Peligro Concreto y Abstracto en Derecho Penal
Peligro Concreto y Abstracto en Derecho Penal
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DOI: 10.7764/R.482.4
RESUMEN: El artículo ofrece una reconstrucción de las categorías de peligro concreto y pe-
ligro abstracto como modalidades de menoscabo irreductibles a la lesión de un bien jurídico.
Tras presentar una caracterización del peligro concreto y del peligro abstracto fundada en
una redefinición de la noción general de peligro como un concepto práctico, se muestra que
la protección dispensada frente a una y otra forma de peligro puede entenderse como una
neutralización deóntica del azar situacional, para entonces introducir la distinción entre la
protección especial y la protección general de un bien jurídico individual. El trabajo se cierra
con una defensa de la categorización de los llamados “delitos de aptitud” y “delitos de efecto
cumulativo” como especies de delito de peligro abstracto.
Palabras clave: peligro concreto y abstracto, azar situacional, delitos de aptitud, delitos de
efecto cumulativo.
ABSTRACT: The article offers a reconstruction of the categories of concrete and abstract
endangerment as harming modalities that are irreducible to the actual damage of a “legal
good”. After presenting a characterization of concrete and abstract endangerment grounded
upon a redefinition of the general notion of danger as a practical concept, it is shown that
the protection provided against both forms of endangerment my be understood as a deontic
neutralization of situational luck, for then introducing the distinction between the special
and the general protection of an individual “legal good”. The article closes with a defense of
the categorization of so-called “aptitude offenses” and “cumulative harm offenses” as specific
kinds of abstract endangerment offenses.
Keywords: concrete and abstract endangerment, situational luck, aptitude offenses, cumula-
tive harm offenses.
*
Doctor en Derecho, Universidad de Bonn. Profesor titular del Departamento de Ciencias Penales, Facul-
tad de Derecho, Universidad de Chile. Dirección postal: Av. Santa María 076, Providencia, Santiago. Correo
electrónico: jpmanalich@[Link]. El presente trabajo se enmarca en el proyecto Fondecyt (regular)
Nº 1200235, del cual el autor es investigador responsable. Agradezco a Carolina Sepúlveda V. y Camila Trei-
mún C., ayudantes ad honorem del Departamento de Ciencias Penales, por su ayuda en la revisión del texto.
Vaya mi agradecimiento, asimismo, para los dos árbitros anónimos cuyas sugerencias contribuyeron, espero, a
mejorar la claridad expositiva del texto.
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Lo cual ha de traducirse en un rechazo categórico de los esfuerzos por presentar la dogmática de la parte espe-
cial como nada más que la dogmática de la parte general practicada en una “escala” diferente, de lo cual la ten-
dencia a sustituir la teoría de la tipicidad por una hipertrófica teoría de la “imputación objetiva” es una muestra
suficientemente elocuente. Para una impugnación de semejante aproximación al desafío de la “generalización”
de la parte especial, en específica referencia a la obra de Jakobs, véase Mañalich (2019a). Acerca de los criterios
de demarcación dogmática de la parte general y la parte especial desde una perspectiva técnico-jurídica, funda-
mental Fincke (1975) pp. 3 y ss., 10 y ss., 18 y ss.; véase también Tiedemann (1992).
2
Acerca de la necesidad de una auténtica parte general –qua “teoría general”– de la parte especial, véase es-
pecialmente Politoff y otros (1993) pp. 21 y ss., quienes acertadamente destacan que sus dos capítulos fun-
damentales tendrían que ser el estudio de “la técnica del tipo penal” y el análisis de “la objetividad de delito”,
esto es, de aquello en cuyo menoscabo típicamente relevante habría de consistir el injusto del respectivo hecho
punible.
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Por “objeto” (lato sensu) se entiende aquí todo aquello que, ontológicamente, tiene el carácter de un “particu-
lar” en cuanto ítem susceptible de cuantificación existencial, esto es, en cuanto capaz de ocupar el lugar de una
variable individual en una fórmula (bien formada) de la lógica predicativa.
4
Fundamental para semejante definición no-sustancialista del concepto de bien jurídico, Kindhäuser (1989)
pp. 137 y ss., 174 y ss.
5
Véase Von Wright (1963a) pp. 8 y ss., 24 y ss., quien distingue expresamente la noción de un “bien” en
cuanto objeto portador de valor “positivo”, por un lado, de la noción de una propiedad “que-convierte-a-algo-
en-bueno” (good-making property), por otro. En tal medida, la palabra “bueno” se comporta, en la terminología
favorecida por Quine (1960) pp. 100 y ss., 129 y ss., como un adjetivo “sincategoremático”, esto es, como un
adjetivo cuyo significado es variable según cuál sea la clase de objeto de cuya caracterización se trata; véase tam-
bién Kindhäuser (1989) pp. 140 y ss.
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do uso del adjetivo “saludable”, cuya conservación –relativa a un determinado estado– re-
presenta el telos de la prohibición cuyo quebrantamiento es constitutivo del delito de lesión
corporal (stricto sensu)6. Y así también, cuando usamos el sustantivo “medioambiente” para
designar el objeto de protección de un conjunto de normas de comportamiento punitiva-
mente reforzadas, lo que así se tematiza no es más que un haz de propiedades sustanciales o
relaciones de equilibrio susceptibles de ser exhibidas por uno o más componentes ambien-
tales, cuya conservación –relativa a un determinado estado– se corresponde con el telos de
esas mismas normas7.
Pero la identificación del bien jurídico protegido por la norma en cuestión no prejuz-
ga cuál sea la específica forma de menoscabo ante la cual esa norma le dispensa protección.
Para perfilar las modalidades que puede asumir el menoscabo de un bien jurídico, es usual
echar mano a la tripartición de las categorías de lesión, peligro concreto y peligro abstracto.
