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Globalización y Nuevas Conflictividades

Este documento presenta un resumen de tres oraciones del trabajo académico "Globalización", "nuevo imperialismo" y "choque de civilizaciones". El autor analiza las principales interpretaciones de estos conceptos relacionados con el nuevo orden mundial, incluyendo las teorías convencionales sobre la globalización y los estados-nación, así como interpretaciones más recientes vinculadas a la crisis de hegemonía estadounidense y el discurso del choque de civilizaciones. El documento también provee antecedentes biográficos del autor y palabras clave relacion
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Globalización y Nuevas Conflictividades

Este documento presenta un resumen de tres oraciones del trabajo académico "Globalización", "nuevo imperialismo" y "choque de civilizaciones". El autor analiza las principales interpretaciones de estos conceptos relacionados con el nuevo orden mundial, incluyendo las teorías convencionales sobre la globalización y los estados-nación, así como interpretaciones más recientes vinculadas a la crisis de hegemonía estadounidense y el discurso del choque de civilizaciones. El documento también provee antecedentes biográficos del autor y palabras clave relacion
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VIII CONGRESO ESPAÑOL DE CIENCIA POLÍTICA Y DE LA

ADMINISTRACIÓN

GT 28: GLOBALIZACIÓN Y NUEVAS CONFLICTIVIDADES

TÍTULO DE LA PONENCIA: “GLOBALIZACIÓN”, “NUEVO IMPERIALISMO” Y


“CHOQUE DE CIVILIZACIONES”. UN BALANCE DE LOS PRINCIPALES
DISCURSOS SOBRE EL NUEVO (DES)ORDEN MUNDIAL

AUTOR: JAIME PASTOR VERDÚ


UNED
[email protected]

RESUMEN: La “globalización” es un término con larga historia y puesto de actualidad


a partir, sobre todo, de finales de la década de los 80 del pasado siglo. En este trabajo se
ofrece un comentario de algunas de sus principales interpretaciones, desde las más
convencionales, relacionadas con la crisis del Estado-nación, hasta las más recientes,
asociadas al análisis de la crisis de hegemonía estadounidense y al discurso del “choque
de civilizaciones”, pasando por las que aspiran a reformular el concepto de
imperialismo.

NOTA BIOGRÁFICA: Profesor titular de Ciencia Política de la UNED. Publicaciones


recientes: coordinador, junto con J.A. Brandariz, de Guerra global permanente (2005)
y, con Heriberto Cairo, de Geopolítica, Guerras y Resistencias (2006); autor del
artículo “Sociología histórica y Relaciones Internacionales. Apuntes para un balance”,
en Revista Académica de Relaciones Internacionales, 5, UAM-AEDRI, 2006.

PALABRAS CLAVE: globalización, estados, imperialismo, hegemonía, civilizaciones,


guerras

I. Introducción

Aunque el término “globalización” tiene una larga historia, nos referiremos en este
trabajo a su utilización como concepto con vocación de caracterizar el período que se
abre, sobre todo, a finales del decenio de los 80 del pasado siglo. En efecto, fue la caída
del bloque soviético el acontecimiento fundamental que contribuyó definitivamente a la
popularización de esa palabra a escala mundial con el fin de describir la nueva etapa
(incluso “cambio de época”, según algunas versiones) que se abría. A partir de entonces
ha sido enorme la cantidad de publicaciones que se han dedicado a dar contenido a la
misma convirtiéndola en “una palabra polivalente, promiscua, controvertida que a
menudo oscurece más de lo que revela sobre los recientes cambios económicos,
políticos, sociales y culturales” (Jessop, 2003). Podría afirmarse, como hace el
historiador africanista Frederick Cooper (2002), que “el interés actual en el concepto de
globalización recuerda una excitación similar en los cincuenta y sesenta: la

1
modernización. Son dos conceptos “-ización” que enfatizan un proceso que no
necesariamente comprenden en su totalidad, pero que consideran en curso y
probablemente inevitable. Ambos denominan dicho proceso por su supuesto punto
final”. Los defectos de la teoría de la modernización serían paralelos a los de la
globalización: su carácter teleológico y su pretensión de constreñir la imaginación
política.

Aun compartiendo esas críticas, nos adentraremos en la materia ciñéndonos al rasgo


común de una mayoría de interpretaciones que tendía a resaltar la contribución que los
avances reflejados en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación
estaban haciendo a la construcción de un mundo cada vez más interdependiente y “des-
territorializado”, con la consiguiente contracción del espacio-tiempo. Otro rasgo
sobresaliente era que se estaba dando una extensión al conjunto del planeta de la
“economía de mercado”. (se sobreentendía que la capitalista pero sin emplear muchas
veces esa calificación), una vez desaparecidas –o casi- las alternativas hasta entonces
puestas en práctica a la misma. La coincidencia de ese proceso con el auge del
neoliberalismo que se había estado desarrollando desde finales del decenio de los 70,
llevó a los primeros críticos del mismo a hablar de “globalización neoliberal” y a
destacar también el proyecto de homogeneización cultural del mundo al que iba unido.
En fin, junto a esas características y en asociación estrecha con la última, se llamaba la
atención también sobre el peso creciente de la financiarización de la economía.

Apoyándome en estas descripciones, intenté resumir en un trabajo anterior sobre esta


materia los rasgos relativamente novedosos que, sobre todo en el plano económico,
aparecían tras el término de “globalización”:
”-Aunque históricamente la tendencia hacia la configuración de una economía
mundializada tiene profundas raíces en etapas anteriores, en la actualidad se está
produciendo una notable extensión de unos mercados globales crecientemente
integrados cuya dimensión cuantitativa es significativamente superior; es innegable que
en ese proceso han influido las innovaciones tecnocientíficas en distintas esferas
(transportes, telecomunicaciones, biogenética...) que se han ido alcanzando en los
últimos decenios.
-El peso de las empresas multinacionales también ha ido creciendo significativamente
en el último período a través de procesos de fusiones y alianzas que les otorgan un

2
enorme poder a escala global y que llevar a afirmar, de forma un tanto imprecisa, que
nos encontramos ante un oligopolio mundial en formación.
-Las políticas macroeconómicas basadas en el ‘modelo’ neoliberal también se han ido
generalizando desde comienzos de los años 80 de forma notable, con una tendencia a la
homogeneidad que va dirigida a modificar sustancialmente los costes de producción y
reproducción de la fuerza de trabajo y a sentar las bases de un nuevo régimen mundial
de acumulación de capital.
-Los problemas de regulación de las relaciones de todo orden en el conjunto del planeta
frente a las consecuencias de esta dinámica, manifestadas especialmente a través de una
mayor crisis ecológica y social pero también mediante crisis financieras generadoras de
‘riesgos’ sistémicos crecientes, están adquiriendo un alcance muy superior al conocido
hasta ahora; en ese contexto el sistema jerárquico de estados está conociendo
mutaciones importantes, con consecuencias contradictorias en cada uno de ellos en
función de su ubicación geopolítica y geoeconómica y de su relación con las nuevas
organizaciones multilaterales.
Dentro de ese panorama son sin duda los mercados financieros los que han
conocido una mayor integración global” (2002: 19).

