recurso terapéutico.
Por supuesto que también utilizará la rica y
variada gama de
técnicas terapéuticas acumuladas en la tradición sistémica, sin
menospreciar las
prescripciones comportamentales, caídas desgraciadamente en
desuso en los círculos
posmodernos, que las descalifican como manipuladoras o poco
respetuosas. Maturana, al
que se cita en apoyo de tal descalificación, define como
imposibles las interacciones
basadas en la simple instrucción, que no es sino la imposición
arbitraria de una subjetividad
a otra. Pero una prescripción comportamental no es una
interacción instructiva si,
siguiendo siempre al citado autor, se realiza desde el
acoplamiento estructural, es decir,
desde la aceptación respetuosa de la subjetividad del otro. En
definitiva, para que una
prescripción sea válida y tenga opciones de servir para algo,
debe realizarse dentro del
horizonte relacional de las personas a las que se dirige, que
tienen que ser capaces de
llevarla a cabo sin violentarse ni aumentar sus sufrimientos. Y
esa misma cualidad es
generalizable a cualquier intervención terapéutica, sea de la
naturaleza que sea. Si una
propuesta conversacional pretendidamente respetuosa se sitúa
fuera del horizonte cultural
de la familia, resultará, en el mejor de los casos, irrelevante.
Si el terapeuta sintoniza con estas ideas y actúa en
consecuencia, se descubrirá a sí
mismo hablando en prosa… ultramoderna, pero también, lo que
es mucho más importante,
desarrollando su inteligencia terapéutica. En las páginas que
siguen ampliaremos estos
conceptos, aportando información que facilite su comprensión y
su adecuada ubicación en el
espacio y el tiempo de la psicoterapia.
La terapia familiar ultramoderna es un invento con voluntad
provocadora, y no una nueva
bandera con pretensiones territoriales. Su mensaje más
importante es la necesidad de acabar
con el dogmatismo posmoderno, abriendo las ventanas del
territorio sistémico a aires
frescos y desmitificadores, alimentados a su vez por lo mucho
de bueno que hay en la
tradición psicoterapéutica. Ambas cosas son necesarias para que
la terapia familiar
recupere relevancia en el campo de la salud mental: que aporte
ideas novedosas y
estimulantes y que deje de proponerse como la eterna
revolución del pensamiento
terapéutico. ¡Patética revolución la que, en cincuenta años de
rodaje, no consigue tomar la
Bastilla ni conquistar el Palacio de Invierno!
r Cuando el gobierno alemán se propuso incluir a las psicoterapias entre las
prestaciones sanitarias financiadas por la
Seguridad Social, la terapia familiar sistémica no fue reconocida como un modelo
científicamente solvente porque no pudo
presentar un cuerpo de investigaciones «basadas en pruebas», homologables con las
de orientación psicoanalítica y
cognitivo-conductual. Le ha costado diez años al movimiento sistémico alemán
reunir el dossier necesario para ser, ¡por
fin!, reconocido en fechas recientes (2008). Desempeñar un papel relevante en el
campo de la salud mental implica, entre
otras cosas, homologarse lo suficiente con el resto de los modelos como para no
salirse del foco.
En cuanto a la inteligencia terapéutica, no se trata de un don
divino capaz de producir
superdotados o idiotas según los avatares de su caprichosa
distribución, sino que es el
resultado del desarrollo de sencillos recursos consustanciales a
la condición humana. Al
igual que ocurriera con la inteligencia emocional, este nuevo
descubrimiento de la sopa de
ajo permite comprender fenómenos complejos (éxitos
grandiosos, cambios espectaculares)
con medios sencillos y modestos. Espero que el lector que se
adentre en este libro se dé
cuenta de que la inteligencia terapéutica está a su alcance, con
independencia de los
obstáculos burocráticos y las barreras corporativas. Solo son
necesarios el sentido común,
la honestidad intelectual y un proceso razonable de formación.
2
Bases históricas y conceptuales
2.1. Gregory Bateson y las raíces comunicacionalistas
Es de sobras conocido que la terapia familiar nació amparada y
alentada por un movimiento
intelectual estudioso de la comunicación humana llamado, en
buena lógica,
comunicacionalismo. Su figura más representativa, Gregory
Bateson (1972), encarnó a la
perfección las cualidades que caracterizaron a su equipo de
colaboradores, el mítico grupo
de Palo Alto, y que constituyó en cierto modo el legado
fundacional de la terapia familiar:
una enorme curiosidad intelectual y una aguda imaginación
creativa, junto a una escasa
definición clínica y un manifiesto desinterés por la
psicopatología. Se trata de un legado
rico y complejo, que ha ejercido una influencia decisiva en la
configuración de la terapia
familiar como un modelo terapéutico fascinante, dotado de
enormes recursos y
potencialidades a la vez que ostentador de sorprendentes
lagunas.
