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La Tempestad COMPLETA

Próspero relata a su hija Miranda cómo él era anteriormente el legítimo Duque de Milán, pero su traidor hermano Antonio se apoderó del ducado con la ayuda del rey de Nápoles mientras Próspero estaba absorto en el estudio de las artes mágicas. Como resultado, Próspero y la joven Miranda fueron abandonados en una isla desierta, donde han vivido durante los últimos doce años.

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La Tempestad COMPLETA

Próspero relata a su hija Miranda cómo él era anteriormente el legítimo Duque de Milán, pero su traidor hermano Antonio se apoderó del ducado con la ayuda del rey de Nápoles mientras Próspero estaba absorto en el estudio de las artes mágicas. Como resultado, Próspero y la joven Miranda fueron abandonados en una isla desierta, donde han vivido durante los últimos doce años.

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WILLIAM SHAKESPEARE

LA TEMPESTAD

2003 - Reservados todos los derechos

Permitido el uso sin fines comerciales


WILLIAM SHAKESPEARE

LA TEMPESTAD

PERSONAJES:

1. ALONSO, Rey de Nápoles


2. SEBASTIÁN, Hermano suyo
3. PRÓSPERO Duque legítimo de Milán
4. ANTONIO, Hermano del precedente y usurpador de su ducado
5. FERNANDO, hijo del rey de Nápoles
6. ADRIÁN
7. FRANCISCO
8. CALIBÁN, Esclavo salvaje y deforme
9. CAPITÁN
10. CONTRAMAESTRE
11. MIRANDA, Hija de Próspero
12. CONSEJERA DEL REY
13. ARIEL, Genio del Aire
14. IRIS,
15. CERES,

ESCENA: En el mar, a bordo de un navío. Después, en una isla


ACTO PRIMERO

ESCENA I

Sobre un navío, en el mar. Se oye un rumor tempestuoso, con truenos y relámpagos


Entran, por diversos lados, un CAPITÁN de navío y un CONTRAMESTRE

CAPITÁN: ¡Contramaestre!

CONTRAMESTRE: ¡Presente, capitán! ¿Cómo va?

CAPITÁN: Bien. Habla a los marineros. ¡Maniobra con pericia, o vamos a encallar!
¡Apresúrense! ¡Apresúrense!... (Sale.)

Entran marineros

CONTRAMESTRE: ¡¡Pronto!¡Pronto! ¡Arríen la cofa del mástil! ¡Atención al silbato del


capitán! ¡Y ahora, viento, sopla, hasta que revientes, ya ves que tenemos
sitio para maniobrar!

Entran ALONSO, SEBASTIÁN, ANTONIO, FERNANDO, CONSEJERA y otros

ALONSO: ¡Contramaestre, cuidado! ¿Dónde está el capitán?

CONTRAMESTRE: Se los suplico, permanezcan abajo.

ANTONIO: ¿Dónde está el capitán, contramaestre?

CONTRAMESTRE: ¿No han oído? Estorban nuestra labor. Permanezcan en sus


camarotes.

CONSEJERA: ¡Vamos hombre, ten paciencia!

CONTRAMESTRE: Cuando la tenga el mar. ¡Fuera de aquí! ¿Qué importa a estas olas
rugientes el nombre de un rey? ¡A sus camarotes! ¡Silencio! No nos
molesten.

CONSEJERA: Bien; pero recuerda a quién tienes a bordo.

CONTRAMAESTRE: Nadie a quien estime más que a mí mismo. Tú que eres consejera;
deberías imponer silencio a estos elementos. Usa tu autoridad y
váyanse inmediatamente a sus camarotes. Nos preparamos a afrontar
el infortunio. ¡Ánimo, mis marinos! ¡Fuera de nuestro puesto, digo!
(Salen)
¡Arríen las velas! ¡Pronto! ¡Más abajo! ¡Más abajo!
¡Mala peste a esos aulladores! ¡Son más estrepitosos que el oleaje o
nuestra maniobra!

Entran de nuevo SEBASTIÁN, ANTONIO y LA CONSEJERA

¿Otra vez? ¿Qué hacen aquí? ¿Quieren que lo abandonemos todo y


nos ahoguemos?

SEBASTIÁN: ¡Que la viruela roa tu garganta, rastreador, blasfemo, perro


despiadado! ¿Sabes a quien le hablas así?

CONTRAMAESTRE: Sí, lo sé. Maniobra este barco entonces.

ANTONIO: ¡Insolente alborotador! ¡Ahórquenlo igual que a un traidor y


cobarde! ¿Acaso le tienes miedo al mar?

CONSEJERA: Tranquilos, no hace falta discutir de esta forma en este


momento.

CONTRAMESTRE: ¡Váyanse de la cubierta, aquí solo estorban! (a los marinos)


¡Desplieguen las velas! ¡Sigan trabajando!

CONSEJERA: ¡El rey y el príncipe están orando! Necesitan de nuestra


compañía.

ANTONIO: ¡Muramos todos con el rey! (salen Antonio y Sebastián)

FRANCISCO: ¡Misericordia de nosotros! ¡zozobramos, zozobramos! ¡Adiós


esposa! ¡Adiós, hijos! ¡Nos hundimos! ¡Nos hundimos!

CONSEJERA.: ¡Diera ahora mil estadas de mar por un acre de tierra estéril; un
extenso páramo, unos retamales espinosos, cualquier cosa! ¡Hágase
la voluntad del Altísimo! Pero hubiera preferido morir de muerte
seca. (Sale.)
ESCENA II

La Isla. Ante la gruta de Próspero

Entran PRÓSPERO y MIRANDA

MIRANDA: Si con tu arte, padre queridísimo, has hecho rugir estas salvajes olas,
aplácalas. ¡Se diría que el cielo se vertía en el mar y el mar se elevaba
hasta el cielo! ¡Oh! ¡He sufrido con lo que veía sufrir! ¡Un inmenso
buque, que encierra, a no dudar, algunas nobles criaturas, todo en mil
pedazos!
¡Oh! ¡Sus gritos hallaban eco en mi corazón! ¡Pobres almas! Han
perecido. Si hubiera dispuesto del poder de un dios, habría sorbido la
mar en la tierra antes que ese bravo navío se sumergiese con su
cargamento de almas.

PRÓSPERO: Sosiégate. Nada de asombro. Dile a tu piadoso corazón que ningún


infortunio ha sucedido.

MIRANDA: ¡Oh! ¡Día funesto!

PRÓSPERO: Ninguna desgracia. Nada he llevado a cabo que no fuera en beneficio


tuyo, que no hiciera por ti, ¡por ti, mi estimada, mi hija!... que ignoras
quién eres, que no me conoces ni te das cuenta de otra cosa sino de que
soy Próspero, el dueño de esta humilde gruta, más que tu padre.

MIRANDA: Nunca he intentado saber más.

PRÓSPERO: Ya es hora de que te informe. Préstame tu mano y despójame de mi


mágica vestidura... Así (Coloca en el suelo su manto.) ¡Quédate ahí, mi
talismán!... Seca tus ojos: consuélate. El terrible espectáculo de este
naufragio, que ha despertado en ti la compasión, lo he preparado yo tan
acertadamente, gracias a los recursos de mi arte, pero de aquellos cuyos
gritos has oído y te han llenado de asombro te diré que nadie ha perdido
ni un cabello. Siéntate; porque vas ahora a saber más de lo que sabes.

MIRANDA: Frecuentemente has querido contarme lo que soy; pero te has detenido
dejándome en suspenso, diciéndome: <<Espera, todavía no.>>

PRÓSPERO: Ha venido ahora el instante. Ha llegado el minuto en que es necesario


abrir tus oídos. Obedece y está atenta. ¿Puedes recordar el tiempo en que
aún no habitábamos en esta gruta? No creo que puedas, porque entonces
no tenías más que tres años.
MIRANDA: Puedo, ciertamente, señor.

PRÓSPERO: Pero ¿cómo? ¿Evocando otro lugar y personas? Cuéntame lo que pudo
dejar alguna otra imagen a tus recuerdos.

MIRANDA: Es muy lejano; y más bien un sueño que una certidumbre. ¿No tenía yo
al mismo tiempo cuatro o cinco mujeres que cuidaban de mí?

PRÓSPERO: Sí, Miranda, y más todavía. Pero ¿cómo es posible que persista esto en
tu memoria? ¿Qué ves aún en las tinieblas del pasado y en el abismo del
tiempo? Si te acuerdas de alguna cosa antes de venir aquí, debes
recordar cómo viniste.

MIRANDA: Sin embargo, eso no lo recuerdo.

PRÓSPERO: Hace doce años, Miranda, doce años desde entonces, tu padre era duque
de Milán y príncipe de poderío.

MIRANDA: Señor, ¿no eres tú mi padre?

PRÓSPERO: Tu madre fue un modelo de virtud, y ella me dijo que eras mi hija. Y tu
padre era duque de Milán y tú, mi única heredera, una princesa.

