PAPELES 149 1 Utopias
PAPELES 149 1 Utopias
nº 149 nº 149
9€ 9€
INTRODUCCIÓN
La vivienda: entre el derecho y la especulación
Santiago Álvarez Cantalapiedra
PANORAMA
La pobreza de los Nobel de Economía
Marta Fana y Luca Giangregorio
UTOPÍAS
ENSAYO
¿Somos demasiados? Reflexiones sobre la
cuestión demográfica
PERISCOPIO
Entrepatios, la realidad hecha sueño
Nacho García Pedraza y Berta Iglesias Varela
EN TIEMPOS DE PANDEMIA
Jorge Riechmann La vivienda en Barcelona, algunas experiencias y
pensando en el futuro Francisco Martorell • Jesús Joven • Luis Fernando Medina •
ESPECIAL Núria Pedrals Pugés
VIVIENDA: ENTRE LA ESPECULACIÓN Y Trabensol, centro social de convivencia para José Manuel Naredo • Sergio Martínez • Tica Font
LA INNOVACIÓN SOCIAL mayores
Manuel Collado
La vivienda: problema y propuestas
REFERENTES
nº 149 – 2020
Vicente Pérez Quintana
ENTREVISTA
Análisis comparado de modelos inmobiliarios en Entrevista a José Manuel Naredo sobre
Europa el panorama inmobiliario y habitacional en España
Paco Fernández Buey
Maite Arrondo Segovia y Raquel Rodríguez Alonso José Bellver Soroa Erik Olin Wright
El derecho a la vivienda frente a la Entrevista a Joaquim Sempere sobre Las cenizas
financiarización y el turismo masivo: experiencias de Prometeo
internacionales Salvador López Arnal
Irene Escorihuela Blasco
Derecho a la vivienda, derecho a la ciudad. Por
LIBROS
una acción municipalista
Agustín Hernández Aja, Iván Rodríguez Suárez y
Lucas Álvarez del Valle
PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global es una revista trimestral publicada desde
1985 por FUHEM. Con una mirada transdisciplinar, la revista aborda temas relacionados con la
sostenibilidad, la cohesión social y la democracia, con la paz como eje transversal del análisis.
La revista está recogida sistemáticamente por las bases de datos: LATINDEX, DIALNET, DICE,
ISOC-Ciencias Sociales y Humanidades, RESH, ARCE
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Depósito legal - M-30281-1993
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A FONDO
Utopía. El estado actual de la cuestión 13
FRANCISCO MARTORELL CAMPOS
ACTUALIDAD
Refugiados en la Unión Europea: desde el alarmismo
de emergencia a la gestión común 77
DANIELE ARCHIBUGUI, MARCO CELLINI Y MATTIA VITIELLO
REFERENTES
Erik Olin Wright: Utopías reales 97
SANTIAGO ÁLVAREZ CANTALAPIEDRA
3
Utopía y vocación científica en la representación socialista
moderna de la sociedad capitalista 113
PACO FERNÁNDEZ BUEY
LECTURAS
Historia de la agricultura española desde una perspectiva
biofísica (1900-2010), Manuel González de Molina, David Soto
Fernández, Gloria Guzmán Casado, Juan Infante Amate, Eduardo
Aguilera Fernández, Jaime Vila Traver, Roberto García Ruiz 157
MONICA DI DONATO
RESÚMENES 169
4
La utopía en la era del
Antropoceno
SANTIAGO ÁLVAREZ CANTALAPIEDRA
Introducción
de la vida de los seres humanos a la idea de la utopía.2
Es sabido que utopía es un nombre inventado por Thomas More que los
filólogos atribuyen a la combinación del prefijo griego ou, (no) con la pa-
labra topos (lugar). Tres siglos y medio más tarde, el economista y filósofo
John Stuart Mill utilizó por vez primera el término distopía en una inter-
vención parlamentaria para referirse a la perspectiva poco halagüeña que
se desprendía de la vigencia de algunos factores del presente. Cinco dé-
cadas después, Patrick Geddes y Lewis Mumford introducen –nos los re-
cuerda José Manuel Naredo en su artículo– el término eutopia para
expresar el buen lugar en el que estar y al que deberíamos ir.
¿Por qué nos debería interesar, en la era del Antropoceno, la utopía en-
tendida como eutopía? ¿Qué significado puede tener al comienzo del
siglo XXI, atenazados como estamos por amenazas globales que ad-
1
Este número inaugura nuevas secciones. La que denominamos Referentes tiene como objetivo
recuperar textos de autores/as que son una referencia indiscutible en las temáticas que aborda
la revista. En esta ocasión está compuesta de tres textos, dos de Francisco Fernández Buey y
otro de Erik Olin Wright.
2
Francisco Fernández Buey, Utopías e ilusiones naturales, El Viejo Topo, Barcelona, 2007.
quieren una dimensión existencial? Son preguntas que nos llevan a orientar nues-
tra mirada, por primera vez en los treinta y cinco años de vida de la revista, a ese
lugar imaginado que debería figurar en los mapas que merecen ser ojeados.
Como sugiere Jesús Joven al introducirnos la obra de Thomas More en este nú-
mero, la sociedad que prefigura esta primera utopía literaria está lejos de ser una
sociedad justa (debido a la existencia de esclavitud); tampoco parece una socie-
dad deseable, ni siquiera para el propio autor que la imagina, pues en ella se hace
patente la ausencia de Dios. Es probable, pues, que More no estuviera imaginando
un “buen lugar”, sino un “no lugar” desde el que comentar críticamente el mundo
que le rodeaba. Este papel crítico es la primera y más destacada función que cabe
atribuir a la utopía. Pero hay, al menos, otras dos funciones más que merecen
nuestra atención.
Introducción
tal vez no en el momento presente y dentro del orden social dominante, pero no
imposible en otro momento histórico y bajo otras circunstancias. El utópico, a di-
ferencia del iluso, engarza la utopía a una realidad que no queda reducida al
campo de lo existente. La realidad es también un campo de posibilidades, de op-
ciones por explorar y de experiencias alternativas que practicar, algunas incluso
ya iniciadas, aunque rápidamente sofocadas o desplazadas a un segundo plano
de la historia por el poder. Cuando se formula una utopía, señala Juan José Ta-
mayo, «no se está proponiendo un imposible; se busca cambiar las coordenadas
que la hacen imposible para que sea posible».3
La tercera función de la utopía está muy relacionada con esta doble función crítica
y alternativa que acabamos de comentar. La utopía, en cuanto instancia crítica
que además ayuda a previsualizar otra realidad, se convierte en motivación para
la acción y en horizonte que guía el cambio social. Como señaló Paco Fernández
Buey, resulta indispensable para iniciar y sostener la acción política desde una
perspectiva emancipadora: «No ha habido ni habrá filosofía moral sin utopías, o
sea, sin la prefiguración de sociedades imaginarias más justas, más igualitarias,
más libres y más habitables de las que hemos conocido y conocemos. La imagi-
nación utópica ha sido y será el estímulo positivo de todo pensamiento político
moral».4 Tal vez ha sido Eduardo Galeano quien, desde el campo literario, más
haya reivindicado este papel de la utopía.5 Son muy conocidas las palabras con
las que se hace eco de la respuesta que dio el cineasta argentino Fernando Birri
a la pregunta ¿para qué sirve la utopía?: «La utopía está en el horizonte. Camino
dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar». Utopía que
combina crítica y alternativa, que guía la praxis y la orienta hacia ella. Esa es su
función.
3
Juan José Tamayo, Invitación a la utopía, Editorial Trotta, Madrid, 2012, p. 149.
4
Francisco Fernández Buey, op. cit, pp. 12 y 13.
5
Galeano cultivó a lo largo de toda su obra la utopía crítica y poética. Algunas de las frases que dejó escritas
se convirtieron en lemas de la acampada del 15 M (así ocurrió con esta, «si no nos dejan soñar, no los deja-
remos dormir», extraída de su libro Los hijos de los días). Entre los muchos escritos que nos legó, tal vez el
que mejor refleja el espíritu utópico del autor es el titulado «El derecho al delirio», del que entresaco los si-
guientes versos: «¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para
adivinar otro mundo posible (…) en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros/ la gente no
será manejada por el automóvil, ni será programada por el ordenador, ni será comprada por el supermercado,
ni será tampoco mirada por el televisor (..) la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar/ se in-
corporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en
vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que
juega (…) los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo/ ni llamarán calidad de vida a la
cantidad de cosas» (Patas arriba. La escuela del mundo al revés, Siglo XXI, Madrid, 1998, pp. 341-344).
7
Santiago Álvarez Cantalapiedra
6
Pierre Musso, «De la utopía social a la utopía tecnológica», El punto de vista nº 7: Tiempos de utopías (Le
Monde diplomatique), Ediciones Cybermonde S.L., Valencia, 2011, pp. 7 y 8.
7
Yuval Noah Harari, Homo Deus, Debate, Barcelona, 2016, p. 56.
Introducción
El deslizamiento hacia lo distópico
Cabe preguntar si este desplazamiento de las utopías por las distopías es algo
reciente o viene de lejos. Aunque la ficción distópica ha vivido siempre sus mo-
mentos más dorados después de las grandes crisis colectivas, la utopía ha llevado
en su reverso la distopía desde los inicios. De ahí que quepa distinguir las utopías
puras de las parodias utópicas, que no buscan presentar un ideal sino más bien
evitarlo. Entre los autores de las primeras encontraríamos a More con su Utopía,
a Campanella con La ciudad del Sol, a Bacon con Nueva Atlántida, a Bellamy con
Mirando hacia atrás y, sobre todo, a Morris con Noticias de ninguna parte. Entre
los cultivadores de las segundas, autores como Italo Calvino, H.G. Wells o Úrsula
K. Le Guin, que imaginaron en muchas de sus obras futuros distópicos con la in-
tención de que anticipando esos horizontes tenebrosos nos encontrásemos en
mejores condiciones de sortearlos. Otros, como Yevgueni Zamiatin con Nosotros,
Aldous Huxley con Un mundo feliz o George Orwell con 1984, es posible que ni
siquiera albergaran tal esperanza.
En cualquier caso, pocos tiempos tan proclives a las distopías como los actua-
les. Están tan presentes en nuestros días que gran parte de la literatura juvenil
más celebrada responde a este género (véase la trilogía de Los juegos del ham-
bre de Suzanne Collins o el tríptico de Verónica Roth formado con sus novelas
Divergente, Insurgente y Leal, todas ellas llevadas al cine en los últimos años
con gran éxito de público). Tampoco han escapado a esta tentación muchos au-
tores consagrados: ahí está el mundo apocalíptico que describe Cormac
McCarthy en La carretera, el renacer del antisemitismo que plantea Philip Roth
en La conjura contra América o la acogida que han logrado las dos novelas de
Margaret Atwood sobre la República de Gilead (El cuento de la criada y Los
testamentos).
9
Santiago Álvarez Cantalapiedra
La idea de “progreso” que define nuestra época a menudo se parece más a la pro-
gresión de una enfermedad que a su curación. Para Walter Benjamin el progreso,
cuando es contemplado desde la mirada del oprimido, se asemeja mucho a un
vendaval que deja a su paso un reguero de víctimas y escombros. Desde esa
perspectiva, el progreso es sinónimo de catástrofe y la utopía tiene que ver, sobre
todo, con la esperanza de detener ese progreso. Cuando se avanza en la dirección
equivocada, el progreso es lo último que se necesita. No tiene ningún sentido pro-
gresar en dirección al abismo, y hacia allí es adonde nos conduce este modelo de
civilización.8
8
Christopher Ryan, Civilizados hasta la muerte: el precio del progreso, Capitán Swing, Madrid, 2020.
Introducción
torno a recursos estratégicos que tensionan la geopolítica internacional en un con-
texto de proliferación nuclear.9
El futuro no tiene el mismo significado ahora que antes de la crisis ecológica. Con
anterioridad a esta crisis el futuro se podía contemplar todavía como un territorio
de posibilidades: cabía pensarlo como un tiempo mejor donde proyectar aquello
que no resulta posible alcanzar en el tiempo presente. Pero ahora no. La crisis
ecológica ha determinado nuestro futuro. Lo vemos con claridad al observar las
consecuencias del cambio climático. Desde el punto de vista de la crisis climática,
el futuro nunca va a poder ser mejor y, por eso, toda nuestra lucha por el futuro
gira entre lo “malo” y lo “peor”. Y la diferencia entre ambos futuros es enorme:
nada menos que la posibilidad entre un convivir aún civilizado y la más atroz de
las barbaries. Tanta es la diferencia entre ambos futuros, que no cabe pensar en
la utopía más que como la aspiración a conseguir lo menos malo. Los nuestros
son tiempos de concesiones, de la búsqueda del mal menor. Lo mejor deja de
estar a nuestro alcance y debemos conformarnos con lo menos malo. Son tiempos
de utopía formulada en negativo: «hoy no luchamos por construir la brillante uto-
pía, sino para evitar las distopías peores».10
Predominan hoy las distopías, que no son sino hijas de la creciente consciencia
de que vivimos un gran desastre social y civilizatorio. Dar la vuelta al calcetín de
sentido trágico del presente pasa por hacer florecer la carga alternativa que tiene
la utopía y que no alcanza a imaginar el pensamiento que se queda en meramente
distópico. Si la distopía llega a ser, en el mejor de los casos, una crítica cuando
apunta al estado de barbarie al que nos conduce el presente, la utopía además
de la crítica proporciona la imaginación política necesaria para lanzar la realidad
en otra dirección, hacia un buen vivir en un buen lugar, hacia la eutopía.
9
Sin mencionar los riesgos tecnológicos del impulso fáustico: las consecuencias de la combinación de la in-
teligencia artificial con la manipulación genética y las posibilidades de crear una especie nueva – los ciborgs–
no completamente orgánica.
10
Jorge Riechmann, Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros, mra ediciones, Barcelona, 2020,
p. 107.
11
Utopía. El estado actual de
la cuestión
FRANCISCO MARTORELL CAMPOS
D ice Enzo Traverso que lo que separa al siglo XXI de los dos siglos
anteriores es que nació bajo el eclipse general de las utopías.1 A
priori, la tesis del derrumbe de la utopía no parece novedosa. Fred Polak
lamentó en 1953 que Occidente estaba dejando de producir imágenes
de un futuro mejor y acentuando la producción de imágenes de un futuro
peor. A su juicio, tal inversión reflejaba la decadencia de la utopía.2 A
medida que transcurrieron las décadas, ascendió el número de autores
que repitió idéntico dictamen, hasta convertirlo en un auténtico mantra.
No es el caso de Traverso, teórico que resalta la singularidad de nuestra
experiencia. En efecto, si el siglo XXI rompe con la modernidad es por-
que jamás ha estado movido por la utopía. Eso significa que para los in-
dividuos más jóvenes la ausencia de utopías conforma su hábitat natural
y cognoscible, un aspecto de la existencia dado por sentado, evidente
por sí. Aunque Traverso ubica la fractura dos siglos atrás, lo cierto es
que desde la Ilustración no había deambulado por Occidente nada pa-
recido, excepcionalidad que obliga a plantear varios interrogantes: ¿qué A fondo
significa y de dónde procede la crisis de la utopía tal cual la vivimos hoy?
¿Cuáles son sus manifestaciones idiosincrásicas? ¿Puede y debe en-
mendarse?
¿Qué es la utopía?
1
Enzo Traverso, Melancolía de izquierda. Después de las utopías, Barcelona, Galaxia Gutenberg,
2019, p. 31.
2
Véase: Frederik Polak, «Cambio y tarea persistente de la utopía», en Arnhelm Neusüss (comp.),
Utopía, Barcelona, Barral Editores, 1971, pp. 188-189.
plearse para designar a los anhelos que el sentido común considera quiméricos y
a los sistemas totalitarios de la peor calaña. La observación más superficial verifica
la falsedad de sendas valoraciones. Quienes identifican a la utopía con lo imposi-
ble omiten que la historia brinda numerosos ejemplos acerca de cómo han aca-
bado haciéndose realidad ideas tildadas durante siglos de utópicas (el sufragio
universal, la educación pública y otras). Asimismo, quienes la asocian con el tota-
litarismo omiten que la democracia también fue originariamente utópica, un pro-
yecto hipotético de sociedad ideal.
3
Fredric Jameson, Arqueologías del futuro. El deseo llamado utopía y otras aproximaciones de ciencia ficción,
Madrid, Akal, 2009, p. 15.
4
Ernst Bloch, El principio esperanza [1], Madrid, Trotta, 2007, pp. 106-107.
A fondo
la política hacia la
biotecnológicos, nanotecnológicos y farmacológicos tecnología
que permitirán amplificar las facultades humanas,
crear capacidades nuevas, gestionar las emociones y (es la promesa estelar)
gozar de la inmortalidad, o cuanto menos de una prolongación vital sobresaliente.6
Heredera de la vasta tradición tecnoutópica estrenada por Francis Bacon y expre-
sión magistral de las «utopías médicas» estudiadas por Bloch,7 la doctrina trans-
humanista permea la cultura al completo y monopoliza los discursos
esperanzadores del futuro.
5
Francisco Martorell, «¡Al infierno los cuerpos! El transhumanismo y el giro postmoderno de la utopía», Thé-
mata. Revista de Filosofía, núm. 46, 2012, pp. 489-496; Francisco Martorell, Soñar de otro modo. Cómo per-
dimos la utopía y de qué forma recuperarla, Valencia, La Caja Books, 2019, pp. 53-67.
6
Yuval Harari vende millones de libros recitando dicho relato: Y. Harari, Homo Deus. Breve historia del mañana,
Barcelona, Debate, 2016.
7
Ernst Bloch, El principio esperanza [2], Madrid, Trotta, 2006, pp. 12-31.
15
Francisco Martorell
Noviembre de 1989
Corría el año 1973. El aumento del precio del petróleo, del desempleo y de la infla-
ción forzó al sistema capitalista a someterse a severas transformaciones. Exitoso
durante treinta años, el keynesianismo se mostraba moribundo, incapaz de ende-
rezar la economía internacional. Un paradigma antagónico, originario de las doctri-
nas hasta hacía poco minoritarias de Friedrich Hayek y Milton Friedman, aprovechó
la coyuntura para ganar posiciones en la lucha de ideas e introducir su receta anti-
crisis: obrar la desregulación máxima del capital, devastar las rigideces que la coar-
tan, sea el Estado de Bienestar, los aranceles fronterizos, las nacionalizaciones, la
fiscalidad progresiva o el poder sindical. Y a buena fe que lo consiguió. Ronald Re-
agan, Augusto Pinochet y Margaret Thatcher aplicaron con entusiasmo el precepto.
Con la ayuda de las incipientes tecnologías informáticas, comandaron el salto de
los mercados nacionales al mercado global, de la economía industrial a la economía
financiera, de la socialdemocracia al neoliberalismo, canjes que fraguaron el mundo
en el que vivimos y el tránsito de la modernidad a la postmodernidad.8
Los costes sociales derivados de los reajustes correspondientes fueron y son enor-
mes. Cuando a inicios de los ochenta arreciaban las críticas, Thatcher respondía
con un escueto «no hay alternativa». Muchos se mofaron del eslogan, pero lo
cierto es que expresaba, valga el argot de David Estlund,9 una «utopofobia» al
alza que sería consolidada el 9 de noviembre de 1989, día en el que cayó el Muro
de Berlín. De acuerdo a los voceros del establishment, el acontecimiento ratificaba
que la utopía había fracasado estrepitosamente, que la única opción razonable
era aceptar que no existen alternativas deseables a la conjunción de capitalismo
y democracia. Pocos meses antes, Francis Fukuyama dio a conocer la versión
erudita de análogo diagnóstico y anunció, con Hegel de coartada, que el triunfo
del liberalismo económico y político no era un suceso casual, sino la meta hacia
la que viajaba el devenir histórico desde el principio. Dado que esa meta había
sido coronada, la sucesión de ideologías y regímenes a la que denominamos his-
toria podía darse por terminada. En lo sucesivo, ninguna alternativa al statu quo
logrará prosperar, menos aún materializarse. Política y económicamente, los tiem-
pos venideros mimetizarán al presente y no abrigarán novedades dignas de men-
ción. La historia, pontificó Fukuyama, ha finalizado.10
8
David Harvey, La condición de la posmodernidad, Madrid, Amorrortu, 2004, pp. 157-185.
9
David Estlund, «Utopophobia», Philosophy & Public Affairs, núm. 42 (2), 2014.
10
Francis Fukuyama, «¿The End of History?», The National Interest, núm. 16, 1989, pp. 3-18.
En lo que a los sectores más exigentes de la izquierda se refiere, los sucesos del
9 de noviembre de 1989 representaron una derrota humillante y definitiva, carente
de aura y utilidad, desprovista de los sentimientos de grandeza y dignidad susci-
tados por las derrotas del pasado. La caída del Muro de Berlín traumatizó a los
activistas en la medida en que resumió decenas de reveses precedentes que, reu-
nidos de golpe, se manifestaron intolerables, difíciles de procesar. Los escombros
resultantes abolieron el horizonte utópico socialista que había conferido esperanza
A fondo
a millones de personas. Esperanza, ciertamente, que llegaba mermada a causa
de la larga secuencia de desengaños que arrancó con la constatación de la natu-
raleza totalitaria de la Unión Soviética y siguió con la represión de la Primavera
de Praga, la violencia extrema de la Revolución Cultural y el genocidio de Cam-
boya. La izquierda con aspiraciones transformadoras deambula en estado de
shock desde entonces, inmersa en un proceso de duelo que no sabe gestionar.11
La caída del Muro de Berlín propició que el lema «no hay alternativa» y la tesis
del final de la historia pasaran de verbalizar simples preferencias propagandísticas
a modelar nuestra conciencia. La crisis de la utopía política divisada por Polak
yacía en los inicios de la Guerra Fría, periodo en el
que planeaba una alternativa oficial al capitalismo y
donde la capacidad de concebir alternativas diferentes El lema «no hay
seguía activa. Ninguna de ambas variables sobrevive. alternativa» y la tesis
del final de la historia
La crisis actual de la utopía política converge con la
han modelado
falta absoluta de alternativas. El capitalismo globali-
nuestra conciencia
zado ha alcanzado niveles nunca vistos de suprema-
desde 1989
cía material e ideológica, hasta el extremo de
colonizar la imaginación y bloquear la tarea de conce-
bir futuros civilizados donde no rija. Jameson registró la incidencia en 1994: «hoy
día nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la tierra y de la naturaleza
que el derrumbe del capitalismo».12 Diez años más tarde, Perry Anderson pronun-
ció a la luz del apogeo transhumanista que hoy nos cuesta menos esfuerzo ima-
ginar el fin de la muerte que el fin del capitalismo,13 pormenor, advierte Slavoj
11
Enzo Traverso, op. cit., pp. 57-58, 102-104.
12
Fredric Jameson, Las semillas del tiempo, Madrid, Trotta, 2000, p. 11.
13
Perry Anderson, «El río del tiempo», New Left Review, núm. 26, 2004, p. 42.
17
Francisco Martorell
Zizek, que testimonia cómo en los dominios neoliberales lo antaño imposible (no
morir) ha mutado en viable, y lo posible (derrotar al capitalismo) en inviable.14
14
Slavoj Zizek, Pedir lo imposible, Madrid, Akal, 2014, pp. 149-151.
15
Mark Fisher, Realismo capitalista, Buenos Aires, Caja Negra, 2016, pp. 22, 27-28, 127.
16
Ibidem, p. 49.
17
Franco Berardi, Futurabilidad, Buenos Aires, Caja Negra, 2019, pp. 21-22, 31, 43-49.
18
Por ejemplo: Cristopher Lash, La cultura del narcisismo, Barcelona, Andrés Bello, 1999, pp. 23, 78; Marina
Garcés, Nueva ilustración radical, Barcelona, Anagrama, 2017, pp. 14-15, 23; Jean Baudrillard, La ilusión vital,
Madrid, Siglo XXI, 2002, p. 32; Byung-Chul Han, El aroma del tiempo, Barcelona, Herder, 2015, pp. 37, 45,
61; Zygmunt Bauman, Retrotopía, Barcelona, Paidós, 2017, pp. 15-16, 61-65; Daniel Innerarity: El futuro y
sus enemigos, Barcelona, Paidós, 2009.
A fondo
19
Francisco Martorell
El apogeo de la distopía
Alguien podría replicar que las protestas alterglobalización, Ocuppy Wall Street,
el 15-M y la Primavera Árabe desvelan que ahora también persiste la utopía polí-
19
Krishan Kumar, «The Ends of Utopia», New Literary History, vol. 41, núm. 3, 2010, pp. 555-558.
20
A destacar: Ursula Le Guin, Los desposeídos, Barcelona, Minotauro, 1999; Ernest Callenbach, Ecotopía, Za-
ragoza, Trazo Editorial, 1980; Joanna Russ, El hombre hembra, Barcelona, Bruguera, 1978; Marge Piercy,
Mujer al borde del tiempo, Bilbao, Consonni, 2020.
A fondo
Claroscuros de la distopía
Hasta hace escasas décadas, el vocablo «distopía» apenas circulaba por la aca-
demia, y cuando lo hacía cumplía el rol de sinónimo de «anti-utopía». Gracias a
Lyman Tower Sargent y sus sucesores,21 hemos aprendido que «anti-utopía» y
«distopía» designan estrategias distintas. Mientras la primera condena a la utopía
en general,22 la segunda ataca a utopías concretas, a veces sin evacuar la totalidad
de impulsos utópicos. Tom Moylan distingue a propósito de este matiz entre la «dis-
topía anti-utópica», texto que narra (a la manera del 1984 de Orwell) las vivencias
de un disidente ante la totalidad opresora y la derrota o huída final del mismo, y la
«distopía utópica», texto de desenlace abierto que retrata (a la manera de La má-
quina se para, de Edward Morgan Forster) la presencia real o virtual de colectivos
contrarios al sistema. De acuerdo con Moylan, las distopías anti-utópicas suprimen
la posibilidad de cambio civilizatorio y favorecen que la resignación se adueñe del
receptor. No obstante, añade, las distopías utópicas enseñan a resistir, incluso a
vencer, predicciones que infunden esperanza y estimulan los deseos de mejora.23
21
Francisco Martorell
Como no podría ser de otro modo, la distopía crítica acata la convención canónica
de la distopía y compara al presente con un futuro peor. Dicho método acarrea
paradojas bien conocidas. Por una parte, responsabiliza a la actualidad de las des-
gracias venideras y contribuye a cuestionarla e impugnarla. Pero por otra, se apro-
xima peligrosamente al estándar anti-utópico y la
justifica, habida cuenta de que, a pesar de los pesa- El mayor hándicap
res, siempre resulta preferible al porvenir descrito. El de la distopía es que
mayor hándicap que exhibe aquí la distopía estriba en transmite la
transmitir, involuntariamente si se quiere, la consola- consoladora intuición
A fondo
dora intuición de que el mundo que habitamos no es de que el mundo
tan malo, que tenemos que considerarnos afortuna- que habitamos no
dos, juicios que fomentan la desmovilización y el con- es tan malo
formismo.
Recuperar la utopía
25
Slavoj Zizek, Primero como tragedia, después como farsa, Madrid, Akal, 2011.
26
Franz Hinkelammert, Crítica de la razón utópica, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2002, pp. 10, 278-280.
23
Francisco Martorell
¿Y qué decir de las diferentes fuerzas de izquierdas? Pues que amén de aceptar
que no hay alternativa, deberían añadir, acto seguido, que no la hay de momento.
Deberían, por encima de otras consideraciones, obrar un distanciamiento estra-
tégico respecto a 1989, aparcar el activismo reactivo e intentar reanudar el ciclo
de reformas económicas que interrumpió el neoliberalismo y su propia renuncia a
27
Lyman Tower Sargent, «In Defense of Utopia», Diogenes, núm. 209, 2006, pp. 11-12.
