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Seras Mio

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Dos

amantes separados por un error, un secreto y una sociedad injusta…



A pesar de la diferencia de clases que los separaba, Alban Beauchamp siempre tuvo
claro que, algún día, Dorothy Marsden sería su mujer. Ella misma se lo juró antes de
partir a un destino del que jamás regresó. Tres años después de ese momento, con el
corazón roto y un próspero trabajo en Londres, las cosas han cambiado radicalmente
para él. Ahora está atado de pies y manos por culpa de una promesa que hizo a un
villano peligroso, y no le pide a la vida más que el tiempo pase rápido.
Dorothy Marsden ha renunciado a una vida de amor y felicidad para comprometerse
con el pretendiente más adecuado: el coronel Kinsley, un caballero al tanto de su
delicada salud y que no espera de ella otra cosa que su agradable compañía. Estaba
dispuesta a resignarse cuando Alban regresa a su vida, trayendo consigo sentimientos
que había creído superados y una llama de esperanza que no se permitirá avivar.
Pero los deseos la traicionan y las casualidades se empecinan en ponerlo en su
camino, y Dorothy no puede resistirse a la tentación... incluso si caer en ella significa
cargar para siempre con el dolor de renunciar al amor por segunda vez.

Página 2
Eleanor Rigby

Serás mío
Acuerdos de escándalo - 3

ePub r1.0
Titivillus 30.07.2020

Página 3
Título original: Serás mío
Eleanor Rigby, 2020
Diseño de cubierta: Elena Salvador

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

Página 4
Índice de contenido

Cubierta

Serás mío

Aviso de la autora

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Página 5
Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Epílogo

Nota de la autora

Sobre la autora

Página 6
Aviso para navegantes: en esta novela vas a encontrarte a dos amantes
prohibidos que lo pasarán fatal hasta conseguir estar juntos. Pero el
que dice fatal… dice fatal de verdad. Agarra la caja de pañuelos y
ponte la banda sonora de El paciente inglés, porque se viene drama.

Página 7
Capítulo 1

Beltown Manor, propiedad del conde de Clarence


Gateshead, Inglaterra
Primavera de 1849
Incluso los hombres más obedientes se rebelaban contra el orden al menos una
vez en la vida, pero a Alban no le bastaba con una excepción, así que contravenía su
destino todos los días: en cada una de las ocasiones que posaba sus ojos sobre lady
Dorothy Marsden.
Para ser un muchacho responsable y muy decente, siempre sorprendería lo fácil
que le resultaba desafiar todas las leyes divinas y humanas de un simple vistazo. Un
vistazo que se convertía en un eterno y obsesivo escrutinio distante por el que el
señor Allen, su superior, podría darle azotes hasta que perdiera el conocimiento… si
tuviera la más mínima sospecha de qué rumbo tomaban sus pensamientos al admirar
a la muchacha, cosa que, gracias al cielo, aún se le escapaba.
Se le ocurrían como mínimo tres motivos por los que enamorarse de una joven de
clase alta era una mala idea. El primero era que jamás se fijaría en él. El segundo, que
nunca podrían estar juntos. Y el tercero, que el señor Allen lo despediría sin carta de
recomendación y le costaría meses encontrar un nuevo puesto de trabajo. Uno que no
contaría con el privilegio de ver a lady Dorothy con frecuencia, algo que
sencillamente no podía permitir.
Era curioso que ponderase esos riesgos entonces, cuando la devoción por ella ya
marcaba el devenir de sus días, y no en el momento en que podría haberlo evitado.
Pero ¿de veras podría haberse protegido de la extraña y poderosa atracción que
aquella joven ejercía sobre él? Alban era un humilde mozo de cuadras, un muchacho
huérfano sin otra aspiración que comprarse otro par de pantalones. Incluso si hubiera
querido ponerse a resguardo de la dama, no habría tenido nada que hacer frente a su
encanto. Era carne de cañón para las mujeres como ella.
Solo podía mirarla. Y mirarla del modo en que lo hacía habría sido un pecado
incluso si se hubiera llamado lord Alban Beauchamp en lugar de ser el simple Alban,
al que no respetaban lo suficiente ni era lo bastante importante para poner un «señor»
delante de su apellido.
Debía dejar de hacerlo. Debía superar su estúpida fascinación y no poner en
peligro ni su integridad física, ni su tembloroso corazón, ni el único trabajo que había
encontrado… pero un muchacho de débil espíritu y sin otras aspiraciones que
sobrevivir a la jornada jamás se negaría el momento más especial del día: ese en el
que lady Dorothy Marsden salía a pasear por las vastas tierras del conde de Clarence.

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No tenía permitido acercarse si no le daba una orden explícita, y jamás podría
quedarse a solas con ella. Por ser la benjamina de las siete hermanas Marsden y no
haber cumplido aún los quince años, estaba protegida por todos los flancos. Y aunque
no lo hubiera estado, Alban no habría encontrado el valor de propiciar un encuentro.
Por eso se conformaba, aunque a regañadientes y con la impotencia trenzándole el
cuerpo entero, con admirarla desde los establos.
Alban desobedecía lo escrito sobre la vida y la muerte permaneciendo en un
limbo de minutos de duración casi sin respirar cuando lady Dorothy cruzaba por
delante de las caballerizas. Sus rizos dorados recogidos prolijamente en un moño
suelto brillaban como el oro viejo. Podría abarcar su cintura entera con las dos
manos, llegando a tocarse las puntas de los dedos. Parecía que hubieran tallado su
diminuta nariz en alabastro. Aún no la había visto de cerca, pero tenía la absoluta y
aplastante certeza de que, una vez ella lo mirase, su vida dejaría de ser la misma.
Ese día, y sin que pudiera preverlo, lady Dorothy acabaría con su agonía y
dispararía una muy distinta dentro de él.
Desde la distancia, y sin descuidar su labor de cambiar las herraduras al semental
del conde, Alban se percató de que la joven y una de sus hermanas —
presumiblemente lady Rachel— detenían el paseo. Le pareció que una de ellas
ahogaba un gritito frente al magnánimo roble de la propiedad, una pieza que contaba
con su propia leyenda, y ambas arremangaban sus faldas para agacharse.
Después de hablar haciendo aspavientos, lady Rachel se dio la vuelta para llamar
a gritos a uno de los ganaderos.
Glenn estaba demasiado ocupado con los marranos y tenía las manos manchadas
de brea; por cercanía, era Alban a quien le tocaba intervenir. Flirteó con la posibilidad
de hacerse el loco para posponer la presentación, pero la lealtad le obligó a abandonar
el refugio del establo. Corriendo con la garganta atascada, se personó ante las jóvenes
lamentando su patético aspecto.
No se atrevió a despegar la mirada del suelo, ni siquiera después de hacer su
reverencia. Por el rabillo del ojo, atisbó que lady Dorothy tenía entre sus brazos a un
chucho malherido que no dejaba de llorar.
—Miladies —balbuceó, pendiente del animal. Era uno de los muchos perros
vagabundos de la finca que el señor Allen cuidaba como suyos. Con lo que adoraba a
la jauría de canes que lo escoltaban con palos entre los dientes, Alban se temió que no
le gustaría descubrir que le habían atizado hasta romperle el hocico—. ¿Puedo…
preguntar si necesitan ayuda?
—¿Quién es usted? —quiso saber Rachel, entrecerrando los ojos—. No habrá
venido a rematar al pobre animal, ¿verdad?
Alban levantó un poco la barbilla y pestañeó. Si hubiera tenido valor para decir
más de dos palabras seguidas, le habría replicado que jamás se le ocurriría. Ni mucho
menos cuando el señor Allen amaba a esos animales más que a los mozos a su cargo.
—No, milady.

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—Sé lo que hacen los muchachos de los alrededores con estas criaturas —insistió
—. Se divierten dándoles patadas, tirándolos al río e incluso prendiéndoles fuego.
—Como no le hubiera dado una patada mental desde los establos, no sé cómo
podría ser yo el culpable de su estado —masculló por lo bajini.
—¿Qué ha dicho? —No esperó a que respondiera y siguió despotricando—. No
crea que no sé perfectamente que…
—Tranquila, Rach —intervino Dorothy, con una voz tan suave que parecía hablar
en susurros. Apartó la vista del perro para fijarse en él con una pequeña sonrisa.
Alban no la miraba, demasiado conmocionado por su cercanía, pero la imaginada
presión de sus ojos sobre la piel le templó la sangre—. No es ningún joven del
pueblo. Es el mozo.
Alban se quedó paralizado.
No supo cómo reaccionar, y viendo que pasaban los segundos, se forzó a
balbucear:
—M-me llamo…
—Alban. Lo he oído —completó ella.
Lo había oído. Y se acordaba.
El muchacho se ruborizó hasta que le ardieron las orejas. Habría dado todo cuanto
tenía para poder esconderse.
—¿Podrías ayudarnos con el perrito? —continuó Dorothy—. Nos lo hemos
encontrado tirado y llorando. No creo que se tenga en pie.
—Ningún perro en el mundo puede tenerse en pie, no es cosa de este —apuntó
sin pensar. Enseguida asimiló cómo podría interpretarse su respuesta y fue a
disculparse, pues no se había perdido la mueca de incredulidad que puso Rachel, pero
Dorothy interrumpió.
—Tienes razón. —Sonrió, sin dejar de acariciar con cariño el lomo del perro—.
Pero seguro que has entendido lo que quise decir.
Tratando de mantener el semblante inexpresivo, y también furioso por ser incapaz
de comportarse delante de ella, se obligó a decir:
—Lo llevaré al establo. Es uno de los perros que cuida el señor Allen. —Extendió
los brazos. Ella no hizo el menor ademán de entregárselo.
—Iré contigo —decidió.
Alban no pudo decirle que no. Le señaló las caballerizas, como si no supiera
dónde estaban cuando iba todos los días para que le preparasen su montura, y siguió a
las damas a una distancia prudencial de las colas de sus vestidos blancos.
Dorothy era algo más alta de lo que había pensado, pero no debía llegarle a la
nariz, y estaba incluso más delgada. Parecía tan frágil que le aterró imaginarse
abrazándola; él, al que llamaban para que cargase los sacos de estiércol, para que
lavara a las ovejas en el río, para que llevara a los puercos cebados y a los potros
recién nacidos a sus respectivos espacios… Era una bestia en comparación. Tenía las
manos curtidas, llenas de las cicatrices de la vara del capataz al que sirvió hasta los

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dieciséis años; tan sucias que tenía que frotárselas con una gruesa pastilla de jabón
durante casi veinte minutos para verse las líneas de las palmas. Y ella…
Ella era un hipnotizador destello de luz. Mirarla podría cegarlo, pero no podía
apartar la vista.
—¿Cómo lo va a curar? ¿Qué le va a hacer? —preguntaba Rachel, una vez
llegaron a las cuadras. Los potros de las jóvenes y los caballos de la hacienda
relincharon a modo de saludo—. Si no se cura habría que sacrificarlo, ¿verdad?
Alban le hizo un gesto a Dorothy para que dejara al perro sobre el saliente de
madera bajo el que guardaban los arneses. Ella lo hizo con un cuidado que denotaba
preocupación, aunque su rostro transmitía la serenidad de quien lo tenía todo bajo
control. Nada que ver con la aprensiva Rachel, que torcía la boca y no se atrevía a
mirar al animal directamente.
—Los perros se sacrifican solo cuando no pueden andar para guiar a los rebaños,
igual que los caballos o cualquier animal de tiro —explicó con un hilo de voz.
—Qué injusto —lamentó Dorothy—. Es como si perdieran el derecho a vivir
cuando dejan de servir para un propósito humano.
—Pero este tiene bien las patas. Solo le sangra el hocico —se obligó a decir,
impelido a consolarla—. No habrá que sacrificar a nadie.
—¿Tú has sacrificado a algún animal alguna vez?
—No. No podría. —Tan pronto como lo dijo, se arrepintió y lanzó una mirada
dubitativa y de reojo a las damas—. Si el señor Allen se entera de que he dicho eso,
es capaz de partirle la pata a un caballo para enseñarme a sacrificarlo mañana mismo.
—Tu secreto está a salvo conmigo —prometió Dorothy, levantando una mano. Su
sonrisa era tan luminosa que no se la pudo perder por mucho que se esforzó en
mantenerla fuera de su campo de visión—. Pero sigue pareciéndome terrible —
agregó, modulando el tono hacia una punzante ironía que no debería conocer—. Si
hubiera que sacrificar a todos los seres vivos que no aportan nada a la sociedad, creo
que habría que empezar por los aristócratas. Y me estoy incluyendo a mí misma.
No le pasó por alto que había amargura en su voz.
—¡Qué tonterías dices, Dorothy!
—¿Tú crees? ¿Qué es lo que hacemos, además de gastar dinero?
—También lo generamos —se quejó Rachel.
—Lo generan los trabajadores como Alban —repuso—. Ellos labran la tierra y
cuidan de los animales. Nosotros solo damos órdenes y nos apropiamos de su
producción para enriquecernos.
Alban quiso decir algo inteligente, pero no se le ocurrió nada.
Maldito fuera. Se había imaginado tantas veces su primera conversación que
parecía una broma de mal gusto que de pronto solo pudiera quedarse callado. Tantas
habían sido las posibles charlas improvisadas unos minutos antes de dormir que, a
través de las respuestas que ponía en sus labios, prácticamente había dotado a la
desconocida muchacha de una personalidad afín a la suya. Eso podría haberle hecho

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temer que sus altas expectativas cayeran en picado al darse cuenta de que no era
como creía; que la había idealizado y no estaba a la altura de sus sentimientos, pero
esa desesperada locura romántica que se apoderó de él el primer día había
demostrado ser mucho más sabia que ninguna lógica.
A veces sentía que había arrastrado su apasionada obsesión de otra vida, porque
se enamoró de la verdadera Dorothy sin haberla conocido. ¿O acaso esa ternura y
paciencia que demostraba con el animal, esa calma y entereza, esa madurez impropia
de una joven de su edad al debatir asuntos que no le concernían, no eran
características que él le había adjudicado en secreto?
Rachel tampoco supo qué responder.
—Seguro que en apenas una semana y media estará recuperado —caviló Alban
—. Es poco lo que podemos hacer. Le diré al señor Allen que lo revise después. Sabe
más que yo.
—Vendré a verlo hasta que esté completamente bien —decidió Dorothy, todavía
pasando los dedos por el corto pelaje castaño del animal. Este aún sollozaba, pero
parecía rendirse al sueño gracias a las tranquilizadoras caricias de la joven.
No despabiló ni cuando Alban le secó la sangre y manipuló la mandíbula para
cerciorarse de que no había heridas por dentro. El espectáculo no era adecuado para
un par de damas, pero Dorothy toleraba con estoicismo el río escarlata que le manchó
la camisa. Rachel, por otro lado…
—Estoy empezando a marearme —balbuceó, pálida—. Creo que… creo que voy
a salir a tomar el aire.
Se cubrió la boca con la mano y salió. Alban apenas se dio cuenta. Era
dolorosamente consciente de la cercanía del tibio cuerpo de Dorothy. Usaba las
manos para atender al perro, pero toda su concentración estaba en la respiración de
ella.
—Mi hermana es un poco impresionable.
Alban se obligó a decir algo.
—Yo diría más bien que usted no es impresionable en absoluto.
—¿Y eso me hace especial, o extravagante?
—La hace especial entre las mujeres, que acostumbran a desmayarse con estas
cosas… Pero entre las de su clase la hace única.
—Me gusta cómo suena eso. Aunque veo que tienes una opinión muy clara sobre
«las de mi clase».
—No es negativa —se apresuró a defenderse.
—Está bien, está bien. Me alegra que la gente tenga opinión sobre las cosas, sobre
todo la gente a la que no le dejan tenerla. Yo formo parte de esa gente y defendería la
mía a muerte.
No se le ocurrió nada mejor que decirle.
Dorothy suspiró, poniéndole el corazón en un puño. Debía pensar que era
terriblemente aburrido. Temiendo que eso fuera así, igual que le aterraba que iniciara

Página 12
una charla que no sería capaz de continuar sin quedar como un inculto o un patán,
balbuceó:
—El perro está bien, solo es un quejica. Si quiere saber cómo se encuentra, le diré
al señor Allen que le informe de sus progresos y…
Notó que ella se giraba hacia él. El borde de su vestido le hizo cosquillas en los
tobillos.
—¿Por qué no me informas tú?
«Porque no puedo hilar dos palabras seguidas delante de ti, maldita sea».
—El señor Allen es el caballerizo. Es al que le corresponde comunicarse con
miladies.
—Entonces vendré a verlo con mis propios ojos yo misma. Y espero que entonces
tú también estés aquí.
Alban agachó más la cabeza, huyendo de esos ojos celestes que veía incluso sin
mirarlos.
—¿Por qué no me miras? —le preguntó ella—. Me he fijado en que lo haces
cuando paseo. ¿Por qué no ahora? Me tienes más cerca.
Alban creyó que se moriría. Quiso que lo partiera un rayo. Pero hizo acopio de
todas sus fuerzas y levantó la barbilla lo suficiente para fijarse en su delicado mentón.
—Solo me cercioro de que no se tropieza.
Dorothy soltó una risa musical.
—¿Y si me tropezara? ¿Vendrías a rescatarme?
—P-por supuesto.
Se fijó en que Dorothy avanzaba. Así fue como se puso en su campo de visión.
No pudo evitarlo: sus ojos coincidieron con los de ella.
Y entonces no hubo marcha atrás.
Fue como si el mundo se hubiera detenido de golpe y hubiese empezado a girar
en el sentido contrario, tan despacio que parecía que no pasaban los segundos y tan
rápido a la vez que le dio pánico no ser capaz de acumular todos los detalles que
quería.
Era lo más bonito que había visto jamás. Y estaba perdiendo el tiempo con él,
para colmo mirándolo con la misma fascinación.
—Entonces quizá debería haberme tropezado hace tiempo —murmuró ella, casi
sin mover los labios—, aunque admito que estaba esperando que tú fueras la piedra
en el camino.
Alban repitió las palabras para sí hasta que perdieron su significado. Para cuando
salió del embrujo y logró poner sus pensamientos en orden para mirarla de nuevo a
los ojos, ella ya no estaba allí.
Y él no supo si suspirar de alivio u odiar su lentitud.

Página 13
Por fin había llegado el temido día de la despedida.
No había podido posponerla por más tiempo: bastante se había arriesgado ya
fingiendo que el perro necesitaba otra semana de reposo «por si acaso». Se
encontraba perfectamente y lo había demostrado en más de una ocasión metiendo la
cabeza en el pienso de los caballos, asustando a los pajarillos con sus potentes
ladridos y levantándose sobre las patas traseras para manchar el impecable vestido de
Dorothy.
Había ido a visitarlo con la religiosidad prometida. Cada tarde sin falta, alrededor
de las tres y media, se pasaba por los establos para comprobar que los cuidados de
Alban no eran en vano. Después, y sin que él pudiera negarse, proponía dar un paseo
por las inmediaciones del bosque cercano. Así fue como Alban había podido dotar de
nuevos matices la personalidad del objeto de su obsesión, todos ellos tan cautivadores
como los concibió cuando no tenía nada en lo que basarse.
Sabía que había sido afortunado; que, en la mayoría de los casos, el platonismo
solo llevaba a la decepción. A él, en cambio, le había catapultado a la cima de
felicidad en las últimas dos semanas. Nada más descubrir que sabía leer gracias a la
enseñanza de uno de los lacayos de Beltown Manor, cuyo padre daba clases a los
muchachos del pueblo, Dorothy le había empezado a prestar sus libros preferidos.
Eran en su mayoría historias de ficción que tenían el amor como máxima; historias
que Alban se devoraba preguntándose en cada página qué habría sentido ella al leer
esas líneas, si se habría reído igual que él, si habría suspirado… y también si estaba
tumbada boca arriba, boca abajo, sentada o dando vueltas, si llevaba uno de esos
caros vestidos que no le gustaba manchar o el camisón en el que Alban se prohibía
pensar.
Esa solo era una de las cosas que le gustaban de ella: que le encantara leer. Era
una de las pocas pasiones que tenían en común.
A un muchacho como él, hermético y reservado, la literatura le había salvado la
vida. Esos autores del pasado, en su mayoría poetas como Keats, Shakespeare,
William Blake o Lord Byron, habían aliviado la impotencia de no poder expresarse
escogiendo hermosas palabras a la altura de sus sentimientos. Gracias a la confianza
adquirida en los últimos días, Alban había conseguido hilar unas cuantas frases
seguidas delante de ella: frases que podían convertirse en profundas meditaciones o
íntimas confesiones si Dorothy le daba cuerda. Sin embargo, no podía permitirse
decir lo que su corazón gritaba cada vez que ella se asomaba a las caballerizas con
una sonrisa. Por eso usaba los poemarios. No solo con la esperanza de que Dorothy
fuera lo bastante aguda para reconocer en esos versos que le estaba jurando que la
quería, sino también para obligarla a regresar a él para exigirle que se los devolviera.
Alban había podido irse a la cama cada noche porque sabía que Dorothy volvería
mientras alguno de los dos estuviera en posesión de uno de los tomos del otro. Por
desgracia, la tarde anterior, Alban le había tenido que devolver la última novela de
Jane Austen. Ahora estaba con las manos vacías, porque la biblioteca de Alban era

Página 14
demasiado reducida y no podía permitirse comprar ningún otro libro para prestarle.
Sabiendo que aquel día llegaría, había ahorrado dinero para gastarlo en la librería,
pero el temido final se había adelantado. Ahora nada la impelía a regresar a las
caballerizas: ni visitar a Babel, nombre que le puso al perro el primer día, ni hacer un
intercambio cultural. Solo podría haberse sentido tentada si hubiera albergado el
menor aprecio hacia Alban, cosa que él veía bastante improbable.
Mientras esperaba el milagro de su visita bajo el roble desde el que solían
emprender sus paseos secretos, recordó con amargura todas esas veces que se había
quedado en silencio. Todas esas veces que no había sabido responder alguna de sus
preguntas. Todas esas veces que no había estado a la altura de su intelecto. No
importaba cuánto hubiera leído o con cuántas preguntas extrañas e impropias de un
mozo de cuadras hubiera importunado al mayordomo o al señor Allen. No era lo
bastante listo para ella, ni suficientemente educado, ni tampoco tenía donde caerse
muerto.
Por supuesto que no iba a aparecer. Había sido un auténtico estúpido por pensar lo
contrario.
Con la mandíbula apretada y la desoladora sensación de haber perdido una
necesaria parte de sí mismo, Alban se alejó del roble con la intención de regresar. En
un arrebato furioso consigo mismo, pateó una de las piedras entre la hierba y le dio
tal manotazo al tronco que se abrió una herida. El dolor le trepó por el brazo hasta
paralizarle el cuerpo entero, pero lo resistió con los labios apretados.
Iba a emprender el camino de vuelta cuando una vocecilla y el frufrú de una falda
lo detuvieron en seco.
—¿Qué te ha dicho el pobre árbol para que lo trates de esa manera? —le
reprendió Dorothy—. Además de ser el roble distintivo de Beltown Manor, es una de
las piezas naturales más antiguas de toda la propiedad. Prácticamente le has atizado a
una eminencia… y a un anciano. Debería darte vergüenza.
Alban se la quedó mirando con todo el cuerpo en tensión. Observó que se
acercaba con las faldas remangadas y no las dejaba caer hasta que estuvo a escasa
distancia de él.
Cualquiera que los hubiera visto de lejos habría pensado que eran amantes, pero
eso no fue lo que Alban se reprochó, sino estar celebrando internamente el haberse
ridiculizado de ese modo tan absurdo. Gracias a su arrebato, Dorothy lo había cogido
de la mano.
Estudió la herida con interés.
—Parece que tenemos otro cachorrito herido —comentó en voz alta, en tono
jocoso. Levantó la barbilla hacia él y lo miró con ojos brillantes.
Habría apostado por que algo en su expresión la había conmovido.
Él frunció el ceño.
—No soy ningún cachorrito herido —gruñó—. Me he dado sin querer.

Página 15
—Claro que no, eres un depredador asesino al que, si no le salen las cosas como
quiere, se enfada con el mundo y hasta se hace daño a sí mismo en el proceso. —Dejó
de separar sus dedos uno a uno y lo enfrentó sin soltarlo. En lugar de eso, entrelazó su
mano con la de él. Cambió el tono de reprimenda por un susurro afectado—. ¿Acaso
eres idiota? ¿De verdad pensabas que no iba a venir?
Alban agachó la mirada.
—Ya no tiene ninguna excusa para perder el tiempo, milady.
—Por supuesto que la tengo. Si no vengo, corro el riesgo de que el cachorrito se
mosquee y se rompa algún hueso —repuso, seria—. Más bien diría que, gracias al
cielo, ya no hay excusas que eclipsen el verdadero motivo por el que me escapo de
casa.
Alban tragó saliva y esperó, con el corazón encogido, a que ella dijera esas
palabras que podrían cambiar el curso de su vida. No se atrevía a desafiar las normas
dando un paso hacia la muchacha, pero si por algún motivo Dorothy le
correspondiera en afectos y decidiese expresarlo con claridad, Alban dejaría a un lado
todas sus reservas y la tomaría entre sus brazos.
Los conceptos más básicos y caprichosos del amor se le escapaban como a
cualquier muchacho de diecisiete años. Solo sabía que quería estar a su lado, y que
fantaseaba con cómo se moverían sus labios pronunciando un «te quiero».
—¿Y qué motivo es ese?
—¿Cuál crees tú?
Se separó, aún con sus dedos entrelazados, y tiró de él para dirigirlo al corazón
del bosque que los había oído reír, hablar y susurrar; que incluso había escuchado lo
que todavía no se querían decir.
No soltó su mano en ningún momento del trayecto.
No volvió a soltarla jamás.

Página 16
Capítulo 2

Dorothy no se despegaba de él a no ser que fuera estrictamente necesario. Se


veían para celebrar haberse encontrado con cualquier excusa. A veces salían a montar
a caballo; otras, Dorothy le hacía una disimulada señal en las caballerizas que
significaba que le estaría esperando esa noche a los pies de su balcón. Alban tenía
una paciencia infinita y la demostraba en esos casos, aguardando sin emitir queja bajo
la terracita de su dormitorio hasta que ella podía librarse de sus hermanas e ir a su
encuentro. Otras veces solo se sentaban a charlar entre los montones de heno del
establo u observaban el atardecer a orillas del río.
Sus planes eran frustrados a menudo por culpa de las numerosas
responsabilidades de Alban, que, a pesar de ser un simple mozo de cuadras, era muy
requerido por el señor Allen para tareas que no tenían mucho que ver con su puesto.
Y su superior no era el único que recurría a su maña. Alban era eficiente, excelente
tanto en los trabajos manuales como en los que involucraban el uso de la fuerza bruta,
y jamás se le había oído rechistar a una orden. Esa era una de las cualidades que
Dorothy más admiraba de él. Su obediencia se desgranaba en otras virtudes como las
de leal, trabajador, constante y disciplinado. No trataba de imponer su opinión a nadie
y solo daba la suya cuando se la pedían, lo que no significaba que no se la hubiera
formado de antemano; solo era lo bastante prudente para reservarla hasta el momento
oportuno. Pero sobre todo adoraba sus manos porque eran el ejemplo más visual de
quién era Alban Beauchamp. Tan pronto podía usarlas para dar un brusco golpe a la
mesa o controlar a un caballo embravecido, como para dedicar la caricia más tierna o
colocarle un mechón suelto entre la sien y la oreja.
Sus manos, ese carácter templado y generoso que lo acercaba a la gente… y, por
supuesto, cómo la miraba.
Esos habían sido los detalles que, con el paso de los años, hicieron que Dorothy
se diera por conquistada.
No era especialmente vanidosa, pero no podía concebir a una sola mujer capaz de
resistirse a una mirada como la de Alban: una que no tenía reparos en transmitir
cuánto la valoraba. Por supuesto, ese no era el motivo por el que buscaba de forma
obsesiva su compañía. Al menos, no el único y ni mucho menos el más importante.
Podría decirse que Dorothy estaba cansada de las restricciones de Beltown
Manor, que se asfixiaba con las constantes atenciones de sus hermanas mayores y que
ansiaba relacionarse con alguien que supusiera un soplo de aire fresco entre tanta
opulencia. Cada uno de esos supuestos contenía su alta dosis de verdad. Pero no la
resumía toda.

Página 17
Alban era distinto a lo que había conocido antes. No podía pensar en él como un
criado. Se diferenciaba de los más obtusos sobresaliendo con una inteligencia
bastante superior, desarrollada gracias a su interés por los clásicos de la literatura; no
llegaba a perpetuar el estereotipo del sirviente que, aspirando a la grandeza, dejaba
que la ambición lo consumiera y acabara viviendo muy al margen de sus sueños
originales. No era el ruidoso y carismático Uriel, ni el taimado y divertido Bowler, ni
la encantadora y servicial Charlotte. Era simplemente Alban, y no se le habría
ocurrido pararse a compararlo con nadie si un día no se hubiera levantado con la
urgente necesidad de definir qué significaba para ella, o quién era él… o si podría ser
alguien y algo más, tanto para el mundo como para sí misma.
A esas alturas, no había nadie en Beltown Manor que no supiera que eran amigos.
Dorothy nunca había querido ocultarlo y, por ser la pequeña consentida, nadie se
habría atrevido a decirle en voz alta que no era buena idea relacionarse con el mozo
de cuadras. No obstante, dudaba que sus hermanas tuvieran la menor idea de que la
amistad se quedaba corta para describir lo que sucedía entre Alban y ella cuando se
quedaban solos.
No se habían tocado de ningún modo ni tampoco confesado por qué se sentían
dueños el uno del otro, por lo que en líneas generales podrían llamarse amigos, pero
Dorothy no lo veía así. La única travesura que se sentía tentada de cometer con él no
tenía nada que ver con las que urdían sus hermanas mellizas. Era la clase de diablura
que podría comprometer a una dama para siempre.
Dorothy no había intentado frenar sus sentimientos, ni mucho menos negarlos. No
podía pensar en nada que fluyera con mayor naturalidad. Su relación con Alban había
sido designada por el destino y estaba rotundamente convencida de que ni siquiera lo
reacio que era él a dejarse llevar podría cambiar el inevitable desenlace.
Dorothy quería pasar el resto de su vida a su lado. Era tan sencillo y a la vez tan
complicado como eso.
Imaginaba cómo reaccionaría su familia cuando, llegado el momento —porque
acabaría llegando—, se plantara ante ellos y anunciara que estaba enamorada de
Alban. Pronto cumpliría diecisiete años, edad sobrada para hablar de amor, pero
apostaba por que Venetia le diría que era demasiado joven y no tenía la menor idea…
como si ella o ninguna de las otras contara con una vasta experiencia para hablar con
tanta propiedad.
Dorothy era una muchacha madura y consecuente con sus actos. Había nacido ya
con la sensatez y la paciencia que solo podían esperarse de un anciano respetable, y
había cultivado otras tantas virtudes similares a lo largo de una dura infancia marcada
por la pérdida y el abandono.
Si Dorothy era suficientemente mayor para conocer el dolor, y estaba muy
familiarizada con el sentimiento, debería ser consideraba adulta de sobra para hablar
en nombre del amor.

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¿Qué otra cosa explicaría la penetrante emoción que la acongojaba cada vez que
pensaba en Alban? Bastaba con dibujar su flequillo despeinado o el trazo inseguro de
su sonrisa tímida para sentirse arropada por la adoración más pura. Y sabía que era
recíproco, pero al igual que ella, Alban era prudente hasta el extremo. Más de lo que
Dorothy podía fingir durante esos extraños segundos entre conversación y
conversación en los que se miraban los labios con una ansiedad capaz de empañarles
la vista.
A pesar de entender que Alban prefiriese optar por lo sensato, y a pesar de
abanderarlo ella misma hasta que fuera viable propiciar el acercamiento definitivo,
había veces en las que necesitaba llevarlo al límite. Se desesperaba por él. Pensaba
con agonía que, si no lo unía a ella de una vez por todas, lo perdería.
Había visto cómo lo miraban las muchachas de su clase, incluso las había oído
chismorrear sobre las aventuras a las que se arriesgarían por una palabra suya. Alban
era el muchacho más atractivo de Beltown Manor y no pasaba desapercibido por
mucho que lo intentara. De hecho, podía decirse que había sido justamente su
discreción y lo ajeno que parecía al flirteo de las doncellas lo que le había elevado a
la categoría de obsesión femenina. Temía que acabara sucumbiendo a alguna de las
criadas por no atreverse a sucumbir con ella; temía no ser lo bastante evidente al
hacer referencia indirecta a sus afectos. Por eso decidió, cuando se acercaba su
decimoctavo cumpleaños, que le apretaría las tuercas.
La primera vez lo hizo cuando el atardecer envió a sus casas a los encargados de
las caballerizas y ellos pudieron salir galopando muy lejos de la propiedad. Le había
costado un infierno convencer a Alban de violar una regla, pero sabía que su lealtad
estaba con ella y en el fondo ansiaba la libertad en la misma medida, solo que no se
atrevía a pedirla.
Cuando estuvieron lo bastante alejados de la mansión, Dorothy desmontó de un
salto y él la imitó, intrigado.
Las luces ámbares y rojizas del crepúsculo le dieron a Alban cierto aire
romántico. Vestía como siempre, con unos sencillos calzones, las botas de montar, la
camisa remangada por los codos y el chaleco. Los rizos rubios flotaban alrededor de
su rostro sudoroso como un halo angelical. A veces parecía el hermoso y anunciante
Gabriel, traído del corazón del cielo para cuidarle las espaldas, y otras, un príncipe de
cuento medieval que se despojaba de la armadura a los pies de la cama de su señora.
Siempre su héroe. Siempre su criatura mítica y perfecta.
—Estamos muy lejos —apuntó Alban, mirándola fijamente—. La conozco y sé
que se trae algo entre manos cuando pone esa cara.
—¿Por qué sigues tratándome de usted? —se quejó—. Llevamos casi cuatro años
siendo amigos.
—Dos años y once meses —corrigió Alban—. Y la trato así porque es usted mi
dama. Milady.

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—¿Y si tu dama te pide que la llames Dorothy? O, mejor: que la llames como a ti
te guste.
—En ese caso seguiría llamándola milady.
—No creo que te guste dirigirte a mí de esa manera. Piensa en un apodo. Piensa
en algo… O si no tendré que tratarte de usted yo también. Serías mi señor. Señor
Beauchamp.
—Milady puede llamarme como ella desee.
—¿Y si decido llamarte «idiota»?
—Entonces seré un idiota… milady.
Si no lo conociera ni supiese que estaba sacándola de quicio adrede, habría dado
un zapatazo al suelo con rabia.
Como si hubiera percibido su inquietud, y también el origen de esta, Alban se
acercó a ella con una nueva expresión, esta mucho más seria.
—Siempre será milady —dijo en voz baja—. No puedo bajarla de su pedestal,
igual que usted no puede elevarme por encima de mis posibilidades.
Dorothy odió entender su grado de resignación gracias al sencillo comentario.
—Claro que puedo bajarme del pedestal. Tengo piernas y capacidad motriz de
sobra para plantar los pies en la tierra, donde seguro que me divertiré más que con
ningún privilegio celeste. Y tú —le clavó el dedo en el pecho— tienes más
posibilidades de lo que parece. ¿Qué hay de tu futuro?
—¿Qué hay de mi futuro?
—No hemos hablado nunca de él. De lo que será de nosotros en años venideros.
Alban permaneció un buen rato en silencio, con la mirada perdida entre unos pies
nerviosos que pateaban las piedrecillas del claro. Dorothy sabía por qué había sido un
tema tabú entre ellos: porque el futuro que podían ver muy claro y soñar con
compartir no era de ninguna manera el más factible.
—¿Nunca has pensado en estudiar? —probó Dorothy, buscando su mirada—.
Eres inteligente. Sabes leer y escribir. Te gusta aprender y lo haces con rapidez. Arian
te costearía una buena educación.
—¿Un mozo en la universidad?
—Por lo que cuentan algunos amigos de la familia, hay hasta burros asistiendo a
clases en Oxford.
—Pero usted sabe que a mí me gustan los caballos —repuso con sinceridad—.
Estoy satisfecho con mi trabajo.
—No tendrías por qué dejar los caballos. Podrías convertirte en uno de esos
criadores de purasangres que ganan una verdadera fortuna cada vez que se hace una
compra, o encargarte de las carreras de Ascot, del derbi de Epsom… ¿No te seduce la
idea?
Alban clavó en ella sus insondables ojos verdes.
No había en toda la vasta Inglaterra una mirada como esa: la de un hombre
disciplinado, honesto, y con una estremecedora profundidad emocional. Solo

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mirándola con aparente inexpresividad le decía que estaba furioso porque se atreviera
siquiera a proponerlo, que se le partía el alma de pensarlo, y que la quería más que a
su propia vida.
—Ascot y Epsom están muy lejos de Beltown Manor —dijo con aspereza.
Se dio la vuelta para agarrar las riendas del caballo.
—Beltown Manor no será el mismo para siempre. Todas nos iremos, tarde o
temprano. —Esperaba acuciarlo con aquella verdad, pero Alban solo tensó los
hombros—. No puedes pretender quedarte aquí toda la vida. No prosperarás, no
ascenderás… No serás nadie.
Alban la miró por encima del hombro antes de darse la vuelta. Supo que había
tocado un punto débil cuando la encaró, adusto.
—Tienen que existir muchos don nadies para que los que de verdad aspiran a la
grandeza puedan destacar. Lamento de corazón que la ofenda mi modestia…
—No saques las cosas de quicio. No es eso lo que quería decir.
—Yo creo que eso es exactamente lo que quería decir. Lo que se le olvida es que
haga lo que haga, y sin importar cuánto lo intente, yo nunca seré nadie si me comparo
con usted.
—Nadie excepto yo decide lo que significas para mí, y sabes bien que no eres
ningún cualquiera.
Alban entrecerró los ojos.
—¿Por qué no hablamos de su futuro, mejor? —propuso, avanzando hacia ella—.
Sus hermanas mellizas y lady Rachel ya se encuentran en Londres, donde
seguramente encontrarán un marido de posición económica similar o superior. El año
que viene usted seguirá su misma senda. La presentarán en sociedad, hará una
reverencia ante la reina, bailará un vals con un conde o un marqués; recibirá sus
flores y sus poemas, sus invitaciones para pasear… Incluso la besará, llegado el
momento. Pedirá su mano y se casará con él, engendrará sus hijos, y…
En algún punto de su precipitada enumeración, Dorothy sintió que una parte de él
se quebraba y se vio impelida a interrumpirlo. Lo cogió por los brazos y lo detuvo,
sacudiéndolo ligeramente.
—Yo no quiero nada de eso —murmuró.
Alban esbozó una media sonrisa distante. Su alma parecía alejarse del momento
presente cuando hablaban de temas tan descorazonadores como una posible
separación.
—Es lo que le espera, milady. —Y le hizo una reverencia burlona. Ella apretó los
labios.
—Es lo que me espera si nadie me pide que me quede… y me hace una oferta
tentadora.
Alban torció los labios.
—Buena suerte si espera recibir una oferta más tentadora que la mansión
londinense y la finca campestre de un aristócrata —tartamudeó. Lo hacía cada vez

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que se ponía nervioso—. Ahora que lo pienso, sí que dejará de ser lady Dorothy para
mí. Se convertirá en lady Devonshire, o lady Kent, o lady Nottingham… Y yo tendré
que sustituir mis torpes reverencias por una más acentuada. Como esta…
Exageró una venia de manera que casi tocó el suelo con las rodillas, otra con la
que se dobló por la mitad, una tercera en la que se quitó un sombrero invisible.
Dorothy sacudió la cabeza y, al intentar detenerlo entre maldiciones sobre su
obstinación, hizo que Alban tropezara y quedara de rodillas ante ella.
Al principio pensó que había sido cosa del tropiezo, pero cuando sintió sus brazos
alrededor de la cintura y su nariz enterrada en el ombligo, supo que se quedaría ahí un
buen rato.
Dorothy hundió los dedos en su densa melena rubia y lanzó una mirada de auxilio
al cielo.
«Si hay alguien ahí… Por favor, que no me lo quite».
—Alban —musitó.
—Yo siempre… siempre la llamaré milady —respondió en el mismo tono—. Pero
en mi cabeza tiene otro nombre, y cuando se vaya la recordaré por ese.
—¿Qué nombre es? —Alban no dijo nada—. ¿Qué nombre? Háblame, por favor.
Él cogió aire.
—El día que llegué a Beltown Manor, el fallecido conde de Clarence se
encontraba reunido con una vieja amiga que había regresado de un viaje a Suiza.
Había traído consigo una especie de caja de música con una muñeca dentro que
giraba junto a los engranajes del mecanismo. Parecía que estuviera bailando ese vals
que sonaba por no más de tres minutos.
—Sé a cuál te refieres —susurró, sin dejar de mesar sus largos y ondulados
mechones—. Jugaba con ella cuando era niña.
—A lord Clarence le gustaba conocer en persona a todos sus empleados, así que
el señor Allen me llevó a su despacho en cuanto dejé mis bártulos. Dio la casualidad
de que milord estaba entretenido con esa caja cuando me recibió, y al ver que sentía
curiosidad, la puso para mí.
»Me… me pareció magia. No había visto nada igual, y después de un viaje tan
largo y lleno de dudas como a dónde me dirigiría, cómo sería mi señor y si
encontraría la felicidad, ver algo así supuso un alivio. Me costó creer que algo tan
hermoso como esa caja, como esa muñeca… pudiera existir, pero gracias a esa caja
comprendí una certeza que me ha estado acompañando desde entonces… y es que, a
veces, de las manos del ser humano puede surgir una creación maravillosa.
»Sentí exactamente lo mismo cuando la vi a usted.
Ella intentó tragarse el nudo que se le había formado en la garganta.
—Usted es la muñeca de esa caja, solo que en lugar de girar sobre sí misma, hace
que gire el mundo. —Tragó saliva—. M-mi m-mundo. Por eso… pienso en usted
como Dolly.

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Dorothy se agachó para acunar su rostro entre las manos. Un rostro surcado por la
misma emoción que la sobrecogía a ella.
—No me daré la vuelta si se atreve a llamarme de otro modo, señor Beauchamp.
Ahora ese es mi nombre.
Por un momento creyó que la besaría. Alban volvía a posar la mirada en sus
labios entreabiertos, y le pareció que estiraba el cuello para ponerse a su altura.
Dorothy había sobrevivido a cientos de simulacros como ese, y no estaba
orgullosa de contarlo. Cada vez que le daba la impresión de que por fin confesaría
con un beso, él se retiraba, avergonzado, furioso o ambas a la vez y no volvía a abrir
la boca en todo el día. Pero en esos segundos previos a la mayor cobardía de todas,
Dorothy sentía que el aire se electrizaba a su alrededor y la piel empezaba a
hormiguearle.
Soñaba tanto con ese beso que no hacía falta que se lo diera. Era como si ya lo
hubiese vivido. Su cuerpo acogía la sensación como un riesgo de muerte que la
enviaba a la cama con todo el vello erizado.
Esa vez no fue distinta. Alban se retiró tan contrariado como siempre, y ella, en
lugar de suspirar, cerró los ojos y los puños con determinación.
Algún día lo besaría.
Y ese día llegaría pronto.

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Capítulo 3

No podía concentrarse en la lectura. Apenas leía uno de los versos del último
poemario que Dorothy le había prestado, y ya estaba lanzando una mirada ansiosa al
reloj de pared de su modesto dormitorio.
Al igual que el resto del servicio de la propiedad, dormía en el piso inferior, que
hasta hacía muy poco no estaba acondicionado para ser considerado habitable. Había
tenido que llegar lord Arian Varick para que lo remodelasen y no pasara un frío de
castañetear dientes cada noche. Aun y con esas, Alban no se sentía del todo cómodo
en su guarida. No dormiría tranquilo ni aunque lo ubicaran en una de las alcobas
residenciales con cama doble y saloncito propio. Saber que Dorothy dormía a un par
de escaleras de distancia llevaba trastocando su voluntad de permanecer estoico ante
la lujuria desde hacía un tiempo.
Siempre la había deseado, pero cada día que pasaba, Dorothy era más evidente
haciendo notar que era recíproco, y Alban no era inmune a ella. Por el contrario, no
cabía en su propio cuerpo de la pasión que acabaría estallándole en las narices.
Sacudió la cabeza para deshacerse de esos pensamientos y retomó el ritual: verso
y ojeada al reloj.
Como siempre, Dorothy había hecho apuntes en sus páginas favoritas y llenado
algunas de florecillas disecadas cuyo aroma le acariciaba las fosas nasales al separar
las tapas. Lo tenía todo para presentarse como una lectura adictiva e irresistible, pero
Dorothy cumpliría dieciocho años en cuanto el reloj diera la medianoche y Alban
estaba sospechosamente inquieto.
Dieciocho años. La edad en que las mujeres de la alta sociedad hacían su puesta
de largo. A partir de entonces sería considerada no solo toda una mujer, sino una
dama de la cabeza a los pies.
Alban se dio cuenta de ese poderoso cambio cuando su amor platónico y
respetuoso fue paulatinamente manchado por un irreverente y posesivo deseo hacia
su cuerpo. Dorothy había crecido y él no se dio cuenta hasta que ella hizo el amago
de desnudarse en el río, no hacía demasiado tiempo. Desde entonces, Alban se sentía
sucio cada vez que le costaba despegar los ojos de su figura.
Podría consolarle que Dorothy no tuviera la menor idea de en qué consistía la
seducción, pero él sí era muy consciente de lo que sucedía entre un hombre y una
mujer. El señor Allen, que ejercía como una figura paterna todo lo que su padre
biológico no había querido, le había llevado a un burdel cercano para que se estrenase
en las lides del amor. El resultado había sido decepcionante para los dos. Alban ni
siquiera llegó a sentirse remotamente tentado por los encantos de las mujeres ligeras

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de ropa. Ni siquiera se lo pensó dos veces al rechazar a las que se le acercaron. Ni
siquiera se excitó con sus cuerpos. Y había sido una lástima, porque si para Alban
hubieran existido otras mujeres o, ya puestos, las mujeres en general, no se habría
sentido tan impotente frente al innegable hecho de que jamás obtendría ni esa dicha
ni ese placer.
O Dorothy o nadie, y parecía que acabaría conformándose con lo segundo.
Andaba sumido en sus amargos pensamientos cuando la puerta del dormitorio se
abrió. Estaba medio desvencijada y necesitaba que la empujara con el hombro para
cerrarse, por eso la figura femenina que se infiltró tuvo problemas con el picaporte.
Alban se puso en pie de inmediato, con el corazón latiéndole desaforado.
—Dolly —masculló. Fue hacia ella sin soltar el poemario—. ¿Qué haces aquí?
Cerró la puerta de una embestida y luego la enfrentó. Llevaba ese sencillo vestido
de mañanas de muselina y algodón que dejaba sus hombros al descubierto. Alban no
le había dicho que era su preferido, pero estaba seguro de que, como tantas otras
cosas, a ella no le costó averiguarlo. Y, como en tantos otros aspectos, usaba esa
información para trastornarlo.
—Son las doce. Medianoche —susurró ella, con una pequeña sonrisa. Entrelazó
las manos a la espalda y se apoyó en la pared—. Ya tengo dieciocho años.
Alban tragó saliva.
—Si has venido a recordármelo, no es necesario —consiguió articular—. Ya lo
sabía.
—Pero yo no estaba tan segura de que vendrías a mi balcón para decirme algo, así
que he venido yo para salir de dudas. —Se impulsó desde la puerta y empezó a
merodear por la habitación. Si ya era demasiado pequeña para albergar a Alban,
tendría que renunciar a su aliento para que cupieran los tres: Dorothy, él y su
inapropiada pasión—. Siempre he sentido curiosidad por cómo sería tu dormitorio.
—No deberías estar aquí. Si alguien te descubre, me echarán, y…
—Mi hermana Florence ha vuelto a escabullirse de la casa y está todo el mundo
buscándola. Nadie se dará cuenta de que no estoy durmiendo; se supone que ando
siguiendo sus huellas —repuso, tranquila. Acarició el borde del cajón donde guardaba
las camisas limpias, distraída. Desde allí, lanzó una mirada divertida a Alban—. Sé
dónde está: me ha dicho que iba al lago. Volverá al amanecer.
Se percató de que Dorothy desviaba la mirada a su pecho y a sus brazos, y luego
la retiraba de inmediato. Alban comprendió por qué: solo llevaba los pantalones.
«Maldita sea».
Mientras buscaba por todo el dormitorio la camisa que había dispuesto para el día
siguiente, preguntó:
—No pretenderás volver tú también a esas horas, ¿verdad?
—Claro que no. Sé que necesitas descansar. No me quedaré mucho tiempo.
No lo miró al responder. La yema de su dedo índice reseguía el contorno del poco
mobiliario de la estancia; la mesilla de noche de madera tosca, los escasos cajones, el

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cabecero de la cama y el estante que Alban había colgado con el beneplácito del
conde para colocar sus pocas pertenencias de valor.
Fue frente a ellas donde se detuvo.
Al ladear la cabeza, uno de los mechones dorados de la melena que llevaba suelta
le cayó sobre un ojo. Se lo retiró con aire distraído y estudió los títulos del lomo.
—Son mis libros preferidos. ¿Te los has comprado?
Esa era una pregunta muy estúpida con una respuesta obvia.
—También son mis preferidos —respondió, con la voz ronca. Y no mentía.
Carraspeó y se acercó al tiempo que Dorothy rescataba uno del conjunto. Al
separarlo, los demás perdieron el equilibrio; se habrían caído de no haber sido por el
contrapeso de una cajita lacada que captó su atención.
Dorothy enseguida se olvidó del libro.
—¿Qué es esto?
—Son… recuerdos de mi otra vida.
«De mi vida antes de ti».
Dorothy ladeó la cabeza hacia él. Le pidió permiso con una mirada curiosa, y
Alban hizo los honores cogiéndola y abriéndola para mostrarle el contenido. Dorothy
se sentó en el borde de la cama —su cama— y esperó, expectante, a que Alban la
imitase.
No muy convencido de que aquello fuera correcto, pero tan desesperado por su
cercanía que se habría arriesgado a mucho más, se acomodó a su lado y sacó una
miniatura.
Dorothy la cogió entre los dedos y entrecerró los ojos. La luz titilante de la
lámpara de gas era insuficiente, pero aun así ella atinó a reconocer un rostro
femenino.
—Era mi madre —susurró Alban—. Entonces tenía mi edad, casi veintiún años.
—Se parece mucho a ti. En la expresión de las cejas y la sonrisa tímida. Da la
impresión de haber sido una mujer muy dulce.
—No la recuerdo bien —reconoció, con la vista clavada en el rostro familiar—.
Murió de escarlatina cuando yo tenía cuatro años.
—¿Por qué la guardas entonces con tanto mimo?
Encogió un hombro.
—Creo que es importante que no olvidemos de dónde venimos ni quién nos
quiso, incluso si nunca los conocimos. A menudo, las personas más importantes de
nuestra vida son aquellas a las que no tuvimos el placer de tratar.
Dorothy esbozó una escueta sonrisa.
—¿Sabes algo de ella? —preguntó con delicadeza.
—Solo que se dedicaba a coser, y que se enamoró de mi padre. Una de las damas
para las que trabajaba cuidó de mí hasta que cumplí seis años y pude ponerme a
trabajar en la finca del duque de Sayre. —Inspiró hondo—. Me contaba que mi madre
era una muy buena mujer. «Una buena mujer de tantas que lo perdieron todo por

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amor», decía. Aunque lady Sayre lo pronunciaba como una auténtica fatalidad, yo
siempre tuve la sensación de que mi madre fue muy valiente.
—Hay que serlo para enamorarse, ¿no crees?
Alban ladeó la cabeza para no enfrentar la mirada elocuente que ella le dirigió.
Pensó que ese sería un estupendo momento para sacar de su escondrijo el regalo
de cumpleaños. Las hermanas Marsden tenían por costumbre celebrar esos
aniversarios, y aunque inicialmente había tenido sus dudas, Alban decidió que quería
sorprender a Dorothy con un obsequio. Había pasado el último mes y medio tallando,
con ayuda del señor Allen, una réplica sin música de la caja que tanto le fascinó el día
de su llegada a Beltown Manor. El resultado no estaba a la altura de la muchacha,
pero al menos no haría el ridículo.
Iba a agacharse para sacarlo del hueco de la cama cuando Dorothy preguntó:
—¿Y esto?
Levantó un fino colgante del que pendía un pequeño reloj.
—Me lo regaló el fallecido duque de Sayre. —Recordó, con una sonrisa, el
momento en el que su excelencia le hizo entrega del detalle—. No me habría
perdonado que lo vendiera, así que se aseguró de que no lo hacía advirtiéndome que
no tenía demasiado valor. Deseaba que tuviera un recuerdo simbólico de mis años en
Beverly Abbey.
Alban le dio la vuelta al reloj para mostrarle una ruedecilla.
—Si la presiono, el mecanismo se detiene. Me dijo que lo hiciera en el que
creyera un instante decisivo en mi vida o durante la clase de momento que recordaría
para siempre. Así, en días difíciles, podría sacar el reloj del bolsillo y transmitirme la
esperanza de volver a repetirlo.
—Es precioso, aunque no me sorprende viniendo del duque de Sayre. Era un buen
amigo de mi padre; lo conocí cuando tenía diez años, y recuerdo que era de los pocos
caballeros que me gustaban. —Escondió las manos bajo los muslos y se balanceó
hacia delante con la cabeza ladeada para mirarlo a los ojos—. Veo que todavía no lo
has parado. ¿Qué clase de momento especial estás esperando vivir?
—Solo lo sabré cuando lo viva.
—¿Y si no llevas el reloj encima?
—Siempre lo llevo encima. Igual que tú llevas el colgante de tu padre.
Dorothy asintió con la cabeza. Compartieron una mirada íntima, llena de todas
esas fatalidades en común que los acercaban mucho más de lo que cualquiera habría
imaginado a simple vista. ¿Qué podían tener en común una dama de clase y un mozo
de cuadras? Su historia pasada. Y, quizá, su futuro juntos.
Dorothy también era una niña cuando su madre decidió fugarse con un irlandés
del que se enamoró perdidamente, desatando un escándalo que había obligado a las
Marsden a permanecer recluidas en Gateshead, muy lejos de la capital inglesa. Haber
heredado de la caprichosa lady Wilborough su dudoso talento para desarrollar
sentimientos por el hombre equivocado no había hecho que Dorothy la perdonase,

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pero desde luego que la comprendía. A raíz de numerosas conversaciones al respecto,
en las que Dorothy se refería a su madre con cierta indulgencia, Alban había
descubierto que la concebía como una mujer emocional que no debía ser juzgada. Ni
siquiera a pesar de haber sido la causante directa de que su padre, lord Wilborough,
hubiera buscando consuelo en la bebida para acabar muriendo de pena.
Había perdido a sus dos progenitores antes de cumplir trece años, y ella sí
acumulaba suficientes recuerdos para echarlos de menos, pero afrontaba la orfandad
con la misma templanza que Alban y, al igual que él, procuraba construir su vida
alejada de la melancolía y el vacío que habían dejado la ausencia de esas necesarias
figuras.
Alban carraspeó. Fue a anunciar que tenía algo para ella, pero volvió a
interrumpirlo estirando un dedo hacia una cicatriz que tenía en el pecho.
Alban se quedó helado.
—¿Esto también es un recuerdo de Beverly Abbey? —musitó.
Alban prefirió no contestar. No solo porque fuera una pregunta retórica, pues ya
le había confesado en alguna ocasión que los capataces de Beverly Abbey eran unos
auténticos carniceros, sino porque si tenía la suerte de encontrar la voz no atinaría a
decir nada con sentido.
Esa era una de las pocas cicatrices que el sanguinario vigilante había conseguido
dejarle, y solo porque uno de los jóvenes mozos le echó la culpa de un error para
librarse del castigo. Para la desgracia de aquel bastardo sediento de sangre, no se le
presentaron muchas más oportunidades. Alban era tan obediente que no podía
desahogarse con él sin que lo acusaran de abusar de su poder… cosa que igualmente
hacía.
Dorothy también abusó del suyo acariciando con los dedos la piel suave de la
cicatriz. Era demasiado pequeña y apenas visible para contentar su más que evidente
deseo de recorrerlo, así que pronto tuvo que poner una excusa para seguir tocándolo.
—Creo que es justo que también te lleves un recuerdo de Beltown Manor.
—¿Y cuál sería ese?
—Siempre he pensado que las caricias también permanecen en nosotros toda
vida.
—Si son las tuyas, me protegerán incluso cuando me muera. Como la mejor
mortaja —musitó, temblando.
Alban no respiró cuando ella deslizó las manos por su torso.
No habría podido detenerla ni aunque hubiera querido. Le costaba recordar los
motivos por los que aquello podría costarle el puesto, y ese era justamente el
problema: sentía más legítimo el interés y el afecto de Dorothy de lo que en realidad
lo eran. No tenía derecho a ninguna de esas caricias, pero las recibió respirando de
forma artificial, tratando de convencer a su cuerpo de temblar hacia dentro. Dorothy
estaba concentrada en su tarea, en los trazos arabescos de sus uñas cortas, en los

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dibujos de artista que hacía sobre su fino vello rubio, sobre los pezones encogidos por
el frío y el calor…
Alban se obligó a apartarle las manos y se levantó.
Puso toda la distancia que le permitió el estrecho dormitorio, casi pegando la
espalda a la esquina contraria. No fue suficiente para disuadirla: Dorothy se levantó
con determinación y fue hacia él.
Alban no supo si maldecirla o darle las gracias a Dios por su obstinación.
—Es mi cumpleaños, Alban —susurró—. ¿No vas a darme lo que deseo?
Él la miró a los ojos, tan tenso que podría haberse partido en dos.
—¿Qué es lo que deseas?
—Sé que me quieres —dijo. Alban no se movió—, pero quiero oírlo. Y si no
puedes decirlo… quiero que me lo hagas saber. Quiero que me abraces… —Dio un
paso hacia delante y levantó la barbilla hacia él—. Quiero que me beses.
—No puedo hacer eso.
—Pero quieres.
Alban tragó saliva.
—No voy a besarte para luego verte marchar —consiguió murmurar, desolado.
—Si me besas, no me marcharé nunca. Te lo prometo.
—Tú no tienes ni voz ni voto en ese asunto.
—Sí que lo tengo. Tendrían que matarme para alejarme de ti.
La confesión lo desarmó por completo.
Si lo hubiera dicho arrebatada por la pasión que ardía una sola vez, esa tan propia
de los jóvenes, Alban habría podido descartarlo sin creer una sola palabra. Pero la fría
calma con la que lo dijo, esa misma con la que se enunciaban las verdades
universales, eclipsó del todo la hipérbole del mensaje. La voz no le tembló porque iba
acompañada de una férrea voluntad que movía montañas, y supo que no había otra
certeza que esa.
Alban cerró los ojos y la abrazó temblando.
—No digas eso. Ni siquiera lo imagines. Tú no morirás nunca.
Dorothy apoyó las manos en su pecho y se separó lo suficiente para mirarlo a los
ojos.
—Dime que me quieres, Alban.
Él deslizó la mirada por su pequeña nariz, por el curvado arco de Cupido, por
esos labios entreabiertos que había dibujado en el aire, durante las noches, para
acariciarlos con los ojos cerrados.
No podía decírselo. Si no, no habría marcha atrás, y tenía que darle la oportunidad
de encontrar a alguien mejor. Alguien que nunca le daría problemas. Alguien que la
protegería con su amor templado y respetuoso, que no la avasallaría ni asfixiaría con
él.
Pero sí que podía besarla, aunque eso fuera incluso más comprometedor. Sabía
muy bien que un simple beso podría condenarlo a una vida de melancolía; a una

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existencia vacía buscando en bocas ajenas y otros brazos lo que sentiría cuando por
fin la tuviera entre los suyos. Sin embargo, sabía que merecería la pena.
Acunó su rostro entre las manos y se inclinó. Ella lo miraba respirando con la
misma dificultad, seguramente con los latidos del corazón haciéndose eco hasta en
los oídos. Su impotente raciocinio apenas empezaba a comprender el alcance de unos
sentimientos que se le desbordaban.
Pero alguien forcejeó con la puerta desde el exterior y tuvieron que separarse:
Dorothy ruborizada, y Alban intentando mantener un semblante inexpresivo. No le
dio tiempo a pedirle que se escondiera, solo a ponerse encima la camisola que logró
atrapar a tiempo.
El señor Allen apareció despeinado y con el cuello de la camisa arrugado.
Pronto, su ceño también lo estuvo.
—¿Qué está pasando aquí?
—Oh, señor Allen, espero que no le hayamos despertado —intervino Dorothy,
con una rapidez y una sonrisa tranquila que dejó a Alban pasmado—. Estaba leyendo
en voz alta uno de los últimos poemarios que le había prestado a Alban.
—¿Leyendo un poema? —repitió Allen, que por respeto a la dama procuraba
modular el tono aun cuando era obvio que estaba furioso—. ¿Es esta una actividad
que se dé con frecuencia en el dormitorio de Alban… y a horas intempestivas?
—No, señor. —Dorothy ensanchó la sonrisa, y hasta Alban pudo ver que el señor
Allen cedía un poco ante tan maravillosa visión—. Como hoy es mi cumpleaños y no
podía esperar, había decidido darle una sorpresa a Alban. Quería que me diera mi
regalo cuanto antes, y… aquí estábamos. —Agitó el poemario—. Leyéndolo.
El señor Allen cerró los ojos solo un segundo.
—Milady… Es usted consciente de que la situación se puede malinterpretar, por
muy lejos que estén el uno del otro, ¿verdad? Tendré que dar parte de esto al conde.
—Oh, no, señor, no hay ninguna necesidad de alertar a nadie. Además, todo el
mundo sabe que Alban y yo somos buenos amigos. Por favor, guárdeme el secreto
solo por esta vez. Y no le eche la culpa a Alban. Le aseguro que ha sido cosa mía.
El señor Allen vaciló. Alternó una mirada dudosa hacia Dorothy con una de
advertencia al inmóvil y silencioso Alban.
—Siempre y cuando esto no vuelva a repetirse.
—Por supuesto que no. Se lo prometo.
—Por si acaso, mandaré traer la cama de alguno de los otros sirvientes a este
dormitorio. Nunca debería haberlo dejado solo —masculló. Se apartó de la puerta e
hizo una señal hacia el pasillo—. Quizá desee colaborar en la búsqueda de su
hermana, milady. Había venido a levantar a Alban para que ayude a encontrar a lady
Florence.
—Flo ha ido al lago. Quería ver las luciérnagas… Vaya, creía que todo el mundo
estaba al corriente de esto —explicó, levemente contrariada—. Será mejor que suba a
avisar a mi familia. Gracias por su discreción, señor Allen.

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John Allen gruñó incluso cuando Dorothy se puso de puntillas para darle un beso
sobre la tupida barba negra. Alban la vio salir con el estómago encogido, melancólico
por lo que podría haber sucedido y, a la vez, enormemente agradecido a su superior
por haber intervenido a tiempo.
Habría sido mucho pedir que John se hubiera dado por satisfecho separando a la
pareja y se hubiese marchado, además de una alternativa imposible. El caballerizo
tenía unas ideas muy claras sobre cuál era el lugar de cada uno en el mundo, y no
dejaba pasar episodios de ese tipo.
No obstante, Alban no estuvo preparado para su violenta reacción.
John cerró la puerta tras él y le lanzó una mirada de advertencia.
—¿A qué demonios crees que estás jugando, chico?
—Señor Allen…
Ni corto ni perezoso, avanzó hacia Alban con los puños crispados. Por un
momento pensó que iba a pegarle, pero aunque John Allen era lo contrario a un
hombre manso e indulgente, sabía que nunca la tomaría con nadie. Aun así, lo cogió
por los hombros y se agachó desde su metro noventa y cinco para mirarlo
directamente a los ojos.
—¿Te crees que no he visto que vas de acá para allá con la dama? ¿A quién te has
creído que puedes engañar? No he intervenido hasta ahora porque cometí el error de
confiar en tu prudencia, y porque es obvio que no eres tú quien lleva la voz cantante,
pero más te vale cortar eso de raíz antes de que se os vaya de las manos.
Alban esperaba una reacción así. Si no de él, de cualquiera de los mozos que lo
miraban con desprecio por atreverse a relacionarse con una de las damas de la finca.
En el sótano donde vivían y la cocina en torno a la que se reunían para almorzar, era
un secreto a voces que Alban era el predilecto de la también favorita de la familia, y
nadie lo aprobaba a excepción de su amiga Charlotte, que por desgracia se había
marchado a Londres.
Según algunos de sus compañeros, Alban pretendía ganarse el favor del conde
manipulando a la dama. Otros, lo veían capaz de deshonrarla solo para escalar
puestos en la pirámide social. Por supuesto, también había quienes oscilaban entre la
compasión y la burla: tenían muy claro que Dorothy lo desecharía en cuanto se
aburriese.
Era obvio que John pertenecía a ese último grupo, porque detrás de su bronca
monumental solo había preocupación.
—Milady es mi amiga.
John torció la boca y se separó de él, visiblemente decepcionado.
—No te burles de mi inteligencia, Alban. Habría que estar ciego para no ver
cómo la miras… o cómo te mira ella a ti.
—No la he tocado —juró—. No la he tocado, se lo prometo, señor. Por favor, no
me despida.

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—Ya sé que no la has tocado. No me defraudarías de esa manera —sentenció, y
Alban no pudo evitar hostigarse por haber estado a punto de hacerlo—. Pero antes de
que suceda, tienes que acabar con esa tontería vuestra.
—No es una tontería —se atrevió a decir.
—Ah, ¿no?
—No. Ella… Ella me quiere.
Para su sorpresa, John contestó sin vacilar:
—No lo dudo. Los amores de la juventud son apasionados y no necesitan ningún
estímulo para nacer y arder con intensidad… pero también tienen la mecha muy
corta, y es bien sabido que las mujeres como ella no pueden permitirse esas
ridiculeces de poetas. ¿O acaso crees que seguirá estando enamorada de ti cuando la
corteje un aristócrata con dinero para aburrir?
Alban apartó la mirada, esperando que su incomodidad e incipiente enojo bastara
para disuadir a John de seguir por ese camino. Lamentablemente, tenía mucho que
decir y no iba a darle el gusto de quedarse en silencio.
John lo cogió de la mandíbula y le obligó a mirarlo.
—Escúchame bien, chico. He estado en Londres, y allí se disputan a las damas
como lady Dorothy Marsden. Cuando haga su puesta de largo, se convertirá en la
sensación de la capital y la pretenderán cinco nobles a la vez, si no diez. ¿Quieres que
te diga dónde quedarás tú cuando llegue ese momento? En el pasado. ¿Quieres que te
señale dónde estarás mientras ella baila el vals en brazos de otro? Donde siempre: en
las cuadras, limpiando la mierda de los caballos y ensillándolos para que la condesa
pueda darse su alegre paseo por la propiedad.
—Eso no tiene por qué ser así —se sorprendió defendiendo—. Usted no la
conoce. No sabe cómo se siente.
John esbozó una sonrisa entre cruel y compasiva.
—Sé muy bien cómo se sienten las mujeres de clase alta. Crees que está
enamorada, pero lo que le pasa es que se aburre. Son todas iguales, Alban. Las que
son un poco menos estiradas se mueren por un rato de diversión; quieren vivir una
aventura antes de casarse, y como nosotros estamos cerca y saben que no podríamos
negarnos, nos escogen igual que se elige a qué cerdo llevar al matadero para cumplir
su fantasía.
»Siempre serás su secreto, Alban. No te llevará más lejos.
Alban se quedó un momento en silencio.
No había querido hacer caso a las habladurías, pero ahora cobraba sentido ese
rumor que John protagonizaba. Se decía que antes de empezar a trabajar para el
conde de Clarence había sido el mozo de la propiedad de los marqueses de Sydney en
el sur de Inglaterra, y que la marquesa se había encaprichado de él.
Los rumores no se atrevían a ir más allá. No solo por respeto a Allen, que era lo
bastante querido entre los empleados y deseado por las mujeres para difamarlo de un
modo tan injusto, sino porque nada se sabía a ciencia cierta. No obstante, como el

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carácter veleidoso de la marquesa era conocido a lo largo y ancho del reino y John
Allen era demasiado honorable, se acordó que, de haber tenido lugar una relación
ilícita, la habría iniciado ella… igual que, tiempo después, la habría dado por
concluida, seguramente dejando al señor Allen con el corazón partido.
Se tuvo que reservar que su experiencia no era la de él, pero John debió verlo en
su cara, porque suspiró y agregó, en tono suave:
—Incluso si ella de verdad te amara… No es la que tiene la última palabra. Se irá
y se casará, chico. Es el ciclo vital de las mujeres de clase alta. Ninguna tiene
suficiente poder ni anda sobrada de voluntad para decidir lo contrario. ¿Estás seguro
de que quieres pasar por eso?
Alban vaciló. En los profundos ojos azules del caballerizo había mucho más que
enfado por las libertades que se había tomado. Estaba preocupado por él.
John Allen no podría haber pasado por su padre de ninguna de las maneras, pues
no le llevaba ni cinco años, pero era sabio como un viejo y decidió, desde que puso
un pie en Beltown Manor, que sería su mentor y lo protegería de una suerte que tal
vez había corrido él, también huérfano de padres.
—Piénsalo… Piensa si quieres hacerte eso a ti mismo, o si quieres hacerle eso a
ella —le pidió, después de palmearle la espalda—. Eres un chico muy leído, Alban.
Ya sabes cómo terminan las historias de amor que no son entre damas y caballeros.
No te he dicho nada que no lleves temiendo desde que la conociste.
No dijo nada más. El señor Allen agachó la cabeza para cruzar el umbral y lo dejó
solo con sus pensamientos.
No supo cuánto rato estuvo inmóvil en medio del dormitorio, que parecía haberse
helado tras su marcha, pero ese rato sirvió para que se quitara una venda de los ojos
que no sabía que había llevado hasta ese momento.

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Capítulo 4

No sabía el qué, pero algo había pasado entre Alban y John Allen la noche que los
cazaron en su dormitorio. Alban no solo no parecía por la labor de contárselo —
aunque ella no le hubiera preguntado directamente—, sino que había dejado de
incluirla en sus rutinas. Le costó percatarse de que algo había cambiado porque,
después de su cumpleaños, se celebraron las fiestas navideñas que ya eran toda una
tradición en Beltown Manor. La interminable lista de invitados hizo imposible que
pudiera escaparse. Estuvo diez días a merced de las galanterías de los caballeros que
parecían interesados en ella y disfrutando de la conversación y la compañía de las
interesantes amistades de Arian, gracias a las que las festividades no fueron tan
terribles como supuso en un principio.
No obstante, nada más comenzar el año, Dorothy se percató de que algo en Alban
había cambiado. Siempre había sido parco en palabras, pero parecía que ya no tuviera
nada que decirle. Dorothy lo asoció a que estaba demasiado ocupado y le dio su
espacio. Sin embargo, llegado cierto punto, empezó a preocuparle que ni siquiera la
mirase a los ojos cuando iba con sus hermanas a que les preparasen los caballos, y
confirmó lo que tanto temía cuando lo citó una noche y él no apareció.
—Creía que vendrías a verme. Te dije que te esperaría en la puerta de las
caballerizas —le dijo al día siguiente en voz baja, aprovechando que sus hermanas
discutían quién montaría al purasangre que Arian acababa de adquirir.
Alban no apartó la mirada del cepillo que usaba para dar lustre al pelaje del
animal.
—Estaba cansado.
—¿Y estarás cansado esta noche?
—Es probable. El trabajo de mozo es muy exigente.
—Eso ya lo sabía —repuso con retintín. Frunció el ceño—, pero no habías estado
cansado hasta hace apenas unos días. ¿Qué es lo que ha cambiado?
Él la ignoró abiertamente, y ella se olvidó de dónde estaba y lo cogió del hombro.
—¿Es que ni siquiera vas a mirarme?
Alban ladeó la cabeza hacia ella. No fue hasta ese momento que se dio cuenta de
cuánto había echado de menos sus ojos.
Echaban chispas.
—Milady, esto es todo lo que puedo hacer por usted. —Y señaló al caballo que ya
había preparado con la silla de amazona—. Ahora me gustaría que me dejara trabajar.
Dorothy se planteó espetarle qué demonios pasaba con él, pero sus hermanas la
llamaron y no le quedó otro remedio que darse la vuelta e ir con ellas, procurando no

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hacer muy evidente su enfado. Se habría desesperado del todo si no hubiera sentido la
mirada de Alban fija en su espalda; si no la hubiera perseguido durante los días
posteriores, como si quisiera decirle algo pero estuviera seguro de que no iba a
entenderlo.
Dorothy se planteó abordar sin miramientos al señor Allen, a quien consideraba el
indiscutible culpable de ese repentino cambio de actitud, pero pensó que sería más
inteligente quemar antes todos los cartuchos con Alban.
Ninguna de sus provocaciones surtió efecto. Fingió doblarse un tobillo, coqueteó
con otro de los mozos, fue a cenar con el servicio e intervino en todas las
conversaciones para hacerse notar… y, aun así, no obtuvo de Alban más que unas
miradas que él creía furtivas. Ella misma reconocía que sus invenciones no eran
inteligentes que se dijera, Alban la conocía demasiado bien y supo que no se había
hecho ningún daño con el esguince: en el primer caso la miró con una ceja arqueada,
burlándose de su burdo intento por llamar su atención, y se dio la vuelta para seguir
con sus quehaceres. En el segundo sí consiguió ponerlo celoso, pero en su línea de
reprimir sus sentimientos, solo apretó la mandíbula e intentó ignorarlos. Durante la
cena, no apartó la mirada del plato y renunció a servirse las sobras para marcharse a
su dormitorio.
Dorothy lo habría seguido si los ojos rapaces del señor Allen —que no se
apartaban de ella desde que la descubrió en el cuarto del mozo— no la hubieran
cohibido.
Decidió que la única manera de sonsacarle la verdad era confrontándolo. No lo
pensó dos veces cuando oyó la conversación entre el conde y uno de los ganaderos,
que le explicaba que el lunes siguiente se llevaría a cabo el lavado de ovejas de ese
año.
El lunes, a la hora prevista, Dorothy apareció a orillas del río con unos pantalones
que pertenecieron al anterior conde de Clarence y toda la intención de colaborar.
Alban había sido reclutado junto a otros tantos mozos para la tarea, pues requería
el vigor de los más fuertes. Lo encontró metido en el río hasta las rodillas, con el pelo
recogido en un moño bajo y la camisa empapada ceñida al pecho. Él solo la miró de
reojo para asegurarse de que era ella, o al menos esa fue su intención hasta que vio
algo que lo dejó sin aliento. Se volvió enteramente hacia Dorothy, que fingió no
percatarse de su escrutinio y le anunció al señor Allen que pensaba colaborar.
—Me temo que esta no es una tarea que corresponda a las mujeres, milady, y ni
mucho menos a usted.
—¿Por qué no? —Puso los brazos en jarras—. Me encantan las ovejas, y no se
trata de esquilarlas, sino de bañarlas. Seguro que eso podría hacerlo cualquiera.
—Se equivoca. A las ovejas no les gusta el agua, y las más obstinadas no tienen
reparos en dar patadas en cuanto se las agarra… Por no mencionar que si ayuda
alguien que no esté acostumbrado a esto podría ralentizar el proceso.

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—Bueno, señor Allen, usted es el caballerizo, y me suena que Alban trabaja en
las cuadras. Esta —abarcó el espacio con los brazos— no es precisamente su
especialidad. También se les podría llamar principiantes.
—Puede que lo fuéramos hace unos años, pero llevamos unas cuantas primaveras
bañando al ganado. Milady —insistió, esta vez con suavidad—, es mi deber
disuadirla de participar. ¿Qué pensará el conde de todo esto?
—Le he comunicado mi deseo de colaborar y está de acuerdo con mi decisión. A
mi hermana se le ha atragantado algo más, pero Arian ha ganado la discusión y, de
hecho, me ha anunciado que también le gustaría formar parte. Debe estar a punto de
llegar.
El señor Allen no pudo decir más: su autoridad terminaba ahí donde empezaba la
del conde, que apareció apenas unos minutos después con la camisa remangada y las
botas en la mano. Las tiró de mala manera bajo la sombra de un árbol y se hizo oír
por encima de los berridos de las ovejas que ya estaban siendo enjuagadas en el río.
Dorothy no habría sabido decir quién estaba más entusiasmado con el proyecto, si
él o ella, igual que le habría costado decidir a quién se le atragantaba más su
participación, si a su hermana Venetia, allí presente, o a Alban, que prestaba tan poca
atención a su oveja para supervisarla a ella que esta le dio una patada en el estómago.
—Mierda —masculló, frotándose el vientre.
—Si estuvieras concentrado en lo que te tienes que concentrar, no tendrían que
llamarte la atención de esa manera —le dijo Dorothy, al tiempo que se metía en el río.
El agua le llegaba por debajo del ombligo gracias a la presa construida para formar la
charca donde lavar a las ovejas.
—No tendría problema en concentrarme si no llevaras unos pantalones y una
camisa transparente —masculló de mal humor. Dorothy arrugó la frente.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
Se aproximó a Alban y acarició el denso vellón. Debió poner una cara muy
divertida, porque él tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír.
—¿Qué pasa?
—Pensaba que las ovejas eran suaves y esponjosas, pero… —Torció la boca—.
No me esperaba que el pelo estuviera amazacotado. ¿Qué tengo que hacer?
Alban le señaló al señor Allen, que ya había saltado al agua. Con una facilidad
que incluso el conde admiró desde la orilla, John le dio la vuelta en el agua para
frotarle la barriga a base de apretar la lana con sus fuertes y enormes manos morenas.
Dorothy se quedó mirando el tinte grisáceo de suciedad que flotaba alrededor de ellos
antes de confundirse con el agua cristalina. Observó que Arian se metía después y
probaba a imitarlo. Era lo bastante grande y estaba sobradamente acostumbrado a
trabajos que requiriesen el uso de la fuerza, por lo que no le costó acostumbrarse y
pronto igualó a Allen en maña. Ambos eran toda una visión de masculinidad,
grandes, jóvenes y tan habilidosos que incluso se reían en el proceso.