MIRANDA: ¡Oh cielos! ¿Qué negra traición nos ha traído aquí, o qué felicidad nos ha
conducido?

PRÓSPERO. ¡Ambas, ambas, hija mía! Por una negra traición, como dices, nos
hallamos aquí; pero una felicidad nos condujo.

MIRANDA. ¡Oh! ¡Sangre destila mi corazón al pensar en los sufrimientos que evoco,
pero de los cuales no conservo memoria! Prosigue.

PRÓSPERO. Mi hermano, y tío tuyo, Antonio de nombre... a quien más amaba en el


mundo después de ti, a él dejé confiada la dirección de mis estados. En
esa época, de todas las señorías, la mía era la más importante. Mi linaje
era sin igual, y ninguno podía compararse conmigo en el conocimiento de
las artes liberales, cuyo estudio me absorbía de modo que preferí librarme
del peso del gobierno y lo pasé así a mi hermano, y viví en mi nación
como un extranjero, completamente entregado a las ciencias ocultas....
¿Me atiendes?

MIRANDA. – Con la mayor atención, señor.


PRÓSPERO. Tu tío desleal, una vez enterado de la manera de satisfacerse en el poder
hizo nuevos vasallos de mis vasallos; quiero decir, que los cambió, que
los modeló a su antojo. Se benefició sólo a sí mismo. ¿Me oyes?

MIRANDA. ¡Te escucho, oh, buen señor!

PRÓSPERO. Así como te digo, mientras yo olvidaba así las cosas de este mundo,
enfrascado en mi retiro por completo, ocupado en enriquecer mi mente,
desperté un diabólico instinto en mi traidor hermano. Y mi confianza,
ilimitada por la consanguinidad, engendró en él una felonía proporcional
a mi buena fe. Convertido de este modo en dueño, no solamente de lo
que atesoraban mis rentas, sino también de cuanto podía mediante mi
poder, se imaginó que era efectivamente el duque, olvidó la sustitución, y
tomando la apariencia del rostro de la soberanía, con todas sus
prerrogativas..., creció desde este instante su ambición... ¿Me escuchas?

MIRANDA. Atentamente señor.

PRÓSPERO. Para que no hubiera pantalla alguna entre el papel que representaba y la
realidad del mismo, creyó necesario hacerse dueño absoluto de Milán.
Llegó a suponerme incapaz de ejercer la soberanía. Coligado con el rey de
Nápoles, le pagó tributo anual, le rindió homenaje, se sometió a su corona
y humilló al ducado hasta entonces indomable. ¡Ay pobre Milán!, bajo el
más vergonzoso yugo.

MIRANDA. ¡Oh cielos!

PRÓSPERO. El rey de Nápoles, antiguo enemigo mío, atendió a la pretensión de mi


hermano, la cual consistía en que él, a cambio de las concesiones de
homenaje, y de no sé qué tributo, me arrojase a mí y a los míos del
ducado y confiriese el hermoso Milán con todos los honores a mi
hermano. Después, se levantó un ejército de traidores; una noche, la
señalada para la ejecución, Antonio abrió las puertas de Milán, y, en
medio del horror de las tinieblas, nos arrancaron de allí a mí, y a ti
misma, que gritabas.
MIRANDA. ¡Ay! ¡Por piedad! ¿Y cómo no nos hicieron perecer en tal momento?

PRÓSPERO. Bien preguntado, hija mía. No se atrevieron, tanto era el cariño que el
pueblo me profesaba; no quisieron sellar con sangre el acontecimiento.
Nos transportaron a la fuerza a bordo de un viejo barco, que nos internó
algunas leguas en el mar.

MIRANDA. ¿Cómo ganamos la orilla?

PRÓSPERO. Gracias a la divina Providencia. Disponíamos de algunos víveres y un


poco de agua dulce, que mi noble consejera, quien debía mandar a
ejecutarnos, movida de caridad, nos dejó, junto con ropa blanca, telas y
otros objetos necesarios que nos han sido de gran utilidad y hasta mis
libros, llevó su generosidad a proveerme.

MIRANDA. ¡Ojalá pueda un día conocer a esa persona tan sabia!

PRÓSPERO. (Recogiendo su manto) Arribamos aquí, a esta isla, y en ella he sido tu


profesor, has sacado más provecho de mis lecciones que otras princesas
que derrochan el tiempo en horas frívolas.

MIRANDA. ¡El cielo te lo recompense! Y ahora, señor, dime, te suplico, la razón de


por qué has levantado esta tormenta marítima.

PRÓSPERO. Te diré que, por la más extraña de las casualidades, la fortuna, ha


conducido a mis adversarios hacia estas playas, y los ha puesto a mi
merced, la fortuna me hará renacer. Ahora no preguntes más. Te vence
el sueño... (MIRANDA se queda dormida.)
¡Ven acá, ven! Estoy dispuesto ya. ¡Acércate, mi Ariel, llega!

Entra ARIEL

ARIEL. ¡Salve por siempre, gran dueño! Vengo a ponerme a las órdenes de tu
mejor deseo; haya que sumergirse en el fuego o cabalgar sobre las
nubes, a tu servicio estoy; dispón de Ariel y de todo su influjo-

PRÓSPERO. - ¿Has ejecutado puntualmente la tempestad que te encomendé, espíritu?

ARIEL. Punto por punto. He abordado el navío del rey. Tanto en la proa, como en
el centro, sobre cubierta, en cada camarote, mis llamaradas han hecho
maravillas. A veces me dividía y quemaba en muchos sitios; en las velas y
el mástil, arrojaba llamas diferentes, que luego se encontraban y reunían y
con las audaces olas hice temblar al poderoso Neptuno.
No hubo alma que no sintiese la fiebre de la locura y no diera señales de
desesperación. Todos, menos los marineros, se sumergieron en la onda
amarga y espumeante, y abandonaron el buque totalmente incendiado por
mí. Fernando, el hijo del rey, fue el primero que saltó gritando: <<¡El
infierno está vacío y todos los demonios se hallan aquí!>>

PRÓSPERO. ¡Bien, muy bien! Pero ¿no estaba próxima la orilla?

ARIEL. Muy cercana, mi dueño.

PRÓSPERO. Y dime, ¿se encuentran salvos, Ariel?

ARIEL. Ni un cabello han perdido, ni una mancha se marcó en sus vestidos; y


siguiendo tus órdenes, los he dispersado en grupos por la isla. En cuanto
al hijo del rey, yo mismo lo he desembarcado y lo he dejado sentado en
un oculto rincón de esta isla, con los brazos cruzados en esta triste actitud.

PRÓSPERO. Dime, qué has hecho del navío y cómo has dispuesto del resto de la
flota.

ARIEL. El buque real se halla al abrigo del puerto. Allí se encuentra oculto.
Todos los marineros reposan tendidos bajo las escotillas, donde los he
dejado que duerman con el influjo de hechizos, a los que ha venido a
unirse la fatiga que han debido de soportar. Y, por lo que resta de la flota
por mí dispersada, ha vuelto a juntarse y regresan a Nápoles, convencidos
de haber visto naufragar la nave del rey y que éste ha perecido.

PRÓSPERO. Ariel, has cumplido exactamente tu misión. Pero tengo que confiarte más
trabajo aún.

ARIEL. ¿Hay más trabajo? Puesto que me das tarea, permíteme recordarte lo que
me prometiste y aún no has cumplido.

PRÓSPERO. ¡Cómo! ¿Qué es lo que puedes pedir?

ARIEL. Mi libertad.

PRÓSPERO. ¿Antes del tiempo establecido?

ARIEL. Te ruego que te acuerdes de que te he prestado valiosos servicios; no


te he mentido, no he cometido errores. Me prometiste condenarme un
año entero.

PRÓSPERO. ¿Has olvidado de qué tortura te liberé? ¿Acaso has olvidado a la


horrible bruja Sycorax,? ¿La has olvidado?
ARIEL. No, señor.

PRÓSPERO. Debo recordarte pues parece que lo olvidas. Esa condenada hechicera,
Sycorax, fue, como sabes, desterrada con el niño que estaba encinta, y
abandonada aquí por los marineros. Tú, que hoy me sirves, le servías
entonces de esclavo y como eras un espíritu bueno, te resististe a secundar
sus hechicerías. Entonces ella, llena de cólera, te confinó en el hueco de
un pino. Aprisionado en aquella corteza permaneciste una docena de años,
en ese tiempo murió ella, dejándote allí, cuando en esta isla no había aún
presencia de un humano. Sólo el hijo que había dado a luz la bruja, un
pequeño monstruo rojo y horrible. ¿Sabes a quién me refiero?

ARIEL. Sí, te refieres a Calibán, su hijo.

