ALIENÍGENAS
AMERICANOS
La historia extraterrestre
de nuestro continente
I parte
Alienígenas ancestrales
LA HUELLA DE LOS DIOSES
Lo llaman el gran dios extraterrestre de Chile. Un geoglifo
mucho más grande y enigmático que las líneas de Nazca, bas-
tante más conocidas. Según no pocos aficionados y estudiosos
del fenómeno ovni, este monumento es prueba de que en el pa-
sado los pueblos autóctonos del norte chileno fueron visitados
por extraterrestres.
Ubicado en la ladera noroeste del cerro Unita, el Gigan-
te de Atacama (también llamado Gigante de Tarapacá) es un
humanoide de 119 metros de largo, dato que lo convierte en
la figura de su tipo más grande del planeta, incluso que los
ya mencionados dibujos de Nazca, cuya mayor figura antropo-
mórfica no supera los treinta metros. La teoría más aceptada es
que corresponde a la imagen de un chamán yatiri, aunque otros
apuntan que representa al dios preincásico Tanupa-Tarapacá.
El monumento tendría una antigüedad aproximada de 900 a
1.450 años.
El colosal dibujo fue redescubierto en 1967 gracias a las ob-
servaciones del piloto de la Fuerza Aérea de Chile y ex coman-
dante en jefe de la institución, general —en retiro— Eduardo
Iensen Franke, quien estuvo acompañado del arqueólogo Dél-
bert True. Iensen también habría sido un apasionado investi-
gador arqueológico, y se cuenta que pasó gran parte de su retiro
buscando esta clase de figuras por el Norte Grande de Chile.
Trabajos de recuperación y limpieza realizados por expertos
permitieron regresarle nitidez y visibilidad a este conjunto de
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geoglifos. El investigador Criss Salazar lo describe a la perfec-
ción: «La figura, hecha con el retiro de piedras y técnicas de
calado en la superficie del terreno, se distingue mejor en ciertos
ángulos, ya que sus tremendas proporciones la delatan como
concebida para ser vista en plenitud solo desde el cielo, desde la
mirada de los dioses más que de los hombres.
»Es muy geométrica, basada en trazos rectos que forman la
estilizada silueta de un hombre con tocado de rayos o puntas y
rostro de aspecto “felino”, además de una especie de bastón o
báculo, y acompañado por detalles que sugieren que lleva pues-
tas plumas en las rodillas, insinuando con ello la alta jerarquía
del personaje. Probable retrato de un dios preincásico o de un
mago yatiri ejecutando su danza, hoy se debate si la figura del
Gigante representaría a una deidad de culto originalmente
tiahuanacota o colla. Para muchos sería el propio Viracocha
(dios creador), impresión sostenida por el tocado que lleva en
su cabeza y que también es muy parecido al que luce el Dios
Llorón de la Puerta del Sol de Tiahuanaco en Bolivia. Pero
otros la asocian más bien a la antigua entidad de Tunupa, que
tuvo por aquí parte de sus vastos dominios».
La lectura más recurrente sobre la identidad del personaje
es que se trata de Tunupa, también llamado Tunupa-Tarapacá.
Esta es una de las divinidades más antiguas de los aymarás
y guarda estrecha relación con otra figura mitológica: Tahua-
capac, Tarapacá. La leyenda cuenta que Tunupa viajó en un
“carro solar” controlando lluvias, rayos y tormentas, además de
civilizar pueblos e introducirlos en la cultura y el progreso. Este
misterioso personaje es tan antiguo que casi fue olvidado en la
tradición, aunque su culto persiste. Equivale a una especie de
profeta o enviado que algunos incluso superponen o asocian
como presencia suprema a la figura de Viracocha. Mas otros
mitos colocan a ambas deidades a veces como adversarios. Esto
quizás refleja un período de conflicto entre sus respectivos cul-
tos, pues hay señales de que el reinado mitológico de Viracocha
vino a asentarse sobre el de Tunupa, apoderándose de su vasta
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dispersión para acabar asimilándolo. De acuerdo al relato mí-
tico contado actualmente entre las comunidades sobre la crea-
ción del mundo, al comenzar la Edad Pacha Purisim, Tunupa
fue uno de los tres sobrevivientes de la era anterior, con los
que Viracocha refundaría la humanidad. Junto a Tahuacapac,
Tunupa fue escogido para recuperar el universo, viajando am-
bos a la isla del Sol del lago Titicaca. Hay otro giro a la identi-
dad del Gigante: simplemente apunta que el coloso es uno de
los gigantes de las estrellas que Viracocha invitó al mundo para
moldear los cerros. Cuando estos seres intentaron rebelarse, el
dios los transformó en volcanes, marcando el dibujo de uno de
ellos en el cerro Unita como recuerdo a los futuros hombres.
