SIR GAWAIN Y EL CABALLERO VERDE[*]
uando terminó el asedio y asalto de Troya, y sus
C desmoronadas murallas quedaron reducidas a ascuas y
cenizas, el traidor que tramó la estratagema fue juzgado por su
traición, la más probada de la tierra. Después, el noble Eneas y
su orgullosa estirpe sometieron extensos territorios,
convirtiéndose en los dueños de casi todas las riquezas de las
Islas Occidentales. El gran Rómulo se dirigió a Roma; allí fundó
la ciudad con gran pompa y esplendor, y le dio su propio
nombre, que aún hoy ostenta; Ticio marchó a Toscana, donde
levantó pueblos; Longobardo erigió castillos en Lombardía; y
más allá de las aguas francesas, Félix Bruto creó Britania sobre
anchas y numerosas colinas, llena de hermosura y de gracia,
en la que fueron constantes las guerras, las luchas, los
prodigios, y la dicha y el dolor se sucedieron sin cesar[1].
2. Y una vez fundada Britania por tan valeroso señor, dio ésta
hombres esforzados y amantes de la lucha que promovieron
múltiples acciones turbulentas en su tiempo. En ella
acontecieron muchos más prodigios, que yo sepa, que en
ningún otro lugar, desde los tiempos antiguos. Y de todos los
reyes que gobernaron Britania, Arturo[2] fue el más noble, según
he oído decir. Por tanto, quiero rememorar aquí cierta maravilla
que algunos presenciaron, y una de las más admirables
aventuras que se cuentan entre los prodigios de Arturo. Si
prestáis atención un momento a este lai[3], os lo contaré tal
como lo he oído yo en la ciudad, y ha sido escrito en forma de
historia atrevida y valerosa, y durante tanto tiempo conservado
con letra segura.
3. Pasaba este rey en Camelot los días de Navidad, en
compañía de numerosos y buenos señores, vasallos muy
nobles y miembros todos de la Tabla Redonda, entre
espléndidas fiestas y despreocupada alegría. Allí celebraban
torneos y justas los gallardos caballeros, y acudían después a
la corte a participar en los bailes y canciones de Navidad. Pues
la fiesta duraba quince días enteros sin que languideciese, y
durante ese tiempo se gozaba de cuantos platos y placeres era
capaz de idear el hombre; y era glorioso oír aquel júbilo y
alegría, tantos clamores de voces durante el día, y tantos bailes
por la noche. Las damas y los señores disfrutaban de una dicha
infinita en las salas y aposentos, según apetecían. Juntos, los
caballeros más famosos después de Cristo, las damas más
hermosas de cuantas existieron, y él, el más encantador de los
reyes, dueño de aquella corte, participaban de toda la felicidad
de este mundo. Pues toda aquella gente hermosa estaba en la
flor de la edad, y era la más afamada bajo el cielo; y su rey, el
más orgulloso; a tal punto, que sería difícil nombrar una hueste
más probada.
4. Aquel día, primero de Año Nuevo, cuando llegó el rey con
sus caballeros, concluidos los cánticos del coro en la capilla, se
sirvió doblemente a los comensales del estrado. Clérigos y
laicos anunciaron con gran clamor la Navidad, nombrándola
muchas veces. Luego acudieron los nobles con presentes de
Año Nuevo, anunciando aguinaldos, y distribuyéndolos en
festiva competencia y debate. Las damas reían dichosas
aunque salieran perdedoras, en tanto que el que ganaba, como
es de imaginar, no se sentía precisamente el más
desventurado. Tales diversiones tenían lugar hasta el momento
de servirse los manjares; entonces se lavaban y pasaban a
ocupar los asientos según su dignidad, los más altos de los
cuales estaban siempre reservados a los más nobles. La alegre
Ginebra ocupaba el centro del estrado suntuoso, adornado a
ambos lados con costosas colgaduras de espléndida seda, y
por encima de su cabeza un dosel de ricos tejidos de Toulouse
y tapices de Tharsia, bordados y orillados con las más brillantes
gemas que el dinero haya podido comprar. Era esta reina una
hermosísima mujer de ojos grises; ningún hombre habría
podido decir en verdad que hubiese visto otra más bella.
5. Pero Arturo no comía en tanto no fuesen servidos todos. Era
muy alegre, y su ánimo tenía algo de infantil. Amante de la vida
animada, no gustaba de permanecer mucho tiempo inactivo, de
modo que le dominaban su sangre joven y su talante
antojadizo. Y una nueva ocurrencia vino a inquietarle en esta
sazón, y anunció que no probaría ningún manjar de aquel
grandioso festín, mientras no le contasen alguna historia
extraña, alguna proeza inusitada o emocionante maravilla que
él pudiese creer, alguna nueva aventura sobre la caballería o la
nobleza, o bien hasta que alguien pidiese a algún caballero que
se enfrentase con él en una justa, exponiendo vida contra vida,
y dejando cada uno que la suerte se inclinase del lado del otro
si así le quería favorecer. Tal era la costumbre del rey, cada vez
que reunía a su corte en torno a estos famosos banquetes,
juntamente con sus leales, y así lo manifestó poniéndose de
pie, cuan alto era, y joven como el mismo año que empezaba.
6. Y de este modo estaba el poderoso rey, de pie ante la más
alta mesa, departiendo amigablemente. El buen Gawain se
había sentado junto a la reina Ginebra, la cual tenía a Agravain
à la Dure Main[4] al otro lado, hijos los dos de la hermana del
rey, y muy leales caballeros. El obispo Baldwin tenía el privilegio
de encabezar la mesa, y junto a él comía Iwain[5], hijo de Urien.
Todos ellos estaban en el estrado, donde eran servidos con la
dignidad debida, en tanto que muchos poderosos señores se
acomodaban abajo, ante largas mesas. Y llegó el primer plato al
resonar de las trompetas, de las que pendían espléndidos
blasones, se oyó el estrépito de los tambores y los sones
agudos y vibrantes de las flautas, y muchos corazones se
enardecieron al oírlos. Se sirvieron a continuación platos
delicados y exquisitos y carnes tiernas en tantas fuentes que
apenas había espacio delante de las gentes para colocar la
vajilla de plata repleta de manjares. Cada individuo se servía a
su gusto sin reparo; había doce platos para cada dos invitados,
buena cerveza y espléndido vino.
7. No hablaré más de sus comidas, pues como todos pueden
imaginar, allí nada faltaba. Y entonces, de repente, se oyó un
ruido enteramente nuevo, quizá para que al fin el soberano
pudiera sentarse a comer. Pues apenas hacía un instante que
el toque de trompetas había cesado, y había sido servido el
primer plato en la corte tal como era costumbre, cuando
irrumpió por la puerta un caballero de aspecto impresionante, el
más tremendo del mundo en estatura; tan sólido y ancho desde
el cuello hasta los muslos, y tan grandes sus costados y
piernas, que si no era un gigante, sí declaro al menos que podía
tenérsele por el hombre más corpulento sobre la faz de la tierra.
Sin embargo, a pesar de su estatura, parecía el más atractivo y
apuesto de cuantos montaban a caballo; porque si bien su
pecho y su espalda eran de una anchura terrible, su cintura y
caderas eran correctamente delgadas, y perfectamente
proporcionados todos los rasgos de su persona, según podía
verse. Los hombres se quedaron boquiabiertos de estupor ante
el aspecto de su atuendo y su semblante: parecía un ser
sobrenatural y terrible, cubierto todo de un verde
resplandeciente.
8. Todo en aquel desconocido era del más puro verde: el brial
ajustado y ceñido en la cintura; su rica capa, sobre el brial,
forrada de finísima piel, con la caperuza retirada y echada sobre
los hombros; calzas elegantes del mismo color, ajustadas hasta
arriba y cogidas en la pantorrilla, con tintineantes espuelas de
brillante oro debajo, sujetas sobre bandas de seda bordada;
pero los pies del jinete estaban desnudos de toda armadura. En
verdad, sus vestidos eran de vivo verde, así como los tachones
de su cinto y las piedras ricamente dispuestas en sus
hermosísimos atavíos y en la silla, sobre gualdrapas de seda.
Sería tedioso enumerar una décima parte de los detalles
bordados y repujados que llevaba, pájaros y mariposas de
llamativos matices de verde adornados con hilo de oro. La
gualdrapa delantera del caballo, su grupa arrogante, los clavos
y botones de la brida, así como los estribos donde apoyaba los
pies, eran todos del mismo color; y lo mismo el arzón
resplandeciente y centelleante de preciosas piedras verdes. En
cuanto al corcel, era en todo semejante al jinete que lo
montaba: verde, tremendo, fogoso, brusco… ¡un corcel digno
de su dueño!
9. Muy alegre iba este hombre ataviado de verde. Su cabello
se correspondía con la crin de su caballo, y le flotaba
delicadamente en abanico alrededor de los hombros; una barba
grande y frondosa se le desparramaba sobre el pecho,
recortada igual que el espeso cabello, por debajo de los
hombros, de forma que la parte superior de los brazos le
quedaba oculta como por una esclavina. La crin de aquel corcel
poderoso, peinada y rizada como la barba del caballero,
formaba múltiples trenzas hábilmente cogidas con un hilo de
oro que se enroscaba alrededor del verde prodigioso,
alternándose las trenzas con las doradas cintas; llevaba
igualmente rizados la cola frondosa y el mechón de la frente,
atados con cintas de verde brillante, y adornado el extremo con
piedras preciosas, mientras que una correhuela fuertemente
sujeta en lo alto ensartaba una multitud de bruñidos cascabeles
de oro tintineante. Jamás se vio en toda la tierra montura
semejante, ni jinete como aquel que la montaba, pues un
relámpago parecía, mirando cuanto había en torno suyo.
Ningún hombre, pensaron todos, sería capaz de resistir sus
mandobles mortales.
10. Sin embargo, no vestía cota, ni yelmo, ni peto, ni pieza
alguna de armadura, ni escudo y lanza con que parar y atacar,
sino que traía en una mano un ramo de acebo, planta que
ostenta el verde más intenso cuando los árboles se ven pelados
y sin hojas, y en la otra, una hacha enorme y monstruosa, arma
despiadada para quien tuviese que describirla: tenía su hoja
una ana de largo, y su punta era de verde oro batido y acero;
bruñida y de ancho filo, era tan afilada como una navaja
barbera. El feroz desconocido la tenía cogida por su sólido
mango forrado de hierro y con preciosos adornos grabados en
verde. Enroscándose en ella, la recorría de un extremo al otro
una cinta con abundantes y costosas borlas y adornos de
reluciente verde ricamente bordados. Así entró el desconocido
en el salón, sin bajar del caballo, y se dirigió al estrado sin
temor a ningún peligro. A nadie dirigió saludo alguno, sino que
miró a todos fieramente. Y sus primeras palabras fueron:
—¿Dónde está el que manda en esta asamblea? Deseo
vivamente conocerlo, y tener con él unas palabras.
Y fue pasando su mirada de un cortesano a otro, al tiempo
que hacía girar y encabritarse su montura; luego, se detuvo a
escrutar quién podía ser.
11. Los presentes se quedaron inmóviles, con los ojos clavados
en el desconocido; los hombres se preguntaban maravillados
qué podía significar el que un jinete y su caballo fueran tan
verdes como la yerba, y más brillantes que el esmalte sobre el
oro. Los que estaban de pie le examinaron y se acercaron
precavidamente, preguntándose qué haría. Pues habían visto
visiones asombrosas, pero ninguna como ésta; y le tuvieron por
un fantasma surgido del reino de las hadas. De tal modo, que ni
siquiera los más valientes caballeros se atrevieron a responder,
permaneciendo petrificados en sus asientos, aterrados por su
voz sobrecogedora. En toda la grandiosa estancia se había
hecho de repente un impresionante silencio, como si el sueño
se hubiese adueñado de todos, y hubiesen perdido la voz; pero
supongo que no todos callaban por temor: algunos guardaban
un silencio deferente, a fin de que fuera el rey quien hablase al
desconocido invitado.
12. Así, pues, se quedó Arturo mirando a aquel prodigio que
tenía delante del estrado; y dado que no era ningún cobarde, le
dirigió este saludo:
—¡Señor caballero, sé bienvenido a esta reunión! Yo soy el
señor de esta corte; Arturo es mi nombre, y ruego te dignes
desmontar y quedarte entre nosotros; después tendrás tiempo
de exponer el objeto que te trae.
—No; bien sabe el que está sentado en las alturas —dijo el
caballero— que no es mi propósito demorarme en este lugar.
Sin embargo, tu fama, señor, es muy grande, y tu castillo y tus
caballeros son considerados los mejores, los más fuertes de
cuantos cabalgaron armados, los más esforzados y dignos del
mundo, y los más valientes compitiendo en nobles juegos[6]; y
dado que hasta mí ha llegado que hacéis gala de las virtudes
de la caballería, esto es lo que me trae aquí. Por este ramo
puedes ver que vengo en son de paz y que no busco peligro. Si
me moviesen ideas de lucha, traería la cota y el yelmo, mi
escudo, mi lanza brillante y afilada, y otras armas que esgrimir;
pero dado que no ansío combatir, mis ropas son suaves. No
obstante, si eres tan valeroso como todos dicen, con gusto me
concederás el reto que pido por derecho.
Aquí contestó Arturo, y dijo:
—Señor, noble caballero: si lo que deseas es luchar
despojado de toda armadura, no quedarás decepcionado.
13. —No; no es luchar lo que deseo; te doy mi palabra. En todos
esos bancos no veo sentados sino jóvenes imberbes. Si yo
viniese montado en un gran corcel y cubierto de armas, ninguno
de entre vosotros podría medirse conmigo…; vuestra fuerza es
muy poca. Vengo, pues, a esta corte a reclamar un juego de
Navidad, ya que estamos en Pascua y Año Nuevo, y tanto
abundan aquí los hombres jóvenes. Si hay alguno en esta corte
que se tenga por espíritu audaz, y de sangre y alma fogosa, y
que se atreva a descargar un golpe a cambio de otro, le daré
como presente esta hacha costosa; esta hacha, bastante
pesada, para que él la utilice a su gusto. Yo esperaré el primer
golpe, tan desarmado como voy montado aquí. Si hay algún
hombre tan fiero que quiera probar lo que aquí propongo, que
venga a mí sin más demora y se haga cargo de esta arma; se la
entrego para siempre. Entre tanto, yo aguardaré impasible su
golpe, a pie firme, en el mismo suelo, con tal que pueda yo
asestarle otro sin reparo. Sin embargo, le concederé el plazo de
un año y un día. ¡Así que venga pronto ahora, quienquiera que
se atreva a responder!
14. Si pasmados los había dejado al principio, más callados aún
se quedaron cuantos había en la gran sala, desde los más
poderosos a los menos. El jinete se volvió sobre la silla, y sus
ojos rojos y feroces abarcaron a todos los presentes, arqueando
sus erizadas y verdes cejas, y moviendo la barba al girar para
ver quién se levantaba. Como nadie dijese una palabra, se
aclaró la garganta, se irguió orgullosamente, y exclamó:
—¿Cómo, es ésta la corte de Arturo —dijo—, cuya fama
tanto se ha extendido por todos los reinos del mundo? ¿Dónde
están ahora vuestra arrogancia, vuestras proezas, vuestras
victorias y valor, y el arrojo del que os jactáis? La alegría y la
fama de la Tabla Redonda han sido sofocadas, ahora, por la
palabra de un hombre; ¡veo que todos se encogen y tiemblan,
antes de haber sentido el golpe!
Dicho esto, soltó una carcajada tan ruidosa que el rey se
sintió vejado, y su hermoso semblante enrojeció de vergüenza.
Rugió como un vendaval, a la vez que sus leales. Y el rey, que
no se arredraba ante nada, se fue derecho al caballero.
15. Y dijo el rey:
—Señor, lo que pides es locura; pero, puesto que tan
obstinadamente lo buscas, bien mereces encontrarlo. Ninguno
de los aquí reunidos se siente amedrentado ante tus
clamorosas palabras. Dame, pues, esa hacha, en nombre del
cielo, que yo te impartiré la merced que has venido a pedir.
Saltó velozmente hacia él, le quitó el arma de la mano, y el
desconocido caballero saltó al suelo con fiero gesto. Arturo
cogió entonces el hacha por el mango, y empezó a esgrimirla
sombríamente calculando el golpe. El poderoso desconocido se
quedó plantado ante él, con su enorme estatura; le sacaba una
cabeza o más a todos los presentes. Se acarició la barba con
expresión ceñuda y se retiró el brial con gesto impasible, menos
inmutado por los amagos amenazadores del rey que si uno de
los invitados le hubiese servido una copa de vino. Entonces
Gawain, que estaba sentado junto a la reina Ginebra, se inclinó
ante el rey, y dijo:
—Os ruego, señor, delante de todos los aquí presentes, que
deleguéis en mí este reto.
16. —Dadme licencia, mi noble señor —dijo Gawain al rey—,
para abandonar mi asiento y acercarme a vos, a fin de que
pueda dejar la mesa sin caer en gran descortesía, y si ello no
causa desagrado a mi señora la reina. Deseo aconsejaros
delante de estos leales cortesanos. Pues me parece impropio,
de acuerdo con las normas, que vos aceptéis tan altivo desafío,
aunque es cierto que lo hacéis de buen grado, cuando en los
bancos de vuestro alrededor hay tantos esforzados caballeros;
y aquí sostengo que no hay otros bajo el cielo más animosos y
valientes en el campo de batalla. Yo soy el más débil, lo sé; y el
menos asistido de sabiduría. En cuanto a mi vida, si la pierdo,
será la menos lamentada. Mi único honor está en teneros por
tío, y ningún mérito hay en toda mi persona salvo vuestra
sangre. Y puesto que este lance es demasiado insensato para
que recaiga en vos, y soy yo el primero en solicitarlo, os ruego
que me lo concedáis a mí; pero si juzgáis que mi petición no es
justa y correcta, dejad que opine esta corte.
Los caballeros consultaron entre sí, en voz baja, y todos
fueron de un mismo parecer: que el rey coronado debía
abstenerse, y dejar el desafío a Gawain.
17. Entonces el rey ordenó al caballero que se levantase al
punto. Se puso en pie éste, se acercó, hincó una rodilla ante su
señor, y le cogió el arma; y el rey, al entregársela, alzó la mano
y le bendijo, instándole graciosamente a que conservase fuertes
la mano y el corazón.
—Procura, sobrino —dijo el rey—, asestar el golpe de una
vez; que si das con acierto, tengo por seguro que no te vendrá
peligro alguno del golpe que él te devuelva.
Cogiendo la enorme hacha, Gawain se dirigió al
desconocido que aguardaba a pie firme sin muestra alguna de
temor. Y entonces dijo a sir Gawain el caballero de verde:
—Sellemos ahora nuestro pacto, antes de proseguir. Quiero
saber tu nombre; dímelo, a fin de poder fiar en tu palabra.
—Sabe de buena fe —dijo el noble caballero—, que me
llamo Gawain, y como tal te asestaré este golpe, ocurra lo que
ocurra después; que en el plazo de doce meses me tendrás a tu
merced, a fin de que puedas devolvérmelo con el arma que
prefieras, y que no te enfrentarás con nadie más que conmigo.
El otro contestó:
—Me doy por más que satisfecho. Ahora, sir Gawain, a ti
corresponde descargar el golpe primero.