PRÓSPERO. De esa criatura es de quien hablo, de ese Calibán que conservo a mi


servicio. Él sabe muy bien en qué tormento te encontré. Tus gemidos
hacían aullar a los lobos, era un verdadero suplicio de condenado. Este
fue mi arte, cuando llegué y te oí; hice abrir el pino y te permití salir de
él

ARIEL. Y te doy las gracias, dueño. Cumpliré tus mandatos y ejerceré gentilmente
mis funciones de espíritu.

PRÓSPERO. Obra así, y dentro de dos días te liberaré.

ARIEL. ¡Qué noble es mi dueño! ¿Qué debo hacer? ¿Qué?, dímelo.

PRÓSPERO. Transfórmate en ninfa del mar. No seas visible sino para ti y para mí; sé
invisible para los demás. Anda, revístete de esa forma y vuelve en
seguida. (Sale ARIEL.)
(A Miranda) ¡Despierta, querido corazón, despierta! ¡Arriba, ya has
dormido lo suficiente! ¡Levántate!

MIRANDA. (Alzándose.) Lo extraño de tu relato me ha causado mucho pesar.

PRÓSPERO. Disípalo. Ven conmigo, visitaremos a Calibán, mi esclavo.

MIRANDA. Es un villano, señor, no me agrada verle.

PRÓSPERO. Pero, como quiera que sea, no podemos estar sin él. Enciende nuestro
fuego, sale a buscarnos la leña y nos presta servicios útiles. (Llegan)
¡Hola! ¡Esclavo! ¡Calibán! ¡Habla! ¡Acércate!

CALIBÁN. (Dentro.) Hay bastante leña en la casa.


PRÓSPERO. Te digo que vengas. Tengo otras ocupaciones que darte. ¡Avanza!

Entra CALIBÁN

CALIBÁN. ¡Que el maligno rocío que barría mi madre os inunde a los dos! ¡Que un
viento sople sobre vosotros y os cubra la piel de úlceras! Tengo derecho
a comer mi comida. Esta isla me pertenece por Sycorax, mi madre, y tú
me la has robado. Cuando llegaste, me halagaste, me corrompiste. Me
dabas agua con bayas en ella; me enseñaste el nombre de la gran luz y el
de la pequeña, que iluminan el día y la noche. Y entonces te amé y te
hice conocer toda de la isla. ¡Maldito sea por haber obrado así!... ¡Que
todos los hechizos de Sycorax caigan sobre vos! ¡Porque yo soy el único
súbdito que tenéis! ¡Y me habéis desterrado aquí, en esta roca desierta,
mientras me despojáis del resto de la isla!

PRÓSPERO. ¡Oh, esclavo impostor! Te he tratado a pesar de que eres escoria humana.
Te he guarecido en mi propia gruta, hasta que intentaste violar el honor
de mi hija.

CALIBÁN. ¡Oh, jo, jo, jo, jo! ... ¡Lástima no haberlo realizado! Tú me lo impediste;
de lo contrario, habría poblado la isla de Calibanes.

PRÓSPERO. ¡Esclavo aborrecido, que nunca abrigarás un buen sentimiento! Me tomé


la molestia de enseñarte a hablar. A cada instante te he enseñado una
cosa u otra. Eras un salvaje, sólo balbuceabas como un bruto.

CALIBÁN. ¡Me habéis enseñado a hablar, y el provecho que me ha reportado es


saber cómo maldecir! ¡Que caiga sobre vos la roja peste, por haberme
inculcado tu lenguaje!

PRÓSPERO. ¡Fuera de aquí, semilla de bruja! Ve a buscarnos combustible. Y


apresúrate, que más te valdrá para llevar a cabo otras misiones. ¿Te
encoges de hombros? Si lo olvidas o lo realizas de mala gana, te
torturaré con calambres y te llenaré los huesos de dolores.

CALIBÁN. No, te lo suplico. (Aparte.) Debo obedecer. Su poder es irresistible.

PRÓSPERO. ¡Vamos, esclavo, márchate! (Sale CALIBÁN)

Vuelve a entrar ARIEL, en figura de ninfa del mar.

PRÓSPERO ¡Sublime aparición! ¡Mi gentil Ariel, déjame hablarte al oído!

ARIEL. Se cumplirá, señor (Sale)


Entra de nuevo ARIEL, invisible, cantando y tocando. FERNANDO la sigue, pero no la ve.

ARIEL DECLAMA Y DANZA CON FONDO MUSICAL

Venid a estas arenas amarillas y


cogeos las manos
después de los saludos y los besos
a las salvajes ondas,
danzad alegremente aquí y allá.

FERNANDO. ¿De dónde viene esta música? ¿Del aire, o de la tierra? No se oye ya...,
debe ser alguna divinidad de la isla. Sentado en la playa, llorando el
naufragio del rey mi padre, llegó hasta mí esta música sobre las aguas,
aplacando su furia y mi dolor con su dulce melodía. La he seguido hasta
aquí, o más bien me ha traído ella; pero ha cesado... (se oye melodía) No,
comienza de nuevo.

DE NUEVO ARIEL DECLAMA Y DANZA CON FONDO MUSICAL

Tu padre yace enterrado bajo cinco brazas de agua;


se ha hecho coral con sus huesos;
los que eran ojos son perlas.
Nada de él se ha dispersado,
sino que todo ha sufrido la transformación del mar
en algo rico y extraño.
Las ondinas, cada hora, hacen sonar su campana.

(Suena la campana)

FERNANDO. ¡Ese coro me recuerda a mi padre ahogado! Esto no es una cosa humana,
ni el son pertenece a la tierra. Ahora lo siento por encima de mí.

DE NUEVO PRÓSPERO Y MIRANDA

PRÓSPERO. Levanta tus ojos y dime qué ves a lo lejos.

MIRANDA. ¿Qué es? ¿Un espíritu?... ¡Señor, cómo mira! Tiene una arrogante
presencia... Pero es un espíritu.
PRÓSPERO. No hija mía; come, duerme y tiene los mismos sentidos que nosotros. El
galán que miras es uno del naufragio, solo está desfigurado por el
sufrimiento. Ha perdido a sus compañeros, y vaga errante por
encontrarlos.

MIRANDA. Tentada estoy por tomarle como una cosa divina, porque nada en la
naturaleza ha visto nunca tan noble.

PRÓSPERO. (Aparte.) Esto marcha, a lo que veo, como deseaba mi corazón. Espíritu,
lindo espíritu, por este servicio te liberaré dentro de dos días.

FERNANDO. (Observando a Miranda) ¡Seguramente esta es la diosa a quien se dirigían


aquellos cánticos!
(Le habla) Dígnate a decirme, si moras en esta isla y si consentirías en
instruirme acerca de lo que aquí me aguarda. Pero mi primer deseo, es
saber, ¡oh maravilla!, si eres mortal o no.

MIRANDA. ¡Nada de maravilla, caballero, sino simplemente una doncella!

FERNANDO. - ¡Mi idioma! ¡Cielos! ¡Me consideraría el primero de los hombres


que hablan esta lengua si me hallase en el país en que se habla!

PRÓSPERO. ¡Cómo! ¿El primero? ¿Qué seríais si el rey de Nápoles te escuchara?

FERNANDO. Un simple mortal, como soy ahora, asombrado de oírte hablar de


Nápoles. ¡El rey de Nápoles me oye! Por eso lloro. Yo mismo soy
Nápoles, yo, cuyos ojos, desde entonces en lágrimas, han visto naufragar al
rey mi padre.

MIRANDA. ¡Ay, qué desgracia!

FERNANDO. Sí, en verdad, él y todos sus cortesanos. El duque de Milán y su noble hija
han desaparecido igualmente.

PRÓSPERO. El duque de Milán y su no menos noble hija podrían contradecirte si


fuera el momento oportuno.
(Aparte.) A primera vista han cambiado miradas.
(A FERNANDO) Una palabra, querido señor. Temo que ustedes
mismos se hayan hecho algún agravio.

MIRANDA. (Aparte) ¿Por qué habla mi padre tan duramente? Es el tercer hombre
que he visto y el primero por quien he suspirado. ¡Que la piedad mueva
a mi padre por el lado a que se inclina mi corazón!
FERNANDO. ¡Oh! Si eres virgen y tu amor no tiene dueño, te haré reina de
Nápoles.

PRÓSPERO. Basta, señor. Una palabra todavía. (Aparte.) Están en poder uno del otro;
pero este precipitado asunto debe tener obstáculos, no sea que la felicidad
de la conquista rebaje su valor.
(A FERNANDO.) Una palabra aún. Confiesa si te has introducido en esta
isla como un espía, para arrebatármela a mí, el dueño de ella.

FERNANDO. ¡No! tan cierto como que soy hombre.

MIRANDA. Nada malo puede residir en semejante templo. Si el espíritu del mal
habitase en tan bella morada, los buenos se esforzarían en vivir en
ella.

