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EDICIONES KIWI, 2018
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Editado por Ediciones Kiwi S.L.
Primera edición, junio 2018
Copyright © 2018 Abbi Glines
Copyright © de la cubierta: Borja Puig
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Traducción: Yuliss M. Priego, Tamara Arteaga Pérez
Copyright © 2018 Ediciones Kiwi S.L.
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Nota del Editor
Tienes en tus manos una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y
acontecimientos recogidos son producto de la imaginación del autor y
ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, negocios,
eventos o locales es mera coincidencia.
Prólogo
Me hallaba frente al atril de la iglesia observando los rostros serios de mis
familiares y amigos. Estar aquí para que todos me mirasen no era
precisamente lo que más deseaba hacer en el mundo. Quería hacerme una
bola junto al ataúd delante de mí y llorar como un bebé. Todo era muy injusto.
Ya lo había hecho antes: colocarme ante una multitud de gente con el rostro
surcado de lágrimas y hablar de un hombre al que había querido pero que me
habían arrebatado.
Y ahora aquí volvía a estar otra vez. Se esperaba que dijese unas palabras.
Algo sobre el hombre que yacía inerte frente a mí. En el que había confiado
ciegamente. Al que me había aferrado y sobre el que había llorado al
descubrir que iba a ser madre soltera. El único que sabía que no me
abandonaría. Y ahora se había ido.
Fijé la vista en Jeremy. Ahí estaba vestido de traje y corbata y observándome
con cautela. Todavía seguía aquí. No iba a dejarme. Todavía lo tenía. Asintió
en silencio y supe que, si se lo pidiese, vendría y me cogería de la mano
mientras llevaba a cabo esto. Mantuve los ojos clavados en él y abrí la boca
para hablar. Verlo me daría la fuerza que necesitaba para seguir adelante.
—En vida nadie espera perder a los que quiere. Nadie planea plantarse frente
a nuestros amigos y familiares para hablar de alguien que lo ha sido todo para
nosotros. Pero sucede. Y duele. Nunca resulta fácil. —Me detuve y me tragué
el nudo que tenía en la garganta. Jeremy dio un paso hacia mí y yo negué con
la cabeza. Lo haría sin él. Tenía que hacerlo.
»No se nos promete un mañana. Mi padre me lo enseñó cuando era pequeña y
no entendía por qué mi madre no volvía a casa. Por otro lado, cuando perdí al
chico con el que pensé que envejecería, volví a recordarlo. La vida es corta. —
Desvié la mirada de Jeremy. No podía mirarlo mientras hablaba de Josh. Ver
el dolor en sus ojos solo hacía que el picor de las lágrimas en mis ojos me
ardiese más aún—. He sido lo bastante afortunada de conocer lo que es el
amor incondicional. Lo he experimentado dos veces en mi vida de dos
hombres diferentes. Me quisieron hasta el día que fallecieron. Los tendré
conmigo el resto de mi vida. Solo espero que el resto del mundo sea tan
afortunado como yo. —Las puertas traseras de la iglesia se abrieron y yo dejé
de hablar. El mundo a mi alrededor pareció moverse a cámara lenta.
Los ojos azules de Cage se encontraron con los míos cuando se detuvo al
fondo de la iglesia. No esperaba verlo hoy. Ni siquiera esperaba volverlo a ver
otra vez. No estaba preparada para hablar con él. Sobre todo hoy.
Jeremy me envolvió con un brazo y pude oír que susurraba algo, pero fui
incapaz de centrarme en sus palabras. La mezcla de emociones en los ojos de
Cage me dejó paralizada. Habían pasado seis meses desde la última vez que
había visto su atractivo rostro. Aún más desde la última vez que había estado
entre sus brazos. Él había sido la mayor mentira de mi vida. Pensé que sería
el amor de mi vida, pero había estado equivocada. Ahora sabía que solo te
daban uno de esos en la vida, y cuando Josh murió, así lo hizo también mi
oportunidad de ser amada por completo.
—Vamos a sentarnos. —Las palabras de Jeremy por fin calaron en mí. Estaba
preocupado por mí. Pero iba a terminar de decir mis palabras. Que Cage York
apareciera no iba a impedir que lo hiciese. Él ya me había parado los pies con
respecto a muchas cosas. No le permitiría controlar esto también.
—No pasará un día sin que me acuerde de mi padre. Su recuerdo
permanecerá en mi corazón. Un día podré contarle a mi hija todo lo que
quiera saber sobre su abuelo. Lo buen hombre que fue. Lo mucho que la
habría querido. No me iré a la cama sin sentirme amada por la noche, porque
uno de los mejores hombres que he conocido sí lo hizo. —La mano de Jeremy
apretó mi cintura. Miré el anillo de diamante en mi mano izquierda y se me
encogió el pecho. Mi padre se había sentido tan aliviado el día que Jeremy me
colocó el anillo en el dedo. Había estado tan preocupado por que me quedara
sola cuando se fuera. Jeremy había desterrado ese miedo.
»Te quiero, papá. Gracias por todo —susurré al micrófono.
1
Ocho meses antes…
CAGE
Era verdad. Iba a acabar la universidad. Gracias al béisbol tenía una beca
completa. A pesar de no ser SEC, iría a una universidad que forma parte de la
Asociación Nacional Atlética Universitaria. El único problema era que tenía
que mudarme a Tennessee. Eva se vendría conmigo. Yo haría que fuese
posible. Su padre no era mi mayor fan, pero la mandaría a la universidad de
Tennessee si ella se lo pidiera. Subí las escaleras que conducían a nuestro
apartamento de dos en dos. Estaba deseando verla. Tenía que decírselo. Iba a
conseguir un título universitario. Un día sería capaz de tener un trabajo de
verdad. No era el perdedor que su padre creía que era.
Abrí la puerta del apartamento. Eva estaba sentada en el piano cuando mis
ojos se clavaron en ella. Dejó de tocar y me sonrió. En ese momento, la vida
fue perfecta. Todo iba bien. Tenía a mi chica y sería capaz de ofrecernos un
futuro a ambos.
Ella me observó durante un momento y después se levantó y corrió hacia mí.
—Lo has conseguido —me dijo, alzando la vista hacia mí al tiempo que
envolvía los brazos en torno a mi cintura.
—Sí. Lo he conseguido —respondí, atrayéndola hacia mi pecho antes de
inclinar la cara para que mi boca entrase en contacto con la suya. Estaba
orgullosa de mí. Joder, qué buena sensación.
Disfruté de su sabor antes de apartarme y mirarla a los ojos. Adoraba sus
ojos. Cómo se iluminaban cuando estaba emocionada. Saber que yo había sido
el que había conseguido eso lo hizo incluso mejor.
—¿Dónde? —inquirió.
—Hill State —le dije. Su sonrisa no vaciló ni un instante. El pequeño resquicio
de miedo porque no la hiciera feliz o que no fuese a venirse conmigo
desapareció con su sonrisa.
—¡Oh, Cage! Me alegro mucho por ti. ¡Es lo que querías! ¡Lo has conseguido!
—Enredé mis manos en su pelo y acuné su cabeza.
—No, Eva. Tú eres todo lo que quería. Esto es solo una garantía de que puedo
proporcionarte la vida que te mereces.
Ella alzo las manos por mi pecho hasta juntarlas tras mi cuello.
—Aunque eso sea muy dulce, quiero que también lo hagas por ti. No solo por
mí. Es lo que querías. Lo has querido desde antes de que te conociera. No
olvides que llevabas trabajando en ello mucho antes de que yo apareciese en
tu vida.
Había veces que me sorprendía que no lo entendiese. En cuanto ella apareció
en mi vida, nada fue igual. Mis razones para hacer las cosas cambiaron. Mi
vida tenía un significado aún más grande.
—Tú eres el núcleo de mi vida, señorita. No lo olvides.
Su dedo viajó por mi pecho hasta detenerse sobre el piercing de mi pezón;
jugó con él a través de la camiseta.
—Eh, si intentabas conseguir quitarme la ropa con esa frase, felicidades, lo
has conseguido.
Reí mientras ella me subía la camiseta. Yo alcé los brazos para ayudarla. Ella
la tiró al suelo y me lanzó una sonrisa traviesa.
—Nunca me cansaré de esto. Lo sabes, ¿no? Ver tu cuerpo con piercings me
pone mucho, Cage York.
Cuando me hice el primer piercing en el pezón había sido meramente por
placer. Jamás hubiese imaginado que la pequeña y correcta Eva se fuese a
excitar con él. Me había hecho un piercing en el otro de buena gana. Si eso la
ponía cachonda, estaba más que dispuesto a ello.
—Yo tampoco me canso de que me hables así mientras me desnudas —gruñí,
alzándola y llevándola hasta nuestra habitación mientras ella se echaba a reír.
Su lengua jugueteó con mi pezón y yo gemí. Necesitaba desnudarla.
—Me gustó lo de la barra americana de la otra noche —me dijo mientras
miraba hacia la cocina.
Dejé de dirigirme hacia la habitación y en lugar de ello la llevé a la barra. Si
quería en la barra, allí sería.
—Qué te gustó más de lo de la barra, ¿eh? ¿Que te lamiese toda o que te
colocara las piernas sobre mis hombros mientras me introducía en ti?
Eva se estremeció entre mis brazos, avergonzada.
—Ambas. Siempre ambas.
—A mí también —respondí al tempo que la dejaba de pie en el suelo de la
cocina, le bajaba los pantalones cortos y después le quitaba la camiseta. No
llevaba sujetador. Era una regla: mientras estuviésemos en casa, nada de
sujetador ni de bragas. Sonreí y besé uno de sus pezones erectos antes de
colocar la mano detrás de su cuello y de volver a reclamar su boca.
Iba a funcionar. Sería digno del amor de Eva. Su padre estaba equivocado. No
sería su mayor error.
EVA
Me hallaba tumbada en brazos de Cage y lo observaba dormir. Tras haber
tenido sexo divertido y travieso con él en la barra americana, nos trasladamos
a la habitación, y ahí él fue de lo más dulce y atento conmigo. Estaba muy
entusiasmado. Estaba orgullosa de él. Para esto se había esforzado tanto. Yo
sabía que lo conseguiría, pero él no había estado tan seguro.
Al encontrarme libre de su escrutinio, dejé salir la preocupación que sentía.
No sabía si mi padre pagaría mi traslado a Tennessee con Cage. Aunque
consiguiera trabajo, no sería capaz de ir a menos que mi padre me ayudase
económicamente. Ya había aceptado a regañadientes mi decisión de estar con
Cage, pero solo eso. No lo aprobaba. Estaba seguro de que Cage me rompería
el corazón.
Necesitaba ir a hablar con él sin Cage. No serviría de nada hablar con Cage
sobre lo que me inquietaba sin antes hablar con mi padre. No quería que
Cage se preocupara cuando estaba tan feliz por lo que había logrado. Había
conseguido la beca. No necesitaba agobiarse por tener que llevarme a mí
también. Ese era problema mío.
Besé su hombro antes de desenredarme de sus brazos. Tenía que llamar a mi
padre y ver si quería comer conmigo mañana. Entonces hablaría con él. Él
quería que fuera a la universidad. Quizá le gustase la idea.
Cerré la puerta de la habitación despacio y salí para llamar a mi padre.
Quería estar lejos de Cage para que no se pudiese despertar y oírme. Me sentí
nerviosa bajo el bloque de apartamentos en el que vivíamos y que se
encontraba en la misma playa. Intenté centrarme en las olas y en la belleza
del golfo frente a mí.
—Ya era hora de que llamases a tu padre —me saludó con un gruñido. Lo
había llamado hacía dos días y había hablado con él. Lo llamaba a menudo.
Simplemente le gustaba protestar.
—Hola, papi. ¿Cómo va todo? —siempre le preguntaba primero. Ahora que
vivía en Sea Breeze, me sentía desconectada de la vida en la granja. Me
preocupaba por mi padre porque ni Jeremy ni yo estábamos allí para vigilarlo.
No es que fuera mayor, pero tampoco joven. Odiaba pensar que estaba solo.
—Bien. Grandullón ha muerto. Tuve que lidiar con eso ayer. Ahora que ya no
puedo seguir cuidándolo, he de viajar hasta la subasta de ganado y
reabastecerme. Ya es hora de vender a ese grupo. —Grandullón era un toro.
Uno muy viejo. Llevaba enfermo varios meses. Era el toro que Josh y yo
habíamos elegido hace años cuando solíamos ir a la subasta con papá. Mi
padre sabía que me había encariñado de las cosas que me conectaban a Josh y
por ello no lo había vendido. Cuando Josh murió, el toro se convirtió en algo
todavía más importante. Sentí una punzada de culpabilidad por no estar allí
cuando falleció.
—Tuvo una vida larga —le dije a mi padre, pero parecía que me lo estuviese
diciendo a mí misma. Como si me estuviese asegurando de ello. El tema de la
muerte todavía me costaba. El temor a perder a alguien más me atormentaba.
—Así es —fue lo único que respondió él—. ¿Cómo te van las cosas a ti,
pequeña? ¿El chico te sigue tratando bien?
A mi padre le costó dejar que me fuera con Cage. No creía que Cage fuera mi
«amor para toda la vida». No confiaba en él y eso me dolía. Quería que lo
quisiese tanto como yo. Pero me dijo que no era de los que sentaban la
cabeza.
—Las cosas van de maravilla. Pronto tendré los exámenes finales y tengo
ganas de que llegue el verano —exclamé con sinceridad. Mi padre estaba que
no cabía en sí de contento cuando dejé la pequeña universidad pública para ir
a la de South Alabama este año. Todavía no había elegido la carrera. Hubo un
tiempo en el que tenía mi vida planificada. Pero después, todo cambió cuando
Josh falleció.
—Jeremy volverá en dos semanas. Vino de visita la semana pasada cuando
estuvo en casa y me pidió trabajo para el verano.
Tuve ganas de suspirar de alivio al pensar que Jeremy estaría con mi padre
este verano. Necesitaba ayuda y saber que Jeremy lo acompañaría facilitaba
las cosas.
—¡Me alegro! No tendrás que pedir ayuda este año.
—El chico es un buen trabajador. Un buen hombre —exclamó papá. No era
una simple afirmación. Entendí a lo que se refería. Pero lo ignoré. Nunca
podría enamorarme de Jeremy como lo estuve de su hermano gemelo, Josh.
Josh Beasly había sido mi mundo. Jeremy solo era un buen amigo.
—Esperaba poder ir a comer contigo un día de esta semana e ir a visitarte —
dije, con ganas de ir directa al grano y cambiar de tema a la vez.
—Ya me preguntaba cuando me lo pedirías. Echo de menos esos bollos que
haces.
Sonreí con el corazón en un puño. Quería muchísimo a mi padre. A veces lo
echaba muchísimo de menos, aunque solo estuviera a una hora de camino.
—¿Qué te parece el jueves? —le pregunte, queriendo hacerlo cuanto antes.
No podría ocultarle mi preocupación a Cage durante mucho tiempo. Tendría
que comentárselo pronto a mi padre.
—Me parece bien. Jeremy vendrá el jueves. No tiene clase a partir del
miércoles y vendrá a pasar el puente. Quiere venir conmigo a la subasta de
ganado el jueves. —Bien. Que Jeremy estuviese allí ayudaría. Se pondría de mi
parte en esto.
—Vale. Te veré el jueves, papi. Te quiero —le respondí.
—Y yo a ti, pequeña —dijo él antes de colgar.
Me guardé el teléfono en el bolsillo y permanecí sin moverme mientras
miraba las olas. Todo iría bien. Jeremy me ayudaría a convencer a mi padre
de que esto era lo que necesitaba hacer… lo que quería hacer. Aunque
echaría de menos a mi padre, mucho, pero no podía separarme de Cage.
Quería estar con él. Eso superaba que echase de menos a mi padre.
—¿Estás bien? —la voz de Low me sobresaltó y me di la vuelta para ver que
estaba detrás de mí con una mueca preocupada en el rostro. Willow era la
mejor amiga de Cage; él la llamaba Low y todo el mundo hacía lo mismo.
Contarle lo que pasaba no era buena idea. Confiaba en ella, pero sabía que su
lealtad residía primero en Cage.
—Sí, solo disfrutaba del agua —respondí.
Low no parecía convencida pero sonrió. Su larga melena pelirroja ondeaba en
el viento, y una vez más recordé que estaría muy celosa de ella de no ser
porque estaba felizmente casada con Marcus Hardy, el antiguo compañero de
habitación de Cage. Yo no había sido testigo de cuando se conocieron, pero
por lo visto había sido «amor a primera vista». Cage se había peleado con
Low por ello, pero al final ella quería a Marcus.
—Había pensado venir y preguntaros a Cage y a ti si os apetece cenar en
nuestra casa. Preston y Amanda también vienen. Marcus y Preston se fueron
de pesca en alta mar este fin de semana y han traído mucho pescado. Vamos a
freírlo y nos encantaría que vinieseis. —Sabía que Cage se lo pasaría bien
visitando a sus amigos. Había estado tan ocupado con el béisbol que no había
tenido tiempo de ver a nadie excepto a Preston Drake, que jugaba en su
equipo. Preston era la razón por que Cage hubiese entrado a este círculo de
amigos. Había sido el círculo de Preston y cuando Cage y él se conocieron, el
primero había hecho que Marcus se mudase con él.
—Nos encantaría. ¿Qué puedo llevar?
—Cage farda de tus bollos. ¿Puedes hacerlos y esa tarta de chocolate que
hiciste hace varios meses cuando fuimos a veros?
Sonreí y asentí.
—Claro.
Low miró hacia las escaleras que llevaban al apartamento.
—¿Seguro que va todo bien? Sé que Cage a veces es un poco difícil, pero tiene
buen corazón y te quiere.
Negué con la cabeza e impedí que dijera nada más. La ansiedad que sentía
que tenía no era por Cage. Él era perfecto.
—Cage es maravilloso. Estaba al teléfono con mi padre. Necesito hablar con
él sobre el pago de la universidad el año que viene. Esas cosas.
Low pareció relajarse un poco.
—Vale, bien. Es que… no sé si ese chico podría sobrevivir sin ti. Desde que
entraste en su vida se ha transformado. Adora el suelo por donde pisas y no
quiero que la cague. A veces toma decisiones estúpidas, pero su intención es
buena.
Por momentos como este me acordaba de que Low era su familia. La verdad
era que ella era lo único que Cage tenía. Puede que no fuera mayor que Cage,
pero lo defendía como una hermana mayor. Hacía que le cogiera más cariño
aún.
—Lo quiero. Siempre lo haré —le aseguré.
Low sonrió.
—Bien. Siento haber parecido tan sobreprotectora —dijo ella.
—No esperaba menos. Me alegro de que te tenga.
2
CAGE
Esta noche algo no iba bien. No estaba seguro de qué, pero había algo raro.
Marcus parecía estar nervioso. Low parecía inquieta, y no pude concentrarme
en ninguno de los dos porque Eva parecía estar encerrada en sí misma. Le di
otro trago a la cerveza mientras me sentaba en el sofá y escuchaba a Preston
hablar sin parar sobre el partido de la semana que viene. Estaba conteniendo
las ganas de ir a por Eva a la cocina y arrastrarla hasta otra habitación para
averiguar qué pasaba.
Desde que me había levantado de la siesta y no la había visto conmigo, algo
me olía mal. Eva había sido todo sonrisas cuando me contó lo de la visita de
Low y la invitación de esta noche, pero estaba preocupada por algo. Quería
saber qué. Tenía que arreglar esta mierda. No quería que se preocupase por
nada.
—¿Cage? —la voz de Preston invadió mis pensamientos. Desvíe la mirada de
la puerta de la cocina y volví a centrarme en Preston. Ahora que estaba con la
hermana de Marcus, Amanda, estaba distinto. Antes era un casanova
conocido por acostarse con más de una tía en una noche. Pero bueno, esa
había sido la razón por la que conectamos tan bien. Yo también fui esa clase
de tío una vez.
—¿Qué? —pregunté más borde de lo que pretendía.
—¿Has visto ese partido que tiene el entrenador de los Buccaneers de la
semana pasada? Su lanzador es increíblemente bueno. —Jugábamos contra
los Buccaneers la semana que viene. A Preston le preocupaba mucho que
perdiéramos por primera vez esta temporada con ellos. Yo tenía asuntos más
importantes.
—Sí, lo vimos —le informé, luego dejé la cerveza en la mesa y me puse de pie.
Tenía que hablar con Eva. Esto me estaba volviendo loco.
—¿A dónde vas? —me llamó Preston. No respondí. Oí a Marcus decir algo,
pero los ignoré a ambos y me dirigí hacia la cocina.
Cuando abrí la puerta, mis ojos inspeccionaron la estancia hasta que
encontraron a Eva junto al fregadero, lavándose las manos, mientras Amanda
hablaba feliz sobre algo que les estaba contando.
Eva sonrió, pero pude ver que esa sonrisa no era de verdad. Su mente se
hallaba en otro sitio.
—Hola, Cage. —Amanda me lanzó una sonrisa de oreja a oreja. Eva giró de
inmediato el rostro y sus ojos se encontraron con los míos.
—¿Puedo robaros a Eva un minuto? —pregunté sin apartar la vista de ella.
Eva se secó las manos en una toalla que había junto al fregadero y miró a Low
y a Amanda.
—Volveré a mirar cómo van los bollos en un minuto —les dijo, y luego se
acercó a mí. Yo le tendí la mano, y cuando ella la aceptó, la guie hasta la
puerta trasera de la cocina. No quería volver a cruzar el salón. Preston hacía
demasiadas preguntas.
—¿Estás bien? —me preguntó Eva mientas yo cerraba la puerta. Me giré para
mirarla.
—Dímelo tú, porque no siento que estés bien. Algo va mal, nena, y necesito
saber qué es —le dije sin soltarla de la mano.
Eva hizo amago de decir algo, pero luego se detuvo. Cerró los ojos con fuerza
y soltó un suspiro de frustración. Tenía razón al decir que algo le pasaba. Me
acerqué a ella más que preparado para protegerla de lo que sea que estuviese
molestándola. Odiaba no saber cuándo necesitaba algo.
—¿Qué te pasa, cariño? Cuéntamelo para que pueda arreglarlo —susurré
soltándola de la mano, agarrándola de la cintura y acercándola todavía más a
mí.
Ella abrió los ojos y me miró con tristeza.
—No quería preocuparte. No te iba a contar nada. Pero me lees demasiado
bien, o yo soy malísima guardándome las emociones para mí.
No me gustaba lo que estaba oyendo.
—Voy a hablar con mi padre el jueves para ver si me puede pagar la matrícula
de la universidad el año que viene. No sé muy bien lo que va a decir.
Tennessee está muy lejos de aquí, y no estoy segura de que vaya a confiar
tanto en ti como para dejarme marchar tan lejos de buena gana. Sé que puedo
irme sin más sin su bendición y lo haré… pero necesito el dinero. Necesito
que me pague la matrícula. —Se le escapó un pequeño sollozo por la boca, así
que la cerró y murmuró una maldición. Era tan adorable. Habría sonreído de
no estar tan molesto por su preocupación.
—Si él no la paga, entonces lo haré yo, joder. No te preocupes. Puedo vender
el apartamento y usar el dinero para tu matrícula. No pasa nada. No quiero
que te preocupes por eso. No te voy a abandonar, Eva.
Las lágrimas se agolparon en sus ojos.
—Es que es eso, Cage. Tú tienes que ir. Es tu futuro. Es tu sueño. También me
niego a permitir que vendas tu herencia para pagar mi matrícula de la
universidad. Ese apartamento es tu garantía. No lo haré. No.
Acuné su rostro entre mis manos y le sequé las lágrimas con mis pulgares.
—No venderé el apartamento si tú no quieres, y voy a ir porque es nuestro
futuro. Mi sueño es tener una vida contigo, Eva. Esta beca es solo una
garantía de ese futuro. Nada más. Iremos los dos con o sin el dinero de tu
padre. Te lo prometo. Ahora deja de preocuparte. Yo lo haré posible.
—Vale —susurró ella.
—Confía en mí —le supliqué. Necesitaba que dejara de preocuparse.
—Lo hago. Con mi vida —respondió.
Era en momentos como este que me quedaba sin habla por que esta mujer me
quisiese tanto. Nunca me imaginé que alguien como ella estaría en mi vida. El
hecho de haber estado allí y de haberme querido y de no temer que me fuese
a dejar hacía que todo en mi vida fuese bien. Ella lo arreglaba todo.
Acerqué mi boca a la de ella y le di un mordisquito en el labio inferior antes
de deslizar mi lengua dentro para saborearla. Mi mundo siempre se centraba
cada vez que la tenía entre mis brazos.
Eva se separó en cuanto introduje mis manos bajo su camisa. La sonrisa en
sus labios era una de verdad.
—Cage, se supone que debemos estar dentro con nuestros amigos. No aquí
fuera, dándonos el lote —dijo.
—Joder, ¿y por qué no? Darnos el lote es muchísimo más divertido que hablar
con esos idiotas —respondí antes de besarla en la comisura de la boca y de
agarrar uno de sus pechos con la mano.
—Cage, para —me pidió con la voz ronca, la cual me decía que la estaba
excitando. Mierda, ahora quería marcharme—. Hemos de comer con ellos.
Creo que Low quiere contarnos algo. Está muy emocionada.
Low y Marcus también llevaban comportándose de un modo un tanto raro.
Ahora lo recordaba. Saqué de mala gana la mano de debajo de su camisa y
busqué la suya para entrelazar los dedos con ella.
—Vale, volvamos ahí dentro, pero voy a estar pensando en este coñito tuyo
toda la cena —contesté con un guiño.
EVA
Estaba pasándolo realmente mal durante la cena. Cage no dejaba de deslizar
su mano entre mis muslos, y estaba empezando a pensar que haberme puesto
esta falda había sido mala idea. Cada vez que le apartaba la mano, me
dedicaba una sonrisa traviesa tan ridículamente sexy que era un milagro que
pudiese decirle que no.
—Sabes que quieres abrirte para mí —me susurró Cage al oído. Me estremecí.
Maldito sea.
Sentí un dedo subir por mi pierna y deslizarse por debajo de la falda. De
verdad que era un chico muy malo. No creía que esa parte de él cambiara
nunca.
—Déjame entrar bajo esas braguitas mojadas. —Su susurro casi inaudible sí
que estaba, efectivamente, haciendo que mojara las bragas. Iba a terminar
dejando que me poseyera en el cuarto de baño antes de que terminase la
cena.
—¿Qué le estás haciendo, tío? Joder, está toda roja —dijo Preston desde el
otro lado de la mesa. La cabeza de Cage se movió bruscamente en dirección a
Preston, y yo me sentí entre humillada ante el hecho de que todos supiesen lo
que estaba pasando, y asustada por que Cage fuese a pegarle.
—No sé de qué narices me estás hablando, pero lo que sí sé es que no estás
avergonzando a mi chica. Porque de ser así, te daré una paliza.
Preston simplemente se rio entre dientes, pero pude observar la expresión de
pavor en los ojos de Amanda.
—Vale ya, los dos. Es suficiente. Preston, cállate, y Cage, cálmate. Menudos
psicópatas —dijo Marcus, sentado a la cabecera de la mesa.
Al menos ya no tenía ganas de llevarme a Cage y follármelo en el baño.
—Antes de que Cage y Preston lleguen a los puños en la mesa, quiero decir
algo —intervino Low, sonriéndole a Marcus. Esa mirada de adoración ya
revelaba lo que iba a decir antes de que lo dijera siquiera. Ya sabía el porqué
de esta cena. Alargué el brazo y apreté la mano de Cage.
—Fui ayer al médico. Vamos a tener un bebé —terminó Willow con la sonrisa
más enorme que haya visto nunca.
Preston soltó un grito de alegría.
—Joder, chicos. Eso es genial.
Amanda se levantó de la silla de un salto y corrió a abrazar a Low, y luego se
lanzó a los brazos de su hermano. Observé cómo Marcus le sonreía a su
hermana y se reía de sus lágrimas de felicidad. Al principio cuando se enteró
de que estaba saliendo con su mejor amigo, se enfadó muchísimo. Pero ahora
todos se llevaban estupendamente. También ayudaba que Preston adorara el
suelo por el que ella pisaba. A Marcus le gustaba eso.
Low miró a Cage por primera vez. Me preguntaba cómo se lo iba a tomar.
Sabía que me amaba, pero a ella también. Aunque era distinto. Me apretó la
mano y luego la soltó antes de ponerse de pie y de rodear la mesa para
estrechar a Low entre sus brazos y abrazarla. Vi cómo le susurraba algo al
oído y ella se rio. Al principio no entendía su relación. Era difícil de aceptar.
Con el tiempo me di cuenta de que, aunque no estuviesen emparentados, sus
corazones sí lo estaban. Y eso era algo que sí podía llegar a entender. Yo me
sentía igual con respecto a Jeremy. Había crecido con Jeremy y con Josh
Beasley. Aunque mi corazón siempre había pertenecido a Josh, sí que quería a
Jeremy como si fuésemos familia. Cuando Josh falleció, lloré su muerte con
Jeremy. Compartíamos ese vínculo. Así que lo de Willow y Cage era
completamente comprensible. Los dos no habían amado a la misma persona y
la habían perdido, sino que habían luchado por vivir y sobrevivir juntos. El
abandono de sus familias mientras crecían fue más fácil de sobrellevar porque
se tenían el uno a la otra. Perder a Josh me había roto por dentro, pero
también lo hizo con Jeremy. Josh había sido su hermano gemelo. Su otra
mitad. Nos aferramos el uno al otro para sobrevivir.
Mi corazón estaba henchido de orgullo. Cage tenía unos amigos maravillosos.
Todos y cada uno de ellos me habían aceptado en su grupo con los brazos
abiertos.
Verlos tan felices por Low y Marcus hacía que se me hinchase el corazón.
Me puse de pie y me acerqué a Marcus para darle la enhorabuena, y luego me
giré hacia Low al mismo tiempo que Cage la soltaba.
—Enhorabuena —le dije y la abracé—. Serás una madre fabulosa. —Ya era
una tía fabulosa. La había visto con Larissa, su sobrina.
—Gracias. Me alegro muchísimo de que Cage te tenga ahora —susurró.
Por eso estaba preocupada por nosotros. Sabía que su vida estaba a punto de
cambiar de forma drástica, y ya no podría seguir siendo el hombro sobre el
que llorar de Cage. Me necesitaba.
Los brazos de Cage se deslizaron alrededor de mi cintura, y me estrechó
contra su costado. Me acurruqué contra él a la par que Preston le daba una
palmadita a Marcus en la espalda y lo llamaba «papá». Amanda ya estaba
preguntándole a Low nombres para el bebé, y yo disfruté observando toda la
escena. Esto era la felicidad. Ser parte de ella era una experiencia
impresionante.
—¿Eres feliz? —le pregunté a Cage al tiempo que alzaba la mirada para
mirarlo a los ojos.
Él me correspondió.
—Completamente. Cuando éramos unos críos, siempre pensé que solamente
nos tendríamos el uno al otro. Pero tuvimos suerte. Low encontró a Marcus, y
yo te encontré a ti.
Deposité un beso en su pecho y volví a mirar a los demás. Aunque mi padre no
me ayudase a irme a Tennessee, encontraríamos la forma. Marcus y Low
habían superado algo mucho complicado que el dinero y la distancia, y
míralos ahora.
3
EVA
Desde el porche de casa de mi padre, observé el terreno familiar que crecí
adorando. Se me venían a la cabeza tantos recuerdos. Una vez, esos
recuerdos solo habían sido para Josh, mi amor de la infancia, mi prometido, y
ahora soldado caído. Había sido todo mi mundo incluso después de su muerte;
hasta que Cage York apareció en mi vida, tan fanfarrón y pícaro como es él.
Era todo lo opuesto a Josh, pero me enamoré de él igualmente. Sonriente,
levanté mi taza de té con azúcar y le di un sorbo. Estaba esperando a que mi
padre regresara de su viaje al matadero. Habíamos quedado para comer
juntos hoy, pero su nuevo mozo de labranza había caído enfermo esta
mañana. Ya casi había llegado aquí cuando mi padre me llamó para cancelar
la cita, así que decidí venir y disfrutar de la paz y la tranquilidad durante un
rato.
Quería quedarme y ver hoy a mi padre. Al principio me resultó difícil dejarlo.
Cuando murió mi madre, yo todavía era muy joven. Juntos nos hicimos más
fuertes, pese al dolor y a la pena. Abandonarlo me había hecho sentir
culpable, pero ya era hora de independizarme. No podía quedarme con él
para siempre.
—Ya me sonaba familiar ese Jeep aparcado delante de la casa —dijo la voz de
Jeremy desde el jardín. Volteé la cabeza y vi al hermano gemelo de Josh de pie
bajo el arce con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón,
sonriéndome. No lo veía desde sus vacaciones de Navidad de la universidad.
Dejé el vaso sobre la baranda de madera del porche y bajé los escalones.
Jeremy abrió los brazos para que saltase a ellos. Él había formado parte de mi
infancia tanto como Josh. Los tres habíamos sido inseparables. Cuando Josh
falleció, Jeremy y yo nos aferramos el uno al otro. Conseguimos salir adelante
juntos. No me di cuenta de que Jeremy estaba más que preparado para
continuar con su vida hasta que Cage no entró arrasando en la mía. Se podría
decir que Cage nos había salvado a ambos.
Los brazos de Jeremy me envolvieron y me levantaron del suelo.
—¡Estás en casa! ¡No sabía que vendrías a casa esta semana! Pensaba que te
quedaba otra semana más antes de poder volver —dije mientras lo estrechaba
con fuerza. Lo había echado de menos. Ver su rostro siempre me resultaba
agridulce. Se parecía muchísimo a Josh.
—El semestre ya ha terminado. Ya me toca disfrutar de las vacaciones de
verano. ¿Qué estás haciendo aquí? —me preguntó a la par que me dejaba en
el suelo frente a él.
—Vine a almorzar con papá. Pero se ha ido al matadero. Su ayudante lo llamó
esta mañana y le dijo que estaba enfermo.
Jeremy bamboleó las cejas de forma seductora.
—¿Por qué no almuerzas entonces conmigo?
—Me encantaría. Tengo una ensalada de pollo en la nevera, mazorcas de maíz
y frijoles de ojo negro, y bollos en la hornilla, para que no se enfríen. Más que
suficiente para mi padre y para mí. Entra y comemos, y así me cuentas
cuántos corazones has roto este año.
Detecté un brillo de inquietud en los ojos de Jeremy que la mayoría de las
personas no verían, pero bueno, ellos no habían crecido con él. Lo conocía
demasiado bien. Y como lo conocía muy bien, decidí dejarlo correr por el
momento. Ocultaba algo, y yo iba a dejar que siguiese así.
—¿Tu ensalada de pollo casera? —preguntó con satisfacción.
—Sí.
—Genial —respondió, y subió los escalones sin esperarme.
Esto me gustaba. Últimamente había echado de menos mi casa… a mi padre…
a Jeremy… el pasado. No porque no fuese feliz con Cage, que lo era,
muchísimo. Pero no sentía que pudiese hablar con él de mi hogar. Cage y mi
padre no se hablaban. Cuando estaban en la misma habitación, era incómodo.
Aunque Cage no lo mencionara, sabía que seguía preocupado por no llegar a
la altura de Josh. Si le mencionaba a Josh en algún momento, la expresión en
el rostro de Cage lo decía todo. No podía ser abierta con él con todo.
Nos serví a ambos un plato y me senté a la mesa frente a Jeremy. Habíamos
comido juntos en esta mesa desde que era una niña pequeña. Me gustaba
seguir compartiendo momentos como este.
—Cuéntame qué tal la universidad. ¿Te has enamorado locamente ya?
Jeremy me miró, luego volvió a bajar la mirada hasta su plato, y seguidamente
se metió una cucharada de frijoles en la boca. Supongo que ese tema no era
algo de lo que quisiese hablar. Lo cual significaba que teníamos que hablar de
ello. Josh siempre había sido el encargado de hacer hablar a Jeremy siempre
que este tenía un problema. Yo observé su dinámica durante años. Conocía a
Jeremy tan bien como a Josh.
—Habla conmigo, Jer —dije al mismo tiempo que dejaba mi propio tenedor
sobre el plato y me lo quedaba mirando fijamente.
Él soltó un suspiro y negó con la cabeza.
—No hay nada de lo que hablar.
—Sí, y yo me lo trago. No puedes mentirme —respondí.
Jeremy se echó hacia atrás en la silla y me correspondió la mirada.
—Está bien. No creo que la vida universitaria sea para mí. Pensaba que eso
era lo que quería. Me moría de ganas de salir de aquí… Ya sabes, de este
pueblucho. Pero lo echo de menos. Muchísimo. Echo de menos levantarme
temprano y salir antes de que el rocío se haya secado. Echo de menos el olor
de la tierra y trabajar con el sol en la espalda mientras termino mis tareas.
Durante muchísimo tiempo he querido abandonar esa vida y ahora sé que es
mi hogar. Es quien soy.
Entendía algunas de esas cosas. Yo también echaba de menos la tierra. Puede
que no tanto como él, pero formaba parte de ambos.
—Entonces múdate de nuevo aquí. Si esta es la vida que quieres, vuelve a
casa.
Pude ver la expresión dividida en sus ojos.
—Quiero… pero mi madre está muy orgullosa de mí. Por primera vez en la
vida, actúa como si estuviese igual de orgullosa de mí como lo estuvo de Josh.
Quería a mi hermano, lo sabes, Eva, pero nunca fui tan bueno como Josh a
ojos de mi madre. Ella lo adoraba. Él era a quien todos querían. —Hizo una
pausa y bajó la mirada hasta el suelo—. Entiendo por qué. Yo también lo
quería. Pero me gusta sentir por una vez que estoy haciendo algo que la
enorgullece, aunque no quisiera que fuese de primera hora. Ahora se alegra
de que lo hiciese.
Me incliné sobre la mesa y me quedé mirando a Jeremy muy fijamente hasta
que él no tuvo más remedio que levantar la vista hasta mí.
—Jeremy Beasley, escúchame, y me refiero a que me escuches de verdad. Tu
madre te tiene en un pedestal. Te adora tanto como adoraba a Josh. ¿Cómo no
iba a hacerlo? Al fin y al cabo, tú fuiste la razón por la que todos (yo, tu
madre, tu padre, todos) lloráramos a Josh, y estuviste ahí para llenar el hueco.
Cuando eras tú el que tendrías que haber estado llorando y viniéndote abajo,
nos mantuviste a todos a flote. Tú, Jeremy. Tú. Si decides que quieres volver a
casa y vivir aquí y tener esta vida, tu madre estará encantada. Ella quiere
tenerte cerca, Jer. Pero más que nada, quiere que seas feliz. ¿No lo ves?
Quiere que tengas la oportunidad de vivir. Quiere que vivas la vida que tu
hermano no pudo disfrutar.
Una pequeña sonrisa curvó las comisuras de los labios de Jeremy. Era una
sonrisa torcida que me recordaba muchísimo a la de Josh.
—Me alegro de que estuvieses hoy aquí. Necesitaba que me dijeras las cosas
de frente. Siempre se te dio bien —bromeó Jeremy.
—Todos tenemos nuestros talentos —repliqué y le guiñé un ojo antes de coger
un bollo.
—¿Cómo te van las cosas con Cage? —preguntó Jeremy antes de probar otro
bocado de su comida.
—Bien… no, genial. Ha conseguido una beca completa de béisbol para Hill
State en Tennessee. Estoy muy orgullosa de él.
Jeremy frunció el ceño.
—¿Y cómo lo vais a hacer? No me imagino a York yéndose sin ti. La última vez
que os vi, el muchacho estaba bastante encariñado de ti.
El miedo que me carcomía por dentro regresó. Quería creer lo mejor, pero lo
cierto era que había una posibilidad de que mi padre dijese que no. ¿Y si decía
que no?
—Me voy a ir con él —respondí. Decidí que si lo hablaba en voz alta puede
que se hiciese realidad.
—Vaya, ¿en serio? No creo que a tu padre le vaya a hacer mucha gracia que
te vayas con Cage.
No era lo que necesitaba oír en ese momento. Me las arreglé para encogerme
de hombros con indiferencia.
—Puede que no, pero le quiero.
—Y cuando Eva quiere a alguien, lo quiere con todas sus fuerzas y su corazón.
Lo sé. Lo he visto en acción —dijo Jeremy con una sonrisa triste que no llegué
a entender ni quise investigar. Fue extraña.
CAGE
Volví a bajar la mirada al teléfono por tercera vez en menos de diez minutos.
Se estaba haciendo tarde. Eva me había mandado un mensaje diciendo que
volvía de casa de su padre hacía más de una hora. No quería mandarle ningún
mensaje mientras estuviese conduciendo, por miedo a que se distrajera con el
teléfono y dejase de mirar la carretera. Si no llegaba en diez minutos, iba a ir
en su busca.
—Relájate. Joder, por fin puedo estar contigo a solas durante más de diez
putos minutos, y lo único que has hecho es quedarte sentado, regodeándote
en tu pena y mirando el móvil. Yo quiero a Manda con locura, pero hasta
nosotros necesitamos descansos el uno del otro de vez en cuando. Has de
aprender a respirar sin ella bajo el brazo a todas horas. —Preston me fruncía
el ceño desde el otro lado de la mesa en Live Bay, donde había quedado con él
y con Dewayne para oír tocar a Jackdown. Eva sabía dónde me encontraba e
iba a venir directamente hacia aquí.
—Cállate —le gruñí a Preston. Él se colocó un mechón de pelo rubio detras de
la oreja y juro que dos chicas se acercaron a nuestra mesa por eso. El tío y su
pelo eran un puto imán para las chicas. Lo cual era molesto a más no poder,
porque la mayoría venía en parejas y una siempre me miraba a mí. No me
interesaba. Nunca lo haría.
—Hola, Preston, ¿estás solo esta noche? —dijo una de ellas mientras le ponía
en la cara sus pechos de talla cien.
—Puede que mi chica no esté aquí, pero sigo sin estar disponible. Id a ligar a
otra parte —respondió y las despachó con el movimiento de una mano. Yo ni
siquiera hice contacto visual con ellas. Mis ojos estaban fijos en la puerta,
expectantes por que entrara Eva.
—La próxima vez mándamelas a mí —dijo Dewayne a la par que dejaba su
cerveza en la mesa y se sentaba a mi lado—. Me voy tres malditos minutos y
me pierdo eso. Necesito una puta distracción. Ellas me habrían valido. Las
dos.
—Ve a por ellas. Estoy seguro de que se te echarán encima con esa apariencia
de tío tatuado, con piercings, rastas y cuero que tienes. Das miedo, D. Te hará
falta más de una Barbie Malibú para quedar satisfecho, tío. —Preston había
resumido a Dewayne bastante bien. Era un tipo duro. A las mujeres les
gustaba, pero luego les gruñía y salían todas corriendo.
—Tienes razón. Esas dos no habrían podido conmigo. Ni siquiera juntas.
No era la imagen mental que necesitaba. ¿Dónde narices estaba Eva?
La puerta se abrió y de repente entró como si la hubiese invocado con mi
desesperación. Tenía su largo pelo oscuro suelto y revuelto, y le caía sobre los
hombros. Los pantalones cortos que llevaba habían sido sus vaqueros
favoritos en el pasado. Los había cortado, y aunque estaba absolutamente
preciosa, los había dejado demasiado cortos. La camiseta ceñida que tenía
puesta era la que se había comprado para llevar a mis partidos el año pasado.
Tenía mi número.
Dewayne silbó por lo bajo
—Madre mía, York, cuando decides sentar la cabeza sabes cómo elegirlas,
¿eh? Porque menudo…
—No. Termines. Esa. Frase —lo corté antes de que pudiese cabrearme por
completo. Si Dewayne la estaba mirando, también lo hacían todos los
hombres en este maldito bar. Me puse de pie de un salto y fui a reclamar lo
que era mío.
—¡Ve a por ella! —gritó Preston al borde de la risa. El imbécil sabía lo que se
sentía cuando todos miraban a tu chica. Y él lidiaba con la situación tan bien
como yo. Es solo que se comportaba como un auténtico gilipollas cuando
quería.
—Hola. —Los ojos de Eva se iluminaron cuando me vieron aparecer entre la
multitud.
No respondí. La necesitaba antes. La estreché contra mí y le lamí el labio
inferior antes de deslizar la lengua en su boca con fervor. Había echado de
menos su sabor hoy. Había tardado demasiado en volver. Eva, riéndose por lo
bajo, se separó antes de que me olvidase por completo de dónde estábamos, y
me sonrió.
—Yo también te he echado de menos —me dijo.
—Con locura —le aseguré. No había pensado en otra cosa mientras no estaba.
—Mi padre dijo que me pagaría la matrícula de la universidad.
No tenía intención de irme a Tennessee sin ella. Había estado más que
dispuesto a hacerlo realidad, o no ir directamente. Pero oírla decir que no
tendríamos que superar ese obstáculo fue como si me levantaran un enorme
peso de encima. Ahora podía respirar hondo.
—Joder —gruñí, y la apreté contra mí—. Te necesito. Ya.
Estaba más que listo para llevármela fuera y celebrar. Eva, no obstante, hizo
un puchero, lo cual significaba que quería hacer algo distinto y como estaba
siendo adorable, podría salirse con la suya.
—Vamos a bailar primero —me sugirió ella agarrándome del brazo y
arrastrándome hacia la pista de baile llena de cuerpos sudorosos. Jackdown
todavía no estaba tocando, así que el DJ seguía teniendo el control de la
música. El Hot in herre de Nelly empezó a sonar, y Eva me miró con una
sonrisa traviesa. Estaba en problemas. Puede que terminásemos follando en
el maldito Mustang.
Dejé que me llevara hasta el centro de la pista y observé cómo me acariciaba
el pecho con las manos, deteniéndose en mis dos pezones perforados, antes
de empezar a moverse de forma que solo querría que hiciera en la privacidad
de nuestro apartamento. Joder.
Cuando empezó a deslizar su cuerpo por el mío hasta quedar agachada en el
suelo con la boca a la altura de mi cremallera, decidí que no llegaríamos a la
siguiente canción. La agarré por los hombros y tiré de ella hacia arriba. Ella
echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Mi chica traviesa quería
jugar. Muy bien. Jugaríamos.
