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Testimonios de Freud y el Pase Inaugural

1) Freud sueña el sueño de la inyección de Irma, que lo lleva a descubrir las claves del inconsciente y el psicoanálisis. La relación de transferencia con Fliess es fundamental en este proceso. 2) En 1910, Freud realiza un viaje a Sicilia con Ferenczi. Este viaje parece haber servido como un intento improvisado de "pase" para Freud, aunque el dispositivo del pase aún no existía. 3) Años más tarde, Freud recuerda otro viaje a la Acrópolis que parece haber

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Testimonios de Freud y el Pase Inaugural

1) Freud sueña el sueño de la inyección de Irma, que lo lleva a descubrir las claves del inconsciente y el psicoanálisis. La relación de transferencia con Fliess es fundamental en este proceso. 2) En 1910, Freud realiza un viaje a Sicilia con Ferenczi. Este viaje parece haber servido como un intento improvisado de "pase" para Freud, aunque el dispositivo del pase aún no existía. 3) Años más tarde, Freud recuerda otro viaje a la Acrópolis que parece haber

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LOS TESTIMONIOS (DEL PASE) DE FREUD1

Por Marcelo Mazzuca

Voy a referirme hoy, en esta actividad del Espacio Escuela dedicada al tema del pase inaugural, a
los testimonios que en esta dirección podemos reunir a partir de la pluma de Sigmund Freud.
Particularmente, a lo que una psicoanalista propuso denominar (en un trabajo presentado en el año
1977)(1) “el supuesto pase de Freud”, en referencia a un viaje realizado junto con su reciente colega y
amigo Sándor Ferenczi a la ciudad de Siracusa, en el otoño europeo de 1910, y a los rastros y
consecuencias que de esa experiencia podemos encontrar en distintas correspondencias.

La hipótesis que pretendo explorar con ustedes surge del trabajo mencionado de Diane
Chauvelot, y consiste básica-mente en suponer una suerte de necesidad de pase, para decirlo de manera
preliminar, a la que Freud se vio conducido en el transcurso de aquella fase vertiginosa que podemos
suponer como la del final de su experiencia analítica. Es decir, de esa experiencia que podemos calificar
de trabajo analizante que el inventor del psicoanálisis llevó adelante a través del diálogo con otro de sus
colegas y amigo, el médico berlinés Wilhem Fliess.

Claro está que no se trata en ese caso del pase en tanto dispositivo, instrumento que Lacan
inventa y propone casi 50 años más tarde. El punto que me interesa pensar con ustedes, es si no hay
acaso alguna razón de estructura que condujo a Freud, primer analizante, a encontrarse en la situación
que hoy llamaríamos la del momento del pase clínico, y a tener que testimoniar de aquel pasaje fuera del
análisis o fuera de la transferencia. Podría decir pasar afuera, en el doble sentido de la expresión: tanto
dar el paso hacia fuera de la transferencia analítica (paso que Lacan piensa como el acto que transforma
al analizante en analista), como realizar el trabajo de elaborar un testimonio sobre aquella experiencia,
pero hacerlo por fuera de la relación con quien ocupó el lugar del analista. Puedo anticipar que lo
ocurrido entre Freud y Ferenczi da la idea acerca de otra necesidad, la de elaborar un dispositivo que
haga lugar y que brinde las condiciones de posibilidad para alojar esa primera necesidad surgida de la
experiencia.

1Este texto fue publicado originalmente en Ecos del pase, editado por Letra Viva y el FARP, Buenos Aires, 2011.
Para exponer mis argumentos voy a tomar tres referencias textuales que representan tres
momentos distintos de la experiencia freudiana: el sueño inaugural o sueño de la inyección de Irma
(soñado en junio de 1895 y relatado por Freud en La interpretación de los sueños), la correspondencia entre
Freud y Ferenczi (especialmente las cartas del 2 y 6 de octubre de 1910), y el texto freudiano de Una
perturbación del recuerdo en la Acrópolis (correspondencia que Freud le enviara en 1936 a Romaind Rolland
en ocasión de su cumpleaños número setenta). Para mayor claridad, voy a desplegar las referencias en
orden crono-lógico.

