Simón Rodríguez
(Simón Narciso Jesús Rodríguez; Caracas, Venezuela, 1769 - Amotape, Perú, 1854)
Pedagogo y escritor venezolano.
Simón Rodríguez
Jamás la historia de la América independentista ha sido tan injusta con uno de sus grandes
personajes como lo fue con la obra del insigne educador y gran pensador americano don
Simón Rodríguez. El relato de su vida, atrapado en el sobrenombre de El Maestro del
Libertador, se destacó en la historia por el mérito de haber forjado el espíritu y las ideas de
Bolívar, reduciendo a pasividad lo que fue realmente una activa relación de reciprocidad.
Pero Simón Rodríguez no nació para hacer de Bolívar el futuro Libertador de América; se
hizo a sí mismo, más bien, para convertir en verdaderas repúblicas a los territorios
conquistados por la libertad. El proyecto diseñado por Simón Rodríguez, basado en la
colonización del continente por sus propios habitantes y en la formación de ciudadanos por
medio del saber, lo dibuja como un gran pensador americano a quien, en virtud de su
incesante lucha en favor de la educación popular, sería más justo recordar como el gran
maestro de muchos. La originalidad de sus pensamientos, su sentido estricto de la
honestidad, la trascendencia renovadora de sus ideas pedagógicas y sociales y la
heterodoxia y excentricidad de sus métodos hablan de un hombre con sentido propio, ajeno
al contexto de su época.
Biografía
Los historiadores suelen ubicarlo en la borrosa frontera que separa la genialidad de la
locura; y no sin razón, ya que la vida de Simón Narciso Jesús Rodríguez se encuentra
minada de anécdotas que no cesan de sugerir la interrogante. Nació en Caracas el 28 de
octubre de 1769 (aunque también se afirma que fue en 1771); se dice que era hijo natural de
Rosalía Rodríguez y de un hombre desconocido, de apellido Carreño.
Las imprecisiones en torno a su procedencia han animado la fábula: abandonado en las
puertas de un monasterio, se crió en la casa de un clérigo de nombre Alejandro Carreño,
quien se presume que era su padre, junto a su hermano Cayetano Carreño, que se
convertiría en un famoso músico de la ciudad. Era alto y fornido, y su extravagante forma
de vestir provocaba la risa de muchos.
Ninguna de estas referencias, sin embargo, cifra la existencia de Simón Rodríguez: viajero
incansable, fue un cosmopolita en el sentido literal del término, a quien poco importaba el
arraigo a cualquier vínculo familiar, cultural o territorial. El ethos de su vida fue siempre
educar, y para ello recorrió el mundo entero, en busca de un lugar en el cual pudiera "hacer
algo" y poner en práctica sus ideas. Ésta fue su verdadera patria.
El joven maestro
La larga carrera de Simón Rodríguez como educador, si es que así puede etiquetarse su
incesante labor de "formar ciudadanos por medio del saber", se inicia oficialmente cuando
el Cabildo de Caracas le otorga, en 1791, el permiso para ejercer de maestro de escuela de
primeras letras en la única escuela pública de esa ciudad. Claro está que la formación
autodidacta emprendida por Rodríguez desde muy joven habla de un inicio más temprano
en su carrera y de un encuentro prematuro con la vocación del saber, la reflexión y el
pensamiento.
Simón Rodríguez
A los veinte años de edad, según se dice, Simón Rodríguez ya había leído a Jean-Jacques
Rousseau, particularmente su obra Emilio o De la educación, y una traducción de la
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Como muestra del ímpetu y la
avidez de sus reflexiones, siempre originales y a contrapelo del medio, presentó al
ayuntamiento de Caracas, en 1794, un estudio titulado Reflexiones sobre los efectos que
vician la escuela de primeras letras de Caracas y medio de lograr su reforma por un nuevo
establecimiento.
Las ideas vertidas en este ensayo parten de la necesidad de formalizar la educación pública
por medio de la creación de nuevas escuelas y la formación de buenos profesores; de esta
forma, argumentaba, se promovería la incorporación de más alumnos (incluyendo a los
niños pardos y negros) y la disminución progresiva de la enseñanza particular; se requería
además buenos salarios.
Fue en esa época cuando, en la escuela de primeras letras del Cabildo de Caracas, tuvo
entre sus alumnos, hasta los catorce años, al entonces travieso Simón Bolívar. Simón
Rodríguez, que además de maestro era también amanuense del tutor de Bolívar, había sido
recomendado para encargarse de la educación del futuro Libertador de América.
