Globalización y Nuevas Conflictividades
Globalización y Nuevas Conflictividades
ADMINISTRACIÓN
I. Introducción
Aunque el término “globalización” tiene una larga historia, nos referiremos en este
trabajo a su utilización como concepto con vocación de caracterizar el período que se
abre, sobre todo, a finales del decenio de los 80 del pasado siglo. En efecto, fue la caída
del bloque soviético el acontecimiento fundamental que contribuyó definitivamente a la
popularización de esa palabra a escala mundial con el fin de describir la nueva etapa
(incluso “cambio de época”, según algunas versiones) que se abría. A partir de entonces
ha sido enorme la cantidad de publicaciones que se han dedicado a dar contenido a la
misma convirtiéndola en “una palabra polivalente, promiscua, controvertida que a
menudo oscurece más de lo que revela sobre los recientes cambios económicos,
políticos, sociales y culturales” (Jessop, 2003). Podría afirmarse, como hace el
historiador africanista Frederick Cooper (2002), que “el interés actual en el concepto de
globalización recuerda una excitación similar en los cincuenta y sesenta: la
1
modernización. Son dos conceptos “-ización” que enfatizan un proceso que no
necesariamente comprenden en su totalidad, pero que consideran en curso y
probablemente inevitable. Ambos denominan dicho proceso por su supuesto punto
final”. Los defectos de la teoría de la modernización serían paralelos a los de la
globalización: su carácter teleológico y su pretensión de constreñir la imaginación
política.
2
enorme poder a escala global y que llevar a afirmar, de forma un tanto imprecisa, que
nos encontramos ante un oligopolio mundial en formación.
-Las políticas macroeconómicas basadas en el ‘modelo’ neoliberal también se han ido
generalizando desde comienzos de los años 80 de forma notable, con una tendencia a la
homogeneidad que va dirigida a modificar sustancialmente los costes de producción y
reproducción de la fuerza de trabajo y a sentar las bases de un nuevo régimen mundial
de acumulación de capital.
-Los problemas de regulación de las relaciones de todo orden en el conjunto del planeta
frente a las consecuencias de esta dinámica, manifestadas especialmente a través de una
mayor crisis ecológica y social pero también mediante crisis financieras generadoras de
‘riesgos’ sistémicos crecientes, están adquiriendo un alcance muy superior al conocido
hasta ahora; en ese contexto el sistema jerárquico de estados está conociendo
mutaciones importantes, con consecuencias contradictorias en cada uno de ellos en
función de su ubicación geopolítica y geoeconómica y de su relación con las nuevas
organizaciones multilaterales.
Dentro de ese panorama son sin duda los mercados financieros los que han
conocido una mayor integración global” (2002: 19).
En síntesis, se podía considerar que el cambio de fase histórica se caracterizaba por una
globalización económica y predominantemente financiera, facilitada por los nuevos
avances tecnológicos, bajo la hegemonía de un proyecto capitalista neoliberal.
Sin embargo, si se analizaba qué actores políticos habían ido generando todo ese
proceso, inevitablemente se tropezaba con el papel motor que Estados Unidos de
Norteamérica había ido teniendo desde 1971-1973 en el mismo. Podemos poner como
ejemplo al conocido estudioso de las Relaciones Internacionales Robert Gilpin, quien ha
sostenido precisamente que “el concepto de ‘globalización’ proporciona la base
ideológica de la nueva fase del expansionismo internacional americano”1. Pero, además,
la reinserción creciente de países como Rusia y China dentro del mercado capitalista
mundial a partir del decenio de los 90 aparecía también como otro dato novedoso que
parecía completar el nuevo panorama. Por eso, recogiendo todos estos fenómenos, salvo
1
“‘The New International Economic Order: In Whose Interest?”. Ponencia presentada en el seminario
sobre “Globalisation: Project or Process”. Center for Social Theory and Comparative History, UCLA,
mayo 2002 (citado por Gowan, 2007).
