La Tempestad COMPLETA
La Tempestad COMPLETA
LA TEMPESTAD
LA TEMPESTAD
PERSONAJES:
ESCENA I
CAPITÁN: ¡Contramaestre!
CAPITÁN: Bien. Habla a los marineros. ¡Maniobra con pericia, o vamos a encallar!
¡Apresúrense! ¡Apresúrense!... (Sale.)
Entran marineros
CONTRAMESTRE: Cuando la tenga el mar. ¡Fuera de aquí! ¿Qué importa a estas olas
rugientes el nombre de un rey? ¡A sus camarotes! ¡Silencio! No nos
molesten.
CONTRAMAESTRE: Nadie a quien estime más que a mí mismo. Tú que eres consejera;
deberías imponer silencio a estos elementos. Usa tu autoridad y
váyanse inmediatamente a sus camarotes. Nos preparamos a afrontar
el infortunio. ¡Ánimo, mis marinos! ¡Fuera de nuestro puesto, digo!
(Salen)
¡Arríen las velas! ¡Pronto! ¡Más abajo! ¡Más abajo!
¡Mala peste a esos aulladores! ¡Son más estrepitosos que el oleaje o
nuestra maniobra!
CONSEJERA.: ¡Diera ahora mil estadas de mar por un acre de tierra estéril; un
extenso páramo, unos retamales espinosos, cualquier cosa! ¡Hágase
la voluntad del Altísimo! Pero hubiera preferido morir de muerte
seca. (Sale.)
ESCENA II
MIRANDA: Si con tu arte, padre queridísimo, has hecho rugir estas salvajes olas,
aplácalas. ¡Se diría que el cielo se vertía en el mar y el mar se elevaba
hasta el cielo! ¡Oh! ¡He sufrido con lo que veía sufrir! ¡Un inmenso
buque, que encierra, a no dudar, algunas nobles criaturas, todo en mil
pedazos!
¡Oh! ¡Sus gritos hallaban eco en mi corazón! ¡Pobres almas! Han
perecido. Si hubiera dispuesto del poder de un dios, habría sorbido la
mar en la tierra antes que ese bravo navío se sumergiese con su
cargamento de almas.
MIRANDA: Frecuentemente has querido contarme lo que soy; pero te has detenido
dejándome en suspenso, diciéndome: <<Espera, todavía no.>>
PRÓSPERO: Pero ¿cómo? ¿Evocando otro lugar y personas? Cuéntame lo que pudo
dejar alguna otra imagen a tus recuerdos.
MIRANDA: Es muy lejano; y más bien un sueño que una certidumbre. ¿No tenía yo
al mismo tiempo cuatro o cinco mujeres que cuidaban de mí?
PRÓSPERO: Sí, Miranda, y más todavía. Pero ¿cómo es posible que persista esto en
tu memoria? ¿Qué ves aún en las tinieblas del pasado y en el abismo del
tiempo? Si te acuerdas de alguna cosa antes de venir aquí, debes
recordar cómo viniste.
PRÓSPERO: Hace doce años, Miranda, doce años desde entonces, tu padre era duque
de Milán y príncipe de poderío.
PRÓSPERO: Tu madre fue un modelo de virtud, y ella me dijo que eras mi hija. Y tu
padre era duque de Milán y tú, mi única heredera, una princesa.
MIRANDA: ¡Oh cielos! ¿Qué negra traición nos ha traído aquí, o qué felicidad nos ha
conducido?
PRÓSPERO. ¡Ambas, ambas, hija mía! Por una negra traición, como dices, nos
hallamos aquí; pero una felicidad nos condujo.
MIRANDA. ¡Oh! ¡Sangre destila mi corazón al pensar en los sufrimientos que evoco,
pero de los cuales no conservo memoria! Prosigue.
PRÓSPERO. Así como te digo, mientras yo olvidaba así las cosas de este mundo,
enfrascado en mi retiro por completo, ocupado en enriquecer mi mente,
desperté un diabólico instinto en mi traidor hermano. Y mi confianza,
ilimitada por la consanguinidad, engendró en él una felonía proporcional
a mi buena fe. Convertido de este modo en dueño, no solamente de lo
que atesoraban mis rentas, sino también de cuanto podía mediante mi
poder, se imaginó que era efectivamente el duque, olvidó la sustitución, y
tomando la apariencia del rostro de la soberanía, con todas sus
prerrogativas..., creció desde este instante su ambición... ¿Me escuchas?
PRÓSPERO. Para que no hubiera pantalla alguna entre el papel que representaba y la
realidad del mismo, creyó necesario hacerse dueño absoluto de Milán.
