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La Mazmorra

Este documento presenta una sinopsis de la primera novela de la serie La Torre Negra. Narra la historia de Clive Folliot, quien debe buscar a su hermano gemelo Neville que desapareció misteriosamente en África. A medida que Clive y sus acompañantes viajan en busca de Neville, experimentan extraños sucesos que parecen trasladarlos a diferentes épocas, como la era victoriana, la Edad Media, la Segunda Guerra Mundial y el futuro. Pronto quedan envueltos en una absoluta oscuridad.

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La Mazmorra

Este documento presenta una sinopsis de la primera novela de la serie La Torre Negra. Narra la historia de Clive Folliot, quien debe buscar a su hermano gemelo Neville que desapareció misteriosamente en África. A medida que Clive y sus acompañantes viajan en busca de Neville, experimentan extraños sucesos que parecen trasladarlos a diferentes épocas, como la era victoriana, la Edad Media, la Segunda Guerra Mundial y el futuro. Pronto quedan envueltos en una absoluta oscuridad.

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El

mayor Clive Folliot nunca se llevó bien con su hermano gemelo Neville,
desaparecido misteriosamente en África, y ahora ha de ir en su búsqueda.
Neville había nacido media hora antes que Clive y, por lo tanto era el
heredero de la herencia de su padre. El anciano aristócrata pide a Clive que
haga lo que sea necesario con tal de dar con él. Si se demuestra que Neville
está muerto, Clive será el sucesor, pero a este no le apetece nada el
encargo.
A partir de entonces se suceden una serie de acontecimientos rarísimos y
desconcertantes. A lo largo de la narración se produce una alucinante
trasposición de tiempo y espacio, entrecruzándose épocas tan dispares
como la del Londres victoriano (a la que pertenecen los protagonistas del
relato), la de los albores de la Edad Media, los días de la Segunda Guerra
Mundial, y una no muy lejana fecha de 1999.
Mientras se dirigen hacia donde suponen que pueden hallar a su hermano,
Clive y los que lo acompañan se encuentran en un mundo de oscuras rocas
cristalinas, animado por seres, voces y signos que parecen proceder de
épocas hundidas en las profundidades de los tiempos. Y pronto les envuelve
una negrura absoluta.
La Mazmorra es el primer volumen de una hexalogía de narrativa fantástica
desbordante de imaginación: La Torre Negra. Como opina el creador de la
colección: «En esta obra, por encima de todo, reina el Misterio. Es el misterio
del universo mismo, pero también el misterio de otro mundo».

ebookelo.com - Página 2
Philip José Farmer & Richard A. Lupoff

La mazmorra
La Torre Negra - 1

ePub r2.1
Titivillus 06.05.2018

ebookelo.com - Página 3
Título original: The Dungeon
Philip José Farmer & Richard A. Lupoff, 1988
Traducción: Carles Llorach
Ilustraciones: Ciruelo Cabral
Diseño de cubierta: Víctor Viano

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

ebookelo.com - Página 4
Prólogo

«… escuchad; hay un infierno en el buen universo de al lado. Vayamos».

Así escribía el poeta E. E. Cummings en su Tened piedad de esta bulliciosa,


monstruosa inhumanidad.

Pudo no haber tenido en mente la ciencia ficción o a los escritores de relatos


fantásticos cuando concibió estos versos. Pero pudo haber sido perfectamente al
contrario. Los escritores de estos géneros enmarcan muy a menudo sus historias en
universos que no conocemos, y que nunca conoceríamos… si ellos no nos condujeran
allí. Por otra parte, Cummings pudo haber estado pensando que los escritores de
ciencia ficción nos llevan normalmente a universos peores que el nuestro, si tal cosa
es en verdad posible. De hecho son, con bastante frecuencia, universos que hacen que
el nuestro parezca una casa de reposo. (Aunque las casas de reposo no suelen ser
lugares muy agradables).
Los escritores de c-f representan el papel de Virgilio que conduce a su Dante (el
lector) a través de distintos infiernos. Es decir, el universo de al lado es un Inferno. Es
cierto. Todos queremos ir al cielo, pero no queremos leer acerca de él, a menos que
vayamos en busca de un remedio para el insomnio. No ocurre gran cosa en el cielo, y
la mayoría de los que allí están se aburren. El infierno es interesante, excitante. En el
infierno las cosas se mueven con rapidez y con furia, y sus habitantes no saben si al
minuto siguiente continuarán vivos o no.
Que esta descripción del infierno se parezca a la de la Tierra, es totalmente
posible. Pero nuestros peligros nos son familiares, mientras que los de al lado no son
más que quimeras. Nunca hemos topado con ellos y no sabemos cómo reaccionar
ante ellos porque el entorno es extraño. Y tropezamos con entes, cosas y situaciones
más allá de nuestra experiencia. En resumen: estamos en el bullicioso extramundo
entre monstruos inhumanos.
Yo soy uno de los escritores que, en muchas de sus historias, ha situado a sus
héroes y heroínas en el extra-mundo. Y los he metido en tales embrollos que ni
siquiera, en el momento de arrojarlos, sabía cómo iban a salir de allí. Pero siempre he
conseguido ingeniarme para encontrar una salida.
También he usado, en algunas de mis obras, personajes y entornos derivados de
los pulps. Y tendría que añadir: derivados del espíritu de los pulps, de la aventura
exótica.
He escrito otras muchas historias sin relación con los personajes y los entornos
citados, pero las primeras han recibido mucha más atención. En parte, quizá, porque
los personajes se han fusionado en un solo cuerpo. Es decir, han llegado a ser
criaturas vivientes de un universo y a ser, entre ellos, verdaderos parientes de sangre.

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Al mismo tiempo, a pesar de estar inspirados en los pulps, están interrelacionados y
en conexión genética con muchos personajes de los clásicos. Así, este universo de al
lado es un universo nuevo: folletinesco y clásico a la vez, farmeriano.
Este, además de mi afición a las aventuras de extramundo, es el motivo por el que
Byron Preiss me ha encomendado que edite y supervise la serie ha Torre Negra. Esta
serie es una emulación del espíritu, ya no del contenido, del universo «farmeriano» de
al lado, el folletinesco y clásico.
En primer lugar, empero, lo mejor es que describa cómo y por qué creé este
universo.
A la edad de siete años, en 1925, había leído y había quedado prendado de las
obras de Mark Twain, de Los Viajes de Gulliver de Johnathan Swift, de la Isla del
Tesoro de R. L. Stevenson, de Un Cuento de Navidad de Charles Dickens, de los libros
de Oz, de Antes de Adán de London, de las obras de H. G. Wells y de Julio Verne, del
arquetipo Holmes y de El Mundo Perdido de Doyle y de las series de Tarzán y de
Marte de Burroughs. Amaba La Odisea de Homero y las mitologías nórdica, griega e
indígena americana.
Devoraba libros, y, sin embargo, era muy atlético.
En 1929, cuando tropecé con las primeras ediciones de Maravillas de la Ciencia y
Maravillas del Aire de Hugo Gernsback, con las extraordinarias ilustraciones de Paul,
la vida se volvió todavía más dorada. Me zambullí en los mares zafirinos de lo
extraterrenal. Yo era un anfibio que alternaba entre la tierra de la realidad y el océano
de la fantasía. Y yo prefería, con mucho, el océano. Y aún sigo prefiriéndolo, muy en
perjuicio mío, ya que la tierra de la realidad es donde vivimos la mayor parte del
tiempo.
Entonces encontré el mundo de los pulps, la revista Argosy, que salía
semanalmente con muchas historietas de c-f y de aventuras. Más tarde, leí todas las
revistas de c-f, que eran abundantes, y, en 1931, el primer ejemplar de The Shadow
(«La Sombra») me cautivó. Pero durante la Depresión el dinero escaseaba. Cuando
salió el primer número de Doc Savage («Doctor Salvaje»), en 1933, tuve que elegir
entre comprar The Shadow o Doc Savage, y el viejo Doc ganó.
También leía la serie Bomba, el niño en la jungla de Roy Rockwell y la de c-f
Grandes Maravillas. A pesar de que eran libros, tenían ciertamente cualidades
folletinescas. Las historias eran trepidantes y arrastraban al lector a seguir leyendo
hasta el final. Los personajes variaban entre la simple caricatura y el retrato magistral.
El estilo era un abanico entre lo casi atroz, y lo competente o incluso muy bueno. Las
ideas eran a menudo estimulantes, a veces originales y otras veces triviales; algunas no
eran más que remedos de otras, pero con nuevos giros y nuevos aspectos.
En resumen: ocurría lo mismo que en la llamada «corriente principal» de la
literatura, excepto que esta corriente no tiene conceptos nuevos o poco habituales. Si
fuera así, ya no sería corriente principal.
En aquellos días, evidentemente, yo no poseía discriminación literaria. Todo lo

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que leía me parecía grandioso, y mucho de lo que leía me proporcionó algunos de los
placeres más agradables que jamás haya tenido. Estaba en la época dorada de mi
infancia y adolescencia. Los tiempos eran malísimos, y, cuando vuelvo la vista atrás,
las insinuaciones de inmortalidad, aquel estremecimiento azulado, dorado, aquel
temblor-al-borde-de-la-revelación, aquel sentimiento casi místico que experimentaba,
provenían tanto (o quizá más) de los pulps que tragaba como de los clásicos que leía.
Ah, sí, olvidaba que también Las Mil y Una Noches y la Biblia fueron influencias
tempranas. Hubo tantas, que es fácil pasar alguna por alto.
Más tarde, me enfrasqué en las demás obras de Dickens y las no «holmesianas» de
Doyle, todas las de Jack London, y luego Balzac, Rabelais, Goethe, Mann,
Dostoyevsky, Joyce, Fielding y los poetas. A los veinte años, me tropecé con las
biografías de sir Richard Francis Burton y con los libros que había escrito. Leí todo
esto mucho antes de empezar a vender mis relatos a revistas.
El inconsciente es la verdadera democracia. Todas las cosas, todas las personas,
son iguales. Así, en mi mente, Ulises no estaba más arriba que Tarzán, el rey Arturo
no era más grandioso que Doc Savage, y Cthulhu y Conan surgían en mi horizonte
mental tan amenazadores como Jehová o Sansón.
Los pulps y los clásicos se fundieron en mi mente, Lord Greystoke vivía junto a
Aquiles y a Natty Bumppo, Leopold Bloom se codeaba con Lamont Cranston y
Rudolf Rassendyll. El Lucifer de Milton se hacía pulir los cuernos en el salón de
belleza de Patricia Savage y La-Que-Tiene-Que-Ser-Obedecida se carteaba con
Scheherazade y Jane Eyre. Bellow Bill Williams (un personaje de una serie en Argosy)
se hinchaba las tripas en el mismo bar que el señor Pickwick, el gran dios Thor,
Falstaff, Anciano Coyote y Operador. D’Artagnan, Thibaut Corday, el Brigadier
Gerard y el Teniente Darnot discutían sobre estrategia militar tomando buen vino y
caracoles. Josué, Fu-Man-Chú, el Profesor Moriarty, el Capitán Nemo, Pete el de
Latón y el Doctor Nikola contaban cuentos alrededor de una hoguera de campaña.
Paul Bunyan, Christian el Peregrino, el Halcón Carse, Don Quijote y el León Cobarde
discutían sobre los aspectos metafísicos del Té de Locos. He aquí la idea.
Ahora mi consciente discierne mejor, y ya no sitúa a esos personajes en igual
rango en el teatro literario. Pero la Madre de las Mentes, La-Que-Tiene-Que-Ser-
Obedecida, mi inconsciente, no opina como mi consciente.
Sería un olvido imperdonable si no hablara de lo grande que fue la influencia de
los primeros filmes y de las ilustraciones de los libros de mi infancia. Antes de que
supiera leer, vi (y continúo recordando) a Douglas Fairbanks en Robin Hood (1922),
El Pirata negro de Fairbanks (1926) y, en 1925, a Wallace Beery en El Mundo Perdido;
y Lon Chaney en El Fantasma de la Opera me hizo vibrar y me aterrorizó. Había
muchos más que no he olvidado y que todavía hierven en mi inconsciente.
Las impresionantes ilustraciones de Doré en El Viaje del Peregrino, El Paraíso
Perdido, La Balada del Antiguo Marinero, e Inferno y las de Wyeth y de Pyle, me
influyeron enormemente. Las obras de Paul para las revistas de Hugo Gernsback

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chispeaban en mi mente como las grandes gemas de los muros del antiguo Opar.
Esto fue, podría decir, el equivalente visual de los clásicos y los pulps.
Todo: libros, revistas, cine e ilustraciones vibraban en la misma frecuencia. Ya no
es así, pero no toda su magia se ha esfumado.
Me he extendido tan profusamente en el origen del universo que aquí hemos
llamado «farmeriano», porque quería que el lector lo entendiese bien. Y es un
preludio (palabra de origen latino que significa antes de la representación, y también,
en algún sentido, prejuego) necesario.
Es necesario porque esta extraña trama entre lo real y lo irreal, entre los clásicos y
los pulps, es lo que ha decidido a Byron Preiss (la editorial de esta serie en proyecto) a
lanzarla. Las obras de La Torre Negra están basadas, en parte, en el espíritu que
subyace en algunas de mis obras.
Estas obras son también, de algún modo, mis tributos a otros escritores y, en
parte, derivan de mis deseos infantiles de continuar las obras de algunos de mis
autores favoritos, cuando estos cesaron de escribirlas.
Las obras mías mencionadas más abajo son extensiones y amplificaciones, a mi
manera particular (¿puede haber otra?), de la amada ficción de mi Edad Dorada:
La serie «Opar», basada en los modelos de Tarzán y Allan Quartermain. (Los
desafortunados filmes basados en los personajes de Haggard no tienen relación
alguna con sus grandes novelas).
La serie «Lord Grandrith-Doc Caliban», basada en Tarzán y en Doc Savage (pero
mostrando el lado más oscuro de estos héroes).
La serie «Riverworld» (El mundo del río), una fusión de mi fascinación por
Burton, Twain y Dante y sus filosofías, e inspirada en última instancia por la Biblia.
La serie «The World of Tiers», inspirada en diversas fuentes: los mundos
apocalípticos de William Blake, el poeta inglés; el héroe popular indígena americano,
Anciano Coyote; las hazañas de D’Artagnan; el personaje del drama de Rostand,
Cyrano de Bergerac, y el auténtico Cyrano. (El último también aparece en la serie
«Riverworld».); los estrafalarios cuentos de Thibaut Corday, el legionario francés de
Theodore Roscoe; el general de brigada Étienne Gerard, de Doyle, que Doyle extrajo
del auténtico soldado de Napoleón, el barón de Marbot. (Marbot aparece también en
la serie «Riverworld»).
La Aventura de los Tres Locos, en la cual Sherlock Holmes y Watson encuentran a
G-8, a La Sombra, a Mowgli el Niño-lobo, para su gran consternación, y acaba en un
país perdido de África, cuyos habitantes descienden de Zu-Vendi, el pueblo perdido
en Allan Quatermain de Haggard.
La serie «Greatheart Silver», historia que trata de una confrontación definitiva
entre los héroes de siempre y los decrépitos villanos de los pulps.
Tengo otras obras similares, demasiado numerosas para ser mencionadas. Ya
hemos hablado bastante acerca de ellas. Pero estas han dado origen a las novelas de La
Torre Negra, y estas, como he señalado, emulan el espíritu de las anteriores.

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Universos que engendran universos, no paralelos a los míos sino asintóticos.
Richard Lupoff fue elegido con buen criterio para la novela guía, La Mazmorra.
Lupoff es una astilla de mi palo, no por el hachazo, sino por la madera. Es una
autoridad en las obras de Edgar Rice Burroughs y es profundamente leído en la
ciencia ficción y la fantasía, conocidas y no tan conocidas, de finales del siglo XIX y de
principios del XX. Ha escrito un buen número de parodias e imitaciones tomando
como temas esas obras. También es autor de series de parodias sobre escritores de
ciencia ficción. Yo fui uno de sus temas, débilmente disfrazado como Albert Payson
Agrícola, un escritor de c-f a sueldo, asesinado justificadamente. Para los demasiado
jóvenes para saberlo, Albert Payson Terhune fue un escritor de mucho éxito de
historias de perros pastores escoceses (collies), uno de los cuales se llamaba Lassie.
Agrícola es la palabra latina para granjero, «farmer».
El interés de Lupoff por la «vieja materia» no es tan sólo el de un principiante. Ha
tomado los primeros clásicos y los no tan clásicos de los pulps y de los libros
populares y los ha reconstruido. Les ha dado nueva vida, nuevos colores y nuevas
formas, en un estilo completamente «lupoffiano». No obstante, a pesar de reírse de las
primitivas historias de c-f, a menudo repletas de ciencia ridícula, de personajes
superficiales y de racismo, nos revela un amor de fondo por dichos personajes.
Aunque una parte de él las desacredita y siente repulsión hacia esas historias
primitivas (hasta cierto límite) por sus premisas reaccionarias, otra parte de él cree
realmente en ellas y les tiene un gran afecto.
Esto es bueno. Un escritor que ni cree en los mundos de los que escribe ni los
ama, no convence.
Como yo, está muy familiarizado con el siglo XIX. Sabe que es la madre del siglo
XX, y que la Tierra, entonces, todavía era térra incógnita. África todavía era el
Continente Negro, en sentido geográfico y físico.
Y, como yo, utilizaba y utiliza personas reales entre las ficticias. La Mazmorra
comienza en la Tierra de 1868. De entrada, nos presenta a algunos personajes
históricos. Poco después, conocemos a Sidi Bombay, en otro tiempo portador del rifle
de Sir Richard Francis Burton. Y también está el ficticio sargento mayor Horace
Hamilton Smythe. Su maestría en el disfraz nos recuerda a La Araña, a La Sombra, a
Doc Savage y a Sherlock Holmes. A mí también me evoca al mismo Burton, el genio
de los disfraces.
Con el espíritu de mis mundos, Lupoff escribe una historia en la que las cosas son
pocas veces lo que parecen. Lo familiar y acogedor se vuelve siniestro. El héroe, como
en muchos de mis trabajos, es justificablemente paranoico. En algún lugar, de algún
modo, alguien o alguna cosa está moviendo los hilos y, de grado o por fuerza, las
marionetas bailan. Pero las marionetas pueden pensar y luchar, rebelarse.
Por encima de todo, reina el Misterio. No es sólo la atmósfera enrarecida y
equívoca de las historias de detectives y de Gothics[1], aunque también haya algo de
esto. Es el misterio del universo mismo. O, como en el presente caso, también el

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misterio de otro mundo.

Uno de los objetos singulares de este universo, el diario de Neville Folliot, con
añadiduras fuera de fecha hechas por una mano invisible, me recuerda al gran libro
de Glinda la Buena. Mientras suceden los acontecimientos, estos aparecen
diariamente en las páginas en blanco del mágico y grueso volumen. Dudo que Lupoff
haya sacado la idea de los libros de Oz; sin duda es de su propia cosecha. Sin embargo,
suena a Oz.
También el espíritu de entremezclar los pulps y los clásicos, un híbrido creado
sólo en nuestro género, resuena en sus novelas.
Los personajes humanos y no humanos de La Mazmorra pertenecen al espíritu
«farmeriano». Me gusta especialmente Finnbogg, el «bulldogoide», y Chang Guafe, el
torturado y monstruoso «semitransformante». Y hay un nexo que entrecruza a
entidades de diferentes tiempos y de diferentes espacios: una de mis situaciones
preferidas.
¿Quién los reúne? ¿Con qué propósito?
¡Ah, el agridulce sabor del misterio!
Cuando esta serie esté finalizada, contemplaremos su universo como un todo
orgánico. Y se explicará en términos lógicos y creíbles.
Pero, como escribió E. E. Cummings:

«… cuando los cielos pendan y los océanos se hundan, el único secreto continuará siendo el
hombre».

PHILIP JOSÉ FARMER

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Primera parte

El mundo inglés

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1
Picadilly Circus

El telón cayó cerrando tras de sí una escena de júbilo. Los hermanos James John Cox
y John James Box celebraban su reencuentro. El público, que había pasado la velada
prorrumpiendo en vendavales de carcajadas, ahora estalló en tempestades de vítores y
aplausos.
En las butacas de platea, el comandante Clive Folliot percibió los dedos de la
señorita Leighton, que le apretaban afectuosamente el brazo. Durante la
representación, Clive había estado absorto en sus propios pensamientos; sabía que la
señorita Leighton comprendía sus sentimientos respecto a su hermano ausente,
Neville; al menos los comprendía como cualquiera, excepto él mismo, comprendería
unos sentimientos tan tormentosos.
¿Hay alguien más, alguien que no sea un hermano gemelo, que pueda
comprender los sentimientos de un mellizo por el otro?
—La comedia era muy divertida, pero tocaba un tema demasiado cercano, ¿no? —
insinuó Annabelle a Clive Folliot—. Debe de haberle hecho daño, Clive.
Clive Folliot no respondió enseguida. Necesitaba reponerse. Uno no debía ceder a
las emociones en público, en especial si era un oficial militar al servicio de Su
Majestad Imperial.
Clive vestía la guerrera escarlata y los pantalones oscuros de la Guardia Montada
Imperial. Con un leve temblor en la mano se arregló el bigote pelirrojo. Se volvió
hacia Annabelle y logró esbozar una sonrisa.
—Demasiado cercano, sí. Sin embargo, ha sido una excelente pieza. Espero no
haberle estropeado la representación, señorita Leighton.
Y, mientras hablaba, con sus ojos se embebió de su belleza. Annabelle Leighton
era una hermosa joven (un poco mayor que una chica) unos trece años más joven que
Clive Folliot, que tenía treinta y tres. El pelo de Annabelle era una fuente de negro
azabache. Para asistir al teatro, se lo había peinado en tirabuzones que brillaban tanto
que parecían marchitar la flor azul de sus alegres y penetrantes ojos.
Tenía los hombros blanquísimos y ligeramente empolvados; el pecho estaba en su
plenitud de forma y gracia, y su vestido lo realzaba espléndidamente… cuando ella
permitía que el chal le cayese un tanto de los hombros. Su cintura era delgada, casi
minúscula, aunque quizás un poquito menos que cuando ella y el comandante Folliot
se habían conocido.
La joven le devolvió la sonrisa y dijo:
—Oh, no, de ningún modo; usted nunca podría estropearme la velada. En su
compañía, Clive, sólo podía resultar muy agradable.
El teatro se estaba vaciando a su alrededor, pues los caballeros ingleses en traje de
etiqueta o uniforme militar y las damas con vestidos de faldas anchísimas desfilaban
lentamente entre las hileras de asientos. Aquí y allí aparecía algún americano entre el

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público; se los podía identificar por sus voces ruidosas y sus andares de fanfarrón. En
aquella época regresaban a Inglaterra en número cada vez mayor. Ya habían
empezado a hacerlo incluso inmediatamente después de que la guerra entre los dos
Estados hubiera terminado, hecho que había tenido lugar (y este pensamiento cogió
por sorpresa a Clive) tres años atrás.
Ciertamente, meditó Clive, aquel era un auditorio cosmopolita. ¡Pero se
preguntaba si alguno de ellos habría comprendido el diálogo y las canciones!
—Señorita Leighton —dijo Folliot—, espero que no se lo tome a mal si le pido a
usted que me acompañe tras los bastidores.
Ella no respondió de inmediato.
—No creo que arruine su reputación —agregó—. Pero, claro está, si prefiere no
mezclarse con los actores, saldremos del edificio enseguida.
—No, comandante. Antes mencionó que uno de los actores era amigo suyo.
Estaría encantada de que me lo presentase…, si eso era lo que tenía en mente.
—En efecto.
Las estancias posteriores al escenario eran un frenesí caótico de colores, olores y
sonidos poco corrientes. Annabelle Leighton sentía como si hubiese caído en la
misma conejera que la pequeña Alicia del curioso librito del señor Carroll, y no le
habría sorprendido encontrar una liebre loca o una oruga fumando con un narguile
en cualquier recodo del pasillo.
El amigo del comandante Folliot había representado el papel del señor Box, el
impresor. Por eso le habían asignado un camerino privado, en cuya puerta Folliot
llamó animadamente.
Una voz de tenor respondió:
—Adelante, pase —y el comandante Folliot abrió la puerta e hizo ademán para
que la señorita Leighton lo precediese.
—¡Clive! —exclamó el eximpresor—. Cierra la puerta. Ya estoy casi listo. —El
actor estaba sentado de espaldas a la puerta, pero un tocador con un gran espejo le
ofrecía la oportunidad de ver a sus visitantes. Cuando percibió a la señorita Leighton,
se dio la vuelta en redondo y se levantó en el acto.
—¡No me lo digas! —admiró—. Esta es la señorita que corta el aliento, la señorita
Leighton, de quien me has hablado tantas y tantas veces.
Annabelle extendió la mano.
—George du Maurier —dijo el actor presentándose a sí mismo—. Es un gran
honor para mí, señorita Leigthon. Clive nunca deja de alabar sus méritos y ahora veo
el motivo de su devoción.
—Una espléndida puesta en escena, Du Maurier —dijo Folliot—. Desearía poder
reconciliarme con Neville como hacen los hermanos en vuestra comedia.
—Volverá a aparecer, Clive. Otros han permanecido mucho más tiempo que
Neville sin dar señales de vida y luego han emergido completamente ilesos de una
jungla.

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Du Maurier hizo una ligera inclinación de cabeza:
—¿Qué le parece si buscamos un lugar más adecuado para la conversación y
salimos de este agujero? A lo que Annabelle respondió:
—Ciertamente, debe de haber entornos más agradables en donde podamos
continuar nuestra charla.
Du Maurier ajustó un gorro de piel a su pelo rizado, descolgó un abrigo ligero de
una percha cerca del espejo, pasó por delante de Clive y de la señorita Leighton para
abrir la puerta y apagó el gas. La habitación quedó levemente iluminada por la luz que
penetraba a través de la puerta abierta.
Afuera llamaron a un taxi. Du Maurier se asomó y dio al conductor la dirección
de su club.
—Estaremos rodeados de artistas y escritores —explicó—. Confío en que lo
aprobaréis.
En aquella hora de la noche, la circulación era escasa, y al cabo de poco rato el taxi
se detenía enfrente de una entrada, atendida por un lacayo uniformado.
Una vez dentro, Du Maurier dijo:
—Aquí somos muy bohemios, señorita Leighton: se permite a las damas la
entrada al bar. Hay a quienes les parece mal, pero nosotros somos como somos —y se
encogió de hombros.
—Sí —sonrió Annabelle—. Artistas y escritores. ¿Qué se podía esperar?
Du Maurier soltó una sonora carcajada y los condujo al salón principal. Un
empleado tomó delicadamente el abrigo de la señorita Leighton y los tocados de los
hombres (el alto gorro de Du Maurier y la gorra militar de Folliot). Un camarero se
acercó a Du Maurier, quien ordenó brandy para todos.
Se sentaron en unas cómodas butacas frente a la inmensa chimenea y se
calentaron alegremente.
Volviéndose hacia Folliot, Du Maurier dijo:
—¿Así que aún no sabes nada de tu hermano?
—No —murmuró Clive—. Catorce meses ahora, y ni una sola palabra.
—Tiene que ser difícil para usted aceptarlo —dijo Annabelle.
—Sí —acordó Du Maurier—. Y también de creer.
—¿A qué se refiere, señor Du Maurier? Difícil de creer… ¿qué? —interrogó la
joven frunciendo el entrecejo.
—Va a empezar de nuevo —le advirtió el comandante Folliot—. Debería haberle
avisado, señorita Leighton. George es un brillante caricaturista (el mejor de que puede
presumir el Punch), además de tener gran talento como actor dramático y como
músico. Pero profesa unas ideas muy curiosas.
—¿Curiosas dices? —La conversación hizo una pausa al llegar el camarero para
servir los brandys. Luego Du Maurier prosiguió—. Te burlas, Folliot, te burlas. Pero
«hay más cosas en el cielo y en la tierra…».
—Lo sé, lo sé. Me gustaría creer, o al menos esperar, pero cuando no ha habido

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nada durante tanto tiempo, pienso que ya es casi imposible.
—Pues claro, amigo mío. Este es el quid de la cuestión. Sostener que sólo lo
posible es posible no necesita de ingenio ni valor. ¡En este sentido, es una pura
tautología!
Y arrancó a hablar animadamente sobre el tema, exaltándose y gesticulando con
las manos.
Annabelle observaba a los dos hombres: Du Maurier vestido con sencillas ropas
de paisano, Folliot con su guerrera escarlata y sus botones y hebillas de latón. Las
danzantes llamas del hogar teñían al artista de suaves y sutiles matices de tonos
arcillosos, verdes, marrones y grises. Al mismo tiempo, el fuego parecía bailar encima
de los adornos metálicos del brillante uniforme del comandante.
—Afirmar que lo imposible es posible —continuó Du Maurier—, esto es lo que
requiere imaginación. Imaginación —sonrió dándose suaves golpecitos en la sien con
su largo dedo—, sí, imaginación y coraje intelectual. Y fuerza.
—Nunca hubiera creído, señor Du Maurier, que tuviese inclinaciones por lo
esotérico —dijo Annabelle.
—¿Inclinaciones por lo esotérico? —Du Maurier consideró un momento esta
proposición y luego preguntó—: Pero ¿por qué no, señorita Leighton?
—Vivimos en una época de ciencia y racionalismo, ¿no? —Las llamas le daban
calor por fuera, el brandy por dentro. Sonrió al caricaturista.
—Razón de más para tener en consideración las cosas que, de este modo,
permanecen más allá del velo de lo conocido. Cada año somos conocedores de nuevos
prodigios. La naturaleza cede sus secretos con reluctancia, pero los cede finalmente.
Química, electricidad, geografía… ¡incluso la vida! ¡Qué bestias tan enormes pisaron
una vez estas islas, incontables años atrás, bestias que sólo empezamos a conocer!
—Pero, Du Maurier —interrumpió Clive—, estás hablando de cosas producidas
en laboratorios o descubiertas en la superficie de la Tierra. Sí, prodigios, pero
prodigios que podemos percibir con la vista, medir con los instrumentos del
investigador, colocar en un museo para que allí todo el mundo los contemple y quede
fascinado ante ellos.
—¿Y crees que estoy tejiendo fantasías inverosímiles cuando afirmo que creo en
los trabajos del doctor Braid y sus logros en la cuestión de los trances y de los nuevos
estados mentales? Yo sostengo que la mente contiene poderes y habilidades que
todavía no hemos ni empezado a explorar. Creo que hay vida allí donde nunca la
hemos encontrado. Puede haber vida en otros planetas e incluso pueden existir
planetas girando alrededor de las aparentemente fijas y distantes estrellas, con cuyos
habitantes la comunicación y el comercio algún día serán posibles.
Folliot iba a replicar, pero Annabelle Leighton se le adelantó:
—Todo esto es una gran maravilla, señor Du Maurier, como tema de especulación
filosófica. Pero ¿qué tiene que ver con el hermano desaparecido del comandante
Folliot? ¿Supongo que no intenta sugerir que alguien ha colocado a Neville en un

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estado de trance, desde donde podría transmitir emanaciones hipnóticas a Clive? ¿O
cree realmente que ha sido trasladado al planeta Marte, donde en este preciso instante
aprende los secretos de la gente de aquel mundo?
—A decir verdad, yo no sé dónde está el señor Neville —dijo Du Maurier.
Clive se levantó de la butaca y se situó enfrente de Du Maurier, de espaldas a las
llamas.
—Te obsesionas demasiado por los misterios —afirmó—, y a la vez demasiado
poco.
—¡Vaya! —explotó Du Maurier—. ¿Quién se expresa con paradojas ahora,
Folliot?
—Lo que quiero decir es lo siguiente. Mi hermano está perdido, realmente
perdido. Con toda esta charla de hipnotismo y mesmerismo y trances y mundos
distantes, lo único que haces es nublar el camino para resolver el misterio. Neville se
fue a África, no a Júpiter. Sabemos que exploró gran parte del Macizo Ruwenzori y
que llegó a penetrar al menos hasta Gondokoro.
Colocó la copa de brandy en la repisa de la chimenea y cruzó las manos en la
espalda. Caminó a grandes pasos por la gruesa alfombra.
—¿Qué le ocurrió después de abandonar Gondokoro? Esto es lo que tenemos que
determinar, no si hay personas aladas en Marte.
—Pero, fíjate —replicó Du Maurier—, si el desarrollo de las teorías del doctor
Braid basadas en los trabajos de Mesmer tienen validez…
—¿«Si»? —le cortó Folliot—. ¿«Si»? Tú, que sueltas la retahila de locuras
sobrenaturales desde Paracelsus hasta Mesmer y Braid, ¿dices «si»?
Du Maurier se negó a morder el anzuelo para evitar que le cortaran la cadena de
su razonamiento.
—Si —repitió— Antón Mesmer y James Braid están en lo cierto, si pudiéramos
continuar sus investigaciones, quizá sería posible llegar a establecer un contacto
mental directo, entre la mente de un hermano y la del otro.
—Desafortunadamente para tus ideas —replicó Folliot—, el doctor Braid ya ha
encontrado su recompensa.
—Cierto —concedió Du Maurier—. Pero otros pueden continuar las
investigaciones.
La señorita Leighton intervino:
—Perdonen que interrumpa sus especulaciones —miró al comandante Clive,
luego a George du Maurier y finalmente de nuevo a Folliot—, pero observo que los
dos dan por sentado que sir Neville sigue con vida. ¿Cómo pueden estar tan seguros
de eso?
Clive Folliot y George du Maurier intercambiaron miradas.
Folliot habló:
—No sé si mi hermano está vivo o no. En parte necesito descubrirlo porque, si
está vivo, será el sucesor, el que se convierta en el nuevo barón de Tewkesbury y el

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que herede las tierras, las propiedades y el dinero que pertenecen al título. Si mi
hermano está muerto (y Dios quiera que no sea así), la herencia recaerá en mí,
después de la muerte de nuestro padre.
Du Maurier se levantó de la butaca, cruzó la distancia que los separaba y se detuvo
junto a Clive. Puso su brazo alrededor de sus anchos hombros adornados con
charreteras.
—Si no te conociera de casi toda la vida y si no supiera lo verdaderamente
inocente que eres, podría tener que acusarte de farsante. Y, ¡dios quiera que no sea así,
en verdad!
Bajó el brazo de nuevo y dio un sorbo a su brandy.
—Creo que necesitamos otra ronda, ¿no? —hizo una seña a un camarero y
continuó con su tema—: ¿Qué hizo aquel gemelo arrogante y fanfarrón para ti, para
que tú tengas que buscarlo y traerlo a casa? Nada más que atizarte a puñetazos en el
cuadrilátero cientos de veces. Eres valiente, Clive, pero con eso no hay suficiente…
¡en esta vida!
El camarero regresó y llenó de nuevo las tres copas de brandy.
—Vete tras él y fracasa en su búsqueda —siguió Du Maurier—, y lo más probable
es que lo pagues con tu vida. Ten éxito, y ¿qué será lo que habrás logrado? ¡Traer al
fanfarrón de nuevo! Déjalo donde está, es lo que digo. Si vuelve por su propia
voluntad, está bien (¡o mal!). Si nunca regresa, entonces llegará el momento en que tú
heredarás en su lugar.
—No —dijo Clive Folliot—. Neville tiene sus defectos, eso ya lo sé…
—¡Ja! ¡Y Napoleón tenía sus ambiciones!
—Pero continúa siendo mi hermano —prosiguió Folliot—. Y veo con toda
claridad cuál es mi deber. Tengo que encontrar a Neville. Salvarlo, si vive, o al menos
conocer su destino, si está muerto. No puedo dejar el misterio sin resolver. Incluso un
cínico como tú, Du Maurier, tiene que estar de acuerdo en que debo conocer su
destino. De otro modo la sucesión quedaría enturbiada y yo nunca me convertiría en
el verdadero barón Tewkesbury.
Du Maurier soltó un resoplido.
—Un esotérico en un momento, y al siguiente un cínico: ¿soy así en realidad?
—Sí. Y el mejor caricaturista de Londres —respondió Clive Folliot—. Amigo mío,
buen amigo mío, ¡vete pues al diablo!
Los dos hombres se estrecharon las manos.
—Vamos, pues, Folliot. Señorita Leighton, por favor.
El gran reloj de pie situado entre un retrato del último príncipe Alberto y uno de
Su Majestad tocó la hora.
—Ahora nos servirán una cena fría —dijo Du Maurier—. Confío en que tendréis
al menos algo de apetito. A mí, actuar me pone siempre tan hambriento que estaría
dispuesto a salir a cazar lo que fuera ahora mismo con tal de poder llenar el plato.
Entre risa y carcajada se abrieron paso hasta el mostrador. La cena fría consistía

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en salmón hervido, langosta, espárragos, ternera estofada con trufas, y budín.
Mientras se servían, en pie, Clive sintió que una mano se posaba pesadamente en su
hombro. Se volvió y se encontró con un hombre de estatura más bien baja, en traje de
buen sastre, pero manchado, arrugado y gastado, que lo miraba con ojos fijos. Tenía
el pelo rizado y canoso, y llevaba barba, despeinada y moteada con manchas de tinta.
Empezó a hablar en voz baja, indicando con la cabeza un rincón alejado del salón.
Clive se excusó ante Annabelle y Du Maurier y siguió al barbudo en la dirección
señalada.
—No esperaba verlo esta noche —dijo el hombre canoso a Clive.
—Lo que hago por la noche es asunto mío, Carstairs —replicó Clive entre dientes
—. Déjeme volver con mi grupo.
—Enseguida, amigo. Ya que nuestros caminos se han cruzado, podríamos
aprovechar para zanjar nuestro asuntillo.
—No sé qué es lo que hay que zanjar.
—Su itinerario está marcado, su pasaje está reservado y tiene el equipaje
empaquetado y facturado en el Empress Philippa —dijo Carstairs con su tono grave.
—Es justo lo que habíamos acordado.
—Y usted nos proporcionará también informaciones exhaustivas.
—Naturalmente.
—Y sólo a nosotros. The London lllustrated Recorder and Dispatch no financia su
expedición por mera benevolencia, Folliot. Espero que comprenda eso. Una sola
palabra a un periódico rival, y todo habrá terminado. No más fondos, no más
patrocinio, no más publicaciones para usted, nada.
—No crea que son ustedes los que me proporcionan todos los fondos, Carstairs.
Mi padre también invierte algo.
—El bueno de papá, ¿eh, Clive? —dijo Carstairs con un resoplido—. ¡Quiere tanto
a su pequeño que lo envía a hacerse un héroe en busca de su hermano mayor! Bien,
aquí tiene el regalo de despedida del Recorder and Dispatch. —Sacó un sobre abultado
de un bolsillo interior y lo entregó a Clive.
Clive miró por encima de su hombro hacia atrás. Annabelle y Du Maurier habían
llenado sus platos y estaban charlando animadamente mientras lo esperaban. Folliot
desabrochó un reluciente botón de su guerrera, introdujo el sobre en un bolsillo
interior y saludó a Carstairs con una inclinación de cabeza. Luego regresó con sus
compañeros.
—No sabía que fueras camarada con Maurice Carstairs —comentó Du Maurier.
—Yo no lo llamaría un camarada —dijo Clive fríamente.
—Sin embargo… —Du Maurier observó a Carstairs, quien se estaba escabullendo
del salón, fingiendo no haber visto al caricaturista—. Ten cuidado, Folliot. Esta
pandilla del Recorder tiene muy mala reputación entre el público. El periodismo es un
juego competitivo y hay montones de buenos jugadores en él; pero, en los negocios,
esta pandilla es muy poco fiable.

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—¡Sé lo que estoy haciendo, Du Maurier! Además, creía que estabas hambriento.
Quizás es lo que te hace tan suspicaz esta noche.
—¿Yo, suspicaz? —dijo Du Maurier con los ojos desorbitados por la sorpresa—.
Bien, nada, nada. Voy a ver lo que consigo para nosotros.
Du Maurier consiguió un comedor privado, y se sentaron alrededor de una mesa
cubierta con un mantel inmaculado y candelabros relucientes.
El maitre les llevó una estilizada botella de Moet & Chandon y les llenó las copas
de burbujeante champán.
La conversación volvió a la parodia Cox and Box y a la actuación cómica y musical
de George du Maurier. El estado de ánimo de los comensales se elevó con las burbujas
del champán y el mundo exterior al pequeño grupo fue olvidado.
Desde el otro salón, el reloj de pie volvió a tocar.
—Nos disculparás, Du Maurier —dijo el comandante Folliot—. Sé que la señorita
Leighton tiene que levantarse temprano mañana para atender a sus deberes
académicos.
Du Maurier se levantó.
—Permitidme que os acompañe.
—No, no. No es necesario. Si el portero nos puede conseguir un taxi enseguida,
llevaré a la señorita Leighton hasta la puerta de su casa.
Du Maurier los acompañó hasta la entrada principal del club y permaneció con
ellos hasta que llegó el taxi que habían solicitado. La noche se había enfriado y la
típica bruma londinense se había convertido en una niebla espesa que envolvía
cualquier objeto visible, reflejaba las escasas y tenues luces e imprimía a la calle una
atmósfera lúgubre y fantasmal.

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2
Plantagenet Court

El comandante Folliot estaba sentado en un taburete de felpa aterciopelada azul


marino, con la guerrera escarlata desabrochada y los codos en las rodillas. Tenía los
dedos entrelazados y en ellos reposaba su mentón.
Contemplaba atentamente el baño de la señorita Annabelle Leighton.
Esta se había recogido el pelo encima de la cabeza, y lo mantenía así con
horquillas, para evitar que se mojase en el agua caliente. Mientras se enjabonaba
sonreía al comandante Folliot. Era obvio que este la contemplaba con admiración, y
esta expresión franca era igualmente gratificante para ella.
Frotó una pastilla de jabón Pear en su mano hasta hacer espuma, sostuvo en
equilibrio una burbuja reluciente en su palma y la sopló juguetonamente hacia Folliot.
La burbuja cruzó la distancia que separaba a Annabelle de Clive flotando por el
aire, y estalló en la mejilla del militar, quien pareció sorprendido.
Annabelle se rio.
—¿Qué te ocurre, Clive?
Este movió la cabeza.
—Nada, amor mío. Nada. Simplemente estaba… distraído.
Annabelle se puso en pie, dentro de la bañera, para aclararse mejor. Sus senos,
pálidos como la leche y suaves como nieve reciente, quedaron al descubierto, con sus
generosos pezones en contraste con el color de su piel.
—¿Por qué no me ayudas a secarme, Clive? —Salió de la bañera y permaneció en
pie sobre una pequeña alfombra mientras él la envolvía con una enorme toalla turca.
Ella se volvió de espaldas y él la rodeó lentamente con sus brazos. Annabelle le cogió
las manos y se las colocó en sus pechos.
—Me siento estupendamente después de un baño, Clive. Tan fresca, antes de
dormir.
Se dio la vuelta dentro del círculo de sus brazos y lo miró a los ojos. Le dio un
pequeño beso en la punta de la barbilla.
—Ven a la cama, ahora, querido. Es cierto que tengo que levantarme temprano
por la mañana, para hacerme cargo de mis responsabilidades.
—No deberías ser institutriz de hijas de ricos, Annabelle —dijo Clive con voz
enojada—. Tienes tanta clase como cualquiera de ellos, ¡más clase! Y sin embargo, te
tratan poco mejor que a una criada.
—Calla. Ven a mi lado. —Ella se había acostado dentro de la enorme cama. Había
sacado un camisón largo, pero lo sostenía en la mano sin ponérselo.
El interior de la habitación estaba iluminado por un solo quinqué; la ventana daba
a una callejuela, Plantagenet Court, donde Annabelle tenía su habitación. La patrona
la había llamado al orden por las visitas de un señor en sus habitaciones, pero al
enterarse de que el señor en cuestión era el hijo menor de lord Folliot, el barón de

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Tewkesbury, en el acto había cesado de inmiscuirse.
Clive continuaba mirando absorto la parpadeante llama del quinqué.
—Hace frío —dijo Annabelle provocativa—. Tendré que ponerme el camisón si
no vienes a protegerme con tu calor, Clive.
Él continuó igual, sin responder.
La muchacha se inclinó y el grueso edredón resbaló hasta su cintura. Tomó el
rostro de él entre sus manos y lo giró para quedar los dos cara a cara.
—Clive, me has tenido preocupada toda la noche. En el teatro y en el club del
señor Du Maurier. Y ahora… Nunca has mostrado tan poco interés hacia mi
compañía.
¿Acaso alguna dama de alta alcurnia ha robado tu amor por mí? ¿O fue aquel
individuo de aspecto repelente y de barba gris? —Frunció el entrecejo y luego añadió
—: ¿O tiene algo que ver con tu hermano Neville?
Él la miró fijamente y ella pudo ver lágrimas en sus ojos.
—¡Clive, dímelo, por favor! ¿Qué es lo que anda mal? No debería haberlo tomado
tan a broma, pero… Clive, ¿qué es, querido?
Él aspiró profundamente.
—Es Neville, en parte.
Annabelle vio la expresión afligida de su rostro y le acercó la cabeza a su pecho
para que reposase en él. Clive la envolvió con sus brazos y se apretó contra ella.
—¿No quieres decírmelo, Clive?
Él movió la cabeza.
—Entonces ven a la cama y te ayudaré a olvidar lo que sea que te angustia.
Podemos hablar más tarde. Ven ahora.
Lo ayudó a sacarse la guerrera escarlata y deslizó los dedos por debajo de su
camisa, sin dejar de besarle ni un momento la frente, las mejillas, los labios, el cuello,
los ojos cerrados.
Clive exhaló un suspiro y se acostó bajo el edredón a su lado, y, por un tiempo,
olvidó por completo sus absorbentes preocupaciones. Luego se durmió.
En mitad de la noche, sufrió una terrible pesadilla; pronto despertó temblando y
acto seguido se refugió en Annabelle.
—Ahora tienes que contármelo —dijo esta—. Por favor, cariño, antes de que
llegue el alba y tú tengas que escabullirte por la puerta de atrás y yo salir por la
principal. Dime qué es.
—Sí, sí, tienes razón.
Ella alargó la mano.
—No enciendas el quinqué —dijo él atrayéndola hacia sí de nuevo—. Podré
hablar mejor en la oscuridad, donde no podré ver tu cara, Annabelle.
—Cuéntamelo, entonces. Antes dijiste que era acerca de Neville.
—Sí. Y acerca de Maurice Carstairs. El hombre de la barba gris. Y acerca del
general de brigada Leicester. ¿Sabes a quién me refiero, Annabelle?

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—Claro. Has mencionado el nombre de tu oficial superior muchas veces. ¿Qué
tiene él que ver con Neville?
—Tiene que concederme el permiso para emprender la búsqueda de Neville.
En la oscuridad, Folliot no podía verle la cara, pero podía oír cómo respiraba
pesadamente y sentir la tensión que le recorría todo el cuerpo.
—¡Lo hemos discutido tantas veces, Clive! Y otra vez esta noche, incluso con el
señor Du Maurier. ¿Por qué tienes que ir en busca de Neville? Ya volverá, o no
volverá, como al cielo le parezca. ¿Por qué tienes que ir a perderte tú también? Neville
es un maldito matón, Clive. Nunca permitirá que olvides que él es el mayor, aunque
sólo lo es a causa de una minucia de minutos.
—Nacimos en días diferentes, Annabelle.
—Sí. ¡Cuántas veces he oído esa historia! Neville nació justo antes de las
campanadas de la medianoche del veintiséis de enero de 1835. Y tú naciste minutos
después.
—Sí. Haciendo que mi cumpleaños sea el veintisiete de enero.
—Pero ¡Clive! ¿Qué diferencia hay en unos minutos más o menos? ¡Tú y Neville
sois hermanos gemelos! ¡Tenéis el mismo padre y la misma madre!
—¡Sí, la misma madre que murió después de darme a luz, y el mismo padre que
me hizo culpable de ello durante treinta y tres años! Durante treinta y tres años,
Neville ha sido, para mi padre, la luz de sus ojos, y yo la oveja negra. Y ahora el
mismo padre se está haciendo viejo y tiene la sucesión en mente, y la desaparición de
Neville en África toma dimensiones mayores cada día.
—¡Deja que se pierda a su antojo! Así te convertirás en el barón Tewkesbury.
Todo el mundo lo sabe. Du Maurier lo sabe. Todo Londres lo sabe.
Clive gimoteó.
—Pero mi padre ha tomado la decisión de financiar parcialmente la expedición en
busca de Neville. Y el Recorder and Dispatch…
—¡Un periodicucho! —interrumpió Annabelle.
—¡Incluso si es así! Está de acuerdo en sufragar el resto de los gastos de la
expedición. Carstairs es su hombre. Me entregó un sobre con billetes de banco en el
club de Du Maurier, que también es el suyo. Con el dinero que tengo ahora, puedo ir
tras Neville. Pero tú quieres que él siga perdido, Annabelle, ¿no?
—¡Claro que sí! ¡Lo admito! ¡Dijiste que te casarías conmigo, Clive! ¡Oh, por qué
se me ocurriría llevarte a mi cama! ¡Debes pensar que soy una cualquiera! Me tratas
como a una querida: subes a escondidas a mi habitación, te escabulles por la puerta
trasera. ¡Soy la concubina, la maitresse del joven oficial! ¡Debería haberlo sabido!
Incluso un hombre de guerrera escarlata, un hijo de nobles, tiene su juguetito,
escondido en alguna parte; y yo soy este juguetito, una muñequita.
Estalló en sollozos.
—Pensé que tú serías diferente de los demás —continuó—. Pensé quejo sería
diferente de las demás. ¡Pero tú sólo eres un rufián y yo tu pequeña meretriz! ¡Cómo

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no me di cuenta!
—El general Leicester me ha concedido permiso —dijo Clive suavemente.
—Y partes a Ecuatoria en busca de tu querido hermano.
—Sí.
Hubo un largo silencio.
—Me casaré contigo —dijo Clive, luego.
—Me lo has dicho cientos de veces.
—No tengo dinero. No puedo desviar los fondos de la expedición.
—No quiero dinero. Quiero un esposo, Clive. Y un nombre.
—¡No eras tan exigente cuando nos conocimos!
—Tenía menos razones para ser exigente.
—Cuando regrese, escribiré un libro. Todos lo hacen, ya sabes. ¿Oíste lo que Du
Maurier dijo en el club? Es la verdad. Todos escriben libros y todos hacen fortunas. Y
después nos casaremos, tanto si Neville se convierte en lord Tewkesbury, como si me
convierto yo. ¿No te das cuenta? ¡Es nuestro camino hacia la libertad! Quedaremos
libres de la férula de mi padre, si todavía vive, o de Neville si aquel ya está muerto.
Seremos independientes de ellos y podremos llevar nuestra propia vida. Podrás dejar
de dedicarte a la enseñanza y yo podré retirarme del ejército, y viviremos juntos y
felices.
—Sí, felices para siempre, Clive —dijo con un tono grave, lleno de amargura y de
desdén.
—¡Pero sí, viviremos felices!
—¿Aún no te das cuenta de lo que es un cuento de hadas? ¿Ni siquiera cuando es
tu propia voz quien lo cuenta?
Folliot se deslizó fuera de la cama y cruzó la habitación. Incluso en la casi
completa oscuridad de la habitación de Annabelle, Clive conocía todos los rincones.
Sus pies desnudos sintieron la aspereza del pelo de la alfombra, situada entre la cama
y la mesa.
A través de la alta ventana, un amanecer distante intentaba enviar sus rayos de
gris pálido. La niebla de la noche se había convertido en una lluvia helada, y Clive
supo que al cabo de pocas horas la ciudad sería un atasco de carricoches patinando y
de caballos por los adoquines. Muchos caballos se romperían las patas y serían
liquidados en el acto; otros de su raza arrastrarían sus cuerpos humeantes.
Detrás de él, Clive podía oír la respiración de Annabelle, que guardaba silencio a
la espera de que él respondiera a su reproche.
Folliot encontró la caja de cerillas. Levantó el cristal (enfriado hacía ya rato) del
quinqué y palpó la mecha con la punta de los dedos, para asegurarse de que todavía
estaba húmeda. Luego se secó los dedos y frotó la cerilla. Cuando el quinqué llameó
regularmente, lo cogió por la base, lo sostuvo en alto y se volvió hacia la cama.
Annabelle soltó una risita.
—No sabía que hubiese dicho o hecho algo gracioso —dijo Clive con un

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resoplido.
Annabelle se llevó la mano a la boca.
—Es que no te has visto desnudo de pies a cabeza (excepto por un gorro de
dormir), lámpara en ristre, como un Diógenes moderno en busca de un hombre
honrado. —Pero antes de que él pudiera responder, la joven se puso seria de nuevo—.
¡Supongo que es mucho pedir que mi Diógenes moderno me convierta en una mujer
honrada!
Clive sintió que se ruborizaba.
—Ya te lo he dicho, querida Annabelle: ¡nos casaremos cuando tenga el dinero
suficiente para hacerlo! De ninguna manera puedo mantener a una familia con la
miseria que me paga el gobierno. Me casaría de inmediato (podríamos despertar a un
cura y estaríamos unidos en matrimonio antes de que sonara el reloj) si tuviera los
medios necesarios.
Hubo una larga pausa.
Al cabo, habló Annabelle.
—Deja la luz en la mesa. Déjala encendida, Clive —dijo—. Así que tu general
Leicester te ha concedido el permiso, ¿no?
Clive colocó el quinqué como había dicho Annabelle, y confirmó:
—Sí, así es.
—¿Y cuándo partes para tu expedición africana?
Clive no quería responder. Permanecía de pie en la alfombra, sudando por el
sentimiento de culpa y por lo embarazoso de la situación, pero simultáneamente
temblando de frío por la temperatura helada de la estancia.
Annabelle, cálida en su cama, esperaba una respuesta.
—Por la mañana —dijo Clive por fin—. Mañana por la mañana; es decir, hoy.
—Muy bien —dijo Annabelle con furia—. ¡Te vas por la mañana, pero te voy a
regalar una noche que nunca olvidarás, Clive Folliot!
Annabelle apartó edredón y mantas y descubrió su desnudez. Extendió los brazos
hacia él.
—¡Deja la luz encendida, Clive! ¡Sácate ese ridículo gorro y vuelve a la cama!

* * *
Folliot estaba en el muelle de madera, contemplando el barco gris que se alzaba ante
él. El Empress Philippa era un navío híbrido, construido para dominar los caminos del
mar. Estaba aparejado con velas y máquina de vapor; las velas, por ser más seguras y
económicas; y el vapor, para poder desarrollar velocidades más altas. La caldera estaba
hirviendo ya, llena de energía; las velas estaban recogidas y nubes de humo oscuro
surgían de las chimeneas.
¡Nave gris, Támesis gris, cielo londinense gris! Clive Folliot bajó la vista hacia su

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propia apariencia, no muy fresca y reposada precisamente. Antes de presentarse al
capitán del Empress Philippa, tenía que encontrar su camarote.

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3
A bordo del «Empress Philippa»

La comida del mediodía era, en realidad, poco ceremoniosa; por eso fue durante la
cena cuando Clive conoció al capitán Wingate.
El capitán era un oficial retirado de la Armada Real, un veterano que había
luchado en la guerra de Birmania hacía quince años. El capitán se interesó en Clive y
lo invitó a sus dependencias después de cenar, para entablar conversación.
En sus habitaciones, repantigado en una cómoda butaca, Wingate admitió que
añoraba el servicio a la Corona y que envidiaba la oportunidad de Clive.
—Pero ya no quieren a un viejo lobo de mar en la Armada, lo mismo que ocurre
con los viejos soldados. Somos un auténtico estorbo para los jovencitos que quieren
ascender.
El capitán apoyó de nuevo la espalda en la butaca.
—Dígame, comandante, ¿por qué un oficial de Su Majestad deja su unidad y toma
pasaje para Zanzíbar? Es decir, si la pregunta no navega demasiado cerca de los
arrecifes, no sé si me comprende.
—Creo que lo comprendo, capitán. No hay nada secreto en mi misión. Sin duda
habrá oído hablar de mi hermano, sir Neville Folliot.
—Claro, comandante. Todos los exploradores han venido a buscar su parte de
gloria. Ahora que la paz ha posado su mano suave en la frente de Bretaña, debemos
buscar otros lugares, que no sean el campo de batalla, para nuestros héroes. Y
explorar reinos exóticos parece haber satisfecho sus necesidades: proporciona a
nuestros oficiales algo más que hacer que cabalgar en paradas militares.
Se volvió hacia el otro lado, abrió una caja de tabaco de tapa pesada, que había en
su mesa, y, tras mirar eligiendo, sacó un cigarro.
—¿Le apetece uno, comandante?
Clive aceptó y ambos prendieron fuego a los puros.
—Le confesaré, comandante, que, al principio, no lo relacioné con el explorador.
Discúlpeme si le digo que el nombre de Neville Folliot se ha hecho muy famoso en
estos últimos años, mientras que el de Clive Folliot, bien… —Exhaló un penacho de
humo de intensa fragancia y lo disolvió agitando el brazo.
—No hay nada que disculpar —dijo Clive—. No dice usted sino la verdad, al
afirmar que Neville es famoso. Y que yo soy completamente desconocido en todos los
sentidos.
Dio un vistazo por el ojo de buey. A través del cristal pudo ver un cielo nublado y
un mar oscuro. Sabía que más allá se extendía la costa de Francia. Pronto el Empress
Philippa cruzaría la línea imaginaria de la frontera entre Francia y España. El viaje de
Clive no hacía más que empezar.
—Así que después de desembarcar en Zanzíbar se internará en el continente e
intentará encontrar el rastro de Neville, ¿me equivoco?

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—No, no. Será precisamente de este modo.
—No recuerdo que haya embarcado mucho equipaje, comandante Folliot. A
bordo del Empress, quiero decir. Y parece que viaje usted solo. ¡No querrá intentar
llevar a cabo sin ayuda esta expedición!
Clive negó con la cabeza.
—He leído los informes de tantos exploradores como me ha sido posible. Y he
hablado con muchos de ellos. El señor John Hanning Speke y el señor James Augustas
Grant me han sido de particular ayuda.
—¡Qué lástima lo del señor Speke!, ¿no cree? —dijo el capitán inclinándose hacia
Clive.
—Una pena…, muerto en un accidente de caza el mismo día del debate con sir
Richard Burton.
El capitán Wingate bajó su cigarro, cruzó los brazos encima de la mesa y dijo:
—Hay algo extraño acerca de las fuentes del Nilo, comandante. Debe de estar al
corriente de que tanto Burton como Speke reclamaban para sí haber encontrado el
nacimiento de aquel río.
—En efecto. Tenía que ser el tema de su desafortunado debate.
—Sí. Y Neville Folliot iba en busca del mismo descubrimiento, y ha desaparecido.
Clive Folliot se puso en pie en el acto.
—¡No me dirá que ve usted una relación entre los dos hechos!
El capitán rio. Era una risa lenta, que surgía de las profundidades de la garganta.
—Yo sólo soy un viejo lobo de mar, comandante Folliot. He servido a mi reina y a
mi patria durante tanto tiempo como se me ha permitido, y ahora sirvo en la marina
mercante capitaneando este híbrido de tres mástiles, de Londres a Zanzíbar, de
Zanzíbar a Ceilán, de Ceilán a Singapur. Y así día tras día, hacia donde me ordenen
mis superiores. Pronto monsieur de Lesseps terminará de excavar el canal y
entonces… supongo que mis actuales patrones se desharán de mí como hicieron los
anteriores.
Cerró los ojos con fuerza y se secó los rabillos con un enorme pañuelo estampado.
—El humo de los cigarros, comandante Folliot. Son habanos de los mejores, pero
el humo en contacto con los ojos siempre hace saltar las lágrimas. Estará de acuerdo
conmigo, seguramente.
Clive intuyó que la entrevista había terminado. Y se retiró a meditar en su
camarote.

* * *
A bordo del Empress Philippa se servía el desayuno a los pasajeros en su camarote, y
las comidas de mediodía eran simples, pero la cena de a bordo era una ceremonia
elaborada y, en las horas posteriores a este acontecimiento, había mucho bullicio.

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Clive fue asignado a una mesa con tres compañeros más. Dos de ellos constituían
una pareja misionera camino del África sin evangelizar. El reverendo Amos Ransome
era un eclesiástico de rostro pálido que llevaba gafas; empezaba cada comida
colocándose sus gruesas lentes, inclinando la cabeza bajo el peso de las plegarias y
murmurando una inaudible acción de gracias. Su conversación parecía limitarse a las
obras del desaparecido John Wesley, de cuya muerte el misionero aún no se había
recobrado.
—Lo siento. —Clive se vio obligado a disculparse—. Pero me parece que no estoy
bien al tanto de la historia de la iglesia. ¿El señor Wesley, no murió hace ya algunos
años?
—En el año 1791 —facilitó el joven reverendo.
—¿Todavía no ha conseguido usted sobreponerse al dolor? —preguntó Clive.
Encontraba difícil mantener una expresión neutra—. No parece tener usted mucho
más de veinte años, reverendo Ransome.
—De una pérdida tan grande, el mundo no se recuperará nunca —replicó el
reverendo—. Pero nosotros vamos a llevar la Palabra del Señor a cada rincón del
mundo. Cuando la humanidad entera haya encontrado el Camino, entonces habrá
una gran alegría en todas las naciones del mundo.
—Ciertamente —acordó Clive.
La compañera del reverendo habló apenas y mantuvo los ojos fijos en su plato
durante toda la cena. Llevaba un vestido amplio de color oscuro. Pero, a pesar de este
estilo en el vestir, Clive no pudo evitar darse cuenta de sus formas voluptuosas.
«Aguas mansas…», pensó.
Al principio, cuando habían sido presentados, había creído que Lorena Ransome
era la esposa del reverendo, pero Amos explicó luego que era su hermana.
—Tan buena compañía como podría serlo una esposa —comentó Amos—, pero
sin el peligro de que las complicaciones domésticas nos distraigan de las tareas
sagradas. —Y consiguió mostrar una tenue sonrisa.
El último comensal de su mesa era un hombre de rostro colorado y cuerpo más
bien robusto que viajaba solo. Se presentó como el señor Philo Goode, de Filadelfia,
Pensilvania.
Deseando descansar de las alternancias de sermones y de lúgubres silencios del
reverendo (parecía no haber esperanzas de lograr que su hermana hablase durante la
hora de la cena), Clive, desesperado, se dirigió al americano.
Este lucía un brillante alfiler de corbata y resplandecientes anillos de piedras
preciosas en los dedos de cada mano. Y hablaba con grandiosidad de sus intereses
financieros en el Nuevo Mundo. Se extendían desde Maine hasta Carolina del Sur, a
lo largo de la costa del océano Atlántico e incluían granjas de ganado en Missouri y
una importante empresa de minas de diamantes en Ohio.
El reverendo Ransome prorrumpía en exclamaciones a cada nueva revelación del
americano. Incluso la señorita Lorena Ransome salió de su acostumbrado silencio

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para comentar que el señor Goode debía de ser muy rico.
El Empress Philippa había alcanzado una latitud al sur de la Costa de Marfil. La
conversación giró ahora en torno al desarrollo de la riqueza aún no explotada de
África. Philo Goode alardeaba de que él mismo tenía tantos intereses en África como
en América. Eran la razón de su presente viaje, decía. Para comprobar las inversiones
de las compañías que en aquel momento estaban empezando a explotar el potencial
económico del Continente Negro.
La señorita Ransome miró tímidamente a Goode.
—Usted debe de ser uno de los hombres más ricos del Nuevo Mundo —dijo.
Goode se tragó de un solo sorbo lo que le quedaba de vino en la copa y estalló en
una estruendosa carcajada.
—¡Rico! ¡Caramba, si todo el mundo es rico en América! ¡Yo soy un mendigo
comparado con algunos! Vaya, en los próximos años espero ser propietario de mi
propio ferrocarril y de mis propios altos hornos. En América hacemos el dinero tan
rápidamente que no podemos seguirle el rastro.
—Confío en que tendrá la costumbre de compartir su buena fortuna con los que
llevan a cabo la obra de Dios —insinuó Ransome.
—¿Quiere decir si soy un buen parroquiano que paga sus diezmos? —inquirió
Goode.
—Algunos hacen algo más que pagar el diezmo, amigo mío.
—No veo la razón de por qué habría de regalar mis bien ganados dólares para la
manutención de unos parásitos que sólo cantan himnos y hojean la Biblia —replicó
Goode. Se golpeó orgullosamente en el pecho—. He trabajado por cada centavo que
poseo y espero que los demás hagan lo mismo.
—¡Parásitos! ¡Leales servidores de Dios, señor! —Ahora Ransome estaba de pie,
con su rostro, normalmente pálido, enrojecido de cólera.
—Parásitos, repito. No cultivan alimento, no excavan en busca de minerales, no
tejen ropas. ¡Sólo comen y predican! Bien, yo no necesito sermones, o al menos no los
de un alfeñique mocoso de cuatro ojos, y lo que me como con mi dinero lo pago.
¡Muchas gracias!
Goode, ya de por sí colorado de cara, ahora estaba amoratado. Mientras hablaba,
golpeaba el mantel blanco con sus pesados puños.
Lorena Ransome había permanecido sentada, con la cara color ceniza, durante el
diálogo. Sacó un pequeño pañuelo de su manga y lloriqueó delicadamente en él.
Cogió la manga de la chaqueta de Clive y le dijo en tono suplicante:
—¿No puede detenerlos? Oh, por favor, comandante Folliot. Mi hermano no es
un hombre fuerte. Me temo que va a llegar a las manos y que no tendrá ninguna
oportunidad frente al señor Goode.
Clive logró interrumpir a los dos.
—De todos modos, señores, la cena ha terminado —dijo—. Quizá podríamos
retirarnos y buscar unos entornos más saludables.

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—Yo todavía no he terminado —insistió Goode—. Y no entiendo por qué el
superintendente Fennely me ha colocado en esta mesa, con un par de delicadas
petunias. ¡Y usted no es mucho mejor, soldadito de plomo con guerrera de feria! Mi
abuelo le dio en las posaderas al viejo rey Jorge y le envió sus soldaditos en bonitas
cajas negras, y yo estoy dispuesto a darle la misma lección a usted, ¡si no recuerda a
qué me refiero!
—¡Por favor, caballero! —Clive se levantó—. Está presente la señorita Ransome. Si
quiere dirimir sus diferencias conmigo, hay un modo más adecuado. Una vulgar
pendencia a la hora de cenar no es lo más correcto.
Los Ransome continuaban en sus sitios. La señorita Ransome contemplaba
alarmada a Goode y a Folliot. El reverendo Ransome había juntado las manos y
bajado los ojos. Entonces murmuró un suave amén y levantó la vista hacia Folliot y
Goode.
—He rezado para que el Señor nos ilumine —dijo Ransome.
—¿Ah, sí? —dijo Goode en tono burlón—. Debe de haber enviado el mensaje por
telégrafo. ¿Qué respuesta ha recibido? ¿O acaso no han respondido todavía?
—Vamos —dijo el reverendo Ransome—, retirémonos al salón del barco, donde
podremos continuar la discusión en circunstancias más tranquilas.
Clive supuso que Goode propinaría ipso facto un puñetazo a Ransome o que
empezaría a patalear en el comedor, de asco y de rabia. En lugar de eso dijo:
—De acuerdo, predicador. Vamos para allá.
Encontraron un rincón discreto en el salón del barco y se sentaron. Enseguida se
acercó un camarero y les ofreció bebidas.
—No bebemos alcohol —explicó Ransome para él y para Lorena—, pero un
refresco de zumo de fruta sería bien recibido.
Goode ordenó brandy y Folliot aceptó acompañarlo. Cuando el camarero se
disponía a retirarse, Goode se dirigió a él.
—Traiga la botella y un par de copas —dijo—. No queremos molestarlo con idas y
venidas cada dos por tres. —Y se rio de sus propias palabras.
Había una media docena de mesas en el salón. La mayoría de los pasajeros del
barco eran hombres, pero unas pocas mujeres acompañaban a sus esposos. En una
esquina de la estancia había un piano vertical. En varias mesas tenían lugar juegos de
cartas: los viajeros del Empress mataban el tiempo mientras la nave hacía camino
lentamente hacia el sur.
Un espectáculo verdaderamente curioso en la esquina opuesta llamó la atención
de Clive. Un hombre se había sentado al piano; de espaldas, aparentaba ser un chino
de clase alta.
Habían pasado sólo unos pocos días, y el mundo del Empress Philippa parecía ya
tan aislado de Inglaterra como podía serlo el fabuloso planeta Marte de George du
Maurier. A pesar de ser un extranjero, el mandarín, vestido con su túnica oriental,
¡estaba interpretando con toda perfección una difícil composición del compositor

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contemporáneo alemán, Félix Mendelssohn!
Clive meneó la cabeza maravillado.
El camarero volvió llevando consigo una bandeja con un vaso de jugo de fruta
para cada Ransome y dos copas vacías y una botella de un líquido color oro.
Cuando el camarero los dejó, Goode levantó su copa.
—Mis disculpas, reverendo. Soy un hombre que se acalora enseguida y reacciona
furiosamente cuando le pisan los juanetes. Supongo que habló con buena intención.
—Una disculpa a medias es mejor que ninguna, creo —dijo Ransome.
—Y por lo que se refiere a usted —Goode hizo una inclinación brusca con la
cabeza, a Clive—, expulsamos a su rey Jorge, pero mire a quién tenemos ahora: ¡a ese
imbécil de Andy Johnson! A lo mejor deberíamos hacer lo mismo con él, ¿no?
¡Bebamos, bebamos!
Clive vació la copa y Goode la volvió a llenar.
—Le diré lo que vamos a hacer, reverendo —continuó Goode—, acerca del asunto
de los diezmos. Nunca creí en nada y menos creo ahora. Dejémoslos que sigan su
camino, y que se ganen su propia vida, digo yo. Nunca di nada a ningún maldito
predicador, pero, por el bien de la amistad, le voy a hacer un ofrecimiento.
Ransome se quedó mirando embobado al americano.
—¿Un ofrecimiento, señor Goode?
—Hagamos unas partidas de póquer. Mire qué bien que lo pasan —dijo indicando
las mesas cercanas, en donde tenían lugar juegos de naipes.
Ransome palideció más que nunca.
—Sólo unas pocas partidas amistosas —repitió Goode. Se dio un golpe en el pecho
como había hecho anteriormente, pero esta vez mantuvo la mano contra la chaqueta,
de tal manera que Clive pudo distinguir la silueta rectangular de una baraja de naipes.
—Nunca podría… Soy cristiano, señor Goode. Un metodista. Jugar es
completamente anticristiano.
—No pueden jugar, ¿verdad? —Goode bajó su copa de los labios, añadió un poco
más de la botella, llenó la copa de Clive y dirigió de nuevo la atención a Ransome.
—Le voy a decir lo que he pensado, reverendo. Si gano, de todo lo que gane haré
donación a su misión. ¿Qué le parece? Y si usted gana, puede hacer lo mismo. Esto no
es apostar, ¿verdad? Sólo es mi manera de pagar el diezmo. Para salvar un poco el
orgullo americano, ¿eh?
Ransome observó un momento a su hermana. Inclinó la cabeza hacia ella y
hablaron unas pocas palabras; luego se incorporó de nuevo. Introdujo la mano en el
bolsillo y sacó su Biblia y sus gafas; se fijó estas en la nariz y estudió el libro.
Al cabo de pocos minutos lo cerró y lo deslizó de nuevo en el bolsillo. Se aclaró la
garganta.
—Jugar a las cartas continúa siendo una actividad frívola e impropia de un
sacerdote. Pero, aunque jugar y apostar sea un gran pecado, hoy sólo constituirá,
como usted dice, un mecanismo para que usted pueda contribuir a las buenas obras

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de nuestra misión. Así pues, he decidido que podemos permitirlo…, si bien creo que
nunca he sido tan indulgente, señor Goode.
Goode se dirigió a Clive.
—¿Qué le parece, Folliot? ¿Juega? Yo olvidaría incluso que los chaquetas rojas
incendiaron Washington en el catorce.
—Ah. Pero de ningún modo podría quedarme con las ganancias, señor Goode.
—Philo —dijo Goode—. Llámeme Philo y yo lo llamaré Clive, ¿de acuerdo?
—Pueden llamarme Amos, entonces —añadió el reverendo Ransome.
—Y a mí pueden llamarme Lorena —dijo su hermana. Y al decir esto se inclinó
hacia Clive; el corpiño de su vestido rozó el brazo de Clive y este pudo detectar la
calidez y la dulce suavidad de su pecho.
—¿Entonces comparte el negocio con nosotros, Clive? —apremió Goode—. Todas
las ganancias para la misión del reverendo. ¿Qué podría haber mejor que una obra
como esta?
Folliot tuvo que acceder.
Goode introdujo la mano en un bolsillo de su chaqueta y extrajo un mazo de
naipes.
—¿Les parece bien póquer americano? —propuso.
—Me temo que mi hermana y yo no estamos al corriente de las reglas de ese juego
—contestó Ransome—. Ni de ningún otro juego de cartas.
Goode lanzó una mirada a Folliot.
—Juguemos un par de manos de prueba, para enseñarle a Amos el juego, ¿de
acuerdo, Clive? A Amos y a la señorita Ransome, claro está.
Clive asintió y Goode sirvió una mano abierta. Ganó Clive con un par de jotas. La
baraja pasó a Clive; sirvió una mano abierta y volvió a ganar con una escalera al as.
Ahora le tocaba a Lorena Ransome dar y, bajo las instrucciones de Goode,
distribuyó las cartas correctamente, y también ganó la mano con color (corazones).
Cuando Clive le explicó que su mano ganaba a la doble pareja de su hermano y a los
tres dieces de Philo Goode, soltó un chillido de sorpresa y alegría y apretó
cariñosamente el brazo de Clive.
Clive se ruborizó y, al darse cuenta Lorena, esta también se puso colorada.
Pronto empezaron a jugar en serio. El superintendente del barco les proporcionó
fichas y el camarero llenó de nuevo los vasos de Lorena y de Amos y colocó una
botella nueva para Clive y Philo.
Amos Ransome era el único de los cuatro que no había ganado ni una mano en las
partidas de prueba, y, durante la primera media hora de juego con dinero, sólo logró
proseguir su miserable actuación.
Philo Goode perdía algunas libras; Amos Ransome unas cuantas más; Clive
Folliot y Lorena Ransome ganaban a la par cantidades similares.
Cada vez que Lorena ganaba la apuesta, soltaba una exclamación chillona y se
arrimaba al brazo más cercano, al principio alternando entre el de su hermano y el de

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Clive, luego, cada vez más a menudo, al de Clive solamente.
El camarero volvió de nuevo, con zumo de fruta para los Ransome y brandy para
Folliot y Goode. La suerte de la mesa giró de Clive y Lorena a Philo y a Amos. Luego
Lorena lo hizo un poco mejor. Al final, Philo, Amos y Clive tuvieron delante de sí una
enorme apuesta.
Clive llevaba un full de ases.
Philo estaba sudando. Se desabrochó el cuello, levantó su copa de brandy y la
volvió a bajar. Aquella apuesta los arrastraba al frenesí. Lorena había pasado ya, pero
los tres hombres se negaban a abandonar.
Muchas de las demás partidas en juego habían acabado; los pasajeros se habían
levantado de sus mesas y se habían reunido alrededor de esta. Incluso el mandarín
vestido de seda había dejado su interpretación de Mendelssohn y se había añadido al
grupo de europeos que rodeaban a los cuatro.
Por fin, Goode lanzó sus cartas, boca abajo, al tapete.
Clive había drenado profundamente los fondos proporcionados por Maurice
Carstairs. Miró dentro del sobre. Había estado bebiendo brandy y ahora estaba ebrio,
tanto por el licor como por la proximidad de Lorena Ransome. Esta había
abandonado la práctica de gritar y de arrimársele y abrazársele cada vez que ganaba la
apuesta, y ahora mantenía su pierna presionada contra la de él por debajo de la mesa,
cosa que lo distraía, a la vez que lo excitaba.
Clive depositó en la mesa su último billete de cincuenta libras. Amos Ransome
sudaba copiosamente.
—Las veo, Clive. ¿Es así como se dice? —preguntó el reverendo.
Y entonces, de súbito, Clive se dio cuenta de que había apostado, y perdido, la
mayor parte de su tesoro. El juego amistoso, emprendido por el bien de la misión, se
había convertido en su ruina. Si perdía aquella mano, sería incapaz de financiar la
búsqueda de Neville. Nunca escribiría las noticias para el periodicucho de Carstairs,
nunca escribiría el libro, nunca haría fortuna…, nunca se casaría con Annabella.
Extendió su full en el tapete.
El reverendo Amos Ransome alineó su escalera de color en la mesa, y alargó la
mano para recoger las fichas y el dinero que representaban el destino de la misión de
Clive Folliot.
Un largo dedo, terminado en una uña con un protector de jade, emergió de la
manga de una túnica de seda. El jade esculpido tocó el envés de la mano de Ransome.
Parecía ser el más suave de los contactos, pero inmovilizó a Ransome.
—Comandante Clive Folliot —pronunció el mandarín con un perfecto inglés, sin
acento extranjero—. Ha caído en manos de un trío de brillantes tramposos. Le sugiero
que recoja su dinero y se retire a su camarote. Esos tres permanecerán donde están
mientras el camarero llama al superintendente Fennely. Él mismo se encargará del
asunto, o lo pasará a manos del capitán Wingate si lo estima necesario.
Lorena Ransome se echó a llorar.

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Philo Goode empujó la silla hacia atrás, tumbándola al mismo tiempo que se
ponía en pie bruscamente.
—¡Cómo te atreves, salvaje incivilizado! —Introdujo la mano en su fajín y sacó un
revólver de cañón corto, que apuntó al mandarín.
El oriental levantó la uña postiza de jade de la mano de Amos Ransome y dio unos
golpecitos suaves en el cañón del revólver de Goode. El arma aterrizó en la mesa
ruidosamente.
Goode se había quedado con la vista fija, mudo. Los ojos se le salían de las órbitas,
pero parecía incapaz de recuperar el arma.
El mandarín tomó el revólver y vació las balas del tambor. Y las introdujo, una a
una, en la botella de brandy. Cada vez que un proyectil chocaba con la superficie del
licor, hacía un sonido claro, como si un guijarro pesado cayese en un charco medio
helado y dejase la superficie rizada como testimonio del hecho.
Gotas de sudor caían del rostro encendido de Philo Goode.
—Ustedes son hombres blancos —gritó al grupo que rodeaba la mesa—. ¿Van a
permitir que este diablo amarillo acuse al reverendo de hacer trampas? ¡Deténganlo!
El chino alargó la mano hacia las gruesas lentes de Amos Ransome. Las levantó de
la nariz del predicador y las ofreció a Clive, con una inclinación de cabeza.
Clive observó con curiosidad las gafas. Las sostuvo delante de sus ojos y miró las
cartas esparcidas por la mesa. Cada una estaba cuidadosamente marcada con el palo y
el número. ¡No era de extrañar que el reverendo Ransome hubiese ganado tanto
dinero! Su juego pobre al principio había sido un mero engaño para tentar a Clive,
para que apostase más fuerte. El trabajo de Philo Goode había sido preparar el terreno
de juego con sus estudiados insultos al predicador. Goode había proporcionado las
cartas marcadas. Y Lorena se había añadido para distraer al pobre Clive.
Clive pasó las gafas del predicador a una media docena de espectadores. Cada uno
de ellos miró las cartas a través de ellas y murmuró algo antes de pasarlas a otro. Por
último, regresaron al mandarín.
Si no hubiese sido por el chino, Clive habría quedado prácticamente arruinado,
con unas pocas libras en su cuenta, mientras el predicador (ahora que lo pensaba,
estaba casi seguro de que era un farsante) dividiría el botín entre la colega femenina y
el aliado americano.
En aquel momento llegó el superintendente, el señor Fennely, a quien un
camarero había llamado, y Clive le explicó brevemente lo sucedido.
—Reverendo, señorita Ransome y señor Goode —declaró Fennely—: Quedan
confinados a sus camarotes. Irán allí directamente desde el salón y esperarán órdenes
del capitán Wingate. Considérense bajo arresto del capitán.
Preguntó a Clive si tenía intención de presentar cargos contra los tres.
—¿Qué les ocurrirá? —preguntó Clive.
—Si presenta cargos, comandante Folliot, serán acusados por intento de fraude,
juzgados por un tribunal del navío y, si se los considera culpables, entregados a las

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autoridades en el primer puerto británico.
—¿Y si no? —inquirió Clive.
—Probablemente el capitán Wingate los mantendrá arrestados en sus camarotes
hasta que lleguemos al primer puerto de escala, y allí los dejará en tierra, para no
saber nada más de ellos.
Clive lo consideró un momento. Los Ransome y Philo Goode lo contemplaban, a
la espera.
—No presentaré cargos —dijo por fin.
El superintendente asintió.
—Se comunicarán los hechos a toda la flota mercante; puede estar tranquilo al
respecto, comandante Folliot.
Fennely tomó el revólver de Philo Goode, se lo introdujo en su propio fajín y
acompañó a los tres tramposos fuera del salón.
Clive miró en torno suyo buscando el mandarín, pero este había desaparecido.

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El visitante celeste

Folliot se dejó caer en la única silla que había en su camarote, y se tomó la cabeza
entre las manos, intentando frenar el torbellino de sus pensamientos.
Sonaron unos suaves toques en su puerta.
—Adelante —respondió.
El mandarín entró e hizo una reverencia. Volvió a cerrar con cuidado la puerta
tras él, hizo otra reverencia y se quitó el tocado.
Clive levantó la vista completamente asombrado.
—¡Se presenta el sargento mayor Florace Hamilton Smythe, mi comandante!
El chino se puso en posición de firmes y lanzó, con la mano derecha, un saludo
vibrante como un rayo. Pero ahora ya no era chino. Continuaba vistiendo la túnica de
seda de elaborados estampados brillantes que llevan los orientales, pero las facciones
de su rostro se habían alterado sutilmente.
La forma de sus ojos parecía haber cambiado y las puntas de su largo y sedoso
bigote de color ébano habían sido rizadas y enceradas.
El color de la piel no se había modificado, pero lo que en el salón había parecido
un amarillo oriental, podía verse ahora como el saludable bronceado de un inglés que
ha pasado largo tiempo bajo el sol tropical.
Clive permanecía sentado, pasmado, contemplando al sargento.
—Le suplico que no me delate mientras estemos a bordo del Empress —dijo el
sargento Smythe.
—Pero…, pero… —tartamudeó Clive.
—Con su permiso, mi comandante —Smythe indicó los pies del camastro. Como
Folliot ocupaba la única silla de su camarote, el visitante tomó asiento en un extremo
de la litera.
—Usted estaba destinado a la Guardia Montada. El general de brigada Leicester…
—Sí, mi comandante —asintió Smythe—. Oficialmente todavía estoy en la
Guardia. Sin embargo, imagino que a estas alturas el regimiento ya habrá conseguido
un nuevo sargento mayor.
—Sí, así es —afirmó Clive—. Y es una pena. Lo echamos de menos, Smythe.
¿Adónde se fue usted? El general permaneció con la boca absolutamente cerrada
sobre cualquier detalle del asunto, y también sobre cuándo volvería al servicio.
—Con el permiso de usted, mi comandante, no estoy en condiciones de dar a
conocer los detalles. Pero el comandante puede observar mi atuendo y sacar ciertas
conclusiones al respecto, si me permite la sugerencia.
—Me gustaría hacer algo para demostrar mi gratitud. Smythe. Al menos, ofrecerle
algo de beber. Pero me temo que voy ligero de equipaje, como se suele decir.
—Muy agradecido, mi comandante, pero un militar de bajo rango no debe
esperar que un oficial lo reciba como si fuese un lord, ¿no?

