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Análisis de Hamlet: Venganza y Destrucción

El documento resume la tragedia Hamlet de William Shakespeare. Narra que Hamlet, príncipe de Dinamarca, busca vengar el asesinato de su padre a manos de su tío Claudio, quien usurpó el trono. Hamlet duda en actuar debido a sus emociones. Finalmente, su búsqueda de la verdad conduce a una catástrofe con muchas muertes, incluyendo la suya, restaurando así el orden roto por el crimen.

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Análisis de Hamlet: Venganza y Destrucción

El documento resume la tragedia Hamlet de William Shakespeare. Narra que Hamlet, príncipe de Dinamarca, busca vengar el asesinato de su padre a manos de su tío Claudio, quien usurpó el trono. Hamlet duda en actuar debido a sus emociones. Finalmente, su búsqueda de la verdad conduce a una catástrofe con muchas muertes, incluyendo la suya, restaurando así el orden roto por el crimen.

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Literatura Universal y del Perú HAMLET

HAMLET
PRÍNCIPE DE DINAMARCA
William Shakespeare

al vez sea Hamlet, príncipe de Dinamarca, la tragedia más conoci-


da de Shakespeare. Escrita hacia 1601, ocupa estilística y artística-
mente todos los registros, haciéndola atractiva en su época para
públicos de toda clase y condición. Si Otelo es la tragedia de los
celos, Macbeth la de la ambición y Romeo y Julieta la del amor, la
de Hamlet es la de la venganza, con la cual se pretende establecer
un orden roto por un crimen previo, el asesinato de Hamlet padre,
el anterior rey de Dinamarca, por manos de su hermano Claudio,
llevado por su ambición. Hamlet hijo, guiado por sus emociones, no
sabe responder a sus propias preguntas. Sus deseos de descubrir
la verdad que su realidad oculta conducen, finalmente, a la catás-
trofe que el espectador ve en un escenario lleno de muertos y que
el lector descubre tras la palabra muerte en las últimas páginas.
Hamlet quiere pasar del caos al orden, pero termina muriendo,
como pago a esa restauración. Hamlet es algo más que un ajuste
de cuentas, es la interrogante sobre la realidad y sobre la aparien-
cia, es la búsqueda de una verdad que conduce a su héroe, por su
empeño, a su propia destrucción. El fin trágico no es otro que el
pago que debe darse al orden para que sea restaurado. Leyendo a
Shakespare nos damos cuenta de que sus tragedias no son exter-
nas, no caen sobre las figuras de sus personajes como una carga,
sino inherentes a la condición humana en todos los seres creados
por Shakespeare, y en Hamlet seguramente, más que en ninguno.

DRAMATIS PERSONAE

CLAUDIO, rey de Dinamarca. MARCELO, BERNARDO y FRANCISCO, ca-


HAMLET, príncipe de Dinamarca, hijo del
balleros de la guardia.
difunto rey y sobrino del actual REINALDO, criado de POLONIO.
FORTINBRAS, príncipe de Noruega. Un Capitán.
HORACIO, amigo de HAMLET. Cómicos.
POLONIO, Lord Chambelán. Dos CLOWNS, sepultureros.
LAERTES, hijo de Polonio. GERTRUDIS, reina de Dinamarca y madre
VOLTIMAND, CORNELIO, cortesanos y em-
de HAMLET.
bajadores en Noruega. OFELIA, hija de POLONIO.
ROSENCRANTZ, GUILDENSTERN, compa- Señores, Damas, Oficiales, Soldados, Ma-
ñeros y amigos de HAMLET. rineros, mensajeros y otros servidores.
OSRIC. La SOMBRA del padre de HAMLET.
Un caballero. Escena. – Elsinor.
Un sacerdote.

79
HAMLET Literatura Universal y del Perú

ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
(Elsinor. Explanada delante del castillo)
(FRANCISCO, de centinela en su puesto. Entra BERNARDO, dirigiéndose a él)

BERNARDO. ¿Quién vive? BERNARDO. ¡Bien venido, Horacio! ¡Bien


venido, querido Marcelo!
FRANCISCO. ¡No, contestadme a mí! ¡Alto
y descubríos! MARCELO. Y qué, ¿se ha vuelto a apare-
cer eso esta noche?
BERNARDO. «¡Viva el rey»!
BERNARDO. Yo no he visto nada.
FRANCISCO. ¿Bernardo?
MARCELO. Horacio dice que todo es pura
BERNARDO. El mismo.
ilusión nuestra, y no quiere creer lo refe-
FRANCISCO. Llegáis muy puntualmente a rente a esa espantosa aparición que he-
vuestra hora. mos visto ya en dos ocasiones. Le he
rogado, por tanto, que venga con nosotros
BERNARDO. Acaban de dar las doce. Vete
a velar toda la noche, para que, si vuelve a
a dormir, Francisco.
salir ese fantasma, pueda dar crédito a
FRANCISCO. Muchas gracias por el rele- nuestros ojos y hablarle.
vo. Hace un frío cruel, y estoy delicado del
HORACIO. ¡Quita, quita! ¡Qué ha de salir!
pecho.
BERNARDO. Sentémonos un rato, y dejad
BERNARDO. ¿Ha sido tranquila vuestra
que asaltemos nuevamente vuestros oí-
guardia?
dos, tan inexpugnables contra la narración
FRANCISCO. Ni un ratón se ha movido. del suceso que hemos presenciado ya dos
BERNARDO. Está bien; buenas noches. noches.
Si halláis a Horacio y Marcelo, mis compa- HORACIO. Vaya, pues sentémonos, y a ver
ñeros de guardia, decidles que se den pri- qué nos cuenta de eso Bernardo.
sa.
BERNARDO. La noche pasada, cuando
FRANCISCO. Me parece oírlos. ¡Alto! ¡Eh! esa misma estrella que se ve al occidente
¿Quién va? del polo había hecho su curso hasta ilumi-
(Entran HORACIO y MARCELO.) nar la parte del cielo en que ahora brilla,
Marcelo y yo, a tiempo que el reloj daba la
HORACIO. ¡Amigos del país! una…
MARCELO. ¡Y vasallos del rey de Dina- (Entra la SOMBRA.)
marca! MARCELO. ¡Silencio! ¡Detente! ¡Mírale por
FRANCISCO. Os doy las buenas noches. dónde viene otra vez! ...

MARCELO. ¡Oh, adiós, pundonoroso mili- BERNARDO. ¡Es la misma figura, seme-
tar! ¿Quién os ha relevado? jante al rey difunto!

FRANCISCO. Bernardo ocupa mi puesto. MARCELO. ¡Háblale, Horacio, tú que eres


¡Buenas noches! (Sale.) hombre de letras!

MARCELO. ¡Hola, Bernardo! BERNARDO. ¿No se parece en todo al


rey? ¡Fíjate, Horacio!
BERNARDO. ¡Digo! ¿Está ahí Horacio?
HORACIO. ¡Exactamente! ¡Me estremece
HORACIO. Un pedazo de él. de asombro y de terror!

80
Literatura Universal y del Perú HAMLET

BERNARDO. Querrá que le hablen. gue el domingo del resto de la semana;


qué peligro se avecina para que esa ja-
MARCELO. ¡Pregúntale, Horacio!
deante actividad convierta la noche en
HORACIO. ¿Quién eres tú, que así usur- compañera de trabajo del día; ¿quién po-
pas esta hora a la noche, a la vez que esa drá explicármelo?
noble y guerrera presencia con que en otro
HORACIO. Yo puedo explicártelo, o, al
tiempo solía marchar al frente de los ejérci-
menos, así se susurra. Nuestro último rey,
tos la majestad del sepultado danés? ¡Por
cuya imagen acaba de aparecérsenos, fue,
el Cielo te conjuro! ¡Habla!
como va sabéis, retado en singular comba-
MARCELO. ¡Está enojado! te por Fortimbrás de Noruega, a quien agui-
BERNARDO. ¡Mira, se aleja altivo! joneaba la más celosa envidia. En aquel
desafío, nuestro valeroso Hamlet, que tal
HORACIO. ¡Detente! ¡Habla! ¡Habla! ¡Te timbre de gloria adquirió en esta parte del
conjuro a que hables! (Sale la SOMBRA.) mundo que nos es conocida, dio muerte a
MARCELO. ¡Se ha ido sin querer contes- Fortimbrás, quien, en virtud de un contrato
tar! sellado y plenamente ratificado, según la
ley y el fuero de armas, al perder la vida
BERNARDO. ¿Qué tal, Horacio? ¡Os veo cedía al vencedor todas aquellas tierras
temblar y palidecer! ¿Era esto algo más sobre las cuales se extendía su dominio.
que fantasías? ¿Qué opináis de ello? Nuestro rey, en cambio, se comprometió a
HORACIO. ¡Por Dios, que jamás lo hubie- entregarle una porción equivalente de terri-
ra creído, sin la sensible y patente demos- torio, que debía pasar a poder de Fortim-
tración de mis propios ojos! brás, caso de que éste saliera triunfante. Y
sucedió que, por el expresado convenio y a
MARCELO. ¿Y no se parece al rey? tenor de los artículos estipulados, recayó
HORACIO. ¡Como tú a ti mismo! Tal era la todo en Hamlet. Ahora, señor, Fortimbrás
armadura que llevaba cuando combatió el joven, henchido de un carácter indómito
con el ambicioso noruego, y así frunció el e inexperto ha ido reclutando aquí y allá, en
ceño cuando, en airada entrevista, derribó las fronteras de Noruega, una turba de
de su trineo al polaco, haciéndole rodar por desheredados, resueltos, por comida y die-
la nieve. ¡Esto es maravilloso! ta, a alguna empresa a prueba de resolu-
ción, y que no es otra como ha entendido
MARCELO. Pues ya en dos ocasiones, y perfectamente nuestro Gobierno, sino ve-
justamente a esta hora de silencio mortal, nir a recobrar, con mano airada y términos
ha pasado con marcial continente1 por de- conminatorios, las mencionadas tierras que
lante de nuestra guardia. de tal modo perdió su padre. Y éste es, en
HORACIO. No sé a punto fijo qué pensar mi sentir, el motivo principal de nuestros
acerca de ello; pero, en mi humilde y mo- preparativos, la causa de estas guardias
desto parecer, esto augura alguna extraña que venimos haciendo y la razón capital de
conmoción en nuestro Estado. ese febril trajín y bullicioso trastorno en que
se halla la nación.
MARCELO. Pues bien: sentémonos, y que
me diga quien lo sepa por qué fatigan de BERNARDO. Opino que no debe de ser
tal modo por las noches a los súbditos del más que eso, que bien pudiera explicar el
país con estas guardias tan extremadas y por qué se aparece armada en medio de
rigurosas, y por qué tanta fundición de ca- nuestra guardia esa visión portentosa tan
ñones de bronce y ese acopio extranjero semejante al rey que fue y es la causa de
de pertrechos de guerra; por qué esa leva estas guerras.
de calafates2, cuya penosa labor no distin-

1
Con marcial continente: con apariencia militar.
2
Calafates: carpinteros especializados en hacer herméticos los cascos de los barcos.

81
HAMLET Literatura Universal y del Perú

HORACIO. ¡He aquí una pequeña mancha trompeta de la mañana, despierta al dios
para nublar los ojos del entendimiento! En del día con la alta y aguda voz de su gar-
la época más gloriosa y floreciente de ganta sonora y que a esta señal los espíri-
Roma, poco antes de sucumbir el podero- tus que vagan errantes, ya se encuentren
sísimo Julio, las tumbas quedaron vacías, en el agua o en el fuego, o en la tierra o en
y los difuntos, envueltos en sus mortajas, el aire, huyen a su región. Y de la verdad
vagaban por las calles de Roma dando ala- de esto es clara prueba lo que acabamos
ridos y confusas voces; viéronse también de ver.
raros prodigios en el cielo, como estrellas
MARCELO. ¡En efecto, desapareció al
de colas encendidas, lluvia de sangre y
cantar el gallo! Dicen que cada vez que se
maleficio en el sol; y el húmedo planeta, a
aproxima el tiempo en que se celebra el
cuya influencia está sujeto el imperio de
nacimiento de nuestro Salvador, el ave del
Neptuno, padeció eclipse, como si hubiera
alba pasa cantando la noche entera, y en-
llegado el día del Juicio final. Y estos mis-
tonces, según aseguran, ningún espíritu se
mos pronósticos de espantables sucesos,
atreve a salir de su morada. Las noches
a modo de nuncios, que preceden siempre
son saludables. Ningún planeta ejerce en-
a los hados y prólogo de calamidades in-
tonces maleficio, ni ningún hada ni hechi-
mediatas, son los que, cielo y tierra juntos,
cera tienen poder para encantar. ¡Tan
se han manifestado a nuestros climas y
sagrado y lleno de gracia es aquel tiempo!
compatriotas. (Vuelve a entrar la SOMBRA.)
Pero ¡silencio! ¡Mirad! ¡Ved dónde aparece HORACIO. Así lo tengo entendido, y en
de nuevo!... ¡He de salir al encuentro, aun- parte lo creo. Pero; ved cómo la aurora,
que me hechices! ¡Detente, fantasma! ¡Si envuelta en su manto pura, viene pisando
puedes emitir sonidos o usar de la voz, el rocío de aquella empinada colina que se
háblame! ¡Si hay alguna buena obra por ve hacia el Oriente! Rindamos nuestra
hacer, que te reporte a ti un alivio y a mí la guardia, y, siguiendo mi consejo, vayamos
gracia divina, háblame! ¡Si eres sabedor a comunicar al joven Hamlet lo que hemos
del destino que amenaza a tu país y que, visto esta noche, pues, por mi vida, ese
previéndolo, felizmente pueda evitarse, oh, espíritu, mudo para nosotros, pretende ha-
habla! O si en vida depositaste en las en- blarle. ¿Os parece bien que le informemos
trañas de la tierra tesoros mal adquiridos, de ello, como exige nuestro afecto, cum-
por cuya causa, según se dice, vosotros, pliendo nuestro deber?
los espíritus, con frecuencia vagáis erran-
MARCELO. Hagámoslo, os suplico; que yo
tes después de la muerte, ¡dímelo...! ¡De-
sé dónde podremos verle esta mañana con
tente y habla!… (Canta el gallo.) ¡Ciérrale
toda seguridad.
el paso, Marcelo!
(Salen.)
MARCELO. ¿Le doy con mi partesana?
HORACIO. ¡Dale, si no quiere detenerse!
BERNARDO. ¡Aquí está!
ESCENA II
HORACIO. ¡Aquí! (Sale la SOMBRA) SALÓN DEL TRONO
EN EL CASTILLO
MARCELO. ¡Se ha ido! ...¡Mal hemos he-
cho, con toda su majestuosidad, en ofre-
cerle demostraciones de violencia, porque (Trompetería. Entran el REY, la REINA,
es invulnerable como el aire y nuestros HAMLET, POLONIO, LAERTES, VOLTIMAND,
vanos golpes una burla cruel! CORNELIO, Señores y acompañamiento.)

BERNARDO. ¡Estaba a punto de hablar REY. Aunque todavía permanezca vivo el


cuando cantó el gallo! recuerdo de la muerte de nuestro querido
hermano Hamlet, y nos incumba mantener
HORACIO. ¡Y entonces se estremeció, en duelo nuestro corazón y contraído a todo
como un delincuente bajo un terrible re- nuestro reino en un solo gesto de pesar,
querimiento. He oído contar que el gallo, sin embargo, tanto y tanto ha combatido la

82
Literatura Universal y del Perú HAMLET

discreción con la Naturaleza, que pensa- ahora, Laertes, ¿qué se os ofrece? Me


mos ya en él como un dolor más prudente hablasteis de cierta petición. ¿Cuál es,
y sin olvidarnos de nosotros mismos. A este Laertes? Ninguna cosa razonable podrás
fin hemos tomado por esposa a la que un exponer al rey de Dinamarca y ser des-
tiempo fue nuestra hermana y es hoy nues- atendido. ¿Qué solicitarías de mí, Laertes,
tra reina, la consorte imperial de este beli- que no se adelantara a tu demanda mi ofer-
coso Estado, si bien, por decirlo así con ta? No es más afín la cabeza al corazón ni
una alegría malograda, con un ojo risueño más servicial la mano al labio que la coro-
y el otro vertiendo llanto, con regocijo en na de Dinamarca a tu padre. ¿Qué desea-
los funerales y endechas3 en el himeneo4, rías?
pesando en igual balanza el placer y la
LAERTES. Mi respetable señor, vuestro
aflicción. No hemos dejado de seguir en
permiso y beneplácito para volver a Fran-
esto vuestro acertado juicio que libre y es-
cia, pues si bien vine de allí gustoso a
pontáneamente se mostró favorable al
Dinamarca para rendiros homenaje en
asunto. Por todo lo cual os damos las gra-
vuestra coronación, debo confesaros que,
cias. Pasando ahora a otra cuestión, ya
cumpliendo este deber, mis pensamientos
sabéis que Fortimbrás el joven, formándo-
e inclinaciones se enderezan de nuevo a
se una idea mezquina de nuestro poder, o
Francia y se someten humildemente a
presumiendo que por la reciente muerte de
vuestra generosa venia y permiso.
nuestro querido hermano nuestra nación se
halla desquiciada y desunida, apoyado en REY. ¿Habéis obtenido ya licencia de vues-
el sueño de una ocasión ventajosa, no ha tro padre? ¿Qué dice Polonio?
cesado de importunarnos con mensajes,
POLONIO. La tiene, señor; a fuerza de te-
pidiéndonos la entrega de aquellos territo-
nacidad, consiguió mi tardío permiso, tras
rios perdidos por su padre y adquiridos por
laboriosas peticiones, y al fin sellé sus de-
nuestro valeroso hermano con todas las
seos con mi arduo consentimiento. Os su-
formalidades de la ley. Esto, en cuanto a él
plico, pues, que le otorguéis licencia para
atañe. Ahora, en cuanto a Nos y al objeto
partir.
de nuestra reunión, he aquí de qué se tra-
ta. Hemos escrito este despacho al rey REY. Escoge la mejor hora, Laertes; tuyo
de Noruega, tío del joven Fortimbrás que, es el tiempo, e inviértanlo tus excelentes
achacoso y postrado en cama, apenas dotes con la medida de tu gusto... Y ahora,
tiene noticias de los proyectos de su so- Hamlet, primado de mi trono, mi hijo...
brino, a fin de que les impida llevarlos ade- HAMLET. (Aparte.) Un poco menos que
lante, ya que las levas, enganches y primado y un poco más que primo.
aprestos completos se efectúan todos en
su jurisdicción. Y os despachamos a vos, REY. ¿Por qué te envuelven todavía esas
buen Cornelio, y a vos, Voltimand, para que nubes de tristeza?
transmitáis nuestro saludo al anciano mo- HAMLET. Nada de eso, señor mío; me da
narca noruego, sin revestimos de más fa- demasiado el sol.
cultad personal para las negociaciones con
el rey sino la permitida dentro de los límites REINA. Querido Hamlet, arroja ese traje
que estos artículos detallan. ¡Adiós, y que de luto, y miren tus ojos como a un amigo
vuestra diligencia realce vuestros servicios! al rey de Dinamarca. No estés continua-
mente con los párpados abatidos, buscan-
CORNELIO y VOLTIMAND. En esto, como do en el polvo a tu noble padre. Ya sabes
en todo, cumpliremos el deber. que ésta es la suerte común: todo cuanto
REY. No lo dudamos. ¡Nuestro cordial vive debe morir, cruzando por la vida hacia
adiós! (Salen VOLTIMAND y CORNELIO.) Y la eternidad.

3
Endechas: canciones tristes o de lamento.
4
Himeneo: bodas.

83
HAMLET Literatura Universal y del Perú

HAMLET. Sí, señora; es la suerte común. más inmediato a nuestro trono, y no menos
acendrado que el amor que el más tierno
REINA. Pues si lo es, ¿por qué parece que
padre siente por su hijo es el que yo os
te afecta de un modo tan particular?
profeso... En cuanto a vuestra intención de
HAMLET. ¡«Parece», señora! ¡No; es! ¡Yo volver a la Universidad de Wittenberg, nada
no sé parecer! ¡No es sólo mi negro manto, hay más opuesto a nuestros deseos, que
buena madre, ni el obligado traje de riguro- consintáis en permanecer y os suplicamos
so luto, ni los vaporosos suspiros de un aquí, bajo la alegría y deleite de nuestros
aliento ahogado, no; ni el raudal desbor- ojos, como el primero de nuestros cortesa-
dante de los ojos, ni la expresión abatida nos; sobrino e hijo nuestro.
del semblante, junto con todas las formas,
REINA. No sean vanos los ruegos de tu
modos y exteriorizaciones de dolor, lo que
madre, Hamlet. Te suplico permanezcas
pueda indicar mi estado de ánimo! ¡Todo
con nosotros; no vayas a Wittenberg.
esto es realmente apariencia, pues son
cosas que el hombre puede fingir; pero lo HAMLET. Haré cuanto esté de mi parte por
que dentro de mí siento sobrepuja a todas obedeceros, señora.
las exterioridades, que no vienen a ser sino
REY. ¡Bien, he ahí una respuesta amable y
atavíos y galas del dolor!
respetuosa! ¡Sed cual Nos mismo en Dina-
REY. Es una hermosa acción que enaltece marca! Señora, venid; esa noble y espon-
vuestros sentimientos, Hamlet, el rendir a tánea decisión de Hamlet se posa risueña
vuestro padre ese fúnebre tributo; mas no en mi corazón, en gracia de lo cual, ningún
debéis ignorar que vuestro padre perdió a alegre brindis habrá hoy en Dinamarca sin
su padre; que éste perdió también al suyo, que lo anuncie a las nubes el potente ca-
y que el superviviente queda comprometido ñón, y sin que a cada libación del rey re-
por cierto término a la obligación filial de tumben estrepitosamente los cielos, repi-
consagrarle el correspondiente dolor. Pero tiendo el trueno de la Tierra. ¡Vamos, allá!
perseverar en obstinado desconsuelo es (Trompetería. Salen todos, menos HA-
una conducta de impía terquedad; es un MLET.)
pesar indigno del hombre; muestra una
HAMLET. ¡Oh!…¡Que esta sólida, excesi-
voluntad rebelde al cielo, un corazón débil,
vamente sólida, carne pudiera derretirse,
un alma sin resignación, una inteligencia
deshacerse y disolverse en rocío! ...¡O que
limitada e inculta. Pues si sabemos que
no hubiese fijado el Eterno su ley contra el
esto ha de suceder necesariamente que es
suicidio! ...¡Oh Diosl ¡Dios! ... ¡Qué fastidio-
tan común como la cosa más vulgar de
sas, rancias, vanas e inútiles me parecen
cuantas se ofrecen a nuestros sentidos,
las prácticas todas de este mundo!... ¡Ver-
¿por qué con terca oposición hemos de
güenza de ello! ¡Ah! ¡Vergüenzal ¡Es un
tomarlo tan a pecho? Vaya, ése es un peca-
jardín de malas hierbas sin escardar, que
do contra el Cielo, una ofensa a los muer-
crece para semilla; productos de naturale-
tos, un delito contra la Naturaleza, el mayor
za grosera y amarga lo ocupan únicamen-
absurdo a la razón, cuyo tema común es la
te! ...¡Que se haya llegado a esto! ...¡Sólo
muerte de los padres, y que desde el primer
dos meses que murió! ...¡No, no tanto; ni
difunto hasta el que muere hoy no ha cesa-
dos! ¡Un rey tan excelente, que, compara-
do de exclamar: «¡Así ha de ser!» Os roga-
do con éste, era lo que Hiperión5 a un sáti-
mos, por tanto, que moderéis ese inútil
ro! ¡Tan afectuoso para con mi madre, que
desconsuelo y nos miréis como a un padre,
no hubiera permitido que las auras celes-
porque, sépalo todo el mundo, vos sois el

5
Hiperión: Personaje propio de la mitología griega. Es uno de los Titanes, hijo de Uranio y de Gea.
Casado con su hermana Tía, engendró al Sol. También se le suele denominar Hiperión, por
extensión, al mismo Sol. Etimológicamente significa “el que va por encima de la Tierra”.

84
Literatura Universal y del Perú HAMLET

tes rozaran con demasiada violencia su HAMLET. Por favor, no te burles de mí,
rostro! ¡Cielos y tierra! ¿Habrá que recor- condiscípulo. Yo creo que ha sido a las
darlo? ¡Cómo! ¡Ella, que se colgaba de él, bodas de mi madre.
como si su ansia de apetitos acrecentara lo
HORACIO. Verdaderamente, señor, que
que los nutría! Y, sin embargo, al cabo de
han venido poco tiempo después.
un mes... ¡no quiero pensar en ello! ¡Fragi-
lidad, tienes nombre de mujer! …¡Un mes HAMLET. ¡Economía, Horacio, economía!
apenas, antes de estropearse los zapatos Los manjares cocinados para el banquete
con que siguiera el cuerpo de mi pobre del funeral sirvieron de fiambres en la mesa
padre, como Níobe arrasada en lágrimas...; nupcial. ¡Quisiera haberme hallado en el
ella, sí, ella misma…! ¡Oh Dios, una bestia cielo con mi más entrañable enemigo an-
incapaz de raciocinio hubiera sentido un tes de haber presenciado semejante día,
dolor más duradero, casada con mi tío, con Horacio! ¡Mi padre...! ¡Me parece que veo
el hermano de mi padre, aunque no más a mi padre!...
parecido a mi padre que yo a Hércules! ...
HORACIO. ¡Oh! ¿Dónde, señor?
¡Al cabo de un mes! ...¡Aun antes que la sal
de sus pérfidas lágrimas abandonara el flu- HAMLET. ¡En los ojos de mi alma, Hora-
jo de sus irritados ojos, desposada! ¡Oh cio!
ligereza más que infame, correr con tal pre- HORACIO. Yo le vi una vez. ¡Era un gran
mura al tálamo incestuoso! ¡Esto no es rey!
bueno, ni puede acabar bien! Pero ¡rómpe-
te, corazón, pues debo refrenar la lengua! HAMLET. ¡Era un hombre, en todo y por
todo, como no espero hallar otro semejan-
(Entran HORACIO, MARCELO y BERNARDO) te!
HORACIO. ¡Salud a Vuestra Alteza! HORACIO. Señor, creo haberle visto ano-
HAMLET. Me alegro de hallaros bien... Sois che.
Horacio... o me he olvidado de mi propia HAMLET. ¿Visto? ¿A quién?
persona.
HORACIO. Al rey, vuestro padre, señor.
HORACIO. El mismo, señor y siempre
vuestro humilde criado. HAMLET. ¡Al rey, mi padre!
HAMLET. ¡Señor, mi buen amigo! Quiero HORACIO. Contened un instante vuestro
cambiar contigo este nombre. ¿Y qué te asombro y prestadme oído atento, mien-
trae de Wittenberg, –Horacio?... ¡Marcelo! tras, con el testimonio de estos caballeros,
os relato el prodigio.
MARCELO. ¡Mi querido señor!
HAMLET. ¡Por amor de Dios, que te oiga!
HAMLET. Me alegro mucho de veros. (A
BERNARDO.) ¡Buenas tardes, señor! Pero, HORACIO. Dos noches seguidas, hallán-
de verdad, Horacio, ¿qué te ha traído lejos dose de guardia estos caballeros, Marcelo
de Wittenberg? y Bernardo, en la quietud sepulcral de la
medianoche, tuvieron este encuentro. Una
HORACIO. La inclinación a la vagancia, figura idéntica a vuestro padre, perfecta-
querido señor. mente armada de punta en blanco, se les
HAMLET. No quisiera oír eso a un enemi- puso delante, y con andar solemne pasó
go tuyo, ni obligarás a mis oídos a que dis- con lentitud y majestuosidad por su lado.
culpen una confesión propia que te ofende. Tres veces le han visto desfilar ante sus
Sé que no eres dado a la vagancia. Con- ojos, atónitos y sobrecogidos de terror, a la
que, ¿cuál es tu objeto en Elsinor? ¡Te en- distancia del bastón de mando que empu-
señaremos a empinar el codo antes de que ñaba, mientras ellos, reducidos casi a ge-
partas! latina por la acción del miedo, permanecie-
ron mudos y no se atrevieron a hablarle.
HORACIO. Señor, he venido a asistir a los Esto es lo que con medroso misterio me
funerales de vuestro padre. comunicaron, y a la tercera noche hice con

85
HAMLET Literatura Universal y del Perú

ellos la guardia; allí, justamente a la misma HORACIO. ¡Os habría pasmado de asom-
hora y en la misma forma que me lo indica- bro!
ron, presentóse la aparición, resultando
HAMLET. Muy probable, muy probable...
ciertas y exactas sus palabras. ¡Yo conocí
¿Permaneció mucho tiempo?
a vuestro padre! ¡No son más semejantes
estas manos! HORACIO. Mientras se cuenta sin gran
prisa hasta ciento.
HAMLET. Pero ¿en dónde fue eso?
MARCELO y BERNARDO. ¡Más, más!
MARCELO. Señor, en la explanada donde
hacíamos la guardia. HORACIO. No estuvo más cuando yo le vi.
HAMLET. ¿Y no le hablaste? HAMLET. Su barba era entrecana, ¿no?
HORACIO. Sí, señor; pero no me dio res- HORACIO. Sí, señor, como yo se la vi en
puesta alguna. Sin embargo, me pareció vida, de un gris plateado.
una vez que alzaba la cabeza y hacía un HAMLET. Haré guardia esta noche; quizá
ademán como si fuese a hablarme; pero se aparezca de nuevo.
en aquel preciso momento lanzó el gallo
matutino su voz aguda, y, a su canto, la HORACIO. De seguro.
sombra, estremecida, huyó precipitada- HAMLET. ¡Si adopta la figura de mi noble
mente y se desvaneció ante nuestra vista. padre, le hablaré, aunque el infierno abra
HAMLET. ¡Es muy extraño! rugiendo su boca y me mande callar! Os
ruego a todos que si hasta ahora habéis
HORACIO. ¡Tan cierto como vivo, mi hono- ocultado esta visión, sigáis teniéndola en el
rable señor, que ésta es la pura verdad, y mayor secreto, y cualquier cosa que esta
hemos creído de imprescindible deber el noche ocurra, lo confiéis al pensamiento,
instruirnos de ello! pero no a la lengua. Yo sabré corresponder
HAMLET. En verdad, en verdad, señores, a vuestro afecto. Conque adiós. Entre las
que esto me inquieta... ¿Estáis esta noche once y doce iré a veros a la explanada.
de guardia? TODOS. Nuestros respetos a Vuestra Alte-
MARCELO y BERNARDO. Estamos, se- za.
ñor. HAMLET. Vuestra amistad, como la mía a
HAMLET. ¿Que iba armado decís? vosotros. ¡Adiós! (Salen todos, menos
HAMLET.) ¡El espíritu de mi padre en ar-
MARCELO y BERNARDO. Armado, señor.
mas!... ¡Esto no va bien! ... ¡Sospecho al-
HAMLET. ¿De punta en blanco? guna mala pasada! …¡Quisiera que
hubiese llegado ya la noche!... ¡Hasta en-
MARCELO y BERNARDO. De pies a ca-
tonces, silencio, alma mía! ¡Los actos cri-
beza, señor.
minales surgirán a la vista de los hombres,
HAMLET. Luego no le veríais el rostro. aunque los sepulte toda la tierra! (Sale.)
HORACIO. ¡Oh, sí, señor! Traía alzada la
visera.
ESCENA III
HAMLET. Qué, ¿miraba ceñudamente?
SALA EN CASA DE POLONIO
HORACIO. Su aspecto era más bien de
tristeza que de enojo. (Entran LAERTES Y OFELIA)
HAMLET. ¿Pálido o encendido? LAERTES. Mi equipaje está ya a bordo.
Adiós, hermana, y siempre que el viento
HORACIO. No, sumamente pálido.
sea favorable y haya medio de comunica-
HAMLET. ¿Y clavó en ti los ojos? ción, no te duermas, sino hazme saber de
ti.
HORACIO. Con mucha insistencia.
OFELIA. ¿Lo dudas?
HAMLET. ¡Hubiera querido estar allí!