18. —Por mi fe —dijo el Caballero Verde—, sir Gawain, que me
alegra recibir de tu mano el favor que busco. Puntualmente y
sin desmayo has repetido y expuesto el pacto que acabo de
pedir al rey; pero tienes que asegurarme, por tu honor, que irás
a buscarme a aquella parte del mundo, próxima o remota,
donde creas que me encuentro, para darte yo el mismo pago
que ahora recibo de ti en presencia de todos estos caballeros.
—¿Cómo podré encontrarte? ¿Dónde hallaré tu morada? —
dijo sir Gawain—; en el nombre del Dios que me creó,
caballero, que ignoro cuál es tu nombre y tu corte. Pero
indícame el camino y dime cómo te llamas, que yo pondré todo
mi empeño en encontrarte; ¡por mi honor te juro que lo haré!
—Eso es suficiente para Año Nuevo; ¡no hace falta nada
más! —dijo el corpulento hombre de verde al cortés Gawain—.
En verdad, cuando haya recibido el golpe que tu diestra mano
me ha de dar, al punto te informaré de mi corte y mi tierra y mi
nombre. Entonces, cumpliendo este pacto, podrás preguntar y
buscarme; pero si no obtuvieras de mí una sola palabra, podrás
vivir en paz y sin preocuparte de más pruebas. Empuña ahora
con firmeza esa arma terrible. Veamos hoy tu modo de
emplearla.
—En verdad que me place, señor —dijo Gawain,
acariciando el acero del hacha.
19. De pie, el Caballero Verde se preparó, inclinando levemente
la cabeza y dejando al aire la carne; levantó sus largos,
hermosos cabellos por encima de la coronilla, y mostró, el
cuello desnudo tal como se requería. Cogió el hacha Gawain, la
levantó, avanzó el pie izquierdo, y descargó la afilada hoja que
segó el hueso, se hundió en la carne, la seccionó en dos, y su
centelleante acero fue a clavarse en el suelo. Saltó del cuello la
hermosa cabeza, rodó por tierra, y las gentes la rechazaron con
el pie; la sangre brotó del cuerpo a borbotones, brillante sobre
el verde. Sin embargo, el feroz desconocido ni cayó ni vaciló,
sino que avanzó con firmeza, seguro sobre sus piernas; se
abrió paso entre las filas de los nobles, agarró la espléndida
cabeza y la sostuvo en alto. Luego se dirigió rápidamente a su
caballo, cogió la brida, metió un pie en el estribo, y montó sin
dejar de sujetar la cabeza por el pelo. Se acomodó en la silla
como si nada le hubiese ocurrido, aunque estaba sin cabeza.
Giró entonces el tronco aquel horrible cuerpo sangrante, y
profirió unas palabras que llenaron a muchos de terror.
20. Su mano sostenía en alto la cabeza, con la cara dirigida
hacia los más leales del estrado. Alzó ésta los párpados, y con
ojos centelleantes los miró a todos de forma amenazadora. Y su
boca pronunció estas palabras:
—Prepárate, Gawain, a cumplir lo prometido; búscame
fielmente hasta encontrarme, mi buen señor, tal como aquí has
jurado, en presencia de estos caballeros. Ve a la Capilla Verde,
y no dudes que allí recibirás un golpe como éste. Porque en
justicia lo has ganado el día de Año Nuevo. Como el Caballero
de la Capilla Verde soy conocido por muchos; búscame, pues, y
como tal me encontrarás. No dejes de hacerlo; ¡de lo contrario,
pasarás por un cobarde!
Con esto, giró salvajemente dando un tirón de las riendas, y
salió velozmente por la puerta de la gran sala con la cabeza en
la mano, arrancando chispas de las piedras los cascos de su
montura, sin que ninguno de los presentes supiera en qué
dirección, ni pudiera explicar de qué país procedía. Entre tanto,
el rey y sir Gawain reían a costa del Caballero Verde. Pero
todos tuvieron el hecho por algo prodigioso.
21. Aunque el noble rey Arturo se sentía maravillado, no dejó
que su semblante revelara signo alguno, sino que dijo en voz
alta a la atractiva reina, con palabras corteses:
—No os alarméis hoy, mi querida señora; tales artes son
muy propias de las Navidades, como las representaciones de
misterios, los cantos, las risas y las danzas con que damas y
señores se solazan. Pero ahora ya puedo ponerme a comer,
pues no hay que negar que he presenciado una maravilla. —
Miró a sir Gawain, y añadió alegremente—: Ahora, señor,
cuelga tu hacha; bastante has cortado hoy con ella.
Y la colgaron sobre la mesa, en el cortinaje de atrás, donde
todos pudieran verla y asombrarse, y por su veraz testimonio,
contar el prodigio de tal aventura. Luego volvieron juntos a la
mesa, aquellos dos señores, el rey y el leal caballero, y les
fueron servidos dobles manjares, de los más exquisitos, y toda
clase de carnes, acompañados por la música de los juglares. Y
pasaron gozando todo el día, hasta que la noche cayó sobre la
tierra.
¡Ahora, sir Gawain, pon atención, no te vaya a dominar el
miedo, y te impida éste ir en busca de la empresa que has
reclamado para ti!
II
on este signo de noble aventura empezó Arturo el nuevo
C año, ansioso ya por escuchar las proezas que prometía. Si al
principio, cuando se sentaron a la mesa, faltaban comentarios
de esta clase, ahora tuvieron todos sobrado motivo de
conversación. Gawain había estado alegre al empezar aquellos
juegos; pero no os extrañéis de que al final se le viera taciturno,
porque si bien los hombres se sienten alegres y animados
después de beber copiosamente, un año pasa pronto, y nunca
concluye igual: rara vez concuerda el final con el principio. Y así
pasó la Pascua y el año que a ella seguía, y corrieron las
estaciones una tras otra en rápida sucesión. Después de la
Navidad llegó la severa Cuaresma, que prescribe para el
cuerpo pescado y austeros alimentos. Luego vino el tiempo que
combate al invierno en el mundo: el frío mengua y retrocede; las
nubes se disipan, la lluvia brillante se derrama en cálidos
aguaceros sobre los campos y se abren las flores; la yerba y los
árboles se visten de verde; las aves se afanan construyendo
sus nidos y cantan animadas a la espera del dulce verano que
ya no tardará; las yemas y capullos se hinchan y revientan en
alegres y espléndidos colores, y una música gloriosa se difunde
por el bosque.
23. Luego llega el verano con sus brisas mansas, cuando el
céfiro suspira entre yerbas y semillas. Las plantas se alegran y
se abren, y sus hojas gotean de rocío y brillan luminosas bajo
los dorados rayos del sol. Pero viene de pronto la cosecha, y
urge al grano a madurar, presintiendo ya el invierno. Produce
polvo con su sequedad, lo levanta de la tierra y lo agita en lo
alto; los vientos iracundos del cielo declaran la guerra al sol,
arrancan y esparcen las hojas de los tilos, y la yerba antes
verde se vuelve toda gris. La que ayer se alzaba lozana, hoy
madura y se pudre… y así discurre el año, dejando atrás
muchos ayeres, y se encamina hacia el invierno, según impone
el curso de las cosas. Y llegó la luna de San Miguel, precursora
del invierno. Y entonces pensó Gawain con pesar en el viaje
que pronto había de emprender.
24. Sin embargo, permaneció hasta el Día de Todos los Santos
con Arturo, quien ordenó que para tal ocasión se celebrase un
gran banquete en torno a la Tabla Redonda, en honor de
Gawain. Los caballeros famosos, las nobles damas, todos
estaban hondamente conmovidos a causa del amor que sentían
por Gawain; sin embargo, se esforzaban en mostrar alegría,
bromeando sin gana a fin de infundirle ánimos. Éste, al terminar
de comer, recordó gravemente a su tío que se acercaba el
momento de su partida; y dijo con sencillez:
—Ahora, señor, dueño de mi vida, ruego que me deis
permiso para partir. Ya conocéis los términos del pacto; no hay
que volver sobre las circunstancias de este lance, salvo en un
punto: al alba habré de ponerme en busca del hombre de verde,
si Dios se digna ayudarme.
Allí se reunieron los más afamados varones del castillo:
Iwain, Eric[7] y muchos otros; sir Doddinel le Savage[8], el duque
de Clarence[9], Lanzarote[10]; y Lionel[11], y Lucán el Bueno[12],
sir Bors[13] y sir Bedivere[14], hombres fornidos los dos, y
muchos y muy destacados caballeros, junto con Mador de la
Porte[15].
Toda esta compañía se acercó al rey, con el corazón lleno
de inquietud, a fin de consolar al caballero. Gran aflicción
causaba en el castillo que un varón tan cumplido como Gawain
tuviese que partir en busca de aquel golpe riguroso, y no volver
a empuñar más la espada. El caballero, sin embargo, dijo
alegremente:
—¿Por qué voy a desmayar? Sea adverso o favorable, ¿qué
otra cosa puede hacer el hombre más que afrontar su destino?
25. Permaneció allí todo aquel día; y a la madrugada siguiente
pidió sus armas, y le fueron traídas todas ellas. Primero
extendieron en el suelo una alfombra bermeja sobre la que
relucían las brillantes piezas de su arnés. Se acercó el fornido
caballero, y empezó a manipular el acero: se puso un jubón
adamascado de Tharsia; y sobre él, una graciosa caperuza
forrada con fina piel de armiño. Cubrieron luego sus pies con
calzado de acero, le envolvieron las piernas con grebas
arrogantes, completadas con bruñidas y relucientes rodilleras
de dorada charnela; después le pusieron bellos quijotes, bien
sujetos con correas, que cubrieron hábilmente sus muslos
musculosos. A continuación, sobre el rico tejido que envolvía al
guerrero, colocaron la cota de malla, hecha con relucientes
anillas de acero; bruñidos brazaletes sobre ambos brazos, con
brillantes codales, plateados guanteletes, y el resto de la
hermosa armadura, para protegerle de cuanto pudiera
acontecer: rica cota de armas, orgullosas espuelas de oro, y
espada bien ceñida, con cinturón de seda, al costado.
26. Puestas las armas, el arnés adquirió un aspecto rico y
espléndido: el oro relucía en el cordón y en el lazo más
pequeños. Y armado de este modo, oyó misa, ofrecida y
celebrada en el altar mayor; fue luego al rey y a sus
compañeros de la corte, y afectuosamente se despidió de los
señores caballeros y las damas, quienes le besaron y
escoltaron, y le encomendaron a Cristo. A la sazón, Gringolet[16]
había sido preparado, habiéndosele aparejado una espléndida
silla, adornada con numerosos flecos de oro, y recién
claveteada para tan noble ocasión. La brida, toda ribeteada de
oro, traía adornos repujados, así como los jaeces y gualdrapa,
armonizando asimismo la baticola y caparazón con ambos
arzones: todo iba guarnecido de rojo, y ricamente tachonado de
oro, de modo que brillaba y centelleaba como los rayos del sol.
Tomó entonces en sus manos el yelmo, fuertemente forrado y
reforzado, y lo besó a toda prisa; se lo ajustó en lo alto de la
cabeza, asegurándolo por detrás; y en torno a la babera le
pusieron un fino pañuelo con las piedras más brillantes entre
sus anchos bordados de seda, y orillado de pájaros pintados,
papagayos arreglándose las plumas, tórtolas y flores; todo con
tanta profusión, como si en esa labor hubiese trabajado un
grupo de mujeres siete inviernos seguidos. La pequeña y
costosísima diadema que le adornaba la cabeza iba
completamente engastada en diamantes que refulgían con
vivos destellos.
rajeron[17] luego su escudo, que era de gules brillantes, con
T un pentáculo pintado en oro muy fino. Lo cogió por el tahalí,
y pasándose éste por el cuello, se lo colgó de forma digna y
acorde con su persona. Quiero contaros ahora, aunque esto
demore mi historia, por qué ostentaba el pentáculo tan noble
príncipe. Es el símbolo que un día concibiera Salomón para
anunciar la sagrada verdad, cosa que tal figura podía hacer en
justicia, ya que tiene cinco puntas, y cada línea cruza y se une a
otra, y es interminable en una y otra dirección; y he oído decir
que los ingleses lo llaman, en todas partes, Nudo Sin Fin. De
modo que se ajustaba muy bien a este caballero y a sus armas
inmaculadas; pues, siendo fiel en cinco cosas, y cinco veces en
cada una de ellas, Gawain era tenido por noble, como el oro
fino, exento de toda villanía, y adornado con todas las virtudes.
Y así, como hombre probado y caballero cumplido, ostentaba el
nuevo pentáculo sobre el escudo y la cota que vestía.
28. Primero, no se le encontraba tacha en sus cinco sentidos;
después, jamás falló en sus cinco dedos, y toda su fe tenía
puesta en las cinco llagas que Cristo había recibido en la Cruz,
como el credo nos enseña. Y cada vez que tomaba parte en
alguna batalla, tenía puesto el pensamiento en esto más que en
ninguna otra cosa, y todo su valor dependía de los Cinco Gozos
puros que la Santa Reina del Cielo recibiera de su hijo. Por ello,
el cortés caballero llevaba la imagen de la reina pintada en la
cara interior del escudo, a fin de que, viéndola, no desfalleciese
su corazón. Las cinco quintas virtudes que este famoso hombre
practicaba eran la liberalidad y la bondad, luego la castidad y
cortesía, que nunca se corrompieron en él; y como virtud más
destacada, la piedad. Estas cinco perfecciones estaban más
hondamente arraigadas en él que en hombre alguno. Y tenía,
en verdad, la serie de cinco muy trabadas y unidas entre sí, sin
interrupción alguna, y fijas en cinco puntos que jamás fallaban,
de modo que ni se agrupaban todas a un lado, ni se separaban,
ni había extremo alguno, según he podido ver, donde el dibujo
empezara o terminara. Así, sobre su espléndido escudo, llevaba
magníficamente trazado dicho nudo en oro rojo sobre gules. Tal
es el puro pentáculo, como los sabios enseñan. Ahora Gawain
estaba preparado: cogió su lanza al fin, y se despidió de todos,
convencido de que era para siempre.
29. Espoleó a su corcel y emprendió veloz su camino, tan
fieramente que las piedras despedían chispas a su paso. Todos
los que le veían suspiraban con tristeza, y decían afligidos por
tan buen caballero:
—¡Por Cristo, que es mala fortuna, señor, que vayáis a
vuestra perdición, gozando de vida tan noble!
—¡No es fácil, no, encontrar entre los hombres a otro que le
iguale! Más prudente habría sido obrar con cordura, y haber
nombrado a tan caro señor duque de este reino; podía haber
llegado a ser un brillante capitán de los caballeros; y habría
tenido un destino más feliz que el que ahora le aguarda: morir
decapitado por un ser infernal a causa de una vana arrogancia.
¿Quién recuerda que un rey haya prestado jamás oídos a un
engaño así en su corte, durante los juegos de Navidad?
Muchas fueron las lágrimas que derramaron los ojos aquel
día, viendo salir del castillo a tan apuesto señor. Y sin
demorarse, emprendió él su marcha por caminos extraños y
tortuosos, según cuentan las historias.
30. Bajo el favor de Dios cabalga ahora sir Gawain, recorriendo
el reino de Logres, sin un pensamiento que le distraiga. Durante
las largas noches, suele descansar a solas y en completo
aislamiento, y sin haber tenido ante sí comida que le plazca. Y
sin otro amigo en los bosques y montañas que su propio
caballo, ni otro compañero de viaje que Dios, llegó al norte de
Gales. Conservando siempre a su izquierda las islas Anglesey,
cruzó los vados de las tierras llanas junto al mar; pasó después
por la Santa Cabeza, y se adentró de nuevo en el territorio
desértico de Wirral, donde había poca gente que viviera en el
temor de Dios y el amor de los hombres. Y a todo aquel con
quien se cruzaba preguntaba si había oído hablar de un
caballero todo de verde, o si sabía en qué lugar se hallaba la
Capilla Verde. Y todos decían que no, que jamás en su vida
habían visto a nadie de tal color. Iba el caballero por caminos
extraños, inhóspitos y solitarios, y muchas veces mudó su
humor sin que dicha capilla apareciese.
31. Escaló acantilados de regiones desconocidas, lejos de sus
amigos y de toda compañía. En casi cada vado o corriente
cuyas aguas debía cruzar, se topaba con algún fiero y horrible
enemigo con el que se veía obligado a luchar. Con tantas
maravillas se tropezó en las montañas, que sería tedioso narrar
aquí una décima parte. Sostuvo luchas mortales con dragones y
con lobos; peleó unas veces contra los salvajes[18], que vagan
por los despeñaderos, y contendió otras con toros y osos y
jabalíes, y con ogros que le acosaban desde lo alto de los
cerros escarpados. Y de no haber sido firme en resistir, e
inquebrantable en su fe en Dios, sin duda habría sucumbido
más de una vez. Sin embargo, poco le arredró la lucha. Lo peor
era el invierno, cuando caía el agua fría y clara de las nubes,
helándose antes de tocar la tierra baldía. Yerto de frío a causa
de la cellisca, dormía en su armadura, noche tras noche, entre
rocas desnudas, donde los fríos arroyos saltaban salpicando de
las altas crestas o colgaban en carámbanos por encima de él. Y
así, arrostrando sufrimientos y peligros, recorrió la región, hasta
que llegó el día de la Noche Buena. Entonces oró el caballero,
pidiendo a Santa María que le guiase en el camino y lo
condujese a algún refugio.
32. Esa mañana, cabalgaba alegremente por una montaña
hacia un espeso bosque con altos y escarpados cerros a uno y
otro lado, y enormes robles centenarios en el fondo; el avellano
y el espino se enredaban en intrincada maraña, el musgo tosco
y andrajoso colgaba por todas partes, y en las ramas peladas
los pájaros cantaban ateridos. Por debajo de ellos el valeroso
caballero cabalgaba sobre Gringolet; cruzaba solitario pantanos
y lodazales, temeroso de no poder asistir, por mala fortuna, al
oficio del Señor, que esa misma noche había nacido de virgen
para redimirnos de nuestras aflicciones. Y suspirando, decía:
—Te suplico, Señor, y a ti, María, la más dulce y querida de
las madres, que encuentre un refugio donde pueda oír misa con
el debido recogimiento, y maitines por la mañana:
humildemente lo pido, y rezo el padrenuestro y el avemaría y el
credo.
Y se santiguó y lloró por sus pecados, exclamando, mientras
espoleaba al caballo:
—¡Qué Cristo ampare mi causa, y su Cruz me guíe!
res veces había hecho sobre sí la señal del Salvador, cuando
T divisó en el bosque un recinto rodeado por un foso, en lo alto
de un otero que se elevaba sobre un llano, entre una maraña de
ramas y troncos tremendos. Era el más atractivo castillo que
nunca poseyera rey alguno, construido en una planicie, rodeado
por un parque, una empalizada inexpugnable de estacas
puntiagudas, y numerosos árboles en un círculo de dos millas o
más. El esforzado caballero contempló desde un extremo la
fortaleza que reverberaba entre las hojas brillantes de los
árboles. Luego, humildemente, se quitó el yelmo y dio gracias a
Jesús y a San Julián, generosos los dos, por haberse dignado
escuchar la gracia que pedía.
—¡Ahora lo que os ruego es que me concedáis un albergue!
—exclamó el caballero.
Picó luego a Gringolet con sus espuelas doradas, y salió
éste por ventura al camino, llevando a su amo hasta el extremo
del puente. Dicho puente estaba levantado; atrancadas las
puertas, y dispuesta la sólida muralla a resistir impasible el más
furioso asedio.