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Clive asintió.
—Pero usted no es un militar ordinario, sargento Smythe. Usted ha estado
siempre a mi lado, ya desde los primeros días en el regimiento. ¡Ah, qué muchacho
más atolondrado era yo entonces! La corona puede considerar a un teniente joven
como un oficial, pero en realidad es tan incompetente como un niño de pecho.
—Sí, mi comandante.
—Smythe, ¿por qué no me abandonó entonces? Sé que no soy un gran militar, que
nunca lo fui y que nunca lo seré. Pero, en aquellos días del cincuenta y siete, debí
parecerle sin esperanza alguna. Tenía un miedo de muerte, ¿lo sabía, sargento?
—Mi comandante, ¿hablamos con franqueza y confidencialmente?
—Claro, sargento.
—Si hay que decir la verdad, comandante, yo pude ver que estaba temblando
como una hoja. Eso es muy normal en los tenientes novatos. Incluso un soldado sin
experiencia sabe lo que es un teniente verde. Pero, comandante Folliot, un soldado
listo aprende con mucha rapidez y enseguida puede saber dos cosas del oficial bajo
cuyo mando está.
Clive observaba los gestos de Smythe.
—Aprende a saber si el oficial tiene algo aquí —se tocó la sien con el índice—, y
aprende a saber si tiene algo más aquí —y con el mismo dedo se dio unos golpecitos
en el corazón.
»Si un oficial tiene estas dos cosas, comandante, su asistente, si es un buen
soldado espabilado, puede moldearlo a su gusto. Aderezarle un poco la espalda en la
instrucción, agudizarle los sentidos en el campo de batalla, enseñarle un poco de esto
y otro poco de lo otro, y pronto es fácil de ver que ha conseguido fabricar un oficial
bastante bueno. Pero si este oficial no tiene ni de aquí ni de aquí, no hay nada que el
soldado pueda hacer por él, excepto tratar de apartarse de su camino y no quedar bajo
sus órdenes en el campo de batalla.
—Y usted estuvo junto a mí durante diez años, Smythe, y nunca comprendí lo que
estaba ocurriendo —dijo Clive decaído.
—No se sienta triste, señor. He pasado tiempos muy agradables con la Guardia. Y
usted también me hizo mucho bien. Muchos oficiales retienen a su ordenanza porque
no quieren tener que adiestrar a otro nuevo. ¡Usted no me retuvo ni un solo día de
más!
Clive soltó una risa triste.
—Debería ver al tipo que tengo ahora por ordenanza, Smythe. No es un mal
soldado, pero no llega a la suela del zapato del bueno y viejo soldado Smythe. —
Meneó la cabeza—. No, nunca podría haberlo retenido, Smythe. ¡Estaba tan orgulloso
como nadie puede estarlo cuando ascendió a cabo y luego a sargento! Ahora usted es
una leyenda en el regimiento. Ya sabe: hablan del sargento mayor Smythe como si
fuera algún titán del pasado. Lo cual me vuelve a su persona, sargento.
—Mi comandante, me temo que no le comprendo muy bien.

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—Está claro que tiene la intención de permanecer en silencio en lo que se refiere a
sus viajes desde que dejó la Guardia.
—No tengo elección, mi comandante.
—Entiendo perfectamente. Pero, a pesar de todo, creo que podrá decirme…
dónde y cómo aprendió a tocar Mendelssohn.
Smythe se rio.
—Bien, eso, mi comandante, eso puedo contárselo a usted. Había una dama joven,
señor, con mucho talento musical como intérprete y como profesora, que afirmaba
haber conocido a este compositor, en Alemania. Bien, señor, era una muchacha
encantadora, pero algo inexperimentada en los asuntos más delicados de la vida. Se
ofreció a enseñarme algo de música si yo le enseñaba algo de las demás materias. Al
final de nuestro intercambio académico, yo estuve muy contento con lo que había
aprendido de la joven señorita. Y tengo razones para creer que ella estuvo igualmente
complacida con lo que aprendió de su fiel servidor, mi comandante.
Folliot miró con atención al sargento.
—Creo que se ha puesto colorado, sargento Smythe.
—¿De veras, mi comandante?
El sargento pasó su mano por delante de sus ojos.
Por un instante, a Clive Folliot le pareció que las facciones del sargento Smythe
oscilaban y se borraban, sólo para ser reemplazadas por las del mandarín.
El chino se puso en pie. Como sargento Smythe había sido un tipo de altura
media, unos diez o doce centímetros más bajo que el metro ochenta de Clive. Como
mandarín se elevaba, o parecía elevarse, por encima de él, y así tuvo que encorvarse
ligeramente para evitar aplastar su tocado oriental contra el techo del camarote.
—Esta humilde persona ha tenido un gran honor de poder ayudar al admirable
comandante en unos pocos y breves momentos de dificultad. Este humilde servidor
suplica que el admirable comandante haga uso de su discreción hasta que el
espléndido navío Empress Philippa arribe a la maravillosa isla de Zanzíbar.
—Pero… sargento Smythe…
El mandarín abrió la puerta del camarote de Clive. Más allá del camarote, la noche
bochornosa de aire cálido y las estrellas brillantes ardían espectacularmente.
—En Zanzíbar, el comandante puede encontrar de nuevo al sargento Smythe. Por
ahora, este humilde oriental debe buscar el descanso en su propio compartimiento.
Hizo una reverencia, y, en esta posición, se retiró a través de la puerta, y cerró tras
de sí.
Clive se levantó como empujado por un resorte y volvió a abrir la puerta
rápidamente, pero el mandarín ya había desaparecido en la noche tropical.

* * *

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Requirieron la presencia de Clive en las dependencias del capitán Wingate para
hablar de los hechos acaecidos la noche anterior. El capitán le aseguró que los tres
tramposos serían expulsados del Empress a la primera oportunidad. Esta resultó ser la
portuguesa ciudad portuaria de Luanda, una ciudad horrorosa y humeante, en donde
el Empress Philippa dejó algunos embalajes de maquinaria y cargó nuevas reservas de
provisiones así como algunos pasajeros.
Clive confirmó su deseo de no presentar cargos contra los tres. Y no pudo evitar
preguntar al capitán Wingate qué sabía del misterioso oriental que había detectado el
complot de los jugadores.
El capitán Wingate se le acercó.
—No puedo decirle nada, señor, acerca de este caballero. Usted es un oficial al
servicio de Su Majestad, de modo que tiene que comprenderlo. No puedo decirle
nada más sobre la cuestión.
Hubo unas pocas sesiones musicales más en el salón. Clive pasó la mayor parte de
las noches allí, a veces con uniforme, a veces vestido de paisano. El mandarín hacía su
aparición y ofrecía una selección de Berlioz o de Chopin, Donizetti o Liszt, Mozart o
Haydn, pero más a menudo de Mendelssohn.
Pero no hablaba con nadie. Viajaba solo.
Una noche, cuando el mandarín abandonó el salón, Clive consiguió seguirlo hasta
su camarote. Permaneció durante más de una hora bajo una escalera, oculto por las
sombras, pero sintiendo que podían verlo a causa de su guerrera escarlata y de sus
brillantes botones. Luego llamó a la puerta.
Al cabo de unos instantes, la puerta se abrió de par en par.
Clive había esperado que el hombre habría retornado a su verdadera identidad de
sargento Horace Hamilton Smythe, pero, en lugar de eso, Clive fue recibido por el
mandarín, con sus completos atributos y tocado. Detrás del chino, Folliot pudo
distinguir que una pared del camarote había sido convertida en una capilla budista.
Delante de una estatua del Iluminado, en un altar cubierto con un mantel, pebetes
aromáticos se quemaban en un cuenco.
El mandarín hizo una reverencia a Clive.
—El oficial de Su Majestad hace un gran honor al visitar a este humilde oriental.
¿Puede esta humilde persona ser de algún servicio al comandante?
—¿Smythe? —tartamudeó Clive, confundido—. ¿No es usted el sargento Smythe?
El oriental volvió a inclinarse.
—El oficial se confunde, lamento decirlo.
A trompicones, Clive regresó a su camarote y se puso a trabajar en un despacho
para Carstairs, del London lllustrated Recorder and Dispatch. No sólo se suponía que
debía relatar sus aventuras en busca de su hermano perdido, sino que tenía que enviar
también dibujos o bocetos para que la plantilla de artistas del periodicucho los
convirtieran en grabados adecuados para la impresión.
«Somos un periódico ilustrado». Podía oír todavía la entonación sarcástica de

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Maurice Carstairs. «Tenemos que darle al público el valor de su dinero. Y los que no
puedan descifrar los escritos, quizá puedan disfrutar de las ilustraciones».

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El Cónsul Residente de Su Majestad

La tripulación del Empress Philippa había plegado velas, y el capitán Wingate había
ordenado al maquinista que aumentase la presión de vapor, cuando la isla de
Zanzíbar apareció a la vista. Era ya muy entrada la tarde y el sol pendía bajo, por
encima del océano índico, como una inmensa brasa naranja. Incluso a pesar de la
hora del día, el calor era sofocante y el aire aplastaba la tierra como si fuese un cuerpo
sólido.
Clive Folliot había sido invitado a permanecer en el puente mientras la nave
entraba a puerto, y ahora observaba con atento interés los colores de la ciudad que se
desplegaba ante sus ojos.
—Son gentes extrañas, comandante —le decía Wingate—. Son grandes
navegantes: hacen cosas con sus dhows que yo apenas intentaría con una fragata con
aparejo completo. Pero no tienen máquinas europeas, y las ansían con todo su
corazón.
Clive levantó los ojos hacia la nube de humo negro que brotaba de las chimeneas
del Empress.
—Entiendo que este es el motivo por el que entramos al puerto impulsados por las
máquinas y no por el viento.
—Exactamente, este es el motivo, comandante. No me atrevo a decir que son
supersticiosos hasta el punto de que crean que hay algo sobrenatural en nuestras
máquinas de vapor. Sin embargo, imagino que la primera vez que vieron un barco
que se movía sin velas y que escupía humo negro por las chimeneas, debieron de
recibir un buen susto.
Se dirigió al timonel y le dio una orden; luego volvió de nuevo a lo que estaba
diciendo.
—Pero, no. No son tan ignorantes y supersticiosos como parece. Algunos han
pasado por los grandes centros académicos: Berlín, Viena, París y Roma. Otros han
estado en Inglaterra. Muchos de ellos saben mucho más de lo que nos atreveríamos a
imaginar. Son sus actitudes lo que los hace diferentes de nosotros, lo que hay que
observar con toda atención.
—No estoy seguro de comprender lo que me quiere decir, capitán. No obstante, le
diré que una vez serví en Madagascar. Por eso creo que puedo reclamar un cierto
grado de comprensión de las gentes de la zona.
—Ya lo mencionó, comandante Folliot. Y creo que le será de mucha utilidad. Pero
no juzgue Zanzíbar por los malgaches y no juzgue a los negros africanos ni por unos
ni por otros. Son diferentes civilizaciones, en algunos casos tan diferentes como los
franceses de los chinos, ¿entiende a lo que me refiero?
Clive hizo un gesto evasivo.
El capitán Wingate balanceó la cabeza.

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—Comandante Folliot, ¿ha oído alguna vez la frase «Lo desconocido no puede
dañar»?
—La he oído, señor. De hecho, es una cita errónea de una de las obras del señor
Sidney Smith.
—Bien, puede que sea una cita exacta o una cita errónea, pero lo que quiero
decirle, comandante Folliot, en cualquier caso, es que no es cierta. Lo desconocido
puede hacer daño, y mucho. Puede matar. ¡Sí, señor!
El capitán lanzó otra orden al timonel.
Un dhow había salido del puerto con la vela desplegada y ahora cruzaba frente al
Empress Philippa. Clive pudo distinguir las teces morenas de los marineros árabes
mientras el dhow surcaba graciosamente las aguas verdosas.
—Sólo hay una cosa más peligrosa que «lo desconocido» —continuó el capitán
Wingate—, y es lo desconocido como dañino. Esto, comandante Folliot, es lo único
que he oído que ha matado a muchos hombres, a más hombres que lo completamente
desconocido. Lo que conocían no era tal como creían.
Clive introdujo la mano en el bolsillo del chaleco y sacó su reloj de oro. Aquel día
iba vestido de paisano, tal como había ido la mayor parte del tiempo desde que había
salido de Inglaterra.
—¿Impaciente, comandante Folliot?
—Zanzíbar es sólo una estación de paso para mi, señor. Tengo que enviar un
despacho a mi periódico, tomar las disposiciones necesarias y luego emprender el
viaje hacia el continente.
—Comprendo, comandante. Las obligaciones familiares lo llaman. Sin embargo,
un hombre con familia es un hombre afortunado.
Clive no respondió.
—¿Ve aquel marcador? —señaló el capitán Wingate. Clive asintió.
—No tenemos tablas de mareas de esta parte del mundo. Queda mucho trabajo
por hacer antes de que todos los mares sean tan seguros como el río Támesis o el
canal de la Mancha. Aquel marcador nos indica la profundidad del agua. Ahora
mismo hay marea baja. Anclaremos aquí y esperaremos hasta mañana por la mañana.
Pero espero que pronto veremos al capitán de puerto del Sultán.
El capitán rio.
—Hablando del rey de Roma, por la puerta asoma.
Wingate señaló una vez más. Un pequeño falucho se abría camino a través de las
aguas del puerto. En la calma del atardecer, la embarcación avanzaba con mucha
lentitud. Clive pudo ver que la barca llevaba dos personas, un marinero y un pasajero
ataviado con vistosos ropajes.
Finalmente el falucho se situó junto al Empress. Arriaron una escala de cuerda
desde la cubierta, amarraron la barca y sus dos ocupantes treparon a bordo.
—Espero que no le importe demasiado pasar una noche más en su camarote,
comandante Folliot. —El capitán Wingate escoltó a Clive por el puente—. De todos

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modos, no podemos atracar hasta mañana por la mañana, a causa de la marea. Podría
haberlo mandado a tierra en una pinaza, pero supongo que el capitán de puerto
querrá antes hablar con nosotros. Estos árabes son extremadamente recelosos. Podría
caerle muy mal que usted intentase escabullirse a tierra demasiado pronto.
—¿Escabullirme a tierra? ¡Yo no haría una cosa así!
—Claro que no, comandante. Pero ¿ve?, el hombre del sultán no lo sabe, ¿verdad?
Clive miró por encima de la baranda, hacia cubierta, donde los recién llegados
acababan de ser recibidos por el oficial de a bordo del Empress.
El capitán Wingate pasó delante y descendió las escaleras hacia cubierta.
El capitán de puerto, vestido con recargados ropajes y un fez rojo, ya estaba
enzarzado en conversación con el oficial. El marinero fue separado de su patrón: Clive
había visto que un segundo árabe había llegado de algún lugar y se había llevado
aparte al marinero. Vestían las mismas ropas harapientas y sucias, y llevaban los
turbantes medio desatados. Hablaban en árabe, haciendo ademanes hacia el capitán
de puerto y el oficial de a bordo, hacia Clive y el capitán Wingate.
Clive echó otro vistazo a su reloj y decidió retirarse a su camarote a terminar el
artículo. Si se daba prisa, podría completar su despacho para el Recorder y todavía
llegar puntual a la mesa para la cena.
Finalizó su tarea, dobló el despacho y lo lacró. Lo dejaría al cónsul residente de Su
Majestad, en Zanzíbar, y de allí lo enviarían a Londres en la siguiente valija
diplomática. Por un momento, Clive pensó en la posibilidad de dejarlo al
superintendente del Empress Philippa, pero el capitán Wingate había dicho que el
barco continuaba con rumbo Este, de modo que la llegada del despacho se retardaría
bastante tiempo si el Empress se encargaba de llevarlo.

* * *
Clive no sabía lo avanzada que estaba la noche cuando al fin se acostó en su camastro
ni el tiempo que había tardado en lograr conciliar el sueño. Todo lo que sabía era que
lo llamaban, que lo levantaban, absolutamente contra su voluntad.
—Vamos a salir del barco, comandante —dijo el sargento Smythe en voz baja.
—Pues claro que sí. Por la mañana —Clive recobraba con rapidez su compostura.
—No, por la mañana no, mi comandante —susurró el sargento Smythe—. Ahora
mismo, mi comandante, ahora mismo. Créame: tiene que marcharse del barco ahora
mismo. El capitán de puerto (que no es tal, mi comandante, es otro individuo) está
todavía hablando con el capitán Wingate y con el superintendente Fennely. La
política local, mi comandante. El cónsul de Su Majestad (sir John Kirk) está metido en
asuntos que más vale no saber. El sultán de Turquía, el jedive de Egipto, los
franceses…, es un terrible maremágnum, mi comandante. ¡No puede quedarse de
ningún modo en el barco!

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Escrutó el rostro de Clive y asintió con satisfacción.
—Ahora tenemos la oportunidad de irnos del barco, rápidamente, y llegar a tierra
sanos y salvos. ¡Vamos!
Smythe condujo al tambaleante Clive Folliot a su camarote y lo hizo pasar
adentro. El marinero árabe yacía en la litera de Smythe, desnudo de sus atuendos,
atado y amordazado.
—Desnúdese y póngase esta ropa, mi comandante —apremió Smythe—. ¡Por
favor, mi comandante, dese prisa y no haga ruido!
Perplejo por el sorprendente mensaje del sargento Smythe, Clive obedeció.
Los ojos del árabe estaban inyectados de sangre, y luchaba para liberarse, pero no
lo conseguía.
Al pasarse Clive la chilaba del árabe por la cabeza, casi se desmaya por los hedores
acumulados en el basto tejido de algodón. Estaba manchado de grasa —quizás el
residuo de algún pedazo de cordero que había comido el árabe— y había un olor
almizcleño y el hedor ácido del sudor podrido. Había otros tufos cuyo origen Clive no
alcanzaba a adivinar… y prefería no hacerlo.
—Vea, esto va debajo de la ropa —el sargento Smythe le entregó una correa de
cuero que sostenía una vaina vacía—. Áteselo en la pierna, como una liga de señora,
mi comandante. —Smythe le señaló el lugar más indicado para colgar el arma secreta.
Una vez que Clive lo tuvo bien atado a la pierna, Smythe le entregó una daga
indicándole que pertenecía a la vaina. Mientras tanto, el propio sargento Smythe
también se había convertido en un árabe mugriento.
Smythe levantó la capucha de la chilaba de Clive y encubrió la cabeza del oficial.
Lo empujó a través de la puerta del camarote y lo siguió por las escaleras.
—¡Vamos, mi comandante! ¡Tenemos que irnos!
—Pero ¿y mi baúl? —objetó Clive—. Mis uniformes y mis trajes. El material para
escribir. Mi dinero, mis enseres. Todo está en mi camarote. Seguro que podríamos
trasladarlo a tierra.
—¡No, es imposible, mi comandante! ¡Lo siento, pero creo que no se da cuenta de
que su vida pende de un hilo! ¡Nuestras vidas! ¡Tenemos que salir, ahora!
Y empujó suave pero enérgicamente a Clive por las escaleras del Empress Philippa.
Cuando llegaron a cubierta, Smythe hizo una señal a Clive para que se mantuviera
oculto. Él escudriñó en la oscuridad, esperó un momento para asegurarse y luego se
escabulló a través de la cubierta. Su vestido árabe flotaba a su alrededor, de tal manera
que no parecía más que una sombra pálida deslizándose por encima de la superficie
de madera.
Se detuvo en la baranda y se agazapó en una sombra. Las nubes tormentosas que
se habían reunido momentos antes se estaban desgajando y desparramando por el
cielo a causa de un viento frío. Grandes gotas de lluvia caían alternándose con ráfagas
de viento húmedo. A través de un agujero entre las nubes, la luna tropical enviaba sus
rayos.

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Clive vio que el sargento Smythe le hacía un gesto, y echó a correr cruzando la
cubierta hasta que llegó a la baranda del Philippa, junto al sargento.
—Estamos de suerte: no han dejado a un hombre de vigilancia en el falucho —
murmuró Smythe—, pero la suerte se nos puede agotar en cualquier momento.
Como para ilustrar las palabras de Smythe, voces airadas se levantaron por
encima de los dos ingleses. Clive alzó la vista y vio una luz en el puente del Philippa.
Un quinqué delimitaba las siluetas de dos figuras. Una era la del superintendente del
navío, el señor Fennely, y la otra pertenecía al capitán de puerto árabe. Estaban
gritando y señalaban hacia abajo, hacia cubierta; señalaban el lugar exacto en donde
Clive Folliot y Horace Hamilton se ocultaban agachados en las sombras. No se veía al
capitán Wingate por ninguna parte.
—¡Ahora, comandante, vámonos! —urgió Smythe.
Los dos hombres treparon por la barandilla y pasaron al otro lado. Clive alcanzó
la escalera de cuerda que habían atado antes al casco del Philippa, y empezó a
descender hacia el falucho sin tripulación del capitán de puerto. El sargento Smythe lo
siguió sin demora. Y, tan pronto como los dos hombres aterrizaron en la pequeña
barca, el sargento Smythe soltó las amarras y cogió un par de remos.
—Despliegue la vela, comandante —gritó a Clive.
Al cabo de pocos minutos ya se habían alejado un buen trecho del Empress
Philippa. Ahora, unas linternas iluminaban desde la cubierta del barco y unas voces
gritaban en árabe, en inglés y en una mezcolanza de los dos idiomas.
Hubo un relampagueo en la cubierta del Empress, luego otro. Las balas les
silbaron por encima de las cabezas o salpicaron sin daño alguno el agua próxima al
falucho. Una atravesó la pequeña vela de lino de la barca con un pequeño sonido
explosivo.
Pero la vela recibía el viento furioso que barría el puerto, y Clive, recordando la
destreza que había adquirido mucho tiempo atrás en los lagos de Escocia, condujo la
barca hábilmente hacia la salvaguarda de la tierra firme.
Se abrieron paso a través de un intrincado laberinto de dhows, faluchos y barcazas
de carga ancladas en el puerto. Cada ráfaga de viento cambiaba la forma de las nubes
y del cielo, de la oscuridad y la luz. Clive estaba empapado por la lluvia y la espuma
salada, y helado hasta la médula de los huesos por el frío viento.
—Tenemos la suerte de que no haya luna llena —dijo el sargento Smythe, como si
hubiera leído los pensamientos de Folliot—. Bien, aquí hay un lugar donde podremos
amarrar.
Ataron el falucho, arriaron la vela y treparon al tosco muelle. Casi todos los
habitantes de la ciudad se habían retirado a sus casas, tanto a causa del mal tiempo
como de la hora. Los dos ingleses atravesaron las callejuelas desiertas; el sargento
Smythe conducía al comandante Folliot, casi como un ciego guiaría a un vidente entre
las tinieblas.
Los olores de la ciudad asaltaron el olfato de Clive, pero no pudo distinguir con la

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vista nada de lo que los producía. En la oscuridad de la tormenta no había nada
visible.
Finalmente, Smythe se acercó a una verja de hierro. Estaba asegurada con una
cerradura maciza, pero el sargento realizó alguna artimaña y al cabo de pocos
momentos la verja chirrió y se abrió. Clive y su compañero entraron.
Una senda encajonada entre altos árboles les indicó el camino; al final de este,
Smythe levantó una inmensa aldaba y la dejó caer con todo su peso; al golpear la
gruesa madera, produjo un gran estruendo. Después de unos minutos, se abrió la
puerta.
Un joven árabe adormilado, con una larga chilaba de algodón, apareció en la
entrada. Sostenía una linterna en la mano.
El sargento Smythe le dijo algo, en el mismo lenguaje del muchacho, y este se hizo
a un lado, dejando paso a los recién llegados.
En el vestíbulo, Smythe farfulló de nuevo algo al joven árabe, y este desapareció.
—Me parece… —empezó Clive.
Pero lo interrumpió la llegada de un tipo de rostro delgado, rubio de pelo, con
bigote, vestido con bata y zapatillas. Él también llevaba una luz consigo, pero era una
vela montada en un macizo bastón plateado; protegía la llama un tubo de cristal,
como el de un quinqué.
—¿Quién diablos eres tú? —preguntó el hombre de rostro delgado a Clive—.
¿Qué sujeto asqueroso viene a molestarme a altas horas de la noche? ¡Haré que te
azoten y te echen a patadas si no tienes ahora mismo una explicación inmediata!
—¡Soy el comandante Clive Folliot, hijo del barón Tewkesbury, señor! Y mi
compañero… —Miró a su alrededor en busca del sargento Smythe, pero Smythe y el
joven que les había abierto habían desaparecido.
—¿Comandante Folliot? ¿Tewkesbury? —repitió el otro. Escrutó detenidamente el
rostro de Clive—. Vaya, usted es el segundo comandante Folliot con quien me
encuentro. El otro también afirmaba ser hijo del barón Tewkesbury.
—¡Debía de ser mi hermano, señor! Pasó por aquí hace más de un año.
—Sí, así es, así es. —Bajó la vela—. Es decir, que usted es otro inglés, ¿no?
Entonces, ¿qué hace con este miserable atuendo? ¿Va a una fiesta de disfraces?
—¡No, señor!
—Bien, de todos modos, viene usted al sitio indicado, joven. Este es el consulado
de Su Majestad y yo soy sir John Kirk, el cónsul residente de Su Majestad. Pase, tome
un baño y póngase ropas decentes, y entonces me contará qué diablos le pasa. ¡Está
muy lejos de Tewkesbury, jovencito! ¡Muy muy lejos de Tewkesbury!

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6
El palacio de coral

El grito del almuecín, familiar en todo el Oriente Medio, pero extraño y ajeno al oído
de un inglés, llegó a Clive Folliot en medio de un sueño. Estaba de nuevo en
Madagascar, corriendo por un paisaje de pesadilla, por una encrucijada de calles y de
montañas agudas como el filo de una navaja, de playas azotadas por el oleaje y de
junglas humeantes.
Algo iba tras de él, algo cuyo aliento era ardiente y húmedo y olía a muerte, cuyos
colmillos se cerraban con golpes secos y cuyas garras hacían temblar el suelo a cada
uno de sus frenéticos pasos.
Clive quería volverse para mirar, para ver lo que lo perseguía, pero sabía que un
solo vistazo le traería la desgracia.
Corría más y más deprisa, tropezaba con un bazar de nativos, caía en el tenderete
de un mercader de alfombras y quedaba enmarañado en ellas. Se debatía
desesperadamente, luchando para liberarse antes de que lo atrapase. Pero lo único
que conseguía con su esfuerzo era embrollarse más y más hasta quedar indefenso
entre la espesa tela.
Rodó, con los ojos abiertos, preparados para ver el rostro de la muerte flotando
encima de él.
Pero en lugar de eso, vio el rostro del joven árabe que la noche anterior había
abierto la puerta al sargento Smythe.
Él joven tenía un cutis suavísimo y unos ojos enormes, brillantes, de un color
oscuro que se aproximaba al púrpura. Vestía una chilaba de algodón limpio que
barría el suelo, y los dedos de los pies descalzos le sobresalían por debajo del
dobladillo.
—¿Está bien el señor? —preguntó. Su voz era dulce y su pintoresco e imperfecto
inglés era placentero al oído.
—Estoy bien, estoy bien, gracias —barboteó Clive.
—¿Le sirvo una taza de té, antes de levantarse, señor? Después de levantarse, el
honorable sir John invita al señor a desayunar. El honorable sir John ha dicho: dile al
señor que para desayunar hay salmón ahumado, panecillos y mermelada. ¿Tomará el
té el señor antes de levantarse?
Clive dio las gracias al joven y aceptó el ofrecimiento del cónsul. Al poco rato,
después de afeitarse con instrumentos prestados y de vestirse con un traje ligero, de
color caqui, de corte vagamente militar, Clive permitió que lo llevasen en presencia
del cónsul.
Kirk estaba sentado en una mesa, en un soleado salón, que por su forma y
decoración parecía haber sido transferido allí desde la casa de campo de un
comerciante de clase media. Cuando Clive entró en la estancia, el cónsul bajó la taza,
se puso en pie y ofreció su mano.

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—¡Es bueno verlo limpio y vestido como un verdadero inglés, Folliot! Me
atrevería a decir que con el aspecto de anoche daba usted pena. ¡Qué espectáculo!
¡Lloviendo a cántaros y luego aquel golpe estruendoso en la puerta, y usted,
empapado como un gato ahogado! Bien, hoy parece mucho más humano, sí, señor.
—¿Ha visto usted…? —empezó a preguntar Clive.
—Siéntese, por favor, calma, Folliot. Relájese. Esto no es Londres. La prisa aquí
está fuera de todo lugar. Las cosas se mueven muy lentamente aquí, en los trópicos.
Mejor que coma un poco o, si no, no sobrevivirá. Desayune algo.
Tocó un timbre y apareció un criado.
—Trae el servicio para el comandante Folliot, Mahmoud. Tráele algo de comer
antes de que se nos muera de hambre.
Clive seleccionó alguno de los platos que le ofrecían para desayunar y el criado
desapareció.
—Son un atajo de gandules, estos indígenas —dijo Kirk—. Siempre hay que ir tras
ellos; por el día no harían sino dormir y por la noche te robarían.
—¿Mahmoud dijo que era su nombre?
—Mahmoud, Alí, Abdul, no tiene ninguna importancia, mi querido Folliot. Un
indígena es un indígena. Y dígame, ¿ha salido alguna otra vez de las islas Británicas?
—Sólo una vez, sir John. A Madagascar.
Kirk tuvo un escalofrío.
—Un lugar horrible. Zanzíbar ya es bastante malo, pero hay lugares peores
todavía. Ahora, comandante, hábleme un poco del asunto que lo ha traído aquí.
Esta vez, Clive pudo hablar de lo que le preocupaba.
—Llegué anoche en compañía de otro inglés. Un sargento, un tal Horace
Hamilton Smythe.
—Lo siento —dijo Kirk.
—¿Qué quiere decir con «lo siento»? Íbamos juntos. Fue el sargento Smythe quien
pegó… ¿cómo lo llamó usted?… aquel golpe estruendoso. Fue él quien forzó la verja
exterior. Ahora me gustaría saber dónde está.
Kirk pinchó un pedazo de cordero de su plato, lo hundió en un montoncito de
salsa picante y se lo introdujo en la boca. Y lo empujó hacia abajo con la ayuda de un
sorbo de té.
—Lo siento, Folliot. Nunca oí hablar del tal individuo. No obstante, ya me extrañó
que ustedes encontraran la puerta abierta. Generalmente, por la noche cerramos con
llave para mantener alejados a los mendigos. El consulado es una presa atractiva para
ellos, ya sabe.
Capturó una pequeña patata y la envió a perseguir el pedazo de carne.
—Tendré que hablar con el servicio acerca de esto. No puedo permitir que,
durante la noche, Abdul deje la puerta de la verja mal cerrada; media ciudad es de su
raza, y volarían como una nube de langostas hacia aquí, si supieran que la puerta es
tan fácil de abrir.

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—Hablábamos del sargento Smythe, sir John —insistió Clive.
—No puedo ayudarlo, no puedo ayudarlo. Compréndame, un pobre hombre
como yo se siente un poco separado del mundo, tan lejos del hogar. Hay que izar la
bandera cada día, claro está. Hay que mantener a los nativos a raya. Hay que proteger
los intereses de Su Majestad, y así sucesivamente. Y hoy día cualquier tipejo viene a
husmear al África Oriental. Asombroso, Folliot, completamente asombroso. No es
que me queje, compréndame. El deber, el deber, el deber.
Aplicó mantequilla a un panecillo y de un mordisco se comió la mitad.
—Pero —y con el cuchillo señaló a Clive—, tiene usted que ponerme al día de los
acontecimientos del reino. ¿Qué sucede en el Parlamento? ¿Qué obras de teatro se
han estrenado en Londres? ¿Cuáles son los chismorreos sobre Buckingham Palace?
Hace tiempo ya que el príncipe Alberto está muerto, ¿no? ¿Qué hace una joven fuerte
y rolliza como Su Majestad? No puede encerrarse en un convento para el resto de su
vida, no sé si comprende usted lo que le quiero decir. Bien, cuente, cuente, Folliot.
Incómodo, Clive fue avanzando a través de un interminable desayuno,
proporcionando a su anfitrión noticias de lo que ocurría en la metrópolis.
Al final de la comida, Kirk condujo a Clive a su despacho. Completado con un
escritorio, el sello oficial y un retrato de la reina, constituía la oficina consular.
—Sir John —dijo Clive—, no entiendo su insistencia sobre no saber nada acerca
del sargento Smythe. Pero ya que rechaza entrar en el tema, no insistiré más. En lugar
de ello, le voy a pedir ayuda para mi misión.
—¿Y qué misión es esta, Folliot? Un inglés no viaja a esta cloaca tropical sin una
buena razón.
—Estoy buscando a mi hermano Neville.
Kirk apoyó el mentón en las puntas de los dedos de sus manos juntas como para
rezar. Clive calculó que la edad del cónsul se situaría alrededor de los treinta y cinco
años, un par de años mayor que él; sin embargo, sir John Kirk tenía la apariencia y el
aire de alguien envejecido por décadas de cinismo y de libertinaje. Quizá fuese el
resultado corriente de la vida en el servicio diplomático de Su Majestad. Un
consulado en un lugar como Zanzíbar, por fuerza tenía que alterar la vida de un
hombre.
—Neville Folliot era un buen chico. Pasó por aquí el año pasado, lleno de
entusiasmo.
—Vine para intentar seguirle el rastro, sir John.
—Iba en busca de las fuentes del Nilo, decía Neville. Burton, Speke, Livingstone,
Baker…, iba a superarlos a todos, a eclipsarlos a todos. Iba a ser el más famoso de los
exploradores. ¡Ja!
La carcajada de sir John Kirk fue desagradable.
—Le dije que se volviera a Inglaterra —continuó el cónsul—. África lo va a
devorar, le dije. Regrese a aquellos pastos frescos y a las calles civilizadas. No trate de
conquistar África, porque África va a conquistarlo a usted.

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Y asintió para insistir en la certeza de sus afirmaciones.
—Pero aun así, se fue. Lo ayudé a organizar su expedición. Lo llevé a palacio y lo
presenté a Seyyid. Sólo hizo que se agudizara su apetito por África. Lo he visto otras
veces, Folliot. África es como la morfina, Folliot. Una vez que se ha probado, se desea
más. Y, cada vez que uno toma otro poco, incrementa el deseo, el ansia. Yo estoy tan
cerca de ella como nadie puede estarlo, aquí en Zanzíbar. Pero nunca he vuelto a
poner los pies en el continente, porque sería mi perdición. Neville está perdido y, si
usted va a Ecuatoria, también encontrará allí su perdición. ¡No vaya, Folliot, se lo
aconsejo!
—Lo siento, sir John, pero mi decisión está tomada. No puedo abandonar la
búsqueda de mi hermano, hasta que lo saque sano y salvo de África o hasta que al
menos conozca su destino.
Clive se puso en pie. Y se llevó la mano al pecho en un gesto de determinación.
—¡He dicho! —anunció.
Kirk soltó una risotada.
—Ahórreme el melodrama, por favor, amigo mío. —Y suspiró profundamente—.
De acuerdo, no puedo detenerlo y no lo intentaré. Si está decidido a aniquilarse a sí
mismo, trataré al menos de que lo haga con el mejor equipamiento posible y bajo la
aprobación y el sello diplomáticos.
Llamó a un criado. Mientras el criado esperaba en pie, Kirk garabateó algo en una
hoja de papel oficial. Mandó al indígena a entregar el mensaje.
—¿Para qué era? —preguntó Clive tan pronto como se hubo retirado el criado.
—Era —anunció el cónsul— una petición de audiencia a Su Magnificencia el
sultán Seyyid Majid ben Said, para ser entregada en mano en el palacio real, y ser
presentada inmediatamente al sultán. Llegará dentro de una hora más o menos, y Su
Magnificencia dará una palmada con sus manos ilustres y concederá el favor
requerido por el cónsul residente de Su Majestad, y el distinguido visitante
comandante Clive Folliot será presentado a la Corte el mismo día de hoy.
John Kirk hizo una mueca sonriente.
—Así que, amigo mío, mejor que se vaya a arreglar y se ponga un poco elegante.
Aunque por aquí no son demasiado exigentes en la manera de vestir para visitar la
Corte, por fortuna. Así que pongámonos en movimiento.
—¿No va a esperar la respuesta del sultán?
En los labios de Kirk apareció una sonrisa.
—No sea ingenuo, Folliot. Estos tipos saben quién es el amo aquí. Si los árabes o
los negros empiezan a patalear, los aplastamos en un santiamén. Sus gobernantes son
lo bastante listos para darse cuenta de ello y saben que, si no mantienen a raya a los
suyos, sencillamente nos deshacemos de ellos y ponemos a otro que lleve mejor las
riendas.
Se levantó, hizo saltar una migaja de su pálido bigote y la servilleta le cayó al suelo.
—Vamos, pues, Folliot. Tendremos ocasión de contemplar un par de vistas en

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nuestro camino hacia palacio. —Cogió a Clive por el brazo y lo condujo fuera de la
estancia.
Mientras abandonaban el salón en donde habían desayunado, el cónsul llamó:
—¡Abdullah! ¡Alí! Todos vosotros, chicos, acercaos y limpiad esto. ¡Esta casa
pronto parecerá una verdadera pocilga!
Hubo un gran movimiento de pies descalzos y los criados convergieron en el
salón y empezaron a limpiar.

* * *
Los caballos levantaron las cabezas ante la proximidad de Kirk y Folliot. Un criado
sostenía las riendas de los animales. Eran un magnífico alazán con una mancha blanca
en la frente, para el cónsul, y un rucio moteado de aspecto agradable, para su invitado.
John Kirk tomó las riendas de su alazán y saltó a la silla. El cónsul vestía un traje
ligero de lino blanco y, como una concesión a lo especial del día, se cubría con un
salacot duro. Los guantes, la fusta y las botas eran de cuero cordobés y hacían
conjunto.
Clive Folliot, todavía con ropa prestada, permaneció unos momentos junto a su
montura para entablar el primer contacto: dio unos golpecitos suaves al morro del
rucio y le habló un poco, antes de subirse a la silla.
Las puertas del consulado ya estaban abiertas de par en par para la jornada, y los
caballos salieron amblando a paso suave.
—Creo que va usted a hacer buenas migas con el viejo Seyyid —dijo Kirk a Clive.
—¿Quiere decir que le gustan los británicos?
—No sea cándido, Folliot. Quiero decir que sabe perfectamente lo que le conviene
y que está totalmente dispuesto a hacer lo imposible para satisfacernos. Nos quiere a
su lado, si es posible en todo; vaya, al menos quiere que hagamos la vista gorda de vez
en cuando en algunas de las cosillas que ocurren en este rincón del mundo. Y
mientras esto no vulnere los intereses de Su Majestad, estamos muy dispuestos a
concederlo.
Clive meneó la cabeza. La tormenta de la noche anterior había dejado paso a la
bonanza, y las calles de Zanzíbar, antes convertidas en barriales, estaban de nuevo en
su usual condición: polvo y suciedad endurecidos.
Se aproximaban al bazar, y una mezcla de olores asaltó la nariz de Clive. Las
estrechas calles estaban rebosantes de árabes vestidos de blanco, africanos negros y
comerciantes de la India y de Indonesia. Clive no identificó a ningún europeo.
Los mendigos estaban por todas partes. Al principio rodearon en masa a los dos
ingleses a caballo, pero Kirk azotó con la fusta unas cuantas palmas extendidas y la
aglomeración se disolvió. La mayoría del tráfico circulaba a pie, pero también había
unos pocos carros tirados por asnos y alguno que otro caballo salvado de ser comido

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por sus esparavanes.
¡Y camellos!
Clive había visto camellos en Madagascar, pero de eso hacía años. Había olvidado
lo grandes que eran aquellos animales, que se alzaban por encima del rucio y el alazán
que él y sir Kirk cabalgaban.
La ciudad estaba construida en un terreno ondulado; el camino que seguían subía
durante un trecho y luego descendía nuevamente. El desigual y balanceante paso de
los camellos que rodeaban a los caballos ingleses hacía sentir a Folliot como si
navegase otra vez a bordo del Empress Philippa. Imponentes árabes cabalgaban en
algunos de aquellos enormes animales, con las ropas colgando a su alrededor, los
turbantes atados a sus cabezas y sus rifles de cañón larguísimo reposando en su
regazo.
Y en cuanto al olor de los animales… no había otro igual. Clive notó de pronto
que tenía una necesidad imperiosa del aire libre del mar que se respiraba desde la
cubierta del Empress. Lo que lo hizo recordar…
—¡Sir John!
El cónsul se volvió.
—Tengo que recuperar mi equipaje del Empress Philippa. Anoche hubo alguna
confusión con el capitán de puerto, pero el capitán Wingate seguramente mandará
mis pertenencias a tierra.
—Las mandará, ¿no? —rio Kirk.
El olor de los caballos y de los camellos se fusionó ahora con los olores de especias
con las que cocinaban al aire libre. Vendedores de comida se alineaban en la estrecha
calle, presentando ejemplos de sus mercancías para tentar a los viajeros. Y artesanos
del metal, ceramistas, curtidores de piel, llenaban cada hueco de las paredes.
Otro olor empezó a incorporarse al resto. Era el olor humano, parecido, pero a la
vez diferente, al hedor almizcleño de los árabes que se movían entre la muchedumbre.
Era un olor desagradable, malsano.
Clive contrajo la nariz.
—Bien, ¿qué hay de mi baúl? Al menos yo podría bajar al puerto y tratar de
alquilar un falucho, acercarme al Empress Philippa y hacer que me lo entregasen.
El camino ascendía otra vez. John Kirk estiró las riendas en la cima de la cuesta.
Clive Folliot detuvo su rucio junto al alazán de Kirk.
—¿Ve aquello? —El cónsul había extendido un brazo vestido de blanco y sostenía
la fusta en una mano enguantada de cuero cordobés. Señalaba hacia el puerto. No
había rastro del Empress Philippa. Luego Kirk desplazó su brazo hacia la izquierda,
indicando hacia el norte.
Encima del océano, una nube de humo negro que apenas se distinguía se
levantaba hacia el cielo.
—¿Le dijo el capitán Wingate cuál era su próximo destino, Folliot? —preguntó
Kirk.

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Clive balbuceó algo, tratando de recordar.
—No se torture, amigo mío. Se ha ido, de todas formas. Ahora estará a medio
camino de Pemba, diría yo. Y de allí, probablemente virará rumbo este, en dirección a
la India.
—Sí —consiguió pronunciar Clive—. Creo que dijo algo respecto a la India. —
Notó que sus mejillas y sus orejas enrojecían. Se sintió presa de un ridículo absoluto.
—No se preocupe, amigo mío. Vamos a equiparlo de nuevo. Podría conseguir lo
que quisiese, aquí mismo, en Zanzíbar; pero la verdad es que cuantas más cosas pueda
adquirir en el continente mejor será para usted, ¿comprende? ¡Para qué va a
preocuparse de cargarlo todo en un dhow y tener que transbordarlo al continente!
¡Demasiado trabajo, créame!
—Yo era de la opinión de que podía preparar una expedición completa en
Zanzíbar; luego pasarla al continente y simplemente continuar.
Kirk movió la cabeza negativamente.
—¿Por qué quiere cargarse de trabajo, amigo mío? Reunir todo el equipaje aquí,
cargarlo, transferirlo al continente, luego descargarlo y reunirlo todo de nuevo y
empezar la tarea de verdad. Inútil, inútil.
—¿Pero podré conseguir todo lo que necesite en el continente?
—Quedará sorprendido, Folliot. Hay muchas ciudades donde puede abastecerse
de lo que sea. Se ha convertido en una especie de industria local: proveer a los
exploradores europeos, ¿comprende? Un montón de comerciantes indios, mercaderes
árabes, incluso algunos blancos que se han vuelto medio indígenas. Probablemente lo
mejor es ir a Bagamoyo. Un lugar absolutamente miserable, pero adecuado a lo que
necesita. Puede obtener lo que quiera allí, pero se alegrará de irse del lugar no bien lo
tenga todo dispuesto, se lo aseguro.
Por primera vez desde que salieron del consulado de Su Majestad británica, una
zona de césped cuidado se hizo visible. La calle se ensanchó y los mendigos y
mercaderes disminuyeron. Guardias armados ataviados con feces y atuendos de
aspecto militar aparecieron a la vista.
Una verja alta de hierro forjado se levantaba al final de la calle, rodeando una zona
ajardinada de césped recortado y palmeras bien cuidadas. En el centro del parque
surgía graciosamente una estructura de coral blanco.
Los dos jinetes se acercaron y Clive distinguió las figuras geométricas que
dominaban la construcción. Balcones con dosel, tejados con almenas, columnas,
estaban diseñados con magnificencia y muy adornados.
—El viejo sultán Seyyid Said restauró este palacio —dijo Kirk a Clive—. Estaba
casi en ruinas en los días anteriores a su reino. O así lo dijeron mis predecesores en el
cargo. El último de ellos, Atkins Hamerton, estuvo aquí durante los días de Seyyid
Said. Un buen tipo, aquel sultán. O al menos eso dicen. Hamerton estaba a punto de
dejarlo todo y regresar a Inglaterra, cuando el viejo sultán llegó al final de su reinado,
¿sabe?

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Meneó la cabeza.
Un guardia árabe llegó corriendo desde la puerta de palacio. Miró un momento a
los dos hombres y a sus caballos, tomó las riendas del alazán y del rucio y los condujo
hacia palacio.
Pero en el momento en que levantó la vista para mirar a Clive Folliot, los ojos del
jinete inglés y los del guardia árabe se encontraron. Se mantuvieron fijos los unos en
los otros por unos segundos y luego el guardia volvió la cabeza.
Pero aquel instante fue suficiente para que Clive Folliot reconociera al guardia
árabe, el cual ciertamente podía haber sido un guardia, pero de ningún modo árabe.

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Segunda parte

Las fuentes del Nilo

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7
El «dhow Azazel»

El sol tropical batía los agitados mares tropicales mientras el dhow de vela triangular
salía lentamente del bochornoso puerto de Zanzíbar.
Clive mantenía los ojos semicerrados por la reverberación del sol. A pesar de la
sombra del ala de su salacot y de la relativa comodidad de su indumentaria caqui,
estaba ya empapado de sudor. Con cierto nerviosismo dio unos golpecitos a uno de
sus bolsillos, para asegurarse de que continuaba en su poder el salvoconducto real,
expedido por orden del sultán de Zanzíbar.
El salvoconducto ordenaba, a todos los que les fuese mostrado dentro de los
dominios del sultán Seyyid ben Said, el Ungido del Cielo, el Predilecto de los
Misericordiosos, etc., etc., ofrecer al portador, el Caballero Inglés comandante Clive
Folliot, súbdito de la reina Victoria y apreciado amigo y sirviente del susodicho
sultán, etcétera, toda la hospitalidad y asistencia en su misión, ganando así el favor y
el agradecimiento del Predilecto de los Piadosos… y todo lo demás.
Una vez que Clive hubiera pasado más allá de la estrecha franja costera que
reconocía (a veces) el dominio del sultán de Zanzíbar, el salvoconducto real podría
dejar de tener efectos legales, pero John Kirk había insinuado que era posible que
otros monarcas que reinaban en los países de Ecuatoria lo trataran con cierta
amabilidad.
Una brillante luz fulguró en el cielo, enfrente del dhow y por el costado de
estribor; hacia el noroeste de la embarcación. La luz creció en extensión e intensidad,
cambiando su color a través de una gradación que iba desde magenta a naranja
centelleante y luego a turquesa; al final, lentamente, se desvaneció.
Clive oyó los jadeos y las exclamaciones de los supersticiosos marineros árabes
durante todo el fenómeno.
Una segunda luz se encendió y se apagó.
Luego un anillo de resplandecientes puntos luminosos creció y lentamente
empezó a girar sobre sí mismo.
Era como un espectáculo de fuegos artificiales en el Támesis, pero Clive nunca
había contemplado una exhibición tan magnífica de luces, especialmente en la clara
luz del día.
Los árabes continuaban con sus exclamaciones. Las pocas palabras de su idioma
que Clive había entendido hasta el momento fueron suficientes para sugerirle lo que
pensaban de lo que estaban presenciando.
Debía de ser una exhibición de los ángeles, afirmaba un marinero. Algún alma
grande se separaba del ropaje de su cuerpo y era recibida en el paraíso por un círculo
de ángeles y de huríes.
No, discutía un segundo marinero. Las luces eran las puertas ardientes del
infierno, y los demonios al servicio de Satán se preparaban para descender a la Tierra

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y hacer la guerra a los ejércitos de los fieles. Seguro que aquello era el resultado de
navegar a bordo de un dhow con un nombre tan impío como Azazel (un ángel, en
efecto, ¡pero uno de los que se habían rebelado contra la voluntad del cielo y que
había sido expulsado para convertirse en el despreciado y maldito Eblis!).
La vela triangular de dhow había caído fláccida durante el extraño espectáculo.
Ahora el cielo empezó a oscurecerse y el sonido de un distante aullido se fue haciendo
audible poco a poco.
Clive miraba cómo los marineros caían de rodillas, levantaban las manos
suplicando a su divinidad, gritando aterrorizados una plegaria. Él mismo sintió un
impulso similar; sólo resistió para mantener la dignidad frente a aquellos semitas a
medio civilizar. A pesar de eso, la demostración celestial había sido para él asombrosa
y llena de misterio. ¿Qué podían haber representado aquellas luces? Si había sido un
fenómeno de la naturaleza, era completamente diferente de los que Clive conocía
hasta el momento. Si era un fenómeno de origen humano… Pero no, era demasiado
inverosímil considerarlo así.
Entonces la vela del dhow comenzó a batir espasmódicamente. El capitán de la
barca, un musculoso árabe en chilaba mugrienta y de despeinada barba, se acercó a
grandes pasos a sus hombres, ordenándoles a gritos que regresasen a sus puestos, pero
sin resultado.
El aire se sentía pesado, húmedo y, de repente, para mayor estupefacción, helado.
Clive se levantó las solapas del cuello para cubrirse el mentón. Las mantuvo así
con una mano, y con la otra se agarró a la rudimentaria barandilla de la embarcación
y miró atónito y atemorizado hacia el norte.
Una negra nube ciclópea avanzaba hacia ellos por el estrecho de Zanzíbar. Debajo
de ella, una atorbellinada masa oscura descendía hacia el agua, mientras que de la
superficie del estrecho una columna de mar verde se alzaba para ir a encontrarse con
la oscuridad. Fogonazos de relámpagos bailaban entre la nube y el mar. Algunos de
ellos caían en picado o surgían verticales abriendo grietas en el cielo, paralelas a la
monstruosa tromba de agua. Otros descargaban en el interior de la columna,
iluminándola durante una fracción de segundo, de tal modo que aquella chimenea de
nube y agua se convertía en un resplandor de negro y verde.
La antinatural inmovilidad que había dominado hasta entonces (una quietud en la
cual cada plegaria gutural, cada maldición ronca, cada crujido de las podridas
cuadernas pudieron oírse con toda nitidez) llegó a su fin. Con una estruendosa ráfaga
de viento húmedo de salmuera, la tromba marina arremetió contra el Azazel.
Clive Folliot se sintió levantado en peso de la cubierta de la embarcación. La
barandilla a la que se cogía con todas sus fuerzas le fue arrebatada como si un gigante
hubiese quitado el juguete a un chiquillo.
Fue un momento de una rara objetividad. Como liberado de su cuerpo, Clive
pudo atender con toda precisión a las cosas que le ocurrían y a las que ocurrían a su
lado, pero fue absolutamente incapaz de resistir a las fuerzas que se le imponían, a él y

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al mundo.
Todo dio vueltas. El cielo se convirtió en mar, el mar en cielo. Pero, en su estado
de objetividad, Clive rechazó esta explicación. En lugar de eso, dedujo que el
monstruoso viento que lo amortajaba, a él y a todo lo que tenía a su alrededor, lo
había invertido, puesto con la cabeza abajo y los pies arriba.
Vio marineros flotando en el aire como graciosas gaviotas.
Vio el Azazel levantarse con sorprendente gallardía de la superficie del estrecho de
Zanzíbar y girar airosamente sobre sí mismo a través del aire, con una elegancia y una
gracia encantadoras.
Se preguntó por los demás de a bordo. Reconoció la silueta del capitán
revoloteando lentamente en el aire, con la pobre barba fustigada por el torbellino y su
rostro desencajado de asombro.
Reconoció a los demás marineros que había visto a bordo del Azazel.
Por un momento, creyó distinguir la cara de Horace Hamilton Smythe, pero el
sargento mayor, convertido en mandarín reconvertido en guardia del sultán,
desapareció antes de que Clive Folliot tuviera tiempo de confirmar su impresión.
Vio las aguas negruzcas del estrecho que se levantaban contra él, pero su mente
transformó el cuadro en otro: ahora era él mismo que caía en picado, del cielo hacia el
mar.
Cuando se zambulló en el agua, aún pudo seguir oyendo la ruidosa mescolanza de
gritos en árabe, cuadernas que se partían, aullidos del viento, golpes de las olas… y
otro sonido, un sonido extraño y distante que era incapaz de identificar, pero que
inexplicablemente sabía que contenía la clave de su destino.
Quizás había vuelto en sí brevemente mientras había permanecido sumergido en
las agitadas aguas del estrecho; pero, si fue así, aquel estado consciente debió de haber
durado sólo un instante; y luego él se perdió de nuevo en la oscuridad.

* * *
Cuando recuperó los sentidos, yacía en una playa arenosa, salpicada de rocas. El sol
salía, iluminando una terraza con palmeras, mientras las últimas estrellas se
desvanecían en un cielo que se aclaraba a gran velocidad. Clive se puso en pie con
gran esfuerzo, superó una debilidad momentánea y, tambaleándose, se acercó hasta la
roca más próxima. Se apoyó en ella y trató de orientarse.
El estrecho de Zanzíbar ya no mostraba señales de la feroz tormenta que había
sufrido, ni había evidencias del dhow Azazel. Clive tanteó su bolsillo buscando el reloj
y entonces se percató de que la violencia que había destruido la embarcación a vela,
también le había hecho pedazos y arrebatado parte de la ropa.
El reloj continuaba en el sitio donde lo había guardado, pero había sido aplastado
a causa de algún impacto y estaba inundado de agua salada. Con una maldición, lo

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lanzó al mar.
A lo largo de la playa había esparcidos desechos de la embarcación naufragada.
Clive inspeccionó los que alcanzó con la vista, andando pesadamente playa arriba y
playa abajo, con sus andrajos caqui y las botas llenas de agua a las que se iba
adhiriendo la arena cada vez que se arrodillaba para examinar algún resto.
No había nada útil. Cuadernas hechas trizas, harapos deshilachados de lona de la
vela, aparejos rotos. Ningún utensilio, ninguna herramienta de la barca, ningún
cuchillo, ninguna arma de fuego. Era un Robinson Crusoe de la nueva época, y en
vano trató de recordar si el original había encontrado herramientas y armas en su isla
desierta o había tenido que improvisar con la materia prima de la naturaleza.
¡A lo mejor Clive encontraría un Viernes para ayudarlo!
Prosiguió su camino a lo largo de la playa. Creyó reconocer la silueta de un ser
humano, tendido boca abajo. Echó a correr torpemente por la arena, con las botas que
le pesaban y le rozaban la piel de los pies. Era un hombre: ¡un marinero del Azazel!
Clive se arrodilló junto al hombre y observó con atención su rostro yerto. El horror
que se dibujaba en los ojos del hombre fue para Clive como una punzada en el
corazón. Intentó levantar al hombre del suelo y entonces se apercibió de que el
marinero tenía el cuello roto. Lo dejó en tierra otra vez, y con los dedos temblorosos
consiguió cerrarle los ojos.
Otras espantosas pruebas de los efectos asesinos de la tormenta sembraban la
playa, pero Clive no fue capaz de acercarse a examinar ningún otro cuerpo más allá de
lo necesario para tener la certeza de que no había ninguno vivo.
«¿Soy el único que se ha salvado?», consideró. «¿Acaso la tormenta mató a todos
los ocupantes del Azazel?».
Después de todo, quizá Robinson Crusoe no era el modelo para su situación.
Quizá se acercaba más a un moderno Jonás.
Avanzó hacia el linde de la jungla, que marcaba el final de la playa. Para su
asombro, descubrió que había encontrado su salacot en algún momento de su
deambular y que lo llevaba en la mano.
Inconscientemente, se lo puso en la cabeza.
Intentó calcular el número de cuerpos que había visto desparramados por la
playa. Estaba seguro de que había muchos menos cadáveres que marineros habían
tripulado el Azazel. Los demás debían de haber sido arrastrados hasta puntos más
alejados de la costa o quizá tragados definitivamente por el mar; pero también era
posible que no fuese el único superviviente de la tempestad.
¿Podían otros haber sobrevivido en el agua y sido rescatados por una embarcación
que hubiese pasado más tarde? ¿O haber sido llevados suavemente a la orilla, desde
donde habrían emprendido el camino hacia el interior antes de que Clive hubiera
recuperado los sentidos?
Inclinó la cabeza y escuchó. De algún lugar provenía un murmullo de agua
corriente. Se volvió muy despacio hasta que lo localizó, y entonces echó a andar

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decididamente a lo largo de la margen de la jungla, en dirección al lugar de donde
provenía el sonido.
No tenía ganas de comer, pero durante su dura prueba había tragado agua salada
y había pernoctado en la playa, y ahora, mientras el sol se elevaba hacia su zenit
tropical y sus rayos lo caldeaban hasta secarlo, fue consciente de que sufría una sed
como nunca había experimentado.
Anduvo arrastrando los pies por la playa durante lo que le pareció horas, pero
cada vez que se detenía y calculaba la hora por la posición del sol, descubría que sólo
habían pasado unos pocos minutos. Se acercó tambaleándose a la orilla del mar y
hundió la mano en el suave oleaje. Era sorprendente pensar que, sólo la noche
anterior, aquellas aguas, ahora apenas rizadas, habían sido un furioso remolino.
Alzó la mano en forma de cuenco, llena de agua, y la sostuvo delante de la boca.
Creía poder olería, imaginaba poder probar su nítido frescor, con su lengua hinchada
y sus labios agrietados.
Con un gemido dejó que la salmuera se le escurriese por entre los dedos.
Conocía demasiado bien el precio que tendría que pagar por el momento de falso
alivio que le habría proporcionado un sorbo de agua marina.
Y se lanzó a correr a trompicones y a bandazos. ¡El murmullo del agua corriente
estaba cerca! Se acercó de nuevo hacia la sombra de la margen de la jungla,
obligándose a sí mismo a avanzar paso a paso.
Ante él, el agua clara del río Uami hendía la arena de la playa y se mezclaba con el
agua salada del estrecho de Zanzíbar.
Clive se echó de bruces y apaciguó su sed en el Uami. Primero paladeó el gusto del
agua, para asegurarse de que era clara y limpia de sal. Luego tomó un sorbo cauteloso,
y finalmente bebió tanto como su estómago ansioso pudo tolerar.
Se abrió camino durante unos centenares de metros río arriba, andando por
debajo de árboles altísimos, los cuales llegaban a crecer incluso en la misma orilla del
río. Con la mano buscó el tubo de cuero en el cual transportaba el papel para los
despachos, lapiceros y unos pocos mapas de mala calidad, que había podido obtener
de la zona.
Pero el estuche había desaparecido.
Intentó encontrar el salvoconducto de Seyyid Majid ben Said. Pero no sólo el
salvoconducto estaba perdido, sino también la misma prenda de ropa en cuyo bolsillo
lo había guardado.
Era ya tiempo de serenarse y de tomar decisiones. Se sentó en la orilla del río y
procuró, con toda la calma que le fue posible, recordar visualmente el mapa. Si tuviera
a mano un poder esotérico como el imaginado por Du Maurier…; pero, para evocar,
Folliot sólo podía confiar en el poder limitado de su memoria humana.
Se dirigía a Bagamoyo y sabía que el poblado estaba situado a algunos kilómetros
al sur del Uami, en la costa. Desde la orilla en donde estaba sentado, el agua corría de
su derecha hacia su izquierda; la desembocadura del río se encontraba en el estrecho

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de Zanzíbar; sabía, pues, que tenía que atravesar sus aguas para emprender la marcha
hacia Bagamoyo.
La otra única alternativa era tomar rumbo norte hacia… Intentó recordar. Si se
dirigía al norte, al final llegaría al río Pangani. Había un poblado en la desembocadura
del Pangani, pero Folliot no tenía deseos de añadir distancia suplementaria a su
caminata. No tenía en su poder recipiente alguno en el cual llevar agua fresca, y hacía
sólo unos minutos había estado peligrosamente a punto de ceder a la tentación de
beber agua salada.
Además, el Uami no parecía ni demasiado profundo ni demasiado rápido para ser
cruzado.
Folliot registró la orilla río arriba y río abajo hasta que encontró una rama, caída
de un árbol, y agradeció al cielo que en aquella jungla no sólo crecieran palmeras
comunes. Se sacó las botas, ató los cordones de una con los de la otra y las colgó en la
rama. Se sacó los pantalones y los añadió a la carga.
Vestido sólo con calzoncillos y una camisa rota, con el salacot todavía depositado
cómicamente en la cabeza, empezó a cruzar a nado el río. Apoyaba un brazo en la
rama, que usaba simultáneamente como soporte para él mismo y como medio de
transporte para sus botas y sus pantalones.
Otros troncos parecían flotar en las lentas aguas del Uami. Clive notó que el agua
fresca, al lavarle la sal del cuerpo, le devolvía el vigor. Ya casi estaba en la orilla
opuesta cuando uno de los troncos flotantes abrió un par de ojos amarillos, gatunos,
que lo miraron fijamente.
Con una sacudida de su musculosa cola, el cocodrilo arremetió contra Clive, con
la boca abierta en ángulo recto, mostrando su interior rosa y sus relucientes dientes.
Clive lo esquivó; pero fue la llegada de un segundo anfibio, mucho más grande y
hambriento que el primero, lo que salvó su vida.
El segundo cocodrilo cerró sus mandíbulas en el cuello del primero, y lo hizo
volcar. Un estruendoso grito de rabia y de dolor se alzó de las aguas e hizo que Clive
redoblara el frenesí de sus brazadas.
Las dos bestias hambrientas (la primera llegaba perfectamente a los tres metros y
medio y la segunda se acercaba a los cuatro y medio) se mordieron, se desgarraron, se
destrozaron en las aguas del Uami. Mientras, Clive trepó a la orilla, arrastrando su
rama como si fuese su más valioso cargamento. Se volvió para contemplar con horror
los dos animales que ahora luchaban como enajenados: era totalmente evidente que
habían olvidado la presencia de un ser humano y su valor como alimento.
Clive descolgó las botas y los pantalones de la rama y se puso unas y otros. La
rama era demasiado pesada para cargar con ella, pero consiguió romper un trozo de
su extremo y llevó ese trozo con él, a modo de bastón para apoyarse, y de arma
rudimentaria, si se presentaba el caso en que pudiera necesitar una.
El estrépito y los gritos de los cocodrilos que combatían se fueron apagando a
medida que se alejaba del río. A la caída de la noche, Clive estaba exhausto. La sed lo

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asaltó de nuevo, y esta vez acompañada de retorcijones de estómago que significaban
hambre.
No veía nada que fuese comestible, y Folliot no se encontraba en estado de
empezar una cacería. Buscó un árbol por el que pudiera trepar con facilidad, y arriba
se acurrucó en una posición tolerable y consiguió unas pocas horas de sueño
reparador.
Con calambres en todas las articulaciones y todos los músculos doloridos, un
gusto amargo en la boca y unas entrañas que murmuraban, Clive Folliot descendió
del árbol en el cual había pasado la noche.
Tomó sus pertenencias y reanudó su marcha hacia Bagamoyo. Consideró una vez
más la posibilidad de buscar comida, pero le pareció que podría llegar al poblado a
mediodía y que haría mejor en buscar alimento allí que no en la jungla.
No era un viajero experimentado en la jungla africana, pero al darse cuenta de que
su ignorancia era su principal desventaja, también se percataba de que el
reconocimiento de esta ignorancia era el mayor de sus aciertos. Estaría alerta, pues;
sería cauteloso respecto a las cosas de su alrededor, y esta extremada precaución lo
conservaría vivo.
Mantuvo su andar por la margen de la jungla, evitando de esta forma el sol directo
y el aire reseco de la playa, sin tener que enfrentarse a los peligros del interior.
Observaba el follaje de los árboles sobre su cabeza, atento a que no hubiera alguna
serpiente al acecho, o a que otro depredador pudiera echársele encima.
Había esperado encontrar un sendero en la jungla, hecho por los indígenas negros
o por los mercaderes árabes, o incluso el rastro batido por los pecaríes salvajes que se
suponía que habitaban la región, pero no pudo localizar nada. Sin embargo, la maleza
sólo era moderadamente densa y Folliot era capaz de avanzar a través de ella sin la
ayuda de un machete.

* * *
Llegó hasta él como el péndulo oscilante de un relato de terror del americano Edgard
Allan Poe, pero era mucho más terrorífico que el filo de una navaja de afeitar, ya que
tenía vida y estaba llena de maldad.
Tenía dos hileras de ojos refulgentes como rubíes en la atenuada luz de la jungla.
Tenía colmillos que supuraban veneno.
De algún remoto repliegue del cerebro, a Clive Folliot le vino la idea de que tenía
que estar suspendida de un largo cable o de una cuerda de seda pegajosa. Pero Clive
no tuvo tiempo de analizar sus pensamientos. Sólo pudo actuar por puro reflejo, y
fueron únicamente sus reflejos los que lo salvaron, aunque por muy poco.
Logró levantar su bastón (el remanente de la rama que había usado para cruzar el
río Uami) antes de que la enorme araña lo alcanzase.

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Así fue como el arácnido chocó contra el palo. Folliot pegó con el bastón como si
hubiera utilizado un bate de criquet. Golpeó a la araña oblicuamente, no en forma lo
bastante directa o con la fuerza suficiente para apartarla a un lado. Y, en lugar de
chocar frontalmente con la cabeza de Folliot, la bestia sólo le rozó la mejilla.
Folliot sintió que el salacot salía despedido y caía por los suelos. Un latigazo de
fuego le fustigó un lado del rostro, desde la punta de la nariz hasta el lóbulo de la
oreja. Giró sobre sí mismo como un rayo y vio que la araña había alcanzado el zenit
de su recorrido y que ya iniciaba el descenso hacia él.
¡El balanceo de la araña era precisamente como el del péndulo del señor Poe!
Clive levantó su bastón y lanzó un nuevo golpe a la araña. Era un animal
gigantesco: un monstruo de la medida de un gato doméstico cebado en exceso: ¡la
telaraña de seda que la sostenía debía de ser tan gruesa como una amarra de barco!
Antes del momento del impacto, el monstruo consiguió desconectarse del sedal.
Su recorrido, hasta aquel instante un arco perfecto, siguió por la tangente.
El bastón de Folliot erró la araña, pero esta logró afianzar sus patas en el palo; de
inmediato subió por el pedazo de rama de árbol, por el brazo de Folliot y luego por el
hombro.
Clive fue tumbado. Tendido en el suelo alcanzó a ver los ojos rojos como rubíes
del monstruo, que observaban malévolamente los suyos. La araña estaba agazapada
en el pecho casi desnudo de Folliot. Sus fauces brillaban con gotas de veneno.
Algo surcó el aire zumbando por encima de la cabeza de Clive, y la araña
desapareció de su pecho. De inmediato, Folliot hizo un gran esfuerzo para ponerse en
pie, pero le dolía la cabeza y tenía la visión nublada. La mente le comunicaba que el
veneno que había recibido en el primer ataque de la araña estaba haciendo su efecto.
Se recostó contra el tronco de un árbol y buscó el animal con la mirada. La araña
estaba tendida de espaldas, con una lanza de casi dos metros atravesándole el cuerpo.
Todavía estaba con vida, y luchaba frenéticamente para ponerse boca abajo. Clive
observaba fascinado cómo la araña pataleaba y rasguñaba con desesperación en el
suelo de la jungla. Finalmente consiguió poner las patas en tierra.
Aunque la lanza indígena continuaba clavada en su carne, la araña arrastró su
cuerpo hacia adelante, con los ojos clavados en Clive.
Folliot retrocedió, intentando alejarse de la araña. Alguna parte de su cerebro,
remota y objetiva, recordaba que, no hacía mucho tiempo, le habían dicho que las
arañas no atacaban a enemigos de mayor tamaño que ellas. Él era bastante más
voluminoso que aquella araña, a pesar de lo enorme que era esta. ¿No podría algún
profesor de historia natural informar a la bestia de que su conducta era anormal y
convencerla de que abandonase su ataque, de que desistiese de sus intenciones?
A cada paso, Clive se sentía más debilitado, más próximo a desfallecer.
A cada paso, en cambio, la monstruosa araña parecía fortalecerse más.

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8
Bagamoyo

Algo dentro de Clive le decía que si permanecía unos instantes más en la jungla,
moriría. Moriría con toda seguridad. Se derrumbaría y la araña lo alcanzaría y le
inyectaría una segunda, y esta vez fatal, dosis de veneno.
Los dos, mamífero y arácnido, quedarían yertos en el suelo de la jungla, fácil presa
para el primer carroñero que se acercase.
¿De quién era la lanza que había atravesado a la araña? Clive no tenía manera de
saberlo, pero, fuera quien fuese quien había lanzado el arma con tan buena puntería y
tanta fuerza, no demostraba ninguna intención de revelarse o de ofrecer más ayuda.
Folliot tenía que terminar la lucha por sí solo.
Consiguió avanzar los escasos metros que le faltaban para salir de la maleza y
encontrarse en la costa arenosa otra vez, y puso cierta distancia entre él y la jungla.
Pudo oír el arrastrarse de los ocho miembros de la araña, acabados en lo que
parecían unas garras, en el suelo de la jungla, el roce de la lanza, y, añadido a estos,
otro ruido, un espeluznante gorjeo ululante como nunca antes había oído.
¿Tenía voz la araña?
¿Era su grito de caza?
Folliot sintió un escalofrío en la columna vertebral.
El agua salada espumeaba alrededor de sus tobillos.
Se volvió para mirar hacia la jungla: en la margen de esta, dos hileras de ojos
furiosos le acechaban con un fulgor rojo de rubí.
La araña salió de la sombra de la última fila de árboles y entró en la arena.
Folliot dio un paso atrás. Quiso alzar su bastón en una postura defensiva, pero se
dio cuenta con desesperación de que ya no estaba en su poder: lo había dejado en la
jungla y todavía permanecía allí, lejos de su alcance.
La araña soltó su espeluznante grito gorjeante, y mostró sus colmillos erectos
como sables gemelos.
Folliot dio otro paso tambaleante hacia atrás, luego otro más. La bota patinó en
algo plano y liso, cubierto de una delgada capa de arena, y sintió que perdía el
equilibrio. Cayó de espaldas y aterrizó con un golpe apagado en el borde del
rompiente.
La araña lanzó su gorjeo otra vez. Folliot observó cómo el animal avanzaba
arrastrándose dolorosamente, con la lanza cubierta de sangre extendida delante de sí.
En alguna sinuosidad recóndita de su mente, Folliot sintió misericordia por la agonía
que debía de sufrir la araña, y admiró el coraje y la resolución que la llevaban a
arrastrarse hasta su presa, incluso a sabiendas de que estaba cerca de su propia
muerte.
La araña alcanzó la pierna de Clive. Una gota de veneno cayó de sus mandíbulas y
estalló contra la carne desnuda, allí donde sus pantalones destrozados la dejaban al

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descubierto.
Era como si le hubiesen aplicado fuego en las terminaciones nerviosas abiertas al
aire. Enloquecido por el dolor abrasador del veneno, su mano buscó instintivamente
el objeto enterrado, cualquiera que fuese, que lo había hecho caer.
Con súbita energía se puso en pie, y alzó el objeto delante de sus ojos asombrados.
¡Era una cimitarra! Su hoja de metal brillaba y estaba limpia de óxido. Debía de
haberla llevado algún marinero del Azazel.
¿Qué ironía del destino había arrastrado al marinero a la playa y luego había
llevado de nuevo su cadáver mar adentro dejando detrás su arma?
Clive estaba erguido, dominando a la araña con su altura. El sol hacía caer su
sombra negra en la sangrante y lanceada forma. Como el ángel de la muerte, Folliot
asestó un golpe de cimitarra y partió a la araña en dos.
Matarla había sido un acto de piedad, más que de crueldad.
Folliot cogió la lanza por el asta. Se adentró un poco en las aguas y limpió
cuidadosamente el veneno y la sangre de la lanza y de la cimitarra. Hizo lo mismo con
la herida de su rostro y el desgarrón ardiente de su pierna.
Frotó con suavidad la cimitarra en la fina arena hasta que estuvo completamente
seca; luego la friccionó contra sus pantalones para abrillantarla, y se la colgó con el
grueso cinturón de cuero que le sostenía los pantalones rotos.
Lanza en ristre, se dirigió de nuevo a la margen de la jungla y desde allí reanudó
su marcha hacia Bagamoyo.
La cabeza ya empezaba a darle vueltas una vez más, pero consiguió conservar los
sentidos hasta que llegó al final de la jungla; el claro le indicaba que, después de todo,
había llegado sano y salvo a Bagamoyo.
En aquel punto perdió la conciencia de lo que lo rodeaba y de él mismo. Imágenes
vagas del cielo y de la tierra, de ojos inmensos y rostros negros, de palabras habladas
en una lengua desconocida, tomaron el lugar de las percepciones coherentes.
Luego, incluso las imágenes del desvarío desaparecieron en la oscuridad, y por un
tiempo perdió toda noción de su ser.

* * *
Sólo había luces oscilantes y sombras danzantes y un rumor bajo de cánticos y
tambores distantes, más una extraña sensación, como si una brisa refrescante jugase
intermitentemente encima de su piel, ardiente y recubierta de sudor.
Clive parpadeó y trató de identificar lo que lo rodeaba. Un rostro negro lo miraba
desde arriba, un rostro negro pegado a una forma desnuda.
Cerró los ojos con fuerza durante un momento, luego los volvió a abrir para
comprobar si la extraña visión había desaparecido. No, no había desaparecido. La
mujer estaba agachada a su lado, abanicándolo lentamente con una hoja de palmera.

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Aquello era la fuente de la brisa que sentía.
Clive se llevó una mano a la cara. Tenía la piel febril, pero una cataplasma de hojas
cubría la herida que las fauces venenosas de la araña le habían infligido.
Trató de sentarse, pero la mujer le colocó la mano en el hombro y lo empujó para
que se acostase de nuevo. Los ojos de Clive no dejaban de vagar del grave rostro de la
mujer a su magnífico torso. Llevaba los pechos al descubierto y colgaban
graciosamente delante de él, columpiándose a cada movimiento que ella hacía. Tenía
la cintura delgada y las caderas generosas.
Vestía como adorno un collar de arcos de madera pintados de distintos tonos de
rojo, amarillo y marrón. Llevaba el pelo embadurnado con algo, posiblemente barro, y
secado en forma de un alto pináculo.
—¿Quién eres? —le preguntó Folliot—. ¿Es esto Bagamoyo?
La mujer sonrió, feliz.
—Bagamoyo —repitió ella. Y luego una retahíla de sílabas, sin significado para
Folliot.
—¿Hablas inglés? —preguntó.
Su respuesta fue incomprensible.
—¿Y francés? ¿Alemán? ¿Árabe? —Si hablaba árabe, apenas sería mejor que si no
era así, pero cabía la posibilidad de que hubiese un árabe en la vecindad que hablase
además alguna de las lenguas europeas civilizadas. Así ocurría con muchos de ellos en
Zanzíbar.
Movió la cabeza negativamente, sin esperanza.
—¿No hay ningún hombre blanco por aquí? —intentó de nuevo—. ¿No has visto
nunca a un hombre blanco? ¿Un doctor? ¿Un comerciante? ¿Un misionero?
Reconoció la última palabra, o al menos esto pareció. Clive empezaba a tener
problemas de concentración en sus intentos de diálogo, con aquella desnudez
mostrada libremente. Pero ella ahora asintió con la cabeza, sonriendo con aire feliz.
—Padre blanco —dijo.
—¡Sí! ¡Vaya, esto parece mejorar! ¿Hay un padre blanco en Bagamoyo?
—¡Bagamoyo! ¡Padre blanco, Bagamoyo! —chapurreó en su propio idioma, pero
repitiendo varias veces las palabras padre blanco y Bagamoyo.
—Tráelo, pues —la apremió Folliot—. Ve a buscar al padre blanco. Trae al padre
blanco, por favor.
Cuánto de esto había entendido la mujer negra, Clive no lo sabría nunca. Pero era
evidente que había captado la intención de sus palabras, ya que dejó a un lado su
abanico de hojas de palmera y salió de la choza.
Clive yacía contemplando el techo de cañas y paja entretejidas, observando las
sombras que danzaban y escuchando los cánticos y el retumbar rítmico de los
tambores. Palpó en busca de su reloj y luego recordó que lo había tirado en la playa.
Se preguntaba qué hora sería, cuánto tiempo había permanecido inconsciente en la
choza y cuánto tiempo permanecería tendido ahora en espera de la llegada del padre

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blanco.
Oyó un movimiento fuera de la choza y abrió los ojos. La cara que vio, iluminada
por la lámpara de aceite que producía aquellas sombras danzantes, era redonda,
rosada y alegre, y el flequillo que le colgaba en la frente podía haber sido tiempo atrás
pelirrojo, pero ahora era casi totalmente canoso.
Aquellos ojos apagados —quizás antes de un azul intenso— miraban a través de
gruesas lentes de montura metálica y eran pálidos y grises como el flequillo de la
frente.
—Es cierto, entonces —dijo el recién llegado—. ¡T’nembi decía la verdad!
Clive intentó sentarse, y un par de manos viejas, fuertes y endurecidas por el
trabajo lo ayudaron a conseguirlo. Los ojos le empezaron a girar, las estrellas
empezaron a danzar ante ellos y un millón de demonios utilizaron los tímpanos de su
cráneo como tambor.
El recién llegado lo empujó de nuevo hacia el primitivo jergón donde estaba
acostado.
—Quizá demasiado aprisa, amigo mío. Ciertamente todavía no estás lo bastante
fuerte para levantarte.
—Habla usted inglés —balbuceó Clive.
—Hay quien piensa que lo hago muy pobremente —respondió el otro—. Pero
inglés es lo que hablo. Aunque lo cierto es que no tengo muchas oportunidades de
usar mi lengua materna por estos andurriales.
El hombre se inclinó encima de Clive, y este creyó detectar un leve olor a alcohol
en el aliento del otro. El hombre meneó la cabeza.
—Quizá tendrías la amabilidad de decirnos quién eres, mi querido joven héroe.
Llegaste al poblado a trancas y barrancas (o así me lo ha contado T’nembi),
blandiendo la cimitarra como un salvaje sarraceno y agitando la lanza como un
indígena, y desvariando acerca de una araña enorme como una casa.
Se le acercó más, para examinarle la herida emplastada de la cara. El aliento de
licor en su respiración llegó a Clive con más intensidad. Levantó con cuidado algunas
hojas de la herida, cabeceó gravemente, y luego volvió a aplicarlas contra la piel del
enfermo.
—Casi puedo creer lo de la araña. La querida T’nembi es una buena muchacha.
Está intentando aprender inglés, pero sólo sabe unas pocas palabras. No creía que
supiese araña; pero por el aspecto de la herida de tu rostro, joven héroe, me parece
que ahora ya la conoce.
Se puso en cuclillas.
Clive se esforzó de nuevo para incorporarse, apoyándose en un codo, y el otro
volvió a acercarse para ayudarlo. Esta vez, Clive fue capaz de sentarse frente a su
visitante, sin desfallecer.
—¿Estoy en Bagamoyo? —preguntó.
—Ciertamente estás en Bagamoyo —asintió el otro.

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—Y… ¿quién es usted?
—El padre O’Hara. Mi madre me llamó Timothy F. X., por su querido hermano y
por su santo predilecto. Y el Señor me llamó para la misión de evangelizar a estos
salvajes irredentos. —Hizo un ademán que habría podido incluir tanto solamente el
interior de la choza como el África entera, por lo que Clive pudo entender.
Detrás del sacerdote, Clive distinguía la entrada a la cabaña de paja. Había
amanecido y el deslumbrante sol tropical se elevaba por encima del estrecho de
Zanzíbar y seguía el trazo de la bóveda del radiante cielo que cubría Bagamoyo.
—¿Crees que podrás tomar algún alimento, joven? —preguntó el sacerdote.
Clive masculló una respuesta afirmativa.
El padre O’Hara lanzó un torrente de sílabas por encima de su hombro. La mujer
negra T’nembi se levantó y salió de la choza. Clive no se había fijado en que estaba
allí, acurrucada contra la pared.
Estuvo de vuelta casi inmediatamente después de desaparecer; llevaba un cuenco
de gachas calientes y una vasija de arcilla, que depositó junto al padre O’Hara.
El padre levantó la vasija y echó un largo trago.
—La cerveza indígena —dijo—. Echo de menos el buen whiskey irlandés, pero
esta cerveza es la mejor de las que he probado.
Habló de nuevo a T’nembi, que estaba arrodillada junto al jergón de Clive y le
daba de comer las gachas. Tenían un sabor suave, pero como de madera, y tan pronto
se hubo tragado el primer bocado, Clive sintió que empezaba a recuperar las fuerzas.
La mujer daba de comer a Clive con los dedos. Parecía que los cubiertos eran
instrumentos desconocidos en Bagamoyo. Y T’nembi continuaba desnuda; para el
padre O’Hara, la vista de la mujer parecía tan natural o de tan poca importancia como
lo sería la de un árbol, pero Clive se sentía incómodamente consciente de que
T’nembi no sólo estaba desnuda, sino que era una de las hembras más excitantes que
había tenido nunca la oportunidad de contemplar.
—Bien, ahora ya sabes quién soy, muchacho —dijo el padre O’Hara—, pero yo no
tengo ni la más remota idea de quién puedas ser tú. Ni de cómo has llegado a
extraviarte sin compañía alguna, en este peligroso país y apenas con un hilo de ropa.
Clive bajó la vista hacia sí mismo y se apercibió de lo destrozado que estaba su
traje.
—Soy…, soy el comandante Folliot —logró soltar.
El padre escrutó atentamente su rostro.
—Esto lo encuentro un poco difícil de creer, amigo mío.
Clive empezó a mover la cabeza, pero luego lo pensó mejor.
—Pero soy yo. Soy Clive Folliot, comandante del quinto regimiento de la Guardia
Montada Imperial.
—¡Ahora! —asintió el sacerdote. Echó otro largo trago de la vasija y se limpió la
boca con la manga de su ancha vestimenta—. Esto ya puedo creerlo. Creí que
afirmabas ser el comandante Neville Folliot; porque a Neville sí que lo conocí, y

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puedo decir con toda seguridad que tú no eres él. Sin embargo —y el sacerdote hizo
una pausa para estudiar el rostro de Clive—, tengo que admitir que hay un gran
parecido entre los dos.
—¿Conoce a Neville? —dijo Clive agarrando con mano temblorosa la manga del
sacerdote y provocando que casi tirara su vasija.
—Con cuidado, con cuidado, joven. Todo se te aclarará. Sólo tienes que hacer las
preguntas que quieras y tendrás todas las respuestas. Pregunta y se te responderá,
como nos dice el Señor.
—Neville Folliot es mi hermano —le dijo Clive—. Lo estoy buscando. Yo iba a
bordo de un dhow, que navegaba por el estrecho, proveniente de Zanzíbar, cuando…
—Y se detuvo al recordar las terroríficas horas pasadas.
—Te cogió la tromba de agua, ¿no? —Ayudó el padre.
Clive inclinó la cabeza.
—Creo… que soy el único superviviente del Azazel. Por eso me ha sido posible
llegar a la posesión de una cimitarra. —Recorrió de nuevo la cabaña con la vista y por
primera vez descubrió su arma, sus dos armas, apoyadas cuidadosamente en la pared,
junto a su salacot y sus botas.
—Este tipo de tormentas son terribles —dijo el padre O’Hara—. Sólo el cielo sabe
cuántas almas han recibido la llamada del Señor como resultado de ellas. —Y levantó
la vista hacia el techo de paja de la choza en un gesto piadoso—. Pero ¿estás seguro de
que no hay otros supervivientes?
Clive respondió que no podía estar seguro, pero que no había nadie más con vida
cuando se encontró tendido en la playa.
—Entonces puede haber otros —insistió O’Hara—. Puede haber otros. —Durante
un momento dirigió la mirada a lo lejos, tragó de su vasija y luego volvió a hablar—.
¿Hiciste todo el camino a pie desde el lugar del naufragio? ¿Todo el camino hasta
aquí?
—No exactamente —respondió Clive.
El padre lo miró interrogativamente y Clive le contó la historia de su encuentro
con los cocodrilos en el río Uami, y del ataque de la araña gigante en la jungla.
Cuando Clive terminó de contarlo todo, el padre hizo un movimiento con la
cabeza.
—¿Te atacó la araña, dices?
Clive respondió que sí.
—¡Vaya, qué raro! —dijo el sacerdote—. Y de esta manera conseguiste una bien
templada cimitarra árabe y también una buena lanza indígena.
Clive asintió y aceptó otro poco de las gachas de T’nembi. Los ojos de Clive
recorrían el exuberante cuerpo de ella cuando esta desviaba la vista.
—Pero no me has dicho —continuó el sacerdote— quién arrojó la lanza y te salvó
del ataque de la araña. Debes la vida a alguien.
—No sé quién fue —contestó Clive—. Sólo…, no sé, esto es todo.