Introduje una pierna entre las suyas y me pegué a esos diminutos pantalones
que llevaba puestos. Luego agarré su culo prieto y la estreché más aún contra
mí antes de empezar a mover las caderas a ritmo de la música. El fuego de
sus ojos apareció de inmediato. Eva colocó las manos sobre mi pecho y cerró
los ojos. Cuando relajó la boca y esta se abrió ligeramente, supe que había
tenido suficiente. La agarré de la mano y la alejé de la pista de baile en
dirección a la puerta.
Cuando salimos a la cálida brisa de la noche, el pulso se me aceleró aún más.
Íbamos a hacer el amor en el Mustang. No sería capaz de esperar.
—¿A dónde vamos? —me preguntó Eva sin aliento.
—A mi coche —respondí, tirando de su mano hasta llegar al oscuro
aparcamiento—. Ya estaba empalmado cuando entraste. No necesitaba más
estímulo.
Abrí la puerta del lado del copiloto de un tirón. Tumbé el asiento todo lo
posible, luego lo deslicé hacia atrás y me senté. Seguidamente la coloqué
sobre mi regazo y cerré la puerta.
—En mi coche, nena —gruñí a la par que colocaba una mano en su nuca para
atraer su boca hacia la mía y así poder invadirla con la lengua tal y como
estaba a punto de hacer con su cuerpo—. Malditos pantalones cortos. Son
demasiado cortos —murmuré contra sus labios.
Ella se sentó a horcajadas encima de mí; colocó las rodillas a ambos lados de
mis piernas y pegó su sexo contra mí. Incluso a través de los vaqueros podía
sentir lo preparada que estaba ya. Deslicé las manos por debajo de su
camiseta y le desabroché el sujetador; le dejé la camiseta puesta en caso de
que alguien viniese. No quería que nadie viese sus tetas. Eran mías. Solo
mías. Le di pequeños mordisquitos en el cuello y en los hombros. Eva sabía
muy bien. En todas partes.
—Cuando lleguemos a casa, voy a disfrutarte. Poco a poco. Pero ahora mismo,
necesito estar dentro de ti. Quítate esos pantalones.
Eva se echó hacia atrás y vi que tenía los ojos entrecerrados por el deseo. La
observé mientras se desabrochaba los pantalones y se los quitaba junto con
las bragas contoneándose sobre mi regazo.
Alargué los brazos y la ayudé a deshacerse de ellos.
—Échate hacia atrás —susurré, colocándola bien sobre mi regazo de manera
que su espalda quedase pegada contra mi pecho. Abrí sus piernas y le
acaricié el interior de sus muslos. Su piel era tan suave… siempre me
fascinaba.
—Por favor, Cage —me suplicó justo cuando mis dedos empezaron a
atormentar la unión entre sus piernas sin apenas rozar su sexo.
—¿Por favor qué, nena? Dime —exclamé a la par que apoyaba la cabeza sobre
mi hombro y soltaba un suspiro de frustración, lo cual me hizo sonreír.
—Tócame.
—Será todo un placer —respondí antes de deslizar un dedo entre sus pliegues
húmedos, que la hizo sacudirse sobre mi regazo. Estaba más que preparada
para mí. Deslicé un dedo en su interior unas cuantas veces y dejé que
disfrutara de la hermosa tortura antes de que yo no pudiese soportarlo más.
La puta cremallera se me estaba clavando en la polla. Tenía que aliviarme un
poco.
Envolví un brazo alrededor de su cintura y la alcé un poco mientras me abría
los vaqueros y los bajaba con la otra mano hasta que por fin estuve libre de mi
confinamiento. No tenía condón, pero no nos hacía falta. Me había hecho las
pruebas y salía completamente limpio, y Eva se estaba tomando la píldora.
—Ábrelas más —le dije mientras la colocaba mejor sobre mi regazo.
Guie mi pene hasta la cálida humedad que sabía que me enviaría al cielo con
tan solo un movimiento.
—Ve bajando, Eva —le indiqué, y Eva estampó sus caderas contra las mías
con brusquedad. Ambos gritamos de placer mientras su cuerpo se ajustaba a
mí miembro.
—Joder —gemí. No había esperado que estuviese tan ansiosa—. ¿Lo quieres
duro esta noche? —pregunté.
—Sí. Quiero que me folles sin reservas —susurró ella, apoyándose en mis
muslos para volver a alzarse.
—Sigue hablándome así y voy a explotar muy rápido —solté otro gemido
cuando Eva volvió a dejarse caer con fuerza. No bromeaba cuando decía que
lo quería duro esta noche. Si mi chica quería sexo duro, eso es lo que le daría.
Deslicé una mano entre sus piernas y le sacudí el clítoris, lo cual hizo que ella
profiriese un grito de sorpresa.
—Oh, sí —gimió.
—Cabálgame, nena, y haré que tu coño se empape de felicidad —le dije y la
sentí estremecerse.
—Ay, Dios, Cage. Voy a correrme ya como sigas tocándome.
Me reí contra su oreja.
—Eso es bueno, porque como sigas moviéndote así voy a explotar muy pronto.
Y más hablándome así.
Ella giró la cabeza para mirarme. Pude ver un destello pícaro en ellos. Estaba
excitada. Justo se lo acaba de decir y ella iba a comprobarlo. Mierda. Volvió a
levantar su trasero y yo apreté su clítoris justo cuando volvía a caer sobre mí.
Su enorme grito de placer me hizo sonreír.
—Voy a correrme. Joder, qué bien. Me siento tan bien contigo en mi interior.
Quiero sentir cómo te corres dentro. Córrete conmigo, Cage —me suplicó.
Estaba muy cerca. Volví a acariciar su clítoris con el pulgar unas cuantas
veces más y su cuerpo empezó a temblar. La agarré de la cintura, la levanté y
comencé a controlar el ritmo de los movimientos. Cuando su orgasmo dio
comienzo, las convulsiones de sus paredes vaginales provocaron el mío y
ambos nos unimos en la liberación de nuestro placer.
Envolví su cintura con mis brazos y la abracé contra mí mientras su cuerpo se
sacudía con cada ola que la consumía. Poco a poco comenzó a relajarse
encima de mí. Yo seguía hundido en ella. Todavía no quería salirme; me
gustaba sentir su calidez.
—Te quiero —me dijo sin aliento.
Ella era mi hogar.
4
EVA
Las dos semanas siguientes pasaron deprisa. Cage acabó la temporada con
los Hurricanes y yo aprobé todos mis exámenes finales. Nos iríamos a
Tennessee dentro de dos días para buscar apartamento y Cage tenía que
reunirse con el equipo y su entrenador. Empezaría a entrenar con ellos el mes
que viene.
Aunque aún quedaba mucho tiempo para la siguiente temporada, iban a darle
caña para ponerlo en forma para jugar a nivel universitario. Yo estaba
preparada y me alegraba por él. Nunca lo había visto tan animado. Y por lo
visto tanto ánimo lo ponía cachondo a más no poder, lo cual no pensé que
fuera posible. Era raro que al pasar por su lado no me estampase contra una
pared o me dejase despatarrada sobre las cajas de la mudanza. Adoraba su
entusiasmo y era difícil no contagiarse de él.
Hoy me tocaba preparar mis cosas y Cage se había ido a cambiar el aceite y a
que le revisaran el coche para el largo viaje de este fin de semana. Yo tenía
planeado ir a ver a mi padre mañana. Quería pasar tiempo con él antes de que
nos marchásemos. Volvería en un mes para verlo, pero estaba acostumbrada
a que nos viésemos una vez a la semana. Echaría de menos eso.
Mi móvil sonó mientras colocaba cinta adhesiva en otra caja. El nombre de
Jeremy iluminó la pantalla y cogí el aparato para responder rápido. Jeremy
nunca llamaba.
—¿Sí?
Hubo una pausa. Se me formó un nudo en el estómago.
—¿Jeremy? —pregunté al ver que no respondía.
—Eva. Hola. Yo… Tienes que venir a casa. Tenemos que hablar.
¿Tenemos que hablar?
—¿Qué? Me estás asustando, Jer. ¿Qué pasa?
—Yo… he hablado hoy con tu padre. Necesita que lo lleve al médico otra vez.
Está enfermo, Eva. Tienes que venir a casa. Volveremos sobre las cinco. Ven a
hablar con él.
¿Enfermo? Lo había visto la semana pasada. Estaba bien.
—¿Qué le pasa? —inquirí al tiempo que cogía mi bolso y las llaves.
—Eva, no quiero hablar de esto por teléfono. Iría para allá, pero tu padre
necesita que esté con él. Ven y hablaremos.
Tenía el corazón a mil por hora mientras cerraba la puerta del apartamento y
bajaba las escaleras para dirigirme al aparcamiento.
—¿Llamo a una ambulancia? —pregunté al tiempo que mil horribles
situaciones se me pasaban por la cabeza. ¿Estaba teniendo un ataque al
corazón?
—No. No la necesita. No es ese tipo de enfermedad. Te necesita a ti, Eva. Lo
voy a llevar al hospital del condado para que le intervengan. No quiere que lo
sepas, pero hoy lo he encontrado inclinado y estaba… vomitando… estaba
vomitando sangre, Eva.
Fue como si el corazón se me detuviera de golpe. ¿Vomitando sangre? Eso no
era normal. Dios, no era nada normal. Los ojos se me llenaron de lágrimas
mientras encendía el motor y salía a la carretera.
—¿Cuándo iréis al hospital? —pregunté nerviosa. Necesitaba volver con mi
padre—. Tiene que ir ya —exploté.
—Ahora mismo se está cambiando de ropa. Yo estoy fuera esperando y nos
dirigiremos allí.
—Entra con él, Jer. Por favor. Entra con él. —No podía reprimir los sollozos—.
No lo dejes solo. Os veré en el hospital. Date prisa, Jeremy. Date prisa, por
favor —le rogué.
—Conduce con cuidado. Voy a entrar a echarle un vistazo. Yo me ocupo, Eva.
Nos vemos allí. Lo arreglaremos. Te juro que lo haremos.
Las palabras de Jeremy no lograron disipar mi miedo lo más mínimo. Mi papi,
mi padre, tan fuerte e invencible, estaba vomitando sangre. ¿Qué significaba
eso? ¿Por qué se vomita sangre?
No podía venirme abajo. Tenía que ser fuerte. Tenía que mostrarle que creía
que todo iría bien. Si me veía llorar, se preocuparía por mí. Eso era lo que
menos necesitaba. Reprimí un sollozo y respiré hondo varias veces.
Tendría que decírselo a Cage. Me buscaría. Marqué su número y esperé.
Sonaron dos tonos.
—Hola, nena —saludó alargando las palabras. La tranquilidad y felicidad que
noté en su voz solo hizo que me picasen más los ojos.
—Voy al hospital. Mi padre está enfermo. Jeremy me ha llamado. Tengo que ir
—conseguí explicarle entre unos pocos sollozos.
—¿Dónde estás? Puedo llevarte yo. No vas a conducir así. —Oí que se movía.
Probablemente se dirigiese a su coche. No podía esperarlo. Adoraba que
quisiera venir conmigo, pero no podía esperar.
—Ya he salido. Tengo que ir. No puedo esperar. Ha vomitado sangre. Él —
hipé— él iba a ir hoy al hospital para una intervención. Le pasa algo y no me
lo ha dicho. No puede ser bueno. No puedo perder a mi padre, Cage. No
puedo. —Sollocé descontrolada.
—Lo sé, nena. Se pondrá bien. Tenemos que creer que se pondrá bien. Por
favor, para y deja que vaya hasta allí. Conducir así es peligroso. Necesito que
te calmes. Por favor, por favor, cálmate y aparca. —Su ruego asustado fue
difícil de ignorar. Pero tenía que ir con mi padre. No podía hacerle caso en
esto.
Traté de reprimir las lágrimas.
—Estoy bien. Lo estoy. No puedo parar. No puedo, necesito llegar.
Cage soltó un taco por lo bajo.
—¿Qué hospital?
—El del condado —respondí.
—Voy de camino. Ten cuidado. Ten cuidado, por mí y por tu padre —me rogó.
—Lo tendré. Lo prometo —le aseguré.
—Te quiero.
—Yo también. Siempre —le respondí antes de colgar. Agarré el volante con
las dos manos y me centré en llegar al hospital mientras comenzaba a rezar.
Me hallaba dando vueltas por la entrada del hospital cuando divisé la
camioneta de Jeremy entrar en el aparcamiento. No sabía si le había dicho a
mi padre que iba a venir. De igual forma se cabrearía. Era obvio que no
quería que yo lo supiera.
Esperé a que llegasen a la puerta antes de saludarlos. El ceño fruncido de mi
padre al verme no fue una sorpresa. Jeremy le había advertido de que yo
estaría allí. Bien.
—El muchacho no tendría que haberte llamado. Iba a hablar contigo antes de
que te fueras. Solo quería esperar a que tuvieras tu nueva vida encaminada y
estuvieses lista para seguir adelante para explicártelo —exclamó mi padre. Su
voz sonaba igual de gruñona y fuerte que siempre. Sentí que se disipaba algo
de miedo ante el recordatorio de que estaba vivo y parecía no haber estado
vomitando sangre. A excepción de que las bolsas bajo sus ojos no eran
normales y el color pálido de su rostro no era muy evidente, pero ahí estaba.
—No me puedo creer que estuvieras esperando para contarme que estás
enfermo. Podría haberte traído yo al hospital. No tienes por qué estar
enfermo y solo —le dije al tiempo que iba hasta él y abrazaba su cintura.
Necesitaba oler su loción después del afeitado y sentir su robusto cuerpo.
Todo lo que había pensado de camino me había dejado fatal. Temía perderlo.
Pero ahí estaba y le ayudarían a ponerse bien.
—Hay que llevarlo a la tercera planta. Tiene cita en diez minutos —exclamó
Jeremy. Era lo primero que había dicho desde que habían llegado. La
expresión atormentada de su rostro me preocupaba. Sabía algo. O quizá eran
imaginaciones mías. Cogí la mano de papá y nos dirigimos al ascensor.
—Iba a ir a casa mañana e irme al día siguiente. ¿Ibas a esperar hasta
entonces para decírmelo? No era un plan nada bueno —le dije a la par que
pulsaba el tres del ascensor. No miré a Jeremy. Sus ojos me daban miedo. No
podía mirarlo. Tenía que centrarme en que mi padre estaba vivo. Estaba bien.
—No quería que tuvieses tiempo de echarte para atrás. Es lo que quieres.
Creo que ahora mismo es lo mejor para ti.
Mi padre creía que lo mejor para mí era que me fuera a otro estado con Cage.
¿Estaba delirando? ¿Tenía neumonía o algo?
Antes de podérselo preguntar, se abrió la puerta y salimos del ascensor. Lo
primero que vi fue a una mujer con una bandana en la cabeza. Estaba calva.
Era fácil de ver. No tenía cejas siquiera. Su piel tenía un color enfermizo pero
me sonrió cuando nos miramos a los ojos antes de pasar por mi lado y
dirigirse al ascensor. Seguí a mi padre pero sentía los ojos de Jeremy fijos en
mí. No iba a mirarlo. Por mucho que él quisiera. A continuación una pareja
vino hacia nosotros y el hombre también estaba calvo pero no tenía la cabeza
cubierta. Estaba en silla de ruedas y me di cuenta de que le faltaba una
pierna. Alcé la vista y observé a la mujer que empujaba la silla hacia el
ascensor. Dos personas calvas… me detuve. No miré a dónde iba papá. En
lugar de eso miré en derredor. Todos estaban igual. Cada uno. Puede que en
diferentes grados pero todos tenían un color ceniciento de piel. Y todos
estaban calvos. Estiré la mano y agarré lo más cercano que encontré. Era el
brazo de Jeremy.
En algún punto se había acercado a mí. Había supuesto que lo descubriría.
Sabía a dónde nos dirigíamos. Me costaba respirar hondo. Todo empezó a
volverse borroso. El brazo de Jeremy me envolvió y me empezó a hablar. No
entendía lo que decía, pero por el tono de su voz trataba de calmarme. Era
imposible. Sabía dónde estábamos. Sabía por qué mi padre había estado
vomitando sangre. La fría y dura silla de plástico entró en contacto con mi
cuerpo cuando Jeremy me hizo tomar asiento.
—Respira, Eva. De forma corta y regular —me animaba. Eso lo entendí. Y fue
lo que hice. Me centré en respirar. No pensé en dónde estábamos.
—Va a necesitar que seas fuerte. Cuando no esté contigo podrás gritar y
llorar y desahogarte. Derrumbarte del todo, y ahí estaré yo para ayudarte,
pero cuando estés con él tienes que ser fuerte. ¿Me oyes, Eva? Lo necesita. —
La voz de Jeremy confirmó mis peores miedos.
Alcé la vista y clavé los ojos en la cara preocupada de Jeremy.
—¿Tan grave es? —inquirí.
La tristeza de su rostro fue respuesta suficiente.
—Tienes que dejar que te lo cuente él. Pero ahora reúne fuerzas. Necesitará
que seas fuerte.
Miré en derredor y mis ojos se enfocaron de nuevo.
—¿Dónde está? —cuestioné.
—La enfermera te vio cuando te diste cuenta de dónde estabas. Se percató de
que yo te agarraba y llamó la atención de tu padre mientras yo lidiaba
contigo, pero pronto se dará cuenta de que no estás. Tienes que ser fuerte.
Por él.
Tenía razón. Tenía que sobreponerme. No sabía nada aún. La gente se curaba
de esto continuamente. Ni siquiera sabía los detalles. Me había derrumbado
antes de hablar con mi padre siquiera. Él estaba totalmente bien. Tenía pelo.
No sé por qué eso me hizo sentir mejor, pero así fue.
—¿Eva? —La voz de papá me sacó de mis cavilaciones y yo me levanté y giré
la esquina; vi su expresión preocupada cuando sus ojos se posaron en mí.
—Estoy aquí, papá —dije, caminando hacia él.
—¿Quieres entrar y hablar con el médico conmigo? Si no quieres no tienes por
qué hacerlo, pero él te lo puede explicar todo mejor que yo.
Asentí al tiempo que me preguntaba si necesitaría a Jeremy a mi lado por si
volvía a derrumbarme. No comentó nada de que Jeremy fuese a entrar con
nosotros. Entonces seríamos los dos. Podría ser fuerte por él. Empezó a
sonarme el móvil en el bolso. Se lo di a Jeremy.
—Es Cage. Probablemente haya llegado. ¿Te importa hablar con él y traerlo
para que espere contigo?
Jeremy asintió mientras cogía mi bolso y regresaba a la sala de espera a la
que me había llevado antes. Cage estaría ahí cuando saliésemos de la sala.
Estaría ahí y conseguiría que todo fuera bien.
Cogí la mano de mi padre al tiempo que caminábamos hasta la sala que nos
indicó la enfermera. No la solté cuando nos sentamos contra la pared.
Estábamos en una sala de reconocimiento. ¿Le administrarían tratamiento
hoy? ¿Tomaría algo que haría desaparecer el problema?
—Quiero que oigas lo que el doctor tiene que decir. Y después me escucharás
a mí. ¿Podrás, Eva? Porque lo que vas a oír no será fácil, mi niña. Va a ser
duro. Necesito que tú lo seas más.
Logré asentir aunque no estaba segura de poder hacerme la dura. No con
esto. Mi padre me cogió de la mano y la sostuvo entre las suyas. Siempre
pensé que mi padre tenía las manos más grandes que había visto. Que podía
superarlo todo. Nada era mayor que él. Pero esto sí.
—Estaremos bien, tanto tú como yo. Siempre es así —me dijo.
Permanecimos sentados esperando sin decir nada más. Apoyé la cabeza en su
hombro y nos limitamos a esperar.
CAGE
La puerta del ascensor se abrió en la tercera planta y encontré a Jeremy
sujetando el bolso de Eva, esperándome. No tuve que preguntarle la gravedad
de la situación. Su cara lo decía todo. Joder, esto iba a destruir a Eva.
Adoraba a su padre.
—¿Dónde está? —pregunté mientras miraba alrededor. En lugar de ver a Eva
divisé a varios pacientes de quimioterapia. Se me revolvió el estómago.
Mierda. Esto no iba bien—. No, tío. Dime que no es lo que creo que es —
exclamé mirando a Jeremy.
—No. Es peor —respondió.
—¿Cómo demonios puede ser peor? —El dolor de mi corazón y la necesidad
de encontrar a Eva y abrazarla eran abrumadores. Necesitaba sentarme—.
¿Ella está con él?
—Sí. Fue con él a ver al doctor. Él se lo explicará todo y te aviso de que va a
estar destrozada. Por completo.
—Está en la planta de quimioterapia. Últimamente se puede ganar a esa
mierda, ¿no? Lo oigo continuamente. —Él tenía que hacerlo. Eva no sería
capaz de soportarlo de no ser así.
—No se está tratando. Se niega. Lo descubrió hace dos meses —las palabras
de Jeremy me atraviesan como cuchillos. ¡Joder! ¿En qué estaba pensando ese
hombre? Iba a matar a Eva.
—¿Por qué? ¿Por qué no lo intenta superar? Esto la va a destruir.
—Solo le daban seis meses más con tratamientos. Ya está demasiado
avanzado. Dice que no quiere pasar sus últimos días enfermo por los
tratamientos. Quiere pasarlos en casa, no en el hospital.
Esto no podía estar pasando. Esto no. Eva no era lo suficientemente fuerte
para aguantarlo. ¿Es que Dios no ponía un puto límite en las pérdidas que
sufría una persona? Había perdido a su madre y después a Josh. No era justo,
maldita sea. No podía permanecer sentado aquí; me levanté y me dirigí a la
ventana. Tenía que calmarme. Estaba cabreado con el puto mundo y no podía
hacer nada.
—¿Por qué ella? ¿Por qué siempre tiene que perder a alguien? —Maldije al
tiempo que estampaba mi mano en el cierre de la ventana.
—Es una mierda. Ha pasado por demasiado. Yo perdí a Josh. No puedo ni
imaginar perder también a mis padres.
Ahora no se marcharía conmigo. No… ninguno nos marcharíamos. No podía
dejar que lidiara con esto sola. Ella me necesitaba tanto a mí como yo a ella.
—No la dejaré sola. No me va a perder —me dije más para mí mismo que en
alto.
—Bien. Te va a necesitar.
—Me tiene. Para siempre.
—Eva no lleva bien el luto. Recuérdalo. Por muy duro que sea, recuérdalo.
Josh estaba con ella cuando perdió a su madre. Ambos estábamos. Era
pequeña pero no fue ella durante un tiempo. Josh le recordó cómo vivir.
Cuando perdió a Josh pensé que jamás la recuperaría. Yo hacía lo debido y
estaba a su lado, pero estaba perdida… hasta que llegaste. Le ayudaste a
volver a la vida. Supongo que eres el único que puede hacer que pase por
esto. Yo no fui suficiente con lo de Josh, pero tú sí.
—Nada de lo que haga me apartará de su lado —prometí.
Permanecimos en silencio. Pensaba en Eva y lo que afrontaríamos los
próximos meses. Se me partía el alma por ella a cada segundo que pasaba. El
dolor propio era una cosa. El dolor por Eva era más profundo. Era más duro.
No quería que sufriese.
—Cage. —La voz de Eva estaba rota cuando me volteé para mirarla. Las
lágrimas que recorrían sus mejillas mientras me miraba me arrancaron el
corazón. Di tres grandes zancadas hasta poder envolverla entre mis brazos.
—Estoy aquí, nena.
Empezó a sollozar en mis brazos.
—Llévame a casa de papá. Jeremy lo llevará a casa cuando terminen de
examinarle. Necesito llorar donde no pueda verme.
Miré por encima de su cabeza a Jeremy y asentí.
—Llévatela. Mandaré un mensaje cuando vayamos de vuelta.
—Gracias —dije. A continuación, cogí el bolso de su mano y continué
abrazando a Eva mientras nos dirigíamos al ascensor.
No dijo nada hasta que nos subimos a su Jeep. Giró su rostro desencajado
hacia mí.
—Voy a perder a mi padre —susurró, y las lágrimas volvieron a aflorar. Estiré
la mano para coger la suya.
No había palabras que pudiese decir que arreglasen esta situación.
Cuando llegamos a la zona de aparcamiento de la casa de su padre recibí un
mensaje de Jeremy diciendo que se iban del hospital. Tenía una hora para
recomponerse antes de que su padre llegara a casa. Había llorado en silencio
durante todo el trayecto.
Salí del coche y caminé hasta abrir su puerta; después la tomé de la mano y la
saqué del coche. Estaba fatal. Me descomponía. Mantuve una mano alrededor
de sus hombros mientras la llevaba hacia la casa. Cuando entramos, nos
quedamos en el salón, la senté en el sofá y la coloqué sobre mi regazo.
—Llora, grita, pégame, haz lo que tengas que hacer. Desahógate —le dije.
Y eso hizo.
5
EVA
De no saber que mi padre estaba enfermo, todo parecería normal. Se
levantaba y se iba a trabajar. Regresaba a la hora de comer. Seguía hablando
del ganado que necesitaba vender al final del verano.
La diferencia era que no comía un cuantioso desayuno como solía hacerlo.
Cuando lo observaba a lo largo del día, a menudo se encontraba sentado en la
sombra, pensativo. Y durante la hora de comer apenas tocaba nada. A veces
no conseguía encontrarlo. Era entonces cuando vomitaba. Se escondía de mí.
Solo había pasado una semana desde que me había enterado. Una semana
desde que mi mundo había cambiado. Me negaba a abandonarlo. Tenía que
estar allí. Él me había suplicado que me fuera al principio, pero tras discutir
me derrumbé y lloré como la niña asustada que habitaba en mi interior. Él me
abrazó y me dijo que podía quedarme. Lo entendía.
Pero a la vez no lo entendía. No era él el que quedaría en pie. Volvería a estar
con mamá. Los médicos dijeron que podría vivir seis meses más con suerte.
Rezaba cada noche para que fuese el hombre más afortunado de la tierra.
—¿Eva? —me llamó Jeremy al tiempo que la mosquitera se cerraba tras él.
Dejé de mirar a papá, que caminaba por el patio trasero, y me dirigí a la
entrada a saludar a Jeremy.
—Sí —respondí girando la esquina hacia la cocina. Ya se estaba sirviendo un
vaso de limonada. Me miró y frunció el ceño.
Conocía esa expresión arrugada. Venía a hablar. Pero yo no tenía ganas de
hablar.
—¿Cage vuelve esta tarde? —inquirió al separar una silla y moverla al revés
antes de sentarse.
—Sí. Ha ido a por unas cosas que necesitaba al apartamento. —La culpa
volvió a carcomerme. Traté de ignorarla, pero empeoraba.
—Vas a obligarle a irse, ¿verdad? Es su futuro, Eva. —Había supuesto que con
el tiempo papá o Jeremy me hablasen de ello. Lo habían aplazado. No me
habían presionado para que tomase una decisión. Pero Cage había pospuesto
marcharse a Tennessee una semana. Lo esperaban. Y él a mí. Sabía que si le
pedía que se quedase, lo haría. Así de simple.
—Ya lo sé, Jeremy —estallé. Porque lo sabía. No necesitaba que me dijera que
estaba siendo egoísta. Dependiente. Cage tenía un futuro por delante. Ir a
Tennessee era el primer paso. Había luchado por esta oportunidad. Lo quería
lo suficiente como para dejar que se fuese sin mí. No iría con él. No este año.
Tenía que quedarme aquí.
—Haré que se marche mañana. Planeaba hablar con él esta noche.
Jeremy suspiró y posó su vaso sobre la mesa.
—No te va a dejar tan fácilmente. Está dispuesto a rechazar la beca por ti.
Eso también lo sabía. Lo veía en sus ojos. Lo obligaría a dejarme. Podríamos
tener algo a distancia. Ahora mismo no necesitaba estar a mi lado durante
todo este proceso. No era yo misma. Solo lo arrastraría conmigo. Miré a
Jeremy.
—¿Estarás conmigo? —le pregunté. Porque no podría hacer esto sola.
—No pienso irme a ninguna parte, Eva. Aquí me tienes. No iba a volver de
todas formas. Ya lo sabes. Pero Cage… quiere irse. Es su oportunidad. Sabes
que ahora yo pertenezco aquí.
Era en momentos como este cuando sentía que Josh no se había ido. Cuando
Jeremy me recordaba tanto al hombre que había amado y perdido.
—Gracias.
—En lo bueno y en lo malo. Como siempre —exclamó él con una sonrisa triste.
Tenía razón. Habíamos pasado por todo juntos. Miré a través de la ventana y
observé como mi padre se sentaba en la parte trasera de la camioneta para
beber algo de agua. Se negaba a dejar de vivir. Era lo que quería. Por muy
enfadada que había estado al enterarme de que se negaba a comenzar los
tratamientos, no podía seguir enfadada con él. Era su vida. Así quería pasar
sus últimos días y no podía arrebatarle eso.
—Quiero a ese hombre —me dije más para mí misma que en alto.
—Él también te quiere. Eres todo su mundo, Eva. Siempre lo has sido. —La
voz de Jeremy estaba teñida de tristeza. Él también adoraba a mi padre. Era
difícil no hacerlo.
—Cuando Cage se vaya mañana, te voy a necesitar —dije en voz baja. Sabía
que había superado esta semana porque corría a los brazos de Cage cuando el
dolor me superaba.
—Y yo estaré aquí —me aseguró.
—Voy a ver a mi padre —dije a la par que salía.
Papá giró la cabeza en cuanto me vio caminar hacia él. Una sonrisa asomó por
su rostro. Verla me animó. Estos días no sonreía mucho.
—Hola, papi —dije mientras me sentaba en la parte trasera junto a él.
—Hola, cariño —contestó y me dio una palmada en la rodilla.
—Hace calor. Normalmente no hace tanto hasta julio —dije mientras cogía la
toalla helada de la nevera de papá y se la daba—. Refréscate.
No objetó. La agarró y se la pasó por la cara y el cuello antes de enrollarla en
torno a este.
—¿Jeremy está escondido dentro? —inquirió mi padre con una sonrisa.
—Puede —respondí. Siempre acusaba a Jeremy de esconderse cuando paraba
y se hidrataba.
—Cage iba a ayudarme con esas pacas de heno esta tarde. ¿Cuándo vuelve?
Cage había estado ayudando a papá toda la semana. Era como el verano
pasado… pero a la vez no. Esta vez mi padre trabajaba con Cage y a mí se me
permitía acercarme a Cage… y mi padre estaba enfermo.
—Debería de llegar pronto. Ha tenido que encargarse de varias cosas y ha ido
a por cosas mías —dije, porque a papá le gustaba intentar que me fuese
siempre que podía.
Él dejo escapar un suspiro cansado; sabía que estaba a punto de decime algo
que no quería que oyese. Me preparé para que me dijera que me fuese de
nuevo.
—Sé que quieres quedarte conmigo. Lo entiendo. Y la verdad es que me
alegro. Quiero pasar todo el tiempo que pueda contigo. Eres lo más
importante que tengo en la vida. Lo sabes, ¿verdad?
No iba a llorar. No le podía hacer eso. Necesitaba hablar y yo tenía que ser
fuerte para dejar que lo hiciera. Asentí.
—Bien. Porque necesito decirte algo que no quieres oír. Pero te quiero y
quiero que seas feliz siempre. Cage te hace feliz. Puede que no hubiera sido
mi candidato ideal para ti, pero te quiere con locura. Lo he visto en su cara
esta semana. Hará cualquier cosa que le pidas, incluido saltar de un puente.
Así que te lo digo porque alguien necesita hacerlo. Tienes que dejar ir al
muchacho, pequeña. Vino el verano pasado porque tenía un plan. Tenía una
oportunidad para conseguir el futuro que quería y aunque es un canalla, es
listo. Tuvo lo que quiso. Pero si le pides que no, lo dejará ir. En lo que canta
en un gallo. No le hagas elegir. Déjalo ir. Haz que no pase nada por conseguir
el sueño por el que ha luchado. Hazlo porque lo quieres.
Papá y Jeremy siempre habían pensado igual. Debería haber sabido que a
papá también le carcomía. Saber que mi padre pensaba en lo mejor para Cage
me llenaba de una sensación inmensamente cálida. No era solo lo mejor para
mí. Quería que mi padre también quisiese a Cage.
—Voy a hablar con él esta noche. Se irá mañana. No le pienso dar opción. No
voy a romper. Estaremos a distancia.
Mi padre no dijo nada más. Estiró la mano y cogió la mía. Permanecimos
sentados mirando hacia el campo en silencio. Ambos sabíamos que
pensábamos en un futuro del que no queríamos hablar. Era incapaz de
imaginar un futuro sin papá. No estaba lista para hablar de ello.
—El día que naciste tu madre te entregó a mí y dijo con esa sonrisa pícara
suya «no tienes el chico que querías pero estoy segura de que esta pequeña te
cautivará antes de que llegues a casa». —Papá se echó a reír y sacudió la
cabeza—. Y tuvo razón. Nunca imaginé que alguien tan pequeño pudiera
controlarme por completo. Cuando empezaste a andar, juro que cada vez que
te caías yo me ponía de rodillas contigo.
»Cuando dijiste «papá» por primera vez lloré como un bebé. Y después el
primer día que tuve que llevarte a la guardería y tú te agarraste a mi pierna,
estuve más que tentado de cogerte y volver corriendo a casa, donde
estuvieras segura y feliz. Josh y Jeremy aparecieron y te separaron de mí.
Pero volví a casa y volví a llorar. Era el primer padre en fila para recogerte.
Tú eras todo coletitas y sonrisas. Parloteabas durante todo el camino de
vuelta a casa sobre plastilina y el rato del cuento. Odiabas la hora de la siesta
con todo tu ser. —Se detuvo y volvió a reír.
—Te quiero, papi —logré susurrar a través del nudo de la garganta.
—Yo también te quiero, pequeña.
CAGE
Esperé que Eva hablase primero. Había estado callada durante la cena.
Cuando Wilson se fue a dormir tras cenar, vi cómo la miró. Había sido una
pregunta en silencio. Eva se limitó a asentir y él besó su coronilla antes de
marcharse. Nada de eso alivió mi preocupación. No con lo tensa que estaba
Eva. Pero esperé a que diese el paso.
Dejamos de caminar al llegar al columpio tras el granero. No estábamos a la
vista de ninguna ventana de la casa. Aquello me relajó un poco. No quería
tener que preocuparme por amargar a Wilson. Porque estaba seguro de que
no me gustaría lo que iba a decirme. Lo veía en su cara.
—Colúmpiate conmigo.
—No creo que pueda sentarme aún. Necesito que me digas por qué me has
traído aquí —contesté. Estaba nervioso. Quizá necesitase andar un poco.
Sentarme no era una opción.
Eva se acercó y envolvió sus brazos alrededor de mi cintura, y durante un
momento sentí que todo iba bien. Después abrió la boca.
—Quiero que vayas a Tennessee. Mañana. Ya has esperado una semana. No
vas a postergarlo más. Te vas mañana. Sin mí.
—No —respondí al tiempo que negaba con la cabeza —. Y una mierda —
espeté.
—Déjame hablar, Cage, no he acabado.
—No me importa. Nada de lo que digas hará que cambie de opinión. No
pienso dejarte. ¿Ahora? ¿Cómo puedes pensar siquiera que estaría bien? No
puedo dejarte, Eva.
—¡Escúchame! Tienes que hacerlo. Por nosotros. Tienes que irte. Si no te vas,
nunca lo conseguiremos. No lo haremos. Has luchado por la beca y la has
conseguido. Es hora de que la aceptes. Que la disfrutes. Que consigas un
futuro para nosotros. Estaré allí contigo… algún día. Pero tienes que
comenzar o la perderemos. Tienes que hacerlo mientras yo estoy aquí.
Podemos hablar por teléfono todos los días. Puedes venir a visitarme los fines
de semana que libres. Podemos hacerlo. No es para siempre.
Quería gritar pero la asustaría. En lugar de ello, la apreté más contra mí. No
podría aguantar un puto día sin ella. ¿Cómo podría una semana? ¿Dos? No
podía.
—Eva, no puedo vivir sin ti.
—No estarás sin mí. Yo estaré aquí. Seguiré siendo tuya. Seguirás teniendo mi
corazón. Solo que habrá distancia durante un tiempo. Podemos hacer que
funcione. Pero tienes que hacerlo por nuestro futuro, Cage.
Lo quería para nosotros. No solo para mí. Le preocupaba nuestro futuro
después de que su padre se fuese. Mierda. ¿Cómo podía marcharme? Por
mucho que ella quisiera.
—No puedo dejarte —repetí, porque era todo lo que podía decir.
—Tienes que hacerlo. Es lo mejor para nosotros. Estas oportunidades no
aparecen todos los días. Si la pierdes… la perderemos ambos. Siempre
tendrás ese «¿y si…?» en la mente y no creo poder ser capaz de vivir con ello.
Sacudí la cabeza.
—No. No. No pienso macharme porque estés preocupada de que me
arrepienta de ti y mi elección. Nunca lo haré, y lo digo en serio, nunca me
arrepentiré de escogerte a ti, joder. No hay nada más importante que tú, Eva
Brooks. Nada.
Ella depositó un beso sobre mi torso.
—Lo sé. Por eso estoy hablando aquí contigo de ello. Sé que si hubiera que
elegir entre el béisbol y yo, me elegirías a mí. No lo dudo. Pero necesito que
entiendas que es una elección mía. Una elección de ambos, Cage. Ir a
Tennessee significa escoger nuestro futuro. Eso es de lo que se trata. Sé que
cuando estuve mal la semana pasada te pedí que te quedaras conmigo, pero
aquel día me derrumbé. He tenido tiempo de pensar. Mi padre… mi padre no
siempre estará aquí. Necesito pasar el tiempo que queda con él. Pero cuando
él… después… necesitaremos planes. Un futuro. Es cosa tuya crear ese futuro
para ambos mientras yo me quedo aquí y hago lo que tengo que hacer.
¡Joder! Entendía a lo que se refería. Tenía razón y lo odiaba. No podía dejarla.
¿Cómo coño podría concentrarme sin estar allí con ella? No era yo sin ella.
Pero cuando esto terminase necesitaría un hombre que la protegiese y le
diese un futuro. Quedarme y trabajar en algo mediocre no era el futuro que
merecía. Entonces no sería digno de ella. Tenía que ser el hombre que ella
necesitaba. ¿Por qué demonios dolía tanto?
—No quiero estar sin ti —dije al tiempo que la atraía hacia mi cuerpo y
enterraba la cara en su pelo.
—Lo sé. Pero ahora es lo que tenemos que hacer —contestó.
—Me necesitas —traté de razonar de nuevo que debería quedarme.
—Siempre. Pero necesito que asegures nuestro futuro allí más que te necesito
aquí ahora. Puedo pasar tiempo con papá. Tú ve a por esa beca universitaria y
estaré allí contigo algún día.
Algún día. Sabía que no se refería a pronto o no muy tarde, porque eso
significaría que su padre se habría ido. No podía decirlo. Lo entendía. Pero
ese «algún día» me atormentaba. ¿Y si cambiaba de opinión? ¿Y si algún día
ya no me quería?
—Necesito que me digas que me querrás para siempre. Necesito saber que no
vas a dejarme. —Estaba desesperado, pero quería oír cómo me decía que yo
lo era todo para ella. Que el futuro era nuestro.
—Nunca habrá nadie más para mí. Tú lo eres todo. Eres mi «para siempre».
6
EVA
La cama individual en la esquina de la antigua habitación de Cage en el
granero no tenía sábanas. Ya nadie dormía allí. Mi padre no había vuelto a
mandar a Cage al granero esta semana. Lo había dejado dormir en el
dormitorio de invitados.
Cage cerró la puerta y le echó el pestillo a la par que yo encendía el pequeño
aire acondicionado para enfriar un poco la estancia. Me volví a girar y me
quedé completamente maravillada con su precioso cuerpo mientras se
quitaba la camiseta por la cabeza y posteriormente la tiraba al suelo y
acortaba la distancia entre nosotros. Cage no hablaba como normalmente lo
hacía. Sus ojos mostraban una expresión desesperada que me partía el
corazón. Quería apaciguar sus miedos. Él no confiaba en que estuviésemos
separados. Le demostraría que nos iría bien. Con el tiempo.
Me desabotoné la camisa y dejé que cayera al suelo junto a la suya. Sus
brazos me rodearon y me desabrocharon el sujetador con una facilidad que
solía molestarme. Ya había superado su pasado. Sabía que era mío. No era
insegura en lo referente al sexo con Cage. Yo era todo lo que él deseaba. Con
eso me bastaba.
Sus manos se movieron hasta mi cintura y me desabrocharon los pantalones
cortos antes de deslizarlos por mis piernas junto con mis braguitas hasta que
tuve que levantar los pies para quitármelos.
—Túmbate —me susurró con voz ronca.
Hice lo que me pidió, pero mantuve la vista fija en él mientras él también se
quitaba los vaqueros. Su pecho amplio y su cintura y caderas estrechas
estaban perfectamente esculpidos. Todo él era perfecto. Un hombre no
debería ser tan perfecto. Pero el mío lo era. Dejé que mis ojos se embebieran
de sus musculosos muslos y, luego, de esa parte de él que siempre me daba
placer. Alcé la mirada hasta su rostro y lo vi sonreír con suficiencia. Le
gustaba cuando contemplaba su cuerpo. Le devolví la sonrisa y él se tumbó
sobre mí.
—Necesito hacerte el amor esta noche. Puede que durante toda la noche —me
advirtió a la vez que movía las caderas entre mis piernas.
Antes de poder responderle, su boca ya estaba sobre la mía. Su lengua llevó a
cabo esa magia que era capaz de sentir en todo mi cuerpo con un simple
lametón. Lo abracé con fuerza y le devolví el beso con todas las emociones
que albergaba dentro. Sus labios descendieron hasta mi cuello a la par que
susurraba palabras contra mi piel. Me quería. No podía vivir sin mí. Era su
vida entera.
Y yo era apenas un muñeco en sus manos. Gimoteé cuando tomó un pezón en
la boca y lo succionó y mordisqueó con suavidad antes de lamerlo para calmar
el punzante dolor. Deslicé las manos por su espalda hasta agarrar su trasero.
Sus firmes músculos se contrajeron bajo mi contacto y Cage soltó un gemido.
Seguidamente, con un solo movimiento, se introdujo en mi interior. Levanté
las piernas y las envolví alrededor de su cintura al tiempo que me llenaba.
—Te quiero tantísimo —susurró a la par que se retiraba y volvía a deslizarse
dentro de mí. Lo único que yo podía hacer era gritar de placer—. Este es mi
hogar. Tú eres mi hogar —dijo antes de bombear contra mí con más ímpetu.
Alargué el brazo y le tomé el rostro para besarlo con ganas. Lo estaba
dejando ir, pero iba a echarlo de menos. Iba a necesitarlo, y él no estaría aquí.
Pero eso no podía decírselo. No podía admitirle que me estaba muriendo por
dentro de solo pensar en tener que lidiar con todo esto sin él. No estaba
segura de cómo sobreviviría sin sus abrazos. Pero si se lo confiaba, aunque
fuese una vez, no se iría. Así que lo único que podía hacer era amarlo. Lo
amaría tanto y con tantas ganas como él me permitiera.
La luz del alba se filtraba a través de la ventana mientras yacía envuelta entre
los brazos de Cage en el pequeño colchón de la cama. No había pegado ojo. Él
se había quedado dormido después de haber hecho el amor en la ducha por
tercera vez. Eso había sido hace dos horas. Lo único que podía hacer era
observarlo dormir. Hoy se marcharía. Quería disfrutar de su abrazo. Dejar
que se fuese hoy iba a ser duro. No podía llorar. Si lo hacía, se quedaría. No
podía confesarle que iba a ser duro, o se quedaría conmigo. Tenía que ser
fuerte. Tenía que fingir hasta que se hubiese ido. Luego podría regresar a mi
habitación y derrumbarme.
Su pelo oscuro había crecido. Ya habían pasado unos meses desde la última
vez que se lo cortó. El rizo natural que se le formaba cuando lo dejaba crecer
demasiado era sexy. Él lo odiaba, pero a mí me encantaba. Sus oscuras y
largas pestañas se ondulaban contra sus mejillas. Sonreí para mí misma al
recordar el primer día que puse los ojos en él. Pensé que era muy guapo.
También pensé que era un perdedor. Cuán equivocada había estado.
Cage York había demostrado ser todo lo que yo quería en la vida. Solo
esperaba que dejarlo marchar fuese lo correcto. Estaba segura de que sí, pero
también sentía un poco de miedo por poder perderlo. Era perfecto. Las
mujeres se le acercaban como moscas. Yo no estaría ahí colgada de su brazo.
Irían por él. Sabía que él me quería y que nunca me haría daño, pero aun así
me seguía preocupando. ¿Y si conocía a alguien más por accidente y se
enamoraba? ¿Y si me echaba demasiado de menos y se volvía insoportable?
No. No podía pensar así. No podía. Tenía que confiar en nosotros. Confiar en
él. Debía centrarme en mi padre. Quería crear tantos recuerdos con él como
pudiera.
—Mía —murmuró Cage dormido y empujándome hacia él. Hasta dormido
sabía lo que necesitaba. Le di un beso en el mentón y sonreí.
—Sí, soy tuya.
CAGE
Eva me acompañó hasta el coche. No me podía creer que estuviese haciendo
esto. La estaba abandonando. Joder, no me parecía lo correcto. Pero me había
despertado y me había hecho el amor una vez más esta mañana
prometiéndome que todo saldría bien. Que esto era lo que quería, y lo que
necesitábamos.
Había guardado las pocas cosas que tenía aquí y me pasaría por el
apartamento para recoger todo lo demás antes de dirigirme a Tennessee.
¿Cómo iba a conciliar el sueño esta noche sin ella?
—No me obligues a hacerlo —le supliqué cuando alcanzamos el coche.
—Hemos de hacerlo. Recuerda, esto es por nosotros —dijo dándome un
apretón en la mano.
—Llama a Low si necesitas algo. Vendrá. Me prometió que vendría a menudo
a ver cómo estabas. Marcus, también. Me dijo que para cualquier cosa que
necesitases, los llamaras. —Había llamado a Low esta mañana mientras Eva
se duchaba. Me dio muchísimo apoyo, porque estaba bastante cerca de
desmoronarme. Low detectó la inquietud en mi voz y me hizo entender por
qué esto era lo que teníamos que hacer. Ella estaba de acuerdo con Eva.