PRÓSPERO. (A FERNANDO.) Sígueme (A MIRANDA.) No intercedas por él; es un


traidor. (A FERNANDO.) Vamos. Voy a encadenarte el cuello con los
pies; el agua del mar será tu bebida y las raíces secas y los moluscos
serán tu alimento. Sígueme.

FERNANDO. ¡No! ¡Resistiré a semejante tratamiento hasta que mi enemigo sea el más
fuerte! (Desenvaina su espada y al accionar queda encantado.)

MIRANDA. ¡Oh, padre querido! No le sometas a tan dura prueba, pues es gentil y no
inspira recelo.

PRÓSPERO. ¡Cómo! ¡Das la cara, pero no te atreves a herir! Depón esa actitud
amenazadora, porque puedo desarmarte con esta varilla y hacer caer de
tus manos el acero.

MIRANDA. ¡Te lo suplico, padre!

PRÓSPERO. ¡Atrás, no te cuelgues a mis vestidos!

MIRANDA. ¡Señor, ten compasión! Yo seré su fiadora.

PRÓSPERO. ¡Silencio! Una palabra más me obligaría a reñirte, cuando no a odiarte.


¡Cómo! ¿Abogada de un impostor? ¡Cállate! ¿Piensas que no hay más
hombres de esa figura, porque no has visto sino a él y a Calibán?
¡Criatura insensata! Este también es un Calibán.

MIRANDA. Entonces, mis pretensiones son muy humildes. No tengo la ambición de


ver a un hombre más atractivo.

PRÓSPERO. (A FERNANDO.) Vamos, obedece. ¿Acaso tus músculos han perdido


vigor?
FERNANDO. En efecto, mis espíritus como en un sueño, parecen hallarse encadenados.
La pérdida de mi padre, la debilidad que experimento, el naufragio de
todos mis amigos o las amenazas de este hombre a quien estoy
esclavizado, no serían nada si desde mi prisión, una vez al día, pudiera
contemplar a esta virgen. ¡Qué importa ser libre en todos los demás
rincones de la tierra! ¡Yo gozaría de espacio suficiente en semejante
prisión!

PRÓSPERO. (Aparte) La cosa marcha. (A FERNANDO) Vamos (A ARIEL) ¡Qué


bien has cumplido tu misión, arrogante Ariel! (A FERNANDO)
Sígueme. (A ARIEL) Escucha lo que tengo que mandarte aún.

MIRANDA. (A FERNANDO) Serénate. Mi padre es de mejores sentimientos que


lo que aparentan sus palabras.

PRÓSPERO. (A ARIEL) Ahora ve y cumple punto por punto lo que te ordené.

ARIEL. Al pie de la letra.

PRÓSPERO. (A FERNANDO) Vamos, sígueme. (A MIRANDA.) No intercedas por


él. (Salen)
ACTO SEGUNDO
ESCENA I
En otra parte de la isla REY ALONSO, SEBASTIÁN, ANTONIO, la CONSEJERA, ADRIÁN, FRANCISCO
y otros

CONSEJERA: (intenta darle de comer al rey algo en mal estado por el agua) Le ruego, señor muéstrese
alegre. Tiene motivos para estar contento. Estamos vivos, que mejor motivo que ese.
Todos hemos perdido algo, póngalo en una balanza señor, el dolor y el consuelo.

ALONSO: Silencio, por favor.

SEBASTIÁN: (a Antonio con ironía) Ese consuelo me llena el corazón.

ANTONIO: ¿No se cansa acaso de tanta palabrería?

SEBASTIÁN: Mira como doy cuerda al reloj de su ingenio.

CONSEJERA: Señor.

SEBASTIÁN: Solo una, para probarla (no lo come y lo tira lejos)

CONSEJERA: Por favor, no desperdicie los pocos recursos que tenemos. Usted no sabe cómo duele el
hambre.

SEBASTIÁN: ¿Y qué sabes tú de eso? Si siempre has sabido emplearte muy hábilmente.

CONSEJERA: Solo ha sido suerte, mi señor…

SEBASTIÁN: ¿Suerte? Favor con favor se paga.

ADRIÁN: (Entrando) Está desierta, la isla está desierta. Inhabitable y casi inaccesible.

ANTONIO: ¡Que cosa más fatal!

ADRIÁN: Sin embargo, el clima debe ser sutil, dulce y de sugestiva templanza. El aire sopla aquí
con una brisa agradable.

SEBASTIÁN: Como si lo exhalaran pulmones podridos.

ANTONIO: O como si lo perfumara un pantano.

CONSEJERA: Por favor, aquí se halla todo cuanto es sutil a la vida.

ANTONIO.: Cierto, salvo los medios de vivir.

SEBASTIÁN: De esos hay pocos o ninguno.

CONSEJERA: ¡Miren! ¡Qué espesa y robusta parece la hierba! ¡Qué verde!


SEBASTIÁN: No, se contenta con alterar completamente la verdad.

CONSEJERA: Pero hay algo extraño, casi increíble... Nuestra ropa, a pesar de haberse mojado. Está
como nueva, recién lavada en vez de impregnada de agua salada. Nuestros vestidos me
parecen ahora tan lozanos como cuando nos los pusimos por vez primera en África, en las
bodas de Claribel, la bella hija del rey, con el monarca de Túnez.

ALONSO: Callen ya. Ustedes cansan mis oídos con palabras y conversaciones tontas. ¡Ojalá no
hubiera casado allí nunca a mi hija! Porque a mi regreso he perdido a mi hijo, y presumo
que a ella también, ahora está demasiado lejos de Italia para que pueda volver a verla.
¡Oh, mi heredero de Nápoles y de Milán! ¿a qué extraño pez has servido de alimento?

FRANCISCO: Señor, es posible que esté vivo. He visto como intentó domar las olas y nadando llegar
hasta usted. Su hijo es valiente, bravo y audaz. No dudo que haya llegado vivo a la orilla.

ALONSO: ¿Estás seguro de que lo viste? Tus palabras alimentan mi esperanza.

SEBASTIÁN: Señor, tú eres responsable de pérdida. No quisiste conceder a Europa el honor de tu hija;
preferiste perderla, entregándosela a un africano ¿y ahora encuentras justos motivos para
llorarla?

ALONSO: Silencio, te lo suplico.

SEBASTIÁN: Nos hemos arrodillado ante ti e importunado con nuestras súplicas; Hasta ella misma, tu
bella hija tuvo que poner en la balanza su aversión y su obediencia. Es verdad, temo que
hemos perdido a vuestra hija para siempre. Pero más viudas ha hecho a Milán y a Nápoles
esta expedición ¿Qué hombres devolveremos para consolarlas? Y la culpa de eso es solo
tuya.

ALONSO: Y yo soy quien experimento la más cruel pérdida.

CONSEJERA: Señor Sebastián, un poco de piedad. Usted está profundizando la herida, cuando debiera
curarla. (A Alonso) El tiempo es desagradable para todos nosotros cuando usted luce un
aspecto sombrío.

SEBASTIÁN: ¿Tiempo desagradable?

ANTONIO: Sumamente desagradable.

CONSEJERA: Si hubiera que colonizar esta isla, Señor...

ANTONIO: La sembraría de ortigas

SEBASTIÁN: O de zarzas o malvas.

CONSEJERA: (A Sebastián y Antonio) Si yo gobernara este lugar, ¿saben lo que haría?

SEBASTIÁN: Prohibirías la embriaguez, porque no hay vino.

CONSEJERA: En mi república dispondría todas las cosas al revés de cómo se estilan. Porque no
admitiría comercio alguno, ni nombre de magistratura; no se conocerían las letras; nada
de ricos, pobres y uso de servidumbre; nada de contratos, sucesiones, límites, áreas de
tierra, cultivo, viñedos, no habría metal, trigo, vino ni aceite; no más ocupaciones; todos,
absolutamente todos los hombres estarían libres de trabajo; y las mujeres también, que
además serían castas y puras; nada de soberanía.
Todas las producciones de la Naturaleza serían en común, sin sudor y sin esfuerzo. La
traición, la felonía, la espada, la pica, el puñal, el mosquete o cualquier clase de súplica,
todo quedaría suprimido, porque la Naturaleza produciría por si misma con la mayor
abundancia, lo necesario para mantener a mi pueblo inocente.

SEBASTIÁN: ¿Nada de casamientos entre sus vasallos?

ANTONIO: ¿Ninguno? Sería una república de holgazanes, putas y bribones.

CONSEJERA: Gobernaría con tal acierto, señor, que eclipsaría la Edad de Oro.

SEBASTIÁN: (Burlándose) ¡Dios guarde a Su Majestad!

ANTONIO: (Burlándose también)¡Viva nuestra sabia consejera!

ALONSO: No más, te lo ruego. Para mí es como si no dijeras nada.

CONSEJERA: Creo fielmente en su Alteza, y si hablé así fue para aprovechar la ocasión de demostrar a
estos caballeros, cuyos pulmones son de tan sensible disposición, que siempre ríen por
nada.

