La ejemplaridad de las novelas cervantinas
Author(s): Américo Castro
Source: Nueva Revista de Filología Hispánica, Año 2, No. 4 (Oct. - Dec., 1948), pp. 319-332
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NUEVA REVISTA DE
FILOLOGÍA
HISPÁNICA
AÑO II NUM. 4
LA EJEMPLARIDAD DE LAS NOVELAS CERVANTINAS
¿Debemos reflexionar largamente sobre la ejemplaridad de las doce novelitas?
Lo angélico o satánico en literatura, en tanto que trascendencia prevista y aislable,
no convierten la narración o el personaje en realidad viva y destellante en el ánimo del
lector1. El vivir no es un seguro caminar hacia el "ideal", según afirmaban con per-
fecto aplomo los metafísicos idealistas a comienzos del siglo pasado. Vivir es una
tarea insegura y dramática que, como total realidad, aparece expresada en la obra
del novelista grande. En ella se hace perceptible el proceso sombrío o esplendente
en donde se forja el existir de la persona, como un crear siempre creante y proble-
mático. La atención y el interés lo siguen sin fatiga. Perdura la obra gracias a su
virtud de ser convivida como un abierto hacerse en fluir de esperanza. Envejece, en
cambio, lo concluso y definido, lo objetivado sin enlace con un vivir incierto. Se agos-
tan incluso los sistemas de pensamiento y las teorías científicas, mientras Aquiles
y sus pies raudos mantienen viva su eficaz y perenne realidad. Con él, todos los
creados por el genio humano, no como entes sino como existentes. La ciencia puede
deslizarse hasta el menester ancilar de ser útil, y aliviarnos en trabajos y dolencias
físicas; la suprema creación de arte mantiene el erguido señorío de su absoluto exis-
tir. Don Quijote y quienes siguen su paso novelesco nos permiten frecuentarlos y
penetrar en el dramático o cómico hacerse-deshacerse de sus vidas; incluso incorpo-
rarlos en el proceso de nuestro existir, también un irracional hacerse-deshacerse. Él
arte auténtico viene así a instalarse en la zona subyacente a la personalidad, en el
tráfago que respalda lo que cada uno sea o quiera ser. La literatura doctrinal es un
cebo; determina de antemano cómo deben de ser sus lectores.
Lo ejemplar, como finalidad provechosa, rebasa y deforma el auténtico arte. El
torrente, contemplado y oído sin fatiga durante largas horas, puede transformarse
en la tubería de un salto de agua, ya utilizable pero no convivible. Lo mismo acon-
tece al desviar la experiencia artística del existir hacia la ejemplaridad moral - res-
petable, valiosa, pero poco artística. Las obras vueltas "a lo divino" en la España
de Felipe II son ingenuas ñoñeces; lo es hoy la pretendida literatura al servicio de
una causa política, religiosa o social. Al desaparecer el libre, abierto, irracional-vital
1 Previamente nos asegurael autor de que "no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún
ejemplo provechoso;y si no fuera por no alargareste sujeto, quizá te mostrarael sabroso y honesto
fruto que se podría sacar, así de todas juntas, como de cada una de por sí".
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320 AMÉRICOCASTRO NRFH, II
problematismo, el torrente se vuelve turbina. Nada auténtico y durable produjo la
literatura italiana "de clase" en el siglo xvi, ni el ascetismo moral de España, ni la
ilustración del siglo xvni, ni el idealismo metafísico, ni siquiera la alborotada doc-
trina del arte por el arte en el siglo xix. En literatura, el artista crea los por, y
quien lee pone los para. Lo moral o lo inmoral valdrán y serán legítimos como ya-
cencias o inmanencias de un estilo artístico, no como trascendencias previstas y cata-
logables. Tan fútil es el intento de ejemplaridad moral, como la perversidad a priori
de Wilde o Gide.
Hay en las novelitas de Cervantes dos aspectos fácilmente distinguibles: la
finalidad moral de los relatos, y la pretensión de que sean morales, manifestada por
el autor en su prólogo. Lo cual lleva a un tercer problema, a si lo moralizante de
obras como la Gitanilla proviene del Cervantes que mira hacia sí, o del orientado
hacia un público en cuyos gustos desea afianzarse2. El Quijote había brotado de una
soledad desesperada, y salió a la calle encuadrado en poesías burlescas y sarcásticas.
Insisto en recordarlo, porque me interesa centrar cada vez más la creación artística
en el vivir del artista, no ciertamente llevado de la vulgaridad psicologista que llaman
freudismo, sino por considerar el vivir personal (que incluye psicología genérica y
algo que no lo es) el propio mundo de la obra de arte, como dfe todo lo humano,
de lo humano personalizado.
La fluctuación entre la vivencia de sí mismo y la del mundo en torno constituye
una polaridad dentro de la cual se mueve el intento creador de todo artista. No sólo
porque el tema de su expresión sea el recinto de su alma, o algo referible al mundo
exterior. Pienso ahora en la relación valorativa del escritor respecto de su propio
crear. Góngora desdeñaba el juicio estético de los muchos, y no le preocupaba que
sus metáforas fueran inteligibles para cualquier hijo de vecino. Lope de Vega pen-
saba en un público al que aspiraba a "dar gusto". Quevedo se situó abiertamente
como opuesto a las estimaciones morales de muchos lectores3. Mallarmé sabía que
sus versos eran ininteligibles para los más, mientras que Musset esperaba que cual-
quiera se emocionase con sus "chants desesperes". Hay quienes penden sobre todo
de sus propios juicios, y algunos ni sintieron la urgencia de verse impresos (Garcilaso,
Luis de León). Otros se han mostrado más afectos a las opiniones de un deseado
público, sin que, no obstante, sea posible trazar una línea rigurosa entre ambas
2 Será un azar, pero es notable que al comienzo de la G it anilla se aluda a la dura tarea del
escritor que ha de escribir inevitablemente para un público determinado: "También hay poetas que
se acomodan con gitanos y les venden sus obras, como los hay para ciegos, que les fingen milagros, y
van a la parte de la ganancia (de todo hay en el mundo). Y esto de la hambre tal vez hace arrojar
los ingenios a cosas que no están en el mapa". Por ejemplo: dedicar el Vía/e de/ Parnaso a don
Rodrigo de Tapia, un niño de quince años, no por él ciertamente, sino por ser hijo del señor Pedro
de Tapia, oidor del Consejo Real y Consultor del Santo Oficio. Ignoramos qué benefioios obtendría el
menesteroso poeta con aquella rendida obsequiosidad, motivada quién sabe por qué.
