El punto y coma (;) y los dos puntos
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Uso del punto y coma
Uso de los dos puntos
USO DEL PUNTO Y COMA
El punto y coma indica, tanto en la lectura como en la escritura, la necesidad de hacer una
pausa mayor que la de la coma y menor que la del punto.
Otros usos del punto y coma:
Para separar las oraciones que integran un párrafo. Las oraciones que se presentan a
continuación de alguna manera están relacionadas, pero son independientes entre sí ya
que si se suprimen algunas de ellas no se modificaría el sentido de las otras: En
el mercado, los cargadores entran y salen cargando costales y huacales; los comerciantes
arreglaban sus puestos; los clientes compraban de puesto en puesto y los inspectores
vigilaban discretamente.
Para separar oraciones que hacen referencia al mismo sujeto o idea; por ejemplo:
Empezar a trabajar con las primeras horas del día, que son las más cómodas; evitar todo lo
que significa desvelos; abstenerse de todo lo que incita al alcohol; ejercitarse físicamente
de una manera que nos beneficie, es un buen plan para que un hombre conserve la salud.
Dos oraciones de sentido contrario deben separarse con un punto y coma. En algunos
casos, la segunda expresión va encabezada por conjunciones adversativas, que sirven de
nexos: más, pero, aunque, sin embargo, etcétera. Si l as oraciones contradictorias son muy
cortas, se separan con una coma; por ejemplo: La honradez es una virtud, por muchos
alabada; aunque es muy poco practicada y observada.
Se usa punto y coma después de cantidades expresadas con guarismos o cifras. Ejemplo:
He comprado un kilogramo de jamón en ochenta pesos; medio kilogramo de queso en
cuarenta y veinte pesos de verduras.
Si alguna oración, más o menos larga, sigue otra indicada por los nexos porque, con
que, puesto que, ya ue, en razón de, y se expresa en ella la causa o motivo de lo que se dice
en la primera, debe ponerse punto y coma antes del nexo. Ejemplo: El hombre que se
esfuerza por saber más y prepararse, está cumpliendo con una grata obligación; ya que debe
buscar estar cada vez mejor preparado para ayudar a sus semejantes.
USO DE LOS DOS PUNTOS
En un escrito, los dos puntos se usan para indicar que lo que sigue es una enumeración de
elementos de la misma especie.
Otros usos de los dos puntos:
Cuando se anota o enuncia una oración en la que se afirma algo y enseguida se
expresan otras que explican, amplían o comprueban, se anotan dos puntos después de la
primera. Ejemplo: Aquel manantial, en las circunstancias en que se halla, produce graves
males a la comarca: sus aguas, por falta de corriente, se han extendido y formado
pantanos que hacen insalubre la región; en su avance, han llegado hasta los sembradíos y los
han arruinado.
Cuando se presenta claramente una enumeración y después se indican los elementos de
ella, deben escribirse dos puntos después de la oración enunciativa. Ejemplo: Los países
de América del Norte son tres: Estados Unidos Mexicanos, Canadá y los Estados Unidos de
América.
Al citar o presentar palabras o textos de otros autores, personas, del mismo que habla o
escribe o de otros libros, se pondrán dos puntos antes de la cita. Ejemplo: Benito Juárez
sentenció: "El respeto al derecho ajeno es la paz".
Después del vocativo, es decir, laexpresión con que se inicia una carta o discurso escrito en
español. Ejemplo: Querida abuelita:
Después de las palabras sabed y decreta de las leyes y decretos. Ejemplo: Siendo las 11
horas del 2 de noviembre del 2000, el Presidente de la República decreta:
Enseguida de expone o manifiesta.
Después de considerando.
