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F 6

Este documento narra la historia de Muchachita, una mujer que es enviada por su familia a la casa de Arnaldo buscando refugio. Sin embargo, Arnaldo le dice que no hay lugar para ella y le da dinero para que regrese a Río. Más tarde, Muchachita llega a la casa de ladrillos rojos buscando a Arnaldo, donde conoce a la dueña de casa y a un niño rubio. La dueña duda de la historia de Muchachita y decide esperar a que llegue su esposo antes de decidir qué hacer con ella.

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Este documento narra la historia de Muchachita, una mujer que es enviada por su familia a la casa de Arnaldo buscando refugio. Sin embargo, Arnaldo le dice que no hay lugar para ella y le da dinero para que regrese a Río. Más tarde, Muchachita llega a la casa de ladrillos rojos buscando a Arnaldo, donde conoce a la dueña de casa y a un niño rubio. La dueña duda de la historia de Muchachita y decide esperar a que llegue su esposo antes de decidir qué hacer con ella.

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—Chocolate. podrían jamás ser desgraciados seres así?

—No. Mañana es domingo. Eran muy desgraciados. Se buscaban cansados, expectantes,


Una pequeña luz iluminó a Muchachita: ¿domingo?, ¿qué hacía forzando una continuación de la comprensión inicial y casual
en aquella casa en vísperas del domingo? Nunca sabría decirlo. que nunca se había repetido, y sin siquiera amarse. El ideal los
Pero bien que le gustaría hacerse cargo de aquel chico. Siempre sofocaba, el tiempo pasaba inútil, la urgencia los llamaba; no
le habían gustado los chicos rubios: todo chico rubio se parecía sabían hacia dónde caminaban, y el camino los llamaba. Uno
al Niño Jesús. ¿Qué hacía en aquella casa? La mandaban sin pedía mucho del otro, pero es que ambos tenían la misma ca-
motivo de un lado a otro, pero ella contaría todo, iban a ver. rencia, y jamás buscarían un compañero más viejo que les en-
Sonrió avergonzada: no contaría nada, porque lo que realmente señara, porque no eran locos como para entregarse sin más ni
quería era café. menos al mundo hecho.
La dueña de la casa gritó hacia adentro, y la sirvienta indiferente Un modo posible de salvarse aún sería lo que ellos nunca lla-
trajo un plato hondo, lleno de papilla oscura. Los gringos co- marían poesía. En verdad, ¿qué sería poesía, esa palabra inquie-
mían mucho por la mañana; eso Muchachita lo había visto en tante? ¿Sería encontrarse cuando, por coincidencia, cayese una
Marañón. La dueña de la casa, con su aire sin bromas, porque lluvia repentina sobre la ciudad? ¿O tal vez, mientras tomaban
el gringo en Petrópolis era tan serio como en Marañón, la due- un refresco, mirasen al mismo tiempo la cara de una mujer que
ña de la casa sacó una cucharada de queso blanco, lo trituró pasa por la calle? ¿O incluso se encontraran por casualidad en
con el tenedor y lo mezcló con la papilla. Para decir la verdad, la vieja noche de luna y viento? Pero ambos habían nacido con
porquería propia de gringo. Se puso entonces a comer, absorta, la palabra poesía ya publicada con la mayor impudicia en los
con el mismo aire de hastío que tienen los gringos de Marañón. suplementos dominicales de los diarios. Poesía era la palabra de
Muchachita la miraba. El perro mostraba los dientes a las pulgas. los más viejos. Y la desconfianza de ambos era enorme, como
Por fin, Arnaldo apareció en pleno sol, la vitrina brillando. No era de animales, en los que el instinto avisa: que un día serán caza-
rubio. Habló en voz baja con la mujer y, después de demorada dos. Ellos ya habían sido demasiado engañados como para po-
confabulación, le dijo firme y curioso a Muchachita: der ahora creer. Y, para cazarlos, habría sido necesaria una enor-
—No puede ser, aquí no hay lugar, no. Y como la vieja no protes- me cautela, mucho olfato y mucha labia, y un cariño aún más
taba y continuaba sonriendo, él habló más fuerte: cauteloso —un cariño que no los ofendiera— para, tomándolos
—No hay lugar, ¿entiendes? desprevenidos, poder capturarlos en la red. Y, con más cautela
Pero Muchachita continuaba sentada. Arnaldo ensayó un gesto. aún para no despertarlos, llevarlos astutamente al mundo de
Miró a las dos mujeres en la sala y vagamente sintió lo cómico los enviciados, al mundo ya creado; pues ése era el papel de los
del contraste. La esposa tensa y colorada. Y más adelante la vieja adultos y de los espías. De tan largamente engañados, vanidosos
marchita y oscura, con una sucesión de pieles secas colgadas en de la propia amargura, sentían repugnancia por las palabras, so-
los hombros. Ante la sonrisa maliciosa de la vieja, se impacientó: bre todo cuando una palabra —como poesía— era tan hábil que
—¡Y ahora estoy muy ocupado! Te doy dinero y tomas el tren para casi la expresaba, y ahí entonces es como justamente mostraba
Río, ¿eh? Vuelves a casa de mi madre, llegas y dices: la casa de qué poco expresaba. Ambos tenían, en verdad, repugnancia por
Arnaldo no es un asilo, ¿eh?, aquí no hay lugar. Diles así: la casa la mayoría de las palabras, lo que distaba de facilitarles una co-
de Arnaldo no es un asilo, ¿entiendes? municación, ya que ellos todavía no habían inventado palabras
Muchachita aceptó el dinero y se dirigió a la puerta. Cuando mejores: se desentendían constantemente, obstinados rivales.
Arnaldo ya se iba a sentar para comer, Muchachita reapareció: ¿Poesía?
—Gracias, Dios le ayude. ¡Oh, cómo la detestaban! Como si fuese sexo. También les pa-
En la calle, pensó de nuevo en María Rosa, Rafael, el marido. No recía que los otros querían cazarlos no para el sexo, sino para la
sentía la menor nostalgia. Pero se acordaba. Fue hacia la carrete- normalidad. Eran temerosos, científicos, exhaustos de experien-
cia. De la palabra experiencia, sí, hablaban sin pudor y sin expli- demasiado—. Mira, Muchachita, entras por aquel callejón y no
carla: incluso la expresión iba variando siempre de significado. tienes cómo equivocarte: en la casa de ladrillo rojo, preguntas
Experiencia a veces también se confundía con mensaje. Usaban por Arnaldo, mi hermano, ¿oyes? Arnaldo. Di que allá, en casa, no
ambas palabras sin profundizar mucho en su sentido. podías quedarte ya; di que la casa de Arnaldo tiene lugar y que
Por otra parte, no profundizaban nada, como si no hubiera tiem- tú hasta puedes vigilar un poco al chico, ¿eh?…
po, como si existiesen demasiadas cosas sobre las cuales inter- Muchachita bajó del automóvil, y durante un tiempo se quedó
cambiar ideas. No advertían que no intercambiaban ninguna aún de pie, pero como flotando atontada e inmóvil sobre rue-
idea. das. El viento fresco le soplaba la falda larga por entre las piernas.
