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El Cielo Esta Envuelto en Cadenas

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PAMELA DÍAZ

EL CIELO ESTÁ
ENVUELTO EN
CADENAS
Créditos
© Derechos de edición reservados.
Edición: Editorial Círculo Rojo.
www.editorialcirculorojo.com
[email protected]
Colección Novela
© Pamela Díaz
Fotografía de cubierta: © Shutterstock
Diseño de portada: © Isabel Sánchez
Ajuste a formato EPUB: Javier Salvador López
ISBN: 978-84-9160-038-1

Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentimiento


expreso de éstos.
A ti, por leer estas páginas.
A ella, por estar siempre a mi lado.
A ellos, por contarme su historia.
Antes de embarcarte en un viaje de
venganza,
cava dos tumbas.
Confucio.
ÍNDICE

Créditos
NOTA DE LA AUTORA
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Epílogo
Agradecimientos
SOBRE LA AUTORA
NOTA DE LA
AUTORA
Algunos de los escenarios y sucesos
citados en la obra son reales. Sin
embargo, me he tomado la libertad de
modificar e inventar ciertos detalles
durante la escritura de la novela. Todos
los personajes y los nombres de estos
son completamente ficticios y cualquier
parecido a la realidad es pura
coincidencia.
Prólogo
Domingo, 15 de abril de 2001
Rainier Valley, Seattle.
La culata del revólver se me incrustaba
en la piel. La espalda me ardía en carne
viva, como si me estuvieran azotando
con fustas fabricadas con fuego del
infierno. Frené en seco cuando el
semáforo cambió a color rojo y, de
manera automática, mi mente evocó la
imagen de Peter Romero desplomado
como un guiñapo en un charco de sangre.
Los labios se me curvaron en una
sonrisa mientras por los altavoces
retumbaba a todo volumen una canción,
que hablaba sobre que había un asesino
en la carretera.
Qué ingenuo había sido Peter.
¿En qué cojones había estado
pensando cuando me abrió las puertas
de su casa? No es que él no me
conociera. Nos conocíamos a la
perfección y por eso mismo no debería
haberme recibido con los brazos
abiertos tras haber sido amonestado dos
veces. Joder. Aquello era de cajón. De
pura lógica. Si el jefe te da un aviso,
paga el dinero que le debes; si te da dos,
entonces echa a correr como una furcia
sin bragas. Pero, en todo caso, no le
hubiera servido de nada huir como un
conejito salvaje, porque tarde o
temprano yo le habría encontrado.
Yo siempre encontraba a mi presa.
Apenas Peter se asomó a la entrada,
me interné en su vivienda sin dirigirle ni
media palabra, así que él adivinó que mi
visita no era de cortesía. Tuvo suerte de
que nos viéramos interrumpidos por
Evelyn, su hijita mimada, cuando
apareció saludándome con una sonrisa
audaz. Peter, como buen anfitrión, nos
presentó con voz trémula, pero
enseguida, como buen padre o al menos
esmerándose por serlo, le pidió que se
marchara. Aquello era una reunión de
hombres, y una señorita cándida como
ella debería estar en misa a esas horas.
Ese tío era tan gilipollas que no
sospechaba que Evelyn y yo nos
conocíamos desde hacía semanas,
cuando una noche coincidimos en un
garito de mala muerte. La joven de
dieciocho añitos, de aire virginal y una
mirada inocente que embaucaba a
cualquiera, se me insinuó en la barra del
bar, contoneándose delante de mí en
busca de un poco de diversión. Para ser
sincero, no me solían atraer las
jovencitas. Lo que a mí me gustaban
eran las mujeres con recorrido, que
supieran mamarla de puta madre y no se
quejaran cuando quisieras metérselas
por el culo. Pero mandé mis gustos a
tomar por saco cuando la niñata no paró
de restregar su trasero contra mi
abultada bragueta. Follamos de pie en el
cuarto de baño, como dos descosidos.
¿Quién podría haberse negado a
semejante tentación?
Evelyn era joven pero experta, con
unas tetas exuberantes y un culito
respingón que invitaba a hacer locuras,
además de un coñito prieto que
enloquecería hasta al más santo.
El semáforo se iluminó en verde.
Pisé el pedal del acelerador y los
neumáticos chirriaron contra el asfalto.
En mi mundo los negocios funcionaban
de un modo bastante jodido y había una
norma fundamental a seguir: nunca le
des la espalda a quien te da de comer. O
mejor dicho nunca cagues donde comes.
Pero el miserable de Peter Romero
había hecho exactamente eso: había
cagado donde no debía hacerlo. Como
consecuencia, su cuerpo reposaba en la
descolorida moqueta de su casa, con un
agujero entre ceja y ceja.
Llegué a mi destino tras dejar unas
cuantas manzanas atrás. El hogar de
John, mi hermano, era diminuto pero
acogedor, amueblado con mobiliario
barato pero eficiente, situado en el
barrio Rainier Valley. Hacía más de una
semana que no le había visto el
pescuezo y aunque eso ocurría más que
de vez en cuando, las últimas
conversaciones que intercambié con
nuestro jefe me habían inquietado
sobremanera.
Apagué el motor, acomodé el
revólver en la parte trasera de mis
vaqueros y salí a la calle. La húmeda
brisa me atizó la cara, pero en cuanto
achiqué los ojos hacia la casa color
verde musgo que se erguía ante mí, una
sensación de alarma me puso los vellos
de punta. Algo andaba mal. Olía a
putrefacción. Olía a muerte.
El corazón empezó a bombearme con
fuerza. Empuñé la pistola, prescindí del
seguro y troté con suma precaución hasta
la entrada. La puerta principal estaba
entreabierta, pero la cerradura no
parecía haber sido forzada. Agucé el
oído, empujé despacio la tabla de
madera y eché un vistazo adentro. De
súbito, se me revolvió el estómago. La
bilis acudió a mi garganta, bañando mi
lengua con el sabor nauseabundo del
vómito al ver que lo que
inconscientemente había temido se
acababa de confirmar.
Corrí hacia el vestíbulo. El oxígeno
abandonó mis pulmones cuando me
arrodillé en el suelo y situé la cabeza de
John sobre mis muslos. Sus mejillas
habían perdido el color natural que
tienen los vivos. Con congoja y
respirando con agitación, palpé su
pecho. Quise gritar cuando noté que su
camiseta estaba cubierta de sangre.
Alguien lo había matado a balazos.
Y yo sabía quién era el culpable.
Observé mis manos ensangrentadas a
la vez que un escalofrío circulaba por
mis vísceras. En un intento por mantener
a raya la ira apreté los párpados, pero la
cólera avivó mis furiosos sentidos. La
violencia que encendía mis venas me
estaba desgarrando, como si un ente
demoníaco estuviera triturando mis
órganos. Permanecí así durante varios
segundos, estremeciéndome con
poderío, hasta que el sonido de unas
pisadas me sacó de la niebla que me
había envuelto como un tornado.
Entorné los ojos y me puse de pie.
Un tío grandote, de pelo corto color
rubio canario, salió canturreando de la
cocina con una birra en la mano. Pero no
me detuve a averiguar quién era ese
cabrón.
Levanté el arma y disparé.
La tapa de sus jodidos sesos voló
por los aires.
Trémulo, me aproximé a él y me
bastó un instante para reconocerlo. El
muy capullo había ingresado en la
pandilla hacía pocos meses. Se llamaba
Paul Sanders. Era un joven hispano, de
ascendencia americana. Una joya en
bruto, según la opinión de nuestro jefe.
Paul aún no tenía nuestros símbolos en
la piel, lo que significaba que la vida de
John era la prueba de lealtad que tarde o
temprano nos exigían a todos.
Y mi pellejo estaba incluido en el
pack.
—¡Hijo de perra! —mascullé y le
escupí en la cara, seguido de una
enérgica patada en los huevos.
El pecho me subía y me bajaba con
agonía. La necesidad de cobrarme lo
que me habían arrebatado se intensificó
sumiéndome en un abismo. Blasfemé un
par de veces a la vez que echaba una
última mirada a John. Tras despedirme
en silencio de él, regresé a mi coche.
Golpeé el acelerador con la punta de mi
bota y derrapé con rudeza.
Estaba temblando de arriba abajo.
La vena de las sienes me palpitaba, así
que me encendí un pitillo y conduje a
una velocidad desquiciante por la
interestatal. No dormí en todo el camino
y apenas descansé unos minutos, por lo
que el rótulo que recibía a los viajeros
en La Ciudad de los Árboles emergió
después de más de doce horas de viaje.
En aquel momento la carretera era un
torrente de actividad automovilística. El
cielo resplandecía con fervor a pesar
del tiempo templado, y la belleza de la
urbe transmitía una serenidad
cautivadora.
A los quince minutos aparqué a un
lado de la acera, apoyé la nuca en el
reposacabezas y respiré hondo. Era
consciente de que me quedaban varias
balas en el cargador, aunque casi nunca
necesitaba más de una para exterminar a
mi objetivo. Las agujas del reloj
avanzaron a un ritmo perezoso, pero tras
mucha paciencia y cinco cigarrillos
consumidos sucedió lo que estaba
aguardando.
Una avalancha de personas fluyó de
las amplias puertas de cristal del
edificio que había enfrente. Entre la
masiva aglomeración de jóvenes,
distinguí a mi nueva presa. Él estaba
sonriéndole a una rubia con gafas, que
sostenía una carpeta violeta contra su
pecho poco desarrollado. Los dos se
carcajearon un rato más antes de que él
se despidiera de ella con un beso en la
mejilla; y caminó hacia el parking, con
la mochila colgándole de forma grácil
del hombro izquierdo.
No me lo pensé. Salí del coche y
crucé la calle a apresuradas zancadas,
con el revólver firme entre mis dedos
manchados de sangre seca y el rostro
contraído de enfado, mientras mantenía
la vista fija en su silueta.
La muchedumbre, adelantándose a
los desastrosos sucesos que estaban a
punto de desencadenar una masacre que
sería difícil de olvidar, empezó a chillar
y a distanciarse de mí mientras me
apuntaban con el dedo índice y pedían
auxilio.
Él se volteó ante semejante alboroto,
con una expresión confusa en sus rasgos.
Los ojos color avellana, como los de su
padre, casi se le salieron de las órbitas
cuando se percató de que me estaba
dirigiendo en su dirección a la vez que
sus torpes pies retrocedían de manera
involuntaria. Él no me conocía a mí.
Pero yo sí a él.
Elevé mi mano hacia su corazón y
presioné el gatillo.
Uno.
Dos.
Tres…
Cuatro.
Cinco.
Seis…
Siete.
Y…
Ocho.
El cargador quedó desocupado, pero
yo continué oprimiendo el gatillo como
si las balas fueran a reaparecer como
por arte de magia. La ira me carcomía
por dentro como el veneno de una
mamba negra. Mi pulso aullaba en mis
oídos y no podía cesar de estremecerme.
Su cuerpo cayó inerte sobre la grava,
pero su débil imagen no me conmovió lo
más mínimo. Para ser honesto, seguía sin
darme cuenta de lo que acababa de
hacer. Me sentía trastornado y no
lograba percibir ni una pizca de
realidad.
Había enloquecido.
Estaba loco.
Enfermo de odio.
Mi mente registró a duras penas los
bramidos que provenían de los agentes
de policía que recién habían llegado a la
zona y se habían situado a mi espalda,
ordenándome que arrojara el revólver y
me entregara a las autoridades. No les
hice ni puto caso. Tenía la visión
ofuscada. La pérdida me estaba matando
poco a poco. De repente, un fuerte golpe
me atenazó la nuca seguido de un
empujón que me dejó tumbado sobre el
asfalto. Aun así, no puse resistencia. No
peleé.
Los gritos de histeria, los llantos y
las sirenas de los coches patrullas y de
las ambulancias, me rodearon en una
burbuja como si se tratara de una
psicótica melodía.
Al verme tan dócil un agente de
policía aprovechó para quitarme el arma
de las manos y, acto seguido, extendió
mis brazos hacia atrás. Enseguida sentí
las frías argollas de unas esposas
alrededor de mis muñecas antes de que
me levantaran con brusquedad entre dos
hombres uniformados. Fue entonces
cuando entendí que todo lo que estaba
viviendo era real. Lo hice cuando mis
ojos se inmovilizaron en el cuerpo sin
vida de aquel muchacho inocente, que no
era el culpable de que John estuviera
muerto. Ese asesinato había sido en
vano, pues no había disminuido el dolor
ni la presión que me aguijoneaba el
pecho.
Cuando me arrastraron hacia el
coche patrulla y me metieron con un
brusco empellón en la parte de atrás,
cerrando la puerta de un manotazo,
comprendí que nunca tendría suficiente.
Jamás descansaría en paz. No podía
hacerlo. No lo haría hasta que aniquilara
al hijo de puta que había ordenado la
ejecución de mi hermano.
Un sentimiento malicioso nació
desde lo más profundo de mi ser,
apoderándose de mí y convirtiéndome
en un depredador letal y hambriento, con
un único propósito en la vida.
La venganza.
1
Linda
Lunes, 3 de agosto de 2009
Sacramento, California.
Fría como el hielo. Estoica.
Imperturbable.
Tenía ese concepto de mí misma desde
que forjé aquel muro de indiferencia a
mi alrededor, para que nadie se
involucrara más de lo debido en mi
vida. O más bien para que nadie se
entrometiera más de lo que yo les
permitía que lo hiciesen.
Pero aquella calurosa mañana de
verano, mientras fruncía el ceño y me
daba un minucioso repaso en el espejo
colgado detrás de la puerta de mi
habitación, mi imperturbabilidad
parecía haberse desvanecido. Mi
frialdad aún era patente en mis facciones
al igual que la palidez en mi rostro; sin
embargo, mi aspecto lucía demacrado,
como si hubiera estado de juerga toda la
noche.
Esbocé una mueca ante tal
pensamiento.
Apenas recordaba la última vez que
había llegado tarde a casa por diversión.
O por placer. O por ambas cosas. Pero
quien creyera conocerme pensaría que
me había quedado trabajando hasta las
tantas, encaprichada con terminar el
infinito papeleo. En cierto modo,
aquellos rumores no estaban del todo
mal encaminados. Pero eso no era lo que
me desvelaba por las noches. Algo
mucho más siniestro me arrebataba mis
instantes de tranquilidad. Un mal que
vivía conmigo desde hacía mucho y que
parecía no tener intención de marcharse
de mi vida.
Estiré un poco más mi altísima cola
de caballo, me giré sobre mí misma y vi
la caja metálica llena de recuerdos
dolorosos, que yacía sobre la cama. La
había sacado del armario tras
despertarme gritando en plena
madrugada; pero no tuve fuerzas para
abrirla. En cambio, me había sentado
junto a ella respirando con dificultad, a
la vez que notaba un dolor punzante, casi
insoportable, en el pecho.
En mi mente aún conservaba la
borrosa imagen de ese hombre
inhumano; la aterradora sensación al ver
cómo una espesa cortina de sangre se
expandía hacia mí, con el propósito de
arrastrarme al abismo más profundo que
existiera.
A la oscuridad.
A la muerte.
Un escalofrío me recorrió la espina
dorsal. Lo que viví aquel día no me
abandonaría nunca.
Recogí mi maletín y crucé la
distancia que había hasta la sala de
estar. La figura de Angy, sentada en el
sofá mientras se llevaba una cucharada
de cereales con leche a la boca, me dio
una razón para fingir una sonrisa. Pero
ella no me prestaba atención. Mi mejor
amiga tenía la mirada fija en el
noticiario matutino. Las expresiones de
su rostro emitían una mezcla de asombro
y horror a partes iguales.
Tomé asiento en el sillón.
—¡Qué barbaridad! —exclamó con
sus enormes ojos azules desencajados y
sacudió su cabellera color rojo fuego, un
tono tan pasional como ella—. ¿Has
oído eso? ¡Más de cuarenta y dos mil
personas mueren al año por sobredosis
de drogas en los Estados Unidos! ¿En
qué demonios piensan esos
irresponsables cuando se están pegando
un chute que les dejará más desmayados
que vivos?
Me encogí de hombros.
—No creo que les importe mucho.
Expresó un gruñido de frustración
antes de mirarme y formar la palabra
«sexi» con los labios, en silencio.
—Te veo muy arreglada.
—La ocasión lo merece.
—Pero esas ojeras están cada vez
más pronunciadas —observó con
preocupación—. ¿Estás segura de que
no deberías tomarte un descanso? Han
sido unos meses muy intensos, por no
decir que has estado sometida a mucho
estrés estas últimas semanas.
—Estoy bien. Te lo prometo. —No
me creyó. Lo supe por cómo comprimió
sus labios. Por algo era la única persona
que me conocía más o menos a la
perfección.
Angela Nichols y yo nos conocimos
en la Universidad de Stanford, en Palo
Alto. Las dos estábamos recién salidas
de la escuela secundaria y no teníamos
nada en común salvo que cursábamos la
carrera de Psicología. Ella no conocía a
nadie y yo era nueva en la ciudad, pues
mi tierra natal estaba en Tacoma, por lo
que podría decirse que nos unió la
conveniencia. Sin embargo, pronto
fraguamos un gran vínculo entre nosotras
y desde que intercambiamos el primer
tímido saludo, no nos separamos jamás.
Después de especializarnos, Angy en
psicología infantil y yo en una
modalidad mucho más turbulenta, nos
mudamos a Sacramento donde
decidimos compartir piso; un
apartamento amplio y moderno ubicado
en el corazón de la capital.
Nuestra amistad se fortificó con el
paso del tiempo, pero seguíamos siendo
totalmente diferentes. Ella era todo risas
y bromas, y destilaba alegría por los
cuatro costados. Además, gracias a su
coquetería innata, los hombres estaban
locos por ella y alguna que otra mujer
también. Le llovían los candidatos del
cielo.
Yo, al contrario que mi amiga, no me
reía con facilidad; mi alegría brillaba
más bien por su ausencia y jamás de los
jamases me había considerado una mujer
coqueta. No es que no tuviera hombres
que quisieran compartir una noche
conmigo. Los tenía, claro que sí, pero a
mí no me interesaban los romances y
mucho menos los revolcones de media
hora en algún cuchitril de tres al cuarto.
Ella y yo éramos como el día y la
noche.
Nos compenetrábamos bien.
—Te oí gritar —dijo Angy,
quebrando el silencio—. Parecía como
si te estuvieran matando.
Las imágenes que me habían asaltado
horas antes se arremolinaron como
diapositivas inconexas en mi mente.
—Supongo que en cierto modo lo
estaban haciendo. Gracias por no venir a
mi habitación.
—Sé que no te gusta que te vea así,
pero me asusté muchísimo.
—Lo siento.
—No tienes que pedirme disculpas
—calló un segundo—. ¿Qué soñabas?
Tragué saliva.
—Lo mismo de siempre. —Al
percibir su inquietud, añadí—: Pero
estoy bien. Solo algo cansada. Nada que
no se pueda arreglar con un par de horas
de sueño.
—Sigo pensando que deberías bajar
el ritmo. O salir más a menudo. ¿Te
apetece ir a bailar esta noche?
—¿Un lunes? —Agité la cabeza—.
Me parece que no.
—Si fuera viernes, también te
opondrías —resopló como una cría de
cinco años.
Tenía razón, pero preferí no
admitírselo en voz alta. No me apetecía
discutir en un día tan importante como
ese. Eché un vistazo al reloj y me
desinflé aliviada al ver que tenía que
marcharme. La convivencia con Angy no
era complicada, pero cuando se ponía en
plan inquisitiva me exasperaba un
poquito.
Me levanté del sillón.
—Te veo luego.
Angy colocó el cuenco vacío en la
mesita de centro.
—¿Te vas ya?
—Sí, no quiero llegar tarde.
Benjamin Donovan odia que le hagan
esperar.
—¡Se me había olvidado que tienes
una reunión con él! —exclamó y se puso
de pie—. No ha pasado mucho tiempo
desde que te dieron el último caso.
—Tres meses. —Era muchísimo
tiempo para mí—. Pero no sé si se trata
de un caso nuevo. Cuando me llamó
hace dos días comentó que quería
verme, pero no me dio más
explicaciones.
—A eso me refiero con darte un
respiro. No sé cómo soportas estar
metida en ese mundo teniendo en cuenta
lo que te pasó. ¿No crees que debido a
que estás en contacto constante con esa
gente las pesadillas se han vuelto mucho
más violentas?
—Son así desde que tengo uso de
conciencia —me defendí sin poder
evitarlo.
—Sé que siempre han sido
aterradoras y que las sufres desde que
ellos… —Se me tensaron los músculos
al oírla. Intentó recular—. Lo que quiero
decir es que…
—Tengo que irme —la interrumpí
con un beso en la mejilla, me desplacé
hasta la salida y tomé el ascensor.
Mientras descendía hasta el parking
privado, no pude evitar sentirme
culpable por haberme ido con tanta
brusquedad. Ella solo pretendía
ayudarme, pero yo no deseaba hablar de
ellos. Ni de ese hombre sin rostro. Ni de
mí misma. Angy era la única que sabía
lo que me había sucedido. Se lo confesé
un día, cuando cursábamos segundo año
de carrera. En aquel entonces vivíamos
en una vivienda cerca del campus
universitario. Tras oírme chillar varias
noches en sueños, me preguntó a qué se
debían esos gritos que le destrozaban el
alma. Yo había tenido mis dudas, pero al
final me arrellané en la cama con ella y
mientras permitía que me abrazara y me
diera ánimos entre susurros
apaciguadores, le conté mis recuerdos
sin derramar ni una lágrima.
Ni siquiera mi tía Emma, quien
gracias a su dinero conseguí convertirme
en la persona que me había propuesto
ser, se había percatado de mi
sufrimiento y eso que convivimos bajo
el mismo techo durante casi diez años.
Después de aquella mañana, no volví a
mencionar el instante en que me perdí a
mí misma, pero eso no significaba que
lo tuviera superado. Nunca lo superaría.
Pero si tenía que sufrir, lo haría en
silencio y sin amargarle la existencia a
nadie.
Hay personas a las que el dolor las
hunde, e incluso las llega a destruir en
pedacitos irreparables. En mi caso el
dolor me volvió tan débil como fuerte y
esa debilidad, con el transcurso de los
años, se convirtió en el motor que me
hacía funcionar día a día.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Subí a mi vehículo y conduje con la
radio encendida. El verano en
Sacramento era bastante más cálido que
en Tacoma, pero también menos
soportable cuando tenías que vestir
tacones, faldas de lápiz y blusas de
manga tres cuartos por asuntos de
trabajo. El aire acondicionado fue mi
bálsamo particular durante el trayecto
mientras enfilaba por la carretera. Por
fortuna, llegué a mi meta después de un
poco más de cincuenta minutos.
La estructura de una enorme fortaleza
construida con muros de hormigón brotó
en la lejanía. Detrás de aquellas paredes
la violencia reinaba en cada estancia y
provocaba un sinfín de sentimientos
ruines en aquellos que permanecían a la
sombra. El perímetro estaba rodeado de
largas y extensas cercas de espino
electrificadas mientras que la
edificación tenía forma de semicírculo y
estaba dividida en tres instalaciones
independientes. El paisaje se insinuaba
fúnebre, a pesar de que el cielo brillaba
como la plata recién pulida.
Giré el volante hacia la derecha y las
letras «Prisión Estatal de California,
Sacramento», conocida como Nueva
Folsom, me dieron un gélido
recibimiento.
Aminoré la velocidad y me detuve
delante del guardia que bloqueaba la
entrada a la prisión, al lado de una
barrera blanca. La cabina de control,
localizada a su izquierda, era de
hormigón también, con un par de
ventanas rectangulares. Bajé la
ventanilla. Él me pidió mi
documentación y yo le entregué el carné
de identidad y el permiso de conducir.
Les echó un vistazo y, a continuación,
levantó la barrera.
El estacionamiento no estaba muy
abarrotado, por lo que no tardé en hallar
un hueco para aparcar. Tomé el maletín
por la correa y fui hacia la entrada con
pisadas decididas. Por dentro, la prisión
lucía tan deprimente como un velatorio.
Paredes de piedra, pasillos infinitos y
estrechos, suelos de baldosas de un gris
insignificante, techos con lámparas de
tubo cuya potencia se me antojó mortal
para la vista y cientos de cámaras de
seguridad distribuidas por los rincones.