ANTONIO: ¡Guau! ¡Pero qué golpe el que nos ha dado!

SEBASTIÁN: ¡Lástima que no haya dado en falso!

CONSEJERA: Son caballeros de fino temple. Sin duda sacarían la luna de su órbita, si permaneciera
cinco semanas sin cambiar.

Entra ARIEL, invisible, oyéndose música solemne.

SEBASTIÁN: Efectivamente, y después iríamos a cazar murciélagos a la luz de las antorchas.

ANTONIO: Vaya, mi dama, no os incomodéis.

CONSEJERA: No se preocupen. No voy a aventurar mi discreción tan tontamente. ¿Les place reír
mientras duermo? Porque siento una pesadez en la cabeza.

ANTONIO: Duerma pues, bella dama.

(Todos duermen, menos ALONSO, SEBASTIÁN y ANTONIO.)

ALONSO: ¡Cómo! ¡Qué pronto se han quedado dormidos! Desearía que, al cerrarse mis ojos, lo
hicieran también mis pensamientos
SEBASTIÁN: Descanse señor. Rara vez se dispone a visitar al dolor, y cuando se consiente, reconforta.

ANTONIO: Nosotros dos, señor, guardaremos de su persona mientras descansa.

ALONSO: Se los agradezco. ¡Extraña pesadez!...

(ALONSO duerme. Sale ARIEL.)

SEBASTIÁN: ¡Qué singular letargo se apoderó de ellos!

ANTONIO: Debe ser efecto del clima.

SEBASTIÁN: ¿Por qué, entonces, no cierra él nuestros párpados? La verdad, no podría dormir ahora.

ANTONIO: Ni yo; mi espíritu está inquieto. ¡Qué ocasión, noble Sebastián!... ¡Oh, qué ocasión!... ¡Y
sin embargo, me parece leer en tu rostro lo que podría ser!... La ocasión te llama, y mi
imaginación ve bajar una corona sobre tu cabeza.

SEBASTIÁN: ¡Cómo! ¿Estás despierto?

ANTONIO: ¿No me oyes hablar?

SEBASTIÁN: Sí, ¿Qué estás diciendo? ¿Por quién me tomas? Déjame dormir.

ANTONIO: Noble Sebastián, dormir o más bien dejar morir tu suerte. Escucha lo que tengo para
decir, que te hará tres veces más grande.

SEBASTIÁN: Explícate.

ANTONIO: Aunque el noble Francisco haya medio persuadido al rey de que su hijo vive, es tan
imposible que no esté ahogado, como que nade esa mujer que aquí duerme.

SEBASTIÁN: Es verdad, no tengo la menor esperanza de que mi sobrino se haya salvado.

ANTONIO: ¡Oh! Esa falta de esperanza, ¡cuánto debe acrecentar sus esperanzas! No tener esperanzas
por ese lado es tenerlas muy altas por el otro, que la misma ambición no sabría explicarlas
con la esperanza de que se realicen. ¿Estás de acuerdo conmigo entonces en que Fernando
se ahogó?

SEBASTIÁN: Está muerto.

ANTONIO: Entonces, dime: ¿Quién es el heredero más inmediato de la corona de Nápoles?

SEBASTIÁN: Claribel.

ANTONIO: Ella, la reina de Túnez, que reside diez leguas más allá de la vida del hombre; que para
recibir noticias de Nápoles necesita, a no ser que se le ofrezca el Sol por mensajero, el
tiempo preciso para que un recién nacido pueda tener barba y rasurarse. Ella, que ha sido
causa de que nos hayamos sumergido todos, excepto algunos que tuvimos la suerte de
salvarnos, destinados a representar un acto cuyo prólogo ha finalizado ya y cuyo
desenlace depende de lo que decidas.

SEBASTIÁN: ¿Qué es lo que estás proponiendo?... Cierto que la hija de mi hermano es reina de Túnez;
cierto es también, que es la heredera del trono de Nápoles y claro está que hay cierto
espacio entre las dos regiones.

ANTONIO: Un espacio que cada legua de distancia acrecienta la pregunta: ¿Cómo podría Claribel
tomar y gobernar Nápoles? ¡Que permanezca ella en Túnez! ¡Despierta Sebastián!...
¡Digo! Si la muerte se hubiera apoderado de todos ellos ¿No estarían acaso mejor de
cómo se encuentran ahora? Alguien tendría que gobernar Nápoles tan bien como el que
duerme. ¡Oh! ¡Si pudieras leer mis pensamientos! ¡Cuánto ayudaría yo a cumplir ese
sueño de verte ascender con una corona en tu cabeza!

SEBASTIÁN: Recuerdo muy bien todo aquello que hiciste para suplantar a tu hermano Próspero.

ANTONIO: Cierto, y ve cuán bien me sienta la vida ahora. Mucho mejor que antes. Los servidores de
mi hermano son mis súbditos.

SEBASTIÁN: Pero tu conciencia...

ANTONIO: ¡Bah, señor! ¿Dónde yace esa? no siento en mi pecho esa deidad. ¡Veinte conciencias que
se interpusiesen entre Milán y yo se calcinarían y derretirían antes de dirigirme el menor
reproche! Ahí está tendido vuestro hermano. No valdría más que la tierra sobre que
descansa, si fuera lo que parece ahora, que está dormido; a quien yo, con este dócil acero,
Puedo mandarle dormir para siempre; mientras tu imitándome puedes sumir en silencio
eterno. En cuanto a la vieja consejera que no aprobaría nuestra conducta el final tendría
que ser el mismo. Y de esos dos no había que preocuparse, pues se inclinarían ante la
tentación.

SEBASTIÁN: Tu caso, querido amigo, me servirá de precedente. Como ganaste a Milán ganaré yo a
Nápoles.

ANTONIO: Vamos entonces, cuando alce mi diestra sobre el rey, imítame y ponle fin a la vida de esa
desagradable mujer.

Se mueven por el espacio para concretar el plan.


Música. Vuelve a entrar ARIEL, invisible.

ARIEL: (Al oído de la CONSEJERA) Mi dueño, gracias a su arte, ha previsto el peligro que corres
y me manda a salvarte la vida, pues de otro modo fracasaría su proyecto.

¡Ojo alerta!
la traición está buscando su instante.
Si os inquietáis por la vida.
¡Despertad!
¡Despertad!

ANTONIO: (Desenvaina.) Es hora de tomar lo que nos corresponde.

CONSEJERA: (Despierta) ¡Alto ahí! ¡No den un paso más! ¡Despierten, defiendan al rey!
ALONSO: ¿Qué ocurre? ¿Por qué han desenvainado su espada?
¿Qué significan estas siniestras miradas?

CONSEJERA: ¿Qué está pasando?

SEBASTIÁN: Mientras ustedes dormían, hemos escuchado un rugir como de toros o más bien de leones.
¿No lo escucharon ustedes? Han retumbado en nuestros oídos.

ALONSO: No he oído nada.

ANTONIO: Era un sonido muy fuerte, casi aterrador. Seguramente se trataba de una manada de
leones.

ALONSO: (A la consejera) ¿Tú los oíste?...

CONSEJERA: La verdad es que, oí un zumbido, algo extraño que me despertó. Por eso grité, y cuando
abrí los ojos, vi sus espaldas en el aire... Lo mejor es que nos mantengamos en guardia o
que salgamos de aquí.

ALONSO: Tienes toda la razón, alejémonos de aquí y busquemos a mi pobre hijo. Vamos. (Salen)

ARIEL: Próspero, mi señor, sabrá lo que aquí ha ocurrido.

ESCENA II
Otra parte de la isla

Entra CALIBÁN con una carga de leña. Se oyen ruidos de truenos

CALIBÁN: ¡Que todos los miasmas que absorbe el sol de los pantanos, barrancos y aguas estancadas
caigan sobre Próspero y le hagan morir a pedazos!

(ARIEL pasa invisible y lo escucha)

Sus genios no hacen más que molestarme. Pero es él quien lo ordena. Esta es mi
oportunidad de liberarme, tendré que buscar a esos hombres que ahora habitan esta isla.
Ellos pondrán fin a la vida de mi amo.
No haré más estacadas para los peces; ni buscaré para él el fuego cuando me mande, ni
fregaré la vajilla de madera, ni lavaré más los platos.

ARIEL: Esto también lo sabrá mi amo.


ACTO TERCERO
ESCENA I

Ante la gruta de Próspero


Entra FERNANDO, llevando un leño

FERNANDO: Hay algunos juegos que son penosos y cuya fatiga les presta mayor atractivo. Ciertas
humillaciones pueden soportarse noblemente, y los procedimientos más mezquinos
inducir a los más ricos fines. Esta baja ocupación sería para mí tan insoportable como
odiosa; pero la amada a quien sirvo la vivifica de modo que transforma mis trabajo en
placeres. ¡Oh! Ella es diez veces más gentil que su padre, desabrido y lleno de asperezas.
Mi dulce dueña con sus delicados pensamientos refresca mis fatigas y cuanto más dura es
mi tarea, más fácil me parece.

