Mujeres en el Opus Dei: Experiencias y Reflexiones
Mujeres en el Opus Dei: Experiencias y Reflexiones
Isabel De Armas
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1. TIEMPO DE SEDUCCIÓN
-Alegre y despreocupada infancia.
-De prosélita adolescente a numeraria.
-Una existencia nueva.
-Como "una flor que hay que regar y cuidar"
CAPÍTULO 2. TIEMPO DE ADOCTRINAMIENTO
-Crear el deseo de sumisión.
-Un mundo de apariencias.
-Decir amén con toda libertad.
-El fariseísmo o la ética del detalle.
-Funcionar por consignas: todo era muy simple.
-Una chica de la nueva ola.
-Situación de la mujer, situación de mujer.
-Esclavas, ellas. Ellos, sabios.
-El reino de la voluntad.
-¿Y la pobreza, y la castidad?
CAPÍTULO 3. TIEMPO DE EXALTACIÓN
-Un punto de referencia clave.
-Del optimismo idealista al pesimismo práctico.
-Cuestionamiento total de los valores establecidos.
-Ensanchando horizontes y puntos de mira.
-La censura llama a mi puerta.
-Los valores "ontológicos" de la feminidad.
-Aclararse, una tarea difícil y costosa.
-La "cuestión de la mujer". De la reivindicación de la "igualdad" al
reconocimiento de la "diferencia".
-La "Humanae vitae" y el mundo de las supernumerarias.
-El concepto de paternidad responsable.
-Control cerebral y sexualidad humanizada.
-Educación de la continencia.
CAPÍTULO 4. TIEMPO DE LUCIDEZ
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-Ciudadanas de segunda.
-Cuando el sexo es un status.
-Los nuevos ricos del espíritu.
-El mundo de la política, los negocios y el dinero.
-La trivialización del espíritu.
-Sentido del humor: una liberación.
-La pobreza de nadar en la abundancia.
-Integración como valor máximo.
-Cuestión de fe y voluntad.
-El gobierno de una gran masa.
-Negación de la complejidad.
-La ejemplaridad como conducta.
CAPÍTULO 5. TIEMPO DE DESENGAÑO
-El reiterativo mito del Padre.
-La caída de un pilar básico.
-Una omnipresencia obsesiva.
-Infancia del espíritu y espíritu infantil.
-Cierto tirón místico.
-Inexplicable afán de grandezas.
-Lo que se dice y lo que se hace.
-Grados de secreto y secretismo en general.
-Una solución al problema de la identidad.
-Todas las características de una secta.
-Como guardias de la circulación.
-Todo debía estar bajo control.
-Cuando el fin justifica los medios.
- Tribunal especial para castigar la "herejía".
CAPÍTULO 6. TIEMPO DE RUPTURA.
-Era preciso rendirse.
-El Dios "concreto" y el Dios "abstracto".
-La urgencia de morir para vivir.
-Definitivo adiós a todo eso. Dolorosa ceremonia de despedida.
-Un despegue tranquilo y sereno.
-La lucidez que se comunica.
CAPÍTULO 7. TIEMPO DE RESURGIMIENTO
-Cuando ya todo ha pasado.
-Superar el desengaño.
-La adversidad asumida.
-Vencer el miedo.
-Dejar que el espíritu sople.
-Veintitantos años después.
-Enormes minucias.
CAPÍTULO 8. TIEMPO DE REFLEXIONES
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Recuerdo que cuando con todo el interés, desenfado y espontaneidad de tus dieciocho años, me
pediste que te contara de mi experiencia del mundo interno de las asociadas numerarias del Opus
Dei -que yo viví desde el año 1966 hasta finales de 1974-, lo primero que me vino a la cabeza fue
una cita de Arthur Koestler: "Tengo una memoria estupenda para olvidar". Además, después de
tanto tiempo, una amplia proporción de mis recuerdos se parecía ya a los posos de una copa de
vino, es decir, a sedimentos deshidratados de experiencias cuyo saber ha desaparecido.
Tú no veías así las cosas, e insististe en tus indagaciones con un montón de cartas -repletas de
preguntas- que me fuiste escribiendo a lo largo de un año: "¿Por qué te vinculaste a la Obra y por
qué te desvinculaste? ¿La vida colectiva favorece la espiritualidad? ¿Es cierto que las mujeres son
allí consideradas como "ciudadanas de segunda"? ¿Por qué para los asociados el Padre y
Fundador es como Dios? ¿El acaparamiento total de la persona, es compatible con la libertad?
¿La dependencia absoluta de los directores, no es un dirigismo?..".
Lo que realmente me movió a responder a tu casi infinito cuestionario fue el captar que tu interés
respondía a que te estabas planteando enrolarte en la institución. Entonces, al notar que lo tuyo no
era pura y simple curiosidad, me esforcé por recordar, y he podido constatar que todo ha ido
dejando huellas en mí; en mi memoria y en mi interior. Todo, cada acontecimiento salpica o
mancha, pero ocurre que, a veces, pasa mucho tiempo antes de darte cuenta de que tal o cual
episodio te ha marcado profundamente. Es como si el recuerdo se congelara en algún lugar de
uno mismo y, de pronto, por algún mecanismo de asociación, apareciera ante tus propios ojos con
toda su intensidad.
Ahora, lo que me mueve a publicar el contenido de aquellas cartas es el hecho anunciado de la
inminente canonización del fundador del Opus Dei. El pasado 9 de enero todos los medios de
comunicación se hicieron eco de la noticia: Juan Pablo II ha firmado el decreto en el que reconoce
la realidad de un milagro atribuido a la intercesión de monseñor Escrivá, abriendo de esta forma
las puertas a una próxima canonización. Esta veloz subida a los altares me hace pensar que es
tiempo oportuno para recordar.
Mi historia allí dentro es la de una militante de base, y con esto quiero decir que, en una
asociación donde las jerarquías funcionan a tope, los que se encuentran en el primer escalón, no
disponen de ningún tipo de información especial-confidencial o secreta- y que, por tanto, lo que
puedo contarte es una historia de estar por casa; de vida cotidiana, de anécdotas. También es
cierto que lo anecdótico puede ser muy útil para refrescar la memoria, y que las experiencias
vividas vienen a ser como icebergs; no son algo superfluo, ya que tienen una enorme parte
sumergida y, lo poco que asoman, dice mucho de lo que va por dentro.
Ya sé que desde las tribus primitivas hasta las más complejas burocracias, la posesión de
secretos hace a los dueños de los mismos que parezcan dotados de una magia especial y, de ahí,
que se les considere superiores al hombre promedio. Para ti, tendría más intríngulis el haber
conectado con alguna de estas personas ya que, como digo, mi información sobre el Opus Dei es
totalmente de mujer promedio. Por otra parte, pienso que en la Obra, como en cualquier otra
organización de envergadura, son la excepción de unos cuantos los que tienen acceso a los
"secretos de Estado".
Al socio, en este caso a la asociada de base, la información interna que le tiene que llegar, le
viene a través de los Consejos Locales -que son sus directoras inmediatas-, que a su vez la
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reciben de la Delegación -otras que son más directoras-, que a su vez la reciben de la llamada
Asesoría -otras que son todavía más directoras-, que a su vez la reciben de la Asesoría Central de
Roma -que son las superioras máximas-.
Si esto quiere decir que mi visión no puede ser otra que la del tonto útil, se puede añadir que
siempre es mejor que la del inútil, Y que mi aportación no es ni más ni menos que la de la
experiencia vivida por una peatona llena de buena fe.
También quiero recordarte que desde que me fui de la Obra han pasado más de veinte años y
que, por tanto, no he seguido de cerca las cosas concretas que han podido cambiar desde
entonces. Recuerdo que en los comienzos de 1975 un grupo de amigos nos insistieron -a otras
dos compañeras periodistas, que también habían dejado la Obra, y a mí, para que escribiéramos
acerca de las mujeres en el Opus Dei. El hecho de expresamos por escrito parecía, en principio,
que tenía que resultarnos fácil; se trataba de trasladar al papel el monólogo que mantuvimos
durante años corriendo por nuestras cabezas. Pero todo estaba demasiado reciente, y entonces
ocurre que te sientes seca y hasta el monólogo desaparece. Escribir de lo que se ha vivido es
pelarse la piel, y uno tiene que estar preparado para sufrir el dolor de quedarse en carne viva,
hasta que salga una nueva piel.
Para poder utilizar estos recuerdos, ha sido necesario que se alejaran primero de mí. Hace falta
poner distancia; proyectar ya otras luces, otras sombras. Cuando la ruptura está muy próxima, una
se encuentra demasiado agobiada, lo que verdaderamente quiere es desobsesionarse y pasar a
otra historia. Más tarde, te dedicas tanto a otras cosas, que parece que la historia anterior se
desdibuja, casi cae en el olvido. Digo casi, porque del todo no se olvida. Sé de diferentes personas
que, después de un montón de años de haber salido de la Obra, continúan soñando, de vez en
cuando, con situaciones vividas allí dentro, y dicen despertarse sobresaltadas. La razón está en
que todo lo que se vive con intensidad deja huella, y pertenecer a la Obra como asociada
numeraria no es nada anecdótico en la vida de una persona, ya que se trata de una dedicación
plena en la que echas alma, corazón y vida.
Y como me consta que es una experiencia muy fuerte, saber que te has planteado pedir tu
admisión como numeraria, me ha movido a responder sinceramente a los interrogantes y dudas
que me has ido exponiendo en el carteo que ha durado casi un año y que, algo corregido y
aumentado, ha pasado a ser el presente libro que conserva su forma epistolar original. El sistema
epistolar me parece una buena fórmula para contar experiencias vividas, para hacer reflexiones y
refrescar recuerdos. Especifico que el contenido de mis cartas se encuentra aquí corregido y
aumentado, porque las que te escribí a ti fueron mucho más escuetas, contestando concisa y
parcamente a lo que tú me preguntabas -de lo que no me preguntaste, creo que nunca te hablé-.
¿Puede decirse, de alguna forma, que trato de saldar una vieja cuenta pendiente? No se me había
ocurrido, como tampoco quiero seguir la pauta del oportunismo. No es mi intención el curtirme en
el deporte de derribar estatuas; ni quiero hacer chismorreo ni crear tensiones. En estas cartas
recojo vivencias, testimonios, anécdotas significativas, cotidianeidad, ilusiones, decepciones,
asombros, descubrimientos, tensiones, distensiones, sufrimientos, alegrías y sinsabores. No se
trata de una historia escrita en blanco y negro, como si el mundo de las mujeres del Opus Dei
fuese de buenas y malas, y las que aparecen como buenas son malas de película. Al dirigir mi
crítica frente a una forma de entender el mundo que no me gusta, no quiero caer en el error de la
descalificación demagógica y plana de meter todo en el mismo saco.
Tampoco quisiera caer en el tópico desarrollado por los disidentes del tipo de Solyenitsin, que
sostienen que un colectivo generoso, inteligente y bueno esté oprimido y manipulado por una
pandilla de desalmados, pues esto no es cierto, ya que el Opus Dei parece seguir conviniendo a
muchos miles de personas para la búsqueda de su mejora y realización personal y se encuentran
bien bajo esa forma de gobierno, como muchos en su día aclamaron a Stalin y otros muchísimos
amaron a Hitler. Estos Gobiernos tienen la ventaja de suprimir en sus mayorías la necesidad de
pensar y les solventan problemas de carácter espiritual, y a algunos también material. Por otra
parte, el saber que siempre hay alguien más arriba que hace el porqué y cómo de las cosas, a
depende quién, le da mucha paz, o mejor, tranquilidad.
Libres de la obligación de pensar, los súbditos llegan a creer que la mejor libertad es aquella que
consiste en obedecer siempre. Es cuando alguien difiere de esa opinión, cuando se topa
inexorablemente con la "policía política" de turno, cuyo principio de base reside en la creencia de
que los intereses de la colectividad son siempre superiores a los del individuo. Por esto supongo
que son muchos quienes ven un claro sentido a este tipo de organización, y que la aceptan y
aman sin resignación.
Hasta aquí vale, pero lo que ocurre es que todo esto no te lo cuentan de entrada, sino que cada
quien va abriendo los ojos a medida que va viviendo los acontecimientos; y entonces, al ir hilando,
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es cuando uno se puede llevar la desagradable sorpresa de verse atrapado en un régimen de vida
totalitario que no se esperaba, pues por lo que se había sentido atraído, en principio, era por
máximas de búsqueda, apertura, libertad interior, respeto a la individualidad, etcétera, y se sufre
mucho al encontrarse con una realidad no esperada ni anunciada, que va acogotando
gradualmente, privando a las personas de esas pequeñas parcelas de libertad que necesitan para
realizar su vida sin asfixiarse. Pero llegar a sistematizar lo que vas asimilando y viviendo es tarea
costosa, y en ese proceso es fácil despistarse y no llegar a aclararse nunca. También la buena fe
propia dificulta el poder ver que se dice una cosa y se hace otra; que el control de las conductas
individuales llega a ser total; que las asociadas, en cuanto personas, han de perder toda libertad y
toda autonomía de pensamiento, palabra y obra, y que su vida se haya íntegramente ordenada a
lo que se considera que es el fin corporativo. Hay un dueño de todo y de todos -el Padre-, que
puede imponer su voluntad del modo más absoluto: o te callas o te vas. O me acatas, o fuera...
"Obedecer o marcharse" es, en definitiva, el lema que rige. Eso sí, aliñado con todo tipo de
comentarios y aditivos referentes al respeto a la persona, amor a la libertad, pluralismo, variedad,
responsabilidad personal, etcétera.
Para quienes persistimos en la costumbre de llamar "hombres" a los mamíferos bípedos dotados
de libertad en su intimidad y de responsabilidad en su comportamiento, pienso que después de
haber vivido un tiempo la disciplina, la generosidad, la entrega, la apertura interior a los directores
y el estruje personal, llega un momento en el que notas que allí dentro te quitan la respiración,
hasta notarte oprimida y ahogada. Éste es mi punto de vista, y ni por un momento descarto que se
puedan tener otros. Parto de la premisa de que la infalibilidad no es propia de la especie humana,
y por eso pienso que la diversidad de opiniones no es un mal, sino un bien. Permitir la libre
expresión de los distintos caracteres, me parece saludable y positivo.
La experiencia de comunicarme contigo, que al principio se me hacía tan cuesta arriba, me ha
gustado y me ha parecido interesante -aunque no sé de cierto hasta qué punto te puede servir mi
manera de funcionar, tan poco categórica-. Tú te estás planteando el apuntarte con los más
categóricos -con los que siguen a rajatabla una idea-, mientras que a mí me guían a la vez ideas y
aversiones. No hablo en nombre de ninguna escuela ni grupo, y tampoco pretendo dedicarme a
desmontar lo que otros hacen. Me has preguntado acerca de mi historia, y de otras historias de
mujeres, en el Opus Dei, y he ido respondiendo a tus interrogantes sobre aquellos tiempos de
militancia, de afirmación, de dudas, de desafirmación, de ruptura.
Mi razón de ser allí dentro, que en un principio vi clara, se fue desdibujando hasta plantearme una
cuestión clave: para ser cristiano en medio del mundo, ¿es necesario todo este montaje cada vez
más enorme?; para aspirar a una mejora personal y ayudar a los de tu entorno a hacerse mejores,
¿hace falta seguir engordando este gran tinglado? Mi respuesta, como bien sabes, es que no.
Pero para llegar a esta conclusión tan sencilla me fue preciso pasar por un largo, doloroso y
complejo proceso, ya que significaba tirar por la borda lo que entonces era mi vida, y quedarme a
la intemperie.
El recorrido de aclararte y de tomar decisiones por tu cuenta y riesgo es difícil, complicado y, como
digo, duele; porque es preciso sufrir fuertes y serios desgarrones.
Una vez más me asalta la duda de la utilidad que para ti pueda tener esta abultada
correspondencia, porque no sé hasta qué punto son efectivos los esfuerzos de querer ahorrar
sufrimientos a otro. No sé, ya que con frecuencia la realidad se encarga de decirnos que cada uno
precisa de su propia experiencia; necesita vivir su propia vida, y sufrir y pagar el precio de sus
desaciertos y equivocaciones. Tú misma tendrás que darte la respuesta.
Te he contado un montón de hechos, de vivencias, de pensares y sentires. Ahora bien, también
quiero insistir en que no olvides que los "hechos", como señala Eric Fromm, "son interpretaciones
de acontecimientos, y la interpretación presupone ciertos intereses que conforman la pertinencia
del acontecimiento". Una cuestión importante es darse cuenta de cuáles son esos intereses y
también conocer todos los detalles del episodio. ¿Cuáles son mis intereses? Los de una persona
que, desde su fe cristiana, se esfuerza por llegar a ser más verdadera, más creativa, más sincera,
más honesta, y lo desea así también para los otros; los de una persona que, a pesar de los
pesares, continúa creyendo en la existencia de esa fuerza interior, a veces difícilmente
identificable, que impulsa a los seres humanos a querer vivir en su humanidad más completa y a
construir un mundo algo mejor; los de una persona que parte del punto de una realidad
convincente porque es compleja, humana porque es múltiple, y que no deja de contar, por
supuesto, con su considerable margen de error; los de una persona sola y al tiempo vinculada a
todo por la amistad, la comunicación auténtica, el amor y el deseo de mejora. Y lo digo teniendo ya
en mi haber una buena dosis de "noche oscura del alma", tan necesaria para llegar a descubrirse,
un poco más en profundidad, a una misma y a su entorno.
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Hacerse más individualizado supone crecer más en conciencia, en capacidad personal, en energía
individual. También te hace más exigente contigo misma, porque ya no hay nadie que te mande de
una manera inmediata; ni paño de lágrimas, ni delegación de responsabilidades, ni cobijo próximo.
En la actualidad, son ya muchas las mujeres que en la Obra se han ido sintiendo gradualmente
mutiladas, al notar que se les hacía imposible vivir la individualidad que se integra; que se trataba
de integración y punto. En el transcurso de este proceso, la persona afectada se siente víctima.
Pero superada la etapa de victimización, uno ha de sentir contento por haber contado con fuerzas
suficientes para ser capaz de salir de aquella situación opresiva, por haber tenido energía
suficiente para decir adiós a la seguridad, a los conductos reglamentarios, al asfixiante espíritu
grupal y a los excesos doctrinarios.
Hay que alegrarse, sentir contento por cosas como el hecho de poderte escribir ahora desde la
inseguridad y la duda, desde un querer seguir entendiendo las cosas -a veces un poco más, a
veces un poco menos-, enterándome algo de mí misma y del mundo que me rodea. En definitiva,
creo que hay motivos para ser agradecida; para dar gracias por no pertenecer ya al Opus Dei, y
también por haber pertenecido. Gracias por, de alguna forma, seguir soñando con un mundo más
auténtico, donde recobren fuerza los valores del espíritu.
Salirse de la Obra, ¿significa apartarse del camino recto?, ¿se trata de una vocación frustrada?,
¿es una falta de entrega y de amor? Son preguntas que tú me has ido planteando, y que yo
también me las fui planteando en muy señaladas ocasiones. Pero mi respuesta hoy es que salirse
de esta institución significa, simplemente, que hay que seguir caminando; significa que hay que
apuntar para otro lado, con todas las dificultades que supone el volver a empezar cuando ya se
pensaba que todo estaba arrancado; significa que se ha perdido la fe en esa institución; significa,
en fin, que hay que asumir un fracaso, o mejor dicho, una adversidad, o una equivocación o,
simplemente, el propio desencanto.
Supongo que pensarás que en la última parte de esta carta, más que dirigirme a ti, me estoy
transportando mentalmente al interior de otras personas que se encuentran más próximas a mi
onda. En este momento me resulta inevitable hacerla. Una constante que he tenido en mi cabeza
cada vez que he cogido la pluma para escribirte, ha sido que desearía ser constructiva, que no
escribo para atacar ni para defender, aunque unas veces ataque y otras defienda: ni idealización
ni destrucción. Me gustaría -te lo he dicho en distintas ocasiones-, colaborar en una tarea
desmitificadora que ayude a que personas que se encuentran en los dos extremos -o en la
idealización excesiva o en la triste situación de miedo-, pierdan un poco de sus alas o de su
encogimiento y se planteen más en profundidad las tres líneas fundamentales de una vida humana
-líneas sinuosas, perdidas, próximas y divergentes-: lo que creo ser, lo que quiero ser, lo que soy.
No es mi intención molestar a quienes puedan sentirse criticados en sus costumbres; no deseo
introducirme en su terreno ni quitarles clientela. Sin embargo, sí quisiera colaborar en abrir un
pequeño claro en el bosque a quienes se sientan perdidos entre mitos, doctrina autosuficiente,
pensamientos unidimensionales y, en ocasiones, concepciones mutilantes.
Hay que seguir tanteando, buscando, y en el mejor de los casos encontrando aquello que no sea
sombra ni reflejo, que te ayude a ser alguien por ti misma, a ser más plenamente lo que eres.
La dialéctica belleza-amar-gozo que el ser humano tanto desea y busca, para mí nunca se hubiera
vislumbrado de haber seguido allí dentro. Lo vi con claridad suficiente en el verano de .1974,
porque entonces ya eran demasiadas las cosas que me iban ahogando hasta no dejarme respirar.
De todo esto te he ido hablando en las cartas que forman el presente volumen. Como verás, he
ordenado los textos en diferentes tiempos: de seducción, de adoctrinamiento, de exaltación, de
lucidez, de desengaño, de ruptura, de resurgimiento y de reflexiones. Esto no quiere decir que las
etapas se sucedieran en riguroso orden y concierto; que acababa una y comenzaba otra. En todos
y cada uno de los tiempos hubo conatos de lucidez, entre desengaño y desengaño reaparecía la
seducción, y en la etapa de ruptura ya había notas de resurgimiento. Lo que es del todo cierto es
que estos tiempos estuvieron sensiblemente presentes.
No he escrito con meticulosidad ni con excesivas correcciones, sino como me ha ido fluyendo.
También soy consciente de que cualquier historia contada es una reducción, ya que ha de
simplificarse, allanarse y reducirse al tamaño de un libro. Finalmente, y como tú misma has podido
comprobar, no se trata de una historia contada por una vencedora -todo vencedor se mueve
guiado por intereses-, pero tampoco está contada por una vencida, ya que los vencidos no suelen
contar historias porque, o no viven o prefieren olvidar.
Esta carta es el final de nuestra correspondencia y el principio del libro que recoge mis vivencias
como mujer en el Opus Dei. Vivencias de las que aún me acuerdo.
Autobiografía, confesión, memorias... Y me pregunto una vez más, ¿no se trata de cosas privadas
que poco importan al vecino? ¿Son algo más que puro ombliguismo? Sigo pensando que la vida
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que vivíamos y que viví allí dentro carece de toda importancia y que tan sólo vale algo si "sirve"
para que otros extraigan de ella conclusiones útiles. Con esa esperanza, ahí quedan, pues,
algunos datos, reflexiones y múltiples anécdotas más o menos significativas y sabrosas.
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conocimiento de lo divino. Pero esa ruptura ha significado ir "más allá" del conocimiento natural,
pero no "contra" el conocimiento natural.
En Alcor convivíamos más de cien mujeres, y enseguida detecté que no me gustaba nada el
notarme formando parte de un gran rebaño, y menos ser oveja; me resultaba francamente
incómodo, pero no había más remedio que sobrellevarlo lo mejor posible, ya que se trataba de una
etapa fundamental en la vida de toda numeraria y que, de todas todas había que superar. En la
charla o confidencia semanal, la directora siempre se mostró comprensiva en este terreno, y me
animaba a dar sentido a ese necesario tener que pasar por el tubo de la colectividad pero sin dejar
de ser una misma. Creo que fue entre las dos que llegamos a desarrollar toda una teoría sobre "la
individualidad que se integra"; tema muy importante en toda mi vida de numeraria, y que irá
surgiendo en sus diferentes facetas a lo largo de nuestra correspondencia. De momento, te
adelanto un breve resumen de por donde iban los tiros de mis pensares y sentires.
Yo creía en el control del ser pero no en la anulación del mismo. Para poder ser tenemos que
cobrar conciencia de ese dinamismo vital que hay en nosotros y que nos impulsa a afirmamos. Al
tiempo hay que evitar los excesos que llevan al egoísmo y a la soberbia, es decir, al pecado de
creerse superior a todos. Un cierto orgullo, con el consiguiente amor propio que es sentido de la
dignidad, es bueno. La humildad excesiva, la humillación querida y la represión sistemática del
dinamismo vital, conducen al complejo de inferioridad y a la miseria como persona, que no son
buenos para nada. El mandato divino consiste en llegar a amar al prójimo como a uno mismo, lo
cual exige amarse a uno mismo. _Cómo se puede ser útil para otro si no se existe? La expansión
individual es necesaria, pero atemperada por la necesidad social de los demás; con la necesidad
de no bastarse, de dar y recibir, con el reconocimiento de la expansión necesaria de los demás.
Se trataba de llegar a conseguir la verdadera modestia de quien objetivamente reconoce que él o
ella es una persona que tiene sus valores y sus defectos.
En aquel entonces estaba muy influenciada por los planteamientos de Teilhard de Chardin: el
individuo no debe fundirse anímicamente en la psique colectiva, sino vivir en estrecho contacto
con ella siempre que está en condiciones de desarrollar su personalidad. El hombre-masa (en el
caso que tratamos, la mujer-masa) entrega su personalidad, o mejor dicho, es incapaz de
desarrollada y permite que le devore la psique colectiva. Por el contrario, el hombre personal
desarrolla su persona por la vía de la personalización en armonía con la comunidad. Teilhard
resumía así una idea para él fundamental: "La unión no confunde, sino diferencia". Lo que él
define como desarrollo convergente se muestra como un acercamiento recíproco de los hombres
al espíritu de la Humanidad. Pero esta convergencia no nivela a los hombres, sino que más bien
aumenta la posibilidad de desarrollar las singularidades personales, conforme a la ley de la "unión
diferencial".
Me chocaba profundamente el que todas las enseñanzas fueran dirigidas a convertimos en una
especie de arrebatadas de monseñor Escrivá (el Padre nos ha dicho, nos ha enviado, quiere que...
Tenemos que hacer como el Padre hace, decir como él dice, pensar como él piensa...). Lo de
identificarse con el Padre era una auténtica obsesión, sobre todo en esa primera etapa llamada de
formación. Si lo comentabas como algo que te agobiaba, los directores siempre repetían la misma
lección: "No te preocupes, es que todavía no estás madura, ya verás como con la gracia de Dios lo
irás entendiendo...". Pero me preocupaba y por mi cabeza daba vueltas aquella convicción de
Hegel que tan bien entendieron los regímenes totalitarios de nuestro siglo: "Cuanto más uniformes
sean los individuos, tanto mejor puede desempeñar sus funciones el Estado". ¿Irían por ahí los
tiros?
Un mundo de apariencias (1 de octubre, 1998)
Insistes en que te parece interesante que me extienda más en explicarte la preocupación especial
que sentía por llegar al fondo de cada una de las cosas que iba viviendo; esa necesidad radical de
darles sentido, su sentido. Porque a menudo tenía la sensación de que allí valía más la forma que
el fondo; que importaba más el parecer que el ser, un querer ser lo que no se era.
Haciendo uso del método que los norteamericanos denominaron de "el caso", voy a contarte tres
casos que pueden servir para ilustrar ese peligro de quedarse en las formas, en las apariencias,
sin intentar llegar al fondo de las cuestiones. Pero antes de seguir adelante quiero señalar que por
aquel entonces yo no era consciente de que lo más importante y lo que había que mirar con lupa,
era la adaptación de cada uno de los socios a las exigencias de tipo doctrinal y que todo lo demás
importaba mucho menos.
El primer "caso" hace referencia a la divinización indiscriminada del Padre -hasta la nimiedad más
grande se tenía que enfatizar y todo lo que rozaba su persona era dogma de fe; sus gustos
personales, sus propias manías-. Ocurrió en una de las primeras tertulias del Centro de
Formación. Recuerdo que en aquella ocasión había venido un supernumerario "histórico" a contar
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el arriesgado paso de los Pirineos que el Padre llevó a cabo con un grupo de jóvenes de la Obra
durante la Guerra Civil española. El que contaba la historia había formado parte de aquel grupo y
puso gran énfasis al relatar los grandes peligros que corrieron al pasar de zona roja a zona
nacional, y cómo el poder superar la frontera con Francia fue algo casi milagroso. El auditorio,
formado por más de cien mujeres, escuchaba el relato extasiado. Al acabar la sesión del heroico
suceso se me ocurrió comentar -con total ingenuidad-, que yo conocía casos que habían sido
mucho peores y dramáticos. Sin ir más lejos, mi madre, con catorce años, y todas sus hermanas,
después del asesinato de su padre y el reciente fallecimiento de su madre, pasaron la frontera,
una a una en solitario, acompañadas por un guía desconocido, haciendo un recorrido de varios
días desde Barcelona hasta el país vecino. Cuando acabé mi rápido y contundente relato, se hizo
un intenso silencio y noté ciertos gestos de desaprobación por parte de los mandos. De forma casi
inmediata, la tertulia quedó finalizada.
De momento no entendí nada, pero a partir de entonces comencé a hilar, a darme cuenta de por
dónde iban los tiros, y a ser consciente de que desinflar o pinchar globos, aunque se hiciera sin
intención, podía llegar a ser peligrosísimo. Por ser la primera vez, me lo perdonaron, por aquello
de la inocencia. Pero también se me dejó ver, aunque veladamente, que la inocencia no se pierde
dos veces.
Recuerdo que poco tiempo después, en otra de aquellas tertulias en la que también se habló del
paso de los Pirineos del Padre acompañado de un pequeño grupo de los primeros socios de la
Obra, contaron con tono de misterio y veneración, la historia de la rosa de Rialp; una rosa de
madera, que de forma sorprendente y casi milagrosa, Escrivá había encontrado en la nieve de las
montañas, hallazgo que tomó como un presagio, un símbolo, y como tal, lleno de significado,
hasta el punto de que, junto con el círculo y la cruz, pasó a ser el sello oficial del Opus Dei.
En aquella ocasión ya supe escuchar la historia con el debido respeto y veneración pero, sobre
todo, en total silencio. Sin embargo, en mi fuero interno no podía dejar de pensar, que aquel
suceso que se contaba como algo original, único, extraordinario y mucho más que casual, tenía
poco de novedoso y sonaba a historias antiquísimas, superconocidas y bellísimas de la antigua
China, Persia, India y Roma, donde la rosa era la flor dedicada a la diosa del amor, Venus, y de la
sangre de su amado Adonis, proceden las rosas rojas, desde entonces identificadas con el amor
que trasciende a la muerte.
La rosa más representada a través de los siglos ha sido la de cinco pétalos, y al calor de la religión
y del carácter hermético de algunas sociedades aparece esta rosa, en el emblema de
asociaciones como en la de los rosacruces, en el centro de la cruz; en la francmasonería, el
entierro de un hermano se hace poniéndole tres rosas sobre la tumba, que simbolizan, luz, amor y
vida; en la alquimia, la rosa blanca y la rosa roja significan la dualidad y los dos principios
primarios del mercurio y del azufre. También los reyes y los grandes señores gustaron de la rosa
para sus escudos nobiliarios. ¿Quién no ha oído hablar de la guerra de las dos rosas que en
Inglaterra enfrentó a los Lancaster -rosa roja- y a los York -rosa blanca-? La paz se consiguió
gracias a los Tudor, que tienen una rosa roja y blanca en su escudo.
Referido a la Virgen María, la "rosa mística" se reza en la letanía que sigue al Rosario, y la rosa de
cinco pétalos, como símbolo de la discreción, se talló durante mucho tiempo en los confesionarios
católicos. En fin, que la historia de las pisadas en la nieve de Rialp y el hallazgo de la rosa, sonaba
un poco a cuento fabricado para ir cimentando la leyenda de unos orígenes misteriosos,
extraordinarios y con gran carga simbólica que roza lo divino. Casi todas las instituciones lo hacen,
cada cual a su manera, porque se considera que tales leyendas dan fuerza y seguridad a sus
seguidores. No había que darle más vueltas. Además, no dejaba de ser hermoso el contar con un
emblema en el que protagonizaban símbolos tan estéticos y significativos como la rosa y la cruz. A
mí sólo me tocaba escuchar, callar y aceptar con respeto y devoción máxima. Eso es lo que tenía
que hacer, lo demás no era de mi incumbencia: había aprendido una importante lección. Como
segundo "caso", recuerdo la primera corrección fraterna que me hicieron, y la primera que yo
intenté hacer pero que se quedó en el intento. Como ya comenté anteriormente, de la
desvirtuación de este medio evangélico podía surgir la estupidez más grande o el más puro
tiquismiquis.
La primera corrección fraterna que me hicieron consistió en decirme que en el oratorio casi
siempre me solía situar en el mismo banco y que eso podía significar apego.
Mi cabeza y mi corazón andaban por otros derroteros, y ese posible apego a un banco me sonaba
a chino. La razón de que casi siempre me instalara en la misma zona es que era la más aislada de
todo el Oratorio, y yo necesitaba aislamiento para concentrarme en la oración. El verme mezclada
con tanta gente, me aturdía y me hacía sentir incómoda.
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La primera corrección fraterna que propuse hacer -siempre había que consultar primero a la
directora para que ésta diera el visto bueno- ocurrió cuando estaba encargada de planchero. Mi
cometido consistía en vaciar las bolsas de la ropa sucia de cada una de las residentes, y separar
lo que era blanco y lo que era de color para unificar las coladas. Al abrir las bolsas, me quedé
horripilada del estado en que entregaban la ropa interior sucia algunas de esas numerarias que
predicaban -como yo misma también lo hacía-, el vivir la delicadeza extrema con los otros, el tener
detalles y el afinar al máximo en las cosas pequeñas.
Aquello que estaba ante mis ojos era saltarse a la torera, no la caridad teologal, sino el respeto
más elemental que merece cualquier persona.
Como todas las prendas estaban numeradas, apunté los números correspondientes a toda aquella
indecencia -no se le podía dar otro nombre-, y consulté si podía comunicar a sus propietarias el
sencillo mensaje del catecismo: "La caridad es querer o no querer para mi prójimo lo que para mí
quiero o no quiero".
Mi deseo de hacer aquella primera corrección fraterna no prosperó. La explicación que me dieron
es que podía resultar demasiado duro para personas que aún eran vocaciones recientes.
Te preguntarás donde quiero llegar con el relato de estos casos tan "caseros", tan a ras de suelo,
de los que podría contarte un montón, hasta el aburrimiento. Y es que tales casos -eran muchos-
me llevaban a pensar que había poco interés en llegar al fondo de las cuestiones; que demasiado
a menudo se daba por bueno el simple cubrir apariencias. ¿Cómo puede ser válido y verdadero el
que alguien sonría y tenga gestos constantes de amabilidad, cuando a esa misma persona a la
que sonríe le suelta toda su basura personal para que se la limpie?
Ya sé que es tentador el repetir aquello de los árboles en vez del bosque, pero no creo que fuera
por ahí el asunto: que los árboles no me dejaran ver el bosque. Es que demasiados de los casos
que te proponían como doctrina, como modelo del deber ser, eran nimiedades; temas muy
huecos, artificiosos y carentes de contenido, o con un contenido tan pobre que venían a ser puro
adorno, en tanto cuestiones de mayor peso específico -por su valor social o ético-, se pasaban por
alto. Supongo que, en gran parte, esto era consecuencia del mundillo especial y cerrado en el que
nos teníamos que mover un montón de mujeres y al que había que hacerse; un mundo estrecho,
creado por monseñor Escrivá con una finalidad concretísima: que la intendencia y la
administración de las casas de la Obra funcionaran al nivel y de la forma que él tenía previsto.
Todo lo demás importaba mucho menos o ni tan siquiera importaba. Que sus hijas "le cumplieran
las normas" y que sirvieran como era debido (en limpiezas, manduca, orden, decoración...), esa
era la finalidad principal, y entre quienes tenían un probado "buen espíritu", eran elegidas las que,
liberadas de la ejecución directa de estas tareas hogareñas, se dedicaban a dirigir, es decir, a
hacer que otras las hicieran.
El que hubiera numerarias con otros horizontes e inquietudes se toleraba con reparos -como algo
que no había más remedio que contar con ello porque el mundo de la calle iba por ahí y tampoco
se trataba de perder clientela-, pero no se impulsaba lo más mínimo. A partir de los años sesenta
sí comenzó a fomentarse el que las militantes que eran universitarias se prepararan para ser
profesoras de los colegios que la Obra comenzaba a abrir en cadena.
Algo que me llamaba de forma especial la atención en mis tiempos de formación y, en ocasiones,
me resultaba algo patético, era la capacidad de imitar formas que detectaba a mi alrededor; a
veces, el espectáculo llegaba a ser esperpéntico.
Los modernos estudios sobre los pueblos primitivos nos muestran que la magia empieza
generalmente en su forma "simpática". Así, para no citar más que un ejemplo entre tantísimos
como hay, cuando las ranas croan se observa que llueve; el hombre primitivo imagina poder hacer
lo mismo, y al efecto se viste de rana y empieza a croar para atraer la deseada lluvia. Te prometo
que no exagero lo más mínimo si te digo que algo así ocurría en el Centro de Formación.
