0%(1)0% encontró este documento útil (1 voto) 485 vistas91 páginasLa Fiebre
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Rio de Janeiro, 1920. En los albores
el Futbol, Roberto Lima se inicia como
Gronista deportvo cubriendo ls part-
dos de Sao Jacinto, club que ha recu-
tado 2 Pepinho, un asombroso
vo | ante
creativo cuyo deslumbrante talento
‘amenaza con cambiar la historia de
Jas apuestas. Junto a su inseparable
‘amigo Pedro Alves y al propio Pepinho,
Roberto conducira una temeraria in-
‘vestigacién para desbaratar el engario
‘que Carlos Boa Morte, un peligroso
ganster, dueio de Sao Jacinto, ha
ideado para hacerse millonario a
co 8 t a
de su maxima estrella.
JAIME CAUCAO GUALAMAN nacé en,
‘Osorno en 1982. Es profesor de Len:
Guaje y Comunicacién por la
Pontificia
Universidad Catolica de Valparaiso yha
Ganado varios concursos de cuentos
y poesia. En 2005 resultofinalista en.
el concurso de cuentos Paula con El
A PARTIR DE 12 AflOS
789562 AM
Jaime Caucao
La fiebreEL BARCO DE VAPOR
La fiebre
Jaime Caucao
PREMIO EL BARCO DE VAPOR - CHILE 2010
ediciones“Todo lo que sé de la vida, lo aprendi del fiitbol
(...) supe, por ejemplo, que la pelota
no siempre viene por donde uno la espera”.
Abert Camus:
“Para jugar bien al fiitbol
no hay que sufrir. Nada hecho con
sufrimiento puede resultar bien”.
Cartes Rexacn,
ex entrenador del Barcelona F.CPara Jorge “Gabi” Solis,
con quien un dia, siendo nifios,
enfermamos de Ia fiebre.
1 La cidade maravilhosa
HEE's 1920, mucho antes de Pelé, dé Loko
Zagallo, de Garrincha, y muchisimo antes de
Ronaldinho y Kaka, brilié (aunque fugazmente)
Ricardo Alexander de Wilson Moreira, quien
fuera conocido en Rio de Janeiro con el apodo
de Pepinho. Este jugador, dejando de lado
toda exageracién o superlativismo engajioso,
pudo haberse convertido en el mejor volante
creativo de la historia, incluso mejor que Pelé
y Maradona juntos, lo que ya es, por donde se
le mire, demasiado decir.
Cuando me preguntan por qué Pepinho
no es una figura registrada en los medios ofi-
ciales, siempre digo que una de las razones fue
el amateurismo de la época, donde el fitbol era
una entretenci6n de fines de semana y el pro-
fesionalismo, algo que habria de surgir aitos
més tarde con la federaci6n de los clubes y la
creacién de un organismo que le dio orden al
caos de esos afios. La otra raz6n, en realidad lamés importante, involucra una sucia trarna de
apuestas y negociaciones ilegales, de bandas
armadas y de corrupcién, y es la que me pro-
pongo contarles.
Partiré diciendo mi nombre: soy Roberto
Lima Costa y fui redactor de la Gazzeta Sportiva,
una revista de ftitbol que solia circular en Rio
hace mucho tiempo atras. Desde que naci he
vivido en el barrio de Tijuca, y aunque hoy
la gente me ve como un viejo feliz y de una
memoria envidiablemente lucida, no siempre
fui ast: por alguna extraiia raz6n, cuando era
nifio, tenia la tendencia a pensar que mi vida
era monétona y carente de emocién. Es esa
sensacién extrafia que a veces sentimos, como
si algo faltara en el mundo para que la fiesta
sea completa. La samba no lograba Ilenarme,
Jos juegos en la playa me resultaban aburridos,
la escuela me parecia soporifera. Sospechaba
que algo faltaba en mi vida y en la de todos
los brasilefios, y no sabiamos bien qué era.
Inventébamos carnavales, buscébamos excusas
para organizar fiestas de disfraces y para
disparar fuegos artificiales, pero los cariocas
sentiamos que algo mas grande que todo eso
estaba por venir,
En los locos afios veinte, Rio de Janeiro ya
10
era la gran cidade maravilhosa. Sus enormes ce-
ros comenzaban a poblarse de favelas, donde
vivian incipientes colonias de campesinos em-
pobrecidos que emigraban hasta Rio buscando
una oportunidad. El casco antiguo de la ciu-
dad era mas grande que el de ahora, con ele-
gantes casas coloniales y calles de adoquines
por donde pasaban trenes urbanos que funcio-
naban con energia eléctrica y que circulaban
conectados por medio de cables de acero a un
tendido eléctrico que se extendia por todos los
barrios. Ademés, empezaba a Ilenarse de au-
toméviles, pero atin era frecuente ver los co-
ches, las calesitas tiradas por caballos llevando
gente a todos lados. Habia un precario sistema
de transporte ptiblico compuesto por tranvias
y taxis, que eran maquinas nuevas e importa-
das por las que habia que pagar mucho dinero
para utilizarlas. Un lujo de pocos para la épo-
ca, Todo eso pertenecia a Carlos Boa Morte, un
aspirante a magnate que tenia el monopolio en
el negocio de la locomocién en Rio de Janeiro y
que gozaba de una reputacién de ganster que
a él le encantaba cultivar moviéndose por las
calles en grandes automoviles americanos, ro-
deado de algunos de sus hombres que, segtin
decia la gente, siempre iban armados.
1A principios del siglo pasado, grandes
masas de extranjeros Iegaban cada dia al
puerto en descomunales alborotos que colap-
saban los muelles bajo el sol calcinante y la
sofocante humedad. Esos inmigrantes traian
consigo algunas novedades que rapidamen
te se difundian entre la gente como las activi-
dades de moda. Los italianos trejeron sabro-
sas comidas y miisica; los alemanes, cerveza
y mujeres de cabellos rubios como el oro, ¥
ios ingleses, siempre ocurrentes y divertidos,
fueron los primeros que llegaron a la ciudad
con lo que yo he llamado “la fiebre”. Un dia
alguien vio a los marinos briténicos practicar
en un muelle algo que no era mas que un ri-
diculo juego que consistia en introducir una
bola en un rectangulo hecho con tres maderos
y que defendia un hombre fijo que ellos Ha-
maban goalkeeper. No habia tacticas, ni estra-
tegias, ni torcidas, Solo ese elemental principio
que fue como un chispazo que comenzé a in-
cendiarlo todo, $i alguna vez. el mundo se ini-
cié de alguna manera, estoy seguro de que fue
parecido al nacimiento del ftitbol. Bast6 que
alguien viera a los ingleses practicar ese extra-
fio deporte para que se esparciera el rumor de
boca en boca y un mes después fuera la nueva
12
moda en Rio. Ya lo dije: como una fiebre.
En la escuela, la enfermedad se dejé caer
sin previo aviso el dia en que Pedro Alves, mi
mejor amigo, aparecié en el patio con una bola
de cuero oscuro, perfectamente redonda y que
daba grandes botes en el suelo cuando la arro-
jaba al aire. Todos formamos un circulo en tor-
no a él y lo quedamos mirando mientras Pe-
dro la dominaba sobre el empeine de su pie y
luego, como si su pierna hubiese sido impul-
sada por un gran resorte imaginario, la lanz6
al cielo con una fortisima patada. Todos salie-
ron corriendo tras ella, y nosotros nos queda-
mos viendo el espectaculo sin atinar a entrar
endl.
—(De dénde sacaste esa bola? —le pre-
gunté a Pedro.
—Me la regal6 mi tio Juca —respondi6—;
se la cambié a unos marinos ingleses por algu-
nas botellas de cerveza.
—Seguro que tu tio Juca estaf6 a los ingle-
ses —le dije
—Los ingleses se dejaron estafar —replicé
61—. Cuando llegaron, ellos tenian la bola y no-
sotros la cerveza. Después de que se emborra-
charon, ellos se quedaron con la cerveza y no-
sotros con la bola. Es un trato justo.
13,—Debe valer una fortuna —Ie dije viéndo-
la volar por el aire.
—Desde ahora seguro que lo vale
lanzndose a correr tras ella—. {Vamos}, el tiltimo
me grité, sabiendo
dijo él
que la toca es un perdedor
que con eso me heria el amor propio.
Organizamos dos equipos de unos quin-
ce jugadores por lado. Improvisamos dos arcos
con nuestra ropa y, desde entonces, empleamos
el resto de nuestros dias en jugar a la bola. No
habia placer mas grande que correr tras ella, y
aspirar a controlarla con propiedad se convir~
tid en todo un desafio. Rara vez se podia tomar
el balén en medio de tantas piernas. Mas bien
la vefamos pasar de un lado a otro y hacia alla
corriamos todos, como imantados por un po-
deroso talisman. Ese dia, por fin, supe que lo
que tanto esperaba habia aparecido en mi vida
Y no fui el nico. Mis compafieros de curso y
cada brasilefio sintio lo mismo. A partir de en-
tonces, lo que mas disfrutébamos era practicar
este nuevo deporte. No recuerdo una tarde de
mi infancia en que no haya estado con mis ami-
gos bajo el sol implacable de Rio, jugando con
la cara empolvada y sudorosa. Poco a poco, casi
sin darme cuenta, me converti en uno de esos
nifios que no almorzaban, que no dormian, de
14
Jos que se iban a la cama y podian dormir abra-
zados.a la bola, admirando su asombrosa y sen-
cilla redondez, ohn
Ahora es cuando debo confesarles algo:
a los doce afios comencé a preguntarme
seriamente si habia nacido o no para jugar ala
bola. Quiero decir, pensé si tal vez debia dedicar
el resto de mi vida a eso. En Rio de Janeiro ya
habfan nacido clubes que se organizaban
jugaban semanalmente en distintos barrio,
disputando un trofeo que se entregaba al Gal
de la liga. Los periodistas de la Gazzeta Sportiva
le Hamaron el Torneo Carioca. A los jugadores
todavia no les pagaban un sueldo, pero ya
ocurtia algo muy interesante: se hacian apuestas
por el resultado de los partidos. Cuando un
equipo ganaba, la persona encargada del club
tomaba el dinero recaudado y lo repartia entre
los jugadores, guardandose un porcentaje
mayor que ellos por ser el administrador. Eso
me dio la idea de que muy pronto, si tenian
el talento necesario y ganaban seguido, los
jugadores podrian vivir de eso. ud
_ Allos trece aftos recién cumplidos les dije
a mis padres:
—No iré mas al col
legio, voy jugar a
bola, ies ?
15Ellos se pusieron a reir. Se dieron media
vuelta y siguieron concentrados en lo que es-
taban haciendo.
_Hablo en serio —dije més fuerte, por
si no me habian escuchado—, quiero dejar de
estudiar y dedicarme a jugar a la bola.
Eso no alimenta a nadie, Roberto. Ta
debes estudiar e ir ala universidad —afirmé
‘Antonia, mi madre, mientras regaba sus plan-
tas en el patio.
En ese momento, por primera vez me
hice una pregunta fundamental en la vida:
zcémo vivir de algo que no te da dinero?, ¢s¢
puede vivir haciendo algo que no da para co-
mer? Luego me pregunté: ;todos los adultos
tienen trabajos que les gustan?