Llegó a suponerme incapaz de ejercer la soberanía. Coligado con el rey de
Nápoles, le pagó tributo anual, le rindió homenaje, se sometió a su corona
y humilló al ducado hasta entonces indomable. ¡Ay pobre Milán!, bajo el
más vergonzoso yugo.
PRÓSPERO. Bien preguntado, hija mía. No se atrevieron, tanto era el cariño que el
pueblo me profesaba; no quisieron sellar con sangre el acontecimiento.
Nos transportaron a la fuerza a bordo de un viejo barco, que nos internó
algunas leguas en el mar.
Entra ARIEL
ARIEL. ¡Salve por siempre, gran dueño! Vengo a ponerme a las órdenes de tu
mejor deseo; haya que sumergirse en el fuego o cabalgar sobre las
nubes, a tu servicio estoy; dispón de Ariel y de todo su influjo-
ARIEL. Punto por punto. He abordado el navío del rey. Tanto en la proa, como en
el centro, sobre cubierta, en cada camarote, mis llamaradas han hecho
maravillas. A veces me dividía y quemaba en muchos sitios; en las velas y
el mástil, arrojaba llamas diferentes, que luego se encontraban y reunían y
con las audaces olas hice temblar al poderoso Neptuno.
No hubo alma que no sintiese la fiebre de la locura y no diera señales de
desesperación. Todos, menos los marineros, se sumergieron en la onda
amarga y espumeante, y abandonaron el buque totalmente incendiado por
mí. Fernando, el hijo del rey, fue el primero que saltó gritando: <<¡El
infierno está vacío y todos los demonios se hallan aquí!>>
PRÓSPERO. Dime, qué has hecho del navío y cómo has dispuesto del resto de la
flota.
ARIEL. El buque real se halla al abrigo del puerto. Allí se encuentra oculto.
Todos los marineros reposan tendidos bajo las escotillas, donde los he
dejado que duerman con el influjo de hechizos, a los que ha venido a
unirse la fatiga que han debido de soportar. Y, por lo que resta de la flota
por mí dispersada, ha vuelto a juntarse y regresan a Nápoles, convencidos
de haber visto naufragar la nave del rey y que éste ha perecido.
PRÓSPERO. Ariel, has cumplido exactamente tu misión. Pero tengo que confiarte más
trabajo aún.
ARIEL. ¿Hay más trabajo? Puesto que me das tarea, permíteme recordarte lo que
me prometiste y aún no has cumplido.
ARIEL. Mi libertad.
PRÓSPERO. Debo recordarte pues parece que lo olvidas. Esa condenada hechicera,
Sycorax, fue, como sabes, desterrada con el niño que estaba encinta, y
abandonada aquí por los marineros. Tú, que hoy me sirves, le servías
entonces de esclavo y como eras un espíritu bueno, te resististe a secundar
sus hechicerías. Entonces ella, llena de cólera, te confinó en el hueco de
un pino. Aprisionado en aquella corteza permaneciste una docena de años,
en ese tiempo murió ella, dejándote allí, cuando en esta isla no había aún
presencia de un humano. Sólo el hijo que había dado a luz la bruja, un
pequeño monstruo rojo y horrible. ¿Sabes a quién me refiero?
ARIEL. Y te doy las gracias, dueño. Cumpliré tus mandatos y ejerceré gentilmente
mis funciones de espíritu.
PRÓSPERO. Transfórmate en ninfa del mar. No seas visible sino para ti y para mí; sé
invisible para los demás. Anda, revístete de esa forma y vuelve en
seguida. (Sale ARIEL.)
(A Miranda) ¡Despierta, querido corazón, despierta! ¡Arriba, ya has
dormido lo suficiente! ¡Levántate!
PRÓSPERO. Pero, como quiera que sea, no podemos estar sin él. Enciende nuestro
fuego, sale a buscarnos la leña y nos presta servicios útiles. (Llegan)
¡Hola! ¡Esclavo! ¡Calibán! ¡Habla! ¡Acércate!
Entra CALIBÁN
CALIBÁN. ¡Que el maligno rocío que barría mi madre os inunde a los dos! ¡Que un
viento sople sobre vosotros y os cubra la piel de úlceras! Tengo derecho
a comer mi comida. Esta isla me pertenece por Sycorax, mi madre, y tú
me la has robado. Cuando llegaste, me halagaste, me corrompiste. Me
dabas agua con bayas en ella; me enseñaste el nombre de la gran luz y el
de la pequeña, que iluminan el día y la noche. Y entonces te amé y te
hice conocer toda de la isla. ¡Maldito sea por haber obrado así!... ¡Que
todos los hechizos de Sycorax caigan sobre vos! ¡Porque yo soy el único
súbdito que tenéis! ¡Y me habéis desterrado aquí, en esta roca desierta,
mientras me despojáis del resto de la isla!
