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Textos Dominio Lector

El documento narra la historia de la Hormiguita Cantora que decide enseñarle al mundo a su sobrina Polita. Mientras pasean, se encuentran con el Duende Melodía, quien les pregunta sobre el fuego a Polita. La Hormiguita Cantora le dice a Polita que ella debe responder las preguntas de su sobrina.
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Textos Dominio Lector

El documento narra la historia de la Hormiguita Cantora que decide enseñarle al mundo a su sobrina Polita. Mientras pasean, se encuentran con el Duende Melodía, quien les pregunta sobre el fuego a Polita. La Hormiguita Cantora le dice a Polita que ella debe responder las preguntas de su sobrina.
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LA HORMIGITA CANTORA.

La Hormiguita Cantora decidió enseñar a Polita,


su pequeña sobrina, las maravillas y los peligros
del mundo.
Una mañana salió con ella de la mano por el
delgado camino que unía el hormiguero con el
hongo del Duende Melodía. El Duende estaba
encendiendo un braserillo y soplaba los carbones
inflando sus mejillas como dos globos colorados.
Se saludaron alegremente. La pequeña hormiga
vio el fuego del brasero y preguntó:
- ¿Qué es esto colorado que se apaga y que se
prende?
- ¡Jo, jo, jo! – rió el Duende, pregúntale a tu tía
Hormiguita Cantora, ella tiene la obligación de
contestarte, lo sepa o no.

(fragmento)
Alicia Morel
LOS DINOSAURIOS 2

En la prehistoria, antes de que apareciera el hombre 12


sobre la tierra, había muchos reptiles; pero fueron los 23
dinosaurios los que la dominaron durante un período que 32
se prolongó por varios millones de años. Ningún otro 42
animal, incluido el hombre, ha reinado en la tierra durante 54
tanto tiempo. 57
Algunas personas creen que existía un solo tipo de 66
dinosaurio pero, en realidad, había una gran variedad de ellos. 79
Los primeros eran pequeños y ágiles, sólo medían un 89
Metro de largo y corrían rápidamente sobre sus patas 98
traseras. 100
Algunos dinosaurios eran herbívoros. Otros eran 107
carnívoros, sus patas tenían afiladas garras y poseían dientes 117
filudos como cuchillos. 121
Estos animales alcanzaron gran estatura y peso, por lo 131
que debían apoyarse sobre sus cuatro patas. Algunos, como 141
el brontosaurio, llegaron a medir dieciocho metros y a pesar 151
veinte toneladas. 156
Hace muchos millones de años, los dinosaurios 164
Desaparecieron repentinamente de la tierra. Se cree que 174
murieron
a causa de una epidemia, un cambio climático o, tal vez, 188
porque cada vez era mayor el número de mamíferos que se 198
comía los huevos de estos reptiles, impidiendo así que se 209
reprodujera la especie. 214
Pero, en realidad, no se sabe la causa de su extinción. 228
LOS DINOSAURIOS

En la prehistoria, antes de que apareciera el hombre


sobre la tierra, había muchos reptiles; pero fueron los
dinosaurios los que la dominaron durante un período que
se prolongó por varios millones de años. Ningún otro
animal, incluido el hombre, ha reinado en la tierra durante
tanto tiempo.
Algunas personas creen que existía un solo tipo de
dinosaurio pero, en realidad, había una gran variedad de ellos.
Los primeros eran pequeños y ágiles, sólo medían un
Metro de largo y corrían rápidamente sobre sus patas
traseras.
Algunos dinosaurios eran herbívoros. Otros eran
carnívoros, sus patas tenían afiladas garras y poseían dientes
filudos como cuchillos.
Estos animales alcanzaron gran estatura y peso, por lo
que debían apoyarse sobre sus cuatro patas. Algunos, como
el brontosaurio, llegaron a medir dieciocho metros y a pesar
veinte toneladas.
Hace muchos millones de años, los dinosaurios
Desaparecieron repentinamente de la tierra. Se cree que
murieron
a causa de una epidemia, un cambio climático o, tal vez,
porque cada vez era mayor el número de mamíferos que se
comía los huevos de estos reptiles, impidiendo así que se
reprodujera la especie.
Pero, en realidad, no se sabe la causa de su extinción.
VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA 6

A las ocho de la mañana nos despertó un rayo de sol. Las facetas de las 23
lava en las paredes lo recogieron y devolvieron convertido en una lluvia de 36
chispitas. 38
- ¿Qué me dices, Alex? – preguntó mi tío - ¿Has pasado en tu vida 54
alguna noche tan tranquila? No hay ruidos ni grito… 64
- El lugar es muy tranquilo, en efecto – repliqué -. Pero esta misma 77
calma tiene algo trágico. 82
- No te apresures. Recién hemos bajado al nivel del mar. Puedes 95
comprobarlo consultando el barómetro. Yo estoy deseando poder usar el 106
manómetro. 108
- ¿No nos resultará perjudicial la presión? 116
- No, iremos bajando lentamente y nuestros pulmones se irán 126
acostumbrando a respirar en una atmósfera más comprimida. Pero dejémonos 137
ya de charla y busquemos el paquete que arrojé. 147
Hans miró atentamente a su alrededor con su buena vista de cazador y 160
lo descubrió en una saliente, unos treinta metros encima de nosotros. 173
Poco después almorzamos frugalmente y regamos la comida con 182
algunos tragos de ginebra. Mi tío anotó algunos datos en su cuadernillo de 196
viaje y, señalándome solemnemente una galería oscura, anunció: 207
- Ahora, Alex, vamos hacia el centro de la tierra. Considera que en 221
este momento comienza nuestro viaje. 227
Enseguida preparó lo necesario para procurarnos luz. Las galerías se 238
iluminaron y cada cual se colocó su mochila. Alcé la cabeza y dirigí por 253
última vez mis ojos hacia el inmenso tubo en el que se dibujaba el cielo de 269
Islandia, temiendo no volver a verlo. 277
En la última erupción la lava se había abierto paso a través del túnel 291
que atravesábamos. El interior estaba alfombrado por un barniz espeso y 303
brillante que centuplicaba la intensidad de nuestra luz. 312
La marcha no era demasiado difícil. El único cuidado que teníamos que 325
tener era el de no deslizarnos por la pendiente. Pero, por suerte, algunas 341
hinchazones en la erosión formaban peldaños. 348
En las paredes, la lava porosa tomaba formas de ampollitas redondeadas 36o
y a nuestro paso cristales de cuarzo opaco suspendidos de la bóveda 372
se encendían. 375