Bueno, pero no era tan sólo eso, y ni así, con esa simplicidad. No Arnaldo no estaba. Muchachita entró en la salita donde la dueña
era tan sólo eso: en ese ínterin el tiempo iba pasando, confuso, de casa, con un trapo de limpiar anudado en la cabeza, tomaba
vasto, entrecortado, y el corazón del tiempo era el sobresalto y café. Un niño rubio —seguramente aquel que Muchachita debe-
existía aquel odio contra el mundo que nadie les diría que era ría vigilar— estaba sentado ante un plato de tomates y cebollas
amor desesperado y era piedad, y había en ellos la escéptica sa- y comía soñoliento, mientras las piernas blancas y pecosas se
biduría de viejos chinos, sabiduría que de pronto podía romper- balanceaban bajo la mesa. La alemana le llenó el plato de pa-
se denunciando dos rostros que se consternaban porque ellos pilla de avena, le puso en la mesa pan tostado con mantequilla.
no sabían cómo sentarse con naturalidad en una heladería: todo Las moscas zumbaban. Muchachita se sentía débil. Si bebiera
se rompía entonces, denunciando de repente a dos imposto- un poco de café caliente, tal vez se le pasara el frío del cuerpo.
res. El tiempo iba pasando, no se intercambiaba ninguna idea, La alemana la examinaba de vez en cuando en silencio: no ha-
y nunca, nunca se comprendían con la perfección de la prime- bía creído la historia de la recomendación de la cuñada, aunque
ra vez en que ella dijo que sentía angustia y, milagrosamente, «de allá» todo podía esperarse. Pero tal vez la vieja hubiera oído
él también había dicho que la sentía, y se había concertado el de alguien la dirección, incluso en un tranvía, por casualidad; eso
pacto horrible. Y nunca, nunca sucedía algo que rematara la ocurría a veces, bastaba abrir un diario y ver qué ocurría. Es que
ceguera con que extendían las manos y que los preparase para aquella historia no estaba nada bien contada, y la vieja tenía un
el destino que los esperaba impaciente, y los hiciera al fin decir aire avivado, ni siquiera escondía la sonrisa. Lo mejor sería no de-
adiós para siempre. Tal vez estuvieran tan preparados para sol- jarla sola en la salita, con el armario lleno de loza nueva.
tarse uno del otro como una gota de agua a punto de caer, y tan —Antes tengo que tomar el desayuno —le dijo—. Después de
sólo esperasen algo que simbolizara la plenitud de la angustia que mi marido llegue, veremos lo que se puede hacer.
para poderse separar. Tal vez, maduros como una gota de agua, Muchachita no entendió muy bien, porque la mujer hablaba
hubiesen provocado el acontecimiento del cual hablaré. como gringa. Pero entendió que debía continuar sentada. El olor
El vago acontecimiento en torno de la casa vieja sólo existió por- del café le daba ganas, y un vértigo que oscurecía la sala toda.
que ellos estaban preparados para eso. Se trataba tan sólo de Los labios ardían secos y el corazón latía independiente. Café,
una casa vieja y vacía. Pero ellos tenían una vida pobre y ansiosa, café, miraba sonriendo y lagrimeando. A sus pies el perro se
como si nunca fueran a envejecer, como si nada jamás les fuese mordía la pata, mostrando los dientes al gruñir. La sirvienta, tam-
a ocurrir, y entonces la casa se convirtió en un acontecimiento. bién medio gringa, alta, de cuello muy fino y senos grandes, trajo
Habían regresado de la última clase del periodo escolar. Habían un plato de queso blanco y blando. Sin una palabra, la madre
tomado el autobús, habían bajado, e iban caminando. Como aplastó bastante queso en el pan tostado y se acercó al hijo. El
siempre, caminaban entre rápidos y sueltos, y de repente, despa- chico comió todo y, con la barriga grande, tomó un palillo y se
cio, sin acertar jamás el paso, inquietos en cuanto a la presencia levantó:
del otro. Era un mal día para ambos, víspera de vacaciones. La —Mami, cien cruceiros.
última clase los dejaba sin futuro y sin amarras, cada uno des- —No, ¿para qué?
lante, la que de vez en cuando apoyaba la cabeza en el hombro preciando lo que en cada casa las familias de ambos les asegu-
del muchacho. Por cortesía, la vieja quiso responder, pero no raban como futuro y amor e incomprensión. Sin un día siguiente
pudo. Quiso sonreír, no lo consiguió. Los miró a todos, con ojos y sin amarras, estaban peor que nunca, mudos, de ojos abiertos.
lagrimeantes, lo que los otros ya sabían que no significaba llorar. Esa tarde la muchacha estaba con los dientes apretados, miran-
Algo en su rostro amenguó un poco la alegría de la chica de la do todo con rencor o ardor, como si buscara en el viento, en el
casa y le dio un aire obstinado. polvo y en la propia extrema pobreza de alma una provocación
El viaje fue muy lindo. más para la cólera.
Las chicas estaban contentas. Muchachita ya había vuelto ahora Y el muchacho, en aquella calle de la cual ni sabían el nombre,
a sonreír. Y, aunque el corazón latiese mucho, todo estaba mejor. el muchacho poco tenía del hombre de la Creación. El día esta-
Pasaron por un cementerio, pasaron por un almacén, árbol, dos ba pálido, y el chico más pálido todavía, involuntariamente mu-
mujeres, un soldado, gato, letras, todo engullido por la velocidad. chacho, al viento, obligado a vivir. Estaba, sin embargo, tierno e
Cuando Muchachita se despertó, no sabía más adonde estaba. indeciso, como si cualquier dolor sólo lo hiciera más joven toda-
La carretera ya había amanecido totalmente: era estrecha y pe- vía, al contrario de ella, que estaba agresiva. Informes como eran,
ligrosa. La boca de la vieja ardía, los pies y las manos se distan- todo les era posible, incluso a veces permutaban las cualidades:
ciaban helados del resto del cuerpo. Las chicas hablaban, la de ella se volvía como un hombre, y él con una dulzura casi despre-
adelante había apoyado la cabeza en el hombro del muchacho. ciable de mujer. Varias veces él casi se había despedido, pero,
Los paquetes se venían abajo constantemente. impreciso y vacío como estaba, no sabría qué hacer cuando vol-
Entonces la cabeza de Muchachita comenzó a trabajar. El mari- viese a casa, como si el fin de las clases hubiera cortado el último
do se le apareció con su abrigo —¡lo encontré, lo encontré!—, el eslabón. Continuó, pues, mudo detrás de ella, siguiéndola con la
abrigo estaba colgado todo el tiempo en el perchero. Se acordó docilidad del desamparo. Tan sólo un séptimo sentido de míni-
del nombre de la amiga de María Rosa, de la que vivía enfrente: ma atención al mundo lo mantenía, ligándolo en oscura prome-
Elvira, y la madre de Elvira, incluso estaba lisiada. Los sa al día siguiente. No, los dos no eran propiamente neuróticos
recuerdos casi le arrancaban una exclamación. Entonces movía y —a pesar de lo que pensaban uno del otro vengativamente
los labios despacio y decía por lo bajo algunas palabras. en los momentos de mal contenida hostilidad— parece que el
Las chicas hablaban: psicoanálisis no lo resolvería totalmente. O tal vez lo resolviese.
—¡Ah, gracias, un regalo de ésos no lo quiero! Era una de las calles que desembocan frente al cementerio de
Fue cuando Muchachita comenzó finalmente a no entender. San Juan Bautista, con polvo seco, piedras sueltas y negros para-
¿Qué hacía ella en el automóvil?, ¿cómo había conocido a su dos a la puerta de los bares.
marido y dónde?, ¿cómo es que la madre de María Rosa y Rafael, Los dos caminaban por la acera llena de agujeros que de tan
la propia madre, estaba en el automóvil con aquella gente? En- estrecha apenas cabían. Ella hizo un movimiento —él pensó que
seguida se acostumbró de nuevo. ella iba a atravesar la calle y dio un paso para seguirla—, ella se
El muchacho dijo a las hermanas: volvió sin saber de qué lado estaba él, él retrocedió buscándo-
—Me parece mejor que no paremos enfrente, para evitar proble- la. En aquel mínimo instante en que se buscaron inquietos, se
mas. Ella baja del auto, uno le muestra dónde es, se va sola y da dieron vuelta al mismo tiempo de espaldas a los autobuses, y se
el recado de que llega para quedarse. quedaron de pie frente a la casa, teniendo aún la búsqueda en
Una de las chicas de la casa se turbó: temía que el hermano, el rostro.
con una incomprensión típica de hombre, hablara demasiado Tal vez todo hubiese venido de que ellos estaban con la búsque-
delante de la novia. Ellos no visitaban jamás al hermano de Pe- da en el rostro. O tal vez del hecho de que la casa estuviera di-
trópolis, y mucho menos a la cuñada. rectamente apoyada en la acera y quedara tan «cerca». Apenas
—Y bueno —lo interrumpió a tiempo, antes de que él hablase tenían espacio para mirarla, apretados como estaban en la acera
estrecha, entre el movimiento amenazador de los autobuses y de conserje; iba a fiestas con abrigo, sin contar que no podría
la inmovilidad absolutamente serena de la casa. No, no era por haber ido al entierro del hijo y de la hija en mangas de camisa.
bombardeo; pero era una casa destruida, como diría un chico. La búsqueda del abrigo del marido cansó todavía más a la vieja
Era grande, ancha y alta como las casas de dos plantas del Río que suavemente daba vueltas en la cama. De pronto descubrió
antiguo. Una gran casa enraizada. que la cama era dura.