PRÓSPERO. ¡Oh, esclavo impostor! Te he tratado a pesar de que eres escoria humana.
Te he guarecido en mi propia gruta, hasta que intentaste violar el honor
de mi hija.
CALIBÁN. ¡Oh, jo, jo, jo, jo! ... ¡Lástima no haberlo realizado! Tú me lo impediste;
de lo contrario, habría poblado la isla de Calibanes.
FERNANDO. ¿De dónde viene esta música? ¿Del aire, o de la tierra? No se oye ya...,
debe ser alguna divinidad de la isla. Sentado en la playa, llorando el
naufragio del rey mi padre, llegó hasta mí esta música sobre las aguas,
aplacando su furia y mi dolor con su dulce melodía. La he seguido hasta
aquí, o más bien me ha traído ella; pero ha cesado... (se oye melodía) No,
comienza de nuevo.
(Suena la campana)
FERNANDO. ¡Ese coro me recuerda a mi padre ahogado! Esto no es una cosa humana,
ni el son pertenece a la tierra. Ahora lo siento por encima de mí.
MIRANDA. ¿Qué es? ¿Un espíritu?... ¡Señor, cómo mira! Tiene una arrogante
presencia... Pero es un espíritu.
PRÓSPERO. No hija mía; come, duerme y tiene los mismos sentidos que nosotros. El
galán que miras es uno del naufragio, solo está desfigurado por el
sufrimiento. Ha perdido a sus compañeros, y vaga errante por
encontrarlos.
MIRANDA. Tentada estoy por tomarle como una cosa divina, porque nada en la
naturaleza ha visto nunca tan noble.
PRÓSPERO. (Aparte.) Esto marcha, a lo que veo, como deseaba mi corazón. Espíritu,
lindo espíritu, por este servicio te liberaré dentro de dos días.
FERNANDO. Sí, en verdad, él y todos sus cortesanos. El duque de Milán y su noble hija
han desaparecido igualmente.
MIRANDA. (Aparte) ¿Por qué habla mi padre tan duramente? Es el tercer hombre
que he visto y el primero por quien he suspirado. ¡Que la piedad mueva
a mi padre por el lado a que se inclina mi corazón!
FERNANDO. ¡Oh! Si eres virgen y tu amor no tiene dueño, te haré reina de
Nápoles.
PRÓSPERO. Basta, señor. Una palabra todavía. (Aparte.) Están en poder uno del otro;
pero este precipitado asunto debe tener obstáculos, no sea que la felicidad
de la conquista rebaje su valor.
(A FERNANDO.) Una palabra aún. Confiesa si te has introducido en esta
isla como un espía, para arrebatármela a mí, el dueño de ella.
MIRANDA. Nada malo puede residir en semejante templo. Si el espíritu del mal
habitase en tan bella morada, los buenos se esforzarían en vivir en
ella.
FERNANDO. ¡No! ¡Resistiré a semejante tratamiento hasta que mi enemigo sea el más
fuerte! (Desenvaina su espada y al accionar queda encantado.)
MIRANDA. ¡Oh, padre querido! No le sometas a tan dura prueba, pues es gentil y no
inspira recelo.
PRÓSPERO. ¡Cómo! ¡Das la cara, pero no te atreves a herir! Depón esa actitud
amenazadora, porque puedo desarmarte con esta varilla y hacer caer de
tus manos el acero.
CONSEJERA: (intenta darle de comer al rey algo en mal estado por el agua) Le ruego, señor muéstrese
alegre. Tiene motivos para estar contento. Estamos vivos, que mejor motivo que ese.
Todos hemos perdido algo, póngalo en una balanza señor, el dolor y el consuelo.
CONSEJERA: Señor.
CONSEJERA: Por favor, no desperdicie los pocos recursos que tenemos. Usted no sabe cómo duele el
hambre.
SEBASTIÁN: ¿Y qué sabes tú de eso? Si siempre has sabido emplearte muy hábilmente.
ADRIÁN: (Entrando) Está desierta, la isla está desierta. Inhabitable y casi inaccesible.
ADRIÁN: Sin embargo, el clima debe ser sutil, dulce y de sugestiva templanza. El aire sopla aquí
con una brisa agradable.
