Reflexiones sobre la vida efímera
Reflexiones sobre la vida efímera
“Tras pasar toda su vida ocultas, para nosotros, de repente durante un día o dos
aparecen a cientos o miles, y por las noches se les ve revolotear y agruparse
alrededor de las luces y luego no son mas que un rastro de alas transparentes que
son barridas por el viento”. (www.naturalezadearagon.com)
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A veces el mundo es agradable
o Historias de duendes
Hay veces que el mundo es agradable, amable, delicado. Veces cualquiera, siempre
inesperadas, siempre bienvenidas. Puede ser incluso un Lunes, como hoy, aunque es más
raro que así sea, lo admito. Talvez no lo permita el enorme cuestarriba que nos espera con
sus siete escalones, cada uno más alto que el anterior.
A veces los otros parecen descubrirnos, re-conocernos y hasta adivinar nuestras
necesidades. Como si de pronto recién nos vieran, ocultos como estábamos en el
enmarañado mundo de actividades que habitamos. Nos sonríen, nos abrazan o simplemente
“entienden”; y otra vez estamos en los brazos de una madre original que, no por mítica es
menos real. Claro, si por real entendemos todo aquello que puede ser sentido, vivido y
¿porqué no?, imaginado.
Precisamente es este ensanchamiento de lo real, de sus bases que nos sostienen la clave de
la experiencia de felicidad. Nunca hemos dejado de ser niños que quieren ser sostenidos en
brazos de un mundo que no nos deje caer bruscamente; quizás porque aún no hemos sabido
crear ese mundo que anhelamos. Quizás por que haya algo necesario de ser aprendido en el
hecho de caer y levantarnos una y otra vez. Yo no lo sé, pero no cabe duda que a veces y
solo a veces el mundo parece creado también para nosotros. Y ya no somos una azarosa
consecuencia del destino, que bien podría haber sido otra, otro.
Es entonces, cuando se nos antoja que Dios además de jugar a los dados, conoce algunas
formas infalibles de hacer que por lo menos salgan tres seis; y por un momento somos los
elegidos. Después, el resto de los días, ya sabemos lo que sucede y no vale la pena
detenerse en ello. Por eso yo siempre estoy atento, detrás de la maceta de geranios donde
vivo, y espero paciente. Quizás mañana sea uno de esos días.
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Los demás
Sé que estaba aún en el Liceo, cuando pensé: “ los demás son los demás de los demás”. Y
poco tiempo antes: “El origen de todo es la relación” ( para que algo exista deben haber
existido antes por lo menos dos elementos que se relacionen entre sí dando lugar a un
tercero ). No cabe la menor duda que fue el primer pensamiento el que más me inquietó y
aún me inquieta; solo que, quizás, hoy lo formularía diciendo: “somos los demás de los
demás”, que es casi como decir: “no hay demás”. Afirmación arriesgada, por cierto, pero no
tanto si la lleváramos a “no hay de-más”.
Sin embargo, no somos tan ingenuos como para pensar que hemos resuelto el problema de
“los otros” o “lo otro”, como se estila enunciar en estos tiempos. Entre la mismidad y la
otredad, como aprendí a decir no hace mucho, se juega el partido.
Veinte años después de aquella tarde gris en que intentaba reconciliarme con el prójimo,
escribo estas pocas líneas, testimonio de una fatalidad no trágica: todos somos los demás.
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Los patios
Tres patios contienen toda mi infancia y hasta podría decir que la infancia toda se me
aparece como un patio infinito.
Tres patios muy distintos entre sí que, sin embargo, se continúan dentro mío y me es
posible pasar de uno a otro casi sin solución de continuidad; aunque con clara conciencia de
haber traspasado el ineludible umbral que los separa.
Tres patios. El de la que era nuestra casa, que en aquellos días llamábamos “el patio de
casa”, ignorando que en la parte alta existía otro patio-terraza al que no concedíamos el
prestigioso título de patio. Este último era simplemente: “la terraza” y parecía tener fines
más bien espurios para nuestras almas infantiles: descansar ( ¿de qué?, si nunca
nos cansábamos), tender la ropa limpia (que no podíamos ensuciar con nuestras manos
nunca del todo limpias) y lugar de los experimentos botánicos de mi padre (especie de
pseudo-bonsais, más bien feos y deformes).
El verdadero patio era el de abajo, lleno de plantas, flores, moscas y lombrices y muchos
“cachivaches” que periódicamente eran traídos por nosotros del “cachivachero” contiguo.
Tarros, maderas, juguetes y pedazos de juguetes en desuso, restos de manguera, pinturas y
pinceles endurecidos y abandonados que debíamos ablandar con tinner de lo de Gelpi,
donde teníamos libreta, es decir fiado. Aunque a decir verdad las más de las veces
usábamos kerosene (de la estufa) o nafta (de la moto de Papá), según la ocasión y nuestra
mayor o menor disposición a recorrer el interminable trayecto al almacén. Cuadra y media,
de las del interior, que se sabe son infinitamente más largas que las de la capital. ¡Suerte
que estaban las bicicletas sino...!.
En este primer patio, en verano, estaban también la piscina y el colchón inflable que ya no
aguantaban más parches y que en lo mejor del juego nos traicionaban desinflándose sin
concesiones. No sé porqué pero lo inflable en casa tenía corta vida, como si ésta (la vida)
quisiera recordarnos que es mejor no alentar infladas expectativas sobre las cosas, nosotros,
simples mortales.