Por “lesión” de un bien jurídico cabe entender la alteración de un estado –intrínseco
o relacional– del objeto (lato sensu) que exhibe la propiedad positivamente valorada, resul-
tante en que ese objeto o bien deje de exhibir, absolutamente, la propiedad en cuestión, o
bien deje de exhibirla en la medida en que la exhibía hasta entonces8. El homicidio es un
delito de lesión (contra la vida), porque su consumación depende del acaecimiento de un
resultado consistente en la transformación de un estado de vitalidad (en sentido biológico)
en un estado de no-vitalidad de la víctima; y la lesión corporal también es un delito de
lesión (contra la salud corporal), porque su consumación depende del acaecimiento de un
resultado consistente en la transformación de un estado en el que la víctima exhibe, en una
determinada medida, la propiedad de ser saludable en un estado en que ella ya no exhibe,
en la misma medida, esa propiedad. A partir de este par de ejemplos debería ser claro que
la clase de los delitos de lesión no es coextensiva con la de los delitos de resultado9. Pues
nada obsta a que la consumación de un delito de cierta especie dependa del acaecimiento
de una transformación –lo cual quiere decir: de un evento constitutivo de un resultado–
que no consista en una lesión del respectivo bien jurídico10.
La evitación de menoscabos constitutivos de una lesión del respectivo bien jurídico
es la finalidad exclusiva de cada norma consistente en la prohibición de la producción de
6
Aquí se está dando por sentado que, bajo el derecho chileno vigente, las expresiones “mutilación” y “lesión
corporal” designan dos géneros delictivos diferentes: el primero, constituido por el quebrantamiento de una
norma orientada a la protección de la integridad corporal; y el segundo, constituido por el quebrantamiento de
una norma orientada a la protección de la salud corporal.
7
Al respecto, Mañalich (2006) pp. 510 y ss., con referencias ulteriores.
8
Ello dependerá de si la propiedad en cuestión es o no graduable: la propiedad de estar-vivo no es graduable,
puesto que un organismo solo puede estar vivo o no vivo, sin que pueda estar “más o menos” vivo; la propiedad
de ser-saludable, en cambio, es graduable, porque un organismo puede estar más o menos saludable, esto es,
saludable en una cierta medida.
9
Así Kindhäuser (1989) pp. 144 y ss.
10
Un ejemplo de delito de resultado de peligro concreto lo encontramos en la omisión de socorro; al respecto
más abajo, III.1. Sobre el concepto técnico de resultado, definido sobre la base de la noción de transformación,
véase Mañalich (2014) pp. 32 y ss., donde se muestra que la clase de los delitos de resultado no es coextensiva
con la de los delitos de resultado causalmente condicionado. Acerca de la distinción entre tipos de acción espe-
cificados a través de descripciones causalmente complejas, por un lado, y a través de descripciones constitutiva-
mente complejas, por otro, véase Searle (2010) pp. 36 y ss.
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Véase Mañalich (2014) pp. 34 y ss., en referencia específica a aquellas normas de prohibición y de requeri-
miento cuyo quebrantamiento es constitutivo de un delito de resultado puro.
12
Véase Kindhäuser (1989) pp. 163 y ss., 171 y ss.; más sucintamente, Kindhäuser (2008) pp. 47 y ss.
13
En tal medida, el paradigma de la agresión se encuentra internamente conectado con la adopción del esque-
ma intencionalista que es definitorio, a su vez, del modelo (metafórico) del iter criminis; para una reconstruc-
ción crítica de este modelo, que busca mostrar su inadecuación como clave para la dogmática de la tentativa,
véase Mañalich (2019b) pp. 33 y ss.
14
Kindhäuser (2008) p. 47. Acerca de la categoría de los delitos de preparación, y en contra de su pertinencia
para dar cuenta de la estructura del injusto de la asociación ilícita qua delito de organización, véase Mañalich
(2020) pp. 466 y ss.
15
Kindhäuser (2008) p. 47.
16
Kindhäuser (2008) pp. 47 y ss.
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cual depende más o menos de la casualidad que se produzca una lesión de la sustancia del
bien. Esta situación se caracteriza como el resultado de la puesta en peligro concreto del
bien jurídico afectado. Todos los demás estadios previos son estados de puesta en peligro
abstracto, entre los cuales nuevamente la organización de un grupo terrorista o la planifica-
ción del atentado presentan el menor contenido de injusto”17.
Pero como observa Kindhäuser, esta estrategia de legitimación es difícilmente plausi-
ble, desde ya porque las formas de comportamiento tipificadas como delitos de peligro abs-
tracto se distinguen, ex definitione, por no ser lesivas para el bien jurídico de cuya pretendi-
da protección se trata18. La racionalización de semejante decisión de criminalización ha de
descansar, antes bien, en la atribución de una diferente finalidad de protección a las normas
en cuyo quebrantamiento consisten los delitos en cuestión. Con ello, el desafío dogmático
no es otro que articular una concepción del peligro concreto y del peligro abstracto como
formas autónomas del menoscabo de un bien jurídico19, lo cual quiere decir: como irreduc-
tibles a la forma de menoscabo representada por un resultado de lesión20.
17
Kindhäuser (2008) p. 48.
18
Kindhäuser (1989) pp. 166 y ss.
19
En particular acerca de la autonomía del peligro abstracto qua forma de menoscabo, véase Hernández
(2016) pp. 150 y ss., 172 y ss., 180 y ss., denunciando el error categorial implicado en la tradicional caracteri-
zación de los delitos de esa clase como delitos “de peligrosidad presunta”. Acerca de esta última conceptualiza-
ción, véase especialmente Schröder (1969) pp. 14 y ss. Al respecto, véase Corcoy (1999) p. 214; en el marco
de la discusión chilena, Cabezas (2013) pp. 103 y ss.
20
Véase Kindhäuser (1989) pp. 336 y ss., destacando la falta de homogeneidad de la (genérica) finalidad de
protección de bienes jurídicos, según si esa protección es dispensada frente a la lesión, frente al peligro concreto
o frente al peligro abstracto. Para una recepción matizada de la estrategia de conceptualización de Kindhäuser
en la discusión chilena, véase Bascur (2019) pp. 567 y ss., 570 y ss.
21
Torío (1981) p. 835.
22
Para una sustentación de este planteamiento en referencia a la legitimación de normas de comportamiento
que protegen bienes jurídicos individuales, véase Mañalich (2020) pp. 102 y ss., 109 y ss.
23
Kindhäuser (1989) p. 144.