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Dorothy, en su inocencia, pensó que tardaría lo mismo en demostrar que estaba
hecha para la tarea. Sin embargo, nada más alcanzó una de las ovejas que flotaban,
descubrió que darle la vuelta era toda una odisea, y que con sus manos diminutas
necesitaba el triple de tiempo.
No tardó en agobiarse, pero lo disimuló intentando concentrarse hablándole a los
animales.
—Esto lo hago por ti —mascullaba—. Deja de exagerar. Lo verdaderamente
desagradable es que te corten el pelo, no que te lo limpien. Y si no querías estar sucia
podrías habértelo pensado antes de revolcarte, y… ¡Arg! ¿Me acabas de dar una
patada? —Apretó los labios y la salpicó dándole un manotazo al agua. La oveja
berreó en respuesta—. ¡Eres una desagradecida!
Se olvidó de su batalla personal cuando oyó la carcajada de Alban justo a su
espalda. Al darse la vuelta, lo pilló negando con la cabeza con una sonrisa de oreja a
oreja; una de esas marcadas por los dos hoyuelos.
—¿Te lo pasas bien? —le espetó.
—No. Hay que estar muy loco para divertirse lavando un ganado de miles de
ovejas —respondió, mirándola por encima del hombro.
—No es la mayor locura que se me ha ocurrido, pero es verdad: no es la que más
se disfruta —refunfuñó.
Alban suspiró.
—Déjemelo a mí.
—No. Soy perfectamente capaz de hacer esto.
—Es usted más tozuda que el propio ganado.
—Y usted es un ingenuo si cree que puede convencerme de su voluntad, señor
Beauchamp.
—No se me ocurriría hacer el esfuerzo. Es una batalla perdida.
Alban le lanzó una mirada dudosa y puso los brazos en jarras para asistir a su
vigésimo intento de enjuague. La oveja que le había tocado se estaba burlando de
ella, y descubrió que era una de esas descarriadas que revolucionaban todo el rebaño,
porque solo tardó diez minutos —respecto a los dos que necesitaba el señor Allen—
en lavar a la segunda, y rompió el récord con seis al terminar con la tercera. Para la
quinta ya tenía agujetas en los brazos, las sobaqueras y la espalda, y estaba empapada
de la cabeza a los pies.
—Ya ha demostrado su punto —le dijo Alban con suavidad, retirándole las manos
del vellón—. Es usted muy capaz de mancharse las manos: no se le caen los anillos.
Ahora vuelva a tomar el té, o lo que sea que haga cuando tiene tiempo libre.
Dorothy lo fulminó con la mirada. Se secó las mejillas, salpicadas por el agua que
una oveja había disparado a traición.
—Cuando tengo tiempo libre voy a buscarte a ti —masculló entre dientes—, y no
uses ese tono condescendiente conmigo. ¿Desde cuándo te molesta tanto que sea lady
Dorothy?

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—Desde que te conocí —respondió sin necesidad de pensarlo. Se dio la vuelta y
trajo a otra de las ovejas para apretar el denso pelaje.
Dorothy se quedó inmóvil. En lugar de responder, volvió a concentrarse en la
tarea. Cuando le pilló el tranquillo, descubrió que era del todo satisfactoria: sobre
todo cuando todo cuanto deseaba era perder de vista los pensamientos negativos que
llevaban nublándole la razón desde que Alban decidió ignorarla. Era la clase de
actividad que había que desempeñar en estado de alerta para prevenir una coz. Eso le
permitió, paradójicamente, despejarse.
Tal y como el señor Allen le había advertido, lavar ovejas era trabajoso y cansino,
sobre todo cuando el rebaño se contaba por cientos. Necesitaron ayuda de algunos
muchachos del pueblo, y no terminaron hasta que el sol se puso detrás de las
montañas. Para ese momento, Dorothy estaba tan exhausta que no le quedó fuerza en
las manos para salir del río. Alban se percató de su dificultad y, en lugar de tenderle
la mano, la cogió en brazos y la llevó a la orilla.
Era la primera vez que sentía sus manos tan cerca, y la sensación fue tan deliciosa
que pese a todo no pudo evitar sonreír, consciente de que solo por eso todo había
merecido la pena.
Una vez estuvieron los dos de pie, buscando sus zapatos entre las decenas de
botas de los que terminaban el lavado, Alban y ella intercambiaron una mirada
silenciosa.
No le importó estar sucia, mojada y tener el pelo pegado a la cara. Él la miraba
como si pudiera conquistar el mundo de esa facha. Incluso detectó algo más en sus
ojos vidriosos, una especie de placer inconfesable. Parecía orgulloso, y Dorothy
podía imaginarse por qué… porque aunque solo fuera gracias a su apariencia, estaba
más cerca de quien era él. Porque en ese momento podrían pasar por una pareja de
jóvenes trabajadores, y si de veras lo fueran, nadie podría impedirles que
compartieran su vida.
Alban le acercó una de las mantas que habían amontonado a la sombra de un
árbol y se la echó por los hombros. Dorothy no se molestó en fingir que su templada
expresión no la tenía ensimismada.
Podía ser el hombre más guapo que había visto en su vida, pero eso no era lo
único atrayente. Alban tenía una bondad en el rostro que incitaba a todo el mundo a
confiar en él. Por mucho que escondiera sus sentimientos, todos y cada uno lo
traicionaban brillando sin avisar en unos ojos que vivían una vida paralela a la de
mozo taciturno. Alban caminaba como si no quisiera que lo vieran, se movía despacio
y sustituía las palabras por sumisos asentimientos de cabeza, lo que a simple vista
hacía que pareciese una presencia lúgubre. Pero cuando levantaba la mirada,
contradecía el supuesto propósito de su existencia de pasar desapercibido: así era
como todos sabían que, como no podía vivir hacia fuera de la manera en que le
gustaría, vivía hacia dentro, alimentándose de sueños y fantasías secretas para seguir
adelante.

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Dorothy habitaba en ese rincón encubierto de su alma. Era la reina de tan
exclusivo espacio, por eso sus ojos no disimulaban deleitarse cada vez que la miraba.
—Será mejor que se cambie —murmuró—. Nadie querrá que se ponga enferma.
No esperó a que respondiera y se dio la vuelta para regresar a la propiedad. No
quedaba muy lejos, ya que el río atravesaba la finca de Beltown Manor.
Dorothy observó que se escurría el pelo y se aireaba la camisa al dirigirse, con los
hombros hundidos, al cobertizo donde se guardaban las herramientas.
Se aseguró de que nadie la miraba y siguió su estela con decisión. No pasaría un
día más sin que averiguase qué era lo que le trastornaba.
Dorothy irrumpió en el cobertizo cuando él se estaba secando la cara.
—No vas a hacerme creer que has dejado de quererme de un día para otro —le
dijo—. No soy ninguna estúpida, y me ofende que me trates como a una a estas
alturas.
Alban apretó los labios y dejó el pañuelo a un lado.
—Me parece muy ofensivo para usted misma que use «estúpida» como sinónimo
de «dama». Yo no la trato con condescendencia; la trato con respeto.
—No quiero que me trates con respeto. Quiero me lo faltes.
Alban le sostuvo la mirada. Su nuez de Adán tembló al tragar saliva, pero esa vez
no tuvo nada que ver con la timidez, sino con la rabia contenida.
Estaba furioso. Llevaba semanas furioso y Dorothy no entendía por qué, pero una
pequeña parte de ella se regocijaba al imaginarlo levantando la voz. Nunca lo había
visto llegar a ese punto.
—Yo no estoy aquí para complacer los caprichos de una dama, y menos cuando
estos podrían dejarme sin empleo. Esto —abarcó el cobertizo— es todo lo que tengo:
mi puesto y el orgullo del señor Allen. No me merece la pena traicionar su confianza
ni arriesgarlo por una aventura pasajera que no me traerá otra cosa que amargura.
Dorothy jadeó con incredulidad.
—¿Una aventura pasajera que no te traerá otra cosa que amargura? ¿Así es como
defines una amistad de años? —Tiró a un lado la manta y avanzó hacia él, enfadada
—. Soy la persona que mejor te conoce; mucho mejor que el señor Allen…
—Pero no eres la que mejor me entiende, ni eres la que estará al final del día —
interrumpió—. Y a veces es más importante tener al lado a alguien que sabe cómo
vives y podría ayudarte que con alguien que todo lo que puede ofrecerte es… un
cariño que podría desvanecerse en cualquier momento.
—¿Eso es lo que crees? ¿Que mi cariño puede desaparecer? Después de todo lo
que te he dicho, todo lo que he hecho y demostrado… ¿En tan baja consideración me
tienes? Pensaba que respetabas la fuerza de mis sentimientos.
—También soy lo bastante prudente para respetar tu responsabilidad matrimonial
y el contexto en el que vivimos. ¿O vas a decirme que me llevarías a Londres
contigo; que podríamos casarnos?

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—Si no podemos casarnos, viviremos en pecado —decidió Dorothy—. No me
importa.
—¿Tu familia no te importa?
Dorothy vaciló un segundo. Solo uno, porque no tardó en recordar que, hacía tan
solo un año, durante la primera temporada de sus hermanas Frances, Florence y
Rachel, la primera había declinado la oferta matrimonial de un duque para fugarse
con un plebeyo que no tenía donde caerse muerto. Su pecado había sido disculpado;
no de inmediato, pues era difícil para todas perdonar un impulso tan irracional como
el que les arrebató a su madre, pero ni una sola de las Marsden le guardaba rencor.
¿Por qué se lo guardarían a ella? No podía imaginar a ninguna de sus hermanas
prohibiéndole casarse con Alban, ni siquiera la propia Venetia. No cuando anunciara
con toda seguridad que si le quitaban su cariño podrían matarla.
Fue a explicarle la situación, pero Alban clavó en ella sus ojos con firmeza y
declaró:
—Lo suponía. Y no creas que me ofende. Si yo tuviera familia alguna tampoco la
pondría por debajo de un delirio romántico temporal. Pero tengo mi orgullo —
continuó, poniéndose una mano en el pecho—, y yo no voy a ser tu mero
entretenimiento hasta que te cases.
Dorothy sacudió la cabeza.
—No eres mi maldito entretenimiento. No sé qué te ha metido en la cabeza el
señor Allen, pero está muy equivocado, y… —Apretó los labios, contrariada.
Descartó el que iba a ser un ruego, una invitación a decirle de qué manera podría
demostrarle que la subestimaba. La manera en que despreciaba sus sentimientos
consiguió que la cegara la rabia—. Podría decir lo mismo de ti. Yo no soy la damita
con la que puedas pasar un buen rato para pavonearte delante del resto del servicio.
¿O crees que no me he dado cuenta de que todos te miran con recelo y envidia?
En sus ojos verdes relampagueó la ofensa. Se acercó a ella con una expresión
perturbadora.
—Creo que para pavonearme delante del servicio tendría que hacer algo más que
morirme de amor por ti.
Su corazón se saltó un latido.
—¿Como qué? ¿Como tocarme? —Lo cogió de las muñecas y se las puso en la
estrecha cintura. Alban se ruborizó, avergonzado, pero eso no la detuvo. Dorothy
siguió guiando sus manos por la curva de las caderas—. Puedes pavonearte porque no
hay nada que desee más que esto.
Alban se soltó de su tembloroso agarre y retrocedió un paso. Estaba tan aturdido
que su voz olvidó salir con decisión.
—Si me miran con recelo… es porque parezco un perro faldero, no porque vean
como una victoria de mi parte que me uses a tu antojo.
—¿Que yo te uso? —Soltó una sola carcajada, rabiosa—. ¡No sabía que
estuviéramos contándonos chistes!

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—Me manejas como más te gusta. Te basta con ponerte unos pantalones,
coquetear con un hombre o solo amenazarme con irte a Londres para que haga lo que
tú me pidas. Y no actúes como si no lo supieras. Eres muy consciente de que no soy
inmune.
—¡Igual que yo no soy inmune a ti! No dices más que bobadas —le espetó.
Se dio la vuelta para marcharse antes de que la discusión derivara a algo peor,
pero Alban la cogió de la mano y tiró de ella.
Dorothy chocó con su pecho húmedo y su mirada fulminante.
—No puedes hacerme la promesa que necesito para postrarme a tus pies. Y si no
puedes hacerla, mantente alejada de mí.
Dorothy no se movió. Aguantó su mirada arrasadora con templanza.
—¿Qué promesa es?
—Que me querrás para siempre.
Ella arrugó el ceño.
—Por supuesto que te querré para siempre.
—No lo sabes con certeza. Es algo que escapa incluso a tu conocimiento.
—Es una certeza tan obvia e irrefutable como que el sol se pone por el oeste. Y si
alguien tuviera el derecho de desmentir esta verdad, esa persona no sería otra que yo
misma; la que conoce mejor que nadie cuál es su sentir.
Se zafó de su brazo de una sacudida rabiosa y caminó hacia la puerta. Antes de
empujarla con fuerza, se giró para mirarlo con decepción.
—No me culpes a mí de tu flagrante cobardía. Los dos sabemos que lo único que
me seduce cuando pienso en el futuro es que serás mío algún día, y estoy dispuesta a
hacer cualquier cosa para que eso suceda. Si tú no crees en los sacrificios como yo lo
hago, dilo ahora y te sacaré de mi corazón aunque sea a arañazos.
Alban se apagó al escucharla.
—No estoy haciendo esto por gusto. Aunque aún no lo entiendas… solo intento
evitarte un daño que eres incapaz de ver que padecerás si seguimos con esto.
Dorothy agarró con fuerza el pomo de la puerta.
—¿Seguir el qué? Ni siquiera hemos empezado nada —le soltó. Se esforzó por
mantener encorsetadas las emociones que amenazaban con desbordarla—. Tomaré tu
respuesta como un no. No eres lo bastante valiente.
El comentario mordaz terminó de sacarle de sus casillas. Alban avanzó hasta
llegar a su altura, y antes de salir el primero, le confirmó con un siseo:
—No, no soy lo bastante valiente para ver cómo te marchas…, así que mejor me
marcho yo.

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Capítulo 5

Venetia bajó el libro que estaba leyendo y enfrentó a Dorothy.


Ella no se dio cuenta. Tenía la mirada perdida al otro lado de la ventana, donde
las tierras de la finca se extendían hasta más allá del alcance de la vista. Las luces del
atardecer sombreaban la línea del horizonte.
Otra jornada muerta. Otro día perdido. Otra oportunidad desperdiciada.
—¿Puede saberse cuál es el motivo de tu extraño comportamiento? —preguntó
Venetia al fin. Usó ese tono tan característico suyo que ponía firme a todo el
mundo… excepto a Dorothy.
Por paradójico que pudiera parecer, la benjamina era la que menos se tomaba en
serio las advertencias y regaños de una de las hermanas mayores, quizá porque
conocía esos secretos que, de salir a la luz, echarían abajo su inmaculada imagen de
dama instruida… o tal vez porque simplemente veía a Venetia como una hermana y
no como un sargento, fama que se había ganado entre el resto.
Dorothy probó a sonreír.
—Echo de menos a las demás —dijo.
Y no era del todo falso.
Aunque solía dedicar la mayor parte de su tiempo ocioso a Alban —o al menos
eso hacía antes de que este hubiera confesado, dos meses atrás, que no era lo bastante
valiente para luchar por ellos—, era su obligación pasar algunos ratos con su familia
para no levantar sospechas. Esos ratos no suponían ninguna tortura para ella: todo lo
contrario. No necesitaba conocer a las damas y a los caballeros londinenses para
decretar que no había mujeres más divertidas en toda Inglaterra que las muchachas
Marsden. Gracias a ellas se le había hecho menos doloroso el mal trago de encajar el
rechazo de Alban, uno que, a decir verdad, todavía no había podido asimilar del todo.
Por desgracia, Rachel y Florence se habían marchado un mes atrás para disfrutar
de su tercera temporada. Como toda debutante razonablemente atractiva y provista de
una buena dote, en la primera habían causado sensación; en la segunda deberían
haberse casado, y en la presente ya corrían el riesgo de quedarse para vestir santos.
Rachel estaba desesperada por un marido y Florence haría cualquier cosa para zafarse
de los pretendientes que le llovían; Audelina se había casado con lord Langdale unos
años atrás, y Brenda, que ahora se hacía llamar Beatrice, reinaba en los escenarios de
la capital como la mejor actriz desde Letitia Cross. No solo porque tuviera suficiente
fama para encarnarse a sí misma en una sátira, sino porque era tan conocida por su
talento como por la interminable lista de reyes y emperadores extranjeros que la
escoltaban con ninguna otra esperanza que convertirse en su próximo amante.

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—Ya hemos hablado de esto —dijo Venetia, apartando a un lado la novela. Se
alisó las arrugas de la falda y ahí apoyó los dedos entrelazados—. No tienes por qué
quedarte aquí mientras dura la temporada. Cumpliste dieciocho años hace apenas
unos meses. Estás más que preparada para hacer tu puesta de largo.
—¿Por qué estoy más que preparada? ¿Acaso lo único que prepara a una mujer
para hacerle una reverencia a la reina es tener más de dieciséis años? —inquirió, con
un tono relajado que ocultaba la naturaleza crítica de su respuesta.
—Digo que estás preparada porque tus modales son impecables, y, a pesar de no
haber tenido institutriz, has estudiado para poder defenderte durante una
conversación.
Dorothy apartó la vista del esperanzado rostro de Venetia.
—Creo que tendría que querer casarme para estar preparada —murmuró.
—Siempre hay un hombre esperando para hacerte cambiar de opinión.
—¿Por qué tanta insistencia en convertirme en la sensación de Londres? —
interrumpió de golpe. Se arrepintió de su exabrupto en el mismo momento en que
habló. A fin de cuentas, que Venetia depositara semejante confianza en su futuro
matrimonio no la irritaba tanto como le dolía ser incapaz de desprenderse de sus
utópicos deseos para complacerla.
—No quiero convertirte en la sensación de Londres. Quiero que aproveches la
oportunidad que tienes —corrigió, con el ceño fruncido—. Sabes bien que es mi
obligación como tu hermana mayor (y la de Arian como tu tutor) disponerlo todo
para tu presentación en la capital. Y es tu responsabilidad como muchacha casadera
viajar y hacer lo propio —agregó—. Pero si no quieres desposarte con nadie por el
momento, lo respetaré.
»Respeto que haya una actriz en la familia. Después de eso, una solterona solo
traería honor al apellido.
Dorothy ladeó la cabeza hacia ella con una sonrisilla, que se acentuó al ver el
gesto contrariado de su hermana.
—A menudo te compadezco —confesó Dorothy, mirándola con afecto—. Naciste
en la familia equivocada. No hacemos más que darte disgustos.
Venetia se levantó, de pronto abochornada, y se apresuró a sentarse a su lado y
estrecharle la mano.
—No digas eso nunca más. No os cambiaría por nada —deletreó. Dorothy fue a
decir que lo sabía, que solo había sido un comentario apreciativo, pero ella continuó
—. Ni siquiera cambiaría mi experiencia. El dolor que he soportado me ha llevado a
donde estoy hoy, y no se me ocurriría quejarme de mi posición…
—No creo que a nadie le moleste ser condesa —bromeó.
—Pero si hay algo que lamento, y esto es lo único —prosiguió—, es no haber
podido vivir una sola temporada como debutante.
La leve sonrisa de Dorothy se tambaleó.

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Sabía que Venetia tenía esa espina clavada, pero que lo hubiera admitido en voz
alta ponía sobre sus hombros un peso con el que no quería cargar: el de cumplir por
ella ese sueño frustrado.
Dudaba que Venetia compartiera su interpretación. Enseguida diría que no tenía
nada que ver, que sumando las temporadas de Frances, Florence y Rachel ya había
satisfecho con creces la ilusión de la vida que podría haber tenido; que lo único que
deseaba era que no se privase de una extraordinaria experiencia.
Eso fue exactamente lo que le dijo unos segundos después.
—No tienes que casarte. Dios me libre de imponerte algo así. Solo ve… y
observa —le propuso—. Conoce nuevas amistades, descubre aficiones distintas… Ve
a disfrutar y pasarlo bien. Allí están tus hermanas. ¡Y Londres! En Londres no hay
nada imposible.
En Londres no estaba Alban.
«¿O vas a decirme que me llevarías a Londres contigo?», le había reprochado.
Dorothy tragó saliva y desvió la mirada a los finos dedos de Venetia, entrelazados
con los suyos.
Jamás dudaría del amor de su hermana. Era tan inmenso y poderoso que podría
mover las montañas, y ni una confesión tan escandalosa como haberse enamorado
perdidamente de un hombre de una clase social muy inferior conseguiría menguarlo.
No, Dorothy no tenía miedo a poner en sus labios la confesión que había pasado años
fantaseando con gritar a viva voz… pero llevaba tanto tiempo protegiéndola de
indiscreciones —pese a no haber sido en absoluto prudente al escabullirse con Alban
en mitad de la noche— que no sabía por dónde empezar.
Fue un milagro que Venetia decidiera ponérselo en bandeja sin saberlo.
—Aunque he de decir que no comprendo tus reticencias hacia el matrimonio.
Cierto es que la idea de compartir tu vida con alguien infunde respeto, y nadie
debería perdérselo porque es un trabajo de todos los días… Pero mira a tus hermanas
casadas. Audelina y yo somos felices.
—Porque amáis a vuestros maridos —apuntó Dorothy.
—Igual que tú amarías al tuyo, querida. ¿Es eso lo que te preocupa? Ya deberías
saber que Arian y yo nunca te obligaríamos a desposar a un caballero que no fuera de
tu gusto. Tendrías total libertad de elección.
Dorothy clavó la vista en los melancólicos ojos verdes de Venetia, que la
estudiaba a su vez con una mezcla de preocupación y esperanza.
Sabía que de alguna manera la envidiaba. Envidiaba sus dieciocho años, su
lozanía, el frente de oportunidades abierto y disponible para su experimentación…
Ese que le fue vetado a ella por el aciago destino al que los escándalos familiares la
abocaron.
Pero Dorothy también envidiaba a Venetia. Jamás había concebido sus
sentimientos por Alban como una aberración, quizá porque como no era del
conocimiento de nadie, nadie pudo ponerle los pies en la tierra con una crítica

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mordaz. No obstante, aunque nunca se amargó ni le preocupó a dónde la llevaría su
relación clandestina, siempre había sentido celos por lo fácil que le resultaba a
Venetia renegar de lo que no tenía futuro. Una personalidad como la suya jamás
habría dado lugar a un romance ilícito con un mozo de cuadras. Una mujer como ella
tenía tan asimilada su posición que no habría perdido el tiempo mirando a un hombre
que no estuviera a su altura.
Si Dorothy hubiera heredado solo una pizca de su sentido común y su conciencia
de dónde pertenecía cada uno, no se encontraría en esa difícil situación.
—¿Me dejarías casarme con el hombre al que yo amara? —preguntó, escrutando
su rostro.
—Por supuesto que sí. ¿Acaso lo dudabas?
—¿Con cualquiera? ¿Fuera quien fuese? —insistió. Venetia abrió la boca con la
misma determinación a asentir, pero debió sospechar a qué se refería, porque arrugó
el ceño y no dijo nada—. ¿Incluso si no se tratara de un caballero?
—Bueno… Por lo que he oído, los burgueses están tomando la ciudad. No es raro
formalizar un matrimonio entre una dama y un hombre con dinero.
—¿Y si no tuviera dinero? ¿Y si fuera humilde? —Venetia vaciló—. Nesha…
Sabe Dios que lo último que quiero es disgustarte, pero la verdad es lo mínimo que te
debo después de meses negándome a viajar con las demás a Londres.
—Dorothy… —Sonó a advertencia, pero también a súplica.
—Venetia —la cortó. Sostuvo sus manos con fuerza y la miró directamente a los
ojos—. Si me caso con un hombre que no sea Alban Beauchamp, seré infeliz toda mi
vida.
La condesa necesitó un instante de silencio para ubicar ese nombre. Debía sonarle
familiar porque Dorothy no hablaba de otra persona, pero tal y como ella ya sabía, le
prestaba tan poca atención al servicio —ni mucho menos al último escalón de la
jerarquía— que tardó un buen rato en averiguar a quién se refería.
—¿El mozo de cuadras? —balbuceó, con voz temblorosa.
Dorothy no pudo hacer otra cosa que sonreír con amargura.
—¿Sabes? Si hubiera dicho esto en el sótano, no habría habido un solo criado
sorprendido, y a ellos no les he hablado de Alban tanto como lo he mencionado en
este mismo salón. Y, sin embargo, ninguna de vosotras podría haberlo predicho,
porque ni siquiera las traviesas mellizas cometerían una travesura del nivel de
enamorarse de un criado.
—Hablabas de él como tu amigo —se defendió—, hablabas…
—También hablaba del señor Weston como un amigo y todas me guiñabais el ojo,
y solo porque tenía dinero y me había pedido un baile en Navidad —especificó—.
Alban era invisible para todas vosotras porque no lo concebíais como un riesgo. Y no
lo concebíais como un riesgo porque no era un hombre. Era un criado, lo que en
nuestro idioma es una especie de subcategoría humana que no merece una segunda
mirada, ni mucho menos el respeto suficiente para…

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Dorothy se detuvo al toparse con la mirada horrorizada de Venetia.
Se obligó a serenarse respirando hondo.
Una remota parte de sí, esa más optimista de lo que podía permitirse, había
fantaseado con que Venetia la comprendía y daba su bendición. Pero sus esperanzas
nunca pasaban el estricto filtro de la realidad.
—¿Has perdido el juicio? No puedes casarte con un mozo de cuadras. ¡Es el
mozo de cuadras, Dorothy!
—Es el amor de mi vida.
Venetia pestañeó como si no pudiera comprenderlo. No lo comprendía, en
realidad: para ella, los términos «amor» y «mozo» no casaban en ninguna asociación,
ya fuera física, institucional o simplemente oracional.
—Eso no es amor. Solo estás encaprichada —murmuró—. Es el único hombre de
buen ver y joven que conoces, y para colmo es educado y respetuoso. ¿Cómo no ibas
a pensar que lo quieres? ¡Yo también creía que me casaría con el ayudante del
cocinero que me dejaba roer los pastelillos a escondidas!
—¿Cuál es tu argumento? ¿Que el amor solo es válido si lo sientes por un hombre
de sangre azul o con un negocio próspero? —replicó. Aunque estaba envalentonada,
procuró mantener el tono sereno durante toda la intervención—. Aunque Arian haya
heredado un condado y después de muchas clases de protocolo se haya convertido en
un noble decente, creció en la calle como algo mucho peor que un criado. Arian solía
ser una alimaña, y tú lo sabes y aun así lo amas del mismo modo. De hecho, me
parece que lo quieres más justamente por la vida difícil que le tocó llevar.
Venetia abrió la boca para replicar, pero en vez de su tono acelerado, habló una
voz masculina y potente.
—Tiene razón.
Dorothy ladeó la cabeza hacia la puerta. El conde sostenía el pomo de la puerta
con los dedos crispados, una contradicción respecto a su calmo semblante. Alto, duro
como las laderas de Snowdon y nada partidario del aristocrático chaqué: ese era
Arian Varick, un hombre que aunaba características físicas tan distintas como lo eran
el cabello rubio platino y la piel morena, y, para sorpresa de todos los que
instituyeron al dandy afeminado como canon de belleza inglés, se presentaba como
un hombre de un atractivo demoledor.
—Creo que lo que lady Clarence iba a decir —continuó Arian— es que no quiere
que su hermana pequeña cometa los mismos errores que ella.
Venetia logró salir de la conmoción para lanzarle una mirada hostil.
—Eso no es en absoluto lo que pretendía responderle.
Se cruzó de brazos en medio del salón. Su postura era intimidante, pero no mucho
menos que la de la tensa Venetia. Ambos eran aterradores, solo que amedrentaban de
un modo diferente. Dorothy había visto a Venetia temer el temperamento de Arian
tantas veces como a Arian estremecerse ante una muestra de carácter de su esposa.

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—Ilumínanos, entonces. ¿Cómo vas a tener la hipocresía de rechazar y condenar
los sentimientos de tu hermana si los tuyos no son muy diferentes?
Venetia se mantuvo inmóvil en el sitio. El silencio que siguió podría haber herido
la sensibilidad de los oídos más susceptibles, pero tanto Arian como Dorothy
aguardaron, expectantes, hasta que la condesa se dejó caer de nuevo en el sillón con
un suspiro dramático.
Se llevó una mano a la frente.
—Nadie me entiende en esta condenada familia de locos.
A pesar de la tensa situación y la importancia del tema que se estaba debatiendo,
Dorothy y Arian intercambiaron una rápida mirada risueña. Era bien sabido que al
conde le encantaba sacar de quicio a su mujer, y a Dorothy no le había quedado otro
remedio que tomarse con humor los lamentos de su hermana. Sucedían con tanta
frecuencia que esa era la única alternativa frente a echarse a llorar con ella.
Pero se recompuso relativamente rápido y miró a Dorothy con resignación.
—Alban no tiene dinero. ¿Cómo va a mantenerte? Antes me moriría que ver a mi
hermana viviendo de la caridad ajena o labrando un campo como… —Miró de reojo
a Arian, como si ya supiera que iba a condenar su comentario.
Este atendía su lista de impedimentos con una ceja arqueada.
—¿Qué tiene de indigno labrar un campo?
—Dorothy es una dama.
—¿Y las damas no tienen piernas y manos para labrar campos?
—No puedes referirte a las partes del cuerpo de una mujer de ese modo tan
desahogado.
—Yo diría que, poder, sí puedo. Lo acabo de hacer.
Los labios de Venetia se convirtieron en una fina línea.
—Las mozas también tienen piernas y manos y no labran campos porque son
mujeres —retomó.
—Pero podrían hacerlo si quisieran. Igual que las damas.
Venetia se pasó las manos por la cara, y como de mutuo acuerdo, sus dos
pesadillas decidieron bajar las armas y compadecerla. Dorothy y Arian acordaron con
la mirada arrodillarse y ponerse en cuclillas respectivamente frente a ella.
—Este debe ser el único lugar en el que me reprochan que me lleve las manos a la
cabeza porque mi hermana quiera que la despose un mozo de cuadras.
—Pero es el único lugar en el que serías feliz —apostilló Arian—, o eso es lo que
sueles decir. Estás a tiempo de retirarlo.
Venetia suspiró.
—No lo retiro. Pero este asunto no puede quedar así. Tenemos que discutirlo… y
llegar a un acuerdo —dijo, mirando a Arian. Este asintió con la cabeza, y Dorothy no
se atrevió a protestar, aunque ganas no le faltaron.
Antes de que tuvieran que pedirle que se retirara, se levantó y abandonó el salón
para darles más intimidad mientras barajaban alternativas a un futuro labrando

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campos. Por lo visto, Venetia ni siquiera sabía que el mozo de cuadras se dedicaba al
mantenimiento de los caballos, y no al de la finca.
Depositando toda su esperanza en la persuasiva dádiva —aunque políticamente
incorrecta— de su cuñado, Dorothy deambuló por los pasillos de la mansión.
Aunque había nacido entre lujos, no le costaba imaginarse sin ellos. Podía
prescindir de esas sedas importadas que tanto fascinaban a su hermana Rachel, y no
necesitaba una propiedad de más de veinte habitaciones para tener más espacio para
esconderse, único motivo por el que las mellizas, a sus tiernos quince años,
celebraron mudarse de Wilborough House a Beltown Manor.
Dorothy se había cuestionado en cientos de ocasiones si de verdad pertenecería al
«clan Marsden», pues aunque procuraba hacer alarde de su educación tal y como le
habían enseñado, no se identificaba con el protocolo ni con todos esos rituales
aristocráticos de los que los nobles estaban tan orgullosos. Por supuesto, eso era más
frecuente de lo que parecía: las propias mellizas se burlaban de las normas del
decoro, pero porque renegar del aspecto complejo y tedioso de su clase era fácil. En
realidad, ni Frances ni Florence renunciarían a los beneficios de su posición, lo que
Dorothy consideraba un contrasentido y hasta cierto punto pura hipocresía.
Ella lo dejaría todo atrás sin pestañear.
Todo, menos a su familia.
Conforme más rato pasaban los condes en el salón, más nerviosa se ponía. Estaba
feliz por haberse desahogado, por haber confesado al fin los que eran sus
sentimientos a Venetia, la persona que más quería en el mundo. Y no dudaba que
Arian defendería sus intereses, si no porque era la niña de sus ojos, por lo menos
porque siempre que pudiera desafiar al régimen —aunque fuera con un matrimonio
escandaloso—, lo haría.
Pero esa felicidad se fue desinflando, reemplazada por la incomodidad física y la
desorientación.
Hacía meses desde que no hablaba con Alban. La discusión en el cobertizo la
había ofendido de tal manera que había renunciado a sus cabalgadas matutinas para
no tener que cruzarse con él. Con el paso del tiempo, naturalmente, la había tentado ir
a buscarlo para hacer las paces, pero que Alban no hubiera mostrado la menor
iniciativa para solucionarlo la había echado para atrás.
Nunca dudaría de sus sentimientos ni cuestionaría que fuera difícil para él la
decisión que había tomado. Pero sí que se preguntaba si habría hecho lo correcto.
Acababa de dar la cara, arriesgándose a causarle una apoplejía a su hermana,
cuando Alban había demostrado ser un cobarde. Y todo ¿por qué? ¿Acaso Alban no
había dejado ya muy clara su postura?
Incluso si dejara atrás sus privilegios gustosamente, era indiscutible que Dorothy
perdería mucho más que un trabajo de mozo. Perdería su reputación, sus amistades,
tal vez a su familia; su dinero, su posición. Lo único que él tenía que hacer era

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tomarla y ella se encargaría de todo lo demás. Pero no estaba dispuesto ni siquiera a
eso.
Tal vez no la quisiera lo suficiente, después de todo.
Dorothy detuvo su paseo frente a la puerta del salón, a través de la que se
filtraban las potentes voces de los condes.
Estaban discutiendo.
Eso no era nada revolucionario o fuera de serie; las peleas entre los dos estaban a
la orden del día y todo el mundo tenía el consuelo de que lo habían establecido como
una de sus múltiples formas de demostrarse que se querían. Sin embargo, Dorothy se
sintió culpable.
¿Y si estaba causando problemas para nada?
Se apoyó en la pared, con las manos tras la espalda, y se dejó caer hasta que
estuvo en cuclillas.
Su ilusión inicial se había volatilizado.
Y entonces la puerta se abrió y un Arian en todo su esplendor autoritario le hizo
un gesto serio para que entrase. Venetia estaba de espaldas a ellos, mirando por la
ventana sin fijarse verdaderamente en el paisaje.
Cuando se dio la vuelta, la culpabilidad golpeó a Dorothy con mayor intensidad.
Tenía los ojos inyectados en sangre, señal de que había llorado… por su culpa.
—Nesha…
—Siéntate, por favor.
Dorothy obedeció retorciéndose las manos en el regazo. Hubo un silencio en el
que Arian tomó asiento en el diván. No le pasó desapercibido que Venetia lo hizo casi
en el otro extremo, y que ninguno de los dos se miró al dirigirse a ella.
—Hagamos un trato —propuso Arian. Entrelazó los dedos y se apoyó en los
muslos para inclinarse hacia ella—. La temporada comienza oficialmente este
viernes. Tienes tiempo para preparar tus baúles e iniciarla junto a tus hermanas. Ya
sabes que, en vista del poco éxito cosechado en los salones, le he pedido a mi primo
Maximus que use su influencia para casar bien a Rachel y a Florence este año.
Puedes aprovecharte de esto para encontrar un marido, o puedes pasar estos meses
disfrutando de las innumerables propuestas ociosas de la capital. Pero irás a Londres
este año porque es tu obligación —acotó. La miraba con seriedad, pero también
esperando que ella protestara en algún momento. No lo hizo—. Si en julio no has
conocido a ningún hombre interesante y sigues pensando en Alban… Entonces
volverás y hablaremos largo y tendido de cómo nos las apañaremos para que eso
salga adelante.
Dorothy no movió ni un músculo. Solo se aseguró por el rabillo del ojo de que
Venetia daba su beneplácito. A juzgar por su expresión, diría que tenía sus serias
dudas, pero no interrumpió. Dorothy se las apañó para empujar al fondo de sí misma
unas inoportunas cosquillas y mantuvo el tipo al sonreír, temblorosa.
—Gracias.

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—¿Lo apruebas? —preguntó Arian.
—Claro que lo apruebo.
Arian dio una palmada.
—Estupendo. Y ahora… Voy a ver cómo se encuentra mi hermano. Tú también
deberías ir a saludarlo, aunque solo sea por educación —agregó. No miró a Venetia al
decirlo, pero elevó el tono para que no cupiera la menor duda de que se refería a ella.
Dorothy debería haberse marchado, pero esperaba intercambiar unas palabras con
su hermana. No obstante, esta parecía demasiado disgustada para que la atormentase,
y no era para menos. Quizá debería haber esperado unos días para hacerla partícipe
de su delirio sentimental. Venetia ya estaba suficientemente alterada desde que el
hermano de Arian, una alimaña muy orgullosa de serlo, había aparecido en Beltown
Manor con una herida de bala y una muchacha encantadora que decía «ser suya».
—Creo que he tenido suficientes disgustos por hoy para encima tener que
vérmelas con el estúpido de Bastian Carstairs —espetó.
En lugar de ofenderse, Arian arqueó una ceja de mofa.
—Milady, ¿ha dicho usted «estúpido», o han sido imaginaciones mías? ¿Dónde
quedaron sus aristocráticos modales?
—Se me debieron perder el día que me casé con usted, junto con el sentido
común y la cordura.
Venetia se levantó y caminó hacia la salida muy digna, pero Arian la interceptó
antes. Ignorando que Dorothy estaba presente —o a lo menor no le importaba en
absoluto. Conociéndolo, se arriesgaría a decir que era lo segundo—, atrapó a Venetia
entre sus brazos y le llenó las mejillas de besos. Venetia intentó librarse de él a base
de manotazos, balbuceando que su hermana podía verlos, pero cuando llegó a sus
labios, toda la tensión de su cuerpo se disipó y acabó abrazándolo.
Dorothy sonrió y aprovechó ese momento para escabullirse.
No salió a tiempo para perderse un susurrado:
—No se enfade conmigo, lady Clarence. Mire que me convertí en un aristócrata
honrado para impresionarla.
Dorothy cerró la puerta, y con el gesto, las carcajadas de Venetia quedaron
encerradas en el salón.

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Capítulo 6

La fiesta de la primavera se consideraba toda una tradición no ya en Beltown


Manor, sino en Gateshead. Los locales eran invitados a celebrar el equinoccio en la
grandiosa finca del conde de Clarence, que no escatimaba en gastos a la hora de
disponer para todo público una orquesta completa y un banquete no muy excesivo
para que nadie sufriera una inconveniencia después de horas bailando. Era una de las
pocas fiestas masivas de la zona, y una de las favoritas de Dorothy por un sencillo
motivo: las mujeres vestían como vestales, lo que las libraba de las restricciones del
corsé por unas horas, y no había otro objetivo que celebrar la diversidad, por lo que
las diferentes clases sociales se entremezclaban por una noche sin que hubiera juicios
de ningún tipo… por lo menos hasta el día siguiente.
Pero al día siguiente nunca había reproches o comentarios malintencionados, sino
sonrisas frescas y nuevas amistades forjadas gracias a esa noche sin reglas. En la
fiesta de la primavera todo era posible, y la energía positiva que flotaba en el
ambiente era tan contagiosa que por un momento uno podía pensar que las cosas
cambiarían para bien algún día.
Dorothy estaba preparándose con ayuda de su doncella en el mismo dormitorio
que la burbujeante compañía del señor Carstairs, una tal señora Goody a la que
Venetia no dejaba de mirar con recelo. El hecho de que la llamaran «señora» la había
llevado a pensar que era una esposa fugada, y con los antecedentes del hermano de
Arian, a quien nadie en aquella casa tenía especial estima, no era una locura suponer
que o bien la había secuestrado o seducido a placer. La señora Goody había intentado
disuadir a Venetia de pensar algo tan terrible del señor Carstairs, al que ella llamaba
«señor Bast» con un acento norteño muy gracioso. Pero Venetia era de ideas fijas, y si
algo duraba para siempre, era el rencor hacia los personajes que habían causado el
menor daño a alguno de sus familiares. En ese caso, era un secreto de la casa que el
señor Carstairs se atrevió a seducir a una de las Marsden para luego no hacerse cargo.
Si bien Carstairs era una presencia que evitaría si tuviera oportunidad, Dorothy no
estaba a favor de guardar rencor eternamente. Ni mucho menos trasladarlo a una
criatura inocente como lo era la señora Goody, de nombre Meredith. Dorothy se lo
pasó en grande contándole qué tendría lugar en la fiesta de la primavera y cómo se
había llegado a forjar como una tradición.
—Es una de las fiestas más románticas del año. Se calcula que alrededor de
cincuenta parejas se comprometen el veintidós de marzo —le contó Dorothy,
mientras se arreglaba la corona de flores sobre la cabeza—. Viene de una costumbre
muy divertida. Se supone que, al llegar la medianoche, las muchachas casaderas

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deben echar a correr. Los hombres solteros saldrán detrás de ellas con una cinta
blanca en el bolsillo que, en el caso de ser lo bastante rápidos y alcanzarlas, colocarán
en sus muñecas para dar por formalizado el futuro enlace matrimonial.
Observó que Meredith vacilaba antes de preguntar, con dificultad:
—¿Y si la muchacha… no quiere casarse con ese hombre?
—Puede negarse, por supuesto. —Se fijó en que su respuesta la sorprendía. Con
una leve sonrisa, se acercó a ella y le sacó la densa melena pelirroja del vestido—.
Las pocas que echan a correr ya lo tienen hablado con su hombre, y las que no…
suelen saber quién va a perseguirlas. Es una curiosa y bonita manera de
comprometerse, ¿no cree?
—Curiosa, desde luego. Bonita… ya no tanto —intervino Venetia—. No sería
nada divertido que el aspirante a marido se tropezara y acabara matándose.
Dorothy soltó una carcajada.
—Ningún hombre se mataría sabiendo que, de alcanzar a la novia, tendría
derecho a un beso. Claro que, si la muchacha no está satisfecha con quien la ha
perseguido, puede darle el beso en la mejilla —agregó, mirando a Meredith. Gracias
a su expresión supo que iba a formular esa misma pregunta.
—Pobre hombre. —Suspiró Venetia, revisándose en el espejo con el ceño
fruncido—. Arriesgarse a sufrir un ataque al corazón para nada.
Dorothy se giró hacia ella con una sonrisa compasiva.
—Arian se arriesgará a sufrirlo cuando te vea así. Estás perfecta.
—¿Tú crees? —preguntó, dudosa.
—Si no siente el impulso de echarte sobre el hombro como un cavernícola, no
merece vivir —dictaminó con seriedad. Venetia puso los ojos en blanco y masculló,
divertida, «qué tontería»—. ¿Cómo es que has decidido participar este año en la
fiesta?
—Supongo que me he visto en el deber de aprovechar que Milan está
plácidamente dormido.
Dorothy no ocultó lo feliz que la hacía esa noticia. Venetia no era dada a las
fiestas, y no porque no le gustara pasarlo bien, sino porque dudaba que pudiera
hacerlo cuando aún había quienes cuchicheaban sobre su aventura con el marqués de
Wilborough. Para Venetia, un acto público era muy similar a combatir en una guerra,
y que tomara ese riesgo significaba que se sentía con fuerzas suficientes para salir
victoriosa.
—Vamos —la animó Venetia. Al darse la vuelta hacia la puerta, su densa melena
oscura ondeó emitiendo destellos azulados.
Dorothy se revisó por última vez en el espejo. Se echó los rizos rubios sobre los
hombros, alisó las arrugas visibles del vestido romano y ceñido por debajo del pecho
y cuadró los hombros.
En los espectaculares alrededores de la mansión se había formado un jaleo
atronador. Mientras bajaba las escaleras con una sonrisa, reconoció al señor Allen

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sentado en torno a la fogata prendida para la ocasión y a varias de las doncellas
bailando alegremente cogidas de las manos. Algunas de las criadas más jóvenes
bromeaban y se tiraban del vestido entre grititos, algunos brindaban con sendas
cervezas por quién sabía qué excusa, y otros habrían adelantado el momento
romántico de medianoche para perseguirse por las laderas de la finca.
El mayordomo, que no se había quitado la librea ni siquiera con ese pretexto, se
ofreció a ayudarla a bajar los últimos peldaños.
—Bowler —le reprendió con cariño—, ¿es que no se ha enterado de que hoy todo
el mundo tiene la noche libre?
—Esto es lo que hago en mis noches libres, milady.
—¡Tonterías! —Bajó el escalón de un salto que hizo que el mayordomo casi se
abalanzara para cogerla en brazos, y lo tomó de la mano—. Venga a bailar conmigo.
—Milady…
—¿Me va a hacer ese desaire, Bowler? Casi todo el mundo tiene pareja menos yo.
—Podría usted bailar con quien quisiera.
—Y yo quiero bailar con usted. —Le dio una palmada en el pecho.
Bowler no podría haberse resistido ni aunque así lo hubiera deseado. Aunque
sentía una evidente predilección por Venetia, todas las Marsden eran las niñas de sus
ojos y no podía negarles nada de lo que quisieran… lo que no quería decir que fuera a
aceptar de buena gana. Se dejó guiar por Dorothy a la fogata, donde la música
resonaba con especial intensidad, pero lo hizo con la boca torcida.
—Divertirse un poco no le va a matar —volvió a regañarle—. Vamos, muévase.
—¿Y si me necesitan en la casa?
—No hay nadie en la casa. Incluso Venetia ha decidido pasarlo bien. Mírela.
Y señaló a la condesa, a la que en ese momento Arian levantaba del suelo en un
abrazo de oso.
—Ese hombre va a matar a su esposa el día menos pensado.
—¿De un disgusto? Es posible.
—No tendría por qué, milady. Incluso cuando no la disgusta, pone su vida en
peligro. Fíjese en cómo la abraza, como si fuera un saco de patatas.
—Le tiene usted ojeriza al conde, Bowler —apreció, riéndose.
—Es lo que merece. Lady Clarence está quejándose.
—Pero se queja por obligación, no por gusto. Los dos lo sabemos muy bien.
Se aferró a los hombros del mayordomo y dio saltitos para animarlo a hacer lo
mismo. Bowler cedió al fin con una pequeña sonrisa.
En una de las vueltas que dieron, Dorothy se topó con una mata de pelo dorado y
suelto sobre los hombros que reconoció de inmediato. Ralentizó sus movimientos y
miró por encima del hombro de Bowler al Alban relajado y sonriente con unas copas
de más. Iba vestido igual que el resto de los hombres, con una sola camisa de mangas
abullonadas al estilo medieval y los pies descalzos. En una mano llevaba un vaso de
madera y, en la otra, estrechaba la cintura de una criada.

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La visión le borró la sonrisa de un plumazo.
Conocía a la criada. Era Charlotte, la bastarda y tartamuda que se había marchado
a Londres con una ayuda económica del conde. Se contaba que había prosperado en
la mansión de un noble, pero a veces regresaba a sus raíces para visitar a sus buenos
amigos. Alban era su amigo, sí, pero en ese momento parecía mucho más… Charlotte
en sí misma parecía más que una criada, con el largo pelo cobrizo suelto a la espalda
y un escote que tentaría a cualquiera.
Dorothy lamentó que hubiera decidido perder con Alban esa vergüenza que solía
cohibirla.
Con su Alban.
Como si la fuerza de su mirada hostil le hubiera atravesado la nuca, Alban se
llevó una mano al inicio de la espalda y se la rascó antes de darse la vuelta hacia ella.
Dorothy aprovechó ese momento para disculparse con Bowler y dirigirse con la
intención de ser vista a la mesa de madera donde servían la cerveza. Le pareció que
Venetia le gritaba que la diluyera en agua, como era costumbre hacer con el vino. No
hizo caso. Todos sus sentidos estaban en el hombre inexpresivo que la estudiaba
desde la distancia, sin soltar a la muchacha que le contaba sus aventuras con
aspavientos grandilocuentes muy impropios de una joven tan tímida.
Dorothy le sostuvo la mirada, desafiante, al vaciar de un trago uno de los toscos
vasos. Se le encogió el corazón de agonía al ver a Alban dejar el suyo y hacerle un
gesto a Charlotte para ponerse a bailar. Fue testigo de cómo la abrazaba y levantaba
por los aires antes de improvisar una burda pero alegre danza de pareja.
La invadió una desazón insoportable que le anegó los ojos de lágrimas.
No supo qué hacer.
¿Qué se suponía que significaba ese repentino cambio de actitud? ¿Había
decidido darlo todo por perdido antes de siquiera comenzar? Se sintió ridícula al
imaginarse como un pasmarote en medio de una celebración en la que todo el mundo
chillaba y se reía a carcajadas. Apretó los puños cerrados y cogió una bocanada de
aire para transmitirse fuerzas, pero no se deshizo de la pena que de pronto la ahogaba.
Por el contrario, esa pena se fue multiplicando y ramificando en emociones más
intensas, como la rabia y unos celos que no fue capaz de disimular.
Venetia se aproximó con cara de circunstancia.
—¿Dorothy? ¿Estás bien? —susurró.
Ella asintió, distante, y le hizo un gesto para que volviera con Arian. Se dio la
vuelta y se obligó a coger de la mano a una de las doncellas que bailaban en corro.
Dio la casualidad de que, al otro lado, tomó la mano rugosa de otro de los mozos
de cuadras. Pensó, con ironía, cómo se las gastaba el destino, que parecía empecinado
en relacionarla con los criados. No obstante, cuando este le dedicó una tierna sonrisa,
no pudo resistirse a devolvérsela; menos aún cuando interceptó a lo lejos el ceño
fruncido de Alban.

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No mucho más animada ahora que sabía que tenía su atención, pero sin duda
alguna espoleada por la amargura y el deseo de darle un poco de su medicina, danzó
con alegría y aprovechó los momentos de descanso para charlar con su nuevo amigo.
Conocía al mozo en cuestión de unos cruces casuales. Sabía que podía
considerarse compañero de Alban, pero no amigo. Ni mucho menos ahora que era
evidente que Dorothy lo había elegido para pasar una agradable velada. Se llamaba
Kirk y, a diferencia de Alban, cosa que pensó con cierto despecho, tenía planeado
prosperar en la capital marchándose de allí. También era muy diferente a Alban al
trato, pues Kirk no era en absoluto discreto: desde el primer momento aprovechó que
tenía su entera atención para colmarla de halagos, y no dudaba en tocarla cada vez
que se le presentaba la oportunidad, ya fuese cogiéndola de las manos, abrazándola
por la cintura o acercándose más de lo que lo tendría permitido si lo hiciera una
noche distinta a esa.
Dorothy se dejó, guiada por los malos consejos del monstruo de los ojos verdes.
El mismo que debía estar susurrándole maldades al oído a Alban, pues no dejaba de
mirarla con la mandíbula a punto de explotar.
Cuando se cansó de las atenciones de Kirk, Dorothy se disculpó y fue hacia la
mesa, donde rescató otro de los vasos de cerveza. No se veía capaz de sobrevivir la
noche si no era con un poco de alcohol.
Alban eligió también ese momento para reponer el suyo. Supo que lo tenía detrás
antes de que cerrase la mano en torno a su antebrazo y le espetara:
—¿Qué estás haciendo?
Dorothy se deshizo de su agarre de un movimiento seco.
—Estoy pasándomelo bien… igual que tú. ¿O crees que eres el único que puede
hacerlo? —le espetó. Los ojos de Alban echaban chispas, pero no habría sabido decir
si era por la cerveza o por la rabia.
Quizá ambos.
—¿Y has decidido pasarlo bien con Kirk, que es conocido por despreciar a las
mujeres en cuanto ha levantado sus faldas?
—No creo que a mí me tratara así. Soy su señora —repuso con pedantería,
estirando el cuello—. Y si eso no lo impresionara lo suficiente, tengo experiencia con
mozos para saber que ninguno tendría el atrevimiento de ponerme un dedo encima.
Por lo menos, aquellos con los que he tratado nunca han encontrado el valor de
hacerlo.
—Él lo hará. Créeme que lo hará.
—Me alegro, entonces —soltó. Se giró hacia el tenso y embravecido Alban. Tras
retirarse el pelo de la cara de un movimiento enérgico, apoyó las manos y las caderas
en la mesa, dándose un aire retador—. Siempre he querido saber cómo se siente la
pasión de un hombre.
Alban deslizó los ojos lentamente por su rostro. Se detuvo a la altura de sus labios
entreabiertos.

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El corazón de Dorothy se saltó un latido, preparado para cualquier asalto, pero fue
en vano, porque Alban enseguida apartó la mirada. No era la primera vez que lo
hacía, y sin embargo, esta vez Dorothy casi ardió de rabia. Tuvo que contenerse para
no vaciarle el vaso en la cara.
—Apártate. Me está esperando.
—Casi es medianoche. Quítate a ese cerdo de encima antes de que sea tarde.
—Eso estoy intentando hacer, pero insiste en cerrarme el paso —ironizó.
Alban rechinó los dientes al decir:
—Te arrepentirás.
—Yo nunca me arrepiento de lo que hago. No soy esa clase de mujer… —Intentó
escabullirse por su costado, pero Alban le cerró el paso—. Quítate del medio.
No lo hizo.
Dorothy se desesperó.
—¿Qué te importa lo que haga? —La voz se le quebró. Le ardían los ojos, por eso
evitó mirarlo al añadir—: Todo el mundo ha sido testigo de la facilidad con la que te
arrimas a otra mujer.
—Puede que eso sea justamente por lo que lo hago —replicó—. Porque es fácil y
no un camino lleno de obstáculos, a diferencia del que tendría que sortear si me
atreviera a bailar contigo.
—Cobarde —le soltó entre dientes.
—Prefiero considerarme prudente. Charlotte es mucho más afín a mí.
Dorothy cerró los ojos un segundo antes de levantar la barbilla y enfrentarlo.
—Que te aproveche, entonces —escupió—. Yo no me interpondré en tu historia
de amor. De hecho, la semana que viene me habrás perdido de vista para siempre.
Confío en que en Londres me valorarán más.
Sin darle tiempo a replicar, se dio la vuelta y regresó a la fogata. Fue una suerte
que en ese momento, la señora Goody la interceptase y fuese a por ella con las manos
por delante, dispuesta a arrastrarla al baile. Dorothy no quiso girarse para mirar a
Alban, pero al dar una vuelta sobre sí misma por petición de Meredith, se fijó en que
no se había movido ni un ápice: seguía petrificado en el lugar donde lo había dejado.
—Ya va a dar la medianoche —le dijo a Meredith, en un intento por distraerse—.
¿Correrás?
—Yo soy una mujer casada, milady. No tengo derecho, y la noche es para los
jóvenes y para los amantes —respondió, muy sabiamente.
—Y para los que tienen el corazón roto —meditó ella.
Meredith Goody lanzó una mirada por encima de su hombro en dirección a una
de las pocas luces encendidas de la casa.
—En ese caso, creo que iré a ver al señor Bast. Debe estar muy aburrido.
—Una excelente decisión —se oyó decir, sin haber procesado del todo su
contestación. Interceptó la mirada hambrienta de Kirk—. Puede que yo sí lo haga. La
noche también pertenece a los valientes.

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Dorothy barrió el espacio con la mirada. Se fijó en que las mujeres parecían
ansiosas, pero eran unos nervios encantadores, de los que las ruborizaban y dibujaban
sonrisas de oreja a oreja en sus labios. Los hombres también parecían prepararse para
la carrera. Alguien había llevado un reloj para que tuviera lugar a la hora acordada.
Dorothy no sabía cuántos segundos quedaban, y nadie tendría el detalle de hacer
una cuenta atrás. Por eso echó a correr con un segundo de retraso, porque no lo hizo
hasta que se percató de que Charlotte se agarraba las faldas y salía disparada colina
abajo.
Mientras Dorothy corría en dirección al bosque, una media sonrisa amarga
curvaba sus labios, y ya fuera por el viento que le atizaba las mejillas o porque no
podía contenerse ni un segundo más, sus ojos vidriosos empezaron a escocer y,
pronto, a derramar lágrimas que la rapidez de la carrera iba limpiando antes de que
ella pudiera secarlas.
¿Iría Alban detrás de Charlotte? ¿Iría Kirk detrás de ella? ¿Sería esa una carrera
simbólica sobre cómo habrían de terminar; cada uno con alguien diferente, alejados el
uno del otro?
Dorothy se detuvo cuando perdió de vista la entrada al bosque. Apoyó la mano en
el tronco de un haya y echó la cabeza hacia atrás para coger oxígeno. Estaba
preparada para seguir corriendo, aunque solo fuera como desahogo, cuando oyó el
chasquido de una rama partida bajo el peso de un hombre.
Apenas le dio tiempo a darse la vuelta antes de que un pecho firme la aplastase
contra el tronco, y unos brazos musculosos la dejaran sin escapatoria.
Dorothy perdió el eje al toparse con los ojos verdes de sus sueños.
—Dime que no es verdad… —jadeó Alban entrecortado, escrutando su rostro. El
suyo estaba arrasado por la ansiedad—. Dime que no te vas.
Con unas palabras tan sencillas logró borrar de un plumazo los pensamientos
agoreros que habían estado torturándola desde que lo viera con Charlotte. Se quedó
sin habla, conmovida por la cantidad de emociones que iban surcando su expresión.
Vio en esta que estaba tan desesperado por ella como ella misma por él. Y, sin
embargo, no le dio una respuesta. Logró escabullirse y tomar fuerzas de donde creía
que no las había para seguir corriendo.
Pero esa segunda carrera la hizo con una sonrisa verdadera en los labios, con el
corazón apretado y la esperanza haciéndole cosquillas en el estómago. Solo ladeó la
cabeza un momento para cerciorarse de que Alban la perseguía, y entonces soltó una
carcajada con la que liberó toda la frustración acumulada en los pasados meses.
No tenía pensado detenerse muy deprisa, pero tropezó con las raíces de uno de los
árboles y estuvo a punto de caer. Alban la cogió del antebrazo y tiró de ella para
devolverle el equilibrio.
Entonces Dorothy se giró para encararlo y se topó con una expresión que no le
había visto antes.

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Involuntariamente, tragó saliva, y casi como si se sintiera amenazada por la
mirada que le dirigía, dio un paso atrás. Alban la soltó, pero caminó hacia ella muy
despacio hasta que Dorothy chocó con el tronco de un viejo roble.
El bosque estaba sumido en el absoluto silencio salvo por sus respiraciones
agitadas y el eco lejano de las risas de otras parejas que habían ido a parar allí. La
brisa fresca agitaba las copas de los árboles, levantando un murmullo misterioso. El
rumor del agua. Los chasquidos silenciosos de los movimientos secretos de la
naturaleza. Pero Dorothy no podía fijarse en ninguno de esos detalles, porque en los
ojos de Alban latía la furiosa determinación que llevaba años ansiando vislumbrar. El
verdadero fuego del centro de la tierra.
Su belleza era sobrecogedora. No poseía un título de caballero que eclipsara su
masculinidad, porque algunos aristócratas eran primero duques y luego hombres.
Primero estaban sus posesiones, que daban sentido a sus vidas, y después ellos,
simples portadores —y por tiempo limitado— de un prestigio prestado. Alban no
tenía dinero, pero era rico en virtudes. No pertenecía a la nobleza, pero tenía el
corazón más noble. No era nadie. Era simplemente un hombre. Un hombre sencillo,
trabajador; con la camisa abierta, el cabello alborotado y la sombra de la barba
marcando sus rasgos. Un hombre tan consciente de sus debilidades y limitaciones
como capaz de desafiar al destino y pelearse con todos los titanes del panteón solo
por ella.
Dorothy alzó las manos con las palmas apuntando hacia él en señal de rendición.
Alban aprovechó su postura para entrelazar los dedos con los de ella y guio sus
manos unidas a cada lado de su cabeza, donde las apoyó con delicadeza.
Dorothy observó, con el corazón a punto de salírsele por la boca, que Alban
cerraba los ojos y descansaba la frente en la de ella. Supo que no podría fastidiar
aquel momento sagrado intentando ponerle palabras a sus sentimientos: los mismos
que él luchaba por enunciar, sacudido por la emoción.
Alban escondió la nariz en el hueco de su cuello y allí apoyó los labios un
instante. Todo el cuerpo de Dorothy se estremeció al simple contacto de su aliento.
—No querría vivir en un mundo en el que no estuvieras tú —confesó con la voz
quebrada. Dorothy soltó sus manos y lo abrazó por el cuello, hundiendo los dedos en
su cabello suelto.
No se oyó nada más que el frufrú de las telas de sus disfraces al unirse en el
primer y desgarrador abrazo que durante años se habían dado en su imaginación.
Alban la estrechó como si quisiera hacerla desaparecer entre sus brazos y, a la vez,
con ese afán de protección que daba a entender cuán valiosa era para él. Solo se
separó lo suficiente para que ella dejara de jadear con dificultad. Acunó su rostro
entre las manos y secó las lágrimas de sus mejillas de marfil con los pulgares.
—Te quiero, Dolly.
—Lo sé…

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—No, no lo sabes. No entiendes mi agonía. He hecho de quererte una manera de
vivir. Una forma de existir. Te quiero como si fueras lo único que tengo, y ni siquiera
te tengo todavía.
—Todavía —recalcó Dorothy, mirándolo intensamente.
Un eco de dolor transfiguró la expresión de Alban un segundo antes de atrapar el
suspiro de Dorothy. Selló sus labios con un beso tan sencillo como él lo era, y no se
separó ni se movió un ápice, como si antes necesitara dejar la huella de su boca allí.
Pero pronto fue insuficiente, y unas ansias de amor capaces de romperlo en pedazos
lo empujaron a presionar a Dorothy contra el tronco y besarla con ahínco.
Ella clavó las uñas en su nuca y lo acercó más, al tiempo que se estiraba sobre los
dedos de los pies.
La emoción se disparó en su pecho.
A pesar de estar flotando, no perdió conciencia de dónde se encontraba, con
quién; de lo que estaba sucediendo. Alban la devoraba por todas esas veces que no
pudo hacerlo, y ella no era más que mantequilla en sus manos.
Pronto el beso tomó nuevos matices, inspirado por la desesperación. Dorothy se
aferró a su cuerpo como si al separarse fuera a perderlo para siempre, y él recorrió las
formas de su cuerpo con manos codiciosas. Ella dejó ir un gemido entrecortado al
sentir sus dedos en las caderas y las nalgas, apretando sus pechos… Y, de pronto,
nada.
Alban se separó de ella con un último y casto beso en la comisura del labio. Fue a
protestar, temblando de los pies a la cabeza, pero se quedó muda cuando él sacó del
bolsillo del pantalón una cinta blanca. En lugar de tomar su mano para ponérsela,
rodeó su delicado cuello y la ató como si de una gargantilla se tratase.
Dorothy tuvo dificultades para tragar saliva, y se olvidó de que debía respirar al
ser víctima de su mirada apasionada.
—Algún día… tú serás mía.

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Capítulo 7

Alban adoraba al conde de Clarence. No se parecía ni por asomo a ninguno de los


nobles a los que había tratado con anterioridad. Era humilde, cercano y envidiaba
tanto su sentido del humor como el hecho de que no se dejara vapulear por nadie. Ni
siquiera por su esposa, que pudiendo hacerlo sentir inferior y torpe, solo le daba
razones para estar más orgulloso de sus raíces.
Uno de los motivos por los que decidió que tendría su eterno respeto, era que
hubiese implantado una tradición tan revolucionaria como un almuerzo de
agradecimiento a la servidumbre. Antes de Arian Varick, Alban no habría concebido
que un aristócrata pudiera proponer a sus empleados subir al gran salón y celebrar
una agradable comida con el posterior piscolabis en la salita contigua. Pero se iban a
cumplir dos años desde que iniciara esa costumbre. Y si bien Alban lo había
admirado por ello, pues esa mezcla de clases le había permitido en primaveras
anteriores charlar con Dorothy sin tener que esconderse, ese día lamentaba como
nunca que su patrón fuera tan particular.
Alban estaba preocupado porque llevaba casi una semana entera besándola,
tocándola. Incluso había estado a punto de echar por tierra su valiosa virtud. La
valiosa virtud de lady Dorothy Marsden, la preferida de la casa. No le cabía la menor
duda de que, si se sentaba a la mesa con ella, todo el mundo lo vería en su cara. Vería
que había profanado su cuerpo; que la había conducido por un camino de placeres
que no deberían estar al alcance de una dama.
No era bueno fingiendo. Ni siquiera había podido aparentar que Dorothy no le
importaba cuando intentó, en vano, apartarla de su lado. Y Arian no tenía un pelo de
tonto: era tan perspicaz como su esposa, como el mayordomo y como el señor Allen,
quien pese a haberse percatado ya de que había vuelto a rendirse a Dorothy, había
tenido la amabilidad de no meterse de nuevo. Alban sospechaba que estaba esperando
el momento propicio para recordarle que no iban a ninguna parte, y sin duda un
almuerzo en el que no podría dejar de mirarla se presentaría como una estupenda
oportunidad. Sin embargo, esa vez no se dejaría convencer. Dorothy lo amaba y lo
demás le era absolutamente indiferente. Lo que no significaba, claro estaba, que
quisiera evidenciar sus deseos y necesidades durante la comida ni poner a Dorothy en
un compromiso.
Por suerte, lo habían sentado casi en la otra punta de la mesa. Era un consuelo,
porque de haberla tenido al lado como en previas experiencias, se habría visto muy
tentado de meter la mano bajo la mesa y usarla con propósitos no muy nobles.

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Alban no se reconocía. En los últimos días parecía haber perdido el juicio y esa
prudencia de la que estaba orgulloso, y Dorothy no se quedaba atrás. Parecía que se
hubieran propuesto recuperar el tiempo perdido.
Ya apenas hablaban. En cuanto llegaban al lugar de su cita, intercambiaban dos
frases nerviosas y se fundían enseguida en un abrazo del que no se despegaban hasta
horas más tarde, cuando olían más al otro que a ellos mismos y les quemaban todas
las partes del cuerpo. Sobre todo a Alban, que necesitaba pedir en susurros la
palangana de agua de su compañero de habitación —el señor Allen no tiró un farol al
decir que pondría a alguien para vigilarle— y así refrescarse.
Pero no era suficiente.
Alban era insaciable porque Dorothy quería todavía más. La noche anterior la
había desnudado entera y tendido bajo las estrellas de su escondrijo forestal preferido
para admirarla maravillado. Él se había despojado de sus prendas también. La
sensación de sentir su piel, de acoplarse a su desnudez como si siempre hubieran
pertenecido, fue tan magnánima que estuvo a punto de hacerle el amor. En un
arrebato de locura se preparó para penetrarla, pero nada más hundirse levemente en
ella le atacó la culpabilidad.
Con ese reciente recuerdo tendría que compartir un almuerzo que ni siquiera le
cabría en el estómago. No podía comer. No tenía ni hambre, ni sed, ni sueño. Se
pasaba el día en un estado de enajenación tal que se le había olvidado cómo hacer su
trabajo. El señor Allen estaba furioso con él, y aunque odiaba decepcionarlo, odiaría
más aún dedicar un pensamiento a los caballos pudiendo poner a Dorothy al frente de
todos ellos.
Ya se habían sentado todos los criados cuando tuvieron que levantarse por respeto
a las damas. Lady Clarence entró primero, vestida con sencillez y sin joyas por
respeto a los modestos trajes de las doncellas. Detrás la seguía una Dorothy armada
con un abanico de encaje blanco y un simple vestido sin mangas y con un escote algo
más pronunciado de lo habitual.
Alban se removió en su silla con incomodidad. La odió y la deseó aún más por
haberse arreglado a conciencia. Incluso si el resultado era natural, la conocía de sobra
para saber que se había esmerado para provocarle una parálisis temporal. Y lo había
conseguido. Alban no fue capaz de probar bocado en toda la cena, y no se movió,
asustado por si alguien se daba cuenta de lo que le pasaba, salvo cuando le pidieron
que alcanzara el salero. ¿O fue la pimienta?
Dorothy estaba tranquila. Aparentaba normalidad de un modo envidiable. Solo le
lanzaba una mirada encantadora cuando nadie le prestaba atención, y en esos
momentos Alban se elevaba por encima de todos por el orgullo y el avaricioso placer
de ser el único objeto de sus afectos.
Le costaba no echarse a reír de pura alegría cada vez que pensaba que Dorothy le
correspondía. Su Dorothy le correspondía.

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Solo por eso mereció la pena tolerar estoicamente la erección durante la cena y la
posterior velada.
Era costumbre que los hombres fueran a la sala anexa a fumar y servirse la copa
de oporto mientras las mujeres se entretenían en otra o bien se retiraban a sus
aposentos. Sin embargo, ese era un acontecimiento fuera de serie y por tanto
permanecieron todos en el mismo salón.
Dorothy se sentó en un diván con su abanico, y Alban se quedó al margen de las
conversaciones, apoyado en una esquina desde la que pudiera apreciar a Dorothy
desde todas sus perspectivas.
Ella lo miraba con una leve sonrisa que solo revelaba un insignificante porcentaje
de lo que le pasaba por la cabeza. Y entonces se empezó a abanicar.
Alba conocía el lenguaje del abanico precisamente gracias a ella. No hacía
demasiado tiempo, antes de que se distanciaran por aquella estúpida discusión,
Dorothy le había explicado lo que significaba cada uno de los movimientos
ejecutados con la muñeca. No le costó discernir lo que quería decirle cuando cerró el
abanico y se dio un golpecito en la sien, mirándolo de manera elocuente.
«Pienso en ti».
Alban reprimió una minúscula sonrisa debajo de un dedo, con el que fingió
rascarse el arco de Cupido. Miró a un lado y a otro para cerciorarse de que nadie se
había dado cuenta. Ella siguió tentando a la suerte besando el abanico cerrado y
moviéndolo hacia delante. Así le enviaba un beso desde la distancia que Alban
acogió poniéndose una mano en el pecho.
Dorothy echó un vistazo alrededor antes de imitarlo llevándose el abanico a la
zona. Dio un golpecito sobre su escote, y dentro de Alban se extendió el calor que
había estado intentando contener para no romper la distancia que los separaba y
tomarla entre sus brazos.
«Mi corazón es tuyo», decía. Y para terminar de rematarlo, abrió el abanico de un
toque y empezó a abanicarse con una intensidad que revelaba, en el idioma de las
damas, que le quería. Muchísimo, a juzgar por el frenesí con el que se daba aire.
Alban se impacientó y no lo pensó al abandonar el salón haciendo el menor ruido
posible. No conocía la casa, y era muy arriesgado meterse en una habitación
cualquiera tanto por lo que pudiera encontrarse como por si Dorothy entraba en la
equivocada.
Aun así, abrió la primera puerta que encontró. Decidió que Dorothy le leería la
mente como siempre lo hacía y se dirigiría allí para encontrarse: a la biblioteca.
Tal y como había supuesto, Dorothy lo encontró solo diez minutos después.
Entró, todavía con el abanico en la mano, y echó la llave. La sacó de la cerradura y la
tiró al suelo junto al abanico sin quitarle los ojos de encima: unos ojos con lenguaje
propio y cuyo idioma solo sabía descifrar él.
—Excelente elección —lo alabó.
Alban redujo el espacio que los separaba y rodeó su cintura.

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—¿Te has vestido así para hacerme sufrir?
—No exactamente —respondió, enigmática. Solo pestañeó de manera coqueta y
Alban ya estaba sudando. Se apartó de él muy despacio e inició un paseo sugerente a
la vez que acariciaba los lomos de los libros. Se detuvo frente a una estantería
concreta y desde allí lo miró por encima del hombro—. Me he vestido así para ti.
—¿Es que querías que corriera la sangre? No puedo ocultar lo que siento, y tus
familiares no habrían tenido reparo en matarme si me hubieran cazado mirándote con
lujuria.
—Con lujuria —repitió ella, divertida—. ¿Eso es lo que sientes por mí? ¿Lujuria?
—¿Qué otra cosa podría sentir por una mujer tan segura de su encanto y que no
deja de provocarme?
—Podrías odiarla por ponerte en tan difícil situación. O podrías quererla porque
en el fondo adoras el riesgo.
—Adoro el riesgo porque no me queda otro remedio; si no lo hiciera, no podría
adorarla a ella.
Dorothy esbozó una pequeña sonrisa. Extendió la mano hacia delante.
—Ven aquí.
Alban vaciló al detectar un temblor en su voz. Avanzó hacia ella y dejó que sus
dedos lo envolvieran. No había nada tan familiar en el mundo como esa piel; quizá
porque Dorothy era toda su familia.
—Hay un libro… que he leído estos días y que… me gustaría que conocieras —
dijo, mientras buscaba entre los estantes. No tardó en dar con él.
Se lo tendió con solemnidad, mirándolo a los ojos.
—Dos noches de pasión —leyó en voz alta—. Alfred de Musset.
Dorothy asintió sin quitarle la vista de encima. Parecía que temiera su reacción.
—Quiero que leas para mí el fragmento de la página cuya esquina he doblado.
—¿Por qué?
—Tú solo hazlo.
Alban asintió y separó las solapas de la novela para buscar la página en cuestión.
En cuanto la encontró, carraspeó y comenzó:
—«Pero la razón fue vencida por la carne y, fuera de mí, feroz como una bestia,
me arrojé furioso y enardecido, sobre el hermoso cuerpo de Fanny. Fue tan súbita y
afortunada la acometida, que pronto me vi triunfador, sintiendo bajo mi cuerpo
agitarse y temblar de placer el delicado cuerpo de la muchacha. Nuestras ardientes
lenguas se cruzaban con frenesí. Nuestras dos almas no formaban más que una. Con
los deseos multiplicados, me así fuertemente a Fanny, para no perder su posesión.
Excitada de nuevo, me echó los brazos al cuello, y con sus potentes piernas me rodeó
la cintura…».
Alban se detuvo, respirando con dificultad. Bajó la barbilla para enfrentar a
Dorothy, notando que sus mejillas ardían tanto como a él le picaba la nuca.

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—¿Qué es esto? —logró articular, con voz ronca. La seria decisión con la que ella
lo enfrentaba le puso todos los vellos de punta.
—Quiero que lo hagas conmigo —susurró—. Todo lo que has leído. Todo lo que
se narra en ese libro.
—¿Q-qué?
—Quiero que me hagas el amor… antes de que me vaya.
El tiempo pareció detenerse.
—¿De que te vayas? ¿A dónde?
Dorothy desvió la mirada al suelo.
—Esos meses en los que no nos hablamos… —empezó, vacilante—, Venetia
volvió a repetirme que debía viajar a Londres para hacer mi puesta de largo.
—No.
—Ambas llegamos a un acuerdo beneficioso para las dos que consistía en que yo
me iría mañana, y…
«Mañana».
—No.
Dorothy lo miró con exasperación.
—Alban, escúchame. Solo me iría esta temporada. Es la única que estaré lejos.
Volveré en julio y… no volveré a marcharme jamás.
—No, no, no, no… —La tomó entre sus brazos de un arrebato desesperado—.
Mañana. ¿Por qué mañana? ¿Por qué me lo dices ahora?
—Porque no quería arruinar los días que nos quedaban. ¿Me has oído? Volveré en
julio. Solo son cuatro meses. ¿Es que no confías en mí?
—Confío en ti más que en la tierra que me sostiene. Pero cuatro meses…
—Hice un trato, Alban, no puedo deshacerlo ahora. Mi hermana está convencida
de que te olvidaré durante esta temporada, pero no tiene la menor idea de lo que dice.
Dorothy sonrió con resignación.
Era obvio que le dolía en el alma que Venetia no comprendiera el alcance de sus
sentimientos, pero Alban se ponía en el lugar de la condesa y empatizaba con ella.
Sería imposible que alguien externo lo entendiera cuando incluso a él se le escapaban
el origen y el sentido de una emoción tan poderosa.
—Volveré y le demostraré que estaba equivocada. Y entonces nos casaremos
como hablamos en la fiesta de la primavera.
Casarse. Los dos. Dorothy sería su mujer, su esposa. Podría disponer de ella para
siempre. Solo de pensarlo se estremecía por dentro. Si la recompensa era dormir con
Dorothy en la misma cama todas las noches sin miedo a lo que pudieran decirle, bien
valía la pena hacer el sacrificio.
—Confío en ti… pero no confío en ellos. Habrá quien te pretenda.
—Y en eso se quedarán —juró—. En unos pretendientes.
Alban tragó saliva.
Cuatro meses sin Dorothy.

