El ensayo en América Latina: entre la especulación y la argumentación
Edison Neira Palacio
Universidad de Antioquia
Es sabido que a la prehistoria del ensayo se asocian, entre otros, los nombres de Plutarco,
Cicerón, Séneca, Horacio y Marco Aurelio, quienes cultivaron formas narrativas como la
epístola, el diario, el diálogo y la diatriba. Por su lado, en la historia moderna del ensayo,
otro supuesto elemental es que éste comienza con Michel de Montaigne (1533-1592), quien
usó el concepto Essai (tentativa), para designar el procedimiento metódico que utilizó en
sus reflexiones entre 1580 y 1595. Para este fundador, el procedimiento incluye la
búsqueda del conocimiento, pues “profesa” esta visión del saber y admite el libre examen
de sus textos, sin asumir una posición inamovible frente a la validez de sus ideas, ya que
siempre establece un principio de duda explícito en torno a ellas. Las “aclaraciones” de
Montaigne sufren transformaciones y se extienden. En 1597 Francis Bacon (1561-1626)
retoma el mismo concepto para designar sus reflexiones filosófico-religiosas y literarias
(esto último en lo relacionado con la fábula por ejemplo), agrupadas a manera de un
Tratado sobre muy variados temas (Death, Envy, Studies, Honor and Reputation, etc.) en
sus Essayes, cuya última edición se hace en 16251. Esta variación inglesa hereda el espíritu
de Montaigne; ella es un testimonio temprano de la enorme expansión de este género y,
sobre todo, un prolegómeno de sus múltiples facetas.2
Profesor de Literatura Latinoamericana y de la Maestría en Literatura Colombiana (Universidad de
Antioquia). Dr. phil. de la Universidad de Bielefeld (Alemania). Director de la revista Estudios de Literatura
Colombiana. El presente artículo es un resultado parcial del proyecto de investigación “Función social y
política del escritor en la transición hacia la democracia en América Latina y en Colombia” (CODI). E-Mail:
[email protected]
1
La editorial L. A. Burt los publica (NY 1883) en el marco de su serie Burt’s Home Library, la cual se public-
ita al estilo de un pocket book: “Popular literature for the masses, comprising choice selections from the
treasures of the world’s knowledge, issued in a substantial and attractive cloth binding, at a popular price”.
2
Entre otros: W. Cornwallis, O. Feltham, Lord Chandos, Th. Fuller, etc. Es el género de algunos semanarios:
The Tatler (1709 hasta 1711) fundado por Richard Steele (1672-1729), quien definió su contenido como
"accounts of gallantry, pleasure and entertainment", aunque luego lo orientó a fomentar una “civilización más
humana”. Otro medio cercano fue The Spectator (7 de junio 1711-1714), editado por Joseph Addison, (1672-
1719). Ambos ensayistas escribieron durante un tiempo bajo el seudónimo de Issac Bickerstaff. En Alemania
En Die Seele und die Formen (Berlín 1911, esp.: El alma y las formas), György Lukács
(1885-1971) observa que la denominación que Montaigne asignó a sus escritos fue la
“sencilla modestia” (einfache Bescheidenheit) de “una orgullosa cortesía” (hochmütige
Courtoisie) (1911: 21). “El ensayista –agrega Lukács– despide sus esperanzas de orgullo,
que de vez en cuando parecen haberse aproximado a lo último: son solamente aclaraciones
a la poesía de otros, esto es lo único que él puede ofrecer, y en el mejor de los casos,
comentarios sobre los conceptos propios. No obstante, irónicamente, se adapta a esa
pequeñez, a la eterna pequeñez del más recóndito trabajo mental frente a la vida, y con
irónica modestia la enfatiza de nuevo” (21)
El término “ensayo” proviene del latín vulgar exagium que significa arriesgar. Pero a
diferencia de su momento fundacional, en su acepción moderna, el ensayo se ha entendido
como un género literario de estilística imprecisa asociada con el texto en prosa, en el que se
presenta un tema de manera no sistemática y concisa. Al ensayo se han asociado formas
literarias como los informes y los tratados, y ha sido además una expresión típica del
Feuilleton. Si bien este género ha sido proclive a muy disímiles influencias externas de
otros géneros, también es de anotar que se distancia de ellas por una actitud del espíritu que
determina la especificidad de su estructura. El ensayo puede contener reflexiones de orden
fenomenológico como lo indica Adorno en Der Essay als Form (1998, El ensayo como
forma) o puede tener rasgos distintivos precisos y ser conciente de su no identidad. En tanto
que género literario, esta conciencia lo sitúa en el campo de la ancilaridad (Alfonso Reyes),
es decir, interviene con una clara noción de causa y de manera heterodoxa en campos
disciplinarios y reflexivos tradicionalmente delimitados por la especialización propia del
por su lado, el ensayo comienza en el siglo XVIII con exponentes como J. G. Herder, J. J. Winkelmann, G.