El segundo patio, el de la abuela y tía paternas era por excelencia el patio verde,
“ecológico” diríamos hoy, donde convivían helechos y geranios, cretonas y alegrías, la
planta del azúcar y las azaleas y el limonero y el jazmín del país. Y por supuesto los
canarios y los cardenales. El único que no convivía o que hubiera preferido no hacerlo, si
alguien lo hubiese consultado, era el perro. Chiquito, negro, rabioso y garronero: el Tony.
Sin embargo, debo quebrar una lanza por él: sabía retirarse, aunque solemne y rabiando,
cuando nosotros, mis hermanos y yo tomábamos posesión de aquel patio que, aunque
excesivamente cuidado contenía resonancias y ecos de libertad y misterio. Mi tía y su
dudosa virginidad, mi abuela y sus tres maridos cuya imagen se iba desvane-ciendo en
borrosas fotos blanco y negro o coloreadas a mano. Tal vez alguna noche, o alguna tarde,
aquel patio había sido escenario de otros juegos que aunque descono-cíamos creíamos
presentir.
Y por último, el patio de los abuelos maternos. En realidad, nuevamente dos patios, que nos
negábamos a reconocer sino como duplicación especular de un mismo sitio diferenciado
apenas, aunque muy nítidamente, por el aljibe; lugar de ecos y seres imaginarios, de larvas
de mosquito sin dengue y de agua fresca, fresquísima que no entendíamos porqué no
podíamos beber. “Solo para regar las plantas”- decía la Mama, y eso era lo que hacíamos
resignados pero planeando algún desquite a la afrenta de los adultos aguafiestas.
Patio de las insólitas colecciones del Tata: botones, tornillos, corbatas (de la tienda de la
familia), clavos, sellos, revistas y las maravillosas herramientas que de tanto en tanto nos
dejaban el saldo de un dedo machucado o de un chichón que había que “cortar” con anillo
de oro o filo de cuchillo. Y después, a dejar todo en orden- “como lo encontraron”- decían,
pero nosotros sabíamos que no existía tal orden y estábamos seguros que los grandes de la
casa eran en realidad niños disfrazados que representaban aquel papel hasta que
estuviéramos en la cama, dormidos, que era el momento (no cabía la menor duda ), el
momento exacto, en que les tocaba el turno a ellos de ser dueños y señores de los patios.
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Las amigas
Ahora lo sé; acabo de descubrirlo. Después de tanto andar tras las huellas de una
comprensión que ya se me hacía imposible. Al fin lo sé y será muy difícil que vuelva
alguna vez a no saberlo nuevamente.
Ahora lo veo...claro como el agua. Ya está: mi infelicidad y mi felicidad son amigas. Las
mejores entre las amigas. Siempre lo han sido. Son amigas y van a todas partes juntas,
tomadas de la mano; inseparables. Allí reside el misterio de su relación.
¡Y yo que quise siempre separarlas!, aislarlas. Tener a una y dejar fuera a la otra. ¡pero que
tonto he sido!; seguro se han reído de mí, como lo harán incluso ahora que creo haberlas
descubierto. Ellas están unidas por infinitos pactos sutiles, tan sutiles como los ases de luz
que atraviesan todos los cuerpos; que nos atraviesan todo el tiempo, sin que lo sepamos.
Son tan amigas que, inclusive, intercambian prendas a veces o se visten iguales, como
hermanas gemelas y entonces ya no es posible saber con cual de ellas hemos pasado la
noche o el día.
Son, sin lugar a dudas, magas, hechiceras chinas del Palacio de La Bóveda Divina y
alternan sus apariciones entre El Salón de la Luz Difusa y el De las Perlas negras de Li
Tchao-Wei. Infelicidad y Felicidad (o Felicitas para los romanos) se hacen favores que se
cobran siempre, tarde o temprano, con altos gravámenes que no obstante paga el
desdichado que haya osado invocarlas.
Mucho tiempo creí que reinaba Infelicidad y que felicidad era tan solo una sirvienta cuyo
cometido era el de alentarnos a seguir soportando a tan despótica tirana.
Otras veces he creído que el problema de Felicidad en su timidez patológica y que todos
nos beneficiaríamos de su cura en un diván psicoanalítico. Aunque confieso que en
ocasiones el Conductismo me ha parecido mejor opción terapéutica para esta asténica
crónica. Algo así como ser feliz a prepo.
He recorrido la sabiduría oriental y occidental acumulada a lo largo de milenios, en busca
de claves o llaves maestras que no he hallado y hoy, un Miércoles cualquiera, las vengo a
pescar así, tan sueltas de cuerpo, tomadas de la mano por Rivera casi Acevedo Diaz, a las
risas. Si hasta me caen simpáticas.
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Apócrifos
I-Amarás a Dios sobre todas las cosas, aunque eso no sea más que amar al que te
salvará de la hoguera en la hora final.
III- No robarás, aunque te sientas eternamente robado por alguien y de algo que no
sabrás precisar. Tampoco lo harás aún sabiendo que, solo gracias a pequeños y
grandes robos metafísicos los hombres podemos disfrutar de las migajas del
banquete de los dioses.
IV- No desearás la mujer del prójimo aunque toda mujer es del prójimo, de un
prójimo visible o invisible, presente o pasado y ni aún sabiendo que nunca será
definitivamente tuya.