Mi padre, que se Hamaba Jorginho y era
un hombre bastante razonable, se jevanté de
gu hamaca y dejé en el suelo la cerveza que te-
nia en la mano. Entonces me di
Asi que tii quieres jugar a la bola, Ro-
berto, quieres vivir de eso, zeh? ~-me habl6 aca
riciandome el pelo—. Me parece bien, pero dé-
jame preguntarte algo: zeres lo suficientemente
bueno? zTienes el talento que se necesita?
_--Lo tengo —respondi
16
aaa
=
—Te diré algo —agregé él—: si tienes el
talento, yo te apoyaré para que juegues a la
bola, pero si no lo tienes —y en ese momento
me miré més fijamente que antes, como si fue-
se un momento muy solemne—, tendras que
aprender a aceptar que no eres lo suficiente-
mente bueno, dejards de pensar en eso y te
concentraras en tus estudios, zest bien?
—Esta bien —dije yo.
Acordamos que el siguiente fin de sema-
na ellos me acompanarian a O Colosso, la can-
cha donde jugaba Sao Jacinto, el club que se
habia formado en Tijuca y que estaba reclu-
tando jugadores para todas sus series. La liga
comenzaria en un mes y ya se iniciaba la eta-
pa de selecci6n para enfrentar la competencia
oficial. Yo estaba dispuesto a pasar la prueba
de fuego. Si no lo hacia bien, me olvidaria de
todo y volveria a concentrarme en mis estu-
dios, cosa que, por supuesto, no estaba en mis
planes._ 2 Pepinho: toco y me voy
jen. Senti que los dias transcurrieron lenta-
ente, como el espejismo de una babosa cru-
zando la calle asoleada 0 una alfombra de sal.
_gulo. Yo tiraba a quemarropa pero él Ilegaba
_ a todos mis remates: no podia anotar un solo
fo querfa fallar.
| En la escuela, le conté a Pedro que iria a
probarme en el equipo de Sao Jacinto.
—Sao Jacinto? —me dijo extrafiadonegra con una manguera—, ese club es de Car-
Jos Boa Morte, jlo sabias?
—No tenia ni idea, gy qué con eso? —le
sit tipo es un ganster —me dijo—, no
trata bien a sus jugadores, explota a sus emplea-
dos. Si yo fuera ti, iria a probarme a Botafogo.
También lo pens¢ —respondi—, pero
Botafogo es Botafogo, son palabras mayores.
Sao Jacinto es algo més sencillo para tratar de
empezar. : ;
—Yo iré al General Severiano —me conte-
s6—, este viernes en la tarde hay una prueba.
El Severiano era la cancha de Botafogo,
un estadio enorme que temblaba por el empu-
je de sus hinchas. Lo quedé mirando con cara
de sorpresa. No cref que fuera capaz. :
fis una apuesta arriesgada —le dije
maliciosamente.
Al carajo —-gruné Pedro—, la gloria 0
me “Me parecié bien su actitud, pero también
me parecié que era un poco extremista.
—2Y si te toca “NADA”? —le pregunté.
Lo vi ponerse pensativo. Se pas6 la mano
por la barbilla y miré el suelo
20
-=Tienes razén —me contest6—, no ha-
bia pensado en eso.
—{Lo ves?, siempre hay que observar un
_ problema desde todos los angulos e intentar
disminuir el factor riesgo para asi reducir la va-
riable “fracaso”. Tui qué dices? —le pregunté.
—Que no te entiendo un carajo—replicé
Pedro enfadado.
—Mucho mejor asi —le dije yo—, ahora
nos vamos a clases.
Conté las horas y los dias hasta que por
fin el sabado, a las nueve de la mafiana, esta-
ba en pie con la bola bajo el brazo, dispuesto
a enfrentarme a la verdad de saber quién era
yo realmente. La noche anterior no habia pe-
gado una pestafia. Me la habia pasado en vela,
absurdamente repasando el repertorio de mis
jugadas, sin entender todavia que el futbol es
como un espectaculo teatral donde todo se
hace de manera mas © menos improvisada, y
| el verdadero arte del gran jugador reside pre-
cisamente en saber innovar con maestria sobre
el guién que el técnico le entrega.
Cuando Iegamos pude ver que no era
_ el tinico nifto que tenia el suefio de jugar a la
21bola. Una veintena de muchachos hacian cola
para registrar sus nombres en la planilla que
un tipo estaba Henando a un costado de la
cancha. Tras él estaba Boa Morte, quien en ese
momento me pareci6 un tipo enfermo. Se veia
flaco, esmirriado, con un pequefo bigotito re-
cortado bajo su nariz y esbozando una sonri-
sita de hiena esquelética. “Este tipo no mataria
una mosca”, pensé.
Valentino Da Silva, el entrenador del
equipo de Sao Jacinto, nos saludé a todos dén-
donos la mano y dio algunas instrucciones.
Debiamos elegir en qué puesto jugariamos. El
nos verfa un rato y luego iria sugiriendo cam-
bios de posicién. Antes de que yo me registra-
ra en la ficha y eligiera puesto, Pedro Alves,
mi buen amigo, también aparecié por ahi.
—Vaya sorpresa —le dije—-, que no ibas
a probarte en Botafogo?
—Ya fui —contest6 él mientras movia la
cabeza.
1X?
—Me dijeron que me olvidara del fuitbol
y me dedicara a la escuela.
—2¥ tu qué les dijiste?
—Que el fiitbol ofrece revanchas.
‘Me parecié una respuesta fantdstica.
ee
—Y ahora en qué puesto vas a jugar?
—le pregunté.
—De arquero —respondis é1.
—gDe arquero? Debes estar bromean-
do, un arquero no juega, un arquero mira
—le comenté.
—Por lo mismo lo elegi —dijo él—, si
nadie quiere jugar en el arco, el gran Pedro
Alves lo hard —agreg6 poniéndose un par de
guantes y dando saltos bajo el arco, tratando
de atrapar una bola imaginaria.
La verdad es que yo no lo habia pensado
de ese modo. Para mi, el juego de la bola era
hacer mas goles en el arco del rival que este en
el nuestro, y eso convertia a los delanteros en
los que mas posibilidades tenian de ser las es-
trellas del equipo. Y yo, por supuesto, queria
ser la estrella.
—Yo voy a ir de delantero —le dije, y co-
tri hacia el centro de la cancha.
Comenzé el partido. Los primeros minu-
tos fueron un desorden completo. Todos co-
rrfamos tras la pelota y nadie podia tenerla
més de diez segundos. La bola no avanzaba
hacia los arcos y yo corria tras ella sin poder
tocarla. Los padres gritaban al borde de la can-
23cha dando instrucciones que nadie entendia.
Me di cuenta de que Pedro habia elegido me-
jor que yo y comenzaba a pensar seriamente
en pedir un cambio de puesto, cuando en una
jugada sencilla, un jugador de mi equipo se
torcié un tobillo y se puso a Ilorar. Sus padres
entrarona la cancha y se lo Hevaron. Su mama
le dio un coscorrén diciéndole algo asi como
“eres un pavo” 0 “te pas6 por pavo”. Pedro y
yo nos miramos entre divertidos y asustados,
era el primer luchador que caia en el combate
y que regresarfa a casa sin cumplir su sueho.
Da Silva lament6 la jugada y comenzé a mirar
a todos lados por si habia otro nifio disponi-
ble. Entonces miramos hacia la tribuna y, sen-
tado solo en un tablén, vimos a ese mucha-
cho flaco, negro como el carbén, de enorme y
ensortijada cabellera negra, con sus zapatillas
viejas-y su uniforme roido. Cuando noté que
lo miramos, sonrié con los dientes mas blan-
cos que habia visto en mi vida
—jHey, nifto! —le grité Valentino—,
equieres jugar?
Fl volvié a sonreir y sus dientes blancos
como la nieve resplandecieron en su cara. Se
puso de pie y entré a la cancha igual de feliz
que si lo hubiesen invitado a un cumpleaios.
24
Miré a Pedro y le hice una gesto con la cabe-
za, como queriendo decirle “este no juega nia
las mufecas”. El asintié dindome la razén’y
acto seguido pated la bola desde el arco. Esta
se elevé algunos metros y se fue hacia un cos-
tado. Parecié que saldria de la cancha junto
a la tribuna, pero antes de que lo hiciera, el
nitio desconocido regresé sobre sus pasos y
dando un salto la controlé con el pecho. “No
esté mal —pensé—, algo de técnica tiene”. En-
tonces todos vimos lo que hoy ya es un mito:
Pepinho, el nifto cuyo nombre atin nadie co-
nocia, tomé ese pase intrascendente en medio
campo y se fue en demanda del arco rival elu-
diendo a los defensores con una facilidad que
a todos nos dejé con la boca abierta. No mien-
to si digo que, en la primera pelota que tocé,
eludio a cinco 0 seis rivales y anoté un gola-
20. Cudnto nos enganan las apariencias, pensé
después de eso.
___ Pepinho era un jugador con un dominio
impresionante, como si la pelota fuera una
parte de su pierna, una extensién de esta. La
controlaba con la soltura de un bailarin y sus
Tecursos eran ilimitados: la pisaba en todas
direcciones, dribleaba, enganchaba, eludia,
remataba con ambas piernas. La inteligencia
25en el juego para desplazarse y crear ftitbol le
brotaba por los poros. Y por si esto resultara
poco, atin habia algo més que su talento en
esa cancha: su pasion. Pepinho era un juga-
dor que no solo era bueno con la bola, sino
que también jugaba con una fuerza explosiva
Habia en él una especie de carisma, de fue-
go resplandeciente y abrasador, una dinami-
ta furiosa que no se detenia con nada. Cuan-
do corria era como un toro que de pronto, a
medida que avanzaba, crecia, crecia y se ha-
cia un bélido, un torbellino que abria una zan-
ja por donde pasaba: los defensas rivales que
iban a marcarlo rebotaban en él como si fue-
ran de goma. Quedaban botados, quebrados,
humillados en el suelo. El partido que minu-
tos antes era un nudo, él lo desenred6 con ju-
gadas personales y habilitaciones magistrales.
Yo anoté tres goles gracias a pases que me dio.
Los goles los pudo haber anotado él, pero al
verme solo junto al arco, tieso como un palo y
boquiabierto de ver su habilidad, Pepinho me
tocaba suavemente la pelota por sobre la sali-
da del arquero y yo no tenia nada més que ha-
cer que empujarla adentro. £1 me miraba son-
riendo, como el nifto mas feliz del mundo, y
me daba la mano como si fuésemos amigos de
26
[RR
toda la vida. Yo le extendfa la mia y lo saluda-
ba mirando el suelo, avergonzado por haber
hecho la parte més facil de la tarea. Cuando el
partido se abrio gracias al juego de Pepinho,
el rival también nos anoté algunos goles y el
juego definitivamente se volvié mas atractivo,
pero daba la impresién de que Pepinho deja-
ba que los jugadores rivales le quitaran algu-
nas pelotas y convirtieran algunos goles para
no monopolizar el trémite del partido y, sobre
todo, para que ellos también pudieran brillar
un poco. En suma, era alguien generoso con
su juego, no buscaba el exclusivo lucimiento
Propio, sino que hacia jugar a los dos equipos
y, aunque él tratara de disimular que no era
asi, todos nos dabamos cuenta de eso.
Cuando el partido termin, Valentino Da
Silva no podia cerrar la boca de la impresi6n.
—Tu, nifo, gcémo te llamas? —le pre-
gunt el entrenador.