Con una indagación mucho más grande que la pregunta que —¡Qué cama tan dura! —dijo en voz muy alta en medio de la
tenían en el rostro, se habían vuelto incautelosamente[3] al mis- noche.
mo tiempo, y la casa estaba tan cerca como si, saliendo de la Es que se había sensibilizado totalmente. Partes del cuerpo de
nada, les fuese arrojada a los ojos como una súbita pared. Detrás las que no tenía conciencia desde hacía mucho tiempo recla-
de ellos los autobuses, a su frente la casa, no había manera de maban ahora su atención. Y de repente, pero ¡qué hambre furio-
cómo no estar allí. Si retrocedieran serían alcanzados por los au- sa! Alucinada, se levantó, desanudó el pequeño envoltorio, sacó
tobuses, si avanzasen chocarían con la monstruosa casa. Habían un pedazo de pan con mantequilla reseca que había guardado
sido capturados. secretamente hacía dos días. Comió el pan como una rata, ara-
La casa era alta y, de cerca, no podían mirarla sin tener que le- ñando hasta la sangre los lugares de la boca donde sólo había
vantar infantilmente la cabeza, lo que los hizo de pronto muy encía. Y con la comida, cada vez se reanimaba más. Consiguió,
pequeños y transformó la casa en mansión. Era como si jamás aunque fugazmente, tener la visión del marido despidiéndose
cosa alguna hubiera estado tan cerca de ellos. para ir al trabajo. Sólo después que el recuerdo se desvaneció,
La casa debía haber tenido algún color. Y cualquiera que fuese vio que se había olvidado de observar si él estaba o no en man-
el color primitivo de las ventanas, éstas eran ahora tan sólo vie- gas de camisa. Se acostó de nuevo, rascándose toda irritada.
jas y sólidas. Empequeñecidos, abrieron los ojos asombrados: la Pasó el resto de la noche en ese juego de ver por un instante y
casa era angustiada. después no conseguir ver más. De madrugada se durmió.
La casa era angustia y calma. Como ninguna palabra lo había Y por primera vez fue necesario despertarla. Todavía en la oscuri-
sido. Era una construcción que pesaba en el pecho de los dos jó- dad, la chica vino a llamarla, con pañuelo anudado en la cabeza
venes. Una casa de altos como quien lleva la mano a la garganta. y ya de maletín en la mano. Inesperadamente, Muchachita pidió
¿Quién?, ¿quién la había construido, levantando aquella fealdad unos instantes para peinar sus cabellos.
piedra sobre piedra, aquella catedral del miedo solidificado? ¿O Las manos trémulas aseguraban el peine roto. Se peinaba, se
fue el tiempo el que se había pegado en simples paredes y les peinaba. Nunca había sido mujer de ir a pasear sin antes peinar-
había dado aquel aire de estrangulamiento, aquel silencio de se bien los cabellos.
ahorcado tranquilo? La casa era fuerte como un boxeador sin Cuando por fin se acercó al automóvil, el muchacho y las chicas
cuello. Y tener la cabeza directamente ligada a los hombros era se sorprendieron con su aire alegre y con los pasos rápidos. «¡Tie-
la angustia. Miraron la casa como chicos delante de una escali- ne más salud que yo!», bromeó el muchacho. A la chica de la
nata. casa se le ocurrió: «Y yo que hasta tenía pena de ella».
Al fin ambos habían inesperadamente alcanzado la meta y es- Muchachita se sentó junto a la ventanilla del auto, un poco apre-
taban delante de la esfinge. Boquiabiertos, en la extrema unión tada por las dos hermanas acomodadas en el mismo asiento.
del miedo y del respeto y de la palidez, delante de aquella ver- Nada decía, sonreía. Pero cuando el automóvil dio el primer
dad. La desnuda angustia había dado un salto y se había colo- arranque, empujándola hacia atrás, sintió dolor en el pecho. No
cado frente a ellos: ni siquiera familiar, como la palabra que ellos era sólo de alegría, era un desgarramiento. El muchacho se dio
se habían acostumbrado a usar. Tan sólo una casa pesada, tosca, vuelta:
sin cuello; sólo aquella potencia antigua. —¡No se vaya a marear, abuela!
Yo soy finalmente la cosa que buscabais, dijo la casa enorme. Las chicas rieron, principalmente la que se había sentado ade-
Marañón, donde vivió siempre. Había llegado a Río no hacía mu- Y lo más divertido es que no tengo ningún secreto, dijo también
cho, con una señora muy buena que pretendía internarla en un la enorme casa.
asilo, pero después no pudo ser: la señora viajó para Minas y le La muchacha miraba, adormilada. En cuanto al muchacho, su
dio algún dinero a Muchachita para que se las arreglara en Río. séptimo sentido se había aferrado a la parte más interior de la
Y la vieja paseaba para ir conociendo la ciudad. Por otra parte, construcción y sentía en la punta del hilo un mínimo estremeci-
a una persona le bastaba sentarse en una banca de plaza y ya miento de respuesta. Apenas se movía, con miedo de espantar
veía Río de Janeiro. la propia atención. La muchacha se había anclado en el asom-
Su vida transcurría así sin problemas, cuando la familia de la bro, con miedo de salir de éste hacia el terror de un descubri-
casa de Botafogo se sorprendió un día de tenerla en casa des- miento. Apenas hablasen, y la casa se derrumbaría. El silencio de
de hacía tanto tiempo, le pareció que era demasiado. De algún ambos dejaba los dos pisos intactos. Pero si antes habían sido
modo tenían razón. Allí todos estaban muy ocupados; de vez en forzados a mirarlos, ahora, aunque les avisaran de que el camino
cuando surgían bodas, fiestas, noviazgos, visitas. Y cuando pasa- estaba libre para huir, se quedarían allí, apresados por la fascina-
ban atareados junto a la vieja, se quedaban sorprendidos como ción y por el horror. Mirando aquella cosa erguida tanto tiempo
si se les interrumpiera, abordados con una palmadita en el hom- antes de que ellos nacieran, aquella cosa secular y ya vacía de
bro: «Mira». Sobre todo, una de las muchachas de la casa sentía sentido, aquella cosa venida del pasado. Pero ¿y el futuro? ¡Oh,
un irritado malestar; la vieja le disgustaba sin motivo. Sobre todo Dios!, dadnos nuestro futuro. La casa sin ojos, con la potencia de
la sonrisa permanente, aunque la chica comprendiera que se un ciego. Y si tenía ojos, eran redondos ojos vacíos de estatua.
trataba de un rictus inofensivo. Tal vez por falta de tiempo, nadie ¡Oh, Dios!, no nos dejéis ser hijos de ese pasado vacío, entregad-
habló del asunto. Pero en cuanto alguien pensó en mandarla a nos al futuro. Ellos querían ser hijos. Pero no de ese endurecido
vivir a Petrópolis, a la casa de la cuñada alemana, hubo una ad- armazón fatal, no comprendían su pasado: ¡oh!, libradnos del
hesión más animada de la que una vieja podría provocar. pasado, dejadnos cumplir nuestro duro deber. Pues no era la li-
Cuando, pues, el muchacho de la casa fue con la novia y las dos bertad lo que los dos querían, más bien querían ser convencidos
hermanas a pasar un fin de semana a Petrópolis, llevó a la vieja y subyugados y conducidos; pero tendría que ser por algo más
en el coche. poderoso que el gran poder que les latía en el pecho.