En los párrafos que preceden a leyes, sentencias y dictámenes. Ejemplos: Querido hermano:
Estoy afligido por no saber de ti…; Ciudadanos electores: Agradezco la candidatura que me
ofrecen. El Congreso de Puebla, a sus habitantes, sabed: Que por las difíciles circunstancias
en que se halla…; El Ejecutivo, en virtud de las facultades de que está investido,
decreta: Los jefes y oficiales del ejército…; Pablo Gerardo Rodríguez, administrador de
Rentas de Salamanca, certifica: Que el C. Gabriel Leonardo ha pagado en esta oficina…
Después de los dos puntos se puede usar mayúscula o minúscula.
Siluetas humildes
Por las tardes, apenas ha oscurecido, ella instala su puesto. En la misma acera donde
atiende ella su modesto negocio hay, de un lado, las oficinas de un banco; del otro, amplia
plazoleta a la que porción de calles convergen.
Suntuoso, el ámbito contrasta precisamente con la humildad de los cachivaches de
que ella se sirve; con el puesto humilde que en aquel lugar de riqueza, lujo, de ruido, juzgaríase
desvaída estampa de otros tiempos.
Bien; ya todo está dispuesto. Siéntase ella en el quicio de cerrada puerta o en piedras
arrimadas, junto al muro. Delante, un cajón que pulcramente se disimula cubierto con una nítida
servilleta ornada en sus puntas con encaje de gancho. A su diestra, la hornilla, en la cual
empiezan a rojear las brasas.
Poco a poco, lentamente, y sacándolos no se sabe de dónde, ella va poniendo sobre el
cajón los platos con los comestibles de que ha de servirse, fieles, trabajados, platos populares,
redonduelos, hondos, que revelan, por variado tinte verde, su procedencia oaxaqueña, o, por
maridaje de colores azul, café, amaranto , su poblano origen.
Hay en un plato rajas de chile; en otro, queso; en otro, flor de calabaza; en otro, sesos; en
otro, papa molida; en otro, desmenuzado chorizo; en otro, pancita; en otro, negro cuitlacoche;
en otro, picadillo tentador. No falta buena provisión de cebolla picada; ni tampoco ¡qué había
de faltar! panzudo bote de manteca: la materia prima esencial.
Coge el soplador, y anima las brasas. En la sartén, el copo blanco de la manteca se deslíe,
se licua, chisporrotea, extendiéndose en ondas oleaginosas sobre el metal ardiente. Provista de
un lienzo listado limpísimo que se ha extendido en su regazo, la mujercilla se provee de
masa. Ágilmente, frotándose las manos, hace con ella una bolita; luego la aplasta, la dilata, la
adelgaza. Y tortea. El rumor de este tortear apenas se percibe. Al fin, aderezada la tortilla,
pónele encima el relleno que ha de llevar, la dobla, y, a poco, ya bailotea la tierna y aún cruda
quesadilla dentro de la sartén, dorándose y despidiendo apetitosos olores.
Ya está una; ya está otra. Extráelas con la chorreante pala. Las va acumulando en un plato
infatigable, no se detiene, no descansa en tener listas otras y otras, repitiendo la misma
operación.
Entretanto, de vez en cuando, no bien en la acera resuena algún taconeo, alza el rostro,
mira delante, y, con voz melifluacon un hilito de voz , vuélvese hacia los transeúntes y
murmura:
¡Quesadillas! ¡Quesadillas!
La he visto en múltiples ocasiones al pasar.
Es una muchacha de edad indefinible. Tendrá dieciocho años; podrían asignársele veintitrés
o treinta. Se acurruca bajo unas enaguas rameadas. Ciñe siempre, sea verano o invierno, su
busto endeble, infantil, un suéter guinda. Los ojos son oscuros, melancólicos y rasgados; leve y
aguileña la nariz.
Mira con dulzura, tímidamente. Rara vez sonríe. Pone en su labor incesante una grave,
aunque apacible seriedad, que hermana con lo quedo de su pregón.
A su lado, sentadito, y tan serio como ella, vese invariablemente a un niño. Azulea, sobre su
camisa blanca, gastado overol. Oprime las rodillas; se acomoda; por lo común, calla. No he
oído cómo le llame.
¿Será su hijo? ¿Será un hermanito menor?