Alguna contingencia de vital importancia para la vida del maestro lo animaría a abandonar
el país. La fecha de su éxodo es dudosa, tanto como la naturaleza de los acontecimientos
que lo propiciaron. Es un lugar común el que afirma que Simón Rodríguez formaba parte
de la famosa conspiración de Manuel Gual y José María España, descubierta el 13 de julio
de 1797, y que tuvo que huir despavorido hacia La Guaira para embarcarse en un galeón
con destino a Jamaica.
Hay quien asegura, sin embargo, que su partida ocurrió en fecha anterior a noviembre de
1795, y que fue motivada por su descontento con el régimen español: "Mal avenido con la
tiranía que lo agobiaba bajo el sistema colonial (en palabras de Daniel Florencio O'Leary),
resolvió buscar en otra parte la libertad de pensamiento y de acción que no se toleraba en su
país natal". Jamaica le esperaba como puerto de inicio de una aventura de más de veinte
años en el exilio.
El exilio
La vocación que mostraba Simón Rodríguez hacia la educación se manifiesta también en la
atención que prestaba a los nuevos conocimientos; se encontraba sediento por aprender, al
tiempo que diseñaba y ensayaba a su paso nuevos métodos de enseñanza. Una vez en
Kingston, Rodríguez utilizó sus ahorros para aprender inglés en una escuela de niños;
mientras lo hacía, se divertía enseñando castellano a los párvulos. Su método era curioso:
"Al salir a la calle los alumnos lanzan sus sombreros al aire, y yo hago lo mismo que ellos".
Su siguiente destino sería Estados Unidos. En Baltimore se empleó como cajista de
imprenta, oficio que le permitiría, más tarde, componer él mismo los moldes de imprenta de
sus obras. Tres años después viajó a Bayona, en Francia, donde se registró bajo el nombre
de Samuel Robinson "para no tener constantemente en la memoria (según dijo él mismo) el
recuerdo de la servidumbre". Más tarde, en la ciudad de París, se empadronaría en el
registro de españoles de la manera siguiente: "Samuel Robinson, hombre de letras, nacido
en Filadelfia, de treinta y un años"; y esta identidad la mantendría los siguientes veinte años
de su vida en el viejo continente.
En París conoció a Fray Servando Teresa de Mier, un sacerdote revolucionario de origen
mexicano, y lo convenció para que juntos abrieran una escuela de lengua española. Para
acreditar sus conocimientos, Rodríguez tradujo al castellano la novela Atala de
Chateaubriand; Mier se atribuyó la traducción. También estudió física y química, y se
convirtió en el expositor de orden de las investigaciones del laboratorio para el cual
trabajaba.
Bolívar se encontraba en París desde 1803, y Simón Rodríguez formaba parte de sus
amistades más cercanas. Ambos disfrutaban de largas tertulias, a veces solos y otras
acompañados de Fernando Toro o de algún otro personaje. En 1805 emprendieron una larga
travesía hasta Italia, cruzando a pie los Alpes. Fueron de Chambéry a Milán, luego a
Verona y Venecia, Padua, Ferrara, Florencia y Perusa.
El juramento del Monte Sacro
Por último, llegaron a Roma. Aquí fue donde subieron al Monte Sacro y se produjo el
famoso juramento de Bolívar de libertar América: "Juro delante de usted (así describe
Rodríguez el juramento de Bolívar), juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por
mi honor, y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta
que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español".
En la ciudad de Nápoles sus trayectorias se separaron: Bolívar regresó a América; Simón
Rodríguez volvió a París y de ahí marchó a Alemania, y luego a Prusia, Polonia, Rusia e
Inglaterra. Según su propio relato, trabajó en un laboratorio de química, participó en juntas
secretas de carácter socialista, estudió literatura y lenguas y regentó una escuela de
primeras letras en un pueblecito de Rusia.
Posteriormente, en Londres, se desempeñó como educador e inventó un novedoso sistema
de enseñanza con varios tópicos, de los cuales uno estaba destinado al buen manejo de la
escritura: colocaba a sus alumnos con los brazos en triángulo y los dedos atados, quedando
en libertad el índice, el medio y el pulgar. Y los ejercitaba en seguir sobre el papel, situado
oblicuamente, los contornos de una plancha de metal donde se había trazado un óvalo. De
esta figura formaba todas las letras. "Nada más ingenioso (diría Andrés Bello), nada más
lógico, nada más atractivo que su método; es en este sentido otro Pestalozzi, que tiene,
como éste, la pasión y el genio de la enseñanza".
