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Rebelión

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Rebelión en la granja
George Orwell
© Blanca Martínez Fernández,
adaptación de la obra original
© Sergio Osorio,
ilustración de portada
© Rogelio Bobadilla,
ilustraciones de interiores

D.R. © Selector S.A. de C.V. 2015


Doctor Erazo 120, Col. Doctores,
C.P. 06720, Ciudad de México
ISBN: 978-607-453-240-1
ISBN: 978-607-453-679-9 (eBook)
Primera edición: marzo de 2015
Características tipográficas aseguradas conforme a la ley. Prohibida
la reproducción parcial o total mediante cualquier método conocido
o por conocer, mecánico o electrónico, sin la autorización de los editores.
Impreso en México
Printed in Mexico
Índice
Personajes principales de la obra,
por orden de aparición: 7
Cronología 9
Capítulo I 11
Capítulo II 19
Capítulo III 27
Capítulo IV 33
Capítulo V 39
Capítulo VI 45
Capítulo VII 53
Capítulo VIII 63
Capítulo IX 75
Capítulo X 83
Y, sin embargo,
los animales nunca
abandonaron sus esperanzas.
Jamás perdieron su sentido
del honor y el privilegio
de ser miembros de
Granja Animal.
Personajes principales de la obra, por orden de
aparición:
El señor Jones: dueño de la granja Manor.
La señora Jones: la esposa del dueño.
Mayor: el cerdo más viejo y sabio.
Snowball, Napoleón y Squealer: los cerdos organizadores.
Bluebell, Jessie y Pincher: los perros.
Boxer: caballo de tiro.
Clover: yegua de tiro.
Muriel: la cabra blanca.
Benjamín: el burro.
Mollie: la yegua blanca.
La gata.
Moses: el cuervo.
Las gallinas.
Las palomas.
La bandada de patitos huérfanos.
El señor Pilkington: dueño de la granja Foxwood.
El señor Frederick: dueño de la granja Pinchfield.
Mínimus: cerdo que escribe poesía.
El señor Whymper: agente comercial.
Pinkeye: otro cerdito, ayudante de Napoleón.
Cronología
1903. Nace, en Motihari, India, George Orwell (seudónimo de Eric Arthur Blair).
1905. Einstein: el efecto fotoeléctrico y las leyes de la relatividad.
1906. Picasso y Braque, pintores: nace el cubismo.
1910. Madame Curie: aislamiento del elemento radio.
1910. Freud escribe sobre el psicoanálisis.
1910. Hopkins descubre las vitaminas.
1913. Marcel Proust escribe la obra En busca del tiempo perdido.
1914. Inicia la Primera Guerra Mundial.
1915. Einstein enuncia la Teoría General de la Relatividad.
1917. Revolución Rusa.
1918. Fin de la Primera Guerra Mundial.
1923. James Joyce escribe Ulises.
1928. Fleming descubre la penicilina.
1939. Se realiza la fisión del átomo: bomba atómica.
1936. Inicio de la Guerra Civil Española. Orwell lucha en ella.
1939. Inicia la Segunda Guerra Mundial.
1940. Charles Chaplin (Charlot): película El gran dictador.
1945. Explosión de la primera bomba atómica.
1945. George Orwell escribe Rebelión en la granja, fábula de
carácter alegórico y satírico contra la sociedad totalitaria, basada
en la traición de Stalin a la Revolución Rusa. Fin de la Segunda
Guerra Mundial.
1947. Yeager realiza el primer vuelo supersónico.
1949. Se publica 1984, obra de Orwell acerca de una sociedad anti-
utópica en la que el ser humano es privado de su libertad y de la
posibilidad del amor.
1950. El poeta Pablo Neruda escribe Canto general.
1950. Muere George Orwell.
Capítulo I
El señor Jones, dueño de la Granja Manor, cerró los gallineros, pero
estaba tan borracho que olvidó cerrar las ventanillas. Con la vacilante
luz de la linterna, desplazándose de un lado a otro, atravesó el patio,
se descalzó las botas frente a la puerta trasera, se sirvió un último
tarro de cerveza del barril de la cocina y se encaminó directo a su
alcoba, donde ya roncaba la señora Jones.
Cuando la recámara quedó a oscuras, un gran alboroto empezó en
todos los rincones de la granja. El viejo Mayor —el cerdo que obtuvo
el Premio Middle White— había soñado algo extraño la noche
anterior y quería contárselo a los demás animales. Convinieron
reunirse todos en el granero principal en cuanto el señor Jones
durmiera.
En una esquina del granero principal, encima de una plataforma
elevada, Mayor se encontraba arrellanado en su lecho de paja,
debajo de una linterna que pendía de una gruesa viga. Tenía doce
años de edad y en los últimos meses había engordado mucho, pero
aún era un cerdo imponente, de apariencia sensata y generosa, pese
a que nunca le cortaron los colmillos. En minutos el resto de los
animales empezó a llegar y a acomodarse. Los primeros fueron los
perros, Bluebell, Jessie y Pincher, y después los cerdos, los cuales
se echaron en la paja, frente a la plataforma. Las gallinas se
instalaron en el alféizar de las ventanas; las palomas en las vigas, las
ovejas y las vacas se tumbaron detrás de los cerdos. Con paso lento
llegaron los dos caballos de tiro, Boxer y Clover, quienes pisaban con
cuidado para no aplastar algún animalito que pudiera estar oculto en
la paja. Clover era una yegua corpulenta y maternal. Boxer era un
animal enorme, con la fuerza de dos caballos, una franja blanca le
bajaba hasta su hocico y, aunque no era muy inteligente, lo
respetaban por su rectitud y capacidad para trabajar. Luego llegaron
Muriel, la cabra blanca, y Benjamín, el burro, el más viejo y de peor
apariencia de la granja. Hablaba poco y cuando lo hacía
acostumbraba hacer algún comentario cínico. Era el único de la
granja que jamás sonreía. Si se le preguntaba por qué, contestaba
que no había ninguna razón para hacerlo. No obstante sentía mucho
aprecio por Boxer; generalmente los dos pasaban el domingo en el
pequeño prado cercano, donde pastaban sin decir una sola palabra.
Llegó después una bandada de patitos huérfanos, piando y
buscando un lugar donde no los pisaran. Clover les hizo un hueco
junto a su pata y los patitos se acurrucaron y durmieron enseguida.
Luego, Mollie, la hermosa y torpe yegua blanca que tiraba del coche
del señor Jones, llegó pavoneándose y mascando un terrón de
azúcar. Se paró al frente, agitando sus blancas crines en espera de
atraer la atención hacia los lazos rojos con que había sido trenzada;
la última en llegar fue la gata, que buscó el sitio más cálido y se
acomodó entre Boxer y Clover; aquí ronroneó satisfecha durante el
discurso de Mayor, sin escuchar una sola palabra de lo que decía.
Todos los animales asistieron menos Moses, el cuervo
domesticado, que dormía sobre una percha detrás de la puerta
trasera. Cuando Mayor advirtió que todos se habían instalado y
aguardaban con atención, se despejó la garganta y dijo:
—Camaradas, anoche tuve un extraño sueño, que les contaré
después. Pienso que moriré en unos meses y considero mi
obligación transmitirles la sabiduría que he adquirido. Durante mis
doce años de existencia tuve el tiempo suficiente para reflexionar
mientras yacía solitario en mi lecho, por lo que puedo asegurar que
comprendo el sentido de la vida. De eso quiero hablarles.
”Valoren, camaradas, qué importancia tiene para ustedes esta
vida. Nuestras vidas son miserables, laboriosas y breves. Nacemos,
nos procuran la comida suficiente para sobrevivir y, a quienes
podemos trabajar, nos obligan a hacerlo extrayendo hasta el último
átomo de nuestra energía; cuando ya no somos útiles nos matan con
gran brutalidad.
”Sin embargo, ¿esto es simplemente parte del orden de la
naturaleza? ¿Se debe a que nuestra tierra es tan infértil y pobre que
no puede garantizar una vida digna a quien habita en ella? De
ninguna manera, camaradas; mil veces, no. El suelo de Inglaterra es
tan fértil y su clima tan generoso que puede producir comida para
muchos más animales de los que habitan en la actualidad. Entonces,
¿por qué soportamos esta situación deplorable? Porque los seres
humanos nos quitan casi todo el fruto de nuestro trabajo.
Camaradas, la respuesta a nuestros problemas se resume en una
palabra: el hombre, el único enemigo al que debemos derrotar. Si lo
desaparecemos de la escena, nuestra hambre y nuestro trabajo
serán abolidos para siempre.
”El hombre es el único ser que consume pero no produce: no da
leche; no pone huevos; no tiene fuerza para tirar del arado y no corre
lo suficiente como para cazar conejos. Aun así, es el amo y señor de
todos los animales. A ustedes, vacas, ¿cuántos millares de litros les
han ordeñado este año? Hasta la última gota ha ido a parar al
estómago de nuestros enemigos. Y ustedes, gallinas, ¿cuántos
huevos han puesto al año? Todo se ha convertido en dinero para
Jones y su gente. Y tú, Clover, ¿qué destino han tenido tus potrillos?
A todos los vendieron cuando cumplieron un año.
”Ni siquiera nos permiten alcanzar el término natural de nuestras
vidas miserables. No me estoy quejando porque he sido afortunado;
a mis doce años he tenido más de cuatrocientas crías. Ése es el
destino natural de un cerdo. Ningún animal ha escapado de la
sangrienta navaja final.
”Entonces, ¿acaso no es tan nítido como el cristal, camaradas, que
todos los males de esta vida son generados por la dictadura de los
seres humanos? Con sólo eliminar al hombre nos pertenecerá el
producto de nuestro trabajo. Podríamos enriquecernos y ser libres.
¿Qué debemos hacer? ¡Trabajar noche y día para destrozar a la raza
humana! Ése es el mensaje que quería darles, camaradas.
¡Rebelión! Desconozco cuándo comenzará esa rebelión; tal vez
dentro de una semana o dentro de un siglo, pero tarde o temprano se
hará justicia.
”Ningún argumento los debe hacer dudar. Jamás crean cuando les
digan que el hombre y los animales tienen intereses comunes. Son
mentiras. El hombre no atiende los intereses de ningún otro ser,
salvo los suyos. Todos los seres humanos son enemigos. Todos los
animales son camaradas”.
En esos instantes ocurrió un gran alboroto, cuando cuatro enorme
ratas salieron de su madriguera y se sentaron a escuchar. Los perros
advirtieron su presencia y las persiguieron. Los roedores salvaron su
pellejo regresando hacia sus agujeros.
Mayor alzó su pata para pedir silencio.
—Camaradas —dijo—, debemos decidir si los animales salvajes,
como ratas y conejos, son camaradas.
Inmediatamente se realizó la votación y se decidió por mayoría
absoluta que las ratas eran camaradas. Sólo los tres perros y la gata
se opusieron, aunque después se comprobó que había votado a
favor y en contra. Mayor continuó:
—Nunca olviden la consigna contra el hombre. Todo lo que camine
sobre dos pies es nuestro enemigo. Lo que camine en cuatro patas o
tenga alas es amigo. No imiten los vicios del hombre. Ningún animal
debe vivir en casas, usar ropa, ingerir alcohol, fumar tabaco, tener
dinero o dedicarse al comercio. Pero, sobre todo, ningún animal debe
explotar a otros. Frágiles o fuertes, inteligentes o no, todos los
animales somos hermanos. No debemos matar a nuestros
semejantes. Todos los animales somos iguales.
”Y ahora, camaradas, les contaré mi sueño: soñé la Tierra cuando
el hombre desaparezca. Así, recordé una vieja canción que cantaba
mi madre. Soy anciano y mi voz es ronca pero, les enseñaré la
tonada y la cantarán mejor que yo. El nombre de la melodía es
Bestias de Inglaterra”.
Mayor entonó una tonada tierna, que se parecía a Clementina y a
La cucaracha. Decía así:
¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda!
¡Bestias de toda tierra y clima!
¡Oíd mis gozosas nuevas
que anuncian un futuro feliz!
Tarde o temprano llegará la hora
en que la tiranía del hombre sea derrocada
y las ubérrimas praderas de Inglaterra
tan sólo por animales sean habitadas.