Cuando comentaba mis observaciones en la confidencia semanal o en la confesión -eran las dos
únicas válvulas de escape legales-, el sacerdote me daba a entender que la mala era yo: me
faltaba amor a mis hermanas y me sobraba espíritu crítico, soberbia y autosuficiencia. Lo que
tenía que hacer era rezar mucho para crecer en visión sobrenatural, obedecer en todo y ser
humilde.
En la confidencia, las charlas eran más desenvueltas y amigables. Desde un principio -creo que ya
te lo he dicho alguna vez-, con la directora del Centro de Formación se estableció una corriente
importante de simpatía y buena acogida. Cuando hablaba de estas cuestiones que tanto me
costaba tragar, me pedía comprensión y paciencia:
-Están y estás -me decía- en periodo de formación. Estáis aprendiendo, no lo olvides. Hay que
practicar, traducir en obras las cosas pequeñas, la corrección fraterna, la unidad, el amor al Padre,
etcétera, aunque a veces lo hagamos mal y nos equivoquemos, porque a base de vivir todas estas
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cosas es como las vamos haciendo nuestras. Así es como adquirimos, poco a poco, el espíritu de
la Obra, así es como nos vamos haciendo, nosotras mismas, Opus Dei.
Yo atendía a sus palabras con los cinco sentidos y con ánimo de captarlo todo, pero es que lo que
por mi parte le intentaba comunicar era otra cosa. Lo que me preocupaba de verdad era el peligro
de quedarnos en la pura imitación. Me explico.
-La imitación constante y sin límites de modos de comportamiento foráneos, es decir, ajenos, que
te vienen de fuera -dije en un flash de lucidez-, sólo se explica mediante un permanente y
lacerante ejercicio de simulación. Y la simulación es el camino más corto a la úlcera de estómago
o a la neurosis.
Se produjo -lo recuerdo perfectamente- un silencio profundo, de entendedera mutua; nada
cortante, sino todo lo contrario. Parecía que, de alguna manera, habíamos tocado fondo.
-Isabel -me aconsejó la directora después de un prolongado silencio-, pide visión sobrenatural. Te
va a hacer falta, mucha falta, la visión sobrenatural.
Aquel consejo me caló hondo, y desde entonces fue una constante en mis peticiones diarias. Pero
no perdí el hilo de nuestra conversación, y añadí:
-Yo no llevo confidencias, ni hoy por hoy me considero preparada para llevarlas, no puedo, por
tanto, hablar con conocimiento de causa. Sin embargo, pienso que si la pura imitación o la
simulación se dan por buenas en el camino de aprendizaje de la vida del espíritu, pocas cosas
debe haber tan confusas como el alma de una numeraria.
De nuevo se hizo el silencio -no lo he olvidado a pesar de todos los años que han transcurrido-, y
poco después continué diciendo:
-El sonreír las veinticuatro horas del día, sin distinguir situaciones, no creo que lleve nunca a la
auténtica alegría; el ceder, por sistema, el sofá a quien sabes -o tendrías que saber por simple
observación- que le gusta sentarse en silla, no creo que signifique ser extremadamente delicada;
los gestos indiscriminados de veneración, asombro, divinización y servilismo, hacia una persona
(me refería a la figura tótem de monseñor Escrivá, el todopoderoso Padre), no creo que conduzca
a sentir un auténtico amor por ella.
Esta conversación que tuvo lugar a finales de 1966, la recordé con frecuencia a lo largo de los
años que permanecí en la Obra, porque aquello que detecté en su principio, tuve ocasión de
comprobar que era algo común y corriente; que muchas de las personas que me rodeaban iban
entrando en la "vida del espíritu" por simple imitación; porque les decían que tenía que ser así;
porque así lo quería el Padre y también así lo indicaban los directores. Y podías observar que, a
base de practicar reiteradamente lo mandado, existía un buen número de personas que parecía
que habían cambiado su vida por cumplir las veinticuatro horas del día un reglamento. Llegaba un
punto en que era ya imposible saber si esos sujetos pensaban, y más imposible aún conseguir que
manifestaran una opinión propia, porque probablemente ni tan siquiera la tenían.
Ya sé que como consecuencia de la humana tendencia a la asociación aparecen, inevitablemente,
los procesos anímicos de la imitación (está escrito en todos los manuales de psicología), de modo
que lo que corrientemente llamamos impulso imitativo debe considerarse como derivado de la
temática de la convivencia. En gran parte la persona adulta se desarrolla hasta llegar a la riqueza
de sus actos y conducta siguiendo el hilo director constituido por lo que ve en sus congéneres. La
imitación, hasta cierto punto, la aceptaba, lo que me parecía tremebundo era la pérdida total de la
individualidad y aquel gregarismo generalizado.
No se nos podía, ni debía, imponer el instinto gregario de los animales, que para ellos está muy
bien. El animal no vive como yo individual del mismo modo que el hombre, pues es absorbido por
su mundo circundante y vive inmerso en lo colectivo. La razón de ello reside -según afirman los
psicólogos- en que no es capaz de lenguaje.
Aquellas formas de ser que respondían a un prototipo de numeraria, me chocaba y no me
gustaba, pero en mi fuero interno me merecían todo el respeto, por aquello de que cada uno es
cada uno, y algunas personas, pues eran de esa forma. El gran choque fue descubrir -tardé
tiempo en descubrirlo del todo-, que ese prototipo era un producto del sistema que nos gobernaba;
que esas maneras de ser las fabricaba el llamado "buen espíritu", que eran su consecuencia
directa.
¿Me estaba esforzando inútilmente por integrarme en ese mundo llamado Opus Dei o espíritu de
la Obra, con memoria, entendimiento y voluntad, cuando el quid de la cuestión era que con la
voluntad bastaba y el entendimiento sólo era un obstáculo para conseguirlo?
Mi directora del Centro de Formación, insistía en que la realidad era más compleja que como yo
me la estaba planteando. Mi postura era simple, propia de una persona joven e inmadura, como la
de la Antígona de Anouilh cuando dice: "Lo quiero todo, enseguida". Mi actitud era como la de
aquel que presumía de tener las manos limpias, cuando la realidad es que nunca había pasado
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nada por sus manos, y las tenía vacías, sin más. Aquello me hizo mella y comencé a ser
consciente -parafraseando a Sartre- de que cuando uno se va haciendo mayor, y se va cargando,
por tanto, de responsabilidades, lo que hay que intentar descubrir es "lo limpio de las manos
sucias" que, en parte, todos los adultos tenemos. Debía hacerme más comprensiva.
Decir amén con toda libertad (7 de octubre, 1998)
Me haces saber de tu desconcierto ante lo que te cuento de ese rechazo del entendimiento y, por
el contrario, esa valoración absoluta de la voluntad, y acabas tu exposición con el conocido refrán
castellano que dice: "...y si quieres ser feliz como me dices, no analices".
Bueno, pues sí, por ahí va la cosa. Creo que te has enterado bien de lo que trato de explicar pero,
de todas formas, ya que así lo deseas, nos podemos extender un poco más en este tema.
Se trataba de estar plenamente convencida de que mi felicidad se encontraría más segura en
manos de otro, como sucede en la infancia, en los grandes amores o en los arrebatos místicos.
Convencida de que el ser amado es más de fiar que uno mismo, y el ser amado se manifestaba -y
ahí se encontraba el hueso más duro de roer- a través de la directora y el sacerdote de turno que
eran los que daban órdenes y recordaban directrices.
Recuerdo que en cierta ocasión, un sacerdote numerario me contó que durante un largo tiempo su
examen de conciencia diario había sido: "Benito, no pienses" -te hago saber que Benito era su
nombre-. Él me aconsejaba para mí el mismo examen:
-Isabel-me dijo- no pienses. Déjate llevar, fíate. El espíritu propio es mal consejero.
Se trataba de llevar a cabo una especie de "tratamiento hipnótico", y como decía Freud, este tipo
de tratamiento busca encubrir o disimular algo de la vida mental. Viene a obrar como un
cosmético. El defecto de toda hipnosis estriba en su naturaleza inconsciente y el intento de
manipular directamente los afectos. Trabaja por sugestión, no por entendimiento o interpretación.
El hipnotizador interviene directamente en el fondo de la psique, pasando por encima de la
conciencia. El hipnotizado no tiene más que dejarse llevar por el hipnotizador.
Yo estaba convencida de que los conflictos se resolvían trayendo las causas de los mismos a la
conciencia, y este proceso se lleva a cabo con la ayuda de la autointerpretación. El consejo de
"Benito, no pienses", no me era válido, es más, el seguirlo me parecía deshonesto.
Me hacía preguntas y me planteaba dudas, porque necesitaba conocer mi lugar preciso en esa
cadena en la que me había enrolado. Me resultaba básico el conocer -ir conociendo; poco a poco-
las circunstancias de mi ser en aquel mundo; las causas que explicaban mi situación, mi biografía
y las fuerzas mentales y sociales que actuaban en mí; mis errores, los motivos de mis miedos, mis
ignorancias, mis sufrimientos, mis ambiciones, mis razones encubiertas, mis oscilaciones, mis
esperanzas, mis alegrías y mis penas... Todas las emociones inestables que atan y someten y que
deseaba superar para caminar cada vez más ligera por el camino de la mejora personal; para
poder ser capaz de dar lo mejor de mí misma.
Pensaba que lo nuestro no podía ser nunca un sistema cerrado de principios excluyentes, tan
perfilados que hicieran imposible la comunicación, y tan dogmáticamente sostenidos, que hicieran
inviable la discusión. La búsqueda y la discusión no son síntoma de hacer la contra sino ánimo de
aclararse y poder poner los cinco sentidos en lo que nos traemos entre manos; es un querer ver el
sentido para responsabilizarse más y mejor.
Estaba convencida de que a través de un nuevo conocimiento, por ínfimo que sea, nos elevamos
"por encima de", nos superamos y salvamos las circunstancias. No entendía, por tanto, por qué
cualquier tipo de análisis tenía que darse por malo. El análisis, ahí llegaban mis entendederas, es
malo en la medida en que impide la acción, frena y perjudica la vida. Pero el análisis es bueno y
necesario como instrumento de progreso, en la medida en que libera, afina y humaniza. Es bueno,
insisto, en la medida en que destruye convicciones estúpidas, disipa prejuicios y busca la auténtica
autoridad.
En aquellos dos años que duró la etapa de adoctrinamiento, me enseñaron e insistieron en la
necesidad de aceptar la voluntad de Dios, expresada a través del Padre y de los directores,
aunque no la entendiera. Pero a la hora de la verdad, lo que a menudo solía ocurrir es que con la
directora inmediata acababas dialogando y razonando, con lo cual, el fondo puro y duro de la
cuestión quedaba ahí, aparcado. Por ello también me costó llegar a conocer cuál era el alcance
exacto de la dependencia a la que me estaba comprometiendo, que consistía en decir amén a
todo lo que se me propusiera o sugiriera. Porque tal y como decía el Padre y los superiores se
encargaban de transmitir:
-En casa -decían- cuando se exige algo con más fuerza es diciendo por favor. No existen órdenes,
sino solamente sugerencias, que deben cumplirse al pie de la letra.
Era importante aprender cuanto antes que, en todo lo que rozara el llamado "espíritu", no había
que pensar:
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-Nuestro espíritu -nos hacían saber-, el espíritu de la Obra, consiste en una absoluta fidelidad al
Padre y a sus delegados, los directores. Y en esa fidelidad -añadían-, ellos se pueden equivocar,
pero tú nunca.
Era exactamente el "Führerprinzip", o principio del jefe, según el cual el poder debía quedar en
manos de un jefe único; era la base de la organización del partido y del Estado nazi. Las
ordenanzas hitlerianas proclamaban: "El Führer siempre tiene razón. Que el programa sea un
dogma para ti". Y este principio se hizo realidad hasta tal punto que Goering afirmó en cierta
ocasión al ministro de Finanzas, Schacht: "Pues yo le digo que, cuando el Führer lo quiere, dos y
dos son cinco".
Es lógico que te preguntes, yo también me lo preguntaba, en qué consiste el llamado "espíritu";
desde dónde viene y hasta dónde llega. La respuesta es que el "espíritu" puede ser todo, que
abarca todo.
Tal rotundidad hace recordar la famosa frase de: "Lo que mandes se hará", que era siempre la
respuesta de la infanta Isabel, la popularmente conocida por la "Chata", a la más pequeña orden o
al capricho más menudo del rey Alfonso XIII. Un día dijo éste que no le gustaban las sombrillas
abiertas en los paseos que daban las damas de su familia por el Campo del Moro, y eso fue
suficiente para que Isabel las proscribiera de la Corte.
"Hay que hacer cuando el Rey mande", era la fórmula que su tía Isabel repetía a diestro y siniestro
y que ayudó a crecer en su sobrino el deseo de experimentar su autoridad hasta extremos
inadmisibles y ridículos, sobre todo si contamos con que siempre hay un considerable grupo de
cortesanos prestos a seguir la corriente.
Para que te hagas una idea más exacta, transcribo textualmente las palabras de monseñor
Escrivá, que están recogidas en escritos internos, y los sacerdotes y directoras repetían -y
supongo que seguirán repitiendo- hasta la saciedad en meditaciones y charlas:
-¡Hala, a obedecer! -decía Escrivá-. ¡El Padre siempre tiene razón! Aunque nos mande llevar un
plumero tieso encima de la cabeza, si lo dice el Padre, es porque es lo mejor. Y el que no lo
entienda es un soberbio y no sirve en la Obra.
La primera vez que escuché estas palabras sentí desconcierto al comprobar que iban dirigidas a
un gran colectivo de mujeres adultas. Esas palabras me sonaron como cuando te enfrentas a un
niño pequeño, que te planta cara negándose a ordenar -por ejemplo- los juguetes de su cuarto, y
le amenazas con que si no lo hace, le encerrarás en el sótano oscuro y no le querrás nunca más.
Me chocó el tono poco reflexivo y amenazador -ya que no éramos unas niñas- pero no le di mayor
importancia.
Creo que lo entendí como una anécdota desafortunada o sacada de quicio, ya que estaba
convencida de que, en sentido estricto, y desde un punto de vista cristiano, la obediencia no puede
versar sobre la negación del propio criterio, considerada esta negación en sí misma. Tampoco
puede consistir, en último término, en delegar en otra persona la propia responsabilidad, cuando
ésta versa sobre cosas importantes y últimas. y tampoco puede consistir en la imitación formal del
Cristo obediente, pues éste obedeció a su Padre, Dios, y relativizó, aun cuando también aceptó, la
obediencia a una autoridad humana.
La primera y fundamental obediencia es descubrir cuál es la voluntad de Dios y no cuál es la
voluntad del superior. El voto de obediencia expresa lo en serio que uno se toma la búsqueda de
la voluntad de Dios, no para delegar en otra criatura humana la responsabilidad personal de esa
búsqueda, sino para asegurarse que el propio juicio no vaya dirigido por propios intereses en esa
búsqueda.
Reconozco que soy una persona discutidora y que me den órdenes nunca me ha gustado
especialmente, pero tampoco he sido de aquellas de: "De qué se trata que me opongo". Era y soy
bastante fácil de convencer, pero desde el diálogo y el intercambio de opiniones, que es el camino
lógico para que el individuo se entere de las cosas, se aclare y, en consecuencia, sea capaz de
actuar con sentido. Era, tal vez, algo rebelde, pero a la hora de la verdad era más cumplidora que
rebelde, y en muchos aspectos me exigía a mí misma más de lo que me exigían.
Mi educación familiar, desde mi más tierna infancia, ha sido disciplinada, y hasta espartana, yeso
se traduce en la vida adulta en algo que ya llevas dentro y forma parte de tu manera de ser.
Como digo, tuve una educación exigente, pero con una importante libertad de opinión, expresión y
acción. En casa de mis padres nunca nos mostraron la docilidad como un valor máximo sino que
nos formaron para tomar nuestras propias decisiones, nos inculcaron el sentido de la
responsabilidad y nadie nos reprimió la capacidad de análisis, ni el juicio crítico, y mucho menos el
sentido del humor.
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Supongo que debido a la formación recibida hasta entonces, me costaba entender, y me rascaba
por dentro, el tono autoritario y rígido de algunos de los mensajes que me iban transmitiendo en
aquella intensa etapa de adoctrinamiento:
-El Padre quiere a sus hijos muy libres -nos decían-, pero haciendo exactamente, prontamente y
únicamente lo que él quiere. Ese es el secreto de nuestra libertad. Y así obedeceremos la voluntad
de Dios.
"¡Y tan secreto!", pensaba para mis adentros.
Frases de ese tipo las recibía como una bofetada, y me venían a la cabeza aquellas tenebrosas
palabras de la horripilante Bernarda, de "La casa de Bernarda Alba" de García Lorca: "Obrar y
callar a todo, es la obligación de los que viven a sueldo". Me parecían palabras de desprecio que
me hacían chirriar por dentro porque no conseguía captar su razón de ser. Sólo sabía, de
momento, que me sonaban mal, muy mal.
El fariseísmo o la ética del detalle (13 de octubre, 1998)
Como habrás podido observar, la imagen de la perfecta cumplidora no era lo mío, y era imposible
que pudiera llegar a serlo, a no ser que renunciara a mis principios; que me desvirtuara, que me
desmontara a mí misma de pies a cabeza, lo cual era un contrasentido, si estaba convencida de
que me había enrolado en aquella aventura para hacerme mejor y conseguir dar lo mejor de mí
misma. Hasta entonces había creído que el fin primordial de la Obra era la santidad personal y el
apostolado; conocer y dar a conocer, vivir y ayudar a otros a vivir el misterioso mensaje de
Jesucristo; mensaje de caridad, de amor. Pero con este nuevo planteamiento de signo totalitario,
sólo veía claras dos posturas: el fanatismo total o la resignación pasiva, sumisa y espiritualista. y
lo cierto es que no me imaginaba integrada ni en una ni en otra.
Manifesté mi preocupación a través de los dos conductos reglamentarios disponibles: el
confesionario y la confidencia. El sacerdote fue claro y conciso en sus comentarios, se notaba que
tenía la lección bien asumida:
-No podemos olvidar -dijo- que somos meros instrumentos en manos de Dios. Tenemos que
dejamos dar la vuelta como un calcetín. Déjate llevar, obedece en todo...
Eran frases que ya nos sabíamos de memoria, que las habíamos meditado y las seguiríamos
meditando cientos y miles de veces. Sin embargo, cuando te las volvían a recordar, otra vez te
dejaban en carne viva.
La charla con la directora, como de costumbre, fue más personal, más amigable y desenvuelta, a
pesar de encontrarme realmente angustiada.
-¿Y por qué no me echáis? -pregunté rotunda en el transcurso de nuestra conversación-. Nunca
voy a llegar a ser la perfecta cumplidora, ya que sería tanto como ir en contra de mis convicciones
más profundas. También cabe el irme -añadí-, pero no debo hacerlo, porque yo he venido aquí
respondiendo a una llamada interior que de verdad he sentido, y no puedo rajarme. Sin embargo,
si sois vosotros, con la autoridad del espíritu, los que me decís que no sirvo, mi conciencia lo
asumiría con dolor, por supuesto, pero sin remordimiento.
Durante un rato nos quedamos mudas. Después abrió uno de los libros de Meditaciones del Padre
y leyó algunos párrafos:
"¿Quieres perseverar en la Obra? Pues es muy fácil: reza, calla, trabaja y sonríe. El demonio nada
puede contra esas cuatro paredes maestras. Ésta es la farmacopea que cura todas las
enfermedades del alma."
"¿Quién eres tú para mirarlo así o asá? Dios hizo ya su elección. A ti lo único que te cabe es
decirle sí o no a Dios mismo. Lo demás depende de El, es cosa suya. Si te quiere aquí o allá, bien
o mal, en gracia o en pecado, eso ya es cosa suya."
En aquellos momentos, no decir nada era lo mejor que se podía hacer para contener las lágrimas
y no perder el control, y así lo hicimos. Todo seguía igual de confuso, pero había podido la
emoción.
Trabajar, obedecer, rezar, callar... Y para que el mensaje quedara más claro, el ejemplo del
borrico nos era expuesto por activa y por pasiva, con ocasión y sin ella, pero parecía que siempre
había ocasión. La imagen del borrico surgía en prédicas, en el confesionario, en la confidencia, y
hasta en los ratos de ocio colectivo, en las tertulias, aprendíamos una canción cuya letra recuerdo
que decía: "Soy un borrico de noria y es mi gozo el trabajar. Y ole la carga que llevo y ole mi claro
sendero...".
Había que circular como burro de noria, con los ojos tapados para creer caminar derecho. ¿Y no
es el mundo todo una noria y son los hombres quienes, andando en él, lo mueven y hacen andar?
Pero, para hacerlo andar, ¿han de ir los hombres, como los burros de noria, con los ojos tapados?
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Aprendiendo esta canción, me vino a la cabeza aquel cuadro de "El oro del Rhin", en el que
Fausto establece los principios generales de la acción que ha de regir, como normativa, el mundo
de los lemures o estirpe proletaria.
Fausto ordena: "¡Levantaos, siervos! ¡Uno tras otro! ¡Mirad dichosamente lo que pensé con
osadía! ¡Tomad la herramienta! ¡Moved el pico y la pala! ¡Tiene que lograrse enseguida lo
propuesto! A la orden estricta y a la diligencia rápida seguirá la recompensa más hermosa: para
realizar la mayor obra, basta un espíritu para mil manos".
Mefistófeles, capataz de los trabajadores, añade: "Aquí no sirve ningún trabajo artístico".
Fausto, que goza con el sonido de las palas y, sin embargo, le deprime el sonido de las
campanas, comenta: "¡Cómo me alegra el ruido de las palas!".
Cuando comenté a la directora, con cierto susto, la otra lectura que había pasado por mi cabeza
mientras cantábamos la canción del "Borrico de noria", me encontré con la respuesta que ya se
iba grabando en mi interior: "Trabaja, obedece, reza, calla..., y ya verás como irás entendiendo.
Déjate llevar, rinde tu juicio, no pienses, y lo verás, lo acabarás viendo".
Borrico de noria, lemur, estirpe proletaria. Era preciso sentirse así para dar todo el fruto que la
Obra necesitaba con el fin de asentarse en el mundo entero.
Pasado algún tiempo, con la cabeza más fría aunque con el corazón tambaleante, empecé a
escribir en fichas y papeles sueltos -solía hacerla a menudo- mis reflexiones sobre todo aquello
que me estaba ocupando y preocupando tanto. Recuerdo que lo titulé: "El fariseísmo o la ética del
detalle".
Rellené un montón de fichas y cuartillas que acabaron en la papelera; unas porque las destruía yo
misma sobre la marcha, y otras porque se las entregaba a la directora y ella misma se encargaba
de liquidarlas. Pero lo importante es que, aunque desde entonces han pasado un montón de años,
en síntesis, recuerdo perfectamente lo que en mi cabeza y en mi corazón iba madurando, dejando
poso.
El planteamiento que me hacía era el siguiente. El fariseísmo consiste en una estricta obediencia a
la Tara, es decir, a las enseñanzas del Señor. El fariseo quiere realizar prácticamente la Tara en
todos los sectores de la existencia, y de ahí su ética del detalle, es decir, escrupulosa. En el
fariseísmo lo que entra en juego es el problema de las relaciones entre la letra y el espíritu. Quizá
yo condeno con excesiva rapidez la letra que mata y el literalismo, olvidando que la letra es
espíritu condensado, que sólo está pidiendo vivir de nuevo. Saber leer es ir a la letra del espíritu;
descubrir en él la estructura interna que lo define. La seriedad del espíritu está, a continuación, en
la encarnación que le demos.
Entonces, yo me decía, llegando a la siguiente conclusión: "Ni fariseísmo puro ni espíritu a la
carta, que sería tanto como hacerse un espíritu a medida. Se trataba de profundizar para
identificarse y vivir el espíritu de la letra, para que la materialización que diera a la letra fuera el
espíritu vivido".
En la Obra, la Tara era el mito del Fundador, que impuso su carisma como única razón o
explicación de lo que en la Obra se hace. Se trataba de vivir lo que el Padre decía; porque él lo
decía y como él lo decía, y cualquier razonamiento al respecto podía llegar a ser un obstáculo.
Comentar, explicarse, darse razones o buscar posibles salidas a lo que costaba entender o
admitir, aportar experiencias o intentar contribuir a una toma de conciencia más consecuente se
consideraba, como poco, una osadía. Eran, en definitiva, distintas formas de negarse a ser burro
de noria.
Admitir el diálogo, aunque sólo fuera para aclararse, sin ánimo de enmendar la plana, sonaba a
traición. Entonces yo no veía todo esto con tanta claridad, aunque algo sí comenzaba a
vislumbrar, ya que en aquel entonces, de alguna forma, detectaba que se confundían dos
términos: "integridad" y "totalidad". Ambos significan algo entero pero es importante distinguir las
diferencias existentes entre ambos. "Integridad" parece referirse a una reunión o conjunto de
partes, incluso a partes bastante distintas, que se asocian y organizan fructíferamente; "integridad"
señala una profunda, orgánica y progresiva mutualidad entre funciones y partes diversificadas
dentro de un conjunto, cuyos límites están abiertos y son fluidos. "Totalidad", por el contrario,
evoca una frontera absoluta: dada una cierta delineación arbitraria, nada de lo que corresponde
dentro, ha de ser dejado fuera, y nada de lo que ha de estar fuera, puede ser tolerado dentro. Una
totalidad es tan absolutamente inclusiva como exclusiva.
Me preguntas: "¿Y quiénes pueden perseverar en este régimen de vida tan sumamente
totalitario?".
Si me hubieras planteado esta cuestión cuando me debatía entre todos los pensares y sentires
que te cuento, creo que no habría sabido bien qué contestar, ahora sí podría hacerlo sin ningún
esfuerzo extraordinario, pero en este largo intervalo se me adelantó a responder a la pregunta que
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me planteas, M. Angustias Moreno -una ex numeraria-, cuando hace unos diez años, escribió:
"Hay muchos que están en la Obra, que siguen en ella, porque están convencidos de que esto es
para ellos la mejor manera de vivir la entrega generosa. Y hay algunos que están muy a gusto;
otros, no tan a gusto, sin estar por eso empeñados en su valoración. Los hay también que sufren,
anhelando que algún día eso que ellos creyeron y entendieron que debía ser la Obra se haga
realidad. Sufren y piensan, y no quieren pensar; ven y no quieren ver; porque saben que oponerse
no sirve para nada dentro, y no quieren, por otra parte, marcharse. Porque conocen la enorme
dificultad, la impotencia que existe para dar con su marcha un testimonio eficaz, por el desprestigio
que se lanzará contra ellos.
Siguen también todos los muy cansados ya de decir y de luchar aportando experiencias sin
encontrar eco. Cansados, sabiendo que se van haciendo mayores y que cada vez será más difícil
reemprender la vida fuera.
Están muchos que, como yo y tantos otros, años atrás, veíamos en nuestra lucha desde dentro
nuestra mejor posibilidad para lograr una solución, una reacción favorable.
Siguen también los que han quedado mentalizados por la idea del Fundador, tan repetida, de que
el que sale "va al abismo, se va a la oscuridad del océano, se sale de la barca". "No doy por su
alma ni cinco céntimos", añadía.
Hay una categoría de socios que se encuentra en la Obra como pez en el agua: autoritarios por
temperamento, ven en sus métodos y tendencias la más perfecta adecuación con sus ideas.
Sobre todo, si las puede exponer desde arriba, desde los cargos directivos.
Otro apartado sería el de los socios que, a través de una profesión externa muy absorbente,
consiguen la evasión necesaria para superar o contrarrestar los acogotamientos de la praxis de la
Obra.
También hay que enumerar aquellos a los que les resulta cómodo que todo se lo den hecho,
pensado, tritUrado, masticado; cómoda es la seguridad y la protección a todos los niveles que
brindan desde dentro." [María Angustias Moreno, "El Opus Dei, anexo a una historia".]
Como podrás comprobar, a M. Angustias Moreno se le quedaron pocos cabos sueltos, y en su
exhaustivo repaso reconoce que no es un solo tipo humano el que permanece en el colectivo de la
Obra, sino múltiples, como múltiples son los tipos humanos que elevan y mantienen un estado
totalitario: apóstoles fanáticos y sagaces innovadores; líderes solidarios y pandillas oligárquicas;
creyentes sinceros y explotadores sádicos; burócratas obedientes y ejecutivos; soldados e
ingenieros eficaces; secuaces dóciles y paralizados oponentes; víctimas acobardadas y futuras
víctimas desconcertadas.
Funcionar por consignas (17 de octubre, 1989)
Con la larga cita de quienes pueden perseverar en la Obra parece que ya estamos llegando a una
etapa final de esclarecimiento, cuando la realidad es que el ritmo de nuestra correspondencia
todavía se encuentra en la etapa inicial del adoctrinamiento; con problemas ya planteados pero ni
mucho menos resueltos, como podrás ir viendo. Me encontraba aún lejos del tiempo de lucidez, y
aún más lejos de la ruptura.
Una parte importante del adoctrinamiento consistía en aprender a funcionar por consignas: "...
conviene que..., la intención del Padre es..., la última nota que ha llegado de Roma dice que...".
Las consignas -por supuesto, no se les daba ese nombre eran la voluntad de Dios puntual; lo que
Él quería en ese momento de cada una de nosotras, y el cumplirlas hasta el más mínimo detalle,
suponía nuestro camino hacia la santidad. Era clave el aprenderlo y asimilado lo antes posible:
todo era muy simple.
El contenido de las consignas abarcaba desde cuestiones puramente formales -como la de: "hay
que ponerse el velo cuando se entre en el oratorio", o las de "las numerarias no pueden llevar
pantalones" o "las numerarias no pueden fumar", etcétera-, hasta cuestiones de fondo; todas
aquellas que hacían referencia a la vida espiritual.
Algo que resultaba sorprendente era el derroche de estupidez generalizada que había que
desplegar ante la llegada y la lectura de esos trascendentes mensajes y notas, que debían ir
acompañados de una sensación de plenitud y alegría, como la que experimentaba la novicia de
antaño cuando renunciaba a las pompas del mundo para entrar en religión. Y me sorprendía
especialmente, porque aquella actitud, bastante trasnochada ya, no tenía nada que ver con el
comportamiento de la gente corriente, que parecía que era lo que teníamos que ser.
Alguna vez lo comenté, y me encontré con la respuesta de que a mí me faltaba madurez:
-Aún vibras poco con las cosas de casa -me dijeron-.
Tal vez era cierto, pero es que aquellas actitudes me seguían pareciendo propias de noviciado de
los años del catapún, que poco tenían que ver con el pensar y sentir de las jóvenes españolas de
la segunda mitad de los sesenta. Es más, es que estaba convencida de que bastantes de las
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Eran obstáculos normales que había que superar. Todos los santos habían pasado su noche
oscura del alma, y no se habían quedado ahí. Era preciso contar con un tiempo de oscuridades,
de sombras, y más tarde llegaría la luz. Por el momento, lo que tenía que hacer era conseguir que
mi sumisión se convirtiera en deseo, sin límite, de sumisión.
Una chica de la nueva ola (21 de octubre, 1998)
El contenido de mis cartas se ha centrado hasta ahora, fundamentalmente, en las distintas facetas
del mundo interno de la Obra -era lo que estrenaba-, pero te he contado poco o nada del ambiente
externo en el que me seguía moviendo: estudios, intereses culturales, inquietudes, inicio en el
ejercicio de la profesión, etcétera, y cómo conseguía compaginar esos dos mundos.
En la década de los sesenta la transformación española era evidente. Entre 1962 y 1968 el
número de alumnos y de alumnas universitarios se duplicó. En 1966, una nueva ley de prensa, del
entonces ministro de Información y Turismo, Fraga Iribarne, suprimió la censura previa; hubo
mayor tolerancia en espectáculos teatrales y cinematográficos y se permitieron algunas revistas de
la oposición. El auge del turismo también hizo que la gente joven, en muchos pueblos costeros de
veraneo, hiciera pandilla, amistad y noviazgo, con jóvenes procedentes de distintos países
europeos, y tomara contacto con otras formas de pensar, sentir y actuar. También se fue
generalizando, entre los españoles, el hacer cursos de idiomas en Francia y en Inglaterra.
En 1966, finalizaba mis estudios de periodismo y estaba abierta e interesada por todo lo que
ocurría a mi alrededor: teatro, cine, charlas, coloquios y, sobre todo la lectura, colaboraban de
forma activa a ensanchar mis horizontes, a abrir los ojos, a aprender a relacionar, a plantearme
nuevos interrogantes. La década de los sesenta se presentaba de lo más propicia para cualquier
tipo de inquietudes, poniendo todo en tela de juicio y hasta patas arriba. Los finales de aquella
década llegaron dispuestos a despertar hasta a los espíritus más dormidos, lo que no quitaba que,
por mi parte, siguiera siendo fiel a las lecturas de la BAC y de Patmos, y a autores como Teilhard
de Chardin, Camus, Maritain, Mounier, Unamuno, etcétera.
Supongo que por el hecho de ser mujer, la entonces llamada cuestión femenina, comenzó a
interesarme de manera especial, y procuré seguir de cerca el resurgimiento de la lucha de las
mujeres por su liberación. Como les ocurrió a tantas chicas de mi generación, la lectura de "El
segundo sexo", de Simone de Beauvoir, fue básica para el despertar.
No podemos olvidar que en los años sesenta se estaban produciendo situaciones clave que
provocaron el resurgimiento de lalucha por la liberación de la mujer -en los años veinte, las
mujeres ya habían batallado para conseguir el voto femenino, y anteriormente, las sufragistas
también habían tomado la calle con sus reivindicaciones-. Pero entre estas dos situaciones
destaca, por una parte, el hecho de que en la década de los sesenta las mujeres constituían, por
primera vez, una tercera parte de la fuerza laboral; por otra, el matrimonio y la vida familiar
tradicional empezaban a tambalearse y, finalmente, los movimientos pacifistas -en pro de los
derechos civiles- y el nacimiento de los "hippies", trastornaron las ideologías políticas y los mitos
culturales, acarreando una puesta en cuestión de las costumbres sexuales y el papel de la mujer
en la sociedad.
Es cierto que a lo largo de la historia han existido en algunos lugares y en determinados
momentos sociedades regidas por mujeres, es decir, matriarcados; pero también han existido
mujeres que dentro de sociedades patriarcales han vivido situaciones culturalmente propias de
hombres. Sin embargo, sólo en los años sesenta las mujeres comenzaron a considerar
colectivamente su situación y, en consecuencia, empezaron a surgir los grupos de liberación
femenina, que pretendían acabar con todos los atavismos culturales que relegan a la mujer a un
plano de inferioridad y de dependencia con respecto al hombre.
El tema era -y sigue siendo- muy actual y muy trascendente. Cada vez un mayor número de
mujeres parecía buscar una identidad propia y distinta a la del hombre, lo cual no tenía por qué
implicar la destrucción ni la debilitación de las relaciones hombre-mujer, sino que incluso puede
llegar a fortalecerlas al convertirlas en algo real, existente por sí mismo, sin motivación material, de
seguridad económica. Un nuevo equilibrio entre lo masculino y lo femenino estaba siendo
presagiado, no sólo por los cambios que se estaban dando en cuanto a la recíproca relación entre
los sexos, sino también por la ampliación de toma de conciencia que iba surgiendo con los
avances de la ciencia, la tecnología y la auténtica exploración de uno mismo.
Hacia el año 1967 -1968, otra lectura importante vino a despertar las conciencias, fue "La mística
de la feminidad", de Betty Friedan, publicada en Estados Unidos en 1963. La formación de
diferentes grupos de liberación de la mujer fueron, en parte, el resultado de la concienciación que
este libro provocó; a través de él, muchas mujeres se dieron cuenta de que no existía ninguna
"realización mística" en sus labores de ama de casa y que el malestar que causaban estos
trabajos -constantes y repetitivos-, que caían sobre ella en exclusiva, eran un problema común.
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Voy a hacer un inciso, que creo que viene a cuento, para contarte que cuando llegué a la Obra y
tuve ocasión de ver de cerca el mundo de las administraciones por dentro, detecté problemas muy
parecidos a los que la autora americana plantea en su libro. Pero como nunca trabajé en una
administración, ni tan siquiera me tocó vivir de forma continuada en ninguna de ellas, me limitaba
a saber que era un mundo que estaba allí mismo pero en el que no iba a meterme para nada, ya
que no formaba parte de mi responsabilidad a ningún nivel. Una vez fuera de la Obra, tuve ocasión
de conocer más a fondo el tema -que antes sólo había oteado-, con la lectura del libro "La otra
cara del Opus Dei", de la ex numeraria y ex administradora M. Angustias Moreno.
Friedan, al menos en el contenido de su divulgadísimo libro, limitaba los problemas de la mujer a
sus problemas como ser doméstico; Beauvoir, por el contrario, abarcaba el tema de la mujer más
allá de su problemática inmediata, de forma más global y profunda, pero una y otra fueron claves
en su momento.