Y es que Simón Rodríguez era un apasionado de la escritura. Veía en ella unas capacidades
expresivas que, desde su punto de vista, no estaban reflejadas en la gramática española.
Solía escribir utilizando al máximo signos de puntuación, admiración y exclamación,
mayúsculas y subrayados, y esquemas de fórmulas, símbolos, paréntesis y llaves, de forma
tal que le resultara posible transmitir el espíritu y la complejidad de sus pensamientos.
Quería una letra viva. Y así la habría de practicar a lo largo de todos sus escritos en Europa
y una vez retornado al nuevo continente.
Retorno a América
Animado por las noticias que le llegaban de América, Simón Rodríguez emprendió viaje de
regreso en 1823. En su largo exilio había madurado cada vez más sus ideas en torno a la
educación y la política, nutriéndose, fundamentalmente, del pensamiento de Montesquieu.
Es cierto que Rodríguez acogió las ideas de la Ilustración, pero las utilizó como referencia
para la construcción de un proyecto muy original.
En realidad, no podía ser de otra forma, pues el legado de Montesquieu acerca del
determinismo geográfico y cultural no invitaba a nada distinto. Así lo expresó Simón
Rodríguez: "Las leyes deben ser adecuadas al pueblo para el que fueron dictadas, [...] deben
adaptarse a los caracteres físicos del país, [...] deben adaptarse al grado de libertad que
permita la Constitución, a la religión de sus habitantes, a sus inclinaciones, a su riqueza, a
su número, a su comercio, a sus costumbres y a sus maneras".
De ahí que su obsesión fuera, hasta el momento de su muerte, la de promover la "conquista
de América por medio de las ideas"; era preciso formar ciudadanos allí donde no los había,
y sólo así se lograría fundar verdaderas repúblicas que no fuesen una mera imitación de las
europeas. La América española poseía su propia identidad, y había de poseer sus propias
instituciones y gobiernos: "O inventamos o erramos". Su pensamiento, aunque original,
chocaba con el ideario que imperaba en los albores de la Independencia americana. Quizá
por ello nunca fue del todo comprendido, aun cuando su lucha por ser escuchado y por
fundar escuelas públicas a diestro y siniestro no cesó sino en el instante de su muerte.
El reencuentro con Bolívar
Una vez enterado de la estancia de Rodríguez en Colombia, Bolívar le escribió una carta en
la cual lo invitaba a encontrarse con él en el sur, donde se hallaba en plena campaña. En
Bogotá, primer lugar de estancia a su regreso, sus primeros pasos se encaminaron a instalar
una "Casa de Industria Pública". Deseaba, más que nada, dotar a los alumnos de
conocimientos directos y habilitar maestros de todos los oficios.
El proyecto fracasó por falta de recursos y el maestro se dirigió hacia el sur. En Guayaquil
presentó al gobierno un plan de colonización para el oriente de Ecuador. Finalmente, se
encontró con Bolívar en Lima: Simón Rodríguez le presentó sus planes pedagógicos, que
habrían de ser implantados en América, en las escuelas que el Libertador ya trataba de
fundar y que pondría bajo la dirección del educador. Simón Rodríguez quedó incorporado a
su equipo de colaboradores.
A mediados de abril de 1825 inició, junto con Bolívar, un recorrido por Perú y Bolivia. En
Arequipa organizó una casa de estudios; después subió al Cuzco, donde fundó un colegio
para varones, otro para niñas, un hospicio y una casa de refugio para los desvalidos. En el
departamento de Puno hizo otro tanto. En septiembre, ya acompañados del general Antonio
José de Sucre, presidente de Bolivia, entraron ambos en La Paz, antes de dirigirse a Oruro y
a Potosí.
Simón Rodríguez
Y en Chuquisaca, en noviembre de 1825, tuvo que detener la marcha, pues el proyecto
educativo de Simón Rodríguez había de comenzar en esa ciudad. Bolívar lo nombró
entonces director de Enseñanza Pública, Ciencias Físicas, Matemáticas y Artes, y director
general de Minas, Agricultura y Caminos Públicos de la República Boliviana. El primer día
del año 1826 comenzaría a funcionar la llamada Escuela Modelo, que en el cuarto mes de
su andadura tenía ya doscientos alumnos.