A fondo
por la automatización y otros factores, proceso que todos los indicadores juzgan
de imparable.28
No hay duda de que nos encontramos ante un par de medidas que trastocan las
coordenadas del sentido común. Si bien planean en el ambiente y cuentan con
organizaciones que las defienden y gobiernos que las ensayan, la sociedad las
percibe como una quimera. La atrofia de la imaginación política es de tal magnitud
que no solo se han vuelto inconcebibles las alternati-
vas drásticas al capitalismo sino también las reformas Obreros y sufragistas
no se dejaron
del mismo. Lo cual explica que las formaciones políti-
amedrentar por la
cas no las incluyan abiertamente en sus programas,
visión hegemónica de
sin rebajarlas o restringirlas. De cualquier modo, es
lo posible y
una constante histórica que las medidas utópicas ge-
reclamaron lo que
neren miedo, chanza y suspicacia, y que precisen de
para sus congéneres
mucho tiempo para aplicarse. Ello se debe a que lle- era una locura
gan demasiado pronto, antes de hora, precocidad que
alimenta la falsa sensación de que son irrealizables. Por fortuna, las sucesivas
generaciones de obreros que defendieron la jornada laboral de ocho horas y de
mujeres que se manifestaron a favor del sufragio femenino no se dejaron ame-
drentar por la visión hegemónica de lo posible y reclamaron con confianza lo que
para sus congéneres era una locura.
La utopía secularizada
28
Rutger Bregman, Utopía para realistas, Barcelona, Salamandra, 2017; Paul Mason, Postcapitalismo. Hacia
un nuevo futuro, Barcelona, Paidós, 2016; Erik Olin Wright, Construyendo utopías reales, Madrid, Akal, 2014;
Nick Srnicek y Alex Williams, Inventar el futuro, Barcelona, Malpaso, 2017.
25
Francisco Martorell
29
La terapia insinuada podría inspirarse en los pensadores que han extrapolado la crítica a la metafísica a la
política, caso de Richard Rorty, Gianni Vattimo, John Rawls, Jacques Derrida o Nancy Fraser.
30
Kim Stanley Robinson, «La civilización está fuera de control», El confidencial, 16 de mayo, 2016.
el capitalismo seguirá, pero al servicio de una sociedad más justa que la presente.
Dadas las circunstancias anti-utópicas, se trata de un sueño asumible, compatible
con sueños más radicales.
Francisco Martorell Campos es doctor en Filosofía por la Universidad de Valencia, donde ha sido Becario
A fondo
de Investigación y profesor asociado. Es miembro de la Red Transatlántica de Estudio de las Utopías y
autor de Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla (La Caja Books, 2019).
27
La utopía de Thomas More,
un modelo para la
modernidad
A fondo
JESÚS JOVEN TRASOBARES
H ace poco más de 500 años Sir Thomas More, asesor del rey de
Inglaterra, abogado y destacado humanista cristiano publicó en
latín una obra titulada Utopía donde describe una sociedad ideal que ha
dado lugar a numerosas interpretaciones desde posiciones antagóni-
cas.1 Es tal su importancia que la encontramos emparentada con otras
obras que cultivan este género como la Nueva Atlántida de Bacon, la
Ciudad del Sol de Campanella o el Leviatán de Hobbes, por citar tan
solo algunas de ellas.
1
Marie-Claire Phélippeau, «La Utopía de Tomás Moro: 500 años de enigma». Humanitas: Revista
de antropología y cultura cristianas, nº 83. Año XXI, 2016, pp. 544-547.
2
Thomas More, Utopía, Ediciones Orbis S.A. Barcelona. 1985, p. 65 [Nota del editor: todas las
citas literales que aparecen a continuación corresponden a esa edición].
Esta quimera política tiene dos momentos que coinciden con cada uno de los libros.
En el primero, se realiza una crítica social a los males que aquejan a Inglaterra. En
el segundo se describe la organización ideal de esa república, contada por ese na-
rrador ficticio que es Hythloday, cuyo nombre significa aquel que miente. Además,
irá desgranando las preocupaciones de su autor: el deseo, la avaricia, el ansia de
posesión de riquezas o de poder, e irá formulando también sus críticas a la orga-
nización político-social de la época, puesto que para él la isla es la única república
donde realmente se da una comunidad de bienes, «pues en otros lugares también
hablan del bien común, pero todo el mundo procura su ganancia privada». Y añade,
«ahora quisiera ver si alguien se atreve a comparar con esa equidad la justicia de
otras naciones. Reniego de Dios si puedo encontrar ningún signo de equidad y jus-
ticia en ellas», y acaba denunciando que «los ricos, tanto por fraude particular como
por leyes públicas, cada día esquilman y arrebatan al pobre parte de sus medios
de vida diarios. Si antes parecía injusto recompensar con ingratitud los esfuerzos
que han sido beneficiosos para la república, ahora (…) lo llaman justicia». Duras
palabras de un jurista que trabajaba de forma estrecha con el rey, pero no eran di-
sonantes con una época de revisión y cuestionamiento del orden establecido. Re-
cordemos que, en 1511, Erasmo de Rotterdam escribió el Elogio de la locura. En
Utopía es una obra que admite tantas lecturas y tantas interpretaciones como mi-
A fondo
radas adoptemos a la hora de estudiarla. Han sido numerosos los pensadores que
la han analizado desde perspectivas muy diversas. Si nos detenemos en la visión
política, nos encontramos con un pensador humanista receloso con «la instaura-
ción de la propiedad privada como eje vertebrador de las relaciones sociales (…)
la condición naturalmente excluyente de la propiedad –limitada a un único titular-
resultaban definitivos para More a la hora de explicar aquel escenario social go-
bernado por unos niveles de competencia e individualismo atroz hasta entonces
nunca contemplados».3 El autor plantea un orden político óptimo en un lugar ima-
ginario. Él identifica la propiedad privada y la competitividad como los principales
males que aquejan a la Europa de su tiempo. Por eso, en esta república nadie ca-
rece de nada, pero todo el mundo trabaja, repartiéndose entre todos los trabajos
manuales, si bien algunas tareas estaban reservadas a los esclavos (los conside-
rados trabajos inferiores).
Tal vez por eso K. Kautsky llevó a cabo una reflexión muy interesante sobre More
desde la perspectiva marxista. Para este pensador la utopía de More es una visión
comunista de la realidad, localizada fuera de la realidad histórica del momento
porque no cuenta con el apoyo de una clase o partido político que pudiera impulsar
este ideal político en la Inglaterra del siglo XVI. Así pues, su propuesta –según
Kautsky– de instaurar el nuevo orden político-social comunista tiene que ser fuera
de la realidad concreta de su tiempo porque More sabe que no hay ninguna posi-
bilidad de realización de su ideal político.
3
Francisco Martínez Mesa, «500 años de ‘Utopía’», EL PAIS, 14 de mayo de 2016. Disponible en: [Link]
[Link]/elpais/2016/05/06/opinion/1462557318_401772.html
31
Jesús Joven
Thomas More fue un visionario, un hombre que, como escribió Gilbert K. Chesterton
en 1929, «es más importante hoy que en cualquier otro momento desde su muerte
(...) pero todavía no es tan importante como lo será en cien años».4 Después, en
un intento de crear formas de organización más justas inspiradas en las ideas de
More, Chesterton fundó el movimiento distribucionista, una vía en que la propiedad
de los bienes fuese compartida por todos.5 Las ideas precursoras del autor de Uto-
pía se encuentran en muchos ámbitos sociales: en su obra están presentes temas
de ecología, aunque entonces no se llamase así: todos los utopienses eran forma-
dos desde la infancia en las técnicas agrícolas. También está presente la igualdad
de género: se ocupó personalmente de instruir por igual a sus hijas y a su hijo, y
aunque consideraba que familiarmente la mujer dependía de su marido reconoce
el divorcio. Trata también el tema de la eutanasia con estas palabras:
4
Pablo Zitto Soria, «¡Una utopía posible!» [Link], s/f. Disponible en:
[Link]
5
Chesterton, junto a su hermano Cecil y a Hilaire Belloc, impulsaron el distributismo (o distribucionismo), una
tercera vía económica diferente al capitalismo y al socialismo basada en la Doctrina social de la Iglesia surgida
con la encíclica Rerum novarum del papa León XIII.
More era un hombre profundamente religioso, tanto que se negó a seguir al rey a
A fondo
quien había servido hasta el momento de su ruptura con Roma, pero la dignidad
de su conciencia le lleva a afirmar que en Utopía todos sus ciudadanos tienen de-
recho a practicar su religión: «sería legal que cada hombre siguiera y favoreciera
la religión que le viniera en gana y que podía hacer todo lo posible para atraer a
otro a su doctrina mientras lo hiciera pacífica, suave, calmada y sobriamente». Y
lo garantiza con una de las pocas leyes que existirían en la república con vistas a
los continuos conflictos que se derivan de ella. Además, propone que los sacer-
dotes sean elegidos y que puedan desempeñar también esta función las mujeres.
Utopía es de una actualidad sobrecogedora que ha necesitado del paso del tiempo
para que haya sido considerada una genialidad y no una locura, y a su autor un
visionario y no un loco fantasioso. Es con el paso del tiempo cuando somos capa-
ces de apreciar la modernidad de las soluciones que propone y su lectura está
cargada de significación. Ahora, más que nunca, es cuando su propuesta tiene
mayor sentido y se convierte en un referente para la organización sociopolítica de
los Estados modernos y también en un referente moral donde la principal preocu-
pación es alcanzar la felicidad colectiva mediante el esfuerzo de todos, pero es,
además, un enigma por acabar de descifrar cargado de afirmaciones paradójicas
y personajes extraños que niegan la veracidad y, de alguna manera, la viabilidad
de lo que allí se cuenta. Su capital, Amaurota, “ciudad del espejismo” y su narrador,
Hythloday, “el que miente o dice tonterías”, son pequeñas trampas del autor que
parecen despistar al lector a la hora de interpretar el sentido de las palabras de
este pensador, filósofo y hombre político que se preocupa, como ya hemos dicho,
por proponer instituciones bien concebidas que garanticen la felicidad y la justicia
de quienes viven en ella. Utopía es una obra donde se expresa el ideario político
y moral del autor que parte del análisis de la realidad política del momento y co-
noce bien el límite de esa realidad que impide alcanzar la justicia política.
33
Jesús Joven
A fondo
JOSÉ BELLVER SOROA
José Bellver (JB): Tu último libro lleva por título, Socialismo, his-
toria y utopía, y de hecho en el segundo capítulo marcas el co-
mienzo de ese recorrido histórico. ¿En qué medida las ideas de
utopía y socialismo comparten una misma historia?
Esto genera una gran tensión interna porque, en principio, no hay ninguna garantía
de que las dos cosas sean compatibles. Nada garantiza que una agenda de trans-
formación social orientada por la razón vaya a ser capaz de llevar al punto final
de la utopía. Por eso muchos utopistas profesaban cierto anti-racionalismo, creían
que era mejor apostarle a, por ejemplo, la revelación espiritual. En cambio, el so-
cialismo busca conciliar ambas cosas. Justo es reconocer que, a día de hoy, no
está nada claro que se puedan conciliar. Es algo que el socialismo tiene que acep-
tar si quiere seguir avanzando.
Ahora bien, así las cosas, alguien podría decir, y de hecho esa es la posición de
muchos en la izquierda que gravitaron hacia la socialdemocracia, que tal vez es
mejor simplemente renunciar al componente utópico de la tradición socialista. En
principio parece muy sensato. Pero hasta ahora ese enfoque también se ha en-
contrado con enormes dificultades. La socialdemocracia en el mundo ha tenido
un retroceso inusitado en los últimos años. Ha sido tal el retroceso que ya en este
momento casi que parece más utópico volver a los tiempos de gloria de la social-
democracia de los años sesenta que tratar de inventar algo nuevo.
LFM: Se nos olvida que la utopía es una actividad humana como lo es el arte, la
ciencia, la religión. Por eso creo que haríamos bien en aplicarle a la utopía algunas
de las nociones con que analizamos estas otras actividades. Así, por ejemplo, po-
demos ver que, así como la forma de hacer arte y de hacer ciencia han cambiado
muchísimo, también puede cambiar la forma de hacer utopías. En el arte ha habido
vertientes que buscan erosionar la barrera entre artista y espectador. En la ciencia
ha ido desapareciendo la figura del científico individual y cada vez es más una
empresa colectiva. Del mismo modo, puede ocurrir que estemos entrando en una
etapa en la que las formas de producir utopías también cambien en el mismo sen-
tido, que la generación de utopías se vuelva una tarea colectiva que involucre no
A fondo
ya a un visionario aislado sino a muchos actores en diálogo permanente.
LFM: A riesgo de que parezca que estoy evadiendo la pregunta, comencemos por
preguntarnos por qué la hacemos, por qué nos sentimos tan atraídos hacia hacer
balances históricos de las experiencias del llamado “socialismo real”. No hay nin-
guna duda de que esas experiencias dejaron muchos sinsabores. Económica-
mente, por ejemplo, hoy sabemos que una economía de planificación central
puede ser muy eficaz para movilizar recursos a corto plazo (por ejemplo, para una
industrialización acelerada), pero que a largo plazo genera ineficiencias terribles.
Políticamente, no hay duda de que en todos estos países se instalaron regímenes
autoritarios férreos que atropellaban las libertades básicas de los ciudadanos.
También tuvieron logros innegables (o que deberían ser innegables en un clima
37
José Bellver Soroa
Lo curioso es que algo similar podríamos decir de cualquier otro país. En cuarenta
años (o en setenta como en el caso de la antigua URSS) cambian muchas cosas,
algunas para bien. Y, sin embargo, solo con los países socialistas sentimos la ne-
cesidad de tener una evaluación taxativa. ¿Por qué?
JB: Hablas también de los avances logrados hoy en día en términos de so-
ciedad del conocimiento y las posibilidades que ofrece. No obstante, son
muchos los autores que hablan del mayor control social que permite la era
digital. ¿Cómo ves esto? ¿La digitalización ofrece mayores posibilidades
para un socialismo democrático o más bien para nuevos autoritarismos?
LFM: Para ambas cosas. Si hay un lastre del que el socialismo debe desprenderse
es el de los determinismos. Esa convicción que profesaban muchos, Marx incluido,
de que el presente hacía prácticamente inevitable la venida del socialismo es muy
nociva. Ahora bien, tampoco hay que sucumbir a un determinismo de signo
opuesto que ve en todos los cambios sociales un desastre para el socialismo. Vi-
vimos en tiempos muy inciertos. Justo escribo estas líneas en medio de la pande-
mia del COVID-19 y siento que es difícil recordar un tiempo en el que todo, todo,
fuera tan incierto. La moneda está en el aire y nadie sabe para dónde vamos. Por
lo mismo, es el momento de proponer ideas, de imaginar cosas, de argumentar.
Porque es justo en estos momentos en los que surgen posibilidades de todo, tanto
lo bueno como lo malo.
A fondo
todos pagamos los riesgos de todos. Del mismo modo, en un mundo de vigilancia
digital extrema, las empresas podrían tener exactamente medido el desempeño
individual de sus trabajadores creando jerarquías salariales internas mucho más
refinadas de las que existen ahora.
Pero, por otro lado, la nueva tecnología también permite diseminar muchísima más
información que antes y permite que muchísima gente pueda contribuir a la crea-
ción y conservación del conocimiento. Muchas cosas que antes requerían conoci-
mientos especializados ahora ya se pueden hacer con facilidad por cualquier
persona. Gracias a las nuevas tecnologías podemos pensar en procesos de deci-
sión colectiva, democrática más eficientes y mejor informados que lo que se podía
antes. Además, estas tecnologías son en buena medida posibles gracias al apoyo
de los Estados de manera que la población tiene derecho de exigir más beneficios
sociales de ellas. Todos estos potenciales hay que aprovecharlos. El socialismo de
nuestro tiempo tiene que ser fiel a su tradición de nunca evadir los cambios tecno-
lógicos. En el siglo XIX, un momento decisivo para el movimiento socialista fue
cuando entendió que la revolución industrial era imparable y que lo que se necesi-
taba era buscar nuevas formas de gestionarla. Lo mismo ahora. Eso sí, como dije
antes, sin caer en la complacencia. Los tiempos que vienen son delicados y no se
puede creer que el viento de la historia ya se inclinó de nuestro lado.
LFM: Como dije antes, es probable. La actual pandemia puede llevar a repensar
muchas cosas. Históricamente este tipo de eventos han dado lugar a muchísimas
39
José Bellver Soroa
JB: Escribes en tu libro lo siguiente: «En el siglo XXI, tanto el punto de par-
tida como los recursos disponibles para una agenda socialista han cam-
biado» (p. 117). ¿Cuáles son hoy esos recursos y el punto de partida y qué
relación guardan con el pensamiento utópico? ¿Cuál debe ser la base de
una visión política socialista que no quede en una utopía divorciada de la
realidad, al considerar, por ejemplo, las limitaciones de un planeta finito?
LFM: Hoy en día tenemos muchos recursos que eran inimaginables hace un siglo.
Ya estamos muy cerca globalmente (y en países desarrollados ya sin ninguna
duda) del alfabetismo universal. En muchos países del mundo, incluso en las zonas
más empobrecidas, se cuenta hoy con la ciudadanía más educada y saludable de
la historia. Si el socialismo es gestión común de nuestro futuro, pues lo mejor que
nos puede pasar es que esa gestión esté en manos de gente educada y saludable.
Tenemos tecnologías de información que nos permiten aprender unos de otros con
una rapidez inusitada. Tenemos ya varias décadas de experiencia que demuestran
que las libertades políticas no son incompatibles con el bienestar material.
Por otro lado tenemos, como adviertes, un reto que antes nadie se planteaba, que
es el de la finitud del planeta, lo cual entraña riesgos descomunales. Pero entonces,
nuevamente me pregunto, ¿quién es el utopista en el sentido peyorativo del término?
¿Quién es el que está desfasado de la realidad? ¿Los que creen que podemos se-
guir así, o los que pensamos que si usamos los recursos que hemos adquirido
vamos a poder crear formas de convivencia distintas que no destruyan el planeta?
A fondo
JB: ¿Qué tipo de estructura social podría constituir la base de una nueva
utopía de sociedad justa, sostenible y pacífica, ya sea en términos de escala,
de relación mercado/Estado o de contrato social?
Creo que es importante desmercantilizar algunas partes de la vida social. Por eso
he sido tan favorable a la renta básica universal (RBU), aunque reconozco algunas
dificultades. Una RBU permitiría garantizar derechos básicos de subsistencia y de
autorrealización personal a todas las personas independientemente de los vaive-
nes del mercado. Permitiría también la generación de nuevos espacios de coope-
ración en la sociedad civil, distintos de los del mercado y el Estado.
41
José Bellver Soroa
JB: ¿Qué papel han de jugar en todo esto la acción individual y la responsa-
bilidad compartida? Aprovecho para preguntarte ya que eres profesor de
Economía, y desde la ortodoxia económica se viene a defender que al final
todo tiene que ver con las preferencias y los gestos individuales...
A fondo
A l centrar este número de la revista PAPELES sobre las utopías, me
pareció conveniente llamar la atención sobre dos autores que han
reflexionado y aportado ideas sugerentes sobre el tema: Patrick Geddes
y Lewis Mumford. Esta nota* tiene el propósito de sintetizar y rememorar
sus aportaciones. A mi modo de ver estas aportaciones son sugerentes
porque, además de enjuiciar el pensamiento utópico en un contexto am-
plio, tienden a relacionarlo con ejercicios de prospectiva y con el empeño
de incidir con sus análisis y propuestas en las salidas que ofrece la ac-
tual crisis de civilización.
Cacotopía vs Eutopía
* Nota del editor: como apunta el autor, este artículo fue pensado inicialmente como una breve
nota de comentarios a dos libros –uno de Geddes y otro de Mumford– para la sección de Lec-
turas de esta revista. La riqueza y amplitud de esta nota nos ha inclinado a publicarla finalmente
en esta sección de A fondo, sobre todo porque trasciende a un mero comentario bibliográfico.
1
Patrick Geddes, Cities in evolution, 1915 [ed. en castellano: Ciudades en evolución, Infinito,
Buenos Aires, 1960 (a la que corresponden nuestras referencias) y KRK, Oviedo, 2009].
aunque así hemos creado, a costa del agotamiento de los recursos de la natura-
leza y de nuestra especie, conurbaciones2 enteras […] se trata en general de arra-
bales, semi-arrabales o super-arrabales que constituyen en su conjunto una
Cacotopía y en ellos encontramos el correspondiente desarrollo de los diversos
tipos de ruina humana que armonizan con semejante medio ambiente. Dentro de
este sistema de vida pueden aparecer paliativos de diversa clase que, empero,
no consiguen modificar el contraste general».3 En suma, que para Geddes la ca-
cotopía es una utopía negativa en el doble sentido de que la extensión de ese mo-
delo a escala planetaria no es posible ni deseable, porque se revela social y
ecológicamente degradante.
«La segunda alternativa queda abierta […]: se trata del naciente orden Neotécnico.
Siempre que nos resolvamos a aplicar nuestra capacidad constructiva y nuestras
energías vitales a la conservación pública y no al despilfarro privado de recursos
y al enriquecimiento de vidas ajenas, en vez de a su degeneración, nos percata-
mos que este orden de cosas también “paga” y,
tanto mejor, porque paga en especie. Esto es, en
El presente se puede ver
como un prolongado casas y jardines óptimos, con todos los demás ele-
conflicto fáustico entre mentos armónicos para el mantenimiento y la evo-
cacotopía y eutopía lución de nuestras vidas y, más todavía, de las de
nuestros hijos».4 Éste se trata de un horizonte más
posible y deseable, pero que considera también utópico, porque se enfrenta a iner-
cias mentales e institucionales y a intereses establecidos que tienden a perpetuar
el statu quo “paleotécnico”. Geddes denomina eutopía a esta utopía positiva. Apa-
rece así el conflicto fáustico que muestra el presente como un prologado conflicto
entre cacotopía y eutopía.
En suma, concluyamos que para Patrick Geddes «las utopías son indispensables
para el pensamiento social. El paso del orden Paleotécnico al Neotécnico es así
el de Cacotopía a Eutopía, dedicada la primera a despilfarrar energías en pos de
ganancias monetarias individuales y la segunda a conservar energías y organizar
2
Patrick Geddes acuñó la palabra conurbación para designar el nuevo modelo de urbanización que ejemplificó
tempranamente el gran Londres: a diferencia de la ciudad clásica o histórica más compacta y diversa, provista
de un centro y de límites definidos, la conurbación extendía piezas de ocupación urbana por el territorio sin
orden ni concierto, piezas que luego el viario y las redes tenían que conectar, generando un urbanismo difuso
sin precedentes. Como este modelo tendía a destruir o a engullir el anterior patrimonio construido, Lewis
Mumford llegó a considerar la extensión de la conurbación difusa como un proceso de desurbanización.
3
Ibidem, pp. 78 y79.
4
Ibidem, p. 79.
A fondo
tífera obra. Empezando por su primer libro de juventud sobre la Historia de las
utopías (1922) y sus reediciones actualizadas.6 Como su propio título indica este
libro da un repaso bastante completo al pensamiento utópico, pero además puntúa
las distintas propuestas utópicas atendiendo a las simpatías y querencias del autor.
Las ediciones recientes incluyen un prólogo de 1962, en el que el autor pone en
perspectiva su propio libro cuarenta años después de haberlo hecho, así como
reflexiones actualizadoras en la parte final del texto. El nuevo prólogo advierte
que, de su estudio inicial de las utopías «derivaron dos ideas positivas fundamen-
tales que se han visto refrendadas por estudios posteriores […] La primera era la
idea de que cualquier comunidad posee, además de sus instituciones vigentes,
toda una reserva de potencialidades, en parte enraizadas en el pasado, vivas to-
davía aunque ocultas, y en parte brotando de nuevos cruces y mutaciones que
abren camino a futuros desarrollos […] La otra es la idea de totalidad y equilibrio,
que, como ha demostrado la biología, son atributos esenciales de todos los orga-
nismos […que en la especie humana] se convierten en imperativos conscientes»
que configuran el delicado equilibrio entre la vida personal y comunitaria, cuya in-
tegridad –a juicio del autor– se ha visto a menudo amputada por la excesiva pre-
sión «de ideologías, instituciones o mecanismos perversos».
Considero de especial interés el capítulo 11 «De cómo hacer balance de las uto-
pías», ya que señala las carencias y sesgos que considera que han quitado fuerza
transformadora al pensamiento utópico. En primer lugar, critica la tendencia al
“sectarismo” del pensamiento utópico, concluyendo que «la utopía sectaria es, en
términos psicológicos, un fetiche; es decir, una tentativa de sustituir el todo por la
parte, derramando sobre la parte el contenido emocional que pertenece al todo».7
Y, unido al sectarismo, acusa también en el pensamiento utópico el pecado del
5
Ibidem, p. 78.
6
Lewis Mumford, The Story of Utopias, 1922 [ed. en castellano: Historia de las utopías, Pepitas de Calabaza,
Logroño, 2013 (a la que se corresponden nuestras referencias)].
7
Ibidem, p. 229.
45
José Manuel Naredo
“externalismo”, es decir, del afán de atribuir las causas de nuestros males a insti-
tuciones, personas o cosas que se toman como algo externo a nosotros mismos.
De ahí que se pensara que bastaba con formular cambios institucionales para
cambiar la sociedad, con proponer bellas constituciones, repletas de mecanismos
de control y de contrapesos equilibradores, para erradicar el despotismo y la su-
misión que sobreviven a los distintos regímenes políticos, asociados siempre a
relaciones clientelares que reaparecen bajo nuevas formas. A su juicio «los críticos
sociales del último siglo [se refiere al siglo XIX, aunque podría referirse también al
XX] confundieron el problema técnico de transformar una institución o de crear
una nueva organización con el problema personal y social de alentar a iniciar dicha
transformación y llevarla a cabo. Las tácticas que empleaban eran comparables a
las de un general que entrara en combate sin haber adiestrado a sus tropas». De
ahí que no entendieran «por revolución una transvaloración de valores». Cuando,
a su juicio, «cualquier concepción adecuada de un nuevo orden social debería de
incluir el escenario, los actores y la obra».8 Por último, critica el “unilateralismo” o
parcialidad que suele impregnar a las propuestas utópicas y que vincula al “parti-
dismo”. «El partidismo implica una postura comparable a la del abogado que, al
preparar su argumentación, selecciona los hechos que mejor sirven a su causa»
y, tras poner varios ejemplos, concluye que «esta concentración en un aspecto
particular del problema, y de la solución, presenta la debilidad de que ignora la si-
tuación total y que simplifica muy burdamente las dificultades […] El segundo
punto flaco del partidismo consiste en romper la comunidad en secciones vertica-
les, promoviendo antagonismos y parentescos ficticios que chocan con las afilia-
ciones y lealtades horizontales de la vida de las personas [cuando] en una vida
bien urdida hay una gran cantidad de intereses que están por encima de esas ca-
tegorías, y el principal delito del partidismo […] es que tiende a desdeñar esos in-
tereses generales, bien poniéndolos al servicio del “ismo”, bien fomentando su
abandono en pro de la “causa”».9
Y concluye:
¡MENUDA VISIÓN presentan estas utopías! Son como los huesos que el profeta se
encontró esparcidos por aquel horrible valle, solo que uno duda que ni siquiera el
aliento del Señor sea capaz de juntarlos de nuevo e insuflarles algo de vida […] Una
de estas utopías sectarias es producto de la burocracia […] Otra es un artilugio me-
8
Ibidem, pp. 233, 236 y 237.
9
Ibidem, pp. 239-243.
cánico […] Una tercera utopía sectaria llama a los seres humanos, con todo su color
y diversidad, “individuos” y convierte la vida buena en una cuestión de relaciones
legales […] Una utopía de este tipo se reduce hasta tal punto a su naturaleza verbal
que casi se podría llevar en un bolsillo. Pero no vale la pena continuar. Consideradas
individualmente, queda claro que ninguna de estas utopías podría crear una comu-
nidad feliz; por otro lado, si todos estos partidismos pudieran llevarse a la práctica,
el resultado difícilmente podría ser otro que la discordia […] Parecería que nos en-
A fondo
contramos en un callejón sin salida. Incluso admitiendo que haya exagerado absur-
damente la futilidad de los reformadores y revolucionarios, su falta de un programa
fundamental y su incapacidad para concebir una reorientación esencial de la socie-
dad moderna son más que notorias. Si nuestro análisis no ha servido para demos-
trarlo, la atmósfera de desilusión en la que vivimos hoy día y que permea todas las
ramas de la literatura bastará para tal fin […] Por haber depositado nuestras espe-
ranzas en los actuales movimientos de reconstrucción y revolución, nuestros planes
resultan efímeros y débiles […] Donde quiera que miremos parece acecharnos una
amenaza de bancarrota. No es extraño que nos mostremos tan cautos y renuentes
a hacerlo.10
47
José Manuel Naredo
propios hábitos de comportamiento como lo son con las instituciones que desean
modificar».12 Señala así que como «primer paso para abandonar el actual callejón
sin salida: debemos regresar al mundo real, hacerle frente y estudiarlo en su com-
pleja totalidad. Nuestros castillos en el aire deben tener sus cimientos en suelo
firme».13 Y para ello considera que hemos de esforzarnos en apoyar nuestros pla-
nes y utopías sobre una base permanente de hechos con la ayuda del conoci-
miento científico, que a su vez debe cultivarse atendiendo a los valores y criterios
humanos que se materializan en las necesidades e ideales de las comunidades
concretas.