En síntesis, se podía considerar que el cambio de fase histórica se caracterizaba por una
globalización económica y predominantemente financiera, facilitada por los nuevos
avances tecnológicos, bajo la hegemonía de un proyecto capitalista neoliberal.

Sin embargo, si se analizaba qué actores políticos habían ido generando todo ese
proceso, inevitablemente se tropezaba con el papel motor que Estados Unidos de
Norteamérica había ido teniendo desde 1971-1973 en el mismo. Podemos poner como
ejemplo al conocido estudioso de las Relaciones Internacionales Robert Gilpin, quien ha
sostenido precisamente que “el concepto de ‘globalización’ proporciona la base
ideológica de la nueva fase del expansionismo internacional americano”1. Pero, además,
la reinserción creciente de países como Rusia y China dentro del mercado capitalista
mundial a partir del decenio de los 90 aparecía también como otro dato novedoso que
parecía completar el nuevo panorama. Por eso, recogiendo todos estos fenómenos, salvo

1
“‘The New International Economic Order: In Whose Interest?”. Ponencia presentada en el seminario
sobre “Globalisation: Project or Process”. Center for Social Theory and Comparative History, UCLA,
mayo 2002 (citado por Gowan, 2007).

3
el tecnológico, Peter Gowan ofrecía recientemente una definición de la “globalización”
como “el proyecto americano de construir un orden mundial global americano-céntrico
en el marco del colapso del Bloque Soviético y comunista y del giro de Rusia y China
hacia el capitalismo” (2007).

Pero todo este conjunto de características no era reconocido como tal por la mayoría de
la “opinión publicada” hasta 1997-1998, cuando irrumpió una serie de crisis financieras
sistémicas que se fueron dando en toda una serie de países de los “mercados
emergentes”, y, sobre todo, a raíz del surgimiento de un movimiento “antiglobalización”
que cuestionó la presunta “inevitabilidad” de ese proceso. Más tarde, el giro
neoconservador y el “unilateralismo” militar que en política exterior practica la
administración estadounidense a partir, sobre todo, del 11-S de 2001, contribuirían a
reforzar la percepción del protagonismo de esa gran potencia en la nueva configuración
del planeta. Es entonces cuando se vuelve a hablar de “nuevo imperialismo” pero
también cuando el discurso del “choque de civilizaciones” adquiere mayor audiencia en
un contexto de emergencia creciente del “terrorismo internacional” como un actor
transnacional; pero también de creciente centralidad del “Gran Oriente Medio” como
zona geoestratégica en la que puede estar en juego el futuro de una transición desde una
fase de clara hegemonía estadounidense a otra de declive de la misma y de ascenso de
otras grandes potencias, especialmente las situadas en Asia. Conviene, por tanto, hacer
un repaso a toda esta trayectoria.

II. Las teorías convencionales sobre la “globalización” y los Estados

En el ámbito académico se mantiene generalmente una exposición de los cambios


transcurridos que muchas veces, en aras de la “objetividad”, omiten aspectos
fundamentales. Si nos remitimos, por ejemplo, a alguno de los manuales al uso, nos
encontramos con tesis como ésta: “la globalización necesariamente alude a la idea de
‘desterritorialización’ o ‘des-espacialización’” (Vallespín, 2003: 402); no obstante, ese
rasgo considerado “la dimensión fundamental” es matizado más adelante cuando se
reconoce que en realidad lo que se da es una des-territorialización del capital que
contrasta con el hecho de que “frente a esta disminución de los costes de emigración del
capital nos encontramos, sin embargo, con la tozuda ‘territorialidad’ del trabajo” (416).
A pesar de esto, se insiste en que “el presupuesto último de la globalización es:

4
-en primer lugar, que grandes zonas de la actividad social van extendiendo su
campo de acción hasta abarcar niveles que superan los límites nacionales y regionales,
interconectados ahora a través de una compleja red de relaciones, flujos e intercambios.
-y, en segundo término, que ello va acompañado de una intensificación de las
conexiones y dependencias entre las diferentes sociedades y Estados” (402).

Más adelante, en el mismo trabajo se reconoce que “la nota más acusada de la
globalización es, sin duda, la progresiva internacionalización de los mercados
financieros y del comercio de bienes y servicios, que ha creado ya un espacio de
competencia internacional que se extiende por todo el globo” (403). A continuación se
señala: “El auténtico motor de la globalización –su ‘base material’, que diría Castells- es
el avance tecnológico, coligado esto con los poderosos ‘agentes globales’ de la nueva
economía, que son sus principales beneficiarios e impulsores”. Luego, se constata las
dificultades de los Estados para “aplicar estrategias de cooperación dirigidas a contener
las inmensas asimetrías que genera el inquieto capital internacional y las diferentes
fuerzas económicas transnacionales o si, por el contrario, seguirán prevaleciendo las
pautas de conducta ya habituales: escasa interferencia en el caso de los países que más
beneficiados se ven de la situación; coalición entre elites empresariales multinacionales
y elites políticas locales en los más importantes países en desarrollo; y pura impotencia
por parte de los ‘perdedores natos’” (404). Todo esto conduce a reconocer la crisis del
Estado de bienestar y la aparición del “Estado de mercado”, “preocupado más por
fomentar la propia competitividad internacional de su economía nacional que por la
prestación de los clásicos servicios del Estado de bienestar” (418).

Vemos, por tanto, cómo en descripciones como ésta se pasa desde definiciones con
vocación de objetividad a otras en las que la financiarización de la economía, la
existencia de “agentes globales” y la extensión de políticas neoliberales (aunque sin
mencionar ese calificativo) llegan a ocupar el primer plano a medida que se resalta, por
ejemplo, la crisis del Estado de bienestar. Pero todo este panorama es explicado sin
ofrecer una interpretación de los orígenes de todo el proceso, sin destacar cuáles han
sido los principales agentes y motores políticos y económicos del recorrido que ha
llevado a esa situación y presentando a los Estados como si hubieran sido sujetos
pasivos en todo ese proceso: ni la crisis de rentabilidad que atravesaba el capitalismo a
finales del decenio de los 60 ni la reacción estadounidense a su crisis de hegemonía -

5
derivada fundamentalmente de su fracaso en Vietnam y de la competencia de otras
potencias en ascenso- ni la crisis del sistema de Bretton Woods y el nuevo papel de las
instituciones financieras internacionales son mencionados como factores y actores que
han ido desarrollando, apoyados innegablemente en los avances derivados de las
innovaciones tecnológicas, un proyecto que convencionalmente se difunde como
“globalización” y que es en realidad una nueva fase de desarrollo desigual y combinado
del capitalismo a escala global (Rosenberg, 2004, 2005 y 2006).