La diferencia de la mujer respecto al hombre -escribía Beauvoir ya en los años cuarenta- no está
determinada por las hormonas ni por ningún instinto misterioso, sino por la manera en que su
cuerpo y su relación con el mundo exterior se modifican debido a la acción de quienes las educan
deliberadamente en un estado de discriminaciones que oscurece para siempre su vida adulta.
Supongo que mientras lees esta carta te estarás preguntando, ¿pero qué pito tocaba una chica de
la nueva ola metida en el Opus Dei? Es que más que ser una chica de la nueva ola, estaba en la
onda de la nueva ola, cosa que me parecía perfectamente compatible con mis ideales de cambiar
amor por Amor, de generosidad, de entrega, de colaborar en la lucha por cristianizar todas las
actividades humanas, de empeñarme en la tarea de hacer un mundo más humano y más justo.
No, en principio no veía ninguna pega. Pero ya te seguiré contando otro día, pues hoy ya me
siento desfallecida.
Situación de la mujer, situación de mujer (27 de octubre, 1998)
Cuando en 1966 despegué de mi medio familiar para incorporarme a la Obra, ya estaba
interesadísima por todo lo que fuera analizar la situación de la mujer, considerando su biología, su
posición laboral, su lugar en la sociedad de consumo, su relación con la institución familiar y con la
religión. Un mensaje clave de mi recién estrenada vocación era que tenía que estar en el mundo;
interesarme por lo que ocurría en mi entorno formaba parte de estar en él, y en él había que
actuar.
Se trataba de estar en el mundo, no para perderse en él, sino para proponerle el camino de su
salvación, misteriosamente inscrito en el mismo. Había, por tanto, que ir a las fuentes: ¿qué
decían las Escrituras de la situación de la mujer?
Hombre y mujer, creados por Dios conjuntamente, lo habían sido a imagen y semejanza suya
(Gén. 1,27); la mujer fue creada como idónea compañera del hombre (Gén. 2,20 y 23); el Nuevo
Testamento también proclama la total igualdad de hombre y mujer, es San Pablo quien escribe
que "no hay judío, ni griego, no hay siervo ni libre, no hay varón ni hembra" (Gál. 3,28). Pero la
sociedad cristiana ha tendido a proclamar el principio y a emplear en la práctica las normas
circunstanciales de este apóstol: "La mujer aprenda en silencio con toda sujeción [...] porque Adán
fue formado primero, después Eva" (1 Tim. 3,11-15). Y más tarde, la evolución histórica de
Occidente fijó los modelos sociales, que ya no cambiaron, hasta aparecer como únicos y
sagrados.
No voy a pararme a transcribir las acusaciones terroríficas de un Tertuliano, ni toda la literatura
misógina de la Edad Media. Durante siglos, generaciones de teólogos dieron por supuesto que las
mujeres no tenían alma, y aún después del Concilio Vaticano II, todavía se sacralizan, y se intenta
seguir sacralizando, modos concretos de vida social y familiar de la mujer, que no van más allá de
una especialización sexual.
Te cuento todo esto, no en plan de desarrollarte una lección, sino para que te hagas una idea clara
de la inquietud que sentía por tan grande y conflictivo tema.
En cuanto a la "feminidad" y la "masculinidad", mis planteamientos eran realistas. Veía claro que la
anatomía de la mujer, inferior o superior a la del hombre, pero evidentemente distinta, ha
condicionado su existencia; la ha sometido a una dependencia del hombre que se basa en la
facultad de la mujer de ser madre. Por otra parte, la diferencia fisiológica entre hombre y mujer se
reduce a una corta época de actividad en la mujer, debida a una maternidad repetida, dos, tres,
cuatro o más veces en su vida, y que en cada ocasión produce una disminución de la actividad de
la mujer durante, quizá, 20 o 30 meses a lo largo de toda su existencia. Los demás determinantes
de la "feminidad" o de la "masculinidad" son sociales o culturales.
No hay otra razón que la costumbre para que la mujer se ocupe en exclusiva de los trabajos
domésticos y de la educación de los hijos. No hay razón objetiva ninguna para que la mujer no
ejerza las más variadas profesiones. Son los condicionamientos de una sociedad masculina los
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Me daba ánimos y no me dejaba decaer. Había que esforzarse y batallar para ir dando cuerpo a
ese estar presente en todos los terrenos de la vida profesional. Yo me fiaba mucho de lo que me
decía; la apreciaba de verdad, y ella a mí también.
M. Rosa C. -así se llamaba-, era una mujer llena de contrastes y rarezas, que tenía unos altibajos
descomunales y un genio endemoniado, pero conmigo creo que siempre fue leal y sincera, dentro
de todas nuestras limitaciones. A pesar de llevarnos bastantes años, teníamos puntos de vista
parecidos, sobre todo en lo que se refería a lo que entonces se llamaba "cuestión de la mujer".
También le interesaba la vida interior en profundidad -la oración, la contemplación-, y teníamos
charlas serias que me daban luz. Para mí fue un puntal importante en aquellos dos primeros años
duros y en el desconcierto de aquella vida colectiva multitudinaria que tanto me aturdía.
Cuando en la confidencia planteaba mis desasosiegos -que me encontraba agobiada fuera y
encorsetada dentro-, ella siempre me decía que no me preocupara, que todo formaba parte de la
ascesis necesaria, hasta que me fuera familiarizando con mi nueva forma de vida. El periodo de
formación era una etapa extraordinaria en la existencia de una numeraria; lo normal era vivir en
grupos pequeños y de manera más independiente. En ese tiempo de adoctrinamiento se trataba,
ante todo y sobre todo, de empaparse del llamado "espíritu de la Obra", hasta convertido en algo
propio.
Aprender a ser numeraria consistía, además de vivir los tres consejos evangélicos -pobreza,
castidad y obediencia-, en: cumplir las normas; consultar todo con la directora; responder
positivamente a las más pequeñas insinuaciones; no hablar de nada personal con las otras
numerarias; evitar las opiniones personales; hacer apostolado -más bien proselitismo-; ejercitarse
en el amor al Padre, haciendo vida de todos sus escritos, notas y cartas; conocer las llamadas
praxis (informes sobre medidas prácticas de cómo debía funcionar todo en las casas de la Obra:
cocina, limpieza, oratorio...); cursar un temario básico de filosofía; someterse a un control total -
hasta las cartas personales se recibían abiertas y leídas-; tener una actitud de entrega y
aceptación constante.
Lo del control total suponía una obligación especialmente dura y sorprendente, ya que se me
había educado para considerar la invasión de la intimidad como un crimen tan reprobable como el
robo. Pensaba que de tu intimidad deberías de ser tú misma quien informara libremente, pero ese
allanamiento de recibir la correspondencia abierta y previamente leída por la directora de turno,
me sonaba a régimen carcelario. También era un claro signo de desconfianza el que todas las
cartas personales que una escribía, debían dejarse en la mesa de la directora, con el sobre sin
cerrar, para que ella decidiera, tras su lectura, si se les daba salida o no.
De aquel tiempo inicial también recuerdo como algo agobiante lo de tener que pasar por el
confesionario cada ocho días. Una no se daba ni cuenta, y ya había transcurrido otra semana, y
de nuevo otra vez había que meterse en la garita: ¡Se me hacía tan cuesta arriba el volver a
repetir casi lo mismo semana tras semana...! Me sorprendía enormemente el que hubiera
personas a las que les ocurría todo lo contrario, es decir, que la confesión semanal les resultaba
poco y veías que constantemente se metían en aquel cuartito oscuro y allí se pasaban horas. ¿Se
debía a escrúpulos de conciencia?, ¿dudas que no llegaban a despejar? De cualquier forma, no
salía de mi asombro. Más tarde llegué a entender que, tal vez el confesionario, además del valor
sacramental, también era un medio para aliviar a la persona de la enorme tensión interna a que se
ve constantemente sometida la conducta del miembro de este tipo de organizaciones.
En fin, todas éstas eran las obligaciones comunes de toda numeraria. Luego, cada cual ejercía su
propio trabajo, yo, por ejemplo, el primer año de ser de la Obra, trabajaba en el semanario
"Tiempo Nuevo", y poco después lo hice en el departamento de Información del IESE y también
como encargada de las páginas dedicadas a la mujer, en "El Correo Catalán".
Decía líneas arriba que, con frecuencia, me encontraba agobiada fuera y encorsetada dentro. La
razón es fácil de ver: por una parte, me estaba estrenando en el mundo profesional, y me parecía
que le tenía que dedicar más esfuerzo y más tiempo del que podía dedicarle, esto me agobiaba.
Por otra, también me estrenaba en un mundo interno nuevo, y en no pocos aspectos chocante,
que exigía mucha dedicación. Me encontraba como las madres de familia que trabajan fuera de
casa: con doble jornada de trabajo. Esta expresión, que luego se ha utilizado de forma
generalizada, entonces comenzaba a sonar.
Había que ensamblar dos mundos claramente distintos: el de dentro y el de fuera. Estaba
aprendiendo a hacerlo.
Esclavas, ellas. Ellos, sabios (1 de noviembre, 1998)
En el primer año de vivir en una casa de la Obra, tal vez lo que más me sorprendió, fue el
enterarme de las radicales diferencias que había entre la forma de vivir de los numerarios y las
numerarias; era como si unos fueran los ciudadanos de primera y, las otras, los de segunda.
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"Sancta Maria, Spes nostra, Ancilla Domini" ( "Santa María, esperanza nuestra, esclava del
Señor". Lo escribo en latín porque siempre la decíamos en latín). Ésta era la jaculatoria con la que
las numerarias finalizábamos todos nuestros actos comunes. Los numerarios, para los mismos
actos comunes, tenían otra jaculatoria, que comenzaba igual que la nuestra pero que acababa de
forma totalmente distinta: "Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae ("Santa María, esperanza
nuestra, sede de -o asiento de la- sabiduría"). Nosotras pedíamos ser esclavas, siervas, criadas
del Señor, mientras que ellos pedían ser asiento o sede de sabiduría. No sé si tú ya lo sabías, yo
me enteré mientras cursaba el primer año de Centro de Formación, y fue un palo.
Sierva, esclava, sí, en el sentido en que afirma su plenitud en el "Fiat". Pero también quiere
comprender a la luz de la razón y no a ciegas, y por eso pregunta al Ángel.
Ellos y ellas son siervos y siervas, esclavos y esclavas del destino. El destino es un imperativo de
la libertad, un acto de libertad responsable. En la obediencia a ese destino nuestro, de cada uno,
hallamos la humildad y la ejercemos, y ejercemos también el orgullo en esa voluntad indomable
donde espejea la razón divina cargada de sinrazones.
¿Por qué ellos debían aspirar a la sabiduría y ellas a la esclavitud? No había más que remitirse a
las fuentes para comprobar que Jesús, el Maestro, planteó claramente un discipulado de iguales:
"Ni judío, ni griego, ni amo ni esclavo, ni hombre ni mujer". y las mujeres parece que entendieron
bien el mensaje cristiano. Pero en el siglo I, después de la muerte de Jesús, ¿cómo se puede
aceptar que las mujeres tengan libertad e igualdad respecto a los varones cuando ninguna la
tenía? De sobra es sabido que en los primeros años de la Iglesia los cristianos se reunían en las
casas particulares y que el protagonismo es de hombres y mujeres, de todos por igual. También
es conocido que en aquellos comienzos había mujeres propietarias que cedían sus casas para
que se celebrase la cena del Señor, que es como se llamaba entonces la Eucaristía, y que ellas
eran las que presidían la ceremonia como anfitrionas. Y no podemos olvidar que estamos
hablando de un tiempo en que mujeres y hombres no se juntaban nunca para comer en público,
con lo cual resultaba escandaloso que hombres y mujeres se sentaran en torno a la misma mesa y
compartieran. Pero las reglas del Imperio Romano pudieron con todo este panorama tan rupturista
y, como suele ocurrir siempre, los más débiles, esclavos y mujeres, se llevaron la peor parte.
Que pasados veinte siglos, con un Imperio Romano tan lejano ya en normas y costumbres, y en
nombre del mismo Cristo que batalló de forma descarada en pro de la igualdad, nos impusieran
aquellas metas tan rotundamente opuestas: ellos que aspiren a ser sabios y ellas que deseen ser
siervas o esclavas, me dejaba patidifusa.
Leyendo el libro Camino, ya me habían chocado alguna de las máximas que hacían referencia a la
mujer -me sonaban claramente peyorativas-, pero la explicación que me daba era que en las
fechas en que el libro había sido escrito, aún había mucha gente que estaba en esa onda, y
suponía que en ediciones futuras el contenido sería actualizado. Con el descubrimiento de la
"ancilla domine" y de la "sede sapientae" -estas jaculatorias siempre las decíamos en latín-, me
daba cuenta de que estaba equivocada, de que la cosa era más seria de lo que me había parecido
en un principio. Y además, pensaba para mis adentros, puestos a ser esclavos, igual deberíamos
serlo unos que otras, ya que tanto ellos como ellas somos esclavos de la voluntad absoluta de
Dios.
¿Por qué, sin embargo, a las mujeres de la Obra se les seguía pidiendo vivir como cualidades
máximas, las de la esclavitud, si una buena parte de las mujeres de mi generación ya no habían
sido educadas así? En el ámbito familiar, niños y niñas habíamos tenido un trato muy similar:
íbamos a la universidad, conducíamos, habíamos salido al extranjero, teníamos amigos y amigas
como ellos tenían amigas y amigos, y cada vez era mayor el número de mujeres jóvenes que se
planteaban en serio un futuro profesional.
"Ancilla", es decir, esclava o criada. Con aquel punto de partida, lo que debía de hacer allí
cualquier mujer razonable era contentarse con una dosis mínima de conocimiento y una dosis
masiva de ignorancia. ¿Y tendría que ser así ya para siempre? Durante un tiempo le di muchas
vueltas al asunto: sabio-esclava... Superioridad masculina-inferioridad femenina. Y el varón, desde
su estatura superior y como grupo dominante, cultiva lo que más aprecia para sí mismo y dicta lo
que más le conviene exigir de sus subordinados: la inteligencia, la agresividad, la fuerza y la
eficacia, en el macho; la pasividad, la ignorancia, la docilidad y la "virtud", en la hembra. Blanco-
negro; aristócrata-campesino. Si sustituimos las categorías sexuales, vemos que el blanco espera
encontrar en el negro obediencia y paciencia (aunque también encuentre deseo de venganza y
buena dosis de irritabilidad y falta de cooperación). En cuanto al aristócrata y el campesino, el
primero se considera a sí mismo como un gobernante intelectual y ve al segundo como un
sirviente afectuoso y jovial (aunque también le sabe propenso a la insubordinación, a la evasiva y
al chismorreo).
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¿Por qué esa discriminación que nos hacía retroceder en nuestra propia historia? Estaba perpleja,
no sabía a qué atenerme. Recordaba escenas recientísimas, de cómo nos reíamos con los
compañeros de curso, cuando al realizar trabajos en la hemeroteca, descubríamos en los
periódicos frases de comentaristas nostálgicos como la siguiente: "...es un consuelo tener a la
vista la imagen antigua y siempre nueva de esas mujeres españolas comedidas, hacendosas y
discretas". El que descubría una frase de este tipo, la leía en alto y, si por unanimidad se
consideraba de antología, la recopilábamos. En poco tiempo recogimos un montón, que
archivamos por consideradas piezas de museo.
Y cuando creía que aquella imagen de la joven de posguerra ya había sido superada, me encontré
con que en la Obra ese tenía que seguir siendo el ideal de mujer, o la mujer ideal: joven a la que
no se le permitía tener una visión complicada de la vida, y cuya obligación consistía en tratar de
ofrecer una imagen dulce, estable y sonriente. Las prédicas sobre la sonrisa femenina eran
incontables en las publicaciones de aquella época que consideraba ya superada, y tenían una
clara vinculación con la ideología de entonces. Me quedé un tanto congelada al constatar que en
el Opus Dei de finales de los años sesenta, la sonrisa se seguía viviendo como precepto, aunque
no fuera del todo sincera, y en ocasiones acabara por convertir a la persona misma en una mueca.
No me invento nada si te digo que, además de "esclava del Señor", se trataba de ser siempre una
criatura optimista y cascabelera. Nos decían que eso era lo que el Padre quería de nosotras y, por
tanto, el llevar la contraria al mandamiento de la sonrisa podía significar una actitud deliberada de
rebeldía. Era dar prueba manifiesta de tener espíritu crítico; lo peor que uno podía tener allí dentro.
Mi problema era entonces que el espíritu crítico me parecía imprescindible y fundamental para
poder avanzar, para poder llegar a superar aquellas actitudes que me parecían trasnochadas, y
apuntar a nuevas formas de hacer, más acordes con la mentalidad del momento.
Estaba convencida de que con buena fe, cabeza clara y voluntad, podríamos llegar a desechar,
como una piel seca, lo que consideraba posturas caducas y trasnochadas. ¡Qué equivocada
estaba! Pero mi equivocación la vi más tarde, porque por aquel entonces estaba del todo
persuadida de que mi espíritu crítico era positivo, constructivo, y que lo único que quería era hacer
las cosas mejor.
El espíritu crítico con uno mismo y con el entorno es imprescindible para seguir el ritmo de la vida
y de sus acontecimientos. Me resultaba imposible aparcar esta idea que tenía muy arraigada, y
por eso me costó mucho el caer definitivamente del burro. Hasta el último momento, de alguna
forma seguí creyendo en la reforma desde dentro; en que siendo leal, sincera e inconformista,
estaba colaborando a hacer el Opus Dei. Recuerdo con la fuerza que le expuse mi argumento a
una numeraria "histórica", cuando en un encuentro que tuvimos en un chiringuito del puerto de
Barcelona, un día de primavera de 1971, me comunicó su decisión de dejar la Obra después de
veintitantos años de militancia.
Se trataba de una mujer abierta, culta, irónica y divertida -ya te he contado algo de ella en otra
carta-. Sofía M. -así se llama-, era licenciada en Arte y llevaba muchos años trabajando como jefe
de Estudios en varias Escuelas de Decoración de la Obra. Había pasado por las diferentes etapas
de desarrollo de la Institución; desde los humildes e ilusionados inicios hasta la etapa de apogeo y
abundancia, y en su largo recorrido, gradualmente había ido entrando cada vez en más profundos
desacuerdos con la línea directiva, hasta comprobar que no quería colaborar más a engordar
aquel sistema y que la única forma de hacerlo era marchándose.
Mientras me lo contaba, manifesté mi desconsuelo:
-Pero si quienes lleváis tantos años batallando, os rajáis, ¿qué podremos hacer las que somos
más jóvenes y novatas, y que no tenemos ni el prestigio ni la confianza que vosotras ya habéis
conquistado? ¿No crees que hay que insistir, más y más, en ser leal, sincera, reflexiva, rezadora,
inconformista y trabajadora incansable, porque esa es la forma de hacer y ser Opus Dei? -añadí
todavía con esperanza-.
Me miró fijamente y respondió:
-No creo que haya que insistir. Creo que no hay nada que hacer. Tú ahora no lo ves así, pero
llegará un día que lo verás; es seguro que lo verás. No sé cuanto tiempo tardarás en verlo porque
eres joven, guerrera, idealista e ingenua, pero -insistió- lo acabarás viendo. No, no hay nada que
hacer.
Aquella conversación supuso para mí un mazazo, pero aun así, tuvieron que pasar todavía varios
años, antes de que cayera definitivamente del burro. Pero no sé por qué te adelanto
acontecimientos si todavía me tienen que venir a la memoria muchas vivencias de etapas
anteriores.
El reino de la voluntad (7 de noviembre, 1998)
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A pesar de los no pocos disgustos que me llevaba cuando iba descubriendo que muchas cosas no
eran como me las esperaba, no sé bien qué es lo que ocurría, pero nunca tiraba la toalla. Como un
Guadiana, volvía a resurgir más hondo y caudaloso mi convencimiento de que siendo abierta,
generosa, leal y sincera, podía colaborar a que esas cosas que no me gustaban cambiaran, o al
menos, fueran cambiando. A entretenerme en esa ilusionada actitud, colaboraron activamente mis
directoras inmediatas, con las que siempre me llevé bien y de las que guardo un entrañable
recuerdo. De todas ellas -fueron seis en los ocho años y medio que fui numeraria-, sólo una
desapoyó abiertamente mi visión crítica, que consideraba como un obstáculo importante para mi
realización dentro de la Obra.
-Cambia de postura -me aconsejaba M. Pilar C-, déjate llevar y obedece en todo hasta el final sin
cuestionarte nada de nada. El Padre y los superiores ya saben de sobra lo que hacen y lo que
tienen que hacer los demás. No olvides que somos instrumentos en manos de Dios. Somete tu
juicio, no hagas nada por imponer tu criterio. No creas que así haces bien; haces más mal que
bien.
Siempre que venía a cuento insistía:
-Tienes influencia sobre las personas; se fijan en ti, te siguen con facilidad. Reza, obedece, calla,
rinde el juicio, vive la corrección fraterna en todas las ocasiones que observes que no se está
viviendo todo esto que te digo, y verás lo eficaz que puedes llegar a ser. Supervalorándote no vas
a conseguir nada y, sin embargo, puedes llegar a hacer mucho daño.
La verdad es que aquella superiora, que como era de suponer hace ya tiempo que está de super-
superiora mayor, con sus palabras me dio mucho que pensar y me transmitió un mensaje claro:
puesto que no había nada que cambiar, era yo la que debía cambiar.
Rendir el juicio. Había que perder toda posibilidad de autonomía, si por tal entendemos lo que el
filósofo José Antonio Marina entiende: "La capacidad de un artefacto o de un organismo para
mantener su integridad y realizar operaciones dirigidas por metas propias, atendiendo a las
informaciones recibidas, a los contenidos de la memoria y a los propios criterios de evaluación".
El espíritu crítico dentro de la Obra no conduce nada más que a cavarte tu propia fosa, ya que se
considera que no es más que orgullo, soberbia, ganas de destacar y supervaloración de uno
mismo. Entonces me preguntaba:
-¿Pero cómo me será posible llegar a negar la realidad que tenía delante de los ojos o,
simplemente, a hacer la vista gorda? ¿Podía llamarse a eso visión sobrenatural? Las cosas,
entonces, no son como son, sino como me dicen que tienen que ser. Sin embargo, yo no podía
negar que seguía viendo todo lo que veía, y que las personas seguían siendo como eran.
Mis incógnitas no acababan de despejarse: ¿Por qué era supervalorarme el poner en marcha el
entendimiento y la memoria? ¿No es eso lo que debe hacer cualquier persona adulta antes de
entrar en acción? El sujeto capta los mensajes, los asimila, los hace suyos ejerciendo su
capacidad crítica y de relación y, finalmente, los lleva a la práctica de la mejor manera posible.
Cuando exponía mis planteamientos -cada vez lo hacía menos, pues ya me iba enterando de qué
se trataba la cosa-, la respuesta consabida era:
-¿Pero quiénes somos nosotros para juzgar? No podemos jamás poner en tela de juicio, que lo
que dice el Padre o los directores en su nombre, es la voluntad de Dios para contigo.
Puse más y más empeño en hacer todo tal y como me decían, pero avancé poco en esa línea del
reino absoluto de la voluntad. Sí, reino absoluto, ya que la memoria tan sólo debía ejercerla para
recordar al pie de la letra las frases, consignas y máximas que me transmitían, y el entendimiento
apenas hacía falta; si servía para animar más a la voluntad, era válido, pero si suponía un
obstáculo, mejor desecharlo, porque a lo único que te podía conducir era a la confusión.
El voluntarismo como base de una moral. Era volver al lema del Ramiro de Maeztu de los años
treinta: "servicio, jerarquía, hermandad", y al contenido de su "Defensa de la Hispanidad": "La
misión histórica de los pueblos hispánicos -dice Maeztu- consiste en enseñar a todos los hombres
de la tierra que si quieren pueden salvarse, y que su elevación no depende sino de su fe y su
voluntad".
Voluntad, voluntad, voluntad; había que proteger a toda costa la fuerza de voluntad, rechazando y
evitando todo cuanto pudiera socavada. Esta obsesión por la voluntad es muy propia de las
mentes dictatoriales. Alan Bullock, el historiador inglés autor de la última biografía de Hider, dice al
definir a su autobiografiado: "Por su propio temperamento, el autodidacta Hider, cuando analizaba
las diferentes posibilidades que se le presentaban, siempre solucionaba el problema consigo
mismo; sus decisiones eran intuitivas, no susceptibles de modificación o discusión; desconfiaba de
la crítica, del análisis y de la objetividad, pensando que tenían un efecto inhibidor sobre la
voluntad".
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Supongo que de forma parecida debía pensar monseñor Escrivá cuando decía a la sección de
mujeres: "En el Opus Dei las grandes cabezas no sirven porque se convierten en cabezas
grandes. Las medianías, hijas mías, sirven mucho porque son dóciles y están dispuestas a aceptar
lo que se les diga".
Pensar un poco no suponía tener una gran cabeza, sino simplemente una cabeza que funciona o
intenta funcionar.
Voluntad, voluntad y voluntad. Pero es que el entendimiento, la razón, es, quiérase o no, la fuente
fundamental del conocimiento. El que unos pocos se reserven el saber y el realismo, cultivando en
los otros solamente la ilusión, es hacer posible la dominación de la mayoría por la minoría que
sabe. La razón, sin la que no hay conocimiento, es indispensable para ser libre. No existe libertad
sin conocimiento y control de sí mismo. Y a la inversa, dominar a un ser, es, en primer lugar,
privarle, mediante la ignorancia y la ilusión, del control de sí mismo, con el fin de modelar su mente
conforme a las funciones a las que se le destina.
La individualidad que se integra requiere razón y fe, y funciona con obediencia inteligente. La fe no
es irracional, y menos puede negar la evidencia. En cuanto a la voluntad, me gustaba y me gusta
la idea de voluntad como facultad de síntesis, como capacidad de organizar, de dirigir las
ocurrencias y evaluarlas, de dar la orden de parada o de marcha. También me parece importante
recordar aquí que la acción es un proceso largo y si la voluntad se encarga de dirigir y controlar la
acción, no es sólo facultad del instante, sino también de la perseverancia.
Trataba, me esforzaba por poner en juego mis potencias y cualidades, como si todo dependiera de
mí, pero tenía fe y estaba dispuesta a ponerlo todo delante de Dios porque creía que, en definitiva,
todo dependía de El.
A la luz de la fe, hasta comprendía las contradicciones de los místicos, que se sentían libres
cuando se entregaban en cuerpo y alma a su divinidad correspondiente. Pero es que identificar la
divinidad con lo que dispusieran en cualquier momento los directores, a veces, era hueso muy
duro de roer, a pesar de aquellas frases contundentes que nos decían: "Ellos pueden equivocarse.
Obedeciendo, tú nunca...". Pero es que aquella obediencia a lo Goebels -propia de todo montaje
totalitario- a mí no me iba.
Los dictadores saben bien que las masas requieren fe y voluntad y que funcionan con obediencia
ciega: no a la duda, no a la crítica, ni a los matices ni contrastes. No hay que opinar, sino
entusiasmarse con las consignas, creer en ellas, transmitidas y vividas. El padre, el jefe, el líder, el
caudillo, el guru, el brujo es el que sabe, los demás le siguen.
"No podemos olvidar -dice J. A. Marina en "El misterio de la voluntad perdida"-, que la voluntad sin
inteligencia puede ser la rígida y almidonada sumisión a una costumbre. O la inflexible
acompañante del fanatismo. O la manifestación desaforada del paranoico. O la áspera afirmación
del egoísmo. O la energía implacable del que no soporta la ambigüedad y se aferra a la norma".
"Es un horror tener poco entendimiento y mucha voluntad", añade el mismo autor.
Voluntad para vivir la obediencia a una idea, a un proyecto, a una vocación, a unos valores
pensados y sentidos. Pero ¿qué tenían que ver todas aquellas órdenes y mandatos con el espíritu
que realmente me había motivado y movido en su día, y me seguía moviendo y motivando?
Diciendo amén a toda aquella retahíla de notas, órdenes, normas y directrices, tanto si estaba
como si no estaba de acuerdo, acabaría formando parte de las conductas voluntariosas,
inflexibles, rígidas y fanáticas. Me convertiría, sin duda, en una eficaz, maniática y obsesa de la
norma, de la orden, del mandato.
Poco a poco me fui dando cuenta de que se trataba de un canto a la determinación, a la sumisión,
a convertirse en auténtico apóstol del voluntarismo. Heidegger decía: "Nosotros somos
propiamente sólo nosotros en la decisión. La decisión libera al yo para ser-sí-mismo". Y ese "ser-
sí-mismo" no condujo precisamente a una liberación, sino a un entusiasta afán de esclavitud que
llevó al mencionado filósofo a desembocar en el nazismo (doctrina en la que la voluntad férrea se
disuelve en la total sumisión a una voluntad superior de la que recibe su ser propio).
No, yo no quería caer en la insensible tiranía del voluntarismo, que mantiene como máximo valor
la voluntad desnaturalizada, desvinculada de aspiraciones, sentires, deliberaciones y esperanzas,
es decir, el deber por el deber. Un vivo ejemplo de este tremendo voluntarismo lo encontramos en
Eichmann, el nazi juzgado en Israel por sus crímenes en un campo de concentración, que justificó
su comportamiento alegando que él cumplió con su obligación.
Estoy de acuerdo con que sin voluntad podemos estar sometidos a cualquier estímulo, pero una
voluntad férrea puede ser monstruosa en su rigidez. Quien cede con facilidad es débil, quien no
cede nunca puede ser un maníaco. Razón y fe, fe y voluntad. Se trata de dos actitudes vitales
paralelas y, por tanto, avocadas a no encontrarse. Si mis convicciones más profundas estaban tan
acordes con la primera postura, y así lo manifesté siempre -supongo que primero con mucha
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inmadurez, y a medida que iba pasando el tiempo con una nitidez mayor-, ¿por qué los directores,
que tendrían que estar capacitados para ver el fondo de sus súbditos, no me dijeron ya en el
periodo de adoctrinamiento, ni después, que aquel lugar no era para mí? Y no solamente no me lo
dijeron sino que, en muchas ocasiones, me animaron a seguir abriendo brecha por los caminos
que habrían de continuar -me decían- las numerarias del siglo XXI.
No olvidemos que a los directores había que considerarlos depositarios de lo absoluto y dejarse
iniciar por ellos. Había que someterse sin crítica, sin examen, aun cuando las circunstancias te
invitaran a dudar y, en ocasiones, te costara mucho aceptar que poseían las llaves del bien y del
mal.
"Todavía no estás madura" -te decían-; "ya lo irás viendo"; "te falta visión sobrenatural"; "reza, reza
mucho"; "fíate, obedece, déjate llevar".
No descubrí la negra magia de todas aquellas palabras hasta que me mordieron el corazón.
Mientras tanto rezaba, obedecía y suplicaba para llegar a tener mayor visión sobrenatural.
Éstos y otros muchos hechos iban quedando en mi corazón: muchos pequeños hechos reposaban
como amortajados en la bruma; aparcados, pero con la suficiente fuerza como para no olvidarlos.
El mundo que me enseñaban se disponía armoniosamente alrededor de coordinaciones fijas. Las
nociones neutras tenían que ser desterradas: o estás conmigo o estás contra mí, no había término
medio entre el traidor y el héroe, el renegado y el mártir. Sin embargo, mi experiencia desmentía
ese esencialismo. Lo blanco era raramente completamente blanco; la negrura del mal se
esfumaba, y lo que acababa por dominar eran los tonos grisáceos.
Pero aquello que veía con mis ojos, lo que sentía de veras, debía entrar en esos marcos donde no
cabían las nociones neutras; los mitos y los clichés tenían que prevalecer sobre la realidad, y yo
en aquellos momentos y en aquellas circunstancias estaba confusa y débil para pensar por mí
misma. No me quedaba más recurso que cerrar los ojos y refugiarme en la autoridad, que para mí
tenía que ser el Padre y los directores (un mundo en blanco y negro: el Padre era la perfección, los
directores infalibles como tales. Sin embargo, yo veía un mundo de grises: en el Padre descubría
grandes aciertos y algunos, también, grandes desaciertos, y a no pocas superioras las encontraba
artificiales, superfluas y hasta estúpidas y vanidosas).
Finalizaba mi etapa de adoctrinamiento. Había que dar un salto y lo di. El recurso de la voluntad
divina era, en última instancia, lo que me tranquilizaba: Dios que había sacado a la Tierra del Caos
y a Adán del barro, a mí también me iría aclarando. Había dado el salto necesario y, poco a poco,
iría descubriendo, viendo, dando sentido. Mientras tanto tenía que apoyarme en la oración y en los
sacramentos, volcarme en el trabajo y el apostolado, y en estos terrenos, en los que no presentía
peligro, realizarme y resolver problemas. Los otros temas: el blanco, el negro, los grises, era mejor
que no me obsesionara con ellos. El deseo de sumisión iría creciendo con el aumento de mi amor
a todo lo que rozara la Obra -sobre todo al Padre, a su inspiración divina-, y mi vida toda se iría
encauzando. Pero había que tener paciencia y ser humilde; tomar conciencia de la propia
limitación y agarrarse a la fe.
Tanto control, tanto reglamento, tanta nota se me hacían Cuesta arriba. Pero como estaba
profundamente motivada, a todo lo que me incomodaba le veía su razón de ser y se me ocurrían
sólidos -o al menos hermosos- argumentos que daban sentido a todo aquello: teníamos que hacer
de nuestra vida una obra de arte, y el trabajo de los artistas -sobre todo el de los músicos- podía
servirme de modelo. En aquel entonces ni se me pasaba por la cabeza que unos años después
casi todo iba a sonarme a demasiado repetido, gastado, arrugado, caduco. Mi optimista punto de
mira se encontraba puesto en lejanos horizontes, y exigía una realidad diaria de esfuerzo,
abnegación y disciplina.
Con esta disposición de ánimo dije adiós a esa primera etapa de adoctrinamiento, caminando
decidida hacia lo que consideraba que era un nuevo ciclo más gratificante y de horizontes más
abiertos. Ante mí se abría esperanzadora una nueva etapa de expansión, de exaltación. Hasta
entonces mis esfuerzos se habían centrado en crecer para adentro, a partir de ahora se trataba,
sobre todo, de realizarse hacia fuera. Trabajo, oración, ser una ayuda real para los otros, hacer
apostolado; traducir en obras ese profundo deseo de colaborar a hacer un mundo más justo, más
humano.
Pensadores como Jacques Maritain -un cultor de utopías sociales- eran mi punto de referencia, y
como él, estaba convencida -desde la candidez de mis veinte años- de que, mediante un enérgico
apostolado inspirado en la palabra evangélica, se podía arrebatar al espíritu del mal el dominio de
la historia humana y construir una sociedad sustentada en los valores del espíritu. Para hacer
realidad esta utopía espiritual colectiva teníamos que trabajar con celo de converso y dejar en esa
tarea nuestros mejores años de juventud, sin decaer ante los desmentidos y desvaríos que la
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realidad humana se encargaba de dejar bien patente. En esto consistía lo de ser "contemplativos
en medio del mundo", punto clave de nuestra vocación.
Las puertas del Centro de Formación se cerraban y se abrían las de la Escuela de decoración y
secretariado Llar en Barcelona. Comenzaba así un periodo inquieto y activo que duró más de tres
años. Por las mañanas trabajaba como periodista en el departamento de información del IESE
(Instituto de Estudios Superiores de la Empresa), por las tardes daba clases en la Escuela Llar -de
Literatura y de Pensamiento de actualidad-, y me dedicaba por entero al apostolado con chicas
jóvenes, alumnas de la Escuela y amigas suyas, sobre todo.
Durante aquellos años, Llar fue una importante cantera de vocaciones de supernumerarias que
pocos años después se casaron. Recuerdo que un considerable porcentaje de aquellas jóvenes ya
se planteaban que el matrimonio no iba a suponer para ellas el abandono de su profesión, y daban
por supuesto que se preparaban para ejercer un trabajo en serio. En este terreno encontré una
importante diferencia entre lo que había vivido en la Escuela Montelar de Madrid, y lo que ocurría
en la Escuela Llar de Barcelona. Mientras en la primera, la inmensa mayoría de las chicas que se
matriculaban lo hacían como entretenimiento -a modo de compás de espera hasta el momento del
casorio-, en la segunda, eran muchas las que se apuntaban con vistas a prepararse para llevar a
cabo una tarea productiva.
¿Y de la pobreza, y de la castidad? (9 de noviembre, 1998)
Te parece que, en mis cartas, desde un principio hago abundantes referencias a la obediencia,
pero que los otros dos consejos evangélicos quedan como en el olvido, por eso me preguntas con
especial insistencia: "y la pobreza, y la castidad, ¿cómo la vivíais?". Bien, pues antes de pasar a
otras etapas de mi recorrido personal, voy a contarte.
