nunca había pensado que un sentimiento así fuera posible. Si
Emma le pidiese que esa noche sólo la abrazase, estaría dispuesto a hacerlo.
Deseó fervientemente que ella quisiera de él más que eso. Mucho, mucho
más. Que quisiera todo. Cada milímetro del cuerpo que ardía por ella.
Se aclaró la garganta y trató de liberar su mente de su tremenda necesidad.
—Creo que mejor me quedo aquí contigo esta noche. Para protegerte. ¿No te
parece?
Los ojos de ella subieron lentamente de la ingle a la cara, deteniéndose en su
recorrido para examinar el vientre, el pecho, la garganta. Cuando finalmente
las miradas se encontraron, él se sintió feliz de ver reflejada en sus ojos una
inocente necesidad.
—Sí. —La lengua de ella se asomó para humedecer los labios—. Sí, podría ser
una buena idea.
—Cariño, confía en mí: es una idea maravillosa. —Él se sentó en la cama—. Y
se me ocurren algunas cosas que podemos hacer para librar tu mente de
cualquier tipo de fantasmas.
—¿De verdad? —susurró Emma—. ¿Y cuáles serían esas cosas?
Él alargo el brazo lentamente y le acarició el costado de un pecho.
—Implican tocar.
—Mmm. —Los ojos de Emma se cerraron y su lengua asomó otra vez—. Tocar
es bueno.
Poniéndole una mano sobre el hombro, él la hizo girar con suavidad para que
quedara boca arriba.
—Muy bien.
Le acarició el otro pecho y rodeándolo con sus manos lo levantó. Le llenaba la
mano, pesaba lo justo. Con el pulgar trazó un círculo alrededor del pezón,
bordeando el centro.
Emma hizo un ruidito extraño con la garganta. Arqueó la espalda, para que el
pudiese tocarla mejor.
—Dios, cariño, eres perfecta.
—Siento… siento… que… estoy ardiendo —dijo ella. La vio tragar, observó
cómo se movía su preciosa garganta—. Por favor. Te necesito. Necesito que
me… toques. En todas partes.
Él deslizó el dedo por el interior de su pecho, hasta el cuello y allí frotó con el
pulgar el punto donde percibía los latidos.
—Amor, no te imaginas cómo me encanta escucharte decir eso. Y estaré aún
más encantado de complacerte… en un momento.
—No. Ahora.
—Ay, cariño. ¡Qué exigente! Veo que estoy destinado a ser tu esclavo… en lo
cual me convertiré, de buena gana, con una condición.
—¿Cuál?
—Que te cases conmigo. —Tomó el anillo de compromiso de Knightsdale de la
mesa de noche, donde lo había puesto antes de ir a cazar fantasmas—. No te
pondré un dedo (o cualquier otra cosa) encima hasta que accedas a casarte
conmigo.
—Está bien. —Emma alargó la mano para tomar el anillo. Charles lo alejó de
ella.
—No, no, mi amorcito impaciente. Esta es una elección que estás haciendo
para siempre. Piensa… si puedes. Una vez que deslice este anillo en tu dedo,
estarás comprometida. Serás mi esposa, la madre de mis hijos.
Charles hizo una pausa, escuchando sus propias palabras. El zafiro del anillo
familiar capturaba la luz de la vela. Al dárselo a Emma un lazo más lo unía a
Knightsdale. Esperaba sentir un nudo en la boca del estómago. Sentirse
atrapado. Pero no. Se sentía seguro. Sabía que Emma era la mujer para él.
Además sentía expectación. Muchísima. Su cuerpo delicioso se extendía ante
él, cada centímetro resplandecía a la luz de las velas. Tan pronto como le
hubiese puesto ese anillo…
—Di que sí, Emma. Te necesito.
Ella miró el anillo y luego a él.
—¿Pero me amas?
Él sonrió.
—Sí, cariño, creo que sí. Sé que nunca he sentido antes lo que siento por ti.
Sólo pensar en ti me hace sentir feliz… entre otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
Charles rio.
—Excitado. Hambriento. Duro. Loco de deseo.
—Oh. Eso suena un pelín incómodo.
—Es más que un pelín incómodo, amor. Me temo que el matrimonio contigo
es mi única cura. Si me rechazas, moriré aquí mismo en tu cama y muy
posiblemente el linaje Draysmith muera conmigo. El título pasará al querido
primo Aubrey, quien, según tía Bea, es reacio a (o incapaz de) engendrar un
heredero.
—Está siendo ridículo, milord.
—Claro que no estoy siendo ridículo, señorita Peterson. Estoy siendo
completa y totalmente franco. La mía es una situación desesperada. Estoy
sufriendo. Si usted no consiente aquí y ahora en desposarse conmigo, voy a
enloquecer. Estoy seguro de ello.
—Eso no es posible.
—Sí que lo es, cariño. Confía en mi palabra. Mientras hablamos siento que mi
cordura se va debilitando. Di que te casarás conmigo. Por favor. Di que sí.
Emma dibujó una amplia sonrisa.
—Sí.
Charles rio.
—¿Sí? ¿Eso es todo?
—Sí, por favor.
—¿No me amas?
—No lo creo.
Charles frunció el ceño. Había supuesto… Había pensado que si él la amaba,
ella lo amaría a él, por supuesto… que no.
Ella giró quedando tendida de costado, se incorporó apoyándose en el codo y
alargó la mano para frotar la arruga entre las cejas de él.
—No creo amarte, tontito… sé que te amo. Te he amado desde que tenía seis
años, aunque entonces no lo sentía del mismo modo que ahora.
—No, supongo que no. —Se sintió mareado de alivio.
—He tratado de negarlo, de ignorarlo, pero el sentimiento no ha
desaparecido… aun cuando tú no me decías que me amabas.
—Lo siento…
Emma apoyó los dedos en sus labios.
—Basta de charla. Yo también estoy al borde de la locura. Dijiste que me
tocarías si accedía a casarme contigo. Ya lo he hecho, así que…
—Ah, sí. Qué torpeza de mi parte, hacerte esperar. Dame tu mano izquierda,
cariño. —Deslizó su anillo en el dedo de la joven—. Ahí está. —Le besó la
palma—. Bueno, creo que ya has cumplido con tu parte del trato, ¿verdad? No
puedo dejar de cumplir con la mía.
—Sí. Por favor. Ahora.
—Soy su esclavo y estoy para obedecerle. ¿Dónde preferiría la señora que la
tocase primero?
Emma se ruborizó.
—¿Tengo que decirlo?
—Humm, quizás yo pueda adivinar. ¿En la nariz? ¿En las cejas? ¿En la
mejilla?
Charles dejó que sus labios siguieran a sus palabras, besando sucesivamente
cada parte de la cara de Emma, quitándole las gafas y poniéndolas sobre la
mesa de noche.
—No. Sí. Oh.
—No es usted muy coherente que digamos, señorita Peterson.
Ella se puso como un tomate y lo miró a los ojos.
—Los pechos, Lord Knightsdale. Me gustaría que me tocase los pechos.
—Ah, sus pechos. Qué excelente idea. Sus pechos son muy hermosos,
¿verdad? Estaría encantado de tocarlos. Embelesado.
Charles sonrió cuando Emma se arqueó hacia arriba al rozarle él uno de sus
hermosos pechos con el borde de la mano.
Vio que ésta iba a ser una noche estupenda.
El contacto de las manos de Charles era maravilloso . Eran grandes y cálidas,
se movían sobre ella. Esto era mucho mejor que la vez junto al lago. Una
cama blanda y una puerta cerrada sí que mejoraban la experiencia de hacer el
amor. Como también la mejoraba la ausencia de ropa. Indudablemente.
Deslizó sus dedos sobre los músculos firmes y curvados de la parte superior
de los brazos de él.
Había un problema. Las manos de él evitaban escrupulosamente la zona que
ella más deseaba que tocasen. Gimió y se arqueó hacia arriba, para incitarlo a
tocarle esa parte de su cuerpo. Él rio por lo bajo.
—Qué impaciente eres, cariño. Voy a llegar á cada precioso rincón de tu
cuerpo. Tenemos toda la noche.
—Quiero que llegues a ese rincón en particular ahora .
—Ah, veo que me he comprometido con una fierecilla. Con una autoritaria —
llevó un dedo hasta su pecho, subiendo desde las costillas hasta justo debajo
del pezón—, tenaz —hizo un círculo alrededor del pezón, evitando el centro
anhelante—, fiera. —Con el pulgar le dio un capirotazo a la dura
protuberancia. Ella chilló, elevando las caderas.
—¿Eso ha sido un sonido de placer?
—Sí. Jesús, sí. Tu boca. Tu lengua. Las necesito ahí, como en el lago. Por
favor.
—¿Así?
Inclinó la cabeza. Su lengua raspó el dolorido pezón, por fin. Lo chupó,
llevándoselo a la boca. Sintió que la recorría una oleada de placer, que bajó
hasta llegar al lugar caliente y húmedo entre sus piernas. Enredó los dedos
entre los rizos de él, reteniéndolo contra su pecho. Deseaba que no se
detuviera jamás.
Él siguió descendiendo con sus caricias hasta llegar a la cintura, donde abrió
la mano abarcándole el vientre. Ella se retorció. Si tan sólo su mano bajase
unos pocos centímetros…
—Cariño, puedes retorcerte cuanto quieras… no voy a darme prisa.
Bajó la vista hacia ella, sonriéndole. Parecía tan satisfecho de sí mismo, tan
seguro. Ella levantó la mano y le rodeó la mejilla. Él le dio vuelta a la mano y
besó su palma.
—Es un juego, cielo, jugamos a provocarnos. Cada roce te acerca más al
límite. —El pulgar le rozó el ombligo—. Más y más cerca, un pequeño roce
tras otro, hasta que con el último, estallas.
—Humm. ¿Entonces yo también debería tocarte?
Emma le alisó el vello rizado que le salía del pecho, exploró sus tetillas y
luego emprendió el largo viaje bajando por esa misteriosa línea que iba desde
el vientre hasta…
Él tomó aire y retrocedió bruscamente. Ya no sonreía.
—¿No deseas que te toque?
—Emma, me encantaría… la próxima vez. Esta vez no duraría ni un segundo.
Y quiero que lo disfrutes. —Frunció ligeramente el ceño, inclinándose hacia
su pecho—. Tanto como sea posible, tratándose de tu primera vez.
—Qué… ¡oh!
Emma no entendía, pero dejó de interesarle entender en el preciso momento
en que los labios de Charles le tocaron el pezón. Empezó a chuparlo
intensamente, mientras uno de sus dedos se deslizaba introduciéndose en el
húmedo calor del centro de su cuerpo.
Ella elevó las caderas, tomándolo de los hombros. Necesitaba algo a lo que
asirse en medio de esa vorágine de sensualidad en que la habían arrojado la
boca y las manos de él. Jadeó, meneando las caderas. Necesitaba sentir a
Charles sobre ella.
Como leyéndole la mente, la apretó contra sí. Mientras, su dedo continuaba
jugueteando con ella, frotando su humedad sobre la pequeña protuberancia
exquisitamente sensible que se escondía allí. Nunca había conocido… o
imaginado algo así. Sus senos contra el pecho de Charles, los cuerpos
desnudos, apretados. Esto era tan superior a esa vez en el lago. Esto era…
… insoportable. Reteniendo el aliento empezó a palpitar contra la mano de
Charles, con los pezones erectos y sintiendo que todo su interior se volvía
líquido.
—Ahora, cariño —le susurró al oído—, mientras aún estás húmeda.
Moviéndose entre sus piernas, él puso esa «cosa» que sobresalía de su
cuerpo, allí donde antes había estado su dedo. Lentamente, empujó para
entrar en ella.
—¿Qué…?
—Ssh. Relájate, cariño.
Avanzó un poco en su interior. Ella sintió que algo dentro de su propio cuerpo
se estiraba.
—Creo que ahí no va a caber, Charles.
—Ssh. No pienses. Va a… entrar. Dios mío, Emma, estás tan estrecha.
—¿Eso es bueno?
La voz de él sonaba como si sintiera dolor. También a ella le dolía un poco.
—Eso… es… maravilloso. —Empujó hasta que estuvo completamente dentro
de ella.
—Ay. —Emma intentó moverse, pero el peso de él la mantenía clavada a la
cama.
—No te… muevas. —Su cara estaba sepultada en el cuello de Emma.
Una vez superada la conmoción inicial, le gustó cómo se sentía tenerlo
dentro. El dolor estaba cediendo. Deslizó sus manos acariciando la espalda de
él, perlada de sudor.
—Así es como se hacen los bebés, amor. —Él se incorporó sobre sus codos y
movió las caderas—. Yo derramo mi… semilla, —las caderas de él se
flexionaron, empujándolo aún más dentro de ella—, profundamente —entraba
y salía—, dentro —otra vez— de ti.
Arremetió hacia delante y se quedó allí. Emma sintió algo caliente que
chorreaba dentro de ella.
—Aaah. —Charles se relajó encima de ella, que le acariciaba el pelo. A Emma
le costaba un poco respirar, pero estaba bien.
También le costaba un poco pensar. En ese momento todo lo que podía hacer
era sentir… el peso del cuerpo de él, el dolor entre las piernas. Y la sensación
de estar colmada. Él todavía estaba ahí, todavía dentro de ella.
Entre ellos se había forjado un lazo permanente, que iba más allá de la obvia
unión física. Ella aún no entendía qué era, ni podía explicarlo, pero sabía que
había ocurrido.
Se sentía completamente casada.
—Dios, Emma.
Charles levantó la cabeza y mirándola debajo de él, le sonrió; el corazón de
ella dio un vuelco. Los ojos de él tenían una mirada de… posesión. No, era
más que eso. ¿Aceptación? Se sintió como si acabase de cruzar una puerta y
ahora estuviese con él. Sólo ellos dos. Juntos. Ella le devolvió la sonrisa.
—Mmm. —Al parecer, tampoco él estaba lúcido. Inclinó la cabeza y la besó
lentamente, profundamente. Sin duda, esto era posesión: ella estaba llena de
él. De su lengua y de su…
—Soy demasiado pesado para ti. —Se levantó de encima de ella. Se sintió
vacía y con frío—. Y probablemente estás dolorida.
—No.
—Sí. —Salió de la cama.
—¿Adónde vas? —Emma no deseaba pasar sola el resto de la noche—. Has
dicho que te quedarías para protegerme.
—No te preocupes, cariño. No pienso irme de tu cama durante un rato largo.
—Desapareció a través de la puerta comunicadora. Lo oyó hurgando en su
armario.
—Ahora sí. He tomado la precaución de cerrar mi puerta con llave… no
queremos sorprender al pobre Henderson, ¿verdad?
Emma se ruborizó.
—No. Claro que no.
Tras cerrar con llave también la puerta de ella, regresó a la cama. Tenía algo
en la mano.
—¿Qué es eso?
—Una corbata vieja. Lo siento, el agua está un poco fría. —Deslizó su mano
entre las piernas de ella.
—¿Qué estás haciendo? —Emma trató de cerrar los muslos, pero la mano de
Charles ya estaba allí. Ella se escabulló en la cama—. Está fría.
—Lo sé, amor. Lo siento. Sólo estoy limpiándote.
—¿Limpiándome?
Charles le mostró la corbata manchada de sangre.
—Tu virginidad, cariño. Es sólo un poquito de sangre y sucederá solamente
esta vez.
—Deja que yo lo haga. —Emma estaba avergonzada. Detestaba la suciedad.