Entra Miranda, y Próspero la sigue de lejos.

MIRANDA: Te lo ruego, no te esfuerces tanto. Quisiera que un rayo hubiese consumido esos troncos
que ordenas. Por favor, déjalos y descansa.. Mi padre está concentrado en su estudio. Te
lo suplico; descansa. No aparecerá por unas tres horas.

FERNANDO: ¡Oh mi amada! Él sol ocultará antes que yo termine mi faena.

MIRANDA: Siéntate un momento, mientras tu descansas yo seguiré ordenando, esos leños. Dame este,
te lo suplico; yo te ayudo.

FERNANDO: ¡No, preciosa criatura! Prefiero romperme los nervios, quebrarme los riñones, antes de
verte entregada a tan humillante tarea, y yo cruzado de brazos.

MIRANDA: La soportaría tan bien como tu y la cumpliría con mucha más facilidad. Pues es el amor
quien me guía.

PRÓSPERO: (Aparte) ¡Pobre niña! Estás envenenada.

MIRANDA: Pareces cansado.

FERNANDO: Nada de eso, para mí es una fresca alborada cuando estas a mi lado en la noche. Dime, te
lo ruego. ¿cuál es tu nombre?

MIRANDA: Miranda... ¡Oh padre mío, acabo de desobedecerte revelándolo!

FERNANDO: ¡Bella Miranda!¡Digna de lo que el mundo atesora de más sublime! He contemplado con
los mejores ojos a muchas damas, y la armonía de su voz ha cautivado con frecuencia mi
condescendiente oído; en diversas mujeres he estimado diversas cualidades, pero nunca a
pleno corazón, pues algún defecto deslucía siempre la virtud más noble. Pero tu... ¡Tan
perfecta, tan incomparable, fuiste formada con lo mejor de cada criatura!

MIRANDA: No recuerdo a nadie de mi sexo. No recuerdo las facciones de mujer alguna, salvo las
mías, que mi espejo ha reflejado, ni he visto entre los que puedo llamar hombres más que
a ti, buen amigo, y a mi querido padre. De cómo están formados los demás, no tengo la
menor idea. Pero, por mi pureza y la joya de mi dote, no desearía en el mundo ningún otro
compañero sino tu. Pero hablo ligeramente contigo y olvido las recomendaciones de mi
padre.

FERNANDO: Soy, por mi sangre, un príncipe, Miranda; y quizá un rey, ¡ojalá no lo sea! Esta esclavitud
en el bosque me disgusta más que si una mosca se posara en mis labios... Pero he oído
hablar a mi corazón. Desde el instante mismo en que te vi, mi corazón está a tu servicio;
allí reside el hecho de ser esclavo, y por afecto a tu persona me hallo convertido en este
dócil leñador.
MIRANDA: ¿Me amas?
FERNANDO: ¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Sed testigos de mis palabras y coronad mis deseos de un éxito
feliz si soy sincero! ¡De lo contrario, la gloria que me está destinada se transforme en un
infortunio! ¡Te amo, te honro y te venero por encima de los límites asignados al mundo y
al universo!

PRÓSPERO: (Aparte) ¡Hermoso encuentro de dos cariños extraordinarios! ¡Llueva el cielo sus dones
sobre el amor que en ellos germina!

FERNANDO: ¿Por qué lloras?

MIRANDA: Por mi indignidad, mi afección busca encubrirse, tanto más revela su alcance. ¡Inspírame,
ingenua y santa inocencia! Seré tu esposa, si quieres desposarte conmigo. De lo contrario,
moriré virgen por tu amor. Puedes rechazarme por compañera; pero seré tu esclava, lo
quieras o no.

FERNANDO: ¡Serás mi soberana, señora, y yo seré, como en el presente, tu humilde servidor.

MIRANDA: ¿Mi esposo, entonces?

FERNANDO: Sí, con tan gozoso corazón como el esclavo gusta de la libertad. He aquí mi mano.

MIRANDA: Y la mía, con el corazón adentro. Y ahora debo decirte adiós, por media hora.
(Salen FERNANDO y MIRANDA por diversos lados.)
ESCENA II
Otra parte de la isla

Entran ALONSO, SEBASTIÁN, ANTONIO, GONZALO, ADRIÁN, FRANCISCO


.
CONSEJERA: Por Nuestra Señora, no puedo ir más lejos, señor. Mis viejos huesos están molidos. ¡Este
es, verdaderamente, un inmenso laberinto, entre caminos unas veces rectos y otras
sinuosos. Con su permiso, necesito descansar.

ALONSO: Está bien, yo mismo estoy cansado. Sentémonos y reposemos. Debo asumir que a quien
buscamos se ahogó. Es mejor que renuncie aquí a toda mi esperanza y rechace sus
halagadoras ilusiones.

ANTONIO: (Aparte, a SEBASTIÁN.) Me alegro que pierda sus esperanzas. No habrá usted olvidado,
por un fracaso, el proyecto que había decidido ejecutar.

SEBASTIÁN: (Aparte, a ANTONIO.) Aprovecharemos la primera ocasión favorable.

ANTONIO: (Aparte, a SEBASTIÁN) Esta noche. Hallándose ahora fatigados por el viaje, no querrán,
ni podrán emplear tanta vigilancia como cuando están descansados.

SEBASTIÁN: (Aparte, a ANTONIO.) Esta noche se hará.

Extraña y solemne música. PRÓSPERO, en lo alto, invisible, domina la escena. Entran por distintos
lados varias Figuras caprichosas, que traen preparado un banquete. Danzan en torno de la mesa con
gentiles ademanes de salutación, e invitando al Rey y a los demás personajes a comer, desaparecen.

ALONSO: ¿Qué armonía es esta?

CONSEJERA: ¡Música maravillosamente dulce!

ALONSO: ¡Cielos, otorgadnos poderosos guardianes! ¿Qué seres son estos?

CONSEJERA: Si yo contase en Nápoles este espectáculo, nadie me creería


¿Si les dijera que he visto a los habitantes de esta isla, que, a pesar de sus formas extrañas,
sus modales son más finos que los de la mayoría de los hombres de nuestra generación?

PRÓSPERO: (Aparte) Hablaste bien, honorable señora, pues algunos de los aquí presentes son peores
que demonios.

ALONSO: No he acabado de asombrarme de esas figuras, de esos gestos, de esos sonidos que, sin
auxilio de la palabra, formaban una especie de lenguaje mudo y expresivo.
PRÓSPERO: (Aparte.) Reserva el elogio para el final (Salen las mujeres).

FRANCISCO: ¿a dónde se han ido?

SEBASTIÁN: No importa, han dejado la comida. Y tenemos hambre, ¿les placería probar estos
manjares?

ALONSO: No, por mi parte.

CONSEJERA: Señor, por favor. No es necesario aumentar el sufrimiento que ya siente.

ALONSO: Está bien, voy a sentarme y comer. Hermano, señora, duque, acercaos también y
alimentaos también.

Truenos y relámpagos. Entra ARIEL con sombrío aspecto, luego de un gesto de ella, habrán relámpagos y
desaparecerá la comida.

ARIEL: (A ALONSO, SEBASTIÁN Y ANTONIO) Son ustedes tres unos pecadores, que el
Destino ha vomitado del insaciable océano sobre esta isla, donde ningún hombre debe
habitar, pues que entre los hombres son indignos de vivir.
(Viendo a ALONSO, SEBASTIÁN etc., tirar de las espadas.) ¡Con ese mismo valor los
hombres se ahorcan o se ahogan! ¡Insensatos! Yo y mis compañeros somos los ministros
del Destino. Aunque tratéis de herirnos, vuestros aceros son ahora demasiado pesados
para sus fuerzas y no conseguirán levantarlos. Pero recuerden, que ustedes tres
suplantaron de Milán al virtuoso Próspero; que a él y a su inocente hija los lanzaron al
mar, que ahora los castiga. El destino puede demorar, pero no olvida nunca y han
amotinado los mares, las riberas y las criaturas todas contra vuestra paz. A ti, Alonso, te
han privado de tu hijo; y ellos (señalando a SEBASTIÁN Y ANTONIO) te traerán una
lenta destrucción, peor que cualquier clase de muerte que te seguirá paso a paso a
cualquier lado donde vayas. Pero puede, para preservaros de su furia puedes arrepentirte
desde el corazón y llevar, de ahora un adelante, una vida inmaculada.

PRÓSPERO: (Aparte.) Has tomado admirablemente la forma de la arpía, mi Ariel. Poseías gracia en
medio de tu ferocidad. Nada has omitido de mis instrucciones en tus palabras. Gracias a t
mis encantos irresistibles obran, y mis enemigos son prisioneros del delirio. Ahora están
en mi poder, y los deja en su frenesí, mientras visito al joven Fernando, a quien suponen
ahogado, y a su amada, que también es la mía. (Desaparece arriba.).