No teniendo en cuenta que lo que se puso en marcha fue una “economía política de la
globalización”, se tiende en realidad a dar la impresión de que nos encontramos ante
una situación “irreversible”, frente a la cual todos los Estados verían limitado su margen
de maniobra y de autonomía viéndose “obligados” a convertirse en “Estados de
mercado”. En resumen, se ve la relación entre “globalización” y Estados como un juego
de suma cero, no saliendo de un esquema binario poco operativo para comprender las
mutaciones y transformaciones que se han ido produciendo en las últimas décadas.
Porque, como sostiene Sakia Sassen, “el Estado no sólo no excluye a lo global sino que
es uno de los dominios institucionales estratégicos donde se realizan las labores
esenciales para el crecimiento de la globalización” (Zúñiga García-Falces, 2007 a):
142).

Apoyándose en explicaciones académicas como la mencionada más arriba, y pese a los


juicios críticos que a veces se emiten ante sus “efectos perversos o colaterales” –
fundamentalmente, las desigualdades espaciales y sociales y la agravación de la crisis
ecológica-, en realidad se ha tendido a utilizar el término “globalización” como un
concepto ideológico destinado a presentar las políticas económicas –y los discursos que
las acompañan- que se han ido poniendo en marcha como algo “inevitable” e incluso
como algo similar a la “ley de la gravedad” (en desafortunada metáfora del respetable
escritor Mario Vargas Llosa). De esta forma, se limitan las posibilidades de hacer otra
política por parte de los gobiernos, se ofrece una cómoda justificación a la gran mayoría
de dirigentes políticos para la adopción de medidas impopulares y, en fin, se va dando
más poder a las instituciones y organizaciones internacionales, ocultando que éstas
funcionan bajo el patrocinio de los Estados y los gobiernos de los países ricos. Las
constricciones del “imperativo sistémico” parecerían, por tanto, inamovibles.

6
No sorprende, pues, que el debate entre muchos científicos sociales y especialmente
entre los/las politólogos/as haya girado en torno a la crisis del Estado-nación. Se ha ido
configurando así una pluralidad de “globalistas incondicionales” (como los define
Michael Mann (1998)) que tiende a hablar de “socavamiento” o “debilitamiento” del
“estado-nación” (en singular y en abstracto) y de la tendencia a la configuración de una
“sociedad global”, haciendo abstracción, entre otros factores, del carácter desigual y
asimétrico de ese proceso en el marco de un sistema jerárquico de estados, del caso
relativamente excepcional de la Unión Europea, del papel central que han jugado
grandes Estados como el estadounidense en todo este proceso, así como del carácter
interestatal, como ya he señalado, de las instituciones y organizaciones internacionales
(ONU, FMI, BM, OMC, OTAN), o de “Cumbres” como las del G-8, en las que se
reúnen y deciden únicamente las grandes potencias.

En resumen, en mayor o menor medida esa tendencia a sobrevalorar la


“desterritorialización”, a generalizar sobre la crisis del Estado-nación e incluso a hablar
de la conformación de un “Imperio” sin centro (Negri y Hardt, 2002) no tiene en cuenta
la “geopolítica de la economía” (Mignolo, 2007: 173) que se ha ido configurando en el
mundo actual. Tiende, además, a ahorrarse el esfuerzo por diferenciar entre los Estados
y sus respectivas relaciones con la economía, así como con las distintas redes de
interacción global, continental, regional o local, con la estructura de clases y con las
distintas fuentes de poder social (Mann, 1998; Pastor, 2006).

Todo ello no significa negar que bajo esta globalización neoliberal se estén produciendo
cambios significativos en los Estados y el tipo de funciones que la mayoría de ellos han
ido asumiendo. Como subrayan Altvater y Mahnkopf (2002: 349), es cierto que los
Estados se han ido transformando “de un ente amortiguador entre las exigencias de los
mercados internacionales y los intereses (sociales) de los ciudadanos a un adaptador de
estos intereses a las exigencias de los mercados sin fronteras”, con la excusa muchas
veces de la “fast policy”, asociada a esa contracción del espacio-tiempo que se da en el
marco de la competitividad global. Por ese camino los Estados aparecen más como un
“power conector” (estado nodal o red dentro de un sistema político más amplio) que
como un “power container” (de distritos industriales, ciudades globales y capitales
nacionales o regionales) (Jessop, 2003), perdiendo así centralidad pero no relevancia
como actores estratégicos que siguen siendo clave. Ese proceso, además, está

7
favoreciendo una creciente autonomía de los gobiernos –y de los Bancos Centrales-
respecto a los parlamentos y a la soberanía de los pueblos que es acompañada también
por la aplicación de la “fast policy” a las cuestiones de “seguridad nacional” y de
“guerra global contra el terror”, con la consiguiente tendencia a generar procesos de
“desdemocratización” (Schmitter, 1995) y a restringir derechos y libertades básicas.

Pero lo que revela todo esto es que lo que está en crisis no es el Estado-nación como tal
y en general sino, fundamentalmente, el “modelo” de referencia en que se había
convertido el Estado nacional-keynesiano del bienestar ( y, añadiríamos, del Estado
democrático de derecho), sustituido ahora por el del Estado competitivo de mercado (y
penal) en la medida que las relaciones de fuerza entre las clases y los distintos actores
sociales y políticos se han ido modificando y han facilitado el avance de lo que
algunos/as han definido como una “contrarrevolución neoliberal” o “Gran
Restauración” (Capella, 2007); conviene recordar, además, que ésta tuvo su origen
precisamente en el “punto de inflexión” que marcan los años 1971-1973 y las primeras
dictaduras latinoamericanas2. Todo esto no es incompatible con procesos de
“regionalización” o de asociación entre distintos Estados-nación, como es el caso de la
Unión Europea, precisamente porque sus élites quieren estar en mejores condiciones de
competir con otras grandes potencias y evitar así su “dulce decadencia” ante el temor de
que el epicentro de la economía mundial se desplace al Pacífico (Steinberg, 2007). Pero,
en cualquier caso, como estamos viendo en algunos países de América Latina, eso no
significa que todas esas tendencias sean inevitables sino que pueden ser contrarrestadas
cuando irrumpen poderosos movimientos sociales, capaces de forzar cambios de rumbo
más o menos radicales y de adoptar formas de organización y expresión política que,
dada la crisis del sistema tradicional de partidos, se manifiestan a veces en nuevos tipos
de populismo (Laclau, 2005) o “cesarismo”.