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—Bien, lo que se tiene que saber, se sabrá a su tiempo. Pero otra cosa curiosa de tu
relato, joven Folliot (no pongo en duda tu honestidad, compréndeme, pero has
pasado por un duro trance, y a veces uno se puede confundir, incluso llegar a mezclar
la realidad con la fantasía), otra cosa curiosa es lo que has contado de los fuegos
artificiales de antes de estallar la tormenta.
—¡Aquellas luces no fueron una fantasía, padre! ¡Yo las vi! Danzaban en el cielo.
Eran bellísimas, bellísimas, pero inspiraban temor, incluso horror. Y luego explotó la
tempestad. Hay relación entre lo uno y lo otro, padre O’Hara, tiene que haberla.
—¡No hay relación, comandante! —La voz de O’Hara tenía un nuevo cariz y en su
rostro había una expresión que Clive no había visto antes—. No hay relación porque
no hubo tales luces, ¿comprendes? En el cielo, no hay unas luces como las que dices.
El sacerdote levantó su vasija y la mantuvo inclinada en su boca durante mucho
rato. Clive pudo ver que le temblaba la mano mientras sostenía el recipiente, y,
cuando al final lo bajó, sus ojos miraron a la izquierda, luego a la derecha y hacia
abajo, pero no miró a Clive.
Evitaron los ojos de Clive.
Clive durmió, comió, y pronto recuperó las fuerzas.
T’nembi iba a verlo y le daba de comer; el padre O’Hara iba a verlo y hablaba con
él, pero nunca de las luces.
El padre, efectivamente, había conocido a Neville. El hermano de Clive había
cruzado Bagamoyo con su propia y desafortunada expedición y O’Hara tuvo que
conocerlo antes de que continuase su marcha.
O’Hara explicó que había ayudado a Neville a contratar porteadores entre la
población local. Algunos de ellos habían regresado ya de la expedición de Neville
Folliot. Algunos no. Las esposas y los hijos de los hombres que no habían conseguido
regresar fueron adoptados por otras familias, como era costumbre entre los africanos.
Los familiares de los desaparecidos lloraron y llevaron luto, como hacen los familiares
de los desaparecidos en todo el mundo, pero en aquel país no había ni viudas
desgraciadas ni huérfanos.
Clive pidió hablar con los que habían regresado y O’Hara actuó voluntariamente
de intérprete. Pero el interrogatorio sólo le procuró información superficial. Neville se
había dirigido hacia el interior; luego se había desviado hacia el norte, hacia el lago
Victoria y el Sudán. Esto no sorprendía demasiado a Clive.
El grupo de Neville había penetrado en una temible región llamada el Sudd,
evitando al parecer un encuentro con los fratricidas Mutesa. El Sudd era una región
salpicada de traidoras zonas pantanosas, animales salvajes muy peligrosos y geografía
incierta. Algunos de los porteadores de Neville se habían negado a entrar en el Sudd y
habían dado media vuelta y regresado a Bagamoyo. Estos eran los hombres a quienes
ahora interrogaba Clive. Neville había intimidado o aumentado la paga a los demás
para que continuaran con él… y habían desaparecido con él también.
Una vez terminado el interrogatorio, Clive se sentó a estudiar los hechos con el

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padre O’Hara. Las mujeres del poblado habían confeccionado un traje para Clive:
unos pantalones de curiosa apariencia y una camisa de tela coloreada, que vistió con
sus botas y su salacot. Se miró en un pequeño y precioso espejo que poseía el padre
O’Hara: y descubrió que tenía una facha ridícula. Pero al menos pudo afeitarse con
una navaja que aquel le prestó, y el mismo padre le cortó el pelo, que había empezado
a crecer largo y desgreñado.
O’Hara peguntó a Clive si deseaba ayuda para regresar a Inglaterra vía Zanzíbar.
—¡De ninguna manera! —respondió Clive.
—Pero no tendrás intención de…
—¡Pues claro que sí! —lo interrumpió Clive.
—Pero, Folliot, no tienes equipo de hombres. No tienes pertrechos. Y no tienes
dinero para contratar porteadores ni para comprar equipamiento. Seguro que no
esperas poder recorrer cientos de kilómetros solo, armado únicamente con una
espada y una lanza. ¿Cómo te vas a arreglar para sobrevivir?
—No lo sé —masculló Clive.
Reposó el mentón en sus manos. Había recobrado toda su fuerza y su salud, y una
parte de sí mismo estaba completamente decidida a seguir la búsqueda de su
hermano.
Pero la otra parte, la más práctica, tenía que admitir que el sacerdote tenía razón.
Con toda seguridad, no podía llevar a cabo la expedición solo; no tenía hombres que
lo ayudasen y no tenía dinero.
Entonces hubo una agitación en un extremo del poblado.
Clive y el padre dirigieron sus ojos hacia allí; luego se pusieron en pie y así
permanecieron, contemplando con ojos atónitos la aparición que avanzaba hacia ellos
por el camino de tierra batida.
Clive lanzó un vistazo de reojo al padre O’Hara. Era evidente que el padre
también había quedado mudo de asombro por lo que veía.
Pero Clive reconoció al instante al mandarín vestido de seda que interpretaba
Mendelssohn con tanta delicadeza a bordo del Empress Philippa.
El mandarín iba ataviado con un vestido de rojo y verde oscuros, con bordados de
hilo dorado. Montaba en un camello, decorado a su turno con telas preciosas y metal
pulido. Los nativos del pueblo corrían alrededor del animal y de su exótico jinete
llenos de excitación. El jefe, un hombre que Clive había conocido por mediación del
padre O’Hara, había salido de su choza para contemplar al mandarín.
El padre O’Hara y el comandante Folliot cruzaron la zona de tierra batida que
servía como plaza central a Bagamoyo y se situaron detrás del jefe.
Clive empezó a hablar, pero el mandarín le lanzó una mirada fulminante que lo
atravesó. Si este era el sargento Smythe (y Clive sabía que tenía que ser Smythe), no
quería que lo identificasen ni que se revelara su anterior relación con Folliot.
El padre O’Hara (¡qué hombre más sorprendente!) se dirigió al mandarín. Sus
palabras salían despacio y su rostro se fruncía por la concentración y el esfuerzo de

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poner en práctica sus conocimientos largo tiempo en desuso: ¡estaba hablando en
chino!
El mandarín sonrió al sacerdote y le respondió en el mismo idioma. También
habló lentamente, pero lo hizo con la misma confianza y precisión con que tocaba el
piano.
El padre O’Hara tradujo para el mandarín, para el jefe del poblado y para Clive
Folliot, hablando en chino, en swahili y en inglés respectivamente. Un nativo tomó el
camello del mandarín para abrevarlo, mientras el Celeste descendía de él y se dirigía
con los demás a la choza del jefe.
A pesar de que esta construcción era de la misma rudimentaria arquitectura que el
resto de chozas de Bagamoyo, era la más grande y la más cómodamente amueblada,
con mucha diferencia respecto a las demás del poblado. El jefe ofreció asiento a
O’Hara, a Folliot y al chino.
Cuando este último había bajado del camello, momentos antes, había descargado
con todo cuidado un cofre de madera trabajada, de gran tamaño. Ahora lo depositó
en el suelo, delante de Clive Folliot. El mandarín habló durante breves minutos con el
padre O’Hara.
Mientras el chino hablaba, Clive no dejaba de observar tanto su expresión como la
del padre. Cuando el oriental hubo terminado, O’Hara se dirigió a Clive, con aspecto
maravillado y perplejo.
—El caballero chino dice que se encontró este objeto —indicó el cofre— en la
playa cercana a la desembocadura del río Uami. Afirma que es de tu propiedad,
comandante Folliot.
Clive miró a los ojos del mandarín. Si no lo supiese con toda seguridad, habría
caído por completo en el engaño de creer que aquel hombre era un oriental auténtico
que no entendía ni una palabra de inglés. Clive respondió a O’Hara:
—Por favor, diga al caballero que verdaderamente ha encontrado un objeto de mi
propiedad que creía yacía en el fondo del estrecho de Zanzíbar, dentro del casco del
dhow Azazel. Diga, por favor, al caballero que le estoy muy agradecido por haberse
tomado la molestia de venir a devolverme el cofre.
Cuando O’Hara lo hubo traducido, el mandarín sonrió con cortesía, inclinó su
cabeza y murmuró unas pocas palabras en chino. Avanzó hacia el cofre y lo abrió,
revelando su contenido: oro y piedras preciosas mezclados con fajos de billetes
perfectamente empaquetados. Los billetes, con cargo del banco de Londres, variaban
de valor, desde una simple libra hasta millares.

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Bukoba

—¿Y qué conocimiento tiene usted del terreno de la zona, mi comandante? —


preguntó Smythe a Clive Folliot. El mandarín se había retransformado, y ahora lucía
el atuendo caqui de un explorador europeo en un continente africano. No había
distinciones militares en su ropa, pero en aquel momento hubiera sido difícil no
tomar a Horace Hamilton Smythe por un militar.
—Lo conozco moderadamente bien, sargento Smythe —Clive tenía ciertas dudas
acerca de cómo dirigirse a aquel camaleónico individuo, pero ya que Smythe había
incurrido en la forma militar de trato, Folliot se encontró haciendo lo mismo.
—Antes de salir de Inglaterra leí todos los trabajos publicados a los que pude
tener alcance —continuó Folliot—. También asistí a las conferencias que dio sir
Richard Burton, y en una ocasión tuve el placer de hablar con el malogrado señor
John Hanning Speke.
Smythe masculló algo. De algún bolsillo de su traje de campaña sacó una pipa y
una petaca, y procedió metódicamente a cargar y a encender la pipa.
Folliot esperaba con impaciencia mientras Smythe seguía su tarea con lentitud.
Folliot sabía que el otro hombre actuaría con rapidez y decisión cuando el caso lo
requiriese, pero ahora que estaba a sus anchas podía demorarse y demorarse en el
acto más trivial, hasta poner a prueba la paciencia de los santos.
Por fin Smythe volvió al tema.
—Esperaba —y se detuvo para dar una chupada a la caña corta de su pipa de
arcilla— que el comandante —y echó otro trago de humo—, me refiero al
comandante Folliot —y se sacó la pipa de la boca y asintió como poniéndose de
acuerdo consigo mismo—, me refiero al comandante Neville Folliot, mi
comandante…
—Sí —le cortó Clive—, sí, mi hermano Neville. ¿Qué ocurre con él, sargento?
—Bien, mi comandante —Smythe estudió su pipa—, me preguntaba, incluso diría
esperaba, que el comandante Neville habría escrito algunas cartas a su hermano, a
usted, me refiero, mi comandante.
—¿Cartas desde África, sargento Smythe?
—Exactamente, mi comandante. Sabía que usted comprendería —dijo Smythe
radiante. Dejó la pipa, dio un largo trago a la cerveza y cogió la pipa de nuevo.
—Neville escribía a casa, a nuestro padre, sargento Smythe. No me escribía a mí.
No estábamos, no estamos, en tan buenas relaciones como para eso.
—Oh —asintió Smythe—. Comprendo. —Se aclaró la garganta, hizo algunos
otros sonidos por el estilo, y luego miró directamente al rostro de Clive—. Si se me
permite, mi comandante…, el comandante…, usted…, ¿tuvo la oportunidad de leer
las cartas del comandante…, de su hermano…, las cartas al barón…, al padre de
usted, mi comandante?

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—¡Vaya por Dios, sargento Smythe! Conozco a mi padre. Y a mi hermano, por lo
que se refiere a este asunto. El barón Tewkesbury tenía la costumbre de leerme en voz
alta fragmentos de las cartas de Neville, que no fuesen de naturaleza personal o
confidencial. Incluían información considerable respecto a la geografía de la región, ¡y
gracias!
—¿Y conoce mi comandante la ruta que siguió su hermano? ¿Proporcionaban esta
información las cartas del comandante, es decir, las cartas del otro comandante, mi
comandante?
—Bastante información, sargento Smythe. Desde Bagamoyo, Neville se dirigió al
noroeste, bordeó la orilla sur del Victoria Nyanza y emprendió dirección norte. Se
detuvo a aprovisionarse en Bukoba y luego avanzó paralelo al Macizo Ruwenzori…
—¡Las Montañas de la Luna, mi comandante!
—Exactamente. Y desapareció en alguna parte al norte del poblado de
Gondokoro. Al menos, este es el lugar preciso desde donde envió su última carta al
barón Tewkesbury.
—Quizás el comandante quiera compartir conmigo los conocimientos de la
región. De este modo sería más fácil para mí servir al comandante —dijo Smythe.
—Ciertamente, sargento Smythe, ciertamente. —Folliot se desató las botas y se
tendió en su catre de campaña. Cerró los ojos, meditando sobre los talentos y la
versatilidad de Horace Hamilton Smythe, en unos momentos, y sobre la poca
desenvoltura del mismo hombre, en otros.

* * *
Cuando faltaba poco para llegar a Bukoba, la expedición ya no estaba, ni mucho
menos, en las buenas condiciones que había estado en el momento de la partida de
Bagamoyo.
Se había establecido una rutina diaria y se había asignado a los porteadores tareas
específicas. Había batidores y cazadores, conductores de animales y cargadores de
equipo, cocineros y exploradores. Algunos africanos habían querido llevar a sus
esposas con ellos, como cocineras y compañeras, pero Clive lo había vetado. Su
carrera militar le había enseñado que las mujeres, en una expedición como aquella,
sólo le traerían problemas.
Los hombres habían refunfuñado por esto, y el sargento Smythe le había dicho
que algunos de los que ofrecían mejores perspectivas para la expedición se habían
negado a participar en ella, al saber que no podrían llevar a las mujeres con ellos. Pero
Clive fue inflexible.
Los exploradores marchaban delante del grupo principal y los cazadores a sus
flancos. No había tribus conocidas en la región, pero, después de la desaparición de
Neville, Clive no deseaba correr riesgos innecesarios.

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A los tres días de salir de Bagamoyo, un par de hombres habían desertado, para
regresar a sus casas con sus familias.
—Es inevitable, mi comandante —fue el comentario del sargento Smythe—. Los
hombres echan de menos a sus mujeres y a sus hijos. Para empezar, esos dos querían
llevarlos consigo. Los conocía. Buenos hombres, cierto, pero echaban en falta a sus
compañeras y a sus pequeños. Yo mismo soy soltero de toda la vida, pero, si fuese un
hombre casado, no puedo decir que criticaría su actitud. Bien, mi comandante, no se
ha podido evitar.
A Clive le preocupaban más las futuras deserciones que las de los dos hombres
que ya se habían ido. Preguntó a Smythe si suponía que perderían más hombres.
—Nunca se puede decir; no se pueden hacer predicciones, mi comandante.
Trátelos bien y hágales saber que una generosa paga los espera al final del camino, y es
muy probable que sigan. Pero si los animales salvajes se comen a muchos hombres, o
muchos caen con fiebre o se acaba la comida…, bien, mi comandante, no son
hombres alistados al servicio de Su Majestad. Son asalariados, si comprende lo que le
quiero decir, mi comandante. Empleados. Pueden irse, ¿entiende, mi comandante?
No son soldados que juran fidelidad a la bandera.
En Bukoba perdieron más hombres. La explicación de la intensa agitación entre
los nativos llegó al sargento Smythe, y del sargento Smythe pasó a Clive Folliot. Lo
que había ocurrido era lo siguiente. Los lazos tribales eran muy fuertes en el África del
este, y la comunicación de cualquier acontecimiento importante se desparramaba por
medio del telégrafo de la jungla, de poblado en poblado. Los hombres afectados
fueron los solteros con parientes en Bukoba; cuando oyeron la noticia de que podían
conseguir esposas a precios tentadoramente bajos, optaron por hacer sus
adquisiciones mientras se les presentaba la oportunidad y no se arriesgaron a dejar las
novias a otros pretendientes.
Antes de que Smythe o Folliot supieran algo del asunto, los impacientes esposos y
sus tímidas esposas ya habían desaparecido, de vuelta hacia Bagamoyo.
Trataron de contratar hombres de refresco en Bukoba, pero los nativos de este
poblado se negaron a servir junto a hombres de Bagamoyo, y viceversa. Una cosa es
comprar una esposa en otro pueblo. Pero viajar en un safari con hombres que uno no
conoce de nada, es un asunto de mucha más importancia.
Cuatro días después de salir de Bukoba, una leona que iba de cacería derribó a
una mula de carga, y los conductores intentaron abatir el gran felino. El resultado fue
un muerto entre los valientes conductores y dos hombres con grandes arañazos,
producidos por las poderosas garras del enorme felino.
La leona arrancó de cuajo una pierna entera de la bestia de carga, muerta, y se
alejó con ella. De los expedicionarios, sólo Clive y Horace Hamilton Smythe llevaban
armas de fuego, y ninguno de los dos estaba lo suficientemente cerca del lugar del
ataque para disparar a la fiera. Los hechos ocurrieron en un abrir y cerrar de ojos, o
esto es lo que pareció.

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Una vez que la leona se perdió de vista y el orden fue restablecido, Clive llevó a
Horace Hamilton Smythe aparte.
—Hemos hablado antes de ello, sargento Smythe. ¿Nos va a costar más
deserciones?
Smythe se encogió de hombros.
—No lo sé, mi comandante. Estos hombres son firmes y leales. En todo el
continente no he visto otros más de fiar. Pero ahora se han llevado un buen susto.
Enterraron al muerto, y los dos que habían recibido heridas regresaron a
Bagamoyo. Por fortuna, ambos estaban en condiciones de andar y cargar suficientes
provisiones y armas para sus propias necesidades.
—¿Llegarán sanos y salvos? —preguntó Folliot a Smythe.
—No hay forma de saberlo, mi comandante. En este continente, un hombre
puede andar mil kilómetros sin recibir ni un rasguño, y luego morir a causa de una
picadura de escorpión, mientras está sentado tranquilamente en su hogar. —Hizo una
pausa, frotó su mentón con aire pensativo y luego continuó—: Sin embargo,
podríamos hacer un par de cosas que nos serían de alguna ayuda. Siempre queda un
riesgo u otro por cubrir, pero un buen jugador debe saber cuándo jugar los triunfos,
¿comprende, mi comandante?
Clive le pidió que le explicase qué tenía en mente y Smythe le expuso su plan.
Aumentar el número de exploradores, enviarlos más adelante del grupo principal. Y
hacer una doble pantalla, de tal manera que los depredadores que se escabullesen de la
primera partida pudieran ser detectados por la segunda. Y acordar un sistema de
señales entre el grupo principal y las dos partidas de exploradores.

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10
Hacia el Sudd

Clive no pegó ojo en toda la noche. Su cabeza era un torbellino de pensamientos,


imágenes, recuerdos, arrepentimientos, resentimientos.
Neville le había amargado su infancia. A pesar de que eran gemelos, los hermanos
habían nacido técnicamente en días diferentes. Y Neville, como presunto heredero de
la baronía de Tewkesbury, había recibido la preferencia en todo, desde el día de su
nacimiento en adelante.
Mucho antes del alba, Clive abandonó cualquier otra tentativa de sueño. Se
escurrió de debajo de la ligera manta que había mantenido su calor. Pudo oír la
profunda respiración de Horace Hamilton Smythe en la otra litera plegable de su
tienda.
Salió silenciosamente de la tienda, vestido por completo, y echó a andar por el
campamento. En los restos de algunos fuegos todavía había brasas encendidas, que
enviaban delgadas volutas de humo hacia arriba, en el aire frío. En el centro del
campamento una hoguera danzaba y un guardia mantenía la vigilancia.
Clive se dirigió a la boma. Apartó un matojo de lianas, ramas y zarzas. En el lugar
donde habían plantado el campamento había poco de qué preocuparse; las fieras eran
escasas y estaban probablemente más dispuestas a considerar al hombre como un
intruso peligroso, que era preciso evitar si querían conservar la vida, que como una
presa fácil.
Salió a la llanura y cerró el paso que había abierto en la boma. Paseó en silencio
bajo las estrellas ecuatoriales. Las constelaciones de aquella latitud le eran
desconocidas; algunas se parecían a las que había aprendido, otras no. Clive se sentó
en el suelo. Recogió las rodillas y apoyó los codos en ellas, contemplando la oscuridad.
Soplaba una suave brisa del oeste, cargada del aire todavía más fresco del Macizo
Ruwenzori. Los rumores que producían los pequeños animales llegaban a Clive desde
todas las direcciones. Notó una gran sensación de paz, como nunca había sentido en
su vida, como una especie de comunión con cualquiera que fuese el dios que había
creado aquel continente maravilloso, infinito.
No sólo Tewkesbury, sino Londres y toda Inglaterra parecían no meramente a
millares de kilómetros, sino a millones. Le importaban tan poco ahora, que Clive
habría podido estar sentado tranquilamente en una llanura de césped en la superficie
de Marte. Si realmente estuviese en otro mundo, a lo mejor podría enviar sus
pensamientos, girando a través de los millones de kilómetros de vacío interplanetario,
al cerebro de George du Maurier. O quizás (y la idea lo tomó por sorpresa) al de
Annabelle Leighton.
¿Qué estaría haciendo Annabelle en aquellos momentos? ¿Qué hora era en
Londres? Seguramente ya era de día y Annabelle estaba levantada y atareada para
llegar puntual a la cita con el deber de instruir a sus pupilos. ¡A menos que fuera

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sábado! Con un sobresalto, Clive se dio cuenta de que había perdido toda noción del
día de la semana y del mes.
¿Cuándo fue la última vez que envió un despacho a Maurice Carstairs? Podría…
Una mano parecida a una zarpa clavó sus largos y huesudos dedos en el hombro
de Clive, interrumpiendo sus abstraídos pensamientos. Clive se volvió como un rayo
y vio un rostro sobre él, un rostro que la sonrisa hacía mucho más terrorífico.
El cielo se iba aclarando hacia el este. Las centelleantes estrellas habían
desaparecido en un campo de colores brillantes y había la suficiente luz para revelar
una fisonomía más negra que las que había visto en Ecuatoria. Aquellos ojos que lo
contemplaban fulguraban con una intensidad febril. La sonrisa era amplia y mostraba
una hilera de dientes raídos que habría hecho las delicias de cualquier dentista de
Londres apasionado en una serie de perforaciones.
La faz estaba coronada por un improvisado turbante de lino blanco, enrollado
holgadamente. El hombre vestía una tela delgada cortada al estilo de una toga y se
apoyaba en un cayado encorvado en un extremo y más alto aún que él mismo.
—Inglés —una voz chirriante emergió de entre los dientes raídos—, inglés, ¿por
qué no estás descansando? Te esperan unas duras jornadas.
Clive se puso en pie de un salto, soltándose de la garra del hombre.
—¿Quién diablos eres tú? ¿Qué quieres? —Se frotó el hombro, intentando
aparentar que se limpiaba la suciedad que le había dejado el contacto con su mano,
pero en realidad intentaba restaurar la circulación que la garra de hierro del otro
había interrumpido.
—¿Yo, señor? Yo soy el sirviente del inglés, su amigo, su ayuda y su guía. Me
llamo Sidi Bombay.
Clive escrutó atentamente los profundos ojos del hombre. Y soltó una carcajada.
—¡Smythe, sargento Smythe! En verdad es usted un maestro del disfraz, a pesar de
que no puedo comprender sus razones para una conducta tan singular.
Sidi Bombay hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No soy el sargento Smythe. Aunque conozco al más excelente de los sargentos.
Fue él quien vino a mí, quien me pidió que viniera en tu ayuda. Un hombre muy
admirable, es, sí, señor inglés. Pero yo, en verdad, no soy él, no, inglés.
Clive tomó el mentón del hombre con una mano, y con la otra le frotó
vigorosamente la mejilla. Luego observó sus dedos y el rostro de Sidi Bombay.
—No es pintura —barboteó—. ¡Es color real!
—Así es, inglés. Es mi color real, en efecto. Como lo ha sido toda mi vida, sí,
señor.
—¿Y dices que el sargento Smythe te contrató?
El hombre de tez oscura asintió.
—Pero ¿por qué?
Sidi Bombay volvió a sonreír.
—Él y yo somos viejos conocidos, inglés. Sí. Tú vas al Sudd, eso lo sé. No puedes

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atravesar el Sudd andando, ¿lo sabes?
—¿Cuál es tu trabajo, pues? ¿Para qué te contrató Smythe? ¿Y por qué diablos no
me lo consultó antes?
—Fui a tu tienda y hablé con el sargento. Me dijo que habías salido a dar un
paseo. Dijo que si hubiera sabido que yo estaba por allí te lo habría consultado antes,
sí, pero no lo sabía.
—Pero ¿por qué?
—Yo puedo encontrar barqueros que te lleven a través del Sudd. Yo mismo te
puedo guiar. De otro modo, inglés, morirías en el Sudd. Nunca saldrías del Bahr-el-
Zeraf. Nunca verías Fashoda. No, inglés, nunca.
Clive pensó en lo que le quedaba de su viaje, en la posibilidad de encontrar a
Neville y de volver sano y salvo a Inglaterra. Incluso bajo las condiciones más
favorables, las pruebas que le esperaban eran dificilísimas.
Tomó una decisión.
—Ven conmigo, pues, Sidi Bombay. —Ya echaba a andar de vuelta al
campamento cuando se detuvo a contemplar un pedazo de cielo que parecía
permanecer en la oscuridad de la noche, mientras el alba llenaba el resto del
firmamento de luz y de colores gloriosos. El pedazo oscuro era hacia el norte, la
dirección en que tenía planeado continuar.
Algunas estrellas seguían visibles y, mientras Clive las observaba, se ubicaron en
forma de espiral y empezaron a girar, a girar como un disco hipnotizador, más y más
deprisa, más y más denso.
Y luego, de súbito, desaparecieron, y el pedazo de cielo oscuro también se esfumó.
El diáfano amanecer tropical había estallado en todo su esplendor.
Folliot agarró a Sidi Bombay por los hombros.
—¿Viste eso, hombre? ¿Viste eso… del cielo?
Soltó uno de los hombros huesudos del negro y señaló.
—Veo sólo la mañana, inglés, sí.
—¿Pero no viste el pedazo de cielo oscuro? ¿La espiral de estrellas?
Sidi Bombay negó con un movimiento de cabeza.
—Debemos apresurarnos a regresar al campamento, inglés. El sargento Smythe y
los porteadores nos esperan. Debemos ponernos en camino. Nos espera un largo
viaje.

* * *
Desmantelaron la boma, convirtieron en cenizas grises las últimas ascuas de la
hoguera, recogieron las tiendas y las empacaron en los lomos de los pacientes
animales.
El Macizo Ruwenzori se alzaba a lo lejos, hacia el oeste, y el terreno descendía casi

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imperceptiblemente a cada kilómetro que avanzaba; la expedición se dirigía hacia el
Sudd.
El Sudd era donde se encontraba Neville cuando había enviado su última carta a
Inglaterra. Había descrito el pantano como una región fétida, llena de vida salvaje que
variaba desde lo nocivo hasta lo mortal. Hasta aquí Clive había trazado el camino de
su hermano sin gran dificultad. No tenía idea de la distancia que le quedaba por
recorrer, o de si encontraría a Neville vivo o muerto o no lo encontraría de ninguna
manera.
Pero el misterio más grande hasta el momento era la extraña visión que había
contemplado por dos veces consecutivas, en sus diferentes formas. Antes de la tromba
de agua, las estrellas se habían convertido en fuegos artificiales. En la llanura que
rodeaba al campamento un pedazo del cielo se había mantenido en la oscuridad
mientras que el resto estaba iluminado, y habían emprendido una rotación hipnótica
antes de esfumarse y perderse de vista.
¿Qué había ocurrido?
Era como si alguien hubiese agujereado una parte del firmamento, permitiendo a
Clive mirar dentro de otro reino, de otro cielo. Era como si, durante aquellos breves
períodos, él hubiese estado no en la superficie de la Tierra o en cualquiera de los
mundos familiares del sol, sino en la superficie de un planeta extraño, girando
alrededor de soles todavía más extraños. Soles donde el cosmos se comportaba de un
modo insospechado, que ni la fantasía del más demente de los terrícolas podría
imaginar.
Había tratado de hablar del fenómeno con el padre O’Hara. Pero el viejo
sacerdote, por otra parte muy amable y comunicativo, se había cerrado por completo
acerca del tema y se había negado a admitir que tuviera algún conocimiento del
fenómeno.
Y Sidi Bombay…; el hombre demostraba ser de una gran ayuda, tal como había
prometido, y Clive había dado las gracias a Horace Hamilton Smythe por contratarlo.
Pero este hombre de piel oscurísima, también se había comportado singularmente
cuando Clive Folliot le había preguntado acerca del curioso fenómeno aéreo, y había
fingido una ignorancia que no podía ser auténtica.
Al aproximarse al Sudd, el duro suelo africano empezó a ablandarse, a
humedecerse y a dar vida a una vegetación más exuberante de la que había en las
planicies más altas y más secas.
Por la noche, después de comprobar que el campamento tenía todas las medidas
de seguridad dispuestas y que los animales tenían agua y comida, los tres jefes de la
expedición se reunieron para cenar. Clive Folliot, Horace Hamilton Smythe y Sidi
Bombay se sentaron frente a un servicio ligero, dispuesto en una mesa plegable. Carne
caliente, pan duro y cerveza nativa constituían la comida usual. No era muy diferente
de un campamento militar, con ellos tres formando el equipo de oficiales…, a pesar
de que Clive se preguntaba cómo reaccionaría su superior, el general de brigada

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Leicester, al ver a un comandante de la Guardia Montada de Su Majestad cenando
con un suboficial y con un compañero civil de piel negra y turbante harapiento.
Habían conseguido un mapa rudimentario, y después de la cena desplegaron
aquel papel desgastado y juntos lo examinaron bajo la luz de un quinqué parpadeante.
Habían pasado entre dos masas de agua, el lago Kyoga al este y el mucho más
vasto Luta Nzige al oeste. Gondokoro estaba situado delante, en línea recta, y era
desde este punto desde donde Neville Folliot se había dirigido al norte, adentrándose
en el Sudd, para no volver a ser visto nunca jamás.
Con la escasa información que poseían, los tres planearon el itinerario de su
expedición hacia Gondokoro y más allá de Gondokoro. Clive había perdido todo
interés por continuar la búsqueda de la fabulosa fuente del Nilo. Además no había
sentido nunca demasiados deseos de trazar el histórico curso de agua. Estaba cada vez
más obsesionado por la necesidad de averiguar el destino de su hermano. Otros
aspectos de su viaje podían ser del interés de Maurice Carstairs y de sus lectores, pero
Clive se estaba transformando ahora de explorador en cazador de hombres.
Días después, llegaron a Gondokoro. Los porteadores nativos habían llevado a
Clive a pensar que encontraría un pueblo próspero, quizás incluso una pequeña
ciudad, pero, en lugar de eso, encontraron sólo los miserables restos de un poblado
diezmado por los traficantes de esclavos y abandonado a las llamas días antes.
El frío razonamiento le decía a Clive que debía conservar a sus hombres con él,
pero no podía abandonar a su suerte a los pocos y desgraciados supervivientes del
ataque. Así pues, algunos porteadores dejaron la expedición para ayudar a los
ancianos, a los débiles y a los indefensos a emprender el camino de regreso de
Gondokoro a Bagamoyo.
La mermada partida de Folliot llegó a los límites del mismo Sudd al cabo de casi
una semana de partir de las ruinas de Gondokoro.
Sidi Bombay se había escabullido del campamento antes del alba del día anterior,
y Folliot, angustiado, había acudido a Horace Hamilton Smythe en busca de informes
sobre el desertor.
—¡Es su hombre, sargento! —Clive estaba furioso. Los pies cansados, las
picaduras de los mosquitos y la piel quemada no ayudaban mucho a calmar el humor
de Folliot—. ¡Es su hombre, y ahora nos ha abandonado! ¿Qué es todo eso? ¡Quiero
saberlo!
Smythe sonrió tranquilizadoramente.
—Yo no me preocuparía mucho por el viejo Sidi Bombay, mi comandante. No ha
desertado, no, mi comandante. El viejo amigo Sidi ha ido a hacer un encargo.
Clive sintió que enrojecía. El sol estaba ya alto y dejaba caer un resplandor
rojo-oro en todo lo que alcanzaban sus rayos, pero el tinte rojo de la faz de Clive no
era a causa del sol.
—¿Un encargo? ¿Qué clase de encargo? Contrata usted a un hombre sin mi
permiso y ahora le permite que se vaya del campamento por algún encargo

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misterioso, también sin mi permiso. ¿Adónde se ha ido el hombre, y qué está
haciendo?
—No lo sé, mi comandante. Y, si me permite, expresaré mi disconformidad, pues
yo no di permiso a Sidi Bombay para que abandonase el campamento. Él va por su
cuenta, Sidi no es hombre de nadie. Y siempre ha sido así, desde que lo conozco, de lo
cual hace ya mucho tiempo, tengo que admitirlo. Sidi no pide permiso. No necesita
permisos, mi comandante. Viene y se va cuando le parece.
—Un espíritu libre, ¿eh? Me sorprende que aún no lo hayan puesto de espaldas al
paredón y lo hayan fusilado, o quizá colgado de un árbol alto.
—No, mi comandante. Nadie intentaría ni esto ni nada peor con el señor Bombay,
mi comandante. Ha hecho muchos favores a mucha gente importante, desde el
Congo hasta el Mekong. Sidi es una leyenda y nadie se atreve a enfadarse con él, mi
comandante. Nadie.
Clive soltó un bufido.
—Bien, avise a M’Gambi, levante el campamento y ponga en marcha la
expedición. Y cuando lleguemos al agua de allí abajo —y señaló hacia adelante, hacia
el gran pantano que se extendía frente a ellos, cubierto en la temprana mañana por un
miasma gris azulado—, tendremos que procurarnos alguna especie de pontón o
construirnos una balsa.
Horace Hamilton Smythe sonrió a hurtadillas y, sin devolver exactamente un
saludo militar (Folliot se había opuesto a tal idea), dio media vuelta con elegancia y se
alejó a grandes pasos para ir a realizar sus tareas.

* * *
Los pájaros chillaban por encima de sus cabezas y unos reptiles ocultos se deslizaban
por entre la alta hierba de la orilla del agua.
Clive examinó sus botas y vio que estaban revestidas de barro casi hasta las
rodillas. Incluso cuando pisaba algo que parecía suelo sólido, rodeado de matas de
hierba espesa de hojas dentadas, se percataba de que otra vez se estaba hundiendo
lentamente en el lodo. Tiraba de sus pies hacia arriba y los replantaba. El suelo parecía
suficientemente sólido y seco, pero, al cabo de unos segundos, Clive se apercibía de
que se estaba volviendo a hundir.
La niebla de la mañana se había difuminado en el Sudd y durante unas horas la
expedición avanzó bajo la brillante luz del sol. Pero a media tarde una nueva bruma
de humedad odorífera se levantó de la tierra, del barro y del agua que constituían esta
parte del Sudd. Altos juncos sobresalían de una diversidad de hierbas húmedas. Había
pequeños chapoteos, siseos y, menos frecuentemente, chillidos y rugidos.
El Sudd rebosaba de vida, y Clive Folliot empezaba a temer que también de vida
malevolente. Miró a su alrededor y con un escalofrío repentino se dio cuenta de que

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estaba completamente solo.
—¡Sargento Smythe!
—¡Estoy aquí, mi comandante! —El hombre surgió como una aparición de la
bruma de vapor movedizo.
—Sargento Smythe, me temo que hemos cometido un serio error en nuestros
cálculos. Fíjese en eso. Dudo que los caballos o las mulas puedan avanzar a través de
este barro.
Sacó una bota del barro y dio un puntapié al vacío, que levantó una masa de
materia semilíquida, y la depositó de nuevo en el suelo; luego repitió la operación con
la otra bota.
—Tengo ciertas dudas acerca de los hombres. ¿Ha sondeado usted a M’Gambi
sobre este asunto? ¿Continuarán leales a nosotros o darán media vuelta y huirán?
Desde que dejamos Gondokoro, he oído que a menudo murmuran por lo bajo.
Tienen miedo de los traficantes de esclavos, pero ahora también les asusta el Sudd,
según parece.
—No se les puede echar la culpa —respondió Smythe. Imitó el procedimiento de
Clive para limpiar las botas y colocó los pies en un terreno más seco—. Me pregunto
adonde iría a parar uno si se hundiese en este lodazal, mi comandante. Casi son
arenas movedizas. Si uno se dejara hundir…, a lo mejor le iría bien uno de esos trajes
de buzo que inventó aquel tipo alemán, y podría hundirse y hundirse en el lodo…
¿Adónde cree que se llegaría, mi comandante?
Antes de que Clive pudiese responder, una silueta sombría se hizo visible a través
de la niebla. Era alta y descarnada e iba amortajada de blanco; más que andar parecía
deslizarse.
Clive agarró el hombro de Smythe y señaló hacia la extraña aparición.
—¡Mire eso! —exclamó—. ¿No será…, no es un fantasma?
La forma deslizante se acercó. La niebla se hizo a un lado. El rostro negro y en
cualquier momento bien recibido de Sidi Bombay, coronado como siempre con su
turbante harapiento y vestido con sus ropas estilo mortaja, apareció con plena
claridad. Se alzaba como Caronte en el timón de una estrecha embarcación. Esta sólo
se hundía unos centímetros en el agua, y Sidi Bombay la empujaba usando su largo
bastón a modo de pértiga, a través de las aguas poco profundas del pantano, como si
se desplazara suavemente por la superficie del Támesis.
Tan silencioso como un fantasma, Sidi Bombay levantó un brazo delgado, señaló
con un dedo huesudo a Clive Folliot y le hizo un gesto para que entrase en la barca.
Simultáneamente, Horace Hamilton Smythe sacó de su hombro la mano de Clive,
lo cogió por el codo y, en parte guiándolo, en parte empujándolo, lo condujo hacia
adelante.
Mientras avanzaba hacia la barca, Clive se fijó por primera vez en una pequeña
decoloración en el dorso de la mano de Smythe. Era un dibujo de puntos, como si
Smythe se hubiese tatuado como un marinero. Los puntos estaban dispuestos

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formando un dibujo aproximadamente circular que le recordó a Clive las curiosas
estrellas rotantes que había visto en el cielo del amanecer. Al contemplarlo, Clive vio
con asombro que las estrellas se movían, giraban, rodaban, hasta que se convertían en
una mancha confusa en la piel, bronceada por el sol, de Smythe.
Confundido, Clive entró en la barca y se dejó caer en cuclillas. El chapoteo del
agua pegando suavemente contra el casco de madera de la barca, y el sonido de la
pértiga al hundirse y desclavarse cuando Sidi Bombay empujó la barca hacia atrás
para alejarla de la orilla, fue todo lo que Clive pudo oír.
Estaban rodeados por brumas y nieblas. El grito distante de las criaturas sin
identificar que habitaban el pantano penetró luego en los oídos de Clive. Notaba, más
que veía, la presencia de Sidi Bombay haciendo virar la embarcación y clavando la
pértiga cada vez más hondo en el misterioso Sudd.

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Tercera parte

¿Qué mundo es este?

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11
El Corazón de Rubí

Dejaron atrás a los porteadores que habían cargado con las provisiones y con el
equipo desde Bagamoyo. No había necesidad de preocuparse por ellos y, a decir
verdad, Clive tenía pocos pensamientos para dedicarles.
¿Qué había ocurrido? ¿Qué secreto compartían Horace Hamilton Smythe y Sidi
Bombay? ¿Cuánto tiempo hacía que el secuestro de Clive Folliot (y no podía aplicarse
otro término al hecho) había sido planeado?
Seguro que tenía que haber una relación entre el misterioso símbolo tatuado en la
mano de Smythe y la formación estelar que Clive había observado, pero ¿qué podría
ser, en nombre del cielo?
Clive le exigió una explicación a Smythe.
La respuesta fue un movimiento de cabeza que expresaba desconocimiento o
duda.
Folliot insistió.
—Lo siento, mi comandante —se disculpó Smythe—. Tan misterioso es para mí
como para usted. No obstante, seguramente no hay camino por el que los porteadores
podrían haber seguido. Quizás el viejo Sidi Bombay sepa lo que hace, mi comandante.
De hecho, estoy seguro de que lo sabe. Sidi nunca me ha abandonado antes, mi
comandante, y estoy seguro de que tampoco lo hará esta vez.
La frente de Clive estaba fría y húmeda. El Sudd era cálido, pero la niebla era
extrañamente helada, y gotitas de vapor condensado se precipitaban en su piel. Se
quitó el salacot y se limpió la cara con el pañuelo, que luego introdujo en un bolsillo
de sus pantalones caqui.
El atuendo de Smythe era similar al de Clive, pero como tocado llevaba, en vez de
salacot, una gorra militar de cuero, con visera y sin insignia. Un cinturón de tela de
lona ceñía su chaqueta guerrera, y una pistolera le colgaba de la cadera.
Clive hundió una mano en el agua que corría junto al casco de la barca.
—Yo no haría eso, mi comandante.
Clive miró a Horace Hamilton Smythe.
—¿Por qué no, sargento?
—No es seguro, mi comandante. ¡Por favor, mi comandante!
Una zambullida. Un chapoteo. Con una sacudida, Clive sacó la mano del agua, a
tiempo de evitar una herida grave; sin embargo, una hilera de dientes afilados como
cuchillas de afeitar habían arañado sus nudillos, dejándole una marca en forma de
línea quebrada. Y de las pequeñas heridas rezumó sangre. Clive sacó su pañuelo y se
envolvió la mano con él.
—Lo siento, mi comandante.
—¿Qué…, qué era? —Clive observó atentamente hacia donde había huido la cosa,
pero hacía ya demasiado que había desaparecido e incluso su estela se había ocultado

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en la niebla que se arrastraba lentamente. Sólo había podido vislumbrar una imagen
de algo de color azul metálico, de cuerpo liso y alargado, de movimientos sinuosos y
ágiles, que se desplazaba con increíble velocidad.
—Por favor, mi comandante. No vuelva a poner la mano en el agua. Ha tenido
usted mucha suerte, una suerte tremenda. —Smythe levantó la vista para escrudiñar
en la niebla. Luego la bajó para mirar de nuevo a Clive—. Por aquí hay muchas fieras
peligrosas, mi comandante. No hay muchas que vuelen, aunque no estará de más
permanecer atentos a lo que hay por el aire; pero no hay tantas voladoras como
nadadoras.
Clive echó una ojeada a su alrededor.
—¿Ha estado antes en el Sudd, sargento Smythe?
—No, mi comandante. He oído hablar de él, eso es todo. Un sitio peligroso. Eso es
todo, mi comandante.
La niebla era espesa, helada y húmeda. El agua era negra y casi opaca y, respecto a
las criaturas que acechaban desde sus tinieblas, Clive prefería no hacer conjeturas. No
había ninguna fuente de luz, ni sol ni luna que indicase la hora del día o de la noche.
Pero la misma niebla reverberaba con una especie de luminiscencia, y las partículas de
bruma centelleaban como motas de polvo bailando en un haz de luz solar.
De tiempo en tiempo, una criatura se zambullía en las aguas negras.
Con menos frecuencia, el batir de unas inmensas alas membranosas se oía por
encima de sus cabezas, y Clive escrutaba en la niebla y veía una forma sombría, vaga,
oscura, amenazante, que planeaba en círculos, se lanzaba en picado y luego se elevaba
de nuevo y desaparecía en la deslumbrante niebla.
Solamente una vez, una sombra de aquellas se aproximó de veras a la barca; Clive
vio que Sidi Bombay, al darse cuenta de la cercanía del ave, se helaba en una
inmovilidad pétrea. La bestia tenía la cabeza alargada, en donde se destacaban unos
oscuros ojos fulgurantes y una gran mandíbula ósea que, al abrirse, revelaba largas
hileras de dientes; estos recibían la luz de la niebla resplandeciente y la reflejaban
como un farol de gas a través de la niebla londinense. Las alas alcanzaban una gran
envergadura y no eran de plumas; su color era marrón. La forma de los huesos se veía
con claridad bajo la piel de la criatura y las garras remataban las puntas de las
extremidades óseas del esqueleto.
Cuando la bestia pasó rasando la barca, soltó un extraño grito, un grito como
nunca en su vida había oído Clive: un escalofrío helado le subió por la columna
vertebral y un temblor involuntario se propagó a lo largo de sus miembros.
Entonces empezaron a aparecer objetos por entre la niebla, emergiendo de la
superficie del agua. Troncos de árboles se elevaban hacia lo alto, y de ellos salían
ramas escuálidas que parecían extenderse como dedos acusadores. El musgo colgaba
de estos miembros, como mangas de hábitos de monje, y asombrosas orquídeas
florecían en él. Enormes arañas (quizá parientes del monstruo que Clive había
derribado en la playa cerca del río Uami) correteaban arriba y abajo por los colgajos

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de musgo, mostrando gran actividad; y, a través de la pálida niebla, sus ojos refulgían
con maldad espeluznante.
Rocas dentadas y puntiagudas surgían del agua; entre ellas, más arañas enormes
colgaban de sogas transparentes y seguían la barca con mirada escrutadora; exhibían
excitadas las fauces, y sus patas libres se columpiaban y se doblaban como movidas
por una invisible e intangible corriente de aire.
A lo lejos se oyó el eco de un grito agudísimo.
Otro sonido, más cercano en distancia pero más alejado en espíritu, se hizo
audible. Podría haber sido casi una risita, y Clive dio aliento a una plegaria silenciosa
para suplicar que, si en efecto era una risa, fuera la de una hiena y no de nada peor.
Al principio, las rocas que surgían del agua eran grises e irregulares, como bloques
de granito, y el agua por la que navegaba la barca estaba quieta e inmóvil. Luego las
rocas cambiaron. Eran más altas, más voluminosas, de color más variado. Su forma y
su distribución sugerían una mano artificial. Clive se preguntó si podrían ser los
restos de una antigua civilización, los monumentos de una raza que había
desaparecido de la Tierra antes de que los faraones levantaran las mismas pirámides
de Egipto.
Las aguas por las que avanzaban empezaron a arremolinarse y a espumear.
El tono de los gritos de los animales se agudizó y su volumen aumentó: chirridos,
chillidos, silbidos… También se hizo más audible el chapoteo de aletas invisibles en
las negras aguas, el batir de las alas ocultas en la espesa niebla, el crujir de garras o de
mandíbulas.
Si las rocas que parecían esculpidas eran supervivientes de una nación que había
vivido y muerto incontables siglos antes, las criaturas de las aguas negras podrían ser
supervivientes de antiguas especies que habían desaparecido del resto de la Tierra
hacía millones de años.
Pasaron junto a una roca de cristal, tan voluminosa como un carruaje, tan
transparente como un diamante tallado. Dentro del cristal palpitaba una luz de color
rubí-sangre, como el latir de un corazón gigante. Una criatura acechaba desde encima
de la roca; era como un lagarto de cresta escamosa en la espalda, con ojos inmensos,
poliédricos, de insecto; tenía las extremidades anormalmente largas para un cuerpo de
aquella medida, tan largas, en proporción a su tamaño, como las de un babuino.
La bestia saltó con un grito horripilante.
Horace Hamilton Smythe y Sidi Bombay reaccionaron simultáneamente.
Sidi Bombay cambió de posición e intentó repeler el ataque del monstruo con su
cayado. En el mismo momento, Horace Hamilton Smythe desenfundó el gran
revólver de su pistolera. Y disparó una sola vez a la criatura atacante.
La explosión del tiro hizo eco a través de todo el Sudd, resonando y llegando una y
otra vez a los hombres de la embarcación. La bestia se zambulló en las aguas y echó a
nadar con una velocidad asombrosa, remando con poderosas sacudidas de sus brazos
simiescos y gritando de rabia.

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En el momento del ataque del reptil, Sidi Bombay había tenido que abandonar la
conducción de la barca. Esta había virado hacia la roca cristalina. Justo antes de que la
proa chocase, Clive soltó un grito de alarma. Se dio cuenta de que era demasiado
tarde para evitar el golpe y en el mismo instante se apercibió de que no habría tal
golpe. La roca había girado alrededor de su eje imaginario y mostraba una abertura.
La embarcación penetró en la luz palpitante, en el corazón latiente del cristal.
¡Bum!, latía el corazón mientras la barca entraba en su fulgor encarnado. Clive se
sintió bañado en el color. No: más que bañado en él. El latido del rubí penetró en
todos sus poros, inundó todo su ser, lo absorbió.
Y entonces la embarcación emergió a otro reino.
Un misterioso estado de calma se abatió sobre Clive. Se sentía aislado de todo lo
que había ocurrido, aislado incluso de sí mismo. Se sentía como se sentiría un
autómata si tuviera alma; tenía conciencia de sus propios pensamientos, acciones y
palabras, pero al mismo tiempo se sentía divorciado de ellos.
Puso la mano en la muñeca del sargento Smythe.
—Déjeme ver eso, sargento —ordenó Clive. Smythe sostuvo el revólver para que
Clive lo inspeccionara.
Era de cañón largo, y estaba recubierto de una capa de níquel (o de plata). En el
cañón había grabados unos adornos y la empuñadura estaba decorada con una piedra
negra pulida. Si era obsidiana negra u ónice azul marino, Clive no lo pudo decir.
—Apenas puedo creer que esta arma sea reglamentaria, o fabricada por la Corona,
sargento. ¿Dónde la consiguió?
Smythe pareció realmente ruborizarse.
—Pasé algún tiempo en América, mi comandante. Hice el papel de cow-boy
durante una temporada. Es…, bien, mi comandante…: podríamos decir que es una
especie de recuerdo, mi comandante.
Clive soltó la muñeca de Smythe.
Al devolver este el revólver a su funda, lo giró un instante, dejando a la vista el
otro lado de la empuñadura. En la piedra azul oscuro, Clive vio el centelleo de una
línea de puntos de luz. Podrían haber sido pedacitos de piedra blanca incrustados en
la gema negra, o bien relucientes chispas de diamante.
Estaban dispuestos en la misma forma de las estrellas giratorias.
Pero antes de que Clive pudiese decir algo más a Smythe, el agua que rodeaba la
proa se encrespó y tomó el aspecto de un torrente de curso veloz.
Sidi Bombay sacó el cayado del agua y lo depositó en la barca, y se dejó caer de
rodillas en la proa de la embarcación. El agua se encrespó cada vez más y la oscuridad
se hizo más y más profunda. Olores singulares asaltaron el olfato de Clive y el aire que
le azotó la cara parecía lleno de formas peculiares que se retorcían farfullando,
burlándose de él, realizando actos indecibles con órganos de funciones inimaginables.
Hubo un relámpago de oscuridad, de negro absoluto que se alzó contra su
entorno como un rayo se alzaría incluso contra la luz brillante de un día soleado;

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luego el chasquido del trueno dejó silbando los oídos de Folliot durante largo rato.
Creyó que aquel sorprendente relámpago de oscuridad lo había cegado, pero al
cabo de unos momentos hicieron su aparición unas imágenes difusas, indicando que
sus ojos se estaban ajustando a la oscuridad que ahora lo envolvía.
La barca había alcanzado una quietud total y el aire que había oprimido tanto a
Clive en el pantano se tornó de pronto limpio, helado, cristalino. Unas figuras blancas
ondulaban como criaturas nadadoras, con sus formas vagamente visibles en la
penumbra.
¿Dónde estaban?
Seguramente, ya no en el Sudd. Quizás ya no en África… ¡o incluso ya no en la
Tierra! Un pensamiento errátil revoloteó por la cabeza de Clive: «¡Cómo le gustaría
esto a George du Maurier, si él pudiera estar en mi lugar! ¡Y cómo me gustaría estar
de vuelta y a salvo en Londres, si yo pudiera estar en el suyo!».
—¿Sargento Smythe? ¿Sidi Bombay? —Clive oyó su propia voz, pero se percató de
que estaba susurrando.
—Todavía no, oh inglés. —Para sorpresa de Clive no fue la voz de Horace
Hamilton Smythe, sino la del oscuro Sidi Bombay la que habló—. Un poco más, oh
inglés, sólo un poco más de tiempo. Espera hasta que puedas ver.
Un silencio total descendió sobre la barca. No había ruidos de animales que se
llaman, ni de peces o reptiles que nadan, ni de batir de alas de criaturas aéreas. No
había rumores de agua corriente. Clive podía oír la circulación de su sangre y los
latidos de su pulso. Podía oír la respiración profunda y regular del impasible Horace
Hamilton Smythe y las más cortas inhalaciones y exhalaciones del cadavérico Sidi
Bombay.
Clive parpadeó con incertidumbre. En la distancia, no más arriba del nivel del
horizonte visual, apareció una mancha borrosa de luz, no más grande que un penique.
La luz era pálida, un blanco tenue que palpitaba lentamente. Pareció dar vueltas y
convertirse en puntos de blancura todavía más pequeños. Y luego los puntos se
dispusieron en forma de espiral.
La espiral de rotación lenta se elevó desde el nivel de la vista hasta un punto en la
vertical, como el sol se levantaba del horizonte hasta el zenit; pero, además, las
lucecitas se fueron separando e incrementaron su brillantez, hasta llenar el cielo, de
horizonte a horizonte, girando lentamente en espiral, de tal manera que cualquiera
que contemplase aquello demasiado tiempo, se arriesgaba a caer en un trance
hipnótico.
Su brillantez aumentó hasta que Clive se pudo ver a sí mismo, y a sus
compañeros, con toda claridad, y pudo distinguir su embarcación de madera y su
entorno inmediato.
Sin una palabra, los tres hombres se levantaron y salieron de la barca. Había
varado en una playa de arena de color negro azabache, que conducía a un paisaje de la
misma composición. Fue como encontrarse reducidos a la medida de escarabajos y

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colocados en un modelo de mundo cuidadosamente esculpido, un mundo esculpido
en una única piedra de perfecta obsidiana negra e iluminada por una espiral de
diminutos y brillantes diamantes.
Se alejaron de la barca y de la orilla.
No había ningún sonido.
Clive se volvió para observar el camino por donde habían venido, buscando una
señal del paso que habían atravesado.
No existía tal señal. La roca cristalina de corazón de rubí había desaparecido. Por
todo lo que Clive podía observar, no existía el paso. Tenía que haber uno, le decía su
mente. Pero había desaparecido. Si el paso existía, estaba más allá de sus sentidos, más
allá de su alcance. Cualquiera que fuese el lugar en que ahora se encontraba tenía que
enfrentarse con él.
Sidi Bombay y Horace Hamilton Smythe lo esperaban. Smythe aguardaba en una
correcta posición militar de descanso, con los pies ligeramente separados y las manos
juntas detrás de la espalda; la culata de la pistola sobresalía en su cadera. Sidi Bombay,
alto y descarnado, con su negra piel casi indistinguible contra el fondo negro, estaba
con un brazo extendido. A Clive le recordó, curiosamente, la estampa de Cristo
diciendo a los hombres de buena voluntad que se acercasen a Él.
Emprendieron la marcha a través del negro paisaje. Para unos ojos acostumbrados
cada vez más al misterioso lugar, la iluminación que proporcionaba el torbellino de
estrellas era suficiente para moverse. Pero un sentimiento depresivo fue
sobrecogiendo lentamente a Clive Folliot.
Todo era negrura. El cielo, excepto por los puntos de luz giratorios, era un cielo de
medianoche. La tierra bajo sus pies era de un negro absoluto. Había vegetación
(hierba corta, matorrales y árboles altos no muy lejos), pero era totalmente negra. A
más distancia, unas negras colinas se levantaban contra el negro cielo; su forma sólo
se distinguía por alguna sutil sugestión de la textura, diferente de la remota negrura
del espacio, o quizá por un sexto sentido (profundamente enterrado) que percibe la
distancia y la masa.
No se oía el ruido de ningún animal: de hecho, los únicos sonidos eran los de los
tres hombres andando juntos. No se veía vida animal: ningún roedor, ningún
rumiante huía para ponerse a salvo; ningún carnívoro los acechaba (o al menos
ningún carnívoro evidenciaba su presencia). Ninguna criatura voladora batía sus alas,
fuesen de plumas o de carne.
Sidi Bombay flotaba como un fantasma, con su vestido diáfano y su turbante
harapiento destacándose contra la oscuridad.
Horace Hamilton Smythe mantenía un comportamiento militar, casi marcando el
paso. Su cara era más visible que la de Sidi Bombay; su traje caqui también era visible.
De vez en cuando, según lo que marcaban el balanceo de sus caderas y las
irregularidades del terreno, se distinguía la empuñadura del revólver sobresaliendo de
su pistolera de cuero. En aquel lugar, la piedra azul oscuro era negra, y los diamantes

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centelleantes que reflejaban la espiral giratoria del cielo parecían moverse al compás
de las estrellas.
El terreno tenía tendencia a subir.
Estaban lejos ya de la orilla de las aguas negras donde habían atracado su barca, y
los músculos de las piernas de Clive Folliot reclamaban ya un descanso. Los otros dos,
suponía Clive, debían de sufrir similar fatiga.
—Tiempo para descanso y… consulta —sugirió Folliot.
Tenía más razones que esas para pedir un alto. Además de la necesidad de un
respiro y de un intercambio de información, sentía la necesidad de reafirmar su
mando en la expedición. Supuestamente, Sidi Bombay y Horace Hamilton Smythe
eran sus empleados y estaban sujetos a su mando.
Pero poco a poco, Clive había notado que el control se le escurría de las manos.
Smythe mantenía su aire cortés y subordinado, pero había un matiz de independencia
bajo ello. Y Sidi Bombay… Sidi Bombay había aparecido con la barca y había
conducido la expedición hasta ese lugar. ¿Quién era ese hombre? ¿A quién servía?
¿Cuáles eran sus intenciones?
Clive se preguntaba qué objetivo perseguía la expedición a partir de aquellos
momentos. ¡Quizá su propia supervivencia! La búsqueda del desaparecido Neville
Folliot parecía ahora una meta remota y, sin embargo, continuaba como una meta
que Clive no podía permitirse abandonar.
Los tres hombres se sentaron en el suelo. Clive observó más de cerca la vida
vegetal del lugar: la hierba y los marojos menores. Parecían normales, excepto por su
coloración totalmente negra. El aire era fresco y claro, sólo que con un olor ligero e
inidentificable, pero que resultaba agradable.
—Me pregunto —murmuró Clive en voz alta— si podríamos hacer fuego aquí.
Podríamos recoger madera seca y encenderla. ¿Ardería?
—Ardería, ciertamente, inglés. —La voz de Sidi Bombay sonaba aflautada y
singular en aquel mundo singular—. Pero no debemos quedarnos en un mismo sitio
demasiado tiempo. Tenemos aún una larga distancia que recorrer, para llegar. No
ganaríamos nada permaneciendo parados más tiempo del necesario.
—Llegar… ¿Llegar adónde?
—Adelante, inglés —dijo Sidi Bombay señalando con un movimiento de la
cabeza: el turbante blanco se hundió y se levantó en la oscuridad.
—¿Seguro que continuamos avanzando hacia el norte? ¿Hacia el Sudán?
—¿Hacia el norte, inglés? —En la luz fantasmal de las estrellas rotantes, los dientes
irregularmente espaciados de Sidi Bombay reflejaron la distante luz de las estrellas,
como rectángulos blancos en una máscara negra—. Se podría suponer, inglés, que en
cierto sentido aún avanzamos hacia el norte. —De nuevo el turbante bajó y se alzó
como en un asentimiento burlón.
—Pero ¿dónde estamos? Seguro que hemos salido del Sudd. Extraño lugar es este,
si es un lugar de la Tierra. En la Tierra hay cocodrilos y hay hipopótamos, árboles y

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arbustos, y pájaros que hacen nido. El sol sale y se pone, el cielo es azul y la tierra
marrón y las plantas son verdes. Y hay vida en todas partes. Pero aquí…, aquí… —E
hizo un ademán para indicar el vasto espacio que lo rodeaba—. Aquí todo es negrura.
Todo… muerte. —No había querido ser melodramático, pero involuntariamente
había pronunciado la última palabra en un susurro que contenía algo de sollozo. Miró
a sus compañeros suplicante. A pesar de que era un oficial y Smythe sólo un sargento
mayor (y Sidi Bombay un mero guía civil), Folliot se sentía indefenso y como si
estuviera completamente en manos de ellos.
—Venga, arriba, ánimo, mi comandante —dijo Smythe para darle coraje—. Todo
se resolverá a su debido tiempo.
—¿Lo sabe seguro, sargento?
—Creo que sí, mi comandante. Vaya, al menos eso espero.
—¿Pero no lo sabe?
—Quizás haríamos mejor en seguir nuestro camino, mi comandante. —Puso la
mano en el bolsillo de los pantalones caqui y sacó un inmenso reloj de agujas
trabajadas. Por alguna razón, la incongruencia de la acción desencadenó la risa de
Clive Folliot. Le recordaba el conejo blanco en la fantasía de Charles Dodgson[2].
Smythe pareció comprender la risa y se añadió a ella.
Incluso Sidi Bombay se permitió una sonrisa apagada.
Y Folliot consideró que se había apuntado una victoria parcial. Se reafirmaba
como alguien con quien había que contar.
—Muy bien —dijo—. Ya que ninguno de nosotros sufre excesiva fatiga, o hambre
o sed, prosigamos.
El camino subía continuamente, subía y se adentraba en la oscuridad. El aire se
hacía sensiblemente más claro y más frío, pero las estrellas giratorias, las estrellas en
espiral que les proporcionaban la iluminación, continuaban su curso majestuoso.
Aparte de eso, no había indicación del paso del tiempo.
Podrían haber andado durante horas o durante siglos; pero, de hecho, meditaba
Folliot, andaban a través de un reino en donde ni las horas ni los siglos tenían
significación alguna. Clive se preguntaba qué hora indicaría el reloj de bolsillo de
Horace Hamilton Smythe, pero luego comprendió que no importaba lo más mínimo.
En que el reloj señalase que eran las seis o las doce… ¿qué diferencia había?
Soltó, en solitario, una carcajada ahogada. Luego se encontró tarareando melodías
familiares por lo bajo. Una de ellas, se percató, era un aire que su amigo Du Maurier
había cantado en la farsa Cox and Box. Sonrió con tristeza. «Oh, Du Maurier, si sólo
pudieras verme ahora. Si tu comunión mental esotérica estuviese realmente
conectando nuestros cerebros en este momento…».
Evocar de nuevo a Du Maurier llevó su mente a los recuerdos de Londres y de
Annabelle Leighton. Sus labios, sus mejillas, parecían flotar en el aire delante de él. La
fantasmal oscuridad de aquel mundo misterioso resaltaba la intensidad del rojo de sus
labios, la blancura de su piel. La veía parcialmente desnuda, con las curvas iluminadas

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por las cálidas llamas del hogar de su habitación en Londres. ¡Cómo lo provocaba a
veces, mientras se sacaba lentamente la ropa, exhibiéndose en corsé, medias y ligas,
sonriéndole y…!
—¡Inglés!
Folliot se detuvo de inmediato: Sidi Bombay lo había agarrado y, con su mano
huesuda, le apretaba fuertemente el nombro a través de la chaqueta caqui. Clive
estaba al borde de un precipicio. El terreno del negro paisaje había subido hasta llegar
a un acantilado. Sólo a unos centímetros de las puntas de sus botas el suelo se hundía
en un corte casi vertical de cientos de metros.
—Un paso más, inglés, y conocerás la respuesta a todos los misterios de la
existencia.
Extendiéndose kilómetros y kilómetros desde la base del precipicio había más
paisaje negro. Pero, incluso desde aquella altura, se distinguía el reflejo de la brillante
luz estelar en la superficie de un río que corría desde la base del acantilado y
atravesaba una llanura desolada.
Y, a lo lejos, en la llanura de la medianoche, unas luces centelleaban
atractivamente: una magnífica ciudad levantaba con elegancia sus altas torres negras
en la fría y negra noche.
Clive Folliot permaneció junto al guía esquelético y vestido de blanco, aspirando y
expirando lentamente, dejando que la sobrecogedora visión penetrase con suavidad
en su conciencia.
Un grito interrumpió sus pensamientos.
—¡Mi comandante! ¡Sidi Bombay!
Sidi Bombay dejó caer la mano del hombro de Clive y ambos se volvieron hacia
Horace Hamilton Smythe.
—Vengan a ver lo que han dejado aquí —apremió el sargento.

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12
La ciudad del silencio

Clive corrió rápidamente junto al sargento Smythe.


—¡Eche un vistazo a esto, mi comandante!
Smythe estaba con una rodilla en el suelo delante de un objeto oblongo y redondo
por su cara superior, tan negro como el resto de aquel mundo, y tallado en piedra
negra lisa. Era tan largo como alto es un hombre, tan ancho como ancho es un
hombre y tan hondo como para contener…
—Es un ataúd, sí, seguro que es un ataúd. —La voz seca de Sidi Bombay salió de
algún lugar de detrás del hombro de Clive Folliot.
—¿Pero de quién…, qué…? —balbuceó Clive desconcertado.
—No comprendo cómo ha podido llegar aquí, mi comandante —dijo el sargento
Smythe, con voz ronca.
Sidi Bombay abrió los brazos y entonó:
—El ataúd del profeta ascendió por los aires y llegó al paraíso. Es probable que el
ataúd de un santo menor pudiera haber ascendido hasta la cima de esta montaña.
—¡Hum! —gruñó Smythe—. Bien pudiera ser, Sidi Bombay. No haré bromas con
la teología, si pones esa cara.
Una sonrisa horrorosa estiró las flacas facciones de Sidi Bombay.
—El sargento inglés ha aprendido cuándo no hay que desafiarme, me doy cuenta,
sí.
—Pero ¿de quién serán los despojos que contiene? —dijo Clive volviendo a la
cuestión.
—Sólo hay una manera de saberlo, oh, inglés. —Sidi Bombay se acercó al ataúd y
buscó una manera de abrirlo, pero su proceder fue más el de uno que busca algo que
ya sabe que está allí, que el de uno que meramente inspecciona. No había bisagras
visibles, pero una tapa encajada mostraba una textura de un negro diferente.
Clive Folliot, mirando por encima del hombro de Sidi Bombay, distinguió el
dibujo, ahora familiar, de la espiral estelar. Y observó que sus largos y huesudos dedos
tocaban los puntos brillantes en una secuencia de movimientos demasiado rápidos
para ser repetidos.
Como una máquina de engranajes y bisagras engrasados a la perfección para
funcionar en silencio, y como empujada por un tenso resorte, la tapa del ataúd se
abrió a los tres hombres, describiendo un arco. Dentro del cofre, tendido encima de
un acolchado de satén negro reluciente, yacía un cadáver.
El rostro era singularmente parecido al de Clive Folliot: sólo el estilo diferente de
peinarse el pelo de la frente los distinguía a uno de otro. La piel estaba mortalmente
pálida. Iba vestido con el uniforme de los Guardias Granaderos Reales de Somerset.
Las manos del cadáver estaban cruzadas en el pecho de su brillante guerrera y cogían
un pequeño volumen encuadernado en cuero.

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—¡Neville! —gritó Clive Folliot.
El sargento Smythe colocó su fuerte mano en el hombro de Clive.
—¡Sobrepóngase, mi comandante! ¡Sobrepóngase!
—Pero… ¡es mi hermano! ¡Mi hermano gemelo! ¡Mi…! —Clive Folliot cayó de
rodillas junto al ataúd, reposó las manos en el borde de la obsidiana y contempló
petrificado el rostro del cadáver, el rostro que se asemejaba al suyo de un modo tan
asombroso.
—Nunca logró salir del Sudd. Por alguna razón entró por aquel mismo… paso,
túnel, puerta…, aquella puerta de cristal y de rubí. También vino aquí.
—Sí, inglés. Así tiene que ser, porque aquí está, en efecto. —Sidi Bombay se acercó
más a Clive. Hizo un movimiento de asentimiento con la cabeza, y el turbante hecho
jirones descendió y ascendió solemnemente.
Clive levantó la vista para dirigirse a Sidi Bombay y a Horace Hamilton Smythe.
—Sin embargo, esto no me proporciona ninguna respuesta acerca de cómo murió
ni de por qué está aquí. Pero prueba que no estuvo solo, ya que reposa en este ataúd; y
además ha sido dejado aquí con algún propósito… y por alguien.
Hizo una pausa y luego continuó:
—Con el debido respeto a tu religión, Sidi Bombay, no creo que Alá trajese a
Neville hasta aquí, en su ataúd. Esto lo hizo alguien viviente, material. Probablemente
—y extendió su brazo por encima del ataúd abierto, señalando al grupo de elegantes
torres que se alzaban en mitad de la llanura negra, más allá de la pared de la montaña
—, alguien de aquella ciudad.
El sargento Smythe se levantó y se quedó al borde del precipicio.
—A lo mejor tu Alá nos podría llevar volando allí abajo, Sidi Bombay. Si no es así,
hay un largo trecho para rodear esta montaña y encontrar un camino que lleve abajo.
Y no podemos volver atrás, por el camino que vinimos, pienso.
—Alá nos podría llevar en la palma de su mano, oh, sargento. Para el Todo
Misericordioso no sería ningún trabajo. Pero aquí somos dueños de nosotros mismos
y a nosotros nos corresponde imponer nuestra voluntad frente a las dificultades.
Un frío sudor había empapado la frente de Clive.
—Tiene que haber una pista… —murmuró. Con manos temblorosas alcanzó los
dedos de su hermano muerto, para soltarlos del diario. Pero los dedos estaban helados
y yertos, y Clive tuvo que doblarlos con fuerza para sacarlos de encima del libro.
Una vez libre, lo tomó de las manos muertas de Neville y se puso en pie,
sosteniendo el libro ante él. Pero cuando intentó abrirlo, descubrió que un pequeño
candado, como los que usan las colegialas de risita fácil para proteger sus diarios, lo
mantenía cerrado.
Clive volvió una y otra vez el libro y lo miró por todos lados, buscando algún
sistema para abrirlo. Siempre quedaba el último recurso de hacer saltar el candado, él
o sus compañeros. Estudió con atención el libro bajo la enigmática luz de la espiral de
estrellas. Estaba encuadernado en cuero negro, y no llevaba título ni en su cubierta ni

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en su lomo. La única inscripción era una miniatura que representaba la espiral estelar
que Clive ya conocía tan bien.
Un sonido parecido al roce de las manos sobre la ropa hizo levantar la cabeza a
Clive. Sidi Bombay y Horace Hamilton Smythe se alejaron unos pasos del cofre, y el
cadáver del comandante Neville Folliot pareció que se echaba a temblar
frenéticamente dentro de su ataúd.
Pero Clive se apercibió de que no eran exactamente temblores. Neville Folliot (si
aquel era el verdadero Neville Folliot) se estaba haciendo polvo. La carne que yacía
pálida y gris contra el cofre acolchado se estaba desintegrando en la disolución final
de la muerte. El uniforme que vestía Neville (el espléndido traje de gala de la unidad
de la Guardia, con sus adornos de latón y sus anillos de oro de filamentos trenzados),
se estaba destrozando, convirtiéndose en jirones.
El cráneo redondeado con sus órbitas ahora vacías (donde sólo segundos antes los
globos de los ojos habían contemplado con fijeza el cielo negro), se partió y se abrió,
revelando el frío vacío donde una vez un cerebro había comprendido los teoremas de
Pitágoras y había aprendido los versos de Homero.
Una brisa momentánea barrió la cima de la montaña, levantando las cenizas del
comandante Neville Folliot del satén de su ataúd y la lana de su uniforme, y
esparciéndolas en el vacío que se extendía más allá del precipicio.
Clive sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral, pero consiguió
dominarse.
—He encontrado a mi hermano. Ahora ha concluido la primera parte de mi
encargo. Pero saber que Neville Folliot está muerto es insuficiente. Tengo que
descubrir cómo murió, por qué murió y a manos de quién. Este diario nos contará lo
suficiente, pero, antes de pensar en el retorno a Inglaterra, tengo que ver también qué
hay en esa lejana ciudad negra.
Dirigió la vista hacia aquella llanura negra.
—¿Cómo podemos bajar hasta allí?
—El ataúd parece demasiado alto, mi comandante. —El sargento Smythe se
arrodilló junto al cofre. Metió la mano dentro y levantó una esquina del acolchado de
satén brillante. Los bordes de un doble fondo se mostraron claramente a la luz de las
estrellas giratorias.
—Echa una mano aquí, Sidi Bombay. Ya oíste al comandante.
Para sorpresa de Clive, Sidi Bombay obedeció al punto la orden del sargento. Los
dos hombres levantaron el primer fondo del cofre y se retiraron para observar mejor
su contenido.
—¡Fíjese en esto, mi comandante! Justo lo que necesitábamos, ¡quién lo iba a
decir!
Smythe señaló dentro del ataúd. Cuidadosamente ordenado en el espacio entre los
dos fondos, había un equipo completo de escalada: grampones, cuerdas, clavijas,
piquetas…

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—Esto será una prueba para nuestras habilidades y nuestro valor, diría yo —
comentó Smythe.
—Y para nuestra fe —agregó Sidi Bombay.
Clive se volvió para contemplar al hombre vestido de blanco. Por momentos, Sidi
Bombay parecía saber todo lo que hacía falta saber, parecía asumir el control y el
mando de la expedición. Pero, al instante siguiente, parecía ser un simple caminante,
un sirviente fiel.
—Muy bien —dijo Clive—. No ganaremos nada demorándonos. ¡Pongámonos
manos a la obra!

* * *
Clive había tomado la posición punta del descenso. Sentía que era su deber como
comandante y como líder de la expedición.
Sidi Bombay se había colocado en el centro de los tres, atado a Folliot y a Smythe
por una cuerda de seguridad. Su cuerpo alto, casi esquelético, pesaba muy poco, y, a
pesar de su sorprendente dureza en algunos momentos. Clive temía por la
supervivencia de aquel cuerpo viejo y enjuto.
Horace Hamilton Smythe, físicamente el más fuerte de los tres, servía de sostén al
equipo, con la cuerda de seguridad atada alrededor de su cintura. Si Sidi Bombay caía,
los fuertes músculos y el firme agarre de Smythe lo salvarían. Y si caía Clive Folliot,
Smythe, con toda probabilidad, se encontraría sosteniendo el peso de los tres.
El descenso fue agotador, pero, salvando esto, menos difícil de lo que Clive había
previsto. De joven había escalado las altas y suaves montañas de su tierra natal, y
había practicado alpinismo como deporte en los Alpes suizos e italianos. Sabía que los
requisitos del descenso eran los de la concentración, la precaución y la atención, más
que la fuerza física o la gran destreza.
Planeaba cada paso, cada asimiento, cada colocación de dedo de la mano, o del
pie, antes de llevarlo a cabo. Cuando era posible, planeaba no sólo un movimiento
adelante, sino dos o tres, o cuatro, como un jugador de ajedrez preparando un ataque.
Cuando vio la grieta, la recibió con alegría por los puntos de apoyo que ofrecía a
las manos y a los pies; por la oportunidad de apuntalarse y descansar que posibilitaba.
Fue sólo cuando se apoyó en la abertura y escudriñó en la fisura de la montaña, que
semejaba el iris del ojo de un gato titánico, cuando vio el movimiento.
El miembro que se disparó hacia Clive podría haber sido cualquier cosa larga,
flexible y mortal. El brazo de un inmenso orangután. El tentáculo de un calamar
gigante. La lengua de un monstruoso batracio.
Como todo lo que había encontrado en aquel mundo oscuro, era totalmente
negro. El miembro se desenrolló, pasó veloz junto al rostro de Clive con un zumbido
mortal y se retiró hacia el interior de la grieta con la velocidad de un rayo. Clive pudo

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apenas vislumbrar los bordes dentados del tentáculo, el cual, cuando se retiró, zumbó
audiblemente al frotar contra algo. Unos débiles rayos de luz, provenientes de las
estrellas giratorias, penetraban en la abertura de la montaña y se reflejaban en los
relucientes ojos de la criatura.
Con un escalofrío, Clive se dio cuenta de que el tentáculo dentado había zumbado
al frotar contra su cuerda de seguridad. Intencionadamente o no, el animal había
serrado la cuerda. Ahora Clive no tenía la protección de la cuerda: estaba
desconectado de los otros dos escaladores, situados por encima de él en la montaña. Si
se soltaba, no podría recibir ayuda de Sidi Bombay ni de Smythe.
Se agarró con fuerza y se inclinó hacia el vacío tanto como pudo, separando el
tronco de la montaña, y miró hacia arriba. Distinguió a Sidi Bombay unos veinte
metros por encima de él en el escarpado, haciendo su camino lentamente hacia abajo.
Aproximadamente a otros quince o veinte metros más arriba, Clive vio a Horace
Hamilton Smythe.
Con todo lo que daban sus pulmones, Clive gritó a sus compañeros, implorando
que le lanzaran sus armas. Tuvo que repetir su pedido un par de veces, pero al final lo
oyeron.
Sidi Bombay soltó su bastón, que cayó hacia Clive. Folliot lo cogió con las dos
manos; se estaba sosteniendo sólo con las rodillas: las había colocado dentro de la
grieta y las había abierto con fuerza, haciendo presión contra sus paredes. Sostuvo el
bastón con una mano, se apoyó en el codo y levantó la vista hacia Horace Hamilton
Smythe. El sargento era un punto negro cuya forma se destacaba contra la oscuridad
de la noche. Smythe dio un grito de aviso a Clive y soltó su pistola.
Cayó hacia abajo dando tumbos. A Clive le pareció que el tiempo se había helado.
El revólver caía con una lentitud infinita, rodando y rodando, con el grabado de
diamantes estelares apareciendo y desapareciendo a cada vuelta, más grande y más
brillante a cada giro, hasta que el arma estuvo sólo a un metro por encima de la
cabeza de Clive.
Se oyó un sonido proveniente de las profundidades de la fisura, de algo que se
deslizaba y a la vez que arañaba, como si se tratara de unas grandes patas cubiertas de
pelos hirsutos y gruesos que avanzaran frotando contra las paredes de piedra.
Clive no se atrevió a quitar, ni por una fracción de segundo, sus ojos de la pistola
que descendía. Si el animal avanzaba para atacarlo, Clive tendría que confiar a la
providencia que el animal no llegase antes a él que la pistola a su mano.
Los diamantes giraron una vez más, resplandeciendo con la brillantez de una
constelación de soles. Luego, con un impacto a la vez audible y tangible, el revólver
golpeó la mano de Clive.
Giró el brazo, cerró la palma y los dedos alrededor de la empuñadura y al mismo
tiempo el índice buscó el gatillo. Introdujo el revólver en la grieta e hizo puntería,
alineando la dirección del cañón plateado con el blanco.
Durante unos brevísimos instantes, las fracciones de segundo que tardó en

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realizar estos actos, Clive no tuvo ni pensamientos ni voluntad. Fue un pasajero de su
propio cuerpo, un observador dentro de su propio cráneo. Alguien o algo pareció
tomar su control. Algún conocimiento instintivo o reflejo guio cada músculo de su
anatomía.
Sintió que el dedo índice apretaba el gatillo del revólver, sin pensar o sin desear
hacerlo. Y la grieta se iluminó por la llamarada que emergió de la boca del revólver.
La luz apareció y desapareció más rápidamente que el guiño de un ojo. En aquella
minúscula fracción de segundo, Clive vio algo que quedaría grabado en su mente por
el resto de su vida, tanto si esta duraba momentos como décadas.
Un rostro.
Un rostro monstruoso, terrible.
No un rostro humano, sino uno que contenía algo de humano, algo deformado,
angustiado, lleno de dolor y todavía más lleno de odio, algo que una vez podía haber
sido humano. Y también insecto, ya que los ojos eran inmensos y poliédricos:
reflejaron el fogueo del revólver en mil fragmentos quebrados. Y tenía algo más,
también, algo obsceno, odioso e infinitamente sucio.
Clive comprendió que lo que había pasado zumbando junto a él y segado su
cuerda de seguridad, descolgándolo del vestido de blanco Sidi Bombay, era la lengua
de esa cara.
Y luego, en el mismo momento en que la breve luz del disparo se disipaba, la bala
lanzada por el revólver americano de Horace Hamilton Smythe hacía impacto en
aquel rostro, acertaba en el mismo centro. Y lo reventaba, lo reventaba como
reventaría un tomate maduro lanzado contra un pobre animador en un cabaret de
poca categoría, en la peor parte de Whitechapel.
La detonación del revólver hizo eco en la grieta y en los oídos, que ya silbaban, de
Clive. Y, junto con el estampido de aquella explosión, llegó al nauseabundo líquido de
aquel rostro. Reventado. Reventado.
Explotó, y pedazos de carne, coágulos de sangre y escupitajos de materia vil o de
otros asquerosos fluidos, calientes y nauseabundos como el pozo más profundo del
infierno, llovieron torrencialmente sobre Clive.
Apoyó el cayado de Sidi Bombay contra los muros de la grieta, se introdujo el
revólver de Horace Hamilton Smythe en el cinturón y se aplastó con desesperación
contra la pared de la fisura.
Coágulos de protoplasma siguieron pasando rozando sus orejas y cayendo hacia la
negra llanura detrás de él. Sintió un calor anormal y asqueroso en los sitios donde el
fluido caliente lo había alcanzado. Parpadeó y miró su cuerpo. Se sentía empapado de
manchas de sangre y de vísceras; pero, al examinar con repugnancia su ropa y las
partes expuestas de su cuerpo, las manchas silbaron, hirvieron y desaparecieron en
forma de burbujas, para luego disiparse en la fría oscuridad, en el aire seco de la
montaña.
La boca se le llenó de bilis, pero la tragó de nuevo y se esforzó en calmarse y

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afianzarse antes de volver su rostro hacia los demás. Luego los llamó y, a instrucciones
suyas, Sidi Bombay descendió hasta que el extremo cortado de la cuerda de seguridad
llegó al alcance de Folliot.
Con gran precaución, Clive volvió a conectar la cuerda, atando fuertemente los
extremos segados.
Y continuó su descenso.