86
Literatura Universal y del Perú HAMLET

LAERTES. En cuanto a Hamlet y sus frívo- OFELIA. Conservaré, como salvaguardia


los obsequios, tómalo como una fantasía y de mi corazón, el recuerdo de esas saluda-
capricho ardoroso, una violeta de la florida bles máximas. Pero, mi buen hermano, no
primavera de la juventud, precoz, pero no hagas como algunos predicadores inexo-
permanente; suave, mas no duradera; per- rables, que enseñan el áspero y espinoso
fume y deleite de un minuto; nada más. camino del cielo, mientras ellos, como jac-
tanciosos y procaces libertinos, pisan la
OFELIA. ¿Nada más que eso? senda florida de los placeres y no se preo-
cupan de su propia doctrina.
LAERTES. No pienses en ello más, pues
la Naturaleza el hacernos crecer, no sólo LAERTES. ¡Oh! No temas por mí. Me de-
nos favorece en fuerzas y volumen, sino tengo demasiado. Mas aquí viene mi pa-
que a medida que va ensanchando el tem- dre. (Entra POLONIO.) Una doble bendición
plo, dilata con él, a la par, el espacio inter- es una doble merced. Suerte es poder des-
no de inteligencia y alma. Quizá ahora te pedirse dos veces.
ame, y que al presente ninguna mancha ni
POLONIO. ¡Todavía aquí, Laertes! ¡A bor-
doblez empañe la pureza de sus intencio-
do, a bordo! ¡Qué vergüenza! El viento so-
nes. Pero debes temer, al considerar su
pla en la popa de tu nave, y sólo aguardan
alta alcurnia, que el príncipe no tiene vo-
tu llegada. Acércate. ¡Que mi bendición sea
luntad propia, pues se halla sujeto a su
contigo! Y procura imprimir en la memoria
nacimiento, y no le es permitido, como a
estos pocos preceptos: No propales tus
las personas de humilde categoría, preten-
pensamientos ni ejecutes nada inconve-
der por sí mismo, pues de su elección de-
niente. Sé sencillo, pero en modo alguno
penden la salud y prosperidad de todo el
vulgar. Los amigos que escojas y cuya
reino, y, por tanto, su elevación es preciso
adopción hayas puesto a prueba, sujétalos
que se circunscriba a la voz y al asenti-
a tu alma con garfios de acero, pero no
miento de aquel cuerpo de que es cabeza.
encallezcas tu mano con agasajos a todo
Así, pues, si dice que te ama, será pruden-
camarada recién salido sin plumas del cas-
cia en ti no darle crédito, sino hasta donde
carón. Guárdate de entrar en pendencia;
él pueda, dentro de su linaje y función,
pero una vez en ella, obra de modo que
cumplir lo que promete; es decir, no más
sea el contrario quien se guarde de ti. Pres-
allá de lo que otorgue el voto general de
ta a todos tu oído, pero a pocos tu voz. Oye
Dinamarca. Por consiguiente, medita qué
las censuras de los demás, pero reserva tu
pérdida padecería tu honor si, con dema-
juicio. Que tu vestido sea tan costoso como
siada credulidad, dieras oídos a sus can-
tu bolsa lo permita, pero sin afectación a la
ciones, enajenando tu corazón o abriendo
hechura; rico, mas no extravagante, por-
el tesoro de tu castidad a sus desenfrena-
que el traje revela al sujeto, y en Francia
das impertinencias. Guárdate de ello, Ofe-
las personas son de esto modelo de finura
lia; guárdate de ello, querida hermana, y
y esplendidez. No pidas ni des prestado a
mantente a la zaga de tu inclinación, fuera
nadie, pues el prestar hace perder a un
del alcance y peligro del deseo. La más
tiempo el dinero y al amigo y sobre todo,
recatada doncella resulta demasiado pró-
esto: sé sincero contigo mismo, y de ello
diga si descubre sus hechizos a la luna. La
se seguirá, como la noche al día, que no
virtud misma no escapa a los golpes de la
puedes ser falso con nadie. ¡Adiós! Que mi
calumnia. El gusano roe con sabrosa fre-
bendición haga fructificar en ti todo esto.
cuencia las hojas de la primavera, aun an-
tes de entreabrirse sus capullos, y en la LAERTES. Humildemente me despido,
aurora y en el fresco rocío de la juventud señor.
es cuando más amenazan los hálitos pes-
POLONIO. El tiempo te insta. Márchate.
tilentes. Sé, pues, precavida; la mejor se-
Tus criados te esperan.
guridad estriba en el temor. La juventud se
rebela contra sí misma, aun cuando nadie LAERTES. ¡Adiós, Ofelia, y recuerda bien
se acerque a hostigarla. lo que te he dicho!

87
HAMLET Literatura Universal y del Perú

OFELIA. Queda encerrado en mi memo- mía, como fuego esas ráfagas que dan
ria, tú mismo guardarás la llave. más luz que calor y que se extinguen por
completo en el instante mismo en que más
LAERTES. ¡Adiós! (Sale.)
prometen. De hoy en adelante procura ser
POLONIO. ¿Qué te decía, Ofelia? más avara de tu presencia virginal. Pon tu
coloquio a precio más alto que el que im-
OFELIA. Si gustáis saberlo, cosas referen-
plica una insinuación. En cuanto al prínci-
tes al príncipe Hamlet.
pe Hamlet, solamente creas de él que es
POLONIO. ¡Bien pensado, a fe! Me han joven y que tiene más rienda suelta para
dicho que muy a menudo y de poco tiempo andar que la que a ti te es concedida. En
a esta parte te ha dedicado algunos ratos una palabra: Ofelia, no des crédito alguno
privadamente, y que tú le has admitido con a sus juramentos, pues son mediadores,
mucha complacencia y liberalidad. Si esto no de aquel tinte que muestra su ropaje,
es así, como por vía de aviso me han ase- sino simples encubridores de galanteos
gurado, debo decirte que no tienes de ti un pecaminosos que afectan aires de piado-
concepto tan limpio como conviene a una sas beatas alcahuetas para embaucar
hija mía y a tu decoro. ¿Qué hay entre vo- mejor. Desde ahora y para siempre: no
sotros? quiero, hablando en términos claros, que
OFELIA. Desde hace algún tiempo, señor, derroches un solo momento de ocio ha-
me ha hecho mil protestas de su afección blando o conversando con el príncipe Ha-
por mí. mlet. Atiende a ello; te lo encargo. Anda a
tus ocupaciones.
POLONIO. ¡Afección! ¡Bah! Hablas como
una muchacha en ciernes, que no ha pasa- OFELIA. Os obedeceré, señor. (Salen.)
do por el tamiz de tan peligrosas circuns-
tancias. ¿Y crees tú en sus protestas, como
tú las llamas? ESCENA IV
OFELIA. No sé qué debo pensar, señor. LA EXPLANADA
POLONIO. ¡Pardiez! Pues voy a decírtelo. (Entran HAMLET Y MARCELO)
Pienso que eres una chiquilla que ha toma-
do esas «protestas» como verdadero sala- HAMLET. ¡El aire muerde furiosamente!
rio, que debió «protestarse». Hazte a ti ¡Hace mucho frío!
misma «protestas» de mayor estimación o, HORACIO. ¡Es un aire sutil y penetrante!
para no hacer estallar a la pobre frase aco-
sándola de tal modo, «protestaré de que HAMLET. ¿Qué hora es?
me tengas por un necio. HORACIO. Debe de faltar poco para las
OFELIA. Señor, me ha requerido de amo- doce.
res con aire afectuoso. MARCELO. No, las han dado ya.
POLONIO. ¡Sí, bien puedes llamarle aire a HORACIO. ¿De veras? No las he oído.
eso! ¡Quita, quita allá! Pues, entonces, se acerca el momento en
OFELIA. Y autorizó sus palabras, señor, que suele pasearse el fantasma. (Lejano
con los más sagrados juramentos del Cie- toque festivo de trompetas y una salva de
lo. artillería.) ¿Qué significa esto, señor?
POLONIO. ¡Sí, lazos para coger chochas6! HAMLET. El rey, que vela esta noche y,
Demasiado sé yo con qué prodigalidades llena su copa, celebra la orgía, y el fanfa-
presta el alma juramentos a la lengua rrón se tambalea en una danza salvaje; y
cuando hierve la sangre. No tomes, hija como apura sus tragos del Rin, el timbal y

6
Chochas: becadas, aves.

88
Literatura Universal y del Perú HAMLET

la trompeta rebuznan el triunfo de sus brin- do de acero, vuelvas a visitar los pálidos
dis. fulgores de la luna, llenando la noche de
pavor? Y nosotros, pobres juguetes de la
HORACIO. ¿Es costumbre eso?
Naturaleza, ¿hemos de contemplar tan
HAMLET. Sí, a fe, se acostumbra. Pero, horriblemente agitado nuestro ser con pen-
aunque soy de aquí y estoy hecho a tales samientos más allá del alcance de nues-
usanzas, me parece que sería más deco- tras almas? Dime: ¿por qué todo esto? ¿A
roso quebrantar esa costumbre que seguir- qué obedece? ¿Qué debemos hacer? (La
la. Esas torpes bacanales son causa de SOMBRA hace señas a HAMLET.)
que, de Oriente hasta Occidente, nos deni-
HORACIO. ¡Os hace señas de que le
gren e insulten las naciones, nos traten de
acompañéis, como si deseara comunica-
beodos y manchen nuestra reputación con
ros algo a solas!
puercas frases. Y en verdad, esto quita de
nuestras hazañas, por brillantes que sean, MARCELO. ¡Ved con qué cortés ademán
la flor y nata de su gloria. Así suele aconte- os invita a un sitio más apartado! Pero, ¡no
cer a los individuos que tienen algún vicio- le sigáis!
so estigma natural, ya sea por nacimiento,
HORACIO. ¡No, de ninguna manera!
en lo que no son culpables, pues la Natura-
leza les impide escoger su origen, ya a HAMLET. ¡Me quiere hablar! ¡Debo, por
causa del predominio de algún instinto que tanto, acompañarle!
a menudo echa por tierra los parapetos y HORACIO. ¡No lo hagáis, señor!
valladares de la razón, o bien por un hábito
que recarga de levadura el molde de las HAMLET. Pues, ¿qué habré de temer? Yo
buenas costumbres, que estas personas, no aprecio mi vida en lo que vale un alfiler,
digo, llevando el sello de un solo defecto, y en cuanto a mi alma, ¿qué podrá hacerle,
ya sea debido a la librea de la Naturaleza, siendo, como él mismo, una cosa inmor-
o a la rueda de la Fortuna, todas sus virtu- tal?... ¡Otra vez me hace señas! ¡Le sigo!
des, aunque sean tan puras como la gracia HORACIO. Señor, ¿y si os atrae hacia las
de Dios y tan infinitas como pueda caber olas, o hacia la espantosa cumbre de esa
en el hombre, se verán menoscabadas en roca escarpada, que avanza mar adentro,
el común sentir por aquella falta particular. y asume allí alguna otra forma horrible, que
Un átomo de impureza corrompe la más pueda privaros del imperio de la razón y
noble sustancia, rebajándola al nivel de su arrastraros a la locura? ¡Pensadlo bien! ¡El
propia degradación. solo sitio, sin mediar ninguna otra causa,
(Entra la SOMBRA.) inspira ideas de desesperación al cerebro
de quien mire la enorme distancia de aque-
HORACIO. ¡Mirad, señor, ya se aparece! lla cumbre al mar y sienta bajo él su ronco
HAMLET. ¡Ángeles y ministros de piedad, bramido!
amparadnos! ¡Ya seas un espíritu bienhe- HAMLET. ¡Todavía me llama! …¡Vaya, te
chor o un genio maldito; ya te circunden sigo!
auras celestes o ráfagas infernales; sea tu
intención benéfica o malvada, te presentas MARCELO. ¡No iréis, señor!
en forma tan sugestiva, que quiero hablar- HAMLET. ¡Suelta esas manos!
te! ...¡Yo te invoco, Hamlet, rey, padre so-
berano de Dinamarca! ...¡Oh!… ¡Respon- HORACIO. ¡Sed cuerdo! ¡No vayáis!
dedme! ¡No me atormentes con la duda! HAMLET. ¡Mi destino me llama a voces y
…Antes, di: ¿por qué tus huesos benditos, vuelve la fibra más tierna de mi cuerpo, tan
sepultados en muerte, han rasgado su robusta como los nervios del león de Ne-
mortaja? ¿Por qué tu sepulcro, en el que te mea! ...¡Me llama todavía! ...¡Soltadme,
vimos quietamente depositado, ha abierto señores! ...¡Vive Dios que he de hacer otro
sus pesadas mandíbulas marmóreas para espíritu del que me detenga! ...¡Atrás, digo!
arrojarte otra vez? ¿Qué puede significar el ...Adelante! ¡Te acompaño! (Salen la SOM-
que tú cuerpo difunto, nuevamente revesti- BRA y HAMLET.)

89
HAMLET Literatura Universal y del Perú

HORACIO. ¡Su imaginación le exalta! de tus cabellos como las púas del irritado
puerco espín. Pero estos misterios de la
MARCELO. ¡Sigámosle! ¡En esto no debe-
eternidad no son para oídos de carne y
mos obedecerle!
sangre…¡Atiende! ¡Atiende! ¡Oh, atiende!
HORACIO. ¡Vayamos tras él! ...¿En qué ¡Si tuviste alguna vez amor a tu querido
parará todo esto? padre…!
MARCELO. Algo hay torcido en el Estado HAMLET. ¡Oh Dios!
de Dinamarca.
SOMBRA. ¡Véngale de su infame y mons-
HORACIO. ¡Que el Cielo lo enderece! truoso asesinato!
MARCELO. ¡No, sigámosle! (Salen.) HAMLET. ¡Asesinato!
SOMBRA. ¡Asesinato infame, como es
siempre el asesinato; pero éste es el más
infame, horrendo y monstruoso!
ESCENA V HAMLET. ¡Que lo sepa enseguida, para
OTRA PARTE que, con alas tan veloces como la fantasía
o los pensamientos amorosos, vuele a la
DE LA EXPLANADA
venganza!
(Entran la SOMBRA y HAMLET.)
SOMBRA. ¡Ya veo que estás pronto, y se-
rías más insensible que la grosera hierba
que arraiga por sí sola tranquilamente a
HAMLET. ¿Adónde me llevas? ¡Habla! ¡No
orillas del Leteo, si no te conmovieras por
voy más lejos!
lo que voy a decirte! ¡Así, pues, oye, Ha-
SOMBRA. ¡Escúchame! mlet! Ha corrido la voz de que, estando en
HAMLET. ¡Te escucho! mi jardín dormido, me mordió una serpien-
te: de tal modo han sido burdamente enga-
SOMBRA. ¡Está próxima la hora en que ñados los oídos de Dinamarca con este
debo restituirme a las sulfúreas y torturan- fabuloso relato de mi fallecimiento. Pero
tes llamas! sabe tú, noble joven, que la serpiente que
HAMLET. ¡Ay pobre espectro! quitó a tu padre la vida ciñe hoy su corona.

SOMBRA. ¡No me compadezcas! Presta HAMLET. ¡Oh alma mía profética! …¡Mi tío!
sólo profunda atención a lo que voy a reve- SOMBRA. ¡Sí, ese incestuoso, esa adúlte-
larte. ra bestia, con el hechizo de su ingenio, con
HAMLET. Habla; estoy obligado a oírte. sus pérfidas mañas, ¡oh maldito ingenio y
mañas malditas, que tienen tal poder de
SOMBRA. Así lo estarás a vengarme, seducir!, rindió a su vergonzosa lascivia la
cuando sepas... voluntad de la que parecía mi muy casta
HAMLET. ¿Qué? reina! ...¡Oh Hamlet, qué caída la suya! ¡De
mí, cuyo amor fue aquella excelsitud que
SOMBRA. Yo soy el alma de tu padre, con- enlazara siempre las manos con los jura-
denada por cierto tiempo a andar errante mentos que hice en el desposorio! ¡Y reba-
de noche y a alimentar el fuego durante el jarse hasta un canalla, cuyas prendas
día, hasta que estén extinguidos y purga- naturales eran tan inferiores comparadas
dos los torpes crímenes que en vida come- con las mías! Pero así como la virtud será
tí. De no estarme prohibido descubrir los siempre incorruptible, aunque la tiente la
secretos de mi prisión, podría hacerte un lujuria bajo una forma celestial, así tam-
relato cuya más insignificante palabra ho- bién la incontinencia, aunque esté enlaza-
rrorizaría tu alma, helaría tu sangre joven, da a un radiante serafín, se hastiará en un
haría como estrellas saltar tus ojos de sus tálamo divino e irá a cebarse en la basu-
órbitas, y separaría tus compactos y enros- ra... Pero, ¡basta! Me parece sentir el aura
cados bucles, poniendo de punta cada uno matutina. Permíteme ser breve. Durmien-

90
Literatura Universal y del Perú HAMLET

do, pues, en mi jardín, según mi costum- que puede uno sonreír y sonreír, y ser un
bre, después del mediodía, en esta hora de bellaco! A lo menos, estoy orgulloso de que
quietud, entró tu tío furtivamente, con un ello puede suceder en Dinamarca... (Escri-
pomo de maldito zumo de beleño y en el biendo.) ¡Conque, tío, ya estás aquí! Aho-
hueco de mi oído, vertió la leprífica destila- ra, a mi consigna, que es: «¡Adiós, adiós,
ción, cuyo efecto es tan contrario a la san- acuérdate de mí!» ¡Lo he jurado!
gre humana, que, rápido como el azogue,
HORACIO y MARCELO. (Dentro.) ¡Señor,
corre por las vías naturales y conductos del
señor!
cuerpo, y con repentino vigor cuaja y corta,
como gotas ácidas vertidas en la leche, la (Entran HORACIO y MARCELO.)
sangre sana y fluida. Tal aconteció con la
MARCELO. ¡Príncipe Hamlet!
mía, y he aquí que, de improviso, una lepra
vil invadía mi carne delicada, cubriéndola HORACIO. ¡Los cielos le asistan!
por completo de una infecta costra. Así fue MARCELO. ¡Así sea!
como, estando durmiendo, perdí a la vez, a
manos de mi hermano, mi vida, mi esposa HORACIO. ¡Ahó, ohé, ohé, señor!
y mi corona; segado en plena flor de mis HAMLET. ¡Húchoho, ohé, ohé, chiquirritín!
pecados, sin viático, óleos ni preparación, ¡Ven, pajarito, ven!
mis cuentas por hacer y enviado a juicio
con todas mis imperfecciones sobre mi MARCELO. ¿Qué ha sucedido, noble se-
cabeza. ¡Oh, horrible! ¡Oh, horrible, dema- ñor?
siado horrible! ¡Si tienes corazón, no lo HORACIO. ¿Qué noticias nos dais, señor?
soportes! ¡No consientas que el tálamo real
de Dinamarca sea un lecho de lujuria y cri- HAMLET. ¡Oh, asombrosas!
minal incesto! Pero de cualquier modo que HORACIO. Decidlas, querido señor.
realices la empresa, no contamines tu es-
píritu ni dejes que tu alma intente daño al- HAMLET. ¡No, las revelaríais!
guno contra tu madre. Abandónala al Cielo HORACIO. ¡Jamás yo, señor! ¡Por el Cielol
y a aquellas espinas que anidan en su pe-
cho para herirla y punzarla. ¡Adiós de una MARCELO. ¡Ni yo, señor!
vez! Ya la luciérnaga anuncia la proximidad HAMLET. ¿Qué os parece?... ¿Hubiera
del alba y comienza a palidecer su indeciso cabido nunca en pecho humano? Pero
fulgor. ¡Adiós, adiós, adiós! ¡Acuérdate de ¿guardaréis el secreto?
mí! (Sale la SOMBRA.)
HORACIO Y MARCELO. ¡Sí, por el Cielo,
HAMLET. ¡Oh vosotras todas, legiones señor!
celestiales! ...¡Oh tierra! ¿Y qué más?,
HAMLET. ¡No habita en toda Dinamarca
¿añadiré infiernos... ¡Oh infamia! ¡Detente,
un infame... que no sea un bribón remata-
detente, corazón mío! ¡y vosotros, nervios,
do!
no caduquéis de pronto y mantenedme
enhiesto! ...¡Que me acuerde de ti!… ¡Sí, HORACIO. Para decir eso, no hace falta,
Sombra desventurada, mientras la memo- señor, que espectro alguno salga de su
ria tenga asiento en este desquiciado glo- tumba.
bo! ...¡Que me acuerde de ti! ¡Sí, borraré
HAMLET. Sí, cierto…; estás en lo cierto...
de las tabletas de mi memoria todo recuer-
Y, por tanto, sin más ceremonias, creo con-
do trivial y vano, todas las sentencias de
veniente que nos demos la mano y nos
los libros, todas las ideas, todas las impre-
marchemos; vosotros, a donde os llamen
siones pasadas, que copiaron allí la juven-
vuestros asuntos e inclinaciones… pues
tud y la observación! Y sólo tu mandato
todo el mundo tiene asuntos e inclinacio-
vivirá en el libro y volumen de mi cerebro,
nes..., sean cuales fueren; y yo, pobre de
sin mezcla de materia vil. ¡Sí, por los cie-
mí, miradlo, a rezar.
los! …¡Oh la más inicua de las mujeres!
¡Oh infame, infame; risueño y maldito infa- HORACIO. Esas no son más que unas
me!… ¡Mis tablillas! ...¡Bueno será apuntar palabras absurdas y sin sentido, señor.

91
HAMLET Literatura Universal y del Perú

HAMLET. Siento cordialmente que os ofen- HORACIO. ¡Oh luz y tinieblas!… Pero ¡esto
dan. Sí, a fe, cordialmente. es prodigiosamente extraño!
HORACIO. No hay ofensa alguna, señor. HAMLET. ¡Pues dale, por lo mismo, como
a un extraño, buen recibimiento! ¡Hay algo
HAMLET. ¡Sí, por San Patricio; la hay, Ho-
más en el cielo y en la tierra, Horacio, de lo
racio, y demasiado grande!… Respecto a
que ha soñado tu filosofía! Pero venid, ju-
esa aparición, es un espíritu vulnerable,
rad, como antes, y así el cielo os ayude,
permitid que os lo diga. En cuanto a vues-
que por muy rara y extravagante que sea
tro deseo por conocer lo que ha pasado
mi conducta, puesto que quizá en lo suce-
entre los dos, reprimidlo como podáis. Y
sivo afectar unas maneras estrafalarias,
ahora, buenos amigos, como amigos que
jurad, digo, que, al verme en semejantes
sois, condiscípulos y compañeros de ar-
casos nunca daréis a entender, cruzando
mas, hacedme un pequeño favor.
así los brazos, haciendo este movimiento
HORACIO. ¿Cuál es, señor? Lo haremos. con la cabeza o profiriendo alguna frase
HAMLET. No revelar nunca lo que habéis enigmática como: «Sí, sí, sabemos... Si
visto esta noche. quisiéramos, podríamos nosotros...», u
otras cualesquiera ambigüedades; nunca,
HORACIO y MARCELO. No lo revelare- pues, daréis a entender que sabéis algo de
mos, señor. mí. ¡Juradlo, y que la gracia y misericordia
HAMLET. Bien; pero juradlo. de Dios os asistan en vuestras tribulacio-
nes! ¡Jurad!
HORACIO. Por mi honor, señor, que nada
diré. SOMBRA. (Bajo tierra.) ¡Jurad!

MARCELO. Ni yo, señor; os lo prometo. HAMLET. ¡Cálmate, cálmate, ánima en


pena! (Juran.) ¡Así, caballeros, en vosotros
HAMLET. ¡Sobre mi espada! confía mi cariño! ¡Y cuanto pueda hacer un
HORACIO. ¡Señor, lo hemos jurado ya! pobre hombre como Hamlet para daros
pruebas de su amistad y estimación, no ha
HAMLET. ¡Venga, sobre mi espada, ven- de faltaros, Dios mediante! Retirémonos
ga! juntos y tened siempre, os ruego, el dedo
SOMBRA. (Bajo tierra.) ¡Jurad! en los labios. ¡El mundo está fuera de qui-
cio!… ¡Oh suerte maldita! ...¡Que haya na-
HAMLET. ¡Hola, hola, amiguito! ¿Eres tú cido yo para ponerlo en orden! ¡Ea, venid,
quien lo dice? ¿Estás ahí, buena pieza? vámonos juntos! (Salen.)
...Vamos, ya oís al camarada en el subte-
rráneo. ¡Consentid en jurar!
HORACIO. Proponed la fórmula, señor.
HAMLET. ¡No hablar nunca de lo que ha- ACTO SEGUNDO
béis visto! ¡Juradlo por mi espada!
SOMBRA. (Bajo tierra.) ¡Jurad!
ESCENA PRIMERA
HAMLET. Hic et ubique? Pues mudemos
SALA EN CASA DE POLONIO
de sitio... ¡Acercaos aquí, caballeros, y po- (Entran POLONIO y REINALDO.)
ned nuevamente las manos sobre mi espa-
da! ... ¡No habléis nunca de lo que habéis
oído! ¡Juradlo por mi espada! POLONIO. Le daréis este dinero y estas
cartas, Reinaldo.
SOMBRA. (Bajo tierra.) ¡Jurad!
REINALDO. Así lo haré, señor.
HAMLET. ¡Bien dicho, topo viejo! ...¿Pue-
des excavar la tierra tan aprisa? ¡Excelente POLONIO. Obraríais con admirable pru-
zapador! ...¡Trasladémonos otra vez, bue- dencia, buen Reinaldo, si antes de verle os
nos amigos! informarais de su conducta.

92
Literatura Universal y del Perú HAMLET

REINALDO. Tal era mi intención, señor. infalible. Imputando esas leves manchas a
mi hijo, como si fuera un objeto ligeramen-
POLONIO. Bien dicho, ¡pardiez!, muy bien
te empañado por el uso, fijaos bien, si vues-
dicho. Atended, señor. Lo primero que ha-
tro interlocutor, a quien tratéis de sondear,
béis de averiguar es qué daneses hay en
está persuadido de que el joven a que alu-
París, quiénes son, cómo y dónde viven,
dís es culpable de los vicios mencionados,
con qué medios cuentan, con qué gente se
tened por seguro que convendrá con vos
tratan, qué gastos tienen; y descubriendo
en lo siguiente: «Señor mío», o cosa así; o
por tales rodeos y preguntas indirectas que
«amigo», o bien «caballero», según sea el
conocen a mi hijo, os acercáis a vuestro
estilo o tratamiento de la persona y del
objeto mucho más de lo que lograríais con
país...
vuestras investigaciones particulares. Pre-
sentaos como si le conocierais de vista, REINALDO. Perfectamente, señor.
diciendo, por ejemplo: «Conozco a su pa-
POLONIO. Y entonces, señor, si hace
dre y a unos amigos suyos, y un poco a él.»
eso… hace… ¿Qué es lo que iba a decir?
¿Lo habéis entendido, Reinaldo?
¡Por la misa! Alguna cosa iba a decir yo...
REINALDO. Sí, señor, perfectamente. ¿En qué punto quedé?
POLONIO. «Y, un poco a él, aunque, po- REINALDO. En «convendrá en lo siguien-
déis añadir, no del todo.» «Pero si es quien te»; y en «amigo mío» o «caballero», o
yo me figuro, es un gran tronera, y muy cosa así.
dado a esto o a aquello…»; y en este punto
POLONIO. En «convendrá en lo siguien-
le echáis encima cuantos infundios os plaz-
te»; sí, ¡pardiez!, convendrá con vos en
can... ¡Pardiez!, ¡nada tan ruin que pueda
esto; «conozco a ese caballero; le vi ayer o
deshonrarse! Cuidado con eso, y no paséis
el otro día, o en tal o cual ocasión, con
de aquellas locuras, calaveradas y desli-
fulano o con mengano, y, como decís, es-
ces comunes a todos, que se reconocen
taba allí jugando, allá le sorprendí en sus
como inseparables compañeros de la ju-
libaciones, acullá disputando en el tenis»;
ventud y de la libertad.
o tal vez: «le vi entrar en tal casa de trato,
REINALDO. Como el jugar, señor. un burdel, o así por el estilo.» Vedlo ahora:
con el anzuelo de vuestra mentira pescáis
POLONIO. Sí, o como el beber, batirse,
la carpa de la verdad. Y así es como noso-
jurar, pelearse, escandalizar; aquí podéis
tros, las personas de talento y alcance, con
alargaros.
rodeos y embistiendo de soslayo, por me-
REINALDO. Señor, eso podría infamarle. dios indirectos, hallamos la dirección. De
POLONIO. ¡Quia! De ningún modo, si sa- igual modo, vos, por mis prudentes conse-
béis razonar vuestras acusaciones. No va- jos e instrucciones, hallaréis la de mi hijo.
yáis a achacarle otra clase de defectos, Me habéis entendido, ¿no?
como el de que es dado a la disolución; no REINALDO. Quedo enterado, señor.
es eso lo que quiero decir, sino que tal arte
POLONIO. Pues id con Dios, y feliz viaje.
pongáis en indicar sus faltas, que no pa-
rezcan más que descarríos de la libertad, REINALDO. ¡Mi buen señor! ...
relámpagos y explosiones de un fogoso
POLONIO. Observad personalmente sus
espíritu, arrebatos de una sangre indómita,
inclinaciones.
que a todos acometen.
REINALDO. Así lo haré, señor.
REINALDO. Pero, mi buen señor...
POLONIO. Y que se expansione a sus
POLONIO. ¿Que por qué habéis de hacer
anchas.
esto?
REINALDO. Está bien, señor.
REINALDO. Sí, señor; desearía saberlo.
POLONIO. ¡Adiós! (Sale REINALDO. Entra
POLONIO. ¡Pardiez!, señor, pues ved mi
OFELIA.) ¿Qué es eso, Ofelia? ¿Qué suce-
plan, que, según creo, es una estratagema
de?