3
el tecnológico, Peter Gowan ofrecía recientemente una definición de la “globalización”
como “el proyecto americano de construir un orden mundial global americano-céntrico
en el marco del colapso del Bloque Soviético y comunista y del giro de Rusia y China
hacia el capitalismo” (2007).
Pero todo este conjunto de características no era reconocido como tal por la mayoría de
la “opinión publicada” hasta 1997-1998, cuando irrumpió una serie de crisis financieras
sistémicas que se fueron dando en toda una serie de países de los “mercados
emergentes”, y, sobre todo, a raíz del surgimiento de un movimiento “antiglobalización”
que cuestionó la presunta “inevitabilidad” de ese proceso. Más tarde, el giro
neoconservador y el “unilateralismo” militar que en política exterior practica la
administración estadounidense a partir, sobre todo, del 11-S de 2001, contribuirían a
reforzar la percepción del protagonismo de esa gran potencia en la nueva configuración
del planeta. Es entonces cuando se vuelve a hablar de “nuevo imperialismo” pero
también cuando el discurso del “choque de civilizaciones” adquiere mayor audiencia en
un contexto de emergencia creciente del “terrorismo internacional” como un actor
transnacional; pero también de creciente centralidad del “Gran Oriente Medio” como
zona geoestratégica en la que puede estar en juego el futuro de una transición desde una
fase de clara hegemonía estadounidense a otra de declive de la misma y de ascenso de
otras grandes potencias, especialmente las situadas en Asia. Conviene, por tanto, hacer
un repaso a toda esta trayectoria.
4
-en primer lugar, que grandes zonas de la actividad social van extendiendo su
campo de acción hasta abarcar niveles que superan los límites nacionales y regionales,
interconectados ahora a través de una compleja red de relaciones, flujos e intercambios.
-y, en segundo término, que ello va acompañado de una intensificación de las
conexiones y dependencias entre las diferentes sociedades y Estados” (402).
Más adelante, en el mismo trabajo se reconoce que “la nota más acusada de la
globalización es, sin duda, la progresiva internacionalización de los mercados
financieros y del comercio de bienes y servicios, que ha creado ya un espacio de
competencia internacional que se extiende por todo el globo” (403). A continuación se
señala: “El auténtico motor de la globalización –su ‘base material’, que diría Castells- es
el avance tecnológico, coligado esto con los poderosos ‘agentes globales’ de la nueva
economía, que son sus principales beneficiarios e impulsores”. Luego, se constata las
dificultades de los Estados para “aplicar estrategias de cooperación dirigidas a contener
las inmensas asimetrías que genera el inquieto capital internacional y las diferentes
fuerzas económicas transnacionales o si, por el contrario, seguirán prevaleciendo las
pautas de conducta ya habituales: escasa interferencia en el caso de los países que más
beneficiados se ven de la situación; coalición entre elites empresariales multinacionales
y elites políticas locales en los más importantes países en desarrollo; y pura impotencia
por parte de los ‘perdedores natos’” (404). Todo esto conduce a reconocer la crisis del
Estado de bienestar y la aparición del “Estado de mercado”, “preocupado más por
fomentar la propia competitividad internacional de su economía nacional que por la
prestación de los clásicos servicios del Estado de bienestar” (418).
Vemos, por tanto, cómo en descripciones como ésta se pasa desde definiciones con
vocación de objetividad a otras en las que la financiarización de la economía, la
existencia de “agentes globales” y la extensión de políticas neoliberales (aunque sin
mencionar ese calificativo) llegan a ocupar el primer plano a medida que se resalta, por
ejemplo, la crisis del Estado de bienestar. Pero todo este panorama es explicado sin
ofrecer una interpretación de los orígenes de todo el proceso, sin destacar cuáles han
sido los principales agentes y motores políticos y económicos del recorrido que ha
llevado a esa situación y presentando a los Estados como si hubieran sido sujetos
pasivos en todo ese proceso: ni la crisis de rentabilidad que atravesaba el capitalismo a
finales del decenio de los 60 ni la reacción estadounidense a su crisis de hegemonía -
5
derivada fundamentalmente de su fracaso en Vietnam y de la competencia de otras
potencias en ascenso- ni la crisis del sistema de Bretton Woods y el nuevo papel de las
instituciones financieras internacionales son mencionados como factores y actores que
han ido desarrollando, apoyados innegablemente en los avances derivados de las
innovaciones tecnológicas, un proyecto que convencionalmente se difunde como
“globalización” y que es en realidad una nueva fase de desarrollo desigual y combinado
del capitalismo a escala global (Rosenberg, 2004, 2005 y 2006).