De nuestros hocicos serán proscritas las argollas,
de nuestros lomos desaparecerán los arneses,
brocados y espuelas se llenarán de herrumbre
y nunca más crueles látigos se oirán azotar.
Más ricos que la mente imaginar pudiera,
el trigo, la cebada, la avena, el heno,
el trébol, la alfalfa y la remolacha
serán nuestros ese día.
Radiantes lucirán los prados de Inglaterra
y más puras las aguas manarán;
más suave soplará la brisa
el día que brille nuestra libertad.
Por ese día todos debemos trabajar
aunque tengamos que morir para lograrlo.
Caballos y vacas, gansos y pavos,
¡todos deben, unidos, por la libertad luchar!
¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda!
¡Bestias de todo país y clima!
¡Oíd mis gozosas nuevas
que anuncian un futuro feliz!
Más tarde, luego de varios ensayos, toda la granja cantó Bestias
de Inglaterra. Tanto les cautivó la canción que la repitieron cinco
veces.
Lamentablemente, el alboroto despertó al señor Jones, quien salió
de la cama pensando que un zorro rondaba en el patio. Disparó una
carga de su escopeta, los perdigones se incrustaron en el muro del
granero, la reunión se deshizo rápidamente y, en unos segundos,
todos en la granja dormían.
Capítulo II
Tres noches después, el viejo Mayor falleció tranquilamente mientras
dormía. Su cuerpo fue sepultado cerca de la huerta.
Eso sucedió en los primeros días de marzo. En los tres meses
siguientes se desarrolló una gran actividad secreta. A los animales
más listos, el discurso de Mayor les había hecho ver la vida desde
otro punto de vista. La responsabilidad de instruir y coordinar a los
demás recayó en los cerdos, pues todos reconocían que eran los
animales más inteligentes de la granja. Snowball y Napoleón, de raza
Berkshire, a quienes el señor Jones engordaba para vender,
sobresalían de los demás. El resto de los puercos eran muy jóvenes
pero destacaba Squealer, de mejillas redondas y ojos perspicaces,
excelente orador, muy persuasivo, capaz de convencer de que lo
negro es blanco.
Los tres habían preparado, con base en las enseñanzas del viejo
Mayor, una corriente de pensamiento a la que llamaron animalismo.
Cuando el señor Jones dormía, realizaban reuniones secretas en el
granero explicando los preceptos del animalismo. Los líderes
tuvieron que enfrentar mucha estupidez e indolencia. Algunos
animales recordaban la lealtad al señor Jones, a quien llamaban
“amo”, y hacían comentarios como: “El señor Jones nos alimenta”; “si
él no nos atendiera, nos moriríamos de hambre”. Otros formulaban
preguntas como: “¿Qué nos interesa lo que ocurra cuando estemos
muertos?”, o bien, “Si la rebelión se va a realizar de todos modos,
¿qué diferencia hay si participamos o no?”. Los cerdos se
enfrentaban a la enorme dificultad de convencerlos de que esos
pensamientos se oponían al animalismo. La pregunta más torpe la
hizo Mollie, la yegua blanca:
—¿Tendremos azúcar después de la rebelión?
—No —contestó Snowball firmemente—. No contamos con los
recursos para fabricarla. Pero no la necesitas, porque tendrás toda la
avena y el heno que quieras.
—¿Y podré seguir usando cintas en la crin? —insistió Mollie.
—Camarada —dijo Snowball—, esas cintas que tanto te agradan
simbolizan la esclavitud. ¿No comprendes que la libertad es más
valiosa?
Mollie asintió; sin embargo, no parecía muy convencida.
Los cerdos se enfrentaron a una situación aún peor: desmentir a
Moses, el cuervo amaestrado. Moses, el animal favorito del señor
Jones, era espía y chismoso, pero también muy buen orador.
Aspiraba a conocer un país misterioso llamado Monte Azúcar, al que
supuestamente iban los animales cuando morían. Estaba situado en
algún sitio del cielo, “un poco más allá de las nubes”, decía Moses.
En ese lugar siempre era domingo, el trébol crecía todo el año y los
terrones de azúcar y las tortas de linaza crecían en los huertos. Los
animales aborrecían a Moses por ser chismoso y holgazán; sin
embargo algunos creían en lo que decía y los cerdos tenían que
trabajar mucho para convencerlos de que no existía ese lugar.
¡Los más convencidos eran los caballos de tiro, Boxer y Clover!
Ambos tenían dificultad para formar su propia opinión, pero desde
que admitieron a los cerdos como sus maestros, entendían todo lo
que se les decía y lo explicaban a los demás animales con
argumentos muy sencillos. No faltaban a las reuniones secretas en el
granero y encabezaban el canto.
La rebelión llegó antes de lo que se esperaba. En años anteriores,
el señor Jones, pese a ser un amo muy severo, había sido un
granjero capaz, pero recientemente se había aficionado a algunos
vicios. Se había desmoralizado mucho luego de perder una cantidad
enorme de dinero en un pleito y comenzó a beber más alcohol de la
cuenta. Durante días enteros permanecía arrellanado en su sillón,
leyendo periódicos, tomando licor y, de vez en cuando, dándole a
Moses cortezas de pan mojado en cerveza. Sus peones se habían
vuelto flojos, los campos se cubrieron de breña, los edificios
necesitaban reparaciones, las vallas se deterioraron, y los animales
estaban mal alimentados.
Llegó junio y el heno estaba casi listo para ser cosechado. Por la
noche de San Juan, que era sábado, el señor Jones fue a Willingdon
y se embriagó tanto en El León Colorado que no regresó hasta el
mediodía del domingo. Luego de ordeñar a las vacas por la
madrugada, los peones fueron a cazar conejos sin dar de comer a
los animales. El hambre enfureció a los habitantes de la granja. Una
de las vacas derribó de una cornada la puerta del almacén y los
animales comenzaron a servirse solos de los depósitos. En ese
instante se despertó el señor Jones. Él y sus cuatro peones llegaron
con látigos para azotar a diestra y siniestra. Este castigo superaba lo
que los hambrientos animales podían tolerar. Unánimemente y sin
planearlo, se lanzaron sobre sus torturadores. De pronto, Jones y
sus peones recibieron empujones y patadas por todos lados. Aquella
inesperada sublevación de las bestias, les aterró hasta casi
trastornarlos. Un minuto después, y con los animales persiguiéndolos
triunfalmente, los cinco corrían con rapidez por la vereda que llevaba
al camino principal.
La señora Jones, al ver la sublevación, metió aprisa algunas cosas
en su bolso y huyó de la granja por otro camino. Moses agitó sus
alas tras ella, graznando. Los animales cerraron el portón. Y así, casi
sin advertirlo, la rebelión había triunfado: la Granja Manor estaba en
poder de los animales.
En los primeros minutos, los nuevos dueños apenas daban crédito
a su victoria. Revisaron todos juntos los alrededores para comprobar
que ningún ser humano se ocultaba. Irrumpieron en la armería; los
bocados, argollas, cadenas de los perros y puntiagudos cuchillos,
fueron lanzados al aljibe. Las riendas, las anteojeras, y los infames
morrales fueron echados a una hoguera donde se quemaba la
basura. Todos los animales demostraron gran júbilo cuando vieron
arder los látigos. Snowball también lanzó al fuego las cintas que
engalanaban las colas y crines de los caballos los días de feria.
—Las cintas —explicó— son indumentaria. Los animales deben
estar desnudos.
Cuando Boxer escuchó esto, lanzó al fuego el sombrerito de paja
que lo protegía en verano de las moscas.
En sólo unos minutos, los animales habían terminado con todo lo
que podía hacerles recordar la dictadura del señor Jones. Entonces,
Napoleón los condujo al almacén de forrajes y sirvió una doble ración
de maíz a cada uno, con dos bizcochos para cada perro. Después
entonaron Bestias de Inglaterra, de principio a fin, en siete ocasiones
seguidas; finalmente se echaron y durmieron como nunca lo habían
hecho.
Al amanecer, luego de intercambiar comentarios del glorioso
suceso, caminaron todos juntos a la pradera. Subieron a una
pequeña loma y miraron en torno. ¡Todo era de ellos! Retozaban,
daban grandes saltos de júbilo; se revolcaban en el rocío,
mordisqueaban la dulce hierba del verano. Después revisaron cada
rincón de la granja, observaron la tierra cultivada, el campo de heno,
la huerta, el estanque, el soto. Parecía como si jamás hubieran visto
aquello anteriormente y apenas creían que ahora era su propiedad.
Luego retornaron a los edificios de la granja e, indecisos,
detuvieron su marcha en silencio frente a la puerta de la casa.
Snowball y Napoleón empujaron la puerta y todos entraron en fila,
caminando de puntillas, medrosos, admirando el increíble lujo.
Bajaban por la escalera cuando advirtieron que faltaba Mollie,
regresaron y la vieron probándose una cinta azul frente al espejo.
Los otros la regañaron severamente y todos salieron. Enterraron los
jamones y Boxer, con una coz, destruyó los barriles de cerveza.
Decidieron conservar la vivienda como museo.
Luego de desayunar, Snowball y Napoleón los reunieron una vez
más.
—Camaradas —dijo Snowball—, hoy debemos empezar la
cosecha del heno.
Los cerdos revelaron que habían aprendido a leer y escribir, así
que Napoleón pidió pintura blanca y Snowball borró “Granja Manor”
del travesaño superior del portón y en su lugar escribió “Granja
Animal”. Snowball y Napoleón pidieron que les llevaran una escalera
y explicaron que escribirían los mandamientos del animalismo, leyes
inalterables con que deberían gobernarse en el futuro:
LOS SIETE MANDAMIENTOS
1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2. Todo lo que camina sobre cuatro patas o tiene alas es un
amigo.
3. Ningún animal usará ropa.
4. Ningún animal dormirá en una cama.
5. Ningún animal ingerirá alcohol.
6. Ningún animal asesinará a otro animal.
7. Todos los animales son iguales.
—Ahora, camaradas —gritó Snowball arrojando el pincel—,
¡vayamos al henar!
Los cerdos ordeñaron a las vacas, que se quejaban. Con rapidez,
extrajeron cinco cubos de leche cremosa que todos miraban con
interés.
—¿Qué haremos con esa leche? —preguntó alguien.
—¡No se preocupen ahora por la leche! —dijo Napoleón
colocándose frente a los cubos—. Eso lo decidiremos después. Es
más importante la cosecha. ¡Adelante camaradas!
Los animales marcharon en tropel hacia el campo de heno para
comenzar la cosecha, y, cuando retornaron, al anochecer, advirtieron
que la leche había desaparecido.
Capítulo III
¡Habían sudado mucho para recoger el heno! Pero sus esfuerzos
fueron recompensados, pues la cosecha resultó incluso mejor de lo
que esperaban.
A veces, la faena era extenuante, pues las herramientas eran para
humanos y no para animales, por lo que estos últimos estaban en
desventaja y tenían incluso que empinarse sobre sus patas traseras.
Los cerdos sólo coordinaban y supervisaban al resto, pues tenían
conocimientos superiores y era normal que ellos asumieran el
mando. Boxer y Clover enganchaban los atalajes a la segadora o a la
rastrilladora (lógicamente, ya no eran necesarios frenos o riendas) y
marchaban decididamente por el campo con un cerdo caminando
detrás alentándoles: “Arre, camarada” o “Atrás, camarada”, según el
caso.
Todos los animales, incluso los más humildes, trabajaron para
recoger el heno y amontonarlo. Hasta los patos y las gallinas iban de
un lado a otro, en pleno sol, llevando manojitos de heno en sus
picos. Al final la cosecha duró dos días menos de lo que
habitualmente tardaban Jones y sus peones. Además era la cosecha
más abundante que había conseguido la granja.
Los animales eran felices como jamás habían imaginado. Cada
trozo de comida que se llevaban a la boca les resultaba un exquisito
manjar, ya que era producto de su propio esfuerzo sin escatimar las
cantidades y sin el enfado de un amo odioso. Era lógico que tuvieran
muchas dificultades, por ejemplo: cuando cosecharon el maíz
tuvieron que pisarlo al estilo antiguo y separar los desperdicios
soplando, pues la granja carecía de una desgranadora; sin embargo,
los cerdos con su sabiduría y Boxer con sus vigorosos músculos,
siempre solucionaban las adversidades. Boxer acordó con un gallo
que éste lo despertara treinta minutos antes que al resto de los
animales, a fin de ejecutar algún trabajo voluntario donde hacía más
falta. La respuesta para cada dificultad, para cada aprieto, era:
“¡Redoblaré esfuerzos!”; era como su lema.
