Cuidar lo verdaderamente importante
El texto del evangelio de Mateo es duro y muy claro. Las falsas
apariencia, las componendas para el propio beneficio, el abuso de
autoridad y la injusticia no tienen nada que ver con lo que Jesús
enseña ni con la Ley judía. Jesús se presenta como el profeta que
denuncia a los escribas y fariseos hipócritas, pero Mateo va más
allá y resalta cómo esos que se dicen maestros no son los que
verdaderamente enseñan la verdad, sino que el único Maestro es
Jesús. Y utiliza, en este último de los cinco discursos de Jesús, el
género de la polémica. Es como un gran debate y los siete ayes
recrudecen los argumentos de Jesús. El fin es dejar en evidencia a
aquellos que solamente se dedican a interpretar los textos de la
Ley, a cumplirlos ellos con mucha ridiculez e intereses, y a exigir
que los demás los cumplan hasta la extenuación especialmente los
más débiles e indefensos. Es genial la comparación: “¡Guías
ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!”. De los
animales declarados impuros en la ley mosaica, el mosquito es el
más pequeño y el camello el más grande.
La invitación es clara, no hay que seguir a aquellos maestros que
se desautorizan a sí mismos con su actitud y testimonio de vida,
sino al verdadero Maestro, que es Jesús. ¿Y por qué, qué hace
Jesús? Jesús cuida lo verdaderamente importante, la dignidad de
todo ser humano, el amor misericordioso de un Dios que es Padre,
“el derecho, la compasión y la sinceridad”.
Hoy celebramos a Santa Rosa de Lima, joven dominica de la
ciudad de Lima en los tiempos coloniales, patrona de América.
Quisiera destacar una frase del proceso de canonización: “el amor
de Dios la hacía gustar en la oración una dulzura que compensaba
la amargura que le producía el conocimiento del mal y del
pecado”. Tener fe no es cerrar los ojos a la realidad, sino mirarla
con los ojos misericordiosos de Dios. Y eso solamente es posible
cuando se gusta en la oración el amor mismo de Dios. No se hace
en un día ni en un momento de fervor, los grandes místicos como
Rosa de Lima nos enseñan que cuidar la vida espiritual es tarea de
toda la vida y de cada uno de sus días, saberse amados por Dios
con ese amor suyo, el más puro y generoso, el que crea y recrea
porque todo lo que hace “es bueno”. Desde ahí se puede atisbar
un poco más en qué consiste eso de ser coherentes con nuestra fe,
porque iremos aprendiendo cada vez más a dejar nuestro amor
tantas veces egoísta y herido, y amar más con el amor de Dios. Es
valiente y fuerte la pureza y dulzura del amor y la fe de Rosa de
Lima, se alimenta del amor de Dios.