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exhibe la propiedad positivamente valorada. Así, la tarea consiste en ofrecer una definición
de las nociones de peligro concreto y peligro abstracto que, no obstante la conexión con-
ceptual existente entre una y otra con la noción de lesión, logre especificarlas como expre-
sivas de sendas formas de menoscabo que admitan ser tratadas como irreductibles a la mera
anticipación de una eventual lesión del bien jurídico del que se trate24.
Bajo la concepción alternativa favorecida por Kindhäuser, el paso argumentativa-
mente decisivo consiste en la redefinición del concepto mismo de peligro como uno de
naturaleza práctica (o “conductiva”), y no como un concepto de naturaleza teórica (esto
es, epistémica)25. Esto quiere decir que, en general, una situación ha de ser caracterizada
como peligrosa para un bien jurídico en atención al impacto que esa situación tiene en las
posibilidades de acción disponibles para la neutralización o la prevención de una lesión del
bien, desde el punto de vista de sus titulares o beneficiarios26. La distinción entre un peligro
concreto y un peligro abstracto puede así ser reconstruida en consideración a la diferente
estructura de la acción cuya ejecución sería prácticamente necesaria, en cada caso, para
preservar la integridad del bien jurídico, a saber: una acción de impedimento actualmente
“defensivo” de un daño (Schadensabwehr), por un lado, y una acción de impedimento anti-
cipadamente “precautorio” de un daño (Schadensvorsorge), por otro27.
Así, en una situación de peligro concreto el bien jurídico queda expuesto a la even-
tualidad de una lesión no intencionalmente evitable por parte de su titular o sus beneficia-
rios, en cuanto no susceptible de ser actualmente impedida en interés de la preservación de
la indemnidad del bien. Esto equivale a decir que, desde el punto de vista de su titular o
sus beneficiarios, la contingencia de la lesión del bien jurídico queda entregada al azar28, en
el sentido de que esa contingencia se presenta como incontrolable para quien o quienes tie-
nen interés en la preservación del bien. Y es la incapacidad situacional de un aseguramiento
existencial del bien jurídico lo que conlleva aquí la merma de su valor como condición o
medio para el libre desenvolvimiento de su titular o de sus beneficiarios.
24
Esto debería bastar para advertir el error categorial implicado en la todavía muy extendida pretensión de asi-
milar la distinción entre delitos de peligro concreto y delitos de peligro abstracto, por un lado, a la diferencia-
ción estructural de la llamada “tentativa idónea” ya la llamada “tentativa inidónea”, por otro; en esta dirección,
Corcoy (1999) pp. 42 y ss. Para una impugnación general de semejante asimilación, véase Mañalich (2019c)
pp. 826 y s., a propósito del problema de la determinación del inicio de la tentativa.
25
Kindhäuser (1989) pp. 201 y ss., 277 y ss.; Kindhäuser (2008) pp. 52 y ss. La naturaleza teórica del con-
cepto de peligro es asumida, paradigmáticamente, por quienes lo definen bajo una aproximación probabilística;
como ejemplo de esto último, véase solamente Soler (1992) p. 563: “Peligro es la probabilidad de que ocurra
un evento dañoso”.
26
Y no, en cambio, desde la perspectiva del agente, cuyo locus de pertinencia es, exclusivamente, la funda-
mentación de la imputación subjetiva de ese mismo comportamiento al potencial autor; véase Kindhäuser
(1989) pp. 208 y ss., 211 y ss., con nota 25., 278 y ss., 292. Esto último es pasado por alto por Corcoy (1999)
pp. 161 y s., cuando sugiere que la adopción del criterio de la “evitabilidad de la lesión” supondría confundir la
determinación de la existencia de un resultado de peligro con un juicio de “imputación objetiva del resultado
de peligro”.
27
Véase Kindhäuser (1989) pp. 205 y ss.
28
Kindhäuser (1989) pp. 205 y ss., 210 y ss. Bajo tal definición del concepto de peligro concreto, carece de
toda pertinencia el recurso al eventual carácter “causalmente inexplicable” del no-acaecimiento de una lesión
del bien.
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En cambio, una situación de peligro abstracto tiene que ser identificada con la ero-
sión de una o más condiciones de seguridad heterónoma de cuya efectividad depende que
un titular determinado o la generalidad de los titulares de un bien jurídico individual, o
los beneficiarios de un bien jurídico colectivo, puedan disponer o aprovecharse de él de
manera relativamente despreocupada29. En este contexto, por “seguridad heterónoma” cabe
entender la compensación de la adopción individual de la precaución situacionalmente ne-
cesaria para poder disponer y aprovecharse, de manera no peligrosa, del respectivo bien en
el marco de lo socialmente adecuado, en una situación en la cual esa precaución no podría
ser adoptada en lo absoluto o traería aparejada una carga desproporcionadamente gravosa
para el individuo en cuestión.
En tal medida, en una situación de peligro abstracto la contingencia de que el res-
pectivo bien jurídico se vea expuesto, eventualmente, a una situación de peligro concreto
no resulta controlable para quien pretende disponer o aprovecharse del bien en esa misma
situación. Así, la contingencia de que el bien jurídico quede expuesto a un peligro concreto
resulta entregada, desde el punto de su titular o sus beneficiarios, al azar30. En tal afectación
de la seguridad con la que una o varias personas puedan disponer o aprovecharse, de mane-
ra relativamente despreocupada, del bien jurídico en cuestión radica la merma de su valor
que es definitoria de una situación de peligro abstracto31.
Ya se sostuvo que la categoría de delito de lesión no es coextensiva con la de delito
de resultado, desde ya porque no todo delito de resultado tiene el carácter de un delito de
lesión. Ahora interesa hacer explícito que, siendo claro que como resultado típicamente
puede venir en consideración un resultado de peligro concreto, nada obsta a que, alter-
nativamente, el resultado en cuestión pueda asumir la forma de un resultado de peligro
abstracto32. La identificación del peligro abstracto para el correspondiente bien jurídico con
29
Kindhäuser (1989) pp. 273 ss., 277 y ss. Bajo tal definición del concepto de peligro abstracto, este no puede
ser confundido con la noción de una “peligrosidad estadística” que a su vez descanse en un concepto “frecuen-
tista” de probabilidad, aun cuando para la fundamentación de la “relevancia-de-daño” de la respectiva forma de
comportamiento puedan ser invocadas leyes estadísticas; al respecto, Kindhäuser (1989) pp. 229 y ss., 294 y ss.