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HAMLET Literatura Universal y del Perú

OFELIA. ¡Ay señor, señor! ¡Cuánto me he artificio para intentar perderte; pero ¡mal
asustado! hallan mis sospechas! Por el Cielo, que es
tan propio en nuestra edad excedernos en
POLONIO. ¿De qué? Habla, por Dios.
nuestros juicios como común en la juven-
OFELIA. Señor, estaba cosiendo en mi tud la falta de cordura. Ven, vamos a ver al
aposento, cuando el príncipe Hamlet se rey. Es preciso que lo sepa, pues ese amor
presenta ante mí con el jubón todo desce- puede acarrear más pesares ocultándolo
ñido, descubierta la cabeza, sucias las que rencores descubriéndolo. Vamos. (Sa-
medias, sin ligas y cayendo sobre el tobillo len.)
a modo de grilletes; pálido como su cami-
sa, chocando una con otra sus rodillas, y
con tal doliente expresión en el semblante ESCENA II
como si hubiera escapado del infierno para
contar horrores. UNA SALA DEL CASTILLO
POLONIO. ¿Estará loco de amor por ti? (Trompetería. Entran el REY, la REINA,
ROSENCRANTZ, GUILDENSTERN y acom-
OFELIA. Lo ignoro, señor; pero en verdad, pañamiento.)
le temo.
POLONIO. ¿Y qué te dijo?
REY. ¡Bienvenidos, amados Rosencrantz y
OFELIA. Me cogió de la muñeca, apretán- Guildenstern! Aparte lo mucho que ansiá-
dome fuertemente; apartóse después a la bamos veros, la necesidad que tenemos
distancia de un brazo; y con la otra mano de vuestros servicios nos ha impulsado a
puesta así sobre su frente, escudriñó con llamaros precipitadamente. Ya habréis oído
tanta atención mi rostro, como si quisiera algo de la transformación operada en Ham-
retratarlo. Permaneció así largo tiempo, let; la llamo así, toda vez que ni en lo exter-
hasta que, sacudiéndome suavemente el no ni en lo interno se parece al que antes
brazo y moviendo así tres veces, de arriba era. No imagino qué otra cosa puede ser
abajo, la cabeza, exhaló un suspiro tan pro- más que la muerte de su padre que le ha
fundo y doloroso, que parecía deshacérse- conturbado de tal modo su propio entendi-
le en pedazos todo su ser y haber llegado miento. Os ruego, pues, a ambos, ya que
al fin de su existencia. Hecho esto, me os habéis criado con él desde la más tierna
dejó; y con la cabeza vuelta atrás parecía edad, y tan afines le sois por vuestra juven-
hallar su camino sin valerse de los ojos, tud y vuestros gustos, que os dignéis per-
pues se alejó por la puerta sin servirse de manecer aquí, en la Corte, por breve
ellos, y hasta el último instante tuvo su lum- tiempo, a fin de inducirle con vuestra com-
bre fija en mí. pañía a los placeres y ver si, recogiendo
POLONIO. Vamos, ven conmigo; quiero todos los indicios que la ocasión os ofrez-
ver al rey. Esto es el verdadero delirio de ca, podéis esclarecer cuál es la causa para
amor, cuya propia violencia lo aniquila, que nosotros desconocida, que así le aflige, a
arrastra a la voluntad a empresas temera- fin de que, una vez descubierta, podamos
rias, tan a menudo como cualquiera otra remediarla.
pasión de cuantas debajo del cielo agobian REINA. Buenos caballeros, él ha hablado
a nuestra naturaleza. Lo siento. ¡Qué! ¿Le mucho de vosotros, y tengo la seguridad
has dirigido últimamente alguna palabra de que no existen dos hombres en el mun-
dura? do a quienes más estime. Si, dando prue-
OFELIA. No, mi buen señor; pero como bas de vuestra fineza y buena voluntad, os
me mandasteis, he rechazado sus cartas y fuera posible pasar algún tiempo con noso-
no le he permitido su acceso a mí. tros, para auxiliar y alentar nuestra espe-
ranza, vuestra atención recibirá la gratitud
POLONIO. Eso es lo que le ha vuelto loco.
que corresponde al reconocimiento de un
Me pesa no haberle observado con mayor
rey.
atención y sensatez. Temí fuera sólo un

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Literatura Universal y del Perú HAMLET

ROSENCRANTZ. Vuestras Majestades tie- REINA. Temo que la principal no sea otra
nen soberana autoridad sobre nosotros que la muerte de su padre y nuestro preci-
para expresar sus respetables deseos más pitado enlace.
como mandato que como súplica.
REY. Bien; ya le sondearemos. (Vuelve a
GUILDENSTERN. Con todo, obedecere- entrar POLONIO, con VOLTIMAND Y COR-
mos ambos, y en este punto nos ofrecere- NELIO.) Bienvenidos seáis, mis buenos
mos hasta donde alcancen nuestras fuer- amigos. Dime, Voltimand: ¿qué nuevas
zas, poniendo incondicionalmente a vues- traes de nuestro hermano el rey noruego?
tros pies nuestros servicios para lo que
VOLTIMAND. Os devuelve cordialmente
gustéis mandarnos.
los más amables votos y saludos. Por pri-
REY. Gracias, Rosencrantz y noble Guil- mera providencia, dio orden de suspender
denstern. los armamentos de su sobrino, que juzga-
ba como preparativos contra los polacos;
REINA. Gracias, Guildenstern y noble Ro-
pero que tras maduro examen, echó de ver
sencrantz, y os suplico encarecidamente
que realmente iban dirigidos contra Vues-
visitéis a mi hijo, ya tan cambiado... Id algu-
tra Alteza, por lo que, indignado al ver que
nos de vosotros y acompañad a estos ca-
se abusaba así de sus achaques, de su
balleros a donde se halle Hamlet.
edad y su impotencia, manda arrestar a
GUILDENSTERN. ¡Hagan los cielos que Fortimbrás, quien se somete sin tardanza,
nuestra presencia y nuestros actos le sean recibe una reprimenda del noruego y pro-
gratos y provechosos! testa ante su tío de nunca más intentar
REINA. Sí; amén. hechos de armas contra Vuestra Majestad.
Con tal motivo, el viejo rey, poseído de jú-
(Salen ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN bilo, le ha hecho donación de tres mil coro-
con algunas personas del séquito. Entra nas de censo anual, confiriéndole amplias
POLONIO.) facultades para emplear contra los polacos
POLONIO. Mi querido señor, los embaja- las tropas que de tal manera había recluta-
dores de Noruega regresan muy complaci- do. Al mismo tiempo os hace la petición
dos. que aquí se especifica (entregándole un
pliego), de que para tal empresa tengáis a
REY. Siempre fuiste padre de faustas nue- bien concederle paso franco por vuestros
vas. dominios, bajo los requisitos de seguridad
POLONIO. ¿De veras, señor? Os aseguro, y garantía ahí mismo consignados.
mi buen soberano, que todos mis servicios, REY. Nos parece bien, y en hora más opor-
como mi alma, los consagro a Dios y a mi tuna lo leeremos, respondiendo según nos
amado rey, y, a menos que mi seso no aconseje el estudio del asunto. Entretanto,
acierte a seguir el rastro de una intriga con os damos gracias por vuestra bien desem-
la misma seguridad que de costumbre, peñada gestión. Idos a descansar; esta
creo haber descubierto la verdadera causa noche nos acompañaréis en el banquete.
de la locura de Hamlet. ¡Feliz regreso! (Salen VOLTIMAND Y COR-
REY. ¡Oh! Habla; estoy impaciente por oír- NELIO.)
la. POLONIO. Terminó satisfactoriamente el
POLONIO. Servíos antes dar audiencia a asunto, soberano mío, y vos, señora mía:
los embajadores; mis nuevas serán los discutir a fondo lo que debiera ser la Ma-
postres de este gran festín. jestad, lo que es la sumisión, por qué el día
es día, noche la noche y tiempo el tiempo,
REY. Hazles tú mismo los honores e intro- no sería más que perder la noche, el día y
dúcelos. (Sale POLONIO.) Me decía, dulce el tiempo. Así, pues, como quiera que la
soberana, que ha descubierto el origen y la brevedad es el alma del talento y la proliji-
causa de toda esa perturbación de vuestro dad sus miembros y atavíos exteriores, voy
hijo. a ser breve. Vuestro noble hijo está loco, y

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HAMLET Literatura Universal y del Perú

le llamo loco porque, para definir la verda- REY. En el de un hombre leal y honrado.
dera locura, ¿qué otra cosa es ella sino
POLONIO. A probároslo aspiro. Mas ¿qué
estar uno sencillamente loco? Pero deje-
hubierais pensado de mí si, al ver tomar
mos eso.
vuelo este ardiente amor (como lo advertí,
REINA. Más sustancia y menos retórica. fuerza es que os lo diga, antes que mi hija
me hablara de ello); qué hubierais pensado
POLONIO. Os juro, señora, que no uso
de mí, vos, señor, o Vuestra Majestad, mi
retórica alguna. Que está loco, es cierto;
cara reina, aquí presente, si, limitándome
es cierto que es una lástima, y es una lás-
al papel de pupitre, o memorándum, o ce-
tima que sea cierto. He ahí una burda figu-
rrando, sordo y mudo, los ojos de mi cora-
ra, pero adiós con ella, porque no quiero
zón, hubiese hecho la vista gorda en
gastar retórica. Admitamos, pues, que está
semejante galanteo? No; yo fui en dere-
loco, y ahora queda por averiguar la causa
chura al asunto y amonesté así a la niña:
de ese efecto, o, mejor dicho, la causa de
«Su Alteza Hamlet es un príncipe, y está
este defecto, toda vez que este defectuoso
fuera de tu estrella; eso no puede ser»; y
efecto proviene de una causa. De modo
acto seguido le di orden terminante de que
que resta considerar lo restante. Fijaos
se negara a sus visitas, no admitiera men-
bien. Yo tengo una hija, y la tengo mientras
sajes ni aceptara presente alguno. Lo cual
fuere mía, la cual, cumpliendo con sus de-
ha cumplido, recogiendo así el fruto de mis
beres de obediencia, poned atención, me
consejos; y él, viéndose desdeñado, para
ha entregado esto. Tomad ahora nota y
abreviar la historia cayó en la melancolía,
recapacitad. (Lee.) «Al ídolo celestial de mi
luego en la inapetencia, de allí en el insom-
alma, a la archihermoseada Ofelia.» Ésta
nio, de éste en el abatimiento, más tarde
es una mala frase, una vil frase; «hermo-
en el delirio y, por esta fatal pendiente, en
seada» es una vil frase; pero vais a oír.
la locura, que ahora le hace desvariar y
Continúo. (Lee.) «En su excelso y níveo
que todos lamentamos.
seno, estas... », etcétera.
REY. ¿Pensáis que sea eso?
REINA. ¿Y recibió ella eso de Hamlet?
REINA. Puede ser, es muy probable.
POLONIO. Esperad un momento, buena
señora; leeré fielmente. (Lee.) POLONIO. ¿Ha sucedido alguna vez, me
gustaría saberlo, que yo haya dicho positi-
Duda que hay fuego en los astros;
vamente: «Esto es así», y que después
duda que se mueve el sol. resultara de otro modo?
Duda que lo falso es cierto;
REY. Nunca, que yo sepa.
mas no dudes de mi amor.
POLONIO. Pues si esto es de otro modo,
«¡Oh querida Ofelia! Mala maña me doy separad esto de esto. A poco que me ayu-
con estos versos; carezco de arte para den las circunstancias, descubriré la ver-
medir mis gemidos; pero te amo en extre- dad dondequiera que se oculte, así fuera
mo. ¡Oh, hasta el último extremo, créelo! en el centro del universo.
¡Adiós! Tuyo por siempre, dueño adorado,
en tanto esta máquina le pertenezca. Ham- REY. ¿Y cómo podríamos indagarlo a fon-
let.» do?

He aquí lo que, en su obediencia, me ha POLONIO. Ya sabéis que él acostumbra


mostrado mi hija, confiándome, por añadi- pasearse cuatro horas seguidas por la ga-
dura, las solicitaciones del príncipe, con lería.
todas las circunstancias del tiempo, lugar y REINA. En efecto.
modo.
POLONIO. Pues en tal ocasión le suelto a
REY. Pero ¿cómo ha aceptado ella su mi hija, vos y yo, entonces, nos colocamos
amor? detrás de los tapices y observamos el en-
POLONIO. ¿En qué concepto me tenéis? cuentro. Si no la ama y no es esa la razón

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Literatura Universal y del Perú HAMLET

de que haya perdido el juicio, cese yo en HAMLET. ¡Calumnias, amigo mío! Porque
todo menester de gobierno y que me vaya el maldiciente satírico dice aquí que los vie-
a tirar del carro en una granja. jos tienen la barba gris, que sus rostros
están surcados de arrugas, sus ojos desti-
REY. Haremos la prueba.
lan espeso ámbar y goma de ciruelo y que
REINA. Pero ved al pobre infeliz aproxi- adolecen de una cuantiosa falta de juicio, a
marse, leyendo tristemente. la vez que de una gran flojera en las nal-
gas; todo lo cual, señor mío, aunque yo lo
POLONIO. Retiraos, por favor; retiraos los
crea a pie juntillas, no encuentro, sin em-
dos. Voy a abordarle ahora mismo. (Salen
bargo, decente que lo pongan así en estos
el REY y la REINA con el séquito. Entra
términos, porque vos mismo, amigo, se-
HAMLET, leyendo.) ¡Oh, perdonadme!
ríais tan viejo como yo si pudiese andar
¿Cómo está Vuestra Alteza?
hacia atrás como los cangrejos.
HAMLET. Bien, a Dios gracias.
POLONIO. (Aparte.) Aunque todo es puro
POLONIO. ¿Me conocéis, señor? delirio, no deja de haber cierta ilación en
HAMLET. Perfectamente bien. Sois un ello. ¿Queréis venir, señor, a donde no os
pescadero. dé el aire?

POLONIO. Nada de eso, señor. HAMLET. ¿A mi tumba?

HAMLET. Pues ¡ojalá fueseis tan honrado! POLONIO. Verdaderamente, allí no da el


aire. (Aparte.) ¡Qué ingeniosas son a ve-
POLONIO. ¡Honrado, señor! ces sus respuestas! Ocurrencias felices
HAMLET. Sí, amigo; ser honrado, según que suele tener la locura, y que ni la más
anda hoy el mundo equivale a ser escogido sana razón y lucidez podrían soltar con tan-
uno entre diez mil. ta suerte. Voy a dejarle y conectar ensegui-
da los medios de hallarse con mi hija. (A
POLONIO. Eso es muy cierto, señor. HAMLET.) Mi respetable señor, humilde-
HAMLET. Porque si el sol engendra gusa- mente tomo de vos licencia.
nos en un perro muerto, besando la carro- HAMLET. No podéis, amigo, tomar de mí
ña, siendo un dios… ¿No tenéis una hija? cosa alguna de que quiera yo con más
POLONIO. Sí, señor; una tengo. gusto desprenderme; excepto mi vida, ¡ex-
cepto mi vida, excepto mi vida!
HAMLET. Pues no la dejéis pasear al sol:
la concepción es una gracia; pero no de la POLONIO. ¡Adiós, señor! (Yéndose.)
manera como vuestra hija podría conce- HAMLET. ¡Viejos fastidiosos y mentecatos!
bir… Mucho cuidado, amigo.
(Entran ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.)
POLONIO. ¿Qué queréis decir con eso?
(Aparte.) ¡Siempre dándole con mi hija! No POLONIO. ¿Buscáis al príncipe Hamlet?
obstante, al principio no me conoció; dijo Ahí está.
que era un pescadero. ¡Está rematado, re- ROSENCRANTZ. (A POLONIO.) ¡Dios os
matado! Y el caso es que yo también, en guarde, señor! (Sale POLONIO.)
mis mocedades, sufrí muchos trastornos
por causa del amor, y llegué muy cerca de GUILDENSTERN. ¡Mi respetable señor!
este extremo. Voy a hablarle otra vez. ROSENCRANTZ. ¡Mi queridísimo príncipe!
¿Qué estáis leyendo, señor?
HAMLET. ¡Mis buenos, mis excelentes
HAMLET. Palabras, palabras, palabras… amigos! ¿Cómo te va, Guildenstern?...
POLONIO. ¿Y de qué se trata, Alteza? ¡Hola, Rosencrantz! Bravos muchachos,
¿cómo estáis uno y otro?
HAMLET. ¿Entre quiénes?
ROSENCRANTZ. ¡Como la gente de poco
POLONIO. Quiero decir: ¿de qué trata lo más o menos de la tierra!
que estáis leyendo, señor?

97
HAMLET Literatura Universal y del Perú

GUILDENSTERN. Felices, por lo mismo HAMLET. Un sueño no es en sí más que


que no somos demasiado felices. No ocu- una sombra.
pamos el florón del tocado de la Fortuna.
ROSENCRANTZ. Cierto, y yo considero la
HAMLET. ¿Ni las suelas de sus zapatos? ambición de tan aérea y ligera calidad, que
no es más que la sombra de una sombra.
ROSENCRANTZ. Tampoco, señor.
HAMLET. De donde resulta que nuestros
HAMLET. Entonces os halláis cerca de su mendigos son cuerpos, y nuestros monar-
cintura, o sea en el centro de sus favores. cas y héroes, la sombra de los mendigos.
GUILDENSTERN. Luego somos sus favo- ¿Vamos a la Corte? Porque, francamente,
ritos. no está mi cabeza para cavilar.
ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN. Nos
HAMLET. ¿De las partes secretas de la
tendréis a vuestras órdenes.
Fortuna? ¡Oh!, nada más cierto, es una
ramera. ¿Qué noticias hay? HAMLET. De ningún modo. No quiero con-
fudiros con el resto de mis criados, porque,
ROSENCRANTZ. Ninguna, señor, sino que
a fe de hombre sincero, me sirven detesta-
el mundo se va volviendo honrado.
blemente. Pero, en el seno de la amistad,
HAMLET. Pues entonces se acerca el día ¿a qué venís a Elsinor?
del Juicio; pero esa noticia no es cierta. ROSENCRANTZ. A visitaros, señor, y nada
Dejadme interrogaros más al por menor. más.
¿Qué le habéis hecho a la Fortuna, mis
buenos amigos, para merecer de ella que HAMLET. Tan pobre soy, que hasta de gra-
os mande a esta cárcel? cias estoy escaso; pero os lo agradezco; y
a buen seguro, mis caros amigos, que aun
GUILDENSTERN. ¿A esta cárcel, señor? a medio penique resulta demasiado caro
HAMLET. Dinamarca es una cárcel. mi agradecimiento. ¿No os han mandado
venir? ¿Es por vuestra propia voluntad?
ROSENCRANTZ. En tal caso, también lo ¿Es una visita espontánea? A ver, a ver,
será el mundo. explayaos conmigo. Vamos, vamos; ha-
HAMLET. Sí, una soberbia cárcel, en la que blad, pues.
hay muchas celdas, calabozos y mazmo- GUILDENSTERN. ¿Qué hemos de deci-
rras, y Dinamarca es una de las peores. ros, señor?
ROSENCRANTZ. No somos de esa opi- HAMLET. Pues cualquier cosa, pero que
nión, señor. venga a cuento. Vosotros habéis sido en-
viados, y hay una especie de confesión en
HAMLET. Pues entonces no lo será para
vuestra mirada, que vuestra timidez no tie-
vosotros, porque nada hay bueno ni malo
ne maña bastante para encubrir. Sé que el
si el pensamiento no lo hace tal. Para mí
buen rey y la buena reina os han mandado
es una cárcel.
llamar.
ROSENCRANTZ. Pues entonces será que ROSENCRANTZ. ¿A qué fin, señor?
vuestra ambición os la presenta como una
cárcel. Es demasiado reducida para vues- HAMLET. Eso es lo que vosotros debéis
tro espíritu. explicarme. Pero dejad que os conjure: por
los derechos del compañerismo, por la con-
HAMLET. ¡Dios mío! Podría estar yo ence- cordia de la edad, por los deberes de nues-
rrado en una cáscara de nuez, y me ten- tra nunca interrumpida afección y por todo
dría por rey del espacio infinito, si no fuera cuanto aun de más querido un más diestro
por los malos sueños que tengo. abogado pudiera encareceros, sed llanos y
GUILDENSTERN. Sueños que, en reali- sinceros conmigo: ¿habéis sido enviados o
dad, no son más que ambición, puesto que no?
el objeto mismo del ambicioso es puramen- ROSENCRANTZ. (Aparte, a GUILDENS-
te la sombra de un sueño. TERN.) ¿Qué decís vos?

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Literatura Universal y del Perú HAMLET

HAMLET. (Aparte.) ¡Hola! Entonces ¡no os pondiente tributo: el caballero andante luci-
quitaré ojo! (A ROSENCRANTZ y GUILDEN- rá su espada y su rodela; el galán no sus-
STERN.) Si me estimáis, no me ocultéis pirará en balde; el gracioso terminará en
nada. paz su papel; el payaso hará reír a aquellos
cuyos pulmones están que tiemblan en el
GUILDENSTERN. Señor, fuimos enviados.
disparador, y la dama nos dirá libremente
HAMLET. Voy a deciros por qué, y de este lo que piensa, o cojeará el verso blanco,
modo, anticipándome, evitaré vuestra con- por tal motivo. ¿Qué cómicos son ésos?
fesión, con lo cual no perderá ni una sola
ROSENCRANTZ. Los mismos que tanto
pluma el secreto que al rey y a la reina
solían complaceros, los trágicos de la ciu-
prometisteis. De poco tiempo a esta parte,
dad.
el porqué es lo que ignoro, he perdido com-
pletamente la alegría, he abandonado to- HAMLET. ¿Y por qué andan errantes? Más
das mis habituales ocupaciones, y, a la ventajoso les fuera, tanto para su reputa-
verdad, todo ello me pone de un humor tan ción como para su provecho, el tener resi-
sombrío, que esta admirable fábrica, la tie- dencia fija.
rra, me parece un estéril promontorio; ese
ROSENCRANTZ. Creo que encuentran
dosel magnífico de los cielos, la atmósfera,
trabas, a consecuencia de la reciente inno-
ese espléndido firmamento que allí veis
vación.
suspendido, esa majestuosa bóveda tacho-
nada de ascuas de oro, todo eso no me HAMLET. ¿Y gozan del mismo aprecio que
parece más que una hedionda y pestilente cuando yo estuve en la ciudad? ¿Son aún
aglomeración de vapores. ¡Qué obra maes- tan solicitados?
tra es el hombre! ¡Cuán noble por su ra- ROSENCRANTZ. No, verdaderamente, no
zón! ¡Cuán infinito en facultades! En su lo son.
forma y movimiento, ¡cuán expresivo y
maravilloso! En sus acciones, ¡qué pareci- HAMLET. ¿En qué consiste? ¿Se han
do a un ángel! En su inteligencia, ¡qué se- echado a perder?
mejante a un dios! ¡La maravilla del mundo! ROSENCRANTZ. No, señor; tratan de
¡El arquetipo de los seres! Y, sin embargo, agradar, como de costumbre; pero ha apa-
¿qué es para mí esa quintaesencia del recido una nidada de chiquillos, polluelos
polvo? No me deleita el hombre, no, ni la en cascarón, que se desgañitan a más no
mujer tampoco, aunque con vuestra sonri- poder, y son por ello rabiosamente aplaudi-
sa deis vos a entender que sí. dos. Ahora están de moda, y de tal suerte
ROSENCRANTZ. Señor, nada de eso te- vociferan contra los teatros vulgares, como
nía en el pensamiento. ellos los llaman, que mucha gente de es-
pada al cinto ha cobrado miedo a la crítica
HAMLET. Pues ¿de qué os reíais cuando de ciertas plumas de ganso y apenas se
he dicho «no me deleita el hombre»? atreve a poner allí los pies.
ROSENCRANTZ. De pensar, señor, que si HAMLET. ¡Cómo! ¿Son niños? ¿Y quién
no halláis deleite en el hombre, vais a dar a los mantiene? ¿Qué sueldos les dan? ¿Se-
los cómicos un recibimiento de Cuaresma7. guirán en el oficio tan sólo mientras con-
Los hemos apalabrado en el camino y se serven la voz? Y, andando el tiempo, si
dirigen aquí para ofrecernos sus servicios. llegan a ser comediantes ordinarios, como
HAMLET. El que haga de rey será bienve- es muy probable, si no mejoran de fortuna,
nido; su majestad recibirá de mí el corres- ¿no dirán que los que para ellos escriben

7
Dar a los cómicos un recibimiento de Cuaresma: en tiempo de Cuaresma estaban prohibidas las
representaciones teatrales y cualquier tipo de espectáculo, en Inglaterra, en España y en otros
paises, por ser tiempo de reflexión y de preparación para la Pascua.

99
HAMLET Literatura Universal y del Perú

les han hecho poco favor, impulsándolos a bién, un oyente a cada oreja, ese niño gran-
declamar contra su propio porvenir? dulón que veis ahí no ha salido aún de
mantillas.
ROSENCRANTZ. Lo cierto es que ha habi-
do ya muchos disgustos por ambas partes, ROSENCRANTZ. O acaso ha vuelto a
y el pueblo no ve pecado en azuzarlos a la ellas, porque, según se dice, el viejo es dos
pelea. Durante algún tiempo no se sacaba veces niño.
dinero de una pieza dramática, a no ser
que el poeta y el cómico anduvieran a pa- HAMLET. Os profetizo que viene a hablar-
los por la cuestión. me de los cómicos. Ahora veréis. (Hacien-
do una seña a sus compañeros y cambian-
HAMLET. ¿Es posible? do de tono.) Es verdad, amigo: fue el lunes
GUILDENSTERN. ¡Oh! Ya han salido mu- por la mañana; no hay duda.
chos con el cráneo roto. POLONIO. Señor, tengo noticias que anun-
HAMLET. ¿Y son los muchachos quienes ciaros.
llevan la mejor parte? HAMLET. (Imitando a POLONIO.) Señor,
ROSENCRANTZ. Sí que se la llevan, se- tengo noticias que anunciaros. (Declaman-
ñor; y a Hércules, con maza y todo. do.) Cuando Roscio era actor en Roma…

HAMLET. No es muy extraño; porque mi POLONIO. Han llegado los cómicos, se-
tío el rey de Dinamarca, y los que se hubie- ñor.
ran mofado de él mientras vivía mi padre HAMLET. ¡Bah! ¡Bah!
pagan veinte, cuarenta, cincuenta y hasta
POLONIO. Por mi honor…
cien ducados por un retrato suyo en minia-
tura. ¡Sangre de Dios! Algo se vería aquí HAMLET. (Siguiendo la declamación.) Ca-
que pasa de natural, si la filosofía se metie- da actor llegó entonces montado en su
ra a dilucidarlo. (Suenan trompetas den- borrico...
tro.)
POLONIO. Son los mejores cómicos del
GUILDENSTERN. ¡Ya están ahí los cómi- mundo, tanto en lo trágico como en lo có-
cos! mico; en lo histórico como en lo pastoral;
en lo pastoral-cómico como en lo histórico-
HAMLET. Caballeros, sed bien venidos a pastoral; en lo trágico-cómico-histórico-
Elsinor. Vengan, pues, esas manos. Com- pastoral, escena indivisible o poema limita-
pañeras de una buena acogida son la cor- do; para ellos, ni Séneca es demasiado
tesía y la etiqueta. Permitidme que cumpla profundo ni Plauto demasiado ligero. Sea
con vosotros de esta forma, no sea que para recitar ateniéndose a las reglas del
mis intenciones para con los cómicos, que, arte o para la libre improvisación, son los
como os he dicho, revestirán desusada únicos del mundo.
ostentación, parezcan sobrepujar a las que
a vosotros os dispenso. Sed, pues, bien HAMLET. (Declamando.) ¡Oh Jefté, juez de
venidos; pero mi tío-padre y mi tía-madre Israel, qué tesoro poseías!
se equivocan. POLONIO. ¿Qué tesoro poseía, señor?
GUILDENSTERN. ¿En qué, mi querido HAMLET. Pues tan sólo una bella hija, a
señor? quien amaba en extremo.
HAMLET. Yo sólo estoy loco con el Norno- POLONIO. (Aparte) ¡Siempre con mi hija!
reste; cuando el viento es del Mediodía, sé
discernir un halcón de una garza. HAMLET. ¿No tengo razón, viejo Jefté?

(Vuelve a entrar POLONIO.) POLONIO. Si os empeñáis en llamarme


Jefté, señor, es cierto que tengo una hija
POLONIO. ¡Dios os guarde, caballeros! «a la que amo en extremo».
HAMLET. Oíd, Guildenstern, y vos tam- HAMLET. No, no es eso lo que sigue.