El plan de enseñanza era muy original: se agrupaba a los alumnos y se concertaban los
métodos educativos, mezclándose la técnica y el espíritu. Los niños, entregados por entero
a las tareas de aprendizaje, aun durante los ratos de diversión, eran observados
individualmente por personal facultativo para identificar las inclinaciones de cada alumno.
En palabras de muchos entendidos, la originalidad de estos proyectos se parecía a la
aplicada en los famosos falansterios de Charles Fourier; sin embargo, Simón Rodríguez
nunca había tenido contacto con aquella obra.
Con independencia de cuál fuera la filosofía implicada en el desarrollo de este proyecto,
estuvo claro que no tenía encaje alguno en la sociedad de entonces; la gente no comprendía
aquello y le parecía excesiva la inversión que demandaban las escuelas. El mariscal Sucre
se vio influido por la crítica del medio, y escribió al Libertador para mostrarle su
descontento con la obra de Robinson, como lo solía llamar. Después de enemistarse con
todos, Simón Rodríguez renunció finalmente a su cargo. Con profunda rabia y decepción
escribió una carta al Libertador, en la que se quejó amargamente de la incomprensión que
había padecido.
Últimos años
Decepcionado por cuanto no le habían dejado hacer por la libertad de América, y arruinado
y endeudado por cuanto había puesto de su bolsillo para el funcionamiento de las escuelas,
se marchó al Perú. En Arequipa montó una fábrica de velas, de la cual esperaba obtener
fondos para su manutención; las velas representaban también una muestra sarcástica de
aquello que en su opinión había significado el "siglo de las luces" para América.
El éxito de su negocio, sin embargo, estuvo en su retorno a las actividades de maestro: los
padres acudían masivamente a la tienda para que se encargara de la educación de sus hijos;
y fue así como Simón Rodríguez pidió nuevamente licencia para ser maestro. En 1828
publicó su primera obra, titulada Sociedades americanas en 1828; cómo son y cómo
deberían ser en los siglos venideros. Se trataba, en realidad, del prólogo de la obra, en el
cual se defiende el derecho de cada persona a recibir educación, señalándose la importancia
que ésta tiene para el desarrollo político y social de los nuevos estados americanos.
La primera parte fue reimpresa en El Mercurio Peruano al año siguiente, y continuada en
El Mercurio de Valparaíso en noviembre y diciembre de 1829. También publicó en la
imprenta pública una obra en defensa de Bolívar, titulada El Libertador del Mediodía de
América y sus compañeros de armas, defendidos por un amigo de la causa social. Otras
obras suyas fueron publicadas, entre las que figura un proyecto de ingeniería e hidrología
en torno al terreno de Vincoaya. Había muerto el Libertador y el proyecto de la Gran
Colombia había quedado deshecho.
Simón Rodríguez
Después de publicar parte de la obra Sociedades Americanas, se marchó a Concepción
(Chile), invitado por el intendente de la ciudad para que "llevara a cabo el mejor plan
posible de educación científica" en el Instituto Libertario de Concepción. Aplicó a la
enseñanza el sistema diseñado en Arequipa, a propósito del proyecto hidrográfico,
valiéndose de cuadros sinópticos. El primer cuadro era "fisionómico", y alcanzaba sólo a
las nociones; el segundo era "fisiográfico", destinado a proporcionar el conocimiento; el
tercero era "fisiológico" o de la ciencia, y el cuarto representaba lo "económico", es decir,
la filosofía.
En 1834 publicó Luces y virtudes sociales, obra acabada de su gran proyecto de instrucción.
Desgraciadamente, su suerte se vio teñida una vez más por la fatalidad: el terremoto de
Concepción de 1835 acabó con todo, incluyendo la estancia de Simón Rodríguez en esa
ciudad; "en América no sirvo para nada", exclamaría. Se marchó a Santiago de Chile y
protagonizó un maravilloso encuentro con Andrés Bello, del cual brotaría parte del impulso
de la universidad fundada por el insigne humanista.
Partió luego a Valparaíso, ciudad en la cual también se dedicó a la enseñanza, utilizando un
método bastante original para la época: en la clase de anatomía, se desnudaba y caminaba
por el salón para que los alumnos "tuvieran una idea del cuerpo humano". Por supuesto,
esta didáctica no tuvo larga vida. La sociedad comenzó a rechazarlo; la población de
alumnos descendería rápidamente y él acabaría en la más absoluta miseria.