Por más de 54 años el Gigante ha alimentado la imaginación
de los amantes de los ovnis y del realismo fantástico, quienes
no quedan conformes con las explicaciones de los arqueólogos
y la ciencia oficial, criticando su clasificación facilista como fi-
gura religiosa. Para muchos de ellos, como Erich Von Däniken
en El mensaje de los dioses, el Gigante es una suerte de robot
o la estilización de un viajero extraterrestre. Creen ver en la
imagen aparatos de flotación (para volar), manos de tenazas
o pinzas, además de antenas y otras sofisticadas muestras de
lo que sería alta tecnología. Von Däniken tampoco acepta que
sea coincidencia su increíble semejanza de estilo y los atuendos
que lleva esta figura con otros geoglifos de “robots” existentes a
cientos o miles de kilómetros de allí, como los de Nazca, Palpa
y Pisco (Perú). Y al igual que en el desierto de Atacama, la fama
de Tarapacá como escenario de algunos de los avistamientos
de ovnis más frecuentes y espectaculares reportados en Suda-
mérica fomenta esta clase de interpretaciones ingeniosas para
uno de los más intrigantes enigmas arqueológicos que puede
encontrarse allí.
Las líneas de Nazca son los geoglifos más reconocidos del
mundo. Fueron trazados por la cultura del mismo nombre en-
tre el siglo I y VII después de Cristo, al menos de acuerdo a la
historia oficial. Las también llamadas “pistas” se emplazan al
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sur de Perú, a unos 450 kilómetros de Lima, en las pampas de
Jumana, región de Ica, y se extienden en una superficie de más
de 500 km². Están compuestas por varios cientos de figuras que
abarcan desde diseños tan simples como rectas hasta complejas
figuras zoomorfas y geométricas que aparecen trazadas sobre la
superficie. La nula lluvia en el lugar ha ayudado a que se pre-
serven. Se estima que existe un total de 800 figuras, la mayoría
dibujadas a partir de surcos de entre 40 y 210 cm de ancho
por más de 200 metros de largo o diámetro, dependiendo de
la forma.
¿Cómo se consiguió semejante precisión en tierra teniendo
en cuenta que entonces no se podían observar desde el aire?
Se cree que mediante cuerdas y estacas, aunque, por supuesto,
está la teoría que más ha alimentado la imaginación de los se-
guidores de la teoría de los alienígenas ancestrales: Nazca fue
diseñada por dioses que bajaron de las estrellas con el obje-
to de usar estas “pistas” como espaciopuerto, o al menos como
recuerdo de su presencia y legado. Entre los animales repre-
sentados hay aves (colibríes y cóndores, la garza, la grulla, el
pelícano, la gaviota, el loro y otras), un mono, una araña, un
caracol, una ballena, un perro con patas y cola largas, una fi-
gura antropomorfa —muy similar al Gigante de Atacama—,
dos llamas y una criatura que parece ser un pulpo. Casi todos
los dibujos fueron hechos en la superficie llana; solo hay unos
pocos en las laderas de las colinas; estas caracterizan hombres o
siluetas humanoides.
La primera mención escrita de las líneas de Nazca data del
siglo XVI, siendo el propio Francisco Pizarro, conquistador
del Perú, quien da cuenta de ellas. De acuerdo a sus palabras,
pensaba que eran simplemente caminos, algo similar a lo que
ocurrió a mediados del siglo XX cuando se construyó la ca-
rretera panamericana al sur de la nación andina: los obreros
viales pensaron que eran líneas de erosión y trazaron la vía en
diagonal sobre el “espaciopuerto” cubriendo con cemento una
de las figuras más curiosas, que representa a un lagarto; pero no
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cualquier lagarto, sino uno bípedo con pulgares en las manos.
