La historia de una pasión argentina
(Eduardo Mallea)
Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico. A los pocos días me estaría
meciendo, como un jugueteo torvo de quién sabe qué paternidad tutelar, el sordo y constante
ruido de las dunas —cada segundo desplazadas—, el clima versátil del país, el viento animal. Mi
padre era un cirujano de hospital; mi madre una mujer suave, sal de la tierra en su bondad
tranquila. Los dos laboriosos y tan honestos de naturaleza que en ellos vi salvarse siempre algo
del general naufragio humano. Mi primer amigo fue el viento que venía del océano. Éste,
imaginativamente, era para mis sustos, lobo; para mi deleite, perro. En mitad de las noches de
invierno, el viento entraba en las vigilias de mi madre y velaba junto a ella, rugiente, mientras mi
padre operaba solitario en chalets y despoblados, trabajando en la carne triste. Su mano enérgica
no recogía prebenda; si había que cobrar, tomaba; si había que dar, se abría; a los doce años
empecé a saber lo que significaba aquel afluir de gente pobre a su consultorio: venían a mirarlo
en silencio y a confiarse a él; a veces traían unas aves, otras no traían nada, sino ese confiar
penoso, esa entrega llena de triste esperanza. En aquella casa donde se había dicho adiós al oro,
las puertas estaban abiertas durante el día y los que no venían a buscar cura venían a pedir
consejo.
El árido tiempo del sur apretaba en su garra la bahía. Durante jornadas y jornadas, sólo se
escuchaba en la ciudad el ruido del fuerte viento y el rumor de las dunas al desplazar sus arenas.
Sólo un operoso trabajo podía distraer a los hombres de persistentes acrimonias en la fría ciudad
atlántica. Era terriblemente difícil vivir en aquel clima rígido y sin consolación. Ni una pradera
en torno a la ciudad; ni colores, ni sol, durante días y días, sino la piedra gris, el viento gris, la
arena gris; la atmósfera hosca, las tardes interminables, las noches repentinas y profundas. A
veces una lluvia fina, luego otra vez el viento, la niebla, el polvo que castigaba furiosamente los
ojos viniendo de los médanos. En el nocturno carruaje regresaba mi padre de ver a sus enfermos.
El calor de las estufas y la luz de las lámparas nos guardaban a la familia toda en su calor,
mientras fuera soplaba la tormenta. Mis padres y mi hermano leían; yo levantaba de pronto una
cortina, pegaba mi nariz al vidrio, miraba la noche exterior. Todo me parecía poblado de
monstruos imaginarios. Y cuando alguien reía en aquella casa, parecía responder desde fuera un
eco cínico. ¡No era, no, la vida suave para este médico de la provincia! Estábamos en pleno
desierto. No se podía habitar allí sin sacrificio; toda cosa viva pertenecía, en aquellas latitudes, al
páramo, al viento, a la arena.
Hasta ese puerto del Océano venían barcos a detenerse en la ruta de Magallanes al Cabo de
Hornos. Yo me preguntaba, mirando hacia el sur, qué sería ese vasto desierto hasta donde
llegaban de vez en cuando estos tardíos navegantes con el eco del opuesto hemisferio en sus
bocas ajadas por el mal tiempo y el mal licor. Perdido por las calles llenas de aserraderos, luego
por los muelles llenos de elevadores, puentes, grúas, me aproximaba curioso a esas
embarcaciones. Precarias lecturas de Reclus me habían enseñado mal lo que cada región del
planeta deparaba a esos profesionales del mar, que se parecían a ciertos monjes asiáticos por el
desprecio a la muerte y una especie de sacro e inhumano hermetismo.