No teniendo en cuenta que lo que se puso en marcha fue una “economía política de la
globalización”, se tiende en realidad a dar la impresión de que nos encontramos ante
una situación “irreversible”, frente a la cual todos los Estados verían limitado su margen
de maniobra y de autonomía viéndose “obligados” a convertirse en “Estados de
mercado”. En resumen, se ve la relación entre “globalización” y Estados como un juego
de suma cero, no saliendo de un esquema binario poco operativo para comprender las
mutaciones y transformaciones que se han ido produciendo en las últimas décadas.
Porque, como sostiene Sakia Sassen, “el Estado no sólo no excluye a lo global sino que
es uno de los dominios institucionales estratégicos donde se realizan las labores
esenciales para el crecimiento de la globalización” (Zúñiga García-Falces, 2007 a):
142).
6
No sorprende, pues, que el debate entre muchos científicos sociales y especialmente
entre los/las politólogos/as haya girado en torno a la crisis del Estado-nación. Se ha ido
configurando así una pluralidad de “globalistas incondicionales” (como los define
Michael Mann (1998)) que tiende a hablar de “socavamiento” o “debilitamiento” del
“estado-nación” (en singular y en abstracto) y de la tendencia a la configuración de una
“sociedad global”, haciendo abstracción, entre otros factores, del carácter desigual y
asimétrico de ese proceso en el marco de un sistema jerárquico de estados, del caso
relativamente excepcional de la Unión Europea, del papel central que han jugado
grandes Estados como el estadounidense en todo este proceso, así como del carácter
interestatal, como ya he señalado, de las instituciones y organizaciones internacionales
(ONU, FMI, BM, OMC, OTAN), o de “Cumbres” como las del G-8, en las que se
reúnen y deciden únicamente las grandes potencias.
Todo ello no significa negar que bajo esta globalización neoliberal se estén produciendo
cambios significativos en los Estados y el tipo de funciones que la mayoría de ellos han
ido asumiendo. Como subrayan Altvater y Mahnkopf (2002: 349), es cierto que los
Estados se han ido transformando “de un ente amortiguador entre las exigencias de los
mercados internacionales y los intereses (sociales) de los ciudadanos a un adaptador de
estos intereses a las exigencias de los mercados sin fronteras”, con la excusa muchas
veces de la “fast policy”, asociada a esa contracción del espacio-tiempo que se da en el
marco de la competitividad global. Por ese camino los Estados aparecen más como un
“power conector” (estado nodal o red dentro de un sistema político más amplio) que
como un “power container” (de distritos industriales, ciudades globales y capitales
nacionales o regionales) (Jessop, 2003), perdiendo así centralidad pero no relevancia
como actores estratégicos que siguen siendo clave. Ese proceso, además, está
7
favoreciendo una creciente autonomía de los gobiernos –y de los Bancos Centrales-
respecto a los parlamentos y a la soberanía de los pueblos que es acompañada también
por la aplicación de la “fast policy” a las cuestiones de “seguridad nacional” y de
“guerra global contra el terror”, con la consiguiente tendencia a generar procesos de
“desdemocratización” (Schmitter, 1995) y a restringir derechos y libertades básicas.