Carta 1: El sueño de la inyección de Irma o el “paso inaugural”

Este es el primer testimonio que quiero considerar. Se trata del relato del sueño que condujo a
Freud a descubrir las claves del campo del deseo inconsciente y a inventar el dispositivo psicoanalítico
que practicamos hasta el día de hoy sin haber introducido ningún cambio sustancial. Es por eso que
tiene el valor que tiene, es el testimonio de un Freud analizante, en plena tarea de análisis
(incorrectamente considerado “auto”), en medio de su relación de transferencia con Wilheim Fliess.
Esto es lo que quiero poner hoy en primer plano, y para eso tenemos que recordar brevemente
las condiciones que llevaron a dar ese paso inaugural(2).

El punto es el siguiente: tras el interlocutor de Freud en la vida diurna, su colega y amigo Otto,
se esconde el peso de la palabra de Fliess y un diálogo que trasciende la escena diurna y se continúa en
el sueño. El primero, Otto, aporta la incitación del sueño: tras el tono con que alude a la insuficiencia
de la cura de Irma, Freud interpreta un reproche que intentará objetar y tramitar con la elaboración del
sueño. El segundo, Fliess, constituye el telón de fondo de una conversación que determina el deseo del
Freud investigador. Es la persona que cumple la función que hoy día llamaríamos “sujeto supuesto
saber”, y que aporta letra a Freud a través de la correspondencia por carta que mantenían en aquella
época. Entre ambos se encuentran los personajes que en la escena del sueño revelan hasta qué punto
puede descomponerse el yo de Freud y qué orden de identificaciones lo constituyeron. No voy a entrar
aquí en esos detalles.

El punto importante es que el sueño concluye una primera vez en la imagen horrorosa de la
garganta de Irma, representación que condensa la alusión a la dimensión real del objeto que carece de
imagen especular tanto como el real propio de la sexualidad femenina. Es el primer punto en donde las
teorías delirantes de Fliess (acerca de la relación entre los cornetes nasales y los ciclos de la sexualidad
del hombre) se manifiestan en la escena onírica. Emergencia de lo real que generalmente produce el
despertar del soñante, pero como Freud tiene agallas, dice Lacan, continúa soñando. Se trata del empuje
y la manifestación de un deseo decidido. Hay allí un paso en el interior mismo del sueño.

Esto da lugar a una segunda secuencia, y el sueño concluye entonces una segunda vez con la
ilustración de la fórmula química de la trimetilamina, otro punto más en donde las teorías de Fliess se
traducen en las letras de la fórmula de una sustancia presente en el esperma del hombre.

Dos manifestaciones de lo real, entonces, que para resumir podemos definirlas de la siguiente
manera: la primera lo lleva a Freud a confrontarse, en el borde mismo de su imagen especular, con el
objeto al que se reduce ante el enigma del deseo del Otro o deseo femenino (aspecto que el sueño
expresa con la multiplicación de personajes masculinos y femeninos); la segunda lo hace chocar contra
la materialidad de letra a la que para él se reduce Fliess en el límite de su interlocución. Podríamos decir
que allí ambos yoes se desvanecen. Sólo quedan una voz casi anónima y una letra que lo es aún más,
elementos que sin embargo revelan y producen al mismo tiempo el inconsciente que podemos calificar
de “freudiano”. Nada más y nada menos. Además, un significante que puede considerarse nuevo y que
muestra hasta qué punto el código del saber médico fue alcanzado en el corazón de su insuficiencia. Es
el significante solución (losung), que se manifiesta casi como un chiste en su equivocidad: la solución del
deseo neurótico no es más que otra solución, la de la fórmula química que representa en el sueño la
estructura lenguajera del inconsciente.

Hasta aquí el primero de los testimonios que quería poner a consideración. El diálogo a través
de las cartas que mantiene Freud con Fliess es allí absolutamente determinantes. Como les digo,
podemos encontrar ahí un testimonio claro de un Freud que se hace, a partir de su relación de
transferencia con Fliess, analizante de sus propios dichos. El resto lo deben conocer, el duelo por la
muerte de su padre condujo a Freud a la necesidad del análisis que consiguió llevar a cabo a través de
una cantidad importante de sueños.