—Pepinho —respondis él
—2Y cudntos afios tienes? —volvié a
preguntar.
—Catorce —contest6 él.
cumpliré los quince —agreg
—Estas contratado Ye dijo Da Silva—. Te
quiero mafiana mismo entrenando con nosotros.
En seis meses
27Voy a probarte con los adultos. La tiga comienza
en un mes y te quiero ver jugar con ellos.
Pepinho sonrié con su boca de plata y
se fue trotando por un costado de la cancha.
Antes de desaparecer cerro abajo, Boa Morte
y dos de sus hombres se acercaron a él. Los
vimos hablar un momento, Boa Morte le pal-
moteaba la espalda como si lo felicitara. Luego
sacé algo de su bolsillo y se lo dio.
Los demés jugadores nos quedamos mi-
rando entre nosotros, avergonzados y secreta-
mente corrofdos por la envidia que su talento
nos provocaba. Todo lo que para nosotros era
dificil, para él era la cuestién mas sencilla del
mundo. {Quién era 61?, ;de donde habia sali-
do?, ¢quiénes eran sus padres?, a qué colegio
iba?, gquiénes eran sus amigos? Pepinho pa-
recia salido de la nada. Un hombre que vaga-
ba solo por el mundo, acompanado y escuda-
do tinicamente por su talento. Como un artista
verdadero, era en esencia alguien asi: solitario,
sin familia, sin amigos, sin historia. Un genio
de esos que pasan por el mundo como meteo-
ritos de fuego e incendian el camino por don-
de dejan sus huellas, y la gente ve su luz y se
quema de la admiracién o de la envidia.
28
Cuando terminé el partido, mis padres
se acercaron y me felicitaron. Jorginho me aca-
rici6 el pelo y Antonia me estampo un enorme
beso en la mejilla, pero yo la alejé molesto. Se-
cretamente, los tres sabiamos que mi examen
habia sido un desastre y que acababamos de
ver aun nifio que si tenia talento. Era absurdo
decir que lo suyo habfa sido una cuestién de
suerte, o que Je habia tocado un buen dia. Pe-
pinho era genial con la bola. Punto. Cuando
llegamos a la casa, me encerré en mi cuatto y
me tendi en la cama pensando en él. Mis sen-
timientos eran confusos. Una parte de mi ya
lo admiraba con devocién, pero la otra se des-
hacia en una envidia que nunca antes habia
sentido. En mi convivian dos fuerzas, como si
un angel y un demonio lucharan por quedarse
con mi alma. Y lo peor de todo, me decia, era
que él habia sido generoso conmigo, me habia
ayudado a hacer una buena prueba, pero no
podia sentirme completamente agradecido. Si
yo jugara como él, me decia, pero nunca po-
dria. No pude dormir en toda la noche pensa-
do en que, tarde o temprano, era un hecho que
tendria que aceptar.
293 Crénicas deportivas
Aicia siguiente, en la escuela, ya todos ha-
blaban de Pepinho. Los chicos comentaban
cada una de sus jugadas y trataban de repe-
tirlas en cdmara lenta con la bola de Pedro.
Naturalmente, ninguno podia. Se reian a car-
cajadas al ver cémo se enredaban con la pe-
Jota tratando de hacer lo imposible. Algunas
chicas preguntaban por él. Berta Pereira, que
estaba sentada en el patio con su hermana, mi
compaiiera de curso Rosa Gracia, se me acer-
cy me dijo:
—Supe que ti jugaste con el nifio que se
lama Pepinho, gc6mo es?
Una oleada de vergiienza me subio por
el pecho hacia la cara.
—Si—le respondi—, jugué con él y ano-
té tres goles.
—Tres goles que él te regal, segtin supe
—agreg6 ella sonriendo maliciosamente—. Y
bien, gcomo es? —repitid.
31—Y yo qué sé, no me voy a andar fijando
en chicos —le dije irritado.
Al parecer, iba a tener que aprender a
convivir con la imagen de un niiio recién apa-
recido y que concentraba poderosamente la
atencién de toda la gente. No estaba seguro
si era algo que me agradara. Fstaba pensando
en eso cuando tocaron el timbre para entrar a
clases. Pedro se me acercé y me dijo:
—Ya viste cémo jugaba ese Pepinho?,
iqué locura, mi hermano, yo quiero ser amigo
de ese muchacho!
En la puerta del sal6n, coincidimos con
Rosa Gracia. Ella trat6 de pasar primero, pero
me adelanté sin darme cuenta de lo que es-
taba haciendo. Cuando quise retroceder, ella
levantd las manos y me dijo “adelante”. Me
fui a mi puesto. Estaba resultando un mal dia.
Rosa Gracia Pereira era una mulata pequenia
y delgada, de trenzas negras y dientes muy
blancos, que cuando sonreia, parecia capaz
de detener el tiempo. Sus labios suavemente
carnosos componian una boca que parecia un.
beso, es decir, era como si estuviera arrojan-
do un beso al aire. Ella me gustaba en secreto,
nunca le habia contado ni siquiera a Pedro Al-
32
ves, pero creo que Rosa se daba cuenta por la
forma en que la miraba. Siempre me sentaba
tras ella y la observaba tomar sus apuntes. Era
la mas inteligente de la clase. Tenia las mejo-
res notas del curso y también tenia un extrafio
aire distante, como si estuviera pero no estu-
viera ahi. Berta, su hermana, estaba un curso
més arriba que nosotros y resultaba ser todo
lo puesto a Rosa: superficial, vanidosa, siem-
pre estaba metida en lios y su nica cualidad
era su belleza que, por supuesto, sabia explo-
tar muy bien entre los chicos de la escuela. So-
lia pasearse por los pasillos como si fuera una
pava real mostrando sus plumas. Se rodeaba
de chicas iguales a ella y juntas se creian el
centro del mundo. Todos los chicos estaban
prendados de Berta, pero a mi me gustaba su
hermana, Rosa Gracia.
Durante aquella hora de clases nos toca-
ba el taller de periodismo escolar, un curso que
impartia Marcio Joel, el asesor de! diario de la
escuela y quien para mi era el mejor profesor
que teniamos. EI nos hacia escribir y ese toda-
via era uno de mis pasatiempos favoritos. An-
tes de que empezara su clase, como siempre,
me senté detras de Rosa y me dediqué a escri-
birle un poema en mi cuaderno. De pronto, el
33profesor se puso de pie y luego de saludarnos
nos dijo:
—En la clase de hoy veremos la crénica
periodistica. Alguien sabe qué es una créni-
ca? ¢Podria comentar algo que haya leido?
Silencio sepulcral. Pedro y yo nos mira-
mos y levantamos los hombros. Al parecer, na-
die sabia lo que era una cronica
—Una crénica es el relato periods
de un hecho real, no posee el elemento ficcio-
nal de los relatos literarios —contest6 Rosa, de
pronto, rompiendo el silencio.
Ay, Rosa, como me gustaba esa nifia. No
solo era bella, también era inteligente. Siempre
tenia todas las respuestas.
—Muy bien, Rosa Gracia —dijo el profe-
sor—, aunque la crénica esta en la frontera de
la literatura. Un buen cronista puede ser un
muy buen escritor, ojo con eso —agreg6.
—Hay relatos de viajes, como los de
Marco Polo —dijo Rosa—-, cuyo libro de cré-
nicas es un documento literario de un valor
inestimable.
Marcio movié la cabeza en sefal de apro-
bacién. “Si todos los alumnos fuéramos como
Rosa —pensé—, qué grande seria el Brasil”.
—Quiero que en esta clase me escriban
34
una crénica sobre algo que les haya pasado el
fin de semana —pidi6 Marcio.
—Y los que no sabemos lo que es una
crénica? —pregunté Pedro al tiempo que yo
Jo golpeaba con los dedos en la cabeza.
—Buena pregunta, Pedro —dijo el pro-
fesor—-. He traido algunas crénicas para que
Jas leamos y las comentemos. Deberan anotar
en su cuaderno las palabras que desconozcan,
hacer un vocabulario y responder las siguien-
tes preguntas: de qué se trata?, za qué tipo de
lector esta dirigido?, ;qué lo diferencia de otro
tipo de texto visto en clases? Para las nifias tra-
je cronicas de Mariana Flores, una periodista
que cubre los eventos culturales de Rio, y para
los hombres interesados en el juego de la bola,
cr6nicas de Joao Gilberto Parreira, periodista
de la Gazeta Sportiva
Acto seguido, el profeso: se puso a repartir
los textos y todos nos quedamos en silencio, le-
yendo. Mientras lo haciamos, [Link] que Rosa
Gracia tomaba apuntes de lo que lefa, subrayaba,
fruncia el cefio como si mentalmente se estuviera
haciendo algunas preguntas. Me costaba concen-
trarme en otra cosa que no fuera ella, pero cuan-
do comencé a leer mi crénica, tuve una nueva
iluminaci6n. Era sobre el primer partido oficial
35de fiitbol que se habia jugado en Rio de Janeiro,
entre marinos ingleses y estibadores brasilefios,
que ganaron los primeros por 5 goles a4en un
partido que Gilberto calificaba como “no apto
para cardiacos”. Habia mucha fuerza en su len-
guaje, mucha pasion. Era como el juego de Pe-
pinho en la cancha, pero Joao Gilberto lo lleva-
baa las letras. Sus descripciones eran precisas
y te transportaban de inmediato al lugar de los
hechos. Me parecié que Joao era, sin duda, al-
guien que sabia mucho de la vida y también me
di cuenta de que yo querfa escribir articulos so-
bre deportes como él. Algo me dijo que ese pe-
riodista era distinto a los otros, entre otras co-
sas, porque defendié con mucha visién al futbol
diciendo que seria el deporte del futuro y que
incluso los brasileftos podriamos llegar a tener
buenas perspectivas en é1. Concluia su articulo
invitando a todo el mundo a ver los partidos e
invertir en las cajas de apuestas.
Cuando terminé de leer la crénica, co-
mencé a pensar, ¢qué tal si, en vez de jugar,
me dedico a escribir la cronica de los partidos?
No tendrfa que competir con Pepinho, una lu-
cha que de antemano tenia perdida. Le propu-
se la idea a mi profesor y él me dijo:
—Si las crénicas son buenas —y recalcé
36
'
la palabra “buena
diario del colegio.
yo te las publico en el
Tomé mi lapiz y mi cuaderno y me fui al
fondo del salén. Traté de pensar en algo que
me hubiera pasado el fin de semana, pero sal-
vo el partido de prueba que habia jugado, no
me habia ocurrido nada interesante. Pensé en
inventar algo, pero no me funcion6. Entonces
me senté en el piso (el profesor nos dejaba sen-
tarnos en el piso, si eso nos servia para esi
bir) y cerré los ojos. Como en un espejismo,
volvi a ver la cara sudada de Pepinho, des-
plazandose en camara lenta, eludiendo a los
rivales entre nubes de luz y polyo. Entonces
escribi:
Un dngel de piel negra y sonrisa blanca ha
Ilegado a la cancha de Sao Jacinto, dispuesto a in-
cendiarlo tod
Cuando terminé de escribirla, se la llevé
a mi profesor y él la leyé de inmediato. Mien-
tras lo hacia, vefa su cara de asombro y las pe-
queiias sonrisas que esbozaba, moviendo la
cabeza de arriba abajo en gesto de aprobacién.