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Nunca había estado tanto tiempo sin ella. El tiempo que pasaron distanciados fue
la época más aciaga y fúnebre que podía recordar. Dorothy no viajaba, no se ponía
nunca enferma y jamás pasaba más de un par de días sin ir a las caballerizas para que
le preparasen su montura. En casi cuatro años nunca había tenido oportunidad de
echarla de menos más allá de las ansias que lo carcomían por la noche, impidiéndole
dormir por andar imaginando lo que le diría a la mañana siguiente. Sin embargo,
sabía que podría haberlo tolerado si Dorothy no le hubiera besado. Ahora que conocía
cada rincón de su cuerpo, que la había probado, que se habían entregado de mil
maneras diferentes, no podía pensar en ver un amanecer sabiendo que estaba lejos.
—Lo sé —susurró ella, que no necesitaba oír sus preocupaciones para entenderlas
—. Va a ser duro. Por eso quiero irme con un dulce recuerdo. Tenemos dos noches de
pecado por delante, Alban, igual que Alfred de Musset. Esta y mañana, pues no me
marcharé hasta el alba del miércoles.
Alban tragó saliva.
Lo que le frenaba no tenía nada que ver con el aprecio a su virtud. Si a ella no le
valía para nada, él dejaría de protegerla con ese ridículo respeto. Lo que le aterraba
era pasar más de cien noches en el infierno, ardiendo por su culpa, después de haberla
poseído.
Sin embargo, se le hacía incluso más duro despedirse de ella sin entregarle lo que
le pertenecía.
—Ya sé que soy tuya —dijo ella—, pero quiero llegar a Londres sabiendo que
nada ni nadie podría apartarme de ti. Solo si me arruinas la vida del todo nos
quitaremos ese riesgo.
—¿Eso es lo que quieres que haga? ¿Que te arruine?
Dorothy asintió con esa convicción que le conmovía.
—No sé nada de eso —confesó, avergonzado—. Todo lo que conozco sobre las
mujeres… lo he aprendido contigo. Jamás habría encontrado el valor para… dormir
con otra, ni tampoco he sentido nunca el deseo de hacerlo.
Dorothy ahuecó su mejilla con la mano.
—Créeme: eso es exactamente lo que quería oír. Me sentiría muy decepcionada si
fueras un alumno aventajado, y no solo porque odiara quedar en ridículo. —Deslizó
los dedos por su cuello, y no paró hasta llegar al primer botón del chaleco. Empezó a
desabotonarlo, momento en el que él dejó caer el libro al suelo. Añadió, en un susurro
—: Te quiero todo para mí.
El calor empezó a fraguarse en su interior a raíz de una mirada abrasadora que
ella le dirigió. Entonces supo que no tenía nada que temer. Nunca podría
decepcionarla del mismo modo que Dorothy no podría desalentarlo, hiciera lo que
hiciese. Además de que ya conocían sus cuerpos. Sabían lo que le gustaba al otro.
Dorothy lloraba de placer cuando la besaba entre las piernas y le gustaba que le
acariciase y pellizcara los pechos. Él se volvía loco cuando ella introducía su
miembro en la boca y cuando le dejaba poseerla de espaldas, sin otro remedio que

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hacerlo por el orificio que no la dejaría embarazada. Solo quedaba un placer por
descubrir, y era obligado que lo hicieran juntos.
Alban tragó saliva y permitió que lo desnudara de cintura para arriba. No fue
difícil. No llevaba chaqué y ni mucho menos de frac, por lo que su atuendo estaba
compuesto básicamente de una camisa y un chaleco, que cayeron al suelo sin emitir
el menor sonido. Alban solo podía sentirse orgulloso de su aspecto cuando Dorothy
lo miraba con esos ojos golosos que le evaporaban la sangre. Verse en sus pupilas no
podía considerarse menos que halagador. Jamás se habría considerado un tipo apuesto
ni habría valorado su aspecto físico de no haber sido por ella.
No se movió mientras duraron las tentadoras caricias de Dorothy sobre sus
hombros, sus brazos, su pecho y la línea de vello que se perdía en los pantalones, que
tampoco tardaron demasiado en acabar enredados en sus tobillos.
Estaba catatónico por lo que podría tener lugar allí si no la detenía, y no tenía
muy claro que debiera hacerlo. Por una parte se sentía todo un rufián. ¿Quién era él
para arrebatarle a Dorothy la oportunidad de enamorarse de un caballero en Londres?
Si aquella tragedia sucediese, no podría entregarle su mano porque el humilde mozo
de cuadras de Beltown Manor la habría mancillado. Pero, por otro lado, sentía que
nadie salvo él tenía ese derecho sobre ella. Y si no lo tenía, había descubierto que era
lo bastante egoísta para echarla perder y así no le quedara otro remedio que
permanecer a su lado de por vida.
Le preocupaba que Dorothy pudiera interpretar su afirmativa como una manera de
comprometerla, que entendiese su entrega como una manifestación de celos y
posesividad, cuando en realidad debería ser una muestra de confianza absoluta. Sin
embargo, en cierto modo se sentía impelido a tomarla para dejar su sello, como si los
caballeros de Londres fueran animales que debieran oler su esencia en ella para
mantenerse alejados. Luego pensó que, independientemente de cuáles fueran sus
razones, Dorothy le quería, y no había fuerza terrenal o divina que pudiera convencer
a Alban de no complacerla.
Sin darle más vueltas, tendió a Dorothy sobre la alfombra y, sin despegar los ojos
de los de ella, en los que encontraba una valentía propia que en realidad no definía su
carácter, empezó a desvestirla. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al despojarla del
vestido y de la estructura de metal que le daba forma, descubrió que no llevaba ropa
interior.
—Pensé que debía hacerlo más sencillo —susurró, divertida al ver su expresión.
Alargó una mano y le acarició un mechón de pelo rubio que le hacía cosquillas en la
cara.
—Esto es lo único que no quiero que sea sencillo. Desvestirte es un placer.
Desenvuelvo todos los regalos que no he recibido y que no echo de menos gracias a
ti.
Su voz sonó amortiguada al intentar abarcar las palabras que pujaban por salir de
su garganta y también cada centímetro de la piel su cuello, por la que su boca rodaba

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ansiosamente. Dorothy parecía hecha de rayos de luna, y no tenía miedo de suspirar y
decir su nombre como si lo bendijera. ¿Quien decía que en realidad no lo estuviera
haciendo? Alban subía al cielo con el privilegio de los ángeles cada vez que ella se
ponía su nombre en los labios.
Dorothy adoraba que la huella de sus besos perdurase en rincones de su cuerpo
que nadie salvo él vería. Adoraba que la mirase. Y resultaba que él se recreaba de la
misma manera con su lienzo. Con más motivo esa noche tendría que complacerla…
Porque esa noche habría de durar cuatro meses.
Separó sus piernas con ternura y se arrodilló entre ellas con la sensación de estar
ante las puertas de un templo sagrado. Podría haberse sentido pequeño frente a tal
magnanimidad, pero en realidad su poder no tenía límites.
Nadie podría decirle que era un mozo de cuadras con una dama a la que jamás
podría aspirar. Era un dios, y escribiría sobre las tablas de su cuerpo los preceptos de
un amor al que no podrían aspirar los humanos. La tocó entre las piernas suavemente,
encontrando enseguida el punto que la hacía gemir y retorcerse. Observó,
maravillado, cómo su espalda se arqueaba y mecía las caderas en busca de sus dedos;
unos que la penetraron con el mismo tiento de días anteriores. Días de pasión que se
sentían como siglos.
Alban se obligó a ir despacio. Él estaba anulado para otras mujeres, y las mujeres
lo sabían: se lo decía sin palabras al mirarlas sin verlas. Pero los hombres aún tenían
oportunidades con ella, y por eso debía ser inolvidable. Rotó los dedos en su interior
sin dejar de acariciarla superficialmente, usando la mano libre para hacerle esas
cosquillas en el ombligo que la hacían reír, entrecortada. Sus labios se encontraban a
ratos con besos pausados, con unos más frenéticos y húmedos, con unos que
amenazaban con no terminar jamás.
Dorothy tomó su rostro entre las manos, temblando por el inminente orgasmo, y
le rogó con una mirada convencida que la acompañara.
Alban no se hizo de rogar. Colocó el miembro erecto en su entrada y empujó
como hiciera otras veces sin llegar a quebrar la barrera infranqueable. Él la quebraría
entonces: solo tendría que tenderse sobre ella, y ella sería suya.
Apoyó las manos cerca de los hombros femeninos y fue insertándose tan despacio
que sentía cómo sus paredes se iban ensanchando para dejarlo pasar; estrechando
para contenerlo. Su dilatación parecía un milagro, y su calor era tan contagioso que
por un segundo se mareó. Miró a Dorothy a los ojos y vio que la emoción le había
hecho derramar unas lágrimas, las mismas que le quemaban a él en los párpados y le
escocían en la garganta. La besó, inmóvil dentro de ella, y cuando el beso se tornó
frenético e impaciente, sus caderas comenzaron a moverse. Primero, despacio,
dándole tiempo para habituarse a su longitud. Después fue ganando ritmo, más y más,
hasta que Dorothy necesitó ponerse una mano en la boca para que los jadeos no
traspasaran las paredes. Demasiado excitado para pensar, se la retiró cogiéndola de la
muñeca y acercó sus labios para beberse cada uno de sus gemidos.

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Dulce y sensual. Arrebatadora.
El mundo era suyo, y él le pertenecía por extensión.
Apoyó la frente en la de ella, ambos sudorosos y jadeantes, y sonrieron con una
complicidad que nadie más habría comprendido.
El orgasmo los descubrió arropados con la piel del otro y casi al mismo tiempo,
un signo más de que estaban sincronizados casi desde su nacimiento y habría hecho
falta una catástrofe para separarlos.

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Capítulo 8

Las primeras semanas desde la marcha de Dorothy, Alban pudo respirar gracias a
la frecuente correspondencia. Leer se le daba de maravilla, pero había descuidado
tanto la escritura que tuvo que repasar el abecedario con el señor Allen. Tardaba
alrededor de dos horas en redactar una carta más o menos decente, y el resultado le
parecía tan humillante que se obligaba a repetirla; esa vez, con el mimo que merecía
su destinatario. Era lo mínimo que podía hacer por ella, que además le mandaba las
cartas perfumadas, con una caligrafía impecable y, según juraba, llenas de besos. En
alguna ocasión incluso se había pintados los labios con un carmín secuestrado a una
de las criadas para dejar su marca en la esquina inferior, al lado de ese «tu Dolly» que
le llenaba el corazón.
Aunque su ausencia se notaba, Alban podía trabajar más o menos concentrado sin
miedo a que el señor Allen le echase en cara que había bajado el nivel. No obstante,
vivía en un estado de irrealidad que hacía que los días se solaparan unos con otros y
no supiera muy bien qué era lo que había hecho, dicho o incluso comido el día
anterior. Él, que solía tener una mente privilegiada para almacenar todos esos detalles
—detalles que memorizaba para luego recitarle a Dorothy, cuando ella le preguntaba
qué había hecho durante la jornada—, se había visto de buenas a primeras con un
vacío que abarcaba mucho más que su pecho. Dorothy no solo se había llevado su
corazón, sino también su raciocinio. Se veía acatando órdenes y desempeñando sus
tareas con un automatismo que le había quitado encanto al trabajo que tanto amaba.
Alban ya sabía que existir sin el incentivo de ver a Dorothy por las noches sería
toda una odisea, pero nunca habría imaginado hasta qué punto. Por fortuna, le
quedaba la esperanza de recibir una carta, la que esperaba siempre como agua de
mayo.
Hasta que llegó el temido día.
Se suponía que el lunes tenía prevista la llegada de una carta, pero el mensajero
apareció con sobres para todos aquellos que sabían escribir y podían comunicarse con
sus familiares… menos para él.
Se convenció de que hubo una confusión y de que llegaría más adelante, pero
pasaron el martes, el miércoles, el jueves… y así hasta la semana siguiente sin
ninguna noticia.
Una de las veces que el mensajero apareció y, de nuevo, Alban se quedó con las
manos vacías, el señor Allen le lanzó una mirada circunspecta que hasta un idiota
habría sabido interpretar. Pero no quiso darle la razón. Por supuesto que era plausible
que una dama se cansara de cartearse con su amante una vez la sedujeran los lujos de

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la capital. Era plausible en una realidad en la que Dorothy no fuera esa dama. Alban
creía en sus afectos como el señor Allen creía en el futuro de la clase media o
Charlotte creía en Dios. Era imposible que simplemente se hubiera olvidado de él.
Así se lo hizo saber al señor Allen cuando este le preguntó por el asunto.
—Imagino que es difícil encajar el rechazo de la mujer que se ama, pero cuanto
antes te hagas a la idea, antes podrás pasar página —le dijo.
—No tengo que pasar página —zanjó con sequedad—. Ella me quiere.
—Mira que eres terco, chico. —Suspiró—. Pero si crees que en algo te beneficia
todo esto, allá tú. Eres mayorcito.
—Puede haberse perdido —insistió—. La carta… Puede haberse perdido.
—¿Cuántas cartas deben haberse perdido para que lleve más de dos semanas sin
comunicarse contigo? Lady Dorothy tiene un mensajero personal, y no se tardan ni
dos días en ir de Londres a Gateshead.
Alban sacudió la cabeza, furioso. Estaba tan obcecado en que tenía la razón que
se perdió el gesto compasivo de John. Este dejó a un lado el cepillo con el que daba
lustre al pelaje del semental del conde y se acercó. Le dio una palmada en el hombro.
—Chico, no soy tu enemigo. Al contrario: estoy de tu parte. Pero debo decirte
esto porque es lo que un padre o una madre te habría dicho.
El señor Allen no tuvo que repetirlo, porque pronto empezaron a llegar rumores.
Los condes de Clarence se habían marchado a la capital con el propósito de visitar a
sus familiares, y según cuchicheaban algunas sirvientas, habían enviado una urgente
misiva anunciando que una situación delicada los retendría allí más tiempo. Alban no
habría prestado atención a los motivos por los que decidieron prolongar su ocio si no
hubieran involucrado a Dorothy.
En cuanto le pareció oír su nombre, dejó lo que estaba haciendo y fue al
dormitorio del señor Allen. Tal era su turbación que abrió sin tocar previamente a la
puerta. Lo encontró con la mirada perdida en el suelo, meditando con ese ceño que le
añadía más años de los que tenía, a la vez que se refrescaba el cuello y el pecho
desnudo con el agua de una palangana.
—¿Ha oído algo sobre lady Dorothy? —soltó sin más.
Allen ladeó la cabeza hacia él, todavía con los codos apoyados en los muslos.
Tenía los ojos hundidos y parecía muy cansado.
Observó que abría la boca con un propósito muy claro: con toda seguridad, el de
decirle que no era su asunto, aunque ambos supieran bien que lo era.
La cerró, dudoso, y luego solo murmuró:
—Parece que está enferma. Tiene la escarlatina. Pero no lo vayas difundiendo por
ahí. Se supone que solo Bowler y yo disponemos de esa información, y porque
milord confía en nosotros.
Alban recibió la noticia como una daga en el corazón.
Escarlatina. Era la misma enfermedad que se había llevado a su madre.

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—¿Desde cuándo? ¿La están tratando? —balbuceó. Barrió el cuchitril en el que
Allen dormía con una mirada desenfocada y enseguida se dio la vuelta—. Tengo que
ir a verla.
La mano firme de Allen lo detuvo por el hombro.
—¿Para qué? No eres su familia ni tampoco eres médico. Tu presencia allí estaría
de más, y te recuerdo que tienes deberes que atender en esta casa.
—Sí que soy su familia.
Para sorpresa de Alban, que esperaba una réplica mordaz a la altura de la opinión
que tenía sobre su romance, John solo apretó los labios y volvió a sentarse en el borde
de la cama.
—Solo el conde puede darte permiso para abandonar tu puesto y hacer un viaje
—fue todo cuanto le recordó—, y yo no lo veo por ninguna parte. Podría darte yo ese
permiso, pero ayer fue mi último día como capataz de Beltown Manor, y ya no puedo
atribuirme sin más las competencias del conde.
—Pero el conde es un buen hombre, él me dejaría, él…
—Lo es. Aun así, dudo que te diera permiso para ir a ver a la hermana de su
esposa. Te partiría los huesos antes de que terminaras de decirle que es porque
«sientes que es tu familia»…
—Espere. —Sacudió la cabeza. Al hacerlo, se percató del baúl abierto que
descansaba discretamente en la esquina de la habitación—. ¿Su último día en
Beltown Manor?
John inspiró hondo.
—Así es, chico. He aceptado un puesto en un criadero cercano a la capital que
crece a una velocidad vertiginosa. Criadero de purasangres que compiten en los
derbis de Epsom, Newmarket y Great London, entre otros —concretó.
Alban se sintió traicionado. No por el señor Allen en concreto, sino por el mundo;
por quienquiera que reinase desde las nubes. En una sola noche amenazaba con
arrebatarle la tierra sobre la que pisaba al apartar de su lado a quienes consideraba
incondicionales.
—¿Por qué? —musitó.
—Pagan muy bien y tendría la posibilidad de ascender, cosa que aquí no se me
ofrece. No quiero estar en un establo toda mi vida, Alban —admitió. Sintió que era la
primera vez que le hablaba como un compañero y no como un padre—. Y tú tampoco
deberías.
John debió deducir lo que estaba pasando por su cabeza, porque agregó:
—Puedes venir conmigo. Un mozo nunca está de más, y no dudo que te
contratarán en cuanto sepan la buena mano que tienes con los animales… —Agregó,
con una nota de humor—: y con las mujeres nobles. Por lo visto hay algunas casadas
a las que les fascinan las carreras.
Alban sacudió la cabeza.

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—Tengo que esperar a Dorothy. Tengo que esperar a que vuelva. Pero si va a
Londres… ¿Podría informarse sobre la situación? Usted se llevaba bien con las
Marsden, no dudarán en contarle si… en decirle si…
—Haré lo que pueda —prometió, con una media sonrisa afectuosa—. Pero según
he oído, todo el mundo está ocupándose de ella. No tienes de lo que preocuparte.
Pero sí se preocupó. Salvo el día de la despedida del señor Allen, que solo pudo
preguntarse qué haría sin su mentor y amigo, estuvo vagando como un alma en pena
durante las jornadas posteriores, lanzando miradas ansiosas a la cancela de acceso a
la propiedad por si acaso aparecía el carruaje de los condes. Esa misma cancela por la
que vio marchar a John Allen justo unos minutos después de que le escribiera la
dirección del criadero y donde se hospedaría.
—Por si cambias de opinión —le había dicho.
Se marchó entre vítores, silbidos y aplausos, y apenas un par de semanas más
tarde, los condes regresaron envueltos en el peor de los silencios. Alban lo supo
porque la servidumbre de la mansión formó la hilera de bienvenida en la entrada. Él,
desde las caballerizas, se asomó a tiempo para ver a la condesa descender del coche.
La esperanza de que Dorothy lo hiciera con ellos murió en el preciso momento en que
reparó en que la condesa vestía el negro del luto.
Alban sintió que perdía el equilibrio.
Un par de ayudantes de las caballerizas tuvieron que sujetarlo por los hombros.
Se sintió tentado de correr hacia la pareja y exigir explicaciones, pero el mal
presentimiento lo había paralizado.
—Vete a tu habitación —le dijo Kirk, el mozo—. Yo termino por ti.
Alban obedeció. No supo ni cómo consiguió poner sus piernas en
funcionamiento, ni cómo se las apañó para encontrar la puerta que daba al pasillo del
servicio. No sentía el cuerpo, las manos le temblaban y le castañeteaban los dientes.
En el camino se cruzó con el mayordomo, al que no pudo hacerle la pregunta que
podría partirle el alma en dos. Sin embargo, vio las bolsas oscuras bajo la fila inferior
de sus pestañas y el dolor en sus pequeños ojos, a punto de romper a llorar.
En cuanto llegó a su habitación, cerró la puerta y se sentó en el borde de la cama.
No supo cuánto rato permaneció allí, inmóvil. Su mente se desprendió de la sujeción
del tiempo y el espacio y voló por todos los recuerdos que protagonizaba Dorothy. La
vio con el chucho en brazos, al que había llamado Babel por la famosa torre que
reunía en su interior a gentes de todas las culturas, igual que el perro hizo que se
reunieran en torno a sí dos personas de mundos tan diferentes como él y ella. La vio
bailando en corro en una de las fiestas de la primavera, riéndose tan fuerte que
necesitaba separarse del grupo un momento para coger aire. La vio desnuda entre sus
brazos, acariciándolo en completo silencio.
—Viviremos en una casita rural —le dijo la noche antes de irse—. Criaremos
animales… Caballos, si es lo que quieres; o cerdos, u ovejas… Hay que aprovechar
que ya sé cómo tratarlas.

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Alban se había reído al recordar aquel día.
—Tengo la suerte de contar con una mujer fuerte y capaz que puede seguirme el
ritmo. —La besó en la frente—. Si quieres ovejas, tendrás ovejas. Te daré todo lo que
quieras.
Dorothy sonreía y brillaba con luz propia al trazar su futuro: el de los dos. Y él no
podía resistirse a estrecharla con más fuerza y cubrirla de besos.
—¿Qué es lo que quieres tú?
—A ti. Nada más.
—Sé un poco más caprichoso.
Alban vaciló y se sumió en su característica timidez antes de atreverse a revelar
sus deseos secretos.
—Quiero que tengas mis hijos —balbuceó de carrerilla—. Solo eso.
Dorothy se había reído.
—¿«Solo eso»? Cómo se nota que no eres tú quien ha de traerlos al mundo. Asistí
al alumbramiento de Milan y fue terrible. Pero parece que merece la pena. —Levantó
la barbilla mirarlo desde abajo, con la cabeza apoyada aún sobre su pecho desnudo—.
Quiero al menos un niño y una niña.
Alban tuvo que abandonar el paraíso de sus recuerdos a la fuerza. Alguien
acababa de llamar a su puerta. No tenía la menor intención de levantarse, y no porque
no quisiera, sino porque no se veía capaz. Lo hizo igualmente cuando reconoció el
rostro congestionado de la condesa de Clarence.
Venetia presentaba un aspecto fúnebre, y no solo por el vestido negro. Era notable
que había pasado un buen rato llorando.
Alban no se movió más que para hacer una reverencia. Las palabras se le habían
atascado en la garganta.
—Hola, Alban. Espero no haber interrumpido nada. Lo último que deseo es
perturbarte.
—No, milady —balbuceó, con voz estrangulada. Ella probó a sonreír, pero le
salió una mueca—. ¿Q-quiere sentarse?
Venetia negó con la cabeza.
—No quiero entretenerte mucho.
Alban se quedó de pie, compacto como un bloque de cemento. Ella no estaba
menos tensa.
En cualquier otra circunstancia le habría extrañado que la señora de la casa no
solo bajara al sótano, espacio reservado a los criados, sino que solicitara de un modo
tan misterioso una audiencia privada con él… en su dormitorio. Sin embargo, en ese
momento solo era consciente de lo que estaba sucediendo a un veinte por ciento. La
redecilla negra, el vestido cerrado al cuello, su cara de pena. Todo estaba hablando en
su nombre.
—Sé lo que sucedía entre Dorothy y tú —empezó.

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No hubo espacio para la sorpresa o el pánico. Ese «sucedía» en pasado lo manchó
todo.
—Y quiero que sepas… —Fue a dar un paso hacia él, pero se lo pensó dos veces
y decidió quedarse en el sitio. Toqueteaba, histérica, la sobrefalda del vestido, en la
que había cosidos un par de bolsillos—. Quiero que sepas que aunque no fue una
noticia que recibiera con la menor ilusión, no voy a tomar represalias. Eres un buen
muchacho; no necesito conocerte para saber que, de no haber sido así, Dorothy jamás
te habría dedicado una sola mirada. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Siempre ha
tenido ese ojo para calar a la gente, ¿no crees?
—¿Dónde está? —consiguió articular. La voz emergió desde las profundidades de
su pecho.
Venetia curvó los labios en una sonrisa temblorosa.
—Alban… —Ladeó la cabeza y lo miró casi con aprecio—. Tienes que olvidarte
de ella. Eso es lo que he venido a decirte. Conozco más o menos los planes que
hicisteis, y… Dorothy no va a volver.
—No va a volver —repitió.
—Aún eres joven. Muy joven. Y eficiente, y trabajador, y, bueno… no dudo que
conseguirás lo que te propongas en la vida, ya sea una esposa o un puesto de rango
mayor.
»Imagino… —Carraspeó y sorbió por la nariz—. Imagino que para ti no tiene
mucho sentido seguir en Beltown Manor. Eres libre de marcharte si así lo deseas.
Escribiremos una carta de recomendación deshaciéndonos en halagos si la necesitas,
pero si por el contrario quieres permanecer aquí… también tienes las puertas abiertas.
Esta es tu casa, ¿de acuerdo?
Alban quiso hacer cientos de preguntas, pero estaba sobrecogido por el miedo. Le
aterraba conocer las respuestas; le aterraba oír con claridad lo que significaba ese
luto, esos ojos empañados, esa tierna despedida viniendo de una mujer que no se
dirigía a los criados si no era para darles órdenes.
Lleno de impotencia por su incapacidad para salir de dudas, tuvo que ver cómo se
daba la vuelta y lo dejaba a solas consigo. El pomposo vestido demostró tener
problemas para pasar por la estrecha puerta de la habitación, y al tirar con fuerza de la
sobrefalda, lo que parecía una hoja de papel saltó del bolsillo. Ni la condesa ni el
helado Alban se dieron cuenta.
El muchacho tardaría unos minutos en sacudir la cabeza y decidirse a exigir una
explicación detallada de lo que había sucedido. Cuando se convenció de que al menos
merecía que le dieran la mala noticia con claridad, se levantó y fue a salir, pero el
débil crujido del papel al pisarlo detuvo sus pasos.
Con el ceño fruncido, Alban lo rescató del suelo y lo desdobló.

Querido Alban,

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Si lees esto, quiero que sepas que lo siento. Pero es lo único que
puedo ofrecerte: una despedida que, aunque no sea de mi puño y
letra, por lo menos ha salido de mi corazón. Mi hermana Venetia te
explicará qué es lo que ha pasado; por qué no he vuelto a tu lado. Te
ruego que la escuches con calma, esa de la que te armas cuando
tienes que lidiar con un caballo más salvaje de la cuenta… esa que yo
te agradecía después de haberte hecho esperar dos horas a los pies
de mi balcón. No desearía que te quedaras a disgusto cuando estas
son las últimas noticias que tendrás de mí. Al contrario. Todo cuanto
he querido desde que recuerdo es dejar una huella en ti; un bello
recordatorio de alguien que te amó y te seguirá amando siempre más
de lo que la naturaleza creía posible. Espero que mi amor
permanezca en ti mientras vivas, porque vivirás más allá de lo que lo
permitan tus posibilidades: lo sé. Te conozco. Aunque aún no seas
ambicioso, lo serás eventualmente, y para entonces espero de todo
corazón que puedas compartir tus logros con alguien. Concédeme esa
última voluntad, por favor: no reniegues de tus palabras de amor
después de mí. No ocultes tus caricias. No mates los besos que puedes
dar. Me heriría en lo más profundo que todo lo hermoso que yo
rescataba del mundo se perdiera conmigo.
Sé que no me harás caso (nunca me lo haces), pero tengo que
pedírtelo. Por favor, no guardes ni lleves esto contigo. Quémalo tan
pronto como lo hayas leído.

Te querrá siempre,
Tu Dolly

Alban levantó la mirada del papel hacia la puerta entreabierta. En el pasillo se


oían algunas conversaciones murmuradas, el eco de unos pasos y el entrechocar de la
vajilla, señal de que estaban preparando el copioso almuerzo de bienvenida.
No fue capaz de escuchar ni uno de esos sonidos: un pitido profundo se había
insertado en sus oídos.
Como si sus dedos hubieran perdido fuerza para sostener siquiera la carta, esta
flotó en el aire hasta reposar a sus pies. Alban no se movió, ni pestañeó, ni respiró
hasta que el peso de la realidad lo redujo a nada.
Entonces se dejó caer también… y no se levantó nunca.

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Capítulo 9

Londres, Inglaterra
Primavera de 1856
—¿Suficiente? —preguntó Dorothy con sequedad.
El médico ni se inmutó ante su tono beligerante. Asintió, de espaldas a ella, y
continuó guardando los artilugios que Dorothy ya tenía memorizados en su maletín.
La actitud del doctor Jeremy Martin no le daba pie a arrepentirse de los
exabruptos con los que le castigaba. Era uno de esos hombres demasiado jóvenes
para demostrar semejante impasibilidad ante todo lo que les rodeaba, y no le cabía la
menor duda de que le importaba un carajo el humor del que estuviera su paciente: no
se tomaba como una afrenta personal que pagara con él su frustración. Sin embargo,
entre todos los médicos que la habían visitado en los últimos tres años, Martin era el
único con el que había notado una ligera mejoría, y eso que no llevaba tratándola ni
tres meses.
—Discúlpeme —dijo después, cerrando los broches delanteros del vestido con
remilgo.
El doctor siguió sin girarse.
—No tiene importancia.
Dorothy suspiró y lo miró desde el borde de la cama, donde había aguantado con
entereza su revisión semanal. Por lo menos no la había obligado a retirarse la
camisola, como sí hacían la inmensa mayoría de especialistas y sin ningún otro
propósito que deleitarse la vista.
—Sí que la tiene —insistió—. Soy una auténtica bruja con usted, y resulta que es
el único médico decente que me ha atendido en años. Me parece que si quiero
conservarlo, más me vale ser algo más amable con usted.
Jeremy Martin se dio la vuelta y clavó en ella sus insondables ojos verdes. Tenía
una de esas miradas que hacían que una mujer se revolviera en el asiento, no muy
segura de si le gustaba ser objeto de su atención o bien deseaba perderlo de vista lo
antes posible. Lo innegable era que su inexplicable atractivo incomodaba a la par que
despertaba curiosidad. El doctor Martin era un hombre inaccesible con una fuente de
secretos esperando la revelación bajo una máscara de elegancia natural. Y eso
Dorothy lo sabía porque tenía demasiado presente a un hombre que compartía ciertas
características con él… incluido el color de sus ojos.
—Con su historial médico, milady, lo extraño sería que siguiera confiando en
especialistas del oficio.

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—Eso sigue sin darme derecho a tratarle con la punta del pie. Ya ha demostrado
de sobra que no es ni un charlatán ni un aprovechado. No tengo excusa para seguir
albergando reticencias hacia usted. Permítame empezar de nuevo. —Inspiró hondo—.
Soy lady Dorothy Marsden. Encantada de conocerle.
Martin colocó el maletín entre el costado y el brazo para tenderle la mano
contraria a la que ella ofreció, uno de esos minúsculos y espontáneos gestos de
cortesía que lo definían como un caballero en el cuerpo de un médico común.
Dorothy estaba rodeada de suficientes granujas para haber esperado que le dijera que
le tendiese la otra mano —a fin de cuentas, los hombres solo estrechaban la derecha
— y había tratado con soberbios de sobra para suponer que la pondría en su lugar con
un: «las damas no dan la mano».
Pero él se la estrechó con firmeza.
—Jeremy Martin, milady. A su entero servicio.
Dorothy suspiró. Por lo menos se sentía un poco mejor.
—¿Qué tal me encuentro?
—Parece que sus pulmones están algo mejor, lo que me sorprende teniendo en
cuenta que lleva unas cuantas semanas en la capital. Debería descansar en el campo,
milady. Y debería haberle servido de algo pasar unos años en las clínicas de Francia
—agregó.
Dorothy esbozó una sonrisa amarga.
—Estoy totalmente de acuerdo con usted, doctor, pero me temo que la buena
fama de la medicina francesa se debe a que los especialistas de allí pasan más tiempo
dándose ínfulas que cuidando de los pacientes.
Martin abrazó su maletín y le sostuvo la mirada.
—No sabe cuánto lo lamento.
—Si puede usted curarme en unos meses, no sentiré que he perdido los años más
valiosos de mi vida.
—No obro milagros, pero no le quepa la menor duda de que lo intentaré.
Dorothy estuvo a punto de refutarlo. Si algo no conjuntaba con su
inconmensurable talento, era la modestia. Como solía suceder cuando una persona
joven demostraba más maña que sus mentores en la mitad de tiempo, la sociedad se
había dividido en dos facciones: había quienes hablaban de él como un jovenzuelo
con suerte y que debía seguir estudiando antes de hacerle daño a alguien, y otros a los
que se les llenaba la boca al mencionarlo como «el hombre de los milagros». Dorothy
lo había seleccionado entre todos los practicantes de Londres porque su reputación le
causó un gran impacto. Quería conocer a ese Martin que llevaba desde los veintiuno
ejerciendo y había revolucionado el gallinero con aseveraciones tan graves como
«usar sanguijuelas y otros bichos vivos para curar enfermedades es un remedio que
solo se le ocurriría a los sádicos».
—Hay programado un viaje al hipódromo de Newmarket este fin de semana —
comentó mientras alisaba las arrugas de su falda—. Se celebrará la competición anual

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de las dos mil guineas. No sé si habrá oído hablar de ella.
—Naturalmente. —La miró de soslayo—. ¿Quiere preguntarme si está en
condiciones de acudir, o solo avisarme?
Dorothy medio sonrió ante el reproche implícito en su pregunta. Martin sabía de
antemano que, sin importar cuáles fueran sus recomendaciones, ella era quien tenía la
última palabra. Dicho de otra manera, sus consejos eran flagrantemente ignorados
con pasmosa frecuencia.
—Esta vez he decidido que tomaría en cuenta su palabra.
—Me siento honrado. —Habría sonado irónico si no hubiera permanecido igual
de impasible—. Acepte la invitación. No le vendrá mal el aire del campo.
Le habría resultado más fácil convencer a la reina de atenderla personalmente que
al doctor Martin, que casi le cerró la puerta en las narices con una sencilla verdad: no
estaba tan interesado en las enfermedades físicas como en los delirios mentales, cuyo
estudio ocupaba prácticamente todo su tiempo. Sobre todo ahora que le sobraban
pacientes: los soldados recién llegados de la guerra de Crimea eran carne de cañón
para sus investigaciones.
A raíz de esto podía decirse que, después de años lidiando con imbéciles que
aseguraban tener un amplio conocimiento sobre la medicina —para luego demostrar
que no tenían la menor idea de lo que estaban haciendo—, Dorothy había elegido a su
doctor personal solo porque le atraían sus principios.
Que tuviera los ojos verdes solo había sido una fatal casualidad con la que aún
batallaba para sus adentros.
—Si ya está lista, será mejor que regresemos al salón. Sus familiares deben estar
preguntándose qué es lo que nos toma tanto tiempo.
Dorothy asintió y se levantó para acompañarlo, seguida de la doncella que había
de estar presente durante los reconocimientos.
Como era la única joven Marsden soltera y sin trabajo al cargo del conde de
Clarence, se había asentado en su propiedad nada más regresar. Hacía años desde que
no ponía un pie en Beltown Manor, la residencia campestre de Gateshead; de Londres
viajó a París, y de París volvió a la capital. Ahora se hospedaba, junto a los condes de
Clarence, sus hijos y su hermana Rachel, en Knightsbridge, uno de los barrios más
ricos de Inglaterra aunque ni de lejos el más exclusivo. Esto no impedía que la
inmensa mayoría de la burguesía se peleara por afincarse en alguna de las casas
residenciales, no ya por el prestigio sino por la comodidad de la zona. Estaba ubicado
lo bastante cerca de Hyde Park para que se hubiera acostumbrado a emprender sus
paseos sin tomar el carruaje hasta la puerta, también a una agradable caminata del
palacio de Kensington y de la iglesia católica London Oratory, y en solo doce
minutos a pie se podía llegar a Belgravia. Esto último no suponía ninguna ventaja
para la mayoría de ricos que vivían en Knightsbridge, pues eran pocos los que habían
conseguido establecer relaciones con la más alta cuna.

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Como al día siguiente daría comienzo la temporada de 1856, la familia Marsden
se había reunido en la residencia londinense del conde para festejar las fechas. A
diferencia de años anteriores, Arian Varick estaba ansioso por ocupar su lugar en la
Cámara. La que fuera una tarea soporífera para un hombre que prefería la vida
campestre y la compañía de su familia —y que no soportaba a los aristócratas, salvo
honrosas excepciones—, se había convertido en una de sus misiones vitales. Se debía
a unas propuestas que hizo en referencia a una posible reforma social y que para
sorpresa de todos —incluida la de él mismo— habían sido validadas. Si todo iba
viento en popa, y Arian hablaba de ello en ese preciso momento, los nuevos
reglamentos entrarían en vigor ese mismo año. Dorothy era la que más se alegraba de
sus progresos, pues a diferencia de sus hermanas, que preferían mantenerse al margen
en cuestiones políticas, siempre había compartido con el conde la inquietud por el
futuro de las clases menos favorecidas. Ni Arian ni ella estaban conformes con la
jerarquía vigente. Sin embargo, no tendría oportunidad de debatir con él al respecto,
pues Venetia estaba muy apegada al protocolo y exigía que, en su presencia, las
Marsden cumpliesen la norma de no dar ninguna opinión sobre «asuntos de
hombres»… aunque prácticamente todas las hermanas estuvieran acostumbradas a
hablar solo de lo que no les concernía.
Cuando entró en el salón escoltada por el taciturno doctor, todos dejaron lo que
estaban haciendo para mirarla. Rachel, vestida como una orgullosa institutriz, cortó a
medias un discurso sobre modales dirigido a Milan Varick, de cinco años; Arian cesó
de divertir a la pequeña Marianne aupándola entre sus brazos, y Venetia se aproximó
enseguida para ser puesta al corriente. El resto de sus hermanas, el señor O’Hara y el
coronel Kinsley, amigos de la familia, aguardaron en silencio la respuesta del doctor.
Como llevaba sucediendo desde que Dorothy comenzó el infructuoso tratamiento
contra las consecuencias de la escarlatina, el médico no pudo más que dar una vaga
respuesta que en absoluto satisfizo a la parentela.
Dorothy no sabía si celebrar o lamentar que sus familiares aún guardaran la
menor esperanza de que se recuperase. Le quemaba en la sangre que compusieran
esas muecas de decepción cada vez que el doctor daba su veredicto, sobre todo
porque llevaban años siendo advertidos de que viviría débil para morir joven. Por eso
y por el bien de su estado de ánimo, decidió ignorarlos una vez más y tomar asiento
junto a Rachel, que le apretó la mano en señal de apoyo.
Apenas despidieron al doctor Martin, la familia fue recuperando paulatinamente
la ilusión festiva, en parte gracias a la disposición de Dorothy a actuar como si la
amargura no amenazara con derrumbarla. Y no por las restricciones que salud
imponía a su presente y futuro, sino porque la rodeaba un ambiente romántico y
familiar al que ella jamás podría aspirar.
Bastaba con echar un vistazo a la escena para darse cuenta de que cada uno de sus
parientes había encontrado la felicidad. Si bien era cierto que a la mayoría de las
Marsden le había costado sudor y lágrimas llegar al punto en el que se encontraban,

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por lo menos podían decir que el proceso y los malentendidos habían merecido la
pena. Audelina contrajo nupcias con lord Polly Lovelace a la vez que su hermana
Venetia. La primera y mayor lo tuvo francamente sencillo; la segunda, no tanto. Pero
a pesar de que Venetia hubiera sido supuestamente difamada y señalada por haber
entregado su virtud a un hombre poco recomendable, se había casado hacía años con
el conde de Clarence, y las dos criaturas que ya caminaban, Marianne y Milan,
demostraban que su matrimonio había dado buenos frutos. Beatrice Laguardia, de
nacimiento Brenda Marsden, cometió un error imperdonable en el pasado que la
obligó a buscarse la vida en otra parte, y se reinventó instaurándose como una
leyenda del arte dramático. Por si el teatro no le hubiera reportado suficiente
felicidad, encontró el amor en el hombre que la pretendió antes de su caída: el duque
de Sayre. Sus hermanas mellizas, Frances y Florence, llevaban dos y tres años
casadas respectivamente, ambas con la correspondiente descendencia. Incluso
Rachel, a la que no se le auguró un buen prospecto futuro, había sabido superar la
etiqueta de solterona para trabajar en el internado para jóvenes nobles de mejor
reputación de Inglaterra.
Dorothy la había reprendido cuando supo que abandonó el trabajo para cuidar de
ella durante su estadía en Londres, y volvió a hacerlo en ese preciso momento.
—Mírate, intentando convencer a un aprendiz de caballero de que tirarle del pelo
a sus tías no es buena idea. —Señaló al revoltoso Milan, que no se dio por aludido y
siguió molestando a Lucca, uno de sus primos—. Estoy segura de que esta lección la
tenían muy bien aprendida todas las muchachas del internado de Arlington Abbey.
Rachel se inclinó para darle a Lucca, otro primo más, un trozo de bollito de limón
que estaba pidiendo.
—Yo no estaría tan segura de eso. Hay muchachas terriblemente revoltosas.
—En ese caso debes estar aburriéndote de lo lindo. Sustituir a «muchachas
revoltosas» por la aburrida de lady Dorothy Marsden debe estar escociéndole a tu
maestra vocacional interior.
—Santo Dios, ¿de veras vamos a volver a discutir ese asunto? —rezongó Rachel.
Lucca comía de su mano como si fuera un pajarillo—. Creí haber sonado firme
cuando dije que, si tuviera que elegir entre mi familia y mi trabajo, no me lo pensaría
dos veces. Armaría mis baúles y diría adiós a mis alumnas con todo el dolor de mi
corazón.
—La cuestión es, querida, que nadie te hizo elegir —repuso con suavidad,
apoyando una mano cariñosa en su muslo—. Temo que pierdas tu adorado empleo
por mi culpa.
—La directora es una mujer muy comprensiva y me ha prometido que no me
sustituirán siempre y cuando no me ausente durante más de un año. Soy una mujer
libre, y he decidido usar mi libertad para dedicar este año a hacerle compañía a mi
hermana —insistió—. ¿O acaso no crees que esté suficientemente cualificada para el
puesto?

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—¿Para el de dama de compañía? En absoluto. Las damas de compañía nunca
reprochan a sus señoras que están comiendo demasiado, que han de enderezar la
postura o moderar su atroz lenguaje —apuntó, divertida.
Rachel se ruborizó.
—Supongo que he cometido el error de acostumbrarme a hacer correcciones sin
importar a quién fueran dirigidas durante estos años en Arlington Abbey.
—Me temo que tu repulsión hacia los malos modales no es ninguna novedad; ya
eras francamente insoportable en ese aspecto cuando tenías dieciséis años.
En lugar de ofenderse, Rachel estiró el cuello con orgullo y la miró con ojos
risueños.
—No es así como me definirían los padres de mis alumnas.
—Por supuesto que no. Los padres de tus alumnas coincidirían conmigo en que,
si el viejo Almack’s estuviera aún en pie, habrías sido matrona junto a la condesa de
Lieven y la señora de Drummond-Burrell.
—¡Qué exageración! —exclamó, negando con la cabeza—. Lady de Lieven y la
baronesa eran auténticas eminencias. Me habrían mirado por encima del hombro.
Dorothy no estaba tan segura de que el asunto exigiera su modestia. Rachel no era
ya una solterona sin expectativas —lo que sí que habría merecido el desprecio de
ambas señoras—, sino una decentísima chaperona a la que además le estaban
agradecidas todas las muchachas a las que había transmitido sus valores. Gracias a
ella, jóvenes sin padres distinguidos y damas que podrían haber caído en desgracia
habían cazado nobles partidos, tales como el marqués de Sydney, un viudo aún
atractivo, o el mismísimo duque de Devonshire. Más que reírse de ella, como antaño
parecía obligado en los tocadores, no había madre que no la quisiera instruyendo a su
hija ni soltera que no envarase la espalda y aclarase el tono en su presencia, temiendo
darle una mala impresión.
—Si lo hubieran hecho, no habrían tenido razones.
—Creo que no tener marido habría sido un buen motivo —repuso—, pero eso ya
no me importa.
Mirarla a los ojos bastó para reconocer en su brillo los dos motivos por los que
había viajado a Londres. No solo la movía la lealtad hacia la familia, aunque fuese la
razón predominante. También el deseo de retomar la vida en la capital con su ahora
respetable puesto.
—Estarás deseosa de restregarle en la cara a las engreídas y los pusilánimes que
dejaste atrás que has prosperado más allá de convertirte en «la esposa del lord» o «la
madre del futuro lord» —comentó Dorothy, sin ocultar el regocijo que le producía la
idea.
Rachel la censuró con una mirada afectada.
—No hay nada más decente ni de lo que estar más orgullosa que de ser madre y
mujer.

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Títulos que Dorothy no podría ostentar nunca, un detalle que recordó enseguida e
hizo que se arrepintiera de haber separado los labios. Dorothy la vio con la intención
de retractarse y lo impidió.
—Creo que ya se nace mujer, querida, no es algo en lo que una deba convertirse.
—Me refería a esposa. Las que en mi año fueron debutantes no tendrán nada que
envidiarme si ahora se hacen llamar marquesa o condesa, o simplemente señora. Pero
sí he de reconocer —prosiguió, cabeceando— que será una nueva y revolucionaria
experiencia volver a frecuentar los salones sin miedo al qué dirán.
—Me tranquiliza mucho más que me acompañes este año porque echabas de
menos la capital que porque te sintieras obligada. Detesto la responsabilidad familiar.
—Eso no existe entre las Marsden. Yo lo llamaría más bien «el amor familiar».
Dorothy sonrió conmovida de veras, dándole la razón.
En los últimos tiempos había sido la inquebrantable unidad de las hermanas y el
recuerdo del hogar lo que la había impulsado a seguir adelante. Si algo de valor
quedaba en su vida, eso era el afecto que se profesaban y que no había mermado ni
un ápice con el paso de los años, la crianza de los herederos y las uniones
matrimoniales con maridos que requerían más cuidados de lo que era frecuente.
—¿No crees que llamarnos «las Marsden» cuando solo tú y yo nos apellidamos
así es un tanto caprichoso? —preguntó Dorothy, aún con los dedos de Rachel
entrelazados con los suyos—. Florence de Lancaster, Frances Montgomery, Venetia
Varick, Audelina Lovelace, Brenda Blackbourne…
—Y pronto, Dorothy Kinsley —culminó Rachel con entusiasmo—, pero eso
nunca nos quitará nuestras raíces. Una Marsden siempre es una Marsden.
—Brindo por eso —intervino suavemente un atractivo caballero uniformado. El
azul marino del traje de coronel resaltó el de sus ojos color cobalto, que despedían
una calidez soñadora al mirar a Dorothy con el vaso en alto.
Ella le sonrió desde donde estaba y extendió la mano para que se la besara, cosa
que él hizo con una media sonrisa de satisfacción.
—¿Porque va usted a cambiarme el apellido? —preguntó con sutileza.
—Porque no perderá usted su esencia cuando lo haga —corrigió.
El coronel Kinsley había regresado de la guerra de Crimea en mayo de ese año,
abrumado por las crudas anécdotas y cubierto de medallas por sus logros que no
habían logrado compensar los duros aspectos de la experiencia. Ese era uno de los
detalles de su carácter que Dorothy tanto admiraba: los soldados se cubrían de gloria
al hablar de su participación en la guerra. Se referían a la muerte como una proeza de
la que enorgullecerse. Sin embargo, el coronel no temía comprometer su hombría al
referirse a las sucesivas batallas como crímenes de la humanidad, todos ellos
perpetrados por el egoísmo de los poderosos. A Dorothy le había impactado ver a
veteranos sin una pierna o sin un ojo admitir que volverían sin pensárselo dos veces,
pero se resignó a acostumbrarse a escuchar semejantes barbaridades hasta que
Kinsley intervino con aspereza en una de esas conversaciones.

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Lo había conocido en el hospital que el doctor Martin había improvisado en la
magnánima mansión de Bloomsbury que hubo pertenecido a lord Tremaine, un viejo
amigo. Los conversadores aún estaban postrados en la cama por las secuelas de la
guerra cuando Kinsley, también tendido, les espetó que no eran héroes sino asesinos.
Aseveraciones como aquella podrían haberle costado un buen escarmiento, y no solo
esa, pues todas sus opiniones contravenían la popular, pero cuando no le alteraban, el
coronel Kinsley era un hombre tan cálido y respetuoso que resultaba imposible
despreciarlo sin más por sus exabruptos. Sobre todo porque, aunque despreciara sus
andanzas bélicas, había participado en el conflicto, y eso, a ojos del público, ya
merecía su santificación.
—¿Podemos hacer algo por usted? —inquirió Dorothy con una ligera sonrisa—.
¿Quizá incluirle en nuestra conversación?
—Solo venía a presentarle mis respetos, milady. Y a cerciorarme de que el
médico le ha dado su beneplácito para acompañarme al 2000 Guinneas Stakes.
—Así es. Está seguro de que un viaje a Suffolk me beneficiará más de lo que
podría causarme problemas. Y aunque me hubiera dicho que no, ya le prometí que
iría con usted —apostilló.
El coronel curvó sus finos labios en una sonrisa divertida.
—Y, por supuesto, su voluntad es mil veces más importante que la del doctor.
—No es más importante, pero sí es más poderosa —repuso Dorothy, volviendo a
reposar la mano en su regazo—. La doncella está preparando mi baúl ahora mismo.
No se preocupe; no me perdería su victoria por nada en el mundo.
Dorothy observó que el coronel hacía una pequeña reverencia, satisfecho, y se
retiraba para devolverle la intimidad a la charla con su hermana.
—Es un encanto —apreció Rachel entre suspiros—. ¿No te lo parece, Dorothy?
Sin quitarle los ojos de encima a su delgada figura, y con expresión enigmática,
respondió:
—Sabes bien que es el único hombre con el que podría casarme.
—Entonces… —tanteó—, ¿ya no estás enfadada porque todas te presionáramos
para que aceptaras su propuesta?
—Entiendo que lo hicisteis por mi bien. Y Benji me hace mucho bien —admitió
con sinceridad.
—¿Nada más? —insistió Rachel, que la taladraba con una mirada inquieta—.
¿Solo te hace bien?
Dorothy se distrajo acariciando los rubios mechones del jovencito que tenía
sentado a sus pies. Lucca seguía royendo el bollito que Rachel le había cedido en un
gesto de generosidad.
Sabía lo que Rachel quería oír: que lo amaba. La que parecía una pregunta
ridícula e incluso repipi estaba totalmente justificada viniendo de la familia. El amor
se había convertido en una máxima de las relaciones entre las Marsden, en el hito
imprescindible que las hermanas habrían de alcanzar antes de contraer nupcias con el

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elegido. Ni una sola se conformaba con sus sencillos «le aprecio», y como
consecuencia de esto, en numerosas ocasiones se había sentido tentada de
engrandecer sus sentimientos para quitarles un peso de encima.
Sus hermanas estaban al tanto de que había entregado su corazón hacía mucho
tiempo, y temían que, en un impulso, ese amor comprometido la convenciera de
cancelar la boda y aferrarse a la soledad como lo había hecho los últimos tres años.
No cabía duda de que aligeraría los injustificados remordimientos de quienes tan
preocupados estaban por ella. Pero la conocían y sabrían que mentía antes de que
despegara los labios, además de que le parecería una terrible injusticia insinuar que
correspondía en sentimientos a un hombre cuando no era así. Estaría cometiendo una
imperdonable falta de respeto hacia el amor que Benjamin Kinsley le demostraba
cada día, y si bien Dorothy no le amaba, lo quería con el alma y jamás se burlaría de
él de un modo tan rastrero.
—Gracias a Benji he descubierto en qué consiste de verdad una pareja, y a raíz de
eso he asimilado que no existe un solo hombre más apropiado para mí y mis
circunstancias. Siento si no suena especialmente romántico, pero estoy conforme y
satisfecha con nuestra relación.
Esperaba que la verdad bastara para apaciguar los males de la conciencia de
Rachel. Al igual que Venetia, aún se hostigaba por la manera en que se habían
desarrollado los acontecimientos desde que enfermara y tuviese que renunciar al
amor, como si ellas hubieran tenido que ver con la agresiva escarlatina o el pésimo
tratamiento posterior.
—¿Y no guardas la menor esperanza de que algún día… suene romántico?
—¿Me preguntas si alguna vez le amaré? —inquirió en tono conciliador.
A veces sentía que debía tratar con tiento los temas referentes a su vida para no
herir a los demás, como si hubieran sido sus hermanas las perjudicadas en lugar de
ella. Se debía a aquel maravilloso fenómeno al que Rachel se había referido: ese amor
familiar que tomaba las desgracias de los allegados como las propias y sufría por todo
lo que el afectado se había negado a llorar. Dorothy se negó a sucumbir a las lágrimas
desde el primer momento, adoptando una postura fría de tan racional, y dio la
bienvenida a la resignación para vivir con ella mientras la enfermedad se lo
permitiese. Sus familiares, en cambio, se habían tomado la molestia de convencerla
de casarse, de no abandonar la esperanza de redescubrir el amor y de mover cielo y
tierra para encontrar un médico que la salvara por arte de magia.
Dorothy estaba agradecida, pero no compartía ni su entusiasmo ni sus vanas
ilusiones; por eso se mantenía al margen de todas ellas con la determinación a no
dejarse seducir por el optimismo. Kinsley la entendía mucho mejor que las demás,
quizá porque él se encontraba en una situación parecida. Del mismo modo que a
Dorothy, la vida le había arrebatado el futuro soñado. Y lejos de rebelarse contra lo
imposible, lo que les habría roto aún más el corazón, se habían encontrado en los
brazos del otro.

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Ese era el único milagro en el que Dorothy creía: en el de haberse cruzado con
Benjamin Kinsley.
—Alguna vez lo amaré —confirmó, segura. Rachel esbozó una sonrisa ilusionada
que se vio en la obligación de marchitar con la aclaración—: Lo amaré cuando se
ponga enfermo y deba arroparlo con mi paciencia y mi afecto; lo amaré los días que
se frustre porque la vida ha sido cruel con él; lo amaré ese segundo que me sienta
dichosa y todo a mi alrededor parezca engrandecerse, incluido mi cariño… Pero amar
una vez, amar un segundo, es como no amar nunca.
Dorothy ladeó la cabeza hacia la devastada Rachel, que la observaba con los ojos
vidriosos. Estrechó su mano y trató de tranquilizarla con una pequeña sonrisa,
reservándose una especificación que, de ser conjugada en voz alta, podría partirle el
alma a los dos.
La cruda verdad era que, igual que sabía que lo amaría en sus peores horas porque
su corazón compasivo se prestaría a hacerlo, no podría quererlo cuando pusiera un
anillo en su dedo; no podría quererlo cuando debiera besarlo; no podría quererlo
cuando alzara la mirada y tuviera que admirar su rostro sabiendo que, para su corazón
robado, era un desconocido.
—Pero eso es algo con lo que lidiaré yo —concluyó.
Y lidiaría con ello en silencio, porque no podía aspirar a que ninguna de las
parejas felices que conversaban en el salón lo comprendiesen.
Dorothy llevaba por dentro un luto desgarrador al que no se aferraba pero del que
tampoco se desprendería nunca por voluntad propia. Solo Alfred Tennyson había
conseguido acercarse al motivo por el que, a veces, en las noches en las que estaba
demasiado débil para mantener las apariencias, custodiaba las imágenes que
componían su final feliz abortado. Solo Alfred Tennyson había comprendido por qué,
aunque esos recuerdos la asfixiaban, era capaz de levantarse al día siguiente y
enfrentarse a ese lugar terrorífico y sin color que era el mundo.
«Es mejor haber amado y perdido, que no haber amado nunca».

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Capítulo 10

Danny O’Hara dio una palmada para captar la atención de todos los allí
congregados. La mayoría trabajaba o bien en las cuadras o se ocupaba del
mantenimiento del hipódromo. La otra minoría, constituida por los caballeros bien
vestidos que se revisaban las suelas de los zapatos para asegurarse de que no se
presentaban en las gradas oliendo a estiércol, había sido empleada por O’Hara para
tareas no mucho más nobles.
Lo que todos tenían en común era que sabían perfectamente a qué se dedicaba el
susodicho. En lo que se diferenciaban era en la opinión que tenían sobre su oficio de
dudosa moralidad. Una opinión que ninguno se atrevería a manifestar en voz alta si
por casualidad fuera contraria a la del jefe.
Después de revisar a todos y cada uno de los jóvenes con una mirada calculadora,
O’Hara apoyó los nudillos en la mesa del salón y anunció:
—Hoy entramos en el periodo de apuestas más sustanciosas del año. 2000 y 1000
Guinneas Stakes, Epsom Oaks, Epsom Derby —enumeró, sacando un dedo por cada
uno. Levantó la mano por encima de su cabeza mientras miraba a todos los asistentes
—: cuatro de los cinco clásicos británicos que permiten que mis muchachos se llenen
los bolsillos para vivir cómodamente durante el último cuatrimestre anual.
Un grupo del fondo se puso a silbar y vitorear. O’Hara los silenció con un gesto.
—Ya sabéis cuáles son las reglas. En el hipódromo de Newmarket caben veinte
mil asistentes, de los cuales la mitad serán hombres; de esos diez mil, cinco mil
estarán dispuestos a sacar la billetera. Vosotros sois quince. Si al final del día no me
ha traído cada uno de vosotros por lo menos treinta apuestas individuales, no irá a
Epsom Oaks y se quedará con los dividendos mínimos de la ganancia de la primera
carrera.
—¿Treinta? ¡El año pasado casi me echas por traerte menos de cincuenta! —se
metió un tipo con acento irlandés—. ¡Te estás ablandando!
O’Hara fulminó con la mirada al atrevido, aunque una sonrisa ambiciosa brillaba
en sus labios.
—Que alguien le dé una colleja —ordenó. Enseguida hubo varios dispuestos a
hacerle los honores—. ¿Qué es lo que no captaste el otro día de que hemos crecido,
cateto? Este año podemos aflojar en los clásicos británicos y concentrarnos en la copa
de Ascot y la copa de Doncaster.
—¿Ascot? —repitió un muchacho, tembloroso—. Pero a Ascot acude la familia
real.

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—¿Y no quieres tentar a la familia real a apostar unas monedas? —Le guiñó un
ojo. Todos prorrumpieron en risillas—. La carrera por las dos mil guineas empieza en
unas horas. Os quiero ocupando cada uno de vuestros puestos en veinte minutos.
Dio una palmada que sirvió para despejar el salón del hipódromo. Mientras se
entretenía recordándole a un grupo reducido qué flancos esperaba que cubriesen,
Alban aguardaba, de brazos cruzados y en una esquina, a que se dirigiera a él.
No habían pasado más de tres años desde que fue obligado a esperarlo para hacer
las revisiones de última hora, justo el tiempo que llevaba trabajando en su finca de
entrenamiento como uno de los adiestradores. Observó que O’Hara le hacía un gesto
a los muchachos para que se largaran y se entretenía intercambiando unas rápidas
palabras con el señor Allen, el único aliado con el que Alban podía contar: el hombre
que le había salvado la vida. Después, este desapareció con rapidez en dirección a las
caballerizas.
O’Hara y Allen tenían en común el amor por los animales y el amor por el dinero;
la ambición y la vocación unidas de la mano. Si acaso se diferenciaban en que
O’Hara tenía suerte, en la que creía como todo gitano que se preciase, mientras John
Allen creaba la suya. No era extraño que hubieran hecho buenas migas desde el
principio. Tan buenas que bastó una recomendación de su antiguo superior para que
O’Hara decidiera darle trabajo en las caballerizas a las afueras de Londres… algo de
lo que se arrepintió muy pronto. Se ocupaba de dejárselo claro cada vez que sus
miradas se encontraban, justo como hicieron en ese momento.
—Beauchamp. —Le hizo un gesto rígido para que lo acompañara fuera.
Alban lo siguió en silencio hasta los establos, desde los que llegaba el alboroto
previo al pistoletazo de salida. Los mozos se encargaban de hacer las últimas
revisiones previas a la competición, y los jinetes más apegados a su montura
dedicaban las horas establecidas para su descanso o preparación a visitar al animal.
Sin que O’Hara tuviera que pedírselo, le hizo un breve informe del estado físico de
los competidores y, antes de que le preguntara a quién veía haciéndose con las dos
mil libras, Alban verbalizó su apuesta.
O’Hara asentía sin dejar de pasearse entre los caballos. Solo se detuvo para
examinar la dentadura de uno, tirar lateralmente de la cola de otro y golpear con un
plexímetro en la parte anterior del codo a un tercero. Abría la boca para hacer un
comentario apreciativo cuando un bramido se superpuso al barullo del establo.
—¡Ese caballo competirá aunque tenga que sacrificarlo después de la carrera!
O’Hara y Alban se giraron a la vez para toparse con el rostro congestionado de
uno de los participantes. A pesar de medir tres palmos menos que el mozo, que en ese
momento lo enfrentaba aferrando las riendas del caballo, no parecía ni mucho menos
impresionado.
O’Hara no tardó en posicionarse en medio de los dos con una fingida sonrisa
cortés.
—¿Hay algún problema?

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—¡Este tipo insiste en que Murderous no puede competir! —continuó
vociferando el noble—. ¡Me he gastado una fortuna en este animal y por Dios que
pienso cobrármela ganando esas dos mil guineas!
Sin que ninguno de los presentes le diera permiso, Alban rodeó a Murderous. El
caballo no se alteró porque un desconocido deslizara los dedos por su lustroso pelaje
castaño. Las reglas de la competición exigían que solo participasen potros
purasangres, y aquel era uno y de primera calidad: un Godolphin Barb recio, hermoso
y tan deprimido que ni siquiera reaccionaba a las caricias de Alban.
—¿Qué hace? ¡No toque a mi caballo!
Alban recorrió la curva del lomo con la garganta seca. Le lanzó una mirada
acusadora.
—Este caballo no puede competir. Tiene una lesión severa en la columna.
—¿Y qué? En el entrenamiento de ayer batió su récord.
—No me extraña —murmuró Alban, repasando con la mirada las marcas del
látigo que la densa crin del caballo había podido ocultar a primera vista—.
Cualquiera correría como alma que lleva el diablo si sintiera que está en peligro.
—¿Cómo dices? ¿Qué insinúas?
—Lo que Beauchamp quiere decir —interrumpió O’Hara, poniéndole la mano en
el hombro al caballero— es que con un problema crónico en el dorso como el que
tiene Murderous no solo él sufrirá durante la carrera, sino que es posible que usted
mismo acabe partiéndose el cuello.
El caballo meneó la cabeza como si supiera que estaban hablando de él. Alban lo
tranquilizó con susurros.
—Ya se lo he dicho —bufó el mozo—, pero milord está obcecado.
—¡Ayer estaba en condiciones! ¿Por qué no iba a estarlo hoy?
—Me extraña que haya batido ningún récord en las últimas semanas —comentó
Alban—. Con una inestabilidad en la articulación sacroilíaca se disminuye la
capacidad de salto y el rendimiento, además de que se vuelve muy sensible al peso de
la montura y, al cargarlo a un lado, le es más fácil perder el equilibrio. ¿Cómo no ha
podido darse cuenta? Tiene el lomo completamente hundido.
El aristócrata se puso más colorado si cabía.
—Mi veterinario me dijo que estaba perfectamente.
Alban dio un paso hacia él.
—Me gustaría hablar con ese veterinario, aunque ya puedo imaginarme que no le
pagó para que le dijera la verdad sino lo que quería usted oír.
—¿Cómo te atreves a hablarme con esa impertinencia?
—Tampoco se necesita ninguna clase de veterinario para percatarse de que el
comportamiento del caballo deja mucho que desear —prosiguió, sin dejar de acariciar
a Murderous—. ¿No se ha fijado en los movimientos anormales que hace con la
cabeza o la cola? Supongo que no. No se habrá preocupado de su herramienta para
ganar dinero más allá del día en que lo adquirió.

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El caballero desencajó la mandíbula. Aferró la fusta con más ganas y azotó la
mano que Alban había dejado reposar sobre su grupa.
El muchacho vio venir el movimiento, pero prefirió no retirarla para que el
animal no sufriera las consecuencias. Toleró el escozor del azote y el agudo dolor
posterior solo apretando los labios, y entonces la retiró muy despacio.
El caballero empezaba a articular su amenaza cuando una figura monumental se
cernió sobre él.
El señor Allen, que parecía estar en todas partes, apareció de pronto y lo agarró
del fino pañuelo de cambray. Lo puso a un lado como si pesara menos que una
pluma.
—Como le vuelva a tocar un pelo de la cabeza a alguno de los entrenadores, me
aseguraré personalmente de que no pone un pie en el hipódromo de Newmarket en
los próximos cien años —siseó—, ¿me ha entendido bien?
El caballero tuvo la decencia de ruborizarse por su arrebato y encoger bajo la
mirada asesina que le dirigía el jefe de pista.
Alban estaba acostumbrado a ver a John Allen en una posición muy superior a la
suya, pero le había tomado años habituarse al cambio de uniforme que conllevaba
haberse convertido en el mandamás de los hipódromos de Newmarket, tanto de
Rowley Mile como de July Course. En los últimos meses, el señor Allen había dejado
las botas de montar cubiertas de barro para vestirse como lo que era: un hombre rico
y una de las figuras más importantes del evento.
—Este caballo no competirá —zanjó—. Necesita por lo menos ocho meses de
reposo y un tratamiento exhaustivo. Y si las manipulaciones no bastan para curarlo,
habrá que sacrificarlo, porque dudo que quiera quedárselo como mascota. Es mi
última palabra.
Y la última palabra del jefe de pista era la única que contaba. Ni siquiera un noble
del rango de lord Rupert podía cuestionarlo. No le quedó otro remedio que agarrar las
riendas que Allen le tendió y abandonar el establo, seguido de los mozos cabizbajos
que estaban al cargo del animal.
Alban los siguió con la mirada con una mueca sardónica.
—Qué bonito. Nobles contratando a supuestos veterinarios para un «servicio
especializado» —se burló, aunque con resquemor. Solo entonces se atrevió a mirarse
la mano: no lo había hecho antes porque el intenso dolor le sirvió para deducir que
por lo menos seguía ahí, pegada a su muñeca.
—Ve a que te la mire alguno de los médicos —le recomendó Allen—. Hay todo
un escuadrón esperando en la sala de caballeros por si algún jinete acaba saliendo por
los aires.
—Con un paño de agua fría bastará. Aún tengo que revisar a los potros.
Allen asintió, y entonces se dirigió a O’Hara con aire divertido.
—Creo que es la primera vez que no le lames el culo a un jinete. ¿A qué se debe
semejante cambio de actitud?

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—A que ese jinete no entrenó a su caballo en mi finca —resolvió O’Hara, sin
darle la menor importancia—. Y yo no lamo culos, John, simplemente soy educado.
Entiendo que un mozo de cuadras del norte de Inglaterra como tú no sepa de lo que
estoy hablando.
—Tienes razón. —Asintió, fingiendo afectación—. Debería aprender modales de
un mestizo que se dedica a timar a la nobleza; sabe mucho más que yo del tema.
—Vas a hacer que me sonroje. —Sonrió de lado y acarició el morro del cabizbajo
animal—. ¿A dónde os lo vais a llevar?
—Se quedará aquí. Su mozo se encargará de mimarlo, ¿verdad, William? —El
muchacho, aún pálido por los gritos del noble y la fuerza con la que había atizado a
Alban, asintió con la cabeza.
—Pobre criatura. —O’Hara chasqueó la lengua y continuó resiguiendo las
manchas blancas de la cabeza—. Un hombre no puede fiarse de un jinete que le pone
a su caballo un nombre tan despectivo. Si lo llama «Murderous» es porque el
verdadero asesino es él.
—¿Qué quieres decir con eso? —Allen se cruzó de brazos—. ¿Que el nombre que
le ponemos a nuestro caballo nos define?
—Más define al jinete que a la montura, que no puede hablar para bautizarse. —
Encogió un hombro.
O’Hara dio un paso atrás y, aún pensativo, movió la mano para indicarle a Alban
uno de los últimos establos. La charla de amigos se dio por concluida con el resultado
habitual: Alban envidiando la camaradería de los hombres.
Tenía una buena relación con Allen gracias al pasado compartido. Le gustaba
decir que conocía al jefe de pista de otra vida, una de la que solía renegar. Pero, por
otro lado, O’Hara estaba muy lejos de su alcance. No solo porque en general fuese
muy sencillo ser su camarada y prácticamente imposible convertirse en su confidente,
ya que era amistoso y cercano pero a la vez estaba cerrado a cal y canto. Tenía que
ver con que Alban empezó con muy mal pie. Lo había decepcionado antes de
demostrarle que le sobraban talento y conocimientos para trabajar en su criadero. Aún
lo mantenía en su puesto porque sabía demasiado sobre las estrategias y enclaves de
sus apuestas ilegales, por mero aprecio a John Allen, y porque todavía le era útil.
Pero de no haber sido por eso, Alban habría perdido el trabajo y, con ello, el único
motivo por el que seguía adelante.
No estaba de acuerdo con las tácticas de O’Hara, no compartía su pasión por el
riesgo y tampoco aprobaba cómo se ganaba la vida. Pero hacía tiempo desde que
Alban no daba su opinión ni revelaba ningún aspecto de su personalidad que pudiera
hacerle humano a ojos del resto. Alban se limitaba a obedecer a O’Hara como si fuera
su esclavo, y si no le importaba haber perdido la libertad para someterse a sus
caprichos y mandatos, era porque tampoco la quería o necesitaba para nada. Quizá
por eso, y a pesar de sus exigencias y de que lo paseara de un lado a otro como si

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fuera su perro fiel, no podía caerle mal del todo. Alban estaba de acuerdo con haberse
despojado de su identidad para quedar vinculado obligatoriamente a él de por vida.
O’Hara fue comprobando el estado físico de los caballos uno a uno. Casi la mitad
de los competidores habían sido criados y entrenados en su finca, lo que ya servía
para hacerse una ligera idea de la obscena riqueza que poseía. Sin embargo, nadie
podía ni siquiera empezar a imaginarla. Alban llevaba casi tres años siendo su sombra
y todavía no alcanzaba a concebir la cantidad de dinero que manejaba con su oculto
negocio de apuestas. Según decía el propio O’Hara a todos los curiosos que se
atrevían a preguntarle, era mejor que siguieran viviendo en la inopia: cuanto menos
supieran, mejor para ellos. Pero con Alban no tenía tantos secretos porque ambos
habían dado por hecho que jamás se iría de su lado y, por ende, nunca le traicionaría.
Alban se había fijado, y se podía fijar en ese preciso instante, en cómo lo miraban
los mozos de los establos. Con curiosidad y envidia. Todos querían conocer a O’Hara
, pero no porque fuese un personaje interesante. El motivo era tan simple y egoísta
como que deseaban descubrir las claves para alcanzar su fama y riqueza. Todos
querían estar podridos de dinero y que nadie les tosiera al pasar. Y otros pocos, los
que se habían dejado deslumbrar por su fachada, anhelaban ser como él.
Si no hubiera odiado la tierra y el aire en el momento en que lo conoció, Alban
habría hecho espacio en su corazón arrasado para admirarlo por sus virtudes. O’Hara
se movía con la naturalidad del que sabe que el mundo no tiene secretos para él, y
lejos de esperar que se diera la circunstancia ideal para hacer alarde de su
inteligencia, se ocupaba de crear la atmósfera perfecta para ello sin llegar a pecar de
arrogante. Poseía tal control sobre sí mismo que era inhumano: parecía saber con
quién le estaba permitido hacer una muestra de temperamento y con quién era más
pertinente guardar las formas, quizá porque tenía analizado con quirúrgica precisión
hasta el perfil del que parecía totalmente irrelevante. Era evidente en su forma de
mirar que consideraba competidores incluso a los que debían ser sus confidentes, lo
que cualquiera interpretaría como que tenía una visión del mundo muy pesimista,
pero O’Hara encontraba un placer perverso haciendo cábalas sobre la traición más
próxima; hacía de la desconfianza una fortaleza y del afecto familiar un defecto de
carácter. Y por último, tenía muy claro cuándo brillar y cuándo dejar que otros lo
hicieran, lo que hacía de su arte para manipular algo incluso halagador para sus
víctimas.
Pero esas solo eran sus virtudes, que ya de por sí estaban ensombrecidas por la
predominante oscuridad de su personalidad dual. Alban había tenido la suerte o la
desgracia de tratar con la bestia y había vivido para contarlo. Y sabiendo lo que sabía
de ella, admirarlo como sus fanáticos ignorantes habría sido un grave error.
Como si hubiera adivinado sus pensamientos, O’Hara se giró hacia él. Le dirigió
una insondable mirada de ojos verdes; un verde oliva oscuro que solía pasar
desapercibido.

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—Ya sabes lo que tienes que hacer —acotó—. Aprovecha que los asistentes aún
se están acomodando y dale una vuelta a todos.
Y señaló con un gesto de cabeza a los caballos.
A nadie le habría extrañado que quisiera asegurarse de que todo marchaba
correctamente. Era su deber cuando, de darse la menor inconveniencia, la buena fama
de su criadero sería cuestionada. Sin embargo, la desconfianza hacia Alban estaba
muy justificada. Había cometido un error garrafal hacía no mucho tiempo y O’Hara
aún no se lo perdonaba. Dudaba que lo hiciera alguna vez cuando Alban jamás había
dado la menor seña de arrepentirse.
Jamás lo haría. En el momento en que perdió el corazón, dejó de temerle al fuego
eterno del infierno y a las torturas mundanas. Y eso O’Hara lo sabía: sabía que Alban
era peligroso porque nada le importaba, lo que dejaba fuera posibles chantajes o
amenazas para hacerle reaccionar.
Alban obedeció y tomó las riendas de Tyrant, el Darley Arabian de lord Felton.
Sintió los ojos de O’Hara clavados en su espalda conforme se dirigía al hipódromo.
Sabía que, de alguna manera, O’Hara le tenía miedo. Pensarlo le hacía reír: el
gran Danny O’Hara asustado por la posible rebelión de un simple entrenador de
caballos de carreras. Pero meditándolo en profundidad tenía sentido. Servía a O’Hara
por gusto, y el día que quisiera dejar de hacerlo, O’Hara no podría arruinarlo más de
lo que ya lo estaba para obligarlo a permanecer a su lado.
Puso un pie en el estribo y, bajo el atento y receloso escrutinio de O’Hara, montó
a Tyrant. El caballo demostró estar tranquilo y preparado de sobra para participar en
la carrera. Alban escuchó los aplausos y vitoreos de algunos asistentes, ya afincados
en sus asientos. Envió una mirada aburrida desde la distancia mientras animaba a
Tyrant a trotar tranquilamente.
De lejos era difícil discernir los rasgos de los fanáticos de la equitación, pero su
ceño se frunció al ver a O’Hara subir a la grada con un salto ágil para intercambiar
unas palabras con un hombre al que reconoció de inmediato.
El conde de Clarence.
La saliva se le atascó en la garganta. Iba acompañado de su esposa, a la que
ayudó a tomar asiento junto a… su hermana Rachel.
Dios santo, hacía tanto tiempo que no veía a un solo miembro de la familia
Marsden que la reunión familiar le cayó como un jarro de agua fría.
Recuerdos inconexos le asaltaron para descomponerlo.
No, no era una reunión familiar porque no estaban todos. Nunca estarían todos.
Siempre faltaría ella.
Aun así, presa de un instinto masoquista, se aproximó a lomos del animal para
confirmar que junto a Rachel estaba ubicada Brenda, acompañada de su esposo. En la
misma hilera reconoció a tres cabezas rubias. Frances, Florence y Audelina, dedujo.
Solo que lady Audelina no era rubia, y su pálido rostro no recordaba a un rayo de
luna.

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Horrorizado y con el corazón galopando, Alban se aferró a las riendas hasta
hundirse las uñas en las palmas.
¿Quién era esa tercera rubia? ¿Quién diablos era ella?
Como si hubiera sentido la intensidad de sus emociones desbordadas, la joven
rubia elevó la delicada barbilla para cruzar miradas con él.
Debía ser una visión. Había visto a Dorothy tumbada en la cama con él, sentada
en el sillón de su sala de estar; incluso la había sentido abrazándolo por las noches…
Pero no era real. Su cabeza le jugaba malas pasadas. Y aun así, Alban se estremeció
al mirar la cara del fantasma como si Dios acabara de fulminarlo.
Tembloroso y sudando por el inminente infarto, Alban se obligó a desmontar de
inmediato, sin apartar la mirada de la muchacha que parecía haberse quedado
petrificada.
¿Quién era ella?
Si no era un fantasma, ¿podría ser suya?
No le importó ni su nombre ni la situación, solo su brutal parecido con Dorothy.
Dejó al caballo en la pista y echó a andar hacia la grada. Al principio lo hizo
despacio, tratando de convencerse de que perseguir a un espejismo lo mataría de
dolor y estaba a tiempo de retroceder. Pero conforme más se acercaba, más se parecía
a ella, y la ansiedad de confirmarlo le martilleaba en el pecho a la vez que afloraba
una nueva esperanza.
Entonces perdió completamente los papeles.
Echó a correr y tomó impulso para saltar al pasillo de la grada. Subió las escaleras
a zancadas, buscando por dónde llegar a ella, pero sabiendo que pasaría por encima
de la mismísima reina si fuera necesario.
Y era necesario.
Alban no oía más que su respiración enfermiza y los latidos de su corazón
histérico. Un corazón resucitado que volvió a reducirse a cenizas cuando, tras saltar
una de las barandas, estuvo frente a ella.
Era ella. Si alargaba la mano, podría tocarla. No se desvanecería.
Las lágrimas le empapaban las mejillas cuando, ante los silenciosos asistentes, la
tomó entre sus brazos. Sintió que ella también temblaba, llorosa, y que se aferraba a
su camisa con las pequeñas manitas. Sintió que respiraba, que vibraba, que se
estremecía. La sintió vital, corpórea y real.
Real.
—Mi Dolly —sollozó, quebrado—. Mi Dolly…
Estaba viva.
Y eso significaba que él volvía a estar vivo también.

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Capítulo 11

Dorothy cerró la puerta tras ella y se apoyó con los ojos cerrados. Luchó contra
viento y marea por calmar su pulso acelerado, aun sabiendo que perdería esa batalla,
igual que todas las batallas que decidiera emprender contra sus sentimientos.
Abrazada a sí misma, se sintió tentada de escurrirse por la puerta hasta caer sobre
sus rodillas.
Las lágrimas le quemaban en los párpados.
Alban estaba allí. Alban la había visto. Alban la había abrazado a la vista de
todos… y ella había tenido que salir corriendo, incapaz de afrontar lo que pudiera
ocurrir después.
Le juró que tras la temporada de 1853 regresaría a Beltown Manor y nunca lo
cumplió. Cualquier otro en su lugar se habría sentido defraudado, incluso engañado
por la dama hacia la que ya entonces albergaba reticencias. Pero Dorothy lo conocía
tanto como se conocía a sí misma y jamás lo había imaginado odiándola por no haber
honrado su promesa. Y sin embargo, entre todos los posibles y soñados reencuentros,
no se le ocurrió que la estrecharía entre sus brazos con esa pasión desmedida.
Dorothy se obligó a mantener la compostura, pero no encontró el valor para
regresar. Había sido una suerte que Benjamin no hubiera estado presente, aunque no
dudaba que el arrebato de Alban se esparciría como la pólvora y tendría que dar unas
cuantas explicaciones. No obstante, esa ni siquiera era su mayor preocupación. En ese
momento no estaba preocupada. En ese momento se regodeaba y se torturaba con el
calor de Alban, ese con el que había impregnado su piel.
Alguien tocó a la puerta una vez. Y otra. En la tercera ocasión, fue tan insistente
que Dorothy se dio la vuelta y abrió, creyendo que se trataría de alguna de sus
hermanas. Le había parecido intuir sus expresiones horrorizadas antes de la
precipitada huida.
Pero no se topó con los ojos de cervatillo de Rachel, sino con la mirada abisal de
un hombre que no se daba por vencido. La repentina cercanía de Alban la afectó de
tal modo que su primer impulso fue retroceder varios pasos. Pasos que él cubrió para
besarla después de cerrar la puerta de una patada impaciente.
No pudo apartarlo. La fuerza de su necesidad la abrumó y pronto se vio atrapada
por los brazos en los que había fantaseado con desaparecer una última vez. Se
convenció de que era un sueño y se aferró a sus hombros, permitiendo que la
levantara en vilo y saqueara sus labios con precipitación.
Solo podía repetir su nombre mentalmente: Alban. Alban. El corazón parecía
ansioso por salírsele del pecho y fundirse con el de él.