3 Temía un censor inquisitorial que las burlas de Quevedo "no sean pronóstico de los lastimosos
sucesos que se vieron en Francia, . . . pues en tiempo de Francisco Primero, rey de Francia, vivió
en ella un hombre de cortas obligaciones, llamado Francisco de Rabeles, el cual se picaba de ser
picante y maldiciente" (Censura del Cuento de cuentos, 1630). Para el inquisidor hispano no existen
dimensiones temporales; un siglo antes le es tan próximo como un ayer.
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NRFH, II LA EJEMPLARIDADDE LAS NOVELASCERVANTINAS 321
posiciones. Éstas se organizanen estructurasde valoración,característicasde la sin-
gularidadúnica de cada artista y reflejadasen su obra.
Cervantesosciló toda su vida entre esos contrariosimpulsos. Se acerca o se dis-
tancia, y en ciertos casos ambos movimientos del ánimo se traducen en ironías e
insinuacionescomplicadas,que he puesto de manifiesto en mi ensayo Los prólogos
al Quijote. De ahí que el mundo en torno, en cuanto perspectivade la persona4,deba
ser tenido en cuenta al pensar en la ejemplaridadde las novelas cervantinas.No
basta decir que Cervantesera moral, como "hombrede su tiempo", y que por tanto
moralizó.
Me interesa, ante todo, la clamorosa pretensión de moralidad, no expresada
ingenua o pesadamenteen discursosmorales ni en "aprovechamientos"como en el
Guzmán de Mforache o en la Pícara Justina. Dice el prólogo: "Sólo esto quiero
que consideres,que, pues yo he tenido osadía de dirigirestas Novelas al gran conde
de Lemos, algún misterio tienen escondido que las levanta". El Quijote, en 1605,
había sido dedicado al duque de Béjar en estilo rutinario e impersonal, con frases
tomadas de la dedicatoriade otro autor;ahora, en 1612, la persona del dedicado se
incluye en el ambiente de la obra, la cual pretende alzarse hasta la esfera del gran
personaje. Cervantes quiso escribir en forma grata a la sociedad de mayor rango
en tiempos de Felipe III, según hacen ver el tono del prólogo y de las aprobaciones
al frente de la obra5. La situación del sexagenarioautor respecto de las gentes entre
quienes vivía no era la de unos años antes. Está interesadoen dibujarla perspectiva
social de sus narraciones,y sale de ellas para decir: "Si por algún modo alcanzara
que la lección6 de estas Novelas pudierainducir a quien las leyera a algún mal deseo
o pensamiento,antes me cortarala mano con que las escribí que sacarlasal público."
Pero si la doctrinamoral integrarala totalidad de las doce novelas y de la conciencia
del novelista,¿a qué llamartanto la atención sobre ello? Sería impensableque Luis de
León escribieraen el prólogo a La perfecta casada que su libro era perfectamente
ejemplar,y que así debía ser entendido. En el caso de Cervanteshemos de poner el
acento, más que en las obras (que no pienso sean inmorales), en el modo en que
el autor sienta el valor y la eficacia social de la ejemplaridad7.
Ido Felipe II, desvanecidaslas más mínimas sospechas de disidencia religiosa,
4 Kurt Breysíg ha hecho una oportuna distinción entre Umwelt ['mundo en torno'] y MerkweJt
['mundo notado'], el trozo o aspecto de mundo que afecta al ser viviente y se integra así en su vivir, en
su realidad (Peisónlichkeit und Entwickíung, 1925, pág. llj.
5 Por motivos distintos, también Lope de Vega modificó las claves de su arte: para oyentes nu-
merosos compuso comedias; para lectores que sabían de Ariosto y Tasso, y cuyo aplauso le importaba
mucho, La hermosura de Angélica y La Jeiusalén conquistada. Cervantes escribió cosas muy suyas,
libremente orientadas ("porque esta empresa, buen rey, para mí estaba guardada",dice al final del
Quijote); otras fueron concebidas para salir al encuentro de gustos e ideas dominantes en torno a él.
6 Ya es significativa la coincidencia de las dos acepciones de 'lectura' y 'enseñanza'. Lección
por 'lectura' era poco frecuente.
7 Posteriormente,sin alarde de ejemplaridady sin misterio alguno, aparecieronlibros mediocres
de que son ejemplo las Novelas morales, útiles por sus documentos, de Diego de Aranda y Vargas
(Valencia, 1620); y el Teatro popuhi: novelas morales, de Franciscode Lugo y Dávila (Madrid, 1622).
Sus autores no temen que sus novelas sean mal interpretadas.
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.322 AMÉRICO CASTRO NRFH, II
expulsadoslos últimos moriscos,al menos oficialmente, en 1609, la sociedad hispana
se reflejabainmóvil en las quietas aguas de su homogeneidad espiritual. Las gue-
rras de ahora acontecían lejos de las fronteras;dentro de casa reinaba la paz de la
creenciaimperturbada.Cada uno vivía la certezade pertenecera una sociedad de cre-
yentes unánimes, aun más que de señores e hidalgos. El gigantesco personajede la
sociedad eclesiástico-señorial-campesinaestaba omnipresente como nunca antes. Su
realidadhacía posible (y se acrecentabaal hacerlo) el nuevo y extrañoteatro de Lope
de Vega. Había desaparecidola incitación de la pelea con moros, portugueseso con
los mismos españoles. Los castillos empezaban a desmoronarse,los señores afluían
a las ciudades..Madrid, capital del reino más por su maquinariaadministrativaque
por ninguna evidente grandeza8,creaba por vez primerael sentimiento de haberse
centradoy estabilizadolo antes movedizo y partido en múltiples reinos "ataifados".
Se aquietabala turbulenciade las almas. La ascética, con su odio a la vida, amino-
rabael tono agresivo (en Hernandode Zarate,Alonso de Cabrera,Malón de Chaide
de la
y muchos otros); Mateo Alemán, de ascendenciajudía, tal vez cierre el ciclo
sombríay exasperadamoralización(1599). Amenguanluego las moralidades "a lo di-
vino" y las diatribas contra los impulsos desmandados; la moral va a encarnarse
en figuras de carne y hueso, en una síntesis de acciones humanizadasy de finali-
dades santas.