Partiendo de estas consideraciones, que solo hemos podido esbozar aquí, Lewis
Mumford retomó el conflicto antes enunciado por Geddes entre cacotopía y euto-
pía y revisó las fases de degradación con las que éste sugirió que evolucionaría
la cultura urbana en la actual crisis de civilización, para apuntar en algunas de sus
obras orientaciones sugerentes para enderezar la situación en favor de la eutopía.
Así, utilizó las enseñanzas del pensamiento utópico con el ánimo de afinar la pros-
pectiva y de reorientar la civilización industrial hacia horizontes ecológicos y so-
ciales más saludables.
12
Ibidem, pp. 233 y 234
13
Ibidem, p. 263.
14
Lewis Mumford, The Culture of the Cities, 1935 [ed. en castellano: La cultura de las ciudades, EMCE, Buenos
Aires, s/f, 3 volúmenes (a la que corresponden nuestras referencias); vol. II, pp. 107-123].
donde las formas maleables de las culturas se han convertido en clichés inanima-
dos».15 Para finalmente considerar más interesante para su propósito la propuesta
de Geddes sobre las fases de evolución de la cultura urbana, que tuvo la voluntad
de modificar:
A fondo
insertar una fase más temprana que no figura en su esquema, y he combinado dos
fases posteriores suyas, las de Parasitópolis y Pathópolis, en una sola fase […]
Estas modificaciones, hechas después de su muerte y que por lo tanto no han sido
sometidas a su sanción, tienen el mérito de colocar las tres primeras fases del ciclo
en la curva ascendente y las tres últimas en la descendente; y esto, a mi parecer,
encaja más dentro del esquema de Geddes que su propio diagrama inicial.16
15
Ibidem, p. 108.
16
Ibidem, pp. 109 y 110.
17
Ibidem, p. 110.
18
Ibidem, p. 112.
19
Ibidem, p. 114.
49
José Manuel Naredo
20
Ibidem, p. 117.
21
Ibidem, pp. 119 y 120.
22
José Manuel Naredo, Taxonomía del lucro, Siglo XXI, Madrid, 2019.
23
Lewis Mumford, op. cit, Vol. II, p. 122.
Tras esta identificación de las fases más dramáticas hacia las que evoluciona
nuestra civilización urbana globalizada, Mumford incluye dos capítulos sobre po-
sibles bifurcaciones y cambios de tendencia, titulados «Posibilidades de renova-
A fondo
ción» y «Signos de salvación», que tampoco cabe detallar aquí. Constata que «en
la historia abundan cementerios donde están enterradas ruinas de comunidades
que no conocieron el arte de vivir en relación armoniosa con la naturaleza y con
otras comunidades. La fase final, en la cual Spengler se deleitaba, es una realidad
innegable que ha destruido muchas civilizaciones», pero subraya que «no debe-
mos cometer el error de identificar las fases lógicas de un proceso, tal y como las
descubre y sistematiza el análisis intelectual, con la realidad viviente […] Porque
en la vida real, y en la cultura real, la historia no presenta un bloque sólido y con-
sistente de dimensiones homogéneas». Así, pueden aparecer «reacciones reju-
venecedoras en las fases finales de la civilización mecanizada». Como también
«aparecen mutaciones de origen desconocido en las comunidades humanas: la
herencia social convierte a la sociedad en algo que tiene menos unidad de lo que
estamos acostumbrados a suponer».25 E ilustra estas posibles mutaciones y cam-
bios de tendencia con varios ejemplos, entre ellos el de Roma:
24
Lewis Mumford, «Historia natural de la urbanización», texto incluido como anexo en el libro de José Manuel
Naredo y Luis Gutiérrez, (Eds), La incidencia de la especie humana sobre la faz de la Tierra (1955-2005),
Servicio de Publicaciones de la Universidad de Granada y Fundación César Manrique, Granada, 2005, pp.
503-529.
25
Lewis Mumford, La cultura de las ciudades, EMCE, Buenos Aires, s/f, (3 volúmenes), vol. II, pp. 123 y 124.
51
José Manuel Naredo
enorme para compensar esa inercia, para alterar la dirección del movimiento y para
impedir el proceso inmanente de desintegración. Pero mientras hay vida existe la
posibilidad del contramovimiento.26
Sin esas metas bien definidas, tanto las organizaciones sociales, así como las pre-
siones sociales más fuertes, disipan sus energías en esfuerzos inútiles. Cuando no
hay meta no hay dirección: no hay plan fundamental, ni consenso y, por lo tanto, no
hay acción efectiva práctica. Si actualmente la sociedad se encuentra paralizada,
ello no se debe a la falta de medios, sino a la falta de fines.27
De ahí que trate de identificar bien las grandes metas que deberían de orientar la
reconversión social desde la presente cacotopía hacia la más deseable y viable
eutopía, lo que mantiene una actualidad palpitante con vistas a las perspectivas
de “transición ecosocial” que abre la actual crisis de civilización. Este empeño
orientador lo mantuvo Mumford a lo largo de su obra, que no cabe desgranar aquí,
empezando por su libro Técnica y civilización (1934) cuyo capítulo final, titulado
«Orientación»,28 propone entre otras cosas en sus distintos subtítulos: «¡Aumenten
la conversión!», «¡Economicen la producción!», «¡Normalicen el consumo!», «¡So-
cialicen la creación!».
José Manuel Naredo es estadístico, doctor en Economía y miembro del Consejo de redacción de esta
revista.
26
Ibidem, pp. 127 y 128.
27
Ibidem, p. 134.
28
Lewis Mumford, Technics and Civilization, 1934 [ed. en castellano: Técnica y civilización, Alianza Editorial,
Madrid, 1971 (a la que corresponden nuestras referencias), pp. 385-457].
A fondo
SERGIO MARTÍNEZ BOTIJA
En estos comienzos del siglo XXI, resulta claro que vivimos en socieda-
des con un desarrollo tecnológico enorme comparado con las del pa-
sado. Esto es así no solo porque, de hecho, poseemos una tecnología
muy superior a la de aquellas, sino porque el desarrollo de ésta se pro-
duce a un ritmo extremadamente rápido. Ante estas tecnologías y este
ritmo de desarrollo, hay quienes se han mostrado muy optimistas, con-
siderando que estamos alcanzando, por fin, la posibilidad de terminar
con muchos de los problemas que han aquejado a la humanidad desde
siempre: las guerras, las enfermedades, las hambrunas, los fenómenos
climáticos extremos… Para este grupo, el desarrollo tecnológico podrá
ayudarnos a alcanzar el fin último de la Ilustración: la emancipación hu-
mana. Pero también hay muchas voces críticas que se han alzado contra
esta clase de desarrollos, y que ven en estas nuevas tecnologías la po-
sibilidad de alcanzar altas cotas de control tanto de nosotros mismos o
nuestros congéneres, como de la “naturaleza”, un grave riesgo que me-
rece la pena evitar, ya sea por cuestiones ético-políticas (porque abren
la puerta a los totalitarismos, limitan la libertad individual o acentúan las
desigualdades sociales), político-sociales (porque aumentan nuestro im-
pacto sobre la naturaleza o tienen efectos difíciles de prever) o incluso
religiosas (porque al emplearlas estamos “jugando a ser dioses”).
Ahora bien, este desarrollo tecnológico no es, por supuesto, todo el que
se ha dado a lo largo de la historia de la humanidad. Tampoco es aquello
que ha ocurrido desde la primera Revolución Industrial, allá por los si-
glos XVII y XVIII de nuestra era, por mucho que Marx lleve razón cuando
afirma que el capitalismo lleva el desarrollo tecnológico por bandera
desde sus comienzos.1 Lo que abre este debate que acabamos de presentar es
una revolución tecnológica mucho más reciente, y que, para algunos, no ha hecho
más que empezar: aquella que parte en los años sesenta y setenta del pasado
siglo y que abre las puertas al mundo de la computación y de la automatización
de las fábricas, y, más tarde, al de los ordenadores personales e internet, entre
otras cosas. Es aquello que ha sido dado a conocer como la “revolución microe-
lectrónica”,2 y que algunos han llamado además la “Tercera Revolución Industrial”3
(después de la primera, a la que hemos hecho ya mención y no necesita introduc-
ción; y la segunda, que se correspondería con el origen de la cadena de montaje
fordista a comienzos del siglo pasado).
Mi objetivo en este texto será evaluar algunos de los grandes avances tecnocien-
tíficos que se han producido y se producirán en los próximos años, así como las
razones que tenemos para pensar que estos puedan suponer un riesgo importante
en algún sentido. Sin embargo, como hacer una revisión exhaustiva de los avan-
ces y de sus posibles riesgos resultaría, cuanto menos, una tarea titánica, partiré
en esta exposición tan solo de algunos de ellos, que han sido bastante conocidos
en tiempos recientes. Estos son los que se agrupan en torno al movimiento cono-
cido como transhumanismo. Tras una breve presentación de sus propuestas, y
una evaluación de las posibilidades reales de que algo así se concrete, trataré de
discernir en qué sentido pueden suponer estos avances un riesgo para la huma-
nidad.
1
Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, Akal, Madrid, 2014.
2
Jeremy Rifkin, El fin del trabajo, Paidós Ibérica, Barcelona, 1996.
3
Klaus Schwab, La cuarta revolución industrial, Debate, Madrid, 2016.
4
Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Planeta, España, 1992.
lo enunciase de esta manera) de que el viejo lema de Margaret Thatcher, “No hay
alternativa” (“There is no alternative”)5 era cierto. De que, de alguna manera, ha-
bíamos alcanzado el fin de la historia y el mejor de los mundos posibles: el capi-
talismo contemporáneo globalizado, que sería la encarnación del triunfo de la
utopía ilustrada. Poco más de una década después, en el libro que mencionaba
más arriba, Fukuyama se retracta de estas afirmaciones sobre la historia. Esta no
puede acabar, dice, porque la historia de la ciencia no ha acabado: esta se en-
A fondo
cuentra, por el contrario, en una etapa de progreso increíblemente rápido en cues-
tiones cruciales para la humanidad, que suponen un enorme riesgo para la
estabilidad alcanzada por esta en lo sociopolítico.6
5
Carles A. Foguet, «El peor legado de Margaret Thatcher», [Link] [disponible en:
[Link] Acceso el 14
de marzo de 2020].
6
Francis Fukuyama, El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica, Ediciones B, Barcelona,
2002.
7
Adrián Santamaría Pérez, Jesús Pinto Freyre y Sergio Martínez Botija, «Entre el ‘Trans-’ y el ‘Post-’ huma-
nismo» en Roberto Feltrero (ed.), Tecnología e innovación social, Global Knowledge Academics, Madrid, 2018.
8
Francis Fukuyama, «The World’s Most Dangerous Ideas: Transhumanism», Foreign Policy, núm. 144, pp. 42-43.
55
Sergio Martínez Botija
con buenas razones, «una pluralidad de relatos sobre la posibilidad de ir más allá
de lo humano haciendo uso de la ciencia y la tecnología».9 Y es que, los transhu-
manistas también dicen que, con todos estos avances, llegaremos tarde o tem-
prano a un mundo perfecto, o, al menos, a uno mucho mejor que este; que la
humanidad alcanzará un estadio de su historia en el cual esta cambiará por com-
pleto y que nos permitirá superar nuestras barreras actuales para lograr una vida
infinitamente más plena y satisfactoria. Esto es lo
El transhumanismo se particular del transhumanismo: que presenta un
presenta como la utopía mundo utópico, en el que el sufrimiento, la muerte
definitiva de la y la vejez se han acabado, al que llegaremos su-
Modernidad puestamente en un futuro no muy lejano. Esta es
otra dimensión que no hay que descuidar del mo-
vimiento: su insistencia en presentarse, a sí mismo y a sus propuestas, como con-
tinuadores de la Ilustración, de la razón moderna y del progreso. En definitiva, no
solo como una utopía tecnológica, sino como la gran utopía, como la utopía defi-
nitiva de la Modernidad. En palabras de Antonio Diéguez, que ha tratado en pro-
fundidad este movimiento en su libro Transhumanismo: «El transhumanismo es
una filosofía de moda, la utopía del momento».10
A fondo
57
Sergio Martínez Botija
Es un tiempo venidero en el que el ritmo del cambio tecnológico será tan rápido y
su repercusión tan profunda que la vida humana se verá transformada de forma irre-
versible.16
Además de esta conjetura general, Kurzweil se aventura a dar las fechas exactas
en las que él mismo predice que sucederán los avances más relevantes. Así,
según él, para el año 2029 se fabricarán las primeras inteligencias artificiales que
sean capaces de pasar el test de Turing, y que podrán ser ya consideradas inteli-
gentes en sentido propio, mientras que en los años posteriores se desarrollará la
primera inteligencia artificial que iguale la capacidad humana, y que pueda, por
tanto, considerarse igual de inteligente. El momento en el que se alcanzará pro-
piamente la Singularidad coincide con el momento en el cual, según Kurzweil, la
Inteligencia Artificial (IA) comenzará a mejorarse a sí misma más rápido de lo que
podamos hacerlo nosotros, lo cual ocurrirá a partir del 2045. Llegado ese mo-
mento, los seres humanos alcanzaremos, entre otros rasgos cuasi-milagrosos, la
inmortalidad, “subiendo” nuestras mentes a ordenadores y preservándolas así más
allá de la desaparición de nuestros mortales cuerpos.
A fondo
genética.17
¿Es posible trascender la especie humana? De entre estas dos versiones del
transhumanismo, hay una que posee una mayor viabilidad científica, y es, clara-
mente, el transhumanismo biomédico. Las propuestas del transhumanismo ciber-
nético, por mucho que nos puedan parecer razonables o incluso cercanas, se
encuentran bastante lejos de lo que es realizable y esperable a partir de la ciencia
y la tecnología actuales. En primer lugar, con respecto a las predicciones de Kurz-
weil sobre la singularidad, lo cierto es que no se trata de nada más que conjeturas
sin una base científica sólida. El único apoyo que cita para dicha tesis, a parte de
su propia esperanza en que todo ello ocurrirá, es la llamada “Ley de Moore” (en
su nombre completo y técnico, la “Ley de los Rendimientos Acelerados”), que
afirma que en cada periodo de aproximadamente dos años se duplica el número
de transistores que puede tener un procesador, por lo que nos estaríamos diri-
giendo hacia un crecimiento exponencial de nuestro potencial tecnológico.18 Al
margen de lo indebido de deducir que seremos capaces de subir nuestras mentes
a ordenadores del hecho de que tengamos una mucho mayor potencia de com-
putación, la ley de Moore no es, ni siquiera, una ley que se cumple con necesidad,
sino que es tan solo una descripción de una regularidad económica estadística
observada hasta la fecha.19
17
Antonio Diéguez, op. cit., 2017, p. 123.
18
Raymond Kurzweil, op. cit., 2012.
19
Antonio Diéguez, op. cit., 2017, pp. 74-76
59
Sergio Martínez Botija
Una vez repasadas las utopías tecnocientíficas y las posibilidades que entrañan,
es hora de evaluar los argumentos que se pueden dar en contra de dichas utopías
(que más bien parecen distopías para algunos) y de los avances que proponen.
No han sido pocos aquellos que han reaccionado en contra de estas propuestas,
señalando que suponen un peligro más que una salvación. Su rechazo viene
desde lugares muy diferentes del espectro político e ideológico: desde conserva-
dores y liberales hasta socialistas y ecologistas, pasando, por supuesto, por los
cristianos. Los argumentos dados en contra deberán ser, por tanto, diferentes.
A fondo
a ser capaces de sentir empatía los unos por los otros? ¿En qué, en definitiva,
íbamos a basar nuestra moral?
Sin embargo, los argumentos que me parecen más efectivos para señalar los ries-
gos que supone el transhumanismo son, más bien, aquellos que apelan a las con-
secuencias, tanto desconocidas como evidentes, del uso de estas tecnologías y
modificaciones. En este sentido, hay al menos dos grandes argumentos que se
pueden dar. El primero de ellos tiene que ver sobre todo con la modificación ge-
nética, aunque se puede hacer extensivo a otras innovaciones: es el que apela a
las posibles consecuencias imprevistas de nuestras acciones. Pues, si bien es
cierto que tenemos amplios conocimientos sobre el funcionamiento del genoma,
sigue siendo un secreto para nosotros cómo interactúan entre sí los genes, y des-
22
Antonio Diéguez, op. cit., 2017, pp. 135-148.
61
Sergio Martínez Botija
Por último, se puede plantear una última cuestión, relacionada también con la mo-
dificación genética. Este es un riesgo que autores como Fukuyama intuyen, pero
en el que no son capaces de profundizar realmente. Me refiero a la posibilidad de
que estas modificaciones, al estar sometidas a los criterios del mercado, serían
seguramente vendidas por empresas, y a precio de oro. En una situación tal,
¿quién podría permitirse hacer a sus hijos más guapos, rápidos, fuertes o inteli-
23
María Eugenia Hernández, «Monocultivos de agricultura transgénica: una grave amenaza muy real», El Salto
Diario [disponible en: [Link]
una-grave-amenaza-muy-real. Acceso el 14 de marzo de 2020].
gentes? Evidentemente, aquellos que tengan mayores recursos, mientras que los
más desfavorecidos tendrían que conformarse con el paquete estándar genético
con el que vienen al mundo. En un escenario como ese, ¿no es previsible que se
acentúen las diferencias entre clases, llegando a convertirse en diferencias entre
especies? Creo, sin duda, que este es uno de los riesgos más grandes a los que
nos enfrentamos, y por el cual debemos, al menos, ser bastante precavidos con
respecto a estas propuestas.
A fondo
Una falsa dicotomía
Hasta ahora, he tratado de delinear lo que podrían ser los mayores riesgos aso-
ciados a la ciencia y la tecnología a los que nos enfrentamos hoy en día. He partido
del famoso texto en el que Francis Fukuyama señalaba al transhumanismo como
«la idea más peligrosa del mundo» y he tratado de dilucidar qué propuestas de
este movimiento suponen un riesgo real y cómo debemos pensar dichos riesgos.
Ahora, lo que me gustaría es cuestionar, desde un enfoque diferente, todo este
paradigma, para señalar algo que debemos tener muy en cuenta a la hora de abor-
dar este problema: que la respuesta conservadora, a la que se adscribe Fuku-
yama, no solo no es una buena salida ante los riesgos a los que nos enfrentamos,
sino que contribuye a ocultar aquellos riesgos que son incluso más acuciantes
que los que representa el transhumanismo.
Todas las diferencias que separan a conservadores como Fukuyama de los ada-
lides del transhumanismo (y mal que le pese al propio pensador americano) son
nimias en comparación con aquello que les une; a saber: la aceptación, tácita o
explícita, de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y de que el sistema
en el que vivimos, el capitalismo, es también el mejor posible. Sus diferencias son,
pues, más de grado que sustanciales. Esta apuesta por el estado de cosas actual
no sería tan reprochable, quizás, si no viniese acompañada por la negación (o por
la aceptación resignada, que para el caso es lo mismo) de todo aquello que acom-
paña a dicho sistema y que hoy en día a algunos nos parece de una relevancia
difícil de igualar: las desigualdades sociales, la violencia estructural y, por su-
puesto, la crisis ecosocial que enfrentamos. No deja de ser paradójico que los
transhumanistas, que no dudan en acusar a todo aquel que señala la existencia
de cualquier clase de límites de padecer de algún tipo de esencialismo y a sus ar-
gumentos de falacia naturalista, recurran a esta misma estrategia para explicar
63
Sergio Martínez Botija
las desigualdades sociales como algo que solo se puede paliar, y que en ningún
caso se puede eliminar. Igualmente, resulta sorprendente la forma que tienen de
despachar el problema de la crisis ecológica, ante la cual se limitan a señalar que
todo ello podrá ser solucionado por nuevas tecnologías, que absorban el dióxido
de carbono restante en la atmósfera o que nos ayuden a reciclar mucho más efi-
cientemente los materiales, por no hablar, por supuesto, de los diversos métodos
de obtención de energía barata e ilimitada que proponen.
A donde quiero llegar con este alegato es a señalar que el gesto de conservadores
y transhumanistas es esencialmente el mismo: poner el foco en los supuestos de-
sarrollos tecnológicos que están por venir, ya sea para considerarlos una salvación
o un gran peligro, pero ignorar los grandes riesgos que supone la tecnología que
empleamos y que ya padecemos desde el siglo pasado: desde la barbarie atómica
de la segunda mitad del siglo XX hasta la no menos bárbara destrucción medioam-
biental que se lleva produciendo a escala acelerada desde las mismas fechas.
Quizás haya que dar crédito a aquellos autores que señalan que vivimos en la era
del Antropoceno: una época en la que el ser humano tiene la capacidad de cambiar
–y de hecho cambia– las dinámicas fundamentales de nuestro planeta. Ante esta
clase de cambios, propiciados por todo nuestro complejo productivo industrial, no
cabe ver las propuestas del transhumanismo sino como un paso más de un pro-
ceso más antiguo y fundamental. Si he de apuntar a una conclusión única en estas
páginas, que sea esta: los verdaderos riesgos que supone la tecnociencia son
aquellos que ya estamos padeciendo a día de hoy.
Sergio Martínez Botija es estudiante de doctorado en el programa de Filosofía y Ciencias del Lenguaje
en la Universidad Autónoma de Madrid
A fondo
TICA FONT GREGORI
La otra cuestión a debate es: ¿cuándo se inició esta nueva época? Una
de las sugerencias es que comenzó con la Revolución Industrial en In-
1
Gabriel Hecht, profesora de historia en la Universidad de Stanford (EEUU), describe en un en-
sayo sobre África el verdadero papel de sus habitantes en los cambios globales, aboga por el
reparto equitativo de responsabilidades medioambientales y alerta para evitar más dependencia
tecnológica de los países pobres: «Tenemos que dejar de perpetuar la idea de que bastarán
unas soluciones tecnológicas para remediar la situación actual del planeta, parches que a me-
nudo son ideados y diseñados por científicos e ingenieros del Norte y ofrecidos al conjunto del
Sur como la solución sin tener en cuenta el conocimiento, necesidades y medio ambiente loca-
les». Gabriel Hecht, «The African Anthropocene», aeon, 6 de febrero de 2018, disponible en:
[Link]
glaterra a mediados del siglo XVIII para luego extenderse al resto de Europa y a
otras regiones del mundo. Otra posibilidad, tomando en cuenta la importancia de
que la marca haya dejado una impronta global, es definir el inicio del Antropoceno
por la aparición de los radioisótopos o isótopos radioactivos, producto de las bom-
bas atómicas de los años cuarenta y cincuenta, cuyo rastro durará unos 4.500 mi-
llones de años, tantos como tiene la Tierra.
Este reto tiene dos procedencias, los residuos de la industria nuclear, en concreto
para la producción de energía, y los residuos procedentes de las pruebas de armas
nucleares. El legado nuclear que la industria de este sector ha acumulado a lo
largo del siglo XX y que dejamos para la vida futura es un problema con importan-
tes repercusiones económicas, ambientales y sociales. Según la Organización In-
ternacional de la Energía Atómica (OIEA), actualmente hay más de 370.000
toneladas de residuos, de ellas 250.000 toneladas son de combustible nuclear al-
macenadas y 120.000 toneladas de combustible nuclear gastado reprocesado, a
las que habrá que añadir las procedentes de cientos de instalaciones en vías de
desmantelamiento.2 El 98% de estos residuos provienen de centrales nucleares,
el resto provienen de hospitales, centros de investigación, centros de producción
de isotopos o de instalaciones militares (fábricas de armas o el combustible para
reactores de propulsión de submarinos). Cabe destacar que los militares no infor-
man públicamente de los residuos nucleares que generan, sus residuos aparecen
computados dentro del inventario de su país.
A fondo
Según la OIEA, en 2018 había en el mundo 442 reactores nucleares operativos y
53 reactores en construcción (China, Rusia, India, Emiratos Árabes Unidos, Eslo-
vaquia, Finlandia o Francia entre otros). Y 120 reactores con autorizaciones para
operar a largo plazo.3
Entre 1949 y 1982 ciertos gobiernos, como el de Gran Bretaña, Bélgica, Países
Bajos, Francia Suiza, Suecia, Alemania e Italia, almacenaron los residuos de baja
actividad en bidones de acero con cemento y los arrojaron a la Fosa Atlántica.
Por otra parte, las pruebas de armamento llevadas a cabo, por ejemplo en los ato-
lones de ciertas islas del Pacífico como las Islas Marshall sobre las que se lanza-
ron hasta 67 cabezas nucleares, todavía contienen restos de residuos radiactivos
(unos 85.000 metros cúbicos) que han sido cubiertos con una cúpula de cemento,
pero las previsiones de subida del nivel del mar, de las mareas o el incremento de
huracanes como consecuencia del cambio climático puede incrementar la posibi-
lidad de contaminación radioactiva, esparciendo estos residuos en la atmosfera o
3
IAEA, Power Reactor Information System. Disponible en: [Link]
4
Andrew Blower, The Legacy of Nuclear Power, Routledge, 2016.
67
Tica Font
Hace solo unos meses un estudio publicado en PNAS6 aseguraba que las islas
Runit, Enjebi, Bikini y Naen hoy en día tienen unos niveles de plutonio 239 (Pu
239 tiene una vida media de 24.100 años) y plutonio 240 (Pu 240 tiene una vida
media de 6.560 años) entre 10 y 1.000 veces más altos que los encontrados en
Fukushima, y unas 10 veces más elevados que los de Chernóbil. Es decir, una
radiación muy superior a zonas en las que no se podrá albergar vida humana o
animal durante los próximos 24.000 años.
A parte de los residuos o restos de todas estas explosiones hay que tener presen-
tes los efectos de las propias explosiones en los componentes del aire de nuestra
atmosfera. El carbono 14 (C14 tiene una vida media 5.730 años) es un tipo de
carbono radiactivo que se produce de forma natural cuando los rayos cósmicos
provenientes del espacio interactúan con el nitrógeno de la atmósfera. Es menos
abundante que el carbono no radiactivo, pero se puede encontrar en práctica-
mente todos los organismos vivos. Las bombas termonucleares que se hicieron
explotar en pruebas durante los años cincuenta y sesenta del siglo XX hicieron
que se multiplicase la cantidad de carbono 14 presente en la atmósfera cuando
5
Joaquim Elcacho, «La tumba atómica que [Link]. dejó en las Marshall, amenazada por el cambio climá-
tico», La Vanguardia, 14 de novembre de 2019. Disponible en: [Link]
bio-climatico/20191114/471595689647/cambio-climatico-amenaza-the-tomb-cupula-residuos-bombas-atomi
[Link]
6
Maveric K. I. L. Abella, Monica Rouco Molina, Ivana Nikolić-Hughes, Emlyn W. Hughes, and Malvin A. Ru-
derman (2019), «Background gamma radiation and soil activity measurements in the northern Marshall Is-
lands», PNAS, Jul 2019, 116 (31) 15425-15434. Disponible en: [Link]
los neutrones que liberaron las explosiones reaccionaron con el nitrógeno del aire.
Esos niveles alcanzaron su punto álgido a mitad de los años sesenta y fueron des-
cendiendo a medida que se terminaron las pruebas nucleares. En los años no-
venta, los niveles en la atmósfera habían descendido hasta quedar en un 20% por
encima de los niveles previos a estos ensayos.
Este descenso del carbono 14 en la atmosfera ha ido a parar a los océanos y los
A fondo
organismos marinos han ido incorporando estas moléculas a sus células, por lo que
los análisis realizados han permitido observar un aumento del carbono 14 en sus
cuerpos desde poco después de que comenzasen las pruebas. Es decir, que aquello
que lanzamos al aire hace 60 años ahora forma parte de la alimentación no sola-
mente de peces sino también de los crustáceos más profundos de los océanos.7
Donald Trump ha revisado la postura nuclear establecida por Obama que reducía
el papel de las armas nucleares en la política de defensa. Su posición publicada
7
Rocío Pérez Benavente, «Restos de ensayos nucleares del siglo XX en lo más profundo del océano», Cua-
derno de cultura científica, 13 de mayo de 2019. Disponible en:
[Link]
oceano/
8
SIPRI, Yearbook 2019, Oxford University Press, Oxford, 2019.