—No, amor. Me gusta hacerlo. ¿Te he hecho mucho daño?
—No. Sólo un poco.
—Lo siento. Confía en mí, cuando hagamos esto otra vez, sólo sentirás placer.
Charles aún estaba pasándole la corbata húmeda por el cuerpo. Era una
sensación… rara, que él hiciese por ella algo tan íntimo. La ligera aspereza
del lino y el frío del agua hicieron que su vientre se estremeciese. Y él en
realidad estaba mirándola . Peinaba con sus dedos el pelo que crecía ahí. Eso
tenía que ser indecoroso.
—Eeh… —¿Qué había estado diciendo Charles? Oh, Dios, su dedo se deslizaba
alrededor de, eh… y podía sentirlo abriendo los, eh, labios de la, oh—. Ha sido
muy agradable al principio. —Tragó saliva, nuevamente intentó cerrar las
piernas, pero él no le dejaba. Sopló sobre su cuerpo, haciéndole
estremecerse.
—Y será muy placentero la próxima vez que lo hagamos: al principio, en la
mitad y al final. —Dejó caer la corbata manchada y levantando hacia ella la
cara, sonrió abiertamente—. ¿Sabes?, creo que debería besar tu herida para
que mejore.
—¿Qué… qué quieres decir?
—Esto.
Emma miraba fijamente mientras Charles inclinaba la cabeza. No podía
querer decir… No, no era posible…
Sintió su aliento cálido sobre el lugar secreto entre sus piernas y un instante
después la deliciosa humedad de su lengua áspera.
Capítulo 14
Charles soñaba que tenía la mano de una mujer sobre una parte muy privada
de su anatomía.
No era el contacto seguro de una prostituta experimentada. No, éste era un
roce dubitativo, breve, como si la mujer sintiera temor de lo que estaba
haciendo. No tengas miedo. Por favor, Dios, no temas. Giró lentamente y se
puso boca arriba, abriendo las piernas para darle más espacio a esos dedos
curiosos para que hiciesen su magia. Y sin duda magia era lo que estaban
haciendo.
Unos dedos delicados lo rozaron y se retiraron. «Regresad, no os vayáis.»
Contuvo el aliento, permaneció inmóvil, todas sus plegarias concentradas en
esa mano pequeña. Dios lo oyó. Los dedos regresaron para recorrerlo y
meterse en su entrepierna. Una palma suave lo sujetaba; los dedos se
elevaban y lo acariciaban. El roce era demasiado leve, demasiado provocativo.
Necesitaba más. Los dedos lo rodearon. Dio un salto cuando lo tocaron y ellos
huyeron. Pero regresaron. «Gracias a Dios.» Indecisos, cautelosos, se
deslizaron sobre él. Y entonces… «Dios Todopoderoso.» Juraría que sintió el
levísimo roce húmedo de una lengua pequeña, algo así como la lengüetada de
un gatito, justo sobre la punta.
El sudor se acumuló sobre su pecho y empezó a gotear por los costados. La
ingle le ardía. «Por favor, por favor.» Deseaba sentir su boca sobre él. Lanzó
un gemido.
—¿Te estoy lastimando?
Abrió los ojos de golpe. No era un sueño. Había un gran bulto, «tamaño
Emma», bajo las sábanas. Al levantarlas para espiar debajo, vio unos ojos muy
abiertos e inquietos que le devolvían la mirada. Esas preciosas manos aún
estaban sobre él.
—No. —Le temblaba la voz. Tragó saliva y se aclaró la garganta—. Para nada.
Por favor, no permitas que te interrumpa.
Emma sonrió y deslizó el dedo hacia arriba otra vez.
—Realmente te agrandas del modo más extraño. Es bastante notable. Cuando
te toqué por primera vez esta mañana estabas más pequeño y más… flojo.
Podía casi cubrirte con mi mano. —Apoyó la mano, midiéndolo desde la punta
de sus dedos hasta el nacimiento de la palma—. Ahora estás mucho más largo,
y… —lo envolvió con sus dedos—, grueso. Estás también mucho, eh, más
tieso.
—Sí. —Estos comentarios estaban empezando a parecerle increíblemente
eróticos—. Mucho, eh, cierto.
—¿Puedo hacerte lo que me hiciste anoche?
—¿Es decir…? —Él le había hecho unas cuantas cosas, pero ni se acercaba a
la cantidad de cosas que habría querido.
—Besarte. —Se lo acarició de nuevo—. Aquí.
—Sí. Sin duda. Besar cualquier parte de mi persona es perfectamente
permisible. Adelante, por favor. —Trató de llevar aire a sus pulmones—. Me
encantaría que me besaras ahí. O que simplemente… me… lamieras.
—¿Así?
Le pasó la lengua a todo lo largo. Él elevó las caderas. Sus dedos asieron con
fuerza las mantas.
—Sí. Exactamente. Justo. Así.
Lo hizo una vez más y él se dio cuenta de que no podía aguantar más. La
levantó y la puso a su lado.
—No he terminado.
—Otro día, cariño. No puedo esperar más.
—¿Esperar qué cosa?
—Esto.
Le dio la vuelta, poniéndola boca arriba. Esperaba que no estuviese
demasiado dolorida por la noche anterior, porque realmente no podía esperar.
Nunca había sentido esa locura con ninguna otra mujer. La besó,
acariciándole la lengua con la suya, mientras sus dedos la acariciaban abajo.
Ya estaba húmeda. Casi lloró de alivio.
Le encantaba el sabor de ella. Le encantaba el contacto de sus pechos contra
él. Abandonó la boca de ella para chuparle los pezones. Emma jadeó y se
arqueó. Con la lengua marcó un camino descendente por su cuerpo. Las
piernas se separaron, bien abiertas. Levantó las caderas y él la saboreó,
dándole pequeños golpecitos con la lengua en su pequeña protuberancia
dura. Emma gimió y él arremetió hacia su interior, deslizándose por el
estrecho pasaje cuyas contracciones lo envolvían, dando la bienvenida a la
semilla que plantaba en su vientre.
Luego de algunos momentos recobraron la racionalidad.
—Qué deliciosa manera de despertar. —La besó, quedándose dentro de ella—.
¿Así vas a saludarme todas las mañanas?
Ella sonrió.
—Quizás. —Frunció ligeramente las cejas—. ¿No estás escandalizado?
Él meneó las caderas, moviéndose otra vez dentro de ella.
—¿Parezco escandalizado?
Ella recuperó el aliento.
—No.
Él le beso la punta de la nariz.
—No se me ocurre ni una sola cosa que tú puedas hacer en nuestra cama que
me escandalice, cariño. Mi cuerpo es tuyo para que lo explores. —Con pesar,
empezó a salir de ella cuidadosamente—. Sólo que ahora no. Si no
aparecemos pronto entre los invitados, vamos a escandalizar a una parte
significativa de la «flor y nata».
—Oh. Claro que sí. —El rubor encendió hasta los hermosos pechos de Emma
—. Lady Oldston…
—Exactamente. Lady Oldston o la señorita Pelham se irán corriendo a
Londres para divulgar la interesante noticia de que el nuevo Lord Knightsdale
ha pasado el día en la cama con la hija del párroco. Estoy seguro de que Lady
Dunlee será una de las más interesadas en la noticia.
—Oh. —Emma gimió, tapándose los ojos.
—No te preocupes. El matrimonio lo cura todo. —Le tomó la mano izquierda,
dándole la vuelta para que ambos pudieran ver el anillo de compromiso de
Knightsdale—. Sólo hemos anticipado nuestros votos matrimoniales, cariño. —
Sonrió—. Como temo que los anticiparemos nuevamente varias veces antes de
que tu padre haya terminado de anunciar el matrimonio. No importa. Nos
casaremos pronto. Si he logrado embarazarte, el bebé llegará sólo uno o dos
meses antes de tiempo. —Le besó el dedo, justo encima del anillo de
compromiso—. Espero que tu sueño no sea una boda muy elaborada.
—Por supuesto que no.
—Bien.
La besó por última vez y se incorporó en la cama. Si no se obligaba a salir de
la cama en ese mismo momento, intentaría poseerla una vez más. A él no le
importaba demasiado los chismes, pero no quería hacer las cosas
desagradables para Emma.
—Deberíamos decírselo a las niñas.
Él asintió.
—Sí. Serán las primeras en saberlo, ¿quieres? Y también se lo diremos a la tía
Bea… y a Meg, por supuesto. Tu padre va a venir al baile, así que podemos
decírselo esta noche.
—¿Crees que se sorprenderá?
—No, no lo creo. —Charles no quería decirle que lo más probable es que su
padre sintiese principalmente alivio—. Ya le he pedido permiso para hacerte
la corte.
—¿Ya lo has hecho?
—Por supuesto que lo he hecho. No tienes que sorprenderte tanto.
¿Realmente pensabas que era un tipo con tan malas intenciones que no
hablaría con tu padre antes de hacerte la corte?
—Bueno, —Emma se encogió de hombros, haciendo que sus pechos desnudos
se moviesen de manera cautivadora—, supongo que ni siquiera había pensado
en ello.
Charles gruñó y se obligó a ponerse de pie. Si miraba a Emma una vez más,
podía jurar que se arrojaría sobre ella otra vez. Desvió la vista y miró al suelo.
Y vio que allí había algo que brillaba a la luz de la mañana. Se agachó a
recogerlo.
Allí donde Emma había visto su fantasma la noche anterior estaba el para
nada fantasmal dije de un reloj de bolsillo.
—¿Qué es eso? —Emma se movió rápidamente sobre la cama para ver lo que
Charles se había agachado a recoger del suelo.
—Es el dije de la cadena de un reloj. —Le mostró sobre su palma un disco liso
de oro. Un doblón español. Sopesó la moneda—. Demasiado sólido para que lo
luzca un espectro.
Emma miró el dije de oro en forma de moneda… y la palma ancha que lo
sostenía. El fuerte antebrazo, el musculoso brazo superior, los hombros, el
pecho…
—¿Crees que podrías ponerte algo de ropa?
—¿Humm? —Charles sonrió—. ¿Te distraigo, cariño? ¿Quizás tu mente vaga
hacia otras cuestiones?
Emma se recostó sobre sus talones, extendió las rodillas y tomando su cabello
con ambas manos lo retiró de sus hombros. La cara de Charles se puso tensa.
Sus ojos se centraron en los pechos, descendiendo luego hasta un punto
apenas visible entre los muslos separados.
En las últimas horas se había convertido en toda una entendida. Ella se
inclinó, estirándose levemente hacia adelante para evaluar el interés de él.
—Yo diría que usted también se ha distraído, Lord Knightsdale. Se ha
distraído muchísimo.
Charles miró hacia abajo y sonrió.
—Entiendo. Me pondré los pantalones.
—¡Si puedes!
Charles se detuvo.
—¿Me estás ofreciendo ayuda para que mis pantalones me queden más
cómodos?
Emma se deslizó fuera de la cama y caminó hacia él. Si se detenía a pensarlo,
ella misma se escandalizaría de su atrevimiento: ¿dónde se había ido la hija
del párroco, la solterona tan preocupada por el decoro? Cuando Lady Beatrice
la había instado a correr unos cuantos riesgos, seguramente no se había
imaginado esto: Emma desnuda, paseándose tranquilamente hacia el
igualmente desnudo sobrino de Lady Bea.
—Me complacerá ayudarte a hacer lo que haga falta —dijo, envolviendo con la
mano su muy grande y muy interesado miembro.
—Cariño. —Sus manos se movieron sobre sus pechos—. Tenemos… que…
vest… tirnos. —Lo sacudió un estremecimiento cuando ella le frotó la punta
con un dedo—. Ahora. Lamentablemente. —Suavemente, hizo que su mano lo
soltara—. Muy pero que muy lamentablemente. Pero recuerda lo que estabas
haciendo. Esta noche, después del baile, puedes reanudar tu asistencia.
—Pero aún no estamos casados.
—Amor, moriré si esperamos para continuar nuestras exploraciones de alcoba
a que tu padre nos declare marido y mujer. Veámonos esta noche. ¿Querrás?
Emma admitía que no quería esperar algunas semanas para experimentar de
nuevo las cosas asombrosas que Charles le había hecho. No estaba segura de
poder esperar siquiera algunas horas.
—Está bien…
—Estamos comprometidos. —Charles besó el dedo que llevaba el anillo de
Knightsdale—. Muy pronto estaremos casados… pero no lo bastante pronto.
No quiero pasar la noche en mi propia cama, a menos que estés allí conmigo,
pero lo haré si insistes. Si necesitas esperar, yo lo… intentaré.
Emma rio. Charles parecía estar al borde de la desesperación.
—Sí que es una pena desperdiciar una puerta que no se puede cerrar con
llave, ¿verdad? Quiero decir, si se esperase de mí que no te dejara entrar, la
puerta tendría una llave, ¿no es verdad?
—Claro que la tendría. —La besó en el cuello, justo debajo de la oreja—.
Tienes una mente maravillosa, además de un maravilloso cuerpo. Tan
inteligente. Por supuesto que deberíamos compartir la cama. Qué tontería de
nuestra parte no habernos dado cuenta antes.
Emma le lamió la tetilla.
—A mí no me gustaría desperdiciar más tiempo, ¿y a ti?
—No. Ni un solo minuto. Pero sí que es necesario que nos ocupemos de otras
cosas en este momento.
La hizo volverse y le dio una palmada en el trasero desnudo. Ambos
contuvieron el aliento al oír el sonido del golpe juguetón y sentir el contacto
entre la mano y las nalgas.
—Vístete —dijo Charles, con voz ronca—. Ahora.
Charles se puso la camisa. Vestirse era muy buena idea. La ropa sin duda
ayudaba a concentrarse en los asuntos inmediatos, siempre que no tuvieran
que ver con Emma. Él se detuvo en el umbral de la habitación de ella.
—¿Estás vestida?
—Sí. No hay peligro en entrar.
El cabello aún le caía sobre los hombros pero al menos el resto de ese
hermoso cuerpo ya estaba aprisionado bajo la ropa. Él se puso en cuclillas en
el lugar en que había encontrado el dije de reloj.
—¿Puedes recordar algo más sobre el fantasma que viste? —Pasó la mano
sobre la alfombra pero no halló más pistas.
—Bueno, no llevaba gafas, así que no pude verlo (o verla) bien. Supongo que
los fantasmas pueden ser femeninos.
—Emma.
—Sí, bueno, oí un chirrido y un arañazo, como si se abriera una puerta… una
puerta con goznes oxidados. Y luego vi algo blanco saliendo de la pared. Y
después, eh, grité y me escondí debajo de las sábanas.
—Humm. —Charles se puso de pie y se volvió para mirar la pared—. ¿Y crees
que es aquí donde apareció el fantasma?
—Creo que sí.
Charles examinó la superficie.
—Cuando yo era un muchacho, mi tío abuelo Randall nos visitó un verano…
fue antes de que tú vinieras a Knightsdale.
Deslizó los dedos por la pared, buscando salientes o depresiones extrañas.
—El tío abuelo Randall era la oveja negra de la familia: mi padre se enojó
muchísimo cuando el tío apareció en la puerta de casa… y todavía más cuando
se quedó todo el verano y le pagó a un escultor local para que inmortalizase
en piedra su poco atractivo semblante.
—He visto el busto en la galería larga.
—No era el más atractivo de los Draysmith.
—No, ni se compara con el actual marqués.
Charles sonrió.