En conclusión, la presentación de las tendencias a la economía y la sociedad global


como irreversibles ha contribuido a generar la percepción de las políticas neoliberales

2
En relación con esto me parece oportuno mencionar el comentario siguiente de Ernesto Laclau: “Para
pensar en totalitarismo hay que pensar en regímenes que no construyan a un pueblo sino que pongan
límites absolutos a la construcción de ese pueblo. Si se piensa en regímenes autoritarios, potencialmente
totalitarios, en América latina no hay que pensar en el populismo sino, por ejemplo, en el neoliberalismo.
Para imponer esas medidas drásticas y antipopulares radicales se necesitaron dictaduras como la de
Pinochet en chile o Videla en Argentina. Ahí sí hay medidas de coartación radical de la libertad, pero no
por los movimientos populistas” (Zúñiga García-Falces, 2007 b): 144).

8
como una fatalidad a la que los Estados y sus gobiernos no podían oponerse. Quizás las
frases de Margaret Thatcher “la economía es el método pero el objetivo es cambiar el
alma” y “No Hay Alternativas” (TINA, en inglés) fueran las más reveladoras del nuevo
“sentido común” que ha ido acompañando a esa pretensión de expulsar del ámbito de lo
posible y factible cualquier intento de oponerse a ese proceso. Por eso, frente a ese
determinismo tienen mayor relevancia las interpretaciones de la “globalización” que se
remiten a un análisis de los factores que explican por qué se fue desarrollando ésta
desde comienzos de los años 70, con los sucesivos pasos que se fueron dando para
extenderla a otras partes del mundo desde EEUU, Gran Bretaña, la Unión Europa y Asia
Oriental, regiones donde se encuentran los Estados más poderosos o/y aquéllos que
emergen como nuevas grandes potencias en este siglo XXI (Gowan, 2000; Harvey,
2007). En ese marco el discurso de la “gobernanza global” que irrumpe prácticamente
en los 70 y que, luego, es sistematizado teórica y pragmáticamente tiene su
funcionalidad y justifica con mayor razón la necesidad de analizar la relación estrecha
entre la “globalización” y el papel de los Estados, las instituciones multilaterales y los
otros actores transnacionales.

La fórmula “gobernanza global” que entra en boga a mediados de los 80 puede ser
analizada en ese contexto como el desarrollo de una estrategia neoliberal que se ha ido
aplicando a lo largo de tres fases: la primera sería la de la emergencia de las políticas
neoliberales (desde finales de los 70 hasta mediados de los 80); la segunda, la del
“Consenso de Washington”, desde la mitad de los 80 hasta la de los 90; y la tercera,
desde entonces hasta ahora, caracterizada por lo que se ha dado en llamar “consenso
post-Washington”. Pero, además, esa fórmula tiene dos vertientes: una, macro, que tiene
que ver con la búsqueda de la “estabilidad social” necesaria para la aplicación de las
políticas neoliberales; y otra, micro, que enlaza en cierto modo con las técnicas de
“gubernamentalidad” que ya analizó Foucault y que tienen que ver con ese cambio del
“alma” de la gente al que se refería Margaret Thatcher (De Angelis, 2005).

Sin embargo, la crisis de la “globalización feliz”, a partir de 1998 –con las crisis
financieras intrasistémicas y la progresiva emergencia del movimiento
“antiglobalización”- y, sobre todo, el impacto del 11-S de 2001 –con la consiguiente
intensificación del proceso de militarización del planeta y la centralidad simbólica de las
guerras y conflictos en el “Gran Oriente Medio”-, pusieron de relieve las consecuencias

9
que estaba teniendo la asociación estrecha entre “globalización” y “neoliberalismo” en
la agravación de las desigualdades sociales –dentro y entre los distintos países,
especialmente entre el “Norte” y el “Sur”-, de la crisis ecológica y de la crisis de la
democracia en general. Las críticas se fueron dirigiendo cada vez más al neoliberalismo
como la ideología que estaba detrás de lo que se veía ya como un proyecto que se había
formalizado no sólo en el ámbito económico sino en otras esferas e incluso en la vida
cotidiana. Pero, además, el mayor protagonismo que en ese nuevo escenario va
adquiriendo Estados Unidos, reforzado por el proyecto “transformacionalista”
neoconservador, favorece la percepción popular de que nos encontramos ante una
globalización neoliberal “made in US”. Es curioso, como observa Arrighi (2007: 202-
203), que esa visión popular contrastara con la incomodidad con el término
“globalización” que después del 11-S empieza a manifestar el presidente
estadounidense, convencido de que a partir de entonces lo importante era la
preservación de sus intereses nacionales, estrechamente unidos a la “guerra global
contra el terror”.

En ese contexto vemos cómo la “gobernanza global” tropieza con dinámicas de crisis y
descomposición de muchos Estados, aumentando no sólo la lista de “Estados canallas”
sino también, y sobre todo, la de “Estados fallidos”, en contraste con el creciente
protagonismo de los países más ricos del G-6 (EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido,
Francia e Italia) o de los BRIC (Brasil, Rusia, India, China). Resurge así un nuevo
interés por recomponer el sistema de Estados con vistas a evitar la creciente
desestabilización de distintas zonas del planeta, relanzando procesos de “state building”
y de “nation building”, incluso por parte de quienes apoyaron inicialmente el proyecto
neoconservador, basado en la creación de un “caos constructivo” en zonas clave
(Fukuyama, 2004). Se reconocía así que, si se quería evitar el recurso extendido a un
“imperialismo formal”, había que contribuir a que los Estados ahora denominados
“frágiles” de la periferia aseguraran, al menos, una “good enough governance”
(Duffield, 2006).

III. “Nuevo imperialismo”, cambio sistémico y crisis de hegemonía


En ese marco de reinterpretación de la actual etapa histórica ha habido una recuperación
de los viejos debates sobre el imperialismo, destacando entre ellos el ofrecido por David
Harvey (2003). Este conocido geógrafo ha recogido distintas aportaciones “clásicas”

10
(como las de Rosa Luxemburg o Hanna Arendt) y otras recientes (como, sobre todo, las
de Arrighi) y ha ofrecido una propuesta de definición del imperialismo capitalista como
una fusión contradictoria de “la política estato-imperial” (es decir, el imperialismo
como un proyecto específico, propio de agentes cuyo poder se basa en el control sobre
un territorio y la capacidad de movilizar sus recursos humanos y naturales con
finalidades políticas, económicas y militares) con “los procesos moleculares de
acumulación de capital en el espacio y en el tiempo” (el imperialismo como proceso
político-económico difuso en el que lo primordial es el control sobre el capital y su
uso).

Lo que distinguiría al imperialismo de tipo capitalista de otras concepciones de imperio


es que en él predomina la lógica capitalista, aunque hay ocasiones en que lo hace la
territorial. En ese sentido, la lógica capitalista del imperialismo debería entenderse en el
contexto de la búsqueda de “soluciones espacio-temporales” al problema del exceso de
capital; de ahí resulta que la tendencia a la “globalización” haya sido y sea inherente al
capitalismo, ya que busca una continua compresión espacio-temporal y se da
constantemente una volatilidad y una reorientación de los flujos de capital de unos
espacios regionales a otros en función de las crisis de rentabilidad por las que
atraviesan.