Me dirigí hacia la zona de control,
coloqué el maletín en la cinta de rayos
equis y pasé con éxito la cabina de
detección de metales. Isaac Taylor, uno
de los guardias de seguridad, vestido
impoluto y armado hasta los dientes, me
devolvió el maletín.
Le di las gracias con una sonrisa
simpática.
—¿Ha vuelto, doctora Evans? —me
preguntó con voz aguda y suave a la
misma vez.
—Eso depende del jefe.
—Salgamos de dudas entonces —
dijo y me indicó que lo siguiera,
mostrándose contento—. El señor
Benjamin Donovan se encuentra en su
despacho. La está esperando. —Hizo
una pequeña pausa—. Ya pensábamos
que no la volveríamos a ver.
—Espero quedarme todo el tiempo
que me permitan.
Él asintió y tras unos minutos, nos
paralizamos delante de una puerta
maciza.
—Espero que le tenga buenas
noticias.
—Gracias. —Cuando Isaac se
marchó, golpeé la puerta con los
nudillos—. ¿Se puede?
No obtuve contestación. En cambio,
la puerta se abrió con delicadeza y el
rostro de Benjamin Donovan, director
de la prisión, apareció vestido con un
traje azul.
Me tendió una mano y yo se la
estreché con firmeza.
—Linda, por favor, entra. —
Mientras caminaba hacia uno de los
sillones posicionados frente a su
escritorio, observé la habitación
decorada con mobiliario antiguo. Había
buen gusto ahí, para ser parte de una
cárcel repleta de delincuentes
sanguinarios—. ¿Cómo has estado?
Benjamin tomó asiento con
desenvoltura.
Yo crucé las piernas, me senté recta
y lo miré a la cara.
—¿De qué se trata? —Fui a saco.
Se rio ante mi impaciencia.
—Te veo fenomenal. —Sacó una
carpeta del primer cajón de la mesa—.
¿Qué tal va la tesis?
—Bastante bien —admití con las
manos inmóviles sobre mi regazo—. Las
entrevistas me han aportado información
muy valiosa que de otra forma no habría
podido recabar. Gracias a tu
disposición, sin menospreciar a la Junta
de Tratamiento, la tesis ha avanzado de
manera considerable.
—Pero aún te queda un móvil por
perfilar. —Empujó la carpeta en mi
dirección—. Por eso te he llamado. Tras
varias pláticas y dimes y diretes con los
miembros de la Junta, tenemos un
interno que está dispuesto a que le
entrevistes.
En eso consistía mi trabajo: elaborar
perfiles psicológicos de agresores
violentos y desenterrar los distintos
patrones de conducta en asesinos a
través del análisis de sus crímenes tanto
a nivel psicológico como criminalista y
forense.
El mundo de la psicología era
curioso y apasionante en proporciones
iguales. Mi pasión, o más bien debería
llamarlo mi fanatismo, era indagar en las
mentes de los criminales más crueles y
perversos del mundo. No me interesaban
los actos delictivos de menor grado o
intensidad. Y tampoco colaboraba codo
con codo con la policía, aunque para ser
sincera alguna vez les había facilitado
mis perfiles psicológicos para la
detención de criminales que imitaban a
otros homicidas conocidos.
«¿Por qué una persona se convierte
en un asesino?».
La pregunta me desmenuzaba por
dentro.
Solía extraer información de los
periódicos y de las fichas de prensa
archivadas en la biblioteca pública, o
gracias a los testimonios de los testigos
cercanos o involucrados indirectamente
en el homicidio, hasta que tras mucho
esfuerzo me obsequiaron la oportunidad
de ser aceptada para usar una de las
herramientas más efectivas a la hora de
estudiar a un criminal: las entrevistas
cara a cara. Desde entonces había
ampliado los conocimientos que ya tenía
sobre ciertos homicidios, siguiendo
cuatro móviles que, bajo mi punto
profesional de vista, eran los más
importantes a lo que a crímenes se
refería: el crimen pasional, el crimen de
odio, el crimen de dinero y el crimen de
venganza.
El último móvil era el único que aún
no había tenido ocasión de profundizar,
pero al parecer mi suerte estaba a punto
de dar un giro drástico.
—¿Cumple con el último rasgo?
—Sí —asintió Donovan con
seriedad—. El móvil principal en sus
crímenes es el dinero. Pero la cosa no
acaba ahí. Este interno es especial. Es
perfecto para que solidifiques tu tesis.
—¿A qué te refieres con especial?
—El interno cumple con casi todos
los móviles de la tesis. Podrías extender
la información que ya posees usando
como base al mismo recluso.
Intrigada, agarré la carpeta y leí las
primeras hojas del historial.
—Zack Cassidy… —murmuré con
aire ausente—. Creo que me suena este
nombre.
—Salió en todos los periódicos y
noticiarios del país. —Se aclaró la
garganta al verme tan absorta en el
documento. A regañadientes cerré la
carpeta. Ya tendría tiempo de seguir
analizándola—. Lleva en prisión desde
abril de 2001. Tiene tres cadenas
perpetuas sin posibilidad de libertad
condicional.
—¿Qué hay de sus crímenes?
Se cruzó de brazos en un gesto
sombrío.
—Es un exsicario profesional, uno
de los mejores que he visto en toda mi
carrera. Sus ejecuciones eran tan
limpias que logró escabullirse de la
justicia durante años. Nunca se
presentaron cargos contra él. Pero en su
último crimen fue bastante indiscreto.
Ahora cumple condena por siete
homicidios en primer grado.
—¿Solo siete?
—Son los únicos cuerpos que se
lograron recuperar tras un exhaustivo
proceso de investigaciones. Excepto la
bala en la escena del crimen, no hubo
pruebas contra él. No había huellas
dactilares ni tejidos extraños y mucho
menos el arma del homicidio. Cassidy
es un sujeto al que no le afecta la
violencia. No tiene compasión. Ni
debilidades aparentes. Le bastaba un
disparo para acabar con sus víctimas.
Por eso mismo, cuando eches un vistazo
a los informes, llegarás a la misma
conclusión que yo. El último asesinato
no fue un asunto de dinero.
—Entonces sí tiene debilidades —
afirmé.
Chasqueó la lengua con disgusto.
—Te equivocas. —Se puso en pie.
Benjamin era un hombre más bien alto,
con buena anchura en el cuerpo, de pelo
oscuro y ojos grises como las nubes de
una inminente tormenta—. Pertenecía a
la Mafia Mexicana. Y ya sabes la
reputación que posee esa pandilla: gente
pérfida, vil y arrogante que no teme ir a
prisión, porque incluso dentro de los
centros penitenciarios se las ingenian
para seguir realizando sus trabajos
sucios. —Rodeó la mesa mientras yo me
levantaba también. Cogí la carpeta y el
maletín, y continué escuchándolo en
silencio—. Zack era el asesino de la
eMe dirigida por Benicio Velázquez;
uno de los hombres más buscados por el
FBI. No sé quién de los dos es más
peligroso. Ahora, Benicio se encuentra
en busca y captura por narcotráfico. Sin
embargo, los federales piensan que
existe una siniestra conexión entre
Cassidy y Velázquez en el último
homicidio ejecutado por el primero. —
Me miró con prudencia antes de añadir
—: Linda, haz las preguntas que tengas
que formular en tus entrevistas, pero
quiero que te ganes la confianza de este
interno y le sonsaques toda la
información que puedas. Los crímenes
que ha cometido son más que siete. La
justicia se está esmerando en atrapar a
Benicio y así detener todas y cada una
de sus redes con otros sindicatos
delictivos. Por alguna razón, Cassidy no
ha querido hablar sobre su exlíder y yo
quiero averiguar el motivo.
—Quizás le siga siendo fiel.
—Lo dudo mucho. —Extendió una
mano hacia la puerta—. Demos un
paseo.
Caminamos por las instalaciones,
pero nos mantuvimos alejados de las
celdas.
—Por lo que me has contado, me
parece que Zack Cassidy es el candidato
perfecto para mi tesis.
—Lo es. Es el criminal que andas
buscando; de los que te gustan a ti, con
un pasado turbulento, un presente no
mucho mejor y un futuro del que no
podrá escapar jamás.
—¿Es un hombre mayor?
Redujimos la marcha al toparnos con
una puerta que daba acceso al siguiente
corredor. Aguardamos a que el guardia,
situado dentro de una cabina de
seguridad, manipulara una serie de
botones y nos diera vía libre.
Entramos.
—Tiene treinta y ocho años.
—¿Se ha metido en algún lío?
—Tiene buen comportamiento, pero
no te dejes engañar por sus encantos. Es
un manipulador. Siempre da en el clavo
con las palabras que uno quiere oír y
qué miradas son las ideales para seducir
a la persona que tiene enfrente.
Me encogí de hombros restándole
importancia.
—¿Ha puesto alguna condición?
—Nada de grabaciones. Es lo único
que le hemos concedido.
—Me parece bien.
Benjamin me guio hasta un enorme
ventanal de cristal polarizado donde
tuve un plano magnífico del amplio patio
de recreo y de los internos que
pululaban por ahí. La mayoría estaban
haciendo ejercicio en unas barras
amarillas o se entretenían jugando al
baloncesto mientras que otros hablaban
en grupos a la vez que admiraban el
partido, o se dedicaban a caminar fuera
de la cancha.
—Empezarás este viernes en la sala
de las entrevistas. —La voz del director
me sacó de mi escrutinio—. No te dejes
intimidar por Cassidy, ni por su
apariencia sosegada. No hay calma
habitando en él. Es una bomba de
relojería.
—Entiendo —dije con frialdad,
aunque mis dedos se sostuvieron con
fuerza a la correa del maletín.
—¿Te gustaría verlo? —me preguntó
de sopetón, pillándome desprevenida.
—Sí —balbuceé tras recuperarme de
la súbita sorpresa—. Me encantaría.
—Míralo… —dijo con repulsión
mientras señalaba con su barbilla
afeitada un lugar a pocos metros de
nosotros—. Está justo donde todos los
días.
Al principio me costó distinguir algo
más que el denso color azul de la
vestimenta de los internos hasta que
sonaron dos pitidos en el patio. Era hora
de realizar el recuento. Los cuerpos
gigantescos y sudorosos y los cabellos
enmarañados empezaron a difuminarse a
medida que se aproximaban a la entrada
del nivel al que pertenecían. Fue en ese
momento cuando un grupo de jóvenes
afroamericanos decidió moverse con
parsimonia hacia la fila de reos, como si
todos siguieran el mismo compás
desganado, y de inmediato la silueta de
un recluso que hacía un nítido contraste
con los demás penetró en mis retinas.
Estaba apoyado contra un muro sucio
a la vez que fumaba con calma un
cigarrillo e ignoraba todo lo que le
rodeaba, como si la cosa no fuera con
él. Su pelo largo y rubio caía indomable
a ambos lados de su rostro, y sus bíceps
se marcaban bajo el mono azul, con las
letras «CDCR Prisoner» escritas en
amarillo, en la espalda. El interno dio
una última calada a su pitillo, lo arrojó
con un simple movimiento de muñeca y
se desplazó hasta sus compañeros, con
un caminar arrogante.
El corazón se me apretó en el pecho.
Mis mejillas se encendieron a causa de
una emoción que no supe cómo
interpretar. No entendía por qué mi
cuerpo reaccionaba así ante la presencia
de un desconocido, pero supe que estar
en el mismo espacio con un personaje
como Zack Cassidy no sería nada fácil
de sobrellevar.
Mi mundo entero estaba a punto de
sufrir el peor terremoto de su vida.
2
Linda
Viernes, 7 de agosto de 2009
Nueva Folsom, California.
Los últimos días me dediqué a revisar la
ficha policial de Zack Cassidy, como
también el informe de los cadáveres por
los que se le había enjuiciado e
incriminado. No podía negar que me
ofusqué recopilando información que
pudiera ser de utilidad para mis
entrevistas, pero no descubrí nada en mi
exploración. Sin embargo, Benjamin
Donovan no se equivocaba respecto a
dos situaciones: el recluso era un ser
insensible y su último crimen había sido
muy distinto a los anteriores.
Mientras caminaba por el estrecho
pasillo de la prisión, detrás de Isaac
Taylor, recordé lo que ponía en la
declaración de los hechos. En el juicio
el interno se declaró culpable, pero solo
por el último homicidio. Aun así,
gracias a la gran labor del equipo
forense, se le logró atribuir otros seis
crímenes. ¿La prueba definitiva? Una
bala del calibre veintidós; los mismos
casquillos que fueron encontrados en los
cuerpos de las víctimas; el mismo
calibre del revólver que empuñaba
como si la vida le fuera en ello el día
que le capturó la policía.
Regresé mi mirada hacia el guardia.
Habíamos alcanzado la sala de las
entrevistas. Isaac abrió la puerta y me
pidió que entrara con un gesto del
mentón. Al hacerlo me percaté de la
presencia de Steve Dalton, su
compañero, en un rincón con la vista al
frente. Ellos siempre se quedaban
conmigo mientras yo realizaba mi
trabajo. Iban armados hasta la saciedad,
e intimidaban bastante. Los dos se
mantendrían a una distancia prudente,
pero sin que resultara inalcanzable por
si acaso tuviesen que intervenir para
protegerme.
La habitación era de paredes blancas
y carecía de ventanas, pero la luz
artificial asomaba a cada ángulo.
Conocía cada detalle de la estancia.
Cada obscuro contorno. Lo conocía
todo, excepto al hombre que estaba
sentado tras la mesa metálica. Tenía la
cabeza gacha y unas apretadas esposas
restringían sus muñecas mientras que sus
tobillos estaban rodeados por unos
pesados grilletes.
Isaac cerró la puerta y se posicionó
en la esquina contraria.
Respiré hondo y caminé hacia el
interno, mostrándome fría, distante y
controlada.
Zack Cassidy, por el contrario,
siguió mirando la superficie de la mesa
e hizo caso omiso a mi persona, por lo
que pude observarlo sin ningún
disimulo. Era un hombre de constitución
fuerte. Debía de medir más de un metro
ochenta y cinco, y sus hombros lucían
poderosos bajo la prenda azul oscuro.
Tenía una recortada, y a pesar de las
circunstancias, bien cuidada barba de
pocos días y la piel un tanto dorada por
el sol de agosto. Se había peinado su
pelo rubio, que casi le rozaba los
hombros, hacia atrás y sus facciones, sin
que hiciera falta que me mirara, me
resultaron sombrías, duras e
inquietantemente peligrosas.
Tomé asiento frente a él y situé el
maletín en el suelo.
—Buenos días, señor Cassidy. Soy
la doctora Evans —dije con
profesionalidad—. Encantada de
conocerle.
Al oírme alzó la barbilla con mucha
lentitud. Sus ojos me atravesaron con la
dosis exacta de terror, violencia y
perversión a pesar de que sus iris eran
hermosos; una fantástica y armoniosa
mezcla de colores grises, verdes y
azules. Durante varios instantes me
estudió con una intensidad tan tenebrosa
como la brisa que le cercaba como una
burbuja protectora, con una curva
ascendente en los labios y la cabeza
medio ladeada. No era una sonrisa, sino
una mueca vacía, sardónica e insidiosa.
—¿Qué edad tiene? —preguntó y me
miró de arriba abajo, con voz áspera y
profunda.
Me mantuve insondable ante la
cuestión. No debería resultarme ningún
esfuerzo. Yo siempre me comportaba de
manera correcta e intachable, sobre todo
en el trabajo.
—Supongo que Benjamin Donovan
le ha puesto en antecedentes respecto a
mi estudio. —Frunció una ceja. No supe
si fue por mis esquivas palabras o
porque el director no le había dicho gran
cosa sobre mi tesis—. Si tiene alguna
duda que quiera formularme antes de
que comencemos con la entrevista,
adelante.
No respondió, sino que aprovechó
esos segundos para darme otro repaso
con los ojos.
—La duración.
—Disponemos de una hora para
charlar con calma. Los viernes están
destinados para mí y las entrevistas se
prolongarán durante las próximas seis
semanas. —Le vi afirmar con la cabeza
a la vez que observaba el techo y las
esquinas—. No hay cámaras de
seguridad —dije adivinando sus
pensamientos—. Solo estamos usted y
yo. Los guardias no nos incordiarán. No
se preocupe por ellos.
Frunció con más profundidad el
ceño.
—¿Qué le hace pensar que esos dos
me preocupan? En todo caso, son ellos
los que deberían preocuparse.
—¿De qué?
—De su seguridad. —Sonrió con
malicia. La primera reacción honesta
que había exteriorizado hasta ahora—. Y
también de la de usted, doctora.
Trencé mis dedos, sin inmutarme ni
un poco.
—¿Me está amenazando? —inquirí
sin rodeos. Sabía a lo que me
enfrentaba.
—Tómeselo como una advertencia
—murmuró, tranquilo—. Le seré
sincero, puedo partirle el cuello antes de
que alguno de esos dos incompetentes se
acerque a usted.
Mi pulso se tornó tembloroso, pero
le pregunté en tono calmado, como el
suyo.
—¿Es eso lo que le gustaría
hacerme? ¿Partirme el cuello?
—No. —Se mordió el labio inferior
y me observó bajo sus claras y largas
pestañas—. Se me ocurren situaciones
más satisfactorias para ambos.
—¿Es siempre así de impulsivo?
—No suelo perder el tiempo
analizando las cosas.
—Parece que tiene cierta inclinación
a cometer crímenes.
—Era un asesino. Un sicario —
matizó descansando la espalda contra la
incómoda silla—. Matar significaba
tener dinero para sobrevivir hasta fin de
mes.
El tono de su voz era insulso,
indefinido. Zack se comportaba como el
psicópata perfecto que todo psicólogo
moriría por estudiar. Más de uno pagaría
por indagar en su mente, seccionar sus
patrones emocionales y describir a
grandes rasgos sus inquietudes, como si
fuera un rompecabezas incompleto.
Saqué mis notas del maletín y les
eché un vistazo.
—¿Le pagaron por matar a Tony
Sánchez? —pregunté tras leer el primer
nombre de la lista—. ¿Recuerda al
señor Sánchez? Su primera víctima.
Sus labios se torcieron en una
mueca.
—No fue mi primera víctima.
—¿Quiere que hablemos de ello?
—Me parece que no.
Bajé la mirada y pasé mi dedo índice
sobre la hoja del informe 298672-6.
Carraspeé antes de leer:
—Tony Sánchez, cuarenta y tres
años, fue encontrado el dieciocho de
junio de 1996 en su domicilio con
dirección en Seattle. Hora de la muerte,
catorce de junio de 1996,
aproximadamente a las 15:56 horas.
Causa del fallecimiento, impacto de bala
en la nuca. —Lo miré a los ojos, que
refulgían como dos bestias indómitas—.
¿Le suena de algo, señor Cassidy?
Alzó el mentón y sonrió apenas un
poquito.
—¿Quién dijo que no me acuerde?
—Se acuerda. Eso está bien. ¿Puede
decirme qué desató el crimen? —No
respondió, así que dejé a un lado mis
notas—. No tiene por qué callar. Le
recuerdo que fue condenado por siete
homicidios. Está demostrado ante un
tribunal que fue usted quien cometió esa
ejecución.
Se lo pensó un segundo.
—Dinero.
—¿Conocía a la víctima?
—Sí.
—¿Conocía siempre a sus víctimas?
¿Mantenía un trato cordial o amistoso
con ellas?
—No y no —dijo con un gruñido.
—¿Se cuestionó alguna vez que
quizás le estuviera arrebatando la vida a
alguien inocente?
Emitió una pequeña risotada.
—No hay nadie libre de culpa en mi
mundo, doctora.
«Interesante juego de palabras»,
pensé.
—Me resulta curioso que siga
considerando ese mundo como suyo. No
quiero sonar frívola, pero usted está en
la cárcel. Y seamos realistas, no creo
que pueda salir nunca de prisión.
Se encogió de hombros.
—Una vez que entras en ese mundo,
no puedes escapar de sus tentáculos. La
mayoría de los tipos que nos movemos
en ese entorno somos iguales. Calcos de
la maldad del otro.
—Tony era igual que usted. —Era
una afirmación.
Se relamió los labios.
Tenía una boca muy sensual,
deseable y peligrosa.
—Él era menos inteligente y más feo,
pero sí, nos regíamos por los mismos
códigos.
Afirmé con la cabeza y di por válida
su respuesta.
—¿Qué sintió la primera vez que
apretó el gatillo contra una persona? —
Silencio. Modifiqué la pregunta—.
Discúlpeme. Permítame que le formule
la cuestión de otra manera. ¿Qué sintió
cuando mató a Tony Sánchez? O cuando
asesinó a Gabriel Cruz, Peter Romero,
Manuel Vega, Paul Sanders o Edu
Carmona. —Me faltaba un nombre por
pronunciar, pero ese caso me lo estaba
guardando para después.
—Que mi trabajo había concluido —
respondió con desdén.
—¿Nada más? —Me observó
impasible—. Matar no le causaba
ningún estímulo.
—No me excita matar. No me la
pone dura. Era un trabajo que me daba
para comer. Solo eso.
—¿Y nunca le pareció un poco
egoísta jugar a ser Dios? Para que usted
pudiera vivir, otros tenían que perder la
vida.
Se obligó a relajar los puños a la vez
que se echaba más hacia atrás. Su
cuerpo destilaba una arrogancia
impetuosa y su mirada, una pasión
siniestra y ardiente.
—¿De qué se sorprende? En el reino
animal sucede lo mismo. Los
depredadores fuertes se comen a los más
débiles. —Me estudió unos momentos y
se deleitó con mi silencio—. ¿Usted en
qué bando está, doctora? ¿En los fuertes
o en los débiles?
Pestañeé repetidas veces hasta que
el control regresó a mí y pude continuar
con mi deber.
—Explíqueme con más detalle en
qué consistía su trabajo.
—En pocas palabras, me entregaban
una dirección y unas cuantas
instrucciones.
—¿Sentía rabia hacia esas personas?
—Me eran indiferentes.
Estuve un segundo enmudecida, con
sus ojos clavados en mí y casi sin poder
respirar por la magnitud de su mirada,
hasta que me centré en el siguiente
informe.
—Es el turno de Manuel Vega. —Sus
iris se ensombrecieron—. Mexicano con
residencia en Norte América. Tenía
cincuenta y cuatro años cuando fue
encontrado el uno de octubre de 1999 en
el garaje privado del domicilio que
compartía con su mujer y sus dos hijas
menores, a las afueras de Navy Yard
City, Washington. Hora de la muerte, ese
mismo día a las 11:49 horas,
aproximadamente. Causa del
fallecimiento, impacto de bala en el
pulmón. La colisión no fue letal. La
autopsia reveló que el señor Vega murió
por desangramiento. —Apoyé los codos
sobre la mesa—. No entiendo ese
repentino cambio en su pauta.
—No la cambié —confesó Zack
mientras tamborileaba la superficie con
sus dedos—. No suelo fallar en la
puntería. Soy muy bueno en lo que hago.
Pero Manuel consiguió esquivar la
primera bala. La segunda, sin embargo,
le agujereó el pulmón.
—Podría haberlo rematado con otro
disparo.
—Podría —convino y elevó uno de
sus hombros para luego dejarlo caer—.
Pero no me apeteció.
—¿Por qué?
Arqueó una ceja con la intención de
incomodarme.
Y lo logró.
—Porque me había hecho perder el
tiempo.
Sus respuestas eran escalofriantes.
—Y mientras conducía hacia su
hogar, ¿no pensó en el sufrimiento de
Manuel Vega?
—Ni siquiera se me pasó por la
mente.
Realicé un murmullo de afirmación y
escribí un par de reflexiones en mi
cuaderno personal. Cuando aparté la
mirada del informe y levanté la cabeza,
nuestros ojos se cruzaron y una gélida
esquirla de desconcierto me recorrió la
espina dorsal.
Debía admitir que a simple vista no
parecía ser el hombre que en realidad
era. Quizás si me hubiera topado con él
en la calle jamás habría pensado que era
un asesino, que carecía de moral y
sentimientos, que era incapaz de amar y
que le importaba un comino ser amado.
Pero tampoco me iría de copas con él.