(fragmento)
Julio Verne
Francés
VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA

A las ocho de la mañana nos despertó un rayo de sol. Las facetas de las
lava en las paredes lo recogieron y devolvieron convertido en una lluvia de
chispitas.
- ¿Qué me dices, Alex? – preguntó mi tío - ¿Has pasado en tu vida alguna
noche tan tranquila? No hay ruidos ni grito…
- El lugar es muy tranquilo, en efecto – repliqué -. Pero esta misma calma
tiene algo trágico.
- No te apresures. Recién hemos bajado al nivel del mar. Puedes
comprobarlo consultando el barómetro. Yo estoy deseando poder usar el
manómetro.
- ¿No nos resultará perjudicial la presión?
- No, iremos bajando lentamente y nuestros pulmones se irán
acostumbrando a respirar en una atmósfera más comprimida. Pero dejémonos
ya de charla y busquemos el paquete que arrojé.
Hans miró atentamente a su alrededor con su buena vista de cazador y
lo descubrió en una saliente, unos treinta metros encima de nosotros.
Poco después almorzamos frugalmente y regamos la comida con
algunos tragos de ginebra. Mi tío anotó algunos datos en su cuadernillo de viaje
y, señalándome solemnemente una galería oscura, anunció:
- Ahora, Alex, vamos hacia el centro de la tierra. Considera que en
este momento comienza nuestro viaje.
Enseguida preparó lo necesario para procurarnos luz. Las galerías se
iluminaron y cada cual se colocó su mochila. Alcé la cabeza y dirigí por
última vez mis ojos hacia el inmenso tubo en el que se dibujaba el cielo de
Islandia, temiendo no volver a verlo.
En la última erupción la lava se había abierto paso a través del túnel que
atravesábamos. El interior estaba alfombrado por un barniz espeso y
brillante que centuplicaba la intensidad de nuestra luz.
La marcha no era demasiado difícil. El único cuidado que teníamos que
tener era el de no deslizarnos por la pendiente. Pero, por suerte, algunas
hinchazones en la erosión formaban peldaños.
En las paredes, la lava porosa tomaba formas de ampollitas redondeadas
y a nuestro paso cristales de cuarzo opaco suspendidos de la bóveda
se encendían.

(fragmento)
Julio Verne
Francés
LOS SIETE CABRITOS 3

En los comienzos del mundo, el Sol y la Luna vivían en la Tierra. Y 20


ocurrió que en el momento en que se conocieron se enamoraron 31
profundamente, entonces vivieron felices el uno para el otro. 42
Cuando el Espíritu Creador se enteró de ese amor y que habían olvida- 54
do pedir su consentimiento, se enojó de tal manera que obligó al Sol a su- 69
bir al cielo y dejó a la Luna sola en la Tierra. 82
A pesar de estar tan lejos, el Sol no abandonó ni un solo día a su mujer y 101
siempre alumbraba su camino solitario. 107
Pasado un tiempo la Luna tuvo siete hijos. Cada uno de ellos era en ta- 128
maño, la mitad del anterior y así fue que el menor de todos resultó ser 138
siete veces más pequeño que el mayor. 146
Desde el cielo, el Sol iluminaba el nacimiento de sus hijos con los rayos 161
más cálidos. Cuando vio que su hijo menor era tan chiquito, le regaló do- 176
nes mágicos para protegerlo en su vida por la Tierra. 187
Los niños crecieron sanos y robustos junto a su madre y cuando fueron 200
bastante grandes, el Espíritu Creador que seguía enojado obligó también a 212
la Luna a subir al cielo pero justo en el momento que el Sol se ocultaba 228
en el horizonte. 232
Mucho lloraron los niños por el alejamiento de su madre; desde 244
entonces jamás se separaron y juntos empezaron a recorrer la Tierra a lo largo y 259
a lo ancho. Mientras tanto desde el cielo su padre los vigilaba de día y su 276
madre de noche. 280
Pronto el chiquitín, a quien sus hermanos cuidaban con cariño, empezó 293
a mostrar los dones que su padre le había regalado al nacer y se convirtió 308
en el protector de sus hermanos mayores. 316
Así fue como vivieron muchas aventuras, hasta que un día, cansados 329
de tanto andar solos por la Tierra, pensaron en subir al cielo para poder ver 245
de cerca de sus padres. 251