En general sobre la concepción frecuentista de la probabilidad, véase Torretti (2007) pp. 131 y ss., 136 y ss.,
según quien “el frecuentismo identifica la probabilidad de un evento con la frecuencia relativa con que se presen-
tan, a la larga, eventos como ese entre los eventos de su clase”; Torretti (2007) p. 136. Acerca de la necesidad de
distinguir una concepción frecuentista (de base epistémica) de una concepción “propensivisita” (de base factual),
entendidas como variantes alternativas de una concepción objetivista –susceptible de ser contrastada con una
concepción subjetivista (o “bayesiana”)– de la probabilidad, véase Bunge (2011) pp. 241 y ss.
30
Véase Kindhäuser (1989) pp. 290 y ss.
31
Ello debería privar de base a la objeción, reiteradamente esgrimida contra una conceptualización del peligro
abstracto à la Kindhäuser, según la cual esta conceptualización iría de la mano de una inconveniente “subjeti-
vización” de la noción de peligro abstracto qua forma de menoscabo. Para una recepción de esa objeción en la
literatura chilena, véase Vargas (2007) pp. 302 y ss.
32
Así Kindhäuser (1989) p. 225. En la literatura chilena, y desde una perspectiva diferente, véase Vargas
(2007) pp. 390 y ss., 393 y ss., caracterizando el resultado en cuestión como una situación de “incontrolabili-
dad”, entendida como un “estado de incertidumbre normativamente desvalorado”. Véase, sin embargo, Maldo-
nado (2006) p. 33, según quien los delitos de peligro abstracto no admitirían ser caracterizados como delitos
“de peligro”, sino solo como delitos “de peligrosidad”, en razón de la pretendida impertinencia de hablar aquí
de un “resultado de peligro”; para una presentación canónica de la extendida (mas problemática) tesis según la
cual todo delito de peligro abstracto sería, al mismo tiempo, un delito de mera actividad, véase Corcoy (1999)
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pp. 68 y s. Al respecto, cabe notar que, una vez que se advierte la autonomía recíproca que exhiben el peligro
concreto y el peligro abstracto qua formas de menoscabo alternativas a la lesión, la expresión “resultado de peli-
gro” necesita ser sistemáticamente desambiguada, al igual que la expresión “peligro”: el peligro concreto y el pe-
ligro abstracto no admiten ser entendidos como especies de un mismo género; lo único que comparten, como
tales, los delitos de peligro concreto y los delitos de peligro abstracto es la propiedad (negativa) de no ser delitos
de lesión. Véase, sin embargo, Corcoy (1999) pp. 142 y s., según quien la supuesta autonomía de los bienes
jurídicos susceptibles de ser protegidos frente al peligro concreto y al peligro abstracto haría posible “formular
un concepto unitario de estos delitos”.
33
Al respecto, Mañalich (2014) pp. 32 y ss.; también Mañalich (2018a) pp. 96 y ss.
34
Valga la precisión, empero, de que no se trata de un delito de resultado causalmente condicionado, puesto
que la conexión existente entre el resultado (aquí: declarativo) y la acción cuya ejecución es delictiva (consis-
tente en prestar declaración como testigo ante un tribunal en el marco de un proceso judicial) no es de índole
causal (y así: natural), sino de índole convencional (y así: institucional); al respecto, más arriba, nota 10.
35
Para la correspondiente distinción de las nociones de acción y actividad, fundamental Von Wright (1963b)
pp. 35 y ss., 41 y ss.; véase también Vendler (1967) pp. 102 y ss. El hecho de que, ontológicamente, una acti-
vidad exhiba el carácter de un proceso explica que todo delito de (“mera”) actividad tenga, eo ipso, el carácter de
un delito permanente.
36
Véase Mañalich (2014) pp. 30 y ss., con nota 51.
37
Al respecto, más abajo, IV.2.
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no son magnitudes [Größen] en las que pueda hacerse descansar la disposición racional so-
bre bienes”38.
En esta última observación emerge la clave para lo que ahora interesa: el aprove-
chamiento racional de un bien jurídico no es compatible con que, desde el punto de vista
de su titular o sus beneficiarios, no pueda contarse con la posibilidad de impedir, actual o
anticipadamente, la contingencia de su lesión. Pues según ya se sugiriera, ello vuelve aza-
rosa la indemnidad del bien para quien o quienes tienen interés en su preservación. Y esto
vuelve (legislativamente) racional, entonces, que esa imposibilidad práctica sea normativa-
mente compensada.
En la profusa literatura filosófica dedicada al problema de la “suerte moral”39, este
es generalizadamente entendido como el problema de determinar qué incidencia –si algu-
na– puede llegar a tener el azar, entendido como aquello sobre lo cual un agente no tiene
(pleno) control40, sea en la responsabilidad que pudiera atribuirse a un agente por lo que
este hace o deja de hacer, sea en el estatus normativo predicable de lo que él hace o deja de
hacer41, sea en la asignación de una o más cargas o beneficios que, bajo algún esquema de
distribución, pudieran corresponder a alguna persona; en referencia a este último plano,
cabe hablar de un posible “azar en la distribución”42. En la medida en que la especie de
responsabilidad, deber o arreglo distributivo cuya respectiva fundamentación pueda verse
impactada por el azar tenga que ser situada en el campo del derecho, y no en el de la moral,
cabrá hablar, mutatis mutandis, de una “suerte (con significación) jurídica”43.
Una de las manifestaciones que, en cualquiera de las tres dimensiones recién diferen-
ciadas, puede exhibir el fenómeno de la suerte moral la encontramos en la llamada “suerte
circunstancial”, esto es, la suerte en cuanto a las circunstancias que conforman la situación
que brinda o niega a un agente la oportunidad para hacer o no hacer algo44. De acuerdo
38
Kindhäuser (1989) p. 293.
39
Las coordenadas de las múltiples controversias así etiquetadas fueron fijadas por las contribuciones de Wi-
lliams (1981) pp. 20 y ss., y Nagel (1979) pp. 24 y ss.; para una visión de conjunto, véase Nelkin (2019).