Pero lo que revela todo esto es que lo que está en crisis no es el Estado-nación como tal
y en general sino, fundamentalmente, el “modelo” de referencia en que se había
convertido el Estado nacional-keynesiano del bienestar ( y, añadiríamos, del Estado
democrático de derecho), sustituido ahora por el del Estado competitivo de mercado (y
penal) en la medida que las relaciones de fuerza entre las clases y los distintos actores
sociales y políticos se han ido modificando y han facilitado el avance de lo que
algunos/as han definido como una “contrarrevolución neoliberal” o “Gran
Restauración” (Capella, 2007); conviene recordar, además, que ésta tuvo su origen
precisamente en el “punto de inflexión” que marcan los años 1971-1973 y las primeras
dictaduras latinoamericanas2. Todo esto no es incompatible con procesos de
“regionalización” o de asociación entre distintos Estados-nación, como es el caso de la
Unión Europea, precisamente porque sus élites quieren estar en mejores condiciones de
competir con otras grandes potencias y evitar así su “dulce decadencia” ante el temor de
que el epicentro de la economía mundial se desplace al Pacífico (Steinberg, 2007). Pero,
en cualquier caso, como estamos viendo en algunos países de América Latina, eso no
significa que todas esas tendencias sean inevitables sino que pueden ser contrarrestadas
cuando irrumpen poderosos movimientos sociales, capaces de forzar cambios de rumbo
más o menos radicales y de adoptar formas de organización y expresión política que,
dada la crisis del sistema tradicional de partidos, se manifiestan a veces en nuevos tipos
de populismo (Laclau, 2005) o “cesarismo”.
2
En relación con esto me parece oportuno mencionar el comentario siguiente de Ernesto Laclau: “Para
pensar en totalitarismo hay que pensar en regímenes que no construyan a un pueblo sino que pongan
límites absolutos a la construcción de ese pueblo. Si se piensa en regímenes autoritarios, potencialmente
totalitarios, en América latina no hay que pensar en el populismo sino, por ejemplo, en el neoliberalismo.
Para imponer esas medidas drásticas y antipopulares radicales se necesitaron dictaduras como la de
Pinochet en chile o Videla en Argentina. Ahí sí hay medidas de coartación radical de la libertad, pero no
por los movimientos populistas” (Zúñiga García-Falces, 2007 b): 144).
8
como una fatalidad a la que los Estados y sus gobiernos no podían oponerse. Quizás las
frases de Margaret Thatcher “la economía es el método pero el objetivo es cambiar el
alma” y “No Hay Alternativas” (TINA, en inglés) fueran las más reveladoras del nuevo
“sentido común” que ha ido acompañando a esa pretensión de expulsar del ámbito de lo
posible y factible cualquier intento de oponerse a ese proceso. Por eso, frente a ese
determinismo tienen mayor relevancia las interpretaciones de la “globalización” que se
remiten a un análisis de los factores que explican por qué se fue desarrollando ésta
desde comienzos de los años 70, con los sucesivos pasos que se fueron dando para
extenderla a otras partes del mundo desde EEUU, Gran Bretaña, la Unión Europa y Asia
Oriental, regiones donde se encuentran los Estados más poderosos o/y aquéllos que
emergen como nuevas grandes potencias en este siglo XXI (Gowan, 2000; Harvey,
2007). En ese marco el discurso de la “gobernanza global” que irrumpe prácticamente
en los 70 y que, luego, es sistematizado teórica y pragmáticamente tiene su
funcionalidad y justifica con mayor razón la necesidad de analizar la relación estrecha
entre la “globalización” y el papel de los Estados, las instituciones multilaterales y los
otros actores transnacionales.
La fórmula “gobernanza global” que entra en boga a mediados de los 80 puede ser
analizada en ese contexto como el desarrollo de una estrategia neoliberal que se ha ido
aplicando a lo largo de tres fases: la primera sería la de la emergencia de las políticas
neoliberales (desde finales de los 70 hasta mediados de los 80); la segunda, la del
“Consenso de Washington”, desde la mitad de los 80 hasta la de los 90; y la tercera,
desde entonces hasta ahora, caracterizada por lo que se ha dado en llamar “consenso
post-Washington”. Pero, además, esa fórmula tiene dos vertientes: una, macro, que tiene
que ver con la búsqueda de la “estabilidad social” necesaria para la aplicación de las
políticas neoliberales; y otra, micro, que enlaza en cierto modo con las técnicas de
“gubernamentalidad” que ya analizó Foucault y que tienen que ver con ese cambio del
“alma” de la gente al que se refería Margaret Thatcher (De Angelis, 2005).