100
Literatura Universal y del Perú HAMLET

POLONIO. ¿Qué sigue entonces, señor? es la relación que hace Eneas a Dido, y
especialmente el pasaje en que aquél ha-
HAMLET. Pues
bla del asesinato de Príamo. Si está fresco
Que, como en mala hora, en tu memoria empieza por este verso.
Dios no ignora Espera, a ver; espera a ver:
Y luego, ya sabéis, El feroz Pirro, como la fiera Hircania...
Vino ello a suceder, No, no es así; empieza con «Pirro». «El
como era de temer… feroz Pirro, aquel cuyas sables armas, ne-
gras como su intento, semejaban la noche
La primera estrofa de esta piadosa canción
cuando yacía tendido en el fatal corcel,
os enseñará algo más, porque mirad, ahí
muestra ahora su horrenda y tenebrosa fi-
vienen los encargados de hacerme breve.
gura manchada de un blasón aún más fatí-
(Entran cuatro o cinco cómicos.) ¡Bien ve-
dico. De pies a cabeza, todo él es gules;
nidos, señores! ¡Bien venidos todos! (A uno
teñido horriblemente con sangre de padres,
de ellos.) Mucho me alegro de hallarte bien.
madres, hijas e hijos, tostada y endurecida
(A todos.) ¡Bien venidos, buenos amigos!
por las hogueras de las calles incendiadas,
(A otro.) ¡Oh mi antiguo camarada! Tu ros-
que difunden una saIvaje y diabólica luz a
tro se ha franjeado de pelo desde la última
la matanza de su señor. Ardiendo en cólera
vez que te vi. ¿Vienes a subírteme a las
y fuego y así embadurnado de sangre coa-
barbas en Dinamarca? (A otro.) ¡Hola, se-
gulada, con unos ojos como carbúnculos,
ñorita y dueño mío! Por María Santísima,
el infernal Pirro corre en busca del anciano
que vuesa merced está más cerca del cielo
Príamo.»
que cuando os vi últimamente por todo lo
alto del chapín. ¡Dios quiera que no vaya a Sigue ahora tú.
cascarse vuestra voz como una pieza de
POLONIO. ¡Voto a Dios, señor, bien decla-
oro fuera de curso por estar rajada hasta el
mado, con buen acento y excelente expre-
centro del anillo! ¡Maestros, sed todos bien
sión!
venidos! ¡Manos a la obra enseguida!
Como los halconeros franceses, ¡a volar CÓMICO 1º. «Al instante le encuentra
tras lo primero que se vea! ¡Venga al ins- asestando a los griegos muy débiles gol-
tante una tirada! Vaya, dadnos una mues- pes; su vieja espada, rebelde al brazo, que-
tra de vuestro arte, vamos, un trozo da inerte allí donde cae, desobediente al
apasionado. mandato. ¡En desigual contienda, arrójase
Pirro sobre Príamo; ciego de rabia, hiere
CÓMICO 1º. ¿Qué trozo queréis, señor?
inútilmente; pero al solo zumbido de su
HAMLET. Te oí recitar en cierta ocasión un cruel acero cae redondo por tierra el ener-
paso, que nunca ha sido puesto en esce- vado anciano! ¡Entonces, al insensible
na, o, si lo fue, no ha debido de pasar de Ilíón, como si le conmoviera ese golpe,
una vez, porque recuerdo que la pieza no dobla sobre sus llameantes almenas y te-
gustó a la multitud: era caviar para el vulgo; chumbres, y se desploma con tan horrible
pero en mi opinión, y en la de otros, cuyo estrépito, que embarga el oído de Pirro!
juicio en tales materias está muy por enci- Porque, ¡ved!, su espada, que ya caía so-
ma del mío, era una obra excelente, bien bre la láctea cabeza del venerable Príamo,
trazada en sus escenas y escrita con tanta parece estar clavada en el aire. Así, como
sobriedad como ingenio. Se me hace a la la imagen de un tirano, permanece Pirro, y
memoria que alguien dijo que no había en cual si se hallara indiferente a su intención
los versos la sal necesaria para sazonar el y a su tarea, se mantiene quieto. Pero de
asunto, ni enjundia en la frase que pudiera igual modo que vemos con frecuencia, an-
tildar de afectado al autor; pero reconocía tes de la tempestad que reina en el cielo,
hallarse compuesta siguiendo decoroso una calma silenciosa, las densas nubes
método, tan robusta como atildada, aun- permanecen inmóviles, los raudos aquilo-
que mucho más linda que brillante. Hay en nes sin voz, y abajo la tierra, muda como la
ella, un trozo que me gustó sobre manera; muerte cuando de pronto estalla el espan-

101
HAMLET Literatura Universal y del Perú

toso trueno rasgando la región del aire, así POLONIO. ¡Ved! ¿Pues no se ha demuda-
también, tras la pausa de Pirro, despierta do su color y no le apunta el llanto en los
en él de nuevo la venganza e impúlsale a la ojos? Por favor, basta ya.
acción. ¡Y jamás cayeron más despiada-
HAMLET. Está bien. Ya te haré recitar lue-
damente los martillos de los cíclopes sobre
go lo que resta. (A POLONIO.) Mi buen
la armadura de Marte, forjada a prueba
amigo, cuidaréis de que los cómicos estén
eterna, como la sangrienta espada de Pirro
bien atendidos. ¿Oís? Haced que los tra-
cae ahora sobre Príamo! ¡Aparta, aparta
ten con esmero, porque ellos son el com-
tú, Fortuna, meretriz! ¡Vosotros todos, dio-
pendio y breve crónica de los tiempos. Más
ses, en general cabildo congregados, arre-
os valdría un mal epitafio para después de
batadle su poder, romped todos los rayos y
muerto que sus maliciosos epítetos duran-
pinas de su rueda, y despeñad por la mon-
te vuestra vida.
taña del cielo el redondo cubo, para que
vaya a hundirse en el abismo con los de- POLONIO. Señor, los trataré conforme a
monios!» sus merecimientos.
POLONIO. Eso es demasiado largo. HAMLET. ¡Cuerpo de Dios! Mucho mejor,
hombre. Dado a cada uno el trato que se
HAMLET. Ya irá a la barbería con vuestras
merece, ¿y quien escapará de una paliza?
barbas. Prosigue, te ruego. A éste sólo le
Tratadlos según vuestro propio honor y dig-
gusta una giga8 o chascarrillo del lupanar;
nidad; y así, cuanto menos lo merezcan,
si no, se duerme. Continúa: vengamos a
tanto mayor mérito habrá en vuestra lar-
Hécuba.
gueza. Acompañadlos.
CÓMICO 1º. «Pero aquel que, ¡oh!, aquel
POLONIO. ¡Venid, señores!
que hubiera visto la reina arrebujada...»
HAMLET. Seguidle, amigos. ¡Mañana ten-
HAMLET. ¡La reina arrebujada!
dremos función! (Sale POLONIO con todos
POLONIO. Está bien: «Reina arrebujada»; los Cómicos, excepto el primero. Al CÓMI-
está bien. CO 1.º) Oye, viejo amigo: ¿no podríais re-
presentar El asesinato de Gonzago?
CÓMICO 1º. «... corre a pie descalzo de un
lado a otro, amenazando sofocar las lla- CÓMICO 1º. Sí, señor.
mas con su ciego llanto, cubierta con un
HAMLET. Pues se representará mañana
trapo la cabeza donde antes brillaba la dia-
por la noche. ¿Y podríais, si menester fue-
dema, y por todo vestido en torno de sus
ra, estudiar un parlamento dé unos doce o
flancos, lacios de tanta fecundidad, una
dieciséis versos que yo escribiría e interca-
manta arrebatada en el tumulto del terror:
laría en la pieza, no es verdad?
quien esto presenciara con la lengua em-
papada de veneno hubiera clamado trai- CÓMICO 1º. Sí, señor.
ción contra el poder de la Fortuna. Pero, de HAMLET. Muy bien. Vete con aquel señor,
haberla visto entonces los mismos núme- y cuidado con burlarte de él. (Sale el CÓMI-
nes, cuando ella contempló a Pirro gozán- CO 1º. A ROSENCRANTZ,Y GUILDENS-
dose cruelmente en triturar con su acero TERN.) Mis buenos amigos, voy a dejaros
los miembros de su esposo, la repentina hasta la noche. ¡Sed bienvenidos a Elsinor!
explosión de alaridos en que prorrumpió, a
menos que las cosas terrenales no les ROSENCRANTZ. (Haciendo una reveren-
afecten en absoluto, ¡hubiera enternecido cia.) ¡Mi buen señor!
a los dioses y arrancado lágrimas a los HAMLET. Está bien, sí; quedad con Dios.
ardientes ojos del cielo!» (Salen ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.)

8
Giga: baile popular de ritmo acelerado.

102
Literatura Universal y del Perú HAMLET

Ya estoy solo. ¡Oh, qué miserable soy, qué gua, puede hablar por los medios más pro-
parecido a un siervo de la plebe! ¿No es digiosos. Voy a hacer que esos cómicos
tremendo que ese cómico, no más que en representen delante de mi tío algo pareci-
ficción pura, en sueño de pasión, pueda do al asesinato de mi padre. Observaré su
subyugar así su alma a su propio antojo, semblante, le sondaré hasta la medula, y
hasta el punto de que por la acción de ella por poco que se altere, sé lo que me toca
palidezca su rostro, salten lágrimas de sus hacer. El espíritu que he visto bien podría
ojos, altere la angustia de su semblantes ser el diablo, pues que al diablo le es dado
se le corte la voz, y su naturaleza entera se presentarse en forma grata. ¡Sí!; ¿y quién
adapte en su exterior a su pensamiento?… sabe si, valiéndose de mi debilidad y mi
¡Y todo por nada! ¡Por Hécuba! ¿Y qué es melancolía, ya que él ejerce tanto poder
Hécuba para él, o él para Hécuba, que así sobre semejante estado de ánimo, me en-
tenga que llorar sus infortunios? ¿Qué ha- gaña para condenarme? Quiero tener prue-
ría él si tuviese los motivos e impulsos de bas más seguras. ¡El drama es el lazo en
dolor que yo tengo? Inundaría de lágrimas que cogeré la conciencia del rey! (Sale.)
el teatro, desgarrando los oídos del público
con horribles imprecaciones; volvería loco
al culpable y aterraría al inocente; confun- ACTO TERCERO
diría al ignorante y asombraría, sin duda,
las facultades mismas de nuestro ver y oír. ESCENA PRIMERA
Y, sin embargo, yo, insensible y torpe, ca-
SALA EN EL CASTILLO
nalla, me quedo hecho un Juan Lanas, in-
diferente a mi propia causa, y no sé qué (Entran el REY, la REINA, POLONIO,
decir, no, ni aun en favor de un rey sobre OFELIA, ROSENCRANTZ
cuyos bienes y vida apreciadísima cayó Y GUILDENSTERN.)
una destrucción criminal ¿Seré un cobar-
de? ¿No habrá quien me tache de villano,
rompa por medio mi cabeza, me arranque REY. (A ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.)
las barbas y me las sople al rostro, me a ¿Y no podéis mediante algún subterfugio,
arre por la nariz y me arroje el mentís por el arrancarle el motivo de ese trastorno, que
gaznate hasta los mismos pulmones? ¿No turba tan cruelmente la paz de su existen-
habrá quien lo haga? ¡Ah! ¡Vive Dios! ¡Ten- cia con esa alborotada y peligrosa locura?
dré que soportarlo, porque, a menos de ROSENCRANTZ. Él mismo confiesa que
tener el hígado de paloma, sin una gota de se siente turbado; pero de ningún modo
hiel que me amargue, tiempo ha que hu- quiere hablar sobre la causa de ello.
biera cebado todos los milanos del cielo
con entrañas de ese miserable! ¡Sanguina- GUILDENSTERN. Tampoco le hallamos
rio y lascivo granuja! ¡Inhumano, traidor, decidido a dejarse sondear, pues con hábi-
impúdico y desnaturalizado asesino! ¡Oh! les salidas de tono se nos escapa, no bien
¡Venganza! Pero, ¡qué bruto soy! He aquí pretendemos sacarle alguna confesión
lo más duro; que yo, hijo de un querido acerca de su verdadero estado.
padre asesinado, incitado por él y por la REINA. ¿Y os recibió amablemente?
tierra a su venganza, deba, como una pros-
tituta, desahogar con palabras mi corazón ROSENCRANTZ. Como cumplido caballe-
y desatarme en maldiciones como una mu- ro.
jerzuela, como una fregona. ¡Oh vergüen- GUILDENSTERN. Pero violentando mucho
za! ¡Puaf! ¡Arriba, cerebro!... ¡Hum!... He su ánimo.
oído contar que personas delincuentes,
asistiendo a un espectáculo teatral, se han ROSENCRANTZ. Avaro en preguntar, pero
sentido a veces tan profundamente impre- sumamente pródigo en responder a nues-
sionadas por el solo hechizo de la escena, tras preguntas.
que en el acto han revelado sus delitos; REINA. ¿Le tanteasteis invitándole a algu-
porque aunque el homicidio no tenga len- na diversión?

103
HAMLET Literatura Universal y del Perú

ROSENCRANTZ. Señora, quiso el azar REY. (Aparte.) ¡Oh, demasiado cierto! ¡Qué
que nos topáramos en el camino a ciertos duro latigazo dan a mi conciencia estas
comediantes; le hablamos de ellos, y al palabras! No es más repugnante el rostro
oírlo pareció sentir una especie de alegría. de una meretriz bajo el tinte seductor de
Están aquí en la Corte y, según creo, tie- los afeites que mi acción bajo mis pulcras
nen ya orden de representar esta noche frases. ¡Oh carga abrumadora!
ante el príncipe.
POLONIO. Oigo que viene. Retirémonos,
POLONIO. Efectivamente; y me ha pedido señor. (Salen el REY y POLONIO. Entra
que invitara a Vuestras Majestades a ver y HAMLET.)
a oír la pieza.
HAMLET. ¡Ser o no ser: he ahí la cuestión!
REY. Con toda mi alma, y celebro mucho ¿Oué es más elevado para el espíritu: su-
hallarle en tal disposición. Aguijoneadle de frir los golpes y dardos de la insultante
nuevo, amigos míos, e inclinad su ánimo a Fortuna, o tomar las armas contra un piéla-
semejantes deleites. go10 de calamidades y, haciéndoles frente,
acabar con ellas? ¡Morir....dormir; no más!
ROSENCRANTZ. Así lo haremos, señor.
¡Y pensar que con un sueño darnos fin al
(Salen ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.)
Pesar del corazón y a los mil naturales
REY. Retiraos también vos, mi amada Ger- conflictos- que constituyen la herencia de
trudis, por que hemos mandado llamar en la carne! ¡He aquí un término devotamente
secreto a Hamlet, a fin de que se encuen- apetecible! ¡Morir.... dormir! ¡Dormir! ... ¡Tal
tre aquí con Ofelia como por casualidad. vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Por-
Su padre y yo, representando el papel de que es forzoso que nos detenga el consi-
leales espías, nos apostaremos de modo derar qué sueños pueden sobrevenir en
que, viendo sin ser vistos, podamos juzgar aquel sueño de la muerte, cuando nos ha-
libremente del encuentro, y colegir por su yamos librados del torbellino de la vida! ¡He
conducta si es o no el sufrimiento de su aquí la reflexión que da existencia tan larga
amor lo que le aflige. al infortunio! Porque ¿quién aguantaría los
REINA. Voy a obedeceros. (A OFELIA.) Y ultrajes y desdenes del mundo, la injuria
respecto a ti, Ofelia, celebro que tus en- del opresor, la afrenta del soberbio, las
cantos sean la causa feliz del trastorno de congojas del amor desairado, las tardan-
Hamlet, pues así podré esperar que tus zas de la justicia, las insolencias del poder
virtudes le conduzcan de nuevo a su habi- y las vejaciones que el paciente mérito re-
tual camino, en bien de tu honor y del suyo. cibe del hombre indigno, cuando uno mis-
mo podría procurar su reposo con un
OFELIA. Así sea, señora. (Sale la REINA.) simple estilete? ¿Quién querría llevar tan
POLONIO. Paséate por aquí, Ofelia. (Apar- duras cargas, gemir y sudar bajo el peso
te, al REY.) Si place a Vuestra Majestad, de una vida afanosa, si no fuera por el te-
apostémonos aquí. (A OFELIA, entregándo- mor de un algo, después de la muerte, esa
le un libro.) Haz como que lees en este ignorada región cuyos confines no vuelve a
libro para que la ocupación sirva de pretex- traspasar viajero alguno, temor que con-
to a tu soledad. (Aparte, al REY.) Materia es funde nuestra voluntad y nos impulsa a
ésta en que a menudo nos hacemos dig- soportar aquellos males que nos afligen,
nos de censura, y es cosa más que proba- antes que lanzarnos a otros que descono-
da que con el semblante de la devoción y la cemos? Así la conciencia hace de todos
apariencia piadosa llegamos a almibarar9 nosotros unos cobardes; y así los primiti-
al mismo diablo. vos matices de la resolución desmayan

9
Almibarar: literalmente, poner en almíbar, esto es, endulzar.
10
Piélago: mar.

104
Literatura Universal y del Perú HAMLET

bajo los pálidos toques del Pensamiento, y HAMLET. Pues no debieras haberme creí-
las empresas de mayores alientos e impor- do; porque la virtud no puede injertarse en
tancia, por esa consideración, tuercen su nuestro viejo tronco sin que nos quede de
curso y dejan de tener nombre de acción... él algún mal resabio. ¡Yo no te amaba!
Pero ¡silencio! …¡La hermosa Ofelia! Nin-
OFELIA. Tanto mayor ha sido mi decep-
fa, en tus plegarias acuérdate de mis peca-
ción.
dos.
HAMLET. ¡Vete a un convento! ¿Por qué
OFELIA. Querido señor, ¿cómo le va a
habías de ser madre de pecadores? Yo soy
Vuestra Alteza después de tantos días?
medianamente bueno, y, con todo, de tales
HAMLET. Mis más humildes gracias; bien, cosas podría acusarme, que más valiera
bien, bien. que mi madre no me hubiese echado al
mundo. Soy muy soberbio, ambicioso, ven-
OFELIA. Señor, conservo de vos algunos
gativo, con más pecados sobre mi cabeza
recuerdos, que tiempo ha deseaba resti-
que pensamientos para concebirlos, fanta-
tuirnos. Os ruego que los admitáis ahora.
sía para darles forma o tiempo para llevar-
HAMLET. No; yo no; nunca te he dado cosa los a ejecución. ¿Por qué han de existir
alguna. individuos como yo para arrastrarse entre
OFELIA. Mi respetable señor, sabéis muy los cielos y la tierra? Todos somos unos
bien que sí, y acompañando vuestras dádi- bribones rematados; no te fíes de ninguno
vas con frases de tan dulce aliento, que las de nosotros. ¡Vete, vete a un convento!
hacían mucho más preciosas. Perdido su ¿Dónde está tu padre?
perfume, tomadlas de nuevo: porque para OFELIA. En casa, señor.
un corazón noble los más ricos dones tór-
HAMLET. Pues que le cierren bien las
nanse mezquinos cuando ya el donador no
puertas, para que no haga en ninguna par-
muestra afecto. ¡Ahí los tenéis, señor!
te el bobo sino en su propia casa. ¡Adiós!
HAMLET. (Riendo.) ¡Ja, ja! ¿Eres hones- (Aléjase unos pasos, y vuelve luego hacia
ta? OFELIA.)
OFELIA. ¡Señor! OFELIA. ¡Oh, ayudadle, cielos piadosos!
HAMLET. ¿Eres hermosa? HAMLET. Si te casas, quiero darte por dote
OFELIA. ¿Qué quiere decir Vuestra Seño- este torcedor; así seas tan casta como el
ría? hielo y tan pura como la nieve, no te libra-
rás de la calumnia. ¡Vete a un convento,
HAMLET. Que si eres honesta y hermosa, vete! ¡Adiós! Y si es que te empeñas en
tu honestidad no debiera admitir trato con casarte, cásate con un tonto; porque los
tu hermosura. hombres avisados saben muy bien qué cla-
OFELIA. Señor, ¿podría tener la hermosu- se de monstruos hacéis de ellos. ¡A, un
ra mejor comercio que con la honestidad? convento, vete, y listo! ¡Adiós! (Aléjase y
vuelve, como antes.)
HAMLET. Evidentemente; porque el poder
de la hermosura convertirá a la honestidad OFELIA. ¡Oh poderes celestiales, restituid-
en una alcahueta mucho antes que la fuer- le la razón!
za de la honestidad transforme la hermo- HAMLET. También he oído hablar, y mu-
sura a su semejanza. En otro tiempo era cho, de vuestros afeites11. La Naturaleza
esto una paradoja; pero en la edad presen- os dio una cara, y vosotras os fabricáis otra
te es cosa probada. ¡Yo te amaba antes, distinta. Andáis dando saltitos, os conto-
Ofelia! neáis, habláis ceceando, y motejáis a todo
OFELIA. En verdad, señor, así me lo hicis- ser viviente, haciendo pasar vuestra livian-
teis creer. dad por candidez. ¡Vete, ya estoy harto de

11
Afeites: ungüentos que sirven para maquillarse.

105
HAMLET Literatura Universal y del Perú

eso; eso es lo que me ha vuelto loco! Te lo representación la reina su madre le llame a


digo, se acabaron los casamientos. Aque- solas y le inste a descubrir sus penas. Que
llos que ya están casados, vivirán todos, le hable claro y yo, si me lo permitís, me
menos uno. Los demás quedarán como pondré al acecho donde pueda escuchar
ahora. ¡Al convento, vete! (Sale.) toda la conversación. Si su madre no logra
arrancarle el secreto, mandadle a Inglate-
OFELIA. ¡Oh, qué noble inteligencia tras-
rra, o recluidle donde vuestra prudencia
tornada! ¡La penetración del cortesano, la
juzgue más conveniente.
lengua del letrado, la espada del guerrero,
la flor y la esperanza de este hermoso país; REY. Así se hará. La locura en los grandes
el espejo de la moda, el molde de la ele- no debe quedar sin vigilancia. (Salen.)
gancias, el blanco de todas las miradas!,
¡perdido, totalmente perdido! Y yo, la más
desventurada e infeliz de las mujeres, que ESCENA II
gusté la miel de sus dulces promesas, te-
ner que contemplar ahora aquel noble y UN SALÓN EN EL CASTILLO
soberano entendimiento, como armoniosas (Entra HAMLET, con algunos Cómicos.)
campanas hendidas, en discordia y estri-
dor, y aquellas incomparables formas y fac- HAMLET. Te ruego que recites el pasaje
ciones de florida juventud, marchitas por el tal como lo he declamado yo, con soltura y
delirio. ¡Oh desdichada de mí! ¡Haber visto naturalidad, pues si lo haces a voz en grito,
lo que vi y ver ahora lo que veo! como acostumbran muchos de vuestros
(Vuelven a entrar el REY y POLONIO.) actores, valdría más que diera mis versos
a que los voceara el pregonero. Guárdate
REY. ¡Amor!... Las afecciones de Hamlet también de aserrar demasiado el aire, así,
no van por ese camino; ni en lo que ha con la mano. Moderación en todo, pues
hablado a pesar de su falta de ilación, hay hasta en medio del mismo torrente, tem-
nada que parezca locura. Algo anida en su pestad y aún podría decir torbellino de tu
alma que está incubando su melancolía, y pasión, debes tener y mostrar aquella tem-
recelo que, al romperse el cascarón, va a planza que hace suave y elegante la expre-
surgir algún peligro. En previsión de lo cual, sión. ¡Oh!, me hiere el alma oír a un robus-
tomando una súbita determinación, he aquí to jayán con su enorme peluca desgarrar
lo que he resuelto: que salga sin demora una pasión hasta convertirla en jirones y
para Inglaterra, a reclamar nuestros atra- verdaderos guiñapos, hendiendo los oídos
sados tributos. Tal vez los diferentes mares de los «mosqueteros»12, que, por lo gene-
y países, con su variedad de objetos, ex- ral, son incapaces de apreciar otra cosa
pulsen ese no sé qué tan tenazmente arrai- que incomprensibles pantomimas y baru-
gado en su corazón, contra el cual choca llo. De buena gana mandaría azotar a ese
de continuo su cerebro, poniéndolo fuera energúmeno por exagerar el tipo de Ter-
de sí. ¿Qué te parece? magante. ¡Esto es ser más herodista que
POLONIO. Que está bien; aunque yo creo, Herodes! ¡Evítalo tú, por favor!
no obstante, que el origen y principio de su CÓMICO 1º. Lo prometo a Vuestra Alteza.
aflicción provienen de un amor desairado.
(Reparando en OFELIA.) ¡Hola, Ofelia! No HAMLET. No seas tampoco demasiado tí-
necesitas contarnos lo que ha dicho el prín- mido; en esto tu propia discreción debe
cipe Hamlet: todo lo hemos oído. (Al REY.) guiarte. Que la acción responda a la pala-
Señor, obrad como os plazca; pero si lo bra y la palabra a la acción, poniendo un
creéis oportuno, haced que después de la especial cuidado en no traspasar los lími-

12
Mosqueteros: parte del público de un teatro que acostumbraba a arrojar objetos, por ejemplo,
verduras, al escenario para mostrar su descontento con la obra o con su representación.

106
Literatura Universal y del Perú HAMLET

tes de la sencillez de la Naturaleza, porque SENCRANTZ y GUILDENSTERN.) ¿Queréis


todo lo que a ella se opone se aparta igual- ir vosotros a ayudarlos para que terminen
mente del propio fin del arte dramático, pronto?
cuyo objeto, tanto en su origen como en los
ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN. Con
tiempos que corren, ha sido y es presentar,
mucho gusto, señor. (Salen ROSENCRANTZ
por decirlo así, un espejo a la Humanidad,
y GUILDENSTERN. Entra HORACIO.)
mostrar a la virtud sus propios rasgos, al
vicio su verdadera imagen y a cada edad y HAMLET. ¿Quién es? ¡Ah!, Horacio.
generación su fisonomía y sello caracterís-
HORACIO. Aquí me tenéis, amable señor,
tico. De donde resulta que si se recarga la
a vuestras órdenes.
expresión o si ésta languidece, por más
que ello haga reír a los ignorantes, no po- HAMLET. Horacio, eres precisamente el
drá menos de disgustar a los discretos, hombre más cabal de cuantos he tratado
cuyo dictamen, aunque se trate de un solo en mi vida.
hombre, debe pesar más en vuestra esti- HORACIO. ¡Oh querido príncipe!
ma que el de todo un público compuesto
de los otros. ¡Oh!, cómicos hay a quienes HAMLET. No, no creas que te adulo; pues
he visto representar y a los que he oído ¿qué utilidad puedo esperar de ti, que para
elogiar, y en alto grado, que, por no decirlo sustentarte y vestirte no tienes más rentas
en malos términos, no teniendo ni acento que tus buenas dotes? ¿A qué adular al
ni traza de cristianos, de gentiles, ni tan pobre? No, deja que la melosa lengua lama
siquiera de hombres, se pavoneaban y vo- la pompa estúpida, y que los goznes de la
ciferaban de tal modo, que llegué a pensar servil rodilla se doblen allí donde el lucro
si proponiéndose algún mal artífice de la pueda seguir a la lisonja. ¿Me oyes? Des-
Naturaleza formar tal casta de hombres, de que mi querida alma fue dueña de esco-
que resultaron ser unos aprendices de la ger y supo distinguir entre los hombres, te
naturaleza mas no de los hombres: ¡tan marcó a ti con el sello de su elección, por-
abominablemente imitaban la Humanidad! que siempre, desgraciado o feliz, has reci-
bido con igual semblante los favores y re-
CÓMICO 1º. Creo que en nuestra compa- veses de la Fortuna. ¡Dichosos aquellos
ñía se ha corregido bastante ese defecto. cuyo temperamento y juicio se hallan tan
HAMLET. ¡Oh, corregidlo del todo! Y no bien equilibrados, que no son entre los
permitáis que los que hacen de graciosos dedos de la Fortuna como un caramillo que
ejecuten más de lo que les esté indicado, suena por el punto que a ésta se le antoja!
porque algunos de ellos empiezan a dar ¡Dadme un hombre que no sea esclavo de
risotadas para hacer reír a unos cuantos sus pasiones, y yo le colocaré en el centro
espectadores imbéciles, aun cuando en de mi corazón; sí, en el corazón de mi co-
aquel preciso momento algún punto esen- razón; como te guardo a ti! Pero no hable-
cial de la pieza reclame la atención. Esto mos más de esto. Esta noche se represen-
es indigno, y revela en los insensatos que tará un drama ante el rey, y en él hay una
lo practican la más estúpida pretensión. Id escena de cierto parecido con las circuns-
a prepararnos. (Salen los Cómicos. Entran tancias que te conté de la muerte de mi
POLONIO, ROSENCRANTZ y GUILDENS- padre. Te suplico que cuando llegue dicho
TERN. A POLONIO.) ¿Qué tal, señor? ¿Gus- paso observes a mi tío con toda la penetra-
tará el rey de oír esta obra maestra? ción de tu alma. Si su oculto crimen no
aparece al descubierto en determinado
POLONIO. Sí, señor, al instante, y la reina
pasaje de la pieza, es que era un espíritu
también.
infernal lo que vimos, y todas mis cavilacio-
HAMLET. Pues encargad a los cómicos nes, más negras que la fragua de Vulca-
que se den prisa. (Sale POLONIO. A RO- no13. Fíjate en él con la mayor atención.

13
Vulcano: dios de la mitología romana. Es el dios del fuego, por lo que siempre se le representa
como un herrero gigante en su fragua.

107
HAMLET Literatura Universal y del Perú

Por mi parte, mis ojos estarán clavados en OFELIA. Sí, señor.


su cara, y después uniremos nuestras ob-
HAMLET. ¿Pensáis que quería decir algu-
servaciones para juzgar lo que su exterior
na cosa fea?
nos anuncie.
OFELIA. No pienso nada, señor.
HORACIO. Está bien, señor. Si durante la
representación se sustrae algo a mi perspi- HAMLET. ¡Linda idea la de reposar entre
cacia, yo pago el hurto. las piernas de una doncellas!
HAMLET. Ya vienen a la función. Vuelvo a OFELIA. ¿Qué decís, señor?
hacerme el loco. Vete a tomar asiento.
HAMLET. Nada.
(Marcha danesa. Suenan las trompetas.
OFELIA. Estáis alegre, señor.
Entran el REY, la REINA, POLONIO, OFELIA,
ROSENCRANTZ, GUILDENSTERN y otros HAMLÉT. ¿Quién, yo?
Señores del séquito, acompañados por
OFELIA. Sí, señor.
Guardias con antorchas.)
HAMLET. ¡Oh cielos! ¡Sólo para vos soy el
REY. ¿Cómo os va, sobrino Hamlet?
bufón! ¿Qué ha de hacer uno sino estar
HAMLET. Perfectamente, señor. Me man- alegre? Y si no, mirad qué aire más risue-
tengo del aire, como el camaleón. Engordo ño tiene mi madre, y mi padre hace dos
de esperanzas. No podréis vos cebar así horas que murió.
vuestros faisanes.
OFELIA. ¡Cómo! Dos veces dos meses,
REY. Nada tengo que ver con esa respues- señor.
ta, Hamlet; no son mías esas palabras.
HAMLET. ¿Tanto tiempo? ¡Pues, entonces,
HAMLET. No, ni mías ya. (A POLONIO.) vístase de luto el diablo, que yo quiero un
¿Es verdad, amigo, que una vez represen- traje de piel de marta!… ¡Oh cielos! ¡Dos
tasteis en la Universidad, según decís? meses ha que murió y no lo han olvidado
POLONIO. Sí, Alteza, y tenía fama de buen todavía! De esa manera, bien puede espe-
actor. rarse que la memoria de un gran hombre
sobreviva medio año. Pero, ¡Virgen santa!
HAMLET. ¿Y qué papel representasteis? fuerza será que funde iglesias; de lo con-
POLONIO. El de Julio César. Bruto me trario, tendrá que resignarse al olvido,
asesinaba en el Capitolio. como el caballito de palo cuyo epitafio dice:
«Pues, ¡ay!, pues, ¡ay!, se murió el caba-
HAMLET. ¡Valiente brutalidad matar a tan
llito de palo y nadie le mienta, así que
distinguido compañero! (A ROSENCRANTZ)
murió.»
¿Están listos los cómicos?
Música de oboes. Empieza la pantomima.
ROSENCRANTZ. Sí, señor; aguardan tan
Entran un REY y una REINA, con aire muy
sólo vuestras órdenes.
amoroso. Se abrazan. Ella se arrodilla y
REINA. Ven acá, querido Hamlet; siéntate hace ademán de protestarle amor. Él la le-
a mi lado. vanta y reclina la cabeza en su seno; luego
HAMLET. No, buena madre. (Señalando a se tiende sobre un lecho de flores; ella,
OFELIA.) He aquí un imán más atractivo. viéndole dormido, se retira. Aparece ense-
guida Otro CABALLERO, el cual le quita la
POLONIO. (Al REY.) ¡Oh, oh! ¿Habéis no- corona al REY, le besa, vierte veneno en el
tado eso? oído del Monarca y desaparece. Vuelve la
HAMLET. (A OFELIA.) Señora, ¿me permi- REINA, encuentra muerto a su esposo y
tís reposar en vuestra falda? (Sentándose hace gestos de desesperación. El envene-
en el suelo a los pies de OFELIA.) nador, acompañado de uno, dos o tres per-
sonajes mudos, entra de nuevo, aparen-
OFELIA. No, señor.
tando lamentarse con ella. El cadáver es
HAMLET. Quiero decir reposar la cabeza conducido fuera del escenario. El envene-
en vuestra falda. nador corteja a la REINA, obsequiándola

108
Literatura Universal y del Perú HAMLET

con presentes; ella se resiste un poco y le ACTOR REINA. «Y otras tantas jornadas
rechaza; pero al fin acepta su amor. Salen. nos dejen contar el sol y la luna antes que
nuestro amor se extinga. Pero ¡ay de mí!
OFELIA. ¿Qué significa esto, señor?
De algún tiempo a esta parte tan doliente
HAMLET. ¡Bah! Una leve fechoría; lo que os veo, tan lejos de la alegría de vuestro
en términos vulgares se llama un crimen. antiguo estado, que siento gran zozobra
por vos. Mas, por grande que ésta sea, no
OFELIA. Quizá encierre la pantomima el
debe en modo alguno perturbar, pues sa-
argumento del drama.
béis, dueño mío, que en la mujer el recelo
(Entra el PRÓLOGO.) y el cariño corren entre sí parejas: o nulos
HAMLET. Lo sabremos por ese compañe- ambos, o ambos en extremo. Pues bien: lo
ro. Los cómicos no pueden guardar secre- que es mi amor las pruebas os lo han di-
tos. Todo lo han de decir. cho, y tan grande como mi amor es mi re-
celo. Donde es grande el amor, la más leve
OFELIA. ¿Y no dirán qué significa ese es- aprensión temor se vuelve; y donde crecen
pectáculo? los temores, allí vencen los amores.»
HAMLET. Sí, como cualquier otro que que- ACTOR REY. «En verdad, amor mío, he de
ráis exhibirle. Como vos no os avergoncéis dejarte, y he de dejarte en breve. Mis po-
de exhibir lo que es él no se avergonzará tencias activas dejan ya de ejercer sus fun-
de deciros lo que significa. ciones, y tú me sobrevivirás en este her-
OFELIA. ¡Qué malo sois, qué malos... De- moso mundo, respetada, querida, y acaso
jadme oír la obra. no faltará quien sea bastante tierno para
esposo, y tú...»
PRÓLOGO.
ACTOR15 REINA. «¡Calla, por Dios! Seme-
Os pedimos que, pacientes, jante amor sería en mi pecho traición pro-
escuchéis nuestra tragedia, bada. ¡En un segundo esposo sea yo
sometiéndonos humildes maldita! Nadie se casa con el segundo que
no haya muerto el primero.»
a vuestro fallo y clemencia.
(Sale.) HAMLET. (Aparte.) ¡Ajenjo, ajenjo!