(fragmento)
Leyenda peruana
LOS SIETE CABRITOS

En los comienzos del mundo, el Sol y la Luna vivían en la Tierra. Y


ocurrió que en el momento en que se conocieron se enamoraron
profundamente, entonces vivieron felices el uno para el otro.
Cuando el Espíritu Creador se enteró de ese amor y que habían olvida-do
pedir su consentimiento, se enojó de tal manera que obligó al Sol a su-bir al
cielo y dejó a la Luna sola en la Tierra.
A pesar de estar tan lejos, el Sol no abandonó ni un solo día a su mujer
y siempre alumbraba su camino solitario.
Pasado un tiempo la Luna tuvo siete hijos. Cada uno de ellos era en ta-
maño, la mitad del anterior y así fue que el menor de todos resultó ser
siete veces más pequeño que el mayor.
Desde el cielo, el Sol iluminaba el nacimiento de sus hijos con los rayos
más cálidos. Cuando vio que su hijo menor era tan chiquito, le regaló do-nes
mágicos para protegerlo en su vida por la Tierra.
Los niños crecieron sanos y robustos junto a su madre y cuando fueron
bastante grandes, el Espíritu Creador que seguía enojado obligó también a
la Luna a subir al cielo pero justo en el momento que el Sol se ocultaba
en el horizonte.
Mucho lloraron los niños por el alejamiento de su madre; desde
entonces jamás se separaron y juntos empezaron a recorrer la Tierra a lo largo
y a lo ancho. Mientras tanto desde el cielo su padre los vigilaba de día y su
madre de noche.
Pronto el chiquitín, a quien sus hermanos cuidaban con cariño, empezó
a mostrar los dones que su padre le había regalado al nacer y se convirtió
en el protector de sus hermanos mayores.
Así fue como vivieron muchas aventuras, hasta que un día, cansados de
tanto andar solos por la Tierra, pensaron en subir al cielo para poder ver de
cerca de sus padres.

(fragmento)
Leyenda peruana
Amanecer. 2

Despertó repetidas veces esa noche, como suele 10


ocurrir cuando aguardamos un día cargado de 17
acontecimientos importantes, en cuya espera nuestros 24
nervios actúan con su máxima sensibilidad y 31
prontitud. 33
Después de todo, en su caso ello era explicable, o, si 46
se quiere, lo normal dentro de lo insólito. En efecto, 60
tras largo tiempo de abrigar tal ilusión, por fin había 71
recibido la autorización de sus padres para participar 79
en el paseo de término de curso, a varios kilómetros 90
del pueblo. Hasta entonces, reiterada y 98
comprensiblemente, se había invocado en cada 105
oportunidad, para dilatar el permiso, los riesgos de las 116
bruscas variaciones climáticas, del vado de los ríos, de 127
las imprudencias e inexperiencia propias de su edad. 136
Esta vez como homenaje a sus recién cumplidos doce 145
años, se hacía fe en una mayor fortaleza y madurez 156
de su parte para enfrentar los desafíos de la aventura. 167
La tensión, en verdad, había comenzado varios días 177
antes. Había que preocuparse minuciosamente de 184
abastecimientos y de otros preparativos. Nada podía 192
quedar entregado al azar o a la inadvertencia, y 204
todo, si se trataba de ser ya “grande”, debía ser 214
cuidadosamente previsto y atendido de modo 220
personal, sin que la empresa constituyera una carga 229
para otros. 232
Así fue naciendo, y luego estirándose más y más, 243
una lista de heterogéneos elementos 250
indispensables: mochila y botas, guantes y gorro, 260
linterna y cortaplumas, casaca y fósforos, leche y 270
cantimplora, huevos duros y frutas, leche y pan. Y 282
había sido preciso rebuscar su semiolvidada 289
presencia en algún rincón de la casa, o pedirlos 301
prestados, o adquirir lo necesario para prepararlos y 308
llevarlos, hasta experimentar la satisfacción de que 315
ningún detalle quedaba pendiente o desatendido. 320

(fragmento) Ernesto
Livacic Gazzano chileno
Amanecer.

Despertó repetidas veces esa noche, como suele


ocurrir cuando aguardamos un día cargado de
acontecimientos importantes, en cuya espera nuestros
nervios actúan con su máxima sensibilidad y
prontitud.
Después de todo, en su caso ello era explicable, o, si
se quiere, lo normal dentro de lo insólito. En efecto,
tras largo tiempo de abrigar tal ilusión, por fin había
recibido la autorización de sus padres para participar
en el paseo de término de curso, a varios kilómetros
del pueblo. Hasta entonces, reiterada y
comprensiblemente, se había invocado en cada
oportunidad, para dilatar el permiso, los riesgos de las
bruscas variaciones climáticas, del vado de los ríos, de
las imprudencias e inexperiencia propias de su edad.
Esta vez como homenaje a sus recién cumplidos doce
años, se hacía fe en una mayor fortaleza y madurez
de su parte para enfrentar los desafíos de la aventura.
La tensión, en verdad, había comenzado varios días
antes. Había que preocuparse minuciosamente de
abastecimientos y de otros preparativos. Nada podía
quedar entregado al azar o a la inadvertencia, y
todo, si se trataba de ser ya “grande”, debía ser
cuidadosamente previsto y atendido de modo
personal, sin que la empresa constituyera una carga
para otros.
Así fue naciendo, y luego estirándose más y más,
una lista de heterogéneos elementos
indispensables: mochila y botas, guantes y gorro,
linterna y cortaplumas, casaca y fósforos, leche y
cantimplora, huevos duros y frutas, leche y pan. Y
había sido preciso rebuscar su semiolvidada
presencia en algún rincón de la casa, o pedirlos
prestados, o adquirir lo necesario para prepararlos y
llevarlos, hasta experimentar la satisfacción de que
ningún detalle quedaba pendiente o desatendido.

(fragmento) Ernesto
Livacic Gazzano chileno
LOS MARES DE CHILE 4

Nadie ha navegado nunca con el solo objeto de permanecer en el mar; el 19


interés del hombre por alcanzar tierras vecinas originó la navegación y así 31
fue que esta se desarrolló principalmente en las costas situadas frente a 43
otras, más o menos próximas. Los pueblos del Mediterráneo fueron 55
necesariamente marítimos. Los Vikingos al mismo imperativo. 64

A pesar del progreso que ha facilitado las grandes travesías marítimas, 76


los pueblos han seguido siendo influidos por la ley primitiva: la de navegar 90
para alcanzar costas próximas. Por ello, aquellos situados frente a las más 104
vastas extensiones oceánicas son los que menos han desarrollado espíritu 114
marítimo. 116

Es el caso de Chile. Nuestro largo litoral es un balcón abierto de par en par 133
ante el enorme Pacífico; dos mil millas nos separan de Pascua, la isla 148
polinésica más cercana a nosotros; Juan Fernández no atrae más que a 161
escasos turistas; el comercio de la langosta es limitado, tanto en la isla como 176
en San Félix y San Ambrosio. 184