—Lo sé. Los llamaré. Te lo prometo —me aseguró. Sabía que tendría a
Jeremy, pero necesitaba saber que también tenía a Low. Confiaba en que
Marcus y Low la protegieran. Que cuidasen de ella si le hacía falta algo. De
Jeremy no estaba tan seguro. Ya había querido abandonarla antes.
—A mí también. Volveré. Me subiré a un avión. Te juro que lo haré. Son
cuarenta minutos de vuelo.
—Lo sé —dijo a la vez que me abrazaba—. Te quiero mucho. Por favor,
conduce con cuidado. Llámame cuando llegues. Quiero que me cuentes cómo
es. Lo quiero saber todo.
Íbamos a hacer esto juntos. La idea de hacerlo ahora sin ella estaba
jodiéndome la cabeza.
—Te voy a llamar tantas veces que pensarás que estás allí.
Ella se rio y alzó la mirada hacia mí.
—Bien.
Yo bajé la mía hasta sus ojos azules y me embebí de ella. Esos preciosos ojos
azules me atraparon la primera vez que los miré. Habíamos pasado por
mucho desde entonces. Éramos más fuertes que hacía diez meses. Nuestra
relación era estable. Confiábamos el uno en el otro. Mis miedos no tenían
sentido. Estaríamos bien.
—Podría irme mañana —le dije con la esperanza de que me concediese otra
noche más en sus brazos.
—Solo pensaríamos en tu partida durante todo el día. Lo complicaría todo.
Anda, métete en el coche y conduce.
Acuné su rostro entre mis manos y luego me incliné para besar esos dulces
labios una vez más. Ella se aferró a mis brazos y me abrazó con fuerza
mientras nuestras lenguas se entrelazaban con desesperación. Cuando nos
separamos, le di un beso en cada mejilla y luego en la nariz.
—Volveré en una semana a partir del sábado. —Porque no podría estar
separado de ella durante más de dos semanas.
—No puedes volver tan pronto. Necesitas más tiempo para establecerte y
asentarte allí.
—No me presiones, preciosa. Quieres que me vaya, y me voy a ir. Pero ni loco
voy a permanecer alejado más tiempo del necesario.
Ella se rio y asintió.
—Vale. Te veré en trece días, pues.
Eso me ayudó un poco. Trece días. Podía irme durante trece días.
—Vete, Cage —insistió Eva, retrocediendo y empujándome con suavidad hasta
la puerta del coche. Respiré hondo y me senté en él antes de que volviese a
abrazarla otra vez.
—¡Te quiero! ¡Ten cuidado! —gritó cuando fui a cerrar la puerta.
—Yo te quiero más. Y tú ten cuidado también —respondí.
Ella dio otro paso atrás y cerré por fin la puerta. Ya está. Iba a abandonarla.
Eva se despidió con la mano y me sonrió. Mierda, no quería irme.
Me obligué a meter marcha atrás y le soplé un último beso antes de alejarme
de la casa blanca donde se quedaba todo mi mundo.
7
EVA
Había logrado superar toda una semana sin Cage. Centrarme cien por cien en
mi padre me había ayudado a no pensar mucho en ello. Lo convencí para
venir conmigo a ver la nueva película de Superman en el cine. Luego lo
acompañé hasta su campamento de caza, donde nos quedamos dos noches y
condujimos cuatriciclos y fuimos de pesca juntos.
Jeremy trabajaba muchas horas todos los días; aunque yo también intentaba
intervenir y ayudarlo. Quería darle a mi padre menos cosas que hacer, y a la
vez podía echarle un ojo sin que se pensase que lo estaba vigilando. Jeremy
esperaba hasta que mi padre se iba a la cama cada noche, y luego salíamos y
nos sentábamos en los columpios para hablar. Me ayudaba más de lo que él
creía. Necesitaba hablar del tema, y aunque Cage me llamaba todos los días,
no quería que todas nuestras conversaciones radicaran únicamente en mí y en
mis problemas. Quería que él me contara cómo era su nuevo apartamento y
su entrenador. Pasaba mucho tiempo con sus nuevos compañeros de equipo y
parecía gustarle bastante la universidad. Estaba contenta por él y por todas
esas horas que nos pasábamos hablando cada noche que me podía escapar.
Él siempre me preguntaba por mi padre y cómo iban las cosas aquí, pero yo le
respondía de forma escueta. Le dejaba esas charlas a Jeremy. Estaba aquí
viviendo conmigo. Sabía cómo estaban las cosas y no me importaba contarle
mis preocupaciones. A Cage no le haría ninguna gracia si se enterase, pero
quería que disfrutara de su verano en Tennessee. No quería arruinarle la
experiencia.
Esta noche, no obstante, Jeremy no estaría para hablar. Durante la cena había
comentado que se iba a casa para cambiarse, y luego iría al lago de Becca
Lynn. Al parecer daba una fiesta allí. No había ido a ninguna de esas desde el
verano pasado. Tampoco había visto apenas a Becca Lynn desde entonces. No
nos visitaba mucho. Jeremy me dijo que le había contado lo de mi padre y que
no sabía qué decirme. No me sorprendía en absoluto.
Metí el último plato de la cena en el lavavajillas y me sequé las manos. Iría a
los columpios yo sola. Me daría tiempo para llorar. Mi padre había vuelto a
vomitar otra vez hoy. Lo vi doblado hacia adelante junto al lago. Jeremy
también lo había visto y me dijo que no me acercase. Papá no quería que lo
viese así. Así que me quedé allí, impotente. Me habían entrado ganas de
llorar, pero no lo hice. Ahora sí podía.
La brisa nocturna me azotó el pelo cuando salí al porche. Me encantaba el
olor a verano en la granja. Menos cuando la brisa procedía del norte. Porque
entonces el olor a estiércol de vaca era lo único que se percibía. Esta noche el
viento era sureño y casi podía oler el aroma del océano.
Conforme avanzaba hasta el columpio, el corazón me dolió al atisbar el
granero. Me recordaba a Cage. Lo echaba muchísimo de menos. Esta noche
me llamaría. Siempre lo hacía. Hablaríamos durante un par de horas. La
mayoría de las veces hasta que yo me quedaba dormida.
La luna brillaba con fuerza esta noche, así que estar aquí sentada en el
columpio, sola, no resultó estar tan mal. Las lágrimas contra las que había
luchado todo el día no aparecieron cuando me acomodé allí.
—¿Hay hueco para uno más? —Pegué un bote al oír la voz de Jeremy. No lo
había oído acercarse.
—¿Jeremy? ¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunté, echándome a un lado
para que pudiese sentarse.
—Iba de camino al lago, pero no pude hacerlo. No podía dejar de imaginarte
aquí sola en el columpio, y bueno, mi camioneta dio la vuelta ella solita y aquí
estoy.
Lo estaba haciendo otra vez. Estaba dejando su vida por venir a sostenerme la
mano. Es lo que hizo cuando Josh murió. Esta vez había empezado pronto.
—Vete a esa fiesta. Encuentra a una chica y báñate desnudo en el lago. No te
quedes aquí conmigo. Estoy bien.
—Lo pensé, pero… luego me di cuenta de que prefería estar aquí contigo.
No sabía qué pensar sobre ese comentario. Sabía que Jeremy me quería.
Sabía que se preocupaba por mí, pero como amigo. No sentía nada más
profundo hacia mí. ¿Entonces por qué sonaba tan extraño? ¿Por qué preferiría
estar aquí conmigo cuando podría estar bañándose desnudo con otra?
—No quiero que vuelvas a dejarlo todo por mí. Ya lo hiciste una vez. No más
—le dije con voz seria.
Él se rio por lo bajo y se recostó sobre el columpio.
—No estoy dejando nada. Solo me gusta tu compañía más que la del resto que
estará en el lago. Creo que me he cansado de ellos.
Eso sí lo entendía. A mí también me había pasado.
—¿Hoy es la primera vez que ves vomitar a mi padre desde la última vez que
ocurrió? ¿El día de la cita con el médico? —Tenía que saberlo. Quería estar
preparada.
Jeremy asintió.
—Sí, lo es, y lo he estado vigilando de cerca. Mi madre quiere que vengáis
todos a cenar un día de la semana que viene. Si es que la has perdonado por
lo que dijo sobre Cage. Ella admite que estaba enfadada y que se equivocó. Lo
siente mucho y quiere disculparse contigo en persona.
La madre de Jeremy, la señora Elaine, había dicho cosas bastante feas de
Cage. Se metió en donde no la llamaban. Pero yo creía en el perdón. La vida
era demasiado corta.
—Quiero a tu madre, Jeremy. Pues claro que la perdono. Me encantaría ir a
cenar a tu casa. Sé que a papá también.
—Bien. Se lo diré y así podrá dejar de darme la lata con eso. Lleva
preguntándomelo una semana y yo no he hecho más que mentirle.
Lo miré y sonreí.
—Estaba esperando hasta ver que estabas preparada.
Empecé a responderle, pero mi teléfono sonó. Bajé la mirada y vi que había
recibido un mensaje de Cage.
Hoy llegaré tarde a casa. Hablamos mañana. Te quiero.
Qué raro. No me había llamado u ofrecido una explicación.
—¿Qué pasa? —preguntó Jeremy.
No quería que lo viera. Quería pensar en ello por mi cuenta. Me molestaba,
pero no estaba segura de por qué o de si debiera siquiera. Cage no tenía que
llamarme todas las noches. Probablemente fuese a pasar tiempo con sus
nuevos amigos. Y eso estaba bien. Era lo que tenía que hacer. No quería que
se sintiese solo allí. Necesitaba gente con la que quedar. Era egoísta de mi
parte pensar de otro modo.
—Nada. Tiene planes esta noche. Quería que supiese que llegaría tarde. —Eso
era todo lo que necesitaba saber.
—Él te quiere, Eva. —Jeremy pareció percibir mi preocupación, aunque
estaba intentando ocultarla.
—Lo sé. Es solo que lo echo de menos —respondí.
—Solo quedan seis días para que vuelvas a verlo.
CAGE
¿Dónde cojones estaba mi teléfono? No tendría que haber accedido a salir con
estos tíos hoy. Ace era mi nuevo compañero de piso y de equipo y se había
propuesto sacarme de casa esta noche. Yo había venido con la intención de
conseguir un apartamento para mí solo, de modo que Eva pudiese instalarse
sin problema en cuanto viniese. Pero no había sido posible. El entrenador
insistió en que viviese con Ace. Se supone que me iba a ayudar a adaptarme.
Después de las vacaciones de Navidad me mudaría a un piso yo solo. También
me serviría para ahorrar dinero para gasolina cada vez que necesitase ir y
volver de Alabama.
Me abrí paso a través de la multitud en busca de Ace. Cuando salimos del
apartamento tenía mi teléfono. Me lo había metido en el bolsillo. ¿Dónde
narices estaba ahora? Tenía que ir a mirar en el coche de Ace. También tenía
que salir de aquí. Esto no era para nada lo que habíamos acordado. Me
habían dicho una pequeña reunión de amigos. No una fiesta con un puñado de
strippers en topless. Joder. Si Eva se enterase de que he estado aquí, estaría
furiosa.
Otra mujer despechugada pegó sus tetas contra mi brazo y deslizó una mano
por mi pecho.
—¿Tienes piercings en los pezones? Joder, ¡sí que los tienes!
Le agarré la mano y la aparté de un tirón a la par que me alejaba de ella.
Llamaría a un taxi para que me recogiese si pudiese encontrar mi móvil.
Había tetas por todos lados. Menudo desastre.
—¡York! ¡York, compañero! Ven aquí a conocer a Jasmine. Quiere que os
presente, y te prometo, tío, que vas a querer todo lo que te ofrezca. —Miré a
Jim Cooper. Entrenaba con él todos los días.
—No, gracias. ¿Sabes dónde está Ace? —pregunté mientras más tetas tocaban
mis brazos. Tiempo atrás, sí que me habría encantado este lugar. Ahora
mismo sentía como si fuese a perder los estribos si no salía rápido de aquí.
—¿No, gracias? ¿Has visto que par de tetas tiene? Son del tamaño de un
melón. ¡Vaya melones, tío! Y le encanta que se las follen. Ven y pruébalas.
Pero déjame mirar, ¿eh?
Mierda. Una vez yo también había estado así de ciego. Me rendí y seguí
andando. Tenía que encontrar a Ace y mi móvil. Dos chicas en topless se
interpusieron en mi camino y me sonrieron de manera que decían que estaba
en serios problemas. La pelirroja puso los brazos en jarras y meneó los pechos
al tiempo que sostenía una rodaja de lima en la boca.
—Ya tiene sal en los pezones. Lámeselos y luego aquí tienes tu chupito —dijo
la morena con una sonrisa pícara y mostrándome un chupito de tequila. La
chica tenía buenos pechos. No estaba ciego, pero no eran los de Eva. Esos
eran los únicos pezones que me interesaban lamer.
—Estoy pillado. No me interesa —dije echándome a un lado para evitar tener
que tocarlas. Ambas se movieron para bloquearme el paso.
—No hay nada más sexy que un hombre que está pillado. Ahora sí que quiero
que me los chupes. Venga —me animó. Se levantó las tetas hasta que sus
pezones estuviesen apuntando hacia arriba—. Chúpalos —me suplicó a la par
que se inclinaba hacia mí.
Eso no era sexy. Era patético. Negué con la cabeza.
—Id a poneros algo de ropa —respondí y alargué el brazo para apartarlas de
mi camino. Por desgracia, la pelirroja se movió rápido y giró el pecho para
conectar con mi mano. En vez de agarrarle el hombro, me encontré con una
teta en la mano. La alejé como si me hubiese quemado—. Hija de puta. ¿Qué
parte de no estoy interesado no entiendes, joder? Llévate tus tetas a otra
parte.
Me giré para alejarme por el otro lado y fue entonces cuando mis ojos se
toparon con los de Ace. Estaba sentado a mi derecha en un sofá con una chica
a cada lado. Me sonrió como si tuviese un secreto del que yo no tenía ni idea.
Me dirigí hacia él e ignoré las ofertas que me lanzaban.
—Tengo dos. Tienen interés en venirse con nosotros al apartamento y
hacérnoslo pasar bien. —Ace alzó un brazo y pellizcó el pezón de una rubia
con el pelo rizado y corto—. Esta lleva observándote toda la noche. Le pones
los pezones duros. Me lo ha dicho —me contó antes de morder el pecho que
más cerca tenía de su boca.
—No encuentro mi teléfono y tengo que irme. Tengo que llamar a Eva en diez
minutos. Pensé que ya habríamos vuelto al apartamento para entonces.
—¿Eva? —preguntó a la vez que inspeccionaba la estancia—. Tío, ¿has visto
estas tías? Elige una. Llámala Eva toda la noche, si quieres.
—No tiene gracia. Tengo que irme. Ya. Creo que mi móvil está en tu coche.
Tuvo que habérseme caído allí. Dame las llaves y ahora te las devuelvo.
Ace puso los ojos en blanco antes de llevarse la mano al bolsillo y de sacar mi
teléfono.
—Se te cayó antes. Lo vi. Toma. —Me lo lanzó—. Si has de marcharte,
entonces vete, pero estás loco por desperdiciar una oportunidad como esta. Si
nos oyes luego, que sepas que estás más que invitado a unirte a nosotros si
cambias de opinión.
No iba a cambiar de opinión. Iba a marcharme y echaría el pestillo de mi
maldita puerta. Estas chicas no entendían la palabra no. Me las arreglé para
salir sin que otra mujer me ofreciese su cuerpo. Venir aquí había sido una
mala idea. Esta vida no era como cuando en casa. Yo sabía que a las chicas les
gustaban los jugadores de béisbol. Yo me había aprovechado de eso durante
años, pero este lugar… Era mayor. Aquí las cosas eran más intensas.
Pulsé el botón de mi teléfono, pero la pantalla no se encendió. ¿Qué cojones?
¿Había muerto? Acababa de cargarlo justo antes de salir. Volví a mirar a la
fiesta y supe de inmediato que no podía volver a entrar ahí dentro. Me llevaría
una hora conseguir un teléfono que pudiese usar para llamar a un taxi.
Estábamos en la casa de alguien. No sabía con seguridad de quién. Me
hallaba a kilómetros de distancia de una tienda. ¡Mierda!
—¿Necesitas que te lleve? —Me giré y vi a una mujer que reconocí de la
fiesta. Había estado tan destapada como las demás, pero no me había tirado
los tejos. Había estado rozándose contra el regazo de Dink. Vi eso y que él le
había estado chupando las tetas. No me iba a meter en un coche con ella.
—Mira, cielo, ya he terminado por hoy. No estoy interesada en entrarle a un
tío que no está interesado. Ya me lo he pasado bien y ahora me voy a casa. Si
quieres que te lleve, lo haré. O bien puedes quedarte aquí sentado toda la
noche.
Sí que necesitaba llegar a casa. Podía quitarme a una mujer de encima si
fuese necesario. Irme con ella era mejor que ignorarla y tener que subirme al
coche de Ace con posiblemente dos locas en topless cuando este tuviese
ganas de marcharse.
—Sí. Quiero irme a casa —dije a la vez que me acercaba a su coche.
Ella asintió y abrió la puerta. Abrí la del lado del copiloto y me subí. Tenía que
hablar con Eva. Ya. Quería oír su voz.
—Tú debes de ser uno de los buenos. De los que se enamoran de verdad —
dice la chica cuando nos incorporamos a la carretera.
—Se podría decir que soy muy afortunado —respondí con los ojos fijos en la
carretera. No iba a mirarla. Aunque estuviese vestida, su top dejaba a la vista
prácticamente todo menos los pezones.
—Sí. Uno de los pocos —respondió. Alargó el brazo y encendió la radio.
Hinder llenó el ambiente, y los dos escuchamos la música. La única vez que
hablamos fue cuando le dije que tenía que girar.
Diez minutos después entraba en el aparcamiento de nuestro apartamento.
—Puedes dejarme aquí —le dije mientras ella aparcaba en uno de los
estacionamientos.
—Podría, pero al parecer, yo vivo en el mismo edificio. Debes de ser el nuevo
compañero de piso de Ace —dijo.
—Sí —respondí.
—Soy Hayden Step. Tu vecina de al lado.
—Gracias por traerme —dije a la vez que abría la puerta y salía. Le agradecía
que me hubiese traído, pero no estaba por la labor de hacer amigos.
8
EVA
Papá no ha desayunado esta mañana, otra vez. Incluso había intentado
preparar algo liviano: gachas y melocotones. Dijo que no tenía hambre y me
dio un beso en la mejilla antes de salir por la puerta. Intenté recordar lo que
dijo Jeremy sobre que su medicación probablemente cambiara su apetito. Yo
solo quería que comiera.
Me senté a la mesa sola, con una taza de café. El sol que se filtraba por la
ventana tan temprano no me animaba como solía hacerlo. Hoy tenía
demasiado en qué pensar. Que papá no comiese y Cage no me hubiera
llamado.
La puerta de la cocina se abrió y Jeremy entró por ella. Su sonrisa me
reconfortó. No me apetecía sonreír, pero me gustaba ver a alguien más
haciéndolo.
—Buenos días con alegría —saludó arrastrando las palabras mientras se
dirigía a prepararse una taza de café—. No pareces muy animada esta
mañana. ¿Hace falta que le dé una paliza a alguien? Porque sabes que lo
haría.
Si no estuviera tan preocupada por todo, aquello me haría sonreír.
—No. Estoy bien. Estoy en un momento en el que solo siento pena de mí
misma. Patético, lo sé.
Jeremy le dio la vuelta a su silla y se sentó a horcajadas frente a mí.
—Que no me entere yo de que vuelves a llamarte patética otra vez. Odiaría
tener que darte una paliza.
Aquello casi me hizo sonreír.
—Gracias —exclamé. No tenía palabras para decir más.
Sin embargo, Jeremy no las necesitó. Lo comprendía.
—De nada. Por eso estoy aquí —replicó.
Bebimos café sin hablar apenas durante varios minutos. Al final, posó la taza
en la mesa y me miró.
—¿No te ha llamado?
Negué con la cabeza. Había esperado que me llamara o que me mandara un
mensaje al llegar a casa tarde. Era raro. Y doloroso. Quería que se lo pasara
bien e hiciera amigos. No quería dificultar su vida, pero estaba acostumbrada
a ser lo primero. Anoche otra cosa lo había sido. Temía que fuera el inicio de
muchas noches como esa.
—Llamará y te dará una razón para el mensaje de anoche. El chico adora el
suelo por donde pisas. No te estreses. Ya tienes suficiente por lo que
preocuparte.
Dejé la taza en la mesa antes de coger la mano de Jeremy y darle un ligero
apretón. Él me lo devolvió y se levantó.
—Tengo que ir a ayudar a tu padre. Se pondrá a hacer cosas que no debería
por su cuenta si lo dejo demasiado tiempo solo.
Asentí porque tenía razón. Mi padre no se abandonaba con facilidad al
cáncer. Estaba empeñado en vivir la vida como si no lo tuviera. Cada día que
lo veía seguir con su vida e ignorar los tratamientos que le darían unos pocos
meses más, me preguntaba si esta no era una forma mejor de pasar el resto
de sus días. Ver cómo disfrutaba de la vida que siempre había vivido en lugar
de verlo enfermo por los tratamientos de quimioterapia. Si ello lo curaba,
entonces lo obligaría a hacerlo… pero no era el caso. Así que quizá… quizá
esto fuera lo mejor.
El móvil sonó y me despertó de mis ensoñaciones. Me levanté de un salto y
corrí a cogerlo. Era Cage.
—Hola —dije, sin saber muy bien qué decir. Eran las seis de la mañana.
—Nena, lo siento muchísimo. No encontraba mi móvil. Lo perdí. Después lo
recuperé y la puta batería estaba descargada. Tras cargarlo casi te llamé,
pero me preocupaba que estuvieras durmiendo, así que he estado esperando
hasta saber que estabas despierta para llamarte.
No mencionó el mensaje.
—No pasa nada. Estaba un poco confusa por el mensaje que me mandaste,
pero me fui a la cama temprano. ¿Te lo pasaste bien anoche?
Hubo una pausa al otro lado de la línea. El estómago me dio un vuelco. ¿Por
qué no respondía? ¿Me iba a decir algo que no querría oír? Dios. ¿Acaso
estaba preparada para ello?
—¿Qué mensaje? Yo no te he mandado ninguno. Perdí el teléfono y después lo
encontré apagado.
¿Él no me mandó ningún mensaje? Sí que lo hizo.
—Eh, sí que lo hiciste. Espera, te mando una captura. —Encontré el mensaje
de anoche e hice una captura de pantalla rápidamente antes de mandársela a
Cage.
—Ahí está enviada.
Otra pausa. Sabía que estaba viéndola. Quizá había estado bebiendo y no se
acordaba. Pudo habérmelo enviado estando ebrio. Eso tendría más sentido.
—Voy a darle de hostias a ese cabrón —rugió Cage al teléfono.
Oh, oh.
—Cage, ¿qué pasa? —inquirí mientras pensaba en una forma de calmarlo por
teléfono.
—Yo no te he mandado esta mierda de mensaje, Eva. Nunca te mandaría una
mierda así. Ha tenido que ser Ace. Él tenía mi puto teléfono.
—Cage, espera. No pasa nada. Me confundí al recibirlo, pero entiendo que no
hayas sido tú el que lo ha mandado. No pasa nada. Por favor, no le hagas
nada a tu compañero. Solo intentaba distraerte de la carga un rato —bromeé
tratando de hacerle sonreír.
—¡No! No te refieras a ti misma así, Eva. Nunca. No estoy en un buen
momento y no pienso dejar que lo hagas. No lo soporto.
—Era una broma. Quería hacerte reír. No es nada. Te lo prometo.
—No ha tenido gracia. Eres mi mundo entero. Nunca dejes que yo te lo diga,
porque nunca seré así. Si vuelves a recibir un mensaje así, que sepas que no
soy yo. Y ten por seguro que probablemente tengas que sacarme de la cárcel,
porque estoy a punto de machacar a un gilipollas.
Mierda. ¿Qué podía hacer para calmarlo?
—Cage, por favor. Si te metes en problemas, puede que no vengas el sábado y
quiero que vuelvas. Te echo de menos. Por favor, no le hagas nada a nadie.
—Nena, no hay nada que pueda interponerse entre mi coche y yo para volver
a ti el viernes por la tarde. ¿Lo entiendes? Nada.
—Si te peleas con tu compañero, podría haber problemas. ¿Y si tienes que
mudarte? —Intenté pensar en razones por las que necesitaba mantener la
calma. Cualquier cosa que lo tranquilizara. A mí tampoco me caía bien ese tal
Ace si había sido él el que había enviado el mensaje, y dudaba que lo hubiese
mandado por una buena razón. Yo era la novia que impedía que Cage saliese
de fiesta con sus amigos.
—Creo que me voy a mudar de todas formas. No me gusta que la gente toque
lo que es mío. Y mucho menos que le manden mensajes a mi chica. Esa
mierda no va conmigo. Odio pensar que te fuiste a la cama pensando que te
había mandado ese maldito mensaje.
El dolor en su voz hizo que se me encogiera el pecho. Quizá no debería haber
mencionado lo del mensaje. No quería que estuviese mal. Era solo que me
resultaba difícil imaginar que lo hubiese mandado él.
—No pasa nada. No me hizo daño. Me alivió saber que estabas con amigos.
Pasándotelo bien. Coge aire. Te quiero y va todo bien. ¿Vale?
Cage soltó un gruñido de frustración.
—Dios, te echo de menos. Quiero verte. Necesito abrazarte.
—Solo unos días más. Podemos hacerlo —le aseguré.
—¿Estás bien? ¿Cómo está tu padre?
Miré por la ventana y vi cómo Jeremy ayudaba a mi padre a subir pienso a la
camioneta.
—Está bien. No come como solía y descansa mucho más, pero aparte de eso
está como siempre. A veces me asusto. Quiero que entre en casa por el calor y
descanse. Pero otras veces me hace feliz. Hace lo que quiere. Sigue siendo
capaz de hacer lo que quiere.
—Me alegro de que estés con él. A pesar de lo mucho que te echo de menos,
me alegro de que estés allí. Lo necesitas.
—Yo también.
—Te quiero, te echo muchísimo de menos.
Sonreí y me imaginé su sonrisa pícara.
—Yo te quiero más.
CAGE
Abrí la puerta del cuarto de Ace e ignoré las chicas desnudas que lo
acompañaban en su cama. Me acerqué y pegué un puñetazo en la pared sobre
él.
—Tienes cinco putos segundos para levantarte —rugí. Me hervía la sangre.
Quería golpear a alguien. Pensar que Eva se había ido a dormir anoche
pensando que yo le había mandado ese mensaje me enfurecía. Había tratado
de calmarme mientras hablaba con ella por teléfono, pero ahora no lo estaba
en absoluto.
Ace se sentó con los ojos como platos. Una de las chicas se cayó de la cama y
chilló.
—¿Qué cojones pasa, tío? —murmuró somnoliento. Tuve que escucharle con
estas dos durante horas.
—He hablado con Eva esta mañana. Sabes qué cojones pasa. Ahora levanta.
Te doy dos segundos para que salgas de esa cama antes de que te pegue una
paliza. Nadie se mete con mi chica. Nadie.
Y ahora Ace parecía algo preocupado. Hizo que la otra chica se moviera y
consiguió que esta chillase. Esperé hasta que salió de la cama antes de
empotrarlo contra la pared con el brazo contra su cuello. Él empezó a
revolverse, pero yo presioné con la suficiente fuerza como para saber que sus
niveles de oxígeno ya eran limitados.
—No te metas con Eva. Nunca. No te haces la menor idea. La menor idea de
lo que significa para mí. Yo también hice estas mierdas una vez. Era mi vida.
Después la conocí. Todo ha cambiado. Ella solo merece mi más absoluta
devoción. Y si quieres que nuestra amistad funcione, has de captarlo.
Respetarlo.
Los ojos de Ace habían cambiado de somnolientos a completamente alerta. No
había esperado tal reacción. Bueno, ahora lo sabía. Mi relación con Eva no
era algo en lo que entrometerse. Asintió y trató de alejarme, pero yo me
mantuve en mi sitio.
—Es el único aviso que te doy —dije antes de dejar caer el brazo y dar un paso
atrás.
Ace se frotó el cuello y me atravesó con la mirada como si estuviese loco. Lo
estaba y era mejor que se diese cuenta ahora. La próxima vez despertaría en
un hospital y yo acabaría en la cárcel.
—No debería haber mandado el mensaje, pero quería que anoche te
divirtieses. Te preocupas por ella todo el maldito tiempo. Esta vida no es fácil.
A veces resulta demasiado. Necesitas encontrar la forma de desestresarte.
Solo intentaba ayudarte. Todos venimos a la universidad con relaciones de
nuestro pueblo natal. Nunca duran. Esta vida no es algo que puedan soportar
y al final necesitan algo más. Ya lo verás.
Él no tenía ni idea.
—No. Ya lo verás tú. Ella es la razón por la que me levanto cada mañana.
Vendrá cuando… —No podía decirlo. No estaba listo para pensar en el dolor
que perder a su padre iba a infligirle—. Vendrá pronto y cuando lo haga, lo
entenderás.
Ace sacudió la cabeza.
—Da igual, tío. He visto fotos de ella. Las tienes en tu cuarto y en tu móvil.
Está buena. Es decir, admito que es guapa, pero es una chica de pueblo. Aún
no has probado esta vida y cuando lo hagas, la querrás. A eso nos dirigimos. A
una liga superior. Mujeres, mujeres y más mujeres.
Solo había una mujer que quería. Solo una que querría en toda mi vida.
Negué con la cabeza y me marché. Ace no lo entendería. Estaba cabreado con
él, pero le había dicho lo que necesitaba decirle. Ya no jodería más mi vida,
estaba seguro de ello. Otrora yo había sido como Ace. Sabía de qué iba. Él
nunca había conocido a alguien como yo. A alguien con una Eva en su vida.
No esperé a Ace y me dirigí a la sala de máquinas para entrenar. No estaba
listo para verlo todavía. Además, no quería estar cerca en caso de que
decidiera acostarse nuevamente con esas tías antes de que se marcharan.
El problema de aquello era que no me había bebido un café antes de irme.
Tras una noche sin dormir, necesitaba cafeína. Abrí la puerta del coche y oí
que alguien silbaba detrás de mí. Me volví y vi a Hayden caminando hacia mí.
Mierda.
—Hola, ¿adónde vas tan temprano?
Repito que no estaba por la labor de hacerme amigo de ninguna tía. Sobre
todo de las que vestían como ella.
—A entrenar —escupí y me metí en el coche.
—Eres un gilipollas muy borde. ¿Lo sabías? —me gritó.
—Soy un gilipollas con novia —respondí.
—No intentaba hacer bebés contigo, Cage soy la hostia York. Solo ser amable.
Joder.
Cerré de un portazo y me fui. No me importaba una mierda lo que intentase
hacer. Ni siquiera iba a acercarme. Ni para charlas banales.
9
EVA
Salí al exterior con un termo grande lleno de limonada para Jeremy. Ya le
había llevado uno a papá. Sabía que Jeremy también tenía sed de otra cosa
que no fuese agua. Estaba apuntalando un listón donde la valla se había
deteriorado un poco. Solté un silbido al aproximarme y él alzó la vista.
—Gracias a Dios. Me preguntaba qué tendría que hacer para conseguir algo
de eso. Me moría por la de Wilson mientras se la bebía.
Sonriente, se la entregué. Él bebió un gran trago y después se limpió la boca
con el dorso de la mano.
—Madre mía, muchacha, sí que sabes hacer limonada.
Me senté en el cubo de treinta y pico kilos de pienso a su lado.
—Gracias.
Jeremy se apoyó contra la valla y le dio otro trago a la limonada.
—¿Has hablado con Cage ya?
Asentí.
—Sí. El mensaje no fue suyo. Lo mandó su compañero. Cage no se ha
enterado hasta esta mañana. No le hizo gracia en absoluto.
Los ojos de Jeremy se abrieron como platos.
—Oh, vaya —soltó una risa—. Odiaría estar en la piel de ese tío ahora mismo.
Me preocupaba eso mismo. Tuve que obligarme a no llamar y asegurarme de
que Cage no le había pegado una paliza a su compañero—. Lo sé. Aunque
creo que le he calmado. Lo he intentado lo mejor que he podido.
Jeremy frunció el ceño y posó el termo en el suelo.
—Ahora que está en la universidad, su vida va a ser diferente. Lo sabes,
¿verdad? Es decir, su compañero de piso no va a ser el primero que intente
causar problemas en vuestra relación.
Empezaba a entenderlo. No estaba segura de qué hacer. Ahora no podía irme.
Tenía que quedarme con mi padre.
—Confío en Cage. Eso es todo lo que importa.
—Bien. Eso es lo que tienes que hacer. Es un cabrón con suerte y lo sabe. —
Jeremy me guiñó un ojo y se incorporó—. Tengo que volver al trabajo antes de
que tu padre me pille. Hablamos más tarde.
—Vale. Yo voy a Sea Breeze. Low me ha llamado y me ha propuesto ir a comer
con ella y con Amanda. Necesito distraerme un poco de todo esto. Échale un
ojo, ¿vale?
Jeremy me respondió con un saludo militar.
—Entendido. Ve y diviértete. Yo haré guardia.
Adoraba a ese chico.
Dos horas más tarde me encontré entrando en el Camilla Café de Sea Breeze.
Low ya estaba sentada y me hizo un gesto con la mano para que me acercara
a su mesa junto a la ventana. Amanda también estaba allí y las dos estaban
acompañadas de una chica rubia guapísima que sabía que era la prometida de
Jax Stone. La pedida de mano de Jax se había hecho viral hacía un par de
meses. Sadie White era una celebridad en este pequeño pueblo. Había
conseguido al rockero más sexy del mundo, y lo había hecho viviendo en Sea
Breeze. También era la mejor amiga de Amanda. Solo había coincidido con
ella en la boda de Low y Marcus. No sabía cómo iría la comida con ella. ¿La
gente se paraba y le pedía autógrafos? ¿O la dejaban en paz?
—¡Hola! Me da la sensación de que no te haya visto en años. Estoy tan
acostumbrada a veros a Cage y a ti al final de la calle… —exclamó Low
levantándose a la par que yo me acercaba a ellas. Me abrazó, lo cual era
normal en ella. Cage y ella eran como hermanos y ahora ella me trataba a mí
de la misma forma.
—Lo sé, no han sido un par de semanas fáciles —dije intentando sonreír. La
última vez que la había visto todo iba perfecto. Las cosas habían cambiado
muchísimo desde entonces.
La sonrisa de Low desapareció y frunció el ceño con preocupación.
—¿Cómo vas? Hablé ayer con Cage. Está preocupado por ti. Por no estar aquí
contigo. Tuve que volver a convencerlo de que es lo mejor. Aquí no puede
hacer nada. Él simplemente quiere estar contigo.
Asentí y tomé asiento frente a Low y junto a Amanda.
—Sigue diciéndoselo, yo también lo haré —le pedí a Low antes de mirar a
Amanda y a Sadie—. Hola.
Amanda estiró la mano y me dio un apretón en la mía.
—Hola. He estado pensando en ti. Me alegra que hayas venido. No quería
importunarte, pero si necesitas cualquier cosa, cualquiera, llámame —
exclamó. Amanda me recordaba a la Barbie perfecta. También era súper
dulce. No sabía cómo el casanova de Preston Drake la había conquistado. Era
tan buena y honesta.
—Gracias —respondí. Quería cambiar de tema. Hablar de mi padre no iba a
darme un respiro de mis pensamientos y solo empeoraría el ambiente de la
mesa. Sonreí en dirección a Sadie. Tenía cara de preocupación—. Háblame
sobre cómo es estar prometida con una estrella de rock. Necesito distraerme.
Sadie se sonrojó y una sonrisa afloró en sus labios. Dios fue injusto al darle
tanto atractivo a una mujer. Era guapísima. Según Amanda, Marcus también
estuvo colado por Sadie hace tiempo. Ambos habían trabajado en la casa de
verano de Jax Stone. Sadie llamó la atención de este y después lo conquistó.
Él no había estado preparado para conocer a alguien que no estuviera
interesado en su status de estrella y que no escuchara su música. Tampoco
para que ella fuera tan dulce.
Cuando su relación salió en las noticias, Jax la había dejado previamente aquí
para que tuviera una vida alejada de su estatus de celebridad. Pero la había
herido y él volvió. Por lo que dijo Amanda el resto era historia. No se había
alejado de ella desde entonces.
—Bueno… es diferente. Antes del compromiso las cosas eran un caos. Pero
ahora que ha salido a la luz el video y se ha descontrolado en la red, las cosas
han cambiado. Estaba acostumbrada en ciudades grandes, pero ahora la
gente de todos lados me conoce. Es raro… pero no lo cambiaría por nada del
mundo. No imagino una vida sin Jax, así que no pasa nada. Me estoy
acostumbrando.
—Puede que tú te estés acostumbrando, pero Jax está estresado. Le ha
mandado mensajes y la ha llamado cinco veces para ver qué tal está. ¿No se
suponía que estaba en una sesión de fotos de la revista Rolling Stone?
Sadie soltó una carcajada.
—Sí, pero cuando no estamos juntos, está muy encima de mí. No puede
evitarlo.
Me alegraba que Cage no pensara que él tuviese que hacerlo. Me preocupaba
que su vida fuera horrible de tener que hacerlo. Pero al fin y al cabo, no era
una estrella del rock famosa y no tenía que preocuparse de que los paparazzi
me persiguieran al igual que algunos seguidores apasionados.
—Le repito que la deje conmigo cuando se vaya de gira en otoño, pero se
niega. No se irá sin ella. Pero ella tampoco ayuda. Se la llevó de Sea Breeze y
aún sigo procesando el hecho de que no va a volver. Se ha convertido en una
«chica de California» —dijo Amanda con una sonrisa triste en el rostro. Sabía
que echaba de menos a su amiga, pero comprendía lo que era estar
enamorada.
—Jason no deja de repetir que se va a mudar a la casa de verano. Nunca lo
hace, pero amenaza con ello. No me lo imagino siendo feliz en Sea Breeze. Ha
vivido con Jax y sus padres en Los Ángeles desde que tenía diez años —
exclamó Sadie.
—Me resulta difícil imaginar a Jason viviendo aquí —apuntó Amanda. Ella
conocía a Jason mejor que nosotras. Había salido con el hermano menor de
Jax cuando Preston le hubo roto el corazón. Jason había sido un buen amigo
para ella por aquel entonces. También había convertido a Preston en un
verdadero celoso.
—Oye, Low, ¿cómo va a ser el cuarto del bebé? Lo tienes que saber ya —dijo
Amanda dirigiendo la atención lejos de Sadie. A juzgar por la expresión de
alivio que atisbé en el rostro de Sadie, supe que Amanda lo había hecho a
propósito.
—Bueno, estoy pensando en algún estampado. Quizá azul pálido y marrón. Así
puede ir bien tanto si es niño como niña —contestó Low mirándonos para
saber nuestra opinión.
—Me encantan los estampados, pero ¿estarán de moda dentro de seis meses?
—inquirió Amanda.
—Creo que es un estilo que perdurará —respondió Sadie.
—Si no siempre puedes elegir un estilo más costero. Si sabes que es un niño,
le podrías dar un toque náutico —le sugerí.
Low asintió despacio y me miró.
—Eso me gusta. Podría usar el estampado pero hacerlo azul y blanco.
—Oh, me gusta esa idea. No me convencía el marrón porque creo que pronto
se va a quedar anticuado. Ese, el gris y el amarillo se usan demasiado —
añadió Amanda.
La camarera se acercó a nuestra mesa para tomar nota de las bebidas.
Cuando sus ojos se posaron en Sadie, se abrieron como platos. Pude ver que
no estaba segura de cómo tratar a la prometida de Jax Stone. Sadie también
parecía incómoda. Como si anticipase un momento fan.
—Sí, es quien crees que es, pero solo quiere comer y visitar a sus amigos.
¿Vale? —dijo Amanda con dulzura. La camarera recuperó la compostura,
asintió y, tras disculparse, se marchó.
—Te estás convirtiendo en una profesional en eso —exclamó Sadie, mirando a
Amanda.
—Para eso estamos, chica —contestó ella.
Pasamos las dos horas siguientes hablando de nombres de bebés, lugares en
los que Sadie y Jax podrían casarse, de los tres mensajes que Cage me envió
mientras estuve allí y la repentina aparición de Preston. Buscaba a Amanda y
solo quería un beso de ella, lo cual hizo que mi corazón anhelase aún más a
Cage. Después, todas nos abrazamos y planeamos quedar dos semanas
después cuando Sadie volviera para el cumpleaños de su madre.
CAGE
Ace y yo no nos hablábamos. No después de la otra mañana cuando casi le
partí la cara. Estaba pensando en buscar otro sitio donde vivir. No debería
haber intentado esto de los compañeros de piso. Había dejado que mi
entrenador me convenciese. Ahora veía que había sido una mala idea.
Bajé la vista hasta mi teléfono. Esta noche había una reunión de equipo
organizada por el entrenador para aquellos que no se hubiesen ido a casa en
verano. Íbamos a ver partidos grabados de los equipos para los que nos
íbamos a preparar el año que viene. La temporada de verano era «opcional»,
pero sabía que, si quería mantener la beca, para mí no lo sería. Y también se
me requeriría trabajar en el campamento infantil que daría comienzo en una
semana. Serían tres semanas de campamento y después comenzaría la
temporada de verano. El hecho de no ver a Eva los fines de semana me
asustaba.
Le había mandado un mensaje y supe que estaba con Low, Amanda y Sadie.
Aquello me hizo respirar mejor. Sabía que podía contar con Low para cuidar
de Eva. La llamaría luego y se lo agradecería. También quería saber cómo
estaba Eva. Emocionalmente hablando.
Esta noche volvería tarde. Marqué su número y esperé a escuchar su voz.
—Hola —sonaba feliz.
—Hola, nena, ¿te lo has pasado bien hoy?
Parecía sin aire.
—Sí. Me ha gustado hablar con las chicas. ¿Qué tal ha ido tu día?
—Te he echado de menos. Pero me alegro de que te lo hayas pasado bien.
Ella dejó lo que estaba haciendo y cogió aire.
—Dios, necesito ponerme en forma —bufó—. Yo también te echo de menos.
Dos días más —dijo.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté al ver que seguía respirando con
dificultad.
—Moviendo sacos de pienso. Papá necesitaba tumbarse. Le dolía la cabeza y
estaba pálido. Estoy ayudando a Jeremy para que no se queden rezagados y
así papá no tenga que trabajar de más mañana.
¿Moviendo pienso? ¿Qué cojones?
—Eva. Ese pienso pesa veintitrés kilos por bolsa. ¡No tienes porqué mover el
puto pienso! ¿Dónde está Jeremy? Ponlo al teléfono. —Tenía que volver a
casa. No podía dejar que estuviera sin mí. Así pasaban estas locuras.
—Jeremy está con dos vacas que se han escapado en la zona sur del pasto. No
sabe que estoy haciendo esto. Ni siquiera sabe que papá ha tenido que
echarse. Así que tranquilo. Lo tengo todo controlado. Ya he movido pienso
antes. Pronto lloverá y no necesito que se mojen cientos de dólares.
Joder. Joder. Hostia. Odiaba esta situación.
—Hoy debe de hacer treinta y cinco grados, Eva. No deberías estar haciendo
eso con tanto calor. Por favor, entra y espera a Jeremy.
Ella se rio con suavidad y a mí se me derritió el cuerpo. Oírla reír me hizo
sentir mejor. Aunque quería que dejase de mover las bolsas que pesaban
demasiado con ese puto calor.
—Estoy bien, Cage. No me rompo tan fácilmente. Además, solo me queda
llevar una bolsa al granero.
Iba a llamar a Jeremy esta noche. Él y yo hablaríamos muy seriamente sobre
lo que Eva podía hacer y lo que no. Mejor aún, este fin de semana cuando
estuviésemos solos se lo iba a dejar claro.
—Deja la última bolsa para él.
—¿Solo me has llamado para echarme la bronca por el trabajo o tienes algo
más que decirme? —la burla de su voz tranquilizó mi carácter. La echaba
tanto de menos.
—Sí que te he llamado por una razón. Tengo una reunión del equipo que ha
organizado el entrenador esta noche. Es en su casa. Discutiremos la
temporada de verano y veremos grabaciones de los equipos a los que tenemos
que ganar. Puede que vuelva tarde. Quería escuchar tu voz y hacerte saber
dónde estaré y que te quiero y que no te dejo de lado por una maldita fiesta.
—Echaré de menos hablar contigo antes de ir a dormir, pero me alegro de
que pases tiempo con tus compañeros de equipo. Pásatelo bien. Llámame
cuando puedas mañana.
—Te quiero, cuento las horas hasta poder abrazarte de nuevo —dije mientras
la imaginaba sudorosa con esos pantalones cortos y la camiseta sin mangas
que sabía que tendría puestos en ese momento. Incluso tendría puestas sus
botas de trabajo, que eran jodidamente sexis.
—Yo también te quiero. Siempre.
10
EVA
Me senté en el porche y me quedé observando el camino a la vista de las
luces del coche de Cage. Mi padre se había ido a la cama hacía una hora y
Jeremy se quedó aquí conmigo durante un rato. Acababa de marcharse a
casa. El cuarto del granero esta vez sí estaba listo. Le había colocado sábanas
al colchón individual, una almohada y mantas. Hasta me había asegurado de
que tuviese jabón y toallas para ducharse. Mi padre se tomaría las pastillas
para dormir y estaría K.O durante toda la noche. Y aunque no lo estuviese,
sabía que ahora veía las cosas de un modo distinto.
Él quería saber que yo estaba a salvo. Que tenía a alguien que me quisiese y
me protegiese. También sabía que había elegido a Cage. No le dije que
pasaríamos esta noche en el granero, pero sabía que se lo tuvo que haber
imaginado, probablemente. Al no haberme dicho nada al respecto antes de
irse a la cama, supuse que le parecía bien.
Me había depilado las piernas y todas las otras áreas de mi cuerpo
necesitadas de atención. Hasta me había hecho la pedicura y la manicura.