VII-No tomaras el santo nombre de Dios en vano aunque esa sea la única forma
posible de tomarlo ya que como nos recordara el hermano Borges: “nadie conoce
los énfasis de Dios”.
X-No levantarás falso testimonio ni mentirás, aún sabiendo que la verdad es la más
esquiva de las criaturas, y que muchas veces deberás vender gato por liebre
Enfance
A Quico y a Florencia
Hoy es el día... ¡al fín llegó!. Si parecía que nunca llegaría: ¡Diez años del Centro de
Educación Popular Buena Nueva!, en la tan pobre como extensa barriada de Zócalo chico,
paraje Los tréboles.
Anoche nadie durmió, cada uno pensando en su “actuación” al día siguiente, en “la
fiestita”, como le gustaba llamarla a André, más conocido por todos como “el francesito”.
A juzgar por los rostros, se diría que solo él durmió esa noche, a pesar de que ese era
también el día de su partida, de su regreso a Evreux, de donde había llegado hacía ya tres
años. Sin embargo, no era allí donde permanecería en el futuro dado que había sido
designado para coordinar el Proyecto “Amis des enfant”, en la periferia de Paris, sin duda
el proyecto más importante de su carrera.
En el centro no había quien no quisiese a André, pero era sin duda Carlitos quien lo había
adoptado como padre, desde el primer día. En rigor, se podía decir que había sido el
primero en verlo, ese catorce de enero en que el francesito había abierto con asombro la
portera de madera podrida atada con alambre que hacía de puerta. Carlitos había salido
corriendo para adentro, donde mateaban Amelia y Luis, encargados hasta entonces de la
institución que tanto había dado que hablar en el “Bureaux Enfance 2000”, solo quince días
atrás. “Chicos pobres, muy pobres del tercer mundo que pintan según el modelo de los
clásicos”...”¡incroyable!”, había dicho Madame Savoyer y como Presidenta del encuentro
había propuesto enviar inmediatamente un delegado que constatase y documentase el
método propuesto por los profesores latinoamericanos para, de ser posible, estandarizarlo y
replicarlo en otras zonas pobres del planeta.
“Es preciso recurrir al arte cuando la naturaleza es avara”, decía Schiller y ¡vaya si la
naturaleza había sido avara con aquellos niños”. “El arte, como nos lo recuerda Boucheron,
no consiste sólo en un deleite de los sentidos, sino “...en el perfeccionamiento moral”,
alegaba Madame Savoyer, “...y estos pedagogos del tercer mundo lo han comprendido
mejor que nosotros”. Y que equivocado estaba Salvador Rosa cuando en sus Sátiras decía
que: “...es preciso que los pintores sean eruditos, que tengan nociones de ciencia, de
mitología... etc”
Las breves palabras pronunciadas por Amelia, delegada uruguaya al Bureaux habían sido,
si se quiere, mucho más modestas pero daban cuenta de una experiencia en curso, de algo
vivo y bien arraigado que continuaría con o sin los fondos que habían venido a intentar
obtener, pero los franceses vieron la ocasión de hacer de aquello “la estrella” exótica del
encuentro y ya nada los detenía.
Luego de cócteles y desayunos de trabajo, que a Amelia más le parecían reuniones sociales
donde se comía y se bebía muy bien y se hablaba de todo (quizás su francés no fuese muy
bueno y por eso le parecían conversaciones dispersas), Madame Savoyer hizo entrega de
los papeles que acreditaban el giro de aquellos miles de francos que tan bien vendrían a la
barriada del Zócalo Chico. Se le dijo además que en quince días recibirían la visita de un
delegado francés encargado de inspeccionar el buen uso de los fondos, que por supuesto
descontaban: “¡burocracie!, ¡formalitè!...vous sabès bien...”.
Amelia y Luis se habían abrazado fuerte y habían llorado de alegría y de tristeza y luego se
habían reunido con los demás y les habían dado “la buena nueva”. Ambos eran católicos
practicantes, aunque gustaban de llamarse cristianos solamente, como si lo institucional les
quitase mérito u opacase una fe tan fuerte como modesta.
¿Habremos hecho bien?, se preguntaban esa misma noche abrazados en la cama, -Vos
sabes como son los gringos...-, decía Luis. –Lo importante son los niños luis...si ellos van a
estar mejor...-, había dicho Amelia pero en verdad dudaba más que su esposo y no le había
contado ni la mitad de los lujos y el despilfarro del Bureaux, porque de seguro si lo
sabía, echaba todo para atrás y la realidad era que precisaban aquella plata. “Me muero si
dentro de unos meses tenemos que cerrar el Centro por falta de fondos y los gurises quedan
otra vez sin nada. Aunque tendríamos que reencuadrar el trabajo, Mauro y Elisa ya se creen
pintores, esa no es la idea...¡esto se nos va de las manos!”, pensó Amelia antes de dormirse
esa noche y soñar con el Centro pintado por los propios niños a lo Torres García, a lo
Cúneo o a lo Barradas ¿porqué no?.
-¡Hay un hombre raro que viene!...¡viene un señor!- gritaba Carlitos. Luis y su mujer
dejaron el mate a un costado y salieron a recibir a Andrè que pidió disculpas por llegar tan
temprano... que estaba un poco confundido con los horarios... que había llegado ayer y le
habían dicho que el Centro no tenía teléfono y había hablado con “une señora MariCarmen,
très amabile... pero no haber entendido lo mensaje..por eso él”. –Está bien, hombre,
¡bienvenido!, le dijo Luis, campechano como de costumbre. –Un café?, le ofreció Amelia y
Andrè había aceptado.