Foster y H. v. Kleist entre muchos otros, pero básicamente con Hermann Grimm (1859-90), Alemania logra
adaptarse al canon ensayístico europeo. A estos nombres se suma una lista interminable donde se destacan
otros filósofos, críticos, creadores e historiadores de la literatura: Nietzsche, D. F. Sarmiento, Huxley,
Spengler, W. Benjamin, Adorno, Gervinus, J. Burkhardt (Disgresiones), Jean Paul, O. Wilde, T. S. Eliot, P.
H. Ureña, P. Valéry, Alfonso Reyes, Thomas Mann, Gide, H. Broch, Musil, G. Benn, Carlos Fuentes, etc.
Una importante compilación del ensayo hispanoamericano decimonónico es “El descontento y la promesa”
(Universidad de Antioquia, Medellín, 2003, Comp. Juan G. Gómez García), en ella aparece una excelente
selección, donde se destacan, entre otros, Fernández de Lizardi, Bello, Sarmiento, Cecilio Acosta, J. M.
Gutiérrez, Alberdi, Lastarria, Montalvo, Justo Sierra, González Prada, Martí, J. E. Varona, Carlos Arturo
Torres y J. E. Rodó.
2
saber. De aquí la expresión plástica de Adorno en torno a la “personalidad” de este género:
“En lugar de ofrecer algo científico o de crear algo artístico, su esfuerzo refleja el ocio de lo
infantil que se enciende sin escrúpulos frente a lo que otros ya han hecho” (1998: 10). Por
ello, deduce Adorno que las dificultades de la producción ensayística en Alemania, se
deben a una resistencia a cultivarse generando deficiencias culturales que sólo pueden tener
lugar dentro “[…] una cultura que apenas conoce históricamente al homme de lettres . (10),
por ello, en contextos como éste, concluye Adorno, “el ensayo induce a la resistencia,
porque exhorta a la libertad del espíritu […]” (10.). De aquí que pueda implicar una forma
de pensar soberana y escéptica que expresa una mirada sobre experiencias complejas y que
por ello genera una desconfianza respecto a verdades absolutas.
Cuando esta desconfianza trasciende la esfera especulativa que la precede, es decir, cuando
comienza a vislumbrarse la necesidad de formular problemas, se agota el estadio inicial
intuitivo y ello suscita otra reflexión en el ensayista. Mayor apertura frente a nuevas
preguntas y búsquedas y mayor concreción del método con el cual se pretende transmitir el
conocimiento sobre el objeto tratado. Al tiempo que esta forma de la escritura permite la
especulación, es decir, formular reflexiones no planeadas de antemano, igualmente exige
decantar dicha meditación a través de un método y presentar con la mayor claridad, la idea
que se quiere comunicar. Cuando se construye este método expositivo, la especulación
interviene formulando nuevas preguntas y nuevas búsquedas en un ir y venir que somete la
búsqueda de la verdad, las afirmaciones y las conclusiones, al vértigo constante del nuevo
examen. Este vértigo implica la construcción provocativa de paradojas y de cambios del
punto de vista ya elegido, que deben conducir a la conmoción de la forma de pensar del
lector y a nuevos tropiezos en el proceso de escritura de un lado y finalmente, en el de
lectura.
Pero la provocación en el ensayo académico no es improvisación. Su alto o bajo nivel
depende del grado de información y de formación del ensayista. La polémica abierta se
convierte así en una polémica de sentido, es decir, guiada por los parámetros establecidos
dentro de una comunidad intelectual específica o también por el gusto o el horizonte de
expectativas del gran público. En sí misma, esta provocación es un proceso de
3
racionalización de una cuestión determinada con arreglo a fines concretos, para decirlo con
Max Weber. La finalidad de la polémica aquí, puede referirse a la lucha entre concepciones
poéticas, direcciones estilísticas o teorías literarias, como por ejemplo, aquellas que en la
temprana crítica literaria de la América Hispánica durante el siglo XIX, inauguró Juan
María Gutiérrez en sus debates con Miguel Antonio Caro respecto a la Real Academia de la
Lengua Española. En ese debate encontramos enfrentadas dos visiones del mundo opuestas,
donde la del colombiano, a diferencia del crítico argentino, es regresiva e hispanizante. El
ensayo en este debate, se inscribe ancilarmente dentro del género epistolar. No son artículos
de revista sino cartas, el escenario fundamental de este debate. En ambos encontraremos la
premisa básica del ensayista: el dominio informativo y conceptual del problema sobre el
cual debaten.