—Claro que no. Sigue pensando eso, cariño. Quiero que tu corazón palpite
fuerte (y otras cosas, eh, también respondan) cuando pienses en mí.
—Permaneceré en silencio para no arriesgarme a alimentar tu ya floreciente
sentido de la importancia.
—Por favor, no te contengas. Soportaré todos los aplausos que me prodigues.
Charles taladraba la pared con la mirada. Se sorprendería si pudiera
encontrar la más mínima protuberancia o depresión en aquella maldita
superficie.
—En cualquier caso, el tío abuelo Randall pasó una buena parte de su
estancia ese verano bebiéndose el brandy de mi padre y durmiendo la mona.
Paul y yo creíamos que era un pirata: incluso puede que nos haya contado una
o dos historias sobre alta mar, pero como por lo general estaba borracho, en
realidad no le creíamos. Aun así, el buscar tesoros enterrados era una forma
divertida de pasar un verano, incluso para Paul, a quien en general no le
gustaba demasiado mi compañía.
—A Paul no le gustaba la compañía de casi nadie.
Charles se encogió de hombros.
—Apenas lo conociste. No puede haber sido fácil asumir el título siendo tan
joven: sólo tenía catorce años cuando murió nuestro padre.
—No, supongo que tienes razón.
Con las manos en las caderas Charles miró fijamente la pared. Podía darle un
puntapié, pero probablemente esa no fuera una forma razonable de
comportarse.
—Además de contarnos historias de piratas, el tío abuelo Randall nos contó
que había un laberinto de pasadizos dentro de las paredes de Knightsdale. Un
día lluvioso nos pusimos a mirar pero al no encontrar nada, decidimos que era
otra de las historias de borracho de Randall. Ahora no estoy tan seguro.
No estaba para nada seguro. El fantasma de Nana, el fuego en la primera
habitación de Emma, la aparición de la noche anterior… alguien estaba
recorriendo Knightsdale a voluntad y él no creía que fuese un espíritu. ¿Pero
dónde demonios estaba la puerta al maldito pasadizo?
—Humm. Ayer el señor Stockley estaba mirando detrás de los cuadros de la
galería larga —dijo Emma, de pie a un par de metros, examinando un paisaje.
—¿En serio? —Charles estaba listo para atravesar la pared de un puñetazo.
—Sí. Y en la gruta se comportaba de manera extraña. —Emma levantó una
esquina del cuadro.
—No era el único que se comportaba de un modo extraño. A ti también se te
veía bastante peculiar cuando llegué a la gruta. Casi culpable.
—No sé de qué estás hablando. ¡Oh!
—¿Qué es?
—Aquí hay una pequeña palanca, o algo así. Espera. No puedo…
—Déjame ver.
—No empujes. Está justo ahí.
Charles siguió los dedos de Emma. El cuadro era demasiado pesado para
separarlo de la pared por completo, pero podían moverlo lo suficiente como
para deslizar las manos. Sí, Charles sentía la palanca. No muy lejos del
marco, no podría haber metido la mano mucho más allá de este punto.
—No puedo moverla. ¿Se moverá para abajo? —Emma estaba intentando
espiar dentro del oscuro espacio detrás del cuadro, donde había metido antes
la mano.
—Creo que sí. Sí. —Él tiró con fuerza hacia abajo. Hubo un chirrido y…
—¡Mira! —Emma giró, llevándose por delante a Charles.
Parte de la pared se había abierto.
—Pon algo ahí dentro, por favor, en caso de que se cierre del todo cuando
suelte la palanca.
—Está bien. —Emma miró a su alrededor y manoteó su cepillo del pelo—.
Listo.
Él soltó la palanca. La puerta permaneció abierta. Emma ya había empezado a
entrar.
—¿Qué estás haciendo? —La cogió del brazo—. Sal de ahí. Eres tan mala
como Prinny cuando encuentra la madriguera de un tejón.
—Aquí dentro hay mucho polvo y está muy oscuro. Ve a traer una vela,
Charles.
Charles estaba bastante seguro de que no le gustaba que le dieran órdenes de
esa manera.
—Entiendo por qué Meg te encuentra difícil.
Emma retrocedió lo suficiente hacia la entrada del pasadizo como para
mirarlo enojada.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no traeré una vela hasta que no hayas salido de donde
estás.
Emma frunció el ceño y adelantó la barbilla.
—Oh, no la traerás, ¿verdad?
Él esperó, con el rostro impasible. Había aprendido ese truco cuando trataba
con soldados cuya juvenil exaltación a veces los llevaba a comportarse de
manera inapropiada. En tales casos, el silencio solía ser la réplica más
efectiva.
—Oh, muy bien, si vas a ponerte testarudo al respecto…
—Pues sí.
Emma retrocedió.
—No creas que vas a evitar que me asome siquiera. Por lo menos debes
dejarme que eche un vistazo ahí dentro.
—¿Debo hacerlo? —Charles encendió una vela.
—Sí. Recuerda que si no hubiese sido por mí, nunca habrías resuelto el
problema de cómo abrir esa puerta.
—Oh, creo que en algún momento lo habría resuelto.
Atravesó la abertura.
—¡Charles! No voy a escabullirme en las entrañas de Knightsdale, por Dios.
Sólo quiero entrar ahí contigo.
—No hay mucho espacio. El pasadizo es muy estrecho… a ojo, apenas medio
metro. —Él debía ponerse de costado para moverse en cualquier dirección—.
Y está muy sucio.
—No me molesta un poco de polvo.
Charles miró la manga de su camisa, que había sido blanca.
—Es bastante más que un poco de polvo, cariño. Las doncellas no quitan el
polvo aquí dentro, ¿sabes?
—Por supuesto que lo sé. No vas a disuadirme, así que más vale que dejes de
intentarlo y te hagas a un lado.
—Está bien. Al menos recógete el pelo y ponte una cofia. No querrás que las
arañas se instalen en tus rizos.
Emma se quedó inmóvil.
—¿Hay arañas ahí dentro?
—Sí. Montones. Gordas y negras, y también flacas y de color castaño, con
patas largas…
—¿Estás seguro de que hay arañas?
Charles se encogió de hombros. Tendría que haberse acordado antes de
cuánto temía Emma a las arañas.
—Y telarañas. Ya sabes cómo se pegan a las manos y a la cara y no puedes
quitártelas.
—Tal vez yo no… Quizás sería mejor si me quedase aquí fuera. En caso de que
no puedas salir. Podría ir a buscar ayuda.
Charles sonrió.
—Excelente idea.
Emma se acomodó el cabello detrás de la oreja. Un esfuerzo vano. Su
cabellera era demasiado abundante y rizada para quedarse amablemente en
su lugar sin tener que recurrir a fuertes horquillas.
—¿Qué piensas hacer, Charles? No puedes simplemente salir disparado por
esos pasadizos.
—Esos pasadizos llenos de arañas.
Emma se estremeció.
—Exactamente. Necesitas un plan. —Se mordió el labio—. Sería fácil que te
desorientases.
—Es verdad. —Emma tenía razón. Iba a necesitar un plan. Retrocedió hacia la
habitación.
—Espero que esa no sea tu mejor camisa.
Él rio.
—Ahora seguramente no lo es.
—Quizás deberías deshacerte de ella sin llamar la atención una vez que
termines con tus exploraciones. No querrás que al señor Henderson le dé un
ataque.
—Tal vez debería hacerla desaparecer. —Charles intentó sacudir la parte más
polvorienta de su ropa—. Oh, mira, hete aquí a una de esas arañas.
Emma retrocedió con un chillido.
—Mátala.
—Qué sanguinaria eres. ¿Estás segura?
—Sí.
Él rio y tras sacudirse a la pobre araña, la aplastó en el suelo con la suela del
zapato.
—Y yo que pensaba que eras un alma compasiva y bondadosa.
—Lo soy. Las arañas son lo único que no puedo soportar. —Emma examinó la
mancha en el suelo.
—Está bien muerta, cariño. —Sonrió—. No tienes que tener miedo. Es un
placer protegerte de las arañas malvadas del mundo.
Emma lo miró con el ceño fruncido.
—No me cabe duda. Bueno, ¿adónde crees que va este pasadizo? ¿Supones
que es posible entrar a todas las habitaciones de la casa por una puerta
secreta?
—Lo dudo. Me imagino que el pasadizo va desde las habitaciones del lord y su
esposa hasta una salida al exterior que está oculta.
—¿Y el fantasma que vio Nana en el cuarto de las niñas?
—Sí, tenemos esa pista. También me he preguntado cómo ocurrió el incendio
por el que tuviste que trasladarte aquí.
Emma se sonrojó.
—No tenía que trasladarme a esta habitación. Podría haber compartido la de
Meg.
—No habrías podido compartir la habitación con Meg. Tiene un cuarto muy
pequeño, con una cama igualmente pequeña y, si interpreto correctamente
los rumores de la servidumbre, una superabundancia de materia vegetal.
—Bueno…
—Y, si hubieses estado alojada con tu hermana, amor mío, para mí hubiese
sido mucho menos conveniente.
—¡Lo cual habría sido algo muy bueno! —Emma se puso aún más colorada.
—Lo cual indudablemente no habría sido muy bueno. Haberse perdido lo de
anoche (y lo de esta mañana) habría sido una tragedia que no querría
imaginar.
—Sí. Bueno. Humm. Volviendo al asunto que estábamos discutiendo… ¿De
qué estábamos hablando?
—De los pasadizos, cariño. —Charles sonrió, pensando en el estrecho
pasadizo de Emma—. Pasadizos del tipo arquitectónico, desgraciadamente.
Emma se ruborizó y lo miró frunciendo el ceño. Abrió la boca, luego la cerró.
Obviamente había pensado dos veces lo que iba a preguntar.
—Me parece que debe haber más entradas —dijo Charles—. Creo que la única
manera de descubrir la respuesta es que vaya a explorar un poco.
—¿Estás seguro de que luego vas a poder salir?
—Examinaré este mecanismo de cierre para ver cómo funciona.
Emma abrió bien la puerta, lanzando una nerviosa ojeada a la oscuridad
plagada de arañas.
—No veo nada por aquí.
—Probablemente esté en la pared interna. Dudo que el pestillo esté oculto…
¿para qué? Me imagino que la idea es que la persona pueda abrir la puerta
desde el pasadizo.
—A menos que temas que alguien salga a hurtadillas por esa puerta.
—Es verdad.
Charles elevó la vela para arrojar más luz sobre el problema. Quienquiera que
abriese la puerta probablemente no sería más alto que él, por lo que no creía
que el pestillo estuviese a demasiada altura sobre la pared. Tampoco debería
estar demasiado lejos de la puerta misma: el pasadizo era muy estrecho para
permitir maniobrar mucho. Eso dejaba un área limitada, pero todavía no
podía encontrarlo.
—Cierra la puerta y veamos si puedo abrirla.
—De ninguna manera.
—¿Entonces cómo vamos a averiguar cuál es el mecanismo?
—No lo sé… sólo sé que esta puerta va a permanecer abierta. Si la cierro y tú
no puedes abrirla… no, no quiero ni pensarlo.
—Pero, Emma…
—No. No discuta inútilmente, milord. No voy a arriesgarme a sepultarlo
dentro de las paredes de Knightsdale.
—Eres una mujer muy testaruda.
—Sí, me lo han dicho.
Charles la miró enojado. Ella le devolvió una mirada igual. Estaba claro que la
joven no iba a dar su brazo a torcer en ese asunto.
—¿Entonces qué propones tú? —Las palabras de él eran casi un gruñido.
—¿Por qué no ves si puedes llegar por el pasadizo al cuarto de las niñas? Allí
debe haber una puerta, porque es donde Nana vio a su fantasma. Subiré y
haré que Isabelle, Claire y Prinny hagan ruido. Eso debería ayudarte a
localizar la entrada, ¿no es verdad?
—Supongo que sí.
—Y esta puerta quedará abierta. De hecho, haremos que el señor Henderson
la custodie, así nadie podrá venir detrás de nosotros y encerrarte ahí dentro.
—Dudo que eso suceda.
Emma lo asió por los brazos.
—¿Cómo puedes decir eso? Algo muy extraño está sucediendo y no sabemos
quién está detrás de todo esto.
—¿No sabemos? Yo apuesto con seguridad a que es Stockley. De hecho, creo
que pondré a uno de los lacayos a vigilarlo. No me gustó ese tipo, desde el
instante en que lo vi.
—Pero el señor Stockley es un vecino nuevo. ¿Cómo podría tener noticia de
estos pasadizos secretos?
—Esa es una pregunta interesante, ¿verdad? Sospecho que la respuesta
también es igualmente interesante. Ahora, si me disculpas…
Emma se le colgó del brazo.
—Trae al señor Henderson primero.
—Emma.
—Trae al señor Henderson primero o me pongo a gritar y a patalear en el
suelo.
Charles sonrió. No podía imaginarse a Emma haciendo un berrinche, pero
parecía que hablaba muy en serio.
—Trae al señor Henderson, Charles.
—Oh, está bien. Si insistes…
Capítulo 15
Emma miró a Charles desaparecer dentro de la abertura.
—Se asegurará de que nadie toque esta puerta, ¿verdad, señor Henderson? —
preguntó por quinta vez.
—Sí, señorita Peterson.
Después de fijarse que no hubiese arañas, metió la cabeza dentro del oscuro
pasadizo. Charles no había avanzado mucho.
—Ten cuidado.
Le echó una ojeada y sonrió.
—Lo tendré. Es demasiado estrecho para moverse muy rápido.
—¿No te quedarás atrapado?
—No. ¿Vendrás a rescatarme si no puedo salir? ¿Te enfrentarás a las arañas?
—Sin duda enviaré a alguien a buscarte. —A Emma no le gustaba para nada la
idea de que Charles se quedase atrapado entre las paredes de Knightsdale. Le
traía imágenes góticas de esqueletos y fantasmas—. Da unos golpes en la
pared.
—¿Para qué?
—Sólo hazlo.
—Muy bien. No hay suficiente espacio aquí para hacer mucho más que
golpear cortésmente. —Charles dio unos golpecitos.
—Es suficiente. Podemos escucharte. Si te quedas atrapado o te pierdes,
golpea y te encontraremos. Haré que los hombres derriben las paredes para
llegar a ti, si hiciese falta.
—No sé, Emma. Knightsdale tiene cientos de años. No estoy seguro de que
debamos romper una pared.
—Deje de bromear, milord. Estoy segura. Ahora vaya lo más rápido posible. El
señor Henderson estará aquí montando guardia; yo me voy a esperarlo al
cuarto de las niñas. No se pierda.
—Como usted diga, señora. Haré lo posible para que eso no suceda.
Emma salió y se sacudió cautelosamente por las arañas.
—¿Se asegurará de que nadie cierre esta puerta, señor Henderson?
—Sí, señorita Peterson. No necesita preocuparse. Nadie va a cerrar la puerta.
—Han estado sucediendo cosas extrañas, señor Henderson. Ninguna
precaución es demasiada.
—Señorita Peterson, por favor. No dejaré que nada le pase a su excelencia.
—No, no, por supuesto que no. —Emma dio un profundo suspiro. Estaba
dejando que su imaginación se desbocase—. Sólo estoy un poco nerviosa. No
todos los días se descubre un pasadizo secreto en la habitación de uno.
El señor Henderson sonrió.
—En eso tiene razón, señorita. Ahora, si me lo permite, le sugiero que vaya al
cuarto de las niñas a encontrarse con su excelencia.