* * *
La caminata desde la base del acantilado hasta la ciudad negra transcurrió sin
incidentes.
Nada vivía en la llanura negra, ninguna criatura viviente nadaba en el negro río.
Al menos, ninguna de ellas se mostró a Clive, a Smythe o a Sidi Bombay.
Cuando llegaron a la ciudad negra, se percataron de que aún era más alta, aún
más sobrecogedora de lo que les había parecido desde el borde del precipicio, donde
habían encontrado el ataúd de Neville.
Dentro de la ciudad, la luz de la espiral de estrellas penetraba menos. Pero unos
puntos brillantes danzaban en el aire como motas de polvo en un haz de luz solar.
Cada punto proyectaba una débil luz, y bailaba, caía, subía, intangible e incapturable.
Estas motas de luz hormigueaban en incontables millones, proporcionando una
iluminación comparable a un crepúsculo cargado de penumbra.
Los edificios variaban en medida y forma, pero todos estaban construidos con una
combinación de elegancia y solidez que hablaba del genio de sus arquitectos. Todos
los edificios eran negros; sólo variaban por la textura diferente del material: algunos
eran lustrosos y brillaban intensamente con la luz que se reflejaba de las estrellas y de
las motas luminosas; otros, en cambio, eran completamente opacos.
No fue difícil encontrar el centro de la ciudad, porque allí se erigía un monolito
abovedado, cuyos pináculos negros se alzaban puntiagudos contra el firmamento. La
torre era un monolito en sentido estricto: era evidente que se trataba de una sola y
única piedra. Y esto era así para todas y cada una de las estructuras de la ciudad. Clive
Folliot llegó a pensar que la ciudad entera era en realidad un monolito, una sola
escultura titánica, o quizás una cristalización de basalto negro, surgida y endurecida
en una unidad.
¿Y si el mundo negro entero fuese un monolito?
Movió la cabeza, y avanzó con grandes zancadas hacia la torre.
Atravesó la bóveda de la entrada y siguió hacia un grandioso vestíbulo negro. Allí
distinguió lo que parecía un altar, y encima de él un cofre, una copia en miniatura del
ataúd en que Neville Folliot había yacido. Junto al altar se erigía un gong alto como
un hombre, y al lado, un mazo.
Sin dificultad, Clive abrió el cofre. Dentro había un objeto, de forma ordinaria,

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pero, en aquel mundo, de sorprendente apariencia. Era una llave, una llave pequeña y
corriente, de no más de dos centímetros de largo.
Pero era de bronce. No era negra.
Sin dudarlo ni un instante, tomó la llave del cofre, la introdujo en el candado del
diario de su hermano y la hizo girar.
Fue directamente a la última página escrita del diario.

«Si has llegado hasta aquí —leyó—, debes de haber encontrado el altar de la Torre de Q’oorna.
La Torre es la Mazmorra de Q’oorna. Golpea el gong, Clive. Por ahora es lo único que tienes
que hacer, pero, cualesquiera que sean los escrúpulos que puedas tener, no deben detener tu
mano. ¡Hermano mío Clive, yo te conjuro, golpea el gong!».

En la mente de Clive Folliot no había ninguna duda de que el diario había sido
escrito por su hermano. Conocía su letra de toda la vida; era parecida a la suya propia,
pero no idéntica.
Quizá debería abrir el diario por el principio y leer las primeras páginas antes de
cumplir las órdenes de la última, pero ahora no tendría la calma suficiente. No ahora.
Se sintió molesto por la situación en la que se encontraba. Toda la vida había
estado subordinado a su hermano y dominado por su voluntad más fuerte. La misma
expedición que lo había llevado de Inglaterra a Zanzíbar, de Zanzíbar a Ecuatoria y
ahora a aquel extraño mundo llamado la Mazmorra de Q’oorna, todo había tenido a
Neville Folliot como su centro, como su motivo conductor. Clive no había sentido
nunca verdaderos deseos de viajar a África. En el fondo de su corazón era un hombre
tranquilo; se imaginaba a sí mismo como un intelectual, y su ambición había sido
idear los medios para dejar el servicio de Su Majestad y regresar a Inglaterra, donde
llevaría una vida simple y contemplativa.
En lugar de eso, había viajado miles de kilómetros, había sufrido durezas y
peligros y había encontrado a su hermano… muerto.
Pero ni aun así lograba escapar del dominio de su gemelo mayor. Desde más allá
de la misma tumba, Neville venía y ordenaba las acciones de Clive. ¡Desde más allá de
la misma tumba!
Clive depositó el diario en el altar, hizo una solemne señal con la cabeza al
sargento Horace Hamilton Smythe y luego al esquelético Sidi Bombay. Entonces se
acercó al gong con un par de zancadas, levantó el mazo y golpeó una vez.
El sonido del gong fue suave, casi increíblemente dulce: fue una infinita serie de
sonidos que llenaron su mente con puntos de sonido, puntos de sonido que bailaron y
giraron como las motas de luz en la ciudad, y como las estrellas en espiral del cielo.
Y, antes de que el sonido se desvaneciera en el silencio, Clive oyó un retumbar de
pasos y gritos que provenían de la Ciudad de Q’oorna.

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13
El califa de Q’oorna

Clive Elliot dio media vuelta como un rayo. El vestíbulo estaba lleno de soldados.
Había árabes, nubios y mamelucos. Iban armados con lanzas, cimitarras, rifles con
adornos grabados y cañón largo, arcos y flechas, primitivas porras de madera e
incluso hachas de guerra hechas de piedra.
Llegaron aullando, blandiendo sus armas, emitiendo sonidos amenazadores y
gesticulando ferozmente, pero nadie atacó de verdad a los tres forasteros.
Clive había devuelto el cayado a Sidi Bombay y el Colt de la Armada Americana a
Horace Hamilton Smythe, al llegar sanos y salvos a los pies del precipicio negro,
después del encuentro casi fatal con el rostro de la grieta. Ahora Clive estaba armado
(si esta es la palabra correcta) con el mazo que había usado para tocar el gong. Lo
sostenía con una mano; en la otra tenía el diario de su hermano.
Entonces Smythe puso rodilla en tierra, en posición defensiva, sosteniendo su
revólver hacia el enemigo.
—No dispares, Smythe —ordenó Folliot—. Manténganse atentos. No sabemos
aún lo que quieren. A lo mejor podemos parlamentar. Habría deseado tener en la
mano algo más mortal que un mazo: su sable militar, o incluso la cimitarra que había
encontrado en la playa y que había utilizado contra la araña gigante. Pero hacía ya
tiempo que aquellas armas habían desaparecido: el sable se había hundido en el
naufragio del Azazel, y la cimitarra había quedado atrás, en Bagamoyo.
Sonó un grito en la retaguardia del abigarrado ejército, y con un bramido
inarticulado la singular mezcla de soldados arremetió.
Una lanza nubia pasó zumbando junto a la mejilla de Clive. Vio a Sidi Bombay
rechazar una cimitarra con su cayado, blandiéndolo como si fuese Little John
combatiendo con su barra contra Robin Hood.
Un guerrero, totalmente desnudo excepto por unos pintarrajos de barro y unos
collares, alzó su porra contra Clive. Este la esquivó con su mazo y, cuando el guerrero
trastabilló hacia él empujado por su ímpetu, Clive lo golpeó detrás de la oreja. El
hombre, siguiendo su trayectoria, aterrizó detrás de Clive y este ya no tuvo que
preocuparse más por él.
Con el rabillo del ojo, Clive vio un relámpago anaranjado. En la sala cavernosa
hubo un trueno estrepitoso que resonó con un temblor. Dio media vuelta y vio a un
bandolero, daga en mano, que se desplomaba en el suelo de mármol negro. Se había
lanzado contra Horace Hamilton Smythe y este lo había despachado con un solo
disparo de su Colt de la Armada.
Sidi Bombay, alto, descarnado y cadavérico, estaba rodeado de atacantes. Con
sangre fría hacía girar su bastón, enfrentándose a enemigo tras enemigo,
manteniendo limpio de ellos un círculo de dos metros o dos metros y medio de
diámetro a su alrededor.

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Uno tras otro eran abatidos los atacantes. Las hojas relampagueaban, las armas de
fuego soltaban estruendos, las pesadas barras se levantaban y caían, y Sidi Bombay,
con una expresión de serena inmutabilidad, parecía golpear con su bastón siempre en
el momento preciso y en el lugar preciso. Donde una cimitarra lanzaba destellos al
abatirse sobre él, esta chocaba una sola vez contra el cayado e invertía su arco,
saltando en el aire y dando tumbos por encima de los atacantes. Donde se levantaba
un rifle, el bastón de Sidi Bombay se convertía en un abanico marrón borroso de
madera zumbante, recortado contra la negra arquitectura, y el rifle caía con estrépito
por los suelos y un árabe retrocedía tambaleándose y agarrándose los nudillos rotos.
Casi inconscientemente los tres compañeros se habían colocado en una formación
triangular, con las espaldas hacia el centro. Smythe apuntaba su Colt, disparaba,
apuntaba, disparaba. Cada tiro tumbaba a un atacante. El hombre no falló ni una sola
vez.
Clive golpeaba regularmente con el mazo. Se encontraba en un estado mental de
extraña enajenación. Se podía ver a él mismo, pensar en cada peligro y estar alerta.
Enviaba órdenes a su cuerpo, a sus brazos, a sus manos, a sus pies, órdenes que les
decían que se moviesen, que se volviesen, que rechazaran, que clavaran como un
maestro herrero, que hundieran como un bayonetero, que hicieran girar el mazo
como un vikingo enloquecido, machacando a sus enemigos, ora desviando una daga
que intentaba penetrarlo ora aplastando un cráneo enemigo como una cáscara de
huevo.
Cuántos atacantes habían perecido en el suelo de mármol, no había manera de
contarlos. No había manera de saber la altura que alcanzaba la pila de cuerpos, la
cantidad de sangre que corría por el liso mármol negro. Una furia compuesta en
partes iguales de fuego y hielo corría por el cuerpo de Clive, circulaba por sus venas.
La diosa de la guerra cantaba en sus oídos.
Pero el final era inevitable. El número de oponentes era aplastante, poco menos
que infinito.
Cuando el revólver del sargento Smythe se vació, no hubo oportunidad de
recargarlo. Un kris afilado como una navaja de afeitar estuvo a punto de clavarse en
su guerrera; Smythe lo esquivó y, con su revólver vacío, golpeó al malayo que lo
manejaba. El hombre se desplomó de rodillas; Smythe le arrebató el arma de la mano
y la utilizó al instante para mantener a raya al siguiente atacante.
Clive oyó un terrible sonido, una combinación de golpe apagado y estridente, y a
su lado vio a Sidi Bombay que sostenía dos objetos en el aire. Por primera vez en la
batalla, la expresión de serenidad del rostro de Sidi Bombay había desaparecido: se
había transformado en una de desfallecimiento. La vara del esquelético Sidi Bombay
se había partido en dos, rota sin duda a causa de los innumerables impactos contra
hachas, mazas, cañones de rifle o cráneos de atacantes.
Un mameluco de bombachos agarró de pronto el arma de Clive, el mazo negro. El
hombre tiró del mazo, y Clive, clavando los talones contra el mármol del suelo, dio un

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tirón en sentido contrario. El mameluco salió disparado contra Clive. La última cosa
que vio este fue la parte superior de una cabeza volando hacia la suya, volando con
demasiada rapidez para que pudiera evitarla.
Entonces siguió un período de oscuridad y silencio, salpicado por luces
centelleantes y ráfagas de viento.

* * *
Clive abrió los ojos y miró hacia el rostro preocupado de Sidi Bombay.
—El inglés todavía vive. Creí que te habías refugiado en el regazo del Creador, oh,
Clive Folliot. Sí.
Sidi Bombay estaba agachado a su lado. Su rostro oscuro y delgado estaba cruzado
por regueros de sangre y sus blancas ropas rasgadas en varias partes. Ayudó a Clive a
incorporarse; una vez que este recuperó el aliento y sus fuerzas, se puso en pie.
Se encontraba de nuevo en la sala del altar negro. La piedra del altar había sido
convertida en un trono, en donde se sentaba el hombre más gordo que jamás había
visto Clive. Era inmenso, tan alto y tan ancho como gordo. Debía de llegar hasta los
dos metros quince de altura (o debería haber llegado, si hubiese estado de pie). Estaba
sentado, y el peso que depositaba en el altar se debía acercar a los trescientos
cincuenta kilos.
Los ojos minúsculos y relampagueantes le asomaban por entre los repliegues de
carne que podían llamarse rostro. Iba vestido en satenes lujosos y un magnífico
turbante coronaba su testa. Un gran rubí púrpura relucía en el frente del turbante y
sus atavíos estaban decorados con diamantes, esmeraldas y zafiros. Apenas mostraba
nada de su carne, pero, cuando era así (como en el caso de sus manos), se veía tan
hinchada como grasienta era su fisonomía porcina.
Llevaba un anillo en cada dedo, y no había dos anillos iguales; jugaba con ellos,
por turno uno a uno, y casi no levantaba la vista de los metales intrincadamente
trabajados que sostenían las piedras preciosas.
Clive se encontraba situado entre Sidi Bombay y Horace Hamilton Smythe, quien
lucía tan apaleado como Sidi Bombay. Una ojeada rápida informó a Clive que Smythe
tenía la nariz rota, una larga cicatriz que le recorría la mejilla y uno de sus ojos
cerrado y morado.
El enorme hombre que tenían frente a ellos empezó a hablar y, mientras soltaba su
discurso, alguna parte recóndita del cerebro de Clive apercibió, en una fracción de
segundo, que el corte de la cara del sargento Smythe había sido cosido toscamente.
Ciertamente, tal proceder debía de haber sido muy doloroso, pero salvaría la vida a
Smythe, al evitar que se desangrase o que la herida se infectase.
¿Quién había hecho el trabajo? ¿Sidi Bombay? ¿O uno de sus captores?
El hombre gordo les estaba hablando a ellos. Sus palabras salían en un torrente

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rápido, ininterrumpido. Pero Clive no podía entender su significado. Unas pocas
palabras parecían vagamente familiares, como una mezcolanza de chapurreos de
chino, español, swahili e hindi. De cuando en cuando había palabras familiares,
fragmentos de francés y alemán, de latín y griego, de algo que se parecía al hebreo e
incluso algún monosílabo de inglés.
Una vez, Clive creyó que incluso oía pronunciar su propio apellido.
Pero no comprendió el mensaje.
Sólo ahora empezó a distinguir las otras figuras que circundaban la estancia, esta
vez iluminada con antorchas de llama oscilante, montadas en soportes adosados a los
muros.
Un hombre, cuyo vestido le recordaba a Clive al visir de la Corte del Sultán de
Zanzíbar, estaba de pie junto al trono.
El soberano finalizó su perorata. El visir se volvió hacia Clive y sus compañeros.
Tenía los brazos cruzados en el pecho y parecía esperar una respuesta.
Sin previo aviso, Sidi Bombay se lanzó de bruces a los pies del soberano. Este dijo
unas cuantas incomprensibles palabras más y Sidi Bombay se alzó hasta quedar de
rodillas. Luego se puso a chapurrear en hindi, no al soberano, sino al visir.
—¿Qué está diciendo el compañero? —susurró Clive a Horace Hamilton Smythe.
—Sólo puedo pescar algunas palabras, mi comandante —murmuró Smythe—.
Pero creo que Sidi Bombay está suplicando por nuestras vidas.
Antes de que Clive pudiera responder, alguien lo empujó por detrás y lo echó de
bruces a los pies del trono. No fue el visir quien había realizado este ultraje en su
persona. Un par de dayaks salvajes habían avanzado silenciosamente con los pies
descalzos y le habían caído encima de improviso.
Clive intentó levantarse, pero notó algo frío y punzante contra su cuello y
vislumbró con el rabo del ojo el brillo del acero pulido. Con un gemido casi inaudible
permaneció inmóvil, tendido sobre el liso mármol negro con los brazos y piernas
extendidos. Estaba ileso, con la excepción de los golpes y los arañazos que había
sufrido en la batalla. La cabeza le dolía de un modo terrible, pero eso ya era de
esperar, y estaba completamente seguro de que no se había roto ningún hueso. Pero
se daba perfecta cuenta del peligro inminente en que se encontraba su vida. Este
hecho estaba agravado por la afrenta a su dignidad: ¡un miembro de la aristocracia
inglesa, un oficial al servicio de Su Majestad, forzado a postrarse y a permanecer
indefenso delante de un jefe salvaje!
Clive consiguió echar una mirada de reojo a su entorno. Sidi Bombay, todavía de
rodillas, conversaba con el visir, quien comunicaba sus palabras al soberano. En
apariencia, sólo el visir estaba autorizado a dirigirse al gigante desparramado en el
trono.
Ya no veía al sargento Smythe. Clive esperaba que continuase allí, detrás de él, que
no le hubiese ocurrido nada trágico. Un par de pies bronceados y descalzos también
impresionaron la retina de Clive; uno de los tobillos estaba decorado con un largo

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collar de pequeños huesos y dientes.
Clive se encogió ante esta visión, sólo para percibir que aquel mismo pie se
plantaba con firmeza en la parte posterior de su cráneo. Un movimiento más, parecía
decir, y el frío acero separará tu cabeza de tu cuerpo.
—Sí, es él —dijo Sidi Bombay señalando a Clive.
El soberano habló al visir. El visir habló a Sidi Bombay. Sidi Bombay asintió y se
dirigió a Folliot.
—El gran califa Achmed Aziz al Karami te ordena que te pongas de rodillas,
inglés.
Sin moverse, Clive contestó en un murmullo.
—Dile a este cerdo que ningún oficial de Su Majestad respondería a tal
impertinencia. —Clive creyó oír un gemido detrás de él. No se atrevió a volverse para
ver si provenía de Horace Hamilton Smythe.
—Si le digo eso al califa, ordenará que te maten en el acto. La elección es tuya,
inglés, sí. ¿Se lo tengo que decir?
Clive lo consideró unos momentos. Sintió que el pie desnudo del dayak se retiraba
de su nuca, pero percibía la continua proximidad de la hoja de acero. Con mucho
cuidado, se levantó hasta ponerse de rodillas. Se mordió el labio inferior y miró al
califa directamente a los ojos.
Clive habló con voz lenta y clara.
—Vuestra Magnificencia: soy un oficial al servicio de Su Majestad la reina
Victoria. Estoy en vuestras manos. Si queréis, podéis matarme. Pero como oficial de
Su Majestad os he dado toda la obediencia que se os debe. Y no me humillaré más.
Se puso en pie muy despacio.
—Sidi Bombay —ordenó—, dile esto al visir, y que se lo transmita a su amo. —
Clive miró al califa y vio una nueva expresión en los ojos profundamente escondidos
del hombre.
Mientras Sidi Bombay iniciaba su sonsonete hindi, Clive oyó el silbido del acero
detrás de él. No se volvió ni intentó evitar el golpe: hacerlo, sólo lo habría rebajado y
sólo habría prolongado lo inevitable.
El califa Achmed Aziz al Karami movió una mano incrustada de piedras
preciosas. Fue un gesto levísimo, casi imperceptible.
Pero la hoja pulida cambió su curso y giró justo en la nuca de Clive. Pasó rozando
su cabeza y cortó un pequeño mechón de cabellos, que subió volando por el aire y
cayó oscilando con toda lentitud en el suelo de mármol negro.
El califa hizo otro ademán, esta vez dirigido a Clive. Apenas fue más perceptible
que el movimiento que había salvado su vida: un leve giro de mano. La luz de las
antorchas parpadeó y se reflejó en las exuberantes gemas que recubrían los gordos
dedos de Achmed Aziz al Karami.
El gesto sugirió la espiral de estrellas del exterior.
El califa habló de nuevo, y Sidi Bombay, todavía de rodillas, hizo la traducción

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para Clive.
—Su Magnificencia dice que tienes el coraje de tu hermano, inglés. Dice que tu
coraje te ha salvado la vida y que salvará también la del inglés Smythe y la mía, a las
que pone en tus manos.
—Dile a Su Magnificencia que le doy las gracias. —Clive se preguntó cómo había
sabido el califa quién era él, pero prefirió no inquirirlo. La cabeza le trabajaba
furiosamente mientras intentaba decidir qué tenía que hacer luego, qué tenía que
decir.
El califa hizo una señal con la mano al visir, quien a su vez lo transmitió a un
hombre que estaba bajo una antorcha, en la entrada de la estancia. El hombre avanzó.
Era un individuo de piel roja, de singular aspecto: tenía la frente inclinada hacia atrás
y los ojos bizcos, y vestía pantalones bombachos adornados con plumas, y capa.
Sacó algo de debajo de la capa y avanzó hacia Clive. Dijo unas palabras, y le alargó
el objeto.
A Clive se le cortó la respiración: había reconocido el diario de su hermano
Neville. Lo tomó de manos del hombre y lo abrió por la última página escrita, la que
ya había leído, la que le había dado la instrucción de golpear el gong negro en aquella
misma sala. Lo había hecho sólo unas horas antes, y todo lo que había ocurrido desde
entonces era pasmoso.
¡Había otra página escrita en el libro! Pero antes de intentar leerla, Clive volvió
hojas atrás, hacia el principio del diario, a las páginas que precedían a la que había
leído.
Habían desaparecido.
Volvió de nuevo a la página que había sido escrita recientemente. Sólo había unas
pocas líneas. Esta vez no ofrecían instrucciones concretas. El escrito era críptico, casi
un enigma.

«Cuidado con tus amigos. Confía en tus enemigos. Álzate a las profundidades y húndete en las
cumbres».

La escritura era definitivamente la de Neville Folliot, ¡y todavía estaba húmeda!


¿Qué significaba aquello?, se preguntó Clive. Incluso si podía llegar a desentrañar su
significado, ¿se podía confiar en el diario? Había obedecido una instrucción anterior,
había tocado el gong negro… ¡y había sido atacado por un ejército de asesinos! ¿Qué
resultado traería obedecer otra directriz de la mano ectoplásmica de Neville Folliot?
Desde detrás de Clive, el sargento mayor Horace Hamilton Smythe avanzó hacia
él.
Achmed Aziz al Karami hizo un gesto, y un pelotón de guerreros cogió a Clive, a
Sidi Bombay y a Horace Hamilton Smythe.
Sin pronunciar palabra, los guerreros empujaron a Clive y a sus compañeros fuera
de la sala. Constituían un abigarrado grupo, los despojos de los ejércitos del mundo,
no sólo de aquel año 1868, sino de todos los tiempos. Un centurión romano, un ilota

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griego, un egipcio ataviado con la vestimenta de la undécima dinastía, un llamativo
celta pintarrajeado de azul, un maya con plumas, un oriental en el tosco y maloliente
atuendo de la horda de Gengis Khan.
Todos iban armados de una u otra forma y todos eran robustos.
Así como la audacia había sido la clave para sobrevivir antes, Clive decidió que la
discreción sería el camino que era preciso seguir ahora. Esperaba poder comunicarlo
a Sidi Bombay y a Horace Hamilton Smythe, aunque, al parecer, ellos habían llegado
por su cuenta a la misma conclusión.
En fila de a uno, con Clive a la cabeza, y un par de guerreros desparejamente
uniformados flanqueando a cada uno, emprendieron la marcha a través de pasillos y
de rampas descendentes.

* * *
La Mazmorra era inmensa, pero su misma amplitud quedaba restringida por la
multitud de prisioneros que contenía.
De las intenciones del califa, Clive no tenía ni idea. El diario continuaba en poder
de Clive, pero, aparte de esto, él, el sargento Smythe y Sidi Bombay no tenían armas,
ni instrumentos, provisiones o equipamiento de ninguna clase. Sólo tenían la ropa
que llevaban y los recursos de su propio ingenio y experiencia.
La Mazmorra estaba aparentemente excavada en la piedra viva de la Torre Negra
de Q’oorna.
Pero ¿excavada por quién?
O, ¿por qué cosa?
La respuesta pronto apareció clara. Un riachuelo estrecho atravesaba la
Mazmorra, quizás un afluente del ancho curso de agua que Clive y sus compañeros
habían divisado desde la cima donde habían encontrado el ataúd de Neville. Cuántos
siglos hacía que el riachuelo fluía, no había manera de decirlo.
Pero si el riachuelo había excavado aquella caverna, entonces el agua debía
provenir de alguna parte y salir a otra parte, lo cual significaba que había dos posibles
salidas de la Mazmorra, además de la abertura a través de la cual los guardias habían
empujado, sin ningún tipo de consideración, a Clive, Sidi Bombay y al sargento
Smythe.
La boca de la caverna estaba cerrada por una reja de barras de hierro, y su única
puerta era también de barras de hierro. Los guardias habían descorrido el cerrojo,
abierto la puerta y echado a los prisioneros por ella. Luego la habían cerrado de golpe,
habían pasado el cerrojo asegurándola y se habían ido por el mismo camino por el
que habían venido.
La caverna estaba iluminada por una hilera de antorchas, alimentadas por aceite,
que se consumían en lo alto de los muros. De dónde provenía el aceite o cuándo o

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cómo o quién las rellenaba de carburante, los recién llegados simplemente no lo
podían imaginar.
Clive y sus compañeros se mantuvieron juntos, escudriñando en la oscuridad.
¿Cuántos prisioneros contendría la caverna?
Parecía haber un número sin fin. Allí había cientos, posiblemente miles de
prisioneros, de pie, sentados o tumbados, en montones, hacinados en el suelo frío y
húmedo. La mezcla era tan heterogénea como en la sala de arriba, pero allí abajo los
hombres no iban tan bien ataviados como arriba, ni poseían armas ni instrumentos.
Además, tenían una apariencia decaída, con las ropas hechas harapos, los rostros
demacrados y los ojos hundidos por la desesperación.
Se habían arracimado por naciones y por razas. Había grupos de hombres de piel
negra, probablemente de tribus africanas. Otros, también negros, debían de ser indios
orientales o aborígenes australianos. Había asiáticos amarillos y pieles rojas
americanos.
De cada grupo se levantaba un rumor de palabras, y el conjunto resultaba tan
confuso y entremezclado que Clive fue incapaz de detectar ningún significado en
ninguna de las voces.
Ninguno de los hombres poseía otra cosa fuera de sus ropas.
Clive y sus compañeros avanzaron por entre los grupos, observándolos
curiosamente al pasar cerca de ellos, y recibiendo como respuesta miradas recelosas o
escrutadoras. Encontraron la fuente de la corriente de agua negra. Emergía de una
abertura del muro de la caverna. Clive examinó el orificio: tenía menos de treinta
centímetros de diámetro. No había manera de escapar a través de aquel agujero.
Los tres compañeros siguieron el curso del pequeño río hasta que se ensanchaba y
moría en un estanque. El estanque era aproximadamente circular y de unos dieciocho
metros de ancho. Era imposible calcular su profundidad, pero era evidente que el
agua salía de la Mazmorra por el estanque, ya que el riachuelo derramaba allí sus
aguas y no había otro curso de agua que emergiese de la charca.
Pero esto no era lo más asombroso del estanque. Clive y sus compañeros no se
atrevieron a acercarse más a él, porque estaba completamente rodeado…
¡De mujeres!
Mujeres de todos los tipos raciales concebibles: blancas y negras, amarillas y
mulatas. La mayoría eran tipos que Clive fue capaz de reconocer, pero otros eran tan
extraños que apenas parecían humanos. Mujeres rechonchas, jorobadas, peludas, que
parecían más simiescas que humanas. Quizás eran supervivientes de algún antiguo
antepasado de la humanidad, de alguna raza que había vivido hacía miles o millones
de años y que luego habían dado paso a especies más avanzadas.
¡El señor Darwin saltaría de alegría si pudiese ver aquellos ejemplares!
¡Y otras! Había mujeres con cráneos calvos y cuerpos delgados y lisos, que habían
podido desenvolverse mejor en un medio acuático que en la superficie de la tierra. Y
otras incluso con torsos largos y miembros estirados, afilados, mujeres que debían de

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haber crecido hasta la madurez en un mundo en donde la atracción de la gravedad
debía ser débil (si no ausente) y en donde el cuerpo humano podía alargarse hasta
alturas sorprendentes.
Las mujeres se apiñaban alrededor del estanque. Como los hombres, estaban
desprovistas de armas u otras herramientas, pero habían encontrado fuerza en la
unión, y así los machos no las molestaban.
En particular, una mujer cautivó la atención de Clive Folliot. A pesar de su
vestimenta harapienta y de su físico mal cuidado, había belleza en su cabello y en sus
ojos negros, y una elegancia en su porte y en sus miembros que hizo aumentar la
tensión en el pecho y el cuello de Clive.
¡Tenía algo de Annabelle Leighton! En el fondo, todas las mujeres son iguales, o
así lo decía una vulgar máxima militar. Con seguridad, había en ella algo de
semejanza, y la visión de aquella hembra conmovió profundamente a Clive.
Intentó acercarse a aquella mujer.
Para su total asombro, las demás mujeres se hicieron a un lado. No querían
contacto con aquellos machos extranjeros. Clive sentía la presencia del sargento
Smythe y de Sidi Bombay junto a él, algo rezagados.
Pero a pesar de que las otras mujeres, blancas y negras, altas y bajas, peludas y de
piel tersa, se apartaron, la belleza morena permaneció en su lugar.
Clive se detuvo ante ella y la miró a los ojos. Ella estaba de espaldas al estanque, y
le devolvió la mirada, con el rostro lleno de curiosidad, quizás incluso con cierta
picardía. No se alejó como las otras. No cedió ni un centímetro. No retrocedió ante
Clive.
Este levantó su mano para tocarla. Avanzó lentamente, como haría uno para
acercarse a un animal salvaje, intentando tranquilizarlo, amansarlo, y por encima de
todo no empujarlo a huir lleno de pánico.
La mujer siguió el movimiento de la mano de Clive y la insinuación de una
sonrisa jugueteó en las comisuras de sus labios.
Clive colocó suavemente su mano en el antebrazo de ella… o lo intentó.
Cuando sus dedos estuvieron a milésimas de milímetro de su carne, una
llamarada abrasadora saltó de la piel de ella y se extendió por todo el cuerpo de Clive.
Cada uno de sus nervios rechinó, sus ojos se desorbitaron y el pelo se le erizó. Vio
llamas azules que crepitaban en su propio torso.

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14
«Demasiados miserables»

Clive Folliot estaba sentado en el suelo de la cueva, y sentía el frío y la humedad a


través de sus pantalones caqui e incluso a través de sus botas de suela gruesa. A su
izquierda se sentaba Sidi Bombay, sereno, en la posición del loto, con el rostro
inexpresivo y las manos reposando palmas arriba en el interior de sus rodillas. A su
derecha estaba el sargento Horace Hamilton Smythe, con los músculos en tensión,
impaciente por ponerse manos a la obra.
Frente a Clive se sentaba la mujer cuyo contacto era tan electrificante. Ahora
sonreía a Clive.
—Proceso de limpieza yo hago chisporrotear tus circuitos, usuario. Hubiera sido
un error catastrófico. Contenta de descargar este mensaje.
Clive movió la cabeza y miró a Sidi Bombay y a Horace Hamilton Smythe en
busca de ayuda, pero ellos no lograron entenderla más que Folliot.
—¿Se está disculpando, señorita?
Ella sonrió y asintió. Al menos estaban de acuerdo en aquel punto. Parecía que
ella hablase el idioma inglés o alguna variedad de él. Clive había conocido suficientes
americanos para reconocer algunas de las peculiaridades que correspondían a la
lengua en aquel país, pero incluso el sargento Smythe, que había vivido en América
durante algún tiempo, no sacó en claro más palabras de la mujer que el mismo Clive.
La mujer asintió vigorosamente.
—¡Firma tivo! —dijo.
«¿Firma tivo?», ponderó Clive. ¿Qué querrá significar? La frase parecía sin
sentido…, pero combinada con la cabeza haciendo el gesto afirmativo… ¡afirmativo!
¡Esta era la respuesta! Alguna de sus construcciones parecían tener una especie de
sentido fantástico; otras eran tan desconcertantes como si estuviese hablando en
antiguo egipcio.
—Esto es la Mazmorra de Q’oorna —dijo Clive—, pero mis amigos y yo no
entendemos dónde está realmente Q’oorna. Estábamos explorando Ecuatoria,
intentando cruzar el Bahr-el-Zeraf, en el Sudd. Nos dirigíamos al Sudán, en búsqueda
de las fuentes del Nilo. Y en busca de mi hermano Neville. Y entonces…
Se interrumpió y expresó su desconcierto con un encogimiento de los hombros y
un gesto de las manos.
—Error de ensamble, parece. Asqueroso fallo.
Allí estaba otra vez ella, hablando en aquella asombrosa jerga que tanto se parecía
al inglés pero que no tenía significado.
—Pero, señorita. Ni siquiera conocemos su nombre. Ni usted el nuestro. —Clive
se presentó a sí mismo y a sus compañeros.
Ahora era el turno de la joven de parecer sorprendida, pero, después de breves
segundos, asintió con entusiasmo.

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—Tivo, tivo —dijo—. Ojeo, registro, seguro. Usuaria Annie, seguro. —Y alargó la
mano para que se la estrecharan, pero la retiró rápidamente, riendo—. Yo estropeo
tus microcircuitos. ¡Ja!
Clive preguntó a la mujer de dónde era, y esta, al fin, pronunció una respuesta
coherente.
—San Francisco —dijo. Él había oído hablar de aquel lugar, una bulliciosa ciudad
portuaria, cerca de las minas de oro, en América—. Ausencia opción San Francisco —
prosiguió—. Dirección absoluta era Londres antes de Mazmorra.
«¿Dirección absoluta?». Clive intercambió miradas vacías con el sargento Smythe.
Pero estaba decidido a insistir. Aquella mujer Usuaria Annie, o cualquiera que fuese
su nombre, era la única persona de la aglomeración políglota de la Mazmorra que
parecía desear conversar con él y además era capaz de ello. ¡Si sólo pudiese descifrar
sus significados y comunicarle los suyos propios!
—Usuaria Annie, ¿quiere decir que se había trasladado de San Francisco a
Londres antes de llegar a, hem, Q’oorna?
—¡Tivo! Dirección Londres, Annie y Crackbelles actuando Piccadilly para
protocolo apertura de archivo dos mil cuando ¡zap!, transportada a Mazmorra. Duele,
usuario, duele válido. Demasiados miserables aquí. Mayoría tempoides. —Y estalló en
carcajadas, con la vista fija en Clive.
Puso la mano en el interior de su blusa e hizo algo; luego alargó otra vez la mano
hacia él. Con precaución, Clive se la tomó y se la estrechó; luego rápidamente la dejó.
Fue cálido y agradable: el primer contacto desde hacía mucho —demasiado— tiempo
con la piel femenina. Usuaria Annie introdujo de nuevo la mano en el interior de la
blusa.
—¿Eres un tempoide tú también, no, Clive?
Él se quedó atónito contemplándola.
—¡O a lo mejor lo soy yo! —Una expresión curiosa cruzó su rostro—. ¿Quién
podría decirlo? ¿Dónde está el reloj? ¿Cómo podría tragárselo alguien? —Ella parecía
desconcertada.
—¿Tempoide? —preguntó Clive. Pero al menos ella hablaba ahora de un modo
comprensible. Le costaba un gran esfuerzo entender a Usuaria Annie, pero ahora al
menos podía hacerlo en algún grado.
—¿Io, funcional? —preguntó Usuaria Annie. Aquello era un rompecabezas, Io era
la hija de Inachos, ¿no? Trató de recordar los mitos. Algo acerca de una
transformación mágica. A veces se la identificaba con la divinidad menor egipcia Isis.
¿Acaso Usuaria Annie le trataba de preguntar algo sobre Egipto?
—Cierre de archivo mil novecientos noventa y nueve —dijo Usuaria Annie—.
Gran función audio de salida en Piccadilly. Apertura de archivo dos mil. ¡Zap!
Transportada aquí. —Y extendió las manos.
¿Mil novecientos noventa y nueve?
¿Dos mil?

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¿Estaría hablando de los años 1999 y 2000? ¡Pero si estaban a más de un siglo en el
futuro! ¿Y tempoides…?
—¿Tempoides? —preguntó—. Como en tempus…
—¡Fugit! —terminó ella, sonriendo—. ¡Válido! ¿Cuál es tu reloj, antro? Clive
dudó.
—¡Descarga! —ordenó Usuaria Annie. Parecía que él la ponía nerviosa.
Probablemente ella se sentía tan frustrada como él por los obstáculos de su
conversación—. ¡Activa tu modem[3]!
Había preguntado algo acerca de su reloj. Lo cual no tenía ningún sentido. Pero
tempoides (tempus fugit, el tiempo vuela)… y había hablado de 1999 y de 2000.
—Estamos en el año del Señor de mil ochocientos sesenta y ocho —declaró
solemnemente.
—Sólo relativo —dijo Usuaria Annie. Pero pareció complacida de poder
intercambiar alguna información. A Clive también le satisfizo.
Ella hizo un gesto con la mano para indicar el conjunto de la Mazmorra.
—Datos insuficientes para esta dirección. Pero probablemente virtual. Reloj y
dirección absolutos imposibles de conseguir. Hum. Ejecución degradada, demasiado
mala, ¿eh, usuario?
Clive se dirigió a sus compañeros.
—Creo (por más extraño que parezca), que Usuaria Annie nos está diciendo que
la trajeron aquí desde Londres. Pero no sólo esto. Que la trajeron aquí del futuro. Del
año 1999 o 2000. Cierre de archivo, apertura de archivo; 1999, 2000. Supongo que
estará hablando de la celebración de la Noche Vieja. Algo le ocurrió el treinta y uno
de diciembre de 1999 y la trajeron aquí. El año 1868.
—¿Está seguro, mi comandante, de que aquí estamos en el año 1868? —preguntó
Smythe—. A lo mejor nos han conducido al tiempo de la señorita, más que al nuestro.
O quizás es algo más extraño. ¿No hizo la señorita algunos comentarios acerca de
relativos, relojes y virtuales? Ciertamente no he captado su significado con precisión,
mi comandante, pero personalmente creo que nos está diciendo que la Mazmorra no
está tanto en…, hem, no sé cómo expresarlo, mi comandante. A lo mejor usted podría
ayudarme con alguna de sus elegantes palabras de Cambridge, mi comandante.
Pero antes de que Clive pudiera responder, intervino Sidi Bombay.
—Tiempo y tiempo, inglés, y espacio y espacio. Ambos tienen sus formas y sus
vueltas. Hay más tiempos y más espacios de los que tú conoces.
Clive miró absorto aquel rostro demacrado. ¿Qué sabía de aquel hombre? Que
provenía de la India, que era muy viejo. ¿Pero, cuál era su filosofía? ¿Cuáles eran sus
pensamientos? Clive ni siquiera sabía si Sidi Bombay se adhería a la actitud hindú o a
la budista o a la musulmana (ciertamente había hablado de Alá y del ataúd del
Profeta…, pero esto sólo significaba que había algo de islámico en él). Ni tampoco
había sacado a la luz ni el más ligero detalle de la relación entre Sidi Bombay y Horace
Hamilton Smythe y de este con el extraño símbolo de las estrellas giratorias, la espiral

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de estrellas.
Miró al techo de la Mazmorra y vio sólo la negrura del basalto en bruto, del
basalto en vivo, todavía más ennegrecido por el humo de las incontables antorchas
que quemaban y quemaban allí dentro. ¡Qué daría por echar un solo vistazo al cielo
azul… o incluso al cielo negro y cristalino del turbulento mundo de Q’oorna!

* * *
Pero, gracias a su insistencia, fue capaz de comprender algo más de la historia de
Usuaria Annie, y, según él creyó, de dar a entender a la joven algo también de la suya
propia.
En efecto, ella era americana. Era sorprendente ponerse a pensar en la vida que
ella llevaba, independiente, sin familia ni dama de compañía. Viajando por todo su
país (en verdad, el mundo entero) en compañía de una banda de músicos itinerantes
conocidos con el curioso nombre de Crackbelles.
Intentó captar algo de la música que describía, pero incluso los instrumentos que
tocaban sus compañeros tenían nombres raros y su descripción resultaba
incomprensible. Pero al menos la parte de Usuaria Annie en la empresa fue fácil de
comprender: cantaba y bailaba ante el público. Y no tenía en modo alguno el aspecto
de una chica de music hall; era independiente y atrevida, pero no descarada ni
grosera.
El doloroso efecto de su contacto era el resultado de algo que ella llamaba campo
eléctrico, alimentado por un diminuto mecanismo escondido bajo el cuerpo de su
vestido. El mecanismo se alimentaba a su vez de las energías de su propio cuerpo y
Usuaria Annie temía que, si ella se debilitaba o se fatigaba, el aparato fallaría. Y luego
estaría a merced de los que la rodeasen.
Y echó una mirada temerosa a algunos de los individuos de apariencia más brutal
cuyas sombras parecían bailar y mirar de soslayo en la parpadeante luz de las
antorchas.
Clive le preguntó cómo se llamaba el mecanismo que proporcionaba la energía al
campo eléctrico.
—Un Baalbec A-nueve —respondió ella—. Modelo cone. No pude transportar
bastantes pavos por un diez. ¡Quizás error catastrófico, este!
No había habido comida desde que Clive y los demás llegaron allí, pero había
asuntos más importantes que carne y pan. Clive persistía:
—¿Quiénes son todas estas personas? ¿Qué son tempoides? ¿Qué son extroides?
¿Qué son cibroides?
—¡Estás perdiendo algunos microcircuitos, usuario! —Annie meneó la cabeza—.
¿Tú bromas a mí? ¿Últimamente tú bajo de energía?
Clive insistió.

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Usuaria Annie soltó un profundo suspiro de exasperación.
—Tempoides son transportadores de reloj. Usuarios futuros, usuarios pasados.
Quizás otro tipo de usuarios de tiempo. Un cabezaburro entiende mejor que tú,
Usuario Clive. ¡Cabezaburro válido! ¡Buenos datos, trágate esto, Usuario Clive!
¿Transportadores de reloj? ¿Se refiere a aquellos que viajan con reloj? No: ¡a los
que viajan en el tiempo!
—¿Y extroides? —preguntó.
Ella meneó la cabeza.
—¡Vaya, antro! ¡Abre tu archivo! ¡Contraterrestres, zimarzalanos, betatorios!
¿Usuario nunca ingreso planetas?
Clive se puso en pie de un salto.
—¿Son de otros planetas? ¿De Marte, de Venus y de Júpiter?
—De todo explorado. Tivo, tivo, usuario. ¡¿Esto está fuera de tu registro?!
Clive se llevó las manos a los ojos.
—Después de todo, Du Maurier tenía razón —musitó—. Deberían haberlo traído
aquí, y yo debería haberme quedado en Inglaterra. O al menos, en Zanzíbar. —Se
agachó con cuidado hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los de Usuaria Annie.
—¿Y cibroides? —preguntó—. Dígame, por favor, ¿qué son cibroides?
—¡Oh, antro! ¡Realmente estás perdiendo microcircuitos! Sistema de conexión
entre biomasa y equipamiento físico, eso es todo. Cepeú[4] protoplasmática, meca
perifos, memorias químicas y rutinas de almacenamiento sólido. ¡Corrije los errores
de tu programa, usuario! ¡Mejora la potencia de tu sistema!
El sargento Smythe interrumpió el coloquio poniendo su mano en la muñeca de
Clive Folliot.
—Eche una ojeada hacia allí, mi comandante. —Clive volvió la cabeza con
brusquedad hacia un grupo de individuos de apariencia salvaje, vestidos con atuendos
jaspeados de marrón y amarillo. O al menos los harapos que cubrían sus cuerpos
mostraban restos de estos colores.
Estaban observando con disimulo a Clive y a los demás; y los gestos de dos de
ellos, particularmente robustos, nacían suponer que tenían algún plan violento en
mente.
—Señorita, hem, Annie —se dirigió Clive a la joven—. ¿Podría su… cómo lo
llama?
—Campo eléctrico.
—Sí. ¿Puede incluir más personas que usted misma?
—Firma tivo. Pero alto poder agota, tiempo de reloj, posible fallo de sistema.
—¿Podría incluirnos a todos nosotros? —Indicó a Sidi Bombay y a Horace
Hamilton Smythe al mismo tiempo que a él mismo.
Usuaria Annie dijo que sí los podía incluir.
Horace Hamilton Smythe avanzó a zancadas hasta el estanque en el cual el
riachuelo negro desaparecía.

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—¿Qué hace exactamente este chisme, señorita Annie?
Ella pareció desconcertada por un momento, luego su rostro se iluminó.
—Provoca la electrólisis en la materia en colisión, tío.
—¿Y agua, señorita? ¿Qué haría en el agua? ¿La mantendría apartada de uno
pudiendo así respirar, como en una campana de cristal, señorita?
—Oh, firma tivo. ¡Pozi tivo! ¡Pozi tivo! —Sus palabras expresaban el mensaje, y
sus vigorosos asentimientos con la cabeza y sus gestos lo confirmaban.
—Bien, señorita —dijo Smythe—, propongo que nosotros cuatro salgamos de
aquí, porque no tenemos mucho futuro entre estos sujetos que se ponen nerviosos y
merodean por ahí.
Y con el pulgar indicó por encima de su hombro, hacia el grupo vestido de
harapos marrones y amarillos. Clive Folliot siguió el gesto de Smythe con la mirada.
No pudo determinar la identidad racial de los hombres, y además aquella lengua
gutural le pareció completamente ajena. Comparado con esta, la singular jerga de la
usuaria Annie era el inglés perfecto de la reina.
Observó con mayor atención al grupo harapiento. Había una extraña mirada en
sus ojos, que eran como pares de pequeños telescopios implantados en el lugar de los
órganos naturales.
Uno de los hombres abrió la boca y Clive vislumbró el brillo del metal o el
centelleo de algo parecido, cuya naturaleza prefería no tratar de adivinar.
¿Eran quizá cibroides? Algo acerca de protoplasma y «meca perifos», fuese lo que
fuese esto. ¿Meca perifos? ¿Periféricos mecánicos? ¿Una mezcla de materia viva y
máquina? Él sabía algo de miembros artificiales, aún poco perfeccionados: patas de
palo, garfios para las manos y dientes cuidadosamente esculpidos en madera. Pero
aquellas criaturas…
Un escalofrío recorrió la columna de Clive Folliot.
Horace Hamilton Smythe abrió el camino hacia la orilla del agua. Las mujeres que
rodeaban el estanque se hicieron a un lado y permitieron que el grupo pasara por
entre ellas. Cuando llegaron al borde del agua, Smythe dijo:
—Ahora es el momento, señorita Annie. Si comprende lo que le estoy pidiendo,
señorita, ahora es el momento.
Señaló la blusa de la joven y Usuaria Annie asintió. Puso una mano dentro de la
ropa y con la otra cogió la de Smythe, Sidi Bombay y Clive Folliot se cogieron por la
mano y dieron otra a Smythe. Usuaria Annie hizo otro ajuste y Clive Folliot sintió un
ligero estremecimiento. Luego todo volvió a ser normal.
—¡No desacoplarse! —advirtió Usuaria Annie.
Los cuatro, de mutuo acuerdo, saltaron al agua.
Clive sintió que el agua se cerraba por encima de su cabeza. Todo se convirtió en
un pozo negro y tan frío como el invierno en un país nórdico; pero el líquido, en lugar
de penetrarle por la nariz, se mantuvo a corta distancia de esta. Trató de recordar el
experimento de filosofía de la naturaleza que había presenciado en Cambridge. Algo

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acerca de la aplicación de una fuerza galvánica para electrolizar el agua y
descomponerla en oxígeno e hidrógeno.
En aquel entonces, el fenómeno le había parecido simplemente una curiosidad,
pero ahora significaba que él y sus compañeros podían respirar, ¡incluso a pesar de
estar completamente recubiertos de agua!
El ímpetu del salto los había llevado hasta el fondo del estanque. Clive se arrodilló
en el fondo rocoso, continuó cogido a una mano de alguien (no sabía de quién) y con
la otra libre tanteó el suelo de piedra fría y mojada.
El suelo se inclinaba hacia un punto más bajo; allí Clive encontró lo que había
esperado con todo su corazón encontrar: ¡una abertura suficientemente ancha para el
paso de un hombre!
Intentó hablar con los demás, explicarles lo que había descubierto, pero la delgada
capa de aire que les permitía respirar era insuficiente para permitirles hablar. El único
sonido que pareció emerger de su boca fue un gorgoteo ininteligible.
Contando con que los otros seguirían el camino que él les marcase, empezó a
deslizar su pie en la abertura. Pero lo sacó de nuevo e invirtió su postura. Notó que la
mano que tenía cogida la suya se deslizaba a lo largo de su cuerpo y de su pierna y
finalmente lo agarraba por la pesada bota. Ofreció una oración a cualquiera que fuese
la divinidad que dominase aquel oscuro y terrorífico mundo, y le suplicó que el
precioso contacto de la mano con el tobillo no se rompiese.
Se empujó lentamente a través del orificio, y sintió una corriente regular y lenta de
agua que fluía alrededor de él. ¿Qué encontraría al otro lado? ¿Otra sala? ¿Un túnel
más largo? ¿Un paso en el que quedarían encerrados para morir allí de una muerte
lenta?
¿O la libertad?

* * *
No veía nada, al principio.
No oía nada, salvo los latidos de su pulso, el fluir de su sangre.
Luego (quizá sus ojos se estaban acostumbrando a su nuevo entorno y sus oídos al
medio acuático), formas, colores y sonidos empezaron a hacerse notorios.
Habitantes de cuerpos lisos de las aguas se aproximaban y observaban a los
humanos. Unos ojos luminosos escudriñaban a los suyos, y unos tentáculos
ondulaban, se extendían, se retraían. Clive sintió un apéndice muscular, como de
caucho, que lo tocaba. Por alguna razón que no sabía, la descarga del campo eléctrico
no disuadía a aquellas criaturas: o, de lo contrario, había cesado de funcionar en el
medio acuático.
El paso se había ido ensanchando poco a poco. Ahora nadaban, arrastrados por la
corriente de agua, ya sin tocar los muros del túnel a través del cual se desplazaban.

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Clive notó que la mano que se había agarrado a su tobillo iba subiendo por el
costado de su cuerpo. Y alargó la suya para asir de nuevo la de su compañero. Ahora
se cogieron otra vez todos de las manos y avanzaron a través del agua uno junto a
otro. Iban desarmados, indefensos contra cualquier ataque que les pudiese sobrevenir.
Con una sacudida, el dedo gordo del pie de Clive chocó contra una masa sólida.
Movió su pie con cuidado y advirtió que bajo él había un suelo rocoso,
absolutamente liso. Levantó la cabeza y se apercibió de que encima del agua ya no
estaba el techo de la caverna sino el alto y negro cielo de Q’oorna. La familiar espiral
de estrellas lanzaba destellos, que el agua distorsionaba y ondulaba.
Al cabo de poco rato, Clive y sus compañeros vadeaban la orilla del río negro. Se
soltaron las manos, quizás unos instantes demasiado pronto, ya que el campo de
fuerza desapareció y ellos quedaron súbitamente empapados por las aguas heladas,
todos excepto Annie, que continuaba protegida por el campo eléctrico. Los demás
tuvieron que agitarse como perros mojados para sacarse de encima el agua que los
mojaba. Y agitarse y reírse fue todo uno.
Clive tembló de frío. Si había algo que decir de las estrellas era que eran más
brillantes que nunca. Observó el oscuro cielo y empezó a distinguir nebulosas y
constelaciones distantes. Bandas de luces, inconmensurablemente distantes, pasaban
veloces a través del firmamento. La luminosidad era mucho mayor que la de una
noche ordinaria; el paisaje y sus ocupantes se bañaban en la melancólica iluminación
de un lúgubre crepúsculo de invierno.
—¿Tiene alguien idea de dónde estamos? —preguntó Clive a los demás—. Esto es
Q’oorna, evidentemente… Pero ¿dónde está Q’oorna? ¿Qué es Q’oorna?
Usuaria Annie había puesto la mano dentro de su blusa para desconectar el
Baalbec A-nueve.
—Carga algunos programas de astronomía, antro. —E hizo un amplio gesto
elegante con la mano por encima de la cabeza. Y Clive no pudo dejar de notar la
ondulación de su pecho, la suave oscilación que acompañó su movimiento.
—Dato no convincente —prosiguió—. Pero alto orden de probabilidades de que
Q’oorna sea un planeta ermitaño.
—¿Un planeta ermitaño? ¿Qué quiere decir?
—A lo mejor su gente decidió dar un paseo, coger su mundo con ellos, dejar su sol
atrás. —Usuaria Annie miró hacia las estrellas, y una expresión ilegible atravesó su
rostro—. A lo mejor alguien se comió su sol. Dejó a Q’oorna huérfano, no ermitaño.
La computación resulta equivalente, huérfano o ermitaño. Diferenciación
insignificante, Usuario Clive Folliot.
Clive sacudió la cabeza.
—¿Comerse su sol? ¿Comérselo? ¿Cómo ocurre en la mitología?
Usuaria Annie soltó un bufido.
—No comer, usuario. Error de lectura, falla en ensamble de datos. Comido. Como
en apropiado[5]. Hum… hum… unidad perturbada por intermitencias. Corregir y

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procesar. Apropiado, término equivalente… hum, hum… cogido, robado, limitación
en el programa de léxico, arrebatado, estafado… hum… hum… índice de referencias
cruzadas, jessejames, robinhood, arseniolupin. ¿Conexión completa, usuario? ¡Fuera!
Archivo cerrado.
Y echó a andar.
Clive no podía decir si ella realmente sabía adonde se dirigía o si había decidido
arbitrariamente seguir el curso del río, pero en aquel lugar desconcertante aquello le
pareció una idea tan buena como cualquier otra.
Los cuatro emprendieron la marcha.
La fatiga y el hambre habían llegado a un nivel justo por debajo del de la molestia
aguda y allí se habían estabilizado. El agua no era problema: se paraban a descansar y
a beber del río cada pocas horas. El reloj de bolsillo de Horace Hamilton Smythe
había sobrevivido milagrosamente tanto a la batalla como al agua. Cuánto tiempo
más funcionaría era un tema de especulación, pero por el momento continuaba
marcando las horas.
El paisaje siguió tan negro como siempre, pero el cielo continuó lanzando
destellos. No hubo amanecer como tal. En lugar de eso, las constelaciones y las bandas
de luz más imprecisas se tornaron más brillantes y crecieron en número.
Era como si Q’oorna fuese un mundo al mismo borde de la creación. Mientras
Q’oorna giraba en su rotación diaria, una extraña especie de alba y de crepúsculo, de
día y de noche, se sucedían. Cuando Q’oorna estaba frente al resto del universo, la luz
de un billón de soles llovía sobre ellos. Tan distante estaba Q’oorna que la
iluminación conjunta no era nunca más intensa que la de una tarde gris y miserable
de Inglaterra. Y cuando la rotación de Q’oorna llevaba a los observadores a dejar de
estar frente al resto del universo, sólo aparecía la enigmática espiral de estrellas,
aquellos escasos puntos apenas luminosos en el cielo del planeta.
Intentando imaginarse qué planeta podía ser, dónde se podían obtener tales
condiciones, Clive sintió un escalofrío.
En su camino, muy a lo lejos, se abría un abismo.
A pesar de la distancia que los separaba de él, oyeron el lejano fragor. Quizás el río
que estaban siguiendo se lanzaba al vacío por el borde del precipicio y el ruido era el
de la cascada.
Los cuatro no intercambiaron ninguna palabra. No era necesaria ninguna, pues
ninguna podía aportar nada. Todos sabían que tenían que continuar hasta llegar al
borde.
Cuando se encontraban a un par de kilómetros del precipicio, un oportuno
destello de luz les indicó que había un paso que lo cruzaba. No llegaron a ver el otro
lado del abismo; este era demasiado ancho para ello. Pero encima del cañón había
tendido un inmenso y grácil arco, que desaparecía más allá, en la niebla débilmente
luminosa que se levantaba del fondo.
El estruendo se hizo más audible.

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Clive hizo alto y cogió el brazo de Horace Hamilton Smythe.
—¿Lo oye, sargento?
—¿Oír qué, mi comandante?
—El estruendo, el aullido, lo que quiera que sea.
—Sí, mi comandante. Claro, mi comandante.
—No es una cascada. Es…, es una especie de voz.
—Sí, mi comandante, también lo creo así.
—Y…, y…, sargento Smythe…, está…, está cantando. Es una voz ronca,
monstruosamente ronca, como el rugido de un león acompañado por el aullido de un
lobo gigantesco. Pero le juro por lo más sagrado, sargento, que sea lo que sea lo que
produce este ruido, está haciendo lo imposible… ¡por entonar «Dios Salve a la
Reina»!

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15
Entra en escena el hombre can

Es decir: Finnbogg.
Era parecido a un hombre, pero no era un hombre.
Apenas levantaba un metro veinte del suelo y era tan ancho que, desde aquella
distancia, Clive habría podido tomarlo por Olivo o por Aceituno, los corpulentos y
rechonchos gemelos de la fantasía del señor Lewis Carroll. Era un individuo bajo,
gordo, jovial, que habría estado más a gusto en un escenario de un cabaret en
Whitechapel que en aquel remoto infierno negro llamado Q’oorna, guardando el
puente que salvaba el impresionante abismo.
Más cerca del puente parecía más y menos humano que desde lejos.
Tenía dos brazos y dos piernas. Su tronco y sus manos tenían la misma forma que
las de un hombre, aunque Clive no podía decir con certeza cuántos dedos tenían las
manos o los pies.
Su rostro parecía el de un bulldog. Las cejas sobresalían y tenía la nariz como la de
un perro, ancha y aplastada, y las aletas de esta brillaban contra el resto de su cara
plana. La mandíbula inferior tenía una gran papada, y colmillos como los de un jabalí
emergían de ella, extendiéndose por encima del labio superior. Mientras andaba,
chasqueaba los labios y entrechocaba los dientes con tal fuerza que se distinguían las
chispas recortadas contra la negra noche q’oornana.
Y aullaba y gruñía con una voz de bestia poderosa; sin embargo, al irse acercando
Clive, Sidi Bombay, Horace Hamilton Smythe y Usuaria Annie, la melodía e incluso
la letra de «Dios salve a la Reina» se hicieron cada vez más patentes.
Cuando estuvieron a unos cien metros del puente y de su asombroso guardia, la
criatura les dio otra sorpresa. Se puso a cuatro patas y, con una perfecta coordinación
de sus brazos casi simiescos y sus piernas cortas, se lanzó a través del negro paisaje a
una velocidad sorprendente.
Antes de que Clive o los demás pudieran reaccionar, antes de que Annie pudiera
introducir su mano en el interior de su blusa y activar el campo eléctrico de Baalbec
A-nueve, él ya había llegado a ellos. Casi con más rapidez de la que el ojo podía
seguir, los rodeó, se lanzó de espaldas al suelo negro, rodó hasta sus piernas, y frotó
sus colmillos terroríficos contra ellas.
Annie se puso a gritar.
Folliot, sorprendido, se echó atrás.
Horace Hamilton Smythe emitió un juramento impublicable.
Y Sidi Bombay se arrodilló y abrazó a la monstruosidad; le pasó las huesudas y
negras manos por su extraña mata de pelo, le frotó hombros y espalda y por fin apoyó
su mejilla contra aquel rostro erizado de pelos y de colmillos afiladísimos.
—¿Ves, inglés? Hemos encontrado a un amigo.
—Tienes razón —consiguió decir Clive. Se arrodilló al lado del indio y extendió la

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mano hacia aquel ser corpulento. Era un animal…, una persona… asombrosamente
maciza. Huesos como barras de hierro, miembros como troncos de árboles, un rostro
que, como un bulldog afable, era extrañamente llamativo por su misma fealdad y por
su casi patético deseo de ser agradable a pesar de su ferocidad.
Al final, el monstruo se retiró unos pasos. Se levantó hasta conseguir una posición
erecta y empezó a canturrear por lo bajo, a canturrear una canción muy popular entre
los cadetes de Sandhurst. Clive Folliot reconoció la melodía. Era una de las canciones
que Neville Folliot cantaba cuando tenía unas copas de más, una canción cuya letra
hacía enrojecer a la más fresca de las chicas de Whitechapel.
—¿Qué eres? —preguntó Clive a la criatura—. ¿Quién eres? ¿Adónde conduce el
puente? —E indicó el arco que desaparecía en la niebla. Desde allí pudieron ver que el
puente estaba construido en basalto vivo, negro, pulido y brillante bajo las
constelaciones q’oornanas.
—Finnbogg —respondió la criatura. Y se puso a aullar, a saltar y a hacer cabriolas
como una bestia loca… Pero no era loca—. Feliz —bramó Finnbogg—. Feliz, feliz,
Finnbogg. Venid a jugar, quedaos conmigo, sed mis amigos. Bueno, bueno, bueno,
bien, bien, bien.
Saltó hacia adelante y colocó una mano (parecida a una zarpa y con almohadillas
en la parte inferior) en la mejilla de Clive, y otra en la de Annie.
—Bonitos tempoides juegan con Finnbogg, Finnbogg feliz, venid y jugad. Contad
un cuento a Finnbogg.
Clive meneó la cabeza:
—¿Un cuento?
La bestia dio otro brinco.
—¡Un cuento! A Finnbogg le gustan cuentos. Como «Alegre Bicholopino y
Mercader Lamprea». O «Serpiente de Nieve Tres». ¿Sabéis que «Serpiente de Nieve
Tres» es cuento favorito de Finnbogg? «Un buen día Serpiente de Nieve Uno se
despertó. “Yik, yak”, dijo Serpiente de Nieve, “¿dónde podré encontrar raspadores
rojos en hielo azul? Probaré de cavar en hielo verde de Bruja Madrina”. Pero Agudo
Trepaárboles dijo: “Bruja Madrina va a lava caliente, Bruja Madrina nada también en
volcán, Bruja Madrina sale después a cazar sopa”. Así pues, Serpiente de Nieve
Uno…».
Finnbogg se detuvo. Se sentó en sus imponentes posaderas y escrutó atentamente
uno tras otro los rostros de los humanos.
—¿No sabéis vosotros cuento? ¿Nadie sabe cuento de Serpiente de Nieve Tres?
¿Sabéis otro cuento? Contad un cuento a Finnbogg. A Finnbogg le gustan cuentos.
Finnbogg ama cuentos, recuerda cuentos, nunca olvida un buen cuento.
Clive hizo caso omiso de las súplicas de la imponente criatura.
—¿Eres q’oornano? —le preguntó.
Finnbogg dio un salto vertical en el aire (de casi tres metros de altura), trazó una
voltereta en el vacío y aterrizó sobre las manos; luego, con otro salto, se puso en pie.

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—¡No q’oornano! —rugió—. ¡Finnbogg es de Finnbogg! —gritó; luego observó
atentamente el rostro de Clive—. Finnbogg te conoce. Amigo de Finnbogg, hombre
amigo, ¡Finnbogg mata otros!
La última frase pareció dar una idea a la criatura. Se lanzó encima de un enemigo
imaginario, con los colmillos en posición de ataque, y entrechocó repetidamente los
dientes de arriba con los de abajo de un modo aterrador. Rugió en una furia fingida
(Clive esperaba que fuese meramente una furia fingida) y embistió con su inmensa
cabeza a derecha e izquierda. Si en aquel momento hubiese tenido un enemigo en sus
fauces, le habría destrozado el cuello con tanta facilidad como haría la boca de un
terrier con un conejo.
—Inglés —dijo Sidi Bombay con suavidad—. ¿Acaso no sabes cuál es la mascota
de tu país, ni aun cuando la tienes delante? Incluso el Profeta, santificado sea su
nombre, no era perfecto. Porque este humilde servidor de Dios no puede comprender
el odio del Profeta hacia el noble perro.
Clive contempló a la extraña criatura. Sidi Bombay no había hecho más que
confirmar a Clive la impresión que Finnbogg le había causado. El ser corpulento y
musculoso era, en efecto, un bulldog, o algo que Charles Darwin podría haber
predicho que emergería de un millón de generaciones de bulldogs, en su lucha por
lograr el nivel de desarrollo humano. Tenía tanta vitalidad, tanto entusiasmo y era tan
afectuoso y tan solícito de aprobación como lo sería un bulldog. Su aspecto era
terrorífico, y en un combate se mostraría sin duda tan mortífero e invencible como un
bulldog.
—¿Me conoces? —preguntó Clive al ser perruno.
—Folliot —respondió con un gruñido—. Folliot, Folliot, buen comandante, sí,
Finnbogg amigo de Folliot.
—Quizás el hermano del comandante pasó por este mismo lugar, mi comandante
—sugirió Smythe.
—Quizá —replicó Clive—. Si fue así, parece que dejó, al menos por una vez, una
impresión favorable. Bien, «a caballo (¡o a perro!) regalado no le mires los dientes»,
¿eh, Smythe? Tengo la impresión de que hemos encontrado a un amigo fiel y a un
poderoso aliado.
La joven Annie cogió la mano-garra que Finnbogg le había puesto en la mejilla y
la tomó entre sus largas y suaves manos.
—Ojeo registro Finnbogg —dijo ella—. Usuaria Annie inicia proceso, conecta
modem. Asignación de tarea.
»Q’oornanos malos han dicho a Finnbogg que vigile puente. Han dicho a
Finnbogg no deje cruzar puente a tempoides. No deje cruzar puente a extroides. No
deje cruzar puente a cibroides. Sólo q’oornanos pueden pasar por puente. ¿Dónde
están compañeros de carnada de Finnbogg? Cachorros machos, cachorros hembras
Finnboggs desaparecidos. ¿Abajo? ¿Todos idos abajo? ¿Idos? ¿Dónde, cachorros?
La criatura se echó al suelo, gimiendo y (Clive estaba seguro de ello) llorando de

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verdad.
Finnbogg se arrastró, con la barriga rozando el suelo, hasta el borde del abismo. Y
echó medio cuerpo al vacío, casi a punto de caer del escalón de roca; pero lo sostenían
sus dedos tremendamente forzudos. Una densa niebla se elevaba desde el fondo del
abismo. El río que el grupo de Clive había seguido caía por el borde del precipicio y se
estrellaba contra el fondo, levantando una espuma que ensombrecía el lecho del
cañón.
—¿Adónde conduce el puente? —preguntó Clive. Estaba estudiando el arco. Era
estrecho, apenas adecuado para permitirles el paso. Ciertamente, por allí no pasaba
un coche de pasajeros o un carro de provisiones. El puente se levantaba hacia el cielo
q’oornano, se recortaba contra la distante nebulosa hasta que desaparecía en la bruma
de la lejanía.
—Q’oornanos malos nunca lo dicen a Finnbogg. Pegan a Finnbogg, riñen a
Finnbogg, nunca quieren a Finnbogg, nunca, nunca. Le quitan cachorros. ¿Dónde
está carnada? Nunca le cuentan un cuento. ¿Sabéis cuento de «Granjero Cincopiés y
Gritador Salvaje»? ¿No? ¡Q’oornanos nunca cuentan cuentos! Malos, malos, malos. —
E hizo un sonido que constituyó un simple gruñido; pero era el gruñido de mil
criaturas en una sola. Se puso de nuevo a cuatro patas.
La joven se arrodilló junto a él y lo abrazó cariñosamente por el cuello.
—Conexión de datos abierta, Usuario Finnbogg, sistema operativo de transporte
amor al registro. —Estrechó contra su pecho aquel rostro cubierto de pelos duros, con
los grandes colmillos de la criatura apretados fuertemente contra la delgada ropa que
cubría sus pechos suaves y generosos.
—¿Qué está diciendo la señorita, mi comandante? —preguntó el sargento Smythe.
—Creo que le dice a Finnbogg que lo quiere —contestó Clive—. Y, no sé por qué,
pero estoy seguro de que le está diciendo la verdad.
Finnbogg se puso en pie de un salto, describió un círculo de cabriolas locas
alrededor de ellos y tomó la mano de Annie entre las suyas.
—Vamos, vamos, tempoides. Vamos, Finnbogg es vuestro Finnbogg ahora. No
Finnbogg de q’oornanos, ya no, no, no de q’oornanos. Vamos, vamos, tempoides.
Crucemos el puente con Finnbogg. Pasemos, pasemos, seguidme.
Como un perro solícito tirando tenaz de su correa, arrastró a Annie hacia el
puente. Y entonces los demás los siguieron.
Apenas habían avanzado treinta metros cuando, con un escalofrío, Clive se
apercibió de que el puente era un arco desnudo de basalto frío y negro, simplemente
tirado por encima del abismo. No tenía ni paredes ni barandas. La superficie era
completamente lisa y, allí donde estaba húmeda por la niebla, era resbaladiza. Un solo
paso en falso, una caída, los lanzaría al vacío negro y a una muerte indudable.
Feliz ahora de sentirse con sus amigos, Finnbogg se puso a cantar una canción que
Clive Folliot había oído en las calles de Londres, a donde había llegado desde Boston,
América.

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—Champagne Charlie se llamaba… —bramaba la criatura—. Champagne Charlie
se llamaba…
Clive se sintió inquieto por algo que no pudo identificar y que no lo dejaría en paz
hasta que le encontrase la pista en su laberinto mental.
¡Lo tenía! «Champagne Charlie» había llegado a Londres sólo el año anterior,
estaba seguro de ello. Alguien había llevado la partitura desde Boston y, de noche,
media Londres cantaba la misma estúpida canción. Si Finnbogg la sabía, tenía que ser
porque la canción había llegado a Q’oorna durante el pasado año. Con toda
probabilidad tenía que ser Neville, el hermano de Clive, quien la había llevado hasta
allí.
A pesar de las pistas falsas y de los errores, ¡Clive continuaba todavía en la
dirección correcta! Había visto el cadáver de Neville, o lo que pareció ser el cadáver de
Neville. Pero habían surgido nuevas páginas escritas en el diario, y ahora Finnbogg le
daba una prueba, aunque indirecta, que sugería que Neville podía estar vivo.
Subían lentamente hacia la cumbre del puente. Cada vez se volvía más difícil
mantener el equilibrio y seguir adelante. La pendiente hacia arriba no era muy
inclinada (lo que les permitía ascender sin el equipo de escalada que ya no poseían),
pero, a medida que ascendían, la temperatura iba cayendo vertiginosamente. Las
gotitas de niebla que se condensaban en el puente se helaban y pronto la lisa
superficie de obsidiana pulida estuvo recubierta de una delgada capa de hielo.
Sólo Finnbogg no tenía dificultades para desplazarse. Iba descalzo y sus pies
estaban provistos de unas almohadillas como las de los perros. Estas almohadillas se
habían endurecido debido a largos años de pisar aquel terreno duro y por la dura
tarea que Finnbogg desarrollaba en el puente. Sus uñas, como las de un perro, eran
fuertes y curvas y (quizá debido a algún pasatiempo entretenido) estaban afiladas
hasta parecer puntas de aguja; exactamente lo mismo pasaba con las de los dedos de
las extremidades anteriores.
Él avanzaba alegre y a grandes zancadas, cantando «Champagne Charlie»,
«Cuando éramos jóvenes, Maggie», «Trabaja para la noche que está al llegar» y
«Acampando en el terreno de maniobras». De vez en cuando estallaba en una estrofa
especialmente jubilosa de su favorita «Dios salve a la Reina».
La ascensión se convirtió en una marcha rutinaria. No era especialmente difícil,
salvo por la necesidad de asentar cada paso con cuidado para evitar el peligro de un
patinazo fatal.
Incluso el jovial Finnbogg entró en un estado de ánimo más calmado y se puso a
canturrear una mescolanza de espirituales negros. Cada canción le gustaba por igual y
la repetía, antes de pasar a la siguiente, más veces de las que podía contar Clive
Folliot. Y el canturreo de Finnbogg tenía el volumen general y la cualidad tonal de los
motores de vapor del Empress Philippa.
Clive se ensimismó en el recuerdo del capitán Wingate y del superintendente
Fennely, y de la demás personas que había conocido a bordo del barco; de los tres

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tramposos y de Lorena Ransome en particular. Esta se había mostrado encantadora y,
al parecer, más que deseosa de compartir sus atractivos con Clive.
Esta cálida fantasía lo alivió del tedioso frío del puente de basalto. Estaba
sobrecogido por una melancolía placentera. Evocaba la sensación, el mismo olor de…
Un grito hizo añicos su sueño.
Usuaria Annie saltó hacia atrás y tropezó con Folliot. Este cayó de rodillas y se
asió con fuerza para evitar salir disparado del puente. Una enorme sombra se elevó
delante del grupo, ensombreciendo una parte de cielo donde las estrellas y la
difuminada nebulosa imprimían su fantasmal iluminación.
La sombra flotó unos instantes en el aire y luego empezó a crecer con una
velocidad alarmante: se lanzaba contra los expedicionarios.
Las características de la cosa se fueron haciendo visibles, ya que era un objeto
sólido, una criatura viviente que tapaba las estrellas y la nebulosa, no meramente una
sombra. Tenía unas alas enormes que zumbaban y batían con estruendo en el aire
brumoso. Sus ojos relucían con una maligna luz propia y, cuando posaron su mirada
sobre Clive, este sintió que algo extraño atravesaba su cuerpo, como si los ojos le
hubiesen disparado un rayo invisible, doloroso, un rayo como el que era objeto de
especulación en los papeles de William Crookes.
Tenía filas de garras, y en la parte central de su cuerpo aparecía un conjunto de
orificios, a través de los cuales se vislumbraba un fulgor rojo.
Batiendo las alas y zumbando, se lanzó contra los viajeros, manteniéndose
paralela a la línea del puente. Luego, cuando estuvo situada encima de ellos, dejó caer
por los orificios de su torso cierta cantidad de pequeños objetos que, al chocar contra
el puente, explotaron como granadas de guerra.
La criatura pasó rozándolos, proclamando a gritos su maldad.
Giró en una amplia curva, desapareció en la niebla y luego reapareció de nuevo a
lo lejos, por delante del grupo. De nuevo voló a su encuentro, pero, esta vez, cuando
llegó a su altura no se elevó por encima de ellos, sino que la bestia frenó en seco a
poca altura del puente y se encabritó como un caballo furioso. Clive pudo distinguir
los fuegos del infierno que ardían en el interior del monstruo.
Finnbogg se lanzó al aire.
El hombre-bulldogg y la enorme bestia voladora chocaron en el aire con un
estruendo ensordecedor y luego cayeron en el puente helado con un segundo impacto
que sacudió el mismo basalto.
Se agarraban el uno al otro como auténticos luchadores, combatían, patinaban
hacia atrás y hacia adelante, se aproximaban a una fracción de centímetro de la
muerte de ambos, para luego, con un esfuerzo extraordinario, volver a la relativa
seguridad del centro del camino.
Con un arrebato definitivo y violento, Finnbogg partió al atacante en dos con un
gran crujido y sostuvo las dos partes de la cosa en el aire. Del interior de las dos
mitades brotaron unos líquidos horrorosos, púrpura, lavanda y magenta, que

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crepitaron al entrar en contacto con el puente helado y luego se evaporaron en un gas
acre.
Finnbogg arrancó un fragmento del monstruo y lo mordió con sus poderosos
dientes. Pero enseguida gruñó y lo escupió.
—Mala carne, mala, mala, no tiene gusto bueno, pobre Finnbogg, mala cosa, mala,
mala, mala.
—¿Está…, estaba vivo, Finnbogg? —Folliot estudió los restos destrozados,
intentando comprender lo que tenía ante sus ojos—. ¿Es una bestia natural o un
artefacto mecánico? Creí que era un animal, pero…
Frunció el entrecejo y recogió algunos de los fragmentos más pequeños que
habían caído en el suelo helado. Parecían un producto artificial: pedazos de metal, de
cerámica o de cristal; ciertamente, no un producto orgánico de la naturaleza, sino el
resultado de la aplicación práctica de la inteligencia.
—Vivo malo —gruñó Finnbogg—. Vivo malo, fabrican, hum, hum, más partes.
Más partes para vivo malo. No buenos para comer, no buenos para jugar, nunca
cuentan cuentos a Finnbogg, no amables.
El sargento mayor Horace Hamilton Smythe se acercó a Folliot para examinar los
fragmentos.
—A lo mejor el comandante desearía preguntar, hem, al señor Finnbogg si esto
era un servidor de Los q’oornanos. Me parece que son un atajo de tipos raros, estos
q’oornanos. Apenas tuvimos tiempo de hablar con ellos allí, en la ciudad, pero
apostaría cualquier cosa a que fueron ellos quienes enviaron esta cosa con órdenes
suyas. ¡Si se me permite la opinión, mi comandante!
Clive había casi esperado que el hombre se pondría en posición de firmes y
lanzaría un rígido y rápido saludo, pero simplemente permaneció allí, expectante.
—Creo que acierta usted, sargento Smythe —concedió Clive. Y preguntó a
Finnbogg—: ¿Era esto, esta cosa mala, q’oornana? ¿Los que te pusieron a vigilar el
puente enviaron esto contra nosotros? ¿Qué opinas?
Finnbogg permaneció quieto, balanceando lentamente su cabeza peluda. Por fin
dijo:
—No, no q’oornano. No, no. Q’oornanos malos, cosa de cielo mala. Malos, mala.
Dos malos, no uno malo, no mismo malo, malo, malo. No, no. —Y movió la cabeza
con tristeza.
El sargento Smythe buscó entre los restos del atacante derrotado, eligió
meticulosamente algunos pedazos e intercambió unas palabras en voz baja con Sidi
Bombay. Luego alzó la vista hacia Clive:
—Hay una buena artesanía aquí, mi comandante. Si esta es la palabra correcta. ¡Ja!
—Y se rio de su propio comentario.
—¿Qué quiere decir, Smythe? ¿Qué hay?
—Algunos restos se salvaron, mi comandante. Fíjese, mi comandante. —Sacó con
cuidado algunas docenas de bolas negras de los despojos del atacante—. Estas

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pequeñas bellezas parecen explotar con el impacto. ¿No las podríamos usar como
bombas? ¿Qué le parece, mi comandante? Y fíjese en esto, mi comandante.
Consiguió arrancar una de las garras de la criatura. Era un curioso artefacto de
materia córnea y metálica, con un complejo mecanismo de ejes y engranajes en su
interior.
—No sé para qué podría servir, mi comandante, pero parece una especie de
herramienta universal. —Hizo la acción de atacar con la cosa, de lanzar una estocada
a un contrincante imaginario. La garra mordió el aire violentamente—. Hay que ir
con mucho cuidado con este instrumento, mi comandante; parece como si pudiera
volverse contra uno mismo, nunca se sabe. Pero podría ser utilizado como una bonita
arma, ¿no cree?
Y procedió a arrancar y a repartir más garras intactas a Clive, Sidi Bombay y
Usuaria Annie. Annie sostuvo la garra delante de su rostro, le pasó los dedos por
encima y asintió con expresión alegre.
—Ojeo registro completo, mecanismo cibroide, conexión lo interrumpida. ¡Ja! —
Aquella única carcajada explosiva fue como el tintineo de una campana.
Horace Hamilton Smythe se introdujo una garra en un bolsillo de su destrozado
uniforme caqui. Cuando ofreció una a Finnbogg, este último la aceptó graciosamente,
pero luego la aplastó entre sus dientes y la tiró.
—No buen gusto —gruñó—. Malo, malo. —Soltó un soplido y emprendió la
marcha de nuevo.
Pronto llegaron a la cumbre del puente.
Clive se situó en el mismo ápice y dio una vuelta entera sobre sí mismo oteando el
paisaje.
Era la vista más maravillosa y más terrible a la vez que nunca había contemplado.
Por fin estaban por encima del nivel de la bruma que se levantaba del desfiladero.
Directamente bajo el grupo, la bruma flotaba como una espesa niebla londinense. Se
extendía por el desfiladero a uno y otro lado del puente, como si este atravesase un río
de bruma, una corriente de bruma que se alargaba en meandros y curvas hasta los
límites de la vista, en ambas direcciones.
Pero adelante y atrás la niebla se disipaba y la llanura q’oornana se extendía
majestuosamente como el reino estigio del dios romano Plutón. Era una tierra negra,
lisa y apenas ondulada, que se extendía kilómetros y kilómetros. Aquí y allí, una
mancha de vegetación, que se podía reconocer sólo por su forma irregular y su
superficie jaspeada, pero tan negra como el suelo en el cual echaba raíces y como el
cielo que la dominaba.
Y a mayor distancia, y sembradas irregularmente, se distinguían racimos de
diamantes blancos centelleantes y de luces brillantes como diamantes. Iluminaciones
que debían señalar ciudades.
Y aquellas ciudades… ¿qué…? No había manera de saberlo, si no era llegando al
otro extremo del puente y atravesando la llanura para investigarlas.

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Clive sintió una presión cálida y bajó la mirada; vio que Usuaria Annie le había
cogido el brazo y que tenía la cabeza apoyada en su hombro. Obviamente, su campo
eléctrico Baalbec A-nueve estaba desconectado, ya que no había sentido la conmoción
de la descarga eléctrica, sólo la del roce de la carne femenina.
—Pequeña Annie —susurró él—, extraña criatura fuera del tiempo. ¿Comprendes
este mundo? ¿Entiendes a Clive Folliot? ¿Llegaré jamás a comprender algo, aunque
sea muy poco, de tu mundo y de ti?
Ella levantó la cabeza hacia él y este vio en sus ojos algo extraño y acogedor a la
vez, algo familiar y ajeno. ¿Qué había visto? Sacudió la cabeza desconcertado.
—¿Abre-sistema malfunción? —preguntó Annie con suavidad—. ¿Programa de
análisis de errores cargado? ¿Detección de errores en proceso? Ah, Usuario Clive,
tabla matriz conecta componentes, ah.
Clive creyó ver una lágrima en su mejilla. En la extraña y pálida luminosidad, una
chispa minúscula brilló en el interior de la lágrima. Pero seguramente había sido una
ilusión óptica provocada por el escenario, un reflejo de una estrella inmensamente
distante.

* * *
—¡Ayyy! ¡Salvadme, antes de que la ira de Visnú azote! —Quizá fue la temperatura de
los pies descalzos de Sidi Bombay lo que deshizo la delgada capa de hielo y provocó su
resbalón. Sidi Bombay cayó y empezó a deslizarse hacia el borde del puente. Ya
habían sobrepasado el punto más alto del arco y avanzaban de nuevo por el interior
de la bruma lechosa, y el puente volvía a estar resbaladizo a causa del hielo.
Finnbogg aulló y se lanzó hacia Sidi Bombay. Al mismo tiempo, aquel individuo
esquelético sacó la garra del interior de sus ropas hechas jirones y clavó sus espinas
afiladísimas en el hielo. Consiguió detener su caída, y quedó cogido con las dos
manos a la garra, balanceándose desesperado en el borde del abismo, agitando las
piernas y pidiendo ayuda a gritos.
Finnbogg alargó la mano-pata y cogió la muñeca de Sidi Bombay. De un tirón, el
enano corpulento y perruno izó la esquelética figura al puente de nuevo. Sidi Bombay
se abrazó a Finnbogg, emitiendo gemidos suaves y golpeando su frente una y otra vez
contra el torso musculoso de su salvador.
—Malo —entonó Finnbogg solemnemente—. Hombre Sidi Bombay cae, se va.
Ah, ah, Sidi Bombay todo roto, no. Viene Finnbogg, Sidi Bombay. —Con gran
asombro por parte de todos, Finnbogg levantó a Sidi Bombay en el aire con un brazo
y luego lo acunó contra su inmenso pecho perruno—. Otros, venid. Tempoides, venid
con Finnbogg. —E hizo un preciso ademán por encima de su hombro.
Haciendo como un cesto con sus brazos parecidos a troncos, Finnbogg levantó a
Clive Folliot, a Annie y a Horace Hamilton Smythe juntos en un solo brazo. Apenas

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había espacio para todos, pero los gruesos huesos de la robusta criatura y sus
poderosos músculos cargaban con su peso como si fueran muñecos de trapo.
Finnbogg emprendió un paso continuo y rítmico; sus patas de garras fuertemente
unguladas le proporcionaban un agarre firme en el basalto cubierto de hielo. Su
poderosa voz entonaba, estrofa tras estrofa, himnos, melodías de cabaret y de vez en
cuando una animada repetición del «Dios salve a la Reina».
Clive escrutó el cielo por encima de ellos. Cuanto más profundamente penetraban
en la niebla, menos visibilidad les quedaba. Lo cual quería decir que no podrían ver a
sus posibles atacantes; pero la desventaja era mutua. Sin embargo no aparecieron más
criaturas aéreas.
Pero se oyó el sonido de algo que se deslizaba. Clive miró hacia el puente.
Finnbogg avanzaba rítmicamente, con paso pesado y adormecedor. Hubiera sido muy
fácil ceder a su efecto soporífero y dormirse, pero el extraño sonido que no alcanzaba
a explicar mantuvo a Folliot en alerta.
Creyó distinguir la forma ondulante de algo de una palidez de muerte en el borde
del camino. El movimiento de algo blanco en aquel Hades negro ya era en sí mismo
singularmente chocante, pero allí estaba. Apareció de nuevo, en el borde del basalto,
osciló un instante brevísimo y luego desapareció otra vez.
Sin otro aviso, el puente entero tembló.
Finnbogg soltó un bufido de sorpresa, se detuvo y clavó con profundidad las
garras de sus extremidades en el suelo, par afianzarse más. Esperó unos pocos
segundos y luego volvió a emprender la marcha.
Otra vez el puente recibió una sacudida.
Clive observó atentamente los bordes del camino. Quizá los tentáculos blancos
tenían alguna relación con la sacudida. Tenían que pertenecer a una criatura cogida a
la cara inferior del puente, tal como Finnbogg lo hacía en la cara superior.
De nuevo Finnbogg echó a andar; pero por entonces la vibración había
aumentado hasta llegar a un continuo y palpitante pulso. Tud-tud-tud, a cada
repetición del sonido, el puente experimentaba un temblor.
—Bajen, amiguitos —gruñó Finnbogg, deteniéndose.
Clive y los demás descendieron de sus brazos y se quedaron de pie en el basalto,
ahora sólo mojado y resbaladizo.
El corpulento Finnbogg se plantó en el centro del puente.
Escudriñando a su alrededor, Clive distinguió la fuente de las sacudidas.
Avanzaba lentamente, paso a paso. Al recostarse su silueta contra la del recién
llegado, Finnbogg se convirtió, súbitamente, en un diminuto mosquito.