Al mismo tiempo que la Francia de Enrique IV comenzaba a regularizarla
expresiónidiomática,la poesía y la vida toda al hilo de la correcciónracional,Espa-
ña, aquietaday seguraen su verdadde fe, proponíatambiéndesde arribamodelosejem-
plaresde conducta,fundadosen la creenciaen el destino religiosodel hombre. La idea
del honnéte homme francés del siglo xvn corresponderíaal ideal cultivado por quie-
nes en España eran a la vez sacerdotes,escritoresy hombres mundanos (desde Lope
de Vega y Tirso de Molina hasta Gracián).
Cervantes, después de fracasaruna y otra vez en su aspiración a ser persona
importantey de primeralinca, da ahora otro paso al frente9 y se arrojaa proponer
dechados de ejemplaridada los más altos entre sus compatriotas.El Cervantes de
1612 vuelve a hacerse (como en 1568) portavozde la aspiraciónde un grupo selec-
-
to, afanoso de valoraral hombre como viviente y no sólo como mortal pura casti-
dad de la Gitanilla, encarnadaen amor exaltado y en belleza suprema. Luis Vives
al
y Mateo Alemán se habían olvidado de la belleza de un cuerpo joven proponer
sus ideales de matrimonio perfecto; les bastaba la hermosurade la virtud abstracta.
Ahora, desaparecidoel rey acre y sombrío, florece un neohumanismo cristiano que
8 Todavía Felipe III juzgó normal el traslado de su corte a Valladolid, en un último rebrote
de ancestralnomadismo.
8 Ya a los 22 años aparececomo portavozdel Estudio del maestro López de Hoyos; a los 24, pelea
llamativamenteen Lepanto a la cabeza de un grupo de soldados; en Argel se destaca singularmente
dsndo consejos a Mateo Vázquez, secretariodel rey, y como adalid en los intentos de evasión colectiva;
en 1590 solicita con extrañaarroganciaun empleo en las Indias; en 1592, se compromete a escribirlas
mejores comedias de España; en 1612 dice haber sido el primero en novelar en castellano. No es este
todo lo que pudiera recordarsecomo expresión de la conciencia de singularidady primacía en Cer
vantes.
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NRFH II LA EJEMPLARIDADDE LAS NOVELASCERVANTINAS 323
Cervantes estructura en formas de vida apetecible, que prepara para el más allá sin
olvidar, al mismo tiempo, al hombre de carne y hueso.
Contemplando a Cervantes en su integral realidad, en su historia, en su persona-
mundo-tiempo, percibimos el trasfondo de su súbita ejemplaridad novelesca, mal
entendida al embrollarla genérica y abstractamente en el concepto fantasmal de
"Contrarreforma", según hice yo mismo en otras ocasiones. Tardaremos aún mucho
en liberarnos del exclusivismo hegeliano del "espíritu objetivo" y deshumanizado al
querer entender la historia-vida de los procesos humanos. Cada unidad humana, las
mayores y las mínimas, existen y se hacen reales en su historia y sólo en ella, no como
concreciones de fantasmas nubosos tales como el Humanismo, el Renacimiento, la
Contrarreforma o el Barroco. Mas de esto trato en otro escrito, en donde tales pro-
blemas - lo son de veras- hallarán lugar más adecuado.
La vida de Cervantes había transcurrido como angustia apretadísima. Aún en el
momento de aparecer el Quijote, Lope de Vega, o quien fuese, lo llamaba cornudo
en un fétido soneto, infamia de su autor, en el que se auguraba para aquella no-
vela un inmundo destino: "en muladares parará". Mas por primera vez, próximos
ya los cincuenta y ocho años, el autor experimentaba el grato estremecimiento del
éxito. Las letras le ofrecían tardíamente la gloria negada por las armas en sus años
mozos. Es impensable, por otra parte, que el Quijote hubiera podido realizarse en
los años de Felipe II. La época de su sucesor no era ya la del solitario del Escorial.
La literatura de fantasía creaba sonoras reputaciones entre la nobleza y los prínci-
pes de la Iglesia. Aumenta el mecenazgo. Cerradas las pesquisas de la mente10, la
furia expresiva de la persona se abría paso entre magnificencias de arte.
Al mismo tiempo que el Quijote, en 1605, aparecía la tercera parte de la Histo-
ria de la orden de San Jerónimo, del P. José de Sigüenza (hombre también a destono
con su tiempo), en donde se describen y valoran las obras de arte atesoradas en El
Escorial. Sus juicios, sutiles y penetrantes, encantan al lector moderno, y las páginas
sobre las pinturas del Bosco siguen siendo exquisitas. La tensión ascética, fomentada
por Felipe II, daba paso a una mayor estima de la expresión bella. Los cuadros de
El Greco no habían contentado al monarca burócrata y estrecho de ánimo ("tuvo
entendimiento menudo"; "su miedo fue muy costoso", dice Quevedo), pero los
eclesiásticos solicitaban al gran artista para ornar sus templos. Aunque Felipe III no
10 En mi España en su historia expongo los motivos y la forma de este "cierre". Viviendo
en una comunidad inmovilizadapor creencias y saberes tradicionales,el español con valía personal y
urgenciasexpresivashabía tomado y tenía que seguir tomando alguna de estas posturas:hacerse portavoz
de lo que todos creían y deseaban fuera confirmado (mole de escritos religiosos y ascético-morales) ;
imaginary soñar situacioneshumanas gratas en algún modo y encajablesen los límites de la estructura
del vivir hispano (literaturapoética y escénica, formas narrativas); manifestarla angustia, la dificultad
sentida por las personasal ir a ajustarsus fines en convivencia con quienes le rodeaban (La Celestina,
novela picaresca,novela pastoril, Cervantes, Quevedo, Gracián). Estas situaciones no coinciden nece-
sariamentecon una particularforma literaria; lo señalado entre paréntesis refiere a zonas de predo-
minancia y no de exclusividad.Lo singular y único de este vivir es la aptitud sin límites para dotai
de forma expresivala experienciadel dificultoso vivir personal, junto con la ausencia de interés o de
capacidad para modificar por propia iniciativa la realidad natural o humana en que la persona se
halla inclusa.
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¡24 AMÉRICO
CASTRO NRFH, II
pasarade ser un pobre bobo, y su gobierno fuera una desastradaincoherencia,mu-
chos sintieroncomo un respiroy ensancharonel ánimo al desaparecerla férreatutela
del rey ido. Algunos se animarona dejar corrermás sueltamente sus plumas, pese a
las especiales limitaciones de aquella vida. A los sueños intemporales de la novela
pastoril, a la amargurade Mateo Alemán, suceden ahora las descripcionesde las
peripeciashumanasanimadasy organizadasen la idea neoplatónicadel amor.
