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La Esmeralda Sagrada

La historia trata sobre Wiñay-Cusi, una princesa inca que vive en la Isla del Sol como sacerdotisa. Cuando el inca Huáscar es derrocado por su hermano Atahuallpa, Huáscar le encarga a Wiñay-Cusi que guarde la sagrada esmeralda del imperio para que no caiga en manos de Atahuallpa. Más tarde, Atahuallpa visita la isla durante las celebraciones del Inti-Raymi, lo que preocupa a Wiñay-Cusi por la seguridad de la esmer
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La Esmeralda Sagrada

La historia trata sobre Wiñay-Cusi, una princesa inca que vive en la Isla del Sol como sacerdotisa. Cuando el inca Huáscar es derrocado por su hermano Atahuallpa, Huáscar le encarga a Wiñay-Cusi que guarde la sagrada esmeralda del imperio para que no caiga en manos de Atahuallpa. Más tarde, Atahuallpa visita la isla durante las celebraciones del Inti-Raymi, lo que preocupa a Wiñay-Cusi por la seguridad de la esmer
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LA ESMERALDA SAGRADA

Antonio Díaz Villamil

Cuentan que una vez, vivía en la sagrada Isla del Sol una linda princesita india llamada Wiñay-Cusi.
Esta era una muchacha de unos quince años.  Pertenecía a una nobilísima familia del Cuzco y había
sido elegida por el inca Huáscar para que fuera a formar parte de Ajllahuasi, el monasterio de las
vírgenes escogidas que debían alejarse para siempre del mundo y ser las fíeles sacerdotisas del
más venerado templo dedicado al Padre Sol.
La niña, orgullosa y alegre por la marcada distinción que había merecido, se despidió de sus padres
y amigas.  En seguida, celosamente custodiada por los comisionados que había nombrado el
soberano, se dejó conducir a la isla que se encuentra en el centro del Lago Titicaca.
Pasaron largos años sin que nada extraordinario ocurriera en la isla.  Las cien doncellas que
formaban el Ajllahuasi, bajo la celosa autoridad de la Abadesa, cumplían fielmente todos sus
deberes.  Por la mañana, antes de que apareciera el sol, por detrás de las nevadas crestas de la
cordillera, subían a la cumbre de la isla y encendían una fogata de palo de romero oloroso, cuyo
humo aromático ascendía en forma de una blanca columna hasta esfumarse en el cielo.  En
seguida, sacrificaban una tierna llamita, al son de cantos y música religiosa, en homenaje al dios
Sol.  A mediodía, se encerraban en el convento de piedra, edificado en la falda de una loma, para
hilar y tejer los más delicados vellones de vicuña y alpaca para confeccionar los vestidos del inca.  
Después de haber cumplido todos estos deberes, al caer la tarde salían a descansar; unas trepaban
sobre las breñas de una altura para contemplar desde allí el lago azul donde, a veces, distinguían
alguna lejana barquita de totora que bogaba en el horizonte; otras bajaban a las orillas del lago, a
pasear por la arena de la playa en grupos, va sea para jugar con las nacaradas Conchitas
que escogían o para relatarse historias y hazañas de la vida y conquistas de sus ilustres monarcas.
Un día que las jóvenes terminaron de ofrecer el cotidiano sacrificio de la mañana, vieron venir por
el lago del lado del norte, varias balsas de totora, en el extremo de cuyos palos distinguieron la
divisa de los enviados del inca.  Este hecho causó entre las doncellas una gran alegría.
Reconocieron que llegaban los mensajeros del Cuzco, que mensualmente les traían el saludo de su
soberano y los consabidos presentes y provisiones para ellas.
Las sacerdotisas se apresuraron a dar aviso de la llegada a su abadesa y después bajaron corriendo
al desembarcadero por la espléndida escalinata de piedra de trescientos escalones, algunos de los
cuales todavía existen al presente.
No tardaron en acercarse las pequeñas embarcaciones al muelle.  El primero que saltó a tierra fue
Pumayo, el más intrépido de los navegantes y el más hábil de los timoneles del imperio.