—Sí. Sí, voy para allá.
—Y por favor, insístale que regrese a su habitación inmediatamente —le pidió
el señor Henderson—. Me temo que su ropa necesitará algo de atención.
Emma recorrió apresuradamente el corredor. ¿Dónde estaría Charles?
¿Cuánto habría avanzado? No quedaría atrapado, ¿verdad? No, por supuesto
que no. Era una tonta al preocuparse. Quienquiera que hubiese estado usando
los pasadizos no había quedado inmovilizado entre sus paredes, así que no
había razón alguna para pensar que eso le pasaría a Charles. Tampoco era
corpulento como el hacendado Begley.
Al llegar al cuarto de las niñas Prinny la saludó con sus acostumbrados
ladridos frenéticos.
—Lo he llevado a dar un paseo esta mañana, señorita Peterson.
—Gracias, Isabelle. Lamento que el cuidado de Prinny haya recaído sobre ti.
Ha sido un descuido por mi parte.
—No se preocupe. Me gusta llevarlo a pasear.
Emma acarició a Prinny y al levantar la vista vio a Isabelle y Claire mirándola
con más interés del acostumbrado.
—¿Dormiste bien anoche, mamá Peterson?
Isabelle le dio un codazo a Claire. Emma se sonrojó. Sin duda las niñas no
podían estar enteradas de sus actividades nocturnas. Bueno, como no podía
responder esa inocente pregunta sin una terrible cara de culpa, optó por
ignorarla.
—Niñas, ¿recordáis la noche en que Nana creyó ver un fantasma? ¿Podríais
ayudarme a encontrar el punto donde creyó haberlo visto?
—Aquí, mamá Peterson, en la sala de estudios. Estoy segura de que era aquí,
junto al estante de mis muñecas.
—Creo que tienes razón, Claire. —Emma dio unos golpes en la pared y aguzó
el oído. Nada.
—¿Qué está haciendo, señorita Peterson?
—Vuestro tío ha descubierto algunos pasadizos en el interior de las paredes,
Isabelle. Está explorándolos. Creemos que debe haber una puerta que da a
esta habitación.
—¡Pasadizos secretos! —Claire empezó a saltar y a aplaudir.
—No vas a poner ni un pie ahí dentro, Lady Claire —dijo Emma—. Son
oscuros y sucios y están llenos de arañas.
—Me gustan las arañas.
A Emma se le cayó la mandíbula.
—¿Te gustan?
Claire asintió con entusiasmo.
—Sí, me… oh, mira a Prinny.
Prinny había estado olfateando vigorosamente la base de la pared durante
varios minutos. De repente empezó a ladrar y a revolver con las patas
delanteras como si quisiese cavar a través de los paneles.
—¿Qué pasa, Prinny? —Claire se agachó y trató de obtener una respuesta del
perro.
Emma trataba de obtenerla de la pared.
—¡Charles! —Golpeaba con tal fuerza el panel que temió romperlo—. Charles,
¿estás ahí? ¡Silencio, Prinny! No puedo oír nada. ¡Charles!
—Señorita Peterson —dijo Isabelle—, si tío Charles quiere salir de la pared,
creo que sería mejor si nos moviéramos para dejarle espacio.
Emma respiró hondo.
—Sí. Probablemente tienes razón. —Retrocedió—. Claire, ¿puedes mover
también a Prinny?
Ahora había mucho espacio para que la puerta se abriera. Emma esperó.
Nada. Prinny ladraba intentando abalanzarse sobre la pared, pero Claire lo
mantenía controlado.
—¿No debería haber sucedido algo a estas alturas? —Emma hizo la pregunta
al aire.
—No ha pasado tanto tiempo, mamá Peterson.
«Ha pasado una eternidad», deseaba decir Emma, pero se contuvo. No servía
de nada regañar a la niña.
—Bueno, asegúrate de tener bien sujeto a Prinny. Si la puerta… cuando la
puerta se abra, no queremos que salga disparado hacia el interior del
pasadizo. Nunca lo sacaríamos de ahí dentro.
—Eso es muy cierto —dijo una voz de hombre.
—¡Charles!
Una porción de pared se había abierto y allí estaba Charles de pie, sonriendo,
con la cara manchada de polvo y telarañas en el cabello. Se veía maravilloso.
Emma deseaba abalanzarse sobre él y darle un abrazo.
Él debió ver la mirada en sus ojos. Su sonrisa se hizo más amplia y abrió los
brazos.
—¿Qué, no hay un beso para mí, Emma? ¿Vas a dejarte desanimar por un
poco de polvo y el miedo de encontrar una o dos arañas?
—¡Charles! Es decir, Lord Knightsdale… —Emma señaló con un gesto a
Isabelle y Claire, que los miraron con ojos enormes al oír bromear así a
Charles.
—¿Vas a besar a la señorita Peterson, tío?
—Sí, claro.
—¡Claro que no!
—Pero tú quieres besarlo, ¿no es verdad, mamá Peterson?
Emma abrió la boca, pero no fue capaz de mentir. Sintió que una oleada de
rubor le cubría la cara.
—¡Ha dado resultado! —Claire dio un salto, soltando a Prinny—. ¡Isabelle, ha
dado resultado!
—¡Prinny! —Emma se abalanzó sobre el perro, pero Charles lo agarró de la
pata trasera antes de que desapareciera en el interior de los muros.
—Supongo que debí haber cerrado esto antes. —Charles cerró firmemente la
puerta de un empujón—. ¿Qué es lo que ha dado resultado, Claire?
—Claire —dijo Isabelle—, tal vez sería mejor si no les…
Pero Claire no se detuvo. Bailaba emocionada.
—Isabelle es tan inteligente. Dijo que teníamos que hacer que vosotros
estuvierais juntos a solas, así que escondimos el cepillo del pelo de mamá
Peterson en tu habitación, papá Charles. Pero eso no dio resultado, así que
luego escondimos el camisón de mamá Peterson. ¡Y eso sí dio resultado! Se
van a casar.
—Claire, sólo porque tío Charles quiera besar a la señorita Peterson no
significa que vayan a casarse.
—Bueno, Isabelle —dijo Charles—, espero que tu intención no sea besar a
hombres con quienes no piensas casarte.
—No, pero… —Isabelle se puso detrás de la oreja el fino cabello rubio
blanquecino—. ¿Vas a casarte con la señorita Peterson, tío?
—Así es. Y tú y Claire viviréis aquí con nosotros y seréis nuestras primeras
hijas. ¿Os gustaría?
Isabelle asintió con la cabeza. Se mordió el labio, pestañeó y luego arrojó los
brazos al cuello de Charles.
—Sí —dijo entre sollozos—. Sí, papá, me gustaría muchísimo.
Charles les hizo prometer a las niñas que guardarían el secreto de su
compromiso con Emma hasta el día siguiente. No quería que toda la casa lo
supiese antes de que él se lo dijera a tía Bea y al padre de Emma. Lo
anunciarían formalmente en el baile de esa noche. Antes, sin embargo,
necesitaba asearse. Estaba cubierto de polvo y telarañas… y probablemente
también de unas cuantas arañas.
—Te ha llevado una eternidad salir de la pared —dijo Emma. Caminaban de
regreso a sus habitaciones desde el cuarto de las niñas—. Debes haber estado
ahí… Prinny olfateó y empezó a ladrar.
—Sí, lo oí. Me ha costado algunos minutos darme cuenta de dónde estaba el
cerrojo. Es una palanca, pero estaba en una zona de la pared más baja de lo
que esperaba y se accionaba para arriba, no para abajo. También estaba bien
aceitada.
Emma le lanzó una rápida ojeada.
—He notado que esta puerta no chirriaba como la de mi habitación.
—Sí. Sospecho que el que tú, Nana y las niñas estuvieran durmiendo abajo ha
sido una invitación para que nuestro misterioso visitante hiciese del cuarto de
las niñas su base nocturna de operaciones.
—Entonces me alegro mucho de que hayas puesto esa silla tan pesada delante
de la puerta… pero, ¿cuántas puertas más hay?
—No lo sé. Sin duda voy a asignar a uno de los lacayos más fuertes para que
vigile a Stockley.
—Pero ¿y si no es el culpable? Y aun si lo fuera, ¿qué podría querer?
—No lo sé. Al menos no tendremos que preocuparnos mucho tiempo más. Una
vez que anunciemos nuestro compromiso, la mayoría de mis invitados harán
sus baúles de viaje y se marcharán en busca de otros campos donde ir a
cazar. Aquí el zorro ya ha sido atrapado.
—Buenos días, Charles. Señorita Peterson. —La tía Bea eligió justo ese
momento para salir de su cuarto—. ¿Qué es esa historia de zorros atrapados?
Charles vio que la mirada de la tía Bea se centraba en la mano izquierda de
Emma. Apostaba a que ella podría reconocer el anillo de compromiso de
Knightsdale desde la otra punta de un salón de baile.
—Tía, eres justo la persona con quien queríamos hablar. ¿Tienes un minuto?
—Mi tiempo está completamente a vuestra disposición, Charles. Por favor,
pasemos a mi sala de estar.
—Espléndido. —Charles dejó que las mujeres caminasen delante, luego cruzó
el umbral y cerró firmemente la puerta tras de sí.
La sala de estar de la tía Bea estaba decorada en agradables tonos de verde,
acentuados por una gran gata anaranjada sobre el asiento junto a la ventana.
Reina Bess bostezó, se estiró y siguió dormitando. La tía Bea observó
nuevamente la mano de Emma.
—Como tal vez hayas notado, tía, Emma lleva el anillo de compromiso de
Knightsdale.
Tía Bea sonrió.
—Sí, sí que lo he notado. Es perfecto. Estoy tan feliz.
Abrazó a Emma, a Charles y luego a Reina Bess. A su majestad no le hizo muy
feliz que perturbaran su sueño. De un salto bajó del asiento junto a la ventana
y con paso airado se dirigió a la otra habitación.
—¿Cuándo haremos el anuncio? —preguntó la tía Bea—. ¿En el baile de esta
noche, supongo?
—Eso sería lo mejor. El reverendo Peterson estará aquí antes del baile para
cenar. Yo ya tenía su permiso para cortejar a Emma, por supuesto… esta
noche le comunicaremos que ella ha aceptado mi petición de mano.
—¡Estupendo! Y os casaréis el año próximo en St. George's, en Hannover
Square14 . —La tía dio un saltito que les recordó a Claire—. Será el evento de
la Temporada.
—Lamento desilusionarte, tía, pero eso no va a ser posible. Nos casaremos en
Knightsdale tan pronto como se lea el consentimiento al matrimonio.
La tía Bea hizo una pausa en su vals alrededor de la sala de estar.
—No podéis casaros tan pronto. La gente va a hablar.
—Que hablen todo lo que quieran.
La tía Bea se volvió hacia Emma.
—Señorita Peterson… Emma; sin duda usted quiere una gran boda en
Londres.
—En realidad, Lady Beatrice, me haría mucho más feliz que nos casase mi
padre aquí en Knightsdale. Nunca he estado en Londres. Me sentiría
abrumada.
—Bueno, sí, entiendo. Pero casaros tan pronto…
—Tengo veintiséis. No tiene sentido demorarse más.
—Sí, bueno. —La tía le lanzó una mirada a Charles. Él levantó una ceja y juntó
las manos detrás de la espalda. La dama dudó, pero luego prosiguió—. Emma,
sé que no tienes una madre para aconsejarte, así que no comprendes las
repercusiones de una boda tan apresurada. La cuestión es, querida mía, que
si os casáis con tanto apuro la gente supondrá que habéis anticipado vuestros
votos matrimoniales.
Emma se puso tan colorada como la bata de la tía Bea.
La tía miró otra vez a Charles.
—Ah. Sí. Está bien, entonces. Supongo que tendremos boda este mismo mes.
Charles le sonrió.
—Realmente creo que eso sería lo mejor. —Se alejó de la puerta—.
Cambiando de tema, tía, ¿has podido recordar algo sobre el señor Stockley?
La otra noche decías que había algo en él que te resultaba familiar.
La tía asintió.
—Sentaos, por favor —dijo acomodándose en una gran silla tapizada, mientras
Charles y Emma se sentaban juntos en el sofá—. Confieso que mi mente ha
estado en otras cuestiones… —les dirigió una amplia sonrisa—, que se han
resuelto para mi mayor satisfacción. Ahora, en cuanto al señor Stockley… —la
tía Bea miró enojada una gran pintura floral que decoraba la pared—. Yo creo
que tiene alguna conexión con el tío Randall.
—¿Con mi tío abuelo Randall?
Charles se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Nunca
había hablado con alguien del tío Randall, excepto con Paul cuando jugaban a
los piratas. Podía ser que alguna vez hubiese intentado hablar del tío, pero la
abrupta reacción de su padre a sus preguntas más simples lo había
desanimado de seguir con el tema.
—¿Es cierto que Randall era un pirata?
—Creo que él habría preferido el término «corsario», Charles, pero sí, creo
que lo era. Randall partió hacia alta mar cuando era un muchacho… tú no lo
conociste, ¿verdad, Emma?
—No, no creo —dijo Charles—. La última vez que Randall nos visitó fue el año
en que cumplí siete años. Murió poco después. Una noche se bebió
demasiados vasos de ginebra y se cayó de un muelle.
La tía Bea resopló.
—Esa es la versión de tu padre.
—¿Había otra? Nunca la oí.
—Ni yo. —La tía Bea se encogió de hombros—. Sólo que nunca creí esa
versión. Randall bebía, por supuesto… a veces mucho. Pero no perdía el
control. No creo posible que haya estado tan borracho como para no saber
dónde estaba. Creo que lo ayudaron a llegar al puerto.
—¿Crees que Randall fue asesinado? —Charles no podía disimular su sorpresa
—. ¿Le comunicaste tus sospechas a mi padre?
—Por supuesto que lo hice… George simplemente se rio de mí. Estaba feliz de
poder borrar a Randall de su lista de responsabilidades. —La tía Bea se volvió
hacia Emma—. Mi hermano y su tío nunca se llevaron bien. Crecimos todos
juntos; Randall tenía la misma edad que George. Papá murió cuando yo tenía
dos años y George cuatro, así que el abuelo nos crió. Mi madre tampoco
estaba conforme con el arreglo. La segunda esposa del abuelo (la madre de
Randall), era uno o dos años más joven que mamá. Toda la situación era
incómoda y extraña.
Reina Bess regresó despreocupadamente a la habitación y saltó al regazo de
la tía Bea, quien le acarició las orejas con aire ausente.
—Randall insistía en que George lo llamase «tío Randall», supongo que
porque sabía que eso le hacía enojarse. Randall siempre estaba bromeando y
mi hermano no tenía sentido del humor. Cuando George heredó el título, las
cosas se pusieron peor. Randall no trataba a George con el respeto que éste
creía merecer. Yo lo quería pero fue casi un alivio cuando partió a alta mar.
—Humm. Sabía que para mi padre no había sido un placer recibir la visita de
Randall —dijo Charles—, pero nunca me puse a pensar sobre ello. El placer no
era una emoción con la que mi padre estuviera familiarizado.
—Exactamente. George era un cascarrabias viejo y seco, —dijo la tía Bea—. Y
siempre enojado, además. A menudo deseaba que Randall fuera mi hermano
en vez de George.
—Aun así, no puedo imaginarme que a mi padre le hubiese gustado que
alguien asesinara a su tío, sin importar cuánto le haya disgustado éste.