HAMLET. ¿Esto es prólogo, o mote de sor- ACTOR REINA. «Los móviles que incitan a
tija14? un segundo matrimonio son viles razones
de lucro, jamás de amor. Por segunda vez
OFELIA. ¡Qué breve ha sido! mato a mi difunto, si el segundo esposo me
HAMLET. Como amor de mujer (Entran besa en el tálamo.»
dos Actores, que hacen del rey GONZAGO ACTOR REY. «Opino que pensáis tal cual
y de la reina BAUTISTA.) decís; pero quebrantamos a menudo nues-
ACTOR REY. «Treinta vueltas completas tras resoluciones. El propósito no es más
ha dado el carro de Apolo a las salobres que el esclavo de la memoria: muy brusco,
ondas de Neptuno a la región esférica de en su nacimiento, pero de escasa validez.
Tellus y treinta docenas de lunas, con ful- Ahora está adherido al árbol, como acerbo
gor prestado, dieron doce treintenas de fruto, mas cae por sí solo no bien se halla
veces la vuelta al mundo, desde que Amor en sazón. Es absolutamente inevitable que
e Himeneo, aquél los corazones y éste las olvidemos pagarnos lo que nos debemos a
manos, nos unieron mutuamente en lazos nosotros mismos. Lo que nos proponemos
sacratísimos.» en el calor de la pasión, calmada la pasión,

14
Mote de sortija: palabras que se graban en el lado interno de una sortija. Aquí Hamlet emplea
esta expresión señalando humorísticamente la brevedad del prólogo.
15
En el teatro inglés estaba prohibida la representación de las mujeres. Es por ello que el papel de
REINA tenga que ser ejecutado por un ACTOR.

109
HAMLET Literatura Universal y del Perú

lo abandonamos. La violencia misma del REINA. Me parece que la dama promete


dolor o del placer destruye juntamente con demasiado.
ellos sus propias acciones. Donde más se
HAMLET. ¡Oh! Pero cumplirá su palabra.
huelga el gozo más se lamenta el dolor; la
alegría se aflige y la aflicción se alegra al REY. ¿Te has enterado bien del argumen-
más ligero accidente. No siempre es per- to? No hay en él nada ofensivo.
durable nuestro mundo, y así, no es extra-
ño que hasta nuestro amor cambie con HAMLET. No, no. Todo es pura broma;
nuestra fortuna; que es cuestión aún por veneno de broma. Pero absolutamente
resolver si el amor gobierna a la fortuna o nada ofensivo.
la fortuna al amor. Cae el potentado, y veis REY. ¿Cómo se titula la obra?
a sus favoritos huir de él; encumbrase el
miserable, y de sus enemigos hace ami- HAMLET. La Ratonera; ¿Que cómo se
gos. Y hasta tal punto es el amor esclavo entiende eso? Pues en sentido figurado.
de la fortuna, que aquel que no lo necesita Este drama representa un asesinato co-
jamás le faltará un amigo, y aquel que en la metido en Viena. El duque se llama Gonza-
penuria prueba a un aparente amigo, con- go, y su mujer, Bautista. Ahora lo veréis.
viértele al momento en su enemigo. Mas, ¡Es un enredo diabólico! Pero ¿qué impor-
para terminar debidamente lo que había ta? A Vuestra Majestad y a nosotros, que
empezado, nuestras voluntades y nuestros tenemos inocente el alma, no puede afec-
destinos corren por tan opuestas sendas, tarnos. Cocee el rocín lleno de mataduras.
que siempre quedan derrumbados nues- Nosotros no tenemos desollado el lomo.
tros planes. Somos dueños de nuestros (Entra LUCIANO.) Este es un tal Luciano,
pensamientos; su ejecución, sin embargo, sobrino del rey.
nos es ajena. Así, imaginas que nunca has OFELIA. Representáis perfectamente el
de tomar segundo esposo; pero morirá tu papel de coro, señor.
pensamiento en cuanto muera tu señor.»
HAMLET. Podría hacer de intérprete entre
ACTOR REINA. «¡Niégueme el sustento la
vos y vuestro amante con sólo que os viera
tierra y la luz el cielo! ¡Rehúsenme sus pla-
retozar en la escena como títeres.
ceres y reposo el día y la noche! ¡Cámbien-
se en desesperación mi fe y mi esperanza! OFELIA. ¡Qué agudo sois, señor, qué agu-
¡Sea toda la aspiración de mi vida la auste- do!
ra reclusión de un ermitaño! ¡Que todas las
HAMLET. Con un suspiro embotaréis mi
contrariedades que hacen palidecer el
punta.
semblante de la alegría salgan al paso de
mis ilusiones y las destruyan! ¡Que así en OFELIA. ¡Siempre de mal en peor!
este mundo como en el otro una eterna
adversidad me persiga si, una vez viuda, HAMLET. Así soléis proceder en la elec-
vuelvo a ser esposa!» ción de vuestros maridos. (A LUCIANO.)
¡Vamos, empieza, asesino! ¡Mala peste!
HAMLET. ¿Y si ahora quebrantara ella el ¡Deja esas muecas de condenado y princi-
voto? pia de una vez! Venga: «¡El cuervo grazna-
ACTOR REY. «¡Solemne juramento ha dor grita venganza!».
sido! Déjame aquí un instante, amada mía.
LUCIANO. « ¡Negro el designio, pronta la
languidecen mis fuerzas, y quisiera burlar
mano, dispuesto el tósigo, propicia la hora,
el tedio del día con el sueño.» (Se duer-
cómplice la ocasión, y sin testigos! ¡Violen-
me.)
ta mixtura de venenosas plantas, cogidas
ACTOR REINA. «¡Arrulle el sueño tu men- a medianoche, tres veces infecta, tres ve-
te, y que nunca entre nosotros se interpon- ces emponzoñada con la maldición de Hé-
ga la desgracia!» (Sale.) cate; que tus naturales virtudes mágicas y
HAMLET. ¿Qué tal os va pareciendo la pie- deletéreas le arranquen instantáneamente
za, señora? la vida en plena salud!» (Vierte el veneno
en el oído del REY durmiente.)

110
Literatura Universal y del Perú HAMLET

HAMLET. (Mirando al REY con fijeza.) ¡Le HAMLET. ¡Ah, ja! ¡Venga un poco de músi-
envenena en el jardín para usurparle la cas ¡Vengan los caramillos!
corona! Y se llama Gonzago! ¡La historia
Que si al rey la comedia no le gusta...
es verdadera y corre escrita en selecto ita-
será, supongo yo, que le disgusta.
liano! ¡Ahora veréis cómo la esposa de
Gonzago se enamora del asesino! (El REY, ¡Vamos, un poco de música!
visiblemente turbado, se levanta, dispo-
(Entran ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.)
niéndose a salir del salón.)
GUILDENSTERN. Amable señor, ¿me per-
OFELIA. El rey se levanta. mitís que os diga una palabra?
HAMLET. ¡Qué! ¿Le asusta un fuego fa- HAMLET. Y toda una historia, caballero.
tuo?
GUILDENSTERN. El rey, señor…
REINA. (Al REY.) ¿Cómo os sentís, señor?
HAMLET. Muy bien; ¿qué le sucede?
POLONIO. (A los ACTORES.) ¡Suspended
la representación! GUILDENSTERN. Se ha retirado a su
aposento muy destemplado.
REY. ¡Traed luz! ¡Salgamos!
HAMLET. ¿Por la bebida?
TODOS. ¡Luces, luces, luces! (Salen todos,
menos HAMLET y HORACIO.) GUILDENSTERN. No, señor; por la cólera.
HAMLET. (Cantando.) HAMLET. Hubierais dado muestras de
Dejad que huya gimiendo el ciervo herido mayor sensatez yendo a contárselo a su
médico, pues si yo me encargara de su
y el corzo ileso siga retozando.
purga, pudiera acrecentársela la cólera.
Cuando uno vela, el otro está dormido,
y de este modo el mundo va marchando. GUILDENSTERN. Señor, dad a vuestro
discurso algún sentido, y no os desenten-
¿No te parece, amigo que con esto, un dáis tan bruscamente de la cuestión.
bosque de plumas y un par de rosas de
Provenza en mis zapatos acuchillados, si HAMLET. Vamos, ya estamos en sosiego.
en lo venidero la suerte me tratara a la Hablad, amigo.
baqueta, podría procurarme un puesto en GUILDENSTERN. La reina, vuestra madre,
una compañía de cómicos? sumida en la mayor aflicción de espíritu,
HORACIO. A media ración. me envía a buscaros.
HAMLET. ¡Qué! ¡A ración entera! HAMLET. Muy bienvenido.
Pues bien lo sabes tú, Damón querido; GUILDENSTERN. No, querido señor; esa
este reino que miras destruido cortesía no es sincera. Si tenéis a bien
tuvo por rey a Jove; mas discurro darme una contestación sensata, cumpliré
el mandato de vuestra madre; si no, con
que ahora gobierna aquí un solemne...
pediros perdón y volverme, terminada mi
pavo.
misión.
HORACIO. Podías haber rimado…
HAMLET. Pues, señor, no puedo…
HAMLET. ¡Ah mi buen Horacio! ¡Mil libras
apuesto ahora por la palabra del espectro! GUILDENSTERN. ¡Cómo!...
¿Advertiste?… HAMLET. …daros una contestación sen-
HORACIO. Perfectamente, señor. sata. Mi razón está enferma; pero, señor,
tal como pueda dárosla disponed de ella, o
HAMLET. ¿Al tratarse del envenenamien- más bien, según decís, mi madre. De con-
to? siguiente, basta de rodeos y vamos al gra-
HORACIO. Muy bien que lo noté. no. Mi madre, decís…

111
HAMLET Literatura Universal y del Perú

ROSENCRANTZ. Pues he aquí lo que GUILDENSTERN. Creedme, no sé.


dice: que vuestra conducta la ha sobreco-
HAMLET. Os lo suplico.
gido de asombro y estupor.
GUILDENSTERN. Señor, desconozco del
HAMLET. ¡Oh hijo portentoso, que así pue-
todo su manejo.
de asombrar a una madre! Pero ¿no trae
cola este asombro de una madre? Vamos, HAMLET. Es tan fácil como el mentir; pul-
decid. sad estos agujeros con los dedos; dadle
aire con los labios, y el instrumento exhala-
ROSENCRANTZ. Desea hablar con vos en
rá la más elocuente música. Mirad: éstos
su gabinete antes que os vayáis a la cama.
son los registros.
HAMLET. Obedeceremos, así fuera diez
GUILDENSTERN. Bien; pero no sé hacer-
veces nuestra madre. ¿Tenéis algún otro
les expresar ninguna melodía. Carezco de
asunto que tratar conmigo?
habilidad.
ROSENCRANTZ. Señor, en otro tiempo
HAMLET. Pues ¡ved ahora qué indigna
me estimabais.
criatura hacéis de mí! Queréis tañerme; tra-
HAMLET. Y os estimo todavía; lo juro por táis de aparentar que conocéis mis regis-
estas manos pecadoras. tros; intentáis arrancarme lo más íntimo de
mis secretos; pretendéis sondearme, ha-
ROSENCRANTZ. Querido príncipe, ¿cuál
ciendo que emita desde la nota más grave
es la causa de vuestra perturbación? Indu-
hasta la más aguda de mi diapasón; y ha-
dablemente, cerráis la puerta a vuestro
biendo tanta abundancia de música y tan
desahogo, al no querer comunicar con
excelente voz en este pequeño órgano,
vuestros amigos los pesares que sentís.
vosotros, sin embargo, no podéis hacerle
HAMLET. Necesito medrar. hablar. ¡Vive Dios! ¿Pensáis que soy más
ROSENCRANTZ. ¿Cómo es posible, cuan- fácil de pulsar que una flauta? Tomadme
do contáis con el voto del mismo rey para por el instrumento que mejor os plazca, y
sucederle en el trono de Dinamarca? por mucho que me trasteéis os aseguro
que no conseguiréis sacar de mí sonido
HAMLET. Sí, amigo; pero «mientras crece alguno. (Entra POLONIO. A POLONIO.) Dios
la hierba…» Algo rancio es el proverbio. os bendiga, amigo.
(Entran algunos cómicos con flautas.) ¡Oh,
las flautas! Dejadme una. (Toma una flau- POLONIO. Señor, la reina quisiera habla-
ta. A GUILDENSTERN.) Y ahora, para inter ros inmediatamente.
nos16, decid, ¿por qué me acecháis, tratan- HAMLET. ¿Veis aquella nube cuya forma
do de ganarme el viento, como si preten- es muy semejante a un camello?
dierais cogerme en algún lazo?
POLONIO. Por la misa, y que parece un
GUILDENSTERN. ¡Oh querido príncipe! camello realmente.
Cuando el sentido del deber nos hace in-
HAMLET. Yo creo que parece una coma-
discretos, el afecto se vuelve descortés.
dreja.
HAMLET. No entiendo bien eso. ¿Queréis
POLONIO. Tiene el dorso de una coma-
tocar esta flauta?
dreja.
GUILDENSTERN. Señor, no sé.
HAMLET. O de una ballena.
HAMLET. Os lo ruego.
POLONIO. Exacto; de una ballena.

16
Inter nos: latinismo que significa ‘entre nosotros’.

112
Literatura Universal y del Perú HAMLET

HAMLET. Pues voy al punto a ver a mi descansa la existencia de multitudes.


madre. (Aparte.) ¡Me van a volver loco de Cuando sucumbe el monarca, la majestad
veras y hasta el extremo de estallar! (Alto.) real no muere sola, sino que, como un tor-
Iré al instante. bellino arrastra consigo cuanto le rodea; es
como una formidable rueda fija en la cum-
POLONIO. Así voy a decírselo. (Sale PO-
bre de una altísima montaña, y a cuyos
LONIO.)
enormes rayos están sujetas y adheridas
HAMLET. «Al instante» es cosa que se diez mil piezas menores, que, al derrum-
dice pronto. Dejadme solo, amigos. (Salen barse, arrastra consigo todos estos débiles
todos, menos HAMLET.) ¡He aquí la hora de adminículos que, como séquito mezquino,
los hechizos nocturnos, cuando bostezan la acompañan en su impetuosa ruina. Nun-
las tumbas, y el mismo infierno exhala su ca exhala el rey a solas un suspiro sin que
soplo pestilente sobre el mundo! ¡Ahora gima con él la nación entera.
podría yo sorber sangre caliente y ejecutar
REY. Por favor, aprestaos para este preci-
tales horrores, que el día se estremeciera
pitado viaje, pues queremos sujetar ese
al contemplarlos! ¡Calma!... Vamos a mi
peligro que ahora anda demasiado suelto.
madre. ¡Oh corazón mío, no pierdas tu sen-
sibilidad! ¡Que el alma de Nerón no halle ROSENCRANTZ. Nos daremos prisa. (Sa-
cabida en este firme pecho! ¡Sea yo cruel, len ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN. En-
mas no inhumano! ¡No usaré del puñal, tra POLONIO.)
aunque puñales serán para ella mis pala-
POLONIO. Señor, ya se dirige al cuarto de
bras! ¡Que mi lengua, tanto como mi alma,
su madre. Voy a esconderme detrás de los
sean en esto hipócritas, y por mucho que la
tapices para enterarme de lo que ocurra.
amenace y la zahiera con mis execracio-
Os aseguro que ella le va a reñir de firme;
nes, no consientas, alma mía, en sellarlas
pero, como dijisteis, y muy discretamente
con la acción! (Sale.)
dicho, bueno será que algún otro oyente,
además de su madre, ya que la natural ter-
nura las hace a éstas parciales, escuche
ESCENA III en condiciones ventajosas la conversación.
UNA ESTANCIA Pasadlo bien, soberano mío. Iré a veros
antes de acostarnos, y os diré lo que ave-
EN EL CASTILLO
rigüe.
(Entran el REY, ROSENCRANTZ
REY. ¡Gracias, querido amigo! (Sale POLO-
y GUILDENSTERN.)
NIO.) ¡Oh, atroz es mi delito! ¡Su corrompi-
do hedor llega hasta el cielo! ¡Sobre él pesa
REY. No me agrada, ni es seguro para
la más antigua de las maldiciones: la del
nosotros, dar rienda suelta a su locura. Por
fratricidio! No puedo orar, aunque la incli-
consiguiente, preparaos; despacharé sin
nación sea en mí tan fuerte como la volun-
demora vuestra comisión y partirá con vo-
tad. La fuerza de mi propósito cede a la
sotros a Inglaterra. Las circunstancias de
mayor fuerza del crimen como un hombre
nuestro Estado no permiten consentir peli-
ligado a dos tareas, quedo perplejo sin sa-
gros tan inminentes como los que a cada
ber por dónde empezar, y a entrambas
instante originan los accesos de demencia.
desatiendo. Pero aunque esta maldita
GUILDENSTERN. Dispondremos nuestra mano se hubiera encallecido con sangre
marcha. Muy justo y sagrado celo es velar fraternal, ¿no habría bastante lluvia en el
por la seguridad de tantos y tantos seres clemente cielo para lavarla hasta dejarla
cuya vida y sustento dependen de Vuestra limpia como la nieve? ¿Para qué sirve la
Majestad. misericordia si no es para afrontar el rostro
del crimen? ¿Y qué hay en la oración si no
ROSENCRANTZ. Si un simple particular
es la doble virtud de precavernos para no
está obligado a defender su vida con toda
caer y de hacernos perdonar cuando cae-
la fuerza y vigor de su talento, mucho más
mos? Alcemos, pues, la vista al cielo: mi
lo estará aquel en cuyo bienestar estriba y
crimen se ha consumado ya. Pero, ¡ay!,

113
HAMLET Literatura Universal y del Perú

¿qué forma de oración podrá valerme en esperanza de salvación. ¡Precipítale enton-


este trance? «¡Perdóname el horrendo ase- ces de tal modo, que sus talones tiren co-
sinato que cometí!» No, no puede ser, ces al cielo y sea su alma tan negra y
puesto que sigo aún en posesión de todo condenada como el infierno adonde se
aquello por lo cual cometí el crimen: la co- desploma! Mi madre me aguarda. (Al REY.)
rona, objeto de mi ambición, y mi esposa, ¡Esta droga no hará más que prolongar tus
la reina. ¿Puede uno lograr perdón rete- moribundos días! (Sale.)
niendo los frutos del delito? En las corrom-
REY. (Levantándose.) Mis palabras vuelan
pidas corrientes de este mundo, la dorada
a lo alto; mis pensamientos quedan en tie-
mano del crimen puede torcer la ley, y a
rra; palabras sin pensamientos no van al
menudo se ha visto al mismo lucro infame,
cielo. (Sale.)
sobornar la justicia. Mas no sucede así allá
arriba. Allí no valen subterfugios; allí la ac-
ción se muestra tal cual es, y nosotros mis-
mos nos vemos obligados a reconocer sin ESCENA IV
rebozo nuestras culpas, precisamente cara
a cara de ellas. ¿Qué hacer, pues? ¿Qué GABINETE DE LA REINA
recurso me queda? Probemos lo que pue- (Entran la REINA y POLONIO.)
de el arrepentimiento. ¿Qué no podrá? Y,
sin embargo, ¿qué podrá cuando uno no
puede arrepentirse? ¡Oh miserable condi- POLONIO. Vendrá ahora mismo. Acome-
ción la mía! ¡Oh corazón negro como la tedlo a fondo; decidle que sus locuras han
muerte! ¡Oh alma mía, cogida como un sido demasiado atrevidas para que puedan
pájaro en un lazo, que cuanto más pugnas tolerarse, y que vuestra Gracia le ha ampa-
por librarte, más te prendes! ¡Oh ángeles rado, interponiéndose entre él y la ardiente
del cielo, socorredme! ¡Oh rígidas rodillas, cólera que suscitara... Yo voy a esconder-
doblegaos! Y tú, corazón duro, ablanda tus me aquí mismo. ¡Os ruego que le habléis
fibras de acero como los nervios de un re- claro!
cién nacido. HAMLET. (Dentro.) ¡Madre, madre, ma-
(Retrocede y se arrodilla. Entra HAMLET.) dre!...

HAMLET. ¡Ahora podría hacerlo, ahora que REINA. Os lo aseguro; no temáis por mí.
reza; y ahora lo haré! (Desenvaina la espa- Retiraos; oigo que viene.
da, avanza unos pasos y se detiene.) Pero, (Se sienta. POLONIO se oculta detrás de un
así va al cielo, y de tal modo quedo venga- tapiz. Entra HAMLET.)
do... Hay que reflexionar... Un infame ase-
HAMLET. ¡Hola, madre! ¿Qué hay?
sina a mi padre y yo, su hijo, aseguro al
malhechor la gloria. ¡Cómo! Eso fuera pre- REINA. Hamlet, tienes muy ofendido a tu
mio y remuneración, que no venganza. ¡Él padre.
sorprendió a mi padre en la grosera hartu-
HAMLET. Madre, tenéis muy ofendido a mi
ra de hinchado de pan: con todas sus cul-
padre.
pas en plena flor, tan lozanas como una
planta en mayo! ¿Y quién, salvo Dios, sabe REINA. Vaya, vaya, estás respondiendo
cómo saldó su cuenta? Aunque todos los con lengua insensata.
indicios me inclinan a pensar cuán dura es
HAMLET. Toma, toma, estás avisando con
su desgracia. ¿Y queda cumplida la ven-
lengua procaz.
ganza hiriendo al delincuente mientras pu-
rifica su espíritu, cuando se halla dispuesto REINA. ¡Cómo! ¿Qué es eso, Hamlet?
y preparado para fatal trance? ¡No, vuelve HAMLET. Pues ¿qué pasa?
a tu sitio, espada (Envaina.), y elige otra
ocasión más azarosa! Cuando duerma en REINA. ¿Has olvidado quién soy?
la embriaguez, o se halle encolerizado; en HAMLET. ¡No, por la cruz bendita!... Sois
el deleite incestuoso de su lecho; jugando, la reina, la esposa del hermano de vuestro
blasfemando, o en acto tal que no tenga

114
Literatura Universal y del Perú HAMLET

anterior marido, y (¡ojalá no fuera así!) sois HAMLET. Una acción que empaña la gra-
mi madre. cia y el sonrojo del pudor; tacha de hipócri-
ta a la virtud; arrebata su rosa a la tersa
REINA. (Levantándose.) Pues bien: voy a
frente del amor puro, dejando allí una infa-
mandarte algunos que sepan entenderse
me llaga; hace los votos conyugales tan
contigo.
falsos como juramentos de tahúr; ¡oh!, una
HAMLET. (Cogiendo a la REINA por el bra- acción tal, que del cuerpo del santo o vín-
zo y obligándola a sentarse.) ¡Vamos, va- culo arranca su mismo espíritu y convierte
mos! ¡Sentaos; no os moveréis de aquí, ni la dulce religión en loca algarabía. ¡Inflama
saldréis hasta que os haya puesto ante un el rostro de los cielos, sí, y hasta esta sóli-
espejo donde veáis lo más íntimo de vues- da y compacta masa del mundo, con do-
tro ser! liente aspecto, cual si se acercara el Juicio
final, se siente acongojada por tal acto!
REINA. ¿Qué intentas? ¿Quieres matar-
me? ¡Socorro, socorro! REINA. ¡Ay de mí! ¿Qué acción es ésa,
POLONIO. (Detrás del tapiz.) ¿Qué pasa? cuyo solo anuncio retumba con tan fuertes
¡Oh! ¡Socorro, socorro! rugidos?

HAMLET. (Desenvainando.) ¿Qué es eso? HAMLET. Mirad aquí este cuadro y este
¿Un ratón? (Tira una estocada a través del otro, representación en lienzo de dos her-
tapiz.) ¡Muerto! ¡Un ducado a que está manos. Ved cuánta gracia reside en este
muerto! rostro: los rizos de Apolo, la frente del mis-
mo Júpiter, los ojos como de Marte, por su
POLONIO. (Detrás del tapiz.) ¡Oh! ¡Me han imperio y su amenaza; un continente como
matado! el de Mercurio, el mensajero, cuando aca-
REINA. ¡Ay de mí! ¿Qué has hecho? ba de posarse en la cima de un monte que
besa el cielo; un conjunto de perfecciones
HAMLET. ¿Y qué sé yo? ¿Es el rey? ciertamente, donde no parece sino que to-
REINA. ¡Oh, qué acción más loca y crimi- dos los dioses quisieron poner su sello para
nal! ofrecer al mundo un prototipo de hombre.
Éste era vuestro esposo. Mirad ahora el
HAMLET. ¡Criminal! ¡Casi tan horrible, bue- que sigue. Ahí está vuestro marido, cual
na madre, como matar a un rey y casarse espiga atizonada, que agosta a su gallardo
luego con su hermano! hermano. ¿Tenéis ojos? ¿Pudisteis dejar
REINA. ¡Matar a un rey! de pacer en esta hermosa colina, para ba-
jar a cebaros en tan cenagoso pantano?
HAMLET. Sí, señora; ésas son mis pala- ¡Ah! ¿Tenéis ojos? No me digáis que eso
bras. (Levanta el tapiz y descubre el cadá- es amor, porque a vuestra edad aplaca la
ver de POLONIO.) Y tú, miserable, temera- sangre sus ardores, volviéndose sumisa a
rio, entremetido bobo, ¡adiós! Te había la prudencia. ¿Y qué prudencia y obedien-
tomado por alguien más elevado; sufre tu te descendería de éste a este otro? Algún
suerte. Ya ves cómo tiene sus riesgos el sentido tendréis, seguramente, pues de no
ser demasiado oficioso. (Deja caer el tapiz. ser así careceríais de afección; pero con
A la REINA.) ¡Cesad de retorcernos las seguridad que ese sentido está en vos pa-
manos! ¡Calma, calma! ¡Sentaos, y dejad ralizado, pues ni la misma locura padece-
que yo os retuerza el corazón! ¡Que eso es ría tal yerro, ni el buen sentido se esclavizó
lo que voy a hacer, si está hecho de sus- nunca al delirio hasta un extremo que no
tancia penetrable, si el hábito del mal no lo conservase suficiente discernimiento para
ha acorazado de tal modo que se halle a apreciar semejante distinción. ¿Qué demo-
prueba de sentimiento! nio fue, pues, el que os burló en este juego
REINA. Pero ¿qué he hecho yo para que de la gallina ciega? La vista sin tacto, el
así te atrevas a soltar la lengua y con tal tacto sin vista, el oído sin manos o sin ojos,
aspereza me insultes? el olfato puro y simple, la más insignifican-
te parte de un solo y sano sentido, hubiera

115
HAMLET Literatura Universal y del Perú

bastado a impedir la estupidez. ¡Oh ver- Pero observar cómo el espanto se apodera
güenza! ¿Dónde está tu rubor? Si tú, rebel- de tu madre. Interponte en la lucha que
de infierno, puedes amotinarte en los hue- sostiene con su alma que en los cuerpos
sos de una matrona, deja que para la más débiles la fantasía obra con más fuer-
ardiente juventud sea la castidad como la za. Háblale, Hamlet.
cera y se derrita en su propio fuego. No
HAMLET. (A la REINA.) ¿Cómo os sentís,
clames oprobio cuando el imperioso ardor
señora?
corre al asalto, puesto que el mismo hielo
se enardece tan vivamente y la razón trafi- REINA. ¡Ay! ¿Cómo te sientes tú, que fijas
ca con la carne. tus miradas en el vacío y mantienes con-
versación con el aire incorpóreo? ¡Por tus
REINA. ¡Oh Hamlet, no digas más! ¡Me
ojos asoman fieramente tus espíritus, y
haces volver los ojos alma adentro, y allí
como soldados sorprendidos en el sueño
distingo tan negras y profundas manchas,
por el toque de alarma, tus alisados cabe-
que nunca podrán borrarse!
llos, cual excrecencias vivas, se enderezan
HAMLET. ¡Y todo no más que para vivir y ponen de punta! ¡Oh hijo de mi vida! ¡Vier-
entre el hediondo sudor de un lecho infec- te un rocío de fría templanza en el ardiente
to, encenagado en la corrupción, prodigan- fuego de tu sobreexcitación! ¿Adónde mi-
do halagos y amorosos mimos en una ras?
inmunda sentina17!
HAMLET. (Señalando al Espectro.) ¡A él, a
REINA. ¡Oh! ¡Basta, basta! ¡Esas palabras él! ¡Ved cuán pálido deslumbra! ¡Su pre-
penetran como puñales en mis oídos! ¡No sencia y su causa unidas predicando a las
más, querido Hamlet! piedras, llegarían a ablandarlas! (Al Espec-
tro.) ¡No me miréis así; no sea que ese
HAMLET. ¡Un asesino y malvado, un mise-
ademán tan lastimero aplaque mis fieros
rable que no vale ni la centésima parte de
propósitos! ¡Porque entonces perdería su
vuestro primer esposo; un rey de farsa; un
verdadero matiz lo que debo realizar, co-
cortabolsas del reino y del poder, que hurtó
rriendo lágrimas en vez de sangre!
de un anaquel la preciosa diadema y se la
metió en el bolsillo!.. REINA. Pero ¿a quién dices eso?
REINA. ¡Basta! HAMLET. ¿No veis nada allí?
HAMLET. ¡Un rey de parches y remien- REINA. Nada absolutamente, y, sin embar-
dos ...! go, veo cuanto hay a mi alrededor.
(Entra la SOMBRA.) HAMLET. ¿No oísteis tampoco?
HAMLET. (Cayendo de rodillas.) ¡Oh! ¡Sal- REINA. No; vuestras voces tan sólo.
vadme y guarecedme con vuestras alas,
celestes guardianes! (Al Espectro.) ¿Qué HAMLET. ¡Cómo! ¡Mirad allí! ¡Ved cómo se
deseáis, sombra venerada? aleja a hurtadillas! ¡Mi padre, con el traje
que usaba en vida! ¡Vedle en ese momento
REINA. (Aparte.) ¡Ay, loco está! salir por el pórtico! (Sale la SOMBRA.)
HAMLET. ¿Venís acaso a reprender la ne- REINA. ¡Eso no es más que una invención
gligencia de vuestro hijo, que, tardo en la de tu cerebro! ¡El delirio es muy diestro en
oportunidad y vehemencia de la pasión, esas quiméricas creaciones!
olvida el ineludible cumplimiento de vues-
tros respetables mandatos? ¡Oh hablad! HAMLET. ¡El delirio! Mi pulso, como el
vuestro, late acompasadamente y con igual
SOMBRA. No lo olvides. Vengo a verte sólo saludable ritmo. No hay demencia en lo que
para aguzar tu casi embotada resolución. acabo de proferir; ponedme a prueba, y os