69
Tica Font
9
Office of the Secretary of Defense (US), Nuclear Posture Review 2018. Disponible en: [Link]
[Link]/2018/Feb/02/2001872886/-1/-1/1/[Link].
Véase también un estudio comparativo de las Nuclear Posture Review en: Alberto Guerrero, «La doctrina
nuclear de Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría». Análisis GESI 7/2019, Universidad de Gra-
nada. Disponible en: [Link]
unidos-desde-el-final-de-la-guerra-fr%C3%ADa
10
[Link]
y-por-que-estados-unidos-rusia-y-china-compiten-por-ellos/
A fondo
71
Tica Font
En definitiva podemos observar que se sigue con la doctrina de que las armas
nucleares pueden servir como elemento disuasorio y es, desde esta posición, que
podemos entender que EEUU se retire de los tratados de reducción de armas nu-
cleares (el 2 de febrero de 2019 EEUU se retiró del Tratado INF y el Nuevo START,
que expira en 2021, parece cada vez más improbable que se alargue) y suponer
que, previsiblemente, Rusia también se retirará de estos tratados; que EEUU se
opongan al Tratado sobre Prohibición de las Armas Nucleares y emprendan ac-
ciones para modernizar su arsenal nuclear nos permite afirmar que estamos en-
trando en una nueva carrera de armas nucleares entre EEUU y Rusia11 a la que
se ha sumado China.
Lo preocupante y lo que nos debería poner nerviosos son estas y otras actuacio-
nes unilaterales que toma Trump, actuaciones que están tensionando al resto de
Estados nucleares, no solamente a Corea del Norte o Irán. Lo preocupante es que
todo este poder destructivo está en manos de una
Con Trump la guerra sola persona, Trump, sobre la que no parece que
nuclear está más cerca y nadie, ni su propio partido tiene autoridad para pa-
puede convertir
rarle. Un mes antes de asumir la presidencia Trump
problemas como el
anunció que EEUU debía “fortalecer y expandir” su
cambio climático, las
capacidad nuclear, ha alardeado sobre que su
migraciones o las
botón nuclear es mucho más grande y más pode-
desigualdades en
secundarios roso que el del líder de Corea del Norte.12 ¡Nadie
debe tener este poder destructor! Con Trump la
guerra nuclear la vemos más cerca, y si por una razón tuviera lugar, grandes pro-
blemas como el cambio climático, los derechos humanos, las migraciones o las
desigualdades se convertirían en secundarios.
11
[Link]
armas-hipersonicas-rusas-ahora-son-ellos-los-que-van-a-la-zaga/
12
Gerardo Lissardy, «Cómo la modernización del arsenal nuclear que impulsa Donald Trump choca con su
estrategia hacia Corea del Norte», 21 de mayo de 2018. Disponible en: [Link]
cias-internacional-44164147
miento”, de impacto más limitado que una bomba convencional, con la intención
de disuadir a Rusia de usar armas similares, pero que en definitiva podría incre-
mentar el riesgo de guerra nuclear. También EEUU está trabajando en la creación
de armas tácticas nucleares de “baja carga” (con una fuerza explosiva inferior a
las estratégicas) capaces de ser lanzadas desde sus submarinos en misiles ba-
lísticos y de crucero, sin el uso de bombarderos. Las armas estratégicas son de-
masiado destructivas para que resulten creíbles a nivel disuasorio. El diseño de
A fondo
las nuevas armas tácticas han de permitir librar una “guerra nuclear limitada” con
Rusia, China, Irán o Corea del Norte.
73
Tica Font
De los trabajos de China con IA en armas nucleares hay que destacar sus trabajos
en “contramedidas” con vehículos de deslizamiento hipersónico (dotados con
redes neuronales) situados en el espacio y con poder de penetrar en la defensa
de antimisiles. Estos vehículos hipersónicos tienen gran potencial para ser utiliza-
dos con carga nuclear; tales vehículos no dejan de ser plataformas ofensivas, lo
que indicaría que China está abandonando la “defensa activa” hacia desarrollos
más ofensivos.
13
Hwang Il-Soon y Kim Ji-Sun, «The environmental impact of nuclear-powered autonomous weapons», en
Lora Saalman (ed), The Impact of Artificial Intelligence on Strategic Stability and Nuclear Risk, Volume II.
SPRI, Octubre de 2019. Disponible en: [Link]
tificial-intelligence-strategic-stability-and-nuclear-risk-volume-ii
Prohibición de las Armas Nucleares. ICAN agrupa a 547 ONG y desde ahí se ha
impulsado, participado y presionado a los Estados para que apoyen, firmen y rati-
fiquen este Tratado. El Tratado fue aprobado en la Asamblea General de Naciones
Unidas el 7 de julio de 2017 con 122 votos a favor (incluido Irán), una abstención
(Singapur) y un voto en contra (Países Bajos). Los países que forman parte de la
OTAN (salvo Países Bajos), los Estados nucleares y los países que tienen acuerdos
de protección nuclear con EEUU no asistieron a las negociaciones y no asistieron
A fondo
a la votación (entre ellos España), siguiendo las peticiones de Washington.
La cuestión es que aquellos que poseen armas nucleares no parecen estar dis-
puestos a ratificar este Tratado. Para que entre en vigor tienen que haberlo ratifi-
cado 50 países, de momento lo han ratificado solo 35.14 La sociedad civil trabaja
para crear un estado de opinión suficientemente amplio que presione moral y po-
líticamente sobre los Estados que se resisten buscando estigmatizar el uso de
estas armas y la doctrina que justifica su uso. Las personas que habitamos este
planeta necesitamos un compromiso claro, efectivo y vinculante hacia un desarme
nuclear.
14
International Campaign to Abolish Nuclear Weapons [Link]
75
Tica Font
neuronales de aprendizaje profundo, que se nutre con datos, que confiere auto-
nomía al sistema. Es decir, se trabaja en la construcción de algoritmos que permi-
tan al sistema identificar un blanco, ponerse en marcha y atacar sin intervención
humana. Estos sistemas de armas autónomos generan debate jurídico en el sen-
tido de si los algoritmos de toma de decisiones pueden cumplir con los pilares del
Derecho Internacional Humanitario, el principio de responsabilidad, el de distinción
y el de proporcionalidad y generan debate ético, ya que supone que sea una má-
quina la que tome la decisión sobre la vida de alguien. La gran preocupación es
que estos algoritmos de IA sean introducidos a los sistemas de armas nucleares.
Necesitaremos que la comunidad científica se una a la sociedad civil para impedir
el desarrollo de estas nuevas armas.
Tica Font, Física nuclear y miembro del Centre Delàs d’Estudis per la Pau.
Actualidad
alejar a tantas personas de la UE como institución.
Desde 2015, la situación comenzó a ser narrada como una crisis por los
medios de comunicacion, los políticos y los académicos, por tres razo-
nes principales:
Si bien el SECA ha demostrado ser incapaz de hacer frente al aumento de los in-
gresos,1 en la siguiente sección mostraremos que el número de solicitantes de
asilo (y de personas a las que se les otorgó protección) no representa ni ha repre-
sentado en el pasado una cantidad crítica, especialmente considerando una pers-
pectiva comparativa global. Por esta razón, describir la situación de los refugiados
europeos en términos de crisis es incorrecto. La narración de una “crisis europea
de refugiados”, de hecho, no es solo una cuestión semántica, ya que se utilizó
para presionar a las instituciones europeas a implementar políticas de emergencia,
cuando hubiera sido más prudente introducir medidas destinadas a abordar el pro-
blema de forma estructural en una perspectiva a largo plazo.
1
Mattia Vitiello, «La Crisi dei Rifugiati e il Sistema Europeo Comune di Asilo: Che Cosa non ha Funzionato?»,
Meridiana, 86, 2016, pp. 145-165; Marco Cellini, «Filling the Gap of The Dublin System: A Soft Cosmopolitan
Approach», Journal of Contemporary European Research, 13(1), 2017a, pp. 944-962, disponible en:
[Link] Rainer Bauböck, «Europe’s Commitments and Failures in the
Refugee Crisis», European Political Science, 17(1), 2018a, pp. 140-150.
2
ACNUR, «Population Statistics Database», Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, 2018 [online],
disponible en: [Link]
citudes, mientras los primeros seis países por número de solicitudes recibieron
conjuntamente 1.737.131 solicitudes (Gráfico 1).
Actualidad
Fuente: Datos de ACNUR (2018).
79
Daniele Archibugi, Marco Cellini Y Mattia Vitiello
Los datos presentados sugieren que si hubo una crisis europea, no fue por la can-
tidad de solicitantes de asilo y refugio, sino más bien debido a la gestión europea
de las solicitudes, incapaz de hacer frente armónicamente a los flujos y redistribuir
equitativamente los costos de recepción entre los Estados miembros.
Observando únicamente los datos europeos (Gráfico 3), en 2015 los Estados
miembros recibieron 1.256.515 solicitudes de asilo, aunque otorgaron protección
internacional a solo 327.955 personas; en el mismo año se detectaron 1.822.177
personas intentando ingresar a la UE sin documentos.3 Sin embargo, desde prin-
cipios de 2016, las solicitudes de asilo, las decisiones positivas y las detecciones
comenzaron a disminuir, y en 2018 tanto las decisiones positivas como las detec-
ciones volvieron a los niveles de 2013, mientras las solicitudes de asilo volvieron
a los niveles de 2014.
3
Frontex, «Detections of Illegal Border-Crossings Statistics», European Border and Coast Guard Agency, 2018
[online], disponible en: [Link]
Actualidad
Fuente: Los datos sobre las decisiones positivas y las solicitudes provienen de Eurostat (2018).4
Los datos sobre las detecciones provienen de Frontex (2018).5
81
Daniele Archibugi, Marco Cellini Y Mattia Vitiello
Con respecto a las políticas exteriores, la UE concluyó una serie de acuerdos con
algunos países terceros de tránsito, Turquía, Libia y Marruecos, con el objetivo de
reducir los flujos de solicitantes de asilo. Los acuerdos proporcionan apoyo finan-
ciero de la UE a terceros países a cambio de un control más robusto de sus fron-
teras.
6
Mattia Vitiello, 2016, op. cit.; Marco Cellini, 2017a, op. cit.
7
EuroAlternatives, «Chart of Lampedusa», European Alternatives, 2015 [online], disponible en: [Link]
[Link]/wp-content/uploads/2014/07/[Link]
Actualidad
solicitantes de asilo y refugio. Los Estados miembro continúan teniendo diferentes
reglas: el Gráfico 4 muestra la tasa de aceptación de los Estados miembro de la
UE en 2018.
Además, existe una contradicción bastante fuerte entre una UE basada en la libre
circulación de personas, por un lado, y la voluntad de limitar la movilidad de los
8
Marco Cellini, 2017a.
9
Alexander Wolffhardt, Carmine Conte y Thomas Huddleston, «The European Benchmark for Refugee Inte-
gration: A Comparative Analysis of the National Integration Evaluation Mechanism in 14 EU Countries», Fun-
dacja Instytut Spraw Publicznych, Varsovia, 2019.
83
Daniele Archibugi, Marco Cellini Y Mattia Vitiello
solicitantes de asilo, por otro lado. El deseo de evitar los movimientos secundarios
de los solicitantes de asilo les dificulta utilizar sus recursos individuales (como
tener redes familiares y sociales en un país específico, dominar un idioma espe-
cífico, tener habilidades profesionales para gastar en un país en lugar de otro),
contribuyendo a que los refugiados sean obligados a escapar del registro de hue-
llas dactilares y a tratar de llegar a los países elegidos a través de rutas ilegales,
corriendo riesgos que ponen en peligro sus vidas.10
10
OIM, Fatal Journeys Volume 3: Improving Data on Missing Migrants, Organización Internacional de las Mi-
graciones, Global Migration Data Analysis Centre, 2017 [online], disponible en: [Link]
stem/files/pdf/fatal_journeys_3_part2.pdf
11
Ali Emre Benli, «March of Refugees: An Act of Civil Disobedience», Journal of Global Ethics, 14(3), 2018, pp.
315-331. Doi: 10.1080/17449626.2018.1502204.
12
Frontex, 2018, op. cit.
mados con Turquía, Libia y más recientemente Marruecos. Sin embargo, si bien
la política de externalizar el control de las fronteras de la UE parece tener cierto
éxito en la reducción de las llegadas, presenta serios problemas que deberían
considerarse, tanto para la UE como para los migrantes.
Actualidad
i. la contradicción entre la subcontratación a países que no respetan los dere-
chos humanos y los principios en los que se basa la UE;
ii. el riesgo y en muchos casos la certeza de que los solicitantes de asilo se en-
cuentran en una posición en la que sus derechos humanos son violados nue-
vamente;
iii. la dependencia de la UE hacia países no democráticos.
13
Unión Europea, Consolidated Versions of the Treaty on European Union, Official Journal, 2012, [online], C
326, 26/10/2012 P. 0001 - 0390, disponible en: [Link]
content/EN/TXT/?uri=celex%3A12012M%2FTXT.
14
Ver Amnestía Internacional, The States of the World’s Human Rights, Amnesty International, 2018 [online],
disponible en: [Link]
85
Daniele Archibugi, Marco Cellini Y Mattia Vitiello
Actualidad
Fuente: Datos de Eurostat (2018)
87
Daniele Archibugi, Marco Cellini Y Mattia Vitiello
boomerang que producirán: guerras civiles a largo plazo y flujos de refugiados du-
rante al menos una generación. Para abordar esta tensión, la UE debería haber
desarrollado una coordinación más efectiva con respecto a las intervenciones de
construcción de paz en áreas vecinas o aquellas áreas que podrían crear efectos
indirectos como nuevos flujos de refugiados.
Obviamente, este camino está lejos de ser fácil de seguir. La principal dificultad
de dicha propuesta es que otorgar a la UE poder de decisión sobre las interven-
ciones militares de los Estados miembro requeriría una reforma de los Tratados.
Sin embargo, el procedimiento para reformar los Tratados es extremadamente
largo y complejo, especialmente dado que los países miembros tienen preferen-
cias diferentes.15
Asegurar una distribución justa entre los Estados miembros de la UE. Uno de los
aspectos más problemáticos y espinosos de la estrategia de asilo general y de
emergencia de la UE ha sido la falta de una distribución justa de las cargas deri-
vadas de la gestión de las solicitudes de protección internacional, como se denun-
cia a menudo incluso antes de la llamada crisis de refugiados.16
Existen varias razones que explican la distribución desigual de los refugiados entre
los países miembros,17 sin embargo, la propuesta por Thielemann,18 es decir, la
mayor propensión de los países miembros a ser free riders en momentos de mayor
flujo de refugiados eligiendo no actuar si no están directamente involucrados, ex-
plica muy bien por qué la UE no ha podido implementar políticas efectivas, y tam-
15
Mathias Koenig-Archibugi, «Explaining Government Preferences for Institutional Change in EU Foreign and
Security Policy», International Organization, 58(01), 2004, pp.137-174.
16
Michael Barutciski y Astri Suhrke, «Lessons from the Kosovo Refugee Crisis: Innovations in Protection and
Burden-Sharing», Journal of Refugee Studies, 14(2), 2001, pp. 95-115. Doi: 10.1057/97814039141495; Gre-
gor Noll, «Prisoner’s Dilemma in Fortress Europe: On the Prospects for Equitable Burden-Sharing in the Eu-
ropean Union», German Yearbook of International Law, 40, 1997, pp. 405-437; Eriko R. Thielemann,
«European Burden-Sharing and Forced Migration», Journal of Refugee Studies, 16(3), 2003, pp. 225-358.
10.1093/jrs/16.3.225.
17
Eric Neumayer, «Asylum Destination Choice: What Makes Some West European Countries More Attractive
Than Others?», European Union Politics, 5(2), 2004, pp. 155-180. Doi: 10.1177/1465116504042444; Eriko
R. Thielemann, «Why European Policy Harmonization Undermines Refugee Burden-Sharing», European
Journal of Migration and Law, 2004, 6(3), pp. 43-61, disponible en: [Link]
load?doi=[Link].4641&rep=rep1&type=pdf; Eriko R. Thielemann, «Why Refugee Burden-Sharing Initia-
tives Fail: Public Goods, Free-Riding and Symbolic Solidarity in the EU», Journal of Common Market Studies,
56(1), 2018, pp. 63-82. Doi: 10.1111/jcms.12662; Timothy J. Hatton, «Asylum Policy in the EU: The Case for
Deeper Integration», CESifo Economic Studies, 61(3-4), 2015, pp. 605-637. Doi: 10.1093/cesifo/ifv002;
Natascha Zaun, «States as Gatekeepers in EU Asylum Politics: Explaining the non-Adoption of a Refugee
Quota System», Journal of Common Market Studies, 56(1), 2018, pp. 44-62. Doi: 10.1111/jcms.12663.
18
Eriko R. Thielemann, 2018, op. cit.
Actualidad
89
Daniele Archibugi, Marco Cellini Y Mattia Vitiello
bién sugiere una posible forma de impedir las prácticas de free riding: implementar
un sistema de distribución europea vinculante.
19
Daniele Archibugi y Ali Emre Benli (eds.), Claiming Citizenship Rights in Europe: Emerging Challenges and
Political Agents, Routledge, Londres, 2017.
20
Rainer Bauböck, «Refugee Protection and Burden�Sharing in the European Union», Journal of Common
Market Studies, 56(1), 2018b, pp. 141-156. Doi: 10.1111/jcms.12638.
Actualidad
dando viajes seguros al país anfitrión o un regreso seguro a los países de origen.23
Con respecto a la cuestión de las violaciones de los derechos humanos de los so-
licitantes de asilo por parte de los Estados miembros de la UE, en principio, la UE
ya tendría los instrumentos para abordarlas, a través de la suspensión de la mem-
bresía prevista por el artículo 7 del Tratado de la Unión Europea. El Consejo Eu-
ropeo, a través de una mayoría de 4/5, puede declarar que existen riesgos de
violaciones graves de los derechos humanos, por lo que comienza el procedi-
miento. En más de una ocasión24 se ha discutido la posibilidad de activar este me-
canismo. Sin embargo, nunca se ha llevado a la siguiente etapa, que requiere la
unanimidad de los países miembro y permitiría aplicar sanciones a los Estados
infractores. Requerir unanimidad para establecer la violación, de hecho, vacía este
instrumento de cualquier credibilidad política.
21
Amnistía Internacional, 2018, op. cit.
22
ACNUDH, In Search of Dignity: Report on the Human Rights of Migrants at Europe’s Borders, Oficina del
Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, 2017a [online], disponible en:
[Link]
ropes_Borders.pdf; ACNUDH, (2017b). Committee Against Torture Considers Report of Italy, Oficina del Alto
Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Comité contra la Tortura, 2017b [online], dis-
ponible en: [Link]
23
European Alternatives, 2015, op. cit.
24
Maria Fletcher, «Article 7 sanctions: a legal expert explains the EU’s ‘nuclear option’», The Conversation,
2017 [online], disponible en: [Link]
nuclear-option-81724
91
Daniele Archibugi, Marco Cellini Y Mattia Vitiello
teccion ha sido otorgada. Para hacerlo, la UE debería tomar medidas más enér-
gicas.
Una solución eficaz podría ser reformar las directivas de condiciones de recepción,
de procedimientos y de calificaciones.25 Sobre la base de las buenas prácticas im-
plementadas por los estados más virtuosos, dicha reforma debería proporcionar,
en primer lugar, un examen rápido de las solicitudes de asilo, basado en reglas
claras igualmente aplicadas en cada Estado miembro; en segundo lugar, debería
prever la armonización de las normas sobre las condiciones de recepción de los
solicitantes de asilo; y, por último, debería garantizar programas comunes para la
integración de los refugiados y su acceso a los servicios públicos.
Para facilitar la transición y, sobre todo, para garantizar una aplicación verdadera-
mente homogénea entre los Estados miembro, las directivas podrían transfor-
marse en regulaciones. A diferencia de las primeras, las últimas establecen normas
detalladas que pueden aplicarse directamente sin la necesidad de que los Estados
miembro las conviertan en leyes nacionales, evitando así que los Estados se apar-
ten de los estándares de la UE.
Para implementar tal medida, la UE podría tomar varios caminos. Desde una pers-
pectiva minimalista, podría incluir a los refugiados entre los beneficiarios del de-
recho de libre circulación previsto en el Tratado de Schengen, creando un
documento de identidad europeo especial otorgado por razones humanitarias, re-
conocido y válido en toda la UE; o, en una perspectiva genuinamente cosmopo-
lita,26 podría establecer un instituto europeo especial de ciudadanía para
25
Bernd Parusel y Jan Schneider, «Reforming the Common European Asylum System», Delmi, Estocolmo,
2017 [online], disponible en: [Link]/upl/files/[Link].
26
Pierre Haassner, «Refugees: A Special Case for Cosmopolitan Citizenship?», en Re-imagining Political Com-
munity: Studies in Cosmopolitan Democracy, Daniele Archibugi, David Held y Martin Kohler (eds.), Stanford
University Press, Palo Alto, 1998, pp. 273-286; Benhabib, S. , «On the Alleged Conflict Between Democracy
and International Law», Ethics & International Affairs, 19(1), 2005, pp. 85-100. Doi: 10.1111/j.1747-
7093.2005.tb00491.x; Daniele Archibugi, «The Global Commonwealth of Citizens. Toward Cosmopolitan
Democracy», Princeton University Press, Princeton 2008.
refugiados, que no solo incluya el derecho a la libre circulación sino que también
daría acceso a otros derechos, tales como la posibilidad de votar en elecciones
nacionales y locales en los países en los que residen, o en elecciones europeas.27
Sin embargo, en ambos casos, esto conduciría finalmente a la creación de un sis-
tema europeo de asilo específicamente diseñado para garantizar las mejores con-
diciones posibles para que los refugiados se integren dentro del territorio de la UE.
Actualidad
La situación de los refugiados europeos en los últimos años se ha descrito y na-
rrado en términos catastróficos. En consecuencia, tanto los Estados miembro
como la UE han centrado sus esfuerzos en la implementación de soluciones de
emergencia en lugar de desarrollar políticas estructurales capaces de abordar la
situación desde una perspectiva a largo plazo.
Los datos sobre los solicitantes de asilo y los flujos de refugiados muestran que la
narrativa de la situación de los refugiados ha sido muy
exagerada por razones políticas. El problema europeo Las políticas a largo
de los refugiados, por lo tanto, no parece derivarse de plazo deben abordar
la naturaleza excepcional de las entradas, sino más las raíces del
bien de la incapacidad del SECA para gestionarlas, y problema de los
de la actitud de varios países miembros para luchar refugiados
entre ellos en lugar de colaborar.
Hemos descrito las principales normas e instrumentos del SECA, así como las
medidas de emergencia adoptadas por la UE tanto internamente como externa-
mente. En el frente de las políticas internas, el SECA se basa en las Regulacio-
nes de Dublín y las Directivas de Recepción, Calificación y Procedimientos. El
Reglamento establece qué país es responsable de examinar cada solicitud de
asilo, identificándolo en virtud de dónde el solicitante de asilo ingresó por primera
vez a Europa. Las Directivas, por un lado, tienen como objetivo armonizar las
prácticas entre los Estados miembro estableciendo un conjunto de normas mí-
nimas comunes para todos los países. Las medidas internas de emergencia,
27
Marco Cellini, «Addressing the Refugee Crisis by European Citizenship», en Claiming Citizenship Rights in
Europe, Daniele Archibugi y Ali Emre Benli (eds.), Routledge, Londres, 2017, pp. 27-46.
93
Daniele Archibugi, Marco Cellini Y Mattia Vitiello
como los planes de reubicación y reasentamiento, por otro lado, tenían como
objetivo redistribuir la carga de los flujos de asilo desde los Estados miembro
más afectados a los menos afectados por las llegadas. En el frente de la política
exterior, la UE se ha concentrado en formalizar acuerdos con ciertos terceros
países de tránsito con el objetivo de reducir la llegada de solicitantes de asilo al
territorio europeo.
Nuestro análisis crítico de las políticas europeas indica que han sido ineficaces
tanto en el frente interno como en el externo. En particular, el artículo muestra
cómo las políticas internas han sido en gran medida insuficientes y, en algunos
casos, como la regla del primer país de llegada, han contribuido a acentuar los
problemas. Al mismo tiempo, las políticas para externalizar el control de las fron-
teras exteriores de la UE muestran cierta eficacia para limitar las llegadas, pero
han llevado a una situación en la que los solicitantes de asilo, y los migrantes en
general, se encuentran en situaciones de violaciones graves y sistemáticas de los
derechos humanos.
Hemos sugerido varias políticas a largo plazo destinadas a resolver los problemas
planteados por el enfoque de la UE sobre el asilo.
Primero, las políticas a largo plazo deben abordar las raíces del problema de los
refugiados. Dado que la mayoría de los solicitantes de asilo provienen de países
devastados por conflictos armados, a menudo iniciados por países occidentales y
apoyados por países europeos, la UE debería poder considerar también las impli-
caciones en términos de flujos de refugiados sobre las intervenciones militares de
sus Estados miembro. Una oficina especial coordinada por el Alto Representante
de la Unión y compuesta por ministros de Asuntos Exteriores de los Estados miem-
bro podría supervisar estos temas. Si bien la decisión de tomar o participar en ac-
ciones militares es actualmente un poder soberano de los Estados miembro, las
consecuencias en términos del aumento de los flujos de solicitantes de asilo y re-
fugiados tienen efectos indirectos significativos para toda la UE que, hasta ahora,
han sido totalmente ignorados.
Actualidad
propios Estados miembro. Externamente, la UE podría
distribución de
solicitantes de asilo,
adoptar al menos dos estrategias: i ) poner fin de in-
basado en la
mediato a tales acuerdos cuando se denuncian viola-
solidaridad y la
ciones de los derechos humanos de los solicitantes
equidad
de asilo; y ii) proporcionar, dentro de dichos acuerdos,
el establecimiento de oficinas europeas permanentes con el poder de supervisar
el respeto de los derechos humanos de los migrantes. Internamente, es necesario
que el Consejo Europeo sea más firme cuando los países miembros cometen vio-
laciones de derechos humanos contra refugiados y migrantes.
Por último, es necesario continuar la armonización de las políticas de asilo entre los
Estados miembros, creando un sistema europeo que ofrezca a los solicitantes de
asilo y refugiados las mismas oportunidades y los mismos derechos en todo el te-
rritorio de la Unión. En este sentido, es necesario reformar las Directivas de Recep-
ción, Procedimientos y Calificaciones, según las mejores prácticas de los Estados
más virtuosos. La transformación de las directivas en regulaciones podría ayudar a
la transición y hacer que el sistema sea más efectivo dado que las segundas son
directamente aplicables dentro de los sistemas legales de los Estados miembro y,
por lo tanto, no les dejaría la opción de alejarse demasiado de los estándares co-
munes. Para facilitar la integración de los refugiados y evitar que los solicitantes de
asilo utilicen rutas ilegales y clandestinas para moverse de un Estado miembro a
otro es necesario otorgarles el derecho a la libre circulación dentro de la UE, elimi-
nando las razones detrás del intento de escapar del registro a sus llegadas.
Estas propuestas pueden parecer poco realistas cuando los refugiados a menudo
se utilizan como chivos expiatorios para cultivar estados de ánimo nacionalistas y
95
Daniele Archibugi, Marco Cellini Y Mattia Vitiello
Referentes
lismo gobernaba las principales economías y dominaba las políticas de
los gobiernos de la mayoría de las democracias capitalistas. Eran tiem-
pos de desencanto y repudio a cualquier idea de socialismo tras el fra-
caso y el descrédito de las economías de planificación centralizada. La
afirmación de Thatcher de que no existía alternativa terminó convirtién-
dose en el principal dogma de fe de la época: fuera del capitalismo no
había salvación. Desde el mundo intelectual se decretó, en coherencia
con los signos de los tiempos, el fin de la historia, con el liberalismo
como la única forma universal de gobierno. Todavía tenía que pasar una
década para que un incipiente movimiento alterglobalizador empezara
a proclamar que otro mundo era posible.
pico. Ha llegado a resultar tan inconcebible ese acontecer que Jameson considera,
ejerciendo de fedatario de las creencias de la época, que para el común de los mor-
tales resulta más fácil hoy imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.1
Antes de señalar los rasgos específicos del proyecto Utopías reales, hay sin em-
bargo una cuestión de la que era consciente Wright y que se relaciona mucho con
la forma en que encaraba el asunto de las utopías Paco Fernández Buey, el otro
autor seleccionado para esta sección de Referentes. Wright sabía que la expresión
“utopías reales” podía parecer una contradicción en los términos. A pesar de ello,
la asumió de buen grado, porque la idea del proyecto era precisamente revelar
esa tensión entre los sueños y el mundo práctico poniendo de manifiesto que los
primeros forman parte también de la realidad, y que lo que puede llegar a ser po-
sible nunca deja de ser totalmente independiente de nuestra imaginación, ya que
nuestra forma de ver es la que suscita la voluntad política que puede propiciar o
entorpecer los cambios sociales radicales.