Por otro lado, podemos encontrar debates unilaterales y a veces sordos, como la polémica
de Gutiérrez Girardot con Ortega y Gasset (1883-1955) o con Octavio Paz (1914-1998). En
estas polémicas, la reflexión académica de Gutiérrez queda en manos de los lectores o
partidarios de los intelectuales criticados. Obviamente, en el caso de la crítica a la
problemática, pero sin lugar a dudas, notable influencia del escritor español, fundador de
una gran obra cultural como es la Revista de Occidente, el horizonte de expectativas (H. R.
Jauss) de los lectores contemporáneos, ha sido ajeno tanto al enfado como a las muy
fundamentadas críticas del ensayista colombiano. La influencia de Ortega y Gasset no son
tan claras hoy para el intelectual latinoamericano como si lo fueron hace cuarenta años.
El ensayo exige pues, tener presente la circunstancia formativa inmediata del público al
cual se dirige, de lo contrario, su mensaje, por más objetivo que este sea, pierde fuerza y
puede quedar estigmatizado dentro de la opinión pública, para mal propio, como una
querella personal. La crítica del ensayo académico debe contextualizar al lector no sólo
frente a los conceptos tratados y al momento histórico al cuál se refiere, sino con base en
una información concreta, frente a la pertinencia actual de sus objeciones, o como para
decirlo con Walter Benjamin, la crítica debe “citar el pasado al orden del día”.
Si bien el ensayo no se ve obligado a producir nuevos conocimientos o nuevos datos, sí
puede plantear nuevas circunstancias sobre la forma de pensar un problema u objeto. Esta
4
contribución sólo es posible a través del tribunal de la razón (Kant), es decir, de la crítica.
Y es la incorporación de la crítica y la comprensión de la realidad basándose en la
conceptualización de la misma, lo que puede darle perfil científico o académico al ensayo.
Una mirada crítica sobre lo que ya ha sido objeto de elaboración tanto en la creación como
en la ciencia, es la tarea del ensayo académico.
La tarea desborda la especulación sin excluirla dentro de la construcción del texto. Permitir
que ésta ocupe un lugar allí, es una de las características más valiosas del ensayo. Con esta
permisión, éste se ve obligado a fundamentar, con base en las fuentes y el rigor conceptual,
la provocación o la pregunta que suscitó a nivel especulativo. Esta obligación significa
responsabilidad intelectual, una categoría ética que implica quedar sujeto al libre examen
tanto de la comunidad científica respectiva como del gran público literario. La prueba en
tanto factum, en este caso, no es el criterio de medición del valor científico o académico del
ensayo, es decir, la crítica se convierte en la prueba. A partir del momento de su adopción,
y mediante el libre examen del tribunal de la razón, el concepto prueba se transforma en
crítica, es decir, no en un resultado final, sino en un proceso de reflexión argumentativa
siempre abierta.
Esta apertura a la crítica que cultiva los niveles especulativos de la reflexión, debe nutrirse
de la fuerza literaria característica del ensayo. Aquí aparecen algunas de las estrategias más
importantes que el ensayo usa para promover el debate: la ironía, el sarcasmo, la expresión
aforística, la forma epistolar, etc. Pero estas estrategias creativas dentro de un ensayo
académico, se inscriben imperativamente en una amplia formación científica del ensayista
en el respectivo campo disciplinario. Con esto, las estrategias literarias permitidas en el
ensayo académico, no quedan circunscritas a ocupar un lugar meramente ornamental dentro
del texto, sino que cumplen una función polémica o ilustrativa concreta frente a los
propósitos fijados en el planteamiento del problema a tratar.
El concepto ensayo académico aquí utilizado, pretende fijar, más que límites ideales, una
mediación entre la prosa libre de su momento fundacional y las influencias del discurso
científico (Weizsäcker, Heisenberg, p. e.). Esta mediación confronta abiertamente la
supuesta oposición entre “ensayo literario” y “ensayo académico”, es decir, contempla la
5
diferencia de ambas modalidades, pero no a partir de fingir limitaciones que en apariencia
“agotan” una u otra modalidad del ensayo que prejuiciosamente “debe” ser excluida del
significado purista del género. De esta manera acudir sólo al “concepto matriz” de ensayo
(Vargas 2002: 59) para definir su validez actual, resulta insuficiente y ahistórico. La
ancilaridad atribuida aquí al ensayo trasciende esa tensión artificial. La tendencia cientifista
o academicista que ha trivializado el ensayo no puede confundirse bajo la denominación de
“ensayo académico”.