Sin embargo, la crisis de la “globalización feliz”, a partir de 1998 –con las crisis
financieras intrasistémicas y la progresiva emergencia del movimiento
“antiglobalización”- y, sobre todo, el impacto del 11-S de 2001 –con la consiguiente
intensificación del proceso de militarización del planeta y la centralidad simbólica de las
guerras y conflictos en el “Gran Oriente Medio”-, pusieron de relieve las consecuencias
9
que estaba teniendo la asociación estrecha entre “globalización” y “neoliberalismo” en
la agravación de las desigualdades sociales –dentro y entre los distintos países,
especialmente entre el “Norte” y el “Sur”-, de la crisis ecológica y de la crisis de la
democracia en general. Las críticas se fueron dirigiendo cada vez más al neoliberalismo
como la ideología que estaba detrás de lo que se veía ya como un proyecto que se había
formalizado no sólo en el ámbito económico sino en otras esferas e incluso en la vida
cotidiana. Pero, además, el mayor protagonismo que en ese nuevo escenario va
adquiriendo Estados Unidos, reforzado por el proyecto “transformacionalista”
neoconservador, favorece la percepción popular de que nos encontramos ante una
globalización neoliberal “made in US”. Es curioso, como observa Arrighi (2007: 202-
203), que esa visión popular contrastara con la incomodidad con el término
“globalización” que después del 11-S empieza a manifestar el presidente
estadounidense, convencido de que a partir de entonces lo importante era la
preservación de sus intereses nacionales, estrechamente unidos a la “guerra global
contra el terror”.
En ese contexto vemos cómo la “gobernanza global” tropieza con dinámicas de crisis y
descomposición de muchos Estados, aumentando no sólo la lista de “Estados canallas”
sino también, y sobre todo, la de “Estados fallidos”, en contraste con el creciente
protagonismo de los países más ricos del G-6 (EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido,
Francia e Italia) o de los BRIC (Brasil, Rusia, India, China). Resurge así un nuevo
interés por recomponer el sistema de Estados con vistas a evitar la creciente
desestabilización de distintas zonas del planeta, relanzando procesos de “state building”
y de “nation building”, incluso por parte de quienes apoyaron inicialmente el proyecto
neoconservador, basado en la creación de un “caos constructivo” en zonas clave
(Fukuyama, 2004). Se reconocía así que, si se quería evitar el recurso extendido a un
“imperialismo formal”, había que contribuir a que los Estados ahora denominados
“frágiles” de la periferia aseguraran, al menos, una “good enough governance”
(Duffield, 2006).
10
(como las de Rosa Luxemburg o Hanna Arendt) y otras recientes (como, sobre todo, las
de Arrighi) y ha ofrecido una propuesta de definición del imperialismo capitalista como
una fusión contradictoria de “la política estato-imperial” (es decir, el imperialismo
como un proyecto específico, propio de agentes cuyo poder se basa en el control sobre
un territorio y la capacidad de movilizar sus recursos humanos y naturales con
finalidades políticas, económicas y militares) con “los procesos moleculares de
acumulación de capital en el espacio y en el tiempo” (el imperialismo como proceso
político-económico difuso en el que lo primordial es el control sobre el capital y su
uso).
El papel del Estado hegemónico, en este caso Estados Unidos, habría sido el de asegurar
y promover los dispositivos institucionales externos e internacionales que hacen
11
funcionar las asimetrías en las relaciones de intercambio en beneficio de esa potencia
hegemónica. Pero el problema de la coyuntura mundial actual estaría precisamente en
que determinadas actuaciones (sobre todo, la invasión de Iraq) de ese Estado
hegemónico, es decir, su forma de interpretar su lógica político-territorial propia, estaría
entrando en contradicción con la lógica de la acumulación capitalista global y, en
concreto, con la necesaria “gobernanza global” del sistema, a la vista de los procesos de
inestabilidad (destructiva y no creativa) que genera en el mundo y, en concreto, en una
zona clave como la ya mencionada del “Gran Oriente Medio”. En resumen, el liderazgo
estadounidense se estaría convirtiendo en una dominación mediante el recurso creciente
a la coerción, en detrimento del consenso y del “poder blando”; lo cual estaría poniendo
en peligro la estabilidad global y facilitaría, además, el ascenso de otras grandes
potencias, especialmente las asiáticas.