Cuando termin6 de leer, me dijo:
—Roberto, ite interesaria ser el cronista
deportivo oficial del diario del colegio?
Por supuesto, acepté de inmediato. Ca-
37
tllminé por el salén pavoneandome ante mis
compaiieros y tratando de Hamar la atencién
de Rosa. :Qué diria ella de mi triunfo?, ,po-
dria legar a gustarle si le pareeia un niio in-
teligente? Cuando pasé junto a ella, camino a
mi pupitre, Rosa dio vuelta la cara y mir6 por
Ja ventana hacia el patio. “Esta tratando de lu-
char para no mirarme —pensé—, pero en el
fondo se muere de ganas de leer mi crénica y
de hablarme”,
Regresé a mi casa sintiendo que habia
descubierto algo que me gustaba hacer. Les
conté Ja noticia a mis padres y se pusieron
muy felices.
—No jugaré a la bola como Pepinho —les
dije—, pero puedo escribir como Joao Gilberto.
El resto de la tarde me la pasé en mi
cuarto, escribiendo crénicas de partidos ima:
ginarios. Pensaba que Pepinho seria la fuente
de mi inspiraci6n. Si yo lograba describir la
forma exacta en que é1 jugaba, seria incluso
mejor que Joao, quien todavia no Jo habia vis-
to jugar, cosa que me daba una ventaja. Luego
me puse a pensar en Pepinho. De alguna ma-
nera, me sentia reconciliado con él. Habia des-
cubierto mi propio camino.
38
Al dia siguiente, sali temprano de clases
y en vez de ir a mi casa, fui junto a Pedro Al-
ves a la cancha de Sao Jacinto. Iban a publi-
car la némina de los jugadores seleccionados.
Ademis, tenia ganas de ver a Pepinho y rega-
Jarle mi crénica. En la puerta del camarin vi-
mos la lista de jugadores que habian pasado la
prueba y la categoria en que habjan quedado.
Ni Pedro ni yo estébamos entre los titulares.
Ambos aparecfamos en una lista mas pequefia
de posibles reemplazantes en caso de que uno
de los seleccionados oficiales se lesionara.
—No puede ser —dijo Pedro agarraéndo-
se la cabeza con ambas manos—. ;Paré dos ti-
ros a puerta que iban a ser goles!
—Pero te hicieron cuatro —le comenté.
—2Ah, si?, zy cémo anduvo nuestra de-
lantera? Que yo recuerde, tocaste la pelota tres
veces durante el partido.
~-Y la mandé al fondo del arco as tres
veces, cien por ciento de efectividad, un de-
Jantero letal
—Al carajo —dijo Pedro—, seguiré en-
trenando hasta ser el arquero més grande del
mundo.
No vimos a Pepinho entre los mucha-
chos que revisaban la némina. Preguntamos
39por él, pero nadie lo habia visto. Por supues-
to, su nombre estaba escrito con letras gran-
des en la pared del camarin y al lado decia:
“CONTRATADO. ES UN CRACK”. Fuimos
a verlo a Jos camarines y no lo encontramos.
Cuando estébamos por irnos, salimos a la
cancha y entonces lo vimos. Estaba sentado,
en la graderia, junto a Carlos Boa Morte, el
duefo del club. No quisimos acercamos y
nos quedamos observando desde lejos. Pude
ver que Boa Morte movia las manos haciendo
grandes aspavientos, sonrefa y le palmeaba la
espalda de tanto en tanto, como si lo estuvie-
ra felicitando por algo.
—Ese Boa Morte es un ganster —dijo Pe-
dro—. Mi padre trabajé en uno de sus taxis
durante un tiempo y decia que nunca pagaba
lo que correspondia, y que cuando alguien se
atrevia a cobrarle, mandaba a sus matones a
darle una paliza.
—También lo he oido —afirmé—. Dicen
que ha despachado a mucha gente que se ha
metido en sus negocios, pero la policfa y los jue-
ces no lo investigan pues los tiene comprados.
—;Tui crees que se dedique al negocio
de la droga? —-pregunté Pedro pasandose la
mano por la cara—. Mi padre dice que ese es el
40
negocio del futuro para los gansteres de Rio.
—Puede ser, es una lastima que Pepinho
tenga que hacer negocios con él.
Mientras hablaba, Boa Morte sacé algo
de su bolsillo y se lo mostré a Pepinho. Des-
de mi angulo no pude ver de qué se trata-
ba, pero luego se movieron un poco hacia el
costado y vi que era un papel. Boa Morte si-
guid hablando y gesticulando. Me parecié
que, por la forma en que se movia, le esta-
ba leyendo el papel, o al menos se lo estaba
explicando. Luego sacé un lapiz que le ex-
tendié a Pepinho. Vi como este lo miraba y
luego lo rechazaba moviendo las manos. Me
parecié muy extrafio lo que estaban haciendo.
Boa Morte se acaricié el bigote y miré el sue-
lo, como si estuviera pensando en algo. De
pronto, comenzé a desatornillar su pluma y
sacé el depésito de tinta del interior, lo abrio
y se lo vertié a Pepinho en el dedo pulgar de
la mano derecha. Luego le tomé el dedo y lo
puso sobre el papel, girandolo suavemente
de un lado a otro. Cuando termin6 su faena,
miré la hoja y parecié darse por satisfecho.
Se despidieron dandose la mano y Boa Mor-
te salié por la cancha hacia la calle. Nosotros
aprovechamos de acercarnos a Pepinho.—jHey, crack! —lo Hamé—, zte acuerdas
de nosotros?, jugamos contigo el sébado.
Pepinho nos miré como si hiciera el es~
fuerzo por reconocernos. Obviamente, no se
acordaba de nosotros.
—Si, claro —dijo confundido.
—Yo soy Roberto Lima y él es Pedro Al-
ves —le presenté a mi amigo mientras nos es-
trechaba la mano-—. :Puedo hablar contigo?
Hay algo que quiero mostrarte.
—Claro, de qué se trata.
—Escribi una crénica en el taller de pe~
riodismo del colegio; es sobre el partido que
jugamos el otro dia y quisiera regalartela —le
dije alargandole el papel en mi mano.
—Muchas gracias —contest6 con su im-
borrable sonrisa—, pero no sé leer.
_ Su respuesta me dej6 perplejo. Le exten-
di la mano y entregandole el papel le dije:
—Te invito a tomar un refresco, ahi te la
voy a leer.
Salimos de O Colosso y enfilamos rum-
bo al almacén de don Thiago, un viejo de bar-
bas blancas y una calva negra y sudada tan
resplandeciente que parecia una bola de ca-
fi6n recién pulida. Ahi les invité un refresco a
mis amigos, que tomamos sentados en la calle.
42
Entonces le lef mi crénica y mientras lo hacia
podia ver su cara de felicidad. Me gusté saber
que le habia gustado mi manera de escribir.
—~De dénde eres? —le pregunt6 Pedro,
picado por la curiosidad—, {tienes familia?, a
qué escuela vas?
—No voy a la escuela —nos confes6—,
soy de cualquier parte y el que quiera puede
ser mi familia —dijo él sonriendo.
Pedro y yo cruzamos una mirada en si-
lencio. Cuando acabamos el refresco nos se-
paramos en la calle y caminamos en direccio-
nes opuestas. Me di vuelta a mirarlo y vi que
se perdia escaleras abajo por el cerro hacia el
Jardin Botanico. Me pregunté dénde iria, dén-
de pasaria la noche. “Es verdad, esté solo”, me
dije, y senti pena por él.4 Jogo bonito
tie leyenda de Pepinho comenzé a crecer
como la espuma. En Tijuca todo el mundo em-
pez6 a hablar de él, y de pronto las calles co-
menzaron a aparecer Hlenas de letreros ofre-
ciendo pruebas de talento para fichar a nifios
por algiin equipo. Me llamaba la atencion que
en menos de un mes, todos los tipos adinera-
dos de los barrios bonitos de Rio parecian in-
teresados en descubrir nuevos talentos. Todos
los dias se paseaban por Tijuca empresarios de
Gévea, Leblon, Ipanema, Flamengo, Botafogo,
en sus grandes automéviles americanos, mi-
rando y conversando con los nifios de las es-
quinas, regalandoles refrescos y preguntando-
les si sabian de alguien que tuviera habilidad
para jugar al ftitbol, Seguin parecia, estabamos
en presencia del negocio del futuro y mis dudas
sobre si algtin dia seria o no rentable jugar a
Ja bola estaban aclaradas. Bajo el precepto
de un buen negocio, el descubrimiento de
45una joven promesa equivalia a descubrir una
mina de oro. Mientras esto ocurria, yo seguia
escapandome de la escuela y pensé que
debia hacer una investigacién a fondo para
descubrir qué era lo que habia tras el negocio
de los jugadores. Comencé a asistir a todos los
entrenamientos de Sao Jacinto para ver c6mo
iba Pepinho.
Puedo decir que en cuanto comenzé a
entrenar con el primer equipo de Sao Jacin-
to, Ricardo Alexander de Wilson Moreira de-
mostré en la cancha lo que otros se empefian
en demostrar con bravatas: técnica, inteligen-
cia, estado fisico y garra, los cuatro pilares que
sostienen en pie a cualquiera de los grandes
idolos del fiitbol. De Pepinho podria haberse
dicho hoy en dia y con el mismo acierto, que
futbolisticamente hablando poseia una dind-
mica inglesa, la elegancia argentina, la fortale-
za italiana, la voluntad alemana y, coronando
la torta, la eximia técnica brasilena
Siempre que podia, Pedro me acompa-
faba y luego del entrenamiento tbamos con
Pepinho a tomar un refresco y conversébamos
hasta poco antes de que cayera el sol. A ve-
ces bajébamos a la playa y nos baiiébamos un
rato. Soliamos pasear por el Jardin Botanico
46
y por la Laguna Rodrigo de Freitas. Cuando
nos despediamos, Pepinho siempre lo hacia
con una sonrisa y luego desaparecia por las
calles y las escaleras sin que nosotros supié-
ramos a dénde iba. Un par de veces lo vimos
irse en el auto de Boa Morte, y cuando le pre-
guntibamos donde lo Hlevaba, 6] siempre con-
testaba: “Por ahi”. Naturalmente, a Pedro y a
m{ nos parecia extraito que Pepinho ocultara
Jo que hacia con Boa Morte, pero luego pensé-
bamos que, en realidad, lo que ese tipo tenia
era un negocio entre manos. Ya habia descu-
bierto su mina de oro, y no la dejaria escapar
por ningtin motivo. Aunque, por otra parte,
solia preguntarme, gqué tipo de contrato le ha-
bra hecho firmar a Pepinho?
En cuanto a mi labor en la escuela, mis
crdnicas cada dia estaban mejor escritas y mi
profesor del taller de periodismo me decia que
estaba mejorando asombrosamente. A veces
las lefa en vozalia en la clase y cuando termi-
naba, yo miraba de reojo a Rosa, a ver qué cara
ponia, Pensaba que podia enamorarla con mi
manera de escribir. Ella también escribia muy
bien, pero lo hacia de temas culturales. Le gus-
taba la musica y la pintura. Definitivamente,
47era una nifa refinada, mientras que a su lado
yo parecia un cavernicola de barra brava. A
veces me ponia a pensar en eso y me desilu-
sionaba al sospechar que jamas legaria a gus-
tarle. Un dia no pude més y le conté todo a
Pedro Alves.