¿Por qué Muchachita no durmió la noche anterior? Ante la idea La muchacha desvió súbitamente el rostro, ¡tan infeliz que soy,
de un viaje, en el cuerpo endurecido el corazón se desherrum- tan infeliz que fui siempre, las clases terminaron, todo terminó!,
braba seco y desacompasado, como si ella se hubiera tragado porque en su avidez era ingrata con una infancia que había sido
una píldora grande sin agua. En ciertos momentos ni podía res- probablemente alegre. La muchacha súbitamente desvió el ros-
pirar. Pasó la noche hablando, a veces en voz alta. La excitación tro con una especie de gruñido.
del paseo prometido y el cambio de vida le aclaraban de repen- En cuanto al muchacho, rápidamente se sumergía en la vague-
te algunas ideas. Se acordó de cosas que días antes hubiera ju- dad como si se fuera quedando sin un pensamiento. Eso tam-
rado que nunca existieron. Comenzando por el hijo atropellado, bién era resultado de la luz de la tarde: era una luz lívida y sin
muerto bajo un tranvía en Marañón: si él hubiese vivido con el hora. El rostro del muchacho estaba verdoso y calmo, y ahora él
tráfico de Río de Janeiro, seguro que ahí moría atropellado. Se no tenía ninguna ayuda de las palabras de los otros: exactamen-
acordó de los cabellos del hijo, de sus ropas. Se acordó de la te como con temeridad había aspirado un día a conseguirlo.
taza que María Rosa había roto y de cómo ella le había gritado Sólo que no contó con la miseria que había en no poder expre-
a María Rosa. Si hubiera sabido que la hija moriría de parto, es sarlo.
claro que no necesitaría gritar. Y se acordó del marido. Sólo re- Verdes y asqueados, ellos no sabrían expresarlo. La casa simbo-
cordaba al marido en mangas de camisa. Pero no era posible; lizaba algo que jamás podrían alcanzar, incluso con toda una
estaba segura de que él iba a la dependencia con el uniforme vida de búsqueda de una expresión. Buscar la expresión, aun-
que fuese una vida entera, sería en sí una diversión, amarga y
perpleja, pero diversión, y sería una divergencia que poco a poco
los alejaría de la peligrosa verdad, y los salvaría. Justamente a Era
ellos que, en la desesperada destreza para sobrevivir, ya habían una vieja flaquita que, dulce y obstinada, no parecía compren-
inventado para ellos mismos un futuro: ambos iban a ser escrito- der que estaba sola en el mundo. Los ojos lagrimeaban siempre,
res, y con una determinación tan obstinada como si expresar el las manos reposaban sobre el vestido negro y opaco, viejo do-
alma la suprimiera finalmente. Y si no la suprimía, sería un modo cumento de su vida. En la tela ya endurecida se encontraban
de saber solamente que se miente en la soledad del propio co- pequeñas costras de pan pegadas por la baba que ahora le vol-
razón. vía a aparecer en recuerdo de la cuna. Allá estaba una mancha
Mientras que con la casa del pasado no podrían jugar. Ahora, amarillenta de un huevo que había comido hacía dos semanas.
más pequeños que ella, les parecía que habían tan sólo jugado Y las marcas de los lugares donde dormía. Siempre encontraba
a ser jóvenes y dolorosos y a dar el mensaje. Ahora, asombrados, dónde dormir, en casa de uno, en casa de otro. Cuando le pre-
al fin, tenían lo que habían peligrosa e imprudentemente pedi- guntaban el nombre, decía con la voz purificada por la debilidad
do: eran dos jóvenes realmente perdidos. Como dirían las per- y por larguísimos años de buena educación:
sonas más viejas: «Estaban teniendo lo que bien se merecían». Y —Muchachita.
eran tan culpables como chicos culpables, tan culpables como Las personas sonreían. Contenta por el interés despertado, ex-
son inocentes los criminales. Ah, si todavía pudieran apaciguar plicaba:
el mundo exacerbado por ellos, asegurándole: «¡Estábamos tan —Mi nombre, el nombre verdadero, es Margarita.
sólo jugando!, ¡somos dos impostores!». Pero era tarde. «Ríndete El cuerpo era pequeño, oscuro, aunque ella hubiera sido alta y
sin condiciones y haz de ti una parte de mí que soy el pasado», clara. Tuvo padre, madre, marido, dos hijos. Todos poco a poco
les decía la vida futura. Y, por Dios, ¿en nombre de qué podría habían muerto. Sólo ella había quedado con los ojos sucios y ex-
alguien exigir que tuviesen esperanza en que el futuro sería de pectantes, casi cubiertos por un tenue terciopelo blanco. Cuan-
ellos?, ¿quién?, pero ¿quién se interesaba en esclarecerles el mis- do le daban alguna limosna, le daban poca, pues era pequeña y
terio, y sin mentir?, ¿había acaso alguien trabajando en ese sen- realmente no necesitaba comer mucho. Cuando le daban cama
tido? Esta vez, enmudecidos como estaban, ni se les ocurriría para dormir, se la daban angosta y dura, porque Margarita había
acusar a la sociedad. ido poco a poco perdiendo volumen. Ella tampoco agradecía
La muchacha súbitamente había vuelto el rostro con un gruñido, mucho: sonreía y meneaba la cabeza.
una especie de sollozo o tos. Dormía ahora, ya no se sabe por qué motivo, en la pieza de los
«Lloriquear en esta hora es muy de mujer», pensó él desde el fondos de una casa grande, en una calle ancha, llena de árboles,
fondo de su perdición, sin saber lo que quería decir con «esta en Botafogo. La familia encontraba divertida a Muchachita, pero
hora». Pero ésta fue la primera solidez que encontró para sí mis- se olvidaba de ella la mayor parte del tiempo. Es que también
mo. Aferrándose a esa primera tabla, pudo volver tambaleante se trataba de una vieja misteriosa. Se levantaba de madrugada,
a la superficie, y como siempre antes que la muchacha. Volvió arreglaba su cama de enano y se disparaba ligera como si la
antes que ella, y vio una casa de pie con un cartel de «Se alquila». casa se
Oyó el autobús a sus espaldas, vio una casa vacía, y a su lado la estuviera quemando. Nadie sabía por dónde andaba. Un día,
muchacha con un rostro enfermizo, tratando de esconderlo del una de las chicas de la casa le preguntó qué andaba haciendo.
hombre ya despierto: ella trataba por algún motivo de ocultar Respondió con una sonrisa gentil:
la cara. —Paseando.
Todavía vacilante, él esperó con delicadeza que ella se recom- Les pareció divertido que una vieja, viviendo de la caridad, an-
pusiera. Esperó vacilante, sí, pero hombre. Delgado e irremedia- duviera paseando. Pero era verdad. Muchachita había nacido en
blemente joven, sí, pero hombre. Un cuerpo de hombre era la
solidez que lo recuperaba siempre. Con frecuencia, cuando ne-
cesitaba mucho, se volvía un hombre.
Entonces, con mano insegura, encendió sin naturalidad un ciga-
rrillo, como si él fuese los otros, socorriéndose con los gestos que
la masonería de los hombres le daba como apoyo y camino. ¿Y
ella?
Pero la muchacha salió de todo eso pintada con lápiz de labios,
con el colorete medio manchado, y adornada con un collar azul.
Plumas que un momento antes habían sido parte de una situa-
ción y de un futuro; pero ahora era como si ella no se hubiera
lavado el rostro antes de dormir y despertara con las marcas
impúdicas de una orgía anterior. Porque ella, frecuentemente,
era una mujer.
Con un cinismo reconfortante, el muchacho la miró con curiosi-
dad. Y vio que ella no pasaba de ser una muchacha.
—Me quedo por aquí —le dijo entonces despidiéndose con alti-
vez, él que ni siquiera tenía hora fija para volver a casa y sentía en
el bolsillo la llave de la puerta.
Se despidieron, y ellos, que nunca se apretaban las manos por-
que sería convencional, se apretaron las manos; porque ella, con
la torpeza de en tan mala hora tener senos y un collar, ella había
extendido infelizmente la suya. El contacto de las dos manos
húmedas palpándose sin amor turbó al muchacho como una
operación vergonzosa: enrojeció. Y ella, con lápiz de labios y co-
lorete, trató de disimular la propia desnudez adornada. Ella no
era nada, y se alejó como si mil ojos la siguieran, esquiva en su
humildad de tener una condición.