Alisé con las manos el vestido amarillo que llevaba y sonreí. Me moría de
ganas por verle la cara a Cage cuando se diese cuenta de que no llevaba
bragas puestas.
Dos luces brillantes tomaron el camino de tierra que daba a nuestra casa y
todo pensamiento me abandonó. Me levanté de la mecedora donde me hallaba
sentada de un salto y salí corriendo. El coche de Cage se detuvo de repente
en la entrada y Cage abrió la puerta con fuerza antes de salir como un
torbellino. Apenas le había dado tiempo a su alto cuerpo a salir del todo del
coche, cuando yo me lancé a sus brazos y rompí a llorar.
No tenía intención de hacerlo, pero no pude evitarlo. Estaba aquí. Me
alegraba de no haberme maquillado con más que la máscara de pestañas
resistente al agua y un poco de brillo de labios. Los brazos de Cage me
envolvieron con fuerza y me abrazaron contra su pecho.
—Me encanta abrazarte —susurró con voz ronca contra mi pelo—. Te he
echado muchísimo de menos, nena.
Se echó hacia atrás lo justo y necesario para poder hundir la cabeza y
capturar mis labios con los suyos. Yo me entregué al beso y lo saboreé. El
sabor mentolado de su boca era delicioso. Todo él era delicioso. Subí los
brazos por su pecho y luego enterré las manos en su pelo. Cage hizo lo propio
en dirección sur para agarrarme el trasero. Se quedó paralizado, y luego
palpó toda la parte trasera del vestido antes de levantarlo despacio hasta que
sus manos entraron en contacto con mi culo desnudo.
—Maldita sea —gruñó, rompiendo el beso y mirándome a los ojos—. No llevas
bragas, joder.
Le sonreí con malicia. Sabía que eso lo excitaría. Como si necesitáramos una
ayudita extra; solo de verlo y sentirlo ya me estaba volviendo loca.
—Al granero, ya —dijo en un murmullo a la vez que se inclinaba para
levantarme en brazos. Yo envolví las piernas alrededor de su cintura y me
percaté de que no había sido muy buena idea. La dureza de sus vaqueros se
frotó contra mí y yo grité. Había pasado mucho tiempo.
—Dios, nena, ¿dónde está tu padre? —preguntó con las manos en mi trasero a
la par que caminaba hacia el granero con paso largo y yo gemía del placer
que la fricción me estaba causando.
—Dormido —logré responder.
Cage abrió la puerta del granero y me dejó en el suelo antes de volver a
cerrarla a su espalda. Me agarró por la cintura y luego deslizó una mano
entre mis piernas antes de soltar un gemido de placer; todo esto mientras mis
rodillas cedían y se doblaban debido al roce de sus dedos.
—Desnuda. Te necesito desnuda —dijo a la vez que se hacía con la parte baja
del vestido y me lo quitaba por la cabeza. Lo lanzó a la paca de heno más
cercana—. Te mereces una cama, pero no me da tiempo a llegar más lejos —
me confesó mientras se desabrochaba los vaqueros y me colocaba con
cuidado sobre el caballete de madera tras de mí. Sus vaqueros cayeron al
suelo y Cage me aupó para penetrarme en un rápido movimiento. Me apoyó
contra la pared, aún sentada sobre el caballete, mientras él me agarraba de
las caderas y comenzaba a deslizarse dentro y fuera de mí. Sus ojos azul
oscuro me miraban fijamente.
—Qué bien. Eres el puto cielo —me confesó mirándome a los ojos. Se relamió
los labios, gesto que me hizo estremecer, antes de separarse de mí y ponerse
de rodillas entre mis piernas para comenzar a saborearme cual hombre
hambriento. Su primer gruñido de aprobación casi hizo que llegase al
orgasmo. Lo agarré de la cabeza al tiempo que gritaba su nombre sin parar.
Cage besó mi clítoris palpitante antes de volver a ponerse de pie y
embestirme de nuevo.
—Nada me sabe tan perfecto. Nada. —Sus palabras solo me excitaron más.
Acababa de tener un orgasmo, pero estaba a punto de tener otro. Lo sentí
crecer mientras observaba sus caderas en el granero a oscuras. El brillo de
excitación en sus ojos me hizo jadear, lo cual me acercó de nuevo al borde del
precipicio.
—Me voy a correr, nena. Quiero que lo hagas conmigo —me dijo con voz
estrangulada.
Asentí y él bombeó una vez más.
—Ya —rugió con fuerza. Yo me uní a él a la vez que hundía mis uñas en su
espalda y gritaba su nombre.
Cage soltó mis caderas y me envolvió con los brazos antes de levantarme. Se
quitó los vaqueros a patadas y deshizo los pasos hasta el dormitorio. Yo ya
había encendido el aire acondicionado, así que el aire frío golpeó nuestros
cuerpos sudorosos cuando nos adentramos en el cuarto.
Cage todavía no había salido de mi interior, así que cuando lo hizo poco a
poco una vez me dejó tumbada sobre la cama, yo gemí debido a la
sensibilidad y a la pérdida.
—Te juro que te iba a hacer el amor despacio y con suavidad. Ese era mi plan,
pero, joder, nena, no llevabas bragas —comentó Cage, sonriéndome.
Yo me reí y deslicé una mano por la extensión de su pecho desnudo.
—Quería que fuese sexo salvaje. Tenemos tiempo de sobra para hacerlo con
cuidado y delicadeza.
Miró en derredor y se percató de las sábanas y la manta en la cama. Su
sonrisa se amplió.
—Parece que mi chica ya tiene el sitio más que preparado.
—Síp. Pero vamos a ducharnos ahora, así me puedo quitar el polvo del culo.
Luego podemos volver a intentarlo en la cama.
Cage alargó el brazo y me agarró de la mano para pegarme contra él
—Solo si me dejas lavarte el conejito. Lo he echado de menos.
Me incliné hacia él.
—Pregúntaselo a él. También te ha echado de menos.
—Um, entonces vamos a la ducha —dijo antes de besarme detrás de la oreja
—. Luego le daré besitos hasta que grites tantas veces que pensarás que ya
no podrás aguantarlo más.
CAGE
Me esforzaba al máximo para no estar tocando a Eva constantemente. No era
fácil. Dejarla vestirse esta mañana ya había sido bastante duro. Y ahora tenía
que quedarme aquí sentado y verla preparar el desayuno sin poder tocarla
porque su padre estaba a punto de entrar por la puerta de la cocina. Además,
cuando nos tocábamos tendíamos a olvidarnos de todo lo demás. Sonreí al
recordar cuando la besé antes de salir del granero, y lo rápido que
terminamos haciendo el amor contra la maldita puerta. Jeremy entró justo
cuando estaba abrochándome de nuevo los vaqueros. Sí… será mejor que no
la toque aquí.
—Papá no comerá mucho, si es que lo hace siquiera —susurró Eva al tiempo
que colocaba un plato con bollos en la mesa—. Pero Jeremy vendrá y
desayunará con nosotros. —Se acercó a la hornilla y vertió la salsa espesa que
había preparado en un cuenco antes de traerlo a la mesa junto a los bollos—.
Intenté preparar desayunos ligeros, como la avena, y mi padre ni siquiera los
tocaba. He conseguido que se coma un bollo con el café algunos días. Así que
eso es lo que hago ahora por las mañanas. A ti te he preparado beicon. Sé que
no va a tocarlo.
La expresión de angustia y preocupación en su rostro era evidente, y la
odiaba. Quería hacer algo para hacer desaparecer todo esto. Mientras yo
estaba fuera, esto era con lo que ella tenía que lidiar todos los días.
Asegurarse de que su padre comía. De que bebía lo suficiente. De que seguía
vivo. Me dolió el pecho. ¿Cómo iba a ser bueno para nosotros que estuviese
alejado de ella? Debería estar aquí.
—¿Quieres leche para acompañar? —me preguntó abriendo la nevera. Me
puse de pie. Iba a tocarla. No podía no tocarla.
—Siéntate. Yo prepararé las bebidas. Tú come —le dije aferrándola de la
cintura y girándola hacia la mesa.
Ella negó con la cabeza.
—No, he de mantenerme activa por las mañanas. Me ayuda a no pensar
demasiado.
—¿Comes? —pregunté al mismo tiempo que me hacía con los vasos antes de
que ella pudiese hacerlo primero.
—Sí.
—No. No lo suficiente —respondió Jeremy, y la mosquitera se cerró a su
espalda—. Mírala. Ha perdido peso. Dale de comer a esa mujer, por favor.
—Jeremy, cállate. Sí que como —rebatió Eva, atravesando a Jeremy con la
mirada.
—Bebe zumo de naranja y café por las mañanas —dijo Jeremy. Cogió su vaso
de la encimera y lo llenó de leche antes de sentarse a la mesa.
Sabía qué narices bebía en el desayuno. Habíamos estado viviendo juntos
durante ocho meses hasta hacía dos semanas. No necesitaba decirme qué era
lo que bebía.
—Lo sé —espeté al tiempo que cogía otro vaso y le servía zumo de naranja—.
Ve a sentarte.
—Dejad de agobiarla. Como sigáis así, os dará una buena tunda en el culo —
dijo Wilson con voz animada mientras entraba en la cocina. Me alegraba oírlo
como siempre. No sonaba enfermo. Me giré para mirar al padre de Eva.
Estaba más delgado y las bolsas oscuras bajo sus ojos habían empeorado.
—Gracias, papá. ¿Quieres un bollito? —preguntó ella acercándose para coger
uno y ponerlo en una servilleta.
Wilson no parecía querer ningún bollo, pero lo aceptó y sonrió.
—Gracias, me lo comeré con el café fuera. No sé si voy a poder soportar ver a
estos dos actuar cual madres sobreprotectoras.
Estaba bastante seguro de que no se iba a comer ese panecillo. Se iba fuera
para ocultarle ese hecho a Eva. Ella simplemente asintió y le tendió un termo
de café que le había visto preparar para él.
—No tardes mucho, chico, hoy nacerá el ternero. —Wilson le ladró a Jeremy,
que únicamente asintió.
Cuando la mosquitera se cerró a su espalda, Eva se acercó y se desplomó
sobre una silla.
—Al menos se ha llevado el bollo. Eso es bueno —comentó a la par que se
obligaba a sonreír.
Le serví un plato y unté mantequilla a su bollo antes de echarle un poco de
salsa por encima tal y como a ella le gustaba. Luego se lo planté delante. Eva
frunció el ceño.
—Cómetelo o te daré de comer yo mismo.
Jeremy se rio por lo bajo y Eva intentó fruncir el ceño otra vez, pero solo logró
esbozar una pequeña sonrisa.
—Vale. Me lo comeré, pero solo porque te he echado de menos.
—Bien —contesté, volviendo a tomar asiento en la silla y probando por fin el
beicon. No aparté la mirada de ella. La observé mientras cortaba su bollo con
un tenedor antes de llevarse un trozo a la boca. Me miró cuando comenzó a
masticar.
Me recliné sobre la silla y me relajé. Podría quedármela mirando todo el día.
—Escuchad, si vais a follaros con la mirada en el desayuno, no voy a poder
quedarme —se quejó Jeremy.
—Vale. Adiós —dije sin apartar la mirada de Eva. Sus mejillas se colorearon
de rosa y agachó la cabeza.
—Jeremy, ignóralo y cómete tu desayuno —rebatió Eva con voz dulce, y me
volvió a mirar otra vez. Le guiñé un ojo y ella se mordió el labio inferior.
Tendría que lamerle ese labio en cuanto Jeremy saliera de aquí para hacerlo
sentir mejor.
—Igualmente, ya he terminado. Tengo que salir a ayudar a Wilson. Si no
intentará prepararlo todo él solo. Qué hombre más tozudo —comentó Jeremy
mientras se ponía de pie y se dirigía a la puerta.
—Por favor, llámame si necesitas que vaya —le dijo Eva cuando salía de la
cocina.
En cuanto la puerta se cerró a su espalda, yo arrastré la silla hacia atrás y me
di una palmadita en la rodilla.
—Ven aquí —le pedí. Ella bajó la mirada hasta mi regazo y luego desvió su
atención hasta la puerta. A continuación, se puso de pie y se sentó él.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó con una voz llena de deseo.
—Te voy a dar de comer. Soy incapaz de verte comer tan lejos. Necesito poder
tocarte. Ha pasado mucho tiempo —le expliqué.
Eva sonrió de oreja a oreja y mi mundo de repente estuvo completo.
No quería perder el tiempo con la gente cuando podía tener a Eva toda para
mí. Pero Amanda había llamado a Eva y nos había invitado a ir a la playa con
todo el grupo y Eva le había respondido que sí. Malditos amigos.
La muchedumbre veraniega cubría la playa de Sea Breeze. Amanda ya tenía
sillas y sombrillas alquiladas para todos y colocadas en semicírculo frente al
agua. Eva se había puesto el bikini rojo que no me hacía tanta gracia que
llevara, pero intenté recordar que necesitaba distraerse. Necesitaba pasárselo
bien. Su vida ahora mismo ya era lo bastante estresante. Si quería ponerse un
bikini diminuto en la playa, la dejaría. Sería su maldita sombra y miraría mal a
todos los que se la comieran con los ojos.
—¡Hola, chicos! —Amanda sonrió de oreja a oreja cuando se giró y nos vio
acercarnos. Low se levantó de su silla de un salto y corrió a abrazar a Eva y
luego a mí.
—No sabía que podía echarte tanto de menos —me susurró Low al oído y yo
sonreí.
—Siéntate y coge una cerveza y luego cuéntame qué tal te va con el béisbol
en Hill State. Apuesto a que es una locura —dijo Preston reclinándose en la
silla y tirando de Amanda para que se sentase entre sus piernas. Preston
había rechazado una beca de béisbol en Florida. Había decidido aceptar una
más cerca de casa en South Alabama. Ojalá yo hubiese tenido la misma
opción. También habría preferido quedarme en casa.
—No está mal. El equipo parece estar bien. No he pasado mucho tiempo con
ellos más que para entrenar. La temporada de verano es más complicada de
lo que me esperaba. Ojalá pudiese quedarme en casa más tiempo.
Los ojos de Preston se desviaron hasta Eva, y luego regresaron a mí. Lo
entendía. Probablemente él fuese la única persona aquí que no entendiese por
qué abandoné a Eva. ¿Habría él abandonado a Amanda?
—Tengo que ir y ver cómo es todo aquello. Ya sabes, asegurarme de que están
preparados para el fantástico Cage York —comentó Preston, y luego le dio un
trago a su cerveza antes de mordisquear el cuello de Amanda y de hacerle
soltar una risita.
—Tienes que echarte crema —le informó Marcus a Low al tiempo que se
acercaba al grupo con un bote de crema solar en la mano. Sonreí porque
tiempo atrás era yo el que tenía que recordarle a Low que se echara la
maldita crema antes de que se quemase.
—Pues pónmela —le respondió, animada.
Echaba de menos esto. Abrazar a Eva y escuchar a mis amigos. Como si
pudiese leerme la mente, Eva ladeó la cabeza y me dedicó una sonrisa.
—Te quiero —susurró, y luego depositó un beso en mi mentón.
—Yo te quiero más —respondí agachando la cabeza para poder besarla en los
labios.
—Sé que lleváis algún tiempo separados, pero si podéis evitar liaros en
público, os lo agradeceríamos. —El tono bromista de Dewayne me hizo
sonreír contra los labios de Eva. Ella se separó y miró a Dewayne.
—Y pensar que te he echado de menos, Dewayne —dijo Eva.
Dewayne guiñó un ojo y arrojó su toalla a una de las sillas vacías.
—No es necesario que me eches de menos, preciosa. Puedes venir a verme
siempre que quieras.
Si no supiese que estaba de broma, me habría cabreado. En cambio, me
centré en saborear el cuello de Eva que tan consideradamente había
arqueado en mi dirección.
—¿Dónde están Rock y la familia? —le preguntó Marcus a Preston.
—Van a venir, pero prepararlos a todos les lleva su tiempo. Por norma
general, siempre espero que lleguen una hora tarde. Trisha tarda el mismo
tiempo o más peinando a Daisy que a ella misma. Te juro que esa niña tiene
mil lazos.
El tono encantado de su voz mientras hablaba de los muchos lazos que poseía
su hermana pequeña y del tiempo que se pasaba Trisha peinándose no le pasó
desapercibido a nadie. Rock y Trisha habían adoptado a la hermana pequeña
y los hermanos de Preston. Pasaron de que Trisha no pudiese quedarse
embarazada, a tener de repente una familia. Preston seguía siendo una parte
importante en sus vidas, pero ya no era necesario que actuara de hermano
mayor barra padre barra madre. Ya lo había hecho durante mucho tiempo.
—Me muero de ganas de ver a Daisy. Llevo meses sin verla. Apuesto a que ha
crecido un montón —dijo Eva apartando el cuello de mi boca. Yo simplemente
sonreí y lo perseguí.
—Sí, y ya pronuncia bien. Trisha la ha llevado a clases de logopedia. Está
genial —respondió Amanda.
Eva por fin se giró y me miró.
—¿Quieres parar? —susurró.
—No. Hueles demasiado bien —repliqué un poco más alto.
—Habla con tus amigos. Te han echado de menos.
—Yo te he echado de menos más a ti —dije, y le mordí suavemente el lóbulo
de la oreja.
—¿Y si vamos a nadar un rato? ¿Después les prestarás más atención a los
demás? —preguntó.
—Lo dudo, pero intentémoslo a ver.
11
EVA
El fin de semana pasó demasiado rápido. Volver a ver a Cage marcharse me
había dolido tanto como la primera vez. Tenía que regresar para hacer lo del
campamento de béisbol infantil que la universidad ofrecía todos los veranos. Y
se esperaba que aquellos que disfrutaban de una beca completa ayudaran en
él. Había intentado convencerme para que le dejara volver a casa el sábado
por la noche. Me había prometido que terminaría la universidad a distancia
como Marcus estaba haciendo y que buscaría trabajo. Estaríamos juntos, y
sinceramente, sonaba maravillosamente bien.
Pero no podía dejar que lo hiciera.
Cuando todo esto concluyera y mi padre se hubiese ido, Cage habría perdido
su sueño. Por mí. Nunca podría permitírselo. Algún día me lo echaría en cara.
Puede que no hoy ni mañana, pero algún día se preguntaría «¿y si…?» y sería
todo por mi culpa. Así que… volví a usar la excusa de que quería ese futuro
para nosotros y lo presioné para que regresara a Tennessee. Saber que
estaría lejos esta vez durante tres semanas antes de poder volver casi me
había hecho dar mi brazo a torcer.
Jeremy me había abrazado durante casi una hora y me dejó llorar sobre su
hombro. Había logrado mantener la compostura hasta que su coche se perdió
de vista, y entonces me desmoroné. Jeremy había estado ahí para levantarme
y llevarme hasta el porche.
El miércoles ya estaba un poco mejor. Volví a dormir en mi propia habitación.
Las primeras dos noches había dormido en el granero para poder oler a Cage.
Pero empecé a preocuparme de que mi padre me necesitase por la noche y yo
no estuviese ahí, así que me obligué a dormir en casa el martes por la noche.
Si iba a soportar estar tres semanas sin Cage, tenía que recuperar el control
de mí misma. Dormir sobre las sábanas en las que habíamos hecho el amor
una y otra vez no iba a ayudarme a lidiar con la situación. Solo lo estaba
empeorando.
Esta noche había accedido a cenar en casa de los Beasley. Jeremy me había
vuelto a preguntar por su madre anoche, y yo por fin acepté la invitación. No
podía seguir resentida con Elaine para siempre. Había sido la madre que
necesitaba de pequeña. Sabía que su amor por Josh me maculaba por estar en
otra relación. Verme con otra persona que no fuese Josh tenía que ser
doloroso para ella. Habíamos sido inseparables desde pequeños. Aquí de pie,
frente a la enorme fotografía de Josh y Jeremy con catorce años que seguía
colgada en lo alto de la chimenea, me di cuenta de que una parte de mí
siempre iba a añorarlo. Lo echaba de menos. Aunque amara a Cage más de lo
que nunca había amado a Josh, seguía queriéndolo. Fue mi amor de la
infancia. Mi mejor amigo. Mi otra mitad durante muchísimo tiempo. A veces
me preguntaba qué diría sobre lo de mi padre. Cuáles serían sus sabias
palabras. Ojalá pudiésemos hablar con otra persona en el otro lado siempre
que lo necesitáramos.
—Durante muchísimo tiempo quise que la quitara —confesó Jeremy al entrar
en la estancia—. Pero cambié de idea. Lo echo de menos. Me gusta entrar
aquí y ver su cara. Recordar.
Estuve de acuerdo con él. Era agradable.
—Eran buenos tiempos. Era especial —dije, con la vista fija en sus rostros
idénticos. Aunque yo veía la diferencia. Estaba en sus ojos. Josh siempre había
tenido un brillo de impaciencia. Quería vivir más aventuras. Nunca tenía
suficiente. Jeremy era feliz simplemente estando aquí, en la granja. No le
hacía falta nada más.
—Y te quería mucho. Me alegro de que te tuviese en su vida, Eva. Tú hiciste
su vida especial. Él no llegó a crecer y a formar su propia familia, pero sí que
conoció el amor.
Sonreí.
—Me alegro de haberlo tenido. Siempre albergará un lugar en mi corazón.
—Sí, lo sé. A veces, cuando duele, hace que sea más fácil. Sé que sigue vivo
en nuestros corazones.
Alargué el brazo y tomé la mano de Jeremy. Nos quedamos los dos allí de pie
en silencio, rememorando los buenos tiempos.
—Eso también lo tendré con papá. Los recuerdos. Los buenos tiempos —dije a
la par que se me formaba un nudo en la garganta al pensar que mi padre
también se iría un día, como Josh.
—Él también seguirá vivo en nuestros corazones. Como Josh. No se habrán
ido realmente. No para nosotros.
Jeremy pasó un brazo alrededor de mis hombros y yo me apoyé contra él al
tiempo que una lagrima caía por mi rostro. Tenía razón. Mi padre nunca se
iría. Yo me aferraría a él, siempre.
—¿Por qué no bajamos al lago y nadamos un rato? Han pasado años desde la
última vez. Y después puedes enseñarme todas las constelaciones que solías
intentar convencernos a Josh y a mí de que estaban ahí.
Asentí.
—Sí, hagámoslo. No me quiero ir a casa todavía.
La luna nos iluminaba un poco, pero dejamos las luces de la camioneta
encendidas y en dirección al agua para poder ver mejor. Jeremy encendió la
radio y dejó las puertas abiertas para que también pudiésemos tener algo de
música. Así era como habíamos pasado tantas noches de verano en el
instituto. Era agradable recordar.
Intenté no pensar en Cage y en todo lo que habíamos hecho en este lago. Eso
solo lograría que lo echara más de menos. Esta noche quería ser libre de ese
dolor constante que sentía en el pecho.
—¿Alguna vez te has preguntado qué más hay en el lago aparte de bagres? —
me preguntó Jeremy cuando salí a la superficie después de bucear bajo el
agua. Me sonreía como si esperase que saliese del agua gritando. Tonto. No
me daba miedo el lago. Llevaba nadando en él toda mi vida. Sabía que había
bichos, pero también sabía que ellos me tenían más miedo a mí que yo a ellos.
—Yo no soy ninguna de tus citas tontas, Jeremy. Eso no va a funcionar
conmigo —le advertí.
—¿Y si te digo que maté a un grupo de mocasines de agua ayer por la mañana
junto a la orilla?
Puse los ojos en blanco antes de nadar hacia el borde y de sentarme en la
orilla.
—Llevas matando serpientes aquí desde que aprendiste a disparar un arma.
Jeremy se rio.
—No eres nada divertida, Eva Brooks.
Estiré las piernas frente a mí, sonriendo. El agua todavía no estaba muy
caliente. Con el calor del verano, eso cambiaría. A mí siempre me había
gustado venir por la noche, cuando el agua estaba más fría.
—Actúas como si hubieses crecido con chicos.
—Es extraño, lo sé —bromeé. Había crecido con chicos y él lo sabía.
Jeremy se acercó y se sentó a mi lado.
—¿A qué hora tienes que volver para tu llamada con Cage? —preguntó.
—Suele llamarme a las once a menos que me mande un mensaje
advirtiéndome de que será más tarde.
—Ya son más de las diez. ¿Estás lista para volver?
Quería estar allí para cuando llamase, pero teníamos tiempo.
—Todavía no. Se está muy tranquilo aquí.
—Sí, es verdad. Este sitio tiene algo curativo.
Ya no hablamos más. No nos hizo falta. Ambos entendimos que las palabras
no eran realmente necesarias.
CAGE
Llevaba dos semanas sin ver a Eva. Me quedaba todavía una semana y no
estaba seguro de poder soportarlo. Ace me había dejado en paz en lo que
refería a salir de fiesta. También habíamos vuelto a hablarnos. Ahora
estábamos bien. Iba a ver si podía hacer que este acuerdo de convivencia
funcionase hasta que Eva pudiese mudarse aquí. Me ayudaría a ahorrar
dinero
Esta noche el equipo que había estado trabajando en el campamento iba a
salir a jugar al billar y a tomarse unas cuantas cervezas. Todos estaban locos
por desconectar. Los niños eran agotadores. Después de dos semanas, todos
necesitábamos un respiro.
—¿Vas con Trey? Él es el chófer hoy —me preguntó Ace cuando salí de mi
dormitorio. Quería una cerveza. Pero también quería llegar a casa a tiempo
de llamar a Eva esta noche—. Asegúrate de llevar el teléfono. Puedes llamar a
tu novia desde allí. Sal fuera o algo. No puedes beber y conducir. —Tenía
razón. Me guardé bien el móvil en el bolsillo y cogí la cartera.
—Sí, voy con Trey —respondí.
Trey conducía una furgoneta. No una camioneta, sino una furgoneta en toda
regla. Estaba abierta y vi cómo otros dos jugadores subían tras una tía.
Mierda. No sabía que algunas chicas vendrían con nosotros. Puede que ir
fuese una mala idea.
—¿Vienes? —me preguntó Ace subiéndose a la furgoneta y mirándome.
Necesitaba tiempo. No es que Eva me prohibiese ir a sitios donde hubiese
mujeres. Nunca me había dicho que no pudiese ir a Live Bay. Yo era el único
que estaba siendo ridículo.
—Sí, voy —respondí, y subí detras de él.
La mujer que iba con nosotros era Hayden. Menuda sorpresa. Vivía aquí y la
había visto con más de uno del equipo. Al parecer le gustaba probar. Cerré la
puerta a mi espalda y me senté junto a Louis.
—Ya estamos todos, vámonos —avisó Ace desde el fondo. Se había acoplado al
lado de Hayden.
El bar estaba vacío hasta que llegamos allí. Se llamaba The Dawg House1. Al
ver que nuestra mascota era un Bulldog, me imaginé que este lugar debía de
ser exclusivo de la universidad. Al menos diez mesas de billar llenaban el
espacio, al igual que había varias televisiones de pantalla plana colgadas de
las paredes y unas cuantas dianas para jugar a los dardos. No estaba mal.
El barman ya se hallaba llenando jarras de cerveza y alineándolas sobre la
barra. Seguí a la multitud y cogí una.
—Coca Cola para el chófer oficial —anunció el barman y Trey se acercó y
aceptó el refresco del tipo que servía las bebidas.
Parecía un sitio seguro Todavía no me apetecía jugar al billar, así que me
encaminé hasta uno de los sofás frente una de las pantallas más grandes y
que estaba en el canal nacional de deportes, ESPN, y me senté.
—¿Quieres compañía?
Alcé la mirada y vi a Hayden sentarse junto a mí.
—No —contesté.
Ella simplemente se rio, cruzó las piernas, y le dio un sorbo a su bebida. Me
centré en la televisión. La ignoraría hasta que se fuese. Yo no iba a formar
parte de su lista de conquistas del equipo. Tendría que irse a jugar a otra
parte.
—Sabes que podemos ser amigos —dijo a la par que se inclinaba hacia mí.
Volví a darle otro trago a mi cerveza.
—No me interesa —respondí. Si la miraba, vería su enorme escote. La mujer
necesitaba taparse un poco. Tenía un buen cuerpo y lo sabía. Presumía muy
bien.
—Eso de hacerte el duro me está poniendo cachonda —susurró y se me pegó
todavía más. Ahora su pecho estaba completamente pegado contra mi
costado. No quería apartarla de un empujón, pero necesitaba que la chica me
diese espacio. Ya le había dicho que no más de una vez.
Giré la cabeza para decirle que me dejara en paz de una puta vez, pero
entonces su boca se posó sobre la mía. ¿Qué cojones? Me quedé helado en el
sitio durante un momento antes de empujarla y de ponerme de pie.
—¿De qué vas? Chica, déjame tranquilo. —Sabía que había llamado la
atención. Me acerqué a las mesas de billar y recogí uno de los palos antes de
mirar a Trey.
—Dale caña.
Él simplemente asintió.
Me las arreglé para disfrutar del resto de la noche. Hayden permaneció
alejada y las otras mujeres que vinieron no tontearon con nadie. Incluso jugué
con una al billar. Se había mostrado amable hasta cuando le gané. No iba a
dejar ganar a una chica solo porque fuese una chica.
Bajé la mirada hasta mi móvil y me percaté de que eran las once y diez.
Mierda. Solté el palo sobre la mesa y me dirigí al exterior para llamar a Eva.
Necesitaba oír su voz.
Después de llamarla tres veces y de que no me cogiese el teléfono, le dejé un
mensaje. Debía de estar agotada. La llamaría mañana. Necesitaba dormir.
Volví a entrar al bar y ahí estaba Ace, observándome.
—¿Has hablado con tu chica? —preguntó.
No era realmente de su incumbencia, así que no respondí.
—Toma, bébete una cerveza y juguemos al billar —me dijo a la par que me
tendía la cerveza que tenía frente a él.
Acepté la cerveza y decidí jugar un rato más al billar. Luego vería si podía
convencer a Trey de que me llevase de vuelta a casa.
1 Literalmente del inglés: La caseta del perro (N. de las T.)
12
EVA
Toqué a la ventana del dormitorio de Jeremy. No sentía nada. No sabía cómo
había llegado entre tanta oscuridad. Ni por qué, excepto porque le
necesitaba. Necesitaba que viese los mensajes de texto que acababa de
recibir de un número desconocido y que me dijese que él también los había
leído. No estaba soñando ni alucinando. Dios, que esté alucinando. Por favor.
Por favor. Que esté alucinando.
La ventana de Jeremy se abrió. Su cara adormilada parecía confusa. Como si
pensase que era un sueño.
—¿Eva? ¿Qué pasa? —preguntó mientras abría la ventana de par en par y
salía por ella para colocarse frente a mí.
No era capaz de hablar. Simplemente le mostré el móvil. Bajó la mirada hacia
él, confuso, y después me miró a mí.
—Me estás asustando, Eva. ¿Le pasa algo a tu padre? Dime algo, muchacha.
Negué con la cabeza.
—No es papá —logré decir.
Jeremy pasó el dedo por la pantalla y la luz de esta iluminó el oscuro espacio
en el que nos encontrábamos.
—¡Hostia! —murmuró antes de volver a usar el dedo—. Cabrón hijo de puta —
maldijo. Supe que él también lo había visto. Al fin y al cabo, no había estado
alucinando. Dios. Sentí que mis rodillas cedían. Me acurruqué en la hierba
debajo de mí y alcé las piernas para colocarlas bajo mi barbilla. No, no, esto
no. No podía soportar esto. Ahora no, no puedo. No puedo.
—Estoy aquí, muchacha. Ven. —Jeremy se agachó en el suelo conmigo. Me
atrajo a su pecho. No quería saberlo. No quería creerlo, pero tenía que
preguntárselo.
—¿Has visto el vídeo? —pregunté en un susurro casi inaudible.
Él movió el teléfono y oí el sonido del ruido de fondo del video. Sabía lo que
estaba viendo. Estaba grabado en mi memoria. Cada momento me
atormentaría durante el resto de mi vida.
—Voy a matarlo. Voy a meterle una bala entre sus putos ojos. —Jeremy lanzó
el móvil por mí y me apretó con fuerza contra su pecho.
—Estaba… estaba… —No podía decirlo. No podría olvidarlo.
Cage tocando un pecho desnudo de una chica, Cage tan cerca del rostro de
una chica desnuda, a punto de besarla. Su torso rozaba el de ella. Cage…
Cage metiéndose en el coche con una chica vestida como una puta, y Cage
besando a una chica. Era preciosa. Más mayor. No era yo. Era tan guapa
como él. Después él… él se lio con ella contra una mesa de billar. Después la
foto de ella en la cama de él con ambos desnudos y sus cuerpos entrelazados.
Dios, iba a vomitar.
Me separé de Jeremy y vomité en la hierba. Sentí cómo Jeremy me agarraba
el pelo y me decía cosas para tratar de calmarme, pero no ayudaron. Vomité
hasta que solo quedaron arcadas.
—Venga, Eva. Tienes que parar. No pienses en ello —rogó Jeremy.
Mi cuerpo estaba débil, vacío. Me dejé caer contra él y cerré los ojos. Tenía
que olvidar lo que había visto. Tenía que bloquearlo de mi mente.
Nos sentamos en la oscuridad mientras yo gimoteaba; las imágenes se
reproducían en mi mente. No había podido responder a sus llamadas antes
porque papá se había puesto enfermo. Una hora más tarde por fin pude volver
a mi cuarto. Había estado tentada de llamarle pero me preocupaba que
estuviera dormido ya. Pero, una hora después, el anónimo de los mensajes me
los empezó a mandar. Con cada imagen horrorosa, mi corazón se arrancaba
de mi pecho y se hacía añicos. Nunca volvería a ser la misma. Nunca.
Jeremy se levantó y me alzó. Dejé que me cargara porque no podía hacer otra
cosa. Me sentó en su habitación y me tumbó en su cama.
—Duerme aquí hoy. Yo os vigilare a ti y a tu padre.
Negué con la cabeza.
—Papá está bien. Le he dado sus medicamentos y está durmiendo. Quédate
conmigo. No me dejes sola.
Parecía dividido, pero se tumbó detrás de mí y me atrajo a su pecho.
—Duerme —me susurró en la oreja. Pero no lo hice. Ni un minuto. Incluso
después de que su respiración se regulase y se ralentizase, permanecí
mirando la pared, preguntándome cómo había sucedido todo esto. Las fotos
no eran de la misma noche. No llevaba la misma ropa en ellas. No estaba en
el mismo sitio. ¿Cómo me había mentido tan fácilmente? ¿Cómo le había
creído?
En algún momento antes del amanecer debí de haberme quedado dormida,
porque mis ojos se abrieron y me incorporé en la cama para ver que el sol
entraba por el cuarto de Jeremy. Miré en derredor y me percaté de que
Jeremy se había ido. En ese breve momento me había olvidado de por qué
estaba aquí, pero los recuerdos me asaltaron y se me revolvió el estómago
cuando cada imagen se volvió a reproducir en mi cabeza. Tenía que salir de
allí. Tenía que irme a algún lado. Tenía que hacer algo. No podía soportarlo.
No podía sobrellevarlo.
Me levanté y vi el móvil de Jeremy a mi lado con una nota debajo. Cogí ambos
y leí la segunda.
Usa mi móvil. Yo he cogido el tuyo. No quiero que hables con ese cabrón o
vuelvas a ver esas malditas fotos. Tu padre sabe que me he ido y por qué. He
hablado con él esta mañana pero no le he dado detalles. Está en casa
esperándote. Acurrúcate en su regazo y deja que te cuide. Lo necesita. Está
preocupado por ti. Volveré tarde.
Jeremy
¿Adónde había ido? ¿A Tennessee? Probablemente no. Me levanté y busqué
mis zapatos, después me di cuenta de que había ido descalza. No quería que
Elaine me encontrase allí. Llamaría a Jeremy cuando estuviese fuera. Abrí la
ventana, me deslicé por ella y me dirigí a casa.
No era justo. No podía preocuparme porque papá se preocupara por mí.
¿Acaso Jeremy no había comprendido eso? Mierda. Sabía que no lo había
hecho con mala intención, pero no era lo que quería haber hecho. Anoche
necesitaba a alguien y él era todo cuanto tenía para no derrumbarme. Entré
en nuestras tierras y en el porche vi a mi padre, esperándome. Empecé a
caminar hacia él y él pasó al lado de la barandilla y bajó las escaleras. Cuando
abrió los brazos hacia mí, se me llenaron los ojos de lágrimas y mi visión se
tornó borrosa. Logré llegar hasta él sin caerme.
Sus grandes brazos me habían envuelto y apretado contra su pecho cuando el
primer sollozo salió de mi interior.
CAGE
Timbrazos incesantes me martilleaban la cabeza. Gemí y busqué una
almohada para cubrirme los oídos. En su lugar encontré pelo. Mucho. Abrí los
ojos y vi a una mujer desnuda… Hayden en mi cama. Me levanté de un salto y
me alejé de la cama, y con el dolor incesante en mi cabeza sentí cómo el
corazón me latía desbocado. ¿Qué cojones?
Seguí escuchando timbrazos. ¿Qué demonios era eso? Mi espalda tocó la
pared y mi culo desnudo me hizo darme cuenta de que yo también estaba en
pelotas. ¡Qué demonios! ¿Qué había hecho? Esto no estaba bien. Yo no hice
esto. Nunca lo hubiera hecho. Ni siquiera borracho. Pero no recordaba…
nada. Nada. Entré al bar después de hablar con Eva y pedí una cerveza.
Después… yo… la bebí. Y nada. Mierda. Sonó el timbrazo de nuevo. Joder,
¿qué coño era ese ruido?
Mi teléfono. Mierda. Mi teléfono. Agarré los vaqueros y me los puse antes de
cogerlo. Era Eva. Oh, mierda... Era Eva. No podía contestar con… Oh, mierda.
Salí del cuarto. Tenía que averiguarlo todo. Tenía que hallar la manera. Eva
no podía enterarse. ¿Qué había hecho?
Había un condón usado en el suelo, frente a mí. Mierda. Mierda. Mierda.
El teléfono volvió a sonar. Era Eva de nuevo. Tenía que contestar. ¿Y si me
necesitaba?
—Hola —logré decir, sonando tal y como me sentía.
—Más te vale correr. Puede que seas más grande que yo, pero sé usar una
pistola de puta madre. Ya te he avisado. Voy a por ti, hijo de puta, y tengo la
intención de meterte una bala en la frente. —Después la línea se cortó. Había
sido Jeremy.
Observé el teléfono en mi mano y pensé en sus palabras. Venía a matarme.
Eso significaba algo. De alguna forma, Eva lo sabía todo. Pero ¿qué coño
sabía? Ni siquiera yo lo sabía. No recordaba una mierda. Alguien me había
echado droga en la bebida. Llevaba años bebiendo y jamás me había drogado.
Nunca. ¿Quién demonios había sido? Miré hacia mi cuarto y me hirvió la
sangre. Esa zorra en mi cama.
Regresé dando zancadas a mi cuarto y abrí la puerta. Cogí la sábana y tiré de
ella con tanta fuerza que la muy zorra voló por el cuarto hasta que se golpeó
la cabeza contra la pared. Quería que sufriese. Quería ahogarla. Mantuve los
puños en los costados para evitar darle una paliza.
Ella soltó un grito y se agarró la cabeza antes de ponerse a soltar tacos.
—¡Fuera! —grité.
Empezó a decir algo, pero cuando sus ojos vieron la ira en los míos, cerró la
boca y se puso de pie despacio. Si decía una palabra, una sola palabra, iba a
mandarla al otro lado del apartamento.
Cogió su ropa y empezó a vestirse.
—¡No! ¡Fuera! ¡Ahora! —Rugí antes de estampar mi puño contra la pared.
Se fue corriendo. Con la ropa en las manos, se marchó de mi habitación y
salió por la puerta del apartamento, dando un portazo tras ella. Volví a
marcar el número de Eva.
—¿Qué, cabrón? ¿Has llamado para explicarlo ahora que te has dado cuenta
de que Eva lo sabe? No es que lo sepa. Es que lo ha visto. Tu puto culo
desnudo con otra tía. Todo. Gracias a tus amigos de allí hasta se grabó una
parte. La has matado. Para que lo sepas, la Eva que conocíamos está muerta.
He tenido que mirar sus ojos vacíos mientras vomitaba una y otra vez. ¡Voy a
matarte!
Se me revolvió el estómago. ¿Lo había visto? ¿Qué coño había visto? No. No.
Dios, no. Apenas llegué al baño antes de ponerme de rodillas y vomitar la
cerveza de anoche. Algo que no había hecho desde el instituto.
Cogí el móvil y me apoyé contra la pared, en el suelo.
—Me drogaron.
—¿En serio? Puede que eso te librase de esto si no fuera por las fotos,
mentiroso de mierda. No llevabas la misma ropa. No estabas en los mismos
sitios. Tocando tetas en una fiesta. Besando a una zorra. Metiéndote en un
coche otro día con la misma tía con la que estabas en la cama. ¿Y qué pasa
con la tía a la que casi te tirabas contra la mesa de billar mientras los
espectadores te vitoreaban? Eres un cabrón enfermo que tenías algo que no
merecías. La has perdido. Ya está. La has matado.
Me habían tendido una trampa. Todo esto había sido una trampa.
—Necesito hablar con ella. Puedes venir a por mí y volarme la cabeza, pero
deja que hable con ella primero. Deja que me explique. No puedo dejar que
piense que le he hecho esto.
—Pon un pie en esa propiedad y Wilson te meterá una bala entre pecho y
espalda. Ese hombre está enfermo. No necesita este maldito drama. Su
pequeña está destrozada. Va a querer tu sangre. Estos son los últimos meses
con su padre, hijo de puta. Está creando recuerdos para el resto de su vida.
Una vida que vivirá sin él. Y tú acabas de joderla. Hasta arriba. Voy a por ti
para asegurarme de que estés en un hospital y no puedas llegar hasta ella. No
quiero ir a la cárcel, pero voy a asegurarme de que no puedas ni andar.
—Yo no… nada de esto es verdad. Me han tendido una trampa. Lo que has
visto en las fotos no era real; la mierda de la otra noche es lo que no
recuerdo. Me drogaron, así que lo que viste la otra noche era real. Pero no
era yo. Tengo que hablar con ella, Jeremy.
Él no dijo nada y yo esperé. Tenía que darme una oportunidad para
explicarme. Eva no podía pensar que yo había hecho esto. Iba a volver a casa;
esta mierda no era para mí. No debería haber venido. Fue un gran error.
—No va a verte. Su padre te matará. La has destrozado. Deja que se recupere.
Déjala en paz. Ahora es cuando debe pasar tiempo con su padre. No lidiando
con un corazón roto por ti. Quédate en Tennessee y déjala sola.
—No puedo.
—Porque eres un cabrón egoísta. Por eso no puedes. Por una vez en tu
puñetera vida, piensa en otra persona. Alguien aparte de lo que tú quieres.
Mantente alejado. Deja que ella vuelva a ti cuando esté lista. Si es que lo está
alguna vez.
¿Cómo se suponía que iba a hacerlo? ¿Era egoísta? Quería que supiera la
verdad. Ella querría saber la verdad. Eso no era egoísmo.
—Solo deja que hablemos por teléfono. Dime cómo puedo hablar con ella. Por
favor.
Jeremy volvió a quedarse callado. Después emitió un suspiro de frustración.
—Deja que la llame primero. Yo no te creo, pero es decisión suya.
—Gracias —respondí, pero él ya había colgado.
Me senté en el suelo del baño y observé el móvil; quería que sonase de nuevo.
Diez minutos después, un número privado apareció en mi pantalla.
—Nena, escúchame —dije antes de que ella pudiera decir nada.
—No. Escúchame tú. Hasta aquí he llegado. Hemos terminado. Estás muerto
para mí. Del todo. Te confié mi corazón y me di cuenta de que has sido mi
mayor error. Siempre lo serás. Confié en ti. Debería haber sabido que los tíos
como tú no son confiables. Adiós, Cage York. No vuelvas. No te vuelvas a
acercar a mí. No me importa lo que tengas que decir. No quiero volver a
escuchar tu voz. No quiero volver a verte. —La llamada se cortó.
El primer sollozo causó que todo mi cuerpo empezase a temblar. Los que le
siguieron se llevaron mi alma y me dejaron vacío.
13
EVA
Dejé que mi padre me abrazase mientras lloré solo durante ese día. Después,
estuve resuelta a no enfadarme durante los últimos meses que me quedaban
con él. Quería recuerdos que atesorar, no olvidar. Cuando me permitía
recordar a Cage, parecía que alguien me hubiese abierto en canal y me
hubiese arrancado el corazón una y otra vez. A veces tenía que dejar de hacer
lo que estuviera haciendo e inclinarme por el dolor. Pero ya iba llevando
mejor lo de la negación. Fingía.
Fingía que mi padre no se estaba muriendo. Que Cage York no se había
llevado mi alma y la había destruido. Y, ahora que estaba en el baño mirando
al tercer palito con dos líneas rosas, sabía que no iba a poder fingir que no
estaba embarazada. Había fingido que mi periodo no se retrasaba durante un
mes. Al llevar dos meses de retraso, supe que había llegado la hora de dejar
de fingir.
Papá ya no se levantaba temprano ni trabajaba en el campo. Se quedaba
durmiendo hasta tarde. La mayoría de las mañanas comprobaba que seguía
respirando al menos tres veces antes de que se levantase. Se sentaba en su
sillón reclinable y yo le leía mucho. Veíamos juntos la tele. Le encantaba ver
Duck Dynasty e Hijos de la anarquía. Había comprado las primeras
temporadas en iTunes y las habíamos visto todas.
Era raro que comiese. Muchos días vomitaba más que comía. Tomaba más
pastillas y desde el lunes pasado el hospital de cuidados paliativos empezó a
visitarnos tres veces a la semana. Había estado fingiendo que eso no
significaba lo que sabía que significaba. Sí, me había vuelto buena en eso de
fingir. Pero iba a tener que dejarlo.
Estaba embarazada y mi padre se estaba muriendo. Y Jeremy no era Josh.
Cogí los tres test de embarazo con sus cajas y los escondí en mi habitación.
No estaba segura de que se lo pudiera decir a mi padre todavía. Lo
preocuparía. Él me iba a dejar, no podía seguir ignorándolo más tiempo.