34. Se quedó detenido el caballero, montado en su corcel, junto
al borde del doble foso profundo que cercaba la fortaleza. La
muralla, que se sumergía en las aguas oscuras y se elevaba a
una altura prodigiosa, estaba hecha de piedra labrada hasta la
alta cornisa, fortificada con almenas del mejor estilo, y jalonada
con bellas torres sobresalientes, provistas de múltiples
aspilleras desde las que se dominaba una amplia perspectiva.
Jamás caballero alguno había contemplado barbacana mejor
construida. Y en su interior vio alzarse la espléndida torre del
homenaje, coronada de torreones, todos almenados, con
preciosos pináculos a lo largo de sus tramos y coronamientos
hábilmente labrados. Vio también multitud de chimeneas
blancas como la creta, en lo alto de las torres, que centelleaban
de blancura, y numerosos pináculos sembrados por todas
partes, agrupados con tal profusión, que más parecían adorno
de papel. Montado en su Gringolet, el noble caballero meditó
largo rato si habría algún medio de entrar en aquel recinto, y
recogerse en él y solazarse, en tanto durase el sagrado día.
Llamó entonces, y apareció en lo alto un centinela, quien saludó
cortésmente, dio la bienvenida al errante caballero, y prestó
oídos a lo que éste pedía.
35. —Buen señor —dijo Gawain—, ¿queréis transmitir mi
mensaje al gran señor de este castillo pidiendo albergue?
—Así lo haré, ¡por San Pedro! —replicó el centinela—. Y
seguro estoy de que os podréis alojar el tiempo que os plazca,
señor caballero.
Desapareció a toda prisa, y regresó sin tardanza con criados
para recibir al caballero. Bajaron el puente, salieron a su
encuentro, e hincaron la rodilla en la fría tierra rindiéndole así
honrosa acogida. Le franquearon la gran puerta; y tras pedirles
él que se levantasen, cruzó el puente montado a caballo. Varios
criados le sujetaron la silla para que desmontase, y un nutrido
grupo de hombres recios se hicieron cargo del caballo,
conduciéndole a los establos, mientras bajaban nobles y
caballeros, a fin de llevar al huésped a la gran sala. Cuando
éste se quitó el yelmo, muchos acudieron presurosos a tomarlo
de sus manos, y a servir a hombre tan esforzado, haciéndose
también cargo de su espada y su pavés. Saludó él
graciosamente a cada uno de ellos, y fueron numerosos los
nobles arrogantes que se acercaron a este príncipe, a fin de
testimoniarle respeto. Vestido con su armadura, fue conducido a
la gran sala donde ardía un fuego de resplandecientes llamas.
Entonces, abandonando su cámara el señor de aquellos
dominios, bajó cortésmente al encuentro del caballero. Y dijo:
—Sed bienvenido a esta casa, y quedaos el tiempo que
gustéis. Disponed de cuanto hay aquí como si fuese
enteramente vuestro.
—¡Os doy las gracias! —dijo Gawain—; ¡y que Cristo os
premie por esto!
Dicho lo cual, los dos hombres se estrecharon en un fuerte
abrazo.
36. Gawain observó con atención al que con tanto calor
acababa de saludarle, y comprendió que el castillo contaba con
un señor valeroso, muy grande, y en la plenitud de sus fuerzas,
de barba ancha y lustrosa, color del pelo del castor, ancho y
recio sobre unas piernas robustas, la cara fiera como el fuego, y
francas sus palabras: en todo parecía, verdaderamente,
príncipe de señores, vasallos muy leales y esforzados. Le
condujo este príncipe a una cámara, ordenando que se le
asignase un hombre para que lo asistiese en todo, y al punto
acudió un nutrido grupo de criados a servirle, los cuales le
pasaron a un hermoso aposento en el que había un espléndido
lecho: tenía cortinas de sedas costosas con brillantes y dorados
galones, colchas primorosamente bordadas y preciosas pieles.
Unas anillas de oro corrían las cortinas sobre cordones. Había
tapices de Toulouse y de Tharsia en las paredes; y a los pies,
en el suelo, finas alfombras tan ricas como aquéllos. Allí fue
desvestido el caballero entre charlas alegres, y despojado de su
cota de malla y su espléndida armadura. Le fueron traídos ricos
vestidos para que él eligiese los mejores. Y tan pronto como
hubo escogido uno con amplias faldas que le sentaba muy bien,
y se lo hubo puesto, pareció a cuantos le rodeaban que su
rostro era una visión de la Primavera, y que sus miembros,
debajo, estaban dotados de hermosos y espléndidos matices;
de modo que pensaron que jamás había creado Cristo caballero
más hermoso. Viniera de donde viniese, le tuvieron por príncipe
sin par en el campo donde los hombres se medían.
37. Ante la chimenea, donde ardía el carbón, dispusieron para
sir Gawain una silla ricamente cubierta de preciosos cojines
sobre tela acolchada. Luego echaron sobre sus hombros una
suntuosa capa de seda bordada y forrada de pieles costosas,
toda orillada de armiño, con una caperuza de idéntico valor. Y
se sentó en aquella silla digna y principesca, y se calentó y
cobró ánimos. Poco después, fue armada una mesa sobre finos
caballetes; la cubrieron con un mantel de inmaculada blancura,
y sobre éste pusieron un paño, salero, y cubiertos de plata.
Se lavó entonces el caballero, y se dispuso a comer. Los
criados, respetuosos y atentos, trajeron diversas y finas sopas,
exquisitamente sazonadas, servidas en dobles raciones, tal
como se debía, y diversas clases de pescado; unos horneados
en pan, otros asados sobre brasas, otros hervidos, otros en
salsas con especias; tan hábilmente condimentados todos que
le procuraron el más grande placer. De modo que el buen
caballero no tuvo sino palabras de cortesía para lo que él
calificó muchas veces de verdadero banquete mientras los
demás, a la vez que le servían, le aconsejaban:
—Servíos tomar este alimento de penitencia, que pronto
podréis resarciros.
Y con ello, el caballero recobraba su alegría y humor; pues
el vino caldea siempre el ánimo.
38. Le interrogaron entonces con discreción acerca de él; a lo
cual explicó que venía de la corte del magnánimo Arturo, el rey
más noble de la Tabla Redonda; y que a quien ahora tenían allí
sentado era al propio sir Gawain, el cual había llegado por
ventura, a causa de la Navidad. Muy fuerte rió el señor del
castillo cuando supo quién era el caballero al que la fortuna
había traído a su morada, transmitiendo su dicha y alegría a
cuantos hombres se alojaban en su casa, los cuales acudieron
ansiosos por ver y conocer a aquel que reunía en su persona
todo el valor, donosura y modales, y conquistaba incesantes
alabanzas; pues era el más elogiado de los hombres en la
tierra. De modo que cada uno de los caballeros comentaba en
voz baja a su vecino:
—Ahora podremos apreciar los más finos modales, y las
maneras más gentiles del diálogo. Sin haberlo pedido, vamos a
escuchar el estilo impecable de la conversación, ya que
tenemos entre nosotros a este padre de la buena crianza. Dios
ha sido verdaderamente generoso con nosotros, al traernos a
un huésped como Gawain, a la hora en que los hombres se
sientan gozosos en torno a la mesa a cantar en honor del
nacimiento de Cristo. Este caballero nos enseñará, espero, lo
que es el amor cortés[19].
39. Cuando el noble caballero terminó de comer y se levantó era
ya casi de noche. Los capellanes se dirigieron a sus capillas e
hicieron repicar profusamente las campanas, como era
obligación, para las solemnes vísperas de tan solemne
festividad.
El señor del castillo encabeza la marcha; junto a él va
también su esposa, que entra en su elegante y espacioso
oratorio. Gawain se dirige allí de buen grado, pero el señor le
retiene por la manga y le guía a un asiento, saludándole y
llamándole por su nombre, y diciendo que es el huésped al que
con más cariño acoge del mundo. Gawain le expresó su
agradecimiento; se abrazaron los dos y permanecieron
sentados con grave actitud mientras se desarrollaba el oficio. La
dama sintió luego deseos de observar al caballero; y salió de su
pequeño retiro acompañada de preciosas doncellas. Su rostro,
la carne y el color de su piel, la proporción de su cuerpo y el
encanto de sus ademanes la hacían la más hermosa de las
mujeres, aventajando a la propia Ginebra a juicio de Gawain.
Cruzó éste el presbiterio y fue a presentar sus respetos a la
bellísima dama. Conduciéndola de la mano izquierda, iba otra
dama de más edad, con aspecto de anciana, por la que los
hombres que la rodeaban manifestaban gran respeto. Pero era
muy distinto el aspecto de estas dos mujeres; pues si la una era
joven, la otra en cambio tenía la tez amarilla. Un rico matiz
sonrosado encendía el rostro de una; profundas arrugas
surcaban las mejillas de la otra. El tocado de la una estaba
adornado con múltiples perlas, y su cuello blanco y desnudo y
su pecho brillaban como la nieve caída sobre las montañas; la
otra, al contrario, envolvía su cuello con un griñón y ocultaba
oscura su barbilla con velos blancos. Llevaba la frente envuelta
en seda tan apretada y recargada de abalorios, que nada de
esta dueña asomaba, salvo las cejas negras, los dos ojos, la
nariz y los labios desnudos; y aun éstos con una mueca
espantosa y desdibujada: ¡venerable dama podía decirse que
era, vive Dios, con su cuerpo pequeño y ancha cintura, y sus
grandes nalgas abultadas! Ella hacía aún más atractiva a
aquella a la que guiaba.
40. Cuando vio Gawain su gracia y donosura, pidió licencia al
señor para acompañar a las damas; saludó a la de más edad
con una profunda reverencia, y abrazó brevemente a la más
hermosa, la besó cortésmente, y le habló como cumplido
caballero. Mostraron ellas deseos de conocerle, y él suplicó que
le permitiesen ser su fiel servidor, si así gustaban. Lo cogieron
entre las dos; y charlando, le condujeron a un aposento, junto a
la chimenea encendida; y antes que nada pidieron especies,
que los criados se apresuraron a traer en abundancia, y vino
con que alegrar el corazón. El señor bailó jubiloso
repetidamente, e ideó muchas diversiones a fin de procurar
alegría; se quitó la caperuza, y colgándola en lo alto de una
lanza, la ofreció como trofeo a aquel que trajese más diversión
durante esas Navidades.
—¡Y por mi fe que, antes que perder esta prenda, trataré de
competir con el mejor, con ayuda de mis amigos!
Así reía y bromeaba el señor esa noche, ordenando que se
celebraran alegres juegos en el castillo, con objeto de agasajar
a Gawain; hasta que mandó que encendiesen las luces.
Entonces sir Gawain pidió permiso, y se retiró a descansar.
41. Por la mañana, cuando los hombres conmemoran la hora en
que, para morir por nosotros, nació Nuestro Señor, la alegría
por Él despierta en todos los hogares del mundo. Y así
aconteció allí en aquel día de fiesta: y tanto en las comidas
sencillas como en las solemnes, los criados, exquisitamente
vestidos, sirvieron raros y delicados manjares. La dama vieja
ocupó el sitio de honor en la mesa, y a su lado se sentó
cortésmente el señor del castillo, según creo. Gawain y la
alegre dama se pusieron juntos en el centro de la mesa, donde
primero fue traída la comida; y de allí, de acuerdo con sus
méritos y distinciones, fueron cumplidamente servidos todos los
caballeros que había en la sala. Y hubo comida en abundancia,
y mucho contento y alegría; a tal punto, que sería tedioso
demorarme aquí en los detalles. Pero sé que Gawain y la
hermosa dama gozaron en discreta compañía, entregados a
dulces y limpias confidencias, con cuyas delicias ninguna
principesca diversión se puede comparar. Tocaron trompas y
tambores, y ejecutaron las flautas muchos aires; cada uno
procuró su propio gozo, mientras ellos dos se abandonaban a
aquel que compartían.
42. Hubo muchas diversiones ese día, y el siguiente, y lo mismo
el tercero; y era un placer oír el contento que reinaba en el día
de San Juan, y último de las fiestas, según tenía previsto la
gente, pues había invitados que debían partir con las primeras
luces del alba. Así que celebraron una gran velada, bebieron
vino, bailaron y cantaron canciones de Navidad. Finalmente,
tarde ya, los que vivían lejos se despidieron y emprendieron el
camino de regreso. Gawain quiso despedirse también; pero el
buen anfitrión le hizo demorarse; y llevándole junto a la
chimenea de su propia cámara, le retuvo allí, agradeciéndole
con afecto el esplendor y alegría que su presencia le había
traído, honrando su casa en tan alta ocasión, y dignándose
adornarla con su favor.
—Tengo por seguro, señor, que mi suerte prosperará
mientras viva, ahora que Gawain ha sido mi huésped en la
festividad del propio Dios.
—Os doy las gracias, señor —dijo Gawain—. En buena fe,
vuestro es todo el mérito… ¡quiera el Altísimo compensaros! A
vuestro servicio me pongo, dispuesto a cumplir lo que a bien
tengáis mandarme, ya que, para bien o para mal, estoy
obligado a vos por derecho.
El señor pidió al caballero que demorase aún más su
partida. Pero a eso Gawain replicó que de ningún modo podía
acceder.
43. Entonces el señor, con cortés deferencia, quiso saber de
Gawain qué empresa extrema le había sacado con tanta
premura de la regia corte de Camelot, en aquellas festividades,
poniéndole solo en camino, sin esperar a que hubiesen
concluido las celebraciones en todos los hogares de los
hombres.
—En verdad que bien podéis extrañaros, señor —admitió el
caballero—. Una alta y urgente misión me ha sacado de ese
castillo. Pues me he comprometido a buscar un lugar, aunque
no sé a qué parte del mundo dirigirme para encontrarlo. Ni por
todas las tierras de Logres quiero estar lejos de él la mañana de
Año Nuevo… con la ayuda de Dios. Por tanto, señor, esto es lo
que os pido: que si en verdad sabéis algo de la Capilla Verde, o
en qué tierra se puede encontrar, y del caballero de verde color
que la guarda, al punto me lo digáis. Ya que hay establecido un
pacto entre nosotros, por el cual, si estoy vivo, debo ir allí a
enfrentarme con él. No falta mucho para Año Nuevo; así que,
con la ayuda de Dios, antes prefiero ir en su busca que ganar
cualquier fortuna. Os ruego, pues, que me deis licencia, pues
debo irme ahora; apenas me quedan ya tres días para atender
a este asunto, y antes quisiera caer muerto que dejarlo sin
cumplir.
A lo que, riendo, dijo el señor:
—Entonces bien podéis quedaros algún tiempo más, que
cuando llegue el momento de vuestra cita, yo os mostraré el
camino de la Capilla Verde; de modo que no os preocupéis.
Retiraos a dormir sin temor, señor, hasta bien entrado el día.
Cuando sea primero de año, yo haré que esa misma mañana
estéis allí. Quedaos, pues, hasta Año Nuevo. Llegado ese día,
podréis levantaros y dirigiros allí. Ya os diremos el camino;
apenas queda a dos millas de esta casa.
44. Entonces se alegró Gawain, y exclamó jubiloso:
—Os doy las gracias sinceramente por esto, más que por
ninguna otra cosa. Ahora que veo cumplida mi demanda,
quedaré, como es vuestro deseo, y haré todo aquello que
gustéis.
Le cogió el señor entonces, y le sentó junto a él; y con el fin
de que les alegrasen, mandó llamar a las damas, en cuya dulce
compañía gozaron de tranquilo solaz. Y tan transportado y fuera
de sí estaba el señor, que apenas se daba cuenta de lo que
decía. Y dijo al caballero, hablando a grandes voces:
—Habéis prometido hacer aquello que os pida; ¿daréis
cumplimiento a esa promesa aquí, ahora mismo?
—Por supuesto, señor —replicó el esforzado caballero—. En
tanto esté en este castillo, obedeceré vuestros deseos.
—Pues bien, habéis venido de muy lejos, y os he tenido en
vela mucho tiempo; aún no os habéis repuesto del todo; y lo
cierto es que necesitáis descanso y alimento. Os quedaréis
arriba en vuestro aposento, a vuestra entera comodidad, hasta
el momento de la misa de mañana; luego comeréis a la hora
que más os plazca, con mi esposa, a fin de que su compañía os
alegre, hasta mi regreso. Quedaos; yo me levantaré temprano,
pues quiero salir a cazar.
Gawain asintió con una inclinación de cabeza, como cortés
caballero que era.
45. —Sin embargo —dijo el señor—, acordaremos una cosa
más: aquello que yo consiga en el bosque será para vos; a
cambio, me daréis lo que vos obtengáis aquí. Juremos hacerlo
así, mi buen amigo, sea la suerte flaca para el uno, y mejor para
el otro.
—¡Por Dios —exclamó el buen Gawain— que accedo en
todo, y me agrada el juego que proponéis!
—¡Hecho, pues! ¡Así será el trato! ¿Quién nos trae de
beber? —dijo el señor de aquella tierra.
Y todos rieron. Y bebieron, bromearon y disfrutaron cuanto
quisieron, dichos señores y las damas. Luego, siguiendo la
costumbre de Francia, y con muy corteses y refinadas palabras,
se levantaron hablando en voz baja, y se despidieron con un
beso.
Con fieles criados y antorchas encendidas, fueron
escoltados finalmente hasta sus aposentos. Sin embargo, antes
de dormirse, Gawain meditó largamente sobre los términos de
aquel extraño trato: sin duda el viejo señor de aquellas gentes
sabía jugar al juego aquel.
III
as gentes se levantaron antes de que despuntase el día: los
L huéspedes que iban a marcharse llamaron a sus criados,
quienes corrieron a ensillar en seguida los caballos, aparejarlos
y ajustar en ellos los bagajes; los dispusieron en línea sus
señores, preparados para montar, saltaron ágilmente sobre la
silla y, cogiendo las riendas, emprendieron el camino, cada uno
adonde más le convenía.
No fue el último, el señor de aquellos dominios, en
encontrarse dispuesto para emprender también la marcha, con
un grupo de sus hombres; tomó una breve colación después de
oír misa, requirió su cuerno, y salió a toda prisa hacia el campo
de caza. Cuando asomaron las primeras claridades ya se
encontraban él y sus cazadores sobre sus altos caballos. Los
encargados de los perros los ataron en traíllas, abrieron la
puerta de la perrera, los llamaron e hicieron sonar tres veces los
cuernos de caza. Entonces empezaron los perros a ladrar y a
alborotar, y ellos los hostigaron y azuzaron, a fin de que
buscasen un rastro. Un centenar he oído contar que iban, y que
eran de los mejores. Llegados a sus puestos de caza, los
hombres que los llevaban los soltaron y el bosque vibró con las
resonantes llamadas de los cuernos.
47. A la primera explosión de ladridos, todos los animales
salvajes se estremecieron. Los ciervos cruzaron desolados el
valle y huyeron a las alturas; pero allí los contuvieron con
grandes voces los ojeadores apostados. Dejaron pasar a los
machos de airosa cabeza, y a los gamos orgullosos de anchas
palas en su cornamenta: el noble señor tenía prohibido
perseguir en tiempo de veda a uno solo de los machos. En
cambio detuvieron a las ciervas con grandes gritos, y a voces
las dirigieron hacia los valles profundos. Allí los hombres podían
verlas correr y dispararles sus flechas; a cada carrera que
daban por el bosque, un flecha afilada venía hiriente a
hincárseles en su piel tostada. ¡Ah, cómo balaban y sangraban,
yendo a morir a las laderas, acosadas siempre por los perros, y
tras ellos los cazadores, con tales clamores de sus grandes
cuernos que más parecía que eran las rocas que reventaban! Si
un animal escapaba al tiro de los arqueros, era abatido en el
siguiente apostadero, después de hacerlo bajar de las alturas y
dirigirlo hacia las aguas. Los hombres emboscados
demostraron ser tan hábiles y astutos, y sus galgos tan ágiles,
que en seguida los cogían y derribaban, de forma que todo
concluía en un abrir y cerrar de ojos. El señor, exultante de
gozo, cabalgaba y desmontaba una y otra vez, y pasó el día
ocupado y feliz, hasta que se hizo de noche.