Desde un punto de vista jurídico-penal, el panorama más exhaustivo es el ofrecido por Burghardt (2018)
pp. 11 y ss., 33 y ss., 55 y ss.
40
Acerca de la relación entre el problema de la suerte moral y el “principio del control”, véase Burghardt
(2018) pp. 231 y ss., 377 y ss. En la literatura disponible en castellano, es especialmente apto el análisis ofreci-
do por Schleider (2011) pp. 143 y ss.
41
Siguiendo a Michael Zimmerman, podemos decir que en la primera de esas dos dimensiones el problema
consiste en dar cuenta del posible impacto del azar en el contenido y el alcance de uno o más juicios “hipoló-
gicos” –esto es, juicios de imputación–, en tanto que en la segunda, en dar cuenta de su posible impacto en el
contenido y el alcance de uno o más juicios “deónticos”; así Zimmerman (2002) pp. 554 y ss., observando que
la atención filosófica prestada al problema ha tendido a quedar confinada al ámbito de los juicios hipológicos,
descuidándose el análisis del posible impacto del azar en el ámbito de los juicios deónticos; sobre esto último,
véase Zimmerman (2006) p. 585.
42
Al respecto, y detalladamente, Lippert-Rasmussen (2018) pp. 3 y ss., con múltiples referencias ulteriores.
43
Fundamental al respecto, Enoch (2008) pp. 25 y ss., 28, 31 y ss., 38 y ss., 52 y ss., quien argumenta a favor
de la imposibilidad de ofrecer una distinción (normativamente relevante) entre el fenómeno de la suerte jurí-
dica, por un lado, y el fenómeno de la “suerte a secas” (plain luck) con implicaciones jurídicas, por otro; más
sucintamente, Enoch (2010) pp. 48 y ss.
44
De acuerdo con la seminal contribución de Nagel, como especie del género de la suerte moral la suerte cir-
cunstancial coexistiría con la “suerte consecuencial” (i.e., la suerte en cuanto a las consecuencias de lo que el
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con esta descripción, el fenómeno de la suerte circunstancial admite ser redefinido, sin dis-
torsión alguna, en el sentido de lo que previamente fuera denominado “azar situacional”45.
Con ello quedamos en condiciones de especificar el telos de las normas que prohíben for-
mas de comportamiento concreta o abstractamente peligrosas, a saber: la neutralización
deóntica de una especie de azar situacional distributivamente relevante.
La protección de un bien jurídico frente al peligro concreto o al peligro abstracto es
dispensada por normas de comportamiento de cuyo seguimiento generalizado tendría que
seguirse que su titular o sus beneficiarios puedan disponer o aprovecharse de él sin quedar
sometidos a la carga de asegurar autónomamente, y en una medida eventualmente imprac-
ticable, la indemnidad del bien46. Dado que la función de toda norma de comportamiento
es la de servir como premisa (práctica) para la fundamentación de concretos deberes de abs-
tención o de acción, las normas cuyo quebrantamiento es constitutivo de un delito de peli-
gro concreto o de peligro abstracto se orientan a la neutralización deóntica del desamparo
situacionalmente azaroso de los bienes jurídicos que, de esa manera, resultan protegidos.
Esta caracterización de la finalidad de protección respectivamente atribuible a las nor-
mas de comportamiento punitivamente reforzadas a través de la tipificación de delitos de pe-
ligro concreto o de peligro abstracto contribuye a hacer reconocible la autonomía que aquella
exhibe frente a la finalidad de protección de las normas cuyo quebrantamiento es constitutivo
de un delito de lesión para el correspondiente bien jurídico. Como observa Kindhäuser, “la
genuina dañosidad de la puesta en peligro concreto […] se encuentra en la pérdida –aun so-
lamente transitoria– de la posibilidad de disponer autónomamente sobre el bien”, mientras
que la distintiva dañosidad de la generación de un peligro abstracto radica en el socavamiento
de la confianza en que una cierta manera de disponer o aprovecharse de un bien jurídico es,
per se, suficientemente segura47. En este último nivel no se trata de que la seguridad –o aun la
confianza–, como tal, se confunda con lo protegido48, sino de que el respectivo bien jurídico
recibe protección frente a una forma de menoscabo específicamente referida a las condiciones
de su disponibilidad o aprovechamiento racionalmente controlable.
agente hace o deja de hacer), la “suerte causal” (i.e., la suerte en cuanto a las condiciones antecedentes capaces
de condicionar causalmente lo que el agente hace o deja de hacer) y la “suerte constitutiva” (i.e., la suerte en
cuanto a quién es el agente); véase Nagel (1979) pp. 24 y ss., 28 y ss. Al respecto, también Nelkin (2019)
pp. 5 y ss.
45
Véase Zimmerman (2002) pp. 563 y ss., quien asume, con todo, una definición algo más laxa de la expresión
“suerte situacional” (situational luck), según la cual esta designaría la conjunción de la “suerte circunstancial” y
la “suerte constitutiva”.
46
Para una caracterización general de las normas de comportamiento, entendidas como “reglas de coordina-
ción”, qua soluciones estandarizadas de conflictos distributivos, véase Kindhäuser (1989) pp. 146 y ss.
47
Kindhäuser (1989) p. 336.
48
Esta es, empero, una tan reiterada como equivocada objeción esgrimida contra la concepción del peligro
abstracto articulada por Kindhäuser; véase Vargas (2007) pp. 302 y ss., con referencias ulteriores. Para una
explícita postulación de la “seguridad de los bienes” como un bien jurídico diferenciado, véase en cambio Soler
(1992) pp. 559 y ss., en el contexto de su caracterización de los delitos de peligro común.
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49
Así ya Kindhäuser (1989) pp. 337 y ss.
50
De acuerdo con la concepción aquí favorecida, dos o más realizaciones de un mismo tipo-de-delito, o bien
la realización de dos o más tipos-de-delito, se encuentran en una relación de “unidad de hecho” cuando la to-
talidad de las realizaciones concurrentes puede ser conjuntamente evitada a través de la omisión o la ejecución
de una misma acción, según corresponda; al respecto, Mañalich (2018b) pp. 83 y ss. Ello no prejuzga si el
concurso así constituido ha de tener impacto penológico en la forma de un concurso ideal o si, en cambio, ha
de ser penológicamente desconocido, qua concurso aparente, en conformidad con el principio ne bis in idem; al
respecto, Mañalich (2018b) pp. 195 y ss.