La pobreza para una numeraria consiste en no ser propietaria de nada y en estar desprendida de
todo aquello que se usa o disfruta. Tanto el sueldo que ganabas, como las propiedades -si las
tenías-, o los regalos que recibías de familiares o amigos, debían entregarse a la directora. En lo
que se refiere a vestuario y objetos personales, como todas las que estábamos en el Centro de
Formación acabábamos de llegar de las respectivas casas de nuestros padres, cada cual tenía
aún lo suyo: unas habían llegado muy bien equipadas, otras no tanto, y también las había
francamente mal trajeadas.
Se trataba de ser exigente con una misma, y en el examen personal preguntarte si era necesario o
no todo lo que tenías. En caso de que la respuesta sincera fuese que poseías cosas innecesarias,
de inmediato vivías el llamado desprendimiento, entregando a la directora todo aquello que ibas
considerando superfluo, aprendiendo así a funcionar más ligera de equipaje. Al finalizar el Curso
de Formación ocurría, que las peor trajeadas habían mejorado considerablemente su aspecto
externo, mientras que las mejor equipadas habían simplificado su armario y todo su "look" en
general.
En cuanto a la castidad, muchas veces me han preguntado -tú también lo has hecho-, si en aquel
mundo exclusivamente femenino, no se vivían historias de amor entre mujeres, y siempre he
respondido que en los casi nueve años que fui numeraria, nunca vi nada chocante en este sentido.
De vez en cuando te topabas con alguna de esas chicas babosas y pesadísimas, que
continuamente perseguían y se enganchaban a la directora de turno para consultarle ni se sabe el
qué, pero siempre pensé que se trataba de personas algo desequilibradas, con ganas de
protagonismo, con necesidad de llamar la atención y de que alguien les hiciera caso, pero nunca
se me ocurrió pensar que pudiera tratarse de una forma de enamoramiento.
Creo que la gran mayoría -en la que me incluyo-, aterrizamos allí con una enorme buena fe y
movidas por una llamada de Amor que pedía disponibilidad, entrega y generosidad total para ser
mejor y colaborar en hacer un mundo mejor. La castidad formaba parte de todo aquel apasionante
juego, ya que al renunciar a un marido y a unos hijos -tenía bien claro, por mi formación, que esa
era la única forma válida de vivir la sexualidad-, una estaba más libre y disponible para la
generosidad y la entrega a los otros. Cuando nos decían que nosotras teníamos que vivir la
castidad como una "afirmación gozosa", lo captaba perfectamente.
Pero con mi punto de vista personal, tampoco quiero afirmar categóricamente, que allí todas
fuéramos espíritus puros, y que nunca ocurriera nada alarmante. De hecho, estando ya fuera de la
Obra, he tenido ocasión de escuchar algunas historias; con detalle recuerdo dos.
La primera me la contó una ex numeraria -hoy casada y madre de dos hijos ya mayorcitos-, y le
ocurrió viviendo en Pamplona. Según su versión, otra numeraria se enamoró de ella y se le
declaró abiertamente. Parece ser que, en un principio, también la interfecta se sintió atraída, pero
enseguida sintió miedo, entonces lo contó en el confesionario, y todo acabó con un cambio de
casa y de ciudad. Las dos arrepentidas fueron a parar, una a Madrid, y la otra, a Sevilla.
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La segunda historia tiene más argumento y también más morbo. Su protagonista hizo el Curso de
Formación el mismo año que yo, en Dársena (Barcelona). Catalana de pura cepa, decoradora por
la Escuela Llar, Matilde P. -así se llama-, era la segunda de cinco hermanos, todos ellos de la
Obra. Pues bien, por ella misma supe, que en el Curso de Formación se enamoró de una
compañera y que de inmediato se "entendieron". Su lugar de encuentro habitual era la azotea de
la residencia y, en cuanto veían el campo libre, allí se escapaban; incluso por la noche, cuando ya
todo el mundo dormía, se reunían allí, hasta que un buen día las pescaron in fraganti.
A partir de entonces, una y otra fueron estrechamente vigiladas, pero aun así -según ella cuenta-,
de vez en cuando todavía consiguieron burlar las barreras y encontrarse.
Cuando escuché el relato de este folletín -hace ya unos cuantos años-, no salía de mi asombro:
vivíamos en la misma casa, participábamos del mismo entorno, pero lo cierto es que nunca llegué
a sospechar, ni tan siquiera a imaginar, que pudiera estar ocurriendo nada de todo aquello que mis
oídos estaban escuchando.
Y lo más fuerte es que la historia no acaba aquí. Su protagonista siguió contándome que, después
de haber dejado ella la Obra y su compañera estar destinada en Madrid, el "affaire" subsistió.
¿Cómo? -te preguntarás, como yo me pregunté-. Pues se encontraban en un hotel de la ciudad;
ella se desplazaba desde Barcelona, y la que era numeraria, contaba a su directora que había
venido una tía suya a Madrid y que no tenía más remedio que acompañarla -trabajaba en la
administración de la residencia en la que vivía y ésta era la única forma de poder salir-. Se citaban
en la habitación del hotel y allí pasaban el día encerradas, entre otras cosas, por temor a que
alguien las viera. A última hora de la tarde, se despedían. Este plan parece que duró varios años.
Pero volviendo a lo que decía líneas arriba, pienso que este tipo de historias eran del todo
extraordinarias en aquel contexto en el que era mucho más corriente el vivir célibe con naturalidad
y sin grandes tensiones. Yo al menos, sinceramente, lo veo así.
Y para acabar, pienso que viene a cuento el recordar que los votos en sí mismos no son más que
cauces de posible vida cristiana; que lleguen a serlo en verdad depende de la realización concreta.
La justificación cristiana de los votos son su misma realización y, si, de hecho desencadenan una
vida según el seguimiento de Jesús. De la castidad, obediencia y pobreza existían -y supongo que
existen-, tradicionalmente dos concepciones: una concepción ascética, de negación y sacrificio, en
la que el sujeto niega el ejercicio de la sexualidad, de la libre voluntad y de la libre disposición de
bienes, y una concepción personalista en la que los votos o compromisos son medios de
realizarse, es decir, que en ellos se encuentra el cauce para desarrollar maduramente la propia
afectividad, la propia libertad y el uso correcto de los bienes materiales. Mi manera de ser
conectaba, sin duda, mucho más con la concepción personalista, ya que no creo que sea ningún
ideal en sí mismo que la persona se sacrifique sin más, sino que todo lo que sea sacrificio y
negación debe estar al servicio de algo positivo (la castidad es la condición de la más amplia
posibilidad de amistad y amor desinteresados; la pobreza, de compartir las cosas en común; la
obediencia, aun cuando exista un superior que decida, ha de enfatizar la escucha en común de la
palabra de Dios). Los votos, en definitiva, permiten y exigen una total disponibilidad para estar
presente donde más haga falta.
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Pablo VI que le sucedió, la Curia romana, los obispos de Occidente, Oriente y el Tercer Mundo, las
distintas corrientes teológicas... Sólo hubo oposición por parte de monseñor Lefebvre y su entorno,
que representaban una ínfima minoría de los padres conciliares. Sin embargo, unos años más
tarde, como observa el sociólogo de las religiones, Gille Kepel, "el legado del Concilio será objeto
de un conflicto radical entre quienes estiman que sólo es el comienzo de un proceso de apertura
de la Iglesia al mundo y quienes, a la inversa, lo consideran un término, un límite que no debe
franquearse".
En cierta ocasión oí contar que, al papa Juan, la idea de convocar un concilio le vino a las mientes
a raíz de un diálogo que sostuvo con un cardenal, que creía de buena fe que el mejor soporte de
la Iglesia debía ser la acumulación de poder. Le daba miedo la competencia de las demás
religiones, mientras que él pensaba todo lo contrario. El poder terrenal de la Iglesia era el principal
enemigo de la catolicidad. La década de los sesenta no era la época de Constantino, ni tampoco la
de los Borgia. Los fieles en particular, y la humanidad en general, necesitaba otra actitud, otro
lenguaje.
El idealista y bondadoso pontífice, estaba convencido de que procedía un acto de arrepentimiento,
de humildad, un mea culpa. El Concilio debía servir para dar un giro de 180 grados. A base de
anatemas, de coacción, de amenazar con el fuego eterno y, por supuesto, de nepotismo, la Iglesia
no iría a ninguna parte. El imparable avance de la ciencia y de la técnica iría socavando poco a
poco su influencia sobre las almas, y los hombres le darían la espalda.
Consecuente con su temperamento, sin una palabra de soberbia, aunque con una fe sin límites en
el mensaje de Cristo Jesús, presidió la apertura del Concilio. Roma se convirtió en un gigantesco
templo, en una concentración de jerarcas eclesiásticos entre los cuales abundaban los santos,
pero también las mentes retorcidas e incordiantes por una u otra causa.
"Pronto me di cuenta -explicó el Papa- que encontraría mucha oposición. Los retrógrados temían
perder sus privilegios (la llamada Curia romana había dicho que era imposible organizar el Concilio
para 1963)."
"¡Magnífico. Entonces lo celebraremos en 1962!" -añadió de inmediato Juan XXIII-.
Y así fue. El Concilio empezó paticojo, a decir del propio Papa, debido a las discrepancias que se
pusieron de manifiesto ya en la primera sesión. Pero esta reacción no acobardó al pontífice,
puesto que declaró:
"¿Creéis que os he hecho venir para que todos cantéis el mismo salmo como los monjes?"
Muchos teólogos se pusieron de su parte, entre los que destacó el jesuita Karl Rahner, cuyas
palabras fueron contundentes:
"Necesitamos -puntualizó- una teología de los misterios de Cristo. Del mundo físico. Del tiempo y
de las relaciones temporales. De la Historia. Del pecado. De la vista, del oído, del lenguaje, de las
lágrimas y de la risa. De la música y de la danza. De la cultura. De la televisión. De los alimentos y
de la bebida. Del matrimonio y de la familia. De los grupos étnicos y del Estado. De la humanidad.
De una nueva antropología cristiana..."
Las intervenciones del humilde Roncalli iban marcando el camino en una dirección que pilló
desprevenidos a muchos de los asistentes. Se manifestó sin ambages en contra de los "profetas
de las calamidades, y reiteró una y otra vez que la Iglesia debía usar más de la misericordia que
de la severidad. Cuando le preguntaron acerca de la conflictiva marcha del Concilio, respondió,
con fe firme, que en un concilio hay que contar con tres etapas: la del demonio, que procura
revolver los papeles, la del hombre, que contribuía a la confusión, y la del Espíritu Santo, que lo
aclaraba todo. Él no coincidió en el tiempo con el desarrollo de las tres etapas; falleció antes.
Pienso que el cónclave se hizo de la vejez una idea falsa cuando, creyéndolo inofensivo, eligió
Papa al cardenal Roncalli. Éste siempre había hecho lo que consideraba su deber, sin dejarse
intimidar por nada. El pontificado le abrió inmensas posibilidades y las explotó. Con el nombre de
Juan XXIII, tres meses después de su elección, venciendo todas las oposiciones, emprendió una
reforma de la Iglesia y convocó un concilio cuyos trabajos fueron en gran parte inspirados por él;
trabajos que iniciaron una conmoción y llevó a una interrupción posterior seguida de un parón en
seco por temor a un generalizado desmadre.
¿Fue Juan XXIII víctima de la contrafinalidad? De esa contrafinalidad que Sartre ha descrito y que
es un momento ineluctable del desenvolvimiento de la historia. "La praxis -dice- se fija en lo
práctico-inerte; bajo esta forma es retomada por el conjunto del mundo y desnaturaliza su sentido."
Toda persona madura ha asistido alguna vez a este reverso de las cosas. En nuestro siglo,
Gandhi puede ser el prototipo de víctima responsable de la contrafinalidad. Empecinado en la idea
de la no violencia, el padre de la liberación india no supo ver la violencia que alentaba en el seno
de las comunidades hindú y musulmana. Prefirió el principio a la realidad, el medio al fin, y el
resultado contradijo la empresa de su vida. Hay pocas suertes más trágicas para un hombre que
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nuestros esfuerzos, y mayor o menor ingenio, en tratar y captar a las esposas, hijas, familiares y
amigas de todos aquellos que ocupaban las nuevas altas esferas.
Otro acontecimiento puntero, que resulta clave para entender gran parte de la historia posterior de
la Iglesia, fue el giro llevado a cabo por la Compañía de Jesús. La transformación de los jesuitas
comenzó en los años cincuenta, cuando las promociones de sus jóvenes en formación acudieron a
las facultades de teología de Bélgica y de Alemania, donde, según las fuentes más ortodoxas,
sucumbieron en buena parte a los espejismos de la cultura Contemporánea, no para subordinarla
a la fe, sino para interpretar la fe en función principal de esa cultura, sin excluir el existencialismo y
el marxismo. El resultado fue, ante la alarma de Roma, una inversión de valores, una asunción de
la llamada teología política; una teología nueva que no iba de la fe a la cultura sino de la cultura a
la fe. Su teoría parte del punto de que todos los hombres son "cristianos anónimos" y por tanto no
hay que insistir en su conversión "ideológica", sino en la promoción de la justicia que se traduce en
la intervención política de signo activista e incluso revolucionario.
Ni que decir tiene que la Iglesia institucional estaba aterrada ante tan radicales y novedosos
planteamientos que le desbordaban por todos los lados. Por eso no resulta difícil de entender que
se encendiera la luz roja y que se dispararan las alarmas, aunque también es cierto que, si
echamos una ojeada a la historia de la Iglesia, vemos que en los momentos claves de crisis
interna siempre ha encontrado una orden religiosa en la que ha podido apoyarse. Los benedictinos
y los monjes misioneros de Gregorio Magno en la Alta Edad Media; dominicos y franciscanos en el
medievo bajo y jesuitas en el Renacimiento y la Reforma. Finalmente, en la última crisis del
postconcilio han sido los institutos seculares, los movimientos carismáticos y fuerzas autónomas
integradas a la vez en el mundo y en la Iglesia, como es el caso del Opus Dei, el apoyo efectivo de
la Iglesia institucional.
Del optimismo idealista al pesimismo práctico (17 de noviembre, 1998)
Y mientras tanto, ¿qué hacíamos quienes nos encontrábamos en ese mayoritario grupo de
católicos que aceptábamos de buen grado los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II?
Teníamos la mirada puesta en Pablo VI y su reafirmación de la autoridad papal, y confiábamos
plenamente en que la nave de Pedro tiene asegurada su permanencia de labios de su mismo
fundador. La historia confirma que la Iglesia había superado vicisitudes incomparablemente
mayores. Por nuestra parte se trataba de ir resolviendo las dificultades que se nos fueran
planteando y, como miembros activos de esa Iglesia, cooperar a demostrar, una vez más, que
éramos capaces de dirigirnos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo con un mensaje de amor
y universalidad. Además, los textos conciliares eran un buen refrendo a la doctrina que en el Opus
Dei predicábamos y queríamos vivir: la universalidad de la llamada a la santidad; el valor
santificador del trabajo; el apostolado de los laicos; la libertad de los seglares en toda cuestión
temporal. El Vaticano II redescubrió una verdad que llevaba siglos enterrada: los laicos, ni son
cristianos de segunda, ni "longa manus" de la jerarquía eclesiástica. Son pueblo de Dios en
marcha, que camina con una importante carga de fermento para influir en la sociedad. Pueblo de
Dios -no gregario, y menos pasivo-, formado por individuos que están personalmente llamados a
ser santos. El panorama que nos ofrecía el postconcilio era de verdad animante: todo parecía
llamar a la acción positiva y al optimismo.
Por aquel entonces me encontraba en pleno tiempo de exaltación vital como numeraria; había
superado la dura etapa de adoctrinamiento y me creía ya preparada para entrar de lleno en el
tiempo de la expansión. Mi asombro y preocupación no apareció hasta más tarde, al comprobar
como, gradualmente, la visión oficial de la Obra se iba desplazando, paso a paso, de la postura del
primer grupo hacia el segundo -de ambos grupos te hablé en mi anterior carta-, hasta llegar a
identificarse cada vez más con aquel segundo grupo formado, en un principio, casi exclusivamente
por monseñor Lefevbre y sus seguidores.
Cada vez oíamos hablar más, y con mayor apasionamiento, de desviaciones, errores, herejías y
traidores. "Os pido que recéis mucho por la Iglesia, por el Papa actual y por el Papa que vendrá,
que habrá de ser mártir desde el primer día -decía monseñor Escrivá a los suyos-. Rezad para que
el pueblo cristiano tenga defensas, en medio de tantos errores y herejías"...[Carta de Monseñor
Escrivá 14-II-1974].
"Hijas mías -añadía-, tengo gran congoja en el alma, por la Iglesia, por esa Madre buena que está
tan maltratada... Los traidores están dentro...", afirmaba Escrivá dirigiéndose a las superioras
mayores de Roma.
"Cuando yo me hice sacerdote -insistía el Padre tres meses antes de morir-, la Iglesia de Dios
parecía fuerte como una roca, sin una grieta. Se presentaba con un aspecto externo que ponía
enseguida de manifiesto la unidad: era un bloque de una fortaleza maravillosa. Ahora, si la
miramos con ojos humanos, parece un edificio en ruinas, un montón de arena que se deshace,
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que patean, que extienden, que destruyen... ". [PILAR URBANO, "El hombre de Vila Tévere", p.
460].
El tono catastrofista tocó techo en el contenido de la carta del 14 de febrero de 1974, pero que las
numerarias de Barcelona no conocimos hasta bien entrada la primavera de ese mismo año. Entre
otras cosas, el texto de monseñor Escrivá decía:
-"Hemos tenido que soportar -y cómo me duele el alma al recoger esto- toda una lamentable
cabalgata de tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos nuevos, procuraban ocultar,
aunque no lo consiguieran del todo, el rostro del hereje, del fanático, del hombre carnal o del
resentido orgulloso. Hijos, duele, pero me he de procurar, con estos campanazos, de despertar las
conciencias, para que no os coja durmiendo esta marea de hipocresía [...]. A este descaro
corruptor hemos de responder exigiéndonos más en nuestra conducta personal y sembrando
audazmente la buena doctrina [...]. Hijos, no os durmáis en un quehacer rutinario. Sentid el
desvelo por cumplir el bien, que el tiempo es corto. No os acobardéis jamás de dar la cara por
Jesucristo [...]. El remedio de los remedios es la piedad [...]. Después de haber rezado mucho y de
haber empujado a otros a rezar durante largo tiempo, os he comunicado las disposiciones que en
conciencia estimaba prudentes, para que vosotros contarais con unas directrices seguras de
orientación [...] en esta casi universal deserción moral [...]. [Carta de Monseñor Escrivá 14-II-1974].
Recuerdo que mientras escuchaba con todo respeto la lectura de tan inquietante texto, no podía
dejar de pensar que cualquiera que tuviese ojos en la cara, y una cierta sensibilidad, era
consciente de que en el interior de la Iglesia se hacía necesario un buen tambaleo, un profundo
cambio. Por eso no veía del todo claro en qué consistía tan dramática crisis de la misma. ¿No
había sido la historia de la Iglesia durante veinte siglos una crisis permanente? ¿Estábamos
entonces peor que en tiempos de Nerón, o de Diocleciano, o de Atila detenido a las puertas de
Roma por el papa León? ¿No fueron peores los tiempos de Arrio -probablemente también
profético y necesario-, o cuando las familias romanas hacían y deshacían Papas? No, no veía ni
mucho menos claro por qué tenía que asustarnos tanto aquella etapa de la historia de la Iglesia.
Por encima de todas las miserias entre las que nos movíamos y movemos, creía y creo en la
comunión de los santos, y los santos, desde el tiempo de Cristo, convivían y conviven con la
miseria y con la escoria humana, y caminaban y caminan junto a ella.
Lo que el Padre nos decía me parecía excesivamente alarmista y polarizado en ver solamente los
excesos de un lado y no los de otra. Si entre los progresistas había descreídos, herejes, laxos y
suicidas, también entre los retrógrados abundaban personajes cerriles, cobardes, miedosos,
bribones, agarrados a sus viejos privilegios y siempre dispuestos a ahogar la vida allí donde la
haya, pero de éstos últimos no nos decía nada. Aun así, creo que capté lo válido de su mensaje;
su empeño en ser, en aquellos momentos tambaleantes -en los que lo nuevo no acababa de nacer
y lo viejo no acababa de morir-, un necesario dique de contención. De ahí sus palabras de alerta,
con indicaciones y cautelas exigentes, para que nadie se torciera en la fe y en la moral, para que
se siguiera cuidando la piedad y el apostolado. Pero lo que me resultaba insoportable eran las
interpretaciones de los que se creían sus más fieles seguidores; siempre al acecho y viendo por
todas partes enemigos, contaminación, vestigios de posibles desviaciones, convencidos de que
estaban llevando a cabo una auténtica cruzada. Aquella especie de caza de brujas llegó a
hacérseme insoportable.
"¡Ojo!", "¡cuidado!", "¡aléjate de!...", "¡no te dejes influir...!" Todo estaba contaminado, maleado,
podrido. Nosotros éramos los buenos, los puros, los únicos auténticos que vivíamos la moral y la
doctrina católica.
Había que huir, pasar de largo rápido para liberarse de un posible contagio. Aquel tono alarmista
me hacía recordar, una y otra vez, la parábola del pobre samaritano. ¿Qué quiere decirnos esta
parábola? (Lc.10,25-37). ¿Por qué el sacerdote y el levita pasaron de largo? La respuesta pura y
dura es que ni uno ni otro querían desobedecer. Parece que esa era su intención, la de obedecer.
Siguiendo a los estudiosos de la Biblia, en su día supe que según las leyes rituales del Levítico,
estaba prohibido acercarse a un cadáver -y aquel herido lo parecía-. El que transgredía esta ley
incurría en una impureza legal. Los clérigos, obedeciendo, continuaron su camino apartándose
discretamente del supuesto cadáver. Ellos habían cumplido con la ley y su conciencia quedaba así
tranquila y firme, y por supuesto, incontaminada.
Cada vez estábamos más encerrados en una especie de fortín, unidos por la tendencia a
escandalizamos de todo y el horror a que la inmundicia nos salpicara.
Aquel ambiente me hacía volver la mirada atrás en la historia, trayéndome a la memoria imágenes
de la España de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando ante los excesos provocados
por las nuevas ideas aportadas por la Revolución francesa y la Ilustración, muchos ciudadanos
volvían los ojos con simpatía a las viejas ideas; las viejas ideas conservadoras se glorificaban,
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cuando ante las tempestades que la libertad había producido, se buscaba refugio en los tranquilos
puertos de la autoridad y la disciplina.
"¡La Ilustración ni siquiera nos ha arañado la piel!" -afirmaba jubiloso un cardenal de finales del
siglo XVIII-. Y eso no era cierto, porque era imposible. Se trataba de algo erróneo, porque aquellas
nuevas ideas, luminosas y vigorosas -aunque causaran sus estragos-, habían calado en
demasiados espíritus como para que pudieran volver a extinguirse de nuevo. Todo se
cuestionaba; lo que parecía inamovible se tambaleaba. ¡Fuera polvo y telarañas de muchos años!,
sólo así el nuevo pensamiento puede ir tomando cuerpo. ¿Cómo se puede permanecer
insensible?
Desmadre, desquiciamiento, de acuerdo. Pero tampoco se puede dar por bueno el inmovilismo, la
estupidez o el miedo. Con sentido común e inteligencia, es preciso empujar hacia adelante.
Porque las nuevas ideas siempre son un soplo de aire fresco; un estímulo que arrastra y empuja
despertando modorras de todo tipo.
El Concilio Vaticano II abrió las puertas de par en par, y algunos cogieron una pulmonía que les
llevó a la tumba o a una larga convalecencia que durante tiempo les ha hecho tambalear, pero eso
no justificaba el cerrar las puertas a cal y canto; encerrarse y ponerse a la defensiva, siempre
vigilantes para que nadie se acatarrara. El menor gesto de sonarse podía resultar sospechoso, y
un estornudo, ya no digamos.
Desde el año 1965 hasta finales de 1974, luché desde la postura del católico que había aceptado
de buen grado los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II. A partir de entonces esa actitud
se hizo insostenible dentro de la Obra, o al menos, en el mundo de las numerarias que era en el
que me encontraba inmersa. Ya irás sabiendo con más detalle a lo largo de nuestra
correspondencia.
Cada vez con mayor frecuencia, y con más alto tono alarmista, oíamos decir que los traidores
estaban dentro de la Iglesia, y que lo realmente peligroso era esa permanencia en el seno de la
misma de no pocos eclesiásticos cuya mente ya había dejado de ser católica y cuyo corazón
andaba muy lejos del Papa de Roma.
Insistían en que se trataba de rematar un cuerpo enfermo, pero de hecho ¿no se estaba
estrangulando a un recién nacido?
"Desde 1965 -escribe Pilar Urbano en su biografía sobre el fundador del Opus Dei-, Escrivá reza y
hace rezar a los suyos por la Iglesia de Jesucristo, zarandeada por los empellones postconciliares
de quienes, llamándose "progresistas", son trasnochadamente "regresistas": teólogos, liturgos y
moralistas que desempolvan, del baúl de los siglos, errores y herejías con un inconfundible olor,
mezcla de azufre y naftalina. Y exponen en sus tenderetes esas antiguallas de baratija, con la
única novedad de que quienes ahora están tras el mostrador -el púlpito, la cátedra, el altar- en
lugar de sotana, llevan corbata y jersey".
Y en compensación de toda esta morralla, nosotros éramos los únicos que no habíamos perdido la
carta de navegar; los íntegros, los puros, los sin fisura.
Tanta seguridad en la perfección propia me desconcertaba; ese rotundo triunfalismo me producía
un rechazo interno. Una vez más, no lograba verlo todo en blanco y negro.
Han pasado ya más de dos décadas de todo esto que te estoy contando, sin embargo, me
sorprende comprobar que la postura oficial de la Obra parece seguir siendo la misma de entonces
ya que, de lo contrario, recientes y rigurosos estudios, como es el del profesor Joan Estruch, no
insistirían en el tema:
-"El elitismo del Opus Dei -escribe-, las referencias de Escrivá a los "caudillos", la convicción de
construir "el pequeño resto de Israel", la exigencia de ser más perfectos que los demás, podrían
dar lugar en todo caso a la formación de lo que Weber llama "conventículos", y que Joachim
Wach, en una fórmula particularmente feliz y desgraciadamente poco utilizada y aprovechada,
llama "ecclesiola in ecclesia". Es el mismo peligro que el cardenal Baggio, prefecto de la Sagrada
Congregación de Obispos, en su solicitud de información a Álvaro del Portillo preveía a la
aprobación del Opus Dei como prelatura, designaba con el recurso de la fórmula de "Iglesia
paralela". Iglesia paralela o "ecclesiola In ecclesia": más allá de la atribución de una u otra
etiqueta, lo que aquí interesa subrayar sobre todo, en el caso del Opus, es su talante de
aristocracia religiosa".
Los selectos, los virtuosos que en el seno de la Iglesia se sitúan muy por encima de la vida
religiosa ordinaria de la gran mayoría. Instrumentos escogidos para contribuir al triunfo de una
causa, y el hecho de conseguir el éxito de la misma es la confirmación o la prueba de haber sido
elegidos.
Una ex numeraria, que ingresó en la Obra en la llamada época fundacional y la dejó después de
treinta años de militancia, asegura que Escrivá no aceptó nunca el Concilio Vaticano II, y explica:
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-"El fundador vino una vez a España, exclusivamente a hablar a un grupo de personas y decirnos
justo al terminar el Concilio: "Hijas mías vengo a deciros que la Iglesia va muy mal, va al desastre,
lo que os digo es que pidáis por la Iglesia, porque está muy mal, este Concilio es el Concilio del
diablo"".
"Todo el Concilio le desesperó -añade-. Pero su preocupación llegó al máximo con la elección para
Papa de Pablo VI. Fue algo que le sacó de quicio".
"Consecuentemente él no adaptó nuestra liturgia a la nueva del Concilio. No aceptó ninguna
reforma litúrgica, solamente en las casas de trabajos externos, por no haber más remedio,
consintió en poner el altar hacia el pueblo, de cara a los fieles. Pero en los oratorios de los pisos
se seguía como siempre: la misa en latín, de espaldas al pueblo y siguiendo el calendario anterior
[...]. Las mujeres seguíamos llevando velo, lo que era una rareza en las iglesias públicas.
Tampoco aceptó las misas concelebradas, y en las casas de retiro mandó hacer un claustro con
armarios que eran altares para que los curas dijeran las misas por separado".
No le gustó la encíclica "Populorum progressio" de Pablo VI y decía: "¿A qué viene ahora el Papa
con estas cosas sociales cuando hay tantas herejías dentro de la Iglesia?".
Un punto de vista del todo opuesto es la que nos ofrece Pilar Urbano en su ya citada biografía de
Escrivá:
-"Esta visión realista del desastre -de una Iglesia devastada por una bandada de depredadores- no
significa que Escrivá se posicione enfrentado o disconforme con el Concilio. Se equivocaría de
medio a medio quien lo pensase. Precisamente, para el Opus Dei, lejos de ser un revés, el
Vaticano II es una confirmación en toda regla".
"De ahí -añade P. Urbano- que una pléyade de altos cargos eclesiásticos le señalen como hombre
anticipativo, pionero en la espiritualidad de los laicos y precursor del Concilio".
Yo aquí añadiría que el hombre verdaderamente anticipativo, que el pionero en la espiritualidad de
los laicos, fue Martín Lutero; él fue quien hace 450 años puso al laico teológicamente de pie. Fue
Lutero quien dio comienzo al redescubrimiento del sacerdocio de todos los creyentes, al proclamar
que no era cierto que hubiese una ética "más elevada" válida para frailes, sacerdotes, monjas Y
religiosos, y una ética "inferior" para la gente casada y aquellos cuyas vocaciones se hallaban en
el mundo seglar. El carácter del oficio no era lo operante, sino el carácter de la relación con Dios
en cualquier oficio en que Él hubiese puesto a un hombre, campesino o príncipe, alfarero o
sacerdote. El príncipe realizaba una función distinta a la del campesino, el alfarero otra distinta a la
del sacerdote, pero el mismo Dios sobre todos había salvado a todos de la misma manera y por el
mismo Evangelio. [JAMES ATKINSON, "Lutero y el nacimiento del protestantismo", pp. 94 y 95]
Para Lutero, la auténtica "clase espiritual", como tal, estaba formada no por los clérigos, sino por
todo el cuerpo de creyentes en Jesucristo, clérigos y laicos por igual, porque Dios había llamado a
todos ellos, y por esa llamada todos ellos eran semejantes a los reyes y a los sacerdotes. Sólo
había un cuerpo bajo Cristo, su cabeza. Todos los cristianos pertenecían a la misma clase
espiritual.
Insisto, por tanto, en que el hombre verdaderamente anticipativo, el pionero en la espiritualidad de
los laicos fue Martín Lutero hace más de cuatro siglos. Personalmente lo descubrí a finales de los
años sesenta, y la historia de este, para mí, importante descubrimiento, ocurrió como cuento a
continuación.
En un Congreso de Psicología celebrado en Barcelona, al que yo asistía como informadora,
encontré a un antiguo amigo de la infancia entonces aspirante a jesuita. Era licenciado en Filosofía
y Psicología y participaba en el Congreso con una ponencia. Desde que cada uno había elegido
su camino específico no nos habíamos vuelto a ver, cosa lógica. El reencuentro nos hizo ilusión a
ambos y hablamos sin parar durante varias horas. Él había cursado parte de su carrera y
noviciado en Bolivia y allí pensaba regresar para ser profesor de la Universidad de la Paz. Por su
parte, se interesó mucho por la espiritualidad de la Obra y por mi vida dentro de la Institución. Le
hablé entonces con entusiasmo de todas las que eran nuestras máximas: santificación del trabajo
ordinario; el trabajo como quicio de la vida interior; nuestro deseo de ser contemplativos en medio
del mundo; nuestro estar en el mundo pero sin ser del mundo... Después de escucharme con
máxima atención, comentó con tono muy positivo que parecía que ya había llegado el momento de
que cada vez más católicos fueran haciéndose conscientes de lo que los protestantes intentaban
vivir desde sus inicios.
Ante mi gesto de asombro, pues estaba convencida que le hablaba de algo muy nuevo, mi amigo
comentó que la idea singular de monseñor Escrivá era la de adaptar el credo católico a la vida
diaria, profesional y empresarial, de los tiempos modernos. El Padre nos quería dar y nos daba su
propia versión de lo que en su momento fue la idea original: la moral protestante.
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Idea singular, sí, pero para nada original, única y hasta entonces desconocida -añadió-. Y para
reforzar lo que me estaba diciendo me recomendó una bibliografía básica: Historia de la Iglesia
(etapa de la Reforma), biografía de Lutero y una selección de la obra de Max Weber. Tras la
lectura comprobé que sus comentarios eran ciertos.
A partir de entonces me pregunté si era del todo honesto el insistir en que la santificación o la
búsqueda de la perfección a través del trabajo y de la actividad profesional era una idea
absolutamente novedosa, que a nadie hasta entonces se le había ocurrido y que al Padre le había
llegado por pura y simple inspiración divina. ¿Por qué no podíamos reconocer que Lutero fue
quien dio el primer paso decisivo en este terreno?
Además, en aquellos tiempos conciliares que oíamos hablar tanto de ecumenismo, me parecía
bueno reconocer que teníamos un montón de puntos en común con los llamados "hermanos
separados".
Comenté con la directora todo esto que pasaba por mi cabeza y se quedó patidifusa. Me miró
como si estuviera un poco chiflada e insistió en que las lecturas podían llegar a hacer mucho daño.
Me aconsejó rezar, callar, trabajar y que no leyera ni una sola línea sin consultar previamente.
Por mi parte, podía rezar, callar, trabajar y obedecer pero lo que no se hacía posible era borrar de
un plumazo lo que sabía de cierto: que el luteranismo, en sus inicios en el siglo XVI, fue
fundamental para el nacimiento de una nueva concepción del trabajo y de la actividad profesional.
La aportación de Lutero reside en que no sólo comienza a utilizar la palabra "profesión" con un
nuevo sentido profano, sino que desarrolla toda una concepción nueva del trabajo cotidiano al
considerar que el cumplimiento del mismo tiene una cualidad moral: al trabajo cotidiano se le dota
de una significación religiosa al ser considerado como el único medio para vivir de manera grata a
Dios. Es Lutero quien da un nuevo valor religioso y moral a la vida en el mundo, y con ello al
trabajo o actividad económica que se pueden entender como "profesión". Lutero consideraba que
cualquier tipo de actividad es buena para la salvación del cristiano, y basa sus argumentos en un
pasaje de la primera carta de San Pablo a los Corintios (I Cor., 7,17-24), en el que afirma que cada
uno debe estar y permanecer en el puesto al que Dios le ha llamado, siendo lo importante vivir
según los mandamientos de Dios y no importando para este fin la posición o situación concreta
que cada uno tenga: cualquier posición social es buena para la salvación.
En los últimos años de su vida, Lutero fortaleció aún más la idea de que el cristiano tenía que
aceptar la situación en la que se encontraba y acomodarse a ella: todas las profesiones, todos los
estamentos sociales son iguales ante Dios. Su visión del trabajo es básicamente tradicionalista:
hay que mantenerse en la posición en que se está.
Pero la moral protestante no se quedó aquí. Si Lutero, como afirma Max Weber, dio el primer paso
decisivo, el encargado de dar el paso siguiente es el "protestantismo ascético" y sus más
destacados movimientos -calvinismo, pietismo, metodismo, sectas baptistas-. Todos ellos
recomiendan el trabajo infatigable y sin descanso como el medio más apropiado para conseguir la
seguridad de haber sido elegido por Dios. Todos ellos fomentan, como quicio de su espiritualidad,
el trabajo -medio ascético por excelencia- y la actividad económica.
Este impulso para el establecimiento de una vida sistemática y racional -ascética- está presente en
las distintas corrientes del protestantismo ascético. Y lo decisivo es que este modo de vida
racional se presenta como un modo de vida que se puede exigir a todos. Pero esta racionalización
de la vida en el mundo no es para la gloria de este mundo, ya que el mundo se les presenta como
simple material, como campo de pruebas donde se cumple el deber cristiano de aumentar la gloria
de Dios a través de una conducta racional, como lugar de acreditación del creyente que busca la
certidumbre de su salvación. En esta racionalización de la vida en el mundo, pero que no es para
este mundo ni de este mundo, se resume la concepción de la actividad productiva del
protestantismo ascético, su idea de profesión.
Efectivamente, la idea del Padre era singular, pero no original, única y hasta entonces
desconocida. Seguidamente enumero una serie de puntos, elegidos al azar, que la Iglesia
reformada vivía desde hacía varios siglos y nosotros queríamos vivir; puntos comunes en la vida
práctica, no en dogmática, terreno en el que no entro, ya que nuestra formación teológica era más
bien limitada:
-La palabra "profesión" y su nuevo significado es un producto de la Reforma -es algo que ya he
dicho pero quizá sea bueno abundar en ello-. Su significado es nuevo, dice Max Weber, en el
sentido de valorar el cumplimiento del deber en las profesiones profanas como el contenido más
elevado que puede tener una actuación realmente moral. El cumplimiento de los deberes
intramundanos es, en cualquier caso, el camino para agradar a Dios, que este cumplimiento y sólo
él es voluntad de Dios y que, por ello, todas las profesiones lícitas valen realmente lo mismo ante
Dios. Esta calificación moral de la vida profesional profana tuvo importantes consecuencias en el
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entorno social. (Los miembros de la Obra también tienen que santificarse "en la profesión, con la
profesión y a través de la profesión".)