Desde esa perspectiva, en la fase actual se habría conformado un “nuevo imperialismo”


que estaría buscando, a través del neoliberalismo, nuevas vías de acumulación tanto
mediante la reproducción ampliada como a través de la desposesión, dentro de una
nueva ronda de “cercamiento de los bienes comunales”, tal como ocurrió en los orígenes
del capitalismo mediante lo que Marx denominó “la llamada acumulación originaria”.
Ahora ese proceso de “desposesión” se habría desarrollado a través de distintos medios
(privatización y mercantilización, financiarización, gestión y manipulación de las crisis
a través de la “trampa de la deuda”, redistribuciones estatales de la renta). El desarrollo
desigual de ese proceso habría ido acompañado y potenciado por la configuración de
Estados neoliberales destinados a garantizar su contribución a la “gobernanza global”
(Harvey, 2007).

El papel del Estado hegemónico, en este caso Estados Unidos, habría sido el de asegurar
y promover los dispositivos institucionales externos e internacionales que hacen

11
funcionar las asimetrías en las relaciones de intercambio en beneficio de esa potencia
hegemónica. Pero el problema de la coyuntura mundial actual estaría precisamente en
que determinadas actuaciones (sobre todo, la invasión de Iraq) de ese Estado
hegemónico, es decir, su forma de interpretar su lógica político-territorial propia, estaría
entrando en contradicción con la lógica de la acumulación capitalista global y, en
concreto, con la necesaria “gobernanza global” del sistema, a la vista de los procesos de
inestabilidad (destructiva y no creativa) que genera en el mundo y, en concreto, en una
zona clave como la ya mencionada del “Gran Oriente Medio”. En resumen, el liderazgo
estadounidense se estaría convirtiendo en una dominación mediante el recurso creciente
a la coerción, en detrimento del consenso y del “poder blando”; lo cual estaría poniendo
en peligro la estabilidad global y facilitaría, además, el ascenso de otras grandes
potencias, especialmente las asiáticas.

Las aportaciones de Harvey enlazan, a pesar de sus diferencias, con interpretaciones


históricas hechas antes del giro del 11-S de 2001, como la de Giovanni Arrighi y
Beverly Silver. Partiendo de su enfoque basado en la existencia a lo largo de la historia
del capitalismo de sucesivos ciclos sistémicos de acumulación, sostienen que “estamos
inmersos en un cambio sistémico, esto es, en un proceso de reorganización radical del
sistema-mundo moderno que cambia sustantivamente el carácter de los elementos del
sistema, la forma en que éstos se relacionan entre sí y el modo en que el sistema
funciona y se reproduce” (2001: 28). Desde ese punto de vista, “la expansión financiera
global de los aproximadamente últimos veinte años no constituye una nueva fase del
capitalismo mundial ni anuncia una ‘incipiente hegemonía de los mercados globales’.
Por el contrario, indica claramente que nos hallamos inmersos en una crisis de
hegemonía. Como tal, cabe esperar que esa expansión no sea sino un fenómeno
temporal que acabará más o menos catastróficamente, dependiendo de cómo gestione la
crisis la potencia hegemonía en declive” (2001: 276). La “característica nueva y
probablemente irreversible de la actual crisis hegemónica” estaría, más bien, en “la
proliferación en número y variedad de organizaciones y comunidades empresariales
transnacionales” que “ha constituido un factor determinante de la desintegración del
orden hegemónico estadounidense y cabe esperar que se prolongue y configure el
cambio sistémico que está teniendo lugar acarreando una pérdida de poder generalizada,
lo que no quiere decir universal, de los Estados” (282). A este respecto matizan a
continuación que el aumento de poder de algunos Estados ha sido un fenómeno típico

12
de las anteriores transiciones hegemónicas; si bien la diferencia estaría en que ahora los
recursos militares globales estarían en manos de la potencia hegemónica en declive y de
sus aliados más cercanos, mientras que los recursos financieros globales se están
desplazando a “nuevos centros provistos de una competitividad crucial en los procesos
de acumulación de capital a escala mundial” (281).

Distinguiendo entre “crisis-señal” y “crisis terminal” de hegemonía, Arrighi anticipa


que es probable que el atolladero en que se encuentra Estados Unidos en Iraq conduzca
a su “crisis terminal” de hegemonía: “Evidentemente, sea cual sea el resultado de la
guerra en Iraq, Estados Unidos seguirá siendo la principal potencia militar del mundo
durante algún tiempo, pero así como sus dificultades en Vietnam precipitaron la ‘crisis-
señal’ de la hegemonía estadounidense, es probable que sus dificultades en Iraq lleguen
a ser vistas retrospectivamente como las que precipitaron su ‘crisis terminal’” (2007:
197). De esta forma, “el nuevo imperialismo del Proyecto para un Nuevo Siglo
Americano señala probablemente el fin poco glorioso de la pugna de Estados Unidos
durante sesenta años por convertirse en el centro organizador de un Estado mundial. Esa
porfía cambió el mundo, pero ni siquiera en sus momentos más triunfales alcanzó
Estados Unidos su propósito”; en cambio, “ahora todas las pruebas parecen apuntar a
China como auténtico vencedor de la Guerra contra el Terrorismo, consiga o no
finalmente Estados Unidos quebrar la espina dorsal de Al Qaeda y de la insurgencia
iraquí” (274). Una tesis que Arrighi desarrolla ampliamente en la obra de la que se
extraen estas citas y que concluye con un epílogo sobre posibles escenarios futuros y
complementarios –“nuevo Bandung” y “resistencia del Norte a la subversión de la
jerarquía global de riqueza y poder”- que nos ayuda a entrar en el apartado siguiente.

No se pretende aquí abordar a fondo la validez o no de los pronósticos de Arrighi, sobre


todo en lo que se refiere al posible relevo asiático de EEUU; pero sí merece la pena
indicar que hipótesis similares están funcionando ya e influyen en la relevancia mayor
de la lucha por el control de determinadas zonas geoestratégicas, con mayor razón
cuando entramos en el “fin de la era del petróleo barato”, coincidente además con la
agravación del cambio climático y la urgencia de una transición hacia otro modelo
energético (Heinberg, 2006).

IV. “Choque de civilizaciones” y reactivación del imaginario geopolítico “occidental”

13
No es casual que ante los primeros síntomas dramáticos del rechazo de la
“globalización”, percibida como un proyecto de “occidentalización del mundo” también
en el plano cultural, fuera adquiriendo mayor audiencia el discurso del “choque de
civilizaciones” que Samuel Huntington había sistematizado ya antes del 11-S de 2001,
si bien esa fórmula fue empleada por primera vez por el “orientalista” Bernard Lewis en
un artículo sobre Suez, escrito en 1957, y repetida por él mismo en trabajos sucesivos.