Es cierto que una presión de este orden “no favorece su escritura” (Vélez 1999: 6), pero una
cosa es una tendencia cientifista-tecnocrática en la que se remeda o caricaturiza el ensayo, y
otra bien distinta es el “ensayo académico”. Vélez logra apreciar este problema con claridad
cuando afirma que para el gran ensayista científico “la conciencia de las palabras no es
nada distinto de la conciencia de las cosas” (Vélez 1999: 8), es decir, la exigencia del
lenguaje no es un mero problema de “estilo” ni de “redacción” (se deposita esta
responsabilidad usualmente en correctores), en el sentido popularmente restringido de estos
términos dentro de los círculos académicos y artísticos, por no hablar de su significado
dentro del gran público.
Ambas esferas, la literaria y la científica, han impregnado la producción ensayística a lo
largo de los tres últimos siglos y han perfilado dentro de este género, una variante
académica, que hoy debe ser más exigente que nunca, si tenemos en cuenta tanto el estado
de fragmentación mental consustancial al escritor de nuestros días como la larga
encrucijada de la experiencia de la verdad en las ciencias sociales y humanas. Por ello el
ensayo no se limita solamente a ser escenario de influencias, sino que también ha
influenciado otros géneros, como la novela, en casos tan conocidos como los de Thomas
Mann (1875-1955) y Hermann Broch (1886-1951) Schlafwandler (Los sonámbulos, trilogía
escrita entre 1931-32) entre otros, aunque Germán Arciniegas en El ensayo en nuestra
América3 (1956) creyera que este fenómeno sólo era propio de Hispanoamérica .
3
Arciniegas, Germán. El ensayo en nuestra América. Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura,
número 19, julio-agosto de 1956, París
6
Para su estudio, el ensayo científico, en tanto que ensayo académico, debe pensarse en
primera instancia desde la Ciencia de la Literatura y no desde la literatura misma. Las
instancias universitarias que en Hispanoamérica se han ocupado de la formación literaria o
lingüística, han sido nombradas sin atender a las implicaciones del término ciencia o
ciencias, ya de la Literatura ya de la Lingüística. Esta forma de denominación, que no es
utilizada solamente por nuestras universidades, denota en todo caso una disociación real
entre ciencia y creación. Esta disociación ha generado una imagen jovial en torno al hecho
de que alguien estudie literatura o lingüística. La jovialidad adjudicada a los estudios
literarios ha impregnado igualmente la forma de construir sus bases institucionales y
conceptuales.
Un ejemplo de esta forma de pensar puede observarse en la constitución de las revistas
universitarias, en las que se confunden el perfil académico con el divulgativo. Las revistas
universitarias son algo esencial en el corpus de toda ciencia. Ellas, se nutren de lo que
comúnmente llamamos artículos, un nombre más indeterminado aún que el de ensayo. Un
artículo, según estos criterios puede ser un informe, un listado o un ensayo. De aquí que
entre estas formas literarias, sea necesario establecer cuáles son los límites del ensayo y en
particular del ensayo con pretensiones científicas.
La aspiración científica de este género, exige reconocer la investigación sistemática
realizada en los campos hacen parte de su objeto de trabajo particular. Si bien no es un
tratado sistemático, el ensayo científico debe buena parte de su razón de ser al tratado, en
cuanto literatura secundaria (o incluso primaria) que le sirve de instrumentario conceptual,
terminológico o fáctico para su proceso de argumentación. La ciencia y la crítica literarias
se valen pues de este tipo de ensayo en contextos adecuados. Dos de estos contextos son las
instituciones universitarias y sus respectivas revistas académicas. De aquí que esta
modalidad de la escritura pueda tener rasgos filológicos especializados, pero igualmente,
hay que destacar que su tendencia principal es además, la construcción de un discurso
interdisciplinario. Precisamente, en contra de las ciencias especulativas del espíritu, se
originan las reflexiones de la estética formal sobre la obra literaria. En la Romanística por
ejemplo, los análisis estilísticos de escritores como Leo Spitzer o Karl Vossler, sirven para
7
una explicación de los textos, así como el análisis formal de escritores como M. Kommerell
y Karl May, desembocan en la interpretación inmanente de la obra tratada.
El ensayo académico se diferencia de la especulación y por otro lado del diletantismo, en la
medida en que incursiona en campos teóricos que obligan sobrepasar los límites científicos,
históricos y lingüísticos nacionales (lo cual puede incluir las filologías mismas) y las
temporalidades lineales. Sobre esa base universalista, integra los métodos de la
composición y el significado de las ciencias específicas, que en la literatura por ejemplo se
ejemplifica a través de la Hermenéutica). Por otro lado, el ensayo académico ubica respecto
a estudios sistemáticos, problemas básicos de la relación entre forma y contenido, la
organización del material tratado, y las reelaboraciones tanto de conceptos como de
categorías estilísticas propias de un determinado campo del saber.