12
de las anteriores transiciones hegemónicas; si bien la diferencia estaría en que ahora los
recursos militares globales estarían en manos de la potencia hegemónica en declive y de
sus aliados más cercanos, mientras que los recursos financieros globales se están
desplazando a “nuevos centros provistos de una competitividad crucial en los procesos
de acumulación de capital a escala mundial” (281).
13
No es casual que ante los primeros síntomas dramáticos del rechazo de la
“globalización”, percibida como un proyecto de “occidentalización del mundo” también
en el plano cultural, fuera adquiriendo mayor audiencia el discurso del “choque de
civilizaciones” que Samuel Huntington había sistematizado ya antes del 11-S de 2001,
si bien esa fórmula fue empleada por primera vez por el “orientalista” Bernard Lewis en
un artículo sobre Suez, escrito en 1957, y repetida por él mismo en trabajos sucesivos.
Pese a que en su principal obra sobre esta materia el veterano politólogo de Harvard
reconocía “los defectos del orientalismo que Edward Saïd criticaba acertadamente
porque promovían ‘la diferencia entre lo familiar (Europa, el Oeste, ‘nosotros’) y lo
extraño (Oriente, el Este, ‘ellos’) y porque daba por sentada la superioridad de lo
primero sobre lo segundo” (1997: 35), el título de la misma (“El choque de
civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial”) parecía encajar ahora
perfectamente tanto con el proyecto neoconservador de la Casa Blanca como con el
mensaje opuesto que había difundido Osama Bin Laden sobre la inevitable
confrontación entre el “mundo occidental” y el “mundo islámico”, convirtiéndose así en
una profecía autocumplida. No es casual que personajes neoconservadores relevantes
como Paul Wolfowitz reconocieran la influencia de Lewis y Huntington en sus
propósitos, tratando de justificar así sus operaciones militares en Afganistán e Iraq3.
3
Conviene precisar, no obstante, que Huntington se pronunció en contra del ataque estadounidense a Iraq,
iniciado en marzo de 2003, y se ha ratificado recientemente en esa opinión, como se puede comprobar en
una entrevista reciente de Mark O’Keefe: “Question & Answer: Five Years After 9/11. The Clash of
Civilisations Revisited, 18 de agosto de 2007 (disponible en
http://www.allanoble.net/articles_by_samuel_huntington.htm ). En cambio, Lewis ha seguido
manifestándose a favor de la ocupación de Iraq.
14
en el futuro lo mismo que las ha definido durante los últimos catorce siglos” (252).
Curiosamente, Israel no aparecía mencionado en esa clasificación como un caso
diferenciado y, en cambio, América Latina, pese a ser considerada católica, se convertía
a partir de 1990 en un espacio aparte, excluyendo, eso sí, las islas Malvinas,
pertenecientes al mundo occidental (28-29).
En ese contexto la importancia del factor militar queda reflejada en la función que este
politólogo atribuye a la OTAN: “En el mundo de la posguerra fría, la OTAN es la
organización de seguridad de la civilización occidental. Terminada la guerra fría, la
OTAN tiene un solo propósito fundamental y apremiante: asegurarse de que las cosas
sigan así, impidiendo que se vuelva a imponer el control político y militar ruso en
Europa Central” (192). Sin embargo, esto no significa que la Alianza Atlántica deba
15
intervenir en cualquier conflicto, especialmente si es intracivilizatorio (“En la era que
viene, dicho brevemente para evitar grandes guerras entre civilizaciones es preciso que
los Estados centrales se abstengan de intervenir en conflictos que se produzcan dentro
de otras civilizaciones. Ésta es una verdad que a algunos Estados, particularmente a los
Estados Unidos, les resultará difícil de aceptar” (380)).