Seguidamente desembarcaron los demás comisionados hasta que, por último saltó a tierra el
anciano Paulu Tupac, el primer mayordomo del Imperio y el hombre de mayor confianza de
Huáscar.
La alegría de las jóvenes sacerdotisas se esfumó rápidamente al ver el semblante sombrío que
traían los comisionados.  Varias jóvenes se apresuraron a pedir noticias para saber la causa de tal
tristeza; pero el jefe Paulu Tupac, sin contestar a las preguntas se concretó a pedir a sus
interlocutoras que se apresuraran a llevarlo a presencia de la abadesa.
La comitiva se puso en marcha silenciosamente.  Todas iban cabizbajos como presintiendo alguna
mala nueva.
EL ENCARGO DEL INCA INFORTUNADO
Cuando el anciano llegó ante la Mamacuna, habló de esta manera: 
_Venerable sacerdotisa del Sol nuestro Padre, vengo a comunicarte que nuestro soberano, el
ilustre Huáscar, ha sido derrotado y hecho prisionero por su hermano, el bastardo Atahuallpa, rey
de los quitos, que ahora es dueño y señor del imperio y que se campea victorioso e impávido en el
Cuzco.  Nuestro desdichado soberano ha sido encerrado en la fortaleza de Jauja, de donde yo he
logrado huir milagrosamente para traerte el encargo de nuestro señor y rey.
Al decir esto, el anciano sacó del pecho, con ademán solemne un pequeño envoltorio que llevaba
escondido cuidadosamente.
-Esta es- continuó diciendo - La esmeralda sagrada que mi señor ha heredado dé su ilustre madre,
la primera esposa de Huayna Capaj. Tú bien sabes que esta reliquia ha sido tenazmente codicia-de
por Atahuallpa, porque es la más grande que se conoce y, sobre todo, porque tiene un poder
simbólico para los reyes de nuestro país. Huáscar me ha manifestado que prefiere todo, la derrota,
la prisión y hasta los suplicios y la muerte misma, antes que poner en manos de su enemigo esta
joya.  Por eso se dirige a vos que eres la más venerable y digna de las sacerdotisas, para que la
guardes con todo celo y jamás permitas que ella caiga en manos del sacrílego Atahuallpa.  Madre
venerable, jura, por tu alta misión y ante el divino astro Dios, que cumplirás hasta la muerte el
encargo de tu señor y rey.
Dicho esto, Paulu Tupac, desenvolvió el pequeño lío y entregó a la anciana la más preciosa y bella
esmeralda que hayan conocido los hombres; en una de sus facetas estaban grabados varios signos
misteriosos.
La Abadesa recibió emocionadísima la reliquia y envolviéndola de nuevo, después de besarla con
respeto, se la guardó dentro del seno.
-Vuelve tranquilo junto a tu soberano - contestó la anciana - y dile que su más fiel servidora
cumplirá hasta la muerte su orden.  Lo juro por nuestro Dios y mis dignas tradiciones.
Una vez cumplido el objeto de su misión, los emisarios dejaron la isla y se alejaron hacia el norte.
La isla quedó apacible como antes, pues hasta ella no habían llegado las consecuencias sangrientas
de guerra civil entre los dos hijos de Huayna Capac.  Sin embargo, en los primeros días todas las
pobladoras de la isla sagrada estaban inquietas, esperando a cada momento ver venir a los
hombres del nuevo señor del Perú.  Pero, pasaron días y más días y nada de lo que se temía
sucedió.
Nuevamente la vida de las vestales volvió a su antigua tranquilidad.  Las mismas ocupaciones y las
mismas acostumbradas labores entretuvieron a las ñustas.  Estas, tan sólo en lo íntimo de sí,
sentían profunda pena por la suerte desgraciada del soberano; habían querido tal vez marchar al
Cuzco para presenciar los acontecimientos y si fuera posible defender a Huáscar, pero su eterno y
solemne voto religioso les prohibía dejar la isla. Intentarlo siquiera habría sido el más horrible de
los sacrilegios.