En 1600 fue nombrado cardenal-arzobispode Sevilla don Fernando Niño de
Guevara,inmortalizadoen el prodigiosoretrato de El Greco. Encargó el nuevo car-
denal a FranciscoPorrasde la Cámarauna informaciónsobre el estado de su nueva
diócesis, a la vez que hacía ornarlos salones de su palacio con retratosde los papas
y de los padresdel yermo11.Para solaz del cardenal,muy amigo de las letras, preparó
Porras de la Cámara una Compilación de curiosidadesespañolas, "haciendo plato
a su buen gusto con cosas ajenas, por no contentarseni satisfacersecon las propias".
Entre las obras incluidas en aquella Compilación figurabanRinconete y Cortadillo7
El celoso extremeñoy La tía fingida. Así, pues, graciasa la esclarecidacuriosidaddel
cardenalNiño de Guevaraconocemos la primeraredacción de dos novelitas cervan-
tinas, cuyo texto, como es sabido, modificó el autor considerablementeal prepararlas
medios
parala imprentaen 1612. La obra de Cervantesingresabaasí en los más altos
eclesiásticosde su tiempo, en los cuales, con el "buen gusto", prevalecíael deseo de
hacerlo compatible con la ejemplaridadmoral. Cervantes sabrá respondera una y
otra finalidad. Poco más tarde, otro gran cardenaly mecenas, don Bernardode San-
doval y Rojas, tomó a Cervantesbajo su protección. Nada más esperable entonces
lo más posible al
que el autor, al ir a imprimirlos,purgarasus textos para ajustados
sentir de quienes, llegado a la vejez, creían en sus méritos y amparaban su desvalida
también el conde de Lemos. El favorito
persona. Entre sus favorecedoresfiguraba
del rey Felipe III, el duque de Lerma, había reemplazado la corte burocrática del
El conde de Lemos, yerno de Lerma, se
Rey Prudente por otra de grandesseñores.
destaca muy en primer plano; su afición a las letras es el motivo de la ayuda que
presta a Cervantes.
Las Novelas ejemplaresson el primer libro publicado después del gran éxito
del Quijote y de haber comenzado a paladear,por fin, las dulzurasde sentirse reco-
nocido por príncipesde la Iglesia y por grandesde España. El nombre de Cervantes
corríapor el mundo hispano y trascendíaa otros países; se desvanecíaen un ingrato
había lan-
pasado el recuerdodel paria frecuentadorde cárceles,que una y otra vez
*aHnviables dardos contra FelÍDe II v su incapacidadpolítica12.El escritor,al fin
11 Cf. F. Rodríguez Marín, El Loaysa de "El celoso extremeño", 1901, pág. 26.
12 Como no poseemos aún la clara y bien ordenada biografía de Cervantes, es forzoso recordar
hechos por demás accesibles, pero no vistos en la debida perspectiva. Había iniciado su vida de hombre
con el alma orientada hacia las estrellas propicias, guiadoras del destino de su patria. Su primera poesía
conocida, escrita antes de octubre de 1568, es un cántico a la reina Isabel de Valois, de quien se espe-
raba sucesión masculina para la corona del gran imperio:
arma feliz, de cuya fina malla
se viste el gran Felipe soberano.
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NRFH, II LA EJEMPLARIDADDE LAS NOVELAS CERVANTINAS 325
glorioso, se juzga, se siente, dentro, no fuera, del círculo moral de los más altos y
significativos personajes en la España de entonces. En esta nueva etapa de su vida,
el escritor procede con conciencia de ser miembro responsable de una comunidad
en la cual él significa algo. Su obra anterior no fue un ataque contra la vida coetánea,
sino un contemplarla desde fuera de ella. La Galatea es "cosa soñada y bien escrita";
en la primera parte del Quijote gentes y cosas serán vistas desde el desconcertado
espíritu de un demente, todo encuadrado en un prólogo y un epílogo de locuras, de
4irisas y juegos", como los versitos contra Felipe II en el pasaje antes citado de la
Galatea. Cervantes se sentía tan distante y disconexo de su mundo como la linda
Marcela - "fuego apartado". Lo cual fue gran ventura, pues sólo así pudo ser con-
cebida una realidad de arte, más entrevista que vista.
¿Traducíaya esta bélica metáfora el sentimiento de que el
ínclito rey del ancho suelo hispano
prefería la vida encogida y sedentariaal rumor, para él temeroso, de la artillería?Sería éste entonces
el primer mordaz ataque contra el rey Felipe, objeto de la animosidad de Cervantes durante treinta
años. El segundo apareceen la Gaiatea (1585), si bien encuadradoen cautelosasjocosidades:
"No quiero dejar de decir cómo comencé a dar muestras de mi locura, que fue con estos versos
que a Timbrio canté, imaginandoser un gran señoi a quien los decía:
De príncipe que en el suelo
va por tan justo nivel,
¿qué se puede esperarde él
que no sean obras deJ ciefo?
No se ve en la edad presente,
ni se vio en la edad pasada,
república gobernada
de príncipe tan prudente...
Del que trae por bien ajeno,
sin codiciar más despojos,
misericordia en los ojos
y la justicia en el seno...
La liberal [!] fama vuestra
que hasta el cielo se levanta,
de que tenéis alma santa
nos da indicio y clara muestra. . .
Estas y otras cosas de más risa y juego canté entonces a Timbrio" (ed. Schevill-Bonilla,II, 131-132).
No se ve, en verdad, qué haya de locura ni de risa en todo ello, si excluímos de estos versos el
deseo del autor de situarlosen una atmósfera, siempre protectora,de risa y juego. El sarcasmode los
anterioresversos se desvela al leer lo escrito trece años más tarde (1598) en la solemne ocasión del
fallecimiento del monarca, no la más propicia para mordacidades:
Sin duda habré de llamarte
nuevo y pacífico Marte,
pues en sosiego venciste
lo más de cuanto quisiste,
y es mucho Ja menor parte...
Quedar las arcas vacías,
donde se encerrabael oro
que dicen que recogías,
nos muestra que tu tesoro
en eí cielo lo escondías.
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326 AMÉRICOCASTRO NRFH, II
El hombre mesurado y pacato de las Novelas ejemplares, el de su prólogo, no
era el de años antes, desligado e irresponsable. Hemos dejado pasar frivolamente,
sin organizado en la estructura de la vida histórica de una persona, lo dicho por un
testigo en el proceso contra Lope de Vega (1587), por haber compuesto un libelo
inmundo, en latín macarrónico, contra la familia de su amante Elena Osorio. Ma-
nifestó entonces don Luis de Vargas, experto en tales. materias, que "este romance
es del estilo de cuatro o cinco que solos lo podrán hacer; que podrá ser de Liñán, y no
está aquí; y de Cervantes, y no está aquí; pues mío no es, puede ser de Vivar o de
Lope de Vega"13.