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Se preguntó cómo se las había arreglado para sobrevivir sin su contacto, sin esa
profunda lujuria que lo poseía y con la que la contagiaba a ella de un simple beso.
Solo que no fue un simple beso. Nunca era un simple beso. Alban recorrió su cuerpo
con los dedos, con esa codiciosa libertad que se otorgaba un hombre a sí mismo
cuando tenía entre sus manos algo que le pertenecía. No había olvidado que la piel de
Dorothy era una prolongación de la suya y se la estaba sirviendo a manos llenas,
como el hambriento más agonioso.
—Alban… —balbuceó Dorothy, echando la cabeza hacia atrás para que él
pudiera besar y lamer su cuello. Agarró su cabello rubio, ahora más corto, e intentó
tirar suavemente para retirarlo, pero el instinto la contradecía acercándolo a su pecho
—. Por favor…
Dorothy sacudió la cabeza como si así pudiera deshacerse de las lágrimas más
rápido. No sabía si estaba más feliz de lo que sus besos la estaban dejando devastada.
El precio de sentirse viva de nuevo era revivir otra vez la dura decisión que tomó. La
dura decisión que habría de escoger en una segunda ocasión cuando tuviera que
demostrar su valentía apartándolo.
Pero aún no. Aún no…
Jadeó, pegada a su cuerpo, y permitió que intentara saciarse aun sabiendo que
sería en balde. Alban jamás tendría suficiente. Pero al percatarse de que ella estaba
llorando, consiguió salir del trance y abrir los ojos a una realidad que no le gustaría a
ninguno.
—Por favor —consiguió articular, con la voz rota—, necesito que… te apartes.
Dorothy quiso gritar cuando él obedeció. Gritarle que volviera a rodearla por la
cintura a riesgo de que cualquiera entrase y descubriera su secreto.
Se forzó a estirarse como la dama que era y tomar aliento con disimulo.
—No sabía que trabajabas aquí —murmuró, arreglándose el pelo con las muñecas
flojas. Probó a sonreír, desvalida—. ¿Vas a competir?
Alban la miraba en silencio sin pestañear.
Parecía que se hubiera topado con un fantasma. En cierto modo era así: ella
también se las estaba viendo con el recuerdo espectral de un pasado prohibido. Más
prohibido que nunca, y también tan hermoso y tentador que dolía. Los años habían
hecho todo un hombre del muchacho vigoroso y de aspecto bonachón. Le aterró tanto
como le fascinó intuir un rosario de cicatrices en el fondo de sus ojos, que antaño
transmitieron el amor más puro y ahora estaban oscurecidos por algo mucho peor que
la sumisión que ella solía criticar: por la desidia de un hombre muerto en vida.
Lo que vio la consternó de tal manera que tuvo que rodearlo para poner distancia.
Él se giró hacia ella, tenso como la cuerda de un violín.
Dorothy lo miró de arriba abajo y soltó una exclamación ahogada.
—¿Qué te ha pasado en la mano? —balbuceó, volviendo sobre sus pasos para
cogérsela—. La tienes amoratada. ¿Has estado golpeando árboles por ahí?
Su voz se apagó al conectar con sus ojos.

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—El cachorro se hace daño si no estás para evitarlo —dijo con tiento—. ¿O ya no
te acuerdas?
El impulso de tocarlo fue superior a ella. Acarició su barbilla con los dedos.
—Claro que me acuerdo —musitó.
—¿Qué haces aquí, Dolly? —preguntó con voz profunda.
Incluso eso había cambiado. Ahora era grave y entrañaba un significado espinoso.
Porque con «aquí» no parecía referirse al hipódromo, sino hacer una pregunta más
trascendental.
—Últimamente mi familia se ha aficionado a la equitación y las carreras de
caballos. Solo les acompaño. Ya sabes que a mí también me…
—No hablo de Newmarket —interrumpió. Las palabras salieron de su boca casi a
propulsión por miedo a que el sollozo que avisaba su mirada vidriosa las entorpeciese
—. Tú…
Dorothy tragó saliva.
—No regresé a Beltown Manor —terminó por él, tratando de sonar conciliadora.
Soltó su mano y se retiró—. Supongo que te debo una explicación… Pensé en
dártela. Muchas veces tuve en mis manos papel y pluma, pero no… Se me ocurrió
que para cuando llegara el mensaje tú ya te habrías marchado, o habrías comprendido
el significado implícito en mi ausencia.
Alban dio un paso hacia ella.
—Sí que lo escribiste. No de tu puño y letra, pero lo escribiste. El mensaje… —
tartamudeó, palpando el interior de su reluciente chaleco marrón—. El mensaje me
llegó con claridad.
Con dedos temblorosos logró rescatar un trozo de papel tantas veces doblado que,
cuando Dorothy lo alcanzó, titubeando, sospechó que había resistido al viento y a la
lluvia.
Un mal presentimiento la inundó un segundo antes de confirmarlo al reconocer
ese «tu Dolly» que ella había pronunciado hacía tanto tiempo que parecían siglos.
—Estabas muerta —musitó Alban, inmóvil.
Dorothy no supo qué decir por un momento. Rehuyó su pena manteniendo los
ojos pegados a la carta que su hermana Florence había redactado por ella durante su
convalecencia.
¿Cómo le explicaba que sí que lo estuvo? ¿Que sí que lo estaba? La escarlatina
intentó matarla, y cuando sobrevivió, se remató a sí misma por el bien de todos. Por
el bien de él.
Inspiró hondo.
—Mandé escribir esto cuando enfermé —explicó, eligiendo con cuidado cada
palabra—. El médico acababa de decirle a mis familiares que probablemente no
sobreviviría a esa noche, y yo misma sentía cómo me iba alejando. Quise despedirme
de ti, pero…

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Al mirarlo a los ojos comprendió con horror cómo se habría sentido durante todo
ese tiempo. La caligrafía de Florence pedía que se deshiciera de la carta tan pronto
como la leyera, y sin embargo la había llevado encima cada día desde entonces, quizá
porque era lo único que le quedaba de ella. Estaba escrito en su aturdido semblante,
en el cerco rojizo de sus ojos redondos por el asombro… en las lágrimas de
incredulidad, alivio y también traición que la conmoción le impedía derramar.
—Oh, Alban. —Se arrojó a sus brazos y lo estrechó contra sí. Rozó su pecho con
la nariz, negando con la cabeza—. Esto nunca debería haber llegado a tus manos. Le
pedí a mi hermana que se deshiciera de ella cuando pude salir de la cama.
Alban la rodeó también. Supo que podría quedarse allí durante el resto de su vida,
amparada por su dulce abrazo.
—Venetia me dijo que me olvidara de ti —musitó—. Apareció vestida de luto,
apareció… Dolly…
Ella se separó lo suficiente para mirarlo a la cara. Él deslizó los dedos por su
mejilla húmeda con una ternura que le estremeció el alma. Un estremecimiento que
sirvió para recordarle por qué se encontraban en esa situación: porque ella así lo
decidió.
Con todo el dolor de su corazón, dio un paso atrás.
—Y tenías que olvidarte de mí —dijo, intentando que no le temblara la voz.
Él avanzó hacia ella tan amenazador como ansioso.
—¿Por qué?
No le salieron las palabras.
«Porque no puedo volver a yacer con un hombre; porque no puedo engendrar
hijos. Porque no puedo llevar una casa; no puedo cabalgar, ni correr, ni caminar
durante mucho tiempo. Porque enfermo rápido. Porque me desvanezco fácilmente.
Porque soy débil. Porque me perderías pronto».
No pudo decírselo. Y no pudo por dos sencillos motivos: porque Alban sería
capaz de convencerse de que eso no le importaba para seguir a su lado, y porque no le
rompería el corazón de esa manera otra vez. Tenía un alma tan noble y pura que se
castigaría por todo lo que ella no lo hacía.
—Me fui a Francia a curarme —explicó—, y allí… Allí, alejada de Beltown
Manor, pude comprender los motivos por los que mi familia me quería lejos de ti.
Pude pensar largo y tendido en nuestra relación, en lo que nos esperaba en el futuro…
y llegué a la conclusión de que no podía ni debía regresar.
Mucho antes que el horror o la pena, una mueca de escepticismo distorsionó sus
rasgos.
—¿De qué demonios hablas?
—Tenías razón, Alban. Tú y yo no estamos hechos el uno para el otro. Sería
incapaz de renunciar a mis lujos por ti, de defraudar y abandonar a mi familia, y tú…
—Yo ¿qué? —la animó, alzando la voz. Caminó hacia ella con el ceño fruncido.
Dorothy levantó las palmas como si debiera protegerse.

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—Tú debías buscarte una mujer más acorde a tu rango —explicó, despacio.
—¿Y qué rango es ese? No vas a hacerme creer todas esas tonterías, Dolly. Tú te
encargaste de borrar la línea que nos separaba. Tú nos pusiste a la misma altura.
—Y me arrepiento. —Alban vaciló al ver que decía la verdad. Nunca dudaría de
su honestidad, y era profundamente sincera al remarcar que lamentaba tener que
separarlos—. Nunca debí haber jugado contigo de esa manera.
—Jugado conmigo —repitió, petrificado—. Si crees que puedes convencerme de
que no me querías…
Ella sacudió la cabeza.
—Claro que te quería. Y jamás renegaré de ti —juró—. Pero el amor de una
muchacha joven no puede compararse al que siente una mujer con los pies en la
tierra. Cuando tú y yo nos veíamos a escondidas… En esa época solo tenía pájaros en
la cabeza, Alban. Pensaba que éramos invencibles, y la vida se encargó de
demostrarme lo equivocada que estaba.
Observó que titubeaba al cambiar el peso de pierna.
Ni él habría imaginado que oiría esas palabras de sus labios, ni ella se creyó
nunca capaz de pronunciarlas. Pero en su tono calmado, en su expresión serena,
estaba escrita la verdad que ahora Alban afrontaba con absoluta consternación.
Dorothy no mentía: la vida la había puesto en su lugar, y la odiaría siempre por
forzarla a encargarse de hacer lo mismo con él.
—¿Y si ahora me propongo yo demostrarte que es la vida quien se equivoca?
Dorothy pestañeó una sola vez al verlo avanzar con la mandíbula apretada.
—Alban…
—Tú no tienes ni la más remota idea de cómo he vivido estos años, Dorothy. No
sabes lo contundentes que han sido haciéndome consciente de lo estúpido que fue de
mi parte intentar resistirme a ti.
—Eso no es…
—Ningún castigo social es equiparable al que he padecido pensando que te había
perdido.
—Alban, ¿es que no me has oído? —gimoteó—. Escúchame…
—No me extraña que hayas perdido la esperanza —interrumpió, ahuecando su
rostro con las manos. Dorothy agarró sus muñecas con la intención de apartarlo, pero
solo las dejó ahí, empapándose de su calor corporal—. Pero sería un necio si no
intentara recuperarla por ti, aunque solo fuera por todas esas veces que tú me la
devolviste en el pasado.
—Pasado —recalcó—. Esa es la palabra. Tienes que…
—Dolly. —Lo pronunció como un lamento, y ella se estremeció porque su cuerpo
solo sabía reaccionar a ese nombre; solo respondía a él.
Tuvo que quedarse con la curiosidad por lo que fuera a decir, porque no le dio
tiempo a expresar lo que su mirada íntima ya estaba insinuando. La puerta se abrió en

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ese momento y dos figuras familiares la rescataron antes de que pudiera perderse de
nuevo.
A diferencia de como habría hecho antaño, Alban no se apartó, mortificado, sino
que aguantó en el sitio con cierto desafío, como si estuviera dispuesto a defender que
tenía un lugar a su lado ante cualquiera. Pero ni su hermana Rachel era cualquiera, ni
tampoco el coronel Kinsley, que miró a Dorothy y a Alban respectivamente con el
ceño fruncido.
—Veníamos… V-veníamos a comprobar que estabas bien —dijo Rachel, con los
ojos espantados.
Dorothy se recompuso a duras penas y se aproximó a la puerta con una fingida
sonrisa de oreja a oreja.
—¡Qué bien que estéis aquí! Sobre todo tú, Benji. —Lo tomó de la mano que
mantenía, inerte, a un lado de la cadera—. Quería presentarte a alguien muy especial
para mí.
—Sin duda debe serlo, a juzgar por las confianzas que se dice que se ha tomado
en el hipódromo.
La sonrisa de Dorothy amenazó con tambalearse, pero la experiencia la había
dotado de un talento teatral encomiable. Gracias a su rostro iluminado consiguió
convencer a Benjamin de bajar la guardia y aproximarse al tenso Alban, que parecía a
punto de cernirse sobre él con las garras por delante.
—¿Desde cuándo estás en contra de mis amigos? Si una persona en este mundo
puede tomarse confianzas conmigo, ese es el mayor y mejor de mis confidentes. Este
es Alban Beauchamp —lo presentó—. Creció conmigo en Beltown Manor. Entonces
se encargaba de las cuadras, pero ya ves que el destino ha sido amable con él.
Dorothy tuvo que disimular su rabia cuando Benjamin se relajó. Había bastado
con pronunciar las cuadras para que dejara de verlo como una amenaza y lo tratara
igual que a un amigo; incluso con la condescendencia típica con la que los ricos se
dirigían a sus sirvientes.
Si él supiera que había estado en sus brazos… Si él supiera que se habría
entregado de nuevo si no la hubieran interrumpido…
—¿A qué se dedica con exactitud? —le preguntó a Alban, mirándolo con nuevos
ojos.
—Adiestro a los caballos del señor O’Hara en el criadero cercano a Spitalfields.
—Conque el chalán del señor O’Hara… No es para nada un ascenso desdeñable.
Estará orgulloso del lugar al que su ambición le ha llevado.
—Sin duda ha prosperado —se apresuró a intervenir Rachel, que hasta el
momento había permanecido helada bajo el umbral—. Me alegra ver que la vida te ha
tratado justamente, Alban. No he conocido jamás a un hombre tan trabajador ni que
se lo merezca más que tú.
Alban no apartó la vista de los ojos azules del coronel ni siquiera cuando Rachel
se dirigió a él.

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—¿Con quién tengo el placer de tratar? —inquirió. Bajo su fingida calma se
escondía una tirantez que preocupó a Dorothy.
—El coronel Benjamin Kinsley; prometido de lady Dorothy. —Y le tendió la
mano.
Dorothy no quiso mirar, pero se dijo que lo mínimo que podía hacer por Alban
era compartir su angustia. Esta relampagueó en sus ojos verdes antes de apagar la luz
de ilusión que el reencuentro había prendido. La rigidez de sus miembros y el talante
retador con el que sostenía la mirada de Benjamin se acentuó un segundo antes de
desinflarse lentamente, como si el último hilo de vida lo estuviera abandonando.
Para el asombro de Dorothy, que lo tenía como un hombre ante todo prudente,
Alban no hizo ni siquiera el intento de estrecharle la mano. En su lugar, torció la boca
y lo rodeó en completo silencio.
Los tres presentes aguardaron con la respiración contenida a que el eco de sus
pasos se perdiera en el pasillo; ahí por donde desapareció sin emitir una sola palabra.
Dorothy cerró los ojos un instante, como si así pudiera resistir la oleada de dolor
que intentó tirar por tierra su autocontrol.
Benjamin apartó la mano y se dio una palmada en el muslo.
—No esperaba la menor cortesía de un mozo de cuadras. —Encogió un hombro
—. Aunque supongo que deberé intentar congeniar con él si coincidimos en otra
ocasión. Lo invitarás a la boda, ¿no es así?
Dorothy y Rachel intercambiaron una rápida mirada de pavor.
—Dudo bastante que Alban encaje entre los invitados —intervino la mayor en su
ayuda—. Además de que la familia lo recuerda como el mozo, quedaría un tanto
fuera de lugar que se mezclase con nosotros en un día festivo.
Dorothy odió ese planteamiento, y odió más aún tener que compartirlo con una
sonrisa.
—No estoy de acuerdo. Si es un buen amigo tuyo, debe estar presente en la
ceremonia y el festejo posterior —determinó Benjamin—. Además de que me parece
muy interesante su trabajo. Ya sabes que competiré con Hawk una última vez por los
viejos tiempos, pero si quiero participar en las carreras posteriores deberé hacerlo con
uno que no haya rebasado los diez años. De hecho, hace unos días adquirí un Byerly
Turk que necesitará adiestramiento.
Dorothy tragó saliva.
—¿Y habías pensado en el señor O’Hara para ello?
—Es el mejor en su gremio.
—Eso lo dudo bastante —rezongó Rachel—. Estoy segura de que debe haber otro
criadero de caballos cercano a Londres que no gobierne un hombre tan maleducado
como el señor O’Hara. Ya ha visto que la descortesía es contagiosa, coronel; incluso
su adiestrador ha sido víctima de las groserías de su superior. Debería buscar a otro…
Dorothy reprimió el impulso de salir en su defensa, a sabiendas de que Rachel
solo intentaba disuadir a Benjamin de relacionarse con quien no debía. Cerró la mano

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en un puño y la mantuvo oculta entre las faldas.
—Apuesto por que no será tan desagradable cuando invierta dinero en su causa
—zanjó Benjamin, pensativo—. Será mejor que me marche antes de que empiecen
sin mí. Confío en que me estarás animando —agregó, mirando a Dorothy con una
sonrisa ladina.
—Por supuesto que sí. Enseguida te alcanzamos, Benji. —Le devolvió el gesto
sintiéndose tremendamente indefensa—. Me gustaría ir antes a empolvarme la nariz
con mi hermana.
—Como desees. —Le besó el dorso de la mano, beso que Dorothy recibió con
una mueca no tan amable como tensa.
Esperó a que cerrase la puerta tras él para derrumbarse en la butaca.
Rachel se apresuró a arrodillarse junto a ella, haciendo visible su preocupación.
—¿Qué ha pasado? ¿Te encuentras bien? —Le tocó la frente y las mejillas—.
Estás muy colorada. Este tipo de acción no es buena para ti, Dorothy…
Ella se mordió el labio y sacudió la cabeza. Bastó un «¿qué tienes?» de parte de
su hermana para que se quebrara finalmente y estallara en sollozos que la maestra
intentó sofocar con un abrazo insuficiente. Un abrazo que no abarcaba ni la mitad del
mundo que Alban podía proteger o destruir con uno suyo.
—Todavía me quiere —balbuceó entre lágrimas—. Todavía me quiere, Rachel.

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Capítulo 12

—¿Todavía la quieres? —preguntó O’Hara, arqueando una ceja en dirección a su


contrincante. Sostenía entre los dedos índice y corazón un as de corazones, la carta
que había estado en el montón e Ethan Shaw había exigido para mejorar su juego.
Este negó con la cabeza.
—Ha visto que está relacionado con los corazones y se ha puesto nervioso —se
burló Marcellus Salazar. Sentado a la derecha de Shaw, organizaba la disposición de
su abanico de cartas con una mueca divertida—. No lo culpo. Después de la dolorosa
ruptura con la viuda de Rutland yo tampoco querría ni verlos.
—«Escandalosa» no es lo mismo que «dolorosa» —repuso el susodicho,
arrugando la nariz—. Que armase un alboroto de voces cuando decidí dejarla no
significa que me afectara lo más mínimo.
—Algún daño debió hacerte que te abofetease —insistió.
—¿Eso crees? —intervino O’Hara, desapegado de la charla—. Se nota que no has
estado en la cárcel. Allí te dan tales palizas que la bofetada de una mujer se siente
como una caricia.
—¿Acaso te ha abofeteado alguna mujer para afirmar eso con tal contundencia?
—inquirió Marcellus.
—Hago lo que puedo para que se atreva, pero nunca termina de decidirse.
—Así que tienes una preferencia de dama a la que ofender. ¿De quién se trata?
—Cristo redentor… ¿Sabéis conversar sobre algún asunto que no involucre
faldas? Si quisiera hablar de mujeres me buscaría amigas femeninas. A ellas les
encanta parlotear sin descanso sobre sí mismas —apostilló Shaw con aburrimiento.
Desde luego, no parecía ni remotamente afectado por la relación romántica que
había decidido dar por concluida. Pero eso no era ninguna novedad. La insensibilidad
de Ethan Shaw era conocida a lo largo y ancho del mundo. Era una máquina en el
cuerpo de un hombre. Y, como máquina, poseía una extraordinaria lógica que le
permitía desplumar a sus compañeros jugando al continental, a la brisca, al vingt-et-
un, al póquer, al whist y a todo lo que O’Hara improvisara para celebrar sus
ganancias.
Había sido él quien, después de contar el dinero obtenido gracias a las apuestas de
última hora junto a sus compinches habituales —la mayoría de ellos reunidos en
torno a la mesa redonda del salón del hipódromo—, había ordenado a Alban que
sustituyera al que faltaba. O’Hara trabajaba como una mula, pero también le gustaba
divertirse, y a juzgar por sus nada originales compañías, no sabía hacerlo sin Ethan
Shaw, Marcellus Salazar y Niall Devlin, mejor conocido como «El Irlandés». Este

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último se encontraba ausente por causas laborales —y era mejor no preguntar al
respecto, dada la naturaleza de su trabajo—, y O’Hara, que en palabras de Marcellus
era «supersticioso hasta un límite bochornoso», no había querido formalizar las
apuestas hasta que no tuvo a un cuarto sentado a la mesa. Según él, los números pares
le daban suerte.
No era la primera vez que Alban era forzado a formar parte del grupo. Ya conocía
a cada uno de los presentes, aunque no personalmente, pero porque no se podía
intimar con hombres que no podían definirse como «personas» sino como
delincuentes.
Marcellus Salazar regentaba el pub donde se celebraban las apuestas ilegales de
O’Hara entre otras fiestas de carácter inmoral; se trataba de un americano con raíces
españolas que nunca perdía la oportunidad de alardear de su sentido del humor, un
tipo carismático y desahogado al que era fácil profesar admiración.
Ethan Shaw podía ser fácilmente el hombre más rico de Inglaterra. Esto debía
escocerle a los nacionalistas, porque por mucho que se hubiera esforzado en
disimular su acento, era evidente que procedía de la olvidada Gales. Había
conseguido todo su dinero perpetrando robos inteligentes que no tardaron en poner a
sus pies a toda la picaresca del East End; grupos de principiantes a los que
despreciaba sin miramientos desde el pedestal en el que él mismo se había colocado.
Si le preguntaban a Alban por el Irlandés, diría que las largas travesías en alta
mar, obligadas para su oficio de contrabandista, le habían hecho perder el contacto
con la realidad. Estaba completamente loco, pero no mucho más que sus puntuales
compañeros de juego.
—¿Es por eso por lo que la has dejado? —inquirió O’Hara, concentrado. No
parecía muy interesado en la respuesta, ni siquiera en su juego: cada cuanto dirigía
una mirada inescrutable al circunspecto Alban, que aunque se percataba de su interés,
sabía por experiencia que era preferible ignorarlo—. ¿Hablaba demasiado?
—La cháchara en general me aburre, pero la de las mujeres es directamente
soporífera. Quizá por eso este chico de aquí me cae tan simpático. —Aprovechó que
tenía que estirarse hacia el montón de cartas para palmear la espalda de Alban—.
Confío en que no sea porque le has arrancado la lengua, O’Hara.
—No soy ningún seguidor entusiasta de los desmembramientos. Te aseguro que
el muchacho puede hablar por sí mismo. Si no lo hace a menudo, es porque es un
hombre de acción —apostilló con un ligero retintín—, ¿no es así, Beauchamp?
Marcellus silbó y le dirigió una mirada simpática al silencioso Alban.
—¿Y qué tipo de acciones puede emprender un humilde adiestrador sin que le
seccionen el miembro? En mi tierra, un criado especialmente voluntarioso era molido
a palos por la mitad de sus iniciativas.
—Pues por lo visto este es un suertudo, porque puede permitirse abrazar a una
dama públicamente y luego perseguirla hasta un saloncito apartado sin que nadie lo
cuestione —comentó O’Hara.

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Se tomó su tiempo para elevar la vista. No lo hizo hasta que Alban supuso que
estaban hablando de él y levantó la suya, y solo para dejar claro con su expresión
pétrea que no estaba en absoluto complacido.
—¿Abrazar a una dama públicamente? —repitió Shaw—. Si eso es un
eufemismo, tienes toda mi admiración.
—¿Y para qué querría tal cosa? —le soltó Alban.
Shaw alzó la mirada con una ceja arqueada, no tan disgustado en apariencia como
en realidad debía estarlo. Alban conocía lo suficiente a Shaw para saber que le
gustaba que le llevaran la contraria por el mero placer de aplastar a su contrincante,
fuese durante una conversación o un combate… a no ser que ese contrincante fuese
un cualquiera como él.
—No puedes canjearla por nada de valor, pero mi admiración podría abrirte las
puertas de todos los negocios que poseo y con las que ahora te dan en las narices.
—No pierdo el tiempo tocando a la puerta de burdeles de lujo.
Marcellus soltó una potente carcajada.
—El mudito tiene dientes. —Silbó.
—Prefieres perder el tiempo tocando a la de las damas de clase alta, ¿no es
verdad? —intervino O’Hara, con un tono relajado que no era más que un farol.
Incluso sin mirarlo directamente, Alban sentía que lo atravesaba con los ojos.
Sin poder contener un segundo más la furia viva que latía dentro de sí, elevó la
barbilla y enfrentó a O’Hara.
—Solo habría sido una pérdida de tiempo si no me la hubieran abierto.
—Voy a parafrasear a Shaw: si eso es un eufemismo de lo que creo que en
realidad estáis hablando, tienes toda mi admiración. Con las damas no se mete ni
Shaw —apuntó Marcellus, reacomodándose en el asiento—, aunque eso es porque
sería incapaz de estar con una mujer más lista que él.
—¿No decía el Irlandés que no hay ninguna mujer más lista que el hombre? —
preguntó O’Hara, sin despegar la vista de Alban. Este había vuelto a revisar sus
cartas con la mandíbula apretada.
—Sí que lo decía, y es por aseveraciones como esa que no nos extraña que se
rumoree que no ha tocado a una mujer en su vida. —Asintió Shaw—. Las criaturas
más viles con las que me he tropezado eran mujeres.
—No creo que fueran más viles, Shaw. Solo te afectó más su traición porque te
tenían obnubilado —apostilló O’Hara.
—Para ignorar tan tranquilamente la tradición cristiana en vuestros negocios,
tenéis una visión de la mujer muy bíblica, señores —irrumpió Marcellus con su tono
varonil—. O criatura del mal que conduce a la perdición, o tentación irresistible que
conduce… Ah, sí: a la perdición.
—Eso solo en el peor de los casos —repuso O’Hara—. En el mejor te conduce
solo a la migraña.

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—No necesito a una mujer para aguantar un dolor de cabeza —dijo Shaw—.
Vuestras monotemáticas conversaciones sobre ellas ya hacen ese trabajo.
Alban se levantó de repente, mareado con tanta cháchara y demasiado abrumado
por sus sentimientos para sobrevivir a ellos sentado. Necesitaba caminar, correr o
gritar, o solo un poco de silencio para ordenar sus turbulentos pensamientos, pero
O’Hara no iba a concederle ese deseo.
Ni siquiera lo miró al preguntar:
—¿A dónde crees que vas?
—A mi habitación.
—¿A tu habitación? —repitió—. ¿Crees que soy estúpido? Siéntate ahora mismo.
Alban cerró las manos en dos puños.
—¿Qué tiene en contra de que me retire temprano?
—Que te entretengas en el dormitorio que no debes.
Alban estaba tan furioso que no midió sus palabras.
—Si lo que le preocupa es que haga una visita intempestiva a la dama que le quita
el sueño a usted, descuide; tendría que estar muy borracho para confundir la planta
baja con las escaleras del primer piso, y a lady Dorothy con lady Rachel.
—¿Quién es esa lady Rachel? —quiso saber Marcellus, reacomodándose con una
sonrisa impertinente.
Su duda quedó parcialmente enterrada bajo el chirrido de la silla al salir
impulsada hacia atrás. O’Hara acababa de levantarse como si lo hubiera insultado, y
como era poco común verlo fuera de sí, los otros dos jugadores no tardaron en
colocar sus cartas boca abajo para atender.
—No te pongas ni sus nombres en la boca —siseó.
Alban se habría estremecido de pavor, pero no tenía nada que perder. Le sostuvo
la mirada sin alterarse, aun cuando una parte de sí se perdió al decirlo en voz alta.
—Descuide, no creo que vuelva a mencionarla. Por lo visto va a casarse.
—Y eso no te detuvo a la hora de lanzarte sobre ella como un animal —masculló.
Si no hubiera estado tan sumido en su propia desesperación, se habría preguntado el
porqué de la desmesurada reacción de O’Hara—. Más te vale alejarte de ella,
Beauchamp. No tienes el menor derecho u oportunidad con las mujeres de clase alta.
¿Me has entendido?
—Llega a advertirme unos cuantos años tarde —le ladró. Sacudido por el deseo
de confesar en voz alta un pecado que sentía lícito, agregó—: Ella y yo ya nos
queríamos antes de que usted saliera de la cárcel.
Alban estaba acostumbrado a que se burlaran de él por aseveraciones como esa,
pero O’Hara no reaccionó con una sonrisa irónica. Por el contrario, se estremeció
sacudido por la repulsión. Sus ojos se oscurecieron.
—Lo dudo bastante. Una mujer como ella no se prendaría de un don nadie como
tú, y que esté prometida con otro hombre lo demuestra. No hagas que te repita mi
amenaza, Beauchamp.

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Alban se contuvo para no hundirle el tabique nasal. No estaría golpeándole a él,
se dijo, sino tratando de ocultar o desterrar una verdad universal a través de la
violencia. Una verdad universal que no podía borrar ni salvar. Ella era de otro.
—No es usted el primer hombre que se interpone entre nosotros, y a los que hubo
antes les tenía mucho más respeto y consideración —aclaró en un murmullo agresivo.
O’Hara tiró a un lado las cartas, que aún tenía en la mano, y dio un paso hacia él.
Eran exactamente igual de altos, pero O’Hara parecía haberse crecido tres palmos.
—Óyeme bien, hijo de puta. Dorothy es como mi hermana. Si te atreves a
causarle el menor daño, te juro por lo más sagrado que te mataré. Y aplica con
cualquier otra de las Marsden.
—Ah, ¿a lady Rachel también la considera su hermana?
Los ojos de O’Hara se convirtieron en una fina y amenazadora franja verde.
Siempre se había preguntado qué significaban todas esas hojas aplastadas bajo
cuadernos de cuentas en su despacho; esas hojas que no eran más que cartas
abortadas a un mismo destinatario. Rachel Marsden. No obstante, aunque había
sentido curiosidad por lo que le habría llevado a garabatear su nombre como un
maníaco, prefería no hacer preguntas, y menos sobre la familia de la que no deseaba
oír hablar. Ahora confirmaba lo que había sospechado: que estaba rotundamente
obsesionado con ella.
—Me parece que la que debe ser protegida de un hombre es lady Rachel, y de
ningún otro excepto de usted —le escupió.
Dicho eso, tiró también las cartas sobre la mesa y abandonó el salón a paso rápido
pero inseguro.
En cualquier otra circunstancia se habría arrepentido de sus duras palabras. Si
O’Hara era un hombre enamorado, aunque dudaba que un monstruo de su clase fuera
capaz de amar, él debía ser el último en arrancarle la ilusión de cuajo. Sobre todo
sabiendo cómo se sentía un desgarro en el alma. Pero apenas era consciente de sí
mismo como para ocuparse de las sensibilidades ajenas. Desde que el coronel Kinsley
se presentara como el prometido de Dorothy, no había podido respirar sin sentir que
cada vez que tomaba aire se le llenaban los pulmones de ceniza.
Caminó hasta salir a la arena del hipódromo, que en ese caso era una pista de
césped de una milla, acondicionada para la carrera de los potros. El fin de semana
siguiente se celebraría la de las mil guineas, misma carrera pero con potrancas en
lugar de purasangres masculinos.
Se estremecía de pensar en tener que compartir espacio con Dorothy durante una
semana más.
No tendría por qué verla. Las damas no frecuentaban los mismos salones que los
adiestradores, y aunque ya no era tan insignificante como un mozo, seguía sin tener
derecho a acercarse o abordarla directamente. No le haría falta esconderse para
evitarla, pues era improbable que coincidieran, pero Alban estaba enfermo de amor y

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necesitaría administrarse la cura con regularidad. Estaba en su sangre seguirla con la
mirada, rastrear su olor como el animal con mejor olfato; perseguirla sin tregua.
La amaba, por Dios que la amaba. Ese amor no dejaba espacio en su corazón para
dedicar un rincón al despecho alimentado hacia su futuro matrimonio. Sentía que si
intentaba albergar el menor matiz entre sus sentimientos, este explotaría de tan lleno;
sentía que se moriría si se atrevía a ir contra su naturaleza creada para venerarla
tratando de despreciarla. ¿Cómo diablos iba a hacerlo cuando aún le duraba la dicha
de saberla viva? Incluso si su inminente matrimonio suponía otra forma de perderla,
no podría estar más aterrado que como había vivido todos esos años. Incluso si ya no
lo quería, incluso si amaba al otro, no podría lamentarse tanto como celebraba que
siguiera respirando. Incluso si había pronunciado unas palabras criminales, asesinas
de sentimientos, el amor de Alban resurgía con más intensidad que nunca. Había
tenido que anestesiar la parte de sí mismo que pertenecía a ella para no sentir que se
lo llevaban los demonios cada vez que abría los ojos, y ahora que ella volvía a la
vida, él lo hacía a la vez.
Estaba viva, por Dios. Estaba viva, y en un lugar no muy lejano a donde se
encontraba él. Quería salir corriendo a buscarla, aunque le esperase una negativa, un
rechazo contundente y unas palabras crudas. Solo verla hablar, solo tenerla delante, le
llenaba de una dicha capaz de hacer temblar las piernas del más fuerte.
—Chico, ¿qué haces aquí fuera?
Alban se giró al oír la voz del señor Allen. Al toparse con su expresión extrañada,
se dio cuenta de que se había sentado de rodillas justo en medio del hipódromo, por
donde los animales habían galopado tras el pistoletazo de salida. No se movió de
donde estaba, sobrecogido por los descubrimientos del día. Sospechaba que, si
intentaba incorporarse, se partiría en dos de dolor y de pasión a la vez.
Como si John lo hubiera sabido, rodeó las gradas para llegar a su altura. Alban
supo que no tendría que dar explicaciones al reconocer en su semblante esa
compasión entre reticente y familiar que le solía preceder al hablar de Dorothy. Entre
el agradable silencio nocturno, interrumpido intermitentemente por el canto de los
grillos, la voz del señor Allen sonó con inusitada delicadeza.
—Ha debido ser un choque para ti encontrarte con ella. Ya me han contado lo que
ha pasado antes de la carrera.
Alban se abrazó los hombros como si así pudiera contener el calor del cuerpo de
Dorothy. Cerró los ojos y se llenó los pulmones del aire fresco de finales de mayo.
El señor Allen tomó asiento a su lado allí mismo, en la hierba.
Debía ser el único hombre de su rango al que mancharse le importaba un ardite. A
él sí lo admiraba. Ni a O’Hara, ni a Shaw, ni al conde de Clarence. Admiraba a John
Allen. Había conseguido todo lo que tenía sin trampas, trabajando duro desde que era
un niño. Era ambicioso, pero tenía muy claro lo que no sacrificaría por sus objetivos.
Se había mantenido fiel a su carácter humilde, sincero e íntegro pese a haberse

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convertido en una personalidad importante, un significativo salto social que habría
corrompido el alma de un hombre débil.
—Va a casarse —murmuró Alban. Le sorprendió lo tranquila que salió su voz
cuando todo su cuerpo ardía, rebelándose contra aquella injusticia. La mayor
injusticia de todas.
John asintió, pensativo.
—Ya veo que los años no han podido mermar tu afecto, aunque no me sorprende.
Si ni siquiera la muerte fue capaz, era evidente que algo tan fútil y poco convincente
como el tiempo no te disuadiría de deshacerte de tus recuerdos. —Suspiró,
melancólico—. Me recuerdas tanto a mí, chico…
Alban ladeó la cabeza hacia él. Aunque ya no era su superior directo, mantenía la
costumbre de tratarlo con la consideración esperada en un alumno hacia su mentor;
en un chiquillo hacia su padre. Esperó en respetuoso silencio a que se decidiera a
hablar.
—Seguro que en su momento oíste ese rumor que decía que tuve una aventura
con la marquesa de Sydney —comenzó, muy despacio.
Alban notó las cosquillas de la indiscreta curiosidad en el esófago. Asintió,
sintiéndose honrado porque hubiera decidido contarle la verdad.
El señor Allen clavó la vista al frente.
Era un tipo de mentón fuerte, nariz irregular y frente prominente, el claro
esquema de hombre varonil que causaba rechazo frente a la moda predominante del
caballero estilizado con rasgos armónicos. Aun así, Alban sabía que el señor Allen
triunfaba entre las mujeres, y que su aspecto le servía para intimidar a los
desobedientes. Sirvió para intimidarle a él cuando aún era un joven mozo.
Observó que se frotaba las manos, meditabundo, y pensó que se trataba de un
asunto del que le era complicado hablar. Se le ocurrió darle un empujón interviniendo
con suavidad.
—Dicen que usted la amaba.
John cerró los ojos un instante.
—Sí que lo hice. Todavía lo hago. Por eso te entiendo, chico. —Ladeó la cabeza
hacia él—. La muerte tampoco significa nada para mí. Ya ves que no fue una excusa
para olvidarla, más bien para santificarla. Justo como tú hiciste con lady Dorothy.
—¿Qué sucedió en realidad, señor Allen?
Él le pasó un brazo por la espalda y se la palmeó en un gesto de simpatía. En sus
ojos, de un azul gélido que contrastaba con la piel cetrina por las largas horas de
exposición solar, bailaba algo más que la camaradería: el amor de un padre.
Aunque lo había disimulado en el pasado por miedo a ofender al resto de los
mozos a su cargo, y aunque lo seguía ocultando en el presente para que tomaran a
Alban en serio como un hombre hecho y derecho, el señor Allen tenía a su favorito. Y
Alban sentía que había sido gracias a su cariño, a su dedicación y a su inmensa
paciencia que hubo prosperado en la vida en lugar de estancarse. Cuando quiso

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echarse a perder tras la muerte de Dolly, el señor Allen estuvo allí para impedirlo.
Aunque la mayoría de las veces lo había odiado más de lo que lo había querido por su
apoyo incondicional, por haberle impedido malograrse a modo de desahogo, en ese
momento sintió que le debía la vida. Y en lugar de temer el poder que eso pudiera
otorgarle al señor Allen, se alegró de tener a alguien con quien compartir la
obligación de continuar respirando.
—Han pasado ya unos cuantos años, chico —le dijo, con esa entonación de
lectura bíblica que tanta gracia le hacía a él—. Puedes tutearme y llamarme por mi
nombre.
—Pero usted sigue llamándome «chico».
El señor Allen sonrió de nuevo.
—Eso es porque tienes el corazón de un niño: generoso y compasivo —explicó
con suavidad—. Ni las adversidades ni los contratiempos han logrado ensuciarlo.
Cumplirás ochenta años y seguirás siendo un muchacho que se niega a aprender de
las experiencias y se obceca en ver sus errores como grandes decisiones.
—¿Cuál sería mi error?
—¿No es obvio? Amar a una mujer de clase alta es una terrible equivocación, y
sin embargo no solo te resignas, sino que te rebelas e insistes en llamarlo simple
experiencia.
»Los hombres con un alma tan gentil como la tuya corréis peligro, Alban; estáis
hechos para sufrir el doble y condenados a que la vida enturbie vuestra esencia. Pero
tú… Tú sigues igual. Tú sobrevives al dolor. Es un milagro. Eres un milagro.
Y lo estaba mirando como tal.
—Usted también ha sobrevivido al dolor.
—Pero no he salido ileso. No me arriesgaría mil veces. No me arriesgaría a una
más.
Alban esperó con paciencia a que se decidiera a continuar. Oyó que suspiraba y,
un segundo después, apartaba el brazo para abrazarse las rodillas dobladas.
—Es la historia más breve de las historias —comenzó, con voz extraña—. Ella ya
estaba casada cuando nos encontramos. Su marido lo descubrió y me despidió con
una amenaza de muerte.
—¿Y usted se marchó?
—Íbamos a hacerlo juntos, pero ella temía las represalias de Sydney y en el
último momento se echó atrás. Además… Tenía un hijo. —Le tembló la voz—. No
podía abandonarlo sin más.
»Comprendo su decisión. La comprendo ahora. Entonces era demasiado joven y
mi corazón gritaba demasiado fuerte para atender a razones… ni mucho menos
entender las de ella.
Alban dejó que corriera el silencio unos segundos.
—Cuando intentaba advertirme sonaba como si…

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—Cuando intentaba advertirte no pensaba en mí y en lady Sydney, Alban —cortó
—. Pensaba en ti. Pensaba en lady Dorothy. Ya ves que al final se cumplió mi maldita
premonición. Se casará con un hombre rico. Esto es lo que traté de evitarte.
Alban asintió, sintiendo que un peso levaba el ancla de su pecho y rápidamente
era sustituido por otro. Con aquella breve confesión había conseguido reconciliarse
con ese señor Allen del pasado, al que acusaba de no comprenderlo; al que había
detestado en alguna ocasión por su obcecación. Resultaba que era él quien llevaba
toda la vida obcecado, quien insistió y seguía insistiendo en hacerse daño con deseos
irrealizables en lugar de tratar de sustituirlos por otros asequibles… o, por lo menos,
cuyo dolor fuese más tolerable.
—No podría haberlo evitado, señor. —Se oyó decir, distante—. Yo ya estaba
perdido cuando sus advertencias llegaron.
—Lo sé. Y lo lamento. Lamento de corazón que te encuentres donde te
encuentras, Alban.
Él negó con la cabeza con dulzura.
—Está viva, señor Allen.
—¿Y eso es suficiente para ti?
—Lo es hoy. —Asintió, levantando la barbilla hacia las estrellas—. Quizá
mañana sea diferente.

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Capítulo 13

Sí que fue diferente.


No supo si alegrarse o lamentar su suerte cuando al día siguiente descubrió que
lady Dorothy y la mayoría de sus familiares habían regresado a Londres. Alban
conocía la comunidad de las carreras y resultaba bastante extraño que los interesados
en ver, participar o apostar durante la jornada de las dos mil guineas no asistiera
también a la de las mil.
Al principio pensó que su presencia y su comportamiento con el coronel Kinsley
la habían alterado, y no podía arriesgarse a que él hiciera gala de otra descortesía
sospechosa delante de su prometido. Pero bastó con que Danny O’Hara le dirigiera
una mirada afilada para saber que se había encargado personalmente de enviar a las
Marsden lo más lejos posible.
Alban podría haberse enzarzado con él en ese mismo instante si no hubieran
tenido público, si no estuviera obligado a obedecer en todo momento y si, por
supuesto, no hubiese tenido toda la noche para meditar sobre la crueldad de Dorothy
Marsden. Días después, y ya de regreso en Londres para atender sus labores de
adiestramiento, seguía viéndose incapaz de odiarla… pero estaba un par de pasos más
cerca. En cuanto asimiló que estaba lo bastante sana para desposarse con un hombre,
se dio de bruces con la crudeza de que le hiciera creer que había muerto.
Entonces se vio abrumado por la ira.
La pregunta de si la vería de nuevo y tendría la oportunidad de increparle fue
pronto respondida. Alban acababa de apearse del caballo que había guiado durante un
paseo alrededor de la finca cuando reconoció a la figura femenina que charlaba con el
capataz al cargo.
—¿El señor O’Hara no se encuentra por aquí? —preguntaba su acompañante
masculino.
Con tal lentitud que parecía que estuviera debajo del agua, Alban desabrochó la
cincha de la silla de montar sin apartar los ojos de la pareja. Dorothy, cogida del
brazo del coronel con una incomodidad muy evidente, revisaba con disimulo el
espacio al otro lado de la cerca.
El corazón se le aceleró de pensar que pudiera estar buscándolo a él.
—No, casi nunca se le ve el pelo por la finca —respondía Smith, dándose
toquecitos en el sombrero de ala ancha—. Todas las tareas relacionadas con los
animales me las delega a mí o a su domador, aunque si desea hablar con él
personalmente, ahí tienen a Beauchamp: es quien trata con el señor O’Hara. Diríjase
a él y cuadrará una cita.

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Alban palmeó el lomo del animal y se agachó para humedecerse las manos en el
abrevadero. Al volver a incorporarse, se topó con que la pareja lo estaba mirando.
Se le bloqueaban las malditas articulaciones de pensar en ellos como una unidad,
como un par de personas que se amaban y pronto serían una sola; que estarían unidos
por el mismo apellido, que dormirían en la misma cama las noches que quisieran
tocarse…
Alban se obligó a apartar esos pensamientos y acercarse. Trató de ignorar que
Dorothy lo recorría con la mirada de la cabeza a los pies.
Si antaño se avergonzaba de su aspecto, esa vez se lució con orgullo. Vestía unas
botas de montar, unos pantalones sencillos y una camisa anudada precariamente bajo
el esternón. No era el aspecto que un hombre debía lucir para presentarse ante una
dama, pero se consoló —no sin cierto regocijo— con que Dorothy lo había visto de
mucho peores fachas.
—¿Qué quiere de O’Hara? —preguntó sin rodeos.
Se tranquilizó un tanto al percatarse de que Dorothy no estaba a solas con el
coronel. Su hermana Rachel, vestida de tonos apagados y con un moño tirante, se
mantenía al margen ejerciendo de carabina.
—De O’Hara como individuo nada concreto. Uno de mis lacayos se ha encargado
de traer esta mañana a mi caballo, Victory…
—Le ha puesto el nombre de una yegua.
El coronel pestañeó.
—¿Disculpe?
—«La victoria» es femenino. Victory es nombre de mujer. Si le pone un mal
nombre a un caballo, le da mala suerte.
El coronel le mantuvo la mirada sin alterarse.
—Creo que me arriesgaré con Victory de todas maneras, pero gracias por la
sugerencia —acotó—. Como le iba diciendo, lo he traído porque me gustaría que lo
adiestraran para presentarse a las competiciones del año próximo. Si el señor O’Hara
no se encarga de esto, ¿quién lo hace? Me gustaría discutir con él algunos aspectos
del animal.
—En ese caso diríjase a Smith. Él sabe más de teoría; yo solo la llevo a la
práctica. —Sin mediar palabra, se dio la vuelta y regresó con el semental ruano de
O’Hara, uno de los muchos purasangres de su propiedad que conservaba en la finca.
Pero dejó el oído en medio de la pareja, y escuchó con claridad que el coronel se
dirigía a su prometida con una pregunta.
—Estaré dentro con el señor Smith. Comprendería que prefirieses quedarte aquí.
Tengo entendido que algunos de los caballos de lord Clarence están bajo el cuidado
de O’Hara. Quizá podríamos cabalgar más tarde por la zona.
Alban no se perdió la sonrisa tirante que Dorothy esbozaba.
¿Cómo podía su supuesto futuro marido no percatarse de su incomodidad?
Incluso en la distancia y de perfil a él se había dado cuenta de que quería marcharse

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y, sin embargo, el coronel no parecía ni sospecharlo.
—Oh, cabalgar… No creo que sea buena idea. Además, no sé montar a caballo —
mintió. Alban levantó las cejas al tiempo que se hacía con el cepillo para encargarse
del animal—. Siempre se me ha dado mal.
—¿Cómo es eso posible, con un amigo mozo? Quizá el señor Beauchamp pueda
hacer algo al respecto. No creo que un paseo a caballo te comprometa en lo más
mínimo.
Tanto Alban como Dorothy se quedaron paralizados.
—¿Quieres que Alban me enseñe a montar? —repitió con incredulidad.
—¿Por qué no? Me parecería una aberración que la esposa del hombre que ganará
las próximas carreras no conozca el arte de la equitación. —Se dio la vuelta
guiñándole un ojo—. Señor Beauchamp, ¿podría ensillar a alguno de los purasangres
del conde para Dorothy?
—Faltaría más —respondió, en un tono tan vacío que la ironía pasó
desapercibida.
—Estaré de vuelta en menos de una hora. Pórtate bien —le dijo el coronel, con
una ligera sonrisa. Le hizo una reverencia a la silenciosa y mortificada Rachel, que no
había emitido palabra, y entró en el modesto edificio en pos de Smith.
Alban permaneció en su lugar un segundo, catatónico. Desde allí intercambió una
mirada con Dorothy, una con la que pretendía compartir lo tortuosa que podría llegar
a ser una simple hora a su lado.
—Acompáñeme. —Le hizo un gesto hacia los establos.
Oyó el sonido de los pasos de Dorothy y de su hermana después de empujar la
puertecilla del vallado. Lo siguió manteniendo una distancia que no sirvió de nada.
En cuanto tuvieron que vérselas cara a cara en el estrecho corredor de las
caballerizas, su olor le golpeó con la inclemencia de siempre.
Alban se aferró a sus propios puños para reprimir un inapropiado y ya ilegítimo
deseo, y se prometió que solo la miraría de soslayo.
Se preguntó de qué demonios le había servido prosperar, avanzar unos cuantos
escalones en su trayectoria laboral, cuando se encontraba ahora en el mismo y exacto
punto de siempre con Dorothy. Esa Dorothy que había sido y seguía siendo la que
marcaba cada una de las etapas de su vida, la que podía elevarlo o mandarlo al
infierno; empañar su felicidad o multiplicarla. Se sentía igual que hacía ocho años.
No poder acercarse ni mirarla demasiado era como volver a ser el mozo de cuadras de
diecisiete años que suspiraba de lejos y en secreto por una jovencita a cuyo afecto
jamás podría aspirar.
Alban detuvo su paseo por el corredor para señalar con la barbilla el interior de
una de las cuadras.
—Según el Stud Book, Clarence tiene cuatro purasangres, pero aquí solo
mantiene dos, Snowdrop y Dandy. —Empujó el acceso al establo, donde los dos
equinos aguardaban de pie mirando de reojo a sus visitantes. Uno de ellos sacudió la

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cabeza y pisoteó el heno a sus pies con los cascos. Alban señaló el de pelaje bayo—.
El nervioso es Dandy, el único Saddlebread americano junto al del señor Salazar. La
otra es una yegua turcomana; en la Transcaspia se refieren a esta raza como Akhal-
Teke. En principio milord la adquirió para cruzarla con algún caballo inglés, como es
tradición, pero parece que le tomó aprecio.
—Lo sé. Le puso Snowdrop por mi hermana Venetia y en referencia a un cuento
de los hermanos Grimm. Supuestamente, Snowdrop es un personaje de piel blanca
como la nieve y cabello como el carbón —apostilló Dorothy, con voz suave. Alban
observó gracias a la periferia de su visión que alargaba una mano pálida e insegura
hacia la crin negra brillante—. Arian siempre dice que es su caballo preferido porque
tiene el pelo tan oscuro como Venetia, tanto que, a veces, bajo la luz adecuada, parece
azul marino.
»¿Incluso el famoso señor Salazar tiene aquí a sus animales?
—Aragon y Sir Harry, un Quarter Horse y el Saddlebread respectivamente.
Ambas razas americanas. Ha levantado las burlas de los puristas de la equitación que
creen que los purasangres deben ser cruces entre ingleses y árabes o turcos —
explicaba, algo más tranquilo ahora que estaba en su terreno. Quizá no aspiraba a
convertirse en el mejor, pero amaba su oficio lo suficiente para sentirse cómodo
hablando de ello. Saber más que el resto le proporcionaba la seguridad que el resto de
los ámbitos de su vida se encargaban de quitarle—. En el siguiente establo están los
del señor O’Hara. Los tiene aquí por si algún noble se encapricha de ellos y puede
hacer un intercambio justo. No vendería sus caballos por menos de una fortuna. Son
los animales mejor domados y más obedientes que he visto jamás, pero no los
imagino en manos de ningún otro hombre. Responden exclusivamente a él.
Tanto Dorothy como Rachel se acercaron a fijarse.
—¿Cómo se llaman? —preguntó Dorothy.
—Los tres son Darley Arabian. La gris de los ojos azules, Laurel. Está
embarazada. El negro es Enigma, y el alazán con las patas blancas, Ratyil.
—¿Ratyil? —Rachel torció la boca—. ¿Qué significa eso?
—«Anochecer» en romaní.
—¿Cómo lo sabes? —quiso saber Dorothy, mirándolo con fijeza—. ¿El señor
O’Hara te ha enseñado a hablar en romaní? No suele hacerlo.
—No lo hará delante de usted. Yo he aprendido unas cuantas palabras
malsonantes gracias a él.
—¿Y ese de ahí? —preguntó Rachel, señalando a un zaino que en ese momento
dormía. Parecía ponerse nerviosa cada vez que Alban y su hermana menor
intercambiaban unas palabras.
—Es mío. —Alban vaciló y tragó saliva antes de decir—: Babel.
Su mirada se cruzó con la asombrada de Dorothy, que no necesitó ninguna
aclaración —una que no habría llegado— para asociarlo a un recuerdo lejano. Alban

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no supo cómo pedirle a su cuerpo que respondiera cuando Dorothy curvó los labios
en una pequeña sonrisa temblorosa.
—Es un buen nombre.
Alban sacudió la cabeza para obligarse a apartar la mirada de ella.
No quería verla. No quería fijarse en los bucles de seda que enmarcaban un rostro
de cuento, ni en la delicadeza del bordado floral de su vestido aguamarina; no quería
ni pensar en que se hubiera acicalado especialmente para salir a pasear con su
prometido. La ira se apoderaba de él solo de imaginarla frente al espejo, preocupada
por causar una buena impresión a ese idiota, y la última vez que había estado furioso,
estuvo a punto de perderlo todo… aunque en aquel entonces no le hubiera importado
pagar las consecuencias de su arrebato.
—Mandaré ensillar a Snowdrop. Es manso y dócil —decidió. Apenas reconoció
su voz.
—No como Venetia —se burló Dorothy.
Alban se aclaró la garganta antes de dirigirse a Rachel, a la que cazó mirándolo
con los ojos muy abiertos y cara de circunstancia.
—¿Usted también desea cabalgar? La finca es lo bastante amplia para pasear a
sus anchas, aunque no podrá ir muy lejos. Dandy también es un buen animal.
—Oh, no, no… No creo que te acuerdes, pero solía ser tremendamente torpe con
todo ejercicio físico —dijo ella, probando a sonreír. Estaba tan tensa que a Alban no
le costó deducir que lo sabía; que conocía su historia desde el principio hasta su
injusto final—. Además, el coronel deseaba que le enseñara…
—Que le enseñara a montar a la mejor amazona que he conocido nunca —
terminó Alban, con un deje irónico notable. Volvió a empujar la puerta para salir al
pasillo—. No hay nada que pueda enseñarle a lady Dorothy que ella no sepa ya.
—¿Qué significa eso? —intervino la aludida—. ¿No confía en sus
conocimientos?
—Más bien confío demasiado en la práctica de milady. —Esperó su indignación
como agua de mayo, y tuvo que ocultar una sonrisa al verla crispada. Seguía
molestándole que la tratara con esa grandilocuencia—. Estaba allí cuando guiaba a su
caballo sorteando los obstáculos de una carrera, aunque a ella parezca habérsele
olvidado.
Pretendía dirigirse a los armarios donde guardaban los arneses cuando ella lo
detuvo interponiéndose en su camino. El movimiento brusco de la puerta, que no
pesaba suficiente para cerrarse sola, alteró a algunos de los caballos, que relincharon
desde sus cobertizos.
Aunque quiso ser prudente, no pudo resistirse y acabó lanzando al aire la duda
que lo carcomía.
—¿Por qué le has mentido?
—¿No es evidente? —inquirió Dorothy, inmóvil en su lugar. En el largo cuello
aparecieron unas finas venitas azules, señal de que empalidecía—. Después de tu

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descortesía durante la carrera no quería arriesgarme a que volviéramos a coincidir los
tres en el mismo espacio.
—Diciéndole que no sabes montar no te arriesgas a que vuelva a ser descortés
con él; solo te arriesgabas a tener que encajar mis reproches mientras durase nuestra
clase de equitación. Aunque apuesto que esos no los esperabas —apostilló—, me
labré una buena reputación como chico sensato.
Dorothy lo enfrentaba con su serenidad característica, una cualidad que él
siempre había admirado y que, sin embargo, ahora detestaba.
—Estoy preparada para encajar tus reproches. Lo que no permitiré es que seas
maleducado con él. No tiene ninguna culpa de las decisiones que he tomado
libremente, Alban. Es tan víctima de ellas como tú mismo.
No tuvo que darse la vuelta para ver que Rachel daba un paso dudoso atrás, como
si supiera que no debía estar presente en la discusión que inevitablemente tendría
lugar.
—A mí no me parecen equiparables la decisión de contraer nupcias y la de
hacerle creer a un hombre que has muerto. En todo caso, Kinsley es un beneficiario
de tu elección romántica mientras yo me convierto en la única víctima de tu crueldad.
Dorothy apretó los finos labios.
—No tuve nada que ver con ese malentendido.
—Y aun así nunca te molestaste en contactar conmigo para despedirte. Da igual
quién te matara. Disfrutaste fingiéndote muerta.
Fue a añadir algo más, algún comentario hiriente, pero ni su corazón estaba
preparado para generar esa clase de malos sentimientos ni su boca tenía por
costumbre verbalizarlos. Se dirigió al fondo de las caballerizas a paso rápido, ansioso
por perderla de vista y a la vez odiando tener que distanciarse.
—De todos modos, mi desprecio hacia él no tiene nada que ver contigo. Tu
prometido no parece respetar los horarios y obligaciones de los trabajadores, y eso se
le atragantaría a cualquier empleado —continuó en voz alta, clarificando que no
deseaba mantener una conversación comprometedora—. Creo que era bastante obvio
que estaba ocupado y no puedo dejarlo todo para atender personalmente a su dama, ni
mucho menos a una que monta desde los diez años.
Le lanzó una mirada elocuente y regresó al interior del establo de Clarence, ya
armado con la silla y las bridas. Ella no se apartó de donde estaba, justo bajo el
umbral.
—¿Crees que a mí me entusiasma estar aquí?
De refilón, Alban le dirigió un vistazo lleno de amargura. Aferró con ganas las
riendas de Snowdrop.
—Es evidente que no. Si hubieras querido estar aquí, o, ya puestos, mi compañía,
llevarías años acostumbrada a estas cuatro paredes.
«Como me prometiste que harías», se cuidó de añadir.

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Los dos se sostuvieron la mirada tan desafiantes como turbados por la proximidad
del otro.
—De todos modos —prosiguió, avergonzado por su previo comentario—, una
buena manera de evitarte el viaje habría sido no mintiéndole, aunque empiezo a intuir
que es tu manera de operar delante de él.
—¿De qué estás hablando?
—De tu pose. De tus gestos. De tus sonrisas. —Clavó los ojos en ella—. Para
haberlo elegido voluntariamente como futuro marido, parece que te enfrentas a unas
cuantas batallas internas. Cualquiera que te conozca sabría que no te sientes cómoda
con él. No del todo.
Dorothy tragó saliva mientras Alban ajustaba las cinchas traseras y delanteras de
la silla de amazona. Sin esperar su respuesta, pero con una nueva esperanza brotando
en el corazón, tiró de las riendas del caballo para sacarlo de las cuadras.
Agradeció respirar de nuevo el aire fresco del campo abierto.
—Que sepas que no es muy considerado acusar a una mujer de no sentir aprecio
por su prometido —le dijo a la espalda.
Alban se giró con las manos por delante, y sin preguntarle si podía subir ella sola,
la aupó en brazos y la sentó sobre el sillín. Juraría que las manos le quemaron al
retirarlas de su minúscula cintura, como si hubiera agarrado una antorcha.
Desde abajo, y ya con las riendas enrolladas en la muñeca, le lanzó una mirada
seria.
—Los años me han hecho perder el miedo a dar mi opinión.
—Apenas lo había notado —ironizó, con la respiración acelerada—. Es
sorprendente lo hablador que estás.
—Debe ser porque ahora tengo cosas que decir, muchas de ellas acumuladas
desde hace tiempo.
Dorothy se envaró sobre la montura.
—¿Y se puede saber qué es lo que ha desencadenado este gran cambio de actitud?
—Descubrí que, como a nadie le importaba, podría hablar libremente de mi
perspectiva acerca de cualquier asunto. Nadie me presta atención como para
castigarme por mis «revolucionarios» puntos de vista.
—¿Me puedes poner un ejemplo de «revolucionario punto de vista»?
—Por ejemplo, ahora pienso que no hay ninguna necesidad de tratar como diosas
a mujeres de clase que, al final, son simples mortales. Al final acabaremos en el
mismo hoyo.
Alban se fue alejando hasta quedar en medio del espacio cercado. Fue aflojando y
alargando la cuerda anudada a la testera para que el caballo no se desviara del círculo
que trazarían dentro del reducido cercado de predios.
—Enhorabuena. Parece que el tiempo consiguió lo que yo fui incapaz de lograr:
hacer entrar en razón al testarudo Alban. En cualquier caso, has de saber que no tiene
nada de revolucionario que pienses que mi compromiso con Benjamin es una farsa —

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dijo ella, muy digna desde su altura—. No eres el único al que le escuece que a una
mujer le agrade su prometido.
—¿Te agrada? —inquirió, ladeando la cabeza—. ¿O te presionas para que te
agrade?
Observó que ella se tensaba. Habría sido apenas perceptible para Rachel, cuyo
deber como carabina era permanecer presente durante la discusión, pero Dorothy no
tenía ningún secreto para él. Sabía perfectamente que, cuando estaba tensa o
preocupada, sonreía arrugando el arco de Cupido, soltaba una serie de tres carcajadas
sonoras y negaba con la cabeza entre suspiros; sabía que, cuando le cazaban una
mentira, seguía intentando salvarla sosteniendo la mirada de su interlocutor con
seguridad.
Y sabía que no amaba a ese hombre del mismo modo que sabía que todavía lo
quería a él.
—Quizá puedas convencerte a ti, pero tendrías que nacer de nuevo para que yo
me lo creyera —replicó, satisfecho. Iba girando en dirección al animal conforme este
paseaba rodeando la cerca por el interior. Dorothy aferraba las riendas con rabia—.
Siento curiosidad. ¿Cómo lo conociste? ¿Qué te llevó a aceptar su propuesta?
—Es un hombre rico, elegante y de buena familia. —Acompañó su enumeración
de una mirada que dejaba muy claro que esas eran las cualidades que le faltaban a él.
En lugar de lamentarse como hiciera antaño, Alban se creció.
—¿Y desde cuándo eso es importante para ti?
—Desde que superé mi estúpida obsesión con los mozos de cuadras.
—Estoy de acuerdo en que era estúpida. Y comprendo que quieras sacarte de
encima el olor a establo; debes seguir sintiéndote terriblemente sucia.
—Para sentirme sucia aún tendría que haberme acordado de ti en todo este
tiempo.
—¿Y no lo has hecho?
Sabía que iba a mentirle antes de que despegara los labios. El borde de su ojo
derecho había sido presa de un temblor revelador.
—Creo que ya he paseado suficiente.
—Por supuesto, milady; lo que desee.
Alban ocultó una sonrisa victoriosa y se aproximó con tranquilidad. Dorothy
podría haber bajado sin ayuda: era tan ágil y flexible como un niño, pero que se
quedara inmóvil en su sitio dejó claro que quería que volviese a abrazarla. Y él era
demasiado débil para no ceder.
Rodeó su cintura con los brazos, esta vez con toda la intención de sentirla contra
su cuerpo, y se ocupó de que los kilos de algodón y muselina azul resbalaran por los
contornos de su cuerpo. Era imposible sentir la anatomía femenina contra la suya con
tal cantidad de ropa, pero la piel se le puso de gallina de todos modos. Y fue
recíproco.
La mantuvo pegada a él unos segundos, mirándola a los ojos.

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—No quiero llevarme mal contigo —reconoció ella.
—Y yo no quiero que me lleves a tu terreno.
—Entonces quédate en el tuyo y nos comunicaremos en la distancia… como
viejos amigos.
Alban esbozó una sonrisa amarga.
—Eso sería como volver a convertirme en el mozo de cuadras que no se atrevía a
mirar a su dama a los ojos. Tal vez nunca sea tan ambicioso como te gustaría, pero
tampoco retrocederé después de lo que me costó avanzar.
Dorothy clavó en él sus ojos celestes.
—Tú no tuviste que avanzar nunca —repuso, apartándolo con los brazos. Le dio
la espalda con la intención de regresar al establo—. Era yo la que se encargaba de
cubrir el espacio que nos separaba.

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Capítulo 14

La resignación con la que lo dijo rescató a Alban un instante de la piscina de


dudas en la que llevaba sumergido desde el reencuentro. Preguntas como por qué
habría decidido abandonarlo, cortar toda comunicación y luego comprometerse le
atormentaban desde la noche en que logró asimilar que Dorothy no era una visión ni
un fantasma.
Al principio había intentado dirigir toda su frustración a los condes de Clarence.
No era ningún misterio que lady Venetia Varick no iba a tolerar a un mozo de cuadras
como cuñado. Sin embargo, entre todas las damas con las que Alban se había
relacionado en los últimos años, y a pesar de su notable clasismo —esperado en
cualquier miembro de una familia aristocrática, por otro lado— sabía que jamás le
habría arrebatado la felicidad a Dorothy. Y Dorothy era feliz con él… O eso había
pensado.
Observó que la muchacha se dirigía al interior de los establos, tirando de las
riendas de su caballo. Una mortificada Rachel —una Rachel en su estado natural— le
frotó el brazo afectuosamente como si necesitara que le transmitieran fuerza.
«Tú no tuviste que avanzar nunca. Era yo la que se encargaba de cubrir el espacio
que nos separaba».
Dos frases muy sencillas que podrían entrañar el significado que lo cambiaría
todo… si todo pudiera cambiarse, porque, por desgracia, era imposible. Dorothy no
era mucho más accesible de lo que Alban lo era. Ella bien podía haberse
comprometido, pero él también lo hizo, y de por vida, para satisfacer los caprichos de
O’Hara: un hombre que conocía su secreto menos halagador y tenía la clave para
mandarlo al infierno si le desobedecía. Y estaría desobedeciéndole si diera un paso
hacia Dorothy.
Ni siquiera debería estar pensando en ella. No debería estar lamentando que fuese
de nuevo inalcanzable, pues incluso si hubiera regresado con los brazos abiertos y
con un «te amo» en los labios, Alban no habría podido estar con ella. Y, sin embargo,
le martirizó sospechar que Dorothy podría haber dado un paso atrás al darse cuenta
de que mientras estaba dispuesta a abandonarlo todo por él, él aún se cuestionaba si
hacía lo correcto.
Sabía que Dorothy tenía su propio amor como un sentimiento elevado y
todopoderoso; Alban, en cambio, tenía los pies en la tierra. La mayoría de sus
discusiones tuvieron razón de ser a causa de esa condenada diferencia. Alban lo veía
como que eran personas distintas, y tanto sus opuestos caracteres como la diferencia
de clase debían llevarles de forma natural a chocar a veces. Sin embargo, Dorothy

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siempre había asociado su prudencia a la cobardía, y su sensatez, a que no la amaba
tanto como ella a él. Como si para estar enamorado hiciera falta estar completamente
chiflado.
Contrariado por la posibilidad de que esto la hubiera convencido de tirar la toalla,
la siguió al interior de las caballerizas con el ceño fruncido.
¿Sería posible que el motivo fuera tan sencillo como que se cansó de luchar por
él? ¿Que hubiera visto en el coronel Kinsley un interés, una voluntad tan firme a
quedarse con ella a toda costa que los sacrificios de él hubiesen palidecido en
comparación, y en consecuencia hubiera decidido aceptarlo?
—¿Esa es la razón? —Se oyó preguntar.
Dorothy se giró hacia él, interrogante.
—La razón ¿de qué?
—Por la que me abandonaste.
—Señor Beauchamp… —intentó intervenir Rachel.
—¿Fue porque te cansaste de que no luchara por ti? ¿Mis esfuerzos fueron
insuficientes?
La sonrisa débil que Dorothy esbozó se le clavó en el alma.
—¿Qué esfuerzos, Alban? Tú nunca emprendiste una cruzada por mi corazón
como hice yo. Te limitabas a ceder.
—Eso no es cierto.
—No es ningún secreto que siempre me molestó tu falta de iniciativa; que odiaba
cómo te resignabas ante tu destino y dejabas que yo sola me enfrentara a él. Yo estaba
segura de lo que quería y tú nunca terminaste de decidirte. Me extraña que tu amor
sobreviviera a la montaña de dudas detrás de la que te protegías para no tener que
enfrentarme.
Dio un paso hacia ella, acuciado por el incipiente enfado.
—Mi amor sobrevivió incluso a tu muerte. ¿A eso lo llamarías falta de decisión?
Dorothy se estremeció.
—Gracias a Benjamin, ahora sé que el amor es la muerte de las relaciones, y que
si aspiro a una vida tranquila solo podré casarme con un hombre que me entienda y
me respete.
—Tú no quieres ni respeto ni comprensión.
—Tú no sabes lo que quiero —replicó, seca. El cerco rojizo de sus ojos revelaba
que estaba a punto de llorar—. No soy la misma muchacha de la que te despediste en
Beltown Manor, Alban. Bastó con poner un pie en Londres para descubrir que había
decenas de hombres dispuestos a ganarse mi afecto. No iba a quedarme con el único
que se resistía a mí, sobre todo cuando eso conllevaría defraudar a mi familia.
»Entiendo que esto te sorprenda pues nunca te demostré que yo formara parte del
grupo, pero las mujeres tienen amor propio, y yo me cansé de verme en la obligación
de consolar al mío tras tus numerosas negativas.
Alban apretó la mandíbula.

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—Pareciera que no existieron los últimos días que pasamos juntos.
—Solo pasamos esos días porque temías perderme. Eras el perro del hortelano;
solo comerías cuando no te dejaran comer. —Cuadró los hombros—. Y yo no
pensaba arriesgarme a que te echaras atrás…
—¡Oh, Dios!
Alban pestañeó rápido e instintivamente se aproximó a Rachel, que se acababa de
llevar una mano a la boca. Tenía la vista clavada en el cobertizo de los purasangres de
O’Hara. Le bastó un vistazo para fijarse en que la yegua gris se había acomodado
sobre las patas y su vientre abultado era dominado por las contracciones.
—¿Está… haciendo sus necesidades? —balbuceó Rachel.
Alban la retiró de la puerta con delicadeza y se apresuró a asistir al animal.
—No, milady —explicó, ya acuclillado. Apoyó una mano en el espasmódico
lomo—. Acaba de ponerse de parto. ¿No ve las pezuñas asomando?
—¡Oh, Dios! —repitió, con los ojos redondos—. ¿Qué podemos hacer por ella?
¡Dorothy! ¿Qué haces? ¡Te vas a poner perdida!
Alban levantó la barbilla para ver cómo una Dorothy mucho más decidida que
curiosa se remangaba las faldas para arrodillarse junto a él. El ramalazo de amor
hacia la Dorothy humilde que conocía estuvo a punto de noquearlo, pues aquella
había sido una de las virtudes que lo habían conquistado. No solo su falta de remilgos
o que no le temiera a la suciedad, sino la templanza con la que afrontaba situaciones
en las que no se había visto antes. Por su actitud calma, si acaso algo emocionada por
el milagro que tendría lugar, cualquiera habría pensado que estaba acostumbrada a
traer potrillos al mundo.
—Quizá le sea más llevadero si alguien la atiende —explicó Dorothy,
acariciándole la grupa. Su gesto gentil le llenó el pecho de la familiar calidez con la
que solo ella sabía apaciguarlo.
Pero sin olvidar la cruda conversación anterior, dijo:
—Las yeguas no suelen quejarse. Para ellas, parir es una mera transacción. No
lloran ni gimotean, y en cuanto terminan, se levantan y pueden galopar con toda
normalidad.
—Eso no significa que no sea un momento especial —musitó, con la voz extraña.
Su tono le intrigó, pero antes de que Alban pudiera preguntar con sarcasmo cómo era
posible que le importara más a ella que a la propia madre, inquirió—: ¿Qué es eso
que asoma? ¿Es la placenta? Creía que era blanca. Eso me dijiste una vez.
—La mayoría de las veces es blanca, pero también puede darse que adquiera un
tono violáceo, como es el caso.
—Es más bonita que la de las humanas, por lo menos —intervino Rachel, de pie
junto a ellos. En algún momento había superado su escrupulosidad inicial, y ahora,
con cuidado de mancharse lo menos posible, se sentaba junto a la yegua—. Asistir a
uno de los partos de Venetia fue francamente desagradable… y ella sufrió mucho.
¿De veras no es doloroso para los animales?

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—Por supuesto que lo es, y lo será el doble cuando deba tirarle de las patas. Pero
son fuertes. Estos animales son capaces de aguantarlo todo —apuntó Alban con
orgullo. Entonces observó que las patas del potrillo asomaban fuera del orificio y se
apresuró a colocarse en posición para empujarlo hacia fuera.
—¿Es eso necesario? ¿No le harás más daño? —quiso saber Dorothy.
—Le ayudará a pasar el mal trago más rápido —repuso Alban. Señaló la esquina
del establo—. Llena esa palangana con agua del abrevadero. La va a necesitar tanto
ella como la cría.
—¿Te parece esa la clase de orden que se le puede dar a una dama? —bramó una
voz masculina. El rostro pétreo y el torso de O’Hara asomaban sobre la puertecilla
del establo, por la que pasó sin apartar la vista del animal. Le oyeron murmurar unas
palabras ininteligibles—. Sabía que hacía bien viniendo. Un presentimiento me dijo
que debía acercarme a la finca.
O’Hara, vestido con toda la pulcritud de la que era capaz —llevaba la camisa
arrugada y el cuello al aire, pero por lo menos el chaleco era de calidad—, se apoyó
sobre las rodillas para acariciar la crin de Laurel. La yegua relinchó y empujó la
cabeza contra su palma, exigiendo una caricia más prolongada.
O’Hara esbozó una sonrisa ladina que le marcó un hoyuelo en la mejilla.
—Sí, estoy aquí. No te habría dejado a tu suerte, o peor; a merced de la mala
suerte de Beauchamp —susurró, rascándole detrás de las orejas.
—No sé de qué me sorprende que sea usted más amable con los animales que con
las mujeres.
O’Hara ladeó la cabeza hacia Rachel. Toda su expresión sufrió un cambio radical.
—¿Qué hace usted aquí? Levántese ahora mismo. Este no es lugar para una dama.
—Desde luego, no es lugar para que una dama reciba órdenes —completó,
enarcando una ceja—, y si lo que le preocupa es que me encuentre entre caballos, me
las he visto con alimañas mucho peores.
—Eso no lo dudo, milady —masculló—, pero apuesto por que no querrá
ensuciarse su digno vestido de maestra soltera.
Rachel apretó la mandíbula. Ese «soltera» pronunciado con retintín parecía
haberla sacado de sus casillas.
—Resulta que mi hermana es también una dama y está asistiendo al parto. Si ella
participa en la experiencia yo no me la pienso perder.
Alban se fijó en que O’Hara reprimía una maldición mordiéndose los labios.
Volvió a concentrarse en el caballo, al que tocó en puntos concretos para asegurarse
de que no se deshidrataba y todo marchaba correctamente. Mientras, Alban seguía
tirando del potro, que ya asomaba la cabeza.
—Muy bien, quédese donde está. No voy a discutir en este momento —farfulló
—. ¿Cómo va, Beauchamp?
—Ya casi.
Dorothy regresó con el agua del abrevadero.