Sin embargo, cada uno actuaba según su capacidad. Las
discusiones, riñas y egoísmos se habían esfumado casi por
completo. Nadie rehusaba trabajar. O casi nadie. Mollie era muy
perezosa. Pronto se advirtió que cuando había trabajo no se
encontraba a la gata. Desaparecía durante varias horas, y después
se presentaba a la hora de comer o bien entrada la noche, cuando
terminaba el trabajo. Daba tan extraordinarios pretextos y
ronroneaba tan simpáticamente que era imposible desconfiar de sus
buenos propósitos. El viejo Benjamín, el burro, no había cambiado de
actitud; realizaba su trabajo con la misma terquedad y parsimonia,
jamás se rehusó pero nunca se ofreció para una tarea extra. Cuando
se le preguntaba si ahora era más feliz, sólo contestaba: “Los burros
somos muy longevos. Ninguno de ustedes ha visto morir a un burro”.
Y los demás debían conformarse con tan misteriosa respuesta.
Los domingos se descansaba. El desayuno se servía una hora
más tarde y luego se celebraba una ceremonia. Primero se arriaba la
bandera. Snowball había hallado un mantel verde y había pintado
sobre él un asta y una pezuña. El verde —explicó Snowball—,
simbolizaba los sembradíos de Inglaterra, mientras que la pezuña
representaba la futura República de los animales, que florecería
cuando hubieran terminado con la raza humana. Después de arriar la
bandera, todos se dirigían al granero donde se celebraba la
asamblea general, a la que se conocía como “reunión”. Allí se
programaba el trabajo de la semana siguiente y las tareas por
realizar. Generalmente, los cerdos proponían las resoluciones, el
resto de los animales asentía. Snowball y Napoleón eran los más
activos en los debates, aunque siempre uno discutía la propuesta del
otro. Incluso cuando se decidió reservar el pequeño campo ubicado
en la parte trasera de la huerta como lugar de reposo para los
animales que ya no podían trabajar, hubo una áspera discusión
respecto de la edad de retiro para cada animal. La Reunión siempre
se cerraba con la canción Bestias de Inglaterra, y la tarde la
destinaban al ocio.
Los cerdos eligieron el almacen de los arneses como su taller. Por
las noches estudiaban herrería, carpintería y otros oficios, en los
libros de la casa. Snowball organizó comités: el de producción de
huevos para las gallinas; la liga de las colas limpias para las vacas;
el comité para reeducación de los camaradas salvajes (ratas y
conejos); el movimiento pro lana más blanca para las ovejas, y otros
muchos; además, coordinó las clases de lectura y escritura. Sin
embargo, estos comités fracasaron. Domesticar a los animales
salvajes, por ejemplo, fue imposible, pues si eran tratados con
generosidad se aprovechaban de ello. La gata participó unos días en
el comité para la reeducación. Cierta vez la vieron conversando con
unos gorriones que se hallaban fuera de su alcance. Les decía que
todos los animales eran ya camaradas y que cualquier gorrión que lo
deseara podía posarse encima de su garra; pero ellos prefirieron
abstenerse.
Las clases de lectura y escritura tuvieron un enorme éxito. Hacia el
otoño la mayoría de los animales tenían una instrucción. Los cerdos
sabían leer y escribir perfectamente. A los perros sólo les interesaba
leer los siete mandamientos. Muriel, la cabra, leía un poco mejor y
ocasionalmente, por la noche, leía para el resto de los animales.
Benjamín leía bien, pero era perezoso, Clover sólo aprendió el
abecedario, Boxer unas pocas letras y Mollie sólo quiso aprender las
seis letras de su nombre que formaba con trozos de rama y
adornaba con una flor o dos.
Ningún otro animal pasó de la letra A. Las gallinas, ovejas y patos
no podían memorizar los Siete Mandamientos. Snowball los resumió
en una máxima: “Cuatro patas sí, dos pies no”, que contenía el
principio fundamental del animalismo. Aunque luego protestaron las
aves, y Snowball, les explicó su error.
—Las alas de un pájaro —aclaró— son extremidades de
propulsión y no de manipulación. Por lo tanto son patas. Lo que
diferencia al hombre es la “mano”, herramienta con la cual ejecuta
todas sus injusticias.
Las aves no lo comprendieron pero aceptaron el discurso y hasta
los animales más insignificantes comenzaron a memorizar la
máxima. A las ovejas les cautivó y la berreaban una y otra vez.
“¡Cuatro patas sí, dos pies no!” se escuchaba durante horas.
Mientras tanto, Jessie y Bluebell habían parido nueve crías
corpulentas. En cuanto fueron destetadas, Napoleón las apartó de
sus madres, explicando que él se encargaría de su educación, las
instaló en un desván, al que sólo se podía trepar por una escalera;
allí las mantuvo tan enclaustradas, que pronto todos se olvidaron de
ellas.
El destino de la leche se esclareció pronto, pues cada día era
mezclada con la comida de los cerdos. También las manzanas
caídas de los árboles eran para ellos. Algunos animales empezaron
a murmurar y Squealer fue comisionado para dar las explicaciones
necesarias.
—Camaradas —gritó—, supongo que no piensan que nosotros los
cerdos estamos actuando con espíritu de egoísmo y privilegio. En
verdad, detestamos la leche. La leche y las manzanas (lo ha
demostrado la ciencia, camaradas) contienen sustancias necesarias
para la salud de los cerdos. Nosotros trabajamos con el cerebro. Día
y noche velamos por su felicidad. Por su bien las tomamos. ¿Qué
pasaría si falláramos en nuestros propósitos? ¡Jones retornaría! Y
nadie desea que eso suceda.
Nadie deseaba eso, así que la leche y las manzanas se reservaron
para los cerdos.
Capítulo IV
En los últimos días del verano, lo sucedido en la Granja Animal se
había divulgado por casi todo el condado. Diario, Snowball y
Napoleón mandaban bandadas de palomas con órdenes precisas de
mezclarse con los animales de las granjas vecinas, informarles de lo
ocurrido en la rebelión y enseñarles a cantar Bestias de Inglaterra.
Casi todo ese tiempo, Jones permanecía en la taberna El León
Colorado, en Willingdon, narrando con molestia la inhumana justicia
que había padecido. Los granjeros se solidarizaron con él, pero no le
ofrecieron su ayuda, pues cada uno planeaba secretamente cómo
beneficiarse de la desgracia de Jones. Era una suerte que entre ellos
estuvieran siempre en desacuerdo. Una de las granjas era Foxwood,
enorme y descuidada, y su dueño, el señor Pilkington, un agricultor
apático que dedicaba su tiempo a cazar y pescar. La otra granja,
Pinchfield, estaba mejor cuidada. Su propietario, un tal Frederick, se
encontraba siempre riñendo y tenía fama de hábil negociador. Los
dos se detestaban tanto que nunca se ponían de acuerdo. Pero
ambos estaban preocupados por la rebelión de Granja Animal. Al
principio se rieron. Aseguraban que los animales de la Granja Manor
(pues no aceptaron el nombre de Granja Animal) se pelearían entre
sí y acabarían muriendo de hambre. Luego de cierto tiempo, cuando
comprobaron que los animales no morían de hambre, empezaron a
estudiar la terrible amenaza. Propagaron el rumor de que los
animales practicaban el canibalismo, se herían con herraduras
ardiendo y estaba a favor del amor libre.
No obstante, nadie creía esos cuentos. Los rumores de una granja
maravillosa de la que se había expulsado a los humanos,
prosiguieron difundiéndose, y ese año se registró una ola de
insubordinación en el condado. Toros mansos se volvieron salvajes,
rebaños de corderos rompían las cercas, los caballos lanzaban al
aire a sus jinetes. Incluso la tonada y la letra de Bestias de Inglaterra
ya era conocida en todas partes.
Los seres humanos no podían controlar su cólera; golpeaban a
aquellos animales que fueran sorprendidos cantándola. Pero el canto
no se pudo reprimir: los mirlos lo silbaban en las cercas, las palomas
lo canturreaban en los álamos y hasta se advertía en el ruido de las
fraguas y en el repique de las campanas. Y cuando los seres
humanos lo oían, temblaban secretamente, pues pensaban en su
futura ruina.
En los primeros días de octubre, cuando el maíz había sido
cortado, guardado y en parte trillado, una bandada de palomas se
posó muy nerviosa en el patio de Granja Animal. Jones y sus
peones, acompañados de media docena de hombres de Foxwood y
Pinchfield, habían entrado y se acercaban hacia la casa por la
vereda. Todos empuñaban palos, salvo Jones, quien caminaba al
frente con una escopeta en la mano. Innegablemente iban a tratar de
recuperar la granja.
Esta situación hacía tiempo que se esperaba y se habían tomado
las precauciones necesarias. Snowball, quien había estudiado las
campañas de Julio César en un viejo libro, era el responsable de las
maniobras defensivas
Cuando los humanos estuvieron cerca, lanzó a todas las palomas
—unas treinta y cinco—, sobre las cabezas de los hombres y los
ensuciaron; mientras los hombres trataban de esquivar lo que les
caía, los gansos embistieron picoteándoles. Sin embargo, aquello era
un simple encuentro para crear confusión, y los hombres los
repelieron. Snowball activó la segunda línea de ataque: Muriel,
Benjamín y todas las ovejas, con Snowball a la cabeza, avanzaron
agrediendo a los hombres, mientras Benjamín les coceaba. Pero los
hombres, con sus palos y sus botas claveteadas mostraron su
superioridad. Snowball, dio la señal para retroceder y todos los
animales regresaron al patio.
Los hombres gritaron en señal de triunfo, pues hicieron huir a sus
enemigos y corrían tras ellos. Eso era justamente lo que Snowball
deseaba. Tan pronto como los agresores entraron, los tres caballos,
las tres vacas y los demás cerdos aparecieron súbitamente detrás de
ellos, cerrándoles la retirada. Snowball, embistió a Jones. Éste le
apuntó con su escopeta e hizo fuego. Los perdigones dejaron su
rastro sangriento en el lomo de Snowball, y una oveja cayó muerta.
Snowball se lanzó contra Jones; Boxer coceaba; un mozo quedó
desmayado en el barro. Hasta la gata se lanzó sobre la espalda de
un vaquero y le clavó sus filosas garras en el cuello.
A cinco minutos de su llegada, los seres humanos se retiraban
vergonzosamente.
Los animales se reunieron muy excitados, cada uno relatando a
gritos sus proezas en la contienda. En seguida se realizó un festejo
por el triunfo. Se arrió la bandera y se cantó varias veces Bestias de
Inglaterra, luego fue enterrada fastuosamente la oveja que murió en
la batalla. Snowball pronunció un discurso diciendo que todos los
animales debían estar dispuestos a morir por Granja Animal, si ello
fuera necesario.
Los animales acordaron crear la condecoración militar “Héroe
animal de primer grado”, otorgada a Snowball y a Boxer y la de
“Héroe animal de segundo grado”, entregada póstumamente a la
oveja muerta.
Se dio a la contienda el nombre de “Batalla del establo de las
vacas”. La escopeta del señor Jones fue encontrada en el barro y se
sabía que en el establo había balas. Se acordó colocarla al pie del
asta y dispararla dos veces al año: el 4 de octubre, aniversario de la
batalla, así como el día de San Juan, aniversario de la rebelión.
Capítulo V
Conforme se aproximaba el invierno, Mollie actuaba de manera más
conflictiva.
—Mollie —le dijo un día Clover—, esta mañana te descubrí
mirando por encima del seto de la granja Foxwood. Estoy casi
seguro que uno de los peones te hablaba y tú permitías que te
acariciara. ¿Qué significa eso, Mollie?
—¡Es mentira! —dijo Mollie, pero no podía mirar a Clover a los
ojos.
Clover fue a la cuadra de Mollie. Bajo la paja había un montoncito
de terrones de azúcar y varias tiras de cintas de diferentes colores.
Tres días después, Mollie desapareció.