En palabras simples, lo que hoy conocemos como reptiloide o
reptiliano. ¿Un dios de otro mundo?
Recién en la década del veinte, con los primeros aviones,
se tomó conocimiento de los dibujos en el desierto. Y aun-
que llevan estudiándose desde 1930, los misterios de Nazca no
han parado. De hecho, hace apenas dos años, en 2019, usando
tecnología láser y drones se descubrieron 142 nuevas figuras,
entre las cuales hay dos humanoides, pero con tres piernas, las
que fueron interpretadas como hombres con bastón, aunque
no sean precisamente bastones los que están marcados en los
geoglifos.
Y ahí está precisamente el gran enigma detrás de Nazca.
¿Por qué y para qué los hicieron? De acuerdo al arqueólogo
estadounidense Paul Kosok se trataría del «libro astronómico
más grande del mundo», el cual marca los solsticios de invierno
y verano. Otros sostienen que conforman caminos sagrados, y
también es posible que los nazcas solo quisieran que su obra
se viera desde el cielo porque consideraban las alturas el lugar
donde está la morada de los dioses, idea que han compartido la
gran parte de las civilizaciones a lo largo de la historia.
Volviendo al marco teórico de la hoy muy popular teoría
de los alienígenas ancestrales —que de hecho no tiene nada
de nueva, siendo sus primeras hipótesis difundidas en libros y
revistas ya en la década de 1960—, las líneas serían en realidad
una pista de aterrizaje para naves espaciales. Así lo defendió el
ya citado autor suizo Erich von Däniken en su libro Recuer-
dos del futuro publicado en 1968, que inspiró una película del
mismo nombre. Tras ser refutado por los arqueólogos de todo
el mundo, Von Däniken se limitó a señalar que era la forma
que tenía la cultura nazca de llamar a los dioses extraterres-
tres y pedir su retorno a la Tierra. Para difundir su teoría, que
en tiempos recientes ha tenido un inesperado revival gracias
a The History Channel, editó a mediados de los setenta una
colección de novelas gráficas tituladas Los dioses del universo, en
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cuyo primer número se asume la construcción del llamado “es-
paciopuerto” de Nazca. De acuerdo a este relato, dos especies
inteligentes competían por el control de nuestro sistema solar.
Una de las especies, la más parecida a los seres humanos, logró
ventaja y aterrizó en Sudamérica hace miles de años. Estable-
cidos en bases secretas al interior de la cordillera de los Andes,
durante siglos se dedicaron a manipular genéticamente espe-
cies animales, buscando el hibridaje con su ADN y el de ani-
males de su lejano mundo natal. Describe la página 30 de este
cómic: «En un área de 10 mil kilómetros cuadrados se levanta
en cosa de días una red de antenas que emiten pausadas seña-
les aero-radiactivas (llanura de Nazca). Cerca de esta pista de
aterrizaje, frente a una bahía que da hacia el océano, marcaron
en roca el emblema de su mundo natal (el Candelabro o Tri-
dente de Paracas, en Pisco). Cauterizan el desierto con señales
gigantescas con dibujos de formas humanas y animales, para
indicar la ruta a las pistas de aterrizaje. Espacios ordenados
de manera geométrica a los que reaccionan las computadoras
de navegación, anclas que les indican a los cerebros artificia-
les: “aquí estamos los que somos de vuestra especie”. Con los
años, los nativos imitan a sus dioses cósmicos dibujando gi-
gantes en la pampa, junto a las pistas de despegue y aterrizaje
del espaciopuerto de los astronautas antiguos». Todo muy en
la línea de las primeras hipótesis astroarqueológicas, pero que
dan cuenta de la idea mítica tras el misterio de Nazca. Diga
lo que diga la ciencia oficial, para la imaginación colectiva es
una prueba más de la presencia de extraterrestres ancestrales en
suelo americano.