48. Así el señor, entregado a su deporte, corre por los linderos
del bosque, y el buen Gawain descansa en blanda cama, bajo
hermoso dosel, cubierto de cortinas, mientras la luz del día
alumbra los muros. Y sumido en un sueño ligero, oye un leve y
furtivo rumor en su puerta, que se abre silenciosamente; saca la
cabeza de entre las ropas, alza el borde de la cortina, y se
asoma cautamente en esa dirección para ver quién es. Era la
dama, la más bella que pudiera contemplarse, que, sigilosa,
había cerrado calladamente la puerta tras ella y se dirigía a la
cama. El caballero sintió que le invadía la vergüenza; se tumbó
astutamente, y fingió dormir. Se acercó ella a la cama con paso
quedo, retiró la cortina, se sentó en el borde, y allí se estuvo
tiempo y tiempo, observando cuándo despertaba. El caballero
siguió echado largo rato, acechando y preguntándose en qué
podía parar esta situación, pues sin duda era asombrosa. Pero
finalmente se dijo a sí mismo: «Más correcto será preguntarle
qué desea». De modo que, haciendo como que se despertaba,
se volvió hacia ella, alzó los párpados, y se mostró asombrado;
y para sentirse más a salvo, se santiguó con la mano. Con la
barbilla y mejillas sonrosadas y blancas, el gesto lleno de
gracia, y una leve sonrisa en los labios, exclamó alegremente la
dama:
49. —Buenos días, sir Gawain; sois un durmiente descuidado,
ya que cualquiera puede deslizarse hasta aquí. Habéis sido
cogido por sorpresa; y a menos que lleguemos a un acuerdo, os
ataré a vuestra cama, tenedlo por seguro —bromeó entre risas
la señora.
—Buenos días, señora —dijo lleno de contento Gawain—.
Disponed de mí como os plazca; será para mí un placer, y me
apresuro a someterme y suplicar clemencia; es, creo, lo mejor
que puedo hacer. —Y prosiguió, bromeando entre risas—: Pero
permitid, señora, que vuestro prisionero se levante; pues deseo
abandonar esta cama y arreglarme, a fin de sentirme más
cómodo con vos.
—Desde luego que no, señor —dijo la encantadora dama—;
no os levantaréis de vuestra cama; así os tendré más a mi
merced. Os envolveré por este lado, y por el otro, y después
charlaré con el caballero que tengo atrapado; pues sé muy bien
que sois sir Gawain, y que todo el mundo os adora dondequiera
que vayáis; vuestro honor, vuestra donosura, son objeto de
alabanza entre los señores y sus damas, y entre todos cuantos
viven. Ahora estáis aquí, a solas conmigo. Mi señor y sus
hombres se encuentran muy lejos; los que se han quedado
están acostados, y mis doncellas también; la puerta está bien
cerrada y segura; y puesto que tengo aquí al caballero que a
todos agrada, pasaré el tiempo que pueda en dulce
conversación con él. Disponed de mi cuerpo; la necesidad me
inclina a ser vuestra sierva, y lo quiero ser.
50. —En verdad —dijo Gawain—, me considero afortunado;
aunque no soy ese del que habláis; y sé muy bien que no soy
digno de alcanzar el honor que decís. Por Dios que sería un
honor, si mis palabras o servicios lograsen complaceros como
merecéis: sería para mí una pura dicha.
—Verdaderamente, sir Gawain —dijo la dulce dama—, que
sería descortesía despreciar o rebajar la gallardía y el valor que
los demás aprueban; pero hay bastantes damas, noble señor,
que más quisieran teneros ahora como os tengo yo aquí, y
gozar de vuestra cortés conversación y solazarse y satisfacer
sus cuidados, que todos los tesoros que poseen. Así que
agradezco al Señor que reina en los cielos tener aquí por su
gracia, en mi mano, lo que todas desean.
De este modo le acogió aquella mujer de rostro radiante. Y
el caballero, con palabras puras, contestó:
51. —Madame —dijo alegremente—, que la Virgen María os
recompense; pues veo, en verdad, que sois de generosa
nobleza. Muchos son los que reciben honores de otros hombres
por sus acciones; en cuanto a los que a mí se me tributan, no
los merezco; sólo a vos encuentro digna de esas glorias.
—Por la Virgen María —dijo la noble dama—, que no lo creo
así. Pues aunque valiese yo lo que todas las mujeres vivas, y
todas las riquezas del mundo estuviesen en mi mano, y
pudiese, a cambio de todo ello, conseguir un señor con las
nobles cualidades que ahora aprecio en vos, vuestra belleza,
vuestras gentiles maneras y vuestra gran cortesía, de las que
antes había oído hablar y ahora tengo por probadas, a ningún
hombre de la tierra escogería entonces sino a vos.
—En verdad os digo, señora —dijo el hombre—, que ya
habéis elegido a otro mejor; pero me siento orgulloso de la
gloria que ponéis en mí, y como fiel servidor, os tendré por mi
soberana, y seré vuestro caballero; ¡qué Cristo os lo premie!
De este modo hablaron sobre muchas cosas, hasta pasada
la media mañana, la dama manifestando siempre que le amaba
mucho, mientras que el caballero estaba a la defensiva, sin
dejar por ello de conducirse con gentileza. Aunque fuese la más
espléndida de cuantas mujeres recordaba, el caballero sentía
poca inclinación por el amor, a causa del destino que buscaba
sin desfallecer: el golpe que debía destruirle, y que
irremediablemente iba a recibir.
Así que la dama pidió permiso para retirarse, y él, al punto,
se lo dio.
52. Le deseó ella entonces buenos días; y tras dirigirle una
mirada, se echó a reír, asombrándole con la fuerza de sus
palabras:
—¡El que todo lo oye os premie por el placer de vuestra
conversación! Aunque no acabo de creer que seáis Gawain.
—¿Por qué? —preguntó el caballero, temiendo haber fallado
en sus modales.
Pero la dama le bendijo, y dijo de esta manera:
—Quien es justamente tenido por el galante Gawain, cuya
cortesía ha sido siempre tan completa, no habría podido estar
tanto tiempo con una dama sin haberle solicitado un beso como
cumple a un caballero cortés, con alguna discreta alusión.
Por lo que dijo Gawain:
—Muy bien, sea como deseáis; os besaré como pedís,
como caballero, a fin de no causaros agravio; así que no
supliquéis más.
Se acercó ella entonces, le rodeó con sus brazos, e
inclinándose delicadamente, lo besó. Se encomendaron luego a
Cristo cortésmente el uno al otro y, sin otra cosa, se dirigió ella
a la puerta. Gawain se levantó a toda prisa, llamó a su
chambelán, eligió sus ropas, y ya vestido, acudió alegre a misa.
Luego se sentó a la mesa, que aguardaba bien provista, y pasó
el día en alegres juegos, hasta que salió la luna. Jamás hubo
caballero más galante entre tan digno par de damas, vieja la
una y joven la otra, disfrutando juntos lo indecible.
53. Entre tanto, el señor de aquella tierra seguía gozando lejos,
por bosques y brezales, en pos de las ciervas estériles. Cuando
el sol comenzó a declinar había muerto ya tal número de gamas
y otras clases de venado, que parecía cosa de maravilla.
Entonces acudieron al fin los hombres en tropel, e hicieron un
inmenso montón con todos los venados muertos. Allí llegó el
señor con suficiente compañía; escogió las piezas más
hermosas, y ordenó que las abriesen como la práctica requiere.
Examinaron el corte de algunas de ellas y comprobaron que la
que menos tenía dos dedos de grasa. A continuación abrieron
la abertura, agarraron el primer estómago, lo cortaron con un
cuchillo afilado, y ataron la tripa. Cercenaron las cuatro patas y
rasgaron la piel. Luego abrieron el vientre, sacando hacia
afuera las entrañas con cuidado de que no se soltase la
ligadura del nudo. Cogieron después el cuello, separaron con
destreza el esófago de la tráquea, y extrajeron los intestinos.
Desprendieron las espaldillas con afilados cuchillos, y las
levantaron por un pequeño agujero, a fin de tener los trozos
enteros; abrieron luego el pecho partiéndolo en dos, y volvieron
nuevamente a la garganta, cortando con rapidez hasta la
horquilla; sacaron las asaduras, y desprendieron después con
presteza las membranas pegadas a las costillas. Partieron la
pieza a lo largo del espinazo, hasta la cadera, la abrieron, la
levantaron entera, y le quitaron los despojos, como creo que se
llaman. Por la cruz de los muslos volvieron las dos mitades
hacia atrás, a fin de desgajarlas a lo largo de la espina dorsal.
54. Cortaron a continuación la cabeza y el cuello, separaron el
lomo del costillar, y arrojaron algunos trozos a un matorral, para
los cuervos. Ensartaron los costados por entre las costillas, y
cada hombre cogió dos piernas que le correspondían como
gratificación, colgándolas del corvejón. Sobre la piel del
precioso animal alimentaron entonces a los perros, con el
hígado, los pulmones y la piel de la panza, mezclando con ello
pan empapado con sangre. Hicieron sonar vigorosamente los
cuernos en medio de los ladridos de los perros; y cargando
luego con la carne de la caza, emprendieron el regreso
haciendo sonar con fuerza los cuernos de trecho en trecho.
Cuando ya se apagaban las luces del día, llegaron
puntualmente al magnífico castillo donde descansaba
plácidamente el caballero, junto a un fuego encendido y
animado. Entró el señor, salió Gawain a su encuentro, y se
saludaron los dos con gran alegría.
55. Mandó entonces el señor que se reunieran todos los
hombres en aquella sala, y que bajasen las dos damas con sus
doncellas. Y cuando estuvieron todos presentes, ordenó a sus
hombres que trajesen la caza. Llamó graciosamente a Gawain,
le mostró, por las colas, el número de preciosos animales, y le
enseñó la brillante grasa sacada de los costillares de todos
ellos.
—¿Qué os parece la caza? ¿No merezco un elogio? ¿No he
ganado un sincero agradecimiento por mi habilidad?
—Así es, verdaderamente —dijo el otro caballero—; hay
aquí los más preciosos trofeos de caza logrados en época de
invierno, que he visto en siete años.
—Todo os lo doy, Gawain —dijo entonces el señor—; pues,
por el pacto que acordamos, bien lo podéis reclamar como
vuestro.
—Así es —dijo el caballero—, y lo mismo he de deciros: que
os haré entrega de aquello de valor que he ganado entre estos
muros —y rodeando con sus brazos el cuello del noble señor, le
besó con todo el cariño que fue capaz de manifestar—. Tened;
esto os doy. No he conseguido otra cosa. Os aseguro que más
os daría, si más hubiera alcanzado.
—Bien está —dijo el buen señor—; y mucho os lo
agradezco. Y es tal, que quizá convenga que digáis en dónde
habéis ganado esta riqueza por vos mismo.
—Eso no entra en nuestro acuerdo —dijo él—; no pidáis
más, ya que habéis obtenido cuanto os corresponde.
Se echaron a reír, y con palabras alegres y de encomio, se
fueron a cenar, cambiando nuevas y numerosas cortesías.
56. Más tarde, sentados junto a la chimenea de la cámara,
fueron abundantemente servidos con el mejor vino; y otra vez,
entre bromas, acordaron cumplir por la mañana el mismo pacto
acordado anteriormente: pasara lo que pasase, intercambiarían
sus trofeos, fuera lo que fuese aquello que ganaran, al volverse
a reunir por la noche. Y acordaron dicho pacto en presencia de
toda la corte. Trajeron entonces de beber, entre bromas, y al
final se separaron con afecto, retirándose cada cual en seguida
a descansar. Cuando el gallo cantó por tercera vez[20], saltó el
señor de su lecho, así como cada uno de sus servidores, de
forma que despacharon la comida y la misa, y estuvieron
camino del bosque, antes de que asomasen los primeros
clarores del día. Cruzaron a toda prisa la llanura cazadores y
cuernos, mientras los perros corrían sueltos entre los espinos.
oco después, ladraban en pos de una pista por un paraje
P pantanoso. El cazador incitó a los perros que olfatearon el
rastro, jaleándolos a gritos. Los perros, al oírle, corrieron
afanosos, cayendo veloces cuarenta de ellos sobre el mismo
rastro. El clamor de voces y ladridos resonó entre las rocas de
los alrededores. Los cazadores excitaban a los perros con
gritos y toques de cuerno; luego echaron a correr todos juntos
entre una charca de aquel bosque y la áspera pared de un
despeñadero. Seguidos de los hombres, prosiguieron la
búsqueda por entre una maraña de arbustos al pie del
acantilado sembrado de rocas; fueron rodeando riscos y
arbustos, hasta que descubrieron allí dentro el animal que
delataba el ladrido de los sabuesos. Batieron entonces los
arbustos para obligarle a salir, y surgió salvajemente,
embistiendo a los hombres a su paso: era un jabalí prodigioso,
una vieja bestia solitaria que había abandonado hacía tiempo la
manada, un animal musculoso, el más grande y formidable
cuando gruñía. Fueron muchos los que se asustaron, pues a la
primera embestida hizo rodar a tres por los suelos, y salió
lanzado a gran velocidad sin hacer caso de los otros. Éstos
gritaron: «¡Eh!, ¡hey!»; y llevándose el cuerno a la boca, lo
hicieron sonar, llamando al resto de la partida. Muchas fueron
las voces excitadas de los hombres, muchos los ladridos de los
perros que corrían tras él para matarlo, y muchas las veces que
aguantó firme los ataques, mutilando a la jauría que le cercaba,
hiriendo a los perros, que se apartaban aullando y gimiendo
malheridos.
58. Los hombres se apresuraron entonces a arrojarle sus
dardos, acertándole a menudo, aunque las puntas que le daban
no llegaban a penetrar su dura piel, ni a clavarse en su frente, y
la afilada flecha se partía en pedazos, y rebotaba su punta allí
donde golpeaba. Sin embargo, los lances más rigurosos
hicieron mella en él, y enloquecido de tanto hostigamiento se
revolvió contra los hombres, y cargó contra ellos ferozmente,
haciéndolos retroceder. Pero el señor, montado en ágil caballo,
corrió tras él, como hombre atrevido en campo de batalla, tocó
el cuerno llamando a su compañía, y lanzó su corcel por entre
espesos matorrales, en pos del feroz jabalí, persiguiéndolo
hasta la puesta del sol. Y pasaron el día en estas acciones,
mientras descansaba Gawain en su lecho, entre colchas de
ricos colores. No olvidó la dama entrar a saludarle, empezando
su asedio muy temprano para hacerle ceder en su
determinación.
59. Se acercó a las cortinas, y echó una ojeada al caballero. Al
verla sir Gawain la saludó con cortesía; contestó ella de igual
modo, con gran ansiedad en sus palabras, se sentó
suavemente a su lado, y de repente se echó a reír. Y tras una
mirada cautivadora, empezó con estas palabras:
—Señor, si sois Gawain, me parece extraño que un hombre
tan dispuesto siempre al bien no sepa nada de las costumbres
de la gentileza; y si alguna os llega, al punto la echáis de
vuestra mente. Habéis olvidado muy pronto lo que ayer os
confié con las razones más sinceras y claras que podía.
—¿De qué habláis? —dijo el caballero—. En verdad que no
sé nada de eso. Pero si es cierto lo que decís, mía ha de ser
toda la culpa.
—Sin embargo, esto os enseñé sobre los besos —dijo la
hermosa dama—: dondequiera que encontréis el favor, cogedlo
pronto, como conviene a un caballero cortés.
—Guardad, mi querida señora, esas palabras —dijo el bravo
caballero—; pues no me atreveré a tal cosa por temor a ser
rechazado. Y si lo fuera, la culpa sería toda mía.
—A fe —exclamó la noble dama—, que quizá no seáis
rechazado; sois bastante fuerte para tomar por la fuerza lo que
queréis, si alguien cometiera la villanía de negároslo.
—Por Dios —dijo Gawain— que es bueno vuestro discurso.
Sin embargo, la coacción, y todo favor no ofrecido gustosa y
libremente, son innobles en el país de donde vengo. Estoy a
vuestra entera disposición para besarme cuanto queráis. Podéis
hacerlo como os plazca, y dejarlo cuando juzguéis oportuno.
Se inclinó entonces la dama, y le besó galantemente en la
cara, iniciando luego una larga conversación acerca de favores
y males de amor.
60. —Desearía saber, señor —dijo entonces la noble dama—, si
no os importa que os pregunte, cuál es la razón de esto, dado
que sois joven y animoso, y tenéis tanta fama de cortés y
caballero, y siendo el sincero ejercicio del amor lo más precioso
y excelso de toda la caballería, y doctrina de las armas, pues es
título y texto de las obras que narran las empresas de estos
esforzados barones: cómo por su sincero amor ponen estos
hombres en peligro sus vidas, soportan la prueba de trances
penosos, y vengados después por su valor, y libres de
cuidados, alcanzan la dicha en su morada por sus virtudes. Vos
sois el caballero más galante y conocido de nuestro tiempo, y
vuestra fama y vuestro honor han llegado a todas partes. Y
aunque he venido a sentarme a vuestro lado por segunda vez,
no os he oído pronunciar una sola palabra de amor, por
pequeña que sea. Sin embargo, ya que sois galante y
consciente de vuestras promesas, deberíais revelar y enseñar a
una joven alguna muestra de la ciencia del amor. Pues ¡qué!
¿Tan ignorante sois, con todo el renombre de que gozáis, o
acaso me creéis demasido tonta para escuchar vuestras
palabras de amor? ¡Qué vergüenza! Sola he venido a sentarme
aquí, dispuesta a que me enseñéis algún juego; así que
mostradme lo que sabéis, mientras mi señor está ausente.
61. —¡Qué Dios os premie, en verdad! —dijo Gawain—. Es un
gran placer para mí, y una gran alegría, que una señora tan
noble como vos se digne venir, se tome tantos trabajos con
caballero tan pobre, y se contente con distraerse con él. ¡Pero
tomar sobre mí la empresa de enseñar el verdadero amor, y
explicar para vos su valor en los relatos caballerescos, cuando
es seguro que poseéis mucha más habilidad en este arte que
cien como yo, tal como soy o seré mientras viva, sería en
verdad completa tontería, mi señora! Bien quisiera dar
cumplimiento a todos vuestros deseos si pudiese, pues os estoy
inmensamente agradecido, y más que nunca quiero ser vuestro
servidor; ¡pido al Señor que me asista en ello!
De este modo le insistió la noble dama y le probó muchas
veces, con el fin de seducirle, fuera lo que fuese lo que ella
guardase en el fondo. Pero él se defendió con tal firmeza, que
no reveló flaqueza alguna en su conducta, ni mal de ninguna
clase, sino alegría. Y rieron y charlaron largo rato, hasta que al
final decidió ella besarle, y despedirse graciosamente, y
marcharse sin más demora.