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Cuarta parte

Más unidos que esos

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16
¡Maldito seas, Clive Folliot!

Los tentáculos pertenecían a aquello, concluyó Clive Folliot. Eran unos órganos
largos, parecidos a látigos, que se desplazaban a tientas. Era un horror que consumía
todo lo que se cruzaba en su camino.
En su totalidad, no se asemejaba a nada en lo que Clive hubiese posado jamás los
ojos. Pero en sus partes separadas le era familiar, y esto lo hacía más horroroso.
La cosa se deslizaba hacia adelante apoyándose en sus incontables tentáculos,
algunos gruesos, otros delgados y los más largos casi con la extensión de un campo de
polo. Por encima de los tentáculos surgía la increíble masa de un torso tan grueso
como un gran árbol y totalmente recubierto de órganos protuberantes: trompas,
antenas, bocas, mandíbulas y garras. Era como una titánica máquina de guerra,
producto de una divinidad demente y satánica. Ningún ingeniero de guerra podría
nunca haber concebido un horror tal.
Tan inmenso era aquello que la parte superior de su tronco se difuminaba en la
capa de niebla que cubría y dominaba el puente. Clive contemplaba absorto la
monstruosidad como un mozalbete de pueblo miraría atónito el monumento a
Nelson en Trafalgar Square. El extremo superior del tronco del monstruo sostenía un
segundo anillo de tentáculos, que colgaba como la capa de una dama elegantemente
vestida para baile de beneficencia. Todavía más allá, oculta tanto por el anillo superior
de tentáculos como por la niebla que arriba se hacía más espesa, debía de estar la
cabeza de la criatura.
Un tentáculo delgado surgió por debajo de la vía de basalto, se deslizó y avanzó
tanteando hacia los exploradores. Clive observó fascinado cómo buscaba su camino,
ascendiendo y descendiendo, palpando a la izquierda y luego a la derecha, como un
ser independiente, una criatura ciega que inspiraba piedad (pero amenazadora y
mortal) intentando encontrar su camino.
El tentáculo tocó el tobillo de Usuaria Annie. Esta soltó un chillido y se echó hacia
atrás. Clive se preguntó si habría conectado su Baalbec A-nueve. ¿Habría olvidado su
campo eléctrico defensivo o su efecto disuasorio era demasiado insignificante como
para preocupar al terrible monstruo?
El tentáculo se alzó y onduló ciegamente, adelante y atrás. Un nuevo tentáculo
emergió del otro costado del basalto y avanzó vacilando hacia el primero. El sargento
Smythe se encontraba situado entre los dos. Con una coordinación perfecta, se
ubicaron para rodearlo y lo atraparon enrollándosele en la cintura.
Más deprisa de lo que la vista podría seguir, Smythe sacó la garra semimecánica
que había arrancado del cibroide aéreo. Y, como si brazo y garra fuesen un único
conjunto orgánico, atacó los tentáculos que lo abrazaban. La garra era
milagrosamente afilada y Smythe la manejaba con una habilidad extraordinaria.
Casi desde el primer momento, los tentáculos se retorcieron y bailaron.

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E hicieron dar vueltas a Smythe como un derviche.
Un tentáculo se retiró de su cuerpo y chasqueó como un látigo tan sólo a unos
milímetros de su rostro. Smythe hizo una mueca que Clive Folliot le había visto hacer
en otro tiempo: en el fragor de la batalla. Tenía la expresión de alguien sanguinario y
enloquecido. Pero sus maneras eran las de un cirujano: frío, eficiente, decidido a
realizar su sangrienta pero necesaria tarea.
Smythe acuchilló los tentáculos hasta hacerlos cintas; luego, con una velocidad y
una destreza todavía más asombrosas, agarró las hilachas de las puntas y las ató entre
ellas con un nudo marinero.
Desde encima de ellos, en la niebla, donde su cabeza quedaba oculta a la vista, el
monstruo lanzó un terrible aullido, como el de mil almas condenadas gritando al
unísono.
Sidi Bombay estaba junto a él, con su propia garra preparada. Con su mano vacía
hizo un gesto a Horace Hamilton Smythe.
El sargento Smythe asintió y lanzó su garra al indio.
—¡Vamos, viejo amigo! ¡Enséñale lo que es bueno, enséñale tu talento especial!
Usuaria Annie se había acercado hasta Clive Folliot. Él le pasó el brazo por los
hombros y la estrechó contra sí. Fascinados, observaron a Sidi Bombay.
El esquelético hombre tenía una garra del cibroide en cada mano. Usándolas
como escarpias de montañero, trepó por la espesura de tentáculos que oscilaban y
fustigaban en la niebla fría.
Mientras tanto, Finnbogg había dejado aflorar sus instintos ancestrales. Agarró un
manojo de tentáculos entre sus poderosas mandíbulas, apoyó las cuatro patas en la
calzada del puente y tiró con furia de ellos, triturándolos con sus terribles dientes.
Por encima del puente, Sidi Bombay trepaba como un alpinista. La escena era
absolutamente increíble. Clavaba una garra por encima de su cabeza, hundiéndola en
la hormigueante masa de tentáculos, mientras se sostenía con la otra mano y con los
pies desnudos; luego clavaba la segunda garra arriba y hacía avanzar sus pies hasta
ascender la altura de su propio cuerpo. Cómo conseguía mantener su marcha a través
de aquella jungla de tentáculos delgados y retorcidos era un misterio para Clive.
Enfrente de Clive y de Annie, Finnbogg mantenía su ataque a los tentáculos más
bajos del monstruo. Finnbogg arrancó de cuajo una masa de apéndices retorcidos de
la criatura, y del agujero chorreó un fluido caliente, humeante, hediondo y pegajoso.
Y cuando cayó chocando contra el basalto, formó charquitos brillantes que
chisporrotearon y burbujearon, para luego evaporarse en un gas abrasador que se
elevó en la negrura.
Sidi Bombay había desaparecido en la niebla superior. Ahora el bramido de la
criatura alcanzaba mayor volumen. Un retumbar violento, algo entre el tronar de la
masa de pezuñas de un malévolo rebaño a galope tendido y el fragor de un terrible
corrimiento de tierras.
El monstruo empezó a oscilar adelante y atrás.

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Un nido de tentáculos retorcidos agarró al sargento Horace Hamilton Smythe, y
esta vez no tenía arma para defenderse. Frenéticamente, con sólo las manos desnudas,
atacó los tentáculos que lo aprisionaban.
Estos se enrollaron en el cuerpo de Smythe y lo alzaron en vilo. Ante los ojos
horrorizados de Clive y de Annie, el sargento fue pasado de tentáculo a tentáculo,
hacia arriba. El eco de sus gritos llegaba a ellos, pero lo que decían era
incomprensible. El camino que seguía era circular, y lo conducía girando alrededor de
la criatura al mismo tiempo que subía, nivel tras nivel, hacia el gigantesco torso
recubierto de órganos de terror y de destrucción.
El poderoso Finnbogg se había abierto parcialmente camino entre los tentáculos,
y ahora apenas era visible. Desde el otro lado de una cortina de fibras podían oírse sus
gruñidos y los mordiscos de sus dientes, afilados como cuchillas de afeitar, triturando
despiadados los órganos gomosos.
Hasta aquel momento, Clive había permanecido petrificado en el mismo sitio,
horrorizado y fascinado. Cuando por fin se sobrepuso, vio que Annie se había
agregado al combate. Armado con la garra cibroide, maldiciendo su error de no haber
actuado con mayor prontitud, corrió en ayuda de Finnbogg.
Cogió un tentáculo de materia parecida al caucho y empezó a cortarlo con la
garra. Pudo distinguir a Annie haciendo lo mismo. A pesar de que no tenía práctica
en el uso de la garra, sintió una súbita inspiración de confianza. El arma estaba tan
perfectamente construida que no necesitaba lecciones para su uso, sólo la voluntad de
usarla. Acabó de segar el primer tentáculo que había cogido y se lanzó sobre el
segundo.
Entrevió las patas traseras del temerario Finnbogg. Aunque algo tardíamente, este
se había dado cuenta del peligro que corría. Mientras luchaba, avanzaba cada vez más
hacia el interior del nido de tentáculos, y corría el riesgo de quedar atrapado, incapaz
de retirarse.
De pronto, como un árbol bajo el hacha de un leñador, la gigantesca criatura se
desplomó sobre el puente. Lentamente al principio, se inclinó hacia el lado opuesto al
que ocupaban los compañeros. Sus miles de pinzas, tentáculos y antenas batieron el
aire, produciendo un repiqueteo y un zumbido que pareció un huracán al cruzar la
jungla tropical de una isla oceánica. La misma atmósfera fue fustigada hasta formarse
una espuma con la niebla, el sudor humano y las hediondas y pegajosas sustancias
que excretaba el monstruo herido.
Los latidos, los repiqueteos y los gorgoteos de los órganos internos de la criatura
aumentaron de volumen.
Su voz creció hasta tomar la forma de un aullido que semejaba el eco de una
distante nebulosa.
Y la criatura cayó con gran estrépito, rebotó una vez, volvió a caer y quedó
tendida a lo largo del puente, ocupando todo el ancho de la calzada. Sus tentáculos se
encogieron y sus pinzas se agitaron frenéticamente en la negrura, mientras emitía un

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sonido parecido a un gemido de dolor y desesperación.
Se oyó un ruido sordo y luego algo que crujía.
El puente se zarandeó.
Clive pudo ver ahora la base del monstruo. Era aproximadamente redonda y, en
su mayor parte, parecía ser una masa gelatinosa transparente rodeada por una hilera
de tentáculos que aún se agitaban. Dentro de la gelatina se podían ver las entrañas de
la bestia y algo más, algo tremebundo: seres enteros, humanos y extraterrestres,
tragados sin masticar flotaban en un líquido viscoso y pesado. Algunos eran meros
esqueletos, otros todavía tenían carne, y otros, los más terroríficos de todos, estaban
aún vivos, agitando brazos y pies, luchando ya con pocas fuerzas contra su destino
inevitable.
Nadando perezosamente entre los cuerpos había réplicas en miniatura del gran
monstruo. De vez en cuando, uno de ellos se detenía, extendía una trompa y la
introducía en un ser humano o un extraterrestre. Clive observó, horrorizado, cómo la
víctima se iba arrugando mientras el monstruo se hinchaba.
Entonces Annie hizo una señal a Clive para que no se acercase a ella. Introdujo la
mano en el interior de su blusa y la movió para conectar su campo eléctrico. Luego
blandió su garra cibroide y echó a correr hacia la gelatina transparente, con la garra
en ristre.
Clive creyó que iba a cortar la masa en un heroico pero inútil intento de salvar a
los cautivos que flotaban en el interior de la monstruosidad. Con un grito, se lanzó
tras ella. Las víctimas de la criatura estaban más allá de toda salvación. Lo único que
conseguiría sería liberar a los pequeños de la criatura, los que posteriormente
renovarían el ataque.
Annie llegó hasta la criatura antes de que Clive pudiera alcanzarla, y la atacó con
la garra cibroide. Pero, cualquiera que fuese su intención, el efecto del campo eléctrico
en la criatura fue mucho mayor del que posiblemente hubiera causado la garra sola.
Cada tentáculo, antena, trompa, pelo del monstruo, sufrió un espasmo.
La voz ululante se elevó a una altura y a un volumen más allá de todo lo emitido
hasta ese momento.
La bestia entera se volvió y comenzó a girar sobre sí misma.
Annie y Folliot fueron barridos y echados hacia atrás, y estuvieron a punto de
caerse de la superficie del puente, hacia el brumoso abismo.
La monstruosidad seguía girando, de tal modo que su parte superior, todavía
fuera del alcance de la vista, se dirigió bramando hacia Clive y Annie.
A medida que el extremo del monstruo se les acercaba y se iba haciendo visible,
Clive tuvo la horrible premonición de lo que iba a ver. El collar de tentáculos superior
continuaba erizado, como una gorguera isabelina, y los apéndices se retorcían y
azotaban el aire. Pasaron rozando a Clive y a Annie con un horrible hedor y
salpicando líquidos asquerosos.
Finalmente apareció la cabeza, una cabeza de tres metros y medio de altura y cerca

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de un metro y medio de anchura.
Tenía el pelo de color oscuro, igual que Clive, y la piel bronceada de un oficial,
igual que Clive. Las cejas y el bigote también eran semejantes, pero este estaba
recortado en un estilo diferente.
Los labios estaban retraídos en una mueca que mostraba unos dientes tan grandes
como pelotas de fútbol. Tenía los ojos abiertos como platos, de terror y de rabia. La
boca se entreabrió para hablar, pero antes de que saliera sonido alguno, el rostro
había desaparecido.
Era un rostro que Clive conocía.
El monstruo cayó por el borde de basalto del puente arqueado y desapareció en la
niebla y en las profundidades del abismo, dando tumbos sobre sí mismo. Mientras
caía, su voz bramó con un timbre que Clive encontró demasiado familiar.
—Clive Folliot —retumbó y resonó—. ¡Maldito seas, Clive Folliot! ¡Maldito seas en
lo más profundo de los infiernos! ¡Ojalá pases el resto de la eternidad preso en la
Mazmorra!
Detrás de Clive y de Annie el puente tembló y crujió, y lo mismo hizo en el otro
extremo. Unas grietas aparecieron en la superficie.
Annie metió la mano bajo su blusa y desconectó el Baalbec A-nueve.
—¡Fin de programa! —gritó a Clive—. ¡Proceso concluido! ¡Sistema de urgencia!
—Agarró la mano de Clive y salió corriendo.
Él no tardó ni un momento en darse cuenta de que estaba en lo cierto. El puente
se desmoronaba; la frágil estructura había quedado fatalmente dañada por el impacto
de las toneladas de masa del monstruo. La única esperanza para los supervivientes del
combate era llegar al otro extremo del puente antes de que este se hundiese
totalmente en el abismo.
Una y otra vez resbalaron en las grasientas sustancias que el monstruo había
excretado. Al cabo, abandonaron todo intento de levantarse y correr, y se dejaron
deslizar, como si el puente fuese un tobogán, equilibrando su peso lo mejor que
pudieron para mantenerse en el centro de la calzada y evitar sus peligrosos bordes.
Alcanzaron a Finnbogg, que estaba zampándose alegremente un manojo de
tentáculos de la criatura, arrancados de un mordisco. Al verlos patinar hacia él,
decidió que aquella forma de locomoción era divertida y se añadió a ellos.
Casi ya al final del puente, se cruzaron con Horace Hamilton Smythe. Lo había
lanzado allí la primera gran convulsión que había sufrido la criatura, fustigada por el
campo eléctrico de Annie.
No había señal de Sidi Bombay.
—Rogaré por su alma —musitó Clive.
—Yo no se lo aconsejaría, mi comandante —opinó Smythe. Se incorporó hasta
sentarse y luego dejó que los demás lo ayudasen a ponerse en pie.
—Que el hombre tuviera piel negra, sargento Smythe —repuso Clive con
brusquedad—, y rezara en un curioso tipo de edificio, no propiamente una iglesia, no

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quiere decir que no sea hijo de Dios igual que nosotros.
—No tengo ninguna duda al respecto, mi comandante, ninguna duda. Pero
todavía no rezaría por el alma de Sidi Bombay, todavía no, mi comandante. He visto a
Sidi Bombay salir vivito y coleando de mayores embrollos que este. Y apostaría la
paga entera a que no es la última vez que nosotros vemos a Sidi Bombay, ni
muchísimo menos.
—Acepto la apuesta entonces, sargento —sonrió Clive Folliot—. Y por una vez en
mi vida espero de todo corazón perderla.
—Sidi Bombay es un buen chico, mi comandante. —Y Smythe balanceó la cabeza
repetidas veces.
—¿Pero a quién sirve, Smythe? —El atolondramiento momentáneo de Clive por
su huida se disipaba ahora y lo reemplazaban pensamientos más graves—. Fue él
quien nos trajo a este terrible lugar. Apareció tan oportunamente con aquella barca a
las puertas del Sudd… Y a partir de entonces…, bien, no tengo intención de dar
crédito a la leyenda del inescrutable oriental, sargento, pero daría lo que fuese por
conocer cuáles eran los planes de Sidi Bombay.
Smythe se pasó la mano por la nuca.
—Realmente no sé qué decirle, mi comandante. Pero pondría mi vida en manos
de Sidi sin dudarlo un momento. Lo he hecho muchas veces, durante años, y nunca
me ha fallado. Espero verlo de nuevo dentro de poco. Y cuando lo volvamos a
encontrar, espero que el viejo Sidi se presente con tanto honor como siempre ha
hecho.
Habían encontrado un lugar relativamente resguardado para levantar el
campamento y allí se instalaron. No tenían tiendas, ni nada para dormir; no tenían
verdadero equipo.
El terreno en aquel lado del abismo era más variado que el de la zona en torno a la
ciudad de Q’oorna. Estaban ahora en una región de colinas ondulantes, con laderas
cubiertas de césped y pequeños valles boscosos. Todo era negro, como lo había sido
desde la llegada a aquel planeta. Clive sintió que su cuerpo empezaba a pedirle de
nuevo alimento y descanso. Hasta entonces su cuerpo había funcionado por sus
propios recursos, quizá gracias a algún mecanismo desarrollado en tiempos
ancestrales, cuando los hombres primitivos tenían que sobrevivir durante largos
períodos sin comida ni descanso.
Finnbogg había demostrado ser valiosísimo para el grupo. Con su inmensa fuerza
había cargado con los otros, demasiado cansados para andar, tal como una hormiga
era capaz de llevar un grano de trigo de tamaño varias veces mayor que el suyo
propio.
El lugar en donde habían decidido establecer su campamento estaba a unos
kilómetros del final del puente. A pesar de los daños sufridos y del cansancio,
ninguno de ellos quiso permanecer cerca del sitio en donde habían conocido el
horror. Finnbogg había dejado a Annie, Smythe y Clive Folliot y había salido a dar

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una vuelta. Regresó con leña para el fuego, bayas y unos pocos vegetales silvestres.
Insistió, en su modo perruno y entusiasta, en que probaran.
Mientras cataban la comida con cierto recelo (bayas, manzanas y patatas negras
como el carbón o vegetales similares, que aceptaban con dificultades), el enano
Finnbogg hizo una hoguera de leños y ramas. Encendió el fuego utilizando el antiguo
sistema de frotar dos palitos secos, una operación que habría puesto a prueba la
paciencia de cualquiera de sus compañeros, pero que él prosiguió inmutable hasta
conseguir su objetivo.
El fuego quemó con una llama de pura blancura, y una delgada columna de humo
se levantó por encima del círculo de ramas. Clive sabía que deberían preparar su
estrategia, combinar sus pobres conocimientos y su limitada inteligencia y decidir qué
hacer ahora que habían perdido a Sidi Bombay y que era evidente que estaban
extraviados en aquel extraño mundo.
Pero estaba muy cansado, la comida había sentado muy bien a su estómago y
Usuaria Annie estaba murmurando una melodía de su propia era, a más de cien años
del futuro de Clive. Curiosamente, era una melodía familiar, de un compositor
italiano del siglo dieciocho.
Clive sonrió. Quizás algo decente y de valor había persistido en el mundo, a pesar
de todos los esfuerzos humanos para disminuir y destruir lo bueno.
Se tendió de espaldas; Annie se acostó junto a él.
Clive no tenía ni papel ni lápiz, así que compuso mentalmente una historia para
Maurice Carstairs. A lo mejor, si lo pensaba con suficiente intensidad, las
emanaciones telepáticas llegarían a George du Maurier, y este las transcribiría para el
periódico de Carstairs. Folliot se rio de la idea y sintió que Annie se movía a causa de
su sonido. Se había quedado dormida apoyada en él y Clive notaba su respiración,
suave y cálida, junto a su cuello.

Especial y exclusivo para los lectores del Recorder and Dispatch. Fecha, Q’oorna.
En el día de hoy su corresponsal ha topado con una criatura de al menos treinta metros de
altura, provista de tentáculos y antenas, con una gelatina transparente en su parte interior y un
triste espectáculo dentro de esta masa. La criatura tenía el rostro del hermano mayor del
corresponsal y hablaba con una voz humana amplificada diez mil veces.

Enumeró los detalles de la batalla en su mente, configurando la imagen de la gran


criatura que podría reproducirse en la primera página del Recorder and Dispatch. Una
cosa así vendería ejemplares a montones. Y cuando Clive regresase a Inglaterra y
escribiese el libro, ¡eclipsaría a Burton, a Darwin y a los restantes juntos!
Inexplicablemente, la agradable perspectiva de convertir su libro en un best-seller,
con su secuela de riquezas e invitaciones a una gira de conferencias, se entremezcló
con el recuerdo de las últimas palabras del monstruo:
«¡Maldito seas, Clive Folliot! ¡Maldito seas en lo más profundo de los infiernos!
¡Ojalá pases el resto de la eternidad preso en la Mazmorra!».
Su hermano. Su propio hermano, Neville Folliot. Nunca se habían querido

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demasiado, nunca habían sido amigos. Pero ¿qué había hecho Clive para provocar un
odio tal en su único hermano?
¿Y… cómo había logrado Neville transformarse en aquel horroroso gigante que
había caído del puente? ¿Había sido Neville el gigante? Tenía el rostro de Neville,
hablaba con la voz de Neville, y se dirigía a él por su nombre.
Pero… ¿era Neville?
Los dulces sueños se convirtieron en pesadillas que sólo terminaron con la llegada
del pálido y depresivo amanecer de Q’oorna.
Finnbogg consiguió capturar unos cuantos peces en el río. Sorprendía ver aquellas
criaturas totalmente negras. El sargento Smythe se encargó de encender el fuego
campestre, y asaron los pescados clavados en palos. Dar el primer bocado a una carne
negra que todavía humeaba, fue un reto, pero la textura y el sabor resultaron
deliciosos, y las presas de Finnbogg constituyeron una comida suculenta.
Por fin llegó el momento de decidir su plan de acción. Había que descartar el
regreso a la ciudad de Q’oorna: el abismo que habían cruzado era insondable y el
puente había desaparecido.
Podían errar por el país o levantar un campamento permanente donde ya habían
construido el provisional. Pero ninguna de las dos alternativas les satisfacía por
completo.
Podían emprender la marcha en dirección a un objetivo fijado de antemano,
posiblemente una de las ciudades que habían visto elevarse en el negro paisaje desde
el vértice del puente arqueado. Esta vía era la única esperanza de salir de Q’oorna, o
de llevarlos a comprender lo que estaban haciendo en aquel mundo negro.
En mitad de la discusión de las alternativas, Clive Folliot se enfrentó a Horace
Hamilton Smythe. Hacía tiempo que quería hacerle unas preguntas, pero hasta aquel
momento no había tenido oportunidad de plantearlas. Habían estado enfrascados en
una actividad absorbente tras otra: atravesar el Bahr-el-Zeraf con la barca de poco
calado, el descubrimiento del ataúd de Neville Folliot, el descenso por el acantilado, la
exploración de la ciudad desierta de Q’oorna, o el paso del puente de Finnbogg.
Habían intercambiado algunas palabras respecto al tema de la desaparición de Sidi
Bombay, pero Clive en modo alguno estaba satisfecho.
Había llegado la hora de una investigación más a fondo.
—Usted forma parte de esto —lo acusó Clive—. Usted y Sidi Bombay, ambos, lo
sospecho. Pero usted tiene que formar parte de esto, Smythe.
—¿Parte de qué, mi comandante? —La expresión de Smythe era de total
ingenuidad.
—Usted está con los q’oornanos. El sacerdote de Bagamoyo probablemente
también, ahora que lo pienso. Son responsables de lo que le sucede a Neville, sea lo
que sea. Me han raptado y parece que también han raptado a la señorita Annie del
mismo futuro.
E hizo un ademán hacia Annie. Esta estaba sentada en el suelo, escuchando con

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gran atención el diálogo. «¿Cuánto de ello comprenderá?», se preguntó Clive. Detrás
de ella, Finnbogg estaba tumbado en el suelo. Annie le pasaba las uñas por el pelo. El
ser enano y perruno lanzaba suspiros de satisfacción.
—También han traído a Finnbogg aquí, pobre criatura. Y Dios sabe a cuántos
más. Los tempoides, los extroides, los cibroides que vimos prisioneros en la
Mazmorra. ¿De cuántas naciones vienen? ¿De cuántos mundos? ¿De cuántas eras?
—¿Usted cree que yo puedo responder a esto, mi comandante? —Sonrió el
sargento Smythe bajo su poblado bigote—. Yo soy un simple sargento, mi
comandante. Un loado escribiente de la sección de aprovisionamiento, un tendero
militar. No sé nada de mundos diferentes ni de cibro-lo-que-sean ni de tempo-
llámelos-como-usted-quiera, mi comandante. El comandante me sobreestima
demasiado.
Clive había casi esperado que Horace Hamilton Smythe se levantaría, vaciaría la
ceniza de su pipa, se envolvería con la bufanda y saldría a la noche inglesa. Era la serie
de actos habituales que habría realizado en el bar de las amistades después de una
larga noche y de varias pintas de cerveza acompañadas de un sabroso refrigerio.
El cielo negro con sus lechosas manchas y sus centelleantes puntos estelares y la
hoguera que ardía alegremente se añadían a la ilusión de que estaban en algún lugar
mucho más prosaico que Q’oorna.
Smythe era tan práctico, un ejemplo tan perfecto de inglés bonachón, firme,
flemático, que Clive casi se vio obligado a aceptar sus negativas. Pero había muchas
más evidencias de lo contrario, había demasiados aspectos inexplicados en el
comportamiento de Smythe.
—Muy bien —dijo Clive—. ¿Niega usted que era el mandarín pianista a bordo del
Empress Philippa? ¿Qué pasó por un guardia árabe en el palacio del Sultán de
Zanzíbar?
Smythe dudó demasiado antes de dar una respuesta.
—Su silencio lo hace culpable —dijo con furia Folliot, agitando un dedo acusador
hacia Smythe.
—Bien, mi comandante. No puedo negarlo rotundamente, mi comandante —
respondió por fin Smythe—, pero tampoco puedo admitirlo rotundamente.
—¡Oh, vamos, hombre! Nos conocemos desde hace mucho tiempo para esta clase
de juegos. Confiese: pongamos las cartas encima de la mesa y boca arriba. He sido
completamente sincero con usted al explicarle los motivos por los que estoy aquí.
Pero usted nunca hizo otro tanto para explicarme sus razones.
Ahora Smythe se sentía atrapado. En todos los años que hacía que Clive lo
conocía, nunca había visto al sargento tan anonadado. Decidió que era el momento
para asestar el golpe definitivo.
—Vamos a dejar todo esto a un lado, por ahora —declaró Clive—. No lo olvidaré,
y llegará un momento en que tendrá que rendir cuentas. Téngalo por seguro,
sargento. Pero, por ahora, dejaré a un lado el tema… si sólo responde a una pregunta.

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Responda abiertamente, con absoluta sinceridad. ¿Lo hará, sargento? Luego
seguiremos nuestro camino. ¿Lo hará?
El Smythe que Clive Folliot creía conocer tan bien habría respondido con un
directo sí o no. Pero aquel sargento Smythe dijo:
—Depende de la pregunta, mi comandante. Realmente depende de la pregunta.
¿Por qué no prueba, mi comandante?
Folliot casi escupió las palabras.
—¿Cuál es el significado de la formación espiral de estrellas que vi en la
empuñadura de su revólver?

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17
Un viaje por río

Horace Hamilton Smythe soltó una carcajada y se puso en pie. Avanzó los pocos
pasos que le faltaban hasta la hoguera y empezó a pisotearla.
—¡El Señor lo acoja en su seno, comandante Folliot! Nunca hubiera creído que
esto le preocupase tanto. ¡Dios mío!, pongámonos en marcha y por el camino le
contaré la historia.
Y meneó la cabeza divertido.
—A fe mía: si eso es lo único que inquieta al comandante, ¡entonces es un hombre
de suerte!
—Red local marca el este exacto —dijo Usuaria Anne de pronto.
Clive pensó (y no por primera vez) que ella vivía en un plano diferente del resto
de ellos. Los pensamientos de ella no eran los pensamientos de los demás. Y la
percepción que ella tenía de las cosas que los rodeaban debía de ser, por alguna causa
que ignoraba por completo, vastamente diferente de la de ellos.
—¿Nos llevará esta dirección a una de las ciudades que vimos? —le preguntó Clive
—. ¿Con suerte, a la más cercana?
Annie lo miró a los ojos y por un brevísimo instante fue como si Annabelle
Leighton lo estuviese mirando. Una ola de incontenible melancolía se abatió sobre
Clive. Se apartó bruscamente de la mirada de la mujer.
—Pozi tivo —dijo Annie—. Doble tivo. Usuario Clive.
—¿Cómo lo sabe?
Annie puso la mano en su blusa e hizo el gesto familiar relacionado con el Baalbec
A-nueve, como ya sabía Clive. Luego se arrodilló en el suelo negro y señaló con un
largo y delgado dedo un pedazo de terreno.
Y allí apareció un mapa, con sus líneas brillando vivamente. Annie señaló el
punto más intenso en el mapa y anunció:
—Dirección absoluta archivo usuaria. —Y rio.
Su risa sobrecogió a Clive. ¡Era tan parecida a la de la señorita Leighton! ¡Tan…!
—¿Puede hacer su campo eléctrico mapas de cualquier parte, señorita Annie?
Folliot estaba cayendo en el estilo de trato que habría usado en la buena sociedad
inglesa.
—Negativo. Baalbec A-nueve función alternativa, exploración topográfica y
entrada-salida visual, usuario.
Clive no pretendió haberlo entendido. Su rostro debió de expresar su
desconcierto, ya que Annie le ofreció más explicaciones, algo raro en ella.
—Intentaré jerga no técnica. —Frunció el entrecejo para concentrarse—. De
acuerdo, puedo hacer un mapa. Aquí mismo; un jodido mal mapa. No estamos
perdidos, estamos exactamente aquí, la mamá y el papá se perdieron. ¿Comprende
usted[6], tío?

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Clive comprendió hasta aquí; la máquina oculta de Usuaria Annie podía mostrar
un mapa de la región de Q’oorna donde ellos estaban. Lo que encontrarían cuando
llegasen a la próxima ciudad podía ser tanto su destino fatal, como su salvación.
Tanto podía ser un nuevo misterio, como la solución de todos los enigmas con los
que se habían enfrentado.
Para bien o para mal, ellos podían elegir su camino. Hasta cierto punto, al menos,
podrían controlar su propia suerte.
—«A veces el hombre —dijo Clive citando a Casio— es el dueño de su destino».
—¡Si Clive Folliot, Horace Hamilton Smythe, Usuaria Annie y el achaparrado y
robusto Finnbogg pudieran serlo en aquel momento!
Se pusieron en camino juntos.
Clive estudió el cielo.
—Me pregunto —musitó— si la estrella Polar es visible desde Q’oorna. Como
nunca vemos la luz del día, necesitamos algún punto de referencia. A menos que… la
señorita Annie… o Baalbec A-nueve nos puedan servir de brújula.
—Brújula —repitió Annie. Su rostro se ensombreció a causa de la concentración
—. Ah, red de indicación de orientación. Tivo, tivo.
¿Pero quería significar pozi tivo o nega tivo?, se preguntó Clive.
Ella corrió hasta la espesura de vegetación más cercana y regresó con una hoja
ancha, totalmente negra, en la mano. La sostuvo con cuidado mientras señalaba con el
dedo. El mapa de rayas que les había mostrado en el suelo del campamento apareció
ahora en la hoja. Mantuvo su dedo encima por unos momentos más y luego introdujo
la mano en la blusa para desconectar el Baalbec A-nueve.
El mapa continuó en la hoja; las líneas blancas no parecían tanto impresas en la
superficie como refulgentes desde el interior. El punto brillante que representaba al
grupo de viajeros (quizá, se atrevió a especular Clive, al mismo Baalbec A-nueve) latía
como un corazón vivo.
Usuaria Annie presentó el mapa al sargento Smythe. Era posible que se diera
cuenta de que era un militar con larga experiencia en mapas y travesías. Ciertamente
Clive era un completo aficionado, y la misma Annie, de origen urbano, estaría poco
acostumbrada a viajar a través de terreno silvestre.
Finnbogg parecía alegre hoy. Alternaba entre brincar alrededor de los demás o
alejarse trotando para investigar algún olor intrigante o algún sonido que ellos ni
detectaban. Era evidente que su naturaleza canina se estaba volviendo dominante con
respecto a la humana. Quizá las dos alternaban, o quizás era la permanencia en el
campo que arrastraba consigo el cambio.
La criatura perruna sentía un afecto especial por Usuaria Annie. Corría a su lado,
frotaba contra ella su amplio rostro y sus terribles colmillos hasta que Annie le
rascaba cariñosamente su erizado cráneo. Luego él se revolcaba complacido y salía
corriendo.
Era difícil de computar el tiempo, pero después de haber caminado durante lo que

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calculó en unas dos horas, Clive mandó un alto para descansar. Se encontraban en
una zona clara, con el terreno relativamente llano, con una fila de colinas boscosas a
la derecha y un altiplano a su izquierda.
Finnbogg se sentó en cuclillas, de nuevo más parecido a un perro que a un
hombre. Contempló el cielo, con su rostro de bulldog hecho una máscara de
melancolía. Usuaria Annie se sentó junto a él, y colocó el brazo alrededor de sus
hombros musculosos y macizos.
El can soltó un suspiro de aflicción.
Clive se le acercó también y se sentó en cuclillas, enfrente de él.
—¿Qué te ocurre, viejo amigo? —le preguntó. No podía acabar de decidirse a
tratar a la criatura como a un hombre, como a una bestia… o como a un niño.
Finnbogg murmuró algo en el fondo de su garganta, que Folliot no comprendió.
—¿Qué te pasa? Casi no puedo entenderte, muchacho. ¿Qué has dicho, mi buen
Finnbogg?
La criatura meneó la cabeza ligeramente, y luego la inclinó a un lado. Aquel gesto
hizo que se pareciese más que nunca a un mastín gigante.
—Cachorros de Finnbogg, ooh, ooh, tempoide. Cachorros y cachorras. Padre y
madre. Ooh, Finnbogg quiere hogar. Ooh, hogar, hogar, hogar.
Clive le dio unas palmaditas en el hombro.
—¿Quieres tu hogar, eh? Nadie te puede criticar por eso, Finnbogg. ¿Quién no
desea su hogar?
—No es tan simple, me parece, comandante. —El sargento Horace Hamilton
Smythe se había acercado a ellos.
—¿Qué quiere decir, sargento?
—Creo que el chico nos intenta contar algo más que su morriña. Vaya, ¡si todos
los novatos lloran el primer día por su mamaíta y la primera noche por su camita!
Pero aquí, el hermano Finnbogg…, vaya…, juraría que ya hace ya mucho tiempo que
está lejos del calor de su hogar.
—¿Es cierto eso, Finnbogg? No habrás nacido en Q’oorna, ¿verdad? ¿Quién te
trajo aquí? ¿Cuánto tiempo hace? ¿Cuánto tiempo hace que estás aquí? Y, ¿dónde está
tu casa?
Finnbogg levantó una robusta extremidad que habría podido ser una pata canina,
modificada por algún cirujano loco para simular la mano de un hombre.
—Hogar de Finnbogg —gimió. Y señaló con el dedo de uña afilada de su
mano-pata hacia el cielo, indicando una estrella brillante—. Hogar de Finnbogg —
repitió—. Cachorros y cachorras, padre y madre. Oh, oh, Finnbogg quiere regresar a
casa.
—¿Cuándo te trajeron a Q’oorna, Finnbogg? ¿Cuánto tiempo hace que estás en
este mundo? —Pero, al hacer la pregunta, Folliot comprendió que Finnbogg
probablemente sería incapaz de responderla.
En todas partes por donde Clive Folliot había viajado, tanto si era Inglaterra,

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como Europa o África, existía una experiencia común del tiempo. Incluso para la
gente sin calendarios ni relojes existía la sucesión diaria de día y noche, existía la
sucesión más lenta de las estaciones. Horas, semanas y meses eran conceptos
humanos, invenciones humanas. Pero días y años eran parte del orden natural, y
todos lo entendían porque todos lo experimentaban. Todos en la Tierra.
Pero el místico Du Maurier, con su interés en la comunicación interplanetaria,
había hecho un estudio de Marte, Venus, Júpiter, Saturno y Mercurio. Y le había
soltado una conferencia a Folliot hasta el punto de aburrirlo. O sea: aburrirlo a
Folliot, no a sí mismo. Du Maurier habría podido continuar con el tema sin parar, o
así le había parecido a Clive.
Du Maurier había dicho que la duración del día y del año variaba en todos los
mundos. ¿No era el año de Marte el doble de largo del de la Tierra? ¿Y el del pequeño
Mercurio mucho más corto? Finnbogg podría responder, pero ¿qué significaría su
respuesta?
—Oh, muchos años —gimió Finnbogg—. Muchos muchos años.
—¿Cuántos años? —insistió Clive; y ahora se preguntó si incluso el concepto de
número tendría algún sentido para la criatura. Había visto caballos adiestrados para
contar, aunque algunos escépticos insistían en que aquella destreza matemática no era
más que una respuesta condicionada a una clave planeada muy ingeniosamente.
¿Podían contar los perros? ¿Era Finnbogg realmente un perro?
La cabeza de Clive daba vueltas a estos pensamientos.
—Diez mil años —gimió Finnbogg.
Clive se quedó mirándolo y vio que lágrimas auténticas bajaban por las cerdosas
mejillas de Finnbogg. ¿Diez mil años? Seguramente la criatura no podía entender lo
que estaba diciendo. Quizá sólo era su manera de decir que había estado en Q’oorna
durante mucho tiempo: más tiempo del que podía expresar o incluso recordar.
O tal vez fuera verdad que había estado en Q’oorna durante diez mil años.
—Hogar de Annie —decía ahora Finnbogg. Seguía con su rostro mirando al cielo,
mientras con su mano-pata indicaba una estrella muy alejada de la que había
afirmado que era su propia casa.
—Hogar de Annie —repitió Finnbogg. Luego añadió—: Hogar de Clive, hogar de
Horace, hogar de Sidi Bombay —siempre señalando el mismo objeto brillante. A lo
mejor sabía de lo que estaba hablando.
—¿Podría ser así? —preguntó Clive—. ¿Será cierto que Q’oorna gira alrededor de
otro sol, no del nuestro?
Usuaria Annie pareció sorprendida de que preguntara aquellas cosas.
—¿Fallo de almacenamiento, antro? No nuestro sol. No otro sol. Doble negación,
doble No sol. Q’oorna no tiene sol.
Ella tenía razón, claro. Algo de las costumbres mentales de toda una vida
continuaban en los conceptos de Clive. Sabía que Q’oorna no tenía sol propio, pues,
de ser así, el «día» del planeta lo habría mostrado.

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—¿Y usted cree verdaderamente que aquel es nuestro sol? ¿Aquella estrellita que
Finnbogg señala? —preguntó.
Annie asintió.
Clive tuvo una idea repentina.
—¿Podría su, hem, Baalbec A-nueve dibujar un mapa del cielo, señorita Annie,
como hace con la superficie del planeta?
Ella hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
—Por favor, hágalo pues. Tan deprisa como pueda.
Annie tomó otra hoja, más grande.
—Ingreso Q’oorna —murmuró con la mano oculta a la vista mientras manipulaba
los controles escondidos de su maravilloso mecanismo—. Ingreso Q’oorna, ingreso
Tierra, ingreso mundo de Finnbogg.
Miró a Clive.
—Indicador de desplazamiento temporal potencial disponible.
—Dispense, señorita Annie —dijo Clive—. Pero no comprendo ni brizna de lo
que quiere decir.
Ella sonrió y él hubiera dado un reino por poder descifrar las sutilezas y las
complejidades que subyacían bajo aquella simple expresión.
—Mi Baalbec puede hacer mapas de rutas del espacio y también del tiempo. Si yo
quiero. Pero, por ahora, ejecución total. —Señaló la hoja negra. Al principio no
ocurrió nada; luego, gradualmente, un mapa de los cielos empezó a hacer su
aparición.
Folliot cogió a Finnbogg por el codo y dirigió su atención al mapa.
—¿Puedes entender esto, Finnbogg? ¿Lo ves? —Y señaló al cielo, luego al mapa—.
Esto es precisamente un dibujo del cielo. ¿Lo ves?
Señaló la estrella que Finnbogg había declarado como hogar, y luego al mapa.
—¿Ves? Las dos son la misma. La estrella real, la estrella dibujada. ¿Comprendes?
Finnbogg alternó sus miradas entre el mapa y el cielo. Lentamente la comprensión
se reflejó en sus ojos.
—Hogar de Finnbogg. —Señaló el mapa, luego al cielo—. Cachorros, cachorras.
Finnbogg quiere su hogar.
—Sí —asintió Folliot—. Todos queremos nuestro hogar, ¿no? —Echó una ojeada
al sargento Smythe—. O al menos creo que todos lo queremos.
Habían detenido su avance. Y ahora Clive los ponía de nuevo en movimiento. Tan
pronto como estuvieran en camino, preguntó a Finnbogg si podía recordar cómo
había llegado a Q’oorna.
El corpulento ser movió la cabeza con tristeza.
—Cachorro Finnbogg. Ah, Folliot, hace mucho tiempo. Diez mil años, ¿no,
Folliot? —Y sonrió a Clive a pesar de que los surcos de las lágrimas brillaban en sus
peludas mejillas. Se desvivía por querer complacer a sus nuevos amigos—. Sólo
cachorro —repitió Finnbogg—. Recuerdo hogar, ah, padre, madre. Olor tan bueno.

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Padre olía como madera, como sudor de perro, como cielo y hierba. Madre olía tan
dulce, olía como leche, olía como amor, dulce mamá de Finnbogg. —Paró de hablar
unos momentos para resoplar por la nariz: un gran bocinazo que guardaba relación
con la corpulencia de aquella criatura simple y bonachona.
—Vinieron los q’oornanos, supongo.
Finnbogg no usaba muy a menudo los artículos, pero ya estaba adquiriendo
algunos de los hábitos del habla de los humanos. Al menos, esto era un signo de
progreso. Incluso Usuaria Annie parecía hacerse más coherente.
—Los q’oornanos robaron toda la carnada. Ah, ¿dónde están los compañeros de
carnada? ¿Dónde están los cachorros? ¿Dónde están las hermanas? Todos los dulces
perros y perras[7].
—¡Por favor, Finnbogg! —interrumpió Clive—. En presencia de una dama…
Simultáneamente, Usuaria Annie estalló en carcajadas y Finnbogg se encogió
como si lo hubiesen azotado.
—Si el comandante me permite —intervino el sargento Smythe—, el término,
creo, es muy adecuado, mi comandante. Si Finnbogg es verdaderamente de
ascendencia canina, lo cual creo que es el caso (y supongo que el comandante estará
de acuerdo con ello), entonces los progenitores de esta especie son conocidos como
perros y perras, mi comandante.
Clive se mordió los labios:
—Supongo que tiene usted razón, sargento. Sin embargo continúo…, bueno, muy
bien. Prosigue, Finnbogg. Los q’oornanos fueron a tu planeta, ¿no? ¿Era un mundo,
como la Tierra?
Finnbogg pareció desconcertado.
—Hum. No conoces la Tierra, claro está. Bien, es un mundo como, hem, Q’oorna
pues. ¿Era así? ¿Cielo y mares, montañas y lagos y cosas así? ¿Bosques y ciudades y
tierras de cultivo?
—Tierra como esto, luego Tierra como el hogar de Finnbogg, sí, Folliot —acordó
Finnbogg.
—¿Y cómo llegaron los q’oornanos a tu mundo? ¿Llegaron a través de alguna
especie de intermediario espiritual? ¿Sabes de lo que estoy hablando, Finnbogg?
La gran cabeza de pelo enmarañado cabeceó abajo y arriba, abajo y arriba.
—Espíritus, sí. Vinieron por espíritus.
—Entonces, ¿cómo te llevaron a la Mazmorra? ¿A Q’oorna? ¿Tienen medios de
llevarte astralmente?
—Astralmente, sí —afirmó Finnbogg—. Llevaron astralmente. Llevaron
Finnbogg, llevaron carnada.
—Ah. ¿Y tu padre y tu madre? ¿También se los llevaron los q’oornanos? ¿Están en
la Mazmorra?
Grandes lágrimas rodaron por las mejillas de Finnbogg, rodaron por su gran
mandíbula con papada y gotearon en el suelo.

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—No en la Mazmorra, Folliot. Padre muerto. Madre muerta. Cachorros…
Se interrumpió e hizo un gesto extrañamente humano: encogió los musculosos
hombros con resignación, mientras volvía las palmas de las manos hacia arriba e
inclinaba la cabeza a un lado.
Y, por el momento, ya no tuvo nada más que decir.

* * *
No mucho después, encontraron un rebaño de bestias pastando, reunidas a orillas de
un charco. Los animales, de color negro azabache, eran magníficos, gráciles como
gacelas, con cuellos largos y curvos, y cuernos rectos de un metro de largo. El aire
estaba frío y húmedo y, cuando su vigía divisó al grupo de viajeros, lanzó un agudo
grito de alarma. El rebaño se alejó con asombrosos saltos de cinco a seis metros de
longitud, y enseguida desapareció en la lejanía.
Los viajeros encontraron una zona de vegetación que lucía árboles frutales y
matorrales con bayas. Finnbogg afirmó reconocer la comida e insistió en que era
sabrosa y alimenticia. Clive había deducido que el metabolismo de Finnbogg era lo
bastante similar al suyo para que aquella comida les resultase, al menos, inofensiva, y,
posiblemente, nutritiva.
De modo que se detuvieron a descansar y a comer. Clive (y Finnbogg) estaban en
lo cierto: las bayas eran acidas pero comestibles, y le recordaron a Clive las
zarzamoras silvestres que solía encontrar de chico en las tierras de su primo. Las otras
frutas también resultaron buenas. Además había agua, que todos acogieron como una
bendición.
—Muy bien —Folliot se dirigía a Horace Hamilton Smythe—. Ahora que hemos
comido y hemos tenido la oportunidad de descansar de nuestros esfuerzos, creo que
es tiempo para su historia, sargento. Escuchémosla.
—¿Mi historia, mi comandante? ¿Quiere decir, como la de Finnbogg? ¡Por Dios,
mi comandante, si yo llegué aquí con usted y con Sidi Bombay! Entramos aquí sin
saberlo, juntos, ¿no se acuerda, mi comandante? Teníamos un pequeño bote y con él
navegábamos por el Sudd, buscando la pista del querido hermano de usted, y nos
metimos en la Mazmorra. ¡Esto es todo lo que hay, mi comandante!
Clive se aclaró la garganta.
—En primer lugar, sargento Smythe, de ninguna manera creo que esto sea todo.
¡Oh, no! Hay mucho más que esto, mucho más, seguro.
Se levantó y echó a andar a grandes zancadas arriba y abajo, con las manos
cogidas detrás. Se detuvo y contempló el cielo. Una gran nebulosa brumosa llenaba el
centro de su visión y, a la izquierda, aparecía la estrella que Usuaria Annie había
mencionado como el sol de su propia Tierra.

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* * *
¿Estás ahí, Du Maurier? ¿Te has puesto en contacto con Carstairs? ¿Le llegaron mis
informaciones? Estoy seguro de que las últimas no. ¿Quieres hacerle llegar esta, por
favor? Estoy paseando por la superficie de un mundo negro; voy en compañía de una
mujer del futuro y de una extraña criatura de un planeta remoto, hemos tropezado con
una bestia cuyo nombre desafiaría el léxico del mismo señor Alfred Russell Wallace, y la
hemos aniquilado.
—¿Sí, mi comandante? —Smythe interrumpió su comunión con el distante Du
Maurier… si es que había habido tal comunión. Y, si la había habido, había sido sólo
unidireccional. Clive había enviado sus mensajes, o al menos lo había intentado, pero
no había recibido ningún mensaje de respuesta, ni evidencia alguna de que la
transmisión hubiera sido recibida.
—Sí, Smythe. —Regresa al presente, Clive Folliot—. Ni por un instante creo que
usted y Sidi Bombay sean los inocentes que intentaban aparentar ser cuando
entramos en el Bahr-el-Zeraf. Pero todavía me debe una explicación de su pistola.
—Mi pistola de la Armada, mi comandante. Buena herramienta. La obtuve… a
bordo de un vapor de rueda a paletas, en el Mississippi, justo antes de que los
americanos emprendieran su guerra entre los Estados. Desearía volver a tenerla en mi
cintura, mi comandante. Ahora ha quedado atrás. —Hizo un gesto vago en la
dirección de donde habían venido.
En efecto, la pistola de Smythe se había perdido en la gran sala, bajo la Torre de
Q’oorna. ¡Si tan sólo Clive hubiera podido hablar con el jefe de la ciudad! ¡Si el diario
de Clive hubiese dado más información sobre aquel pueblo! ¿De dónde habían
venido? ¿Cómo los había reunido el gong negro? ¿Estaban simplemente escondidos,
esperando una señal para darse a conocer a los extranjeros, o habían sido reunidos allí
de alguna manera más misteriosa, incluso esotérica?
Quizá los q’oornanos poseían poderes paranormales. Seguramente la descripción
de Finnbogg de su viaje desde su mundo natal a la Mazmorra tenía relación con tales
fuerzas, más que con las puramente físicas. ¿Eran los q’oornanos normalmente
habitantes de algún plano astral lejano, que se manifestaban a los mortales corrientes
sólo cuando se los llamaba con el gong?
Pero la batalla en que Clive y sus amigos habían luchado había sido muy real, y
muy física. ¡Todavía tenía las heridas que lo probaban! Y aquel mundo a través del
cual avanzaban parecía un lugar muy real y muy físico, pero también, ciertamente,
muy peculiar.
Clive giró como un rayo sobre Horace Hamilton:
—¿Y del torbellino de estrellas? ¿Qué significa?
—Mi comandante, ya estaba en el arma cuando entré en posesión de ella. No
significa nada, mi comandante. Al menos que yo sepa. El, hem, el señor de quien,

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hem, obtuve el Colt no comentó nada al respecto. Era una bonita arma. Me gustaría
volverla a tener, mi comandante.
Clive avanzó hacia Smythe. Estiró los brazos y sostuvo las manos a los lados del
rostro del sargento, con las palmas de las manos paralelas a las mejillas aún sin afeitar
del sargento.
—Levántese, sargento. —Folliot levantó sus manos lentamente, como si
estuvieran pegadas a la mandíbula del sargento.
Y como si aquellas manos estuvieran pegadas a su mandíbula, el sargento Horace
Hamilton Smythe se puso en pie, despacio.
—Ahora mismo me dirá, sargento, y sin evasivas, toda la verdad acerca de cómo
obtuvo el arma y de quién la obtuvo.
Smythe se miró las puntas de los pies. Era imposible estar seguro, en esa tenue luz
que quería representar el mediodía en Q’oorna, pero Clive creyó detectar que el
militar se había ruborizado.
—Bien. Conocí a una joven en América, mi comandante. Yo viajaba en el John C.
Calhoun, mi comandante. De Memphis a Nueva Orleans. Conocí a una mujer
cautivadora, que viajaba con su hermano en el barco. Nosotros, hem, nos
enfrascamos en una partida de póquer, muy amistosa. Pero me temo que perdí una
gran cantidad de dinero, mi comandante. Una gran cantidad.
—¡No me diga que perdió más de lo que podía pagar, sargento! ¡Sería
imperdonable en un suboficial al servicio de Su Majestad!
—No, mi comandante. ¡Yo no haría una cosa así, comandante Folliot! ¡Nunca!
—Es un alivio oírlo, sargento. Bien, ¿entonces?
—Mi comandante: como dicen en América, me dejaron «limpio». Bien, llegamos
a Nueva Orleans y yo estaba sin blanca, y el señor y la señora me invitaron a
compartir su habitación en el hotel, mi comandante. Eran muy hospitalarios. Los dos
decían que sentían mucho haberme ganado todo el dinero. Dijeron que querían
devolvérmelo, pero yo no podía aceptarlo, mi comandante. Necesitaban el dinero
para atender a ciertas obligaciones suyas. —El sargento se retorció las manos,
nervioso—. Esto es muy difícil para mí, comandante. ¿Es realmente necesario?
—¡Continúe!
—Sí, mi comandante.
Clive advirtió que Usuaria Annie y el macizo Finnbogg escuchaban con suma
atención la narración de Smythe. ¿Cuánto entenderían cada uno de ellos: ella, una
mujer de mente incomprensible, una tempoide, y él, una criatura de otro planeta?
—Eran hermano y hermana y viajaban juntos; ¿le dije esto al comandante? Él era
un negociante, un negociante muy próspero. Y la señora era viuda. Era muy joven y
muy bella, pero ya era viuda; yo sentía muchísima pena por la señora, de veras, mi
comandante. Y como el señor tenía una habitación y la señora otra, supuse que me
colocarían en la habitación del caballero. Esperaba dejar el hotel al día siguiente, mi
comandante, y encontrar a un inglés para explicarle mi situación y quizá pedirle

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prestado algún dinero.
Movió la cabeza con tristeza.
—Nos reunimos al atardecer para tomar unos tragos de aquella bebida americana,
algo que llaman whisky bourbon por razones que nunca supe; luego el caballero dijo
que tenía sueño y se retiró a dormir a su habitación, dejándome a mí en la muy
agradable compañía de su hermana.
Los ojos de Smythe iban de un lado para otro.
—Continúe —dijo Folliot.
—Sí, mi comandante. Bien, mi comandante, no sé muy bien lo que ocurrió. La
señora era muy encantadora. El bourbon, muy delicioso. Recuerdo que la señora
llevaba un perfume cautivador. Lo siguiente que supe fue que ya era de día, mi
comandante. El caballero entró de pronto en la habitación de la señora y, hem, y,
hem…
—De acuerdo, Smythe. Sáltese la escena. Puedo imaginármela. Si yo tuviera una
hermana (y si usted tuviese una)… No se preocupe. ¿Qué pasó luego?
—Me temo que el caballero me desafío a un duelo, comandante Folliot.
—¡Vaya por Dios, no! Esto se está poniendo cada vez peor. ¿Qué sucedió después?
—Nos batimos en duelo con pistola. En un claro junto al río. El río Mississippi, mi
comandante. Y me temo que maté al caballero, mi comandante. Pero todo el mundo
estuvo de acuerdo en que fue un asunto de honor. Las autoridades locales no
presentaron cargos contra mí. El caballero fue quien proporcionó las armas. Yo no
quería hacerlo, mi comandante. El señor disparó primero, y su disparo sólo me arañó.
Fíjese en la marca que me dejó, justo aquí, mi comandante.
Y Smythe levantó la mano para mostrar la cicatriz a Clive. Era la misma marca
que antes Clive había tomado por una representación en miniatura de las estrellas en
espiral. Parpadeó y escrutó la cicatriz. Quizás el parecido fuera circunstancial. O
quizá… Simplemente, no podía decirlo.
—Yo quería darlo por terminado en aquel momento, mi comandante. Pero el
caballero insistió en que debía disparar mi arma. Dijo que su honor no estaría
satisfecho hasta que yo lo hiciese.
Smythe consiguió levantar los ojos y mirar a Clive a los suyos.
—Apunté mi revólver al suelo y apreté el gatillo, mi comandante. Y tuve la peor
suerte de mi vida. La bala dio en una piedra, y rebotó directamente hacia mi oponente
y le atravesó el corazón. Murió en el acto, mi comandante.
»La señora dijo que yo había actuado noblemente, e insistió en que conservase la
«pistola del duelo». Así era como la llamaba ella, aunque en realidad era sólo un Colt
de la Armada. El que usted vio, mi comandante. Con el remolino de estrellas en la
empuñadura, mi comandante. Una buena arma. Me gustaría tenerla de nuevo, mi
comandante.
Clive puso la mano en el hombro del otro.
—De acuerdo, sargento Smythe. Lo pasado, pasado está, y creo que usted actuó…,

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vaya, quizá con cierta imprudencia, pero sin deshonor, con respecto al duelo. Y
referente a la señora, lo que ya ha pasado, mejor no recordarlo…
Hizo un gesto a Usuaria Annie y a Finnbogg.
—Emprendamos la marcha. —Y cuando estuvieron de nuevo en camino, Clive
dijo—: Una pregunta más, mi sargento. ¿Cómo se llamaban… el caballero y la dama
del incidente?
—Nunca los olvidaré, mi comandante. Era un minero millonario, un tal señor
Philo Goode, que había hecho su fortuna en una mina de piedras preciosas del
Missouri, muy importante, mi comandante. Extraían diamantes, esmeraldas y rubíes,
y todo de la misma mina, decía el señor Goode. Y la señora era su hermana. Ya lo he
mencionado antes, mi comandante, ¿no? Era viuda. Su nombre era Lorena Ransome.
Su marido era un predicador, un misionero, muerto por los salvajes apaches en el
lejano oeste. El reverendo Amos Ransome, así se llamaba, mi comandante.
Y Horace Hamilton Smythe soltó un pesado suspiro.
—Ah, era bellísima, mi comandante. No puede imaginarse lo bellísima que era.
—Sí, sargento, sí que puedo. Créame, puedo.
—Por favor, mi comandante, no se burle.
—No me estoy burlando, sargento. No me diga que ha olvidado a los tres
jugadores tramposos que casi me arruinan a bordo del Empress Philippa.
—No, mi comandante. Claro que no.
—¡Pero, piense, hombre! ¡Eran los mismos! Usted nunca mató a Philo Goode. Su
muerte fue una impostura, y Dios sabe con qué motivos. Y Amos Ransome no está
muerto, ni Lorena Ransome es su viuda. Viajaban a bordo del Empress Philippa como
hermano y hermana, ¡fingiendo no conocer a Goode!
—Yo…, yo…, ahora que lo dice, creo que sí tiene sentido. Pues claro. —El rostro
de Smythe adoptó una expresión de perplejidad absoluta.
—¿Pero usted no relacionó los incidentes del John C. Calhoun con los del Empress
Philippa? ¿Se dio cuenta de que eran tres tramposos, pero no los relacionó con los que
lo estafaron en América? ¿Cómo puede ser, sargento Smythe? Debieron haberle
hecho algo en el cerebro.
—No lo sé, mi comandante. No puedo comprenderlo. No tiene ningún sentido.
Ningún sentido.
Smythe continuó andando, con la cabeza baja y los hombros caídos.
—Supongo que no… —empezó a decir Smythe después de haber recorrido casi
dos kilómetros sin abrir la boca.
—¿Sí? —lo animó Folliot.
—Bien, estoy intentando recordar, mi comandante. Fue allí, junto al río. La viuda
estaba allí, la señora Ransome.
—Sí, sargento. Si era realmente ella.
—Y los padrinos y los testigos. En Nueva Orleans se toman los duelos muy en
serio, mi comandante. Había un buen grupo de señoras y señores presentes. Padrinos,

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testigos y árbitros. El señor Goode lo había preparado todo, ya que yo no conocía a
nadie en Nueva Orleans, ¿entiende, mi comandante?
—Sí, Smythe. Lo comprendo. ¿Qué es lo que trata de decirme?
—Bien, mi comandante, fue así. Puedo recordar la escena con claridad. Con toda
claridad. Hasta un momento determinado. El momento en que la señora Ransome
me ofreció la pistola. Incluso hubo un juez allí, presidiendo el acontecimiento.
En ese instante se levantó un viento, un viento frío cargado de humedad. Clive se
preguntó si también llovía en Q’oorna. Tenía que llover, para mantener la vegetación
y la vida silvestre que habían observado. Tenía que llover… ¡o nevar! Un escalofrío le
recorrió la espalda.
—El juez —decía el sargento Smythe— recogió las dos pistolas. Yo le di la mía y él
tomó la otra de la mano muerta del señor Goode, mi comandante. Después de
revisarlas las devolvió a la señora Ransome. Ella me ofreció una. Dijo que ella
conservaría una y que yo tenía que quedarme con la otra.
Tembló visiblemente. El causante podía haber sido el frío viento.
—Ella dijo (comandante, puedo recordarlo con tanta precisión como el rostro de
mi madre), dijo: «Tiene que mirar esto, señor Smythe». Yo no usaba el uniforme
militar en América, por eso no dijo «sargento», ¿comprende, mi comandante? Ella
dijo: «Tiene que mirar esto». Y sostuvo el revólver de tal forma que la empuñadura
quedó delante de mis ojos. Antes de aquel momento no me había dado cuenta de las
estrellas en el mango. Quizá siempre había estado allí, pero yo nunca las había visto.
Un temblor más violento sacudió su cuerpo.
—No sé lo que ocurrió, mi comandante. Lo miré, tal como me lo pedía la señora
Ransome. Y… no sé qué sucedió, mi comandante… Sin embargo, creo que continúo
estando bien. Me siento como antes, puedo hacer lo mismo que hacía antes, mi
comandante. Pero… a veces no sé por qué hago las cosas que hago. A veces… no me
comprendo a mí mismo, comandante.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Quizás este sea el motivo por el que no relacioné el John C. Calhoun con el
Empress Philippa. O a las personas. Las personas. No lo sé, mi comandante. ¿Qué
opina usted?
—No sé qué pensar, sargento. O usted es una víctima de un complot y de unos
poderes que asombran la imaginación… ¡o usted es un impostor de dimensiones
colosales!
—¿Un impostor, mi comandante? ¡Usted dispense!
—A bordo del Empress Philippa (y desde entonces, ahora que lo pienso), ha
demostrado ser un maestro en cuestión de disfraces, Smythe. Mandarín, árabe. Podría
dejar en ridículo al mejor actor de West End. Y reconoció quiénes eran los Goode-
Ransome cuando descubrió su intriga en el salón del Empress Philippa.
Smythe pareció desconcertado.
—Ahora me cuenta usted esta descabellada historia —continuó Folliot— acerca

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de los jugadores del vapor del Mississippi, y de la seducción y el duelo en Nueva
Orleans. Urde un cuento acerca de la pistola y sugiere (¡al menos sugiere!) que podía
haber estado sujeto a alguna especie de hechizo hipnótico lanzado por la señorita
Ransome. O la señora Ransome. Cualquiera que sea su verdadera identidad. Me
cuenta esa disparatada historia y espera que yo…
Se detuvo porque simplemente se había quedado sin habla. El sargento Smythe
había sido su mentor ya cuando era un teniente novato, y había sido su compañero en
la guerra y la paz. ¡Clive sabía que Smythe le había salvado la vida en más de una
ocasión!
Pero ahora parecía que Smythe estaba jugando a un juego secreto y siniestro. Un
juego en que las apuestas no bajaban del valor de la vida misma.
¡Y Clive Folliot podía ser el perdedor de la partida!

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18
El charco de Hades

Rodearon la colina creyendo que sabían lo que aparecería. Tenían el mapa de Annie;
lo habían seguido durante días y había demostrado ser preciso.
Luego aprendieron mejor.
El mapa había indicado sólo una región baja, pero se encontraron con una
estrecha zona salpicada de ciénagas. A Clive le sugirió una repetición del Sudd de
Ecuatoria, pero Horace Hamilton Smythe señaló que la zona pantanosa aquí era
mucho más pequeña que el Bahr-el-Zeraf. Si elegían su camino con cuidado, podrían
atravesarlo.
—No estoy convencido —objetó Clive—. Posiblemente nosotros tres podamos
andar, con mucho tiento, hacia el otro lado. —No era necesario que especificase que
se refería a él mismo, al sargento Smythe y a Usuaria Annie—. Pero ¿qué pasará
con…?
E indicó a Finnbogg con un movimiento de la cabeza.
—Es una lástima, mi comandante. No me gusta abandonar a la bestia, pero si
tiene que ser así…
—¿Bestia? —dijo Folliot furioso—. No es una bestia. Es…, es…
—Es un perro, mi comandante. Siento tanto aprecio por el chico como puede
sentirlo usted. Al pobre Sidi Bombay podía darle igual, pero yo pienso que es un
espléndido sabueso. Sin embargo, un hombre es un hombre, y un animal es algo
totalmente distinto. No creerá lo que dice aquel tipo Darwin, mi comandante. O eso
espero. Todos somos un atajo de bestias sanguinarias, esto es lo que quiere decirnos.
No aceptará una cosa así, ¡espero!
—¡Oh, deje en paz a Darwin! Yo estoy hablando de Finnbogg. Admito que es más
bien parecido a un perro. Pero nosotros somos más bien parecidos a monos, sargento
Smythe, en caso de que todavía no se haya dado cuenta. Tenemos el mismo número
de extremidades y además dispuestas del mismo modo; y los demás órganos y
características son muy semejantes. Pero esto no significa que un hombre sea lo
mismo que un chimpancé. Y sólo porque Finnbogg es muy parecido a un perro no
significa que sea uno.
Smythe no insistió. Quizá continuaba contrariado por la historia del John C.
Calhoun. O quizá meramente estaba siendo deferente con el rango de Folliot. De
cualquier forma…
—No, mi comandante. Pero seguimos teniendo que cruzar este pequeño pantano.
Tenían el mapa de Annie extendido frente a ellos, Clive Folliot lo recogió, lo
dobló y se lo introdujo en un bolsillo de su chaqueta caqui.
—Partamos, pues —dijo.
Aquello ocurrió cuando rodearon la colina. El pantano se extendía ante ellos, tal
como indicaba el mapa, y no parecía demasiado peligroso. Había charcos y zonas

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fangosas que podían ser de arenas movedizas, con las que habría que ir con gran
cuidado. Se veían algunos montículos de hierba y árboles que surgían del pantano,
con musgo colgando de ellos y con el equivalente q’oornano de otros parásitos
vegetales: enredaderas, plantas trepadoras y orquídeas de un negro purísimo.
—¿Cree usted que encontraremos vida salvaje, mi comandante? —Smythe
escudriñaba la zona.
Antes de que Folliot pudiese responder, el agua hizo erupción en el centro del
charco más grande. El líquido brotó hacia arriba como un geiser y se desparramó
como una ducha en un radio de decenas de metros, que incluyó a los viajeros. El agua
era sorprendentemente cálida, casi caliente. Y hedía como cien mil diablos. Cuando
tocaba la piel, dejaba un residuo espumante que escocía y quemaba incluso después
de haberlo frotado.
Y con la lluvia de fluido negro cayeron un sinfín de criaturas, cuyos tamaños
variaban desde el de una moneda de un chelín hasta el de una rata gigante de cloaca.
Folliot gritó a Usuaria Annie que conectara su campo de protección, pero ya era
demasiado tarde: las criaturas pululaban encima de ella y encima de los demás.
Algo que parecía un sapo, de un buen palmo de largo, saltó al hombro de Clive y
se afianzó allí clavándole los dedos de las patas. Cada uno de sus dedos estaba
rematado en una uña; y allí donde las uñas agujerearon su piel, quedó una marca
como si le hubieran hincado un tenedor al rojo vivo.
Una masa informe, parecida a algo que Meinheer Leeuwenhoek habría podido
observar a través de su microscopio, se había pegado al rostro de Horace Hamilton
Smythe. Al principio fue una simple mancha, semejante a una salpicadura de tinta,
pero Smythe empezó a gritar y a frotárselo, intentando desesperadamente
arrancárselo, mientras la masa crecía y se extendía, y amenazaba con cubrirle nariz y
boca y ahogarlo.
Finnbogg fue invadido por un enjambre de insectos, escorpiones, avispas,
gusanos, sanguijuelas y otros seres de todo tipo y descripción, en hordas incontables.
La musculosa criatura se revolcó por los suelos, aplastando a cientos de sus
torturadores, pero miles de ellos continuaron atacándolo.
Clive recordó que aún estaban en posesión de las garras cibroideas que habían
recogido de la bestia voladora, y usó la suya para arrancarse el sapo del hombro y
lanzarlo lejos de él, pero entonces una cosa parecida a una monstruosa oruga trepó
por su cuerpo. Intentó cogerla, mientras la boca se le abría en un grito involuntario.
Pero la cosa se movió como un rayo hacia su boca. Clive cerró los dientes y los
mantuvo apretados, cogió la oruga con una mano y con la otra blandió la garra y la
partió en dos. La bestia lo soltó y él la tiró.
Le entraron náuseas, se dobló y eructó. Había cortado la cabeza y las patas
delanteras de la oruga, pero el resto de la criatura continuó debatiéndose, enviando
punzadas de tremendo dolor a la lengua y a los labios de Clive.
El contenido de su estómago emergió y se desparramó por el suelo y el insecto

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cayó y continuó retorciéndose débilmente en la asquerosidad humeante.
Una inmensa serpiente negra se alzó de repente e hizo oscilar su cabeza a treinta
centímetros del rostro de Folliot. Su lengua vibró. Se parecía a la mortal cobra egipcia,
con sus ojos negros reflejando la pálida nebulosa y las estrellas que centelleaban
encima de ella.
—¡Sistema de urgencia! ¡Sistema de urgencia! ¡Error catastrófico! —era la voz de
Usuaria Annie. Clive estaba petrificado, con los ojos clavados en la cobra. Habría
aprendido lo suficiente de aquellos animales para saber que su agilidad era limitada, y
sus movimientos no muy rápidos. Pero a aquella corta distancia, la cobra sólo tenía
que dejarse caer adelante (aquel era el sistema de ataque de esos bichos) y Clive
recibiría una dosis letal de veneno.
Annie no usó su garra cibroide, sino que levantó la mano y con un dedo señaló a
la cobra… y esta se retiró deslizándose de nuevo hacia el pantano. Una cosa como una
especie de sanguijuela gigante se había pegado en el dorso de la mano de ella y Clive
se la arrancó y la lanzó tan lejos como pudo. Annie recorrió el cuerpo de él con el
dedo, echando fuera a media docena de animales que se habían introducido dentro de
sus ropas, sin ni siquiera haberse enterado de ello. Allí donde señalaba con su dedo,
Clive sentía como un rayo abrasador, pero lo soportaba sin esfuerzo al ver que las
bestias atacantes no lo toleraban.
Annie aplicó el mismo tratamiento a Horace Hamilton Smythe.
Luego los tres corrieron hacia Finnbogg. La corpulenta criatura rodaba todavía
por los suelos, retorciéndose y desgarrándose la piel. Folliot y Smythe lo agarraron y
Annie le pasó el dedo por todo el cuerpo, haciendo huir un horror tras otro.
—¿Y usted? —gritó Folliot a Annie—. ¿Puede usar esto en usted misma?
Ella parecía comprender.
—Energía campo eléctrico agotada. Modo exclusión usuario. ¡Requerida
intervención manual!
Y, mientras gritaba esto, comenzó a sacarse la ropa.
No dudó ni un instante con ninguna prenda. Y, antes de esperar a que estuviera
totalmente desnuda, Clive Folliot y Horace Hamilton Smythe se lanzaron a
desengancharle nauseabundas monstruosidades de la carne.
El suceso completo duró sólo momentos. Annie dibujó una circunferencia en el
suelo que incluyó a los cuatro. De alguna forma, su Baalbec A-nueve dejó una carga
en el suelo. Ninguno de los horrores que habían surgido (y que continuaban
surgiendo) cruzó la línea.
En el combate por liberarse a sí mismos de las monstruosidades que los
salpicaron, los viajeros habían hecho caso omiso del geiser que los había arrojado.
Observaron ahora que seguía escupiendo su malvado vómito en el aire, y este no sólo
consistía en agua maloliente sino también en un continuo flujo de seres
nauseabundos.
Cuando por fin el geiser agotó su chorro, el suelo estaba recubierto con una

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alfombra viva de abominaciones que se arrastraban y brincaban; trepaban unas
encima de otras, combatían, se mataban y se devoraban mutuamente, enmarañadas
en un frenesí de locura.
Sólo el aro creado por el Baalbec A-nueve de Annie protegía a los cuatro.
Clive calculó que el geiser había brotado sólo durante un cuarto de hora, pero la
orgía de muerte y festín continuó durante casi una hora. Luego las criaturas cayeron
en una lasitud total. Perezosamente, empezaron a retirarse, reptando de nuevo hacia
el charco.
Como un organismo vivo, el mismo suelo pareció desplazarse margen abajo, hacia
el charco. En realidad, era el movimiento colectivo de decenas de miles de
abominaciones, pero con la apariencia de un solo horror; entraron en el charco con
un sonido gorgoteante, continuo, repugnante, un sonido como el de una bestia que
estuviera chupando las entrañas de una víctima indefensa.
Muy despacio, Usuaria Annie se agachó y recogió sus ropas. Temblaba mientras
se las ponía y Folliot la cogió galantemente por el brazo para ayudarla a mantener el
equilibrio. El sargento Smythe le sugirió que a partir de entonces mantuviese su
campo eléctrico conectado en todo momento, pero Annie negó con la cabeza. Y por
una vez habló comprensiblemente.
—Baalbec A-nueve usa mis energías —y apretó un pulgar contra la suave carne de
su corazón—. No batería de repuesto en A-nueve. No fuente de energía externa. —
Sonrió con tristeza—. Baalbec A-nueve sólo usa la energía de Annie. No tan
poderoso. No tan poderoso.
Estaba claramente agotada y a punto de soltar aquellas lágrimas que suelen
acometer a alguien cuando está emocional y físicamente exhausto.
Usuaria Annie se sentó en cuclillas y se llevó las manos a los ojos.
Clive se arrodilló junto a ella.
Ella lo miró a la cara, y finalmente las lágrimas le cayeron de los ojos.
—Sistema sobrecargado, usuario Folliot. Sistema de defensa sobrecargado.
Circuitos de defensa chisporrotean, usuario. —Y se lanzó a los brazos de Clive, apoyó
la cabeza en su hombro, como un gatito, y lloró sobre su chaqueta.

* * *
Una vez que el suelo estuvo despejado (lo cual no tardó ya mucho), decidieron seguir
avanzando. No tenían idea de cuánto duraban los intervalos de descanso del geiser.
Podían pasar años entre dos erupciones, o simplemente minutos. Pero no deseaban
quedarse allí para comprobarlo. Ni tampoco deseaban intentar cruzar el pantano.
—Otros caminos fuera de Q’oorna —ofreció Finnbogg—. Muchísimos más de
Mazmorra que de Q’oorna.
Los demás se miraron entre sí. Si sólo se entendieran unos a otros por completo,

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sus oportunidades de escapar, o al menos de sobrevivir, aumentarían en gran medida.
Pero sólo Clive y Horace Hamilton Smythe podían hablarse uno a otro con perfecta
comprensión. Usuaria Annie a veces caía en su extraña jerga futurista y a veces
hablaba casi como ellos, y Finnbogg, con su disposición perruna para complacer, sólo
tenía el vocabulario que se podía esperar de un can inteligente.
Marchaban en dirección sur, paralelos a los límites del pantano y a la hilera de
colinas por donde habían llegado.
—¿De qué otra forma podemos salir de Q’oorna, Finnbogg? —le preguntó Clive.
—Oh, gran montaña de agua. Oh, sí, gran montaña de agua salir de Q’oorna,
Folliot. Oh, sí.
Clive se dirigió a Horace Hamilton Smythe.
—¿Qué cree que quiere decir con esto? Gran montaña de agua. ¿Piensa que se
refiere a un glaciar?
Smythe preguntó a Finnbogg:
—¿Quieres decir hielo?
Finnbogg pareció perplejo por la pregunta.
—Hielo. ¡Caray! Mira, chico —continuó Smythe—, el hielo es como el agua, sólo
que, hem, es muy frío, ¿eh? Cuando el agua se enfría mucho, se endurece. Se endurece
como el diamante. Cristal. ¡Oh, Dios, ayúdame! Rocas de agua, ¿eh, Finnbogg?
Finnbogg asintió enérgicamente con su inmensa, descomunal cabeza.
—Duro, sí. Agua como piedras. Sí. No. No salida. ¿Hielo? ¿Eh, Smythe, agua dura,
hielo, eh? ¡Bueno! Bueno, bueno, bueno. No. No dura. No hielo. Gran montaña de
agua, hem —levantó una mano-pata y señaló hacia el ahora distante pantano—, agua
montaña arriba. Mala agua montaña arriba. Buena agua montaña abajo.
Hizo unos gestos vigorosos mientras saltaba repetidamente, de tal manera que
pareció que la misma tierra temblaba bajo sus pies.
—¡Agua abajo! ¡Agua de montaña abajo!
—¡Por Dios! —exclamó Folliot—. ¡Está hablando de una cascada, Smythe! ¡Está
diciendo que podemos salir de aquí pasando a través de una cascada!
Clive imitó el movimiento de la cascada con sus manos.
—Sí, sí —dijo Finnbogg—. Fuera de Q’oorna, agua montaña abajo. Sí. Más
caminos todavía, Folliot. Muchas salidas de Q’oorna. Camino de cielo en tierra. Oh,
estrellas, nubes, cielo negro, brillo blanco, huir de Q’oorna. O corazón de piedra. Sí,
como roca de agua dura y corazón rojo brillante. Y casa. Casa sobre —colocó las
manos enfrentadas, con las palmas hacia adentro, y las deslizó en el aire paralelas al
suelo—, sobre cuchillos. Casa se mueve, cuchillos se quedan, sale de Q’oorna. Fuera,
sí, bueno, veré a cachorros y cachorras, padre y madre. Finnbogg verá hogar, bueno,
sí, vamos.
—Este cielo-en-tierra no tiene ni pies ni cabeza —dijo Smythe—, pero la roca con
el corazón rojo brillante…
—¡Sí! —interrumpió Clive—. Es una descripción exacta del lugar por el que

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entramos aquí desde el Bahr-el-Zeraf. Y la casa que se mueve sobre cuchillos, ¿lo coge,
Smythe?
—No estoy muy seguro, mi comandante.
—Yo tampoco estoy seguro —agregó Folliot—. Pero apostaría mi paga mensual a
que el buen hermano Finnbogg, en su manera perruna, está describiendo un
ferrocarril.
Smythe pareció desconcertado. Luego pensativo. Y por último el rostro se le
distendió en una feliz sonrisa.
—Creo que el comandante tiene toda la razón. ¡Claro! ¡Sí, mi comandante! Una
casa que se mueve encima de cuchillos. Dos hojas largas, los raíles. ¿Podría haber
ferrocarril, aquí, en Q’oorna?
—No lo sabemos, ¿verdad, sargento? No sabemos quiénes son los q’oornanos,
dónde tienen su origen, por qué traen a la gente aquí. Y no sólo a gente como
nosotros. También a extroides, a tempoides y a cibroides. Sólo estamos empezando a
aprender qué clase de mundo es este, sargento Smythe. Y creo que nuestros objetivos
también pueden estar cambiando.
—Me temo que no capto el significado de sus palabras, mi comandante.
Habían dejado la parte más importante del pantano atrás, a pesar de que la tierra a
su izquierda seguía siendo pantanosa. Se oían sonidos distantes; la llamada de bestias
salvajes, el susurro de los juncos al pasar alguna serpiente de agua o algún anfibio y,
de cuando en cuando, el batir de unas grandes alas o el grito de un pájaro.
De pronto hubo un gran estrépito y un zumbido, como un cohete del Día de Guy
Fawkes[8].
Hicieron un alto y contemplaron el cielo.
Algo brillante, como un río de luz, rasgó el cielo de la tarde. Podía haber sido un
ferrocarril, pero un ferrocarril arrancado de un futuro fantástico y depositado en el
presente. Sólo que depositado era apenas el término adecuado, ya que la aparición
pasaba a cientos de metros por encima de sus cabezas. Venía de la dirección del
abismo y del puente derrumbado y, mientras permanecían contemplándolo, pasó por
encima del pantano que había puesto en peligro sus vidas, y se deslizó cielo abajo.
—Va a… ¡va a estrellarse! —dijo Smythe sin aliento.
En el momento en que el sargento habló, el gran vehículo descendió a la
superficie, y Clive pudo distinguir claramente la forma del vehículo. Si hubiese tenido
lápiz y papel a mano, podría haber trazado un boceto perfecto para el The London
Illustrated Recorder and Dispatch. Tenía decenas y decenas de metros de longitud, y
acababa en una punta redondeada y lisa. Filas de ventanas recorrían los lados de los
vagones, enganchados entre sí como los de un tren.
No había raíles, ni medios visibles de levitación. Se habían hecho muchos intentos
para imaginar los vagones voladores del futuro, y ciertamente los hombres habían
realizado grandes esfuerzos para construirlos; pero sólo el más modesto de los
planeadores (en verdad, poco más que una cometa infantil de tamaño gigante) había

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logrado cierto grado de éxito.
Fuera lo que fuese lo que había sostenido aquella maravilla en el aire, el
mecanismo había fallado. Pero el tren aéreo no se había clavado de punta en el suelo,
sino que había caído plano en la superficie y se había deslizado por encima de ella
como un verdadero vehículo sobre carriles, dejando tras de sí un largo surco en la
tierra.
Los cuatro viajeros echaron a correr hacia el vehículo. Al principio, Clive Folliot
iba en cabeza, pero pronto Finnbogg lo sobrepasó y ya no dejó de llevar la delantera.
Arriesgaron sus vidas al cruzar los bordes fangosos del pantano. Por fortuna, no
había arenas movedizas, y las patas anchas y con almohadillas de Finnbogg
distribuían tan bien su peso que pudieron vadear por las zonas de barro sin hundirse.
Tardaron varias horas en llegar hasta el vehículo estrellado. Cuando lo alcanzaron,
el atardecer abría paso al lúgubre crepúsculo de Q’oorna, y los cuatro treparon por la
barandilla exterior del último vagón.
El vehículo era muy parecido a un tren terrestre, y no parecía haber sufrido daños
graves. Clive conjeturó que debía de habérsele agotado el combustible, algo así como
si se hubiese apagado el fogón en una locomotora de vapor, de modo que la caldera
perdiera presión: el tren habría continuado rodando hasta detenerse, pero no sufriría
daño alguno.
Como el tren se había desplazado a través del aire, y no sobre raíles, había llegado
a tierra con un impacto brusco, y cabía esperar algún desperfecto. Sin embargo,
parecía que, reparada la máquina que producía la energía, el tren podría reanudar su
marcha.
¿Podrían los cuatro viajeros continuar su viaje en tren? ¿Adónde los llevaría?
Posiblemente (¡probablemente!), a un mayor centro de población, comercio y
autoridad entre los q’oornanos. Allí, pensó Clive, tendrían que tomar una decisión
rápida: o intentar mezclarse con sus pobladores y conseguir información sin entrar en
contacto con las autoridades, o dirigirse inmediatamente a la sede del poder y
presentarse al soberano q’oornano.
Las experiencias en la Torre Negra no animaban a seguir este último curso, pero
Clive se sentía cada vez con más confianza y decisión. En cierto modo, lo habían
conducido casi con los ojos vendados, y arrastrado a aquel mundo de locos. No era
súbdito de aquellas tiranías locales y no se sometería a los caprichos de cualquier
principito engreído.
Tiró hacia sí de una puerta y condujo a sus compañeros hacia el interior del
último vagón.
Había entrado en una escena digna de la obra más escandalosa de Edward
Gibbon. Altas columnas de mármol se elevaban majestuosas en torno a una
espléndida piscina, y unas estatuas pintadas en los colores más vivos capturaban la
visión. Todas eran desnudos y algunas estaban libradas a las actividades más
sorprendentes.

