Feminismo y Patriarcado: Teorías y Evolución
Feminismo y Patriarcado: Teorías y Evolución
TEXTOS:
- MUJER Y CONSTITUCIÓN. LA
CONSTRUCCIÓN JURÍDICA DEL
GÉNERO.
- CONTRATO SEXUAL.
1.-TEORÍA DEL ESTADO EN CLAVE FEMNISTA.
C. Molina Petit atribuye la incorporacion del termino “patriarcado” a la teoria feminista, a la autora K. Millet, quien la utiliza en 1960
para evidenciar el poder de los hombres sobre las mujeres en la sociedad. A partir de esa fecha, el término se muestra útil para
designar de forma genérica el poder de sumisión que sufren las mujeres.
Aunque hoy prácticamente nadie defiende que haya existido nunca en la realidad histórica un sistema de matriarcado, algunos
autores como Engels han defendido la existencia de un hipotético matriarcado comunista anterior al capitalismo, cuya base científica
por otra parte nunca intentó demostrar.
Acerca del patriarcado se ha producido una ingente literatura que sirve para poner de manifiesto la imposibilidad de obtener, desde
una posición científica más o menos precisa, cuál ha sido su origen histórico. Se dice que habría sido un modo de producción en el
que se insertaría a su vez cualquier otro modo de producción, primitivo, esclavista, feudal, o capitalista. Sería entonces el primer
modo de producción que inaugura la explotación sexual. En segundo lugar, el patriarcado se contempla no como un modo de
producción, sino como una organización autónoma, aunque vinculada a los modos de producción. Y en tercer lugar, se apunta la
posibilidad de que el patriarcado no sea un hecho histórico sino simulado.
Algunas de estas teorías se basan en investigaciones antropológicas de algunas tribus que demostrarían que ha habido un paso
histórico del matriarcado al patriarcado. En todo caso, y con independencia de cuál haya sido su origen, el patriarcado ha tenido
como consecuencia la subordinación histórica de las mujeres, ejerciendo y manteniendo un sistema de dominación, capaz de
reproducir ideológicamente. Desde esta posición definida como una diferencia social determinada por el género, la función que el
feminismo atribuye al patriarcado es la de dominación ideológica que obstaculiza e impide la igualdad.
De alguna manera el patriarcado se asimilara al concepto de superestructura que el marxismo define como reproducción de las
condiciones de producción. Incluso el marxismo, no sin ciertas dificultades e inexactitudes, pretende vincular el patriarcado a la
aparición del capitalismo, y le hace correr su misma suerte. Desde posiciones feministas se ha negado contundentemente esta
afirmación y se ha dicho que esa coincidencia no existe. De ahí se deriva también una importante consecuencia: si el patriarcado no
es coincidente en sus causas con el capitalismo, tampoco será posible resolverlos históricamente en unidad de acto.
En la actualidad el patriarcado tiene importantes limitaciones como consecuencia de la adquisicion de los derechos de las muejeres,
como el divorcio, el aborto y otras medidas liberalizadoras para la mujer. De ahí que busque otros factores de legitimación.
Sin embargo, y pese a que el término “patriarcado” soporta una connotación peyorativa muy similar a la de “feminismo”, se
manifiesta muy funcional al analizar la dominación social a la que se encuentran sometidas las mujeres. Cuando se trata de buscar
soluciones a la igualdad, aparece con nitidez esa situación hasta el punto de que evidencia como todo sistema de dominación crea un
dilema al oprimido: las reivindicaciones de igualdad lo absorben en el sistema, y los de la diferencia lo marginan.
El término feminismo es polisémico y designa una realidad muy plural. Se habla de teoria feminista para designa una realidad muy
plural. Se habla de teoria feminista para designar en general cualquier planteamiento teorico que reivindique la igualdad para la
mujer. Pero también se refiere a cualquier actitud o pensamiento diferenciado de las mujeres, cuando su acción o pensamiento
conllevan una impugnación de la realidad para conseguir su equiparación social.
El término feminismo ha adquirido por lo tanto una amplitud que hace necesario desde el derecho dotar de sentido al término para,
entre otras muchas cosas, intentar despojarlo de esa carga peyorativa con la que determinadas concepciones sociales pretenden
privarlo de valor, intentando identificarlo con grupos sociales minoritarios y hasta marginales, que están fuera de la realidad, una
realidad que ya habría erradicado la desigualdad y haría innecesario un planteamiento reivindicativo de los derechos de las mujeres.
No se puede establecer un momento histórico preciso acerca del surgimiento de una teoría del feminismo, porque en cualquier
situación histórica ha existido subordinación de las mujeres, y se ha reivindicado la igualdad, pero seguramente si entendemos por
feminismo un movimiento organizado con finalidades específicas de consecución de objetivos comunes, hayamos de referirnos a la
época de la Ilustración. Y en este sentido hay que destacar que precisamente el feminismo como teoría política va ligado
negativamente a la Ilustración. La formación del concepto de individuo, sujeto y ciudadano, que en un primer momento
revolucionario surge en Francia sin adscripción sexual específica, pronto se ve materializada en el hombre, sin que la mujer, que
había participado activa e intelectualmente en este proceso revolucionario, pudiera compartir los logros de la Revolución.
De la misma forma que la evolución del feminismo no se ha estudiado por la doctrina desde una división en etapas más o menos
justificadas, tampoco las teorías feministas parecen haberse ajustado con excesivo rigor a una metodología precisa.
Se admiten por lo general tres teorías acerca del feminismo, dos de ellas se relacionan de forma directa con teorías generales del
pensamiento, el liberalismo y el socialismo, y una tercera que sería específica del feminismo. Aisladamente también se han
clasificado en cuatro;
1. liberalismo,
2. marxismo,
3. socialismo y
4. feminismo radical.
Y hoy ya hay una importante diversificación de las teorías feministas en torno a los conceptos de identidad y diferencia hasta el
ecofeminismo o el feminismo cultural que surgen en torno a la década de los 70). Tambien, como decimos, son imprecisas las etapas
que se marcan en la evolución del pensamiento feminista. Una primera que iría desde la consecución del derecho de sufragio en la
mujer hasta los años sesenta, una segunda etapa que surgiría de las intelectuales americanas (B. Friedan), y europeas (S. de
Beauvoir), y finalemnte una tercera etapa que coincidiria con el pensmaiento feminista actual.
Sin embargo, esta división en tres etapas es claramente insuficiente para dar cuenta de toda la historia del feminismo. En esta
escasa división se pierde el origen mismo del feminismo, que no puede confundirse con el derecho de sufragio, que es precisamente
una conquista que cuesta más de cien años a este movimiento, así como muchas de sus posiciones, algunas de ellas muy
importantes, sobre todo el feminismo de la diferencia y el feminismo de la identidad, que derivan a soluciones muy distintas, y que
surgen también en diferentes momentos en unas y otras corrientes de pensamiento: psicoanálisis, deconstruccionismo, liberalismo,
marxismo.
De ahí que adquiera una cierta trascendencia estudiar con algún detalle como se podría considerar estas diferentes etapas y
conforme a qué criterios podrían establecerse, de manera que pueden dar cuenta de la realidad de como se ha configurado el
feminismo en nuestra Historia.