Carta 2: El supuesto pase inaugural o el “pase fallido”

Tomemos ahora un segundo momento de esta misma interlocución fundamental. Se trata del
período en que la transferencia de Freud a Fliess se está elaborando y desmontando. Estamos en el
verano-otoño de 1910 y Freud, como lo hacía habitualmente, realiza su viaje de vacaciones al sur de
Italia, esta vez junto a su reciente amigo y discípulo Sándor Ferenczi. En el medio, allá por el verano de
1904, se había producido el viaje que llevó a Freud junto con su hermano menor hasta la Acrópolis de
Atenas, episodio que considera-remos luego a partir de un tercer testimonio.
¿Qué es lo que ocurrió en aquel viaje que pueda atraer hoy nuestra atención? Lo voy a decir
sencillamente: la necesidad que parecía experimentar Freud de estar en la situación de pase y de
testimoniar de aquello. Por supuesto, no existiendo aún el dispositivo Freud se veía obligado a
improvisar el suyo. El punto interesante es preguntarse por qué Freud eligió para eso un viaje de esas
características y un interlocutor como Ferenczi, y cuáles fueron las consecuencias de dicha elección.
Empecemos por lo primero.

Recordemos que los viajes parecen haber tenido para Freud un significado y un valor especial
desde su juventud. Es el propio Freud quien los pone a cuenta de sus anhelos adolescentes, de su
pasión por conocer el mundo y realizar experiencias nuevas y de su ambición por ir un poco más lejos
de lo que fue su padre. Incluso, no pocas veces ha utilizado una metáfora como la del viaje (sea éste en
barco o en tren) para referirse al recorrido de un análisis. Lo hace por ejemplo en el texto que
conocemos como el de la joven homosexual, advirtiendo que ambas experiencias (la del viaje y la del
análisis) pueden dividirse en dos fases. En la primera uno realiza los preparativos pertinentes, es decir,
reúne los elementos que darán la condición de posibilidad de la experiencia en cuestión. En el caso del
viaje, hará correctamente las valijas (o al menos no dejará de introducir en ellas los pasajes y los
documentos pertinentes) y se dirigirá al punto de partida. En el caso del análisis, pondrá a punto una
determinada demanda que podrá dar ocasión al trayecto analítico. En ninguno de los dos casos, aclara
Freud, el sujeto en cuestión ha dado aún siquiera un solo paso.

Para continuar con la analogía digamos que en el caso de la joven homosexual, Freud parece
haberse bajado del tren cuando el guarda (el sueño) daba la señal de arranque. Mientras que en el caso
del viaje a Italia con Ferenczi, Freud se dio cuenta tarde de que había hecho mal las valijas. A su favor
agreguemos que, más allá de lo que estaba en condiciones de calcular, no poseía ningún viaje anterior
con el cual poder comparar esta experiencia inédita. ¿O sí? Veamos.

El punto central es que Freud requería de una conversación con un par, conversación que le
permitiera liquidar el asunto Fliess. Conversación que puso en práctica una primera vez el año anterior
al viaje a Italia, en ocasión de otro viaje, esta vez a los EE.UU. Allí sus compañeros de aventuras fueron
el propio Ferenczi y Jung. No se trataba tanto de hablar con Fliess sino de hablar de Fliess con otras
personas que estuvieran en condiciones de funcionar como interlocutores válidos. Así lo expresa Freud
al regreso del viaje con Ferenczi en las cartas que hemos mencionado:

Desde el caso de Fliess, en cuya superación acaba de verme ocupado, esta necesidad se ha extinguido
para mí. Se ha retirado una cantidad de catexis homosexual a favor del crecimiento del propio yo(3).

Estos son los términos que Freud utilizaba en aquel entonces: la superación del caso Fliess y el crecimiento del
yo por retiro de catexis homosexual. Tal vez hoy, a partir de la institución del pase dispositivo, nosotros lo
formularíamos en términos de liquidación de la transferencia y de un deseo que se fortalece por la
operación de destitución subjetiva que se produce hacia el final del análisis.

El asunto es que para lograr tal cosa era necesario testimonia de ello, dejar alguna constancia,
realizar un última vuelta que permita concluir. Si se quiere, una nueva experiencia, un suplemento
respecto del análisis, y en consecuencia una pasajera relación de transferencia. Pero esta vez con un
psicoanalista que no ocupe el lugar del padre, sino que se pueda colocar en una posición que dé lugar a
una relación más simétrica, una suerte de hermano menor, alguien que esté sólo unos pocos pasos atrás en
el orden de la experiencia. Es por esa razón que Freud parece haber elegido a Ferenczi, una persona
que había llegado al psicoanálisis poco tiempo antes pero que a esa altura había contribuido ya con
varias publicaciones y se perfilaba como un referente de cara al futuro de la doctrina analítica.