CONSEJERA: Por todo lo más sagrado, señor, ¿por qué permanecemos en este extraño éxtasis?

ALONSO: ¡Es monstruoso! ¡Definitivamente Monstruoso! ¡Me pareció que la voz en las ondas me
hablaba reprochándomelo!... ¡Que lo cantaban los vientos!... ¡Que el trueno, órgano
profundo y terrorífico, pronunciaba el nombre de Próspero, y que con broncos acentos
relataba mi crimen! ¡Mi hijo descansa en el limo del mar! Voy a buscarlo a las
profundidades donde nunca penetró la sonda y a sepultarme en el fango con él! (Sale.)

SEBASTIÁN: ¡Que salga un solo demonio y lo retaré a combate a él y a sus legiones!

ANTONIO: ¡Seré tu segundo! (Salen SEBASTIÁN y ANTONIO)

CONSEJERA: Los tres se hallan desesperados. Su inmenso crimen, a semejanza de esos venenos que
sólo obran mucho tiempo después, comienza ahora a agitar sus espíritus... (A ADRIAN)
Le ruego, que los siga rápidamente y los cuide de las consecuencias que puede ahora
inducirlos semejante frenesí.

ADRIÁN: No se preocupe, yo me ocuparé de ellos. (Salen).

ACTO CUARTO

ESCENA ÚNICA

Ante la gruta de Próspero

Entran PRÓSPERO, FERNANDO y MIRANDA

PRÓSPERO. Si te he castigado con demasiada severidad, el precio que recibes repara


largamente tus fatigas. Todas las vejaciones que te he impuesto eran para
probar tu amor, y has salido maravillosamente de la prueba.
Recibe pues, a mi hija como un presente mío y como una adquisición que
dignamente has conquistado.

FERNANDO. Y yo la recibo y espero que semejante amor me proporcione días


tranquilos, una hermosa descendencia y una dilatada vida.

PRÓSPERO. Bien dicho. Entonces, siéntate y habla con ella. Te pertenece...


¡Eh, Ariel! ¡Mi ingeniosa servidora Ariel!

Entra ARIEL

ARIEL. ¿Qué desea mi poderoso dueño? Aquí estoy.

PRÓSPERO. Tú y los compañeros a quienes mandas han ejecutado de maravilla mis


últimas órdenes, y tengo necesidad de sus servicios para otra empresa
semejante. Trae a la turba de genios sobre la cual te he dado poder;
incítalos a ponerse en movimiento, pues tengo que ofrecer a los ojos de
esta joven pareja una manifestación de mi arte.
ARIEL. ¿En seguida?

PRÓSPERO. En un abrir y cerrar de ojos.

PRÓSPERO se acerca nuevamente a Fernando y Miranda. Suena MÚSICA para las genios.

Entra IRIS

Ceres, benéfica diosa, deja tus fértiles campos de centeno,

cebada, arveja, avena y guisantes;

tus montes encrespados, donde pastan los corderos,

y las amplias praderas de mala hierba,

tus bancales bordeados de peonías y lirios

que el esponjoso abril hace brotar a tu mandato,

La reina del cielo de quien soy

el arca líquida y la mensajera.

Te ordena que lo abandones todo y con tu gracia soberana,

aquí, sobre este musgo,

en este mismo sitio vengas y retoces.

Sus pavos reales avanzan vigorosamente.

Acércate, rica Ceres, para recibirla

Entra CERES

¡Salve, mensajera de mil colores, que jamás desobedeciste a la mujer de Júpiter;

que con tus alas de azafrán, sobre mis flores

esparces gotas de miel, lluvias refrescantes; y

con cada extremo de tu arco azul coronas


mis setos vallados y mis planicies sin vegetación,

rica franja de mi orgullosa tierra! ¿Por qué tu reina

me invita de tan lejos a este césped de musgo corto?

IRIS

Para celebrar un enlace de verdadero amor

Y recompensar libremente con alguna donación

A los bendecidos amantes.

CANCIÓN. IRIS Y CERES SE ALTERNAN EN LA DECLAMACIÓN DE LOS VERSOS.


DANZAN

¡Honor, riqueza, unión bendita,

larga vida y progenitura

os circunden alegres, hora a hora,

Juno canta sus bendiciones sobre vosotros.

¡Que los frutos de la tierra, la abundancia,

vuestras granjas y graneros nunca se vean vacíos;

que se acrecienten las viñas con los racimos compactos;

que se curven las plantaciones bajo el peso de su rendimiento;

que la primavera llegue para vosotros lo más tarde al final de la cosecha!

¡Que la escasez y la necesidad no os aflijan nunca!

Tales son nuestras bendiciones.

(IRIS Y CERES continúan danzando)


PRÓSPERO. (Aparte.) ¡Había olvidado la horrible conspiración del bruto de Calibán!
(A los Espíritus) ¡Está bien! ¡Partan ya! ¡Basta! (Salen IRIS Y CERES)

FERNANDO. - ¡Es extraño! Tu padre se encuentra bajo el influjo de alguna emoción


que le inquieta fuertemente.

MIRANDA. Nunca hasta hoy le he visto presa de una irritación tan desordenada.

PRÓSPERO. Pareces emocionado, hijo mío; como si algo te perturba. Tranquilízate,


estas actrices, eran espíritus y se han disipado en el aire.
Señor, me encuentro contrariado. Perdona mi debilidad. Si lo tienen a
bien, retírense a mi gruta y descansen. Daré un paseo para aplacar la
agitación de mi ánimo.

MIRANDA. Que encuentres tranquilidad. (FERNANDO Y MIRANDA Salen.)

PRÓSPERO. (A FERNANDO y MIRANDA.) Gracias.


¡Ven Ariel!.

Entra ARIEL

ARIEL. ¿Qué deseas?

PRÓSPERO. Debemos prepararnos para hacer frente a Calibán. Por la rebelión que me
informaste.

ARIEL. Calibán está vagando por la isla buscando a estos hombres para vengarse
de mi amo, pero yo no he permitido que los encuentre.

PRÓSPERO. Ve a buscarlo y dile que ya sé de su traición.

ARIEL. Sí, mi dueño.

ACTO QUINTO
ESCENA ÚNICA

Ante la gruta de Próspero

Entran PRÓSPERO, con su vestido mágico y ARIEL


PRÓSPERO. Mi proyecto va tocando ahora a su fin. Dime, genio mío,
¿cómo se hallan el rey y sus compañeros?

ARIEL. Encerrados juntos, tal y como me lo ordenaste. No les es posible


escaparse hasta que les otorgues la libertad. El rey, su hermano y el tuyo,
están los tres entregados a la desesperación. También la vieja consejera,
las lágrimas le corren a lo largo de su rostro. Tus hechizos han obrado
tan fuertemente, que, si ahora los contemplaras, sentirías compasión.
Yo me apiadaría de ellos, si fuese humana.

PRÓSPERO. Es lo que voy a hacer. Tú, que no eres más que aire, sientes compasión,
¿crees que no he de compadecerme como tú? Aunque herido en el alma
por sus crueles maldades, mi noble corazón sabrá perdonar. Ya que ellos
se arrepienten, he llegado al fin de mi proyecto.
Anda, ponlos en libertad. Romperé mis encantos, restituiré su corazón y
los devolveré a sí mismos.
Más mérito tendré en la virtud que en la venganza.

ARIEL. Voy a buscarlos, señor. (Sale.)

PRÓSPERO. (Música solemne) He oscurecido el sol a mediodía, he despertado los


vientos y levantado una guerra rugiente entre el verdoso mar y el cielo.
Aquí renuncio a mi negra magia; y cuando haya conseguido que mi
hechizo obre sobre los sentidos de esos hombres, romperé mi varita
mágica, la sepultaré muchas brazas bajo tierra, y a una profundidad
mayor sumergiré mi libro.

Entra de nuevo ARIEL. Detrás, ALONSO, haciendo muecas frenéticas, seguido de la


CONSEJERA. Luego SEBASTIÁN y ANTONIO, de igual suerte, acompañados de ADRIÁN
y FRANCISCO. Todos penetran en un círculo trazado por PRÓSPERO, y en él permanecen
bajo el encanto. PRÓSPERO los contempla y habla.

PRÓSPERO Voy a cambiar de vestidos y a presentarme como era en otro tiempo en


Milán.

ARIEL, cantando, ayuda a PRÓSPERO a vestirse.