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La misma piscina estaba llena de señoras de formas sinuosas y jóvenes
musculosos. Las damas tenían el pelo recogido con cintas coloreadas, y esta era la
única ropa visible en el estanque.
Junto a la piscina, una banda de músicos tocaba suavemente liras y caramillos,
mientras unos criados pasaban con cestas de fruta fresca.
De todo lo que veía, quizá lo que hizo más impacto en Clive fue la variedad de
colores que tenía ante él. Habían desaparecido las sombras de negrura que habían
colmado su percepción durante los días pasados. Rojos y rosados, amarillos y verdes y
azules, se desplegaron ante él hasta que sintió que ya no podía ver más. Era como un
glotón que ha comido hasta reventar y que todavía tiene que tragar otro manjar más,
otro sabroso plato más, otro más y siempre otro más.
Usuaria Annie pasó corriendo por su lado y se lanzó al baño. Se zambulló de
cabeza en el agua azulada, pero permaneció completamente seca. Los bañistas de su
alrededor continuaron con sus actividades como si nada hubiese ocurrido.
Junto a Clive, el sargento mayor Horace Hamilton Smythe cogió una espléndida
pera amarilla… o intentó cogerla. Como una aparición fantasmal que pasara a través
de la pared, su mano atravesó la fruta.
Clive reconoció una de las estatuas, aparentemente una copia romana de una obra
del gran artista griego Praxiteles, y se acercó para tocarla, o lo intentó, ya que no tuvo
más éxito que Annie al nadar en la piscina o que Horace Hamilton Smythe al coger la
pera amarilla.
—¡Es irreal! —exclamó—. ¡Todo es una ilusión!
—O un espejismo —corrigió Smythe—. Todo esto puede que exista, pero que esté
separado de nosotros por la distancia. O por algo mucho más sutil que la distancia,
comandante. Yo creo que es real. Podemos verlo, pero, sencillamente no podemos
tocarlo.
Y, como para confirmar la aseveración de Smythe, muchos de los jóvenes
romanos habían abandonado sus diversiones en el estanque y contemplaban a los
recién llegados.
Un joven, sorprendentemente musculoso, se había aproximado a Usuaria Annie,
quien se había puesto en pie y miraba atentamente al romano. Él alargó la mano para
colocarla en el hombro de ella, pero la mano pasó a través del cuerpo de Annie. Una
expresión de sorpresa apareció en el rostro del joven.
Annie respondió alargando su propia mano hacia el romano —no hacia el
hombro—, pero tampoco logró tocarlo. La muchacha sonrió e hizo otros intentos,
todos sin éxito.
—¡Y son totalmente silenciosos! —exclamó Folliot.
—Hologramas —dijo Usuaria Annie, entre accesos de risas—, imágenes virtuales.
Sistema de circuitos con desplazamiento temporal.
Clive movió la cabeza a un lado y a otro.
—Sean lo que sean, estén donde estén, no podemos hacer nada más que

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señalarlos. Sigamos.
Finnbogg había permanecido quieto observando en silencio. Pero se añadió a los
demás cuando emprendieron la marcha hacia el siguiente vagón del tren.
Se encontraron con una escena de Dante, o quizá con el sermón de algún
predicador bíblico, que escupía fuego y azufre en cada palabra. Las llamas bailaban a
su alrededor, mientras los diablos hacían retorcer de dolor con sus tridentes a las
almas torturadas, y ríos de lava se derramaban en charcos de chispas vivas.
Finnbogg hizo caso omiso de los demonios y de las llamas. Quizá, para aquella
mente distante, eran imágenes sin sentido. Quizá su cerebro de otro mundo las
registraba como bosques selváticos y pastos agradables, ¡o no las registraba en
absoluto! En cualquier caso, condujo a los demás a través del infierno y hacia el otro
vagón.
Cada compartimiento del tren parecía un mundo diferente. Algunos eran mundos
de una inefable belleza, otros de un horror indescriptible. Algunos ofrecían
tentaciones casi imposibles de resistir…, hasta que Clive y los demás descubrían que
todo era pura ilusión, nada era realidad.
Finalmente entraron en lo que parecía ser (al menos para Folliot y Smythe) el
vagón de tren más normal del siglo diecinueve.
Había damas con largas faldas y sombreros recatados, sentadas con canastas para
hacer punto o cestas de comida en los regazos. Caballeros con los sombreros puestos
y grandes patillas las acompañaban. Otros permanecían sentados en silencio, leyendo
periódicos y novelas encuadernadas en rústica.
En un extremo del vagón habían dispuesto dos asientos enfrentados y habían
colocado una mesa portátil entre las rodillas de las cuatro personas que ocupaban los
asientos. Sobre la mesa había una baraja de cartas y pilas de fichas de madera de
diferentes colores.
Una de las cuatro personas era un caballero corpulento, entrado en años; delante
tenía una copa de brandy, y la expresión de su rostro era la de alguien ligeramente
ebrio. A pesar de que iba vestido aparentando riqueza, ya no tenía fichas. Un reloj de
oro de bolsillo, con su cadena, yacía en la mesa, al igual que un montón de billetes de
elevado valor. El hombre robusto sudaba copiosamente y parecía estar muy apenado.
La persona sentada junto a él era una mujer atractiva. Estaba sentada muy cerca
del hombre y le susurraba palabras de ánimo, acariciándole delicadamente la oreja
con sus carnosos labios.
Los recién llegados se detuvieron junto al grupo.
—¡Philo Goode! —exclamó Smythe.
—¡Amos Ransome! —exclamó Folliot.
—¡Lorena Ransome! —exclamaron ambos.
Los tres impostores se pusieron en pie de un salto, mientras su última víctima
observaba lo que sucedía, sorprendida y desconcertada. Los tres, sin volver ni una sola
vez la vista atrás, salieron corriendo por la puerta delantera del vagón y saltaron.

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Folliot y Smythe los siguieron, arrastrando a Usuaria Annie y al macizo Finnbogg
con ellos.
Y, al saltar de la plataforma, enardecido por la persecución de los tramposos, un
repliegue recóndito del cerebro de Clive cayó en la cuenta de que había oído los
susurros de Lorena Ransome y las exclamaciones de los jugadores y las pisadas de sus
botas en el suelo del ferrocarril cuando huían. Aquellas personas no eran meras
imágenes.
¡Eran reales!
Pero Clive no tuvo ocasión de dar rienda suelta a tales divagaciones. Deberían
haberse encontrado con tierra firme a un metro aproximadamente del nivel del suelo
del vagón.
En lugar de eso, estaban cayendo a través de un vacío negro. Mientras daba
tumbos pudo ver a Horace Hamilton Smythe, a Usuaria Annie y al enano Finnbogg,
que caían girando como él mismo. Y, mucho más abajo, los tres tramposos.
Fuera como fuese, los tramposos caían más rápidamente que Clive y sus
compañeros. Al principio estaban a unos pocos metros por delante de ellos, pero poco
a poco fueron descendiendo más y más deprisa, hasta que se encogieron en unas
versiones en miniatura de ellos mismos, luego en unos simples puntos de color, y por
fin desaparecieron por completo.
El viento silbaba en los oídos de Clive, y lo azotaba, haciéndole trizas la ropa.
Seguía en posesión de la garra cibroidea (su única arma y herramienta, aparte de las
manos desnudas y del ingenio aturdido). Sabía que Annie poseía su Baalbec A-nueve,
un aparato de capacidades desconocidas y posiblemente decisivas. Smythe estaba con
él. Clive lo había considerado siempre como su aliado más inquebrantable, pero ahora
se había tornado un enigma. Y también estaba, por supuesto, el servicial y fiel
Finnbogg.
El roce del aire aumentó hasta ser un silbido agudísimo. Luego Clive se dio cuenta
de que no era únicamente el viento rozando sus orejas lo que causaba el sonido. Algo
más estaba chillando, algo inmenso y terrible, algo que haría palidecer hasta la
insignificancia todas las maravillas y todos los horrores que habían encontrado desde
que había dejado la habitación de la señorita Annabelle Leighton.
Al dar la vuelta en el aire, vio debajo de él un rostro rodeado de tentáculos, un
rostro como el que había destruido en la grieta, cuando descendía por el precipicio.
Pero este rostro era cien veces más terrorífico y chillaba con la boca abierta de par en
par, mostrando sus filas de terribles dientes afilados como cuchillas de afeitar; y Clive
caía hacia allí, incapaz de detener su propia trayectoria.

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19
Entra en escena Chillido

Clive tuvo tiempo de preguntarse: «¿Es esto lo que les ha ocurrido a los tramposos?».
Luego no hubo más tiempo para pensar ni para nada. Las fauces se apretaron y los
relucientes dientes triangulares se cerraron, formando una sólida pantalla de esmalte
brillante, rodeada por unos hórridos labios carnosos que dejaban escapar odiosos
gruñidos.
Con una sacudida, Clive chocó contra la superficie de dureza granítica. Con el
impacto de las botas en los dientes rebotó a un lado, pasó por encima de los labios
amenazadores, y cayó en un claro recubierto de rocas, Usuaria Annie, Horace
Hamilton Smythe y Finnbogg cayeron tras él, enredados unos con otros. Entre
gruñidos y resoplidos se pusieron de pie y echaron un vistazo a las heridas posibles.
No había daños graves, lo que ya era un gran alivio.
Pero no tuvieron tiempo de examinar las heridas menores, cortes y arañazos.
Bosques sombríos rodeaban el claro por tres lados, y el cuarto era una cuesta
inclinada donde arbustos resistentes y árboles canijos luchaban para echar raíces y
sobrevivir, arrimándose a los troncos que podían protegerlos de ser barridos cada vez
que caía un fuerte chaparrón.
A los pies de la pendiente se veía una abertura, posiblemente de algo más de un
metro de altura por casi un metro de anchura. Era evidente que conducía al interior
de la colina, pero resultaba imposible juzgar su profundidad desde el exterior. Por una
fracción de segundo, mientras Clive se tambaleaba y recuperaba vacilante el
equilibrio, creyó ver un fulgor distante, una remota concatenación de luces que
podrían (sólo podrían) haber sido las de la ya familiar y amenazadora espiral de
estrellas, brillando y girando enigmáticamente.
Clive parpadeó ante la cegadora iluminación exterior, y alzó los ojos para echar
una rápida ojeada al cielo.
La perpetua oscuridad (a la que ya se había acostumbrado) de las llanuras de
Q’oorna, ya no existía. Allí había un cielo diferente, un cielo de distinto color, un cielo
de plumas de cercetas. No había estrellas brillantes en espiral, ni las distantes
constelaciones y difuminadas nebulosas que habían dado a Q’oorna su pálida luz
diurna. En lugar de todo eso… ¡había dos soles en el cielo!
Uno era una brasa roja, gigantesca y amenazadora, que parecía a punto de
lanzarse a la tierra y consumir el mundo entero en una feroz orgía final. Él otro era un
punto azul brillante que seguía su curso cruzando la órbita del gigante rojo,
indiferente a la presencia de un vecino un billón de veces mayor.
—¿Y ahora qué, mi comandante? —preguntó Smythe a Clive—. ¿Debemos entrar
en la cueva?
Clive sacudió la cabeza, como si esto pudiese aclararle las ideas y darle una
respuesta para la pregunta de Smythe. Pero antes de que pudiese hablar, muy cerca

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resonó un crujido de pisadas, seguido por el rugiente estruendo de una docena de
voces.
Una banda de cazadores primitivos hizo su aparición, armados con lanzas y
porras, y toscamente cubiertos con pieles de animales. Los cazadores se detuvieron
frente a Clive y a sus compañeros. Aquel fue un momento de perplejidad tanto para
unos como para otros.
Clive y sus amigos estaban en semicírculo, frente a la entrada de la cueva.
Antes de que nadie pudiese hablar, los primitivos se dispusieron delante de la
cueva, bloqueando la entrada a Clive y a su grupo. Su líder desapareció dentro
mientras sus seguidores permanecían de espaldas a la boca de la cueva, manteniendo
a Clive y a sus amigos a raya con sus lanzas.
En ese momento se oyó un chillido.
Clive dio media vuelta como un rayo y vio al recién llegado. Parecía vagamente
humano, pero también Finnbogg a primera vista tenía una apariencia vagamente
humana. Y, al igual que la naturaleza canina de Finnbogg se había vuelto más clara en
un examen más detallado, así también ocurrió con las características no humanas de
este chillador.
Tenía cuatro brazos en lugar de dos, de tal modo que la criatura debía poder
realizar cuatro tareas a la vez o hacer trabajar sus cuatro brazos a la vez en la misma
tarea. Y tenía cuatro patas en lugar de dos, lo que debía permitirle andar, correr, subir
o trepar, con increíble agilidad y resistencia.
Su tronco era extraño, con un pecho delgado y un enorme abdomen, y su rostro
disponía no de dos ojos sino de ocho, que refulgían como fuego bajo los dos soles.
Había vestigios de pelo en el cuerpo de la criatura, pelo de composición rígida,
parecido a púas.
De su boca salían proyecciones parecidas a dientes, aunque cuando Clive miró
más atentamente el rostro se percató de que no eran dientes auténticos, sino
mandíbulas como las de una araña. Pensó en el araña gigante con la que había
luchado para defender su vida, primero junto a la jungla y luego en la playa, junto al
río Uami, y por un instante sintió que iba a desfallecer.
Ahora sabía a lo que se refería el señor Darwin en sus obras, tan discutidas y tan
condenadas. Si la raza de las arañas hubiese avanzado a través de miles de millones de
años de… (intentó recordar la palabra del señor Darwin) evolución hasta llegar a una
posición comparable a la de la humanidad…, entonces aquella asombrosa criatura
podría ser el resultado.
Los primitivos permanecieron frente al extraño recién llegado. Y, al cabo de un
momento de atónita inacción, emprendieron la fuga gritando aterrorizados.
Luego la extraña criatura se sentó en la boca de la cueva. Clive había visto al jefe
de los primitivos cazadores desaparecer por aquel agujero. El jefe estaba atrapado,
separado del mundo exterior y de sus compañeros de tribu, por el cuerpo del recién
llegado.

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La criatura se sentó contemplando a Clive y a los demás. No emitió ningún
sonido, pero Clive sintió que de ella emanaba un mensaje. Quedaos donde estáis,
pareció decirle. Miró a sus compañeros. Estos le hicieron una señal de asentimiento.
Todos, incluso Finnbogg, habían recibido el mensaje de la criatura.
—¿Qué hacemos ahora, mi comandante? —preguntó Horace Hamilton Smythe.
—No me gustaría tener que luchar contra esta cosa —dijo Clive—. Ni siquiera
contando con la ayuda de nuestras garras.
—No, mi comandante. ¿No le parece que podríamos simplemente empezar a
retirarnos muy despacio? En estos bosques, parece que podríamos encontrar
fácilmente un escondrijo.
—Estoy seguro de que todos los cazadores nos tienen ahora rodeados, sargento.
Creo que podremos sacar más provecho de la situación permaneciendo aquí. Esta
nueva criatura no parece hostil.
Se sentaron en el suelo. Tal como una araña se quedaría inmóvil, infinitamente
paciente, en el centro de su telaraña, esperando a que llegase su presa y cayese en su
red, el gran ser-araña permaneció sin moverse en la boca de la cueva, mientras los dos
soles recorrían su lento camino hacia el horizonte.
Clive y sus amigos estaban solos e indefensos en el medio del claro, separados de
su realidad habitual.
¿O no era así?
—Annie —dijo Clive—, ¿le he hablado de mi amigo Du Maurier?
—No —Annie movió la cabeza—. ¿Ojeo referencia Dafne?
—¿Dafne? No, George du Maurier. El caricaturista.
Annie sonrió.
—Oh, pozi tivo. He ingresado sus libros. Trilby. El marciano. Buena entrada nivel
cific.
—¿Cific? —preguntó Clive.
—Hum, cific. Hum, Wells, Verne, Heinlein, estos. Cific equivalente, hem,
escritores ciencia ficción. —Ella sonrió—. Me gusta la cif. Todos Crackbelles aman cif.
Todos aman cif.
—George du Maurier es mi amigo, Annie. Y cree que la comunicación mental es
posible, de un planeta a otro.
Ella sonrió.
—¿Clive cree también?
—No lo sé. De veras que no lo sé. Pero me pregunto… si su aparato de campo
eléctrico…
—Baalbec A-nueve.
—¿Podría… ayudarme? Si yo intentase enviar un mensaje a Du Maurier…, en
realidad no tengo ni idea de qué tipo de ondas eléctricas o etéreas o magnéticas
podrían llevar un mensaje así. Pero a lo mejor su aparato podría ser de alguna ayuda.
Podría servir como una especie de telégrafo etéreo.

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Annie sonrió.
—Indeterminado, Clive. Haz la prueba. Aquí. —Ella le cogió la mano, con un
movimiento tan rápido e inesperado que no tuvo oportunidad de resistirlo, y la
colocó de tal forma que su pulgar quedó en un lugar inmediatamente por encima de
su esternón.
Él había esperado sentir aquella piel cálida y blanda, pero no la peculiar textura y
forma que sintió bajo su piel. Aquello debía de ser el Baalbec A-nueve.
Cerró los ojos y se concentró, conjurando la imagen de George du Maurier.
Pensó:

Du Maurier, no sé si puedes oírme o no. Si puedes, le suplico que actúes.


He caído en otro mundo, Du Maurier. No tengo ni la más remota idea de dónde estoy. Otro planeta…,
otro plano de existencia…, algún estado de existencia alterado que está más allá de nuestra usual
noción de tiempo y espacio.
Viajé desde Inglaterra hasta el Sudd, la región de Ecuatoria donde mi hermano Neville fue visto por
última vez. Allí pasé por una extraña puerta, una entrada oculta en una gran roca, con un corazón de
rubí que brillaba y latía como un órgano vivo. Iba acompañado por el sargento mayor Horace Hamilton
Smythe, de mi propia unidad de guardia, y por un indio oriental, Sidi Bombay.
Y fuimos a parar a un reino extraño, conocido como la Mazmorra. Quién reina en este lugar, cuál
puede ser el propósito de sus moradores, todavía tengo que desentrañarlo. Creo que Neville está aquí.
En un tiempo creí que había encontrado su cadáver, pero ahora creo que era un mero simulacro, y que
Neville tiene que estar en alguna parte de la Mazmorra.
Dentro de la Mazmorra hay muchos reinos y realidades, mundos más allá de toda imaginación, más
allá de toda consideración. El sargento Smythe está conmigo todavía, Sidi Bombay ha desaparecido.
También hay conmigo un ser llamado Finnbogg, parecido a un humano pero que no lo es…, y una bella
mujer que parece haber llegado del año 1999; ahora me está ayudando a enviarte este mensaje. Se
llama Annie.
Du Maurier, te lo ruego, en nombre de nuestra amistad, en nombre de tus investigaciones
parapsicológicas, en el nombre del sentimiento de humanidad, haz esto por mí.
Ponte en contacto con Maurice Carstairs del Recorder and Dispatch. Prepara un informe para él
basado en lo que te he contado. Intentaré enviarte más detalles y posteriores descubrimientos. Si
alguna vez encuentro el camino para regresar a Inglaterra, ¡seré rico y famoso como resultado de esta
aventura!
Ponte en contacto con mi padre en la mansión paterna. Dile que continúo en la pista de Neville y que el
título de barón de Tewkesbury nunca se extinguirá.
Ponte en contacto con la dama que me acompañó al teatro el día del estreno de Cox and Box.
Encontrarás sus aposentos en la última planta de la casa más alta de Plantagenet Court. Supongo que
ya conoces la calle. Si no es así, no creo que te sea difícil encontrarla. Dile que la quiero y que volveré
para cumplir mi promesa.
Y finalmente, Du Maurier, el último y mayor favor de todos. Debes conseguir enviarme respuesta.
Consígueme ayuda material, si puedes, pero, si no, envíame al menos respuesta. Por medios físicos o
magnéticos, o como puedas. Hazme saber que mis palabras te han llegado. Hazme saber que no
estoy desamparado por completo y para siempre, aquí, en la Mazmorra. Por favor, Du Maurier, haz
esto por mí. Cuando regrese a Londres, compartirás conmigo toda la riqueza y toda la gloria que
espero cosechar.
¡Dios te bendiga, Du Maurier! Sólo espero que me hayas podido oír, de un modo u otro. Si me has oído
en tus sueños, ¡sabe que esto no es un sueño! Si me has oído estando despierto, ¡sabe que no estás
loco! Soy real, estoy vivo, y ruego que este mensaje te llegue.
¡Adiós, Du Maurier! ¡Adiós! ¡No me abandones, amigo mío! ¡Eres el único contacto en el mundo que
conozco desde hace treinta y tres años!

Dejó caer la mano en el regazo. ¿Cuánto tiempo hacía que él, Annie, Horace y

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Finnbogg permanecían en su formación semicircular?
Annie parecía pálida y agotada. Dijo:
—Creo…, creo… que estoy tan cansada, Clive.
El mismo Clive había caído en una especie de alucinación. Parpadeó. El sol (o
soles) de aquel mundo se habían puesto tras los bosques que rodeaban la boca de la
cueva. Un polvo resplandeciente coloreó la mitad del cielo. En Inglaterra, Folliot se
habría detenido para admirar el magnífico cuadro creado por la naturaleza, pero aquí,
en la Mazmorra, sólo tenía ojos para el ser de ocho extremidades que bloqueaba la
entrada a la cueva.
Desde algún lugar del interior de la caverna, llegó un grito agónico, seguido del
ruido de algo que desgarraban y trituraban. Y la extraña criatura de ocho miembros
que tapaba la entrada de la cueva cabeceó y salió lentamente hacia el claro.
Mientras Clive miraba a la criatura, fascinado, primero oyó y después vio a unos
pocos salvajes que empezaban a salir agazapados de los bosques, en donde antes
habían desaparecido.
La criatura de cuatro brazos emitió un chillido aterrador y con sus varias manos
se arrancó manojos de pelos rígidos y los lanzó hacia los bosques. Los pelos salieron
disparados como jabalinas en miniatura; y, cuando acertaban a los primitivos, estos
empezaban casi instantáneamente a hincharse y a perder color. En pocos segundos
caían al suelo y sus cuerpos se transformaban en horrendos y dilatados, recuerdos de
un ser humano, o se retorcían jadeando, cada vez más pálidos, hasta que por fin
quedaban convertidos en charcos de fluidos gorgoteantes, en medio de los cuales sus
huesos sobresalían como bizcochos en una taza de crema.
«Quizá deberíamos haber huido con los salvajes», pensó Clive, pero ya era tarde
para ello.
Ahora algo le estaba ocurriendo al rostro del aracnoide. Clive lo contemplaba
fascinado. Sabía que no tenía sentido intentar huir y, al observarlo con detenimiento,
se apercibió de que, de alguna manera fantásticamente singular, de alguna manera
«aracnil», aquel ser le estaba sonriendo. Sonriéndole a él y a sus tres amigos.
La criatura lanzó los cuatro brazos adelante y cogió, con cada una de sus manos, a
cada uno de ellos. Annie había anulado su campo eléctrico como arma de defensa
para convertirlo en un medio de comunicación, en beneficio de Clive, y había
quedado tan exhausta por la transmisión del mensaje de Clive a Du Maurier ¡que
había olvidado volverlo a conectar!
Con una amabilidad sorprendente, pero con una fuerza que superaba incluso la
del robusto y macizo Finnbogg, el arácnido arrastró a los demás, correteando con sus
cuatro patas, hacia la boca de la cueva que antes habían rodeado los salvajes.
Cuando la mano de la criatura agarró la de Clive Folliot, este sintió una extraña
comunicación con el ser-araña y, a través de este, con sus compañeros. Quizás esto
fuera la telepatía mental de que hablaba George du Maurier o quizá fuera otra cosa,
alguna especie de intercambio de ondas cerebrales entre los tres humanos, el ser

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perruno y la criatura aracnoide.
Clive se sintió arrastrado hacia la mente de la gran araña. Y descubrió que podía
conocer a la criatura, no como si la oyera hablar sino como si, de alguna manera
milagrosa, se hubiese convertido él mismo en la criatura aracnoide.
El ser no tenía nombre, que Clive supiera, pero el ser pensó de sí mismo que era la
fuente del gran chillido que helaba la sangre y que Clive ya había oído; y esta palabra
se convirtió para Clive en el nombre de la criatura: Chillido. No había otro apodo
posible para aquel animal, ningún otro nombre que Annie, Finnbogg o Smythe le
pudiesen aplicar con más acierto.
Y, cuando identificó a aquel ser con el nombre, se apercibió del sexo de la criatura:
en efecto, poseía una sexualidad sorprendentemente poderosa. Indudablemente era
una hembra.
Estaba penetrando en la mente de una araña hembra, sexualmente consciente,
quizás incluso sexualmente muy vital, cuando… ¿qué había aprendido de los hábitos
de apareamiento de los arácnidos? Intentó recordar una clase de Historia Natural en
Cambridge. Sí, podía ver al catedrático de patillas anchas, mejillas sonrosadas y gafas
de pinzas; podía oír su voz temblorosa, ya vieja. Sí. La hembra arácnida se acoplaba y
después de la cópula devoraba a su consorte.
Pero… Chillido no era una araña, no más que Finnbogg era un perro, o que Clive
y Annie eran orangutanes. Eran los descendientes evolucionados de aquellas especies
ancestrales. Rogó que Chillido fuera civilizada, que en el curso de la evolución su
especie hubiera abandonado la horrorosa práctica de sus antepasados. Y, en una onda
puramente mental, recibió la respuesta del ser que lo tenía cogido por la mano con
una sujeción tan poderosa como la de una niñera que lleva cogido a su pupilo.
Y, a través de Chillido, Clive se encontró en un extraño contacto mental con
Finnbogg y Horace Hamilton Smythe.
En la mente de Finnbogg encontró singulares recuerdos, memorias de la infancia
del ser perruno. Los primeros recuerdos de Finnbogg eran de su madre y de sus
hermanos y hermanas. Aquellas criaturas eran, en efecto, perrunas; y como ser canino
que era, los recuerdos más intensos que poseía eran olfativos. El olor cálido y
acogedor de su madre, de su carne familiar, de la leche de sus tetas. El tacto áspero de
su lengua cuando lo limpiaba, a él y a sus hermanos. Los olores de su carnada,
similares entre ellos, pero muy diferentes del de su madre y claramente distinguibles
el uno del otro, como para Clive serían distintos los rostros de sus amigos. Primero se
podía distinguir a los machos de las hembras, y luego no había posible confusión
entre dos cachorros. Y el olor de su padre, fuerte y dominante, teñido con el matiz de
mil criaturas seductoras y de sustancias que el gran macho encontraba fuera de la
guarida íntima, donde la madre cuidaba y alimentaba a sus cachorros…
Clive sabía que lo conducían por el claro, que estaba entrando en la cueva. Sabía
que el desplazamiento no tardaría más de unos segundos, pero, en el intercambio
mental que tenía lugar con Chillido y dentro de él, años de memorias y de

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experiencias se intercambiaban.
Entró en la mente de Horace Hamilton Smythe, y de repente tuvo acceso a todos
sus recuerdos y sentimientos. Tenía un nuevo conjunto completo de memorias. Una
infancia que había tenido sus principios en una idílica granja en el sur de Inglaterra.
Smythe y su alegre y siempre activa madre. Su padre era más taciturno, más serio,
mucho menos agradable que su madre, pero aun así un buen hombre, leal, de
confianza, que se preocupaba por su familia y por su patria. Y había además muchos
otros. El pequeño Horace también tenía sus hermanos y sus hermanas. Y un perro,
una grande, descomunal bestia afectuosa.
Y la mente de Clive lo vio con claridad. Era un bulldog, terriblemente feo y
tremendamente cariñoso. Era como Finnbogg, parecidísimo a Finnbogg. Pero
entonces llegó la plaga y sobrevino la ruina de la granja, y la muerte del padre de
Smythe. Su madre, expulsada de la tierra, reunió a sus hijos y se los llevó al norte.
Habían tenido que matar al gran bulldog (el acontecimiento más triste de la vida de
Horace Hamilton Smythe: el chico había llorado durante días, inconsolable). No era
de extrañar, se percataba ahora Clive, que Smythe se hubiese encariñado tanto con
Finnbogg.
Luego la viuda Smythe y sus hijos se habían ido hundiendo, desde una honorable
pobreza en un suburbio de Londres hasta la más abyecta miseria en los barrios bajos
de la metrópoli. La madre había desempeñado trabajos cada vez más viles, y las hijas
habían acabado por llevar unas vidas vergonzosas mientras los hijos se convertían en
criminales, hasta que Horace encontró un nuevo hogar en el servicio a Su Majestad.
De otro modo, el sargento recién alistado, que en su juventud había poseído una gran
fuerza interior y una virtud potencial, habría acabado probablemente flotando en el
Támesis con un cuchillo clavado en las tripas, o colgando de la horca en Dartmoor.
Clive compartió con Smythe las memorias de las campañas. Se vio a sí mismo
como lo había visto el sargento; en conjunto, una visión no muy halagüeña, pero
pintada con un cierto afecto. Recordó con Smythe los primeros encuentros de este
con Sidi Bombay y contempló su aventura americana, que ya había relatado en su
mayor parte.
Había otros episodios en la vida de Horace Hamilton Smythe, odiseas y
acontecimientos que sorprendieron a Clive Folliot. Lo vio envuelto en pieles, azotado
por los vientos helados y aguijoneado por el aguanieve, luchando para escalar los
picos del Himalaya, acercándose a los sagrados recintos de las silenciosas tierras del
Tíbet y del Nepal. Lo vio en las junglas del Amazonas, explorando las civilizaciones
del Brasil.
¿Qué estaba haciendo un simple sargento mayor del ejército de Su Majestad en
aquellos climas remotos? Con un sobresalto, Clive se dio cuenta de que había mucho
más de Horace Hamilton Smythe de lo que nunca se hubiera podido imaginar.

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* * *
Súbitamente Clive se percató de que, si él tenía aquel acceso profundo a las mentes y a
las memorias de sus compañeros, ellos debían de tener la misma clase de acceso a su
propia mente. Había acontecimientos de su vida de los que no se sentía orgulloso,
pero ahora no podía hacer nada para protegerse del escrutinio mental. Sus
compañeros sabrían cosas que nunca hubiera pensado revelar en sus artículos a
Maurice Carstairs, tanto si él lo deseaba como si no.
Hasta ahora no se había aproximado a Usuaria Annie en aquella extraña
comunión mental, y durante un momento pensó si debía hacerlo. Su incursión en la
mente de Horace Hamilton Smythe había sido muy fácil de realizar. Después de todo,
él y Smythe eran nativos del mismo país y casi de la misma edad. Habría sido lógico
tener más dificultades para entablar contacto mental con Finnbogg, un ser de otra
especie, el producto de otro mundo. Pero quizá la misma «perrunidad» del macizo
Finnbogg y la natural afinidad entre humano y canino habían posibilitado el contacto.
Pero Annie… Se le aproximó mentalmente y fue como aproximarse a una luz
bellísima y sutil. A pesar de lo cansada que había quedado después del intento de
comunicación con Du Maurier, ella ahora se movía (si esta era la palabra) con gracia
inefable y sin aparentar cansancio. La muchacha lo atrajo hacia sí y él se encontró
flotando hacia ella, impaciente y entusiasmado. Pero antes de que pudiese tocar la luz
que era Annie, esta se escabulló danzando, evitando su contacto mental como si fuera
un fuego fatuo.
Más tarde, pareció que ella le susurraba al oído, ja llegará el momento, Clive, ya
llegará el momento. Creyó verla bailar, bailar desnuda, e intentó alcanzarla de nuevo,
pero tropezó con la mente de Chillido.
¿Cuáles eran las memorias de Chillido? ¿Cuáles eran sus pensamientos? Clive
podía sentirlos, compartirlos de algún modo; incluso mientras Chillido sondeaba y
buscaba entre los suyos propios. Clive percibió una inteligencia superior a la suya,
una inteligencia más antigua y más sabia. Pero mientras que la extrañeza de Finnbogg
era la de un ser de sangre caliente, de un mamífero parecido al perro (o muy parecido
al perro), la de Chillido era mucho más alejada de Clive. Era un arácnido, de sangre
fría, ovíparo, que tenía ocho extremidades y ocho ojos.
La química de su cuerpo era muy diferente de la suya. La criatura segregaba
sustancias químicas que impregnaban los duros pelos de su cuerpo y, cuando le
parecía, podía variar aquellos procesos químicos para lograr las reacciones que
deseaba, desde el terror y la sumisión a la colaboración voluntaria, la lujuria
incontrolable y la muerte. Pero no había usado esta química en Clive y en sus amigos,
porque no había sido necesario.
Quería a Clive, a Smythe, a Annie y a Finnbogg para algo. Clive podía vislumbrar

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el propósito en la mente de Chillido, pero era un objetivo tan alejado de su
experiencia y de su comprensión que le llegó como un caos de impresiones sin
sentido.

* * *
Chillido empujó a Clive y a sus compañeros a través de la boca de la cueva. El extraño
hechizo de comunicación con los demás se rompió cuando Chillido soltó las manos
de cada uno de ellos, pero, en el momento final de aquella comunicación, sucedió
algo más.
Clive recibió la nítida impresión de que él y los otros podrían conseguir de nuevo
aquella comunión, con o sin la intervención de Chillido. Bajo su hechizo, sus mentes
y sus redes nerviosas infinitamente complejas se habían alterado. Por su propio deseo
o no, a sabiendas o no, Chillido había proporcionado a Clive, a Annie, a Smythe y a
Finnbogg el poder de compartir sus mentes. Con el simple gesto de entrelazar sus
dedos y permitir que ellas circulasen de uno a otro.
Detrás de Clive, el voluminoso cuerpo de Finnbogg bloqueó la boca de la cueva.
Annie y Horace Hamilton Smythe ya estaban dentro con él. La luz del exterior volvió
a iluminar la caverna por unos instantes, y luego reinó otra vez la oscuridad cuando
Chillido obstruyó la abertura.
Por fin, también el aracnoide estuvo dentro, y Clive y los demás pudieron percibir
el mundo en donde ellos y el ser-araña habían entrado.

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Quinta parte

Nido de mundos

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20
En el nido

Era una caverna oval, de forma parecida al interior de un huevo. El aire interior
parecía centellear con partículas relucientes, de tal modo que la cámara estaba tan
alumbrada como el día, a pesar de que no poseía ni una fuente de luz identificable.
Clive advirtió que, a causa de aquella extraña iluminación, él y sus compañeros no
producían sombras: ¡todos y cada uno de los átomos del aire resplandecían!
Clive se volvió y vio que Chillido bloqueaba el orificio circular por el cual habían
entrado en la cámara y donde tendría que haberse visto un círculo de luz. En lugar de
eso, vio que los muros de la cámara estaban salpicados de orificios. Algunos estaban
por encima de sus cabezas, incluso en el techo de la cámara. Otros estaban en las
paredes, y otros aun en el suelo de la cámara.
Todos los agujeros estaban alumbrados con colores diferentes y brillantes. Rojos y
verdes, amarillos resplandecientes y distintos tonos de azul; todos los colores que
Clive conocía y otros que nunca había visto.
—¿Qué opináis vosotros? —preguntó a los demás, después de examinar los
distintos orificios.
—Creo que no tenemos futuro en este huevo de Pascua —dijo el sargento Smythe.
—Es una maravilla nunca vista —comentó Clive.
Usuaria Annie se había situado junto a él. Clive sintió el calor de su cuerpo y
advirtió que temblaba ligeramente. La atrajo hacia sí, olvidando su campo eléctrico
que, por suerte, estaba desconectado.
—Salida del programa —indicó Annie.
Clive estuvo tentado de entrelazar sus dedos con los de ella para intentar llegar a
una comunión con la muchacha, pero aquel no era el momento.
Chillido produjo un sonido metálico con sus mandíbulas, el primero que hacía (al
menos, el primero que Clive percibía) distinto de su espeluznante grito. La araña
señaló hacia los agujeros de la cámara ovoide.
Lo que quiso significar era obvio. No podían quedarse allí. Tenían que elegir cuál
salida tomar (o sea, una salida que pudieran alcanzar) y tenían que actuar
rápidamente.
Clive dijo:
—Bien, ¿cuál va a ser? ¿Alguna sugerencia?
Finnbogg prefirió no participar en un debate. Saltó hacia el agujero más próximo,
un disco brillante que arrojaba una luz de color de aguamarina.
Clive se volvió, intentando detenerlo, pero no fue necesario. Finnbogg se había
quedado desconcertado: pisaba lo que parecía ser una superficie de luz pura, pero
sólida.
Horace Smythe se acercó con cautela a un agujero escarlata, primero tanteándolo
con la punta del pie, luego plantándose encima con firmeza.

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—Pruebe, comandante —dijo sonriendo—. ¡Hace cosquillas! ¡Ciertamente podría
alegrar al más triste!
Detrás de Finnbogg, Annie estaba tomándole gusto al juego, saltando de orificio
en orificio, botando en sólidos discos de amarillo, verde y anaranjado.
Clive sonrió, saltó a un círculo de brillante magenta… y sintió que se hundía en él.
Y, mientras pasaba a través del agujero, la única sensación que tuvo fue un agradable
hormigueo danzando por su piel.
Usuaria Annie lo siguió, luego Finnbogg, con expresión feliz y aliviado de que no
lo hubiesen dejado atrás.
Clive oyó un roce a sus espaldas; miró por encima de su hombro y vio que
Chillido también entraba por el agujero. Así pues, ella no los abandonaba.
Al menos, todavía.
Un instante después, Clive sintió que caía en picado. Observó que la iluminación
magenta provenía de las paredes del tubo, así como antes, en la cámara en forma de
huevo, había provenido de los átomos del aire.
Quizás había pinturas o inscripciones en el interior del tubo, pero, si era así,
pasaron relampagueando tan rápidamente que Clive sólo tuvo vagas impresiones.
Mientras bajaba deslizándose, meditó sobre la singularidad de las aberturas de
diferentes colores. Por un momento, había parecido como si sus compañeros
hubieran podido elegir qué salida de la cámara ovoide tomar. Pero todas estuvieron
cerradas (al menos, todas las que habían intentado) hasta que Clive probó de
mantenerse en pie en el disco magenta.
¡Alguien, o algo, había decidido aquella opción por encima de ellos!

* * *
La caída los condujo a la parte alta de una pendiente. Clive esperaba contemplar algún
panorama exótico, pero resultó sorprendido, aunque, en modo alguno, decepcionado.
Una ladera cubierta de vegetación se extendía hacia abajo ante ellos y formaba un
valle próspero.
Junto a él, Horace Hamilton Smythe exclamó:
—¡Vaya, si es como estar en casa!
Finnbogg emitió un sonido que tenía evidentemente el mismo feliz significado.
El paisaje era en verdad muy parecido a algunos de Inglaterra. Colinas onduladas,
prados verdes y senderos ocres de tierra. Incluso había casas de campo con techo de
paja y, a lo lejos, donde la vista de Clive apenas llegaba, una casa impresionante
solariega, construida en un clásico estilo Tudor.
Se frotó los ojos. «¿Es Inglaterra?». Levantó la cabeza, con enormes deseos y una
cierta esperanza de ver el cielo inglés, con sus nubes henchidas y su amigable sol en
algún punto del distante horizonte.

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Pero el horizonte no se extendía a lo lejos, como debería. En la distancia, la tierra
se levantaba de tal modo que los objetos diminutos y remotos colgaban por encima de
los más cercanos. Un poco más lejos, el paisaje se oscurecía bajo la niebla acumulada.
Y, por encima de sus cabezas, en lugar del cielo azul y del sol amarillo, Clive
percibió una constelación de estrellas minúsculas, girando en una danza eterna en
torno a algún centro común. Parpadeó y se volvió. Quizá deberían emprender la
retirada por el túnel que habían usado para entrar en aquel mundo al revés.
Pero la boca del túnel ya no se veía por ninguna parte. Y no era la primera vez
que, desde que se había embarcado en aquella aventura, se daba cuenta de que no
había camino de regreso.
La poderosa mano de Chillido agarró la de Clive, y una voz metálica y chirriante
dijo a su mente: No, Clive Folliot, esto no es Inglaterra.
Clive comprendió que había oído el chirrido de las mandíbulas de Chillido. Sabía
que el lenguaje de ella era un lenguaje más ajeno al suyo que el dialecto más exótico
del Tíbet o de los aborígenes australianos. Pero, mientras mantuvo el contacto con
ella, la comprendió.
¿Por qué nos trajo aquí?, preguntó Folliot al ser-araña.
Te he esperado durante larguísimo tiempo, Clive Folliot. A ti y a tus compañeros.
Pero… ¿por qué? ¿Qué tiene que ver usted con nosotros? Existen unas fuerzas y unas
personas que operan detrás del escenario, que nos manipulan a todos. ¿Quiénes son?
¿Cuál es su objetivo?
El rostro de Chillido se retorció en su espeluznante versión de la sonrisa.
¿Cuál es tu objetivo, Clive Folliot?
Encontrar a mi hermano.
Chillido tendría que haber sabido esto gracias a su comunión mental anterior.
Pero, obligado a cuestionarse sus propios motivos, se encontró preguntándose a sí
mismo si realmente quería encontrar a Neville. Sería más feliz si Neville estuviese
muerto… o perdido para siempre en la Mazmorra (un final deseable casi por igual).
De algún modo, Clive encontraría la manera de regresar a Inglaterra, y llegaría a
tiempo de tomar posesión de las propiedades y tierras de los Tewkesbury, y de la
fortuna familiar. Habría solucionado su vida, ya fuera con la fama y la fortuna que le
podría dar un libro, o sin ellas.
Clive no pudo determinar cuánto de su pensamiento había comprendido Chillido.
En cualquier caso, ella soltó su apretón y echó a correr pendiente abajo con sus cuatro
patas. Clive consideró por un momento la posibilidad de dirigirse hacia otra parte,
pero percibía en Chillido una voluntad bondadosa y una fuente de energía que no
podían tomarse a la ligera. Se volvió hacia sus compañeros.
—Permanezcamos juntos, entonces. Sea lo que sea lo que acontezca, lo mejor es
que sigamos juntos, que aunemos nuestros esfuerzos y nos ayudemos mutuamente.
Sólo Finnbogg parecía tener alguna idea de su paradero. Se puso a corretear como
un perro por la pendiente, de un lado a otro, buscando con el morro, con las aletas de

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la nariz en tensión. Pequeños gemidos de congoja salieron de su garganta.
—¿Qué ocurre, viejo amigo? —le preguntó Clive.
—Mal sitio, mal sitio. —Finnbogg chocó con Clive y casi lo echa al suelo. Era
evidente que quería que alguien le proporcionase ánimos, y Clive le frotó la cabeza.
—¿Por qué es un mal sitio, Finnbogg?
Annie y Horace los observaban. Chillido había llegado a los pies de la ladera, y
miró hacia ellos.
Después de un instante, siguió de nuevo su camino.
Clive comprendió que debía tomar una decisión difícil. Acababa de determinar (o
así lo creía) que seguiría a Chillido, pero Finnbogg estaba poco dispuesto a continuar,
al menos por el momento. De modo que tenía que decidirse entre seguir al ser
arácnido y abandonar a Finnbogg, o permanecer junto a su corpulento amigo.
No pudo abandonar a Finnbogg. Dejó de observar a Chillido y miró
tranquilizadoramente en los grandes ojos líquidos de Finnbogg. Cuando se volvió de
nuevo, Chillido había desaparecido. Pero Annie y Horace, para satisfacción de Clive,
habían permanecido a su lado.
Clive repitió su pregunta a Finnbogg.
—Malos nihonjines aquí. Como nadie más. No como gente de Finnbogg, no
como gente de comandante, no como q’oornanos. No como ningún gaijín. Malos
nihonjines matan a todos, a todos, a todos. —Y soltó un suspiro que podría haber
sido cómico si su tristeza no hubiese sido tan profunda y tan sincera.
—¿Nihonjines? —exclamó Annie—. ¿Gaijines?
—Sí, sí —jadeó Finnbogg—. ¿Annie conoce nihonjines?
—Alta probabilidad, Usuario Finnbogg. ¿Nihonjines andros? ¿Femmes?
Finnbogg sacudió la cabeza perplejo.
—Eh… ¿nihonjines chicos o chicas?
—¡Todos chicos, todos chicos, sí! Nihonjines aquí, ooh, malos, malos.
—¿De qué están hablando? —preguntó Clive.
Antes de que Finnbogg o Annie pudieran responder, Horace Hamilton Smythe
dijo:
—Creo que sé a lo que se refiere, mi comandante.
—¿Sí?
Mientras hablaban, los cuatro habían descendido desde la base de la colina, hacia
el lugar en donde habían visto a Chillido por última vez. Clive miró a su alrededor,
buscando al arácnido, pero sin resultado.
—Sí, mi comandante —asintió Smythe.
—¿Bien?
—¿El comandante ha ido alguna vez al este?
—No más lejos de Zanzíbar, Smythe.
—Yo he estado más lejos, mi comandante. He estado en el lejano este. Por lo que
puedo recordar, mi comandante, los japoneses llaman a su país Nipón o Nihón. Y se

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llaman a sí mismos nihonjines.
—¿Aquellos pintorescos hombrecillos?
—Son mucho más que eso, mi comandante.
—Sí, he visto sus pinturas y sus cerámicas. Muy encantadoras. He asistido a un
par de conferencias acerca de sus costumbres. Creo que una vez conocí a uno de ellos.
Lo tomé por un chino y el pobre pareció enfadado. No veo por qué. Se parecen
mucho, vienen del mismo rincón del mundo, de aquel oriente que Dios sabe dónde
está, ¿no? ¿Qué diferencia hay, eh? Pero el chico se puso un poco insistente al
respecto, no quería que la cosa quedase así. Al final, tuve que disculparme. Vaya con
el chico maniático, digo yo.
—Sí, mi comandante. —El rostro de Smythe expresaba una neutralidad completa.
Clive miró en torno suyo. Annie se había sentado en el suelo y estaba hablando
animadamente con Finnbogg. Le hacía preguntas y él movía su gran testa asintiendo
o negando.
—¿Se llaman nihonjines a sí mismos, no? —dijo Clive a Smythe—. Bien, no
comprendo por qué al viejo Finnbogg le preocupan tanto. Si sólo son un puñado de
individuos bajitos y bien educados, cuyos únicos intereses son cuidar las flores, beber
té e ir vestidos con aquellos curiosos vestidos, sea como sea que los llamen.
—Quimonos, mi comandante.
—Así es. —Clive se dirigió a Finnbogg—. Bien, viejo amigo, si crees que estos
nihonjines son tan malos, me pregunto qué es lo que propones que hagamos. ¿Estás
seguro de que viven por aquí? ¿Crees acaso que hemos atravesado la tierra como un
personaje del señor Dodgson? ¿Y hemos emergido en el Japón?
—Nihonjines aquí. Finnbogg lo sabe. Sabe cosa de nihonjines. No muchos, pero
muy mala gente, muy feroces. Hasta q’oornanos tienen miedo de nihonjines, amigo
Clive.
—¿Qué hacemos pues?
—¿Podemos volver? —El can señaló la cima de la colina, detrás de ellos. El
agujero a través del cual habían emergido era una meta ilusoria—. ¿Regresar a casa
posible? ¿Regresar al río?
—Echemos un vistazo. —Clive señaló vagamente hacia el lugar por el que habían
salido.
Finnbogg se alejó de los demás y echó a correr colina arriba. Clive, Annie y
Smythe lo siguieron, con grandes esfuerzos y jadeos. La ladera de la colina estaba
cubierta de árboles pequeños y de matorrales. Había sido mucho más fácil descender
que subir, y todos excepto Finnbogg usaban la vegetación como asideros para
ayudarse en la ascensión.
El can llegó arriba mucho antes que sus compañeros. Saltó al lugar por el que
habían emergido… y rebotó. Golpeó el suelo con sus puños macizos, lo pataleó con
sus grandes pies, sin resultado. Tiró de los matorrales con sus gruesos dedos, brincó
por los alrededores, olisqueó el suelo y aulló miserablemente, pero sin encontrar el

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conducto brillante.
—No podemos regresar —gimoteó—. Perdidos. Finnbogg está perdido. Amigos
de Finnbogg perdidos. Todos perdidos. Oh, vienen los nihonjines. Servirán a
Finnbogg asado para la comida.
—¿Son caníbales? —dijo Clive sin aliento.
Finnbogg gimió.
—No tomaría demasiado en cuenta los temores de este chucho —aconsejó
Smythe.
—¿Eh?
—Finnbogg tiene una mentalidad simple, comandante. Y ya hemos visto cómo le
gustan los cuentos fantásticos. Además, ¿dónde aprendería esto de los nihonjines? No
creo que haya estado antes por aquí. Tampoco parece que conozca especialmente el
sitio. A lo mejor nos está contando un cuento de viejas… o el equivalente perruno, si
me comprende usted, mi comandante.
Clive recorrió el paisaje con la vista, protegiéndose los ojos con la mano. Era tan
endiabladamente normal, pensó.
Y paradójicamente era el lugar más extraño de todos. Intentó reconstruir sus
experiencias desde la entrada a la Mazmorra por el corazón de rubí, en el Sudd.
¿Cuál era la naturaleza de la Mazmorra?
Al principio había parecido un mundo comparable a la Tierra, a pesar de su
propia rareza. Un planeta negro que rotaba en soledad, con los millones y millones de
estrellas que Clive conocía, todas a un lado, y la misteriosa espiral de estrellas al otro.
Al dar vueltas, cada punto de la Mazmorra miraba primero hacia los millones de
estrellas (lo que Clive llegó a concebir como el universo conocido) y luego hacia la
espiral que sentía que contenía la respuesta al misterio de la Mazmorra.
Pero cuando uno pasaba a un nivel diferente, todo cambiaba.
Hubo el extraño tren aéreo, con sus vagones que parecían arrancados de
diferentes épocas y espacios.
Hubo la extraña caída del tren, cuando Clive y sus compañeros perseguían a Philo
Goode y a sus compinches.
Hubo la cámara ovoide con sus brillantes discos multicolores. ¿Por qué todos los
discos, salvo uno, habían permanecido cerrados e impenetrables mientras que el que
los había llevado a la ladera de la colina se les había abierto sin esfuerzo?
La estructura de la Mazmorra era un misterio, tanto como sus propósitos.
—Comandante…
Clive parpadeó.
—¿No haríamos mejor en continuar avanzando, mi comandante?
—¿Hacia adonde, Smythe?
—No lo sé, mi comandante. Usted es el oficial al mando. Esperaba que nos
pudiera ofrecer un plan, mi comandante. —El rostro de Smythe era tan afable y
esperanzado como el de un niño inocente.

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—Bien, supongo que no tiene ningún sentido permanecer aquí sin hacer nada. Me
gustaría saber adonde ha ido Chillido, pero parece que no vamos a ganar nada dando
vueltas por la colina. Puede que nunca regrese. —En realidad, no creía aquello,
aunque sentía que Smythe también tenía razón. La pasividad no era el medio de
sobrevivir en la Mazmorra.
—Propongo que sigamos un camino que descienda siempre —sugirió Clive—.
¿Cuál es su opinión, Smythe?
—A falta de otra información, mi comandante, en general es una buena idea.
Conduce al agua y, la mayoría de las veces, conduce a algún poblado de la zona. Y es
más fácil para la tropa. Sólida doctrina militar; estoy seguro de que el comandante la
recordará de la instrucción con la Guardia.
—Muy bien…
—Sólo que, mi comandante, si se me permite la opinión, quizá la señorita Annie
podría usar su aparato para proporcionarnos un mapa, una vez más.
—Sí, espléndida idea. —Miró hacia la joven.
Sin una palabra, esta introdujo la mano en el interior de su blusa e hizo algo en el
Baalbec A-nueve.
—¿Así está bien?
En el aire delante de ellos apareció una imagen tridimensional del paisaje que
tenían ante sí. Se parecía a una de las maquetas que los oficiales del general Leicester
utilizaban para representar problemas tácticos, en la preparación de las maniobras de
la Guardia.
Clive identificó la ladera en donde se encontraban. Pero en vano buscó la
representación del disco brillante por el cual habían emergido. Colinas y valles se
extendían ante ellos, y unos pocos riachuelos suaves se unían a otros para formar
corrientes mayores. En algunos casos, cuando el intangible modelo abarcaba lo
suficiente, Clive vio adonde conducían las corrientes: a lagos, a ríos y, por fin, al mar.
Y, evidentemente, a pueblos distantes que alimentaban su esperanza de llegar a
comprender la Mazmorra, y quizás incluso de escapar de ella.
¿Habría un puerto? ¿Habría barcos y marineros que conociesen la geografía
completa de aquel mundo?
A la derecha de los viajeros, más allá de unas suaves colinas, el modelo mostraba
un llano horizontal, un poco mayor que un gran prado.
Todo el paisaje que el modelo exhibía era tranquilo, bucólico, inmóvil. Todo
excepto el prado.
Allí, algo se movía.

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21

¡Nihonjines!

—Vamos a averiguar qué es —ordenó Clive. Annie movió su mano, y la fantasmal


reproducción desapareció.
Emprendieron la marcha, Clive y Horace Smythe en cabeza, y Annie
inmediatamente después, para dar fuerzas al pobre Finnbogg, que temblaba y
gimoteaba: lo asustaba la perspectiva de seguir, pero aún más lo asustaba la de
quedarse atrás.
No tuvieron tiempo de calcular cuánto tardarían en llegar al siguiente grupo de
colinas, ni tuvieron que dar la vuelta a la ladera recubierta de hierba para descubrir
qué era lo que se había movido en el prado. Algo apenas mayor que un punto móvil
avanzaba rodeando la base de la colina más cercana.
Clive miró atentamente.
—¿Qué es aquello?
—No podría decirlo, mi comandante. Pero viene por nuestro camino. Pronto lo
sabremos.
Los cuatro compañeros continuaron adelante, colina abajo, mientras el objeto
seguía acercándose.
—Parece…, parece un vehículo. Un carro, quizá.
—No me gusta esto, mi comandante. No sé muy bien qué es, ni sé quién hay
detrás de todo esto. Pero me temo que Finnbogg tenía razón acerca de esos japoneses.
Clive movió la cabeza.
—No importa quiénes sean, Smythe; tenemos que buscar ayuda en cada ser
amistoso con que nos encontremos en este lugar olvidado de Dios.
—En mi opinión, comandante, no creo que tengan intenciones amistosas.
Mientras tanto, Finnbogg gimoteaba acurrucado detrás de Annie. Esta se había
detenido y, haciéndose sombra con la mano, oteaba el vehículo que se aproximaba.
—No es un carro —dijo Clive—. Se parece más a alguna especie de bicicleta, o a
una especie de silla. Fíjese en aquellos dos tipos pedaleando, uno junto al otro. Y
aquellas… ruedecillas… en lugar de ruedas. Y aquel hombrón sentado detrás.
El artilugio estaba ya al alcance de la voz, a una distancia ciertamente menor a la
longitud de un campo de rugby. Clive distinguía ahora a los dos hombres que se
inclinaban en sendos manillares, haciendo girar con regularidad los pedales que
transmitían el movimiento a las ruedecillas, las cuales a su vez hacían avanzar al
vehículo. El hombre sentado en el centro del asiento trasero del artefacto tenía los
brazos cruzados sobre el pecho. Mientras la máquina iba avanzando a saltos, alargó la
mano hacia un lado, tomó un instrumento singular y lo sostuvo delante de su rostro.
—¿Qué es aquello? —preguntó Clive.
—Se parece a un catalejo —respondió Smythe—. Dos catalejos, unidos. Me da la

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impresión de que el tipo nos está observando.
El hombre bajó el instrumento.
—Fíjese, mi comandante. En realidad, los otros dos cargan con él, ¿no? Y ponen
todo su empeño en ello. Hacen avanzar el carro con una rapidez endiablada.
Cuando el vehículo estuvo más cerca, pudieron oír cómo repiqueteaban sus
mecanismos y cómo tañían sus hierros, igual que haría un carruaje saltando por los
baches de un camino del Sussex rural. Se detuvo en seco a pocos metros de Clive y de
los demás. Los dos pedaleadores saltaron de sus sillines y se colocaron entre el carrito
y el grupo de Clive. Tenían la piel bronceada y su rostro mostraba las características
orientales; los dos aparentaban tener una cuarentena de años. Vestían los restos de un
uniforme militar de color caqui, lleno de remiendos pero cuidado con esmero;
llevaban trozos de tela a modo de polainas y calzaban botas improvisadas.
El hombre que montaba detrás permaneció inmóvil, sin abandonar el carro.
Parecía tener unos diez años más que los otros y vestía con más cuidado. Señaló hacia
Annie y gritó una orden en una lengua que Clive no comprendió.
Folliot se adelantó y, hablando en el dialecto local, le pidió que les diera a conocer
su identidad.
El hombre pareció sorprendido, pero se recobró y cambió de su propia lengua al
dialecto.
—Soy el sargento Chuichi Fushida del destacamento aerotransportado de la
Armada Imperial Japonesa. Y ustedes son mis prisioneros. Nos seguirán a la base.
—Ni pensarlo —replicó Clive—. Sargento, por favor —dijo volviéndose hacia
Horace Hamilton Smythe—, quizás es mejor que sea usted quien trate con ese tipo.
—Comprendido, mi comandante —contestó Smythe—. Soy Smythe, sargento
mayor del Quinto Regimiento de la Guardia Montada Imperial de Su Majestad. Quizá
podamos llegar a un acuerdo, ¿verdad, sargento? ¿Me repite su nombre, por favor,
Fushida?
El oriental pareció absolutamente perplejo.
—¿Guardia Montada? ¿Su Majestad? ¿Cuál Majestad? ¿Qué Guardia Montada?
Ahora le tocaba a Smythe mostrarse atónito.
—¿Qué Majestad? Vaya, Su Majestad Imperial la reina Victoria.
El sargento japonés frunció el entrecejo.
—¿Victoria? ¿De Inglaterra?
—La misma.
—La reina Victoria murió hace ya años. —Y gritó una orden a sus subordinados.
Estos se acercaron al carro y sacaron dos carabinas. Al final de cada arma sobresalía
una brillante y pulida bayoneta.
Annie había permanecido inmóvil, contemplando con mirada absorta durante
toda la conversación.
Finnbogg estaba hecho un ovillo detrás de ella, gimiendo y temblando.
Los dos japoneses armados avanzaron hacia ellos blandiendo sus armas.

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—Esto no ha funcionado, comandante Folliot. Será mejor que nos defendamos. —
Y Smythe alzó su garra cibroidea.
Clive siguió su ejemplo.
El primer soldado se dirigió hacia Folliot y Smythe, y el otro hacia Annie y
Finnbogg.
—No obstante, no parece que nos vayan a disparar —dijo Smythe—. Quizá no
tengan municiones.
Finnbogg retrocedió, sacudiendo la cabeza de miedo, y soltó una retahíla de
gemidos y gimoteos.
Annie puso la mano dentro de su blusa para conectar el campo eléctrico, pero el
soldado que estaba más cerca de ella ya había levantado la carabina hacia atrás para
golpearle la cabeza con la culata. Con un giro vertiginoso, el arma chocó con el
costado de su cráneo y ella se desplomó en el suelo sin emitir sonido alguno.
Horace Hamilton Smythe hacía fintas y esquivaba las acometidas del segundo
soldado y usaba su garra como puñal. Tenía una clara desventaja, ya que la carabina y
la bayoneta proporcionaban al soldado japonés un mayor alcance.
La garra golpeó contra la bayoneta y resbaló por el cañón de la carabina. El
soldado dio vuelta su arma y lanzó en un arco la culata contra Smythe, que esquivó el
golpe con un salto.
Clive echó a correr hacia Annie, pero llegó antes a donde se encontraba Finnbogg,
acurrucado en el suelo.
Folliot le dio un puntapié furioso y le gritó:
—¡Levántate, maldito cobarde! ¡Tenemos un combate ahora! Levántate y
demuéstrales quién eres. —Finnbogg se aplastó aún más contra el suelo.
—No —gimió Finnbogg—. No-o-o-o. Nihonjines matan a todos, asan a todos, se
comen a todos. ¡No se coman a Finnbogg! ¡Idos, nihonjines! ¡Vete, hombre Folliot!
Folliot se inclinó hacia el ahora débil Finnbogg, lo cogió por los hombros y lo
zarandeó, encolerizado por su timorato comportamiento. En ese momento, sintió un
golpe en la nuca y cayó, aturdido, sobre Finnbogg. Parpadeó. El cielo resplandeciente
se tornó un torbellino. Durante un instante vio el malévolo rostro de uno de los
soldados enemigos que se inclinaba hacia él y alzaba verticalmente su carabina con la
culata hacia abajo, justo encima de su frente. Era evidente que el japonés intentaba
machacar su cráneo con la madera del arma, en lugar de destriparlo con la afilada
bayoneta que brillaba a la luz del sol.
Fue un momento de una clarividencia y una calma extrañas. Clive sintió como si
se hubiera liberado de su cuerpo. Se vio tumbado de espaldas, mirando con los ojos
entrecerrados hacia el cielo. Vio al soldado japonés observándolo fijamente. Vio la
carabina, un pequeño rifle con mango de madera y una placa de textura maciza en la
cantonera de la culata. Se dio cuenta de que aquella placa, bajo el peso de la madera y
del acero del arma, y empujada por los musculosos brazos del soldado, aplastaría su
cráneo y clavaría fragmentos de hueso en su cerebro: en un instante su vida quedaría

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reducida a la nada.
Incluso se apercibió, con curiosidad, de una bisagra justo detrás del cargador y del
protector del gatillo. Se preguntó para qué serviría aquel mecanismo y, con una
punzada de tristeza, se dijo que no viviría para poder averiguarlo.
La luz del sol hizo destellar la pulida bayoneta y la carabina inició su descenso.
El soldado japonés pasó volando por encima de Clive, en un perfecto salto mortal,
y aterrizó, tambaleante, sobre sus pies.
La silueta de Horace Hamilton Smythe relampagueó sobre Clive.
Folliot consiguió incorporarse sobre sus manos y rodillas. Se sentó en cuclillas en
la hierba y observó cómo Smythe y el soldado japonés se enfrentaban. El singular
momento de calma irreal había pasado ya; y le silbaban los oídos y le dolía el cráneo, y
comenzó a sentir la náusea que sabía que llegaba con la contusión.
El soldado japonés arremetió contra Smythe. Ahora usaba la bayoneta y ejecutaba
a la perfección los ejercicios de una instrucción ortodoxa que Clive había visto cientos
de veces en los campos de entrenamiento y en las paradas militares de la Guardia
Montada Imperial.
Horace Hamilton Smythe iba armado sólo con su garra cibroidea, pero, para
sorpresa de Clive, el sargento la había colocado de nuevo en el cinto que sostenía sus
pantalones. En lugar de usar su propia arma, prefirió esquivar hacia un lado la
arremetida del soldado. Este, con todo su peso cargado en el impulso dado a la
bayoneta, fue fácil presa para Smythe. El inglés cogió al japonés por el hombro y el
codo y le añadió velocidad para que chocase con más fuerza con su pierna extendida.
El japonés saltó por los aires.
Aterrizó de espaldas y miró atónito a Horace Hamilton Smythe, el cual, de un
modo u otro, le había arrancado la carabina de la mano mientras giraba por los aires.
Se oyó un repiqueteo detrás de Clive. Se volvió y vio el carrito propulsado a
pedales que se alejaba a toda marcha por el camino de baches. El soldado japonés que
había tumbado a Annie de un golpe había cargado su cuerpo inerte en el carro. Ahora
pedaleaba furiosamente en su puesto, mientras su superior, el sargento, había
abandonado su rígida postura en el asiento trasero y había ocupado el puesto del otro
soldado.
—¡Deténgalos! ¡Se llevan a Annie! —Clive dio unos pocos pasos tambaleantes
como intentando perseguir al carro. Pero comprendió que era imposible que pudiera
alcanzarlo, aun cuando no hubiera estado medio aturdido.
—¡Al suelo, mi comandante! —Era la voz del sargento Smythe que provenía de
sus espaldas. Clive se lanzó de bruces al suelo y se volvió para ver lo que pretendía
Smythe. El sargento se había llevado al hombro la carabina japonesa y estaba
apuntando con cuidado al carro.
—¡No, Smythe! ¡Puede tocar a Annie! —gritó Clive.
Pero Smythe apretó el gatillo. Clive oyó el clic del martillo. El sargento bajó el
arma y abrió el cargador.

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—No hay munición. La recámara vacía y el cargador sin munición.
—¡Será mejor que corramos tras el carro, Smythe! —Clive hizo unos cuantos
pasos inseguros más y luego se detuvo, débil y mareado.
—Ahora no es el momento, mi comandante. Veamos qué podemos sacarle a ese.
Tenemos que preparar un plan. Tenemos que ver qué hacemos con Finnbogg
mientras lo llevamos a cabo. Malo que Madame Chillido se haya ido. Pero quizá la
volvamos a ver, mi comandante.
El soldado, tumbado en el suelo cerca de Smythe, consiguió ponerse a gatas. Y se
lanzó hacia el inglés. Sin preocuparse por mirar hacia atrás, Smythe se hizo a un lado.
El soldado pasó de largo disparado, cayó, y Smythe le pinchó las posaderas con la
bayoneta.
—De todas formas, estos chicos conservan su armamento limpio y las bayonetas
afiladas —murmuró el sargento—. Es una lástima que no pongan cartuchos en las
armas.
El soldado japonés empezaba a ponerse en pie de nuevo, pero Smythe lo detuvo
con una orden severa.
—Te vas a sentar donde estás, chico —dijo en el dialecto local—. Las piernas
estiradas por delante y las manos en la espalda. Así, buen chico. No quiero matarte,
pero ya has tenido demasiadas oportunidades y no te voy a dar otra. Comandante
Folliot…
Clive miró a Smythe. Este dudó un momento, y luego dijo:
—Mi comandante, ¿qué le parece si sostiene el arma un momento? Mantenga la
bayoneta apuntada a este tipo y, si intenta algo, hágale saltar las tripas al suelo.
Clive tomó el arma y permaneció en pie junto al prisionero.
Smythe se arrodilló junto al hombre y le desató las polainas de tela de los tobillos.
—Siempre me he preguntado para qué sirven estos trastos —murmuró. Pasó
detrás del japonés y con la polaina ató fuertemente los brazos del hombre a su
espalda. Y anudó un extremo de la segunda polaina en los puños del hombre, tal
como si hubiese sido una cuerda.
—No querría que este chico se nos escapase precisamente ahora.
Sin sacar ojo al prisionero, Folliot y Smythe examinaron la carabina. El sargento
descubrió el uso de la bisagra del mango: la carabina podía ser plegada, para ser una
carga menos voluminosa.
—¿Por qué queréis plegar una carabina en dos? —preguntó Smythe al prisionero.
El hombre tenía la mirada vacía más allá del sargento.
—Te he hecho una pregunta —dijo este con brusquedad.
El japonés continuó con la vista fija. Su semblante tenía una expresión más atónita
que desafiante.
—Quizás otra punzadita con su propia bayoneta, sargento Smythe —sugirió Clive.
Smythe lo consideró por unos momentos. Luego se retiró y se colocó en la más
rígida posición de firmes.

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—¡Soldado: nombre y rango! —bramó.
El japonés cuadró los hombros. Sus ojos se hicieron más brillantes, como si,
dentro de su confusión, se pusiera más alerta.
—¡Onishi, Shigeru, soldado raso, destacamento aerotransportado de la Armada,
sargento!
—¡Bien! ¿Dónde están acampados, soldado Onishi?
—¡Isla Onemak, en el atolón Kwajalein, sargento!
—¿Y el mando?
—¡Teniente Takamura, sargento! ¡Alférez Yamura, sargento! ¡Sargento Fushida,
sargento!
—¿Oyó hablar de estos sitios, mi comandante? —preguntó Smythe—. ¿Qué dijo?
Onemak, Kwajalein.
—Creo recordar Kwajalein —respondió Clive—. Una manchita de coral en el
Pacífico Oeste. No creo que el Imperio haya llegado tan lejos, por ahora. Y no sé por
qué alguien querría poseer aquel lugar. Quizá como punto de avituallamiento para
mercantes.
Algo daba tirones del tobillo de Clive, y de sus pies subían unos gimoteos. Se
volvió y vio a Finnbogg acurrucado en el suelo. Su cuerpo macizo continuaba
temblando y sus mejillas estaban mojadas de lágrimas.
—Cobarde —dijo Clive con desprecio—. Traidor. ¿Qué quieres, Finnbogg?
—Finnbogg lo siente, hombre Folliot —sollozó—. Finnbogg tanto miedo.
Nihonjines, nihonjines, malos hombres, nihonjines…
—No te preocupes. Ya lo sé. Los nihonjines asan a la gente para comérselos. Y
ahora tienen a Annie. ¡Tenemos que liberarla de sus garras!
—¡Los soldados japoneses no son caníbales! —soltó el soldado raso Onishi, que se
estaba recuperando. Aquellas eran sus primeras palabras voluntarias—. Obedecemos
la voluntad del emperador. Deberían saberlo, ingleses. Ustedes también tienen rey
propio.
—Una reina, no un rey. Pero así es.
—Rey.
—Vamos —dijo Clive exasperado—. La reina Victoria reina y todo va bien en el
Imperio. Ha sido nuestra soberana durante treinta y unos cuantos gloriosos años.
Desde 1837.
El japonés soltó una carcajada.
—¿En qué año cree usted que estamos, inglés?
—¡En el 1868, claro!
—En el 2603 según el calendario japonés. Año 76 de Meiji. Y, según su calendario
occidental, estamos en el año 1943.
Folliot se quedó con los ojos fijos en el rostro del otro.
El japonés perdió algo de la seguridad de sus afirmaciones.
—Estamos en la Mazmorra desde el 1943.

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El sargento Smythe se dirigió hacia donde estaba Clive Folliot, rodeando al
prisionero, y escudriñó al soldado:
—¿Desde 1943, eh? ¿Sus amigos están aquí desde 1943, eh? ¿La unidad entera?
¿Oficiales, sargentos y todo lo demás?
—¡Sí!
—¿Y cuánto tiempo hace que están aquí? ¿Cuántos años tenía cuando ocurrió?
¿Cómo ocurrió?
El japonés pareció todavía más confuso.
—No sé cuánto tiempo hace que estamos aquí. Hemos sufrido mucho. Llegamos
de noche. Hubo unas estrellas giratorias. Creímos que era alguna nueva arma de los
americanos. El general MacArthur, el almirante Nimitz, el presidente Roosevelt…, los
americanos tienen grandes líderes, y más armas que nosotros.
Un temblor sacudió el cuerpo del hombre.
—Pero ahora no son los americanos. Son los q’oornanos. Desde que estamos aquí
hemos sido atacados por monstruos y asaltados por bandidos. Los hombres
desaparecen. Las municiones se han acabado. El combustible se ha acabado; por eso
hemos convertido nuestros vehículos en carros a pedales. Nuestro aeroplano
Nakajima ya no vuela. El piloto, el sargento Nomura, se niega a que la despiecemos;
limpia y cuida del Nakajima como si fuese un altar sagrado. Podríamos sacar buenas
piezas del Nakajima. Ruedas, engranajes, buena plancha metálica.
—Entonces hace mucho tiempo que están aquí. No me ha dicho su edad.
—Tenía dieciséis años cuando llegamos a la Mazmorra.
Smythe dirigió una mirada especial al hombre.
—¿Se ha mirado en el espejo últimamente? ¡Mírese, soldado! Arrugas en el rostro.
Canas en el pelo. Si quiere saber mi opinión, debe rayar los cuarenta. Y si no los tiene
ya, se acerca mucho.
Onishi se encogió de hombros.
—Hace veinte años que están aquí —dijo Smythe a Folliot—. Quizás un poco más.
Según sus cuentas esto nos lleva a 1963. Parece que desde que llegaron aquí han
olvidado el paso del tiempo.
—Pero estamos en 1868 —insistió Clive.
—Para nosotros sí, mi comandante. Todavía no comprendemos muy bien la
Mazmorra, ¿verdad?
—Me gustaría que Du Maurier estuviese aquí, sargento. Usted no lo conoce, pero
esta es la clase de enigma que a su cerebro le gustaría descifrar. Quizá la Mazmorra
existe en algún camino del tiempo, supongo. Algún camino que está apartado del
nuestro. No sólo es un lugar diferente: es una especie diferente de lugar, donde la
geografía y la cronología no funcionan de la misma forma que en la Tierra. ¡Oh, cómo
le gustaría a Du Maurier!
—En 1963 —dijo Onishi— la guerra ya debería estar terminada. El general Tojo
habrá dictado las condiciones de paz al presidente Roosevelt. ¡El almirante Yamamoto

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habrá cabalgado con su caballo en la Casa Blanca!
—No sé nada de esto, soldado. Es un problema de su siglo, no del mío.
Lanzó una mirada de menosprecio a Finnbogg, y luego una más respetuosa a
Horace Smythe.
—Lo que nos interesa ahora es encontrar el destacamento del soldado Onishi y
rescatar a Annie.
—Oh, sí —gimió Finnbogg—. Rescatar a Annie, encontrar a Chillido, huir de
nihonjines. ¡Huir de nihonjines!
—¡Queda convocado nuestro consejo de guerra! —anunció Clive.

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22
Atolón Nueva Kwajalein

Fue Finnbogg quien se redimió a sí mismo, quien arriesgó su vida para salvar la de
otro: su gran cobardía, al final, no fue tan grande como su lealtad o su arrojo. Pero,
antes de que esto sucediera, Clive tuvo que encararse con él.
—Son hombres ordinarios, Finnbogg. No son diferentes del sargento Smythe o de
mí mismo. Y nosotros no te damos miedo.
—No, no miedo de hombre Folliot, ni de hombre Smythe.
—Entonces ¿por qué te asustan tanto los japoneses… los nihonjines?
—Nihonjines comen gente.
—¿Cómo lo sabes?
—Sé.
—¿Cómo, Finnbogg? ¿Te has tropezado con otros nihonjines antes? ¿Has estado
en esta parte de la Mazmorra?
El macizo animal negó con la cabeza.
—No aquí antes. Q’oornanos dijeron a Finnbogg. Enseñaron dibujos. Contaron
historias.
Clive y Horace Smythe intercambiaron unas miradas.
—Cuéntanos las historias que te explicaron, Finnbogg —apremió Smythe.
—¿No deberíamos ocuparnos primero de perseguir el carro en que se han llevado
a Annie? —interrumpió Clive.
—El carro corre demasiado, mi comandante. No lo podríamos atrapar
persiguiéndolo abiertamente. Tenemos que hacer algo mejor que eso. Tenemos que
coger a los nihonjines por sorpresa, si podemos.
Clive se frotó el mentón.
—Supongo que está en lo cierto, Smythe. Pero es demasiado duro permanecer
calmado y frío mientras Annie está en las garras de esos diablos.
—Sí, mi comandante. —Hizo un gesto a Finnbogg para que continuase.
—Q’oornanos dicen: nihonjines tienen Corona de Castillo. Quien lleve Corona se
convertirá en Señor de Castillo. Nihonjines no dejan a otros coger Corona. Matan a
quienes lo intentan. Los asan y se los comen.
—¿Los q’oornanos te dijeron esto?
Finnbogg asintió con un gesto vigoroso que lo hizo aparecer como
completamente humano.
—Pero… ¿por qué te habrán dicho todo esto? Te utilizaban sólo como vigilante
del puente, ¿no?
—Finnbogg era buen guardián. No dejaba pasar a nadie. Sólo dejó pasar a
hombres de Folliot. Dejó pasar a Clive Folliot. Y a hombres de Folliot.
—Sí. ¿Pero por qué los q’oornanos te contaron cosas de los nihonjines? Nunca
tuvieron la intención de que llegases a este nivel de la Mazmorra, ¿no?

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Finnbogg movió la cabeza, con la perplejidad dibujada claramente en sus
facciones.
—Él no lo sabe, mi comandante. —Smythe, sin sacar ojo del soldado Onishi, bajó
la voz para hablar con Clive—. El chico perruno no es tan inteligente, mi
comandante, me parece. Hay un montón de preguntas que el viejo Finnbogg no
puede responder, mi comandante. Le sugiero a usted que no pierda más tiempo con
un ser de tan pocas luces, ¿comprende lo que le quiero decir, mi comandante?
Clive miró a Finnbogg, y luego otra vez al sargento Smythe.
—Comprendido, sargento. ¿Qué propone ahora?
Smythe se volvió hacia Finnbogg.
—¿Qué más sabes de los nihonjines, viejo amigo? ¿Qué fue aquello de la Corona?
—Q’oordanos dijeron a Finnbogg, cuando era cachorro, que nihonjines matan a
todos, los asan y se los comen.
Por eso Finnbogg tiene miedo. Finnbogg lo siente, lo siente por amigo Smythe, lo
siente por amigo Folliot. Finnbogg ama a dulce Annie. Si nihonjines asan a Annie,
Finnbogg matará nihonjines. ¡Los matará! ¡Los matará! ¡Los matará a todos!
Los ojos del enano refulgieron y sus labios se retrajeron, revelando unas hileras de
dientes caninos, enormes y puntiagudos.
El soldado Onishi se agachó, intentando mantener a Horace Smythe entre él
mismo y el enano.
—¿Has recuperado el valor, Finnbogg? —Clive aún no estaba convencido de ello.
—Finnbogg siente haber tenido miedo, hombre Folliot. Próxima vez será valiente.
¡Próxima vez matará nihonjines si nihonjines hacen daño a Annie!
Clive se volvió hacia Smythe.
—¿Cree que podemos confiar en él… después de habernos abandonado en la
lucha?
—Creo que sí, mi comandante —dijo Smythe mirando a Finnbogg.
—De cobarde a valiente en un momento, ¿tan fácil es? Cuesta creerlo.
—Lo comprendo, mi comandante. Pero creo que a Finnbogg toda la vida le han
estado inculcando el miedo a los japoneses. Y nunca los vio, por lo que parece. Eran
como fantasmas para él. Horribles cocos de fantasía para asustar a los niños malos,
¿no? Y entonces, de repente, ahí están.
Señaló con la cabeza hacia el soldado Onishi.
—Ahora los hemos visto. Finnbogg sabe que sólo son humanos. ¡Bah!, además
tenemos uno como prisionero aquí, atado con una correa. Finnbogg no nos volverá a
fallar, comandante. ¡Apostaría la paga de un mes!
Clive se frotó los ojos con los puños. Las imágenes de Annie tumbada en el suelo y
raptada en el carro a pedales de los japoneses, lo perseguían y atormentaban. Por un
brevísimo instante se preguntó cómo el soldado había conseguido golpearla con la
culata de su carabina si ella tenía conectado el campo eléctrico de su Baalbec A-nueve,
pero en realidad no estaba seguro de que hubiese llegado a conectarlo.

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Annie había indicado que el Baalbec extraía su energía de la propia fuerza de su
cuerpo. Por esta razón, sólo lo utilizaba cuando la necesidad apremiaba. No lo llevaba
conectado si no había un peligro inminente. Si el soldado japonés la había cogido
desprevenida… O quizá lo había conectado. Un golpe rápido y seco con la carabina
podía haber resultado efectivo, de todas formas. Y, una vez que Annie había quedado
inconsciente, ¿habría continuado funcionando su campo eléctrico?
No lo sabía, no podía saberlo, y además aquel tema lo distraía de su problema más
inmediato: trazar un plan de batalla con el fin de liberar a Annie de sus raptores.
—¿Qué era esto de la Corona, viejo amigo? —El sargento Smythe seguía con su
intento de desenmarañar el ovillo de informaciones, supersticiones y temores de
Finnbogg.
Este, siempre voluble, de un cobarde rematado había pasado a ser un guerrero
temerario, impaciente por partir y hacer frente al enemigo.
Por su parte, el soldado Onishi, antes un militar agresivo, había intercambiado los
papeles con Finnbogg y se había convertido en un cobarde.
—Tienes que tranquilizarte —insistía Smythe—. No vamos a ir a ninguna parte
donde nos asen. Ahora dime, ¿qué es esto de la Corona? ¿Qué es lo que te contaron
los q’oornanos? ¿Algo que ver con los nihonjines? Vamos, Finnbogg, tienes que
hablar.
Finnbogg se dejó caer en sus posaderas. El impacto de sus macizos muslos
sacudió, literalmente, el suelo.
—Q’oornanos dicen: Señor de Castillo tiene Corona. No se puede ver Corona.
Corona como hielo, como cristal, como aire. Corona está allí, pero no se puede ver.
—Muy bien, ¿una corona invisible, pues? ¿Invisible? ¿Sabes lo que es?
—Sí, sí, Corona invisible. ¡Pero Corona visible cuando auténtico Señor la lleve!
¡Finnbogg lo sabe! ¡Q’oornanos lo saben!
—¿Qué Señor del Castillo, entonces? ¿Qué señor? ¿Qué castillo?
—No sé. —Ahora Finnbogg estaba abatido—. No sé. Un castillo, un señor. Sólo sé
lo que dicen q’oornanos.
—Muy bien, pues. —De vez en cuando Smythe echaba vistazos al prisionero; el
hombre estaba muy asustado por Finnbogg. Por otra parte, el japonés era bástate
dócil. Y el comandante Folliot estaba siguiendo el diálogo de cerca—. Ahora —
preguntó Smythe a Finnbogg—, ya que no sabemos nada acerca de este Señor del
Castillo, ¿te contaron los q’oornanos por qué el Señor del Castillo ya no tiene su
Corona? ¿Qué hacen los japoneses con ella?
Finnbogg balanceó su enorme testa, contento de poder responder a las preguntas
de Smythe.
—Nihonjines asaltaron Castillo. Hace mucho tiempo, nihonjines tenían cosa
voladora. Como carro, como tren, como enemigo volador en puente. Nihonjines
llegaron a Castillo con cosa voladora, mataron soldados de Señor, intentaron raptar
Dama. Gran batalla. Muchos soldados de Señor muertos. Muchos nihonjines muertos

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también. ¡Muchos muchos muchos! Nihonjines consiguieron Corona invisible de
Señor.
Pronunciaba la palabra invisible con regocijo. Para él era una nueva palabra. Clive
Folliot, que escuchaba en silencio el diálogo entre Smythe y Finnbogg, percibió el
placer que este experimentaba al emitir la palabra.
—Y luego, Finnbogg, ¿qué ocurrió luego?
—Soldados de Señor Castillo expulsaron nihonjines. Nihonjines huyeron
volando.
—¿Y no volvieron a atacar nunca más?
—Cosa voladora de nihonjines ya no voló más.
—Comprendo —asintió Smythe. Y lanzó una mirada a Clive Folliot.
—Sin combustible, ¿verdad, sargento? Y sin almacén de provisión de combustible,
aquí en la Mazmorra. Me pregunto con qué debía funcionar la cosa. Leña, carbón…,
tendrían que haber sido capaces de conseguir algo, ¿no le parece?
Smythe se dirigió al soldado Onishi, y tiró de la correa para atraer su atención.
—¿Qué es esto, soldado? ¿Tus camaradas tienen una máquina voladora?
¿Estropeada? ¿Sin combustible? ¿Por qué no la recargasteis con leña, eh?
El japonés frunció el entrecejo.
—El Nakajima precisa gasolina. No hay gasolina en la Mazmorra… o no hay
manera de conseguirla.
—¿Qué es gasolina?
—¡Combustible! ¡Combustible para motores! En su época no saben nada acerca
de ello. Es un líquido. ¿Tiene alcohol, inglés?
—¿Para beber?
—Nosotros —interrumpió Clive— utilizamos diferentes clases de alcohol en el
laboratorio de Cambridge. Es decir, los filósofos de la naturaleza. Es un líquido
inflamable, cierto. Imagino que podría usarse como combustible para un motor.
—¿Y esta máquina, esta Nakajima?
—Modelo noventa y siente —respondió el japonés—. Nos barrieron de Kwajalein
y nos lanzaron a la Mazmorra. Aquí hemos encontrado a otros, a otros hombres de la
Tierra y también a otras criaturas. Hemos aprendido el dialecto local. ¡Pero nosotros
vivimos juntos! ¡Soldados aerotransportados del Dieciséis! ¡Banzai!
—Sí, eso está muy bien, soldado Onishi.
—Sargento…, sargento Smythe. —Era evidente que el rango del otro había
aplacado a Onishi. Instruido en la tradición autoritaria de su imperio, obedecería a
cualquier militar de rango superior—. Sargento, ¿quién es ese? —preguntó indicando
a Clive.
—Es el comandante Folliot, soldado; ¡así que cuida tu lenguaje cuando hables con
él o de él!
Onishi tensó su cuerpo, estremecido por un ligero temblor.
—¿Y qué es esto de la Corona de que hablaba Finnbogg? —preguntó Clive—.