CONSEJERA: Pero hay algo extraño, casi increíble... Nuestra ropa, a pesar de haberse mojado. Está
como nueva, recién lavada en vez de impregnada de agua salada. Nuestros vestidos me
parecen ahora tan lozanos como cuando nos los pusimos por vez primera en África, en las
bodas de Claribel, la bella hija del rey, con el monarca de Túnez.
ALONSO: Callen ya. Ustedes cansan mis oídos con palabras y conversaciones tontas. ¡Ojalá no
hubiera casado allí nunca a mi hija! Porque a mi regreso he perdido a mi hijo, y presumo
que a ella también, ahora está demasiado lejos de Italia para que pueda volver a verla.
¡Oh, mi heredero de Nápoles y de Milán! ¿a qué extraño pez has servido de alimento?
FRANCISCO: Señor, es posible que esté vivo. He visto como intentó domar las olas y nadando llegar
hasta usted. Su hijo es valiente, bravo y audaz. No dudo que haya llegado vivo a la orilla.
SEBASTIÁN: Señor, tú eres responsable de pérdida. No quisiste conceder a Europa el honor de tu hija;
preferiste perderla, entregándosela a un africano ¿y ahora encuentras justos motivos para
llorarla?
SEBASTIÁN: Nos hemos arrodillado ante ti e importunado con nuestras súplicas; Hasta ella misma, tu
bella hija tuvo que poner en la balanza su aversión y su obediencia. Es verdad, temo que
hemos perdido a vuestra hija para siempre. Pero más viudas ha hecho a Milán y a Nápoles
esta expedición ¿Qué hombres devolveremos para consolarlas? Y la culpa de eso es solo
tuya.
CONSEJERA: Señor Sebastián, un poco de piedad. Usted está profundizando la herida, cuando debiera
curarla. (A Alonso) El tiempo es desagradable para todos nosotros cuando usted luce un
aspecto sombrío.
CONSEJERA: En mi república dispondría todas las cosas al revés de cómo se estilan. Porque no
admitiría comercio alguno, ni nombre de magistratura; no se conocerían las letras; nada
de ricos, pobres y uso de servidumbre; nada de contratos, sucesiones, límites, áreas de
tierra, cultivo, viñedos, no habría metal, trigo, vino ni aceite; no más ocupaciones; todos,
absolutamente todos los hombres estarían libres de trabajo; y las mujeres también, que
además serían castas y puras; nada de soberanía.
Todas las producciones de la Naturaleza serían en común, sin sudor y sin esfuerzo. La
traición, la felonía, la espada, la pica, el puñal, el mosquete o cualquier clase de súplica,
todo quedaría suprimido, porque la Naturaleza produciría por si misma con la mayor
abundancia, lo necesario para mantener a mi pueblo inocente.
CONSEJERA: Gobernaría con tal acierto, señor, que eclipsaría la Edad de Oro.
CONSEJERA: Creo fielmente en su Alteza, y si hablé así fue para aprovechar la ocasión de demostrar a
estos caballeros, cuyos pulmones son de tan sensible disposición, que siempre ríen por
nada.
CONSEJERA: Son caballeros de fino temple. Sin duda sacarían la luna de su órbita, si permaneciera
cinco semanas sin cambiar.
CONSEJERA: No se preocupen. No voy a aventurar mi discreción tan tontamente. ¿Les place reír
mientras duermo? Porque siento una pesadez en la cabeza.
ALONSO: ¡Cómo! ¡Qué pronto se han quedado dormidos! Desearía que, al cerrarse mis ojos, lo
hicieran también mis pensamientos
SEBASTIÁN: Descanse señor. Rara vez se dispone a visitar al dolor, y cuando se consiente, reconforta.
SEBASTIÁN: ¿Por qué, entonces, no cierra él nuestros párpados? La verdad, no podría dormir ahora.
ANTONIO: Ni yo; mi espíritu está inquieto. ¡Qué ocasión, noble Sebastián!... ¡Oh, qué ocasión!... ¡Y
sin embargo, me parece leer en tu rostro lo que podría ser!... La ocasión te llama, y mi
imaginación ve bajar una corona sobre tu cabeza.
SEBASTIÁN: Sí, ¿Qué estás diciendo? ¿Por quién me tomas? Déjame dormir.
ANTONIO: Noble Sebastián, dormir o más bien dejar morir tu suerte. Escucha lo que tengo para
decir, que te hará tres veces más grande.
SEBASTIÁN: Explícate.
ANTONIO: Aunque el noble Francisco haya medio persuadido al rey de que su hijo vive, es tan
imposible que no esté ahogado, como que nade esa mujer que aquí duerme.