—Creo que estoy enamorado de Rosa
Gracia —le dije mientras estabamos sentados
en la calle frente al almacén de don Thiago,
bebiendo un refresco.
—;Bromeas? Yo también lo estoy.
—zTa? —No podia salir de mi asom-
bro—. Todo este tiempo me Io ocultaste, eres
un traidor.
—Tu tampoco me dijiste nada —dijo
€l—, ademés, ninguno de nosotros tiene la
mas minima oportunidad con Rosa
| —Hablaras por ti, perdedor, porque en
16 que a mi respecta, la tengo loca con mis crO-
nicas deportivas. /
—Roberto, tus crénicas no las lee nadie
—dijo Pedro—, déjame que te abra los ojos: Rosa
esta enamorada de Zezé, el nifio rubio y crespo
que esta en el tiltimo curso de la escuela.
La confesion me dejé helado. No podia
dar crédito a lo que escuchaba.
48
me
¥
—2Y hi cémo sabes eso? —Ie pregunté—,
no te creo nada
—Es facil —asegur6 Pedro—, todas es-
tén enamoradas de él. Es el nifio més guapo
de la escuela.
—Y el mas esttipido —dije yo.
—Lo dices solo porque estés celoso, pero
Zezé es un buen alumno y toca los timbales en
el grupo de samba del colegio. Las chicas se
derriten por un playboy como él.
Esa tarde me fui a casa sintiendo una de-
cepcién muy grande. Se enamoran las nifias
solo de los hombres guapos o les importa algo
ms que eso? Si solo les interesaba la belle-
za fisica, yo ya daba todo por perdido. Esta-
ba lejos de ser el chico mas guapo del colegio.
Me encerré en mi pieza y saqué mi libreta de
cr6nicas. Revisé algunos poemas que habia es-
crito para Rosa. Pensé en destruirlos, pero me
arrepenti a ultima hora. En vez de eso, decidi
que le escribiria unos tiltimos versos, los de
la despedida. “Mi pequefa venganza —pen-
sé— sera haber escrito poesia para ella, y que
ella nunca lo Sepa”. Luego me puse a pensar
en el trabajo, la temporada estaba por iniciar
y debia tener afilada y lista mi pluma. Al dia
49siguiente debia cubrir un entrenamiento y te-
nia que concentrarme. Luego me acosté y sone
con Rosa y con Pepinho, pero no fue un sue-
Ao agradable. Sofié que ambos se conocian y
se enamoraban, y se iban a vivir lejos de Rio.
Pepinho era una estrella, el astro mas grande
del mundo, y Rosa Gracia ni siquiera me daba
un boleto.
Un par de dias después, mis padres se
enteraron de que habja estado haciendo la ci-
marra para cubrir los entrenamientos de Sao
Jacinto y pasé una semana castigado. Traté de
hablar con ellos y explicarles que habia des-
cubierto mi verdadera vocacién, pero era peor
que hablarle a un par de muebles: no me qui-
sieron escuchar. En esos dias me cuestionaba
por qué algunos adultos son tan intransigen-
tes y no quieren escuchar, creen tener la raz6n
en todo y no se dan cuenta de que también
pueden estar equivocados. Hasta que se me
ocurrié una idea para eludir el castigo: por in-
termedio de Pedro, invité a Pepinho a ‘mi casa.
Ala tarde siguiente ambos estaban en Ja puer-
ta, preguntando por mi. Cuando los vieron pa-
rados en la calle, mis padres no pudieron ne-
garse a dejarlos pasar.
50
4
—Padres —les dije—, este es mi amigo
Pepinho, el mago de la bola. Estoy escribiendo
crénicas de su vida para el diario del colegio.
Un poco descolocados, mis padres lo sa-
ludaron y lo invitaron a pasar. Tomamos una
merienda en el patio y tuvimos una conver-
sacion muy agradable. A mis padres les pare-
cié muy extraho que Pepinho no tuviera fami-
lia ni casa y fuera por la vida de lo més feliz,
como si lo tuviera todo.
—¥ dénde pasas la noche? ;Dénde co-
mes? —preguntaba mi mamé casi con deses-
peracion.
—Por ahi —respondia Pepinho.
Después que comimos, jugamos a la bola
en el patio. Pepinho nos divirtié dando una
exhibicién de técnica y dominio. Hizo cosas
que ni un malabarista haria con la bola. Lue-
go, antes de que anocheciera, se marché junto
a Pedro.
—Ese nifo es muy extrafio, no puede ser
tan pobre y ser tan feliz. Aqui debe haber un
gato encerrado —dijo mi papa, y nos fuimos
a dormir.
515 Baila para mi
C anciesas Jacinto debuts en el campeona-
to oficial, Pepinho ya contaba con la friolera de
doce dianas convertidas en cuatro encuentros
amistosos. Su media era alarmante. El dia del
debut, O Colosso, paradéjicamente el pequefio
estadio donde Sao Jacinto hacia de local, conta-
ba en sus tribunas con bastantes més hinchas
de Io habitual, pero atin eran pocos para con-
trarrestar a la fiel torcida del equipo de Parama-
ribo, cuadro contra el cual Pepinho habria de
debutar. Entre la gente que llegé a ver el par-
tido pude ver a todos mis compaiieros de co-
legio con sus padres. También divisé a Berta y
a sus amigas. Por mas que la busqué entre la
gente, no via Rosa Gracia por ninguna parte.
Junto a Pedro decidimos dar una vuelta
por el camarin, donde los jugadores recibian
las tiltimas instrucciones. Luis Fabio Do San-
tos, el entrenador de Paramaribo, ya sabia de
Jas excepcionales dotes de Pepinho, por lo que
53encargaba a sus volantes centrales detenerlo
a toda costa, sin escatimar en recursos, desde
el foul tactico a las infracciones directas. Tomé
nota de lo que escuchaba y fui corriendo al ca-
marin de Sao Jacinto a advertir a mi amigo.
__jTratardn de romperte las piernas! —le
grité mientras él corria junto a sus compafe-
ros de equipo.
Pepinho sonris ¢ hizo un gesto para tran-
quilizarme. Luego fuimos a ocupar nuestros
lugares tras la banca de Sao Jacinto y espera~
mos a que iniciara el partido. Boa Morte, sen-
tado en la tribuna oficial, se veia complacido y
sonrefa tranquilamente junto al presidente de
Paramaribo. Sus hombres le levaban refres-
cos y le encendian los habanos. Tras ellos, la
caja de apuestas recaudaba el dinero que los
hinchas invertian con la esperanza de multi-
plicarlo. Una pizarra sobre ella decia: “Sao Ja~
cinto paga 2 a 1”, mientras que Paramaribo, la
visita, pagaba 4 a 1. Las apuestas daban por
ganador al equipo de Pepinho.
Salieron los Arbitros a la cancha. Silbati-
na generalizada. Revisaron los arcos, las ma-
Ilas, dieron el visto bueno y corrieron a sus
posiciones. Luego salieron los equipos. Aplau-
54
sos, papel picado, algunos gritos de las chicas.
Pepinho venia entre la oncena titular de Sao
Jacinto. Evidentemente, se veia mas joven que
el resto de sus companeros. De hecho, por pri-
mera vez y gracias a ese contraste, pude no-
tar que Pepinho tenia cara de niftio. Wander-
ley Boca Negra, el relator oficial del partido,
se preguntaba si ese jugador, a simple vista un
muchacho inexperto, iba a ser capaz de echar-
se un equipo de adultos al hombro y si acaso
Valentino Da Silva, el entrenador, no lo estaba
sobrestimando. Pifias para Wanderley, la gen-
te queria ver a Pepinho. El equipo de Sao Ja-
cinto form6 con Dods en porteria, linea de dos
con Junior y Fabio. El centro del campo lo ocu-
paron Sergio, Tostao y Zé Carlos. Delante de
ellos, y en una sorprendente innovacién tac
tica, Pepinho jugé con la camiseta 10 y fue el
volante creativo. En la delantera se alinearon
Roque, Dalton, Diego Souza y Zambo.
Al iniciar el partido, las dudas de Boca
Negra quedaron despejadas. En la primera pe-
Jota que tocé, Pepinho la recibié de espaldas al
arco, en un rapido giro se sacé a su marcador
y metié un pase con lienza desde treinta me-
tros para Zambo.
Estas por ahi!? —le grité Pepinho a
55su compaiiero cuando largé la bola
Rapidamente, la cancha se fue inclinan-
doa favor de Sao Jacinto. Los jugadores de Pa-
ramaribo eran desbordados por las bandas y
cuando querian salir, prontamente perdfan la
pola, sucumbiendo ante la presién del medio~
campo del local. El partido fue, en términos
generales, un mero tramite. 420 fue y pudo
haber sido un score mucho mas abultado. Pe-
pinho anoté un solo gol y el resto del partido
ce dedicé a habilitar a los delanteros con preci-
cos toques. El gol que anot6 puede ser descrito
de la siguiente manera: recibio de espaldas al
arco en mitad del campo de juego y en-un giro
rapido eludié a su marcacior avanzando hacia
el arco contrario, eludiendo rivales con suti-
jes gambetas. Fueron quedando en su camino
dos, tres, cinco adversarios, hasta que enfrento
al portero y definis con un toque de revés ante
el achique. Golazo. Los palos y una que otra
atajada del portero del visitante les ahorraron
un bochorno de mayores proporciones. Nada
sirvi6 para detener al crack, como ya le decian
Jos comentaristas a Pepinho. Todo recurso fue
vano para opacar la luz del astro.
Una vez que el partido termind, fui co-
rriendo al camarin de Sao Jacinto para tomar
56
de primera mano sus impresiones del cotejo.
Fstaba agitado y con la cara cubierta de sudor,
pero se vela feliz. Le pregunté cémo se sentia
y respondié: “De mil maravillas”.
—Fue un lance complicado?
_ —Muy complicado —dijo él, aunque yo
sabia que estaba mintiendo y lo decia para no
parecer arrogante—, nos costé mucho impo-
nernos, ellos estuvieron firmes en defensa
afortunadamente pudimos hacer one
primer gol, lo que, por ahi, nos abrié mejores
perspectivas en el encuentro. ;
—zYa te sientes la estrella del
Bote lel Torneo
__ De ninguna manera —respondié Pe-
pinho—, yo soy un obrero mas que labora en
la mitad de la cancha. Nadie gana los partidos
solo, hay que apoyarse en el resto del equipo y
seguir las instrucciones del entrenador.
Estaba por entrar al camarin junto a él,
cuando Boa Morte y sus muchachos me hicie-
ron a un lado. Nos encontramos de frente y
por un segundo, nos quedamos mirando a los
ojos. Su mirada me helé la sangre.
—Tu, muchacho —me hablé a mi—, no
puedes entrar aqui. :
Luego se gir6 y se perdié entre los ju-
57gadores. Uno de sus génsteres me sacé hacia
eras con el brazo, pero antes de que cerraran
Ja puerta pude ver que Boa Morte abria un
maletin con sobres y los repartfa entre Sus ju-
gadores.
_-Vamonos de aqui —me dijo Pedro—,
después hablaremos con Pepinho.
Volvimos a la cancha. Las graderias ya
estaban vacias. El tinico grupo de personas due
sin estaba ahi era el de Berta y sus amigas,
an peben estar esperando a Pepinho —le
comenté a Pedro.
0 esperandome a mi—dijo él ponien=
do cara de playboy.