Y no se separan los dos. Noche a noche, juntos. A veces, ella vuelve y le dice algunas
palabras. El rapazuelo responde, la contempla, se agacha y torna a su inmovilidad.
Casi siempre están solos. Claro que clientela no falta; de otra suerte cesaría el negocio.
Señoritas bien trajeadas hacen alto al humo de la golosina; allí mismo, rescatándolas en el
papel grasiento, saborean las quesadillas. Señores respetables, de bastón, se detienen a
comprar. A veces se forman corrillos: obreros en cuclillas, conversan; mujeronas, dejando a un
lado la canasta, echan su pisto de charla.
Pero, en general, se hallan solos.
Allá al fondo, levántase un hotel cuya muestra ostenta, en luminosas letras blancas, un
nombre extranjero.
¡Cuán grande, cuán espectacular, todo esto! ¡Y las quesadillas, qué diminutas! Se les creería
perdidas en un barrio distinto. Su humildad equivale a una disonancia. ¿Qué es lo que se
vende? ¿En qué se trabaja o con qué se trafica en la suntuosa avenida? Ved los letreros:
Llantas y Cámaras. Reparación de Radios. Fuente de Sodas. Una pastelería elegante.
Aparatos de televisión. El poderoso banco al extremo.
Milagro que la mexicanísima, popular, apetitosa golosina afronte tamaña competencia.
El incitante tufillo la salva.
Noche a noche, reine buen tiempo, llueva o haga frío, los dos están allí.
¡Humildes seres que viven con tan poco! Creeríaseles gorriones en acecho de unos granos de
alpiste.
¿Dónde estará su casa, si la tienen? ¿Desde qué barrio distante vendrán ella y el niño,
cargando con el cajón, con la hornilla, con los trastos? Y no siempre les irá bien. Han de
enfriarse a veces, las quesadillas, demasiado. Tendrán ellos que ser, por fuerza, los golosos. Y
ganando tan poco sustento, ropa, techo… ¿Cómo?
Sin cambiar de acera, cambia, a menudo, de colocación, el puesto. El otro día no lo vi bajo
la misma ventana. ¿De qué las tiene? le preguntaron . Hay de todo, señorita: de sesos,
de chorizo, de papa. ¿Cuántas quiere usted? Suelen refugiarse en la esquina, donde sopla
fuerte el viento. Noches hay en que los veo a los dos transidos, escapando a duras penas del
aguacero, defendiendo, esforzados, sus pertenencias.
Sólo cuando llueve en demasía, desde temprano, no aparecen. ¿Para qué? La lluvia es
enemiga de las golosinas. Pero, entonces, ¿qué harán? ¿cómo vivir al día siguiente? Me la
imagino con su suéter guinda, con sus enaguas rameadas, huraña y silenciosa en el cuartucho
remoto.
Mas bien no escampa, encharcada todavía la suntuosa avenida, goteantes los árboles,
húmedos los muros, ya se encuentra temprano, en cuanto oscurece, de nuevo en su pequeño
campo de batalla. Un día, al pasar, vi que lloraba el chiquillo. ¿Sería porque estaba enfermo,
porque tenía frío o por lo muy mojado de sus ropas? Ella, calmosa, tranquila se volvió hacia él.
Y escuché sus palabras: "¡Cállate! ¿Por qué lloras?" Luego, le oprimió contra su corazón.
¡Dios mío, qué secretos dramas, qué íntimos dolores se atisban de pronto!
Es tarde. Ya circulan pocos automóviles. Casi no pasa nadie. Uno que otro retrasado
transeúnte, por la ancha acera, avanza. El niño inmóvil, rendida la cabeza entre las manos,
acaso duerme. Los ojos oscuros, rasgados, melancólicos de la mujercita, se pierden en la
lejanía. Y sin abdicar ante la fatiga de la espera; cuando se escucha el taconeo del comprador
posible, con voz dulce, con su hilito de voz pregona:
¡Quesadillas! ¡Quesadillas!