62. Entonces se levantó el caballero para asistir a misa.
Después fue puesta la mesa, y honrosamente servida la
comida. Pasó el día en compañía de las damas, mientras el
señor de aquellas tierras andaba persiguiendo a aquel maligno
jabalí que corría veloz por las laderas, y destrozaba los lomos
de sus mejores sabuesos cada vez que encontraba dónde
protegerse las espaldas; pero los arqueros, acosándole, le
desalojaban a pesar de sus colmillos, y salía de nuevo
enfurecido: tanto arreciaban las flechas cuando las gentes se
agrupaban. Entonces, hasta el más robusto de los hombres
retrocedía. Por último, iba tan cansado, que ya no fue capaz de
correr. Con el aliento que aún le quedaba, llegó a una oquedad
que había en una elevación, junto a una roca, donde discurría
una corriente. Se situó de espaldas al agua, y empezó a rascar
la tierra con su pezuña; una espuma espantosa le brotaba de
los cantos de la boca, mientras afilaba sus blancos colmillos.
Como él, estaban exhaustos todos los hombres osados que le
rodeaban, aunque ninguno se atrevía a acercarse por miedo al
peligro. Ya había dejado heridos a muchos, y nadie quería
dejarse despedazar por aquellos colmillos de la bestia furiosa.
63. Al fin acudió el propio caballero forzando al caballo, y vio
que lo tenían acorralado, y que lo cercaban sus hombres.
Desmontó ágilmente, dejó su corcel, sacó su brillante espada,
avanzó con paso firme, y cruzó la corriente hasta donde estaba
el animal. La fiera bestia, al percibir su presencia arma en
mano, erizó sus gruesas cerdas, y resopló tan furiosamente que
muchos temieron que le fuese a suceder lo peor al caballero. El
jabalí se lanzó derechamente sobre él con tal fuerza, que bestia
y caballero fueron a caer en lo más fuerte de la corriente,
tocando la parte peor al animal, ya que el hombre logró
apuntarle bien en la primera embestida, le clavó certeramente la
afilada hoja en el hoyo del cuello, y se la hundió hasta el puño,
de forma que le atravesó el corazón. Y con un gruñido, la bestia
se hundió en el agua en seguida. Un centenar de perros lo
agarraron con frenéticas dentelladas, lo sacaron los hombres a
la orilla, y allí lo remataron los perros.
64. Hicieron sonar los cuernos repetidamente, y dieron voces
llamando a cuantos hombres les oyesen; los perros, principales
cazadores en esta persecución, ladraban a la bestia, tal como
sus amos querían. Luego, uno de los hombres que era experto
en cacerías en el bosque procedió a cortar el jabalí con hábil
diligencia: primero cortó la cabeza levantándola en alto; luego lo
abrió brutalmente a lo largo, extrajo los intestinos, los asó en las
brasas, los mezcló con pan y premió con ellos a los perros;
partió después al animal en dos grandes pedazos y quitó
convenientemente los despojos. Ató juntas las mitades enteras,
y las colgó de un palo. Y así preparado el jabalí, emprendieron
el regreso. Delante del caballero llevaban la cabeza del animal
que él mismo había abatido en el agua con la fuerza de su
brazo. Le pareció una eternidad, hasta que vio a sir Gawain en
el castillo. Lo llamó entonces, y acudió él a recibir lo que le
correspondía.
65. El señor se echó a reír a grandes carcajadas al ver aparecer
a sir Gawain, y le saludó con alegría. Fueron llamadas las
damas, y reunidas las gentes del castillo. Mostró entonces las
dos mitades, y contó con detalle la jornada. Habló del gran
tamaño del animal, y también de su maldad, acometividad y
furia durante su huida por el bosque. El otro caballero elogió la
aventura con gentileza, y admiró el gran valor que había
demostrado tener, pues confesó que jamás había visto un
animal tan musculoso, ni tales costillares en un jabalí. Le
enseñaron luego la enorme cabeza, y el noble caballero la
alabó y manifestó espanto ante ella, a fin de que lo oyese el
señor.
—Bien, Gawain —dijo el noble señor—; vuestra es esta
caza, según nuestro común y firme acuerdo, como bien sabéis.
—Así es —replicó—; y con la misma certeza, os doy cuanto
he conseguido yo aquí, por mi honor.
Se abrazó a su cuello, le besó galantemente, y volvió a
besarle otra vez del mismo modo.
—Ahora quedan zanjados —dijo—, por esta noche, todos
los pactos que hemos acordado desde que yo estoy aquí.
Y el señor replicó:
—¡Por San Gil, que sois el mejor que he conocido; no
tardaréis en haceros rico, si seguís con este intercambio!
66. Armaron a continuación las mesas sobre los caballetes,
echaron los manteles encima, encendieron brillantes luces en
las paredes, pusieron hachones de cera, se sentaron los
hombres, y acudieron los criados en seguida a servir. Entonces
empezó gran alboroto de voces y alegría en torno al fuego
encendido en el suelo, y durante la cena, y después, se
cantaron muchas y nobles canciones, cánticos de Navidad y
bailes nuevos, en medio de toda la alegría que el hombre es
capaz de expresar cortésmente. Y durante todo el tiempo
estuvo nuestro noble caballero junto a la dama. Y mostró ella
una actitud tan cautivadora hacia el caballero, con furtivas y
halagadoras miradas, que le hizo sentirse asombrado, y hasta
molesto consigo mismo. Sin embargo, por buena crianza, no
quiso corresponder con frialdad a sus insinuaciones; así que la
trató con cortesía, aunque la situación era contraria a la virtud.
Después de gozar cuanto quisieron en la gran sala, les llevó el
señor a una cámara, y se sentaron junto a la chimenea.
67. Bebieron y charlaron allí, y decidieron acordar otra vez el
mismo negocio para la Noche Vieja. Sin embargo, el caballero
expresó su deseo de emprender el viaje por la mañana, ya que
estaba cerca el plazo al que se encontraba ligado. El señor,
contrariado, quiso retenerle algún tiempo más, y dijo:
—Os doy mi palabra, como fiel caballero que soy, de que
estaréis en la Capilla Verde para cumplir aquello que os trae, el
día de Año Nuevo, mucho antes de despuntar el sol. Así que
quedaos en vuestra cámara y descansad a gusto. Yo saldré al
bosque a cazar, y mantendré nuestro pacto de intercambiar lo
que ganéis, por lo que yo traiga de allí; pues os he probado dos
veces, y las dos os he encontrado fiel. A la tercera va la
vencida; tenedlo presente mañana. Disfrutemos entre tanto y
pensemos en el goce, que el dolor puede alcanzar al hombre
cuando quiera.
Accedió Gawain de buen grado a quedarse, le sirvieron de
beber, y se retiraron todos, acompañados con luces. Sir Gawain
duerme profundamente toda la noche. El señor, en cambio, muy
de madrugada, se dispone a emprender su cacería.
68. Después de misa, él y sus hombres tomaron un bocado. La
mañana era alegre. A continuación, pidió su montura. Todos los
cazadores que debían acompañarle estaban preparados,
montados en sus caballos, ante las puertas del castillo. Los
campos ofrecían un aspecto maravilloso, todavía cubiertos de
escarcha. El sol tiñó de rojo encendido el celaje, y emprendió,
purísimo, la marcha por el cielo poblado de nubes. Llegados al
lindero del bosque, los cazadores sueltan a los perros y hacen
resonar las rocas con el toque de sus cuernos; algunos de los
perros dan con el rastro de un zorro que cruza muchas veces
de un lado a otro astutamente, a fin de confundirlos; un perro
empieza a ladrar; lo azuza el cazador; sus compañeros se le
unen resoplando excitados, y corren en tropel tras el rastro
verdadero, mientras el zorro huye delante de ellos. Muy pronto
le descubren, y al verle le persiguen excitados, ladrando con
furioso alboroto, mientras él se hurta y cambia de rumbo, corre
por los sotos intrincados, tuerce y se oculta tras los setos.
Finalmente, junto a una pequeña zanja, salta por encima de un
espino, se agazapa en la linde de un soto, y cree estar fuera del
bosque, lejos del acoso de los perros; con ello, se coloca sin
saberlo ante un puesto de ojeo, donde tres furiosos perros
grises se abalanzan sobre él, y tiene que salir osadamente,
lleno de pánico, hacia el bosque.
69. Fue un placer oír los ladridos cuando la jauría se echó sobre
él en confuso montón, chillándole al verle tales imprecaciones
sobre su cabeza, que las paredes de los despeñaderos
amenazaban derrumbarse: aquí le gritaban los cazadores que
se topaban con él, allá era atacado con furiosos gruñidos, acullá
le llamaban ladrón; y los perros siempre detrás de su rastro, de
forma que no podía parar un instante. A menudo veía que se le
echaban encima, cada vez que salía a terreno despejado;
entonces daba un quiebro y volvía a la espesura: tan sutil era la
astucia de Renart. Y así tuvo al señor y a sus hombres tras él,
por los montes, hasta mediada la mañana. Entre tanto, en el
castillo, el cortés caballero dormía un sueño reparador detrás
de costosa cortina, en la fría mañana. Pero el amor no dejaba
dormir a la dama, ni quería sofocar ella los anhelos de su
corazón; así que se levantó apresuradamente, fue a su
aposento vestida con un rico manto largo hasta el suelo, forrado
con finas pieles primorosamente ordenadas, sin otro adorno en
la cabeza que las piedras preciosas que se distribuían por
docenas en su redecilla. Con su dulce rostro, su cuello
desnudo, y al aire la espalda y el pecho, traspuso la puerta de
la cámara cerrando tras ella; abrió la ventana y llamó al
caballero, saludándole con graciosas palabras para animarle.
—¡Ah, señor!, ¿cómo podéis dormir con una mañana tan
clara?
Él, aunque profundamente dormido, oyó que le llamaban.
70. Sumido en inquieto sueño, como el hombre que es asaltado
por lúgubres pensamientos, el noble caballero murmuró algo
acerca de qué le depararía el destino el día en que se
enfrentase con el hombre de la Capilla Verde, y recibiese el
golpe que justamente le correspondía sin que mediase
combate. Pero al entrar la encantadora dama, recobró su
conciencia, desechó aquellos malos sueños, y contestó
apresuradamente. Se acercó ella sonriendo dulcemente; e
inclinándose sobre su rostro hermoso, lo besó hábilmente.
El caballero la acogió con alegre saludo; y al verla tan
espléndidamente vestida, tan perfecta en su semblante y tan
graciosa en sus facciones, al punto se le inflamó el corazón.
Con dulces y tiernas sonrisas, intercambiando amables
palabras henchidas de felicidad, no tardó en reinar la alegría
entre ellos, y el contento en animar sus corazones. Sobre los
dos se cernía un grave peligro, de no ser porque María medió
en favor de su caballero.
71. Pues le apremió de tal modo aquella excelente princesa, y le
llevó tan cerca de los límites, que finalmente se vio en la
necesidad de rechazar sus favores con ofensas, o tomarlos. Le
preocupaba su cortesía, ya que no quería ser tenido por
miserable; pero aún le preocupaba más el agravio que infligiría
si cometía pecado y traicionaba al señor del castillo, su
anfitrión. «¡Qué Dios me salve», exclamó, «de una traición
así!». Y con afable sonrisa, soslayó las dulces palabras de amor
que brotaban de los labios de ella. Y dijo entonces la señora al
caballero:
—Merecéis reproche, si no amáis a la que yace sola junto a
vos con el corazón más herido que ninguna mujer en el mundo,
a no ser que os debáis a otra, por la que sentís más amor y a la
que habéis ligado tan fuertemente vuestra fidelidad, que no
deseáis romper ese lazo… cosa de la que ahora estoy
convencida. Os ruego que me lo digáis con sinceridad, por
todos los amores que existen en la vida; no me ocultéis
engañosamente la verdad.
—¡Por San Juan, que no! —exclamó entonces el caballero
sonriendo—. Ni la tengo en este instante, ni la deseo tener.
72. —Esas palabras —dijo la dama— son las peores de todas.
Pero me habéis respondido, aunque me resulte doloroso;
dadme un beso cortésmente, y al punto me marcharé; tal vez mi
sino sea llorar como una doncella profundamente enamorada.
Y se inclinó, suspirando, y lo besó dulcemente. Después se
levantó; y ya de pie, dijo:
—Ya que vamos a separarnos, amor mío, concededme un
deseo: dadme alguna de vuestras prendas, un guante por
ejemplo, por la que pueda yo recordaros y endulzar mi dolor.
—En verdad —dijo el caballero— que quisiera tener aquí
para complaceros la cosa más preciada de cuantas poseo en
mi casa; pues repetidamente habéis merecido más
recompensas de las que yo pueda daros ahora. Sin embargo,
escaso valor tendría como prenda de amor lo que yo pueda
cederos. No es propio de vuestro honor guardar tan sólo un
guante de Gawain. Por lo demás, estoy aquí de paso hacia
lugares que desconozco, y no traigo hombres que carguen con
cofres de cosas preciosas; circunstancia que esta vez lamento,
señora, a causa de vuestro amor. Cada hombre ha de cumplir
según la situación del momento; así que no os aflijáis ni
apenéis.
—No lo haré, nobilísimo caballero —dijo aquella
encantadora dama—; y aunque nada he obtenido de vos,
tendréis una cosa de mí.
73. Le tendió un rico anillo de oro rojo trabajado, en el que
destacaba una piedra que despedía centelleos tan vivos como
el sol. Podéis creer que era de un valor inmenso. Pero el
caballero se negó a cogerlo; y dijo con prontitud:
—No quiero regalos, por Dios, mi señora. No tengo con qué
corresponderos, de modo que nada os tomaré.
Ella insistió en que lo cogiese; pero él rechazó su
ofrecimiento, jurando por su fe que no lo haría. Entonces,
entristecida por esta negativa, exclamó:
—Ya que rechazáis el anillo, por pareceros demasiado
valioso, y no queréis tener tan alta deuda conmigo, os daré mi
cinturón, para que tengáis una prenda menos costosa.
Se quitó el cinto que ceñía su cintura sobre el vestido, por
debajo del precioso manto. Era de seda verde y estaba
adornado con hilo de oro, y bordado con hábiles dedos. Ofreció
dicha prenda al caballero, y le suplicó sonriente que, si bien
carecía de valor, consintiese en cogerlo. El caballero contestó
que no, que de ningún modo quería tocar ni oro ni joya alguna,
antes de que Dios le concediese la gracia de ver cumplida la
suerte que le había traído hasta allí.
—Os ruego, pues, que no lo toméis a agravio; desistid más
bien de este empeño, pues nunca accederé a vuestra
pretensión. Con todo, os estoy profundamente agradecido por
vuestra disposición hacia mí, y siempre seré vuestro servidor,
en la suerte y en la desgracia.
74. —¿Rechazáis esta seda —dijo la hermosa dama— por lo
humilde que es, y parece en sí misma? Pues bien, es pequeña,
y más pequeño su valor. Sin embargo, quienquiera que conozca
las virtudes de sus bordados, la tendrá en mayor estima; pues
no habrá hombre alguno bajo el cielo capaz de hacer pedazos
al caballero que se ciña este cinto verde, ni podrán matar al que
lo lleve por ninguno de los medios terrenales.
Meditó entonces el caballero, se dijo para sus adentros que
sería de inmenso valor en la peligrosa prueba a la que debía
someterse. Si, cuando llegase a aquella capilla para sufrir su
sentencia, lograse escapar sin daño por medio de algún
artificio, la estratagema sería en buena lid. Depuso, pues, toda
resistencia, y accedió a lo que se le pedía, y la hermosa dama
le ciñó el cinto que tan encarecidamente le había ofrecido. Le
dio él las gracias, y la dama le suplicó que, por ella, no lo
revelase jamás, sino que guardase lealmente el secreto ante su
señor. El caballero dijo entonces que así lo haría, que nunca
hombre alguno lo sabría, sino únicamente ellos dos. Se lo
agradeció él muchas veces, y muy vehementemente, de
palabra y de corazón. Y por tercera vez besó la dama a este
cumplido caballero.
75. Se despidió ella a continuación, y le dejó, ya que no podía
conseguir de este hombre más satisfacción. Cuando se hubo
marchado, sir Gawain se levantó y se vistió con nobles
vestidos. Guardó la prenda de amor que la dama le había dado,
ocultándola cuidadosamente donde pudiese encontrarla más
tarde. Se dirigió después a la capilla del castillo, se acercó
discretamente al sacerdote, le suplicó que le iluminase y le
mostrase el modo de salvar el alma, tan pronto como saliese de
este mundo. Luego se confesó y declaró sus faltas, las grandes
y las pequeñas, y pidió clemencia y la absolución de todas ellas
al hombre santo; le absolvió éste, y le dejó tan limpio y a salvo
como para el Día del Juicio, si hubiese sonado esa mañana.
Después disfrutó en compañía de las nobles damas, cantando
villancicos y entregándose a toda clase de diversiones, como no
lo había hecho en su vida, hasta que cayó la noche. E hizo
tanto honor a todos los presentes, que dijeron:
—¡Verdaderamente, jamás se le había visto tan alegre como
hoy desde que llegó!
ue siga ahora allí, bajo los cuidados del amor. Entre tanto, el
Q señor de aquella tierra cabalga por los campos a la cabeza
de sus hombres. Ha abatido al zorro que durante tanto tiempo
perseguía: al saltar un espino en busca del perverso animal, por
donde había oído a los perros excitados, le salió Renart al
camino de entre unos espesos matorrales, con toda la jauría
detrás de sus talones. El señor, al darse cuenta de su
trayectoria, se apostó a esperarle.
Sacó su espléndida espada, y se la lanzó al animal. Esquivó
éste el arma afilada, y quiso retroceder, pero un perro se
abalanzó sobre él, lo agarró antes de que lo consiguiera, y entre
todos lo abatieron a los pies del caballo, atacando al astuto
animal entre ladridos furiosos. Desmonta entonces el señor con
presteza, lo arranca de la boca de los perros, lo levanta por
encima de su cabeza, y llama a grandes voces, mientras ladran
furiosos los perros. Allá acudieron corriendo los cazadores,
tocando llamada con sus cuernos, hasta donde estaba su
señor. Cuando estuvieron al lado del noble, hicieron sonar el
cuerno quienes lo llevaban, y saludaron con la voz los que no; y
fue el cántico que allí se elevó por el alma de Renart la más
gozosa de las músicas que el hombre haya oído. Después,
premiaron a los perros, y les frotaron y acariciaron la cabeza.
Cogieron luego a Renart, y le despojaron de su piel.
77. A continuación, emprendieron el regreso, ya que pronto iba
a ser de noche, sin dejar de tocar sus cuernos sonoros. Al fin
descabalgó el señor en su bienamado castillo, en cuya sala
encontró el fuego encendido, y sentado junto a él, a sir Gawain
de buen humor, indeciblemente dichoso entre las damas. Vestía
una túnica azul hasta el suelo; y su manto forrado de piel de
pelo fino, así como la caperuza que descansaba sobre sus
hombros, iban orillados de blanca piel de armiño. Acudió al
encuentro del señor; le saludó sonriente en el centro de la
estancia, y dijo con cortesía:
—Esta vez cumpliré yo primero nuestro pacto, que
acordamos y sellamos bebiendo en abundancia.
Abrazó al señor, y le besó tres veces con toda la morosidad
y deleite de que fue capaz.
—¡Por Cristo —exclamó el otro caballero—, que habéis
tenido fortuna al conseguir tal mercancía, si es que habéis
hecho bien el intercambio!
—No os preocupéis por el precio —contestó en seguida
Gawain—; pagado está cuanto haya conseguido.
—¡Santa María! —exclamó el señor—; cierto que tiene
menos valor el precio, pues yo he pasado todo el día cazando,
y no traigo otra cosa que esta sucia piel de zorro… que el
demonio se lleve; muy pobre precio es para el tesoro que
acabáis de darme con esos tres besos tan tiernos.