Pero volvamos al proyecto de Wright. El objetivo que se propuso fue formular unos
principios institucionales capaces de inspirar alternativas emancipadoras al mundo
existente. Algo que se encuentra a medio camino entre el simple debate sobre los
valores morales que justifican el empeño y el minucioso detalle de las caracterís-
ticas institucionales que toman cuerpo en una sociedad radicalmente diferente.
Hay cosas que no están al alcance de un investigador porque corresponden a la
praxis social, pero lo que sí puede anticipar en un plano, si se quiere, más teórico
es «determinar los principios organizativos esenciales de las alternativas a las ins-
tituciones existentes, los principios que orientarán las tareas de constitución de
instituciones basadas en la práctica de la prueba y el error».2
En este libro Wright piensa las utopías en el marco más amplio de una ciencia so-
cial emancipadora. Un marco que comprende tres tareas: 1) el diagnóstico crítico
de las instituciones y estructuras que dañan a las personas, 2) la formulación de
2
Erik Olin Wright, Construyendo utopías reales, Akal, Madrid, 2014, p. 24.
3
Erik Olin Wright, «Los puntos de la brújula. Hacia una alternativa socialista», New Left Review, nº41, pp. 81-
109. Disponible en: [Link]
cialista-erik-olin-wright/
4
Erik Olin Wright, «El modelo ‘triádico’ de sociedad en Genealogies of Citizenship de Somers», Papeles de re-
laciones ecosociales y cambio global, n º117, pp. 27-42. Disponible en: [Link]
culo/el-modelo-triadico-de-sociedad-en-genealogies-of-citizenship-de-somers/
99
Santiago Álvarez Cantalapiedra
Para el logro de este objetivo, toda ciencia social emancipadora debe re-
alizar tres tareas básicas: elaborar un diagnóstico y crítica sistemáticos del
mundo como es; imaginar alternativas viables; y comprender los obstácu-
Referentes
los, posibilidades y dilemas de la transformación. Según sean los tiempos
y los lugares, unas tareas pueden ser más urgentes que otras, pero todas
son necesarias para elaborar una teoría emancipadora general […]
*
Este texto es un extracto del capítulo II del libro Construyendo utopías reales, publicado en len-
gua española por la editorial Akal en el año 2014. Agradecemos la gentileza de la editorial al
autorizarnos a reproducirlo.
1
En un intercambio personal, Steven Lukes observó que el término «emancipación» estaba
conectado originalmente con la lucha contra la esclavitud: la emancipación de los esclavos
implicaba su liberación de la servidumbre. De modo más general, la idea de la emancipación
se vinculaba con las nociones liberales de libertad y del logro de plenos derechos liberales antes
que los ideales socialistas de igualdad y justicia social. En el siglo XX, la izquierda se apropió del
término para referirse a una más amplia visión de eliminar todas las formas de opresión y no
solamente aquellas que implicaban formas coercitivas de negación de las libertades
individuales. Empleo el término en este sentido amplio.
Alternativas viables
cial. Pero el pensamiento utópico puro sobre las alternativas es de escasa utilidad
para la tarea práctica de construir instituciones o para dar crédito a las críticas a
las instituciones actuales.
103
Erik Olin Wright
Dada esta incertidumbre acerca del futuro, hay dos razones de por qué es impor-
tante tener una idea tan clara como sea posible sobre la gama de alternativas via-
bles al mundo en que vivimos que, si se aplicaran, tendrían bastantes posibilidades
de ser sostenibles. En primer lugar, al elaborar ahora esa idea es más probable
que si en el futuro las condiciones históricas amplían los límites de las posibilidades
factibles, las fuerzas sociales actualmente comprometidas con el cambio social
105
Erik Olin Wright
No resulta sencillo argumentar creíblemente que «otro mundo sea posible». La gente
nace en sociedades que ya están hechas de antes. Las normas de la vida social que
aprende e interioriza según crece parecen naturales. La gente se preocupa por las
tareas de la vida cotidiana, la de ganarse el pan, sobrellevar las penas de la vida y
disfrutar de sus alegrías. La idea de que cabe cambiar deliberadamente el orden social
en alguna forma fundamental que haga la vida significativamente mejor para la ma-
yoría de la gente es de largo alcance tanto porque es difícil imaginar alguna alternativa
funcional mejor y porque es difícil imaginar cómo desafiar con éxito las instituciones
existentes de poder y privilegio con el fin de crear dicha alternativa. Así pues, incluso
si uno acepta el diagnóstico y la crítica de las instituciones existentes, la respuesta
más natural de la mayoría de la gente probablemente es un sentido fatalista de que,
en realidad, no es mucho lo que puede hacerse para cambiar las cosas realmente.
Este fatalismo plantea un problema grave para la gente comprometida con la lucha
contra las injusticias y males del mundo social existente por cuanto el fatalismo y
el cinismo acerca de las perspectivas del cambio emancipador reducen las pers-
pectivas de dicho cambio. Por supuesto, una estrategia es justamente no preocu-
parse mucho sobre si se maneja o no un argumento científicamente creíble acerca
de las posibilidades del cambio social radical y tratar de crear en su lugar una visión
inspiradora de una alternativa deseable fundada en la ira que suscitan las injusticias
del mundo en que vivimos e imbuida de esperanza y pasión acerca de las posibi-
lidades humanas. A veces, estos buenos deseos carismáticos han sido una fuerza
poderosa que ha ayudado a movilizar al pueblo para la lucha y el sacrificio. Pero
es improbable que constituyan una base adecuada para transformar el mundo en
formas que realmente creen una alternativa emancipadora sostenible. La historia
de las luchas humanas en pro del cambio social radical está repleta de victorias he-
roicas sobre las estructuras existentes de opresión seguidas por la construcción trá-
gica de nuevas formas de dominación, opresión y desigualdad. La segunda tarea
de la ciencia social emancipadora, por lo tanto, es desarrollar de forma tan sistemá-
tica como sea posible una concepción científicamente fundamentada de las institu-
ciones alternativas viables.
107
Erik Olin Wright
nativa concreta depende de una trayectoria a lo largo del tiempo de una amplia
gama de condiciones socioestructurales que afecta a las posibilidades de éxito de
estas estrategias2. Esta trayectoria de condiciones es en sí misma parcialmente el
resultado de los efectos no deseados acumulativos de la acción humana, pero tam-
bién es el resultado de las estrategias conscientes de los actores para transformar
las condiciones de sus propias acciones. En consecuencia, la factibilidad de una
alternativa depende de en qué medida sea posible formular estrategias coherentes,
convincentes que ayuden a crear las condiciones para implementar las alternativas
en el futuro y contar con el potencial para movilizar las fuerzas sociales necesarias
para apoyar la alternativa cuando se den esas condiciones. La comprensión de
estos asuntos es el objetivo de la tercera tarea general de la ciencia social eman-
cipadora: la teoría de las transformaciones.
Transformación
2
Para citar (fuera de contexto) el famoso aforismo de Marx: «Los hombres hacen su propia historia, pero no
la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias
con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. Véase Karl Marx
(1985, 1992) El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Suele entenderse con la cita que las estructuras sociales
imponen límites a la acción humana, pero el contexto real es acerca de las condiciones mentales de la acción:
El pasaje prosigue: La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de
los vivos. Y cuando estos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a
crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos
en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje,
para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia
universal». Si bien el argumento de Marx se centraba en ese tipo de límites culturales para transformar el
mundo, la idea más general es que las estrategias colectivas encuentran condiciones que no se pueden
reconducir a una decisión estratégica.
Conviene recordar, por otra parte, que sin olvidar el hermoso libro (su
compañera Neus Porta cuidó al detalle su edición) que publicó en 2007
en la editorial de El Viejo Topo, Utopía e ilusiones naturales, cuatro de
sus últimos artículos están centrados en esta temática: «Utopía realiza-
ble: oxímoron y paradoja», «Como una ola que estallara de risa. Otra
Para el autor de Marx a contracorriente, Fourier supo captar, tal vez como ningún
otro de sus contemporáneos, las contradicciones de la evolución civilizatoria pro-
movida por el industrialismo. Supo ver «las quimeras cientificistas ocultas en el
desarrollo de la industria maquinista, la confusión o la anarquía reinantes en la
producción capitalista, como elemento central explicativo de las crisis de sobre-
producción o crisis pletóricas». Esa crítica del industrialismo ponía de manifiesto
el carácter “odioso” del trabajo en la sociedad capitalista así como la matizada
vuelta a una agricultura básica donde la tradicional división entre trabajo manual
y trabajo intelectual desaparecería para dejar paso a la globalidad del trabajo atra-
yente verdaderamente humano. De ahí que una parte importante del pensamiento
socialista seguía prefiriendo a Fourier sobre Cabet y Richard Owen.
1
Los dos primeros artículos fueron publicados en la revista electrónica de Sin permiso en 2008. El tercero en
PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global (nº 100, FUHEM Ecosocial, Madrid, invierno 2008, pp.
53-61). El cuatro, una conferencia dictada en las IV Jornadas Claudio Rodríguez celebradas en 2010 con el
título «El lugar de la utopía», fue recogida posteriormente en Aventura. Revista anual del seminario permanente
Claudio Rodríguez, n. 3, 2011, pp. 10-24.
El segundo texto recogido está fechado en 1990. Las circunstancias y las espe-
ranzas eran otras muy distintas tras la caída del socialismo irreal, muy pocos
meses antes de la desaparición de la URSS. El capitalismo se sentía triunfador
en la III Guerra Mundial y estaba a punto de anunciar el final de la historia. En el
escrito, base de una conferencia impartida en un Instituto de secundaria de Valla-
dolid, el autor de Leyendo a Gramsci hace un recorrido por las complejas y diver-
sas relaciones entre ciencia y utopía en las tradiciones emancipatorias y defiende
un uso de utopía asociado a una vuelta al primitivo concepto como ideal que el
activista y el crítico social oponen a la glorificación positivista de lo existente. Fer-
nández Buey nos recordaba entonces, como posteriormente en Utopías e ilusio-
nes naturales, que en las primeras utopías renacentistas la acepción predominante
de la palabra había sido positiva: república imaginaria, muchas veces identificada
con una isla desconocida y lejana en la que regían principios y valores distintos,
contrarios a los vigentes en las sociedades europeas.
111
Salvador López Arnal
ciencia ficción o a la narración distópica desde la segunda década del siglo XX.
Había indicios de que desde finales del siglo XX la forma principal de expresión
del discurso utópico era la poética. Con una excepción que él conocía y compartía:
el proyecto de investigación de la utopía real o concreta del Presidente de la Ame-
rican Sociological Association, su admirado Erik Olin Wright.
1
La vocación científica, la aspiración al análisis científico de la sociedad,
ha sido un rasgo característico de los programas socialistas desde sus
primeras formulaciones modernas. Expresada con mayor o menor
fuerza y con tonalidades distintas, esta aspiración la encontramos en
todos los grandes del pensamiento socialista del siglo XIX: en Proudhon
y en Marx, en Owen y en Cabet, en Herzen y en Chernichevski, en En-
gels y en Garrido. La aspiración a hacer ciencia social para, basándose
en ella, transformar en un sentido igualitario una sociedad en la que rei-
naba la injusticia y la desigualdad fue algo compartido, en la segunda
mitad del siglo pasado, por todas las corrientes socialistas. Con matices
cuya importancia habrá que ver, libertarios y marxistas, socialistas, anar-
quistas y comunistas de las diferentes nacionalidades europeas subra-
yaron una y otra vez que la capacidad para comprender científicamente
lo que era la sociedad capitalista distinguía de forma radical el moderno Referentes
ideal emancipador de la milenaria lucha del hombre oprimido contra el
mal social. No solo eso: algunas de las corrientes socialistas que mayor
implantación llegaron a tener entre los trabajadores de la industria man-
tuvieron con mucho énfasis que sin ciencia no podía haber liberación,
que sin conocimiento científico el trabajador no lograría desalienarse.
1
El presente texto es una conferencia impartida en el Instituto Simancas de Valladolid en
septiembre de 1990.
mayoría de las sociedades europeas, y sobre todo en aquellas que habían dado
los primeros pasos en el camino de la industrialización. Con razón ha denomi-
nado David Knight la era de la ciencia al período histórico que va desde la revo-
lución Francesa de 1789 hasta los años de la Primera Guerra Mundial. Pues en
esa época, que casi coincide con el siglo XIX, se institucionaliza la ciencia y el
adjetivo científico pasa a ser de uso corriente para designar profesiones y acti-
vidades.
Al dar por concluido ese período en la Primera Guerra Mundial no se pretende im-
plicar que esta, la guerra, haya puesto fin al espíritu científico que dominó durante
todo el siglo XIX, ni tampoco que a partir de 1914 decayera el prestigio social de
la ciencia. Al contrario: ha sido precisamente en este siglo, en el nuestro, cuando
la ciencia ha alcanzado mayores niveles de popularidad. Pero sí se sugiere con
ese corte que a partir de la Primera Guerra Mundial la relación establecida entre
ciencia y progreso social deja de ser obvia para convertirse en problemática. Esto
es lo que distinguiría a la ideología neopositivista, que va tomando cuerpo en
Viena, Berlín y Oxford desde los años veinte, del antiguo positivismo decimonó-
nico. Por una parte, el paradigma determinista del pensamiento científico, en el
que se habían formado todos los teóricos del movimiento socialista, entra en crisis,
la mecánica clásica topa con dificultades teóricas y se produce la primera autocrí-
tica efectiva de la ciencia moderna, autocrítica de la que es exponente la cultura
de la crisis de la época de la República de Weimar. Por otra parte, el hecho para-
dójico de que la gran transformación social del siglo no hubiera tenido lugar, como
se esperaba, en los países más industrializados de Europa –Inglaterra y Alemania,
sobre todo–, sino en la atrasada Rusia, obligaba a poner en duda la capacidad
predictiva de una ciencia social a la que hasta entonces se había atribuido la vir-
tualidad de adelantar las líneas generales del desarrollo histórico. Y ambas cosas,
unidas a los desastres de la guerra, de toda guerra, acabarían complicando mucho
la eufórica relación entre ciencia y proletariado que en otro tiempo habían esta-
blecido los programas socialistas; un vínculo, por cierto, que nuestro Jaime Vera
trató de reforzar con fuerte nudo en su célebre informe a la comisión de reformas
sociales, y en su trabajo de publicista, para un país como España de débil tradición
científica. Tanto cambiaron las cosas con la Primera Guerra Mundial que a partir
de entonces fue posible asociar el nombre de socialismo con dos actitudes com-
pletamente antitéticas: el racionalismo cientificista y el antirracionalismo crítico de
la ciencia. Esta ambigüedad estuvo en la base de los fascismos europeos en el
momento de su surgimiento en Italia y Alemania.
Pues bien: sin necesidad de entrar ahora en el muy espinoso tema de las relacio-
nes entre socialismo y cultura de la crisis (caldo espiritual con el que se alimenta
el primer fascismo europeo) tal vez se pueda concluir la anterior sugerencia afir-
mando que, en efecto, la Primera Guerra Mundial cierra todo un período histórico
de confianza sin fisuras en la ciencia. Durante más de un siglo los miembros cons-
cientes y organizados de las clases sociales subalternas compartieron con el li-
beralismo progresista la convicción de que la bondad epistemológica de la ciencia
era sinónima de bondad ético-política, de tal manera que podía esperarse del pro-
greso científico y de las aplicaciones tecnológicas la atenuación –cuando no la re-
volución definitiva– de las viejas desigualdades y opresiones.
2
Tal vez lo que mejor simboliza el cambio de talante que se estaba incubando en
los años de la Primera Guerra Mundial y que acabaría cuajando en la cultura de la
crisis de la época de la República de Weimar es la distinta valoración que antes y
después de estos acontecimientos se hizo de la utopía en su relación, o contrapo-
sición, con la ciencia. Mientras que la tradición socialista, sobre todo en su variante
marxista, había considerado desde 1848 a la utopía de
una manera peyorativa, oponiéndose precisamente la Tras la Primera Guerra
ciencia positiva a la sociedad, el socialismo revolucio- Mundial, la utopía
nario que brotó de las desesperaciones de 1914-1919 brota como ideal
tiene ya dudas: vuelve al primitivo concepto de la uto- revolucionario frente
pía como ideal que el revolucionario opone a la glorifi- a la glorificación
cación positivista de lo existente o reserva la acepción positivista de lo
peyorativa del término para las construcciones simbó- existente
licas excesivamente detalladas de un futuro que está Referentes
por construir porque hay que luchar por él. Tal fue el punto de vista –mantenido
siempre en polémica con el economicismo y con el cientificismo positivista– de pen-
sadores revolucionarios tan distintos como Sorel, Gramsci, Roselli o Rühle, hijos,
todos ellos, de las decepciones y alegrías que el mundo europeo de aquellos años
proporcionó a quienes aspiraban a la conquista del cielo.2
115
Francisco Fernández Buey
de las ideas en las que estos términos pasan de unas manos a otras en la lucha
de clases y su significación se ve teñida por las actitudes subjetivas de quienes
aspiraban a ser sujetos de la Historia. Como tantas otras veces, la significación
etimológica de la palabra utopía se perdió pronto en el fragor de la batalla de ideas.
Ya en las primeras utopías renacentistas la acepción predominante de la palabra
fue positiva: república imaginaria, casi siempre identificable como una isla desco-
nocida y lejana en la que regían principios y valores distintos, y aún contrarios, de
los vigentes en las sociedades europeas. Esta dualidad –crítica de lo que hay y
representación futurista de lo que debería haber– se ha conservado siempre,
desde entonces, en el pensamiento utópico.
Sin embargo, ya en la Inglaterra del siglo XVIII, el realismo político levantó su voz
para denunciar el aspecto negativo de las utopías. Estas, se dijo entonces, son
poesía, proyectos irrealizables, fantasías de filósofos amantes de la imaginación
calenturienta; el hombre discreto y sensato, realista en lo político, buen súbdito y
Sensible a las comparaciones, tenía Garrido el orgullo que muchos socialistas han
ido perdiendo con el tiempo:
3
Fernando Garrido, «El socialismo y la democracia ante sus adversarios», en La Federación y el socialismo,
edición de J. Maluquer de Motes, Los Libros de Maldoror, Barcelona, 1973.
117
Francisco Fernández Buey
Claro es que para que un socialista admita con orgullo ser llamado utópico o uto-
pista tiene, en primer lugar, que estar discutiendo con realistas conservadores de
las relaciones de propiedad, y no tiene, en segundo
La acepción peyorativa lugar, que haber usado sus cosas respetables, sus
de la utopía se impuso principios, sus ideales, como se usan los disfraces
a partir de 1848 en carnaval. Observación esta que es menos trivial
entre los partidarios de lo que puede parecer a primera vista, pues ha
de la transformación sido precisamente el cambio de interlocutor, por
social radical una parte, y la constatación de que algunos de los
llamados socialistas acabaron aceptando el orden
social existente lo que llevó a imponer el uso predominante de la acepción peyo-
rativa de la utopía, a partir de 1848, también entre los partidarios de la transfor-
mación social radical. Tales son, en efecto, algunos de los motivos que Marx y
Engels aducirán en el Manifiesto comunista para argumentar el paso de la utopía
a la ciencia en la representación socialista del mundo contemporáneo.5
3
Se puede decir que la utopía socialista moderna tiene su principio, todavía muy
minoritario, en las corrientes radicales operantes durante la Revolución Francesa
de 1789. La insatisfacción ante lo hecho y el deseo de ir más allá en la oposición
al antiguo régimen fueron razones a favor del igualitarismo y del socialismo ex-
presado recurrentemente en los años del cambio de siglo. La idea de que preten-
diendo materializar los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad se ha
contribuido a la extensión de la sociedad mercantil y a la imposición de otra forma
de despotismo aparece, primero como un cabo suelto, casi perdido entre las eu-
forias bonapartistas, y luego como una convicción compartida por los revolucio-
narios críticos. En todo caso, si la existencia de ir más allá del reconocimiento
4
Ibidem
5
Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista, en OME-9, Grijalbo, Barcelona, 1978.
Precisamente la obra de Fourier representa, tal vez mejor que ninguna otra, la
dualidad característica del pensamiento utópico moderno en estado puro: radica-
lidad en la crítica de la cultura o civilización burguesa (hasta un punto que difícil-
mente ha vuelto a ser alcanzado más tarde) y minuciosidad, que a veces llega
hasta la pedantería, en la previsión de cada uno de los detalles de la sociedad fu-
tura. Lo mejor de Fourier para la sensibilidad actual no es, desde luego, su punti-
llosa descripción de los caracteres psíquicos que han de darse en la población de
cada una de las “falanges” que ocuparán los “falansterios” de la sociedad del fu-
turo, en la que a lo sumo encontraremos aciertos poéticos que impresionaron en
su tiempo a Walter Benjamin, sino, sobre todo, su crítica de la forma que el mal
social estaba adoptando en la sociedad mercantilizada de su época. En un folleto
casi desconocido hasta hace veinte años –momento en que, por influjo de la re-
belión del 68 se produjo la recuperación del fourierismo–, que lleva por título Éga-
rement de la raison démontré par les ridicules des sciences incertaines, Charles
Fourier ponía el dedo en una de las llagas del sistema, cuya crítica ha alimentado
desde entonces, sin interrupción, el pensamiento socialista: la “conversión del vicio
en sistema razonado” como consecuencia de la universal extensión del espíritu
comercial.
Con más fuerza que ningún otro de los pensadores socialistas Fourier denunció
el efecto perverso que para la organización de los hombres en sociedad tiene
la mercantilización universal que es característica de la civilización burguesa; Referentes
un efecto que resulta apreciable, según él, desde el triunfo de la revolución de
1789:
Durante el transcurso del siglo XVIII las ciencias políticas y morales han mantenido
hasta muy tarde las antiguas opiniones que condenaban el comercio al desprecio,
como testimonia el espíritu que reinaba en Francia en 1788. En aquel tiempo los es-
colares, en sus disputas y sus invectivas, llamaban algunas veces a sus adversarios
hijo de comerciante, y era la injuria más cruel hasta que, en 1789, los comerciantes
se transformaron de repente en semidioses, porque toda la filosofía empezó a po-
nerse de su parte y a exaltar a los vulgares como instrumentos útiles a sus designios.
119
Francisco Fernández Buey
Así, Mirabeau, para popularizarse, imaginó abrir una tienda con el letrero: Mirabeau,
comerciantes de telas, y pluguiera a Dios que nunca fue otra cosa.6
Para salir de esta fase [de mercantilización de la civilización], ya sea con la liberación
de las mujeres, ya sea con la liberación de los industriosos, que necesitarían guías
que no fueran los filósofos; he observado que estos están demasiado despreocu-
pados con respecto a los industriosos, y son demasiado tiránicos con las mujeres.7
No es, pues, mera añoranza del filosofar especulativo frente a la “ciencia” de los
economistas lo que mueve en este caso a la denuncia de los males de la civiliza-
ción mercantil. Es más bien el proceso de mercantilización constante de las cien-
cias, en el que participan los viejos filósofos, lo que preocupa a Fourier, el
considerar que con ello se está retrasando al tránsito a la nueva fase histórica en
la cual alcanzarán su liberación las dos categorías que están en peor situación en
las sociedades capitalistas mercantilizadas: las mujeres y los trabajadores de la
industria. En esto, como en tantos otros aspectos de la crítica a la civilización bur-
6
Charles Fourier, L’égarement de la raison démontré par les ridicules des sciences incertaines, en L’ordre
subversif, Aubier-Montaigne, París, 1972 (Traducción castellana: El extravío de la razón Grijalbo, Barcelona,
1974).
7
Ibídem.
Una circunstancia cegó a los filósofos: la enormidad y rapidez de las antiguas fortu-
nas comerciales, la independencia unida a este estado, el aire de alta especulación
extendido sobre las viles maniobras que el más simple de los hombres pudo concebir
y dirigir en menos de un año, el fausto de los especuladores que rivalizaban con los
grandes del Estado, todo ese esplendor cegó a los sabios obligados a tantas vigilias
y a tantas intrigas antes de ganar algunos escudos; se aturdieron por el aspecto de
estos Plutones comerciales: duraron entre la adulación y la crítica; pero el paso del
oro inclinó la balanza y los sabios se convirtieron definitivamente en servidores de
los comerciantes.8
No se trata, por tanto, de una mera sustitución entre dos categorías de creadores
de opinión –filósofos y economistas– sino propiamente de una conversión progre-
siva que, al afectar al conjunto social del capitalismo mercantil, cambia también
los intereses y las preocupaciones de los viejos filósofos, de los viejos sabios. Vale
la pena detenerse un momento en esto, porque al des-
plazamiento desde la filosofía a la economía de buena
parte de los pensadores socialistas de la generación El paso de la utopía a
siguiente a la de Fourier pone de manifiesto la impor-
la ciencia radica en el
desplazamiento
tancia del tema. La evolución intelectual de Karl Marx,
desde la filosofía a la Referentes
quien en los años cuarenta daría prioridad a las lectu-
economía de los
ras de economía política sobre su formación filosófica
socialistas
inicial, habla en el mismo sentido. Y ahí radica preci-
samente el núcleo racional de lo que Engels llamó el
paso de la utopía a la ciencia en la concepción socialista; no en la aspiración equí-
voca –y epistemológicamente inmantenible– a un socialismo científico, como se
pretende a veces, sino en la utilización de los conocimientos de la ciencia econó-
mica para reforzar racionalmente la tendencia de los de abajo hacia la sociedad
socialista. La comparación entre el talento de Fourier, al expresar su desprecio
8
Ibídem.
121
Francisco Fernández Buey
por los economistas y por los viejos filósofos que cambian de campo, y el juicio
de Marx sobre el «cinismo científico» de los padres fundadores de la economía
política es de suma importancia para comprender la evolución del pensamiento
socialista en este punto. Fourier incluye la crítica a los economistas en la más ge-
neral denuncia de la subordinación de los sabios a los comerciantes en el proceso
de mercantilización de los saberes; Marx distingue entre el lado estrictamente cien-
tífico del pensamiento económico y el sometimiento de buena parte de los econo-
mistas a los intereses comerciales y burgueses (de ahí que el análisis
macroeconómico propuesto para desvelar las leyes del desarrollo capitalista no
se haya llamado economía política sino precisamente crítica de la economía po-
lítica).
que el socialismo no es una pasión inútil de los desheredados sino algo necesario
y posible. Tal es la sustancia de la racionalización del ideal socialista por Marx.