Así veía la gente de pluma a Cervantes en 1587, y así debía ser el autor de los
punzantes versos contra el rey y el duque de Medina Sidonia, y sin duda de bastantes
más que el azar no nos ha conservado. Quien de tal modo sentía y escribía no era
posible que trazara entonces dechados de conducta. Moralizar desde arriba requiere
contar con alguien que considere respetable al moralista, y sentirse importante en
se motivan
algún modo dentro del escenario social. Las formas expresivas del escritor
y orientan desde la situación en que se halla; en ésta adquieren valor y sentido los
motivos tradicionales y las posibilidades del momento. Lo valioso de los resultados
el hecho de ser el escritor de esta
priva, a su vez, de carácter abstracto e insignificante
c la otra manera. No nos importa la posible bellaquería de Vargas, Liñán y Vivar,
el otras
pero sí la de Cervantes, porque en tal humus florecieron Quijote y obras,
con la condición de apacible conformista. La aguda mordacidad de
incompatibles
Cervantes era la descarga de su desilusión, del malogro de su impulso alto y heroico,
ironía
Las anteriores quintillas (en estilo impropio de tan grave ocasión) enlazan en su punzante
esta mirado su autor, en 1614, como
con el soneto "¡Voto a Dios que me- espanta grandeza!", por
soneto
"honra principal de sus escritos", aunque tampoco había sido impreso. Las quintillas y el
circulaban en copias manuscritas. Ya antes, en la Canción segunda sobre Ja Armada Invencible,
podemos leer:
Vuelve en suceso más felice y diestro
este designio que fabrica el mundo,
que piensa manso y sin cora/e verte.
La cobardía del rey era proverbial. Don Bernardino de Mendoza escribía a don Juan de Idiáquez,
en 16 de julio de 1587, que Bandini, banquero de Roma, que mantenía relaciones con el rey
cristianísimo y conocía a muchos cardenales, decía que S. M. era hombre de poco ánimo, incapaz
de tomar una decisión y que siempre llegaba demasiado tarde; no sólo se había alabado el dicho, sino
valía más que la espada
que lo habían publicado, añadiendo que la rueca de la reina de Inglaterra
del rey de España (texto en francés, en Morel-Fatio, Études sur J'Espagne, IV, 1925, pág. 398).
Cuando en 1596 Cervantes se burlaba del duque de Medina Sidonia y de su ineficaz ayuda cuando los
el rey, amparador de aquel idiota:
ingleses saquearon a Cádiz, los tiros iban directamente contra
Ido ya el conde [de Essex], sin ningún recelo,
triunfando entró el gran duque de Medina.
Estos y otros textos, que no es necesario citar ahora, hacen comprensible que los protagonistas
de El celoso extremeño, en su primera redacción se llamaran Felipe e Isabel (véase mi artículo sobre
Eí celoso extremeño, en Sur, Buenos Aires, 1947, XVI, pág. 50). Esos nombres desvelan la antipatía
hacia Carrizales, y la simpatía hacia la linda muchacha. He aludido al desamor de muchos españoles
por Felipe II en mi España en su historia, 1948, pág. 648.
13 A. Tomillo y C. Pérez Pastor, Proceso de Lope de Vega por Jibe/os, 1901, págs. 144-145.
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NRFH II LA EJEMPLARIDADDE LAS NOVELASCERVANTINAS 327
hecho imposible sobre todo (seguramentelo pensaba) por la torpe mezquindad de
Felipe II. Su ocasionaly agresivonegativismoera el reversode la firmeza de sus muy
afirmativosdesignios, salvadosa la postre en un arte admirable.Había que realizar.
su anhelo de primacíacomo quiera que fuese, novelando por vez primera,o propo-
niendo arquetiposde perfección social, a fin de hacerse respetable. El escritor vio-
lento y desmandado, que zarandeabaentre sarcasmosla memoria del desmayado
monarca,compone ahoralos pliegues de su manto ante los cardenalesy grandesseño-
res que le distinguen con su estima. El escritor rebelde se hace, en cierto modo,
académico.
La mutación de perspectiva dio origen a algunas de esas novelitas ingenuas,
abstractamentecalificadasde italianizantes(Las dos doncellas, El amante liberal, La
señora Cornelia, La española inglesa, La fuerza de la sangre), e incluso a Persües y
Segismunda, obras de las cuales se hablaría mucho menos si su autor no hubiera
compuesto el Quijote, El celoso extremeño, Rinconete y el Coloquio de los perros.
Hasta como conocedory juzgadorde literaturaquiso pontificar Cervantesen aquella
sociedad en que ya se creía debidamente instalado; por eso compuso el Viaje del
Parnaso,retahila de menciones literariassin mayor trascendencia:
Puse en ella los ojos, y vi en ella
lo que en mis versos desmayadoscanto.
(Cap. vi).
Sabía bien Cervantes cuándo estaba en lo cierto artísticamente,y pocas veces
se engañó a sí mismo. Pero las circunstanciasencarnadas en su vivir guiaron su
pluma no siempre para bien de los máximos valores. Con la honda e imperecedera
verdadvital, alterna ahora en su obra la verdad moralizante- pedagógica diríamos
hoy. Lo alaba por ello, al laudarsus Novelas ejemplares,el marquésde Alcañices:
con el arte quiso
vuestro ingenio sacar de la mentira
la verdad, cuya llama sólo aspira
a lo que es voluntariohacer preciso.
Verdad es aquí lo hecho firme y necesariopor la norma moral, frente a lo inse-
guro y mentiroso de la arbitrariedadde las pasiones. A esta pauta quiso Cervantes
amoldarla estructuray el contenido de sus novelas, en ocasiones no sin cierto tra-
bajo. Tengamos presente que los rectores del vivir español disponían ya de escasos
temas sobre que ejercitar su magisterio. Sin herejías ni pensamientos audaces en
torno a ellos, el tema de la sensualidadllegó a convertirseen obsesionantepara ecle-
siásticosy moralistas,muy necesitadosde materia corregible.Bondad y castidad eran
términos tan idénticos como error y pecado. Cuando hemos hablado de las conse-
cuencias que las disposicionesdel Concilio de Trento tuvieron para España, hubiera
sido preciso hacer ver claramenteque lo esencial no eran los cánones del Concilio
famoso, sino la estructurade la vida hispánicaen que venían a insertarse.En Francia
e Italia el Concilio produjo resultadosmuy diferentes; ambos países eran católicos,
pero la creenciano los henchía hasta en los últimos rincones de su espacio vital.