—Claro que no. George habría investigado a fondo si hubiese creído que
Randall había sido asesinado: morir asesinado no era un fin decoroso para un
Draysmith. Pero un trágico accidente… eso podía pasarle a cualquiera,
incluso a un miembro de una familia tan eminente como los Draysmith de
Knightsdale. George aceptó la explicación fácil y obvia.
—Pero usted no —dijo Emma.
—No. —La tía Bea sacudió la cabeza y sus tirabuzones grises rebotaron—.
Claro que no.
Durante algunos minutos acarició a Reina Bess en silencio.
—Randall estaba preocupado la última vez que estuvo en casa —dijo
finalmente—. Juraría que lo estaba. Bebía mucho.
—Estaba borracho la mayor parte del tiempo —recordó Charles.
La tía Bea lanzó un suspiro.
—Cierto. Eso era inusual. Había algo que le molestaba. —Se mordió el labio—.
Incluso bromeaba sobre la muerte. Bueno, yo creía que estaba bromeando,
pero luego hizo esculpir su busto con ese extraño escultorcillo. Dijo que no
viviría para siempre y que deseaba asegurarse de que la posteridad lo
recordara como un Draysmith.
La voz de la tía Bea se había tornado ligeramente chillona.
—Tía, no hace falta que nos cuentes esto, especialmente si remueve
recuerdos tristes.
La tía Bea se secó los ojos con su pañuelo. Por una vez aparentaba sus
sesenta años.
—No, quiero contároslo, Charles. No pienso muy a menudo en Randall, pero
cuando lo hago, me siento tan triste. Es la incertidumbre lo que más me
molesta. Siento que se ha cometido una injusticia, que el espíritu de Randall
no descansa en paz.
—No pensará que su espíritu vaga dentro de los muros de Knightsdale,
¿verdad?
Charles se alegró de que Emma hiciera esa pregunta. Esperaba que la tía Bea
no chocheara hasta el punto de creer que Knightsdale estaba habitado por
fantasmas.
—Por supuesto que no, querida. Estaba hablando en sentido figurado. —
Sacudió la cabeza y sonrió—. Si hay algún espíritu suelto por los corredores
de Knightsdale, debe ser el de George. Estaba furioso con respecto a ese
busto. Que un oscuro artista local lo hubiese esculpido iba en contra de su
sentido de la decencia. Si Randall estaba decidido a hacer su contribución a
las efigies de la galería larga, George quería que el trabajo lo hiciese un
artista reconocido en Londres. De ninguna manera deseaba que en
Knightsdale se exhibiesen obras de una calidad inferior. Pero perdió la
batalla… como siempre que discutía con Randall. Eso no contribuía a mejorar
su carácter.
Charles decidió que ya era hora de que la conversación volviera al punto
principal.
—¿Pero y Stockley, tía?
—Eso es lo que me resulta tan frustrante. Estoy casi segura de que Randall
dijo algo sobre ese hombre la última vez que estuvo en casa, pero
simplemente no puedo recordar qué. Os juro que me he devanado los sesos.
—Pero, Lady Beatrice, el señor Stockley no tiene la edad suficiente como para
haber tenido algo que ver con la muerte de Lord Randall.
—No, por supuesto que no… no me refería a este señor Stockley. Me imagino
que era su padre a quien Randall conocía.
—¿Pero cómo pudieron haberse conocido? —resopló Charles—. No me
imagino que Stockley haya pertenecido a la «flor y nata».
—Randall no frecuentaba a la «flor y nata», Charles. Recuerda que partió
para alta mar siendo apenas un muchacho. —La tía Bea se rio—. Me resulta
tan difícil imaginármelo en Almack's como imaginarme a George en un… en
un burdel ordinario. En uno de lujo, bueno, quizás. Pero no, George prefería
visitar a la señora Borden para satisfacer ese tipo de necesidades.
Charles miró fijamente a su tía. ¿La señora Borden? ¿Esa agradable dama, ya
entrada en años, que había vivido en la cabaña junto al gran roble y le había
regalado pastillas de limón?
—Estoy bastante segura de haber oído decir al señor Stockley que su familia
se dedicaba a la navegación —recordó Emma—. Quizás Lord Randall trabajó
en uno de los barcos de la familia Stockley.
—¡Bah! Dudo que la familia Stockley haya sido alguna vez dueña de un barco.
No parece venir de una familia rica; y para comprar un barco hace falta
dinero.
—Y estoy seguro de no haberme cruzado nunca antes con nuestro señor
Stockley. —Charles ahuyentó de sus pensamientos la perturbadora imagen de
su padre y la señora Borden. Se concentró en Stockley. Si hubiese conocido
en Londres a ese irritante petimetre sin duda lo recordaría—. Si se moviese
en los círculos de la «flor y nata» nos habríamos encontrado en algún
momento.
—Eso es muy cierto. —La tía Bea frunció el ceño y dejó de acariciar a Reina
Bess. Su alteza protestó por la falta de atención, maullando y dando un
cabezazo contra la mano de la tía, quien le hizo una prolongada caricia desde
la nariz hasta la punta de la cola—. Desearía poder recordar.
—Desearía poder echar a puntapiés a Stockley.
A Charles no le hacía ninguna gracia tener bajo su techo a un personaje
sospechoso, especialmente a uno que mostrara interés por Emma. Menos
todavía si por las noches podía entrar en la habitación de ella. Bueno, eso no
iba a ser un gran problema. Si Stockley decidía darse una vuelta por la alcoba
de Emma se iba a llevar una sorpresa. Charles no tenía ninguna intención de
dejarla dormir sola otra vez.
—Lady Beatrice —dijo Emma—, ¿sabía usted que existen pasadizos secretos
en el interior de los muros de Knightsdale?
—¿Humm? —Era obvio que la mente de la tía Bea aún estaba concentrada en
el asunto Stockley—. ¿Pasadizos secretos? Creía que George había hecho
cerrar las entradas con clavos al heredar el título.
—¿De manera que tú conocías su existencia?
—Por supuesto, Charles. En realidad no eran secretos: los usábamos con
bastante frecuencia para escaparnos de nuestras clases.
—Yo no sabía que existían. Pensaba que era sólo otro de los cuentos de
borracho de Randall.
La tía Bea se encogió de hombros.
—Como te dije, pensaba que George había hecho clavar todos los accesos.
Supongo que los pasadizos ocultos tampoco eran demasiado compatibles con
las nociones de decencia de tu padre. Los invitados podían (y lo hacían)
cometer todo tipo de actos inmorales. ¿Por qué lo preguntáis?
—Porque alguien los está utilizando de nuevo.
Capítulo 16
¿Quién estaba utilizando los pasadizos ocultos? Emma consideraba la
pregunta, mientras Betty, la doncella de Lady Elizabeth, la peinaba para el
baile. Charles estaba seguro de que se trataba del señor Stockley, pero él
sentía antipatía por ese hombre. Bueno, a ella tampoco le gustaba, pero eso
no significaba que él estuviera recorriendo a hurtadillas el interior de los
muros de Knightsdale. Por supuesto, ella lo había visto hacer algunas cosas
extrañas. Mirar detrás de los cuadros no era una ocupación corriente entre
los invitados. Como tampoco lo era examinar con tanto detenimiento las
estatuas y la construcción de piedra de la gruta. Era casi como si estuviese
buscando algo. ¿Pero qué?
Si tan sólo Lady Beatrice consiguiese recordar qué era lo que había dicho
Lord Randall hacía tantos años… Emma lanzó un suspiro.
—¿No le gusta el peinado, señorita?
—Oh, no es eso, Betty. El peinado está muy bien. —De hecho Emma se miró al
espejo y quedó boquiabierta—. Oh. Oh, Dios mío. Está más que muy bien,
Betty… te ha quedado maravilloso.
—Bien, eso pensaba yo.
Emma apenas oyó las palabras de la doncella. Tenía la vista clavada en su
propio reflejo. Lady Beatrice le había ofrecido amablemente prestarle a su
Claudette. Por fortuna, Lizzie, que estaba por ahí cerca, había visto la
expresión de Emma y había insistido en enviarle a Betty. ¡Gracias a Dios!
Emma no sólo encontraba intimidante a Claudette, sino que no deseaba ir a
su primer baile luciendo como Lady Beatrice. Pero nunca habría imaginado
que podría verse como ahora.
—Tengo que irme, señorita. Todavía tengo que peinar a la señorita Margaret
y a Lady Elizabeth.
—Ve, Betty. Aquí ya has hecho magia. Gracias.
Emma continuaba con la vista clavada en el espejo mientras Betty salía de la
habitación. La muchacha debía pensar que ella era una completa idiota, pero
no le importaba.
Estaba… bueno, lo más cercano a hermosa que podía esperar. Más cerca de
lo que nunca había soñado que fuera posible. Betty había domado sus salvajes
rizos para que se vieran elegantes y… seductores. Recogidos de modo
informal, esperando que un hombre viniese a arrancar algunas horquillas
para que cayeran sobre sus pechos.
Se ruborizó. Sabía quién era el hombre que ella esperaba que hiciese
exactamente eso.
Y el traje de baile de satén azul podía tener cuatro años, pero se veía tan bien
como ella lo recordaba… mejor, en realidad. ¿Le gustaría a Charles?
¿Se sentiría tentado de ver lo que el generoso escote del vestido apenas
ocultaba?
Cerró los ojos. Esperaba que sí. Claro que lo esperaba. Le encantaría sentir
sus manos sobre los pechos, sobre los hombros. Imaginó los dedos
deslizándose sobre ella, seguidos por sus labios trazando una línea
descendente hacia…
Se le endurecieron los pezones y todo su cuerpo empezó a palpitar.
—Qué hermosa manera de saludarme, cariño.
Sintió el aliento de Charles rozarle la clavícula y sus dedos deslizándose
debajo del canesú para jugar con sus pezones. También deseaba que su boca
estuviera ahí. Se arqueó hacia atrás, y volvió la cabeza. Tenía junto a su
mejilla los pantalones de él, ajustados y reveladores. Ella sonrió y puso la
mano justo ahí.
Él tomó aire y movió bruscamente las caderas hacia atrás.
—Qué audacia, Emma.
—Lo sien…
—No lo sientas, cariño. Me encanta tu audacia… desgraciadamente, ahora no
sabemos hasta dónde podría llevarnos. Debemos asistir a ese baile y además
estar presentables. Nada de arrugas o manchas que puedan despertar
sospechas. —Bajó la cabeza hacia ella, con una amplia sonrisa—. Pero
después del baile, por favor, no dudes en ser todo lo audaz que puedas
imaginar. Y si tu imaginación titubea, será un placer hacerte algunas
sugerencias. —Le mordisqueó el lóbulo de la oreja—. ¿Vendrás a mi
habitación esta noche, Emma? ¿Harás el amor conmigo en la cama ancestral
de los Draysmith?
—Oh, sí. —Nuevamente la invadió el deseo y se le hizo difícil pensar
coherentemente—. ¿Por qué tenemos que ir al baile esta noche?
—Porque es nuestro baile de compromiso. Porque la gente se escandalizará si
yo, el anfitrión, no me presento. Y porque necesitamos contarle a tu padre
que vamos a casarnos. Sospecho que le gustaría saberlo.
—Sí. —Emma suspiró, intentando pensar en algo que no fuese Charles y esa
cosa deliciosa y mágica que tenía escondida en los pantalones.
—Emma.
—¿Humm? —Percibió una nota de seriedad en la voz de él.
—La señora Graham también estará allí.
—Oh.
Emma aguardó la confusa mezcla de emociones que la embargaba siempre
que se mencionaba a la señora Graham.
Aparentemente la lujuria no dejaba espacio para ningún otro sentimiento
fuerte.
—La señora Graham. Sí. —Nada todavía. Lo que sí recordó fue cómo esa tarde
en el salón azul, la señora Graham había intentado protegerla del asedio de
las damas de la Sociedad.
—Estoy seguro de que tu padre apreciaría mucho si pudieras arreglártelas
para ser agradable con la señora Graham. Creo que de verdad le gustaría
tener tu bendición, o al menos tu consentimiento, para su matrimonio.
Emma esperaba resentirse ante la sola mención de la palabra «matrimonio»,
pero de nuevo, no sintió demasiado… excepto por la emoción que brotó al
pensar en su propio matrimonio.
—Está bien. —Se preguntaba si al ver a la señora Graham el enojo y la pena
bullirían nuevamente en su interior.
A Charles le habría gustado mucho más despojar a Emma de su hermoso
vestido, acostarla sobre la cama y hundirse profundamente en ella. Podría
haberlo hecho, si no hubiese sabido que el escándalo sería inmenso. Y claro
que deseaba ver a su padre y que se leyese el anuncio del matrimonio tan
pronto como fuese posible. El anillo de compromiso en el dedo de Emma era
suficiente para que él considerase aceptables sus actividades de alcoba, pero
preferiría ponerle la alianza antes de que su heredero empezase a crecer en
su vientre. Si fuese posible. No estaba dispuesto a dormir solo para asegurar
ese resultado. No tenía problema en tener un bebé «ochomesino».
Dios, ella estaba preciosa esa noche. Al entrar y verla con los ojos cerrados, la
cabeza echada hacia atrás, los pechos erguidos y sus deliciosos pezones
endurecidos claramente contra el satén… Y luego su mano pequeña contra su
cuerpo.
Era casi más de lo que podía soportar sin llevarla directamente a la cama. Ese
vestido azul era obsceno. No dejaba mucho a la imaginación… o, más bien,
incitaba a un hombre a imaginarlo todo. Más valía que ningún hombre hiciese
eso esa noche.
A duras penas, Charles apartó su mente de sábanas y piel desnuda.
—Emma, en realidad he venido hasta tu cuarto para algo. —Buscó en su
bolsillo y sacó el collar que había guardado allí al ver actividades más
placenteras al alcance de sus dedos—. Esto hace juego con tu anillo. Hay
también una pulsera y una diadema, pero creo que para esta noche bastará
con esto.
Le pasó los zafiros alrededor del cuello y ajustó el cierre.
—Oh, Charles. —Emma puso los dedos sobre las piedras. Sacudió la cabeza—.
Es hermoso, pero no puedo aceptarlo.
—Por supuesto que puedes. Vas a ser mi esposa, mi marquesa. —Si alguien le
hubiese dicho en Londres que alguna vez él iba a decir las palabras «esposa»
y «marquesa» sin soltar ninguna palabrota, lo habría llamado mentiroso. Era
asombroso cómo podían cambiar las cosas en tan poco tiempo—. Si te sirve de
consuelo, en realidad estas joyas no son un regalo. Vienen con el título. Creo
que algún día tú tendrás que dárselas a la esposa de nuestro hijo.
Emma lo miró parpadeando.
—Esa oración contiene demasiados conceptos nuevos para que yo los asimile.
—Entonces no lo hagas… sólo sonríe y usa el collar. —La levantó y rodeándola
con sus brazos le rozó los labios, cuidando de no arrugarle el vestido—.
Vamos a ver si ha llegado tu padre.
Emma descubrió que sí tenía espacio para sentir algo más que lujuria. De pie
en la puerta del escritorio, al tomar del brazo a Charles, una mezcla de
emoción, preocupación, vergüenza, arrepentimiento y amor, se agitó en su
interior.
—Gracias por llevar a papá a tu despacho. No habría soportado decírselo
delante de alguien más.
—Puede que la señora Graham esté con él. ¿Quieres que le pida que espere
fuera?