-El mundo está destinado a servir a la autoglorificación de Dios, el cristiano lo está para aumentar
la gloria de Dios en el mundo mediante el cumplimiento de sus mandamientos. Dios quiere la
actividad social del cristiano, pues Él quiere que la vida social se organice de acuerdo con sus
mandamientos y de modo que se adecue a aquel fin. El trabajo del calvinista en el mundo es
solamente un trabajo "in majorem gloriam Dei". (El Padre decía que para nosotros "una hora de
trabajo era una hora de oración".)
-¿Soy yo un elegido? ¿Y cómo puedo yo estar seguro de esta elección? Para Calvino mismo, esto
no era un problema. Él se sentía como un "instrumento" en manos de Dios y estaba seguro de su
estado de gracia. Por consiguiente, para la pregunta de cómo podía el individuo estar seguro de
su propia elección sólo tenía, en realidad, la respuesta de que tenemos que conformamos con el
conocimiento de la decisión de Dios y con la confianza firme en Cristo, producida por la verdadera
fe. (¿No era lo mismo que decíamos nosotros? "Él te eligió primero". Y los directores tenían que
insistir, una y otra vez en que "éramos como barro en manos del alfarero".)
-En lugar de la aristocracia espiritual de los monjes que estaba fuera y por encima del mundo,
apareció una aristocracia espiritual de los santos en el mundo, predestinados por Dios desde la
eternidad. (Nosotros también teníamos que ser, y éramos "la aristocracia del espíritu".)
-La aristocracia religiosa de los santos, que se destaca en la evolución del ascetismo reformado
con tanta mayor firmeza cuanto más seriamente se lo haya tomado, se organizó libremente dentro
de la Iglesia formando conventículos o sectas, haciendo una diferenciación formal entre cristianos
activos y pasivos. (El libro madre de la Obra, Camino, también habla claramente de "elegidos" y de
"clase de tropa".)
-De la valoración de la vida como "tarea" se deduce "la alegría mundana" de los puritanos.
(Nosotros teníamos que ser "sembradores de paz y de alegría"; teníamos que "amar al mundo
apasionadamente" y además, el cómo vivíamos esa "alegría" era un punto diario de examen.)
-En la primera etapa de la expansión protestante, la Iglesia católica oficial trató con la mayor
desconfianza el ascetismo intramundano de los laicos, por el peligro de que llevara a la formación
de conventículos, y trató de orientarlo hacia las órdenes religiosas, es decir, "fuera del mundo", o
lo incorporó a las órdenes mendicantes, como un ascetismo de segundo grado y sometiéndolo a
su control. (El Opus Dei también pasó años batallando por salirse de la fila de los Institutos
seculares y ser reconocido como exclusiva "Prelatura Personal" dentro de la Iglesia. Una y otra
vez, Roma dijo "No" a sus pretensiones, hasta que llegó el actual papa Juan Pablo II, que ha ido
diciendo, sí y sí a todas sus propuestas y aspiraciones.)
-Con la Reforma el ascetismo hizo su aparición en el mercado de la vida, cerrando tras de sí las
puertas de los conventos, y emprendió la tarea de empapar con su método la vida "cotidiana" en el
mundo, de transformarla en una vida racional "en" el mundo, pero no en una vida "para" este
mundo "ni" de este mundo. (El mensaje del Opus Dei, ¿no viene a ser idéntico?: "Estar en el
mundo pero sin ser del mundo"...)
-Para el "protestantismo ascético" el hombre en la tierra tiene que "realizar las obras de aquel que
le ha enviado". "La actividad" es la que sirve para aumentar la gloria de Dios, según su voluntad
inequívocamente revelada. En consecuencia, el primero y el más grave de los pecados es el
"desaprovechamiento del tiempo". La pérdida de tiempo es absolutamente reprobable desde el
punto de vista moral. El tiempo es infinitamente valioso, porque cada hora perdida se le sustrae al
trabajo para la gloria de Dios. (Del aprovechamiento del tiempo, la doctrina del Opus Dei hace
hincapié hasta el punto de que "el tiempo es más que oro, es gloria".)
-Para Lutero, la integración de los hombres en los estamentos y profesiones existentes era
expresión directa de la voluntad divina -no algo casual- y, en consecuencia, se trataba de un deber
religioso que el individuo perseverara en la posición y en los límites que Dios le había asignado.
(Monseñor Escrivá insistía en que no había que mover a la gente de su sitio; su deber era servir
donde estaba.)
-La riqueza, según el protestantismo ascético, sólo es peligrosa como tentación para la pereza y
para el goce pecaminoso de la vida. Pero como ejercicio del deber profesional, no sólo es lícita
desde el punto de vista moral, sino que es una obligación. (La doctrina de la Obra decía que no se
trataba de "no tener sino de estar desprendido".)
-El ascetismo protestante siente aversión por la ostentación del nuevo rico y por la
despreocupación del "señorito". Por el contrario, el austero "self made man" burgués encuentra su
aprobación moral. (Escrivá también anima en su libro Camino a querer "llegar a morir en la cama,
como un burgués, pero de mal de amor".)
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¿No es asombroso el paralelismo? ¿Y no era más honesto el reconocerlo que el seguir predicando
que nuestra doctrina era original, única y, hasta entonces desconocida? ¿Por qué no citábamos
las fuentes en lugar de apropiárnoslas? Y si hiciéramos por trabajar juntos con los que teníamos
tanto en común, ¿no sería bueno para todos, y especialmente beneficioso para nosotros el poder
aprender de la experiencia de otros?
En mis tiempos de exaltación eran preguntas que me planteaba, descubrimientos que estaba
deseosa de poder desarrollar.
Cuestionamiento total de los valores establecidos (20 de noviembre, 1998)
Tú ni tan siquiera habías nacido entonces, pero de la revolución estudiantil de los años sesenta
seguro que sí has oído hablar, entre otras cosas, porque del Mayo del 68, como punto de
referencia, todavía se sigue hablando. Y es que supuso un tambaleo tan fuerte que, aunque
pasado algún tiempo las cosas volvieron a su sitio, es igual de cierto que no han vuelto a ocupar,
exactamente, el mismo lugar que ocupaban.
Pocos años después del Concilio -del que tanto se ha hablado-, el mundo occidental tuvo que
hacer frente al movimiento estudiantil, caracterizado por un cuestionamiento total de los valores
establecidos. Frente a estos nuevos planteamientos, las propuestas y reformas del Vaticano II,
parecían de una timidez extrema.
La revolución de los jóvenes consistió en la denuncia de numerosos problemas que la ideología de
la prosperidad había ocultado durante largo tiempo. Muchos pensaban que los gobiernos
proclamaban continuamente el respeto a las libertades y derechos de los ciudadanos mientras
subsistían la discriminación racial, el imperialismo brutal, la explotación implacable del Tercer
Mundo y la intolerancia frente a los disidentes. La juventud se creía en la necesidad de denunciar
que las constituciones garantizaban sobre el papel la participación de todos en las decisiones de la
sociedad, mientras que la enseñanza, la publicidad y la propaganda -manipuladas de múltiples
formas- impedían a la mayoría de los ciudadanos formular sus propios intereses e instrumentar el
modo de ampararlos.
La protesta comenzó hacia 1965 en Estados Unidos, donde el problema racial y la incipiente
guerra de Vietnam quebrantaron la confianza de la juventud en las bondades de la mal llamada
democracia. Posteriormente la chispa se propagó a Europa. Muchos jóvenes compartían la
opinión de que la Francia del gaullismo estático merecía gravísimas críticas. Lo mismo pensaron
numerosos jóvenes de la Italia del letargo político, de la Inglaterra del conservadurismo a ultranza,
de la Alemania del anticomunismo militante y de la España de la dictadura franquista.
Pero las causas de la revolución no eran sólo políticas. La juventud deseaba autorrealizarse y ser
libre, mas la sociedad le imponía restricciones en nombre de la eficacia. De aquí, el origen del
conflicto. Al "principio de eficacia", la juventud oponía el "principio del placer". Los cuartos de estar
de los hogares paternos, llenos de comodidades, ahogaban su sentimiento vitalista. La solución
estaba en protestar, evadirse y huir de la sociedad de consumo. Se ensayaron nuevas formas de
convivencia en comunas, se compartieron viviendas, se unieron en parejas libres y, mediante el
hachís, el LSD y la heroína, se buscaron nuevas e insospechadas sensaciones. Todo el tinglado
antiautoritario o revolucionario apuntaba contra los burgueses, contra los filisteos del siglo XX.
Era preciso vivir una existencia libre de represiones y de frustraciones, tanto en el ámbito político
como en el privado, en el profesional como en el sexual. Se buscaba la pausa, el respiro para
ensayar una mejor convivencia entre los hombres. Aquí podía radicar el posible contenido utópico
del movimiento -a veces incluso religioso-, como en el caso de 1os "hippies". Pero este principio
de esperanza, desorientado y sin cauce, iba dejando paso a un afán destructor. Aquella gran
oleada de la revolución estudiantil agotó su caudal de energías al término de la década de los
sesenta. El movimiento se desintegró, no sin dejar una herencia duradera de difícil definición. Su
valioso espíritu crítico, que proclamaba la legitimación de la autoridad, examinaba la desigualdad y
estudiaba los efectos de la violencia, propició un cambio de valores que afectaba nada menos que
al futuro de la familia, al papel de la educación, a los tabúes sexuales, a la emancipación de la
mujer y a los límites ecológicos del crecimiento económico.
¿Cómo entender todo aquello que estaba ocurriendo a nuestro alrededor, ese cambio de valores,
a la luz del Evangelio? ¿Se podía permanecer insensible, censurando la nueva realidad desde un
voluntario reducto?
Si en el estilo de dicha rebelión flotaban elementos de "romanticismo subjetivista", en su centro
alentaba algo que se puede resumir en el deseo de poner de manifiesto que aspectos importantes
en la sociedad entonces presente no marchaban, y que nadie podía quedarse con los brazos
cruzados. El problema no se planteaba en términos exclusivamente "subjetivos" y "personales",
sino, o más bien, en términos "interpersonales", y sobre todo "sociales".
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Ser Mujer En El Opus Dei Isabel de Armas
El escritor Francisco Umbral afirma que, considerada como revolución cultural, toda una
generación, o dos, podemos consideramos hijos del 68, y se explica: "El 68 supuso pasar de
Sartre a Marcuse, del cuerpo como herramienta de trabajo al cuerpo como herramienta de placer,
de la izquierda como oficina anexa de Moscú a la izquierda como implosión desde dentro de todo
el sistema burgués, al recambio del poder por la imaginación; supuso asimismo el paso del coñac
a la droga, de la juventud como alumnado a la juventud como clase social emergente (los "ocupas"
de hoy son nietos del 68), de la literatura como compromiso burgués a la literatura como espacio
de libertad. Es decir, una trasvaloración de todos los valores".
Era importante entender lo que estaba ocurriendo, porque no parecía, ni mucho menos, un hecho
anecdótico e intrascendente, pero más urgente era aún el intentar echar un cable a las víctimas de
aquella movida. ¿A quién no le cayó de cerca algún compañero afectado por las drogas, alguna
madre soltera de padre desconocido, algunos padres de familia desesperados porque sus hijos o
hijas abandonaban los estudios y se iban a Ibiza en busca de "paz y amor"?
Te cuento -aunque sea de forma tópica y resumida-, lo que ocurría en la inquieta sociedad de mis
años jóvenes, para que puedas entender mejor lo que iba pasando por mi cabeza y mi corazón, ya
que nada me era del todo ajeno.
Ensanchando horizontes y puntos de mira (25 de noviembre, 1998)
En el otoño de 1969 estrené nuevo trabajo al entrar a formar parte, como redactora, del Grupo
Mundo, empresa periodística de reciente creación. La totalidad de los periodistas que trabajaban
allí era gente joven; la mayoría procedían de la Escuela de Periodismo de Pamplona, menos una
catalana que había estudiado. en Barcelona y yo que procedía de la Escuela Oficial de Madrid. El
ambiente que dominaba en la redacción era el "progre" propio del momento, aunque también
había algún reciente ex numerario, el director del semanario "Mundo" que era numerario, la
directora de la revista "Meridiano" que también era numeraria, y yo, ídem. El fuerte de la plantilla
de redactores lo absorbía el semanario "Mundo", y al frente de las otras publicaciones, que eran
mensuales, había dos periodistas en cada una.
Empecé a trabajar en la revista "Meridiano", de segunda de a bordo de Concha F. -la numeraria
que ya he mencionado-, una sevillana muy espabilada, con la que conecté enseguida, a pesar de
tener formas de ser muy distintas. Durante algo más de tres años fuimos estrechas colaboradoras
profesionales -hasta que a ella la destinaron a Oviedo- y acabamos por coincidir en muchos
puntos de vista.
Las dos estábamos llenas de intereses, y el trabajo nos dio ocasión de ir hablando de todas
nuestras inquietudes, y aunque ambas éramos rigurosamente rígidas y respetuosas con todo lo
aprendido en los Centros de Formación -no a las confidencias personales, ni al más mínimo atisbo
de crítica, ni tan siquiera algo que sonara a indiscreción-, lo cierto es que nos fuimos conociendo a
fondo comentando la lectura de la prensa, charlando con los demás compañeros, intercambiando
libros que nos habían gustado, aclarando o simplemente opinando acerca de cosas que surgían
sobre la marcha. Sin damos cuenta -porque, como digo, éramos observantes de las reglas hasta
el extremo-, íbamos abriendo los ojos al unísono, y también nos los abríamos mutuamente al
expresar en alto nuestras personales apreciaciones. Nunca nos jugamos una mala pasada de
aquellas que eran tan frecuentes en el mundillo de las numerarias -"me parece que dijiste...", "tal
vez no tendríamos que haber comentado...", "creo que el tono que utilizaste cuando te
referiste..."-, sutilidades, interpretaciones sibilinas que podían traer mucha cola, porque el mensaje
que te querían transmitir era la sospecha de una falta que, de alguna manera, atentaba al "buen
espíritu"; terreno escabroso en el que la más mínima fricción era considerada materia grave.
Fue una hermosa etapa de expansión, interesante y entrañable. Eran años en los que la inquietud
flotaba en el ambiente y por todas partes surgían grupos, reuniones y llamadas a la acción.
Nosotras queríamos enteramos de todo, y no nos perdíamos ni una inauguración, ni una rueda de
prensa ni un acto cultural. En cuanto a actividades, Barcelona era quizá la ciudad más movida de
España: festivales de cine y de música; reuniones en la Cova del Drac, que fue aglutinando a los
autores de la "nava cancó" -allí tuvimos ocasión de conocer a Georges Moustaki, a Paco Ibáñez, a
María del Mar Bonet...; jornadas de la comunicación; debates de las que poco tiempo después
pasarían a ser líderes del feminismo en España; charlas, conferencias, ruedas de prensa en la
Universidad y en el agitado ambiente teológico de Sant Cugat y del Seminario de Barcelona,
donde conocí a Alfonso Carlos Comín -poco antes de ponerse enfermo-, en los inicios de
Cristianos por el Socialismo (antes de conocerlos los veía casi como al diablo), y entrevisté a
Nicolás González Ruiz, en un interesantísimo y edificante encuentro que duró varias horas, y del
que salió una bonita entrevista que nunca se llegó a publicar, porque una vez redactada, me
pareció honesto y lógico el consultar si procedía su publicación, y después de ser leída por D.
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Ser Mujer En El Opus Dei Isabel de Armas
Fernando B., un sacerdote y periodista de la Obra, éste me dijo que su mejor destino era la
papelera, y allí fue a parar.
Recuerdo que la entrevista con González Ruiz -de la que conservé algunas notas-, se centró en
dos temas que por aquel entonces le parecían claves: el doble peligro de la idolización eclesial y el
diálogo cristiano-marxista. Puntualizó que había una idolización de "derecha" que intentaba fijar la
realidad eclesial y encerrarla en formas concretas y claras. Así se elaboran respuestas hechas de
una vez para siempre. La liturgia queda fijada en un lenguaje que se pretende insertar en la
placidez de lo cuasi-eterno (el latín no evoluciona ya) y el derecho canónico rivaliza en fijeza con el
talmud judío.
Pero no echaba al olvido que también había una idolización de "izquierda" que se produce como
reacción violenta contra la idolización anterior, porque se quería acabar con todos los elementos
que habían llevado a esa situación.
González Ruiz insistía en que, unos y otros, sólo iban a la búsqueda de una seguridad,
abandonando la única actitud posible de la fe auténtica: colocarse desnudo ante la sorpresa,
siempre renovada, de un Dios que está continuamente viniendo, que no se agota jamás en su
manifestación histórica y que nunca deja de ser el "ladrón" de nuestra seguridad.
En cuanto al diálogo cristiano-marxista -entonces en pleno auge-, citó las palabras de una
profesora checa de filosofía marxista, que le habían hecho mella. "A los cristianos les pedimos -
decía la profesora Yleana Marculescu- que nos comuniquen su experiencia del misterio, no que
nos la racionalicen. Porque el hombre es algo más que un logos; es también, y sobre todo, un
misterio."
González Ruiz reconocía que los cristianos, con nuestra cerrazón ideológica, hemos ido limando la
grandeza de nuestra fe al intentar reducida al logos y encajada en su estricto marco. Insistía en
que, no sólo los marxistas, sino que también nosotros habíamos maltratado el misterio, porque
nuestro complejo de inferioridad frente a los hallazgos científicos nos impulsó a hacer del dato
revelado, no un puro don y una pura gracia, sino un rival peligroso de un adversario que nos
negamos a reconocer e incluso a conocer. "y así nació -decía González Ruiz- una lamentable
pseudo-apologética de la fe cristiana. Nosotros lo sabíamos todo, lo teníamos todo; teníamos
nuestra propia intendencia espiritual, social, cultural, política, económica."
También por aquel entonces descubrí, en el transcurso de una charla-coloquio, al neurofisiólogo
francés, Paul Chauchard, del que seguro que te hablaré en diferentes momentos, porque fue un
personaje que me caló hondo y sus conocimientos me sirvieron para aclararme a mí misma y para
ayudar a otros a hacer lo propio.
Sé que me dejo muchas vivencias por recordar, pero también creo que con éstas a las que hago
referencia, ya puedes hacerte bien una idea de los inquietos tiempos que corrían y de mi empeño
de no permanecer al margen de los mismos.
Como una sombra, como un recuerdo triste de aquella etapa vital y festiva, me viene a la memoria
un hecho especialmente significativo que ocurrió, no sé exactamente, a finales del año 1969 o a
principios de 1970.
Un buen día nos llamaron de la Delegación (casa donde residían las superioras máximas de la
región), para proponernos a la directora de "Meridiano" y a mí, que preparásemos un ciclo de
charlas de actualidad para desarrollar en el colegio mayor Dársena; un acto abierto, con coloquio,
y que daríamos a conocer para que vinieran muchas chicas invitadas. Nos pareció fenomenal y
enseguida nos pusimos manos a la obra.
Después de comentarlo en la redacción, decidimos que un buen tema podía ser, "La situación
actual de la mujer en España". Las compañeras periodistas se prestaron encantadas a colaborar
en el proyecto.
El día del inicio del ciclo, el salón de actos se llenó de chicas jóvenes Y todo apuntaba a que el
estreno iba a ser un éxito. Nuestra exposición siguió, más o menos, el siguiente guión: el
movimiento de liberación de la mujer, desde las primeras sufragistas de finales del siglo XIX hasta
los comienzos de la década de los sesenta; el movimiento en la actualidad (desde 1964 a 1970);
¿cómo se produce en las mujeres la toma de conciencia de su marginación social?; ¿cuáles son
los principales problemas con los que se enfrenta hoy la mujer?; el movimiento de liberación de la
mujer en Estados Unidos y en Europa.
La exposición fue fundamentalmente informativa. En el transcurso del coloquio, una de las
periodistas participantes se mostró con postura bastante radical, otras dos moderadas, y la otra
numeraria y yo misma, muy moderadas, pero, aun así, el tema levantó ampollas -lo supe más
tarde y por otra vía que no era la reglamentaria, ya que abiertamente todas las explicaciones
fueron muy parcas-. De momento, lo único claro que nos dijeron, es que cómo no habíamos
pasado un guión previo y una lista con los nombres de las personas que iban a participar. La razón
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Ser Mujer En El Opus Dei Isabel de Armas
es que nadie nos lo había pedido y tampoco se nos había ocurrido el hacerlo. También nos
comunicaron que, con aquella primera sesión, el ciclo de charlas-coloquio se daba por concluido.
Una sombra, un recuerdo triste que supuso el inicio de reiteradas llamadas al orden, y de un
estrecho control que fue yendo en aumento a medida que iban pasando los meses y los años.
Supongo que ya irán surgiendo ocasiones en las que volverá a salir este tema de la censura que
acabó por convertirse en una constante.
La censura llama a mi puerta (29 de noviembre, 1998)
A partir de aquella inocente y fallida actividad cultural, tanto en la confesión como en la confidencia
pasé por continuados interrogatorios sobre lo que leía, lo que debería o no debería leer y, por
supuesto, por la consiguiente retirada de libros. Tenía que consultar todo lo que cayera en mis
manos, pues se consideraba que las lecturas podían llegar a ser muy peligrosas y perniciosas.
La "liberalización" de los sesenta -te recuerdo una vez más las cruciales fechas en que nos
encontrábamos-, afectó a la sociedad española en todos los terrenos. No sólo era la Iglesia y la
cultura religiosa la afectada, como es de suponer. Filósofos, historiadores, escritores, críticos,
filólogos y científicos se manifestaban en contra del autoritarismo vigente. La aparición de revistas
y editoriales de signo liberal y de oposición (reaparición de la "Revista de Occidente" ya en 1963,
"Cuadernos para Diálogo", "Triunfo", Alianza Editorial, Seix Barral, Editorial Ciencia Nueva).
Estos aires "liberalizadores" gustaban poco en el mundo interno de la Obra. El empeño en
censurar y controlar las lecturas de los asociados era cada vez mayor y llegó a su culmen cuando,
a mediados de los sesenta, el marxismo pasó a convertirse en la subcultura prevaleciente de la
oposición al régimen dominante, desplazando entre las nuevas generaciones universitarias a la
cultura liberal orteguiana.
Todo lo que sonara a aperturismo resultaba sospechoso, pues se consideraba que iba a ser
dañino para nuestra vida espiritual. Ni que decir tiene que aperturistas en aquellos tiempos podían
ser personalidades tan poco sospechosas como Fraga Iribarne o José M. de Areilza, o más
todavía, como Joaquín Ruiz Jiménez. Peligrosos eran, por supuesto, Aranguren, Laín EntraIgo,
Tovar, por citar unos pocos. Como anécdota que viene al caso -y por poner un ejemplo concreto-,
recuerdo el consejo de mi director espiritual durante el invierno de 1966: "A Miguel Hernández es
mejor no leerlo porque puede provocar malos pensamientos" .
En fin, si te hablo desde mis propias vivencias, he de decir que en la sección de mujeres de la
Obra se respiraba, a nivel de ideas (y las ideas venían de la sección de varones, concretamente
de los curas), un franco inmovilismo. Todo lo que simplemente oliera a apertura, no gustaba lo
más mínimo, y de inmediato, era censurado.
Descendiendo al terreno de lo concreto, recuerdo que cualquier tema que sonara a feminismo -en
aquel momento sonaba a lo peor-, estaba ya anatematizado de antemano, en cuanto a
publicaciones periódicas, tuve que retirar "El Ciervo" y "Cuadernos para Diálogo", revistas de las
que era asidua lectora. A partir de entonces, cuando recibía los ejemplares de estas dos
publicaciones, leía los titulares de portada, e inmediatamente los pasaba a la biblioteca de la
redacción, para alejar de mí cualquier tentación de echarles un vistazo.
En cuanto a libros, reduje bastante el ritmo de lecturas, a pesar de que me hacía cargo de la
sección de novedades editoriales. A menudo, yo misma me autocensuraba, solamente por
abreviar la pesadez que suponía el tener que consultar continuamente para que te dieran, o no te
dieran, el visto bueno a las nuevas lecturas que llegaban casi a diario.
Del tema de la situación de la mujer -feminismo, mujer y trabajo, mujer y sociedad, la mujer y
nuestras leyes-, del que llevaba tiempo recopilando documentación y elaborando fichas, lo dejé
todo prácticamente aparcado. La única información nueva que tenía era la que publicaba la prensa
francesa, que por motivos de trabajo, seguía diariamente. Recuerdo que a finales de 1970,
leyendo "Le Monde", tuve noticia de los llamados "Estados Generales de la mujer", organizados
por la revista "Elle", cuya moción final proclamaba la exigencia femenina de la "igualdad de
oportunidades, derechos y obligaciones". Un año después, por "Le Nouvel Observateur", supe que
el Movimiento de Liberación de las mujeres francesas, el MLF, acababa de lanzar una campaña
para conseguir el aborto libre y gratuito -me quedé congelada porque para mí se trataba de un
tema tabú-. Esa campaña, conduciría, dos años después, a la derogación de la Ley francesa
antiaborto de 1920 y al reconocimiento legal de los anticonceptivos, tema importantísimo.
No podemos echar al olvido el que por medio de la anticoncepción, la decisión de fecundidad o de
esterilidad pasa a pertenecer a la mujer. Con la anticoncepción la mujer venía a sustituir una
filosofía de la aceptación por una filosofía de la elección de la decisión consciente, de la
responsabilidad. Puede decidir, negociar e incluso imponer la venida de un hijo. La fecundidad
pasaba de ser una posible traba a ser un claro privilegio; un poder realmente considerable, ya que
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las trabas impuestas a las mujeres por su rol reproductor desaparecerían (trabas impuestas por un
mundo organizado económica y políticamente por los hombres).
En lo que se refiere al aborto, desde mi inocencia -y reconozco que también ignorancia por lo lejos
que me encontraba del asunto-, me parecía tremebundo, pero a la vez era consciente de que me
faltaba información para poder juzgar. ¿Se trataba de cerrar los ojos ante la realidad y definirse
como rotunda antiabortista, sin más?, ¿y la penalización del aborto, no era horrible? El hecho de
que una desgraciada, desamparada y desesperada, después del horror de abortar su propio hijo,
pudiera además acabar en la cárcel, me parecía de pesadilla. ¿Por dónde había que buscar la
solución?
Sólo me daba con una respuesta: formación. Había que echar más esfuerzo en la formación de las
mujeres y prestarles la ayuda necesaria para que no llegaran a la situación límite de plantearse el
aborto. La solución, desde luego, no era el castigo, sino el poner los medios para que cada una
aprendiera a valorarse a sí misma y a hacerse responsable de sus actos. Además, si como
comunidad cristiana decíamos "no al aborto", esto nos debería movilizar más a acoger y ayudar a
las madres sin recursos, a las madres solteras, a mantener a niños con alguna disminución y
ayudar a la planificación familiar..., a fin de demostrar que, efectivamente, valorábamos la vida
humana desde su concepción. ¿Y qué hacíamos nosotros en todos estos difíciles terrenos? He de
reconocer que nada.
Como te comentaba en una reciente carta, el pensamiento de Paul Chauchard me ayudó mucho a
profundizar en tan escabroso tema. Hasta entonces, todo lo que había leído sobre sexualidad,
matrimonio y familia, publicado por Patmos, Rialp y otras editoriales de lectura espiritual, me
parecían contenidos y argumentos válidos para el ya convencido, es decir, para el católico
practicante sin dudas ni fisuras, pero suponían poca o nula ayuda para los que se movían fuera de
ese círculo. A estos últimos, a los que tenían dudas pero deseaban resolverlas dentro de los
cauces de la ortodoxia cristiana, el apoyo de las reflexiones de Chauchard y otras personas de su
cuerda, podía ser muy importante.
El neurofisiólogo Paul Chauchard, fiel seguidor de la teología del jesuita Teilhard de Chardin -del
que yo era entusiasta-, estaba convencido de que lo esencial era reconciliar el progreso científico,
deshumanizado por el materialismo romo e incompleto, y el cristianismo, desnaturalizado por un
idealismo sobrenaturalista perdido en las nubes.
-"El hombre necesita trabajar en este mundo por un porvenir de eternidad" -decía-. Y se esforzaba
por llevar a cabo este principio en todos los terrenos del comportamiento humano.
Recuerdo perfectamente a la primera persona que introduje en el mundo del "dominio de sí", de
los "controles positivos" y de los "buenos hábitos", del neurofisiólogo francés. Se trataba de un
matrimonio amigo mío; él era arquitecto, de unos treinta años, Y ella, ama de casa, de veintiséis.
Tenían dos hijos pequeños y por aquel entonces, ella se quedó esperando el tercero. Enseguida
empezó a tener pérdidas constantes, y la única garantía de que el embarazo llegara a buen
término, consistía en hacer un reposo total hasta que llegara el momento del parto. Como no había
otra alternativa, así lo hizo.
Él llevaba la situación fatal; estaba nervioso, exaltado por cualquier cosa, de mal humor, no
dormía, y el ambiente que se respiraba en aquella casa era de auténtica tensión. Una tarde que
pudimos hablar con calma del problema y de la temporada tan mala por la que estaban pasando,
se me ocurrió preguntarles -venía a cuento ya que entre nosotros a menudo intercambiábamos
lecturas-, si habían leído algo de Paul Chauchard. La respuesta fue que no, y entonces les dejé,
"La maitrise de soi" (no estaba todavía traducido al castellano) y "Necesitamos amar". El
planteamiento de este científico católico les pareció de lo más animante. Él también comenzó a
hacer los ejercicios físicos que la lectura recomendaba y, además, se inició en la práctica del yoga,
ya que el autor sugería hacerla como complemento saludable y eficaz ayuda para el autocontrol.
Pasados tres meses, el cambio del marido había sido fulminante, y la paz volvió a aquella casa: el
"dominio de sí" había dado buen resultado.
A su debido tiempo nació un niño precioso y le llamaron Pablo; tal vez como símbolo de
reconocimiento a quien tanto había colaborado a su equilibrio vital. Por mi parte, sentí especial
entusiasmo al pensar que, de igual forma que estos amigos míos habían conseguido salir a flote
desde una situación de auténtico ahogo, otros muchos podrían beneficiarse de tan positiva ayuda.
Cuando así lo planteé en la confidencia y en la confesión, sólo con el gesto noté que mi propuesta
no iba a prosperar. Pronto llegó la llamada al orden: me destacaba de las demás, me salía de la
fila. En la Obra ya contábamos con suficiente gente sabia y bien preparada para que nos indicaran
por dónde habíamos de conducir nuestros pasos. Gracias a Dios teníamos toda la farmacopea
para cualquier tipo de males. "En casa contamos con toda la farmacopea necesaria" -era una frase
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que los directores nos repetían por activa y por pasiva-. Y ahí estaba, efectivamente, el breviario
de soluciones rápidas para cualquier problema del vivir y del sentido.
"Y el que no está conmigo está contra mí" -parecían decirme entre líneas los que hacían cabeza-.
Me quedé hecha polvo y me sentí injustamente tratada, pues nada más lejos de mi intención que
hacer la contra a nadie, y menos a la Obra, institución de la que formaba parte de por vida.
Esta historia que te cuento no se trata de un hecho aislado, sino que situaciones como ésta o
parecidas, se fueron presentando cada vez con mayor frecuencia, hasta el punto de que cualquier
tipo de iniciativa personal se podía interpretar -en el mejor de los casos-, como afán de
protagonismo, y en el peor, como falta de unidad o poco amor y veneración al Padre o a sus
representantes legales. Sin embargo, mi postura estaba lejos de ser la del iconoclasta; pienso que
apuntaba hacia un catolicismo renovado y comprensivo, en el que pudieran coexistir la libertad de
pensamiento con la fe más sincera en las cosas fundamentales.
Pero aclararte del todo, llegar al fondo de la cuestión de por qué ocurrían así las cosas, no era
tarea fácil, o al menos a mí no me resultó fácil. Cuando actuaba con entusiasmo y lealtad, imbuida
del mejor espíritu y con ganas de ayudar y de hacer el bien, estaba convencida de que me
encontraba realizando la Obra de Dios, por eso, cuando me topaba con la reprimenda y la
"llamada al orden", me dolía profundamente. Pero el disgusto me duraba poco, porque siempre
reaccionaba con argumentos que acababan justificando, tanto al que me daba la reprimenda como
a mí misma. Uno de esos argumentos de justificación podía ser, por ejemplo, el reflexionar: "No
creo que sea justo lo que me dicen, pero asumo la humillación por tantas cosas que no debo hacer
bien o puedo hacer mejor, y por las que no me la cargo, por la sencilla razón de que no se dan
cuenta".
A menudo también pensaba, que esa reacción de querer meterme en la fila o de recordarme, de
alguna forma, que iba por libre, se debía a la rigidez o a la estrechez de miras de unas personas
concretas, pero no se me ocurría pensar que eso era lo idóneo, lo que tenía que ser; que era el
sistema en el que estaba metida el que era así y el que hacía funcionar las cosas de ese modo.
Tengo que reconocer que me pasaba de ingenua, que hasta era un poco mema, porque tuvieron
que pasar casi nueve años para darme cuenta de que era yo la equivocada. Bueno, quizá
tampoco era tan tonta, sino que se trataba del juego entre un individuo lleno de buena fe y todo un
montaje estructurado, con muchas conchas. Más adelante te iré explicando.
Los valores "ontológicos" de la feminidad (2 de diciembre, 1998)
Ya que insistes en que te cuente más cosas concretas del mundo de las mujeres del Opus, en la
carta de hoy voy a retomar el tema.
En los años que cursaba mis estudios de periodismo, entre los estudiantes ya estaba en tela de
juicio la imagen de "la mujer de su casa" como parte integrante de la España más tradicional.
Cuando llegué a vivir a Barcelona encontré que cada vez era mayor el número de mujeres jóvenes
que no estaba de acuerdo con el papel tradicional que se les designaba, y menos que éste fuera el
más maravilloso. Las moralinas de los doctrinarios de los años cuarenta y cincuenta eran
abiertamente calificadas de retrógradas y obsoletas, pero junto a las ideas rupturistas y avanzadas
de las jóvenes feministas, en la España de la segunda mitad de los sesenta, todavía estaban en
vigor consejos como los que C. Buj exponía en un libro muy leído y citado 20 años atrás, "Dos
sendas de mujer": "El mundo -escribe Buj- podía progresar sin mujeres científicas, doctoras,
abogados, etcétera, pero no sin madres que sean reinas del hogar, sacerdotisas en ese templo
que alumbren el espíritu familiar con la luz de las celestiales enseñanzas, dirigiendo a sus hijos
hacia el bien, la verdad y la belleza".
En mi generación cada vez éramos más las mujeres que nos preguntábamos y respondíamos a la
pregunta: ¿Es que la anatomía es destino? Sí, es destino en cuanto determina no sólo el rango y
la configuración del funcionamiento fisiológico y su limitación, Sin_ también, hasta cierto punto, las
configuraciones de la personalidad. Pero el fondo fisiológico, importante y que no ha de dejarse de
tener en cuenta, tampoco puede considerarse de un modo exclusivo. Pues un ser humano, aparte
de poseer un cuerpo, es alguien, lo que supone una personalidad indivisible y un miembro definido
de un grupo. Es decir: la anatomía, la historia y la personalidad, combinadas, constituyen su
destino. En la década de los sesenta, para un considerable número de mujeres, ya no valía la
tentativa "machista" de "condenar" a toda mujer a una maternidad perpetua y a negarla una
equivalencia en cuanto a individualidad y ciudadanía. La cuestión consistía ya -ahora no digamos-,
en cómo compaginar estas tres esferas de la vida que, por supuesto, no tiene, ni tenía, nunca
lugar sin conflicto ni tensiones.
Por las mismas fechas que el citado Buj, José M. Pemán -famoso escritor y periodista,
considerado como un pope en la época franquista, y siempre muy próximo al Opus-, tampoco se
quedaba corto al referirse a las féminas. En su "De doce cualidades de la mujer", señala que una
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espada, la doctrina, el espíritu. Mientras contemplaba el panorama con ojos que miraban hacia
delante, veía que nos hallábamos bajo el poder del pasado. Nuestro entorno -el que se
empeñaban en fabricar- se encontraba considerablemente retrasado con respecto a los tiempos
presentes. Esto engendraba tensiones internas que, por aquel entonces, solventaba con
idealismo, optimismo y energía propios de mis veinte años, que me llevaban a estar convencida de
que las cosas que no me gustaban iban a cambiar; las íbamos a cambiar.
