La devaluación del peso mexicano consiste en la pérdida de valor que ha sufrido la
moneda mexicana, principalmente frente al dólar estadounidense a lo largo del
tiempo.1
En marzo de 2020, el tipo de cambio rebasó la marca de los 25 pesos 2 por un dólar,
debido al Impacto socioeconómico de la pandemia de enfermedad por coronavirus
de 2019-2020 que provocó el Colapso del mercado de valores de 2020.
La cotización máxima histórica del peso mexicano frente al dólar estadounidense
fue de 24.1113, tipo de cambio oficial el 23 de marzo de 2020.
A fecha 5 de junio de 2022 la cotización fue de 19.55 tipo de cambio oficial.
Durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortinez se produjeron problemas por el desnivel
de la balanza comercial, asi que en abril de 1954 se decretó la devaluación del
peso mexicano, cuya paridad pasó de 8.65 a 12.50.
A raíz de la creación de la Comisión Reguladora de Cambios, en diciembre de 1930,
el Banco de México había perdido toda injerencia en el manejo de los cambios sobre
el exterior. La ley monetaria de 1931 reafirma esa decisión al transferirle a la Junta
Central Bancaria, tanto el control del cambio como la administración y custodia de
la reserva monetaria. Con ello, esa disposición no hace más que confirmar en un
estatuto de jerarquía superior una situación de hecho, vigente desde hacía más de
un año.
Lo sucedido en el ámbito de la moneda desde el año de 1928 convence a las
autoridades hacendarias que era necesario implantar en el país un nuevo patrón
monetario. Así, la reforma monetaria de Montes de Oca deroga el patrón oro
incompleto que regía desde los tiempos de Venustiano Carranza y en su lugar se
intenta resucitar el llamado talón de cambio oro, o sea, el mismo esquema que aquel
implantado por Ives Limantour con circulación interna fiduciaria. Sin embargo, en
cuanto al cambio exterior, el valor y el manejo de la divisa estarían anclados al metal
amarillo. En la práctica, empero, surgieron obstáculos insalvables, ya que un
esquema como el anterior requería de un considerable acervo de divisas y metales,
cosa de la cual carecía el país desde años atrás. Además, al no existir certidumbre
acerca del tipo de cambio que convenía para nuestra moneda, se optó porque la
cotización del peso se fijara conforme al libre juego de la oferta y la demanda, con
lo cual, de hecho, lo que se adoptó fue un talón libremente fluctuante: “En
consecuencia y en principio, este patrón libre fue en cierto sentido un patrón errante;
pues a semejanza de los cometas que hoy siguen un astro y mañana otro, el valor
internacional de la moneda variaba a cada momento en relación con un moneda, ya
con otra. En el patrón libre, el tipo de cambio fluctúa determinado por la balanza de
pagos...”
El instrumento que equilibraría el cambio en ese sistema sería la deflación. La
mecánica resultaba muy simple: la contracción del circulante haría descender los
precios internos y esto mejoraría las relaciones internacionales de comercio del país
haciendo más asequibles las exportaciones y más gravosas las importaciones. El
resultado natural de esa fórmula sería la mejoría de la balanza comercial y por ende
la estabilización del cambio externo de nuestra moneda. El objetivo específico era
restablecer la vieja paridad teórica de dos pesos por un dólar, planteada al señalar
para la unidad del sistema un valor de 75 centigramos de oro puro. La propia ley
apuntaba la dificultad de alcanzar esa meta: “La fijación de un valor teórico de
paridad, no podrá quizás, en vista de las circunstancias, realizarse desde luego en
la práctica; pero es el objetivo que debemos proponernos y denota la firme voluntad
del Estado de lograr ese propósito”.