Cerca de Nazca se encuentra Ica, también en el Perú, loca-
lidad que en la década de los setenta se hizo muy conocida por
las llamadas Piedras de Ica. Se trata de una colección de rocas
del tipo andesita que fueron clasificadas como oopart (objeto
fuera de lugar) tras su descubrimiento. Estas se caracterizan
por estar grabadas con supuestos dibujos antiguos de dinosau-
rios y artefactos tecnológicos avanzados. Fueron “encontradas”
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por Javier Cabrera Darquea (1924-2001), médico cirujano y
catedrático fundador de la Universidad de Ica, antedecentes
académicos y científicos que sirvieron mucho para la valoriza-
ción crítica de estas ¿piedras del cielo?
Cabrera aseguraba haber recibido en 1966, de manos de su
amigo Félix Llosa Romero, una extraña roca grabada como re-
galo de cumpleaños. Posteriormente, el médico declaró haber
identificado el grabado como un dibujo de un pez extinto hace
millones de años. Tras ese inicial hallazgo, se le acercaron dis-
tintos coleccionistas con más piedras similares. En total, Ca-
brera llegó a juntar más de 15 mil lajas grabadas con diferentes
técnicas.
Posteriores investigaciones apuntaron a que se trataba de
un fraude. La antigüedad de las reliquias fue alterada y ade-
más muchas enseñaban escenas contradictorias: hombres asis-
tiendo a dinosaurios en un parto, siendo que los dinosaurios,
hasta donde sabemos, son ovíparos. Además, se representa so-
lo a los dinosaurios más populares: tricerátops, tiranosaurio y
brontosaurio. No solo eso, sino que se presentan juntas espe-
cies que no coexistieron (y no hablamos solo de hombres con
dinosaurios), como el estegosaurio del Jurásico con tricerátops
del Cretácico, dos saurópsidos separados por 160 millones de
años. Desdeñable es también que los animales eran bosqueja-
dos de acuerdo a las ideas paleontológicas de los cincuenta y
sesenta, prácticamente anfibios, pesados y con colas rastreras,
cuando hoy se sabe que los dinosaurios eran ágiles, sus colas
iban alzadas para mantener el equilibrio, no llevaban vidas se-
miacuáticas y algunos incluso (como los tiranosaurios) estaban
cubiertos de plumas.
A pesar de la polémica y de haberse desmentido, todavía
hay piedras circulando en el comercio. Es más, existe el Museo
Científico Javier Cabrera en la Plaza de Armas de la ciudad
de Ica, donde hay un total de 11 mil piedras. Según sostuvo
Cabrera en sus investigaciones, las piedras fueron grabadas por
hombres gliptolíticos que vinieron de un planeta en la constela-
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ción de las Pléyades. Eran seres de otra dimensión, constituían
una civilización más avanzada que la nuestra y fueron también
los responsables de las líneas de Nazca. En las rocas del museo
que lleva su nombre se pueden apreciar los primeros mapas de
la Tierra, escenas de hombres con animales extintos y operacio-
nes quirúrgicas muy avanzadas, entre otras grandes revelacio-
nes. «Son los restos arqueológicos más antiguos e importantes
de la Tierra, de más de 65 millones de años por lo menos», sos-
tenía el médico peruano, que murió refutando a cuanto cientí-
fico o arqueológo levantaba la voz en su contra anunciando que
todo era una gran farsa. «La ciencia oficial no acepta que puede
estar equivocada o tal vez trabaja para intereses que no quieren
que esto se sepa», declaró en 1975 al español J. J. Benítez, que
hizo mundialmente famoso al peruano y sus rocas en su primer
libro, el muy entretenido Existió otra humanidad.