4
La vulgarización del marxismo que empieza con el viejo Engels –una vulgarización
tan vinculada, por lo demás, a ese complejo fenómeno social que es el de que las
ideas nuevas prenden en las mayorías hasta convertirse en una fuerza cultural–
acostumbró a presentar esta diferencia a la que nos hemos referido aquí como si
se tratase de un tránsito sin retorno de la utopía a la ciencia. Del socialismo utópico
al socialismo científico: tal habría sido la aportación de Marx. De acuerdo con esta
versión vulgarizada de la relación de la obra de Marx y la de sus antecesores so-
cialistas (Fourier, Owen y Cabet, principalmente) los utópicos se habrían limitado
a la denuncia moral de los males del capitalismo; al haber escrito en una época
en la que no habían madurado todavía las contradicciones internas al sistema,
habrían tenido que limitarse a imaginar la sociedad alternativa en formas fanta-
siosas o, en el mejor de los casos, a proponer experiencias limitadas, para dar
ejemplo, que siempre se saldaron con un fracaso. El cambio de fase que se pro-
dujo en 1848, cuando el proletariado industrial empieza a actuar como sujeto his-
tórico revolucionario consciente de sí mismo, de su función y de sus posibilidades
–sigue diciendo esta misma versión–, puso las contradicciones para hacer del so-
cialismo una ciencia. Y esto es precisamente lo que habría logrado Marx al explicar
las leyes de desarrollo de la sociedad capitalista y mostrar cómo la agudización
de las contradicciones entre el mantenimiento y la apropiación privada de los me-
dios de producción y el crecimiento de las fuerzas productivas tenía que conducir
inexorablemente a la crisis del sistema y a su sustitución por una sociedad iguali-
taria, colectivista. Referentes
123
Francisco Fernández Buey
viviendo otra de esas fases en las que los marxistas académicos fingen creer que
la obra científica de Marx significó el fin de la moralidad, sí que querría dejar claro,
al menos, que la vinculación unilateral de la inspiración ética al socialismo utópico
y de la vocación científica al socialismo superior, representado por el marxismo,
es indefendible con criterios histórico-críticos. Hace ya tiempo que marxólogos
como Maximilien Rubel e historiadores como Gian Mario Bravo llamaron la aten-
ción sobre esto. El propio Bravo rompió con la tradición marxista vulgar al negarse
a denominar utópicos, en una excelente reconstrucción histórica, a los socialistas
que precedieron a Marx. 10
Y, sin embargo, la idea del tránsito sin retorno de la utopía a la ciencia en el pen-
samiento socialista es indefendible entre otras cosas porque los conceptos mismos
de ciencia y de utopía son históricos. Se ha dicho ya algo sobre el concepto de
utopía. Conviene quitar ahora algunos velos que cubren el concepto de ciencia
en relación con el socialismo. El concepto de ciencia es una construcción histórica
que ha ido variando a lo largo del tiempo. En este sentido es útil recordar algo que
mostró Manuel Sacristán en uno de los más interesantes ensayos del marxismo
10
Gian Mario Bravo, Los socialistas premarxistas, Ariel, Barcelona, 1973; Maximilien Rubel, «Le communisme.
De l’utopie a la mythologie», Cahiers de l’ ISEA, tomo IV, núm. 11, noviembre de 1970.
hispánico, a saber: que la visión que Marx tuvo de la ciencia fue particularísima.
Esta visión difiere en efecto, no solo de la que puede tener un científico o un filó-
sofo de la ciencia normalizada en la actualidad, sino también –y eso es impor-
tante– de la que tenían muchos de sus contemporáneos, así como, desde luego,
de la noción de ciencia que podemos encontrar habitualmente en las socialistas
que la precedieron.11
Pero hay una segunda acepción de ciencia en Marx que tiene un origen hegeliano
y romántico, y que enlaza con la Naturphilosophie alemana. Es la Ciencia con ma-
yúscula, globalizadora y generalista, también llamada dialéctica; ciencia de esen- Referentes
cias que se propone captar la realidad en su despliegue, en su desarrollo, en su
evolución. Marx discutió mucho con Proudhon sobre la forma de la ciencia enten-
dida en este sentido, así como sobre su aplicación concreta al conocimiento de la
realidad económico-social. La ciencia, así entendida, como dialéctica, incluye a la
concepción del mundo, es punto de vista sobre la realidad natural y social, no solo
análisis. Por tal razón, porque la ciencia así entendida no es neutral en cuestiones
ético-políticas, pudo escribir Marx, en un paso célebre, algo que siempre resulta
llamativo para las personas acostumbradas a usar el concepto de ciencia en su
11
Manuel Sacristán, «El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia», mientras tanto, núm. 2, enero/febrero
de 1980.
125
Francisco Fernández Buey
Pero también aparece en la obra de pensadores como Marx la acepción más co-
rriente de la palabra ciencia, la que se ha ido imponiendo en el último siglo por in-
fluencia anglosajona; la ciencia como análisis reductivo practicado por vía
inductivo-deductiva o hipotético deductiva, como suele decirse. No hay duda de
que, con independencia de sus declaraciones, a veces grandilocuentes, sobre la
superioridad de la Ciencia a la alemana, de la ciencia como dialéctica, fue el análisis
reductivo aplicado a lo económico-social lo que permitió a Marx en la principal de
sus obras una comprensión racional particularmente apropiada de la evolución del
capitalismo. Por eso algunos autores actuales se han propuesto, con buen acuerdo,
la interesante tarea de reconstruir analíticamente la obra marxiana, esto es, libe-
rándola de filosofemas declamatorios, con el propósito de hacerla más comprensi-
ble. Lo cierto es, sin embargo, que la superposición de las tres nociones de un
concepto de ciencia en Marx sumamente amplio, omniabarcante en sus objetivos
y casi arquitectónico en su forma, tan redondo y ambicioso que algunos autores
no han dudado de equipararlo al viejo concepto de metafísica. Se comprende, en
cualquier caso, que con un concepto de ciencia como este a Marx le hayan pare-
cido peyorativamente utópicas tantas de las construcciones de sus antecesores.
Al fin y al cabo, hasta la obra de Darwin –el más apreciado por él entre los natura-
listas de su época–, ejemplo evidente donde los haya de ciencia normal en la acep-
ción anglosajona de la palabra, le parecía tosca, pesada y poco adecuada
metodológicamente. Si esto último fue dicho en El origen de las especies, obra
que, según Marx, confirmaba las principales tesis del materialismo histórico, ¿no
es comprensible que el fervor de Moses Hess o las iluminaciones de Fourier hayan
sido consideradas, con la misma exigencia, simpáticas fantasías o especulaciones
sugerentes?
mina también cuando nos fijamos en los principales aspectos de la sociedad capi-
talista que han sido fijados en los principales aspectos de la sociedad capitalista
que han sido objeto de crítica por las distintas corrientes socialistas, o en los prin-
cipales rasgos político-jurídicos de la sociedad que, desde este punto de vista, se
postula para el futuro. La ruptura entre los socialismos anteriores y posteriores a
1848, como se anuncia ya en el Manifiesto comunista, es una consecuencia de la
concreción analítica, por un lado, y de la precisión programática, por otro. La acen-
tuación de la intención científica es, también en este caso, consciencia de la nece-
sidad de ser más concretos en el análisis de lo que hay y más precisos, o sea,
menos ambiguos y equívocos, acerca de la forma en que se cree que ha de mate-
rializarse el ideal. Pero la aspiración a la fundamentación científica del programa
socialista no es ajena a los cambios que se iban produciendo en el marco cultural;
no es solo consecuencia de la consciencia de pensadores de Marx, es también
adaptación del propio lenguaje a la mentalidad positivista que se fue haciendo do-
minante en las sociedades europeas.
Cuando se atiende a estos distintos factores es posible darse cuenta de que du-
rante siglo y medio se ha producido una recurrente –a veces abierta y en ocasiones
soterrada– polémica sobre el sentido positivo o negativo no solo de la utopía sino
también de la ciencia de lo social.
127
Francisco Fernández Buey
1
Nota de edición: Véase Francisco Fernández Buey, «Tres pistas para intentar entender Mayo
del 68», Sinpermiso, 11 de mayo de 2008, disponible en: [Link]
pistas-para-intentar-entender-mayo-del-68. Igualmente, Francisco Fernández Buey, Por una
Universidad democrática, Vilassar de Mar, El Viejo Topo, 2009.
2
Nota de edición: países con marcado desarrollo capitalista.
2. Pero a esa ausencia de proyecto para el futuro –se observa también en la misma
argumentación– el actual movimiento socialista de los países capitalistas avan-
zados no parece oponer más que un inmediato marco de reformas de mayor o
menor amplitud (aunque siempre tímidas y no negadoras globalmente del «sis-
tema») cuya implantación gradualista prolongaría desmesuradamente la etapa
histórica de la transición y alejaría a las brumas de un porvenir impalpable el
momento de la revolución verdaderamente liberadora, el momento del fin de la
explotación del hombre por el hombre, de la abolición de la propiedad privada
de los medios de producción y del fin del reino de la necesidad. Esa prolonga-
ción y ese alejamiento admitidos como programa de actuación serían, por otra
parle, un síntoma de debilidad y de crisis en un movimiento que, al mismo
tiempo, y contradictoriamente, afirma la suficiente maduración de la contradic-
ción básica de la formación económico-social capitalista.
Referentes
3. A todo lo cual habría que unir la ausencia de un proyecto global, en el sentido
socialista, en aquellos países en los cuales con más o menos profundidad se
ha consumado la abolición de la propiedad privada de los principales medios
de producción. Pues, en efecto, el nuevo ordenamiento social arduamente con-
quistado en esos países, después del período de transición «muy provechoso
moralmente» que preveía Engels en 18913 y que sirvió de bandera para impor-
tantes contingentes revolucionarios hasta los años cincuenta del presente siglo,
no parece constituir ya un ejemplo a seguir en las condiciones actuales teniendo
3
Friedrich Engels, Introducción al folleto de Karl Marx, Trabajo asalariado y capital, edición castellana por
Equipo Editorial, San Sebastián, 1968, p. 20.
131
Francisco Fernández Buey
Ese volver a las fuentes clásicas del socialismo, saltando en muchos casos por
encima de la distinción hecha ya tradicional entre un «socialismo utópico» y un
«socialismo científico», no es siempre consciente y suele ocurrir que en su plas-
mación teórica se mezclen elementos programáticos procedentes de diversas co-
rrientes del socialismo premarxista propiamente dicho. Es una vuelta a los
orígenes que por la desintegración que representa en cuanto a la afirmación de
un cuerpo teórico de conducta unitario recuerda el radicalismo voluntarista y en
ocasiones místico con que las órdenes religiosas en los albores de la edad mo-
derna exigían la recuperación de los principios del cristianismo primitivo. Tampoco
es casualidad, por lo demás, que a ese movimiento generalizado se sumen tam-
bién las comunidades cristianas arraigadas en la base del llamado «pueblo de
dios» y vuelvan a reivindicar ese regreso recogiendo y mezclando, también ellas,
elementos que no proceden propiamente de la tradición cristiana y con los cuales
tratan de dar cuenta a su manera de fenómenos sociales que, ya sea por la cre-
ciente internacionalización de las fuerzas productivas y el consiguiente predominio
4
Nota de edición: el autor, como su amigo y compañero Manuel Sacristán, fueron fuertemente críticos de la in-
vasión de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia en 1968. Hay textos inéditos del autor al respecto de-
positados en la Biblioteca Central de la UPF.
5
Aunque los proyectos de alternativa global y la primacía dada a la inspiración teórica de esos distintos funda-
mentos históricos varía considerablemente según la procedencia política de sus defensores, e incluso de
acuerdo con las particulares tradiciones revolucionarias de cada país, el núcleo argumentativo enraizado en
las tres observaciones citadas ofrece escasas diferencias.
6
Nota de edición: para su crítica al cientificismo, Francisco Fernández Buey, Contribución a la crítica del mar-
xismo cientificista. Una aproximación a la obra de Galvano della Volpe, PPU, Barcelona, 1984 (su tesis doc-
toral) y La ilusión del método. Ideas para un racionalismo bien temperado, Crítica, Barcelona, 1991.
7
Nota de edición: véase Francisco Fernández Buey, «Situacionistas y mayo francés del sesentayocho», en
Por una Universidad democrática, op. cit., pp. 73-92.
133
Francisco Fernández Buey
8
Nota de edición: Fernández Buey fue uno de los primeros autores marxistas-comunistas atentos y sensibles
a los informes del Club de Roma y a las problemáticas ecologistas. Pocos años después, junto a Manuel Sa-
cristán, Antoni Domènech, Víctor Ríos, Eduard Rodríguez Farré y otros amigos, formaría parte del CANC (Co-
mité Antinuclear de Cataluña).
9
Véase por ejemplo los datos que proporciona al respecto Dominique Desanti, Les socialistes de l’utopie, París,
1970 (trad. cast. con el título de Los socialistas utópicos, Anagrama, Barcelona, 1973).
ticos entre nosotros,10 no todos los que lucharon en las barricadas de París en
aquellas fechas se han convertido en honorables padres de familia burguesa cuya
única función actual consistiría en verse negados por los hijos que engendraron
material o espiritualmente.11 Si es cierto que la revolución, cuando fracasa, des-
truye algunos más de sus hijos que la cifra que se podrá conceder para que fuese
verdad la conocida máxima al respecto, que el «espíritu del 68» alienta hoy en
gran parte de los documentos de la izquierda revolucionaria europea y no solo –
ni quizá principalmente, porque el trasvase de ideas, actitudes y tácticas entre
los elementos revolucionarios suele ser muy fluido– en los de aquellos que fueron
protagonistas principales de los acontecimientos.
En cualquier caso, esta corriente ha sabido asumir una doble lección: la lección
histórica que nos habla del fracaso de los intentos de construcción de una comu-
nidad socialista a partir de los falansterios,12 fracaso que era ya patente en 1848
y que no muchos años más tarde quedaría definitivamente superado por la activi-
dad de la I Internacional; y la lección derivada de la experiencia personal de los
integrantes de esta corriente en el enfrentamiento con los diversos aparatos –bá-
sicos y sobrestructurales– del Estado capitalista, lección esta última que trata de
la necesidad de la organización y de la creación de los instrumentos adecuados
para hacer frente a aquellos. Fourier es, pues, para estos, sobre todo, el crítico
de la civilización burguesa en un momento en que parece que todo tenga que ini-
ciarse de nuevo, y particularmente la crítica misma de la sociedad actual; y es
también el profeta del trabajo agradable que, sin embargo, esperaba ingenua-
mente alcanzar esa meta sin transformación revolucionaria ni abolición de la pro-
piedad privada de los medios de producción.
135
Francisco Fernández Buey
senta la consciencia ingenua para la cual es posible evolucionar a partir del ejem-
plo, a partir de la creación de pequeñas comunidades ejemplares, predominante-
mente agrícolas, que –en los casos más optimistas– llevarían en sí el germen de
la nueva sociedad global a extenderse por todo el mundo, hoy en manos del au-
toritarismo y la represión, o –en los casos más pesimistas– serían formas de libe-
ración individual, familiar o de reducidos grupos convencidos de la imposibilidad
de ir más allá. Estos últimos, faltos del casi insultante optimismo del propio Fourier
con respecto a la sociedad del futuro parecen pensar que las consciencias no
están todavía lo suficientemente maduras para el cambio y que, por tanto, es más
saludable optar por una alternativa individualista, sí, pero agradable, frente a la
realidad también individualista pero groseramente competitiva y alienantemente
deformadora que ofrece el mundo actual. Constituyen, en suma, la minoría del “sí,
pero”, de la pequeña burguesía urbana tradicional.
Finalmente, una tercera corriente del fourierismo actual –sin duda la más pródiga
en publicaciones por su vinculación al negocio editorial basado en alimentar las
modas del momento– parece haberse desprendido alegremente de las tres cuar-
tas partes de la obra de Fourier para poner en primer plano, como elemento central
de la misma, la crítica del filósofo de Besançon al carácter hipócrita y deformador
de las relaciones sexuales en la civilización (= sociedad burguesa). Factor deter-
minante para la aparición y florecimiento de esta última corriente ha sido el des-
cubrimiento y publicación en 1967 por Simone Debout de un texto inédito de
13
Véase con esta misma edición, pp. 77-78, 104 y 138.
14
Nota de edición: Dominique Desanti, 1970, op. cit., trad. cast., pp. 9-11 (Los hippies en favor de Fourier).
[Véase Francisco Fernández Buey, «La filosofía de la paz en la historia», Francisco Fernández Buey, Jordi
Mir Garcia y Enric Prat (eds.), Filosofía de la paz, Icaria, Barcelona, 2010, pp. 9-34].
Por lo que hace a los textos de los clásicos del marxismo con respecto a Fourier
y concretamente sobre la concepción fourierista del amor, la simple lectura de los
15
Charles Fourier, «Le nouveau monde amoureux», en La theorie des quatre mouvements, Pauvert, París,
1967 (edición al cuidado de Simone Debout. Ruedo Ibérico anuncia su traducción al castellano).
16
Friedrich Engels, Anti-Dühring (trad. cast. de Manuel Sacristán), Grijalbo, México, 1964, p. 256.
137
Francisco Fernández Buey
mismos debería haber evitado el que se eligiera como caballo de batalla para el
ataque a la razón dialéctica un vehículo tan endeble. En efecto, ya en La ideología
alemana, polemizando en torno a Fourier con K. Grün –uno de los «socialistas
verdaderos»–, Engels denunciaba la «facilidad» con que Grün podía criticar el
modo como Fourier trata el tema del amor «aplicando a su crítica de las relaciones
amorosas actuales el rasero de las fantasías en que Fourier se representa la con-
cepción del amor libre», porque, como buen filisteo alemán, eso es lo único que
Grün puede tomarse en serio de la obra de Fourier. En esa denuncia, unas líneas
más adelante, el propio Engels explicitaba ya la crítica a una interpretación de
Fourier que no tenga en cuenta el conjunto de su obra, que pierda el sentido so-
cialista de la crítica de la civilización y que olvide la relación existente entre la
transformación de la producción, es decir, de las relaciones sociales de producción
y la abolición de las formas esclavizadoras de las relaciones sexuales en la socie-
dad burguesa:
Por lo demás, a propósito del amor revela el señor Grün cuán poco ha aprendido de
la crítica de Fourier, como auténtico literato de la joven Alemania. A su modo de ver,
es indiferente que se parta de la abolición del matrimonio o de la abolición de la pro-
piedad privada, ya que lo uno llevará consigo necesariamente lo otro. Pero empe-
ñarse en partir de otra abolición del matrimonio que no sea la que ya hoy se da
prácticamente en el seno de la sociedad burguesa, es dejarse llevar de la fantasía
puramente literaria. En Fourier, de haberlo estudiado, habría visto que el punto de
partida es siempre la transformación de la producción.17
ción especializada de los trabajos agrícolas como condiciones para poner fin a los
males sociales y establecer las verdaderas liberales. Ahora bien, una cosa es la
primacía temporal, el punto de partida de la transformación de las relaciones so-
ciales y otra el criterio, el principio general, por el que hay que medir el progreso
principalmente en esa fase intermedia anterior a la armonía. También en este
punto Charles Fourier es suficientemente explícito:
El cambio producido en una época histórica puede siempre determinarse por el pro-
greso de la mujer hacia la libertad, porque en ninguna parte es más evidente la vic-
toria de la naturaleza humana sobre la brutalidad que en la relación de la mujer con
el hombre, del débil con el fuerte. El grado de emancipación femenina es la medida
natural de la emancipación general.18
[…] Aún mejor es su [de Fourier] crítica del ordenamiento burgués de las relaciones
entre los sexos y de la posición de la mujer en la sociedad burguesa. Él [Fourier] ha
sido el primero en decir que en cualquier sociedad el grado de emancipación de la
mujer es el criterio natural de la emancipación general19
18
Charles Fourier, Théorie des quatre mouvements, en Oeuvres Complètes, I., p. 195, citado por G. Lichtheim
en Los orígenes del socialismo, Anagrama, Barcelona, 1970.
19
Friedrich Engels, Anti-Dühring, op. cit., pp. 256.
139
Francisco Fernández Buey
Tal vez es casualidad, por lo demás, que la extrema derecha del fourierismo actual
empeñada en empequeñecer el contenido social de la obra de Fourier desde po-
siciones metafísicamente globalizadoras de la atracción apasionada y de los de-
rechos de la sinrazón en la historia21 coincida formalmente con la socialdemocracia
20
Karl Marx y Friedrich Engels, La Ideología Alemana, op. cit., pp. 53-54.
21
De la sobrevaloración por Simone Debout del inédito de Fourier sobre el nuevo mundo amoroso participan la
casi totalidad de los últimos trabajos sobre Fourier publicados en castellano, así como las antologías recientes.
La insistencia de Dominique Desanti (véase obra citada) en la importancia del «nuevo mundo amoroso» y en
la ocultación del texto por «los pudibundos discípulos de Fourier» es casi obsesiva y, desde luego, tediosa-
mente repetitiva (véase pp. 9, 179, 190, 197, 236-37, 267, 270, etc., de la ed. cast. citada); por el contrario,
a las ideas sociales de Fourier se dedican apenas cuatro páginas (de un libro de 424); por lo demás, la rei-
vindicación del «predominio de la sinrazón en la historia» lleva a la autora a afirmaciones del tipo siguiente:
«No obstante, aun cuando [Marx] intentó arrebatarles [a los socialistas utópicos] de sus discípulos, adoptó
muchos de sus puntos de vista» (p. 6); o “La vasta, minuciosa y omnicomprensiva trama del marxismo... lo
sofoca todo» (p. 7). Ese es también, en líneas generales, el punto de vista adoptado por Eduardo Subirats y
Menene Gras en el prólogo a la selección de textos de Charles Fourier publicado por Taurus, Madrid, 1973,
con el título La armonía pasional del nuevo mundo. En este caso, la reivindicación de la sinrazón en la historia
y la afirmación de la «ruptura libidinal del proceso histórico» permite a los autores llegar a conclusiones ta-
jantes como la siguiente: «Marx desterró la crítica de la civilización de Fourier a la esfera de la utopía, de las
esperanzas piadosas, pero irrealizables, no sólo porque ignorara el ardid de la razón, sino peor aún, porque
proclamara el derecho de la sinrazón a la historia» (op. cit., p. 12). Lo cierto es que tanto Marx como (parti-
cularmente) Engels apreciaron de manera muy positiva la obra de Fourier; prueba de ello, como veremos
más adelante, son las páginas dedicadas al socialismo crítico-utópico en el Manifiesto. Pero ya antes de
1847-1848 son numerosos los pasajes de las obras de Marx y Engels en los que se citan elogiosamente de-
terminados aspectos de la doctrina fourierista. A título de ejemplo, pueden verse los siguientes pasos: 1. Ideo-
logía Alemana, op. cit., pp. 497 (defensa de Fourier contra Stirner), 553-554 (acerca del «espíritu realmente
poético» que anima el sistema de Fourier), 619 («la parte crítica de la obra de Fourier es la más importante
de todas»), 622 («las manifestaciones de Fourier acerca de la educación... son, con mucho, lo mejor que
existe en su género y en ellas se contienen las observaciones más geniales»), 623 («la formidable concepción
que de los hombres se forma Fourier...»). 2. Carta de Engels a Marx con fecha 7 de marzo de 1845: «Aquí
tenemos la intención de traducir a Fourier y en general, si es posible, publicar una Biblioteca de los excelentes
escritores socialistas extranjeros. Fourier sería el mejor para empezar...”. (subrayado mío, FFB); diez días
más tarde, en otra carta a Marx (17 marzo 1845), Engels insiste en la importancia de traducir a Fourier al ale-
mán en nombre de «la eficacia práctica» y empezando «por aquellos textos que están más próximos a nues-
tros principios... en definitiva, las mejores cosas de Fourier, de Owen, de los saintsimonianos, etc.». Por su
parte, K. Marx escribe a Pawel Wassilievich Annenkow con fecha 28 de diciembre de 1846: «...Pero ¿no se
está haciendo el señor Proudhon unas ilusiones notables cuando contrapone su sentimentalismo pequeño-
burgués -me refiero a sus letanías sobre la vida doméstica, el amor conyugal y todas esas trivialidades- al
sentimentalismo socialista, el cual –por ejemplo en el caso de Fourier– es mucho más profundo que las pre-
tenciosas vulgaridades de nuestro buen Proudhon?».
Después de 1848 el Marx maduro alude explícitamente a Charles Fourier en diferentes momentos y particu-
larmente en los Grundrisse (para poner de manifiesto el carácter ingenuo de la concepción fourierista del
«travail attractif» como mera diversión; pero también para resaltar el mérito de Fourier por «haber pronunciado
la abolición no ya de la distribución, sino del mismo modo de producción en forma superior»); en la carta a
Pero antes de entrar en esa cuestión tiene particular interés contestar a una pre-
gunta que puede brotan muy espontáneamente: ¿por qué en este momento de
recuperación del socialismo premarxista se insiste particularmente en la vuelta a
Charles Fourier y no en la vuelta a Cabet o a Owen? Para alguna de las tendencias
del fourierismo actual la respuesta a esta pregunta es obvia: por el interés formal
de la obra de Fourier desde el punto de vista lingüístico, o bien porque algunos de
Ludwig Kugelmann del 9 de octubre de 1866 (donde, nuevamente criticando a Proudhon, se ve en el sistema
fourierista «el barrunto y la expresión fantásticas de un mundo nuevo»); el El Capital, I (para recoger la crítica
de Fourier a la explotación de las mujeres y los niños durante el proceso de acumulación de capital, o para
resaltar la calificación fourierista de las fábricas como «presidios atenuados»); y en la Historia crítica de las
teorías sobre la plusvalía (utilizando la frase de Fourier «amis du commerce» al analizar la teoría del precio
de coste elaborada por Smith). En esos años –y hasta 1884– el interés de Engels por Fourier parece haberse
acentuado a juzgar por distintos pasajes del Anti-Dühring en los que se habla de la agudeza y profundidad
de la crítica fourierista de la situación social existente (op. cit., p. 256), de la importancia de Fourier como sa-
tírico, «uno de los más grandes de todos los tiempos» (ibidem), de su «crítica del ordenamiento burgués de
las relaciones entre los sexos» (ibidem), del descubrimiento por Fourier del «círculo vicioso» del modo de
producción capitalista (op. cit., p. 271), de la descripción fourierista de la primera crisis de sobreproducción
(op. cit., p. 273) o de la importancia de la reducción de la jornada de trabajo para que éste «recupere el atrac-
tivo perdido por la división» (op. cit., p. 290). De la importancia concedida por Engels a la obra de Fourier dan
fe igualmente varios textos de 1884, sobre todo la nota final al Origen de la familia, la propiedad privada y el
estado: «Tuve intención de valerme de la brillante crítica de la civilización que se encuentra esparcida en las
obras de Charles Fourier, para compararla con la de Morgan y con la mía propia. Por desgracia no he tenido
tiempo para eso. Haré notar sencillamente que Fourier consideraba ya la monogamia y la propiedad territorial
como las instituciones características de la civilización, a la cual llama una guerra de los ricos contra los po-
bres. También se encuentra ya en él esta idea profunda de que en todas las sociedades defectuosas y llenas
de antagonismos, las «familias incoherentes» son las unidades económicas» (trad. cast. de J.L.P., Equipo Referentes
Editorial, San Sebastián, 1968, p. 169). En relación con el mismo tema, Engels escribía el 26 de abril de 1884
a Karl Kautsky: «He aquí otro punto capital: tengo que mostrar lo genialmente que Fourier se ha anticipado
en tantas cosas a Morgan. Gracias a Morgan aparece finalmente la crítica de la civilización por Fourier en
toda su genialidad». Característico –y significativo– del aprecio de Engels por la obra de Fourier (y de los
utópicos en general) es el siguiente esquema de estudios para iniciarse en la economía y el socialismo, pro-
puesto en carta a Heinrich von Vollmar de fecha 13 de agosto de 1884: «En estas circunstancias [de dominio
burgués en la enseñanza de la economía] no soy capaz de apreciar ninguna diferencia decisiva entre las va-
rias universidades. La mayor parte de la educación se tendrá que hacer mediante un aplicado estudio propio
de la economía clásica, desde los fisiócratas y Smith hasta Ricardo y su escuela, así como de los utópicos
Saint-Simon, Fourier y Owen, y, finalmente, de Marx, sin dejar de aplicar constantemente el juicio propio...».
En cuanto a la concepción fourierista de la historia y la pretendida «ruptura libidinal» incompatible, según el
fourierismo de moda, con el marxismo, véase F. Engels, Anti-Dühring, [Link]., pp. 256-257): «Pero lo más
grande de Fourier es su concepción de la historia de la sociedad. Fourier maneja la dialéctica con la misma
maestría que su contemporáneo Hegel». (Debo a Manuel Sacristán buena parte de la información acerca de
las opiniones de Marx y Engels sobre Fourier, así como la traducción de los pasajes relativos de Fourier en
la correspondencia de aquéllos con terceras personas).
22
Esta coincidencia es más que formal en algunas corrientes del freudomarxismo contemporáneo.
141
Francisco Fernández Buey
Desde una perspectiva más general que la de esas tendencias y que se enfrente
con el conjunto de la obra de Fourier sin perder su principal aspecto social, la res-
puesta a la pregunta ¿por qué Fourier, y no Owen o Cabet? puede articularse en
varios apartados.
En primer lugar, porque por encima del detallismo fantasioso acerca de los metros
cuadrados que debe ocupar un falansterio o por debajo de los interminables cálcu-
los matemáticos para «cuadrar» todos los complicados aspectos de las casi infinitas
fases de evolución o involución de la sociedad, late en Fourier, efectivamente, un
espíritu poético que diferencia su sistema de los sistemas de Owen y de Cabet, los
cuales «carecen de toda fantasía y sólo revelan un cálculo comercial o el apego
jurídico-taimado a las ideas de la clase a la que se trataba de modelar».24 Un es-
píritu poético que es al mismo tiempo un afilado espíritu crítico.