51
Así Moltmann (2013) pp. 17 y ss., con la ulterior precisión de que, stricto sensu, un tropo no sería más que
la “concreta instanciación de una propiedad”. Para una muy aprovechable revisión de la bibliografía canónica a
este respecto, véase Maurin (2018) pp. 5 y ss., quien da cuenta de que las conceptualizaciones más estandariza-
das tienden a categorizar los tropos como “particulares abstractos” que, desde un cierto punto de vista, admiti-
rían ser entendidos como propiedades, en tanto que, desde otro, como objetos; al respecto, y en consideración
a los problemas de semántica filosófica asociados a la ontología de los tropos, véase también Moltmann (2013)
pp. 46 y ss. En contraste con la tesis que atribuye a los tropos el carácter de entidades ontológicamente funda-
mentales –para una objeción paradigmática, véase Armstrong (1997) pp. 22 y ss.–, aquí simplemente se hará
uso de la expresión “tropo” para hablar de una propiedad en cuanto instanciada por un objeto singularizado.
En tal medida, aquí se adopta lo que Moore aptamente ha caracterizado como una “interpretación débil” de la
noción de tropo; véase Moore (2009) pp. 338 y ss., 344 y ss.
52
Valga la precisión de que, siguiendo a Armstrong (1997) pp. 21 y ss., 38 y ss., aquí se asume una posición
“moderadamente realista” acerca de las propiedades en cuanto “universales”, según la cual no existen propieda-
des no instanciadas por uno o más objetos.
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Muy claramente en esta dirección, Politoff y otros (1993) pp. 276 y ss., 282 y ss., denunciando el “cons-
tructivismo teórico” implicado en la sugerencia de que el objeto de tutela aquí relevante tendría que ser identifi-
cado con la “función asistencial del Estado” delegada en quien se enfrenta a la persona expuesta al peligro.
54
Esto se explica por el hecho de que la estructura de una acción cuya omisión pueda resultar típica bajo el
Nº 14 del art. 494 sería, bajo la descripción aquí relevante, la de una acción destructiva del estado de peligro
concreto en el cual se encuentra la víctima. Que el resultado del delito consistente en la omisión de semejante
acción destructiva del respectivo estado de peligro admita ser identificado con la subsistencia de ese mismo esta-
do, se vuelve inteligible a través de la teoría de la acción –fundada en una correspondiente “lógica del cambio”–
presentada por Von Wright (1963b) pp. 17 y ss., 56 y ss., que descansa en un uso (estipulativo) del término
“transformación” como designativo de la sucesión de dos estados, entre los cuales podría darse, en lo que aquí
interesa, una relación de identidad. Sobre esto, véase Mañalich (2014) pp. 34 y ss.; más detalladamente, Ma-
ñalich (2018a) pp. 99 y ss.
55
Lo cual equivaldría a decir que la acción omitida por el agente admitiría ser redescrita como una acción im-
peditiva de la muerte o de una lesión corporal de la víctima, de manera tal que la omisión de esa acción pueda
ser tenida por resultante en su muerte o lesión corporal. Acerca del problema de la “causalidad de la omisión”
bajo un modelo de causalidad explicativa, véase Mañalich (2014) pp. 48 y ss., 56 y ss.
56
Al respecto, Politoff y otros (1993) pp. 278 y ss. En tal caso, el concurso entre la omisión de socorro y el
homicidio omisivo tendría que ser penológicamente desconocido en la forma de un concurso aparente, según el
criterio de la consunción, a favor de la exclusiva condena por el segundo de esos dos hechos punibles.
57
Véase Kindhäuser (2008) pp. 58 y ss., en referencia específica a los bienes jurídicos colectivos de índole ins-
titucional; en general al respecto, Mañalich (2006) pp. 513 y ss., 522 y ss. Para un planteamiento coincidente,
véase Hernández (2016) pp. 174 y ss.
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ficar contextos regulativos en los cuales tenga sentido tematizar la concurrencia en “unidad
de hecho” de la generación de un peligro abstracto y del condicionamiento de una lesión
o un peligro concreto para un mismo bien colectivo. Pero, por otro lado, y en considera-
ción a las particularidades de la protección de bienes jurídicos individuales frente al peligro
abstracto, es imprescindible diferenciar dos formas –una “especial” y otra “general”– que
puede asumir esa protección58, cuya heterogeneidad impacta directamente en el problema
ahora considerado.
La protección de un bien jurídico individual frente al peligro abstracto es especial
cuando lo protegido es el bien en cuanto objeto de una disposición o un aprovechamiento
no-peligroso por parte de un titular singularizado de ese mismo bien; su protección es ge-
neral, en cambio, cuando se trata del aseguramiento de la posibilidad de disponer o apro-
vecharse no-peligrosamente del bien jurídico (individual) por parte de la generalidad de sus
titulares. De acuerdo con la distinción previamente introducida, podemos decir que una
protección general frente al peligro abstracto es dispensada al respectivo bien jurídico indi-
vidual en cuanto “mera” propiedad, mientras que una protección especial frente al peligro
abstracto –al igual que su protección frente a la lesión o al peligro concreto– le es dispensa-
da en cuanto tropo.
Lo anterior implica que solo tratándose de un delito de peligro abstracto-especial
contra un bien jurídico individual cabe tematizar la identidad “numérica” del bien jurídico
típicamente menoscabado. De ahí que únicamente en referencia a un delito así tipificado
sea posible identificar un titular singularizado del bien en cuestión como víctima (en sen-
tido estricto), así como reconocer eficacia excluyente del injusto de ese delito al consenti-
miento que esa misma persona pudiera prestar en la exposición del bien jurídico al peligro
abstracto59. Y en lo que ahora interesa, ello se traduce en que una posible concurrencia, en
“unidad de hecho”, del condicionamiento de un peligro abstracto y de la lesión o un peli-
gro concreto para un mismo bien jurídico en sentido numérico solo pueda plantearse si la
protección que se le dispensa frene al peligro abstracto es especial.