Así pasaron varias lunas.  En el transcurso de ese tiempo la Abadesa comenzó a perder todo temor
por la preciosa joya que custodiaba.  Pero, eso sí, jamás se separaba un instante de ella.  Sabía que
su persona era inviolable y sagrada para todos cuantos osaran acercarse a ella.  Por lo tanto,
ningún sitio era más a propósito para guardar la sagrada esmeralda.
LA FIESTA DEL INTI-RAYMI
Se aproximaba la fiesta del Inti-Raymi, es decir la más solemne fiesta del imperio, en la que se
realizaban en toda la extensión del Perú los más suntuosos ritos en honor del Sol.  En la isla
también se comenzaban los preparativos, cuando de pronto, llegaron a la isla los mensajeros de
Atahuallpa para anunciar a las vestales que el monarca deseaba visitar en esa fecha el santuario y
presenciar las festividades.  Para este fin fueron llegando sucesivamente varias comisiones: unas
trayendo lo necesario para el alojamiento del inca; otras transportando los ricos presentes para los
sacrificios.    Por la calidad de todos los preparativos se podía presumir que el nuevo monarca se
proponía eclipsar a todos sus Predecesores en la celebración de aquella extraordinaria fiesta.
Al fin, faltando ya pocos días para dar comienzo a los cultos iniciales, y cumplido de antemano el
ayuno con que acostumbraban prepararse todos, desde el inca hasta el último servidor, una
mañana apareció en el horizonte una gran flota compuesta de miles de barcos de totora.  Era que
el Inca Atahuallpa y su numerosa comitiva llegaban a la Isla.
Nuevamente las vestales, y muy especialmente la Abadesa, se inquietaron por la seguridad de la
esmeralda de Huáscar.  Todas las ñustas descendían de familias adictas al antiguo rey hijo legítimo
de Huayna Capac en una princesa cuzqueña, razón por la que eran ciegas partidarias del rey
destronado; en cambio detestaban al usurpador Atahuallpa que, por otra parte, era un extranjero
por su madre descendiente de la odiada raza de los quiteños, que en tiempo de Huayna Capac
habían dado tanto que hacer a los peruanos, antes de ser conquistados por este glorioso
soberano.  En resumen, las ñustas estaban resueltas a guardar fielmente el secreto de la joya.
De un momento a otro, la isla, tan solitaria y tranquila antes, se vio poblada por miles de subditos
que iban y venían por las orillas, discurrían a lo largo de los senderos o trepaban por las lomas, los
unos de paseo y los otros cumpliendo fielmente y con presteza las órdenes recibidas con objeto de
terminar los preparativos.
La Isla del Sol, que hoy sólo presenta ruinas de lo poco que quedó, estaba, en aquellos tiempos de
grandeza, arreglada y engalanada con verdadera magnificencia.  Desde el cómodo embarcadero,
hecho con inmensos bloques de piedra labrada, partía hacia la cumbre montañosa de la isla una
espléndida escalinata de piedra formada por más de trescientos escalones.  Estaba sombreada,
por ambos lados, por coposos árboles que inclinaban sobre la escalera sus verdes ramas para darle
sombra durante el día y abrigo durante la noche contra el helado viento del lago.  A los ciento
ochenta escalones se hallaba una preciosa fuente también de piedra que hasta ahora lanza sus
tres gruesos surtidores de agua fresca y cristalina.  Desde una especie de ancha plataforma que
existe delante de la mencionada fuente arrancaban, por derecha e izquierda, dos amplios caminos
hechos con cortes en la falda del cerro para lograr un suave declive.  Uno de ellos, el de la derecha,
conducía a un grande y hermosísimo palacio destinado a alojar al inca en sus visitas al santuario, y
el de la izquierda servía para dar cómodo hospedaje a la corte y a los servidores de alta jerarquía.
En lo alto, donde terminaba la escalinata, estaba el monasterio de las vestales.  Finalmente, en la
misma cumbre, dominando todo el lago y la isla, se levantaba como una inmensa masa de metal
dorado el santuario del Sol todo cubierto con planchas de oro macizo y con innumerables
incrustaciones de pedrería.