Con independencia de cual sea el criterio sobre el que se base la construcción de ese número de etapas, los hechos históricos que
han sido trascendentales en la evolución del feminismo no dan lugar a controversia. Hay una coincidencia general en que los
orígenes del feminismo como reflexión consciente de las mujeres está ligado a la Ilustración y a las figuras históricas de
Wollstonecraft y Olympe de Gouges. En lo que se refiere a momentos históricos precisos, la Declaración de Séneca Falls de 1848, y
la consecución del voto para la mujer en diferentes momentos históricos en cada Estado, son también etapas que impulsan el
desarrollo del feminismo. Finalmente, el reconocimiento internacional de los derechos de la mujer en los textos politicos implica sin
duda un importante avance de la teoria feminista.
1. TEORÍAS LIBERALES.
Lo que se ha llamado feminismo liberal está en el origen mismo de la teoria feminista, y coincide con el momento historico
del desarrollo de las teorias liberales que condicionan el pensamiento politico del S. XIX. Se liga comunmente el incio de la
teoria politica feminista a la Ilustracion del S. XVIII, y a la época del Iluminismo que en Europa tiene un punto de inflexión
en la Revolución Francesa. Antes hay importantes documentos sobre la desigualdad de la mujer, pero seguramente la
primera construcción teórica que es reconocida como el inicio de la reivindicacion feminista es la obra de Wollstonecraft.
Aunque de nacionalidad inglesa, viajó a Francia en plena Revolución Francesa, y allí conoció las ideas de Rousseau sobre
la “sofía” que contradijo en su obra Vindicación de los derechos de la mujer.
En EE.UU. el primer movimiento feminista surge en 1840, diez años antes que en Inglaterra, y se materializa en la iniciativa
de 19 de Julio de 1848 con la Declaracion de Séneca Falls. Su relacion con los movimientos aboliconistas confiere al
movimiento feminista americano ciertas caracteristicas propias y mayores posibilidades de exito que el europeo.
La Declaracion de Seneca Falls supuso un punto de partida para el lanzzamiento de una reivindicacion de las mujeres que
mantiene hasta un lenguaje comun con la esclavitud. Sin embargo, la Decimocuarta Enmienda introducida en 1868, por la
que se reconoce el derecho de sufragio a los negros, dejará a las mujeres sind erecho al voto.
El Iluminismo por su parte postula la razón como método de análisis de la realidad lo que le obliga a razonar sobre la
desigualdad de la mujer. Contra lo que pudiera parecer, Rousseau no mantuvo una teoría biologista sobre la desigualdad,
sino que basó la subordinación de la mujer en razones históricas. Esto nos llevaría a la conclusión de que desde el
racionalismo la desigualdad no estaría legitimidad. Pero la mujer en ese estadio presocial, se ha diferenciado del hombre
porque no controlaba sus pasiones, lo que repercute directamente en él. De ahí la necesidad de un pacto de sujeción a las
mujeres. Y desde el momento en que en ese pacto de sujeción que el matrimonio exige para control de las pasiones de
hombres, el sujeto político del contrato social es solamente el hombre, la mujer es apartada de los derechos sociales y
políticos, y supeditada al hombre.
Se ha culpado al liberalismo, y con razón, de no integrar a las mujeres en el reconocimiento de los derechos que hicieron a
los hombres ciudadanos libres. Y en la medida en que se le negó a la mujer en ese momento histórico la posibilidad de ser
sujeto, se la privió también de su propio discurso, y se la obligó a realizar su vida a través del pensamiento de los hombres.
De ahí que las relaciones entre el feminismo y la Ilustración hayan de interpretarse de forma dialéctica, en la medida en
que, si bien es cierto que la Ilustración nunca aceptó la igualdad de la mujer, la construcción del sujeto trajo de manera
inevitable la construcción del género.
La negativa a considerar iguales a los hombres y mujeres en ese momento se basó fundamentalmente en la superioridad
física de los varones, que determina diferencias en la educación. Sin embargo, las feministas del momento pondrían de
relieve la errónea percepción de Rousseau de que a diferente capacidad física deba seguir una diferente educación.
Precisamente porque algunas de las incapacidades que se atribuyen a las mujeres son solamente consecuencias de una
incorrecta educación es por lo que se hace necesario equiparar a ambos sexos, como medida necesaria para conseguir un
cambio en la situación de las mujeres. Y la medida más importante que se considera entonces necesaria para la igualdad
es la extensión del derecho de sufragio a las mujeres, que traería consigo una tal equiparación en los derechos. Este es el
elemento considerado más importante de la desigualdad, que una vez eliminado permitirá su acceso a la igualdad social y
política.
En este contexto se desarrollan las teorías de J. S. Mill, que sirven de cobertura ideológica a los clubes feministas
franceses, y a los movimientos sufragistas ingleses y americanos. Es una concepción liberal y burguesa, que revisa los
postulados de la Ilustración y de la Revolución Francesa, ampliando el contrato social a las mujeres. Pero el reparto social
ya estaba hecho y desde el liberalismo se mantiene a la mujer en el ámbito doméstico, mientras que los hombres
adquieren el status de ciudadanía. Esta dicotomía divide en dos espacios la vida, dejando a la mujer en la vida privada y al
hombre en la pública. De esta forma, uno de los puntos de conflictividad entre el liberalismo y el feminismo viene
determinado ya desde el origen mismo de esta filosofía política. Por ello, al hablar de un feminismo de corte liberal hay
que tener en cuenta que el feminismo critica esto del liberalismo ya desde su orígenes. El pacto o contrato social ha
excluido a las mujeres, así que la crítica que el feminismo hace al liberalismo la hace desde el propio liberalismo, como una
parte de él, y no como otra ideología.
Como ha señalado certeramente C. Pateman, la diferencia que separa a las feministas del pensamiento liberal se
encuentra fundamentalmente en la falta de acuerdo sobre lo que significa lo público y lo privado. Para los liberales, lo
privado no forma parte de la política. Ahora bien, las mujeres han sido históricamente confinadas a lo privado. De ahí que
sea esencial para el feminismo integrarlo en la política, de cara a la superación de la desigualdad, que sólo es posible
cuando se integre lo privado en lo público, porque sólo entonces las mujeres podrán acceder a lo público.
2. TEORÍAS MARXISTAS.
La teoría marxista del Estado no formuló posiciones específicas respecto de la situación de la mujer en relación con la
opresión del Estado. Posteriormente, algunos marxistas intelectuales han considerado la posibilidad de enlazar el análisis
marxista de clase con el de género. Pero en el marxismo, a diferencia de la clara formulación en términos de clase social,
no hay una teoría del patriarcado, ni se plantea como doctrina en ningún momento la desigualdad derivada de la diferente
posición de los hombres y las mujeres en la sociedad. Ambos se liberaran a partir de la revolución obrera, capaz de crear
un orden nuevo, en el que no se contempla la posición de la mujer en la producción social. Solamente desde la
impugnación del orden establecido puede Bebel considerar la humillación de la mujer como sujeto oprimido.