Y aquí reside la segunda razón –la más importante– del interés actual de Fourier.
En efecto, la crítica de las diferentes fases por las cuales ha pasado la «civiliza-
ción» se presenta unas veces pretenciosamente como generalización al campo
de las ideas sociales de las leyes newtonianas sobre el movimiento físico, otras
veces como jactancioso invento del autor que habría encontrado el mágico modo
de abrir los ojos de la consciencia de la humanidad civilizada, otras como irónica
plasmación de los designios ignorados de la divinidad, plasmación mediante la
cual Fourier se escandaliza de que la falta de sentido común no haya hecho po-
sible hasta entonces conocer las líneas centrales de la marcha de la historia.
23
George Lichtheim, [Link]., p. 36. Las escasas páginas dedicadas por Lichtheim a Fourier (36-44 de la traduc-
ción castellana de Carlos Piera) constituyen un condensado ejemplo de documentación y buena interpreta-
ción. Interesante es, además, la sugerencia de Lichtheim sobre el romanticismo de Fourier.
24
Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, [Link]., p. 53.
Pero lo importante es que siempre hay en ella, en la sátira social fourierista del
mundo civilizado, apuntes, observaciones o previsiones que habrían de ser reco-
gidos y radicalmente afirmados por el pensamiento socialista posterior, tanto desde
el punto de vista historiográfico como desde el punto de vista de la «anatomía de
la sociedad» presente. Así, la dilucidación del papel desempeñado por la explota-
ción colonial en la formación del moderno mecanismo comercial que está en la
base de la acumulación originaria capitalista:
Las colonias heterózonas [en una zona diferente de la metrópoli] constituyen el germen
de la política comercial. Dado que ocasionan monopolios lucrativos, el país que los
posee puede fundar su superioridad, no en el éxito de las armas, sino en la influencia
de una riqueza colonial con la que se compran las naciones pobres y belicosas.
En efecto, Charles Fourier supo captar tal vez como ningún otro de sus contem-
poráneos las contradicciones –el «círculo vicioso» para decirlo con su propias pa-
25
Nota de edición:Charles Fourier, El extravío de la razón, p. 99, véase comparativamente, Karl Marx y Friedrich
Engels, Manifiesto del Partido Comunista, edición castellana de Grijalbo, México, 1970 [El autor escribió un
prólogo, «Para leer el Manifiesto Comunista», fechado en marzo de 1977, para la reedición del clásico mar-
xiano por El Viejo Topo en 2007]; para la importancia de los mercados coloniales, pp. 23-24. para la repercusión
de los mismos en relaciones sociales, p. 26; para la «conversión del vicio en sistema razonado», pp. 25 y ss.
143
Francisco Fernández Buey
labras– de la evolución civilizatoria movida por el industrialismo; supo ver las qui-
meras cientificistas ocultas en el desarrollo de la industria maquinista, la confusión
o la anarquía reinantes en la producción capitalista, como elemento central expli-
cativo de las crisis de sobreproducción o “crisis pletóricas”. Frente a las sedicentes
ciencias acráticas de la época, tendentes a la sobrevaloración de las consecuen-
cias positivas del progreso comercial e industrial y a la injustificada afirmación del
carácter permanente de ese sistema, Fourier opone la agudeza de la crítica que
sabe observar cómo la pobreza surge de la misma abundancia, cómo en los paí-
ses más industrializados del momento la miseria y el hambre de las masas asala-
riadas coexiste con el lujo y el enriquecimiento de las minorías, cómo por ese
mismo proceso el trabajo de los asalariados se va haciendo no solo más repulsivo
sino incluso más difícil de encontrar, y sin embargo, cómo, precisamente por ello,
por ese círculo vicioso inherente a la industria parcelada o civilizada, se están
creando al mismo tiempo las condiciones para su superación, para el tránsito a
una situación en la que los derechos de los trabajadores estén garantizados real-
mente, el trabajo resulte atrayente y la vida comunitaria rompa el individualismo y
el vicio como sistema establecido.26
26
Véase el desarrollo de esos apuntes en Ch. Fourier, Le Nouveau Monde industriel et sociètaire, incluido en
el t. VI de las Oeuvres Completes.
27
El extravío de la razón, p. 54.
Sin duda, una argumentación de ese tipo basada en el influjo exclusivo de la vo-
luntad tiene mucho que ver con la inexistencia, en el momento histórico en que se
formula, de un movimiento generalizado en favor del proyecto social mismo, con
la inexistencia, en definitiva, de una clase obrera con consciencia de tal y organi-
zada; el contrargumento que utiliza Fourier para convencer a los escépticos es al-
tamente significativo al respecto:
si nos faltaran treinta años para organizar la armonía universal, ¿cuál sería el hombre
maduro que se iba a complacer en procurarla? Cada cual, temiendo no llegar a ese lí-
mite, rehusaría trabajar para sus herederos sin la certidumbre del disfrute personal...28
Tales son los términos con que se introduce en la obra de Fourier un problema
que es básico para todo proyecto de transformación social: la importancia del ele- Referentes
mento subjetivo para la consecución real del cambio, es decir, la función que tiene
en ello el grado de identificación del sujeto que ha de operar el cambio social con
los objetivos. No es casualidad que precisamente la acentuación del elemento
subjetivo en el proyecto de cambio revolucionario se produzca siempre histórica-
mente cuando los movimientos comienzan o en momentos en que las dificultades
objetivas para la realización de dicho cambio son más patentes. En efecto, en épo-
cas posteriores a Fourier y particularmente después de la primera Internacional,
la acentuación de la importancia del elemento subjetivo, de la significación con-
28
Ibidem
145
Francisco Fernández Buey
29
La diferencia de acento con que Lenin aborda antes y después de la revolución de 1905 la importancia de la
toma de consciencia socialdemócrata (= comunista) por parte del proletariado industrial ruso y el papel de la
influencia de la teoría en la misma, puede ser un ejemplo –entre otros– significativo de la acentuación de la
subjetividad en los programas durante los momentos caracterizados por el surgimiento de un movimiento o
la relativa estabilización de las contraposiciones sociales..
30
El extravío de la razón, p. 55.
nero humano» o, más exactamente, los afectados humanos que habrán tenido
noticia del fracaso de los mejores propósitos pueden dejar de imaginar que existe
un estado social mejor que esas sociedades intermedias? Ese elemento intelec-
tualista de la crítica de la civilización existente y el consiguiente menosprecio de
la consciencia de las masas que habrán de ser el sujeto de la transformación de
la civilización es, muy probablemente, uno de los aspectos atrayentes que, cons-
ciente o inconscientemente, encuentra en Fourier el fourierismo contemporáneo
salido de los estratos intelectuales de nueva formación en el actual capitalismo
monopolista de Estado.31 Pero tampoco es el único: la crítica del industrialismo y
de las alienaciones que este lleva consigo, en un momento en el que el «progreso»
tecnológico lo invade todo y rompe los últimos «velos del sentimentalismo», no
podía dejar de hacer atrayente –incluso para el pensamiento socialista que duda
ya de si el problema se reduce a una liberación de la técnica de su forma y utili-
zación capitalistas– una cierta vuelta rousseauniana a la naturaleza, matizada en
el sentido fourierista de dar primacía esencial a la agricultura comunal sobre la in-
dustria. Ante todo, si se tiene en cuenta que, de la misma manera que los hoy par-
tidarios de una vuelta radical a la naturaleza inician esta con algunos productos
(por ejemplo, musicológicos) de la técnica contemporánea, tampoco Charles Fou-
rier rechazaba todos y cada uno de los inventos técnicos del industrialismo.
Seguramente la crítica del industrialismo por Fourier –crítica que pone de mani-
fiesto el carácter «odioso» del trabajo en la fase de la civilización por la insuficien-
cia del salario, la inquietud ante su falta, la injusticia de los amos de los medios de
producción, la larga duración y la uniformidad de las funciones del trabajo
mismo–32 así como la matizada vuelta a una agricultura básica donde la tradicional
división entre trabajo manual y trabajo intelectual habrá desaparecido para dejar
paso a la globalidad del trabajo atrayente verdaderamente humano, explican por Referentes
qué todavía hoy una parte importante del pensamiento socialista sigue prefiriendo
a Fourier sobre Cabet y Owen.33
31
Nota de edición: el concepto fue muy usado en aquellos años: capitalismo monopolista de Estado hacía re-
ferencia a sociedades capitalistas con fuerte predominio de grandes oligopolios y con presencia del Estado
en sectores estratégicos o “deficitarios” de la economía, al servicio de esas corporaciones.
32
Véase Charles Fourier, Textes choisis (selección al cuidado de Felix Armand), Editions Sociales, París, 1953.
La crítica del trabajo en la civilización aquí recogida procede del Livret d’annonce du nouveau monde industriel,
publicado por Fourier en 1830 (en p. 40 de la selección de Armand citada).
33
Nota de edición: al final del coloquio de una conferencia de principios de 1980 sobre «¿Por qué faltan eco-
nomistas en el movimiento ecologista?», encuentro que contó con la presencia del autor, Manuel Sacristán
señalaba: «En cambio, de los socialistas utópicos mi actitud ahora no sé hasta qué punto puede interesar...
Pero ya que estoy lo digo claro: Fourier me interesa muchísimo; Saint Simon, poquísimo, algo pero poco;
Owen, poco también; Cabet y los menores, casi nada. Babeuf, bastante». Véase Manuel Sacristán y Francisco
Fernández Buey, Barbarie y resistencias, op cit., p. 121.
147
Francisco Fernández Buey
¿Que legalice la existencia de una escuela donde van seiscientos jóvenes y hombres
del pueblo a instruirse? No en mis días. Aquí no necesitamos hombres que piensen
sino bueyes que trabajen.35
34
Véase Textes choisis, op. cit., p. 151 (trad. cast. de ese pasaje en Charles Fourier, La armonía pasional del
nuevo mundo, op. cit., p. 173).
35
El relato de las vicisitudes del proyecto de Cervera y la contestación de Bravo Murillo están en Fernando Ga-
rrido, Historia de las clases trabajadoras, Zero, S.A, Madrid, 1971, t. IV, p. 127.
Por eso –y porque, como hemos tenido ocasión de ver, no siempre se está sufi-
cientemente en claro sobre el nexo entre los proyectos socialistas anteriores y
posteriores a 1848– parece conveniente dilucidar, para terminar, las líneas gene-
rales de lo que el pensamiento socialista predominante a partir de la I Internacional
entiende por «tránsito de la utopía a la ciencia» y, más concretamente, la relación
«socialismo utópico/ socialismo científico»; tal como la expusieron en primer lugar
K. Marx y F. Engels en el Manifiesto Comunista. Este tema se aborda en la III parte
del Manifiesto, en su apartado 3 que lleva por título «El socialismo y el comunismo
críticos-utópicos». Inmediatamente antes, los autores han ido analizando sucesi-
vamente las corrientes socialistas propiamente modernas, consideradas bajo los
epígrafes «El socialismo reaccionario» (apartado 1) y «El socialismo conservador
o burgués» (apartado 2). Dentro del «socialismo reaccionario» incluyen el llamado
socialismo feudal cuyos representantes, salidos de la aristocracia que está per-
diendo su hegemonía, «enarbolan un mísero zurrón de proletario» con el fin de Referentes
atraer al pueblo al mismo tiempo que «toman parte en todas las medidas represi-
vas contra la clase obrera» y marchan unidos con el socialismo cristiano de la
época, el cual –en expresión de Marx y Engels– no es más que el «agua bendita
con que el clérigo consagra el despecho de la aristocracia»; el llamado socialismo
pequeño burgués, que después de analizar, en alguna de sus versiones, «con
36
Esa confianza utópica en la posibilidad de transformación de la sociedad sin proceso revolucionario, mediante
la pacífica asunción del proyecto ideal de sociedad futura por elementos destacados de la clase social en el
poder, es una constante de toda la obra de Fourier y también, desde luego, una de las causas del fracaso
de las distintas experiencias falansterianas que se hicieron en Francia entre 1830 y 1850. El mismo espíritu
inspira al fourierista español Manuel Sagrario de Veloy en su exposición de 1Š41 dirigida a la Diputación Pro-
vincial de Cádiz pidiendo permiso y apoyo para la creación de un falansterio en Tempul. Véase Antonio Elorza,
Socialismo utópico español, Alianza Editorial, Madrid, 1970, pp. 61-64.
149
Francisco Fernández Buey
La misma expresión utilizada en ese texto para definir los sistemas de Fourier,
Owen y Cabet, «socialismo y comunismo crítico-utópicos» (no solo utópicos) es
ya reveladora de esas diferencias de tono. Pero suele pensarse que, en esa for-
mulación, con el adjetivo “crítico” Marx y Engels están señalando el aspecto posi-
37
Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto..., op. cit., p. 59.
38
Para la positiva valoración de Sismondi –y de la corriente socialista pequeño-burguesa por él representada–,
véase Manifiesto... op. cit., pp. 53-54: «Este socialismo analizó con mucha sagacidad las contradicciones in-
herentes a las modernas relaciones de producción. Puso al desnudo las hipócritas apologías de los econo-
mistas. Demostró de una manera irrefutable los efectos destructores del maquinismo y de la división del
trabajo...». La sugerencia sobre la valoración de Sismondi por Marx y Engels se la debo a Manuel Sacristán.
39
Véase Manifiesto..., op. cit., p. 62.
40
La acusación de «utópicos» –entre otras– dirigidas a los socialistas y reformistas sociales en general del pri-
mer tercio del siglo XIX procedía frecuentemente de la derecha política, de los ideólogos de la clase domi-
nante con los que ellos solían polemizar.
151
Francisco Fernández Buey
gonismo entre las clases sociales, sus autores «solo conocen las primeras formas
indistintas y confusas» de ese antagonismo que, en el momento histórico preciso
en que se formulan tales declaraciones, están todavía empezando a perfilarse.
Desde este punto de vista del análisis histórico de la utopía pueden decir justa-
mente los autores del Manifiesto que la importancia del socialismo y del comu-
nismo critico-utópicos «está en razón inversa al desarrollo histórico»: la
maduración de la contradicción entre producción social y apropiación privada ca-
pitalista con la consiguiente agudización de la lucha de clases y, por tanto, con la
maduración también de las condiciones para la emancipación del proletariado y
la realización de los principios afirmados, convierte la mera repetición de la utopía
(de esa concreta utopía que tiene su lugar histórico en los comienzos el siglo XIX)
en fantasía sin más, «sin posible justificación teórica»; los aspectos revolucionarios
de aquella utopía se tornan reaccionarios, lo que era imaginación ingeniosa se
hace sueño infundado que huye de la realidad, lo que era afirmación de futuro se
convierte en simple construcción de castillos en el aire.41 Así, pues, es el mismo
discurrir de la historia concreta de los hombres, de las relaciones sociales de pro-
ducción, de la contraposición entre las clases sociales, lo que está en la base de
la degeneración de la utopía en mera fantasía. Y, a la inversa, la claridad con que
empiezan a manifestarse las contraposiciones sociales, el descubrimiento y aná-
lisis de la contradicción estructural que fundamenta esas contraposiciones, el paso
de la lúcida crítica de la «civilización» a la explicación crítica de ese concreto modo
histórico de producción que es el modo de producción capitalista en el occidente
europeo, la iluminación de su secreto funcionamiento es lo que hace posible –en
un momento histórico determinado también– la formulación del programa político
41
Véase Manifiesto..., op. cit., pp. 62-63, en las que se caracteriza la posición de las sectas formadas por los
discípulos de Fourier, Owen y Cabet.
del proletariado para llegar a la realización de las tesis positivas o principios ge-
nerales que deben regir en la sociedad futura (la abolición del beneficio privado y
del trabajo asalariado, la desaparición de la contraposición ciudad-campo, la su-
peración de la división capitalista del trabajo, etc.).
El mismo proceso histórico, por tanto, que convierte la repetición los innumerables
detalles con los cuales se caracterizaba la sociedad futura en mera fantasía es la
base del tránsito de la utopía a la ciencia; un tránsito en el cual la precisión de los
conceptos caracterizadores de la sociedad presente no solo ocupa lugar anterior-
mente ocupado por el discurso acerca de los metros cuadrados y la distribución
de las galerías del esperado falansterio socialista, sino que constituye el funda-
mento de la plausibilidad de la toma de consciencia de los sujetos interesados en
la transformación social; un tránsito también en el cual el lugar ocupado antes por
la afirmación voluntarista de la proximidad del cambio como elemento movilizador
de unos hombres que «si tuvieran que esperar treinta años» –según argumenta
Fourier– no se moverían, lo ocupa ahora la argumentación acerca de la organiza-
ción del proletariado como clase y acerca de los elementos, instrumentos e insti-
tuciones necesarios para aproximar el momento del cambio mismo en función del
análisis concreto de la situación concreta.
No es ninguna casualidad, por tanto, que algunos años después la publicación del
Manifiesto, precisamente en polémica con una de las degeneraciones cientificistas
y positivistas de esa ciencia social superadora de la utopía, el maduro Engels de
153
Francisco Fernández Buey
Si esas afirmaciones hay que tomarlas como enseñanza histórica, como una guía
teórica para la práctica (guía vinculada siempre al momento histórico y que debe
ser sometida, por tanto, a la contrastación con la realidad presente) en evitación de
que la historia del reformismo utópico se repita nuevamente, ahora como farsa, de
ellas se puede desprender al menos uno de los puntos de estudio para el pensa-
miento socialista actual: intentar dilucidar los elementos negativos y los elementos
positivos de los proyectos utópicos proclamados durante estos últimos años, par-
tiendo del análisis de las transformaciones ocurridas en las formaciones económico-
sociales capitalistas en un momento en que se perfila y toma cuerpo un «mecanismo
único»45 resultante de la progresiva fusión de los monopolios y el Estado.
42
Nota de edición: esa acentuación llega en Engels a la evidente exageración de poner a Fourier al mismo
nivel que a Hegel «en el manejo de la dialéctica» (Anti-Diihring, [Link]., pp. 256-257). La exageración se ex-
plica seguramente por la punta polémica frente a los que consideraban a Fourier «un alquimista social» y
por el deseo de Engels de aclarar el «núcleo racional» de la utopía, como sugiere V. Gerratana en una in-
vestigación reciente, Ricerche di storia del marxismo, Riuniti, Roma, 1972, pp. 141-142 [Investigaciones
sobre la historia del marxismo, Grijalbo-Hipótesis, Barcelona, 1975, traducción de Francisco Fernández Buey].
Para la positiva valoración de Fourier por Marx y Engels después e 1848, véase la nota 25.
43
Nota de edición: entre los numerosos trabajos del autor dedicados a la vida y obra de Gramsci, cabe citar
aquí Francisco Fernández Buey, Leyendo a Gramsci, El Viejo Topo, Mataró, 2001 (existe versión inglesa,
Reading Gramsci, publicada por Brill en 2015) y la edición y presentación, con traducción de Esther Benítez,
de Antonio Gramsci, Cartas desde la cárcel, Madrid, Veintisiete Letras, 2010.
44
Véase Antonio Gramsci, Antología (selección, traducción y notas de Manuel Sacristán), Siglo XXI, México,
1970, pp. 49-50.
45
La expresión «mecanismo único» para definir la actual fase del capitalismo monopolista de Estado es utilizada
por el economista italiano Luciano Barca.
Así, pues, el análisis de las complejas –y de importantes resonancias para la pra- Referentes
xis– mediaciones entre la incidencia generalizada del factor «intelectual» en el
ámbito de la fuerza de trabajo y su correlato sociopolítico en las sociedades capi-
talistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial aparece como una perspectiva
desde la que tal vez sea posible poner de manifiesto las limitaciones individualistas
y meramente especulativas de buena parte de los actuales intentos de recupera-
ción de Fourier, señalar las líneas centrales del tránsito de la utopía a la ciencia
46
Nota de edición: Uno de los puntos en que incidía el Manifiesto por una Universidad Democrática, leído por
el autor durante la jornada de formación en 1966 del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad
de Barcelona, del que fue uno de sus líderes/representantes más destacados. Sobre este punto, Salvador
López Arnal (ed.), Universidad y Democracia. Lucha estudiantil contra el franquismo, El Viejo Topo, Vilassar
de Dalt, 2017.
155
Francisco Fernández Buey
condiciones agroambientales mediterrá- nían efectos a una escala local, con la in-
neas, experimentó en el siglo XX un fuerte dustrialización agraria estos efectos se
proceso de intensificación basado en el han globalizado.
uso de insumos externos. Este proceso
comenzó en el primer tercio del siglo XX, Es cierto que el actual modelo de creci-
cuando la agricultura española inició un miento agrario ha sido capaz de sostener
incipiente proceso de integración en los la alimentación de una población cre-
mercados internacionales. Pero se ace- ciente con menos trabajo, pero las herra-
leró especialmente durante la fase de in- mientas tecnológicas que lo han hecho
corporación de España a la Comunidad posible han incidido negativamente sobre
Económica Europea, en la cual la agricul- las posibilidades de reproducción de los
tura española fue obligada a especiali- agroecosistemas.
zarse en aquellos productos con mayor
demanda o interés para la Unión Europea En conclusión, este libro se hace de im-
(aceite de oliva, frutas y hortalizas), aban- prescindible lectura para hacerse con una
donando las tierras “menos” productivas no frecuente panorámica de la evolución
(generalmente tierras de cultivo de grano del sector agrario español desde una
dedicadas al uso de piensos y pastizales), perspectiva crítica, que se hace eco de
mientras que las importaciones de pien- toda la complejidad y multidimensionali-
sos de alto contenido proteico se dispara- dad de la evolución agraria del país.
ron. Estos cambios han modificado
profundamente la cantidad y calidad de Monica Di Donato
los flujos de energía y materiales de la Miembro de FUHEM Ecosocial
agricultura española y, en consecuencia,
han alterado el estado de los elementos
que la sustentan.
Finalmente, los autores subrayan que los Wells nos presenta el sombrío panorama
efectos negativos sobre los elementos que puede depararnos el futuro si no re-
constituyentes del agroecosistema no se accionamos ante la emergencia climática.
circunscriben solo al territorio español, El periodista neoyorquino y editor adjunto
sino que son parcialmente exportados. de la revista New York Magazine, espe-
Así, si en el modelo de agricultura tradi- cializado en la divulgación científica y,
cional los efectos de un mal manejo te- más concretamente, en el ámbito del
159
cambio climático, procura abrirnos los conflictos bélicos), las realimentaciones
ojos frente al inminente porvenir que de estas cascadas ocurren paralelamente
puede culminar en un planeta inhóspito. en el tiempo. Pese a que Wallace-Wells
Pero llama la atención la traducción de nos presente previsiones de los efectos
uninhabitable (no habitable, en el título del de realimentación, la incertidumbre la
original inglés), vertido como inhóspito sitúa en la velocidad del cambio, más que
(poco acogedor, en la edición española). en su magnitud.
Una manera de interpretar esta opción
sería creer en un desplazamiento desde El origen de las cascadas podría redu-
una perspectiva antropocéntrica a otra cirse a un aumento acelerado de la tem-
más más ecocéntrica (entendiendo que, peratura promedio global. Su causa,
aunque no sea el caso de los seres hu- principalmente, son los gases de efecto
manos, muchas otras especies sobrevivi- invernadero (GEI), resultado de décadas
rán). Mas quizá se trate, simplemente, de de consumo desmesurado a raíz de una
que nos resulta difícil mirar la dura reali- industrialización beneficiada por la quema
dad de frente y preferimos dulcificarla: de combustibles fósiles.
justo lo contrario de la actitud que de-
fiende el autor en esta obra. La consecuencia más obvia de este ca-
lentamiento es la “muerte por calor” (p.
Wallace-Wells ha construido su libro a 53). En un mundo recalentado, el clima,
partir de un número ingente de papers y especialmente las olas de calor, se torna-
textos científicos sobre la crisis climática, ría extremo hasta llegar incluso a causar
logrando una puesta al día muy valiosa muertes por estrés térmico. Muchas ciu-
para el público general. Cabe hacer énfa- dades se volverían casi inhabitables por
sis en una de las ideas clave: El planeta el calor (un efecto intensificado por la den-
sobrevivirá por muy terriblemente que lo sidad poblacional y por las infraestructu-
envenenemos (p. 252). El autor reitera ras urbanas que lo atrapan en “islas de
numerosas veces su tesis principal: No es calor”). Asimismo, este calentamiento in-
una pregunta para las ciencias naturales, crementaría el riesgo de incendios fores-
sino para las ciencias humanas (p. 57). Es tales. En estos casos la vegetación
decir, nos encontramos ante una doble perdería gran parte de la capacidad de
capa de incertidumbre respecto a lo que absorción de CO2 y no solo no lo absor-
nos depara el futuro: la primera concierne bería sino que, al quemarse, lo liberaría.
a los desequilibrios biofísicos que induci- Esto reforzaría el incremento de tempera-
mos en el sistema Tierra, mientras que la tura. Otro ejemplo de realimentaciones:
segunda, más decisiva, corresponde a la más cenizas procedentes de los incen-
humanidad y a su respuesta. dios (p. 85) se depositarían sobre el Ár-
tico, ennegreciendo los hielos, que
En la primera mitad del libro, se muestra pasarían a absorber más calor de los
cómo el cambio climático se ve plasmado rayos del Sol, derritiéndose. Se incremen-
en una sucesión de “cascadas”, es decir, taría el deshielo del permafrost ártico, que
fenómenos climáticos realimentados contiene enormes cantidades de metano;
entre ellos que están alterando y alterarán si estas se liberaran, aumentaría drástica-
drásticamente el mundo que conocemos. mente la cantidad de GEI en la atmósfera.