La única que podía dar permiso para penetrar en el citado santuario era la Abadesa, y, cuando el
inca Atahuallpa, seguido de su corte, se presentó ante las puertas de oro del templo, ella le
preguntó tal como se acostumbraba en esa ceremonia, si se había preparado dignamente, a lo que
el inca le contestó que había cumplido con todos los deberes que mandaba su religión; que había
repartido cuantiosas limosnas a los huérfanos y a las viudas, que había perdonado a centenares de
enemigos, que había practicado severamente el ayuno, y que por lo tanto rogaba a la sacerdotisa
le abriera las puertas para penetrar al más venerado y tradicional santuario del gran dios.
Ante estas palabras rituales, la abadesa abrió la puerta preciosa y por ella entró el inca seguido
siempre de su corte.  En el interior, adornado profusamente con joyas, plumas y ramas de
khantuta, se alzaba en la parte central el trono destinado al monarca.  Allí tomó asiento Atahuallpa
y fue rodeado de sus servidores.  Casi al mismo tiempo comenzó la ceremonia.  Por una puerta
lateral penetró un grupo de doncellas entonando un himno religioso que muy pronto se
transformó en una solemne danza bailada al son de una rara y original orquesta de quenas y
tambores.
LA TRAICIÓN DE PUMAYO
La Abadesa estaba en su sitial de honor, frente al inca, y contemplaba a su soberano que vestía su
más rico traje, cuando de pronto se estremeció de terror.  Era que junto a Atahuallpa había
reconocido a Pumayo, el piloto que en otro tiempo había venido con el mayordomo real para
entregarle la esmeralda de Huáscar.  Involuntariamente la anciana, impulsada por su misma
emoción, se llevó las manos al pecho donde escondía la preciosa joya.
Pumayo parece que se dio cuenta del ademán de la Mamacuna, pues, acercándose al inca le habló
secretamente al oído.  El inca inmediatamente miró el pecho de la sacerdotisa. Esta, adivinando
las intenciones del monarca, se puso lívida y pareció morir de angustia. Estaba convencida de que
Pumayo había hecho traición a su soberano Huáscar y había venido con Atahuallpa para mostrarle
dónde y quién guardaba la tan ambicionada joya.
Desde ese momento la abadesa buscaba ansiosamente entre sus vestales algunas de mayor
confianza para pedirle ayuda.  Al fin diviso a Wiñay Cusi, que era su preferida, y le hizo una
imperceptible señal para que se acercara.  La muchacha le comprendió y aprovechando de un
momento en que las danzarinas se interponían entre ellas dos y el monarca, la joven recibió y
escondió rápidamente el envoltorio que le pasó la anciana, al mismo tiempo oyó que ésta le decía
con vehemencia que guardara la esmeralda porque ya había sido descubierto en su propio seno
por la mirada perspicaz del traidor.
La vestal, al recibir y esconder en su pecho la esmeralda, le contestó:
-Confía en mí.  Nadie me la arrebatará sin antes matarme.
Con esto la abadesa quedó tranquilizada mientras proseguía la ceremonia con toda la magnífica
pompa con que se había iniciado.
Apenas terminó la fiesta, el inca ordenó a su comitiva que saliera del templo y fuera a esperarle en
la explanada de abajo, manifestando que él quería quedarse para orar a solas a su dios y padre.
Todos los servidores cumplieron fielmente la orden, el único que se quedó en el templo por su
indicación fue Pumayo.
En cuanto quedó vacío el templo, comprendió la Abadesa que había llegado para ella el momento
terrible; pero disimulando cuanto pudo su ansiedad, aguardó, rodeada de sus compañeras, a que
se sucedieran los acontecimientos.
No tardó Atahuallpa en romper el silencio.
- Venerable sacerdotisa, le dijo, en este solemne día vengo a reclamar de ti que pongas en mis
manos la esmeralda sagrada de mi padre el glorioso Huayna Capaj y que te ha sido enviada por mi
hermano Huáscar.