Era curioso, pero había cierta
desesperación rodeándole como una
misteriosa nube invisible; una maldad
que podía tocarse con la punta de los
dedos.
De repente, me sentí incómoda.
Incluso temí que pudiera notar mi propia
desesperación.
Bajé la vista.
—Su revólver… —La voz me salió
ronca. Me aclaré la garganta y me forcé
a mirarlo de nuevo a los ojos—. ¿Solía
estar armado, aunque no tuviera trabajo
que hacer?
—Sí.
—Eso podría significar que ha
matado sin que hubiese dinero de por
medio. —Su rostro se colmó de un gesto
de concentración—. ¿De verdad se lo
está pensando?
Sus ojos adquirieron un tono más
grisáceo bajo las frías luces de la sala.
Era la mirada de un depredador.
—La lista es bastante larga.
—¿Quiere compartir conmigo qué
tan larga es esa lista? —me atreví a
preguntar al ver la imagen de Benjamin
Donovan en mi cabeza, diciéndome que
averiguara información sobre los
homicidios que aún no habían
conseguido resolver.
Zack se rio entre dientes y me lanzó
una mirada que logró aumentar mi pulso.
Ese hombre me intranquilizaba.
—¿Cree que soy estúpido? Y no, no
tengo miedo a las putas consecuencias.
¿Qué más me pueden hacer? Tengo a mis
espaldas más años de los que podré
vivir. Nada de lo que diga o haga hará
que me rebajen la condena. Vivo en el
nivel más jodido del trullo desde hace
más de ocho años, y mi situación no
cambiará por mucho que yo cambie. —
Dibujó una sonrisa en sus labios—. No
se moleste en preguntar. No quiero
cambiar. Ni cambiaré. —Se inclinó
hacia delante. Una cadena de
sensaciones insólitas me puso el vello
como escarpias—. ¿Quiere saber qué
tan larga es mi lista de crímenes? Si se
lo dijera, no podría dormir por las
noches.
Intenté verme inmune ante la
amenaza. Él parecía regodearse con mi
nerviosismo.
—No me intimida, señor Cassidy.
—Eso es porque aún conserva el
cuello intacto.
Desde muy pequeña había tenido la
mala suerte de conocer la perversión del
ser humano, la corrupción de la mente y
la depravación del corazón, pero Zack
Cassidy era distinto a los demás. Él, con
pocas palabras, conseguía que mi vida
ordenada y protegida bajo mil candados
pareciera estar a punto de descarriarse.
El hombre que me devolvía la mirada
conseguía que me sintiera vulnerable, tal
como hacía el monstruo que irrumpía en
mis sueños.
Reprimí un estremecimiento.
—Tengo aquí la ficha de su última
víctima. A él lo recordará un poco más.
¿Quiere hablarme de ello?
—No hay mucho que contar.
Endurecí la mandíbula ante su
indiferencia, pero no leí el folio. Tenía
la información grabada en mi memoria.
—Pablo Velázquez, americano con
nacionalidad mexicana. Tenía dieciocho
años cuando fue encontrado el dieciséis
de abril de 2001 en el parking de la
Universidad Estatal de Sacramento.
Hora de la muerte, aquel mismo día a
las 14:16 horas. La causa, ocho
impactos de bala. El primer disparo fue
suficiente para matarlo. Le perforó el
corazón. Pero usted continuó
arremetiendo contra él. La autopsia
reveló que el corazón le explotó por la
potencia de las balas.
Me quedé en silencio.
Zack también permaneció callado
mientras un brillo salvaje bailaba en las
profundidades de sus ojos multicolor.
—Es un buen resumen —dijo al cabo
de unos segundos, con total frivolidad.
—El móvil del crimen no fue el
dinero, así que ¿qué lo desencadenó?
—Furia. Ira. Odio. Rabia. Cólera.
Dolor —soltó un gruñido sin poder
contenerse.
Una corriente de aire helada se
apoderó de la atmósfera.
—¿Experimentaba esos sentimientos
hacia Pablo Velázquez?
—No.
—¿Se desataron cuando llegó a la
universidad o tenía planeado matar a
tiros a su víctima?
Colocó los antebrazos sobre la mesa.
Para ello, tuvo que juntar las manos, ya
que las esposas le apretaban con ímpetu
la piel.
—No tengo idea —reconoció en voz
baja—. Cuando me di cuenta de lo que
había hecho, ya había ingresado en la
trena y un oficial, rechoncho y con ganas
de darme una paliza, me ordenaba que le
mostrara los huevos antes de llevarme a
mi futura celda.
Su declaración no me sorprendió
demasiado. Las medidas de seguridad en
las instituciones penitenciarias a veces
eran extremas y rozaban lo humillante.
—¿Qué sintió tras ensañarse contra
Pablo Velázquez?
—Nada.
—¿Tenía pensado disparar todas las
balas?
—No lo sé. Supongo que sí. —
Estaba siendo sincero. Lo podía
vislumbrar en sus ojos.
En mi opinión, un ramalazo de ira y
de sentimientos despreciables se había
adueñado de él antes o durante el
trayecto que realizó desde Seattle hasta
Sacramento. La rabia lo había poseído y,
como consecuencia, había actuado por
impulsos y sin control.
—Pero era consciente de lo que
hacía o, al menos, de lo que estaba a
punto de hacer.
—Una parte de mí, sí.
—¿Ha sentido remordimientos…?
—No —me cortó y negó con la
cabeza, como si yo no hubiera entendido
aún el concepto «sicario»—. Las
personas a las que asesiné eran iguales
que yo.
Enarqué una ceja.
—Pablo Velázquez dista mucho del
patrón que seguían todas sus víctimas. A
él lo asesinó como producto de la ira. El
odio le ofuscó y no pudo distinguir el
camino correcto del erróneo. —
Inspeccioné la siguiente página. Él
siguió el movimiento de mi mirada—.
Aquí dice que Pablo era el hijo de
Benicio Velázquez, líder de la Mafia
Mexicana en aquel entonces. Y, por lo
que sé, usted era el sicario más temido
de esa pandilla, así que dudo mucho que
Benicio le diera órdenes de liquidar a su
único descendiente.
Enervado, señaló mis notas con las
palmas de sus manos.
—Si conoce todos esos detalles,
también sabrá lo que sucedió en Rainier
Valley.
—Prefiero que me lo cuente usted.
—Benicio mató a mi hermano. —Le
tembló el cuerpo hasta el último rincón
—. Lo encontré muerto en el vestíbulo
de su casa, con el pecho y el abdomen
agujereados a balazos. —Tensó los
músculos de la cara—. Dígame, ¿qué
más quiere saber? ¿Le da morbo
curiosear en los detalles más sórdidos
de sus casos?
Era cierto que había querido saber
más sobre ese homicidio. De hecho, en
mi búsqueda por encontrar más
información, di con un artículo de
prensa publicado por The Seattle Times
en el que decía que los federales habían
hallado dos cadáveres en un domicilio
localizado en el vecindario Rainier
Valley, en Seattle. Se trataba de John
Cassidy, de treinta y tres años, y Paul
Sanders, de veintidós. Tras hacer las
investigaciones pertinentes, la policía
descubrió que ambos hombres
pertenecían a la Mafia Mexicana, con
Benicio Velázquez como la voz cantante.
Ignoré sus preguntas anteriores.
—Fue Paul Sanders quien acribilló a
tiros a John Cassidy.
—Porque Benicio dio la orden.
—¿Por qué? ¿Acaso su hermano
incumplió las reglas? ¿Traicionó a
Benicio?
Su rostro se tiñó de sombras en una
fracción de segundo.
—Cualquier rumor de deslealtad es
incierto —dijo cerrando los puños. Los
guardias percibieron el cambio en el
lenguaje corporal de Zack y extremaron
la vigilancia—. John quería alejarse de
ese estilo de vida, ¡maldita sea! A él no
le gustaba lo que le obligaban a hacer y
mucho menos lo que hacía yo. Esa fue su
perdición. Su culpa. Intenté varias veces
quitarle esas chorradas de la cabeza.
Tíos como nosotros hay a raudales ahí
fuera. Es lo que hay. No tenemos
elección. Pero él siguió en sus trece. —
Blasfemó en voz baja—. John soñaba
con formar una familia y empezó a
delegar en otros para que realizaran el
trabajo sucio por él. John era más de
meterse en asuntos de trapicheos de
drogas, nada que ver con mi trabajo en
la pandilla, pero a veces las cosas se
iban a la mierda y había que poner
orden. Le ponía enfermo tener que matar.
Creo que incluso le ponía enfermo tener
que dar una simple paliza. Cuando
Benicio se enteró de que John estaba
flaqueando, no le hizo ni puñetera
gracia. Habló conmigo en plan
«colegas», pero no debería haberme
fiado. Él nunca toleraría que hubiera un
inútil en su banda; un hombre con
debilidades. —Me miró con fijeza antes
de añadir—: Un hombre con
sentimientos es comida para los perros.
—¿Y usted no tiene sentimientos?
—¿No lo ve? Estoy vivo. —Se me
erizó la piel—. Benicio ordenó que nos
mataran a los dos. Estaba hasta los
cojones de mi hermano. Él era
prescindible. Cuando entras en esa
categoría, no hay nada ni nadie que
pueda salvarte el culo. Yo no tenía
problema en ejecutar mi trabajo. Estaba
acostumbrado. Para mí, todas esas
personas eran nombres sin rostros. Pero
Benicio sabía que, cuando John muriera,
yo buscaría al culpable y el primero en
mi lista de sospechosos sería él. Sabía
que no me quedaría de brazos cruzados,
así que quiso eliminarme también.
—Entiendo, pero debe comprender
que Pablo Velázquez no fue el
responsable de la muerte de John. Él ni
siquiera vivía con sus padres en aquel
entonces.
—Benicio me arrebató a mi única
familia.
Ahí estaba el móvil principal.
—Crimen de venganza… —susurré.
Pero también había odio y sentimientos
de aprecio revolviéndolo todo. Zack
actuó por impulsividad ante la traición
de su exjefe, pero quizás también era
capaz de sentir y padecer. Sacudí la
cabeza para despejarme—. ¿Desde
cuándo conoce a Benicio Velázquez?
—Desde hace muchos años.
—Hábleme de…
—Hoy no —me interrumpió, y lo
miré desconcertada—. La hora ha
terminado.
Tenía razón.
—Muy bien. —Cerré los apuntes,
tapé el bolígrafo que apenas había usado
y guardé mis pertenencias en el maletín.
A continuación, me puse de pie—. La
próxima semana hablaremos un poco
más.
—¿Tiene novio? —me preguntó sin
venir a cuento.
—Eso no es de su incumbencia,
señor Cassidy.
Paseó la vista por cada recoveco de
mi cuerpo.
—Si tiene un amante en casa, dígale
que tranque bien las puertas —murmuró
con una sonrisa. Di un respingo
involuntario y él sonrió aún más al
percibirlo—. Y en el caso de que no
tenga a nadie que la deje satisfecha en la
cama, entonces debería revisar las
cerraduras de su hogar antes de irse a
dormir.
Tragué saliva mientras oía a los
guardias acercarse a nosotros.
—¿Es una amenaza u otra
advertencia? —Aunque mi voz sonó
firme, me dio un vuelco el estómago a
causa de su espeluznante insinuación.
Los oficiales levantaron a Zack de la
silla. El sonido de los grilletes tronó a
nuestro alrededor.
—Hasta el próximo viernes, doctora
—dijo en voz baja, penetrándome con
sus pupilas.
Paralizada y con un desasosiego
desmedido en mi interior, observé cómo
ese hombre canalla e intimidante pasaba
por mi lado y abandonaba la sala sin
volver la vista atrás.
3
Linda
Jueves, 13 de agosto de 2009
Sacramento, California.
El frío me cala los huesos. Las gotas de
lluvia aterrizan sobre las ventanas y
amortiguan la canción que está
sonando bajito en la radio. Me
estremezco de pies a cabeza y me
abrazo a mí misma a la vez que asfixio
sin querer a Punkie, mi peluche
favorito.
Miro a mi alrededor y, apenas veo
un par de chocolatinas en el mostrador
blanco, mi estómago expresa un rugido.
Alargo los dedos a la vez que procuro
que nadie se dé cuenta de mi pequeña
travesura, con la boca haciéndoseme
agua, hasta que doy con mi objetivo y,
mientras me peleo con el envoltorio,
ahogo un poco más a Punkie.
Doy un respingo cuando me
arrebatan el alimento de las manos.
—Eso no está bien —me reprende
mami y coloca la chocolatina en su
sitio—. Pronto pararemos a comer.
El dependiente me lanza una
mirada de reproche, y yo vuelco mi
atención en mis zapatillas color rosa
fresa con purpurina.
¡Me encantan los colores!
Me fascina vestir todos los colores
del arcoíris, aunque papi se ría de mí y
me llame «payasita». Una alegre curva
dilata mis labios. Él suele llamarme
«payasita» cuando visto diez tonos
distintos de ropa, pero por las noches
me convierto en su «princesa» mientras
termina de contarme un cuento. De
repente, la sonrisa se me congela en los
labios.
El aire se nota cargante.
Me fijo en papi, quien tiene su
mirada clavada en la ventana que hay
detrás de mí, con el cuerpo tenso,
mientras mami tiembla y se lleva una
mano a la boca. Mi cuerpo la imita sin
poder evitarlo y cuando me dispongo a
mirar en la misma dirección que ellos,
papi me detiene al instante.
Lo miro con los ojos muy abiertos.
—Hey, princesita, escúchame —me
ordena con dulzura cuando intento
girarme otra vez—. Ve hacia esas
estanterías. Y no salgas de allí hasta
que yo vaya a buscarte. ¿Me entiendes?
—Asiento, pero tengo ganas de llorar.
No quiero separarme de ellos. Me
aferro a sus brazos y sigo asintiendo.
Como si notara mi angustia, me
acaricia la mejilla y repite—: Ve,
Linda, y no sueltes a Punkie.
Oigo el tintineo metálico de la
campanita de la puerta justo un
segundo después de que mis piernas
echan a correr hacia las estanterías
atestadas de patatas fritas, bolsas de
golosinas y chocolates. Con la
respiración agitada me sitúo detrás del
mueble y aunque no logro ver nada
debido a mi corta estatura, permanezco
muy quieta.
La puerta se cierra con un fuerte
golpe.
El ruido me sobresalta.
Y, entonces, el silencio se apodera
del lugar.
Miro a Punkie, pero mi conejito me
devuelve una mirada inexpresiva.
Empiezo a debatirme entre quedarme
donde estoy o volver con papi y mami,
pero entonces distingo una voz que me
resulta desconocida. Tiene un acento
inquietante; un timbre peculiar; algo
cantarín envuelve sus palabras. Me
inunda un profundo pavor cuando
mami interrumpe a ese hombre; me
suena a súplica, pero no estoy segura
de ello.
Tiemblo y me aproximo a las voces.
El desconocido es el único que
habla ahora.
«¿Dónde está?».
«Te lo advertí.»
«No hay segundas oportunidades.»
Me asomo para observar la escena,
pero un escalofriante chillido me
paraliza y retrocedo aterrada. ¡Es
mami! Mi espalda choca contra una
estantería, me caigo al suelo y me
golpeo en la cabeza con la madera.
Suelto un gimoteo de dolor y miro a
Punkie, que ahora luce tan espantado
como yo. Papi grita a pleno pulmón;
creo que está llorando, pero su voz se
extingue casi enseguida y algo pesado
resuena en el aire. No quiero oír más.
No quiero estar aquí. Me tapo los
oídos, pero aún escucho los ruegos del
dependiente. «¡No, por favor! ¡No lo
haga!¡Por favor!».
El silencio lo cubre todo otra vez.
Bajo las manos. Mi respiración está
trémula y las lágrimas se acumulan en
mis ojos. Respiro hondo, pero tengo
miedo. Quiero volver con mami y papi.
Con voz temblorosa susurro: «¿Mami?
¿Papi?». Pero nadie me responde. Ni
siquiera sé si me han oído. Recojo a
Punkie, arrastro las rodillas por el
suelo y rodeo la estantería, pero me
detengo apenas visualizo una melena
larga y sedosa, extendida como un
abanico oscuro sobre las baldosas. Es
el pelo de mami. Su rostro está oculto,
pero su brazo yace en una posición
incómoda.
Me acerco otro poco, y un hilillo
rojizo ataca lastimosamente en mi
dirección. Es sangre viscosa. Desvío la
mirada hacia la izquierda y cientos de
escalofríos me atizan por dentro
cuando los ojos grandes y medio
azulados de papi me miran con tristeza,
opacos y sin vida. Suelto a Punkie y me
llevo las manos a la garganta.
Me ahogo.
No puedo respirar.
Cierro los párpados y rompo a
llorar desconsolada. El dolor me
destroza. Me duele el corazón. Siento
cómo se quiebra en diminutos
pedacitos. Oigo unos pasos acercarse a
mí. «Voy a morir. Voy a morir», pienso
con un hipido. Las pisadas cesan.
Espero. Espero. Sigo esperando mi
final, pero este nunca llega y, entonces,
me atrevo a abrir los ojos.
Lo primero que veo son unos
zapatos negros, inmaculados. Y,
después, sus piernas largas, protegidas
por unos pantalones blancos, muy
elegantes, algo clásicos. Sigo subiendo
mi mirada. Camisa azul, chaqueta
blanca y corbata marrón. Sus hombros
anchos y sus manos fuertes
empequeñecen todo lo demás. Lo miro
a la cara con los ojos vidriosos,
agitada. Pero no logro diferenciar sus
rasgos. Una maraña de sombras se
interpone entre él y yo, y por más que
intento enfocar la vista, todo está
difuminado. De repente, sus ojos se
convierten en dos puntos negruzcos,
distorsionados, y sus labios esbozan
una cruel sonrisa.
Se me eriza el vello cuando se
agacha con lentitud, casi con tiento, y
gimo en voz alta. «Me va a matar. Va a
acabar conmigo», me lamento y
aguanto la respiración, pero lo único
que hace es recoger a Punkie
manchado de sangre. Me lo entrega con
una suavidad que sé que no posee y mis
dedos no dudan en engancharse a la
manita de mi conejito mientras otro
sollozo brota de mis cuerdas vocales.
Él me observa durante infinitos
segundos. Me sonríe con amabilidad y
me analiza en silencio antes de ponerse
en pie y alejarse de mí, con las
sombras rodeándole como imperiosas
hélices, dejándome marcada de por
vida…, abandonándome junto a los
cadáveres de papi y mami.
Resurgí del mundo de los sueños y
me incorporé con tanta violencia que
casi me caí de la cama. Tenía varios
mechones de pelo pegados a la cara por
culpa del sudor, y respiraba con apuro.
Las manos me temblaban demasiado, así
que volví a tumbarme, con la mirada en
el techo.
Esa pesadilla se repetía cada noche,
aunque mis recuerdos eran difusos y a
veces variaban algunos detalles. En
ocasiones, en mis sueños, no tenía
hambre o agarraba una bolsa de doritos
en vez de una chocolatina. En otras,
abría el envoltorio y comía mientras el
encargado se quejaba de mi poca
educación. Pero el desenlace siempre
era el mismo. Mis padres siempre
morían a mano de ese hombre sin
corazón.
Exhalé un suspiro, pero me negué a
derramar las lágrimas que ansiaban
escapar de mis ojos. Desde aquella
mañana de invierno, no había vuelto a
llorar. Mentira. Había llorado un par de
veces, pero con el tiempo dejé de
hacerlo. Para mí, era un signo de
debilidad; aunque el hecho de que no
llorara no me hacía menos frágil.
Una vez que me sentí más calmada,
aparté las sábanas, me levanté y eché un
vistazo a mi habitación. Allí, en mi
supuesto refugio, escaseaban los
colores. Las paredes eran blancas, el
suelo de tarima y los muebles habían
sido pintados en tono blanco mate.
Incluso el edredón era blanco con un par
de flores azules estampadas en la tela.
No había más.
La niña que vestía todos los colores,
sin que le preocupara la combinación,
había desaparecido para siempre.
Abrí la puerta del dormitorio y
caminé a oscuras por el pasillo. No
había mirado el reloj, pero debían de
ser pasadas las tres de la madrugada.
Con cuidado empujé la puerta de la
habitación de Angy. Ella estaba
durmiendo con la boca abierta y el pelo
revuelto sobre la almohada. Al
comprobar que seguía ajena a mi
desvelo, me dirigí hacia la cocina para
tomar agua. Con el vaso en la mano me
desplacé hasta el salón y apoyé la
cadera en el enorme ventanal donde la
luz de la luna alumbraba el interior del
apartamento. No había nadie paseando
por las calles, y muy pocos coches
circulaban por las avenidas. Aun así, me
notaba inquieta y sabía perfectamente
que no se debía sólo a la pesadilla.
Bebí otro sorbo para engañar a la
mente, pero al final me di por vencida.
Coloqué el vaso sobre la mesita de
centro y crucé la habitación hasta la
puerta principal. El pestillo estaba
echado, pero para asegurarme zarandeé
el cerrojo hasta que no dio más de sí.
Odiaba reconocerlo, pero llevaba toda
la semana revisando las cerraduras de
casa antes de irme a dormir. Me había
vuelto una paranoica por culpa de Zack
Cassidy y sus palabras perversas, que
resonaban todo el tiempo en mi cabeza.
Solté un gruñido y regresé a la
ventana.
Excepto trabajar, no había hecho
gran cosa tras mi primera entrevista con
él. Eso sí, el sábado Angy me arrastró a
un local pijo de la zona. A la tercera
copa, yo ya estaba muerta del
aburrimiento, pero puse buena cara por
ella; sin embargo, la sonrisa se me borró
de los labios cuando dos hombres se
sentaron a nuestro lado, sin siquiera
preguntar. Me irritaba que algunos se
tomaran esas confianzas, pero a mi
amiga le pareció fenomenal. Enseguida
comenzó a charlar con ellos y me
emparejó con un tal Eric. O quizás era
Cedric. No lo recordaba.
A pesar de mi reacia disposición a
entablar conversación con dos
desconocidos, o conversación en
general, no podía negar que ambos
hombres tenían su encanto. Eric o
Cedric, como fuera que se llamara, era
moreno, altísimo y musculoso como un
jugador de rugby. Su mirada pícara y sus
ojos grises irradiaban morbo puro. Sexo
rápido y sin compromiso. Nada que ver
con la mirada de Zack, que a lo único
que invitaba era a salir huyendo. Con
eso no quería decir que fuera feo ni
mucho menos. Pero tenía una belleza
distinta a los hombres con los que me
codeaba. Él era varonil y atractivo de
una manera mil veces más revoltosa, y
poseía una mirada animal, demasiado
fría y ardiente.
De todas formas, a pesar de que mi
cita puso en práctica todos sus dotes de
seducción, lo abandoné en mitad de la
pista de baile cuando, mientras sonaba
una canción movidita, sus manazas me
agarraron por el trasero y me arrimaron
a él. Me zafé de sus garras lanzándole
una mirada que lo dejó bloqueado y al
ver que Angy se lo estaba pasando de
escándalo con el otro tío, salí del local.
¿Quién era yo para pedirle que nos
marcháramos? No quería aguarle la
fiesta.
Enfilé hacia el parking a la vez que
le mandaba un mensaje de texto para que
no se preocupara. Hacía apenas un
segundo que le había dado a la tecla
«enviar» cuando mis pies se pararon en
seco. El corazón empezó a latirme
desbocado y aunque solo podía oír la
música que retumbaba desde el interior
del local, estaba convencida de que
había advertido el sonido de unos pasos
detrás de mí. Me giré sobre mí misma,
pero estaba sola en el callejón, con el
móvil en la mano.
Desde entonces había tenido la
alarmante sensación de que alguien me
vigilaba. ¡Qué estupidez! ¡No podía ser
tan tonta! La persona que atemorizaba
mis pensamientos se encontraba
encerrada a más de cuarenta minutos de
la ciudad.
Reprendiéndome a mí misma por
permitir que una absurda amenaza me
afectara de ese modo, sacudí la cabeza y
me di la vuelta. Pero me quedé inmóvil
al distinguir una sombra humana
internándose en la cocina. Corrí hacia
allí y encendí las luces, creyendo que
me encontraría con Zack Cassidy y su
sonrisa irónica. Pero no había nadie. Mi
imaginación me estaba jugando malas
pasadas.