Pese a que en su principal obra sobre esta materia el veterano politólogo de Harvard
reconocía “los defectos del orientalismo que Edward Saïd criticaba acertadamente
porque promovían ‘la diferencia entre lo familiar (Europa, el Oeste, ‘nosotros’) y lo
extraño (Oriente, el Este, ‘ellos’) y porque daba por sentada la superioridad de lo
primero sobre lo segundo” (1997: 35), el título de la misma (“El choque de
civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial”) parecía encajar ahora
perfectamente tanto con el proyecto neoconservador de la Casa Blanca como con el
mensaje opuesto que había difundido Osama Bin Laden sobre la inevitable
confrontación entre el “mundo occidental” y el “mundo islámico”, convirtiéndose así en
una profecía autocumplida. No es casual que personajes neoconservadores relevantes
como Paul Wolfowitz reconocieran la influencia de Lewis y Huntington en sus
propósitos, tratando de justificar así sus operaciones militares en Afganistán e Iraq3.

En esa obra se propone una clasificación de distintos grupos territoriales en el mundo en


los que el factor religioso de diferenciación es el principal: el occidental (católicos y
protestantes), el musulmán, el chino, el japonés, el hindú, el cristiano ortodoxo, el
latinoamericano y el africano. Seis de esos ocho grupos serían reticentes a los valores
“occidentales” pero, desde su punto de vista, la civilización de religión islamista se
convertía en el principal peligro: “Mientras el islam siga siendo islam (como así será) y
Occidente siga siendo Occidente (cosa que es más dudosa), este conflicto fundamental
entre dos grandes civilizaciones y formas de vida continuará definiendo sus relaciones

3
Conviene precisar, no obstante, que Huntington se pronunció en contra del ataque estadounidense a Iraq,
iniciado en marzo de 2003, y se ha ratificado recientemente en esa opinión, como se puede comprobar en
una entrevista reciente de Mark O’Keefe: “Question & Answer: Five Years After 9/11. The Clash of
Civilisations Revisited, 18 de agosto de 2007 (disponible en
http://www.allanoble.net/articles_by_samuel_huntington.htm ). En cambio, Lewis ha seguido
manifestándose a favor de la ocupación de Iraq.

14
en el futuro lo mismo que las ha definido durante los últimos catorce siglos” (252).
Curiosamente, Israel no aparecía mencionado en esa clasificación como un caso
diferenciado y, en cambio, América Latina, pese a ser considerada católica, se convertía
a partir de 1990 en un espacio aparte, excluyendo, eso sí, las islas Malvinas,
pertenecientes al mundo occidental (28-29).

De esta forma se congela el mapamundi, se tiende a dejar de lado el plano económico y


social (las divisiones de clase siguen existiendo) y se menosprecia los efectos
contradictorios de una “globalización” que, si bien pretende homogeneizar, también
puede favorecer la apertura, el flujo y el mestizaje entre las distintas culturas. Todo esto
es devaluado en beneficio de la religión como clave cultural principal poniendo así en el
centro de las preocupaciones del “mundo occidental” la necesidad de defenderse frente
a todo lo que es percibido como una “amenaza” a su cohesión interna. Para hacerle
frente, el papel de Estados Unidos es clave: “La supervivencia de Occidente depende de
que los estadounidenses reafirmen su identidad occidental y los occidentales acepten su
civilización como única y no universal, así como de que se unan para renovarla y
preservarla frente a los ataques procedentes de las sociedades no occidentales” (21).

No obstante, la sobrevaloración del papel de las religiones no impide a Huntington


reconocer la relevancia de otros factores de poder en el nuevo equilibrio entre
“civilizaciones” a medida que nos adentremos en el siglo XXI: “En resumen, Occidente
seguirá siendo en conjunto la civilización más poderosa hasta bien entradas las primeras
décadas del siglo XXI. Después, es probable que continúe teniendo una ventaja
importante en talento, investigación y progreso científicos, así como en innovación
tecnológica civil y militar. Sin embargo, el control sobre los demás recursos
generadores de poder se está difundiendo cada vez más entre los Estados centrales y los
países principales de las civilizaciones no occidentales” (107).

En ese contexto la importancia del factor militar queda reflejada en la función que este
politólogo atribuye a la OTAN: “En el mundo de la posguerra fría, la OTAN es la
organización de seguridad de la civilización occidental. Terminada la guerra fría, la
OTAN tiene un solo propósito fundamental y apremiante: asegurarse de que las cosas
sigan así, impidiendo que se vuelva a imponer el control político y militar ruso en
Europa Central” (192). Sin embargo, esto no significa que la Alianza Atlántica deba

15
intervenir en cualquier conflicto, especialmente si es intracivilizatorio (“En la era que
viene, dicho brevemente para evitar grandes guerras entre civilizaciones es preciso que
los Estados centrales se abstengan de intervenir en conflictos que se produzcan dentro
de otras civilizaciones. Ésta es una verdad que a algunos Estados, particularmente a los
Estados Unidos, les resultará difícil de aceptar” (380)).

Las dificultades y contradicciones de ese discurso a la hora de relacionarlo con los


conflictos existentes en distintas partes del mundo y, sobre todo, de pretender establecer
fronteras espaciales claras se han agravado ante el fenómeno de las migraciones
transnacionales y la composición multicultural que las propias clases trabajadoras de los
países “occidentales” están adquiriendo. Ya en la obra mencionada Huntington indicaba
que uno de los desafíos a la “cultura occidental” provendría cada vez más de “los
inmigrantes de otras civilizaciones que rechazan la integración y siguen adhiriéndose y
propagando los valores, costumbres y culturas de sus sociedades de origen. Este
fenómeno se percibe sobre todo entre los musulmanes en Europa que, sin embargo, son
una pequeña minoría. También es manifiesto, en menor grado entre los hispanos de los
Estados Unidos, que son una gran minoría” (365). Este último cuestionamiento ha sido
objeto de mayor atención por parte de Huntington en los últimos tiempos, quien ha
llegado a proponer fórmulas que exigieran la asimilación forzosa de esa población
migrante por la nación y la cultura de la sociedad de acogida; en otra obra reciente, en la
que reconoce que escribe no sólo como académico sino también como “patriota”,
polemiza con el autor de un libro titulado El sueño americano, concluyendo que “no
existe tal sueño americano (‘Americano’ dream). Sólo hay un único sueño americano
(American dream), creado por una sociedad angloprotestante. Los mexicano-americanos
compartirán ese sueño y esa sociedad sólo si sueñan en inglés” (las cursivas son del
original) (2004: 297).