- Yo no la tengo, ni se nada de ella, oh poderoso soberano - respondió con voz trémula la anciana.
- Pumayo, - dijo con voz severa el inca - ¿Oyes lo que dice?
Ilustre señor e hijo del Sol,  - se  apresuró a responder servilmente el traidor -, yo soy testigo de
que ella misma lo ha recibido del mayordomo de  Huáscar y que ha ofrecido guardarlo fielmente.
-Ya vez, anciana, - añadió el inca -. Es inútil que lo niegues. ¿Dónde está la esmeralda?
Entrégamela.  Yo soy ahora su único y legítimo dueño.  Mi hermano, el inepto y pretencioso
Huáscar, es sólo un pobre prisionero mío que jamás tuvo alma de gobernante.
EL SUPLICIO DE MAMACUNA
Desde el comienzo del interrogatorio, Wiñay Cusi se había ido deslizando disimuladamente hacia
atrás, en pos de la puerta de salida.  En cuanto pudo salió rápidamente por ella.  Llegó al campo y
corrió pendiente abajo, hacia el extremo opuesto de la isla, al otro lado de donde se hallaban los
palacios y el desembarcadero: Temerosa de que su huida hubiera sido notada por las gentes del
inca, revolvía a cada momento. Después de correr por algún tiempo por los campos de cultivo,
tomó un estrecho sendero y por él llegó hasta un solitario promontorio.  Buscó un sitio aparente y
arrodillándose arañó furiosamente la tierra hasta hacer un hoyo bastante profundo donde
depositó el envoltorio que había dado su Abadesa.  Tapó enseguida el hueco e igualó la superficie
para que no quedara ninguna señal de lo que había hecho.  Cuando ya iba a levantarse notó con
asombro que el pasto verde que ella había arrancado para comenzar la excavación había vuelto a
brotar al igual que el resto de la verdura, de tal modo que toda esa parte quedó perfectamente
reverdecida y como si nadie la hubiese hollado siquiera.  Este extraordinario suceso le dio a
entender que los genios de la tierra le ayudaban en su misión, y, muy contenta por ello, volvió
lentamente al templo para ver lo que sucedía.
Cuando penetró en el santuario quedó aterrada ante un cuadro terrible.  El inca encolerizado por
la persistente negativa de la Abadesa, había ordenado que la sometieran al tormento para
arrancarle confesión.
La pobre anciana, amarrada de pies y manos había sido arrojada al suelo, mientras el traidor
Pumayo le acercaba a las plantas desnudas tizones ardientes.  Aullaba de dolor la infeliz, pero, con
rara entereza, seguía negando cuando el traidor le encaraba.
A una anciana octogenaria, como era la Abadesa, el suplicio no tardó en causarle la agonía.  Y
cuando ya estaba para exhalar el último suspiro buscó con ansia a Wiñay Cusi.  La niña
comprendiendo el deseo de la moribunda se le aproximó y logró decirle muy quedo que la
esmeralda estaba en sitio seguro del que nadie sabría arrancarla.  Además, le dijo que ella estaba
también resuelta a morir sin revelar el secreto.
En medio de su misma agonía la Abadesa pareció sonreír de gozo y bendiciendo a la heroica vestal
cerró los ojos para siempre.
Así murió la anciana, sin que el cruel y ambicioso Atahuallpa hubiera logrado su fin; Pero, resuelto
a proseguir con mayor encarnizamiento, ordenó cerrar las puertas del templo para seguir los
suplicios.  Una después de otra fueron igualmente atormentadas todas las ñustas.  Las pobres
muchachas en cuanto sintieron que sus delicadas carnes se abrasaban con el fuego y a pesar de
sus nobles propósitos, no tuvieron fuerzas suficientes para seguir negando y hablaron cuanto
sabían al respecto.  Pero, con todo, el inca no pudo lograr ningún dato cabal.