Exhalé un suspiro lleno de
agotamiento y miré el reloj colgado en
la pared. Eran más de las cuatro de la
madrugada. Resoplé con desencanto y
caminé hacia mi habitación, conteniendo
el impulso de revisar la cerradura por
enésima vez.
Cuando me tendí boca arriba sobre
la cama, no logré dormir por más que lo
intenté. Fue imposible. Cada vez que
cerraba los ojos, unos iris fieros con
vetas grises, azules y verdes aparecían
como imágenes pecaminosas en mi
cabeza…, ansiosos por atraerme hacia
un lugar sombrío y morboso de mi
subconsciente.

Viernes, 14 de agosto de 2009.


Giraba el bolígrafo entre mis dedos
en un intento por distraerme, esperando
a que la puerta se abriera y entrara el
hombre que había alterado por completo
mis horas de sueño. Isaac había sido el
encargado de conducirme hasta la sala
de las entrevistas, en pleno silencio,
mientras tanto Steve iba a buscar al
recluso.
Deposité el tubo con tinta sobre la
mesa justo cuando noté movimiento a
mis espaldas. La sangre se me congeló
en las venas al percibir el sonido de las
cadenas chocando unas con otras cada
vez que él avanzaba hacia mi posición.
Sus pisadas eran provocadoras, lo que
causó que un remolino de nervios se
instalara en mi vientre. No entendía por
qué me impresionaba tanto su presencia,
pues nunca había perdido el control de
mi cuerpo y muy pocas veces el de mi
mente.
Mientras pugnaba por relajarme para
que mi apariencia fría hiciera el honor
de aparecer, atisbé parte de su mono
azul e hice un esfuerzo por no contener
el aliento cuando se plantó frente a mí.
Fue entonces cuando me di cuenta de
que había temido que Zack hubiera
estado rondándome en los últimos días,
y que las sombras que divisaba en cada
esquina no fueran consecuencia de mi
paranoia mental.
Mi corazón dio una voltereta cuando
le oí reírse por lo bajo a la vez que
tomaba asiento.
—Buenos días —dije después de
que se hubo acomodado en la silla.
Lucía relajado y me observaba con
atención, pero me centré en mis apuntes
para no seguir mirándolo—. Empecemos
cuanto antes. Hoy disponemos de diez
minutos menos.
—¿Qué tal su fin de semana? ¿Salió
a bailar por ahí?
Alcé los ojos hacia los suyos y
aunque procuré no mostrarme alarmada,
sus labios se estiraron en una sonrisa
cuando apreció una pizca de angustia en
mi semblante.
Me estaba tomando el pelo.
—¿Le interesa?
—La verdad es que no. —Dibujó un
mohín de burla. Yo me dispuse a revisar
el informe, pero su voz profunda me
interrumpió—. ¿Quiere saber qué hice
yo?
—La verdad es que tampoco me
interesa.
Sonrió como si no me creyera.
Experimenté cierta subida de
temperatura en mi cuerpo y me odié por
ello.
—Vaya al grano, doctora.
—Hoy hablaremos de su infancia —
dije a la vez que el ritmo de mi corazón
se iba ralentizando segundo a segundo
—. ¿Dónde se crio? Cuénteme sobre su
familia.
Dejó escapar un suspiro de hastío.
—Nací el 10 de abril en una ciudad
llamada El Fuerte, en México. John, mi
hermano, también nació allí, tres años
antes que yo. Mi madre era mexicana y
mi padre norteamericano. Se
enamoraron cuando él visitó la zona.
Según me dijeron, ambos tenían
amistades en común y se casaron al
poco tiempo de conocerse. Yo no tenía
ni once meses de edad cuando
decidieron mudarse a Seattle, donde era
originario mi padre. Aun así, me
defiendo con el castellano, pues a veces
mi madre se empeñaba en hablar en su
idioma. —Se encogió de hombros—. El
caso es que cuando cumplí cinco o seis
años, nos mudamos a otro vecindario, a
un bloque de viviendas que apenas
podía mantenerse en pie. Era un barrio
marginal. Había tíos borrachos y fétidos
a meado tirados en las escaleras, putas
inyectándose heroína y parejas de
drogadictos follando en cualquier
esquina, a la vista de todos. —Hablaba
sin emoción sobre aquella etapa de su
vida, pero lo que me estaba contando
era duro y serio—. Fui a la escuela
hasta los diez años, pero mi educación
siempre dejó bastante que desear. Era un
crío muy desobediente, no podía estarme
quieto y eso era motivo de discusiones.
—¿Discusiones entre quiénes?
—Entre todos. Mis padres solían
discutir a menudo.
—¿Por usted?
Frunció el ceño en un gesto
pensativo.
—Supongo que discutían en general.
Para ser sincero, estaban como unas
putas cabras. Si no discutían era o
porque estaban durmiendo la mona o
porque estaban follando en plan
reconciliación. Usted ya me entiende.
John era el único que no se entrometía
en nada. —Su expresión cambió
ligeramente al mencionar a su hermano.
Aun así, me era imposible descifrar lo
que sentía Zack en ese preciso momento
—. Él sabía que lo mejor era no meterse
en líos. Era un niño tranquilo e
inteligente. Él sí era capaz de distinguir
el bien del mal.
—¿Y usted no?
—Ni siquiera ahora soy capaz de
hacerlo. Desde que tengo uso de razón
las peleas, los golpes y los insultos me
parecían normales. ¡Esa mierda sucedía
cada maldita hora en nuestra casa!
Siempre creí que mis padres se trataban
de forma correcta; que, si alguien me
ponía un dedo encima, tenía el derecho
de asestarle un puñetazo y causarle
mucho más dolor del que me había
infringido. —Sonrió con ironía—. Ya
ve, doctora. Con solo diez añitos,
apuntaba maneras.
Ignoré su sarcasmo.
—Sus padres nunca les mostraron
cariño.
—Lo hacían muy rara vez; cuando
estaban limpios de coca o heroína, o lo
suficientemente sobrios como para
vernos delante de ellos. —Hizo una
pausa—. No sé cuándo empezaron a
consumir, pero tampoco poseo muchos
recuerdos de ellos estando sonrientes o
serenos. Varias veces vi a mi padre
levantarle la mano a mi madre y también
a mi madre levantársela a él.
Solucionaban los problemas así, a gritos
y a golpes, después caía algún que otro
polvo para hacer las paces. No había
armonía en esa casa y mucho menos
amor. Pero aunque ellos hubieran sido
cariñosos con nosotros, no tienen excusa
para lo que hicieron después.
Terminó de hablar, y yo escribí un
par de datos en mis notas personales.
—¿Qué es lo que hicieron?
—Para mis padres, mantener a dos
críos les jodía a menudo los planes, por
lo de consumir drogas y tal, por lo que a
veces tenían que reducir la dosis. No
poder meterse toda la mierda que
deseaban les ponía muy alterados. Una
mañana, en el bus de camino al cole, le
pregunté a John por qué se habían vuelto
tan adictos a esa porquería que
esnifaban por la nariz mientras nosotros
veíamos algún programa de televisión.
Alcé una mano para interrumpirle.
—¿Consumían sustancias ilegales
delante de ustedes?
—En esa casa no existían las reglas.
Ellos bebían, follaban y se drogaban
cuando les apetecía. —Dominé una
mueca de disgusto. Mi tía Emma nunca
me había prestado mucha atención, pero
por lo menos no hizo ninguna de esas
barbaridades—. Como le iba diciendo,
tuve interés en saber por qué mis padres
parecían tan desesperados cuando no
podían ponerse hasta el culo de coca.
Recuerdo que, ante mi pregunta, mi
hermano se encogió de hombros y dijo
que cuando estás colocado te pones a
cien, te sientes capaz de todo y el sexo
es mil veces mejor.
—¿Y su hermano cómo sabía eso?
—pregunté con sorpresa y turbación.
Se rio entre dientes.
—¿No se lo imagina? Menudo
cabroncete. Y parecía un angelito. —
Soltó una carcajada ante mi cara pálida
—. Doctora, no se asuste. Mis padres
dejaban todo perdido en el salón. Es
normal que John hubiera probado las
drogas a tan corta edad. Yo, años más
tarde, descubrí que él estaba en lo
cierto. Follar mientras estás bajo los
efectos de la cocaína es alucinante.
—No sabía que usted fuera
cocainómano.
—No lo soy —dijo con rotundidad
—. Esnifé una raya una noche, conduje
no sé cuántos kilómetros hacia el sur de
Seattle y me follé a dos putas en un
callejón. Quería demostrarme a mí
mismo que mis padres eran unos
capullos con debilidades y que la coca
no influenciaba en el sexo. Pero me
equivoqué… Es jodidamente excitante.
—¿Está justificando el
comportamiento de sus padres?
Me lanzó una mirada asesina.
—¡Claro que no! ¡Cedernos a John y
a mí como si fuéramos dos trozos de
carne no tiene justificación!
—¿A quién les cedió la custodia de
su hermano y de usted?
Su cuerpo se volvió rígido.
—A Benicio Velázquez. Mis padres
hacían algunos «trabajitos» para él a
cambio de un par de gramos. Pero
últimamente nada era suficiente para
ellos. Estaban cegados por la necesidad.
Un día, al parecer, no aguantaron más el
mono y hablaron con ese cabrón para
ofrecerle un trato. —Enmudeció un
momento—. La vida de John y la mía
por unos cuantos kilos de coca. Estoy
seguro de que Benicio se rio al oír tal
disparate. Nuestras vidas no valían
tanto. Las vidas de dos mocosos no
valen nada. Pero Benicio les propuso
otro trato: unos pocos miles de dólares a
cambio de que renunciaran a nosotros.
Para siempre. Por supuesto, mis padres
aceptaron, aun sabiendo que no les iba a
durar mucho el dinero.
En ese momento me di cuenta de que
mi vida con mi tía no había sido tan
espantosa después de todo. En
comparación con la infancia de Zack,
parecía un camino de rosas. Jamás pasé
frío o hambre, a no ser que así lo
decidiera yo. Gocé de comodidades que,
aunque a mí me traían sin cuidado, en
ese preciso instante las aprecié más que
nunca. El hombre que me miraba como
si me estuviera leyendo la mente, no
había tenido oportunidad de ser una
persona de bien. Jamás había recibido
afecto. Ni siquiera tenía una educación
básica. ¿Era lógico que hubiera acabado
donde estaba? Lo raro habría sido que
no lo estuviera.
—¿Qué sucedió después? ¿Se
despidieron de sus padres?
—No. La última vez que les vi fue
cuando Benicio vino al apartamento a
negociar sobre nosotros. Mis padres nos
pidieron a John y a mí que nos
encerráramos en la habitación que
compartíamos. Cuando oímos la puerta
principal, al cabo de unos minutos, nos
dimos cuenta de que se habían largado.
Un momento después unos matones
vinieron a por nosotros y tras cargarnos
sobre sus hombros como si fuéramos
dos sacos de patatas, descendieron las
escaleras y nos metieron a la fuerza en
un todoterreno negro.
Todo aquello era horrible.
Sentí una sensación de amarga
impotencia.
—¿Conocían a Benicio antes de ese
día?
—No. Todo lo que sé ahora es
porque Benicio nos lo contó una vez que
estuvimos bien domesticados.
—¿Qué quiere decir con eso?
Me miró como si fuera una ingenua.
—Benicio vio negocio en nosotros.
Éramos jóvenes. Teníamos potencial.
Así que se propuso doblegarnos. Nos
rompió como personas y quebrantó
nuestra voluntad hasta que no pudimos
tomar decisiones salvo las que él nos
ordenaba.
—¿Cómo lo consiguió? —inquirí en
voz baja.
Sus ojos se tornaron casi negros por
el recuerdo.
—Nos dejó a disposición de uno de
sus esbirros, su mano derecha en aquel
entonces; un estúpido grande y
desaliñado. Se le conocía por el nombre
de Franco. Él condujo el todoterreno
hasta un vecindario al otro lado del
lago. Yo no paré de patalear y de
removerme en el asiento. John, por el
contrario, se limitó a mirar por la
ventana. Estaba serio, como si supiera
que nuestros padres no iban a volver
nunca y que algo malo se avecinaba.
Recuerdo que me impacienté ante tanto
silencio y empecé a preguntarle a gritos
al tal Franco quién era y adónde nos
dirigíamos. John posó una mano sobre
mi brazo y me pidió que me callara.
Pero no le hice caso. Franco, harto de
mi pataleta, me miró por el espejo
retrovisor y me ordenó que tuviera el
pico cerrado, o me haría llorar como a
una niña cuando la desvirgan.
Un nudo me oprimió la garganta.
—Siga, por favor.
—Yo seguí gritando como un loco.
—Sonrió apenas—. ¿Se hace una idea
de lo que sucedió cuando llegamos a una
casa casi en ruinas? —Esperé la
respuesta con el corazón en un puño—.
Creo que nunca he llorado tanto en toda
mi jodida vida. —Cerró los ojos como
si estuviera reviviendo todo aquello—.
Cuando aparcó con brusquedad, intenté
correr antes de que tuviera oportunidad
de atraparme, pero me agarró por la
nuca y con la otra mano inmovilizó a
John por el suéter. Pataleé… ¡Joder, si
pataleé! Franco estaba tan furioso
conmigo que, cuando nos empujó dentro
de la casa, apartó a John de un manotazo
y a mí me estampó contra la pared más
cercana. —Mis mejillas enrojecieron
como llamas a causa de la indignación
—. Perdí el conocimiento.
Inspiré hondo.
La entrevista se me estaba haciendo
eterna.
—¿Recuerda cuándo se despertó?
—Lo recuerdo todo —admitió
estirando las piernas. Sus pies cubiertos
por unas zapatillas blancas rozaron mis
rodillas. Me estremecí y me alteré aún
más—. No sé cuánto tiempo estuve fuera
de combate; quizás pocos minutos o tal
vez horas. Volví en mí con el rostro
empapado de lágrimas y un dolor
lacerante en la frente. Cuando me toqué
la piel, estaba húmeda. Era sangre.
Tenía un tajo cerca del ojo y aunque la
herida era superficial, sangraba
bastante; por suerte no me quedó
cicatriz. —Se señaló el lado izquierdo,
próximo a la ceja, con las manos unidas
—. Estaba desorientado, pero pronto me
percaté de que me habían metido dentro
de un armario minúsculo. Tuve que
encogerme para estar más cómodo. No
había luz. Grité el nombre de mi
hermano. Perdí la cuenta de las veces
que chillé con la garganta desgarrada
hasta que John por fin respondió. Su voz
sonaba lejana; a él también lo habían
encerrado en un armario.
No quería oír más detalles. El
exsicario, en ese momento, se había
esfumado como el humo. Era como si
tuviera frente a mí a un niño rubio y de
ojos exóticos, relatándome su cruel
historia. Pero debía proseguir. No podía
ablandarme.
—Si Benicio pagó por poseer sus
vidas, ¿por qué le cedió el cargo a su
mano derecha? Imagino que él conocía
las sádicas medidas que iba a tomar ese
hombre contra ustedes.
—Confió en que Franco no nos
mataría mientras nos adiestraba. El plan
era simple: quebrarnos a base de
premios y castigos hasta que
obedeciéramos a ciegas. Hicieron falta
cuatro meses para conseguirlo. Sé que
no es mucho tiempo, pero para mí, y
estoy seguro de que para John también,
fueron un infierno.
Clavé la mirada en mis notas y
apunté algunas frases. Ese tipo de
enseñanzas eran utilizadas con bastante
frecuencia en las mafias, para manipular
a chicas y a chicos jóvenes hasta lograr
que fueran dóciles. Muchas veces las
amenazas y los secuestros entraban en el
juego. No era de extrañar que, al final,
él y su hermano hubieran decidido
acatar las órdenes para evitar ser
sancionados.
—¿En qué consistían los premios y
los castigos?
—Si no hacíamos lo que nos
ordenaba Franco, nos daba unas palizas
de infarto hasta que no éramos más que
músculos temblorosos en el suelo. En
ocasiones ese capullo estaba de un
humor de perros y nos encerraba durante
días en el armario, sin agua, luz y
comida. —Como si percibiera la duda
en mis ojos, añadió—: Pero siempre por
separado. John y yo solíamos hablar
cuando le oíamos salir por la puerta
principal. Para que no nos muriésemos
deshidratados nos entregaba una botella
de agua, que ni siquiera rebasaba la
mitad. Teníamos que ingeniárnosla para
administrarla bien. Los premios, sin
embargo, eran más simples. Nos daba
comida más o menos buena, nos permitía
ver la televisión o podíamos deambular
por el patio trasero. El simple hecho de
notar la luz natural en el rostro, o
apreciar la decadencia de la casa, era un
regalo caído del cielo.
—¿Hubo abusos sexuales?
—No.
—Cuénteme cómo fueron los
siguientes meses.
—Nos fuimos a vivir a la vivienda
particular de Franco. Nuestro
entrenamiento continuó en uno de los
muchos almacenes de Benicio y
empezamos a cometer delitos menores.
Pero los maltratos nunca cesaron. Era
una forma de que no olvidáramos quién
estaba al mando. No vimos a Benicio en
los siguientes dos años. Cuando nuestra
formación hubo finalizado, John y yo
éramos unos delincuentes expertos. Más
adelante nos largamos a Rainier Valley.
Yo me independicé poco después.
—¿Y esa vida era suficiente para
usted?
—Tenía todo lo que necesitaba:
cama, comida, mujeres.
—¿Franco trabajaba con ustedes?
—Él se encargaba de otros
asuntillos… hasta que se pasó de listo.
Tragué saliva.
—¿Le mató?
Esbozó una sonrisa.
—Pegué el estirón en plena
adolescencia. A los veinticuatro, era
mucho más grande, fuerte y ágil que ese
subnormal —dijo con un guiño de ojo.
Jamás admitiría un crimen que no
hubiera declarado ante la justicia, pero,
de todas formas, su respuesta me sirvió
—. Le diré un secreto: me quedé
bastante a gusto esa noche.
No me cabía la menor duda.
—Benicio también se habrá quedado
bastante conforme con el resultado —
deduje con cierta ironía.
—Mientras cumpliera la orden…, a
él le importaba más bien poco mi
procedimiento.
La hora iba a concluir, así que me
apresuré a hacer un resumen de la
entrevista.
—Tras oír su testimonio, no entiendo
un par de cosas que para mí son de vital
importancia. —Aguardó a que
continuara hablando—. Benicio pagó
para conservar la vida de John y la de
usted, consintió que un hombre de su
confianza se ensañara contra ustedes y,
como si eso fuera poco, les metió en el
mundo de la delincuencia para su propio
beneficio —callé un segundo y fruncí el
ceño—. Lo siento, pero no comprendo
por qué no ha querido hablar sobre ese
hombre con la policía. No entiendo por
qué no desea ayudarles en la
investigación que tienen contra Benicio.
Lo único que sospechan las autoridades
es que usted asesinó a Pablo Velázquez
porque quería cobrarse la vida de John
Cassidy.
Se encogió de hombros.
—No sé dónde está ese tipo.
—¿Por qué le encubre?
—No lo hago. —Se puso a la
defensiva—. Y no intente meterse en mi
mente. No pierda el tiempo. No
encontrará nada y lo poco que encuentre
no le gustará.
—Todavía quiere vengarse —me
aventuré a decir.
Negó con la cabeza y echó la silla
hacia atrás.
—Hasta la próxima semana, doctora
Evans.
—Espere, por favor. —Se quedó
inmóvil en el asiento, con las piernas
separadas, las manos en el regazo y sus
pupilas fijas en las mías—. Sé que no se
arrepiente de nada de lo que ha hecho,
pero si tuviera la oportunidad de salir
de prisión, ¿no le gustaría vivir como un
ciudadano humilde y honrado? ¿Nunca
se ha imaginado trabajando en algo que
no tuviera que quitar para ganar?
Sus ojos chispearon con poderío.
Y a mí se me agitó el corazón.
Quizás había ido demasiado lejos con
mis preguntas.
—No me arrepiento ni me
arrepentiré de mis acciones. Nunca he
sido un hombre íntegro y tampoco
pretendo serlo. Así que le diré lo
siguiente de la forma más sutil posible:
jamás voy a cambiar. Esto, el hijo de
puta sin sentimientos que tiene delante
de usted, es todo lo que soy. No hay
más. Solo carne y hueso. Y le aseguro
que no hay dinero en el mundo que
pueda hacerme cambiar de opinión. Y
tampoco existe la mujer que sea capaz
de arreglar mis defectos. Nunca la ha
habido y ahora menos aún. ¿Quiere
hacerse un favor, doctora? Olvídese del
niño maltratado, porque ya no queda ni
una migaja de él. Hace tiempo que ese
pequeño se convirtió en un monstruo, en
un ser tan desalmado que me deberían
haber condenado a muerte. —Se levantó
con destreza de la silla mientras seguía
mirándome. Las botas de quien supuse
que eran de Isaac resonaron en el
espacio. Yo también me puse en pie y,
de inmediato, elevé mi mano para que
no nos interrumpieran, con el corazón
latiéndome con potencia—. Pero en algo
tiene razón: aún ansío venganza. Lo
deseo con todas mis fuerzas. Y si para
conseguirlo tuviera que matarla a usted,
no le quepa duda de que lo haría sin
titubear, aunque tuviera que destriparla
con mis propios dedos. —Dio un paso
al frente. Isaac le agarró por el brazo,
pero nuestros ojos no se separaron ni un
segundo—. Dígame, doctora, ¿aún ve al
niño de diez años en mí?
Tomé una gran bocanada de aire. Me
sentía mareada. El corazón me iba a
estallar en el pecho.
—Yo…
—No se esfuerce. No merece la
pena. —Retrocedió sin parar de
observarme como una pantera—. Que
tenga un buen día. Y no olvide chequear
las cerraduras.
Y con esas palabras… se marchó.
4
Zack
Viernes, 21 de agosto de 2009
En la celda. Prisión de Nueva Folsom.
Tres mil ciento treinta y tres días. Ese
era el número exacto que me perseguía a
todas horas, que aumentaba cada
segundo un poco más. Tres mil ciento
treinta y tres días teniendo las mismas
infames perspectivas, obligado a
compartir el mismo aire viciado con
cientos de hijos de puta a los que no
conocía de nada, a pesar de los años que
llevaba allí. Tres mil ciento treinta y tres
días atrapado en una celda.
Elevé mi mirada hacia el techo, con
las manos trenzadas bajo la nuca,
tendido en el colchón.
Cuando ingresé en la trena, creí que
me volvería loco. O quizás ya había
enloquecido. A decir verdad, no me di
cuenta de dónde me encontraba hasta
que cerraron la puerta de acero detrás
de mí. Y entonces, por primera vez,
recordé lo que había ocurrido. Recordé
a John, en su casa, muerto; la breve
lucha contra Paul Saunders que, tras
ensañarse con mi hermano y reducirlo a
un montón de carne inservible, pretendía
matarme también; el trayecto hasta
Sacramento, influenciado por el odio, el
dolor y un profundo deseo de venganza;
mi dedo índice apretando el gatillo
contra Pablo Velázquez; los policías
tirándome al asfalto mientras los gritos
hacían eco a mi alrededor. Y por último
mi entrada en Nueva Folsom donde me
identificaron, confiscaron las pocas
pertenencias que tenía conmigo y tras
cachear todos mis orificios, sin
excepciones, me facilitaron un juego de
sábanas, una manta y algunos artículos
de higiene personal.
Fui asignado al nivel IV, la unidad
más controlada del trullo, donde los tíos
más violentos estaban confinados,
privados de cualquier privilegio. Me
prohibieron acceder a las salas de
entretención, no podía trabajar ni recibir
paquetes y tampoco disfrutar de visitas
regulares. Eran más de veintidós horas
pudriéndome en una celda que no medía
más de 2,4 x 2,4 metros.
Tenía suerte de no estar aislado en
confinamiento solitario, aunque los
primeros veinte meses experimenté de
primera mano lo que era no hablar con
nadie las veinticuatro horas del día, los
siete días de la jodida semana. Los tipos
considerados altamente suicidas y los
miembros de las pandillas criminales
eran enviados a aquellas malditas
celdas, comían allí mismo y cuando se
les permitía salir del agujero, los
encerraban en una especie de jaula
individual para animales, con una barra
anclada en el techo para que pudieran
divertirse colgándose como monos.