Jeremy había encontrado en la ciudad a otro tipo para que cubriera su
trabajo. Lograban acabar antes que Jeremy y mi padre antes todos los días. La
granja iba bien.
Éramos papá y yo los que nos estábamos perdiendo a nosotros mismos.
No podía perderme a mí misma. Tenía a un bebé dentro de mí. El bebé de
Cage. Tan solo de pensar en su nombre el dolor volvía a apoderarse de mí.
Posé ambas manos sobre mi vientre y permanecí frente al espejo,
observándome. No parecía distinta. Me sentía un poco nauseabunda al
levantarme por las mañanas, pero nada demasiado malo. Todavía no tenía
tripa.
Lo había sabido. Durante todo el mes, en el fondo había sabido que estaba
embarazada. Solo que no había querido admitirlo. Admitirlo significaba ser
madre soltera. Tener que sacarlo adelante sin padres que me enseñasen cómo
ser una buena madre. Estar al cargo de otra vida. Una que yo había creado.
Y, sin importar cómo habían acabado las cosas entre Cage y yo, este bebé
había sido creado con amor, porque había estado tan enamorada de él que
había sido suficiente por los dos. Aunque él no me hubiese querido a mí de la
misma manera, creía que había sentido cariño hacia mí. Quería amarme tanto
como yo lo había amado a él. Fui una red de seguridad para él. No fue algo
pasajero; él ya había tenido mucho de eso. Pero su mundo iba en una
dirección en la que una novia no encajaba. Sobre todo una con un bebé en
camino.
Lo había denominado mi mayor error por el dolor y la ira. Ahora no lo creía
así. Me toqué el vientre. Quizá había sido una parte de mi vida que el destino
supo que necesitaba. Me había dejado con alguien a quien podría conservar.
Que me querría y no me abandonaría. Mi padre se iría, pero otra vida llenaría
su hueco vacío.
Alguien llamó a la puerta y yo separé las manos de la tripa y me alejé del
espejo.
—Entra —dije.
Papá abrió la puerta y frunció el ceño con preocupación, lo cual me dejó saber
que no me iba a gustar lo que tenía que decirme.
—Han llamado los del centro. Vienen de camino a por el piano. ¿Seguro que lo
quieres dar? —me preguntó observándome de cerca.
El piano que Cage me había comprado llegó una semana después de que
rompiésemos. Preston y Marcus lo habían traído. Ambos trataron de hablar
conmigo acerca de Cage, pero me negué a escucharlos. También ignoré el
piano durante una semana. Finalmente, una noche, bajé la guardia. Esa noche
no fingí. Estaba destrozada y sentía que me desangraba por dentro. Así que
me senté frente al piano y toqué. Toqué durante horas. Toqué hasta que
escribí una canción. Una que mostraba mis sentimientos y emociones.
Mientras fingía en mi vida, aquella noche fui real con mi música. Dejar ir al
piano fue algo más que me rompió por dentro. Pero lo doné a un centro de
menores de una zona complicada de la ciudad. La profesora de música
trabajaba gratis. Necesitaba más instrumentos. No podía venderlo, pero
tampoco me lo podía quedar. Verlo dolía demasiado.
—Sí, estoy segura… solo dame un poco más de tiempo a solas con él —
respondí. Ni siquiera fingí una sonrisa esta vez. Me sentía expuesta.
Mi padre asintió, se dio la vuelta y se dirigió abajo. Sabía que iba a salir. Me
daría tiempo. Necesitaba tocarlo una vez más. Para decirle adiós a Cage y a
sus recuerdos.
Cerré los ojos y posé los dedos en las frías teclas de marfil. Después de esto,
no dejaría que un hombre que no luchó por mí me rompiera el corazón. Se
había ido cuando yo se lo había pedido. Le había dado una salida y la había
tomado. Así de fácil. Esto era el final para mí. Dejé que mis dedos fluyesen
sobre las teclas. La melodía familiar que había tocado la noche anterior volvió
a mí. Había llorado al componer la canción. Hoy no lloraría. No volvería a
llorar por él de nuevo. Jamás.
«Sentada en el porche, espero verte de nuevo
Debería haber sabido, fui tonta al creer que me habías querido
Esta niña boba dio su corazón
No escuchó a su cabeza y perdió la razón
Ahora estoy aquí sola, pensando en mi padre y su lección.
Porque rompes corazones y te llevas almas
Nadie puede nunca atarte las alas
Así que coge cuanto quieras y después más
Porque esta chica del pueblo se va.
Nuestros ojos chocaron un día de verano
Me embelesó tu sonrisa sin saber de su engaño
Cada toque, suspiro y momento que suscitaste en mí
Me he quedado sola sabiendo que lloro por ti.
Porque rompes corazones y te llevas almas
Nadie puede nunca atarte las alas
Así que coge cuanto quieras y después más
Porque esta chica del pueblo se va.
Un día por fin podré seguir adelante
Aunque parte de mi corazón te pertenezca desafiante
Viviré mi vida, sonreiré y todos podrán pensar
Que no me rompiste ni me debiste destrozar
Nunca sabrán que sentirme libre jamás va a pasar.
Porque rompes corazones y te llevas almas
Nadie puede nunca atarte las alas
Así que coge cuanto quieras y después más
Porque esta chica de ti se va a alejar.
Rompecorazones, aquel que roba almas, igual no voy a estar
Te llevaste lo que quisiste y yo te lo di sin luchar
Ahora, yo me quedo aquí, donde llueve sin parar».
CAGE
Jugué un partido perfecto. Dejé las llaves en la barra de la cocina y me dirigí a
la nevera a por un Gatorade. Cinco Jarritos verdes descansaban en el estante
de arriba. Me detuve y me di la vuelta para ver a una embarazada Low
sonriéndome sentada en el salón y con los pies en alto.
—¿Sin Jarritos en la nevera para cuando venga? ¿En serio? ¿Qué se supone
que debo pensar, que no soy bienvenida en tu nueva choza? Porque tengo la
llave que me enviaste —dijo ella, mostrándome la llave que le había mandado
en cuanto saqué mis cosas del apartamento de Ace y conseguí mi propio piso.
Pegué dos grandes zancadas y sorteé el sofá que había en medio antes de
abrazar fuerte a Low. La había echado de menos. Echaba de menos estar en
casa… pero no podía volver. No podía ver aquel lugar. Pensaría en ella. No
me permitía a mí mismo pensar en ella.
—¡Estás aquí, joder! ¡No puedo creer que estés aquí! —No la abracé tan
fuerte como quería porque había una tripa entre nosotros que estaba bastante
seguro de que no podía aplastar.
Low me dio un apretón y se echó a reír. Ese sonido fue lo primero que me
hizo sonreír en… bueno, bastante. Un largo bastante.
—Claro que estoy aquí. No hablabas mucho por teléfono. No vuelves a casa a
visitarme. Tenía que hacer algo. Estaba preocupada.
—No puedo creer que Papá Oso te haya dejado venir tan lejos tú sola —dije,
dando un paso atrás para observar a mi amiga en un estado bastante
avanzado de embarazo.
Ella arrugó la nariz.
—No me ha dejado. Está en la calle… Es él quien me ha traído los Jarritos
cuando he venido y he visto que no tenías ninguno —se burla de mí al tiempo
que me golpea el brazo de broma.
No me sorprendía que Marcus no estuviera muy lejos. Me alegraba. Antes eso
me habría cabreado. Ahora hacía que Low fuese una cosa menos de la que
preocuparse.
Se sentó en el sillón en el que estaba y volvió a poner los pies sobre el
otomano.
—Cuéntame. No me cuentas nada por teléfono. Solo sé poca cosa por las
cortas conversaciones que hemos tenido. Necesito saber qué demonios te
pasa.
No quería hablar de ello. Ni siquiera con Low. No había hablado de ello con
nadie. Negué con la cabeza y me volví para otear por la ventana.
—No hay nada de lo que hablar.
Low soltó una risa incrédula.
—Ya, no. Chorradas. No vuelves y el padre de Eva se está muriendo. Algo muy
serio está pasando. Y quiero saberlo. Así que dímelo o harás que me ponga de
parto antes de lo previsto.
Quizá si hablaba de ello, el pecho dejara de dolerme tanto. Quizá sería capaz
de cerrar los ojos por la noche sin ver a Eva agachada, vomitando, por culpa
de lo que vio. Fotos que yo nunca había visto. Que jamás querría ver. Sería mi
fin. No podría con ellas.
—Lo jodí todo. Me abrí a personas que no debía. Confié en la gente
equivocada y me tendieron una trampa —dije sentándome en el sofá y
mirando por fin a Low a los ojos, los cuales me transmitieron su
preocupación.
—Explícate. Porque es imposible que te refieras a que Eva esté con la gente
equivocada —respondió ella con una ceja arqueada. Iba a defender a Eva
hasta el final. La adoraba por ello.
—No, no… ella, no. —Seguía sin poder decir su nombre, joder. Quería decirlo.
Quería sentirlo en mis labios. Pero no podía. Intentarlo siquiera me abría el
pecho de par en par.
—Entonces, ¿quién?
—El chico con el que compartía piso cuando llegué. Ese. Era el lanzador. El
lanzador estrella. Quería ir a las ligas importantes. Tenía los ojos puestos en
el premio y le preocupaba que yo se lo arrebatase. Así que me tendió una
trampa, esperando que eso me hiciese volver a casa. Él… él lo jodió todo. Me
arrebató la vida. Así que yo le quité la suya. No me hace sentir mejor. Pero
ver su cara cuando consigo desempeñar un partido perfecto mientras él está
sentado en el banquillo me hace sentir bien. Por un momento. Un momento
efímero.
Low dejó los pies en el suelo y se inclinó hacia delante.
—¿Qué hizo para tenderte una trampa?
—Tiene una follamiga. Una zorra que se acuesta con el equipo para divertirse.
Me sacó fotos que fueron completamente malinterpretadas y después hizo
que me besara de la nada y sacó una foto de eso. Yo la aparté y me alejé de
ella, pero no sin que antes él sacase una foto sin que yo me diese cuenta.
Después me echaron alguna droga en la cerveza. Me grabaron liándome con
ella. Después me sacaron una foto con ella desnudos en la cama. —Tragué
saliva. Pronunciar en alto lo siguiente era lo más duro—. Después… se… las
mandaron a… se las mandaron.
El grito ahogado de Low cuando se cubrió la boca precedió a un «hostia».
—Sí. Lo vio todo.
—Dios mío. ¿Por qué lo hicieron? ¡Eso es horrible, Cage! ¿Se lo has dicho a
las autoridades? ¿Has hecho que les arresten?
Negué con la cabeza. No. Eso era demasiado fácil. Quería que lo pagasen.
Quería venganza. Ojo por ojo, joder.
—¿Cómo sabes que fue ella? ¿O tu compañero?
Cerré los ojos para tratar de luchar contra el recuerdo de esa mañana y los
que lo acompañaban. No quería acordarme de las palabras que me dijo Eva.
Aquellas fueron lo peor.
—Él me lo confesó. Estaba esperándome sentado en el sofá después de que
todo pasase. De que Jeremy me llamase y todo. —No podía repetirle esa parte
a ella—. Ace me estaba esperando en el sofá. Sonreía con burla. Dijo que
tuviera un buen viaje de vuelta a casa. Que sentía que no pudiese quedarme.
Todo empezó a encajar en mi cabeza. Él era el lanzador. Le pregunté si lo
sabía todo y él me dijo que fue él el que lo había orquestado. Que encontró mi
debilidad y que la usó contra mí. —Me detuve y cogí aire—. No se dio cuenta
de con qué éxito había destruido mi mundo. Lo único que dijo esa mañana y
que me recuerdo a mí mismo una y otra vez, es que no me acosté con la chica.
Que fue una trampa. Sí que me lie con ella contra la mesa de billar con un
grupo de gente como testigo. Pero según los otros chicos de equipo, la
llamaba… Eva. No sabía qué coño estaba haciendo. Incluso drogado, pensaba
que estaba con Eva. En mi cabeza no la estaba engañando. No lo sabía. —Me
dolía el pecho, pero escuchar su nombre de mis labios aliviaba algo el dolor.
Low dejó escapar la respiración que había estado conteniendo.
—Dios, Cage. ¿Se lo has explicado a Eva?
Sacudí la cabeza.
—No puedo. Ella… ella me dijo que habíamos terminado. No me dejó
explicarme. Me dijo que fui su mayor error.
—Pero, Cage, ¡estaba dolida! Acababa de ver algo que la había destruido. No
me puedo ni imaginar ver a Marcus así con otra mujer. Me mataría. Eva está
lidiando con el dolor de que su padre se está muriendo, y ahora encima esto.
Claro que quería hacerte daño, porque estaba dolida. Han pasado semanas.
Llámala. Ve a verla.
No podía. No me había llamado. No había tratado de contactar conmigo ni
una sola vez. No había confiado en mí lo suficiente. ¿La confianza no formaba
parte del amor? Ella creyó que yo no la quería, pero no me dio la oportunidad
de decir nada.
—No confió en mí.
Low estiró la mano y cogió la mía.
—Estaba dolida.
—No confió en mí. ¿Cómo puede quererme si no confía en mí? —Negué con la
cabeza y me levanté—. No puedo, Low. Ella me cerró la puerta. No me
escuchó. No me dio una oportunidad. —Quería callarme. Quería dejar de
hablar, pero mi boca prosiguió—. Creo que quería dejarlo. Creo que vio lo
corta que fue la vida con su padre y se dio cuenta de que yo no era lo que
quería en la vida. Yo, no. No fui suficiente. Así que aprovechó la excusa y la
usó en mi contra. Si me hubiese querido, habría luchado por mí. Habría
querido que le dijera que no fue real. Me habría creído.
Low permaneció sentada mirándome con ojos tristes, pero al final asintió y se
levantó.
—Vale. Creo que estás equivocado, pero también sé que estás dolido. Solo
deseo que no esperes demasiado.
—No luchó por mí —repetí. Para mí más que para Low.
Low se acercó y entrelazó sus dedos con los míos.
—Tú tampoco luchaste por ella. Eva no es como tu madre, Cage. Eva no te
dejó solo porque no le importabas una mierda. Estaba destrozada. A veces
tienes que confiar que vales la pena y luchar por lo que quieres. Eva es lo que
quieres. Tú lo sabes y yo lo sé. Cualquiera con ojos lo sabe.
Low no lo entendía. Nadie lo hacía. Nadie había oído como me había dicho
que fui su peor error. El tono frío y plano de su voz. Lo había dicho en serio.
Al igual que mi madre cuando me hubo llamado su mayor error; lo había
dicho en serio.
¿Cómo podía luchar por alguien que no me quería?
—Te echamos de menos. Yo te echo de menos. Ojalá volvieras a casa.
Yo también echaba de menos a Low. Echaba de menos a mis amigos, pero no
lo suficiente. No lo suficiente para enfrentarme a Sea Breeze, con todos sus
recuerdos de Eva.
—No puedo, Low. No puedo.
—Bueno, supongo que hasta que puedas, yo vendré aquí mientras este bebé y
Marcus lo permitan —exclamó ella con un suspiro.
—Tu barriga es enorme, Low —dije al tiempo que bajaba la mirada; quería
cambiar el tema a toda costa.
—Cállate —saltó ella, y yo casi me reí. Casi.
14
EVA
No estaba segura de cuánto más iba a ser capaz mi padre de sentarse en su
sillón reclinable y hablar conmigo. Iba cuesta abajo y sin frenos. Algunos días
ni siquiera lograba salir de la cama. Y ahora ya se me notaba la tripa. No
podía seguir ocultándolo. Las camisetas anchas no iban a seguir funcionando
mucho más tiempo. Le pedí a Jeremy que viniese después de cenar él en su
casa. Ya no iba a seguir haciendo la cena. Mi padre no se la comía. Apenas
ingería nada. La sonda nasogástrica que la enfermera del hospital de
cuidados paliativos le puso lo mantenía alimentado en su mayor parte.
Iba a contarles a ambos lo del bebé esa misma noche. Me había preocupado
sobre el hecho de si debía decírselo a mi padre o no. No quería que se
preocupase por mí, pero quería que lo supiese. Uno de mis padres tenía que
saber que iba a ser abuelo. Aunque no fuese en la situación más ideal.
Se oyó un suave golpe en la mosquitera antes de que Jeremy se adentrase en
la cocina. Me sonrió, pero la expresión de mi rostro evaporó su sonrisa. No
quería estar cometiendo un enorme error. Quizá contárselo a Jeremy primero
y ver lo que él creía que debía hacer sería lo mejor. Necesitaba una segunda
opinión.
—Estoy embarazada —espeté, y luego me llevé las manos corriendo a la boca
de la sorpresa. No había pretendido decirlo.
Jeremy se hizo con la silla más cercana a él y se sentó; su rostro denotaba una
expresión de auténtica incredulidad. No apartó la vista de mí, y yo seguí
cubriéndome la boca con las manos por temor a lo que pudiese seguir
diciendo si la descubría.
—¿Cómo? —preguntó con horror.
Bajé las manos y las retorcí frente a mí, muerta de nervios.
—Cage. Lo sé desde hace meses. Es solo que… No sé si debería contárselo a
papá. Quiero que sepa que va a ser abuelo. Pero no quiero preocuparlo. ¿Qué
hago? —pregunté con la esperanza de que Jeremy supiese algo que yo
desconocía.
Jeremy agachó la cabeza y luego la sacudió a la par que digería la noticia.
Tampoco es que le hubiese allanado el terreno antes.
—Joder, Eva. No sé. Es decir, creo que debería saberlo, pero ahora mismo no
se encuentra muy bien.
—Lo sé —dije al tiempo que me sentaba en la silla frente a la de él—. Lo sé —
repetí.
Nos quedamos sentados en silencio durante unos minutos. Luego Jeremy alzó
la mirada y me contempló con un brillo de determinación en los ojos.
—Él querría saberlo. Merece saberlo. Se preocupará por que vayas a
embarcarte en ello tú sola. Pero yo puedo arreglarlo. Cásate conmigo, Eva.
Antes de que tu padre se vaya, cásate conmigo.
No tenía palabras. Me quedé allí sentada observándolo como si hubiese
perdido la cabeza, porque estaba bastante segura de que así había sido.
¿Casarme con él? ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo podía casarme con él?
—¿Qué? ¿Cómo? Yo no… —Negué con la cabeza y me volví a poner de pie—.
Rotundamente no. No voy a casarme contigo para poder solucionar mis
problemas. No me parece bien. Tú tienes una vida, Jer. ¡Una vida! No te la
pienso quitar. —Tenía que esforzarme en mantener la voz a un volumen
normal. No quería que me oyese mi padre.
Jeremy se puso de pie, me agarró de la mano y me acercó a él. Más de lo que
nunca había estado cuando no estaba llorando o abrazándolo. Fue… diferente.
—Sé que tu corazón no está disponible. Sé que puede que nunca vuelva a
estarlo. Y me parece bien. Lo solucionaremos juntos, Eva. Te conozco mejor
que nadie. Te quiero. Sí, no estamos enamorados, pero nos queremos.
Compartimos algo más fuerte que la mayoría de los matrimonios cuando
empiezan. Puedo ser feliz contigo, Eva. Creo que, con el tiempo, nuestros
sentimientos también cambiarán. Déjame hacerlo. Déjame hacer esto por ti,
por el bebé, y por tu padre.
No. No iba a hacerlo. No podía. Esta vez quería darme demasiado. Jeremy no
era un objeto que pudiese usar a mi antojo para resolver mis problemas. Era
un hombre que merecía amar con tanta intensidad como yo había amado y
sentir ese mismo amor reciprocado. No iba a quitarle eso. Él debería tener
sus propios niños. Debería encontrar a la chica de sus sueños y casarse con
ella algún día. No conmigo.
—No puedo hacerte eso. No lo haré. Te quiero muchísimo por el ofrecimiento.
Por creer que funcionaría. Siempre me estás dando, y yo nunca te devuelvo
nada. Pero esta vez no voy a dejar que sacrifiques tu felicidad por mí.
Jeremy tragó saliva con bastante esfuerzo; pude oírlo.
—Mierda. No quería decirte esto. Quería guardármelo porque era lo correcto.
Pero he decidido que ya no me importa una mierda lo que sea correcto o no.
Estoy enamorado de ti, Eva. Llevo enamorado de ti desde que teníamos cinco
años. Pero tú elegiste al otro hermano. Luego Cage entró en tu vida y vi que
te atraía como yo nunca conseguí hacerlo. Lidié con ello. Me aparté y le dejé
el camino libre. Llevo toda la vida siendo la persona a la que nunca llegaste a
amar. Y no pasaba nada. Luego Cage la cagó y me dejé ir. Me permití
quererte. Por completo. Así que, cuando te pido que te cases conmigo, te lo
pido como la mujer de la que estoy enamorado que eres. Estoy bastante
seguro de que te querré hasta el día en que me muera. Llevo haciéndolo
desde que tengo uso de razón.
Vaya.
Madre mía.
Estaba soñando. Esto no acababa de suceder.
—Yo… esto… ¿me quieres? —Hacerme a la idea de eso era lo más difícil.
—Sí.
—Pero llevo el bebé de Cage York en mi vientre —dije con voz tan baja que
pareció que estaba susurrando.
—Sí me dices que sí, ese bebé se convierte en mío.
¿Y qué respondía ante eso?
—Lamento interrumpir —se disculpó la enfermera—, pero tu padre está
pidiendo irse a la cama. Sé que querías hablar con él antes de que le diese la
medicación esta noche.
Asentí.
—Voy para allá.
Ella me dedicó una pequeña sonrisa y volvió a salir de la estancia.
—Ibas a contárselo esta noche. —No era una pregunta. Era una afirmación,
pero asentí de nuevo igualmente.
—Entonces se lo podemos decir juntos.
—Pero no lo de casarnos. No he dicho que sí. Que creas estar enamorado de
mí no lo hace más correcto, Jeremy.
No discutió conmigo. Simplemente se quedó allí de pie. Pasé por su lado y me
adentré en el salón donde mi padre nos estaba esperando.
Sus ojos estaban hundidos y su cuerpo, otrora enorme y poderoso, ahora se
veía frágil y débil. Verlo apagarse poco a poco era muy duro. Se volvía más
duro cada día.
—Hola, papá —dije al tiempo que me acercaba para depositar un beso en su
frente.
—Hola, cariño.
—¿Estás bien? —pregunté, consciente de que iba a mentirme. Podía ver el
dolor atrincherado en su rostro. Todos los días que vivía ahora eran una
batalla para él. Y aquí estaba yo, a punto de revelarle que estaba embarazada
y soltera. ¿Podía hacerle eso? No. ¿Podía dejarlo morir sin saber del bebé que
llevaba dentro de mí? ¿El que sería su descendiente? No. Miré a Jeremy.
¿Podría llegar a amarlo algún día? ¿Eran el amor y la amistad suficientes para
llegar a ser algo más?
—Le he pedido a Eva que se case conmigo —le comunicó Jeremy a mi padre.
Los ojos de papá se abrieron como platos de la sorpresa y me miraron.
—¿Eva?
Desvié rápidamente los ojos hacia Jeremy. ¿Qué estaba haciendo? Eso no era
lo que había acordado con él.
—Cariño, ¿vas a decir algo? Porque lo que estoy oyendo no me suena muy
bien.
La frente de mi padre se arrugó y su pálida piel pareció hasta empalidecer.
Había sido una mala idea. Contárselo. No debería haber venido. Tendría que
haber dejado que se fuese a dormir hoy.
—Eva, díselo —me urgió Jeremy. Quería taparle la boca con la mano.
Necesitaba que se callara. Ya había dicho demasiado.
Bajé la mirada hasta los débiles ojos de mi padre. Aquel azul oscuro tan
intenso se había atenuado y ahora eran tan pálidos como su piel. Ya no podía
mentirle. Lo sabría si lo hiciera. Se preocuparía por saber cuál era la verdad.
—Estoy embarazada, papá. —Las palabras salieron con un sollozo.
Mi padre no miró a Jeremy con juicio alguno. Me había preocupado que
presupusiera que el bebé era de Jeremy. En cambio, me estrechó entre sus
brazos y me abrazó. Liberé las lágrimas que había estado conteniendo
mientras sus grandes manos, ahora débiles, me daban golpecitos en la
espalda e intentaban consolarme. Amaba a este hombre. Era mi ancla en este
mundo. Nunca me había abandonado. Nunca me había dado la espalda. Hasta
cuando lo enfurecía. Y ahora aquí yacía, enfermo y consolándome.
—No es de Jeremy, ¿verdad? —dijo con voz cansada. ¿Cómo lo había sabido?
No podía mirarlo. Negué con la cabeza aún enterrada en su pecho. Ya no olía
a campo ni a esa fuerte colonia que solía echarse. Gimoteé cuando ese dato
sobre su olor caló en mí.
—Cage te quería. Lo veía en sus ojos. —Se detuvo, y el resuello en su pecho
mientras intentaba respirar hondo me dolió en lo más profundo—. No dejes
que tu terquedad te diga otra cosa. Puedes elegir no seguir queriéndolo, pero
no dudes de que el muchacho te amaba. Porque puede que el chico fuese un
granuja y no el que yo hubiese elegido para ti, pero te quería con ganas. —Mi
padre se calló y luchó otra vez por respirar. Quería respirar por él. Luego
acunó mi rostro con una mano temblorosa—. Lo sabes. Y si eliges casarte con
Jeremy, es un buen hombre y sé que también te quiere. Es tu elección, pero
no alejes a un padre de su hijo. Cuéntale a Cage lo de este bebé. Aunque no lo
elijas a él.
Mi padre suspiró y cerró los ojos.
—Necesito dormir. Te quiero. Y asegúrate de que esta niña sepa lo mucho que
también la quiero. La habría mimado muchísimo de haber tenido la
oportunidad.
La dificultad de mi padre al respirar ya llevaba dos días. Esta noche parecía
peor.
—He de llevarlo ya a la cama. Necesita su medicación —nos informó la
enfermera a la par que entraba en la habitación. Asentí y le di otro beso más
en la frente.
—Te quiero, papá. Y te prometo que me aseguraré de que sepa que su abuelo
la habría querido muchísimo.
La enfermera sacó a mi padre del salón en su silla de ruedas, y yo retrocedí y
me la quedé mirando mientras ella lo llevaba hasta su cama.
—¿Cómo sabe que será una niña? —preguntó Jeremy a mi espalda.
Me encogí de hombros.
—Todavía no sé qué va a ser. Tengo la ecografía la semana que viene.
Nos quedamos allí en silencio durante unos minutos.
—Va a ser niña, ¿verdad? —preguntó Jeremy. Sabía que realmente no buscaba
una respuesta.
—Probablemente —contesté con una sonrisa triste en el rostro. A
continuación, me giré para mirarlo.
No me había presionado ni dicho nada sobre lo que papá había dicho sobre
Cage. No estaba segura de si a Cage le gustaría saberlo. Mi padre me quería
y se pensaba que todos lo hacían igual. Se creía que todos deberían
quererme. No sabía lo que Cage me había hecho. No podía contárselo. No
hacía falta que lo supiese.
—Si lo dices en serio… entonces mi respuesta es sí —dije sin darle más vuelta.
No me casaría con él antes de que falleciese mi padre, pero al menos cuando
papá se fuese, podría dejar este mundo sabiendo que había un hombre que
cuidaría de mí. Lo tranquilizaría. Y quizá… quizá yo también pudiese querer a
Jeremy como algo más que un muy buen amigo. Quizá tuviese razón. Quizá,
con el tiempo, las cosas cambiarían. Pero hasta que sucediese, no habría
boda. No podía casarme con Jeremy a menos que estuviese enamorada de él.
Jeremy acortó la distancia entre nosotros y se detuvo justo delante de mí.
—Lo digo muy en serio.
A la semana siguiente me enteré de que, efectivamente, iba a traer al mundo
a una niña. No llevé a Jeremy conmigo. Todavía no estaba preparada para
eso. Había accedido a casarme con él, pero mi bebé tenía un padre. Antes de
poder dejar que Jeremy formara parte de la vida de mi hija, tenía que darle a
su verdadero padre la oportunidad de serlo. Si quería formar parte de su vida,
entonces lo dejaría. Si no, entonces tendría a Jeremy. Nunca se sentiría mal
querida.
Decirle a Cage que estaba embarazada era otra historia. Ahora mismo no
podía lidiar con eso. No estaba segura de que fuese a venir a casa si se lo
contara. Había bastantes posibilidades de que ni siquiera respondiese mi
llamada. Esta clase de noticia no podía dejársela en un mensaje de voz ni en
uno de texto. Pero me aseguraría de que lo supiese. Entonces podría decidir
lo que hacer. En el fondo me temía que no hiciese nada. Si ese era el caso, me
volvería a romper el corazón otra vez. Si es que todavía quedaba algo que
romper.
Dos semanas después, mi padre falleció conmigo sentada junto a su cama,
sosteniéndole la mano y cantándole el antiguo himno sacro, Amazing Grace.
Había sido su última voluntad.
CAGE
Que la temporada hubiese terminado y que no tuviese vida social se traducía
en que mi nota media era más alta de lo que nunca había sido. El entrenador
estaba encantado. No solo había reemplazado a su lanzador estrella, sino que
también sacaba notas brillantes. Ojalá me importase. De alguna forma me las
había apañado para seguir funcionando sin emociones. Era un puto robot.
Había pasado de volver a casa por Acción de Gracias. Low me lo había
suplicado, pero no pude. El año pasado pasé el día de Acción de Gracias con
Eva. Volver a casa por las vacaciones no era buena idea para mí. Menos
cuando naciese el bebé de Low. Para eso sí tendría que regresar. Pero no iría
a mi apartamento. Me quedaría en un puto hotel.
El teléfono sonó diez veces antes de que por fin me rindiese y respondiese.
Bajé la mirada hasta la pantalla y vi aparecer el número de Low. Bien iba a
intentar que volviese a casa en el último minuto para Acción de Gracias, o se
había puesto de parto.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí, no te llamo por mí —replicó.
—¿Entonces? Porque que suene diez veces el teléfono son muchas veces. Has
debido de llamar tres veces seguidas, por lo menos.
Low respiró hondo y yo me incorporé de mi posición relajada en el sofá.
—El padre de Eva ha fallecido. Jeremy me llamó desde su teléfono. Sabía que
ella no me llamaría. Ni a ti tampoco. Pensó… Bueno, nosotros… que deberías
saberlo.
Me sentí como si alguien me hubiese pegado una patada en el estómago.
Maldita sea. Justo en Acción de Gracias. Ella adoraba Acción de Gracias.
—¿Cómo está? —pregunté. No sabía nada y eso solo me dolía más. Quería
saber. Quería saber cómo había lidiado con la situación de que su padre se
estuviese muriendo poco a poco frente a sus narices. ¿Tenía un hombro sobre
el que llorar? ¿Me necesitaba? ¿Pensaba siquiera en mí?
—Jeremy me dijo que ya estaba preparada para ello. El hospital de cuidados
paliativos mandó a una enfermera que estuvo con ellos. Al final, pudo pasar
mucho tiempo con él.
—¿Cuándo es el funeral? —pregunté al tiempo que me ponía de pie. Ella no
querría verme. ¿Pero cómo podía no ir? La había dejado lidiar con todo esto
sola, pero tenía que ir al funeral. Su padre había sido un buen hombre. Me
había dado la oportunidad cuando nadie más quiso.
—El sábado. Eva quería esperar hasta después de Acción de Gracias. El ataúd
estará cerrado.
Tenía que ir. Aunque ella no me quisiese allí. Tenía que ir. Puede que ella no
me quisiese allí, pero, joder, le había concedido lo que quería y no había
servido para hacerme sentir mejor. Mi vida no era nada. No significaba nada.
—¿Puedo quedarme contigo? —No tenía que explicarle a Low lo que
necesitaba. Ella sabía que no era capaz de entrar en el apartamento que
había compartido con Eva. Ahora que el piano ya no estaba, la sentiría
encantada. Se habría ido de verdad. No podía.
—Por supuesto. Conduce con cuidado.
—Te veo el sábado —respondí. No podía ir antes. Necesitaba tiempo para
prepararme para verla. Que mis amigos me hiciesen un millón de preguntas
sobre mi vida desde la última vez que los vi en verano no era algo que me
apeteciese demasiado.
Mi teléfono volvió a sonar y vi que el nombre de Low aparecía de nuevo.
—No he cambiado de opinión —le dije.
—No te he contado una cosa más que me dijo Jeremy. No lo iba a hacer, pero
Marcus me ha obligado a llamarte para decírtelo. Me dijo que debías saberlo
antes de venir.
—¿El qué?
—Eva está prometida, Cage. Está prometida con Jeremy.
No oí nada más de lo que dijo. Se me insensibilizó el cuerpo. Respirar se me
antojó imposible. La visión se me emborronó. Eva era mía. Nunca la imaginé
con nadie más. Nunca. Aunque hubiesen pasado seis meses, nunca había
mirado a otra mujer. Eva había sido todo lo que quería. ¿Cómo podía haberse
prometido? ¿Con Jeremy? Ella no lo quería de esa forma. ¿No?
Low ya no seguía hablándome en la oreja, así que bajé la mirada y vi el
teléfono hecho pedazos en el suelo, y también que había una hendidura en la
pared. La negación me atravesó y me dejó la garganta en carne viva. Luego
me hundí en el sofá y, por segunda vez, lloré por Eva Brooks.
15
En el presente…
EVA
Me hallaba frente al atril de la iglesia observando los rostros serios de mis
familiares y amigos. Estar aquí para que todos me mirasen no era
precisamente lo que más deseaba hacer en el mundo. Quería hacerme una
bola junto al ataúd delante de mí y llorar como un bebé. Todo parecía ser muy
injusto. Ya lo había hecho antes: colocarme ante una multitud de gente con el
rostro surcado de lágrimas y hablar de un hombre al que había querido pero
que me habían arrebatado.
Y ahora aquí volvía a estar otra vez. Se esperaba que dijese unas palabras.
Algo sobre el hombre que yacía inerte frente a mí. En el que había confiado
ciegamente. Al que me había aferrado y sobre el que había llorado al
descubrir que iba a ser madre soltera. El único que sabía que no me
abandonaría. Y ahora se había ido.
Fijé la vista en Jeremy. Ahí estaba vestido de traje y corbata y observándome
con cautela. Todavía seguía aquí. No iba a dejarme. Todavía lo tenía. Asintió
en silencio y supe que, si se lo pidiese, vendría y me cogería de la mano
mientras llevaba a cabo esto. Mantuve los ojos clavados en él y abrí la boca
para hablar. Verlo me daría la fuerza que necesitaba para seguir adelante.
—En vida nadie espera perder a los que quiere. Nadie planea plantarse frente
a nuestros amigos y familiares para hablar de alguien que lo ha sido todo para
nosotros. Pero sucede. Y duele. Nunca resulta fácil. —Me detuve y me tragué
el nudo que tenía en la garganta. Jeremy dio un paso hacia mí y yo negué con
la cabeza. Lo haría sin él. Tenía que hacerlo.
»No se nos promete un mañana. Mi padre me lo enseñó cuando era pequeña y
no entendía por qué mi madre no volvía a casa. Por otro lado, cuando perdí al
chico con el que pensé que envejecería, volví a recordarlo. La vida es corta. —
Desvié la mirada de Jeremy. No podía mirarlo mientras hablaba de Josh. Ver
el dolor en sus ojos solo hacía que el picor de las lágrimas en mis ojos me
ardiese más aún—. He sido lo bastante afortunada de conocer lo que es el
amor incondicional. Lo he experimentado dos veces en mi vida de dos
hombres diferentes. Me quisieron hasta el día que fallecieron. Los tendré
conmigo el resto de mi vida. Solo espero que el resto del mundo sea tan
afortunado como yo. —Las puertas traseras de la iglesia se abrieron y yo dejé
de hablar. El mundo a mi alrededor pareció moverse a cámara lenta.
Los ojos azules de Cage se encontraron con los míos cuando se detuvo al
fondo de la iglesia. No esperaba verlo hoy. Ni siquiera esperaba volverlo a ver
otra vez. No estaba preparada para hablar con él. Sobre todo hoy.
Jeremy me envolvió con un brazo y pude oír que susurraba algo, pero fui
incapaz de centrarme en sus palabras. La mezcla de emociones en los ojos de
Cage me dejó paralizada. Habían pasado seis meses desde la última vez que
había visto su atractivo rostro. Aún más desde la última vez que había estado
entre sus brazos. Él había sido la mayor mentira de mi vida. Pensé que sería
el amor de mi vida, pero había estado equivocada. Ahora sabía que solo te
daban uno de esos en la vida, y cuando Josh murió, así lo hizo también mi
oportunidad de ser amada por completo.
—Vamos a sentarnos. —Las palabras de Jeremy por fin calaron en mí. Estaba
preocupado por mí. Pero iba a terminar de decir mis palabras. Que Cage York
apareciera no iba a impedir que lo hiciese. Él ya me había parado los pies con
respecto a muchas cosas. No le permitiría controlar esto también.
—No pasará un día sin que me acuerde de mi padre. Su recuerdo
permanecerá en mi corazón. Un día podré contarle a mi hija todo lo que
quiera saber sobre su abuelo. Lo buen hombre que fue. Lo mucho que la
habría querido. No me iré a la cama sin sentirme amada por la noche, porque
uno de los mejores hombres que he conocido sí lo hizo. —La mano de Jeremy
apretó mi cintura. Miré el anillo de diamante en mi mano izquierda y se me
encogió el pecho. Mi padre se había sentido tan aliviado el día que Jeremy me
colocó el anillo en el dedo. Había estado tan preocupado por que me quedara
sola cuando se fuera. Jeremy había desterrado ese miedo.
»Te quiero, papá. Gracias por todo —susurré al micrófono.
Jeremy me apretó contra su costado mientras volvíamos a nuestros asientos,
cumpliendo así su función de apoyo. No podía volver a mirar a Cage. Ahora
no. Ahora ya no cabía duda de que estaba embarazada. En cuanto salí de
detrás del atril, lo habría visto. Lo sabría.
Iba a decírselo. Pero ahora no. Primero tenía que lidiar con la pena. Quería
sentarme en mi casa y recordar a mi padre. No quería tener que enfrentarme
a Cage y a su reacción sobre mi embarazo. Y aunque reaccionase a mi
embarazo, probablemente le aliviase el hecho de que Jeremy se hubiese
ofrecido no solo a ser mi marido, sino también a ser el padre de la criatura.
No estaba segura de en qué tenía Cage la cabeza estos días. Había tenido
tiempo de sobra para pasar página de mí… de nosotros.
—¿Quieres que salga yo primero y arrincone a Cage? —me susurró Jeremy al
oído mientras el párroco comenzaba la última oración. Seguidamente
saldríamos a enterrar a mi padre. Ver cómo bajaban el ataúd de Josh bajo
tierra me había destrozado. ¿Sería igual de duro verlos bajar el de mi padre?
Había tenido tiempo de sobra para despedirme de él. Habíamos estado juntos
al final. La muerte de mi padre no había sido como la de Josh. A mi padre no
me lo habían arrancado de repente.
—No estoy preparada para hablar con él, pero, aunque ya no me quiera, no
creo que vaya a intentar acercarse a mí ahora mismo. No lo haría. Puede que
simplemente esté aquí para darme el pésame y marcharse. Verme así bien
podría hacerle salir corriendo.
Jeremy frunció el ceño y miró hacia el fondo de la iglesia.
—No creo que vaya a salir corriendo. Se ha dado cuenta de que estás
embarazada. Está pálido.
Ay, Dios. Hoy no. Hoy no. No quería hablar con Cage de esto hoy. Mañana.
—Quizá debas ir a hablar con él. Pregúntale si quiere hablar conmigo, y dile
que ha de esperar hasta mañana.
—Creo que es buena idea. Te veo fuera —susurró al tiempo que nos poníamos
en pie. Se escabulló hacia el fondo de la sala antes de que los demás
comenzaran a salir al cementerio que había tras la iglesia.
CAGE
Estaba embarazada. Joder. Estaba embarazada. Sentía tal presión en el pecho
que no podía respirar hondo. Obligaba al oxígeno a penetrar mis pulmones
mientras miraba con fijación la parte delantera de la iglesia. La nuca de Eva
mientras hablaba con el párroco. Tenía que llegar hasta ella. Ese bebé era
mío y el anillo de diamante que tenía en la mano no me parecía para nada
bien, joder.
—Fuera. Tenemos que hablar —dijo Jeremy a la par que se detenía delante de
mí y asentía en dirección a la salida. Mis manos se cerraron en puños junto a
mis costados. Este era el cabrón que iba a casarse con mi mujer y me iba a
arrebatar a mi hija.
—No sé si estar a solas conmigo es una idea muy inteligente por tu parte —
gruñí y me obligué a apartar los ojos de la nuca de Eva para poder atravesar a
Jeremy con la mirada.
—Es el funeral de su padre, Cage. Soy consciente de que te has percatado del
vientre de Eva, pero has de recordar que este es el día más duro de su vida.
Tenía razón. Maldito fuera. Me las arreglé para asentir y para encerrar la ira
bajo mi fachada. Luego lo seguí al exterior. Siguió andando hasta llegar al
aparcamiento, lejos de la multitud que se dirigía al cementerio.
—No voy a dejar que te quedes con lo que es mío.
Jeremy se metió las manos en los bolsillos y soltó un suspiro de agotamiento.
—Ella se pensaba que verías su barriga y que saldrías corriendo. Le dije que
no lo harías. Supongo que yo tenía razón.
—¿Se pensó que huiría? ¿De dónde cojones se ha sacado esa idea? —No solo
no confiaba en mí en que no la hubiera engañado, sino que tampoco confiaba
en que quisiera lo que era mío. ¿No me conocía en lo más mínimo?
Jeremy levantó la mirada para mirarme directamente a los ojos.
—¿Y por qué habría de pensar diferente? Han pasado seis meses, Cage. No ha
sabido nada de ti. ¿Qué se supone que ha de pensar?
Ah, de eso nada. No me iba a echar esa mierda en cara. Él era el que iba a
venir a por mí con un arma y me dijo que ni se me ocurriese volver a
acercarme a ella. No es que eso me hubiese detenido. Cuando Eva me dijo
que habíamos terminado… Eso fue lo que me detuvo.
—Ella cortó conmigo. Yo le di lo que me pidió. No confió en mí. Ni siquiera
dejó que me explicase.
Las cejas de Jeremy se alzaron como si mis palabras lo hubiesen sorprendido.
—¿En serio, Cage? ¿Esa es tu excusa? Porque la chica con la que trataste no
era simplemente Eva. Era Eva con una depresión de caballo y apenada porque
veía a su padre caer más enfermo cada maldito día. Estaba lidiando con el
hecho de que iba a morir. Esa fue la chica con la que hablaste aquel día. No la
Eva completamente segura de tu amor. Sus emociones eran un completo
caos. No volviste a ponerte en contacto con ella. Simplemente te marchaste
de su vida.
Lo odiaba.
Odiaba lo que me estaba diciendo.
Odiaba la puta razón que tenía.
—Ese bebé es mío —dije, porque necesitaba oírlo admitirlo. Ni de coña era
suyo. Eva no se habría acostado con él ni con ningún otro tan pronto después
de nuestra ruptura como para estar ya embarazada.
—Nadie está diciendo que no lo sea. Hasta ella te dirá que es tuyo. Le dijo a
su padre que era tuyo. Solo necesita que le des un día. Deja que hoy llore su
pérdida. Deja que se despida de su padre. Mañana hablará contigo. Está
preparada.
Iba a hablar conmigo. Estaba embarazada de mí.
Y llevaba su puto anillo en el dedo.
—¿Por qué lleva tu anillo?
Jeremy cambió el peso de su cuerpo, y por primera vez desde que salimos de
la iglesia, se lo veía nervioso.
—Le pedí que se casase conmigo. Me dijo que sí. La quiero. La he querido
desde que éramos niños.
Lo había visto venir desde el principio. Me lo había preguntado, pero me
había parecido bien porque ella no parecía verlo a él de la misma manera.
Ella lo quería como a un hermano. Lo cual seguía confundiéndome una puta
barbaridad; no entendía que estuviesen prometidos. ¿Era porque estaba
embarazada?
—No voy a dejar que te quedes con ella.
Jeremy tensó los hombros al oír mis palabras.
—Esa es su decisión. No la tuya.
—Voy a luchar por ella y por nuestro bebé. Ella me quiere. Puede que se le
haya olvidado, pero en el fondo lo sabe. Lo que tenemos… es para siempre.
Ella y yo… somos para siempre.
Jeremy negó con la cabeza y dirigió su atención a la multitud reunida
alrededor de la tumba recién cavada.
—A veces, Cage, hay heridas incurables. —No me devolvió la mirada. Se giró
y se dirigió hacia Eva. Sus hombros se hallaban combados y se sacudían
ligeramente mientras lloraba sobre un pañuelo de papel. Quería estar ahí y
abrazarla. Consolarla. Pero ella no. Ahora no.
Me aseguraría de que me volviese a querer. Me pasaría el resto de mi vida
asegurándome de que me volviese a querer. Aunque tendría que esperar
hasta mañana. Me quedé allí plantado observándola en los brazos de Jeremy y
cuando depositó una rosa blanca sobre el ataúd de su padre antes de que
bajasen el féretro a la tumba. Y seguí allí plantado después de que la
muchedumbre comenzase poco a poco a desperdigarse. Esperé. Esperé hasta
que ella levantó la mirada y por fin cedió y desvió sus ojos hacia mí.
Ladeó la cabeza mientras me escrutaba. Desde aquí pude percibir su
confusión. Ella se pensaba que habría pasado página. Bajé la mirada hasta su
vientre, donde ella tenía una mano apoyada. El diamante reflejó la luz del sol
y se burló de mi mientras se hallaba apoyado sobre mi hija. Nuestra hija.
Mañana. Hablaría con ella mañana.
Low me trajo una cerveza y se sentó frente a mí. Menos mal que no lo hizo
sobre el regazo de Marcus. No estaba de humor en ese momento para
presenciar la felicidad de otras personas. Estaba bien jodido.
—No me puedo creer que esté embarazada —comentó Low por tercera vez
desde que hube entrado por la puerta y les hubiese anunciado que Eva estaba
embarazada de mí.
—Menuda mierda que no te lo dijera en cuanto se enteró —dijo Marcus a la
vez que negaba con la cabeza y se acercaba a Low para envolverla con un
brazo.