La aparicion del marxismo como teoria revolucionaria en la politica planteó un analisis inicial de la cuestion feminista, que,
si bien no resuelve como veremos el problema teorico de la desigualdad derivada de la condicion sexual, integra la
liberacion de la mujer en el contexto de la liberacion de clase social. Precisamente en el análisis del capitalismo y la mujer
se produce el mayor desencuentro entre feministas y marxistas. El capitalismo no crea la desigualdad de la mujer,
presente en todo modo de producción históricamente anterior. Por tanto, esta desigualdad no puede desaparecer de forma
colateral al capitalismo, como una consecuencia necesaria o efecto indirecto. S. Robwotham ha señalado como el
capitalismo si contiene una contradicción peculiar respecto de otros medios de producción, y es que, al dividir el trabajo y
el hogar, genera una necesidad contradictoria, la mujer va a trabajar pero además va a atender a la familia.
Es precisamente esta insuficiencia del análisis marxista lo que hace derivar al feminismo del S. XX a una reivindicación
particularmente relacionada con la condición sexual, y la convierte en una teoría propia, la de la mujer como clase,
sometida al patriarcado. Se ha atribuido a Marx un descuido, intencionado o no, acerca de la cuestión femenina, que habría
sido abordado de forma tangencial por el marxismo a través de Engels y de Bebel. En la medida en que ven a la familia
como una consecuencia de la propiedad privada, la desaparición de la familia tendrá que ser una consecuencia necesaria
de la abolición de la propiedad privada por el Estado.
En cuanto a la construcción de Engels, las posibilidades no son esencialmente distintas, la solución a la desigualdad de la
mujer no depende de su propia condición sino de la solución global, lo que la priva de su condición de sujeto histórico.
Del mismo modo Bebel considera que el trabajo para la mujer produce perjuicios insuperables para la familia de los
obreros, las disgrega y degenera y aumenta la mortalidad infantil, lo que no proporciona una base excesivamente sólida
para unir la lucha de la igualdad social con la igualdad sexual.
Suele olvidarse, sin embargo, el papel que las socialistas utópicas han desempeñado en el feminismo, F. Tristán no solo
elaboró una importante teoría acerca de la desigualdad, sino que basándose en la obra de Wollstonecraft, a quien conoció
bien, fue la primera en hablar de los derechos fundamentales de las mujeres, hoy reactualizados. Pero no fueron estas
pensadoras las que impusieron en su momento en la práctica política del marxismo, lo que relegó bastante este
pensamiento diferenciado respecto de las mujeres en el proceso revolucionario marxista. Ahora, en estos momentos, el
declive de la teoría marxista actual ha relativizado bastante la dialéctica marxismo-feminismo, reduciendola a una relación
poco menos que de puente para abordar otras teorías feministas más actuales. Y es en la elaboracino actual de las tesis
feministas donde se ha intentado, por parte de algunas autoras, la conexion del analisis marxista con el feminista.
Para ello se han intentado diversas opciones, una de ellas ha sido ensanchar el concepto de producción y unirlo al de
reproducción, de forma que hubiera dos infraestructuras, la de la producción y la de la reproducción, entendida esta última
como el proceso económico a través del tiempo que contribuye a reforzar la alineación. A esta idea responde la
construcción del concepto de “sistema dual” en las relaciones sociales, que intenta explicar la opresión de la mujer
mediante la adición entre el capitalismo como modo de producción, y el patriarcado como modo de reproducción.
También ha habido una aportación importante del psicoanálisis a algunas de estas teorías marxistas. En el psicoanálisis,
igual que en el marxismo, se produce una ambivalencia respecto del género. Corresponde a J. Mitchell sin duda tiene el
mérito de adaptar al feminismo la teoría del psicoanálisis. Y es importante la aportación del psicoanálisis al feminismo
porque pone en cuestión el orden simbólico, que utiliza el patriarcado en su reproducción.
En realidad las aportaciones del psicoanalisis al marxismo han sumado elementos para la creación de una teoria feminista
de la historia. Pero seguramente todavía no es el momento de poder llegar a una construcción de esa teoría que pueda
sintetizar las aportaciones del feminismo socialista. Sobre todo porque hay diferencias de momento insuperables en el
análisis de las soluciones. El feminismo para Mitchell no puede generar un proceso revolucionario por las propias
condiciones materiales en que se desenvuelve. Desde esta posición, la solución que desde el marxismo se considera clave,
la apertura de un proceso revolucionario no es posible como parte de la solución al problema de la liberación de la mujer.
Por otra parte, las marxistas son conscientes de la relatividad de la actual concepción revolucionaria del marxismo y de
sus posibilidades actuales. A los nuevos análisis hay que añadir nuevos sistemas de lucha revolucionaria que no se agoten
en un acto de toma de poder. Esta realidad acerca el feminismo al marxismo, en cuanto constituye una parte de las
transformaciones necesarias en la sociedad que comprenderán cambios más profundos, pero demosmentizados de ese
proceso revolucionario ahora impensable.
En definitiva puede decirse que tanto feminismo como marxismo son teorías de la desigualdad social, que comparten un
análisis basado en la alienación (de clase, de género), de grupos sometidos al dominio (de la clase dominante, del
patriarcado), cuya reproducción permite la perpetuación y el dominio.
En el periodo de entreguerras el feminismo decae. Para algunas autoras ese declive obedece a un movimiento de inflexión lógico al
obtener las sufragistas en la generalidad de los países el derecho al voto, sobre el que gravitaba una buena parte de las
reivindicación feministas. Pero hay sin duda circunstancias políticas y económicas que tienen una gran influencia en esa situación.
Lo que se ha considerado como el segundo hito importante del feminismo (segunda ola), surge en EE.UU. de manos de B. Friedan y
su obra acerca de la mística de la feminidad. Las consecuencias de la segunda guerra mundial, el regreso de la mano de obra
masculina y la separación de las mujeres que ya habían iniciado su entrada en la actividad profesional produjeron una importante
reflexión en las mujeres americanas, acerca de su papel en la sociedad. A mediados de la década de los sesenta se sitúa esa llamada
segunda ola, que consiste en dar un paso adelante en el proceso de análisis de las causas que originan el malestar de las mujeres.
Ese malestar es causa directa de la función que la mujer realiza en las sociedades industriales y su falta de integración en la
sociedad, supeditadas a la profesión y al status social de sus maridos.
A diferencia del mundo de los hombres, las mujeres cuando crecen, no tienen un modelo profesional en el que puedan mirarse para
realizar sus aspiraciones. Por otra parte, la educación mixta en las universidades se orienta en el hombre a un futuro y en la mujer a
una ruptura posterior, que le hace abandonar su formación, con la pérdida total del esfuerzo realizado en su juventud. De ahí surge
ya, aunque el desarrollo vendrá muy posteriormente, un intento de diferenciación de la mujer, de separación, de ese mundo
impuesto por el sistema de dominación patriarcal y con el que no se identifica. Ante la imposibilidad de un modelo de sociedad
integrador, de una parte el liberalismo que niega la condición de sujeto a la mujer, de otra parte el marxismo que considera como
factor de desigualdad solamente la clase, y ante la imposibilidad de adscripción teórica del feminismo a ningún concreto modelo de
pensamiento científico, se perfila una posición que más tarde se desarrollará con el genérico nombre de feminismo de la diferencia.
Desde la Segunda Guerra Mundial se produce un importante aumento de la natalidad y una exaltación de la feminidad. Es lo que
llama B. Friedan la mística de la feminidad. Y ante el progresivo aumento de formación de las mujeres, que para cumplir su papel de
esposas y madres han de abandonar su carrera, se empieza a considerar una profesión ser ama de casa con un importante apoyo de
la publicidad.