Viéndola alejarse, él la examinó incrédulo, con un interés diver-
tido: «¿Será posible que la mujer pueda realmente saber qué es
angustia?». Y la duda hizo que se sintiera muy fuerte. «No, para
lo que la mujer en realidad servía era para otra cosa, eso no se
podía negar». Y era un amigo lo que él necesitaba. Sí, un amigo
leal. Se sintió entonces limpio y franco, sin nada que esconder,
leal como un hombre. De cualquier temblor de tierra, él salía
con un movimiento libre hacia adelante, con la misma orgullo-
sa inconsecuencia que hace al caballo relinchar. Mientras que
ella salió bordeando la pared como una intrusa, ya casi madre
de los hijos que un día tendría, el cuerpo presintiendo la sumi-
sión, cuerpo sagrado e impuro que cargar. El muchacho la miró,
sorprendido de haber sido engañado por la muchacha durante En medio de tanta vaga imposibilidad y de tanto sol, allí estaba
tanto tiempo, y casi sonrió, casi agitaba las alas que acababan la solución para la chica pelirroja. Y en medio de tantas calles
de crecer. Soy hombre, le dijo el sexo en oscura victoria. De cada para ser trotadas, de tantos perros más grandes, de tantos des-
lucha o reposo, él salía más hombre, ser hombre incluso se ali- agües secos, allá estaba una chica, como si fuera carne de su
mentaba de ese viento que ahora arrastraba por las calles del pelirroja carne. Se miraban profundos, entregados, ausentes de
cementerio de San Juan Bautista. El mismo viento de polvare- Grajaú. Un instante más y el sueño suspendido se rompería, ce-
da que hacía que el otro ser, el femenino, se contrajera herido, diendo tal vez a la gravedad con que se pedían.
como si ningún abrigo fuese jamás a proteger su desnudez, ese Pero ambos estaban comprometidos.
viento de las calles. Ella, con su infancia imposible, el centro de la inocencia que so-
El muchacho la vio alejarse, acompañándola con ojos porno- lamente se abriría cuando fuera una mujer. Él, con su naturaleza
gráficos y curiosos que no evitaron ningún detalle humilde de la aprisionada.
muchacha. La muchacha que de pronto se puso a correr deses- La dueña esperaba impaciente bajo la sombrilla. El basset pe-
peradamente para no perder el autobús… lirrojo finalmente se desprendió de la chica y salió sonámbulo.
Con un sobresalto, fascinado, el muchacho la vio correr como Ella quedó perpleja, con el acontecimiento en las manos, en una
una loca para no perder el autobús, intrigado la vio subir como mudez que ni su padre ni su madre comprenderían. Lo acom-
un mono de falda corta. El falso cigarrillo se le cayó de la mano… pañó con los ojos negros que apenas creían, doblada sobre el
Algo incómodo lo había desequilibrado. ¿Qué era? Un momento monedero y las rodillas, hasta verlo doblar la otra esquina.
de gran desconfianza lo invadía. Pero ¿qué era? Urgentemente, Pero él fue más fuerte que ella. Ni una sola vez miró hacia atrás.
inquietantemente: ¿qué era? La había visto correr tan ágil aun
cuando el corazón de la muchacha, bien lo adivinaba, estuvie-
ra pálido. Y la había visto tan llena de impotente amor por la
humanidad, subir como un mono al autobús, y después la vio
sentarse tranquila y correcta, arreglándose la blusa mientras es-
peraba que el autobús marchara…
¿Sería eso? Pero ¿qué podría haber en eso que lo henchía de
desconfiada atención? Tal vez el hecho de que ella hubiera corri-
do en vano, pues el autobús aún no iba a partir, tenía tiempo en-
tonces… No necesitaba haber corrido… Pero ¿qué había en todo
eso que hacía que él parase las orejas con atenta angustia, en
una sordera de quien jamás oirá la explicación?
Acababa de nacer un hombre. Pero apenas había asumido su
nacimiento, y estaba también asumiendo aquel peso en el pe-
cho; apenas había asumido su gloria, y una experiencia insonda-
ble le daba la primera futura arruga. Ignorante, inquieto, apenas
había asumido la masculinidad, y una nueva hambre ávida na-
cía, una cosa dolorosa como un hombre que nunca llora. ¿Esta-
ría teniendo el primer miedo de que algo fuera imposible? La
muchacha era un cero en aquel autobús parado, y, sin embargo,
ahora que era hombre, el muchacho necesitaba de pronto incli-
narse hacia aquella nada, hacia aquella muchacha. Y ni siquiera
inclinarse de igual a igual, ni al menos inclinarse para conceder…
Pero, atascado en su reino de hombre, necesitaba de ella. ¿Para
qué? ¿Para acordarse de una cláusula?,
Ella tenía hipo. Y como si no bastara la claridad de las dos de la ¿para que ella u otra cualquiera no lo dejase ir demasiado lejos
tarde, era pelirroja. En la calle vacía, las piedras vibraban de calor: y perderse?, ¿para que él sintiera con sobresalto, como estaba
la cabeza de la chiquilla llameaba. Sentada en los escalones de sintiendo, que existía la posibilidad de error? Él la necesitaba con
su casa, lo soportaba. Nadie en la calle, sólo una persona espe- hambre para no olvidar que estaban hechos de la misma carne,
rando inútilmente en la parada del tranvía. Y como si no bas- esa carne pobre de la cual, al subir al autobús como un mono,
tara su mirada sumisa y paciente, el hipo la interrumpía a cada ella parecía haber hecho un camino fatal. ¿Qué es?; pero a fin de
momento, sacudiendo el mentón que se apoyaba amoldado cuentas qué es lo que me está ocurriendo? Se asustó él.
en la mano. ¿Qué hacer con una chica pelirroja con hipo? Nos Nada. Nada, y que no se exagere, había sido tan sólo un instante
miramos sin palabras, desaliento contra desaliento. En la calle de debilidad y vacilación, nada más que eso, no había peligro.
desierta ninguna señal de tranvía. En una tierra de morenos, ser Tan sólo un instante de debilidad y vacilación. Pero dentro de
pelirrojo era una involuntaria rebelión. ¿Qué importaba si en un ese sistema de duro juicio final, que no permite ni un segundo
día futuro su marca iba a hacerla erguir insolente una cabeza de de incredulidad, pues si no el ideal se desmorona, miró atonta-
mujer? Por ahora estaba sentada en un escalón centelleante de do la larga calle, y todo ahora estaba arruinado y seco como si
la puerta, a las dos de la tarde. Lo que la salvaba era un mone- él tuviera la boca llena de polvo. Ahora y al fin solo, estaba sin
dero viejo de señora, con la cremallera rota. La aseguraba con un defensa, a merced de la mentira presurosa con la que los otros
amor conyugal ya acostumbrado, apretándola contra las rodillas. intentaban enseñarle a ser un hombre. Pero ¿y el mensaje? El
Fue entonces cuando se aproximó a su otra mitad en este mun- mensaje hecho añicos en el polvo que el viento arrastraba hacia
do, un hermano de Grajaú. La posibilidad de comunicación sur- las rejillas del desagüe. Mamá, dijo él.
gió en el ángulo caliente de la esquina, acompañando a una
señora, y encarnada en la figura de un can. Era un basset lindo y
miserable, tierno bajo su fatalidad. Era un basset pelirrojo.
Allá venía él trotando, delante de su dueña, arrastrando su lar-
gura. Desprevenido, acostumbrado, perro. La chica abrió los ojos
asombrada. Suavemente avisado, el perro se paró delante de
ella. Su lengua vibraba. Ambos se miraban.
Entre tantos seres que están preparados para volverse dueños
de otro ser, allí estaba la chica que había venido al mundo para
tener aquel perro. Él se estremecía con suavidad, sin ladrar. Ella
lo miraba bajo los cabellos, fascinada, seria. ¿Cuánto tiempo es-
taba pasando? Un gran hipo desafinado la sacudió. Él ni siquiera
tembló. También ella pasó por encima del hipo y continuó mi-
rándolo fijamente.
Los pelos de ambos eran cortos, rojizos.