17
Sentina: lugar donde abundan o donde se propagan los vicios.

116
Literatura Universal y del Perú HAMLET

lo repetiré todo, palabra por palabra, de lo bado rey os atraiga nuevamente al lecho,
cual huiría a brincos la locura. Por la gracia os pellizque lascivo las mejillas, os llame
de Dios, madre, no vertáis sobre vuestra su pichona, y que con un par de inmundos
alma la unción halagadora de creer que no besos, o sobándoos la garganta con sus
es vuestro delito, sino mi locura, lo que os dedos malditos, os haga desembuchar
habla. Eso no haría más que cubrir y enca- todo este asunto, de que yo realmente no
necer la úlcera, mientras la hedionda gan- estoy loco, sino loco sólo por astucia. Bue-
grena, minando el interior, lo infectaría todo no fuera que se lo contarais. Porque
solapadamente. Confesaos al Cielo, arre- ¿quién, como no sea una reina hermosa,
pentíos de lo pasado, evitad lo venidero y modesta y prudente, podría ocultar a ese
no arrojéis estiércol a la cizaña para au- sapo, a ese murciélago, a ese viejo mo-
mentar su lozanía. Perdonad este desaho- rrongo, tan Preciosa confidencia? ¿Quién
go a mi virtud, porque en la grosera sen- sería capaz de ello? No; a despecho del
sualidad de nuestros tiempos, la virtud buen sentido y de la discreción, abrid la
misma ha de pedir perdón al vicio, y aún cesta en el tejado y dejad que los pájaros
debe a sus pies postrarse, implorando su echen a volar; y luego, como el mono del
gracia, para hacerle bien. cuento, colaos en la cesta para probar la
experiencia y rompeos la nuca al caer.
REINA. ¡Oh Hamlet, me has partido en dos
el corazón! REINA. Ten la seguridad de que, si las
palabras están hechas de aliento y el alien-
HAMLET. Pues arrojad de él la peor parte
to es vida, no tengo yo vida ni aliento para
y vivid más pura con la otra. ¡Buenas no-
contar a nadie lo que me has dicho.
ches! Pero no volváis al lecho de mi tío;
aparentad al menos cierta virtud, si es que HAMLET. Tengo que partir para Inglaterra.
no la tenéis. La costumbre, ese monstruo ¿Lo sabéis?
que devora todo sentimiento, a pesar de
REINA. ¡Ay de mí! Se me olvidaba; está
ser un demonio en materia de hábitos, es
resuelto.
un ángel, sin embargo, en cuanto que, para
ejecutar bellas y nobles acciones, también HAMLET. Hay pliegos sellados, y mis dos
nos proporciona un sayo o una librea de compañeros de estudios, de quienes me
fácil quita y pon. Refrenaos esta noche; eso fío como de áspides con aguijón, son por-
hará algo más fácil la próxima abstinencia, tadores de órdenes. Están encargados de
y aún más fácil la siguiente, puesto que la barrerme el camino y conducirme a la per-
costumbre puede casi cambiar el sello de dición. Pero dejadlos, que será muy diver-
la Naturaleza y es capaz de domeñar al tido hacer saltar al minador con su propio
diablo o de arrojarlo con fuerza prodigiosa. hornillo, y mal irán las cosas si yo no con-
¡Buenas noches!, repito, y cuando aspiréis sigo excavar el suelo unos palmos más
de veras a la gracia del Cielo, yo imploraré abajo de su mina y hacerlos volar hasta la
por vos la bendición. En cuanto a este se- luna. ¡Oh!, nada hay tan delicioso como ver
ñor (Señalando a POLONIO), me arrepien- en una misma línea chocar un ardid contra
to; pero a Dios le plugo, para castigarme a otro ardid. (Señalando el cadáver de PO-
mí con él y a él conmigo, que fuera yo el LONIO.) Este hombre me obligará a liar los
instrumento de su enojo. Voy a ocultarle bártulos a toda prisa. Voy a arrastrar sus
convenientemente, y ya responderé a sa- despojos hasta el cuarto vecino. (A la REI-
tisfacción de la muerte que le di. Conque NA.) ¡Buenas noches, madre! (Aparte.)
de nuevo, ¡buenas noches! Debo ser cruel, Verdaderamente, este consejero está aho-
pero no convertirme en desnaturalizado. Si ra muy quieto, muy callado y muy grave; él,
tan malo es el principio, peor será lo que que fue en vida un pícaro hablador impeni-
siga. Una palabra más, buena señora. tente. ¡Vamos, amigo, concluyamos con
vos! (A la REINA.) ¡Buenas noches, madre!
REINA. ¿Qué debo hacer?
(Salen en distintas direcciones, arrastran-
HAMLET. (Con ironía.) Nada, por supues-
do HAMLET el cadáver de POLONIO.)
to, de lo que os he dicho. Dejar que el ce-

117
HAMLET Literatura Universal y del Perú

ACTO CUARTO poner en juego todo nuestro poder y habi-


lidad para explicarlo y excusarlo. ¡Hola,
ESCENA PRIMERA Guildenstern! (Vuelven a entrar ROSEN-
CRANTZ y GÜILDENSTERN.) Amigos míos,
UNA SALA EN EL CASTILLO id y juntaos ambos con alguna gente que
(Entran el REY, la REINA, ROSENCRANTZ os ayude. Hamlet, en su delirio, ha dado
y GUILDENSTERN.) muerte a Polonio y le ha sacado a rastras
del gabinete de su madre. Id a buscarle;
habladle con dulzura y conducid el cadáver
REY. Alguna causa habrá en esos suspiros a la capilla. Daos prisa en esto, os lo supli-
en tan profundas congojas; debéis expli- co. (Salen ROSENCRANTZ y GUILDENS-
carla. Conviene que sepamos todo ello. TERN.) Vamos, Gertrudis; convocaremos a
¿Dónde está vuestro hijo? nuestros más prudentes amigos y démos-
REINA. Dejadnos solos un instante. (Salen les cuenta de nuestros propósitos y de lo
ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.) ¡Ah mi que en mala hora ha sucedido. De esta
querido señor, lo que he presenciado esta suerte, la calumnia, cuyo rumor tan certero
noche! como el cañón a su blanco lanza de un
polo a otro del mundo su envenenado tiro,
REY. ¿Qué ha sido, Gertrudis? ¿Cómo podrá errar por lo que respecta a nuestro
está Hamlet? nombre y herir tan sólo el aire invulnerable.
REINA. Loco como el mar y el viento cuan- ¡Oh, vámonos de aquí! ¡Mi alma está llena
do disputan entre sí cuál es el más fuerte. de espanto y confusión! (Salen.)
En el desenfreno de su acceso, oyendo
agitarse algo detrás del tapiz, vedle que tira
violentamente de la espada, gritando: «¡un ESCENA II
ratón, un ratón!», y en su arrebatado frene-
sí mata al buen anciano que se hallaba OTRA SALA EN EL CASTILLO
oculto. (Entra HAMLET.)
REY. ¡Oh acción funesta! Igual hubiera
acontecido conmigo, de haberme encon- HAMLET. Ya está en lugar seguro.
trado allí. Su libertad está llena de amena-
zas para todos; para vos misma, para mí, ROSENCRANTZ Y GUILDENSTUN. (Den-
para cada uno en general. ¡Ay!... ¿Cómo tro.) ¡Hamlet! ¡Príncipe Hamlet!
disculparemos este acto sangriento? Me lo HAMLET. Pero ¡silencio! ¿Qué ruido es
imputarán a mí, que con previsión debía ése? ¿Quién llama a Hamlet? ¡Oh! Aquí
haber metido en cintura y apartado del tra- vienen.
to humano a ese joven loco. Pero tanto era
(Entran ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.)
mi cariño que no quise comprender cuál
era la medida más conveniente, y obré ROSENCRANTZ. Señor, ¿qué habéis he-
como el que, padeciendo una enfermedad cho del cadáver?
vergonzosa, para evitar su divulgación,
HAMLET. Lo mezclé con el Polvo, del cual
deja que el mal le consuma hasta la misma
es Pariente.
médula. ¿Y adónde ha ido?
ROSENCRANTZ. Decidnos dónde está,
REINA. A retirar el cuerpo al que ha dado
para sacarlo de allí y conducirlo a la capilla.
muerte; acto del cual su demencia misma,
como pepita de oro entre un filón de vil HAMLET. No lo creáis.
metal, muéstrese pura, pues llora lo suce-
ROSENCRANTZ. ¿Qué?
dido.
HAMLET. Que guarde yo vuestro secreto y
REY. ¡Oh Gertrudis! ¡Vamos! Y apenas el
no el mío. Y, además, ¡venirme a mí con
sol toque las cumbres de las montañas, le
preguntas una esponja! ¿Qué respuesta
haré embarcar y que salga de aquí. En
debiera dar el hijo de un rey?
cuanto a ese acto inicuo, preciso nos será

118
Literatura Universal y del Perú HAMLET

ROSENCRANTZ. ¿Me tomáis por una es- ROSENCRANTZ. Señor, no hemos podido
ponja, príncipe? lograr que nos diga dónde ha depositado el
cadáver.
HAMLET. Sí, señor; que chupa los favores
del rey, sus recompensas, sus atribucio- REY. Pero ¿Y él? ¿Dónde está?
nes. Pero semejantes cortesanos es al fi-
ROSENCRANTZ. Ahí fuera, señor, custo-
nal cuando prestan su mejor servicio al
diado, en espera de vuestras órdenes.
príncipe. Éste los guarda, como el mono
las nueces, en un hueco de sus fauces; allí REY. Traedle a mi presencia.
se los introduce primero, para engullírselos ROSENCRANTZ. ¡Eh! Guildenstern, haced
más tarde, y cuando necesita lo que habéis entrar al príncipe.
cosechado, no tiene más que exprimimos,
y, como esponjas que sois, quedaréis enju- (Entran HAMLET y GUILDENSTERN.)
tos de nuevo. REY. A ver, Hamlet: ¿dónde está Polonio?
ROSENCRANTZ. No os entiendo, señor. HAMLET. De cena.
HAMLET. Me alegro; las razones agudas REY. ¡De cena! ¿Dónde?
no hacen mella en oídos tontos.
HAMLET. No donde come, sino donde es
ROSENCRANTZ. Señor, debéis decirnos comido. Cierta asamblea de gusanos polí-
dónde está el cuerpo, y venir con nosotros ticos está ahora con él. El gusano es el
ante el rey. único emperador de la dieta; nosotros ce-
HAMLET. El cuerpo está con el rey, pero el bamos a todos los demás animales para
rey no está con el cuerpo. El rey es una engordarnos, y nos engordamos a noso-
cosa… tros mismos para cebar a los gusanos. El
rey gordo y el escuálido mendigo no son
GUILDENSTERN. ¿Una cosa, señor? más que servicios distintos, dos platos,
HAMLET. Que no vale nada. Vamos a ver- pero de una misma mesa; he aquí el fin de
le. «Escóndete, zorro, y todos detrás.» (Sa- todo.
len.) REY. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
HAMLET. Un hombre puede pescar con el
ESCENA III gusano que ha comido de un rey, y comer-
OTRA ESTANCIA se luego al pez que se nutrió con aquel
gusano.
DEL CASTILLO
REY. ¿Y qué quieres decir con eso?
(Entra el REY con acompañamiento.)
HAMLET. Nada, sino mostraros cómo un
rey puede hacer un viaje de gala por las
REY. Le he mandado llamar y enviado a tripas de un pordiosero.
buscar el cadáver. ¡Qué peligroso es que
ande este hombre suelto! Y, sin embargo, REY. ¿Dónde está Polonio?
no conviene que le apliquemos todo el rigor HAMLET. En el Cielo; enviad allá a verle; y
de la ley. Es muy querido de la multitud fa- si vuestro mensajero no lo encuentra, id
nática, que no opina con su juicio, sino con vos mismo a buscarle al otro reino. Pero, a
sus ojos; y cuando tal ocurre, se toma en decir verdad, si no dais con él en lo que
cuenta el castigo del ofensor, pero jamás la resta de mes, le oleréis al subir los escalo-
ofensa. Para conducirlo todo con tiento y nes de la galería.
suavidad, es preciso que esta repentina
REY. (A algunos del acompañamiento.) Id
marcha parezca obra de madura delibera-
allá a buscarle.
ción. Los males desesperados se alivian
con remedios desesperados, o no tienen HAMLET. ¡Ya esperará hasta que lleguéis!
alivio. (Entra ROSENCRANTZ. A ROSEN- (Salen los del acompañamiento.)
CRANTZ.) ¿Qué hay? ¿Qué ha pasado?

119
HAMLET Literatura Universal y del Perú

REY. Hamlet, este suceso exige, para tu con su venia, Fortimbrás solicita su autori-
seguridad personal, por la que me preocu- zación para el prometido paso por su reino.
po, así como lamento profundamente lo Ya sabéis el punto de la cita. Caso de que
que has cometido, que te alejes con febril Su Majestad desee comunicarme algo, iré
rapidez. Por tanto, prepárate. La nave está a ofrecerle personalmente mis respetos.
prevenida, el viento es favorable, tus com- Decídselo así.
pañeros te aguardan y todo se halla dis-
CAPITÁN. Lo haré, señor.
puesto para tu viaje a Inglaterra.
HAMLET. ¿A Inglaterra? FORTIMBRÁS. ¡Paso lento! (Salen FOR-
TIMBRÁS y los Soldados. Entran HAMLET,
REY. Sí, Hamlet. ROSENCRANTZ, GUILDENSTERN y otros.)
HAMLET. Bueno. HAMLET. Buen caballero, ¿de quién son
REY. Eso dirías si conocieras mis propósi- esas fuerzas?
tos.
CAPITÁN. De Noruega, señor.
HAMLET. ¡Yo veo un querubín que los ve!
HAMLET. ¿Tendríais a bien decirme adón-
Pero ¡adelante! ¡A Inglaterra! ¡Adiós, queri-
de se encaminan?
da madre!
REY. ¿Y tu amante padre, Hamlet? CAPITÁN. Contra cierta parte de Polonia.
HAMLET. ¡Madre mía! Padre y madre son HAMLET. ¿Quién las acaudilla?
marido y mujer; marido y mujer son una CAPITÁN. Fortimbrás, sobrino del viejo rey
misma carne. Así, pues, ¡madre mía! ¡Va- de Noruega.
mos! ¡A Inglaterra! (Sale.)
HAMLET. ¿Y van contra el corazón mismo
REY. Seguidle de cerca; instadle a embar- de Polonia, caballero, o sólo a alguna de
car pronto; no perdáis un momento; esta sus fronteras?
misma noche quiero tenerle lejos de aquí.
¡Partid! Todos los pliegos están sellados CAPITÁN. A deciros verdad, y sin la menor
ya, y queda terminado lo demás concer- exageración, vamos a conquistar una re-
niente al asunto. Daos prisa, por favor. (Sa- ducida porción de tierra que no ofrece en sí
len ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.) Y más ventajas que su nombre. Ni por el pre-
tú, Inglaterra, si en algo estimas mi amis- cio de cinco ducados, cinco no más, la to-
tad, ya que mi gran poderío puede darte a maría yo en arriendo, ni daría mayor bene-
entender lo que vale, pues roja y viva está ficio al rey de Noruega o al de Polonia si la
aún la cicatriz que te causó la espada da- vendieran en pleno dominio.
nesa, y nos rinde homenaje todavía su
HAMLET. Pero, entonces, no querrán de-
natural temor, no acojas fríamente nuestro
fenderla los polacos.
regio mandato, el cual implica de lleno, por
letras al afecto pertinentes, la inmediata CAPITÁN. Sí, ya está guarnecida.
muerte de Hamlet. ¡Hazlo, Inglaterra, pues
inflama mi sangre como fiebre devoradora, HAMLET. Dos mil almas y veinte mil duca-
y tú debes curarme! Hasta que sepa que dos no bastarán a resolver esta cuestión
está hecho, sea cual fuere mi suerte, los de pura bagatela. Esto es un tumor causa-
goces para mí no han principiado. (Sale.) do por el exceso de riqueza y de paz, que
revienta en lo interior, sin manifestar fuera
la causa de la muerte del paciente. Os doy
ESCENA IV rendidas gracias, caballero.

UNA LLANURA EN DINAMARCA CAPITÁN. Dios os guarde, señor. (Sale.)

(Entran FORTINBRÁS y un CAPITÁN con ROSENCRANTZ. ¿Queréis marchar, se-


Soldados en marcha.) ñor?
FORTIMBRÁS. Id, capitán; saludad en mi HAMLET. Pronto os alcanzaré. Id un poco
nombre al monarca danés; decidle que, delante. (Salen todos, menos HAMLET.)

120
Literatura Universal y del Perú HAMLET

¡Cómo me acusan todos los sucesos y ESCENA V


cómo aguijonean mi torpe venganza! ¿Qué
SALA EN EL CASTILLO
es el hombre, si el principal bien y el interés
de su vida consistieran tan sólo en dormir y (Entran la REINA, HORACIO
comer? Una bestia, nada más. Segura- y un CABALLERO.)
mente. Aquel que nos ha creado con una
inteligencia tan vasta que abarca lo pasado REINA. No quiero hablar con ella.
y el porvenir no nos dio tal facultad y la
divina razón para que se enmoheciera en CABALLERO. Insiste porfiadamente, y
nosotros por falta de uso. Ahora, sea olvido está en realidad perturbada. Su estado no
bestial o algún tímido escrúpulo de reflexio- puede menos que inspirar compasión.
nar en las consecuencias con excesiva REINA. ¿Qué es lo que pretende?
minucia, reflexión ésta que de cuatro par-
tes tiene una sola de prudencia y siempre CABALLERO. Habla mucho de su padre;
tres de cobardía, no comprendo por qué cuenta que oye decir que en el mundo hay
vivo aún para decir: «Eso está por hacer», muchas maldades, y gime, se da golpes en
puesto que tengo motivo, voluntad, fuerza el pecho y se enfurece por la menor futili-
y medios para llevarlo a cabo. Ni me faltan, dad; dice cosas ambiguas y que sólo tie-
para exhortarme, ejemplos tan patentes nen sentido a medias; su lenguaje es in-
como la tierra; dígalo, si no, esta hueste sustancial; pero, a pesar de ello, sus
tan imponente, conducida por un príncipe mismos desatinos dan mucho que decir a
joven y delicado, cuyo espíritu henchido de cuantos la oyen, que forman conjeturas e
divina ambición le hace mohines al invisi- hilvanan toscamente sus palabras, ajustán-
ble éxito, aventurando lo que es mortal e dolas a sus propios pensamientos; Y sus
incierto a todo cuanto puedan osar la fortu- frases, acompañadas de guiños, cabeceos
na, la muerte y el peligro, tan sólo por una y gestos expresivos, verdaderamente da-
cáscara de huevo. Verdaderamente, el ser rían que pensar en la existencia de un algo
grande no consiste en agitarse sin una ra- que, si bien incierto, se presta a muy torci-
zón poderosa; antes bien, en hallar noble das interpretaciones, todas ellas desgracia-
querella por un quítame allá esas pajas18 das.
cuando está en juego el honor. ¿Qué papel HORACIO. Bueno sería hablarle, porque
estoy, pues, haciendo yo que tengo un pa- puede sembrar peligrosos recelos en los
dre asesinado y una madre mancillada, espíritus malvados.
fuertes acicates para mi razón y mi sangre,
y dejo que todo duerma en paz? Mientras REINA. Hacedla entrar. (Sale el CABALLE-
que, para vergüenza mía, estoy viendo la RO.) A mi alma enferma, tal es la verdade-
muerte inminente de estos veinte mil hom- ra naturaleza de mi pecado, cualquier ba-
bres, que por un capricho y una ilusión de gatela se le antoja preludio de algún gran
gloria corren a sus tumbas cual si fueran desastre. Tan llena de torpe desconfianza
lechos, y pelean por un trozo de tierra tan está la culpa, que a sí misma se pierde por
reducido que no ofrece espacio a los com- miedo de perderse.
batientes para sostener la lucha, ni siquie- (Vuelve a entrar el CABALLERO, acompa-
ra es un osario bastante capaz para ñado de OFELIA. Esta aparece enloqueci-
enterrar a los muertos. ¡Oh! ¡A partir de da, con el cabello suelto y tocando un laúd.)
este instante, sean de sangre mis pensa-
mientos, o no merezcan sino baldón! OFELIA. ¿Dónde está la hermosa majes-
(Sale.) tad de Dinamarca?
REINA. ¿Qué tal, Ofelia?

18
Quítame allá esas pajas: expresión coloquial que significa mantener una discusión importante
por un asunto sin importancia.

121
HAMLET Literatura Universal y del Perú

OFELIA. (Cantando.) Iré a tu ventana,


¿Cómo te conocería que soy doncellita
dueño de mi corazón? pronta a convertirme
Por el sombrero de conchas, en tu Valentina.
las sandalias y el bordón.
Entonces él se alza
REINA. ¡Ay querida amiga! ¿A qué viene y pónese aprisa ligero vestido;
ese cántico?
y, abriendo la puerta,
OFELIA. ¿Qué decís? No; permitidme un entró la doncella,
momento; atended. (Cantando.)
que tal no ha salido.
Ya está muerto, señora; nos ha deja-
do; REY. ¡Hermosa Ofelia!…
verde alfombra de césped
OFELIA. Mirad, va de veras; sin grosería
lo ha sepultado, alguna, voy a terminar esta canción. (Can-
y a sus pies una losa tando.)
de mármol blanco. –¡Por Jesús y la Santa Caridad!
¡Oh, oh!… ¡Desdichada de mí! ¡Ay qué vergüen-
REINA. ¡Sí, pero, Ofelia…! za!
–Hacen todos los jóvenes lo mismo
OFELIA. Os lo ruego, atended. (Cantan-
do.) cuando este propio caso se les brinda.
–Pues juro a Dios que es una acción
Es tan blanca su mortaja
villana
como la nieve del monte.
–contestó la doncella–, porque antes
(Entra el REY.) REINA. ¡Oh desdicha! Mirad de tenderme en el lecho, prometiste
aquí, señor.
unirte en sacrosanto matrimonio.
OFELIA. (Continuando su canto.) Repuso él:
Y bajaron a su tumba, Y tal hiciera por la luz del sol,
adornándola con flores si no te anticiparas a mi tálamo.
humedecidas con lágrimas
REY. ¿Desde cuándo está así?
de sus fieles amadores.
OFELIA. Espero que todo irá bien. Hemos
REY. ¿Cómo estás, linda doncella? de tener paciencia. Pero no puedo menos
OFELIA. Bien; Dios os lo pague… Cuenta de llorar pensando que le pondrán allí en la
que la lechuza era hija de un panadero. tierra fría. Mi hermano lo sabrá; y así, os
¡Señor! Sabemos lo que somos, mas no agradezco vuestro consejo. ¡A ver, mi co-
sabemos lo que podemos ser. Dios bendi- che! ¡Adiós, señoras! ¡Buenas noches,
ga vuestra mesa. amables señoras! ¡Buenas noches, adiós,
adiós! (Sale.)
REY. ¡Desvaríos acerca de su padre!
REY. Seguidla de cerca; vigiladla atenta-
OFELIA. Por favor, ni una palabra de esto: mente. Os lo suplico. (Sale HORACIO.) ¡Ah!,
mas si os preguntan lo que significa, decid esto es el veneno de un profundo pesar.
lo siguiente. (Cantando.) Todo proviene de la muerte de su padre.
Mañana es la fiesta ¡Oh Gertrudis, Gertrudis! Cuando vienen
de San Valentín; las desdichas, no vienen como explorado-
res aislados sino en legiones. En primer
al toque del alba lugar, su padre asesinado; luego, la ausen-
vendré por aquí. cia de vuestro hijo, y él mismo, con sus

122
Literatura Universal y del Perú HAMLET

violentos actos, el autor de su propio y jus- PLEBEYOS. Bien, lo haremos. (Retíranse


to destierro; el pueblo agitado, turbulento y detrás de la puerta.)
displicente, entregado a conjeturas y mur-
LAERTES. Gracias; custodiad la puerta.
muraciones por la muerte del buen Polo-
(Al REY.) ¡Oh tú, vil rey, dame mi padre!
nio, a quien yo, obrando con precipitación,
he mandado enterrar clandestinamente; la REINA. ¡Calma, querido Laertes! (Interpo-
pobre Ofelia, fuera de sí y enajenada de su niéndose entre el REY y LAERTES.)
claro juicio, sin el cual no somos más que
LAERTES. Si una simple gota de sangre
simulacros o simples brutos, y, finalmente,
tuviese en calma, me proclamaría bastar-
y tan preñado de consecuencias como todo
do, gritaría «cornudo» a mi padre, y graba-
esto, he aquí su hermano, que ha vuelto de
ría el estigma de ramera en medio de la
Francia, y que, cebándose en su estupor,
casta y tersa frente de mi virtuosa madre.
envuélvese en negras nubes, no faltando
soplones que infestan sus oídos con pesti- REY. Pero ¿cuál es la causa, Laertes, de
lentes historias sobre la muerte de su pa- que tu rebelión tome unas apariencias tan
dre, en que la necesidad de hablar, pobre gigantescas? Dejadle, Gertrudis, no temáis
de tema, no vacilará en intrigar contra por mi persona; hay una divinidad que pro-
nuestra persona, acusándola de oído en tege como con una valla a los reyes, de tal
oído... ¡Oh, mi amada Gertrudis! Esto, modo, que la traición no puede sino aislar
como un tiro de metralla, me hiere en mu- el objeto de sus designios haciéndola im-
chas partes, causándome mil muertes al potente para ejecutarlos. Dime, Laertes:
tiempo. (Tumulto dentro.) ¿por qué estás tan enfurecido? Dejadle,
Gertrudis. Habla, hombre.
REINA. ¡Dios mío! ¿Qué ruido es ése?
LAERTES. ¿Dónde está mi padre?
REY. ¿Dónde están mis suizos? ¡Que guar-
den las puertas! (Entra un MENSAJERO.) REY. Ha muerto.
¿Qué ocurre? REINA. Pero no a manos de él. (Señalan-
MENSAJERO. ¡Salvaos, señor! El océano, do al REY.)
saltando por encima de sus diques, no de- REY. Déjale preguntar todo cuanto quiera.
vora la tierra con más ímpetu que el que
lleva el joven Laertes a la cabeza de una LAERTES. ¿Y cómo fue que murió? No
airada turba, arrollando a vuestras gentes. quiero chanzas conmigo. ¡Al infierno con la
La chusma le aclama su señor, y cual si el lealtad! ¡Al más negro de los demonios con
mundo estuviese ahora en sus comienzos, la fe jurada! ¡Caigan al más profundo abis-
olvidada la tradición, ignorada la costum- mo la conciencia y la piedad! ¡Desafío a la
bre, esa sanción y sostén de todo título, condenación! A tal extremo llegué, que
vedlos aquí que gritan: «¡Elijamos nosotros: nada me importa este mundo ni el otro,
Laertes será rey!», mientras gorros y ma- venga lo que viniere. Pero una cosa quiero,
nos y lenguas aplauden, clamando hasta y es tomar la más completa venganza por
las nubes: «¡Laertes será! ¡Viva Laertes!» la muerte de mi padre.
REINA. ¡Qué alegres ladran siguiendo la REY. ¿Y quién podrá impedírtelo?
falsa pista! ¡Oh! ¡La errasteis, falsos perros LAERTES. Mi voluntad, no el universo en-
daneses! (Tumulto dentro.) tero; y en cuanto a los medios de que dis-
REY. ¡Han roto las puertas! pongo, yo sabré dirigirlos con tal tino, que
con poco irán muy adelante.
(Entra LAERTES, armado y seguido del
pueblo.) REY. Querido Laertes, bien está que de-
sees saber la verdad sobre la muerte de tu
LAERTES. ¿Dónde está ese rey? Amigos, querido padre; pero ¿está escrito acaso en
quedad fuera. tu venganza que de un solo zarpazo des-
PLEBEYOS. No, entremos. truyas así al amigo como al enemigo, tanto
al que gana como al que pierde.
LAERTES. Os pido que me dejéis.

123
HAMLET Literatura Universal y del Perú

LAERTES. A nadie más que a sus enemi- LAERTES. Esa nonada dice más que mu-
gos. chos discursos.
REY. ¿Quieres conocerlos, pues? OFELIA. (A LAERTES.) He aquí romero que
es para la memoria; acuérdate, amor mío,
LAERTES. A sus verdaderos amigos les
te lo ruego; y aquí trinitarias, que son para
abriré yo así los brazos; y aun a riesgo de
los pensamientos.
mi vida, como el cariñoso pelícano, sabré
nutrirlos con mi propia sangre. LAERTES. Una lección en la locura; pen-
samientos y recuerdos, ¡todo bien acorde!
REY. ¡Perfectamente! Ahora hablas como
un buen hijo y un leal caballero. Que soy OFELIA. (Al REY.) Aquí os traigo hinojo y
inocente de la muerte de tu padre, y que aguileñas. (A la REINA.) Aquí, ruda para
por ello siento el más vivo pesar, todo esto vos. Y también algo de ella para mí; noso-
penetrará de un modo tan directo en tu jui- tros podemos llamarla hierba de gracia de
cio como en tus ojos la luz del día. los domingos. ¡Ah!, mas vos habéis de lle-
var vuestra ruda de un modo distinto. Ahí
PLEBEYOS. (Dentro.) ¡Dejad que entre!
va una margarita. (A HORACIO.) Bien qui-
LAERTES. ¿Qué sucede? ¿Qué estrépito siera ofreceros algunas violetas; pero se
es ése? (Vuelve a entrar OFELIA, como marchitaron todas cuando murió mi padre.
antes, pero fantásticamente adornada con Dicen que tuvo un buen fin. (Cantando.)
flores y hierbas silvestres.) ¡Oh fiebre, seca Porque mi buen Robin
mis sesos! ¡Lágrimas siete veces amargas, es toda mi alegría.
consumid la sensibilidad y potencia de mis
ojos! ¡Juro por el Cielo que tu locura se LAERTES. Reflexiones y congojas, delirios
pagará con creces, hasta que el castigo y el mismo infierno todo lo vuelve en gracia
tuerza el fiel de la balanza! ¡Oh rosa de y lindeza.
mayo, preciada niña, amorosa hermana, OFELIA. (Cantando.)
dulce Ofelia! ¡Oh cielos! ¿Es posible que el
juicio de una tierna doncella sea tan frágil ¿Y no volverá otra vez?
como la vida de un anciano? La Naturaleza ¿Y otra vez no volverá?
es sutil en achaques de amor, y, sutil como No, no, porque ya está muerto
es, plácele exhalar alguna preciosa prenda
en su sepulcro de piedra
en pos del ser amado.
y nunca más volverá.
OFELIA. (Cantando.)
Su barba era cual la nieve;
Lleváronle en su ataúd su cabello, como el lino.
con la cara descubierta. Se ha marchado, se ha marchado;
A la non, non, noninanón; son vanos nuestros suspiros.
a la non, non, noninanón. Dios se apiade de sus almas
Y llovieron muchas lágrimas ¡Y de todas las almas cristianas! Así lo pido
sobre su tumba entreabierta. a Dios. Sea Él con vosotros. (Sale.)
¡Adiós, palomito mío! LAERTES. ¿Veis esto, oh Dios?
LAERTES. ¡Si estuvieras en tu juicio y me REY. Laertes, déjame tomar parte en tu
inclinaras a la venganza, no me conmove- dolor, pues, si no, me niegas un derecho.
rías tanto como verte así! Óyeme aparte. Elige entre tus más pruden-
OFELIA. (Cantando.) tes amigos aquellos que te parezcan, y
ellos nos oirán y juzgarán a entrambos. Si
Cantad abajo, abajito,
de modo directo o indirecto me hallan com-
y Ilamadle, que está abajo. plicado, te abandonaré en justa satisfac-
¡Oh! ¡Qué bien va con el tono ese estribillo! ción mi reino, mi corona, mi vida y todo
Fue el infiel mayordomo, que robó la hija cuanto me pertenece. De lo contrario, haz-
de su señor. me gracia de un poco de paciencia, y yo te

124
Literatura Universal y del Perú HAMLET

prometo colaborar con tus anhelos para dar de los piratas. Me han tratado como ladro-
a tu alma la debida reparación. nes de buen corazón, aunque sabían bien
lo que se hacían, y tengo que pagarles un
LAERTES. Sea como decís. Las circuns-
buen servicio. Haz que lleguen a manos
tancias de su muerte, su oscuro entierro,
del rey los pliegos que le envío, y acude a
sin trofeos, armas ni escudos sobre sus
mi lado con tanta prisa como si huyeras de
restos, sin solemne ceremonia ni formal
la muerte. Tengo que decirte palabras al
ostentación, todo eso está clamando del
oído que te dejarán mudo de asombro, y
cielo a la tierra, exhortándome a un exa-
cuenta que serán demasiado insuficientes
men riguroso.
para el calibre del asunto. Estas buenas
REY. Lo obtendrás, y dondequiera esté la gentes te conducirán al sitio en que me
ofensa, allí caiga la terrible espada. Ven hallo. Rosencrantz y Guildenstern siguen
conmigo, te lo ruego. (Salen.) su travesía hacia Inglaterra; mucho tengo
acerca de ellos que contarte. ¡Adiós! Tuyo
siempre, afectísimo. –Hamlet.»
ESCENA VI Vamos. Yo os introduciré para que presen-
OTRA ESTANCIA téis esas cartas, y daos toda la prisa posi-
ble, a fin de que podáis luego conducirme a
EN EL CASTILLO aquel de cuya parte las habéis traído.
(Entran HORACIO y un CRIADO.) (Salen.)