Ahora bien, lo que no parece que ninguno de los dos haya calculado, es que difícilmente
hubiese podido Ferenczi, con poca o nula experiencia como analizante, estar a la altura de semejante
encargo. En síntesis, la relación transferencial se dio vuelta, ahora Freud era el padre analista idealizado
y Ferenczi el hijo analizante frustrado. Esto dice Freud en la carta del 2 de octubre recién llegado de
viaje:

Yo, por mi parte, deseaba que abandonara esa actitud infantil, que se pusiera a mi lado como un
compañero, lo que usted no consiguió(4).

Desde esa posición, es comprensible que a Ferenczi le resultara prácticamente imposible


escuchar y registrar convenientemente el testimonio sobre el quite de libido que Freud operaba
respecto de la persona de Fliess. Esto es lo último que voy a citar de aquellas cartas:

Mis sueños en esa temporada trataban, como le apunté, de la historia de Fliess, de la que era
difícil hacerle partícipe por la propia naturaleza del asunto(5).

Freud se dio cuenta tarde de aquella naturaleza del asunto. Esos últimos sueños con Fliess, signos
de la liquidación de la transferencia con quien había ocupado el lugar de supuesto saber, no podía más
que ser recibidos por Ferenczi como una palabra que encendiera un fuego transferencial difícil de
extinguir. Según los términos de la autora del trabajo que tomo como referencia: mientras que Freud
estaba aún en análisis pero fuera de la transferencia, Ferenczi entraba en transferencia pero sin análisis.
Dicho de un modo más económico: carecían de un referente común, función que hoy día cumpliría
para nosotros el dispositivo del pase y la Escuela que lo aloja.

Digamos, para cerrar este segundo apartado, que parece haberse tratado de un infortunio del
acto. Siguiendo la hipótesis de la autora, y a juzgar por lo ocurrido después entre los dos participantes
de aquel agitado viaje, podemos formular para el caso de Freud una lógica del pasaje al acto, que
inaugura en Ferenczi (a causa de una escucha prematura) el despliegue de un acting out que lo llevará al
análisis interminable con Freud, tema que muchos de ustedes deben conocer.
Carta 3: El testimonio escrito o la ética del pasante

Para finalizar quisiera introducir una tercera referencia que, creo, puede ponerse a cuenta de la
serie de los testimonios freudianos. Es el producto de otra interlocución, distinta a las otras que hemos
considerado. No se trata del diálogo ni la correspondencia con Ferenczi ni Fliess, y tampoco se refiere
al fenómeno de los sueños. Pero en más de un punto se pone en conexión con esos “asuntos” y puede
representar muy bien para nosotros la ética con la que Freud enfrentaba como analizante (o tal vez
pasante) su labor analítica. Puedo compararla con el texto lacaniano del Prefacio a la edición inglesa del
Seminario XI que estamos tomando actualmente como una de nuestras referencias centrales en lo que
respecta a la problemática del pase.

Se trata de la carta que Freud envía a Romaní Rolland en ocasión de su cumpleaños número
setenta en 1936, en la cual refiere un episodio que ha quedado guardado en su memoria y que ha
retornado con cierta insistencia en los últimos años. Como les decía, ese es el fenómeno a examinar. No
se trata de un sueño pero puede ponérselo en la lista de las manifestaciones del inconsciente por su
carácter enigmático y repetitivo. De hecho, es esto lo primero que Freud le explica a su admirado
interlocutor, a quien luego de una infructuosa búsqueda de regalos le termina obsequiando el análisis de
aquel producto de su memoria en virtud del amor a la verdad que Freud reconocía en Rolland, y a quien
aparentemente había visitado sólo una vez.

El recuerdo tiene que ver con otro de los viajes que Freud gustaba realizar. Es el viaje a Atenas
que hizo en el verano de 1904 con su hermano menor, y esta parece ser la segunda razón por la cual
Freud elige regalarle a Rolland un trozo de su análisis, cosa sorprendente, cuando estaba por cumplir
ochenta años. Sólo que de esta segunda motivación se anotició recién en el acto mismo de escribir.
Dice Freud: Mi hermano es diez años menor que yo: de la misma edad que usted —una coincidencia que sólo ahora se
me ocurre—(6). Dicho de otro modo: Freud parece encontrar el interlocutor que no encontró en su
momento en Ferenczi, a quien le relata, sin esperar de él una interpretación, punto importante, un
acontecimiento que lo marcó a la distancia y que sólo al escribirlo se revela en sus consecuencias
subjetivas más notorias. Esto es lo que hoy les propongo considerar como parámetro de la ética del
pasante.