—;Crees que Rosa haya venido a ver al
partido? —le pregunté.
Rosa Gracia no vendria a este espec”
taculo cavernario —contesté Pedro con ra-
ron, ella no perderia el tiempo aqu
Nios sentamos a esperar que los jugado-
res salieran del camarin. Uno a uno fueron
saliendo y se iban yendo junto a sus familia-
res y amigos. El ultimo en salir fue Pepinho,
quien venia junto a Boa Morte y @ medida que
ge acercaban a nosotros pude ofr que le decia
algo asi como “habra mas” 0 “yo tendremos
58
més para ti”. Luego se fue con sus matones y
juntos se subieron en un grandioso coche que
arrancé dejando una nube de polvo frente al
camarin. Quisimos acercarnos a nuestro ami-
go, pero Berta y su grupo de amigas nos gana-
Jn.
—Asi que ti eres Pepinho, el jugador del
que todo el mundo habla —le dijo Berta jugan-
do con su pelo y hundiendo la punta desu pie
izquierdo en el suelo, balanceando su pierna
de un lado a otro mientras sus amigas refan
divertidas, coquetas.
—El mismo —dijo él—, creo que ya nos
conocemos, 2no? :
__ —No lo creo —respondis Berta—, es la
primera vez que vengo a verte jugar. En la es-
cuela todos hablan de ti y senti curiosidad por
conocerte.
—Pensé que te habia visto antes —dijo
Pepinho mirando las nubes y su sonrisa de
plata brillé en su rostro de pantera—. En un
suefo —agrego.
Berta y sus amigas sonrieron complaci-
das, dieron saltitos de emocién. Asi que Pe-
pinho era un crack no solo dentro de la can-
cha, al parecer también lo era fuera de ella.
59—————————————————_
—-Les invito un refresco —les dijo Pepinho
alas chicas, acariciando el sobre blanco que le
jnabia dado Boa Morte.
Ellas, naturalmente, dijeron que si. Cuan-
do pasé a nuestro lado, Pepinho nos vie y nos
saluds.
Hey, chicos! —nos grit6—, {nos acom-
jHey, a
paftan a tomar un refresco?
\Vimos como Berta y sus amigas perdie-
ron la sonrisa y pusieron cara de “con estos ni
al mercado”. Pedro y yo cruzamos las miradas
y respondimos al unisono:
'_Este... no, gracias... dejémosio para
otro momento.
—Como quieran —dijo Pepinho—, nos
vemos luego.
Cuando se iba alejando (Berta ya lo ha-
bia abrazado), me grit sonriendo:
No vayas a publicar esto en tu cr6ni-
ca, Roberto, no quiero tener una mala fama en
Rio!
Pedro y yo nos fuimos del estadio, so-
os, caminando bajo el sol. Tenia ganas de in-
vitarle algo, pero luego de ver a nuestro amigo
alejarse rodeado de chicas, me sentia un poco
avergonzado.
60
—Cuando yo sea el arquero més grande
del mundo —dijo Pedro—, tendré muchas no-
vias. 2Ta qué dices, eh?
Si, supongo que si—respondi sin con-
fesarle que, en realidad, solo pensaba en Rosa
Gracia.
Cuando Hegué a mi casa, saqué mi ma-
quina de escribir y comencé a revisar mis
_ apuntes. Luego escribi una crénica lena de
adjetivos y en un tono tan enajenado que al
dia siguiente, cuando Marcio Joel la revis6, me
pidi6 que la reescribiera. Cuando lo hizo, me
senti un poco descolocado, zes que estaba per-
diendo mi estilo? Una vez en mi casa la relet
y me di cuenta de que, en efecto, habia cosas
que honestamente estaban exageradas. La re-
toqué un poco, limé algunas asperezas, suavi-
cé algunos adjetivos y ya estaba mejor.
616 Clemson y Gilmar
Lias fechas del campeonato comenzaron a
sucederse en medio de una creciente expecta~
cidn por la nueva figura. Sao Jacinto empez6 a
ganar todos sus cotejos con una facilidad pas-
mosa, tanto de local como de visita. En todos
Jos encuentros, Pepinho anotaba los goles mas
increible y ejecutaba las jugadas mas comple-
jas. Su talento parecia no tener limites y estaba
reafirmado por partidos y jugadas sensaciona-
Jes, como aquella que hizo contra Fluorense,
en la tercera fecha, donde tom6 una pelota en
Ja mitad del campo y se fue en demanda del
arco rival, abriendo un surco por la banda iz-
quierda del campo. A medida que avanzaba, se
fue cerrando hacia el centro de la cancha, elu-
- diendo rivales como si fueran muiiecas y, cuan-
do el tiltimo de ellos salia a enfrentarlo junto al
arquero, Pepinho les picé sutilmente la pelota
que se elev con suavidad por el aire, descri-
biendo una graciosa parabola que aterrizé tras
63——————————_
Jos talones del arquero, justo dentro del arco.
Cuando ejecuté esa maravilla, Pedro me miro
con la boca abierta y me dijo:
_-;Viste eso? Fue como una folia seca.
Me gust6 la comparacién y 1a utilicé en
mi siguiente crénica para bautizar la jugada.
“La bola cayé tras el arquero como una hoja
También son recordadas las fechas cua-
tro y cinco, cuando ante la lesion de Junior
improvisé como back y fue una muralia im-
pasable en el fondo, empujando a su equipo
desde el area propia hasta Mevarlo a la victo-
tia. Y qué decir de la séptima, cuando impro-
vis6 los tiltimos quince minutos al arco ante la
lesion de Dodo, el guardavallas titular. Corto
centros con gran sentido del tiempo y distan-
cia y-hasta achicé un ataque de rodillas y con
Jos brazos extendidos. Cuando hizo eso, Pe-
dro de nuevo me qued6 mirando boquiabier-
toy me dijo:
Un Cristo. —Término que, por supues-
to, acufté rapidamente.
Comenzaron a circular algunos rumores
que decian que el Brasil estaba formando la
primera seleccién de su historia, con jugado-
64
res traidos desde todos los rincones de! pais,
y que Pepinho seria el volante de creacién de
‘ese equipo. Para mi enorme sorpresa, el rumor
lo hizo circular el mismisimo Joao Gilberto, el
periodista de la Gazzeta Sportiva cuyas croni-
cas tanto me habian impresionado. El articu-
Jo me lo mostr6 mi profesor, Marcio Joel, en
nuestro taller de periodismo.
—No puede ser —le dije—. Joao Gilber-
to conoce a Pepinho? Nunca lo he visto en el
estadio
—Nunca ha ido —dijo él—, escribe sobre
cosas que escucha y que lee de otra gente. Es
algo que de vez en cuando suelen hacer algu-
nos periodistas, toman algo de aqui, otro poco
de alla, que este dijo, que el otro escuché, y
luego publican una noticia a base de rumores.
De hecho, supo de Pepinho cuando leyé una
de tus crénicas.
Me quedé helado. Primero pensé que mi
profesor me estaba tomando el pelo, y luego me
senti decepcionado de Joao. Supuse que mucha
de las cosas que yo habia leido de él, quizas ni
siquiera las habfa vivido. Me parecié una des-
ealtad con su oficio y con sus lectores.
—jComo que la ley6? —le pregunté casi
tartamudeando.
65Se la envié —dijo Marcio—, la Gazzeta
organizé un concurso de crénicas escolares y
yo envié una de las tuyas.
La revelacién me dejé perplejo. No me
habia dicho nada y no sabfa si enfadarme 0
felicitarlo. r
—2Y qué le pareci6? —pregunté aguan-
tando la respiracion.
_No lo sé, pero supongo que le gusto
porque quiere saber mas de Pepinho, lo iraa
yer uno de estos dias. Igual que yo, muchacho.
Gi ese nifio juega como lo describes en tus cr6-
nicas, vale la pena verlo —me dijo acaricidn-
dome el pelo en un gesto de carifto.
—{O sea que gané ese concurso? —e
pregunté.
Asi es muchacho, asi es—me dijo Mar-
cio sonriendo—, te has ganado entradas para
ira verjugar a Botafogo, ademas de camisetas
y balones de fuitbol, equé te parece?
Era la primera vez que ganaba algo por
el solo hecho de escribir. Me parecié increible
gue alguien me diera un premio por sentarme
frente a mi maquina de escribir y echar a volar
mi imaginaci6n. Asi que mi pluma comenza-
baa ganar admiradores y uno de ellos era ni
mas ni menos que el gran Joao Gilberto. Pero
66
gle habian gustado realmente mis crénicas 0
solo le interesaba Pepinho? Me atrapé una in-
seguridad muy grande. Senti retorcijones en
el estémago y curiosidad por saber qué pensa-
‘ba, Luego supuse que si le habia interesado el
juego de Pepinho, la conclusion légica era que
fue exclusivamente por mi manera de escribir
sobre él. Me tranquilicé pensando en eso.
Sali de la escuela y camino al entrena-
miento de Sao Jacinto me junté con Pedro,
quien tenia algunas interesantes novedades.
La primera era que Joao Gilberto habia anun-
ciado en su programa de la radio que un juga-
dor extraordinario estaba haciendo sus armas
en las canchas de Rio, y que Carlos Boa Morte
Jo habia invitado a presenciar uno de los parti-
dos del club. La otra era no menos impactante:
después del escandalo de Didi, la estrella del
Botafogo que habia muerto en las dramaticas
circunstancias por todos conocidas (en un en-
cuentro amistoso contra un equipo africano,
estos resultaron ser una tribu de canfbales que
se comieron a Didi para heredar su talento), el
equipo se habia reforzado con un par de her-
manos traidos desde el estado de Minas Ge-
rais y se aprestaba a darle caza a Sao Jacinto
67en la pentiltima fecha del campeonato, donde
ambos equipos tenfan que enfrentarse. Hasta
el momento, Sao Jacinto le levaba dos puntos
de ventaja al Botafogo, y de perder en su vi-
sita al General Severiano, la cancha de aquel
club, nos alcanzarian en la tabla. Faltaban dos
fechas para que ese encuentro se produjera y,
segtin me dijo Pedro que habia escuchado, las
apuestas ya empezaban a reventar las cajas.
“Seguramente —pensé—, Joao Gilberto iré a
ver el lance contra el Botafogo. Sera el partido
del siglo en Rio de Janeiro”.
—zY cémo se llaman los hermanos? —le
pregunté a Pedro mientras é1 pelaba una bana-
na y caminabamos rumbo a la cancha.
—Clemson y Gilmar —respondis—, creo
que el apellido es Arosio.
No pude reprimir una carcajada. No
crefa que fuera cierto.
—jHablas en serio? Quién diablos le
puede poner Clemson a su hijo?
—Su mama —dijo Pedro dandole una
mascada a la banana—. Segtin oj, lo hizo para
que se diferenciara de los demas niftos. En Mi-
nas Gerais, todos los chicos tienen nombres
terminados en “ao”, como Joao 0 Luizao, 0 ter-
minados en “inho”, como Jairzinho.
68
—Debes estar maluco, todos los brasile-
fios tienen nombres terminados en “ao” y en
“inho” —afirmé.
—Nosotros no, yo me llamo Pedro y tt
Roberto.
—Pero nosotros somos excepciones, no
contamos.
—En fin, seré mejor que vayamos a ver a
estos hermanos; no podemos jugar con ellos si
no sabemos cémo lo hacen —dijo Pedro.