—Sí. No. Oh, no lo sé. —Se mordió el labio—. Ya no sé lo que siento.
—¿No? Entonces, sugiero que entremos. Creo que tu padre te concederá el
lujo de expresar cualquier sentimiento que surja espontáneamente. Sé que yo
lo haré… a menos que decidas sentir una fuerte aversión hacia mi presencia.
—Imposible.
—Bien. Entonces, después de usted, señorita Peterson.
Emma alargó la mano rápidamente, deteniendo a Charles.
—¿No crees que…? Es decir, no estarán… ¿No deberíamos llamar primero?
Charles sonrió.
—Dudo que tu padre esté haciendo otra cosa en mi escritorio que examinar
mi colección de libros, Emma.
—¿Estás seguro? La puerta está cerrada.
—Es verdad. Y supongo que la señora Graham no tiene una carabina ahí
dentro con ella.
—¡Exactamente!
—Y están esperándonos… no creo que se sientan especialmente apasionados.
Pero esa forma de pensar sí que promete. ¿Estás insinuando que necesito
cuidar mi virtud cada vez que estemos solos detrás de una puerta cerrada?
—¡Por supuesto que no!
—Qué desilusión.
Charles abrió la puerta y Emma entró en el estudio. Su padre estaba solo, de
pie junto al escritorio, las manos en los bolsillos. Se lo veía… solitario y un
poco triste. Más viejo, con los hombros algo encorvados. Emma notó que tenía
el cabello gris, seguramente el color no habría cambiado en los días que ella
había estado en Knightsdale.
¿Cuándo había sido la última vez que lo había mirado realmente? ¿Acaso lo
había observado alguna vez?
—Papá.
Él se volvió y sonrió.
—Emma… y Lord Knightsdale.
—Por favor, Charles, señor. Usted va a ser mi suegro, ya sabe. No puedo
tenerlo llamándome milord todo el tiempo.
Emma vio que la cara de su padre se iluminaba. Él la miró.
—¿Emma? ¿Vas a casarte con Charles?
—Sí, papá. —¿Por qué sentía los pies pegados al suelo? Debería estar
arrojándose en brazos de su padre. Sin duda él esperaba eso—. ¿Dónde está
la señora Graham?
—Está esperando en otra habitación. Ha pensado… bueno, ella no es parte de
nuestra familia, en realidad.
—Debería serlo.
La cara del padre se inmovilizó.
—¿Qué?
—He dicho que debería serlo. La señora Graham debería ser parte de nuestra
familia, papá, si tú la amas. ¿La amas?
—Eh. —Su padre respiró hondo—. Sí, la amo, pero ninguno de nosotros
quería… Tú eres mi hija, Emma. Eres la primera a quien le debo lealtad.
—No. —Al darse cuenta de que estaba diciendo lo que realmente pensaba,
Emma se quedó estupefacta. No estaba simplemente pronunciando palabras
para liberar a su padre—. No, creo que al primero que le debes lealtad es a ti
mismo, papá. Al menos en este caso. Y a la señora Graham… a Harriet. —
Emma dio un hondo suspiro, estremeciéndose—. Meg piensa que deberías
casarte con Harriet. Ella lo vio antes que yo: que ahora sonríes más. Que
estás más feliz.
—Emma…
—Que te emociona algo más que tus viejos libros y tus traducciones. Creo que
tiene razón. Yo debería haberlo notado también, pero fui demasiado egoísta y
lo lamento. Nunca fue mi intención impedirte que siguieras a tu corazón.
Las lágrimas rodaban por la cara de Emma. El nudo en su estómago se aflojó.
Cuando su padre abrió los brazos, sus pies se movieron por fin. Se precipitó
hacia él, con los brazos abiertos y lo abrazó fuerte.
Al levantar los ojos vio que también él estaba llorando.
—Qué… noticia más interesante, señorita Peterson. —Lady Oldston se ahogó
con sus propias palabras, como si fuese Reina Bess escupiendo una bola de
pelo.
—Sí, efectivamente. —La señorita Pelham tomó aire—. Nunca lo habría
imaginado… por otro lado, usted es una amiga de la infancia, ¿no es verdad?
—Así es. Una vieja amiga. —Lady Oldston sonrió al enfatizar la palabra
«vieja»—. Hay algo reconfortante en la familiaridad, supongo.
Las señoritas Oldston y Pelham se limitaron a lanzar miradas furiosas. Emma
intentó sonreír.
Al menos las damas de la Sociedad estaban felices por su compromiso. Se
amontonaron alrededor de Emma cuando se hubieron marchado las damas
londinenses.
—Bien hecho —dijo la señora Begley—. Me alegra ver que ha seguido mi
consejo.
—En nueve meses esperamos tener ya un heredero —dijo la señorita Rachel
Farthington.
—¡O antes! —La señorita Esther le dio un codazo a la señorita Rachel y
soltaron sendas risitas entrecortadas.
—Veo que empleó bien el tiempo en el despacho de Lord Knightsdale —
susurró la señorita Russell. Levantó la vista, luego bajó la cabeza otra vez—.
Ahí viene él.
—Un poco de decoro, señoras, si sois tan amables —pidió la señora Begley.
Todas miraron a Charles y sonrieron. Él arqueó las cejas sorprendido, pero les
devolvió la sonrisa.
—Buenas noches, señoras. Si disculpáis a Emma, se supone que ella y yo
debemos abrir el baile.
—Claro.
—Adelante.
—Oh, Dios mío, sí.
—Sí que le quedan bien los pantalones.
El comentario de la señorita Esther se oyó por todo el salón de baile en medio
del silencio que sobrevino antes de que la orquesta iniciara la primera pieza.
—Creo que acaban de hacer que me sonroje —dijo Charles, conduciendo a
Emma hasta la pista de baile.
—Bueno, no ha mentido. —Emma se ruborizó. Acababa de venirle a la mente,
como un relámpago, la imagen detallada de lo que cubrían esos pantalones.
—Humm. —Charles bajó más la voz—. Te has puesto de un hermoso tono
rosado, cariño. Me pregunto qué te ha hecho coger ese color tan agradable.
¿Me lo dirás?
—No. De ningún modo. —Estaba segura de que la fulminaría un rayo si se lo
decía. O aún peor, una de esas arpías, Lady Oldston o la señorita Pelham, la
oirían.
—Sé lo que yo estoy pensando. —Charles la hizo balancearse mientras
giraban—. Estoy pensando qué hermosa estás con ese vestido… pero cuánto
más hermosa estarás sin él.
—¡Charles!
—Estoy imaginando que te tiendes desnuda sobre mi cama esta noche.
—¡Charles! —El grito debió de haber sonado más fuerte de lo que ella
imaginaba. El duque de Alvord le lanzó una mirada y su duquesa sonrió.
—Tu piel cremosa contra mis sábanas, tu hermoso cabello desplegado sobre
mi almohada…
—¡Charles! —Emma echó una ojeada a su alrededor. Nadie parecía estar
oyendo por casualidad las escandalosas palabras de Charles.
—… tus magníficos pechos, tan suaves, con sus pezones duros, suplicando por
mi boca…
Emma sintió que le temblaban las rodillas y que el centro de su cuerpo
empezaba a palpitar, caliente y húmedo.
—… tu cintura, tus caderas, el delicioso triángulo de rizos entre tus muslos…
¡y esos muslos! Esos muslos, blancos y suaves que se abren acogedores,
tentadores…
—Charles. —Emma hablaba en un susurro. Apenas podía pronunciar su
nombre. Oírle decir esas cosas en la pista de baile, donde cualquiera podía
oírlas por casualidad…
—Quiero hundir la cara entre tus muslos, olerte, saborearte…
—Charles, si no dejas de decirme esas cosas en este mismo momento, yo voy
a… voy a… Bueno, no sé que voy a hacer, pero será muy indecoroso y
extremadamente vergonzoso.
—¿En serio? Parece prometedor.
—Charles…
—Oh, está bien. Me comportaré… hasta más tarde, cuando te tenga en mi
cama. —Le habló al oído mientras sonaban los últimos compases—. Entonces
te prometo comportarme peor de lo que eres capaz de imaginar.
—Oh. —Emma esperaba que su cara no estuviese tan encendida como la
sentía.
Bailó con el conde de Westbrooke y con el duque de Alvord. También le
concedió una pieza al hacendado Begley y, por supuesto, a su padre. Y luego
se encontró frente al señor Stockley.
—Felicitaciones, señorita Peterson. Ha ganado el primer premio, ¿verdad?
—¿Perdón?
—Ahora me doy cuenta por qué nunca ha ido a mi habitación: estaba
demasiado ocupada en la alcoba de Lord Knightsdale.
—Señor Stockley, me está usted insultando.
El señor Stockley se encogió de hombros.
—Perdone. No era mi intención. Todos debemos aprovechar las oportunidades
que se nos presentan, ¿no es cierto? —Sus ojos descendieron hasta la
garganta de Emma—. Interesante collar. —La miraba con tal fijeza que habría
resultado embarazoso de no haber estado claro que eran las joyas y no su
persona lo que atraía su atención.
—Gracias.
—¿Regalo de compromiso?
—Es parte de la colección Knightsdale, sí.
—Humm.
Comenzó la música. Cada vez que los pasos de baile la acercaban al señor
Stockley, los ojos de éste se clavaban en los zafiros Knightsdale. Era muy
extraño. Se alegró mucho cuando la pieza llegó a su fin. Estaba empezando a
sentirse como una pieza de museo, aunque dudaba que el más interesante de
los artefactos recibiera la total atención que el señor Stockley le estaba
prodigando al collar Knightsdale.
Estaba abanicándose junto a una de las ventanas que daban al jardín cuando
un sirviente le trajo una nota.
—Gracias.
Tomó el papel doblado que le ofrecía sobre una bandeja. No reconoció al
hombre: era parte de la servidumbre contratada especialmente para el baile.
Tampoco reconoció la letra, pero no estaba concentrada en eso mientras leía
el breve texto del mensaje.
«Claire la necesita en el cuarto de las niñas, arriba. Dese prisa.»
¿Por qué en el cuarto de arriba? Claire no debería estar allí tan tarde. ¿Cuál
podía ser el problema? ¿Dónde estaría Nana?
Mientras pensaba, Emma golpeaba suavemente el papel contra su mano. No
importaba: si Claire quería verla, iría para allí. Quizás la pequeña sólo
necesitaba algo de atención, el beso de buenas noches. Emma saldría sin
llamar la atención y vería qué era lo que le hacía falta. Se iría sólo un
momento. Nadie lo notaría.
Subió las escaleras corriendo.
—¿Claire? Claire, soy mamá Peterson. ¿Dónde estás?
El cuarto de las niñas estaba oscuro y silencioso. Demasiado silencioso. Algo
andaba mal. Contuvo el aliento. Estaba sola. Debería haberle dicho a Charles
adónde iba. Debería haberle pedido que la acompañara. Por lo menos debería
haber pasado por la habitación de Nana mientras subía las escaleras. Se
volvió para marcharse.
—No creo que sea buena idea. —Con un brusco ademán Stockley le tapó la
boca con una mano y con el brazo le hizo retroceder, apretándola contra su
cuerpo. Para ser un hombre pequeño tenía mucha fuerza.
—Tengo un cuchillo, señorita Peterson.
Emma sintió algo punzante contra el costado, justo debajo de su seno
izquierdo.
—Se lo clavaré si hace el menor ruido. Mueva la cabeza si me entiende.
Emma asintió con la cabeza.
—Bien. —La soltó pero mantuvo el cuchillo contra su costado—. Ahora, con
mucho cuidado, quítese ese hermoso collar.
Emma intentó torpemente abrir el cierre.
—¿Es usted quien ha estado utilizando los pasadizos secretos, señor Stockley?
—Así es, pero no me han resultado útiles en lo más mínimo. Dese prisa.
—Lo intento. No es fácil. —Los dedos de Emma temblaban demasiado como
para permitirle abrir el cierre del collar—. ¿Claire está aquí?
—¿Claire?
—He recibido un mensaje…
—Eso ha sido sólo para hacerle subir hasta aquí. Hasta donde yo sé, su
pequeña Claire está durmiendo tranquilamente en su cama. Dese prisa con
ese collar.
Emma sintió que Stockley presionaba más el cuchillo contra su costado.
Respiró profundo, cerró los ojos y se concentró. Finalmente sintió que el
cierre se abría. Stockley le arrebató el collar.
—Dígame de dónde ha sacado esto Knightsdale. —Puntuó su pregunta con
otro pinchazo del cuchillo—. ¿Dónde está la caja fuerte?
—No lo sé. Él tenía el collar en el bolsillo. Nunca he visto una caja fuerte.
—Humm. Supongo que tendré que preguntárselo yo mismo. —Asió el brazo
derecho de la joven y se lo retorció detrás de la espalda, manteniendo el
cuchillo debajo de uno de sus pechos—. Creo que esa será una conversación
que disfrutaré.
Emma trataba de no dejarse llevar por el pánico.
—No entiendo. Si usted es sólo un ladrón… —Emma contuvo el aliento
mientras Stockley le torcía el brazo hacia arriba.
—No soy sólo un ladrón. No soy en absoluto un ladrón, en realidad. Esto me
pertenece.
—¿El collar?
—No. —La empujó más hacia el interior del cuarto de las niñas—. No este
collar. Otros. Collares, pendientes y alfileres de corbata. Anillos. Diademas.
No puedo encontrarlos. Los he estado buscando. Maldita sea, cómo los he
buscado. Sé que están aquí, en alguna parte. Haré que Knightsdale me lo
diga. Le mostraré su collar y le diré que no la verá otra vez si no me entrega
las joyas. Creo que no tardará en hablar. He visto el modo en que la mira.
Emma intentó detenerse. ¿Dónde la estaba llevando Stockley?
—Aún no comprendo. ¿Hay joyas ocultas en Knightsdale?
—Sí. Randall se las robó a mi padre.
—¿Está seguro…? —Emma observó el candelabro junto a los estantes de la
sala de estudio. ¿Podría ella…?
Él le apretó el brazo de nuevo.
—Ni se le ocurra. Preferiría no tener que matarla, pero lo haré si me obliga.
Ya he matado antes, así que no piense que no tendré las agallas para hacerlo.
El señor Stockley empujó la pesada silla lejos de la puerta de entrada al
pasadizo.
—No es posible que haya matado a Lord Randall… usted era un chico.
Empujó a Emma contra la pared, sosteniéndola allí con el peso del cuerpo de
él mientras alargaba la mano izquierda y recorría uno de los estantes altos.
—Por supuesto que no fui yo quien lo mató… ése fue mi padre.
—¿Y a William? —Emma sintió náuseas. ¿Acaso Stockley había matado al
hombre que Charles había designado para vigilarlo?
—¿Al lacayo? No, sólo lo he desmayado de un golpe. Los hombres,
especialmente los idiotas musculosos como su William, subestiman mi rapidez
y mi fuerza. Está bien atado en mi armario. Ah.
La puerta se abrió. Emma miró fijamente el pasadizo oscuro, polvoriento y
plagado de arañas. El señor Stockley no iba a hacerla entrar allí, ¿o sí?
—Maté al hermano del actual marqués, por supuesto, y a su esposa y
sirvientes. Le pagué bien a Atworthy para que los espiara, me dijo que habían
llevado las joyas a Italia. Destrocé ese carruaje, registré todas sus malditas
pertenencias. Atworthy me había mentido. Su intención era robar él mismo
las joyas. Lo admitió antes de que yo lo atravesase.