Voy a resumirles lo que me resultó interesante de aquel texto.

Se trata, en rigor de verdad, del examen de dos fenómenos que creo pueden compararse con los
que encontramos en los testi-monios del pase referidos al estatuto del síntoma en el final del análisis. El
fenómeno central es un pensamiento que divide al sujeto al confrontarlo con lo que parece ser un trozo
de real. Es un fenómeno de desautorización de un fragmento de la realidad que tiene frente a sus ojos, que
en ese caso era la Acrópolis de la cual había leído y visto en libros en su juventud. Freud lo llama
sentimiento de enajenación y lo describe de la siguiente manera:

¡¿Entonces todo esto existe efectivamente tal como lo aprendimos en la escuela?! Descrito con mayor
exactitud: la persona que formuló la proferencia se separó, de manera más notable y tajante que de
ordinario, de otra que percibió esa proferencia, y ambas se asombraron, si bien no de lo mismo(7).

El otro fenómeno es del orden de los afectos o los humores. Tiene que ver con la situación
previa al encuentro con la realidad efectiva de la Acrópolis. Ocurre en la ciudad de Trieste una vez que
Freud y su hermano reciben la oferta del viaje a Atenas, destino que no estaba programado. A partir de
ese momento tanto Freud como su hermano se sumergieron en un talante asombrosamente destemplado.
Respecto de la oferta del viaje a Atenas no veían más que impedimentos y dificultades, a pesar de que
sólo hacía falta comprar los boletos y tomar la decisión de viajar. El hecho es que a la mañana siguiente
compraron los boletos con una convicción tan extraña como la extrañeza con la que habían
experimentado aquel mal humor el día anterior. Mal humor, entonces, y sentimiento de enajenación que
Freud sospecha vinculados por una misma explicación. Resumiendo: por haber llegado tan lejos en su
deseo, por haber ido un poco más allá del padre y sus posibilidades, una suerte de los que fracasan al
triunfar. Lo que nos empañaba el goce del viaje a Atenas era entonces una moción de piedad(8), dice Freud.

En consecuencia, encontramos en aquella experiencia los siguientes elementos: un afecto


enigmático (signo de la inminencia de un acto), una fuerte convicción (a la cual se le sustrae el
argumento que puede darle sentido), y un fenómeno sintomático extraño (que Freud sólo traduce
muchos años después y que parece ser producto de un encuentro con la ajenidad propia de lo real o
con la existencia de una realidad más allá del padre).

Digamos para concluir: en 1904 Freud había dado un paso, paso que podemos comparar con
aquel que en 1895 le permitió seguir soñando a pesar de su encuentro con la angustiosa garganta de
Irma. Pero de este paso se anotició verdaderamente y dejó constancia sólo 32 años después en el
momento en que aquello pasó a la letra, operación que a su vez podemos comparar con el segundo
límite del sueño inaugural, la escritura de la fórmula de la trimetilamina.

Solo que en este caso se trató de un decidirse a escribirle a quien, diez años menor que él, podía
ocupar el lugar de un par, de un hermano menor tal vez, y con quien compartía la orientación ética que
Freud solía formular en términos de amor a la verdad. Nosotros agregamos: verdad mentirosa tras la cual
palpita un fragmento de real que sólo se deja atrapar en la escritura.
Referencia bibliográfica:

(1) CHAUVELOT, D.: Siracusa 1910: el supuesto pase de Freud (1977), en Ornicar?, publicación periódica del Champ
Freudien, España, volumen 1, p. 59.
(2) Sueño relatado por Freud en el capítulo II de La interpretación de los sueños (1900), AE, tomo IV; y comentado
extensamente por Lacan en El Seminario 2: El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica (1954-55), Editorial
Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1992, clases 13 y 14.
(3) FREUD, S Y FERENCZI, S.: Correspondencia Completa (1908-1911), Editorial Síntesis, Madrid, 2001,
volumen 1, carta del 6 de octubre de 1910, p. 265. [Las itálicas son mías]
(4) Ibid., carta del 2 de octubre de 1910, p. 259.
(5) Ibid., carta del 6 de octubre de 1910, p. 265.
(6) FREUD, S.: Carta a Roman Rolland (Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis), (1936), en Obras Completas, AE,
tomo XXII, Buenos Aires, 1993, p. 214.
(7) Ibid.
(8) Idem., p. 221.

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