Semanas más tarde, las palomas informaron que la habían visto al
otro lado de Willingdon, ensillada entre las varas de un coche
elegante. Su pelaje estaba recién cortado y una cinta carmesí
adornaba sus crines. “Daba la impresión de que se sentía feliz”,
dijeron las aves. Ninguno de los animales volvió a hablar de Mollie.
En enero, el mal tiempo azotó la granja. La tierra parecía de acero
y no se podía cultivar. Se efectuaron varias reuniones en el granero
principal. Las discusiones entre Snowball y Napoleón eran continuas
y violentas.
Las ovejas interrumpían con el lema “¡Cuatro patas sí, dos pies
no!” en cualquier momento de la Reunión. Y esto sucedía justamente
en los momentos cruciales de los discursos de Snowball. Éste había
realizado un análisis minucioso de las revistas Granjero y Ganadero
que encontró en la casa. Snowball hablaba como un especialista
acerca de canales y abonos porque había diseñado un complejo
sistema para que los animales evacuaran su estiércol en los campos.
Napoleón no tenía un plan y actuaba como quien parece esperar
algo.
En la extensa pradera se erigía una pequeña colina. Snowball
indicó que era el sitio preciso para construir un molino de viento.
En unas semanas terminó los planos. Lo datos técnicos provenían
de tres libros del señor Jones: Mil cosas útiles para realizar en la
casa, Cada hombre puede ser su albañil y Electricidad para
principiantes.
Napoleón se alejó, pero un día acudió a revisar los planos y
caminó mientras los miraba de reojo. Súbitamente, los orinó y se
marchó.
La granja estaba muy dividida respecto del asunto del molino de
viento. Snowball aseguraba que ahorraría tanto trabajo que los
animales sólo trabajarían tres días por semana. Napoleón decía que
lo importante era producir más comestibles. Los animales se
dividieron en dos facciones bajo los lemas: “Vote por Snowball y la
semana de tres días” y “Vote por Napoleón y el pesebre lleno”.
Benjamín fue el único que no tomó partido por ninguno de los dos
bandos. “Con molino o sin él —dijo—, la vida continuará como
siempre, es decir, un desastre”.
Otra cuestión era la defensa de la granja. Napoleón proponía tener
armas de fuego, Snowball que se enviaran más palomas para
promover la rebelión ya que pensaba que si había rebeliones en
todas las regiones, no tendrían necesidad de defenderse.
Por fin llegó la fecha en que Snowball terminó de trazar sus
planos. En la reunión del domingo se votaría si el molino se erigía o
no. Snowball explicó sus motivos, aunque interrumpido por los
balidos de las ovejas. Napoleón habló treinta segundos y se sentó
con aire indiferente. Hasta entonces, los animales estaban divididos
más o menos por igual, pero en unos segundos la persuasión de
Snowball los convenció. “La electricidad —detalló—, podría mover
arados, rastrilladoras, rodillos, cada cuadra tendría su propia luz,
agua fría y caliente”. Cuando terminó, no había duda acerca del
resultado de la votación. Inmediatamente Napoleón pidió la palabra y
emitió un chillido agudo. Después se escucharon unos pavorosos
gruñidos y nueve perros con collares con clavos, irrumpieron en el
granero y se arrojaron sobre Snowball. En unos segundos, con los
perros tras él, corría como sólo puede hacerlo un cerdo; parecía que
los perros lo iban a devorar. Uno de los feroces animales estuvo a
punto de morderle la cola, pero Snowball pudo plegarla a tiempo
para esquivar la dentellada. Haciendo un esfuerzo supremo, el cerdo
consiguió escurrirse por un boquete del seto, poniéndose así a salvo.
En silencio y turbados, los animales regresaron al granero.
Aquellos perros eran los cachorros que Napoleón había separado de
sus madres y criado ocultamente. No estaban totalmente
desarrollados pero eran grandes y feroces como lobos. Meneaban la
cola a Napoleón, como otros perros con el señor Jones.
Napoleón, seguido de sus bestias, trepó a la plataforma. Notificó
que desde ese momento se suspendían las reuniones de los
domingos por la mañana. En el futuro, todos los asuntos los decidiría
una comisión encabezada por él. Los animales serían congregados
los domingos sólo para saludar la bandera, cantar Bestias de
Inglaterra y recibir sus órdenes para la semana. Esto afligió a todos,
incluso algunos habían protestado. Hasta Boxer se hallaba
confundido.
Cuatro jóvenes puercos emitieron agudos gritos de censura. Sin
embargo, los feroces perros, sentados alrededor de Napoleón,
gruñeron bestialmente y los cerdos guardaron silencio y volvieron a
sentarse. Entonces las ovejas irrumpieron con un descomunal balido
de “¡Cuatro patas sí, dos pies no!” acabando la discusión.
Squealer explicó las nuevas decisiones a los animales.
—Camaradas —dijo—, ojalá que todos los animales presentes
valoren el sacrificio del camarada Napoleón. ¡No crean que ser jefe
es fácil! Él cree firmemente que todos los camaradas son iguales. Le
gustaría dejarles tomar sus propias decisiones pero podrían
equivocarse. Supongan que hubieran seguido a Snowball.
—Él luchó audazmente en la “Batalla del establo de las vacas” —
dijo alguien.
—El valor no es suficiente —dijo Squealer— la fidelidad y
mansedumbre son más importantes. Ya demostraremos que se ha
exagerado con la función de Snowball. ¡Disciplina, camaradas,
disciplina férrea! Ésa es la consigna ahora. Nuestros enemigos nos
pueden aniquilar. Estoy seguro de que nadie quiere que vuelva
Jones, ¿verdad?
Desde luego que los animales no querían el retorno de Jones; si
celebrar debates podía representar su regreso, entonces debían
prohibirse. Boxer, expresó la opinión general diciendo: “Si el
camarada Napoleón lo dice, debe ser verdad”.
Para entonces empezó la labranza de primavera. El cobertizo con
los planos del molino de Snowball, había sido cerrado. El cráneo del
viejo Mayor había sido desenterrado y colocado encima de un poste
cercano al mástil, junto a la escopeta. Luego de arriar la bandera, los
animales debían marchar en forma respetuosa frente al cráneo,
antes del entrar al granero. Ya no se sentaban juntos como antes.
Napoleón, Squealer y otro cerdo llamado Mínimus, que componía
canciones y poemas, se sentaban sobre la plataforma, rodeados por
los nueve perros en un semicírculo. Napoleón leía las órdenes,
cantaban Bestias de Inglaterra y luego todos se dispersaban.
El tercer domingo tras la desaparición de Snowball, Napoleón
anunció que el molino se levantaría, ante la sorpresa de los
animales.
Squealer explicó que el molino fue realmente una idea de
Napoleón. Ahora que Snowball había sido expulsado, el plan se
haría sin interferencias.
—¡Estrategia, camaradas, estrategia! —dijo Squealer—. Los
animales no estaban seguros de qué significaba la palabra, pero los
perros gruñeron en forma tan amenazante, que admitieron la
explicación sin hacer más preguntas.
Capítulo VI
Ese año, los animales trabajaron como esclavos; sin embargo,
gozaban realizando sus tareas. No evitaron esfuerzo o sacrificio,
pues sabían que lo que hacían era para su propio beneficio y para
sus sucesores, no para unos cuantos seres humanos sinvergüenzas
y holgazanes.
En la primavera y el verano trabajaron sesenta horas a la semana,
y en agosto Napoleón notificó que también tendrían que trabajar los
domingos por la tarde. Ese trabajo era “rigurosamente voluntario”,
pero el animal que no asistiera vería reducida su ración a la mitad. A
pesar de eso, muchas tareas quedaron sin terminar. La cosecha fue
menos abundante que el año anterior. El próximo invierno se
anunciaba crudo.
El molino de viento presentó averías imprevistas. Aunque poseían
los materiales necesarios para la construcción, los animales no
podían partir la piedra al tamaño adecuado. Al fin, se les ocurrió
utilizar la fuerza de gravedad; los animales ataban las piedras con
cuerdas, y luego, todos juntos, vacas, caballos, ovejas, cualquiera
que pudiera tirar —incluso los cerdos a veces ayudaban en los
momentos difíciles—, las remolcaban lentamente hasta la cima de la
cantera, desde donde las dejaban caer para que se despedazaran al
estrellarse. Era un proceso lento y laborioso. No hubieran podido
lograr nada sin Boxer; sus dos lemas: “Trabajaré más fuerte” y
“Napoleón siempre tiene razón” fueron respuestas provechosas para
todos sus problemas.
Los animales no sufrieron mucho ese verano. Aunque no contaban
con más comida de la que recibían en la época de Jones, tampoco
tenían menos pero, según pasaba el tiempo, faltaban cada vez más
cosas. No había aceite, clavos, bizcochos para los perros y acero
para las herraduras de los caballos. Después faltaron semillas y
abonos artificiales, herramientas y lo más indispensable: maquinaria
para el molino.
Un domingo, Napoleón les informó que en el futuro, Granja Animal
comerciaría con otras granjas, con el fin de obtener los materiales
que necesitaban con urgencia. “Las necesidades del molino están
por encima de todo”, aseveró. Venderían parte de la cosecha de
heno y de trigo y si necesitaban más, venderían los huevos. “Las
gallinas —explicó Napoleón— deben aceptar este sacrificio
necesario”.
Una vez más, los animales tuvieron muchas dudas. “Jamás tener
trato alguno con los humanos, nunca comerciar, no tener dinero”,
¿no fueron éstas las primeras resoluciones aprobadas en aquella
sesión triunfal, luego de haber echado a Jones? Todos creían
recordarlo. Los cuatro jóvenes cerdos quisieron manifestar estas
inquietudes, pero fueron callados inmediatamente por el bravo
gruñido de los perros. Entonces, como era su costumbre, las ovejas
interrumpieron con su “¡Cuatro patas sí, dos pies no!” y su cantinela
se impuso. Finalmente Napoleón notificó que los animales no
tendrían que tratar con humanos porque él llevaría ese peso sobre
sus hombros. Un tal señor Whymper, hábil comisionista, sería su
intermediario. Napoleón concluyó gritando “¡Viva la Granja Animal!” y
luego de cantar Bestias de Inglaterra, despachó a los animales.
Luego, Squealer dio una vuelta por la granja explicando que la
resolución que prohibía comerciar y usar dinero, jamás había sido
aceptada, ni siquiera insinuada. Era pura imaginación, mentiras
divulgadas por Snowball. “¿Seguro que no lo han soñado,
camaradas? ¿Está escrito en algún documento?” Y dado que no
constaba por escrito, los animales se convencieron de que estaban
equivocados.
Todos los lunes, el señor Whymper iba a la granja, como se había
acordado. Lo animales le rehuían. A pesar de ello, la visión de
Napoleón sobre sus cuatro patas, dándole órdenes a Whymper, que
se sostenía sobre sus dos pies, avivó su orgullo y los reconcilió en
parte con la nueva situación. Los seres humanos, por su parte, les
aborrecían. Se reunían en las tabernas y se demostraban unos a
otros que los animales fracasarían. A pesar de ello, contra sus
deseos, llegaron a tener cierto respeto por la eficiencia con que los
animales estaban manejando sus propios proyectos. Comenzaron a
llamarla Granja Animal y se olvidaron de llamarla Granja Manor.
Jones se fue a vivir a otra región del país. Salvo Whymper, no existía
ninguna relación entre Granja Animal y el mundo exterior, pero se
divulgaban rumores de que Napoleón iba a firmar un acuerdo
comercial con el señor Pilkington o con el señor Frederick, pero
jamás con los dos.
Fue más o menos en esa época cuando los cerdos se cambiaron a
la casa de la granja e instalaron allí su residencia. Una vez más, los
animales creyeron recordar que se había aceptado la prohibición de
vivir en casas, y otra vez Squealer tuvo que convencerlos de que no
era así. Era necesario, dijo él, que los cerdos, cerebros de la granja,
contaran con un sitio tranquilo para trabajar. También era más
conveniente para la dignidad del líder (porque en los últimos días
había comenzado a referirse a Napoleón con el título de “líder”) que
viviera en una casa en vez de un pestilente chiquero.
Sin embargo, algunos animales se enfadaron al enterase de que
los cerdos no solamente comían en la cocina y empleaban la sala
como lugar de entretenimiento, sino que también dormían en las
camas. Clover le pidió a Muriel que le leyera el cuarto mandamiento
escrito en el granero.