Vivíamos los tres casi silenciosos —mi madre, mi hermano con sus ocho años y yo— en
torno a mi padre. Él era un hombre de gran energía y gran ternura, fuerte carácter y fuerte
inteligencia, de mucha sabiduría moral y verbal, de expresión tan refinada y elegante que no se
sabía qué cosa era en él más señorial, si aquel desprendimiento permanente de su corazón o
aquel hablar conciso, vehemente, delicado, con lo cual todo lo tocaba en el orden del
pensamiento sin menoscabo, dándole dignidad. Mi padre era pariente de Sarmiento y la historia
de su familia está escrita a lo largo de varios capítulos de Recuerdos de provincia. [“Los
Mallea”, “Juan Eugenio de Mallea”, etc.] Mi padre ha pertenecido a esa clase de hombres de
moral de acero que aparecen en la dura formación social de los países: no sólo tenía que recorrer
largas leguas en su coche de caballo para ir a operar quirúrgicamente o asistir partos en
el hinterland de la zona meridional de Buenos Aires, amenazado muchas veces de muerte si su
cura no avanzaba, sino que él, cuya versación en el Dante y El príncipe y Molière era perfecta,
hacía también política activa y había sido herido en una pierna a raíz de sus artículos críticos en
un periódico de combate. Desde muy niño me acostumbré a admirar en él estas cosas concretas:
su vigor mental, su honestidad celosa y hasta violenta, su generosidad entrañable, su cultura, su
extraordinario coraje de conciencia; todas cosas en él defendidas por un gran coraje físico. (A los
ochenta años este hombre había de tener el ánimo de un hombre de treinta, la inteligencia de un
intelectual en su madurez, la consistencia de carácter de un luchador sin ejército.)
A fin de templar su brazo de cirujano y su valor ante los hombres, todas las mañanas hacía
esgrima con un profesor. El recuerdo de mis primeros años es el recuerdo de un niño que
curiosea esos asaltos en el inmenso zaguán de portal ancho de nuestra casa de ciudad. Luego esa
puerta se abría y entraban enfermos; luego venía M. Saint-Hilaire a enseñar a mi hermano el
violín, Mme. Thérèse Frigé a practicar con mi padre el francés, la Mac Gregor a enseñarme a mí
rudimentos de piano; con ella tocaba mi madre el “Largo”, de Handel.
Actividad:
1. Liste las palabras desconocidas, busque el significado en el diccionario, y elabore una
oración con cada término desconocido.
Ejemplo:
Torvo. Terrible a la vista, airado o irritado.
Lucía, la niña de ojos claros, lloró al ver el semblante torvo del delincuente.
2. Extrae y explicar 10 frases.
Por ejemplo:
“Vi la primera luz para mi tierra” El autor indica el lugar se su nacimiento.
3. Responda a las siguientes preguntas:
a. Retención:
➢ ¿Cuál es el título de la lectura?
➢ ¿Quién es el autor?
➢ ¿Dónde nació el autor?
➢ ¿Quiénes eran sus padres?
➢ ¿Cómo eran sus padres?
➢ ¿Cómo era la vida de la familia?
➢ ¿En qué se ocupaba cada miembro de la familia?
b. Comprensión
➢ ¿Por qué el autor decía que el viento era animal?
➢ ¿Por qué su padre no recogía prebenda?
➢ ¿Por qué el autor compara al viento como lobo y como perro?
➢ ¿Para qué venían las personas al consultorio?
➢ ¿Cómo podían distraerse los hombres en la bahía?
c. Enjuiciamiento
➢ ¿Qué opinión tiene de la lectura? ¿Por qué?
➢ ¿Cree que actuaba bien el padre? ¿Por qué?
➢ ¿Piensa que el niño vivía contento? ¿Por qué?
➢ ¿Por qué el trabajo mantiene a las personas alejadas de las acrimonias?
➢ ¿Cree Ud. que el niño valoraba el trabajo de sus padres? ¿Por qué?
d. Recreación
➢ ¿Cuál personaje le gustó más? ¿Por qué?
➢ ¿Le gustaría tener unos padres como los de la historia? ¿Por qué?
➢ ¿Le gustaría vivir en un lugar como el que vivió Eduardo Mallea?
➢ ¿Dónde le hubiera gustado que viva la familia?
4. En diez líneas, con sus propias palabras, resuma la historia.
5. Escriba dos lecciones prácticas que aprendió para la vida cotidiana.