A pesar de tratarse de un asunto interpretativamente intrincado, un ejemplo de un
delito consistente en el quebrantamiento de una prohibición que dispensa una protección
especial a un bien jurídico (individual) frente al peligro abstracto lo encontramos en aquella
variante de injuria (lato sensu) que admite ser denominada “injuria difamatoria”, y que que-
58
Fundamental, Kindhäuser (1989) pp. 294 y ss. Para una temprana sugerencia de la plausibilidad de la
distinción entre “peligro individual” y “peligro común” como modalidades de peligro abstracto contra bienes
jurídicos individuales, véase Schröder (1969) p. 23, nota 26. En la discusión chilena, la necesidad de una dis-
tinción como la aquí asumida ha sido detectada, con especial claridad, por Bascur (2019) pp. 573 y ss.
59
Así ya Corcoy (1999) pp. 203 y s., bajo una comprensión de los bienes jurídicos “supraindividuales” como
bienes de “titularidad compartida”. Ello basta para desactivar el argumento esgrimido por Kuhlen para caracte-
rizar el manejo en estado de ebriedad como un delito contra la seguridad del tráfico qua bien jurídico colectivo;
véase Kuhlen (2013) p. 4. El carácter general de la protección dispensada a la vida y a la salud corporal, qua
bienes jurídicos individuales, frente al peligro abstracto es suficiente para explicar la irrelevancia del eventual
consentimiento (“en el riesgo”) de algún involucrado en la situación típicamente relevante. Para la correspon-
diente caracterización del homicidio consentido como delito de peligro abstracto, fundada en que la ineficacia
de la declaración de voluntad de quien (autónomamente) consiente en que otro lo mate para hacer inaplicable
la prohibición del homicidio es indicativa de que esa prohibición dispensa una protección general a la vida fren-
te al peligro abstracto, véase Mañalich (2020) pp. 113 y ss., 117 y ss.
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60
En detalle al respecto, Mañalich (2020) pp. 60 y ss., 73 y ss., 82 y ss., con múltiples referencias ulteriores.
61
Ello descansa, crucialmente, en la adopción de un concepto “normativo” de honor; véase Mañalich (2020)
pp. 21 y ss., 27 y ss.
62
Al respecto, Mañalich (2020) pp. 11 y ss., 17 y ss.
63
Acerca del estatus de los delitos de aptitud como subclase de delito de peligro abstracto, véase más abajo,
IV.1.
64
Véase Mañalich (2020) pp. 21 y ss., 63 y ss.
65
Del cual la calumnia constituye una especie calificada; véase Mañalich (2020) pp. 67 y ss. Acerca de las im-
plicaciones que ello tiene para la reconstrucción del régimen de la exceptio veritatis, Mañalich (2020) pp. 90 y
ss., 96 y ss.
66
Para un agudo planteamiento del problema, aunque desde premisas dogmáticas solo parcialmente coinci-
dentes con las aquí favorecidas, véase Bascur (2019) pp. 577 y ss. En la discusión española, véase especialmente
Corcoy (1999) pp. 355 y ss.
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67
Que el criterio pertinente sería el de consunción, y no el de especialidad, se sigue del hecho de que entre los
tipos de la injuria stricto sensu y de la injuria difamatoria existe una relación lógico-semántica de interferencia, y
no de inclusión: no toda injuria stricto sensu es constitutiva de injuria difamatoria, puesto que una injuria stricto
sensu puede asumir, alternativamente la forma de una injuria expresiva (y no “imputativa”), en circunstancias
de que una injuria difamatoria solo puede ser perpetrada a través de una imputación informal. Nótese, con
todo, que si en nuestro ejemplo la injuria stricto sensu fuera, a su vez, constitutiva de calumnia, entonces tanto
el concurso aparente entre la calumnia y la injuria stricto sensu como el concurso aparente entre la calumnia y la
injuria difamatoria resultarían fundamentados por el criterio de la especialidad.
68
De ahí que un peligro abstracto-general, así entendido, se corresponda con la primera de las formas que,
según Feinberg (1984) pp. 222 y s., podría exhibir un “daño público”, a saber: un daño generado “por una acti-
vidad generalmente peligrosa que no amenaza a persona alguna susceptible de ser nombrada de antemano, pero
casi a cualquiera que llegue a estar en posición de ser afectada”.
69
Véase Kuhlen (2012) pp. 226 y ss.
70
Kuhlen (2012) pp. 227 y ss.; específicamente acerca del recurso a la tipificación de delitos de efecto cumu-
lativo en el contexto del derecho penal medioambiental, fundamental Kuhlen (1993) pp. 711 y ss. Acerca de la
categoría de los delitos de efecto cumulativo, véase Maldonado (2006) pp. 47 y s.; también Mañalich (2006)
pp. 514 y ss., donde se los caracteriza, empero, como auténticos delitos de peligro abstracto; al respecto, más
abajo, IV.2. Acerca de la categoría de los delitos de preparación, véase más arriba, nota 14.
71
Fundamental al respecto, Schröder (1969) pp. 22 y s., caracterizándolos como una “auténtica combinación
de elementos de peligro abstracto y concreto”. Esto último se explica por la particular comprensión de la distin-
ción entre el peligro abstracto y el peligro concreto que asumiera Schröder, según quien “[los] delitos de peligro
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que tienden a ser identificados con una subclase de delito de peligro abstracto72. Para ad-
vertir por qué esta última categorización es acertada, es necesario desentrañar en qué puede
consistir semejante “aptitud” como marca típicamente relevante.
Siguiendo a Kindhäuser, el carácter abstracto de la “relevancia-de-daño” (Schaden-
srelevanz) exhibida por una forma de comportamiento en cuya realización consiste un
delito de aptitud se funda en que todo comportamiento que realiza el correspondiente
tipo-de-delito tendría que resultar –con arreglo a una o más leyes causales– en la lesión del
respectivo bien jurídico, bajo la condición de que el comportamiento tuviera lugar en cir-
cunstancias que configurarían un “campo causal” adecuado para el condicionamiento de la
lesión del bien73. Con ello, la relevancia típica del respectivo comportamiento dependería
de que este exhiba la disposición de ser concretamente peligroso para el bien jurídico con
cargo a la hipotética concurrencia de circunstancias que pudieran acompañar, más o menos
“normalmente”, al aprovechamiento del bien protegido por parte de su titular o sus benefi-
ciarios, mas sin que la efectiva concurrencia de esas circunstancias condicione la realización
del tipo-de-delito74.