Esta regresión en el proceso histórico de progresiva incorporación de la mujer a la sociedad, que se produce tanto en EE. UU. como
en Europa, pronto tendrá una contestación intelectual, que es la génesis de una nueva etapa, lo que se ha llamado impropiamente
segunda ola del feminismo. Retomando los planteamientos del S. XIX respecto de la reivindicacion del derecho de voto para la
mujer, asume ahora las reivindicaciones de los nuevos tiempos, como la incoporacion al mercado de trabajo, los derechos de aborto,
y en algunas legislaciones mas retrasadas, de divorcio.
En Francia, es S. de Beauvoir quien personifica esta nueva etapa con la publicacion de su obra El segundo sexo, donde analiza, desde
un punto de vista filosofico-biologico, como en la mujer se genera una alteridad respecto del hombre, que no tiene ninguna
justificacion biologica. Ciertamente hay una desigualdad biológica que condiciona además a la mujer en el sentido de exigirle tareas
reproductoras y una cierta inferioridad física, pero de ahí no se infiere como consecuencia necesaria la inferioridad, sino solamente la
diferencia. Muy al contrario, la diferencia es solamente cultural, y obedece al desarrollo de un modelo que ha adjudicado diferentes
funciones a los dos sexos. Esto no implica una infravaloración de los elementos biológicos de la mujer, con independencia de que lo
que no es permisible extraer de ahí es la consecuencia de que ante la diferencia se produce una jerarquización. La fisiología no puede
fundamentar valores.
Además, la mera inferioridad física de la mujer tampoco sería relevante porque la técnica puede anular esa diferencia. De manera
que la mujer resulta ser una construcción social que comprende los elementos biológicos más los elementos culturales. Y ahí se
presentan las verdaderas dificultades para la igualdad. Marginada del mundo del conocimiento, de la cultura, de la producción y de
lo público, de la política. Consecuencia de ello es una mujer que se ha construido en base a un conocimiento reducido de la realidad.
El resultado es su dependencia en lo económico, en lo social, pero también en lo personal.
Por lo tanto la propuesta para la igualdad es clara: educar a la mujer en las mismas exigencias que los hombres. De la aplicación de
esa igualdad se desprendieron las lógicas consecuencias beneficiosas para la humanidad. Exigir igualdad es aceptar las categorías
del patriarcado y extenderlas sin más a las mujeres, así que debe elaborarse un concepto de ciudadanía sexualmente diferenciado.
Extender a lo público lo que es de las mujeres, niños y hogar. La superación de esta dicotomía es formulada por C. Mouffle, que
considera que el sexo no debe ser categoria para la distincion entre la vida publica y la privada, sino que es posible otro concepto de
ciudaania en el que no opera la distincion.
Para ello hay que redefinir el concepto de ciudadanía, no como un derecho de participación política orientado a la consecución del
bien común (concepto liberal), sino desde la democracia radical, como algo que sirve a los intereses de los grupos para la
satisfacción de su demanda social. Esto exige renunciar al esencialismo en la medida en que no se construyen proyectos
específicamente feministas, sino que las demandas feministas se integran en las de grupos sociales más amplios.
Aunque el feminismo de la diferencia surge en Francia y muy avanzada la década de los setenta, la representación histórica de esa
diferencia corresponde a E. Goldman, que relativiza los éxitos de las sufragistas y establece la relación entre el anarquismo y el
feminismo. El sufragio universal, por el que luchaban todas las sufragistas americanas de 1917, cuando Goldman lo cuestionaba, era
un fetiche que adoraban las mujeres, porque en aquellos Estados en los que ya se había conseguido el sufragio la situación de las
mujeres no había mejorado en absoluto. Las sufragistas representaban para ella una minoría elitista, de salón, que no enraizaba con
los intereses de las mujeres obreras.
Pero la característica más importante del feminismo radical consiste en destacar sobre todo el aspecto biológico de la mujer y en su
alcance como factor de diferenciación del hombre. En este sentido, el punto de partida venía dado por la trascendencia que
Rousseau da a la diferencia biológica entre el hombre y la mujer. De esa diferencia física se desprende una inferioridad. Lo que las
feministas radicales harán es recorrer el camino que permite refutar la idea de que de la diferencia se desprenda la inferioridad,
camino que ya se inicia con Wollstonecraft.
Esto exige también constatar la diferencia entre la desigualdad biológica y el patriarcado. Mientras la desigualdad biológica es un
hecho, el patriarcado es una realidad histórica que puede cambiar. A partir de aquí, hay quienes postulan el cambio social y quienes
llegan a avistar un cambio en la propia naturaleza de la mujer para llegar a avistar un cambio en la propia naturaleza de la mujer
para llegar a conseguir la igualdad. Lo importante es captar aquellos contenidos valorativos que el patriarcado tiene como valores
centrales de la sociedad y que ahora contradicen los valores del feminismo.
Y de ahi la importancia del termino “genero” para designar el contenido cultural que se adiciona al sexo, para ddeterminar la
diferente posicinon de los hombres y mujeres en la sociedad. Surge en los sesenta de manos de Money y Stoller y se extiende
pronto al feminismo a través del conocido artículo de G. Rubin.
En la década de los noventa, el “género” como concepto se vuelve inoperante para el tratamiento de lo específicamente femenino, y
se vuelve la mirada a la diferencia. Los universales que habían intentado dar una explicación a la subordinación de la mujer, y sobre
los que las feministas intentaban conseguir ampliaciones de lo ya concedido a los hombres, representan ahora un lastre para
analizar a las mujeres desde una posición propia. Al binarismo de sexo-genero, naturaleza-cultura, privado-publico, se opone ahora
una concepcion multiple de muchos feminismos que intentan dar respuestas desde posiciones a veces teoricamente muy reducidas,
o en interseccion con etnicas, grupos de orientacion sexual, de clase o medio ambiente.
En cualquier caso y con independencia de los avances en la liberación de la mujer desde la biología, hay dos reivindicaciones claves
de la mujer en la segunda mitad del S. XX, sobre todo a partir de la decada de los sesenta, que son el derecho de aborto y los
anticonceptivos. La planificación de la sexualidad de la mujer se considera clave en ese neofeminismo. La lucha contra el patriarcado
exige la “deconstrucción” en el sentido de reelaboración de un mundo compartido y no impuesto desde la masculinidad.
Esta deconstrucción ha servido en buena parte para reafirmar el feminismo de la diferencia, y en cierta medida también desde el
feminismo de la igualdad, que no acepta la absorción acrítica de los valores del patriarcado, sino que intenta, en la medida de lo
posible, construir su propio pensamiento. En realidad desde el feminismo de la igualdad lo que se pretende es hacer posible la
integración, pero esto no significa aceptar necesariamente la situación, sino que la mera actividad de incorporación a la igualdad, ha
trastocado ya de forma perceptible la anterior situación.
Desde un punto de vista jurídico, la integración de la mujer como sujeto de derechos y obligaciones se produce dejando intocable el
sistema jurídico que se había creado en los S. XVIII y XIX respecto de la creación del sujeto individual frente al Estado. La mujer no
modifica para nada ese sistema sino que la integración es acrítica e inmutable. Sin embargo, el sistema estaba predeterminado para
un individuo varón de raza blanca y propietario, lo que produce una falta de identidad de la mujer con ese sistema, y una necesaria
inadecuación de las instituciones y técnicas de ese sistema para responder a las exigencias de ese género, diferente de los sujetos
para los que ha sido establecido.