El ensayo siempre debe atender cuidadosamente a la relación que tiene con el público. Su
función depende de factores sincrónicos relacionados con el horizonte de expectativas del
lector (H. R. Jauss) y diacrónicos como la recepción de sus contenidos. De aquí que la
ensayística se debe cultivar sobre la base de una autoconciencia intelectual que apele a
cuestionamientos como la función y la posición de su respectivo campo científico dentro de
la sociedad. La relación del ensayo con el público en el caso hispanoamericano tiene su
génesis en la intensa relación que la política y la literatura tuvieron a lo largo del siglo
XIX4.
Los fundadores de la literatura hispanoamericana vieron en esta modalidad de la escritura,
una posibilidad para expresar no sólo sus intenciones de creación, sino sus propósitos
políticos de construcción de la Nación. El intelectual-político de entonces encuentra en la
novela, la poesía, el cuadro de costumbres y el ensayo, las posibilidades más idóneas para
exponer su tipo especial de autoconciencia, es decir, aquélla nacida, según Alfonso Reyes,
en sus Notas sobre la inteligencia americana (1936), de la necesidad de alcanzar a
4
La más reciente compilación del ensayo hispanoamericano decimonónico es “El descontento y la promesa”
(Universidad de Antioquia, Medellín, 2003, Comp. Juan G. Gómez García), en ella aparece una excelente
selección, donde se destacan, entre otros, Fernández de Lizardi, Bello, Sarmiento, Cecilio Acosta, J. M.
Gutiérrez, Alberdi, Lastarria, Montalvo, Justo Sierra, González Prada, Martí, J. E. Varona, Carlos Arturo
Torres y J. E. Rodó.
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zancadas, en medio del exilio y las persecuciones, las culturas europeas del momento, sin
poder detenerse a pensar en la posibilidad de construir los estadios básicos que dieron
origen a las mismas. Esta construcción siempre inacabada, se haría al paso de aquellas
zancadas y el ensayo por su parte fue tomando los matices propios de esta forma ancilar de
ver el mundo.
La ancilaridad que Reyes postula en El Deslinde (1944), es decir, aquello que un género
toma en préstamo de otros, aquello que rompe los límites teóricos impuestos y además
necesarios, es un medio insoslayable para la expresión ensayística académica, la cual
incluye lo literario y lo científico. La creación literaria puede entonces aparecer dentro del
ensayo académico. En éste, el orden de las cosas no es el mismo orden de las ideas, tal y
advierte críticamente Adorno en torno a Spinoza, (1998: 17). Por ello, la aparición
sorpresiva de un momento literario cuando éste no se espera, está sujeta a la formación del
ensayista y al dominio de la ancilaridad del género.
Este tipo de orden opuesto al de las cosas, relativiza, suspende la reflexión lineal, genera
discontinuidades necesarias para despertar de la hipnosis que un orden arbitrario construye
y cuestiona implícitamente un determinado orden lógico de ideas que a veces puede resultar
engañoso para tratar un tema. Para Reyes en Las nuevas artes (1959) el ensayo, en el caso
hispanoamericano, no puede responder al “orbe circular y cerrado de los antiguos”.
Contrariamente, éste encuentra más familiar “la curva abierta”, el devenir que aún no
concluye, el “Etcétera”. En Hispanoamérica el ensayo debe responder a circunstancias
concretas, a su llegada tardía al banquete de la cultura occidental, en la que se ha venido
forjando la especificidad de la inteligencia americana, a un tempus que no tiene que
medirse sobre los parámetros europeos, pero que no puede prescindir de ellos, en tanto
hacen parte de una herencia que el ensayista hispanoamericano debe alcanzar y además
superar con universalismo, como lo propone Pedro Henríquez Ureña en la Utopía de
América (1949).
En Hispanoamérica el ensayo y A la luz de este proceso histórico, el género transformaría
el espíritu que en Europa le había dado vida. Los ensayistas de las nuevas naciones
representaban al mismo tiempo dos Europas, una en retardo y una en progreso. Ellas se
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tenían que enfrentar a una realidad inmediata para la que no eran totalmente adecuadas las
categorías con las que fundó el género en cuestión.
Si a este género se le atribuye un perfil ambiguo en el marco de una sociedad antigua, qué
podría atribuírsele en el de una sociedad nueva que lo desconocía ante las prohibiciones
reales de escribir sobre temas de Indias? La ambigüedad fue aún mayor, pero los alcances
literarios fueron tan universales como los heredados. El camino para superar dicha
ambigüedad, o por lo menos para elevarla a un plano académico, tenía que ser el de la
construcción de las comunidades científicas, un paso más allá de las loables sociedades de
lectura decimonónicas que tanto impulsaron este tipo de creación.
La época de entresiglos fue marcando algunos derroteros de racionalización de la escritura.