Al rato fueron cayendo “los gurises”, que escudriñaron al recién llegado como si nunca
hubieran visto a un ser humano y no pararon de reír ante lo mal que hablaba el francesito,
que también reía y sonreía y se sentía más un antropólogo que un pedagogo; excepto
Carlitos que se escondió detrás de la puerta de la despensa y no salió de allí en todo el día.
Nadie sabía que le pasaba pero Andrè pidió que lo dejaran, “ya nos haremos buenos
amigos”, dijo en un español casi perfecto.
La remodelación comenzó esa semana y mientras la cuadrilla de obreros contratada (el
papá de Miguel, el hermano de Marianita, el tío de Carmen, es decir todos los parientes),
sentaba las bases de la ampliación del Centro, el grupo de “pintores” atacaba las viejas
paredes según el estilo del maestro escogido, ante la mirada fascinada de Andrè, tras el
lente de la cámara filmadora que lo registraba todo.
“Hay que realizar el equilibrio. El hombre íntegramente, el que está en lo universal...”,
volvía a pregonar Torres García desde el techo de la cocina.
Andrè se fue quedando, medio sin saber porqué, medio sintiendo que aquello le daba un
sentido trascendente a su vida, y otro poco porque de esa manera zafaba del servicio militar
obligatorio. Al tercer día, Carlitos salió de su escondite y como había predicho el
francesito, se hicieron grandes amigos. “Petit Gardel”, le llamaba, en una broma que a
Carlitos le encantaba porque lo hacía sentir importante, especial.
Hijo de madre prostituta y padre desconocido, era la simpatía hecha persona (en algo se
parecía al Mago), inventor, mentiroso y siempre llamando la atención, solo Andrè podía
sacarlo de una de esas rabietas que le venían cuando las cosas no se hacían como él decía.
Bastaba que el francesito le soplara la oreja o lo pellizcase en las costillas para que el
morochito de este abasto rompiese en risas e insultos premonitorios del retorno de la
alegría.
Pero hoy Carlitos no sonreía y si bien no había vuelto a esconderse tras ninguna puerta (ya
estaba grande para eso), daba vueltas con las manos en los bolsillos y no ayudaba en nada
de los preparativos de la fiesta. -¿Qué fiesta?-, decía- ¡no ve que son unos boludos... se
termina todo y ustedes hacen fiesta!, ¡están más locos que El Tornillo! (el loco del barrio)-,
decía y evitaba la mirada fija de Andrè que había intentado hablar a solas con él ya muchas
veces. -¿De que querés hablar?...si te vas será porque te tenés que ir ¿no?, ¿qué me decís a
mí?...¡gil!. ¿No serás puto vos y tenés allá un novio que te está esperando?.
La fiesta transcurrió sin otros contratiempos, vinieron de la Intendencia, del Ministerio de
Educación y Cultura y de la Embajada Francesa. Hubo brindis y felicitaciones...y
despedida. Andrè se abrazó con Luis y Amelia y con cada uno de los niños, excepto
Carlitos que no apareció.
Solo al arrancar el coche que vino a buscar a Andrè para llevarlo al Aeropuerto, lo vio
escondido detrás del ombú de la entrada. Quizás, sea más exacto decir que vio dos ojos
negros, muy negros, que le hacían adiós al tiempo que lo maldecían.
Andrè bajó la mirada y pudo sentir claramente el ruido que hacía su alma al romperse en
mil pedazos.
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Ella y yo
Cuando niño éramos amigos, muy amigos, inseparables diría. Ella siempre estaba allí,
esperándome para jugar. Siempre con ganas de jugar, como yo. Éramos uno, nadie hubiera
podido distinguirnos, salvo utilizando un dispositivo completamente artificial y falso.
Nos amábamos, eso era claro para todos, y aunque a algunos parecía molestarles nos
dejaban hacer el amor entre las macetas del patio o en las aguas del Rio Negro.
Ella era mucho mayor que yo, eso era evidente, pero cuando estaba conmigo se ponía a mi
altura, como si se arrodillase y le gustaba sentirse niña otra vez. Yo, por mi parte, hacía
como que no supiera de la diferencia, para no avergonzarla y para que pudiéramos seguir
jugando.
A medida que fui creciendo, inevitablemente nos fuimos alejando. Primero de manera casi
imperceptible; luego ya la brecha se hizo visible, y aunque ambos tratábamos de ocultarlo
(ella más que yo), ya nada podría unirnos de aquella manera. Nunca supimos el porqué,
aunque por supuesto se invocaron causas de todo orden: naturales, sociales, psicológicas,
espirituales; lo cierto es que ambos quedamos penando el uno por el otro. Y aún hoy, en las
noches silenciosas de mi pueblo, se oye un grito desesperado, que es respondido por otro no
menos perentorio, que se apaga solo segundos después del primero. Algunos comentan que
nos han visto en las madrugadas, nadando juntos en el río de ónix, tratando de alcanzar la
otra orilla.
Ella y yo sabemos que solo son fantasmas de un pueblo que no se resigna a la pérdida de
aquella pareja perfecta que formábamos la vida y yo.