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—¡No deberías coger peso! —la regañó Rachel.
—Ya ves que no me he muerto —rezongó en su lugar, apoyando la tina con
dificultad lo bastante cerca para que Laurel pudiera beber.
Alban observó, aunque sin prestar mucha atención, que Dorothy respiraba con
irregularidad y sudaba como si hubiera tenido que rodear la propiedad corriendo para
conseguir el agua. La muchacha se acercó para ayudarle a tirar, pero él rechazó su
ofrecimiento con delicadeza. Sus miradas conectaron un efímero instante, pero fue
suficiente para que Alban se percatara de que tenía los ojos ligeramente humedecidos.
No pudo pararse a reflexionar sobre qué habría provocado ese repentino cambio
de ánimo. Tras una última contracción, Laurel expulsó al potro, aún envuelto en la
placenta. Esta emitía destellos entre celestes y lilas bajo la precaria luz de los
establos.
O’Hara se rio en voz alta de pura emoción, y felicitó a su yegua con una caricia
larga y afectuosa antes de levantarse y acercarse a hacerle el reconocimiento al
pequeño.
—Si ekh arkofruni —susurró él.
Rachel, a su lado, pestañeó una sola vez.
—¿Qué ha dicho?
O’Hara la miró de reojo.
—«Es un milagro».
—¿Por qué?
—Hijo de una yegua gris y un caballo negro, y ha nacido blanco.
—Oh. —Rachel se arrebujó sobre su falda como si de pronto se sintiera
tremendamente incómoda—. Nunca… Nunca le había oído hablar en romaní.
O’Hara arqueó una ceja.
—¿Sabe reconocer el romaní?
—Ahora sí.
—No lo hablo delante de las damas. De la aristocracia, en general. Puede
considerarse ofensivo e irrespetuoso —resumió, entretenido con el tembloroso
potrillo blanco.
—No es como si a usted le importase sonar especialmente respetuoso… —Rachel
acercó la cara a su hocico húmedo y sonrió—. ¡Tiene los ojos azules! Qué
preciosidad… ¡Oh!
Dorothy soltó una risita cuando el potro acercó el hocico a Rachel y le dio un
empujoncito por el pecho. Ella se llevó una mano a la zona, conmocionada.
—¡Y qué maleducado!
Incluso Alban sonrió ante su tono escandalizado.
—Quiere levantarse —dijo—. Deberíamos apartarnos.
Como si se hubieran puesto de acuerdo, Alban y O’Hara se incorporaron primero
para ayudar a las respectivas jóvenes. Alban sostuvo la mano enguantada y ahora
sucia de Dorothy, y al encontrarse con sus ojos brillantes, no pudo contenerse y

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entrelazó los dedos con los de ella. Aunque la muchacha se lo permitió, apartó la
mirada de inmediato para dirigirla al débil y torpe potrillo, que no se levantó hasta
que Rachel se situó bajo el umbral de la portezuela.
Como si no quisiera que se marchara, y acuciado por el deber de impedirlo, la
criatura estiró las patas delanteras y se curvó como un gato erizado buscando el
equilibrio. No lo encontró al dar su primer paso, inseguro y tambaleante, pero su
decisión a alcanzar a Rachel lo impulsó a mejorar con los siguientes hasta que pudo
apoyar la cabeza sobre su falda.
—Parece que piensa que eres su madre, Rach —comentó Dorothy, aferrada a la
mano de Alban.
Rachel le lanzó una mirada entre abochornada y divertida.
—¿Y qué hago para sacarle de su error?
O’Hara también ladeó la cabeza hacia ella con un brillo especial en la mirada.
—Podría adoptarlo.
Rachel abrió los ojos, sorprendida.
—¿Adoptarlo? Este caballo es suyo.
—Las criaturas no pertenecen a nadie —repuso—. Pero si le pone un nombre, se
convertirá en su fiel amigo.
—¿Ponerle un nombre…? —Se mordió el labio—. Ni siquiera se me da bien
cabalgar, aunque…
Rachel ocultó una sonrisa cubriéndose la boca. Estiró la mano hacia la cabecita
del potro y la rozó con los dedos. Al ver que se los había manchado, hizo una mueca
y se apresuró a quitarse el guante.
—Espero que no le importe mi descortesía. —Se señaló la mano desnuda mirando
a O’Hara, que negó con la cabeza con todo el cuerpo rígido.
—La única a la que puede preocupar que se le vea la mano es usted, milady.
Como si la madre se hubiera puesto celosa, se levantó en ese momento para lavar
al pequeño pasando su larga lengua por la melena blanca.
—¿Qué me dice? —O’Hara apoyó el hombro en la pared sin dejar de mirar a
Rachel a través de las pestañas. En su mirada latía una fuerza poderosa cruelmente
sofocada que podría haberla asustado si se hubiese fijado—. Él ya ha elegido a quién
quiere. No se puede deshacer.
—Visto así… —Vaciló. Un segundo después, ladeó la cabeza hacia O’Hara con
una sonrisa tímida—. ¿Qué tal Romeo?
O’Hara asintió, devolviéndole el gesto. Dorothy y Alban también sonrieron por su
elección.
—Romeo será.
El gesto afable se disolvió en el rostro de Alban al ladear la cabeza hacia Dorothy
y toparse con que las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
A priori habría pensado que era por la ilusión de haber visto nacer al potro, pero
sabía reconocer cuándo lloraba de alegría y cuándo porque el corazón se le partía. De

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pronto se vio a sí mismo atrapado en su propia desazón, agobiado porque delante de
su hermana y del señor O’Hara no podía preguntar qué había desencadenado su
tristeza. Dorothy no apartaba la vista de la yegua y su potro; de las carantoñas que la
primera le prodigaba al vástago. Parecía totalmente devastada.
Alban decidió ignorar las buenas formas y tiró con suavidad de su codo para
girarla hacia él. Ella se resistió y silenció su intento por entablar una conversación
interviniendo.
—Supongo que eso significa que tendremos que venir a menudo para ver cómo
crece Romeo y si se convierte en un gran caballo de carreras —tartamudeó,
limpiándose las lágrimas y tratando de sustituirlas por una sonrisa.
Rachel se percató entonces del estado de su hermana y se apresuró a consolarla
con un abrazo apretado.
Hacía rato que Alban no entendía nada, y parecía que tampoco podría entenderlo,
porque el coronel apareció escoltado por Smith y se unieron a la improvisada
celebración.
Como ya estaba acostumbrado a hacer, y por orden de una mirada elocuente de
O’Hara, Alban tuvo que reclinarse a una esquina y permanecer al margen. Y desde su
esquina, desde ese lugar externo y lejano respecto del que en realidad deseaba ocupar,
observó con las entrañas retorcidas que el coronel miraba a Dorothy con
entendimiento antes de arrullarla entre sus brazos. Observó también cómo la besaba
en el pelo y le susurraba unas palabras de aliento, en un tono que dejaba muy claro
que conocía el motivo de su tormento.
Se marcharon un rato después, dejándolo solo de nuevo y en una desolación tal
que podrían haber cabido todos los demás. El señor Smith aprovechó ese momento
para recordarle sus labores, y O’Hara no tardó en adoptar su expresión más seria al
dirigirse a él.
Le bloqueó la entrada cuando pretendía dirigirse a la tierra de pasto, apoyando
una mano en el marco y fijándolo al sitio con una mirada penetrante.
No esperó a que le exigiera una explicación.
—El coronel Kinsley insistió en que lady Dorothy se entretuviera conmigo
mientras charlaba con Smith sobre su caballo de carreras —dijo Alban sin
entonación, con la mirada perdida en el espacio que había ocupado Dorothy.
Sus lágrimas… Nunca la había visto llorar así, como si hubiera perdido algo
irrecuperable y, a la vez, frustrada por ser aún sensible a ese dolor misterioso.
O’Hara lo devolvió a la realidad cerrándole el paso por el otro lado.
—¿Y de qué formas de entretenimiento estamos hablando?
—Teniendo en cuenta que ha sido el coronel quien la ha puesto en mis manos,
¿qué espera que le diga? ¿Que le he hecho la mañana llevadera manoseándola a base
de bien? —le espetó. Ese era el único lenguaje que O’Hara entendía, el directo y
desagradable—. Sin duda, Kinsley me felicitaría por haberle hecho los honores.
—Eres un cerdo.

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—¿No le parece curioso? Soy el único cerdo capaz de entrenar caballos. —
Decidió apiadarse del ominoso O’Hara dejándose de burlas—. Estoy hablando de las
únicas formas de entretenimiento que se pueden emprender en un criadero de
caballos y con la hermana de la susodicha presente.
Era frustrante y muy cansino tener que defenderse continuamente de la ignorancia
de los demás.
—¿Por qué lloraba?
—Ojalá lo supiera —reconoció con humildad.
—¿Se lo has hecho tú?
—Hoy no. Otras veces sí la hice llorar, aunque creo que nunca de pena.
O’Hara lo agarró de la perchera de la camisa.
—¿Crees que provocándome vas a llegar a alguna parte? —siseó en su oído.
—No, pero no siempre actuamos con la intención de llegar a alguna parte. A
veces lo hacemos por simple placer. Debería probarlo, O’Hara.
Este lo soltó con una mueca asqueada.
—No me fío de ti, Beauchamp.
—Yo tampoco me fío de usted, pero supongo que a ninguno de los dos nos queda
otro remedio que tolerarnos.
O’Hara inspiró hondo. Mantuvo el aire en los pulmones un segundo antes de
expulsarlo con un recordatorio en tono confidencial.
—Te recuerdo que me debes tu vida y algo más. Por tu bien, espero que seas
sincero cuando te hago determinadas preguntas.
—No poseo la menor motivación para mentirle, señor O’Hara.
—Pero sí posees motivaciones para defraudarme a través de lady Dorothy. Confío
en que no debo decirte que deberme lealtad significa no poder entregarte a nadie que
yo no te señale.
El estómago se le encogió de asco y de rabia.
—No, no tiene que decírmelo. Lo tengo muy presente —le aseguró—. ¿Me
permite pasar?
Una línea de tensión apareció en la mandíbula de O’Hara. Reticente, se retiró para
que Alban pudiera salir y tomar un poco de aire fresco.
Agradeció la caricia de la brisa después de las lacerantes palabras de O’Hara.
«Me debes tu vida y algo más».
Su vida no le importaba.
Era ese «algo» lo que le partía el alma.
—Beauchamp —lo llamó de nuevo.
Alban se giró procurando aparentar inexpresividad. O’Hara pareció padecer un
auténtico infierno antes de atreverse a decretar:
—Del adiestramiento de Romeo me encargo yo.

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Capítulo 15

Rachel volvió a cambiar de postura en el sillón. En lugar de morderse el labio,


darse una serie de golpecitos nerviosos en el muslo o suspirar casi para sus adentros,
como había estado haciendo un buen rato, esa vez decidió lanzar una mirada
melancólica por la ventana.
Llovía a cántaros.
Dorothy llevaba un buen rato observándola desde el diván de enfrente, uno color
crema y acolchado en el que tendía a quedarse dormida entre la hora del desayuno y
el almuerzo. Ese día se le había complicado la siesta, porque cuando Rachel se ponía
nerviosa, contagiaba a toda la casa.
Y Rachel estaba muy, muy nerviosa.
Pensó que ya había soportado bastante dramatismo en las últimas horas. Inspiró
hondo, preparada para pedirle que le contara de una vez por todas qué era lo que la
turbaba. Rachel se adelantó, girándose hacia ella con los hombros tensos.
—¿No crees que el regalo del señor O’Hara estuvo totalmente fuera de lugar? Sí
que lo estuvo —se respondió, antes de que Dorothy pudiera separar los labios. Rachel
clavó la vista al frente, ceñuda y pensativa—. Conociéndolo como lo conozco, me
sorprende que tuviera un detalle tan generoso conmigo.
Dorothy levantó las cejas mientras suavizaba las arrugas de la falda.
Por supuesto que O’Hara debía tener la culpa de su estado.
—A mí no me parece que lo conozcas cuando las únicas veces que has
interactuado con él han sido para lanzarle una pulla. La personalidad de un hombre
no se reduce a sus exabruptos cuando le buscas las cosquillas.
—Sobre todo porque no es «un detalle» —continuó, ignorándola—. Un hombre
no va regalando potros sin pena ni gloria a no ser que esté casado. Ese es un
privilegio o un gasto reservado a los maridos.
—Yo no diría que tanto, aunque…
—¿Recuerdas la yegua colorada que papá le regaló a nuestra madre? Oh, claro
que no lo recuerdas, eras aún muy pequeña. —Sacudió la cabeza—. Era un animal
precioso. No es que yo entienda de caballos, lo que solo hace del regalo algo mucho
más inapropiado…
—Sería cuestión de que aprendas a…
—… porque si montara de maravilla o las mujeres pudiéramos participar en las
carreras, todavía podría comprenderlo. De algún modo le haría ganar dinero al señor
O’Hara. Recuperaría lo que sin duda ganaría vendiendo a Romeo a algún amante de
la equitación.

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—Creo que no estás teniendo en cuenta que…
El ceño de Rachel solo se hacía más profundo.
—Pero soy una amazona lamentable. Pensaría que me lo ha regalado para
recalcar ese defecto de mi personalidad; que pretendía ponerme en el compromiso de
admitir en voz alta que los animales me detestan. Le encanta avergonzarme. Pero no
recuerdo haberle dicho nunca que carezco de ese talento. ¡Faltaría más! ¡Darle más
razones para que se burle!
—Opino que te tomas muy a pecho sus comentarios amistosos. Tiene un sentido
del humor que…
—Es evidente que el señor O’Hara se trae algo entre manos, y no me gustaría
estar en medio cuando lleve a cabo sus… pérfidos planes. ¡No, señor! —Apartó el
bordado con el que había estado fingiendo entretenerse y se palmeó el regazo con
energía—. Iré esta misma tarde a rechazarlo. De todas formas, sería todo un
escándalo si la gente se enterase de que un hombre me ha obsequiado un animal de la
belleza y categoría de Romeo. Es bonito, ¿verdad?
—Sin duda. Pero, Rachel…
—Majestuoso, diría yo. La clase de caballo con el que se puede hacer mucho
dinero. El señor O’Hara ya nada en la abundancia, claro está; no se arruinaría
regalándomelo, pero ya sabes cómo son los hombres de negocios. Ambiciosos a más
no poder.
Dorothy se rindió. Apoyó la espalda de nuevo contra el respaldo y esperó a que
Rachel se aburriera de conspirar en voz alta. Solo cuando creyó que había concluido
y parecía más relajada, decidió intentar intervenir una última vez.
—Rachel —la cortó con suavidad.
—Fue incluso amable —seguía diciendo, sumida en sus elucubraciones—. Me
pareció que hasta sonreía, sin ironía ni un deje burlón. ¡A mí! ¡A Rachel Marsden!
—¡Qué escándalo! —ironizó Dorothy, en voz baja.
—Debió emocionarle excepcionalmente el parto de la yegua para tener esa actitud
conmigo. Respecto a eso, los hombres encuentran placer en las situaciones más
arbitrarias y desconcertantes, ¿no te parece?
—¿Por qué me preguntas si no me vas a dejar…?
—No quiero decir con esto que un parto no sea un momento maravilloso. ¿Cómo
lo definió él? Creo que dijo «es un milagro». En romaní. Un idioma curioso, ¿no? El
caso es que no todos los milagros son agradables para la vista, y definitivamente, una
yegua parturienta no forma parte de los que deleitan los sentidos…
—¡Rachel!
La hermana mayor salió de su verboso ensimismamiento como se salía de un
sueño. Ladeó la cabeza hacia Dorothy con la vista desenfocada. Tuvo que pestañear
varias veces para percatarse de que no estaba tramando a solas.
—Oh. —Se ruborizó—. Me he comportado como una auténtica maleducada.
Discúlpame.

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Dorothy sonrió. Por el bien de las dos, se reservó que le había dado un dolor de
cabeza insoportable.
—Rachel, si quieres cuidar de Romeo, quédatelo.
—¿Es que no has oído nada de lo que he dicho? —espetó, frustrada.
—Reconozco que seguir tu muestra de elocuencia ha requerido un esfuerzo de
concentración por mi parte, pero sí, te he escuchado. Y creo que, aunque a veces
puedes parecer una joven sencilla, tus esquemas mentales poseen una complejidad
digna de estudio.
—¿Cómo? ¿Por qué dices eso?
—Porque llegas a las conclusiones más retorcidas imaginables. No hay necesidad
de hacer esos planteamientos tan artificiosos ni buscarle el traspiés al gato, Rach. Si
te hacen un regalo y da la casualidad de que te gusta, acéptalo. Es tan simple como
eso.
—En primer lugar, no soy ni joven, ni retorcida —repuso con remilgo—. Y no es
«tan simple como eso».
—En ese caso, y si crees que así te sentirás mejor, te acompañaré a la finca para
que puedas cuadrar con el señor O’Hara el precio que vale Romeo. Si le pagas, no
será un regalo, y entonces dejarás de sentirte en deuda con él. ¿Qué te parece?
Rachel parpadeó.
—Eres la mujer más sabia que he conocido. —Lo dijo con tal solemnidad que
Dorothy rompió a reír—. Pero tengo mis dudas con respecto a que me acompañes.
No creo que sea bueno para ti volver a acercarte a Alban.
Las carcajadas de Dorothy se fueron apagando hasta que se redujeron a un débil
suspiro. Desvió la mirada al reposabrazos del diván, que empezó a acariciar con aire
distante. Y estaba distante: su mente volaba muy lejos del salón. Estaba con la
imagen de Alban mirándola con fijeza al preguntarle si el coronel le agradaba o se
presionaba para que le agradase; estaba integrada en el cuerpo de esa Dolly que
habría entregado su vida por unos minutos más a solas con él en el saloncito del
hipódromo de Newmarket.
—No es bueno para mi compromiso ni para mi estabilidad mental —concedió,
con voz calma—, pero si fuera a morirme mañana, no se me ocurriría ningún otro
sitio mejor al que ir.
—¡Qué tonterías dices! ¡No vas a morirte mañana!
—Era una forma de hablar —la tranquilizó, dirigiéndole una mirada cariñosa—.
Alban no es el problema, Rach. No es el que me hace daño. El daño me lo hace
nuestra situación.
Esperó a que su hermana hiciera un comentario gentil aunque también
contundente sobre su obligación con Benjamin Kinsley. Esperaba también que le
transmitiera con claridad el mensaje que insinuaba su mirada compasiva: Alban y ella
no se encontraban en ninguna situación porque no existía situación para ellos. Pero
Rachel no dijo nada hasta pasado un buen rato.

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—Se comportó como un patán. No debería haberte hablado de la manera en que
lo hizo.
—Es un hombre con el corazón roto. Yo habría sido mucho más cruel con él si
hubiera estado en su lugar.
Rachel negó con la cabeza, turbada.
—Insisto en que no deberías volver a verlo. Ni siquiera pudiste aguantar las
lágrimas durante el alumbramiento de Romeo.
Involuntariamente, Dorothy se llevó una mano al estómago. Apenas lo presionó.
Solo apoyó las puntas de los dedos y el canto de la palma, como si el simple hecho de
tocar su vientre para siempre vacío le produjera una desazón insoportable. Y así era.
Dorothy no lloraba por los hijos que jamás tendría solo porque le hubiera sido
arrebatado el privilegio de ser madre, sino porque su esterilidad le había robado
también ese derecho a Alban, y este era un peso con el que le costaba vivir.
Había albergado la esperanza de equivocarse, pero nada más encontrarse de
nuevo confirmó sus peores temores: Alban jamás tomaría esposa o engendraría hijos
si no era con ella. Y ella no podría engendrarlos ni siquiera con Benjamin.
Debía admitir que no era un sueño que la hubiera acompañado toda la vida. No
quería ser madre en general. Quería ser madre de los hijos de Alban. Del mismo
modo, nunca había querido ser esposa o amante, más que la mujer y el cuerpo con el
que Alban habría de saciarse. Todos sus deseos románticos manaban de él. Y, aun así,
habría sido capaz de quedarse embarazada de otro hombre —porque jamás dejaría de
ser «el otro»— con tal de transformar sus sentimientos por Alban en aquellos que la
harían vivir por sus hijos.
—Alban no tiene la culpa de que no pueda tener hijos sin arriesgar mi vida, Rach.
Por favor —rogó, mirándola a los ojos—, sé buena con él.
Rachel arrugó la nariz.
—No fue muy correcto por su parte iniciar una discusión de esas características
conmigo delante. Me sentí inútil. Si hubiera sido un caballero, nos habría ahorrado la
escena a las dos —farfulló.
—Pero no es un caballero. Es un domador de caballos de carreras. Y me gustaría
que lo vieras con buenos ojos.
—¿Su trabajo, o a él en sí?
—Sabes a lo que me refiero.
Rachel la miró con recelo, pero, como siempre, acabó ablandándose con un
suspiro.
—No puedo negarte nada cuando pones esa cara. Eres la más peligrosa de todas
las hermanas manipuladoras que tengo, porque no necesitas tramar a nuestras
espaldas para que acabemos cumpliendo tu voluntad. No nos importa que juegues con
nosotros. Incluso nos gusta.
Dorothy aguantó una risotada.

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—¿Eso es lo que crees que soy? ¿Una manipuladora? Otro defecto que se suma al
carro, porque no teníamos suficiente con enferma, estéril…
—No eres estéril, solo… te costará un poco más quedarte embarazada —repuso,
abanderando una vez más esa idea utópica que solo les hacía daño. Pero Rachel era
obstinada hasta la saciedad, y mantendría esperanza hasta el final—. Es cuestión de
tiempo que el doctor Martin te ayude a recuperarte. Tendrás esos hijos, Dorothy.
—¿De verdad? —fingió interés—. ¿Y con quién?
—Pues con el coronel Kinsley, por supuesto.
Dorothy le sonrió con una mezcla de irritación y cariño.
—Aún no sabes por qué Benji accedió a casarse conmigo renunciando a todo lo
que conlleva un matrimonio, ¿verdad?
—Claro que lo sé: porque te ama.
—Y porque él tampoco puede procrear —repuso con suavidad. La confusión del
rostro de Rachel le confirmó lo que ya sospechaba—. Creía que Venetia te lo habría
contado.
—¿Por qué iría Nesha a contarme algo tan privado? ¡No deberías habérmelo
dicho ni siquiera tú! —balbuceó, de pronto agobiada—. ¿Cómo le miraré ahora a los
ojos? Y ¿qué se supone que he de hacer ahora con esa información?
—Puedes enviársela a esa Reina del Chisme. Seguro que puede hacer algo al
respecto.
—¡Dorothy!
La menor se rio entre dientes.
—¿Qué vas a hacer con ella, Rach? Ocultarla y protegerla por respeto a Benji.
—Pero no lo entiendo. ¿Por qué no puede tener hijos?
Dorothy le dirigió una mirada guasona.
—Parece que te has repuesto muy rápido de la conmoción que conlleva conocer
semejante intimidad. Incluso quien no te conozca diría que pareces ansiosa por más.
—Dorothy…
Atenuó su expresión divertida y pensó en la mejor manera de expresarlo.
—La guerra le dejó heridas muy profundas —resumió con tiento. Su sonrisa se
tornó triste—. Debe ser el único hombre en el mundo al que no le importa desposar a
una mujer impura, y ni siquiera se debe a que la quiera. Tiene más que ver con que,
como no podría estrenarse con ella, no le importa que otro lo hiciera antes. Aunque
tampoco es como si se lo hubiera contado…
Rachel abrió la boca y movió los labios intentando encontrar las palabras
adecuadas. No era la primera vez que Dorothy insinuaba delante de su hermana que
había conocido la pasión, pero aun así, a la mayor se le seguía atragantando todo lo
relacionado con el asunto.
—¿Qué hay de la noche de bodas? —inquirió al fin.
Dorothy se atrevió a reírse relajada, aunque hubo una connotación amarga en sus
carcajadas.

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—Supongo que dormiremos a pierna suelta y hasta la madrugada siguiente.
Pasaremos una luna de miel de lo más… original.
—Bueno, tampoco supondría una gran pérdida —zanjó Rachel, tratando de
restarle importancia—. Muchas de mis antiguas alumnas vinieron a visitarme ya
casadas para insinuarme que yacer con su marido es incómodo y, en algunos casos,
incluso desagradable. Y no me preguntes por qué me hacen cómplices de estos
aspectos, porque yo tampoco tengo la menor idea. Supongo que inspiro confianza. O
eso, o disfrutan escandalizándome…
—Rach, ¿no me has oído? —Dorothy suspiró—. Yo sé perfectamente cómo se
siente. No hace falta que intentes consolarme.
—Tampoco hacía falta que lo repitieras. He fingido no oírte porque no deseaba
saberlo —farfulló, nerviosa. Se obligó a recuperar la compostura inspirando hondo—.
¿Fue…?
—¿Con Alban? Por supuesto.
Le habría gustado decir que, sabiendo que no podría volver a entregarse a Alban,
no le resultaba difícil hacerse a la idea de que debería renunciar a la pasión para
siempre. Y en cierto modo era así. Dorothy no podía imaginarse en brazos de otro
hombre. Sin embargo, también era una enamorada de la pasión. El recuerdo de su
experiencia amatoria había sido suficiente para despertarla entre sudores en medio de
la noche; para impulsarla a descubrir los placeres del onanismo. El doctor Martin
había sido tajante en su sugerencia al respecto: no era recomendable que una joven
con los pulmones débiles y frecuentes recaídas practicara un ejercicio tan intenso
como lo era el del amor. Pero Martin no tenía por qué descubrirlo, y si seguía viva
después de años de caricias a sí misma, debía ser porque no era tan peligroso.
Su apetito sexual se había apagado con el paso del tiempo, pero el regreso de
Alban lo había hecho resurgir con una fuerza que la había dejado exhausta y sin
aliento la noche anterior. Pensaba en sus fuertes brazos rodeándola por la cintura al
apearla del caballo; en cómo la había mirado. Su cercanía le prendía el corazón y,
desde ahí, el fuego se extendía al resto de su cuerpo.
Se percató de que se había quedado pensativa, y Rachel, en lugar de interrumpirla
con otra de esas preguntas que se moría por hacer pero era demasiado educada para
formular, estaba observándola con fijeza. No como si quisiera averiguar qué había en
su cabeza, sino como si deseara conocer su entera experiencia.
Repentinamente avergonzada y sin saber qué decir, Rachel apartó la vista con las
mejillas coloradas.
Dorothy no necesitó que hablara para deducir lo que la atormentaba.
—Sientes curiosidad —dedujo—. Es natural. Hacer el amor es una experiencia
mágica.
Rachel abrió los ojos como platos a la vez que su boca trazó una «o» perfecta.
Horrorizada, se apresuró a desmentirlo, pero solo emitió una serie de balbuceos sin
sentido.

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Al final cerró los ojos, mortificada, y masculló, deletreándolo:
—Es una experiencia mágica reservada a las mujeres casadas.
—Qué tontería. —Puso los ojos en blanco—. Si quieres conocer el placer, Rach,
aún estás a tiempo. No faltarán hombres dispuestos a amarte.
—No hubo hombres dispuestos a bailar conmigo. ¿Cómo iba a haberlos para
amarme?
—Las prioridades de los hombres no se parecen en nada a las tuyas, querida. Si
ellos hubieran impuesto el orden lógico de una relación sentimental, habrían
empezado por la cama y terminado por el anillo.
—Santo Dios. —A esas alturas, Rachel estaba tan colorada que necesitaba
abanicarse—. Hablar de esto con mi hermana pequeña es tan humillante…
—No lo encontrarías tan humillante si te animaras a dar el paso. —Dorothy fingió
revisarse las uñas—. A lo mejor podrías pagarle el caballo al señor O’Hara… en
especie.
Al principio tardó en comprender lo que Dorothy estaba insinuando, pero en
cuanto lo hizo, Rachel pareció a punto de desmayarse.
—¡Qué barbaridad! ¿Cómo puedes decir eso? Soy una mujer decente, jamás… —
Su voz se apagó—. Dios santo, no pretendía decir con eso que tú seas indigna por
haber…
—Si ves indignas a las desconocidas que se dejan guiar por su corazón, has de
verme indigna a mí también. Darme un trato indulgente por ser tu hermana te hace
hipócrita, y estoy segura de que no deseas tener ese defecto.
Rachel se mordisqueó el labio inferior, ansiosa.
Observó que se hallaba en la encrucijada de confesar o seguir manteniendo la
pose de institutriz. Dorothy no supo si alegrarse porque su hermana se fuera
desencorsetando poco a poco o lamentar a dónde eso podría llevarla. Tener la
voluntad de carácter y la valentía suficientes para permitirse un anhelo de esas
características era, sin duda, un privilegio, pero padecer a diario las consecuencias de
no poder alcanzarlo era un sufrimiento que no le desearía a nadie. Ni mucho menos a
una mujer de espíritu sensible como su hermana.
Solo que demostró no ser tan sensible como creía estirándose con seguridad. Roja
como la grana y con las manos temblorosas, sí, pero muy convencida.
—Es posible que, en ocasiones, sí haya…
El mayordomo interrumpió abriendo la puerta del salón.
—El coronel Kinsley —anunció.
Incluso si no había llegado a decir nada comprometedor, Rachel se encogió sobre
sí misma y clavó la vista en el bordado, demasiado mortificada para volver a abrir la
boca.
Dorothy suspiró.
Solo Dios sabía cuándo volvería a darse la ocasión en que su hermana se atrevería
a confesar que era una mujer con inquietudes y no el sargento en el que se esforzaba

Página 134
por convertirse.
El coronel no entró solo. También lo hizo Venetia.
—Nos hemos cruzado en Bond Street y resulta que venía hacia aquí —explicó la
condesa. Ladeó la cabeza hacia Dorothy con aprensión mal disimulada—. Me ha
estado comentando que visitasteis el criadero del señor O’Hara y que Alban
Beauchamp estaba allí.
Dorothy sostuvo la mirada de Venetia sin pestañear. Aunque su hermana mayor
podía intimidar con una buena reprimenda, Dorothy sabía cómo avergonzarla de sí
misma. Desde que discutieran en el hipódromo por el malentendido que llevó a Alban
a pensar que había muerto a causa de la escarlatina, su relación se había resentido
considerablemente.
—¡Por supuesto que no le di la carta ni le dije nada parecido! —se había
defendido Venetia aquel día, mirándola estupefacta—. ¿De veras me crees capaz de
algo así?
—¿De veras quieres que responda a esa pregunta? —le replicó Dorothy,
acompañando su reproche de una mirada hostil—. Sé que habrías hecho todo cuanto
estuviera en tu mano por separarnos.
—Eso no es cierto. —La apuntó con el dedo—. Y me parece injusto que me
acuses de una crueldad semejante. Puede que no fuera el hombre que deseaba para ti,
pero eso no significaba que fuera a mentirle de ese modo.
—¿Y cómo explicas que la carta llegara a sus manos?
—¡No lo sé! La perdí, eso es lo único que puedo decirte. La llevaba conmigo
porque leerla me reconfortaba: me recordaba que estabas viva y que, pese a todo, te
habías salvado de lo peor… y un día ya no estaba.
—¿Y qué hay del vestido de luto que llevabas?
—¡Había muerto nuestro tío lord Dayland! ¿Acaso no recuerdas que tuve que
ausentarme cuando aún estabas enferma para ir a velarlo? Todas fuimos. Dorothy…
—No te creo —había decidido ella, conteniendo las lágrimas muy a las bravas. Su
sentencia hizo que los ojos de su hermana también se cristalizaran—. Las
casualidades no existen.
Desde entonces se dirigían la una a la otra para lo estrictamente necesario.
Dorothy reconocía ahora, un par de semanas después, que su hermana tenía razón.
Había sido injusta. La conmoción del momento le había jugado una mala pasada. Sin
embargo, no se veía con fuerzas para retomar la conversación, y mentiría si dijera que
en el fondo no la culpaba por el giro que habían tomado los acontecimientos.
—Y pretendemos regresar —dijo Dorothy, poniéndose de pie. Se tambaleó un
poco por el rato que había permanecido sentada, pero nadie lo notó—. El señor
O’Hara le hizo un regalo a Rachel que ella considera desmesurado y desea llegar con
él a un acuerdo económico. Quizá quieras acompañarnos, Benji.
—Por supuesto —aceptó, con una media sonrisa algo incómoda. Dorothy arqueó
una ceja, interrogante por el motivo de su pose rígida, pero él no dijo nada y solo hizo

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un gesto para indicar que esperaría en la puerta.
—¿Ahora? —balbuceó Rachel—. No estoy en condiciones de salir a ninguna
parte. Tendría que ponerme un vestido más apropiado.
—¿Qué tiene de inapropiado tu vestido? —quiso saber Venetia, ceñuda.
—Nada en absoluto, pero cuando se trata de encontrarse con O’Hara, a Rachel no
le gusta ponerle en bandeja las burlas, como sucederá en este caso si aparece con un
vestido de institutriz. —Ante el gesto curioso de Venetia, Dorothy prosiguió—: El
otro día tuvo la descortesía de decir, con ánimo burlón, que Rachel no se perdonaría
manchar su vestido de maestra soltera.
—No tiene nada que ver con eso —bramó ella. Se levantó también y alisó la falda
de su vestido oscuro—. Lo decía porque es un traje de mañanas y ya va a dar la una,
pero iré así mismo. No me importa.
Olvidando su enfado por un momento, Dorothy y Venetia intercambiaron una
mirada divertida ante el gesto enfurruñado de una digna Rachel, que fue la que
encabezó la marcha por el pasillo para reunirse la primera con el coronel.
Venetia ladeó pronto la cabeza, incómoda, y Dorothy prefirió no hacer ningún
comentario más.
Había estado pensando en disculparse con ella, pero una pequeña parte de sí
seguía dudando de su inocencia.
Venetia llevaba mucho tiempo comportándose como si fuera la culpable de su
miseria. Rachel también se fustigaba por ello, pero estaba en su naturaleza adoptar las
desgracias ajenas como propias. En Venetia, en cambio, esa culpabilidad resultaba,
cuanto menos, sospechosa.
Dorothy se dio la vuelta sin decirle nada y se reunió con su prometido. Notó en la
tensión de su brazo doblado que no estaba de muy buen humor, y no dudó en
preguntárselo aprovechando que Rachel se entretenía eligiendo el chal.
—¿Hay algún problema? —inquirió con gentileza.
Benjamin le dirigió una mirada que pretendía disimular su exasperación. Era un
hombre que no se avergonzaba de sus sentimientos y no temía mostrar una faceta más
emocional. Debía haber un motivo oculto por el que se reprimía.
—Solo me extraña que desees volver al criadero cuando ya pasaste allí la tarde de
hace un par de días.
—Ya te he dicho que Rachel no está del todo conforme con el regalo del señor
O’Hara. Si no quiero quedarme sorda con sus apasionados soliloquios,
conspiraciones incluidas, voy a tener que ponerle remedio pronto.
—Comprenderás que dude bastante de que esa sea la verdadera razón del viaje.
No puedo concebir situación, extrema o no, en la que lady Rachel esté dispuesta a
propiciar un cruce con el señor O’Hara. No cuando vive huyendo de él.
—Eso lo dices porque no entiendes mucho de sensibilidades femeninas, querido.
—Apoyó una mano amable sobre su antebrazo—. Puede que Rachel no vaya

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físicamente al encuentro de O’Hara, pero puedes estar seguro de que muchas de las
veces se encarga ella misma de comenzar la discusión.
Benjamin le sostuvo la mirada.
—Por si acaso no hubiera sido del todo claro con mi insinuación, no es la
sensibilidad de lady Rachel la que nos ocupa ahora. Lo que temo es lo que signifique
que tú la acompañes —apostilló en tono calmado—. Confío en estar equivocándome.
Dorothy comprendió por dónde pretendía dirigir la conversación.
—No tienes que andar con paños calientes al hablar conmigo. Sea lo que sea que
te preocupe, suéltalo sin más.
Benjamin no lo tuvo que pensar dos veces.
—No me gusta cómo te mira Beauchamp.
Dorothy ni se inmutó. Encajó el comentario con una entereza envidiable y
enseguida sonrió.
—¿Y temes que mi sensibilidad se vea afectada por la manera en que me
observa? Porque no te imagino como la clase de hombre que piensa que una mirada
basta para comprometer a una jovencita.
—Algo debió afectarte si regresaste a Knightsbridge con lágrimas en los ojos.
—No sé si me preocupa o me enternece que me creas tan susceptible como para
romper a llorar por las atenciones del adiestrador de caballos.
—Ojalá te creyera susceptible, pero te creo más bien encandilada —resumió, en
tono seco.
—Ya estoy —anunció Rachel—. ¿Vamos? Espero la visita de una vieja amiga a
las cuatro y media, no deseo pasar demasiado tiempo fuera.
—Yo tampoco —confesó Benjamin, con la vista clavada al frente.
Cualquier muchacha en su lugar estaría comiéndose las uñas, preocupada por lo
que pudiera significar la indignación de su prometido. Sin embargo, Dorothy solo
suspiró y se encaminó al carruaje, cuya portezuela sostenía el lacayo con la vista
gacha.
No le importaba en absoluto que Benjamin dudara de su fidelidad. Dorothy le
había prometido entregarle el resto de su vida, pero no cada uno de sus pensamientos,
ni mucho menos su corazón. En cuanto él quisiera o se diera la ocasión propicia, y
solo si él estaba verdaderamente interesado en conocer la verdad, Dorothy le contaría
quién era Alban en realidad. Si de veras iba a ser su marido, tendría que conocerla, y
dudaba que alguien pudiera decir que la conocía si no estaba al tanto de la historia
que llevaba a cuestas.
A juzgar por la actitud más bien distante que Benjamin adoptó durante el trayecto
hacia las afueras de Spitalfields, Dorothy sospechó que esa conversación no tendría
lugar. Benjamin había decidido que ya lo sabía, pero no quería oírlo para, de alguna
manera, huir de ello. Fingir que no existía.
—Siempre me resultará irritante y a la vez despertará una gran admiración en mí
la tendencia de los hombres a negar lo evidente —comentó, con la vista clavada al

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otro lado de la ventanilla—; a convencerse de lo que desean creer.
Benjamin pestañeó.
—¿Y qué es lo que desean creer, en este caso?
—Que lo que ven o intuyen no es real, supongo.
—Es una manera de sobrevivir al dolor que esa visión provoca —intervino
Benjamin, mirándola igual de pensativo—. Creía que tú eras la primera a la que le
gustaba rebelarse contra lo establecido, ¿y acaso una visión no da lugar a un hecho
fehaciente, y un hecho fehaciente no establece una verdad frente a la que se debe
actuar?
Dorothy medio sonrió.
—Yo no me rebelo contra los dictados de mi corazón, sino contra las normas
sociales y los obstáculos que me dificultan salvar el camino hacia la felicidad. Los
demás están acostumbrados a obrar de la manera contraria; se pasan la vida huyendo
de sus sentimientos, de lo que la cruda verdad pueda provocar en ellos, y cumpliendo
a rajatabla las ordenanzas sociales.
—Así es como está hecho el mundo —dictaminó Rachel, que en realidad no
entendía de qué iba la conversación—. No todo el mundo puede permitirse ser tan
risueña como tú.
—Yo soy la que menos puede permitírselo, pero tienes razón. No negaré que esa
sea mi gran virtud. Pero también poseo un defecto, y es que en realidad tengo la
cabeza bien puesta sobre los hombros.
—¿Cómo se puede tener la cabeza bien puesta sobre los hombros y ser soñadora
y emocional al mismo tiempo? —quiso saber Benjamin, tenso—. ¿Y por qué ser
racional es un defecto, y concibe el ser risueño como una virtud?
—Saber lo que debo hacer no me impide anhelar algo diferente —declaró,
mirándolo a los ojos—. Y creo que aceptar lo que uno siente es propio de sabios. Los
que rechazan sus emociones y se mienten a sí mismos son los que viven en la
irrealidad y los que tienen la vida más corta. Impedirte sentir con libertad solo te
conduce a la infelicidad o a la locura.
—¿Y qué nos recomiendas? ¿Ser evidentes en cuanto a nuestros deseos, aun
sabiendo que no somos correspondidos, y aceptar que no nos quieren?
Dorothy captó el reproche implícito en su respuesta.
—Como he dicho antes, que lo que debo hacer no vaya asociado a lo que quiero
hacer, no significa que pretenda dar un paso atrás —expresó con cuidado—. Ante
todo soy consecuente con mis decisiones, y pretendo ser responsable.
Benjamin asintió con la cabeza, distante. Dorothy no podía llevar más allá la
conversación delante de su hermana. No solo por una cuestión de cortesía, pues era
de muy mala crianza enzarzarse en una charla que excluía deliberadamente a alguien
presente, sino para proteger la intimidad de sus sentimientos. Sabía que Kinsley la
adoraba como también que no esperaba que ella lo correspondiera. En realidad, no
sentía por qué tendría que mentirle.

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Aun así, lamentó haber tenido que dejar patente con tanta contundencia que sus
deseos, lejos de tenerlo a él como protagonista, giraban en torno a un hombre
diferente.
El resto del trayecto fue silencioso, pero dentro de su compasión hacia el aire
melancólico que había adquirido su rostro, Dorothy se alegró de haberse sincerado.
—¿Qué ha significado esa conversación? —inquirió Rachel en cuanto bajó del
carruaje. Dorothy sacudió la cabeza y se aferró al brazo de Benjamin.
Apenas habían dado unos cuantos pasos cuando él lo preguntó.
—Entonces no son imaginaciones mías.
—No —respondió con simpleza.
Benjamin ladeó la cabeza hacia ella.
—¿Puedo confiar en ti?
Dorothy vaciló. No pudo darle un «sí» rotundo. Podía decir con orgullo, y no sin
el respetuoso temor que acompañaba a los asuntos del corazón, que se conocía de
sobra para saber que si este le pedía que traicionase a su prometido, lo haría.
—¿Qué otra opción tienes? Seremos marido y mujer. Deberás creer en mi
palabra. Yo siempre seré sincera contigo —prometió—. Siempre.
Benjamin inspiró, pero el aliento pareció quedársele estancado en la garganta.
—Me basta.

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Capítulo 16

Aunque su primer impulso fue correr a las caballerizas para encontrarse con
Alban, se obligó a permanecer a la derecha del coronel durante lo que duró la charla
con el señor Smith. Como parecía que era habitual, O’Hara no se encontraba en el
complejo, pero el encargado mandó a un mozo a avisarlo de que un asunto requería
su inmediata presencia y este no tardó ni veinticinco minutos en aparecer, en parte
gracias a que su misterioso despacho no se encontraba muy lejos. La guarida de
O’Hara estaba en un edificio de Tower Hamlets, entre el hospital psiquiátrico y Brick
Lane, la calle principal del East End. A Rachel parecía causarle una gran curiosidad
por qué O’Hara habría elegido una zona tan poco rica y falta de clase para levantar
sus oficinas; Dorothy, a la que le había bastado una mirada para calar al supuesto
criador de caballos, podía imaginarse que tenía algo que ver con que sus negocios no
se regían exactamente por la moral del momento.
Aunque la discusión entre Rachel y O’Hara sobre la propiedad de Romeo se
preveía interesante, Dorothy prefirió aprovechar la cálida temperatura del día para dar
un paseo por la finca. No había tenido la oportunidad de hacer un reconocimiento
exhaustivo para saber hasta dónde alcanzaba, y los espacios abiertos no solo la
seducían, sino que además mermaban sus problemas de salud.
Aun habiendo dejado patente que su única intención era entretenerse caminando,
recibió una mirada melindrosa por parte del coronel, pero Dorothy no se quedó a
discutirlo y salió a tomar aire fresco.
Era curioso que hubieran ubicado un criadero de ese tamaño tan cerca de la
ciudad. Dorothy imaginaba que el señor O’Hara debía haber adquirido la parcela de
algún noble poderoso o incluso una extensión baldía del Estado procurada para
levantar un parque, porque no era en absoluto habitual. Aunque había mucho por ver,
los pies de Dorothy viraron hacia el cercado junto a los establos con la ilusión de
cruzarse con Alban. Un mozo le preguntó si podía ayudarla y se inventó que iba a
hacerle una visita rápida al caballo de su cuñado. Bastó con pronunciar el nombre de
Clarence para que el muchacho asintiera y desapareciese.
Nada más llegar al umbral de las cuadras, se detuvo en seco. Una voz femenina
proyectada de un modo sensual hizo que sospechara que estaría interrumpiendo algo.
—Solo digo que llevas más de una semana sin venir a verme —ronroneaba.
Dorothy se asomó, de pronto con el estómago revuelto. La mujer en cuestión estaba
de perfil a ella, y pasaba una mano de forma amorosa por el brazo de un Alban con la
camisa remangada y presumiblemente empapada por la lluvia—. Esperaba que me
dieras una buena razón.

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—Mayo, junio y julio son meses complicados en el trabajo —respondió, con su
voz grave y decadente.
—Lo sé, te vi en el hipódromo de Newmarket poniendo a prueba a los caballos.
Montar a un semental te favorece, ¿sabes? ¿No has pensado en competir?
—Un hombre de mi posición no puede participar en competencias de tanto nivel.
La mujer chasqueó la lengua. Debía tener entre treinta y cuarenta años, era
morena y tanto su acento como la riqueza de los detalles de su vestido confirmaban
que se trataba de una mujer noble. Dorothy la reconoció después de un examen
apreciativo: se trataba de la baronesa Richmond. Era conocida en los salones por sus
exquisitos modales y por el revolucionario e infrecuente afecto que le profesaba su
marido. Había oído decir a Arian que en los clubes de caballeros se decía, y no sin un
tonillo tan impertinente como burlón, que el barón Richmond debía ser el único
marido enamorado de toda Inglaterra.
—Respuesta incorrecta, querido —dijo la baronesa. Todos los vellos se le
pusieron de punta al oír el apelativo con el que se refería a Alban—. Da a entender
que, si pudieras, participarías… y sabes que te daré todo lo que desees. Seguro que
puedo mover algunos hilos para que aparezcas este año en Epsom Oaks.
Dorothy observó que Alban dejaba de pelear con la testera del caballo que
acababa de ensillar para girarse hacia la baronesa con una pequeña sonrisa.
—Eso me quitaría más tiempo con usted, milady.
—No lo creo. Jamás me perdería una sola carrera, y tengo entendido que a los
participantes los alojan en el ala opuesta a la de los asistentes… pero en el mismo
piso.
—¿Y qué hay de las semanas que necesitaría de entrenamiento? Si fuera a
competir, me gustaría hacerlo para ganar. Odiaría quedarme a medias.
—Querido, tú jamás te quedas a medias —susurró. Aun así, Dorothy lo escuchó
perfectamente y un nudo de angustia le oprimió la garganta—. Solo déjamelo a mí…
Puedo arreglármelas para que te incluyan.
—Yo también podría hacerlo. Soy amigo del jefe de pista. De todos modos,
milady, mi participación tendría que quedar para el año próximo. Y este mes no voy a
tener el placer de asistirla.
—¿Asistirme? —repitió, divertida. Apoyó la mano en la cintura y la otra libre en
el marco de entrada a uno de los cobertizos, adoptando una postura casual y muy
elocuente—. ¿Así es como lo llamas? Ven aquí, Alban.
Alban no dudó al obedecer. La naturalidad con la que la envolvió con los brazos
le puso a Dorothy el estómago del revés. De pronto sintió unas inmensas ganas de
vomitar.
—Estoy dispuesta a dejarte tranquilo durante estos meses. Sé que las ganancias de
Epsom Oaks y Epsom Derby son claves para tu subsistencia el resto del año, pero si
no vamos a vernos hasta después de septiembre… —Rodeó su nuca con una mano

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posesiva y le rozó la comisura del labio con la boca entreabierta— quiero que te
despidas de mí en condiciones.
—¿Quiere que vaya a verla esta noche?
Dorothy apretó los labios para reprimir un inoportuno chillido de espanto.
—Esta noche suena prometedor. Mi marido está visitando a su madre en
Cornualles, así que… —Lo besó superficialmente en la boca y bajó por el mentón
masculino, el cuello ancho; el pecho que asomaba gracias a la camisa mojada y
ceñida— podría ser también la noche de mañana, la de pasado…
Las manos empezaron a temblarle al ver que Alban bajaba la cabeza muy
despacio para recorrer el cuello de la baronesa con la lengua. Debía estar soñando, se
dijo: Alban no sería capaz de algo así. Pero por más que pestañeaba para ahuyentar
las lágrimas, y por mucho que intentó aplastar ese sentimiento egoísta que le decía
que Alban no tenía derecho a amar a nadie más, no podía. La ira iba aflorando a la
superficie, y pronto se vio a sí misma temblando de la cabeza a los pies y tan débil
que era sorprendente que pudiera sostenerse.
—Dime que me deseas —susurró ella.
—La deseo. Más que a nada.
Dorothy se apartó la traicionera lágrima de un manotazo y, previendo que, si no
intervenía, acabaría presenciando una escena desagradable, entró haciendo todo el
ruido posible.
La baronesa se retiró con una rapidez encomiable y la enfrentó con una sonrisa
cortés.
—Lady Dorothy —saludó—. Qué sorpresa. No sabía que le gustara la equitación.
—Me fascina —espetó con dignidad, estirándose todo cuanto pudo—, y veo que
es un gusto que tenemos en común.
La baronesa asintió, haciéndole la debida reverencia.
—Si eso es todo, me marcho —dijo, después de unos segundos de incomodidad.
Se apartó de Alban, no sin antes lanzarle una mirada bastante significativa, y
desplegó el abanico de un toque para abandonar la cuadra abanicándose lentamente.
Su sensualidad al contonearse la sacó de quicio, y tal fue el odio que la dominó que
pensó que no sobreviviría a la tentación de empujarla al lodo que se había formado en
el borde del pasillo. No obstante, se reprimió hasta que la hubo perdido de vista.
Entonces clavó los ojos en el petrificado Alban, que volvió en sí mismo en ese
momento. En lugar de mirarla, optó por la carta de la indiferencia.
Dorothy no lo soportó y lo abordó sin la menor prudencia.
—La baronesa ha sido muy rápida quitándote las manos de encima, y ya he visto
que tú también puedes alardear de reflejos. —Avanzó hacia él con seguridad—. Por
experiencia sé que tú llevas unos años acostumbrado, así que no me sorprende, pero
una mujer noble como ella ha debido adquirir esa agilidad gracias a unos cuantos
años de relación secreta.
—¿Qué relación?

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—No me tomes por estúpida, Alban. Lo he visto —deletreó, furiosa.
Alban abandonó su actitud pasiva y la enfrentó con ojos chispeantes.
—¿Qué es lo que ha visto, señora Kinsley?
Que usara el apellido de su prometido para replicar le cortó el aliento
momentáneamente, y solo entonces se le ocurrió que tal vez no tenía el menor
derecho a reprenderlo por enredarse con una mujer.
Aun así, no pudo renunciar al placer de desahogarse.
—He visto que sigues teniendo una marcada preferencia por las damas con clase.
Supongo que hay cosas que nunca cambian.
—¿Una marcada preferencia? Diría que esta es la primera dama con clase en la
que muestro interés; la anterior pertenecía a una clase superior, sí, pero ha
demostrado no tener ninguna al dedicarse a escuchar detrás de la puerta.
—¿Y te parece que una mujer casada que se deja mancillar por un domador de
caballos anda sobrada de finura?
Alban la desarmó usando un tono implacable.
—Depende de cuál sea la referencia femenina en el baremo del refinamiento. Si
se pone como ejemplo de tal cualidad a una mujer prometida que se deja mancillar
por un domador de caballos, tampoco saldría tan malparada en comparación.
—Yo no me he dejado mancillar por un domador de caballos. Me he dejado amar
por un hombre al que resulta que amo de vuelta. ¿Puede ella decir lo mismo? —Y
levantó la nariz con insolencia.
Alban escudriñó su rostro con sentimientos encontrados. Todos estos iban
cruzando sus profundos ojos verdes como rayos partían el firmamento. Ella también
lo admiró con un nudo en el estómago. La camisa se le había pegado al torso y no
disimulaba ni los contornos de sus músculos de acero ni el fino vello rubio de su
pecho.
—Hasta donde entiendo, el amor no resta gravedad al pecado, sea cual sea este.
—No, estoy de acuerdo en que el barón Richmond no perdonaría a su esposa si
supiera que anda revolcándose contigo a la vista de todos —soltó. Se fijó en que
Alban ahogaba una sonrisa—. ¿Qué es lo que tanto te divierte?
Él no tardó en volver a adoptar un rictus serio.
—Parece que el coronel Kinsley sí te perdonaría a ti si supiese que andas
persiguiéndome por todo el criadero, o de lo contrario supongo que te habrías
quedado a su lado. —Soltó lo que tenía en la mano, que hasta entonces Dorothy no
supo que era un cepillo, y salvó el espacio que los separaba—. ¿Has venido a por mí
por algún motivo en especial? ¿Quieres que siga enseñándote a montar? Porque sigo
sosteniendo que eso, querida…, siempre se te ha dado muy bien.
Dorothy se ruborizó por lo que su comentario entrañaba.
—¿Cómo te atreves a insinuar eso en voz alta; a usarlo para avergonzarme?
—Lo único que tengo a mano son mis recuerdos, pero no los estaba usando
contra ti.

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Torció la boca.
—Es repugnante en lo que te has convertido. Antes tenías principios.
—Mis experiencias en la capital los han ido desdibujando. Parece que no eres la
única que ya no es la misma que se crio en Beltown Manor.
—Y sin embargo sí soy la única que por lo menos no se ha convertido en un
monstruo deshonesto —le escupió, fuera de sí.
Se dio la vuelta con la intención de marcharse, asustada por la velocidad con la
que latía su corazón y lo poco dueña de su cuerpo que se sentía.
Alban lo impidió agarrándola con fuerza del brazo. Su mano consiguió rodearlo
hasta tocarse los dedos.
Tiró de ella sin ninguna delicadeza. Al girar la cabeza, Dorothy tuvo los ojos
verdes casi a la altura de los suyos.
—No sé qué clase de derechos crees que tienes sobre mí, pero si piensas que
puedes venir a mi territorio a juzgarme… estás muy equivocada, Dorothy —bramó
—. No posees la exclusividad sobre el amor. Ya ves que puedo vivirlo en brazos de
otra.
—Cállate.
Arqueó las gruesas cejas rubias.
—¿Te duele escuchar lo que ya has visto? Es evidente que necesitas que alguien
te dé a probar tu propia medicina.
—¿Acaso lo que he visto no puede malinterpretarse? —inquirió, aferrada a un
último rayo de esperanza—. ¿De verdad te acuestas con ella?
—Cada vez que me quiere, yo voy —deletreó—. ¿Y él? ¿Te acuestas con él?
—Puede que lo haga —mintió mirándolo a la cara.
Se estremeció de dolor al decirlo. Su cuerpo quedó totalmente a merced del
monstruo de los celos, que parecía a punto de devorarla.
—Ah, ¿sí? —La miró de arriba abajo. Sus ojos se quedaron un instante de más en
el cierre delantero de su vestido verde—. ¿Y te gusta cómo lo hace?
Dorothy había perdido la vergüenza hacía tanto tiempo que ni siquiera se
ruborizó. Todo el calor se agolpaba en su estómago, entre sus sienes y en el bajo
vientre, intensificado por su cercanía y ese olor suyo a tierra mojada y salitre. Alban
era un recuerdo de las montañas y del mar, una personificación de la naturaleza y de
todos sus anhelos inconfesables.
—Me gusta más que como se desenvolvió el anterior —hizo una pausa para
intentar encontrar el aliento—, por eso decidí casarme con él y no con el primero.
Intentó deshacerse de su agarre, pero apenas pudo considerarse un empujón.
Alban apretó los dedos más sobre su carne trémula y susurró:
—Eso lo dudo bastante.
—Suéltame.
—¿Por qué intentas hacerme daño? —insistió, pegando la boca al cartílago de su
oreja—. ¿No crees que haya tenido suficiente?

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Ella respiraba con dificultad.
—No tengo por qué cuidar los sentimientos de un desconocido. No eres el Alban
al que amé. Ni siquiera te pareces.
—Estoy seguro de que en algo sí nos parecemos.
Antes de que Dorothy pudiera retirarse, Alban encontró sus labios. Los reproches
murieron sofocados bajo un beso tórrido que estuvo a punto de arrancar esas malas
hierbas que eran los celos. Pero estos estaban profundamente arraigados ya, y aunque
en un principio pudo permitir que saqueara su boca, descubriendo para ella ese lado
pendenciero que le hacía perder la cabeza, Dorothy pronto recordó a la baronesa y se
sacudió.
—¡No me toques! —le gritó, atragantándose con las lágrimas.
Lo empujó con tanta fuerza que el último hálito de aliento que había estado
sosteniéndola se fue con ella. Sobrepasada por el esfuerzo y las emociones, su cuerpo
decidió abandonarla a la deriva. Habría estado a punto de desplomarse si Alban no la
hubiera sostenido antes de que cayera. Dorothy se imaginó con los ojos vidriosos,
pálida como un muerto y con la respiración de estertor y quiso desvanecerse del todo,
desaparecer. Sobre todo cuando coincidió con la mirada espantada de Alban, que la
llamaba por su nombre para devolverla a su estado consciente.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué tienes? Dolly… —balbuceó, acariciándole la cara con
los dedos—. Dolly, ¿me oyes?
Dorothy intentaba coger aire en vano. Ya debería estar acostumbrada a la
sensación de que se le cerraban los pulmones, pero no habría imaginado que la pena
también podría obstruirlos.
—No puedo… —tartamudeó— respirar…
Dejó de sentir el suelo bajo sus pies y, de pronto, el torso de Alban apretándole el
costado. Sus fuertes brazos rodeándola y llevándola a quién sabía dónde. Dorothy no
lo cuestionó, en parte porque le confiaría su vida entera y en parte porque el miedo a
morir le robó el habla.
—Aquí… —masculló Alban, agobiado. Notó a su espalda el mullido amparo del
heno fresco. Aunque lo intentó, apenas pudo percibir el olor a limpio—. Dime qué
hacer. Dime qué hago, Dolly.
—El corsé —logró articular.
Alban no lo pensó dos veces ni tampoco se entretuvo apartando las corchetas. Le
desgarró el vestido de un tirón violento y metió los dedos por sus estrechos costados
para desanudar el corsé. En cuanto estuvo libre de la asfixiante sujeción de la prenda,
sintió que se abría una rendija en sus pulmones enfermos. Después de coger aire una,
dos, tres y hasta cinco veces, se permitió esbozar una sonrisa temblorosa.
—Has aprendido a desabrochar vestidos a una velocidad pasmosa —musitó con
un hilo de voz—. Se nota que has estado entretenido…
—Déjalo de una maldita vez —espetó, tan turbado que las palabras le salieron
entrecortadas.

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Pero ella no se calló.
—Me acuerdo de que las primeras veces te frustrabas con los lazos, los botones,
las corchetas…
—Dolly…
—Me parecía que tardabas años en desnudarme.
—Y puede que me demorase adrede, porque contigo suponía un placer en el que
me gustaba regodearme. Con las demás siempre ha sido una tortura que quería que
terminara enseguida. Sigo queriendo que termine enseguida.
Dorothy enfocó la mirada, acuciada por el deseo de averiguar con qué intención
lo habría dicho. No le dio tiempo a escudriñar su expresión. Alban se cernió sobre
ella para acunarla entre sus brazos como si fuera una valiosa pieza de porcelana.
—Dios santo, q-qué susto m-me has dado —tartamudeó—. Algún día me
matarás.
Dorothy cogió aire y lo expulsó como si no quisiera que se diese cuenta, más
tranquila al sentir las callosas palmas de Alban pegadas a la espalda.
Siempre ardía. La sensación de estar con él era la misma que la de dormir al aire
libre junto a una inmensa fogata.
—No la quiero —confesó Alban, acongojado. Dorothy casi podía escuchar el
corazón de él latiendo muy deprisa, prácticamente acoplado al de ella.
Dorothy sonrió con la barbilla apoyada en su hombro, pero la sonrisa no tardó en
disolverse como si nunca hubiera existido.
Incluso si no la quisiera, ella lo hacía suyo. Y Dorothy no podía evitar sentir que
le estaban robando lo que le pertenecía. Que esa mujer ocupaba el lugar que le
correspondía.
Alban se retiró muy despacio. A la vez, sus dedos regresaron por donde se habían
deslizado, acariciando las costillas de Dorothy en el proceso.
Sus ojos se encontraron un segundo.
En los de ella aún latía el fuego verde de los celos, de la envidia, de la
desesperación, y en los de él había echado anclas para vivir de forma perenne una
pasión que las prohibiciones solo reforzaban.
En lugar de sacar las manos de su vestido abierto, y sin apartar la mirada de los
labios entreabiertos de ella, Alban las subió en dirección a los pechos. Bastó con
empujar hacia abajo y con las muñecas el borde del flácido corsé para dejar a la vista
un par de pezones rosados; pezones que él cubrió con la enorme palma y a los que dio
un lento masaje circular. La respiración de Dorothy volvió a desbaratarse, al tiempo
que el calor de un mareo se iba derritiendo para calentarle el estómago. Un silencio
aplastante se cernió sobre los dos mientras Alban, sosteniéndole la mirada con los
párpados entornados y una expresión de éxtasis, pellizcaba las puntas erectas de sus
pechos.
Apenas un segundo después, Dorothy envolvió el rostro masculino con las
manos.

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No tuvo que traerlo hacia sí para que Alban se lanzara sobre ella para besarla
ansiosamente.
Dorothy se arqueó en busca de su torso, aún húmedo por el torrencial que había
caído, y peinó los largos mechones dorados de las sienes hundiendo los dedos en su
melena.
Alban soltó sus pechos y se apoyó sobre un brazo para, con la mano libre, retirar
con rabia viva los montones de muselina de su vestido de mañana. Dorothy se
retorcía y levantaba las caderas para facilitárselo, desoyendo voluntariamente esas
voces de la conciencia que le decían que lo detuviera. Pero bastó con cruzar miradas
con él tras el final de un beso demoledor para que incluso ellas se callaran, sabiendo
que estaba ante uno de esos gloriosos y también críticos momentos que marcaban un
impasse en la historia.
Dorothy odió su debilidad, pero no le pareció tan mala idea dejarlo todo en manos
de él. No le importaron las explicaciones que tendría que dar más tarde acerca de su
vestido hecho trizas: verlo rasgar cada una de las capas de su ropa interior le calentó
la sangre. Recibió su boca urgente con un gemido de liberación en cuanto sintió el
aire correr entre sus piernas desnudas, y nada más que el roce de las medias hechas
jirones enredadas en los tobillos.
Entrelazó los dedos tras la nuca de Alban para que, al incorporarse, ella lo hiciera
también con él. Demostrando una misma o aún peor desesperación por desnudarlo, le
bajó el pantalón y sacó la pulsante erección. Alban jadeó cuando ella lo rodeó con la
mano y se inclinó para llenar de besos el caliente prepucio, toda su longitud, y los
pesados testículos. Todo el cuerpo le palpitaba, trenzado de anticipada ilusión, y con
esa misma ansia agónica por tomarlo, empezó a masturbarlo.
Antaño, sus encuentros estuvieron llenos de palabras cariñosas; ahora se las
decían con miradas cortas y gruñidos furiosos, con el frenesí que se había apoderado
de sus temblorosas articulaciones. Alban tuvo que apartarla de un empujón
contundente para que no lo acogiera en la boca. Dorothy fue a fulminarlo con la
mirada, pero las brasas que vio arder en sus ojos la acallaron y permitió que la
volviera a empujar sobre el montón de heno, esta vez de boca, para posicionarse a sus
pies con esa seguridad y carácter que la mataba durante el sexo. No pudo ver lo que
hacía, estando de espaldas a él, pero notó cómo Alban tiraba de sus frágiles tobillos
para arrastrarla hacia sí y se inclinaba sobre ella para envolver sus pechos con manos
firmes.
Dorothy sacudió las caderas para llamar su atención.
—Alban…
Él le puso un dedo en la boca, mandándola callar. El silencio en el establo solo
era interrumpido por el sonido de los cascos de los caballos al dar un paseo nervioso,
bufidos y relinchos que hacían que ellos dieran un respingo, temiendo ser
descubiertos. Dorothy podría haberse cansado de hacer el amor a escondidas, pero
aquello la empujaba a unos límites excitantes que solo empoderaban más si cabía su

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amor inmortal, porque solo en esos momentos se daba cuenta de a lo que sería capaz
de exponerse por una caricia más.
Alban le separó las débiles rodillas para afianzarse entre sus caderas, y le levantó
todo el vestido sobre la espalda para pasar los dedos por la hinchada hendidura.
Dorothy siseó placenteramente echando la cabeza hacia atrás. Él siguió indagando en
su entrepierna, jugando a introducir un dedo y doblarlo, a meter dos más y
masturbarla con rapidez y dureza, como si quisiera castigarla. Dorothy se sacudía
pidiendo más: más de él, y más tiempo a sus pulmones, el suficiente para resistir a su
abrazo y al orgasmo.
Para su sorpresa, la húmeda cabeza del pene tonteó antes con el orificio del ano.
Dorothy se humedeció los labios resecos y echó las caderas hacia atrás. Alban no se
hizo de rogar y se insertó en él sin dejar de masturbarla por delante. Dorothy se
derrumbó sobre los codos y se mordió el antebrazo para ahogar un grito. Se notó tan
llena que podría haber explotado, pero contrajo todos los músculos para mantenerse
compacta durante el tiempo suficiente para tolerar sus embates. Los dedos de Alban
se deslizaban dentro y fuera de su encharcada vagina con maldad; notaba cómo los
rotaba y los separaba, poniendo a prueba sus flexibles paredes, mientras la penetraba
duramente por detrás. Dorothy se mordió el labio inferior hasta abrirse una herida,
tratando de reprimir las lágrimas en vano.
No iba a resistir. Apenas le llegaba el aire a los pulmones, pero se obligaba a
tomar aliento para anteponerse a una muerte que no permitiría que la alcanzara sin
antes abrazar a Alban.
—… Sí, por supuesto, aunque yo no me arriesgaría a participar en Epsom Oaks.
Que el caballo esté progresando no significa que no siga muy verde para una
competición tan próxima.
Dorothy se quedó inmóvil al oír de lejos la voz de O’Hara. El alma casi se le cayó
a los pies al escuchar la del hombre que lo acompañaba.
—¿Y qué hay de la copa de Doncaster? St. Leger Stakes no se celebra hasta
septiembre —dijo el coronel Kinsley. Sonaba más cerca—. Para entonces podría estar
perfectamente entrenado. ¿No es así?
Se preguntó si podrían oírlos a ellos, si escucharían el empuje rabioso de las
caderas de Alban y sus disimulados suspiros.
Dorothy se obligó a apoyar todo el peso en una mano y estirar la otra hacia atrás,
haciéndole a Alban una señal para que se detuviese. Y se detuvo: retiró la mano y el
miembro a la vez, pero solo para darle la vuelta y ponerla de espaldas al montón de
heno. Los ojos desorbitados de Dorothy coincidieron con la mirada turbia de Alban.
Se lo dijo sin gritos: «¿Qué demonios hacemos?». Ella hizo ademán de incorporarse
con el recogido deshecho y lleno de briznas, aún colorada y los muslos empapados,
pero Alban lo impidió y la hundió aún más en el montón.
No encontró resistencia por su parte cuando quiso separarle las piernas, apartar
las aletas inflamadas de su sexo y penetrarla hasta la empuñadura. Dorothy abrió los

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ojos como platos y separó los labios, pero Alban le cubrió la boca con la mano, y
entonces comenzó una serie de lentos y resbaladizos embates que apagaron el mundo
a su alrededor. Solo por un instante, porque las pisadas se oyeron más y más cerca.
Dorothy ladeó la cabeza hacia el pasillo, con el corazón latiéndole desbocado. Alban
lo evitó obligándola a devolverle la mirada. Se puso un dedo entre los labios, sin
dejar de moverse entre sus piernas, y continuó embistiéndola con rabia. Apenas se
hubo asegurado de que no gritaría, Alban le retiró la mano y colocó ambas en la
articulación trasera de sus rodillas para levantarle más las piernas. Dorothy arqueaba
la espalda, temblando y deshaciéndose, tan caliente que apenas oía las voces ni veía
bien los candelabros del techo. Solo sentía el duro miembro de Alban empujándose
hacia lo profundo, cada vez más clavado dentro de ella, y cómo goteaba entre sus
muslos hasta humedecerle la sensible abertura inferior.
—Bueno, sí, pensé que estaría aquí —decía el coronel, tan cerca que parecía que
los tuvieran encima. Eso solo hizo que Alban aumentara el ritmo incluso más, y a los
ojos de ella acudieran nuevas lágrimas por la placentera agonía—. Lady Rachel lo
estaba buscando, aunque me parece que antes quería traer a su hermana de vuelta del
paseo. Nadie sabe dónde se ha metido.
La joven, horrorizada, vio despuntar en los labios de Alban una pequeña sonrisa
que quiso desbaratar a la vez que mecer entre sus brazos. Él se inclinó sobre ella y le
besó la sien antes de susurrar:
—Creo que yo tengo una idea de dónde está.
Dorothy, impulsada por el desprecio hacia su falta de vergüenza, estiró un brazo e
intentó abofetearlo. Al no conseguirlo, tiró de su pelo hacia ella y lo besó con la boca
entreabierta. Alban se encontró con su lengua en un beso de pirata que la acercó al
precipicio del orgasmo.
—¡Señor O’Hara! —Oyó que exclamaba su hermana. Dorothy creyó que se
desmayaría, pero Alban solo la cubrió más, aplastándola bajo su cuerpo—. Quería
hablar con usted.
—Hablar es una palabra muy amable para definir sus continuas críticas, pero
adelante.
Poco le importó la respuesta de su hermana cuando una contracción brutal
oxigenó todos sus músculos en un clímax que duró tanto que pensó que flotaría para
siempre. En lugar de detenerse, Alban continuó penetrándola para intensificar las
sensaciones. Entonces pareció que olvidarse de respirar por momentos fuese un
privilegio que solo ella tenía.
Cuando volvió en sí misma, Alban se estremecía con los ojos cerrados, cerca
también de derramarse. Observó que, como tantas otras veces, se retiraba para no
comprometerla. Dorothy pudo incorporarse a tiempo para apartarle la mano con la
que se agarraba el miembro y tomarlo ella misma entre los suyos. Siguió
masturbándolo hasta que estalló, manchándole los dedos.

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Después, Alban se desplomó sobre ella, arrastrándola de nuevo al suelo. Dorothy
lo abrazó por los hombros, con las piernas separadas y sudando por todas partes.
Quiso ponerse a gritar por el riesgo que habían corrido, por lo que eso podría haberle
costado a su salud, pero estaba exhausta y tanto O’Hara como Rachel y el coronel
seguían muy cerca de ellos.
No se movió para no revelar su posición. Tampoco lo habría hecho de haberse
encontrado en una cama. Alban la abrazaba con cuidado de no aplastarla, y su calor la
envolvía incitándola a quedarse dormida junto a él. Pero la tensión era tal que no
podía ni pestañear.
—Era un simple regalo —se defendía O’Hara en ese momento, en tono
indiferente—. No tiene la menor importancia.
—Sí que la tiene. ¿Es que no ha pensado en lo que podrían pensar, y…? Deje que
al menos se lo pague.
—¿Pagármelo? —repitió, con la risa acechando en la voz—. Usted no podría
pagar jamás lo que vale ese caballo, y menos aún lo que valdrá cuando sea domado.
—Le aseguro que tengo suficiente dinero ahorrado para permitirme un purasangre
—repuso con orgullo—. Incluso dos.
—No puede permitirse mi purasangre, se lo aseguro. Los sueldos de maestra de
internado no dan para piezas de coleccionista como esa.
Previendo que la discusión la salvaría de ser descubierta, Dorothy aflojó un poco
los brazos con los que aferraba a Alban. Se topó con que él la admiraba en silencio,
absolutamente maravillado por lo que veía. Dorothy se atragantó con la crítica que
iba a hacer a su comportamiento y dejó que le acariciase la cara con los dedos.
—Siento que los gritos de tu hermana no ayuden a crear el ambiente más
romántico —susurró en su oído, en voz tan baja que le costó comprender lo que
decía. A Dorothy se le hizo difícil aguantar una carcajada: gracias al cielo, Alban
cubrió su boca entonces.
—En ese caso, quédeselo —decía Rachel—. ¡No quiero el caballo!
—Si es porque viene de mí o preferiría ahorrarse el obligado cruce conmigo cada
vez que quisiera verlo, no se inquiete. Ya ve que no paso tiempo en la finca.
—¡Pero ha dicho que la condición es que lo domesticaría usted!
—Es el potro de mi yegua. Por supuesto que lo domesticaría yo.
—Esa no es la verdadera razón.
—¿Y cuál es la verdadera razón, lady Rachel? —inquirió en tono peligroso.
—Es usted desesperante. ¿Sabe qué? Me lo quedaré. Usted gana. —Se oyeron los
pasos apresurados de Rachel al abandonar las caballerizas, y después un suspiro
masculino.
—Lo dudo bastante. Con usted no hago más que perder —le pareció que
murmuraba. Entonces se escuchó el crujido de la madera y el chapoteo del lodo bajo
el peso de sus botas.

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Dorothy aguardó un instante. El coronel debía haber salido en algún punto entre
la conversación sobre las futuras competiciones y la discusión con Rachel. Alban
tuvo que pensar lo mismo, porque se incorporó al fin para arreglarle con cuidado la
falda hecha jirones. Dorothy asistió a sus delicadas atenciones sin caber en su
estupefacción.
Solo entonces fue consciente de lo que había sucedido.
—¿Has perdido la cabeza? —jadeó, sin voz—. Podrían habernos visto. Podrían…
Estás loco y no tienes la menor consideración.
Alban levantó la cabeza para mirarla, y a ella se le olvidó la serie de reproches
con la que iba a castigarlo. Se fijó en sus ojos húmedos, en su nariz recta y patricia,
en esos mullidos labios de estatua griega que había dibujado en sueños. Era el
hombre más hermoso que jamás hubiera visto… y era suyo.
El corazón se le hinchó en el pecho y por un instante creyó que no podría
contenerlo.
Hundió los hombros y murmuró:
—¿Cómo se supone que voy a volver ahora?
—Es sencillo. —Alban rozó sus labios entreabiertos con los de ella. La nube de
su aliento la calentó de nuevo—. No vuelvas nunca. Haremos el amor para siempre
en este rincón.
Dorothy fue a reírse, pero la carcajada se le quebró.
—Sí que estás loco —confirmó.
—Tú solías estar más loca que yo.
En realidad, ninguno de los dos padecía ninguna locura punible. Alban no estaba
loco, sino enamorado, y tan enfermo por la lujuria del objeto de su obsesión como
ella misma. Lo sabía porque se veía reflejada en su mirada ansiosa, en lo imposible
que era saciarse para un alma desesperada por alguien prohibido. Dorothy solo lo
había acusado por su falta de ambición porque entonces no entendía todavía que
Alban era codicioso con su cuerpo femenino, egoísta con su corazón, y aspiraba más
alto que ningún hombre sobre la tierra, porque la quería no solo para todo lo que
durase su existencia, sino para toda la muerte; porque la querría en esa vida y en la
siguiente, igual que él mismo había jurado alguna vez que la amó en todas y cada una
de las anteriores.
El hombre de las pocas palabras se cerró de nuevo, privándola de ese «te quiero»
que dotaba sus caricias de un encanto inigualable. Pero no le importó que no lo dijera,
porque lo demostraba. Y porque en su silencio estaba implícito que no había palabras
en el mundo para describir el dolor al que se expondría cuando se despidiera de ella.
Por eso dejó que la abrazase de nuevo; porque volvía a ser su Alban. No el tímido
que creían que era, sino el prudente. Tan prudente que no perdería el tiempo
volviendo a pedirle que se quedara… porque sabía que no podría hacerlo.

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Capítulo 17

Como solían acordar para sus jornadas libres, la baronesa Richmond le había
mandado una berlina a la puerta de Albany, el complejo de departamentos para
caballeros en el que vivía con el señor Allen. John nunca había comentado nada sobre
sus salidas a horas intempestivas, quizá porque sabía que su opinión era irrelevante y,
además, destructiva, pero Alban era consciente de que estaba al corriente de a dónde
iba, con quién y con qué propósito.
Como tantas otras veces, esa noche Alban se marchó sin anunciar su destino, y el
señor Allen, sentado en el saloncito común entre su habitación y la de él, apenas
elevó la vista del periódico para lanzarle una mirada circunspecta.
Cualquier hombre que viviese con Alban palmearía su espalda por el privilegio de
encamarse con una dama de clase. Especialmente una cuyo atractivo y apetito sexual
eran conocidos a lo largo y ancho de Inglaterra. Pero Alban había elegido al señor
Allen para convivir, y su mala suerte era tal que este resultaba ser el único hombre
que censuraba su libertinaje. Tanto el de él como el de la baronesa. Y no solo por su
experiencia pasada, lo que sabía que le tenía con la mosca detrás de la oreja, sino
porque su relación no había surgido de una pasión irresistible. El señor Allen sabía
muy bien que Alban no la deseaba, y que debía acomodarse entre los cojines de seda
de la berlina con la mente en blanco para no ponerse a gritar de frustración.
Al menos así fue al principio de la aventura. Años después, había encontrado un
espacio seguro al que guiar su conciencia para no sufrir más de lo necesario.
Alban estaba asqueado consigo mismo y se rebelaba contra su obligación. Pero
había llovido bastante desde esos primeros y difíciles encuentros, y si bien no llegaba
a apreciar a la baronesa, debía admitir que era merecedora de su afecto. Lo trataba
como a un rey, y no esperaba solo obtener placer de su parte, sino también
proporcionarlo.
Se podía decir que Alban ya estaba acostumbrado a ella. De hecho, podría
admitir, rechinando los dientes y furioso porque eso fuera así, que conocía su cuerpo
y sus gustos mejor de lo que conocía los de Dorothy. A fin de cuentas, eran años de
relación los que le unían a la baronesa.
Y aun así, esos años no tuvieron peso alguno cuando llegó a su destino y tuvo que
bajar del carruaje.
Siempre se abandonaba a la irrealidad para ser capaz de acostarse con ella, pero
ese día no pudo. No podría. Aún tenía los suspiros y gemidos de Dorothy en el oído;
aún latía la huella de su piel de seda en sus manos de trabajador. Solo de pensar en

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tener que tocar a lady Agnes Shelley con esos mismos dedos, quería cortárselos para
evitarlo.
Sin saber cómo saldría de aquello, y haciendo de tripas corazón, Alban entró en el
número tres de Mayfair por la puerta trasera.
Odiaba todo lo relacionado con lo que estaba a punto de suceder. Con lo que
sucedía casi semanalmente. Pero odiaba, sobre todo, sentirse un ladrón. Porque era un
ladrón. Le estaba robando la esposa a un hombre que la amaba sobre todas las cosas.
Las pocas veces que Alban había conseguido apartar el rostro de Dorothy de su
pensamiento, cuya memoria sentía que traicionaba al yacer con otra sin desearlo en
absoluto, había evocado el del barón en su lugar: ese caballero generoso al que no le
avergonzaba venerar públicamente a su esposa. Agnes, en cambio, no parecía
acordarse de él ni antes, ni durante, ni después.
Los lacayos estaban acostumbrados a verlo. Por eso no dijeron nada cuando subió
las escaleras en completo silencio para reunirse con ella en el dormitorio.
Alban se había negado a tomarla en la cama del barón, pero ella lo encontraba
excitante y él estaba allí para complacerla.
Exclusivamente para eso.
Pero sin duda lo peor era cuando Agnes lograba complacerlo a él. Alban sentía
que se le partía el alma en mil pedazos cuando le ganaba el instinto animal y se
derramaba entre sus muslos, en su cálida boca, en sus sábanas de satén. Se dejaba
corromper. Se dejaba comprar… y se beneficiaba de algo pútrido y enfermizo. No
había otra manera de entenderlo.
Pero Agnes sabía lo que hacía, y Alban no era de piedra. Esa noche lo recibió con
un fino negligé color borgoña a través del que se transparentaban sus pechos llenos,
sus redondeadas caderas de mujer madura. El cabello negro le caía en cascada hasta
la cintura, y sonreía desde la cama con las piernas cruzadas, sabiendo que tenía el
poder.
Alban se odió a sí mismo en cuanto la piel le empezó a hormiguear. Ella se
acercó, con ese caminar gatuno que podría enloquecer a cualquier hombre, y empezó
a desabrocharle el chaleco.
—¿Quieres beber algo?
Era una pregunta de cortesía, porque Alban siempre lo rechazaba. Aunque sabía
que el alcohol podría ayudarle a pasar el mal trago, solía sospechar que una vez se
diera a la bebida no habría manera de salvarlo, y no deseaba caer en las garras de una
adicción. No cuando le prometió al señor Allen, no hacía demasiado tiempo, que
llevaría una vida digna.
No obstante, esa vez supo que lo necesitaría. Asintió, sorprendiéndola, y se retiró
tan rápido como se lo permitieron la educación y el disimulo para ir hasta la licorera.
Las manos le temblaban al servirse un dedo de whisky. Dos. Tres. Llenó el vaso
hasta la mitad y se lo bebió de un par de tragos. Enseguida se le subió a la cabeza,
pero apenas lo notó cuando la baronesa lo rodeó por detrás.

