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Ensayo Rios Profundos

Este resumen describe el Capítulo VI del libro "Ríos profundos". Introduce el concepto de "zumbayllu", un trompo que emite un sonido peculiar llamado "yllu", y cómo este objeto altera la monotonía del colegio. El sonido del zumbayllu despierta recuerdos en Ernesto de otros objetos andinos como el "tankayllu" y el "pinkuyllu", despertando su memoria cultural.
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Ensayo Rios Profundos

Este resumen describe el Capítulo VI del libro "Ríos profundos". Introduce el concepto de "zumbayllu", un trompo que emite un sonido peculiar llamado "yllu", y cómo este objeto altera la monotonía del colegio. El sonido del zumbayllu despierta recuerdos en Ernesto de otros objetos andinos como el "tankayllu" y el "pinkuyllu", despertando su memoria cultural.
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Ríos profundos

Capítulo I: El viejo
LOA RIOS PEOFUNDOS comienza con la llegada del joven Ernesto, narrador
de esta historia, y su padre, Gabriel, a la ciudad de Cuzco. El objetivo del viaje es
encontrarse con el Viejo, un pariente de buena posición económica conocido, a
su vez, por ser explotador y avaro, en palabras del padre de Ernesto.
Una vez en la ciudad, Ernesto se encuentra ansioso por ver los muros incaicos.
Gabriel le señala lo que ha sido antiguamente el palacio de un inca. La
excitación de Ernesto es grande; desea verlo, pero primero deben resolver
asuntos con el Viejo. Una vez en la casa de este, son recibidos por un mestizo y
un indio. A Ernesto le llama la atención el indio: es la primera vez que ve un
"pongo", un indio de hacienda que sirve de forma gratuita, por turno, en la casa
del amo. Le llama la atención su limpieza.

El Viejo, sin apersonarse, ofende a los visitantes mediante el cuarto que eligió
para hospedarlos: la cocina de los arrieros. Ernesto, a pesar de que comprende
que la ofensa es una señal de que El Viejo no va a ayudar a su padre, no se
siente mal en la cocina. Él mismo ha sido criado en una cocina para indios en la
que recibió, en la infancia, los cuidados, la música y “el hablar” de las indias y los
peones a sueldo. Es para él un lugar cálido y familiar.

Capítulo II: Los viajes


En este capítulo, Ernesto reflexiona sobre la arrancia. Empieza hablando de
cómo su padre, por ser abogado itinerante, vaga de un pueblo a otro buscando
clientes. Además, resalta que Gabriel cambia de pueblo no solo por una
cuestión laboral, sino que decide partir cuando los detalles de un pueblo en
particular comienzan a formar parte de la memoria, al igual que
los huaynos que le gusta oír. Los huaynos canciones populares incaicas, son su
debilidad, y recuerda a qué pueblo, comunidad y valle pertenece cada uno.
Ernesto, que admira esta cualidad de su padre, también porta este tipo de
memoria. Solo los viajeros observan ciertos detalles, se dice a sí mismo Ernesto.
El joven recuerda un pueblo que los recibió sin ninguna hospitalidad; no le
gustaban los forasteros. Allí, los habitantes habían bajado de un cerro alto y
puntiagudo una cruz para bendecirla. Ese día, él y su padre maldijeron el pueblo
y lo abandonaron cuando los indios velaban su cruz, rumbo a Huancayo.

Ernesto rememora ese viaje a Huancayo, un pueblo en el que los quisieron


matar de hambre. Como siempre, Gabriel había alquilado un pequeño espacio
para atender a los litigantes. Pero esta vez los hacendados habían apostado
celadores en las esquinas del estudio del abogado para amenazar a los
trabajadores que quisieran hacerle sus consultas o siquiera brindarles
solidaridad. Mientras tanto, Ernesto recuerda que vagaba por la ciudad de
noche, robaba maíz para cocinar y cantaba huaynos nunca oídos en ese pueblo,
en una esquina donde vivía una joven muy bella.