Con cierta dificultad, Muriel lo deletreó.
—Dice: “Ningún animal dormirá en una cama con sábanas”.
Lo extraño es que Clover no recordaba que el cuarto mandamiento
indicara las sábanas; pero como estaba escrito en la pared debía ser
así. Y Squealer, que rondaba por ese lugar, acompañado de dos o
tres perros, les aclaró el asunto.
—Ustedes han escuchado, camaradas —dijo—, que nosotros los
cerdos dormimos ahora en camas de la casa. ¿Y por qué no? No
sospechen que hubo alguna vez una prohibición contra las camas.
Una cama es un sitio para dormir. La decisión fue contra las
sábanas, que son un invento de los humanos. Nosotros dormimos
entre mantas. ¡Y en verdad que son camas muy cómodas! No
pretenderán despojarnos de nuestro descanso, ¿verdad,
camaradas? No nos quieren tan agotados como para no cumplir
nuestras responsabilidades. Sin duda, ninguno querrá que vuelva
Jones.
Los animales se serenaron rápidamente y no se volvió a discutir el
asunto. Y, cuando se notificó que en el futuro, los cerdos se
levantarían una hora más tarde que los demás animales, nadie se
inquietó.
En el otoño, los animales estaban extenuados pero felices.
Después de la venta del trigo y el maíz, el suministro no fue tan
generoso pero el molino compensó todo.
En sus ratos de descanso, los animales daban vueltas alrededor
del molino casi terminado, elogiando su firmeza y verticalidad y
sorprendiéndose de que ellos hubieran podido construir algo tan
majestuoso.
Llegó noviembre con sus feroces aires del suroeste. Una noche,
sopló un terrible ventarrón y las gallinas despertaron cacareando
asustadas, soñando con el enorme estallido de un cañón. Por la
mañana, los animales hallaron el asta derrumbada y un olmo
arrancado desde la raíz. Observaban esto cuando un grito
espeluznante salió de sus gargantas, al ver un cuadro desolador: el
molino estaba en ruinas.
Todos corrieron hacia los escombros. Napoleón, que no
acostumbraba caminar rápido, corría delante de los animales.
Caminaba de un lado a otro en silencio, olfateando el suelo.
Súbitamente se detuvo como si supiera el motivo de aquello.
—Camaradas —dijo con voz serena—. ¿Conocen quién es el
culpable de todo esto? ¿Saben quién es el enemigo que ha venido
por la noche y derrumbado nuestro molino? ¡Snowball! Camaradas,
en este momento y en este lugar yo condeno a muerte a Snowball.
Galardonaré con el premio “Héroe animal de segundo grado” y
gratificaré con medio pastel de manzanas al que lo entregue muerto.
Un pastel, al que lo entregue vivo.
Los animales se aterraron al enterarse de que Snowball pudiera
ser responsable de esa acción. Hubo un grito de furor y todos
empezaron a pensar la manera de apresar a Snowball, si alguna vez
lo hallaban. Casi inmediatamente se descubrieron las pisadas de un
cerdo en la loma. Las huellas llevaban a un agujero en el seto.
Napoleón las olfateó meticulosamente y decidió que eran de
Snowball.
—¡No hay tiempo que perder, camaradas! —gritó Napoleón, luego
de reconocer las huellas—. Tenemos mucho trabajo que realizar.
Esta misma mañana empezaremos a reconstruir el molino y lo
alzaremos durante el invierno, haga lluvia o buen tiempo. Le
mostraremos a ese infeliz traidor que él no puede derrumbar nuestro
trabajo tan fácilmente. Recuerden, camaradas, que no debe haber
ningún cambio en nuestros planes, que terminaremos como sea.
¡Adelante, camaradas! ¡Viva el molino de viento! ¡Viva Granja
Animal!
Capítulo VII
El invierno fue muy borrascoso, pues además de granizo y nieve,
cayó una gran helada. Los animales trabajaron intentando construir
el molino.
Resentidos, los humanos no creían que Snowball hubiera
derribado el molino; decían que se desplomó porque los muros eran
muy delgados. Los animales sabían que eso no era verdad, y aun así
decidieron construir los muros dándoles un metro de grosor en lugar
de los cincuenta centímetros de antes; esto significaba que debían
juntar una cantidad mucho mayor de piedras. Era una labor tan atroz
que los animales se sentían muy pesimistas. Siempre tenían frío, y a
veces, hambre.
En enero escasearon los alimentos. La ración de maíz fue
disminuida. La cosecha de papas se había helado. Durante días
enteros los animales no tenían qué comer, salvo paja y remolacha. El
fantasma del hambre parecía enfrentarlos.
Era necesario ocultar eso al mundo exterior. Animados por la caída
del molino, los hombres difundían que los animales se morían de
hambre y enfermedades, que reñían entre sí y practicaban el
canibalismo y el infanticidio. Napoleón decidió que el señor Whymper
difundiera la opinión contraria; mandó llenar con arena hasta el tope
los almacenes casi vacíos y luego cubrirlos con lo que aún quedaba
de trigo, cebada y heno. Cuando Whymper vio los depósitos,
engañado, explicó que allí no había escasez de alimentos.
En aquellos días, Napoleón rara vez se presentaba en público.
Cuando se dejaba ver, aparecía con una comitiva de seis perros que
lo rodeaban de cerca y gruñían si alguien se acercaba mucho.
Squealer se encargaba de dar las órdenes. Un domingo, éste
informó que Napoleón había firmado un contrato de venta de
cuatrocientos huevos a la semana; con el importe de la venta se
comprarían cereales y comida.
Cuando las gallinas se enteraron, protestaron; aunque antes les
habían avisado que sería necesario ese sacrificio, no creyeron que
llegara a suceder. Estaban preparando sus ponederos para tener
pollitos en primavera y argumentaron que quitarles los huevos era un
crimen. Por primera vez desde que había sido echado Jones, había
algo parecido a una rebelión. Encabezadas por tres gallinas jóvenes
Black-Minorca, intentaron sabotear las pretensiones de Napoleón.
Como protesta, ponían en los montantes sus huevos, que al chocar
contra el suelo se hacían pedazos. Napoleón actuó inmediatamente
y sin misericordia: ordenó que fueran suspendidas las raciones de
las gallinas y determinó que cualquier animal que diera, aunque fuera
un grano de maíz a una gallina, sería castigado con la muerte. Los
perros se encargaron de que las órdenes se cumplieran. Las gallinas
soportaron el tormento durante cinco días, luego se rindieron y
retornaron a sus nidos. Nueve gallinas perecieron. Sus cadáveres
fueron sepultados en la huerta y se informó que habían fallecido de
coccidiosis. Whymper no se enteró de este hecho y los huevos
fueron entregados puntualmente; el vagón del tendero iba cada
semana a la granja.
Súbitamente, en primavera, se descubrió algo inquietante: todas
las noches Snowball entraba en la granja y cometía toda clase de
estropicios, robaba maíz, tiraba los peroles de leche, rompía los
huevos, pisoteaba los semilleros. También se dijo que los ratones,
que habían molestado mucho aquel invierno, eran cómplices de
Snowball.
Napoleón ordenó una amplia investigación. Con su escolta de
perros salió a inspeccionar los edificios de la granja. Pegando el
hocico al suelo, rastreaba y decía con grotesca voz: “¡Snowball! ¡Él
ha estado aquí! ¡Percibo su aroma perfectamente!”.
Los animales estaban aterrados. Creían que Snowball era una
especie de maleficio invisible que contaminaba el aire y les acechaba
con toda clase de peligros. Al anochecer, Squealer reunió a todos los
animales para darles importantes noticias.
—¡Camaradas —gritó dando saltitos nerviosos—, se ha
descubierto algo atroz! ¡Snowball se vendió al dueño de la Granja
Pinchfield! Él será el guía si ataca nuestra granja, además sabemos
que en la rebelión era aliado de Jones. Siempre fue su agente
secreto. Eso aclara cómo trató de causar nuestro exterminio en la
“Batalla del establo de las vacas”.
Los animales quedaron atónitos.
—Yo desconfío —dijo Boxer—, Snowball luchó audazmente en la
Batalla. Yo lo vi. ¿Acaso no le otorgamos el reconocimiento “Héroe
animal de primer grado”?
—Ése fue nuestro error, camarada. Porque hemos comprobado en
los documentos secretos que encontramos, que nos conducía a
nuestra ruina.
—Sin embargo, estaba herido —refutó Boxer—. Todos vimos que
sangraba.
—¡Eso estaba preparado! —gritó Squealer—, pude comprobarlo
pues está plasmado en el documento. ¿Recuerdan que
precisamente cuando parecía que todo estaba perdido, el camarada
Napoleón saltó hacia delante al grito de “¡Muera la humanidad!” y
clavó sus dientes en la pierna de Jones?
Como Squealer retrató muy bien la escena, a los animales les
pareció recordarlo.
—Dudo que Snowball fuera un traidor al principio —dijo Boxer—.
Lo que haya hecho después es diferente. En la Batalla fue un buen
camarada.
—Nuestro líder, el camarada Napoleón —interrumpió Squealer—,
ha dicho que Snowball fue agente de Jones desde el principio y
antes de la rebelión.
—¡Ah, eso es diferente! —gritó Boxer—. Si Napoleón lo dice, debe
ser así.
—¡Ése es el auténtico espíritu, camarada! —gritó Squealer, pero
lanzó a Boxer una amenazadora mirada con sus centelleantes ojillos.
Antes de marcharse añadió: —Deben tener los ojos bien abiertos,
¡porque tenemos razones para sospechar que algunos agentes
secretos de Snowball están entre nosotros y al acecho en este
momento!
Cuatro días después, al anochecer, Napoleón pidió a los animales
que se reunieran en el patio. Napoleón salió de la casa con sus dos
medallas (porque recientemente se había nombrado él mismo “Héroe
animal de primer grado” y “Héroe animal de segundo grado”), con
sus nueve feroces y descomunales perros brincando y lanzando
gruñidos que causaban escalofríos al resto de los animales.
Napoleón divisó implacablemente a su auditorio; después lanzó un
gruñido agudo. Inmediatamente, los perros saltaron hacia adelante,
atraparon a cuatro de los cerdos por las orejas y los arrastraron
hasta los pies de Napoleón. Las orejas de los cerdos sangraban; los
perros parecían enardecidos. Tres de ellos se lanzaron contra Boxer.
Éste los vio embestir y extendió su enorme casco. Detuvo a uno en
el aire y lo aprisionó contra el suelo. El perro aulló y los otros
escaparon con el rabo entre las piernas. Boxer observó a Napoleón
para saber si debía matar o dejar al perro libre. Napoleón le ordenó
que soltara al perro, Boxer alzó su pata y el can escapó gimiendo.
Pronto finalizó el escándalo. Napoleón exigió a los cuatro cerdos
que confesaran sus culpas. Eran los mismos que había protestado
cuando se cancelaron las sesiones de los domingos. Los cerdos
confesaron que tenían contactos con Snowball; que le ayudaron a
destruir el molino y acordaron entregar la Granja Animal al señor
Frederic, y que Snowball era agente secreto de Jones desde hacía
muchos años. Cuando acabaron su confesión, los perros
inmediatamente les destrozaron las gargantas, y, entre tanto,
Napoleón, con voz atemorizante, preguntó si algún otro animal tenía
algo que confesar.
Las tres gallinas, que encabezaron el intento de rebelión a causa
de los huevos, afirmaron que Snowball se les había aparecido en
sueños animándolas a desobedecer. También ellas fueron
destrozadas. Después, un ganso se adelantó y confesó que había
escondido seis espigas de maíz durante la cosecha del año anterior
y que se las había comido por la noche. Luego, una oveja aceptó que
se orinó en el bebedero, aconsejada por Snowball; otras dos
confesaron que mataron a un viejo carnero, partidario de Napoleón,
persiguiéndole alrededor de una hoguera cuando tosía. Todos ellos
fueron ejecutados allí mismo. Y así prosiguió la serie de confesiones
y ejecuciones hasta que una pila de cadáveres yacía a los pies de
Napoleón y el aire se saturó con el olor de la sangre, desconocido
desde la expulsión de Jones.