—¢Ahora tti eres el jefe? —Ie pregunté—;
aqui yo soy el que da las érdenes. Iremos a ver
a esos hermanos este fin de semana —le dije
mientras mi amigo me miraba moviendo la ca-
beza y riéndose de mi.
En la siguiente fecha fuimos a ver al Bo-
tafogo. Yo habia cobrado mi premio en las ofi-
cinas de la Gazzeta Sportiva, donde mis futu-
ros colegas me tomaron una fotografia en la
que yo salia junto a mi inseparable amigo Pe-
dro Alves y a mi profesor Marcio Joel, los tres
riéndonos como si nos estuvieran contando el
mejor chiste del mundo. No pude conocer a
Joao Gilberto, quien se excusé de participar
en la ceremonia so pretexto de que tenia que
reportear una importantisima noticia. Cuan-
69do estabamos en el estadio pensaba que qui-
zas él estuviese ahi, en algtin lugar entre la
multitud, Una enorme bandera con la cara de
Didi pintada en el centro ondeaba sobre la for
cida, Abajo tenia escrita una leyenda que de-
cia: “NO AL CANIBALISMO EN EL. FUTBOL:
FAIR PLAY”. La torcida de Botafogo, sin duda,
todavia estaba conmocionada, y no era para
menos. Segtin los reportes de la prensa espe-
cializada, los canibales del equipo africano no
habsan dejado mas que un hueso, un fémur
que los torcedores habian escondido en un Iu-
gar secreto de la selva y con el cual practica-
ban algunos rituales de santeria e invocaban a
los orishas a fin de que Didi pudiera reencar-
narse en algun nifto prodigio.
—Ese niiio prodigio ya nacié —le dije a
Pedro—, se llama Pepinho y juega para el Sao
Jacinto.
Aquel dia, Botafogo jugaba contra De-
portivo Portuguesa, el equipo de José Vas
concellos, un conspicuo candidate a alcalde
de Rio, y segtin lo que indicaba la tabla, de
perder este ultimo, relegaria toda opcién a
pelear el campeonato. Era un partido de cua~
tro puntos, como decia Wanderley Boca Ne-
gra encerrado en su cabina de transmision,
70
sudando como un caballo atravesando el de-
sierto del Sahara.
Clemson y Gilmar eran un diez y un nue-
ve, respectivamente, antecesores de las legen-
darias duplas que décadas después harian Pelé
y Garrincha, Maradona y Burruchaga. Basté ver
os primeros quince minutos para saber que los
rumores eran ciertos: los hermanos Arosio eran.
una dupla temeraria, pura dinamita repartida
por partes iguales en dos jugadores que se en-
tendian sin mirarse. Fra sorprendente ver que
se conocfan de memoria el uno al otto, por lo
que la secuencia pase de Clemson y gol de Gil-
mar no era una sorpresa para nadie. La técnica
eximia de Clemson y el olfato goleador de Gil-
mar eran un deleite. La forma que ambos te-
nian de jugar era mas o menos esta: Clemson se
paraba en el centro del campo y bajaba maximo
hasta tres cuartos de campo propio. La linea de
defensa y de volantes, al parecer, tenian expre-
sas instrucciones de entregarle el balén y una
vez que este lo tenia, no se quedaba ni engolo-
sinaba con él, simplemente levantaba la vista y
observaba la posicién de Gilmar, quien, como
picado por una avispa, ya se habia separado
de su marcador y le trazaba una diagonal a su
m1hermano para que este le arrojara una bola con
asombrosa precision. El resto lo hacia Gilmar.
Encaraba al arquero, se lo sacaba con una gam-
beta o bien definia a un costado de este, cuando
ya estaba jugado. Era un ftitbol simple y efecti-
vo, pragmatico. Un fuitbol moderno.
Por si esto no bastara para amedrentar
a sus rivales, el estadio General Severiano se
estremecia hasta los cimientos por los saltos
y el cantico de su torcida, innumerable frente
a los pocos pero locos torcedores de Deportivo
Portuguesa. Botafogo gano el partido por 5 a
2 y pudo haber anotado varios mas. A simple
vista, los nuestros eran equipos muy parejos.
—La liga se decidiré en el partido entre
Botafogo y Sao Jacinto —le dije a Pedro—, de-
bemos alertar a Pepinho y a Valentino Da Sil-
va, el entrenador.
“Bl entrenador? — pregunts él.
—Claro —le respondi-—, tiene que pre-
parar el partido; él sabra qué hacer.
Salimos de la cancha del Botafogo, abru-
mados por su juego y por su hinchada, y nos
fuimos directamente a la cancha de Sao Jacin-
to, que jugaba su partido al dia siguiente con-
tra Guandbara, Cuando Hegamos al entrena-
72
miento, todos los jugadores estaban trotando
en la cancha, menos Pepinho, quien poco a
poco habia acentuado su costumbre de des-
aparecer con Berta. Nos acercamos a conver-
sar con Valentino Da Silva para ponerlo al
tanto de nuestras observaciones.
—Los hermanos Arosio —dijo él pensa-
tivo, luego de que nos reportamos—, ya los
conozco, he estudiado su juego.
—1Y cémo lo sabe? —le pregunté.
—Porque yo los recomendé para el Bo-
tafogo —respondis.
Pedro y yo no podiamos dar crédito a lo
que escuchébamos.
—-Miren, muchachos —siguis él—, tengo
algunos espias en Sao Paulo, en Minas Gerais,
en Bahia, en Porto Alegre, en casi todas partes
de’Brasil. Ellos me envian reportes de jugado-
res y asi fue como me enteré de ellos. El en-
trenador de Botafogo es un viejo amigo mio,
y como estaba complicado luego de lo que le
pas6 a Didi, solo hice lo que se hace con los
amigos: le di una mano recomendandole a esta
dupla.
—Pero puede costarle la liga a manos de
ellos —le dijo Pedro—, zno le preocupa la po-
sibilidad de perder?—Si me preocupara, no en trenaria a nin-
giin equipo —respondis ét—. No me asusta per-
der, lo que me asusta es jugar mal —agreg
—Donde esta Pepinho? —le pregunte.
—No lo sé —dijo Da Silva—, debe andar
de paseo con su novia.
—1Y lo dice asf como si nada? ¢No le
molesta esa actitud de Pepinho?
—Claro que me molesta, muchachos
—reconocié él invitandonos a sentarnos en
una galeria—, pero esctichenme bien: Pepinho
es un jugador con un talento superior al pro-
medio de sus compaferos y eso mismo hace
que tenga una personalidad compleia. El con-
fia ciegamente en sus recursos, pero todavia
es inmaduro, y quizds no madure nunca. Las
personas que son geniales en una cosa, tien-
dena ser un fracaso en otros aspectos de sus
vidas, y desarrollan egos grandes y conflicti-
vos que les cuesta mucho domar.
Pero esta perjudicandose a si mismo y
al equipo —dije yo.
Fo es algo que él tendra que descubrir
_-concluyé Valentino poniéndose de pie,
nadie se lo puede ensehar.
Al parecer, el mayor problema de Pe|
rnho ya no era la marcaci6n de los rivales, sino
74
la marca a presin que sobre él ejercia Berta.
Ambos tenian un idilio y eso habia significa-
do, en términos practicos, que Pepinho habia
dejado de asistir a algunos entrenamientos. El
entrenador estaba enojado con él y, peor que
eso, Carlos Boa Morte lo traia entre las cejas.
La primera vez que el crack se ausenté acus6
un problema estomacal, pero luego se volvié
- evidente que el verdadero problema no era su
estémago, sino Berta, quien no lo dejaba a sol
niasombra y se jactaba en la escuela de ser la
novia de Pepinho. Desde que salia con él, Ber
ta se habia vuelto insoportablemente presumi-
da, como si hubiese dado el paso supremo de
"su vida y quisiera que cada persona de la es-
~ cuela lo supiera. Rosa Gracia se alejé de ella y
cada vez parecian més distintas. Yo solia pre-
guntarme cémo era posible que dos personas
tan disimiles pudieran ser hermanas.
Para el partido contra Guanabara, Pe-
pinho practicamente no habia entrenado. Da
- Silva, en una decisién que debi6 serle muy di-
ficil, lo alineo en la oncena titular. El estadio
nuevamente estaba Ileno y los lienzos y las
banderas con la cara de Pepinho se multipli-
caban en las graderias. Cuando el equipo salié
ala cancha, él se veia diferente, como si estu-
4
D 75viera desconcentrado 0 como si hubiese perdi-
do algo de esa chispa que inspiraba cada vez
que, al aparecer por la boca de! tinel, comen-
zaba a picar, a saltar, a pedir de inmediato la
bola para ejecutar pases largos, con borde in-
terno y a tres dedos. Esta vez no. Esta vez sa-
li6 y se qued6 parado en ia mitad de la can-
cha, conversando con el arbitro. Sonreia, eso
si. Triste no estaba, la tristeza 0 el desénimo no
eran su problema. Pepinho levanté la mano y
Ie arrojé un beso a Berta, que estaba sentada
en a tribuna junto a dos de sus amigas. “Mala
sefial”, pensé yo. Antes de la pelea, un gladia-
dor no se pone a repartir besitos a la muche-
dumbre. Un gladiador se revuelve inquieto so-
bre sus pasos, predispone a la lucha cada uno
de sus misculos, se vuelve una piedra oscura
que solo piensa en una cosa: la victoria.
—Tengo un mal presentimiento —le co-
menté a Pedro antes de que el arbitro pitara el
inicio del encuentro.
—No temas —respondié él—, Pepinho
estd en la cancha y Dios est con nosotros.
Lo miré fijamente a la cara, estudiando sus
gestos, Pedro también pecaba de confianza.
—Eso mismo es lo que me preocupa —le:
dije—, pues si Dios esta con nosotros, genton-
ces quién diablos es el que esta con ellos?La fiebre: perdidos en Rio
BP, as demasiado tiempo con 58. amuicha-
ulpa perdamos el campeonato.
—Todos tenemos derecho a perder, algun
a nos tenia que pasar —le contesté Pepinho.
Boa Morte, que antes parecia algo apaci-
ado y hasta resignado, se estiré de pronto
indo hacia adelante su huesudo pecho y lo
mir6 con ojos de fuego.
= 4Por quién carajo me tomas, eh?, {crees
jodida broma de negros? —Boa Morte se habia
ido de sus casillas y le palmoteaba el pecho
Pepinho mientras le hablaba—. No perdere-
_ mos este campeonato, no en esta vida, pendejo
"le dijo respirandole en la cara.
Luego agrego:
—Se te olvida que tenemos un contrato,
muchacho, y se te olvidé un pequefo detalle
antes de firmarlo.
7—;Si? —dijo Pepinho luchando por no
parecer asustado—, gcudl?
—Leerlo —agregé Boa Morte, quien lue-
go se rio, y su risa de ganster nos hel la san-
gre. Era una risa y una amenaza al mismo
tiempo—. Te quiero ver entrenando, y si per-
demos ese partido contra Botafogo, te juro que
te arrepentirds de haberme conocido —grité
antes de subirse a su auto, donde uno de sus
gansteres se acomodé la punta de su sombrero
con una pistola. Asi que hablaban en serio.
Cuando se fueron, Pedro y yo nos acer-
camos a Pepinho e intentamos bajarle los de-
cibeles al asunto.