Así lo encontró el viajero francés Louis-Antoine Vendel-Heyl, a quien diría, casi llorando,
que "ni siquiera podía tener el consuelo de publicar el fruto de sus meditaciones y sus
estudios". Como muestra del resquemor que sentía hacia la sociedad que frustró sus
proyectos, en la puerta de la casa de Simón Rodríguez podía leerse un letrero que decía:
"Luces y virtudes americanas, esto es: velas de sebo, paciencia, jabón, resignación, cola
fuerte, amor al trabajo".
Sufriendo el temor de que su obra se perdiera, alrededor de 1842 escribió: "La experiencia
y el estudio me suministran luces, pero necesito un candelero donde colocarlas: ese
candelero es la imprenta. Ando paseando mis manuscritos como los italianos sus
Titirimundis. Soy viejo y, aunque robusto, temo dejar, de un día para otro, un baúl lleno de
ideas para pasto de un gacetillero que no las entienda. Si muriera, yo habría perdido un
poco de gloria, pero los americanos habrían perdido algo más".
Reeditó la obra Sociedades americanas y, sin más, marchó rumbo al Ecuador. En el camino
se detuvo en Paita y visitó a la amante de Bolívar, Manuela Sáenz, que se encontraba
retirada en esa ciudad. En Latacunga fue acogido por un sacerdote, el doctor Vésquez,
quien se empeñaba en que don Simón fuera maestro en el Colegio de San Vicente. A pesar
de la insistencia del maestro en dedicarse a la agricultura, terminó siendo profesor de
botánica de esa institución.
Paralelamente, y en forma coherente con su visión de las cosas, fundó en esa ciudad una
fábrica de pólvora y al mismo tiempo publicó un folleto sobre la Fabricación de pólvora y
armas con otras enseñanzas generales, en cuyo preámbulo se puede leer: "la pólvora es
aquí el pretexto para tratar de la educación del pueblo". Posteriormente partió a Quito y
fundó otra fábrica de velas; luego marchó a Ibarra, a Colombia, y regresó nuevamente a
Quito en el año 1853.
Tenía 82 años y conservaba aún un aspecto atlético. Dictó una conferencia que sorprendió
al público por sus experiencias y por sus amores tórridos e hijos dejados por el mundo, al
igual que por sus ideas. Finalmente, en 1853, a pesar de haber manifestado su intención de
volver a Europa con la ilusión de que allí todavía se podía "hacer algo", se trasladó a
Amotate, ciudad peruana en la que falleció el 28 de febrero de 1854, a los 83 años de edad.
La obra de Simón Rodríguez
Guiado por la idea de que sólo a través de la educación popular se garantizaría la verdadera
fortaleza y prosperidad de las nuevas repúblicas, Simón Rodríguez trazó un proyecto
pedagógico de una originalidad indiscutible. En Rodríguez se fundían de manera
extraordinaria el educador, el hombre de ideas y el escritor. Sus páginas son fascinantes no
sólo por la consistencia de sus ideas y la alta temperatura pasional que les imprime, sino
también por el indiscutible y original acento de novedad de su escritura. Ello se manifiesta
en la particular vivacidad (rasgo inocultablemente americano) que insufla al castellano, un
tanto envarado por siglos de retórica colonial, y en las innovaciones que introdujo en
materia tipográfica.
Pedagogo influido por Jean-Jacques Rousseau y Henri de Saint-Simon, Simón Rodríguez
fue un reformador intuitivo. Maestro de Simón Bolívar, sus inquietudes e ideas
reformadoras influyeron poderosamente en la formación de El Libertador, según él mismo
reconoció. Después del triunfo de Bolívar, Rodríguez fue director e inspector general de
Instrucción Pública y Beneficencia y organizó escuelas, pero su inquietud y su carácter no
lo dejaron nunca asentar, mal que se agravó tras la muerte de Bolívar; el maestro fue
rodando hasta su avanzada ancianidad por Chile, Ecuador, Colombia y Perú.
Simón Rodríguez fue el primero que quiso aplicar en Sudamérica los audaces métodos
educativos que empezaban a utilizarse a comienzos del siglo XIX en Europa, y por todos
los medios trató de imponer en las atrasadas provincias de Bolivia y Colombia las
novedosas y revolucionarias teorías sobre la educación de la infancia. Nutrido en las ideas
de los grandes filósofos franceses del siglo XVIII, fue un espíritu inconforme y radical. Sus
principales textos son El Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de armas,
defendidos por un amigo de la causa social (1830), Luces y virtudes sociales (1834) y
Sociedades americanas en 1828; cómo son y cómo deberían ser en los siglos venideros
(1828, última edición en 1842).