—Es suficiente —dijo sir Gawain.
—¡Os lo agradezco, por la Cruz!
Y pasó el señor a contar a los presentes cómo había sido
abatido el zorro.
78. Con alegría, cantos de juglares y comida en abundancia, se
solazaron cuanto es capaz de solazarse el hombre. No podían
sentirse más felices Gawain y el señor de aquella tierra, en
medio de las risas y las bromas de las damas, a menos de caer
en la embriaguez y el embotamiento. Y siguieron el señor y su
compañía con las bromas, hasta que llegó el momento de
separarse, en que finalmente se retiraron a descansar todos
ellos. Con una inclinación de acatamiento, el noble caballero se
despidió del señor, expresándole graciosamente su
agradecimiento:
—Que el Sumo Rey os premie por esta maravillosa acogida
que he tenido aquí, y por la cortesía de este gran festín. Deseo
que dispongáis de mí como uno de los vuestros. Sin embargo,
como sabéis, debo marcharme mañana, si me dais un hombre
que me guíe, como habéis prometido, hasta las puertas de la
Capilla Verde, a fin de que, con la ayuda de Dios, afronte la
suerte que el destino me reserva para el día de Año Nuevo.
—Por mi fe —exclamó el buen señor—, que cumpliré con
gran placer cuanto os he prometido.
Seguidamente le asignó un criado que le guiara sin demora
por los caminos, entre agrestes parajes y bosques. Volvió a
expresar Gawain su agradecimiento al señor por los favores
que le concedía, y se despidió de las dos nobles damas.
79. Las besó con pesar y se despidió de ellas, y les dio las
gracias sinceramente muchas veces. Respondieron ellas de la
misma manera, y le encomendaron a Cristo entre tristes
suspiros. Después se despidió de las gentes del castillo
cortésmente; de cada uno de los hombres que había conocido,
manifestando su agradecimiento por sus servicios y atenciones,
y por las diversas molestias que con diligencia se habían
tomado por servirle; y cada uno de ellos sintió pena de decirle
adiós, como si toda la vida hubiera estado a su servicio. Luego,
con hombres y luces, fue conducido a su cámara y le ayudaron
cariñosamente a acostarse, a fin de descansar. No me atrevo a
decir si esa noche tuvo un sueño reparador, ya que la mañana
le traería muchas cosas en las que ocupar el pensamiento, si
quería. Dejémosle descansar; cerca tiene ya la cita que
buscaba. Si guardáis silencio un momento, os contaré lo que
luego aconteció.
IV
l Año Nuevo se acerca a medida que pasa la noche y viene
E el día barriendo tinieblas, tal como el Señor tiene ordenado.
En la tierra despierta el tiempo riguroso: las nubes derraman un
frío penetrante, y el gélido aliento del norte aguijonea la carne.
La nieve cae espesa, helando la vegetación; las ráfagas de
viento bajan aullando desde las alturas, y llenan los valles de
grandes ventiscas. El caballero escucha echado en su lecho.
Aunque tiene cerrados los ojos, duerme poco; y cada canto de
gallo le recuerda la cita. Se levantó rápidamente, antes de
amanecer, a la luz de la lámpara que alumbraba su cámara.
Llamó a su chambelán, que contestó en seguida, y le ordenó
que le trajese su cota de malla y la silla del caballo. Se levantó
éste a toda prisa, trajo la armadura, y vistió a sir Gawain con
gran ceremonia: primero le puso las ropas para protegerle del
frío, y luego el arnés, que le había guardado fielmente; había
bruñido todas las piezas, inferiores y superiores, y limpiado las
anillas de su rica cota, de forma que todo estaba tan nuevo
como el día que lo estrenó, cosa que sir Gawain le agradeció
satisfecho. Y el más claro caballero que ha habido desde los
tiempos de Grecia se puso cada una de las piezas, todas
limpias y brillantes, y pidió que le trajesen su caballo.
81. Entre tanto, se puso lo más noble de su atuendo: la cota de
armas, con el símbolo de las acciones puras, sobre terciopelo
rodeado de virtuosas piedras y franjas bordadas, y
espléndidamente forrada de pieles costosas. No olvidó Gawain,
pensando en su propio bien, la cinta que la dama le había dado.
Cuando se hubo ceñido sobre sus finas caderas el cinto de la
espada, pasó dos veces la prenda de amor en torno suyo, y se
la ató con afecto en la cintura. Muy bien le sentaba sobre su
regia ropa roja de rica apariencia, pero no se puso este ceñidor
por su mera belleza, ni por el valor de sus relucientes colgantes,
ni por el oro que brillaba en sus bordes, sino porque podía
salvarle cuando tuviese que someterse a la prueba fatal sin
defenderse con espada ni cuchillo. Una vez preparado el
esforzado caballero, salió, dando las gracias de nuevo a todos
los criados.
82. Ahora, el grande y alto Gringolet, que había descansado
digna y confortablemente, estaba aparejado y mostraba deseos
de emprender el galope. Se llegó el caballero a él, lo examinó, y
juró lleno de convicción:
—Hay aquí, en este castillo, una gente cuidadosa del honor;
¡muy orgulloso debe sentirse el señor que lo gobierna! ¡Ojalá
encuentre la hermosa señora amor en la vida! ¡Ya que de este
modo cuidan por caridad a los huéspedes, y mantienen tan alto
el honor de su casa, quiera Dios velar por que lo conserven
siempre así, y a todos vosotros también! Si me fuese dado vivir
algo más en este mundo, y pudiese, con gusto os traería alguna
cosa en recompensa.
Puso el pie entonces en el estribo, y montó sobre su caballo;
su criado le tendió el escudo, y él se lo colgó en el hombro.
Espoleó a Gringolet con sus dorados talones, y emprendió la
marcha sobre el pavimento, sin demorarse más ni hacer
encabritarse su montura. Su criado estaba ya a caballo
también, llevándole lanza y venablo.
—¡A Cristo encomiendo este castillo; que Él le conceda
buena suerte!
83. El puente está bajado, y las anchas puertas abiertas de par
en par sobre sus goznes. Se santigua el caballero y cruza las
tablas. Encomienda también al guardián de la puerta que,
arrodillado ante el príncipe, pide a Dios que ampare a Gawain, y
vele por él ese día. Y sigue la marcha acompañado del hombre
que debe mostrarle el camino a aquel peligroso lugar donde
habrá de recibir el doloroso golpe. Recorren laderas pobladas
de arbustos pelados, coronan acantilados cubiertos de frío. El
cielo está alto; pero debajo de él, una bruma húmeda y
amenazadora flota en los páramos y se disuelve en los montes;
un inmenso manto envuelve cada colina; los arroyos irrumpen y
hierven por todas las laderas, saltando brillantes a tierra, donde
corren con fuerza. El camino que recorren por el bosque es
prodigiosamente intrincado; hasta que, llegado el momento,
surge el sol. Se encontraban entonces en lo alto de un monte
rodeados de blanca nieve. Entonces el hombre que le daba
escolta pidió que se detuviesen.
84. —Hasta aquí llego con vos, señor. Ya no estáis lejos de ese
famoso lugar que con tanto afán andáis buscando. Pero os
hablaré con sinceridad, dado que os conozco, y sois persona a
la que quiero; si hacéis lo que os aconsejo, saldréis bien parado
de esto: el lugar al que corréis está guardado por hombres
peligrosos, y habita su soledad el más malvado caballero de la
tierra: un hombre fuerte y feroz, sediento de lucha, más
poderoso que ninguno, y cuyo cuerpo es más grande que el de
los cuatro mejores caballeros de la corte de Arturo, que Héctor,
y que ningún otro. Siempre sale airoso de sus enfrentamientos
en la Capilla Verde; nadie logra vencerle en ese lugar, por
orgulloso que sea con sus armas; y muere bajo el golpe de su
mano; pues es un hombre descomunal que no conoce la
clemencia, y aun si fuese campesino o capellán el que osara
acercarse a su castillo, o monje o sacerdote o cualquier otro
santo varón, juzgaría conveniente matarle de igual modo. Por
ello digo que, tan cierto como estáis sentado en esa silla, si vais
allí, moriréis, según los designios del caballero. Tomad por
cierto lo que digo, aunque tuvieseis veinte vidas que perder.
Hace mucho tiempo que vive allí, promoviendo luchas en estas
tierras, y no podréis defenderos contra sus golpes terribles.
85. Por tanto, mi buen sir Gawain, olvidad a ese hombre y
coged otro camino, en nombre de Dios. Partid hacia cualquier
otra región, donde Cristo pueda asistiros; por mi parte, me
apresuro a regresar, y os prometo jurar por Dios y por todos sus
buenos santos, y con toda la fuerza y vehemencia de los más
graves juramentos, que guardaré vuestro secreto, y que jamás
contaré que os he visto huir de ningún caballero.
—Te lo agradezco —dijo Gawain; y añadió con disgusto—:
bien veo, hombre, que deseas mi bienestar, y creo firmemente
que sabrías guardar fielmente el secreto. Pero por muy callado
que lo tuvieras, si yo me marchara de aquí, y por miedo huyese
de la forma que dices, sería para siempre un caballero cobarde
sin posibilidad de disculpa. Así que quiero ir a la capilla,
cualquiera que sea la suerte que me espere, y decir
exactamente las palabras que me plazcan, sea malo o bueno lo
que el destino me depare. Quizá resulte difícil doblegar al
caballero del hacha; sin embargo, bien podría el Señor
interceder para salvar a uno de sus siervos.
86. —¡Santa María! —exclamó el hombre—; si tan claro tienes
ahora que vas en busca de tu propia perdición, y te place
perder de ese modo la vida, no soy quién para impedirlo. Ponte
el yelmo en la cabeza, toma la lanza con la mano, y baja por el
sendero que pasa junto a aquella roca, hasta llegar al fondo de
ese valle escarpado; luego mira un poco hacia la llanura, a tu
izquierda, y verás en una ladera la mismísima capilla, y al
fornido caballero que la gobierna. Ahora me despido. Que Dios
se apiade de ti, noble Gawain. Ni por todo el oro del mundo te
acompañaría, ni daría contigo un paso más en este bosque.
Dicho esto, el hombre tira de la rienda, da la vuelta hacia el
bosque y, picando espuelas cuanto puede, cruza el campo al
galope dejando solo al caballero.
—¡Por Dios vivo —exclama Gawain—, que no voy a llorar ni
a gemir! A la voluntad de Dios me someto, y a Él me acojo.
87. Espolea entonces a Gringolet, desciende por aquel sendero,
y recorre la áspera falda, derecho hacia el valle. Mira entonces
a su alrededor; el paraje le parece sombrío, pero no descubre
signo de morada por ninguna parte, sino altas y empinadas
pendientes a uno y otro lado, enhiestos y escarpados picos de
tosca roca cuyas cimas parecen rozar los cielos. Detiene
entonces al caballo, y mira en todas direcciones buscando la
capilla. Extrañamente, no ve nada parecido por ninguna parte,
excepto una pequeña elevación que se adentra un poco en el
llano, un montículo suave al borde de un río, cuyas aguas
corren allí precipitadamente, y borbotean como si estuviesen
hirviendo. El caballero pica a su caballo, y se acerca a dicha
elevación; descabalga allí ágilmente, y ata la rienda a la gruesa
rama de un tilo. Se acerca y da la vuelta alrededor del
montículo, deliberando consigo mismo sobre qué puede ser.
Encuentra una abertura en el extremo y otras dos a ambos
lados; ve que está cubierto por grandes rodales de yerba, y que
es todo hueco por dentro: se trata tan sólo de una vieja
caverna, quizá la grieta de un antiguo peñasco; no sabe
exactamente cómo calificarla.
—¡Dios mío! —exclama el noble caballero—, ¿será esto la
Capilla Verde? Aquí podría cantar el propio Diablo a media
noche sus maitines.
88. «Verdaderamente —se dijo Gawain—, es éste un lugar
desolado; un horrendo oratorio cubierto de yerba, muy
apropiado para que el Caballero de Verde cumpla aquí sus
devociones con el Diablo. Ahora veo con claridad que el
Enemigo me ha atrapado con este pacto para destruirme. Ésta
es una capilla de desdicha… ¡Mal haya este lugar, pues es la
iglesia más maldita en que he puesto yo jamás los pies!».
Con el noble yelmo en la cabeza, la lanza en la mano, sube
a lo alto de aquella rudimentaria morada. Entonces oyó, desde
allí arriba, en una roca de difícil acceso al otro lado del arroyo,
un ruido prodigioso y sobrecogedor. ¡Cómo resonaba chirriante
entre las rocas, igual que una muela afilando la guadaña!
¡Cómo zumbaba y siseaba, igual que el agua de un molino!
¡Cómo rodaba y resonaba y sobrecogía el oírlo!
—¡Vive Dios —exclamó Gawain— que ese ingenio suena en
mi honor, y me da la bienvenida como corresponde a un
caballero! Sea lo que Dios quiera, puesto que no se digna
ayudarme ni una pizca. Pero, aunque aquí deje yo la vida, no
me amedrentará ningún ruido.
89. Entonces el caballero gritó muy alto:
—¿Dónde está el señor de este lugar, que me ha
emplazado? Aquí tiene al valeroso Gawain, que ha venido. Si
algún caballero quiere algo, que venga aquí, ahora o nunca, y
despache pronto aquello que le incumbe.
—Espera —dijo alguien desde la falda del monte, por
encima de su cabeza—, y en seguida tendrás lo que una vez te
prometí.
Sin embargo, siguió aquel ruido chirriante y prodigioso, y no
paró de afilar; hasta que al fin decidió descender. Se abrió paso
por un despeñadero, y salió de una abertura, apareciendo con
un arma feroz, con la que devolver el golpe, una hacha danesa
acabada de afilar, cuya tremenda hoja de cuatro pies de ancho
se curvaba sobre el mango. Su cordón brillaba con vivos
centelleos. En cuanto al hombre, iba vestido de verde como
antes, con el semblante, las piernas, el cabello y la barba del
mismo color; caminaba con pie firme sobre el suelo, apoyando
el mango en las piedras y avanzando con él. Al llegar a la
corriente, la saltó y siguió andando arrogante, con ademán
feroz, por el ancho campo cubierto de nieve. Sir Gawain salió a
su encuentro, sin saludarle ni hacer gesto alguno de respeto; y
dijo el otro:
—Bien, mi buen señor; veo que eres fiel a la cita.
90. —¡Qué Dios te proteja, Gawain! —exclama el Caballero
Verde—. Bienvenido seas a mi morada; veo que has calculado
muy bien tu viaje, como hombre digno de palabra, y que no has
olvidado la cita acordada entre los dos: hace doce meses
cumpliste tu parte; hoy, en este día de Año Nuevo, me toca a mí
corresponder. Aquí, en este valle, estamos completamente a
solas; nadie nos vendrá a estorbar, y podremos tratar esto
como nos plazca. Quítate el yelmo ya, a fin de que yo te dé tu
pago; no interpongas más discursos de los que yo presenté
cuando segaste mi cabeza de un solo tajo.
—¡Por el Dios que me dio el alma —exclamó Gawain—, que
no presentaré ningún agravio al mal que voy a sufrir! Pero hazlo
de un solo golpe, que yo me tendré con firmeza sin oponer
resistencia.
Inclinó el cuello, dejando al aire la carne desnuda, y adoptó
una actitud impasible, ya que no quería demostrar temor.
l enorme hombre de verde se colocó en posición, y alzó su
E siniestro instrumento, dispuesto a asestar el golpe a Gawain.
Lo enarboló con toda la energía de su cuerpo, en ademán de
destruirle. Descargó el golpe, y allí mismo habría muerto el más
bravo caballero de cuantos existieron, bajo este golpe certero.
Pero al ver Gawain descender el hacha en el espacio luminoso,
dispuesta a acabar con él, sus hombros se estremecieron
esperando el hierro. El otro contuvo entonces el arma con vivo
movimiento, y reprendió al príncipe con orgullosas palabras:
—Tú no eres Gawain —exclamó—, de quien se dice que es
tanto su valor, que jamás le arredró ejército alguno ni por
montes ni por valles; tú te encoges de temor antes de sentir el
daño. Jamás he oído acusar a tal caballero de semejante
cobardía. Tampoco vacilé yo, ni me encogí, cuando descargaste
el golpe tú, ni proferí objeción alguna ante la corte del rey
Arturo. Mi cabeza cayó a mis pies; sin embargo, no huí. A ti, en
cambio, antes de haber recibido ningún daño, se te encoge el
corazón. Soy yo, pues, quien debe ser tenido por el mejor
caballero de los dos.
—Una vez me he inmutado —dijo Gawain—, pero no
volverá a suceder. Aunque, si cae mi cabeza entre las piedras,
no la podré recuperar.
92. »Prepárate, por tu vida, y cumple en esta cuestión.
Descarga sobre mí el golpe fatal, y hazlo sin demora; que yo
aguardaré a pie firme, sin un solo sobresalto, hasta que caiga el
hacha; te doy mi palabra».
—¡Ahí va, pues! —dice el otro; levanta en alto el hacha, loco
de furia; descarga un golpe poderoso, pero no alcanza a rozar
al hombre. Retira rápidamente la mano antes de que llegue a
herir, mientras Gawain aguarda gravemente sin mover un solo
miembro, inmóvil como la piedra o el tronco agarrado con cien
raíces a un suelo de roca. Y añade sonriente el hombre de
verde—: Ahora que ya has recobrado el valor, es cuando puedo
descargar mi golpe. ¡Mantén en alto esa dignidad que Arturo te
concedió, y prepara el cuello para este momento supremo, si es
que te ha de llegar!
A lo que respondió Gawain, lleno de irritación:
—¡Golpea ya, hombre feroz!; te entretienes demasiado
amenazando. Creo que es tu corazón el que ahora flaquea.
—En verdad —dijo el otro caballero—, que hablas con
vehemencia. No demoraré más el asunto que te ha traído aquí.
Se pone en disposición de golpear, frunciendo la boca y el
ceño, y no es extraño que el que va a recibir el golpe no espere
salvación.
93. Levanta ágil el arma y la deja caer limpiamente con el filo
hacia el cuello desnudo. Pero, aunque baja con fuerza, no llega
a producir sino una leve incisión, tras cortar un poco de piel: la
afilada arma muerde la carne a través de la blanca grasa, de
forma que salta la sangre preciosa de los hombros al suelo. Al
verla brillar el caballero en la nieve, dio un brinco de más de
una lanza de largo, cogió el yelmo y se lo puso en la cabeza, se
descargó el noble escudo, blandió su brillante espada, y
exclamó con fiereza —jamás hubo en este mundo hombre
nacido de madre la mitad de exultante que él—:
—¡Basta ya de golpes, no descargues más! Ya he soportado
uno sin oponer resistencia; si intentas otro, ten por seguro que
te lo he de devolver aquí mismo con igual violencia. ¡Sólo un
golpe debía recibir en justicia, según lo acordado en la corte de
Arturo; así, pues, noble señor, teneos ya!
94. El hombre se apartó, descansó el hacha en el suelo, se
apoyó en ella, y observó al caballero mientras avanzaba por el
llano; y al ver a aquel esforzado y valeroso varón, armado y sin
miedo, se sintió complacido. Entonces habló con su voz
atronadora, y dijo muy alto, sonriente:
—Valeroso caballero: no te muestres tan furioso en este
campo; nadie te ha tratado aquí de forma descortés, ni se te ha
dado nada que no se acordase en la corte del rey. Yo te prometí
un golpe, y lo has recibido; date, pues, por pagado. Te libero de
todos los demás derechos que pueda reclamar. Si llego a
golpear con energía, quizá te habría causado más dolor.
