Un día menos
Era una noche fría y larga con un fuerte viento que soplaba con cierta intensidad
que hace que se nos erice el vello de piel. No sabíamos cuánto tiempo más
tendríamos que esperar para que venga a abrirnos la puerta.
Cada mañana pasaba una encargada por cada una de nuestras habitaciones con
gritos agrios nos sacaban de nuestros sueños y del calor de las sábanas que era lo
único cálido en aquel internado. Entonces, todas nos despedíamos de la paz y
tranquilidad para recluirnos en un día lleno de obligaciones y de
responsabilidades más bien éramos los engranajes fundamentales de aquel
sistema, bueno eso creíamos.
Ese miércoles la encargada no había aparecido como de costumbre. Ya se había
pasado la hora de despertarnos, incluso la del desayuno, y cada una
continuábamos en nuestros dormitorios. Las pequeñas más ansiosas se habían
levantado y rondaban por el reducido lugar, inquietas a que llegara la encargada
para salir corriendo y zamparse todo lo del comedor.
Las demás, como yo apreciábamos el sabor del
sueño y aprovechábamos para quedarnos en esa
nube cálida y esponjosa llamada cama.
Pasaron las horas, continuábamos allí. Todas de
pie, arregladas mirábamos fijamente la puerta. El
tiempo para almorzar ya había pasado y nuestros
estómagos rugían de hambre. Comenzamos a
desesperarnos y a gritar, pidiendo ayuda de forma
descomunal. Nadie vino por nosotras.
Y fue entonces cuando de la nada una luz brillante cubrió toda la habitación,
dejándonos ciega por completo; extrañas sombras se fueron formando nunca
habíamos visto algo así.
Y si lo que mucho creíamos que solo era un simple mito o leyenda estaba
justamente enfrente de nosotras; nuestras voces se hicieron una sola cuando
gritamos: “ALIENS”, “SON ALIENS”.
Las misteriosas criaturas se comenzaron a comunicar entre ellas para así decidir
que necesitaban una dosis de sangre de cada una, poco a poco las chicas con
mucho miedo obedecían sus órdenes.
Yo fui la última, no sé porque, pero cuando me acerque a ellos no tenía temor
alguno, algo dentro de mi decía que todo iba a estar bien.
Cuando cayó la noche, así como vinieron se fueron un con destello de luz
inhumano; no quedo de otra que acostarnos, confundidas y con dudas. No creo
que alguna de las chicas haya podido dormir esa noche. A la mañana siguiente la
encargada pasó por cada habitación a la misma hora de siempre y abrió las
puertas como si nada; cuando le preguntamos qué había sucedido nos trató como
si tuviéramos diciendo incoherencias.
La vida afuera seguía tal cual como antes; nadie nos había extrañado ni se
habían preocupado porque pasáramos todo un día sin dar señales de vida.
Entonces me di cuenta de lo poco que valemos las personas cuando somos
contenidas o refugiadas en organismos institucionales.
Por un tiempo me sentí como si no perteneciera a ningún lugar, como si
necesitara que ese día se repitiera. Aunque me decía a mí misma que dejara de un
lado la loca idea de que yo no era de este mundo.
Pero bueno a pasar los días, nos convencimos que nadie nos daría respuesta
alguna y cada vez nos miraban de una manera más foránea, decidimos dejar de
cuestionar lo sucedido ese día; y aunque nunca entendimos qué ciertamente
ocurrió, seguimos con nuestra rutina como si aquel miércoles no hubiera existido.
Ariana Castro Ibarra
3ero BGU “b”