La playa
¡Había corrido tanto a lo largo y ancho de la playa!; había hecho tantos esfuerzos por llegar
allí, justo allí, a ese punto preciso e infinito, que no podía creer lo que veía: aquel punto no
existía. Si, lisa y llanamente, si es que puede hablarse así de algo trascendente: el cero,
origen y fin no existía. Era apenas una continuación borroneada, difusa, casi un sobrante
que caía entre el uno y el menos uno.
Pensó en esperar, quizás sus ojos aún no se habituaban a lo numinoso-ominoso de aquel
encuentro-desencuentro con lo uno. Siempre había creído que el uno era ya una salida de
“lo uno”, debía haber un cero que, paradoja del lenguaje, fuese lo uno. No es que fuera
bueno en Matemáticas o filosofía metafísica, es que lo uno lo reclamaba desde su
nacimiento ( ¿quizás desde su concepción?, o aún antes cuando él mismo aún no era sino
parte de lo uno).
El sol comenzaba a descender sobre el horizonte y el anaranjado fuego había encendido el
diagrama sobre la arena; los intervalos entre el tres y el cuatro se quemaban lentamente,
hasta casi chamuscarse, del dos al uno una línea de plata recorría los espacios y allí donde
debía estar el cero se había detenido una araña blanca, muy blanca, ajena por completo al
enigma ¿o no?. El hombre negro, muy negro pensó en retirarla, pero algo le dijo que
aquello era parte de lo que aún se dibujaba, paría. El parto de lo uno sería lento, ¡como
podía ser de otra manera!, ahora lo entendía, era su ansiedad que lo había hecho llegar a
conclusiones apresuradas, Una ráfaga de luz lo atravesó y encendió nuevamente la idea:
había llegado.
No supo cuanto tiempo estuvo dormido, ¿o solo meditaba entre la bruma salada de la
orilla?; al abrir los ojos tuvo miedo de ver y de no ver ( la ceguera y la luz son igualmente
terribles, pensó; pero no hay alternativa ¿o sí?).
El sol ya había comenzado su eterno retorno. El frío helado de la mañana hacía marmóreo
su cuerpo azabache que minutos antes, cuando él no podía verse a si mismo, sumido en
aquel sueño alfa, había tomado el brillo de la plata, perlado por el rocío y la entrega del
alma, como solo un santo puede hacerlo.
La luz del día entró a borbotones en su blancos ojos de negro y su cerebro demoró unos
segundos en responder: la blanca araña había parido decenas de hijos blancos que se
alineaban en un círculo casi perfecto, formando un cero absoluto.
El hombre negro tuvo frío en su cuerpo desnudo que ninguna hoja de parra vino a cubrir en
su desnudez primigenia.
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Santo y seña
Rompecabezas inútil
y tan necesario
quiero armar
de mis años primeros
de Maldonado y Paraguay
Y luego
aquella casa
a la vuelta del hospital
Mercedes
Remolachas
rojas baldosas
adoquines
cazábamos mariposas
con ramas cualquiera
en la esquina
de Roosevelt y …
ya no recuerdo
lo de Gallastegui
almacén
de azúcar en bolsa
de arpillera
y café
adoquines imperfectos
Vida-calle
de los Villalba
y los Bistolfi
y los Ruso
y los Moreira
nuestro barco-casa
encallado
fantasmal
resistiendo
dictadura y más allá
de sillones largos
infinitos
inventados por Papá
arquitecto sin título
habilitante
habilitado
artista
maestro
De madre-libro
y palabra
palabras
como juegos
o tesoros
infinitos
de futuros prometidos
inexorables
hechos de sueños
y nada de realidad
De Borges
y Delmira
de Lockhart
y Juan Francisco
y de Schubert
Marota
y del Dios verde
y de río
de bote
y arenitas de oro
de rabito
de Tata
y Mama
y Teté
y Tío Luis
de Doña Celia
y La Tía Olga
de Elbio
y de Laura
de porche
y ventanales
de amigos
y de enemigos
visibles
y de los otros
y de una copita
de algún alcohol
cualquiera
de un “alcoholito”
de Chichita
y de Fulvio
y de Florcita
y de María
y de Zalito
Gonzalito
Y de Fernando
el sin apodo
que achata el culo
o vive en las nubes
al que la realidad lo supera
y entonces sueña
y llora
histérico
Dios desterrado
ángel
y demonio
de secretos
a voces
Y de noches
que protegen
de medias luces
y lámparas
de paredes desiguales
y muebles
pintados multicolor
y de plantas
patio salvaje
luz de luna
Dama de la noche
¡que es hoy!
¡hoy florece!
de pecera
y carasius
y mantel verdiblanco
en picker
en mesa de hierro
y marmol
y servilletas de tela
y lecturas de sobremesa
indigestas
y trascendentes
Santo y seña
de un más allá
digno
posible
Y el fantasma
de lo mediocre
mordiéndonos los talones
garronero
A la muerte
nadie la nombra
y si nadie se entera
que existimos
nos reencontraremos
en un cielo de ateos
segunda oportunidad
Y entonces sí…
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Cumpleaños
La niña no tuvo tiempo de mirarse, ni una sola vez, al espejo de la sala mientras era casi
arrastrada por la niñera, hacia su primer día de colegio. No hubo despedidas, ni llantos, ni
madre que quisiera retenerla. Nadie que le impidiera crecer, o que al menos se resistiese un
poco a lo inevitable. Y así creció y creció y se hizo vieja, no sin antes haber sido joven;
primero muy joven y después ya no tanto. Y se enovió y transcurrido un tiempo prudencial
no hubo que decirle dos veces que era necesario casarse. Tuvo hijos que estuvieron en su
vientre y luego ya no. Y crecieron como ella y se enoviaron y se casaron y se fueron. Fue
abuela, enviudó y recibió visitas de condolencia y pésames. Enterró a su padre y luego a su
madre y hermanos. Concurrió al médico cada vez que fue necesario y al dentista con
asiduidad. Cepilló siempre su cabello hasta dejarlo sedoso. Cumplió noventa, y entonces sí,
le pareció que ya a nadie haría daño y dijo bajito: “mamá...no quiero ir al colegio”.