El cuchillo de Stockley pinchó de nuevo a Emma. Esta vez estaba segura de
que había brotado algo de sangre.
—Ya veo.
—No por mucho tiempo.
Stockley le dio un empujón en la parte baja de la espalda. Ella se tambaleó
dentro del pasadizo.
—Espero que no le importe estar a oscuras, señorita Peterson. Omití dejarle
una vela.
—Pero usted no puede…
—Oh, sí que puedo.
Le cerró la puerta en la cara de un solo golpe. Ella oyó el chirrido de la
pesada silla que él empujaba para ponerla de nuevo en su sitio.
Se mordió el labio. No le daría a Stockley la satisfacción de oírla gritar.
Capítulo 17
¿Dónde demonios estaba Emma? Charles echó otra ojeada al salón de baile.
¿Podía ser que no la viera? Ella era bajita.
—Tía, ¿has visto a Emma?
—Humm. Ahora que lo mencionas, no, no la he visto. Quizás esté en el
tocador de señoras. Seguro que regresa enseguida.
Charles asintió y continuando con su papel de anfitrión, sacó a bailar a la
señorita Russell. Ya había bailado con cada una de las gemelas Farthington.
Al menos él esperaba haber bailado una pieza con cada una de ellas y no dos
piezas con la misma. Esa noche iban vestidas exactamente igual, incluso con
el mismo color de lazo en el cabello.
La señorita Russell se sentía demasiado intimidada por su presencia, o era
demasiado cortés para hacer alguna objeción al verlo pasar la mayor parte de
la pieza escudriñando el salón de baile en busca de Emma. No la veía.
Seguramente ninguna mujer podía pasarse treinta minutos o más en el
tocador.
Tampoco había visto a Stockley. Maldición. Se alegraba de haber puesto a
William a vigilar a ese tipo. El lacayo era un pugilista aficionado. No iba a
tener problema para encargarse de Stockley. Aun así, se sentiría más
tranquilo si viese su fea cara en el salón de baile.
Al finalizar la pieza depositó a la señorita Russell junto a las gemelas
Farthington y se fue en busca de la duquesa de Alvord. Le pediría a Sarah que
buscase a Emma.
Encontró a la duquesa con su marido y con Robbie.
—Y aquí está el recién comprometido. —James sonrió—. Felicidades, Charles.
Realmente te recomiendo el matrimonio.
Robbie puso los ojos en blanco.
—Voy a tener que encontrar nuevos amigos. Vosotros dos os estáis volviendo
muy sosos.
—Quizás deberías considerar el unirte a nosotros —dijo James sonriendo.
Robbie sacudió la cabeza.
—Yo no. Soy demasiado joven para el matrimonio. —Se rio—. ¿Dónde está
Emma, Charles? Me sorprende no verla a tu lado.
—Me estaba preguntando lo mismo. ¿No la habéis visto?
—No, no la hemos visto. —Sarah frunció el ceño—. ¿Quieres que eche un
vistazo en el tocador?
—Por favor.
—¿Te preocupa que le haya sucedido algo a Emma, Charles? —preguntó
James cuando Sarah hubo salido apresuradamente de la habitación.
—No. Bueno, sí. Tampoco veo a Stockley. —Charles se recordó a sí mismo que
William estaba siguiendo y vigilando a Stockley, pero el pensamiento hizo
poco por asentar su estómago revuelto.
—Seguramente no piensas que Emma preferiría a Stockley antes que a ti. —
Robbie se sirvió otra copa de champagne cuando un sirviente pasó
ofreciéndolo—. No es tan tonta.
—No, no es eso lo que me preocupa.
—¿Crees que Stockley sea peligroso? —El tono de James era agudo.
—Quizás. —Charles sabía que James estaba pensando en su primo Richard,
quien había secuestrado y estado a punto de violar a Sarah en la primavera—.
Estoy seguro de que no tiene nada que ver con lo que tú tuviste que hacer
frente. Simplemente no me gusta el tipo. —¿ Dónde estaría Emma? Por
enésima vez recorrió el salón con la mirada. Seguramente ya debía haber
regresado.
—¿Y? —preguntó Robbie.
—¿Y, qué?
—Es obvio que hay algo más, que no nos estás contando.
Charles se encogió de hombros.
—Bueno, han ocurrido algunos sucesos extraños.
—¿Sucesos extraños? —James arqueó las cejas.
—Así es. Alguien ha estado utilizando los pasadizos secretos de Knightsdale.
Robbie se ahogó con el champagne.
—No sabía que Knightsdale tuviera pasadizos secretos .
—Tampoco yo, así que quienquiera que esté merodeando por la propiedad la
conoce mejor que yo.
—Bueno, eso no es ninguna sorpresa. —Robbie tomó otro sorbo—. Tanto tu
padre como tu hermano te mantuvieron siempre al margen.
—Para ser justos, yo nunca me interesé demasiado por los asuntos de
Knightsdale. —Sintió un golpecito en el brazo y al volverse vio a Sarah. Y no
traía a Emma con ella.
—Lo siento, Charles. No he podido encontrarla. Le he preguntado a un
sirviente. Me ha dicho que Emma ha recibido una nota y se ha marchado del
salón hace media hora o más.
—Maldición, eh, disculpa, Sarah.
A Charles no le gustaba nada que ambos, Emma y Stockley, hubiesen
desaparecido. ¿Quién le habría enviado una nota a Emma?
Sintió la mano de James en el hombro.
—¿Podemos ayudar, Charles? Robbie y yo te ayudaremos con gusto a buscar a
Emma.
—O a Stockley —dijo Robbie.
—No. Probablemente es sólo una coincidencia que ambos estén ausentes. Lo
más probable es que alguna de mis sobrinas haya necesitado a Emma. Iré
arriba a buscarla. Estoy seguro de que no hay nada de qué preocuparse.
—Está bien —dijo James—. Pero si no estás de regreso en media hora, Robbie
y yo subiremos a buscarte.
—Regresaré; pero sí, si no vuelvo, agradeceré mucho vuestra ayuda.
Charles intentó cruzar el salón de baile caminando tranquilamente: no había
necesidad de obsequiar a Lady Oldston, a la señorita Pelham o a las otras
tontas de sociedad algún sabroso motivo de cotilleo para que rumiaran. Ya
lejos de la puerta apretó el pasó. Para cuando llegó a las escaleras, ya iba
corriendo, subiendo los peldaños de dos en dos.
Llegó a la galería larga y se detuvo. Una pistola le apuntaba al centro del
pecho.
El señor Stockley sonrió.
—Justo el hombre que estaba buscando —dijo.
Rodeada de oscuridad, Emma contó lentamente hasta diez, luego buscó a
tientas la palanca que Charles había mencionado. En ese momento habría
deseado haberle preguntado más: deseaba haberle pedido que le mostrase la
dichosa palanca. Había dicho que estaba en la pared, más abajo de lo que él
había supuesto, pero él era más alto que ella. ¿Dónde estaría?
Algo se arrastraba sobre su mano. Lanzó un grito, retrocedió de un salto y
chocó contra la pared trasera del pasadizo. Algo vaporoso le rozó la cara.
¡Ay Dios! Arañas. No podía pensar en ellas. No lo haría. La verdadera araña
era Stockley. Si perdía la cabeza, él atraparía a Charles en su telaraña. Ese
hombre estaba loco. Y era un asesino. No había tiempo para un ataque de
pánico.
Caminó otra vez hasta la puerta y tanteó cuidadosamente la pared aledaña.
Allí, a la derecha: ¡la palanca! Charles dijo que la había accionado hacia
arriba, no hacia abajo. No le costó moverla. La puerta se abrió… apenas.
Empujó tan fuerte como pudo.
Fue en balde. La puerta no se movió ni un par de centímetros. Estaba bien
bloqueada por la pesada silla que Charles y luego Stockley le habían puesto
delante.
Nadie, desde luego, ella no, iba a entrar al pasadizo o a salir de él por esa
puerta.
Podía intentar gritar, pero no había nadie en ese piso: nadie que la oyese
hasta que Nana o las niñas fuesen arriba por la mañana. Para entonces sería
demasiado tarde. Stockley se habría marchado y Charles… no iba a pensar en
Charles.
Sólo tenía que hallar otra puerta. Tendría que abrirse camino a lo largo de
ese pasadizo negro, polvoriento y plagado de arañas.
Tenía la inquietante sensación de que la vida de Charles dependía de eso.
Deslizó con cuidado las manos alrededor de esa puerta como para poder
reconocer otra abertura sólo por el tacto. No había esperanza de ver cosa
alguna en aquella oscuridad infernal.
Nuevamente deseó haberle hecho más preguntas a Charles. ¿Estarían las
otras puertas en ese nivel? Eso era poco probable, si es que los pasadizos se
habían construido como vía de escape para la familia. No había otras
habitaciones familiares allí arriba. Lo cual significaba que ella iba a tener que
descender un piso, probablemente no por una escalera. Mejor que fuese
pensando en escalar.
Se alegró de que su hermoso traje de baile fuese tan escotado: eso haría un
poco más fácil quitárselo, si hiciese falta. Desechó con decisión el
pensamiento de que el escote también dejaba una mayor superficie del cuerpo
expuesta a las arañas. Se preocuparía por las arañas una vez que le hubiese
advertido a Charles que Stockley estaba loco.
Apoyó la mano en la pared y empezó a moverse, arrastrando los pies, en
dirección al corredor principal. Al menos eso esperaba. Sería tan fácil
perderse en la oscuridad.
También apartó de la mente ese pensamiento.
Aunque quería moverse más rápido, se obligó a ser paciente. Delante de ella,
en alguna parte, se hallaba el acceso al piso de abajo; y no ayudaría en nada a
Charles si bajaba de cabeza.
Enseguida se alegró de tanta precaución. El pie que iba delante se deslizó en
el aire, sin encontrar superficie de apoyo. Lo retiró apresuradamente,
apretándose contra la pared mientras su corazón palpitaba con violencia.
Una vez que sus piernas dejaron de temblar, se agachó y exploró el suelo con
ambas manos. Había una escalera de mano. Se asió a ella con fuerza y con
cuidado descendió internándose más en la oscuridad. Cuando su pie llegó al
suelo, suspiró, sintiéndose débil de alivio. Se aferró a la escalera un momento,
dándole tiempo a su corazón para aplacar la violencia de sus latidos. Luego
giró.
Y caminó derecha a una inmensa telaraña.
Charles juraría haber oído gritar a Emma en alguna parte, aunque Stockley
no dio señas de haber oído grito alguno. Quizás era su imaginación. La mente
se comportaba de un modo extraño frente a un arma cargada.
—¿Dónde está Emma?
Stockley se encogió de hombros.
—Arriba. No le he hecho ningún daño… aún. Coopere y no tendré que
hacérselo.
Charles intentaba controlar su ira.
—¿Qué es lo que quiere? —Si podía mantener al tipo hablando durante una
media hora, Robbie y James vendrían al ataque y lo rescatarían.
—Quiero las joyas que Randall le robó a mi padre.
—¿Joyas? Stockley, no sé de qué está hablando.
—No mienta.
A Charles no le gustaba nada cómo saltaba el arma de Stockley cuando éste
se enfadaba. Esperaba que la pistola no tuviera gatillo de pelo.
—No estoy mintiendo. Realmente, no sé de qué está hablando. Yo tenía sólo
siete años cuando Randall murió: era mi tío abuelo, y había estado en alta mar
la mayor parte de su vida. —Charles se alejó disimuladamente del arma—.
Usted sabe mucho más que yo sobre Knightsdale. Los pasadizos secretos, por
ejemplo. Yo no sabía que en verdad existían; usted, en cambio, parece estar
muy familiarizado con ellos. ¿Cómo es eso?
Stockley se encogió de hombros, siguiéndolo en dirección a los Draysmith de
mármol. Charles esperaba atraerlo lo suficientemente cerca como para
arrojarle encima alguno de los bustos. No era un plan brillante, pero no tenía
mucho más de qué valerse.
—Mi padre tenía un diagrama entre sus papeles. Él y Randall eran socios. —
Stockley resolló—. Papá fue un tonto al pensar que podía confiar en un tipo
como Randall. Se suponía que iban a compartir las joyas. Pero Randall las
cogió. Pensó que su aristocrático sobrino lo protegería. Bien, su elegante
sobrino no estaba allí para rescatarlo cuando tropezó en el muelle y cayó al
agua, ¿verdad?
—Me pregunto si el pobre de Randall hubo recibido alguna ayudita para caer
al agua.
—Vaya si la recibió, maldita sea. Si mi padre hubiese tenido un ápice de
sentido común, se las habría ingeniado para sacarle las joyas a Randall antes
de darle un golpe en la cabeza.
—Humm. Pero eso sucedió hace más de veinte años. Su repentino interés me
parece un tanto raro.
Stockley estaba de pie junto al busto del tío abuelo Randall. Sería muy
apropiado que fuese justamente esa escultura la que lo derribase. Charles se
acercó al busto.
—Atrás —le ordenó Stockley haciendo un gesto con la pistola.
Charles retrocedió. No era prudente discutir con un hombre armado.
—No es tan repentino. Mi padre murió en la primavera. Me sorprende que
haya vivido tanto. —Stockley frunció el ceño—. ¡Dios, lo que podríamos haber
hecho con esas joyas! De haber estado al tanto del asunto, puede usted estar
seguro de que habría venido antes por aquí. Pero no sabía nada. Sólo lo
averigüé cuando encontré los papeles de mi padre en una caja debajo de su
cama.
Su voz se transformó en un murmullo, pero continuaba sin bajar el arma,
apuntando a Charles.
—Maldición. Pensé que su hermano viajaba con las joyas. Fui a Italia y
destrocé ese condenado carruaje buscándolas. Knightsdale intentó ser un
héroe; su esposa gritaba como un espíritu agorero; le disparé primero a ella
para cerrarle el pico. Tuve que matar también a los sirvientes. Y luego, las
malditas joyas no estaban allí.
Agitó el arma ante Charles.
—Deben estar aquí, maldita sea. Tienen que estar aquí. ¿Por qué no puedo
encontrarlas?
Charles se acercó al busto del tío abuelo Randall.
—He dicho que retroceda, bastardo. —El arma de Stockley apuntaba de lleno
al pecho de Charles—. Si quiere seguir vivo, dígame dónde puedo encontrar
las malditas joyas.
Charles midió la distancia entre él y el busto. Justo al lado de éste, estaba de
pie Stockley, pero eso no le servía de mucho a Charles. A menos que Stockley
fuera un pésimo tirador, Charles estaría muerto antes de poder poner un solo
dedo sobre el tío abuelo Randall. Aparentemente, aún no habían pasado
treinta minutos, no oía retumbar los pasos de Robbie y James en la escalera
en camino viniendo al rescate.
—Hable, maldita sea.
Charles suspiró profundamente.
—Me temo que tenemos un pequeño problema, señor Stockley. Realmente no
tengo ni idea de dónde están esas joyas.
—Mentiroso. Maldito mentiroso.
Stockley levantó la pistola y le apuntó directamente en medio de los ojos.
—Acaba de decir su última mentira, Knightsdale.
Emma recobró lentamente la cordura. La sacudían estremecimientos. Juntó
las manos, apretándolas con fuerza para dejar de temblar. Ya se había quitado
de la cara la última hebra de telaraña pegajosa. Estaba segura de ello, pero
aún sentía su contacto espantoso y repugnante.