Nuestro balcón abierto ofrece un incomparable punto de vista sobre el 195


Pacífico, pero nos expone a fuertes vientos durante casi todo el año. 209
Nuestros estuarios y puertos abrigados son escasos. El mar de Chile es cruel. 224

Por eso, entre las razas aborígenes contamos con sólo dos de navegantes: los 236
alacalufes y los changos. Las verdaderas habitaciones de los 249
alacalufes son las canoas de corteza con que recorren los canales magallánicos. 261
De esta raza subsisten unos cien o ciento cincuenta individuos, consagrados, 272
como sus ancestros, a la caza de nutrias. Son los últimos representantes 287
de un pueblo nómada que los traficantes de pieles y los aventureros de 301
los canales han casi exterminado. 307
Las aguas tranquilas de los canales, la abundancia de caletas, islas y 321
ensenadas, hicieron de los alacalufes una raza de navegantes, la cual no ha 336
salido jamás de su primitivismo ancestral y ha llegado a su crepúsculo sin otro 349
progreso que el haber cubierto de harapos su antigua desnudez y de haber 362
reemplazado algunas de sus canoas de corteza por chalupas de madera. 373
375

(fragmento)
Salvador
Reyes chileno
LOS MARES DE CHILE

Nadie ha navegado nunca con el solo objeto de permanecer en el mar; el


interés del hombre por alcanzar tierras vecinas originó la navegación y así
fue que esta se desarrolló principalmente en las costas situadas frente a
otras, más o menos próximas. Los pueblos del Mediterráneo fueron
necesariamente marítimos. Los Vikingos al mismo imperativo.

A pesar del progreso que ha facilitado las grandes travesías marítimas,


los pueblos han seguido siendo influidos por la ley primitiva: la de navegar
para alcanzar costas próximas. Por ello, aquellos situados frente a las más
vastas extensiones oceánicas son los que menos han desarrollado espíritu
marítimo.

Es el caso de Chile. Nuestro largo litoral es un balcón abierto de par en par


ante el enorme Pacífico; dos mil millas nos separan de Pascua, la isla
polinésica más cercana a nosotros; Juan Fernández no atrae más que a
escasos turistas; el comercio de la langosta es limitado, tanto en la isla como
en San Félix y San Ambrosio.

Nuestro balcón abierto ofrece un incomparable punto de vista sobre el


Pacífico, pero nos expone a fuertes vientos durante casi todo el año.
Nuestros estuarios y puertos abrigados son escasos. El mar de Chile es cruel.

Por eso, entre las razas aborígenes contamos con sólo dos de navegantes: los
alacalufes y los changos. Las verdaderas habitaciones de los
alacalufes son las canoas de corteza con que recorren los canales magallánicos.
De esta raza subsisten unos cien o ciento cincuenta individuos, consagrados,
como sus ancestros, a la caza de nutrias. Son los últimos representantes
de un pueblo nómada que los traficantes de pieles y los aventureros de
los canales han casi exterminado.
Las aguas tranquilas de los canales, la abundancia de caletas, islas y
ensenadas, hicieron de los alacalufes una raza de navegantes, la cual no ha
salido jamás de su primitivismo ancestral y ha llegado a su crepúsculo sin otro
progreso que el haber cubierto de harapos su antigua desnudez y de haber
reemplazado algunas de sus canoas de corteza por chalupas de madera.

(fragmento)
Salvador
Reyes chileno
CABO DE HORNOS 3

Las primeras noticias las supimos de un cúter lobero que encontramos 14


fondeado detrás de unas rocas en Bahía Desolada, esa abertura de la ruta 28
más austral del mundo, en canal Beagle, a donde van a reventar las gruesas 44
olas que vienen rodando desde el Cabo de Hornos. 54

Es el caso más extraño de los que he oído hablar en mi larga vida de 70


cazador – dijo el viejo lobero Pascualini, desde la borda de su embarcación, y 85
continuó -: Yo no lo he visto; pero los tripulantes de una goleta que 100
encontramos ayer, de amanecida, en el Canal Ocasión, estaban aterrados por la 115
aparición de un témpano muy raro en medio del temporal que los sorprendió 128
al atravesar el paso Brecknock; más que la tempestad, fue la persecución de 143
aquella enorme masa de hielo, dirigida por un fantasma, un aparecido o qué 158
sé yo, pues no creo en patrañas, lo que obligó a esa goleta a refugiarse en el 177
Canal. 179

El Paso Brecknock, tan formidable como la dura trabazón de sus 191


consonantes, es muy corto: pero sus olas se empinan como cráteres y van a 207
estallar junto a los peñones sombríos que se levantan a gran altura y caen, 222
revolcándose de tal manera, que todos los navegantes sufren una pesadilla 234
al atravesarlo. 237

Y esto no es nada – continuó el viejo Pascualini, mientras cambiaba unos 250


cueros por aguardiente con el patrón de nuestro cúter -; el austríaco Mateo, 264
que me anda haciendo la competencia con su desmantelado “Bratza”, me 276
contó haber visto al témpano fantasma detrás de la isla Diablo, esa 289
maldita roca negra que marca la entrada de los brazos noroeste y suroeste 102
del Canal Beagle. Iniciaban una bordada sobre este último, cuando detrás de 116
la roca apareció la visión terrorífica que pasó rozando la obra muerta del 129
“Bratza”. 131

(fragmento)
Francisco Coloane
chileno
CABO DE HORNOS

Las primeras noticias las supimos de un cúter lobero que encontramos


fondeado detrás de unas rocas en Bahía Desolada, esa abertura de la ruta más
austral del mundo, en canal Beagle, a donde van a reventar las gruesas olas
que vienen rodando desde el Cabo de Hornos.