Desde los fenómenos más conocidos Así se incrementaría aún más el deshielo
(como la subida de las temperaturas) y por ende la subida del nivel del mar, au-
hasta los menos considerados (como los gurando un futuro “ahogamiento” (p. 74)
de los litorales y engendrando un gran nú- de smog (fenómeno acentuado por la falta
mero de refugiados climáticos. A la vez, de ventilación natural procedente de co-
con una menor superficie de hielo, menor rrientes de aire frío del Ártico).
sería el efecto albedo (falta de reflexión
de los rayos solares), lo cual volvería a re- Con todo esto y mucho más, Wallace-
forzar el calentamiento (podríamos bro- Wells advierte que aunque formen parte
mear con humor negro: “¡son las de la naturaleza, estos son “desastres ya
realimentaciones, estúpido!”). En este no naturales” (p. 94). Adicionalmente, im-
caso, sería el océano el que asimilaría el plicarían unas reparaciones costosas y, a
calor, perdiendo capacidad de absorción medio plazo, un “colapso económico” (p.
de CO2 y exceso térmico. Se produciría 133) sería inevitable. En este marco glo-
un desajuste de las corrientes marinas, balizado y devastado por desastres climá-
que mantienen las estaciones y modulan ticos, con crecientes tensiones que se
la temperatura global. Por ello, se dese- intensifican por el calentamiento, el
quilibrarían muchos climas regionales y mundo se vería sumido en un gran “con-
locales, las temperaturas se extremarían flicto climático” (p. 143). Esta situación
y los océanos se acidificarían. Así se pro- empeoraría la distribución de los ya esca-
duciría una anoxificación de sus aguas, sos recursos, generando una gran crisis
transformándolos en “océanos moribun- de refugiados que huirían de sus países
dos” (p. 110), eliminando mucha vida ma- hundidos, quemados, hambrientos, se-
rina y forzando a los peces a adaptarse a dientos, secos, irrespirables…
las nuevas temperaturas cambiando sus
hábitos y rutas. Por la misma causa, se El tercer apartado de la obra se titula “ca-
deberían resituar los cultivos, creando leidoscopio climático” (p. 161), e ilustra la
considerables impactos en la cadena ali- visión que tiene la sociedad sobre la emer-
mentaria y en la economía. En este caso, gencia medioambiental y la complejidad
la “hambruna” (p. 64) sería la principal de explicar, reconocer y actuar ante el
consecuencia, pues el desplazamiento de cambio climático. Primeramente, Wallace-
los cultivos dificultaría mantener los ren- Wells esboza una crítica al sistema neoli-
dimientos y se llegaría a producir deserti- beral imperante que ha causado el
ficación de los territorios antiguamente avanzado estado del cambio climático y
cultivables. Además, el calentamiento, que paradójicamente se presenta como
junto con la contaminación, también ex- posible salvador del mismo. El autor pre-
tendería la aparición de bacterias y otros senta los diversos engaños del neolibera-
microorganismos en el agua potable; lo lismo, siendo el principal de ellos la
cual, junto con las sequías, agravaría la promesa de crecimiento económico. Una
“falta de agua” (p. 102), multiplicando las fraudulenta expectativa de crecimiento in-
crisis agrícolas. Estas bacterias en expan- finito de la que realmente solo se han be-
sión, junto con insectos portadores de neficiado unos pocos durante los decenios
virus, traerían enfermedades nunca antes últimos. Esto da como resultado un sis-
Lecturas
161
los países y regiones con menor PIB, que tener dos posibles textos: o bien los des-
son los menores contribuyentes a la emi- prestigiados con el término “alarmistas”
sión de GEI, son los que padecerán más (demasiado explícitos) o bien “reduccio-
los efectos del cambio climático. nistas (que no retratan la amenaza real),
por lo que ni unos ni otros se consideran
Esta engañosa promesa de crecimiento legítimos. Esta falta de entendimiento se
lleva a la fantasía del progreso: una per- ve plasmada en las mencionadas “pará-
cepción histórica según la cual los seres bolas climáticas”, entendidas como herra-
humanos estamos destinados a progresar mientas de aprendizaje erróneas que
constantemente. De este modo, se cree- exageran las consecuencias irrelevantes
ría en la posibilidad de superar el cambio del cambio climático alienándonos de las
climático sin excesiva dificultad, haciendo preocupantes. Son ejemplos tanto la in-
caso omiso a las advertencias del calen- quietud por el reino de las abejas como
tamiento y sin tener que hacer nada que por el plástico, siendo estas como una
alterase seriamente el statu quo. Una so- “exposición taxidérmica” de la que no
lución más desconcertante surge de la aprendemos nada.
confianza ciega en la sabiduría del mer-
cado, llegando a considerar el aumento ¿Y si estuviéramos equivocados? (p. 245)
de liberalización como salvación frente al A fin de ilustrar el profundo nihilismo en el
cambio climático. Así pues, Wallace-Wells que hemos caído, esta pregunta tan bá-
observa la incapacidad del neoliberalismo sica y aparentemente inofensiva da inicio
de reconocer sus propias deficiencias. a la última parte de la obra. David Wa-
En este contexto aparece una nueva eco- llace-Wells, quien ha evitado cualquier
nomía moral con “filantrocapitalismo”, que dogmatismo científico y reconocido en
busca obtener beneficios tanto económi- todo momento sus limitaciones, da cuenta
cos como humanos de manera que los del perjuicio ocasionado: no solamente se
beneficiados de esta economía neoliberal ha transformando el calentamiento global
puedan apuntalar su propio estatus. En en una crisis ecológico-social monumen-
esta línea, por ejemplo, se le pide a un tal, sino que se ha puesto en riesgo la le-
ciudadano promedio que ante la “ansie- gitimidad y la validez de la ciencia. Al
dad ecológica” practique un consumo res- mismo tiempo, es esta parte la que puede
ponsable, como si dentro del orden ser interpretada como guía para la acción
neoliberal se pudiese dar un cambio futura puesto que ilustra y contesta algu-
usando nuestra libertad de consumo. nas preguntas comunes:
Ahora bien, el autor indica que comer ali-
mentos ecológicos es bueno, pero si ¿Cómo debemos afrontar toda esta infor-
nuestro objetivo es salvar el clima, el voto mación? Alejándose de las atacadas po-
es mucho más importante (p. 211). siciones fatalistas, el autor sugiere
enfrentarnos a las evidencias que advier-
En esta tercera parte no solo encontra- ten la desaparición inminente del mundo
mos críticas al sistema neoliberal sino que que conocemos mediante la acción, de-
también se reprocha la reticencia cientí- fendiendo que las perspectivas sombrías
fica (los resultados de la investigación se nos estimulen en lugar de que nos inmo-
atenúan, para evitar ataques o la posibili- vilicen. Es en estas últimas páginas
dad de desprestigio académico) que da donde defiende que, desde una visión
lugar, entre otras cosas, a las parábolas acorde con el “principio antrópico” (p.
climáticas. Como resultado se suelen ob- 243), el clima del futuro es la acción hu-
mana, no unos sistemas fuera de nuestro De todas formas, el autor pretende con-
control. (p. 246). Pero ¿no ha sido el an- cienciarnos de que el futuro se encuentra
tropocentrismo, con su falsa pretensión en nuestras manos. Ahora bien, ¿es esto
de dominio sobre la naturaleza, el que nos así? Nos encontramos ante una evidente
ha hecho acabar en la situación de emer- falta de cuerpos políticos a través de los
gencia actual porque dificulta la toma de cuales emprender esa anhelada acción
conciencia sobre ella? conjunta, necesaria para frenar la emer-
gencia en la que nos encontramos. Situa-
¿Quién debe empezar a actuar? Nos de- ción provocada tanto por la falta de
fine como una civilización que se atrapa a incentivos para tomar medidas (presión
sí misma en un suicidio (p. 249), pero en social) como por la contrafuerza de inte-
vez de asignar la tarea a las generaciones reses económicos neoliberales que alejan
futuras, a sueños de tecnologías mágicas, la política del interés común. Por esto nos
a políticos remotos […] todos debemos preguntamos: ¿es un problema de la po-
compartir la responsabilidad para evitar lítica o de concienciación individual?
compartir el sufrimiento (p. 246). Ahora Un posible punto de confluencia sería la
bien, ¿cómo debería ser esta acción? Se- desobediencia civil colectiva ya que, aun-
guramente pecando de optimismo, Wa- que Wallace-Wells no la menciona en su
llace-Wells se centra en la acción a gran libro, en ella converge tanto la acción
escala, considerando que puede ser com- coordinada como la toma de conciencia
plementada con la individual. Más espe- individual, en búsqueda de romper con el
cíficamente, aboga por un impuesto al statu quo que prioriza la perpetuación
carbono, acabar con la energía sucia, dar neoliberal frente al futuro del planeta.
un nuevo enfoque a las prácticas agríco-
las, eliminar la carne y la leche de vaca de Meritxell Balada, Paula Estrada y
la dieta global, y fomentar la inversión pú- Joan Freixa
blica en energía verde y captura de car- Universidad Autónoma de Madrid
bono. De todas formas, él mismo observa
en la pág. 58 que tenemos las herramien-
tas para acabar con la pobreza mundial
pero no lo hacemos… ¿Qué nos puede
hacer pensar entonces que con el cambio LA MÁQUINA ES TU AMO Y
climático sí que vamos a actuar?
SEÑOR
En pleno Antropoceno, Wallace-Wells nos Jenny Chan Tang, Xu Lizhi, Li Fei y
destapa de forma franca nuestro espeluz- Zhang Xiaoqio
nante porvenir. Actualmente seguimos Virus Editorial, Barcelona, 2019
contaminando a gran escala y nos mos- 128 págs.
tramos como Homo compensator de
forma ambivalente: tanto desde el indivi- Son de sobra conocidos los efectos y las
Lecturas
dualismo, calmando nuestra conciencia tensiones que provocan las prácticas la-
moral a través de una acción individual borales de la organización productiva que
enmarcada en las anteriormente nombra- caracteriza las cadenas globales de pro-
das parábolas; como desde una supuesta ducción sobre el trabajo y la vida de las
acción colectiva (comenzando por el voto) personas cuyo trabajo se desarrolla en
que parece prescindir de la implicación ellas. En la amalgama de experiencias
particular. que encontramos, el caso de Foxconn
163
puede considerarse como uno de los más trabajo que caracterizan buena parte «de
representativos y dramáticos a escala los regímenes laborales desarrollados por
mundial, lo que justifica particularmente el las cadenas de producción y suministro
interés de esta obra. globalizadas de las industrias exportado-
ras chinas» (p.19). Y no únicamente en
En la cadena global de proveedores que China se reconocen las prácticas descri-
opera en China, esta multinacional de ca- tas en este libro, sino que estas son cada
pital taiwanés es la mayor empresa del vez más comunes en la cotidianidad labo-
sector privado y de las principales contra- ral de contextos mucho más próximos
tistas del país, al contar con una plantilla (por ejemplo, en España, la producción en
de alrededor de 1,4 millones de trabaja- cadena tradicional o su adaptación actual
dores. Esta corporación se ha expandido por módulos de la industria del automóvil
y localizado, como otras muchas, aprove- presenta ciertas similitudes). Prácticas de-
chando unas políticas favorables para sarrolladas por estas grandes empresas
atraer fases del proceso productivo al de suministros que nutren a otros eslabo-
menor coste posible. Las mayores facili- nes productivos, no sin sus correspon-
dades en el caso de Foxconn se registran dientes y negativas consecuencias.
en materia fiscal, en el bajo coste del
suelo y en las rebajas en el precio del Esto ha llevado a las personas empleadas
agua, que se hicieron extensibles para a referirse a ellas mismas como «escla-
esta y otras empresas electrónicas emer- vos electrónicos» cuando recuerdan la ex-
gentes en la economía china. periencia vivida en Foxconn. Así lo
describe el testimonio anónimo de una de
Conocida en el entorno empresarial por las supervivientes, Tian Yu, quien durante
sus éxitos corporativos y señalada como años estuvo sumida, en cuerpo y alma, al
el culmen de actividad exportadora en ritmo de trabajo establecido por las má-
China, Foxconn invadió los espacios me- quinas de la ciudad-fabril de Shenzhen.
diáticos internacionales en 2010 a raíz de La experiencia de Yu sirve de hilo conduc-
los dramáticos acontecimientos sucedi- tor a la socióloga y militante Jenny Chan
dos en sus instalaciones. La oleada de para retratar el día a día de estas perso-
suicidios registrados durante el primer se- nas esclavas y desprovistas de cualquier
mestre de ese año en la cuidad de Shenz- garantía de futuro. Un relato descarnado
hen, donde se localizaba la empresa, de cómo «El proceso de automatización
convirtieron este territorio en la máxima y de la producción simplifica las tareas de
más dramática expresión del control y trabajadoras y trabajadores, que ya no tie-
precarización que promueven los méto- nen ningún tipo de función» (p.12) [que no
dos de organización del trabajo dentro de sea el de servir] «a las máquinas. Hemos
las cadenas de valor. Métodos que res- perdido el valor que nos corresponde
ponden a una organización taylorista de como seres humanos y nos hemos con-
la mano de obra llevada al extremo y que vertido en una extensión de las máquinas,
elimina, literalmente, la vida de aquellas su apéndice, sí, su esclavo» (p.13). En
personas sobre las que recae la exigencia paralelo, las vivencias de otros protago-
de los criterios de acumulación e intensi- nistas, como el joven Xu Lizhi, a través del
ficación del trabajo que caracterizan esta relato e incluso poesías, se suman a la
manera de producir. El eco mediático en historia de Yu, retratando la cruda realidad
torno a estas muertes permitió conocer que durante años vivieron las y los traba-
los métodos de organización y gestión del jadores de Foxconn.
Es posible pensar que existe una simple tro de las instalaciones de Foxconn
respuesta ante esa tortura, como puede (desde cómo colocar la silla de trabajo
ser marcharse y abandonar. Sin embargo, hasta registros de todo tipo a los trabaja-
los engranajes de este sistema “funcio- dores). Todo ello formaba parte de los
nan” porque los eslabones de la cadena métodos de gestión del personal que
son difíciles de soltar y fácilmente reem- operaban en Foxconn; métodos que pro-
plazables, tanto en esta como en otras mueven la sobreexplotación y el control
redes productivas a nivel global. Los tes- extremo de los tiempos de las y los tra-
timonios de las personas que trabajaron y bajadores, tanto dentro como fuera de la
vivieron en los centros de trabajo y resi- fábrica. Sus palabras ilustran las condi-
dencias de Foxconn son ejemplo de ello. ciones extremas en un espacio fabril en
Muchas de las empleadas en la fábrica el que se individualiza y enfrenta a los
son parte de la generación de “los niños obreros entre sí para cumplir con las in-
abandonados” que surgió en China a par- cesantes y excesivas demandas de pro-
tir de la década de los ochenta. Esta ge- ducción. Foxconn hacia rotar a la plantilla
neración fue consecuencia de la primera entre turnos de noche y día que interrum-
oleada migratoria hacia las zonas urbanas pían el descanso, debilitaban su capaci-
que asoló las zonas rurales del país y, por dad para establecer redes de apoyo
supuesto, no sería la única. El continuo social e impedían la socialización entre
deterioro que afectó desde entonces a las sus muros. Durante la jornada y fuera de
zonas rurales del país, y que se intensificó ella. Yu recordaba así su convivencia con
especialmente tras la adhesión a la Orga- otras trabajadoras: «Las reasignaciones
nización Mundial del Comercio (OMC) en aleatorias de habitación rompían las
2001, reorientó las políticas de Estado amistades, aumentando nuestro aisla-
hacia el desarrollo urbano y trajo consigo miento. Ninguna de mis compañeras de
desafíos sin precedentes para el vasto dormitorio era de Hubei» [de donde pro-
campesinado chino, el cual no encontraba cedía Yu, lo que, asimismo a su vez, por
en el campo las condiciones de subsisten- los dialectos locales distintos que existen
cia de periodos anteriores. El caso de Yu en China, impedía incluso su comunica-
muestra a la perfección las ataduras ma- ción y entendimiento] (p.44) Hechos que
teriales y emocionales que suponía perte- la llevaron hasta el límite de la desespe-
necer a la cadena. ración. El intento de suicidio, a sus 17
años, se produjo tras 37 días de contra-
Primero su migración desde el campo a tación en la empresa. Era su primer em-
la ciudad para ser contratada como parte pleo y, probablemente también será el
de la creciente mano de obra demandada último por las secuelas que le dejó este
por parte de la industria manufacturera suceso.
china en el sector de la electrónica para
la exportación. Luego, como empleada, Una historia que se repite. Las condicio-
quedando sujeta al cumplimiento de ob- nes descritas –y otras que recoge el libro-
Lecturas
165
cuestiones mencionadas. Por ello, el libro qué el suicidio era la única vía que encon-
guarda espacio y concluye el relato con un traron muchos de los protagonistas que
interesante análisis sobre el papel desem- repitieron los pasos de Yu.
peñado por el Gobierno y la organización
que “representa” a los trabajadores. As- Lucía Vicent
pectos que nos ayudan a comprender por Miembro de FUHEM Ecosocial
CUADERNO DE LIBROS
Se ha escrito ya bastante sobre las nece- Otro mérito es situar claramente la crisis
sarias transiciones socioecológicas ante socioecológica en el terreno de lo político,
la crisis estructural, pero hay pocos inten- que, como tal, es un terreno en disputa, y
tos de detallar tales transiciones o de ate- será donde se decidirá el sentido de las
rrizar los contenidos teóricos. Este libro, transiciones. Esa lucha política, por ur-
relativamente breve y de fácil lectura, es gente que sea, no es más sencilla. El te-
una de las escasas apuestas por trazar rreno de juego llega transformado por la
unas líneas maestras hacia una pro- ingeniería social neoliberal (p. 148) de las
puesta relativamente concreta. últimas décadas. Además, la emergencia
ecosocial tiene en su contra el hecho de
En ese espíritu pragmático, el libro –pro- que los cambios son muy graduales a es-
logado por Iñigo Errejón– se estructura en cala humana, aunque enormemente rápi-
10 capítulos, un epílogo y una recopila- dos a escala geológica, por lo que a los
humanos nos resulta difícil captar dicha ur- senta un punto de partida, una meta vo-
gencia. Y en tercer lugar, si las izquierdas lante preparatoria hacia una meta que de-
están tratando de construir una hoja de berá concretar cada sociedad de acuerdo
ruta, otros grupos también están en plena a sus condiciones y necesidades. El GND
articulación: la extrema derecha está ela- puede parecer demasiado modesto en lo
borando un discurso en clave ecológica de- ecológico, como reconocen sus autores
terminado por un “cerrojo excluyente” (p. (p. 164), pero contiene semillas para hacer
130), y las élites buscan preservar sus pri- transformaciones radicales y es un punto
vilegios retiradas en su torre de marfil. de partida en una dirección compartida por
Estas son las condiciones que demarcan el muchas personas.
terreno de juego, donde simultáneamente
debe disputarse el relato político –que En definitiva, nos encontramos ante la
apele a las mayorías– y avanzar progra- propuesta de un marco para buscar
mas ecosociales de transición. acuerdos operativos que permitan nave-
gar en la era de las catástrofes que ya te-
Es de agradecer que el libro abra opcio- nemos encima. Ello implicará “una
nes frente a determinismos de distinto mutación antropológica poscapitalista” (p.
signo, ya provengan de los discursos co- 228 y ss.) que habrá que ir conformando
lapsistas o de la confianza ciega en la tec- paso a paso.
nología como tabla de salvación.
Algunas limitaciones del libro: la primera FUHEM Ecosocial
es que deja fuera la cuestión del género,
tema que hubiera sido importante integrar,
especialmente cuando en el radar de las
desigualdades del cambio climático el gé-
nero es una de las dimensiones más im-
portantes. A su favor señalar que libro sí
menciona el ecofeminismo como uno de
los puntales para desarrollar una narrativa
potente capaz de enfrentar al relato neo-
liberal (p. 148). La segunda ausencia es
la geopolítica en relación al extractivismo,
una cuestión de amplio calado que los au-
tores renunciaron a abordar, conscientes
de la magnitud del problema.
turas encontradas. En este sentido, la pro- Ediciones del Genal, Málaga, 2020
puesta de los dos autores está inspirada 108 páginas
en el Green New Deal (GND) de los de-
mócratas estadounidenses más progresis-
tas, pero tiene sus propias características, «La vida, tanto humana como no humana,
detalladas en el capítulo 10. La propuesta existe por medio de fuertes vínculos o in-
no es cerrada, ni mucho menos; repre- terconexiones». Si nos vemos separados
167
y nos sentimos desconectados psicoló- naturaleza deja de ser algo ajeno y ex-
gica y espiritualmente de nuestra mutua terno a nosotros para convertirse –como
dependencia, no solo estaremos igno- reivindica la espiritualidad ecológica– en
rando cómo es el mundo sino también es- una fuerza interior: somos parte de la na-
taremos negando nuestra propia natura- turaleza y la naturaleza forma parte de no-
leza. Partiendo de que emoción y razón sotros.
son inseparables, y aprendiendo de lo
que cada día nos enseña la ecología Las relaciones se hacen más fuertes con
cuando constata el hecho de que la vida el lenguaje, pues posibilitan la transmisión
es una matriz –siempre compleja y diná- de la experiencia y la memoria. La autora,
mica– de flujos de relaciones entre sus que además de filósofa dedicada a la
componentes, la autora de este libro plan- ética ecológica, es también ecolingüista,
tea una posición alternativa entre los bio- se inventa algunos neologismos y con-
centristas y ecocentristas y sus opositores ceptos con la pretensión de ensanchar
antropocéntricos. Sugiere centrarnos más nuestra comprensión de las cosas. Uno
en las interconexiones y un poco menos de ellos es el que da título al libro: Flumi-
en los individuos aislados (que restan nismo, con el que desea expresar la fu-
valor a los ecosistemas) y en los ecosis- sión entre el sentimiento de respeto y de
temas (que reducen el valor del individuo). cuidado que nos merece la vida y la eco-
Adoptar esta perspectiva nos permite la logía. Este breve ensayo ayuda a profun-
trascendencia del ego (en aras de siste- dizar esa conciencia de vinculación e
mas más importantes) sin sacrificar las interrelación con la naturaleza.
vidas individuales. Al sentirnos integrados
en esa red de flujos interconectados, la FUHEM Ecosocial
Abstract: Although the present context has favored dystopia, it’s progressively felt that the deficit of utopias and the surplus of dystopias
are politically damaging. This article provides elements for debate and discussion in favor of the need for utopias.
Key words: Utopia, dystopia, technolatry
Resumen: A lo largo de esta reflexión nos preguntamos por el sentido de la obra Utopía, que Thomas More escribió en 1516. Una obra
extraordinaria que se presta a numerosas interpretaciones y que sigue siendo en nuestros tiempos fuente de inspiración política, social
e intelectual. La obra de More va mucho más allá de la primera impresión de obra ingeniosa, casi divertida, en ella se realiza una
profunda crítica a la Inglaterra del siglo XVI pero, y lo que es más importante, lleva a cabo una profunda reflexión sobre la mejor forma
de organización política y social que se pueda dar para proporcionar la felicidad de sus ciudadanos.
Palabras clave: Utopía, lugar feliz, sociedad justa, crítica.
Abstract: Throughout this reflection, we ponder the meaning of the work Utopia, that Thomas More wrote in 1516. It is an extraordinary
work that lends itself to many interpretations and that continues to be a source of political, social and intellectual inspiration in our times.
More’s work goes far beyond the first impression of an ingenious, almost amusing work, it is a harsh critique of sixteenth century England,
but more importantly, he carries out a deep reflection on the best form of political and social organization that can provide for the happiness
of its citizens.
Key words: Utopia, happy place, just society, critical analysis.
Abstract: Socialism and utopia have always been closely related in the search for new horizons that exceed the existing social order.
The challenges we face in our times can give rise to new utopias that guide our actions; but they can also lead to revisiting previous
ideals, as Luis Fernando Medina does in his latest book Socialismo, historia y utopi�a (Socialism, History and Utopia), which due to the
tradition of defending freedom, equality and solidarity, can mark a promising path.
Key words: Utopia; socialism; technologies; pandemic; wellbeing; sustainability
Resumen: Este artículo tiene el propósito de sintetizar las aportaciones de estos dos autores que se consideran sugerentes porque,
además de enjuiciar el pensamiento utópico en un contexto amplio, tienden a relacionarlo con ejercicios de prospectiva y con el empeño
de incidir con sus análisis y propuestas en las salidas que ofrece la actual crisis de civilización, inclinando la balanza en favor de la
“transición ecosocial” de la que ahora se habla.
Palabras clave: Utopía, cacotopía, eutopía, Geddes, Mumford, polis, megalópolis.
169
Resúmenes
Abstract: The article synthesizes the contributions of Geddes and Mumford to the utopian thought. Besides their interesting contributions
to judging utopian thought in a broad context, they tend to relate their proposals to prospective exercises, with the aim to relate them to
potential responses to the current crisis of civilization, tilting the balance in favor of the “ecosocial transition” which is now debated.
Key words: Utopia, Geddes, Mumford, polis, megalopolis.
Resumen: En el presente artículo, se tratará de evaluar los problemas que plantean hoy en día la ciencia y la tecnología a raíz de un
movimiento que se ha vuelto muy popular: el Transhumanismo. Se intentará arrojar un poco de luz sobre el debate en torno a él, y de
situar los argumentos tanto a favor como en contra para tratar de responder a una pregunta: ¿Cuáles son los mayores riesgos que con-
lleva hoy en día el desarrollo de la tecnociencia?
Palabras clave: Transhumanismo; Tecnociencia; Revolución Industrial; Riesgo; Utopía.
Abstract: In this article, the problems that science and technology pose today shall be evaluated, taking as the starting point a movement
that has become very popular: Transhumanism. An attempt will be made to shed a little light on the debate around it, and to present the ar-
guments both for and against to try to answer a question: What are the greatest risks that the development of technoscience entails today?
Key words: Transhumanism; Technoscience; Industrial Revolution; Risk; Utopia.
Abstract: The nuclear challenge is to find an answer to the storage of waste and to confront the large number of existing nuclear
weapons. Most worryingly, nuclear states are preparing new developments of nuclear weapons with less powerful warheads, with nuclear
powered engines and incorporating Artificial Intelligence, giving them more human autonomy, making the use of these weapons very
possible. The social and environmental challenge to eliminate all nuclear weapons.
Key words: Nuclear weapons, Artificial Intelligence, Anthropocene, geopolitics.
Abstract: Refugee flows have ignited the European political debate. This article analyzes how the number of asylum seekers does not
allow us to speak of a “refugee crisis” and maintains that the institutions and procedures of the European Union are insufficient to suc-
cessfully manage the entry of refugees and asylum claims. The text provides some radical suggestions for an EU-focused policy and
management of refugees and asylum seekers.
Key words: European Union, asylum and refuge policies, “refugees crises”, Dublin Agreeement
170
Steven Gorelick reúne e en esta publicación una
serie de reflexiones, respaldadas por numerosos
ejemplos y datos, que demuestran la gran
dependencia de las grandes empresas respecto
de subvenciones, ayudas y exenciones fiscales,
laborales y ambientales, sin las cuales las
megacorporaciones globales no serían
competitivas ni eficientes, y la peligrosa
destrucción social, económica y ambiental que
causan estas empresas.
Pautas generales
• Los textos publicados en la revista deberán ser originales, sin que hayan sido publicados con anterioridad en otra fuente.
• Agradecemos que a la entrega del texto el autor incluya su nombre y dos apellidos completos y el cargo que ocupa o título
universitario con el que desea aparecer en la firma del texto.
• Los artículos de la revista tienen una extensión en torno a las 3.500 palabras, sin sobrepasar las 4.000 palabras.
• El tono del texto debe ser divulgativo, no excesivamente especializado, sin que ello suponga restarle rigor y profundidad de
análisis.
• Al principio del texto se incluirá un breve párrafo a modo de resumen (en castellano y en inglés) que no debe superar las 5
líneas de extensión, además de en torno a cuatro palabras clave (también en ambos idiomas).
• Los párrafos irán separados por una línea de blanco.
• Los epígrafes se marcarán en negrita, y los subepígrafes en cursiva (ambos sin numerar).
Las subdivisiones del texto deberían limitarse exclusivamente a estos dos tipos anteriores.
• Los artículos no precisan de ir acompañados de bibliografía puesto que las referencias bibliográficas irán a pie de página
en forma de nota.
Pautas específicas
• Las siglas y acrónimos deben ser mencionados en su versión completa solo la primera vez que aparecen en el texto.
Ejemplo: Organización de Naciones Unidas (ONU). No deben llevar puntos entre las iniciales.
• Se usan las comillas latinas «»:
– Para encerrar una cita textual, así como una palabra o expresión atribuida a otra persona.
– Para encerrar los títulos de artículos de revista, capítulos de una obra u otros textos.
Se usan las comillas inglesas “”:
– Para dar a una palabra un sentido diferente del que tiene normalmente.
– Para referirse a una palabra o expresión cuya connotación no se comparte (lo que se denominó la “nueva economía”).
– Con sentido irónico o peyorativo (su laboriosidad es “envidiable”: se levanta a mediodía).
Se usan comillas simples (o semicomillas) ‘’: para entrecomillar una o más palabras dentro de una frase que ya está
entre comillas latinas e inglesas («.........“......‘....’.......”»).
• Se empleará cursivas: para indicar énfasis y para palabras extranjeras. No se utilizarán en ningún caso las negritas y subrayados.
• Citas
– Si tienen una extensión superior a los dos renglones, irán en párrafo aparte, en cuerpo menor, y con una línea de blanco
por arriba y por abajo. Entrecomilladas y correctamente identificadas en nota a pie de página.
– Si tienen una extensión de dos renglones irán dentro del texto,entre comillas «» y correctamente identificadas en nota a
pie de página.
• Notas
– Las notas irán a pie de página y numeradas correlativamente. La llamada dentro del texto irá siempre después del signo
de puntuación: Ej.: [...] la transformación del capitalismo.1
– Libros o informes
Maria Mies y Vandana Shiva, Ecofeminismo: teoría, crítica y perspectivas, Icaria, Barcelona, 2015, pp. 196-197.
– Capítulos de libros
Jorge Riechmann, «Para una teoría de la racionalidad ecológica» en Santiago Álvarez Cantalpiedra y Óscar Carpintero
(eds.), Economía ecológica: reflexiones y perspectivas, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2009.
– Artículos en revistas
Eduardo Gudynas, «Extractivismos: el concepto, sus expresiones y sus múltiples violencias», Papeles de relaciones
ecosociales y cambio global, núm. 143, 2018, pp. 61-70.
– Páginas web o artículos de prensa en línea
Douglas Rushkoff, «La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco», ctxt, 1 de agosto de 2018,
disponible en: [Link]
– Para una referencia utilizada con anterioridad, usar la fórmula:
Cristina Carrasco, op. cit. [Si se ha citado más de la misma autoría, añadir año de publicación].
– Si la referencia es citada en la nota inmediatamente anterior, usar Ibidem.
• Todos los textos serán editados una vez recibidos para adecuarlos a los criterios y formato de la revista. En caso de que ten-
gamos dudas nos pondremos en contacto con el autor para aclararlas.
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