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Sintió su mano de largos dedos enroscarse en torno a su miembro semiduro. No
tenía que hacer gran cosa para excitarlo: ella también conocía bien su cuerpo, y era
parte del trato que Alban se empleara al máximo para tenerla satisfecha, por lo que
procuraba no decepcionarla comportándose con frigidez.
Muchas veces había tenido que meterse en la cama con ella pensando en Dorothy.
Obligándose a ver sus pechos y no los de Agnes, a imaginarse enredando los dedos
en una melena de hilos de oro y no azabache. Pero otras… Otras veces, Alban había
deseado a Agnes y la había poseído siendo plenamente consciente de que deseaba
manosearla, bebérsela entera y cubrirla con su semilla. Aquella mujer le había
enseñado el lado oscuro de la pasión.
Jamás habría tratado a Dorothy como la trataba a ella. O eso había pensado hasta
esa misma tarde, en la que se le olvidó ser delicado y comedido.
Alban dejó el vaso sobre la mesilla y se giró hacia Agnes. Se esforzó por ver a
Dorothy para reprimir las ganas de vomitar.
Agnes, ajena a sus pensamientos turbulentos, terminó de desnudarlo de cintura
para arriba y recorrió su pecho con besos húmedos.
Tenía que detenerla, pero no sabía cómo. No podía ofenderla. No podía
disgustarla. La única vez que se le ocurrió hacerle un desaire, estuvo cerca de
perderlo todo. Y no era mucho lo que tenía, pero jamás habría defraudado al señor
Allen; no cuando le había dado su casa, su trabajo y su apoyo incondicional.
—Milady…
—Agnes —corrigió.
—Agnes. —Cerró los ojos un segundo—. ¿No le…? ¿No se siente culpable?
Agnes apartó la boca de su cuello y lo enfrentó.
—¿Por qué habría de sentirme culpable?
—Su marido la ama. Estoy seguro de que le complacería enormemente ocupar mi
lugar.
—Oh, sí, supongo que le complacería si fuera capaz de mantener una erección —
repuso ella. Se apartó de Alban, molesta por la propuesta de conversación. Alban casi
suspiró de alivio—. Mi marido cree que soy una santa porque acepté casarme con él a
pesar de todo; porque no me tientan los placeres de la carne. Y dejo que lo piense
porque es lo que le hace feliz, pero ¿qué hay de lo que me hace feliz a mí?
Agnes tomó asiento en el borde de la cama y le hizo una señal con un dedo para
que se acercara. Alban estuvo a punto de servirse otra copa de whisky, pero no
tentaría a la suerte sabiendo la poca tolerancia que tenía al alcohol. Avanzó muy
despacio.
—¿Qué la hace feliz a usted? —inquirió Alban, desesperado por alargar la
conversación.
—Tú. —Agnes le bajó el pantalón y se inclinó para acariciarle el miembro con
una sonrisa orgullosa—. Tu cuerpo… Tu verga.
—¿Por qué me desea?

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Agnes arrugó el ceño y lo miró con los ojos verdes echando chispas.
—Querido, veo que estás especialmente hablador hoy. ¿Por qué haces ese
esfuerzo? ¿Hay algo que te inquiete?
—Es mera curiosidad. Entre todos los hombres del mundo que podría usted tener,
me eligió a mí. En mi lugar, cualquiera se cuestionaría el porqué de su suerte.
Agnes suspiró y se reclinó hacia atrás, apoyando las manos a su espalda. Solo su
mirada golosa y fija en el pene semierecto le incomodaba y le recordaba que estaba
sucio: que con esas manos infieles, con ese falo manchado, había tocado a Dorothy.
—No eres consciente de tu atractivo. Y es fascinante cómo un hombre que supera
por mucho a los arrogantes que abundan en Londres no anda por ahí aprovechándose
de su encanto para conseguir lo que quiere. Me excita pensar en darte el placer que
mereces. En darle uso.
Alban asintió, interiormente destrozado.
¿Qué más podía inventarse para posponerlo? ¿Qué era lo peor que podía pasar si
se marchaba sin más?
—Yo también era una cualquiera —continuó, balanceando los hombros—. Antes
de baronesa, fui la hija de un comerciante y la cocinera de una gran casa como esta en
la que ahora vivo. Entonces no sentía el menor deseo por los nobles a los que debía
servir. Tampoco lo iba a sentir ahora.
Se incorporó, despacio, y se dejó caer por el borde de la cama para arrodillarse.
Gateó unos pasos hacia él, y trepó por sus rodillas y sus muslos para lamer la cabeza
del pene con la punta de la lengua.
Alban observó con la mandíbula apretada que Agnes sonreía, ansiosa, y lo
tomaba entre sus manos para masturbarlo muy despacio.
Él cerró los ojos y crispó los puños. Debía dar la impresión de estar disfrutando, o
ella se molestaría.
Aunque sus orígenes fueran humildes, había adoptado muy rápido los defectos de
la aristocracia. Era caprichosa y exigente, y no le gustaba que le llevaran la contraria.
Pero también solía ser generosa y comprensiva, y se preocupaba por él.
—¿Qué te pasa hoy? —preguntó de pronto—. Algo te inquieta. Puedo verlo.
Alban abrió los ojos y la miró sin ser del todo consciente de la desesperación que
transmitía. El corazón le empezó a latir a toda velocidad creyendo que estaba
enfadada. Agnes se levantó, con el rictus serio, y por un momento Alban pensó que
iba a abofetearlo. Pero eso no sucedió.
—¿No me tienes ni siquiera una pizca de confianza para contarme qué te
preocupa? —inquirió, cubriéndole la mejilla con la palma—. No soy solo tu amante,
Alban; quiero ser también tu amiga. Sabes que te daré todo lo que desees. Todo
cuanto necesites.
Alban tuvo que arriesgarse.
—Hoy no estoy en condiciones de satisfacerla.

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—¿Y por qué no lo has dicho antes? —rio, más tranquila—. Esto no es una
obligación, Alban. Ante todo pretendo que disfrutemos los dos.
—Lo sé, milady.
—Agnes.
—Agnes —aceptó, atreviéndose a componer una pequeña sonrisa de alivio.
Debió ser un cambio significativo en su semblante, porque Agnes sonrió de oreja a
oreja y se lanzó a sus brazos.
Era la primera vez que lo abrazaba, y Alban tuvo que reconocer que no era ni de
lejos lo peor que habían hecho. Se sintió como lo que necesitaba: el apoyo de alguien.
De cualquiera. Resultaba sin duda irónico que precisamente fuera Agnes la que le
ofreciese un poco de entendimiento y piedad en un mundo que parecía estar en su
contra.
—Quiero estar cerca de ti, Alban —susurró—. Y a veces pienso que es imposible
acceder a tu mente.
—No encontraría nada agradable —murmuró él con sinceridad.
—No importa. —Se separó—. Sabes que te aprecio, ¿verdad?
—Sí, Agnes.
La mujer se lo quedó mirando con una pequeña sonrisa que oscilaba entre la
resignación y el embeleso. Era una auténtica belleza morena, descarada y femenina.
Y estaba desesperada por hacerlo feliz en los breves ratos que compartían: estaba
escrito en sus ojos brillantes.
Y aun así…
Agnes acarició un mechón de su pelo rubio, y luego siguió recorriendo su rostro
con los dedos. Enseguida se puso de puntillas para posar los labios en la comisura de
la boca de él. Sacó la punta de la lengua y recorrió el espacio entre sus labios. Alban
notó que se endurecía contra su voluntad, y el pánico ante lo que pudiera derivar de
su encuentro lo invadió.
Ella se percató de esa tensión y se retiró de inmediato, sin mirarlo.
—Será mejor que te marches antes de que me las arregle para convencerte —
murmuró, dándole la espalda—. Si antes de irte te apetece tomarte otra copa o comer
algo, solo pídelo a alguna de las doncellas o sírvete tú mismo.
Alban no podría haberse sentido culpable por librarse de lo que le suponía una
tortura. Sin embargo, pensó en lo triste que sería para ella pasar la noche sola, con su
marido tan lejos, siendo una mujer tan apasionada y chispeante… y la compadeció.
La compadeció porque, en realidad, Agnes no tenía la culpa de nada. No era ella
quien lo había empujado hacia la cárcel de sus brazos. No era ella la que no le dejaba
salir. De hecho, la baronesa pensaba erróneamente que Alban la tocaba por placer.
—Buenas noches, Agnes.
Ella suspiraba al meterse bajo las sábanas.
—Buenas noches, Alban.

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No esperó a que se arrepintiera. Tras colocarse la camisa y el chaleco de nuevo,
salió del dormitorio aún en estado catatónico. Únicamente a solas y a oscuras en
medio del pasillo, fue consciente de lo que podría haber tenido lugar allí dentro. De
cómo habría mancillado el último resquicio limpio de su alma. Si ya odiaba tomarla
cuando creía que Dorothy estaba muerta, imaginarse con ella teniéndola viva,
anhelante y enamorada tan cerca lo mataba.
Alban apoyó la espalda en la pared e inspiró hondo. Le escocían los ojos por las
lágrimas de asco hacia sí mismo y de alivio que no pensaba derramar. En su lugar,
bajó las escaleras corriendo y fue a escabullirse por la cocina cuando localizó un
jarrón de flores frescas sobre el aparador de la antesala. Sin saber muy bien todavía
por qué, se acercó, rescató una sola rosa blanca y abandonó la mansión con el
estómago tan revuelto por lo sucedido como cosquilleante por el nuevo frente que se
abría.
Eran las diez de la noche, y aunque podía ser una auténtica locura, no lo pensó
dos veces al aprovechar la cercanía entre los barrios para correr hasta Knightsbridge.
Se detuvo ante la casa que había mirado mil veces antes de refilón. Durante sus
paseos itinerantes del pasado, los pies le habían guiado a la entrada de esa mansión.
Sabía dónde se localizaba porque Dorothy lo detallaba en sus cartas, y porque O’Hara
vivía justo al lado. Aunque, por supuesto, este jamás le había invitado a entrar, pero
en documentos y conversaciones informales dejaba constancia de su domicilio.
Alban solía decirse que el hogar de las Marsden estaba maldito porque,
supuestamente, era esa casa en la que Dorothy había muerto por una mala praxis del
médico.
Ahora la miraba con otros ojos.
Recordaba, por las cartas de Dorothy, que su dormitorio daba a la vivienda de la
derecha, por lo que se infiltró saltando la valla, con el corazón latiendo como un loco,
y rodeó el porche para constatar que la ventana estaba iluminada.
Aunque la luz le sentaba como a un ángel su aureola, Dorothy era un animal
nocturno. Nunca se acostaba antes de las doce.
Se agachó para coger una piedrecilla entre las muchas del modesto jardín que
bordeaba la casa.
Y no llegó a incorporarse, porque alguien lo atacó por detrás, golpeándole la
cabeza con un utensilio firme.
Alban gimoteó y perdió el equilibrio. Quienquiera que fuese su atacante empezó a
decir una serie de imprecaciones con un marcado acento irlandés.
—No… —balbuceó Alban, mareado. Se tocó la parte trasera de la cabeza y notó
que estaba sangrando—. No he venido a robar.
—Eso dígaselo a milord.

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Capítulo 18

—¿Se puede saber qué diablos haces aquí?


Alban estuvo cerca de estremecerse cuando oyó la potente voz del conde de
Clarence, que se arrojó sobre él con la intención de sacudirlo. Solo Dios supo qué fue
lo que le convenció de reaccionar como un aristócrata y no como un animal a la
defensiva.
Arian Varick era el hombre más grande que había visto jamás a excepción del
señor Allen, el único al que podía imaginar poniéndoselo difícil en un combate
cuerpo a cuerpo. Y ni siquiera en paños menores, con nada más que un pantalón
puesto, perdía ese aire de peligrosidad. Una peligrosidad muy justificada, porque a
nadie le costaría imaginárselo estrangulando a un ladrón hasta ponerle la cara
morada.
—Arian, sube aquí ahora mismo y ponte algo encima —le espetó una voz
femenina crispada. Provenía de las escaleras que daban al primer piso—. Sea cual sea
la emergencia estoy segura de que no es tan urgente como para resolverla desnudo…
Venetia abrió mucho los ojos al toparse con el Alban malherido. Estaba tan
mareado que le costó enfocar la vista, y cuando lo hizo tuvo que apartarla de
inmediato. La condesa no llevaba más que un fino batín con el que marcaba su
delicada figura.
Clarence se dio cuenta del detalle y no tardó en intervenir.
—La que debe ponerse algo eres tú —gruñó, interponiéndose entre Alban y ella
para taparle las vistas—. Yo me encargo de esto.
—¡De eso nada! —Empezó a bajar escaleras.
—Venetia, sube ahora mismo o iré yo a vestirte aunque sea a zarpazos.
—¡Los condes no tienen que encargarse de estos asuntos! ¿Para qué crees que
están los criados montando guardia? Y si piensas que yo voy a…
—Venetia —repitió—. Como bajes desnuda un solo peldaño más, te juro por lo
que yo más quiero que vamos a tener un serio problema.
—¿Qué sería eso que más quieres por lo que tanto juras?
Clarence le lanzó una mirada agresiva. La condesa murmuró una imprecación que
sonó más a jerga de muelle que a maldición de señorita.
—¡Estaré abajo en quince minutos! —amenazó.
Clarence esperó a que Venetia desapareciera para volcar toda su furia en Alban.
Era evidente que lo había reconocido, lo que no dejaba de ser un honor para un
viejo mozo de cuadras.

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—Solo para que conste, esa blasfemia que ha soltado se la he enseñado yo —
aclaró—. Milady es una dama de la cabeza a los pies. Y ahora, vayamos a lo
importante.
»¿En qué estabas pensando? ¿Te has vuelto completamente loco?
—No quería molestar, milord. Solo… —Vaciló al darse cuenta de cómo sonaría
—. Solo estaba observando la ventana del piso superior.
Conociendo el temperamento del conde y teniendo en cuenta la crítica situación,
no habría esperado otra cosa que recibir una reprimenda o incluso un puñetazo. Sin
embargo, Clarence suavizó su expresión irritada.
Entonces tomó su cabeza entre las manos para examinar la herida. Notaba la pella
de sangre seca apelmazándole los rizos.
Clarence suspiró y le hizo una señal para que entrase en una de las salas de
visitas. Se sentó junto a él en un diván de aspecto señorial que Alban temió manchar.
—He conocido a muchos hombres tozudos a lo largo de mi vida —empezó el
conde, revisándole la llaga con semblante pensativo. Debió parecerle superficial,
porque le lanzó un pañuelo que rescató de uno de los cajones de la cómoda para que
se limpiara—. Diría que mi familia lo lleva en la sangre, y yo mismo soy víctima de
una obstinación que raya en la impertinencia. Pero tú, muchacho… Tú eres de otro
mundo.
—Disculpe, milord, pero creo que no le entiendo.
Clarence se agachó para atravesarlo con sus inquietantes ojos grises. Sabía
modular la expresividad de su mirada para helar a un hombre de un gélido vistazo y, a
la vez, transmitirle con una inusitada calidez capaz de inundarlo todo que estaba de su
parte. Fue lo que hizo en ese momento, confundirlo con ese vistazo de doble filo.
Alban no pudo ofenderse cuando le preguntó, resignado:
—¿Qué demonios necesitas para alejarte de Dorothy? Es obvio que ni la
advertencia de lady Clarence ni su futura boda son razones suficientes.
—Necesitaría estar muerto, milord.
Se fijó en que a Clarence no le sorprendía su respuesta. Si acaso le causó tal
impresión que desde ese momento decidió respetarlo.
En silencio, el conde volvió a incorporarse y tomó asiento frente a él, pasándose
las manos por la media melena rubia.
—Odio tener que ser yo quien te diga esto —empezó, hablando entre dientes—.
Lo juro. En general detesto trasladar malas noticias, pero disuadir a un hombre
trabajador de luchar por lo que quiere es algo que me resulta especialmente violento.
Aun así, es mi deber pedirte que lo dejes estar. Que no la molestes. Que no la
persigas.
Alban estaba tan acostumbrado a esa perorata que apenas prestó atención. Eran
los labios de Clarence los que se movían esta vez, pero el discurso había sido robado
de lady Venetia Varick, del señor O’Hara, de John Allen, incluso de su vieja amiga
Charlotte. Lo curioso era que su falta de interés hacia el rapapolvo no era fruto de la

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costumbre, de que hubiera ido perdiendo la vergüenza gracias a la acumulación de
críticas. En realidad, Alban no podía recordar una sola vez que le hubiera importado
lo que los demás quisieran opinar sobre sus sentimientos. La verdad era que la única
criatura que podría convencerlo de marcharse para siempre era Dorothy, y ni siquiera
ella lo conseguiría mientras fuera se mostrara posesiva con él.
—No la estaba persiguiendo, milord. Le aseguro que no tengo intenciones de
ningún tipo con ella.
—¿Entonces? ¿Qué es lo que pretendías al venir?
—Verla. Hoy es uno de esos días en los que lo necesito para asegurarme de que el
mundo no es tan horrible como se empeña en demostrar —dijo llanamente. No sentía
que debiera guardar las apariencias con Arian Varick. No, al menos, cuando estaba en
su salón después de haber sido cazado merodeando en su propiedad.
Clarence pareció entenderlo, porque relajó la línea tensa de los hombros. No
obstante, una sombra oscureció muy pronto su semblante.
—A un lado que no sea horario de visitas y hayas invadido mi porche, cosa por la
que estaría en mi derecho de largarte a patadas, Dorothy no se encuentra muy bien
hoy —resumió Clarence—, así que no creo que sea buena idea que os reunáis para
charlar.
Alban cambió de postura sobre el diván, tratando de disimular su preocupación.
—¿Qué le ocurre?
—Por lo visto, esta tarde ha tenido un pequeño accidente en el criadero. Regresó
con el vestido roto porque, paseando, se había caído en una zona llena de zarzas —
comentó Clarence, mirándolo fijamente—. Me extraña, porque he visitado la finca
del señor O’Hara unas cuantas veces y nunca he visto vegetación de ese tipo. Pero
supongo que tú no tendrás ni idea de lo que le ha pasado.
Alban le sostuvo la mirada.
—No.
—¿Seguro? Sé que trabajas allí.
—Yo no vi nada, milord.
—Deberé creerte. A fin de cuentas, un hombre tendría que estar loco de remate
para burlarse de un lord bajo su propio techo. —Y arqueó una ceja.
—Y tendría que estar más loco aún si le dijera a ese mismo lord y bajo ese mismo
techo que tuvo algo que ver con el estado del vestido de la dama en cuestión.
Las fosas nasales del conde se inflaron considerablemente, pero hizo gala de un
control increíble olvidándose de clavarle el puñetazo que merecía.
—Otro hombre te habría molido a palos. O cosido a tiros al amanecer —agregó
—. Espero que seas consciente.
—Nunca he perdido de vista que es usted un gran patrón, milord.
—Y yo no esperaba que me vieras de otro modo cuando llevo años fingiendo no
percatarme de que Dorothy se escabullía para estar contigo. —Suspiró, cansado, y se

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pellizcó el tabique nasal—. Será mejor que te marches antes de que se me ocurra
hacer preguntas cuya respuesta me va a disgustar.
—Admiro su sabiduría.
—No te burles de mí, muchacho. —Lo apuntó con el dedo, ya de pie—. Si no me
he encargado de quitarte del medio es porque sé que te mueve el amor. Y porque una
pequeña parte de mí aún espera que todo acabe bien.
Ese comentario le intrigó, pero no pudo indagar porque aparecieron en la salita
una asombrada Rachel, una mortificada Venetia, y…
—¿Alban? —balbuceó Dorothy, detrás de las otras dos. Se infiltró por el hueco
que habían dejado, aferrada a la abertura de la bata, y lo enfrentó con ojos redondos
—. ¿Qué haces aquí?
Se le bloqueó la garganta al verla con el pelo suelto, pálida como un fantasma y
con la mirada vidriosa. Se alegró y se frustró a partes iguales al comprender que
Arian no había mentido al decir que no estaba visible. Estaba enferma. Pero ¿de qué?
¿Lo habría provocado él al tomarla de esa manera tan brutal?
Sin importarle quiénes los observaban, Alban dio un paso dudoso hacia ella y le
ofreció lo que llevaba en la mano. A causa del mareo y la caída hacia delante, la rosa
blanca que había conseguido rescatar del jarrón de la casa de la baronesa se había
partido, perdiendo unos cuantos pétalos de más por el camino. Aun así, Dorothy la
aceptó con tal emoción que parecía que le hubiera hecho entrega de un glorioso ramo
de rosas de Provenza.
—No creo que hayas venido hasta mi casa para darme una flor —rio ella, aunque
estaba apagada. Y nerviosa. Alban supo con solo mirarla que no había podido dormir
pensando si habría ido a ver a la baronesa después de tocarla a ella.
—Solo quería que supieras que… prefería venir aquí —recalcó.
Confirmó su sospecha al ver que Dorothy inspiraba hondo, deshaciéndose de un
peso opresor que casi la había hundido.
Sonrió.
—¿Quieres beber algo? Me parecería una falta de consideración despertar a los
sirvientes para hacer un té, así que podríamos bajar a la cocina nosotros mismos. —
Entonces se giró hacia sus familiares, de los que pareció acordarse de pronto—. ¿Os
importa? Ya que está aquí…
Rachel no apartaba la mirada de la rosa, y Venetia había empalidecido de manera
considerable.
—No son horas —bramó Arian, aunque vacilante.
—Podría venir mañana a tomar el té de las cinco —propuso Rachel, que parecía
aguantar las ganas de llorar—, pero ahora no creo que…
—Tonterías —atajó Venetia de golpe, mirando a su hermana con una expresión
extraña—. Bajad y servíos lo que gustéis. Rachel os acompañará. De todos modos
estaba desvelada, ¿verdad?

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Rachel tardó en asentir con la cabeza. No ocultó la sorpresa que suscitó su
respuesta; ni ella, ni su marido, ni el propio Alban. No supo qué pensar cuando la vio
echarse el chal por los hombros, darse la vuelta y regresar a su dormitorio en
completo silencio.
—Bueno… —Rachel carraspeó—. Esto va a ser interesante. Es la primera vez
que ejerzo de carabina con este aspecto. Espero que a nadie le importe. Iré bajando…
Dicho eso, desapareció por el pasillo. El conde de Clarence solo se quedó allí
unos segundos más, visiblemente preocupado. Al final le ganó la confianza y se
limitó a asentir a modo de despedida.
Entonces, Dorothy se giró hacia Alban.
—¿No has ido a verla? —musitó, acelerada. Escrutaba su rostro como si quisiera
cerciorarse de que no había rastro de una posible mentira.
—He ido, pero no he podido hacerlo.
Dorothy se mordió los labios y asintió, resignada. Pero enseguida, de esa
resignación derivó un brote de alegría que la impulsó a rodearle el cuello con los
brazos.
Alban no se atrevió a ponerle un dedo encima. Sentía que el corazón se le partía
por la infidelidad. La de esa noche y todas las previas.
—Dolly… Tienes que saber que, aunque hoy haya podido librarme, no serán
muchas las veces que pueda permitirme desairarla —murmuró. Ella se separó para
mirarlo con los ojos muy abiertos—. No la amo, y ni siquiera lo hago porque lo
desee. Se trata de una deuda.
—¿Qué deuda?
—No puedo hablarte de ello. Involucra a otra persona, y… y ya me r-resulta d-
doloroso q-que sepas que me he v-vendido a este repulsivo trato c-carnal para además
contarte lo que… —Se le quebró la voz—. Debes saber que hice algo terrible.
—Serías incapaz de hacer algo terrible —sentenció con seguridad.
—Cuando lo hice ni siquiera me sentía yo mismo. Pero te ruego que no me
obligues a contártelo. Me… mirarías con otros ojos.
Vio que Dorothy batallaba con la curiosidad. Conociéndola como la conocía, y
por eso sabiéndola capaz de insistir hasta que soltara prenda, le sorprendió que lo
dejara correr. Debía haber sonado atormentado de veras.
—¿Tendrás que estar con ella para siempre? —musitó.
—Hasta que se canse. Yo no puedo romper esa relación, Dolly. Quería que lo
supieras. Si en algo dependiera de mí…
—Está bien. —Le cubrió la boca con los dedos—. Está bien, calla.
Lo besó en los labios sin añadir más, y Alban no pudo resistirse. Aun odiando sus
manos, la abrazó de vuelta.
Dorothy lo quería sin hacer preguntas, igual que él la amaba sin necesidad de
justificaciones o absurdas excusas. Arian le había preguntado qué necesitaba para
dejarla en paz, en vista de que un prometido no bastaba. Por supuesto que no bastaba.

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Dorothy podría casarse con el coronel, albergar sus hijos en su vientre y ser enterrada
en un panteón a su lado como señora Kinsley, y sin embargo no dejaría de ser suya ni
un solo segundo de todos los que compusieran aquella vida infernal; aquella vida que
debería ser de otra. Alban comprendía entonces que no necesitaban ni guardarse
eterna fidelidad, porque no corrían el menor riesgo de preferir la insulsa pasión
experimentada en otras pieles por encima de la que se profesaban mutuamente. Y no
sabía si eso le llenaba de dicha o, por el contrario, lo sumía en una grave depresión.
A fin de cuentas, significaba que estaba condenado. Y que la amaba de un modo
que ni siquiera era sano.
Dorothy se separó y lo cogió de la mano para guiarlo a las cocinas. Alban se
alegró de que hubiera elegido ese espacio para pasar el rato: aunque vivía en un
apartamento más bien lujoso, no terminaba de acostumbrarse a la refinada decoración
de los salones aristocráticos.
Cuando llegaron, Rachel estaba sentada en una esquina con un libro en el regazo.
Ocultaba un bostezo detrás de la mano.
—¿Sabes hacer té? —inquirió Alban, observando cómo Dorothy se dirigía con
decisión hacia los fogones. Se perdió un segundo en el ondular de su cabello
brillante, suelto hasta las caderas.
Ella le sonrió por encima del hombro.
—Llevo toda la vida trasnochando, y siempre me ha parecido que la medianoche
era un momento fantástico para sentarse a comer.
Arrastró un par de sillas de la mesa de madera central y se sentó. Con un gesto
invitó a Alban a hacer lo mismo. Este esbozó una sonrisa al ladear la cabeza hacia
Rachel y fijarse en que se había quedado dormida.
—Era demasiado bonito para ser cierto. —Suspiró.
—¿El qué?
—Es la primera vez que me toman tan en serio como para poner a una carabina a
vigilarme. Ya veo que no voy a poder disfrutar de la experiencia al completo.
Dorothy se rio. Él enseguida se inclinó hacia delante para examinarla.
—Me ha dicho Arian que estás enferma. —Observó que ella palidecía de golpe
—. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Tengo yo la culpa?
—Claro que no.
—Parecías enferma esta tarde, y seguramente yo no ayudé.
—Me puso enferma verte con ella. —Apartó la mirada como si le avergonzaran
sus celos, un gesto muy impropio de ella. Aireaba sus sentimientos con tanta
seguridad que convencía a todo el mundo de que eran legítimos—. Y… Es solo que
ahora mismo no me encuentro muy bien. Ha sido un día largo e intenso. Se me pasará
—prometió.
Se levantó antes de que pudiera replicarle para apartar el agua del fuego.
—Te desmayaste —le recordó Alban, recorriéndola con la mirada.

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Lo hizo con el objetivo de interceptar alguna debilidad o herida la vista, pero
terminó recreándose en su diminuta cintura, en sus hombros estrechos, en sus
pantorrillas a la vista.
Pese a todo, debía adorar a la familia Marsden: debían ser los únicos nobles del
mundo que permitían que su favorita se paseara en batín y camisón con un hombre.
Uno que la deseaba como un loco.
—Como ya te he dicho, me sobrepasaron las emociones —replicó, todavía de
espaldas a él—. ¿Sabes? También puedo preparar café. La cocinera y yo nos llevamos
de maravilla y me ha enseñado, además, algo de repostería. Supongo que es lo que
ocurre cuando pasas mucho tiempo con alguien.
—Veo que te resistirás toda la vida a mezclarte con gente de tu mismo estrato
social.
—No siento que tenga nada que aprender de quienes me rodean. La señora
Peterson, en cambio, puede ofrecerme miles de recetas, canciones populares y
palabras malsonantes que le oye a su marido estibador.
Alban sonrió y aceptó la taza que le tendió.
—¿Qué palabras malsonantes?
Ella se detuvo a pensarlo con la tetera aún en la mano. Mientras le servía, dijo:
—¿Puta? —Alban se rio con su expresión pensativa—. Es la forma soez y
despectiva de «cortesana».
—Pensaba que la palabra «cortesana» ya era despectiva en sí misma.
—No estoy de acuerdo. Las pobres no tienen la culpa de que la vida sea tan difícil
para las mujeres trabajadoras que han de venderse para tener algo que llevarse a la
boca. Esto me lo enseñó Arian, y como sucede con otras tantas enseñanzas que
también corrieron de su cuenta, mi hermana no soporta escucharme decirlo —agregó,
divertida—. Además…, estoy segura de que tú has requerido sus servicios en alguna
ocasión.
—No. Nunca —dijo con sinceridad—. ¿Te pones de parte de las prostitutas
porque también te relacionas con ellas?
Dorothy medio sonrió.
—No necesito que alguien sea mi amigo para defender su derecho a ser
respetado.
—Ya le he dicho que no quiero su estúpido caballo —masculló Rachel en sueños
—. Podría pagarle con clases de modales; es obvio que las necesita… Estúpido
fanfarrón…
Dorothy ladeó la cabeza hacia ella y ahogó una sonrisilla. Pronto devolvió la vista
a Alban para decirle, en tono confesor:
—Mi hermana está enamorada del señor O’Hara y todavía no lo sabe.
Alban arrugó el ceño.
—¿Enamorada del señor O’Hara? Ese hombre es…
Dorothy arqueó una ceja.

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—¿Es…?
—No creo que deba decir palabras malsonantes delante de las damas, incluso si
dichas damas conocen el significado de «puta».
—¿Y si te digo que también conozco el de «sexo»? ¿Seguirás compadeciéndote
de mis pobres oídos? —Se reclinó hacia atrás—. Trabajas para el señor O’Hara. Tú
nunca trabajarías para un hombre que no admirases.
—Y le admiro. Admiro cómo alguien puede ser tan retorcido, maquiavélico y
falto de escrúpulos. No ama ni a quien ha de amar, si es que de verdad ama a tu
hermana.
—Por supuesto que la ama —confirmó Dorothy sin pestañear. Se giró hacia
Rachel, que roncaba ruidosamente—. Pero no creo que fuera buena idea decírselo.
Conociéndola, podría reaccionar de muy mala manera.
—Así es como debería reaccionar. O’Hara es cruel, Dolly —susurró—, y tu
hermana es una mujer demasiado buena.
—Me sorprende que tú, entre todos los hombres del mundo, intervengas en una
posible relación solo porque la consideras inviable. —Dio un sorbo al té—. Deberías
haber aprendido la lección, Alban.
—No es lo mismo. O’Hara la arruinaría —insistió, desesperado.
«Como me ha arruinado a mí. Como arruina a todo el mundo, le importe o no».
Ella lo miraba como si le hubiera leído el pensamiento.
—¿Por qué lo dices? Suena a que tenéis una historia común.
Alban prefirió dar un sorbo al té en lugar de contestar. Ella suspiró y se levantó
para agacharse ante su hermana, a la que empezó a sacudir con cuidado por el
hombro.
—Rachel… Rachel, despierta.
—¿Mm?
—¿Quieres una taza? Te has quedado dormida.
—Claro que no.
—Sí que lo has hecho. Estabas hablando del caballo de O’Hara.
La amodorrada Rachel frunció el ceño y aceptó la taza que le tendía.
—Dios santo, ese hombre no puede dejarme tranquila ni siquiera en sueños. —
Bufó sonoramente, justo como una señorita no debía hacer, y bebió—. Lo siento,
intentaré mantenerme despierta.
Dorothy volvió a sentarse junto a Alban, quien se había quedado pensativo. Sus
miradas se encontraron con la histórica intimidad de siempre.
—Ya basta de hablar de otros. ¿Por qué no me cuentas qué has estado haciendo
todos estos años? —preguntó ella, apoyando la mano sobre la de él. Alban le dio la
vuelta enseguida para entrelazar los dedos con los suyos.
Le besó los nudillos con devoción.
—¿Qué quieres saber?
—Todo.

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Alban se humedeció los labios.
—Yo… Cuando pensé que tú… —No necesitaba pronunciarlo, y tampoco quiso
—. El señor Allen se vino a trabajar para el señor O’Hara, y yo decidí seguirlo. Él no
tardó en ascender y amasar una pequeña fortuna que le permitió emprender también
en otros aspectos del mundo de las carreras. Actualmente es el jefe de pista de los
principales hipódromos, pero con sus ahorros pretende inaugurar su propio criadero
y…
—Admiro su ambición y sus capacidades, pero no quiero saber qué hizo el señor
Allen —interrumpió ella con suavidad—, sino qué has hecho tú.
Vio en sus ojos que quería oír una historia llena de triunfos, y supo que la
decepcionaría si decía la verdad: que lo único que hizo esos tres años de oscuridad
fue echarla de menos terriblemente.
Tuvo que hacer memoria para recordar que había entrenado al caballo ganador de
las competiciones de abril de 1854 y 1855, The Hermit y Lord of the Isles, monturas
de Alfred Day y Tom Aldcroft respectivamente. También había ganado un par de
carreras al margen de las competiciones más llamativas, lo que le había procurado un
botín suficiente para vivir de forma modesta el resto de su vida. Gracias a sus pocos
gastos y continuos ingresos, había conseguido acumular tanto dinero que no sabía en
qué invertirlo.
—¿Qué te gustaría hacer con él?
—Creo que le entregaré la mitad al señor Allen para que emprenda, o para gastos
que él no pueda cubrir. Me gustaría seguir trabajando a su lado. Siempre aprendo
nuevas técnicas, y es… es un gran amigo. Ya sabes que no me interesa ser rico ni
pretendo sacar adelante un gran negocio —prosiguió. Se reservó la verdad: «No
podría. Ahora soy un esclavo»—. Con vivir tranquilo me basta.
—Eres el hombre más tranquilo que conozco —rio ella—. ¿Qué es lo que
necesitarías para vivir en paz?
Alban no respondió. Solo se la quedó mirando, aún con su delicada mano
atrapada bajo la suya. La débil luz ambarina del par de lamparillas la pintaban como
en un cuadro tenebrista. Y aun así la vio tan bonita que tuvo que acariciarla. Estiró la
mano libre y recorrió su mejilla con los nudillos, sumido en lo que a ratos parecía una
dulce ensoñación.
Dorothy lo cogió de la muñeca con delicadeza y lo apartó.
Ese rechazo no fue como ningún otro anterior. Ese rechazo le partió el alma
porque se lo partía también a ella. Y entonces una certeza que había pretendido
ignorar lo dejó deslumbrado: no podía tenerla. Se lo habían repetido hasta la
saciedad, él mismo había creído asumirlo, pero no fue hasta ese momento que fue
plenamente consciente de su impotencia.
Antes había guardado una pequeña esperanza, la ilusión de que se hiciera el
milagro, de que alguien los rescatara a ambos, pero esta acababa de hacerse añicos. Y
no porque Dorothy estaría atada para siempre una vez se casara, sino porque él no

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podría cumplir su responsabilidad con O’Hara sin traicionarla a ella, y jamás le
causaría el dolor que estaba viendo en su débil sonrisa amarga. Si se atrevía a
abandonar a la baronesa, lo único que podría aplacarla, tampoco podría estar con ella.
Entonces iría directo a la cárcel.
En un silencio desolador, Alban metió la mano en el bolsillo para sacar el reloj.
Más de medianoche.
—¿Ese es el que te regaló el duque? —susurró ella.
—No. Pero ese lo sigo llevando encima —confirmó, sacándolo del bolsillo del
chaleco. Dorothy abrió los ojos al percatarse de que estaba parado.
Lo miró con asombro y curiosidad.
—¿Se paró solo, o tú lo detuviste?
—Lo hice yo. —Acarició la superficie de cristal con la yema del pulgar—. Lo
paré el día que te fuiste a Londres, justo cuando tu carruaje desapareció fuera de la
finca.
Dorothy pestañeó sin entender.
—Pero ese no fue un día feliz.
—No, pero fue una despedida que paradójicamente me llenó de esperanza. Se
suponía que ibas a volver. Y cuando lo hicieras… Se s-suponía q-que yo… q-que
tú… —Sacudió la cabeza—. Será mejor que me vaya.
—En realidad debería irme yo —balbuceó Rachel, turbada. Se levantó con
torpeza, tirándose de la bata hacia abajo, y esbozó una sonrisa débil—. Creo que es
una tontería que esté presente en esta conversación cuando todos en esta casa
sabemos que hubo muchas antes sin carabina.
—En definitiva, soy una mujer indigna desde hace muchos años —corroboró
Dorothy, divertida.
Alban se fijó en que se esforzaba por parecer relajada y cómoda, pero su extrema
palidez y el aturdimiento con el que se movía denotaban una fragilidad alarmante.
Apenas se dio cuenta de que Rachel daba las buenas noches y se marchaba, porque
no apartó la mirada de la débil Dorothy hasta que se quedaron solos y pudo ponerle
voz a su preocupación.
—Estás enferma —asumió—. ¿De qué?
—Estoy exhausta, es diferente —repitió, cansina—. Alban, por favor, no insistas.
Ya te he dicho que me encuentro bien.
—Me estás mintiendo.
—¿Por qué iba a mentirte? —Sacudió la cabeza, aunque no engañaba a nadie; su
sonrisa crispada hablaba por todo lo que ella se negaba—. Será mejor que subamos.
No le dio tiempo a replicar. Emprendió una marcha más o menos enérgica en
dirección a la escalera y no le quedó otro remedio que seguirla. Pero se fijó en sus
tobillos flojos, en que se le aceleraba la respiración solo subiendo los peldaños, y en
que unas gotas de sudor por el esfuerzo le perlaban la frente al llegar al recibidor. No
había rastro de los criados, ni siquiera del mayordomo o el lacayo que le había

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atizado. Era una suerte que Dorothy no se hubiera dado cuenta de ese pequeño
detalle, el de su cabeza sangrante; conociéndola, habría puesto el grito en el cielo.
Teniendo eso presente, decidió que lo mejor sería desaparecer. Pero sabía que, en
el momento en que cruzara el umbral de la puerta, las posibilidades de volver a verla
a solas se reducirían al mínimo. A partir de entonces estaría abocado a admirarla de
lejos. Ambos sabían que ese momento en el establo no había servido para nada más
que confirmar que aún latía en ellos un fuego imposible de aplacar.
Cruzó el recibidor a paso lento, fijándose en los detalles del espacio. Si tenía que
recordar ese momento durante el resto de su vida, más le valía memorizarlos. Y en
medio de ese escrutinio, tropezó con la caja suiza de música que lo conquistó hacía
años.
Al girarse hacia él para decirle algo que no llegó a pronunciar, Dorothy dirigió
también la vista a la pieza decorativa del buró.
—¿Sigue sonando? —preguntó él con voz queda.
Ella, en lugar de asentir o negar, y seguramente angustiada también por el poco
tiempo que les quedaba, la cogió en brazos y se dirigió al saloncito. En vez de
levantar la tapa, cerró la puerta, apoyándose contra ella, y le lanzó una mirada llena
de confianza.
—El mismo vals de siempre —confirmó—. Solo dos minutos.
Alban dedujo sus intenciones y no se lo pensó al extender la mano.
—Dos minutos más me sabrán a gloria.
—¿Acaso sabes bailar?
—No. Pero puedo abrazarte.
Dorothy sonrió sin mostrar los dientes y dejó la caja sobre el mueble junto a la
puerta, al lado de un inmenso jarrón al que había incorporado la rosa blanca. Levantó
la tapa y, al segundo, el mecanismo se accionó para reproducir una melodía en tres
por cuatro.
Alban rodeó su cintura con una mano segura, y entrelazó los dedos de la otra con
los de Dorothy. Ella se puso de puntillas para que la diferencia de altura no fuera tan
exagerada y pudieran mirarse a los ojos.
—Siempre me preguntaba si los valses serían tan románticos como se decía, y si
serías capaz de enamorarte de un hombre solo bailando con él.
—Y yo siempre supe que de una manera u otra acabaría bailando esos valses
contigo.
Él esbozó una sonrisa melancólica.
—¿Cuántos me llevas de ventaja?
—Solo uno, y me vi obligada a bailarlo porque Maximus insistió. El marido de
mi hermana Florence —concretó. Alban sonrió.
—Nunca habría imaginado casada a lady Florence. Ni tampoco a lady Frances.
—Ni yo, como tampoco habría imaginado mi vida tal y como es ahora —confesó
con humildad, mirándolo directamente—. ¿Tú te lo imaginabas?

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—No. Me imaginaba una mucho mejor. Culpa mía: me dejé embriagar por tu
optimismo y no le di cabida a todas las posibles fatalidades que podrían interponerse
entre nosotros.
—Hiciste bien. Si las hubiéramos ponderado entonces, habríamos vivido
angustiados antes de tiempo.
Dorothy se pegó más a él. No se movían: la música solo les hacía compañía.
—Recuerdo a un caballero que parecía obcecado en sacarme a bailar. Me negué
un total de doce veces. Imagino que fue a raíz de esos rechazos que empezaron a
decir que lady Dorothy era «la única debutante del mundo que no tenía en cuenta los
beneficios de un baile a la hora de encontrar marido». Recuerdo que pensaba que era
más afortunada que ninguna otra porque mi futuro marido, un humilde mozo, me
querría incluso si fuera un pato mareado. Aunque solo fuera porque él tampoco sabía
moverse.
Alban se quiso reír, pero tenía el corazón en la garganta.
—Te imaginaba bailando conmigo allí y tenía que contener la risa —admitió—.
Alban Beauchamp bailando… eso sí habría sido digno de ver.
—¿Qué insinúas? —Arqueó una ceja—. ¿Que no soy capaz de seguir el ritmo?
—Eso mismo.
—Haré que te tragues tus palabras.
Dorothy soltó un gritito cuando la levantó por los aires y dio una vuelta con ella.
Sabía que no era así como se realizaban los giros en los valses; había podido
asistir a alguna que otra velada por invitación del señor Allen, que se codeaba con
unos cuantos burgueses lo bastante seguros de sí mismos para organizar sus propias
fiestas, y había admirado a las parejas desde la distancia. Pero necesitaba rescatar el
brillo natural de los ojos de Dorothy de esa garra que era la profunda pena que sentía,
y solo se le ocurrió improvisar un baile patético que, gracias al cielo, logró su
objetivo.
Cuando la música terminó, aunque Dorothy parecía a punto de desvanecerse,
sonreía de oreja a oreja.
Pero los ojos terminaron humedeciéndosele de todos modos. Ella se adelantó un
paso y lo abrazó por la cintura, apoyando amorosamente la mejilla sobre su pecho.
—Eres consciente de que a partir de mañana tendremos que volver a nuestras
vidas como si no nos hubiéramos reencontrado, ¿verdad? Nada ha cambiado, y si en
algo lo ha hecho, ha sido para tomar el camino más difícil.
—Lo sé. Y por eso mismo maldigo mi suerte.
Ella lo estrechó con fuerza. Así pudo sentir cuánto lo quería.
Aun embriagado de amor, la voz que le susurraba que algo no encajaba consiguió
empañar temporalmente el momento.
¿Por qué no volvió, si no había dejado de amarlo? ¿Por qué había decidido
casarse con el coronel, si no lo quería? ¿De verdad era porque no había luchado por
ella? Solo pensar en que él pudiese haber tenido la culpa, que él los hubiera abocado

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a ambos a esa eterna miseria, le atormentaba hasta un punto insoportable. Pero
teniendo a Dorothy entre sus brazos se le olvidaba lamentarse. Solo sabía amarse a sí
mismo cuando notaba su piel tibia contra la de él, su acompasada respiración.
Viva. Estaba viva.
«¿Y hasta cuándo será eso suficiente para ti?», había preguntado el señor Allen.
Tendría que serlo para siempre.

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Capítulo 19

A pesar de que nadie se habría opuesto a que se quedara en Knightsbridge durante


la competición en Epsom Downs, Dorothy no quiso aguarle la fiesta a su
entusiasmada familia y fingió encontrarse en condiciones de viajar.
En esos años de enfermedad, había podido ocultar la mayor parte de sus recaídas
aplicándose un poco de colorete y declinando con encanto cualquier tentadora oferta
que conllevara el menor ejercicio físico. No sabía muy bien de quién había heredado
su talento para la actuación, pero lo importante era que gracias a él pudo trasladarse a
Surrey con ningún otro objetivo que sentir cerca a Alban.
Solo sentirlo, solo saber que estaría allí, porque no podría dirigirse a él.
El coronel Kinsley estaría presente para estudiar la competencia. De hecho, fue él
quien propuso que empaquetara sus enseres para asistir a Epsom Oaks, la carrera de
junio por antonomasia. Los que se disputaban la victoria no eran otros que potros de
tres años purasangres, como no podía ser de otro modo tratándose de un clásico
británico, y el recorrido era de dos kilómetros y medio: la misma que se recorrería en
el derbi del primer sábado de junio, también en el condado de Surrey. Sin duda era un
acontecimiento que ningún fanático de la equitación se perdería, pero Dorothy no
podía evitar preguntarse si el objetivo real de Kinsley no era exponerla de nuevo a la
cercanía de Alban para seguir indagando en su relación decidir si era fiel o no.
Desde que conversaran al respecto en el carruaje con destino a la finca de O’Hara,
su prometido se había mostrado distante, incluso resignado, cuando la mera idea de
pasar por el altar con ella solía llenarlo de dicha. Las miradas que habían contenido la
ilusión genuina de un hombre enamorado ahora estaban oscurecidas por la
desconfianza, y Dorothy no se había preocupado de iniciar una charla al respecto para
confirmar o desmentir sus sospechas porque no pensaba mentirle. Decirle la verdad,
por otro lado, quedaba fuera de la ecuación siempre y cuando no le preguntase
directamente. Pero Benjamin no lo haría. Escucharla podría comprometer su corazón,
y Dorothy comprendía que no deseara procurarse más heridas en el alma después de
todas las que ya la asolaban.
En cualquiera de los casos, Dorothy entraba en efervescencia de la emoción ante
la expectativa de volver a cruzarse a Alban tanto como deseaba evitar cualquier
acercamiento. Despedirlo en el porche de la mansión residencial había sido incluso
más doloroso que decirle adiós para marcharse a Londres después de haber pasado la
noche entre sus brazos. Sabía que tendría que verlo, tarde o temprano: que sus
destinos se cruzarían porque así habían sido designados por una fuerza superior. Pero
no quería sufrir tocando de nuevo sus labios.

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Dorothy siempre había pensado que su corazón sobreviviría a todas las
advenedizas desdichas imaginables. Se consideraba muy valiente al armarse con su
estandarte de amor eterno. Sin embargo, asumir que la felicidad escaparía siempre de
sus manos había apagado hasta casi extinguir la llama de la esperanza. Y sin
esperanza, no podía volver a Alban. No sin morir en el proceso.
Pensaba en ello mientras luchaba por aparentar salud y buen ánimo. Antes de la
carrera, y como era costumbre, los hombres se habían reunido en el grandioso salón
habilitado para juegos de cartas, un espacio exquisitamente decorado con paneles de
palisandro, arreglos florales y muebles de madera de haya. Los amplios ventanales
daban a la magnífica vista del campo con las gradas a lo lejos.
Dorothy y Rachel se habían unido a Arian, el señor Allen y O’Hara para matar el
tiempo. Eso, en teoría, debía obligarlos a renunciar a todos los temas de conversación
a los que los caballeros eran asiduos, pero Arian y el señor Allen habían continuado
departiendo sobre futuros negocios.
Aunque nada sacaba más de quicio a Rachel que eso, Dorothy le hizo comprender
con una mirada sencilla que habían interrumpido su partida de cartas y no tenían
derecho a cortar también su charla.
—Un tres —dijo Allen, con su voz profunda. Echó al montón una carta boca
abajo, y retomó el tema que les ocupaba—. He adquirido un terreno en Yorkshire con
una pequeña granja que pretendo ampliar para convertir en un criadero de caballos de
carreras. —Lanzó una mirada guasona a O’Hara—. Espero que no interprete mi
ambición como un desprecio a cuanto hizo por mí, señor. Intentaré, en la medida de
lo posible, robarle la menor cantidad de clientes.
O’Hara sonrió por una comisura de la boca.
—Ahí van otros dos treses. —Colocó los naipes sobre la baraja—. Señor Allen…
Denota un alto grado de optimismo por su parte que crea que puede hacerme la
competencia.
—Su finca en la capital es un tercio de la que yo levantaré, y sabe Dios, o por lo
menos los entendidos de la equitación, que tener animales en Londres es una
aberración contranatural. —Se inclinó hacia delante—. Dos treses más.
—Y aun así, mis caballos suelen ganar las carreras todos los años —repuso con
regocijo interno—. En cualquier caso, enhorabuena. Un arribista como yo lo soy ha
de celebrar el emprendimiento de los que son de su clase, o de lo contrario estaría
siendo hipócrita. Y confieso que me regocijo por tener por fin con quien disputarme
las ganancias.
—Un arribista —repitió Arian, en tono de mofa—. Se insulta usted con tanto
aplomo que parece orgulloso. ¿En tan bajo concepto se tiene o es falsa modestia?
—En realidad, así es como me definen los demás. Yo usaría otras palabras… muy
sensibles a los oídos de una dama. —En cuanto Rachel musitó «otro tres», O’Hara se
impulsó hacia delante para levantarle la carta—. Mentira.
Rachel frunció los labios al verse obligada a recoger toda la baraja.

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—El señor Allen no es «de su clase» —intervino ella, aprovechando que debían
esperar a que ordenase sus cartas. Sus delicadas manos parecían incapaces de
sostener tantas—, ni podría llamársele «arribista» de ningún modo. Ha conseguido su
lugar a base de empeño y arduo trabajo.
—¿Y cómo cree que conseguí yo el mío, milady? —inquirió O’Hara, sin mirarla
—. ¿Por arte de magia?
—No dudo que para manipular a los demás se necesiten voluntad y esfuerzo, pero
creo que milady se refería a que yo lo hice honradamente —se mofó el señor Allen.
Dorothy hizo un esfuerzo por sonreír. Incluso eso le costaba desde los últimos
días.
—Parece que los señores se divierten ofendiéndose los unos a los otros.
—No solo los unos a los otros; algunos también se lo pasan de lo lindo
escogiendo mujeres como sus víctimas —masculló Rachel, mirando con mal
disimulada curiosidad al hombre sentado a su derecha.
—Solo a las mujeres a las que se les da mal jugar al mentiroso, y de todos modos
es una humillación muy justificada.
—Ninguna humillación está justificada —replicó Dorothy.
—Pero si estuviera algo más atenta a lo que hace, se la merecería menos —se
defendió O’Hara, sin el menor rastro de arrepentimiento—. Puede usted comenzar la
partida, milady.
—Este no es un juego al que yo esté acostumbrada y, además, es mortalmente
aburrido —se quejó ella—. ¿Quién se divierte con esto?
—Un amigo español me lo enseñó. Y resulta ser un excelente juego de
calentamiento para conocer a tus rivales antes de la partida de póquer. Así memorizas
sus expresiones para adivinar cuándo mienten y puedes anticiparte a ellos durante una
apuesta —explicó O’Hara.
—Prefiero la brisca —refunfuñó, antes de soltar las cartas sin ocultar lo mucho
que la frustraba ser la indiscutible perdedora de la mesa—. Dos seises.
Dorothy intercambió una mirada entre exasperada y graciosa con Arian, que
parecía rogar porque el intercambio de pullas no fuera a más. La joven previno una
discusión girándose con semblante afable hacia el señor Allen.
—Una vez comenzara a trabajar en su propia finca, ¿en qué consistiría su puesto
respecto al que ostenta ahora? ¿Cedería su lugar como jefe de pista a otro?
—Le dejo otro seis más. —Allen lo colocó encima del incipiente montón—. No,
me gusta el ambiente de los hipódromos durante el verano. La única diferencia
respecto a mi trabajo actual es que tendría que tratar directamente con los propietarios
de los animales, lo que me preocupa bastante.
—Comprensible —acotó O’Hara, plantando cuatro cartas con energía sobre la de
Allen—. No es ningún secreto que sus modales dejan mucho que desear.
Rachel se precipitó a levantar las cartas de O’Hara con una sonrisa victoriosa; una
sonrisa que se marchitó al comprobar que, en efecto, había soltado cuatro seises.

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—¡Es imposible! —exclamó en voz baja, revisándolas de forma obsesiva, segura
de que se trataba de un error—. ¡Yo no he mentido al comenzar, y solo hay cuatro
seises en una baraja!
—Le recuerdo que estamos jugando con dos barajas, milady, y eso serían ocho
seises en total. Espero que no enseñe matemáticas en la escuela de modales.
—Como ha mencionado, es una escuela de modales. No se enseña mucho más. —
Sacudió la cabeza—. Cuatro seises…
O’Hara se estiró como se estimaba que un hombre educado no debería hacer.
—Si prestara algo más de atención, no estaría perdiendo la partida… ni habría
perdido todas las anteriores. En las cartas, como en la vida —prosiguió, como si el
asunto no fuera con él—, se trata de fijarse en los detalles.
Dorothy habría sonreído al ver a su hermana tan ofuscada si hubiera tenido algún
control sobre su expresión facial, pero hacía un buen rato desde que los agudos
dolores la atenazaban. Estos no fueron a mejor cuando, como si deseara poner en
práctica el consejo de O’Hara, echó un vistazo evaluador al salón. Algunos caballeros
fumaban o bebían relajados en mesas cercanas, y mujeres vestidas apropiadamente
para el evento se paseaban sorteando las sillas repartidas. En general, el ritmo de las
conversaciones era reposado, y levantaba un ruido casi agradable para los oídos que
servía para hacerle sentir a uno que no estaba solo.
Entonces se topó con la exuberante y femenina figura de la baronesa Richmond.
Parecía haber conseguido deshacerse de su marido, de cuyo brazo la había visto
pasear durante la jornada, para ahora intercambiar unas palabras con Alban.
Alban.
El estómago se le encogió al verlos juntos.
—Tres sotas —masculló Rachel.
—Otras dos.
Dorothy apartó la mirada de inmediato, preocupada por lo que podría dar a
entender si la cazaban observando con consternación a la pareja. No solo revelaría su
sentir al respecto, sino el tipo de relación que unía a, en apariencia, una dama y el
domador del animal con el que competía su esposo.
Aunque Dorothy no dudaba de que tanto la propia baronesa como sus atenciones
significaban poco para él, no había podido dormir durante varias noches
atormentándose con la posibilidad de que Alban lo estuviera haciendo acompañado
de ella. Ni siquiera conocía con exactitud los términos de su relación ilícita, y aunque
al principio había evitado que se los especificara, ahora se arrepentía de no disponer
de una información más exacta. Había subestimado lo terrible que podría ser vérselas
a diario con su imaginación, una muy dispuesta a concebir toda clase de devaneos
dignos de sus celos.
Si se detenía a pensarlo, le daban ganas de echarse a reír por su ingenuidad.
Durante el tiempo que estuvieron separados, Dorothy se había esforzado por hacerse
a la idea de que Alban acabaría, tarde o temprano, enrolándose en una aventura con

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alguna mujer. Incluso recordaba haberlo deseado con todas sus fuerzas, pues
significaría que había logrado dejar atrás sus sentimientos y por fin se abría a nuevas
experiencias. Por fin aceptaba que habría otro futuro para él. Sin embargo, con todo
un océano separándolos, era fácil estar conforme con su libertinaje. Teniéndolo tan
cerca, en cambio, se daba cuenta de que su amor no era tan puro como había pensado:
que era demasiado egoísta y posesiva sobre él para aceptar con deportividad que otra
podía ponerle la mano encima.
Dorothy se aferró al abanico de cartas tratando resistir las dolorosas punzadas de
celos y frustración.
El doctor Martin había sido el único médico que le había hablado de la
importancia de afrontar con buen ánimo y optimismo una enfermedad: tanta era, que
muchos enfermos sin cura aparente habían sobrevivido a los síntomas gracias a su
actitud positiva. Explicaba, sin duda, que cuanto más hundida se sentía, más le
costara llenar de aire sus pulmones. Desde que Alban abandonara Knightsbridge,
Dorothy había estado respirando a través de un denso velo.
Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se obligó a no volver a
mirar.
—¿Dorothy? —llamó su hermana—. Te toca.
—¿Seguimos a sotas? —balbuceó, escondiendo el paliducho rostro tras las cartas.
—A sietes.
—De acuerdo. Ahí va un siete. —Y lo colocó con la muñeca floja. Se apresuró a
esconder la debilidad de sus manos bajo la mesa, conteniendo asimismo el deseo de
gritar.
Una mano grande se posó sobre su antebrazo. Al alzar la mirada, conectó con los
ojos casi transparentes de Arian.
—¿Te encuentras bien? —preguntó en voz baja—. Es difícil no ofuscarse con este
par de apasionados de la discusión delante. Si deseas retirarte, dímelo y te
acompañaré.
Dorothy sentía que la cabeza le daba vueltas.
—Olvidas que he vivido contigo y con Venetia. Las discusiones no me asustan.
De hecho, me divierten.
—Dos sietes —decía Rachel.
—Y un cuerno. —O’Hara le levantó las cartas otra vez, mostrando al público un
seis y un cinco. Como si fuera terriblemente vergonzoso para ella, Rachel se las
arrebató y la apoyó contra su pecho, ruborizada.
—¿Por qué no le levanta las cartas a nadie más?
—Porque solo estoy cien por cien seguro de cuándo miente usted. Y porque,
como ya sabrá, siento una dicha indescriptible cada vez que la saco de sus casillas.
Rachel pasó por alto su segundo comentario para balbucear:
—Lo siento, pero dudo bastante que sepa reconocer en todo momento…
O’Hara se entretuvo recolocando las cartas.

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—Antes de mentir suele tomar aire con disimulo, como si necesitara prepararse
para ello, y cierra los ojos un segundo. Pareciera que siente que ha de pedirle
disculpas al Creador por soltar un embuste en un juego que va de eso —se burló
O’Hara—. Y también baja la voz una octava, dándose una seguridad fingida que no
tiene su tono en circunstancias normales.
Rachel pestañeó una vez. Su gesto confundido consiguió que Dorothy se animara
a esbozar una sonrisa quebradiza.
Siempre la conmovían de ternura la pureza y también obstinación de su hermana,
que sería incapaz de comprender lo que entrañaba el interés de O’Hara incluso si este
se animara a hablar con claridad.
—Su hermana lady Dorothy, por otro lado, es un misterio. No le he cazado ni una
sola mentira —prosiguió—. Es usted un auténtico prodigio del mentiroso, milady.
Sabiendo que si hablaba perdería el poco aliento que le quedaba, Dorothy solo
asintió con la cabeza, sonriente, y tensó el cuello para no ladearlo hacia la esquina
donde la baronesa podría estar extendiendo su conversación con Alban.
Rachel, muy digna y para nada dispuesta a darle a O’Hara el gusto de saber que la
había sorprendido, se giró hacia el pensativo señor Allen con gesto amable.
—En referencia a sus manifiestas inquietudes sobre cómo se desempeñará en su
futuro trabajo, se me ocurre que podría ayudarle en su trato con los nobles. A fin de
cuentas, es a lo que me dedicaba en el internado.
Con unos remilgos comprensibles viniendo de un hombre acostumbrado a servir,
y a nadie menos que a todos los que estaban reunidos en torno a la mesa, el señor
Allen se apresuró a rechazar la propuesta con la reverencia de un criado. Había sido
evidente durante la partida que John no terminaba de sentirse cómodo en su nuevo
escenario.
—Se dedicaba a enseñar modales a señoritas, no a caballeros.
—Eso no significa que no pueda hacer un caballero de usted.
—No desearía hacerle perder el tiempo.
—El resto de la temporada se me planteará como una sucesión de eternas y
soporíferas veladas una vez Dorothy se case con el coronel. Nos ayudaríamos de
mutuo acuerdo; usted dándome un trabajo que necesito y echo de menos, y que no
podré retomar hasta que terminen las vacaciones de verano, y yo puliendo sus
modales.
—Suena fantástico —apuntó Dorothy con la boca pequeña, intentando sofocar el
repentino y tajante rechazo que había sentido al asimilar la inminencia de su boda.
—Sin la ayuda de una dama de clase, le aseguro que no conseguiría mezclarse
con la mayoría de caballeros de esta habitación sin hacer el ridículo —intervino
Arian, con una media sonrisa nostálgica—. No negaré que la exigencia de las
lecciones pueda exasperarle de vez en cuando, pero el resultado vale la pena. O eso
me digo a diario.

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—En mi opinión, y hablo por experiencia, a tratar con la gente solo se aprende
dirigiéndose a ella, no simulando conversaciones con una chaperona junto a un juego
de té invisible —se metió O’Hara, inexpresivo.
—¿En nombre de qué experiencia como caballero cortés puede hablar usted,
cuando lo que reivindica constantemente es que le faltó y le sigue faltando una mujer
como yo? —le rebatió Rachel, irritada. O’Hara le dirigió una mirada tan interrogante
como burlona, con la que ella se percató de lo que había dado a entender.
Horrorizada, añadió con precipitación—: Lo que quería decir es una ayuda como la
mía, señor. Sus modales son nefastos.
—¿Y de qué tildaríamos los suyos, que se atreve a reprenderme en público sin
ningún miramiento?
—Solo señalaba un hecho ostensible.
—Entonces… —Sus ojos verde oliva se regocijaban con la mortificación de la
hermana mayor. Apoyó el codo en la mesa y se inclinó hacia ella con ningún otro
propósito que intensificar su sonrojo—. ¿Va a enseñarme modales a mí también, lady
Rachel?
Rachel abrió la boca para replicar, ofendida, pero un joven mozo interrumpió con
la cara lívida y una mala noticia en los labios.
—Ha habido un pequeño percance en los establos, señor —balbuceó—. Lord
Rupert ha vuelto a tomarla con su caballo, y cuando el mozo ha tratado de
detenerlo…
El señor Allen se levantó una fracción de segundo antes que O’Hara.
—Ese miserable hijo de… —masculló Allen, apretando la mandíbula. Soltó las
cartas sobre la mesa—. Milord, miladies… Si me disculpan.
—Por supuesto.
Antes de recolocarse la chaqueta y seguir a un O’Hara que salió disparado, le
dirigió una mirada agradecida a Rachel.
—Lo cierto es que no confío tanto en mí mismo como para rechazar su amable
oferta. Si no ha cambiado de opinión para cuando regresemos a Londres, iré a
visitarla con la supervisión de milord y cuadraremos un horario.
—¡Por supuesto! —exclamó Rachel, aún contrariada por la mofa de su
archienemigo. No tardó en ofrecerle una sonrisa. El señor Allen hizo una reverencia
torpe y se marchó en pos de la estela que O’Hara había dejado, captando la atención
de todo el salón en el proceso.
Alterada por la mala noticia, Dorothy se preguntó si Alban estaría involucrado de
alguna manera. No había podido abrir la boca para preguntar: la migraña impedía que
sus pensamientos se verbalizaran y no se veía en condiciones de levantarse sin ayuda.
Pero se obligó a confiar en que Alban ya no era tratado de mozo, sino de adiestrador,
y un adiestrador tenía autoridad para calmar las masas cuando un caballo o un
propietario alteraba el orden.

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Eso quizá significara que Alban faltaba en las cuadras, y si faltaba, podía deberse
a que…
Dorothy cerró los ojos y se forzó a controlar sus emociones.
—Espero que los modales que le enseñes al señor Allen no sean los que aireas
cuando O’Hara está cerca —comentaba Arian, guasón—. De lo contrario, lo imagino
terminando a puñetazos con los que acudan a su finca en busca de un contrato
beneficioso.
—Si algo he aprendido en la vida, es que hay ciertos individuos a los que hay que
pagarles con la misma moneda con la que te cobran —masculló Rachel, inclinándose
hacia delante para recoger todas las cartas.
—Jamás habría imaginado esas palabras ni la seguridad con las que se pronuncian
viniendo de la Rachel que conocí hace seis años —comentó Arian con suavidad,
mirando a su antigua protegida y ahora cuñada con verdadero aprecio—. Eres como
el vino. Con los años, adquieres más valor.
—Y no solo a ojos de los demás, sino a los suyos propios —agregó Dorothy,
tratando de concentrarse en la charla.
—Ahora, si me disculpáis —Arian se levantó—, voy a ver qué sucede. Me mata
la curiosidad.
Las jóvenes asintieron con la cabeza en señal de adiós, y enseguida retomaron la
conversación.
—En referencia a lo que has dicho, Dorothy, preferiría que nadie insinuara que
gracias a la mala educación del señor O’Hara soy la mujer de la que me enorgullezco
hoy —refunfuñó Rachel. Lanzó una mirada confusa y exasperada al techo—.
Simplemente no entiendo qué le he hecho a ese hombre para que me trate así. Ahora
puede parecer que es porque yo misma me pongo a la defensiva, pero todo el mundo
sabe que los primeros años me esforcé por ganarme su amistad.
Dorothy cogió aire y se arriesgó a expulsarlo poniendo puntos sobre las íes.
—Tal vez se deba a que el señor O’Hara no se podría conformar con tu amistad.
—Al ver que Rachel se giraba hacia ella, más desorientada si cabía, Dorothy intentó
plantearlo con tono conciliador—. Rach, ¿no te has parado a pensar en que el señor
O’Hara pueda tener algún tipo de interés en ti?
—Por supuesto que lo tiene, no hay más que ver la naturalidad con la que me
ofende. No dudo que se presenta en veladas familiares y se reúne con nosotras con
ninguna otra ilusión que la de sacarme los colores.
—Quería decir que…
—Es probable que practique delante del espejo. O quizá no, quizá esté en su
sangre. Basta con que me exprese para que él intente reducirme con una naturalidad
apabullante…
—En realidad me refería a otro tipo de interés —cortó, previendo que volvería a
enzarzarse en un monólogo.

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Consiguió captar toda la atención de Rachel, que la miró sin pestañear y con el
aliento contenido, ansiosa por darle algún contenido al porqué de la única enemistad
que mantenía.
—Me sorprende que jamás te hayas planteado que pueda estar enamorado de ti.
Rachel recibió el comentario como una bofetada. Se tensó de tal manera que hasta
los pelillos cortos del flequillo se le podrían haber puesto de punta, y echó todo el
cuerpo hacia atrás en señal de rechazo.
Enseguida, su mirada se ensombreció.
No se conformó con transmitir severidad con su postura tensa y se puso en pie.
Dorothy no habría sabido decir si parecía a punto de llorar o la conmoción era tal que
de pronto no sabía ni dónde estaba.
—Me parece de muy mal gusto que digas algo así —declaró, con una sequedad
que jamás habría imaginado viniendo de ella—. ¿Cómo podría un hombre amar a una
mujer a la que disfruta haciendo sentir diminuta?
—No voy a ser yo quien cuestione o enjuicie la manera en que un hombre decide
o intenta manejar sus sentimientos —repuso Dorothy, sin amilanarse—, pero ten por
seguro que el amor es mucho más complejo en su expresión y en su sufrimiento
secreto de lo que nadie que no lo sienta podría imaginarse.
Rachel la miró con tristeza.
—He visto el amor, Dorothy. En todas y cada una de mis hermanas, y en sus
respectivos esposos. Lo he visto en mis alumnas, en mis amistades de la escuela.
Puede que presenciarlo no se parezca a sentirlo, pero lo que tengo claro es que solo
puede o expresarse con cariño u ocultarse, porque todo amor parte de una idea
sencilla: desear la felicidad del otro. Lo que nunca se hace es burlarse de las
desgracias o atormentar al supuesto objeto de tu pasión.
»El señor O’Hara me odia —declaró, y a Dorothy pocas cosas le parecieron tan
tristes como el convencimiento y la resignación con la que lo dijo—, y no pasa nada.
Habría sido imposible gustarle a todo el mundo. Simplemente… No puedo evitar
preguntarme el origen de ese odio, y si acaso tengo yo alguna culpa.
Dorothy le devolvió la sonrisa, apenada.
—De acuerdo. Si eso es lo que piensas, no insistiré. Solo espero que sepas que el
odio no es un sentimiento aislado que surja de un latido visceral. Es un disfraz del
que se visten otros, como la envidia, los celos o la impotencia. Yo jamás cubriría mi
amor de odio si supiera que el final feliz es imposible porque no creo en las
injusticias, pero hay quienes no son tan fuertes y han de hacerlo para sobrevivir.
—¿Cómo es posible que llegues a esas conclusiones? ¿De dónde has aprendido
tanto?
—He tenido mucho tiempo para leer y pensar —reconoció—, y me sobra familia
a la que observar. ¿Dirías que el amor que se profesan Arian y Venetia tiene algo que
ver con el afecto entre Flo y Maximus, o con la vida romántica que comparten Hunter
y Sissy? Si las partes son opuestas, habrán de experimentar el amor a su manera y, en

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consecuencia, la relación entre ellas tendrá sus diferencias. Y ninguna vale más que
otra. El amor es el amor, venga como venga.
»Ahora que he conseguido dejarte pensando… ¿Podrías acompañarme a mi
alcoba? Me gustaría descansar.
—¿No te encuentras bien?
Esbozó una sonrisa desinflada.
—La verdad es que no, Rachel.
Le tendió la mano a su hermana para que la ayudara a ponerse en pie, cosa que
Rachel hizo enseguida con delicadeza. Al mirarla de reojo, se percató de que tenía la
vista desenfocada, quizá meditando acerca de cuánta verdad podría haber en su
disertación.
Dorothy no supo si alegrarse o lamentar que sus palabras hubieran sembrado la
duda, porque de esa siembra podría germinar un árbol de frutos muy amargos si
Rachel la seguía regando con lágrimas de impotencia.
Aunque no le quedaba optimismo dentro del cuerpo para sí misma y su propia
historia, rezó esperanzada porque algún día O’Hara se adelantase y no fuera tan tarde
como sí lo era para ella.

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Capítulo 20

Alban se sentía vacío. Y a cada peldaño que subía en dirección al dormitorio que
le habían asignado a la baronesa, sentía que el refugio levantado para proteger su
alma de la corrupción corría el riesgo de derribarse. Tendría que dormir con la
baronesa bajo el mismo techo en el que se encontraba no solo su marido, sino
Dorothy. Una Dorothy con ojeras y tan delgada que parecía que se la llevaría el
viento; una Dorothy que pensaba tanto en él como él lo hacía en ella.
Su aspecto enfermizo le había partido el corazón.
Alban había vivido con la seguridad de que con sus sentimientos podría salvar
cualquier distancia y protegerla de quienes intentaran separarlos; de sus propias
dudas, de sus remordimientos. Pero ahora quedaba confirmado lo que el señor Allen
le dijo en una ocasión. No era bueno para ella. Saber a lo que se dedicaba la estaba
matando. Podía notarlo en las miradas furtivas, verdes y rojas de envidia y rabia, que
le había lanzado a la baronesa; las de anhelo y desesperación dirigidas a él. Y Alban
no se sentía mucho mejor.
Esa misma tarde se había plantado ante O’Hara con un ruego. Jamás se habría
imaginado arrastrándose ante un hombre despreciable e indigno de cualquier
consideración, no solo por orgullo, que a sus ojos valía bien poco, sino porque
cuando aceptó las condiciones de O’Hara estaba convencido de que no se
arrepentiría. Estaba muerto por dentro.
O’Hara, en cambio, no había mostrado la menor sorpresa al verlo entrar en su
habitación. Solo exteriorizó su molestia porque le hubiera interrumpido mientras se
aseaba con solo los pantalones puestos.
—He venido a pedirle que reconsidere mi castigo.
O’Hara había enarcado una ceja, aún inclinado sobre el barreño en el que tenía
sumergidas las manos.
—¿Llamas castigo a retozar con una mujer experimentada? Ya me habría gustado
a mí contar con tu suerte cuando tenía tu edad.
Alban apretó los puños.
—Me está prostituyendo.
—Te salvé el pellejo —repuso, hablando entre dientes. Lo miró de soslayo con
fría agresividad—. Cargué con tu responsabilidad cuando estuviste a punto de hundir
mi negocio. Es lo mínimo que puedes hacer para resarcirme.
—Su negocio no corrió peligro en ningún momento. Todo el mundo sabe que no
depende de nadie que un caballo pierda la cabeza durante una competición y el jinete
se desnuque.

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—Pero tú y yo sabemos muy bien que no fue casualidad, y te habría mandado a la
maldita cárcel gustosamente.
—Quizá lo habría preferido.
O’Hara sacó las manos del agua. Las tenía coloradas, quizá por la energía con la
que se las había estado frotando. Se levantó del borde de la cama, con mandíbula
desencajada, y lo encaró.
—Aún puedo mandarte al infierno si me place, y créeme, después de todas esas
miradas lujuriosas y anhelantes que he interceptado entre la Marsden y tú, no me
sobran ganas. —Lo apuntó con el dedo—. Más te vale seguir complaciendo a la
baronesa para que invierta dinero en mi criadero. Si me llega la menor queja, ya
conoces a mis amigos.
Alban apretó los dientes, lleno de impotencia. Bastaría una acusación de alguno
de los hombres influyentes que O’Hara conocía para que lo enviaran derecho a
prisión. Y el pecado usado en su contra no tendría por qué ser figurado. Aunque no
hubiera usado las manos, Alban había perpetrado un crimen y solo salió airoso
porque al señor O’Hara le habría costado muy caro que se hiciera público.
A pesar de todo, insistió de nuevo.
—Si lo que quiere es dinero, yo podría ocupar el lugar de la baronesa. Le pagaré
lo equivalente a lo que sea que invierte lord Richmond.
—El dinero no me importa. Podría echárselo de comer a los animales si algún día
faltara pasto.
—¿Qué quiere entonces? Pídalo y se lo daré.
—Tendrías que nacer de nuevo para llegarle a Richmond a la suela de los talones
en clase, nombre e influencia. Es su apoyo público y que hable maravillas de mí lo
que necesito, no su efectivo, y sabes bien que si su manipuladora esposa está
descontenta, no le tomará ni un segundo convencerlo de acabar con mi reputación.
O’Hara avanzó hacia él y bajó el tono una octava para continuar:
—Así que da gracias que se interesó en ti de un modo romántico y no pidió tu
cabeza en una bandeja, Beauchamp, porque a esa mujer le darás todo lo que te pida o
me aseguraré de que te pudras en la cárcel. Y créeme… —Un destello frío rieló en
sus ojos—. No es en absoluto una estancia agradable.
Lo único que había convencido a Alban de marcharse de allí con las manos
vacías, y sin antes haberle partido la nariz al impresentable, fue que estaba atado de
pies y manos. Que tanto en brazos de la baronesa como entre rejas, seguiría siendo
indigno de Dorothy.
Estaba condenado.
La penumbra del pasillo acompañaba sus pensamientos. Había tenido que hacerse
con una lámpara de mano para hacerle la visita a Agnes, que solo Dios sabía cómo se
las había ingeniado para mandar a su marido de regreso a Londres en medio de la
noche. Conociendo al barón, tal vez habría bastado un «he olvidado mi chal

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preferido, y necesito que vayas tú porque no soportaría que otras manos lo tocasen».
Alban compadecía a aquel hombre tanto como se compadecía de sí mismo.
Estando a punto de llegar a su dormitorio, se fijó en unas voces que llegaban
desde el otro lado del pasillo. Se giró para confirmar que había un grupo de tres
susurrando en tono acelerado y teñido de preocupación. Entrecerró los ojos para
definir sus identidades, y arrugó el ceño al ver que se trataba de lady Clarence, el
coronel Kinsley y un hombre alto y rubio que le sonaba vagamente. Se quedó inmóvil
donde estaba con la esperanza de distinguir algún fragmento de la conversación.
—… ha podido pasar… Sí, estaba bien… Hubiera preferido que se quedara,
como es natural, pero insistió… —decía Venetia—. Doctor, dígame la verdad. ¿Es
una simple recaída, o algo más grave?
No oyó la respuesta del doctor.
—Nunca antes la había visto así. Han vuelto los delirios. —Siguió un murmullo
ininteligible—. Claro, lo que necesite.
Instigado por un presentimiento irracional, Alban giró sobre los talones y se
dirigió al otro lado del pasillo sin pensar. Debían estar hablando de Dorothy. Sabía
que estaban hablando de Dorothy.
No había dejado de conspirar a raíz de la noche en Knightsbridge, en la que
comprobó que solo subir las escaleras le costaba. El desmayo de esa tarde no hizo
más que inspirar sus sospechas, unas que le estaban ahogando.
Se olvidó de dónde estaba y de la obligación de guardar las formas al abordar al
doctor.
—¿Qué ocurre?
El susodicho se giró hacia él. La luz de las lamparillas amarilleaba unas facciones
elegantes que durante el día debían considerarse atractivas.
—¿Usted es…?
—Nadie —atajó el coronel, dirigiéndole una mirada en apariencia mansa, pero
que ocultaba un desprecio homicida—. No es nadie, ¿verdad?
Alban podría haberse quedado a discutir, pero en lugar de eso abrió la puerta con
energía. Notó un par de manos que trataron de detenerlo. Fue en balde, porque se
zafó de ellas haciendo uso de la fuerza y buscó en el saloncito la puerta que daría al
dormitorio.
En ese preciso momento, Rachel abría una y salía con los hombros hundidos y los
ojos llorosos. Su expresión se desbordó cuando lo vio allí.
—Alban… No puedes, ni deberías…
La comprensión impidió que concluyera su advertencia. Alban se aferró a su
rostro compasivo y a la fama que la precedía para confiar en que respondería a su
pregunta.
—¿Qué está pasando?
Rachel agachó la cabeza, mordiéndose el labio.