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Ciruelas
La mujer tiende la ropa en el patio soleado, de pastos mal cortados, yuyos y árboles
frutales. El cardenal canta más y más alto, en franca competencia con los canarios chillones
que no logran hilvanar una frase musical completa. El niño juega con el camión recién
reparado por las habilidosas manos del padre. El hombre come ciruelas ávidamente y va
guardando los carozos en una bolsita de nylon y parece más interesado en la cantidad de
carosos, futuros ciruelos, que en su propio placer degustativo. No hay viento, ni brisa suave
ni aire fresco que mengue el bochorno. La tía Lola vendrá a las tres. A las cuatro y media
juega Uruguay contra Bolivia. De almuerzo hay milanesas con arroz. “Tiempos viejos”, de
Romero y Canaro, suena tras el paredón de bloques e hidrófugo que los separa del vecino.
El camioncito se tranca entre dos mitades de ladrillo, sobrantes del galponcito de reciente
construcción, aún sin terminar. El hombre guarda la última semilla y le hace un nudo a la
bolsa.
_A comer-, dice la mujer. Es verano.
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De ronda
El gato blanco, con manchas marrones como de café en el lomo, se despierta, se despereza
e inicia la consabida ronda nocturna.
Nadie lo sabe, solo él... y Dios si es que existe ( y a decir verdad Dios quiera que exista
Dios... al menos por razones poéticas ).
Estira una pata, luego la otra pata delantera, luego las de atrás, el cuello, ahora todo el
cuerpo y de un salto se para erizado como para un combate fatal. Ya camina, como en
puntas de pies, sigiloso, por el pasillo a cuyo lado se distribuyen las habitaciones. Entra
primero al dormitorio matrimonial y encuentra allí a Sara, su ama, que duerme sola
abrazada al manojo de sábanas arrugadas donde hasta hace un momento dormía Julián, su
esposo. El gato mira fijamente a los ojos cerrados de la mujer y el movimiento ocular
incesante le hace saber que ella sueña. Ahora la toca con la cola y Sara se queja y parece
que va a ponerse a llorar. ¡Otra vez no...!, dice en sueños y mueve la cabeza alejando quien
sabe que fantasmas.
El gato sale y se dirige al cuarto de Ariel, el hijo, que no duerme sino que navega por
Internet, alucinado, chatea, se filma o escanea fotos que envía a amigas cibernéticas que
dicen llamarse Carol o Anita. El es “sabueso 117”, en el chat MSN. Ariel no ve al gato que
se le enrolla en las piernas pero instintivamente lo patea. El gato se lame el golpe y sale con
la cola en alto, desafiante.
En el cuarto contiguo Doña Inés, madre de Sara, revisa fotos viejas del álbum familiar y las
cambia una y otra vez cada noche según asociaciones cada vez más aleatorias, incluso
totalmente arbitrarias a veces. Cada tanto llora y moja al gato en el lomo con sus lágrimas
que ya no son saladas, sino insípidas y tibias.
Ya afuera el gato se dirige al living donde Julián saca cuentas y revisa papeles, mientras
fuma unos cigarrillos largos y finitos que su mujer trajo de Oriente, en su último viaje como
traductora. Cigarrillos que no termina nunca por que se aburre y los apaga poco después de
la mitad.
Entre los papeles, facturas, recibos etc, encuentra el contrato de arrendamiento del
apartamento que en el inciso XII a, dice: “No se permitirán animales de ningún tipo en el
condominio”. El hombre mira al gato a los ojos y cree entender las razones del inciso.
Domingo
Hacía ya rato que los niños jugaban en la calle solitaria de un Domingo más. Los juegos
conocidos ya habían sido dejados de lado y dormían recostados a las alcantarillas
mugrientas en el límite de los barrios. Uno hacía proezas con una pelota de tenis que
lanzaba al aire de mil y una maneras distintas y a la que recogía con la misma
versatilidad. Otro giraba sobre sí mismo en una pierna, muy serio y luego se detenía
escuchando los interminables aplausos de un público siempre fiel y agradecido. El tercer
niño “solo” pensaba, es decir: era el más ocupado.
Aquello parecía eternizarse y ciertamente hubiera podido seguir así hasta el infinito, pero
nosotros, lectores adultos y desencantados, sabemos que nada es eterno y que tarde o
temprano algo sucede ( aunque a veces sospechemos que ese algo no es más que una
excusa de Dios para relanzarnos a una nada eterna enmascarada de sentido).
No podríamos decir que ellos esperasen que algo sucediese, más bien se dejaban llevar por
la corriente apenas sostenidos por algún gesto repetitivo, mecánico autista.