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¿Atacaron realmente un castillo y robaron una corona invisible? Me suena a cuento
de hadas.
—¡Es la verdad, comandante! Yo no estaba en el asalto. La Nakajima noventa y
siente normalmente sólo lleva tres hombres, cuatro como máximo. El teniente
Takamura posee ahora la Corona.
—¿Y este asunto de la invisibilidad?
—Es cosa cierta, comandante. La Corona…, cuando el teniente Takamura se la
quita, se puede ver, aunque apenas… Parece…, parece que escape al límite de la
visión humana. Incluso cuando uno la toma entre las manos (nunca se me ha
permitido tocarla, claro está, pero me lo han contado), incluso cuando uno la toma
entre las manos, tiene que mirarla con el rabillo del ojo, y entonces la puede
distinguir, y aún con dificultad. Movió la cabeza.
—Y cuando uno se pone la Corona (he visto al teniente Takamura), nadie puede
verla en absoluto.
—¿Te parece correcto esto, Finnbogg? —preguntó Clive.
—Q’oornanos dicen: cuando auténtico Señor de Castillo lleve Corona, ¡Corona
brillará como oro!
—¿Es eso cierto, Onishi? ¿Ha visto usted alguna vez brillar la Corona?
—No, señor.
—¿Quién la llevaba cuando su Nakajima atacó? ¿Vio alguno de sus oficiales
alguien que la llevase? ¿No le parece un cuento de hadas?
—No, señor. Pero nunca he oído decir a nadie que viese brillar la Corona, señor
comandante.
—Muy bien. Ahora, ¿cómo vamos a arrancar a Annie de las manos de los
compañeros de este chico? ¿Cree que aceptarían un canje, Smythe?
—Me parece que no, mi comandante. No conozco mucho del carácter oriental,
pero…
—¡Mucho más que yo, sargento!
—Como diga el comandante. Pero no creo que esos chicos sean aficionados a
canjear, no, mi comandante.
—Finnbogg irá a mirar. —El enorme can se puso a dar enormes saltos, haciendo
temblar la tierra.
—¿Mirar adonde, Finnbogg?
—Mirar allí. —Finnbogg señaló—. Carro vino de detrás de colina. Regresó a otro
lado de colina. Finnbogg irá a echar un vistazo.
—Pero ellos verán cómo te acercas. Y como tú, no hay ninguno.
Una sonrisa maliciosa (la primera que Clive le veía hacer) iluminó el rostro
macizo de Finnbogg.
—Finnbogg no rodeará colina. Irá por encima colina. Mirará desde arriba a
nihonjines.
—¿Ya no te dan miedo?

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—¡Ya no! ¡Vergüenza para Finnbogg! Finnbogg no volverá a tener miedo. —Y dio
una vuelta en torno al prisionero, pasando agachado por debajo de la correa que aún
sostenía el sargento Smythe. El soldado retrocedió ante Finnbogg, pero este agarró la
correa y tiró del soldado hacia sí. El hombre, aunque más bajo que Clive Folliot y que
Horace Smythe, se elevaba un palmo por encima del corpulento can.
Onishi estaba visiblemente agitado.
Finnbogg frotó su mandíbula contra el pecho del hombre y dio vueltas a su
alrededor, exhibiendo sus largos caninos. Cuando terminó, Onishi temblaba tanto
que tuvo que agacharse y ponerse de manos en el suelo para calmarse.
Finnbogg daba grandes brincos, riendo con una risa que helaba la sangre.
—Te creo, Finnbogg. Pero temo que te arrastre la pasión e intentes atacar el
campamento enemigo. ¿Puedes cargar conmigo hasta la cima de la colina, Finnbogg?
Podría andar, pero tardaríamos demasiado —dijo Clive—. Podemos explorarlo
juntos. Prométeme, Finnbogg, que cuando lleguemos allí permanecerás tranquilo.
Que te quedarás agachado. Sólo llegaremos a la cima de aquella colina, observaremos
y, cuando hayamos visto lo que hay que ver, simplemente regresaremos e
informaremos. No quiero ataques suicidas. No quiero héroes. Eres un miembro del
grupo y, para bien o para mal, yo soy el oficial al mando de nuestra pequeña unidad.
De modo que, si tú perteneces a ella, tienes que obedecerme. ¿Lo harás?
Finnbogg movió la enorme cabeza arriba y abajo, con la lengua colgando, como la
de un perro.
—Oh, sí, comandante Folliot, oficial al mando, sí, sí, sí. —Esbozó una tosca
versión del saludo militar y permaneció torpemente en un envaramiento parecido a la
posición de firmes.
—Me pregunto dónde habrá aprendido Finnbogg a hacer esto —murmuró el
sargento Smythe.
—Ahora todo lo que me preocupa es Annie —suspiró Clive.
—Muy bien, soldado Onishi —dijo Smythe—. Puede sentarse ahora. No intente
ninguna treta o es hombre muerto. ¿Cómo es que no tiene munición en su carabina?
Onishi, evidentemente aliviado por poder hablar de temas militares con otro
soldado, se sinceró. Clive permaneció alejado unos pasos, escuchando el diálogo sin
tomar parte en él. Después de todo, él era un oficial de carrera y aquellos dos sólo
eran hombres alistados en la milicia.
Clive Folliot sintió que uno de los poderosos brazos de Finnbogg lo levantaba y
cargaba con él: el can emprendía la marcha hacia la colina detrás de la cual había
desaparecido el carrito japonés.
—Comandante Folliot, ¿va bien? —preguntó Finnbogg. Cargaba con Clive como
una niña lleva una muñeca, como si el peso del hombre no significase absolutamente
nada para él.
—Voy bien —consiguió decir Clive—. Tú sólo preocúpate de llegar allí, Finnbogg.
Y avanzaron colina arriba saltando y botando. Clive sabía que quedaría más

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magullado al final de esta cabalgata que después del más fatigoso viaje a caballo, pero
esto no le importaba mucho.
Annie. Ella era su único pensamiento. Annie. El soldado Onishi había negado que
los nihonjines fuesen caníbales, y había parecido muy sincero, pero, si su unidad
había estado errando veinte años en la Mazmorra, cualquier transformación,
cualquier acusación contra ellos podía ser verdad.
¡Veinte años!
¿Y si en verdad se habían convertido en caníbales? ¡Veinte años!
De pronto advirtió que había otra posibilidad aun más atroz que la muerte de
Annie. Una banda de hombres, aislados durante veinte años en un mundo
inimaginablemente alienígena y lejos de su hogar… y, de repente, ¡en posesión de una
bellísima joven! Los dientes de Clive chirriaron de angustia.
La ladera de la colina corría bajo los ojos de Clive. Notó algo helado y húmedo en
su cabeza y volvió la vista hacia el cielo. Más allá de la silueta de anchos hombros y de
la gran testa de Finnbogg, el cielo que cubría la Mazmorra se estaba oscureciendo,
oscureciendo por la combinación de crepúsculo y de nubes cargadas de lluvia.
Otra gota golpeó la mejilla de Clive, y otra.
El viento empezó a pasarle silbando y la temperatura cayó en picado.
Al cabo de pocos minutos, el cielo fue gris oscuro. Unas nubes enormes e
hinchadas enturbiaron el cielo y el aire se cargó de humedad. Un rayo salió disparado
de una nube negra y permaneció visible por unos segundos antes de desaparecer. Un
instante después, un trueno retumbaba a través de los valles.
Clive miró hacia adelante. Se aproximaban a la cresta de la colina. Susurró un
aviso a Finnbogg. El poderoso can se detuvo y depositó con cuidado a Clive en el
suelo. Este le hizo una señal con la mano: abajo. Finnbogg asintió y se dejó caer al
suelo, agazapándose tanto como le permitió su imponente volumen.
Clive avanzó reptando y se asomó a la cresta de la colina. Un valle en forma de
cuenco se abría ante ellos, rodeado de montañas. Un riachuelo entraba por un
extremo de la depresión y salía por el otro. En el centro, el pequeño valle se
ensanchaba para contener un lago. Clive se preguntó la profundidad que podría tener.
Unas tiendas y cobertizos rudimentarios se levantaban a orillas del lago. Clive
intentó recordar sus nociones de geografía. La disposición de los cobertizos le era
familiar. ¡Sí! Si el lago fuera una laguna de agua salada…, si las colinas y los cobertizos
fueran arrecifes de coral, de poca elevación…, la forma podría haber sido casi idéntica
a la de un atolón del océano Pacífico.
Y los nihonjines habían recreado su última base, Kwajalein.
Y entonces la tormenta se descargó con toda su furia.

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23
La Sagrada

En el pequeño valle habían encendido hogueras, y los hombres, vestidos con sus
viejos uniformes meticulosamente cuidados y remendados, limpiaban sus armas o
preparaban el cocido para la cena.
No era claro para Clive qué comida estaban preparando, ni podía imaginarse de
dónde habían obtenido las provisiones. Había unas cuantas eras de terreno con
plantas dispuestas en prolijas hileras. Quizá los japoneses cultivasen algunos vegetales
y se procurasen algún alimento adicional por medio de la caza. Quizás hubiese peces
en el río que cruzaba esta Kwajalein de otro mundo, o en el estanque que había en
medio de su campamento.
Observó que los soldados sacaban brasas encendidas con palas, las cargaban en
recipientes de piedra y las llevaban a sus simples refugios. Era obvio que, si era verdad
que hacía veinte años o más que estaban encallados en la Mazmorra, tenían que
conservar casi con adoración sus fuegos como tesoros.
Pero ¿dónde estaba Annie?
Clive cogió a Finnbogg por el hombro e hizo un ademán hacia el campamento. En
principio, sólo había tenido la intención de hacer un reconocimiento de las posiciones
del enemigo, pero la tormenta le ofrecía una oportunidad que tardaría mucho en
presentarse de nuevo.
Los soldados ya se habían retirado a sus refugios. La guardia (si acaso montaban
servicio de guardia alguno, después de veinte años) se resguardaría apiñada en
cobertizos, empapada hasta los huesos por la lluvia, fustigada por el viento,
calentándose las manos con sus preciosos fuegos.
No había camino alguno que bajase por la ladera; sin embargo, el descenso de la
colina fue muy fácil. Clive fue avanzando de matorral en matorral, deteniéndose de
vez en cuando para apoyarse en un tronco de árbol y observar. El robusto Finnbogg se
había puesto a cuatro patas; para él la marcha era aún más fácil.
El único peligro radicaba en la oscuridad y la abundante lluvia. La hierba
completamente empapada se volvía resbaladiza y las zonas de terreno desprovistas de
vegetación se convertían en arcilla muy inestable y luego en barro que se desprendía
con la insistente lluvia que caía a cántaros.
A unos treinta metros del pie de la ladera y a diez más del cobertizo más cercano,
Clive se detuvo y se agachó tras una espesura de vegetación que le llegaba a la cintura.
La lluvia continuaba cayendo, pero ya habían aparecido signos de que pronto la
tormenta empezaría a amainar. Había agujeros en la negra capa de nubes, y un claro
de luz del enigmático cielo se reflejaba en la superficie del lago azotada por el viento.
Los refugios de los japoneses apenas eran visibles. Pero unas rendijas de luz
brillaban en la mayoría de ellos. En la orilla opuesta de la laguna pudo distinguir una
franja de terreno limpia de vegetación y apisonada. En un extremo de la franja

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aparecía una máquina aerodinámica, reluciente, diferente de cualquier cosa en que
Clive hubiese podido posar nunca los ojos. Si de alguna manera podía identificarla
con algo era porque se parecía remotamente a las increíbles máquinas que los artistas
visionarios dibujaban para publicarlas en los periódicos más sensacionalistas,
máquinas que se pretendía que podían volar por encima de los tejados de las casas e
incluso viajar a mundos distantes.
Aquello tenía que ser la Nakajima de la que el soldado Onishi les había hablado.
Clive sentía la lenta respiración de Finnbogg y le apoyó la mano en el brazo para
contener su ímpetu, mientras señalaba hacia el cobertizo más próximo. La tormenta
continuaba atronando, de modo que Clive podía hablar con Finnbogg sin peligro.
—No hay señal de Annie —susurró Clive—. Tenemos que localizarla.
Finnbogg gruñó para dar a entender que comprendía.
—Tenemos que separarnos, Finnbogg. Tenemos que continuar agachados,
mantenernos silenciosos, y echar un vistazo a cada cobertizo hasta que encontremos
dónde la tienen. Entonces…
—¡Entonces matar a nihonjines! —dijo Finnbogg con una voz cavernosa—. Matar
a malos nihonjines, salvar a buena Annie, volver con el hombre Smythe.
—No tengas tanta prisa por usar la violencia —murmuró Clive—. No sabemos
cuántos son, pero, por la apariencia de su campamento, deben de ser algunas docenas,
como mínimo. Tienen carabinas con bayonetas, aunque parece ser que sus
municiones se agotaron hace ya muchos años. Nuestras garras cibroideas nos pueden
ser de alguna ayuda, pero es muy difícil que podamos luchar contra todo el
campamento.
—Entonces, ¿cómo salvaremos a buena Annie?
—Si logramos deshacernos de un par de guardias y reanimarla… quizá pueda
hacer algo con su Baalbec A-nueve para ayudarse a sí misma.
Reanudaron la marcha.
Un enorme rayo unió cielo y tierra. Cuando un relámpago amarillo azulado
restalló y el olor de ozono llenó el aire, Clive distinguió con claridad el metal brillante
de la Nakajima: fue como si la máquina planease a través de los cielos, con la hélice de
tres brazos de su nariz girando, y el caparazón de cristal en su espalda cubriendo a
piloto y pasajero.
Fue la fantasía de un momento, lo sabía, y, sin embargo, un escalofrío le recorrió
el cuerpo. Si aquello era el producto del futuro de la Tierra, si aquello era un artefacto
del mundo del que provenía su querida Annie, era un futuro que deseaba ver y sentir,
si alguna vez se le presentaba la ocasión.
Avanzó de nuevo, ocultándose, hacia los cobertizos más cercanos. Finnbogg
estaba a su derecha; Clive le hizo un gesto, señalando el siguiente refugio. Se
separaron.
Clive consiguió llegar al refugio. Estaba hecho de maderas, escrupulosamente
pulidas y encajadas con precisión. Si los japoneses habían morado allí durante veinte

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años, habían hecho buen uso del tiempo construyéndose las casas con la habilidad de
auténticos artesanos.
Casi no había ni una rendija entre dos maderos, pero habían dejado una abertura
para la respiración y quizá para proporcionar al ocupante de la construcción una vista
del exterior. Clive se acercó y colocó sus ojos en la abertura.
¡Un uniforme de soldado apareció justo enfrente de Clive! Sólo el hecho de estar
encorvado encima de su carabina desmontada, limpiando cada pieza con el cuidado
con el que un tallador de diamantes observaría y limpiaría sus herramientas, salvó a
Clive de ser descubierto. El cobertizo contenía una sola habitación, escasos muebles y
pocos adornos. El recipiente de piedra, con el fuego que el soldado había traído del
exterior, dejaba caer una luz parpadeante en su rostro inexpresivo. Un artesanal
santuario religioso se levantaba contra una de las paredes.
El soldado tenía el pelo canoso y el rostro cubierto de arrugas.
No había señal de Annie.
Clive se retiró del cobertizo y avanzó lentamente hacia la izquierda, hacia el
siguiente, de similar arquitectura. Consiguió dar una ojeada dentro. Había dos
soldados sentados en el suelo, uno frente al otro, con el brasero de piedra a un lado.
Con su luz oscilante se entretenían en un juego, que se realizaba moviendo guijarros
blancos y negros en un tablero de madera. De vez en cuando uno de ellos murmuraba
unas pocas sílabas.
No había señal de Annie.
El tercer cobertizo adonde se acercó Clive estaba oscuro. No pudo distinguir nada
adentro, pero pudo oír el lento y regular respirar de un hombre dormido.
¿Eran todos los cobertizos viviendas individuales? Si era así, entonces tenía que
haber al menos uno vacío, perteneciente a uno de los dos hombres que jugaba con los
guijarros. Un cobertizo vacío podía servirle de escondrijo, de base de operaciones
para él mismo y para Finnbogg. O… ¡a lo mejor Annie estaba allí!
Clive avanzó de nuevo a campo traviesa.
Un grito en japonés seguido de una serie de bramidos, golpes, gruñidos y del
ruido de leña al astillarse, quebró el silencio de la noche. La lluvia casi había cesado, el
cielo se estaba despejando y ya había suficiente luz para ver con claridad el
campamento japonés con su laguna en el centro.
Con un estrépito, el tejado de un cobertizo saltó literalmente por los aires y chocó
contra el suelo. Las paredes de la pequeña construcción siguieron el mismo camino.
Dos japoneses uniformados salieron disparados del cobertizo agitando los brazos y
gritando. La robusta silueta de Finnbogg los perseguía de cerca. Detrás de ellos se
dibujaba una curiosa escena, iluminada por el fuego del suelo y por la luz del cielo.
Media docena de soldados japoneses yacían amontonados en un círculo. Algunos
de ellos se movían, otros gemían, y el resto, ni lo uno ni lo otro. En el centro del
círculo, atada a una silla de madera, había una mujer. Tenía el mentón hundido en el
pecho, pero levantó la cabeza cuando vio que Clive se acercaba, y le sonrió.

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—¡Annie!
—¡Clive!
Él corrió hacia ella y se puso a deshacerle las ataduras. Las cuerdas eran gruesas y
los nudos demasiado apretados para que él pudiera deshacerlos. Cogió una carabina y
consiguió quitarle la bayoneta. Y atacó los nudos con el filo del acero de la hoja.
—Han corrido a buscar ayuda, Clive. ¡Te cogerán! —dijo Annie con un sollozo.
—¡Les haré frente!
Más voces se levantaron en gritos de alarma y, entre ellas, pudo oírse el bramido
encolerizado de Finnbogg.
—Pobre Finnbogg —exclamó Annie—. Me ha visto aquí y ha enloquecido. Clive,
¿qué ha sucedido en nuestro campamento? ¿Dónde está Horace?
—Horace está bien. No se preocupe. Aquí, gire un poco las muñecas. Bien. Ahora,
hacia el otro lado. —Él se inclinó y cortó las cuerdas que le mantenían los pies atados
a las patas de la silla—. ¡Ya está libre!
Las voces se acercaban más y más. Unas luces de antorchas parpadeaban.
Un japonés entrado en años con atuendo de oficial y sable en mano conducía una
patrulla de soldados.
Clive se puso en pie de un salto, con la bayoneta en posición. Sin perder ni un
momento, Annie tomó una carabina de un soldado caído y se situó junto a Clive.
—Sea lo que sea lo que ocurra, Annie… —murmuró Clive—. Sea lo que sea…
El oficial gritó una orden y los soldados se detuvieron en seco. Luego se dirigió a
Annie y a Clive en japonés. Para asombro de Clive, Annie replicó en el mismo
lenguaje.
—¿Qué le ha dicho? —le preguntó Clive.
—Le he dicho que hable en el dialecto de aquí. De donde yo vengo, todo el mundo
conoce un poco el japonés, pero yo sólo sé lo más elemental y no creo que tú sepas
algo, ¿verdad?
—No, no sé nada. —Un torbellino de pensamientos giró en el interior del cerebro
de Clive, de temas que quería considerar cuando tuviese la oportunidad, de cosas que
quería decirle a Annie. Pero ahora no había tiempo—. Vamos a resistir —dijo Clive al
oficial—. Supongo que sus hombres nos van a vencer, pero les va a costar caro. Y sé
muy bien que preferimos morir antes que ser prisioneros.
Para su alivio, Annie añadió un gesto afirmativo. Estaba representando una
comedia ante el oficial japonés y, con el apoyo de Annie, la jugada parecía funcionar.
—Envaine el sable, señor —continuó Clive—. Confío en que usted es un oficial y
un caballero.
A pesar de que Clive vestía ropa de paisano, tuvo el suficiente porte militar para
convencer al otro.
—Soy el comandante Clive Folliot, destacado al servicio del Quinto Regimiento de
la Guardia Imperial de Su Majestad. ¿Y usted quién es, señor?
—Yoshio Takamura, teniente, regimiento aerotransportado Dieciséis de la

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Armada Imperial.
—Muy bien, señor. ¿Tengo su palabra de que ni usted ni sus hombres traicionarán
mi confianza? Si es así, mi compañera y yo dejaremos las armas y usted y sus hombres
harán lo mismo. Le doy mi palabra de honor como oficial y caballero de que no
intentaré nada contra usted ni le provocaré daño alguno.
El oficial japonés gritó una corta frase a sus subordinados. Estos bajaron sus
carabinas al suelo y armaron un par de pabellones como conos perfectos. El teniente
Takamura avanzó hacia Clive Folliot, con su sable cruzado delante de su pecho. Y se
detuvo apenas a treinta centímetros de Clive, con sus ojos pequeñísimos por debajo
de los del inglés, mirando el rostro de Folliot.
Lentamente el japonés alzó su sable. Durante un momento lo mantuvo en
posición horizontal, con su filo en dirección a Clive Folliot, al nivel del cuello de este.
Clive tenía la garra cibroidea en el cinturón de sus pantalones y continuaba en
posesión de la bayoneta. Comparó la fracción de segundo que tardaría en hundir la
bayoneta en el estómago desprotegido del otro con el tiempo que tardaría Takamura
en cortar con su sable reluciente la yugular igualmente expuesta y desprotegida de su
cuello.
Sus ojos se encontraron, y despacio, muy despacio y simultáneamente, Takamura
y Folliot introdujeron sable y bayoneta en vaina y anilla del cinturón. Con el rabillo
del ojo, Clive vio que Annie soltaba un suspiro de alivio.
—¿Qué está haciendo su demonio a nuestros hombres? —preguntó Takamura.
—¿Demonio? Ah… ¡Finnbogg!
El can había aparecido de nuevo. Avanzaba tambaleándose hacia el grupo; una
mezcla de sangre y barro recubría su forma achaparrada. Los soldados lo acosaban. Él
los cogía, los levantaba a peso y los lanzaba por los aires, pero continuaban
acercándose, pinchándolo con sus bayonetas, acorralándolo por todos lados. Parecía
un noble león africano acosado por una jauría de perros afganos.
—Finnbogg. Todo correcto —le llamó Clive—. Annie está bien.
El teniente Takamura gritó una serie de órdenes a sus hombres.
Estos abandonaron su ataque a Finnbogg, y el poderoso can cayó al suelo, a los
pies de Annie. Ella le pasó la mano por el pelo, rizando entre los dedos sus flequillos
llenos de barro.
—No es un demonio —dijo Annie al teniente—. Es mi amigo y protector. No le
haréis daño.
—Pero tú eres un ángel —dijo el teniente—, un ser sagrado.
Clive se quedó mirándolo, asombrado. Parecía estar suficientemente cuerdo, pero
si él y su unidad habían sido arrebatados de una guerra y abandonados a su suerte en
la Mazmorra, abandonados allí durante veinte años… ¿qué extraño sistema de
creencias no podían haber desarrollado? ¿Annie un ángel, un ser sobrenatural y
sagrado? ¿Finnbogg un demonio?
¿Y qué habrían pensado de Chillido? Era obvio que no habían tropezado con la

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aracnoide… ¡pero aún podían llegar a conocerla!
—Soy una mujer, teniente Takamura. No un ángel. Una mujer humana.
El oficial japonés soltó una larga y lenta exhalación entre sus dientes.
—Su soldado Onishi está en nuestro campamento, en el valle de al lado —dijo
Clive—. Han sido traídos aquí desde el atolón Kwajalein, ¿no es así?
Takamura asintió.
—¿Y usted? ¿Es usted británico?
—Sí.
—¿Estaba en Singapur?
Clive negó con la cabeza.
—¿Rangún?
—Zanzíbar.
—¿Por qué está usted aquí? ¿Qué le ocurrió?
—Hemos sido traídos aquí, como ustedes, como muchos otros. Finnbogg (mi
demonio, como lo llama usted) no es sino otra clase de hombre, de un mundo
diferente del nuestro, teniente Takamura, y también fue arrebatado de su mundo.
Venimos de diferentes mundos y de diferentes tiempos. Ustedes son de 1943, nos dijo
el soldado Onishi.
—Sí.
—Yo soy de 1868. Annie es de 1999. Así que ya ve, teniente, todos somos víctimas
de Q’oorna, todos prisioneros de la Mazmorra. Las guerras que tienen lugar en la
Tierra ya no son nuestras guerras. Aquí no podemos ser enemigos. Aquí somos
amigos, hermanos.
El japonés puso la mano en el bolsillo y sacó un pañuelo. Con él se limpió el rostro
sudado. Era un gesto muy vulgar, pero para Clive fue extrañamente aliviador, un
signo de humanidad común que superaba sus diferencias de raza y de cultura, de
idioma y de época.
Takamura hizo una señal a sus hombres y estos trajeron sillas para Clive, para
Annie y para el mismo Takamura. Finnbogg se había sentado, ya feliz, en el suelo, y
reposaba con el rostro arrimado a la rodilla de Annie y los ojos cerrados.
—Le tengo que preguntar —prosiguió Clive— por qué sus hombres nos atacaron.
Aquí somos extranjeros, exiliados. No les habíamos hecho ningún daño.
—Los tomaron por enemigos. Por agentes de Q’oorna. ¿Cómo sabemos que Gran
Bretaña y América no están aliadas con Q’oorna contra el imperio del Japón?
—Esta guerra del futuro…, ruego para que nunca ocurra. Tiene que haber algún
medio de prevenirla. Delante de nosotros tenemos una oportunidad única en la
historia: conocer representantes de tres eras distintas y ver los acontecimientos del
mundo a través de los ojos de estas diferentes eras. Pero por ahora, ante el difícil
trance que compartimos aquí en la Mazmorra, ¡es una locura de las más desatadas
luchar unos contra otros!
—Tiene razón. Usted tiene razón y mis hombres están equivocados. Como oficial

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al mando, asumo la responsabilidad y el deshonor de sus errores. Por favor, acepte
mis disculpas, comandante. —Y el teniente hizo una reverencia con la cabeza.
«¡Dios mío!», musitó Clive para sí mismo, «¿no habré ido demasiado lejos?».
Había oído hablar en alguna parte de la curiosa práctica japonesa del harakiri, el
suicidio ritual para la expiación del deshonor. No de la culpabilidad, que era un
concepto familiar para un inglés, sino del deshonor. La diferencia era sutil, pero muy
real. Clive no quería…
—Sin embargo es muy comprensible, teniente. No piense más en ello. No se ha
hecho gran daño, de cualquier modo.
—¿Y su… Annie? —dijo Takamura—. ¿Ella también nos perdona?
—Os perdono —sonrió Annie. Levantó su mano y se frotó la cabeza, mientras un
gesto de perplejidad sustituía su expresión sonriente.
—Entonces brindemos. Nos las hemos arreglado para reproducir un pequeño
placer aquí en la Mazmorra. —Takamura gritó una orden a sus hombres. Entre la
retahíla de sílabas, Clive consiguió descifrar sólo la palabra sake—. Construimos un
pequeño embalse en el riachuelo que corre a través de nuestro valle —continuó
Takamura— para preparar un arrozal, y fuimos muy afortunados por poder cultivar
arroz después de sembrar el de nuestras provisiones. Y aprendimos a destilar sake.
Bebieron, cantaron y se contaron historias de la vida militar en el Imperio
Británico del siglo diecinueve y en el Imperio Japonés del veinte. Clive sintió que los
vapores del sake le subían del estómago a la cabeza. Se notaba cálido y relajado y veía
que unas manos bronceadas con uniformes caqui alcanzaban su vaso y le servían más
sake. El sabor del sake era placentero y la sensación que producía en su organismo
también lo era. Sintió que los párpados y la cabeza le pesaban, y en el momento de
hundirse en la cálida y confortable inconsciencia, se percató de que si Takamura
decidía traicionarlo por la noche, estaría por completo a su merced.

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24
Nakajima Modelo 97

Clive se despertó con los despojos de extraños sueños girando en torbellino en su


cerebro y las mazas de mil salvajes de Ecuatoria machacándole la frente. Parpadeó y
una llama abrasó las órbitas de sus ojos. Sacudió la cabeza y una boa constrictor
africana apretó sus anillos y aplastó su cráneo hasta hacerlo puré.
Se incorporó con un gran esfuerzo, luchando contra la peor resaca de su vida.
Nunca se había sentido inclinado a beber demasiado, y ahora las náuseas y el dolor le
recordaban la justeza de aquella política y la locura que era desviarse de ella.
Con la vista borrosa miró a su alrededor. Allí estaba el poderoso Finnbogg, con la
sangre y el barro de la noche anterior ya secos sobre su cuerpo. Clive se preguntó
cómo podía la multiplicidad de soles en miniatura que iluminaban aquel mundo al
revés dar paso a la oscuridad de la noche. Pero aquel era un problema que
consideraría en otro momento.
El can estaba dormido y sus ronquidos eran tan extraordinarios como cualquier
otra cosa de él. Clive estiró la mano hacia Finnbogg y lo zarandeó por el hombro.
Este abrió un ojo sanguinolento y soltó un gemido.
Clive tuvo un momento de satisfacción al darse cuenta de que la especie de
Finnbogg era igualmente débil ante la bebida y ante sus efectos.
Finnbogg cerró su ojo y dio muestras de querer cavarse una madriguera y
esconderse en ella, pero Clive insistió hasta que consiguió que se sentara.
El teniente Yoshio Takamura no se veía por ninguna parte.
Más alarmante todavía: Annie también había desaparecido.
¿Había ella compartido el sake con sus compañeros masculinos? Clive intentó
recordar. Sí, con toda seguridad había bebido con ellos. Pero ¿había aceptado sólo
unos pocos sorbos del licor caliente, por mera cortesía, o había tragado tanto como
Folliot y Finnbogg, con resultados similares o aun más funestos?
¿Habían drogado el licor?
¿Había sido la fiesta entera una pantomima de Takamura con un objetivo
posterior y oculto?
Desde el exterior del destrozado cobertizo llegó el nítido chirrido y repiqueteo del
carro a pedales. Ignorando el retumbar de su cráneo, Clive se puso en pie y,
tambaleándose, salió afuera.
El día era claro y el cielo brillante. Los soles giratorios resplandecían en lo alto. La
vida parecía haber vuelto a la normalidad en el atolón Nueva Kwajalein…, tan cerca
de la normalidad como podía serlo la vida en aquel lugar único. El carro de pedales ya
se encontraba en el otro extremo del poblado, y un par de japoneses uniformados lo
propulsaban a buen ritmo. Haciendo pantalla sobre sus ojos para protegerse del
deslumbrante sol, Clive pudo distinguir la silueta del teniente Takamura sentado en el
asiento posterior del carrito y junto a él… ¡Annie!

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Clive echó a correr hacia el carro. Corría más aprisa de lo que sus tambaleantes
piernas podían llevarlo. Uno de los pedaleantes parecía controlar la dirección del
carro. Giró hacia el río que alimentaba la laguna del centro del atolón y el carro
chapoteó a través de las aguas poco profundas, para luego subir a toda velocidad a la
orilla opuesta sin apenas perder el ritmo del pedaleo.
Clive continuó la persecución. Detrás de él oyó a Finnbogg quejándose y
gimiendo, jadeando ruidosamente en el silencio matutino.
El carrito viró de nuevo y se dirigió hacia la reluciente máquina plateada, la
Nakajima. Por fin se detuvo y los dos encargados de los pedales ofrecieron sendas
manos al teniente Takamura y a Annie para bajar a tierra.
Juntos se dirigieron andando hacia la Nakajima, y el teniente Takamura ayudó
galantemente a Annie a subir a una de las proyecciones metálicas que se extendían a
los lados de la máquina, como alas de un ave planeando.
Annie se comportaba como si ya antes hubiese visto artefactos como aquellos.
Bien, era probable que así fuera. Para Clive, la Nakajima era nueva y enigmática, pero,
si era un instrumento de guerra para los japoneses de 1943, entonces sería una cosa
corriente, si no ya una verdadera antigüedad, en la época de 1999 de Annie.
Annie hizo correr el caparazón de cristal de la Nakajima hacia atrás, subió y se
sentó en el asiento de la máquina. Clive pudo ver que hacía el gesto de conectar su
Baalbec A-nueve bajo su blusa. El ademán le hizo preguntarse por qué no había usado
el mecanismo el día anterior. Incluso si el ataque inicial de los soldados la hubiese
cogido desprevenida y el primer golpe que recibió la hubiera dejado inconsciente,
habría podido usar el campo eléctrico una vez que hubiese vuelto en sí.
Pero no era momento de perder el tiempo en especulaciones ociosas. Gritó e hizo
señales a Annie, pero esta estaba demasiado lejos para oír sus gritos y su posición en
la Nakajima le impedía ver aquellos gestos frenéticos.
Un zumbido se levantó de la máquina, seguido como de una tos, de un ronquido
(exactamente igual que si la Nakajima fuese un ser vivo) y, por fin, de un murmullo
vibrante. La hélice plateada de la parte anterior de la Nakajima lanzó destellos a la luz
del sol cuando empezó a girar.
La máquina estaba ya en funcionamiento…, pero ¿cómo podía ser? Onishi y
Takamura habían dicho que desde hacía tiempo los japoneses estaban desprovistos de
municiones para sus armas y de combustible para su máquina.
De alguna forma, Annie debía de estar proporcionando energía a la Nakajima con
su Baalbec A-nueve. Clive sabía que el Baalbec extraía su poder del cuerpo de la
muchacha: ¡qué gran esfuerzo tenía que ser, qué gasto agotador para sus reservas
físicas, alimentar aquella máquina reluciente!
La vida volvió a las piernas de Clive, y también a las de Finnbogg. Corrieron hacia
la orilla del riachuelo y lo vadearon por donde había cruzado el carrito a pedales. El
agua era limpia y fresca. En su prisa, Clive y Finnbogg cayeron más de una vez en ella,
pero se pusieron en pie de inmediato y siguieron.

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Emergieron a la orilla opuesta y echaron a correr hacia la Nakajima. Ahora los
poderosos músculos de Finnbogg entraron en acción y lo distanciaron de Clive en
pocos momentos.
La Nakajima avanzaba con sus tres ruedas como un juguete móvil de un chiquillo.
Finnbogg pasó a toda velocidad junto al carro de pedales parado, junto a los dos
soldados y el teniente Takamura, y casi alcanzó la Nakajima en su lento avance, pero
la máquina aceleró en el mismo momento en que Finnbogg saltaba hacia ella. Sus
poderosas manos, todavía goteando agua, resbalaron en aquella corteza pulimentada,
y él cayó al suelo con una sacudida.
Clive divisó a Annie, con el cabello azotado por la brisa creada por el avance de la
Nakajima. El sol brillaba en su pelo, en el cristal del caparazón abierto, en las
superficies pulidas y en la hélice plateada que arrastraba la Nakajima hacia adelante.
Luego la máquina se levantó del suelo como una elegante ave marina elevándose
de la superficie de un estanque. Se alzó hacia el aire, encogiéndose en perspectiva al
alejarse de Clive, y luego giró en una curva suave por encima de la colina más cercana.
Después, la trayectoria aérea de la máquina volvió hacia la laguna, hasta que creció de
nuevo, con el sol resplandeciendo en su piel metálica.
Aquella Annie que Clive veía en el caparazón abierto de la Nakajima, ¿era la
auténtica Annie? ¿Estaba lo suficientemente cerca para verla saludar con la mano,
para verla sonreírle a él (o a Finnbogg) o a sus —hasta hacía poco— capturadores?
La Nakajima se empequeñeció de nuevo; se alzó, reluciente bajo el brillante sol, y
subió por encima de las hileras de colinas que rodeaban el atolón Nueva Kwajalein.
Pronto fue un mero punto contra el cielo que lanzaba un destello de tiempo en
tiempo, y por último desapareció.
Clive continuó atónito, hasta que un gemido de Finnbogg lo volvió a la realidad.
Echó a andar en dirección al teniente Takamura. El uniforme del oficial japonés,
aunque destrozado y gastado, estaba inmaculado y lo llevaba con orgullo. Una vaina
militar colgaba del cinto de Takamura y de ella sobresalía la empuñadura de su sable
oficial.
—Comandante Folliot —dijo Takamura. Y levantó su mano en un saludo
enérgico.
—Teniente. —Clive sintió una punzada al devolver el gesto; desde que había
abandonado la Guardia Montada de Inglaterra y había empezado sus viajes, había
pensado en sí mismo en términos civiles, como explorador o periodista. Sin embargo,
de un modo u otro, consiguió evocar el recuerdo de los formalismos militares.
—La Sagrada nos ha dejado —dijo Takamura.
—La señorita Annie. Una chica corriente, teniente.
—¿Corriente? —El japonés pareció completamente desilusionado.
Clive se permitió una estrecha sonrisa.
—Ciertamente extraordinaria. Pero todavía humana, mortal.
—Se ha ido —dijo Takamura—. El alférez Yamura me sucederá en el mando. —

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Desenvainó el sable, que brilló con la luz de los múltiples soles. Lo levantó en un
saludo a Clive Folliot y luego en otro a la máquina aérea. Entonces se arrodilló e,
invirtiendo el sable y situando su punta en el esternón, se lo hundió profundamente
en el corazón.

* * *
Mientras que Takamura se había comportado con corrección militar y había exigido
la obediencia inmediata y disciplinada de sus subordinados, Yamura actuaba con la
autosuficiencia y arrogancia de los potentados orientales, que Clive ya conocía de sus
días de Madagascar y de Zanzíbar. El resultado era un servilismo adulador que Clive
consideró inquietante.
Incluso con la brevedad de su estancia en Nueva Kwajalein, Clive había llegado a
respetar a Takamura: por la corrección de caballero, por su sentido del deber y del
honor. Era un oficial con quien Clive hubiera estado orgulloso de servir, de haber sido
diferentes las circunstancias. Y los hombres del destacamento aerotransportado
Dieciséis de la Armada eran hombres que hubiera sido un privilegio tener bajo su
mando.
Pero Yamura era otra historia. La presunción de superioridad, la exigencia de
obediencia a su persona más que a la Corona y al Imperio, el abuso de las
comodidades y de las prerrogativas del mando… Clive lo había visto antes y sabía
adonde conducían: al resentimiento, la traición, la relajación en el deber, la prioridad
del individuo frente a la comunidad; en una palabra: a la tiranía… y a la definitiva e
inevitable caída del tirano.
Los soles danzaban sobre el atolón Nueva Kwajalein.
El alférez Osamu Yamura estaba sentado frente a un pupitre de campaña,
contemplando a los dos extraños, el occidental y el fortísimo Finnbogg, quienes
permanecían de pie, devolviéndole la mirada. La aversión era obvia, tácita y mutua.
—¿Qué voy a hacer con ustedes dos? —preguntó Yamura. Con los codos
apoyados en la mesa, extendió sus manos carnosas hacia adelante, palmas hacia
arriba, como en una súplica desesperada.
La pregunta podía haber sido pura retórica, pero, a pesar de todo, Clive decidió
responderle.
—Es obvio, alférez. Compartimos una desgracia común. Lo mejor que podemos
hacer es considerarnos compañeros en el exilio; lo peor, víctimas de algún complot
tan complejo y tan remoto que sólo podemos hacer suposiciones en cuanto a su
naturaleza. Nuestra única esperanza es hacer causa común.
—¿Dónde está la Sagrada? —Yamura señaló hacia arriba con un movimiento de
cabeza, indicando vagamente el cielo en el cual había desaparecido Annie, con la
Nakajima.

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—Me resulta difícil aceptar su terminología. Tal como le dije el teniente,
Takamura…
—Mi predecesor está muerto —lo interrumpió Yamura—. Ahora yo soy el
comandante. Ahora yo estoy al mando. No lo olvide, británico, y no mencione sus
conversaciones entre usted y el fallecido. —Y se acarició el bigote rojizo y canoso con
la carnosa mano—. De cualquier forma, hacía tiempo que esta unidad necesitaba un
cambio en el mando. Mi predecesor nos hizo un favor a todos saliendo de escena por
su propio pie.
—No comparto su evidente mala opinión del teniente Takamura, alférez Yamura,
pero, sea como sea, lo que ha ocurrido, a pesar de ser muy lamentable, no se puede
remediar. Repito: somos víctimas comunes de fuerzas y agentes que no
comprendemos, pero que obviamente no desean nuestro bien. Nuestra salvación, si
hay salvación posible, podría muy bien radicar en una alianza entre nosotros.
—Parece que se considera como mi igual, Folliot.
—Comandante Folliot, si me permite, alférez. Y, a pesar de que mi rango está
claramente por encima del suyo, no voy a insistir en excesivas muestras de deferencia
por su parte. De hecho, si he de hablarle con franqueza, le confesaré que siento ciertos
impulsos hacia el igualitarismo.
Yamura dio un fuerte puñetazo al escritorio de campaña.
—¡Me ha interpretado mal, británico! Usted es mi prisionero. Usted y su esclavo.
—Finnbogg no es mi esclavo, señor.
—Su animal, pues.
—Tampoco es un animal. Finnbogg es un hombre.
—¡Basta! —De nuevo el japonés golpeó la mesa—. ¡No soportaré más que se me
contradiga! ¡Son inferiores! ¡Los dos! ¡Cómo lo era el estúpido de Takamura! ¡El
estúpido! ¡No tenía derecho a ser el comandante! ¡No comprendía el arte del mando!
¡Debería haberlo echado de su puesto tiempo atrás!
El alférez tenía la cara encendida de cólera, y las comisuras de sus labios húmedos
de saliva.
Cerca estaban un sargento y dos soldados. El sargento (Clive reconoció en él a
Chuichi Fushida, el suboficial al mando de la patrulla de asalto que había capturado a
Annie) hizo una señal a uno de los soldados y este corrió hacia el alférez Yamura con
un trapo y le limpió las comisuras de los labios. El teniente balanceó su brazo y tumbó
al soldado de espaldas en el suelo.
Yamura se inclinó hacia adelante, comprimiendo sus sienes con las palmas de las
manos. Respiraba con dificultad y entrecortadamente.
—¿Se encuentra bien, alférez? —Luego Clive se volvió y se dirigió a Fushida—:
¿Está enfermo el oficial, sargento? Antes me pareció que casi había perdido… el
juicio. Y ahora esta exhibición. ¡Puede que esté en el mismo borde de la apoplejía!
¿Hay un oficial médico en su unidad?
—¡Prisionero, cállese! —dijo el sargento, pero sus ojos manifestaron un mensaje

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diferente. Estaba inquieto, y su expresión mostraba que buscaba con desesperación
una salida al dilema provocado por la muerte de Takamura y la ascensión de Yamura.
Yamura había vuelto a una condición casi normal. Bajó sus manos, levantó el
rostro y miró a Clive Folliot y a Finnbogg.
—La Sagrada era una mujer occidental. Estaba en su compañía cuando mis
hombres la cogieron, y fueron ustedes quienes la liberaron, ayer noche.
—Sí —reconoció Clive—. Todo es cierto.
—¿Dónde está?
¿Era aquella pregunta una obsesión? ¿Estaba firmemente convencido el alférez
Yamura de que Clive y Annie estaban en combinación, o al menos de que Clive estaba
enterado del destino de Annie antes de que esta huyera volando en la reluciente
Nakajima?
—Si insiste en que la señorita Annie es una criatura sagrada, no discutiré más con
usted —dijo Clive—. Quizá lo sea, en un sentido, ya que parece poseer una inocencia
angelical a pesar de haber sido educada en un mundo más perverso que el suyo o el
mío, alférez. Pero le aseguro que no sé adonde ha ido. La máquina…, la llaman
Nakajima, ¿no?…
—Modelo noventa y siete.
—Una máquina voladora.
—Un aeroplano.
—Como quiera. Pero tengo que decirle que, en mi mundo, estas cosas sólo existen
en la imaginación de los visionarios y de los locos. Si en el suyo y en el de la señorita
Annie son objetos cotidianos, entonces están muy por delante de 1868. Pero yo no sé
cómo opera su avión, ni tengo la menor idea de adonde puede haber viajado Annie en
él. Como hipótesis, pero nada más, podría aventurar que ha regresado al valle de
donde sus soldados la raptaron. ¿No le parece una suposición razonable, alférez
Yamura?
—Muy bien. ¡Nos va a conducir allá!
—¿Desea ir allá? ¿Usted y todos sus hombres?
El rollizo oficial quedó sumido en meditación durante un intervalo que parecía
arrastrarse interminablemente. Al final dijo:
—Irá el sargento Nomura. Es nuestro piloto. La Nakajima es de su
responsabilidad, y recibirá un castigo si la pierde. Regresará a Nueva Kwajalein si la
recupera. Traerá a la Sagrada con él. —Yamura insistió dos, tres, cuatro veces,
mostrando que reafirmaba sus decisiones—. Nomura y Fushida; el sargento Fushida
al mando de algunos hombres. Sí. Esto será suficiente. Y usted, comandante, y su
animal como guías.
Clive había imaginado que tendría que negociar su partida de Nueva Kwajalein.
En un sentido, se había salido con la suya. Pero él y Finnbogg parecían haber
regresado a su condición de prisioneros. Sin embargo, sería más fácil escapar de una
pequeña patrulla de soldados que del destacamento entero.

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—Muy bien, alférez. Finnbogg y yo acompañaremos a sus hombres.
Yamura gritó sus instrucciones al sargento que estaba junto a él en unas pocas
frases en japonés. Clive Folliot y Finnbogg esperaron hasta que concluyó la andanada.
Llegado este momento, Yamura se levantó con brusquedad, empujando el pupitre de
campaña.
Pero, antes de que diera en el suelo, los dos soldados se lanzaron hacia él, lo
cogieron a tiempo y lo volvieron a poner en pie. El sargento, mientras, había
palidecido. Hizo una aspiración, se inclinó en una reverencia y luego se puso
rígidamente en posición de firmes.
Yamura se fue hacia su cobertizo y desapareció en su interior.
El sargento gritó una orden a los dos soldados, que salieron apresurados en
direcciones opuestas. Tan pronto como se hubieron alejado los soldados, el sargento
se volvió a Clive y lo saludó con elegancia.
—Sargento Chuichi Fushida, de la Armada Imperial, a su servicio, señor.
Clive le devolvió el saludo.
—Lo conozco, sargento. Mi memoria no es tan pobre.
—Sí, señor. Debo pedirle disculpas, comandante Folliot, por la conducta de uno
de mis hombres.
—¿A qué conducta se refiere?
—A la del que golpeó a la Sagrada con la carabina.
—Una pobre decisión. Estoy de acuerdo en que no fue lo correcto. Bien, aunque,
hablando de la señorita Annie, ciertamente parece que no está herida. Creo que las
disculpas serán aceptadas.
—Le estoy muy agradecido, señor.
—Volverá allí con nosotros, ¿no?
—He mandado a mis hombres a buscar al sargento Nomura, nuestro piloto.
—Comprendo. Ahí viene. —Se volvió hacia Finnbogg—. Vamos, Finnbogg. Has
estado tremendamente silencioso, viejo amigo. Supongo que no tienes en mente
nuevos actos de carnicería, ¿no?
—Quiero a Annie —bufó Finnbogg.
—Lo sé. ¿Y quién no? Bien, esos nihonjines no parecen tan malos como habrían
podido ser. Partamos.
Por las razones que fueran, el alférez Yamura despachó la partida a pie. Hoy no
había carro a pedales, lo cual significaba que la expedición, que habría podido llegar al
campamento de Clive en una hora o menos, se pasaría el día entero caminando a
través de las colinas.
Al principio los dos sargentos se alternaron en el mando, mientras los soldados
marchaban impasibles. Clive y Finnbogg insistieron en andar a su propio paso.
Cuando emprendieron la marcha, Finnbogg estaba ceñudo y silencioso. Pero, cuanto
más avanzaban, más animado se sentía; correteaba, se alejaba y regresaba al grupo.
Los japoneses llevaban sus carabinas sin munición con las bayonetas caladas. Siempre

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que Finnbogg se separaba del grupo, el sargento Fushida y el sargento Nomura se
ponían nerviosos. Pero Clive permanecía en todo momento con ellos y Finnbogg
siempre regresaba.
Los ánimos del can se habían recuperado hasta el punto de que empezó a cantar
estribillo tras estribillo de «La vieja tosca Cruz».
Por fin, dieron la vuelta a la colina familiar que los llevaba al campamento de
Clive. Había caído el crepúsculo, pero los soles múltiples no se habían puesto: en
aquel mundo al revés no había lugar para hacerlo, pero parecían apagarse y alumbrar
alternativamente, creando los equivalentes al día y a la noche. La tormenta de la
noche anterior no se había repetido: había pocas nubes, y el atardecer era agradable.
Finnbogg salió corriendo disparado, dando alegres brincos.
Al cabo de pocos minutos regresaba, cabizbajo, con los hombros caídos.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Clive.
Finnbogg lo cogió por la mano y tiró de él para que se apresurase.
Era el sitio preciso, no había lugar a dudas. Las características del terreno eran
exactamente las mismas de las del lugar que habían abandonado hacía poco más de
veinticuatro horas. Y había señales de que habían arrastrado algo en el lugar donde
había virado el carrito a pedales.
Pero no había señales de la Nakajima modelo 97. No había señales de Annie.
No había señales de Horace Hamilton Smythe, ni de su prisionero, el soldado
Shigeru Onishi.
Sólo había una zona de tierra removida: al parecer, allí había tenido lugar una
lucha no hacía mucho, y en el centro había una mancha oscurecida.
Clive Folliot se agachó junto a la mancha negruzca y la frotó con el dedo para
estudiarla. La materia oscura era rojiza y pegajosa. No había dudas: era sangre, y tan
reciente que aún no estaba totalmente seca ni la tierra la había absorbido por
completo.
Detrás de Clive, el sargento Fushida se echó a reír.

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25
Como un cuento de los hermanos Grimm

—¡Un imbécil! ¡El alférez Yamura es un imbécil!


Clive volvió la cabeza. Todavía agachado junto a la mancha de sangre a medio
secar, levantó la vista hacia el sargento. Este permanecía en pie, con el sable en las
manos. Los dos soldados estaban detrás de él en rígida postura de firmes, con las
carabinas en posición y las bayonetas caladas. Súbitamente, Clive vio a Finnbogg
detrás de los dos soldados, tensando los músculos de sus poderosos miembros para
lanzarse al ataque.
—¡Finnbogg, no! —gritó.
El can retrocedió un poco, con una expresión atónita en el rostro.
Más allá, el sargento Nomura, el piloto, recorría el terreno, en busca de posibles
huellas de neumático de su Nakajima modelo 97. Había roderas, ciertamente, pero
Clive no pudo ver ninguna que no estuviese hecha por el carro a pedales. Siempre,
claro está, que las huellas del carro se distinguieran de las de la máquina voladora.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Clive. Sabía que estaba corriendo un riesgo por
haber detenido el ataque de Finnbogg contra los japoneses, pero estos habían probado
ser capaces de parlamentar con anterioridad a aquel momento. Un ataque de
Finnbogg a los soldados habría provocado que el sargento Fushida le asestara con su
reluciente sable un inmediato (y fatal) golpe en el cuello. Hablar era mejor.
—Usted dice que el alférez Yamura es un grandísimo imbécil. ¿Qué quiere decir
con eso? —repitió Clive.
—Quiero decir que no es un buen comandante. No respeta a los hombres. No
respeta al Imperio. Sólo se preocupa de él mismo. El teniente Takamura era un buen
oficial. El alférez Yamura es uno de los peores.
—Estoy muy de acuerdo con usted. —Clive se puso en pie muy despacio. No
deseaba alarmar al sargento; no mientras tuviera en su mano un sable y Clive tuviese
sólo la garra cibroidea metida en su cinturón: milagrosamente, después de los
acontecimientos de los dos días anteriores, la garra continuaba metida en su cinturón.
El sargento Fushida gruñó, un peculiar hábito de los japoneses, que Clive
encontraba molesto y desconcertante. El gesto podía carecer de significado, y una
interpretación errónea por parte del oyente podía ser desastrosa.
—¿Cuáles son sus propósitos? —preguntó Clive—. No hay señal visible de su
máquina Nakajima. Supongo que su colega el sargento Nomura tendrá algo que decir
al respecto. Pero «la Sagrada», como ustedes la llaman, ciertamente no está aquí. Y mi
colega el sargento Smythe y su prisionero también han desaparecido, dejando esto
como pista, para más desconcierto.
Fushida retornó su sable a la vaina, para alivio de Clive Folliot, y se agachó junto a
este para observar la mancha de sangre.
—¡Hum! Quizá nunca sepamos lo que ocurrió —dijo en voz alta. Luego, sotto voce

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—: Se supone que tengo que hacer que mis hombres lo maten.
Clive miró asombrado al hombre.
—Sí —asintió Fushida—. La única alternativa que me dio Yamura era hacerlo yo
mismo. Por eso había desenvainado mi sable.
La mente de Clive discurrió a una velocidad vertiginosa. Aquello era como un
cuento de hadas, como un cuento de los hermanos Grimm que no había oído en
veinticinco años: «Hansel y Gretel». Hasta Finnbogg quizá la conociera de labios de
Neville; los hermanos la habían oído juntos de su aya. La cruel madrastra que
ordenaba al leñador llevar a sus hijos al bosque y matarlos… y el leñador que tenía
demasiado buen corazón para realizar el acto.
—¿Lo va a hacer? —preguntó Clive.
—¡No puedo! —Fushida sacudió la cabeza, con una mezcla de furia y de angustia
en su expresión—. ¡Soy un militar! ¡Mataría por el emperador! ¡Mataría en la batalla!
¡Pero no soy capaz de matar a sangre fría!
—Me alegra oírlo, sargento, ¡créame que me alegra!
Permanecieron frente a frente.
—Pero ¿y ahora, qué? —preguntó Clive.
En lugar de responder a la pregunta, Fushida llamó a su camarada sargento.
Nomura se acercó a Fushida y a Clive Folliot.
—No —refunfuñó—, la Sagrada no ha estado aquí. Mi Nakajima no ha estado
aquí. De ser así, habría dejado sus huellas en la tierra.
—¿Entonces dónde? —preguntó Fushida. Hablaba ora en el dialecto q’oornano,
ora en japonés.
Nomura se encogió de hombros e hizo una indicación hacia el cielo.
—Sabes tanto como yo de este extraño mundo.
—No es así —contradijo Fushida—. Nunca he volado en la Nakajima modelo
noventa y siete, Hiroshi. En Kawanishis, en algunas islas, y para saltar sobre
Kwajalein. Pero nunca en la Nakajima, y nunca en este mundo.
Nomura asintió.
—Tienes razón, Chuichi. Pero déjame decirte que yo he visto muy poco de este
mundo. Sólo hice un vuelo, el vuelo al Castillo cuando ganamos la Corona. Este es un
mundo extraño. En lugar de vivir en la superficie de una bola sólida, estamos en el
interior de una bola vacía.
—¡Todos lo sabemos!
—¿Sí? ¿Comandante Folliot? —inquirió Nomura.
—Habíamos conjeturado lo mismo, sargento.
—Muy bien. Pueden estar en cualquier parte. Pero no sé cómo la Sagrada
consiguió hacer volar la Nakajima. No tenemos combustible. Incluso experimenté
para intentar destilar todavía más el sake, para hacer alcohol puro y usarlo como
combustible, pero sin éxito.
Fushida se permitió una risita.

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De la dirección opuesta a la del atolón Nueva Kwajalein brotó un horrible grito.
Todos quedaron petrificados; luego se volvieron muy despacio para ver la fuente del
sonido, que aumentaba de volumen por momentos.
Para satisfacción de las esperanzas de Clive, el grito provenía de Chillido. La gran
aracnoide había rodeado la colina y ahora avanzaba hacia ellos correteando con sus
cuatro patas, desplazándose a una velocidad increíble y gritando a todo lo que le daba
la voz.
Se detuvo a la misma distancia de Clive y de los demás que un lanzador de criquet
del bateador. En sus brazos asombrosamente delgados, asombrosamente fuertes,
sostenía dos formas humanas, mientras hacía rechinar sus mandíbulas y los observaba
con ojos fulgurantes.
La visión de la aracnoide y el sonido de sus gritos espeluznantes hicieron que los
dos soldados empezaran a temblar. Los sargentos actuaron mejor. Ambos
desenvainaron sus sables y permanecieron en sus lugares, mirando de Clive a Chillido
y de Chillido a Clive. Parecían adivinar que la criatura de ocho extremidades estaba
asociada con Folliot, aunque no tenían ni idea de cómo había podido llegar a ocurrir
aquello.
Clive echó a andar hacia Chillido.
Esta, con sus dos patas libres, empezó a arrancarse pelos-púas de su henchido
abdomen. Echó atrás las manos y luego las lanzó adelante, una tras otra.
Clive había recorrido quizás una cuarta parte de la distancia que lo separaba de
ella; con el rabillo del ojo pudo ver a Finnbogg avanzando paralelo a él. Folliot se
detuvo y volvió la cabeza para seguir el curso de las púas mientras estas pasaban
zumbando junto a sus orejas.
Cada una alcanzó a un japonés. Los cuatro militares soltaron un aullido común,
no de rabia ni de dolor sino de terror puro, destilado. Clive comprendió lo que había
hecho Chillido. Había ordenado a su cuerpo que segregara una sustancia química
capaz de producir aquella reacción en los cuerpos de los japoneses, como un cirujano
que administrara un medicamento a un paciente mediante una aguja hipodérmica o
una víbora que inoculara su veneno a una víctima.
Sin pronunciar una sola palabra, los dos soldados y los dos suboficiales dieron
media vuelta y echaron a correr gritando hacia la hilera de colinas que los separaba
del atolón Nueva Kwajalein.
Clive continuó hacia adelante. Cuando llegó junto a Chillido, esta soltó su doble
fardo, depositando al sargento Smythe y a su antiguo prisionero en el suelo.
Smythe se levantó vacilante, apoyando una mano en Clive.
El soldado permaneció tumbado en el suelo, contemplando los soles multicolores
con la mirada vacía. Emitía un gemido cada tanto y movía manos y pies al azar. Tenía
el vientre hinchado y el rostro muy pálido.
—Smythe —dijo Clive—, ¿qué le pasa?
—Vayámonos de aquí, mi comandante. No quiero…, no puedo mirar al hombre.

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Me atacó, y casi me mata, mi comandante. Me tenía a su merced y estaba
preparándose para despacharme de un modo particularmente horroroso, mi
comandante, pero no puedo permanecer cerca de él.
—Pero… ¿qué ocurrió?
—Fue Chillido, mi comandante. —El sargento Smythe hizo un gesto indicando a
la aracnoide—. Llegó en un momento providencial, mi comandante, y me salvó. Sí, lo
hizo. Pero, entonces, mi comandante…, creo que puso sus huevos dentro del cuerpo
del hombre. No sé cuánto tiempo dura la incubación, pero no quiero estar aquí
cuando los pequeños quieran salir del caparazón, mi comandante.
Clive quedó atónito. Observó a la figura que yacía en el suelo, mirando, sin verlos,
los soles múltiples. Clive no pudo aguantar aquella visión y volvió la cabeza. Pero no
pudo no mirar y tuvo que volver los ojos hacia aquella atrocidad.
«Las avispas lo hacen», pensó Clive. «Ponen sus huevos en el interior de sus
víctimas, y cuando los pequeños rompen la cáscara utilizan el huésped como
alimento». Era horrible. Una de las adaptaciones al medio…, efectiva, eficiente y sin
piedad. Pero no sabía que las arañas lo hicieran. Y entonces recordó que Chillido era
un ser de otro mundo. Era como una araña, pero no era una araña.
¿Qué otros horrores tendría que conocer aún en la Mazmorra?
—Deberíamos coger una piedra y aplastarle el cráneo, o tomar una de nuestras
garras cibroideas y segarle la yugular; cualquier cosa sería tener más piedad que…
que… Puede haber sido un enemigo, ¡pero continúa siendo un hombre, Smythe!
Mátelo. En nombre de Dios, Smythe, como un acto de misericordia, matémoslo.
—Si hacemos esto, mi comandante…, creo que tiene más huevos, mi comandante.
Lo siento por el hombre tanto como usted, mi comandante. Pero no me gustaría estar
en su lugar, mi comandante; ¿y a usted?
—¿Entonces, Smythe? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué propone usted?
—¿La señorita Annie se ha ido, mi comandante?
Clive asintió.
—Los japoneses se encuentran en aquella dirección —señaló Smythe—. Así que
sugiero que vayamos en esta otra. —Y con el pulgar señaló por encima de su hombro,
indicando un sentido opuesto a Nueva Kwajalein—. Hay dos salidas en este valle.
Vayamos a ver adonde conduce la otra.
Clive miró a Chillido. Se estaba limpiando las púas, mientras miraba con cariño el
vientre henchido del indefenso soldado japonés. La araña alargó una mano hacia
aquel vientre crecido y lo despojó de su camisa caqui. La carne de abajo estaba
abotagada. Un círculo rojo señalaba el punto por donde ella había introducido los
huevos. Chillido acercó su mejilla al vientre del hombre, sonriendo serenamente.
Emitió el primer sonido distinto del terrorífico grito que Clive le había oído siempre:
un canturreo acogedor y maternal. Tenía el tono de una cariñosa canción de cuna.
Clive se volvió, con el estómago revuelto. Cuando acabó de arrojar el contenido
de su estómago al suelo, permaneció temblando, con las manos frías y el rostro

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húmedo y pálido.
Chillido parecía no prestar atención a Folliot ni a sus compañeros. Clive miró a
Finnbogg. ¿Cuánto había comprendido de lo que había sucedido? ¿Cuál era su deseo
ahora?
Clive se reunió con Smythe y Finnbogg.
—Muy bien, sargento —consiguió decir al fin—. Vamos a ver qué hay en esa
dirección.

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26
Cielo en la Mazmorra

No hubo discrepancias.
Caminaron a lo largo de la base de una hilera de colinas. Cuando habían emergido
a aquel extraño mundo invertido, dentro de la Mazmorra, habían visto señales de
habitáculos en la distancia. Habitáculos, es decir, con una apariencia mucho más
sólida que el rudimentario campamento militar japonés de Nueva Kwajalein.
Ahora, después de varios días de marcha que les habían destrozado los pies, con la
sola distracción de las animadas canciones de Finnbogg, encontraban un camino con
huellas de ruedas. Era un simple par de roderas paralelas de tierra seca en la superficie
del suelo, pero llenó sus corazones de nuevas esperanzas y de expectación. Siguieron
el camino y este los condujo a un panorama todavía más esperanzador: un distante
grupo de casas, una distante elevación de chimeneas, unas distantes espirales de
humo.
—¡Por Dios, comandante, si podría ser mi tierra natal! —exclamó Horace Smythe
—. ¡Oh, Señor, cómo es posible que este pedazo de cielo se abriera camino hasta llegar
a la Mazmorra!
Verdaderamente era como la Inglaterra rural. Clive se preguntó qué aspecto
tendría para Finnbogg… y para Chillido. Lo que era conocido y acogedor para él
mismo y para Smythe, podía ser completamente extraño y amenazador para los
demás. O (y el pensamiento golpeó a Clive como un puñetazo) lo que los rodeaba
podía tener una apariencia diferente para los demás.
¿Veía acaso Finnbogg su hogar, sería para él un paraíso de olores y gustos
destinados a hacer que su corazón canino vibrase?
¿Veía Chillido algún mundo terrible de telarañas y nidos, huevos y larvas y la
presa cebada y jugosa a la cual las de su especie chupaban la misma esencia de la vida
para su propia subsistencia?
Un escalofrío le recorrió la espalda y se agachó para recoger una piedra que se
encontraba en la margen del camino. La palpó, la apretó contra su mejilla, la dejó caer
de nuevo y le dio un puntapié. Incluso a través de sus botas sintió el dolor en el pie.
«Esto refutaría al obispo Berkeley», musitó.
Poco consuelo había en el ejercicio epistemológico.
Y se encontró preguntándose melancólicamente: «Si Annie estuviera en el grupo,
¿percibiría ella algún mundo desconocido, del futuro, de cristal reluciente y
maquinaria metálica?».

* * *
Llegaron al pueblo cuando caía el atardecer. Clive levantó la vista hacia las tenues

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estrellas y se preguntó (y no era la primera vez, ni sería la última) cómo había llegado
a la existencia aquel mundo desconocido. ¿Habría Dios, incluso con su infinito poder
y creatividad, dado vida a un lugar como aquel? ¿O la Mazmorra era la obra de alguna
grande y maravillosa (¡y posiblemente maligna!) raza?
Fueron recibidos por el representante del pueblo. Clive encontró al jefe y los
habitantes totalmente humanos. De nuevo se preguntó cómo los veían sus
compañeros, qué aspecto tenía el pueblo para ellos. Pero apenas si podía formular la
pregunta con suficiente sensatez para hacerla comprensible.
El jefe era un hombre rechoncho, jovial, de cabello canoso. Tenía un enorme
bigote y vestía ropas bastas; cuando le habló a Clive, este no tuvo dificultades para
comprenderlo. La lengua que empleaba no era exactamente inglés. Era el dialecto con
el que Clive se había topado antes, que le había permitido hablar con Finnbogg y con
los soldados japoneses del destacamento aerotransportado Dieciséis. Los acentos y los
dialectos no eran idénticos. La gente de aquel pueblo hablaba una versión que
contenía bastante inglés, mezclado con porciones generosas de una docena de otros
idiomas que Clive en parte reconocía, más otros tan desconcertantes como habría
podido serlo el marciano.
El jefe del lugar se presentó a sí mismo con un título, pero Clive fue incapaz de
decir si había usado la palabra alcalde o comandante. ¿Era un funcionario elegido o un
militar retirado que simplemente había asumido el gobierno del lugar?
La mujer del alcalde (o del comandante[9]) se movía atareadísima, sirviendo
fuentes de comida deliciosa al grupo de viajeros. Clive no se sorprendió de que
Finnbogg comiese sin problemas la misma comida que los humanos, ni de que
Chillido declinase con una humana negación de cabeza y una enigmática expresión
de rostro.
Tomaron el refrigerio y bebieron jarras de cerveza espumeante en la mesa de
madera sin pulir del comandante. Pero ya antes de terminar de comer se oyeron
cuernos y tambores fuera, y salieron a la plaza mayor del pueblo.
Los lugareños, colocados en filas, se movían al compás de la música. Era un
espectáculo extraño, un cruce entre una danza y algo que un sargento instructor
podría haber ideado para el entrenamiento de reclutas torpes.
Clive se volvió hacia el jefe:
—Su título es el de comandante, ¿no?
El hombre asintió.
Una sospecha estremecedora creció en la mente de Clive.
—¿Quién le enseñó todo esto? —preguntó.
En silencio el comandante bajó la cabeza.
Una sensación apremiante de algo parecido a la rabia recorrió el cuerpo de Clive.
Asió al otro por el cuello de la ropa y le levantó la cabeza de una sacudida.
—¡Dígame, hombre! ¡Dígame! ¡Dígame quién le enseñó esto, o le arranco la
verdad por la fuerza!

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—No…, no puedo decírselo, señor.
—¿No puede? ¡Querrá decir, no quiere!
—¡Por favor! —La mujer del comandante revoloteaba alrededor, agitando las
manos con desesperación—. Por favor, señor, no puede, no puede.
Sin soltar al comandante, Clive se dirigió a la mujer.
—¿Por qué no? Mujer, he atravesado un infierno para llegar aquí. Una serie de
infiernos. ¿Dónde estamos? ¿Qué mundo es este? ¿Por qué el alcalde se hace llamar
comandante? ¿Quién enseñó a esos hombres la instrucción militar inglesa?
¡Dígamelo!
Finnbogg se encogió ante el arrebato de su jefe. Horace Hamilton Smythe
contemplaba la escena absolutamente perplejo. Chillido permanecía algunos metros
atrás, observando atónita.
Clive zarandeó de nuevo al comandante.
—De acuerdo —dijo el comandante con un jadeo—. De acuerdo. Se lo contaré
todo.
Clive aflojó su apretón y el hombre empezó a retorcerse para huir, pero Clive era
más joven y más fuerte, y las penalidades pasadas desde que había partido de Londres
a bordo del Empress Philippa habían dado más vigor a sus músculos y más agilidad a
su cuerpo.
Agarró al comandante por la nuca y lo empujó de nuevo hacia su casa, mientras
su mujer continuaba dando vueltas a su alrededor. Smythe, Finnbogg y Chillido los
siguieron. Los danzantes continuaron sus evoluciones en la plaza del pueblo como si
nada inconveniente hubiera ocurrido.
En el interior de la casa, el comandante se desplomó en una silla. Detrás de él, una
chimenea de piedra acogía un fuego reconfortante. La repisa del hogar mostraba los
tesoros familiares: dos cuadritos en marcos adornados, un ramo de flores secas
guardado bajo una campana de cristal y lo que parecía ser una Biblia. Un espejo
rectangular detrás de los tesoros proporcionaba una imagen doble de cada uno de
ellos. Contra el muro de la pared, un reloj de caja emitía su tic-tac monótono: su largo
péndulo oscilaba de un lado a otro con regularidad inquebrantable.
Era una escena que habría podido ser copiada de mil pueblos ingleses, y allí
estaba, en algún lugar de la Mazmorra entera, ¿o eran mundos junto a mundos,
mundos dentro de mundos? ¿Era aquel planeta una concha vacía, como un huevo
vaciado de su contenido? Si este era el caso, entonces se habían abierto camino de una
superficie exterior a una interior.

* * *
Por encima de sus cabezas, la minúscula galaxia de estrellas brillaba y se oscurecía
alternadamente para crear el simulacro de día y de noche. Bajo sus pies (alcanzable a

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través del túnel resplandeciente que los había llevado a aquel lugar) estaba el
aterrorizador mundo de negrura que habían cruzado a pie, el mundo que conocían
como Q’oorna.
¿Cómo habían conseguido llegar a aquel mundo negro desde el Sudd?
Quizá la Mazmorra no fuera un lugar tan simple como Clive Folliot había
imaginado. Los túneles podían conducir no meramente hacia el subsuelo, sino que
podían abrirse paso hacia dimensiones desconocidas, dimensiones que se
encontraban más allá de lo visto en sus estudios académicos y más allá incluso de su
imaginación.
¿Cuáles de sus compañeros podrían ayudarlo a desentrañar aquel enigma? Horace
Hamilton Smythe era demasiado pragmático; Finnbbogg demasiado simple en su
devoción perruna; Chillido demasiado alienígena. Si sólo pudiese reunirse con
Annie… Como nativa de una Tierra futura, parecía poseer los conocimientos y la
capacidad de comprensión que Clive no habría encontrado en una mujer de su
misma época y de su mismo círculo. Y el extraño mecanismo que llevaba bajo su piel
parecía aumentar sus poderes mentales. Así como podía dibujar mapas, quizá podría
conocer nuevas lenguas, analizar informaciones de clases muy diferentes…
Clive esbozó una sonrisa triste mientras pensaba que el enigmático Sidi Bombay
habría podido ser el más indicado para discutir su situación. Pero ¿dónde estaba Sidi
Bombay?
Clive temblaba.
—Le pido disculpas —se dirigió al comandante—. No tenía derecho a ponerle las
manos encima, señor.
El hombre lo contempló con la mirada vacía.
—No puede imaginarse las experiencias que hemos pasado —continuó Clive—, o
los sentimientos que hierven en nuestro pecho. He permitido que la furia me
arrastrase, señor. Le pido disculpas. ¿Nos ayudará, señor?
La esposa del comandante había desaparecido en la cocina y ahora regresaba con
una bandeja con té caliente y pastas. El alcalde/comandante había recuperado en
parte su aliento… y su compostura.
—Casi nunca nos visitan forasteros. Nuestro pueblo es muy sencillo. Cuidamos de
nuestras granjas. Comerciamos los días de mercado y bailamos en las fiestas.
Procuramos no buscarnos problemas.
Clive escuchaba las palabras del hombre, pero no sólo eso: mientras el oficial
hablaba, Clive estudiaba su rostro. Los bigotes del hombre se agitaban con
nerviosismo. Un tic le aparecía y desaparecía en la comisura de los labios. Y sus
ojos…
Sus ojos lanzaban miradas de un lado a otro: a Clive, a la figura de su esposa que
no cesaba de moverse, a Smythe, a Finnbbogg y a Chillido.
Pero también miraban fugazmente en dirección a la repisa del acogedor hogar y,
cada vez que lo hacían, el tic reaparecía en la comisura de los labios del alcalde. Y, con

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menor frecuencia, echaban furtivas miradas en otra dirección.
Si Clive lo interpretaba correctamente, el comandante no miraba hacia ningún
objeto del interior de la casa. Lo hacía hacia algo que estaba fuera, quizá más allá del
pueblo. Y cada vez que miraba hacia aquel algo, era con un aire de presagios y
temores.
El comandante continuaba hablando, charlando sobre cultivos, lluvias y cosechas,
pero Clive no lo oía. La esposa del comandante le sirvió una taza de té y le ofreció una
pasta.
Clive continuaba observando atentamente los ojos del comandante. ¿Qué había
en la repisa que no dejaba de atraer su atención, que no dejaba de llenarlo de
preocupación?
Con la taza de té en la mano, Clive se levantó y se dirigió a la chimenea. Los leños
ardían con una llama regular y confortable. De espaldas a los demás, estudió los
objetos de la repisa.
Uno de los cuadros representaba una escena de la vida del pueblo. Gentes felices
yendo a sus trabajos, casas de campo con techo de paja y campos verdes alrededor. A
los lejos, una estructura más oscura se elevaba hacia el cielo: una estructura que se
alzaba con torres y torreones como las de un castillo medieval. Todo lo demás en el
cuadro sugería alegría y contento, pero el castillo tenía una presencia siniestra y
amenazadora.
El otro cuadro era un retrato del matrimonio. Clive reconoció al comandante y a
su mujer: versiones más jóvenes y más delgadas de ellos mismos, pero
inequívocamente las mismas personas. A su alrededor había lugareños, gentes que les
daban la enhorabuena y, al parecer, familiares. Y el sacerdote que sonreía radiante a la
joven pareja era… ¡Timothy F. X. O’Hara de joven! Su rostro era más delgado; su
cabello escaso y descolorido era más espeso y pelirrojo. Pero ¡aquel hombre era sin
duda el padre blanco de Bagamoyo!
Clive agarró el retrato y lo plantó ante los ojos del comandante.
—¿Quién es este sacerdote? —preguntó.
—¿Por qué? ¿Por qué? —balbuceó el viejo—. Naturalmente, es el maestro.
—¿Qué maestro?
—El predicador. El padre O’Hara. Este es nuestro retrato de matrimonio. El padre
O’Hara nos casó a mi señora y a mí. ¿Qué ocurre, hombre?
—¿Está aquí? ¿Está en el pueblo? ¿Está aquí ahora?
—Vaya, pues no. Este es un pueblo demasiado pequeño para mantener a su
propio sacerdote. El padre O’Hara viene cada unos pocos años para confesar nuestros
pecados, celebrar bodas y bendecir las cunas de los recién nacidos y los túmulos de los
muertos. Vaya, las jóvenes parejas prometidas que no pueden esperar la siguiente
visita… a veces se ponen terriblemente impacientes, viviendo separados y esperando
al sacerdote para poder casarse.
Clive se llevó la mano a la frente.

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—¿Sabe usted por dónde viene? ¿Cómo consigue llegar aquí? ¿Adónde se dirige
cuando se va?
El comandante negó con la cabeza.
—No, señor. Tan sólo llega andando por el camino, lo mismo que usted y sus
amigos. Se queda aquí unos días o una semana, y luego se marcha otra vez andando.
Eso es todo.
Clive devolvió el retrato de boda a la repisa y volvió la espalda a los demás.
Cambió la dirección de su mirada, del cuadro al espejo de atrás, y vio a los otros
reunidos a sus espaldas. El comandante lo miraba con aprensión.
Clive se movió hacia la izquierda, hacia el ramo de flores secas. En el espejo, la
expresión del comandante mostró alivio. Luego se desplazó de nuevo hacia los
cuadros y hacia la Biblia.
El comandante se levantó y cogió el brazo de Clive.
—Por favor, señor, coma algo. ¿Le sirvo más té? —Y cogió la taza de Clive—.
Todavía se siente confuso, por lo que puedo ver. Sus disculpas han sido aceptadas,
señor. Debe considerarse como un huésped, como un huésped honorable. —Y tiró del
codo de Clive, intentando alejarlo del lugar a la fuerza.
Clive permitió que el comandante le cogiese la taza de té, pero se negó a moverse
del sitio.
—¿Qué es esto? —preguntó. Y tomó la Biblia de la repisa.
—¡Por favor! —exclamaron simultáneamente el comandante y su esposa.
—Pero si sólo es una Biblia —protestó Clive.
Sostuvo el libro con una mano y lo observó. No era una Biblia. ¡Era el diario de
Neville Folliot!
Clive se dirigió furiosamente, con un par de zancadas, hacia el comandante.
—¿De dónde lo sacó, señor? ¿De dónde…?
La mujer del comandante se puso a toquetear a Clive con sus rechonchas manos
rosadas. Aquellos movimientos eran tanto para aplacarlo como para quitarle el libro.
Pero Clive no estaba dispuesto a permitir ni lo uno ni lo otro. El comandante,
mientras tanto, tartamudeaba rápidas retahílas de palabras, con las que le exigía que le
devolviese lo que era suyo, le suplicaba que les evitase aquel desastre, y afirmaba que
Clive no comprendería, que ellos no tenían la culpa, que el responsable era el Señor
del Castillo y que este lo castigaría si permitía que le cogiesen el libro.
Con un gesto cortante de la mano, Clive silenció al comandante y paró los
intentos de su mujer de arrebatarle el libro.
—Este libro es el diario de mi hermano, el comandante Neville Folliot, de los
Granaderos Reales de Somerset. Habiendo fallecido mi hermano, es de mi
responsabilidad hacerme cargo del diario y devolverlo a nuestro padre, el barón
Tewkesbury. Usted no tiene derechos sobre el libro y no consentiré que lo sustraigan
de mi poder. ¡Y aquí se acaba el asunto!
Temblando de pies a cabeza, el comandante se desplomó en una silla. Su mujer se

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arrodilló ante él, murmurándole palabras de consuelo y secándose las lágrimas con su
delantal.
—Supongo —dijo Clive— que el Señor del Castillo al cual ustedes se refieren vive
en el castillo que se ve en el cuadro, más allá del pueblo. —Indicó la repisa.
El comandante asintió en silencio. El rostro se le desfiguró en una mueca. Apenas
parecía el mismo hombre que había sido minutos antes.
—Y es el mismo castillo hacia el cual usted lanzaba miradas ansiosas cuando
hablaba antes —continuó Clive.
El comandante asintió de nuevo.
Clive ordenó sus pensamientos, mientras escrutaba el diario que tenía en sus
manos por todos lados y estudiaba atentamente su encuadernación como si esta le
pudiera dar a entender algo.
—¿Conocieron ustedes a mi hermano Neville Folliot?
El comandante y su mujer reconocieron el hecho.
Pero ¿cómo podía ser aquello? Clive había recuperado su calma exterior, aunque
interiormente estaba aturdido, agitado por la sorpresa y el misterio. ¿El comandante y
su mujer conocían, pues, a Neville? ¿Habían obtenido el diario de él?
Pero Neville estaba muerto. Clive lo había visto, había abierto su ataúd, había
contemplado el cadáver de Neville, había soltado el diario (¡aquel mismo diario!) de
las mismas manos de Neville.
¡No!
La mente de Clive saltaba de un polo a otro como una limadura de hierro en el
experimento llevado a cabo por el fallecido señor Faraday.
Neville tenía que estar vivo, tenía que estar en algún lugar por delante de ellos,
¡incitándolos, arrastrándolos hacia algún propósito oculto que sólo él conocía! Y el
enigmático diario con sus mensajes, a veces útiles, a veces traidores, ¡reaparecía ahora!
Clive se sentó. Acercó hacia él una pequeña mesa y dejó el libro encima. Lo abrió
en la última página escrita, que ya había leído.
En la página siguiente, había nuevas palabras. Estaban escritas en tinta de color de
sangre derramada recientemente, un color que Clive no había visto nunca antes, salvo
en el fragor de una batalla sanguinaria. Pero la letra con la que la nueva página estaba
escrita mostraba la pluma inimitable de Neville. El texto era breve y las palabras eran
claras; sin embargo, el significado no lo era.

«Hermano pequeño, me dejas perplejo. Nunca creí que llegarías hasta este lugar. Nunca creí
que vivirías tanto. Todavía puedes regresar. Todavía puedes salvarte. Tus compañeros están
perdidos, pero tú puedes salvarte. Vuélvete, ¡vuélvete ahora! De otra forma, el Señor del Castillo
tendrá lo que le da regocijo. Vuélvete, hermano, y dile a Padre que su voluntad se cumplirá, que
el Señor ha visto el signo, que el torbellino se acerca a su vórtice y en el momento preciso, que
la fórmula dice la verdad. ¡Vuélvete, hermano, o el Señor te comerá el hígado!».

Clive quedó pasmado. ¿Volverse? ¿Cómo podría, incluso si quisiese hacerlo? No


había retorno a través del túnel de colores, no se podía volar a través del vacío hacia el

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extraño vehículo similar a un tren, no se podía volver a cruzar el abismo, no…
Simplemente, no había camino de regreso. Además, incluso si desease dejar su
búsqueda y regresar a Inglaterra, no podía abandonar a Sidi Bombay y a Annie. ¡No
podía abandonar a Annie!
Clive levantó los ojos y fijó su mirada en la del comandante. Percibió que la
expresión de los ojos del otro se reflejaba en los suyos propios.

El signo…, el torbellino…, el vórtice…, el momento…, la fórmula…

¿Qué significaba todo esto? ¿Estaba el barón de Tewkesbury envuelto en algún


complot? ¿El padre de Clive y su hermano, juntos?
Clive meció su silla. En un impulso, estiró su mano hacia Horade Hamilton
Smythe, en busca de ayuda o simplemente del consuelo tranquilizador que aquel
contacto podía proporcionarle. Pero antes de que Smythe pudiera responder a aquel
gesto, Clive se puso en pie con brusquedad y cerró el diario de Neville con un golpe
seco que sobresaltó a los demás.
—¡Iremos al Castillo! —ordenó.
—¡No! —suplicó el comandante—. ¡Usted no sabe lo que dice!
—¡Iremos! ¿A qué distancia está? ¿Cuánto tardaremos en llegar andando?
—¡No pueden ir andando, señor! ¡Es absolutamente imposible!
—Entonces necesitaremos caballos, señor.
—No tenemos caballos en este pueblo.
—¿Qué utilizan?
—Utilizamos… otros animales. Tenemos carros y otros animales para tirar de
ellos. No caballos.
—Muy bien —espetó Clive.
—Por favor —empezó de nuevo el comandante, pero el aspecto del rostro de Clive
lo convenció de que el caso no tenía esperanzas—. Al menos —concedió el
funcionario—, no de noche. No podemos llevarlos de noche, y ustedes nunca
llegarían sin guías. Al menos esperen a mañana por la mañana, señor. Por favor.
Clive dudó, intercambió miradas silenciosas con sus compañeros, intentando leer
sus pensamientos. Luego tomó una decisión.
—No. Prepare el coche. ¿Cabremos todos en él? Prepare los animales. ¡Nos iremos
enseguida!
El comandante se puso lentamente en pie, con la cara pálida y las manos
temblorosas. Junto a él, su mujer cayó al suelo, ahogada en sollozos.