Coinciden así la percepción de un mundo dividido entre “Occidente” y “el resto”,


principalmente presidido por la amenaza islamista y el ascenso de otros Estados, y el
temor al futuro identitario de la única gran potencia, Estados Unidos, que con su
nacionalismo cosmopolita sería la única capaz de garantizar la supervivencia de
“Occidente”. No es, por tanto, casual que la audiencia encontrada por esa visión haya
coincidido con la relativa crisis de legitimidad que estaba sufriendo la globalización

16
“made in US” ya mencionada, tal como reconocería, a raíz sobre todo de las
consecuencias de la invasión de Iraq, Zbigniew Brzezinski (2005).

Pese a las contradicciones del discurso del “choque de civilizaciones” no sólo con la
realidad sino también con la estrategia global estadounidense (siendo quizás su ejemplo
más viejo el de las buenas relaciones con el régimen despótico de Asrabia Saudí, por no
hablar de las mantenidas en la actualidad con los islamistas turcos dentro de la OTAN
en una región geoestratégica clave (Tugal, 2007) o con la dictadura de Pakistán y su
apoyo indispensable en el momento de la invasión de Afganistán), es previsible que ese
“paradigma” (tal como Huntington lo define en su introducción a la obra citada) siga
funcionando precisamente porque contribuye a generar una sensación de “amenaza” en
las sociedades del “Centro” y a justificar la tendencia a extender el “estilo paranoide” de
la política exterior estadounidense a otras grandes potencias occidentales y, en
particular, a la UE. Pero es evidente también que esa percepción está generando a su vez
riesgos desestabilizadores crecientes debido a que su generalización a las poblaciones
procedentes del “mundo musulmán” –y de América Latina, al menos en el caso
estadounidense- residentes en sus países no haría más que favorecer respuestas
fundamentalistas opuestas (aumentando, por tanto, su apoyo a opciones “terroristas”) o,
simplemente, la creación de “apartheid” conflictivos en las grandes ciudades: reconocer
su condición imprescindible de “insiders” en la economía pero, al mismo tiempo,
prescindir de ellos/as considerándolos/as “outsiders” en el plano político, cultural o de
la vida cotidiana sería una situación a largo plazo insostenible en nuestras sociedades
(Purwal, 2004).

En todo caso, como hemos podido ver en el apartado anterior y el mismo Huntington
reconoce, sus reflexiones sí tienen que ver con ese “equilibrio cambiante del poder entre
las civilizaciones” al que también se refieren Arrighi y Silver y que implica una
tendencia a la pérdida de centralidad de “Occidente” en el mundo. Frente a ese riesgo su
discurso ofrece un camino de resistencia que, sin embargo, no hace más que resucitar,
pese a la aceptación de las críticas de Edward Saïd, el viejo imaginario geopolítico
occidental que el mismo Huntington recuerda con su referencia a la larga historia de sus
conflictos con el “mundo islámico”.

17
Un reciente artículo de Ramin Jahanbegloo, con un título muy significativo (“La nueva
‘controversia de Valladolid’. Europa y el islam” (2007) venía a recordar precisamente el
viejo debate entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda a propósito del
“descubrimiento de América” y del trato que había que dar a los “indios”, para asegurar
que esa controversia “sigue teniendo gran relevancia para europeos y estadounidenses
en los debates actuales sobre los derechos del ‘otro’, ya que “si no tenemos en cuenta
voces como la de Las Casas, podríamos terminar asumiendo la benevolencia de la
civilización que Ginés de Sepúlveda propugnaba, respaldándola con la firme necesidad
de controlar a los pueblos atrasados, por medios militares si es necesario”.

En realidad, detrás de la vieja polémica, rememorada ahora por el filósofo iraní, nos
encontramos con la pervivencia de un “occidentalismo” cuya función es justificar
Occidente como “única región geohistórica que es a la vez parte de la clasificación del
mundo y la única perspectiva que tiene el privilegio de contar con las categorías de
pensamiento desde las que se describe, clasifica, comprende y ‘hace progresar’ al resto
del mundo” (...) Occidente es el lugar de la epistemología hegemónica antes que un
sector geográfico en el mapa. Samuel Huntington lo demostró cuando ubicó a Australia
en el Primer Mundo y en Occidente, lugares de los que América Latina no formaba
parte” (Mignolo, 2007: 60-61; las cursivas son del original).

Ese “occidentalismo” es el que construyó precisamente “Oriente”, así como a otras


regiones del mundo, como conceptos geopolíticos alternativos, resultados de la “misión
civilizadora” de “Occidente”. Obviamente, la construcción del mito de su superioridad
fue producto de una interpretación interesada de la historia en la que, como ha criticado
entre otros John M. Hobson, se pretendía ignorar, además de otros factores más lejanos
en el tiempo, tanto la influencia de la “globalización oriental” en el posterior ascenso
europeo a partir de finales del siglo XIX como la de la “inquietud racista” europea en su
lucha por expoliar y explotar los recursos de Oriente y otros continentes (2006).

No es, por tanto, casual que ante la reactivación de ese imaginario (en el que, por cierto,
al mito de las raíces grecorromanas de Europa le va sustituyendo el de sus raíces
judeocristianas) en el contexto abierto por el 11-S de 2001 sea ya larga la lista de
críticas y alternativas que han ido surgiendo en los últimos tiempos, si bien me limitaré
aquí mencionar dos de las que me parecen más relevantes por venir de países del otro

18
lado del Mediterráneo. Una de ellas pone el acento en las formas “banales” con que se
manifiesta ese imaginario a través de una “cultura de la supremacía”. Así es como la
define la historiadora tunecina Sophie Bessis: “La certeza con la cual la mayoría de los
occidentales afirman la legitimidad de su supremacía nunca ha dejado de sorprenderme.
Esta certeza se manifiesta en los actos más anodinos y en las actitudes más banales.
Estructura la palabra pública, el magisterio intelectual y los mensajes de los medios de
comunicación. Reside en lo más profundo de la conciencia de individuos y grupos. Está
tan enraizada en la identidad colectiva que se podría hablar de una verdadera cultura de
la supremacía, fundamento de la entidad que hoy llamamos Occidente, sobre la que éste
construye sus relaciones con el otro” (2002: 17).