A esta racionalización ya había contribuido la prolífica producción literaria y científica del
siglo XIX, pero a través de nuevas coyunturas como la Revolución Mexicana, la Reforma
Universitaria de Córdoba y la fundación del Colegio de México, América Latina comenzó a
crear un ambiente más propicio para el proceso de normalización de algunas ciencias, que
daría continuidad a los propósitos modernizadores de la educación de la ilustrada
generación fundacional del siglo XIX. Estos procesos de normalización se expresaron a
través de una cualificada ensayística de la que participaron escritores, muchos de ellos del
período de entresiglos, como González Prada (1844-1918), Pedro Henríquez Ureña,
Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Jorge Basadre, Francisco Romero, Baldomero Sanín
Cano, Mariano Picón Salas y Ezequiel Martínez Estrada, entre muchos otros.
En el prólogo a su antología El ensayo Hispano-Americano del siglo XX (1981)5, John
Skirius anota que las obras filosóficas de José Enrique Rodó (1871-1917) y José
Vasconcelos (1881-1959), representadas en Motivos de Proteo (1909) y Ariel (1900) del
uruguayo y Estética (1936) del mexicano, los sitúa como dignos herederos del tipo de
ensayo universalista que limita con el tratado (11, 1994). Skirius agrega además, que el
ensayista del siglo XX a diferencia del decimonónico se ha orientado más a la formulación
de problemas que a la resolución de los mismos, pues ésta, según Skirius, “[…] se deja a
5
Aquí se utiliza la tercera edición. Colección Tierra Firme, FCE, México 1994, 634 P. La traducción del
prólogo es de David Huerta.
10
los científicos, sociólogos, economistas y políticos”. (13) La sentencia es parcialmente
cierta, si se tiene en cuenta que por su extensión muchos ensayos, dispuestos para ser
publicados en revistas, deben ser ante todo concisos y exponer con claridad un problema.
Pero esta forma de delegar la solución de los problemas es ambigua y reduce los alcances
reales del género, que Skirius cerca bajo el nombre de “ensayo literario”. Literario puede
ser un ensayo científico de tipo histórico o filosófico.
El perfil literario no lo otorga el tema tratado, sino el procedimiento adoptado. Pues los
científicos, sociólogos, economistas y políticos, en quienes se deposita el ámbito de las
soluciones, pueden ser igualmente ensayistas y pueden contribuir a dichas soluciones desde
el ensayo mismo. Saber formular un problema es ya una tarea académica tan exigente como
solucionarlo. Llegar a una formulación problemática como las que en distintos momentos
hacen Sanín Cano en Ocaso de la crítica (1939)6 y Gutiérrez Girardot Sobre la crítica y su
carencia en las Españas (1992)7 sobre las barreras que obstaculizan la crítica en
Hispanoamérica, es ya una propuesta. Sanín Cano observa en los años treinta, que hay una
tendencia universal adversa a la crítica. Pero es más enfático respecto a Colombia, cuando
dice que “[…] no hay entre nosotros críticos verdaderos”. (727).
El ensayo académico, como el de Sanín Cano, es de hecho la corroboración de que sí
existían críticos y que él mismo era uno de ellos. Él considera que el acto de juzgar propio
de la crítica, no se inscribe en una función discrecional ni es un acto voluntarioso, sino que
éste debe tener un contexto de normalización de las ciencias. De aquí que el ensayista vea
la escasez del crítico en nuestra sociedad debido a que “los estudios de humanidades –anota
Sanín Cano- han tenido escasos cultores, y porque la filología, parte fundamental del bagaje
literario en los cultores del arte de representar la vida por medio de palabras, ha sido aquí
materia de curioso entretenimiento para tres o cuatro personas en un siglo.” (729). Este
examen, que resulta agudo para la época, continúa siendo válido en la Colombia de hoy.
Hasta ahora, las universidades no han constituido a nivel nacional los estudios filológicos,
6
Sanín Cano, Baldomero. Ocaso de la crítica. Revista de las Indias, Bogotá, mayo de 1939, T. II, número 9.
En: Escritos BCC, 23, Bogotá 1977, 727-733
7
Gutiérrez Girardot, Rafel. Sobre la crítica y su carencia en las Españas (Fundaciones Investigar-Nuestra
América Mestiza, Bogotá1992)
11
lo cual incluye no solamente la Hispanística dentro de un marco filológico mucho mayor
como la Romanística, sino que involucra además, otros campos fundamentales para la
constitución universal (normalizada) de las artes y ciencias nacionales, como la Anglística
y la Eslavística, entre otros. Por ello Sanín Cano agrega: “Para conocer a fondo una
literatura, o el pensamiento y la forma en la obra de un autor, es de necesidad conocer la
lengua en que se han expresado este autor o aquella literatura” (730).