Las moscas hacen su aparición, primero en la oreja de uno, luego en el muslo desnudo del
otro. Al tercero no lo tocan o él no las siente (nunca lo sabremos). Entonces sí, sin que sea
necesario decirlo, los tres saben que llegó la hora y paran las orejas, abren bien grandes
los ojos, se les erizan los pelos. No dicen nada, aunque la respiración habla por ellos. Les
viene frío (cosa imposible en un enero del interior del país) y se separan. Caminan en tres
direcciones distintas, cada uno hacia su casa, como autómatas; la gente los mira con
asombro y miedo, pero ellos (es decir: cada uno de ellos) solo caminan hasta el punto
convenido. Una vez allí, la línea plateada los une en un arco luminoso que pronto es una
plataforma. En apenas segundos son vestidos con trajes apropiados a la atmósfera lunar y
se marchan.
En la vereda se agrupan moscas en torno a una pelota de tenis ya gastada.
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Grapamiel Vesubio
Armando cayó de boca, en el escalón roto de la vieja casa familiar; pero a pesar de lo
estrepitoso de la caída, solo manó sangre de su labio superior, bastante impresionante de
todos modos, para alguien que no supiese lo sucedido. Adentro de la casaquinta de los
Pereira, seguramente dormían a pata suelta, como solo duermen los solterones, sus
hermanos Pedro y Marta, (Martita para las viejas tías aún vivas, por parte de madre). Eso
no le importó o quiso que no le importara, ya que el hilito de conciencia disponible solo le
daba para añorar su cama pulcramente arreglada, como todo en aquella casa que
albergaba soledades fraternas en el más límpido de los ambientes.
A lo lejos se escuchó un gallo tempranero que no distinguía Domingo de Lunes, como no
suelen hacerlo los de su especie, llamando a levantarse o saludando a la aurora, ¡Quién
puede saberlo!. Toby, el cocker spaniel negro y blanco de los hermanos, apenas levantó la
cabeza, y las orejas, pero al reconocer una borrachera más de su amo, volvió a dormirse.
Una luz tenue y azulada hizo su entrada en escena, filtrándose despacito por las grandes
ventanas del living en que descansaban, cubiertos de tela blanca, sillones y mesas y dresoir
y espejos y retratos de la madre y del padre y algún que otro cuadro verdadero junto a
buenas copias de Velásquez y de Rubens. Todo allí desafiaba el paso del tiempo, gracias al
esmerado empeño de Martita y Doña Inés, la gran negra sirvienta que, a pesar de su
reciente mastectomía, ayudaba en los quehaceres domésticos, fiel y agradecida a los
Pereira de dos generaciones.
Pedro se movió en la cama y pareció que iba a despertarse, pero se dio una vuelta
completa y quedó boca arriba, derechito, como ensayando una postura fúnebre, al tiempo
que dejó de roncar y dijo, bajito y en sueños, algo incomprensible.
Martita si abrió grandes los ojos, negro azabaches, que tanto admirara el coronel Díaz
amigo íntimo de su padre y que en su momento había sabido pretenderla, aunque respetó
su decisión de no dar inicio a “algo que no conduciría a buen puerto”, según había dicho
ella ( aunque nadie conociera las razones del vaticinio). Abrió también la boca en un
bostezo profundo que acompañó de brazos perezosos que la desperezaron como
cumpliendo una orden incontestable.
Al rato, ambos Pereira desayunaban suculentamente en la gran cocina de alacenas
recientemente pintadas (debiéramos decir retocadas, una vez más, en su pintura), solo
extrañados por la insistencia de Toby en salir a la calle, más temprano que de costumbre.
Fue cuestión de un segundo, un pensamiento cruzó como un rayo por el cerebro de los
hermanos, se diría que al mismo tiempo: había sucedido lo que tanto temían. Armando no
iba a vivir para siempre, con aquellos excesos, que además de pecaminosos atacaban su
salud, ya debilitada por la diabetes, diagnosticada por el Dr. Pelayo, médico de la familia,
que había enterrado a sus padres, pacientes de toda la vida y que a sus ochenta y tantos
contestaba telefónicamente, desde su mecedora, las consultas de los Pereira, siempre por
su hermano perdido (así lo sentían).
Pero ahora aquello había llegado y era necesario hacer los preparativos para que, al
menos, tuviese un velatorio y entierro en regla, con oración y ruego por su alma, que de
todos modos iría al purgatorio por quien sabe cuanto tiempo.
Esto pensaba Marta, a quien siempre le había parecido que ese sería el destino de todos,
hasta de los mejores, porque ¿quien podía sentirse libre de haber pecado en esta tierra de
tentaciones?; aunque más no fuera de pensamiento, y eso era suficiente, eso
creía, así que el cielo o el infierno le parecían posibilidades remotas, ambas por igual,
aunque aspirara al primero, obviamente
Se habló lo necesario, se lloró en silencio, y se tocaron los hombros en señal de pésame,
antes de salir al zaguán donde constatarían lo que ya sabían.
_Al menos murió en casa-, dijo Marta
_Como siempre quiso mamá, a quien tanto hizo sufrir-, contestó Pedro y entraron el
cuerpo que yacía flácido y hediondo de grapamiel vesubio.
-
La ominosa razón del universo
La familia creía ir por buen camino, sin embargo aquellos desvíos permanentes en la ruta
les parecían cada vez más innecesarios y habían empezado a inquietarlos. El padre buscaba
conservar la calma, cosa que le costaba un gran esfuerzo aunque de observarlo
superficialmente, nadie lo hubiera dicho. Solo la visión apenas perceptible de su mano
sobre la palanca de cambios hubiese delatado aquel finísimo pero constante temblor y las
diminutas gotitas de sudor que a pesar del frío reinante, la cubrían casi por completo.