Primero te he amenazado en broma, simulando el golpe tan
sólo, y sin infligirte un solo rasguño. Lo he hecho con justicia,
por el pacto que hicimos la primera noche, ya que fuiste sincero
y me guardaste fidelidad, al darme como caballero leal cuanto
ganaste. El otro amago de golpe ha sido por el día siguiente, en
que besaste a mi bella esposa, y me devolviste a mí los besos.
Por esas dos pruebas te he descargado aquí dos golpes
inofensivos: al leal se le paga con lealtad; así que ningún
peligro has de temer. Pero fue en el tercero donde fallaste, y por
ello has sufrido ese otro golpe.
95. »Porque es mío el cinto que llevas ceñido: sé que fue mi
propia esposa quien te lo dio. Y sé de su conducta y tus besos,
y de los requerimientos de ella… porque todo fue preparado por
mí. Fui yo quien la envió para probarte; y en verdad, me
pareces el caballero más intachable que haya puesto el pie
sobre la tierra. Del mismo modo que la perla es de muchísimo
más valor que un guisante blanco, así es Gawain, en verdad,
comparado con otros nobles caballeros. Pero aquí fallasteis un
poco, señor, y os faltó lealtad; aunque no os hizo caer la astuta
malicia ni el deseo de amor, sino el apego a vuestra vida; cosa
que es más disculpable».
El orgulloso caballero se quedó largo rato perplejo, tan
agobiado por la ira que temblaba en su interior. Se le agolpó en
la cara toda la sangre del pecho, y se encogió de vergüenza al
oír aquellos reproches. Y con las primeras palabras que le
vinieron a la boca, exclamó:
—¡Malditas sean tu cobardía y codicia! En ti medra la
infamia y el vicio que destruye la virtud —echó entonces mano
al lazo del ceñidor, lo desató, y se lo arrojó al caballero—. ¡Ahí
va la falsa prenda en hora mala, pues la ansiedad por tu golpe
me ha hecho caer en cobardía, de modo que, cediendo a la
codicia, renuncié a mi condición, que es la liberalidad y la
lealtad, tal como cumple a los caballeros! Yo, que siempre he
hecho esfuerzos por huir de la perfidia y la traición, soy ahora
falso e imperfecto. ¡Malditos sean este cuidado y esta ansiedad!
Aquí mismo os confieso, caballero, que toda la culpa es mía.
Imponedme la pena que queráis; que en adelante me portaré
con más cuidado.
96. Entonces el otro caballero se echó a reír, y dijo afablemente:
—Ya está sobradamente restañado el daño que he sufrido.
Has confesado y reconocido con toda limpieza tus culpas, y has
sufrido penitencia con el filo de mi arma, que te ha absuelto de
esa falta, purgándote tan por completo como si nunca hubieses
cometido transgresión alguna desde el día en que naciste. Así,
pues, señor, te doy este ceñidor adornado con hilo de oro, que
es verde como mi atuendo, a fin de que recuerdes este
encuentro cuando andes entre príncipes, y sirva de testimonio
de la aventura en la Capilla Verde, ocurrida entre esforzados
caballeros. Ven otra vez, en este Año Nuevo, a mi morada, y
disfrutemos plenamente de esa festividad. —Y añadió para dar
mejor fuerza a su invitación—: Estoy seguro de que mi esposa,
vuestra ardiente enemiga, se mostrará ahora más amistosa.
97. —No, excusadme —contestó el caballero, al tiempo que se
quitaba el yelmo cortésmente, y daba las gracias al señor—; ya
me he demorado bastante. ¡Qué la suerte os asista, y Él os
colme muy pronto de todos los honores! Presentad mis
respetos a vuestra bella esposa; a ella y a la otra, pues las dos
son damas muy honradas por mí, pese a que con tanta
habilidad han engañado a su caballero. Pero nada prodigioso
hay en que un loco cometa locura, y le lleven a la desgracia las
argucias de mujer; así sedujo una a Adán en el paraíso, y varias
a Salomón; y lo mismo sucedió a Sansón, a quien Dalila llevó a
la perdición, y a David, al que dejó ciego Betsabé, y sufrió
terriblemente. Por tanto, si sufrieron por las artes de las
mujeres, será gran ganancia amarlas y no creerlas. Si es
posible: pues éstos fueron en otro tiempo los varones más
nobles y favorecidos de la fortuna, y aventajaron a cuantos
habitaron bajo el cielo; y todos fueron seducidos por las mujeres
con las que tuvieron trato. A mí, sin embargo, aunque hoy he
sido seducido, creo que me asiste una excusa.
98. »¡En cuanto a vuestro ceñidor —dijo Gawain—, que Dios os
lo pague! Gustosamente me lo quedo; no por el oro que trae, ni
por la seda, ni sus costosos colgantes; no por su riqueza y
valor, ni por sus labores espléndidas; sino que lo miraré muchas
veces como testimonio de mi culpa, cuando cabalgue glorioso,
a fin de recordar con remordimiento la falta y la fragilidad de
esta carne perversa, tan expuesta a las seducciones del
pecado. Así, cuando el orgullo me hostigue el corazón,
apremiándome a buscar proezas de armas, una mirada a esta
prenda moderará mis anhelos. Pero una cosa quiero pediros, si
no os causa agravio, puesto que sois señor de esta tierra,
donde he permanecido, y he sido honrado por vos (que el
Señor que gobierna los cielos y los altos lugares os lo pague), y
es que me digáis cuál es vuestro verdadero nombre. Eso nada
más».
—Te lo diré con franqueza —dijo el otro entonces—. En esta
tierra soy Bertilak de Hautdesert[21], y me tiene así encantado y
cambiado de color el poder del hada Morgana[22] que habita en
mi morada, la cual, por el saber de ciertas artes bien
aprendidas, ha llegado a dominar muchos de los poderes de
Merlín[23]; pues durante un tiempo compartió un profundo amor
con este bondadoso sabio, conocido por todos los caballeros de
vuestra corte. La diosa Morgana, se llama; y no hay nadie, por
poderoso que sea, a quien ella no pueda someter.
99. »Ella fue quien me envió de esta forma a vuestra noble corte
para poner a prueba vuestro orgullo, y ver si es cierta la fama
de la Tabla Redonda. Ella me embrujó de este modo, a fin de
confundiros, y de sobrecoger a Ginebra y hacerla morir de terror
ante la visión de un hombre hablando horriblemente con la
cabeza en la mano, delante de esa mesa tan excelsa. A ella, a
esa antigua dama, tengo yo en mi casa: tía tuya es,
hermanastra de Arturo, hija de la duquesa de Tintagel, la cual
tuvo de sir Uther a Arturo, hoy en la plenitud de su gloria. Por
tanto, te insto, caballero, a que vuelvas con tu tía, y alegres mi
casa; mis gentes te quieren, y yo te he cobrado afecto como a
ningún hombre salido de la mano de Dios, por tu probada
lealtad».
Pero el caballero no quiso acceder de ningún modo. Se
abrazaron y besaron a continuación, encomendándose el uno al
otro al Príncipe del paraíso; y dejaron aquel paraje frío. Gawain,
montado en su buen caballo, emprendió rápido retorno a la
corte del rey; y el caballero de vivo verde se encaminó adonde
quería.
100. Por caminos abruptos cabalga ahora Gawain sobre su
Gringolet, gracias a Dios con vida todavía. Muchas son las
veces que es acogido bajo techo, muchas las que tiene que
dormir al raso, y muchas las aventuras de las que sale airoso,
que no es mi intención recordar aquí. Ha sanado la herida de su
cuello, y lleva siempre el brillante cinturón ceñido en bandolera
bajo el brazo izquierdo, atado en apretado nudo, en prueba de
que fue cogido una vez en falta. Y así llega el caballero a la
corte, sano y salvo. Y cuando los nobles supieron la noticia de
que el buen Gawain había regresado, el júbilo despertó en
aquel castillo. Le besa el rey, también la reina; y después,
muchos caballeros deseosos de saludarle. A continuación le
hacen multitud de preguntas acerca de su aventura, y él les
cuenta los prodigios, y les habla de los trances por los que tuvo
que pasar: la aventura de la Capilla, la feliz acogida del
caballero, el amor de la dama, y por último, el cinto. Les mostró
la señal de su cuello desnudo que recibió, en castigo por su
falta de lealtad, de manos del caballero. Y sufrió terriblemente
cuando tuvo que contar la verdad: gimió de pesar y de
vergüenza, y el rubor se le agolpó en la cara al enseñarla.
101. —¡Mirad, mi señor! —exclamó el caballero, mostrándole la
prenda—, ésta es la cinta por la que llevo este estigma en el
cuello; ésta es la afrenta y el menoscabo que allí he recibido por
la cobardía y la codicia; ésta es la prueba de la deslealtad en
que he sido cogido, y es preciso que la lleve mientras viva. Un
hombre puede ocultar su mancha, pero nunca podrá
deshacerse de ella; pues, una vez impresa en él, quedará
imborrable para siempre.
El rey animó al caballero, y también el resto de la corte;
rieron todos de buena gana con este trance, y acordaron
jovialmente que todos los señores y damas pertenecientes a la
Tabla Redonda, y cada paladín de esta confraternidad, llevasen
cruzada una cinta de verde brillante, en prueba de afecto por
aquel caballero. Y se acordó reconocer en ella el distintivo de la
Tabla Redonda, honrando así eternamente a quien la llevara, tal
como cuenta el mejor de los libros sobre romances. Ésta es la
ventura que aconteció en tiempos de Arturo, después de que
diesen los libros testimonio de Bruto; después de llegar este
esforzado varón a Britania; después de terminado el asedio y
asalto de Troya. Y son muchas las aventuras como ésta que
acontecieron en tiempos pasados.
¡El que ciñe corona de espinas nos conceda su alegría!
AMÉN.
HONY SOYT QUI MAL PENCE[24]
EPÍLOGO
L
a literatura del Medievo nos queda distante en el tiempo,
pero lo que realmente nos separa no es tanto la distancia
temporal como los modelos culturales que alejan ambos
mundos. Para el hombre medieval, el mundo era representación de
otra realidad que no era posible percibir en sí misma. Los astros, los
peces, las plantas, los hombres, todo el universo era un inmenso
símbolo de lo invisible cuya unidad radical se traduce por las
correspondencias misteriosas entre sus más diversas partes. Lo
«sobrenatural» —esa experiencia ausente de nuestra cultura— era
el barro inspirador de la Imagen del Mundo. Los pilares de su
modelo se construyen bajo estas nociones. Por ello, no es de
extrañar que la literatura tomara raíces en este sentimiento alegórico
de las cosas, ni que gran parte de los llamados romans d’aventure
no fueran para su época simples fantasías de fácil maravilla, sino
que encerraran un sentido simbólico bajo sus imágenes.
En los lapidarios y los bestiarios, encontramos en cada animal
una enseñanza moral, o en cada piedra un fundamento de la
simpatía universal. Para el Trobar Clus, el trovar más oscuro y difícil,
el sentido literal puede esconder otro argumento que el que nos da
la letra. «Mi verso —dice Alegret— parecerá insensato al tonto, si no
tiene doble entendimiento… Si alguno quiere contradecirlo,
adelántese, y le diré cómo me fue posible poner palabras de diverso
sentido». En la misma Vita nuova de Dante hay complicados juegos
numéricos, y uno de los editores advierte que la obra no puede ser
interpretada literalmente.
El sensus allegoricus de los exégetas se convierte también para
los hombres de letras y los humanistas medievales en el
instrumento principal para desarrollar el contenido de su lenguaje.
No es una estética de la imaginación pura, ni una estética de la
razón pura. Se funda esencialmente en el dinamismo heterogéneo
de las imágenes. Bajo la guía de la imaginación la razón se eleva a
otra visión, de doble o múltiple significado. Y como la unidad de
significación no es adecuadamente representable por palabras o
con una sola imagen, es natural que las representaciones se
multipliquen con sus analogías y oposiciones para sugerir o
manifestar el contenido.
Por meros hábitos culturales nos negamos a establecer
coherencia interna en una sucesión de imágenes fantásticas. Para
nuestro mundo, estructurado en la hipertrofia de la razón, el juego
parabólico del símbolo es una pura suplantación de la realidad. Pero
en la Edad Media lo «fantástico» era tan concebible como la
espada, pues el «otro mundo» era la otra parte de la realidad y
estaba íntimamente interrelacionado por medio de los símbolos, o
los «oscuros» designios divinos.
Sir Gawain and the Green Knight es un pequeño diamante de
alegorías. Como literatura nos quedan vivas sus ricas y complejas
imágenes, singularmente tejidas en la rara perfección de su
argumento. En ellas, nada hay del realismo crítico que podemos
apreciar en Chaucer, ni de la crisis de valores que pesaba sobre su
tiempo. Observamos que los protocolos se cumplen con rigor, que
las escenas de caza son directas y minuciosas; incluso el detallado
desollamiento de las presas es una lección del oficio. Estas
tonalidades realistas, que nos hacen evocar la época, contrastan
con las secuencias intemporales de las «aventuras» y «maravillas»
del reino de Arturo. Si éstas dan el sentido simbólico al cuento, no
están aisladas como endebles figuras de una alegoría abstracta, y
se arraigan en el mundo cotidiano medieval con sus reglas y
costumbres.
El poema da comienzo, durante la celebración de la Navidad en
Camelot, con la llegada inesperada de un inmenso y pavoroso
caballero verde, que irrumpe bruscamente en la corte, empuñando
una horrible y grande hacha de muerte. Éste propone a la corte el
juego de la Decapitación, cuyo modelo se remonta seguramente,
según Jean Maréale, a las iniciaciones guerreras de los celtas.
Encontramos este tema en la épica irlandesa del siglo IX, en el
Festín de Briciu. Este relato narra cómo un gigante, Uath mac
Immain (Terror, hijo del Gran Miedo), propone a Cuchulainn jugar
este juego en los mismos términos: «Haremos lo siguiente —dice—:
aquí está mi hacha; es preciso que uno de vosotros la tome y me
corte la cabeza. Pero mañana será preciso que yo le corte la suya».
Cuchulainn acepta, toma el hacha y le sesga la cabeza. «Uath se
levantó, tomó su cabeza contra el pecho, recogió con una mano el
hacha y se precipitó hacia el lago». Al día siguiente, Cuchulainn
vuelve y coloca la cabeza sobre una piedra delante de Uath.
Entonces el gigante volteó tres veces el hacha, sin abatirla, y
declara a Cuchulainn vencedor.
Este hermoso fragmento arcaico, u otras posibles fuentes del
tema de las decapitaciones, como dice Tolkien, interesaban poco al
hombre cultivado del siglo XIV. A éste no le importaba buscar los
orígenes de la historia; le atraía el significado directo de las figuras
del cuento[1], o de los modelos emblemáticos que van apareciendo a
lo largo de la historia. Siguiendo esta pauta, el poeta describe con
minucioso cuidado, en la vigesimoséptima estrofa, el blasón de Sir
Gawain con el Pentáculo y la Virgen «pintada en su cara interior».
En aquella época, la heráldica tenía gran importancia no sólo
como signo de poder, sino como cifra simbólica. El escudo era una
protección que salvaguardaba, pero también una enseña que
exponía el emblema moral y espiritual del caballero. Aunque, a partir
del siglo XI, el blasón se convertiría en hereditario, aquí guarda un
claro sentido alegórico de la figura de Sir Gawain.
El escudo en su cara exterior es de «gules brillantes»[2], con una
estrella de cinco puntas en oro. Este emblema es un modelo
particular del poema, pues Gawain, en las demás versiones
artúricas, siempre tiene un león o una águila pintada en sus armas.
No se encuentra en literatura inglesa de la época, aunque sí existen
pentáculos en diversos manuscritos e iglesias. En todo caso, los
arduos exégetas ya habían observado que el hombre puede
definirse sea por las cinco extremidades de la cabeza, de los pies y
de las manos, sea por los cinco sentidos que expresan la vida de la
carne. En el Génesis los animales fueron creados el quinto día; por
esta razón la vida animal se expresa por los cinco sentidos. Y como
el hombre ha pecado por los cinco sentidos ha de ser rescatado por
las cinco llagas del Salvador, como dice San Agustín. Éste es el
sentido teológico del escudo, aunque el símbolo en sí sea más
extenso y no se circunscriba necesariamente a una sola
significación.
El Pentáculo para Agripa de Nettesheim es el símbolo del
Hombre y el Microcosmos. Si se dibuja, puede trazarse sin levantar
el lápiz e infinitamente; por ello, acaso, sea llamado por el autor
«Nudo Sin Fin». Además, el 5 es un número circular, porque al
multiplicarse vuelve a sí mismo sin cesar: 5 × 5 = 25; 25 × 5 = 125;
125 × 5 = 625…
Siguiendo la historia, el héroe se adentra en bosques
desconocidos, cruza vados y encuentra «maravillas», combate con
dragones y hombres salvajes en los despeñaderos, hasta que
súbitamente se le aparece el castillo. Este pasaje incorpora el tema
de las tentaciones y el intercambio de trofeos de caza. Las tres
historias están intrincadamente ligadas con gran sutileza: Sir
Gawain, incapaz de hallar la Capilla Verde, encuentra su opuesto
correspondiente en el castillo donde se hospeda, que es la otra cara
de su aventura. La bella mujer de su huésped visita su lecho tres
veces, proponiéndole con perspicacia el deleite. En sus cortas
venidas, el autor, sonrientemente, escenifica una alta comedia
donde Sir Gawain ha de rechazar los delicados avances de la dama
sin caer en descortesía. A ello, el poeta ha añadido tres espléndidas
escenas de caza, en las que el huésped del castillo, durante los tres
días de la seducción, caza los venados, el jabalí y el zorro. Es obvio
que estos tres episodios son paralelos a los del aposento. El gozo
físico de la caza se corresponde al gozo del cuerpo y su animal. Los
encantos de la dueña concluyen con el contraste del ceremonial de
desollamiento, que semeja, como en sueño, una cruda imagen
carnal de obediente represión, ya que Sir Gawain ahoga su cuerpo
por mantenerse firme en el ideal de la pureza.
Cada animal parece claramente tener una cualidad simbólica
particular de acuerdo con el comportamiento del caballero; lo que
ilustra con cierto humor el juego de los intercambios. El ciervo y el
jabalí son instintos, fieras más o menos puras o domesticables. Pero
el zorro, en los bestiarios y fábulas medievales, es una imagen
frecuente del diablo y sus tretas. Así, el tercer día, la dama, «con
astuta malicia», ofrece al caballero su anillo. Pero él se resiste,
porque un anillo implica fidelidad y entrega. La dama persevera con
sutileza y logra que acepte el cinto verde para hacerle invulnerable.
La prenda, entonces, se carga de poder mágico: «pues no podrán
matar al que lo lleve por ninguno de los medios terrenales».
Sir Gawain no se ata a ningún vínculo de amor, pero acepta
servirse de la prenda mágica que le confía la dama para protegerse,
pues siente miedo del misterio que le aguarda en la Capilla Verde.
En el Castillo de la Tentación, en aquella magnífica morada de
gozos y esparcimiento, que puede entenderse como una alegoría
del cuerpo, Gawain no se abandona al solaz de los cinco sentidos,
fiel al Pentáculo de la pureza. Pero el personaje cobra realidad
humana, tiene debilidades, de alguna forma se aparta de su Dama
del Corazón, de su fe en la Virgen, para aliarse con la magia
femenina.