Esto tiene como consecuencia que la irrupción de la mujer en ese espacio político sea concebido como ampliación y no modificación
de ese espacio. No es de extrañar por lo tanto la inadecuación de las mujeres a esos espacios, creados por los hombres, y el intento
de construcción de modelos neutrales, si no decididamente femeninos, en los que adentrarse social y políticamente. Pero en esa
determinación de los contenidos diferenciados se atomiza definitivamente el movimiento feminista de la diferencia y se divide en
tantas cuentas referencias se encuentren en lo especificamente femenino. La maternidad, la ecología, cualquier concepto sirve de
rechazo al modelo masculino, en su búsqueda por crear en la mujer una autoconciencia que proyecte la diferencia.
Ante la ausencia de criterios que contribuyan a la creacion de una categoria universal, no ya solo de sustituir al modelo creado por el
hombre, sino que contribuya a una teoria feminista de la organizacion social y politica, el movimiento se debilita. El feminismo de la
igualdad mientras tanto se ha integrado y ha asumido paulatina y progresivamente, si bien críticamente, el modelo en que se inserta.
La urgencia de los intereses a corto plazo han permitido que el feminismo de la igualdad se imponga. Paralelamente también, la
irrupción de la mujer como sujeto, aunque enajenado e importado, ha producido sus efectos. Esas normas proyectadas sobre un
universal masculino, en cuanto se concretan y aplican a las mujeres como sujetos también transforman la realidad y la modifican. En
la medida en que no se satisfacen las exigencias de género esa universidad, que no lo es, se matiza y se empiezan a generar las
medidas de desigualdad compensatoria. La misma expresión de iguales, referida a las mujeres, implica la homologación a algo
previamente definido en sí mismo que es el hombre, y la ampliación de esa esencia de ser a la mujer.
La mujer es diferente al hombre, pero el concepto de igualdad exige que se la trate igual. Y ello porque el parámetro de la igualdad
la constituyen los derechos del hombre que se amplían a la mujer. La contradicción se genera porque el tratamiento igual presupone
la identidad, pero lo que en realidad hay es una diferencia de sexo. De este modo, la igualdad busca su justificación en la
neutralidad, sin apercibirse que la neutralidad es masculina, y vale para medir a los individuos de ese género. Para validar como
igualitaria, y por tanto justa, esa igualdad, basta con la reversibilidad de la medida, Analizar si al tratarse de un hombre se hubiera
aplicado una medida similar superaría el test de igualdad (neutralidad genérica). No hay que aceptar críticamente el universo
patriarcal, y debe construirse la propia identidad de las mujeres. Además del concepto de raza, clase y género debe considerarse la
dimensión internacional de la diferencia para explicar adecuadamente la situación de la mujer.
El problema se desplaza, ahora, de la consideración de la igualdad como final de la diferencia, como condición de la integración
social de la mujer. Esto implica la necesidad de la construcción social, en términos de ciertas filosofías que sirven de apoyo teórico al
feminismo de la diferencia, como la de Derrida y Foucault. De hecho, algunas de las teorías feministas modernas se forman al socaire
del pensamiento político del 68, ligadas a otros movimientos políticos más amplios.
Sin embargo, mientras tanto, se ha producido una division del movimiento feminista, con planteamientos teoricos ya dificil de
integrar. Desde el feminismo de la igualdad se critica el feminismo de la diferencia por considerar que no se puede hacer una tabula
rasa de la historia, y desde el feminismo de la diferencia se considera que el feminismo de la igualdad no liberada a la mujer, sino
que la enajena.
Con todo, el principal problema del feminismo de la diferencia lo constituye su contradicción al menos a corto plazo para la práctica
política. En la medida en que es anti-poder, no interfiere en las decisiones políticas, lo que le niega la posibilidad de transformación
en los ámbitos jurídico y político. El feminismo radical pretende analizar primero la diferencia, y dejar para luego la igualdad.
No entrar en el poder, permanecer en la bondad, en lo que se consideran como valores positivos, ligados a ciertos conceptos
específicos de la mujer, como la maternidad, y con una renuncia de los intereses inmediatos. Sin embargo, esta consideración de
bondad natural del feminismo de la diferencia parte de una presunción poco contrastadas científicamente, que es la de considerar
que había por descubrir una ética fmeinista natural en la mujer capaz de garantizar un cambio social bueno para la Humanidad, lo
que está lejos de poder afirmarse con certeza. Frente a esa posición un tanto utópica, las feministas de la igualdad consideran que la
ética de género no puede ser distinta de la universal porque no se llegaría nunca al poder. Hasta que se puedan crear modelos
alternativos, es preciso aceptar como universalidades los que se han creado desde la particular visión de los hombres. Eso es lo que
acerca a la universalidad. De no hacerlo así, no se podrá conseguir nunca el poder por parte de las mujeres.
Las dificultades del feminismo de la diferencia empiezan precisamente aquí, en los problemas que plantea la decodificación y la
reinvención del sujeto. Cómo acometer la construcción de una mujer sujeto de derechos y cuáles serían estos, diferenciados de los de
los hombres,y con los que las mujeres estarían identificadas. Algunas posiciones feministas de la diferencia se acercan entonces a la
naturaleza, pretendiendo encontrar en ella las fuentes de diferenciación de la mujer, en la identificación con la tierra, el medio
ambiente, o la maternidad. De ahí surge el ecofeminista como reacción ante la identificación que desde el patriarcado se produce
entre lo masculino y lo neutro. Y consciente de la relación entre la mujer y la naturaleza a la que el patriarcado ha maltratado.
No es casual que esta teoria feminista haya surgido en el Tercer Mundo. B. Holland-Cunz define el ecofeminismo como una postura
que se fundamenta en reivindicaciones feministas y ecológicas. El ecofeminismo como teoría feminista entiende que las mujeres
poseen una particular aptitud para el entendimiento de la naturaleza por su especifica funcion de la maternidad. No hay una
evidencia científica en el hecho que la maternidad en la mujer tenga como causas directa un mayor apego a la naturaleza, pero lo
que tiene de positivo el ecofeminismo es que promete a las mujeres en una lucha a favor de aspectos del conocimiento (medio
ambiente, innovación, naturalismo, ecología), que el hombre de raza blanca había descuidado.
En definitiva, las posibilidades de cambio a corto plazo se encuentran en la profundización del modelo que se inicia con la
democracia liberal, por la efectividad que muestra en la extensión, lenta pero ascendente, de los derechos políticos y sociales de los
hombres a las mujeres. Sin embargo, el avance por la igualdad a largo plazo, debe integrar estos elementos de la cultura feminista
de la diferencia, porque aseguran que el feminismo se construya desde la identidad de las mujeres, y no desde la de los hombres.
Se ha dicho que el feminismo no contiene una teoría del Estado, incluso que ni siquiera tiene un método científicamente construido.
El primer obstaculo para la teoria feminista lo constituye el relativo olvido de la doctrina cientifica del derecho, en partiuclar de las
disciplinas llamadas a desarrollarla. La ciencia política, el derecho constitucional, la filosofía del derecho y las demás disciplinas
jurídicas en sus respectivos ámbitos, que no han incorporado todavía a sus elencos las materias relacionadas con el género.