El riesgo de la tumefacción y totalitarismo religiosos fue sentido por ciertos
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328 AMÉRICOCASTRO NRFH, II
españoles de primer rango, y lo he hecho ver en otras ocasiones. Cervantes, como
hemos visto, echa en cara a Felipe II su excesivapreocupaciónpor los asuntos celes-
tiales. Ser buen cristiano no significaba volver la espalda a legítimos y terrenos
intereses14.
Como otros contemporáneos,Cervantes se enredaba un poco al ir a trazarla
rayaentre lo respetabley lo censurable.A nuestroautor, no obstante su afán de ejem-
plaridad,le costaba esfuerzo (según veremos en Rinconete) reprimirsu tendencia
a zaherir eclesiásticos e inquisidores15;por otra parte, nunca antes de 1612 había
aparecidoen público con aquel nimbo de pacato moralista,él que recordabamejor
que nadie cuanto había dicho y escrito en su ya larga vida; en fin, desde el punto de
vista del arte, ¿cómo era posible crear personajesbuenos y moralizantes sin caer
en el aburrimiento?¿Cómo salvarel interés de lo que caía fuera del ámbito de los
patronesmorales?
Existía ya un precedente de lo que llamaría literatura justificativa, cultivada
por quienes, como Cervantes, se sentían algo inseguros en cuanto a su situación
social. Nadie en aquel tiempo expresó, ni creo necesitaraexpresar,ideas adversasa
Dios, a los dogmas católicos o a la estructurade la sociedad. Los leves intentos de
disidenciadel siglo xvi estabanolvidados,y el racionalismocrítico no cabía en la men-
te española. Pero ello nada tiene que hacer con la idea de que los frailes no repre-
sentaran el verdadero espíritu cristiano, de acuerdo con la afirmación erasmista
"monachatusnon est pietas". Ni el monacato ni la Inquisición eran materia de fe,
I4 La pugna entre quienes
pretendían convertir a los españoles en una comunidad de ascetas
y quienes no renunciaban a vivir con mayor anchura se manifiesta en la defensa de las representacio-
nes teatrales prohibidas en más de un caso. Decía la Villa de Madrid a Felipe II en 1598: "Conviene
aflojar el arco para poderle flechar; en la ocasión conviene que el entendimiento que anda ocupado
en cosas graves, alguna vez afloje la cuerda y se desocupe para volverse a ocupar más alentado . . .
Sirve la comedia de memoria de las historias antiguas y hechos heroicos y loables, que si bien pueden
los doctos tenerla, por lo que está escrito, no se debe defraudar de tanto bien a los indoctos". Las
representaciones vienen haciéndose desde muy antiguo, "y se ofrece ser peligroso perder el bien natura]
experimentado por muchos e infinitos siglos..." Debiera permitirse a los comediantes seguir vistién-
dose de seda y oro, "porque sus actos son festivos, y así debe serlo el hábito; como también porque a
los que ven la fiesta, si es militar la comedia, se alegran y engendran bríos...'*' Además "no pueden
todos estar ocupados igualmente en grandes ministerios, que ni Dios hizo a todos profetas ni a todos
doctores". Deben autorizarse "los bailes y danzas antiguos, y que provocan sólo a gallardía y no a las-
civia" (C. Pérez Pastor, Bibliografía madrileña, I, págs. 304-307).
15 Cf. España en su historia, págs. 630-634. En El pensamiento de Cervantes, pág. 306, no vi
sátira en el pasaje de la cabeza encantada (II, 62): Don Antonio, "temiendo no llegase a los oídos
de las despiertas centinelas de nuestra fe", consultó a los inquisidores, los cuales le mandaron que
deshiciese la cabeza encantada. En Persiles (edic. Rivadencyra, pág. 602) se habla de "la vigilancia
que tienen los mastines veladores, que en aquel reino tienen, del católico rebaño". Los delatores y
calumniadores usados por la Inquisición conservaban el antiguo nombre hebreo de malsines. Estos son
los mastines y las centinelas a que alude Cervantes, y que el P. Juan de Mariana menciona al hablar
de la Inquisición: "Les parecía... lo más grave que por aquellas pesquisas secretas les quitaban la
libertad de oír y hablar entre sí, por tener en las ciudades, pueblos y aldeas personas a propósito [los
malsines] para dar aviso de lo que pasaba, cosa que algunos tenían en figura de servidumbre gravísima
y a par de muerte". A la luz de este pasaje de la Historia de España de Mariana hay que entender
los anteriores textos de Cervantes.
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NRFH, II LA EJEMPLARIDADDE LAS NOVELAS CERVANTINAS 329
sino de costumbres, según dicen los teólogos. Me interesa el asunto no como abstracta
historia de ideas, sino porque afecta al estilo literario de Cervantes, cuyas ideas reli-
giosas (no su estilo expresivo) se asemejaban a los de otros grandes contemporáneos.
De haber sentido Cervantes como todos los españoles de su tiempo, ¿dónde estaría
la posibilidad de haber concebido el Quijote y algunas de estas Novelas ejemplares?
Todo dato de experiencia vulgar se quiebra e ironiza al ser expresado en el estilo
auténtico de Cervantes: "Está claro que este mono [el de Maese Pedro] habla en el
estilo del diablo; y estoy maravillado cómo no lo han acusado al Santo Oficio, y exa-
minádole y sacádole de cuajo en virtud de qué adivina" (Quijote, II, 25). Dela-
ción, interrogatorio, tortura inquisitoriales. El alma de Cervantes no era un agua
tranquila que devolviese inalterada la imagen de lo que en torno a él existía. Sus
formas expresivas, en virtud de la polaridad inherente a su vivir, gravitaba hacia
su sentimiento de sentirse "frente a y fuera de" su mundo, o "dentro de" una soñada
solidaridad ideal. Según la clave que predominara en su ánimo, labró figuras de "fo-
rajidos" (fora-exiti), de vagantes por la libertad de los campos, de los sueltos y desli-
gados de enlaces jurídicos y sociales (cabreros, caballeros andantes, gitanos, bandi-
dos, galeotes, moriscos desterrados), o incluso de locos en discordancia con el sentir
común de las gentes. La preferencia por la humana fauna de los alejados e incon-
gruentes alimenta la región más valiosa del arte cervantino; el genio poético consi-
guió hacer real, como afirmación convincente y estructurada, lo que hasta entonces
sólo valía como detritus y extravagancia, y como tema para lo cómico o la ceñuda
sanción. Cervantes, en un acceso de genial hispanismo, compensó la ausencia de un
"ideal" (pienso en el de la filosofía romántica), de un ideal con validez objetiva
para la estructuración de una perfecta y progresiva humanidad, compensó esa ausen-
cia creando en su lugar realidades vitales, introvertidas hacia los fundamentos mona-
dológicos de la persona hispánica. El idealismo romántico se interesó, como era de
esperarse, en el don Quijote salvador de la humanidad, en un soñador de perfecciones
que serán reales en un infinito humano. Esa idea alimenta aún las ingenuas inter-
pretaciones de don Quijote. Para mí, lo radical y permanente es un don Quijote jus-
tificado en sí mismo como tal, en sus bríos y en su voluntad de serlo, construido desde
dentro y hacia dentro de sí, frente a, y fuera de lo que existe en torno a él. Sancho
Panza sería, a su vez, un caso quizá aún más extremado de "absoluto" personalismo.