¿Qué fue lo que se dijeron? No se sabe. Tan sólo se sabe que se
comunicaron rápidamente, porque no había tiempo. Se sabe
también que sin hablar se pedían. Se pedían con urgencia, intri-
gados, sorprendidos.
nar; yo era de los que harían mal el trabajo si al menos no adi-
vinara un poco; me hicieron olvidar lo que me dejaron adivinar,
pero vagamente me quedó la noción de que mi destino me
rebasa, y de que soy instrumento del trabajo de ellos. Pero de La primera vez que tuvimos en casa un mico fue cerca de Año
cualquier modo era sólo instrumento lo que yo podría ser, pues Nuevo. Estábamos sin agua y sin sirvienta, se hacía cola para la
el trabajo no podría realmente ser mío. Ya probé establecerme carne, el calor había estallado; y fue cuando, muda de perple-
por cuenta propia y no dio resultado; me quedó hasta hoy esta jidad, vi entrar en casa el regalo, ya comiendo un plátano, ya
mano trémula. Si hubiera insistido un poco más habría perdido examinando todo con gran rapidez y una larga cola. Aunque
para siempre la salud. Desde entonces, desde esa malograda parecía un monazo aún no crecido, sus potencialidades eran
experiencia, procuro razonar de este modo: que ya mucho me tremendas. Subía por la ropa colgada en la soga, desde donde
fue dado, que ellos ya me concedieron todo lo que puede ser daba gritos de marinero, y tiraba cáscaras de plátano a cual-
concedido, y que otros agentes muy superiores a mí también quier parte. Y yo exhausta. Cuando me olvidaba y entraba dis-
trabajaron tan sólo para los que no sabían. Y con las mismas po- traída en el patio de servicio, el gran sobresalto: aquel hombre
quísimas instrucciones. Ya me fue dado mucho; esto, por ejem- alegre allí. Mi muchacho menor sabía, antes de saberlo yo, que
plo: una u otra vez, con el corazón latiendo por el privilegio, sé al me desharía del gorila: «¿Y si te prometo que un día el mono
menos que no estoy reconociendo; con el corazón latiendo de se va a enfermar y morir, lo dejas que se quede? ¿Y si supie-
emoción, al menos no comprendo; con el corazón latiendo de ras que de cualquier forma un día se va a caer de la ventana
confianza, al menos no sé. y morir allá abajo?». Mis sentimientos desviaban la mirada. La
Pero ¿y el huevo? Éste es uno de los subterfugios de ellos: mien- inconsciencia feliz e inmunda del monazo pequeño me ha-
tras yo hablaba sobre el huevo, había olvidado el huevo. «Hablad, cía irresponsable de su destino, ya que él mismo no aceptaba
hablad», me instruyeron ellos. Y el huevo queda enteramente culpas. Una amiga entendió de qué amargura estaba hecha mi
protegido por tantas palabras. Hablad mucho, es una de las ins- aceptación, de qué crímenes se alimentaba mi aire soñador, y
trucciones, estoy tan cansada. rudamente me salvó: muchachos del cerro aparecieron con un
Por devoción al huevo, lo olvidé. Mi necesario olvido. Mi interesa- barullo feliz, se llevaron al hombre que reía, y, en el desvitaliza-
do olvido. Porque el huevo es un esquivo. Ante mi adoración po- do Año Nuevo, conseguí al menos una casa sin macaco.
sesiva podría retraerse y nunca más volver. Pero si fuera olvidado. Un año después, acababa yo de tener una alegría, cuando
Si yo hiciera el sacrificio de vivir tan sólo mi vida y de olvidarlo. allí, en Copacabana, vi el grupo de gente. Un hombre vendía
Si el huevo fuera imposible. Entonces libre, delicado, sin ningún monitos. Pensé en los chicos, en las alegrías que me daban
mensaje para mí quizá todavía una vez se desplace del espacio gratis, sin nada que ver con las preocupaciones que también
hasta esta ventana que siempre dejé abierta. Y de madrugada gratuitamente me daban, imaginé una cadena de alegría: «El
descienda en nuestro edificio. Sereno hasta la cocina. Iluminán- que reciba ésta, que se la pase a otro», y el otro al otro, como
dola con mi palidez. un ruido en un rastro de pólvora. Y allí mismo compré a la que
se llamaría Lisette.
Casi cabía en la mano. Tenía falda, aretes, collar y pulsera de
bahiana. Y un aire de inmigrante que aún desembarca con el
traje típico de su tierra. De inmigrante eran también los ojos
redondos.
En cuanto a ésta, era una mujer en miniatura. Tres días estuvo
con nosotros. Era de una tal delicadeza de huesos. De una tal
extrema dulzura. Más que los ojos, la mirada era redondeada.
Cada movimiento, y los aretes se estremecían; la falda siempre do, clara y yema, alegría entre peleas, día que es nuestra sal y
arreglada, el collar rojo brillante. Dormía mucho, pero para co- nosotros somos la sal del día; vivir es extremadamente tolerable,
mer era sobria y cansada. Sus raros cariños eran sólo mordidas vivir ocupa y distrae, vivir hace reír.
leves que no dejaban marca. Y me hace sonreír en mi misterio. Mi misterio es que siendo yo
Al tercer día estábamos en el patio de servicio admirando a Li- solamente un medio, y no un fin, me ha dado la más maliciosa
sette y de qué modo era nuestra. «Un poco demasiado suave», de las libertades: no soy tonta y aprovecho. Incluso, hago un mal
pensé con nostalgia de mi gorila. Y de repente mi corazón fue a los otros que, francamente, no esperaban eso. El falso em-
respondiendo con mucha dureza: «Pero eso no es dulzura. Esto pleo que me dieron para disfrazar mi verdadera función, pues
es muerte». La frialdad de la comunicación me dejó inmóvil. aprovecho el falso empleo y de él hago el verdadero; incluso el
Después les dije a los chicos: «Lisette se está muriendo». Mirán- dinero que me dan como jornal para facilitar mi vida de manera
dola, advertí entonces hasta qué grado de amor ya habíamos tal que el huevo se haga, pues ese dinero lo he usado para otros
llegado. Envolví a Lisette en una servilleta, fui con los chicos fines, desvío la partida, últimamente he comprado acciones de
hasta la primera sala de auxilios, donde el médico no podía Brahma[4] y estoy rica. A todo eso aún lo llamo tener la necesa-
atender porque operaba de urgencia a un perro. Otro taxi — ria modestia de vivir. Y también el tiempo que me dieron, y que
Lisette piensa que está paseando, mamá—, otro hospital. Allá le nos dan tan sólo para que en el ocio honrado el huevo se haga,
dieron oxígeno. pues ese tiempo lo he usado para placeres ilícitos y dolores ilí-
Y con el soplo de vida, súbitamente se reveló una Lisette que citos, enteramente olvidada del huevo. Ésta es mi simplicidad.
desconocíamos. De ojos mucho menos redondos, más secre- ¿O es eso mismo lo que ellos quieren que me suceda, precisa-
tos, más risueños y en la cara prognata y burda una cierta alti- mente para que el huevo se cumpla? ¿Es libertad o estoy siendo
vez irónica; un poco más de oxígeno, y le dieron ganas de decir mandada? Pues vengo notando que todo lo que es error mío ha
que apenas soportaba ser mona; pero lo era, y mucho tendría sido aprovechado. Mi rebelión es que para ellos yo no soy nada,
que contar. No obstante, enseguida volvía a sucumbir, exhausta. soy tan sólo valiosa: me cuidan segundo a segundo, con la más
Más oxígeno y esta vez una inyección de suero a cuyo piquete absoluta falta de amor; soy tan sólo valiosa. Con el dinero que
reaccionó con un golpecito colérico, de pulsera que tintinea. El me dan, últimamente ando bebiendo. ¿Abuso de confianza?
enfermero sonrió: «Lisette, mi bien, ¡sosiégate!». Pero es que nadie sabe cómo se siente por dentro aquel cuyo
El diagnóstico: no iba a vivir, a menos que tuviera oxígeno a empleo consiste en fingir que está traicionando, y que termina
la mano y, aun así, era improbable. «No se debe comprar un creyendo en la propia traición. Cuyo empleo consiste en olvidar
mono en la calle», me censuró moviendo la cabeza, «a veces ya diariamente. Aquel de quien se exige la aparente deshonra. Ni
viene enfermo». No, se tenía que comprar una mona determi- mi espejo refleja ya un rostro que sea mío. O soy un agente o es
nada, saber el origen, tener por lo menos cinco años de garan- la traición misma.