PRÓSPERO. ¡Gracias, mi gentil Ariel! ¡Mucho habré de echarte de menos; porque


serás libre! Corre al navío del rey, invisible como estás. Allí encontrarás
a los marineros durmiendo bajo las escotillas. Una vez despiertos el
capitán y el contramaestre, condúcelos aquí y lo más rápidamente
posible, te lo ruego. (Sale Ariel)

(Despiertan todos)
PRÓSPERO. (Al REY ALONSO) ¡Contempla, soberano rey, a Próspero, el ultrajado
duque de Milán! Para mayor seguridad de que es un príncipe viviente
quien te habla, te estrecho en mis brazos y te doy una cordial bienvenida
a ti y a tus compañeros.

ALONSO. Si lo eres o no, o alguna forma encantada para abusar de mí, como ya he
observado, lo ignoro...pero si esto verdaderamente ha sucedido, es una
extraña historia y te ruego me perdones mis faltas... Pero ¿cómo es
posible que Próspero viva y esté aquí?

PRÓSPERO. (A LA CONSEJERA) Virtuosa CONSEJERA, ¡honorable dama, déjame


estrechar tu vejez, cuyo honor no puede medirse! Fuiste mi verdadera
salvadora, quiero pagar tu sacrificio al retorno, ¡así en palabras como en
obras!

CONSEJERA. Será esto o no un sueño, no podría jurarlo.

PRÓSPERO. Te encuentras aún bajo ciertas fascinaciones de la isla, lo que te impide


creer en la realidad de las cosas... ¡Sean todos bienvenidos, amigos!...
(Aparte, a SEBASTIÁN y ANTONIO) ¡Tú, mi carne y mi sangre, mi
hermano, que con Sebastián quisiste aquí asesinar al rey, si quisiera
podría desenmascararlos como traidores; pero por el momento, ¡nada he
de contarle al rey!

SEBASTIÁN. (Aparte). El diablo habla por él.

PRÓSPERO. No... (A ANTONIO) Respecto a ti, el más malvado de todos, a quien no


podría llamar hermano sin infectar mi boca, te perdono tu más negra
infamia, todas las infamias, y reclamo de ti mi ducado, que estarás, según
creo, dispuesto a devolverme.

ALONSO. Si eres Próspero, claro que se restituirá tu ducado, pero antes, danos
detalles de tu salvación. Cuéntanos cómo nos has hallado aquí a
nosotros, que naufragamos sobre esta ribera, donde he perdido, a mi
querido hijo Fernando.

PRÓSPERO. Lo siento, señor.

ALONSO. La pérdida es irreparable, y la paciencia me dice que nada la puede calmar.

PRÓSPERO. Te entiendo. Porque yo he perdido a mi hija.

ALONSO. ¿Una hija? ¡Oh cielos! ¡Que no estuvieran ambos, vivos, en Nápoles, y
fuesen allí el rey y la reina! Por ello desearía hallarme sepulto en el
fangoso lecho donde descansa mi hijo. ¿Cuándo has perdido a tu hija?

PRÓSPERO. En la última tempestad.


Noto que estos señores se hallan estupefactos por el encuentro, pero
tengan por seguro que soy Próspero y el duque mismo que fue expulsado
de Milán, quien desembarcó de la manera más extraña en esta ribera
donde habéis naufragado.
Sea bienvenido, monarca. Esta gruta es mi corte. Ya que me has
restituido mi ducado, quiero indemnizarlos con un rico presente, que les
causará tanto placer como a mí tu restitución.

Aparecen FERNANDO y MIRANDA.

ALONSO. Si es también una visión de la isla, habré perdido dos veces a mi adorado
hijo.

SEBASTIÁN. ¡Es el milagro más portentoso!

FERNANDO. (Postrándose ante ALONSO) ¡Aunque los mares amenacen, ahora veo que
tienen misericordia! (se abrazan).

ALONSO. ¡Ahora, que todas las bendiciones de un padre venturoso te circundan!


Levántate y dime cómo estás aquí.

MIRANDA. ¡Oh prodigio! ¡Qué arrogantes criaturas son estas! ¡Bella humanidad! ¡Oh
espléndido mundo nuevo, que tales gentes produce!

ALONSO. ¿Quién es esta joven?

FERNANDO. Señor, ella es mortal; pero por una inmortal Providencia, es mía. La elegí
cuando no podía solicitar de ti el consentimiento. Es hija de este famoso
duque de Milán, de quien oí hablar tantas veces, pero a quien no conocí
hasta ahora; de quien he recibido una segunda vida y a quien considero
mi segundo padre por esa joven.

CONSEJERA. ¡Oh dioses, inclinen sus miradas y esparzan sobre esta pareja una corona
de bendiciones!

ALONSO. Yo digo amén, sabia amiga.

CONSEJERA. ¡Que nuestras alegrías rebasen las alegrías ordinarias y escríbase esto en
letras de oro sobre columnas imperecederas! En nuestro viaje, Claribel ha
encontrado marido en Túnez, y Fernando, una esposa donde él se había
perdido; Próspero, su ducado en una isla miserable; y todos nosotros, a
nosotros mismos, cuando ningún hombre se pertenecía.

ALONSO. (A FERNANDO y MIRANDA.) ¡Denme las manos! ¡Que las tristezas y el


pesar aprieten el corazón de los que no deseen su ventura!

CONSEJERA. ¡Así sea! ¡Amén!

Vuelve a entrar ARIEL con el CAPITÁN y el CONTRAMAESTRE, que le siguen, dando


señales de estupefacción.

¡Oh mirad, señor! ¡Mirad, señor! He ahí más de los nuestros.


¿Qué hay de nuevo?

CAPITÁN. La mejor novedad es que hemos hallado sanos y salvos al rey y a su


comitiva. La otra es que nuestra nave, que hace tres arenas creímos hecha
pedazos, se halla intacta y provista de todos sus aparejos como la primera
vez que nos hicimos a la mar.

ALONSO. Estos acontecimientos no son naturales. Díganme, ¿cómo han venido


aquí?

CONTRAMAESTRE. Si creyera, señor, estar bien despierto, procuraría contárselo. Estábamos


muertos de sueño, y, cómo, es lo que ignoramos, aprisionados bajo las
escotillas, cuando, de repente, unos ruidos tan extraños como diversos, de
rugidos, gritos, ladridos, choque de cadenas y toda clase de alborotos
horribles, nos despertaron. Acto seguido nos encontramos en libertad, y
volvimos a ver, en su posición, aparejado, nuestro real, excelente y
arrogante navío. Nuestro capitán, ha brincado de alegría, y en un abrir y
cerrar de ojos, como en un sueño, nos hemos visto conducidos aquí,
todos aturdidos.

ALONSO. Esto es lo más asombroso que le haya ocurrido a algún hombre, y hay
en todo este asunto algo más de lo que corresponde a las vías de las
Naturaleza. Será preciso un oráculo para rectificar nuestro
pensamiento.

PRÓSPERO. Señor, soberano mío, no te tortures pretendiendo buscar una causa.


(Aparte, a ARIEL) Ven aquí, espíritu. Libera a Calibán. Tráelo aquí.
(Sale ARIEL y entra CALIBÁN)

ALONSO. (Señalando a CALIBÁN.) ¡Es el ser más extraño que he visto en mi vida!

PRÓSPERO. Sus costumbres son tan monstruosas como su figura. Sin embargo, estoy
decidido a liberarlo hoy (A CALIBÁN) Ve a mi gruta. Si quieres obtener
mi perdón y tu libertad, arréglala cuidadosamente y atiende a mis
invitados.

CALIBÁN. Sí, lo haré, y desde hoy en adelante seré más razonable y buscaré su
complacencia.

PRÓSPERO. ¡Vamos, aprisa! (AL REY) Señor, invito a su Alteza y a su séquito a mi


humilde gruta, donde podrán descansar esta noche. Te contaré la historia
de mi vida, los accidentes particulares sucedidos desde mi llegada a esta
isla; y a la madrugada los conduciré a su navío y luego a Nápoles, donde
espero presenciar las bodas solemnes de nuestros jóvenes enamorados. Y
en seguida me retiraré a Milán.

ALONSO. Me impaciento por escuchar la historia de tu vida, que resonará


maravillosamente en mis oídos.

PRÓSPERO. Te lo relataré todo. Y te prometo una mar tranquila, viento favorable y


velas tan rápidas que pronto habrán alcanzado al resto de su flota...
(Aparte, a ARIEL.) Mi Ariel, mi espíritu servicial. ¡Recobra tu libertad
inmediatamente, y adiós! (Salen todos, menos CALIBÁN Y ARIEL)

ARIEL Somos libres, ¿qué harás ahora?

CALIBÁN ¿Libres? (se encoge de hombros)

ARIEL Esta isla ahora será tu feudo, puedes hacer lo que te plazca.

(Se retiran en direcciones distintas)

EPÍLOGO. (Recitado por PRÓSPERO)

Ahora quedan rotos mis hechizos

y me veo reducido a mis propias fuerzas,

he recobrado mi ducado

y perdonado al traidor,

en esta desierta isla

me he librado de mi propia prisión


FIN

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