ANTONIO: ¡Oh! Esa falta de esperanza, ¡cuánto debe acrecentar sus esperanzas! No tener esperanzas
por ese lado es tenerlas muy altas por el otro, que la misma ambición no sabría explicarlas
con la esperanza de que se realicen. ¿Estás de acuerdo conmigo entonces en que Fernando
se ahogó?
SEBASTIÁN: Claribel.
ANTONIO: Ella, la reina de Túnez, que reside diez leguas más allá de la vida del hombre; que para
recibir noticias de Nápoles necesita, a no ser que se le ofrezca el Sol por mensajero, el
tiempo preciso para que un recién nacido pueda tener barba y rasurarse. Ella, que ha sido
causa de que nos hayamos sumergido todos, excepto algunos que tuvimos la suerte de
salvarnos, destinados a representar un acto cuyo prólogo ha finalizado ya y cuyo
desenlace depende de lo que decidas.
SEBASTIÁN: ¿Qué es lo que estás proponiendo?... Cierto que la hija de mi hermano es reina de Túnez;
cierto es también, que es la heredera del trono de Nápoles y claro está que hay cierto
espacio entre las dos regiones.
ANTONIO: Un espacio que cada legua de distancia acrecienta la pregunta: ¿Cómo podría Claribel
tomar y gobernar Nápoles? ¡Que permanezca ella en Túnez! ¡Despierta Sebastián!...
¡Digo! Si la muerte se hubiera apoderado de todos ellos ¿No estarían acaso mejor de
cómo se encuentran ahora? Alguien tendría que gobernar Nápoles tan bien como el que
duerme. ¡Oh! ¡Si pudieras leer mis pensamientos! ¡Cuánto ayudaría yo a cumplir ese
sueño de verte ascender con una corona en tu cabeza!
SEBASTIÁN: Recuerdo muy bien todo aquello que hiciste para suplantar a tu hermano Próspero.
ANTONIO: Cierto, y ve cuán bien me sienta la vida ahora. Mucho mejor que antes. Los servidores de
mi hermano son mis súbditos.
ANTONIO: ¡Bah, señor! ¿Dónde yace esa? no siento en mi pecho esa deidad. ¡Veinte conciencias que
se interpusiesen entre Milán y yo se calcinarían y derretirían antes de dirigirme el menor
reproche! Ahí está tendido vuestro hermano. No valdría más que la tierra sobre que
descansa, si fuera lo que parece ahora, que está dormido; a quien yo, con este dócil acero,
Puedo mandarle dormir para siempre; mientras tu imitándome puedes sumir en silencio
eterno. En cuanto a la vieja consejera que no aprobaría nuestra conducta el final tendría
que ser el mismo. Y de esos dos no había que preocuparse, pues se inclinarían ante la
tentación.
SEBASTIÁN: Tu caso, querido amigo, me servirá de precedente. Como ganaste a Milán ganaré yo a
Nápoles.
ANTONIO: Vamos entonces, cuando alce mi diestra sobre el rey, imítame y ponle fin a la vida de esa
desagradable mujer.
ARIEL: (Al oído de la CONSEJERA) Mi dueño, gracias a su arte, ha previsto el peligro que corres
y me manda a salvarte la vida, pues de otro modo fracasaría su proyecto.
¡Ojo alerta!
la traición está buscando su instante.
Si os inquietáis por la vida.
¡Despertad!
¡Despertad!
CONSEJERA: (Despierta) ¡Alto ahí! ¡No den un paso más! ¡Despierten, defiendan al rey!
ALONSO: ¿Qué ocurre? ¿Por qué han desenvainado su espada?
¿Qué significan estas siniestras miradas?
SEBASTIÁN: Mientras ustedes dormían, hemos escuchado un rugir como de toros o más bien de leones.
¿No lo escucharon ustedes? Han retumbado en nuestros oídos.
ANTONIO: Era un sonido muy fuerte, casi aterrador. Seguramente se trataba de una manada de
leones.
CONSEJERA: La verdad es que, oí un zumbido, algo extraño que me despertó. Por eso grité, y cuando
abrí los ojos, vi sus espaldas en el aire... Lo mejor es que nos mantengamos en guardia o
que salgamos de aquí.
ALONSO: Tienes toda la razón, alejémonos de aquí y busquemos a mi pobre hijo. Vamos. (Salen)
ESCENA II
Otra parte de la isla
CALIBÁN: ¡Que todos los miasmas que absorbe el sol de los pantanos, barrancos y aguas estancadas
caigan sobre Próspero y le hagan morir a pedazos!