tía del amor, saber lo que había hecho o no, como si fuera para Pero duermo el sueño de los justos por saber que mi vida fútil
casarse. Consulté un instante con los chicos. Y le dije al enfer- no molesta la marcha del gran tiempo. Por el contrario: parece
mero: «Le está gustando mucho Lisette. Pues si la deja pasar que se exige de mí que sea extremadamente fútil, se me exige
unos días cerca del oxígeno, en cuanto se cure, es suya». Pero incluso que duerma como un justo. Ellos me quieren ocupa-
él pensaba. «¡Lisette es bonita!», imploré. «Es linda», concordó da y distraída, y no les importa cómo. Pues con mi atención
él, pensativo. Después suspiró y dijo: «Si curo a Lisette, es suya». equivocada y mi grave tontería, yo podría dificultar lo que se
Nos fuimos con la servilleta vacía. está haciendo a través de mí. Es que yo misma, yo propiamente
Al día siguiente llamaron por teléfono, y yo avisé a los chicos dicha, sólo he servido realmente para dificultar. Lo que me re-
vela que tal vez sea un agente es la idea de que mi destino me
rebasa: al menos esto tuvieron realmente que dejármelo adivi-
pensaba que era amor. Y no es premio, por eso no envanece, el de que Lisette había muerto. El menor me preguntó: «¿Te pa-
amor no es premio, es una condición concedida exclusivamente rece que se murió con los aretes puestos?». Yo dije que sí. Una
a aquellos que, sin él, corromperían el huevo con el dolor per- semana después, el mayor me dijo: «¡Te pareces tanto a Liset-
sonal. Eso no hace del amor una excepción honrosa; es precisa- te!». «Yo también te quiero», respondí.
mente concedido a malos agentes, a aquellos que dificultarían
todo si no les fuera permitido adivinar vagamente.
A todos los agentes les son dadas muchas ventajas para que el
huevo se haga. No es cuestión de tener, pues, envidia; incluso
algunas de las condiciones, peores que las de los otros, son tan
sólo las condiciones ideales para el huevo. En cuanto al placer de
los agentes, ellos también lo reciben sin orgullo. Austeramente
viven todos los placeres: inclusive es nuestro sacrificio para que
el huevo se haga. Ya nos fue impuesta, incluso, una naturaleza
completamente adecuada a mucho placer. Cosa que ayuda. Por
lo menos hace menos penoso el placer.
Existen casos de agentes que se suicidan: les parecen insuficien-
tes las poquísimas instrucciones recibidas, y se sienten sin apoyo.
Existió el caso del agente que reveló públicamente ser agente
porque le resultó intolerable no ser comprendido, y no soporta-
ba más no tener el respeto ajeno: murió atropellado cuando sa-
lía de un restaurante. Hubo otro que no necesitó ser eliminado:
él mismo se consumió lentamente en la rebelión, su rebelión
vino cuando descubrió que las dos o tres instrucciones recibidas
no incluían ninguna explicación. Hubo otro, también eliminado,
porque pensaba que «la verdad debe ser valientemente dicha»,
y comenzó, en primer lugar, a buscarla; de él se dijo que murió
en nombre de la verdad, pero el hecho es que tan sólo estaba
dificultando la verdad con su inocencia; su aparente coraje era
tontería, y era ingenuo su deseo de lealtad; no había compren-
dido que ser leal no es cosa limpia; ser leal es ser desleal para
con todo lo demás. Esos casos extremos de muerte no son por
crueldad. Es que hay un trabajo, digamos cósmico, que realizar,
y los casos individuales infelizmente no pueden ser tenidos en
cuenta. Para los que sucumben y se vuelven individuales, existen
las instituciones, la caridad, la comprensión que no discrimina
motivos, en fin, nuestra vida humana.
Los huevos estallan en la sartén, e inmersa en el sueño prepa-
ro el desayuno. Sin ningún sentido de la realidad, grito por los
chicos que brotan de varias camas, arrastran sillas y comen, y el
trabajo del día que amanece comienza, gritado y reído y comi-
se hacía. La que no sabía que «yo» es apenas una de las palabras
que se dibujan mientras se atiende el teléfono, mera tentativa
de buscar una forma más adecuada. La que pensó que «yo»
significa tener un sí mismo. Las gallinas perjudiciales al huevo
son aquellas que son un «yo» sin tregua. En ellas el «yo» es tan
constante que ya no pueden pronunciar más la palabra «huevo».
Pero, quién sabe, era eso mismo lo que el huevo necesitaba.
Pues si no estuvieran tan distraídas, si prestasen atención a la
gran vida que se hace dentro de ellas, perjudicarían al huevo.
Comencé a hablar de la gallina y hace mucho ya que no estoy
hablando más que de la gallina. Pero aún estoy hablando del
huevo.
Y he aquí que no entiendo al huevo. Sólo entiendo al huevo
roto: lo rompo en la sartén. Es de este modo indirecto como me
ofrezco a la existencia del huevo: mi sacrificio es reducirme a mi
vida personal. Hice de mi placer y de mi dolor mi disimulado
destino. Y tener tan sólo la propia vida es, para quien ya vio el
huevo, un sacrificio. Como aquellos que, en el convento, barren
el piso y lavan la ropa, sirviendo sin la gloria de una función ma-
yor, mi trabajo es el de vivir mis placeres y mis dolores. Es nece-
sario que tenga la modestia de vivir.
Tomo otro huevo en la cocina, le rompo el cascarón y la forma. Y
a partir de ese instante exacto no existió nunca un huevo. Es ab-
solutamente indispensable que yo sea una ocupada y una dis-
traída. Soy indispensablemente una de los que reniegan. Formo
parte de la masonería de los que vieron una vez el huevo y lo re-
niegan como modo de protegerlo. Somos los que se abstienen
de destruir, y en eso se consumen. Nosotros, agentes disfrazados
y distribuidos por las funciones menos reveladoras, a veces nos
reconocemos.
Ante un cierto modo de mirar, ante una manera de dar la mano,
nos reconocemos y a esto lo llamamos amor. Y entonces no es
necesario el disfraz: aunque no se hable, tampoco se miente,
aunque no se diga la verdad, tampoco es necesario disimular.
Amor es cuando es concedido participar un poco más. Pocos
quieren el amor, porque el amor es la gran desilusión de todo lo
demás. Y pocos soportan perder todas las otras ilusiones. Están
los que volverían al amor, pensando que el amor enriquecerá la
vida personal. Es lo contrario: el amor es finalmente la pobreza.
Amor es no tener. Amor es incluso la desilusión de lo que se
gallina. La gallina tiene mucha vida interior. Para decir la verdad,
lo que la gallina sólo tiene realmente es vida interior. Nuestra
visión de su vida interior es lo que llamamos «gallina». La vida
interior de la gallina consiste en actuar como si entendiera. Cual- Por la mañana en la cocina, sobre la mesa, veo el huevo.
quier amenaza y ella grita escandalosamente, hecha una loca. Miro el huevo con una sola mirada. Inmediatamente advierto
Todo eso para que el huevo no se rompa dentro de ella. El huevo que no se puede estar viendo un huevo. Ver un huevo no per-
que se rompe dentro de la gallina es como sangre. manece nunca en el presente: apenas veo un huevo y ya se vuel-
La gallina mira el horizonte. Como si de la línea del horizonte ve haber visto un huevo hace tres milenios. En el preciso instante
estuviera viniendo un huevo. Fuera de ser un medio de trans- de verse el huevo este, es el recuerdo de un huevo. Solamente
porte para el huevo, la gallina es tonta, desocupada y miope. ve el huevo quien ya lo ha visto. Al ver el huevo es demasiado
¿Cómo podría la gallina entenderse si ella es la contradicción de tarde: huevo visto, huevo perdido. Ver el huevo es la promesa de
un huevo? El huevo todavía es el mismo que se originó en Mace- llegar un día a ver el huevo. Mirada corta e indivisible; si es que
donia. La gallina es siempre la tragedia más moderna. Está siem- hay pensamiento; no hay; hay huevo. Mirar es el instrumento ne-
pre inútilmente al día. Y continúa siendo rediseñada. Aún no se cesario que, después de usarlo, tiraré. Me quedaré con el huevo.
encontró la forma más adecuada para una gallina. Mientras mi El huevo no tiene un sí mismo. Individualmente no existe.