En un sentido parecido se manifiesta Georges Corm quien, refiriéndose a la obra


principal de Huntington, llama la atención precisamente sobre el hecho de que en ella se
“juega con el imaginario de la fractura Oriente-Occidente, puesto de moda por las
condiciones geopolíticas mundiales tras el hundimiento de la URSS, y omite todas las
relaciones profanas entre potencias en beneficio de un esencialismo identitario religioso
que él denomina abusivamente ‘civilización’. Pero, tras la aparición de ese libro, somos
prisioneros de su problemática, que además invoca un relativismo de los valores con el
pretexto de no aumentar el foso entre ‘civilizaciones’; en realidad, la famosa fractura
entre Oriente y Occidente” (2004: 92). Nos encontraríamos, por tanto, con “un golpe de
Estado cultural no violento” que, sin embargo, habría tenido en el 11-S de 2001 “el
simbolismo del desencadenamiento de la guerra entre la civilización y la barbarie, entre
la democracia y el terrorismo, entre el islam y el Occidente judeocristiano” (13).
Habríamos entrado así en una nueva “guerra fría”, alimentada por un choque de
memorias históricas (con el Estado de Israel en el centro del choque), que deriva en
determinadas zonas en “guerras calientes” en las que el factor religioso o cultural
aparecería como una verdadera “ideología” cuya función sería ocultar los reales
conflictos de intereses económicos, sociales y/o geopolíticos en juego.

Estas críticas enlazarían, en realidad, con las que han ido surgiendo desde las corrientes
del “pensamiento decolonial”, que aspiran a superar las limitaciones de los estudios
poscoloniales y tienen especial influencia en el ámbito latino-americano y, más
concretamente, en la comunidad “latina” residente en Estados Unidos (Grosfoguel,
2006; Mignolo, 2007).

19
Pero, como hemos indicado antes, el retorno de ese imaginario geopolítico occidental
no actúa sólo en relación al islam o al latinoamericano sino que tiene que ver también
con esos equilibrios cambiantes en el mundo y las mutaciones que se están produciendo
dentro del propio “Sur”, apuntando así a una reordenación del sistema de Estados. Por
eso no sorprende tampoco que en acuerdos como el adoptado en Washington el pasado
30 de abril por el Presidente de EEUU Georges W. Bush y la Presidenta en ejercicio del
Consejo Europeo de la UE, Angela Merkel, con el propósito de “avanzar en la
integración económica entre la UE y EEUU de América” se recuerden los lazos
históricos y los valores fundamentales comunes que justifican la especificidad de una
“comunidad transatlántica; o que de cara al desarrollo futuro de ese acuerdo se
adelanten propuestas como la sugerida por Pedro Schwartz y apoyada por la FAES
española, dirigida a favorecer una “liberalización integral” en las relaciones entre ambas
zonas para crear un “área de prosperidad económica” (Iñiguez, 2007) que permitiera
estar en mejores condiciones para combatir el “dinamismo asiático”...en la lucha por el
dominio del “Sur”.

Frente a ese tipo de propuestas no parece que fórmulas como la “alianza de


civilizaciones” (que, además, comete el mismo error huntingtoniano de establecer una
clasificación “civilizatoria”) vayan a suponer un cambio radical en las actuales
relaciones conflictivas que siguen desarrollándose en distintas partes del planeta o, al
menos, puedan frenar la creciente militarización (y externalización) de las propias
fronteras de los países occidentales.

IV. Conclusiones provisionales


A lo largo de este trabajo se ha querido hacer un recorrido por algunas de las principales
interpretaciones de la “globalización”, con especial atención a las del ámbito
politológico y socioeconómico, reconociendo sus aspectos relativamente novedosos
respecto a la vieja tendencia histórica a la mundialización capitalista pero también su
carácter inacabado y asimétrico. Nos hemos referido a la evolución que ha ido teniendo
la percepción de ese proceso en función de las fases sucesivas que ha ido atravesando,
sin asimilarlo a la creciente hegemonía del neoliberalismo pero tampoco disociándolo
del mismo y sin olvidar que detrás de esa “globalización” ha habido unas grandes
potencias que han actuado como motores de la misma.

20
En ese contexto una de las cuestiones más controvertidas ha sido la relacionada con las
transformaciones que han ido sufriendo los Estados, llamando la atención sobre el
riesgo de analizar esos cambios de forma abstracta y generalista, al margen del lugar de
cada uno dentro de un sistema jerárquico de Estados y de la “geopolítica de la
economía”.

A continuación hemos presentado la teoría sobre el “nuevo imperialismo” de Harvey


como una contribución que ayuda precisamente a interpretar de forma más articulada la
relación entre economía y política, entre capitalismo y sistema de Estados y, en
concreto, la fusión y las contradicciones que pueden darse entre ambas lógicas. En ese
marco el enfoque de Arrighi sobre los sucesivos ciclos sistémicos de acumulación y de
hegemonía a lo largo de la historia moderna y contemporánea ayudaría también a
entender el actual momento histórico como una transición con varios futuros abiertos en
función de cómo se resuelva la crisis de hegemonía estadounidense, de cómo
evolucionen otras grandes potencias hacia las que tiende a desplazarse el centro de la
economía-mundo y, en fin, de cuál sea la capacidad de los movimientos sociales
populares para forzar un cambio de rumbo frente al que sigue la actual “globalización”.

Finalmente, se propone que la influencia del discurso del “choque de civilizaciones” en


la reactivación del imaginario geopolítico occidental frente a “los otros”, y
especialmente frente a “Oriente” y/o el “Sur”, debe ser entendida en el marco de la
tensión entre “arrogancia global” y “rencor global” (Halliday, 2004: 17) que generan el
neoliberalismo y el nuevo imperialismo en el planeta; pero también a la vista de los
cambios en las relaciones entre viejas y nuevas grandes potencias dentro del período de
transición histórica en que nos encontramos, reforzado todo ello además por los efectos
del 11-S de 2001.

En función de todo lo expuesto, se podría sostener que la “globalización” no es ni un


nuevo “fin de la historia” ni un proceso inevitable sino, más bien, una tendencia central
de nuestra época, asociada estrechamente a un proyecto neoliberal y neoimperial y,
ahora, a la crisis de la gran potencia que ha sido su principal motor. Su evolución está,
por tanto, llena de turbulencias –no sólo las financieras sino también y, sobre todo, las
derivadas de una mayor militarización de las relaciones internacionales-, incertidumbres

21
-en particular la que tiene que ver con la forma como se resolverá la crisis de hegemonía
actual- y contratendencias que pueden venir tanto “desde arriba” (con
neoproteccionismos y “neorregionalismos” entre y dentro de los Estados) como “desde
abajo” (de los movimientos sociales que pueden apostar por “desglobalizaciones
parciales” y rupturas con los proyectos hegemónicos actuales).

Lo que sí parece evidente es que la “globalización”, como se ha podido comprobar


recientemente en una encuesta difundida por el diario Financial Times el pasado 22 de
julio, es asociada por la mayoría de la opinión pública con su dimensión económica, con
una creciente libertad de movimientos de las grandes empresas transnacionales, con la
“burbuja financiera” y con la agravación de las desigualdades sociales4, obteniendo
elevados porcentajes de rechazo incluso en los mismos países occidentales.

Agosto 2007

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participación de los trabajadores en el reparto de la renta de los países ricos (Casadevall, F. y Crespo, C.,
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