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QUETZALCÓATL Y LA ATLÁNTIDA MEXICA
El ejercicio es simple y basta con googlear. Quetzalcóatl es la
principal deidad del panteón mexica, la “serpiente emplumada”
o “serpiente voladora”. Señor dador de la vida, la luz, la ferti-
lidad, la civilización y el conocimiento. En ocasiones, también
patrón de los vientos y regidor del oeste. Según el arqueólogo
mexicano Alfonso Caso, Quetzalcóatl era asociado al planeta
Venus como estrella matutina y denominado “El gemelo pre-
cioso”, al contrastarlo con su hermano Xólotl, la estrella ves-
pertina; Quetzalcóatl era el creador del mundo y Xólotl quien
lo destruía. El primero se asocia al color blanco, el segundo a
la oscuridad.
El dios viperino representa la dualidad entre la condición
física del hombre, por su cuerpo de serpiente, y su parte espiri-
tual, por sus plumas. Fue seguido desde la época de los olmecas
y los mayas, quienes lo conocían como Kukulkán, y su nombre
en náhuatl se compone por quetzalli, “plumas largas brillantes
y verdes (como el pájaro quetzal)” y cōhuātl, “serpiente” . Podía
adoptar una forma humana, la de un hombre blanco con barba.
El historiador español Juan de Torquemada lo identificó como
una «persona misteriosa» y un «hombre extranjero vigoroso»
que les enseñó conocimientos de agricultura, medicina, mate-
máticas y astronomía.
Quetzalcóatl es también el nombre de un personaje tolteca
real y a la vez legendario: Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl, hijo
de Mixcóatl, dios de la guerra y la tempestad, y Chimalma, dio-
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sa de la fertilidad y el renacimiento. Se trataría del último rey
de Tollan o Toílan, posiblemente la ciudad de Tula, en el centro
del actual México. En cuanto a su carácter real e histórico, fue
un sacerdote-rey elegido en el año 923 y considerado «el cuarto
paso de la serpiente emplumada». Este soberano estableció una
sociedad pacífica, de enseñanza y proliferación artística. Hacia
el 947 desapareció en las costas del golfo de México, donde
navegó rumbo al este prometiendo regresar en cierta fecha del
Xiuhpohualli (calendario mexica), la cual coincidió justamente
con la llegada de los españoles en el año 1518. Esto atemorizó
a los mexicas, que se consideraban herederos de la cultura tol-
teca a pesar de haber alterado sus enseñanzas.
La leyenda dice que Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl se
incineró a sí mismo y se convirtió en el planeta Venus. Esta
versión del mito fue tomada por los mexicanos Pedro Ferriz y
Christian Siruguet en su libro Los ovnis y la arqueología, publi-
cado en 1978, quienes ven en lo de “incinerarse” la descripción
del despegue de una nave extraterrestre. Para ambos autores,
no hay duda —aunque entre líneas sí puede haberla— de que
Quetzalcóatl fue un alienígena ancestral. Escriben en la página
175 de este libro, «Serpiente de las nubes, padre de Quetzal-
cóatl, la serpiente emplumada, la que vuela con el brillo del
Quetzal. ¿Cómo hubiera descrito un avistamiento ovni un in-
dígena precolombino, al serle desconocidos los aviones y co-
hetes? ¿Y la madre de Quetzalcóatl no era Chimalma, “espejo
yacente” o, como interpretan otros autores, “ama del escudo”?
¿Salió Quetzalcóatl del vientre de un brillante disco inmóvil en
tierra o de las entrañas de una tripulante de un escudo volador,
como entonces hubiésemos llamado a los platos voladores?».
Antes de quemarse y ascender a Venus (o despegar de re-
greso a su mundo), Quetzalcóatl edificó, reconstruyó y glorifi-
có muchas ciudades o centros ceremoniales de Mesoamérica,
recorriendo pueblos con un grupo de seguidores. Se sostiene
que a su llegada los locales dejaban de realizar sacrificios hu-
manos, florecían las plantas muertas, el agua se volvía dulce e
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incluso resucitaban los muertos. Como prueba de su humildad,
el Dios-Hombre/Serpiente Emplumada solía lavar los pies de
los humildes. ¿Les suena conocido a otro personaje? El Horus
egipcio o, tal vez, uno incluso más familiar... Erich Von Dä-
niken en El oro de los dioses se detiene en los paralelos entre
la Serpiente Emplumada azteca y el hijo del Dios cristiano.