La polaridad histórica, vitalmente conexa con las circunstancias integrales de la
existencia de Cervantes, le llevaron a veces a imaginar y estructurar tipos alimen-
tados por un ideal trascendente a ellos, y válido y grato para las gentes entre quienes
vivía y deseaba vivir de manera respetable, no como paria ni "forajido". Preciosa, la
gitanilla linda, es casta a priori y no puede dar un beso a su amante; Dorotea (en el
Quijote) comparte el lecho con don Fernando, y luego se hace su vida, derrochando
energía, ingenio femenino y toda suerte de gracias y encantos. Sancho es él, y con-
tinúa siéndolo en la larga trayectoria de su caminar de la condición de porquero a la
de gobernador. Persiles y Segismunda caminan también, más que Sancho, pero lo ha-
cen arrastrados por los hilos de la pureza sexual. Son personajes "sustanciales" aris-
totélicamente, sustancia de virtud; no se hacen a sí mismos, no poseen un sí mismo,
van a donde "les han dicho" que tienen que ir, a que los casen en Roma, y sean
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330 AMÉRICOCASTRO NRFH, II
buenos y santos padres de familia. Cervantes escribe que su Persiles es el libro "me-
jor que en nuestra lengua se haya compuesto ... ha de llegar al estremo de bondad
posible". En la oscilación hacia la ejemplaridad, sin duda alguna significaba el
máximo esfuerzo de su autor, quien ya no siente necesidad de justificarlo. En Persiles
no conviven ya, como en algunas de las doce novelas, el Cervantes que vive su arte
"desde fuera", y el que aspira a situarse "dentro" del área de las estimaciones
vigentes.
El Cervantes que prologa sus novelas tiene aún muy presente lo que había
venido diciendo y escribiendo durante su larga vida. El celoso extremeño1* y Rin-
conete y Cortadillo hubieron de ser muy podados y repeinados al ir a imprimir la
colección de relatos, porque ambos habían nacido orientados hacia el ánimo foráneo
de su autor. Podríamos verlo analizando el Rinconete. Las justificaciones y cau-
telas del prólogo descubren, sin más, que fue sentida la necesidad de justificarse. El
tono justificativo y defensivo es propio de quienes viven preocupados e inseguros, y
temen no ser interpretados como ellos quieren y necesitan serlo.
Característico había sido el caso de Mateo Alemán, de familia de conversos,
quien todavía en 1607 suprimía el apellido de su madre en un documento oficial.
Se andaba, en términos quevedescos, con "la barba sobre el hombro", mirando con
recelo a una y otra parte, expresión característica del vivir inseguro. La advertencia
introductoria del Guzmán de ALforache reza así:
En el discurso podrás moralizar según se te ofreciere: larga margen te
queda. Lo que hallares no grave ni compuesto, eso es el ser de un picaro sujeto
de este libro. Las tales cosas, aunque serán muy pocas, picardea con ellas: que
en las mesas espléndidas, manjares ha de haber de todos gustos, vinos blandos y
suaves que, alegrando, ayuden a la digestión, y músicas que entretengan.
Cervantes dirá luego en su prólogo al lector: "No siempre se está en los tem-
plos; no siempre se ocupan los oratorios . . . Horas hay de recreación, donde el afli-
gido espíritu descanse".
El intento era salvar lo más posible de los temas terrenos en un ambiente in-
festado de malsines a caza de víctimas. Mateo Alemán, el pobre acosado, no encubre
su recelo:
"Despreciada toda buena consideración y respeto, atrevidamente han mordido a
tan ilustres varones, graduando a los unos de graciosos, a otros acusando de lascivos,
y a. otros infamando de mentirosos". ¿Cómo salvar la persona, y el gusto y la nece-
sidad de escribir? "Alguno querrá decir que, llevando vueltas las espaldas y la vista
contraria, encaminé mi barquilla donde tengo el deseo de tomar puerto. Pues doyte
mi palabra11 que se engaña, y a solo el bien común puse la proa . . . Muchas cosas
16 Cf. mi antes citado estudio.
17 El valor de esta palabra, fuera de la literatura, puede apreciarse en el hecho de haber testi-
ficado Mateo Alemán, en 1604, cuando Micaela de Lujan, amante de Lope de Vega, recibió la heren-
cia de su marido Diego Díaz, ido a las Indias en 1 596. Entre los hijos había uno de tres meses. Micae-
la percibió la herencia, y ofreció como fiador a Lope de Vega, a quien Mateo Alemán declara conocer
"como hombre rico y abonado para ser fiador de la dicha Micaela de Lujan". Así era la ejemplaridad
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NRFH II LA EJEMPLARIDADDE LAS NOVELASCERVANTINAS 331
hallarásde rasguñoy bosquejadas,que dejé de matizarpor causas que lo impidieron.
Otrasestán algo más retocadas,que huí de seguir y dar alcance, temeroso y encogido
de cometer alguna no pensada ofensa".
Ahí está dramáticamenteexpresadala angustia del escritor temeroso de que no
se tomen sus escritoscomo ejemplares,y con la proa puesta al "bien común". Mateo
Alemán retoca su texto como luego lo hará Cervantes.Se temía ser acusado de las-
civo, de mentiroso, de no expresarla verdad moral. Catorce años más tarde dirá
Cervantes:
Una cosa me atreveréa decirte, que si por algún modo alcanzaraque la
lección de estas novelas pudiera inducir a quien las leyera a algún mal deseo o
pensamiento,antes me cortarala mano con que las escribí, que sacarlasen pú-
blico. Mi edad no está ya para burlarsecon la otra vida.