16
“made in US” ya mencionada, tal como reconocería, a raíz sobre todo de las
consecuencias de la invasión de Iraq, Zbigniew Brzezinski (2005).
Pese a las contradicciones del discurso del “choque de civilizaciones” no sólo con la
realidad sino también con la estrategia global estadounidense (siendo quizás su ejemplo
más viejo el de las buenas relaciones con el régimen despótico de Asrabia Saudí, por no
hablar de las mantenidas en la actualidad con los islamistas turcos dentro de la OTAN
en una región geoestratégica clave (Tugal, 2007) o con la dictadura de Pakistán y su
apoyo indispensable en el momento de la invasión de Afganistán), es previsible que ese
“paradigma” (tal como Huntington lo define en su introducción a la obra citada) siga
funcionando precisamente porque contribuye a generar una sensación de “amenaza” en
las sociedades del “Centro” y a justificar la tendencia a extender el “estilo paranoide” de
la política exterior estadounidense a otras grandes potencias occidentales y, en
particular, a la UE. Pero es evidente también que esa percepción está generando a su vez
riesgos desestabilizadores crecientes debido a que su generalización a las poblaciones
procedentes del “mundo musulmán” –y de América Latina, al menos en el caso
estadounidense- residentes en sus países no haría más que favorecer respuestas
fundamentalistas opuestas (aumentando, por tanto, su apoyo a opciones “terroristas”) o,
simplemente, la creación de “apartheid” conflictivos en las grandes ciudades: reconocer
su condición imprescindible de “insiders” en la economía pero, al mismo tiempo,
prescindir de ellos/as considerándolos/as “outsiders” en el plano político, cultural o de
la vida cotidiana sería una situación a largo plazo insostenible en nuestras sociedades
(Purwal, 2004).
En todo caso, como hemos podido ver en el apartado anterior y el mismo Huntington
reconoce, sus reflexiones sí tienen que ver con ese “equilibrio cambiante del poder entre
las civilizaciones” al que también se refieren Arrighi y Silver y que implica una
tendencia a la pérdida de centralidad de “Occidente” en el mundo. Frente a ese riesgo su
discurso ofrece un camino de resistencia que, sin embargo, no hace más que resucitar,
pese a la aceptación de las críticas de Edward Saïd, el viejo imaginario geopolítico
occidental que el mismo Huntington recuerda con su referencia a la larga historia de sus
conflictos con el “mundo islámico”.
17
Un reciente artículo de Ramin Jahanbegloo, con un título muy significativo (“La nueva
‘controversia de Valladolid’. Europa y el islam” (2007) venía a recordar precisamente el
viejo debate entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda a propósito del
“descubrimiento de América” y del trato que había que dar a los “indios”, para asegurar
que esa controversia “sigue teniendo gran relevancia para europeos y estadounidenses
en los debates actuales sobre los derechos del ‘otro’, ya que “si no tenemos en cuenta
voces como la de Las Casas, podríamos terminar asumiendo la benevolencia de la
civilización que Ginés de Sepúlveda propugnaba, respaldándola con la firme necesidad
de controlar a los pueblos atrasados, por medios militares si es necesario”.
En realidad, detrás de la vieja polémica, rememorada ahora por el filósofo iraní, nos
encontramos con la pervivencia de un “occidentalismo” cuya función es justificar
Occidente como “única región geohistórica que es a la vez parte de la clasificación del
mundo y la única perspectiva que tiene el privilegio de contar con las categorías de
pensamiento desde las que se describe, clasifica, comprende y ‘hace progresar’ al resto
del mundo” (...) Occidente es el lugar de la epistemología hegemónica antes que un
sector geográfico en el mapa. Samuel Huntington lo demostró cuando ubicó a Australia
en el Primer Mundo y en Occidente, lugares de los que América Latina no formaba
parte” (Mignolo, 2007: 60-61; las cursivas son del original).