¿Son Jesús de Nazareth y Quetzalcóatl el mismo personaje o
modelo? Un hombre sabio y bueno que baja de las estrellas,
anunciado por la más brillante de ellas, para cambiar la vida
de las personas. Un mesías extraterrestre. Tal vez por eso los
aztecas se dejaron vencer tan rápido por el cristianismo; había
demasiadas similitudes entre la religión de los invasores y su
dios más bondadoso, el constructor de ciudades, resucitador de
muertos y hacedor de milagros, el único de todos los Señores
del cielo que caminó entre ellos como un hombre más. Por su-
puesto, hay otro personaje que también dialoga con la cósmica
divinidad mexica: Prometeo, quien trajo el fuego del conoci-
miento a los mortales rebelándose contra los dioses y pagando
un precio por esta rebelión. Identificado asimismo con el Luci-
fer judeocristiano (también la “Estrella de la mañana”), aparece
acá también la idea de la serpiente antigua, del dragón, ¿y qué
es un dragón? Una serpiente emplumada. Como Prometeo y
Lucifer, ambos seres descritos como reptiles, Quetzalcóatl qui-
zás fue castigado y quemado (¿enviado al infierno?) por alzarse
contra la voluntad de sus egoístas iguales.
La base absoluta de prácticamente todos los mitos.
Por supuesto, la hipótesis extraterrestre del origen de Quet-
zalcóatl no es la única. Como ya lo vimos, este dios es descrito
como una serpiente emplumada o dragón. Sin embargo, sus re-
presentaciones en piedra lo muestran como un hombre de bar-
ba (los nativos americanos eran lampiños) y rasgos nórdicos, el
cual está «dentro de la cabeza del dragón». ¿Qué puede ser un
hombre barbudo y rubio dentro de un dragón? Pues un vikin-
go a bordo de su barco, nave llamada precisamente “drakkar”,
nombre conformado por drage, “dragón”, y kar, “barco”, por te-
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ner tallada la figura de esta bestia mitológica en el mascarón
de proa. Hay pruebas arqueológicas reales de que los vikingos
llegaron a América del Norte hacia el siglo X y que de hecho
fue Erik el Rojo y no Colón quien descubrió el Nuevo Mun-
do. ¿Y si hubo vikingos que llegaron más hacia el sur? Hom-
bres velludos y áureos arriba de un “dragón” que vinieron desde
oriente y contactaron con los mexicas, dejando entre ellos una
herencia desconocida. Estos habrían emigrado hacia occidente
para salir al Pacífico y bajar más al sur. Abundan relatos de la
época de la conquista de nativos rubios y con rasgos nórdicos
en Colombia, Ecuador, Perú y sobre todo en Chile, donde los
jesuitas apuntan a los mapuches rubios de Boroa, indicando
su «desconcertante parecido con los pueblos arios del norte de
Europa» —tema en el cual se profundiza en el libro Alienígenas
chilenos, de uno de los autores de este volumen—. La familiari-
dad de los mexicas con Quetzalcóatl provocó, entre otras cosas,
que la llegada de Hernán Cortés (un hombre de barba, en un
barco, arriba de caballos con armadura —¿dragones?—) fuera
tomado como el regreso del dios, razón por la cual le entregaron
de manera tan “fácil” el control del entonces Imperio azteca.
Finalmente, hay otro dato interesante respecto de la pre-
sencia y legado de este mesías reptiliano de los mexicas y que
es muy referido en su ciclo mítico: Quetzacóatl era un crea-
dor de ciudades y fue artífice de dos obras urbanas que tienen
mucho en común con un par de leyendas bastante familiares
en la cultura indoeuropea occidental. Existe en el Museo An-
tropológico Nacional de Ciudad de México un mural titulado
La isla de México en el siglo XVI, obra de Luis Covarrubias. La
obra representa a la antigua Tenochtitlán, ciudad precolombina
construida sobre distintas islas en la superficie del ahora seco
lago Texcoco, con una apariencia muy similar (sino idéntica) a
como Platón describe la capital de la mítica Atlántida. Si bien
el arco mítico de Tenochtitlán se une al dios azteca Huitzilo-
pochtli, quien le había prometido una nueva tierra a su pueblo,
es la serpiente voladora la que indica el lugar; un águila y una
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víbora (las dos partes de un dragón) marcan dónde debe levan-
tarse la futura Ciudad de México, metrópoli mesoamericana
que el mismo astronauta ancestral diseña.