HORACIO. ¿Quiénes son los que desean


hablarme? ESCENA VII
CRIADO. Gentes de mar, señor; dicen que OTRA ESTANCIA
traen cartas para vos.
EN EL CASTILLO
HORACIO. Hazlos entrar. (Sale el CRIA-
DO.) No sé de qué parte del mundo pueda (Entran el REY y LAERTES.)
nadie escribirme, como no sea el príncipe
Hamlet. REY. Ahora debe tu conciencia sellar el
descargo de la mía, y ponerme en tu cora-
(Entran MARINEROS.)
zón como un amigo, pues ya has escucha-
MARINERO 1º. Dios os guarde, señor. do, y con inteligente oído, que aquel que
HORACIO. Guárdete también a ti. mató a tu noble padre atentaba contra mi
vida.
MARINERO 1º. Así lo hará, señor, si es su
voluntad. Aquí os traigo una carta; viene LAERTES. Bien lo parece, mas decidme:
del embajador que fue enviado a Inglate- ¿por qué no procedisteis en justicia contra
rra; es para vos, si vuestro nombre es Ho- estos actos de tan grave y criminal natura-
racio, según me han dicho. leza, como vuestra seguridad, vuestra pru-
dencia, consideraciones todas que debie-
HORACIO (Leyendo.) «Horacio: En cuanto ron impulsaros a ello poderosamente?
hayas leído estas líneas, procura a esos
hombres algún medio de visitar al rey, pues REY. ¡Oh! Por dos razones especiales, que
llevan cartas para él. Apenas llevábamos tal vez parecerán muy débiles, pero que
dos días de navegación, cuando nos dio para mí son muy fuertes. La reina, su ma-
caza un corsario perfectamente armado. dre, apenas vive sino por sus ojos; y en
Siendo nosotros demasiado cortos de vela, cuanto a mí, sea esto por virtud o por des-
nos revestimos de un valor forzado, llegan- gracia mía, está tan íntimamente ligada con
do con él al abordaje; pero en el mismo mi vida y con mi alma, que, de igual modo
momento en que yo saltaba a la cubierta que el astro no puede moverse sino dentro
del corsario, se soltó éste de nuestro bu- de su órbita, nada puedo hacer si no es por
que, de modo que yo solo quedé prisionero ella. El otro motivo por que no puedo ape-

125
HAMLET Literatura Universal y del Perú

lar al juicio público, es el grande amor que ... » Y aquí en una posdata, añade: «Solo.»
le profesa el pueblo, el cual, bañando to- ¿Puedes tú explicarme esto?
das las faltas del príncipe en el afecto que
LAERTES. Confuso estoy, señor. Mas de-
le tiene, a semejanza de aquella fuente que
jad que venga. Inflámase mi corazón des-
muda el leño en piedra, convertiría sus
fallecido al pensar que he de vivir para
cadenas en reliquias santas; de suerte que
decirle ante su cara: «Eso fue lo que hicis-
mis flechas, demasiado frágiles para tan
te.»
raudo viento, volverían a mi propio arco,
lejos de dar en el punto a que fuesen dirigi- REY. Si ello es así, Laertes, aunque ¿cómo
das. puede ser esto?, mas ¿cómo de otro
modo?, ¿quieres dejarte conducir por mí?
LAERTES. Pero, en tanto, yo he perdido
un noble padre y tengo una hermana en LAERTES. Ciertamente, señor, con tal que
situación desesperada; ella, cuyos méritos, vuestras órdenes no me obliguen a la paz.
si es que los elogios pueden aplicarse a lo REY. Es por tu propia paz. Si se halla aho-
que fue, levantábanla en la suprema emi- ra de vuelta, por haberse descarriado en
nencia de este siglo por sus extraordina- su viaje, y desiste de emprenderlo nueva-
rias perfecciones. Mas ya llegará mi ven- mente, le armaré una asechanza, madura
ganza. ya en mi pensamiento, a la cual no podrá
REY. No se turbe tu sueño por tal cosa. No menos de sucumbir. Por su muerte no so-
pienses que esté yo hecho de una materia plará el menor viento de censura, y ni aun
tan blanca y torpe que tolere se hagan tem- su propia madre sospechará el ardid, con-
blar mis barbas con peligro y lo tome a siderando la cosa como un simple acciden-
diversión. Pronto sabré cosas mayores. Yo te.
amaba a tu padre, y también nosotros mis- LAERTES. Mi señor, me pongo a vuestras
mos nos amamos; y esto, confío, te dará a órdenes, y con tanto mejor grado si combi-
entender… (Entra un MENSAJERO.) ¿Qué narais la trama de tal modo que fuera yo el
ocurre? ¿Qué nuevas hay? instrumento.
MENSAJERO. Señor, cartas de Hamlet; REY. Viene a propósito. Desde tu viaje se
ésta es para Vuestra Majestad y ésta para ha hablado mucho de ti, y delante de Ham-
la reina. let, por cierto, con motivo de una habilidad
REY. ¿De Hamlet? ¿Quién las ha traído? en la cual, según voz pública, descuellas.
Todas tus dotes reunidas no excitaron en
MENSAJERO. Señor, unos marineros, se-
él tanta envidia como aquella sola, que
gún dicen; yo no los he visto. A mí me las
ocupa, en mi opinión, el más digno lugar.
dio Claudio, el cual las recibió de quien las
trajo. LAERTES. ¿Qué dote es ésa, señor?
REY. Laertes, vas a oír lo que dicen. (Al REY. Un mero lazo del sombrero de la ju-
MENSAJERO.) Puedes retirarte. (Sale el ventud; pero, no obstante, necesario, pues-
MENSAJERO.) (Lee.) «Alto y poderoso se- to que no sientan menos bien a la mocedad
ñor: Sabréis que me han plantado desnudo las frívolas y ligeras galas que se viste, que
en vuestro reino. Mañana solicitaré permi- a la edad madura sus forros de pieles y sus
so para visitar a vuestra real persona, y oscuros ropajes, tan convenientes para la
entonces, previa vuestra licencia para ello, salud como para la gravedad. Hará unos
os relataré el motivo de mi tan súbito y aún dos meses estuvo aquí un caballero de
más extraño regreso. –Hamlet.» Normandía. Yo conozco muy bien a los
franceses; he militado contra ellos, y te
¿Qué significa esto? ¿Habrán vuelto tam-
aseguro que son hábiles jinetes; pero el
bién todos los demás, o es que todo ello es
galán de quien hablo era en esto un prodi-
una farsa y no hay nada de tal cosa?
gio; se aseguraba en la silla y hacía ejecu-
LAERTES. ¿Conocéis la letra? tar a su corcel tan portentosas habilidades,
como si realmente formara un solo cuerpo
REY. La letra es de Hamlet... «¡Desnudo!
con el bravo animal y participara a medias

126
Literatura Universal y del Perú HAMLET

de su naturaleza. Hasta tal punto excedió a cuantos son los labios, las manos y las cir-
mi pensamiento, que todo cuanto podía yo cunstancias por que atraviesa, y entonces
imaginar de evoluciones y artificio quedaba ese «deber» vuélvese una especie de sus-
por debajo de lo que él hacía. piro disipador, que hace daño al exhalarlo.
Pero a lo vivo de la llaga: Hamlet está de
LAERTES. Y era normando?
vuelta. ¿Qué estás dispuesto a hacer para
REY. Normando. mostrarte digno de tu padre, con actos más
que con palabras?
LAERTES. Por mi vida, Lamond.
REY. El mismo. LAERTES. ¡Cortarle el cuello dentro de la
iglesia!
LAERTES. Le conozco bien. Es verdade-
ramente la joya y la perla de toda su na- REY. Ningún lugar debiera ser, en verdad,
ción. bastante santo para ofrecer refugio al ase-
sino. La venganza no debía hallar obstácu-
REY. Habló muy claramente acerca de ti, los. Pero, querido Laertes, si estás dispues-
haciendo tal relación de tu consumada to a hacer lo que voy a decirte, permanece
maestría en el arte y ejercicio de la esgri- encerrado en tu habitación. Cuando llegue
ma y muy particularmente en el manejo del Hamlet, se enterará de tu regreso; yo le
florete, que llegó a exclamar que sería en mandaré quien le pondere tus excelencias
verdad un espectáculo si alguien pudiera y añada nuevo lustre a la gran fama que te
medirse contigo. Los más diestros de su dio el francés; os pondremos, por fin, fren-
país, juraba él, no tenían golpe, parada ni te a frente, y apostaremos por uno y otro.
ojo cuando tú les hacías frente. Amigo, esta Siendo él confiado, generoso en extremo y
relación atosigó de tal manera la envidia de ajeno a todo ardid, no examinará las hojas,
Hamlet, que no hacía más que pedir y sus- y así, con facilidad o con un poco de astu-
pirar por tu propio regreso para lidiar conti- cia, puedes elegir un arma sin botón, que
go. Pues bien: con esta oportunidad… se baste con un hábil golpe para tomar
LAERTES. ¿Qué oportunidad, señor? venganza por tu padre.

REY. Dime, Laertes: ¿querías a tu padre, o LAERTES. Así lo haré, y a ese fin envene-
eres como la imagen de un dolor, un rostro naré mi espada. Compré a cierto curande-
sin corazón? ro un ungüento tan mortífero, que, cuchillo
con él untado, adondequiera saque san-
LAERTES. ¿Por qué me lo preguntáis? gre, ningún emplasto, por raro que sea, ya
REY. No es que yo piense que no amabas esté compuesto por todas las hierbas que
a tu padre; pero si bien entiendo que el tienen virtud bajo la luna, puede salvar de
amor se sujeta al tiempo, veo que, al po- la muerte a quienquiera que por él sufre un
nerse a prueba, también modera el tiempo simple rasguño. Bañaré con este tóxico la
la chispa y el fuego de su ardor. En la mis- punta de mi acero, de suerte que con que
ma llama del amor vive una especie de levemente roce al príncipe, morirá.
mecha o chispa que acaba por debilitarla. REY. Reflexionemos un poco más sobre
Nada existe que se mantenga constante- esto, y consideremos qué coyunturas, así
mente en el mismo grado de bondad, pues de tiempo como de medios, pueden conve-
ésta, creciendo hasta la plétora19, muere nirnos para nuestro plan. Si éste fallara, y
en su propio exceso. Lo que quisiéramos por alguna torpeza en su ejecución se tras-
hacer, deberíamos hacerlo en el acto de lucieran nuestros designios, mejor fuera no
quererlo, porque ese «querer» cambia y haberlo intentado. Es preciso, pues, que
sufre tantas menguas y aplazamientos esta trama tenga otra de reserva que ase-

19
Plétora: exceso de sangre o de otros humores en cualquier parte del cuerpo que termina condu-
ciendo a la muerte.

127
HAMLET Literatura Universal y del Perú

gure el golpe, dado el caso que la primera REINA. Ahogada, ahogada.


fracasara en la práctica. ¡Espera! ¡A ver!
LAERTES. Atajemos el llanto, que sobra
…Haremos una apuesta solemne sobre
de agua tienes tú, pobre Ofelia. (Llora.) Con
vuestra respectiva destreza... ¡Ah! Ya lo
todo, esto no es más que una costumbre.
tengo. Cuando en la agitación del lance os
La Naturaleza se aferra a sus hábitos, por
halléis acalorados y sedientos, para lo cual
más que diga la vergüenza. Cuando este
cuidarás de dar la mayor violencia a tus
lloro cese, no quedará en mí rastro de
ataques, en el momento en que él pida de
mujer. ¡Adiós, señor! ¡Tengo palabras de
beber, yo le tendré dispuesta una copa que
fuego, que arderían de buen grado si no
con sólo un sorbo de ella, si por azar esca-
las sofocara esta debilidad! (Sale.)
pa a tu venenosa estocada, nuestro intento
quede allí cumplido. Pero ¡silencio! ¿Qué REY. Sigámosle, Gertrudis. ¡Cuánto me ha
rumor es ése? (Entra la REINA.) ¿Qué su- costado calmar su furor! Y mucho me temo
cede, amada reina? que esta desgracia no le irrite de nuevo.
Sigámosle, pues. (Salen.)
REINA. Una desgracia va siempre pisando
los talones de otra; tan cerca se suceden.
Tu hermana se ha ahogado, Laertes.
ACTO QUINTO
LAERTES. ¡Ahogada! ¡Oh! ¿Dónde?
ESCENA PRIMERA
REINA. Inclinado a orillas de un arroyo, se
eleva un sauce, que refleja su plateado fo- UN CEMENTERIO
llaje en las ondas cristalinas. Allí se dirigió,
(Entran dos CLOWNS (sepultureros rústi-
adornada con caprichosas guirnaldas de
cos; con picos, azadones, etc., y se ponen
ranúnculos, ortigas, velloritas20 y esas lar-
a cavar una fosa.)
gas flores purpúreas a las cuales nuestros
licenciosos pastores dan un nombre grose-
CLOWN 1º. ¿Y ha de sepultarse en tierra
ro, pero que nuestras castas doncellas lla-
sagrada a la que voluntariamente conspira
man dedos de difunto. Allí trepaba por el
contra su propia salvación?
pendiente ramaje Para colgar su corona
silvestre, cuando una pérfida rama se des- CLOWN 2º. Te digo que sí; y, por tanto, hay
gajó, y, junto con sus agrestes trofeos, vino que hacerle enseguida la fosa. El comisa-
a caer en el gimiente arroyo. A su alrede- rio ha examinado ya el caso, y ha optado
dor se extendieron sus ropas, y, como una por la sepultura cristiana.
náyade, la sostuvieron a flote durante un CLOWN 1º. Pero ¿cómo puede ser eso, a
breve rato. Mientras, cantaba estrofas de menos que ella se haya ahogado en defen-
antiguas tonadas, como inconsciente de su sa propia?
propia desgracia, o como una criatura do-
tada Por la Naturaleza para vivir en el pro- CLOWN 2º. Pues así lo han juzgado.
pio elemento. Mas no podía esto prolon- CLOWN 1º. Debe haber sido se offenden-
garse mucho, y los vestidos cargados con do; no puede ser de otro modo. Porque
el peso de su bebida, arrastraron pronto a aquí está la cuestión: si yo me ahogo inten-
la infeliz a una muerte cenagosa, en medio cionadamente, esto denota un acto, y todo
de sus dulces cantos. acto consta de tres partes, que son: hacer,
LAERTES. ¡Ay de mí! Luego ¿ha perecido obrar y ejecutar: érgolis21, ella se ahogó
ahogada? intencionadamente.

20
Ranúnculos, ortigas y velloritas: el conjunto de las tres plantas tien como significado la muerte
porque las tres son malas hierbas, e incluso el ranúnculo tiene en sus tallos un jugo venenoso.
21
Se offendendo, érgolis: son en sí expresiones que imitan a la lengua latina. Por medio de la
deformació el clown pretende parodiar a los hombres de leyes que incluyen en sus planteamien-
tos latinismos.

128
Literatura Universal y del Perú HAMLET

CLOWN 2º. Pero oye, tú, compadre zapa- CLOWN 2º. El que hace las horcas, por-
dor… que tal artefacto sobrevive a mil de sus in-
quilinos.
CLOWN 1º. Permíteme. Aquí está el agua:
bien, y aquí está el hombre: bien. Si el hom- CLOWN 1º. Me gusta tu caletre22, a buena
bre va hacia esta agua y se ahoga, quieras fe. Ya van bien las horcas; pero ¿cómo van
que no, el caso es que va, fíjate en eso. bien? Van bien pira aquellos que van mal;
Pero si el agua viene hacia él y le ahoga, es así que tú vas mal diciendo que una
no se ahoga a sí mismo; érgolis aquel que horca está construida con más solidez que
no es culpable de su propia muerte, no una iglesia: érgolis, la horca te iría bien a ti.
acorta su propia vida. Venga otra vez, vamos.
CLOWN 2º. Pero ¿eso es ley? CLOWN 2º. ¿Quién es el que construye
más sólidamente que el albañil: el carpinte-
CLOWN 1º. ¡Vaya si lo es! Ley basada en
ro o el calafate?
el informe del comisario.
CLOWN 1º. Sí, dímelo y te desalbardas23.
CLOWN 2º. ¿Quieres que te diga la ver-
dad? Si la difunta no fuese una dama dis- CLOWN 2º. ¡Pardiez! Ahora mismo te lo
tinguida, no le hubieran dado sepultura digo.
cristiana.
CLOWN 1º. A ver.
CLOWN 1º. ¡Cabal! ¡Tú lo has dicho! Y lo
CLOWN 2º. ¡Por la misa! No sé qué te diga.
más triste del caso es que los poderosos
hayan de tener en este mundo más facul- (Entran HAMLET y HORACIO, manteniéndo-
tad que los demás cristianos para ahogar- se a distancia.)
se, o para ahorcarse a su capricho. Vamos CLOWN 1º. No atormentes más tu sesera
allá con el azadón. (Vuelven a cavar.) Lo por ello, pues tu asno remolón no cambiará
cierto es que no hay caballeros de más de paso a fuerza de palos. Pero si otra vez
antigua prosapia que los hortelanos, los te hacen esta pregunta, di «el sepulture-
cavadores y los sepultureros, que son los ro», porque las casas que él construye
que ejercen el oficio de Adán. duran hasta el día del Juicio... Anda, lléga-
CLOWN 2º. ¿Era Adán caballero? te a casa de Yaughan, y tráeme media
azumbre de licor. (Sale el CLOWN 2º. El
CLOWN 1º. Fue el primero que usó armas.
CLOWN 1º Se pone a cavar y canta:)
CLOWN 2º. ¿Qué estás diciendo, si nunca Cuando era joven y amaba, y amaba,
fue armado? muy dulce todo me parecía
CLOWN 1º. ¡Cómo que no! ¿Serás here- para matar el tiempo, ¡oh!, el tiempo
je? ¿Cómo entiendes tú la Sagrada Escri- que pasaba,
tura? La Sagrada Escritura dice: «Adán aunque con él, ¡oh!, nada bueno me
cavaba.» ¿Cómo podía cavar sin ir armado venía.
de brazos...? Voy a proponerte otro acerti-
jo, y si no me respondes, confiesa que eres HAMLET. ¿No tendrá ese hombre concien-
un… cia de su oficio, que canta mientras abre
una fosa?
CLOWN 2º. Venga, pues.
HORACIO. La costumbre le ha familiariza-
CLOWN 1º. ¿Quién es el que construye do con la tarea.
más sólidamente que el albañil: el calafate
o el carpintero? HAMLET. Así es, justamente; la mano que
menos trabaja es la que tiene el tacto más
suave.

22
Caletre: tino, capacidad. En sí es una deformación vulgar de la palabra “carácter”.
23
Desalbardar: significa literalmente ‘desparejar las bestias’. En el texto tendría pues un sentido
irónico: si fuera capaz de responder a la pregunta se separaría de las bestias y sería hombre.

129
HAMLET Literatura Universal y del Perú

CLOWN 1º. (Canta.) Pero la edad, con sus ancho de un par de escrituras? Los solos
arteros pasos, en su red me ha cogido, títulos de propiedad de sus tierras cabrían
hundiéndome en la tierra, cuando de tierra apenas en esta caja; y el heredero mismo
fabricado he sido. (Saca una calavera.) no debe tener más, ¿eh?
HAMLET. Esa calavera tenía lengua y po- HORACIO. Ni un ápice más, señor.
día en otro tiempo cantar. ¡Cómo la tira
HAMLET. ¿No se hace de piel de carnero
contra el suelo ese bribón, como si fuera la
el pergamino?
quijada con que Caín cometió el primer
asesinato! …Y la que está manoseando HORACIO. Ciertamente, señor; y también
ahora ese bruto acaso sea la cholla, de un de piel de ternero.
político de un intrigante que pretendía en- HAMLET. Pues solemnes carneros y ter-
gañar al mismo Dios. ¿No es posible? neros son los que fundan su felicidad en
HORACIO. Bien podría ser, señor. semejante cosa. Voy a hablar a ese indivi-
duo. (Al CLOWN.) ¿De quién es ese hoyo,
HAMLET. O tal vez la de un cortesano que
compadre?
sabía decir: «¡Felices días, amable señor!»
«¿Cómo estáis, mi querido señor?» Éste CLOWN 1º. Mía, señor. (Canta.)
podría ser el señor de Tal, que hacía elo- ¡Oh!, y un hoyo cavado en tierra
gios del caballo del señor de Cual, para a tal huésped bien le cuadra.
pedírselo prestado después. ¿No es ver-
dad? HAMLET. Sí; ya me figuro qué es tuya,
puesto que estás dentro de ella.
HORACIO. Sí, señor.
CLOWN 1º. Vos estáis fuera de ella, señor,
HAMLET. ¡Vaya si lo es! Y ahora está en
y, por consiguiente, no es vuestra. En cuan-
poder del señor Gusano, descarnada la
to a mí, no estoy tendido en ella, y, sin
boca y aporreados los cascos por el aza-
embargo, es mía.
dón de un sepulturero. ¡He aquí una linda
mudanza, si tuviéramos penetración bas- HAMLET. Mientes, por ello, al decir que
tante para verla! ¿Tan poco costó la forma- esa fosa es tuya por estar en ella. Es para
ción de esos huesos, que no sirven sino los muertos, no para los vivos; por tanto,
para jugar a los bolos? Los míos me due- mientes.
len de sólo pensarlo. CLOWN 1º. Como es mentira viviente, se-
CLOWN 1º. (Canta.) Un pico y un azadón, ñor, os la devuelvo.
un azadón y una sábana; ¡oh! Y un hoyo HAMLET. ¿Para qué hombre cavas esa
cavado en tierra a tal huésped bien le cua- fosa?
dra. (Saca otra calavera.)
CLOWN 1º. Para ningún hombre, señor.
HAMLET. He aquí otra. ¿Por qué no podría
ser la calavera de un abogado? ¿Dónde HAMLET. Bueno, ¿para qué mujer?
están ahora sus sutilezas y distingos, sus CLOWN 1º. Para ninguna, tampoco.
argucias, subterfugios y artimañas? Cómo
sufre ahora que ese grosero ganapán le dé HAMLET. ¿Pues quién ha de ser enterrado
con su pala inmunda en la mollera, sin atre- en ella?
verse a lanzar contra él una querella por CLOWN 1º. Una que fue mujer, señor; pero
lesiones? ¡Hum! Éste sería en su tiempo que en paz descanse, pues ya ha muerto.
un gran comprador de tierras, con sus hi-
potecas; sus resguardos, sus fines, sus HAMLET. (A HORACIO.) ¡Qué categórico
dobles garantías y sus cobranzas. ¿Será es el truhán! Hay que hablarle con la carta
acaso el fin de sus fines y el cobro de sus en la mano; de lo contrario, os aplasta con
cobranzas el tener su fino testuz relleno de un equívoco. ¡Por Dios! Horacio, de tres
lodo fino? ¿Por ventura todas sus garan- años acá lo he venido observando: nuestro
tías, por dobles que sean, le garantizarán siglo se refina de tal modo, que la punta del
de sus compras algo más que lo largo y lo pie del rústico llega tan cerca del talón del

130
Literatura Universal y del Perú HAMLET

cortesano, que le desuella los sabañones. HAMLET. ¿De quién era?


(Al CLOWN.) ¿Cuánto tiempo ha que eres
CLOWN 1º. De un mentecato hideputa.
sepulturero?
¿De quién diríais?
CLOWN 1º. De todos los días del año,
HAMLET. ¡Qué sé yo!
entré en este oficio el día en que nuestro
último rey Hamlet venció a Fortimbrás. CLOWN 1º. ¡Mala peste le confunda! ¡Loco
tunante! Un día me tiró por la cabeza una
HAMLET. ¿Cuánto tiempo hará de eso?
botella de vino del Rin. Pues señor, esta
CLOWN 1º. ¿No lo sabéis? ¡Si no hay pa- misma calavera que aquí veis es de Yorick,
tán que no lo sepa! Fue el día mismo que el bufón del rey.
nació el joven Hamlet, el que está loco y le
HAMLET. ¿Ésa?
enviaron a Inglaterra.
CLOWN 1º. Esta misma.
HAMLET. Sí, tienes razón. ¿Y por qué le
enviaron a Inglaterra? HAMLET. Deja que la vea. (Coge la cala-
vera.) ¡Ah pobre Yorick! Yo le conocí, Hora-
CLOWN 1º. Pues porque estaba loco; allí
cio; era un hombre de una gracia infinita y
recobrará el juicio, y si no lo recobra, no
de una fantasía portentosa. Mil veces me
importará ello gran cosa en aquel país.
llevó a cuestas y ahora, ¡qué horror siento
HAMLET. ¿Y eso? al recordarlo!, a su vista se me revuelve el
estómago. Aquí pendían aquellos labios
CLOWN 1º. Porque nadie lo notará; allí
que yo he besado no sé cuántas veces.
todos son tan locos como él.
¿Qué se hicieron de tus chanzas, tus pi-
HAMLET. ¿Y cómo se volvió loco? ruetas, tus canciones, tus rasgos de buen
CLOWN 1º. De un modo muy extraño, se- humor, que hacían prorrumpir en una car-
gún dicen. cajada a toda la mesa? ¿Nada, ni sólo un
chiste siquiera para burlarte de tu propia
HAMLET. ¿De un modo muy extraño? mueca? ¿Qué haces ahí con la boca abier-
CLOWN 1º. ¡Toma! Perdiendo el seso. ta? Vete ahora al tocador de mi dama, y
dile que, aunque se ponga el grueso de un
HAMLET. Pero, ¿qué dio lugar? dedo de afeite, ha de venir forzosamente a
CLOWN 1º. ¿Lugar? Aquí, en Dinamarca. esta linda figura. Prueba a hacerla reír con
Por cierto, que he sido enterrador aquí, de eso. (A HORACIO.) Dime una cosa, por fa-
chico y grande, treinta años. vor, Horacio.