Por su lado, Gutiérrez Girardot, quien encuentra la misma escasez de críticos en nuestro
medio, enfatiza en la regresiva influencia que ha tenido el catolicismo y la iglesia en la
educación. Para ellos recurre al tema de la “astucia de la razón” en Hegel, y señala que la
razón “[…] se vale de todos los medios, aún de los no racionales, para lograr sus fines.”
(26) La razón astuta en este caso es la teología y su medio principal de adoctrinamiento, la
educación. Aunque abunda la bibliografía sobre la influencia de la iglesia en la educación y
su relación adversa con la crítica, el problema planteado por este ensayista remite al tema
de la constitución ya no de las filologías, sino de la universidad en general, en tanto que
alma mater que trabaja por sociedad y la dirige, desde el principio del bienestar general.
Desde este punto de vista, el cuestionamiento llega al tema de la universidad y la educación
confesionales privadas, que educan sobre la base de directrices religiosas y no sobre la base
del interés general. El grupo, económico, político o religioso educa para el grupo. La
libertad de enseñanza, anota este escritor en su ensayo Universidad y sociedad (1986), se
confunde así con la libertad para enseñar. En ambos críticos encontramos algunas de las
causas fundamentales por las cuales el ensayo académico, en cuanto escenario de la crítica
y del discurso científico, ha encontrado resistencia sustanciales para su desarrollo.
Ambos ensayistas dejan clara la necesidad de normalizar las ciencias y de construir la
universidad como conductora de la tolerancia y del desarrollo. Independiente de cuán
programáticas resulten estas propuestas, ambos ensayistas esclarecen desde la
argumentación estética, histórica y filosófica, cuál es la causa del problema (o la famosa
“prueba explícita”) y por ello dónde está el escenario de su solución. Acuden en ayuda de la
argumentación ensayística, el propósito de persuadir a través del discurso dialogado o de la
confesión, o también, como lo indica Skirius (15), los momentos de ficción en el ensayo
12
que en otros casos se expresan como momentos ensayísticos en la ficción. Ambas
ancilaridades pueden observarse en Notas sobre la inteligencia americana (1939), donde
Reyes incorpora las categorías teatrales del coro, el personaje y el escenario o también en
Visión de Anáhuac 1519 (1923) donde introduce datos y excursos históricos eruditos en la
ficción.
No obstante, la primera mitad del siglo veinte fue la base que sirvió para consolidar el
ensayo académico y cosmopolita, aunque no haya edificado una tradición capaz de impedir
el acceso del discurso elocuente que imperaría al comenzar la segunda mitad del siglo. Ésta
trae consigo los fatales rezagos culturales del Populismo y sus dictaduras. La figura
patriarcal del líder populista carismático, anestesió los impulsos de modernización cultural,
como los mencionados procesos de normalización, y los sustituyó por el fanatismo. Este
fanatismo osciló de izquierda a derecha desde entonces y afectó profundamente, sin
eliminarla, la producción ensayística del continente. Coyunturas como la Revolución
Cubana y con ella la formación de partidos fanáticos en el continente, alternan con el
fanatismo anticomunista. La educación y la universidad se vieron afectadas en tanto fueron
víctimas de la politización e ideologización de su qué hacer. El ensayo perdió autonomía y
lo que es más grave aún, ignoró la existencia de una tradición propia, americanista que
cumplía más de un siglo y medio. La vulgarización del género se generaliza y ya es más
difícil distinguir los propósitos que se persiguen al escribir un ensayo y con ello se
confunden además los espacios de su divulgación.
En Colombia, la vulgarización del ensayo había sido cultivada por la intolerancia política
de mediados del siglo. Por ello, cuando el izquierdismo sobrepuso la ideología al arte y a la
ciencia, ya contaba con una tradición d la confusión.
En su Prólogo a Ensayistas Colombianos del Siglo XX (1976), Jorge Eliécer Ruiz afirma
que en América Latina, el ensayo “ha tenido una vida exhuberante” (9). A este inadecuado
superlativo, Ruiz agrega que en la obra del mexicano Alfonso Reyes, este género “alcanza
una lujosa pulcritud que se vuelve esotérico conceptismo, puro juego del espíritu, en las
ambiguas creaciones de Borges” (9). Atendiendo a este juego de palabras, resulta obvio que
para el prologuista, “exhuberancia” significa lujo, o mejor, recurriendo a su elocuencia,
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“lujosa pulcritud” que transmuta en banal esoterismo. Según este confuso y adornado
juicio, la supuesta pulcritud esotérico-conceptista de Reyes termina como una creación
ambigua en Borges. Ateniéndonos a la relación Reyes-Borges, vaga y confusamente
establecida por Ruiz, resulta imperante constatar si existe alguna correspondencia entre las
cualidades que éste le atribuye al escritor mexicano. A través de una representación poética
de Borges sobre Reyes, no tenida en cuenta por Ruiz, se desvelan otro tipo de influencias.