El resto de la historia nos es conocida: el caballero cruza un
sombrío y descarriado valle hasta llegar a la boca de la Capilla
Verde, que es una caverna ancestral, y allí, como Cuchulainn, vence
la prueba. El romance parece perder intensidad y profundidad con la
explicación de la aventura de Gawain, que no es un simple examen
de lealtad caballeresca, cuyos ideales, además, ya estaban algo
oxidados y resecos en el último tercio del siglo XIV. No sabemos si el
autor quiso encubrir la tensión simbólica del cuento involuntaria o
consentidamente. Ni siquiera podemos estar seguros si se propuso
profundizar en los componentes míticos que había manejado con
tanta fortuna. Aun así, la historia no deja de perder su grandeza
arcaica ni su fuerza intemporal.
Sir Gawain, en esta obra, es la imagen del caballero cristiano en
su encrucijada, pero, fuera de todo contexto histórico o religioso, es
el hombre arquetípico frente a lo femenino y sus símbolos. Inicia su
andadura protegido por el escudo de la Virgen para enfrentarse a la
magia de Morgana. La Virgen y Morgana son dos símbolos
femeninos de la Luz y de la Noche. De la pureza del hombre y del
poder oscuro de la mujer, de la Madre primitiva, el eterno contrario
maldito por los siglos.
Estos dos símbolos, que no eran en la Edad Media figuras
lógicas sino identidades ocultas, conforman la aventura simbólica de
Gawain. El Caballero Verde no es una figura independiente, sino un
«fantasma del reino de las hadas», una apariencia poderosa de las
artes de Morgana. En realidad a quien se enfrenta Sir Gawain es a
las sombras de esta hechicera. Su lucha es una especie de combate
interior con lo femenino en el anverso y reverso del Castillo o la
Gruta, con su hermosa dueña o su abominable verdugo.
La vieja y sabia Morgana hace ver que el deseo y el miedo
pueden hacer perder la cabeza, que simbólicamente es el espíritu.
Pero esta simple perogrullada es el umbral a la prueba que lleva al
reino de las hadas, a la noche femenina, donde lo masculino
siempre ha levantado su escudo de luz como Perseo. La pureza y el
Logos están inscritos en el Pentáculo para vencer a otra Medusa:
Morgana, en cuyo reino el hombre heroico entrará con su valor
luminoso…
El dilema del cuento sigue abierto.
No por estas tenues observaciones vamos a cercar el área de
significación del poema. Nada puede encerrar la fuerza poética y
reveladora de las imágenes medievales que por su naturaleza
simbólica tienen sentido diverso.
En nuestra cultura este lenguaje está ausente del espíritu desde
que Descartes inició el modelo de la mecánica del mundo objetivo.
La Imago Mundi ha cambiado, eso es todo. Y el horizonte de toda
significación es ahora la acción y extensión de la palabra. El medio
unificador de lo claro y lo oscuro, el símbolo, se ha perdido en el
olvido deslumbrado por el Logos. Los fenómenos naturales y
metafísicos han sido arrancados del círculo analógico y dinámico del
mito para entrar en el sistema de comprensión lógico.
La antigua encrucijada de Sir Gawain ha muerto para la
conciencia moderna, que anda demasiado ocupada en sí misma.
Pero esto no quiere decir que los mismos símbolos, que sus mismas
sombras, no sigan obsesionando al hombre actual.
El pasado no es un inmóvil museo de reliquias.
Jacobo F. J. Stuart
Notas
[*]
La mejor edición del texto original sigue siendo la de I. Gollancz
(Londres, Oxford University Press, 1966). Existen, además, tres
excelentes traducciones al inglés moderno, llevadas a cabo,
respectivamente, por J. R. R. Tolkien (junto con Pearl y Sir Orfeo,
Londres, Unwin Paperbacks, 1979), M. Borroff (Nueva York, W. W.
Norton, 1967) y B. Stone (Londres, Penguin Classics, 1981). <<
[1]De acuerdo con las nociones medievales de la Historia, Eneas de
Troya y sus descendientes conquistaron y bautizaron diversos
reinos, y Félix Bruto, después de cruzar el canal de la Mancha, «las
aguas francesas», funda Britania. El traidor al que se refiere la
segunda línea es, según I. Gollancz, Antenor, que en la Eneida es
un leal consejero, pero aparece como un traidor en los escritos
pseudoclásicos de las versiones posteriores de la historia de Troya.
Este marco histórico se basa en un conjunto de leyendas y temas
memorables de la literatura que recogieron y desarrollaron, no sin
talento, Nennio (s. IX) y Geoffrey de Monmouth (s. XII). En el fondo
no hacían sino cumplir el modelo de la Historia que se tenía en el
Medievo, en el cual al estudiar el pasado no se pretendía hacer
acopio exhaustivo de datos, sino más bien ensalzar las virtudes en
aventuras y hechos de armas, ya fueran reales o imaginarios, para
dar «ejemplos» al porvenir. Desde este punto de vista, digamos
didáctico, el relato y la crónica no se solían diferenciar. Además,
ninguna «filosofía de la historia» tenía lugar en un mundo gobernado
por Fortuna, de cuyo aciago devenir sólo podía salvar la
Providencia. <<
[2] Arturo: debemos a Geoffrey de Monmouth por su Historia Regum
Britanniae la incursión de Arturo en la historia de los reyes de
Inglaterra y, en parte, la gran propagación de su aureola mítica. Por
lo demás, los escasos documentos históricos sobre un posible rey
Arturo en la antigüedad tienen poco valor documental. Este famoso
rey parece ser un legado legendario del mundo celta, transmitido por
la tradición oral y el folklore, cuyos temas evolucionarían en la
literatura a partir del siglo XII, tomando forma en las costumbres y en
la imaginación de la época. En los romans, Arturo es rey de Bretaña,
hijo de Uterpandragón y de Ygerne. Está casado con la reina
Ginebra, la dama más bella del reino, y tiene dos hermanas,
Morgana y Anna o Enna, con la que se acostará sin conocer su
sangre, y de la que tendrá un hijo incestuoso, Mordrez (Mordret),
que le traicionará nombrándose rey en ausencia de Arturo y
queriéndose casar con Ginebra. Arturo librará con él la trágica
batalla de Salebieres (Salisbury), donde perecerán todos los
caballeros de la Tabla Redonda. Herido de muerte por su hijo, el rey
Arturo es recogido en una barca por Morgana y sus doncellas, que
le llevarán a la isla de Avalón para curarle sus heridas. De su
misterioso viaje final se divulgaron numerosas leyendas que
grabaron en la memoria de los pueblos la esperanza de que algún
día volvería para reinar. Esta creencia tardó mucho en eclipsarse,
haciendo de Arturo un avatar emanado de las fuentes del Mito. En lo
que se refiere a Sir Gawain, Arturo aparece, en cambio, joven y
jovial en Camelot, que, más que ser el albergue de los más
preciados caballeros errantes de la Cristiandad, es una corte en
fiesta que hospeda los lujos y deleites del mundo refinado e invernal
de la Edad Media. <<
[3] Los lais en su origen eran cantos compuestos por bardos
bretones que recogieron las leyendas y tradiciones orales difundidas
en Bretaña. A partir del siglo XII es una forma poética y musical
cultivada por trovadores y trouvères. Para María de Francia
rememoraba una aventura de un pasado remoto, y por lo tanto
prestigioso. Solía cantarse acompañado de algún instrumento ante
una audiencia. El tono de Sir Gawain es el de un poema para ser
recitado a la antigua usanza, pero es muy improbable que se
hubiera declamado por los castillos de Inglaterra. Es un
anacronismo más del refinamiento tardío, como la moda de resucitar
el verso aliterativo a finales del siglo XIV (véase María de Francia,
Lais, pról. y trad. de Luis Alberto de Cuenca, Madrid, Editora
Nacional, 1975). <<
[4]
Agravain à la Dure Main: hermano de Gawain, hijo del rey Lot y
de Anna, la hermana de Arturo. <<
[5]Iwain: hijo de Urien y de Morgana. Es uno de los más destacados
caballeros de la Tabla Redonda. Chrétien de Troyes le dedicó una
de sus obras más importantes: Ivain, o el Caballero del León. Una
historia maravillosa que nos cuenta cómo un joven caballero fue en
demanda de la fuente de la vida y cómo la conquistó y ganó a la
Dama de la Fuente y la perdió otra vez, pero luego, tras mucha
locura y desdicha, pruebas y triunfos, la volvió a descubrir
convirtiéndose en señor de la fuente. <<
[6]«Nobles juegos»: es de suponer que se refiera a las justas, en las
que sólo participaban dos caballeros, armados con lanza,
empeñados en probar su fuerza, y no a los torneos en los que
participaban muchos caballeros. Además, estos últimos fueron
sometidos a un permiso especial y, a veces, del todo prohibidos en
Inglaterra. <<
[7]Eric: héroe de Erec y Enid de Chrétien de Troyes (existe una
traducción de Carlos Alvar, Madrid, Editora Nacional, 1982). <<
[8]
Sir Doddinel le Savage: caballero de la Tabla Redonda, apodado
«el Salvaje» por su pasión por la caza (Vulgata II, 171). <<
[9]El duque de Clarence: es otro primo de Gawain, hijo del rey
Nantres y Blasine. Fue hecho duque cuando Arturo se casó con
Ginebra (Vulgata II, 127). <<
[10]Lanzarote del Lago: llamado así porque fue criado y cuidado
hasta los diez y ocho años por la Dama del Lago, es uno de los
principales y más arquetípicos caballeros de la Tabla Redonda.
Traiciona al rey Arturo y al honor caballeresco por su amor a
Ginebra que le hace indigno de terminar la demanda del Santo Grial,
y cumplirá su hijo bastardo Galaz (Galaad). Su amor por Ginebra
acarreará el desastre de la Tabla Redonda. Como dice Heinrich
Zimmer (The King and the Corpse): «es una encarnación del ideal
varonil que existe no en el mundo de la acción social masculina,
sino en las esperanzas y fantasías de la imaginación femenina… es
la imagen onírica que habita en la psiquis de la mujer». (El único
texto vertido al castellano sobre Lanzarote es una traducción de L.
A. de Cuenca y C. García Gual, Lanzarote del Lago o el Caballero
de la Carreta, de Chrétien de Troyes, Barcelona, Editorial Labor,
1976). <<
[11] Lionel: hijo de Bohors, rey de Gaunes y primo de Lanzarote. <<
[12]
Lucán el Bueno: es el copero real. En La mort le roi Artu es, junto
con Arturo y Girflet, el último sobreviviente de la batalla de
Salebieres. <<
[13]Sir Bors: o Boores en las versiones castellanas, es hermano de
Lionel y uno de los tres caballeros que en la Demanda del Santo
Grial acompañan a Galaz a cumplir la aventura del Vaso Santo
(existe una versión de la Demanda traducida por C. Alvar en Editora
Nacional, Madrid, 1980). <<
[14]Sir Bedivere: en la Morte d’Arthur, de Malory, es el último
superviviente de la batalla contra Mordret (Mordrez en las versiones
castellanas). En la Vulgata (II, 439), junto con Arturo y Keu fue al
encuentro del gigante del monte St. Michel y batalló
prodigiosamente contra los romanos. <<
[15] Mador de la Porte: es hermano de Gaheris el Blanco de
Karaheu, a quien mató la reina Ginebra, por mala fortuna, con una
fruta envenenada por Avarlán para asesinar a Sir Gawain (La
muerte del rey Artur, Madrid, Ediciones Siruela, 1980, pág. 55). <<
[16]Gringolet: en principio, fue un regalo del hada Esclarmonde a
Escanor el Hermoso. Gawain se lo arrebató en un combate, y el
caballo, al cambiar de dueño, se negó a comer, hasta que Felinete
le avisó que tenía que despojarle de una bolsa mágica en una de
sus orejas. Aparece como nombre del caballo de Gawain en
Chrétien de Troyes (Erec, V. 3955). La palabra deriva seguramente
de «Gwyngalet», que significa, según Tolkien, «blanco y atrevido».
<<
[17]Esta estrofa tiene en el manuscrito una pequeña letra inicial
iluminada a color. Aparte de las iniciales grandes que los editores
han tomado normalmente para marcar las cuatro partes centrales
del poema, hay sólo cinco de estas pequeñas iniciales en el códice.
Hemos respetado en nuestra edición todas las del manuscrito
incluyendo el, quizá vano, simulacro de estas pequeñas capitulares.
Seguramente, en el original, quieran dar importancia a ciertos
pasajes del poema. En este caso, se define el significado del escudo
de Sir Gawain, cuyo emblema es un singular pentáculo. <<
[18]Los hombres salvajes son populares en la zoología imaginaria
del Medievo. Poseen signos análogos con los ogros. En la
iconografía se los representa como gigantes de incierta estatura,
con barba frondosa, cubiertos de pelo espeso como las bestias; así
aparecen en un relieve de la catedral de Burgos o en el fresco de la
sala de los reyes de la Alhambra. En Iwain, Chrétien de Troyes
describe al salvaje como gigante, como pastor con ojos de lechuza,
dientes de jabalí y orejas de elefante. <<
[19]Sir Gawain es, por excelencia, el caballero cortés de los cuentos
bretones. Por eso, no es de extrañar que los caballeros del castillo
esperen que los instruya con su presencia en las leyes y secretos de
la cortesía. Aunque el amor cortés había caído en desuso a finales
del siglo XIV, padeciendo a veces los escarnios de la sátira, este
pasaje es una bella evocación de la filosofía de la vida en la
sociedad refinada del siglo XII. Según el amor cortés —que nació
con la poesía provenzal de los trovadores— el caballero debía servir
a una dama, y ser su amante en secreto. Para ello tenía que
hacerse merecedor de ella cultivando las virtudes o proezas de la
caballería, y demostrando ser galante y conocedor de las maneras
cortesanas. Estas teorías, con su dosis de sublimación estética,
correspondían a una necesidad real de la época de escapar al
matrimonio feudal que ataba sórdidamente a los hijos a los intereses
de la tierra. Paralelo al florecimiento en Europa de estas ideas
elaboradas en las Cortes de Amor, emergió y se propagó el culto a
la Virgen. María es la otra cara de lo femenino, es la imagen sensual
e inspiradora de la Pureza femenina, su aspecto divino en oposición
a Eva. Ella será la dama para muchos trovadores del Trobar Clus o
del dolce stil nuovo, para quienes el Amor ha de ser una iniciación,
como para Sir Gawain; su escudo lo declara, aunque, muy
logradamente, en el cuento es más real y humano de lo que el ideal
pueda soñar. <<
[20]Se refiere a la creencia popular medieval de que el gallo cantaba
tres veces durante la noche: hacia las doce, hacia las tres de la
madrugada y antes del amanecer. <<
[21] Bertilak de Hautdesert: aunque el personaje tiene muchos
rasgos que bien podrían derivar de los celtas o del antiguo folklore,
según Hulbert, el nombre deriva seguramente de Bertolais, que al
traducirlo al inglés se convierte en Bertilak. Bertolais, en Merlín, era
el instigador de «la falsa Ginebra» en su segundo intento de ocupar
el puesto de la reina. <<
[22] Morgana: siempre se relaciona con el agua y sus criaturas. Es
un hada, un espíritu de las aguas, como Melusina o la Dama del
Lago. (En el fondo, todas ellas son la misma representación del
«eterno femenino» encarnado por diferentes figuras que auxilian,
embrujan o seducen al héroe). Su nombre significa «nacida del
mar» y algunos autores la relacionan con Muirgen, la diosa celta de
las aguas. En las costas bretonas las sirenas que tientan a los
pescadores, matándolos con su abrazo marino, o arrastrándolos a
su palacio submarino, eran llamadas Morganas. En el Orlando
Innamorato, de Boiardo, hay una fantástica descripción de su
magnífica morada en el fondo del lago. Otras veces habita en una
isla «al otro lado del mar», como el castillo de Mongibel o la isla de
Avalón. En los cuentos bretones es hija de Ygerne, esposa de Urien
y hermanastra de Arturo. En L’Estoire de Merlin, éste la instruye en
la astronomía y en la magia. Es una hechicera celosa y vengativa,
como Medea. Así en el Lancelot, al ser engañada por su amante,
encanta el Valle sin Retorno, de tal forma que todos los amantes
infieles son retenidos por sus encantamientos. Su odio por Ginebra
se relata en Le Livre d’Artus: Morgana tenía relaciones con un primo
de Ginebra. La reina lo descubrió y mandó a su primo abandonar el
país. Desde entonces, Morgana odia a la reina sor toutes les dames
del monde. No sabemos hasta qué punto los hombres del Medievo
conocían las fuentes de los fantasmas que obsesionaban su
imaginación, pero Giraldus Cambrensis escribió en su Speculum
Ecclesiae, con absoluta certeza, que Morgana se relacionó con una
diosa celta, dea quaedam phantastica. Es muy probable que sea de
este texto por lo que el autor de Sir Gawain la llame «diosa». <<
[23]Merlín: es un recuerdo de los druidas, con sus poderes mágicos
y conocimientos que instruían y aconsejaban a los reyes, es una
imagen perdida de los antiguos dioses celtas, degradados a
demonios por los cristianos; es el espíritu profético, las diez mil
caras del arquetipo del Mago. En las versiones del siglo XIII es hijo
del Diablo y de una doncella, conoce el pasado y el futuro, interpreta
los presagios, puede cambiar de aspecto y conoce todas las
ciencias mágicas. Representa el poder de la Noche, como Morgana,
pero Merlín es el guía y fundador de la Tabla Redonda. Sus poderes
oscuros se ponen al servicio de la Luz: convoca a los elegidos y los
pone a prueba enviándolos a que afronten las pruebas que han de
transformarlos para la alta demanda del Grial. En lo que concierne a
Sir Gawain, Merlín es la fuente del poder mágico de Morgana que
pone a prueba al héroe, ya que la inició en los secretos de la magia.
<<
[24]Esta frase que da colofón al poema es el lema de la Orden de la
Jarretera. La conjunción del cinto verde con el lema ha hecho
pensar a ciertos autores que el poema fue escrito para la institución
de la jarretera, a pesar de que la orden fue fundada por Eduardo III
en 1347 —fecha anterior a la datación del manuscrito— y la
jarretera fuera de terciopelo azul marino bordada de oro y pedrería.
Más singular es la hipótesis de que Eduardo, el Príncipe Negro
(1330-1376), fuera el modelo de Sir Gawain, y su esposa Jane de la
mujer del Caballero Verde que, a su vez, sería Sir Thomas Holland
(muerto en 1360), el primer esposo de Jane; el cinto es verde, y no
azul como la jarretera, porque Gawain no ha sido del todo leal: el
azul es un color puro, mientras el verde —compuesto de azul y
amarillo— es impuro.
Estas pequeñas ingeniosidades eruditas no pueden desvanecer la
fuerza mítica y profunda del cuento por un lema que fue «añadido al
final, seguramente, por un escriba posterior», como señala Gollancz.
<<
Notas al epílogo
[1]En este sentido dice el romance: «Los hombres se preguntaban
maravillados qué podía significar que un jinete y su caballo fueran
tan verdes como la hierba y más brillantes que el esmalte sobre el
oro. Pues habían visto muchas visiones asombrosas, pero ninguna
como ésta». <<
[2]El campo de gules es de color rojo. Color que en los tratados
heráldicos representa el fuego. En un manuscrito galés de 1394,
Llytr Dysgread Arfau, se explica que su utilización está prohibida por
el código civil excepto para los príncipes. <<