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27
La Sala de los Señores del Castillo

Un equipo de lugareños, trabajando a la luz de una antorcha, preparó el carro.


Mientras estos se ocupaban de sus tareas, Clive deliberaba con sus colegas.
Horace Hamilton Smythe fue el más hablador y el más decidido a seguir adelante.
—¡Tenemos que llegar hasta allí, mi comandante! Tengo la impresión de que he
sido yo quien lo ha llevado hasta esta situación. Por esta razón desearía presentarle
mis disculpas, mi comandante.
Clive Folliot estrechó la mano de Smythe. Aquella noche todo el mundo pedía
disculpas.
—No es culpa suya, sargento. Sospeché de sus motivos durante un tiempo, tengo
que admitirlo. Pero una vez que supe de sus experiencias en Nueva Orleans (el
encuentro con los tramposos, el duelo), me di cuenta de que no era culpa suya.
Durante esta aventura, usted no ha actuado siempre por voluntad propia.
Smythe inclinó la cabeza varias veces.
—Le estoy muy agradecido por su comprensión, mi comandante.
—Desearía poder estar seguro de que ahora mismo usted es el auténtico Horace
Hamilton Smythe.
—¡Lo soy, mi comandante!
—¿Y no volverá a caer en algún trance hipnótico, sargento? ¿Está libre por
completo de la influencia de Philo Goode, de Philo Goode y de quienes puedan ser
sus compañeros o sus jefes?
—Esto no puedo decirlo, mi comandante. —Smythe levantó la cabeza como
buscando alguna indicación en el cielo—. En estos momentos me siento totalmente
yo mismo. Pero, si el señor Goode tiene sus redes invisibles tendidas encima de mí, lo
único que puedo decir es que intentará cogerme de nuevo en ellas.
El hombre parecía acongojado. El corazón de Clive se solidarizó con él, pero no
pudo hacer nada para reconfortarlo.
Estaban en la plaza, delante de la casa del comandante. La constelación de soles en
miniatura relucía en lo alto y latía débilmente en aquella hora de la medianoche. Se
habían colocado formando la ya familiar espiral.
Como Smythe, Clive levantó la cabeza a los cielos. En algún lugar más allá de las
estrellas giratorias se encontraba la superficie interior de la concha que era aquel
diminuto mundo. Quizá cada uno de los túneles entre los que habían intentado elegir
conducían a un mundo diferente, cada uno una miniatura, cada uno con su entrada
independiente, cada uno único.
—Además, simplemente, no puedo abandonar al viejo Sidi Bombay —prosiguió
Horace Hamilton Smythe—. Es un buen amigo. Estoy convencido de que está vivo y
de que, si continuamos adelante, encontraremos alguna pista que nos diga adonde ha
ido a parar. Sidi es mi camarada más antiguo, comandante. Servimos juntos incluso

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antes de que usted y yo nos conociéramos. Yo fui el mentor de usted cuando era un
teniente novato (usted también lo dijo, y yo me siento muy honrado con ello, mi
comandante), y considero a Sidi como mi propio mentor. Mi iniciador y mi guía en el
ancho y largo mundo, mi comandante. Siento en las mismas entrañas, comandante,
que el viejo Sidi vive. Y no puedo abandonarlo.
—Lo comprendo —asintió Clive—. Lo mismo que siente usted por Sidi Bombay,
lo siento yo… por la señorita Annie. —Los dos militares permanecieron en silencio
unos momentos, meditando. Luego, casi de repente, Clive dijo—: Smythe, estoy
seguro de que mi hermano está vivo. Tan seguro está usted de que Sidi Bombay vive
como yo de que Neville Folliot también vive.
—¿Seguro, mi comandante?
—Bien, debo admitir que tengo mis dudas. Cuando encontramos el ataúd que
contenía su cadáver, pensé evidentemente que todo había terminado para Neville. Sin
embargo, por medio de algún poder, continúa agregando mensajes a su diario.
—El comandante ha leído un nuevo mensaje esta noche —comentó Smythe.
Clive no había compartido la última página escrita con Smythe.
—En efecto. Y uno inquietante. No obstante, muestra que Neville es capaz de
comunicarse con nosotros.
—¿Cree usted en espíritus, mi comandante? No quiero desanimarlo, pero quizás
el comandante Neville Folliot ha…, ¿cómo lo diría?, hem, haya pasado al siguiente
estadio de la existencia. ¿Podría ser que mandase escribir el diario a sus dedos
ectoplásmicos?
Clive mantenía el libro bajo el brazo. Le dio unos golpecitos.
—Todo es posible, sargento. Absolutamente todo. Pero, sea como sea, no creo que
Neville esté muerto. El cadáver del ataúd fue un simulacro. Un artefacto mecánico, a
lo mejor, o un muñeco. Quizás incluso un cadáver real, un cuerpo elegido por su
parecido físico con Neville.
Cerró los ojos con fuerza durante unos momentos; luego los abrió y dijo:
—Vista a un doble con el uniforme adecuado, córtele el bigote y el pelo de forma
que se parezcan a los de Neville, aplíquele un poco de maquillaje. Procure que la
iluminación sea débil y que el momento sea corto y tenso. Voilá! ¡El engaño apenas
puede fallar!
Distraídamente dio un puntapié a un terrón del suelo y luego se volvió hacia las
enigmáticas estrellas giratorias. ¿Quién estaba detrás de todo? ¿Adónde los llevaría?
—No lo sé —respondió a su propia pregunta—, pero voy a descubrirlo. Y cuando
lo haga, sé que volveré a encontrar a mi hermano. Lo encontraré vivo. Y con toda
probabilidad, encontraré a mi Annie perdida y usted también encontrará a su
camarada Sidi Bombay.
El carro, un vehículo hecho de maderos gruesos, con ciertas reminiscencias de los
carromatos londinenses, salió de su cobertizo. El comandante/alcalde del pueblo iba
en él, sentado en un alto banco de madera, chasqueando furiosamente el látigo contra

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las ancas de la yunta que arrastraba el carro.
Cuatro faroles de aceite de luz parpadeante se columpiaban en las cuatro esquinas
del vehículo y una antorcha llameaba en un soporte junto al asiento del conductor.
Finnbogg y Chillido siguieron a Clive y a Smythe hacia el carro.
Clive se quedó petrificado al contemplar la yunta. El comandante había dicho que
el carro no sería tirado por caballos. Por eso Clive había esperado encontrar otros
animales usados para el mismo tipo de trabajo: bueyes, búfalos, incluso perros
gigantes.
Pero aquellos animales de tiro eran seres humanos. Humanos gigantes, e iban
desnudos. Uno macho, el otro hembra.
Clive soltó un grito de rabia y arremetió contra el comandante, con la intención
de derribarlo de su percha. Pero el funcionario evitó su ataque; entonces Clive, en
lugar de intentarlo de nuevo, corrió hacia la parte delantera del carro.
Escudriñó aquellos rostros patéticos. El hombre y la mujer debían de pesar media
tonelada cada uno, como mínimo, y era probable que el hombre incluso la
sobrepasara.
—¿Qué os han hecho? —rechinó Clive. No hubo respuesta.
Tomó la cabeza del macho en sus manos y miró fijamente en sus ojos. Estaban
estupidizados, con pocos signos de inteligencia o de conciencia.
—¡Tú eres un ser humano, hombre, no un animal mudo! ¡Habla! ¿Qué os han
hecho?
No hubo respuesta. Dio un paso hacia la hembra. Sus facciones eran, sólo
levemente, menos bastas y primitivas que las de su pareja. El pelo largo le caía a cada
lado del rostro. Llevaba el cuerpo enjaezado con arreos, y en la boca le habían puesto
un bocado, exactamente igual que si fuese un caballo. Su compañero tenía arreos
similares.
Los ojos de Clive se apartaron de los rostros idiotas, sin espíritu, y se posaron en
sus cuerpos. Tenían los brazos largos y musculosos, y hombros fuertes y robustos; las
manos se les habían empequeñecido para formar unos apéndices parecidos a porras.
Iban a gatas, con la grupa levantada, pero sólo ligeramente, ya que tenían las piernas
cortas, y acabadas en forma de muñones.
Lágrimas de rabia y conmiseración llenaron los ojos de Clive.
—¡Hablad! —gritó a los animales humanos—. ¡Poneos en pie! ¡Vestíos! ¡Os han
convertido en animales!
El macho y la hembra se movieron inquietos como si, en un oscuro rincón de sus
cerebros embrutecidos, alguna débil chispa brillase en respuesta al apasionado
discurso de Clive. Movieron las manos-patas y emitieron un sonido, un suspiro que
rasgaba el corazón, un sonido que contenía el último y desesperanzado vestigio de su
humanidad perdida.
El comandante saltó de su percha. Metió la mano en el bolsillo y sacó una
manzana y un cuchillo tosco. Partió la manzana por la mitad e introdujo sendas

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mitades en las bocas de las bestias humanas. A pesar de los bocados que llevaban, se
las arreglaron para masticar la manzana. La tenue luz que había aparecido en sus ojos
se desvaneció.
—No debería haberlo hecho, señor —apeló el comandante a Clive—. Sólo ha
conseguido contrariarlos. Déjelos como están, señor, por su propio bien. No hay nada
que pueda hacer por ellos. Nadie puede hacer nada por ellos. Sólo dejarlos tranquilos.
Clive escrutó el rostro del comandante. El dolor, la pena y la desesperanza que vio
en su expresión eran demasiado reales para iniciar una discusión con él.
—De acuerdo —dijo—. Vámonos, pues.
—Muchas gracias, señor. —El comandante los ayudó a subir al carro.
Finnbogg insistió en olfatear el par de animales, antes de subir. Inclinó la cabeza a
un lado, luego al otro: por fin se apartó de ellos y con gran esfuerzo se subió a la parte
trasera del carro. Chillido saltó hacia las bestias humanas y estas se encabritaron y se
echaron atrás; luego, también ella se encaramó a la parte posterior del carro.
Clive y el sargento Smythe se sentaron más cerca del comandante.
El viaje al Castillo fue tranquilo y frío y, en gran parte de su recorrido, sin
incidentes. De vez en cuando se oían ruidos que provenían de la oscuridad, ruidos
que a Clive le producían escalofríos a lo largo del cuerpo. Había colocado el diario de
Neville en el asiento, junto a él. Luego, para mantenerlo seguro, se incorporó un tanto
y deslizó el libro encuadernado en cuero negro debajo del muslo.
El carro avanzaba rodando y pegando saltos. Nadie hablaba; incluso los impulsos
musicales de Finnbogg parecían haber desaparecido. Clive no pudo calcular el tiempo
que el carro viajó. El crujir de las ruedas, los olores frescos del campo y su propia
tensión y fatiga, se combinaron para hacerlo caer en un estado de semiinconsciencia.
¡Qué perfecto sería aquel momento si a su lado estuviese Annie, en lugar del
impávido sargento Smythe!
En aquella extraña duermevela, tenía a Annie entre sus brazos. Bajo la luz de las
estrellas giratorias, su rostro era singularmente bello. Los puntos de luz del cielo se
reflejaban en sus ojos y la brisa agitaba su pelo. Clive se preguntó cómo conseguían
las mujeres cuidar de su cabello en mitad de circunstancias como aquellas; pero,
incluso en su medio sueño, reconoció que había misterios que estaban más allá de la
comprensión masculina, y que aquel era uno de ellos.
Bajó su cabeza hacia ella y sus labios se encontraron.
Estaban inimaginablemente lejos de su casa, atrapados en un mundo que ellos no
habían creado y que era probable que nunca comprendieran. Viajaban en compañía
de unos seres nunca soñados en el Londres de Clive. Cada día, cada momento, podía
ser el último.
Algún instinto remoto empujó a Clive a apretar con más fuerza sus labios contra
los de Annie, a abrazarla más estrechamente, obligando sus manos a apretar el cuerpo
de ella contra el suyo propio. Y ella respondía, respondía con caricias que debían de
ser corrientes en su extraño mundo del año 1999, pero que eran sorprendentes (y

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deliciosas) para un hombre de la época formal de Clive.
En aquel instante, Clive percibió un movimiento raro. Era el diario de su hermano
Neville, que había colocado bajo su muslo. Se agitaba y se retorcía como una cosa
viva. Intentó ignorarlo para mantener su atención entera hacia Annie. Para ambos,
podía ser la última oportunidad de compartir un momento como aquel. Clive no
deseaba privarla a Annie de ello.
Pero el libro exigía su atención. Se calentaba, luego se enfriaba. Enviaba una
sensación como de agujas hincándosele en la pierna. Punzaba como una inyección de
ácido mortal.
Con un gemido, Clive dejó a Annie y alargó la mano hacia el libro. Y, con un
sobresalto, se dio cuenta de que Annie no estaba allí, de ningún modo. Ahora estaba
completamente despierto, consciente de estar sentado en el asiento duro de un
transporte que iba saltando y crujiendo. Sacó el diario de debajo de su muslo.
Había hecho irrupción el alba… o su equivalente en aquel mundo hueco. La
galaxia de estrellas se había hecho más brillante. El Castillo surgía ante ellos, a poco
menos de dos kilómetros.
En la mano de Clive, el libro se abrió por sí solo, y se abrió por la página siguiente
a la última que había leído. Había otro escrito, esta vez en tinta del color de los ojos de
una cobra: ¡un verde mortal, hipnótico!

«La gema de la belleza es el diamante y la gema del pecado es la esmeralda. Busca el


diamante. Busca la esmeralda. Has viajado más de lo que era simple y más de lo que era
sensato. Tu peligro sólo acaba de empezar, pero ya está acabando. Cuidado con el pecado que
reposa en la cima de la belleza. Cuidado con la esmeralda que reposa en la cima del diamante,
¡cuidado, Clive Folliot, cuidado!».

Sin la intervención de Clive Folliot, el libro se cerró con un golpe seco. Intentó
abrirlo de nuevo, para reexaminar aquel último mensaje, pero el libro se resistió a
ceder.
Un pelotón de rechonchos soldados de caballería semejantes a gnomos les cerraba
ahora el paso. Acababan de llegar al Castillo, y el comandante frenó a las bestias
humanas.
El jefe de la guardia vestía un pesado casco y una maciza armadura acolchada.
Llevaba una enorme hacha de doble filo, y otras armas colgaban del cinto que rodeaba
su ancha cintura.
—¡Tú! —gruñó. Señaló con su enorme hacha, sosteniéndola con una mano de tal
forma que pareció el puntero de un profesor en una soleada clase de Cambridge. El
arma apuntó inequívocamente a Clive—. ¡Baja! ¡Ven!
Señaló a los demás del carro e hizo un ademán desdeñoso.
—Vosotros, los que quedáis: idos a casa. O esperad aquí. O que os coman los… —
pronunció una palabra: evidentemente el nombre de alguna bestia que podía
encontrarse por los alrededores.
—Morid, de cualquier forma —rugió el jefe. Señaló de nuevo a Clive—. ¡Tú, ven,

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deprisa! —Se volvió sin esperar respuesta y echó a andar con torpeza hacia el Castillo.
Todavía sentado, Clive se volvió, miró a sus compañeros e intentó leer lo que veía
en sus rostros. Tendió el diario a Horace Smythe. No estaba seguro de por qué lo
hacía, pero, de algún modo, sentía que el diario tenía más probabilidades de perdurar
en la custodia de Smythe que en la suya.
Clive descendió del carro y siguió al jefe de la guardia por el camino de tierra dura
hacia el Castillo. Tendría que hacer frente a lo que hubiese dentro del Castillo, solo.
Solo, la palabra resonaba en su mente. Y la repitió a cada paso que daba. Solo. Solo.
Solo.
El Castillo, visto desde más cerca, era un perfecto ejemplo de fortaleza medieval.
Parecía la ilustración de un libro de cuentos populares reunidos por los hermanos
Grimm, ¡quizás el mismo que contenía la historia de Hansel y Gretel! Altas torres se
elevaban lúgubremente por encima de gruesas almenas. Muros con mirillas y
estrechas ventanas facilitaban la defensa del Castillo contra un posible ejército
sitiador. La única entrada visible a la mole era una gran abertura arqueada, cerrada
con una reja de hierro, a la cual sólo se podía llegar cruzando un ancho foso.
A través de la reja, Clive pudo ver un ancho patio descubierto: el tipo de patio que
en siglos pasados se habría utilizado como punto de encuentro para comerciantes… o
guerreros.
Era un edificio desfasado en cientos de años, una pesadilla de la Edad Media. Pero
allí estaba.
El guía de Clive no había dicho otra palabra desde que habían dejado atrás el carro
y a los compañeros de Clive. La única compañía que este tenía en aquella marcha
melancólica eran las pisadas rápidas y ligeras del jefe que lo conducía camino arriba y
el pesado arrastrar de pies de los demás guardias a sus espaldas.
Cuando llegaron al foso, el puente estaba levantado. El jefe de la guardia buscó
una piedra pesada y la arrancó del suelo con sus sucios dedos. Echó la mano hacia
atrás y lanzó la piedra contra el puente; la piedra chocó contra este con gran
estruendo y cayó en el agua.
Por entonces la mañana ya era brillante: unas espirales de vapor se levantaban y
bailaban por encima del foso. Un rostro apareció en una rendija junto al puente. La
cabeza recubierta con el casco asintió y, momentos después, con gran
acompañamiento de crujidos y chirridos, el puente bajaba.
—¡Tú, ve! —le ordenó el guía a Clive, quien empezó a cruzar con precaución el
puente levadizo. Cuando estaba a la mitad, el guardia del Castillo gritó—: ¡Alto!
Clive aprovechó la oportunidad para mirar sobre el borde del puente, hacia el
lóbrego foso. Algo que nadaba dentro le devolvió la mirada y pareció casi sonreír,
pero fue una sonrisa hambrienta, de apetito, que reveló hileras de dientes triangulares
y relucientes.
Clive dio un paso atrás con toda cautela y se situó más cerca del centro del puente.
Se oyó que el hierro se quejaba: la reja se alzaba. Clive pudo ver que su parte inferior

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estaba dotada de una serie de terribles puntas de lanza que encajaban en el suelo, y
que fácilmente podrían clavarse en un hombre y horadarle la carne.
Más gnomos hicieron su aparición y rodearon a Clive. Este lanzó una sola mirada
hacia atrás. El pelotón que lo había escoltado desde el carro había dado media vuelta y
ahora se alejaba del foso. El carro y sus pasajeros ya no se veían por ninguna parte.
¿Estarían a salvo? A Clive se le hizo un nudo en la garganta cuando pensó en sus
compañeros: en los que había dejado en el carro y en los que se habían separado de él
días atrás. Smythe, Finnbogg y Chillido lo habrían acompañado si él se lo hubiese
pedido. Estaba seguro de ello.
Pero las condiciones de la situación indicaban que debía avanzar solo. Tenía que
seguir adelante. Debía seguir hasta el final. De una manera u otra, hallaría el camino
de regreso hacia donde se encontraban los demás, especialmente hacia Annie (o ella
hacia él) y juntos descubrirían sus destinos.
Pero ahora tenía que seguir adelante. De nuevo se repitió a sí mismo, mientras
cruzaba paso a paso el patio enlosado hacia la torre principal del Castillo: estaba
solo… solo… solo…
Esta vez, los guardias se negaron a decir una sola palabra. Incluso su jefe se
comunicaba por medio de ademanes exagerados y toscos empujones. Un
pensamiento le cruzó por la mente: el diario de Neville ya debía de tener otro
mensaje, pero había dejado el libro encuadernado de negro a Smythe. No había medio
de modificar aquel acto; era un hecho consumado.
Los guardias acompañaron a Clive a través de corredores y túneles hasta que
llegaron a una sala de audiencias. El capitán de la guardia cogió a Clive por el codo y
lo llevó al centro de la sala. Cuando llegaron ante una plataforma elevada, el capitán
empujó a Clive por detrás a la vez que le golpeaba con el pie la parte posterior de las
rodillas. Clive cayó de bruces en el suelo. En un relampagueo brevísimo de claridad
examinó la alfombra sobre la que había caído: era un rico tejido oriental, con un
único dibujo repetido cientos y cientos de veces, trazado con hilo dorado sobre un
fondo de color de medianoche.
La espiral de estrellas giratorias.
Hubo un momento de silencio. Luego una suave voz masculina habló:
—Venga, no hay necesidad de eso.
Clive levantó los ojos. Un hombre y una mujer estaban sentados en sendos tronos
de madera esculpida.
—Ven —dijo el hombre—. No hay excusa a la manera como te han tratado. De
verdad que lo siento muchísimo, viejo amigo. Intentamos inculcar alguna educación a
estos tipos, pero detrás tienen una larga tradición y es muy difícil hacerlo cambiar. —
Hizo una señal a Clive para que se levantase y luego le indicó una tercera silla cerca
del estrado.
Clive se dirigió a la silla y se sentó en ella. Era consciente del estado andrajoso de
sus ropas y de la suciedad que cubría su cuerpo. Hacía días que no se bañaba ni se

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afeitaba, semanas que no se había cambiado de ropa.
Contrastando con esto, el hombre que había hablado iba inmaculadamente
acicalado. Era alto y delgado, hasta un punto casi grotesco, pero su silueta y sus
facciones tenían una elegancia envidiable. Su vestido era completamente blanco, de
un material sedoso y pálido, con un corte especial para acentuar la forma de su
cuerpo. Cuando se movía, daba la impresión de poder y elegancia, a pesar de su
extrema delgadez.
Su compañera era la contrapartida femenina de él, vestida también con ropajes de
seda blanca. El vestido se le ajustaba estrechamente a los brazos y al cuerpo, y el escote
del pecho era tan grande que atraía la poco predispuesta atención de Clive. Debajo de
la cintura, donde el hombre vestía pantalones ajustados que desaparecían dentro unas
botas negras, la mujer llevaba una larga falda.
Los dos llevaban anillos de piedras preciosas, centelleantes esmeraldas montadas
en engastes de plata. Una sola esmeralda oscura colgaba de una cadena de plata en el
cuello de la mujer: reposaba contra sus generosos pechos, y se elevaba y se hundía al
ritmo de su respiración.
Pero lo que más chocó a Clive de los dos fue su tinte. Su piel era de color blanco.
No del llamado «blanco anglosajón», sino de un blanco puro, como si los hubiesen
esculpido en hielo o nieve viva. Y el cabello y los ojos de ambos eran verdes, de un
verde oscuro y brillante, del color que reflejaban las piedras de esmeralda que ambos
llevaban como ornamento.
—Tú eres el comandante Clive Folliot —dijo entonces el hombre.
Clive reconoció su identidad.
—De la isla de Anglo-Tierra del planeta Telus —dijo el hombre con una leve
sonrisa—; y de la Tercera Era Tecnológica de aquel mundo.
Clive no encontró ninguna respuesta.
—Y yo —continuó el hombre— soy N’wrbb Crrd’f. —Colocó una mano en su
pecho con aire piadoso e inclinó la cabeza cortésmente—. Y mi compañera es lady
’Nrrc’kth. —Extendió su brazo hacia la mujer. Ella la tomó entre las suyas mientras
sonreía dulcemente a Clive.
Su sonrisa, a pesar de su cuerpo alto y delgado y de su sorprendente coloración (o
quizás a causa de estas características), cortaba la respiración. Clive la comparó con la
de las mujeres que había conocido a lo largo de su vida y no encontró ninguna que se
le pudiera igualar. Ella soltó la mano de N’wrbb Crrd’f y él retiró la suya. La magnífica
mujer tocó la esmeralda que colgaba de su pecho y Clive no pudo evitar preguntarse
qué color tendrían las areolas de sus pechos. ¿Las vería él alguna vez?
Con un sobresalto, Clive se percató de que N’wrbb Crrd’f estaba hablando:
—… desearías refrescarte. Con toda sinceridad, me asombra que hayas
sobrevivido hasta aquí. Perderé una apuesta —rio—. Una apuesta amistosa, pero una
apuesta que me sabe mal perder, a pesar de todo. Nunca creí que sobrevivirías hasta
este punto. Pensé que tendrías algún punto flaco, comandante Clive Folliot.

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Candidatos mucho más fuertes y mucho más capaces que tú han intentado este viaje,
y no han llegado ni a las proximidades del Castillo. Pero…
Hizo un gesto con las manos, como rogando por sí mismo.
—Aquí, por cada ganador hay un perdedor, y viceversa, de modo que tendré que
pagar, mi amigo recogerá las ganancias y así todo permanecerá en equilibrio.
Tomó la mano de su encantadora compañera, se levantaron y bajaron del estrado.
Clive permaneció frente a ellos. Ahora que estaban más cerca, parecían aún más
elegantes, el hombre aún más poderoso, la mujer aún más sobrecogedoramente
encantadora, más de lo que Clive hubiera creído nunca.
—Mis hombres te llevarán a tus aposentos. Allí encontrarás un baño caliente,
jabón, navaja de afeitar y ropa limpia. Estoy seguro de que te sentirás más feliz y más
cómodo cuando te hayas sacudido las marcas de tus viajes. Luego te reunirás con
nosotros para comer, comandante Clive Folliot.
Clive hizo un gesto con la cabeza.
—Mis amigos, mis compañeros… —señaló vagamente hacia la entrada de la sala,
indicando tanto el camino por el que había llegado como el carro con Finnbogg,
Chillido y Horace Hamilton Smythe.
—Lo siento, comandante. Ellos no pueden reunirse con nosotros. Temo por ellos:
sólo hay una pequeña posibilidad de que estén vivos, aunque ciertamente desearía que
no les ocurriese nada.
—¿Que ya no estén vivos? ¿El sargento Smythe? ¿Finnbogg y Chillido? ¿Que ya no
estén vivos? —Clive empezó a temblar.
—Pero hay otro huésped —dijo N’wrbb Crrd’f con suavidad—. Estoy seguro de
que será un gran placer para ti compartir la mesa con el general de brigada.
Petrificado, Clive repitió como un eco las últimas palabras del otro:
—¿General de brigada?
—Sí —sonrió N’wrbb Crrd’f—. El general de brigada Neville Folliot.

* * *
Clive se deleitó en el baño. La bañera era de madera, con las piezas encajadas y
pulidas con tanta perfección que era absolutamente estanca. Unos criados le habían
proporcionado el agua caliente en cubos, le habían cortado el pelo y le habían afeitado
la barba, y lo habían lavado, frotado y mimado.
La habitación tenía pocos muebles: cortinas suaves en las paredes, una inmensa
cama en donde estaba la ropa limpia preparada y una alfombra gruesa como la de la
sala de abajo, donde se repetía interminablemente el dibujo de las estrellas giratorias.
Cuando lo dejaron solo, salió del agua y se secó con una inmensa toalla. La ropa
que le habían preparado era de corte medieval: jubón, medias y botas altas de cuero
blando. Los colores eran todos de tonos de rojo y pardo. La ropa era de su talla. Una

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daga, con la empuñadura dorada adornada con rubís pulidos, colgaba en su cinto.
Clive se colocó frente a un espejo alto y se admiró a sí mismo. La habitación
estaba alumbrada con antorchas montadas en argollas.
Detrás de Clive apareció una figura alta y elegante vestida de blanco. Dio la vuelta
en redondo y vio a lady ’Nrrc’kth. Esta se llevó un dedo a los labios, extendió una
mano de dedos larguísimos y la apretó contra los labios de Clive, para silenciarlo
antes de que intentase hablar.
Él asintió y ella dejó caer la mano.
Los labios le quemaban enloquecedoramente allí donde ella los había tocado.
Aquel brevísimo contacto había sido como el beso de una llama helada, un sorbo de
vino helado salpicado con especias picantes.
Actuando casi por puro reflejo, tomó a la mujer en sus brazos. Ella se dejó
abrazar, sin resistirse. Él sintió los labios en su oreja, la cálida respiración cerca de su
piel, aquel cuerpo fuerte contra el suyo. Debido a la estatura de ella, pudo verle con
toda claridad la magnífica esmeralda que colgaba en su pecho. Cuando ella se movió,
supo la respuesta al misterio que lo había desconcertado: el color de las areolas que
decoraban sus pechos.
—Clive Folliot —susurró ’Nrrc’kth en su oreja—. ¡Clive Folliot, tienes que
rescatarme!
Aquellas fueron las primeras palabras que Clive le oía pronunciar, y lo dejaron
absolutamente atónito. ¿No era la consorte de N’wrbb Crrd’f? Le preguntó si el señor
no era su marido.
’Nrrc’kth lanzó una risita apagada.
—Quiere ser mi marido —dijo con amargura—. ¡Yo lo desprecio!
—Pero… yo los vi juntos. Soberano y consorte. Hombre y mujer.
—De ninguna manera. Clive movió la cabeza.
—¿Este no es el mundo de usted? ¿El castillo de usted?
—No, yo no soy de este mundo, ni lo es la bestia de N’wrbb. Nuestro mundo está
muy lejos de aquí. Los agentes de la Mazmorra llegaron allí y N’wrbb hizo un pacto
con ellos. Si él los ayudaba en sus planes, ellos lo ayudarían a capturarme y a traerme
aquí como prisionera de N’wrbb.
Clive sintió vértigo. Quizá fuera el baño caliente que le había secado la sangre del
cerebro; quizá fuera la proximidad de lady ’Nrrc’kth. Se tambaleó y ella lo ayudó a
llegar a la cama. Él sólo tenía la intención de sentarse en un costado, pero entonces
sintió un zumbido en los oídos. Quizás alguien había echado alguna sutil infusión en
el agua del baño. Se recostó, con los ojos fijos en el techo, en donde las sombras
causadas por las antorchas bailaban hipnóticamente.
Vio un rostro que se inclinaba hacia él, un rostro que le era algo desconocido,
pero que era el más hermoso que nunca había mirado. La piel era pálida y el cabello
liso, de un verde oscuro. Sintió el contacto de unas manos suaves que reposaban en
los costados de su rostro. Oyó palabras pero no las pudo entender. Sus propias manos

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notaron la tela lisa y su maravillosa y suave piel.
Sin previo aviso, arrancaron a lady ’Nrrc’kth de su lado. Sintió una mano que lo
agarraba por el cuello del jubón, y que lo ponía en pie sin demasiados miramientos. Y
se encontró frente a lord N’wrbb Crrd’f.
—Debería matarte —gruñó a Clive. Su aliento era ardiente y pestilente—. Debería
mataros a los dos. Pero haré algo mejor que eso. Mucho mejor. Crees conocer el
significado de la palabra Mazmorra, Clive Folliot. Crees que lo sabes, pero no sabes
nada. ¡Nada de nada!
N’wrbb levantó la mano y con todas sus fuerzas pegó a Clive en una mejilla y
luego en la otra. Todavía débil y mareado, Clive vio una negrura que rodeaba la
espiral de estrellas giratorias, y que en el centro de esta surgía el rostro burlón de
N’wrbb.
—Tú y lady ’Nrrc’kth aprenderéis el significado de la Mazmorra… ¡mientras el
general Neville Folliot y yo lo contemplaremos con regocijo!
¡Tan cerca de encontrar a Neville había llegado! ¡Tan cerca! Y ahora… ¿qué sería
de él?
Clive se sintió tumbado violentamente por el vigoroso N’wrbb y arrastrado hacia
la puerta. Y, mientras perdía la conciencia, se preguntó qué le estaría ocurriendo a
lady ’Nrrc’kth.

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28
El Ejército de la Desesperación

El dolor precedió a la plena conciencia, de tal modo que a Clive le pareció haber
nadado hacia la conciencia a través de un mar de agonía, como un buceador nadaría
del suelo del océano hacia la superficie del agua. Sus ojos parpadearon; la luz que le
hacía abrir y cerrar los ojos era acuosa, invernal, una luz que se filtraba débilmente a
través de las minúsculas ventanas, cercanas al techo, de la sala de piedra.
Tanteó en busca de la daga que había formado parte de su atuendo. Hacía poco la
había considerado como un mero adorno accesorio a las galas rojas y pardas que le
habían proporcionado. Ahora podría ser de una importancia vital.
Pero la daga había desaparecido.
Con gran esfuerzo se incorporó y se sentó en la cama. ¡Otra vez estaba en una
mazmorra! No solamente el raro universo entero, al cual lo habían lanzado en contra
de su voluntad, se llamaba Mazmorra, sino que este universo estaba bien provisto de
mazmorras auténticas, y Clive estaba cultivando un miserable hábito: el de hacerse
echar dentro.
La encantadora y exótica ’Nrrc’kth estaba junto a él, con su magnífico vestido roto
y manchado, y su sobrecogedora joya de plata y esmeralda desaparecida. Los rodeaba
un abigarrado grupo de individuos de difícil identificación. Una robusta mujer, cuyo
color de piel era semejante al de ’Nrrc’kth, sobresalía por encima de los demás; en la
mano llevaba la daga con rubíes que había sido de Clive. Tenía el aspecto de una vieja,
pero su fuerza y su agilidad eran evidentes. Claramente llevaba el dominio de la
situación.
Era obvio que las criaturas que se movían a su alrededor con paso vacilante
sentían temor ante la robusta mujer, y la daga contribuía a mantenerles a raya.
La mujer le lanzó a Clive una mirada con los ojos entrecerrados.
—¿Despierto por fin, chico?
Clive se puso en pie tambaleándose. No hubo necesidad de responder a la
pregunta de la mujer, hecha en el dialecto habitual en la Mazmorra.
—Llámame Gram —dijo la mujer—. ¿Y quién eres tú, con ese aspecto tan raro?
En unas breves frases, Clive le contó quién era.
—El hermano del general Folliot, ¿no? Bien, bien, ¡si al final todos seremos
parientes, por aquí!
Clive declaró no entender el comentario.
—Bien, de hecho yo soy la tía abuela de aquella preciosa chica. —Y señaló la
belleza fresca y verdiblanca de ’Nrrc’kth.
—¿Provienen del mismo mundo?
—De Djajj… Tú lo conocerás como Baten Kaitos Omicron.
—No, no lo conozco —dijo Clive moviendo la cabeza—. No lo conozco, en
absoluto.

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—¿De dónde eres, chico? ¿Cuál es tu planeta? ¿Y cuál es tu año?
—Hum… Telus. Terra. La Tierra. El año es 1868. La vieja se echó a reír.
—Supongo que mi año, nuestro año —e indicó a ’Nrrc’kth—, sería para ti el
801 702. O por ahí, poco más o menos.
La anciana buscó con la mirada entre las docenas de individuos harapientos y
sucios que llenaban la mazmorra.
—Me parece que aquí hay otro tipo de la Tierra. Pero no te puedo decir el año, no
lo recuerdo. —Hizo una pausa para frotarse la barbilla.
El cerebro de Clive discurrió a gran velocidad. ¡¿Otro compañero de la Tierra?!
¿Podría ser Horace Hamilton Smythe? ¿O Sidi Bombay? La anciana sabía quién era el
general Folliot (el hermano de Clive se debía de haber concedido a sí mismo la
promoción a un rango más elevado que el de humilde comandante de la Guardia).
—¡Tomás! —gritó la anciana.
Las filas de prisioneros de paso vacilante se abrieron, y un hombre moreno, mal
afeitado, avanzó arrastrando los pies. Vestía un gorro de punto y un atuendo
vagamente marinero. Se sacó el gorro e inclinó la cabeza ante Gram.
—¿Sí, mi señora?
—¿De qué año dices que vienes, Tomás?
Los ojos del navegante se desplazaron de Gram a Clive y a ’Nrrc’kth antes de
volver a fijarse en Gram.
—Era 1492 —dijo Tomás—. Fui arrebatado de la buena carabela La Niña. Yo era
el vigía de noche. Estaba sentado en lo alto haciendo mi trabajo, vigilando
atentamente por si había trombas de agua o serpientes de mar. Y decía mis oraciones,
para que no cayéramos al abismo del final del mundo, si es que llegábamos allí.
—Sí —interrumpió Gram—. Vuelve al tema, Tomás.
—Sí, mi señora. Bien, allí estaba, sentado, meditando sobre la agonía de Nuestro
Señor y repasando las estaciones de la Cruz, cuando, de repente, hubo un resplandor
de luces en el cielo, de todos colores, brillantes como la luz del día. Y luego, como un
racimo de estrellas que se abrió paso a través de una extensión de nubes; en el
sudoeste, recuerdo perfectamente que era en el sudoeste. Y entonces formaron como
una espiral y empezaron a girar y girar. Y yo me sentí tan mareado que tuve que dejar
mis oraciones y agarrarme con todas mis fuerzas a la cesta del vigía para evitar caer a
cubierta. Pero no me sirvió de nada, no. Me cogieron de todas formas. Simplemente
me arrancaron de allí, hacia el cielo, y luego me bajaron a la Mazmorra. Y todo lo que
me ha ocurrido luego…
—No importa —lo cortó Gram—. ¿Te basta con esto? —Se volvió para situarse
frente a Clive—. Este es Tomás, pues. Tomás, este es el comandante Clive Folliot.
Puesto que ambos sois del mismo planeta, quizá podáis hacer buenas migas juntos.
Mientras, yo me ocuparé de mi pequeño bebé. —Abrazó a ’Nrrc’kth y curó las heridas
de la joven.
Clive y Tomás se alejaron juntos. Clive paseó la mirada por su entorno, para

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hacerse una idea del aspecto de los demás prisioneros. ¿Por qué estaban allí? ¿Por qué
las misteriosas y sombrías criaturas que gobernaban aquel mundo (fuesen q’oornanos
o alguna otra raza todavía más alienígena) capturaban seres de tantos mundos y
tantas épocas y los traían a la Mazmorra? ¿Por qué dejaban libres a unos y
encarcelaban a otros?
Así como había conseguido localizar a Neville (de lo cual Clive estaba
convencido), también podría resolver aquel misterio aún más profundo. ¡Y había
estado tan cerca, tan atrozmente cerca de encontrar a su hermano!
¡No estaba dispuesto a abandonar aquel objetivo! Pero no podía esperar encontrar
a Neville si permanecía inmóvil en aquella prisión de roca. Había viajado demasiado
lejos y sufrido demasiado, había pagado un precio demasiado alto en dolor y en
pérdida de amigos para ahora permanecer inmóvil.
—Tomás —dijo dirigiéndose al marinero—. Es usted español, ¿no?
—Sí, mi señor.
—¿Tiene amigos, aquí, Tomás? ¿Forman estos prisioneros una comunidad que
podamos movilizar contra nuestros carceleros?
El rostro del ibérico puso una solemne expresión.
—La Mazmorra es un lugar creado por Dios para ponernos a prueba, señor. Si
conservamos nuestra fe, nuestra salvación es inevitable. Si cedemos a la rebelión o a la
desesperación, nos condenamos.
Clive Folliot era tan religioso como el hombre que tenía junto a sí, pero había
momentos para la salvación a través de la fe y momentos para la salvación a través de
los actos. Aquel era claramente uno de los últimos.
—No me cabe ninguna duda de que su fe es firme, Tomás. Y naturalmente nadie
iría contra los designios del cielo. Pero estoy seguro de que usted no cree que sus
capturadores estén cumpliendo la voluntad del cielo. ¡Es muy probable que sea todo
lo contrario! ¿No quiere ayudar a ganar nuestra libertad? Estoy seguro de que esa es la
voluntad de Dios: libertad, y no miseria, para los devotos creyentes.
Sea como fuere, costó poco convencer a Tomás. Quizá fuese la elocuencia de Clive
y su ardiente sinceridad lo que arrastró al ibérico. O a lo mejor era el recuerdo de la
luz del día, el cielo limpio y el agua corriente, en contraste con la suciedad y la miseria
de su actual entorno.
De cualquier forma, una gran sonrisa iluminó la expresión melancólica de Tomás.
—¡Sí, comandante! La buena de Gram es muy fuerte, y tengo otros amigos. ¡Hay
extrañas criaturas por aquí, comandante! Unas parecidas a lobos, otras a leones y
otras a las que nunca sabría ponerles nombre, pero todas son prisioneras de la
Mazmorra y todas están dispuestas a evadirse. Sólo necesitan a alguien que los guíe.
¿Lo hará usted, comandante? ¿Lo hará?
Clive dudó sólo un momento. Era una persona contemplativa, pasiva por
naturaleza, que prefería estudiar, pensar y planificar, antes que actuar. Pero no había
tiempo para tal conducta.

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—¡Soy su hombre, Tomás! ¡Sí, os conduciré! Vamos, reunámonos con Gram. Y
con todos los que crea que tengan deseos y capacidades para sumarse al grupo central
del complot. Tenemos que madurar un plan y luego llevarlo a cabo. Los q’oornanos
nos trajeron aquí, a cada hombre, mujer y criatura inhumana de nosotros, contra
nuestra voluntad. Pero no nos tendrán encerrados aquí para siempre. ¡Tenemos que
ser dueños de nosotros mismos otra vez!

* * *
’Nrrc’kth descansó mientras Clive, Tomás y Gram preparaban su plan. Tomás
propuso a dos prisioneros más para que se sumaran a la conspiración. Uno era una
extraña criatura de piel parecida a la de un lagarto y garras como las de un tigre. Otro
era mucho más raro: una cosa sombría y susurrante, cuyo aspecto no lograba Clive
percibir con claridad, que parecía crecer y encogerse y moverse sin cesar.
Corrían peligro (siempre el peligro) de que algunos prisioneros fuesen traidores,
agentes dobles que los carceleros q’oornanos hubieran situado entre la masa políglota
para que sirvieran a sus fines. No había un sistema fácil para descubrir a tales
traidores; sin embargo, la presencia de delatores parecía bastante improbable.
Tenían que confiar en el criterio de Tomás, y en el de Gram, decidió Clive.
El plan que desarrollaron requería levantar el pavimento de losas del suelo de la
mazmorra. Las piedras no estaban unidas con cemento, sino simplemente colocadas
unas junto a otras, encajadas con tanto cuidado que era casi imposible moverlas.
Pero contaban con la daga de Clive, que había pasado inadvertida a sus captores
en la confusión de la pelea con el Señor del Castillo, y que había pasado a manos de
Gram. Ahora, con su hoja pulida como herramienta, Clive y sus aliados consiguieron
levantar un bloque junto a la pared de la ventana…, apenas una fracción de
centímetro.
Pero entonces las zarpas de tigre del amigo de Tomás entraron en acción. Unos
dedos ordinarios no habrían podido mantener la piedra en aquella posición: Clive
calculó que pesaba casi doscientos kilos, y sus lados eran lisos y resbaladizos. Pero las
garras se clavaron en ella y luego el ser de forma cambiante consiguió introducir sus
zarcillos por la estrecha rendija y meter una parte de su masa bajo la piedra; de esta
manera, pudo presionar la losa hacia arriba.
Con un esfuerzo aunado consiguieron levantar la roca, empujarla hacia un lado y
depositarla encima del bloque adyacente.
Durante un breve instante, Clive creyó que la extracción de la piedra les daría
acceso a algún oculto camino de huida, a algún túnel olvidado que los conduciría de
la mazmorra al mundo exterior, desde donde podrían escapar definitivamente del
Castillo.
Pero no fue así. Bajo las piedras sólo vieron tierra negra. En un sentido, Clive se

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sintió aliviado. En realidad, no quería salir del Castillo y escapar a través del campo
abierto. No después de haber llegado tan cerca de Neville. ¡Oh, no! Ahora Clive
anhelaba la confrontación que sabía que le estaba aguardando.
Trabajaron por turnos, cavando la tierra que había quedado al descubierto. Los
guardias llevaban la comida a intervalos regulares, de modo que fue una cuestión muy
fácil proteger la excavación con los cuerpos de los prisioneros siempre deambulantes.
Ni los guardias prestaron atención a lo que hacían. La cárcel había sido segura
durante tanto tiempo, que eran víctimas de una excesiva confianza.

* * *
El muro brilló, refulgió y, gradualmente, se hizo transparente. Clive se quedó
perplejo, mirando. ’Nrrc’kth estaba junto a él. Había recobrado sus fuerzas, y se había
convertido en parte vital de la conspiración de los prisioneros para escapar. Tomás
estaba supervisando los trabajos de excavación y, ante la súbita visión, lanzó una
exclamación invocando la protección de su santo patrón.
—Siempre he tenido razón —prorrumpió Tomás—. La Mazmorra es obra de los
designios del cielo. ¡Quizás es un purgatorio! ¡Quizás es la antesala del mismo
infierno! Y ahora…
Clive ordenó calma. Había aprendido a manejar el dialecto de la Mazmorra y el
problema de las lenguas ya no le impedía el ejercicio de la autoridad.
Ahora, en el lugar donde el muro de piedras firmemente encajadas había
mantenido a los abigarrados prisioneros indefensos, aparecía un campo brillante y
reluciente. Y, en el centro del campo, iluminada por una luz interior y rodeada por
Chillido, Finnbogg y Horace Hamilton Smythe, ¡se erguía la esbelta figura de cabellos
oscuros de Usuaria Annie!
Clive dio un paso adelante. Sintió que su cerebro ejecutaba un giro, que su sentido
del tiempo y del espacio viraba hacia alguna dimensión desconocida que le permitía
tener acceso a la información que llevaba dentro de sí. Esta información la llevaba
desde la extraña comunión experimentada con Horace Hamilton Smythe, con
Finnbogg y con Annie, a través de Chillido. Entonces había creído evitar la fusión de
su mente con la de Usuaria Annie. Pero ahora comprendía que había compartido en
realidad su mente con la de ella, y que ella había compartido la suya con la de él.
Hasta ahora había reprimido la extraordinaria información recibida de ella, pero, en
aquel instante de confrontación, brotó con fuerza de no sabía qué rincón de la mente,
en donde había permanecido oculta.
Mientras la escena que tenía delante se helaba en un cuadro, su mente viajó a
través del relato que había recibido de Annie.

Si, tú me llamas Usuaria Annie, pero mi nombre es Annabelle Leigh. Mis amantes me llaman Anne, o

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Belle. Me gusta Belle. Mi abuela conoció a Belle Starr.
Crees que hablo de una forma rara, pero es la forma de hablar de mi tiempo, de mi mundo. De mi
trabajo. Los ordenadores son parte corriente de nuestra vida cotidiana, y nuestro lenguaje ha imitado la
jerga del programador y del analista de sistemas. Tu forma de hablar es para mí tan ajena e
incomprensible, Clive Folliot, como la mía lo es para ti. Bendita sea Chillido por ayudarnos a
comprendernos mutuamente. Me gustas, me siento atrapada por ti, pero entre nosotros existe algo
anterior que no sabes, y que tienes que saber.
Nací en San Francisco en 1980, así que tengo diecinueve años. Fui virgen hasta los quince años (la
media para las chicas de mi tiempo). Tengo buenos estudios y una buena profesión, o al menos la
tenía hasta que los q’oornanos me arrancaron de Piccadilly Circus y me trajeron a la Mazmorra.
Mi madre ya fue cantante antes que yo. Nació en Denver, en 1959, y se marchó a San Francisco.
Cantaba en el coro de la ópera de San Francisco y trabajó en unos pocos pequeños papeles de
relleno. Tenía veintiún años cuando yo nací. Nunca se casó. Esto es una tradición en nuestra familia.
Yo soy la quinta generación que conservo la tradición, y no quiero romperla si puedo evitarlo.
Nunca nos casamos. Nosotras elegimos a nuestros amantes, parimos hijas, vivimos nuestras vidas,
vamos a donde queremos y, por encima de todo, ¡nunca nos casamos!
Mi abuela nació en Chicago en 1925. Era una cabaretera. Cantaba y bailaba y hacía de chica de
compañía. No tuvo una vida demasiado fácil. Su madre no había podido darle mucho, pero le enseñó
la ley de la familia: vive como quieras, toma los amantes que desees, pare una hija y ¡nunca te cases!
La abuela lo pasó mal, pero permaneció fiel a la tradición familiar. Parió a mi madre a la edad de treinta
y cuatro años. La crío con lo poco que ganaba, pero le enseñó lo que tenía que aprender y la ayudó a
abrirse camino en el mundo.
Mi bisabuela trabajó de fregona en Boston. Se fue allí desdeñada como bastarda. Había llegado a
América en brazos de su madre, cuando aún era un bebé. Su madre había intentado pasar por viuda,
pero, de algún modo, la gente se enteró de que nunca había estado casada y de que su hija era
ilegítima. Fue la que tomó la gran decisión, la que sentó la ley de la familia.
El apellido de la familia no fue siempre Leigh. Se abrevió, en algún momento de la historia de la familia,
de Leighton.
Nuestro linaje fue fundado por la inglesa Annabelle Leighton. Había tomado un amante, pero esto
ocurrió antes de establecer nuestra gran ley. Quería casarse. Su amante le había prometido que se
casaría con ella. Ella confió en él, ¡pobre ingenua! ¡Pobre Annabelle Leighton!
Su amante era el segundo hijo de un barón. Su hermano mayor había desaparecido en una expedición
al África del Este. El amante de la tatarabuela fue en busca de su hermano. Ninguno de los dos
regresó.
La tatarabuela esperó el final más amargo. Dio a luz en soledad, en soledad y sin ayuda, en un helado
piso londinense. Cuando comprendió que su amante no regresaría, cuando el barón Tewkesbury murió
y el título y la fortuna pasaron a un primo lejano que le dio con la puerta en las narices, mi tatarabuela
creó la gran ley de nuestra familia.
Reservó un pasaje para América y fue a vivir a Boston: y enseñó a su hija a vivir como quisiese, a
tomar los amantes que eligiese y a parir una hija para traspasarle la ley de la familia. Y, por encima de
todo, a no casarse nunca.
Esta es la historia de mi familia. Esta soy yo.
Jugaste un papel en esta historia, Clive Folliot. Tú sabes quién eres. Tú sabes qué parte tuviste.
Mis sentimientos respecto a ti son confusos, esto como mínimo. Si salimos de esto vivos…, si
encuentras la manera de regresar a Inglaterra y a Annabelle Leighton…, si después de todo te casas
con ella…
¿Qué será de mi familia? ¿Qué será de nuestra ley? ¿Qué será de mí? No lo sé, Clive Folliot. Esto es
el final y la respuesta a todo. Yo simplemente no lo sé.

Clive sacudió la cabeza, como si esto pudiera cambiar el universo y romper el


estado de estupor que lo había poseído, y sonido y movimiento aparecieron de nuevo
a su alrededor.
Usuaria Annie (no: Annabelle Leigh) permanecía en el centro de su nimbo
resplandeciente. Colores para los que Clive no tenía ni el más vago de los nombres
relucían y ondulaban alrededor de ella mientras movía las manos, disolviendo el

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muro de piedras de la mazmorra.
No tenía ni idea de qué eran los ordenadores de que ella había hablado en aquel
cegador momento de comunicación, salvo que eran máquinas maravillosas, máquinas
que parecían casi tener cerebro y conciencia propios, y que podían utilizarse o bien
como servidoras o bien como dueñas del hombre. El Baalbec A-nueve evidentemente
era una máquina de aquel tipo.
Los prisioneros salían en tropel por el boquete que Annabelle Leigh había hecho
en el muro de la mazmorra. Sin duda, aquella maravilla era una más de las que su
Baalbec A-nueve era capaz de producir.
Clive no podía imaginar la cantidad de energía que aquel acto había consumido,
la cantidad de energía que le quedaba, ni qué cosas más podía hacer aquella máquina
bajo el mando de Annabelle. Había dicho a Clive que la máquina se recargaba con las
energías de su cuerpo. Cuando ella estaba cansada y sus fuerzas agotadas, entonces el
Baalbec también debía perder su poder, hasta que Annie hubiese descansado, se
hubiese alimentado y hubiese repuesto sus fuerzas.
Y, por cierto, ¿cómo había conseguido llegar allí? Sólo podía hacer especulaciones,
y estas lo llevaban a pensar que había volado en la Nakajima modelo 97. ¿Había
descendido a tierra allí? Quizás en el patio del Castillo. O tal vez al otro lado del foso;
y de allí habría traído a Chillido, a Finnbogg y a Horace Hamilton Smythe.
Preguntas, siempre preguntas, y cada respuesta sólo arrastraba en su estela una
nueva lista de enigmas. No había tiempo, ciertamente ahora no había tiempo, de
continuar con las cuestiones.
Giró la vista hacia ’Nrrc’kth. Su vestido blanco, su piel pálida, su pelo verde
oscuro, su belleza supraterrenal todavía provocaban una conmoción en su interior.
Desvió la vista de ella y miró una vez más a Annabelle Leigh. ¿Era aquella joven la
verdadera tataranieta de Annabelle Leighton? Tenía que serlo; la historia encajaba
demasiado bien, a pesar de sus rasgos fantásticos, con la realidad de las vidas de Clive
y de Annabelle.
Annabelle Leigh, Usuaria Annie, era su propia tataranieto. Era carne de su propia
carne, el fruto de sus impulsos vitales (y de los de Annabelle), de la pasión de ambos.
Pensó en cómo la había tenido en brazos durante el viaje en carro. Sabía que si la
situación hubiese sido otra, si se hubiese presentado la oportunidad, habría hecho
algo más que cogerla entre sus brazos. Habría… Ella era su propia tataranieta, su
descendiente directa, su misma hija, y él habría… Pero no, aquello había sido sólo un
sueño, un curioso vuelo de la imaginación, algo a medias entre la materia del sueño y
los pensamientos del deseo. Y si él no lo hubiera sabido, si no lo hubiera sabido a
tiempo…
Pero ahora una fuerza más tangible lo arrastraba: los prisioneros de la mazmorra
en busca de su libertad.
Unos pocos consiguieron huir lejos de la mazmorra del Castillo. Se oyeron las
zambullidas de los que habían caído en el ancho foso, y luego una serie de gritos: los

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habitantes del recinto acuático empezaban su festín.
Pero la mayoría de los prisioneros permaneció en la parte interior del foso,
apiñándose alrededor de Clive, Tomás, Gram y ’Nrrc’kth. Los recién llegados —
Annabelle, Horace Hamilton Smythe, Finnbogg y Chillido— también estaban junto a
ellos.
Y todos, todos, estaban mirando a Clive.
No, no estaban simplemente mirándolo. Estaban esperando algo de él. Esperando
a que tomara una decisión, a que tomara el mando.
No deseaba el papel de jefe, pero habían depositado la confianza en él. Arriba, en
el Castillo, había guardias. Era un milagro que todavía no hubiesen respondido a la
fuga en masa de los prisioneros, pero Clive sabía que aquello podía suceder en
cualquier momento.
Podía conducir a aquella abigarrada banda a la huida o podía ordenarles quedarse
donde estaban y luchar.
La primera alternativa ahorraría heridas, e incluso muertes, por el momento.
Pero, de una forma u otra, tenía que hacer frente a los q’oornanos. Alguien tenía que
resolver el misterio de la Mazmorra. ¡Alguien tenía que derrotar a los señores
omnipotentes!
Este alguien podía ser Clive Folliot, con su banda de seguidores, humanos e
inhumanos.
Hubo tiempo para una breve comunicación con Annie mientras los demás se
tomaban un corto descanso, y Clive no dejó pasar la oportunidad.
—Ahora comprendo —dijo a Annie.
Ella lo miró directamente a los ojos y le dijo:
—Me alegro, Clive. —La mirada de ella expresó también que sabía lo que Clive
comprendía. Gracias a aquel momento de unidad psíquica, ella había aprendido tanto
de él como él de ella.
—¿Hay algo más, algo más que deba descubrir?
Annie sonrió.
—Bibliotecas enteras, Clive. Abuelo. Los q’oornanos sólo son un grupo, un
mundo en un universo que apenas puedes imaginar. Nosotros somos peones, abuelo.
Peones en un ene-dimensional ajedrez de locura, en donde no sabemos ni de quién es
la mano que nos mueve.
—¿No hay esperanza, pues? —casi suplicó Clive.
—¡Siempre hay esperanza, abuelo! ¡Siempre! Sólo cuando nos rendimos la
esperanza deja de existir para nosotros. Mientras nos aferremos a nuestras
aspiraciones, mientras no abandonemos la lucha, todavía podemos ganar. Algún día.
De alguna forma. ¡Ganaremos, abuelo!
Clive sonrió a Annie, a aquella bellísima mujer, a aquella criatura valiente y
enigmática. Comprendía que la amaba, que la amaba como nunca antes había amado
a nadie.

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¡Ganarían! En lo más profundo de su corazón, sabía que ganarían.
La primera tarea que les aguardaba era enfrentarse con Neville.
Clive Folliot se preparó para acometer aquella tarea.

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29
Chang Guafe

De todos los prisioneros que se añadieron al ejército en el exterior del Castillo, el que
teñía una apariencia más sorprendente era Chang Guafe. No era hombre, no era
bestia, no era máquina: Chang Guafe no era nada de aquello y lo era todo a la vez.
Su rostro era una masa amorfa de ojos, dientes y otros objetos (que debían de ser
más el producto de un experimentador enloquecido que de la naturaleza, incluso en
sus peores engendros) en continuo movimiento. Tenía tentáculos y mecanismos,
pinzas y garras. Chang Guafe podría haber sido el padre acromegálico del monstruo
del gran puente negro, equipado con los inventos de un malvado fabricante de
armamento.
En un rápido intercambio de información con el monstruo, Clive se enteró de que
él (aunque esta palabra sea inexacta e insuficiente para designar a Chang Guafe, de
momento nos bastará) era el producto de un mundo en donde la vida era simple y
primitiva. El mismo Chang Guafe había empezado poco menos que como una ameba.
Pero el gran logro de la evolución de la especie de Chang Guafe era su habilidad
en asimilar las características —y, hasta cierto punto, las personalidades conscientes—
de las criaturas con las que tropezaban y que absorbían.
Por sí solo, el mundo de Chang Guafe había evolucionado hasta convertirse en el
hábitat de una masa informe de protoplasma vivo, indiferenciado, no especializado,
sin inteligencia e incluso inconsciente…, hasta que los primeros exploradores del
espacio llegaron a su mundo desde un planeta remoto. Una vez que la nave espacial
visitante se posó en él, fue inexorablemente absorbida, y tanto los aparatos mecánicos
de la nave como los órganos físicos y mentales de sus ocupantes fueron incorporados
a la estructura de la forma de vida indígena.
Con el conocimiento y la técnica de sus nuevos miembros, la vida indígena del
planeta de Chang Guafe se convirtió a su turno en viajera del espacio, y se expandió
envolviendo e incorporando toda la vida y toda la tecnología que encontraba a su
paso.
Entonces Chang Guafe llegó al planeta ya dominado por los q’oornanos. Sería
inexacto decir que Chang Guafe había viajado en una nave espacial o, por el
contrario, que había viajado sin necesidad de ella. No había distinción entre
tripulante y vehículo. Chang Guafe y sus provisiones, su equipo, su nave espacial,
constituían una única entidad.
Pero algo de aquel planeta había paralizado la forma de Chang Guafe. Se podía
mover, podía funcionar, podía incluso cambiar, pero dentro de ciertos límites, y ya no
podía absorber nuevos organismos o nuevos mecanismos. Estaba atascado. Y lo
habían encarcelado en la Mazmorra, de modo que quería vengarse de sus
capturadores.
Chang Guafe vio en el liderazgo de Clive Folliot una oportunidad para llevar a

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término aquella venganza o, al menos, una esperanza de huir de aquel planeta y de
recuperar su poder de crecer y adaptarse.
Y Clive Folliot vio en Chang Guafe a un aliado en su propia guerra contra los
q’oornanos y en la búsqueda de su hermano desaparecido.
Clive y su banda se encontraban en un espacio abierto, con el Castillo —cuya
mazmorra tenía ahora el muro agujereado— detrás de ellos y el ancho foso delante.
Clive quería hablar con sus antiguos amigos, contarles lo que había experimentado y
preguntarles qué habían aprendido durante el tiempo de su separación. Por encima
de todo, quería hablar con Annie, con Annabelle Leigh, su propia descendiente. Pero
aquel no era el momento para ello.
Echó su cabeza hacia atrás para observar el cielo. Las estrellas giratorias de la
minúscula constelación, que iluminaban el mundo interior de la Mazmorra, eran tan
brillantes como la luz del mediodía.
¿Qué había al otro lado de aquel mundo al revés? Clive sabía que podía viajar allí,
si se le presentaba la oportunidad. ¿Había estado Neville en el Castillo de N’wrbb
Crrd’f? ¿Se había ido ya, posiblemente a algún lugar lejos del Castillo, a algún país
más allá del cielo de la Mazmorra?
Clive había conseguido estar a sólo una hora de distancia, a un pasillo quizá de
Neville. ¡No podía abandonar su búsqueda!
Un pelotón de guardias gnomos salió disparado del boquete del muro del Castillo,
excavado por el Baalbec A-nueve de Annabelle Leigh. La atracción física de Clive por
Annie se había transformado en una especie de orgullo de abuelo y de preocupación
por su bienestar. Ya no era aquella joven puramente atractiva, y exótica, que había
conocido en aquel mundo de pesadilla.
Era carne de su propia carne, sangre de su sangre. Era su hija, y tenía que cuidarla.
Los gnomos atacaron con picas y hachas.
Las fuerzas de Clive se defendieron con todas las armas improvisadas que
encontraron. Palos, piedras y, cuando la necesidad compelía, con las manos vacías, los
dientes o las uñas. Algunas poseían órganos que segregaban e inyectaban veneno.
Chillido saltaba en el aire, propulsándose con sus cuatro patas en una dirección y
luego en otra, retorciendo extremidades y cuellos de gnomos con sus cuatro delgados
pero potentes brazos. Sus mandíbulas, que Clive había creído meramente simbólicas,
demostraron ser todo lo contrario: propinaban mordeduras que provocaban
paroxismos de agonía en los enemigos y temblores de horror en sus camaradas. Se
arrancaba las púas y las lanzaba a los rostros de los atacantes, quienes caían al suelo
retorciéndose y gritando de dolor hasta que morían.
Un gnomo atacante consiguió golpear a Chillido con una maza rematada en una
punta de lanza. El impacto partió uno de los cuatro brazos de la mujer araña. Y esta
soltó un aullido como nunca había oído Clive. Con sus brazos restantes cogió al
enemigo, lo levantó y lo lanzó por el aire. Los gritos de este se mezclaron con los de
ella, y se interrumpieron con la zambullida del cuerpo en el foso.

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Se oyó el ruido de algo que se desgarraba, unido a un terrible alarido, y el gnomo
desapareció bajo las aguas rizadas.
La maza del gnomo había quedado clavada en la carne de Chillido, y los pelos-
púas la mantenían aún allí. La mujer-araña arrancó de su articulación el miembro
roto, desclavó de su brazo fuera de combate la maza de punta de lanza y regresó,
andando con dificultad, a la batalla, aplastando a su paso cráneos de gnomos con la
maza; y, mientras duró toda esta escena, sus gritos resonaron en todo el campo de
batalla.
Los atacantes ya estaban casi diezmados cuando un grito de desánimo se levantó
entre los seguidores de Clive. Se acercaba otro pelotón de guardias (¡no, dos
pelotones!). Habían salido del Castillo y los estaban rodeando: un grupo de soldados
avanzaba en el sentido de las agujas del reloj y el otro en sentido contrario, para
convergir, a modo de tenazas, en el centro de la banda de guerreros de Clive.
El poderoso Finnbogg se sacudió los pocos gnomos que quedaban del pelotón
original, con los cuales estaba enzarzado en dura batalla, y arremetió contra los
nuevos grupos de atacantes. Clive oyó su rugir canino, como un contrapunto grave a
los penetrantes gritos de guerra de Chillido, y lo vio desaparecer bajo la masa de
gnomos.
Clive distinguía vagamente la silueta de Finnbogg mientras los gnomos se
arrastraban sobre él como cucarachas encima de un roedor. Pero Finnbogg no era
una víctima pasiva. Algunos gnomos salieron despedidos, junto con los trozos
sanguinolentos de otros.
Annabelle, ’Nrrc’kth y Gram se habían dispuesto formando un triángulo, con sus
espaldas hacia el centro. Las dos últimas se habían provisto de armas recogidas de los
gnomos caídos, mientras que Annabelle confiaba sólo en su Baalbec A-nueve. Clive
no conocía más que unas pocas capacidades del mecanismo y apenas podía imaginar
lo que este era capaz de hacer en defensa de Annabelle, o lo que ella era capaz de
hacer con él.
Clive iba armado con la daga de empuñadura de rubíes que había recibido de
N’wrbb Crrd’f. Parecía un arma lastimosa para usarla contra las picas, mazas, hachas
y espadones, pero Clive actuaba como un inspirado. Saltaba y golpeaba, esquivaba y
clavaba. Lo recubría una capa de sudor, polvo y sangre, y no tenía idea de cuánta de la
sangre era suya, pero no le importaba.
Aquel señor amable, meditativo, quizás involuntariamente egoísta, se había
convertido en una máquina de matar.
Sentía al sargento Smythe a sus espaldas, oía los bufidos del hombre en sus
esfuerzos, los gritos de triunfo, los gritos de dolor.
De pronto oyó que le gritaba:
—¡Tenga, comandante! ¡Abra la mano! —El sargento se las había apañado para
conservar unos cuantos perdigones explosivos, recogidos de la bestia voladora que los
había atacado en el puente de obsidiana. Pasó la mitad de sus municiones a la palma

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de Clive.
Los perdigones eran apenas más grandes que pepitas de naranja.
Clive lanzó uno al rostro de un atacante. Explotó con un estrépito que lanzó al
soldado por los suelos, con la cara hecha un sanguinolento amasijo. Clive lanzó otro
perdigón, y luego otro. Cada uno hizo su trabajo. Oyó a Horace Hamilton Smythe,
detrás de él, gritando triunfante después de cada éxito similar.
Pero pronto se agotó la provisión de explosivos, y los enemigos continuaban
llegando.
Y Clive se encontró frente a frente con un personaje alto, delgado, vestido de
blanco y verde. No era la encantadora ’Nrrc’kth, sino su cruel supuesto consorte,
N’wrbb Crrd’f.
Cada uno clavó los ojos en los del otro. Clive hubiera querido un minúsculo y
mortal perdigón más, uno más. ¡Sólo uno! Pero no tenía ninguno. Sólo tenía la
pequeña daga, la daga del rubí.
N’wrbb, armado con una larga espada, descargó la hoja de arriba abajo. Su
trayectoria fue tal que la pesada espada habría tronchado a Clive desde el hombro,
hasta el esternón… si hubiera dado según era la intención de quien la manejaba.
Folliot no saltó hacia atrás ni intentó apartarse a un lado, sino que se lanzó hacia
adelante, con la daga levantada a la altura del pecho, y clavó la hoja en el corazón de
N’wrbb. La hoja se hundió en la pálida figura, y una sangre de color esmeralda se
esparció alrededor de la herida.
Clive arrancó la daga, confiando en que N’wrbb caería muerto; pero Folliot había
presumido que los órganos internos de aquellas delgadas criaturas estaban dispuestos
igual que los suyos. Fue un error por su parte, un error que salvó la vida de N’wrbb y
que casi le cuesta la suya.
El hombre alto soltó un grito de dolor y de rabia. Cogió su espada por la hoja, la
levantó hasta el punto más alto y la hizo caer pesadamente en la cabeza de Clive
Folliot. La maciza empuñadura golpeó como una maza de guerra contra el cráneo
desprotegido de Clive.
Clive oyó el impacto, más que lo sintió. Dio unos pasos atrás y, sin poder hacer
nada para evitarlo, se derrumbó de rodillas y cayó hacia un lado. Vio a N’wrbb que se
agarraba el pecho: un icor verde manchaba su blanco atuendo, antes inmaculado.
N’wrbb giró en redondo y se alejó, tambaleándose, de Clive.
Folliot hizo un esfuerzo doloroso y consiguió ponerse en pie de nuevo. A su
alrededor la batalla continuaba enfurecida. Los guardias gnomos y los prisioneros
evadidos se acuchillaban y se herían sin tregua. Los cuerpos de los muertos y los
moribundos llenaban el suelo; en un recodo, Clive vio un hórrido tentáculo que
emergía del foso y arrastraba una sangrante forma, que aún se debatía, hacia el agua
negra.
En algún lugar del combate estaban Annabelle y Gram, ’Nrrc’kth y Chillido, el fiel
Finnbogg y el robusto Horace Hamilton Smythe. Algunos puede que estuvieran

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heridos; otros, muertos. La batalla seguía con la misma furia.
Tambaleándose y tropezando a cada paso, pero recuperando las fuerzas con cada
movimiento, Clive cruzó con paso pesado el suelo manchado de sangre, en
persecución de N’wrbb Crrd’f.
El hombre alto había huido hacia la mazmorra, y Clive fue tras él, incapaz de
igualar las grandes zancadas del otro, pero decidido a no dejarlo escapar.
Atravesó pasillos que descendían, salas que resonaban con sus pasos y frías
escaleras de piedra que subían. Parecía no haber ni un alma en el Castillo. Todos los
soldados debían de haber sido enviados a la furiosa batalla del exterior. Los gritos de
desesperación, de triunfo y de muerte flotaban en el aire, proporcionando un ruidoso
contrapunto a los pasos retumbantes y a los jadeos de los dos hombres.
Ahora N’wrbb corría por un pasillo. Clive lo perseguía sin descanso. Detrás de él
pudo oír el rumor de otros perseguidores.
Clive se permitió la momentánea distracción de mirar por encima de su hombro.
Y a sus espaldas vio a su grupo de compañeros y aliados. Annie, ’Nrrc’kth, Gram,
Tomás, Smythe y sus inhumanos o semihumanos asociados, Finnbogg, Chillido y
Chang Guafe, lo seguían en la carrera. Pero Clive no se detuvo a esperarlos.
De repente, N’wrbb desapareció, y pronto Clive llegó al punto donde había visto
por última vez a su enemigo. Había un nicho excavado en la lisa piedra negra. Un rico
tapiz que representaba una escena sorprendentemente lasciva tapaba la entrada.
Clive empujó con cautela el tapiz, esperando encontrar a N’wrbb detrás de él
preparado para golpearlo a traición con la espada. Pero el hombre pálido no estaba
allí. Estaba agazapado al fondo de un corto pasillo, de espaldas a una puerta de
madera maciza; con la empuñadura de su larga espada golpeaba la puerta, suplicando
que lo dejasen entrar.
Clive avanzó. Sólo el furtivo parpadeo de los ojos verde oscuro de N’wrbb lo
detuvieron al borde de una baldosa, que sin embargo no parecía diferente de las
demás que la rodeaban. Clive se apoyó contra la pared, extendió un pie con gran
cuidado y pisó levemente la piedra.
Con un estruendo, un inmenso bloque negro cayó del techo. Clive no había
mirado hacia arriba; estaba demasiado concentrado en el hombre que tenía delante.
El bloque era una piedra que debía de pesar fácilmente doscientos cincuenta kilos.
Chocó contra el suelo, rompiéndose en un millar de pedazos, y los fragmentos
despedidos hirieron a Clive en el rostro y en el cuerpo. Había conseguido sacar el pie
a tiempo, ya que de lo contrario le habría quedado hecho puré. Si hubiera pisado con
todo su peso en la piedra, el bloque desprendido lo habría matado en el acto.
N’wrbb llamó de nuevo a quien fuera que estuviese al otro lado de la puerta, o a
quien pensaba que estuviese allí. No hubo respuesta.
Clive saltó por encima de la piedra hecha añicos y se detuvo apenas a un metro de
N’wrbb. Armado sólo con la daga de la empuñadura de rubíes, habría sido una presa
fácil para N’wrbb, pero a su contrario ya no le quedaba valor.

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—Déjame ir —suplicó el hombre pálido—. Déjame pasar. —Señaló el corto pasillo
que habían atravesado—. Déjame sitio para pasar y me iré, te dejaré solo, podrás
hacer lo que quieras.
—Demasiado tarde —respondió Folliot—. ¡Defiende tu vida luchando, monstruo
q’oornano!
—¡Yo no soy q’oornano! ¡No te das cuenta, también me han hecho prisionero!
¡Estoy de tu lado, Clive Folliot!
—No está bien… —empezó a decir Clive.
Pero N’wrbb echó la espada a los pies de Clive y se derrumbó, llorando y
suplicando. Clive Folliot podía matar cuando estaba encendido por la rabia, pero no
podía hacerlo a sangre fría.
Algo se movió detrás de Clive. Vio que su banda de compañeros y aliados había
alcanzado el pasillo. Se detuvieron al otro lado del bloque de piedra caído y hecho
pedazos. Ninguno de ellos se movió o habló. Permanecieron allí, testigos de la
confrontación entre su jefe y el enemigo.
Clive alargó una mano hacia N’wrbb. El hombre pálido se lanzó contra Clive, con
un gran pedazo de piedra negra en su puño. Golpeó a Clive en la mejilla con la piedra
y lo envió violentamente contra el muro. De un salto, N’wrbb pasó por arriba del
cuerpo de Clive, se situó encima del montón de pedazos de piedra caídos, alzó los
brazos hacia la oscuridad que se abría en donde antes había colgado el bloque y, con
un gruñido y una risita burlona, desapareció.
Con esfuerzo, Clive se puso en pie y dio unos pasos para emprender de nuevo la
persecución de N’wrbb, decidido esta vez a no ser presa de ningún truco. Pero algo lo
detuvo. Fue el suave contacto de una mano en su hombro.
Se volvió y se encontró frente a la alta y bellísima ’Nrrc’kth. Sus ojos verde
esmeralda estaban al mismo nivel que los suyos. Su cálida boca y sus tentadores labios
a centímetros de los suyos.
—Perdónale la vida, Clive. —Ella tomó las manos de él entre las suyas.
—Pero quería…
—Lo sé —dijo ’Nrrc’kth con suavidad.
—Usted dijo…
—Sí, Clive Folliot. Pero ahora intercedo por él. Un villano, un monstruo, pero, a
pesar de todo, un hombre de Djajj. De todo nuestro planeta, sólo los tres, N’wrbb, la
vieja Gram y yo, sobrevivimos en la Mazmorra. Si él muriese… —Movió la cabeza
lentamente—. Además, Clive Folliot, lo has vencido. Tú no sabes qué significa para
un hombre de Djajj ser derrotado y humillado como tú has derrotado y humillado a
N’wrbb.
—Entonces… ¿qué quiere que haga?
Ella todavía le tenía las manos cogidas. Entonces soltó una, y con la otra lo
condujo de nuevo a través del Castillo. Seguidos de los demás (Annie y Horace
Hamilton Smythe, Finnbogg, Chillido y Chang Guafe), se dirigieron a la gran sala

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donde Clive había visto por primera vez las dos figuras de blanco pálido y verde
brillante… ¡El diamante y la esmeralda! En aquel instante, y con total asombro, se
daba cuenta: ¡el diamante y la esmeralda de que había hablado el diario de su
hermano!
’Nrrc’kth lo condujo a la gran silla de madera esculpida que había pertenecido a
N’wrbb, y luego se situó delante de él. Annabelle Leigh, Usuaria Anne, se colocó junto
a ella, ligeramente detrás. Los demás, incluido el rarísimo Chang Guafe,
permanecieron detrás de las dos mujeres.
—Clive Folliot —dijo ’Nrrc’kth—, por el derecho que te confiere el valor, por el
derecho que te confiere el combate, por el derecho que te confiere la conquista, has
ganado el título de Señor del Castillo. Pero aún queda una prueba final. Una prueba
final que debes superar o…
No terminó la frase. En lugar de ello, se volvió hacia Annabelle Leigh. La joven de
la Tierra futura, agotadas sus energías (por la enorme cantidad que había consumido
el Baalbec A-nueve para poner en marcha la máquina voladora Nakajima y luego para
disolver el muro de la mazmorra), estaba muy pálida. Sin embargo, nunca había
aparecido más bella.
Annabelle levantó las manos. Sus dedos desaparecieron bajo la masa de su cabello.
Sacó algo, algo que era casi invisible, pero que Clive logró ver con el rabillo del ojo;
algo que brillaba y espejeaba como cristal pálido.
Recordó, de pronto, otro momento en que Annie se había llevado las manos a la
cabeza. Otro momento en que su expresión facial le había parecido desconocida.
Durante un brevísimo instante, se había preguntado por las razones de aquella
expresión, pero había sido interrumpido por cuestiones más apremiantes.
De algún modo, durante su estancia en Nueva Kwajalein, durante el tiempo en
que Usuaria Annie se había convertido en una criatura de mito para el destacamento
Dieciséis de la Armada, había recibido de los japoneses la Corona del Señor del
Castillo. Y cuando aquella Corona la llevara el auténtico Señor del Castillo, recordó
Clive, entonces resplandecería.
Annie estaba de pie a un lado de Clive, ’Nrrc’kth al otro.
Sosteniendo la casi invisible Corona con las puntas de los dedos, las dos bellísimas
mujeres la bajaron con cuidado hasta la cabeza de Clive.
El resplandor que emitió la Corona llenó la sala, y en aquel mismo instante, los
amigos de Clive allí reunidos y la multitud de prisioneros liberados que los habían
seguido lanzaron vítores entusiastas.
Annabelle Leigh puso los brazos alrededor del cuello de Clive y le besó
cariñosamente las mejillas. Su aliento era perfumado; y sintió que una única y cálida
lágrima caía del ojo de ella a su mejilla. Luego ella lo soltó y lady ’Nrrc’kth se echó a
sus brazos y apretó su boca contra la suya, mientras lo atraía hacia ella. Clive dudó
sólo un instante y luego le respondió con igual ardor.
De algún lugar a espaldas de Clive se oyó el roce de pesadas cortinas de terciopelo.

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Apartó de sí a lady ’Nrrc’kth y giró en redondo; olvidó la Corona del Señor del
Castillo, olvidó a sus amigos, olvidó lo que lo rodeaba.
Se lanzó hacia el tapiz oscilante, lo apartó a un lado y se lanzó tras el fugitivo
N’wrbb Crrd’f. De nuevo los dos echaron a correr a través de pasillos llenos de polvo.
De nuevo llegaron al nicho donde se habían encontrado frente a frente. De nuevo al
lugar donde un montón de piedras partidas señalaba que Clive había evitado por muy
poco la muerte.
Al otro lado del montón de piedras, Clive vio un destello metálico: era una placa
de latón pulido junto a la puerta de madera maciza a la cual N’wrbb había llamado
tan infructuosamente. De repente, Clive comprendió que estaba a punto de descubrir
un secreto, un secreto mucho más importante para él que la persecución del cobarde
N’wrbb Crrd’f.
En el latón reluciente había diez palabras grabadas en una elegante escritura
militar. Clive leyó las palabras, pronunciando suavemente cada sílaba para sí mismo.

General de Brigada Neville Folliot


Reales Guardias Granaderos de Somerset

Clive golpeó la placa de metal, utilizando la empuñadura de su daga como aldaba.


No hubo más respuesta a estos golpes que la que había habido a las llamadas y a las
súplicas de N’wrbb.
—Neville —gritó Clive—, ¡abre! ¡Abre! ¡Soy yo, tu hermano Clive!
Todavía no hubo respuesta. Quizá no había nadie al otro lado de la puerta. O
quizá Neville estaba allí, incapaz de responder, herido o incluso muerto.
La banda de fieles seguidores de Clive no se veía aún por ninguna parte. Todo lo
que pensó fue que debían continuar junto a ’Nrrc’kth y Annie, sorprendidos por la
brusca partida de Clive. Él sabía que lo seguirían, que aparecerían en cualquier
momento. Pero no esperaría para pedirles consejo o ayuda.
Tenía que hacerlo; esto lo sabía. Si los demás estaban a su lado, tendría más
refuerzos y más ánimos. Pero si no, continuaría su curso inalterado.
Se agachó y recogió el gran fragmento de piedra negra con que antes lo había
golpeado N’wrbb. Lo aplastó contra la cerradura, y la puerta tembló. Golpeó la roca
contra el mecanismo una y otra vez.
Por fin la puerta se abrió lentamente de par en par.
La habitación en que se encontró era un perfecto despacho de un caballero del
siglo diecinueve, con muebles de madera maciza y un sofá de crin de caballo. Hileras
de libros uniformemente encuadernados llenaban altas estanterías, alineadas contra
los muros. Donde la biblioteca no cubría el revestimiento de madera oscura de la
pared, colgaban unos retratos con marcos dorados.
Una tenue luz de gas alumbraba la estancia.

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En el centro, frente a la puerta, se alzaba un inmenso escritorio de madera con
adornos esculpidos. Una figura distinguida, vestida con un elegante traje de civil,
propio de un caballero y de corte moderno, se sentaba allí, enfrascada en su tarea.
La obra que tenía ante sí era un gran diario encuadernado en cuero negro. El
hombre sostenía una pluma de punta de acero. De vez en cuando hacía una pausa en
su escritura para mojar la pluma en el tintero; luego sacudía el exceso de tinta de la
plumilla y volvía a su tarea.
Clive no pudo decir lo que duró aquella escena. Sólo sabía que tenía un peso en el
pecho y que le costaba respirar. Percibía a la banda de aliados esperando en silencio a
media docena de pasos atrás. Sentía en su pecho el corazón latiendo con violencia, la
sangre corriendo por sus tímpanos.
¡Neville!
¡Neville, por fin!
El hombre de traje elegante terminó su página. Con mucho cuidado, volvió la
pluma a su soporte, levantó un rectángulo de papel secante y lo aplicó en la hoja que
tenía ante sí. Abrió un cajón del escritorio y sacó algo.
Y todo, todo, sin levantar la cabeza de su trabajo.
¿Qué lugar tenía Neville en la Mazmorra? ¿Qué alianza tenía con los q’oornanos?
¿Cuál de los jugadores del tablero de ajedrez ene-dimensional imaginado por Annie
movía la pieza llamada Neville Folliot? ¿Y con qué propósito?
Todos estos pensamientos corrieron vertiginosamente por la mente de Clive
durante los segundos en los cuales la escena permaneció paralizada.
—¡Neville! —gritó Clive.
El hombre que había estado escribiendo levantó la cabeza y miró a Clive a los ojos.
Simultáneamente levantó un reluciente revólver, un Colt de la Armada
Americana, y lo apuntó al pecho de Clive.
—Me temo que se equivoca usted, comandante Clive Folliot —siseó el hombre.
Clive Folliot se quedó mirando, absolutamente pasmado, la faz de un perfecto
desconocido.

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Selecciones del cuaderno de apuntes del comandante Clive Folliot

Los siguientes dibujos pertenecen al cuaderno particular de apuntes del comandante


Clive Folliot, que apareció misteriosamente junto a la puerta del The hondón
lllustrated Recorder and Dispatch, periódico que proporcionó los fondos a su
expedición. No había otra explicación que acompañase el paquete, excepto una
enigmática inscripción de la misma mano del comandante Folliot.

«¡Por fin un breve momento de descanso! El torbellino de la aventura ha llegado a un estado de


calma relativa, y voy a intentar utilizar este apreciadísimo tiempo para documentar, tan
exactamente como me sea posible, los detalles de mis extraordinarias hazañas en los confines
de la Mazmorra.
»Mis recuerdos de los muchos sucesos acaecidos son tan vivos que me siento obligado a
consignarlos en papel. ¡Quién sabe cuándo volveré a tener otra oportunidad!».

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Notas

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[1] «Gothics»: fantasía terrorífica y romántica del siglo XIX. (N. del T.) nexo que

entrecruza a entidades de diferentes tiempos y de diferentes espacios: una de mis


situaciones preferidas. <<

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[2] Autor que firmó sus obras con el seudónimo Lewis Carroll. (N. del T.). <<

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[3] Modem es apócope de «mo(dulador) dem(odulador)», un dispositivo electrónico

que conecta dos ordenadores. (N. del T.). <<

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[4] «Cepeú», iniciales C. P. U. de la denominación inglesa para la Unidad Central de

Proceso de un ordenador. (N. del T.). <<

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[5] Juego de palabras entre ate (pasado del verbo «comer») y apropriated (apropiado,

arrebatado). (N. del T.). <<

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[6] En español en el original. (N. del T.). <<

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[7]
En inglés, la palabra bitch, «perra» en sentido literal, se usa también con el
significado de «puta». (N. del T.). <<

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[8] Equivalente londinense a la verbena de San Juan, con hogueras y fuegos
artificiales. (N. del T.). <<

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[9]
En inglés, las palabras mayor, «alcalde», y major, «comandante», tienen
pronunciación parecida; de ahí la posibilidad de confusión. (N. del T.). <<

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