En realidad, los conocimientos de género provienen aun en su mayoría de la Filosofía, la Literatura, la Psicología, la Filología o la
Historia, desde donde la creación en algunos casos de Institutos y Seminarios específicos ha permitido la generación de un
importante material que ha servido de fundamentación a otros estudios.
Es importante distinguir en este sentido entre una teoría del Estado y una teoría del poder. Para MacKinnon el feminismo no
contiene una teoría del Estado, pero sí del poder, aunque en ella no se contenga una teoría específica de una forma estatal.
Para que se pudiera considerar que el feminismo contiene una teoría del Estado, tendría que haber elaborado, desde la teoría, una
forma alternativa de construcción de las instituciones del Estado, del derecho y de las relaciones entre estas instituciones. Hasta
ahora lo que el feminismo ha elaborado en relación con el modelo de Estado ha sido un análisis y un diagnóstico. El análisis concluye
que el Estado es masculino porque la norma es objetivo y la ley lo que hace es reforzar la distribución del poder existente.
Pero la objetividad coincide con la masculinidad. Se considera que las normas de los hombres son también aplicables a las mujeres,
su legitimidad viene de la neutralidad. Y este análisis aporta a la ciencia política la consideración de que la sociedad se ha formado
con el solo concurso de los hombres.
Hasta ese momento había un reconocimiento de que el Estado era capitalista, pero no de que era masculino. El diagnóstico del
feminismo es que la inserción de la mujer en el modelo produce cambios importantes, dada la capacidad de transformación de las
mujeres, y, por lo tanto, el Estado Social se beneficiará de la integración social y política de las mujeres. Para ello desmiente que la
pasividad de la mujer y su renuncia a escalar posiciones de prestigio tenga un origen natural, y lo ve solamente como una
consecuencia cultural derivada del patriarcado, el ahorro de esfuerzos y ansiedades derivados de la competencia, por la lucha que
exige e implica llevar a cabo tareas de equiparación que son reivindicativas en su totalidad porque la sociedad las dificulta.
Justamente en esto estriba la prinicpal dificultad para construir una ideologia feminista ggenuina, en la carencia del poder
sufieinciente para la imposicon social de los paradigmas de identificacion de lo femenino.
Esa imposibilidad por sí solo sería suficiente para acercarnos a la integración del feminismo dentro de las exigencias de un modelo
de Estado Social avanzado. Es cierto que el Estado Social representa un modelo masculino y hasta el momento poco integrador de la
paridad de género, pero en este sentido no conviene olvidar al avance que el liberalismo ha sido capaz de producir en el movimiento
feminista durante los dos ultimos siglos. En los inicios del feminismo liberal se produjo una contradicción entre un modelo de Estado
que teóricamente representa una ideología abstencionista y sin embargo recoge unas ciertas aspiraciones de la mujer que requieren
el intervencionismo estatal.
No obstante, la contradicción es aparente porque el feminismo liberal no contiene los mismos postulados ni las mismas exigencias
que el liberalismo político en el que temporalmente se inserta, sino que precisamente lo que representa es una reacción frente al
reduccionismo sexual que implica dejar a las mujeres fuera de la democracia. En ese sentido se puede entender con facilidad la
exigencia del feminismo respecto del Estado. Para empezar es claramente reivindicativo de unos derechos que el hombre burgués no
exige, porque está representando en ese Estado; el Estado liberal es justamente el Estado burgués, con lo que no es dable
reivindicación alguna, después de haber conseguido el haz de derechos liberales que conforman ese Estado. Pero no abarcó a las
mujeres, lo que justificó su reivindicación.
Ahora bien, las mujeres no solicitan entonces del Estado más que la extensión de los derechos liberales a ellas mismas, estamos en
una etapa del feminismo todavía universalista, cuya demanda al Estado consiste en la mera extensión a la mujer del reconocimiento
de los derechos del hombre. De ahi que la contradiccion en el origen del movimiento feminista sea aparente. Sin embargo, cuando se
establece el Estado Social, las reivindicaciones feministas se integran en las demandas de los demás grupos sociales. Aquí si se
produce la contradicción de que determinados postulados del feminismo impugnan abiertamente el pensamiento liberal. Y frente a
la separación de lo público y lo privado que postula el Estado liberal, surge el lema de “lo personal es político”.
Este lema consigue progresivamente convertirse en reivindicación feminista como la exigencia de unificacion entre las esferas
publica y privada. Los poderes públicos empiezan a buscar fórmulas de conciliación entre la vida personal y laboral, aunque son
leyes que solamente retoquen las posibilidades de incorporación de la mujer al trabajo, pero sin duda dejándose sentir como una
parte importante del problema de la igualdad. Por lo tanto, es posible desde un determinado modelo de Estado, y en este sentido
muy favorablemente desde el Estado Social, en relación con otros modelos de Estado, como el liberal, proponer un desplazamiento
del reparto de las cargas y beneficios sociales.
Si así se ha podido hacer en EE.UU., con lo que I. M. Young denomina el paradigma redistributivo, que consiste en la asignación de
recursos y cargas sociales a los miembros de la comunidad, con más facilidad esto debería ser posible en un modelo de Estado que
asume como factor de su propia legitimación a las minorías.
Ahora bien, es necesario tener en cuenta que la posibilidad del Estado Social en relación con la igualdad de género exige modificar
ciertas pautas que el Estado ha dejado ya ver en relación con la igualdad de la mujer. El más importante sin duda es la consideración
de la mujer como género y no como grupo o colectivo, que en igualdad con los demás debe ser protegido por el Estado.
Evidentemente, la adecuación del derecho a la mujer no se solventa con una extensión de los conceptos jurídicos a un colectivo
hasta hace poco marginado. La consecución de la igualdad real exige cambios profundos en el ordenamiento jurídico. Y aquí si
adquiere un particular sentido el intento de formular una teoría femimnista del derecho.
Este cambio de modelo de la igualdad formal a la igualdad material debe complementarse además con la necesidad de redefinir el
derecho progresivamente desde la perspectiva de género, para que tanto las normas como su aplicación, y los métodos
interpretativos utilizados, tengan en cuenta que las mujeres son sujetos de derecho, pero que este se ha creado desde una
concepción que las ha ignorado. Y la necesidad de integrar esa concepción tiene necesariamente que empezar por la creación de un
lenguaje común a los dos géneros.
Otra aportación importante que destaca M. Carreras es la concepción del derecho como retórica constitutiva, que ayuda a entender
la aplicación judicial del derecho a las mujeres y dificultades de incardinar la norma en la realidad. Parte la autora de que el derecho
tiene recursos culturales específicos. Es un proceso de creación que inventa soluciones, lo que contribuye a crear una comunidad
retórica en la que la mujer tiene dificultades importantes como género.
Así pues, cualquier afirmación acerca de la mayor sensibilidad de las mujeres y del mayor carácter de los hombre tiene que
entenderse en el ámbito de la cultura, con independencia claro está de que sea una diferencia cultural válida para revisar muchos de
los postulados de la sociedad actual, en el sentido de considerar que el acceso de la mujer a la política pueda o deba contribuir a
cambios culturales importantes. Siempre que se entiendan como productos culturales y no diferencias establecidas por la
naturaleza.