—No se enteró precisamente cuando estaba pasando un buen momento. Cage
y ella habían roto, su padre estaba enfermo… Me refiero a que debió de ser
duro para ella. —Low iba a defenderla. Casi me sorprendía que no estuviese
molesta por mí.
—El embarazo te trastoca las hormonas. No se piensa con claridad la mayor
parte del tiempo. Te vuelve sentimental y muy vulnerable. Combina eso con
las emociones de ver a tu padre morir de cáncer poco a poco. No me lo puedo
ni imaginar. De verdad que no. Debe de haber sido una auténtica montaña
rusa de emociones.
Joder. Ahora me sentía peor, y no pensaba que eso hubiese sido posible. Ya la
había mandado a los brazos de otro hombre. Perdió a su padre y lloró la
pérdida sobre el hombro de otro hombre. La había perdido. No… No. No iba a
pensar eso. Nunca podría deshacer todo eso, pero podía ganarme su corazón
otra vez.
—Al menos estarás a siete horas de distancia y no tendrás que verla con él. La
distancia ayudará, creo —comentó Marcus antes de darle otro trago a su
cerveza.
—No voy a volver —respondí. Ahora no me podía ir. Si me iba, la perdería
para siempre. ¿Y entonces qué valor tendría mi vida? Sin Eva, no me
importaba un cojón y medio mi futuro.
—Cage, no lo dirás en serio. Tienes que volver. Piensa en tu futuro…
—Mi futuro no importa si Eva no está en él. —Corté a Low de raíz. No iba a
escuchar decirme lo mucho que necesitaba ir a terminar la universidad.
Estaba cansado de oír esa mierda. Había perdido a Eva justo porque me había
marchado. Si hubiese estado ahí con ella, nada de esto habría pasado. Ahora
no llevaría el maldito anillo de Jeremy en el dedo; sino el mío.
—Pero el semestre casi ha terminado —rebatió Low, sentándose en el borde
del sofá como si estuviese más que preparada para suplicarme que terminase
el curso.
—Tengo una nota media de diez, Low. Haré los exámenes por internet y ya
está. No voy a volver. Pediré un préstamo y el traslado a South para el
próximo año. Ahora necesito centrarme en Eva.
Low soltó un suspiro que hizo que su flequillo se levantase y volviese a caer
sobre su frente, y luego se apoyó contra el pecho de Marcus.
—¿Eso es lo que realmente quieres hacer?
—Sí.
—Pero…
—Déjalo ya, nena. Si yo estuviese en su lugar, haría lo mismo. Su futuro es
Eva y ese bebé. A veces los sueños cambian. El suyo lo ha hecho.
Miré a Marcus Hardy y caí en la cuenta de que ese podría haber sido el
primer comentario sensato que hubiera salido nunca de su boca.
16
EVA
Había cedido la otra noche y me había tomado otra de las pastillas para
dormir que mi tocóloga me había recetado. No había sido capaz de dormir
desde que mi padre hubo fallecido y había llamado a mi doctora desesperada
por que me ayudara. Jeremy también se había ofrecido a quedarse conmigo,
pero lo había mandado a su casa. Ver ayer a Cage me había trastocado. Por
ridículo que sonase, sentía como si estuviese haciendo algo malo al llevar el
anillo de Jeremy. Como si estuviese engañándole.
Hoy querría hablar conmigo. Jeremy dijo que había accedido a esperar hasta
después del funeral, pero que había dicho que el bebé era suyo. No intentaba
negarlo. El Cage que yo había querido y en el que había confiado querría a
nuestro bebé. Pero el Cage que me había abandonado y me había dado la
espalda cuando más lo necesitaba, no. Quizá venía a decirme que quería
cederle todos los derechos del bebé a Jeremy. Tan solo de pensarlo se me
revolvió el estómago.
Incluso después de lo sucedido, no quería que Cage no quisiese a nuestro
bebé. Quería que mi pequeña tuviera un padre que la adorara. Quería que ella
tuviera lo que yo había tenido. Claro que Jeremy había prometido estar ahí
para nosotras, pero nunca querría al bebé de Cage tanto como un padre
querría a su propia hija. Siempre recordaría de quién es hija en realidad.
Contemplé la arenilla mientras me columpiaba en el balancín del porche
delantero. Ahora me tocaba a mí cuidarla. Tenía que hacer que funcionara.
Me aterrorizaba que todo el trabajo de mi padre al final fuera para nada. No
podía dejarla ir. Era mi hogar. Quería que mi hija también creciera aquí.
La camioneta de Jeremy ascendió por la colina y aquello me recordó que
teníamos que decidir lo del corral este fin de semana. ¿Esperábamos o
realizábamos las compras ya? Observé cómo se detenía al lado del granero. A
él también le encantaba la tierra. Era un buen hombre. Había estado a mi
lado en todo momento.
Saltó de la camioneta y recogió su sombrero del interior antes de cerrar la
puerta. Al verlo caminar hacia mí me acordé de todas las razones por las que
le dije que sí. Bajé la mirada hasta mi dedo anular. Esta mañana había sido
incapaz de ponerme el anillo que me había comprado la semana pasada.
Algunos días no me lo podía poner porque sentía que estaba mal. Como si
volviese a fingir. Y yo odiaba fingir.
Alcé la vista y volví a escrutar su cara; él también se había percatado de que
no llevaba el anillo puesto. Nunca decía nada cuando no lo llevaba. Era otra
de las razones por las que lo quería.
—Buenos días —me saludó con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Buenos días —respondí al tiempo que escondía las manos entre las piernas
para que ninguno volviésemos a mirar.
—¿Has dormido bien? —me preguntó mientras subía los escalones y se
apoyaba contra la barandilla.
—Sí. Gracias a las pastillas he dormido bien. ¿Tú?
Él asintió.
—Sí, supongo que yo también.
No sabía qué decirle. Nunca habíamos tenido ningún un momento incómodo
entre nosotros. Ahora los teníamos más a menudo. Era como estar en un
extraño limbo. Estábamos prometidos, pero nunca nos habíamos besado. No
me podía imaginar besar a Jeremy. Era una de las razones por las que fingía.
Afrontar la verdad era demasiado complicado.
—Me ha llamado hace media hora. Llegará pronto. ¿Estás lista?
Sabía a quién se refería. No tenía ni que preguntarlo. Sin embargo, me
sorprendía que hubiese llamado a Jeremy. ¿Por qué no a mí? ¿Aceptaba mi
compromiso con Jeremy así de fácil? Me empecé a sentir mal. En el fondo
había pensado que le parecía mal lo de Jeremy y yo. Parece que de nuevo
estaba equivocada con Cage York.
—Ya era hora de que hablásemos. Se merece la oportunidad de decidir lo que
hacer con respecto a Felicidad. Papá tenía razón. Felicidad también es de
Cage. Debería tener voto sobre su futuro. ¿Estás preparado para ello? Me
refiero a que quiera formar parte de su vida.
Jeremy cambió el peso de su cuerpo y se cruzó de brazos.
—Te has decidido por Felicidad —exclamó en lugar de responderme.
Mi padre y yo habíamos estado barajando nombres cuando se encontraba
despierto y podía hablar. Felicidad había sido idea suya. A mí me había
gustado Heidi. Él dijo que creía que mi pequeña iba a ser mi felicidad. Me
traería la alegría que creía que había perdido. La noche que cerró los ojos por
última vez supe que se llamaría así.
—Papá le puso el nombre —respondí.
Jeremy asintió.
—Me gusta.
—A mí también.
Permanecimos allí sin mirarnos ni hablarnos. Saber que Cage estaba de
camino y que él decidiría lo que pasaría con nosotros pesaba en nuestras
mentes. Me preguntaba si Jeremy esperaba que Cage se hiciese cargo de
Felicidad. Quizá no quería tener tal presión aún. ¿Querría tener hijos algún
día? Si nos casábamos, con el tiempo los tendríamos…
No podía pensar en ello. No era capaz de imaginarme besar a Jeremy, mucho
menos eso. Parecía que no era lo correcto. La culpa me carcomía. ¿A qué
había accedido? Necesitaba a mi padre. Necesitaba hablar con él. Los ojos se
me llenaron de lágrimas y recé por no llorar.
—Ya está aquí —anunció Jeremy.
Alcé la cabeza y vi que en la carretera ya se podía ver el coche de Cage
acercándose despacio. Recuerdo cómo solía acelerar y saltar para auparme
cuando me lanzaba a sus brazos. Las cosas ahora eran muy distintas. En un
acto reflejo, posé la mano sobre mi vientre. Como si necesitara proteger a mi
bebé de él. ¿Y si este era el momento en que su padre se alejaba de ella sin
luchar, como había hecho conmigo? No quería que ese tipo de rechazo
siquiera la rozara.
—¿Quieres que entre o que vaya al granero y empiece a trabajar?
Me ofrecía que nos quedásemos a solas para hablar. Estaba dividida. No
quería que se sintiese desplazado, pero era una conversación en la que su
presencia estorbaría. Puede que Cage quisiese que estuviera presente. No
estaba segura.
—No estoy segura —le contesté con sinceridad.
La puerta del coche de Cage se abrió y él salió por ella. Incluso ahora mi
corazón se aceleraba al verlo. Los vaqueros que llevaba eran bajos y se
pegaban a sus caderas estrechas. La camiseta negra ajustada que llevaba no
escondía los piercings que tenía en los pezones. Se quitó las gafas de aviador
y las dejó en el asiento antes de cerrar la puerta y volverse para mirarme. Sus
ojos ni siquiera reconocieron a Jeremy. Estaban clavados en mí.
Mi entusiasmo al verlo se entremezcló con el miedo y el dolor. Sus ojos
bajaron hasta mi barriga y recordé que mi mano la cubría de forma
protectora. Su mirada permaneció allí hasta que volvió a alzarla a mis ojos
para avasallarme con esa intensidad azul marina. No estaba allí para
abandonar a nuestro bebé. No tenía que decirlo para que lo supiera. Lo veía
en sus ojos.
—Quizá deberíamos hablar a solas —le dije a Jeremy dándole un apretón en la
mano para asegurárselo. No quería que Cage dijese nada que afectase a
Jeremy. No lo merecía.
—Estaré en el granero —exclamó antes de darse la vuelta y marcharse del
porche; Cage todavía no había llegado a las escaleras. Observé cómo se
alejaba e intenté recomponerme antes de volver a mirar a Cage.
Cuando oí cómo su bota pisaba el primer escalón, me obligué a mirarlo. Sus
ojos estaban fijos en mí.
—Eva —dijo, y su mirada volvió a mi vientre.
—Hola, Cage —exclamé. Tal y como se me notó en la voz, estaba nerviosa.
Sus ojos volvieron a mí.
—Siento lo de tu padre. Era un buen hombre.
Me limité a asentir. Quería gritar, chillar que no estuvo a mi lado. Que me
dejó ver morir a mi padre sin estar ahí para abrazarme. Pero no lo hice. Me
quedé sentada en silencio.
—¿Cuándo me ibas a contar lo de nuestro bebé? —preguntó. Iba directo al
grano. Tenía una razón para estar aquí.
—Estaba ocupada con lo de mi padre. No tuve tiempo de asimilarlo. Tú no
querías hablar conmigo y me dejaste ir. Supuse que no importaba lo que te
dijera. Pero te lo iba a contar.
Cage apretó la mandíbula y supe que se estaba controlando. A él no le agradó
mi respuesta.
—Tú no quisiste que te llamara, Eva. Me dijiste que lo que teníamos había
acabado. Que ya no me querías. Que fui tu mayor error.
Por entonces me había encontrado tan mal y mis emociones habían sido tan
desbordantes. No sabía que estaba embarazada. No era capaz de recordar
todo lo que le dije. Pero el dolor que asomó por sus ojos al repetir mis
palabras fue como clavarme un puñal.
—Estaba herida. Quería hacerte daño.
—Lo lograste —contestó él.
Cerré los ojos y respiré profundamente.
—No has venido a revivir el pasado. Lo pasado, pasado está. Estás aquí para
hablar de Felicidad. Tenemos que hablar de ella y de tus intenciones para con
ella en el futuro.
La ira en el rostro de Cage desapareció y sus ojos se suavizaron.
—¿Felicidad? ¿Se llama así? —El tono gentil de su voz sonaba casi adorador.
—A papá le gustaba ese nombre —exclamé. No se lo iba a cambiar.
—Buena elección. Es perfecto.
No había esperado esa respuesta. No estaba preparada para esta
conversación. En mi cabeza se había desarrollado de forma muy diferente. El
hombre frío y sin emociones que no quería saber nada no era el que tenía
delante. Este… este era el Cage que había querido. El que había pensado que
conformaba mi mundo entero.
—Me alegro de que te guste —logré responderle.
—¿Se mueve ya? Es decir… ¿puedes sentirla? —preguntó, dando un paso
vacilante hacia mí antes de detenerse.
Me limité a asentir. Tenía problemas a la hora de hablar. Este era el Cage
gentil que recordaba. ¿Cómo había podido hacerle daño a este Cage? No
podía ser fría con él.
—Quiero sentir cómo se mueve —exclamó, alzando su mirada maravillada de
mi estómago hasta mis ojos fascinados.
—Ahora mismo no lo hace —respondí.
—¿Me lo dirás cuando lo haga? —preguntó esperanzado.
No podía decirle que no. Asentí.
—Claro.
Pareció satisfecho con la respuesta y volvió a dar un paso atrás hasta
apoyarse en la barandilla en la que Jeremy se había apoyado antes. Las largas
piernas de Cage se hallaban cruzadas a la altura de los tobillos y el dobladillo
de su camiseta se levantaba lo justo para que cuando se cruzase de brazos
pudiese atisbar un destello de su cadera y la zona baja de su estómago. Me
encantaba esa parte de su cuerpo. Alejé la vista de su piel desnuda, ya que no
podía volverlo a mirar. Se habría dado cuenta de en qué estaba pensando.
—¿Estás enamorada de él?
Mantuve los ojos puestos en el jardín delantero. No quería mirarlo y hablar de
ello. Sería capaz de ver a través de mí. Pero ¿podía mentirle?
—Lo quiero.
—Sé que lo quieres, Eva. No te he preguntado eso. Te he preguntado si estás
enamorada de él.
No. No estaba enamorada de él. Cage lo sabía. Jeremy lo sabía. ¿Por qué me
lo preguntaba?
—Tenemos que hablar sobre qué quieres hacer con respecto a Felicidad. No
sobre Jeremy y sobre mí.
—Estás equivocada. No solo he venido a hablar de Felicidad. He venido a
hablar de nosotros. Ya es hora de que lo hagamos.
Sentí cómo la ira se extendía por mi pecho. ¿Cómo podía pasar de la
confusión al dolor y después a la ira en cinco minutos? No lo sabía, pero Cage
York logró evocar todos esos sentimientos.
—Tienes razón. Ya era hora. Tuviste tu oportunidad y no la aprovechaste. La
oportunidad de hablar ha pasado, porque ya —clavé mis ojos en los suyos—,
no hay un nosotros. Ya no.
Cage sacudió la cabeza despacio y dejó caer las manos. Después, en dos
zancadas, se plantó delante de mí. Se agachó y posó las manos a cada lado del
balancín hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura que los míos, a
meros centímetros de distancia.
—No te equivoques. Siempre habrá un nosotros. Puedes fingir que nunca
fuimos nada. Puedes ignorar lo que sientes. Joder, nena, puedes incluso
casarte con el maldito Jeremy Beasley. Pero siempre habrá un nosotros. Nadie
ni nada cambiará eso. —Se alejó del columpio y se colocó como antes.
Tomé aire cuando me percaté de que había dejado de respirar. No estaba lista
para esto. Pensaba que sí, pero había estado equivocada. Otra vez.
—No puedo con esto hoy. Necesito más tiempo.
—Me encantaría darte más tiempo, cielo, pero estás embarazada de mi bebé.
No del de Jeremy. Del mío. —Sus ojos se transformaron al mencionar a
Jeremy—. Quiero a mi bebé. No pienso dejar que otro hombre dé el paso de
jugar a papás con mi hija. Y una mierda voy a dejar que juegue a las casitas
con mi chica. Esto no ha terminado, ni mucho menos.
Se movió y yo me preparé para que volviese a quedarse a escasos centímetros
de mí, pero no lo hizo. Se marchaba. Observé cómo bajaba las escaleras.
—Porque te quiero más que a cualquier maldita cosa en este planeta, voy a
darte un día más. Acabas de perder a tu padre y nunca me perdonaré por no
haber estado aquí contigo. Viviré arrepintiéndome de ello. Pero volveré. Eres
mía, Eva Brooks. Para siempre. Me lo dijiste tú misma y, cielo, te tomo la
palabra.
CAGE
—¿Vas a volver a tu apartamento? ¿O se quedará vacío durante el resto de tu
vida? —inquirió Preston mientras me acercaba una cerveza y se sentaba a mi
lado.
—Regresaré cuando Eva y yo volvamos a estar juntos —contesté y le di un
trago a la birra.
—He oído que está prometida. Vaya mierda, tío.
—Es mía. Ese anillo es temporal.
Preston asintió. No me lo discutiría.
—Manda cree que lo arreglaréis.
—Lo haremos. No la voy a perder.
—¿Ha admitido que el bebé es tuyo?
—Ni siquiera intentó negarlo. No es una mentirosa. Es solo que no confía en
mí. Me lo merezco. Puede que no haya hecho lo que ella cree, pero tiene
razón en algo. No luché por ella. Dejé que sus palabras me hicieran daño. Me
retiré porque es lo que hago cuando alguien me dice que no me quiere. Mi
maldita madre me jodió la cabeza. Dejé que mi pasado controlase cómo lidié
con el rechazo de Eva. La mujer que me dio la vida sigue jodiéndome incluso
sin estar cerca.
Dewayne se sentó en la mesa con nosotros y yo lo miré. No lo había visto
desde que había vuelto al pueblo. Ahora tenía la cabeza rapada.
—Suena a que la has cagado. Admítelo, tío. No le eches la culpa a la tía que te
parió —comentó arrastrando las palabras.
Lo observé mientras digería su respuesta. Joder. Tenía razón. Había dejado
que mis inseguridades me controlaran, y había usado como excusa lo que mi
madre me había hecho a mí. Eva se merecía a un hombre. No a un llorica que
usaba excusas ante sus errores. No excusaría mis mierdas. Ya no.
Haría que me volviese a querer. No le explicaría nada. Simplemente sería el
hombre que necesitaba. El que no había sido. El que mi chica y mi bebé se
merecían. No tenía ni puta idea de cómo lo haría, pero iba a hacerlo.
—Tienes razón —anuncié por fin.
Dewayne sonrió con suficiencia.
—Siempre tengo razón. Es lo mío.
Preston soltó una carcajada y tuve que admitirlo: el tipo me hizo reír. Había
echado de menos estar en casa. Ya era hora de que madurara y arreglase las
cosas. El padre de Eva nunca habría puesto excusas. No habría escondido su
dolor negándose a volver a su casa. Era un hombre del que ella había estado
orgullosa. Yo también quería eso.
Dejé un billete de veinte en la mesa y me levanté.
—¿Adónde vas? Acabamos de llegar —exclamó Preston cuando eché la silla
hacia atrás.
—Para empezar, a coger mis cosas y mudarme al apartamento — le contesté.
—¿Qué te ha hecho decidir de repente mudarte? Hace cinco minutos no
querías pisar ese sitio.
No quería perder tiempo contándoselo a Preston.
—Os veo luego —dije en lugar de ello.
—¿Qué cojones? —espetó Preston, mirándome como si me hubiera vuelto
loco.
—Ha decidido que ya es hora de ser un hombre —exclamó Dewayne, y yo solo
sonreí mientras me dirigía a la puerta.
Decidir dejar de esconderme y recuperar mi vida había sido fácil cuando
estaba sentado en el bar con Dewayne y él había provocado mi hombría. Pero
estar delante del apartamento y ver el espacio vacío donde el piano de Eva
había estado una vez me estaba robando el aire de los pulmones. Me quedé
de pie y dejé que las veces que había entrado por la puerta y ella había estado
tocando y sonriéndome se me pasaran por la cabeza.
Cerré la puerta detrás de mí y dejé las maletas en el suelo. El silencio me
atormentaba. La música de Eva y su risa ya no estaban. Ya no iba a salir de
nuestra habitación sonriéndome. Había dejado que me alejara cuando más me
necesitaba. Podía echarle la culpa a Ace de tenderme una trampa. A mi madre
por mis inseguridades. Pero era yo el que había hecho esto. Perderla era
culpa mía.
Mañana empezaría a demostrarle que era digno de su amor. Sabía qué hacer.
No rogaría su perdón; eso eran solo palabras. Nada de excusas; eran malas.
Ya era hora de que se lo demostrase con acciones.
17
EVA
El ruido en el exterior del granero me despertó. Rodé y cogí el móvil para
mirar la hora. Era un poco más tarde de las seis, pero Jeremy no venía tan
temprano en otoño. Eché las sábanas a un lado y cogí un par de leggins y una
sudadera del armario para vestirme. Si había venido tan temprano, eso
significaba que bien las vacas se habían salido, o alguna estaba enferma. Pero
no oí que ninguna se quejase anoche.
Después de lavarme los dientes y de cepillarme el pelo, me puse las botas de
trabajo y encendí las luces antes de salir. Giré la esquina de la casa y me
detuve, sorprendida. Esa no era la camioneta de Jeremy. Era la mía, la de
papá… la que Cage usaba. Di la vuelta y miré hacia la carretera. El Mustang
de Cage se encontraba al lado de mi Jeep.
Vale. Lo bueno era que no me estaban robando. Pero ¿qué estaba haciendo
Cage? ¿Dónde estaba Jeremy cuando se le necesitaba? Tomé aire y me serené
antes de dirigirme al granero para encarar a Cage.
Estaba cargando pacas de heno. Iba a esparcirlo. ¿Cómo sabía que eso estaba
en la lista de cosas que Jeremy tenía que hacer hoy? El aire de la mañana
ahora que el verano había terminado era frío. Llevaba una camiseta térmica
de manga larga y ese sombrero que papá le dejaba usar en la cabeza. Se
volvió con una paca en las manos y se detuvo cuando sus ojos encontraron los
míos.
—Buenos días —dijo con una sonrisa que me hizo sentir un cosquilleo en
varias partes de mi cuerpo antes de dirigirse a la camioneta y depositar la
paca ahí. Desempolvó los guantes en sus vaqueros y se echó el sombrero
hacia atrás.
—No te preocupes. Trabajo gratis. —Entonces guiñó el ojo y volvió a coger
otra paca. ¿Qué demonios estaba haciendo?
Permanecí allí quieta sin poder articular palabra mientras él cogía otra paca y
la llevaba a la camioneta. Un millón de razones sobre por qué hacía esto se
me pasaron por la cabeza, pero ninguna tenía sentido.
Finalmente fui capaz de exclamar:
—Cage —dije calmada, aunque mis emociones estaban a flor de piel—. ¿Qué
estás haciendo?
Él paró y me miró con esa sonrisa sexy tan suya.
—Bueno, cielo, pensaba que era obvio. Estoy cargando heno para esparcirlo.
Después me pondré con el alimento, y, ¿sabes que la esquina este tiene la
valla débil? He conducido por ahí esta mañana para comprobar las cosas y
hay que reemplazarla. Además, tienes dos terneros por etiquetar. Se están
haciendo mayores.
De nuevo. Sin palabras.
—Me pondré a ello. Jeremy ha dicho que vendría después de las siete pero
que podía empezar sin él.
¿Jeremy? ¿Qué? Negué con la cabeza. No tenía sentido. ¿Acaso seguía
dormida? De ser así, ¿por qué soñaba con Cage con camiseta? Normalmente
su ropa era escasa o inexistente cuando se presentaba en mis sueños.
Además, solíamos estar en una cama o contra el mobiliario. No hablando
sobre mis vacas. O vallas.
—¿Cage?
—¿Sí? —dijo caminando hacia mí con el heno en las manos.
—¿Por qué estás haciendo esto? —Por fin había logrado preguntar algo que
tuviera sentido. En lugar de gruñir aquí y allá.
Después de soltar la paca en la camioneta, se acercó a mí hasta detenerse a
unos metros de distancia. Esta vez su mirada no era juguetona. Iba en serio.
—Porque quiero, Eva. Por eso —contestó antes de volverse y alejarse, aunque
volvió a pararse. Vi cómo se giraba hacia mí con una sonrisa en los labios.
—Avísame si mi chica empieza a moverse. Quiero sentirla.
Me limité a asentir y él volvió a recolocarse el sombrero para que ocultase sus
ojos del sol antes de regresar al trabajo. Como si yo no estuviera ahí. ¿Esta
era su forma de hablar de ello? Hoy esperaba que se presentase aquí y
pidiese respuestas, y hallaríamos la solución. Por lo visto eso no iba a pasar.
En lugar de ello, se encontraba trabajando en mi granja.
Podía quedarme allí y mirarlo, pero él no parecía querer hablar de nada más.
Antes de poder decidir si se suponía que debía entrar en casa o quedarme allí
o pellizcarme y despertar, Cage se acercó y abrió la puerta de la camioneta.
—Échate hacia atrás, cielo, tengo que llevar esto al campo.
Hice lo que se me dijo. Después observé cómo encendía la vieja camioneta y
la llevaba hasta la puerta. Saltó del coche para abrirla y después entró. Una
puerta se cerró detrás de mí y yo pegué un bote. Jeremy había llegado y no le
había oído. Miraba a Cage con una expresión en la cara que no pude
descifrar.
—Vaya. Ha venido.
¿Así que Jeremy lo esperaba?
—¿Sabías que vendría… a trabajar?
—Me llamó anoche. Me dijo que estaría aquí lo quisiera o no. No venía a
ayudarme. Venía a ayudarte a ti. No me ofreció excusas, simplemente dijo que
estaría aquí a las seis y que le dijera lo que había que hacer. Le dije lo del
heno, pensando que había bebido mucho cuando llamó. Supongo que estaba
equivocado.
Vi como Cage empezaba a esparcir el heno y daba con la mano a una de las
vacas en el costado para que se moviera. No puede evitar recordar la primera
vez que se había acercado a una vaca y lo asustado que había estado. El
recuerdo me hizo sonreír.
—¿Por qué está aquí? —pregunté en alto, a pesar de que no creía que Jeremy
tuviera la respuesta.
—Todavía no lo he descubierto —respondió. Jeremy me dio un ligero apretón
en el brazo y después se dirigió al granero para ponerse a trabajar. Él estaba
tan confuso como yo. Me di la vuelta y regresé a casa. Si iban a trabajar,
supongo que debería prepararles el desayuno. Cabía la posibilidad de que
Jeremy ya hubiera desayunado, pero dudaba que alguien hubiese dado de
comer a Cage. No podía trabajar con el estómago vacío.
Felicidad se movió al tiempo que yo me acercaba a casa. Puse una mano
sobre mi vientre.
—¿Podrías guardar ese entusiasmo hasta que tu… papá… esté cerca? —Miré
por encima del hombro para contemplar a su padre y me pregunté cómo
funcionaría esto. ¿Cómo podría ser su padre sin vivir aquí? Volvería a
Tennessee la semana que viene. Yo me quedaría aquí. No estaba segura de si
quería que Felicidad creciese con un padre ausente. Uno que solo se dejaba
ver cuando podía. Quería que se sintiese amada. ¿Podría Cage ofrecerle eso?
CAGE
No mirar hacia atrás para contemplar a Eva y Jeremy había sido duro. Había
estado preparado para correr, saltar la maldita valla y separarlo de ella si sus
labios se hubieran acercado a su cuerpo siquiera. Había venido a mostrarle
que estaba listo para ser el hombre que necesitaba. Pero tenía mis límites.
Me alegró saber que ni siquiera se abrazaron. Ni siquiera estaban
enamorados, joder. Apenas habían hablado. Esa no era forma de desearle a
Eva buenos días. Se merecía muchísimo más que lo que había visto.
—Has venido. Pero no sé qué tramas. Intento descubrirlo —exclamó Jeremy al
apoyarse en la camioneta.
—¿Así le deseas siempre a Eva los buenos días? —pregunté al tiempo que
ignoraba su comentario.
Vi como fruncía aún más el ceño. Ni siquiera se daba cuenta de lo que estaba
mal con respecto a lo que había presenciado. Sí… no estaban enamorados.
Siempre serían amigos. Nada más.
—¿A qué te refieres?
—El hecho de que me lo hayas tenido que preguntar es respuesta suficiente —
contesté. Caminé por su lado para ir hasta mi camioneta—. El extremo este
está mal. Si no lo arreglamos, se saldrá una vaca. Me voy hacia allí para
trabajar en ello.
Abrí la puerta y me subí.
—No pienso ceder fácilmente —me informó Jeremy.
—Yo no pienso ceder nunca —respondí antes de alejarme. Tenía una valla que
arreglar.
Ni siquiera había empezado con la valla cuando la camioneta de Jeremy se
detuvo a mi lado. Dejé de enredar el cable que había usado para arreglar la
zona débil y alcé la mirada hacia él.
—Ha hecho el desayuno. Tienes que ir a comer —dijo él.
Quería ir a comer. Estaba famélico. ¿Pero me querría ella ahí?
—Dudo que lo haya hecho para mí —exclamé.
Jeremy escupió por la ventana y me pregunté cómo llevaba ella el hecho de
que él chupase tabaco. Esa mierda era asquerosa.
—Llevaba sin hacer el desayuno desde que su padre estaba demasiado
enfermo como para comérselo. No me lo ha hecho a mí.
Sentí que el pecho se me henchía de esperanza. No pude evitar sonreír. Me
había preparado el desayuno. Joder.
—Entonces será mejor que vaya a comérmelo —repliqué.
—Sí. Supongo.
Dejé la pala en la camioneta y metí los guantes en el bolsillo trasero de los
pantalones. Jeremy se alejó en el coche y se dirigió a la casa. Suponía que él
también comería. Esperaba que no fuese y me dejase tiempo a solas con Eva.
Mientras no se besasen, podría hacerlo. No había llevado el anillo esta
mañana tampoco, al igual que ayer. Eso era una buena señal. También me
ayudaba a quedarme calmado. Ver que otro hombre la había declarado como
suya me hacía sentir cosas malas. No me gustaba. Para nada.
Tal y como había imaginado, la camioneta de Jeremy se encontraba en el
granero. Podía oler el beicon y los bollos desde el porche de la entrada. Había
echado de menos la comida de mi chica. Podía fingir que no era para mí, pero
yo lo sabía. Jeremy ya lo había dejado claro. Abrí la puerta sonriendo y entré.
Puede que fuera el modo en que el sol iluminaba la estancia por la ventana o
quizá porque había entrado pensando que las cosas eran diferentes. Que la
comida significaba algo. Pero el diamante que brillaba en la mano izquierda
de Eva se burlaba de mí en silencio. El buen humor en el que había estado se
esfumó con el simple brillo de un diamante. Al igual que mi apetito.
Jeremy ya estaba en la mesa, devorando la comida. Alzó la vista y volvió a
beber de su café.
—Este año el cultivo de nueces ha ido bien. El año que viene será mejor.
Nunca he tenido que cosechar sin Wilson. Estoy aprendiendo. Si quieres
pagar más por el fumigado, podemos permitírnoslo. Creo que se amortizará
con el cultivo.
Eva me miró, nerviosa y se retorció las manos mientras cubría su mano
izquierda con la derecha. Se lo había puesto. Ahora intentaba ocultarlo.
—Eh, sí… supongo. Lo hablaremos más tarde —exclamó, su mirada yendo de
Jeremy a mí y viceversa—. Adelante. Ya está el plato en la mesa —dijo sin
mirarme.
Saqué la silla enfrente de Jeremy y observé cómo se apresuraba a ir hacia la
cafetera, vertía líquido en una taza y la dejaba al lado de mi plato.
—Yo, eh, comed. Creo que iré…
—¿Has comido? —pregunté, interrumpiendo su intento de huida.
Negó con la cabeza.
—¿Vomitas por las mañanas? —inquirí, cayendo en la cuenta en ese momento
de que ahora no sabía nada de esa parte de su vida. ¿Nuestro bebé la hacía
sentir mal por las mañanas?
Volvió a sacudir la cabeza.
—No. Ya no. Se va…
Me levanté y saqué la silla a mi izquierda.
—Siéntate, Eva. —Permaneció de pie mirando la silla como si dudara entre la
necesidad de escapar o que yo la alcanzara.
—Si no te sientas y comes, volveré ahí fuera y trabajaré. Estoy hambriento y
tus bollos huelen genial, pero si el que esté yo aquí te impide sentarte y
desayunar, no pienso quedarme sentado. Tienes que comer.
Ella alzó la vista hasta encontrar la mía, y requerí de todo el control que tenía
para no abrazarla y besar esa expresión confusa y sorprendida. ¿Acaso no
entendía que estaba tan enamorado de ella que hasta me distraía?
—Vale —respondió antes de sentarse, aún mirándome. Yo acerqué su silla y
después volví a tomar asiento.
—Bien. Porque huele increíble —le dije antes de estirar la mano, coger un
bollo y dejarlo en su plato antes de coger el mío. Hice lo mismo con el beicon.
—¿Quieres que le eche mantequilla? —pregunté al coger esta.
Ella me miraba como si no estuviera segura de qué hacer conmigo.
—No. Puedo hacerlo yo, gracias —respondió, y cogió la mantequilla de mi
mano.
—Entonces, ¿de qué va eso del cultivo de nueces? —pregunté mirando a
Jeremy.
Este masticaba despacio un trozo de beicon y me miraba igual de fijamente
que Eva. Tragó.
—Este año la cosecha ha ido bien, teniendo en cuenta que nunca la he hecho
sin Wilson y han pasado varios años desde que estuve aquí para ello. Tenemos
que pensar en lo de pagar más para que se fumigue. Costará bastante, pero
vale la pena.
—¿Se usa el mismo fumigador todo el año? ¿Hay alguno que Wilson prefiriese
o deberíamos comprar y ver si se puede obtener un precio mejor?
Ninguno respondió, así que le di un bocado al bollo. Eva dejó el cuchillo tras
untar el suyo y yo acerqué la mano a su plato.
—¿Salsa?
Ella se limitó a asentir. Le di la parte que siempre prefería y dejé su plato de
nuevo enfrente de ella
—Tal y como yo lo veo, deberíamos hacer lo que Wilson hubiera hecho.
Ensayo y error. Su método sería la apuesta más segura. ¿Cuántas veces
fumigaba?
Y de nuevo, grillos. Me levanté y le preparé un vaso de zumo de naranja a Eva
que puse al lado de su plato al sentarme.
Jeremy por fin se aclaró la garganta entonces y yo lo miré.
—Estoy de acuerdo. Cuando la cosecha iba bien, fumigaba más. Así se pagaba
a sí misma.
Me centré en Eva.
—¿Te parece bien? ¿Repetir lo que tu padre hacía?
Ella estaba cortando su bollo en trozos pequeños, pero no había comido nada
aún.
—Yo, eh, sí, claro.
Volví a estirar el brazo y coloqué un dedo bajo su barbilla para alzar su rostro
y que me mirase.
—Si no comes, volveré al trabajo. Come, por favor.
Tragó saliva con la suficiente fuerza como para que yo me enterara.
—Vale —contestó.
Bajé la mano y seguí comiendo. Por lo visto mis palabras los habían dejado a
ambos tan pasmados que Jeremy no sabía qué decir y Eva no pudo comer, así
que permanecí en silencio hasta quedar satisfecho con cuánto se había
llevado al estómago. Después, me levanté y llevé mi plato al fregadero para
echarle agua y dejarlo en el lavavajillas.
—Gracias por el desayuno. Ha sido lo mejor que me he llevado a la boca en
mucho tiempo —le dije antes de coger mi sombrero y encaminarme al
exterior. Aquello no había sido fácil, pero esperaba que fuera haciéndose a la
idea de que no me iba a marchar.
18
EVA
—No creo que se vaya a marchar, Eva. Tenéis que hablar —me dijo Jeremy en
cuanto oímos la camioneta arrancar fuera.
—Pero… tiene clase. La temporada de béisbol empieza pronto. Qué… ¿Se ha
vuelto loco? No tiene ningún sentido. —Suelto el tenedor. Me había tenido
que obligar a comer porque quería que Cage también lo hiciese.
—No se va a marchar —repitió Jeremy—. No sé cuáles son sus intenciones
todavía, pero sí que sé que no se va a ir.
Me puse de pie y llevé mi plato a medio terminar a la basura. Lo vacié antes
de dirigirme al fregadero para observar cómo su camioneta se dirigía a la
parte de atrás de la propiedad como si fuese suya.
—Pensaba que se marcharía a la universidad hoy. Ya mismo debe de tener los
exámenes. —Esta era su forma de decirme que le parecía bien lo de Jeremy y
yo. Iba a formar parte de la vida de Felicidad lo mejor que podía. No sabía
cómo decírmelo, así que me lo estaba demostrando—. Mañana ya no estará.
Tendrá que marcharse para entonces.
—Creo que te equivocas —me rebatió Jeremy mientras dejaba su plato en el
fregadero y se dirigía hacia la puerta—. No creo que se vaya a ir a ningún
lado, Eva.
Me quedé mirando al granero preguntándome en qué estaba pensando Cage.
La mosquitera se cerró con un estruendo a espaldas de Jeremy. Estaba
convencido de que Cage se iba a quedar… pero ¿por qué? ¿Para qué? Tarde o
temprano se tendría que marchar.
Tres días después, Cage seguía apareciendo a las seis de la mañana y
actuando como si esta fuera su casa. Yo continué preparando el desayuno. Él
continuó comiéndoselo y hablando como si se fuese a quedar. No sabía cómo,
siempre se las apañaba para salir antes de que pudiese detenerlo y hablar con
él. Era como si estuviese intentando evitar mis preguntas. Si no me diese
tanto miedo llamar a Low después de todo este tiempo, la llamaría y le
preguntaría si sabía qué narices estaba haciendo.
Jeremy se hallaba en el porche, comiéndose un tentempié tres horas después
de que hubiésemos desayunado. Era su descanso habitual. Salí para hablar
con él. No habíamos hablado mucho esta semana. Que Cage estuviese aquí
había acaparado toda mi atención.
—¿Tendrá intención de marcharse este fin de semana? —pregunté, y me
percaté de que me daba miedo que eso fuera exactamente lo que fuese a
hacer. En meros tres días me había acostumbrado a tenerlo aquí otra vez.
—No. No va a mover el culo de aquí —contestó Jeremy guardándose el tabaco
en el bolsillo de atrás.
—¿Y qué pasa con sus clases?
—No creo que le importen mucho.
—¿Por qué?
Jeremy me miró y sonrió.
—Porque, Eva, está mostrándose ante ti. No te ha puesto excusas ni te ha
explicado lo que hizo. Está manejando la situación como un hombre. Eso es lo
que está haciendo. —Negó con la cabeza y bajó las escaleras, luego se detuvo
—. Joder, está haciendo hasta que lo respete —dijo, y a la postre se alejó.
¿Que estaba mostrándose? ¿Ahora? ¿Por qué? Me senté en los escalones y
luego inspeccioné mi mano izquierda desnuda. No había sido capaz de
ponerme el anillo desde hacía dos días. Normalmente solo me hacía falta un
día de descanso de él, pero sentía que estaba mal el tan solo hecho de
cogerlo. Como si estuviese siendo cruel a propósito si lo llevase. Para Jeremy,
porque él me quería de un modo que yo nunca podría corresponderle; y para
Cage, porque era un recordatorio de que lo nuestro había terminado.
—Sigo esperando a que nuestra niña se mueva. ¿Se va a mover para mí algún
día? —inquirió Cage al tiempo que su sombra se cernía sobre mí. Alcé la
mirada y sus brillantes ojos azules me escrutaban con amabilidad.
—Nunca estás cerca cuando lo hace —respondí, y me acaricié el vientre con
ambas manos.
Cage señaló con la cabeza el espacio vacío a mi lado
—¿Puedo sentarme?
¿Se podía sentar? Sí, pero ¿podría soportar estar cerca de él? Logré asentir, y
él se quitó el sombrero y se acomodó a mi lado; no dejó espacio entre los dos.
Nuestros cuerpos se tocaban desde la cadera hasta la rodilla.
—¿Puedo hablar con ella? —preguntó a la vez que contemplaba mi vientre
abultado. A veces me quedaba de pie frente al espejo y me preguntaba qué
pensaría ahora Cage de mi cuerpo. Mi imagen ahora era muy distinta a la de
la última vez que me había visto desnuda. Verlo observar mi barriga con tanta
intensidad me ponía nerviosa.
—Supongo —contesté sin saber muy bien si quería que lo hiciese, pero ¿cómo
le podía decir que no?
Se movió para poder acunar mi vientre con ambas manos. No pude evitar
estremecerme bajo su contacto. Había pasado mucho tiempo desde que Cage
no me tocaba así. Sus pulgares se movieron suavemente sobre mi abdomen
como una caricia. Mi cuerpo se había puesto a temblar. Sabía que él lo había
notado, pero no se burló ni me lo mencionó.
—Ya va siendo hora de que te muevas para mí, pequeña. Llevo esperando
toda la semana. Quiero sentirte dentro de tu mamá. —Le estaba hablando a
mi barriga. Iba a ponerme a llorar. Me mordí el labio inferior con tanta fuerza
como pude para distraer mis emociones hormonales de la dulzura del
momento del que estaba siendo partícipe.
—¿Qué haces normalmente para que se mueva? —quiso saber Cage a la vez
que me miraba.
—Le canto —admití, aunque luego deseé haber mantenido la boca cerrada. La
emoción se reflejó en sus ojos tan rápido que casi me la perdí.
—¿Qué le cantas?
—Nanas, sobre todo. Y un poco de Adele. Le gusta Adele.
Los labios de Cage se curvaron hacia arriba despacio y luego se rio entre
dientes.
—Conque le gusta Adele, ¿eh?
Asentí, y él se rio un poco más fuerte.
Y entonces Felicidad dio una patada. Los ojos de Cage se abrieron como
platos antes de devolver la atención a mi vientre. Ella volvió a darme otra
patada, y sus manos se movieron sobre mí.
—Está ahí —dijo maravillado. Levantó el rostro para mirarme con una mezcla
de asombro y adoración—. Nuestro bebé está ahí —repitió.
Lo único que logré hacer fue asentir.
Felicidad decidió presumir como si supiese que tenía la total atención de este
guapísimo hombre. Se movió y pateó contra sus manos, lo cual hizo que él
sonriera más todavía.
Tocó el dobladillo de mi jersey y me miró.
—¿Puedo? —preguntó. Quería tocar mi piel desnuda. No estaba segura de
querer que me viese. Tenía estrías—. ¿Por favor, Eva? —me suplicó.
Cerré los ojos con fuerza y asentí. El jersey se deslizó por mi vientre y sus
manos se posaron sobre mi piel desnuda, hecho que hizo que pegara un bote
debido al calor de su contacto. Sentía mi piel crepitar justo donde me tocaba.
Mantuvo la mano sobre mi abdomen y no se movió durante un minuto. No
podía mirarlo. No sabía lo que estaría pensando.
A continuación, sus manos comenzaron a moverse por toda la extensión de mi
vientre despacio. Estaba bastante cerca de quedar en ridículo. Este momento
era suyo y de Felicidad, no de mis hormonas locas. Felicidad dio otra patada y
él se rio por lo bajo, lo cual provocó que ella se moviese otra vez. Tenía que
serenarme. Coloqué ambas manos en mis riñones y me eché hacia atrás para
darle a Cage más acceso a mi barriga. Cuando sentí su cuerpo moverme la
rodilla para abrirme las piernas, abrí los ojos de repente. Cage se hallaba
arrodillado entre ellas.
Tenía los ojos fijos en mi rostro mientras se colocaba entre mis extremidades
con las manos todavía sobre mi abdomen. No deberíamos estar en esta
posición. Estaba prometida. Esto estaba mal. Pero me estremecí. Cage cerró
los ojos y respiró hondo. Era demasiado. Esto era demasiado.
—No puedo —dije, y lo separé de mí mientras me revolvía para ponerme de
pie. Él quería acercarse a Felicidad, pero se estaba acercando a mí. En más
de una ocasión ya se había encontrado así, entre mis piernas, y eso era en lo
único que mi cuerpo podía pensar al verlo ahí arrodillado. Él podía no estar
imaginándose con la cabeza entre mis piernas, pero yo sí, y estaba mal.
—Estoy prometida. No puedo. Mi cuerpo... Yo… n-no puedo —tartamudeé, y
hui hacia la casa. La puerta se cerró de un portazo tras de mí.
CAGE
Abrí la puerta de mi camioneta con más fuerza de la necesaria y apreté los
puños junto a mis costados para intentar calmarme. No estaba funcionando.
Jeremy dejó de inspeccionar a la vaca que ambos nos habíamos percatado que
estaba actuando de forma extraña durante toda la semana. Ni siquiera
pareció sorprendido de que estuviese al borde de la ira.
—¿Crees que la estás salvando? ¿De eso va toda esta mierda? Porque los dos
ni os tocáis. Tú no la besas, y ella apenas se pone ese maldito anillo. El bebé
es mío. ¡Eva es mía! —Había empezado a hablar con calma, pero terminé la
diatriba prácticamente gritando.
Jeremy rodeó la vaca y me atravesó con la mirada.
—Tú no estabas aquí. Estaba embarazada y viendo a su padre morir, y tú no
estabas aquí. Yo, sí —replicó Jeremy con voz fría. También tenía razón.
—La cagué. Fue el error más grande de mi vida. Pero voy a demostrarle que
no me voy a ir. No voy a dejar que mi bebé crezca sin mí, y pasaré el resto de
mi vida cuidando de Eva aunque te cases con ella. Dices que estás enamorado
de ella, pero ¿cómo es posible? Solo conoces a la Eva amiga. No la conoces de
otra manera. No sabes la sonrisa tan adorable que pone cuando la tocas en
sitios que no deberías en ese momento. No sabes qué cara tiene cuando se
despierta por la mañana y parpadea para mirarte. No sabes lo completo que
me siento cuando estoy en su interior. Nunca la has tocado ni has sentido la
electricidad recorrer tu cuerpo hasta quedarte sin aliento. Un matrimonio es
más que una amistad. También es físico. Os tenéis que desear el uno al otro Y
vosotros dos no lo hacéis. Al principio yo también fui su amigo. Pero en el
fondo siempre había habido atracción. No te engañes. No puedes hacerla
feliz. Puedes serlo todo para ella, pero no lo que una mujer necesita por las
noches. —La ira me abandonó por completo cuando vi cómo mis palabras
hacían mella en él.