Sus genios no hacen más que molestarme. Pero es él quien lo ordena. Esta es mi
oportunidad de liberarme, tendré que buscar a esos hombres que ahora habitan esta isla.
Ellos pondrán fin a la vida de mi amo.
No haré más estacadas para los peces; ni buscaré para él el fuego cuando me mande, ni
fregaré la vajilla de madera, ni lavaré más los platos.
FERNANDO: Hay algunos juegos que son penosos y cuya fatiga les presta mayor atractivo. Ciertas
humillaciones pueden soportarse noblemente, y los procedimientos más mezquinos
inducir a los más ricos fines. Esta baja ocupación sería para mí tan insoportable como
odiosa; pero la amada a quien sirvo la vivifica de modo que transforma mis trabajo en
placeres. ¡Oh! Ella es diez veces más gentil que su padre, desabrido y lleno de asperezas.
Mi dulce dueña con sus delicados pensamientos refresca mis fatigas y cuanto más dura es
mi tarea, más fácil me parece.
MIRANDA: Te lo ruego, no te esfuerces tanto. Quisiera que un rayo hubiese consumido esos troncos
que ordenas. Por favor, déjalos y descansa.. Mi padre está concentrado en su estudio. Te
lo suplico; descansa. No aparecerá por unas tres horas.
MIRANDA: Siéntate un momento, mientras tu descansas yo seguiré ordenando, esos leños. Dame este,
te lo suplico; yo te ayudo.
FERNANDO: ¡No, preciosa criatura! Prefiero romperme los nervios, quebrarme los riñones, antes de
verte entregada a tan humillante tarea, y yo cruzado de brazos.
MIRANDA: La soportaría tan bien como tu y la cumpliría con mucha más facilidad. Pues es el amor
quien me guía.
FERNANDO: Nada de eso, para mí es una fresca alborada cuando estas a mi lado en la noche. Dime, te
lo ruego. ¿cuál es tu nombre?
FERNANDO: ¡Bella Miranda!¡Digna de lo que el mundo atesora de más sublime! He contemplado con
los mejores ojos a muchas damas, y la armonía de su voz ha cautivado con frecuencia mi
condescendiente oído; en diversas mujeres he estimado diversas cualidades, pero nunca a
pleno corazón, pues algún defecto deslucía siempre la virtud más noble. Pero tu... ¡Tan
perfecta, tan incomparable, fuiste formada con lo mejor de cada criatura!
MIRANDA: No recuerdo a nadie de mi sexo. No recuerdo las facciones de mujer alguna, salvo las
mías, que mi espejo ha reflejado, ni he visto entre los que puedo llamar hombres más que
a ti, buen amigo, y a mi querido padre. De cómo están formados los demás, no tengo la
menor idea. Pero, por mi pureza y la joya de mi dote, no desearía en el mundo ningún otro
compañero sino tu. Pero hablo ligeramente contigo y olvido las recomendaciones de mi
padre.
FERNANDO: Soy, por mi sangre, un príncipe, Miranda; y quizá un rey, ¡ojalá no lo sea! Esta esclavitud
en el bosque me disgusta más que si una mosca se posara en mis labios... Pero he oído
hablar a mi corazón. Desde el instante mismo en que te vi, mi corazón está a tu servicio;
allí reside el hecho de ser esclavo, y por afecto a tu persona me hallo convertido en este
dócil leñador.
MIRANDA: ¿Me amas?
FERNANDO: ¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Sed testigos de mis palabras y coronad mis deseos de un éxito
feliz si soy sincero! ¡De lo contrario, la gloria que me está destinada se transforme en un
infortunio! ¡Te amo, te honro y te venero por encima de los límites asignados al mundo y
al universo!
PRÓSPERO: (Aparte) ¡Hermoso encuentro de dos cariños extraordinarios! ¡Llueva el cielo sus dones
sobre el amor que en ellos germina!
MIRANDA: Por mi indignidad, mi afección busca encubrirse, tanto más revela su alcance. ¡Inspírame,
ingenua y santa inocencia! Seré tu esposa, si quieres desposarte conmigo. De lo contrario,
moriré virgen por tu amor. Puedes rechazarme por compañera; pero seré tu esclava, lo
quieras o no.
FERNANDO: Sí, con tan gozoso corazón como el esclavo gusta de la libertad. He aquí mi mano.
MIRANDA: Y la mía, con el corazón adentro. Y ahora debo decirte adiós, por media hora.
(Salen FERNANDO y MIRANDA por diversos lados.)