vecino atiende el teléfono, vuelve a dibujar con lápiz distraído la Ver el huevo es imposible: el huevo es supervisible como hay
gallina. Pero para la gallina no hay solución: está en su condición sonidos supersónicos. Nadie es capaz de ver el huevo. ¿El perro
no servirse a sí misma. Siendo, sin embargo, su destino más im- ve el huevo? Sólo las máquinas ven el huevo. La grúa ve el hue-
portante que ella, y siendo su destino el huevo, su vida personal vo. Cuando yo era antigua, un huevo se posó en mi hombro. El
no nos interesa. amor por el huevo tampoco se siente. El amor por el huevo es
Dentro de sí la gallina no reconoce al huevo, pero fuera de sí supersensible. Uno no sabe que ama al huevo. Cuando yo era
tampoco lo reconoce. Cuando la gallina ve el huevo, piensa que antigua fui depositaria del huevo y caminé suavemente para no
está lidiando con una cosa imposible. Y con el corazón latiendo, derramar el silencio del huevo. Cuando morí, me sacaron el hue-
con el corazón latiendo tanto, no lo reconoce. vo con cuidado. Todavía estaba vivo. Sólo quien viera el mundo
De repente miro el huevo en la cocina y sólo veo en él la comi- vería el huevo. Como el mundo, el huevo es obvio.
da. No lo reconozco, y mi corazón late. La metamorfosis se está El huevo ya no existe. Como la luz de la estrella ya muerta, el
realizando en mí: comienzo a no poder ver ya el huevo. Fuera huevo propiamente dicho ya no existe. Eres perfecto, huevo. Eres
de cada huevo particular, fuera de cada huevo que se come, blanco. A ti te dedico el comienzo. A ti te dedico la primera vez.
el huevo no existe. Ya no consigo más creer en un huevo. Estoy Al huevo dedico el país chino.
cada vez más sin fuerza para creer, estoy muriendo, adiós, miré El huevo es una cosa suspendida. Nunca se posó. Cuando se
demasiado a un huevo y éste me fue adormeciendo. posa, no fue él quien se posó. Fue una cosa que quedó debajo
La gallina que no quería sacrificar su vida. La que optó por querer del huevo. Miro el huevo en la cocina con atención superficial
ser «feliz». La que no advertía que, si se pasara la vida dibujando para no romperlo. Tomo el mayor cuidado para no entenderlo.
dentro de sí como en una miniatura el huevo, estaría sirviendo. Siendo imposible entenderlo, sé que si lo entiendo es porque
La que sabía perderse a sí misma. La que pensó que tenía plu- estoy equivocándome. Entender es la prueba de la equivoca-
mas de gallina para cubrirse por poseer preciosa piel, sin enten- ción. Entenderlo no es el modo de verlo. No pensar jamás en
der que las plumas eran exclusivamente para suavizar la travesía el huevo es un modo de haberlo visto. ¿Será que sé acerca del
al cargar el huevo, porque el sufrimiento intenso podría perjudi- huevo? Es casi seguro que sé. Así: existo, luego sé. Lo que no sé
car al huevo. La que pensó que el placer era un don, sin advertir del huevo es lo que realmente importa. Lo que no sé del huevo
que era para que ella se distrajera totalmente mientras el huevo me da el huevo propiamente dicho. La Luna está habitada por
huevos. do queda desnudo. En relación con el huevo, el peligro es que
El huevo es una exteriorización. Tener un cascarón es darse. El se descubra lo que se podría llamar belleza, es decir, su veraci-
huevo desnuda la cocina. Hace de la mesa un plano inclinado. El dad. La veracidad del huevo no es verosímil. Si la descubrieran,
huevo expone. Quien se hunde en un huevo, quien ve más que pueden querer obligarlo a volverse rectangular. El peligro no es
la superficie del huevo, está deseando otra cosa: tiene hambre. para el huevo; él no se volvería rectangular. (Nuestra garantía es
El huevo es el alma de la gallina. La gallina torpe. El huevo exac- que no puede; no puede, es la gran fuerza del huevo; su gran-
to. La gallina asustada. El huevo exacto. Como un proyectil de- diosidad viene de la grandeza de no poder, que se irradia como
tenido. Pues huevo es huevo en el espacio. Huevo sobre azul. Yo un no querer). Pero quien luchase por convertirlo en rectangular,
te amo, huevo. Te amo como una cosa que ni siquiera sabe que estaría perdiendo la propia vida. El huevo nos pone, por lo tan-
ama a otra cosa. No lo toco. El aura de mis dedos es la que ve to, en peligro. Nuestra ventaja es que el huevo es invisible. Y en
el huevo. No lo toco. Pero dedicarme a la visión del huevo sería cuanto a los iniciados, los iniciados disfrazan el huevo.
morir a la vida mundana, y necesito de la yema y de la clara. El En cuanto al cuerpo de la gallina, el cuerpo de la gallina es la
huevo me ve. ¿El huevo me idealiza? ¿El huevo me medita? No, mayor prueba de que el huevo no existe. Basta mirar a la gallina
el huevo tan sólo me ve. Está libre de la comprensión que hiere. para que sea obvio que el huevo es imposible.
El huevo nunca luchó. Es un don. El huevo es invisible a simple ¿Y la gallina? El huevo es el gran sacrificio de la gallina. El huevo
vista. De huevo en huevo se llega a Dios, que es invisible a simple es la cruz que la gallina carga en la vida. El huevo es el sueño
vista. El huevo tal vez habrá sido un triángulo que rodó tanto por inalcanzable de la gallina. La gallina ama al huevo. No sabe que
el espacio que se fue ovalando. ¿El huevo es básicamente un existe el huevo. Si supiese que tiene en sí misma un huevo, ¿se
jarro? ¿Habrá sido el primer jarro moldeado por los etruscos? No. salvaría? Si supiese que tiene en sí misma el huevo, perdería el
El huevo es originario de Macedonia. Allá fue calculado, fruto de estado de gallina. Ser una gallina es la supervivencia de la gallina.
la más penosa espontaneidad. En las arenas de Macedonia, un Sobrevivir es la salvación. Pues parece que vivir no existe. Vivir
hombre con una vara en la mano lo dibujó. Y después lo borró lleva a la muerte. Entonces lo que la gallina hace es estar per-
con el pie desnudo. El huevo es una cosa que necesita cuidarse. manentemente sobreviviendo. Se llama sobrevivir a mantener
Por eso la gallina es el disfraz del huevo. Para que el huevo atra- la lucha contra la vida que es mortal. Ser una gallina es eso. La
viese los tiempos, la gallina existe. La madre es para eso. El hue- gallina tiene el aire forzado.
vo vive como forajido por estar siempre demasiado adelantado Es necesario que la gallina no sepa que tiene un huevo. Si no,
para su época. El huevo, por ahora, será siempre revolucionario. se salvaría como gallina, lo que tampoco está garantizado, pero
Vive dentro de la gallina para que no lo llamen blanco. El hue- perdería el huevo. Entonces no sabe. Para que el huevo use a la
vo es realmente blanco. Pero no puede ser llamado blanco. No gallina es que la gallina existe. Ella estaba sólo para que se cum-
porque eso le haga mal, sino que las personas que llaman blan- pliera, pero le gustó. La desorientación de la gallina viene de eso:
co al huevo, esas personas mueren para la vida. Llamar blanco gustar no formaba parte del nacer. Gustar de estar vivo duele. En
a aquello que es blanco puede destruir a la humanidad. Una cuanto a quién vino antes, fue el huevo el que encontró a la galli-
vez un hombre fue acusado de ser lo que era, y fue llamado na. La gallina ni siquiera fue llamada. La gallina es directamente
Aquel Hombre. No habían mentido: Él era. Pero hasta hoy aún una elegida. La gallina vive como en sueño. No tiene sentido de
no nos recuperamos, unos después de los otros. La ley general la realidad. Todo el susto de la gallina es porque está siempre in-
para continuar vivos: se puede decir «un bello rostro», pero quien terrumpiendo su devaneo. La gallina es un gran sueño. La gallina
diga «el rostro», muere; por haber agotado el asunto. sufre de un mal desconocido. El mal desconocido de la gallina
Con el tiempo, el huevo se convirtió en un huevo de gallina. No es el huevo. Ella no sabe explicarse: «Sé que el error está en mí
lo es. Pero, adoptado, usa su apellido. Se debe decir «el huevo de misma», llama error a su vida, «Ya no sé lo que siento», etcétera.
la gallina». Si sólo se dice «el huevo», se agota el asunto, y el mun- «Etcétera, etcétera, etcétera» es lo que cacarea el día entero la

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