Cuando terminó la ejecución, el resto de los animales, salvo los
cerdos y los perros, se marcharon juntos. Estaban temblorosos y
afligidos. No sabían qué era más aterrador, si la traición de los
cómplices de Snowball o la brutal represión que acababan de
presenciar. Antiguamente hubo muchas matanzas aterradoras, pero
a todos les parecía peor aquélla, pues había ocurrido entre animales.
Desde que Jones había sido expulsado, ningún animal había matado
a uno de sus semejantes. Ni siquiera una rata. Alcanzaron la
pequeña colina donde estaba el molino semiconstruido y, de común
acuerdo, se recostaron todos, como si se recostaran para calentarse.
Clover, Muriel, Benjamín, las vacas, las ovejas y una bandada de
gansos y gallinas: todos, en verdad, salvo la gata, que había
desaparecido súbitamente antes de la reunión. Durante unos minutos
nadie habló. Sólo Boxer dijo: “No entiendo. Yo no hubiera creído que
tales cosas pudieran suceder en nuestra granja. Debe ser por algún
vicio nuestro. La solución es trabajar más. Desde ahora me levantaré
una hora más temprano”. Y se marchó con trote pesado hacia las
canteras, para trabajar antes de dormir.
Los animales se acurrucaron alrededor de Clover guardando
silencio. La Granja Animal estaba a la vista: la amplia pradera, el
campo de heno, los bebederos, los terrenos donde crecía el trigo
nuevo, tupido y verde, los techos rojos con el humo subiendo en
espiral desde sus chimeneas. Era un claro atardecer primaveral. El
pasto y los huertos lucían florecientes tonos dorados por los rayos
solares. Recordaron con asombro que era su propia granja, un sitio
tan ambicionado. A Clover se le inundaron los ojos de lágrimas.
Aquellas escenas de horror y matanza no eran lo que habían
soñado. No era una sociedad de animales libres del hambre y el
látigo, cada uno trabajando según su habilidad, el fuerte protegiendo
al débil.
Al final, comenzó a cantar Bestias de Inglaterra. El resto de los
animales, que se encontraban a su alrededor, la imitaron y la
cantaron tres veces, armoniosamente, aunque de forma lenta y
luctuosa como jamás lo habrían hecho.
Hacía unos segundos que acababan de repetirla, cuando llegó
Squealer, escoltado por dos perros. Notificó que por disposición del
camarada Napoleón, desde ese momento estaba prohibido cantar
Bestias de Inglaterra.
—¿Por qué? —gritó Muriel.
—Ya no es necesaria, camarada —dijo Squealer con desprecio—.
Ése fue el canto de la rebelión, pero ésta ya ha concluido. La
ejecución de los traidores fue el acto final. La canción aspira a una
sociedad mejor, pero esa sociedad ya ha sido establecida.
Pese a que estaban aterrados, algunos animales refunfuñaron,
pero las ovejas empezaron con su balido de “Cuatro patas sí, dos
pies no” y así acabó la discusión y no se volvió a cantar Bestias de
Inglaterra. En su lugar, Mínimus, el poeta, compuso una canción que
comenzaba así:
Granja Animal, Granja Animal,
¡Jamás por mí tendrás ningún mal!
Y esto se cantó todos los domingos por la mañana después de izar
la bandera. Sin embargo, por alguna razón, a los animales les
pareció que ni la letra ni la música estaban a la altura de Bestias de
Inglaterra.
Capítulo VIII
Días después, cuando ya había cesado el pavor de las ejecuciones,
algunos animales se acordaron —creyeron recordar— que el sexto
mandamiento decía: “Ningún animal matará a otro”. Y aunque nadie
se lo recordó a los cerdos o los perros, se tenía la impresión de que
las matanzas ocurridas no coincidían con aquello. Clover pidió a
Benjamín que le leyera el sexto mandamiento; cuando él le
respondió que no quería meterse en esos problemas, fue a buscar a
Muriel. Muriel le leyó el mandamiento que decía así: “Ningún animal
matará a otro animal sin motivo”. Por una razón desconocida, las dos
últimas palabras no las recordaban los animales. Sin embargo,
confirmaron que el mandamiento no fue quebrantado, pues,
indudablemente, hubo motivo sobrado para matar a los traidores que
conspiraron con Snowball.
Este año, los animales trabajaron aún más que el año anterior.
Rehacer el molino con muros dos veces más gruesos que antes, y
terminarlo en una fecha establecida, además del trabajo diario de la
granja, era una tarea colosal. A veces sentían que trabajaban más y
comían menos que en la época de Jones. Los domingos, Squealer
les leía extensas listas de cifras, comprobando que la producción de
toda clase de víveres había crecido un 200, 300 o 500 por ciento,
según el caso. Los animales dudaban de esas cantidades,
especialmente porque no podían recordar con claridad cómo eran las
cosas antes de la rebelión. Aun así, preferían tener menos cifras y
más comida.
Todas las órdenes eran transmitidas por Squealer o cualquiera de
los otros cerdos. A Napoleón sólo se le veía una vez por quincena.
Cuando aparecía, iba acompañado de su escolta de perros y un gallo
negro que marchaba delante y actuaba como una especie de
mensajero, dejando escuchar un agudo cacareo antes de que
hablara Napoleón.
Se decía que, en la casa, Napoleón tenía habitaciones separadas,
que comía a solas, con dos perros que le servían, y que utilizaba la
vajilla de cristal. También se anunció que la escopeta sería disparada
en su cumpleaños, igual que en los otros dos aniversarios.
Ahora se le nombraba, como “nuestro líder, camarada Napoleón”,
y a los cerdos les gustaba inventar títulos como “Padre de todos los
animales”, “Terror de la humanidad”, “Protector del rebaño de
ovejas”, “Amigo de los patitos” y otros parecidos. Se había hecho
costumbre atribuir a Napoleón cualquier hazaña afortunada.
Frecuentemente se escuchaba que una gallina le decía a la otra:
“Durante el régimen de nuestro líder, camarada Napoleón, yo he
puesto cinco huevos en seis días”; o dos vacas, bebiendo agua:
“Gracias a nuestro líder, camarada Napoleón, ¡qué rico sabor tiene
esta agua!”. Y Mínimus escribió un poema que decía así:
¡Amigo de los deheredados!
¡Fuente de bienestar!
Señor de la pitanza que mi alma enciendes
cuando afortunado contemplo
tu firme y segura mirada
cual sol que deslumbra al cielo.
¡Oh, camarada Napoleón!
Donador señero
de todo lo que tus criaturas aman
—sus barrigas limpias y pulcra paja para yacer—.
Todas las bestias, grandes o pequeñas,
dormir en paz en sus establos anhelan
bajo tu mirada protectora.
¡Oh, camarada Napoleón!
El hijo que la suerte me enviare
antes de crecer y hacerse grande
y desde chiquito y tierno cachorrillo
aprenderá primero a serte fiel, devoto,
seguro estoy de que éste será su primer chillido:
¡Oh, camarada Napoleón!
Napoleón ordenó escribirlo en el muro del granero principal, en el
extremo contrario a los Siete Mandamientos. Encima del poema se
colocó un retrato de Napoleón, de perfil, pintado por Squealer de
color blanco.
Entretanto, por mediación de Whymper, Napoleón atendía
complejas negociaciones con Frederick y Pilkington. Había rumores
de que Frederick y sus hombres querían asaltar Granja Animal y
destrozar el molino. Se sabía que Snowball aún estaba en la Granja
Pinchfield. A mediados de verano, los animales se inquietaron al
escuchar que tres gallinas confesaron haber tramado, animadas por
Snowball, un complot para matar a Napoleón. Fueron ejecutadas
inmediatamente y se pusieron en práctica nuevas estrategias para
garantizar la seguridad del líder. Cuatro perros custodiaban su cama
por la noche, uno en cada esquina, y un joven cerdo llamado Pinkeye
fue elegido para probar todos sus alimentos, antes de que el líder los
comiera, por miedo a que estuvieran envenenados.
Por esa época se pregonó que Napoleón había vendido la pila de
madera al señor Pilkington y también que se firmaría un acuerdo
para intercambiar productos entre Granja Animal y Foxwood. Cuando
finalizaba el verano y el molino estaba casi listo, se comentaba que
Frederick intentaría entrar con veinte hombres y que ya habían
comprado a los magistrados para conseguir los títulos de propiedad
de Granja Animal. Además, se hablaba de las brutalidades que
Frederick hacía a sus animales. Había azotado hasta la muerte a un
caballo, mataba de hambre a sus vacas, había lanzado a su perro a
un horno, organizaba peleas de gallos. La sangre les hervía de rabia
a los animales y deseaban salir en masa contra Granja Pinchfield y
liberar a los animales. Pero Squealer les decía que esperaran y
creyeran en las tácticas de Napoleón.
Un domingo, Napoleón acudió al granero y explicó que no tenía
intención de vender la madera a Frederick. A las palomas se les
prohibió pisar Foxwood y se les obligó a cambiar el lema “Muerte a la
humanidad” por “Muerte a Frederick”.
Los campos de trigo estaban cubiertos de maleza y se descubrió
que Snowball, en una de sus visitas nocturnas, había combinado
semillas de cardo con las de trigo. Un ganso se confesó culpable y
se suicidó comiendo hierbas venenosas. También se dijo que
Snowball no había sido galardonado sino fustigado, y Squealer les
explicó a los animales que sus recuerdos estaban equivocados.
En otoño, gracias a un extenuante esfuerzo —porque la cosecha
tuvo que efectuarse al mismo tiempo—, se terminó la construcción
del molino de viento.
Dos días después, los animales fueron convocados. Se
asombraron cuando Napoleón les informó que habían vendido la pila
de madera a Frederick.
Las palomas debieron cambiar su lema de “Muera Frederick” por
“Muera Pilkington”. No habría asalto y se supo que Snowball estaba
en la granja Foxwood.
Los cerdos estaban admirados por la sagacidad de Napoleón.
Mediante su supuesta amistad con Pilkington, obligó a Frederick a
elevar su precio doce libras.
La madera fue acarreada rápidamente y los animales fueron
reunidos. Riendo beatíficamente y ostentando sus dos galardones,
Napoleón descansaba en su lecho de paja, sobre la plataforma, con
el dinero a su lado, amontonado con cuidado sobre un plato. Los
animales desfilaron despacio y contemplaron los billetes hasta
hartarse. Boxer alargó la nariz y los olfateó.
Tres días después, un gran tumulto perturbó el orden de la granja.
Whymper, extremadamente pálido, llegó velozmente, arrojó su
bicicleta al suelo y entró corriendo. Inmediatamente se oyó un rugido
de Napoleón. La noticia se propagó como un reguero de pólvora:
¡Los billetes eran falsos! Frederick había obtenido gratis la madera.
Napoleón dictó sentencia de muerte contra él. También advirtió a los
animales que después de esa traición, en cualquier momento
Frederick y sus peones podrían emprender su ataque. Se mandaron
cuatro palomas a Foxwood con un mensaje para restaurar las
buenas relaciones con Pilkington.
A la mañana siguiente, los animales desayunaban cuando los
centinelas anunciaron que Frederick y sus huestes ya habían
cruzado el portón de acceso. Los animales salieron arrojadamente a
luchar, pero en esta ocasión no tuvieron el triunfo fácil de la “Batalla
del establo de las vacas”. Quince hombres dispararon
inmediatamente. Los animales no pudieron hacer frente a las
explosiones, y no obstante los esfuerzos de Boxer y Napoleón por
reagruparlos, pronto fueron rechazados. Unos cuantos animales
estaban heridos. Se guarecieron en los edificios de la granja. Toda la
pradera grande y el molino de viento estaban en poder del enemigo.
Ni siquiera Napoleón sabía como actuar. Caminaba de un lado a otro
en silencio, con su cola rígida y contrayéndose nerviosamente.
Esperaban ayuda de Pilkington. Sin embargo, las cuatro palomas,
que habían sido despachadas el día anterior, retornaron. Una de
ellas entregó un pedazo de papel de Pilkington, sobre el cual
aparecían escritas con lápiz las siguientes palabras: “Se lo tiene
merecido”.
Mientras tanto, Frederick y sus hombres detuvieron su marcha
cerca del molino. Dos de los hombres empuñaban una palanca de
hierro e iban a derribarlo.