Es el caso más extraño de los que he oído hablar en mi larga vida de cazador
– dijo el viejo lobero Pascualini, desde la borda de su embarcación, y continuó
-: Yo no lo he visto; pero los tripulantes de una goleta que
encontramos ayer, de amanecida, en el Canal Ocasión, estaban aterrados por la
aparición de un témpano muy raro en medio del temporal que los sorprendió
al atravesar el paso Brecknock; más que la tempestad, fue la persecución de
aquella enorme masa de hielo, dirigida por un fantasma, un aparecido o qué sé
yo, pues no creo en patrañas, lo que obligó a esa goleta a refugiarse en el
Canal.

El Paso Brecknock, tan formidable como la dura trabazón de sus


consonantes, es muy corto: pero sus olas se empinan como cráteres y van a
estallar junto a los peñones sombríos que se levantan a gran altura y caen,
revolcándose de tal manera, que todos los navegantes sufren una pesadilla
al atravesarlo.

Y esto no es nada – continuó el viejo Pascualini, mientras cambiaba unos


cueros por aguardiente con el patrón de nuestro cúter -; el austríaco Mateo,
que me anda haciendo la competencia con su desmantelado “Bratza”, me
contó haber visto al témpano fantasma detrás de la isla Diablo, esa maldita
roca negra que marca la entrada de los brazos noroeste y suroeste del Canal
Beagle. Iniciaban una bordada sobre este último, cuando detrás de la roca
apareció la visión terrorífica que pasó rozando la obra muerta del
“Bratza”.

(fragmento)
Francisco
Coloane chileno
LA ESCUELA DEL FONDO DEL MAR 6

El buzo que baja 10


a sacar las llaves 14
del fondo del mar 18
puede ver la escuela 22
de don Calamar. 26
Sobre finos bancos 29
de rojo coral 32
treinta pecesillos 34
estudiando están. 37
A todos atiende 40
el buen calamar: 44
con un brazo enseña 48
a escribir la a; 53
con otro a sumar; 58
con otro a restar; 63
con otro señala 66
al que hablando está; 71
con el sexto enseña 75
a multiplicar; 78
y con dos da ritmo 83
al suave cantar 86
que unas sirenitas 89
dicen sin parar. 93

Monserrat del Toral


chilena
LA ESCUELA DEL FONDO DEL MAR

El buzo que baja a


sacar las llaves del
fondo del mar puede
ver la escuela de don
Calamar.
Sobre finos bancos
de rojo coral
treinta pecesillos
estudiando están.
A todos atiende el
buen calamar: con
un brazo enseña a
escribir la a;
con otro a sumar;
con otro a restar;
con otro señala
al que hablando
está; con el sexto
enseña a multiplicar;
y con dos da ritmo
al suave cantar
que unas sirenitas
dicen sin parar.

Monserrat del Toral


chilena
AVENTURAS DEL SEÑOR CONEJO 4

Estaba el señor Conejo escondido entre las matas del 13


bosque, cuando vio pasar al señor Zorro con un saco muy 25
pesado al hombro. 29
Al Conejo le pareció que dentro del saco chillaba algún 39
animal; tal vez sería la señora Tortuga, muy amiga suya, y 53
quiso librarla del poder del Zorro, aunque le costara mucho 64
trabajo. 66
Echó a correr con todas sus fuerzas hacia la casa del astuto 77
animal y llegó antes que él. Entró en el jardín que Tenía el 90
Zorro y arrancó unas plantas y algunas flores. Después se 101
escondió debajo de un rosal y esperó la llega-da del ladrón 111
de gallinas. 117
Al poco rato llegó y dejó el saco dentro de la casa. Entonces 130
el Conejo se puso a gritar: ¡Señor Zorro, que le están robando 144
las flores! 149
Salió corriendo al jardín para perseguir a los ladrones, 159
pero sólo encontró una porción de flores en el suelo. 170
Entretanto, el señor Conejo entró en la casa del Zorro; 182
sacó ligerito a la señora Tortuga del saco; tomó después un 193
panal de abejas, lo metió dentro del saco, lo ató bien con 208
una cuerda y lo sacudió para que se despertaran las 218
abejas. Inmediatamente salieron de allí el Conejo y la 228
Tortuga y se fueron al bosque corriendo. 236
Cuando el Zorro se cansó de buscar a los ladrones, entró 248
en casa y se puso a soltar a la Tortuga. Pero al abrir el 263
saco, salieron las abejas furiosas, y dejaron al pobre ani- 274
mal hinchado de picaduras. Para librarse de las abejas, se 286
fue corriendo al río y se tiró de cabezas; después pasó la 299
noche entre las zarzas del bosque. 306
A la mañana siguiente, estaba todavía muy afligido por 316
las picaduras de las abejas y se fue de nuevo a bañar. En el 331
río encontró al señor Conejo, que estaba lavándose las 341
orejas, y cuando vio al Zorro tan hinchado de picaduras de 353
abeja, le dijo: 358
- Eso te está muy bien: así aprenderás a no abusar con 370
la Tortuga, que es tan buena y no hace daño a nadie. 384