Recuerdo también que otro día cualquiera, en una tertulia cualquiera, surgió el tema de cómo
estaba cambiando en las familias españolas de la clase media la forma de educar a sus hijos. Se
comentó que cada vez eran más las madres concienciadas de que a los niños y a las niñas había
que educarles en la responsabilidad de colaborar en casa y compartir las tareas del hogar -poner
la mesa y quitarla, colgar o recoger la ropa de la lavadora, ordenar, hacer recados... y, sobre todo,
formarles en ser autónomos -que se hagan la cama, se limpien los zapatos, ordenen su ropa...,
porque el servicio tendía a desaparecer, y además cada vez era mayor el número de mujeres que
trabajaban y querían trabajar fuera de casa.
En mitad de la conversación, Pilar G. S., una numeraria muy directa y divertida, comentó con toda
espontaneidad: "Pues los numerarios jovencitos también podrían ir aprendiendo". Y a
continuación, contó indignada lo que le había ocurrido a ella en Pamplona, el año anterior, cuando
tenía que finalizar y presentar su tesina de fin de carrera y la mandaron a vivir unos meses a la
administración de un colegio mayor, que era el Centro de Formación de los jóvenes numerarios.
Allí tenía que ayudar a hacer la limpieza de la residencia, echar una mano en la antecocina a la
hora de servir las comidas y, los ratos que podía, trabajaba en su tesina. Cuando leyó su trabajo,
el mismo día que ella lo hicieron dos compañeros de curso que eran residentes del colegio mayor
en cuya administración ella vivía. Al recibir los resultados, los dos chicos fueron felicitados por el
tribunal y su calificación fue de sobresaliente. La suya fue de aprobado, y además tuvo que
escuchar el siguiente comentario por parte del catedrático: "Creo que podía haber trabajado más".
El desahogo espontáneo de aquella numeraria directa y divertida tuvo sus inmediatas
consecuencias: pasó un par de meses apagada, triste y compungida, y después se fue de la Obra.
También es muy ilustrativo el caso de M. Luisa P. -una ex numeraria historiadora que falleció en
1989-. Ella contaba que después de estar varios años destinada en Londres como numeraria, la
mandaron a Pamplona a trabajar en la Universidad de Navarra. Su catedrático y jefe, un veterano
numerario, le hizo una serie de encargos pensando que venía de Inglaterra muy puesta al día en
su especialidad de Historia Antigua. Al comprobar que no era así, le preguntó irónico y asombrado:
"¿Pero que ha hecho usted estos años en el Reino Unido?".
"Fregar -respondió la aludida-, fundamentalmente fregar. Y también enmoquetar, cocinar, encerar,
limpiar..."
El silencio que se hizo parece que fue rotundo.
A algunas supernumerarias también les chocaba estas diferencias que había entre el mundo de
los varones y el de las mujeres. Recuerdo bien la indignación de una supernumeraria, Tere B. -una
mujer muy valiosa y con mucho carácter-, madre de cinco chicos a los que había educado en un
régimen espartano, al enterarse de cómo vivía en el Centro de Formación el segundo de sus hijos,
un jovencito numerario de dieciocho años: "Si es que vive como en un hotel de cinco estrellas -
decía asombrada-. Todo se lo dan resuelto, ¡y hasta les hacen las camas! La verdad es que no lo
entiendo, y por supuesto, mucho menos lo apruebo".
Otra supernumeraria, Carmiña F., madre de siete hijos, de los cuales uno se había hecho
numerario con diecisiete años, me contaba que, el casi todavía adolescente, solía ir a merendar a
su casa una vez a la semana con un grupo de amigos, y que le hacía poner mesa, mantel, tazas,
platos, etcétera.
"Todos los hermanos comentan que Vicente se ha vuelto muy señorito -decía desconcertada-. En
casa siempre, a partir de los doce años, al volver del colegio el que tiene hambre se hace su
propio bocadillo. Pero a mí me da pena que sus hermanos se metan con él, y cuando viene, le
preparo la merienda como él quiere y a los otros hermanos les pido, por favor, que se callen."
Podría contar otras muchas anécdotas, pero con éstas creo que es más que suficiente para
mostrar que el ambiente que reinaba se encontraba lejos de las actitudes de los nuevos tiempos
que venían pegando fuerte.
Aclararse, una tarea difícil y costosa (6 de diciembre, 1998)
¿Por qué resultaba tan difícil aclararse si había tantas cosas que saltaban a la vista? En la carta
de hoy voy a intentar responder a tu pregunta.
Durante varios años batallé motivada por la ilusión de que la reforma desde dentro era posible,
convencida de que llegaría el momento de que igual que yo había evolucionado, a otras muchas
personas también les ocurriría, o les estaba ya ocurriendo, lo mismo. ¿Me tenía que haber rendido
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antes? Si lo hubiera visto así de claro, pues antes lo habría hecho, pero yo no me daba cuenta de
que la única salida posible era la rendición. Hay que llegar bien al fondo para desde allí tomar
impulso y poder volver nadando al aire libre y a la luz.
No, no resultaba nada fácil aclararse, ya que el entorno más próximo no animaba a rendirse sino a
seguir batallando.
En la vida de toda numeraria existen dos formas de convivencia que son bien diferentes: una es la
masiva de los Centros de Formación, los cursos de retiro y los cursos anuales (en determinados
periodos de tiempo te reunías con cien o más numerarias para recibir una dosis concentrada de
adoctrinamiento), que podía llegar a ser asfixiante, y otra es la convivencia cotidiana (la normal a
lo largo del año), que era mucho más reducida en cuanto a número y, por tanto, más humanizada.
Nunca vivías con más de ocho o diez numerarias, cada una de ellas ejercía su oficio o profesión y
desarrollaba su apostolado, y te veías en la oración y la misa, a las horas de las comidas con sus
correspondientes tertulias de sobremesa, en el círculo semanal y los fines de semana. Esta forma
de convivencia, que era la habitual, era mucho más llevadera y, a pesar de que todo tipo de
comunicación e intercambio de opiniones personales entre dos o más numerarias estaba
prohibido, lo cierto es que con muchas llegabas a establecer un trato como el que habías tenido
con tus compañeras y amigas del colegio, o con los compañeros y compañeras de la universidad o
del trabajo. Es decir, que era fácil tener una buena camaradería con todas y una mayor conexión,
por tener más o menos afinidades, con algunas. No porque esto último estuviera bien visto, sino
porque es imposible poner puertas al campo.
Cuando a veces me decían -en más de una ocasión me lo dijo alguna directora-, que para mí no
todas las numerarias eran iguales, que hacía diferencias -"acepción de personas", decían ellas-, y
que en la Obra no había amistades, respondía siguiendo las enseñanzas de Jacques Maritain, que
hasta el mismo Jesús amaba como debía al común de los fieles pero tenía sus claras
predilecciones; el propio Evangelio habla de Juan como el discípulo amado. Y es que en una
cabeza bien instalada y en un corazón ordenado, la amistad siempre ocupó un lugar honorable.
La verdadera comunicación surge pocas veces, por eso, cuando la encontraba sabía valorarla, y
daba gracias a Dios por haberla puesto a mi alcance. Así pensaba y así sentía y, desde luego,
nunca hice nada para disimulado.
Recuerdo la primera vez que me llamó la delegada de San Miguel, como superiora máxima, para
decirme: "Nos han llegado ecos de que hablas con algunas numerarias". Y mi respuesta fue, más
o menos, así: "Creo que no hago más que actuar con libertad de espíritu, es decir, dialogo y
manifiesto mis opiniones con quien pienso que es posible dialogar, pero también creo que en mi
confidencia y en mi confesión procuro cuidar al máximo la lealtad y la sinceridad para con la Obra".
-Pero nosotras tenemos que tratar de manera idéntica a todas nuestras hermanas -especificó-, y
para comunicamos tenemos a las directoras, que para eso estamos, para dar comprensión y
cariño.
Lo dijo con tal tono de lección aprendida que respondí -lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer
mismo-:
-Es que la comunicación surge o no surge -expresé con tono desinflado-, en cuanto al cariño, ¿se
puede dar éste por encargo? ¿Qué es ser encargada de dar cariño?
Estaba convencida de que había que tener el cerebro un tanto desarreglado para tomarse en serio
y al pie de la letra lo que me estaba diciendo.
Las pocas veces que tuve que volver a hablar con esta persona, me encontré siempre interrogada;
como asistiendo a un proceso en el que yo era la víctima. Algún día te contaré de forma más
amplia, pero hoy no quiero perder el hilo de lo que te estaba explicando. ¡Ah!, se me olvidaba, esa
directora "encargada de dar cariño", se llamaba Olga de D.
Y volviendo al tema del principio de esta carta. El caso era que, a pesar de todas las cortapisas,
llegabas a tener un conocimiento real de las personas que te rodeaban, con sus cualidades y sus
defectos, y a ellas les ocurría lo mismo contigo. Aprendías a comprender y a aceptar las distintas
maneras de ser; sus cualidades y sus defectos. Por lo general, había una considerable diferencia
entre las numerarias que trabajaban en un medio interno (administraciones o distintas burocracias
de la Obra) y las que tenían contacto con el mundo externo (las que trabajaban en obras
corporativas o por libre, que eran las menos). Pero, como digo, eso no solía ser obstáculo para
tener una buena y agradable convivencia.
Este clima de cierta confianza y apertura, te llevaba a hacer a gusto la llamada confidencia
semanal con la directora correspondiente; la facilitaba. Era charlar en profundidad con una
persona que te estaba viendo vivir el día a día y, por tanto, conocía tus puntos fuertes y tus puntos
flacos, y también tu buena fe y tus ganas de hacer las cosas bien. Por eso, cuando manifestaba
mis desacuerdos con lo que consideraba que eran mis caballos de batalla (la divinización del
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Padre me parecía escandalosa; el sexismo que vivíamos era injusto; fomentar el fanatismo lo
consideraba pernicioso; no entendía el empeño de seguir idiotizando a las mujeres...), no sólo me
comprendía sino que comprobaba que su auténtica forma de pensar era muy parecida a la mía.
Me aconsejaba paciencia, prudencia, pero en el fondo apoyaba mi actitud. Y es que en la Obra
ocurría a menudo, que los altos mandos (el equivalente al Estado), en lugar de ser el proveedor de
servicios para el o la numeraria de a pie (es decir, el ciudadano), era el "monstruo frío" (el que
señalaba las reglas y normas que había que vivir a tope) frente a quien había que protegerse; y el
cacique (directora local, valga el símil), justamente, ayudaba a ello con sus muestras de confianza
y comprensión. Este fenómeno, nada infrecuente, creaba distanciamiento y cinismo en relación
con el sistema legal.
Ya fuera de la Obra, charlando precisamente de este tema con una ex numeraria que había
permanecido en la institución durante 13 años, me contó que a ella le había ocurrido algo
parecido; su penúltima directora comprendía del todo sus desacuerdos y sus dudas, y la animaba
una y otra vez a seguir adelante, porque el futuro iba por ahí, por donde ella apuntaba. "Con toda
su buena fe y su buena voluntad -puntualizó-, aquella directora que me entendía tanto no hacía
más que entretenerme. Yo tenía las cosas claras y el entorno no parecía que fuera a cambiar,
aunque ella me ilusionara con que sí. Fueron cinco años de entretenimiento, nada más y nada
menos."
Y, efectivamente, fue así, porque pasados aquellos cinco años, la cambiaron de destino y de
directora, y en cuestión de un par de meses, hizo su ligera maleta y se fue.
Como te decía al principio, la tarea de aclararse era difícil y costosa. Sin embargo, era fácil
entretenerse y dejarse llevar por la ilusión propia y por una directora bondadosa y amigable que
quería ser comprensiva.
Otra vez la "cuestión de la mujer" (9 de diciembre, 1998)
Como ya comencé a contarte en una carta anterior, a medida que transcurría la década de los
sesenta, la no sé si muy felizmente llamada "cuestión de la mujer" se convirtió en un tema de
discusión cada vez más frecuente en conferencias, artículos de prensa y libros. El debate era
ambivalente: al tiempo que en algunas ocasiones se admitía que ciertas reivindicaciones
feministas eran legítimas, se seguían profiriendo advertencias. La tendencia cautelosamente
progresiva se manifestaba en la mayor popularidad de la teoría del "no inferior pero diferente": la
mujer no debía abandonar su feminidad compitiendo con el hombre, sino que debía preservarla
colaborando con el hombre con su propio estilo femenino. Las cosas pasaron a ser, como decía
Lilí Álvarez en su libro titulado "Feminismo y espiritualidad", "no tan sencillas como lo eran antaño
y la mujer moderna tenía que ser fiel a su profundo instinto maternal no sólo en su vocación
maternal familiar, sino también en su labor entre los hombres".
M. Ángeles Galino, a mediados de los sesenta, se atrevió a decir desde su cátedra de Historia de
la Educación en la Universidad Complutense de Madrid, que aunque la maternidad era "una
excelsa función, atributo privativo de las mujeres y fuente de sus goces más puros, si se la
convierte en la única función asignada a la mujer, en el fondo se la está degradando". [M.
ÁNGELES GALINO, La mujer en la encrucijada, p. 12. 13].
En 1966, Juana Azurza, en su libro titulado "La mujer ante el trabajo", afirmó que la mujer
trabajadora era menos propensa a la neurosis que el ama de casa dedicada exclusivamente a las
labores del hogar.
Aunque estas declaraciones podían parecer pálidas comparadas con las exigencias de la
feministas, sobre todo las radicales americanas, indicaban a pesar de todo una nueva actitud con
respecto al concepto tradicional del papel de la mujer.
No voy a darte aquí una lección sobre la situación de la mujer en nuestro país durante los años
sesenta, pero sí me parece importante hacerte un breve resumen de lo que supuso para nosotras
esa movida década.
En los comienzos de los sesenta, la ley reconoce a la mujer los mismos derechos que al varón
para el ejercicio de toda clase de actividades, sin más excepciones que: las armas y cuerpos de
los tres ejércitos; la Administración de justicia en los cargos de magistrados, jueces y fiscales,
salvo en las jurisdicciones titular de menores y laboral.
La mujer fue finalmente admitida en la carrera judicial y fiscal en 1966, pero la primera mujer jueza
no aparece hasta 1971. Sin embargo, lo que sí va surgiendo aquí y allá son mujeres juristas
dispuestas a batallar por mejorar la situación de la mujer en las leyes españolas.
También por aquellos años surgen algunas mujeres radicales que consiguen cierta notoriedad,
sobre todo, en Barcelona, y comienzan a aparecer algunos grupos que se muestran interesados y
activos en el movimiento de liberación femenina.
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Vuelve a saltar a la palestra el viejo debate sobre "el feminismo sensato" y el "feminismo radical".
Las palabras emancipación y liberación eran rechazadas en favor del término "promoción". La
Sección Femenina de Falange, concretamente, creó una nueva sección denominada de
"Formación y Promoción de la Mujer". Algunos sectores de la Iglesia también se declararon
partidarios de esta "promoción". "Eidos", publicación de la Institución Teresiana, dedicó dos
números especiales al problema de la mujer, reestructurando más tarde este material en un
volumen titulado "La verdad sobre la mujer", como un compendio del feminismo católico
rigurosamente ortodoxo.
Y el Opus Dei, ¿cómo respondía oficialmente a este polémico tema de la liberación, emancipación
o a la mejor vista promoción de la mujer? En una entrevista realizada en 1968, monseñor Escrivá
declaró que "una mujer con la preparación adecuada ha de tener la posibilidad de encontrar
abierto todo el campo de la vida pública, en todos los niveles. En este sentido no se pueden
señalar unas tareas específicas que correspondan sólo a la mujer". En la misma entrevista insistía
en que la contribución de la mujer tiene que estar relacionada siempre con las "peculiaridades de
su condición femenina" y que "la atención prestada a su familia será siempre para la mujer su
mayor dignidad".
Pero a pesar del especial hincapié hecho en las aptitudes profesionales e intelectuales, los pasos
más importantes que la sección femenina del Opus Dei había dado hasta el momento para
mejorar la educación de la mujer era, a nivel popular, la creación de escuelas para instruir a
"empleadas del hogar", con el fin de que las tareas domésticas en las casas de la Obra fueran
realizadas con el "sentido científico" que el Padre deseaba. A nivel de clase media-alta y alta,
funcionaban las llamadas escuelas-hogares, donde en un principio se enseñaba economía
doméstica, Corte, cocina..., y después se fueron convirtiendo en centros donde se cursaban
estudios de decoración o de secretariado. A finales de los años sesenta, dependiendo de la
Universidad de Navarra, se creo la pomposamente denominada Escuela de Ciencias Domésticas,
y las alumnas de los primeros cursos eran numerarias mayores que llevaban ya muchos años
trabajando en las administraciones de las casas de la Obra. Finalmente, en las tres últimas
décadas, el número de colegios en los que se cursa EGB, Bachillerato y COU, ha ido aumentando
gradualmente.
Resulta, como poco, curioso, que mientras grupos de mujeres cada vez más numerosos y
procedentes de muy distintas posturas, se encontraban más y más sensibilizadas en el sentirse
tratadas como inferiores, en haber sido relegadas durante siglos a un papel secundario, y se
mostraban, por tanto, firmes en sus reivindicaciones -igualdad de derechos, reformas de leyes, las
mujeres del Opus Dei, cuya finalidad principal era encarnar el mensaje cristiano en la realidad que
teníamos delante, nos dedicábamos, como toda catequesis renovadora, a distribuir masivamente
un librito escrito por una numeraria, titulado "La verdad de la mujer", que venía a ser como una
guía de lo más reaccionaria sobre el papel de la mujer en la sociedad moderna. Entre frases muy
hermosas y abundante retórica, el libro afirmaba cosas tales como que mientras la mujer es un
"ser ensimismado" en profundo contacto intuitivo con el mundo, el hombre es un "ser fuera de sí"
con un profundo contacto lógico con el mundo. La esencia del carácter femenino son el amor y la
entrega: todas las características femeninas de humildad, donación y abandono caben en el
anonadamiento. [ANA SASTRE, Verdad de la mujer, pp. 26 y 27].
La totalidad del trabajo estaba plagado de aladas y hermosas parrafadas como las que siguen:
"La omnipotencia de la mujer es la súplica, entendiendo por ello no una situación llorosa y
desvirtuada, sino aquella actitud de serenidad que sabe pedir y esperar con la palabra y el
silencio. "
"La misma fatiga que al ser femenino le produce trascender continuamente la realidad vital, al
masculino le produce concretar de continuo las nimias grandezas del existir humano entre las
cosas."
"...Nadie puede sustituida en sentir la presencia de lo bello, lo amable, lo verdaderamente vital en
cualquier orden."
¡Qué empeño en sacralizar a la mujer! La mujer, ¿no es algo más que un rosario de metáforas,
sentimientos y lirismo? ¿No habría que abandonar la sacralización y asumir la función?: ¿quiénes
somos?, ¿qué somos?
Ni diosa, ni ídolo, ni diablo -salvo raras excepciones-. Somos personas corrientes que desean
formar parte de la aventura humana en un mundo que se mueve.
Pero la autora de "Verdad de la mujer" no parecía estar dispuesta a percatarse de que las mujeres
concienciadas aceptaban cada vez menos el verse revalorizadas, enaltecidas, para ser
marginadas; en cualquier proceso de idealización cabe sospechar de una intención discriminatoria.
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contexto para que saliera a flote la autenticidad de la persona, sinceramente pensaba que no
conseguiríamos nada, o muy poco. Esa misma tarde habíamos tenido ocasión, con la disertación
sobre "la verdad de la mujer", de vivir un claro y concreto ejemplo.
Por si no lo sabes te recuerdo que a partir de aquellas fechas de las que te hablo, el entorno
comenzó a cambiar a gran velocidad y también el concepto de la mujer adulta. Concretamente, las
leyes comenzaron a hacerlo en mayo de 1975. La nueva ley eliminó la licencia marital y posibilitó a
la mujer casada abrir una cuenta corriente, conservar su nacionalidad, administrar sus bienes
parafernales y ejercer un mandato. Puede señalarse, como _lo más positivo de la legislación de
1975, el que se inspiró en una igualdad entre los cónyuges: "El marido y la mujer se deben respeto
y protección recíproca -dice el texto- y actuación siempre en interés de la familia".
Un año después, en abril de 1976, una nueva ley vino a igualar formalmente, en lo laboral, a la
mujer y al varón, manteniendo la única diferencia en lo referente al parto.
Con todo esto quiero decirte que eran verdades como éstas, acerca de la mujer, las que me
parecían interesantes, y no la otra "verdad".
Superado tan conflictivo acto, esta amiga jurista, tan concienciada y combativa, juró que nunca
más volvería a poner los pies en una casa de la Obra, y así lo hizo. Nosotras continuamos siendo
amigas, y a pesar de que vivimos en ciudades distintas y nos vemos en contadas ocasiones, creo
que lo seguimos siendo.
Como puedes suponer, después de tan revulsivo acontecimiento, y pensando que era el mejor
momento, intenté hablar con la autora de "Verdad de la mujer" -aprovechando su estancia en
Barcelona-, pero no fue posible el encuentro.
Ana S. era una persona que para mí tenía un gran prestigio. La consideraba inteligente e
ingeniosa y con una preparación consistente. Por eso me parecía imposible que toda aquella sarta
de frases hermosas que se recogían en aquel librito -las mismas que nos había repetido en el
transcurso de su charla-, resumiera, toda "su verdad" acerca de las mujeres de carne y hueso.
Como te digo, me habría encantado, en aquel entonces, haber podido tener un encuentro con la
posibilidad de hablar a tumba abierta. Pero lo del diálogo, una vez más quedaba claro que no
debía de ser lo nuestro. En lo referente a comunicación con nuestras "hermanas" teníamos que
ser herméticas. Debíamos convertimos -la Obra lo necesitaba así- en seres envasados al vacío.
De la reivindicación de la "igualdad" a la "diferencia" (14 de diciembre, 1998)
Pensaba que te iba a parecer excesivamente insistente el que vuelva sobre el tema de la mujer,
pero como veo que te interesa, y el tema daba y da mucho más de sí, pues vamos a ello.
Contemplando la "cuestión" con perspectiva -nada más y nada menos que con la perspectiva de
veintimuchos años-, vemos que el discurso feminista ha cumplido o cubierto -a pesar de lo poco
que las mujeres del Opus Dei colaboramos a la tarea- en aquella primera fase reivindicativa. No
podemos decir que la igualdad se haya conseguido a todos los niveles ni en todos los aspectos,
pero desde luego hoy sí que existe una conciencia generalizada de que la discriminación por
razón de sexo es injusta. Llegadas a este punto, las feministas parece ser que se encuentran en
una larga etapa de reflexión silenciosa, pero desde su discreto mutismo continúan trabajando en
los dos bandos que ya se apuntaban desde el principio: el "feminismo de la igualdad" y el
"feminismo de la diferencia". Ambos discursos están cargados de razón, y ambos la pierden en
sus exageraciones. Victoria Camp, catedrática de Ética de la Universidad de Barcelona, lo explica
muy bien cuando dice: "Adherirse al discurso de la diferencia no debería significar dejar de
proclamar la igualdad de derechos, y adherirse al discurso de la igualdad no debería implicar una
propuesta de simple imitación y repetición de lo masculino" [VICTORIA CAMPS, "Virtudes
públicas, vicios privados", p. 145.].
Camps parte del punto de que nuestro pensamiento y nuestro lenguaje ha sido hecho por varones
a su imagen y necesidades, sin duda. No es posible, por otra parte, desechar ese lenguaje y
escoger otro, ése es también el nuestro. Pero sí cabe ponerlo en cuestión desde una historia que
es obviamente distinta. Según Camps, la segunda andadura del feminismo debería ir por ahí,
trabajando en una línea ya menos reivindicativa y más creativa. y éste es precisamente el punto al
que quería llegar.
Cuando era numeraria del Opus Dei, por ahí iban mis intuiciones, mis inquietudes, aunque, por
supuesto, de forma mucho menos clara que ahora. Pero si en la década de mis veinte años
hubiera podido conectar con otras personas de la Obra cuyo pensamiento y sensibilidad hubieran
ido en esta línea, podríamos haber trabajado y avanzado juntas. Porque ¡claro que había mujeres
allí dentro que estaban en mi misma onda!, y más maduras y preparadas de lo que estaba yo
entonces que era una pipiola; llena de inquietudes y de ganas de hacer cosas positivas, pero que
no pasaba de ser alguien todavía muy sin hacer. Sin embargo, esto que te cuento era algo
imposible de llevar a cabo, por el hecho de que la doctrina redonda y concreta ya venía,
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inamoviblemente, marcada desde arriba, y una no tenía más que aprenderla y repetirla hasta
conseguir hacerla del todo suya.
Allí dentro funcionaba bien aquel refrán que decía: "... y si quieres ser feliz, como me dices, no
analices". Lo malo es que a pesar de que te repetías mil veces las frases que te decían en la
dirección espiritual ("No pienses"; "Déjate llevar"; "Obedecer es el único camino para no
equivocarse"...), cuando menos te lo pensabas te encontrabas analizando y pensando, sin darte
demasiada cuenta de que eso, allí dentro, era tanto como irte cavando tu propia fosa.
Cada vez que se insistía en "la esencia de lo femenino", yo me aclaraba un poco más en lo que
consideraba que era, no "la esencia" sino "la diferencia femenina": diferencia fisiológica y biológica
pero sobre todo, histórica y cultural. La historia de las mujeres ha sido otra, diferente de la de los
varones, y en consecuencia ha tenido que producir unas actitudes, una psicología y una manera
de ser, distinta de la de ellos.
Estoy del todo de acuerdo con Victoria Camps cuando dice que la subcultura femenina,
precisamente por su inferioridad con respecto a la cultura predominante, ha dado origen a una
serie de valores propios y, en muchos casos, contrapuestos a los típicamente masculinos: la
paciencia, la falta de agresividad o de competencia, la discreción, la ternura, la receptividad.
Desde tiempos de Aristóteles, si "hombre" es sinónimo de autoridad, "mujer" es sinónimo de
obediencia: la fuerza del varón estriba en el mando, la de la mujer en la sumisión. En
consecuencia, desde la Grecia clásica, las virtudes morales son, en su mayoría, atributos
masculinos, mientras que las virtudes propiamente femeninas consisten en la afirmación de todas
esas actitudes consideradas no viriles. Tales valores aparecen como negativos, ya que se trata de
las cualidades que, por fuerza, han de desarrollar los seres dominados. [V. CAMPS, op. cit., pp.
146, 147 Y 148].
Entre muchos hombres continúa existiendo un "honesto" deseo de salvar, a cualquier coste, una
diferencia y una polaridad sexual; una tensión vital y una esencial diferencia que temen que se
pierdan si se acentúan en exceso la igualdad y la equivalencia.
Pero aparte de esto -explica muy bien la médica y escritora francesa Therese Brosse-, la actitud
defensiva por parte de los hombres ofrece múltiples facetas que pueden resumirse así: cuando los
hombres desean, quieren o aspiran a despertar deseo y no mera simpatía. Cuando no desean, les
resulta difícil simpatizar, en especial cuando la simpatía hace preciso ver al otro en uno mismo y
verse a sí mismo en el otro y cuando, por tanto, el horror a la difusión de límites puede apagar
tanto el gozo ante lo que es distinto como la simpatía por lo que es idéntico a uno. Se explica,
pues, que allí donde las identidades dominantes dependen de ser dominantes, resulte difícil
garantizar una auténtica igualdad al dominado.
Ante esta realidad, tan vieja y tan nueva -porque no cabe duda de que continúa vigente-, el
"feminismo de la diferencia" se pregunta, ¿esos valores, considerados negativos por su origen -
nacen de la sumisión, de haber hecho de la necesidad virtud-, no podrían afirmarse como valores
positivos, al ser predicados de seres libres e iguales? Y sin contar aún con ninguna teoría
consistente que las avale, ¿no es lo que están demostrando con los hechos cada vez más mujeres
a lo largo de las tres últimas décadas?
Mujeres que ejercen sus profesiones y oficios, que llevan su casa, se ocupan de la educación de
los hijos, acuden a cursos y conferencias para reciclarse y ponerse al día, y tienen que batallar y
seguir batallando para que todos los miembros de la familia comprendan que la doble jornada de
trabajo no tiene por qué recaer plenamente sobre ella. Mujeres que además tienen padres
ancianos de los que se ocupan, y cientos y miles de mujeres que también colaboran
desinteresadamente con alguna ONG o en otro tipo de organización de asistencia social.
Ante la realidad presente, me pregunto como V. Camps y otras muchas mujeres: ¿por qué dar por
supuesto que en ese reparto de virtudes los varones no se equivocaron y se asignaron a sí mismo
precisamente las menos valiosas? ¿Por qué tiene que valer más la fuerza que la debilidad, el
mando que la sumisión...? Lo cierto es que ninguno de tales valores es absoluto: en unos casos, el
mando es más valioso y eficaz, en otros es más inteligente la sumisión; en unos casos, la
debilidad puede ser más potente que la fuerza...
La mujer, a través de las edades patriarcales, ha tenido que adaptar diversos roles de marcado
signo masoquista. Ha sido confinada e inmovilizada, esclavizada e infantilizada, prostituida y
explotada. ¿Se ha dejado? Hay quien afirma que así es, y que de paso ha sacado "ganancias
secundarias", tal y como se designa en psicopatología. De una forma o de otra, esto ha ocurrido,
hay que asumido y seguir caminando hacia delante.
La feminista italiana, Giulia Adinolfi, decía a finales de los años sesenta que las mujeres tendrían
que ser capaces de asumir crítica y libremente su propia tradición, de medirse con ella, de
rechazar sus elementos negativos y de reivindicar, en cambio, aquellos otros que revelan hoy una
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potencialidad positiva. El feminismo de la diferencia parte del punto de que la historia y la tradición
de las mujeres ha producido una especial manera de ser que, durante mucho tiempo, ha sido una
mera servil y sometida a otro, pero que puede mantenerse superado el servilismo. Es la esclavitud
lo que hay que rechazar pero no los valores que ésta ha engendrado.
Con paciencia, ternura, receptividad, espíritu de cooperación y de servicio, no protagonismo y falta
de agresividad, se pueden contrarrestar los excesos de los valores que produjeron la esclavitud,
es decir, el poder, la fuerza, el mando. Despojados de su sentido peyorativo, estos valores
femeninos, pueden contribuir a equilibrar el mundo que nos rodea.
El bagaje de valores que traen consigo las mujeres, consolidados por siglos de historia, puede ser
bueno y valioso para todos, hombres y mujeres. Estas pequeñas grandes virtudes, vividas e
interiorizadas por cada uno, podrían suponer un considerable progreso de la humanidad, y hasta
el momento nunca visto.
Mis utopías caminaban por ahí, pero en aquel medio resultaba difícil conseguir ponerles pies y
manos.
A medida que me iba haciendo mayor y mis criterios maduraban, me iba dando cuenta de que me
encontraba lejos de la visión y criterio que en la Obra trataban de inculcarme: esa diferencia
radical e inamovible (como te dije, nosotras pedíamos "ser esclavas", mientras ellos pedían ser
"sede de sabiduría"), me parecía injusta y deformativa; esa diferencia radical de aspiraciones y de
trato entre hombres y mujeres, me sonaba despectiva y que conectaba poco con la realidad que
estábamos viviendo. Pensaba entonces en lo interesante que sería reexaminar los rasgos
calificados bajo el epígrafe de "masculino" o "femenino", sopesando con objetividad el valor
humano de cada uno de ellos. Por ejemplo, la violencia tan fomentada en los varones y la
excesiva pasividad, calificada de "femenina", se revelarían negativas e inútiles en uno y otro sexo;
la eficacia e intelectualidad del temperamento "masculino", y la delicadeza y consideración
propiamente "femeninas" se estimarían, por el contrario, útiles y positivas e igualmente deseables
en ambos. Las divisiones tajantes como la de, ellos sabios, ellas esclavas, me sonaban tan
trasnochadas como la composición "The princess" del poeta inglés Tennyson:
"El hombre, en el campo de batalla, y la mujer, en el hogar;
el hombre, con la espada, y la mujer, con la aguja;
el hombre, a gobernar, y la mujer, a obedecer;
de no ser así reina la confusión."
Como mujeres de nuestro tiempo que queríamos mejorar en y con el mundo que nos rodeaba, era
del todo lógico y consecuente que conectáramos con esa onda amplia que es la feminidad con
feminismo; onda amplia que atravesaba, o comenzaba a atravesar, a toda la sociedad, en los
finales de los años sesenta y principios de los setenta.
No cabía ya duda de que por aquellas fechas, y con los consiguientes aciertos y errores, la mujer
estaba haciendo su primera revolución del feminismo -si dejamos aparte los conatos valientes y
lúcidos que se habían dado anteriormente-. (Gracias a esa revolución hoy la mujer tiene la
posibilidad de acceder a cualquier puesto en la sociedad, y también gracias a ella somos
conscientes de que ahora falta una segunda revolución, que es la de penetrar dentro de las
instituciones para cambiarlas, porque si, por ejemplo, una mujer llega a ministra y después sigue
gestionando ese ministerio con los criterios masculinos de quienes lo fundaron en lugar de ofrecer
criterios alternativos, servirá para poco lo batallado hasta ahora; la política seguirá siendo la
misma; es igual que la haga una fulanita de turno que un menganito, seguirá siendo la misma.) Y
después de este paréntesis vuelvo al tema que tratábamos.
El feminismo se dirigía fundamentalmente a la vida pública, mientras que la feminidad se
confinaba a la vida privada. La cultura de la feminidad juega un papel integrador que confirma,
Instala, encierra a la mujer en su papel tradicional, abriéndole solamente las puertas al sueño de lo
novelesco. El feminismo, por el contrario, quiere movilizar a la mujer, sacudir su resignación, poner
en cuestión su papel tradicional. La feminidad "estricta" se mantenía en el terreno "estricto" de la
diferencia femenina. El feminismo "estricto" se mantenía en el terreno "estricto" de la identidad
entre el hombre y la mujer. El feminismo tenía necesidad de la feminidad y la feminidad tenía
necesidad del feminismo. Su unión era necesaria para la constitución de una cultura y de una
ideología plenamente femeninas.
En un mundo hasta entonces dominado y estructurado por la masculinidad, las mujeres habían de
ejercer en adelante un papel esencial: no para reivindicar otro monosexismo, sino para instaurar
un nuevo tipo de relaciones entre seres humanos, hombres y mujeres conjuntamente, gracias al
cual unos no dominen a otros, ni en la sociedad profana ni en la Iglesia.
Pero el Opus Dei de mis tiempos, el que yo viví, colaboraba notablemente a la creación de una
mitología compensatoria para la mujer. Si el amor se pierde, o no es suficiente, en el hogar
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encuentra el amor divino. Si las labores de la casa son cansadas y serviles, la modernización
promete liberarlas. Y si todo esto no es suficiente, queda la responsabilidad de sacar a los niños
adelante como último consuelo. El espíritu de sacrificio es el alfa y el omega de las virtudes
femeninas. El Opus ayudaba -en definitiva- a la mujer a vivir en la órbita exclusiva de su marido y
su familia.
La directora, durante muchos años, de la revista "Telva", Covadonga O'Shea -veterana
numeraria-, escribe: "Lo esencial es dedicarse al trabajo del hogar con una inteligencia cultivada,
con un corazón abierto y con una capacidad de organización y racionalización que le lleve a
hacerlo perfectamente, pero en un mínimo de tiempo. Sólo así podrá dedicarse también a esas
otras grandes empresas profesionales y sociales, a estar al día, a convivir, a dialogar, a tratar a
sus hijos, a educarles mejor".
En otra de las páginas del mismo trabajo, la autora se esfuerza por afinar más: "... y espíritu de
sacrificio, abnegación, entrega a los demás, inteligencia y una actitud que nos lleve a descubrir la
hondura de lo eterno en las cosas más vulgares y monótonas. Y ahí sí que nos duele a todos.
Porque inmersos en esta sociedad hedonista y consumista, hemos olvidado que es precisamente
en el sacrificio donde radica la verdadera felicidad". [COVADONGA O'SHEA, "La mujer, ¿ha
encontrado su identidad?].
De acuerdo que para toda mujer, su familia, su casa, es importantísima, pero su trabajo
profesional -para las que lo tienen- es igualmente importante; en unos casos, porque es básico
para el mantenimiento material de su familia y de su hogar, y en otros, porque es fundamental
para su desarrollo personal, intelectual y humano. Para ellas es primordial el ocuparse de su
marido, hijos, casa, pero también lo es el esforzarse por ser competentes, realizar bien lo que se
traen entre manos; y batallar para conseguir guarderías idóneas en las que dejar a sus hijos el
tiempo necesario, y para que los horarios de las escuelas sean lo más parecidos posibles a los
horarios laborales, y si se da el caso, luchar para que a trabajo igual de hombres y mujeres el
salario sea el mismo..., y tantas otras cosas. A este modelo o tipo de mujer, en los años setenta ya
no se le podía echar al olvido, por la sencilla razón de que cada vez era más numeroso.