—¡Es imposible! —gritó Napoleón—. Hemos erigido los muros
demasiado gruesos.
Benjamín observaba los movimientos de los hombres. Los que
empuñaban el martillo y la palanca abrían un boquete cerca de la
base del molino. Lentamente, y con un aire casi divertido, Benjamín
sacudió su largo hocico.
—Ya lo presentía —dijo—. Van a rellenar de pólvora ese agujero.
Los animales observaron aterrados. Después de varios minutos,
los hombres corrieron velozmente en todas direcciones, y enseguida
se escuchó un estruendo ensordecedor. Las palomas se
arremolinaron en el aire y todos los animales, salvo Napoleón, se
echaron en el suelo boca abajo y ocultaron sus rostros. Cuando se
incorporaron, una monumental nube de humo negro flotaba en el
lugar donde estaba el molino. Lentamente la brisa la alejó. ¡El molino
de viento había desaparecido!
Al ver la escena, los animales lanzaron un potente griterío
clamando venganza, y, sin esperar otra orden, arremetieron en masa
al enemigo. Fue una lucha brutal. Una vaca, tres ovejas y dos
gansos fallecieron, y casi todos estaban heridos. Hasta Napoleón,
que comandaba las operaciones desde la retaguardia, fue herido en
la punta de la cola por un perdigón. Pero los hombres también tenían
sus bajas y cuando los perros de Napoleón aparecieron por el flanco
ladrando sanguinariamente, los hombres acobardados huyeron a
toda velocidad.
Los animales habían triunfado pero estaban heridos y sangraban.
Los camaradas muertos sobre la hierba provocaron el llanto de
algunos que se detuvieron en silencio durante unos minutos donde
antes estaba el molino. Era como si el molino no hubiera existido.
Cuando se acercaron a la granja, Squealer, que inexplicablemente
se ausentó durante la pelea, fue a su encuentro moviendo la cola y
desbordando alegría. Y los animales escucharon, procedente de la
granja, el solemne estampido de una escopeta.
—¿A qué se debe ese disparo? —inquirió Boxer, que tenía roto un
casco.
—¡Para celebrar nuestro triunfo! —gritó Squealer—. ¿No hemos
echado al enemigo de nuestro territorio, el suelo sagrado de Granja
Animal? Además, construiremos otro molino. Seis molinos, si
queremos.
Cuando los animales vieron ondear la bandera verde y escucharon
disparar una vez más la escopeta —siete veces fue descargada— y
oyeron el discurso que pronunció Napoleón, les pareció que después
de todo, habían alcanzado un gran triunfo. Dos días duraron los
festejos. Hubo una manzana para cada animal; dos onzas de maíz
para cada ave y tres bizcochos para cada perro. A la batalla se le
daría el nombre del Molino y Napoleón se concedió a sí mismo la
condecoración de la “Orden del estandarte verde”. En el júbilo
general se olvidó el desventurado suceso de los billetes falsos.
Unos días después, los cerdos se encontraron una caja de whisky
en el sótano de la casa. Aquella noche se escucharon canciones en
alta voz, mezcladas con acordes de Bestias de Inglaterra. Se vio a
Napoleón con un bombín del señor Jones, salir por la puerta trasera,
trotar alrededor del patio y entrar nuevamente. Por la mañana había
un silencio total en la casa. Squealer, salió, caminando
aturdidamente, con aspecto de enfermo. Congregó a los animales y
les dijo:
—¡El camarada Napoleón se está muriendo!
Se elevaron muestras de dolor mientras se decía que había sido
envenenado por Snowball. A las once, Squealer anunció, como
última voluntad del camarada Napoleón, el decreto de que quien
bebiera alcohol sería castigado con la muerte.
Sin embargo, el líder fue mejorando. Esa misma noche, Napoleón
estaba en pie y al otro día se supo que había ordenado a Whymper
que comprara en Willingdon algunos folletos sobre la fermentación y
destilación de bebidas. Una semana después, Napoleón decidió que
el campo destinado como lugar de esparcimiento para los animales
retirados del trabajo, sería cultivado y sembrado con cebada.
Por esa época ocurrió algo que nadie comprendió. Una noche se
oyó un gran estruendo en el patio. Los animales salieron corriendo.
Era una noche clara, de luna. Cerca del lugar donde estaban escritos
los Siete Mandamientos, había una escalera rota en dos pedazos.
Squealer en el suelo, al lado de una linterna, un pincel y un tarro. Los
perros le rodearon y acompañaron a la casa en cuanto pudo caminar.
Benjamín pareció entender, pero no dijo nada. Días después, Muriel
se dio cuenta de que había otro mandamiento que los animales
recordaban mal. Ellos creían que el quinto decía: “Ningún animal
beberá alcohol”, pero pasaron por alto dos palabras. Ahora, el
mandamiento indicaba: “Ningún animal beberá alcohol en exceso”.
Capítulo IX
Habían empezado la reconstrucción del molino al día siguiente de
concluir los festejos del triunfo. Boxer no quiso disfrutar ni de un día
de descanso. Por la noche le confiaba a Clover que el casco le
martirizaba mucho. Clover le aplicaba cataplasmas de hierbas que
preparaba masticándolas, y tanto ella como Benjamín, le pedían que
trabajara menos. Pero la única ambición de Boxer —confesó— era
ver adelantado el molino.
Al principio se habían establecido las siguientes edades para
jubilarse: caballos y cerdos, a los doce años; vacas a los catorce;
perros a los nueve; ovejas, a los siete, y las gallinas y los gansos a
los cinco años. Se instituyeron pensiones generosas para la vejez.
Se propagó un rumor de que cercarían un rincón de la pradera
amplia, donde comerían los animales jubilados. Para caballos, la
pensión sería de cinco libras de maíz por día y en invierno, quince
libras de heno, con una zanahoria o quizá una manzana los días de
fiesta. Boxer iba a cumplir los doce años a finales del verano
siguiente.
Entretanto, la vida continuaba siendo cruel. El invierno era tan
helado como el anterior y la comida escaseaba aún más. Fueron
disminuidas las raciones, salvo las de los cerdos y las de los perros.
“Una igualdad muy severa en las raciones —explicó Squealer—,
sería contraria a los principios del animalismo”. Leyéndoles las cifras
con voz aguda y veloz, les demostró que tenían más comida que en
tiempo de Jones. En verdad, Jones, y lo que él significaba, casi se
había borrado de sus mentes. Además, antes eran esclavos y ahora
gozaban de libertad, como siempre les recordaba Squealer.
En otoño, las cuatro cerdas tuvieron treinta y un cochinillos. Su piel
estaba manchada como la de Napoleón y así quedo claro el origen
paterno. Se informó que en el futuro, cuando tuvieran ladrillos y
maderas, se construiría una escuela. Entretanto los educaría
Napoleón en la cocina de la casa. Hacían su gimnasia en el jardín y
se les recomendaba no jugar con los otros animales jóvenes.
También se estableció la norma de que cualquier animal debía ceder
el paso a un cerdo; y que los cerdos, de cualquier categoría, podían
adornarse los domingos con cintas verdes en la cola.
La granja tuvo un año muy venturoso, pero aun así les faltaba
dinero para comprar los ladrillos, cemento y arena para la escuela,
así como la maquinaria del molino. También hacía falta petróleo,
velas para la casa, azúcar para la mesa de Napoleón (quien la
prohibió a otros cerdos, porque engordaban). Se vendió heno y
papas y seiscientos huevos por semana. Las raciones de comida
disminuyeron. Sin embargo, los cerdos parecían estar muy felices y
aumentaban de peso. Una tarde, un fresco y apetitoso aroma llegó al
patio, proveniente de la pequeña casa donde se elaboraba cerveza
en tiempo de Jones. Alguien dijo que era el olor de la cebada
hirviendo. Los animales husmearon hambrientos, pensando si les
estarían preparando un pienso caliente para la cena. Pero no
apareció ningún pienso caliente y el domingo se informó que la
cebada sería para los cerdos.
Pese al hambre, se vivía mejor que antes. Se contaba con más
discursos y más desfiles. Napoleón dispuso, una vez por semana, la
“Demostración espontánea”, cuyo propósito era conmemorar las
luchas y victorias de la Granja Animal. A la larga, a los animales les
agradaba recordar que, después de todo, ellos eran sus propios
amos y que todo el trabajo era en beneficio común. Y así, con las
canciones, los desfiles, las listas de cifras de Squealer, el estallido de
la escopeta, el cacareo del gallo y el ondear de la bandera, podían
olvidar que sus barrigas estaban casi vacías.
En abril, Granja Animal fue proclamada República y Napoleón,
presidente elegido por unanimidad.
En verano, Moses, el cuervo, regresó súbitamente a la granja, tras
una desaparición de varios años. Era el mismo, continuaba de ocioso
y seguía hablando de Monte Azúcar. “Allá arriba, camaradas —decía
—, detrás de esa nube oscura, está Monte Azúcar, tierra feliz, donde
reposaremos de nuestros agotamientos”. Muchos de los animales le
creían. Actualmente, reflexionaban ellos, sus vidas no eran más que
hambre y trabajo; ¿no resultaba, entonces, justo que existiera un
mundo mejor en alguna parte?
Ciertamente todos los animales trabajaron como esclavos aquel
año. A veces era difícil de soportar, pero Boxer jamás titubeó. Pero
su melena era menos brillante y sus ancas parecían haberse
estrechado.
Un día de verano, al anochecer, se propagó el rumor de que algo
le había ocurrido a Boxer. Las palomas avisaron: “¡Boxer se ha
caído! ¡No se puede levantar!”.
Casi la mitad de los animales salió corriendo hacia el molino. Allí
yacía Boxer entre las varas del carro; tenía los ojos vidriosos y los
flancos llenos de sudor. Un hilillo de sangre le salía por la boca.
Clover cayó de rodillas a su lado.
—Debemos traer ayuda en seguida —exigió Clover—. Que alguien
avise a Squealer.
Todos los animales corrieron a avisar. Sólo se quedaron Clover y
Benjamín, que se echó al lado de Boxer y, sin decir palabra, alejaba
las moscas con su larga cola. Después de quince minutos llegó
Squealer, sobresaltado y lleno de interés. Dijo que el camarada
Napoleón, muy afligido por la desgracia que había sufrido uno de los
más fieles trabajadores de la granja, estaba realizando gestiones
para enviar a Boxer a un hospital de Willingdon para que recibiera
tratamiento. Los animales se sintieron un poco inquietos al escuchar
esto. Salvo Mollie y Snowball, ningún otro animal había salido nunca
de la granja, y no les gustaba dejar a su camarada enfermo en
manos de los humanos. A pesar de ello, Squealer les convenció de
que el veterinario le podría atender mejor. Luego, levantaron
dificultosamente a Boxer y lo llevaron a su pesebre, donde Clover y
Benjamín le habían preparado una muy cómoda y amplia cama de
paja.
Los dos días siguientes Boxer permaneció en su establo e indicó
que no lamentaba lo ocurrido. Si se restablecía, podría vivir unos tres
años más y pensaba en los días plácidos que disfrutaría en el rincón
de la pradera grande. Tendría tiempo para estudiar y perfeccionarse,
Quería, dijo, consagrar el resto de sus días a aprender las veintidós
letras restantes del abecedario.
Al tercer día, al mediodía, llegó un vagón para llevarse a Boxer.
Los animales estaban trabajando, cuando vieron con asombro pasar
a Benjamín a todo galope; era la primera vez que alguien le veía
galopar. “¡Pronto, pronto! —dijo—. ¡Se están llevando a Boxer!”. Sin
esperar órdenes, los animales corrieron hacia los edificios de la
granja. En efecto, en el patio había un enorme vagón cerrado, con
letreros en los costados, tirado por dos caballos y un hombre de
apariencia maliciosa sentado en el asiento del conductor.
Los animales se amontonaron junto al carro.
—¡Adiós Boxer! —gritaron a coro—; ¡adiós!
—¡Estúpidos! ¡Estúpidos! —exclamó Benjamín brincando
alrededor de ellos— ¿No ven lo que está escrito en los letreros de
ese vagón?