Amanda Labarca
chilena
LAS ESTRELLAS 2

Al contemplar el cielo en una noche despejada podemos observar, a 14


simple vista, unas 2.000 estrellas. Con ayuda de unos prismáticos, cabe 28
multiplicar esta cifra por diez, y un telescopio potente nos revelará varios 41
millones de ellas. 45
Lo que primero nos llama la atención es que algunas estrellas sean 57
mucho más brillantes que otras. Esto puede significar: o bien que todas 71
las estrellas tienen diferente brillo y se hallan sensiblemente a la misma 83
distancia de nosotros, o bien que tienen brillo similar pero se encuentran a 97
distancias diferentes. La explicación real se halla en medio de estas dos 110
alternativas. Las estrellas tienen diferente brillo y se encuentran a 121
diferentes distancias de nosotros. 126
Por lo tanto, el brillo que vemos desde la Tierra no guarda relación con 141
el verdadero brillo de la estrella. Una estrella de luz realmente débil puede 155
parecernos más brillante que una estrella decididamente luminosa que se 165
encuentre más lejos. Tolomeo, el famoso astrónomo de la antigüedad, fue 179
uno de los primeros en clasificar las estrellas con respecto a su brillo 192
aparente, y calificó a veinticinco de las estrellas más brillantes del firmamento 204
como “estrellas de primera magnitud”. Denominó “estrellas de sexta 215
magnitud" a las que apenas resultan perceptibles a simple vista y agrupó a 227
las demás estrellas visibles en segunda, tercera, cuarta y quinta 240
magnitudes. 242
Los astrónomos actuales todavía usan la misma escala, pero han 253
perfeccionado la clasificación original de Tolomeo. En general, se ha 265
descubierto que una estrella de primera magnitud es unas cien veces más 277
brillante que una estrella de sexta magnitud y, por lo tanto, se ha ajustado 293
la escala de modo que una estrella de primera magnitud sea exactamente 305
100 veces más brillante que una de sexta. En nuestros días, al poder ver 321
los astrónomos estrellas mucho más débiles que las de sexta magnitud, la 334
escala ha sido ampliada para darles cabida. 342
Otra forma de averiguar el brillo de una estrella es comparar a éste 356
con el del Sol. Entonces hablamos de luminosidad de las estrellas. Sirio 370
tiene una luminosidad de 26. Algunas estrellas tienen luminosidades muy 380
Inferiores a las del Sol, y otras las tienen varios miles superiores. 394

(fragmento)
Kenneth Bailey
norteamericano
LAS ESTRELLAS

Al contemplar el cielo en una noche despejada podemos observar, a


simple vista, unas 2.000 estrellas. Con ayuda de unos prismáticos, cabe
multiplicar esta cifra por diez, y un telescopio potente nos revelará varios
millones de ellas.
Lo que primero nos llama la atención es que algunas estrellas sean
mucho más brillantes que otras. Esto puede significar: o bien que todas
las estrellas tienen diferente brillo y se hallan sensiblemente a la misma
distancia de nosotros, o bien que tienen brillo similar pero se encuentran a
distancias diferentes. La explicación real se halla en medio de estas dos
alternativas. Las estrellas tienen diferente brillo y se encuentran a
diferentes distancias de nosotros.
Por lo tanto, el brillo que vemos desde la Tierra no guarda relación con
el verdadero brillo de la estrella. Una estrella de luz realmente débil puede
parecernos más brillante que una estrella decididamente luminosa que se
encuentre más lejos. Tolomeo, el famoso astrónomo de la antigüedad, fue
uno de los primeros en clasificar las estrellas con respecto a su brillo
aparente, y calificó a veinticinco de las estrellas más brillantes del firmamento
como “estrellas de primera magnitud”. Denominó “estrellas de sexta
magnitud" a las que apenas resultan perceptibles a simple vista y agrupó a
las demás estrellas visibles en segunda, tercera, cuarta y quinta
magnitudes.
Los astrónomos actuales todavía usan la misma escala, pero han
perfeccionado la clasificación original de Tolomeo. En general, se ha
descubierto que una estrella de primera magnitud es unas cien veces más
brillante que una estrella de sexta magnitud y, por lo tanto, se ha ajustado
la escala de modo que una estrella de primera magnitud sea exactamente
100 veces más brillante que una de sexta. En nuestros días, al poder ver
los astrónomos estrellas mucho más débiles que las de sexta magnitud, la
escala ha sido ampliada para darles cabida.
Otra forma de averiguar el brillo de una estrella es comparar a éste
con el del Sol. Entonces hablamos de luminosidad de las estrellas. Sirio
tiene una luminosidad de 26. Algunas estrellas tienen luminosidades muy
Inferiores a las del Sol, y otras las tienen varios miles superiores.

(fragmento)
Kenneth Bailey
norteamericano
EL MUÑECO DE JULIÁN 4

Desde pequeño, Julián se entretenía en hacer muñecos. Los formaba 16


de barro, de género y con cuanto estaba al alcance de sus manos. Con 32
una papa, una zanahoria, una remolacha o un pedazo de madera hacía un 47
lindo muñeco. 50

Cuando salió de la escuela ayudaba en sus tareas a su padre, modesto 64


zapatero remendón, pero en las horas libres hacía muñecos. Algún tiempo 77
después, sus muñecos fueron de trapo, con relleno de aserrín. Para 91
vestirlos se esmeró en aprender a manejar la tijera y la aguja. 104

A los veinte años de edad Julián fabricó el primer muñeco casi 116
perfecto. Era un hombre de tamaño natural, vestido con ropa usada, pero 131
correcta, y cuyo rostro era una notable obra de arte. 143

(fragmento)
Constancio C.
Vigil uruguayo
EL MUÑECO DE JULIÁN

Desde pequeño, Julián se entretenía en hacer muñecos. Los formaba


de barro, de género y con cuanto estaba al alcance de sus manos. Con una
papa, una zanahoria, una remolacha o un pedazo de madera hacía un lindo
muñeco.

Cuando salió de la escuela ayudaba en sus tareas a su padre, modesto


zapatero remendón, pero en las horas libres hacía muñecos. Algún tiempo
después, sus muñecos fueron de trapo, con relleno de aserrín. Para vestirlos
se esmeró en aprender a manejar la tijera y la aguja.

A los veinte años de edad Julián fabricó el primer muñeco casi


perfecto. Era un hombre de tamaño natural, vestido con ropa usada, pero
correcta, y cuyo rostro era una notable obra de arte.