Más animosas que las de la ex directora de "Telva" parecían entonces -al menos en teoría- las
palabras de monseñor Escrivá, ya que daban la aparente sensación de que dejaban las puertas
más entreabiertas a la responsabilidad personal, cuando decía que en un plano esencial, sí puede
hablarse de igualdad de derechos, porque la mujer tiene exactamente igual que el hombre la
dignidad de persona y de hija de Dios. Pero, a partir de esa igualdad fundamental, cada uno debe
alcanzar lo que le es propio, y en este plano, emancipación es tanto como decir posibilidad real de
desarrollar plenamente las propias virtualidades, las que tiene en su singularidad y las que tiene
como mujer. La igualdad de oportunidades ante la ley no suprime, sino que presupone y promueve
esa diversidad que es riqueza para todos. [Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer].
Pero si ahondamos un poco en estas declaraciones, vemos que los argumentos de Escrivá no
vienen a ser otros que los de Santo Tomás y, siglos antes, los de San Pablo cuando se refieren a
la mujer: equivalente al hombre en el plano de la gracia; subordinada a él en el plano de la
naturaleza, aunque monseñor insista en que no se trata de ninguna subordinación ni inferioridad.
Este concepto tan tradicional de la mujer se puede resumir en las palabras "equivalencia y
subordinación": equivalencia a los ojos de Dios y en la posibilidad de perfección; subordinación al
hombre en cuanto a las tareas temporales de aquí abajo, tanto en la sociedad civil como en la
Iglesia. La igualdad se ve, en definitiva, relegada al puro principio, mientras que la subordinación
regula la vida real. ¿Y no están los principios llamados a ser encarnados en la vida misma?
Pero si a finales de los años sesenta el tema de los derechos de la mujer estaba en el candelero,
el caballo de batalla más importante que se libraba en el campo de la ortodoxia cristiana era el de
la planificación familiar. Cada vez eran más los católicos que se apuntaban a la legitimidad del
control de nacimientos sin distinción de método y en nombre de la responsabilidad de las
conciencias individuales.
La Iglesia católica reafirmaba imperativamente sus distinciones morales: a los métodos naturales y
lícitos se les oponen los métodos artificiales ilícitos. Sin embargo, muchos sacerdotes en el
secreto de confesión, fueron adoptando posiciones más o menos laxas, y después del Concilio
Vaticano II, algunos padres se rebelarán contra la posición tradicional de la Iglesia en nombre de
una moral de la responsabilidad individual.
Millones de católicos esperaban en aquellas fechas una clara orientación de la Iglesia para este
importantísimo problema moral, que pesaba sobre sus vidas como un legítimo deseo de
paternidad responsable, facilitada, según opinaban muchos de ellos, y muchos moralistas, por los
avances de la ciencia. La doctrina tradicional venía formulada por la encíclica de Pío XI "Casti
connubi" en 1931, que prohibía desviar la acción conyugal de lo que consideraba el Papa su
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medio difícil y hasta hostil-, pero, sobre todo, con las alumnas de la Escuela Llar, sus amigas y su
entorno. Durante aquellos años, allí conseguimos formar un nutrido número de supernumerarias
jóvenes. Desde entonces, y hasta que me fui de la Obra, mi encargo apostólico interno siempre
fue el de dirigir y formar grupos de supernumerarias. Además, de las mujeres que se aproximaron
al Opus Dei a través mío, casi todas las que llegaron a vincularse lo hicieron como
supernumerarias. Era una dedicación apostólica que me entusiasmaba; me resultaba muy
gratificante el comprobar que aquellas mujeres que se aproximaban a nuestro centro, pasado
algún tiempo, mejoraban considerablemente: ensanchaban sus horizontes, se ayudaban entre
ellas, se hacían más sensibles a los problemas ajenos, generosas, comunicativas y responsables,
con más intereses. En definitiva, se hacían mejores personas. Por mi parte, era consciente de que,
a poco que me esforzara, todo lo que les podía aportar era para bien.
Con este toque optimista y positivo vaya finalizar la presente carta, porque estoy tan cansada que
se me cruzan las letras del teclado y, en breve, hasta se me pueden empezar a cruzar los cables.
Siento que tenga que ocurrirme esto precisamente hoy, un día en el que parece que todo lo que
tenía que contarte era bueno y saludable. Prometo seguir con el tema en cuanto me encuentre
remontada.
El concepto de paternidad responsable (26 de diciembre, 1998)
Retomo el tema de mi carta anterior, en la que te decía que la formación de las supernumerarias
era una tarea con la que me sentía profundamente identificada, quizá porque si nuestra vocación
era la propia de la gente corriente -llamada universal a la santidad-, ellas eran las que se
desenvolvían en las situaciones más comunes, no cabe la menor duda: hijos, marido, familia,
trabajo de casa y trabajo profesional -cada vez iba habiendo más mujeres profesionales entre las
supernumerarias jóvenes, a pesar de seguir siendo clara minoría-.
Eran gente corriente, y como lo propio de la gente corriente es tener problemas, en el colectivo de
las supernumerarias siempre había conflictos por resolver, y sus directoras, como es lógico,
debíamos siempre estar dispuestas a echarles un cable. Problemas con la educación de los hijos,
problemas económicos y problemas de cómo vivir la sexualidad, eran los más frecuentes. Estos
últimos se agudizaban cuando se daba el caso de que ella era supernumeraria y el marido no;
pero también podía haber conflictos cuando los dos eran supernumerarios.
Entre los múltiples casos, voy a elegir tres bien diferentes e igualmente significativos, para que te
hagas una idea del arco que abarcaban los problemas que surgían al querer vivir la sexualidad
desde una perspectiva de la más estricta ortodoxia cristiana; importante caballo de batalla.
El primer caso es el de una mujer peruana, de unos treinta y cinco años -muy dulce, muy débil,
muy encantadora-, casada con un alto ejecutivo de una multinacional del petróleo, y también
peruano. Habían vivido en distintos países del mundo, pero entonces sus destino era España.
Tenían cuatro hijos y el marido se negó en rotundo a tener ni uno más. Él no era en absoluto
creyente, y no comprendía el problema que para su mujer podía suponer el recurrir a cualquier
medio anticonceptivo de los existentes entonces. Ella procuraba despistar el tema, esquivando al
marido todo lo que podía, hasta que un buen día, deshaciendo la maleta del mismo al regreso de
uno de sus múltiples viajes de trabajo, descubrió entre sus útiles personales, una caja abierta de
preservativos.
Lloró y lloró a mares, sintiéndose culpable de la situación e incapaz de tomar una decisión que le
pusiera remedio: ¿qué podía hacer?, ¿qué debía hacer?
La respuesta estaba clara, lo duro era llevarla a cabo. Si su matrimonio era lo más importante, y su
marido no estaba dispuesto a cambiar, era ella quien tenía que poner todos los medios a su
alcance para salvarlo, incluso dejar de ser supernumeraria, si fuera preciso. Como cooperadora
iba a tener las mismas ayudas y apoyo, pero lo que no debía hacer era comprometerse a algo que
sabía que no podía cumplir.
Antes de que llegara a tomar una determinación, les destinaron a un país sudamericano y, por
tanto, desconozco el cómo llegó a resolver su conflicto.
El segundo caso es el de una mujer de treinta y ocho años, profesora de EGB, supernumeraria
desde que era muy joven, y casada con un profesor de Economía, también supernumerario.
Cuando la conocí tenía tres hijos varones y había pasado ya por el trauma de cuatro o cinco
abortos. Era una persona nerviosísima; temblaba, lloraba y reía, todo con la misma facilidad y sin
que existiera ningún motivo aparente. Me contó que el ginecólogo le había dicho que tenía la
matriz como un papel de fumar y, que debido a eso, sus embarazos no prosperaban. Este le había
aconsejado hacerse una ligadura de trompas, y al contarlo en confesión, el sacerdote le había
dicho que cambiara de ginecólogo. Así lo hizo, y pasó a ser paciente de un especialista
supernumerario. Tuvo un aborto más, estuvo en tratamiento psiquiátrico, y de nuevo quedó
embarazada. Fueron nueve meses de preocupación constante, pero todo llegó a buen fin y nació
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una niña sana y salva. Los padres se lo tomaron como una especie de milagro; el premio a su
fidelidad y a haber actuado con total rectitud.
Poco tiempo después, ella volvió a ponerse fatal de los nervios, y ya siempre fue de tratamiento en
tratamiento, de depresión en depresión, y todo ello salpicado con algún aborto más.
Un buen día que se lamentaba de su mala salud, de lo mal que se lo pasaba y de las duras cruces
que el cielo le enviaba, le dije tímidamente:
-Y a tu marido, ¿nadie le ha hablado en serio de control, de dominio de sí, de tener en cuenta tus
problemas y tus males? Todos esos abortos, ¿no son para ti, física y psíquicamente
machacantes? Tú nunca le has dicho algo así como: "yo te tengo en cuenta, pero me gustaría que
tú también me tuvieras en cuenta a mí".
Ni se paró a pensar, y de inmediato respondió decidida: -Bueno, a ellos es mejor no hablarles de
todo eso, se ponen de mal humor; y si están dispuestos, si les apetece, lo mejor es acceder. El
Padre nos ha repetido muchas veces, que siempre debemos estar abiertas a nuestros maridos;
que cuando vienen del trabajo, siempre han de encontrarnos guapas, bien arregladas y de buen
humor. Además, ya sabes lo que nos ha dicho recientemente: "El estado ideal de la
supernumeraria casada es el embarazo".
Recuerdo que me quedé callada como una muerta. No me gustaba nada de lo que estaba oyendo,
pero cualquier tipo de intervención podía haber sido nefasta. La miré con una forzada semisonrisa,
mientras pensaba para mis adentros: "...pero, ¿en qué queda entonces el concepto de paternidad
responsable? En este caso concreto, ¿en qué se traduce?".
Estábamos en otra onda. No se había enterado de nada de lo que había querido decirle, a pesar
de que cada vez íbamos siendo mas el número de mujeres que defendíamos el yo femenino no
como autosuficiencia sino como experiencia de vinculación, como interacción: "Yo te tengo en
cuenta, pero me gustaría que tú también me tuvieras en cuenta a mí". No se trataba de
autosuficiencia, sino de un dar y recibir. Era un deseo, una necesidad de buscar la propia
autonomía pero sin perder la capacidad de relación; y no sólo no perderla sino mejorarla.
Efectivamente, estábamos en otra onda.
La tercera historia es la de una amiga mía -nos conocíamos hacía años-. Una catalana monísima,
encantadora y muy activa. Se afilió a la Obra casi al mismo tiempo que yo -pero como
supernumeraria-, poco después se casó con un chico algo mayor que ella, licenciado en Derecho -
pero con poquitas luces-, y también supernumerario. Sin parar, tuvieron una niña, un niño, otra
niña y otro niño, llevándose entre uno y otro un año escaso.
Una tarde cualquiera -no me sorprendió porque ya hacía tiempo que detectaba que le pasaban
cosas que no acababa de decir-, derrotada y entre suspiros, me confesó que no podía más: su
marido no ganaba un duro; a los tres niños mayores los mandaba a una guardería que le pagaban
sus padres; al recién nacido se lo llevaba ella a su trabajo (era fisioterapeuta y se dedicaba a
hacer recuperaciones a gente mayor en sus casas). Pero lo que más le preocupaba era que su
marido hacía varias semanas que salía todas las noches, y aparecía borracho a altas horas de la
madrugada.
El problema estaba claro: no podían correr el riesgo de tener otro hijo, y la única solución que a él
se le ocurría era evadirse, quitarse de en medio y no coincidir en la cama, o llegar lo
suficientemente "ido" como para caer frito de inmediato y no enterarse de nada más.
Le pregunté entonces si sabía si él había hablado con su director, y si sabía lo que éste le había
aconsejado.
Él sí que había expresado su angustia al director, pero se había encontrado con la respuesta de
que tomara ejemplo de tantos hermanos suyos, que no solamente no buscaban los días no hábiles
para amarse sino que, por el contrario, buscaban los días hábiles para así hacer más hijos para
Dios.
-¡Qué fuerte! -exclamé sin poder contenerme-. Y pensé para mis adentros, pero no lo expresé en
voz alta: "Sí, y además, esos hermanos ejemplares deberían hacer el amor con un embudo para ir
más rápidos y directos al objetivo; sin distracciones. ¡Qué horror!".
-El pobre hombre -continuó diciendo ella, refiriéndose a su marido-, está machacado, roto,
deshecho, pero además es que nos está machacando, minando también a todos.
Me acordé entonces de aquellos amigos míos, que se sentían tan agobiados cuando ella había
quedado embarazada con una perspectiva de nueve meses de reposo total, y se me ocurrió
sugerirles, además de la lectura de Paul Chauchard, que él fuera a hacer yoga.
Hablamos ampliamente del tema; comentamos los planteamientos de Chauchard y sus técnicas
de autocontrol, que pueden venir fenomenal para ayudar a superar con serenidad una etapa difícil.
Al final de la conversación se mostró más tranquila y esperanzada. Esa misma noche consiguió
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hablar con su marido, pero éste no conectó lo más mínimo con el tema y, de inmediato, fue a
consultar con su director.
Nunca supe lo que él contó ni lo que su director entendió. Sí sé, que en breve me comunicaron
que el sacerdote director de la delegación quería hablar conmigo en el confesionario, que era lo
acostumbrado, y allí acudí.
-¿Qué le has dicho a una supernumeraria? -me dijo de entrada-. Los consejos que les has dado, el
Padre no los ha planteado nunca. Nuestros hermanos, que han elegido el matrimonio como vía de
santidad, buscan el hacer hijos para el cielo y para Dios. Tú, ¿qué has dicho? -insistió-.
-Le he sugerido la lectura de P. Chauchard -concretamente, "El dominio de sí" y "Necesitamos
amar"-, y el que su marido aprenda a hacer ejercicios de autocontrol; también le he hablado de lo
positivo que puede ser el practicar yoga. Pienso que son medios eficaces para el control y el
dominio, para reencontrarse y poder ponerse en situación de hacer oración de verdad, y después,
en diálogo sincero, decidir ambos cómo han de resolver su problema conyugal y su paternidad
responsable.
Me dejó hablar mientras escuchaba en silencio, y a continuación me dijo que debía de profundizar
más en los escritos del Padre sobre este tema; que en casos como en el que estábamos tratando,
mi consejo tenía que haber sido, exclusivamente, decir lo que el Padre decía y remitir a la persona
afectada a la dirección espiritual, ya que el sacerdote estaba más capacitado para tomar las
riendas del asunto.
El mensaje o la lección que quería darme estaba clarísima, pero un interrogante clave se me
quedaba ahí, colgando. En el caso que acabábamos de tratar -como ocurría en el anterior que te
he contado-, ¿en qué se traducía el concepto de paternidad responsable?, ¿y el del amor en la
pareja?
En nuestra doctrina -que era la más estricta de la Iglesia romana-, el amor de la pareja quedaba
siempre en un segundo término y predicábamos, o la abstención total o el conejismo procreador; y
diciendo que éste último era el más perfecto porque aceptaba a ciegas todos los hijos que
mandara la providencia. Los consejos y normas eran del todo rotundos, iban desde el criterio de la
sublimidad del matrimonio, hasta la consideración puramente físico-mecánica del mismo,
siguiendo al pie de la letra la postura eclesiástica que prohibía todo lo que no fuera la corrección
mecánica del acto sexual físico: lo demás era pecado.
Fomentábamos poco el sentido de la amistad y compañerismo en la pareja como motivo fuerte de
unión. Tampoco se hablaba de favorecer la comunicación mutua, el diálogo, la charla sincera y
distendida y el amor amistoso, como algo fundamental para el crecimiento de ambos.
A las supernumerarias se les recordaba con frecuencia el "débito conyugal" al marido, cuando éste
lo pida, sin ninguna atención a los deseos femeninos ni al "tempo" sexual de la mujer, que suele
ser distinto al que tiene el varón. La mujer, y sus legítimas necesidades sexuales, contaban poco o
nada entre los deberes matrimoniales del marido.
En lo referente al tema familia, cundía el pánico en cuanto a su posible desaparición, y contra ello
había que batallar con uñas y dientes. Pero, ¿es que, de verdad, iba a desaparecer la familia y
nosotros teníamos que salvarla?
Lo que sí era evidente es que estaba cambiando su estructura patriarcalista, machista y
autoritaria, pero desde el punto de vista social, económico y moral, la familia seguía viva y
coleando, con los tres roles clásicos que nunca pueden faltar: materno, paterno y fraterno. La
maternidad que simboliza la afectividad, la comprensión, la intuición y el arraigo a las tradiciones;
la paternidad que representa la racionalidad, la objetividad, la personalidad y la autoridad; la
fraternidad que viene a ser la sociabilidad, la cooperación y la convivencia.
En mi entorno veía que la familia cambiaba, no desaparecía, y que el esfuerzo había que ponerlo
en reestructurar estos tres roles -materno, paterno y fraterno-, con arreglo a las necesidades del
mundo en que vivíamos y que íbamos a vivir.
Los cambios eran evidentes, la necesidad de adaptarse a los mismos también. No podemos
olvidar que la década de los setenta fueron unos años muy movidos, y que en esa movida
estábamos -de una u otra forma- todos los que entonces éramos.
A finales de los sesenta surgió una corriente de esclarecimiento sobre temas sexuales y, en
ciertos ambientes, las cuatro letras de "sexo", pasaron a convertirse en un monotema casi
exclusivo. Para muchas personas, no entrar en esta rueda significaba quedar fuera de la moda,
ser necesariamente una persona reprimida. En la década de los setenta, la llamada "revolución
sexual", que fue más bien una revolución de carácter comercial, coincidió con la divulgación de la
píldora que permitió a las mujeres ser más libres sin temor a embarazos no deseados.
Para muchas mujeres, entonces, las viejas formas de sexualidad, con su cortejo de culpas y
represiones, fueron desplazadas. Al fin este tema era algo de lo que, cada vez más, se podía
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hablar libre y francamente, y las revistas femeninas también entraron de lleno en la nueva
corriente, ofreciendo en vez o junto a las recetas de cocina, otras nuevas recetas que explicaban
cómo satisfacer al amante o cómo disfrutar del sexo sin amor, y otras modernas gimnasias de
dormitorio. Quienes se tomaban estos consejos como panaceas u obligaciones, de nuevo sufrían
otra tiranía: en vez de la represión, lo que pasaba a obligar era una forzada desinhibición.
Desterrar unos mitos para crear otros nuevos no parecía ser buena solución. Pero si algo tenían
de bueno estos drásticos cambios es que nos aproximaban a ser más abiertos y honestos en
nuestros planteamientos. Por eso, en los comienzos de los años setenta, cada vez eran más las
personas, educadas en una tradicional cultura judeocristiana, que se planteaban la necesidad de
una revisión profunda de la teología de la sexualidad elaborada a partir de todos los nuevos
conocimientos, como hubo que hacerlo en otros terrenos teológicos cuando se descubrió que el
universo no giraba alrededor de la Tierra.
Recuerdo a una amiga mía -médica de profesión, casada con otro médico y madre de tres
maravillosos hijos-, mujer profunda y llena de inquietudes, que argumentaba: "Si la naturaleza
decidiera que el sexo sólo es utilizable para procrear, la mujer y el varón tendrían ciclos más
breves de erotismo, ciclos sólo ajustados temporalmente a la procreación. La naturaleza ha
decidido por sí misma dar permiso a una sexualidad más amplia". Estaba convencida de que
pensar de otra forma era caer en el ideario maniqueo que atribuye al mundo material de los
cuerpos y las cosas algo diabólico.
Gracias a mí descubrió los trabajos y el pensamiento de Chauchard y le convenció a fondo. Decía
que dentro de la ortodoxia católica era quien le había abierto más horizontes. Sin embargo, de los
rígidos planteamientos de la Obra cada vez se sentía más lejos. El último encuentro que tuvo con
un sacerdote del Opus Dei fue de lo más tirante, y yo me sentí culpable, pues era quien la
animaba a aproximarse a nuestro espíritu, ya que me parecía una persona valiosísima.
Parece ser que el mencionado sacerdote le preguntó acerca de cómo vivía sus relaciones
matrimoniales, y ante su respuesta de que pensaba que se trataba de una cuestión que tan sólo le
incumbía a ella y a su marido, éste, a modo de recordatorio, le hizo una declaración de principios
de cómo debían ser las relaciones perfectas. Ante tan edificante y frío planteamiento, ella le
respondió: "Por mi parte he de decir que, como los orientales, sostengo que hacer siempre el amor
de la misma forma puede compararse a comer pan duro todos los días y en todas las comidas".
Así finalizó su último encuentro. Nunca más volvió.
Pero no era corriente dar con un tipo de mujer tan despachado.
Era más frecuente encontrarse con mujeres que asumían su papel de "víctimas", que vivían la
relación sexual como una carga, postura que encajaba bien con la educación recibida: a todas nos
enseñaron que el sexo existía para dar placer a los varones, dueños y señores, y para tener hijos.
Nuestras opiniones, sentimientos y emociones debían quedar siempre postergados. La mujer
nunca debía tener derecho a decir "no". También se trataba, más que de mantener, de reforzar el
viejo sistema de separar a los dos sexos, varón y mujer, en categorías opuestas, como dominio-
dependencia, pasividad-actividad, víctima-victimario, en vez de fomentar la confianza, el diálogo,
la comunicación y la libertad entre ellos. Para las mujeres siempre se daba por supuesto el papel
de pacientes, sacrificadas, calladas, comprensivas y generosas, que nada saben ni nada piden.
Control cerebral y sexualidad humanizada (2 de enero, 1999)
Dices que no acabas de entender por qué en la Obra se considera como próximo a la perfección el
tener doce, quince y hasta más hijos, ya que, en todo caso, ese virtuoso punto de referencia sólo
puede ser válido para una estricta minoría. La realidad de la mayoría de las parejas jóvenes,
yendo todo bien, es que habitan en un pequeño piso que pagan, mes a mes, con más de la mitad
de su sueldo durante diez o quince años, y que si trabajan los dos -él y ella-, consiguen hacerla en
menos tiempo y disfrutar de más holgura en algunos aspectos de la vida cotidiana. Ante esta
realidad, preguntas: ¿Cómo se les puede plantear que, para ellos, la virtud cristiana consiste en
tener un hijo cada año, hasta doce, trece o más? ¿Qué se entiende por paternidad responsable?
En la actualidad, los valores de la defensa de la familia y la promoción de la natalidad figuran en
los programas de casi todos los partidos políticos. Sin embargo, la realidad pone en evidencia los
buenos propósitos: España es el país de la Unión Europea que menos ayudas concede a las
familias numerosas y a la maternidad. Pero sería injusto culpar exclusivamente al Estado. La
sociedad tampoco hace demasiado para que las parejas tengan hijos. En nuestro país, por poner
un ejemplo significativo, la tercera parte de la población laboral trabaja con contratos temporales
(porcentaje mayor en las mujeres, lo que constituye un notable factor de disuasión de los
embarazos). Y para acabar, otro punto también a tener en cuenta es el elevado precio de la
vivienda. A todo ello se une, finalmente, un importante cambio de mentalidad en los españoles de
las últimas décadas, en los que se ha generalizado el uso de anticonceptivos.
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La natalidad, por supuesto, es un asunto personal, pero en que ésta baje o suba tiene mucho que
ver el apoyo o desapoyo del Estado, la sociedad y las empresas. La paternidad responsable no
tiene por qué traducirse en tener más y más hijos, sino en saber hasta dónde se puede abarcar.
Y después de este inciso, vuelvo a retomar el tema de la "Humanae vitae", que era el referente
doctrinal que teníamos -y que seguimos teniendo, porque no existe en esta materia ningún otro
documento vaticano más reciente-. Cuando se publicó, en 1968, la leí a fondo, además de los
escritos del Padre que hacían referencia al mismo tema y todos los libros que publicaba la editorial
Patmos, .con el fin de desarrollar de la mejor manera posible lo que consideraba que era mi tarea
pastoral. Estas eran mis fuentes, hasta que un día leí en la prensa que Paul Chauchard, un
neurofisiólogo francés, amigo personal de Pablo VI y de Juan XXIII, católico convencido y que
había participado en el desarrollo del reciente Concilio Vaticano II, venía a Barcelona e iba a dar
una serie de charlas en la Facultad de Teología sobre el contenido de la reciente encíclica
"Humanae vitae". El viejo sabio Chauchard decía a la prensa, en unas declaraciones previas a su
intervención: "Precisamente porque me he consagrado, en cuanto neurofisiólogo, a extraer de mi
ciencia unas indicaciones normativas, una moral del cerebro -el órgano de las acciones y de las
relaciones humanas-, a mostrar que la pedagogía es ante todo el aprendizaje de la buena
utilización del cerebro para una vida más humana, la aplicación a la vida sexual que he hecho de
todo ello me ha conducido a hallarme previamente de acuerdo con la Encíclica. Abordando la
sexualidad por el camino necesario -añadía-, pero desacostumbrado, del control cerebral, que le
da su dimensión humana completa y suprime la falsa hendidura entre eros y ágape, me he hallado
metido de golpe en el aspecto positivo de la educación de la continencia".
Sus planteamientos me parecieron interesantes, y pensé que me encantaría conocerle y
escucharle. Si se encontraba en Barcelona, ¿no era la mejor ocasión para solicitar una entrevista?
Y así lo hice.
Hablé con él, asistí a sus charlas y coloquios y tuve ocasión de agradecerle la luz que me había
dado. A continuación, me fui haciendo con la casi totalidad de sus libros, algunos de ellos
traducidos ya al castellano -"Necesitamos amar" (Herder), "Voluntad y sexualidad" (Herder)-, y
otros los fui consiguiendo en versión original- "La maitrise de soi" (Dessart), "Timidité, volonté,
activité" (Denoel), "Amour et contraception" (Mame), etcétera-.
Chauchard decía al referirse a la "Humanae vitae", que esta encíclica es el segundo panel de un
conjunto, cuyo primer elemento era la encíclica sobre el celibato sacerdotal del 24 de junio de
1967. En este caso se trataba de salvar los valores esenciales de la disponibilidad de la virginidad.
Después de la castidad consagrada, el mismo espíritu preside la castidad conyugal: ambas no
difieren tanto como se cree; en los dos casos se trata de llevar a su plenitud el amor. [PAUL
CHAUCHARD, Voluntad y sexualidad, p. 13].
Tal vez te sorprenda que me extienda tanto en este tema, pero no se trata de algo gratuito.
Descubrir el pensamiento de Chauchard supuso para mi vida espiritual un enriquecimiento
importante; un balón de oxígeno, un respiro.
Hacía ya algo más de tres años que era numeraria y me encontraba como estancada; atiborrada
de frases hechas, de "porque el Padre ha dicho", de charlas y meditaciones cortadas por el mismo
patrón, de directoras insulsas -salvo excepciones-, en cuyos consejos e insinuaciones tenía que
ver la voluntad de Dios para conmigo. Con la ayuda del pensamiento de este viejo sabio, conseguí
profundizar, ensanchar mi espíritu y dar un mayor sentido a todo lo que me traía entre manos.
Control cerebral y dominio de sí eran las claves de su pensamiento: 'uno no se controla por
controlarse, sino para utilizar su control con el fin de conducirse de un modo más correctamente
humano. El control es en sí mismo valorizador y humanizador. Quien ha aprendido a controlarse,
relajado y lúcido, tiene el poder de reflexionar en lo que le conviene hacer. El control implica una
fuerza, un dinamismo de realización de sí, de humanización; una ascesis, ciertamente, pero una
ascesis vivificante.
Chauchard desarrolla, con su sabiduría científica, unas sencillas técnicas de control que cualquier
persona puede aprender, y luego explica, con todo lujo de detalles pedagógicos, los siete terrenos
en los que debemos aplicar el controlo dominio de uno mismo: el control del ser; el control del
obrar; el control del tener; el control de la sociabilidad; el control del consumo; el control de la
afectividad y, finalmente, el control de la sexualidad.
Como verás, estos siete controles responden a las siete virtudes que se oponen a los siete
pecados capitales. Y Chauchard se pregunta: en vez de los siete pecados capitales, ¿no habría
que proponer la práctica de siete virtudes capitales? Los siete pecados capitales resultan de
nuestras necesidades principales: tenemos necesidad de ser (soberbia), de obrar (pereza), de
tener (avaricia), de ser sociables (envidia), de alimentamos (gula), de apasionarnos (ira), de utilizar
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nuestra sexualidad (lujuria). Por tanto, necesitamos hallar en nosotros el secreto y la fuerza del
obrar bien, lo cual es la buena realización de nuestras necesidades capitales.
¿Dónde hallar los siete poderes que nos permitirán estar en lo firme? Precisamente en el control
aplicado a nuestras siete necesidades; sabiendo controlarnos. [P. CHAUCHARD, op. cit., p. 133 y
siguientes].
Nos es preciso practicar las siete virtudes capitales por medio de los siete controles capitales, que
son siete voluntades capitales de conducirnos bien.
Quizá te preguntes dónde quiero llegar con este despliegue teórico, pero creo que es necesario
hacerlo para entender lo que quiero acabar de contarte.
Educación de la continencia (7 de enero, 1999)
Tampoco ayer cerré el tema que desde hace días ocupa el contenido de nuestra correspondencia,
sobre todo de la mía. Creo que hoy ya acabo y podemos pasar a tratar otras cuestiones que
también te interesan.
Finalicé mi última carta hablándote de los siete controles capitales y de cómo estas sencillas
técnicas del profesor Chauchard estaban al alcance de cualquiera. Yo entonces estaba muy
motivada por el descubrimiento y, en el fervor de mi entusiasmo, le comenté a mi directora que
sería fantástico el poder ir a París a hacer un cursillo en uno de los centros que el doctor
Chauchard y otros científicos católicos habían puesto en marcha, con el fin de aprender bien sus
técnicas y poderlas dar a conocer insertadas en nuestros medios de formación. Estaba convencida
de que podrían suponer una ayuda eficacísima.
Mientras tanto, los católicos impugnadores de la encíclica a la que he hecho tantas referencias,
decían que ésta sería satisfactoria si el Papa hubiera dejado a las parejas la libertad de los
medios: si se reconocía la necesidad de limitar prudentemente los nacimientos, ¿no era lógico dar
luz verde a los métodos de contracepción dejando que cada cual adopte el que le convenga? ¿Por
qué, entonces, sacralizar un sólo método, la continencia periódica? Chauchard respondía a este
razonable planteamiento: "El Papa se refiere a la norma de conjunto de la sexualidad humana.
Para él, la continencia periódica no solamente no comporta artificios contraconceptivos, sino que
no es un método contraceptivo en sentido propio: se trata de utilizar el conocimiento y el dominio
de sí para regular prudentemente la fecundidad propia sin contracepción. Se trata, en definitiva, de
aprender a amarse mejor, y cuando la pareja se ama mejor mediante el control de sí, se descubre
capaz de regular su fecundidad sin contracepción, mediante la utilización de sus recursos
personales".
Y mientras yo asimilaba teoría, cada día me encontraba con más casos de mujeres insatisfechas
que llevaban con resignación un nuevo embarazo, haciendo realidad aquello de que hay tres tipos
de hijos: los hijos del amor, los hijos del deber y los hijos del fastidio.
Un día, hablando de todo esto con la directora y una numeraria mayor -que contaba con una larga
experiencia en dirigir supernumerarias-, volvió a salir el tema de lo positivo que podría ser el
formar a las personas en ese auténtico espíritu de la "Humanae vitae". La educación de la
continencia, el dominio de sí, era importante en todas las facetas del comportamiento humano,
pero en el terreno de la sexualidad parecía una necesidad aún más urgente.
Las tres estábamos de acuerdo. Sin embargo, la más veterana aportó un pero fundamental:
-¿Pero qué vamos a conseguir nosotras -dijo-, formando a las mujeres, si no se hace la misma
tarea con los varones? Si son ellos -añadió-, los que tendrían que enterarse de que el hombre no
es por naturaleza un autómata de la fecundación.
En esa misma línea, el doctor Chauchard afirma:
-No es respetar la naturaleza masculina alienarse en un automatismo. El hombre educado posee
tres modalidades de unión genital: el acto fecundante ejecutado en el momento de la ovulación, el
acto completo con la donación simbólica del semen como donación de amor no fecundante en los
periodos estériles, y la unión incompleta, llamada reservada, que no comporta esa donación.
¿Acaso puede llamarse virtud el apaciguamiento de la concupiscencia, a costa de la salud
psíquica o física de la mujer? Reconociendo la importancia de regularizar los nacimientos, el Papa
ponía de relieve, no solamente los valores de la fecundidad, sino que insistía en la "paternidad
responsable". Una vez más expuse la posibilidad de hacer una propuesta seria para aprender bien
las técnicas del control cerebral y poder explicar con conocimiento bien fundamentado, lo que es el
dominio de sí.
Mis interlocuroras opinaban que mi propuesta no iba a prosperar; es más, que hasta podría
volverse en mi contra, ya que se podía interpretar como un querer enmendar la plana, o como que
la doctrina del Padre y de la Obra eran insuficientes. No; ni una ni otra lo veían prudente.
En un impulso ecumenista, repetí la frase de Teilhard de Chardin: "Todo lo que asciende
converge". Porque estaba convencida de que todo lo que fuera ensanchar horizontes, conocer
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tradición que ha durado hasta nuestros días, encontró su primera formulación pretendidamente
científica en la Edad Media, en el momento en que el derecho canónico y la teología quedaron
sistematizados. ¿Y cuál es esa formulación que condensa y resume lo que ya era tradición? El
canonista "number one", Graciano, y el supermaestro de la teología, Santo Tomás de Aquino,
coinciden en su afirmación: "La mujer no puede recibir órdenes sagradas porque, por su
naturaleza, se encuentra en condición de servidumbre", dice Graciano; "porque se encuentra en
estado de sumisión", dice Santo Tomás. Es decir, que el argumento esencial para la exclusión
canónica de las órdenes sagradas es que la mujer no puede ordenarse porque es un ser incapaz
de autonomía; está hecha para vivir bajo tutela, para obedecer a un hombre.
Ni que decir tiene que tal argumento, en la década de los setenta, ya carecía de valor; resultaba
huero. Pero los defensores de la exclusividad masculina del sacerdocio ministerial no desistían en
su empeño, y para no caer en lo risible decidieron echar mano de nuevas razones que, al finalizar
el siglo, se resumen en la misma idea que comenzaron a barajar en los años setenta como
máximo argumento: las mujeres no deberían ser admitidas a las órdenes porque el mismo Cristo
no lo hizo. Su voluntad de reservar estos ministerios al sexo masculino sería, pues, la expresión
del derecho divino. Además, supondría ir contra la más antigua tradición de la Iglesia que se
inspira en esa voluntad inicial de Jesús.
¿Tiene peso específico este argumento? ¿Es que no hubo otras exclusiones en la elección del
primer Colegio Apostólico? ¿No fueron excluidos también los samaritanos, los paganos, todos los
no judíos? Pero es que de haber elegido algún samaritano, alguna mujer, algún pagano, es seguro
que Jesús hubiera superado lo que los psicólogos llaman "el umbral de intolerancia", y en
consecuencia, nadie le habría escuchado y su actuación entre los judíos se habría visto detenida
apenas comenzar.
No, no había, ni hay, argumentos ni razones sólidas, y en los años setenta no eran pocos los
teólogos conscientes que veían con claridad que la naturaleza de la exclusión que comentamos
era, y es, más bien antropológica y cultural que teológica.
Entre la jerarquía eclesiástica cundía -me temo que no ha dejado de cundir- un triple miedo: miedo
al otro, a la mujer -y a la seducción femenina-, a la que se resisten a reconocer como ser humano
en plenitud; miedo a perder el poder y la autoridad en la Iglesia, a partir de una concepción de
autoridad -y en consecuencia, del ministerio- muy extendida antes del Concilio Vaticano II y que
todavía continúa arraigada en los subconscientes de no pocos eclesiásticos; miedo a lo
desconocido de parte de unos ministros habituados a la prudencia y poco amigos de reformas y
replanteamientos. Finalmente, no podemos dejar de recordar que las mismas mujeres son a
menudo el primer obstáculo a su propia promoción, por la pura inercia que corre en algunos
ambientes femeninos y porque sigue habiendo muchas mujeres todavía profundamente sensibles
al prestigio de la masculinidad.
Y ya para finalizar, me parece interesante recordar aquí que, a pesar de los múltiples prejuicios y
cortapisas, ha habido momentos en la historia en que existieron ministerios femeninos reales, te
expongo dos casos alejados, uno de otro, en el espacio y en el tiempo; uno en la Iglesia de
Oriente durante la antigüedad cristiana: las diaconisas; el otro en la Iglesia latina de la Edad
Media: las abadesas. También podríamos añadir en esta pequeña lista a las profetisas de los
comienzos de la cristiandad; dotadas del don de la profecía, hablaban públicamente según la
inspiración de Dios.
Las diaconisas eran reclutadas principalmente entre las vírgenes y las viudas, y se especializaban
en la ayuda que debía prestarse al obispo para el bautismo de las mujeres (que se hacía por
inmersión, en desnudez y dentro de la piscina bautismal), y en el cuidado de los enfermos. Aunque
sus funciones eran diferentes de las de los diáconos masculinos, se las consagraba según el
mismo ritual que a éstos, es decir, mediante la imposición de manos.