No es, por tanto, casual que ante la reactivación de ese imaginario (en el que, por cierto,
al mito de las raíces grecorromanas de Europa le va sustituyendo el de sus raíces
judeocristianas) en el contexto abierto por el 11-S de 2001 sea ya larga la lista de
críticas y alternativas que han ido surgiendo en los últimos tiempos, si bien me limitaré
aquí mencionar dos de las que me parecen más relevantes por venir de países del otro
18
lado del Mediterráneo. Una de ellas pone el acento en las formas “banales” con que se
manifiesta ese imaginario a través de una “cultura de la supremacía”. Así es como la
define la historiadora tunecina Sophie Bessis: “La certeza con la cual la mayoría de los
occidentales afirman la legitimidad de su supremacía nunca ha dejado de sorprenderme.
Esta certeza se manifiesta en los actos más anodinos y en las actitudes más banales.
Estructura la palabra pública, el magisterio intelectual y los mensajes de los medios de
comunicación. Reside en lo más profundo de la conciencia de individuos y grupos. Está
tan enraizada en la identidad colectiva que se podría hablar de una verdadera cultura de
la supremacía, fundamento de la entidad que hoy llamamos Occidente, sobre la que éste
construye sus relaciones con el otro” (2002: 17).
Estas críticas enlazarían, en realidad, con las que han ido surgiendo desde las corrientes
del “pensamiento decolonial”, que aspiran a superar las limitaciones de los estudios
poscoloniales y tienen especial influencia en el ámbito latino-americano y, más
concretamente, en la comunidad “latina” residente en Estados Unidos (Grosfoguel,
2006; Mignolo, 2007).
19
Pero, como hemos indicado antes, el retorno de ese imaginario geopolítico occidental
no actúa sólo en relación al islam o al latinoamericano sino que tiene que ver también
con esos equilibrios cambiantes en el mundo y las mutaciones que se están produciendo
dentro del propio “Sur”, apuntando así a una reordenación del sistema de Estados. Por
eso no sorprende tampoco que en acuerdos como el adoptado en Washington el pasado
30 de abril por el Presidente de EEUU Georges W. Bush y la Presidenta en ejercicio del
Consejo Europeo de la UE, Angela Merkel, con el propósito de “avanzar en la
integración económica entre la UE y EEUU de América” se recuerden los lazos
históricos y los valores fundamentales comunes que justifican la especificidad de una
“comunidad transatlántica; o que de cara al desarrollo futuro de ese acuerdo se
adelanten propuestas como la sugerida por Pedro Schwartz y apoyada por la FAES
española, dirigida a favorecer una “liberalización integral” en las relaciones entre ambas
zonas para crear un “área de prosperidad económica” (Iñiguez, 2007) que permitiera
estar en mejores condiciones para combatir el “dinamismo asiático”...en la lucha por el
dominio del “Sur”.
20
En ese contexto una de las cuestiones más controvertidas ha sido la relacionada con las
transformaciones que han ido sufriendo los Estados, llamando la atención sobre el
riesgo de analizar esos cambios de forma abstracta y generalista, al margen del lugar de
cada uno dentro de un sistema jerárquico de Estados y de la “geopolítica de la
economía”.
21
-en particular la que tiene que ver con la forma como se resolverá la crisis de hegemonía
actual- y contratendencias que pueden venir tanto “desde arriba” (con
neoproteccionismos y “neorregionalismos” entre y dentro de los Estados) como “desde
abajo” (de los movimientos sociales que pueden apostar por “desglobalizaciones
parciales” y rupturas con los proyectos hegemónicos actuales).
Agosto 2007
REFERENCIAS
Altvater, E. y Mahnkopf, B.. 2002. “La democracia en los límites del ‘espacio del
medio ambiente’”, en E. Altvater y B. Mahnkopf, Las limitaciones de la globalización.
Economía, ecología y política de la globalización. México: Siglo XXI
Arrighi, A. y Silver, B. 2001. Caos y orden en el sistema-mundo moderno. Madrid:
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