El único modo de escapar de ese
infierno, para ser llevado a otro no
mucho mejor, era siendo un informador.
Un chivato. Los que cometían esa locura
no tardaban en aparecer muertos. A mí
me liberaron tras comprobar que ya no
pertenecía a ninguna banda y también
por buena conducta, pero eso no
significaba que estuviera menos
custodiado siendo uno más de la
población general de la prisión.
Mi vida transcurría de esa
lamentable y precaria manera mientras
que Benicio Velázquez, el hijo de puta
más grande del universo, seguía suelto,
sin pagar por sus delitos. Pero aquello
era culpa mía. Debí haberme imaginado
que ese cabrón tramaba algo contra mi
hermano y contra mí. Debería haber
hablado de nuevo con John; advertirle
que, por más que lo ansiara,
desobedecer a Benicio no era la
solución. Pero ¿acaso me hubiera hecho
caso? Él llevaba meses distraído, hasta
la polla de cumplir órdenes que solo
enriquecían a ese gilipollas y que nos
perjudicaban a nosotros, sus marionetas
que teníamos que respetar todo lo que
salía de su bocaza.
Meterse con Benicio, cuyo poder se
extendía más allá de las fronteras
norteamericanas, era sinónimo de que la
muerte te visitaría pronto. Yo, en aquel
entonces, era la parca para los
miserables que estábamos metidos en
ese mundo. A cambio de unos cuantos
miles de dólares me encargaba de que
los morosos, los traidores y los que
pasaban a formar parte de la temida
categoría «prescindibles»
desaparecieran de la faz de la Tierra.
Nunca cuestioné las decisiones que se
tomaban. Jamás pedí explicaciones ni
me involucré en asuntos de narcotráfico.
Pero John sí. Y gracias a ello conocía
algunas de las actividades que manejaba
mi queridísimo exjefe.
Benicio era un hombre carismático y
perseverante; resumiendo: un líder nato.
Sangre mexicana circulaba por sus
venas, pero hacía tiempo que residía en
Seattle, con su mujer de la adolescencia;
una rubia flaca y muy elegante, pero
demasiado frígida en la cama, según
palabras textuales de él. La ciudad más
grande del estado de Washington se
convirtió en su imperio gracias a los
rentables negocios que compartía con el
Cártel de Sinaloa. Mientras la droga era
comprada en Colombia y luego
trasladada a México, Benicio se
encargaba de que los incalculables kilos
de cocaína y heroína cruzasen la frontera
sin problema alguno.
Ni mi hermano ni yo sabíamos a
ciencia cierta el procedimiento que
seguía ese capullo en sus negocios, pero
sí que la droga era movilizada a Seattle,
Chicago, Arizona, California, Nueva
York y otras grandes capitales por
medios de transporte tales como
aviones, buques llenos de contenedores,
lanchas rápidas, automóviles e incluso
submarinos. Pero lo más eficiente,
además de los barcos, eran los túneles
secretos que la DEA (Administración
para el Control de Drogas) no había
descubierto aún. La influencia de
Benicio Velázquez no conocía límites.
Pero mis corrosivas ansias de
cargármelo, lenta y dolorosamente,
tampoco.
La ranura de quince centímetros que
había en la puerta de la celda se abrió
de golpe.
—Cassidy, levanta —ordenó el
mismo guardia de todos los días, con
irritación, mientras Steve Dalton me
vigilaba de cerca—. Tienes permiso
para ir a las duchas.
Con desgana atrapé el kit de higiene
personal, lo situé cerca de la puerta y
saqué las manos por la abertura. De
inmediato, sentí las esposas en contacto
con mi piel seguido del chirrido que
emitía la puerta al abrirse. El hombre
que recién había hablado, bien armado y
vestido con un uniforme verde y botas
negras, igual que su colega, recogió la
bolsita y, entre los dos, me escoltaron
hasta las duchas.
Eran las ocho y treinta minutos de la
mañana, pero hacía más de media hora
que habían hecho el primer recuento de
la jornada. La mayoría de los internos se
encontraban en el comedor, pero yo
prefería saltarme el desayuno, pues ese
era uno de los pocos momentos en el que
las duchas estaban vacías.
En todos esos años no había tenido
ningún altercado. Mi supervivencia se
basaba en una norma tan básica como
útil: pasar desapercibido. No me metía
en asuntos ajenos ni expresaba mi
opinión, por más que algo me fastidiara.
La gente allí solía estar cabreada por
todo, pero aquello era normal. No hacer
nada el día entero, muchas veces durante
décadas, era para estar de muy mala
leche y hacía que volara la imaginación.
Una vez que alcanzamos las duchas,
tiraron mi kit al suelo y me quitaron las
esposas. Conteniendo un gruñido, tomé
la bolsa y me interné en el aseo con una
mueca en los labios. Esa parte de la
prisión no era mucho mejor que las
celdas. En realidad, era sencillo coger
una infección de cojones como
consecuencia de la humedad y las altas
temperaturas, así que siempre
acomodaba la toalla debajo de la
alcachofa. No había cortinas. Ni puertas.
Ni armarios. La intimidad era un lujo
inalcanzable.
El agua tibia aterrizó sobre mis
hombros. Incliné la cabeza hacia
delante, agradecido por aquella
relajante sensación. Sin embargo,
mientras varios chorros de agua
descendían sin rumbo fijo por mi
cuerpo, me mantuve alerta por si algún
cabrón pervertido irrumpía en el aseo.
Las violaciones, silenciadas por el
centro, ocurrían con bastante frecuencia.
Las víctimas eran casi siempre chavales
sin un bando definido, carnada fácil, sin
posibilidad de defenderse contra los
depredadores. Otros, los conocidos
como fuckboys, intercambiaban sexo a
cambio de favores como comida, tabaco
o protección.
A mí nadie se me había insinuado, ni
para abusar ni para ser abusado, pero
había visto cómo algunos cerdos
forzaban a pobres infelices a comerles
la polla, incluso cómo les follaban el
culo contra la pared que se alzaba ante
mis ojos.
Era repugnante.
Cerré el grifo, pateé la toalla mojada
para apartarla de en medio y me vestí
sin secarme. Cuando me devolvieron a
la celda, me lavé los dientes y me peiné
con los dedos. El mobiliario consistía
en cuatro mierdas roñosas: una cama
hecha de hormigón, una mesita fabricada
con el mismo material y un lavabo e
inodoro oxidados por el uso. Como
única fuente de luz, una bombilla
colgaba del techo.
Me senté en el colchón tras estirar la
manta y me froté la cara con ambas
manos, muerto del asco y del
aburrimiento. No me apetecía leer el
libro que me habían entregado a
principios de mes, ni dormir un rato más
y tampoco fantasear con que volvía a
follar con una mujer. O con la doctora
Evans. De inmediato, me puse duro.
Joder.
Cuando me dijeron que buscaban a
un interno para participar en un estudio
empírico, no dudé en fingir interés y así
abstraerme un poco de lo que me
rodeaba. Pero jamás imaginé que por la
puerta de las entrevistas aparecería una
mujer como la doctora Evans. La verdad
es que me importaba una mierda la tesis
en la que estaba trabajando, pero cuando
abrió sus labios, mullidos y apetecibles,
de un color rojo delicioso, y sus
palabras sonaron gélidas como el
mismísimo hielo, produciéndome un
extraño escalofrío en la columna, supe
que no pararía de decirle barbaridades
hasta derribar aquella muralla de
impasibilidad que la envolvía.
Esa mujer daba la impresión de ser
tan fría, tan inaccesible, tan jodidamente
controlada, que algo dentro de mí
ansiaba verla ceder para que luciera
cien por ciento humana y no un robot
cuyos movimientos habían sido
programados con antelación. Sin
embargo, cada vez me era más complejo
apaciguar los impulsos que me asaltaban
cuando estábamos el uno frente al otro.
¿Era lógico que anhelara destrozarla
hasta que no quedara más que ella
misma? La quería desnuda e indefensa y
no solo de una manera física, sino
también mental y emocional. Quería
indagar si había algo más que puro hielo
en su interior.
La ranura de la puerta chirrió de
nuevo.
—Es la hora —me informó, esta vez,
el tal Steve—. Ven a que te ponga las
esposas y los grilletes.
Sujeto de pies y manos, nos
dirigimos hacia la sala de las
entrevistas. La habitación estaba
apartada de las celdas. De hecho, había
que rodear media edificación y pasar
por varios controles de seguridad para
que se cercioraran de que no llevaba
ningún objeto oculto en mis prendas.
Parecían unas medidas exageradas, pero
los presos se las rebuscaban para
fabricar navajas, pinchos creados con
restos de huesos, lápices utilizados
como punzones y un sinfín de armas más
que ponían en peligro la vida del
personal y la de los reos.
Entré en la sala y, de inmediato, la
espalda de la doctora Evans me saludó
desde la distancia. Caminé hacia ella
mientras el guardia se ubicaba en un
rincón cercano, y noté cómo los
músculos de la psicóloga se ponían
tensos a causa de mi proximidad. Con
una odiosa sonrisa en mi boca, esquivé
la mesa rozando a propósito su codo
desnudo y me senté en la silla que había
frente a ella.
La miré a los ojos.
La doctora apretó un poco los labios,
pero me sostuvo la mirada.
Esas pequeñas reacciones en ella me
sabían a gloria bendita.
Se había maquillado un poco más de
lo habitual, pero su expresión seguía
siendo serena y sofisticada. La delgada
línea de kohl negro le daba un aire
sensual y misterioso, destacando el
color oscuro de sus iris, con manchas
azul hierro que parecían decenas de
estrellas bajo la luz artificial. Un ligero
rubor resaltaba su tez nívea y también
sus graciosas pequitas repartidas en sus
pómulos y en su nariz. Y su melena tono
carbón, larga y lisa, sin estar amarrada
en esas coletas altas que ella solía usar,
se ajustaba a la estructura ósea de su
rostro.
No había ninguna duda.
Era una mujer muy atractiva.
—Qué guapa se ha puesto hoy para
mí, doctora.
Levantó la barbilla en un gesto de
soberbia.
—Ha vuelto a llegar tarde, señor
Cassidy. La próxima vez sea puntual,
por favor—se quejó con voz tranquila.
Qué ganas me dieron de demoler toda
esa puta fachada que había en ella—.
Disponemos de menos tiempo para
conversar. Otra vez.
Puse cara de estar arrepentido, o al
menos lo intenté.
—Me entretuve más de lo debido en
mi celda, pensando en usted.
—¿Disculpe?
—Dije que estuve distraído
imaginando qué guarda el recatado
escote de su blusa —comenté a la vez
que recorría su cuerpo con los ojos, con
parsimonia, posándolos a la altura de
sus tetas. Su respiración se tornó un
pelín más agitada; una reacción casi
imperceptible—. No son muy pequeñas.
—Abrí las palmas sin poder separar las
muñecas a causa de las esposas—. Creo
que caben perfectamente en mis manos.
Tensó la mandíbula y un rubor más
intenso acudió a sus mejillas.
—¡Basta! —gruñó en un susurro.
—¿Le molestan mis palabras?
—Sí, y no me gusta a lo que está
jugando.
—No juego a nada, pero me
encantaría jugar con usted.
Sus ojos soltaron chispitas asesinas,
pero se obligó a serenarse y extrajo sus
apuntes del maletín. Yo, en cambio, me
había empalmado con mi propia
declaración. Deseaba tocarla tal como
le acababa de confesar.
—Le he estado dando vueltas a lo
que me reveló la última vez y me han
surgido algunas dudas sobre Benicio.
El nombre de ese hijo de puta hizo
que se me bajara de inmediato la
erección.
—No voy a hablar de él.
—La semana pasada dijo que aún
ansía venganza —me ignoró con descaro
—, pero ¿no cree que debería pasar
página y abandonar cualquier
resentimiento que le haga más tedioso el
día a día?
Tuve el arrebato de preguntarle: «¿Y
qué cojones sabe usted cómo es mi día a
día?». Pero me frené a tiempo.
—Quiero que pague por la muerte de
mi hermano.
—Lo hará cuando la justicia le
encuentre y sea condenado. No quedará
exento de culpa.
Me eché a reír a carcajadas.
Mi risa reverberó en la sala.
—¡La justicia! —me descojoné sin
pizca de humor—. ¡La justicia lleva más
de ocho años tocándose los huevos con
las dos manos!
—Señor Cassidy… —enmudeció
cuando me incliné sin demasiadas
sutilezas hacia delante. No pretendía
asustarla, pero me traía por culo si lo
hacía. A fin de cuentas, yo no estaba ahí
para caerle bien.
—No descansaré hasta liquidar las
cuentas pendientes que tengo con ese
miserable.
—¿Y cómo pretende saldarlas?
Me encogí de hombros y volví a mi
sitio.
No tenía ni puta idea.
—Me temo que ese dato no lo
compartiré con usted.
—¿Por eso no quiere testificar
contra él? Es cierto que Benicio tiene
antecedentes penales como líder de la
Mafia Mexicana y es buscado por
tráfico de estupefacientes, pero no por
homicidio. Y lo que usted me ha contado
no es una confesión oficial. —Hizo una
corta pausa—. Cuando a usted le
arrestaron, la policía sumó dos más dos
e investigó a fondo el homicidio de
John, intentando establecer un patrón
entre ese asesinato y Benicio y así poder
jugar esa baza contra él. Pero no
hallaron sus huellas en la escena del
crimen. Y sin una confesión ni pruebas
sólidas… —se interrumpió a sí misma.
Yo no me inmuté ante aquella verdad—.
Incluso si le atraparan, no cumpliría
condena por homicidio.
—Lo sé.
—Si lo sabe, ¿por qué guarda
silencio a favor de Benicio? —Cansado
de toda esa comedura de tarro, desvié
mi atención hacia las paredes neutras.
Los guardias permanecían casi al final
de la sala, con los cinco sentidos
puestos en nosotros. Sin embargo, su voz
me retornó al presente—. Piensa que va
a salir de aquí.
Giré la cabeza hacia ella y nuestras
miradas se unieron. Le sonreí con el
propósito de turbarla.
—¿Y usted no?
—No. ¿Por qué…?
—¿Qué edad tiene? —la interrumpí
rehusándome a responder más preguntas.
—¿Por qué…?
—Porque quiero saber más sobre
usted —la callé de nuevo.
Frunció el ceño y respiró hondo.
—¿Va a dejarme hablar?
—Sólo si sacia mi curiosidad —y
puse especial énfasis en el verbo
«saciar».
—No quiero sonar grosera, pero soy
yo la que formula las preguntas.
—Siempre puedo negarme a
responderlas.
—¿Por qué haría tal cosa?
—¿Qué hay de malo en que me diga
su edad? —me reí sin ganas para
destensar un poco el ambiente, pero
ocurrió todo lo contrario. El silencio
nos aproximó aún más y la tensión que
nadaba entre nosotros siguió creciendo a
niveles desorbitados.
Quería follármela.
Quería perderme dentro de ella.
—Veintiocho —respondió, dudosa.
—Cuando habla, parece más joven.
—Ladeó la cabeza y me estudió con
asombro mientras yo la analizaba a ella
—. Tiene los dientes delanteros más
largos que los demás. Eso le da un toque
infantil, pero también muy sensual. —Se
sonrojó de manera involuntaria y separó
los labios para regular su respiración,
que apenas se había alterado. Durante
infinitos segundos la miré a los ojos y
entonces, en un tono más cauto, dije—:
Sé que no saldré nunca de esta mierda,
pero no hallaré ni un resquicio de calma
hasta que extermine a ese tío que me
jodió la vida.
—El deseo de venganza le está
perjudicando a usted, no a Benicio.
—¿Hay algún novio esperándola en
casa?
La brusca interrupción la terminó de
irritar.
—Mi vida personal no le concierne.
—Como quiera —acoté haciendo un
gesto con las manos.
—Bien. —Se colocó un mechón de
pelo detrás de la oreja. Tenía las
mejillas encendidas. Qué preciosa se
veía cuando no estaba tan pálida—.
Como le decía...
Negué con lentitud y me arrellané
más en el asiento.
—No me interesa seguir
escuchándola. Sé lo que busca. No nací
ayer, doctora, así que dígale a Benjamin
Donovan que no conseguirá una
confesión de mi parte. Y ahórrese los
sermones.
—Nuestras conversaciones no han
salido de aquí.
La observé un momento y me eché a
reír al entender lo que le preocupaba.
—Teme que la estén utilizando para
sonsacarme información y así poder
hacer algún avance en el caso de ese
capullo de Benicio. —No era una
pregunta—. Omite lo que yo le ofrezco
en cada entrevista para que no la
despachen antes de lo acordado.
Estiró los hombros hacia atrás.
—Yo no he dicho eso.
Resoplé.
—No hace falta. Usted es como un
libro abierto. Si alguien se detuviera a
mirarla con atención, se daría cuenta de
que hay tristeza en sus ojos; de que su
frialdad se debe a una razón que
mantiene con bastante recelo en secreto.
O mejor dicho bajo tierra. No es feliz,
quizás nunca lo haya sido y a juzgar por
las capas de maquillaje que endurecen
los suaves surcos de su rostro, tampoco
duerme bien. ¿He acertado, doctora?
Un escalofrío naufragó por su
cuerpo.
Incómoda, se agachó hasta agarrar un
par de folios grapados del maletín.
—Son tests de empatía. —Me tendió
uno—. Sea lo más sincero que pueda.
Yo los evaluaré en privado. Nos quedan
quince minutos, así que le dará tiempo a
hacer unos cuantos.
Me acerqué a la mesa y escruté el
folio escrito con afirmaciones del tipo
«Me preocupo poco por los demás»,
«No siento compasión por las personas
desempleadas», «No siento compasión
por los criminales», entre otras, y cinco
opciones a elegir que iban desde «Estar
totalmente de acuerdo» a «Estar
totalmente en desacuerdo».
La miré y elevé una ceja.
—¿Pretende que pierda el tiempo
tachando casillitas?
—Tome. —Depositó un bolígrafo
cerca de mi alcance y observó mis
manos apiñadas por las esposas—.
Seguro que se las apaña.
Esbocé una sonrisa a la vez que
sostenía el bolígrafo entre mis dedos.
—Me las he visto con menos. —Tras
guiñarle un ojo, leí las frases y marqué
con una cruz la opción que más me
convenía.
«Desprecio cualquier debilidad».
Totalmente de acuerdo.
«Creo que está justificado pasar por
encima de otros para conseguir mis
propias ambiciones». Totalmente de
acuerdo.
«Tomo decisiones rápidas. Encajaría
bien en un trabajo peligroso». Joder.
Totalmente de acuerdo.
—Recuerde… —murmuró en voz
baja—, conteste con sinceridad.
Levanté la cabeza al igual que la
comisura izquierda de la boca.
—No la voy a engañar. Me estoy
mostrando ante usted tal y como soy. —
La vi realizar un leve movimiento
afirmativo, pero sus ojos se habían
quedado congelados en las caricias que
le obsequiaban mis dedos al bolígrafo,
así que me propuse divertirme un
poquito a costa de ella—. ¿Tiene idea
del poder que tengo ahora mismo?
Podría abalanzarme sobre usted e
incrustarle el bolígrafo en el cuello.
Quizás sobreviva al ataque, depende de
la profundidad que emplee en su carne
tierna y joven, pero lo más probable es
que le queden secuelas mentales; incluso
fobia a estos chismes tan inofensivos.
Tragó saliva, pero su voz sonó
distante.
—Tiene cierta obsesión por mi
cuello.
—Parece suave. Me pregunto si
otras zonas de su cuerpo son así de
delicadas también, o cómo será su
sabor…, la textura de su piel.
Una brillante pátina de sudor cubrió
su frente. Estaba sofocada, y yo me
estaba endureciendo otra vez.
—Continúe con el test.
La ignoré.
—Tiene suerte de que haya una mesa
interponiéndose entre usted y yo porque,
créame, las esposas no me serían ningún
obstáculo para lo que tengo en mente.
—Quizás me sea indiferente.
—No lo es.
—¿Ha terminado? —apuntó el test
con la barbilla.
—Sí, pasemos a algo más sugerente.
Con frustración capturó el folio con
los dedos y empezó a recoger sus
pertenencias.
—Siento aguarle la fiesta que se ha
montado usted solo, pero ahora mismo
será llevado a su celda. —Cerró el
maletín con más fuerza de la necesaria y
arrastró la silla hacia atrás, pero no se
puso de pie; en cambio, me miró con sus
ojos emanando ira—. ¿Por qué se
interesó en cooperar conmigo?
Era una pregunta trampa. Me estaba
dando a elegir entre ser caballeroso
como no lo había sido en toda mi
puñetera vida, o comportarme como el
cabrón de siempre. Me encogí de
hombros al no tener nada que perder.
Nuestra relación profesional tenía
escrita la fecha de caducidad desde el
día en que pisamos la sala de las
entrevistas.
—¿De verdad quiere saberlo? —
pregunté tentándola a retractarse.
—Sí.
Solté un suspiro mientras la miraba a
la cara.
—La vida en la cárcel es dura, no es
ningún misterio, pero es mil veces peor
por una simple razón: la falta de sexo
con una mujer. O mejor dicho la
inexistencia del mismo. Ocho años sin
una hembra, sin sentirla o admirarla a
poca distancia, es una putada. Así que
cuando me dijeron que la encargada de
realizar las entrevistas era una experta
en psicología forense, supe que esa era
mi oportunidad de oro para volver a ver
de cerca lo que más anhelo de mi vida
pasada.
Cerró sus manos en puños a la vez
que sus mejillas se ruborizaban aún más.
Le estaba costando persistir impasible y
a mí el calentón me estaba produciendo
un placentero dolor de huevos. Su pecho
se infló en busca de aire.
—La próxima entrevista será la
cuarta. —Le tembló un poco la voz, así
que carraspeó antes de proseguir—:
Espero que su curiosidad se sosiegue
para que no interfiera más en nuestras
conversaciones. —Inclinó la cabeza a
modo de despedida y con una mueca de
desprecio, dijo—: Que tenga un buen
día, señor Cassidy.
Se levantó con la espalda tiesa. Yo
hice lo propio, relajado y sin ocultar el
bulto que bullía entre mis piernas. Ella
se percató de mi polla dura, se puso aún
más colorada y tras poner su interés en
otro sitio, aguardó a que el guardia se
acercara a nosotros.
—Si contesta mi pregunta, no la
volveré a interrumpir —aseguré
queriendo prolongar un poco más
nuestro encuentro.
Ella me observó durante un largo
segundo, pero justo cuando iba a
responder, el guardia me tomó por el
brazo y me empujó para que echara a
andar.
—Espéranos un momento, Isaac —le
pidió al hombre con sus iris fijos en los
míos.
El aludido nos lanzó una mirada
inquisitiva, pero retrocedió un par de
pasos.
—¿Acepta el trato?
—No. —Ante su negativa emprendí
mi marcha de nuevo, más que dispuesto
a regresar a mi celda y aliviarme a mí
mismo con la mano derecha—. Me
refiero a su pregunta —se apresuró a
decir—. Quiere saber si tengo pareja,
pues la respuesta es «no».
Satisfecho, asentí con un lento
movimiento de cabeza y me humedecí
los labios con la punta de la lengua.
Ella se estremeció ante mi visión.
—Que tenga un espléndido día
también —dije dando media vuelta y
dejándola desconcertada.
—¿No me va a aconsejar que
compruebe las cerraduras de mi casa?
Al oír su pregunta la miré por
encima del hombro y me regodeé con su
imagen. La doctora Evans lucía un
poquito más vulnerable que hacía un par
de semanas. Ella no era tan fría y lejana
como pretendía ser con todos. Al
contrario. Había un componente
explosivo en su personalidad, algo
intenso y adictivo.
Sonreí con franqueza, ampliamente,
como no había hecho en muchísimos
años.
—Esta vez no será necesario —
comenté con entusiasmo—. Adiós,
doctora.
La mano de Isaac tiró de mí y me
condujo hacia la salida a la vez que la
silueta de la psicóloga se desvanecía a
mis espaldas. Cuando la oscuridad de
mi celda me acogió, clavé los ojos en la
pared de piedra mientras pensaba en que
solo faltaban siete días para volver a
disfrutar de mi pequeña dosis de
diversión.