En tal sentida es perfectamente defendible la vision constructivista del derecho que mantiene hoy el feminismo de la diferencia, y
que en el derecho anglosajon se articula desde la “jurisprudence feministe” o teoria feminista del derecho. Incluso pueden
establecerse importantes colaboraciones con el uso alternativo del derecho y otras teorías enmarcadas en esa línea constructivista.
Desde la filosofia la posibilidad de una teoria feminista del Estaso se construye por A. Miyares, que la considera superadora de las
insuficiencias del liberalismo y de la socialdemocracia. La crisis del modelo liberal se deja ver fácilmente en la medida en que todas
las formas redistributivas dejan intocable un modelo basado en un criterio de justicia impuesto desde el patriarcado, y no superan el
esquema de la privacidad para la mujer y la publicidad para el hombre.
Reconoce, sin embargo, que la democracia feminista comparte con la socialdemocracia la conexion entre la sociedad civil y el Estado,
y tambien su modelo de democracia es participativa. La más importante diferencia estriba en que en la socialdemocracia, el modelo
de ciudadanía, aun siendo redistributivo, no implica un cambio de comportamiento y de valores de la sociedad. La democracia
feminista retomando las construcciones de la tradicion liberal e igualitaria, aportaria estos elementos para la mujer: eleccion,
participacion, distirbucion de la riqueza y reconocimiento.
Para ello sería necesario superar los residuos que mantiene el Estado Social acerca de algunos postulados indiscutidos todavía
respecto de la relación entre la igualdad y la libertad.
Pateman aborda con empecinada pericia intelectual la siguiente tesis: el individuo libre producto del pensamiento occidental que
circunda la Ilustración, con derechos de propiedad sobre sí mismo y sobre el mundo que le rodea, es un individuo varón. Pateman
coincide con Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft: la libertad de las mujeres no se alcanzará gracias a un conjunto de derechos
donde la realidad de las mujeres sea ignorada, donde ni siquiera se conciba un interés en su emancipación y se dé por sentido que
tienen ‘los mismos derechos’ como si tuviesen las mismas libertades y sus experiencias fueran iguales en tanto que existía (y todavía
existe) una sociedad hecha a imagen y semejanza de los intereses y de la realidad ‘masculina’.
El contrato social tiene que ver con las necesidades e intereses del varón, entendido por Thomas Hobbes, John Locke, o incluso por
Jean-Jacques Rousseau como un individuo solipsista que se basta a sí mismo y que solo requiere de las mujeres puntualmente (sexo,
reproducción, cuidados, idealización). Para acordar y delimitar esas necesidades del varón existe el contrato. Sea el contrato social o
el individualista de los ingleses liberales, ambos excluyeron a las mujeres de cualquier vinculación con la esfera pública, siendo su
lugar la esfera privada. Las democracias liberales confiarán en esta ilusoria división, y dado que esta organización del Estado es vista
como la mejor y más acabada sociedad, no que haya existido, sino que sea factible y deseable, el feminismo está en aprietos. Sin ir
muy lejos, para Rousseau el deber de toda mujer no es uno diferente al de hacer realidad el potencial de autorrealización del varón.
Cuatro contratos diferentes ilustran la manera por la cual la inclusión de las mujeres a la ciudadanía viene dada por la cláusula
denominada por Pateman como propia de El contrato sexual. Mientras que los varones, tal y como lo pensara la filósofa española
Celia Amorós, se apropian de lo genéricamente humano y dejan a las mujeres todo eso que entendemos como ‘propio del género
femenino’, lo que cultural y políticamente las subordina al espacio de las idénticas. De manera convenenciera, los hombres se
aseguran como ‘todos iguales ante la ley’.
- el matrimonial,
- el de trabajo asalariado (desigualdad en el sueldo y en labores feminizadas) y
- el trabajo no remunerado (cuidados y crianza de los hijos, las personas mayores, con discapacidad y, por supuesto, de sus
maridos, sin olvidar todo el cuidado doméstico y de procuración alimenticia).
Los otros dos contratos se derivan de la regulación que legitima a quien tenga dinero de adquirir a su vez un libre acceso a los
cuerpos de las mujeres: la prostitución y la maternidad subrogada, o como se le conoce popularmente, los vientres de alquiler.
Simone de Beauvoir tuvo una percepción muy negativa del matrimonio, y con razón. Sin divorcio permitido, pero tampoco capacidad
de autonomía económica y status social para satisfacer sus necesidades e intereses, las mujeres se convirtieron en propiedad de los
hombres. Pateman recupera esta noción, señalando que el concepto de consentimiento cobra un sentido especial para las mujeres
con el contrato matrimonial, por el cual las mujeres consentían lo que sus maridos bien decidieran hacer con ellas: cuántos hijos,
cuántas relaciones sexuales, cuántas veces, cómo, cuándo y dónde. Resistirse era imposible, la sola posibilidad de apelar a la
existencia de la violación en el matrimonio era improcedente, impensable.
Cuando la mujer consentía en el altar con el ‘sí, acepto’, al mismo tiempo, como si fuese un acto ilocucionario según la teoría de los
actos de habla de John Austin, también se daba a sí misma y asentía todo lo demás que el futuro ‘les deparara’. Las esposas eran
esclavas en tanto que su contrato era también la única salida económica para la infinita mayoría de mujeres ‘afortunadas’.
La propiedad de su persona, ese sentido de pertenencia del cuerpo como plataforma de la autonomía y la personalidad, también
formó parte de las posesiones del marido: el acceso al cuerpo de su esposa no requería de consentimiento alguno. Con la Revolución
Industrial, la madurez del capitalismo, el expansionismo colonialista occidental y otros acontecimientos relevantes, las mujeres
experimentan un acceso masivo al ‘trabajo asalariado’, pero nunca en igualdad de condiciones. Obligadas a jornadas de explotación
en rutinarias y repetitivas actividades, seguidas por dobles o triples jornadas en torno a los cuidados, la desigualdad laboral viene a
ser una confirmación de que el contrato sexual sigue vigente. La mujer trabaja porque las necesidades de la familia nuclear empujan
a sus integrantes a vender su trabajo por dinero. Con el siglo XX en marcha, es cierto que muchas desigualdades fueron cambiando
en los países más desarrollados, pero cada reforma positiva para las mujeres viene acompañada de su respectiva respuesta
reaccionaria.
A finales de la década de 1970, Catharine MacKinnon exigió la penalización del acoso sexual en el trabajo, un mal poco nombrado
cuyo objetivo implícito fue subordinar a las mujeres, hacerles saber que su lugar político no dejaba de ser el de cuerpos sexualmente
suculentos para el jefe o compañero de trabajo en turno. Todo esto cuando algunas mujeres comenzaban a ganar lo mismo que sus
compañeros varones.
El acceso a los cuerpos de las mujeres en el patriarcado moderno es una de las batallas más duras de librar. Conceptualizado ahora
como ‘trabajo sexual’ por la gran mayoría del feminismo liberal, el transfeminismo y otros sectores abanderados bajo el pedigree del
progresismo sexual, es uno de los retos que enfrenta el feminismo para conseguir la igualdad radical. Pateman conceptualiza la
prostitución como un contrato que garantiza a todo varón el acceso a los cuerpos de las mujeres. Como en los contratos anteriores,
el contractualismo concibe el pacto prostitucional como reconocimiento de la autonomía de las trabajadoras sexuales.