Las abadesas medievales no participaban, como las diaconisas, de un orden clerical, pero ejercían
poderes extensos de jurisdicción y de gobierno. Sus poderes eran casi episcopales ya que
otorgaban nombramientos a eclesiásticos para los cargos de párroco capellán y canónico. R.
Metz, en su interesante trabajo titulado "Le statut de la femme dans le droit canonique medieval"
puntualiza que "destituían a estos mismos beneficiarios, asistían a concilios, convocaban sínodos.
Algunas recibían la profesión de religiosos, incluso gobernaban monasterios vinculados con sus
casas; en algunos monasterios mixtos, la dirección se encontraba en manos de una mujer. Estas
mujeres, abadesas en general, ejercían verdaderos poderes episcopales".
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que respecto a la mujer tenía todos los prejuicios propios del siglo XIX burgués, en el que ser
femenina era tanto como dejar de ser persona. Porque no era entonces femenino tener
inquietudes culturales, ni ser inteligente, independiente o responsable de tu vida, y ni siquiera
poseer opiniones propias sobre las cosas. En aquel tiempo también ocurría, que si no te
adaptabas a ese modelo mutilado de mujer, eras una puta, una enferma, un monstruo. Pero en la
segunda mitad del siglo XX, ya entrados en los años setenta, parecía que el panorama era
claramente otro. No hay más que echar un vistazo a la historia más próxima para comprobarlo.
Me impresionó ver tan indignado y lleno de ira a aquel personaje que deberíamos tener divinizado.
En aquel momento me di cuenta, fui consciente, de que los hombres siempre han definido la
feminidad como un medio para mantener a raya a las mujeres, y Escrivá nos ofreció un vivo
ejemplo (ellos tenían que aspirar a ser sabios, ellas bastaba con que fueran discretas).
Cuando ocurrió este desafortunado y también esclarecedor suceso que te cuento, hacía poco
tiempo -1970, exactamente-, que se había publicado en España la "Historia y sociología del
trabajo femenino", de Evelyne Sullerot, un serio y objetivo estudio que dio importantes luces a no
pocas mujeres de mi generación. De esta misma autora ya había tenido ocasión de leer, "La vie
des femmes" y "La presse fémenine". Me pareció muy interesante la opinión de esta prestigiosa
figura en el campo de la sociología francesa, quien insistía en que debería imponerse la distinción
entre "sexo-eros" y "sexo-sociedad" .
El "sexo-eros" -decía-, representa esa pequeña cantidad de hormonas suplementarias que
determinan el sexo fisiológico. "Este último es irreductible -añadía-, se nace hombre o mujer;
dejando aparte los casos patológicos, no se puede adoptar el comportamiento erótico del sexo
opuesto."
Por el contrario, el "sexo-sociedad" representa, para ambos sexos, la androginia, y no debe
entrañar ningún tipo de discriminación social. Sullerot señala aquí "la intolerancia de las
sociedades humanas con respecto a la indiferenciación de roles".
Para quienes nos aproximábamos a estas todavía novedosas tesis, la cerrazón con que el Padre
defendía la inmovilidad de su máxima número 946 de Camino, resultaba francamente
preocupante.
Otra voz de mujer -E. Sullerot no era la única-, la de Thérese Brosse, médica cardióloga dedicada
de lleno al estudio de lo que ella llamaba "hombre integral", decía al referirse a este mismo tema:
"Los seres de uno y otro sexo viven en la ignorancia, y por tanto descuidan el carácter andrógino
de la naturaleza humana. Este desconocimiento perjudica la evolución de todos los individuos".
La doctora Brosse veía perjuicios tanto para los varones como para las mujeres que se pueden
resumir así:
A los del sexo fisiológicamente masculino, favoreciendo la hipertrofia monstruosa de un machismo
agresivo y dictatorial, no equilibrado, en los seres insuficientemente desarrollados, por la
expansión de sus cualidades femeninas potenciales. A los del sexo fisiológicamente femenino por
el prejuicio aún más grave de su aprisionamiento y explotación por una sociedad patriarcal,
ahogando la eclosión de sus posibilidades creadoras y privando a la sociedad de la mitad de su
potencial de eficacia.
En la década de los sesenta los descubrimientos científicos, en este sentido del carácter
andrógino de la naturaleza humana, estaban siendo determinantes. Biólogos como Jean Brachet
("Embryologie chimique", 1956) y Stéphane Lupasco ("Les trois matiéres",1960), se expresaban
así:
"Notemos aquí el hecho de la coexistencia de hormonas masculinas y femeninas en cada macho y
en cada hembra. Hoy en día es un hecho establecido que cada individuo o sistema vital, está
potencialmente bisexuado. El problema del determinismo sexual sólo resulta inteligible si se tiene
presente la noción de "bipolaridad sexual", según la cual todo organismo posee en estado
potencial los dos sexos, si bien uno de ellos domina sobre el otro."
Y hasta el programa de la Asamblea General de la ONU, de noviembre de 1967, había ya sido
sensible a esta cuestión. Las Naciones Unidas adoptaron entonces por unanimidad, una
declaración sobre la necesidad de eliminar la discriminación de la que la mujer venía siendo
objeto, tanto en el aspecto legal como en el de las costumbres y en el de los prejuicios, y esto en
todos los órdenes de la vida: trabajo, vida conyugal, educación, etcétera.
Pero en desagravio de Escrivá he de añadir que él no era, ni mucho menos, el único que no
estaba por la labor de cambiar su criterio en este terreno, para ello me remito al estudio llevado a
cabo por una socióloga española y publicado en la revista "Cuadernos para el diálogo" (junio
1966). Amelia Arana señala en su encuesta que "la mujer española está atravesando por una
grave crisis que puede comprometer su futuro. De un lado sus cualidades primitivas se han ido
desvaneciendo poco a poco y ha perdido la fe biológica en las tradicionales virtudes femeninas -
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-Al comienzo de mi vocación -escribe M. del Carmen Tapia, una veterana ex numeraria, en su
autobiografía- no pude captar las muchas diferencias que existían entre varones y mujeres del
Opus Dei. Las fui descubriendo lentamente. Y hoy día comprendo que tales diferencias no eran
sino una expresión del comportamiento total, sexista y machista, que en mucha mayor escala
existía y todavía existe en el Opus Dei, reflejo claro de la conducta de monseñor Escrivá [M. Del
Carmen Tapia. "Tras el umbral"., p. 20].
Para llevar a cabo el buenísimo nivel deseado y conseguido en sus residencias y centros, Escrivá
necesitaba administradoras, y además insistía en las cualidades que había de tener la
administración que quería: "La buena administración es aquella que ni se ve ni se oye". Su ideal
del papel que había de jugar la sección femenina de la Obra era idéntica a la que Pilar Primo de
Rivera había tenido de la suya. Me sorprendió el comprobarlo y no me esperaba tanta
coincidencia, pues nos encontrábamos en los años sesenta, y por aquellas fechas el pensamiento
femenino de Falange aparecía ya como de otros tiempos.
La labor de la Sección Femenina había de ser callada y completamente subordinada a los
hombres de la Falange. Pilar lo especificaba así en el Quinto Consejo Nacional: "Las Secciones
Femeninas respecto a sus jefes tienen que tener una actitud de obediencia y subordinación
absoluta. Como es siempre el papel de la mujer en la vida, de sumisión al hombre". Veinte años
más tarde escribió: "El hombre es el rey; la mujer, los niños, las ayudas, los necesarios
complementos para que el hombre alcance su plenitud".
En la Constitución de la Obra de 1950, la parte dedicada a la sección de mujeres, no contempla
que éstas lleguen a una gran superioridad. Michael Walsh, ex jesuita e historiador inglés, lo recoge
así en su libro, "El mundo secreto del Opus Dei":
-Las tareas que Escrivá anotó en el párrafo 444 eran firmemente tradicionales. Se esperaba que
los miembros femeninos del Opus Dei asumieran tareas como la de dirigir casas de retiro, publicar
propaganda católica -escrita con ayuda de los editores-, trabajar en librerías o bibliotecas, instruir
a otras mujeres y alentarlas en la modestia cristiana promoviendo la educación de las chicas -en
escuelas de un solo sexo-, enseñar a las mujeres campesinas tanto la destreza apropiada como
los preceptos cristianos y preparar a las sirvientas para el trabajo doméstico, un empeño principal
para los miembros femeninos del Opus y una significativa fuente de reclutas. Y también tenían que
cuidar de las capillas [...]. De gran importancia para la buena regulación de toda la organización,
las mujeres tenían que ocuparse de la administración de todas las casas del Instituto.
Entre las experiencias que iba viviendo, y que luego asociaba hasta llegar a sacar conclusiones,
recuerdo textualmente las palabras de una numeraria mayor, que después de leer en el semanario
"Mundo" un "Informe sobre mujer y Universidad" (1968), hizo su propia reflexión en voz alta:
-Es horrible, pero cada vez me doy más cuenta de que estamos contribuyendo a valorar a la mujer
como virgen, como madre y como buena cocinera, pero a esas facetas que hacen a la persona
humana completa, les estamos dando muy poco valor.
También recuerdo como especialmente significativa, una conversación que tuve con otra
numeraria mayor, que era profesora de la Universidad de Barcelona, y que siempre había tenido
conflictos con sus directoras por su agudo espíritu crítico.
Habíamos asistido en la Facultad de Filosofía a una conferencia sobre el reciente fenómeno de la
contracultura y los tres movimientos entonces en plena efervescencia: el pacifista, el de la
liberación de la mujer y el poder negro. El segundo de estos tres movimientos era el que nos
rozaba más de cerca, y nuestra conversación se centró en ese despertar generalizado de las
mujeres y la postura que nosotras, como numerarias, podíamos o no adoptar. Su opinión era que
quienes tenían un trabajo por libre -como lo teníamos ambas-, éramos, en principio, también libres
de colaborar y participar con nuestras compañeras en las acciones que nos parecieran oportunas.
Sin embargo, el pensar que las mujeres de la Obra, como colectivo, pudieran llegar a dar el más
mínimo paso en pro de la emancipación femenina, le parecía imposible. Es más, estaba segura de
que en el caso de que las circunstancias empujaran a una toma de postura, esa postura sería
claramente reaccionaria.
-¿Y por qué tiene que ser así? -pregunté-, si se trata de algo que está latente en la sociedad en la
que nos movemos y somos, si son cuestiones que se está planteando cualquier mujer que se para
a pensar un poco?
Había tenido ya bastantes ocasiones de comprobar que se nos quería como gente mansurrona y
lanar; que lo aguantan y lo sufren todo sin rechistar, y que moralmente pertenecen a la familia de
los óvidos. "Criadas o esclavas del Señor"; "...basta con que sean discretas"... ¿No eran esos los
mensajes que nos dirigían de una manera, quizá adornada, pero constante?
Su experiencia le había llevado al convencimiento de que el concepto que los que gobernaban en
la Obra tenían acerca de la mujer era, por lo general, muy retrógrado, es más, algunos de ellos es
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que nos tomaban por el pito del sereno. Me contó entonces lo que le ocurrió recién llegada a su
destino de Londres, en los principios de los años sesenta.
Parece ser que una numeraria que vivía en su misma casa, había metido la pata en una cuestión
de pura administración ordinaria. Ante el percance, el sacerdote, después de la consiguiente
regañina, había comentado con cierta sorna:
-Que le vamos a hacer, si es que no tenéis cabeza -y a continuación, con tono jocoso, contó lo que
él había vivido en Roma, cuando caminando con un grupo de numerarios y en compañía del
Padre, por no sé qué lugar de la ciudad, vieron una escultura muy deteriorada, de la que sólo se
distinguían unos pliegues de una túnica sobre el mamotreto de piedra-.
Parece ser que Escrivá, señalándola, comentó divertido:
-Es una mujer.
Alguien, entonces, preguntó asombrado:
-Pero, ¿y cómo lo sabe, Padre?
-Está muy claro, hijo -respondió-, porque no tiene cabeza.
De momento, no le di demasiada importancia a la anécdota. Me pareció una gracia muy machista
pero muy de hombre de su generación, en la que lo normal era ser machista. Sin embargo, dos
años después, cuando otra numeraria contó de nuevo la anécdota de la estatua sin cabeza,
concluyendo con la moralina edificante de que, si lo de no tener cabeza era lo nuestro, teníamos
que ser humildes y dejamos llevar y dirigir, entonces sí que salté como una pantera:
-¿Pero no te das cuenta de que es una estupidez el dar por supuesto que media humanidad no
tiene cabeza?, ¿de verdad te parece serio lo que estás diciendo? La realidad nos muestra que hay
hombres inteligentes y mujeres inteligentes, hombres tontos y mujeres tontas, hombres con
cabeza y mujeres con cabeza. ¿No te parece que es así, más o menos?
Se quedó espantada y no dijo ni media palabra. Lo que no sé es si mi golpe de indignación sirvió
para algo más; para que, de alguna forma, entendiera que el sexo no es un "status". Empeñarse
en seguir haciendo del sexo un "status", me parecía que era algo como querer retroceder al siglo
XVIII; a la esclavitud que aquel tiempo imponía a las mujeres, y a la ceguera que el peso del
prejuicio provocaba hasta en las mejores cabezas. No tenemos más que echar una mirada atrás
para encontramos con que todo un Locke, el filósofo defensor de la "libertad natural" del hombre,
sostenía que ni los animales ni las mujeres participaban de esa libertad, sino que tenían que estar
subordinados al varón. Rousseau decía que "una mujer sabia es un castigo para un esposo, sus
hijos, para todo el mundo". Kant tampoco se quedó corto al afirmar que "el estudio laborioso y las
arduas reflexiones, incluso en el caso de que una mujer tenga éxito al respecto, destrozan los
méritos propios de su sexo".
Tal vez te plantees, ¿y por qué fueron tan pocas las mujeres que se rebelaron ante semejantes
barbaridades? La razón es que hace falta estar cultivado para poder asumir una actitud crítica, y
las mujeres de entonces carecían casi por completo de educación. Pero que dos siglos después
continuaran existiendo mujeres que permanecían impávidas ante planteamientos similares me
parecía realmente inaudito.
¿Por qué distinguir a todo propósito entre mujeres y hombres? ¿No se refuerza así la percepción
de diferencias entre los sexos, con todas las consecuencias que esta acentuación amenaza con
provocar? Pero, por otro lado, ¿se puede despreciar ese enfoque diferencial y no se corre el
riesgo, al contentarse con un marco conceptual indiferenciado, descuidar observaciones preciosas
para la elaboración de soluciones más apropiadas al sexo femenino, de medidas más equitativas?
¿No se corre el riesgo de despreciar la existencia de especificidades femeninas que sería legítimo
tomar en cuenta, aunque sólo fuese para evitar el ahogar su expresión?
Nuestra sociedad de los años setenta estaba concediendo, por fin, un valor a la búsqueda de una
mayor igualdad, y también lo estaba concediendo a la expresión de las diversidades, por la
sencilla razón de que la variedad está presente en la naturaleza. Esta observación era
tranquilizadora, y cada vez vamos siendo más los que, no sólo la aceptamos sino que reclamamos
la preservación de la diversidad natural. Sin embargo, muchos de nosotros nos negamos a aceptar
que esa diferenciación se traduzca en diferencias de destino, que puedan ser sufridas como
desigualdades por aquellas y aquellos que las viven o, peor todavía, de las que se puedan sacar
argumentos para perpetuar las desigualdades.
En consecuencia, surge el interrogante. ¿Cómo acomodar el respeto de la diversidad con estos
peligros? ¿Cómo acomodar la búsqueda de la igualdad con la diversidad? Se trata de una tarea
en la que aún hay mucho por hacer.
Los nuevos ricos del espíritu (22 de enero, 1999)
Según me cuentas, ayer te tocó discutir con tu madre sobre el tema del Opus. Hacía tiempo que
no teníais ningún altercado porque, una y otra, procurabais esquivar tan conflictivo asunto. Pero
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como daba la casualidad de que ella venía de merendar con una amiga cuyas hijas son alumnas
de un colegio de la Obra, la discusión fue inevitable. Llegaba indignada y enseguida se puso a
explicarte: niños y niñas separados; todavía polemizan sobre si llevar biquini es pecado; clasismo;
poca inquietud social; copian en todo a lo que fueron los colegios religiosos dedicados a la
educación de la alta burguesía hasta los años sesenta... y a continuación pasó a meterse contigo
porque no entiende qué te puede interesar de una institución que considera tan retrógrada.
Soy de la quinta de tu madre, más o menos, y tengo que reconocer que, a finales de los años
sesenta, yo también me quedé un tanto congelada cuando vi que, mientras curas y monjas
dedicados a la educación de la alta burguesía, se apeaban de sus tradicionales elitismos y
mundos cerrados para hacerse más igualitarios y fraternales -acordes con el espíritu patrocinado
por el reciente Concilio Vaticano II-, sobre la misma marcha, colegios "como los de antes", iban
creciendo como setas, aquí y allá, patrocinados por el Opus.
Debía correr el curso 1967-1968, cuando un día me llamó por teléfono una de mis hermanas para
decirme que a una íntima amiga suya, monja de nuestro colegio, la habían destinado a Barcelona
y me pedía que fuera a verla, pues sabía que le haría ilusión. Se lo comenté a la directora de la
casa en la que vivía, y le pedí que me acompañara, ya que daba la casualidad que, tanto mi
hermana como la monja a la que íbamos a ver, habían sido compañeras de curso suyas en el
colegio de la Asunción de Velázquez.
Estuvo de acuerdo con mi propuesta y concretamos día y hora de encuentro.
El colegio de la Asunción de Barcelona estaba situado en la zona más bonita del residencial barrio
de Pedralbes, y era una gran mansión con fantásticos jardines -poco tiempo después allí se instaló
la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos-. Al llegar nos llamó la atención que el
ambiente era como de mudanza: clases medio recogidas, muebles embalados y bultos varios.
Salieron a recibimos, Marisabel, que era a la que íbamos a ver, y otras dos monjas también
antiguas alumnas de Velázquez, que al enterarse de nuestra visita, no quisieron perderse el
encuentro.
Entre nosotras no nos habíamos visto desde los años de bachillerato -unas lo habían acabado en
1960, y otra de las monjas y yo, en 1962- y, por tanto, todas teníamos entre veintiuno y
veinticuatro años. Una de ellas había estudiado pedagogía, las otras dos eran licenciadas en
historia, y las tres se dedicaban a la enseñanza. Yo les conté que había acabado periodismo y que
estaba trabajando en Grupo Mundo, y Cristina les dijo que era decoradora y trabajaba en la
Escuela Llar.
La conversación se fue animando y les pregunté a qué se debía que tuvieran medio colegio
envuelto. A partir de entonces ya sólo escuché y escuché.
El colegio de Pedralbes lo habían vendido y el curso siguiente la comunidad se trasladaba a vivir a
una modesta casa de la Zona Franca e iban a empezar a trabajar en aquella barriada. Se
encontraban en plena efervescencia del postconcilio, y deseaban purificar y volver a las fuentes de
lo que consideraban que era el auténtico espíritu evangélico: estar más cerca de los pobres, de los
problemas de los necesitados. Pensaban que habían sido excesivamente elitistas y deseaban
rectificar, estando dispuestas a dar el giro que consideraban necesario para ser consecuentes con
su vocación cristiana.
Pregunté por la madre Luisa Magdalena, que fue mi maestra de clase en los últimos años de
bachillerato -era una mujer guapa, muy estirada, con contenido y magnífica profesora de Arte-. Me
contaron que había dejado la enseñanza y estaba de secretaria de monseñor Iniesta -el obispo de
Vallecas-; también me pusieron al día de otras monjas conocidas, que habían dejado los colegios
más elitistas y tradicionales para irse de misioneras a los pueblos más pobres de Centro y
Sudamérica. Pero estas "testimoniales" eran minoría, la mayoría de ellas seguían trabajando en
sus colegios de siempre, aunque con una mentalidad muy distinta a la que habían tenido hasta
entonces: más abierta, interclasista, más al alcance de todos...
En el camino de regreso hacia casa yo iba muy pensativa, sin decir palabra, dando vueltas a todo
lo que había visto y oído: mientras quienes habían mamado tanto clasismo y elitismo sentían la
necesidad de despojarse -de caminar más ligeras de equipaje, casi a pelo-, la Obra estaba
escalando y copiando todos los esquemas que los primeros iban abandonando, para darles nueva
marcha. Al mismo ritmo que los centros religiosos de solera, dedicados a la educación de la alta
burguesía, iban desapareciendo o se iban difuminando, el Opus Dei iba promocionando, sin parar,
centros similares o idénticos a éstos. ¿No estábamos forzando las agujas del reloj para que
giraran hacia atrás? Mientras que en nombre de Dios unos se despojaban y descendían, en el
nombre del mismo Dios, otros se guarnecían y ascendían. ¿Pasábamos así a ser los nuevos ricos
del espíritu?
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No hacía falta más que tener ojos en la cara para darse cuenta de que igual que algunos grupos
de católicos se radicalizaban en su "opción por los pobres", y parecía que para ser
verdaderamente creyente no había más remedio que levantar chabola en el Pozo del Tío
Raimundo junto al maravilloso jesuita José M. de Llanos, nosotros, los de la Obra, nos
decantábamos por la "opción de los ricos", y además contentos porque nos estaban dejando el
campo cada vez más libre.
Antes de llegar a casa le comenté a mi directora todo lo que estaba pasando por mi cabeza. Se
quedó aterrada, y me dijo: "Pero Isabel, estás loca, ¿cómo te atreves ni a pensarlo?".
Cuando se crearon los primeros colegios pertenecientes al Opus Dei, oí decir que monseñor
Escrivá había puntualizado que esos pocos centros venían a ser como una excepción, que no era
lo propio de la Obra el tener colegios, que lo propio de los socios del Opus es "buscarse la vida"
cada quien, y en el caso de la enseñanza, introducirse en los colegios e institutos ya existentes, y
trabajar aquí y allí como uno más. Pero entre el dicho y el hecho hay poca relación, ya que en la
actualidad, el número de colegios de la Obra se puede contar a cientos.
En cuanto a la pregunta que me hice aquella noche de invierno de 1967: ¿Es que nosotros vamos
a pasar a ser los nuevos ricos del espíritu?, la vida misma se encargó de irme dando la respuesta.
En más de una ocasión me encontré con jóvenes licenciadas, dispuestas a hacerse
supernumerarias, porque así veían más factible la posibilidad de poder entrar como profesoras en
un colegio de la Obra, con un entorno más muelle que el conflictivo ambiente de un instituto;
también he conocido a asociadas -a las que parecía que todo les quedaba grande-, que
desfallecían de la emoción al comentar que tenían de alumna a la hija de fulano de tal o a la de
mengana de cual. Recuerdo a una numeraria granadina, profesora de uno de estos colegios, que
estaba nerviosísima porque tenía una entrevista con la madre de una alumna cuyo padre ocupaba
un alto cargo en la Administración. Durante varios días fue de bólido buscándose un modelito para
dicha ocasión. Después de la entrevista, la madre de la alumna dijo como todo comentario: "¡Qué
horror!, ¡que chica más afectada!". Lo supe por una tía mía que era amiga de la mencionada
señora.
Casos como éste o similares eran frecuentes, no me refiero a un hecho aislado.
El despiporre por captar o arrimarse a los que social o económicamente se movían en las alturas
era chocante, y me hacía pensar en el tipo de Iglesia concreta que surge alrededor de la
resurrección del crucificado. Sobre la primitiva comunidad de Jerusalén nada hace suponer que
entre quienes la formaron había personas de poder y de fuerte influencia social. Cuando San
Pablo escribe a los Corintios les dice: "¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay
muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos de la nobleza. Dios ha escogido
más bien lo necio del mundo para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha
escogido Dios; lo que no es para reducir a la nada lo que es" (1 Coro 1, 26-28).
En cuanto a que el número de colegios del Opus Dei fuera en imparable aumento, desde un punto
de vista puramente práctico, era realmente positivo, ya que se trataba de una cantera fundamental
de nuevas vocaciones. Por otra parte, observado el fenómeno con la perspectiva de los años, lo
que ha ido ocurriendo es un proceso lógico. La Obra ha ido creciendo desmesuradamente, y los
supernumerarios, cada vez más, desean para sus hijos, una formación específica en medio de una
sociedad abierta, cambiante y hasta enloquecida: quieren que sus hijos crean lo que ellos creen.
En la actualidad son un montón los países del mundo en los que funcionan sociedades y
cooperativas de padres para promover y dirigir centros de enseñanza, a pesar de que Escrivá
nunca se desdijo de que lo propio de la Obra no era llevar colegios-gueto, sino introducirse como
"inyección intravenosa" en el campo de la enseñanza ya existente.
El sociólogo Alberto Moncada afirma que en 1996, no hay ciudad española ni capital
latinoamericana que no tenga un colegio del Opus para chicos y otro para chicas -no se admite el
sistema coeducacional-, y algunas ciudades tienen tres o más.
En ese empeño pedagógico, y en la burocracia interna, gastan sus energías la mayoría de los
socios solteros del Opus, que, en cierto sentido, se ha transformado en algo parecido a aquellas
Congregaciones de enseñanza, como la de los Hermanos de la Salle o los Maristas, que surgieron
en Francia como reacción contra el laicismo y el anticlericalismo de la Revolución. Eran gente
seglar pero con votos religiosos, actuaban y vestían como laicos pero progresivamente sus
costumbres e incluso su vestimenta se fueron uniformando, algo parecido a lo que ocurre con los
solteros y, sobre todo, las solteras de la Obra. Poco a poco, el Opus Dei se clericaliza y hoy son
sacerdotes la mayoría de sus mandos nacionales y regionales. También se incrementa la
endogamia social y la mentalidad de fortín -protección para los de dentro, gueto para los de fuera-.
Porque muchos de sus socios numerarios nacen ya en un hogar de supernumerarios, van a los
colegios propios, a la Universidad de Navarra, de allí a Roma y, una vez entrenados, son
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destinados a la burocracia interna o a la red educativa sin ejercer una profesión civil ni tener
experiencias mundanas.
Como antiguo socio de la Obra, Moncada dice que, la dedicación preferente a la enseñanza
produce una reconversión de las metas fundacionales, y puntualiza: "Ya no se vislumbra ese
despliegue de los opusdeístas por todos los sectores de la sociedad civil, a modo de "inyección
intravenosa", como expresaba el fundador, sino una concentración de esfuerzos en la educación
de la infancia y la juventud".
Moncada reconoce que los colegios de la Obra tienen prestigio entre la clase media alta y media,
por su calidad técnica y por la atención tutorial. Han heredado esa relación mezcla de cooperación
y complicidad con las familias y la creación de lazos clasistas entre los alumnos que caracterizaba
a la educación jesuítica, y que un día hizo comentar al padre Arrupe: "Viendo lo que ellos son hoy,
veo lo que nosotros fuimos ayer y no debimos ser nunca".
El Moncada sociólogo avisa que, en ese éxito aparente está también el germen de sus nuevos
conflictos, la acusación por una gran parte del mundo católico de que el Opus Dei practica el
sectarismo de menores a gran escala. "y en realidad no podía ser de otra manera" -añade-. Los
directivos del Opus han tenido que cambiar su estrategia proselitista, su recluta de numerarios
ante las nuevas circunstancias sociales. En la primera época los numerarios procedían de la
Universidad y estaba prohibido, y mal visto, que chicos demasiado jóvenes fueran por casas de la
Obra. Hoy, sin embargo, el proselitismo es difícil entre los universitarios. Resulta más fácil
aprovechar la red de colegios propios y el calor de los hogares de los supernumerarios para
convencer a niños y niñas, de quince y hasta menos años, de que Dios los llama a una entrega
total. "Esta tarea -afirma Moncada- se convierte en una obsesión para los maestros y maestras
que se comprometen a hacer "pitar", a reclutar a dos personas al año como mínimo y, como
consecuencia, no dejan en paz a los alumnos, en tutorías y en confesionarios, generalmente con
la complicidad de los compañeros de éstos ya reclutados e igualmente obsesos. Ampliar el
número, "que seamos más", es la consigna."
Escrivá decía que los jóvenes eran la niña de sus ojos, ya que son pieza fundamental para la
continuidad del sistema. En esto coincidía plenamente con una de las características de todos los
regímenes totalitarios, que es el culto a la juventud. Las circunstancias comunista, fascista, y
posteriormente, la consumista, participan de una misma concepción estabulada y dictatorial de la
existencia, que invierte en pienso lo que ahorra en pensamiento.
Javier Ropero, que fue numerario desde los dieciséis años hasta los veintidós, cuenta en un
sustancioso trabajo que tiene el significativo título de "Hijos en el Opus Dei", como se lleva a cabo
-paso a paso-, la captación de los adolescentes: "Los muchachos empiezan a entrar en esta
dinámica con su incorporación a la Labor de San Rafael: charlas, círculos y meditaciones
periódicas, libros de "lectura espiritual" de la Obra, películas del fundador, etcétera". A
continuación describe como, una vez alcanzado el "status" deseado de rendición absoluta hay que
mantenerlo. ¿Y cómo se consigue?, colocando al jovencito en una situación en que sea incapaz
de pensar, de evaluar su momento presente, de arriesgarse a un cambio de rumbo. Y J. Ropero
piensa que es fácil colocar al muchacho en esta situación, ya que con las dieciséis normas de
piedad que vocacionalmente está obligado a cumplir diariamente, sus estudios, el procurarse un
dinero para pagar su residencia en el Opus y hacer el obligado proselitismo, apenas tendrá tiempo
para descansar las horas necesarias.
Javier Ropero, de profesión ingeniero del ICAI, una vez fuera de la Obra, ha trabajado como
voluntario en la Asociación Pro Juventud AIS (Asesoramiento e Información sobre Sectas), con el
fin de prestar ayuda a ex socios con problemas de readecuación psicológica. Su experiencia es
interesante pero, sobre todo, bastante terrorífica.
El mundo de la política, los negocios y el dinero (27 de enero de 1999)
Con su manera de ser y de actuar, monseñor Escrivá fomentaba poco el hacer escuela de
filósofos, artistas o sabios, sino que lo que deseaba eran políticos -aunque fueran tecnócratas-, y
desde luego los tuvo. El político no elige ni la esfera abstracta del sabio ni el filósofo, ni el mundo
imaginario de los artistas. Está anclado en la realidad; quiere actuar sobre los hombres para
desviar hacia ciertos fines la historia de su época. Esta empresa puede adoptar en él la forma de
una carrera. La política se presenta como una forma en busca de un contenido; el fin al que se
apunta es ante todo el ejercicio de un poder, cualquiera que sea, y el prestigio que de ello deriva.
En otros casos se trata de un compromiso suscitado -en un individuo formado de cierta manera-
por el curso de los acontecimientos: se siente llamado, exigido. En general, las dos actitudes se
interfieren. El que quiere hacer carrera opta por ciertos fines y será en adelante exigido por ellos.
El hombre al que una misión concreta reclama, buscará el poder para realizarla.
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Por aquel entonces, Laureano López Rodó, un posibilista autoritario, inteligente, moderado y
conocido numerario de la Obra, había conseguido imponer, con respaldo de Franco, un Gobierno
en el que había once miembros del Opus Dei. Una vez más salió a la luz que estos hombres
operaban dentro de una organización que era de hecho una sociedad secreta: respaldos callados,
promociones sorprendentes... López Rodó era una figura clave en la España de Franco y el
inspirador máximo de la larga etapa final del régimen autoritario que pensaba que el pueblo
español no era capaz de gobernarse a sí mismo, que debía ser tratado como un menor de edad y
consultado todo lo más cada veinte años en referéndum. Cuando se nos intentaba meter a todos
los miembros de la Obra en este mismo saco ideológico, debíamos responder que la nuestra era
una sociedad puramente espiritual y que para nada se metía en otros terrenos.
Política y negocios han sido dos caballos de batalla, frente a los cuales, el Opus ha tenido que ir
haciendo constantes declaraciones de principio: "En política, como en sus actividades
profesionales, financieras o sociales -ha repetido hasta la saciedad-, los miembros del Opus Dei,
al igual que otros católicos, gozan de una total libertad, dentro de los límites de la enseñanza
cristiana".
Me comentas que la teoría está muy clara, pero que esto no quita, que en diversos escándalos
financieros que ha habido en España, entre los que cabe destacar como especialmente sonoros e
importantes, Matesa en 1969 y Rumasa en 1983, miembros del Opus Dei y sus negocios se vieron
implicados en ellos. Del tema Rumasa; su expansión, el montón de millones que dio al Opus -el
propio Ruiz Mateos declaró que alrededor de cuatro mil millones de pesetas en veintitrés años-,
expropiación y la espera de resolución en la que se encuentra todavía hoy su fundador, has leído
cosas, pero del caso Matesa no sabes nada pues cuando ocurrió ni tan siquiera habías nacido.
¿Qué sucedió, por qué el escándalo salpicó el nombre del Opus? -te preguntas y me preguntas-.
Desde el punto de vista político, el caso Matesa fue una venganza de la Falange que reaccionó
como una fiera azuzada ante el irreversible avance de Carrero Blanco y los tecnócratas "opus"
(eran las dos fuerzas vivas que en aquel entonces luchaban a fondo por el poder). Pero el
escándalo existía, era real, y por eso pudieron destaparlo.
Fueron varios los motivos por los que seguí bastante de cerca aquel caso. En primer lugar, por
aquel entonces yo trabajaba en el departamento de información del IESE y Juan Vilá Reyes,
director de Matesa, no sólo había sido alumno del Instituto sino que seguía participando en los
cursos de formación permanente. Por otra parte, la familia Vilá Reyes eran íntimos amigos de mi
tío Joaquín, entonces notario de Pamplona, y en su notaría se llevaba mucho papeleo de Matesa.
Finalmente, la curiosidad periodística y el hecho de ser yo misma miembro del Opus, también
colaboraron a despertar mi interés por el tema.
Matesa, fundada en 1956, tenía su sede en Pamplona, empleaba a unas dos mil personas en la
confección de maquinaria textil, y estaba considerada como una de las empresas más dinámicas
del país. Su auge culminante llegó con la adquisición de una patente para un determinado tipo de
telar. La patente se pagó en francos franceses, sacados de contrabando de España. El siguiente
paso consistía en conseguir el dinero necesario para lanzar el nuevo telar al mercado mundial.
Juan Vilá Reyes, director de la compañía, obtuvo el dinero que necesitaba del Banco de Crédito
Industrial, aduciendo que ese dinero iba a servir para financiar ventas de sus máquinas, pero estas
ventas resultaron ficticias. El mencionado dinero -unos cinco mil millones de pesetas-, era también
sacado de contrabando y se volvía a ingresar como pago de mercancías. Pasado algún tiempo la
empresa quebró con deudas de unos diez mil millones de pesetas.
Vilá Reyes, como he dicho, era alumno de IESE; López Bravo era el ministro de Industria que
aprobó los créditos, y otro miembro del Opus, Mariano Navarro Rubio, era gobernador del Banco
de España cuando tuvo lugar el fraude. Por su parte, Vilá Reyes admitió haber dado dinero a la
Universidad de Navarra en Pamplona y al IESE de Barcelona. También había dado diferentes
sumas de dinero para residencias de estudiantes en Estados Unidos y había hecho importantes
regalos a la sede central en Roma. Se habló de que las cifras de los donativos superaban los dos
mil millones de pesetas, pero los datos fueron negados por el portavoz de la oficina de prensa del
Opus en Madrid. Lo que no podía negarse y quedó flotando en la opinión pública, es que el asunto
Matesa respondía a una forma de hacer negocios aprobada por la Obra; el autor del fraude se
había formado en la escuela del Opus, y conocidos nombres de miembros de la Obra que en
aquel momento desempeñaban cargos relevantes en el mundo político y económico, estaban
implicados en el mencionado asunto, aunque ninguno de ellos llegó a ser procesado.
Blanco y negro, los buenos y los malos. Y como se daba por supuesto que nosotros éramos los
buenos, pues todo era válido, ya que por muy malo que fuera nunca iba a pasar de ser un mal
menor. El fin justificaba los medios: nuestro fin era el bueno y por eso era mejor que nos
aprovecháramos nosotros y no que se aprovecharan los otros, es decir, los malos. ¿Tenía algo
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que ver este planteamiento con aquel consejo del Padre a sus hijos de que debían ser "pillos y
santos"? Aquel tema de Matesa en su día me dejó perpleja, aturdida, un tanto liada. Pero en el
fondo, contaba con la suficiente lucidez como para ver que no era posible apuntar a meta de
santidad personal y caminar por sendas de trampa, mentira, engaño, codicia, zancadillas y
avaricia, mucha avaricia, y pensando que las leyes son para los otros, que son los malos, pero no
para nosotros que, siendo los buenos, nuestro fin justificaba los medios.
La dicotomía "Dios o la anarquía moral" -o hablando en términos seculares, "valores absolutos o
nihilismo"-, aplicada a rajatabla, puede llegar a ser muy tramposa. He conocido a gente honesta,
leal y maravillosa que no adjudica intemporalidad a las normas hechas por el hombre, pero
tampoco las considera insignificantes. Viven una filosofía crítica de la inmanencia y piensan que
los humanos existimos otorgando a las cosas valores que van más allá de su estado nat