Y tener un poco más de la doctora
Evans.
5
Linda
Viernes, 28 de agosto de 2009
Sacramento, California.
Los viernes se habían convertido en un
infierno para mí. Llevaba desde las
cinco de la madrugada dando vueltas en
mi cama, con los párpados abiertos de
par en par. Nunca antes había dormido
demasiado bien, pero mi insomnio se
había intensificado desde que retomé las
entrevistas. O más bien desde que
conocí a Zack Cassidy.
El corazón me dio un salto mortal en
el pecho al recordar cómo las comisuras
de sus labios se habían alzado,
deslumbrándome con sus dientes
blancos. Aquella había sido una sonrisa
de verdad, no como las otras que había
esbozado hasta entonces. «Tiene una
bonita sonrisa», pensé mientras me
giraba hasta quedar de lado. No parecía
que fuese la sonrisa de un asesino, sino
la de un hombre con una vida normal y
corriente.
Sacudí la cabeza a modo de
contradicción.
Zack no era para nada normal, de
corriente tenía bastante poco y era tan
malvado como Benicio Velázquez, o
como los criminales que había
entrevistado en los últimos dos años,
tanto en la prisión Corcoran como en
Nueva Folsom. Pero, aun sabiendo todo
eso, mi cuerpo se empeñaba en
reaccionar de un modo exasperante ante
su persona.
La semana pasada me había echado
unas miradas que podrían derretir hasta
el mismísimo hielo de Alaska y aunque
me mantuve serena ante sus palabras,
creí que el corazón se me iba a escapar
por la boca. El hecho de que tuviera esa
apariencia hosca, esos labios que no
paraban de proferir obscenidades
mortíferas para mis sentidos y que, muy
a mi pesar, causaban una catástrofe
épica en mi interior, no tenía nada que
ver con que su sola presencia, el mero
hecho de tenerle cerca de mí, me hiciera
temblar por dentro. Me negaba a creer
que todo aquello fuera solo física. Pero
¿acaso había también química entre
nosotros? No estaba muy segura de ello
y, la verdad, temía averiguar la
respuesta.
Apoyé la espalda en el cabecero y al
cabo de un segundo, fui hacia el baño.
Mientras hacía mis necesidades, estiré
el cuello hasta verme a mí misma en el
espejo. Parecía un mapache debido a las
ojeras, tenía el pelo hecho un desastre y
los labios hinchados por la falta de
sueño. Tendría que volver a echar mano
de la magia del maquillaje, o tal vez no.
Quizás debería ir con esas pintas a la
prisión. Con suerte conseguiría espantar
a Zack.
Tras lavarme las manos, me desplacé
hasta la cocina y mientras deambulaba
por el pasillo, observé los cuadros
colgados en las paredes. Uno de ellos,
era una fotografía de Angy posando con
un Martini en la mano, el día de su
vigésimo tercer cumpleaños; en otra,
estábamos las dos abrazadas como osos.
Fue en un viaje de fin de curso, en la
fantástica ciudad de Roma. También
había una donde ella simulaba tirar un
beso a la cámara, con el Coliseo
Romano de fondo.
Seguí caminando y me topé con la
imagen que siempre conseguía poner
melancólica a mi risueña amiga. Se
trataba de una fotografía con sus padres,
comiendo en un restaurante. Esa mañana
había sido muy alegre para todos. Yo
capturé aquella bella estampa familiar.
Sin embargo, todo se marchitó cuando
tres meses después el señor y la señora
Nichols fallecieron en un trágico
accidente automovilístico. Ya habían
pasado un par de años de aquello y
aunque Angy no era una de esas
personas que perdían el tiempo
rememorando a los muertos, su sonrisa
aún vacilaba cada vez que se cruzaba
con aquel sentido retrato.
Escuché el sonido de una cuchara
golpear el borde de un tazón seguido de
un cuchillo raspando las tostadas. Forcé
una sonrisa y entré en la cocina. Angy,
vestida con ropa de trabajo, estaba
sentada tras la isleta mordiendo un trozo
de pan con mermelada. Apenas me vio,
frunció el ceño, dejó de masticar y se
tragó la bola de alimento. Hizo una
mueca por el ardor que le produjo en la
garganta.
La sonrisa no me había funcionado.
—¡Por Dios Santo, Linda! —farfulló
quitándose con los dedos las migas de
las comisuras de los labios—. Luces
como si hubieras sobrevivido al
atropello de un camión y, para
celebrarlo, hubieras comprado media
licorería para ti sola.
—Me subes el ánimo, lo sabías, ¿no?
—Fui hasta la cafetera eléctrica. Puse
una cápsula en el filtro y una taza en el
soporte, y la miré de reojo—. ¿Tan mal
aspecto tengo?
—Te ves horrible.
Dejé caer los hombros y alcé las
manos en un gesto de rendición.
—Está bien. No sigas.
—Solo estoy siendo sincera —dijo
mientras yo retiraba la taza humeante de
café. Me acomodé en el taburete, de
cara a ella—. Si no fuera porque apenas
has salido, e incluso te negaste a ir al
bar a tomarnos unas copas este fin de
semana, pensaría que te has ido de
marcha todos los días.
Di un sorbo al líquido marrón.
—Me estás tachando de antisocial de
una manera muy poco delicada.
—¡Eres antisocial! —Se rio en
broma—. Pero no importa. Yo te acepto
y te quiero así.
—Gracias, supongo.
Me lanzó un beso desde su asiento y
continuó comiendo y canturreando a la
vez. Exhalé un suspiro al imaginar que
desayunaríamos en silencio, pero
entonces ella cambió drásticamente de
tema.
—Es por él, ¿cierto?
La miré por encima del tazón.
—No sé de qué me hablas.
—Del rubio macizo —al verme
negar a toda prisa, agregó—: De Zack
Cassidy. —Me estremecí al oír su
nombre—. Normal que estés tan
nerviosilla. Ese hombre impone y pone
bastante.
—Espera, espera…, ¿cómo sabes
que es rubio? —Y que está macizo,
omití.
—Y macizo —agregó ella, pizpireta,
como si me hubiera leído la mente—.
Ayer te quedaste dormida en el sofá.
Había una montaña de papeles a tu lado,
entre ellos el de ese hombre.
—Puede ser, estaba agotada.
—¿Te gusta?
Casi escupí el café.
—¡Qué dices!
—¿Qué sucede? ¡Está buenísimo!
—¡Es un asesino! —Coloqué la taza
en la mesa—. Y tiene tendencias
psicópatas.
—Eso no te lo discuto.
—Me dijo que quiere partirme el
cuello y clavarme un bolígrafo. —
Dibujó una sonrisa en sus labios—. No
sé qué te hace tanta gracia, Angy. Fue
escalofriante oírle decir aquello.
Mordisqueó su tostada.
—No me parece gracioso. Yo
también me acojonaría si oyera
semejante barbaridad. Tú sabes que
admiro el estoicismo que tienes con esos
hombres.
—Entonces ¿por qué sonríes?
—Porque, a excepción de las
pesadillas, es la primera vez que te veo
tan alterada por algo. Y lo más curioso
es que haya sido un hombre el que lo ha
conseguido; uno que está…
Alcé las manos y la interrumpí.
—No es para tanto.
—Dime que no te gusta —me desafió
inclinándose hacia delante, con los ojos
entornados.
Desayunar con Angy era de verdad
un castigo divino. Era mejor hablar con
ella cuando llegaba al apartamento
cansada de trabajar en la consulta y sin
ánimos de entrar en disputas.
—Es guapito de cara —admití a
medias con un encogimiento de
hombros.
Mi respuesta hizo que Angy se riera
a carcajadas, y que casi se cayera del
taburete.Tuvo que sujetarse a los bordes
de la isleta para recuperar el equilibrio.
Cuando se hubo estabilizado, exclamó:
—¡Ese tío es guapito de todo! No sé
cómo puedes resistirte a él. —Usando
la lógica y con mucho esfuerzo, me
mordí la lengua—. Qué pena que vaya a
morir en la cárcel, si es que no se mete
antes en un lío y lo asesinan. Tendrás
que buscarte a otro.
—No estoy buscando a nadie. —
Hice una mueca al beber el café. Se
había enfriado—. Pero me alegro de que
no te hayas encoñado de una fotografía.
Eso sí que sería una pena.
Angy se levantó con un impulso de
manos y se puso a lavar el plato y la
taza.
—No te pongas celosa. Tu Zack no
me interesa.
Volqué mi mirada hacia el techo, en
una silenciosa plegaria.
—No es mi Zack.
—Hoy no me esperes a comer —me
ignoró al tiempo que se secaba las
manos—. Quizás no vuelva a dormir
esta noche, depende de cómo vayan las
cosas.
—¿Has conocido a alguien?
Se giró hacia mí y sonrió de oreja a
oreja.
—¡Sí!
—¿Cuándo? ¿Por qué no me has
dicho nada?
—Hace tres días. —Se mordió el
labio inferior—. Se llama Morgan, tiene
treinta y seis años y es mucho más
atractivo que tu Zack.
—No es mi…
—Lo conocí por casualidad —
continuó hablando y suspirando a la vez,
con una mano sobre el corazón—.
Estaba doblando la calle cuando
tropezamos. —Se rio ilusionada por el
fortuito encuentro—. La culpa fue mía,
pero Morgan, como todo un caballero,
me invitó a un batido de chocolate y
charlamos hasta que nos dieron las
nueve de la noche.
Elevé una ceja.
—Un batido de chocolate… —
murmuré suspicaz.
—¿No es perfecto?
Le resplandecieron los ojos.
Se había vuelto a enamorar por
enésima vez.
—Algún defecto tendrá.
Hizo un gesto como rechazando esa
posibilidad.
—Es altísimo. —Levantó el brazo
por encima de su cabeza—. Creo que me
saca unos treinta centímetros, moreno y
de constitución atlética. Se nota que va
mucho al gimnasio. No me suelen gustar
los hombres que llevan el pelo muy
corto, pero reconozco que a él le queda
genial. ¡Oh! ¡Me olvidaba de sus
tatuajes! Tiene los brazos cubiertos de
tatuajes con dibujos raros. Y en los
nudillos la palabra Life, «vida», en la
derecha y Death, «muerte», en la
izquierda. —Dio pequeños brinquitos y
se abrazó a sí misma—. ¡Me encanta,
Linda! ¡Ese hombre puede hablar sobre
cualquier tema! Me mira siempre a la
cara y me abre la puerta para que yo
pase primero.
«Demasiado perfecto para ser
verdad», pensé para mis adentros. Temía
que le hicieran daño, aunque ella se
recuperaba rápido de los fracasos
amorosos.
—Ya no existen hombres así.
Me fulminó con la mirada.
—Sí existen, y es mío. Imagínate la
suerte que tengo que ni siquiera intentó
besarme. Me acompañó hasta el coche,
me pidió mi número de teléfono y me
dio un besito aquí, en la mejilla. Ayer
me llamó para quedar, pero le surgió un
problema en el curro. Hoy nos veremos
antes de que tengamos que ir a trabajar.
—Miró su reloj de pulsera y abrió los
ojos con mesura—. ¡Mierda! ¡Hemos
quedado en media hora!
Echó a correr hacia el baño y pugnó
por no caerse en sus tacones, como si
estuviera haciendo malabares. Fui tras
ella y cuando me apoyé en el marco de
la puerta, vi que ya se había lavado los
dientes.
—Tómatelo con calma, ¿vale? No
quiero que te lleves una desilusión.
—No te preocupes. —Se pintó la
boca con gloss transparente, e hizo un
ruidito goloso con los labios—. Morgan
es diferente.
Quise preguntarle: «¿Y si no lo es?».
Pero le formulé de nuevo la pregunta
que aún no me había resuelto.
—¿Por qué no me contaste que
habías conocido a alguien?
Me observó a través del espejo de
medio cuerpo.
—Porque llevas ausente todo el mes.
Muchas veces, cuando te cuento algo, no
me haces caso. Estás más pendiente de
completar tu tesis que de prestarme
atención.
Me dolieron sus palabras, aunque no
me estaba diciendo ninguna novedad.
—No es cierto.
—Sí lo es, pero da igual. —Se
encogió de hombros como si me
comprendiera, cuando yo, muchas veces,
ni siquiera me comprendía a mí misma
—. Entiendo que no me tomes en serio.
Sé que me pillo fácil por un hombre,
pero tengo un pálpito y creo que es
bueno. —Se peinó la melena rojiza con
el cepillo—. Si no lo es, entonces
disfrutaré el momento. Ya vendrá otro.
Le sonreí con toda mi admiración.
Envidiaba su manera de ver la vida, sin
complicarse por nada.
—Ya me pondrás al corriente
mañana.
Ella asintió y me plantó un beso en la
mejilla, con efusividad.
—Si no se lanza él, lo haré yo —dijo
mientras salíamos del dormitorio, de
camino a la puerta principal—. No tengo
edad para perder el tiempo.
—¡Uf! ¡Me acabas de llamar vieja!
Se colgó el bolso en el hombro, y
dijo con seriedad:
—Te acabo de lanzar una indirecta.
La vida es demasiado corta. —Bajé la
mirada al notarme sensible. Pero ella
cambió el tono de su voz—. Todavía es
temprano para ti. ¿Por qué no intentas
dormir un poco? Ya luego te vas a
visitar al rubito macizo.
Se me revolvió el estómago al
recordar que era viernes.
—Está bien —dije para complacerla
—. Cuídate, y ¡suerte!
Puso una mano en su cintura y me
miró como si estuviera loca.
—No la necesito.
Y cerró la puerta.
«Yo sí la necesito», pensé mientras
reparaba en el reloj de pared. Tenía unas
cuantas horas por delante antes de
conducir hasta la prisión; minutos en los
que podría apretar los párpados, dejar
la mente en blanco y procurar dormir.
Pero a pesar de mi cansancio, no me
apetecía echar una cabezada; aunque
tampoco quería quedarme mirando al
vacío, por lo que me dirigí hacia mi
habitación, busqué sábanas limpias e
hice la cama.
Estaba llevando las mantas a la
lavadora cuando la caja metálica relució
en lo alto de la repisa del armario. De
inmediato, me embargó la necesidad de
estrecharla contra mi pecho y llorar
hasta no poder más. Pero aquello no me
haría ningún bien, así que pasé de largo
y programé la colada. Cuando llegó el
momento de lucir presentable, me duché
y me maquillé lo mínimo para ocultar
las bolsas oscuras que ennegrecían mi
rostro. Abandoné el apartamento con el
maletín en la mano, vestida con una
falda azul y una blusa del mismo color.
El viaje, como siempre, fue
tranquilo, casi mecánico. Momentos
después, ingresé en el aparcamiento de
la prisión. Cuando salí del vehículo, los
ojos se me resintieron por los potentes
rayos de sol, que apenas me dejaba ver
con claridad. No lo entendía, y tal vez
nunca lo hiciera, pero quizás fue a causa
de eso que no me percaté de la sombra
que se movía a mi derecha, rodeándome
hasta situarse detrás de mí. Quizás por
eso me tomó varios segundos
reaccionar. O quizás todo sucedió tan de
repente que no pude hacer nada salvo
quedarme de piedra mientras una mano
robusta me tapaba la boca. Abrí los ojos
como platos.
Un objeto duro y metálico presionó
contra la parte baja de mi espalda.
—Grita, patalea o arma follón y te
arrepentirás —gruñó una ronca voz
masculina en mi oído—. ¿Entendido? —
Temerosa, asentí como una marioneta,
sin ser capaz de controlar las lágrimas
que había provocado el sol—. Camina y
no llames la atención.
Eché a andar a pasos cortos y torpes.
La prisión estaba provista de seguridad
y vigilancia a través de equipos
electrónicos, pero ¿de qué me servía
correr si fácilmente, y antes de que
alguien pudiera venir a socorrerme, ese
desconocido podía pegarme un tiro y
matarme en el acto? Lo único que podía
hacer era esperar que algún oficial nos
descubriera antes de que nos
siguiéramos alejando más y más de la
zona.
Él clavó una mano en mi cintura y
con la otra impuso más fuerza con el
revólver sobre mi carne, guiándome
hacia la parte trasera del edificio donde
los muros se tornaban cada vez más
elevados y más oscuros. Los tacones, de
repente, se me doblaron, pero él me alzó
con descortesía. Aun así, las piernas no
pararon de temblarme durante todo el
trayecto. Estaba tan confusa que no me
atreví a girar mi rostro hacia él. No
quería cabrearle ni darle motivos para
que decidiera apretar el gatillo contra
mí.
A pocos metros apareció un árbol de
tronco ancho, justo al lado de una
cámara de seguridad. Elevé la cabeza al
pensar que tendría la oportunidad de
hacerme notar, que alguien me rescataría
de las zarpas de ese monstruo, pero mis
reflexiones mentales se disiparon
cuando, de un brusco empujón, ese tipo
me arrojó contra la pared. Mi hombro
colisionó contra el muro, pero no me
molesté en quejarme o sobar mi piel
dolorida. En cambio, volví a mirar hacia
la cámara, pero el aparato no nos estaba
enfocando. El árbol nos tapaba
parcialmente.
Quizás ese fuera el único punto
muerto en todo el centro penitenciario. Y
ese hombre lo sabía.
Con un movimiento rebosante de
energía, me giró sobre mí misma y
quedé frente a él. Llevaba puestas unas
gafas de aviador. Cuando se las sacó,
me vi reflejada en sus ojos color
chocolate. Poseía un rostro de rasgos
armoniosos, la tez del mismo tono del
café con leche y unos brazos fibrosos,
abrigados con enormes tatuajes. Era un
hombre atractivo, de no más de cuarenta
años, con una boca embellecida por una
perilla oscura y el pelo muy negro, casi
rapado. Sin embargo, a pesar de su
apariencia intimidante y encantadora, lo
que más destacaba en él era la violencia
dibujada en cada uno de sus gestos.
—¿Quién eres? —indagué en un
susurro. No era el momento de ponerse
en plan heroína. Yo no lo era. Ni
pretendía serlo—. Tengo algo de dinero.
Puedes llevártelo todo.
Se rio a carcajadas.
—¿Tengo pinta de ser un ladrón? —
Tenía pinta de ser un asesino, pero no se
lo dije—. Linda Evans, vas a
escucharme con mucha atención. —Un
escalofrío surcó por mi columna. Yo no
sabía quién era él, pero era evidente que
él sí me conocía a mí—. Te he estado
observando estas últimas semanas. —La
corazonada de que alguien me acechaba
por las calles se tornó más real que
nunca—. Sé que tienes buena memoria.
Eres una chica lista, así que por el bien
de tu amiga no hagas ninguna estupidez.
Fue entonces cuando me fijé en sus
manos y vi la tinta negra que delineaba
las palabras «vida» y «muerte» en sus
nudillos.
—¡Angy! —Miré hacia la derecha y
hacia la izquierda, aterrorizada por mis
pensamientos—. ¿Qué le has hecho?
¿Dónde se encuentra? —Solté un
quejido cuando tomó ambos lados de mi
cara con su mano libre y apretó mis
mejillas entre sus dedos. Las lágrimas,
esta vez de impotencia, retornaron a mis
ojos.
Ignorando mis sollozos, se guardó el
revólver en la parte trasera del pantalón
y extrajo un móvil de uno de sus
bolsillos.
Levantó mi mentón hacia él.
—Quiero que tengas presente dos
cosas: mi nombre es Morgan y estás a
punto de hacer algo de suma importancia
para mí —ordenó sin inmutarse por mi
malestar—. Y si te niegas a ayudarme…
—me mostró la pantalla del móvil. Se
me oprimió el corazón al ver a Angy
atada de pies y manos, con los ojos
rojos y el pelo húmedo adherido a la
frente, encogida en el maletero de un
vehículo que no era el suyo—, ella
morirá.

Custodiada por el oficial Isaac


Taylor, andaba por el pasillo mientras
me repetía a mí misma que todo saldría
bien, que lo sucedido acabaría en un
susto y luego me reiría del espantoso
recuerdo. Pero entonces evoqué el
mensaje que me había dado Morgan; un
código que debía entregar para que
Angy conservara su vida.
«Si hablas con la poli, tu amiga
sufrirá las consecuencias. Y si piensas
que tendrá una muerte rápida, te
equivocas. Será mucho más doloroso
que follarla con un cuchillo y esperar a
que se la coman las ratas», me había
dicho entre dientes ese cruel individuo,
con su voz demasiado ronca como si
hubiera pillado un resfriado.
Tragué saliva cuando Isaac abrió la
puerta de la sala de las entrevistas.
Apenas mis tacones tocaron el suelo de
la estancia, una desquiciante sonrisa
torció los labios de Zack. Me tiritaron
las piernas al encontrarme con su
mirada. Estaba convencida de que
pensaba que me sentía intranquila por él.
Y era cierto. Su imagen me afectaba a
niveles catastróficos, cuyo motivo no
lograba explicar aún, pero eran las
palabras de Morgan las que aumentaron
mi desazón. En ningún momento,
mientras emprendía mi camino hacia la
mesa y me sentaba enfrente de él con un
temblor en las extremidades, nuestros
ojos se despegaron.
Coloqué el maletín en el suelo.
—Tiene mala cara, doctora.
—Hoy seré muy breve. Le pido que
no me interrumpa.
Hizo una mueca.
—¿Me viene a informar que no
vendrá más?
«Ojalá.»
—No tengo tanta suerte. —Separó
los labios para expresar alguna
obscenidad o quizás para amenazarme,
pero me adelanté a sus intenciones—.
Lo que tengo que decirle es muy
importante para usted. A mí no me
importa ni me interesa conocer el
significado de este mensaje, así que
présteme atención. —Me miró como si
le acabara de decir que la luna era
cuadrada. Zack no estaba al tanto de los
planes de Morgan. Él no tenía el menor
conocimiento de lo que me había
pasado, y sus advertencias sobre que
revisara las cerraduras de mi casa eran
parte de un maquiavélico juego que
había ideado con el propósito de
angustiarme. Me acerqué a él hasta que
mis pechos notaron el borde de la mesa
—. La Cueva te espera. —En cuanto
pronuncié esa frase, sus ojos se
oscurecieron y un músculo palpitó en su
mandíbula.
Había reconocido el código.
—Continúe.
—Ve hacia la oscuridad, aunque el
sol aún no se haya puesto. Sigue las
señales. Afina el olfato. Aguza el
oído… —callé cuando le vi realizar un
gesto con la mano. Isaac había cambiado
de posición y se había situado más
próximo a nosotros mientras Steve
persistía impávido en el lugar.
El corazón empezó a latirme con
tanta vehemencia que creí que sufriría un
paro cardíaco allí mismo, que moriría
presa de la ansiedad. Mi nerviosismo
iba a acabar conmigo, pero, por fortuna,
Zack golpeó la superficie de la mesa a
los pocos segundos.
Varias gotitas de sudor resbalaron
por mi clavícula.
—Adelante, doctora.
—¿Por dónde iba? —susurré.
—Me acababa de advertir que
aguzase bien el oído —respondió con
sorna.
Respiré hondo.
—Los olores se entremezclan en el
aire. Los murmullos quedan atrapados
entre las paredes blancas. Ve hacia la
oscuridad, aunque el sol aún esté en lo
más alto. Lejos de posibles mirones. —
Lo miré a la cara y una sensación gélida
se deslizó por mi garganta—. La Cueva
te está esperando.
Cuando me quedé muda, temblando y
mirándolo inquieta, Zack me regaló una
media sonrisa a la vez que se levantaba
y me estudiaba con un brillo maligno en
sus iris. Lucía salvaje, más decidido y
peligroso que nunca en ese momento.
Y aquello me mortificó.
No pude evitar sentir pánico.
Sentí que no podría librarme de él.
Jamás.
Isaac vino hacia nosotros para
exhortar a Zack hasta la salida, pero él
tenía otros planes en su cabeza. Hincó
los pies en el suelo y enarcó una ceja
con la arrogancia que le caracterizaba.