Justamente porque el respectivo tipo-de-delito hace abstracción de las circunstancias
en las cuales el comportamiento habría de resultar en un peligro concreto para el bien pro-
tegido –esto es, en una situación en la cual la contingencia de su lesión quedaría entregada
al azar–, un comportamiento que realice el tipo no exhibirá más que una aptitud abstracta
para la lesión del bien75. Esto sustenta la clasificación de los delitos de aptitud como una
subcategoría de delito de peligro abstracto76, cuya particularidad radica en que la constata-
ción de la realización del tipo en cuestión exige la comprobación de que la erosión de una
o más condiciones estandarizadas de seguridad heterónoma tuvo lugar en una situación en
la cual, de haber sido azarosamente diferentes las circunstancias concomitantes, el bien ju-
abstracto son aquellos en los cuales los elementos de la peligrosidad han sido determinados por la ley misma,
mientras que en los delitos de peligro concreto al juez es transferida, en el caso singular, la decisión acerca de si
se ha generado un peligro”; así Schröder (1969) p. 18.
72
En la literatura alemana, véase Kuhlen (2012) pp. 226 y s.; así también Roxin (1997) § 11/127. En la doc-
trina española, es fundamental la contribución de Torío (1981) pp. 827 y s., 832 y s., 838 y s., quien favore-
ciera su denominación como “delitos de peligro hipotético”. En la discusión chilena, véase Maldonado (2006)
pp. 49 y s.; Hernández (2016) p. 179; Londoño (2019) p. 422.
73
Fundamental al respecto, Kindhäuser (1989) pp. 238 y ss., 293 y s. Por “campo causal” cabe entender el
conjunto de circunstancias antecedentes, tenidas por no necesitadas de explicación, de cuya presencia depende
que el acaecimiento de un evento de cierta clase pueda ser explicado, en conformidad con algún conjunto de
leyes causales, a través de la invocación de aquello que, en tal medida, es identificado como causa de ese evento;
véase Mañalich (2014) pp. 46 y s., con referencias ulteriores.
74
Kindhäuser (1989) p. 293.
75
Que semejante relevancia-de-daño sea dependiente de la hipótesis de la efectividad de circunstancias cuya
presencia, empero, no es condición necesaria de la realización del tipo, explica que los delitos de aptitud tradi-
cionalmente hayan sido etiquetados como “de peligro hipotético”. Véase Maldonado (2006) p. 49.
76
Muy claramente, Torío (1981) p. 838, según quien para la realización del tipo de un delito “de peligro hi-
potético” sería “necesaria, aunque también suficiente, la ejecución de una acción peligrosa, idónea para producir
un peligro para el bien jurídico protegido”, de manera tal que lo distintivo de semejantes delitos sería que “[l]a
imposibilidad de la producción del peligro excluye en ellos la tipicidad”.
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rídico habría quedado enfrentado, sin más, a un peligro concreto, y así a la contingencia no
controlable de su eventual lesión.
77
Afirmativamente, ya Kindhäuser (2008) p. 41, quien observa que el rendimiento dogmático de la postu-
lación, entre otras, de los “delitos de acumulación” como una categoría pretendidamente autónoma “es cierta-
mente bajo, pues no pocas veces la clase de peligro depende de la clase del bien jurídico afectado, de manera
que tras la división se esconden, más que modalidades generales de delito, las peculiaridades de los bienes jurí-
dicos afectados”.
78
Kuhlen (2012) p. 227.
79
Kuhlen (2012) pp. 227 y s.
80
Al respecto, véase más arriba, IV.1.
81
Feinberg (1984) pp. 225 y s., quien habla de “daños acumulativos”.
82
Fundamental al respecto Hoerster (1975), pp. 57 y ss., 67 y ss.
83
Hoerster (1975) p. 60.
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En palabras de Kindhäuser (1989) p. 230, la eventual prohibición de un comportamiento que exhiba se-
mejante “relevancia-de-daño general” tendría que fundamentarse en el hecho de que ese comportamiento, “en
razón de sus propiedades, pertenece a una clase de formas de comportamientos que con una frecuencia signifi-
cativa tiene como consecuencia el menoscabo de un bien jurídico”.
85
Valga la observación de que Hoerster mismo apunta que, en la literatura especializada, por “principio de ge-
neralización” tiende a entenderse el segundo de los dos estándares por él diferenciados; véase Hoerster (1975)
pp. 60 y s., 67.
86
Hoerster (1975) p. 58: “Son las consecuencias acumulativas de una serie de acciones singulares las que pueden
ser caracterizadas como no deseables. Cada acción individual, considerada en sí misma, es decir, aislada de las otras
acciones de naturaleza similar es, por el contrario, inofensiva”. Véase, asimismo, Feinberg (1984) p. 226.
87
Así Silva (2001) pp. 132 y ss. En la misma dirección, Carnevali (2000) pp. 141 y ss., 145 y ss.; Bascuñán
(2008) pp. 23 y s., con nota 30.
88
Véase Kindhäuser (1989) pp. 233 y ss.; al respecto, más arriba, nota 29.
89
Al respecto, más arriba, II.2. y II.3.
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que la mayor parte de quienes pudieran tomar parte en la correspondiente práctica cumula-
tivamente lesiva preferiría, sin embargo, no adoptar90.
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90
En este sentido, Mañalich (2006) pp. 517 y ss., con una propuesta de refutación de la objeción, reiterada-
mente esgrimida contra la tipificación de delitos de efecto cumulativo, según la cual una punición a este título no
podría sino descansar en una vulneración del principio de culpabilidad, en la medida que a la condena respectiva
subyacería la imputación de un (hipotético) “injusto ajeno”. Véase Silva (2001) pp. 132, 134 y s.; Alcácer (2002)
pp. 13 y s.; en la discusión chilena, Carnevali (2000) pp. 144 y s. La objeción se sustenta en una confusión de la
fundamentación de la norma de comportamiento cuyo quebrantamiento resulta punible, por un lado, y los presu-
puestos de la imputación de su quebrantamiento, por otro. Como aquí, ya Kuhlen (1993) pp. 718 y s.
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