Pude verlo en su rostro. Sabía que tenía razón. Podía no querer admitirlo,
pero lo sabía.
—¿La has besado siquiera? —le pregunté.
Jeremy frunció el ceño.
—No. Todavía no me ve así.
—¿Todavía? ¿En serio? Vas a casarte con ella, joder, ¿y ella no te ve como
alguien a quien besar? Si a mí me besó muchísimo antes de que le gustase
siquiera. ¿Quieres eso? No es vida, tío. Yo he experimentado lo que es de
verdad y lo que pretendes no será suficiente. Llegará un momento en el que
querrás a una mujer que se vuelva loca debajo de ti y que te complete.
—El sexo no lo es todo —gruñó con frustración a la par que se pasaba una
mano por el pelo.
—No. No lo es. Pero sí es algo. Es un gran algo. No te confundas. Yo adoro el
suelo por donde pisa Eva. Me encanta su sonrisa. Me encanta cómo se
enfurruña y frunce los labios. Me encanta que piense que ha de cocinar para
mí. Me encanta el hecho de que me deje que le unte mantequilla en su bollo.
Me encanta cómo se acurruca contra mí por la noche y me deja abrazarla.
También me encanta lo perfecto que es cuando le hago el amor. Lo completo
que me siento. No puedes tener una cosa sin la otra.
Jeremy lanzó una mirada a la casa. Eva se había escondido allí dentro porque
me había acercado demasiado y estaba prometida. Odiaba no poder
acercarme a ella ahora.
—Nunca va a quererme como te quiere a ti. Lo supe cuando le pedí que se
casara conmigo.
—Te lo repito, ¿por qué quieres que se case contigo?
—Yo… maldita sea, no lo sé. Yo solo se lo pedí. Estaba muy asustada y tenía
que contarle a su padre lo del bebé. Quería que lo supiese. Y yo quería
ponérselo más fácil. Pensé que, si le decía que estaba enamorado de ella,
entonces cambiaría su trato conmigo. Pero nada ha cambiado. Ella no me
desea, y tienes razón. Yo quiero más. Quiero a alguien que desee tocarme.
Que quiera que la bese. Que se le ilumine la mirada cada vez que entre en la
misma habitación que ella. Siempre lo he visto, pero nunca lo he tenido.
—Yo tampoco hasta que conocí a Eva. Encontrarás a la tuya. Pero Eva no es
para ti. Ella es mía.
Jeremy se sentó en la plataforma trasera de la camioneta y soltó un suspiro de
cansancio.
—¿Qué quieres que haga? No puedo romper el compromiso con ella. Está
esperando que te vayas corriendo a Tennessee en cualquier momento. La veo
prepararse mentalmente todos los días cada vez que te marchas. Se repite
que no vas a volver.
—No voy a marcharme.
Me devuelve la mirada.
—¿Y qué pasa con tus clases? ¿Tu beca? ¿El béisbol?
—Hice los exámenes por internet. He dejado la beca. Odiaba ese sitio. Eva no
estaba allí. Está aquí, así que este es mi hogar. Donde ella está.
Soltó una risotada y negó con la cabeza.
—¿Has rechazado una oportunidad de oro para jugar al béisbol profesional?
Estás loco.
—Lo estaba. Estoy intentando cambiarlo.
Sonrió con suficiencia.
—Sí, ya me he dado cuenta. ¿Vas a terminar la universidad? Se preocupará
pensando que ahora ya no vas a poder terminar los estudios.
—Ya he pedido un préstamo estudiantil para South. Empezaré el próximo
curso.
Asintió.
—Ya veo. Lo tienes todo pensado.
—He vuelto a casa por Eva. No voy a volver a abandonarla.
Jeremy se giró para escrutarme durante un momento.
—¿Las fotografías eran reales? ¿De verdad hiciste toda esa mierda?
Negué con la cabeza.
—No. Fue todo una trampa. Yo estaba allí para jugar como lanzador, y me vio
como una amenaza. Se pensó que me jodería y me haría volver corriendo a
casa si se entrometía en mi relación con Eva.
Le expliqué cada foto y luego el vídeo. Cuando terminé, nos quedamos allí
sentados en silencio durante un buen rato.
Por fin Jeremy se puso de pie.
—Trátala bien —me dijo, y tras ponerse su sombrero, se giró y regresó junto a
la vaca que había estado inspeccionando antes.
19
EVA
Desde la ventana del salón observé cómo se alejaba el coche de Cage. Era
viernes. No regresaría. Se marcharía a la universidad este fin de semana. No
me había hablado de Felicidad ni de cuándo quería verla o cómo pretendía
formar parte de su vida. Ni siquiera me había preguntado cuándo era mi
próxima cita ni cuándo salía de cuentas.
Durante el desayuno había actuado tal y como había hecho durante toda la
semana. Volvió a untarme el bollo de mantequilla. Ni siquiera me preguntó.
Simplemente me sirvió el plato. Y yo lo dejé mientras Jeremy se quedaba allí
sentado, observando. Era débil. También estaba muy confundida. ¿Qué había
significado esta semana siquiera? ¿Me estaba demostrando que lo que tenía
con Jeremy era un chiste? ¿Que estaba volviendo a fingir? Porque eso ya lo
sabía. No me hacía falta que me demostrara lo equivocada que había estado.
No podía casarme con Jeremy. Tenía que hablar con él. Aunque se fuese
Cage, necesitaba solucionar todo esto sola. Jeremy tenía que volver a la
universidad. No es que me faltase de nada. Tenía esta casa y estas tierras, y
mi padre me había dejado mucho dinero en el banco. Eso sin mencionar todas
las acciones en las que había invertido dinero. Ya era hora de que dejase de
depender de otra persona confiando en que esta me salvara. Felicidad
necesitaba que yo me mostrase fuerte.
La puerta de la cocina se abrió y desvié la atención hacia el ruido.
—Toc, toc —articuló Jeremy.
—Estoy en el salón —respondí a la par que me alejaba de la ventana. No hacía
falta que me viese enfurruñada por la marcha de Cage.
Cuando se adentró en la estancia supe que era el momento. Tenía que cortar.
Tenía que dejarlo libre.
—Tenemos que hablar —dijimos ambos al unísono.
Jeremy se rio entre dientes y apareció su sonrisa torcida.
—Supongo que los dos tenemos que hablar de lo mismo —presupuso.
No estaba tan segura de eso. Esperé a que él dijese algo más.
—Esto… Nosotros… no funciona, Eva. Nunca iba a funcionar. Y ahora que
hemos podido lidiar con la muerte de tu padre durante toda esta semana, y
hemos logrado volver a levantarnos, ambos sabemos que esta no es la vida
que nos gustaría tener.
Oh, menos mal. Quería hundirme en el sofá y soltar un gran suspiro de alivio.
Pero no lo hice. No estaba segura de que eso fuese lo que quería ver él ahora
mismo. Había estado dispuesto a sacrificar su felicidad por mí y eso nunca lo
olvidaría.
—Yo te quiero, Jeremy.
Asintió.
—Lo sé. Y yo también te quiero. Pero no tenemos esa atracción, esa química
que va con esa persona a la que amas y con la que vas a pasar toda tu vida.
Nunca había sido capaz de tocarlo, aparte de algún que otro abrazo o gesto
cariñoso de amigo.
—Lo sé —convine.
—Y yo quiero eso. Tú lo has tenido. Lo he visto, y yo también lo quiero. Eres
fantástica. Encontrar a alguien que pueda compararse contigo va a ser difícil,
pero yo quiero esa chispa. Quiero ese deseo. Alguien me dijo una vez que
tenía que encontrar a la chica que me hiciese sentir completo… en todos los
sentidos.
Yo también quería eso para él.
—Así es.
Me llevé una mano al bolsillo y saqué el anillo que había intentado ponerme
durante todo el día, pero me había resultado imposible.
—Yo vendería este y guardaría el dinero para esa chica. Pero sea lo que sea
que hagas, no le des este anillo. Si se enterase alguna vez de que yo lo tuve
primero, puede que te quisiese arrancar la cabeza —bromeé a la vez que se lo
tendía.
Él se rio y aceptó la alianza.
—Sí. Buena idea. Lo tendré en mente.
Nos quedamos allí de pie durante un momento, mirándonos el uno al otro,
inseguros de lo que decir a continuación.
—Tengo helado de galleta en el congelador. ¿Quieres un cuenco? —le
pregunté—. Podemos irnos al columpio y comérnoslo allí. —Quería que
nuestra amistad regresase. No iba a dejar que la incomodidad se instalara
entre nosotros.
—¿Un cuenco? Muchacha, coge la tarrina entera y dos cucharas. No hace
falta que ensuciemos cuencos.
Todo iría bien entre nosotros. Sonreí al sentir que se me quitaba un peso de
encima. Esto sí era como tenía que ser.
Jeremy se había traído una manta que yo había dejado doblada en el sofá a su
lado. Nos cubrimos con ella en el columpio, y lo dejé sostener la tarrina
porque estaba demasiado fría por fuera para mí. Mis manos no podían
soportarlo.
—¿Has pensado ya en la navidad? Si quieres un árbol, yo te corto uno. Tan
solo dímelo.
No había pensado mucho en el día de Navidad. El año pasado Cage y yo
vinimos y almorzamos con mi padre. Él no había decorado mucho la casa.
Siempre era yo la que lo hacía. Este año la pasaría sin él y sin Cage.
Realmente no me apetecía mucho celebrarla.
—No sé. Ya te diré.
Jeremy se llevó otra cucharada de helado a la boca.
—Siempre te ha encantado la navidad, Eva. Es una pena que ahora dejes de
celebrarla.
Tenía razón. El año próximo ya tendría a Felicidad. Quería hacerla especial
para ella. Pero este año… No estaba segura de poder. Solo estaría yo.
—No voy a dejar de celebrarla. Es solo que puede que me tome un año de
descanso.
Jeremy me dedicó una sonrisa divertida.
—No puedes tomarte un descanso de la navidad. Va a venir, con o sin ti.
Él quería volver a verme feliz y lo entendía. Pero yo no me sentía todavía
preparada para serlo.
—Ya verás —le devolví y me llevé también la cuchara a la boca.
Nos quedamos allí sentados un rato sin hablar. Mis pensamientos habían
derivado en Cage y en si se iba a marchar a casa este fin de semana. No sabía
si me llamaría y me preguntaría por Felicidad.
—¿Crees que pueden vernos? —preguntó Jeremy, y yo inspeccioné la zona en
busca de las personas a las que podría estar haciéndose referencia—. Me
refiero a tus padres y a Josh. ¿Crees que todavía pueden vernos? ¿Les haría
feliz vernos así? Viviendo.
Normalmente, Jeremy no se ponía tan profundo. Me sorprendió que hubiese
pensado en eso o que me hubiese preguntado por ello siquiera. Yo lo había
pensado muchas veces en el pasado. Me había gustado pensar que mi madre
me observaba mientras crecía. Luego Josh cuando encontré a Cage. Esperaba
que viese que había encontrado de nuevo la felicidad. Pero ahora no estaba
segura de querer que me viesen. No estaba haciendo nada realmente de lo
que sentirse orgullosos. No estaba en la universidad. No me había casado ni
lo iba a hacer, e iba a convertirme en madre soltera. También había usado a
mi mejor amigo de apoyo emocional.
—Ahora mismo, Jeremy, de verdad que espero que no. No creo que se
alegrasen mucho de mis elecciones.
Jeremy alargó el brazo y me dio un golpecito en la rodilla.
—Creo que te equivocas. Creo que se sentirían orgullosos de la persona fuerte
en la que te has convertido. Creo que estarían orgullosos de que, aunque
hayas pasado por más pena y pérdidas de los que una sola persona se merece,
sigas encontrando razones para sonreír. También creo que vas a ser la mejor
madre del mundo entero. Y estarán orgullosos de eso.
Una lágrima se resbaló por mi mejilla y me pregunté si tendría razón. De
veras esperaba que sí.
CAGE
Casi cedí y fui a su casa el sábado después de que Jeremy me llamase para
decirme que había hablado con ella y que habían terminado las cosas. Pero no
lo hice. Le estaba dando tiempo para que se adaptara. Tiempo para que
pensara en ello antes de que volviese a presentarme allí el lunes por la
mañana. Jeremy también me informó de que no esperaba que volviese el
lunes. Estaba segura de que había regresado a la universidad.
Cuando aparqué junto a su casa a las seis el lunes por la mañana, no pude
dejar de sonreír. Eva era libre. No tenía nada por lo que sentirse culpable
cuando la tocara. Y encima no me esperaba. Hoy iba a ser un buen día.
Mi teléfono pitó sobre mi regazo y bajé la mirada; era un mensaje de Jeremy.
No voy a ir hasta dentro de tres días. Me voy de caza. Te veo el jueves.
Bien nos estaba dando tiempo a solas, por lo cual tendría que darle las
gracias, o bien estaba poniéndome a prueba para ver si realmente me estaba
tomando esto en serio. Seguía demostrando mi valía, pero tan solo había
pasado una semana. No esperaba menos.
Pasé junto al porche y le lancé una mirada a la puerta. Luego me detuve. Eva
se hallaba allí detrás de la mosquitera, mirándome. Llevaba puestos unos
bóxer míos y una camiseta térmica de manga larga. Tenía el pelo revuelto. Se
acababa de levantar.
—Buenos días, cielo.
Ella abrió la puerta y salió al porche, y fue entonces cuando vi los calcetines
largos que cubrían sus pies. Joder, estaba adorable.
—Has vuelto —exclamó a la vez que seguía mirándome como si no estuviese
segura de haber despertado aún.
—Sí. ¿A dónde iría si no? —respondí con un guiño—. ¿Has hecho café ya? —
pregunté, y di un paso hacia los escalones.
—Puedo… puedo prepararlo rápido —replicó despacio mientras seguía
escrutándome.
—Eso estaría bien, si no te importa. Hace frío aquí, y aunque estés de lo más
sexy con mis bóxer puestos, debes de tener frío en las piernas.
—Oh —articuló. Luego retrocedió cuando yo pasé por su lado con parsimonia.
Cuando mis piernas rozaron las suyas, ella se estremeció ligeramente y yo
aguanté las ganas de alargar el brazo y de tocarla. Tenía que ir despacio. Ella
tenía que saber que estaría allí a largo plazo.
Me adentré en la oscura cocina y encendí la luz.
—Espero no haberte despertado —dije a la vez que me giraba para mirarla.
Ella seguía contemplándome, pero cerró de inmediato la puerta y se precipitó
hacia la cafetera cuando la pillé.
—No, estaba despierta. No dormí bien anoche —explicó.
—¿Por qué? No te dará miedo quedarte aquí sola, ¿no? Puedo quedarme en el
granero si te hace sentir mejor por las noches. —No quería que no fuese
capaz de dormir.
Parpadeó unas cuantas veces como si todavía no se creyese que estuviese
aquí y pensara que iba a desaparecer en cualquier momento. Por mucho que
me divirtiese verla intentar encajar las cosas, estaba empezando a sentirme
mal por ella. No me gustaba confundirla.
—Estoy aquí de verdad. No me voy a ir. Volveré al día siguiente, y al
siguiente. Así que deja de esperar que desaparezca. Estás muy despierta.
Sus mejillas se tornaron rosas, y ella agachó la cabeza y se dispuso a preparar
café.
—¿A qué te refieres con que vas a volver? ¿No tienes que ir a la universidad?
—me preguntó sin mirarme. Mantuvo la atención fija en la cafetera.
—Odio ese lugar. He venido para quedarme. —Eso era lo único que tenía que
saber por ahora.
Se giró y cruzó los brazos sobre el pecho, y yo le di las gracias en silencio
porque no llevaba sujetador y podía verle los pezones perfectamente bajo esa
camiseta blanca. Era muy ceñida.
—¿Lo odias? Era tu sueño.
—Sí, una vez lo fue. Pero los sueños cambian. El destino siempre se las
arregla para mostrarnos caminos que nos gustan más.
Eva seguía frunciendo el ceño.
—Pero tenías una beca.
—Y ahora he pedido un préstamo estudiantil. Prefiero eso a joderme la vida.
Eva levantó un brazo y se colocó un mechón detrás de la oreja. Pude ver el
momento exacto en el que se percató de que su pelo estaba todavía
alborotado. A mí me había encantado verla así, pero me di cuenta por la
expresión de sus ojos de que a ella no le hizo mucha gracia.
—Estás preciosa. Siempre estás preciosa.
Ella no respondió. Se giró y sacó un termo del mueble que dejó sobre la
encimera.
—¿Vas a… vas a trabajar aquí, pues? Es decir, ¿te contrató Jeremy la semana
pasada y no me dijo nada? Porque él… no sé si va a querer seguir trabajando
aquí mucho más. Pronto empezaré a buscar más ayuda. Pero bueno, si tú
quieres trabajar y quieres hacerlo aquí, no me importa. Es solo que… no sé en
lo que estás pensando. —Dejó de divagar. Me lo había estado pasando bien.
—Me encantaría trabajar aquí. De hecho, necesito un trabajo. Igualmente iba
a trabajar sin cobrar. Yo solo quería estar cerca de ti.
Eva cuadró los hombros y dejó caer las manos, lo cual fue muy mala idea
porque sus tetas justo volvieron a aparecer ahí y, joder, ¿le habían crecido?
—¿Por qué?
—¿Por qué? —repetí, asustado de haberme perdido algo más que hubiese
dicho. Me estaba costando concentrarme. Sus pechos eran más grandes.
Madre de Dios. ¿Era debido al embarazo?
—Sí, ¿por qué quieres estar cerca de mí? —preguntó.
Sabía que tenía que tomármelo con calma. Aparté la vista de sus senos y la
fijé en su rostro perplejo. ¿Cómo podía no saberlo? La amaba de pies a
cabeza.
—Estar cerca de ti me completa. Me hace feliz. La cagué y te perdí. No espero
poder volver a recuperarte. No te merezco. Pero quiero estar cerca de ti. Por
eso.
Ella parpadeó varias veces y respiró hondo, lo cual no ayudó al hecho de que
estaba sin sujetador y llevaba una camiseta blanca muy ajustada.
—Oh. Voy a… Tengo que irme. Sírvete el café —dijo y se apresuró a pasar por
mi lado en dirección a las escaleras que daban a su habitación. Me quedé allí
plantado oyendo sus pisadas sobre los escalones antes de moverme hacia la
cafetera.
No estaba seguro de querer desayunar ahora, pero no pasaba nada. Eva
necesitaba tiempo. Le acababa de decir algo para lo que no estaba preparada.
Quería que pensara en ello. Y también quería que se pusiese un sujetador.
20
EVA
Jeremy se había ido de caza. Lo odiaba. Lo había hecho a propósito. Sabía que
Cage volvería. Lo había sabido todo el fin de semana y no me lo había dicho.
Le iba a dar un puñetazo en la nariz la próxima vez que lo viera. Abajo había
quedado como una idiota. Pensé que la falta de sueño me había causado
alucinaciones al ver a Cage llegar en su camioneta esta mañana. Después
entró y él… Alcé las manos y me acuné los pechos sensibles. Estos días me
dolían a todas horas. Siempre parecían hinchados. Y entonces, cuando Cage
empezó a mirarlos, juro que empecé a sentir un cosquilleo y eso ocasionó que
la zona entre mis piernas también lo hiciera. Tuve que subir y calmarme.
El sábado por la noche había claudicado y alivié el dolor que pensar en Cage
siempre causaba. No me había permitido hacerlo mientras estuviese
prometida con Jeremy. Me parecía mal. Pero ducharse con agua fría en
invierno era craso doloroso. Prefería un orgasmo. Incluso uno que tuviera que
provocarme yo misma. Tenía bastantes momentos de Cage guardados en la
mente como para poder culminar sin problemas. Sentarme en mi cuarto y
verlo cargar la camioneta me había dado más inspiración todavía. Se había
quedado mirando mi pecho sin parpadear. Había visto la mirada en sus ojos, y
de tan solo recordarlo mi cuerpo volvía a la vida. Necesitaba que me tocara
de nuevo.
Y ahora tenía los pezones sensibles. Que él hubiese clavado los ojos en ellos
me había ayudado a tener un orgasmo mucho mejor que el del sábado por la
noche. Me pregunté qué pasaría si los tocase. Apreté las piernas una contra
otra y traté de alejar ese pensamiento de mi mente. Solo me haría regresar a
la cama con la mano entre las piernas. Tenía que controlarme. Cage era más
de lo que mi cuerpo podía soportar.
Quería quedarse. Quería estar cerca de mí. No pedía nada más. No lo
entendía. ¿Por qué se quedaba y trabajaba sin cobrar solo para estar cerca de
mí si no pensaba que podríamos volver a tener lo que una vez tuvimos? Él me
había hecho daño. Había hecho cosas inexcusables, y me aterraba confiar en
él. Pero quería que estuviera aquí. Quería ver su sonrisa sexy. Quería verlo
mirarme con deseo. Yo también lo echaba de menos. Disfrutaba hablar con él,
por muy cortas que fueran nuestras conversaciones.
Me alejé de la ventana. Él tenía que comer algo y quería que volviésemos a
hablar. Solos. Sin Jeremy. Quizá que se fuese a cazar no fuera tan malo.
Además, Cage pensaba que seguíamos prometidos. No haría nada indebido.
Lo cual era bueno porque no estaba segura de poder decirle que no.
En cuanto tuve listos los huevos y los bollos, llamé a su móvil por primera vez
en seis meses.
—Hola —contestó tras el primer tono.
—El desayuno está listo —contesté.
—Estaré ahí en un segundo —dijo antes de colgar.
Podía haberle mandado un mensaje. Lo sabía. Pero quería llamarlo. Escuchar
su voz. El sonido contento al decir que vendría enseguida había valido la
pena.
En lugar de beicon, esa mañana había frito salchichas, y los huevos era un
toque extra que normalmente no hacía. Sí, me había pasado, pero no iba a
pensar demasiado en ello. Jeremy no estaría para darse cuenta, así que hice
lo que quise sin crítica alguna.
Cage abrió la puerta y entró. Me volví justo a tiempo para verle quitarse el
sombrero y colgarlo junto a la puerta. Me sonrió. Del tipo de sonrisa que moja
las bragas. Sí, de ese tipo. Y estaba bastante segura de que él lo sabía.
—Joder, nena, ¿hoy también hay huevos? ¿Y salchichas? ¿Qué he hecho bien?
—Me miró con un brillo provocador al separar a silla—. Tú también vas a
comer —exclamó. No era una pregunta. Estiró el brazo y separó la silla a su
lado. Me senté y dejé que me empujara hacia delante. Después volvió a
sentarse y se entretuvo echando comida en mi plato.
Dejaba que lo hiciera cada día. No era algo en lo quisiera pensar mucho. Al
menos eso había hecho. ¿Era lo correcto? ¿Me hacía ver débil y dependiente?
—¿Por qué lo haces? —pregunté en cuanto dejó mi plato enfrente de mí.
—¿Qué, servirte la comida?
Asentí.
—Porque me gusta cuidar de ti —fue su simple respuesta antes de empezar a
servirse su parte. Quería volver a preguntarle por qué, pero él ya me había
dicho cómo se sentía esta mañana. No iba a hacer que lo repitiera. Me
costaba creer que me quisiera. Había visto las fotos y el vídeo. Estarían
grabados en mi mente para siempre.
Mordí un poco de salchicha y esperé. En el momento justo, Felicidad se
movió. Cogí la mano de Cage y la posé sobre mi estómago.
—Cuando como se mueve —le dije. Él dejó de comer y centró toda su atención
en mi barriga. Volví a comer y observé cómo Cage acunaba mi estómago
como si sujetase algo tan frágil como un bebé. Sus manos se dirigieron al
dobladillo de mi camiseta y sus ojos azules se clavaron en los míos.
—¿Puedo? —me preguntó. Había estado preparada para eso.
—Asentí.
Metió sus manos por debajo de mi camiseta y, al igual que la vez anterior, me
estremecí por el contacto.
—Come —me dijo con una sonrisa.
Le hice caso y observé cómo Felicidad empezó a moverse bajo sus manos. Sus
dedos se extendieron por mi piel, y cuando dejó de moverse me empezó a
tocar de forma que mis hormonas por el embarazo se volvieron locas. Me
obligué a comer para que mantuviera las manos quietas. Las veces que
Felicidad no se movía era cuando sus caricias me afectaban. Felicidad se
movió y las manos de Cage con ella. Cuando ella se detuvo, sus pulgares
estaban justo bajo mis pechos. Si los moviera, rozarían la parte baja de mi
sujetador. Aguanté la respiración. No estaba segura de no poder evitar soltar
un gemido si pasase.
—¿Eva? —inquirió. Su voz se había convertido en un susurro ronco.
—¿Eh? —fue todo lo que pude decir.
—Si muevo los pulgares y gimes una vez más, no estoy seguro de poder ser
bueno. Lo intento, cielo, pero estás haciendo esos soniditos y estoy perdiendo
el control poco a poco.
¡Oh! Me sobresalté. No sabía que había estado haciendo ruiditos. ¿Cómo?
Separé mi silla y me levanté.
—No lo sabía. No lo había hecho a propósito. Lo siento —logré exclamar antes
de escapar hacia mi habitación por segunda vez esta mañana.
CAGE
Mi hada invisible había regresado. Un sándwich apareció de la nada en la
plataforma trasera con una bolsa de patatas y un termo de té dulce a la hora
de comer. Se escondía. Probablemente no debería haber mencionado los
ruiditos que hacía, pero había estado a punto de hacer algo para lo que ella
aún no estaba preparada. Intentaba no cagarla. Ahora ella se escondía de mí.
Odiaba que tuviera que hacerlo.
Había decidido que hoy la dejaría esconderse. Le daría un día para digerirlo.
Pero mañana no pensaba dejarlo pasar. Odiaba que se sintiera como si tuviera
que esconderse de mí. Casi había olvidado lo asustadiza que podía ser. Miré
hacia atrás una vez más antes de dirigirme hacia el coche. Su puerta estaba
cerrada y me pregunté si esta noche dormiría bien. No había aceptado mi
sugerencia de dormir en el granero.
Al abrir la puerta del coche oí que se cerraba la mosquitera. Me giré y vi a
Eva en el porche, observándome. ¿Qué hago ante eso? Joder, era complicado.
—He terminado. Volveré por la mañana —le dije.
—Vale. Gracias. Hasta entonces —contestó ella. Después retorció un mechón
de pelo en su dedo y se mordió el labio. Eso significaba que algo la
preocupaba y no sabía qué hacer. O cómo decírmelo.
Cerré la puerta del coche y me acerqué al porche.
—¿Qué pasa, Eva?
—¿Adónde vas? —preguntó. Eso no había sido lo que esperaba.
—A casa. ¿Por qué? ¿Necesitas algo?
Volvió sus ojos a la casa y tomó aire.
—No quiero quedarme sola ahora que Jeremy no está. Normalmente duermo
con el teléfono al lado de mi cama y su número en la pantalla para solo tener
que pulsar para llamar.
Parecía que me iba a quedar. No iba a sonreír. No lo haría. Pero, joder,
quería.
—Tengo un par de pantalones de chándal y una camiseta en el coche. Deja
que los coja y me iré al granero. Entra y relájate. No pienso irme a ninguna
parte.
No se movió. Volví al coche y cogí mis cosas. Eva seguía en el porche cuando
caminé hacia allí. Y seguía mordiéndose el labio y retorciendo el mechón de
pelo.
—¿Qué pasa? Sigues haciendo lo del pelo y el labio —exclamé.
Ella dejó caer la mano y dejó de morderse el labio. Después, suspiró y señaló
la casa.
—Hay bastantes camas en casa. A estas alturas del año el granero es frío y no
podré dormir si me preocupo por que te congeles ahí fuera.
No iba a sonreír. Mierda, era difícil.
—Vale, si estás segura. Porque puedo coger algunas mantas más y
mantenerme caliente con eso.
Ella negó con la cabeza.
—No. Es una tontería, no tiene sentido. Entra. No he hecho la cena, pero
pensaba hacer chile.
Quería preguntarle qué le parecería a Jeremy, pero quería que ella me lo
dijera por sí sola. No quería forzarla a admitir que ya no estaba prometida. Si
quería guardárselo para sí, la dejaría. Subí las escaleras de dos en dos y me
detuve en la cima. Abrí la puerta y después le hice un gesto para que entrase.
—Después de ti —le dije.
Ella sonrió y el alivio en su mirada hizo que el calor se extendiera por mi
cuerpo. Me aseguraría de que mi chica durmiese esta noche. Ella caminó
hacia el interior y yo la seguí, sintiendo verdadera esperanza por primera vez
desde que había empezado a trabajar hace una semana. Eva no estaba lista
para perdonarme y que volviese con ella, pero estaba dispuesta a admitir que
me necesitaba. Por hora bastaba.
—Usa el cuarto donde solías dormir —me dijo, sabiendo que era raro que, de
hecho, durmiese en ella. Normalmente acabábamos en el granero aquellas
noches.
—Necesito ducharme. Iré a ayudarte con el chile cuando termine.
Ella asintió.
—Tómate tu tiempo —dijo, y la dejé ahí sin tocarla. Sin un beso. Echaba de
menos eso. Echaba de menos la capacidad de tocarla y besarla siempre que
quisiera. Me preguntaba si ella también.
Después de lavarme y ponerme los pantalones, me dirigí a la planta de abajo y
escuché que Eva estaba tarareando mientras cortaba pimientos. No pude
evitar sonreír. Solía cantar esa canción y daba palmadas mientras usaba un
vaso. Lo había visto en una película y pensaba que era divertido. Había tantas
cosas que echaba de menos.
—¿Dónde está tu vaso? —pregunté.
Ella dejó de tararear y me miró. Su sonrisa era juguetona. Tenía que
tomármelo con calma esa noche. Porque en ese momento quería ir muy, muy
deprisa.
—Te las has apañado para tardar el tiempo justo para dejarme acabar. Ahora
solo necesito añadir esto y dejar que el chile hierva a fuego lento —anunció
ella a la vez que cogía los pimientos.
Me acerqué y abrí la tapa para que ella los echara en la cazuela.
—¿Ves? He venido para abrir lo que pesa —dije.
Ella puso los ojos en blanco.
—Ya. Pero ahora voy a la ducha. Échale un vistazo a la cazuela. Remueve cada
cinco minutos o así.
Podía hacerlo.
21
EVA
Cenar con Cage cuando este era encantador y trataba de hacerme sonreír fue
bonito… y duro. No debería haberle pedido que se quedara. Debería haberle
dejado quedarse en el granero. Debería haber sido más fuerte y lidiar con
ello. Pero aquella noche estaba muy cansada. La anterior no había dormido, y
aunque el médico me había dicho que las pastillas que me daba podían
tomarse estando embarazada, no confiaba en ellas.
Así que había claudicado y le había pedido a Cage que se quedase. Sabía que
con él allí me sentiría segura. Por estúpido que fuera, quería saber que estaba
en la habitación al final del pasillo esa noche, dormido. Incluso tras haberme
hecho tanto daño. Seguía siendo Cage. Era el padre de mi bebé, y lo había
dejado todo para volver a casa. Por nuestro bebé.
Estábamos dando rodeos a lo que había entre nosotros. Alguna vez tendría
que obligarme a hablar con él sobre esas fotos. Y ese —cogí aire— vídeo. El
dolor siempre me sobrevenía cuando pensaba en ellos. Cage era un casanova.
Le gustaban las mujeres. Lo había sabido la primera vez que dejé que me
besara. Su sonrisa sexy y ese precioso cuerpo habían hecho que dejase a un
lado el sentido común y me enamorara de él.
Había pagado por ello. Coloqué una mano sobre mi tripa y me di cuenta de
que había valido la pena. Puede que Cage me hubiese dejado derrotada, pero
también me había dado esto. Me había ayudado a ver la vida tras Josh. Y
ahora que necesitaba a alguien en mi vida en quien apoyarme de nuevo, ahí
estaba él. ¿Podríamos ser amigos? ¿Sería eso posible?
Observé cómo colocaba el último cazo en el lavavajillas y cómo se le subía la
camiseta por la espalda hasta mostrar los dos perfectos hoyuelos en la zona
baja de su espalda, justo por encima de su increíble trasero. Había lamido
aquellos dos hoyuelos más de una vez antes de darle un pequeño mordisco a
su trasero. Sonreí ante el recuerdo y no me di cuenta de que Cage se había
quedado mirándome.
Cuando sentí sus ojos sobre mí, dejé de mirar su piel expuesta y me volví para
encaminarme hacia el salón.
—Gracias por recoger. No tenías por qué hacerlo —dije todo lo normal que
pude.
Cogí la colcha del respaldo del sofá y me acurruqué en ella; me cubrí a pesar
de que mi cuerpo ya estaba acalorado por el recuerdo del trasero desnudo de
Cage. Pude ver cómo Cage entraba en la sala por el rabillo del ojo, pero cogí
el mando y empecé a cambiar de canal. No podía mirarlo. Se tenía que ir a
dormir.
—¿Ahora me haces de menos o puedo ver la televisión contigo? —No había
humor en su voz, así que lo miré. No le parecía divertido. Bien. Quizá no me
había pillado mirándole el trasero antes como si quisiera pegarle un bocado.
Porque ambos sabíamos que era muy fan de él.
—Claro. ¿Hay algo en particular que quieras ver? —pregunté forzando una
sonrisa antes de volver los ojos a la televisión.
Cage cruzó la sala y yo aguanté la respiración, esperando a ver dónde se
sentaba. Cuando se dejó caer a escasos centímetros de mí en el sofá, seguí
aguantando.
—Dame tus pies —me dijo al tiempo que estiraba la mano hacia la colcha que
me cubría de pies a cabeza. Antes de que pudiera protestar, tenía uno en su
regazo y me estaba quitando el calcetín.
—¿Qué haces? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Exactamente lo que parece —contestó. Esta vez sus labios gruesos
formaron una sonrisa divertida.
—¿Por qué?
Cage empezó a masajear mis pies justo en el sitio exacto. Sabía que me
encantaba que los masajearan y también exactamente cómo y dónde. Lo había
hecho cientos de veces. Mi cuerpo se relajó al instante ante su tacto. No pude
controlarlo.
—Porque has estado de pie todo el día. Porque me gusta tocarte. Y porque
haces los mejores ruiditos cuando lo hago.
No alcé la vista de mi pie para mirarlo. Sus ojos estaban clavados en mí.
Observándome. Lo sabía. Podía sentirlo. Pero no iba a mirarlo. Esto era
demasiado.
—Dame los dos —dijo al tiempo que cogía mi otra pierna y me movía hasta
tenerlos ambos sobre su regazo—. ¿Por qué no llevas mis bóxer hoy?
Tragué saliva. Empecé a bajar la colcha para cubrir mis piernas desnudas y él
me detuvo. La agarró y me cubrió con cuidado.
—Me gusta verte con mis bóxer.
Debería irme a mi habitación. Cage subió la mano por mi pantorrilla, la cual
estaba ahora cubierta, y empezó a masajearme la pierna sin apartar los ojos
de mí. Finalmente, cedí y lo miré.
—Solo tengo un par. Tenía que lavarlos.
Cage me lanzó una sonrisa atrevida.
—Te conseguiré más.
—No es necesario.
—Yo creo que sí.
Esto no iba bien.
—Cage —dije con voz seria.
—Eva —exclamó él sonriendo.
Era realmente difícil enfadarse con él cuando era adorable y hacía que mis
piernas se sintieran tan bien.
—¿Qué haces? ¿Por qué? —volví a preguntar.
—Creo que ya he respondido eso, cielo —dijo arrastrando las palabras.
Dejé escapar un suspiro de frustración y traté de convencerme a mí misma de
ir a la cama. De quitar las piernas de su regazo e irme a la cama. Pero mi
cuerpo estaba disfrutando demasiado de su tratamiento. Mi maldito cuerpo
era un traidor.
—Simplemente relájate, nena. No intento hacer otra cosa que ayudarte a
descansar mejor esta noche. Te juro que todo lo que voy a tocar son tus pies y
pantorrillas.
Lo miré durante un momento y su mano regresó a mi pie. Decía la verdad. Y
me hacía sentir genial. Así que claudiqué y me tumbé en el sofá antes de
taparme hasta la barbilla. Las manos de Cage continuaron y mis ojos se
fueron haciendo más pesados a cada segundo que pasaba.
CAGE
Se había quedado dormida. Durante una media hora, pero seguí masajeando
sus pies. No estaba listo para dejar de tocarla. Además, emitía unos sonidos
sexis de agrado. Me encantaban.
Esta noche había sido un éxito. Mi pecho se sentía más ligero. Me había
dejado quedarme. Quería que me quedara. Me necesitaba y ese era el mejor
sentimiento del mundo. Ver cómo reía mientras cenaba casi había hecho
posible fingir que era mía de nuevo. Casi.
Agarré sus calcetines y se los volví a poner. Por mucho que quisiera ser el que
la mantuviera caliente, sabía que ella no lo querría. Ya que no tenía mis
piernas bajo las que acurrucar los pies para mantenerlos calientes, tenía que
llevar calcetines. El dolor regresó. Quería ser el que los mantuviese así.
Aún no estaba preparada. Tenía que creer que un día sí lo estaría. Hasta
entonces tenía esto. Me permitía volver a acercarme a ella. Eso me ayudaría.
Mi única debilidad era cuando me miraba con deseo. Cuando la había pillado
observando mi trasero con esa mirada apasionada, había estado muy cerca de
hacer algo que la hubiera molestado. Me alegraba de que se hubiera ido de la
cocina. Había necesitado un momento para recuperar el aire. La dulce boca
de Eva en mi trasero era un recuerdo que hacía que me temblasen las rodillas
y que se me pusiera dura.
Me moví despacio para no despertarla y después me agaché para llevarla en
brazos. Se acurrucó contra la manta y murmuró algo antes de apoyar la
cabeza en mi pecho. No me permití pensar en lo mucho que quería meterme
en la cama con ella y abrazarla durante toda la noche.
Subí las escaleras y la llevé a su habitación. Al taparla, murmuró un «gracias»
que sabía que no recordaría. Porque estaba dormida y sabía que podía
salirme con la mía, besé su frente, su suave mejilla y después sus labios. Me
obligué a parar, me alejé y me marché del cuarto tras cerrar la puerta detrás
de mí. Dormiría bien esta noche. Aunque yo no estaba seguro de poder decir
lo mismo.
El sol aún no había despertado… pero yo sí. En algún momento de la noche,
pude quedarme dormido, pero no por mucho. Había ido a comprobar que Eva
estaba dormida varias veces e incluso había bajado a la cocina a por un vaso
de leche. Sin embargo, había sido la mejor noche que había pasado en mucho
tiempo.
Cejé en mi empeño de dormir y decidí vestirme y hacerle el desayuno a Eva
para variar. Había dormido profundamente durante toda la noche y estaría
descansada. Quería ser quien cuidase de ella esa mañana. No quería ponerme
los vaqueros aún. Seguían sucios de ayer. Así que me puse los pantalones de
chándal y dejé la camiseta. Si Eva se excitaba al ver pequeños trozos de mi
piel, se lo pondría fácil. Sonriendo, salí por la puerta y anduve por el pasillo.
El suave gemido que provino de la habitación de Eva hizo que me detuviese.
Me quedé paralizado en el sitio, agudizando el oído para descubrir si me lo
había imaginado o acababa de emitir uno de los gemidos sexis que producía
cuando hacíamos el amor. Reconocía ese sonido y yo no estaba allí con ella.
Lo volvió a hacer.
Joder.
Estaba sola. ¿Acaso estaba dormida? Hostia.
Di un paso hacia la puerta y escuché. Volvió a repetir el sonido. Tres gemidos
y ya la tenía dura. ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba soñando? No debería
escuchar a escondidas, pero, joder… ¿cómo podía ignorar eso?
Entonces dijo mi nombre. Sí, iba a entrar. A tomar por culo la opción de
dejarla sola e irme. No iba a pasar. Abrí la puerta y entré en la habitación a
oscuras. Se detuvo de inmediato.
Estaba despierta. No era un sueño.
—¡Cage! —dijo con voz ronca, y se tapó con las sábanas. Pero no antes de
haber podido atisbar su mano bajo las bragas.
El corazón me latía desbocado en el pecho y estaba bastante seguro de que no
respiraba.
—Eva —contesté, dando un paso hacia ella.
—¿Qué haces? —preguntó con sus ojos fijos en los míos.
—La pregunta, cielo, es qué haces tú.
Incluso a oscuras pude notar que sus mejillas estaban encendidas. No estaba
seguro de si por la vergüenza o por el orgasmo que había estado buscando al
entrar yo.
No me contestó.
—Has dicho mi nombre. —Mi voz se pareció a un gruñido. No pude evitarlo.
Estaba a punto de perder el control. «Esfuerzo» no se acercaba a describir
por lo que estaba pasando ese momento.
—No sabía que estabas despierto —me susurró.
—Bueno, pues lo estoy —repliqué al llegar hasta su cama. No dije nada más.
Agarré la colcha y la eché hacia atrás. Su mano seguía bajo las pequeñas
bragas de encaje. No había visto su barriga así todavía. Pero saber que mi
bebé estaba dentro de ella hacía que se me calentase la sangre y que el deseo
crepitara con más fuerza en mi interior. Ella empezó a sacar la mano, pero yo
la agarré de la muñeca.
—No. No lo hagas —le dije, pasando la mirada de su mano a sus ojos.
Respirada de forma entrecortada y sus tetas apenas estaban cubiertas por la
camiseta que llevaba. Se alzaban y bajaban rozándose con el tejido y aquello
me volvió aún más loco.
—Quiero ver cómo te tocas —le dije.
El pequeño cambio en su respiración me hizo saber que la idea la excitaba.
Eva siempre había sido traviesa. Mi dulce e inocente chica y su lado pícaro
me volvían loco.
—Voy a quitarte las bragas y tú vas a seguir haciendo lo que hacías cuando yo
he entrado. Pero, esta vez cuando digas mi nombre no voy a estar en tu
imaginación. Voy a estar aquí, joder.
Agarré los extremos de sus bragas rosas de encaje y las bajé por sus piernas
largas. Ella estiró los pies. Me ayudaba. Joder, estaba de acuerdo con esto. Le
quité las bragas y me las llevé a la nariz para inhalar su olor. Me encantaba
su olor. Lo había echado de menos.
—Cage —murmuró entre jadeos.
Me quedé con las bragas en la mano y le aparté las piernas hasta tenerlas
completamente abiertas sobre la cama. La mano de Eva ya no estaba en su
clítoris. La había subido hasta su estómago.
Me incliné y besé su mano antes de cogerla y colocarla donde había estado
antes.
—Acaba.
Ella se estremeció, pero no se movió.
—En qué estabas pensando cuando te he oído, ¿eh? Dímelo, nena. ¿Qué
pasaba por esa preciosa cabecita tuya cuando hacías esos ruiditos? ¿Cuando
me llamabas? —inquirí mientras ella se mordía el labio inferior.
A veces, mi chica traviesa necesitaba ayuda. Esta era una de ellas. Me levanté
y me moví hasta inclinarme encima de ella. Me agaché y besé su lóbulo antes
de morderlo suavemente.
—¿En qué pensabas? ¿Estaba mi cabeza entre esas piernas largas tuyas? ¿Te
comía ese dulce coñito? Porque ahora mismo me encantaría hacerlo. Lamer
tus labios húmedos. Ñam, siempre saben tan bien. Me pregunto si ahora
sabrán mejor. Están hinchados. Los he visto. Son diferentes. ¿Están más
sensibles? Si posase la mano y moviese los dedos sobre ellos, ¿te haría sentir
bien?
Su mano comenzó a moverse. La miré a los ojos mientras ella cerraba los
suyos y arqueaba la cabeza hacia atrás.
—Quiero verte. ¿Te acuerdas de cómo era cuando estaba dentro de ti? Joder,
nena, es en lo único que puedo pensar. —Me eché hacia atrás al tiempo que
ella empezaba a mover su mano más deprisa. Había querido que se excitase
más para que cediera y acabara, pero ahora no estaba seguro de poder
soportarlo. Sus dedos subían y bajaban y yo quería estirar la mano y tocarla,
pero no me había dado permiso para ello. No merecía tocarla así. Tenía que
perdonarme… Tenía que volver a confiar en mí. Pero estaba tan cerca de
correrme en mis putos pantalones…
—Cage —gritó, y yo tuve que agarrar las sábanas y controlarme.
Arqueó la espalda y abrió las piernas del todo.
—Dios, sí, Cage —gimió, y yo salté de la cama como si estuviera ardiendo.
Joder… tenía que salir de allí. Iba a tocarla. También iba a acabar. Era lo más
sexy que había visto y Eva había hecho cosas bastante sexis hasta la fecha.
Esto lo superaba todo.
—Sí. Oh, sí —chilló, y yo me marché del cuarto.
No miré atrás. Me dirigí directamente al baño. Solo necesité un par de
sacudidas y grité su nombre al correrme.
22
EVA
Me quedé tumbada en la cama mientras Cage pronunciaba mi nombre. Se
estaba corriendo. Conocía ese sonido. Sabía qué ruidos hacía. Había salido
huyendo de aquí como alma que llevó al diablo. Me temblaba el cuerpo
todavía del orgasmo. Normalmente los orgasmos que me inducía yo misma no
eran tan potentes. Pero al haberme hablado Cage de esa forma al oído y
observarme, perdí el control por completo. No había sido tan bueno como
cuando Cage era el que me los provocaba, pero fue lo más parecido que había
sentido en mucho tiempo.
Junté las piernas y me giré sobre la cama para mirar a la puerta que había
dejado abierta. No me había tocado. No se había corrido aquí para que
pudiese verlo. Lo había oído, y oírlo gritar mi nombre había sido maravilloso.
Me encantó.
¿Qué estaba haciendo? Anoche me pregunté si podríamos ser amigos.
¿Podíamos ser amigos cuando nos deseábamos el uno al otro de esta forma?
¿Era esa idea posible siquiera? Cage estaba en mi vida. Tendríamos una hija
juntos. Me había hecho daño y luego me abandonó cuando más lo necesitaba.