—Ha sido un verdadero placer
trabajar con usted, doctora. —Fui a
preguntarle por qué se despedía como si
no nos fuéramos a ver más. Eso lo
tendría que decidir yo. O mejor dicho la
institución. Pero aquel pensamiento se
volatilizó de mi mente cuando Zack se
abalanzó sobre mí a una velocidad de
vértigo. Lancé un grito estrangulado
cuando se aferró a un pedazo de mi
blusa. Steve corrió a grandes zancadas y
junto a Isaac, luchó por apartarlo de mí
—. ¡Dígale que lo haré! ¡Cueste lo que
cueste! ¡Lo haré, joder! —gruñó como
un desquiciado mientras los guardias se
le echaban encima de la espalda.
Rechinó los dientes por el esfuerzo que
tenía que hacer para mantenerse en el
sitio y hablar a la vez—. ¡Dígaselo,
doctora! ¡Dígaselo!
Tras varios empellones, los agentes
lograron empujarle hacia un lado. Lo
arrastraron con rudeza y se lo llevaron
de la sala a la vez que Zack se retorcía
entre bramidos.
Yo persistí ahí, sola, confusa y
aterrada, agarrándome con fuerza a la
mesa con las yemas de mis dedos, sin
moverme ni pensar. No entendía lo que
acababa de suceder, pero sabía que Zack
no estaba bromeando. Él cumpliría su
palabra.
Lo conseguiría…, aunque tuviera que
arrastrarnos a todos a la destrucción.
6
Zack
Sábado, 29 de agosto de 2009
Patio de recreo. Prisión de Nueva
Folsom.
La Cueva.
Esas dos palabras estaban
presionándome el cráneo desde que
huyeron de los labios de la doctora
Evans, hacía más de veintiséis horas.
Después de que los guardias me
arrancaron de la sala de las entrevistas y
me metieron en mi celda, me pasé toda
la tarde caminando como un sonámbulo
a la vez que intentaba descifrar el
significado del mensaje que podría
cambiar el rumbo de mi vida. Estaba tan
ansioso que no probé bocado a la hora
de la cena y tampoco conseguí dormir
cuando apagaron las luces del corredor
y el silencio inundó cada esquina. Lo
único que hice, tumbado en el colchón,
fue repasar cada una de aquellas frases
que no lograba desenmarañar.
Di una breve calada a mi pitillo a la
vez que veía sin mirar a los internos que
graznaban en el patio de recreo. Era
imposible que la doctora supiera sobre
la existencia de La Cueva, a menos que
Morgan se lo hubiera chivado. Además,
solo existían tres personas que hubieran
estado antes en aquel lugar: Morgan,
John y yo. Y, maldita sea, dudaba mucho
que el espíritu de mi hermano se hubiera
puesto en contacto con esa preciosidad
de piernas bien formadas y ojos
solemnes, cuya mirada era ahora menos
contenida y más auténtica.
Una curva irónica se perfiló en mis
labios, pero enseguida se atenuó al
recordar a mi colega.
Morgan Boyd tenía dieciocho años, y
yo veinte, cuando sus proezas con los
puños llegaron a oídos de Benicio que
no vaciló en ofrecerle un cargo en la
pandilla. La primera impresión que tuve
de él fue despreciable. Para mí, él era el
típico capullo descerebrado, un bloque
de músculos que le faltaban agallas para
apretar el gatillo de un revólver, pero
que alardeaba de sus dotes repartiendo
palizas a unos pobres muertos de
hambre. A pesar de su corta edad,
Morgan poseía fama de violento y de no
consentir que nadie se burlara de él. Y
quien se atreviera a hacerlo, probaría de
primera mano la fuerza de su infinita
cólera.
Yo lo comprobé en mis propias
carnes una tarde que lo desafié en una
cancha de baloncesto desierta a aquellas
horas. No sé quién de los dos empezó la
pelea ni quién arremetió primero contra
el otro, solo sabía que nos propinamos
tantas hostias que, al cabo de pocos
segundos, quedamos rendidos y
sudorosos sobre la grava, con los
rostros ensangrentados, algunas costillas
rotas y los nudillos rojos como el rubí,
mientras John bebía a morro una lata de
cerveza, sentado en un muro repleto de
grafitis, disfrutando del patético
espectáculo.
Cambié mi opinión inicial sobre
Morgan mientras nos vendábamos las
heridas. No muchos tenían los huevos de
meterse conmigo. No todos estaban tan
pirados como para hacerlo. Pero
Morgan sí. Y desde entonces forjamos
algo parecido a una amistad teniendo en
cuenta el mundo de mierda en el que
estábamos hundidos.
Pero todo se truncó tras la muerte de
John. Lo cierto es que no se me ocurrió
acudir a Morgan cuando abandoné el
cuerpo de mi hermano en Rainier Valley.
Y luego tampoco pude hablar con él a
excepción de aquella vez, una semana
antes de que saliera la fecha oficial de
mi juicio, cuando los federales me
permitieron realizar una llamada
telefónica a la que por ley tenía jodido
derecho. Pero la conversación no
transcurrió como yo esperaba. Cuando
Morgan descolgó el teléfono, mientras
yo permanecía aislado en una habitación
sin ventanas, con el inspector de
homicidios a mi derecha, murmuró en
tono neutro: «No te rindas». Y entonces,
de súbito, concluyó la llamada.
Esa fue la última vez que hablé con
mi amigo. O mejor dicho la última vez
que supe de él. Aun así, me aferré a esas
palabras como una tabla de salvación. Y
por supuesto no me rendí. Al contrario,
me protegí las espaldas convirtiéndome
en una insignificante proyección de la
trena.
Tiré los restos de cigarrillo al suelo
y con repugnancia, observé mi entorno.
En el patio campaban varios grupos de
negros, amarillos, blancos y marrones.
Cada uno iba a lo suyo, sin mezclarse
con los demás, pero atentos a lo que
ejecutaban sus rivales. Allí nadie bajaba
la guardia. Y nadie se fiaba de nadie.
Yo ni siquiera me fiaba de mi puta
sombra.
Me fijé en el líder salvadoreño de la
pandilla criminal Mara Salvatrucha, la
MS-13, hombres inclementes y salvajes.
Tenía la cara y el cuerpo lleno de
tatuajes. En el cráneo las letras MS le
conferían un aspecto aún más tenebroso.
Era uno de los tipos más temidos del
trullo. Se hizo famoso en el mundillo de
la violencia por haber matado a sus
padres a golpes con un bate de béisbol,
cuando tenía trece añitos. Para
deshacerse de los cuerpos los
descuartizó e hirvió los miembros en
una cacerola. Se desconocía lo que hizo
con la copiosa comida, aunque se
rumoreaba que él mismo se lo había
devorado todo. Bueno, y para qué
mentir, también se le conocía por sus
hazañas en el ámbito del narcotráfico y
delitos como secuestro, extorsión, trata
de blancas y asesinato en primer grado.
Giré la cabeza y, de pronto, me topé
con la mirada iracunda de un negro, que
hacía dominadas con una barra amarilla.
Era un puto miembro de los Bloods.
Había sido detenido por violar a su
hermana cuando en una riña ella lo
llamó maricón. Fue tanta la ira que
sintió hacia su hermanita que la ató a la
cama y le hizo cosas perversas mientras
una cámara de vídeo inmortalizaba la
pintoresca estampa hogareña. Poco
después se descubrió que había violado
a más de quince mujeres, gracias a las
grabaciones que halló la policía en su
domicilio.
Ignoré la advertencia en sus ojos
obscuros como el carbón y continué con
mi escrutinio. Más allá de las mesas
metálicas, estaban los marginados de la
prisión. Algunos habían sido enviados
de otras cárceles con condenas por
violación infantil. Esos hijos de perra
tenían las horas contadas. Ellos también
lo sabían. Sus ojos inquietos así lo
demostraban.
Uno de los casos más depravados
era el crimen que había cometido un
blanco de veintisiete años, que secuestró
a su vecina de doce. Un día que los
padres de la niña no estaban en casa, el
muy sádico la engatusó prometiéndole
que le enseñaría un gatito en un
descampado cerca de la vivienda. Una
vez allí la estranguló y se la cepilló
durante dos noches consecutivas. La
policía lo pilló con las manos en la
masa.
Lo más seguro era que en cuestión de
días o semanas los funcionarios
encontraran el cuerpo de ese cabrón
ensangrentado y con el culo destrozado.
A los internos les encantaba que los
violadores probaran de su propia
medicina.
El sonido de la sirena indicando que
el receso había finalizado retumbó en el
patio. Me levanté del escalón donde
había posado el culo en la última hora y
me dirigí hacia la puerta que daba
acceso al nivel IV. No volteé mi vista
hacia los hombres sudados y malolientes
que se aglomeraban cerca de mí,
mientras aguardábamos a que los
oficiales hicieran el recuento para que
nos dejaran entrar en el comedor común.
Diez minutos después de estar bajo
el sol abrasador y soportar aquella
pestilencia a sobaco, me interné en el
módulo. Cada bloque disponía de su
propia cabina de seguridad, con
personal preparado para lo peor. La
hora de la comida era una de las más
conflictivas, ya que algo tan nimio como
un pedazo de pan podía desencadenar
una pelea masiva. No sería la primera
vez que ocurriera.
Pillé una bandeja de plástico y
esperé mi turno en una especie de
autoservicio rodeado de unas rejas más
o menos altas, que protegían a los
cocineros. Cuando me tendieron el plato
a través de una pequeña abertura, lo
recibí con una mueca al ver el arroz gris
y el filete sólido que distaba mucho de
ser carne.
Sostuve la bandeja entre mis manos e
inspeccioné el territorio en busca de
algún hueco donde pudiera tragar toda la
mierda que reposaba en los
compartimentos de la bandeja. Las
mesas tenían forma cuadrada y en cada
ángulo sobresalía un asiento de metal,
sin respaldo. La mayoría ya estaban
repletas de internos que comían riéndose
y conversaban en grupos de a cuatro.
Tras tantear un momento el terreno,
caminé hacia un espacio libre, me senté
con los muslos separados e ignoré a los
chicanos que me lanzaban miraditas
condescendientes.
«Hijos de perra.»
Tomé el tenedor de plástico entre
mis dedos y recogí un puñado de arroz,
que no alcancé a llevarme a la boca,
pues un bastardo que hacía el imbécil
perdió el equilibrio y colisionó sobre mi
hombro. El tenedor resbaló en la mesa y
manchó la superficie.
Gruñí y lo miré con una ceja
arqueada y los labios apretados en una
finísima línea a la vez que contenía el
impulso de levantarme y propinarle un
par de hostias en su desgastado careto
de yonqui. Él no se dio por aludido y
continuó haciendo el payaso hasta
dejarse caer en una silla junto a su
grupito de matones.
Eso era lo que más me jodía de ser
una sombra: no poder manifestar mi
verdadera personalidad. En otro tiempo
no muy lejano, hubiera reaccionado de
una manera mil veces más agresiva,
interponiendo la fuerza por encima de la
razón. Pero como no quería llamar el
interés de las pandillas, ni ser enviado
al agujero, limpié aquel desastre con la
servilleta.
De mala gana agarré el tenedor otra
vez, pero el borde de un papel blanco
captó mi atención. Fruncí el ceño y miré
el espacio que ocupaba el comedor.
Todo parecía normal. Nadie tenía los
ojos puestos en mí. Era invisible para
los cerdos que engullían el arroz. Con
disimulo apresé el trozo de papel, que
había sido escondido a conciencia
debajo del plato, y lo oculté en mi puño.
Si alguien se daba cuenta de lo que tenía
en mi poder, me metería en un lío
bastante gordo.
A los pocos segundos abrí la mano y
se me aceleró el corazón por un fugaz
instante al leer:
«14:27 horas.»
De inmediato, arrugué el papel hasta
formar una pelota pequeña, lo mezclé
con la comida y me lo tragué de un
bocado. No era tan idiota como para ir
dejando pistas sueltas. Cuando noté el
repugnante sabor de los granos de arroz,
duros y rancios, me dio una arcada y los
ojos se me volvieron llorosos.
¿Quién coño había escrito eso para
mí?
Me pasé el dorso de la mano por la
boca y viré la mirada hacia el
autoservicio, pero los cocineros ya
habían terminado su turno. Sin embargo,
aquello no tenía sentido; pues ellos
nunca hablaban con nosotros. Joder, rara
vez nos miraban. Los guardias, en
cambio, seguían en la misma pose y nos
vigilaban con gestos serenos.
Mientras hacía conjeturas en
silencio, bebí un trago de agua y luego
examiné la pared del plato. Estaba
pegajoso, como si alguien hubiera
echado pegamento ahí.
«Sigue las señales», recordé de
pronto.
Esa era la primera señal y la segunda
ocurriría a la hora citada.
Hasta ahí llegaba.
Dos pitidos irrumpieron en el
comedor. Había que regresar a nuestras
celdas. La desconfianza creció en mí a
la vez que me ponía de pie y oía a uno
de los guardias bramar que la hora
permitida había terminado y que
mantuviéramos el jodido orden,
palabras textuales. Como solía suceder
cada día, nadie le hizo ni puto caso,
pero él continuó con sus exigencias. La
puerta monitorizada, con cierre
automático, se abrió para dar acceso al
pasillo que conducía al otro extremo del
bloque. El funcionario más próximo al
portón se hizo a un lado cuando los
internos, aún en grupos, empezaron a
salir empujándose unos a otros.
Mientras, tres agentes esperaban al pie
de la escalera y nos acechaban con sus
ojos de halcón.
Esa rutina siempre acababa igual:
con un insoportable dolor de cabeza y un
par de contusiones como consecuencia
de los codazos que recibía en las
costillas.
De repente, un chino que estaba
cumpliendo condena por abuso de
menores impactó contra mi cuerpo. Fue
tanta la exasperación que me asedió que
no pude evitar agarrarlo por las solapas
del mono, con la intención de apartarlo
de un guantazo lejos de mí. Pero no lo
hice, sino que persistí petrificado
cuando el pedófilo escupió sangre por la
boca y me ensució las mejillas.
Retrocedí un par de pasos.
Y el chino, que no dio más de sí, se
desmoronó en el suelo.
Fue entonces cuando me di cuenta de
que los bramidos y los empujones no
eran los de siempre, que las sirenas de
emergencia sonaban sin cesar, que las
puertas de las cabinas y de los bloques
no respondían a los botones y que el
asiático tenía un cepillo de dientes
incrustado en la yugular. El comedor se
había transformado en un campo de
batalla.
No tuve tiempo de analizar mucho
más la situación, pues un cabrón que no
pertenecía a mi nivel chilló como un
loco y se proyectó hacia mí. Mi espalda
aterrizó sobre el autoservicio, pero
bloqueé la punzada de dolor y
absorbiendo toda la rabia que había
dominado durante largos años, le
propiné un puñetazo en la mandíbula.
Me ardieron los nudillos.
El tío se tambaleó como un pavo a
punto de ser troceado. Medía más de
dos metros y al parecer, se había
empeñado en hacerme morder las
baldosas. Ajustó su turbia y diabólica
mirada en mí, me mostró los dientes
como un perro sarnoso y probó a
derribarme de nuevo, con más ímpetu
que hacía pocos segundos.
Los guardias, por otro lado, estaban
atrapados en las cabinas, aporreaban el
cristal a prueba de balas y toqueteaban
de vez en cuando los botones, sin éxito.
Hubo varios disparos. Gritos y
arranques de histeria. Todos luchaban
contra todos. No había rehenes. Ni
razones aparentes para el improvisado
motín.
Solo había ansia de sangre.
De poder.
Con un movimiento calculado me
ubiqué detrás de mi enemigo. Le rodeé
el cuello con un brazo y presioné con
todas mis energías. El hijo de puta se
meneó pegando patadas y cabezazos,
pero un cálido torrente de adrenalina
atravesó mi cuerpo y debilitó cualquier
obstáculo que pretendiera vencerme.
Cuando me dio una ridícula patadita en
la espinilla, supe que se estaba
quedando sin aire. Sin embargo, harto de
su resistencia y con los músculos tensos
hasta casi arderme, enganché su
cabezota entre mis manos y le partí el
cuello con un crujido.
Cayó de rodillas.
Su rostro bañado de heridas viejas
se estrelló contra el suelo.
Respiré convulsivamente, casi sin
aliento, y eché un vistazo a mi alrededor.
El número de reos se había triplicado en
cuestión de minutos y los guardias
apenas podían hacer frente al gentío que
había perdido la cordura. No muy lejos
de mi ubicación, había cuatro cuerpos
sin vida que estaban siendo pisoteados
como si de alfombras se tratara mientras
la sangre les salpicaba las pieles.
Aparté la vista de los fiambres y
esquivé a dos orangutanes que venían
directos hacia mí. En los siguientes
instantes sorteé golpes, navajazos y las
descargas eléctricas de las pistolas
Taser, manejadas por los guardias, que
dejaban entumecidos a sus víctimas.
Mientras hacía todo eso, como por
inercia, advertí el penetrante hedor a
humo. Seguramente hubieran prendido
fuego a las distintas áreas del nivel
después de haber burlado la seguridad
de los bloques.
El aire se tornó asfixiante. Y pronto
se pondría mil veces peor, pero nadie
parecía reparar en ello.
La gente estaba cegada por la ira.
Me abrí paso entre trompicones,
propinando algún que otro puñetazo,
hasta alcanzar la tercera fila de mesas.
Jadeé con fuerza. Tenía los pulmones
colapsados de aquel aire dañino, que se
estaba haciendo cada vez más
irrespirable. Tosí repetidas veces al
tiempo que me apresuraba a reanudar mi
marcha, pero me detuve cuando mis ojos
se estancaron en la puerta de la cocina.
Afina el olfato. Aguza el oído. Los
olores se entremezclan en el aire. Los
murmullos quedan atrapados entre las
paredes blancas.
Me quedé tan absorto en mis
pensamientos que no vi al matón que
empuñaba el tubo de un bolígrafo, con la
hoja de una cuchilla de afeitar en la
punta. Casi la palmé allí mismo. Por
suerte para mí, pero no para el otro tío,
antes de que pudiera clavarme esa
bestialidad en la carne, un cabrón más
listo y más rápido que él le introdujo un
cuchillo de plástico en el ojo. Le oí
chillar como un energúmeno mientras la
sangre le nublaba la vista, pero no me
entretuve a contemplar qué sucedería
después. En cambio, corrí hacia la
cocina a la vez que los gritos de guerra,
los disparos y las sirenas se volvían aún
más atronadores.
Entré con los sentidos a flor de piel
y estudié cada detalle. Las paredes eran
blancas, con suelos de baldosas
marrones que casi rozaban el naranja.
Estaba solo junto a la hediondez que
desprendían las sobras en las cacerolas,
lo que hizo que se me encogiera el
estómago. «Ve hacia la oscuridad».
¡Joder! ¡No entendía esa parte! La
cocina era un lugar cerrado, sí, pero
estaba bien iluminado gracias a las
numerosas bombillas fijadas al techo.
No había ni un resquicio de penumbra.
Confuso, me giré sobre mí mismo.
Fue entonces cuando atisbé sobre mi
cabeza, al lado de unas gigantescas
alacenas de metal y otros utensilios
varios, una rejilla de ventilación. Sin
más me subí a la encimera y me deshice
de la tapa. Justo cuando había metido la
cabeza y estaba impulsándome hacia
arriba, escuché cómo la puerta de la
cocina se abría sonoramente. Un
segundo después, sentí que alguien me
agarraba una pierna y tiraba de mí hasta
hacerme trastabillar.
El oficial, que había entrado como
un ciclón desmedido, me propinó un
puñetazo en el costado y me agarró por
el cuello de la camiseta blanca, que
sobresalía de la chaqueta del mono. No
me dio tregua para recomponerme. En
cambio, impactó su puño contra mi
mejilla.
Mi cabeza se propulsó hacia atrás y
me di en la nuca contra la encimera,
pero antes de que pudiera regalarme
otro golpe de su cosecha, le asesté un
cabezazo en su nariz chata. Se quedó
unos instantes aturdido, segundos que me
serví para retroceder y pescar un
cuchillo afilado al otro lado de la mesa.
Pero el oficial no estaba dispuesto a
rendirse y al advertir el arma blanca en
mi mano, desenfundó su revólver y
apuntó hacia mí. Él sabía que no me
detendría hasta matarlo.
No medité mis acciones.
Simplemente grité y corrí en su
dirección. Sus brazos salieron
proyectados hacia arriba, encarcelados
entre mis manos. Apretó el gatillo, y la
bala perforó el techo. El sonido le hizo
estremecer como si nunca antes lo
hubiera oído. Los dos forcejeamos
mientras nos mirábamos a los ojos. Él
aferrándose aún más a la pistola y yo,
sin soltar el cuchillo. Ni de coña lo iba
a soltar. Ese escenario solo podía
concluir de una manera, y yo no sería la
víctima.
El segundo disparo hizo añicos el
hormigón del techo.
De tanto esfuerzo me empezaron a
escocer los músculos. El oficial, al
darse cuenta de ello, inclinó la pistola
hacia mi cabeza. Un poco más y yo
también probaría de mi propia medicina.
Justo cuando el cañón estaba a un paso
de rozar mi frente perlada de sudor, me
abalancé sobre él y le mordí el pómulo
hasta hacerle aullar de dolor. La sangre
brotó enfurecida de su piel color canela
y el gustillo a acre acarició mi lengua.
Escupí sobre su barbilla.
Sus dedos aflojaron la sujeción en el
revólver, por lo que logré arrebatárselo
con un golpe seco de muñeca y sin
desperdiciar la excelente oportunidad,
le enterré el cuchillo en el cuello. Pude
oír cómo su carne se separaba en dos
mientras su cuerpo se desvanecía en el
suelo. Del profundo corte, su sangre me
salpicó como si fuera una fuente de
agua. Él balbuceó y procuró taponarse la
hemorragia con ambas manos a la vez
que sus ojos se descomponían por la
mezcla de angustia y pánico al tener a la
muerte frente a sus pupilas dilatadas.
Pero frené sus dedos con los míos, con
la respiración trémula por la adrenalina.
Murió a los pocos segundos.
«Ya van dos en menos de media
hora», pensé a la vez que me limpiaba la
líquida esencia rojiza con el antebrazo.
Exhalé con brusquedad y, entonces,
volví a trepar por la encimera. Me
interné en el conducto de ventilación y
gateé a toda pastilla, sin cuestionarme si
estaba yendo en la dirección correcta.
Tampoco había que ser un genio para ir
caminando por ahí. Se suponía que tarde
o temprano debía toparme con una
salida. Al menos, esa era la idea. El
humo se infiltraba a toda presión por las
rendijas, pero me negué a detenerme y
continué arrastrándome como un
condenado en plena inquisición hasta
que el bullicio de la pelea disminuyó de
manera considerable.
De repente, encontré un medio de
escape. El corazón se me alocó en el
pecho al distinguir las sirenas de las
ambulancias, de los bomberos y de los
coches patrullas, los cuales se oían tan
próximos a mí que daba la impresión de
que estuvieran al lado de mi oreja,
susurrándome al oído. Dudé un segundo
sobre lo que debería hacer a
continuación, pero no tenía otra
alternativa más que improvisar sobre la
marcha.
Guiándome por mi instinto, empujé
la tapa del alcantarillado y subí por la
escalerilla oxidada. El viento patinó por
mi cuerpo. Inspiré hondo al sentir la
súbita necesidad de cerrar los párpados.
Pero no podía pararme a admirar lo
poco que me envolvía, así que empecé a
correr calle abajo mientras veía los
edificios de la prisión en llamas, con
una nube densa y oscura colándose en el
tétrico paisaje.
Cuando en una esquina percibí el
contorno de un Renault con los vidrios
ahumados, me precipité hacia allí y de
un codazo rompí la ventanilla del
copiloto. Entré y me desplacé hasta el
asiento del conductor. No era la primera
vez que mangaba un coche. Agarré los
cables del arranque y tras algunos
instantes, muchos más de los que me
gustaría admitir, el motor emitió un
gruñido.
Hacía más de ocho años que no
conducía, pero conducir es como follar:
nunca se olvida.
Dejé escapar una burlona risotada
que rugió desde lo más profundo de mi
pecho y tras echar una última ojeada al
espejo retrovisor, aceleré a toda hostia a
la vez que gritaba «¡Que te jodan!» a
aquel apocalipsis llamado Nueva
Folsom.
Distanciándome de mi propio
abismo.
7
Zack
Sábado, 29 de agosto de 2009
Conduciendo por la CA-299 E.