Bateson, a diferencia de Freud, no era un terapeuta profesional,
era hijo de un biólogo,
antropólogo aficionado y estudioso de la comunicación. Su
contribución a la terapia
familiar, tan importante para cuantos siguen este camino, no fue
para él más que una etapa
intermedia, antes de interesarse por el lenguaje de los delfines y
tras haber agotado su
capacidad de entusiasmo por las costumbres de los iatmules,
una remota tribu de Nueva
Guinea. Introducido por Jackson (1968) de forma casual en el
mundo de la psiquiatría,
quedó cautivado por el estilo comunicacional de los
esquizofrénicos y, durante unos años, y
en compañía de sus colaboradores, que pronto fundarían el
Mental Research Institute, se
dedicó a estudiarlos en su medio natural, es decir, la familia. El
marco geográfico era
California, la península de San Francisco, junto al Silicon
Valley, un lugar donde, por aquel
entonces (años cincuenta), se estaba inventando el chip y se
asistía al nacimiento de la
informática. En semejante ambiente, con una altísima densidad
de interés y curiosidad
intelectual por los procesos de información y comunicación, no
puede sorprender que la
esquizofrenia se convirtiera en la musa inspiradora del nuevo
modelo. ¿Quién no se ha
sentido fascinado por la manera de comunicar de los
esquizofrénicos y, eventualmente,
sorprendido por las singularidades relacionales existentes en sus
familias? Medio siglo
antes, en Viena, la histeria había protagonizado un fenómeno
similar, inspirando con sus
efusiones eróticas a un grupo de terapeutas puritanos, pero
intelectualmente potentes,
algunas de las más revolucionarias propuestas de la cultura
occidental.
Pero aquí acaban las similitudes. Ya hemos visto cuán
diferentes eran Freud y Bateson
en lo profesional, lo cual se tradujo en no menores diferencias
en sus respectivas obras. El
padre del psicoanálisis, como perfecto positivista, desarrolló un
inmenso cuerpo de
doctrina, teorizado a partir de su práctica clínica. Dotado de una
enorme coherencia interna,
pronto se convirtió en un dogma, ante el cual no cabían
posiciones intermedias. O se
aceptaba en su totalidad, y con ello se accedía a la «sociedad»,
o, si se rechazaba en el
menor de sus matices, se optaba por la herejía y la exclusión.
Bateson, en cambio, escribió relativamente poco, y menos aún
sobre terapia. Dando
ejemplo de sensibilidad posmoderna, su interés se orientó hacia
los campos más diversos,
como la teoría general de sistemas, la cibernética o la teoría de
los juegos, de las que
extrajo material para sus propuestas teóricas, inaugurando una
tradición seguida
escrupulosamente por la terapia familiar: primar la importación
de teoría frente a la
producción propia. Y su liderazgo fue meramente simbólico, sin
dogmas ni exclusiones,
marcando también con ello líneas que no han variado a lo largo
de los años. Aún ahora los
sistémicos, sea cual sea su orientación y a diferencia de los
psicoanalistas, publican en las
mismas revistas, asisten a los mismos congresos y pertenecen a
las mismas sociedades
profesionales.
Eso sí, Bateson, de vez en cuando, fulminaba algún concepto
descalificándolo como
dormitivo, y las consecuencias se hacían notar en la terapia
familiar. Lo hemos visto a
propósito del diagnóstico, y lo veremos referido a las
emociones, que se convirtieron
también en innombrables durante bastante tiempo, provocando
incluso la salida de Virginia
Satir del equipo de Palo Alto por «emotiva».
En definitiva, la figura de Bateson ha resultado tan influyente
en el desarrollo de la
terapia familiar como la de Freud en el del psicoanálisis, si bien
por razones y cauces
distintos. Sin él, posmoderno avant la lettre, el terreno no
habría estado tan abonado para
los giros constructivista y socioconstruccionista, pero también
se habrían perdido algunos
de los aportes más agudos y trascendentales de lo que ha
terminado constituyendo la
epistemología sistémica. Veamos algunos de ellos.
2.2. La cismogénesis
De su estancia entre los iatmules, Bateson trajo un fugaz
matrimonio con Margaret Mead y
una hija fruto de esa relación, pero también un sustancioso
bagaje teórico que habría de
ejercer gran influencia sobre la terapia familiar.
Los iatmules eran una tribu de cazadores (eventualmente,
también cazadores de cabezas)
y recolectores, de precarias condiciones de vida, cuya
supervivencia estaba siempre
amenazada por el riesgo que representaba la escasez de comida.
Su estructura social,
constituida por sutiles vínculos patrilineales y matrilineales, se
prestaba a generar
enfrentamientos entre miembros de diferentes clanes, lujo que
no podían permitirse,
obligados como estaban a aunar monolíticamente sus fuerzas
para asegurarse el diario
sustento. Por eso, a lo largo del tiempo, los iatmules se habían
sabido defender
desarrollando sabiamente un ritual preventivo frente a
situaciones generadoras de
divisiones, que, aunque periódicamente se producían de forma
inevitable, en caso de
prodigarse habrían constituido un gravísimo peligro de
extinción. Bateson (21958)
describió, en su obra Naven, la curiosa ceremonia que se
organizaba cuando surgía la
confrontación entre dos miembros de la tribu. Al aparecer los
gestos de desafío y aumentar
la tensión, la gente empezaba a congregarse alrededor de los
litigantes, desplegando una
febril representación que incluía a estos en la vorágine. En
medio de una excitación
creciente, todos se arremolinaban chillando, fingiendo peleas
grotescas que ridiculizaban la
lucha y bailando travestidos con gestos obscenos. El resultado
no podía ser otro que la
reducción al absurdo del enfrentamiento, que se disolvía en el
maremágnum del naven,
alejando la amenaza de escisión.