Ni con ésta tampoco, cuando ya parece que va a ser posible vivir sin cárceles,
sin miseria, injuriasy menosprecios,y sin un Felipe II que obstruya todas las vías
que pudieran conducir a la gloria heroica y al prestigio social. El prólogo de las
Novelas promete santa ejemplaridady lícitas distracciones;alude a sus calumniado-
res, y recuerdacon justo orgullo, en primer término, su gloria literaria (la Galatea,
el Quijote, el Viaje del Parnaso),y luego su pasado heroico, "militandodebajo de las
vencedorasbanderasdel hijo del rayo de la guerra,Cario Quinto, de felice memoria".
Quien así habla está viejo y cansado, tiene sólo seis dientes "mal acondicionadosy
peor puestos";tartamudeay camina "cargadode espaldasy no muy ligero de pies".
El escritor,por tantos motivos glorioso, se siente débil y escribe a la defensiva: "No
me fue tan bien con el [prólogo] que puse en mi Don Quijote, que quedase con
gana de segundarcon éste". Sus malos amigos, en lugar de calumniarle deberían
mencionarmás bien sus hechos gloriososen letras y armas: "Y cuando a la [memo-
ria] de este amigo, de quien me quejo, no ocurrieranotras cosas de las dichas [antes
por mí] que decir de mí, yo me levantaraa mí mismo dos docenas de testimonios, y
se los dijera en secreto, con que extendiera mi nombre y acreditarami ingenio".
Un Cervantesinventado por Cervantespudieraser tan grande como el real y autén-
tico. ¿No es maravillosamentenovelística (no novelesca) esta confesión? El prólogo,
aunque defensivo y en algún instante cauteloso, posee un brío y un arrogante
garbo, que faltan en las reptantes razones de Mateo Alemán. Se afirma y ostenta
una vez más la conciencia de ser y quererser primero,ahora ejemplarmente:no fuera
ni en frente de su mundo, sino integradoen él y rigiéndolo moralmente.
Mas ¿cómo despuésde tanto "cortarsela mano", da Cervantesa la estampa una
versión, no "a lo divino", sino "a lo lascivo", de El celoso extremeño?El entremés
de El viejo celoso pertenece a otro género literario, sin duda. Pero yo no quiero
jugara las abstraccionesdesvitalizadase irreales.Ni las exigenciasdel género "novela
corta" requeríanque Loaysa y Leonora se durmieranuno en brazos de otro sin co-
meter el pecado de lujuria y adulterio, ni las del género entremés implicaban dar
una versiónde la misma escena en la forma más lúbricay desvergonzadaque registra
extraliteraria de algunos que alardeaban de ejemplaridad novelesca. (Véase F. Rodríguez Marín, Lope
de Vega y Camila Lucinda, en BAE, 1914).
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332 AMÉRICO CASTRO NRFH, II
la literatura española, después de la cópula de Pármeno y Areusa en La Celestina.
¿Llegó nunca a tanto ningún contemporáneo de Cervantes? Una joven casada está
en la cama con su amante, y grita a su marido que el "mozo es bien dispuesto, peli-
negro, y que le huele la boca a mil azahares. . . No son sino veras, y tan veras, que
en este género no pueden ser mayores. . . Me tiemblan [las carnes] a mí. . . ¡Ahora
echo de ver quién eres, viejo maldito, que hasta aquí he vivido engañada contigo!"
Dos años antes había escrito Cervantes que "mi edad no está ya para burlarse con
la otra vida"; ahora está un poco más cerca de ella, y sin embargo la radical polari-
dad de su vida, de la suya y no de un superpuesto género literario, le lleva a dar un
pendulazo en otra dirección. Lo mismo que el pendulazo de la ejemplaridad le hizo
suprimir el que Isabela cesara en sus lágrimas y se dejara gozar por su seductor. La
decisivo aquí es el "género" de la situación vital del escritor, no el de una existente
abstracción retórica forjada en favor de alguna "domo nostra". Un escritor mediocre
se pliega a los requisitos de cualquier paradigma; un verdadero creador usa el género,
o el tópico que sea, como condición o instrumento, pero la realidad que pone en
ello es la creada, inventada por él, no la acarreada por ningún aluvión de tópicos.
Solemos incurrir en el paralogismo de confundir la condición que posibilita el surgir
de algo humano y valioso, con la realidad de ese algo. La historia literaria está
infestada de tales paralogismos. Yo procuro zafarme como puedo del hegeliano "es-
píritu objetivo", que convierte la obra genial en la obra de nadie, en receptáculo
de un polen bisexual arrastrado por la tradición y los vientos coetáneos. En cada
estilo valioso late, haciéndolo y sosteniéndolo, un vivir artísticamente estructurado.
Comprendo y es legítimo que se goce la pura y escueta realidad de unas palabras
artísticamente dispuestas en su expresión; lo que no entiendo ya es que se salga de
esas palabras para referirlas sin resto a un "género" flotante como una trascendencia
que hiciera real y valiosa una obra. El género será una condición, una vía de acceso,
mile-
pero nada más. El Quijote y el Rinconete necesitaron, para ser posibles, una
naria tradición, unas circunstancias históricas hispánicas y extrahispánicas, un instru-
mento lingüístico; sin duda es así. Cada una de esas obras es, sin embargo, un
unicum, algo inmanentizado en sí mismo como valía humana también única. Nada
Edad Media, de
ganamos con razonar sobre la obra cervantina en términos de
Renacimiento, de Barroco o de cualquiera otra abstracción fantasmal. Cabe leer a
Cervantes y gozar con ello abundantemente (después de todo es lo mejor que quepa
o no ejemplaridad
hacer). Ahora bien, si nos proponemos entender la ejemplaridad
de algunas de sus obras, no hay otro remedio sino sumirnos en la nuda realidad de
una persona, Cervantes, que es quien pone o no pone ejemplaridad en sus obras. No
se trata de un caso más de "lectorem delectando pariterque monendo", de "deleitai
otro abstracto anónimo ingrediente, al alcance de
aprovechando", o de cualquier y
cualquiera. Cervantes ejemplarizó en algunas obras de su vida declinante, por moti-
vos únicos y exclusivamente suyos. En fin, lo puramente ejemplar en esas obras
ofrece encantos muy secundarios. Es, en todo caso, de mediocre interés el que un
autor nos obligue a aceptar su creación como un para que.
Américo Castro
Princeton University.
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