Suscriben que basar la justicia de un contrato en el principio de elección justifica a su vez que el pacto es justo (cual lo dijera en su
momento el libertario de derecha Robert Nozik en su libro Anarquía, Estado y Utopía de 1973). En esta jerga, los ‘servicios sexuales’
son como cualquier otra clase de actividad, desde las más refinadas y cultas hasta las manuales y domésticas en tanto que todas
son realizadas usando nuestros cuerpos. Pateman recalca que la tradición feminista, desde Wollstonecraft hasta Beauvoir y
culminando con el feminismo radical de los años 1960 y 1970 siempre fue crítico hacia la prostitución como una institucionalización
que legitima la inferioridad de las mujeres. La controversia del capítulo viene dada por el contexto: las guerras de sexo entre
feministas abolicionistas y críticas de los mercados y aquellas alineadas con la conciliación entre feminismo y liberalismo de centro
(a veces llamada la ‘social-democracia’).
Pateman sostiene que la fraternidad entre hombres originó la prostitución, pues solo así se entiende que, aunque fluctúe
dependiendo de factores diversos, el porcentaje de mujeres en la población global dedicada al comercio sexual ronda entre el 85 y
el 90%. El pacto patriarcal-fraternal permanece invisible, dando a entender que las mujeres son quienes ‘deciden’ entrar en la
prostitución del mismo modo en que podría aspirar a cualquier otro trabajo. El contrato sexual visibiliza, en el fondo, que la
prostitución es un problema de la masculinidad patriarcal y de la opresión contra las mujeres que posibilita tanto la trata como la
prostitución elegida.
Como abolicionista, Pateman ha defendido en años recientes que algunas medidas como una renta básica universal e incondicional
pueden aumentar los márgenes de libertad en los cuales se mueven las mujeres de manera que actúe positivamente en una
progresiva emancipación. Como efecto colateral, podría ayudar a la superación de los contratos que legitiman la subordinación
prostitucional.
Sin embargo, la liberación de las mujeres siempre se encuentra con retos inesperados, y el surgimiento de las Técnicas de
Reproducción Asistida trajo consigo, a principios de los años 1980, el surgimiento de los contratos de maternidad subrogada. Para
Pateman, la cláusula básica y esencial de esta práctica no es si la mujer gestante cobra o no por parir un bebé no genéticamente
relacionado con ella sino con personas que fungirán como padres —casi siempre uno o dos hombres— o si puede cambiar de
parecer en algún momento. La clave yace en la manera en que la propiedad de su persona, concepto contractualista por excelencia,
es convertida en objeto de contrato de manera tal que las mujeres no serán nunca reconocidas como ‘madres’ mientras que los
promotores —incluso si son una pareja gay— se apropian de esta condición, volviéndose las únicas personas reconocidas como
propietarias de los derechos parentales. Que el lazo gestacional se transforme en objeto de contrato refleja, nos dice Pateman, una
apropiación del hombre de las capacidades reproductivas de las mujeres. Pateman rechaza la idea del cuerpo como propiedad, pero
afirma que creer en algo semejante tiene efectos perniciosos en la vida social, especialmente para las mujeres.
La influencia de esta obra para el feminismo no contractualista (radical, socialista y marxista, donde los haya) es sustantivo.
No obstante, El contrato sexual recibió numerosas críticas negativas tanto de las filas contractualistas como de otras corrientes del
feminismo.
Elizabeth Anderson estuvo en desacuerdo de la visión extremadamente pesimista desde la cual se asume la imposibilidad del
contractualismo de lograr una compatibilidad con los retos del feminismo, y sostiene que éste último puede lograr un uso afirmativo
del contrato para proveer de herramientas y regulaciones que propicien un debilitamiento de las estructuras patriarcales.
Anderson sentencia: las teorías solo son exitosamente derrotadas cuando se propone una alternativa superior. Por su parte, Nancy
Fraser alega que el análisis de Pateman adolece de un entendimiento reduccionista de la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo
que no deja otra escapatoria que simplificar a las mujeres como víctimas y a los hombres como mercenarios. Además, Fraser lamenta
que Pateman no presente el ejercicio de la sexualidad como vía de emancipación de la mujer, dado que especialmente en el capítulo
“What’s wrong with prostitution?” la sexualidad es mostrada como una cruda materialización de la subyugación masculina.
Por un lado, a lo largo de la obra es cierto que la vena radical de Pateman no tiene como propósito último proveer de una alternativa
certera al contractualismo capitalista, pero eso no quiere decir que sus observaciones y propuestas no deban de ser tomadas en
cuenta como fundamentos para que la izquierda se vea a sí misma frente al espejo. Del mismo modo, Pateman demostró en otros
trabajos como el artículo Women and consent (1980) que posee un verdadero interés en construir un sentido del consentimiento
que empodere a las mujeres en varios rubros de sus vidas, incluyendo el sexual, erótico y afectivo.
Es moderadamente cierto que Pateman no abunda en el diseño de estrategias para cambiar el sistema estructural basado en la
desigualdad (pensando sobre todo en políticas públicas). En defensa de las cualidades de su trabajo, no es justo ignorar que sus
herramientas conceptuales rescatan un feminismo que ubica más claramente cómo las fórmulas modernas de regulación contractual
perpetúan las viejas tácticas de opresión patriarcal.
Sus posicionamientos son estratégicos en la medida en que advierten al feminismo de las muchas máscaras que el patriarcado
puede utilizar para perpetuarse en el seno de las fuerzas progresistas, las que comúnmente atribuimos como ‘de izquierda’. Cómo las
aduanas consienten que, cual caballo de Troya, el patriarcado tenga cabida en sus políticas públicas y siga siendo el mejor y más
acabado sistema de dominación y explotación. Según Pateman, la perpetuación de la desigualdad en sociedades formalmente
igualitarias es que el contrato introduce una suerte de lenguaje que tiene consecuencias reales en el mundo.
El contrato hace cosas, como la mujer que se ‘entregaba’ a su marido y que podría ser violada una y mil veces por él sin que el ultraje
fuese siquiera concebido como procedente por la ley. El contrato crea ficciones, sobre todo con el cuerpo y con el uso que las
personas pueden hacer con los suyos, y en sociedades desiguales, las mujeres suelen enfrentarse más veces y con mayor intensidad
con contratos invasivos, como la prostitución, el trabajo desigualmente remunerado, las labores domésticas no reconocidas ni
pagadas, y últimamente, también con los vientres de alquiler.
Por todo lo expuesto, El contrato sexual —y la obra de Carole Pateman en general— merece ser estudiada por filósofos/as y por
toda persona involucrada en políticas públicas con perspectiva de género/por las mujeres. Se recomienda su lectura especialmente
en Departamentos de Filosofía o Humanidades que, aunque no se dediquen a estudios feministas, tienen en sus manos la educación
de nuevas generaciones de filósofos/as, a quienes de otra manera se les transmitirá la historia del contrato social sin advertirles del
papel de las mujeres en él. Como hija de la Ilustración, el feminismo tiene raíces claras: liberar a las mujeres. Su vertiente radical no
debe seguir siendo ignorada, máxime ante el vendaval de reacciones patriarcales y de constructos relativistas provenientes del
posmodernismo que, en alianza con el neoliberalismo sexual —expresión tomada de una estudiosa de Pateman, la doctora Ana de
Miguel Álvarez— buscan dinamitar el camino de la emancipación del sujeto político mujer.