Escisión, cisma, he ahí las palabras, con su evidente significado
de confrontación y
división, que inspiraron a Bateson su concepto de cismogénesis,
extrapolado desde la
cultura iatmul a las relaciones humanas en su más amplia
acepción y a las de pareja en la
más restringida.
Son estas últimas las de mayor relevancia clínica y, por tanto,
las que requieren una
reflexión específica. Pero, antes, una precisión. La cismogénesis
define a las personas
desde la relación, rompiendo espectacularmente con la tradición
que definía a la relación
desde las personas. En definitiva, la personalidad individual se
desarrolla en función de las
relaciones en las que el sujeto se ve envuelto. Y estas pueden
ser, básicamente, de dos
grandes tipos: simétricas y complementarias, según se funden
en la igualdad o en la
diferencia respectivamente. Por tanto, hay dos maneras básicas
de construirse en la
relación: comportándose de la misma manera que aquel/aquella
con quien se interactúa o
haciéndolo de manera radicalmente diferente.
Llevando las cosas al terreno de lo disfuncional, el riesgo de la
simetría es que
evolucione en escaladas en las que ambos interlocutores
pugnen con similares recursos por
definir la naturaleza de su relación, como decía el propio
Bateson, o por afirmar su poder
sobre el otro, como prefería entender Haley (1986). Sofisticado
y sutil el primero, directo y
más esquemático el segundo. Las escaladas simétricas nos
introducen en el universo de los
conflictos conyugales más clásicos. V. g.:
—¿Ya te vas?
—Para lo que tenemos que hablar…
—Claro, si llegas y te pones a leer el periódico…
—Pero luego a ti, a la noche, que no te quiten la telenovela…
Y así hasta el infinito. Las relaciones simétricas no suelen
generar graves patologías
mentales en quienes las protagonizan. Todo lo más, coexisten
con síntomas neuróticos que
pueden integrarse en el juego de las escaladas («No vamos a
poder salir, con lo mal que me
siento…»), o provocan un deterioro de la relación que puede
llegar a amenazar la
continuidad de la pareja. Sin embargo, la facilidad con que estas
situaciones involucran a
terceros las hace especialmente peligrosas para los hijos, que
pueden ser triangulados de
múltiples maneras, algunas muy hipotecadoras de su salud
mental.
El riesgo de la complementariedad es que, lejos de diluirse,
evolucione hacia una
rigidez en la que las posiciones de superioridad y de
inferioridad de ambos interlocutores
se hagan más y más extremas. En la complementariedad rígida,
quien ocupa la posición de
superioridad (el one up, en la jerga paloaltina) extiende su poder
a todas las áreas
relacionales, definiendo en todo momento cómo son y cómo no
son las cosas, mientras que
al que ocupa la posición de inferioridad (el one down) no le
queda otra opción que aceptar
pasivamente. Y no es que haya un bueno y un malo ni una
decidida voluntad de dominio,
sino que ambos están prisioneros de un juego relacional que no
les deja margen de
maniobra. En el terreno de la psicopatología, la posición de
inferioridad es un lugar de
riesgo, proclive a ser ocupado por personas afectas de trastornos
graves, como alcoholismo
o depresión mayor. El juego relacional disfuncional no les
permite otra manera de escapar a
la nulidad que mediante la paradójica vía de los síntomas, los
cuales confirman el rol de
enfermo y, por tanto, la inferioridad, y consolidan la
superioridad del cónyuge a medida que
asume más responsabilidades y aumenta su reconocimiento
social.
2.3. La teoría del doble vínculo
Ya hemos hablado de la esquizofrenia como musa inspiradora
de la terapia familiar
comunicacionalista, musa, por cierto, a la par sombría y
luminosa, y es precisamente en la
teoría del doble vínculo, el producto más refinado de la escuela
de Palo Alto, donde mejor
se aprecia esa condición. El doble vínculo llegó a los medios
psiquiátricos en los años
sesenta, procedente de la teoría de la comunicación, como una
nueva propuesta etiológica
para la esquizofrenia. Sin embargo, pronto se hizo evidente que,
en el ánimo de sus autores,
empeñados en su compromiso con la circularidad, no estaba
bien definida la intención
etiológica, la cual, en algún momento, fue explícitamente
rechazada. Lo que se estaba
proponiendo era, en cambio, una situación comunicacional que
requeriría varias
condiciones para producirse.
Para empezar, las dos primeras condiciones