Todos callaron. Muriel empezó a deletrear las palabras, pero
Benjamín leyó:
—“Alfredo Simmonds, matarife de caballos y fabricante de cola,
Willingdon. Comerciante en cueros y harina de huesos. Se
suministran perreras”. ¿No entienden lo que significa eso? ¡Lo llevan
al rastro!
Los animales emitieron un grito de terror. En ese instante, el
conductor azotó a los caballos y el vagón salió del patio a trote ligero.
Clover se adelantó a medio galope.
—¡Boxer! —gritó ella—. ¡Boxer! ¡Boxer!
Como si hubiera escuchado el tumulto, el rostro de Boxer se
asomó.
—¡Boxer! —gritó Clover con espantosa voz—. ¡Baja de ahí! ¡Te
llevan a la muerte!
No se supo si Boxer entendió, pero segundos más tarde se oyó el
ruido de cascos dentro del vagón.
Por desgracia, su fortaleza le había abandonado y al poco tiempo
el ruido de cascos se extinguió. Boxer no fue visto más. Tres días
después se anunció que había muerto en el hospital de Willingdon, a
pesar de haber recibido la mejor atención. Squealer explicó que él
había estado presente durante las últimas horas de Boxer.
—¡Fue la escena más conmovedora que jamás haya visto! —
expresó Squealer, levantando la pata para enjugar una lágrima—.
Estuve al lado de su cama hasta el último instante, y al final, me
susurró que su único pesar era morir antes de haber terminado el
molino. Adelante, camaradas —murmuró—. Adelante en nombre de
la rebelión. ¡Viva Granja Animal! ¡Viva el camarada Napoleón!
¡Napoleón siempre tiene razón!
Squealer les miró con ojillos de desconfianza y dijo que un rumor
malicioso había circulado señalando que en el furgón decía “Matarife
de caballos” pero la explicación era que el veterinario había
comprado el furgón a un descuartizador.
Los animales sintieron alivio al escuchar esto y cuando Squealer
les habló de la admirable atención y las costosas medicinas que
pagó Napoleón, sus últimas dudas desaparecieron y pensaron que
su camarada había muerto feliz.
El domingo siguiente, Napoleón pronunció una oración fúnebre a la
memoria de Boxer. Aunque no era posible traer sus restos, había
ordenado confeccionar una corona con laurel del jardín, para ser
colocada sobre su tumba. Pasados dos días, los cerdos realizarían
un banquete conmemorativo. Recordó los dos lemas de Boxer:
“Trabajaré más fuerte” y “El camarada Napoleón siempre tiene
razón”, lemas, dijo, que todo animal debería adoptar. El día fijado
para el banquete, un carro llegó desde Willingdon y descargó un gran
cajón de madera. Esa noche se oyeron cantos bullangueros,
seguidos de una violenta disputa y ruido de vidrios rotos. Nadie se
movió en la casa antes del mediodía siguiente y se corrió la voz de
que los cerdos habían conseguido dinero para comprar otro cajón de
whisky.
Capítulo X
Pasaron los años. Las estaciones vinieron y se fueron; las cortas
vidas de los animales pasaron rápido. Un día ya nadie recordaba los
tiempos anteriores a la rebelión, exceptuando a Clover, Benjamín,
Moses el cuervo, y algunos cerdos.
Muriel había muerto. Bluebell, Jessie y Pincher habían muerto.
Jones también murió, en su hogar de borrachos en otra parte del
país. Snowball fue olvidado. Pero ningún animal se había jubilado.
Hacía mucho que no se hablaba de reservar un rincón para animales
jubilados. Napoleón era un cerdo maduro de unos ciento cincuenta
kilos. Squealer estaba tan gordo que tenía dificultad para ver más
allá de sus narices. Sólo el viejo Benjamín estaba más o menos igual
que siempre, excepto que tenía el hocico más canoso y, que desde
la muerte de Boxer, estaba más malhumorado y taciturno que nunca.
Había muchos más animales en la granja, aunque no tantos como
se esperaban. Nacieron muchos para quienes la rebelión era una
tradición casi olvidada, transmitida verbalmente. La granja poseía
ahora tres caballos, además de Clover. Eran bestias de prestancia,
trabajadores de buena voluntad y excelentes camaradas, pero muy
estúpidos.
Ninguno pudo pasar de la letra B. Aceptaron lo que se les contó
sobre la rebelión y el animalismo, sobre todo escuchando a Clover, a
quien tenían un respeto casi filial, pero era dudoso que hubieran
entendido algo.
La granja estaba más próspera y mejor organizada; hasta habían
comprado dos franjas de terreno al señor Pilkington. El molino quedó
terminado al fin, y poseían una trilladora y un elevador para el heno.
Whymper se había comprado un coche. Pero los lujos que Snowball
prometiera a los animales —las cuadras con luz eléctrica y agua
caliente y fría, y la semana de tres días—, ya no se mencionaban. De
algún modo parecía como si la granja se hubiera enriquecido sin
beneficiar a los animales mismos; exceptuando naturalmente a los
cerdos y los perros. Había demasiados cerdos y perros. Y no es que
éstos no trabajaran. Por ejemplo, Squealer les explicó que había un
sinfín de labores y que los cerdos tenían que realizar un esfuerzo
enorme con unas cosas misteriosas llamadas “ficheros”, “informes”,
“actas” y “ponencias”. Pero ni los cerdos ni los perros producían algo
de comer, y eran muchos y tenían buen apetito
En cuanto a los otros animales, generalmente tenían hambre,
dormían sobre paja, bebían del estanque, trabajaban en el campo;
en invierno sufrían el frío y en verano las moscas. Los viejos trataban
de recordar cómo eran las cosas antes de la rebelión. Pero no
podían. Sólo Benjamín aseguraba recordar cada detalle de su larga
vida y sabía que las cosas no podían ser mucho mejor o mucho peor;
el hambre, la opresión y el desengaño era, así dijo él, la ley
inalterable de la vida.
Y, sin embargo, los animales nunca abandonaron sus esperanzas.
Jamás perdieron su sentido del honor y el privilegio de ser miembros
de Granja Animal. Y cuando sentían tronar la escopeta y veían la
bandera verde ondeando en el mástil, sus corazones se hinchaban
de orgullo y hablaban de la expulsión de Jones, los Siete
Mandamientos, las grandes batallas. Algún día llegaría la República
de los animales pronosticada por Mayor; los pies humanos no
pisarían los verdes campos de Inglaterra. Hasta Bestias de
Inglaterra, era tarareada, a escondidas, aquí y allá. Ninguno llamaba
a otro “amo”, ninguno caminaba sobre dos pies. Todos eran iguales.
Un día a principios del verano, Squealer se llevó a las ovejas a una
parcela al otro extremo de la granja y allí permanecieron durante
toda la semana. Squealer dijo que les estaba enseñando una nueva
canción.
Una tarde tranquila, cuando ya las ovejas habían vuelto de su
retiro y los animales regresaban de su trabajo, oyeron el relincho
aterrado de Clover. Se lanzaron en tropel y, entrando en el patio,
vieron lo que Clover había visto.
Era un cerdo caminando sobre sus patas traseras. Era Squealer.
Luego apareció una fila de porcinos. Finalmente se oyó el ladrido de
los perros y el cacareo del gallo y apareció Napoleón erguido sobre
sus dos patas. Llevaba un látigo en la mano. Se produjo un silencio
de muerte. Asombrados, aterrorizados, acurrucados unos contra
otros, observaban a los cerdos marchando. A pesar del terror y del
miedo a quejarse, iban a protestar, pero en ese instante, como si
obedecieran una señal, las ovejas empezaron a cantar: “¡Cuatro
patas sí, dos patas mejor! ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor!”.
Benjamín sintió que un hocico le rozaba el hombro. Se volvió. Era
Clover. Sin decir nada, le tiró suavemente de la crin y lo llevó al
extremo del granero principal, donde estaban escritos los siete
mandamientos.
—La vista me está fallando —dijo—, ¿están igual los Siete
Mandamientos?
Por primera vez, Benjamín rompió su costumbre y leyó. Allí no
había nada, excepto un solo mandamiento. que decía:
TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES
PERO ALGUNOS ANIMALES
SON MÁS IGUALES QUE OTROS.
Después de ese suceso no les extrañó ver al día siguiente a los
cerdos con un látigo en la mano, ni enterarse de que se habían
comprado un radio, que iban a instalar el teléfono y se habían
suscrito al John Bull, Tis-Bits y al Daily Mirror. No les resultó extraño
ver a Napoleón paseando con una pipa en la boca, ni cuando los
cerdos se pusieron la ropa de Jones; Napoleón apareció con
chaqueta negra, pantalones bombachos y polainas de cuero, y su
favorita lucía el vestido de seda que la señora Jones acostumbraba
ponerse los domingos.
Una semana después, una tarde, llegó una delegación de
granjeros vecinos.
Los animales estaban escardando el campo de nabos, y no sabían
a quién temer más: si a los cerdos o a los humanos.
Esa noche se escucharon fuertes carcajadas y canciones en la
casa. Los animales fueron de puntillas y espiaron por la ventana del
comedor.
Allí, alrededor de una larga mesa, estaban sentados media docena
de granjeros y media docena de los cerdos más eminentes, con
Napoleón en el lugar de honor. Jugaban una partida de naipes y
llenaban los vasos de cerveza una y otra vez.
El señor Pilkington de Foxwood se puso en pie con un vaso en la
mano.
Era para él un motivo de satisfacción —dijo— ver que las
desavenencias llegaban a su fin. Hubo un tiempo en que se miró con
recelo a aquellos respetables propietarios.
Muchos granjeros supusieron que en dicha granja habría un
espíritu de libertinaje e indisciplina, pero todas esas dudas ya no
existían, al visitar Granja Animal e inspeccionar cada pulgada con
sus propios ojos —continuó—.
¿Y qué habían encontrado? No sólo los métodos más modernos,
sino un orden y disciplina que debían servir de ejemplo para los
granjeros. Tenía la certeza de que los animales inferiores de Granja
Animal hacían más trabajo y comían menos que cualquier animal del
condado, cosa que se debería implantar en sus granjas.
“Querría terminar mi discurso —dijo— recalcando nuevamente el
sentimiento amistoso que existe entre Granja Animal y sus vecinos.
Sus esfuerzos y dificultades eran idénticos. ¿No era el problema
laboral el mismo en todas partes?”
Aquí pareció que el señor Pilkington se disponía a contar un chiste
que ya tenía preparado, por un instante le dominó la risa y al fin,
logró explicarse:
“¡Si bien tienen que lidiar con sus animales inferiores —dijo—,
nosotros tenemos nuestras clases inferiores! Y ahora, les propongo
un brindis: ¡Por la prosperidad de la Granja Animal!”.
Napoleón insinuó que él también tenía que decir algunas palabras.
Esta granja que él tenía el honor de controlar —dijo—, era una
empresa cooperativa. Los títulos de propiedad pertenecían a todos
los cerdos. Hasta entonces los animales tenían la costumbre tonta de
dirigirse unos a otros como camaradas. Eso iba a suprimirlo.
También iba a suprimir un extraño desfile que hacían los domingos
frente al cráneo de un cerdo. De la bandera verde se había eliminado
el asta y la pezuña y el nombre de Granja Animal había sido abolido
y volvería a ser el de antes.
“Señores —concluyó Napoleón—, voy a proponer el mismo brindis.
Llenen los vasos. Éste es mi brindis: ¡Por la prosperidad de la Granja
Manor!”.
Se repitió el vitoreo, los vasos fueron vaciados de un trago. Pero a
los animales que observaban desde fuera, les pareció que algo raro
estaba ocurriendo. A Clover le parecía que unos tenían cinco
papadas, otros cuatro, otros tres. Pero, ¿qué era lo que parecía
desvanecerse y transformarse? Siguieron con su partida de naipes y
los animales se retiraron.
No habían dado veinte pasos cuando de la casa surgió un gran
alboroto. Regresaron y miraron nuevamente por la ventana. Se
estaba desarrollando una violenta discusión porque tanto Napoleón
como el señor Pilkington tenían un as de espadas.
Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había
duda de la transformación ocurrida en la cara de los cerdos. Los
animales, asombrados, miraban del cerdo al hombre y del hombre al
cerdo; y, nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible
distinguir quién era uno y quién era otro.
Table of Contents
Índice
Personajes principales de la obra, por orden de aparición:
Cronología
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X

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