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—Está enferma. De por vida —explicó una voz. No la temblorosa y débil de
Rachel, sino la potente y severa de la matriarca. Venetia estaba a su espalda, y parecía
haberse librado de su compañía masculina.
Alban la encaró de tal modo que nadie podría haber asegurado que los separasen
varios escalones sociales.
—Enferma —repitió—. ¿De qué?
—La escarlatina le dejó graves secuelas. Entre ellas, unos pulmones que apenas
recuerdan su función. Tiende a recaer cuando emprende actividades que requieren la
menor fuerza física, con los cambios de estación, y agarra resfriados con mucha
facilidad, todos ellos con la alta probabilidad de complicarse en una neumonía.
Alban escuchaba con el cuerpo rígido y el pecho hueco, vacío. Si hubiera
hablado, habría escuchado su voz retumbando en la cavidad de su plexo solar.
Le parecía que Venetia entrelazaba los dedos de las manos, pero era difícil saberlo
cuando apenas podía enfocar la vista.
—Y aunque su doctor personal, el señor Jeremy Martin, está haciendo progresos
con ella —continuó—, se cree que no podrá engendrar hijos tanto por el riesgo que
entraña el acto en sí como por aquellos a los que se expondría durante el parto.
Alban sintió que se mareaba. Misterios que flotaban en su pensamiento y a los
que trataba de encontrar justificación cobraron sentido. Entre ellos, el llanto amargo
que Dorothy había tratado de camuflar como la emoción de asistir al nacimiento del
potro.
Sabía que quería ser madre: se lo dijo. Y él siempre supo que quería que tuviera
sus hijos.
Sacudió la cabeza, en negación.
—Mi hermana se ha convertido en una criatura frágil y enfermiza —prosiguió
Venetia, sin apartar la vista de él. Avanzó en su dirección muy rígida—. Y es evidente
que los dolores de espíritu repercuten en su salud física. Si has venido a atormentarla,
o si sigues buscándola con ese objetivo, voy a tener que pedirte que te marches y no
vuelvas jamás.
—Nesha —balbuceó Rachel—. Eso es…
Alban sostuvo la mirada de la condesa. Ojos verdes contra otros también verdes,
pero que transmitían una firmeza de carácter a la que nadie podría imponerse nunca.
Ni siquiera el ángel de la guarda de su mujer.
—¿Y si no he venido a atormentarla? ¿Y si solo he venido porque quiero hacerle
bien?
—En ese caso, cásate con ella —dijo—. Demuéstrale que, a pesar de todas sus
limitaciones, la quieres.
Alban sintió que estaba cerca de derrumbarse. Abandonó la pose defensiva y la
miró con humildad.
—Yo no sé quererla «a pesar de», mi señora —murmuró, quebrado—. Incluso
ahora, solo puedo quererla «porque».

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Rachel se mordió el labio y apartó la mirada para que no vieran sus lágrimas. Los
rodeó para regresar al dormitorio con la enferma, y Alban, tras compartir con la
condesa una última y decisiva mirada de aceptación, salió en pos de ella para medir la
gravedad del asunto con sus propios ojos.
Ver a Dorothy demacrada, delirando y minúscula bajo las sábanas, superó su
abstracta pesadilla y lo mandó al infierno con los pies descalzos. Sintió que caminó
sobre cristales rotos hasta posicionarse a un lado de la cama, y entonces se estaba
arrodillando sobre brasas ardiendo. Todo su cuerpo lo hacía. Le quemaban las
esquinas de los ojos y la garganta.
Estiró un brazo hacia ella. Recorrió su mejilla de porcelana con los nudillos. A
pesar de ser un contacto delicado, Dorothy se estremeció, con los ojos cerrados, y
ladeó la cabeza en la dirección de sus dedos engurruñidos. Alban no sabía dónde ni
cómo desahogar la eterna frustración con la que le tocaría vivir a partir de entonces,
fruto de una penitencia que ahora era compartida.
Como si se hubiera percatado de la intensidad con la que maldecía para sus
adentros, Dorothy aleteó las pestañas con dificultad y lo enfrentó con un aire frágil
que le dejó el corazón en un puño. El deseo de protegerla en un abrazo que durase
para siempre estuvo a punto de matarlo, sobre todo porque ahora sabía que no era lo
bastante poderoso u omnisciente para salvarla de todo.
—No deberías estar aquí —musitó con un hilo de voz. Pero sacó la mano de las
sábanas para que él se la diera, otro representativo gesto de que lo que debía ser
nunca era lo que al final sucedía entre ellos.
—Tú nunca sufrirás sola mientras yo viva —le susurró—, ¿me oyes?
—Lo sé. Por eso no deberías… haberlo descubierto.
—¿No debería haberlo descubierto? —repitió, sobrecogido—. ¿Por qué diablos
me privarías del honor de sufrir a tu lado?
Dorothy ladeó la cabeza con dificultad hacia él. Sus ojos eran apenas una franja
del color del cielo estival, y las lágrimas empezaban a asomar en las comisuras.
—Nunca he deseado nada tanto como que fueras tú quien me cuidara. Todas las
manos que me han tocado eran tuyas. Pero no podía… hacerte eso.
—¿Qué es lo que no podías? ¿Es que te daba miedo que te quisiera aún más para
compensar lo que habías perdido?
Alban fue a continuar, pero la verdad que el dolor le había impedido pronunciar a
la muchacha se presentó en ese momento como otra forma de separarlos. Comprendió
en su expresión arrasada por la pena que lo que le daba miedo no era que Alban la
quisiera más, sino que hubiera dejado de hacerlo. Esa total e incomprensible falta de
fe en sus sentimientos podría haberlo enfurecido; podría haberle convencido de
levantarse y abandonar el complejo del hipódromo, y a ella por extensión. Habría
estado en su derecho. Pero Alban pudo echar mano de ese don que le facilitaba
controlar sus emociones para empujar la rabia y quedarse con lo que Dorothy
necesitaba. Paciencia y comprensión.

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En lugar de arrojar un reproche contra ella e iniciar una discusión, Alban se
tendió sobre el costado junto a su cuerpo. Ardía por la fiebre, y respiraba como si
tuviera dos planchas de acero sobre el pecho.
Alban odió su inutilidad. Odió a la naturaleza. Incluso la odió a ella por haberle
abocado a una vida miserable que ni siquiera le había dado la oportunidad de decidir
si compartir. Pero también pensó en todas las noches que habría pasado sufriendo. No
solo aquellas en las que hubiera padecido los síntomas más feroces de una recaída,
sino esas en las que era dolorosamente consciente de su desdicha. Pensó en que él
también había estado reprochándose, penando y echando de menos bajo la misma
luna.
Le pasó un brazo por la cintura y le besó la frente. Al percatarse de que lloraba en
silencio, agachó la barbilla para secar sus lágrimas con los labios.
—Fue muy estúpido por mi parte pensar que podría renunciar a ti, ¿verdad?
Alban asintió.
—Tú lo dijiste una vez, pero ahora lo afirmo yo. Para alejarme de ti…, tendrían
que matarme.

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Capítulo 21

Dorothy abrió los ojos adormilada, pero también cautelosa. Estudió su estado
físico desde la inmovilidad, dándose cuenta de que ya no le dolía la cabeza. Decidió
intentar incorporarse, aun sintiéndose muy débil, cuando la imperiosa voz de su
hermana la interrumpió.
—Será mejor que no te muevas. El médico ha recomendado que te quedes en la
cama por lo menos un día más incluso si te encuentras mejor.
Dorothy pestañeó hasta ahuyentar el sueño. Entonces se fijó en que dos ojeras
oscuras colgaban de las pestañas inferiores de Venetia; en que parecía haber
envejecido diez años en los últimos…
Arrugó el ceño.
—¿Cuánto rato he estado durmiendo?
—Alrededor de doce horas. Ya se ha celebrado la primera carrera. Tendremos que
quedarnos para la segunda porque no estás en condiciones de viajar de regreso. Y, de
todos modos, el doctor Martin ha sido muy tajante al decretar que deberías regresar a
Beltown Manor.
Aun sabiendo que se expondría a un mareo vertiginoso, Dorothy se incorporó y
apoyó la espalda en el cabecero de la cama.
Como era habitual, después de una recaída se sentía desorientada, pero raras
veces dolorida. En el dormitorio reinaba el tirante silencio que habían ayudado a tejer
todos los familiares preocupados que seguramente habrían desfilado para velarla. Se
fijó en el montón de frascos medio vacíos que reposaban en la mesilla de noche, y el
olor a enfermedad y acónito que flotaba en el ambiente. Después devolvió la mirada a
su hermana, que a juzgar por la postura de su cuerpo, parecía no haberse movido de
allí en unas cuantas horas.
El corazón se le encogió de pura agonía. Si solo supiera que la compadecía más
de lo que Venetia podría compadecerla a ella; si solo supiera que detestaba que
tuviera que asistirla en cada recaída cuando debería estar viajando o cuidando de sus
hijos… Pero jamás lo diría en voz alta, porque Venetia lo interpretaría como que
Dorothy la acusaba de cuidarla por deber y no por amor, y no deseaba decepcionarla.
—¿Regresar a Beltown Manor? —repitió con voz pastosa—. No suena mal, pero
te recuerdo que tengo un prometido al que honrar en el altar, y estoy segura de que
preferiría vivir en su casa… en Londres.
Venetia apoyó las dos manos en el regazo, adoptando la postura «de las malas
noticias», como solía llamarla ella.
—Mucho me temo que hace unas horas desde que ya no existe tal prometido.

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Dorothy frunció el ceño.
—¿Cómo?
—No podría jurarlo —expresó con cuidado—, porque el coronel no emitió una
sola palabra, pero todos coincidimos en que su reacción fue suficiente para extraer
esa conclusión.
—No entiendo.
—Dorothy, el coronel Kinsley entró en el dormitorio a verte y vio que Alban
estaba tendido a tu lado. Me atrevería a decir que fue demasiado para él y tuvo que
marcharse. Lo vimos coger su chaqueta en silencio y desaparecer. No solo dejó tu
habitación, sino también Epsom Downs.
Dorothy notó una punzada de lástima a la altura del corazón. Podía imaginarse
cómo se había sentido al asomarse a comprobar el estado de su prometida y toparse
con aquella estampa. Ella misma había experimentado una desazón similar al ver a
Alban con la baronesa. Sin embargo, por mucho que pudiera sentirlo, su compasión
jamás podría compararse al alivio de ver su compromiso disuelto.
—He de escribirle —musitó.
—Ya habrá tiempo para eso.
Dorothy agachó la mirada hacia las sábanas. Alargó una mano indecisa al espacio
vacío a su izquierda y la apoyó con delicadeza sobre las arrugas. Estaba frío. Alban
debía haberse marchado hacía un buen rato, y podía figurarse por qué: porque en
algún momento durante el proceso de asimilación de la verdad, se tuvo que dar
cuenta de que ella le había mentido.
Cerró los ojos, exhausta.
—Me extraña que no lo hubierais echado.
—Entró como una tromba, y reconozco a un hombre obcecado cuando lo veo.
Habría sido imposible detenerlo.
—¿Quieres decir con eso que habrías intentado apartarlo de mí de nuevo si
hubieras podido?
Aunque los ojos de Venetia se oscurecieron por el reproche implícito en la
pregunta, el resto de su rostro se mantuvo sereno e inescrutable.
Debía estar demasiado cansada para discutir, porque no solía desaprovechar la
oportunidad.
—Dorothy, fuiste tú la que quiso apartarlo por todo esto. Yo solo cumplí tu
voluntad —le recordó—. Lo hice al ir a verlo para decirle que se olvidara de ti, y lo
habría hecho de nuevo bloqueándole la entrada con mi propio cuerpo si hubiera
sabido que deseabas mantener las distancias.
—Lo sé. —Suspiró.
Hubo un breve silencio en el que Dorothy se quedó mirando la pared de enfrente.
—¿Qué es lo que ha cambiado para que de pronto hayas decidido darle otra
oportunidad? Rachel me ha dicho que lo buscabas, que te escabulliste con él en una
de las visitas a la finca de O’Hara.

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—Nada, Venetia. No ha cambiado nada. Ese es el problema, que sigo sintiendo
exactamente lo mismo —lamentó—. Pude tomar una decisión firme y segura hace
años porque no lo tenía delante de mis ojos, pero ahora… Soy débil. ¿Qué otra cosa
puedo decir en mi defensa?
Venetia la miraba con una mezcla de entendimiento y resignación. Quizás hubiera
comprendido por fin que si ni siquiera la propia Dorothy podía luchar contra sus
sentimientos, ella tendría muchas menos oportunidades de salvarla.
—Debo ir a hablar con él. Estará furioso conmigo por habérselo ocultado —
musitó Dorothy, apartando las sábanas a un lado—. Y si me perdona…
Miró a su hermana de reojo por si acaso detectara un indicio de rechazo, pero
Venetia solo volvió a obligarla a acostarse por motivos de salud.
—Tienes mi bendición para ir a buscarlo… cuando estés en condiciones —aclaró,
elevando las cejas—. Ahora mismo necesitas descansar.
—¿De verdad la tengo, o solo lo dices para aplacarme?
Venetia suspiró.
—Todavía no sé cómo os las apañaréis para vivir. Posees una cuantiosa dote, eso
es cierto, pero no durará eternamente a no ser que llevéis una vida frugal. Y tú no
estás acostumbrada a la frugalidad, Dorothy. —La arropó con cariño—. Cuando dices
que podrías acostumbrarte hablas desde el desconocimiento, pero créeme cuando te
digo que te resultaría muy difícil y doloroso desprenderte de tus privilegios de
sopetón. A fin de cuentas, es lo único que has conocido.
—Alban tiene dinero, Nesha, y un trabajo que le proporcionará ingresos anuales.
Si vas a darme una lista de razones por las que no debería quererlo, quizás deberías
escoger otras.
Venetia terminó de taparla y volvió a su sitio con la espalda muy recta. De pronto
parecía ofendida.
—Si tuviera que hacer una lista, escribiría las razones por las que no tienes
derecho a estar furiosa conmigo. Parece que mi defensa no fue suficiente aquel día,
pero por si acaso voy a repetírtelo: jamás le habría roto el corazón a Alban, ni a
ningún hombre en este mundo, de una forma tan cruel. Sobre todo porque sé cómo se
siente.
Dorothy decidió enfrentarla de una vez por todas.
—¿Y por qué has estado mirándome con culpabilidad todos estos años?
—¿Crees que mis remordimientos tienen su origen en haberle dado a Alban
aquella carta que dictaste? —dedujo, con cara de espanto—. ¿Por eso no me creíste?
—Eres mi hermana. Sé cuándo te arrepientes de algo que hiciste, y parece que ese
algo está relacionado conmigo. Ahora veo el qué.
—No, no lo ves. Por supuesto que me siento culpable —reconoció, con la voz
quebrada—. ¿Cómo no iba a culparme de haberte hecho esto?
Dorothy cambió la actitud defensiva por una expresión confusa.
—¿«Esto»?

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—Si no me hubiera empecinado en mandarte a Londres para iniciar la temporada,
probablemente jamás habrías enfermado de escarlatina. Jamás habrías tenido que
renunciar a Alban, a tus hijos y al amor. Claro que vivo ahogándome en los
remordimientos, pero no tiene nada que ver con la carta. Hasta hace poco ni siquiera
sabía que llegó a sus manos, pero por si esto te hace sentir mejor, también me
lamento ahora por haberme equivocado en eso.
Dorothy la miraba horrorizada.
—¿Cómo puedes echarte la culpa de algo tan arbitrario como lo fue que cayera
enferma?
—No fue arbitrario. Ese maldito médico estuvo a punto de matarte —recordó con
amargura y desprecio—. No me suelo alegrar de las desgracias ajenas, pero qué bien
hizo a los convalecientes de esta sociedad que falleciera a una edad tan temprana.
—Con esta respuesta solo me estás dando más razones para consolidar mi réplica.
Si tuviera que culpar a mi familia de lo que me sucedió, entonces Rachel también
habría de atormentarse por haber sido quien llamó al doctor Curtis.
—Rachel no fue la que comenzó esta cadena de catástrofes. Llamó al que creyó
un buen médico. Lo hizo lo mejor que podía.
—Estoy de acuerdo, pero deberías defender tu decisión con tanta firmeza como
defiendes la suya. Y si nos remontamos a la cadena de catástrofes, fui yo la que se
puso la soga al cuello al enamorarse de un mozo de cuadras. No me habrías mandado
casi a la fuerza, y con un año de retraso, si yo no me hubiera negado.
—Tú no tienes la culpa de nada —balbuceó Venetia, con lágrimas en los ojos.
—Y tú tampoco. —La cogió de la mano y se la estrechó con cariño—. Nesha,
jamás se me ocurriría acusarte de nada. Ni de una mala praxis médica ni de mi
situación actual. Si me enfurecí contigo fue porque estoy furiosa; porque vivo
enfadada con el mundo, y a veces es tan extenuante fingir que todo va bien que
necesitas pagarlo con alguien. Siento que fueras tú a la que elegí para desfogarme.
—¿Por qué estás enfadada?
—¿Y tú qué crees? —Suspiró—. Tenía mi vida trazada, Nesha. Y de pronto me
toca vivir en la piel enfermiza de una mujer vacía a la que me veo incapaz de
reconocer. Yo no soy esto. No quiero ser esto. Y no puedo ser una persona diferente.
—Dorothy… —Se dio cuenta de que había derramado unas lágrimas cuando su
hermana mayor se las limpió con los dedos. Tomó asiento en el borde de la cama y la
cogió con suavidad de la barbilla para que sus ojos se encontrasen—. ¿Crees que
alguna persona en este mundo consigue todo aquello con lo que había soñado a los
dieciocho años? Mírame a mí. Mira a tus hermanas. El destino juega con todos
nosotros sin excepción, y al que no haya convertido en una víctima todavía, ya se
ensañará con él en el futuro.
»Y a pesar de todo, a ti no te han quitado ni la voluntad, ni la pasión, ni el amor.
Estas tres virtudes me parecen una buena base para construir o intentar reconstruir lo
que desees para tu vida.

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Dorothy aprovechó que Venetia se acercaba para besarla en la frente y le echó los
brazos al cuello. Pensó que era el momento perfecto para pedirle disculpas. «Siento
de corazón ser una carga para ti. Siento darte más trabajo que tus propios pequeños».
Pero en el último momento prefirió tragárselo, porque entonces Venetia se daría
cuenta de que estar enferma le pesaba mucho más de lo que demostraba y se
preocuparía el doble.
—Te quiero. Lo sabes, ¿verdad? —susurró Venetia.
—Sí, pero nunca está de más oírlo. —Notó que sus hombros temblaban por la
risa, y Dorothy también sonrió. Sustituyó un «yo más» por un achuchón cargado de
sentimiento.
Venetia se separó y, con rapidez, limpió las lágrimas de su rostro congestionado.
—Ahora descansa, ¿de acuerdo? Yo siempre estaré aquí para velar tu sueño.

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Capítulo 22

Por muy ingenuo que fuera obcecarse en cumplir el deseo que arrastraba desde
los dieciocho años, Dorothy estaba decidida a intentarlo. Una vez más. En cuanto
tuvo fuerzas para levantarse, asearse y vestirse, salió del dormitorio con paso
enérgico para buscar a Alban. No era el único hombre en el que había pensado
durante toda la noche y el amanecer del día siguiente: el coronel también aparecía
con una merecida crítica en sus pensamientos, recordándole que le debía tanto una
explicación como una disculpa.
Benjamin Kinsley la había ayudado a descubrir que no era tan bondadosa ni gentil
como los demás la creían, ni siquiera como ella pensaba, porque por más que lo había
intentado, no había conseguido lamentarse por él tanto como hubiera debido. Y, por
supuesto, ni se le había pasado por el pensamiento aguardar unos días antes de ir a
por Alban por respeto al compromiso roto. Estaba ansiosa y desesperada por cómo el
domador la recibiría, y no dejaba de preguntarse si disculparía que hubiera tardado un
día más en ir a verlo para contarle toda la verdad.
Cuando Dorothy llegó a las caballerizas del hipódromo, fue enseguida informada
de que Alban no estaba allí. Se había retirado a un espacio apartado del complejo de
establos para encargarse de un caballo que había sufrido un daño severo durante la
carrera. Preocupada por lo que eso pudiera significar, Dorothy siguió las indicaciones
de uno de los mozos.
Ya en la distancia reconoció a Alban. Con la mandíbula tensa y los nudillos
tensos, tiraba de las riendas de un semental que cojeaba. Observó, sin dejar de
acercarse, que le hacía indicaciones para que se tumbara sobre las patas. Le veía
mover los labios, seguramente diciendo palabras cariñosas en tono calmado. Alban le
hablaba con una dulzura a los animales que había convencido a una joven Dorothy de
que merecían la misma consideración que los humanos. Por eso le impactó que, nada
más llegar a su altura, Alban sacara una pistola de la cinturilla del pantalón.
El corazón se le aceleró. Quiso impedirlo al percatarse de sus intenciones, pero no
pudo moverse, y saber que Alban estaba sufriendo la disuadió de ponérselo más
difícil. Vio que cerraba los ojos un segundo, sin dejar de acariciar la crin y el morro
del animal, concienciándose de lo que debía llevar a cabo. Aunque Dorothy sabía qué
iba a pasar, dio un respingo de todos modos al oír el disparo directo al corazón. El
caballo cayó fulminado con un último relincho, y Alban, en lugar de incorporarse
enseguida, lo acarició unos segundos más con la boca torcida. Luego soltó la pistola
como si le quemara en la mano.
Redujo el espacio que los separaba, con los miembros tensos, y murmuró:

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—Veo que has aprendido a sacrificar caballos.
Alban elevó la vista. Las luces del crepúsculo teñían sus densos rizos rubios de un
cálido tono anaranjado. Atardecía a su espalda, y eso creaba una sombra sobre su
rostro de por sí oscurecido.
—Por desgracia —confirmó con voz queda.
Alban se incorporó sin apartar los ojos del animal. Tenía la camisa manchada de
sangre. Se pasó el dorso de la mano por la nariz y la boca, respirando con dificultad,
y retrocedió unos pasos. Hizo un gesto a un par de mozos que salieron del interior del
pequeño cobertizo, presumiblemente para encargarse del cadáver.
Cualquier otro la habría dejado allí con un palmo de narices. Pero era Alban, y
Alban necesitó asegurarse antes de que estaba bien con una mirada de arriba abajo.
Una vez concretó que no correría riesgo si la abandonaba, se dio la vuelta y entró en
el cobertizo.
Antes de que pudiera cerrar la puerta tras él, Dorothy metió un pie y cruzó el
umbral.
—Si quieres huir de mí, no ha sido muy inteligente que te escondas aquí —dijo
con tranquilidad, apoyada contra la puerta cerrada. Alban estaba de espaldas a ella,
tan tenso que los músculos tiraban de la fina tela de la camisa—. No me importaría
cerrar con llave y custodiarla hasta que hablaras conmigo.
Dorothy le dio un segundo para que replicase, pero no lo hizo. Seguía pasándose
las manos por la cara, por el pelo, tan nervioso que parecía que explotaría de un
momento a otro.
Lo intentó de nuevo.
—Siempre pensé que el día que sacrificaras un caballo perderías tu inocencia.
—Hay otras cosas que me habría dolido mucho más sacrificar. Y creía que era
algo que teníamos en común.
Dorothy dio un paso indeciso hacia él.
—¿Qué se supone que significa eso? —inquirió, aun sabiendo a lo que se refería.
Alban giró de golpe y clavó en ella una enfebrecida mirada verde.
—Yo nunca habría matado nuestra confianza traicionándote de ese modo.
—Si te refieres a que omitiese…
—No omitiste nada. Me dejaste pensar que fue culpa mía. —Se clavó un dedo en
el pecho—. Mía, Dorothy. Que fui yo el que se equivocó siendo prudente y tú te
cansaste de tener que perseguirme.
—Pero no estaba mintiendo. Sí que me cansé una vez… hace mucho tiempo. —
Observó que bufaba y pretendía rodearla para escaparse, pero Dorothy lo impidió
bloqueándole el paso. Apoyó las manos en su pecho y lo miró a los ojos—. Te estaba
protegiendo.
Alban la apartó cogiéndola de las muñecas. Emitió una risa incrédula.
—¿Cómo se protege a un hombre haciéndole pensar que vas a casarte con otro?
¿De qué pretendías protegerme exactamente? ¿De la paz?

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—De la cruda verdad.
—¿Y cuál es esa? ¿Que no me querías a tu lado estando enferma, o que yo no te
querría a mi lado por ese mismo motivo? No sé cuál me parecería más injusta.
—Ninguna es la cierta. —Cogió aire—. Sabía que me tomarías como esposa
incluso si hubiera perdido una pierna, un brazo o la cordura.
—¿Temías que me casara contigo solo por lealtad?
—No. Sabía que lo habrías hecho por amor… Por lo menos al principio. Pero
después de un tiempo…
Alban avanzó hacia ella con el rostro lívido y los puños crispados.
—Después de un tiempo, ¿qué?
—Habrías empezado a echar de menos lo que no podías tener —murmuró—. No
habría podido arrebatarte el sueño familiar. Era el único que tenías, Alban: el de la
esposa que te ayudara en la granja y te diera hijos.
No habría sabido decir qué emoción fue la que desfiguró su semblante hasta
dejarlo casi irreconocible. La ira y la decepción se entremezclaban de manera que no
sabía dónde terminaba una y dónde empezaba la otra.
—¿Crees que me importan un infierno los hijos que aún no he tenido? —siseó.
—Deberían importarte, porque no son hijos que aún no has tenido, Alban, sino
hijos que nunca tendrás.
Profirió un sonido con la garganta parecido a una risa y a un lamento. Retrocedió
de nuevo, tembloroso. La miraba como si le hubiera hablado en un idioma
desconocido.
—¿Siquiera… pensaste…? —empezó, con una voz sacada de lo más profundo de
sus entrañas—. ¿… en que me dolería más echar de menos lo que ya había sido mío
mucho antes que una ridícula fantasía?
—No era una ridícula fantasía. Querías que fuera tu esposa y no podría haberlo
sido, porque una esposa ha de ser amante y madre y esos dos papeles estaban y
siguen estando prohibidos para mí.
Alban parecía horrorizado.
—Te quería a ti, Dolly. Única y exclusivamente. Y tú lo sabes mejor que nadie —
agregó, en tono agresivo. La señaló con el dedo—. Sabes muy bien que ser padre y
marido no era una ilusión aislada, sino vinculada a ti. Me da igual si no me
reproduzco. Me da igual si no llevas mi apellido.
—¿Y te habría dado igual no poder tocarme? ¿Haber tenido que renunciar durante
años a besarme o hacerme el amor?
Alban ni siquiera vaciló.
—No, no me habría importado en absoluto. Y me conoces lo suficiente para
saberlo, así que dime ahora mismo el verdadero motivo por el que me has hecho vivir
este infierno.
Dorothy contuvo un puchero mordiéndose el labio inferior, pero aun así las
lágrimas le empañaron la vista. Trató de controlar sus emociones. Fue en balde.

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Alban seguía mirándola a unos cuantos pasos de distancia, y no parecía dispuesto a
marcharse sin una respuesta.
Agachó la mirada.
Estaba en lo cierto. Por mucho que le doliera admitirlo, Dorothy siempre había
sabido que los sentimientos de Alban estarían por encima de cualquier calamidad. No
la despreciaría ni dejaría jamás de quererla; ni si estuviera enferma, ni si estuviera a
diez metros bajo tierra. Pero la verdadera razón era una que ni siquiera había querido
confesarse a sí misma, porque habría muerto de miedo si hubiera tenido que
comprender la gravedad de su enfermedad.
—Dímelo —exigió Alban.
Dorothy se abrazó los hombros, desamparada. Sacudió la cabeza.
—Dímelo —insistió.
Notó la garganta atorada al decir:
—Estaba segura de que nunca llegaría a cumplir veinte años.
Aunque su voz fue apenas un murmullo, los ecos del cobertizo hicieron que se
escuchara como si lo hubiera gritado un pregón. Su cuerpo encontró la manera de
decirle, a través de un estremecimiento, que no siguiera hablando. Pero hizo acopio
de fuerzas para continuar, temblando.
—Y sé que si hay una cosa en el mundo que podría haberte destrozado, esa habría
sido darte unos meses de matrimonio de apariencia para que luego una recaída me
obligara a dejarte. —Levantó la barbilla para mirarlo, topándose con sus ojos
húmedos—. Prefería que me creyeras capaz de dejarte a obligarte a verme morir en
tus…
Antes de que pudiera terminar la oración, Dorothy se vio protegida por el
envolvente olor masculino de Alban y sus acogedores brazos. Cerró los ojos y emitió
un suspiro inaudible, aliviada por lo que el gesto significaba. Estiró el brazo para
acariciarle el sedoso pelo rubio.
—Pero eso fueron los primeros dos años —musitó, impelida a ofrecerle consuelo
—. Sigo enferma y seguramente lo estaré siempre, pero los cuidados del doctor
Martin parecen surtir efecto. Y aunque no vuelva a ser la misma, por lo menos viviré
unos cuantos años. No sé si podría envejecer a tu lado…
—Dolly, por Dios. No me digas más.
—… pero apuesto a que al menos una arruga me verás —prosiguió, obligándose
a sonreír—. Alban, si aún me quieres…
—Te quiero incluso más. —Y la estrechó contra su cuerpo. Fue como si le
transmitiera toda la fuerza y confianza que necesitaba para dar un paso al frente y
hacer su propuesta.
—Entonces tómame. Si puedes con todo esto, si me aceptas con lo que conlleva,
aquí me tienes. Dure lo que dure. El coronel se ha marchado, y si eso no significa que
anula el compromiso, entonces lo romperé yo…

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Dorothy concluyó la conversación con un gemido, inspirado por los labios
masculinos que rozaron la curvatura de su cuello. Ladeó la cabeza, buscando más de
ese calor irresistible que él convirtió en un insoportable ardor húmedo al delinear su
mentón con la lengua. Pronto volvió a los besos: pequeños, cortos e impacientes
besos que encontraron su destino en los labios de ella.
Dorothy se aferró a sus músculos para responder a la boca hambrienta que la
devoró como si fuera su último día sobre la tierra. Su garganta hizo un ruidito de
placer al notar las palmas de sus manos acariciándole la espalda.
El placer no duró mucho. Alban se obligó a separarse. Pareció resultarle más
doloroso que nunca, como si sus cuerpos hubieran sido vinculados de algún modo
mágico y la mínima separación supusiera un tormento inconsolable.
Dorothy se olvidó de respirar al ver que Alban tenía las mejillas empapadas.
—Sabes que no puedo tenerte. No puedo… a no ser que aceptes compartirme con
ella. Y sabe Dios que sería incapaz de hacerte eso.
—¿No podrías dejarla ni siquiera si te entregara mi mano? —Jadeó, confusa.
Alban no la soltaba, lo que solo hizo la noticia más amarga y espantosa—. ¿Por qué?
¿Qué es eso que le debes?
—No puedo involucrarte, pero… —Cerró los ojos como si le doliera; le dolía—.
Le hice una promesa a O’Hara. Si la incumplo…
—¿O’Hara? ¿Qué tiene que ver O’Hara aquí?
Las manos de Alban resbalaron por los hombros de Dorothy, extendiendo una
caricia por los brazos desnudos. Enroscó los dedos en sus muñecas antes de
entrelazar los dedos con ella.
—O’Hara posee cierta información… que podría meterme entre rejas —musitó
—. Y no te convertiría en la esposa de un condenado, Dolly, como tampoco en la
amante de un hombre que tiene a su vez a otra mujer.
—¿Entre rejas? —repitió, alarmada—. ¿Qué pasó? Debe tratarse de un
malentendido. O’Hara no te conoce, no sabe que serías incapaz de cometer ningún
delito…
Alban la calló de una mirada.
Vio en sus ojos que estaba muy equivocada, y que él no sabía por dónde empezar
a explicarse. Quizá no quisiera hacerlo. Se lo había dicho aquella noche en su casa:
«No soportaría que me miraras con otros ojos».
Dorothy acunó su rostro entre las manos.
—¿Qué es?
—O’Hara sí que me conoce, me temo. Me conoce incluso mejor que tú. Sabe que
una parte de mí es capaz de perpetrar el peor crimen. Si no me libro de él…
Dorothy inspiró con seguridad y fue a deshacerse de su abrazo.
—Yo me libraré de él. Ahora mismo.
—Ni se te ocurra. —La inmovilizó con sus propias manos, apretándola contra la
pared—. No quiero verte cerca de ese hombre, Dolly. Prométeme que no intervendrás

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ni te mezclarás con él más de lo debido.
—El señor O’Hara jamás te haría daño.
—Pero todo el daño que no te hiciera a ti, me lo haría a mí, y sé que sufrirías por
mi culpa. Es un sádico, Dolly, por favor te lo pido. Mantente alejada.
Dorothy pretendía protestar, pero detectó una emoción profunda y oscura en el
fondo de sus ojos que la dejó sin aliento.
Jamás había visto a Alban asustado. La impresión fue tal que ni siquiera tuvo que
pensarlo.
—Te lo prometo. Te prometo que no me acercaré.
Alban suspiró, aliviado, y apoyó los labios entreabiertos sobre su frente. El afecto
que contenía ese gesto, su desgarrada preocupación y la impotencia que iba a
consumirlo por tener que rechazarla sirvieron para hacerla súbitamente consciente de
que estaban atrapados. Dorothy no pudo reprimir a tiempo un sollozo que resumía su
desesperación, pero de alguna manera consiguió canalizarla a través de un beso
apremiante que, en lugar de aliviar la tensión de sus músculos, solo la hizo más
notable. Alban parecía a punto de quebrarse por todo lo que debía contenerse.
—¿Cuántas veces tengo que decirte adiós? —sollozó ella contra la comisura de su
boca. Él le cubrió la cara de besos.
—Con suerte, solo esta vez y se acabó. Pero yo preferiría poder decirte adiós
todos los días.
Dorothy le clavó las uñas en los hombros y se puso de puntillas para volver a
besarlo. El amargo regusto de las lágrimas le impedía saborearlo como
verdaderamente necesitaba para así poder recordarlo siempre. Pero ¿acaso
importaba? Su piel jamás olvidaría la impronta de sus dedos, y en las noches más
frías no le costaría imaginar su aliento cálido en las corrientes de aire que se filtraran
por la ventana.
Se negaba a aceptar que no existiera la menor posibilidad de salvarlo. Una parte
de sí se resistía a concebir un futuro sin Alban. Incluso antes de reencontrarse con él,
y sin saberlo, había guardado la pequeña esperanza de volver a como todo era antes.
Porque quizá ellos fueran distintos, pero sus pasiones seguían siendo las mismas; aún
encajaban como los dedos de sus manos.
No quiso que corriera el aire entre ellos y Dorothy se pegó a su pecho con ansias.
Así fue difícil desabrocharle el chaleco; en cuanto lo consiguió, lo rodeó con los
brazos para tirar de la camisa remetida por el pantalón. Él se afanaba desabrochando
las corchetas traseras del vestido de mañanas, bajándoselo por los brazos. Se
desnudaron como si les hubieran puesto un límite de tiempo, como si estuviesen
compitiendo para ver quién lo hacía más rápido. Dorothy recorrió su ancho torso con
las manos, reconociendo el complejo de músculos y tendones que había pasado
noches añorando. Acarició la línea hasta su ombligo y volvió a trazar con los dedos
los relieves del pectoral, la abultada zona abdominal, mientras él la besaba con el

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único objetivo de absorberla, porque sería la única manera de que pudiera llevarla
consigo.
—No quiero hacerte daño —confesó él, con voz ronca, mientras introducía una
mano entre los muslos femeninos. Ella contestó entre jadeos.
—Claro que quieres hacerme daño. Eres un salvaje.
Lo notó sonreír bajo los dedos que usó para separarle los labios. Esos labios
generosos y mullidos que en tantos problemas la habían metido.
Todos y cada uno de ellos habían merecido la pena.
—Si esto va a afectarte, me detendré ahora mismo.
Dorothy lo miró respirando con dificultad.
—Yo te pararé si no puedo soportarlo.
Él asintió y hundió la mano libre en su recogido deshecho al tiempo que
empezaba a separar los húmedos pliegues para masturbarla con delicadeza. Dorothy
gimió y echó la cabeza hacia atrás cuando encontró ese punto que la hacía temblar.
Alban lo estimuló con dedos diestros, ahora sin ningún cuidado pero con gran acierto
a la vez. No apartaba la vista del pecho de Dorothy; una Dorothy que rodeaba su
tensa erección y le aplicaba el mismo intenso cuidado.
—Cógeme en brazos —musitó ella, con la boca pegada a su hombro—. Podré
hacerlo si me sostienes.
Alban no lo dudó y se agachó para levantarla por los muslos. Dorothy ya se
retorcía, obnubilada por los sendos núcleos de calor que le cosquilleaban por todo el
cuerpo, pero él la enloqueció por encima de lo imaginable separándole las rodillas de
una forma obscena para frotarse con su sexo expuesto. Dorothy se agarró a sus
hombros y agachó la barbilla para ver cómo el miembro de él se iba empapando de
ella. Estaba a punto de sacudirse espasmódicamente por la gloria de la dura y ardiente
carne contra la suya cuando Alban la penetró.
Dorothy gimió con la boca abierta y se abrazó más a él, aun cuando no era
necesario. Notaba sus enormes manos rodeándole los muslos, sosteniéndola por
abajo. Sus caderas empezaron a empujarla contra la pared con una serie de
penetraciones lentas y profundas que hicieron que le temblase hasta la columna. Sus
ojos conectaron un segundo mientras la embestía, y un ramalazo de amor estuvo
cerca de cegarla para siempre. No querría ver nada más después de su expresión de
éxtasis, su mirada inundada de esa clase de pasión que uno podía considerarse
afortunado si encontraba solo una vez en la vida. Pero ¿acaso querría otra?
Dorothy huyó de sus pensamientos de despedida encontrándose con sus labios,
con el tacto rasposo y húmedo de su lengua inquieta. Se notaba cubierta por el sudor
y empapada en todas sus cavidades, sucia de una manera tan sensual y morbosa que
por un momento olvidó quién era, qué sucedía y dónde estaban. Solo era consciente
de que un placer como aquel no podía ser de ese mundo, y sin embargo, conforme
más se acercaba al orgasmo, más trataba de ahuyentarlo. Incluso miraba a Alban
aterrada por lo que conllevaría terminar. No quería que finalizase nunca. Necesitaba

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aguantar por lo menos hasta el día siguiente: que fueran dioses de verdad y ni el
hambre ni el cansancio pudieran detenerlos. Pero el clímax los arrasó de todos
modos. Vino como un disparo indeseado que en cualquier otra circunstancia les
habría dejado una sonrisa en los labios, pero solo había desesperación en sus rostros,
y fue el lenguaje que intercambiaron al besarse como locos, aferrados igual que si
desearan fundirse en uno solo.
Alban se quedó instalando entre sus piernas, inmóvil. Ella tampoco hizo el menor
movimiento. Permanecieron abrazados, perturbando el silencio solo con sus
respiraciones trémulas. Alban usó una mano para sostenerla por las nalgas y con la
otra la rodeó amorosamente por la cintura. Dorothy se cobijó del mundo gris que la
esperaría al cruzar la puerta escondiendo la nariz en el hueco de su cuello.
No hizo falta decir nada. Tampoco habrían encontrado las palabras.
Cuando pasaron unos cuantos minutos y Dorothy empezó a estremecerse de frío,
Alban la volvió a poner en el suelo y la ayudó a vestirse sumido en un silencio
desolador. Tuvo que aguantar las lágrimas cuando le puso la última aguja en el moño.
Ya a punto de abrir la puerta, se giró con un nudo de congoja en la garganta y
preguntó, tratando de esbozar una sonrisa:
—¿Qué les digo cuando me pregunten cómo he acabado tan despeinada?
Alban, aún desnudo de cintura para arriba y con los hombros hundidos por el
peso de una inmerecida responsabilidad, le sostuvo la mirada.
Sus ojos se habían apagado.
—Diles que tuviste la mala suerte de cruzarte con un hombre que te quería… y
que después de algo así nadie sale ileso.

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Capítulo 23

Los días siguientes, tras el silencioso y triste regreso a Londres, se sucedieron con
una lentitud capaz de desquiciar al más paciente. Dorothy no tardó en comprender
que eso era lo que le esperaba. Que esa era la verdadera vida sin Alban. Tendría que
acostumbrarse a hablar y a escuchar su voz con eco en la caja vacía que era ahora su
pecho; al frío que había decidido instalarse en su corazón. Había hecho un viaje de no
retorno a la desidia de los que no tenían nada que perder, y por ese motivo tampoco
les motivaba pensar en lo que podrían ganar. Después de haber pasado unos primeros
días con la nariz pegada al cristal de la ventana, asistiendo en silencio y con un libro
en el regazo a los cambios de color del cielo, decidió que era hora de citarse con el
coronel Kinsley para despedirse como Dios mandaba. Ni Rachel ni Venetia habían
encontrado el valor para recordarle que era su deber, quizá preocupadas porque en su
estado lo considerase una impertinencia, pero fue notable que ambas se tranquilizaron
cuando tomó la iniciativa.
El coronel Kinsley apareció en el saloncito de mañanas preferido de las Marsden
un lunes a las diez de la mañana, aseado y pulcramente vestido. Se alegró de no
toparse con una mirada acusadora o unos modales ásperos, lo que sin duda habría
merecido. En su lugar pudo compartir un agradable aperitivo con el que habría
parecido un amigo de no haber sido por la cautela con la que la observaba o la ligera
tensión que atisbó en sus movimientos. Sin embargo, la conversación fluyó. Y fluyó
tanto que Dorothy casi olvidó que lo había invitado a casa para presentar dos
disculpas. La formal que le correspondía por educación básica, y la que le nació del
fondo de las entrañas.
—Si pudiera amarle —dijo—, le juro que lo haría.
Con aquella declaración, consiguió que el coronel se relajara por fin y le ofreciera
una sonrisa escasa pero conciliadora.
—Eso no es cierto. Usted es la clase de persona que se equivoca por placer. No la
imagino concibiendo sus sentimientos como algo tan mortificante como para
deshacerse de ellos de tener la oportunidad.
—Quizá tenga razón —reconoció—. Pero eso no significa que en las noches más
duras no haya deseado ser otra mujer… O una mujer con otro corazón.
—Lo importante no es el momento de debilidad que le sobreviene cuando está a
oscuras, lady Dorothy, sino la esperanza con la que enfrenta el nuevo día. Creo que
eso es lo que la define, y también lo que la ha separado siempre de mí.
—¿No me guarda rencor?

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El coronel desvió la mirada al líquido transparente. Se había servido el té con un
par de hojas de menta que flotaban como nenúfares, dándole la excusa perfecta para
distraerse y no tener que enfrentarla.
—No fue agradable —reconoció con tiento—, pero a la vez supuso un alivio.
Jamás me habría casado con una mujer que hubiera amado a otro. —Sonrió con
humor—. Creo que ya habría tenido suficiente con el martirio de ser mi esposa.
—Mi querido coronel —susurró ella, colocando una mano sobre la suya—, pese a
todo, la mujer que le tenga entre sus brazos será dichosa. Dígame que podré
conservar su amistad.
—Naturalmente. —Su sonrisa adquirió un aire melancólico—. Aunque preferiría
que evitáramos coincidir en los próximos días. Aún necesito tiempo para digerir lo
que he perdido.
Esa misma tarde, y en la salita al fondo del pasillo, Rachel había comenzado las
clases de modales dirigidas a John Allen. La expresión del hombre al acceder a la
casa por la puerta principal y no por las traseras como estaba estimado para el
servicio fue del todo enternecedora. Había sido también muy llamativo que se
quedara en medio del recibidor, mirándolo todo como si fuera la primera vez que
entraba en una vivienda de esas características; tan nervioso pero convencido a la vez
de estar a la altura de su nuevo rango que disimulaba apretando el sombrero de fieltro
con los nudillos blancos. Dorothy se había apiadado de él enseguida, y no solo
porque a pesar de sus hechuras de Goliat y su desproporcionada altura le resultara
cómico que se dejara intimidar por la idea de ser instruido por Rachel: también por la
amistosa relación que aún mantenía con Alban. Estar cerca de John era un
recordatorio de lo perdido, pero también de que las experiencias vividas no habían
sido un sueño.
Dorothy solía estar presente durante las lecciones. Sabía que al señor Allen le
avergonzaba que hubiera alguien mirando, por lo que procuraba no dirigir más que
miradas furtivas cuando él estaba demasiado concentrado en las explicaciones de
Rachel. Se alegraba de que aquel acuerdo hubiera tenido lugar, y no por los
beneficios que le reportaría al señor Allen, que de todos modos eran infinitos y de un
incalculable valor. Rachel parecía brillar cada vez que se reunía con el señor Allen.
Dorothy aún no acertaba a descubrir si lo que encontraba estimulante era sentirse útil
o la compañía del agradable y divertido John.
En general, Rachel era expresiva de un modo que, más que sumarle como virtud,
se presentaba como un defecto que le jugaba en contra. Si Dorothy no lograba
hacerse una idea clara de la naturaleza de sus sentimientos debía ser porque se estaba
ocupando de enmascararla, lo que era ya de por sí bastante elocuente. Lo que estaba
claro era que, por mucho que ambos habían intentado ceñirse a sus papeles y no
cruzar los límites de la cortesía, no pasó mucho tiempo hasta que Rachel empezó a
interesarse en sus negocios y sus amistades. Un interés recíproco.

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A cualquier mujer con el corazón roto le habría afectado estar presente durante las
reuniones de la que parecía una pareja en ciernes. Y, en cierto modo, ser testigo de la
comodidad con la que conversaban y de que no apartaban los ojos del otro la había
desesperado. Pero jamás había visto a Rachel tan feliz, y aunque el señor Allen era
algo más escueto en palabras —en su prudencia le recordaba a Alban—, sus ojos se
llenaban de una emotiva calidez cuando los posaba sobre ella. Lo sabía porque a
Dorothy le costaba apartar la mirada de él, tan intrigada como estaba tratando de
deducir si el señor John Allen sabría en qué consistía la deuda de honor de Alban. Si
sabría cuál era ese imperdonable delito cometido que los separaba.
La mayor parte de las veces se obligaba a dejarlo estar e intentaba concentrarse en
la lectura, el bordado o la actividad que estuviera desempeñando mientras Rachel
daba sus lecciones. Pero en otras ocasiones, la curiosidad se transformaba en un
sentimiento mucho más penetrante que la impelía a interrumpir y avasallarlo con
preguntas. Y todos los días, sin excepción, tenía que aferrarse a los reposabrazos del
sillón y luchar por serenarse para no perseguirlo por el pasillo y detenerlo antes de
marcharse para plantear su dilema. Si podía resistirse era porque estaba segura de que
saberlo no supondría ninguna diferencia: tanto Alban como ella seguirían estancados
de por vida en su lamentable situación… y porque basándose en el afecto que Allen
siempre le había profesado a su ayudante, sospechaba que de haber existido alguna
manera de convencer a O’Hara de perdonar dicha deuda, él ya lo habría intentado.
No obstante, después de una noche de jueves plagada de pesadillas y una mañana
de viernes desagradable por el reconocimiento semanal del doctor Martin, Dorothy
decidió que saldría de dudas en cuanto concluyera la clase de protocolo.
—¿De qué trata la lección de hoy? —inquirió nada más acomodarse en el
silloncito junto a la mesa de café.
—Bueno, señor Allen. —Rachel estiró la espalda—. Hasta ahora hemos estado
abordando los aspectos más generales que atañen al caballero: cómo ha de sentarse,
comer, dar la mano, conversar, y todo lo relativo a tratamientos de cortesía. Pero hay
muchas otras maneras de abrirle las puertas a grandes salones y que no están
relacionadas de manera estricta con la manera en que un hombre se comporta con su
prójimo.
—Sé que también ayuda que te respalde un linaje que se remonte a los tiempos de
Guillermo El Conquistador, pero ni siquiera usted podría obrar el milagro de teñirme
la sangre de azul. Y no es que ponga en duda sus capacidades —agregó, mirándola
con simpatía.
Rachel sonrió, y casi por contagio, Dorothy lo hizo a su vez.
—Esa alusión a Guillermo El Conquistador ha sido muy acertada, se nota que ha
estado leyendo los libros de historia que le recomendé —apuntó con orgullo—. Es
cierto lo que menciona, y esta otra vía de la que hablo está muy relacionada con ello.
»Verá, señor Allen. Ya no es necesario ser un aristócrata para adquirir la fama de
uno. La única manera de gozar de los privilegios de la sangre azul no es haber nacido

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con ella, sino contar con un pariente que la posea.
—Malas noticias, lady Rachel. Toda mi familia era humilde.
—No se preocupe. Lo que quiero decir es que, en estos últimos tiempos, se ha
puesto muy de moda que los hombres con dinero se casen con damas de alta alcurnia.
Y es menester que aprenda usted a relacionarse con las mujeres de clase para aspirar
a la boda con alguna.
Observó que la animada expresión del señor Allen era paulatinamente sustituida
por una solemne.
—Comprendo —dijo, impasible—. Con respecto a eso existe un pequeño
problema, y es que yo no me casaré jamás.
Dorothy dejó de bordar y se concentró en él con el corazón martilleándole en el
pecho. Se preguntó si, al igual que Alban, él también se encontraba entre la espada y
la pared por haber hecho entrega de su libertad al señor O’Hara. Su comentario no
pareció despertar la misma curiosidad en Rachel, que soltó una carcajada.
—No creo que tuviera la vergüenza de decir eso con semejante seguridad si le
dijera a cuántos miembros de esta familia he oído jurar y perjurar tal cosa… para
luego acabar perdidamente enamorados de su pariente —concluyó, sonriente—.
Empezando por el testarudo de mi cuñado, el conde de Clarence, y terminando por la
revoltosa Florence. Creo que, a excepción de la santa de Audelina, ni una sola de mis
hermanas ha visto el matrimonio con buenos ojos.
—Le aseguro que yo soy la excepción.
—Y yo le aseguro que algún día tendrá que tragarse sus palabras, señor Allen —
repuso, convencida—. Pero incluso si no lo hace, es mi deber enseñarle cómo habría
de cortejar a una dama. Forma parte de los numerosos puntos de mi lista de lecciones,
y es uno muy importante.
El señor Allen se reacomodó en el sillón con una media sonrisa socarrona.
—Que conste que accedo solo porque siento curiosidad, y porque esta es su casa,
pero puedo prometerle que será una pérdida de tiempo porque jamás tendré la
oportunidad de poner en práctica sus lecciones.
—Eso dice ahora, señor Allen, y lo comprendo. No he conocido jamás a un
hombre que se planteara casarse antes de alcanzar la edad de treinta años. Pero algún
día se acordará de mí, y ese día… —continuó— me gustaría que viniera a verme para
confirmarme lo equivocado que estaba.
John se echó a reír.
—No le gusta a usted perder mucho más de lo que le gusta a lord Clarence o al
resto de sus hermanas, ¿verdad? Y disfruta igual de salirse con la suya.
—A las Marsden nos encanta salirnos con la nuestra, señor Allen. Es lo que nos
caracteriza.
—Muy bien. —John apoyó los codos sobre los muslos, mostrando un renovado
interés. La miró directamente a los ojos—. Cuénteme qué he de hacer para conquistar
a una dama. Y sea muy minuciosa en sus indicaciones, por favor, porque si es verdad

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que tarde o temprano llevaré sus consejos a la práctica, quiero lucirme como el que
más.
Dorothy se percató de que Rachel se ruborizaba y le temblaban un poco los dedos
al alisar el papel en el que había hecho sus anotaciones.
—B-bueno, pues… podríamos empezar con unos ejemplos de cartas. Es
obligatorio que sepa qué puede escribirle y qué no a la dama de su elección cuando
ella le diera permiso para intercambiar correspondencia… —Al intentar ordenar los
sobres que había traído consigo, un par se cayeron sobre la alfombra—. Dios santo,
qué torpe soy…
El señor Allen enseguida se ofreció a ayudarla.
Dorothy asistía a la escena intentando ahogar una sonrisa y, a la vez, dándole
vueltas obsesivamente a la cuestión de que Allen fuera reacio al matrimonio. Tuvo
que mantener a raya la curiosidad hasta que el reloj marcó las cinco. John rechazó
con amabilidad la invitación de Rachel a quedarse para la cena, alegando que aún le
esperaba un rato de trabajo en la finca de O’Hara.
—¿Sabe usted dónde se ha metido? —le preguntó Dorothy, aprovechando que
había salido a colación—. He ido a visitarlo en un par de ocasiones y no estaba en su
casa.
Allen se encogió de hombros.
—O’Hara desaparece de manera misteriosa por temporadas, milady.
—Puede que para nosotras sí que se plantee como un enigma, pero apuesto todo
lo que tengo a que para usted no es ningún misterio.
Su respuesta fue pronunciada en un tono tan cortés como implacable. El señor
Allen no tardó en percatarse de cuál era su propósito, y ralentizó la marcha que había
emprendido hacia el recibidor.
—Hace tiempo desde que no sigo de cerca los pasos del señor O’Hara. Como ya
sabrá, dejé de trabajar para él hace unos cuantos meses —respondió con prudencia—.
Pero imagino que debe estar fuera de la provincia. St. Leger Stakes cierra los cinco
clásicos británicos en septiembre y es mucho lo que requiere organización previa.
Dorothy lo adelantó de un par de pasos rápidos para frenarlo en medio del pasillo.
Ignoró el respingo que dio cuando le plantó una mano en el pecho.
—Pero hubo un tiempo en el que era la sombra del señor O’Hara, ¿no es cierto?
Hubo un tiempo en el que lo conocía muy bien —dedujo—. Señor Allen, llevo unos
días esperando a que O’Hara aparezca para hablar con él y no me veo capaz de
sobrevivir a la espera. Si usted sabe algo, necesito que me lo diga.
John permaneció impávido en medio del amplio corredor. Solo se movió para
mirar a un lado y a otro. No tuvo que especificar a qué se refería: él lo entendió a la
perfección.
—No me corresponde a mí hablar de los negocios o los tratos del señor O’Hara.
De hecho, sería muy estúpido y temerario por mi parte. No le gustan los bocazas.

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—Pero usted sabe que no quiero hablar del señor O’Hara, sino de lo que tiene
contra Alban. —Vio que John intentaba rodearla y volvió a bloquearle el paso—.
Señor Allen, por favor. Necesito que me diga qué es lo que me separa de él.
—Si no se lo dijo el muchacho, ¿por qué habría de hacerlo yo, milady? —
Dorothy solo lo miró, rogándole en silencio. Estaba cerca de claudicar—. De
cualquier modo, el pasillo no es lugar para discutir un asunto de esa gravedad.
—Eso tiene fácil solución. Acompáñeme al salón.
—Milady…
—Se lo ruego.
Observó que John se enfrentaba a un difícil dilema. No debían darle verdadero
miedo las consecuencias, como tampoco la ira de un Alban guiado por el sentimiento
de traición, porque se rindió con un suspiro apenas audible.
Dorothy no esperó a que asintiera y lo condujo a la salita azul.
Ni siquiera se molestó en disimular su impaciencia.
—Cuando usted quiera —le dijo.
John se humedeció los labios, pensativo. Dudó antes de sentarse frente a ella en el
borde del sillón, como si estuviera preparado para salir corriendo en cualquier
momento.
—No tema por O’Hara. No se lo diré a nadie —juró.
—Eso no es lo que me preocupa. Tal vez esto me haga un inconsciente, pero
O’Hara no me da ningún miedo. —Entrelazó los dedos y se los miró—. Sé por qué
odia a Alban y aun así lo mantiene bajo su ala, y puedo hacerme una idea de cuál es
la penitencia que le impuso, pero no lo juraría.
—Tiene que ver con la baronesa Richmond.
Sus ojos azules relampaguearon de ira.
—Sé que lo obliga a encontrarse con ella porque milady se encaprichó de él. La
baronesa no está al tanto de esto, pero O’Hara se percató de que solo visitaba el
criadero con su marido para tentar a Alban y le obligó a ceder y mantener su interés
por el bien del negocio. Los Richmond le dan una buena propaganda.
Dorothy tragó saliva.
—¿Y por qué accedería a algo así?
John se revolvió, inquieto.
—Alban le habrá contado que consiguió un trabajo en el criadero de O’Hara por
recomendación mía. —Esperó a que Dorothy asintiera, tensa, para continuar—. En
aquella época… Alban no estaba exactamente desquiciado; eso hubiera significado
que albergara alguna emoción, y parecía un cascarón vacío. Pero yo sabía que tarde o
temprano esa pena suya afloraría como algo diferente. Rabia en el mejor de los casos.
Por eso, cuando el doctor Curtis apareció con la intención de domar a su caballo para
participar en las carreras, intenté por todos los medios alejarlo de Alban. Protegerlo
de la verdad.
Dorothy se quedó helada.

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—¿El doctor Curtis? ¿El que me…?
—Los rumores sobre su salud eran imprecisos. Ni yo mismo sabía muy bien qué
había sido de usted… hasta que el señor O’Hara hizo un comentario muy ambiguo
una noche en la que celebrábamos las ganancias. Estaba borracho, porque de lo
contrario nunca se habría atrevido a hablar de un asunto que no le concernía, cuando
dijo que «Curtis había sido el culpable del final de Dorothy Marsden». Alban lo
escuchó, y cuando yo confirmé que el rumor era cierto gracias a algunas fuentes…
—El doctor Curtis falleció hace dos años. —Se oyó decir Dorothy, con la mirada
perdida.
—Murió en un accidente de caballo durante las carreras —confirmó Allen, lívido
—, pero no tuvo nada de casual. Alban se encargó de que se subiera a lomos de un
caballo que no estaba preparado. Sabe cómo calmarlos y sabe también cómo
encabritarlos. El animal estaba fuera de sí cuando sonó el pistoletazo de salida. Curtis
no avanzó ni medio kilómetro antes de que perdiera del todo la cabeza y lo lanzara al
suelo. Se le partió el cuello en el acto.
Dorothy enfocó la vista en el rostro preocupado del señor Allen. No se dio cuenta
de que estaba agarrando los volantes de su vestido con tanta fuerza que podría
haberse abierto heridas en las palmas.
—Pero incluso si Alban… incluso si… —Cerró los ojos—. Jamás oí a nadie decir
que un mozo tuviera la culpa de la muerte de Curtis. Quizá fuera porque no estaba
aquí, pero si eso hubiera sido así, me lo habría dicho mi familia nada más regresar.
John no estaba menos desolado que ella.
—Nadie podría haberlo señalado. Los jinetes se caen de sus monturas a diario, y
no era el primer caballo aparentemente poseído que se veía en el hipódromo. —Bajó
la voz—. Pero el señor O’Hara no es ningún estúpido. Quizá no supiera qué había
motivado a Alban a hacer algo así. Sabe Dios que ni yo mismo lo habría visto capaz
de cometer una locura semejante. Pero sabía que era el responsable de que un jinete
que entrenaba en su finca se hubiera malogrado, y O’Hara no tolera que nadie le dé
mala reputación a su negocio.
—¿Qué diablos puede importarle ese negocio? —espetó Dorothy, perdiendo los
papeles. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos—. ¡Todo el mundo sabe que es
una maldita tapadera!
El señor Allen esperó en silencio y con paciencia a que ella recobrase la
compostura. Dorothy se secó los regueros húmedos con el dorso de la mano, tan
furiosa que empezó a notar unos pinchazos en el cráneo, como si se le estuvieran
clavando las agujas del recogido.
—Sabía que debía ser grave —musitó, acongojada—. Pero nunca pensé que… No
tanto.
—Sería la palabra de Alban contra la de O’Hara. Y puede que O’Hara sea
despreciado en las altas esferas, pero a la policía la tiene comprada para llevar a cabo
sus chanchullos con comodidad… y no le tomaría ni un segundo vengarse de Alban.

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Dorothy se mordió el labio con fuerza, pero contener el llanto solo sirvió para que
el nudo en la garganta se le hiciera tan grande que de pronto no pudo ni respirar.
Asustada por lo que pudiera derivar de ello, dejó ir todo el aire y con ello unas
lágrimas que le pesaron tanto que tuvo que enterrar el rostro entre las manos.
Le pareció que el señor Allen vacilaba, dividido entre quedarse donde estaba,
como le habría correspondido siendo un sirviente, y estirar un brazo para consolarla.
Al final le ganó la caballerosidad: sacó un pañuelo del interior del elegante chaqué y
se lo ofreció. El suave contacto de su palma callosa sirvió para reconfortarla.
Dorothy emitió una especie de risa ahogada.
—Señor Allen, usted no necesita que le aleccionen para convertirse en un hombre
de provecho. Ya es más caballero que muchos con los que me he tropezado.
El hombre, tan grande e intimidante como a veces era, se ruborizó con el
cumplido y agachó la cabeza.
—Pero no haga eso. No esconda la mirada. Solo lo haría un criado, y usted ya no
lo es. —Medio sonrió—. Usted podría ser incluso un amigo. Gracias por sacarme de
dudas, aunque con ello haya hundido mi última ilusión. Claramente este es un
impedimento insalvable.
El señor Allen la miraba con compasión y también entendimiento. Tampoco debía
haber sido un buen trago para el hombre que había madurado al mismo tiempo que
Alban crecía, consolidándose como hermanos de distinta madre.
Volvió a vérselas en una encrucijada antes de decidirse a hablar.
—No deje de quererlo por esto. Fue un acto impulsivo. Él ni siquiera recuerda lo
que pasó.
—Pero usted sí, ¿verdad?
Movió la cabeza de forma imperceptible.
—Se le metió el demonio dentro. Nunca había creído en esos cuentos para asustar
a los niños, pero juraría que algo oscuro se adueñó de él.
Dorothy no lo dudaba.
—Jamás dejaría de quererlo. Y menos por esto, señor Allen. Pero no se me ocurre
manera alguna de solucionarlo.
—Como aspirante a amigo suyo —empezó, con tiento—, creo que es mi deber
decirle que ha llegado el momento de que abandone toda esperanza. Alban es un buen
muchacho; muy buen muchacho, sin importar lo que hiciera cuando la locura le ganó
terreno. Ya ha pagado su penitencia por ello. Pero no es bueno para su salud, milady,
del mismo modo que usted le beneficia más bien poco. Intenté advertirle en su día e
hizo caso omiso, y mire ahora a dónde nos ha llevado su testarudez.
—No era solo su testarudez, señor Allen, y usted lo sabe. La mía también tenía
mucho que hacer. Pero sí, estoy de acuerdo. —Terminó de limpiarse las comisuras de
los ojos y le entregó de vuelta el pañuelo. Él negó con la cabeza.
—Quédeselo, por favor. —Hizo una pausa—. Y lo siento, milady.

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—Usted no tiene ninguna culpa. No podría haberlo protegido de una verdad a
voces como lo era que aquel matasanos del tres al cuarto no sabía defender la
profesión.
—¿Y tiene cura? —se atrevió a preguntar con voz extraña, como si supiera que
no era digno de poseer tal información.
—El doctor Martin está haciendo un gran trabajo —reconoció—. Puede que
dentro de unos años me esté permitido cabalgar, jugar al críquet y hacer otras tantas
actividades. Por tiempo limitado, por supuesto, pero por lo menos dejaré de ser una
carga.
—Estoy seguro de que esa es una percepción errónea, y su familia, dentro de lo
que cabe, se alegra de poder cuidar de usted.
No lo rebatió. Dejó que corriera un silencio agradable en el que ella trató de
relajarse. Sorprendentemente no le costó. Ahora ya lo sabía: sabía que Alban no
exageraba al insistir en que, sin importar qué rumbo tomase, chocaría con un muro de
piedra.
Solo entonces, y por primera vez en sus veintiún años de vida, Dorothy
comprendió que luchar no serviría para nada.
Se rindió.
Y rendirse no fue tan doloroso como ella habría imaginado. En su caso, la llenó
de impotencia tanto como la hizo cómplice de un alivio necesario para volver a
respirar. Tuvo la impresión de que por fin podía destensar el cuerpo después de casi
una década al límite de sus posibilidades físicas. No le extrañaba estar enferma; más
la sorprendía no haber caído víctima de algo infinitamente peor tras una vida entera
envenenándose con un amor prohibido.
Pero a la vez que se libraba de esa imperiosa y mortal necesidad por estar con él,
alentada por nadie más que ella misma, un vacío tenebroso iba apoderándose de ella;
de su pena, sí, pero también de sus recuerdos.
Dorothy se levantó sin entender muy bien cómo se tenía sobre los pies. No tuvo
que darle órdenes a sus piernas, ni tampoco fue del todo dueña de su cuerpo al rodear
la mesilla para acompañar al preocupado señor Allen a la salida.
Se vio de lejos como si fuera otra persona.
Se vio y no se reconoció.
Frenó delante de la puerta de entrada y le dedicó una sonrisa llorosa.
—Gracias por haberle cuidado todos estos años, señor Allen.
John le hizo una reverencia sin apenas agacharse, y desapareció.

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Capítulo 24

—¿Qué has estado hablando con el señor Allen en la salita?


Dorothy no se movió al oír la voz de su hermana. Le parecía estar a veinte metros
bajo la superficie del mar, con todos los sentidos embotados, el cuerpo pesado como
un ancla y los pulmones encharcados. El frío le provocaba pequeños escalofríos que
una Rachel preocupada se apresuró a sofocar salvando la distancia que las separaba.
Al notar el abrazo familiar de su hermana mayor estuvo a punto de sucumbir de
nuevo a las lágrimas.
—Dios santo, Dorothy, estás helada y… ¿Has estado llorando? —Parpadeó,
perpleja, al mirarla a la cara—. ¿El señor Allen se ha propasado contigo, o te ha dicho
algo fuera de lugar? ¿Te ha insultado?
—Por supuesto que no, Rach. —La apartó con cuidado y se dirigió al fondo del
pasillo, a la sala donde había estado impartiendo su sabiduría—. Parece mentira que
lo conozcas. El señor Allen jamás sería capaz de algo así.
—Es cierto, pero… Dorothy… —Escuchó los pasos precipitados de Rachel y el
frufrú de la falda de encajes al perseguirla—. ¿Acaso te ha… dado una mala noticia
sobre Alban?
Dorothy se detuvo justo al llegar al umbral de la puerta. Apoyó las dos manos en
el marco de madera maciza, y no se giró hasta que estuvo segura de que podría tolerar
la mirada compasiva de Rachel. Pese a todo, su determinación a mantener la
compostura se tambaleó cuando enfrentó sus ojos de gacela.
—Se acabó, Rach. Ya no más Alban.
Ella arrugó el ceño en señal de confusión.
—¿Se acabó? ¿Por qué? Creía que Venetia había dado su visto bueno, y que ahora
que el coronel…
—Alban no puede estar conmigo. Está endeudado para siempre con el señor
O’Hara, y si osara desobedecer… —Decidió callarse. Miró a su hermana con los ojos
cuajados de lágrimas y una sonrisa tan volátil que podría habérsela llevado el viento
—. No importa.
—¿Qué? ¡Por supuesto que importa, Dorothy! ¿Qué tiene que ver el señor O’Hara
aquí?
—Todo. Si tuviera fuerzas para encararlo… Si me quedaran… —Dorothy se dejó
caer sobre el diván. Las manos le temblaban al sujetarse la cabeza—. No puedo más,
Rachel. Siento que me desvaneceré de un momento a otro. Mi voluntad no es tan
firme, yo no soy invencible y mis sentimientos no pueden con cualquier adversidad.
Nada es como había imaginado…

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Rachel se apresuró a arrodillarse frente a ella y apartarle las manos de la cara.
—No digas esas cosas, Dorothy. Alban te adora y tú lo adoras a él. Los
impedimentos han ido desdibujándose uno a uno hasta dejar de existir, y…
—Rachel —interrumpió, mirándola a los ojos. Se fijó en que su hermana estaba
igualmente sobrepasada por las emociones que le había contagiado—. Se acabó. Le
prometí a Alban que no me acercaría a O’Hara, y ni siquiera si lo hiciese podría
asegurarme de que obtendría lo que quiero.
—Pero ¿qué significa que O’Hara esté en medio?
—Significa que me voy al campo —anunció—. El doctor Martin ha insistido en
que será beneficioso para mi salud. Pero no puedo volver a Beltown Manor; está
lleno de recuerdos. Me marcharé a algún balneario de Bath, o a una propiedad costera
de las que posee Arian. Allí, con suerte, ganaré algo de paz… y encontraré la manera
de reconducir mi vida.
—¿Sola? Voy contigo.
—No. Iba a escribirle a Sissy que me acompañara, aprovechando que ella
también necesita descanso después de haber traído al mundo al segundo varón.
Además: sabe mucho de medicina. Quizá ella obre el milagro.
—Dorothy…
—Ya he decidido cuál será mi objetivo vital: curarme.
—Y eso es estupendo, pero… —Contuvo el aliento—. ¿Existe alguna manera de
disuadirte? ¿Qué puedo hacer yo para que no te rindas?
—¿Por qué intentarías convencerme de rendirme? Siempre has dejado muy clara
tu postura. Alban no es un hombre para mí; no sería un buen marido. —Clavó la vista
al frente, abrumada—. Ya nunca lo sabré.
No quiso quedarse a ver cómo su hermana hacía pucheros.
—Iré a decirle a la doncella que me ayude con los baúles y avisaré a Venetia de
cuáles son mis intenciones —dijo, atravesando el pasillo con rapidez. Rachel le
pisaba los talones—. Estará de acuerdo conmigo.
—Es todo muy precipitado, Dorothy…
—¿Y qué otra cosa puedo hacer? —sollozó ella, ya al pie de la escalera.
—Quédate. Tal vez conozcas a alguien…
Dorothy la acalló levantando una mano.
—Sabe Dios que nunca he querido hablar de esto; que prefiero llevar el dolor en
silencio para no contagiar de tristeza al resto, pero no volveré a arriesgarme a perder
a alguien nunca más. Tuve suficiente con que nuestra madre nos abandonara, y aun
así vi cómo mi padre enfermaba de pena y el viejo lord Clarence nos dejaba de
repente.
»No sé por qué pensé que con Alban sería diferente. A lo mejor por eso me
esforzaba tanto por incluirlo en mi vida, por eso no pensaba resignarme. Porque por
una vez, parte de la responsabilidad estaba en mis manos y no iba a decepcionarme
como hicieron los demás. Pero a la vista queda que he nacido para perder. Siempre.

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—Eso no es verdad —balbuceó Rachel con un hilo de voz, inmóvil frente a ella.
Dorothy se obligó a subir un peldaño. Le costó localizarlo a través de las lágrimas.
—Rachel… Intentar convencerte de que algo no es verdad no va a eliminar el
hecho de que lo sea. Intenta recordar esto mientras esté lejos, ¿de acuerdo? Creo que
le será útil a una mente retorcida y con un maravilloso poder para convencerse como
la tuya.
—No soy retorcida… —Dorothy arqueó una ceja, a lo que Rachel tuvo que
suspirar—. Muy bien, puede que lo sea. Pero antes que eso soy tu hermana, y pienso
acompañarte a donde sea.
Dorothy apoyó un momento la mano en la pared, como si no se viera capaz ni de
estar de pie.
—Este lugar al que me dirijo ahora es demasiado oscuro para ti, Rach. Créeme:
me harás un gran favor si te quedas donde estás.