Ana , la madre cobijaba a Marcelo, el pequeño, entre sus brazos que al pequeño le parecían
poderosos, indestructibles y que ella sabía tan débiles, solo animados por la fuerza de su
espíritu; el mismo que n otro momento la había llevado a empuñar las armas por un futuro
libertario para su pequeño país, amado y odiado por igual a causa de aquella ambigua
naturaleza nacional que lo hacía tan apto para la libertad como para la servidumbre más
abyecta. “Somos cínicos”, sentenciaba ella, “creemos en algo pero no estamos dispuestos a
arriesgar la pequeña porción de seguridad que nos queda”; y entonces el mate y el pucho y
las interminables reuniones de comité se le aparecían como frenos que aplacaban briosos
impulsos hacia el ideal soñado y temido. Aunque en aquel momento, nada de eso pensaba,
sino que concentrada en llegar a la granja de los abuelos paternos, echaba miradas casi
furiosas al camino que se había hecho laberinto y parecía ordenarles detenerse, allí mismo:
en el centro inequívoco de la nada.
El coche se detuvo y los cinco Benítez se bajaron, entre sorprendidos y enojados por aquel
inesperado destino. No era, ni mucho menos, la primera vez que visitaban a los abuelos en
aquella zona cercana a Joanicó, y nada hacía pensar que era posible perderse allí, entre
viñedos y campos semi-sembrados. Bastaría con acercarse al caserío más cercano y
preguntar, pero cada vez que lo intentaban, un desvío los alejaba, allí donde antes no
parecía existir nada por el estilo.
Antonio Benítez pensó que aquello era una especie de metáfora viva de lo que había sido su
vida, ¡que decía!: de lo que había sido la vida de toda su familia, que él no dejaba de pensar
que se debía exclusivamente a su mala suerte; una especie de yeta que lo acompañaba
desde niño. El no creía en esas cosas, pero algo parecía querer imponerle esa idea tan
alejada a su confianza maoísta en la voluntad del hombre; “Vivir no consiste en respirar
sino en obrar”, “la acción no debe ser una reacción sino creación”, aquellas frases aún lo
sostenían
¡Vamos!-, dijo la madre y los cinco se pusieron en marcha, a pie, hacia lo que avizoraban
como el inicio de la ruta que los llevaría de vuelta a casa. (Debió decirse que el fusca no
quiso ya arrancar y que un misteriosos humo rojizo salió del motor, seguido de estertores
sordos y de mal agüero).
Ya de vuelta, la familia Benítez se abrazó y lloró el amargo despertar de sus conciencias en
Corse du Sud, pequeña localidad rural al sur de Francia en que ya llevaban diez años de
exilio.
Faltaban seis meses aún para que el avión de Air France los trajera de vuelta a Martín. C.
Martinez 4375, casi Dieciocho de Julio. Allí los esperaba Inés con sus ochenta y dos años
recién cumplidos y un Alzheimer avanzado que hacía poco probable el recuerdo.
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La inundación
a los espíritus indígenas que retornaban vengativos, camuflados en “pájaro mosca” o “tente
en el aire” como gustaban de llamarle algunos.
Se sabía de antaño que la presencia de estas aves sumada a la del cururú o ampatú, sapo de
gran tamaño, presagiaba algo malo que retornaba de la noche de los tiempos.
Los Amenabar, que por supuesto no creían en nada de esto, apenas sonreían ante las
desagradables especulaciones de la chusma “¡miedosos, cobardes!...la sangre patricia no le
teme más que a la deshonra…¡pero ellos que saben!”, declamaban ya casi en las azoteas de
la imponente mansión de tres pisos que se erguía majestuosa, sobre las crecidas aguas del
río fantasmal. Algunas malas lenguas, si embargo, decían que las mujeres de la familia
habían comenzado a temer y soñaban con invasiones de emplumados y muertes terribles,
atravesadas por filosas flechas o silbatanas infalibles con proyectiles envenenados. Sobre
todo Doña Juana Amenazar, matriarca indiscutida, habría confesado una visión en la que I
Yará, espíritu del río le hablaba de añá (el demonio) y cuña-payé (hechicera) palabras que
Doña Juana juraba no conocer, y que fue necesario traducir consultando a un prestigioso
historiador de la zona.
El domingo amaneció lloviendo. Los Amenabar ya prácticamente acampados en los techos
de la mole de cemento y ladrillo, se habían sentado en torno a un improvisado fuego que
uno de sus peones había armado, con restos de nobles muebles, de maderas oscuras y
olorosas y más parecían una anciana tribu que una familia tradicional y europea. De repente
paró de llover y un inmenso arcoiris dividió la escena que todo el pueblo vio, o creyó ver, y
que contarían a sus hijos y nietos. Del Río Verde que lamía el borde del pomposo estucado,
ascendieron decenas, luego centenares de mainumbíes verdeazulados que parecieron
detenerse en el aire unos segundos antes de que la familia sintiera que mil y una flechas
atravesaban sus atónitos cuerpos y mentes. Segundos después, decenas de guavirobas
(canoas), de tronco de yuchán, huían en dirección norte dejando atrás una estela de nombres
gritados al viento: I Yará, I Ypora, Ñancupán y otros.