ESCENA II
Otra parte de la isla
ALONSO: Está bien, yo mismo estoy cansado. Sentémonos y reposemos. Debo asumir que a quien
buscamos se ahogó. Es mejor que renuncie aquí a toda mi esperanza y rechace sus
halagadoras ilusiones.
ANTONIO: (Aparte, a SEBASTIÁN.) Me alegro que pierda sus esperanzas. No habrá usted olvidado,
por un fracaso, el proyecto que había decidido ejecutar.
ANTONIO: (Aparte, a SEBASTIÁN) Esta noche. Hallándose ahora fatigados por el viaje, no querrán,
ni podrán emplear tanta vigilancia como cuando están descansados.
Extraña y solemne música. PRÓSPERO, en lo alto, invisible, domina la escena. Entran por distintos
lados varias Figuras caprichosas, que traen preparado un banquete. Danzan en torno de la mesa con
gentiles ademanes de salutación, e invitando al Rey y a los demás personajes a comer, desaparecen.
PRÓSPERO: (Aparte) Hablaste bien, honorable señora, pues algunos de los aquí presentes son peores
que demonios.
ALONSO: No he acabado de asombrarme de esas figuras, de esos gestos, de esos sonidos que, sin
auxilio de la palabra, formaban una especie de lenguaje mudo y expresivo.
PRÓSPERO: (Aparte.) Reserva el elogio para el final (Salen las mujeres).
SEBASTIÁN: No importa, han dejado la comida. Y tenemos hambre, ¿les placería probar estos
manjares?
ALONSO: Está bien, voy a sentarme y comer. Hermano, señora, duque, acercaos también y
alimentaos también.
Truenos y relámpagos. Entra ARIEL con sombrío aspecto, luego de un gesto de ella, habrán relámpagos y
desaparecerá la comida.
ARIEL: (A ALONSO, SEBASTIÁN Y ANTONIO) Son ustedes tres unos pecadores, que el
Destino ha vomitado del insaciable océano sobre esta isla, donde ningún hombre debe
habitar, pues que entre los hombres son indignos de vivir.
(Viendo a ALONSO, SEBASTIÁN etc., tirar de las espadas.) ¡Con ese mismo valor los
hombres se ahorcan o se ahogan! ¡Insensatos! Yo y mis compañeros somos los ministros
del Destino. Aunque tratéis de herirnos, vuestros aceros son ahora demasiado pesados
para sus fuerzas y no conseguirán levantarlos. Pero recuerden, que ustedes tres
suplantaron de Milán al virtuoso Próspero; que a él y a su inocente hija los lanzaron al
mar, que ahora los castiga. El destino puede demorar, pero no olvida nunca y han
amotinado los mares, las riberas y las criaturas todas contra vuestra paz. A ti, Alonso, te
han privado de tu hijo; y ellos (señalando a SEBASTIÁN Y ANTONIO) te traerán una
lenta destrucción, peor que cualquier clase de muerte que te seguirá paso a paso a
cualquier lado donde vayas. Pero puede, para preservaros de su furia puedes arrepentirte
desde el corazón y llevar, de ahora un adelante, una vida inmaculada.
PRÓSPERO: (Aparte.) Has tomado admirablemente la forma de la arpía, mi Ariel. Poseías gracia en
medio de tu ferocidad. Nada has omitido de mis instrucciones en tus palabras. Gracias a t
mis encantos irresistibles obran, y mis enemigos son prisioneros del delirio. Ahora están
en mi poder, y los deja en su frenesí, mientras visito al joven Fernando, a quien suponen
ahogado, y a su amada, que también es la mía. (Desaparece arriba.).
CONSEJERA: Por todo lo más sagrado, señor, ¿por qué permanecemos en este extraño éxtasis?
ALONSO: ¡Es monstruoso! ¡Definitivamente Monstruoso! ¡Me pareció que la voz en las ondas me
hablaba reprochándomelo!... ¡Que lo cantaban los vientos!... ¡Que el trueno, órgano
profundo y terrorífico, pronunciaba el nombre de Próspero, y que con broncos acentos
relataba mi crimen! ¡Mi hijo descansa en el limo del mar! Voy a buscarlo a las
profundidades donde nunca penetró la sonda y a sepultarme en el fango con él! (Sale.)
CONSEJERA: Los tres se hallan desesperados. Su inmenso crimen, a semejanza de esos venenos que
sólo obran mucho tiempo después, comienza ahora a agitar sus espíritus... (A ADRIAN)
Le ruego, que los siga rápidamente y los cuide de las consecuencias que puede ahora
inducirlos semejante frenesí.