(fragmento)
Constancio C.
Vigil uruguayo
El anillo del pastor. 5

Había una vez un pastor que apacentaba su rebaño 14


en los campos que rodean a Roma. Por la noche, 26
retiraba las ovejas del redil, comía una poco de pan y 38
queso, se tendía sobre la paja y dormía. De día, 51
siempre fuera con las ovejas y el perro, con sol o 63
tramontana, agua o viento. Lejos de casa durante 73
meses y meses, siempre solo. Es dura la vida del 85
pastor. 87
Una noche, cuando se iba a acostar , oyó una voz 99
que le llamaba. 103
- ¡Pastor! ¡Pastor! 109
- ¿Quién es? ¿Quién me llama? 118
- Amigos, pastor, amigos. 124
- La verdad es que, aparte de mi perro, no tengo 136
muchos amigos. ¿Quién es usted? 144
- Sólo un caminante, pastor. He andado durante 153
todo el día y tengo que caminar todo el de mañana. 165
Yo no tengo dinero para trenes. Me he quedado sin 176
cena y provisiones. He pensado que a lo mejor 186
tú… 187
- Entre y siéntese. No tengo más que pan y queso. 199
La leche no falta para beber. Si se da por contento, 212
sírvase. 214
- Gracias, eres muy generoso. Buen queso este. 224
¿Lo has hecho tú? 230
- Con mis propias manos. El pan es un poco viejo, 242
hasta mañana no me lo traerán fresco. Si fuese ya 253
mañana por la noche… 257
- No te preocupes, este pan también es excelente. 267
Cuando se tiene hambre es mejor el pan pasado hoy 277
que el fresco mañana. 282
- Veo que está al tanto de los problemas del 291
estómago. 293

(fragmento)
Gianni Rodari
italiano
El anillo del pastor.

Había una vez un pastor que apacentaba su rebaño


en los campos que rodean a Roma. Por la noche,
retiraba las ovejas del redil, comía una poco de pan y
queso, se tendía sobre la paja y dormía. De día,
siempre fuera con las ovejas y el perro, con sol o
tramontana, agua o viento. Lejos de casa durante
meses y meses, siempre solo. Es dura la vida del
pastor.
Una noche, cuando se iba a acostar , oyó una voz
que le llamaba.
- ¡Pastor! ¡Pastor!
- ¿Quién es? ¿Quién me llama?
- Amigos, pastor, amigos.
- La verdad es que, aparte de mi perro, no tengo
muchos amigos. ¿Quién es usted?
- Sólo un caminante, pastor. He andado durante
todo el día y tengo que caminar todo el de mañana.
Yo no tengo dinero para trenes. Me he quedado sin
cena y provisiones. He pensado que a lo mejor tú…

- Entre y siéntese. No tengo más que pan y queso.


La leche no falta para beber. Si se da por contento,
sírvase.
- Gracias, eres muy generoso. Buen queso este. ¿Lo
has hecho tú?
- Con mis propias manos. El pan es un poco viejo,
hasta mañana no me lo traerán fresco. Si fuese ya
mañana por la noche…
- No te preocupes, este pan también es excelente.
Cuando se tiene hambre es mejor el pan pasado hoy
que el fresco mañana.
- Veo que está al tanto de los problemas del
estómago.

(fragmento)
Gianni Rodari
italiano
FRONTERA NORTE 2

Despierta el valle de Azapa. La camioneta corta veloz el fresco del 15


amanecer. Olor a tierra húmeda envuelve el paisaje, se escurre por las 30
hojas de los plátanos, y se desparrama por entre los huertos. 42

Pasan diez, veinte kilómetros. De pronto el camino se lanza contra los 56


cerros que encajonan el valle y, con parsimoniosas curvas, sube a una larga 71
planicie que termina en la seca y pedregosa quebrada de Camarones, 83
llamada sí por la abundancia de enormes cactos candelabros, a los que se 97
denominan cardones. Dicha quebrada sería en extremo interesante y pinto- 107
resca, si el áspero camino que la torna aburrida y cansadora, permitiera 121
disfrutar del panorama. 125

Al fin, a unos cien kilómetros de Arica, salimos a otra pampa a cuyo término 141
está el paradero de Zapahuira, a corta distancia del caserío prehispánico del 153
mismo nombre, apartado del camino. Arqueológicamente este 164

sitio tiene mucho interés por la abundancia de cementerios indígenas en sus 176
alrededores. También existen allí tambos antiguos, cuyas camas, fabricadas 188
con una mezcla de tierra y piedras, se mantienen hace siglos. Subiendo, es 204
el primer sitio donde se encuentran cultivos en andenes. 214

Unas tazas de café, una breve revisión del vehículo, y nos lanzamos a 229
trepar los veinte kilómetros que nos separan del portezuelo de Chapiquiña, 241
situado mil cuatrocientos metros más arriba. 248

Ahora la vegetación es abundante. Entre el ichu, llamado también paja 261


brava, y la tola, asoma la cúpula verde de pequeñas yaretas. Y la queñua, ese 279
atormentado árbol de las grandes alturas, se insinúa aquí como un arbusto. 292
Rebaños de llamas ramonean por cerros y barrancos salpicados de flores 304
silvestres. A la distancia, manchas de alfalfa cultivadas en terrazas brillan 317
como jade en la falda gris de los cerros. Y desde la cumbre, envuelto en 334
espuma, el río Lauca se despeña de cascada en cascada. 347

(fragmento)
Alfredo Wormald
chileno
FRONTERA NORTE

Despierta el valle de Azapa. La camioneta corta veloz el fresco del


amanecer. Olor a tierra húmeda envuelve el paisaje, se escurre por las
hojas de los plátanos, y se desparrama por entre los huertos.

Pasan diez, veinte kilómetros. De pronto el camino se lanza contra los


cerros que encajonan el valle y, con parsimoniosas curvas, sube a una larga
planicie que termina en la seca y pedregosa quebrada de Camarones,
llamada sí por la abundancia de enormes cactos candelabros, a los que se
denominan cardones. Dicha quebrada sería en extremo interesante y pinto-
resca, si el áspero camino que la torna aburrida y cansadora, permitiera
disfrutar del panorama.