La idea de que Tenochtitlán pudiera ser la Atlántida no es
nueva; hay muchos que la han defendido desde hace al menos
medio siglo, como Charles Berlitz, el autor del best seller El
triángulo de las Bermudas o los ya mencionados Pedro Ferriz y
Christian Siruguet. Pero, más allá de las similitudes arquitec-
tónicas, lo importante es lo parecido de la palabra Atlántida a
Tenochtitlán... Atlán, Tlán. Platón ubica además la ciudad en
un continente más allá de las columnas de Hércules o Hera-
cles, que es el estrecho de Gibraltar, es decir, el mar océano que
se abre al oeste del Mediterráneo y que hoy conocemos como
Atlántico. Un continente que, asimismo, era más grande que
Europa y —lo que se conocía de— Asia juntas... América.
¿Y cuál es la segunda obra vinculada a un mito occidental?
Cerca de Puebla, en la localidad de Cholula, se levanta la cons-
trucción mesoamericana más grande de todo el continente, la
Gran Pirámide de Quetzalcóatl o Gran Pirámide de Cholu-
la. Llamada Tlachihualtépetl en náhuatl, tiene dos significados,
“montaña artificial” y “torre para alcanzar el cielo”. La leyenda
sostiene que fue diseñada por la Serpiente Emplumada, quien
ordenó a los hombres levantarla para alcanzar las moradas de
los dioses y así adquirir su ciencia (otra vez Prometeo), pero la
construcción fue interrumpida por una maldición caída de las
estrellas que confundió el habla de los mortales. Básicamente la
versión mexica, precolombina, de la Torre de Babel.
Esta pirámide es la más voluminosa del mundo, siendo dos
veces más grande que la Gran Pirámide de Gizah en Egipto
(aunque no tan alta). Su base, de 400 metros por lado (contra
los 240 de sus homólogas egipcias), la convierte en la estructura
de su tipo más grande en nuestro planeta. Entonces, ¿por qué la
Gran Pirámide de Quetzalcóatl no es tan conocida como otras
grandes ruinas mexicanas? Porque durante más de 400 años se
pensaba que era una montaña. En 1519, con la llegada de los
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españoles y de la Iglesia católica, se ordenó cubrir la construc-
ción escalonada con tierra hasta taparla por completo, dándole
la forma de un monte de 60 metros de alto en cuya cima se
construyó un templo católico, el Santuario de la Virgen de los
Remedios. ¿Por qué la Iglesia mandó estas obras? Literalmente
para cubrir el paganismo con cristianismo.
Recién en 1931, cuando se realizaron excavaciones arqueó-
logicas en la zona, se descubrió que la colina sobre la cual se
asentaba el Santuario de la Virgen de los Remedios no solo
no era una formación natural, sino que se trataba de la más
grande de las pirámides mexicas. A pesar del gran hallazgo, son
muchos los que aún desconocen la existencia de esta megaobra
construida, cuya fecha de alzamiento se apunta al año 1000 de
la era cristiana. Uno de los detalles más intersantes de la Gran
Pirámide de Quetzalcóatl es la existencia de túneles y bóvedas
internas; es el único monumento de nuestro continente con
una red de pasadizos laberínticos, similar a las pirámides de
Egipto, característica que la convierte en una de las más par-
ticulares y misteriosas de las construcciones mesoamericanas.
Un dato freak para cerrar: en el episodio How sharper than a
serpent’s tooth de la versión animada de la serie Star Trek, los tri-
pulantes del USS Enterprise se encuentran con Quetzalcóatl,
descubriendo lo que a estas alturas ya es obvio: el antiguo dios
de los aztecas era efectivamente un extraterrestre reptiliano
rebelde que se levantó contra su raza para traer el fuego y el
conocimiento a los antiguos habitantes de América del Norte.
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