Había una vez una adorable niña, una vez su abuelita le
regaló una pequeña caperuza o gorrito de un color rojo, que
le quedaba tan bien que nunca quería usar otra cosa, así que
la empezaron a llamar Caperucita Roja.
Un día la mamá le dijo que le lleve un pastel a su abuelita.
Camino a la casa de la abuelita se encontró con el lobo y le
preguntó “¿A dónde vas tan temprano, Caperucita Roja?”
A llevarle un pastel a mi abuelita que está enferma.
– “¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?”
A medio kilómetro, su casa está bajo tres grandes robles, al
lado de unos avellanos.
El lobo pensó en silencio: ¡Qué criatura tan tierna! qué
buen bocadito – y será más sabroso que esa viejita. “Mira
Caperucita Roja, que lindas flores, ¿por qué no vas y
recoges algunas para tu abuelita?
Mientras el lobo se adelantó a la casa de la abuelita.
El lobo tocó la puerta y se comió a la abuelita.
Después se disfrazó y se hizo pasar por la abuelita de
caperucita.
“¡!Oh, ¡abuelita!” dijo, “qué orejas tan grandes que tienes.”
– “Es para oírte mejor, mi niña,” fue la respuesta. “Pero
abuelita, qué ojos tan grandes que tienes.”
– “Son para verte mejor, querida.”
– “Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes.”
– “Para abrazarte mejor.” – “Y qué boca tan grande que
tienes.”
– “Para comerte mejor.” Y no había terminado de decir lo
anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó
también a Caperucita Roja.
Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por
allí, escuchó los fuertes ronquidos.
Sea acercó e ingresó a la casa de la abuelita y cuando se
acercó a la cama vio al lobo tirado allí.
El cazador se dio cuenta que se había comido a caperucita y
a la abuelita y le abrió la barriga con un cuchillo y salvo a
caperucita y a su abuelita.