En El Libertador del Mediodía de América hizo una defensa vigorosa de la figura de
Bolívar y de su actuación en la guerra de Independencia, exponiendo al mismo tiempo
muchas de sus propias ideas sobre la cultura y el destino de los pueblos hispanoamericanos.
Aunque esta obra es muy desigual, y por la premura en que fue escrita y el temperamento
mismo del autor no guarda mucha unidad, resaltan en ella admirables y audaces
pensamientos que hacen de la misma uno de los estudios más interesantes de la cultura
americana del siglo pasado. Otros escritos suyos son El suelo y sus habitantes, Extracto
sucinto sobre la educación republicana, Consejos de amigo dados al Colegio de
Latacunga y Crítica de las providencias del gobierno.
Resumen Simón Rodríguez
Escritor, ensayista y
filósofo venezolano
–Enseñar es hacer comprender; es emplear el entendimiento; no hacer trabajar la memoria–
Considerado el primer Maestro de América.
Obras: Defensa de Bolívar, Consejos de amigo...
Partido político: Independentista
Padres: Alejandro Carreño y Rosalía Rodríguez
Cónyuges: María De Los Santos Ronco
Nombre: Simón Narciso de Jesús Carreño Rodríguez
"El maestro de niños debe ser sabio, ilustrado, filósofo y comunicativo, porque su oficio es
formar hombres para la sociedad"
Simón Rodríguez
Simón Rodríguez nació el 28 de octubre de 1769 en Caracas, Venezuela.
Familia
Fue concebido por Alejandro Carreño, sacerdote, y Rosalía Rodríguez. Criado por su supuesto
padre hasta su muerte, más tarde su tío Juan Rafael Rodríguez se quedó con su tutela. Hermano
de José Cayetano Carreño.
Maestro
Fungió como profesor en la Escuela de Lectura y Escritura para Niños desde 1791 en Caracas, y
uno de sus alumnos fue Simón Bolívar. Realizó un escrito crítico, Reflexiones sobre los defectos
que vician la escuela de primeras letras en Caracas y medios de lograr su reforma por un nuevo
establecimiento, en 1794.
Influenciado por las ideas de Jean-Jacques Rousseau, expuso una innovadora concepción sobre el
modelo educativo en las naciones americanas.
Participó en la Conspiración de Gual y España, la cual fue descubierta en julio de 1797 y tuvo que
suspender su actividad docente y exiliarse de Venezuela.
Samuel Robinsón
Andrés Bello y Simón Rodríguez fueron vecinos en Caracas, habitando ambos en casas del Callejón
de la Merced, frente a la iglesia del mismo nombre. Se cambió el nombre por el de Samuel
Robinsón en 1797, mientras se encontraba en Kingston, Jamaica. Viajó a Francia en 1801 y tres
años más tarde se encontró al Libertador, juntos viajaron a Italia para estar presentes en la
coronación de Napoleón Bonaparte, más tarde vivió en varios países europeos. En 1823 regresó a
América bajo su nombre real.
Fue nombrado Director de la Educación Pública, Ciencias, Artes Físicas y Matemáticas y Director de
Minas, Agricultura y Vías Públicas de Bolivia.
Realizó un trabajo titulado Sociedades Americanas, el cual estaba compuesto por varias ediciones.
En sus últimos años dio clases en Quito y Guayaquil.
Matrimonio
El 25 de junio de 1793, contrajo matrimonio con María de los Santos Ronco.
Muerte
Simón Rodríguez falleció el 28 de febrero de 1854 en Amotape, Paita, Perú. Sus restos fueron
trasladados a Perú en 1925 y depositados en el Panteón Nacional de Caracas en 1954.
Arturo Uslar Pietri escribió en 1981 una biografía sobre Simón Rodríguez.
Hugo Chávez creó la Misión Robinsón, programa social para enseñar a leer y escribir, en su honor.
Con el tiempo se puso su nombre a la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez y en
Cali (Colombia) se hizo lo mismo con la Institución Educativa Técnica de Comercio Simón
Rodríguez.