Pero mi cuerpo todavía lo deseaba. Estaba aquí. No me iba a dejar. ¿Podría
perdonarlo? ¿Era posible? O… ¿lo había perdonado ya?
Oí cómo se encendía la ducha, y me senté en la cama. No iba a pensar en ello
ahora mismo. No teníamos que tomar ninguna decisión todavía. Puede que él
cambiase de parecer y se marchase otra vez. Esta vida de granjero no era con
la que siempre había soñado. Quedarse aquí conmigo sería pedirle que
sacrificase su vida.
Y eso no iba a suceder. Nunca.
Cuando Cage salió de la ducha yo ya estaba vestida y los bollos en el horno.
Encararlo tras lo que habíamos hecho no iba a ser fácil, pero saber que él
también se había corrido palió mi vergüenza. Siempre me despertaba
cachonda. Llevaba meses así. Solo que hasta ahora no me había tenido que
preocupar por que Cage pasase cerca de mi habitación y me oyese.
—Iba a preparar yo el desayuno hoy. Por eso me he levantado temprano. Pero
me he… distraído… de camino aquí —dijo Cage.
Miré por encima del hombro y me sentí ruborizar.
—Oh —fue todo lo que pude decir.
—Sí, oh —respondió él con una risilla.
Mi cuerpo se relajó ante el sonido de su diversión. No iba a ser incómodo. Era
Cage. Las cosas que habíamos hecho juntos deberían hacerme inmune a todo
azoramiento sexual con él.
—¿Puedo hacer los huevos, al menos? —preguntó mientras se colocaba detrás
de mí; lo suficientemente cerca como para poder oler el jabón sobre su piel,
pero sin tocarme.
—Si quieres —respondí. Respiré hondo para poder disfrutar de lo bien que
olía.
Cogió la sartén y la dejó en la hornilla a mi lado. No iba a mencionarlo. Iba a
fingir que no había ocurrido. Que no acabábamos de hacer… eso.
—Me he quedado con tus bragas. Espero que no te importe —dijo cerca de mi
oído antes de encaminarse hacia la nevera para hacerse con los huevos.
Ya estaba. Teníamos que hablar.
—¿Por qué? —pregunté a la vez que me giraba para quedar de frente a él.
—¿Por qué? Porque huelen a ti y echo de menos tu olor. Muchísimo… y siguen
mojadas.
Inspiré y estiré el brazo para agarrarme a la encimera.
—Cage, ¿qué estás haciendo? Es decir… ¿qué es esto?
Él me escrutó durante un momento y luego dejó los huevos en la encimera
junto a mí. Se me acercó y yo tuve que apoyar la espalda contra la superficie
de granito que tenía tras de mí.
—Hago todo lo que tú me permites hacer. Eso es lo que hago. ¿Por qué?
Porque no puedo vivir sin ti. Me conformaré con lo que tú me ofrezcas.
Quería gritarle que me había tenido una vez al completo y que había tirado
nuestra relación a la basura. ¿No lo entendía?
—Me tuviste Cage. Me tuviste, joder. ¡Y te buscaste a otra!
Las lágrimas se agolparon en mis ojos. Antes no lo había dicho en voz alta. Lo
había pensado, pero nunca lo había verbalizado. No hasta hoy. La garganta se
me cerró debido a las lágrimas, y Cage apoyó una mano sobre mi cadera.
—Cometí un error. El mayor error de mi vida. Dejé que mis inseguridades
tomaran las riendas de mi vida y no luché por ti. Me creí las palabras que me
gritaste por teléfono. No vine ni te obligué a escucharme. Ese fue mi error.
No. Eso solo fue parte de él. ¿Es que no lo veía? Lo golpeé fuerte en el pecho
y solté un sollozo. Cage no se movió.
—No. No. ¡No! No es eso. No fui suficiente. Querías más. Yo no puedo vivir
con eso. ¿No lo ves? No puedo vivir sabiendo que tocaste a otra. Que deseaste
a otra. ¡Yo solo te he querido a ti! ¡Solo a ti! —Las lágrimas me emborronaron
la visión. No me importó. Tenía que sacarlas. Tenía que decirlo. Durante una
semana había venido a trabajar. Había sido dulce y considerado. Y yo lo dejé.
Pero ni una vez se disculpó conmigo por lo que me había hecho. Por hacerme
creer que nunca sería suficiente para él.
—La foto donde tocaba el pecho de las chicas. Estaba buscando el móvil. Mi
compañero de piso me lo había quitado y me vi en aquella fiesta en la que no
quería estar. Muy pocas chicas tenían la camiseta puesta y estaba loco por
salir de allí. No me dejaban en paz ni tampoco aceptaron un no por respuesta.
La empujé, y estaba a punto de agarrarla del hombro para apartarla cuando
se giró para que le agarrara otra cosa. La foto donde me subo al coche con
una chica, ella era mi única opción para volver a casa esa noche. No tenía
batería en el móvil porque, te repito, mi compañero de piso me lo había
quitado. Estaba a kilómetros de distancia de cualquier tienda y era tarde. Fue
solamente quien me llevó a casa. El beso fue una trampa. Llegué a una fiesta
del equipo en un bar. Me senté solo en un sofá para ver la televisión, y ella se
me acercó y se me insinuó. La alejé y salí de allí corriendo para llamarte. No
respondiste. Volví a entrar para tomarme una cerveza y jugar al billar, pero
me echaron algo en la cerveza. Ya no recuerdo ni una puta cosa más después
de que pasasen quince minutos desde que volviese a entrar en el bar. Ni una.
Y no me acosté con esa chica. También fue un montaje. Estaba ayudando a
Ace. Aquella foto la hizo Ace. Querían que creyese que me la había tirado.
Pero no lo hice ni una vez, Eva. No he deseado a nadie más que a ti desde el
primer momento en que pisé ese porche de ahí fuera y te vi. Solo has sido tú
desde entonces.
Me quedé allí plantada, incapaz de encontrar las palabras. Durante seis
meses había creído que me había puesto los cuernos. Que me había
traicionado. Durante seis meses había vivido con el dolor de no ser suficiente.
—Tendría que haber luchado por ti. Tendría que haber luchado por nosotros.
Pero no lo hice. No lo hice, joder, y nunca me perdonaré por ello. —Cage bajó
la mano de mi cintura y retrocedió. Luego se giró y salió por la puerta.
Mi corazón hecho añicos poco a poco volvió a recomponerse. Todos aquellos
momentos en los que había pensado que deseó a otra se evaporaron. Cada
lágrima que lloré por no ser suficiente para él se secó. Me alejé de la
encimera y fui tras de él. Estaba cruzando el jardín de camino al granero
cuando pisé el primer escalón.
—¡Cage! ¡Espera! —grité, y bajé el resto de los escalones a la carrera.
Él se giró y me vio, y luego volvió a encaminarse hacia mí con paso largo.
—No corras, nena, podrías caerte —dijo con preocupación.
Yo simplemente me reí. Este era mi Cage. Había vuelto. La pesadilla había
terminado. Me rodeó la cintura, pero yo me lancé a sus brazos.
—Te quiero. Te quiero mucho. Tendría que haberte escuchado. Estaba muy
molesta y no era yo. Te merecías mucho más de mí. Te merecías que te oyera
y yo no te di la oportunidad. —Lo abracé con fuerza sabiendo que nada de lo
que dijese podría cambiar el hecho de que no había confiado en él.
Los brazos de Cage me estrecharon y lo sentí temblar debajo de mí. Yo lloré
con más ahínco. Este chico que no había tenido amor y que todos habían
abandonado había confiado en mí con todo su corazón y yo lo había
decepcionado. Nunca lo volvería a hacer. Jamás. Si me daba la oportunidad,
entonces me pasaría toda la vida demostrándoselo.
Pasé una mano por su cabeza y hundí los dedos en su pelo. Él se había
doblado hacia adelante, había enterrado el rostro en la curvatura de mi cuello
y no se movía. Simplemente me abrazaba en silencio.
—Te quiero mucho. Nunca dejé de hacerlo —le volví a decir.
Poco a poco levantó la cabeza y me miró.
—Eres mi mundo —simplemente dijo.
CAGE
Eva no aflojaba su abrazo, y me parecía bien. Nos quedaríamos aquí todo el
maldito día si quería.
—Ya no estoy prometida con Jeremy —confesó contra mi pecho. Sonreí. Había
olvidado que ella no sabía que yo sabía que ya no estaba comprometida.
—Lo sé —respondí.
Frunció el ceño y me miró.
—¿Sí?
Le di un beso en la comisura de la boca.
—Sí, me llamó. Me lo dijo.
Su ceño se arrugó todavía más.
—Iba a romper el compromiso. Es solo que él se me adelantó. No quiero que
pienses que quería casarme con él.
Ensanché la sonrisa. Saboreé ligeramente su labio inferior con la lengua.
—Lo sé —susurré antes de que ella deslizara la suya en mi boca y yo entrase
en la dulce calidez que tanto había echado de menos.
Su cuerpo se amoldó al mío. Sentir su vientre abultado contra mí hizo que la
bestia posesiva dentro de mí volviese a la vida. Ese bebé era mío, y no iba a
dejarlo marchar otra vez. Eva no volvería a obligarme a alejarme, aunque me
apuntase con una pistola a la maldita cabeza.
Sus manos se deslizaron por debajo de mi camiseta y se dirigieron
directamente a mis pezones. Esta mujer estaba obsesionada. Dejé un reguero
de besos desde su boca hasta su oreja.
—Si empiezas a jugar con mis pezones, nena, yo voy a jugar con los tuyos.
Eva arqueó el cuello y yo me lo tomé como una invitación para continuar
besando y lamiendo toda la longitud de su cuello. Empezó a pegar sus pechos
contra mí y a besar todo centímetro de piel que pillaba, incluyendo mis
bíceps.
—Cage —pronunció con un poco de desesperación.
—¿Sí, nena? —pregunté mientras introducía las manos bajo su camiseta para
poder acunar, por fin, sus senos. Eran distintos y quería tocarlos y
acariciarlos.
—Necesito que me toques las tetas —me rogó con voz ronca.
—Sí, yo también lo necesito —respondí, incapaz de dejar de sonreír.
—Y necesito que me hagas el amor —culminó.
Le agarré el trasero y la aupé. Ella me rodeó con brazos y piernas y siguió
besándome. Iba a llevarla de vuelta a la casa o al granero; no sabía qué
pillaba más cerca.
—No. Aquí. No puedo esperar —dijo a la par que me tiraba de la camiseta y
deslizaba las piernas por mi cuerpo.
—¿Aquí? —me cercioré.
Ella se las apañó para quitarme la camiseta, y su boca descendió sobre mi
pezón junto antes de que soltara un pequeño gemido. Y fue entonces cuando
decidí que aquí mismo era un lugar perfecto.
Agarré su camiseta. Ella levantó los brazos y dejó de pasar la lengua por la
pequeña pieza de metal que me perforaba el pezón el tiempo suficiente para
que pudiese quitársela.
Desabroché su sujetador y se lo quité en un rápido movimiento. La sujeté por
ambos hombros y la eché hacia atrás para poder contemplar esos grandes
pechos que descansaban ahora sobre su vientre abultado. Era preciosa.
Perfecta. Y mía. Toda mía.
—Necesito pasar tiempo con esas dos —dije con la vista fija en sus pechos.
—Bien, pero eso después de sentirte dentro de mí —sentenció a la vez que
introducía una mano dentro de mis pantalones de chándal para acariciarme.
—Lo que quieras. Lo que tú quieras —gemí.
Un par de horas después logramos saciarnos lo suficiente como para volver a
la casa. Eva se hallaba acurrucada desnuda contra mi pecho en el sofá, y nos
habíamos tapado con una manta. Cada vez le pesaban más los párpados
mientras yo jugueteaba con su pelo. Fuera había muchas cosas que hacer.
Jeremy me había hecho una lista. Pero hoy no íbamos a hacer nada.
—No tenía muy claro cuál debería ser su segundo nombre. Pero como su
apellido será York, ¿podemos dejarle Brooks de segundo nombre?
Sonreí e incliné la cabeza para besarle el cuello.
—Sí, me gusta.
—Felicidad Brooks York —pronunció con satisfacción—. De esa forma tendrá
los apellidos de ambos.
Me quedé petrificado. Los apellidos de ambos.
No había pensado mucho en el apellido de Eva. Me había centrado tanto en
recuperarla que no había pensado en mucho más. Siempre había planeado
casarme con Eva. Ella era mi «para siempre». Pero siempre supe que sería
más adelante. Después de la universidad. Después de que encontrase un
trabajo para mantener a la familia.
Deslicé las manos por el vientre de Eva. Estaba a punto de tener una familia.
Las cosas no estaban sucediéndose en el orden en el que me las había
imaginado.
—Ni siquiera sé cuándo sale de cuentas —me dije más para mí mismo que
para Eva.
—El diecisiete de mayo —respondió y colocó las manos sobre las mías.
En tres meses nos convertiríamos en padres. No iba a dejar que mi bebé
viniera a este mundo sin que el apellido de su madre fuese York. Pero
necesitaba un plan. Eva se merecía algo especial.
—¿Cage?
—¿Sí?
—¿Nos cortarías un árbol de navidad? Hay que poner uno en ese rincón.
Me encantó que hablase en primera persona del plural.
—Por supuesto. Lo haré hoy.
—Gracias. Yo te prepararé galletas —respondió.
Moví las manos hasta sus pechos.
—Me gustan las galletas, pero se me ocurren unas cuantas partes de tu
cuerpo que preferiría comerme antes —repliqué.
Eva se estremeció contra mí.
—Vale. Trato hecho.
23
EVA
Cage tuvo que trabajar el triple para ponerse al día con todo el trabajo que no
había hecho durante los dos últimos días. Entre que no dejé de suplicarle que
me hiciese el amor y él que tan diligente fue a cortar un árbol y luego lo
decoró, no le había quedado mucho tiempo libre.
Jeremy volvía hoy. Le había mandado anoche un mensaje a Cage para decirle
que llegaría tarde, pero que llegaría. Cage había mencionado que teníamos
que contratar a alguien más y dejar que Jeremy se fuera. Yo estuve de
acuerdo. No tendría que verse en la obligación de tener que seguir trabajando
aquí. No si quería hacer otras cosas.
Habían pasado las nueve de la noche cuando la camioneta de Jeremy apareció
por la colina y cruzó el campo. Era un buen hombre. Mi padre tenía razón en
eso. Lo quería y quería que encontrase la felicidad. Quería que se enamorara
de una chica sin la que no pudiese imaginarse. Ocurriría. Lo sabía.
No era Josh, pero era igualito a él, y Josh había sido muy guapo. Jeremy era
igual de especial. Su camioneta se detuvo y él se bajó de ella, luego se dirigió
hacia donde yo me encontraba bajo el árbol de magnolias junto al porche.
—A juzgar por tu sonrisa, creo que he tardado lo suficiente en venir como
para que los dos arregléis las cosas —dijo a la par que se colocaba el
sombrero sobre la cabeza.
—Sí. Gracias por todo. Gracias.
Jeremy sonrió y luego giró la cabeza para escupir ese asqueroso tabaco que
desearía que dejara de llevarse a la boca.
—De nada. Por todo —respondió—. Me imagino que Cage York no dejará que
te vuelvas a alejar mucho de él. Espero que consigas todo lo que quieras de la
vida, Eva. Te lo mereces.
—Tú, también, Jeremy. Tú, también.
Se recolocó el sombrero y lanzó una mirada al granero.
—Te abrazaría, pero he de ir a trabajar hoy con tu hombre, y me está
observando como si fuese a venir aquí a darme una buena tunda en el trasero.
Yo también miré y, ahí estaba Cage, detrás de su camioneta con las manos en
las caderas, el sombrero inclinado hacia atrás y un trozo de paja en la boca.
Parecía haber salido de un anuncio de televisión de vaqueros sexis. Le soplé
un beso y me reí.
Él negó con la cabeza y sonrió antes de dedicarle a Jeremy otra mirada
incisiva. A continuación, se giró y se encaminó a la puerta del granero.
—No te veo ningún anillo en el dedo. Pensé que vería uno de esos cuando
volviera.
Bajé la mirada hasta mi mano. No había esperado que Cage me pidiera
matrimonio.
—¿Por qué?
—Ah, no sé, quizás porque estás embarazada de su bebé —me replicó Jeremy.
Cage no era así. No había crecido pensando como nos habían enseñado a
Jeremy y a mí. Yo quería creer que un día Cage me pediría que me casase con
él, pero después de que como lo hube tratado y de no haber confiado en él,
dudaba que él fuese a confiar en mí con algo tan grande durante un tiempo. Y
me parecía bien. Lo entendía.
—Acabo de quitarme el anillo de otro hombre hace unos días. No creo que
esté preparado para ponerme el suyo. Él parece un tipo duro y actúa como
tal, pero es frágil. Espera que la gente lo abandone. Tampoco confía en que
no lo vaya a volver a abandonar. Tengo que demostrarle muchas cosas antes
de que Cage confíe en mí para algo como lo es la vida entera.
Jeremy frunció el ceño.
—¿En serio? ¿Ahora te culpas tú de todo? ¿Cómo narices ha pasado?
Jeremy no lo entendería. Nadie había visto a Cage con la guardia
completamente baja. Yo solo lo había visto unas cuantas veces.
—No puedo culparlo por sus inseguridades. Su madre lo jodió
emocionalmente hablando. Yo lo sabía, y no dejé de sentir lástima por mí ni
un momento para pensar en ello.
Jeremy negó con la cabeza, pero no dijo nada más del tema.
—Voy a ayudarlo a encontrar un sustituto. Y luego me voy.
—¿A dónde vas? Pensaba que no querías volver a la universidad, que querías
quedarte aquí trabajando la tierra.
Asintió.
—Sí. Volveré. Pero ahora mismo solo quiero conducir. Ir a otros lugares. No
asentarme en ningún sitio, solo encontrarme a mí mismo.
No estaba segura de lo que decir. Quería que fuese feliz, pero no quería ser la
razón por la que se marchase.
—Deja que vaya a echarle una mano antes de que decida venir él mismo a por
mí —dijo con un guiño, y luego se dirigió al granero.
Parecía feliz. Esto era lo que quería hacer. Quizá encontrase ahí fuera en la
carretera a esa chica que lo completara. En cuanto abrió la puerta del
granero, yo me di media vuelta y volví a la casa.
CAGE
Jeremy entró en el granero con expresión enfadada.
—¿Por qué no tiene un anillo en el dedo, York?
Cogí mis guantes de trabajo del banco donde los había dejado antes.
—Estoy en ello. Aunque no es de tu incumbencia.
La tensión abandonó sus hombros y asintió.
—Ah. Bien. Ella no parece pensar eso. Se cree que no puedes confiar en ella o
algo así. No la comprendía. Sabía que era una tontería.
¿Que no podía confiar en ella? ¿En qué estaba pensando esta mujer ahora?
—Solo necesito una cosa de ti. Necesito saber a dónde fue su piano.
Jeremy sonrió.
—¿Por qué?
—Lo necesito. ¿Dónde está?
—Podría no decírtelo por ser tan imbécil.
—Y yo podría darte una paliza —respondí.
Jeremy se rio.
—Vale. Está en mi sótano. Eva se cree que lo donó a un centro de menores.
Cuando, en realidad, Wilson les compró a ellos un piano y mandó que
guardaran el de Eva en mi sótano.
Sabía que se había desecho de él, pero había esperado que fuese más difícil
de encontrar.
—¿Por qué lo hizo?
—Porque es su padre y sabía que un día querría recuperarlo. Al igual que
sabía que tú volverías.
Sentí una opresión en el pecho. Su padre no había dudado de mí. Debería
haberme odiado, pero creyó en nosotros hasta cuando yo no lo hice. Joder.
—¿Qué vas a hacer con el piano? —preguntó.
—Mantenlo a buen recaudo. Ya te avisaré cuando lo necesite. Pero no le
cuentes nada de esto, eso sí.
—¿Cuánto te va a llevar? Planeaba coger el coche y largarme en unas dos
semanas. Me voy a quedar en Navidad, pero luego viajaré durante un tiempo.
—Nochebuena. Dame hasta Nochebuena.
Las puertas del granero se abrieron de repente y chocaron con la pared.
Ambos pegamos un bote y miramos a Eva, que se hallaba allí de pie con una
sonrisa estampada en la cara y las mejillas sonrosadas. Respiraba con
dificultad, como si hubiese estado corriendo. Di un paso hacia ella.
—¡Low está de parto! —chilló—. Tenemos que irnos. ¡Rápido! —Me hizo un
gesto con la mano y volvió a echar a correr hacia la casa.
Low estaba de parto. Joder.
—Yo me quedo a cargo. Llévala al hospital antes de que reviente —dijo Jeremy
detrás de mí.
Me las arreglé para asentir y seguí a Eva mientras se apresuraba a volver a la
casa. Low estaba a punto de ser madre. Sabía que esto ocurriría, pero ahora
mismo era surrealista.
Mi teléfono vibró en el bolsillo y lo saqué; aparecía el nombre de Preston en la
pantalla.
—Hola.
—Marcus acaba de llevar a Low al hospital. Ha roto aguas.
—¿Cuándo salía de cuentas? ¿Se ha puesto de parto antes? —pregunté,
aunque luego pensé que era bastante tonto preguntarle a Preston Drake algo
así.
—Salía de cuentas el lunes, así que no se ha adelantado.
Lo sabía. Menuda sorpresa.
—Vamos de camino.
Preston se detuvo.
—¿Vamos? —preguntó.
—Eva y yo —respondí, y caí en la cuenta de que no sabía que habíamos vuelto.
—Enhorabuena, tío. No sabía que habíais arreglado las cosas.
—Gracias. Te veo en un rato —me despedí antes de cortar la llamada y de
volverme a guardar el teléfono en el bolsillo. Eva se hallaba esperando junto
al lado del copiloto de su Jeep.
—¡Date prisa! —me urgió mientras se balanceaba sobre los pies.
Corrí el resto del trayecto, pero no fui hasta el lado del conductor, ni entré en
el vehículo. Sino que me acerqué a Eva, la levanté y luego cubrí su boca con
la mía. Ella se derritió contra mí como siempre hacía, y disfruté de saber que
había recuperado a mi amor.
Ella rompió el beso primero.
—Por mucho que me gusten tus besos, lo cual es cierto, y son muy, muy
húmedos, quiero llegar al hospital. Tu mejor amiga está a punto de dar a luz.
Tenemos que estar allí.
Volví a darle otro beso antes de dejarla en el suelo y de darle una palmadita
en el culo.
—Esperemos que el pequeño Hardy se parezca a su madre y no a su padre —
dije, y luego abrí la puerta y la ayudé a acomodarse dentro.
24
EVA
La sala de espera del hospital estaba a rebosar. Parecía que todos habíamos
decidido usarla como lugar de festejo. Había tarta que Trisha y su hija Daisy
habían hecho. Trisha estaba casada con Rock, uno de los primeros amigos de
Marcus. Cuando lo mirabas, daba miedo con sus músculos y la cabeza rapada.
Pero cuando su hija Daisy se sentaba en su regazo se transformaba en un
osito de peluche con tatuajes.
Amanda se había presentado con pepinillos fritos de Live Bay y en algún
momento creo que Cage pidió pizza. Las mesas estaban repletas de refrescos
y todos logramos adueñarnos de la pequeña zona.
Si alguien más se hallaba de parto hoy, sus familiares no estaban con
nosotros. Pero bueno, no había sitio tampoco. Preston tenía agarrado a su
hermano mayor del cuello y su hermana menor, Daisy, tiraba de su largo pelo.
—¡Mira, papi! ¡Lo tengo! ¡Lo tengo! —exclamó Daisy, sonriendo hacia Rock.
Para cualquiera, esto pasaría por una actividad normal en familia, pero para
una mujer embarazada que sabía la historia que había detrás, me costaba
reprimir las lágrimas.
No hacía mucho esos chicos habían vivido en una casa con una drogadicta
como madre y Preston haciendo todo en su mano por cuidarlos. Después de
que su madre falleciera por sobredosis, Preston se había enfrentado a
perderlos por culpa del sistema. Rock y Trisha dieron el paso y pidieron
adoptarlos.
Observé la cara de Rock al llamarlo papi y la emoción en sus ojos hizo que
tuviera que parpadear para contener las lágrimas.
—La primera vez que le llamó papi, vino a nuestro cuarto y lloró durante
media hora. La verdad es que nunca lo había visto llorar y hemos estado
juntos desde la adolescencia —me informó Trisha al sentarse a mi lado. No
había querido que nadie me viera sensiblera.
—Todos parecéis tan felices —dije al limpiarme una lágrima en peligro de
quedar libre.
Trisha observó a los chicos ya que ambos tenían ahora a Preston en algún tipo
de agarre de lucha libre.
—Lo somos. He sido bendecida. Brent no nos ha llamado mamá y papá aún,
pero los otros dos sí. Sin embargo, creo que está dejándose convencer.
—¡Manda! ¡Manda! ¡Ven! ¡Estoy rizándole el pelo a Preston! —exclamó Daisy,
y Amanda se movió desde su sitio al lado de su madre, con quien había estado
hablando, hasta Daisy.
—Ha aprendido a decir las erres muy bien.
Trisha asintió.
—Era muy mona, pero ahora está muy orgullosa de sí misma. Intento no
perdérmelo.
»Ay, madre mía —murmuró Trisha mirando hacia la puerta.
Yo me giré para ver qué estaba mirando.
—¿Qué demonios está haciendo aquí? —exclamó Trisha levantándose para
intervenir. Me alegraba porque alguien tenía que hacerlo. La hermana de Low
acababa de entrar en la sala de espera con su hija en brazos. Normalmente
hubiese sido algo previsto. Sin embargo, considerando que la hermana de
Low, Tawny, fue la mujer que había roto el matrimonio de los padres de
Marcus, esto no pintaba nada bien. La madre de Marcus había sido invitada.
Su padre, no. Miré hacia su madre y vi que Amanda se había colocado en
posición defensiva delante de ella.
Todavía me sorprendía cómo Low y Marcus habían hallado una forma de
superarlo.
—Joder —espetó Preston lo suficientemente alto como para que todos lo
oyeran. Toda la sala de espera se volvió para mirarla.
Nadie la esperaba aquí hoy.
—Podéis dejar de mirarme. Es mi hermana. Puedo venir a ver a su bebé si
quiero —dijo Tawny en tono molesto.
Cage se acercó detrás de ella. Larissa, la sobrina de Low, alzó las manos y
chilló.
—¡Cay!
Cage había sido una parte muy importante en la vida de Larissa hacía tiempo.
Había sido el único hombre en su vida que nunca se había marchado. Ya que
cuidaba de Low, también la ayudaba a cuidar de su sobrina mientras su
hermana la ignoraba.
Cage le guiñó el ojo a Larissa y estiró el brazo para cogerla con la mano libre.
—Hola, preciosa —saludó a la pequeña antes de alzar la mirada hacia la
hermana de Low—. Tawny —le habló a ella también. Pero se podía percibir
por la forma en que tensó la mandíbula que no le caía bien—. Lo más seguro
es que no sea el mejor sitio para esperar que nazca el bebé. Si Larissa quiere
quedarse conmigo, la vigilaré y estoy seguro de que Manda también. Pero has
de irte a esperar a otro lado. Hoy no va de ti.
Pareciese como si a la pelirroja le hubieran dado un sopapo. De no saber lo
mala que era, diría que era etéreamente hermosa. A ojos de un extraño
probablemente lo fuera.
—¿O sea que estás dispuesto a quedarte con Larissa pero a mí me echas,
Cage York? Tú también eres basura blanca que finge ser algo. Con tu pequeña
—se detuvo al mirarme y vi que se dio cuenta de mi barriga— novia
embarazada —acabó. Después dejó escapar una carcajada—. La has dejado
preñada. Perfecto. Apuesto a que su familia ahora está muy orgullosa de ella.
Amanda y yo nos envaramos al mismo tiempo. Amanda fue y se llevó a Larissa
de las manos de Cage. Una vez la pequeña estuvo libre, Cage dio otro paso
hacia Tawny hasta estar casi sobre ella. Me puse entre ambos y empujé a
Cage hacia atrás antes de que pudiera explotar.
En cuanto logré interponerme entre ellos, me enfrenté a ella.
—Escucha, zorra, la única basura blanca en esta sala es la que se acostó con
un hombre casado. Uno viejo. Como le digas a mi hombre algo más, te
estamparé contra el suelo. Así que vete antes de que acabes de culo.
Escuché como alguien aguantaba la risa detrás de mí y no tuve que volverme
para saber que era Preston. A continuación, alguien empezó a aplaudir. Miré
y vi a Dewayne levantarse desde donde había estado sentado con los pies en
alto. Aplaudía con expresión de agrado. Después otra persona se unió a él.
Rock se había levantado para ello. Lentamente, uno a uno los integrantes de
la sala empezaron a ponerse de pie y a aplaudir.
La cara de Tawny se puso más roja que su pelo. Puso una mueca y después se
volvió y salió de la sala, dejando así a su hija con Amanda, que la había
llevado al baño para alejarla del espectáculo que temía que Tawny estuviese a
punto de causar.
En cuanto se fue, Cage envolvió sus brazos en torno a mí y me dio mi botella
de agua.
—Aquí tienes, mamá oso. Necesitas hidratarte después de ese momento —me
dijo.
—Mierda, esperaba que se hubiera quedado. Quería ver cómo Eva la
derribaba. Eso hubiese sido la leche —exclamó Preston al tiempo que alzaba
la mano para chocarme los cinco. Choqué su mano y me reí.
Amanda regresó despacio con Larissa agarrada a ella.
—¿Va todo bien? He oído aplausos.
En lugar de contestarle, todos nos empezamos a reír.
CAGE
Después de que Low estuviera de parto durante diez horas, Marcus vino a
anunciar que había dado a luz a un niño sano que pesaba dos kilos y medio.
Su nombre iba a ser Eli Cooper Hardy y, según su padre, era igualito a Low.
Los ojos de Marcus estaban enrojecidos como si hubiese llorado, y me
pregunté si había sido así. La sonrisa en su cara al contestar preguntas sobre
Low y el bebé era enorme. Observé a Eva mientras ella escuchaba todo lo que
él decía. Absorbía la información como una esponja.
—¿Vas a dejar que tu hijo nazca sin tu apellido? —me preguntó Preston en voz
baja mientras ambos nos hallábamos frente a la ventana de las cunas a la
espera de que Marcus trajera al bebé para que lo pudiésemos ver. Miré hacia
Eva, la cual estaba hablando con Trisha. Su mano protegía su vientre
abultado al tiempo que sus ojos se encontraban fijos en los otros bebés de las
cunas de la guardería. Me preguntaba en qué estaría pensando.
—No. Estoy en ello —contesté.
Preston asintió.
—Bien. Te dejaré que vayas primero ya que tienes asuntos de los que
ocuparte —replicó, señalando la barriga de Eva.
—¿Qué quieres decir con que me dejarás ir primero? ¿Vas a pedirle a Amanda
que se case contigo? —le pregunté.
Él me dedicó una sonrisa de superioridad y se apartó el pelo detrás de la
oreja.
—Sí. Tengo que hablar con Marcus primero. Necesita tiempo para hacerse a
la idea o volverá a poner todo patas arriba si se lo suelto de repente.
Sonreí y recordé la noche tras Live Bay cuando Marcus le dio una paliza a
Preston al enterarse de que Amanda y él estaban teniendo algo.
—Sí, necesitará el preaviso.
Se abrió la puerta de la guardería y Marcus entró con un bulto envuelto en los
brazos. Literalmente. Parecía algo envuelto en una manta. No era demasiado
grande como para parecer real.
Eva dio un paso hacia atrás y me cogió el brazo antes de apretarlo con fuerza
al mirar al bebé que estaba entre la manta. Su cara pequeñita sobresalió de
ella, aunque tenía los ojos cerrados. No podía distinguir si se parecía a
Marcus o a Low. Estaba todo blandito.
—Es guapísimo –suspiró Eva apoyándose en mí.
Yo no lo llamaría guapísimo, pero no iba a discutir con una mujer
embarazada. Abracé a Eva por el estómago y la acerqué a mi pecho. Todos
hablaban del bebé y a quién se parecía mientras Marcus lo alzaba. El orgullo
en su cara era evidente.
Low por fin tenía una familia. Una que la querría y la cuidaría. Era algo que
siempre había querido. Ya no necesitaba nuestros Viernes de Patatas Fritas
para ser feliz. Además, ya no se volvía loca cuando no tenía Jarritos en mi
nevera cuando venía de visita. Ya no le proporcionaba su bebida favorita.
Ahora eso lo hacía Marcus.
Y me alegraba por ello.
Convencer a Marcus para que dejara a Low venir a casa y entretener a Eva
con Eli había sido difícil. Eli tenía dos semanas de vida y esta era la primera
vez que Low salía. No porque no quisiera, sino porque Marcus era demasiado
sobreprotector. Tras explicarle a Low por qué necesitaba que Eva estuviera
distraída, preparó al bebé y le dijo a Marcus que vendrían con o sin él.
Afortunadamente, había venido con ellos, porque necesitaba su ayuda si
quería que esto fuera bien.
—Sigo sin poder creer que nos hayas traído la víspera de Nochebuena. ¿No
podías haber elegido otro momento para esto? —gruñó Marcus al colocar el
piano en el granero.
—Calla. Tendrás a Low y Eli en casa con tiempo de sobra para Papá Noel —
contesté. Después eché la manta que habíamos utilizado para protegerlo a un
lado y Jeremy me ayudó a doblarla.
—¿Cómo vas a afinar este trasto a tiempo? —preguntó Marcus.
—Mi madre está de camino —respondió Jeremy por mí. Aquella había sido una
de las mayores sorpresas. Cuando le dije a Jeremy lo que quería hacer, me
ofreció la ayuda de su madre. No había esperado que ella me ayudara, pero
así había sido. Y había obrado un milagro.
Marcus se echó a reír y sacudió la cabeza.
—Estás loco, ¿lo sabías?
Me limité a sonreír. Porque puede que tuviera razón.
—Tenemos que seguir. Eva se dará cuenta de que mi camioneta está ahí si
mira por la ventana. Mi madre lo tendrá listo pronto. Deja la puerta sin cerrar
y ella lo tendrá todo preparado.
Le di las gracias a Jeremy antes de que se fuera. Después me volví a mirar a
Marcus.
—Bueno, supongo que hemos acabado. Puedes llevarte a tu familia a casa y
preparar la llegada de Papá Noel.
—Me quedan cuatro semanas hasta que Papá Noel me traiga mi regalo —dijo
él siguiéndome hacia la puerta.
Me volví para mirarlo.
—¿Cuatro semanas?
Marcus me sonrió con suficiencia.
—No lo sabes, ¿eh?
¿Que no sabía qué?
—No te entiendo, tío.
Marcus me dio una palmada en la espalda y se echó a reír.
—Y yo seré el que te dé las buenas noticias. Cage, después de que Eva tenga
al bebé, no podréis tener sexo en seis semanas.
¿Qué? Dejé de andar.
—¿Es una puta broma?
Marcus se rio más fuerte aún y salió por la puerta del granero.
¿Seis semanas? ¿En serio?
25
EVA
Hoy no había visto apenas a Cage y lo echaba de menos. Low había
convencido a Marcus para quedarse a cenar y yo había disfrutado de su
compañía y de coger a Eli en brazos, pero quería tiempo a solas con Cage.
Ahora que se habían ido y había limpiado la cocina, Cage seguía sin
responder al teléfono, el cual creía que había dejado en el granero.
Sus regalos ya estaban envueltos y colocados bajo el árbol, así que no tenía
nada más que hacer. La luz de la habitación del granero se encendió. ¿Qué
hacía allí? Esperé un minuto y cuando vi que no se apagaba, decidí ir a
buscarlo. Cogí mi abrigo de lana de la percha tras la puerta y me lo puse.
Después me enfundé las botas antes de empezar a cruzar la hierba congelada.
Escuché música. Música de piano. Me detuve y escuché con atención. ¿De
dónde provenía? Alguien estaba tocando un piano. Pensar en un piano hizo
que me doliera el corazón. Cage no había preguntado aún por el piano. No
quería decirle que lo había dado. Pero tampoco sería capaz de mentirle.
La música volvió a sonar. Ya había escuchado esa canción antes. No estaba
segura de cuál era todavía porque la persona que la tocaba no era muy buen
pianista. Pero sí tenía el ritmo. Me dirigí hacia el granero y el volumen de la
melodía se intensificó. ¿Provenía de él? No podía ser. ¿Por qué tocaría alguien
el piano en el granero? Volví a mirar en derredor y no vi nada.
Me di prisa en llegar y abrí la puerta.
Había velas por todas partes. La puerta se cerró detrás de mí al tiempo que
yo digería lo que mis ojos estaban viendo.
Mi piano estaba en medio de lo que parecía al menos un centenar de cirios
que iluminaban el granero. Sentado en el piano estaba Cage. Tocaba la
canción que había oído fuera. ¿Cuándo había aprendido Cage a tocar? Parecía
incapaz de entender todo a la vez.
Después empezó a cantar.
«It’s a beautiful night.
We’re looking for something dumb to do.
Hey, baby, I think I want to marry you.»2
Cage me cantaba una canción de Bruno Mars. No lo hacía muy bien, pero
escuchar su voz profunda mientras tocaba la canción al piano hizo que se me
llenasen los ojos de lágrimas. ¿Cómo había recuperado mi piano? ¿Y quién le
había enseñado a tocar?
Alzó la mirada de sus dedos, que estaba estudiando con fuerza, y sonrió.
Después empezó a cantar más. Sentí la risa crecer en mi interior y me cubrí la
boca con la mano para aguantarla. La sonrisa en su cara mientras seguía
mirando las teclas para no olvidarse una nota era adorable.
Llegó al final de la canción y dejó caer las manos de las teclas antes de
suspirar de alivio con la sonrisa aún evidente en su rostro. Abrí la boca para
preguntarle todo lo que se me pasaba por la cabeza, pero él se acercó hasta
detenerse frente a mí e hincó una rodilla en el suelo. Oh, Dios mío. La
canción. No era que fuese ridículamente adorable. Me estaba pidiendo
matrimonio. Observé cómo se llevaba la mano al bolsillo y sacaba un anillo.
—Eva, quiero mi «para siempre» —dijo al tiempo que alzaba un anillo de
diamante de corte princesa con un halo de pequeños zafiros alrededor—.
¿Quieres casarte conmigo?
Quería decir que sí. Quería lanzarme a sus brazos y besar su dulce y perfecto
rostro, pero todo lo que logré fue echarme a llorar. Asentí y sonreí entre las
lágrimas mientras él me tomaba de la mano y me colocaba el anillo en el
dedo. A continuación, se levantó y me atrajo a sus brazos.
—Has conseguido traer mi piano —logré decir con la garganta llena de
lágrimas.
—Así es.
—Has tocado.
—Si se le puede llamar así a lo que he hecho, entonces sí.
Presioné mi cara contra su pecho y lo besé.
—Ha sido precioso.
El pecho de Cage vibró de risa.
—Nena, mi voz no ha sido preciosa.
Se equivocaba. Había sido preciosa. Su voz profunda había sido suave y con el
tono necesario. Había sido todo perfecto.
—Tu padre nunca lo donó. Estaba en el sótano de Jeremy. Wilson compró otro
para el centro de menores y se lo regaló —me dijo Cage agachando la mirada
para observarme—. Iba a comprárselo a quienquiera que lo tuviera, así que
fui a ver a Jeremy para saber quién lo tenía. Tu padre le dijo que lo querrías
recuperar algún día. Así que el piano es un regalo de Navidad, pero no mío.
Sino de tu padre.
Nada podía hacer ese momento más perfecto. Nada… excepto eso.
2 Es una noche preciosa | Busquemos algo estúpido que hacer | Oye, nena,
creo que quiero casarme contigo.
Epílogo
Me miré al espejo en el dormitorio. Ahora mi vientre estaba hasta más
grande, pero a Cage no parecía importarle. Actuaba como si mi barriga fuese
lo más bonito que había visto nunca. Hasta la había tocado más que otras
partes de mi cuerpo.
El vestido blanco que había hecho modificar bajo mis pechos para que cayera
suelto sobre mi vientre era perfecto. Era exactamente como siempre me había
imaginado este día. Y llevaba imaginándomelo desde que era pequeña. Alcé el
brazo y me toqué los suaves rizos que Low me había ayudado a hacer. Me
había dicho que Cage querría que llevase el pelo suelto, pero que algo
podríamos hacer igualmente. El modo en que me lo había peinado y medio
recogido sobre el hombro era precioso.
Me acerqué a la ventana para echar una mirada al jardín. Lo habían
transformado en lo que parecía un bosque mágico. Nunca había visto tantas
flores. Amanda, con la ayuda de su madre, se había ocupado de toda la
decoración. Los amigos se hallaban sentados en las sillas que había abajo.
Daisy estaba bailando en círculos de la mano de Preston. El vestido floral de
la niña que había elegido le quedaba de forma adorable; las flores del pelo, no
obstante, se le estaban empezando a caer. Dudaba que le quedara alguna
para cuando diera comienzo la boda.
Marcus se encontraba casi al frente del cenador, donde pronto se hallarían
todos los padrinos con un pequeñajo feliz en brazos, que tendría la mano
metida en la boca a la vez que asimilaba todo el mundo a su alrededor.
También estaba la estrella de rock. De traje se lo veía muy distinto. No
parecía el hombre que veía en las revistas y en televisión. Parecía normal. Y
todos lo trataban como si fuese justo eso. Un tío normal.
—He aparcado el coche justo detrás. En cuanto me digas, nos marchamos de
aquí —me dijo Jeremy desde atrás. ¡Estaba aquí! Me giré y me lancé a sus
brazos. Llevaba sin verlo desde que vino a despedirse de nosotros antes de
pisar la carretera el día después de Navidad.
—¡Estás aquí! —chillé.
—Joder, claro. Me invitaste, ¿no?
Riéndome, lo abracé antes de dar un paso hacia atrás para inspeccionar su
aspecto. Tenía el pelo más largo y el rostro, desaliñado. Ahora tenía barba, lo
cual le hacía parecer más tipo duro que antes.
—Estás diferente —articulé.
—Sí, y estoy probando cosas nuevas. El pelo es lo más fácil —explicó.
—¿Has vuelto definitivamente o vas a seguir viajando?
—Aún no he terminado —respondió.
—¿Eres feliz? —pregunté. Quería que fuese feliz.
Esbozó una pequeña sonrisa.
—Lo seré… creo.
¿Eso qué significaba? Abrí la boca para preguntarle, pero de repente la
puerta se volvió a abrir.
—Oye, vosotros dos, venga. Estamos a punto de empezar —dijo Amanda
asomando la cabeza por la puerta.
—Por eso estoy aquí. Cage me envía. Quería que la acompañara hasta el altar.
Me dijo que suponía que era lo correcto —dijo Jeremy a la par que me
observaba con cuidado para cerciorarse de que me parecía bien.
—Amo a ese hombre. De verdad —dije sonriéndole.
—Bien, porque estás a punto de casarte con él, y no va a dejar que te alejes de
él —respondió Jeremy, y luego me ofreció su brazo—. Vamos, futura mamá,
vayamos a convertirte en una mujer honrada.
Amanda se rio por lo bajo y retrocedió para que pudiésemos pasar por la
puerta.
—Bajad y esperadme. Trisha está volviéndole a arreglar el pelo a Daisy. No
deja de estropeárselo. En cuanto esté lista, la mando para abajo. Luego iré yo,
y Low me seguirá. Trisha enviará a Daisy y luego vais vosotros dos —nos
instruyó.
—Vale —contestó Jeremy.
Amanda se apresuró a salir, y oí la risa de Daisy al otro lado de la puerta.
—¿Estás lista? —preguntó Jeremy mientras me daba un apretón en la mano
que había apoyado en su brazo.
—Sí. Mucho —respondí.
—Bien, porque lo del coche era broma. No soy muy fan de ir dando tumbos
con una mujer embarazada.
Me eché a reír justo cuando la puerta se abrió y Low se asomó. Estaba
preciosa con todo ese pelo rojo recogido por delante y cayendo rizado y en
cascada por detrás.
—Es mi turno. Aseguraos de que Daisy me siga —nos dijo sonriente.
Salimos y observamos a Low girar por el lateral de la casa. Daisy me miró con
ojos curiosos.
—Te pareces a la princesa de muñeca que me regaló Preston por mi
cumpleaños. Solo que su barriga no está gorda.
Jeremy casi se ahoga de la risa.
Yo también sonreí y extendí el brazo para recolocarle una de las flores
rebeldes que tenía en el pelo.
—Eso es bueno, creo —le dije intentando contener la risa—. Es tu turno, Daisy
Mae.
Ella asintió y bajó los escalones y giró la misma esquina que Low.
—Vamos, princesa de barriga gorda. Es nuestro turno —comentó Jeremy y me
ayudó a bajar los escalones del porche. Contuve la respiración cuando
giramos la esquina y me detuve antes del pasillo que me llevaría hasta Cage.
Ahí estaba vestido de esmoquin, más guapo de lo que ningún hombre debería
tener permitido. No parecía ser del tipo de hombre que tenía los pezones
perforados. La pequeña sonrisa que esbozó cuando me miró me derritió por
dentro. Él era mi todo. Este era mi para siempre.
Cage empezó a caminar hacia mí a la vez que Jeremy comenzaba a recorrer el
pasillo conmigo del brazo. No estaba segura de lo que estaba pasando, pero
Jeremy no parecía confuso. Solo pudimos llegar a la mitad del pasillo cuando
Cage nos alcanzó.
—Jeremy te ha acompañado la mitad del camino, pero el resto es mío. Yo te
acompañaré hasta el final —dijo mientras Jeremy me soltaba y me daba un
beso en la mejilla.
Miré a Cage al tiempo que él enganchaba su brazo al mío y me regalaba una
de sus sonrisas que me robaban el alma.
—Ya es hora de que empecemos nuestro para siempre, Eva.
Me giré para quedar de frente a él. Me puse de puntillas y deposité un beso
en sus labios. Luego susurré:
—Ya lo hemos empezado. Llevamos viviéndolo desde que entraste en mi
mundo con ese fanfarroneo característico tuyo y esa sonrisa.