—No pasa nada —lo tranquilizé Pe-
dro—, contigo en cancha, jamés perderén el
partido contra Botafogo.
—Es mi culpa —dijo Pepinho, todavia con-
‘mocionado—, la derrota de hoy es mi culpa.
—;Sabes por qué Boa Morte te dijo lo del
contrato? —le pregunté—, {de qué carajo esta-
ba hablando?, gqué decia ese papel?
—Y yo cémo voy a saber —respondié
61-, no sé leer, no tengo idea qué tipo de con-
trato firmé.
—2Y él qué te dijo cuando lo firmaste?
—pregunté Pedro.
80
—Que era un buen contrato, que me ase-
guraba un sueldo y que si ganabamos el cam-
peonato, me pagaria veinte mil réis.
k —Es mucho dinero —afirmé—, él nun-
__ calle pagaria tanto dinero a nadie; y el sueldo
_ mensual, te lo ha pagado?
=A veces, los primeros dos meses me
dio tres mil réis, pero luego no me ha pagado,
‘© me da menos dinero, qué se yo, doscientos
réis, cosas asi.
—2Y qué has hecho con el dinero? —le
egunté.
—No lo sé —respondid él—, tengo algo
ahorrado, pero también le he comprado mu-
_ chas cosas a Berta.
f Cruzamos una mirada con Pedro. Asi
que, finalmente, todos los caminos conducian
alla.
f —Me ha pedido que le compre algunas
cosas, la he invitado a comer y tomar refrescos
alla y a sus amigas —agrego.
—Est bien, no sigas —le dije yo—, lo
hecho, hecho esta. Ahora debes ponerte a en-
_ trenar, el partido contra Botafogo sera una ba-
talla.
—¢Tienes idea de lo que pude haber fir-
81—Lo que firmaste quizas fue tu mismi-
sima sentencia de muerte —le dije, y me lar-
gué de abi,
El partido contra Guandbara fue un com-
pleto desastre. Pepinho, que en las ocho fe-
chas anteriores habia sido un genio, se vio to-
talmente errético, sin fuerzas, sin ganas. Era
como Sansén después de que Dalila le corté
el pelo. Sin él participando del juego, el medio
campo de Sao Jacinto desaparecié de la cancha
y con ello los delanteros quedaron a la deriva.
Guandbara no tardé en darse cuenta de que
su rival estaba durmiendo una siesta y comen-
26 a atacarlo por toda la cancha, desbordan-
dolo por las bandas y legando por el centro.
2.a0 fue un resultado piadoso para lo que se
vio en cancha, los goles pudieron ser muchos
més. La forcida, que habia iniciado el cotejo en
un carnaval, termins en silencio y pensativa
como en un velorio. Todos sabian que luego de
su triunfo contra Deportivo Portuguesa, Bota-
fogo quedaba empatado con Sao Jacinto en la
punta de la tabla con catorce puntos de dieci-
séis posibles. Siete triunfos y una derrota en
ocho fechas. Todo se decidiria en la pentiltima
jornada, en el General Severiano, la cancha de
82
Botafogo. La copa, que antes se ve/a tan cla-
"ray al alcance de la mano, ahora estaba como
envuelta en una neblina, vaga y difusamente
_ nuestra.
Durante Ja semana previa al encuentro,
_ambos equipos decidieron entrenar en doble
_jomada y a puertas cerradas. Pepinho no quiso
-atender a la Gazeta y esta Jo interpreté titulan-
do: “Pepinho se atemoriza ante los hermanos
Arosio”. Estos, a su vez, improvisaron una rue-
da de prensa en el camarin de Botafogo e hi-
‘cieron declaraciones vagas y confusas, prime-
ro afirmando y luego negando sus dichos, por
- lo que una parte de la prensa titul6: “Clemson
y Gilmar afirman que ganaran el encuentro”.
La otra parte titulé: “Hermanos Arosio reco-
_ nocen superioridad de Sao Jacinto”. Yo escri-
bi una crénica que titulé: “Dos contra uno, asi
no vale”.
En las afueras de las sedes de ambos clu-
bes, una multitud incontable hizo intermina-
bles filas para adquirir sus boletos a precios
estratosféricos para la época. Las torcidas hici
ron verdaderas vigilias, alojandose en la calle
‘con sacos y comiendo de ollas comunes. Los
santeros aportaban lo suyo haciendo ofrendas
83a dioses negros y pidiendo por la proteccion
de Pepinho, quien dormia junto a sus compa-
fieros en el hotel de concentracién, que no era
otra cosa que una de las bodegas de la Empre-
sa de Transportes y Locomocién Colectiva Car-
los Boa Morte.
En la escuela me encontré con Berta,
quien me dijo que no habia podido ver a Pe-
pinho durante toda la semana.
—Mejor asi —le dije yo--, en este mo-
mento no necesita distracciones.
—Yo no soy una distraccién —respondi6
ella ofendida—, soy su novia.
—Solo por conveniencia —repliquée—,
gcrees que nadie se da cuenta de que tratas de
colgarte de su fama y de su dinero?
Berta me mir6 con furia.
_ -eY ti? —pregunto—, eres su amigo o
solo lo usas para escribir tus cronicas y trepar
enel diario del colegio?
Luego se fue y me dejé dado un golpe
bajo que no supe responder. Me hice la mis-
ma pregunta: zme interesa realmente Pepi-
nho como persona 0 solo como jugador?, es-
toy con él porque soy su amigo 0 porque me
da material para escribir y cultivar mi propia
fama? Una de las cosas que me habian queda-
84
do claras era que Berta no era tan tonta como
_ pensé. Sabia sacar sus garras y cuando tenia
_ que hacerlo, arafiaba como una gata. Era una
_ fierecilla de armas tomar, seria mejor irse des-
- pacio con ella
Estaba pensando en eso cuando Rosa
Gracia aparecié al final del pasillo. Estaba
nriendo, se veia feliz e iba caminando jun-
a Zezé. Antes de tomar la escalera y de que
_ambos se perdieran rumbo hacia el gimnasio
de la escuela, ella me miré a los ojos duran-
_te dos segundos. Me quedé petrificado. “Me
mir6”, pensé. Y luego pensé: “Pero va con
- Zezé, el nifto del que hablaba Pedro”. Y lue-
_ go segui pensando: “Se iban riendo, es decir,
tiene algo con 6! —conclui—. Pero entonces
por qué me mir6? Nunca lo hace. Pero ahora
Jo hizo. |Ah!, ya sé. Quiere burlarse de mi. En
el fondo, con esa mirada, lo que quiso decir-
_ me es: No me busques mds, ya tengo a alguien”
_ Me senti confundido.
—No puedo pensar en esto ahora —me
- dije—, el trabajo importa mas que Rosa Gracia
en este momento.
} Durante la semana no vimos a Pepinho.
Pedro y yo nos ibamos a sentar afuera del es-
85tadio de Sao Jacinto, pero él no queria salir a
conversar con nosotros. Lo tinico que nos dijo
un dia fue que necesitaba concentrarse para
jugar contra Botafogo. No iubo mucho sobre
Jo cual escribir. Solo habia que esperar el dia
del partido.
El amanecer del gran dia fue un alivio
para todo el mundo. A los nervios y la tension
de los dias previos, esos que siempre traen
consigo el espejismo de la pesadez y la lenti-
tud, la sensacion de que no van a pasar nunca,
legé la certeza de que la hora era inminente
y de que el partido se iba a jugar. Desde tem-
prano el deporte rey se dejé sentir en la ciudad
con todo su esplendor, con sus aires carnava-
lescos que Ilenan las veredas de vendedores
ambulantes ofreciendo camisetas, gorros, ban-
deras, de gente llegando al estadio en carava-
nas, todos vestidos con los colores de sus equi-
pos, con poleras estampadas con los nombres
de sus jugadores favoritos. En la puerta del es-
tadio, el publico se agolpaba para tratar de en-
trar primero y asi conseguir una mejor ubica-
cin. En las galerias, las forcidas més duras de
cada equipo preparaban la entrada a la cancha
de sus cuadros alistando sobre las rejas a va-
86
rios encargados con extintores y bengalas. Se
repartia papel picado y serpentina, se colga-
ban lienzos y sobre la cabeza de los hinchas se
extendian las orugas con los colores del club.
Todo un espectaculo digno de vivir al menos
una vez en la vida.
En camarines, en tanto, Sao Jacinto y Bo-
tafogo hacian el calentamiento previo. Los ju-
gadores podian escuchar, como un enorme y a
Ja vez lejano murmullo, las voces de los cientos
de personas que ya comenzaban a corear cén-
ticos en donde los nombres de Pepinho y de
Jos hermanos Clemson y Gilmar servian para
crear un estribillo victorioso. Nadie, sin em-
bargo, tenia miedo. Ansiedad sf, algo de ner-
viosismo. Un jugador, al igual que un soldado,
debe oler el riesgo para poner sus cinco senti-
dos en alerta. Pero no puede tener miedo, un
jugador de verdad no debe tener miedo. Si asi
fuera, lo mejor seria que se quedara en su casa
jugando a las canicas.
Pepinho miraba el balén mientras tro-
taba. Imaginaba jugadas, resolvia situaciones
antes de saltar a la cancha. Pensaba, por ejem-
plo, en la gambeta que utilizaria para sacarse
de encima al portero cuando lo enfrentara solo
y este, a su vez, désesperadamente tratara de
87evitar el gol arrojandose a sus pies. Amaga-
ria ir ala derecha y saldria hacia la izquierda,
hacia adentro de la cancha, dejando la pelo-
ta servida para su pierna “menos habil”. Eso
era lo ilégico. Precisamente, por eso lo haria.
Si lo obvio era ir hacia la derecha, donde po-
dria definir con su mejor pierna, él iria hacia
la izquierda. Esa era una cualidad tinica en Pe-
pinho, hacer lo il6gico con facilidad increible,
reinventar las jugadas, como decia Wanderley
Boca Negra en su cabina de transmisi6n.
Clemson y Gilmar, por su parte, no ha-
blaban entre ellos, no hacia falta, Sabian lo que
uno y otro pensaban sin necesidad de mediar
palabras. Era el acto poético absoluto dentro
de una cancha, la jugada sublime que pres-
cinde del lenguaje para ser llevada a cabo. En
cambio, se entretenian rematando al arco don-
de el portero se esforzaba intitilmente por Ile-
gar a balones que eran ubicados en angulos
imposibles, donde todavia no Ilegaba el telé-
fono, donde ni siquicra las araiias podian tejer
sus trampas. Luego decidieron prebas con Jos
centros: Clesnson tiraba e1 balén desde cual-
quiera ue los costados de la cancha y Gilmar
definia con potentes boleos, 0 bien con una
circense tijera, en que su cuerpo quedaba sus-
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sndido en el aire, perfectamente horizontal
il suelo, y en un tris ejecutaba un rapido mo-
miento de piernas con el que impulsaba el
lon al fondo de la red.
Veinte minutos més tarde el técnico los
6 al camarin para que se pusieran la in-
entaria oficial. Antes de eso, los equipos
n fuugazmente. Intercambiaron unas mira-
s frias y esquivas, aparentaron sonreir, pero
de alguien pudo notar cierta tensién entre
sllos, como si en verdad desearan probar, con
das sus fuerzas, quién era el mejor. Una vez
"res hacer circular el balén y pasarselo rapida-
mente a cualquiera de los hermanos Arosio,
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