En su poema “In Memoriam A. R.” (1964) del la serie El Hacedor, el poeta argentino hace
un homenaje a su maestro mexicano, presentándolo como un símbolo intelectual y moral
ejemplarizante. El poeta denuncia la elocuencia y el superlativo, medios con los que sólo se
busca impresionar al lector. Estos medios son “frontispicios y renombres” que sólo hacen
parte de la simulación de cultura. Por ello encontramos a Borges en una modesta posición
desde la que dice al maestro:
“ [… ] Reyes, la indescifrable providencia
Que administra lo pródigo y lo parco
Nos dio a unos el sector y el arco
Pero a ti, la total circunferencia”
La circunferencia referida en el poema, no es ni el lujo, ni la exhuberancia que se le
atribuye al mexicano en el prólogo a la compilación de ensayistas colombianos de 1976.
Tampoco es ambigüedad creativa, pues la rotunda certeza del poeta es tan inconfundible
que además imagina a Reyes, luego de su muerte, “aplicado” a desvelar otros misterios, a
través del saber y del esfuerzo. No resulta sorprendente que la compilación de ensayos de
Ruiz y Cobo-Borda, no sólo no tenga coherencia temática, sino que no incluya algunas
figuras imprescindibles del ensayo colombiano en América Latina, aún a pesar del que los
compiladores advierten este vacío. Veintiséis años después de que esta recopilación fuera
publicada, sus editores han sido testigos de que uno de los críticos que excluyeron, recibiera
el máximo reconocimiento para quienes han cultivado el Ensayo en nuestro continente.
Curiosamente el premio que le fue otorgado a Gutiérrez Girardot, lleva por nombre Premio
Continental de Ensayo Alfonso Reyes 2002. Pero más sorprendente resulta que sólo seis
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meses después de la compilación de Ruiz y Cobo-Borda, apareciera la compilación de
ensayos Horas de Estudio (Gutiérrez Girardot, 1976), en la misma Colección de Autores
Nacionales del Instituto Colombiano de Cultura. El examen de esta exclusión, más que
atender a un caso individual, se convierte en un camino para entender el prejuicio que ha
conducido a esta concepción ornamental y politiquera del Ensayo, que podemos entender
como una “astucia de la razón”.
El dictamen que postula Ruiz sobre el ensayo, se basa en una aseveración de Ortega y
Gasset que no aparece citada completamente. En su prólogo a Meditaciones del Quijote
(1921) Ortega y Gasset dice “el ensayo es la ciencia menos la prueba explícita”, mientras
Ruiz elimina el término “explícita” (8) al citarlo. Este destacado intelectual español limita
el concepto probar desde la perspectiva de la razón instrumental. Lo probatorio no es
necesariamente lo fáctico, es decir, la capacidad de la ciencia para dar constancia de un
problema o para argumentar en torno al mismo, no se limita al dato fáctico. El ensayo en
las ciencias sociales y del espíritu, se ha apropiado del concepto prueba y lo ha
transformado, por ello su uso hoy no es exclusivo de las ciencias naturales. Su carácter
científico es la base semántica de su concepción, pero su uso depende del desarrollo de las
disciplinas que lo han adoptado. De esta manera, el ensayo puede tener propósitos
comprobatorios o especulativos. Si en él se comprueba una hipótesis, es elemental suponer
que se han aportado argumentaciones, se ha trabajado con un método y con el rigor propio
que todo campo disciplinario debe exigirse. Por ello cabe anotar que el ensayo es la ciencia,
cuando se propone ser científico y es especulativo, por otro lado, cuando se construye como
una expresión auto-conciente que no pretende aportar pruebas. Esta diferenciación conduce
necesariamente a transformar el concepto de ensayo, en tanto que género de la escritura
adscribible o ejercitable en cualquier campo académico o artístico. La reflexión
epistemológica al respecto debe partir de tipologías y no de un modelo totalizante que
desde muy temprano, desde Bacon por ejemplo, ha sufrido un continuo proceso de
diferenciación interna.
Junto con factores culturales como el conservadurismo modernizante y la cultura de la
elocuencia, el prejuicio, según el cual la prueba debe estar ausente en el ensayo, ha
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contribuido a mirar a las Ciencias Sociales y del Espíritu como disciplinas que cumplen un
papel ornamental en la sociedad. De aquí que la “pulcritud” del ornamento (o el ensayo
según J. E. Ruiz) conlleve a su “lujosa pulcritud”. En otras palabras, lo que se afirme o
niegue en un Ensayo, está exento de cualquier obligación argumentativa, dado que “la
prueba” ortegiana, no es su responsabilidad, en tanto que expresión de disciplinas que sólo
deben cumplir un papel ornamental aún cuando éstas se propongan reflexionar sobre el ser
en su devenir.
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