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Capítulo 25

Hacía una semana desde que Dorothy se había marchado a Bath, y Rachel estaba
inquieta. No solo eso, sino que se sentía culpable.
Había insistido hasta la saciedad en que lo mejor sería que la acompañara a las
termas, pero Dorothy zanjó la discusión con un simple: «¿Acaso crees que Sissy es
incapaz de cuidar de mí?». Naturalmente, Rachel no se atrevió a negarlo. Su hermana
Frances, Sissy para sus seres queridos, había tenido dos hijos y, a juzgar por la
felicidad de los pequeños consentidos, quedaba claro que podía lidiar con una cuota
de responsabilidad de vez en cuando… lo que no dejaba de ser sorprendente teniendo
en cuenta qué clase de torbellino había sido no ya en la infancia, sino durante su
soltería. Si le hubieran preguntado a Rachel hacía años si imaginaba a Sissy a cargo
de otro ser humano, habría prorrumpido en carcajadas por la audacia del chiste. Pero
la vida, esa diosa caprichosa que hacía y deshacía a su antojo, impetuosa y con un
gran talento para sorprender a sus admiradores, se había encargado de madurar los
aspectos más ingenuos y ásperos. No solo de Sissy; de todas sus hermanas también.
Y, afortunadamente, había sido para darles un final feliz.
Excepto a Dorothy.
A la pequeña, dulce y luchadora Dorothy.
Rachel estaba tan acostumbrada a asumir los problemas y derrotas del resto que
no dejaba de flagelarse por haber permitido que la benjamina se rindiera. Se había
preguntado cada día desde su marcha si no debería haber intervenido. Si no habría
podido hacer… algo.
Pero ¿qué podía hacer? ¿Ir en busca de Alban? Rachel no creía en el destino, pero
si el mundo no cesaba en su empeño de separar a los amantes, quizá se debiera a que
no habían nacido para estar juntos.
Salvo porque sí que habían nacido para ello. Rachel no contaba con otra certeza
más poderosa que esa. No había visto un amor tan desesperado como el que se
profesaban. En los ratos que había tenido la fortuna de compartir con la pareja, había
sentido que ese amor era tan inmenso que podía arroparla incluso a ella; que podría
desbordarse hasta por superficies sin zona límite como lo era la misma tierra.
Rachel había descubierto, gracias a Alban y a Dorothy, que escondía un anhelo
imposible en el alma. Uno que iba más allá de los modales o la curiosidad por lo
concupiscente. Rachel llevaba toda la vida creyendo que deseaba ser amada aun sin
saber lo que eso significaba. Ahora lo sabía gracias a ellos. Ver a Alban con una rosa
blanca en la mano o tendiéndose en silencio junto a la convaleciente Dorothy le había
descubierto esas sutilezas tan íntimas del amor que ella pensó que solo existirían en

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los cuentos. Rachel se sonrojaba solo de pensar en los dos juntos, en la desgarradora
pasión con la que se admiraban de lejos.
No podía permitir que todo acabara de ese modo. No podía permitir que tuviera
fin. Por eso, después de unos días martirizándose por la humillación que supondría
arrastrarse ante él, había decidido tomar cartas en el asunto.
Si era verdad que el señor O’Hara era el culpable de todo, entonces iría hasta él y
confiaría en que contaba con un lado bondadoso que le concedería su petición.
Por desgracia, tuvo que retrasarse un tiempo más porque parecía que la tierra se lo
había tragado. Rachel pasó una semana entera mirando por la ventana, esperando
verlo aparecer para abordarlo antes de que llegara a la puerta de su casa… Pero no
aparecía, y Rachel comenzó a desesperarse.
Gracias al cielo, durante una de sus clases de protocolo, el señor Allen comentó
que le preocupaba la salud de O’Hara, puesto que había regresado paliducho y no
abandonaba sus oficinas ni siquiera para ir a dormir.
Rachel tuvo que contenerse para no cortar la lección e ir directamente a su
despacho en el corazón del East End, el gemelo malo de los distritos londinenses.
Estuvo nerviosa durante la clase, y una vez hubo despedido al señor Allen y
esquivado la intención de Venetia de tomar el té con ella, subió corriendo las
escaleras para prepararse.
Entonces dudó. Y volvió a dudar cuando, ya vestida, estuvo a punto de cruzar la
puerta. Dudó antes de dar la dirección al cochero. Dudó antes de pisar la calle
después de que el lacayo abriese la portezuela para ella.
Rachel no tenía ni idea de qué era lo que O’Hara tenía contra Alban. Le costaba
concebir un solo pecado que aquel muchacho pudiera haber cometido, y se le
planteaba de una hipocresía bochornosa que un hombre como O’Hara se atreviera a
juzgar a alguien cuando muy probablemente hubiera cometido delitos peores. Y, sin
embargo, lo que la alteraba no era su falta de conocimiento a la hora de tratar un
asunto que en realidad no le concernía del todo. Era la idea de ir por O’Hara.
Propiciar un encuentro. Tener que coincidir con él por voluntad propia.
Se convenció de que era necesario hacer un sacrificio, y de que su valentía sería
recompensada con la felicidad de su hermana. Rachel no era de naturaleza optimista,
pero se pasó todo el viaje mascullando en voz baja que lo conseguiría, que bastaba
con un poco de confianza en sí misma…
Llegó al misterioso despacho de Tower Hamlets alrededor de las cinco y media.
Hacer una visita a esas horas era descortés, y que hubiera aparecido sin carabina
podría haberla comprometido si no fuese una mujer de treinta años con un empleo
decente.
Quizá esa fuera la primera vez en su vida que daba gracias de corazón por ser una
solterona.
Rachel echó un vistazo temeroso alrededor. A simple vista no parecía un sitio
peligroso, a pesar de ubicarse tan cerca de uno de los pocos hospitales psiquiátricos

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de la capital y el centro del East End. Rachel inspiró hondo y subió las escaleritas del
edificio, uno de piedra roja con una discreta puerta de madera maciza que custodiaba
una mujer fumando con elegancia de una larguísima pipa.
—¿Quién es usted? —preguntó la desconocida, con un marcado acento exótico
—. ¿Qué quiere?
—Vengo a ver al señor O’Hara.
La señora, que no debía tener más de treinta y cinco años, la recorrió de arriba
abajo con una mirada llena de desconfianza.
—¿De parte de quién?
—Alban Beauchamp. —Se oyó decir con seguridad.
Le sorprendió que no hiciera más preguntas. Arrebujada en su enorme bufanda de
pelo de zorro, abrió la puerta para ella y la condujo por un amplio pasillo decorado
con cuadros peculiares. No eran en realidad cuadros, sino grabados a lápiz
enmarcados. Eso le llamó la atención, al igual que el leve olor a tabaco que tanto le
gustaba percibir en la chaqueta de su padre cuando lo abrazaba.
Quiso abrazarse a sí misma para transmitirse fuerza, pues estaba tan nerviosa que
no le extrañaría doblarse un tobillo al seguirla en un laberinto de puertas que no atinó
a memorizar. Solo se fijó en que pasaba por delante de lo que parecía un salón
recreativo, donde unos jóvenes reían a carcajadas.
¿Qué se hacía allí, que parecía tan divertido?
—Ese es su despacho. —Le señaló una puerta azul. La pintura estaba
desconchada, y por la ranura inferior se filtraba una voz masculina que ella conocía
muy bien—. Esperaré aquí para devolverla a la salida.
Rachel dio las gracias con una solemnidad aristocrática que la mujer encontró tan
divertida como despertó su recelo.
—¿Cuál es su nombre? —quiso saber, admirándola con los ojos grises entornados
—. No la he visto nunca por aquí.
Vaciló antes de balbucear:
—Rachel.
A la mujer se le desencajó la mandíbula.
—¿Lady Rachel? —repitió con un hilo de voz. Entonces volvió a mirarla de ese
modo tan descortés, para esta vez terminar esbozando una sonrisa maravillada—.
Encantador. Puede entrar sin llamar, milady.
Rachel arrugó el ceño. ¿Sin llamar? Prefirió no replicar y, aferrando el ridículo
con una mano tensa, giró el pomo de la puerta y entró.
Sin lugar a dudas, el despacho era de O’Hara. Se concentraba allí ese olor a
limpio, a café y a especias exóticas que solía advertirla de que acababa de aparecer en
el salón. Estaba a punto de caer el atardecer, y aun así el nublado exterior filtraba una
luz cegadora que hacía visibles las partículas de polvo que flotaban en el aire. Rachel,
todavía sin decir nada, se percató de que todo estaba tan pulcramente ordenado que
nadie diría que un hombre llevaba viviendo allí alrededor de una semana. Lo único

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que lo delataba era la palangana de agua bajo una mesilla de café sobre la que tenía
cinco libros apilados por orden alfabético, y varios utensilios de escritura alineados
por tamaño.
Nunca habría imaginado que el señor O’Hara sería tan organizado.
Estaba de pie de espaldas a ella, con las manos apoyadas en un imponente
escritorio de madera de roble que ocupaba media habitación. Iba en mangas de
camisa, y estas, remangadas sobre el codo.
—¿Por qué has tardado tanto? —bramó, todavía sin mirarla. Observó que se
pasaba una mano por el pelo, nervioso, y pensó en salir huyendo. No parecía que
tuviera un buen día.
Pero Rachel inhaló con calma.
—No sabía que me estuviera esperando.
A través de la fina tela de su camisa descolorida por el tiempo y, tal vez, la
exposición al sol, pudo apreciar que se le tensaban todos los músculos.
O’Hara giró la cabeza con brusquedad. Su cuerpo entero lo hizo un segundo
después. Le pareció que sus ojos, bajo la ira incipiente, le mandaban un mensaje
subliminal.
«No, está claro que no lo sabías».
—¿Qué diablos hace usted aquí? —rugió en su lugar.
Rachel inspiró hondo una vez más para serenarse.
—Quería hablar con…
O’Hara atravesó todo el estudio en apenas dos zancadas y le señaló la puerta.
—Si quiere hablar conmigo, hágame llegar una nota con la hora en la que puedo
pasar a visitarla y espere, no se presente en mis oficinas cuando le apetezca. ¿Dónde
han quedado sus modales aristocráticos?
Le costó no ofenderse con el tono que empleó al referirse a su costosa y
completísima educación, uno de los pocos aspectos que conformaban su carácter del
que estaba verdaderamente orgullosa.
Se recordó que había ido allí con el objetivo de convencerlo de ayudar y procuró
que no se notara su irritación.
—Lleva semanas sin aparecer por casa, señor. Corría el riesgo de no poder
citarme con usted hasta el próximo año… y no podía esperar ni un segundo más.
—Vaya, ¿ahora se percata de mis ausencias? ¿Tan desesperada está por una
estimulante discusión que se pasa el día mirando por la ventana?
Rachel apretó los labios.
—Señor O’Hara, si está de mal humor, yo no tengo la culpa. He venido en son de
paz.
—Y yo le he dicho que se vaya. Este no es lugar para una mujer. Por el amor de
Dios, ¿se puede saber quién le ha dado permiso para pasar?
—He visto a una mujer en la entrada. Ha sido ella misma la que me ha conducido
hasta aquí —se defendió. Con un arrojo impropio de ella, retrocedió hasta la puerta y

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la cerró. Se apoyó en esta para que no se le ocurriese volver a abrirla—. Señor
O’Hara, me ha costado un infierno decidirme a venir. Ahora no pienso marcharme
hasta que me escuche, así que, si quiere largarme, tendrá que pasar por encima de mí.
O’Hara se pasó la mano por los mechones rubios para retirarlos de una cara
torcida por la frustración. No podía saberlo porque no estaba lo suficientemente cerca
—y gracias al cielo—, pero parecía ojeroso, pálido y enfermo.
Rachel sabía que trabajaba hasta la extenuación. Las noches que le era imposible
dormir había escuchado los cascos de su inconfundible montura, señal de que por fin
llegaba a casa. A veces no los oía en toda la noche, y otras, lo veía llegar a través de
la ventana cuando estaba desayunando en el comedor.
Incluso si Rachel no necesitaba sentir simpatía para ponerse en el lugar de los
demás, nunca se le había ocurrido compadecerlo, pero en ese momento lo vio tan
derrotado que se preguntó si le merecería la pena cargar con tantas responsabilidades.
No sabía en qué trabajaba, solo que, si lo hacía hasta bien entrada la noche y era
reacio a comentarlo en presencia de su familia —por no mencionar la odisea que era
acceder a su despacho—, no debía ser nada legal.
—Muy bien. —O’Hara exhaló, y con ello pareció descargar todo su mal humor.
Recuperó esa pose de gallo de corral que tanto detestaba, y el tono irónico que solía
precederle—. Supongo que si se ha tomado la molestia de venir de su casa hasta aquí
es porque tiene algo muy importante que decir. —Apoyó los nudillos en la mesa, a
cada lado de sus caderas apoyadas en el borde—. Tiene dos minutos.
Rachel decidió no andarse con rodeos.
—Sé que usted es quien se interpone entre Alban y mi hermana.
O’Hara arqueó las cejas, no tan sorprendido como curioso, y se acercó a ella con
lentitud. Por instinto, Rachel se alejó rodeándolo muy despacio hasta que él fue quien
estuvo cerca de la puerta y ella quien se aproximaba al escritorio.
—Ah, ¿sí? ¿Cómo es eso posible?
Rachel se obligó a mantener la barbilla alta.
—Alban… Está ligado a usted de algún modo, y sé que la promesa que le hizo le
impide formar una familia con Dorothy.
—Y a Dios damos gracias, ¿no? —tanteó, escrutándola en la distancia con
cautela.
—No, porque resulta que eso es lo que mi hermana más quiere en este mundo.
—Lo que denota una vez más que una mujer enamorada no piensa con claridad.
Alban es un don nadie.
—Lo será para usted. Para ella es el amor de su vida.
—¿Y qué es para usted? No irá a decirme que está dispuesta a aceptar en la
familia a un hombre de clase trabajadora.
—Si mi hermana lo ama, será igual de bienvenido que un duque o un príncipe
ruso —repuso, con la barbilla bien alta.
—Quizá por la familia, pero no por la sociedad.

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—Hace tiempo desde que a las Marsden no nos importa la opinión pública —
resolvió—. Señor, he venido a pedirle que libere a Alban de su responsabilidad y deje
de chantajearlo con ese… secreto que sabe de él.
O’Hara entornó los párpados.
—¿Sabe usted cuál es ese secreto?
—No. Ni tampoco me importa. No es mi asunto.
—Muy bien dicho, lady Rachel: este no es su asunto ni por asomo. Ahora puede
marcharse.
—Por supuesto que la felicidad de mi hermana es mi asunto —replicó, tensa—.
Señor O’Hara, le ruego que… Le ruego que considere esto que le pido. Son dos
personas que se aman y no pueden estar separadas. No es justo que se interponga
entre ellos.
Le pareció que un brillo peligroso surcaba los ojos de O’Hara. Él dejó de
mantenerse a distancia prudencial y cruzó el espacio que los separaba con una
lentitud que la puso alerta.
—Juraría que usted estaría conmigo en mi propósito de alejar a los amantes
clandestinos; que usted sería la primera en condenar esa unión tan poco apropiada.
Rachel enrojeció de vergüenza, tanto la que le suscitó la merecida pulla como la
que le sobrevino al comprobar que O’Hara ni siquiera iba a fingir que no sabía de lo
que estaba hablando. Había imaginado que negaría su acusación de tercero en
discordia, pero parecía orgulloso de su hazaña.
—¿Y usted qué sabe sobre lo que yo condeno?
—Más de lo que usted podría imaginarse. A fin de cuentas, presupongo que si no
quiso un hombre como ese para usted misma, menos aún lo desearía para su hermana.
—¿Qué es lo que está insinuando? —Se ruborizó más—. Yo jamás me he visto en
una relación con un hombre de clase baja… o de clase media.
—A eso me refiero. A que no lo quiso.
—Señor O’Hara, a mí jamás me ha pretendido un hombre como Alban. Y si lo
hubiera hecho… —Sacudió la cabeza—. ¡No he venido a hablar de mí!
—Ah, ¿no? —Se acercó tanto que se le disparó el pulso—. ¿Y qué hay de ese
admirador que le envió una carta? ¿Esa carta que rompió y que ha fingido que no
existió durante años, seguramente por lo vergonzoso que habría sido que la
relacionasen con el emisor?
—¿Qué car…? —Rachel pestañeó al recordar aquella carta que había roto en mil
pedazos y arrojado al fuego después de haber descubierto que una de sus hermanas
pequeñas, Florence, se había estado divirtiendo haciéndose pasar por un admirador.
Se envaró, digna, y espetó—: Ya le dije que Flo me gastó una broma pesada y creí
que esa carta era de…
Arrugó el ceño, repentinamente desorientada.
—¿Cómo sabe usted que la escribió un hombre de clase media? ¿Acaso lo
conoce?

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O’Hara le lanzó una de esas miradas penetrantes que solían hacerle cosquillas en
la piel. Pero hubo una vacilación en su semblante, un brevísimo instante de debilidad
en el que juró que pudo ver cómo las palabras que iba a decir se daban en retirada.
Él apartó la vista, abriendo un abismo de silencio que Rachel se apresuró a
romper balbuceando:
—De acuerdo, tiene usted razón. Reconozco que Alban no era la clase de hombre
que quería para Dorothy, pero es ella quien ha de elegir con quién quiere pasar el
resto de su vida. Además… ya no es un simple mozo. Usted le ha convertido en un
gran domador de caballos, tiene dinero suficiente, y…
—Vaya. —Se le escapó una nota de pesar, aunque logró disfrazarla de ironía a
tiempo—. Así que yo he convertido en alguien decente y respetable al que podría ser
un miembro de su familia. Supongo que eso es lo más cerca que estaré nunca de
ganarme su favor.
O’Hara frenó justo delante de sus narices con una expresión interrogante, como
retándola a negarlo.
Rachel nunca había querido prestarle demasiada atención. Sus constantes burlas
hacia ella lo convertían en una presencia indeseada y en alguien a quien le convenía
evitar por el bien de su estado mental. Pero no pudo apartar la vista cuando cayó en la
cuenta de algunos detalles que había pasado por alto.
Sabía que era un tipo desgreñado y que no perdía órbitas arreglándose frente al
espejo, pero no que tenía un cabello ondulado como las artísticas volutas de la
arquitectura griega. Sabía que era descendiente de gitanos, que tenía un pendiente en
la oreja y que casi nunca llevaba corbata, pero no que su piel canela brillaba como si
tuviera el sol por dentro, ni que en su cuello, largo y viril, destacaba la nuez de Adán
como un reclamo a la masculinidad. Sabía que tenía una sonrisa perezosa y a la vez
burlona que se descompensaba por un lado; una sonrisa que usaba como arma
arrojadiza contra ella y como herramienta para encandilar al resto… pero jamás
habría dicho que sus ojos no contendrían esos mismos matices, como si sus labios
fueran por un lado y su mirada estuviera en otra parte. Sabía sonreír dando la imagen
de estar en el paraíso; sus ojos, en cambio, apuntaban al infierno.
Fueron estos los que le robaron el aliento. Nunca habría imaginado que serían de
un verde tan oscuro que, sin un acercamiento indecoroso, podrían pasar por el
aburrido marrón de los suyos.
Rachel dio un paso atrás, como si poner distancia de nuevo pudiera ayudarla a
olvidar las sutilezas que había descubierto. Como si necesitara que los borraran de su
pensamiento.
—Si quiere ganarse mi favor, escuche mi petición —balbuceó, de pronto
nerviosa. Él casi no pestañeaba. Tenía los párpados entornados y la observaba con
fijeza, incluso con cierta crueldad, pero no podría jurar que esa rabia latente en su
postura estuviese dirigida a ella.
¿A quién, si no? ¿A él?

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—Todo el camino desde Knightsbridge para rogarme que cumpla el deseo de
amor de su hermana. ¿Por qué creyó que haría tal cosa? ¿Por qué pensó que me
importaría lo que tenía que decirme?
—Sé que usted aprecia a Dorothy.
—Lo hago, milady. Por eso no creo que deba conformarse con un vulgar mozo
capaz de los peores crímenes. De cualquier modo, ¿por qué no es Dorothy la que está
aquí, en lugar de usted? —Avanzó el paso que ella había retrocedido—. Es evidente
que pensó que escuchar el ruego de sus labios me ablandaría, o de lo contrario no
habría venido en persona.
Rachel tragó saliva.
Recordó aquel comentario que Dorothy, con la sabiduría que solo una mujer que
había estado al borde de la muerte podría poseer, hizo de forma arbitraria.
«Rach, ¿no se te ha ocurrido nunca que el señor O’Hara pudiera tener algún tipo
de interés en ti?».
Sacudió la cabeza igual que la había sacudido entonces, reacia a tragarse tamaña
tontería.
—Pensé que le conmovería que justamente yo creyera en su generosidad —
musitó.
Él enarcó una ceja.
—¿Mi generosidad?
Rachel se miró las manos entrelazadas.
—Siempre he pensado que usted… que usted tenía un lado oscuro. Un secreto.
Pero he querido confiar en la luz que todo el mundo ve en usted y arriesgarme a
conocerla por mí misma ahora. —Cuadró los hombros—. Quiero averiguar si es
cierto lo que se dice: que es usted bueno con quien le importa y que siempre hace lo
correcto.
—Siempre hago lo correcto para mí. Y por supuesto que tengo un lado oscuro;
soy un hombre de negocios. Nunca doy nada sin esperar algo a cambio.
Rachel pestañeó muy deprisa.
—¿Y qué podría darle yo a cambio de que liberase a Alban?
O’Hara se la quedó mirando con aquel par de insondables ojos verdes.
Verdes.
Rachel todavía no podía creérselo.
—¿Cuánto desea la felicidad de su hermana?
Ella se ofendió.
—Más que nada en este mundo. ¿Cómo puede preguntarme eso?
O’Hara ni se inmutó por el fiero tono de su respuesta. Volvió a ponerse en marcha
y rodeó a Rachel dando un paseo lento.
—¿Qué sería capaz de hacer por la felicidad de su hermana?
—Cualquier cosa —respondió con seguridad, una seguridad que se tambaleó
cuando él se detuvo detrás de ella un segundo antes de retomar la turbadora caminada

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—. ¿Qué está haciendo? Deténgase.
—¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar?
—Hasta los límites del mundo —afirmó.
—¿Y hasta los límites de su consentimiento?
Rachel se quedó clavada en el sitio cuando él volvió a pararse frente a ella.
No se le ocurrió nada que decir.
—¿Quiere que libere a Alban? Muy bien. —Hizo una pausa y la atravesó con una
mirada abrasadora—. Béseme.
Rachel dejó de respirar.
—¿Cómo?
—Haría cualquier cosa, ¿verdad? Béseme. —Dio un paso más—. Sería capaz de
hacerlo todo… Béseme. Estos son los límites de su mundo, a esos a los que no se
atrevería a llegar: lo sé. Así que béseme.
Rachel se quedó sin saliva en la boca. Al intentar tragar, se trabó y solo pudo
humedecerse los labios. En cuanto asimiló lo que le estaba pidiendo, y lo que era más
importante: quién y con qué propósito lo hacía, cerró las manos en dos puños para
tolerar una punzada de dolor.
—No desperdiciaría ni una sola oportunidad para burlarse de mí, ¿verdad? Hasta
de esto se aprovecha para denigrarme.
O’Hara, igual de tenso e inmóvil en medio del silencioso despacho, confirmó:
—Ni una sola.
Rachel apartó la mirada un segundo para que no viera cómo reprimía las
lágrimas.
Siempre había querido pensar que el deseo de O’Hara de avergonzarla nacía del
aburrimiento. Incluso había llegado a la conclusión de que ella misma alimentaba sus
ansias de disgustarla al darle el placer de verla irritada. Pero ahora se daba cuenta de
que iba mucho más allá de un simple juego de niños: que O’Hara era ruin de veras, y
la detestaba. Disfrutaba de su vergüenza. Se entretenía despojándola de toda
dignidad.
—Es usted tan cruel como pensaba.
—Sí que lo soy. ¿No le satisface darse cuenta de que todo este tiempo usted ha
tenido razón, y los demás se han dejado engañar por mi apariencia?
Rachel sacudió la cabeza y se limpió las lágrimas de rabia con rapidez. Ni
siquiera sabía por qué le afectaban tanto las manipulaciones de aquel villano. No era
nadie importante.
—¿Qué pasa? ¿Se echa atrás?
Rachel negó. Por supuesto que no iba a hacerlo, y ni mucho menos cuando la
retaba abiertamente.
Se dio cuenta de que no esperaba que accediera cuando, al dar un paso hacia él,
O’Hara se quedó petrificado. Rachel esperó a que la rechazase, a que anunciara su
cambio de opinión, pero permaneció sumido en un silencio de mudo. Juró que

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O’Hara no estaba respirando cuando se detuvo tan cerca como para verlo con
claridad. Rachel tenía problemas de vista y se negaba a ponerle solución; necesitaba
estar a esa distancia para captar detalles. En esa ocasión vio que había unas pocas
pecas repartidas por su nariz, y que aunque sus pestañas nacían pelirrojas, en la curva
se degradaban a un castaño claro para ser en las puntas tan blancas como las luces del
alba.
Nunca llevaba barba. Quizá fuera lampiño.
El corazón le latía muy deprisa cuando apretó las manos contra su pecho y separó
los labios.
Un beso. Un beso por Dorothy y por Alban. Un beso de amor… solo que no por
el suyo ni por el de O’Hara. Un beso por el de otros.
Rachel se puso de puntillas y lo miró un segundo. La agitada respiración de él la
intrigó lo suficiente para posponerlo un instante, que sirvió para descubrir que el
rubor afloraba en sus lisas mejillas.
Rachel no quiso verlo más, furiosa porque la obligara a hacerlo.
—No cierre los ojos —le espetó él—. Solo se cierran los ojos cuando se ama.
Rachel no dijo nada. Obedeció, de acuerdo con su planteamiento, y solo
entrecerró los párpados para posar su boca en la de él.
Lo hizo con timidez, con todo el cuerpo temblando ante lo desconocido. Sabía lo
que era que un hombre al que deseaba la besara, pero no cómo se sentiría besar a
alguien a quien odiaba tanto.
Se olvidó de pensar cuando notó que él separaba los labios. Ella se ruborizó
entera, pero se obligó a hacerlo también y, dudosa, deslizó la lengua al interior de su
boca. La inundó un exótico sabor a menta, tabaco de mascar y canela.
Rachel apretó más las manos contra el pecho. Ladeó la cabeza lo suficiente para
profundizar un poco y rozar íntimamente la lengua con la perezosa de él.
O’Hara estaba tenso. Apretaba los puños al lado de las caderas y no se movía. Ni
él, ni sus labios.
Lo estaba haciendo mal.
Le empezó a doler la garganta por las ganas de llorar.
¿Por qué? ¿Por qué lo hacía todo mal con ese hombre? ¿Qué era lo que tanto le
repugnaba de ella?
Se separó de golpe, sintiéndose más humillada que nunca.
—Espero que cumpla su promesa —musitó, demasiado dolida para dejar salir el
despecho.
Se dio la vuelta para marcharse cuanto antes, pero una mano de granito aferró su
muñeca como si pretendiera dejarle la marca de los dedos. Rachel se giró,
desorientada, y el corazón se le contrajo agónicamente al toparse con el rostro lívido
de él. La estaba mirando, pero no la había mirado así antes. Nadie la había mirado
así, nunca.

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Abrió la boca para protestar, para exigirle que la soltara. Él se aprovechó de eso
para rozarle los labios con las puntas de los dedos.
Rachel se quedó obnubilada por la diversidad de matices de su expresión. No
habría sabido decir si estaba encandilado o herido en lo más profundo.
¿Por qué herido?
Empujada por Dios sabía qué fuerza, se arriesgó a ponerse de puntillas y probar a
besarlo de nuevo. Entonces él sí tomó posesión de su boca con un beso tan delicado
que el corazón y el mundo se detuvieron a la par. O’Hara se introdujo en ella con
tiento, empujando la cabeza en su dirección. La saboreó como si fuera un secreto y ni
él mismo pudiera enterarse, acariciándola de un modo gloriosamente estimulante.
Rachel se fijó en que había cerrado los ojos y decidió imitarlo.
Las manos que apretaba contra su propio corazón buscaron el de él, indecisas.
O’Hara gruñó en cuanto sintió su palma en el pecho, y le apretó más la muñeca.
Rachel empezó a temblar, presa de una incomprensible excitación. La invadió el
asombro, el miedo de encontrarse a su merced y también un placer insólito que se
hizo eco en sus zonas más secretas. La sangre casi se le evaporó cuando él suspiró
sobre sus labios un segundo antes de soltarla con brusquedad.
Fue el suspiro lo que le delató. Expulsó el aire antiguo y caducado del Londres de
hacía seis años; justo el tiempo que llevaba conteniéndolo. Rachel no podría haber
obviado el alivio que encerraba, como tampoco la tortura que su mera existencia
suponía para él.
Aún con los ojos cerrados, apoyó la frente en la de ella, vibrando con una
violencia que Rachel jamás habría creído posible.
—A veces pienso que me moriré de tanto desearte.
Rachel logró reponerse al momento de evasión con aquellas palabras, que si bien
podrían haber sido dulces, en sus oídos chirriaron tanto que un escalofrío le recorrió
la espalda.
Enseguida se deshizo del agarre de O’Hara y se cubrió como si estuviera desnuda.
Y no quedaría muy lejos de la realidad; él había desnudado una recóndita y anhelante
parte de ella.
—Señor… —tartamudeó. Una nota de temor se filtró en su voz—. Estoy segura
de que con eso estamos en paz.
O’Hara también pareció despertar de un trance. Abrió los ojos, como si acabara
de darse cuenta de lo que había hecho, y se separó tan rápido que Rachel se tambaleó
al perder su punto de equilibrio. La confusión y el insatisfecho deseo la hicieron
temblar. Se apresuró a ir hacia la puerta con miedo a que lo descubriera.
Habría corrido si hubiese sentido las piernas.
Una vez allí se detuvo para mirar con aprensión por encima del hombro. O’Hara
estaba de espaldas a ella. Se cubría la boca, con la barbilla casi pegada al pecho, y
respiraba con tanta dificultad que Rachel sintió un inexplicable e intenso deseo de
romper a llorar.

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—¿Señor O’Hara? —balbuceó—. Mi hermana y…
—Despediré a Alban esta misma tarde —espetó con la voz cascada—. Y ahora
lárguese.
Rachel se abrazó los hombros. No estaba segura de que aquello fuera buena idea.
Él no parecía encontrarse bien.
—Señor O’Hara, yo…
—He dicho que se largue. ¡Fuera!
Rachel dio un respingo y salió de inmediato. No se paró en el vestíbulo, ni en la
calle, ni en la avenida a la que cruzó; no paró de andar en ningún momento, ni
siquiera cuando empezó a sudar y creyó que se desmayaría. Ni cuando recordó que el
cochero la estaba esperando en Brick Lane. No paró hasta que llegó a Knightsbridge,
y no en la puerta ni en el salón, sino en su dormitorio. Se encerró allí, corrió las
cortinas y se refugió bajo las mantas, todavía estremeciéndose; con los labios aún
quemando, el estómago revuelto y a punto de ceder a las lágrimas.
«A veces pienso que me moriré de tanto desearte».
Cerró los ojos.
Ella a veces también lo pensaba.

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Capítulo 26

Alban recibió esa mañana una escueta y misteriosa nota a nombre de O’Hara. Lo
citaba en su vivienda tan pronto como leyera el contenido de la misiva.
Era asombroso por diversos motivos, pero el primero y más importante de todos
ellos era que O’Hara jamás lo había invitado a su casa. Quizá porque prefería
mantener sus chanchullos bien lejos de un barrio tan bien considerado como lo era
Knightsbridge, o fuera del alcance de sus vecinos, a los que había mostrado siempre
su cara más amable. El motivo, al final, era indiferente, porque con su citación le dio
un motivo para levantarse más allá del deber o la responsabilidad para con sus
animales.
Alban había vivido años en la oscuridad. Estaba acostumbrado a acostarse con el
deseo de que fuera la última vez y a amanecer maldiciendo su buena salud; su
cobardía por ser incapaz de poner fin a una vida sin objetivos. La supuesta muerte de
Dolly lo sumió en esa clase de desgana vital que, con el tiempo, cavó un agujero de
miseria del que supo que solo podría salir por una vía. Una que se prometió que no
tomaría para apaciguar la preocupación del señor Allen y honrar el último deseo de
Dorothy: el de intentar ser feliz.
Ahora se sentía igual que si Dolly ya no estuviera. A fin de cuentas, y de una
manera u otra, la había perdido para siempre. Y ese dolor no tenía ni punto de
comparación con el que padeció durante su muerte. Dios lo había subido al cielo,
cruzando de nuevo sus caminos, para volver a enviarlo con el diablo, una crueldad a
la que no condenaría ni a su peor enemigo. La primera vez pudo sobrevivir a su
ausencia por una sencilla razón: se aferraba a que, de haber sido de otra manera,
Dolly y él podrían haber obtenido su final feliz…, pero ahora sentía que habitaba el
corazón podrido del infierno. Ahora no quedaba la menor esperanza. Si se
reencontraran en otro mundo o habitando otros cuerpos, aún seguirían malditos.
Alban se intentaba convencer de que debía conformarse con saber que estaba
viva. Pero no estaba del todo viva. Estaba enferma, dolida. Tenía el corazón roto. El
vínculo vital que los unía estaba a punto de suspender los latidos. Y él no podía
permitir eso.
Quería ir a buscarla. Tenía que ir a buscarla. Por muy elevados que fueran sus
sentimientos aún no alcanzaban la pureza que le permitiría resignarse y ser feliz por
otro lado, contentándose con saber que ella vivía. Pero la vida se empeñaba en
obligarlo a buscar placer e inspiración en otros lugares, como si fuera tan sencillo
sustituir un motor esencial por piezas que, a la larga, dejarían de funcionar.

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Alban se planteó romper la nota de O’Hara en mil pedazos. No era tan ingenuo
como para pensar que se sentiría ofendido o castigado porque él lo ignorase, pero por
lo menos evitaría cruzarse con aquel canalla.
Por supuesto, no culpaba a O’Hara de su situación. Fue él mismo quien decidió
que era más importante causarle un daño fatal al asesino de Dolly que cuidarse de
acabar entre rejas. Pero O’Hara era su chantajista, y sería siempre un recuerdo
perenne de lo que, a pesar de todo, a pesar de su sed de sangre, podría haber tenido.
Al final se puso en camino. Quizá pudiera desahogarse o torturarlo con alguna
mención a lady Rachel. En esas últimas y desgraciadas noches, Alban había tramado
toda clase de perrerías para poner a O’Hara entre la espada y la pared. Incluso se
había planteado usar a lady Rachel para sus tenebrosos propósitos, sin importar si eso
conllevaba hacerle daño en el proceso. Había perdido la cabeza igual que la perdió
cuando leyó la carta de despedida de Dolly, y solo pensaba en hacerle daño a O’Hara,
por si acaso diera la casualidad de que eso pudiera reportarle la menor satisfacción.
Pero no fue capaz de desarrollar ningún plan perverso. No solo porque no podría
hacerle daño a una mujer tan buena, ni porque podía figurarse la reacción de Dolly a
un atentado contra cualquiera de sus familiares, sino porque no estaba seguro de hasta
qué punto le importaba lady Rachel como para arriesgarse. Además… Sería un
auténtico descerebrado si subestimara el afán vengativo de Danny O’Hara.
Probablemente solo Ethan Shaw, Marcellus y el resto de sus amigos tuvieran poder
suficiente para pararle los pies, y no se le habría ocurrido recurrir a ellos. Parecían
leales hasta la muerte.
Sí que había pensado en huir con Dolly. En secuestrarla y llevársela a América.
Pero incluso si ella hubiera aceptado a abandonar a sus seres queridos para siempre,
Alban no podría haberla alejado de su familia sabiendo cuánto le importaba, ni
tampoco exponerla a que O’Hara se las apañase para encontrarlos. Quizá él no
tuviera conexiones con Nueva York o Boston, pero Marcellus Salazar venía de allí; el
Irlandés se movía por puertos de todo el continente, y Shaw tenía numerosos
contactos repartidos por Europa.
A Alban no le importaba ponerse en riesgo, pero con Dolly era diferente.
Cuando llegó a casa de O’Hara, no pudo evitar lanzar una mirada anhelante a la
fachada de la vivienda vecina. Iban a dar las nueve de la mañana. ¿Estaría ella
despierta? ¿Estaría aún durmiendo? ¿Con qué estaría soñando?
Se obligó a empujar esas preguntas al fondo de la mente y esperó en la entrada a
que el mayordomo le abriera.
—El señor le espera en el salón —anunció.
Alban esperó a que le diera las pertinentes indicaciones. Dejó en sus manos el
ridículo sombrero de fieltro con una cinta gris que debía llevar cuando hacía visitas y
cruzó el pasillo.
Ni siquiera sentía curiosidad por la guarida del lobo, y menos mal, porque se
habría llevado una enorme decepción. A simple vista parecía la típica mansión de un

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noble cualquiera. Lo único innovador era que la poseía un despreciable mestizo.
Sin duda, Alban podía entender por qué lo querían incluso quienes debían odiarlo.
Suponía una inspiración para aquellos que habían nacido en la miseria y soñaban con
ascender, para los que apuntaban demasiado alto, porque para O’Hara nunca había
«suficiente» y jamás tenía «bastante».
A Alban siempre le había costado comprender el origen de esa obsesión con el
dinero o el prestigio; por qué los hombres parecían dispuestos a subordinarlo todo a
su afán acaparador, incluidos la familia y los principios. Suponía que el motivo era la
comodidad que reportaba ostentar un puesto superior. Les daba un tiempo de ocio que
podían dedicar a otros placeres. Pero un hombre que había sacrificado cada aspecto
de su individualidad y todo lo que le era amado para llegar a donde estaba, ¿qué
placer podía encontrar?
Y, sin embargo, que la ambición corrompiese la naturaleza bondadosa del ser
humano no era lo preocupante, sino que llegaba a trastornarlo de manera irreversible.
Eso fue lo primero que pensó al reconocer la figura delgada de O’Hara de pie
junto a la chimenea. Ni malo, ni cruel, ni irreverente: ante todas las cosas, a Alban le
parecía que Danny O’Hara estaba simplemente trastornado.
Alban se detuvo bajo el umbral. No porque esperase un gesto o una invitación
para entrar, sino porque percibió una tirantez en sus facciones iluminadas por el fuego
que le revolvió el estómago.
O’Hara no necesitó girarse para confirmar que estaba ahí.
—Cuéntame cómo conociste a lady Dorothy —le dijo. El asombro le impidió
reaccionar enseguida, y O’Hara, no tan impaciente como curioso, ladeó la cabeza
hacia él—. ¿Ella también te quiso en cuanto te vio? Porque supongo que tú sufriste
un flechazo.
Alban se vio a sí mismo asintiendo con la cabeza. Quiso preguntar qué le hizo
tanta gracia: O’Hara ocultaba una sonrisa amarga detrás de la copa que se llevó a los
labios. Aún no era ni media mañana y ya estaba bebiendo. Curioso, porque jamás le
había visto beber.
—El otro día oí a lord Clarence decir que los hombres se enamoran de las
Marsden a primera vista. A él le pasó con lady Venetia, igual que a Wilborough con
lady Frances cuando se reencontraron, a Kinsale con lady Florence, al duque de Sayre
con Beatrice…
—¿Y a usted con lady Rachel? —concluyó Alban.
O’Hara saboreó el sorbo que dio al tosco vaso de cristal y lo dejó sobre la repisa
de la chimenea.
Después se giró hacia él.
—La cuestión es que todos fueron demasiado obtusos para admitirlo en el
momento. No solo ante ellas, sino también para sí mismos. Me da la impresión de
que tú, el único que debería haber sido prudente por su condición social (¿o debería
decir condicionantes?), fuiste el que no lo pensó dos veces antes de confesarse.

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—Sí que me lo pensé muchas veces —respondió, aún en la puerta—. Pero no
tenía sentido resistirse.
—Ah, ¿no? ¿Por qué no? —Se giró hacia él, verdaderamente intrigado—. Dime
una sola razón por la que sería buena idea que un hombre que no tiene nada que
ofrecer se declarase a una mujer.
—¿Quién dice que no tengo nada que ofrecer? ¿Acaso el amor no cuenta?
—No. —Y sonrió—. Ahora entiendo por qué el señor Allen te admira tanto. Has
visto y vivido horrores: eres huérfano, tu patrón te apaleó, creíste que tu amorcito
había muerto y estás obligado a languidecer bajo la mano dura de un villano
despreciable… y, pese a todo, sigues creyendo que los sentimientos sirven para algo
en un mundo como este.
—Creo que es justo la gente como yo la que necesita la ilusión del afecto de otros
para seguir adelante. Los huérfanos, los maltratados, los viudos, los esclavos… —
enumeró—. Nadie necesita amor más que ellos. Pero entiendo que piense que los
sentimientos son inútiles, O’Hara. Apuesto a que usted nunca ha intentado usarlos
para nada.
—¿Darle un uso a un sentimiento no va, acaso, contra la naturaleza del mismo?
—Arqueó una ceja—. Según entiendo, el amor es puro cuando no se espera nada a
cambio.
—El amor es puro cuando no se exige nada a cambio —corrigió—. Pero siempre
se espera algo. Se llama esperanza, O’Hara. Ni siquiera el hombre más pesimista
puede amar sin guardar la ilusión de ser correspondido.
No supo qué pensar al atisbar un brillo fugaz en sus ojos verdes. Le dio la
impresión de que acababa de darle una lección al maestro entre los maestros, y lo
confirmó cuando se instaló el silencio entre los dos.
—Parece que le he dado en lo que pensar, señor.
Este se dejó caer con cansancio en el sillón. Le hizo un gesto hacia el asiento de
enfrente y esperó a que un reticente Alban se sentara con cuidado. O’Hara no dijo
nada. Se lo quedó mirando con una petición implícita en la atenta expresión.
Ya se lo había dicho. «Cuéntame cómo conociste a lady Dorothy».
Empezó a regañadientes, procurando ser lo más parco en palabras y escueto en
detalles posible. Tratándose de un hombre no muy dado a la charla sin un propósito
claro, no debería haberle costado, pero pensó que quizá esa fuera la última
oportunidad que tendría de revivir su historia, de ponerse el nombre de Dolly en los
labios, y terminó haciéndole partícipe de un cuento que él había llegado a arruinar
como el digno villano de los relatos infantiles.
A diferencia de lo que esperaba, O’Hara no lo había invitado a desahogarse para
burlarse de sus sentimientos. No había ni rastro de mofa en su semblante, sino una
solemnidad fúnebre a la que, a veces, asomaba un pellizco de ternura.
—Lady Rachel también estaba allí —agregó cuando terminó, mirándolo de
soslayo—. El perro, Babel, le preocupaba igual o más. A pesar de que no fuera

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ninguna amante de los animales, iba a verlo cada mañana. Recuerdo que lloró todo el
día cuando se enteró de que había muerto.
Esperaba que O’Hara añadiera cualquier comentario, pero solo asintió con la
cabeza, como si diera por válida la información y nada más.
Tenía las piernas cruzadas y estaba completamente recostado en el asiento. Su
mirada vagaba por el techo.
—¿Crees que se conformará para siempre con tus afectos? ¿Que no querrá más
dinero, más lujo o mejor fama entre las altas esferas? —preguntó al fin, con voz
queda.
—No, señor. Dolly no habría echado de menos ninguna de esas cosas. Siempre ha
sido un animal salvaje… y un alma solitaria. Prefería pasar el tiempo en el campo
conmigo que en un baile con el resto.
—¿Solitaria? ¿El hecho de que le gustara estar contigo no contradice esa
suposición?
—Conmigo no estaba acompañada. Estaba consigo misma. —Se miró las palmas
de las manos—. Ella y yo siempre hemos sido uno.
Notó una punzada en el corazón al imaginarla corriendo por las laderas de
Gateshead, descalza y con el pelo suelto, y odió a O’Hara por obligarle a evocar un
recuerdo tan doloroso y, sobre todo, irrepetible.
—Pero dudo bastante que me haya hecho venir hasta aquí para conocer una
historia que usted se ha encargado de zanjar —concluyó con rencor.
O’Hara sonrió para su coleto.
—¿Todavía hoy subestimas mi crueldad? ¿No me ves capaz de regodearme en lo
que he conseguido?
—¿Conseguido? —repitió—. ¿Por qué se propondría hacer algo como esto?
Él se encogió de hombros y apoyó el codo en el reposabrazos.
—No me lo propuse. Sabes que mis motivos para mantenerte a mi lado distan
mucho de estar relacionados con lady Dorothy. La baronesa Richmond le hace un
gran favor a mi negocio. Gracias a ella he crecido en el último año y medio. —
Sostenía la mirada de Alban con ferocidad, casi animándole a replicar; a defenderse.
Como no lo hizo, acabó espetando—: Me das rabia, Beauchamp.
Creyó saber por qué, pero O’Hara le sorprendió incorporándose y lanzándole una
mirada acusadora y llena de resentimiento.
—Mira a dónde te ha llevado ser bueno… A perder a tu mujer. —Torció la boca
—. Mírate: esperando un milagro en lugar de luchar por ella.
—No me casaría con Dolly para que luego me mandara a la cárcel, O’Hara. Hay
algo peor que perder a alguien, y es hacerlo antes de poder asimilar que lo has tenido.
Él sacudió la cabeza con obstinación.
—Siempre hay otra salida.
—¿Y qué otra salida tengo, según usted?
O’Hara lo miró de una forma escalofriante.

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—Podrías haberme matado —dijo sin alterarse. La falta de emoción en su voz le
puso el vello de punta—. Es lo que yo habría hecho si hubiera estado en tu lugar.
»Y no me vengas con monsergas de ángel cristiano. Aunque no usaras las manos,
ya sabes lo que es matar a un hombre. No eres mucho mejor que yo.
—Pensé en matarle —reconoció—, pero entonces habría tenido que vérmelas con
sus amigos. Y créame… Dolly me habría preferido vivo y lejos mucho antes que
convertirse en mi viuda.
La expresión de O’Hara se suavizó hasta conseguir una convincente mezcla de
irritación, curiosidad y respeto. Sobre todo respeto.
—Realmente has construido toda tu vida, modificado cada camino del destino e
incluso adaptado el modo en que tu mente funciona para constituir el bienestar de la
mujer que amas como la brújula que condiciona a dónde te diriges. —No era una
pregunta, sino una verdad pronunciada con evidente fascinación. Le pareció que lo
envidiaba, pero en el último momento supo que en realidad lo compadecía—.
Curioso.
—¿El qué?
—Cómo el amor puede ser un veneno para unos y, para otros tantos, un impulsor
vital.
O’Hara volvió a echarse hacia atrás. Clavó los ojos en el fuego casi extinguido.
En unos minutos tendría que avivarlo o prepararse para pasar frío. Septiembre
empezaría en un par de semanas, y a esas horas de la mañana refrescaba.
—Ve con ella —le dijo de repente, con una voz tan delicada que podría haberse
quebrado nada más entrar en contacto con el aire.
Alban no se movió y aguzó el oído, por si acaso la mente le había jugado una
mala pasada y estaba soñando. O’Hara ladeó la cabeza, irritado, y arqueó una ceja.
—¿No me has oído? —inquirió, volviendo a su tono canallesco—. Si crees que
no te sentirás menospreciado en una familia llena de títulos nobiliarios, levántate y
lárgate ahora mismo. Yo me encargaré de anunciarle a la baronesa que has dejado el
trabajo y la soltería a la vez.
—¿El trabajo? —Se oyó repetir.
—Imagino que preferirás trabajar con el señor Allen. No te culpo. Su finca va a
estar mucho mejor que la mía. Supongo que ahora que voy a tenerlo crudo con la
competencia debo agradecer lo de tener un negocio alternativo —comentó, riéndose
de sí mismo.
Alban siguió quieto en el borde del asiento, mirando a O’Hara con todo el cuerpo
rígido.
—¿Cómo sé que no es un farol? ¿Cómo sé que no me está tendiendo una trampa?
—No hay trampa, Beauchamp. Alguien ha intercedido en tu favor y resulta que
no estoy en posición de incumplir mi promesa —confesó, enigmático.
—¿Quién?
—Alguien a quien se le da mejor negociar que a ti.

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—¿Qué le ha dado a cambio?
—Un dolor de cabeza más. Lo único que me faltaba —ironizó—. Por si no he
sido lo bastante claro, quedas libre. No usaré la información que poseo en tu contra.
—Le señaló la puerta con la barbilla—. Ahora lárgate, imbécil.
Alban se puso en pie como un resorte. Al levantarse con rapidez, se mareó tanto
que vio borroso a O’Hara durante unos segundos. No esperó a recobrarse del todo ni
a que cambiara de opinión para precipitarse hacia la puerta.
Aunque le tentó pararse allí y hacer miles de preguntas, como, por ejemplo, quién
le había convencido de perdonarle la deuda y si estaba seguro de que nada haría que
abriese la boca, el «quedas libre» seguía retumbando en sus oídos como un reclamo
que no podía esperar. Salió al pasillo con el corazón palpitando a una velocidad
preocupante. No tardó en echar a correr hacia la puerta, dejándose el sombrero y la
chaqueta en las manos del perplejo mayordomo. Dio gracias al cielo porque Dorothy
viviera justo al lado y no tuviera más que saltar la verja que bordeaba la mansión de
O’Hara para aporrear la puerta de la vecina.
El criado casi fue arrollado. Pasó sin pedir permiso, aterrorizando a todo el
servicio con su falta de modales básicos. Entre el vocerío que se formó en el
recibidor, destacó una voz por encima de todas.
—¿Alban?
El muchacho se giró para ver a lady Rachel con los ojos muy abiertos y un
bordado a medio terminar en la mano. Como siempre, iba vestida de un tono oscuro,
pero ese día todo en ella parecía apagado: la mirada, la piel… Incluso la manera en
que caminó hacia él.
—Milady. —Hizo una reverencia nerviosa—. ¿Dónde está Dolly?
—Dolly se marchó a Bath hace quince días con su hermana Frances, lady
Wilborough —le respondió, muy quieta. Lo miraba con recelo—. ¿Por qué? ¿Ha
pasado… algo?
—Necesito ir con ella. Yo… —No encontraba la voz. Balbuceó sílabas y palabras
inconexas hasta que el rostro de Rachel se iluminó tímidamente por el entendimiento.
—Oh, Dios —musitó—. ¿El señor O’Hara le ha perdonado?
Alban ni siquiera se preguntó por qué lady Rachel sabría que el distanciamiento
entre su hermana y él estaba relacionado con O’Hara. Su entusiasmo era tan
absorbente que no podía pensar con claridad. Solo asintió, atreviéndose a sonreír con
torpeza por ser la primera vez que lo hacía desde la separación.
—En ese caso le escribiré una carta urgente ahora mismo —decidió Rachel,
volviendo a entrar al saloncito—. Podría estar aquí mañana por la tarde si el
mensajero se diera prisa.
—No puedo esperar a mañana por la tarde —dijo, yendo detrás de ella.
—Claro que puede esperar. Ni se le ocurra presentarse en el balneario para
mujeres —le ordenó, dirigiéndole una mirada censuradora por encima del hombro—.

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¿O es que quiere arruinar su reputación del todo y fastidiarle un día entero de
relajación? No, de eso nada. Va a hacer las cosas como Dios manda.
Alban enmudeció después del rapapolvo de una de las hermanas mayores. El
silencio permitió que organizara sus ideas y se percatara de que Rachel estaba
temblando.
—¿Se encuentra bien? —preguntó de inmediato—. ¿Tiene frío?
—No. O sea, sí… Estoy bien. No se preocupe. Escribiré la carta. Usted… Usted
quizá deba ir pensando en qué le va a decir, y en el anillo, claro, y en… Oh, santo
Dios, hay tantas cosas que preparar —decía atropelladamente. En medio de su
soliloquio, uno al que Alban no estaba prestando demasiada atención, Rachel
tartamudeó—: Cuánto me alegro de que el señor O’Hara haya cedido. Por un
momento temí que hubiera optado por ignorarme con ningún otro propósito que
molestar, pero es un alivio ver que por lo menos sabe cumplir sus promesas. Quizá
deba ir a… darle las gracias…
—¿Ha sido usted?
Rachel levantó la cabeza, espantada. Observó que abría la boca, quizá para
negarlo, pero Alban decidió interpretar el rubor en sus mejillas como una respuesta
afirmativa. Sin pensárselo dos veces —y quizá le habría convenido hacerlo—, se
abalanzó sobre ella y la estrechó entre sus brazos.
Al principio la mujer se revolvió entre exclamaciones ahogadas, pero pronto esos
balbuceos se convirtieron en una serie de carcajadas nerviosas. Lo rodeó también con
sus delgados brazos por la espalda, a la que le dio dos palmaditas.
—¿Qué está pasando aquí? —bramó el inconfundible vozarrón del conde de
Clarence. Arian se abrió paso con el ceño fruncido—. ¿Qué pasa contigo,
Beauchamp? ¿Como no has podido quedarte con una Marsden, ahora andas
molestando a la otra soltera?
—Gracias por el recordatorio de mi estado civil —rezongó Rachel, irritada—.
Quizá el señor O’Hara y tú podríais asociaros para ponerme de mal humor con esos
adorables comentarios.
Alban se separó para mirar a Rachel con ojos brillantes.
—Disculpe mis modales, milord. Pero he venido a solicitarle la mano en
matrimonio de su cuñada.
Arian se quedó perplejo.
—Por Cristo, solo estaba bromeando. ¿De verdad quieres casarte con Rachel?
—¿Tan raro sería? —se quejó Rachel, cruzándose de brazos. Acabó suspirando
—. Con Dorothy, Arian, con Dorothy.
Arian bufó.
—Parece que alguien se ha levantado con el pie izquierdo esta mañana… En fin.
Chico, me parece de un cinismo vergonzoso que me pidas permiso para casarte con
mi cuñada cuando no me lo pediste para arruinarla, pero bueno, supongo que
entretenerme con unos patéticos trámites burocráticos no me tomará toda la mañana

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—masculló. Le hizo un gesto con dos dedos—. Haz el favor de acompañarme a mi
despacho. Hablaremos de dinero.
Alban esperó a que lord Clarence hubiera desaparecido para volver a girarse hacia
la acelerada lady Rachel, que sostenía la graciosa estilográfica con los dedos tensos.
—No sé qué es lo que ha hecho, milady —dijo, rebasado por la emoción—, pero
estaré en deuda con usted toda la vida.
Ella le sonrió sin mostrar los dientes. Una sombra de preocupación eclipsaba su
alegría compartida.
—Yo tampoco sé qué es lo que he hecho, señor Beauchamp. Pero creo… creo que
me alegro.

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Capítulo 27

Dorothy estaba intrigada. Había recibido una urgente misiva, escrita del puño y
letra de Rachel, la tarde anterior. La apremiaba a regresar a Londres con la mayor
presteza posible. Y su hermana no era la clase de mujer que urgiría a alguien a dejar
todo lo que estaba haciendo para volver a su lado; ni mucho menos a ella cuando
estaba recuperándose en el balneario. Por eso, porque sentía curiosidad y porque no
se le ocurría nada mejor que hacer, Dorothy regresó a la capital acompañada de su
hermana Frances.
Dentro de lo que cabía, habían sido unos quince días entretenidos. Siempre era
divertido ver a Sissy pelearse con los especialistas de la medicina como si ella tuviera
la verdad absoluta. Y no siempre acertaba, pero estaba dispuesta a reivindicar su
derecho a equivocarse. El fin de semana anterior había estado a punto de llegar a las
manos con el doctor Rheims, un caballero parisino que sin duda merecía que su
hermana le bajara los humos de un plumazo. Incluso Dorothy había tenido que
intervenir para borrar la sonrisa vanidosa de sus labios. Después de haber sido
vilmente engañada por los médicos franceses, que le prometieron que se recuperaría,
no iba a tolerar las risitas jactanciosas y las miradas por encima del hombro de un
petimetre que no tenía ni la mitad de experiencia que Frances. Dorothy aún no sabía
si se había debido a la casualidad, al ambiente del balneario o a las recomendaciones
de Sissy, pero lo cierto era que se sentía consideradamente mejor, y ni siquiera habían
pasado doce días completos en las instalaciones.
Se estuvo preguntando durante todo el trayecto a la capital si no habría tenido
todo el tiempo a su lado la clave para recuperarse.
—Sissy —la había llamado justo antes de que el carruaje se internara en las calles
de Londres. Su hermana tenía entre las piernas un libro de lo más curioso: Fanny
Hill, que había estado leyendo con una sonrisa privada. Ella levantó la mirada para
escucharla—. Sé que tienes hijos a los que cuidar… y un marido también, porque me
consta que Wilborough puede requerir más cuidados que ningún bebé. Pero aun así
tengo que preguntártelo. ¿Estarías dispuesta a…?
—Sí —la cortó.
Dorothy la miró con una sonrisa irónica.
—Ni siquiera sabes qué es lo que iba a decir.
—Por supuesto que lo sé. Ibas a preguntarme si podría ser tu médico, ¿me
equivoco? —Enarcó una ceja rubia. Dorothy pestañeó, asombrada.
—Parece que, además de sanadora, eres adivina.

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—Soy tu hermana —corrigió—, lo que cuenta con sus beneficiosos, como poder
leer tu mente…, aunque en su mayoría solo me añade defectos. En cualquier caso,
llevo esperando que me envíes una carta desde que volviste.
—Tendrás que perdonarme por no haberlo hecho antes, pero mi médico actual
tiene los ojos verdes.
Frances soltó una carcajada.
—Entonces lo que me extraña es que quieras cambiarlo por una dama de pésima
reputación. Cualquiera diría que estás deseando que hablen mal de ti en los salones.
—No volveré a pisar un salón si puedo impedirlo, querida. ¿Te quedarás
conmigo? —le preguntó con esperanza.
—Me trasladaré a Londres para lo que queda de temporada, que según tengo
entendido, este año se alarga por las sesiones parlamentarias hasta mediados de
octubre —confirmó—. Una vez concluya, vendrás a Wilborough House.
»He aprendido bastante sobre las consecuencias de la escarlatina en las gentes de
Durham y se me ocurren un montón de tratamientos. No existen los milagros,
Dorothy —continuó, mirándola con severidad—, pero si todo fuera bien, dejarías de
recaer con la frecuencia con la que lo haces.
—Veo que confías en tu talento —se regocijó.
—Querida, imagínate en qué me habría quedado si no hubiera confiado en él.
Esos bigotudos de maletín que sueñan con un pase a la Royal Society habrían
acabado conmigo antes de que hubiera terminado de decir que quiero curar a los
enfermos.
—No puedes culpar a un hombre de ego frágil por proteger su lugar. Ellos
también tienen que comer, Sissy —se había mofado Dorothy.
Frances esbozó una media sonrisa sarcástica.
—Por supuesto que no. Entiendo que nada de esto va sobre la dedicación y la
misericordia hacia los convalecientes, sino de ver quién es el más listo —bromeó.
Ladeó la cabeza hacia la ventanilla del carruaje—. Parece que ya hemos llegado. Esta
casa me trae tantos recuerdos…
Dorothy se giró hacia la imponente mansión de lord Clarence con la misma
nostalgia. Ocupaba el número seis de Knightsbridge, y bajo su techo habían
convivido —en no demasiada armonía— la mitad de las Marsden. De hecho, cada
una había pasado un periodo de su vida allí, ocupando la habitación que le
correspondía.
—Piensa en todo lo que esas paredes habrán visto, Sissy —musitó—. Me vieron a
mí al borde de la muerte. De hecho, me vieron enfermar, y no dijeron nada para
salvarme antes de que fuera irreversible. ¡Qué poca consideración!
—A mí me vieron hacer mis maletas para huir con un hombre, y fueron testigo
también de un violento cumpleaños al que se presentó un desgraciado calavera sin
haberse molestado en avisar —recordó Frances—. Pero ¿por qué traer al presente
recuerdos tan tristes? También vieron nacer a Marianne.

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—Y fue aquí donde Lucca dio sus primeros pasos.
—Donde sus padres se enamoraron —apostilló Frances.
—Cierto. —Dorothy sonrió al recordar el primer encontronazo de su hermana
Florence con el marqués de Kinsale—. Tú no estuviste allí cuando Flo amenazaba a
Maximus con que, si no se apartaba de su camino, se arrepentiría de haber puesto un
pie en la casa. Y con la presencia de un ratón, ni más ni menos.
—Me lamentaré hasta mi muerte por habérmelo perdido. ¿No fue aquí donde,
además, le diagnosticaron histeria femenina?
—¿Hay histeria masculina? —ironizó Dorothy.
—Arian debió sufrirla la temporada pasada, cuando Venetia se cayó por las
escaleras y estuvo inconsciente tres minutos. Creo que no he visto a un hombre tan
fuera de sus cabales jamás, y vivo con uno al que no se le conoce precisamente por lo
bien que guarda la compostura —comentaba Frances.
—Si es por falta de moderación… ¿Te acuerdas de la borrachera que agarraron
Audelina y Beatrice cuando celebramos el cumpleaños de la primera? Se pusieron a
cantar canciones de taberna escocesa, aquellas sobre Bonnie Prince que Bea conocía
por uno de sus protectores.
Frances se echó a reír por el recuerdo. Su risa se entrelazó con la de Dorothy.
Las últimas notas se extinguieron mezcladas con un suspiro. Sissy apoyó la
mejilla en el cristal, con una leve sonrisa melancólica.
—Rachel tocaba Chopin cuando no estabas —dijo en voz baja—. Decía que tú lo
habrías hecho mejor.
Dorothy notó unas cálidas cosquillas subiéndole por el estómago. Se abrazó a sí
misma.
—Adoro la casa —reconoció—, pero no es justo que ella tenga que quedarse ahí
para siempre. Está en todos nuestros recuerdos, y eso es precioso, pero…
—Significa que apenas ha vivido por su cuenta —concluyó Frances—. No
deberíamos ser su única familia. Míranos: todas desperdigadas, cada una en un rincón
del país, demasiado ocupadas con nuestros hijos o nuestros maridos. Me da miedo
que Rachel no sea feliz.
—¿Crees que el motivo por el que nos ha hecho venir tiene que ver con eso?
—No. Rach jamás admitiría que es una mujer con anhelos más allá de sentirse
útil. Quiere quedar reducida a ser para siempre una hermana.
—La mejor hermana —corrigió.
—Desde luego, en eso nadie le gana. ¿Entramos?
Dorothy bajó del carruaje con ayuda del lacayo, que había estado esperando con
paciencia a un lado de la portezuela cerrada a que las damas cortaran su charla.
Volvió a lanzar una mirada a las ventanas de la mansión, pero no pensaba ni en su
estructura ni en su historia, sino en Rachel.
Al enterarse de su mala fortuna y de lo que le esperaba en una vida sin Alban, fue
completamente abducida por el dolor. Ni siquiera consiguió aferrarse a ese optimismo

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que solía salvarla de los pozos oscuros que llevaba años sorteando. Pero si se hubiera
parado a pensar con detenimiento en todo lo que tenía, si hubiera abierto los ojos al
amor que la rodeaba en lugar de lo que le faltaba, la habría visto a ella: a Rachel. A la
que había dejado sola en Londres cuando pidió una excedencia en un trabajo que
adoraba para cuidarla, para hacerle compañía.
Rachel era fiel hasta la muerte, bondadosa de un modo que era incluso negativo
para ella. ¿Cómo había podido obviarla de un modo tan injusto? Nadie que tuviera a
Rachel a su lado podría ser infeliz, o, por lo menos, no tan desgraciado.
Decidió que la estrecharía entre sus brazos en cuanto la viera, y le daría las
gracias como correspondía. Por muy entregada que fuera, Rachel no merecía que la
dieran por sentada y la tratasen como si fuera a estar allí siempre. En el fondo,
Dorothy rezaba para que no fuera así. Soñaba con que un día se rebelara.
El mayordomo las recibió con la correspondiente venia. No tuvieron que
desplazarse a la salita para toparse con una nerviosa Rachel. Dorothy fue hacia ella
con la intención de abrazarla, pero se echó atrás al no saber cómo interpretar su
expresión.
—¿Rach? ¿Todo bien? —fue lo primero que preguntó.
—Sí, tranquila. Venetia te está esperando arriba.
—¿Venetia? ¿Pasa algo con ella?
—Quiere darte algo que te habías dejado.
Dorothy arrugó la frente.
—Sabe que pretendía volver, ¿verdad? —Escrutó el rostro de su hermana—.
¿Estás segura de que todo va bien?
—Sí, sí. Vamos, sube. —La animó, cogiéndola de los hombros y empujándola
hacia el primer peldaño.
Dorothy le dirigió una mirada llena de sospecha que no conseguía camuflar su
diversión.
—De acuerdo… Parece que no me has echado mucho de menos.
Dorothy subió las escaleras acariciando la baranda tallada en madera oscura.
Antes de llegar a la antesala y al pasillo que se bifurcaba en las habitaciones, ubicó a
su hermana Venetia esperándola con una pequeña sonrisa. Tenía los dedos
entrelazados con los del pequeño Milan, que no tardó en soltarse para saludar a su tía
con uno de sus calurosos abrazos. Dorothy lo estrechó contra sus pesadas faldas de
tafetán rosa y arqueó una ceja en dirección a Venetia.
—¿Y bien? ¿Qué era lo que se me había olvidado?
Venetia sonrió con dulzura y miró a su hijo, que asintió con la cabeza con una
solemnidad impropia de un niño de casi seis años y tomó la mano de su tía. Dorothy
le ofreció la muñeca tal y como le pedía. Su sonrisa entre curiosa y tierna se deshizo
al reconocer la cinta que el pequeño se afanó en anudar con torpeza.
Helada y confusa, buscó la mirada de su hermana. Abrió la boca para decir algo,
para preguntar qué significaba aquello; de dónde había sacado la cinta que Alban le

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dio en la fiesta de la primavera para declarar sus intenciones. Pero la garganta cerrada
le impidió emitir una sola palabra.
—¡Ya está! —Aplaudió Milan. Venetia le sonrió con orgullo.
—Gracias —atinó a balbucear Dorothy, acariciando la suave cinta con la punta de
los dedos. Los recuerdos le llenaron los ojos de lágrimas—. Nesha… ¿Qué significa
esto?
—¿No te acuerdas de la tradición? —Levantó una ceja. Estiró el brazo hacia
Milan, que no tardó en darle su manita—. Si consigues encontrar a quien quieres que
sea tu pareja después de que den las doce, tendrás derecho a un beso y a un
compromiso. Solo tienes que ponerle la cinta en la muñeca.
—Pero para medianoche queda…
Dorothy tenía cientos de preguntas, pero en lugar de hacerlas, levantó la mirada
hacia el monumental reloj de péndulo que colgaba de la pared. Eran las doce y dos
minutos… pero del mediodía. Volvió a fijarse en la calma expresión de su hermana, y
no necesitó llenar el silencio con sus dudas. Se fio de lo que el instinto le estaba
gritando y de la cabezada que Venetia dio hacia el pasillo, invitándola a iniciar su
búsqueda por allí. Dorothy se aferró la muñeca con tanta fuerza que casi se dejó la
marca de los dedos en la piel, y tan atolondrada que parecía estar flotando en una
nube, dio unos primeros pasos inseguros hacia el corredor.
Todas las puertas estaban cerradas, pero el sol del día entraba a raudales por las
ventanas, iluminando cada posibilidad. Dorothy no pudo contener una risa nerviosa al
abrir la primera y comprobar que no había nadie dentro. Conforme iba asomándose a
cada uno de los diez dormitorios de la planta superior, su ansiedad aumentaba… hasta
que llegó al saloncito que conectaba los dormitorios de las mellizas y lo que vio en el
interior la cegó.
Había un hombre de hombros amplios de espaldas a ella. Miraba por el amplio
ventanal en una pose paciente. Tenía los dedos entrelazados a la altura de los riñones.
Habría reconocido su figura en cualquier parte, porque eso era lo único perceptible
por culpa del deslumbrante cielo blanco; eso y los rizos dorados del anunciante
Gabriel, que justamente se dio la vuelta para darle esa buena noticia que llevaba toda
la vida esperando.
Sintió que el corazón le explotaba en el pecho al cruzar miradas con un risueño
Alban.
—No lo tuviste tan difícil como yo —apuntó—. Aunque puede que sea porque yo
nunca he sentido el menor deseo de echar a correr lejos de ti.
Dorothy sacudió la cabeza, estremecida por un llanto inoportuno, y corrió para
fundirse con él en un abrazo tembloroso. Alban apoyó la barbilla en su delicado
hombro y le acarició la espalda con dedos perezosos.
—¿Estás de visita? —inquirió Dorothy con un hilo de voz—. ¿O te quedas para
siempre?
—Depende. ¿Me necesitas solo ahora, o un poco más?

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Dorothy levantó la barbilla hacia él. Alban no tardó en usar los pulgares para
retirar unas lágrimas que no terminaban de desvincularse de la pena.
—Soy libre —declaró, disolviendo sus dudas.
Ella soltó una risa burbujeante que soltaba todas las cargas.
—¿Y no quieres disfrutar un tiempo de tu libertad? ¿Estás seguro de que quieres
que te encadene ya a mí? Porque eso es lo que pienso hacer.
—En ese aspecto llevo esclavizado toda la vida; será incluso un alivio que lo
hagas oficial. Así podré cobrarme todos los beneficios que conlleva.
Dorothy tiró de uno de sus rizos antes de hundir los dedos en la cabellera
iluminada por el sol. Separó los labios para hacer las necesarias preguntas. ¿Cómo?
¿Por qué…? Sin embargo, en el último momento reculó y en su lugar se puso de
puntillas para darles un uso infinitamente más placentero.
Quería besar a Alban con lentitud y delicadeza, pero la emoción del reencuentro
se interpuso en sus propósitos y terminaron convertidos en un lío de brazos y bocas
que se encontraban y separaban con la misma ferocidad que las armas en la guerra.
La cubrió de besos excitantes que le hicieron olvidar dónde estaba y a los que
aguardaban en el piso inferior. Alban se separó un segundo, hiperventilando, para
intentar advertirla, pero su intento por recobrar el juicio solo sirvió para que Dorothy
cruzara los codos detrás de su cuello y se apretara más contra él.
—¿Crees que mi familia es estúpida? —susurró ella, sin apartar del todo los
labios de los suyos. Los rozó de manera tentadora hasta que él le clavó las uñas en la
cintura—. Sabían a lo que se estaban exponiendo. Y estoy convencida de que no les
importa. Ningún miembro del clan Marsden tiene la menor vergüenza.
Alban sonrió contra su boca y deslizó la mano por su cadera. La rodeó para tirar
del lazo que mantenía el vestido en su sitio. Lo hizo con una lentitud exasperante.
—Me he podido dar cuenta de eso —respondió en el mismo tono—. Llevo
padeciendo tu tortuoso descaro desde que era un muchacho.
—Pobre del niño Alban, corrompido por una caprichosa dama de clase…
Alban rio entre dientes y la alzó entre los brazos para tenderla muy despacio
sobre el diván de cuero beige. Dorothy no dejó de mirarlo con los ojos brillantes,
percatándose entonces del instante de vacilación que rompió el ritmo que eligió para
desvestirla.
—El niño Alban es ahora un hombre pecador. —Hizo una pausa para medir su
reacción—. Debo contarte lo que pasó a riesgo de que decidas abandonarme. Lo que
el señor O’Hara…
—Lo sé. —Le retiró un rizo con cuidado. Él arrugó el ceño.
—¿Lo sabes?
—No solo lo sé, sino que no me importa —admitió con franqueza—. Será nuestro
secreto. Otro de tantos. Y no lo mencionaremos de nuevo, a no ser que quieras…
—No quiero. Pretendo borrarlo.
Dorothy calmó la culpabilidad que atisbó en sus ojos acariciándole la mejilla.

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—El único poder que no tienes sobre mí, es el de decepcionarme.
Alban apoyó la frente en la de ella con los ojos cerrados, como si acabara de
absolver todos sus pecados con esa sencilla oración. ¿Quién decía que ese milagro no
fuera posible? Ambos llevaban toda la vida siendo testigo de la magia que eran
capaces de obrar sobre la piel y la conciencia del otro.
—¿Existe el menor riesgo de que te haga daño? —preguntó él en un murmullo.
Al mismo tiempo acariciaba la piel sensible del pronunciado escote de Dorothy, que
se preparaba separando los muslos para hacerle espacio.
—Solo si te detienes… o me dejas ahora.
Alban se inclinó para cubrir su boca con la de él.
—Entonces no volverás a sufrir jamás.

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Epílogo

—La Reina del Chisme ha querido aportar su granito de arena a la celebración —


comentaba el marqués de Wilborough—. No esperaba menos de tan oportuna
señorita, que siempre saca tiempo de donde no lo tendrá para hacernos saber lo que
opina de nuestras vidas. ¿No os parece una labor encomiable?
El susodicho llevaba un buen rato meneando el contenido de su copa. A simple
vista parecía vino, pero todo el mundo sabía ya que Hunter Montgomery no probaba
el alcohol a no ser que fuera disuelto en agua, y en aquella ocasión, que no era ni más
ni menos que la boda más esperada del año, había preferido optar por la bebida de
uno de sus sobrinos: jugo de naranja.
A su lado bebían reposadamente el marqués de Kinsale, el conde de Clarence y el
novio, que, a juzgar por su mueca de incomprensión, no debía pasar mucho tiempo en
Londres.
—¿Quién es la Reina del Chisme? —quiso saber Alban, intrigado.
Maximus de Lancaster, lord Kinsale, le dirigió una mirada sardónica.
—Esa es la pregunta que se hace toda la capital. Esa y cómo es posible que lady
Dorothy Marsden haya desposado esta misma tarde a un hombre de clase
considerablemente inferior.
—Todo el mundo es de clase considerablemente inferior si se le compara con
usted —repuso Clarence, en absoluto mortificado porque así fuera. Al contrario:
parecía alegrarse de no airear los modales de su cuñado.
—La verdad es que a un hombre le resulta muy fácil sentirse superior en una
familia como esta —bromeó Maximus, con las comisuras de los labios rizadas por la
risa contenida—. Pero ¿qué es lo que ha dicho la Reina del Chisme? Ahora siento
curiosidad.
Hunter carraspeó para leer en voz alta el recorte amarillista que se había
encargado de llevar consigo con el propósito de arrancar unas cuantas carcajadas, el
que parecía ser su único objetivo vital.
—No ha dicho nada muy distinto a lo que usted ha comentado, Kinsale. Según la
Reina del Chisme, «era de esperar que un adiestrador de caballos cerrase la colección
de peores partidos que las hermanas Marsden se han empeñado en unir a la familia».
No ha hecho las menciones especiales, pero me apuesto lo que llevo encima a que
este mensaje va dirigido al libertino Wilborough, al frío Kinsale, el maleducado y
bruto de Clarence…
—¿Cuánto lleva encima? —preguntó Maximus, mirándolo de arriba abajo—. No
creo que haya dicho nada malo sobre mí.

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—Nada implícito, claro está, pero se puede deducir.
—Por Dios, ¿es que esa mujer no sabe decir nada bueno? —rezongó Arian.
—Pero ¿quién es? —insistió Alban.
—Nadie lo sabe —apuntó Maximus—. Podría ser una mujer, por el apodo, pero
quizá se trate de un hombre que pretende despistarnos. Una jovencita o una dama de
clase; una criada o una duquesa. Lo único que sabemos con toda certeza es que
conoce los entresijos de la sociedad y no le tiene miedo a opinar, incluso si eso
conlleva ofender a los sensibles.
—Yo no me siento ofendido —reconoció Clarence—. ¿Y usted, Wilborough?
—Me han llamado cosas mucho peores, de hecho. Y ya que mencionamos el
tema, milord, me ha parecido sobreentender con su publicación que en el fondo
felicita a lady Dorothy por sus recientes nupcias… igual que al resto del clan
Marsden.
—¿De veras? —Maximus entornó los párpados—. ¿Esa criatura es capaz de
trasladar algún mensaje positivo?
—Por lo visto, sí. Juzgue por sí mismo. —Se aclaró la garganta y leyó, en voz
alta.

«No cabe duda de que el acuerdo matrimonial de lady Dorothy es


escandaloso. Sin embargo, ponderando la manera en que la novia
mira a su prometido —muy similar a la forma en que lo hacen sus
hermanas con los respectivos parientes—, una no puede evitar
preguntarse si, en realidad, y más que un acuerdo escandaloso, no se
trata de un acuerdo de escándalo. Sea cual sea el orden utilizado
para referirnos a este maravilloso despropósito, rezaremos para que
el escándalo sea para siempre la máxima en la vida de las Marsden.
Porque… ¿De qué otra manera se divertirían, si no, la Reina del
Chisme y sus chismosos súbditos?».

—A mí se me ocurren unas muy buenas maneras de divertirse —repuso Arian,


con la vista fija en una mancha de tafetán y seda azul marino. Dejó su copa a un lado
—. Si me disculpan…
—Está claro que la pobre mujer no tiene con quién pasar el rato —acordó
Maximus. Musitó un «caballeros», y como si no quisiera que se notase que tenía
prisa, fue a reunirse con lady Kinsale dando un paseo en apariencia despistado.
—Voy a tener que estar de acuerdo con milord en que la Reina del Chisme debe
entretenerse con estos panfletos porque no tiene marido —rio Hunter, mirando a
Alban—. ¿Usted no quiere ir a pasarlo bien?
Alban localizó a la novia hablando con Rachel.
Dorothy brillaba con luz propia, sin percatarse de que su mera presencia estaba
apagando la de los demás. Estaba sobrecogido por las emociones; le costaba

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mantenerlas a raya para no abalanzarse sobre ella y llevársela muy lejos de allí. Era lo
que todo su cuerpo le estaba pidiendo, tenso por unas ansias de posesión que en
realidad ya no tenían razón de ser. A fin de cuentas, estaba donde quería.
Aun así, se apartó del sonriente Hunter y cruzó el salón. Le pareció que volaba
sobre los demás al dirigirse hacia ella, y no era para menos. Todavía no terminaba de
creerse que el vicario la hubiera declarado como suya a ojos de Dios y de todo el que
los estaba mirando. Ya no había más obstáculos que salvar…, salvo unos cuantos
invitados que parecían obcecados en acapararla.
Cuando llegó hasta ella, Rachel se dio cuenta de que necesitaban un segundo a
solas y se retiró discretamente. Entonces, Alban tomó la mano de Dorothy para
inaugurar el festejo con el primer baile y la condujo al centro del salón.
Ella sonreía con las mejillas arreboladas cuando la tomó entre sus brazos.
—Este vals va a durar más que los dos minutos de la caja suiza —le recordó en
voz baja.
Alban fingió una mueca mortificada.
—¿En serio? ¿Y cuánto va a durar?
—Más o menos para siempre.
—Suena a que te acabarán doliendo los pies. Menos mal que hay alguien
dispuesto a masajeártelos cuando te canses.
Dorothy apoyó la mejilla en su pecho, aun cuando aquello era una muestra de
afecto que ni siquiera una pareja de recién casados podía permitirse hacer en público.
—¿Sabes? —dijo ella, con los labios pegados a su pecho—. Ahora es cuando
deberías haber parado el reloj.
Alban sonrió.
—¿El del duque? Ya no me hace falta el reloj. Era una herramienta para mantener
la esperanza de que llegarían tiempos mejores.
Dorothy lo estudió con atención.
—¿Y?
—Que ya no lo necesito. Ese día ya ha llegado, y ahora el tiempo está de mi
parte.

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Nota de la autora

Menudo drama, ¿no? Fiú.


Para empezar, y como ya es costumbre, quiero aclarar unas cuantas cosas de
carácter contextual.
Los mozos de cuadras no dormían dentro de la mansión del patrón al que servían;
los criados que ocupaban el sótano de la casa eran los que se encargaban de las tareas
domésticas, y por razones obvias (si al lord de turno le picaba la espalda a las tres de
la madrugada, podía tocar la campanilla para pedir auxilio y que el desgraciado se
personase en un segundo al lado de su cama). Los trabajadores de la finca habitaban
en la finca, como es lógico, pero decidí que Alban durmiera en el sótano e hiciera
vida con el servicio de Beltown Manor porque así podía facilitar más la interacción
entre los protagonistas.
Ya sabéis, si escribís sobre mozos de cuadras, que duerman en el campito. Y en
pésimas condiciones.
Por otro lado, cuando en el capítulo 18, Alban le cuenta a Dorothy que había
entrenado a The Hermit y Lord of the Isles, un par de caballos ganadores de los 2000
Guinneas Stakes… estaba mintiendo. The Hermit y Lord of the Isles existieron, al
igual que sus propietarios, Alfred Day y Tom Aldcroft respectivamente, pero fueron
entrenados por John Day y William Day. De todos modos, pongamos que Alban les
echó un cable. Con lo modesto que es nuestro Alban, me creo que decidiera no dejar
su nombre en documentos históricos para que los otros se llevaran todo el mérito.
En tercer y último lugar, no he podido encontrar documentación fiable sobre el
juego del mentiroso, el que están jugando en el capítulo 19 para la inmensa
mortificación de Rachel (y el regocijo de O’Hara). Se supone que era popular en
España, y por eso O’Hara lo conoce gracias a un cliente de origen español, pero no se
sabe a ciencia cierta cuándo comenzó.
No me vais a odiar por eso, ¿no? La escena mola.
Ahora irá la pregunta que todo el mundo se estaba haciendo: en el primer libro, la
protagonista se bañaba desnuda en el Serpentine y fumaba opio, y en el segundo, una
viuda bañaba a un hombre desnudo y se disfrazaba de cortesana. Después de esas
mamarrachas aberraciones (que os encantaron, y a mí también), ¿a qué viene la
tragedia esta? Pues, como algunas ya se habrán figurado, teniendo en cuenta el punto
del que partíamos con Dorothy (su enfermedad, su amor prohibido), no habría podido
escribir algo cómico a no ser que quisiera llevarme un palo por andar banalizando
cosas que no tienen ninguna gracia. Porque tener la escarlatina en el siglo XIX es cosa
seria, señoras, y aquí la gente no se cura por la gracia de Dios. O sea, hay novelas en

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las que sí (lo que no lo hace realista), pero yo ya he cubierto mi cupo de surrealismo
con lo del opio y el disfraz de cortesana.
A esto seguirá lo de: pero ¿podrá tener hijos? ¿Se morirá cuando cumpla
veinticinco? Digamos que será muy feliz y comerá perdices, y saldrá en otros libros
(como me las arreglo para mezclarlos a todos) contando cómo le ha ido.
En referencia a lo de sacar personajes, ya os habréis fijado en que aquí no había
sitio para Frances y Florence, protagonistas de los dos primeros libros (Serás mi
esposa y Serás mi amante, respectivamente), ni tampoco para Cassidy (ya va su libro,
ya va), y no iba a meterlos con calzador. Pero Arian y Venetia protagonizan Si te
traiciona el corazón, para las curiosas que aún no lo hayan leído. También hay
menciones y una aparición estelar de los protagonistas de Si te tientan mis labios,
Bastian Carstairs y Meredith Goody.
Más información sobre personajes secundarios, ya que estamos. A mis estimadas
pro-O’Haras, que se habrán cabreado muchísimo conmigo al sobreentender al
principio que «pretendía volver malo al vecino y quitarlo del medio»… O’Hara es
malo. Lo siento. Es malo y ya está. Pero es MI malo y el malo de Rachel, así que con
ellos nos las veremos dentro de poco con otro acuerdo de escándalo.
Mientras tanto, me podéis dejar una reseña escandalosamente positiva, que yo vea
que os he conmovido un pelín con mis amantes trágicos. Recordad que de eso
vivimos los autores indies. Sin valoraciones no hay paraíso, nenas.

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ELEANOR RIGBY es el seudónimo bajo el que escribe una andaluza amante de las
letras. Nació un mes de enero en la ciudad de García Lorca. Ha estudiado, por nueve
años, la modalidad de Danza Española en el Conservatorio Profesional de Danza
Reina Sofía, y actualmente asiste a clases de Historia en la Universidad de Granada.
Escribe novela romántica desde que tiene memoria, por inspiración de grandes
autores y autoras como Lisa Kleypas, Patrick Rothfuss y Lena Valenti. Esta pasión
por las letras la llevó a firmar su primer contrato con Selecta a los dieciocho años.
En 2019, su novela El diablo también se enamora fue elegida como ganadora del
Premio Vergara.

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