ACTO CUARTO
ESCENA ÚNICA
Entra ARIEL
PRÓSPERO se acerca nuevamente a Fernando y Miranda. Suena MÚSICA para las genios.
Entra IRIS
Entra CERES
IRIS
MIRANDA. Nunca hasta hoy le he visto presa de una irritación tan desordenada.
Entra ARIEL
PRÓSPERO. Debemos prepararnos para hacer frente a Calibán. Por la rebelión que me
informaste.
ARIEL. Calibán está vagando por la isla buscando a estos hombres para vengarse
de mi amo, pero yo no he permitido que los encuentre.
ACTO QUINTO
ESCENA ÚNICA
PRÓSPERO. Es lo que voy a hacer. Tú, que no eres más que aire, sientes compasión,
¿crees que no he de compadecerme como tú? Aunque herido en el alma
por sus crueles maldades, mi noble corazón sabrá perdonar. Ya que ellos
se arrepienten, he llegado al fin de mi proyecto.
Anda, ponlos en libertad. Romperé mis encantos, restituiré su corazón y
los devolveré a sí mismos.
Más mérito tendré en la virtud que en la venganza.
(Despiertan todos)
PRÓSPERO. (Al REY ALONSO) ¡Contempla, soberano rey, a Próspero, el ultrajado
duque de Milán! Para mayor seguridad de que es un príncipe viviente
quien te habla, te estrecho en mis brazos y te doy una cordial bienvenida
a ti y a tus compañeros.
ALONSO. Si lo eres o no, o alguna forma encantada para abusar de mí, como ya he
observado, lo ignoro...pero si esto verdaderamente ha sucedido, es una
extraña historia y te ruego me perdones mis faltas... Pero ¿cómo es
posible que Próspero viva y esté aquí?
ALONSO. Si eres Próspero, claro que se restituirá tu ducado, pero antes, danos
detalles de tu salvación. Cuéntanos cómo nos has hallado aquí a
nosotros, que naufragamos sobre esta ribera, donde he perdido, a mi
querido hijo Fernando.
ALONSO. ¿Una hija? ¡Oh cielos! ¡Que no estuvieran ambos, vivos, en Nápoles, y
fuesen allí el rey y la reina! Por ello desearía hallarme sepulto en el
fangoso lecho donde descansa mi hijo. ¿Cuándo has perdido a tu hija?
ALONSO. Si es también una visión de la isla, habré perdido dos veces a mi adorado
hijo.
FERNANDO. (Postrándose ante ALONSO) ¡Aunque los mares amenacen, ahora veo que
tienen misericordia! (se abrazan).
MIRANDA. ¡Oh prodigio! ¡Qué arrogantes criaturas son estas! ¡Bella humanidad! ¡Oh
espléndido mundo nuevo, que tales gentes produce!
FERNANDO. Señor, ella es mortal; pero por una inmortal Providencia, es mía. La elegí
cuando no podía solicitar de ti el consentimiento. Es hija de este famoso
duque de Milán, de quien oí hablar tantas veces, pero a quien no conocí
hasta ahora; de quien he recibido una segunda vida y a quien considero
mi segundo padre por esa joven.
CONSEJERA. ¡Oh dioses, inclinen sus miradas y esparzan sobre esta pareja una corona
de bendiciones!
CONSEJERA. ¡Que nuestras alegrías rebasen las alegrías ordinarias y escríbase esto en
letras de oro sobre columnas imperecederas! En nuestro viaje, Claribel ha
encontrado marido en Túnez, y Fernando, una esposa donde él se había
perdido; Próspero, su ducado en una isla miserable; y todos nosotros, a
nosotros mismos, cuando ningún hombre se pertenecía.
ALONSO. Esto es lo más asombroso que le haya ocurrido a algún hombre, y hay
en todo este asunto algo más de lo que corresponde a las vías de las
Naturaleza. Será preciso un oráculo para rectificar nuestro
pensamiento.
ALONSO. (Señalando a CALIBÁN.) ¡Es el ser más extraño que he visto en mi vida!
PRÓSPERO. Sus costumbres son tan monstruosas como su figura. Sin embargo, estoy
decidido a liberarlo hoy (A CALIBÁN) Ve a mi gruta. Si quieres obtener
mi perdón y tu libertad, arréglala cuidadosamente y atiende a mis
invitados.
CALIBÁN. Sí, lo haré, y desde hoy en adelante seré más razonable y buscaré su
complacencia.
ARIEL Esta isla ahora será tu feudo, puedes hacer lo que te plazca.
he recobrado mi ducado
y perdonado al traidor,