Al fin, a unos cien kilómetros de Arica, salimos a otra pampa a cuyo término
está el paradero de Zapahuira, a corta distancia del caserío prehispánico del
mismo nombre, apartado del camino. Arqueológicamente este sitio tiene mucho
interés por la abundancia de cementerios indígenas en sus alrededores. También
existen allí tambos antiguos, cuyas camas, fabricadas
con una mezcla de tierra y piedras, se mantienen hace siglos. Subiendo, es
el primer sitio donde se encuentran cultivos en andenes.

Unas tazas de café, una breve revisión del vehículo, y nos lanzamos a
trepar los veinte kilómetros que nos separan del portezuelo de Chapiquiña,
situado mil cuatrocientos metros más arriba.

Ahora la vegetación es abundante. Entre el ichu, llamado también paja


brava, y la tola, asoma la cúpula verde de pequeñas yaretas. Y la queñua, ese
atormentado árbol de las grandes alturas, se insinúa aquí como un arbusto.
Rebaños de llamas ramonean por cerros y barrancos salpicados de flores
silvestres. A la distancia, manchas de alfalfa cultivadas en terrazas brillan
como jade en la falda gris de los cerros. Y desde la cumbre, envuelto en
espuma, el río Lauca se despeña de cascada en cascada.

(fragmento)
Alfredo Wormald
chileno
ATARDECER 1

El día fue ardiente y húmedo. Alargadas y espesas nubes azules se 14


ciernen sobre amarillento y pálido cielo del ocaso. Gravitando inmóviles y 26
extrañas, se aureolan de un fulgor cárdeno y oro cada vez más mortecino. El 42
aire está extraordinariamente límpido y quieto, y todo él saturado, hasta la 56
saciedad, del graso y tibio olor de las hojas maduras que fermentan y de la 72
tierra húmeda que pudre los despojos del bosque. 81

Al oriente, más allá del angosto valle, por sobre otros cerros, se yergue la 98
visión de las cordilleras nevadas. Las altas cumbres están en sombras. La 112
nieve en ellas es de un blanco verdoso, pálido y sutil. El invisible sol poniente 129
bañe, de la inmensa mole andina, sólo la base de las laderas abruptas que 145
arden en un rojo carmesí, acusando en rasgos netos, de un contraste violento, 159
las caprichosas quebradas llenas de profundas sombras violetas. Lentos suben 170
hacia lo alto de los rayos del sol. 181

Las nieves se encienden, y mientras por la base de las montañas, con 196
cendales de bruma, trepa, azul, la noche, a esa hora todos los valles de Chile 215
se iluminan lentos con el resplandor de las altas nieves lejanas. Es una luz 230
rosa, suave e incierta, como la primera que fluye, débil, de las lámparas 247
encendidas al crepúsculo. 251

Las cordilleras lentamente se apagan. Grises, parecen aún más lejanas. 264
Detrás de ellas, con una suavidad inenarrable, en marea avasalladora, la 278
noche asciende con sus aguas sutiles, de un indefinible verde azul, pleno de 293
quietud y transparencia. 297

Y han nacido y brillan innumerables estrellas. 305

En el aire lavado por la lluvia, hasta a los astros más pequeños se los 321
distingue con claridad. Todos resplandecen nítidos. Parece que esa noche la 334
alumbrara un número doblemente infinito de mundos desconocidos. 343

(fragmento)
Pedro Prado
chileno
ATARDECER

El día fue ardiente y húmedo. Alargadas y espesas nubes azules se


ciernen sobre amarillento y pálido cielo del ocaso. Gravitando inmóviles y
extrañas, se aureolan de un fulgor cárdeno y oro cada vez más mortecino. El
aire está extraordinariamente límpido y quieto, y todo él saturado, hasta la
saciedad, del graso y tibio olor de las hojas maduras que fermentan y de la
tierra húmeda que pudre los despojos del bosque.

Al oriente, más allá del angosto valle, por sobre otros cerros, se yergue la
visión de las cordilleras nevadas. Las altas cumbres están en sombras. La
nieve en ellas es de un blanco verdoso, pálido y sutil. El invisible sol poniente
bañe, de la inmensa mole andina, sólo la base de las laderas abruptas que
arden en un rojo carmesí, acusando en rasgos netos, de un contraste violento,
las caprichosas quebradas llenas de profundas sombras violetas. Lentos suben
hacia lo alto de los rayos del sol.

Las nieves se encienden, y mientras por la base de las montañas, con


cendales de bruma, trepa, azul, la noche, a esa hora todos los valles de Chile
se iluminan lentos con el resplandor de las altas nieves lejanas. Es una luz
rosa, suave e incierta, como la primera que fluye, débil, de las lámparas
encendidas al crepúsculo.

Las cordilleras lentamente se apagan. Grises, parecen aún más lejanas.


Detrás de ellas, con una suavidad inenarrable, en marea avasalladora, la
noche asciende con sus aguas sutiles, de un indefinible verde azul, pleno de
quietud y transparencia.

Y han nacido y brillan innumerables estrellas.

En el aire lavado por la lluvia, hasta a los astros más pequeños se los
distingue con claridad. Todos resplandecen nítidos. Parece que esa noche la
alumbrara un número doblemente infinito de mundos desconocidos.

(fragmento)
Pedro Prado
chileno
La casita de caramelo. 5

Había una casita de caramelo. 11

Tenía las paredes de turrón. 17

El techo era de chocolate. 23

Las puertas y las ventanas de 30

caramelo de menta. 33

Los muebles eran de caramelo de fresa. 41

Menos el colchón de la cama que era de 50

chicle. 52

Un día llovió. 56

Y la casa se deshizo dulcemente, 63

poquito a poco. 67
La casita de caramelo.
Había una casita de caramelo.
Tenía las paredes de turrón.
El techo era de chocolate.
Las puertas y las ventanas de
caramelo de menta.
Los muebles eran de caramelo de fresa.
Menos el colchón de la cama que era de
chicle.
Un día llovió.
Y la casa se deshizo dulcemente,
poquito a poco.

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