HAMLET. ¿Cuánto tiempo puede estar un HORACIO. ¿Cuál es, señor?


hombre enterrado sin descomponerse? HAMLET. ¿Crees tú que Alejandro tendría
CLOWN 1º. A decir verdad, si no está po- este aspecto bajo tierra?
drido antes de morir, puesto que hoy día HORACIO. El mismo, justamente.
nos vienen muchos cadáveres galicosos
que no hay modo de cogerlos para ente- HAMLET. ¿Y olería de este modo? ¡Puaf!
rrarlos, os vendrá a durar ocho o nueve (Tira la calavera.)
años; un curtidor os durará nueve años. HORACIO. Del mismo modo, señor.
HAMLET. ¿Y por qué él más que el otro? HAMLET. ¡A qué viles usos podemos des-
CLOWN 1º. ¡Toma!, porque su pellejo está cender, Horacio! ¿Por qué no podría la
tan curtido por razón de su oficio, que re- imaginación seguir las nobles cenizas de
siste mucho tiempo el agua; y el agua, se- Alejandro hasta encontrarlas tapando la
ñor mío, es un terrible destructor de todo boca de un tonel?
hideputa cuerpo muerto. Aquí tenéis una HORACIO. Sería considerarlo con excesi-
calavera. (Cogiéndola del suelo.) Esta ca- va minucia considerarlo así.
lavera ha estado metida en tierra veintitrés
años. HAMLET. No, a fe; ni pizca. Basta seguirle
hasta aquel punto, con toda moderación y

131
HAMLET Literatura Universal y del Perú

verosimilitud en el proceso; es decir, de esa tes violetas! Y a ti, cura brutal, he de decir-
suerte: Alejandro murió, Alejandro fue se- te que mi hermana será un ángel mediador
pulturero. Alejandro se hizo polvo; el polvo en el Cielo mientras tú estés aullando en el
es tierra; de la tierra se hace el barro, ¿y abismo.
por qué con ese barro en que se convirtió
HAMLET. ¡Cómo! ¡La hermosa Ofelia!
no podría taparse un barril de cerveza? El
magno César, muerto y en barro converti- REINA. (Esparciendo flores sobre el cadá-
do, un agujero al viento taparle habrá podi- ver.) ¡Flores sobre la flor! ¡Adiós! Yo espe-
do. ¡Oh, que un barro que al orbe tuvo en raba que fueras la esposa de mi Hamlet;
temor eterno resguardará los muros del con esas flores pensaba, dulce doncella,
cierzo del invierno! Pero ¡silencio, silencio! cubrir tu lecho nupcial y no esparcirlas so-
Apartémonos; ahí llega el rey… (Entran en bre tu sepultura.
procesión sacerdotes, etc.,, precediendo al
LAERTES. ¡Oh! ¡Que un triple desastre
cadáver de OFELIA, y, siguiéndolos, LAER-
caiga diez veces triplicado sobre la maldita
TES y los del duelo, el REY y la REINA,
cabeza de aquel cuyo inicuo crimen te ena-
con sus respectivos séquitos. Continuando
jenó de tu privilegiado entendimiento! (A
mientras desfila la procesión.) …y la reina
los Clowns.) No echéis tierra todavía; es-
y la Corte. ¿A quién sigue ese duelo?, ¡y
perad que la estreche una vez más entre
con ceremonial tan deficiente! Esto es cla-
mis brazos. (Salta dentro de la fosa.)
ro indicio de que el difunto al cual siguen
Amontonad ahora vuestro polvo sobre el
puso fin a su vida con mano desesperada.
vivo y la muerta hasta convertir este llano
Y era persona de calidad. Agachémonos
en monte más alto que el Pelión o la celes-
un rato y observemos. (Retírase con HO-
te cumbre del Olimpo azul.
RACIO.)
HAMLET. (Adelantándose.) ¿Quién es ese,
LAERTES. (Al SACERDOTE 1.º.) ¿Qué otra cuyo dolor se exhala con tal énfasis y cu-
ceremonia falta? yos acentos de aflicción conjuran a los
HAMLET. (A HORACIO.) Aquél es Laertes, errantes astros, haciéndoles detener su
un joven nobilísimo. Observemos. curso, como oyentes heridos de estupor?
Aquí está Hamlet, el danés. (Salta dentro
LAERTES. ¿No hay otra ceremonia?
de la fosa.)
SACERDOTE 1.º. Sus exequias se han
LAERTES. ¡Que el demonio lleve tu alma!
celebrado con toda la amplitud que el caso
(Asiéndole y braceando con él.)
permitía. Su muerte fue sospechosa, y a
no ser por aquella orden superior que juz- HAMLET. Mal modo de rezar. Por favor,
ga toda regla, hubiera sido depositada en quita tus dedos de mi cuello, pues aunque
tierra profana hasta la trompeta del Juicio no soy irascible, ni violento, hay en mí algo
Final, y en vez de piadosas preces, tan sólo peligroso que tu prudencia debe temer.
escombros, piedras y guijarros se habrían Aparta esa mano.
arrojado sobre ella. No obstante, se le ha REY. Separadlos.
concedido un rocío de flores y sus coronas
virginales, y el ser conducida a la última REINA. ¡Hamlet! ¡Hamlet!
morada con servicio fúnebre y doble de TODOS. ¡Señores!
campanas. HORACIO. Sosegaos, querido príncipe.
LAERTES. ¿Nada más debe, pues, hacer- (Algunos del séquito los separan, y salen
se? fuera de la fosa.)
SACERDOTE l.º Nada más. Profanaría- HAMLET. ¡Cómo! Lucharé con él por esta
mos los ritos funerales si cantáramos para causa hasta que mis ojos cesen de parpa-
ella el descanso eterno, como se hace por dear.
las almas de los que mueren en el Señor. REINA. ¿Qué causa, hijo mío?
LAERTES. ¡Colocadla en tierra, y que de HAMLET. Yo amaba a Ofelia; cuarenta mil
su bella e inmaculada carne broten fragan- hermanos que tuviera no podrían, con todo

132
Literatura Universal y del Perú HAMLET

su amor junto, sobrepujar el mío. (A LAER- Ahora vas a ver lo otro. ¿Recuerdas todas
TES.) ¿Qué estás dispuesto a hacer por las circunstancias?
ella?
HORACIO. ¡Recordarlo, mi señor!
REY. ¡Oh! Está loco, Laertes.
HAMLET. Pues, amigo, habíase encendi-
REINA. ¡Por amor de Dios, dejadle! do en mi corazón una especie de lucha que
no me dejaba conciliar el sueño, y sentía-
HAMLET. ¡Vive Dios! Dime qué quieres
me peor que los amotinados cuando se les
hacer. ¿Quieres llorar?, ¿quieres luchar?,
encadena. En un arranque de audacia, y
¿quieres ayunar, ¿quieres desgarrarte?,
que por ello sea bendita la audacia, pues
¿quieres tragar vinagre o comerte un coco-
bueno es saber que nuestra indiscreción
drilo? Pues todo esto haré yo. ¿Vienes aquí
nos presta a veces buen servicio, mientras
para lloriquear, o para provocarme saltan-
fracasan nuestros proyectos más maduros,
do en la tumba de Ofelia? ¡Hazte sepultar
y esto debe enseñarnos que hay una divini-
vivo con ella, que esto quiero yo; y ya que
dad que labra nuestros designios, por muy
hablas de montañas, deja que sobre noso-
toscamente que los desbastemos…
tros echen fanegas a millones, hasta que
nuestro promontorio, chamuscándose la HORACIO. Nada más cierto.
cresta en la zona ardiente, deje el monte
HAMLET. …salí de mi camarote, y, mal
Osa como una verruga! Y si te empeñas en
arrebujado en mi tabardo24 marino, y an-
gritar, rugiré tanto como tú.
dando a tientas en la oscuridad hacia don-
REY. Esto es un puro delirio, y por cierto de estaban, logré mi deseo, eché mano a
tiempo obrará así en él; enseguida, manso su legajo, y por fin me retiré a mi cámara.
como una paloma cuando han nacido sus Me enardezco en la porfía, llegando con
dorados pichones, le veréis sumirse en el mis temores a olvidar todo escrúpulo, y
silencio. rompo el sello de su principal despacho.
Allí encuentro, Horacio amigo, ¡oh, regia
HAMLET. Oíd, caballeros: ¿por qué motivo
truhanería!, una orden terminante, sazona-
me tratáis así? Siempre os he querido; pero
da con muchas y diversas clases de razo-
no importa, pues por más que haga el mis-
nes, concernientes a la salud de Dinamar-
mo Hércules, el gato maullará y el perro
ca y también de Inglaterra, y, ¡oh, haciendo
ladrará, mal que le cuadre. (Sale.)
tales aspavientos y zozobras por mi vida
REY. Horacio amigo, te ruego le acompa- que a la simple lectura por primera provi-
ñes. (Sale HORACIO. A LAERTES.) Fortale- dencia y sin demora, sin entretenerse si-
ce tu paciencia con nuestra plática de la quiera en afilar el hacha, debían degollar-
pasada noche. Vamos ahora a dar la última me!
mano a nuestro asunto. Querida Gertrudis,
HORACIO. ¿Es posible?
haced que vigilen a vuestro hijo. Esa tum-
ba va a tener un monumento viviente. Pron- HAMLET. (Entregándole un pliego.) Aquí
to va a llegarnos la hora del sosiego. Hasta está el despacho; léelo con más detención.
entonces, que la paciencia gobierne nues- Pero ¿quieres oír cómo me las compuse?
tros actos.
HORACIO. Sí, os lo ruego.
HAMLET. Viéndome así por todas partes
ESCENA II acechado de perfidias, y habiendo dado
principio a la función antes de componer el
UNA SALA EN EL CASTILLO prólogo, me senté, inventé un nuevo man-
(Entran HAMLET y HORACIO.) dato, y lo escribí con toda pulcritud, y me
esforcé mucho por olvidar dicha destreza;
HAMLET. Basta ya de esto, amigo mío. pero, amigo mío, ¡qué excelente servicio

24
Tabardo: prenda de abrigo ancha y larga, de paño tosco.

133
HAMLET Literatura Universal y del Perú

me prestó en tal ocasión! ¿Quieres saber HORACIO. Pronto le harán saber de Ingla-
el tenor de lo que escribí? terra el éxito que ha corrido su empresa.
HORACIO. Sí, mi buen señor. HAMLET. Pronto será; pero el ínterin es
mío, y la vida de un hombre se apaga con
HAMLET. Una instancia apremiante del
un soplo. Mas siento en el alma, amigo
rey, en la cual decía que, como quiera que
Horacio, el haberme propasado con Laer-
Inglaterra es su fiel tributaria; comoquiera
tes, pues en la imagen de mi causa veo el
que el afecto entre ambas debe florecer
retrato de la suya. Quiero solicitar su afec-
cual las palmeras; como quiera que la paz
to, aunque, hablando con franqueza, las
ha de llevar siempre su guirnalda de espi-
alharacas de su pesar me enfurecieron de
gas y extenderse cual lazo de unión entre
un modo irresistible.
sus amistades, y no sé cuántos otros «co-
moquieras» de este peso, por si quiere HORACIO. ¡Silencio! ¿Quién viene aquí?
«comérselos», no bien estuviera instruido
(Entra OSRIC.) OSRIC. Sea felizmente bien
de este despacho, sin más deliberación,
venido vuestra señoría de retorno a Dina-
grande o pequeña, hiciese dar muerte a los
marca.
portadores, sin otorgarles tiempo ni para
confesarse. HAMLET. Os doy rendidas gracias, caba-
llero. (Aparte, a HORACIO.) ¿Conoces a
HORACIO. ¿Y cómo lo sellasteis?
este zángano?
HAMLET. Pues aun en este punto me fue
HORACIO. No, mi buen señor.
propicio el Cielo. Yo tenía en mi bolsa el
timbre de mi padre, que es una copia del HAMLET. Pues te hallas en estado de gra-
sello real de Dinamarca; doblé el pliego en cia, porque es pecado conocerle. Posee
igual forma que el otro, lo suscribí, lo sellé muchas y fértiles tierras. Como un animal
y lo volví a poner en su sitio, cuidando de sea señor de animales, tendrá un pesebre
que se viera la suplantación. Ahora bien: al en la mesa del rey. No es más que una
día siguiente ocurrió nuestro abordaje, y de cacatúa, pero, como te digo, cuantiosísimo
lo que luego sucedió ya estás enterado. en la posesión de estiércol.
HORACIO. ¿De modo que Guildenstern y OSRIC. Amabilísimo señor, si Vuestra Al-
Rosencrantz corren a su pérdida? teza tuviera un momento disponible, le co-
municaría una cosa de parte de Su
HAMLET. ¿Qué quieres, amigo mío? Ellos
Majestad.
mismos solicitaron este cargo amorosa-
mente. No pesan sobre mi conciencia; su HAMLET. Yo la acogeré, caballero, con
perdición es efecto natural de sus mismas toda la solicitud de mi alma. Mas aplicad
oficiosidades. Fuerte peligro es para un vuestro sombrero a su debido uso: es para
débil el introducirse entre las puntas de las la cabeza.
espadas de dos fieros y potentes adversa- OSRIC. Lo agradezco infinito a vuestra
rios. señoría; hace mucho calor.
HORACIO. ¡Señor, qué rey ese! HAMLET. No tal; creedme, hace mucho
HAMLET. ¿No te parece que ahora se me frío; el viento es del Norte.
impone, pues que es él quien asesinó a mi OSRIC. En efecto, señor; hace un frío algo
padre y prostituyó a mi madre; quien de regular.
golpe y porrazo se interpuso entre el voto
popular y mi esperanza, y quien le echó el HAMLET. Sin embargo, me parece que
anzuelo a mi propia vida, valiéndose de hace verdadero calor, y bochornoso, o será
tales infamias; no es un perfecto caso de tal vez mi complexión.
conciencia el darle su merecido con este OSRIC. Sofocante en extremo, señor; el
brazo? ¿Y no sería criminal dejar que ese tiempo es muy bochornoso cual si dijéra-
cáncer de nuestra naturaleza se cebe en mos…, no sé cómo expresarlo. Pero, se-
ella con nuevas maldades? ñor, Su Majestad me ha rogado significaros

134
Literatura Universal y del Perú HAMLET

que ha hecho una importante apuesta en haría eso gran mella en mi reputación.
favor vuestro. He aquí, señor, de qué se Conque, señor…
trata…
OSRIC. No ignoráis la excelencia de Laer-
HAMLET. (Instándole a cubrirse.) Os supli- tes…
co recordéis.
HAMLET. No me atrevo a confesar tal
OSRIC. ¡No, mi buen señor; es por como- cosa, por temor a compararme en excelen-
didad, a fe mía. Pues, señor, ahí está Laer- cia con él, pues conocer bien a un hombre
tes, recién llegado a la Corte; un cumplido sería conocerse a sí mismo.
caballero, podéis creerme, abundoso en las
más eximias distinciones, de amabilísimo OSRIC. Quiero decir, señor, su excelencia
trato y de magnífica presencia. En verdad, por lo que se refiere a las armas, pues,
hablando de él en términos adecuados, es según el buen nombre de que goza, no tie-
el dechado y almanaque de la galantería, ne rival en este mérito.
pues en él hallaréis el compendio de todas HAMLET. ¿Y qué arma es la suya?
las dotes que pueda desear un caballero.
OSRIC. Espada y daga.
HAMLET. Su definición, señor mío, no su-
fre menoscabo alguno en vuestros labios; HAMLET. Esas son dos armas; pero ade-
aunque, bien lo sé, el dividirle por puntos a lante.
guisa de inventario aturdiría la aritmética OSRIC. El rey, señor, ha apostado con él
de la memoria, que no haría sino dar bor- seis caballos berberiscos, contra los cua-
dadas, cediendo el paso a tal velera nave. les impone Laertes, según me dicen, seis
Mas, dentro de la verdad del encomio, le espadas y dagas francesas, con sus co-
considero un espíritu de grandes alcances, rrespondientes accesorios, como tahalíes,
y sus infusas dotes son para mí de tan colgantes y demás. Tres de los soportes
peregrina rareza, que, para hacer de él una son, en verdad, del gusto más exquisito, y
certera calificación, no tiene semejante armonizan divinamente con la empuñadu-
sino en su propio espejo, y quienquiera que ra; unos soportes primorosísimos y de una
pretenda imitarle será su sombra y nada fantasía portentosa.
más.
HAMLET. Pero ¿a qué llamáis soportes?
OSRIC. Vuestra señoría habla de él de la
manera más infalible. HORACIO. (Aparte, a HAMLET.) Bien sabía
yo que tendríais que consultar las notas del
HAMLET. Pero veamos la concernencia,
margen antes de acabar.
caballero. ¿A qué fin envolvemos a ese
hidalgo con nuestro más que rudo aliento? OSRIC. Los soportes, señor, son los col-
OSRIC. ¿Decíais, señor…? gantes.

HORACIO. ¿No sería posible entenderse HAMLET. El nombre se hermanaría mejor


en otro lenguaje? Por vuestra parte, señor, con la cosa si lleváramos un cañón colga-
ciertamente que sí. do al cinto. Pero mientras esto no suceda,
yo me inclinaría más bien a llamarlos col-
HAMLET. ¿Qué motiva la nominación de gantes. Pero vamos al caso: seis caballos
tal caballero? de Berbería contra seis espadas francesas
OSRIC. ¿De Laertes? con sus accesorios y tres soportes de fan-
tasía portentosa; ésta es la apuesta fran-
HORACIO. (Aparte, a HAMLET.) Su bolsa
cesa contra la danesa. ¿Y a qué fin se
está ya vacía; se han agotado todas sus
«impone», como vos decís, todo esto?
frases de relumbrón.
OSRIC. El rey, señor, ha apostado que en
HAMLET. Del mismo, señor mío.
una docena de golpes entre vos y vuestro
OSRIC. Creo que no sois ignorante… adversario no os aventajaría en más de tres
HAMLET. Holgárame que tal creyera, ca- botonazos; él ha apostado por nueve entre
ballero; aunque, en verdad, si así fuese, no doce, y se procedería a una prueba inme-

135
HAMLET Literatura Universal y del Perú

diata si vuestra señoría tuviera a bien otor- Si Laertes está pronto, dispuesto estoy yo;
gar la respuesta. ahora mismo o cuando quiera, con tal que
me sienta tan apto como ahora.
HAMLET. ¿Y si respondo que no?
SEÑOR. El rey y la reina bajan con toda la
OSRIC. Me refiero, señor, a la presenta-
Corte.
ción de vuestra persona como combatiente
en la prueba. HAMLET. En hora feliz.
HAMLET. Señor mío, voy a pasearme por SEÑOR. La reina desea que dispenséis un
el salón; si a Su Majestad le place, ésta es afectuoso recibimiento a Laertes antes de
para mí una hora de asueto. Que traigan principiar el asalto.
los floretes, dado que el caballero consien- HAMLET. Me aconseja bien. (Sale el SE-
ta; y de persistir el rey en su propósito, yo ÑOR.)
le haré ganar la apuesta, si puedo; de lo
contrario, nada ganaré sino mi humillación HORACIO. Vais a perder la apuesta, se-
y los botonazos correspondientes. ñor.
OSRIC. ¿Es así como transmitiré vuestra HAMLET. No lo creo. Desde que partió él
respuesta? para Francia he estado continuamente
ejercitándome, y con la ventaja que se me
HAMLET. En este sentido, caballero; des- otorga, creo ganar. Mas no puedes figurar-
pués podéis adornarla con todos los flo- te qué angustia siento aquí en el corazón.
reos que gustéis. Pero no importa.
OSRIC. Recomiendo mis respetos a vues- HORACIO. En ese caso, mi señor…
tra señoría.
HAMLET. Nada, una tontería; pero es
HAMLET. Siempre vuestro, siempre vues- como un presentimiento fatal, que turbaría
tro. (Sale OSRIC.) Bien hace en recomen- tal vez a una mujer.
darme a sí mismo; no se hallaría otra
lengua que lo hiciera por él. HORACIO. Si vuestro espíritu siente algu-
na aprensión, obedecedle, diciéndoles que
HORACIO. Es una ave fría que echa a os halláis indispuesto.
volar del nido con la cabeza metida en el
cascarón. HAMLET. Nada de eso; no creo en presa-
gios; hasta en la caída de un gorrión inter-
HAMLET. Cumplimentaba ya a la teta an- viene una providencia especial. Si es ésta
tes de mamar. Como otros de la misma la hora, no está por venir; si no está por
pollada, por quienes, según veo, chochea venir, ésta es la hora; y si ésta es la hora,
este frívolo siglo, tan sólo ha logrado ad- vendrá de todos modos. No hay más que
quirir el tono de la época y las exteriorida- hallarse prevenido. Pues si nadie es dueño
des del buen trato; especie de agregados de lo que ha de abandonar un día, ¿qué
de espuma que fluctúan a merced de las importa abandonarlo tarde o temprano?
más caprichosas y zarandadas opiniones; Sea lo que fuere.
pero no bien se sopla en ellos para robar-
los, las burbujas se desvanecen al instan- (Entran el REY, la REINA, LAERTES, Seño-
te. res, OSRIC y séquito, con Pajes y Criados
llevando floretes y guantes de esgrima, una
(Entra un SEÑOR.) SEÑOR. Señor, Su Ma- mesa, jarros de vino, copas, etc.)
jestad os ha cumplimentado por conducto
del joven Osric, quien, de vuelta, le ha par- REY. Ven, Hamlet, ven y recibe esta mano
ticipado que le estáis esperando en el sa- que te presento. (Poniendo la mano de
lón. Ahora me envía a saber si seguís en LAERTES en la de HAMLET.)
vuestro deseo de lidiar con Laertes, o si HAMLET. (A LAERTES.) Concededme, se-
queréis tomaros más tiempo. ñor, vuestro perdón; os he agraviado, mas
HAMLET. Soy constante en mis propósi- perdonadme, a fuer de caballero. Bien sa-
tos, los cuales se amoldan al gusto del rey. ben los aquí presentes, y vos mismo lo

136
Literatura Universal y del Perú HAMLET

habréis oído, lo afligido que me hallo por LAERTES. (Examinando uno de los flore-
una cruel demencia. Todo cuanto hice que tes que le presentan.) Éste es muy pesado.
rudamente pudiera lastimar vuestro tem- A ver otro. (Coge uno.)
peramento, vuestra conciencia y vuestro
HAMLET. (Tomando un florete al azar.)
pundonor, aquí mismo declaro que fue acto
Éste me gusta. ¿Son del mismo largo esos
de locura. ¿Fue Hamlet quien ultrajó a
floretes?
Laertes? No, Hamlet, jamás. Pues que si
Hamlet está fuera de sí, y, no siendo él OSRIC. Sí, mi buen señor. (HAMLET y
mismo, ofende a Laertes, no es Hamlet LAERTES se disponen para el asalto.)
quien tal hace: Hamlet lo reprueba. ¿Quién
REY. (A los Pajes.) Poned los jarros de vino
lo hace, pues? Su demencia; y si ello es
sobre esta mesa. Si Hamlet da el primero o
así, Hamlet pertenece a la parte ofendida
segundo golpe, o se desquita devolviéndo-
siendo su locura el enemigo del pobre Ha-
lo en el tercer asalto, que todas las alme-
mlet. Señor, haced ante esta asamblea que
nas disparen sus cañones; el rey beberá
mi protesta de toda mala intención me ab-
por la salud de Hamlet, para mejor alentar-
suelva de tal modo en vuestro generosísi-
se, y echará en la copa, como prenda de
mo espíritu, cual si, disparando mi flecha
unión, una perla finísima y más preciosa
por encima de la casa, hubiera herido a mi
que la que cuatro reyes sucesivos han lle-
propio hermano.
vado en la corona de Dinamarca. Vengan
LAERTES. Me doy por satisfecho en mi las copas, y que el timbal anuncie el clarín,
corazón, cuyo impulso, en este caso, es lo el clarín al artillero lejano, el cañón a los
que más debiera excitarme a la venganza. cielos, y los cielos a la tierra: «Ahora brinda
Pero, en lo que a mi honor atañe, mantén- el rey a la salud de Hamlet.» (A HAMLET y
game en reserva, y no acepto reconcilia- a LAERTES.) Vamos, empezad. Y vosotros,
ción hasta que de jueces ancianos y jueces, observad atentos.
honorables obtenga un dictamen razonado
HAMLET. Vamos.
en favor de la paz, a fin de que mi nombre
quede sin mancilla. Mas, entretanto, acep- LAERTES. Vamos, señor. (Esgrimen.)
to como buena la amistad que me ofrecéis
HAMLET. ¡Una!
y no faltaré a ella.
LAERTES. No.
HAMLET. La admito de buen grado, y quie-
ro lidiar con leal franqueza en esta apuesta HAMLET. Que juzguen.
fraternal. Dadnos dos floretes. Vamos, OSRIC. Una estocada, una estocada bien
pues. patente.
LAERTES. Vamos; uno para mí. (Adelan-
LAERTES. Bien; otra vez.
tándose un PAJE con los floretes.)
HAMLET. Laertes, voy a ser tu blanco con REY. Esperad. (A los Pajes.) Traedme la
mi torpeza, o bien tu estuche donde cobra- bebida. Hamlet, esta perla es tuya. (Echán-
rá tu aliento nuevo brillo, como un astro dola en la copa.) ¡A tu salud! (Suenan cla-
centelleando en la noche oscura. rines; luego se oyen cañonazos a lo lejos.
A los Pajes.) Dadle la copa.
LAERTES. Os burláis de mí, señor.
HAMLET. Quiero antes terminar este asal-
HAMLET. No tal, por esta mano.
to. (A uno de los Pajes.) Dejadla ahí cerca
REY. Dadles los floretes, joven Osric. ¿Es- un momento. (A LAERTES.) Vamos. (Esgri-
táis ya enterado de la apuesta, deudo Ham- men.) ¡Otro golpe! ¿Qué decís?
let?
LAERTES. Tocado, tocado; lo confieso.
HAMLET. Perfectamente, señor. Vuestra
Gracia ha apostado por la parte más débil. REY. (A la REINA.) Nuestro hijo ganará.
REY. No temo por ello. Os he visto tirar a REINA. Está grueso y se fatiga demasia-
uno y otro. Mas por la ventaja que él te do. Ven, Hamlet, toma mi pañuelo y sécate
lleva, tenemos diferencia suficiente. la frente. La reina brinda por tu suerte,

137
HAMLET Literatura Universal y del Perú

Hamlet. (Toma una de las copas que le REY. Se ha desmayado al veros verter san-
ofrece el Paje.) gre.
HAMLET. Buena señora… REINA. ¡No, no! ¡La bebida la bebida!
…¡Oh, mi querido Hamlet, la bebida, la
REY. ¡No bebas, Gertrudis!
bebida!... ¡Estoy envenenada! (Muere.)
REINA. Beberé, señor; perdonad, os lo rue-
HAMLET. ¡Oh infamia!... ¡Hola! ¡Que cie-
go. (Bebe.)
rren las puertas! ¡Traición! ¡A descubrirla!
REY. (Aparte.) ¡La copa envenenada! ¡De-
LAERTES. (Cayendo.) Hela aquí, Hamlet.
masiado tarde! (La REINA ofrece una de
Hamlet, has sido asesinado; no hay medi-
las copas a HAMLET.)
cina en el mundo que pueda salvarte; no
HAMLET. No me atrevo aún, señora; be- tienes ni media hora de vida. En tu mano
beré enseguida. está el arma traidora, sin botón y emponzo-
REINA. Ven, deja que te enjugue el rostro. ñada; la infame intriga se ha vuelto contra
mí. Mírame aquí caído, para nunca más
LAERTES. (Aparte, al REY.) Ahora voy a levantarme. Tu madre está envenenada...
darle, señor. No puedo más... ¡Al rey, al rey la culpa!
REY. (A LAERTES.) No lo creo. HAMLET. ¡La punta envenenada también!
LAERTES. (Aparte.) Y sin embargo, es ¡Entonces, veneno, a tu obra! (Hiere al
casi contra mi conciencia. REY.)

HAMLET. Vamos a la tercera, Laertes. No TODOS. ¡Traición, traición!


haces más que retozar. Por favor, tira con REY. ¡Oh! Defendedme aún, amigos; sólo
toda tu alma; recelo que me tomas por un estoy herido.
barbilindo25.
HAMLET. (Poniéndole en los labios la copa
LAERTES. ¿Eso decís? Vamos, pues. envenenada.) ¡Toma tú, incestuoso crimi-
(Esgrimen, y después de un golpe dudo- nal, maldito danés! Apura esta copa… ¿No
so:) OSRIC. Nada, de ninguna parte. está aquí tu perla, tu prenda de unión? ¡Si-
gue pues, a mi madre! (El REY muere.)
LAERTES. ¡Toma ésa ahora! (LAERTES
hiere a HAMLET; éste, en el ardor de la re- LAERTES. ¡Ha recibido justo castigo! ¡Es
friega, desarma a su rival, le acomete con una ponzoña por él mismo preparada!...
su propia espada y le hiere.) ¡Perdonémonos mutuamente, noble Ham-
let! ¡Que mi muerte y la de mi padre no
REY. ¡Separadlos; están enfurecidos! caigan sobre ti, ni la tuya sobre mí! ... (Mue-
HAMLET. No; vamos Otra vez. (La REINA re.)
cae.) HAMLET. ¡De ello te absuelva el Cielo! Te
OSRIC. Atended a la reina. (A los dos con- sigo. Soy muerto, Horacio. Reina desven-
tendientes.) ¡Alto! (Todos acuden hacia turada, ¡adiós!… Vosotros, que palidecéis
ellos y los separan con dificultad.) y tembláis ante esta catástrofe, y no sois
más que personajes mudos o simples es-
HORACIO. ¡Sangran los dos! (A HAMLET.) pectadores de esta escena, si yo tuviera
¿Cómo ha sido, señor? tiempo, ya que la muerte es un esbirro cruel
OSRIC. ¿Qué es eso, Laertes? e inexorable en su ejecución, ¡oh!, podría
deciros..., pero resignación. Yo muero,
LAERTES. ¡Pues cogido como una cho- Horacio; tú vives; explica mi conducta y
cha en mis propios lazos, Osric! Me mata, justifícame a los ojos del que ignore…
con justicia, mi propia traición.
HORACIO. No lo creáis. Más tengo yo de
HAMLET. ¿Qué le pasa a la reina? antiguo romano que de danés; aquí que-

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Barbilindo: galancete, preciado de barba y bien parecido.

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Literatura Universal y del Perú HAMLET

dan todavía unas gotas de licor. (Cogiendo jada de Inglaterra. Insensibles hallamos los
la copa envenenada.) oídos que debían recibir nuestro mensaje
de que sus órdenes se han cumplido, y
HAMLET. ¡Si eres hombre, dame esa copa;
Rosencrantz y Guíldenstern han muerto.
suéltala, por Dios te lo pido! ¡Oh buen Ho-
¿De quién debemos recibir las gracias?
racio! ¡Qué nombre más execrable me so-
brevivirá, de quedar así las cosas ignora- HORACIO. No será de su boca, aunque
das! Si alguna vez me albergaste en tu gozara de vida para agradecéroslo, pues
corazón permanece ausente de esa bien- jamás dio orden alguna para tal muerte.
aventuranza, y alienta por cierto tiempo en Mas, pues que justamente en tan siniestra
la fatigosa vida de este mundo de dolor ocasión habéis llegado vos (A FORTIM-
para contar mi historia. (Marcha militar a BRÁS) de la guerra de Polonia, y vosotros
distancia; descargas y tumultos más cer- (A los Embajadores) de Inglaterra, ordenad
ca.) ¿Qué bélico ruido es ése? que estos cuerpos sean expuestos sobre
un túmulo a la vista del pueblo, y dejad que
OSRIC. El joven Fortimbrás, que llega vic-
yo relate al mundo, que aún lo ignora, de
torioso de Polonia, saluda con esta salva
qué modo han ocurrido esos sucesos. Así
marcial a los embajadores de Inglaterra.
conoceréis de actos impúdicos, sangrien-
HAMLET. ¡Oh! Me muero, Horacio. El acti- tos y monstruosos; de muertes producidas
vo veneno subyuga por completo mi espíri- por la astucia y la violencia, y, como rema-
tu. No puedo vivir lo bastante para saber te, de maquinaciones fallidas cayendo por
nuevas de Inglaterra, pero auguro que la descuido sobre la cabeza de sus invento-
elección recaerá en Fortimbrás; tiene a su res: he aquí lo que fielmente he de conta-
favor mi voz moribunda. Díselo así con to- ros.
dos los incidentes, grandes y pequeños,
FORTIMBRÁS. Apresurémonos a oírlo, y
que me han impulsado… ¡Lo demás es si-
convoquemos a los próceres a audiencia.
lencio! ¡Oh!, ¡oh!, ¡oh!, ¡oh!… (Muere.)
En cuanto a mí con dolor abrazo mi fortu-
HORACIO. ¡Ahora estalla un noble cora- na; tengo sobre este reino antiguos dere-
zón! ¡Feliz noche eterna, amado príncipe, y chos, que lo propicio de la ocasión me
coros de ángeles arrullen tu sueño! (Mar- incita a reclamar.
cha militar cercana.) ¿Por qué llegan hasta
HORACIO. También procuraré hablar de
aquí estos tambores?
esto en nombre de una voz que arrastrará
(Entran FORTIMBRÁS y los Embajadores otras muchas consigo. Pero procedamos
ingleses, con tambores, banderas y acom- sin perder un instante, aun cuando los áni-
pañamiento.) mos se encuentren perturbados, no sea
FORTIMBRÁS. ¿Dónde está ese espec- que, por error o por intrigas, sobrevengan
táculo? más desgracias.

HORACIO. ¿Qué deseáis ver? Si es algún FORTIMBRÁS. ¡Que cuatro capitanes le-
cuadro de pasmo y de horrores, no bus- vanten sobre el pavés26 a Hamlet, como
quéis más. guerrero, pues si hubiese reinado, no cabe
duda que hubiera sido un gran rey! ¡Que
FORTIMBRÁS. Ese montón de cadáveres por su muerte hablen alto la música mar-
grita matanza. ¡Oh!, muerte soberbia, ¿qué cial y las honras guerreras! ¡Llevaos los
festín se prepara en tu antro eternas para cadáveres, que el espectáculo es más pro-
que así, de un golpe hayas derribado tan pio de un campo de batalla! ¡Id y mandad a
ferozmente a tantos príncipes? los soldados que hagan fuego! (Marcha
EMBAJADOR 1.º Horrible es este cuadro fúnebre. Salen, llevándose los cadáveres.
y demasiado tarde traemos nuestra emba- Después se oye una descarga de artille-
ría.)

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Levantar sobre el pavés: erigir en caudillo, encumbrarle, ensalzarle. El pavés era un gran escudo
sobre el cual iban los reyes y los caudillos militares.

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