Capítulo III: La despedida


Un día, Gabriel le confiesa a Ernesto que su peregrinaje terminará en Abancay.
La tarde que llegan a la ciudad, las campanas del pueblo repican mientras las
mujeres y los hombres están en la plaza, arrodillados y rezando. Cuando los
viajeros preguntan por qué lo hacen, les responden que están operando al
padre Linares, Director del Colegio y predicador de Abancay. Ernesto y su padre
se arrodillan a rezar también, y Gabriel le dice a su hijo que el padre Linares ha
de ser su Director.

Mientras Ernesto duerme en el Colegio, ya matriculado y tomando clases,


Gabriel se encuentra inquieto. A pesar de que ha dicho que montará un estudio
en la ciudad, luego de diez días no lo ha hecho. Ernesto sabe que su padre,
tarde o temprano, se marchará de allí.

Un día, en una de las visitas de Ernesto a su padre, lo encuentra conversando


con un forastero. El hombre, de Chalhuanca, busca consejo de Gabriel para
litigar contra su patrón. Ernesto percibe que su padre está incómodo; es
evidente que ya ha arreglado con el forastero, que ahora llora en quechua, para
irse juntos de Abancay hacia Chalhuanca. Finalmente, Gabriel se recuesta sobre
la mesa y llora. El forastero intenta consolarlo pero es inútil. Ernesto se acerca a
su padre, que se pone de pie. El cualhuanquino les sirve cerveza; es la primera
vez que Ernesto bebe con su padre.

Se separan casi con alegría, con las promesas de Gabriel de conseguir una
chacra junto al río y esperarlo a Ernesto en vacaciones. Ernesto reflexiona sobre
cómo, por primera vez, deberá enfrentarse solo al mundo.

Capítulo IV: La hacienda


Este capítulo comienza con la descripción de las costumbres de las haciendas en
tiempos de fiesta. Los hacendados de los pueblos pequeños contribuyen a las
fiestas con vasijas de chicha. La chicha es una bebida alcohólica derivada del
maíz fermentado sin destilar. Esta contribución de los hacendados es un modo
de demostrar el alcance de su poder: se dice que un hacendado no puede
agasajar al pueblo menos que la indiada.

Usualmente, estos hacendados, que vigilan a los indios, piden más de lo que es
justo y, cuando creen que es necesario, les dan a los pobres un puntapié y los
mandan a la cárcel. En los días de fiesta todo es diferente. Van vestidos de gala,
y obligan a sus caballos a trotar con elegancia. Cuando se emborrachan, les
clavan las espuelas a los animales hasta hacerlos sangrar.
Abancay es un pueblo cercado por las tierras de la hacienda Patibamba. Ernesto
recuerda haber visitado una vez la casa-hacienda, silenciosa y aparentemente
vacía. Allí las mariposas vuelan libremente entre los frutales. Un corredor
comunica la casa con la fábrica de azúcar. Durante muchos años, el bagazo
acumulado, es decir, los restos de la caña una vez extraído el jugo azucarado,
formó un montículo ancho y blando. El olor a aguardiente de ese bagazo
hirviendo al sol es penetrante y característico del lugar.