Obras
Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras en Caracas, y
medios de lograr su reforma por un nuevo establecimiento (1794)
El Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de armas (1830)
Defensa de Bolívar
La educación republicana
Luces y virtudes sociales
La educación republicana II
Consejos de amigo
Crítica de las providencias de Gobierno
Información de la Institución
La UNESR fue creada por decreto presidencial Nº 1.582, de fecha 24 de enero de
1974, como alternativa para la Educación Superior en Venezuela. Inicialmente se
propuso construir una estrategia de desarrollo curricular que permitiera ampliar, por
etapas, la matrícula estudiantil y diseñar fórmulas experimentales orientadas a
explorar vías para la solución de tres cuestiones esenciales en la problemática
universitaria:
o 1.- Atención a un número mayor de estudiantes con menores índices de
costo.
o 2.- Vinculación real de la Universidad a la producción y al mercado de
trabajo.
o 3.- Creación de fuentes propias y desarrolladas de ingreso, destinadas a
lograr un alto porcentaje de financiamiento.
Las acciones básicas para lograr estas premisas fueron: los Estudios Universitarios
Supervisados (EUS), Aprendizajes por Proyecto (CEPAP), la Acreditación del
Aprendizaje formal y no formal de los trabajadores y la prosecución de estudios a
nivel de licenciatura de los Técnicos Superiores Universitarios, quienes en el lapso
de dos años egresarían de la Universidad. La masificación de la educación, a finales
de la década de los 70, incidió en la adecuación de los objetivos iniciales para
formar, mayoritariamente, a los bachilleres de reciente ingreso. Esta modificación
en los perfiles de entrada de los participantes generó que las modalidades de
aprendizaje, basadas en la andragogía, estudios supervisados, aprendizajes por
proyectos, cursos libres -fortalezas de la UNESR-, cedieran su espacio a la
modalidad contigua, característica de las universidades tradicionales. La
Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (UNESR) nace con el Núcleo
de Caricuao en octubre de 1971, cuando el entonces Presidente Rafael Caldera
decretó la organización de una nueva universidad en la Región Capital.
La Comisión Organizadora se constituyó con siete miembros, designados todos por
el Ejecutivo: Vicepresidente, Eddie Morales Crespo, Miembro; Henrique Castillo
Pinto, Miembro; José Luís Salcedo Bastardo, Miembro; Antonio Moles Caubet,
Miembro; José Enrique Yáber, sustituido por Héctor Font Viales. Como secretario
ejecutivo fue designado el abogado internacionalista Luís Herrera Marcano y con él
fueron contratados sucesivamente los asesores, entre quienes nombran a Martín
Oropeza, Silvio Llanos de la Hoz, Andrés Halstrom, Arnold Horowitz, Patrick
Bertou y Rogelio Pérez Perdomo. Durante el año de 1972, la Comisión
Organizadora y su equipo de asesores se dedicó básicamente a la definición de un
conjunto de prioridades principistas. En este orden de ideas, la UNESR:
o Tendría académicamente carácter participante céntrico;
o Su organización estimularía al máximo la participación;
o Su enfoque sería interdisciplinario
o Fomentaría la actitud crítica del participante.
Entre noviembre de 1972 y enero de 1973, se organiza el proceso de selección de
los aspirantes para el primer curso de Formación de Docentes Universitarios. De un
universo de 400 aspirantes, se seleccionaron 33 profesionales de distintas
disciplinas.
Entre abril y mayo de 1973 el equipo asesor responsable de la facilitación de los 33
docentes participantes anunció su disolución como tal. A partir de entonces se
decidió que todo el conjunto facilitador operaría como una sola unidad académica
Micro-administrativa con base en una organización horizontal, no jerárquica,
participativa y autoresponsable.
Con el fin de darle a la Institución personalidad jurídica, en noviembre de 1973 el
equipo concluye el informe sobre la creación de la UNESR en el cual se estableció
el modelo administrativo y organizacional del Centro de Estudios que fue decretado
en enero de 1974. Este informe fue aprobado por el Consejo Nacional de
Universidades (CNU) el 24 de enero de 1974. Durante la semana comprendida entre
21 y 25 de enero del mismo año, una de las comisiones integrantes del equipo
universitario ubicó una escuela abandonada en un sector popular de Caricuao. Sus
locales habían servido anteriormente como unidad del Ministerio de Sanidad y
Asistencia Social, comedor popular y Unidad Educativa. En cada caso las
instituciones anteriores abandonaron el lugar debido a la presunta inseguridad
existente en la comunidad circundante. Meses más tarde, este local albergó a todo el
equipo universitario. Fue este recinto, la primera sede de la Universidad Nacional
Experimental Simón Rodríguez.