LAS PUPILAS DE WIÑAY-CUSI
Viendo esto Wiñay Cusi, pensó que ella, igual y aún menor, en resistencia que sus compañeras,
pues era la más niña, tampoco podría callar lo que sabía ni resistir a la feroz prueba.  Entonces
tomó rápidamente una resolución digna del héroe más abnegado.  Con su prendedor de oro en
forma de cucharita, terminado por el otro extremo en una aguja, se sacó los ojos.  Así, aunque
hablara no podría, ni aunque quisiera, señalar el lugar en donde había escondido la esmeralda.
En efecto, cuando le tocó el turno para ser torturada, si es verdad que confesó cuanto había hecho
por esconder la joya, cuando le pidieron que indicara el lugar no pudo hacerlo.  Llevó al monarca
de un lado para otro de la extensa isla, pero no pudo indicar con precisión el sitio.  Por su parte el
monarca hizo revolver la tierra con sus servidores, pero en vano.  La esmeralda de Huáscar había
desaparecido misteriosamente.
Atahuallpa, ciego de furor, mandó dar muerte a todas las vestales y enseguida ordenó a sus
súbditos que se prepararan para regresar inmediatamente al Cuzco.  La única que fue perdonada
de la muerte fue Wiñay Cusi; pero era con el objeto de que marchara junto con el inca a la capital
para ser encerrada en un frío calabozo, mientras los hechiceros pudieran, mediante sus sortilegios
y conjuros, devolverle la vista y entonces se podría nuevamente volver a la isla a encontrar la
esmeralda.
Después de varias semanas de caminar hacia el norte, al fin llegaron el inca y su comitiva a la
capital.
Casi inmediatamente fueron convocados todos los hechiceros y adivinos del imperio, los que
después de una serie de conjuros y hechicerías lograron devolver la vista a Wiñay Cusi.  Pero los
ojos que restituyeron a la ñusta ya no servían para ver las cosas materiales del mundo, aquellos
eran unos ojos sobrenaturales que veían el porvenir y todo lo que ocurriera muy lejos de allí.
Cuando el inca supo que la ciega veía otra vez, se llenó de gran contento y ordenó que la niña
fuera prestamente conducida a su presencia para obligarle a confesar el gran secreto.
Wiñay Cusi se presentó ante su señor, pero su mirada era vaga y se perdía en la lejanía. Parecía un
ser de otro mundo.  Sus pupilas no miraban las cosas que le rodeaban, sino allá, lejos, de donde
venía el porvenir.  Y lo más extraordinario de todo, fue que sus pupilas que antes eran negras, se
habían tornado verdes, muy verdes, parecían dos bellísimas esmeraldas que despedían un
misterioso fulgor.
LA PROFESIA FATAL
Cuando rogó el inca que accediera a su deseo, ofreciéndole tentadoras recompensas si mostraba
el lugar de la esmeralda perdida, la niña, con una voz solemne y un raro gesto de alucinada, le
contestó.
-Desdichado.  Esa esmeralda que buscas ha brotado en mis ojos, pero solamente para que a través
de su cristal mágico vea y te advierta tu porvenir y tu destino.
-¿Y cuál es mi destino, atrevida joven? - contestó asombrado y temeroso Atahuallpa, quedando
como magnetizado por las verdes pupilas de su interlocutora.
-Morirás pronto.  Gente extraña y codiciosa llegará a estas tierras y te arrancará tus tesoros y tu
poder. - Te engañarán como a un niño y después te matarán.  Esto es lo que veo a través de mis
verdes pupilas.
Tal fue el anuncio de la aproximación de la expedición de Pizarro al Perú.
Desde ese momento, Atahuallpa, pusilánime y atormentado por su misma conciencia, esperaba su
fin.  Pero antes, para que no quedase su rival y hermano libre y con posibilidades de heredarle el
trono, le mandó dar muerte en su prisión de la fortaleza de Jauja.
Lo demás ya lo sabréis, queridos lectorcitos al estudiar historia del descubrimiento y la conquista
de nuestro país de los españoles.
*  "Leyendas de mi tierra" de Antonio Díaz Villamil

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