Capítulo V: Puente sobre el mundo


Ernesto va a las chicherías del único barrio alegre de la ciudad, Huanupata,
tratando en vano de encontrarse con los indios de la hacienda. Allí al menos se
alegra escuchando huaynos de todas las regiones, que los forasteros les piden a
gritos a los músicos de turno.
El resto de los barrios le resultan hostiles. Allí viven los comerciantes, las
autoridades, familias antiguas empobrecidas y algunos terratenientes. Cerca del
río y la Plaza de Armas de Abancay hay un baldío donde el Padre Director hace
que los estudiantes se enfrenten a patadas y puñetazos en una batalla entre dos
bandos, “peruanos” y “chilenos”. Siempre deben ganar los “peruanos”. Entre los
“chilenos” se encuentra el Añuco, un estudiante . Descendiente natural de
terratenientes empobrecidos, este joven fue adoptado por los Padres. Su
protector el Lleras, un estudiante que ha repetido varias veces de año en el
Colegio, por lo cual es mayor que el resto. Lleras es abusivo, hosco y caprichoso.
Ernesto les teme a ambos.
Por las noches, algunos estudiantes tocan huaynos con la armónica. El que mejor
toca es Romero, un joven de Andahuaylas. Ernesto, que conoce
muchos huaynos diferentes, canta. Otros jóvenes se dirigen, cada noche, al
campo de juego del Colegio, adonde van en busca de una ayudante de cocina
demente. Se pelean por tumbarla; se enfrentan incluso con más furia que en las
guerras diurnas.
Palacios es el interno más humilde; no comprende el castellano bien y es el
único de todo el Colegio que procede de un ayllu de indios. Padece el colegio
más que ninguno, pero su padre insiste en que debe educarse allí. Una noche se
escucha a Palacitos gritar. Lleras lo ha llevado a la fuerza al patio y pretende
que se eche sobre la mujer demente, que lo llama desnuda con las manos.
Todos los jóvenes acuden al campo de juego. Palacios pide auxilio a gritos hasta
que dos Padres se acercan al patio. La mujer demente huye y Lleras acusa a los
demás estudiantes de querer golpearlo entre varios. Romero desafía a Lleras
una vez en la habitación, pero no hay ocasión de pelear. Con el correr de los
días, Romero va perdiendo su coraje, pero Lleras también olvida el duelo
pendiente, y cesa en sus abusos por un tiempo. Palacios se convierte en un
buen amigo de Romero.
La mujer demente no vuelve por un tiempo a ir al patio y uno de los jóvenes,
Peluca, se impacienta. Los estudiantes buscan atosigarlo con insultos, pero él
responde con juramentos que exponen las miserias de todos los que lo rodean
y saca a colación las actividades más impúdicas de los que concurren al patio de
juegos. Los estudiantes lloran e incluso uno, el Chauca, se autoflagela con furia.
Ernesto siente que el patio es un lugar dominado por el demonio y la demente
le causa una gran lástima.

Capítulo VI: Zumbayllu
El capítulo comienza con una reflexión sobre la desinencia ary Por un lado,
representa el sonido de las pequeñas alas en vuelo, en su sentido
onomatopéyico. Por el otro, illa nombra a ciertas formas de luz no solar, no
totalmente divinas, con las que el hombre andino cree aún estar vinculado.
El tancaylluu, por ejemplo, es un tábano inofensivo. Los niños beben la miel de
su aguijón que se instala por siempre en su corazón, pero aun así los indios no
lo consideran una criatura divina. Hay en Ayacucho también un danzak’ (bailarín
de tijeras característico del mundo andino) llamado “Tankayllu” que hace
proezas infernales al atravesar agujas y garfios en su cuerpo. Otro ejemplo es
el pinkuyllu, un instrumento que se toca solo en comunidad (a diferencia de la
quena familiar), que no es religioso sino que solo se usa para tocar canciones
épicas y bailar las danzas guerreras. Su sonido cala profundo en el corazón.
La monotonía del Colegio se altera por la llegada de un zumbayllu. Ernesto sigue
a sus compañeros, atrapado por el sonido de esta palabra que le recuerda
misteriosos objetos. El zumbayllu pertenece a Antero, un niño rubio de lunares.
Es una especie de trompo que, al girar, emite un sonido muy particular, un yllu.
La memoria de Ernesto se aviva; recuerda al danzak’, a los verdaderos tankayllus y
el sonido del pinkuyllu. Desesperado, le pide a su dueño que le venda
el zumbayllu. A pesar del desafío de Lleras y Añuco, que le dicen a Ántero que no
le venda el trompo a Ernesto, Ántero se lo regala. La alegría de Ernesto es
inconmensurable. Ántero regala muchos zumbayllus más que suenan por todo el
patio.

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