En febrero de 1974, un grupo de 39 estudiantes procedentes de los Colegios
Universitarios de Caracas y Los Teques ingresó a la Universidad. Más adelante en
junio de 1974, se anunció el Plan de Crecimiento Poblacional Estudiantil que abarcó
hasta febrero de 1977, fecha en la cual se aspiraba tener un total de 2150
participantes como tope máximo, meta imposible de lograr ya que fue necesario
asegurar un ritmo de crecimiento que evitara un salto numérico tan brusco.
Durante los años 1974 y 1975 la Universidad fue evaluada por varias comisiones,
las cuales determinaron el alcance de ciertos niveles de desarrollo. Para entonces
operaban en conjunto un centenar de participantes, 35 facilitadores y 13 empleados
administrativos quienes funcionaban dentro de una estructura no jerárquica y
autogestionaria.
A partir de julio de 1976 se propone y se acuerda adoptar una conformación
administrativa que implica jerarquías e instancias de carácter vertical. Se crean otros
núcleos, entre ellos el de San Fernando y Caricuao pasa entonces bajo la dirección
del profesor Gustavo León.
En 1992, luego de un estudio de las fortalezas y debilidades de la UNESR donde se
evidenció un distanciamiento entre su filosofía y la praxis, se constituyó una
Comisión para la Reforma Institucional cuyo objetivo fue presentar planes de
acción necesarios para promover el desarrollo de la Universidad acordes con los
requerimientos que la época impone. Como consecuencia de ello, la UNESR cuenta
en la actualidad con una estructura descentralizada, basada en niveles de toma de
decisiones estratégicas, funcionales y operativas, que facilita las respuestas asertivas
a los requerimientos intra y extra universitarios.
Simón Rodríguez: filosofía y educación social
En esta intervención pretendemos discutir, haciendo uso de los análisis textuales y de las
determinaciones contextuales que la cuestión amerita, las líneas maestras de la filosofía de
la educación en Simón Rodríguez. Según nuestro punto de vista, este filósofo
hispanoamericano del siglo XIX centra sus reflexiones y todo su trabajo en la búsqueda de
una praxis transformadora de la realidad social. Pues bien, defendemos que Samuel
Robinson, como también se le conoce, eligió el discurso y saber filosófico como la gran
maestra y a la educación como la actividad práctica por excelencia para el avance en la
transformación social hispanoamericana.
Sostenemos que Simón Rodríguez valora en sumo grado tanto a la filosofía como a la
educación, pues para él son las más nobles y útiles actividades de la que se pueda ocupar un
ser humano. Ambas tienen en común, según su perspectiva, la comprensión y el
compromiso, ambas buscan la iluminación de la humanidad y su preparación para vivir en
sociedad bajo la égida de la justicia. Para Rodríguez, gracias al cultivo de estas disciplinas,
a la puesta en práctica de sus principios, la política no será una cuestión ajena a los seres
humanos y sí un ámbito de plena realización de la vida. Sin una educación social, sin los
principios de la filosofía social, el empeño republicano de los hispanoamericanos fracasará
en la ardua tarea de dominar el complejo y problemático estadio de las relaciones entre los
seres humanos.
Aunque en la obra de Simón Rodríguez se encuentra en muchas partes el sello
característico de la filosofía moderna europea, especialmente de la Filosofía de la
Ilustración y del Romanticismo, al estudiar con atención sus escritos se evidencia que la
constelación de problemas que aborda es tratada con originalidad, con autonomía de
raciocinio y con muy poco apego doctrinal u ortodoxia. Él apuesta a la originalidad, no por
desprecio al saber constituido, sino porque los estados de las sociedades americanas del
siglo XIX exigen el ensayo, la búsqueda de nuevas formas de organización política y social.
El defiende una visión inteligente de la situación sociopolítica hispanoamericana, por ello
la imitación servil de modelos educativos de otras sociedades es un lastre. Rodríguez se
ocupa de pensar con rigurosidad filosófica la situación de la América Hispana y en
consecuencia propone un modelo de educación que apuntale la libertad de los pueblos de
Nuestra América.
Palabras clave: Simón Rodríguez, Filosofía, Educación, Sociedad, América Hispana.