¿Le quedarían aún rastros de telaraña en el cabello: hebras y… arañas?
El pánico amenazaba con dominarla de nuevo. No podía permitirlo. Debía
salir de allí. Tenía que encontrar a Charles.
Pero ¿dónde estaba? Había perdido por completo la orientación al llevarse
por delante esa telaraña. Ay Dios, al sentir las hebras adhiriéndose a toda su
cara, se había convertido en una criatura irracional. Había empezado a gritar,
saltando y girando enloquecidamente como si así fuese posible librarse. Se
había restregado la cara con ambas manos, que luego había frotado contra las
paredes del corredor, intentando quitarse hasta el último resto de telaraña.
Se estremeció.
Escogería una dirección. Cualquiera. Iría tan lejos como pudiera y luego
intentaría por otro camino. No le serviría de nada dejarse dominar por el
pánico.
Avanzó despacio a lo largo de la pared. Casi inmediatamente oyó voces de
hombre. Empezó a deslizar los pies un poco más rápido sobre el suelo. Nada
le garantizaba que encontraría una puerta junto a donde estaban esos
hombres, pero quizás pudiese atraer su atención dando golpes en la pared.
Podría contarles lo del señor Stockley. Advertirían a Charles.
Las voces cada vez sonaban más fuerte. Gracias a Dios. Estaba yendo en la
dirección correcta. Arrastraba los pies cada vez más rápido y entonces, los
dedos de su mano chocaron con un trozo de madera en posición vertical. Era
el borde de una puerta. Se dejó caer contra ella, aliviada.
Y oyó los gritos. Apretó la oreja contra la pared. Era el señor Stockley. Estaba
cerca, sólo los separaba la pared. Casi podía distinguir sus palabras. Se lo oía
enojado, amenazador. Oyó a Charles responder con calma. El señor Stockley
le contestó a los gritos.
Estaba segura de que estaba a punto de suceder algo muy malo.
Luchaba con la puerta, recorriéndola con los dedos a toda velocidad para
encontrar el pestillo. No estaba allí. La invadió una oleada de pánico. Se
obligó a concentrarse sólo en la puerta. Ahí estaba. El pestillo estaba sólo un
poco más hacia la derecha. Lo levantó. No sucedió nada. Esa puerta no se
había abierto en años.
Stockley volvió a gritar. Esta vez sí pudo distinguir las palabras.
—Acaba de decir su última mentira, Knightsdale.
Se le había acabado el tiempo. Desesperada, tiró del pestillo moviéndolo hacia
arriba y se lanzó contra la puerta.
Esta vez cedió, abriéndose de par en par. Oyó un estrépito seguido de una
explosión mientras ella salía del pasadizo y se desplomaba en el suelo.
Charles bajó los ojos hacia el cañón del arma de Stockley. Sabía que no podía
dar más rodeos. Esperando un milagro se aprestó a arrojarse a un lado
cuando el hombre apretase el gatillo.
Y el milagro llegó. Parte del muro detrás de Stockley se abrió de golpe,
derribando el busto del tío abuelo Randall sobre el brazo de Stockley en el
preciso momento en que éste disparaba. El arma se descargó de modo
inofensivo, sin dañar otra cosa que el retrato del primer marqués.
Charles se abalanzó sobre Stockley, de un empujón lo puso boca abajo,
torciéndole el brazo detrás de la espalda.
—Maldición. Nos hemos perdido toda la diversión, Robbie. —El duque de
Alvord apareció en la cima de las escaleras.
—Te he dicho que tu reloj atrasa, James. —Robbie se volvió hacia Charles—.
Si él me hubiese hecho caso, habríamos llegado hace cinco minutos. Pero no,
era imposible que el reloj del duque de Alvord no funcionase perfectamente.
—Me preguntaba qué podía haberos retenido. —Charles le torció el brazo a
Stockley, quien se movía violentamente debajo de él—. ¿Seríais tan amables
de venir a ayudarme con este tipo?
—Será un placer, ¿verdad, James? ¿Qué ha sucedido exactamente?
—No estoy seguro. Si vosotros os encargáis de Stockley…
—… tú puedes limpiar el desastre —dijo James y asintió con la cabeza—.
Entiendo. Qué desorden, esmeraldas y diamantes desparramados por todos
lados, ¿no es cierto, señorita Peterson?
Charles giró la cabeza instantáneamente. Allí estaba Emma, sentada en el
suelo, cubierta de polvo y telarañas, con el cabello sobre la cara. Estaba
preciosa.
—¡Emma!
James mantuvo inmóvil a Stockley mientras Charles se ponía de pie
dificultosamente.
—Ve con cuidado —recomendó James.
Cuando finalmente Charles pudo fijar la mirada en algo que no fueran los ojos
de Emma, la vio sentada en medio de diademas, pulseras, collares y anillos.
Oro y joyas. El tío abuelo Randall se había partido en dos, derramando todos
sus secretos.
—Bueno —dijo Charles—, me parece que acabamos de hallar el tesoro del
señor Stockley.
Capítulo 18
—Éste sí que ha sido un interesante fin de fiesta.
Sentada junto al fuego, Emma se secaba el cabello. Había subido tan pronto
como Charles la hubo rescatado de entre los escombros. La había besado en
la boca y la había enviado a su habitación antes de llevar abajo a Stockley y
ocuparse de dar las explicaciones del caso a sus curiosos invitados. Camino
de su habitación había oído a algunos hombres que subían las escaleras,
llevados por el estruendo del disparo.
La joven se había dado un largo baño caliente, quitándose hasta el último
rastro de telarañas. Si el agua no hubiese empezado a enfriarse todavía
podría estar en la tina. Luego había aguardado a que subiese Charles. No se
hizo esperar demasiado. Lo había oído en el cuarto contiguo, hablando con el
señor Henderson. Tras despedir a su ayuda de cámara, se había acercado a
ella.
Aunque deseaba correr hacia él, la mirada distante que vio en sus ojos hizo
dudar a Emma. Él se sentó en una silla junto a la suya y clavó la vista en el
fuego, con las manos en los bolsillos de la bata.
—¿Qué habéis hecho con Stockley?
—James se está ocupando de él. Irá a juicio por matar a mi hermano. No
tengo dudas de que lo colgarán por eso.
Mientras se cepillaba el pelo, Emma estudiaba su perfil. Tenía los labios
apretados en una línea dura y fina.
—Fue muy triste que Paul muriera, pero enterarme ahora de que lo
asesinaron…
Ella se inclinó hacia él y le puso una mano sobre la rodilla.
—No pienses en eso. No puedes hacer nada para cambiar lo que ha sucedido.
Charles se hundió más en su silla.
—Debí haber hecho más preguntas. Debí haber insistido en que alguien
investigase apenas me enteré de la noticia.
—¿Por qué? Una investigación no iba a devolverle la vida.
—Pero Stockley podría haber sido descubierto antes. Y tú no habrías pasado
por esa experiencia espantosa con las arañas.
—Y tú no habrías pasado por esa experiencia horrible de tener entre los ojos
el cañón del arma de Stockley.
Charles se encogió de hombros. Miró fijamente el fuego durante un rato.
Emma lo miraba a él.
Cuando por fin habló, lo hizo en voz baja.
—Al enterarme de la muerte de Paul me enfadé muchísimo. Apenas pensé en
Paul. En lo único que podía pensar era en lo que su muerte me había hecho a
mí. En cómo me convertía en prisionero.
—Charles, no podemos controlar lo que sentimos, sólo lo que hacemos. Y tú
hiciste todo lo que debías. Nadie pensó que la muerte de Paul era otra cosa
que un crimen cometido al azar. —Emma se reclinó, retorciendo entre sus
dedos la toalla que la envolvía—. Si alguien debería sentirse culpable por sus
sentimientos, ésa soy yo. Yo he intentado impedir que mi padre fuera feliz
casándose con la señora Graham.
Charles frunció el ceño aún más. Apartó la vista del fuego para mirarla.
—Era natural que sintieras eso…
—Mis sentimientos eran infantiles y egoístas. Ahora lo veo. Pero no puedo
volver al pasado y cambiarlos, por mucho que lo desee. Tampoco tú puedes
regresar al pasado y cambiar tu reacción ante la muerte de Paul. Lo único que
podemos hacer es seguir avanzando.
Dejó caer los hombros, en un gesto de abatimiento.
—No sé…
—Yo sí sé. Y aunque me disgustan las críticas a los muertos, especialmente
tratándose de tu hermano y su esposa, creo que las niñas estarán mejor
contigo como padre. Y la propiedad también… porque planeas quedarte aquí,
¿no es verdad?
—Sí, una parte del año.
—¿Sólo una parte del año?
Él al fin sonrió.
—Bueno, supongo que debería tomarme en serio esto de ser un noble. Ocupar
mi lugar en la Cámara de los Lores. Y tú deberías conocer Londres durante la
Temporada. Las niñas podrían disfrutar del Astley's Circus15 y de Hyde Park.
Creo que estar fuera de Knightsdale una parte del año es aceptable, ¿no
crees?
—Sí. —Emma le devolvió la sonrisa—. Puedes dejar Knightsdale siempre y
cuando no nos dejes a nosotras.
—No existe el menor peligro de que haga eso, cariño. —Su sonrisa se hizo
más amplia. Le lanzó una mirada lasciva—. Tengo que procurarme un
heredero, ¿no es verdad? Creo que quedamos en que no podría llevarlo a cabo
si tú estás en Kent y yo en Londres.
Emma sintió que su cuerpo empezaba a palpitar en la parte baja del vientre.
Ahora ya entendía el concepto.
Él se inclinó hacia ella.
—Cómo, ¿no vas a arrojarme nada esta vez? ¿No hay por ahí ningún perro de
porcelana para hacer añicos?
—No. —Emma notó que su expresión aún era triste. Sonrió. Creía conocer la
forma de ahuyentar de su mirada las sombras—. En aquel momento estaba
enojada contigo. Ahora ya no lo estoy.
—¿No?
—No. Sí estoy sintiendo, sin embargo, algunas otras emociones fuertes.
—¿En serio? Eso suena prometedor.
—Exactamente. Esta tarde me has hecho una promesa que aún no has
cumplido.
Charles levantó las cejas.
—¿Yo? ¿Qué te he prometido?
Emma se levantó, volviéndose para quedar de frente a él. Dejó que la tela que
la envolvía se deslizase por sus brazos hasta caer a sus pies, dejándola
desnuda e iluminada por el resplandor de la lumbre. Sonrió al notar cómo una
mezcla de lujuria y amor consumían las últimas sombras que quedaban en la
cara de Charles.
—Habías prometido que te portarías peor de lo que yo era capaz de imaginar.
Él alargó las manos para recogerle los pechos, recorrer el contorno de sus
caderas y acariciarle los muslos. Ella sintió un calor que la humedecía y abrió
ligeramente las piernas.
—Te advierto —dijo la joven—, que he desarrollado recientemente una vívida
imaginación.
Él no podía ni hablar. Apenas podía pensar. Miraba fijamente la nívea dulzura
de sus muslos, la seda oscura de su cabello. Respiraba el calor que emanaba
del cuerpo de ella. Deslizó las manos sobre las suaves caderas. Cuando ella
abrió más las piernas, la exploró con uno de sus dedos.
—Emma.
Apoyando las manos sobre los brazos de la silla, se inclinó para besarlo,
lamiéndole los labios primero para luego meterle la lengua en la boca, como
una flecha. Charles posó las manos en esos pechos generosos que se
balanceaban delante de él. Los acarició, los masajeó, sintiendo la creciente
dureza de los pezones. Un suave gemido brotó del fondo de la garganta de
ella, que abrió más las piernas, sentándose a horcajadas sobre el regazo de él,
poniendo su centro húmedo exactamente donde él más deseaba tenerlo.
Luego Emma le abrió la bata y deslizó dentro sus manos, rozando la piel
caliente.
No quería poseerla en la silla. La quería en su cama. En la cama de los
Draysmith. La necesitaba ahí para que lo liberase del último de sus
fantasmas.
Él le puso las manos sobre la cara y se echó hacia atrás, separándose de sus
labios.
—Pensaba que era yo el que tenía que comportarse mal —dijo.
—¿Qué?
—Usted ha dicho que yo había prometido comportarme peor de lo que era
capaz de imaginar, pero sin duda la que se está comportando mal ahora es
usted, señorita Peterson. Peor de lo que yo podía imaginar.
Con picardía, le dirigió lo que parecía la sonrisa de alguien muy satisfecha
consigo misma. Él le dio una palmada muy suave en su hermoso trasero y ella
rio sacándole la lengua, que él sorbió con delicadeza.
—No te voy a dejar que me seduzcas aquí, amor. —La levantó de su regazo,
poniéndola de pie—. Algún día, pero no hoy.
Con un movimiento de los hombros él se deshizo de su bata. Emma rio y
alargó la mano hacia su parte más prominente, pero él la cogió de las
muñecas.
—Compórtate, querida.
—Oblígame.
—Será un placer.
La llevó en brazos hasta su habitación, donde la soltó en medio de su cama.
Riendo, ella alargó los brazos hacia él.
Al sentir esos brazos envolviéndolo, Charles supo que finalmente había
llegado a casa.
NOTAS
1 House party en el original: fiesta en una residencia en el campo, en la que
los invitados se hospedan en la casa por algunos días. (N. de la T. )
2 Prinny era el apodo que daban sus íntimos al Príncipe Regente (1762 -
1830), quien luego subiría al trono como Jorge IV del Reino Unido y de
Hannover. (N. de la T. )
3 Queen Bess en el original se refiere a la Reina Elizabeth I de Inglaterra
(1533 - 1603) (N. de la T. )
4 Ton en el original: término con el que se hace referencia a la alta sociedad
(N. de la T. )
5 Cuento clásico de la literatura infantil inglesa, de autor anónimo, publicado
en 1765. Como prácticamente toda la literatura infantil de la época es una
historia con moraleja. (N. de la T. )
6 Imagen basada en un uso literal de la expresión idiomática «to have a bee in
one's Bonnet», cuyo significado es «tener una idea absurda» (N. de la T. )
7 Juego de palabras con dos de los significados del verbo picar: 1. Morder el
cebo puesto en el anzuelo y 2. Llamar a la puerta. (N. de la T. )
8 Es el nombre que se daba al color verde manzana en la Inglaterra de la
Regencia. (N. de la T. )
9 Juego de palabras con la expresión idiomática «dig her heels in »:
literalmente «clavarle los tacones» y que significa rechazar hacer algo pese a
los esfuerzos de otro por persuadirnos. (N. de la T. )
10 Club exclusivo de la alta sociedad londinense, fundado en 1765. Era señal
de distinción y poder ser admitido como miembro. (N. de la T. )
11 Se refiere al Panteón de Agripa o Panteón de Roma, un templo circular
dedicado a todos los dioses, construido por Agripa a comienzos del Imperio
Romano. (N. de la T. )
12 Se refiere al Royal Theatre de Londres (N. de la T. )
13 Editorial inglesa especializada en novelas de ficción sentimental y ficción
gótica, muy de moda en esta época. (N. de la T. )
14 St. George's era la iglesia donde se celebraban las bodas de la mayor parte
de la «flor y nata» londinense en la Inglaterra de la Regencia. (N. de la T. )
15 Astley's Circus fue el primer circo moderno, creado en Londres en 1770.
Era un espectáculo ecuestre que incluía payasos y acróbatas. (N. de la T. )