Estaba dirigiéndome a las afueras de
Adin; hacia un espacio huérfano de
vecinos y edificaciones cercanas, un
lugar verde en su totalidad, con cielos
despejados de intrusos, ideal para vivir
en armonía y llenarte los pulmones de
aire sin contaminación.
Hacía más de una década Morgan
adquirió aquella pequeña parcela para
alejarse de los estrafalarios rascacielos
que inundaban Seattle, cansado del
tráfico y de la gente que caminaba a un
ritmo vertiginoso. Aquel aislado refugio
de aspecto lúgubre se convirtió en una
fuente de escape que, con el tiempo,
tanto él como mi hermano y yo
disfrutamos en su justa medida como
consecuencia de los cientos de
kilómetros que se interponían entre la
gran urbe y aquel solitario hogar.
De súbito, la silueta moribunda de
John floreció en mi cabeza. Pero en vez
de fantasear sobre cómo ejecutaría mi
codiciada venganza me limité a conducir
sin pausa, mientras el sol de la última
hora de la tarde se insinuaba pomposo a
mis espaldas. Tomé una curva empinada
y cuando atisbé el camino de tierra por
el que debía acceder, recorrí otro par de
millas antes de reducir la marcha.
El bosque empezó a partirse de
manera uniforme. El terreno era
impecable y muy húmedo, con un único
fisgón invadiendo la naturaleza: La
Cueva. La fachada de la cabaña era de
madera oscura y el techo estaba cubierto
de lejas de alerce. Constaba de dos
plantas, bien iluminadas gracias a las
ventanas cuadradas que permitían la
entrada de la luz natural. El exterior de
la casa era siniestro y carecía de
simpatía; de ahí nació su apodo. Pero
por dentro el asunto cambiaba. Los
suelos eran de alerce también y las
paredes y los techos de abedul, que
implantaban un efecto hipnótico a la
vieja madera de los troncos de la
fachada, todo decorado con muebles
modestos. Era un lujo en mitad de la
nada.
Inspiré hondo y apagué el motor. El
perfume a hierba fresca, musgo y flores
silvestres penetró en mi nariz mientras
me disponía a llamar a la puerta
principal. No se escuchaba nada más
que el canturreo de los pájaros y el
silbido del viento que soplaba despacio,
como una melodía fantasmagórica. Era
como si la casa estuviese deshabitada,
pero la camioneta de Morgan se
encontraba en su hueco correspondiente.
Golpeé la puerta con los nudillos y
casi al instante, como si hubieran estado
esperando mi llegada, esta se abrió con
brusquedad. Morgan, vestido con unos
pantalones raídos y una camiseta negra
muy ajustada, apareció en el umbral con
una ceja en alto y el rostro sereno.
Parecía un tipo peligroso. Joder. Era
peligroso.
Durante varios segundos nos
miramos con los cuerpos tiesos, casi a
la defensiva. Él, con el puño sobre el
marco y yo, con los brazos cayéndome
lánguidos a los costados. Su semblante
concebía un ligero matiz de enfado, pero
aquella idea se evaporó cuando una
amplia sonrisa asomó a sus labios hasta
convertirse en una carcajada, que
ahuyentó a las aves más cercanas.
Mis labios imitaron los suyos.
Se rio con fuerza, dio un paso hacia
mí y me envolvió en un apretado abrazo.
Mierda. Hacía mucho que no me
abrazaban; de hecho, muy pocas
personas me habían abrazado en mi vida
y el primero en hacerlo después de ocho
años y un porrón de meses, era un tío
enorme, diez centímetros más alto que
yo.
Nos dimos fuertes palmadas en la
espalda.
Morgan colocó sus manos sobre mis
hombros.
—Luces como si hubieras rebanado
a un cerdo —comentó con sorna,
refiriéndose a mi pelo y a mis pómulos
cubiertos de la sangre del oficial que
había degollado en la fuga.
Hice una mueca.
—Algo similar.
—Te ves horrible. Peor de lo que
imaginaba. —Me miró otro poco antes
de sorprenderme agarrándome por la
nuca, como si fuera a darme una tunda
de cojones. Le sostuve la mirada a la
vez que le oía decir con su escalofriante
voz ronca, que casi no parecía humana
—: Bienvenido a casa, Zack. —Y, a
continuación, retomó las distancias
como si nada hubiera pasado. Le palmeé
el brazo en señal de agradecimiento—.
¿Te ha seguido alguien? —inquirió
apuntando el coche robado.
Miré el vehículo por encima del
hombro.
—No.
Morgan, con una sonrisa petulante,
se internó en la casa. Yo cerré la puerta
y lo seguí hasta la cocina de estilo
campestre.
—Lo importante es que ya estás
aquí. —Mojó un paño y me lo entregó
para que me limpiara la cara y parte del
nacimiento del pelo—. Esos cabrones
no se darán cuenta de tu ausencia hasta
que recuperen el control de la prisión.
Hay diez rehenes en el nivel IV, el nivel
I se ha desmadrado y según dijeron en el
noticiario hace media hora, por el
momento hay seis muertos; dos de ellos
funcionarios. Además, el fuego aún no
está bajo dominio. Resumiendo, el puto
caos se ha desatado en Nueva Folsom y
no hay Dios que lo controle. Tardarán
horas en averiguar quién falta y quién
no; tiempo que tú aprovecharás para
largarte muy lejos de aquí.
Tiré el paño sucio sobre la encimera
y descansé la cadera en la isleta.
—¿Cómo coño lo has conseguido?
Se encogió de hombros.
—Unos cuantos amiguitos por aquí,
otros muchos por allá. Nada del otro
mundo.
Me carcajeé y arqueé ambas cejas.
—¿Nada del otro mundo? El sistema
automático de toda la trena dejó de
funcionar. Las puertas no respondían, las
cabinas tampoco y los guardias
quedaron atrapados en sus propias mini
fortalezas. ¡Me cago en la puta, Morgan!
Hiciste que decenas de asesinos
pudieran ir y venir de instalación en
instalación, como si estuvieran en sus
casas, peleándose como animales.
Se volvió a encoger de hombros.
—Yo no lo hice en realidad.
Lo miré achicando los ojos.
—No tienes dinero para pagar a
nadie.
Sonrió como un lobo y alzó los
puños.
—Pero tengo esto y sé darles un
buen uso. —Movió la muñeca en
círculos pequeños—. No sabes lo que
son capaces de hacer algunos por salvar
a los suyos.
—O para vengarlos… —musité,
distraído. Agité la cabeza y me centré en
el momento y no en el puñetero pasado
—. ¿Cuál es el plan? Porque tienes un
plan.
Fue hacia la nevera y sacó dos
cervezas.
—Es sencillo, pero complicado. Lo
sé. De primeras no tiene mucho sentido,
pero en esta vida nada lo tiene. —Me
tendió una botella, y le di un buen trago
—. Tengo todo preparado para que
mañana salgas pitando a primera hora de
aquí.
Situé mi birra en la mesa.
—Te agradezco la ayuda, pero no
voy a huir —declaré por si esa era su
intención—. No he aguantado toda la
mierda que he tenido que aguantar para
esconder el rabo entre las piernas.
Buscaré a Benicio y terminaré con él,
aunque tenga que pagarlo con mi propia
vida.
Morgan dio un sorbo a su botella,
con lentitud, sin parar de mirarme a la
cara.
—No tienes que agradecerme nada.
Me hice a mí mismo una promesa
cuando te metieron en la trena. Misión
cumplida. Por otro lado, ¿crees que no
te conozco lo suficiente? Nunca he
pensado que querrías huir. Además,
alguien tiene que pararle los pies a ese
hijo de puta de Benicio y si eres tú esa
persona, yo no tengo problema con ello.
No seré yo el que te lo impida. —Se
pasó una mano por la cabeza rapada y
apuntó a la salida—. Ven, tengo que
enseñarte un par de cosillas.
Nos desplazamos con palpable
tensión hasta la sala de estar y nos
sentamos a la mesa de madera, instalada
al lado de la ventana. Unas simples
cortinas bordadas frenaban los débiles
rayos de sol. No había adornos ni
cuadros en la estancia; una alfombra
blanca y mullida, un sofá ancho y largo y
dos sillones también blancos, con una
mesita de madera rústica en el centro,
llenaban el espacio principal.
Morgan y yo nos estudiamos en
silencio. Seguía viéndose igual, con la
misma aura intimidante que lograba
atemorizar a todo ser humano que
poseyera el mínimo sentido del peligro.
Si antes provocaba cierto rechazo en
quienes se percataban de la oscuridad en
sus ojos, ahora que sus facciones se
habían endurecido por la edad, nadie
podía poner en duda que él era capaz de
todo y de más.
—Cuando ingresaste en el trullo —
empezó a decir con aire solemne—, temí
que te crucificaran al día siguiente o que
aparecieras muerto en algún rincón.
—No he tenido problemas —admití
en tono sombrío.
Murmuró algo mientras extraía una
cajetilla de tabaco de sus vaqueros. Me
tendió un cigarrillo liado a mano y yo
acepté con gusto, agradecido por la
inyección de nicotina. Exhalamos con
contención por la boca y saboreamos el
efecto narcótico.
Irregulares espirales de humo
nublaron la atmósfera.
—¿Y no crees que es raro? —Claro
que lo era. No me chupaba el jodido
dedo—. Las consecuencias del tiroteo
contra Pablo Velázquez fueron
desastrosas en nuestro mundo.
—Me lo imagino. —Sacudí el pitillo
contra el cenicero—. ¿Qué tan graves
fueron?
Se acomodó en el asiento.
—Después de tu detención, la
policía le dio más caza que nunca a
Benicio, pero no hubo valiente que se
atreviera a testificar contra él. Estaban
todos cagados de miedo. Y así siguen
estando. El FBI no posee ni una mísera
prueba que pueda incriminarle
directamente. Todo es humo.
Suposiciones. Está limpio dentro de lo
que cabe —bufó con nervio—. Además,
desapareció del mapa apenas se hizo
pública la noticia de la muerte de su
hijo. Ese capullo sabe que la decisión
que tomó contra John fue precipitada, y
que tú salieras vivo no entraba en sus
planes. Desde entonces, su caso ha
estado en punto muerto. —Negó con la
cabeza—. Quizás las autoridades no
estén al tanto de los datos más viles
respecto a los asuntos de la pandilla,
pero lograron identificar a varios socios
de Benicio. ¡Se armó la gorda, Zack!
Muchos integrantes tuvieron que huir de
Norte América; algunos fueron
ejecutados por amigos de los amigos de
otros socios implicados en la
repartición de la mercancía, y otros
tantos fueron asesinados por el
mismísimo Cártel de Sinaloa. Esa es
otra historia. El Cártel se puso furioso
con Benicio. Querían cortarle la cabeza,
literalmente.
Corrí un poco la cortina y miré a
través del cristal.
Todo seguía en absoluta calma.
—Hablas en pasado.
—No puedo expandirme en detalles,
porque yo fui uno de los que tuvo que
emigrar de Seattle, pero todos vimos
cómo con el tiempo la búsqueda por
parte del Cártel menguó de golpe. Creo
que Benicio hizo un tipo de pacto con
ellos, algo que les beneficiara más que
librarse de él, y logró salvarse de una
muerte segura. No tengo otra
explicación. Hubo rumores sobre que
había regresado a México y que el
Cártel decidió torturarlo hasta agonizar,
lo cual es mentira. Nos habríamos
enterado de haber sido así. Al FBI
tampoco le convenció ninguna de esas
teorías. —Enterramos al mismo tiempo
el cigarrillo en el cenicero—. Tendrás
que estar alerta las veinticuatro horas
del día, Zack, porque apenas la pasma
vea que ya no estás en el talego, sabrán
que has ido tras él si tienen en cuenta tu
jodido historial. Cuanto más se acerque
ese cabrón a ti, o más te aproximes tú a
él, más pegado tendrás a la poli a tu
culo.
—Un juego a tres bandas —pensé en
voz alta—. ¿Sabes dónde puede estar
ese capullo?
—No tengo ni puta idea. Supongo
que nadie lo sabe con seguridad. Ni
siquiera el Cártel. —Se rascó la nuca y
me miró con cierta culpabilidad antes de
sacar varias fotografías de la parte
trasera de sus vaqueros—. Sé que he
tardado bastante en planificar tu fuga;
primero, porque no disponía de los
medios necesarios y segundo, porque no
se le había visto el pelo a Benicio.
Además, como ya he dicho, los bulos
que se difundieron sobre él son
inciertos. Quizás para causar confusión.
—Situó una de las imágenes sobre la
mesa y, de inmediato, una oleada de
odio se retorció dentro de mí. Benicio
caminaba con tranquilidad por un paseo,
con las montañas nevadas en un punto a
lo lejos—. Pero a raíz de estas
fotografías empecé a maquinar la
manera de cortar la vigilancia
automática de la prisión, para que
cualquier artefacto quedara nulo. —
Señaló la imagen con el dedo—. Se dejó
ver unos cuantos días en Denver hace
once meses. Desconozco el motivo de su
visita.
Mi mandíbula se puso rígida y de
mis poros emanó pura rabia.
—Nunca ha tenido negocios allí —
dije con un gruñido.
—Creo que jamás conocimos todos
los negocios que maneja este hijo de la
gran puta. Pero sea lo que sea que tuvo
que organizar en Denver lo hizo en
menos de tres días.
Comprimí las mejillas. Las ansias de
vengar la muerte de John me escocían la
piel.
—¿La policía sabe esto?
—Si lo saben, se han limitado a
observar. Ya sabes que tiene a muchos
en nómina.
—¿Qué asuntos pueden haberle
llevado a Denver?
—No lo sé, pero no es lo que
piensas. Clarence Chauncey Smaldone
murió hace aproximadamente tres años.
Y dudo mucho que Benicio haya tenido
tratos con esa familia. El Cártel no lo
hubiera permitido. Además, nadie se
atreve a financiar los casinos en el área
de Colorado. —A continuación, expuso
otra imagen mejor enfocada que la
anterior, aunque la mirada de Benicio
quedaba protegida por unas gafas
oscuras—. Esta fue capturada hace ocho
meses en el barrio francés en Nueva
Orleans. Al día siguiente ya se había
pirado de la zona. —Repasé el contorno
de la tercera con las yemas de mis dedos
—. Esta es de hace unos cinco meses,
cerca de Boston.
Enrabietado, le di un manotazo a la
fotografía.
Aquello no me gustaba.
—¿A qué cojones está jugando?
—No lo sé, pero lleva años
toreándonos a todos.
Eché un vistazo a la siguiente
imagen.
Benicio lucía una cínica sonrisa
mientras bebía un café en la terraza de
un bar.
—¿De cuándo es esta otra?
Morgan trazó una mueca en sus
labios.
—De hace una semana —realizó una
breve pausa antes de añadir con la voz
un poco más ronca de lo normal—: En
Sacramento. Estoy convencido de que
sabía que le estaban fotografiando. ¿Por
qué los federales no van tras él? Ni
idea. Pero lo que tiene tramado contra ti
es mucho más macabro de lo que
podemos imaginar. Y, por desgracia, él
juega con ventaja y utilizará la artillería
pesada para provocarte y hacerte perder
el control hasta tenerte acorralado en su
trampa.
Ignoré su advertencia, aunque tenía
razón.
—Nunca he mencionado tu nombre a
la pasma —afirmé con los músculos
endurecidos—. Morgan, dime que no
has sido un irresponsable y te has
mantenido al margen respecto a todo
esto. Dime que Benicio no sabe que
sigues por ahí ayudándome.
Sonrió con poca energía.
—No creo que se haya tomado la
molestia de averiguar mi paradero. —
Elevó su dedo índice—. Me he
guardado lo mejor para el final. —Lanzó
una última fotografía a la mesa—. No
han transcurrido ni setenta y dos horas
desde que se tomó esta imagen en
Austin.
Agarré la fotografía y un gesto de
asombro torció mi ceño.
—¿Un hospital psiquiátrico?
—Lucero Velázquez —dijo
refiriéndose a la esposa de Benicio—.
La tiparraca enloqueció al enterarse de
que su hijo había muerto. Intentó
suicidarse cortándose las venas, pero
lograron salvarle la vida y la internaron
en el centro. En aquel entonces Benicio
ya había desaparecido, pero, de algún
modo, se encargó de gestionar el ingreso
de Lucero en el hospital y costear los
pagos anuales. Es la primera vez que
visita a su mujer.
—Eso es exponerse demasiado.
—Quizás Lucero sepa algo que
nosotros desconocemos. Puede ser algo
contra Benicio, contra ti o contra todos.
—Arrugó la frente—. Esa mujer siempre
ha sido una bruja. Tal vez no se
involucrase en los negocios de su
marido, o eso fue lo que nos hizo creer a
todos, pero no es ninguna santurrona. A
lo mejor Benicio acudió al hospital a
amenazarla. O para asegurarse de que no
le haya delatado en un arrebato de
locura.
—Si hubiera hecho esto último,
ahora mismo estaría muerta. Además, no
hay forma de que yo dé con lo que
esconde si está encerrada en un centro
psiquiátrico —gruñí antes de agregar en
tono apático—: Si es que realmente
esconde algo, que no es seguro.
—Sí hay una manera, pero es
arriesgada. —Tiró en mi dirección un
segundo pitillo junto al zippo, tras
encenderse uno para sí mismo—. No fue
sencillo que algunos capullos aceptaran
trabajar para mí, pero debo admitir que
las cosas se simplificaron bastante
cuando la Junta de Tratamiento de
Nueva Folsom aceptó que se realizara
un estudio sobre no sé qué pollas
criminales. —Me eché a reír ante la
breve descripción—. Te juro que se me
quedó cara de gilipollas cuando me
contaron que te habías ofrecido
voluntario para colaborar con una tal
Linda Evans.
«Linda», repetí en mi mente y sonreí
para mis adentros. El nombre le venía
como anillo al dedo.
—Todo un deleite para la vista —
dije con ironía y expulsé una nube de
humo por la boca.
Morgan lanzó una carcajada.
—Seguro que te comportaste como
un cretino con ella. No me asombra,
pero prefiero que no me cuentes nada.
Ya me hago una idea.
—No te pierdes mucho. —Di otra
profunda calada mientras recordaba a la
doctora y su fría belleza, que me ponía
duro como una piedra—. Es tan
antipática que no merece la pena hablar
de ella.
—Lo que tú digas. —Negó con la
cabeza—. Como iba diciendo, me
encargué de vigilar a la psicóloga y a su
mejor amiga con la que comparte piso.
—No me sorprendieron sus palabras.
Parte de nuestro trabajo consistía en
acechar a la presa antes de intervenir—.
En menos de dos semanas conocía sus
horarios de trabajo, sus locales
favoritos, el supermercado donde suelen
hacer la compra semanal, sus idas y
venidas con hombres… —calló mientras
una sonrisa iluminaba su rostro—. No es
por presumir, pero fue bastante fácil
tenerlas en mi radar. Pero, quizás, por
eso mismo creo que Benicio estaba al
tanto de que Linda Evans acudía a
entrevistarte a la trena; es más, sospecho
que tenía planeado actuar contra ella.
Eso explicaría más o menos su reciente
visita a Sacramento.
Me rasqué la barbilla y reflexioné
sobre lo que acababa de oír.
—A estas alturas, ya debe de saber
que me he escapado.
—Es lo más probable. Pero
centrémonos. Nos hemos desviado del
tema de Lucero. Por lo que he
averiguado, está día y noche vigilada.
Incluso me atrevería a decir que es la
única paciente que ha sido rodeada de
semejante control de seguridad. No la
dejan sola ni un minuto y casi siempre
está bajo los efectos de los calmantes…
salvo cuando la visita esta vieja. —
Como si estuviera jugando su mejor
baza, apagó el pitillo y me entregó la
fotografía de una mujer menuda, que
rozaba los sesenta años, saliendo del
centro psiquiátrico—. Miranda Blair va
al hospital una vez a la semana. No
tengo muy bien entendido qué se supone
que hace con Lucero durante esas
visitas, pero es el único momento en el
que le permiten estar alejada de los
médicos y de las cámaras de seguridad.
Observé el semblante altanero de
aquella mujer.
—No querrá ayudarme. Mírala. Y
esto es una puta locura. ¿Qué quieres
que haga? No puedo colarme en un
hospital que puede que esté tan
custodiado como la trena.
—Pero puede entrar alguien
sustituyéndola.
Solté una risotada floja.
—¿Qué cojones…?
—Espera, se me olvidaba algo —me
cortó y se puso de pie. Yo hice lo propio
mientras veía cómo se desplazaba hasta
un armario; asió una bolsa deportiva y
regresó—. En la cochera hay un
Chevrolet Captiva 4x4, negro, de
segunda mano y los vidrios ahumados,
para que vayas a la cabaña del viejo
Joe.
—¿Está intacto? —No me refería al
decrépito de Joe que, sin duda alguna,
estaría más tieso que una roca.
—Claro —aseguró guiñándome un
ojo; y abrió la bolsa negra. Dentro,
había una pistola con el número de serie
borrado, un pasaporte americano,
munición a montones y un kit digno de un
psicópata profesional, con toda clase de
herramientas de gran utilidad. Mientras
Morgan recogía las fotografías, empuñé
el arma y vi que estaba cargada—. En el
dorso tienes los datos que necesitas para
encontrar a Miranda. No te dejes
manipular por ella. Intentará darte la
puñalada trapera si puede.
—¿Por qué te empeñas en que viaje
a Austin?
—Porque poseo tu comodín para que
puedas averiguar qué oculta Lucero. —
Morgan parecía muy seguro de que la
esposa de Benicio custodiaba un
secreto. Pero yo no lo estaba tanto—. Yo
no puedo ir contigo, ya comprenderás
por qué. —Sin esperar respuesta,
caminó hacia unas escaleritas que
conducían al sótano. Lo seguí con el
ceño fruncido mientras él alcanzaba una
llave y manipulaba la ranura—. Evita
las autopistas, no te hospedes cerca de
las grandes ciudades e intenta matar lo
menos posible. Y no te preocupes por el
coche robado. Yo me ocuparé de esa
chatarra.
—Mataré sólo si es necesario.
Me miró por encima del hombro
antes de empujar la puerta con el pie,
con suavidad.
—Es tu turno de elegir.
Una expresión traviesa adornó sus
labios.
Nos adentramos en la oscuridad.
El sótano apenas había cambiado.
Era espacioso, cálido en verano y
jodidamente frío en invierno, con una
ventana redonda como única fuente de
luz, pues por lo visto la bombilla aún no
había sido reemplazada por una que
funcionase. Varias cajas hacían bulto en
las esquinas; la mayoría de ellas estaban
vacías y rotas por los salientes. La
penumbra cubría gran parte de la
habitación, pero aun así logré visualizar
las siluetas de dos mujeres que habían
sido atadas desde los tobillos hasta las
muñecas, sentadas sobre un colchón
descompuesto, con un trozo de cinta
americana silenciándoles los labios y
las ropas envueltas en polvo, sudor y
serrín.
Mi corazón palpitó descontrolado y
me acerqué a ellas, aunque solo tenía
ojos para una.
—Te presento a Angela Nichols;
experta en psicología infantil —comentó
Morgan a mi izquierda, aunque yo seguía
concentrado en la morena que me
fulminaba con la mirada—. Por otro
lado, tenemos a la psicóloga forense
Linda Evans, pero a ella ya la conoces
de sobra. —Un gruñido de frustración
emergió de la garganta de Linda. No
pude evitar sonreír al notarla tan
humana, tan real—. Ilumíname, Zack,
¿con quién te quedas?
No hacía falta que respondiera. En
las últimas horas había creído que jamás
volvería a ver a la doctora y, sin
embargo, en ese instante, la tenía frente
a mí, a mi disposición.
Fascinado, contemplé su larga y
enmarañada melena oscura, sus mejillas
rojas de ira contenida, el rímel negro
que se acumulaba por encima de sus
párpados y sus hermosos e intensos iris
con pepitas azules, que transmitían un
odio tan inmenso que se me antojó
enfermizamente excitante. Maldita sea.
Saber que toda ella estaría bajo mi
poder hizo que agrandara la sonrisa y
por la manera en que Linda apretó los
ojos, entendí que esa misma idea
también se le cruzó por la cabeza.
Me agaché hasta que quedamos
frente a frente.
—Nos volvemos a ver las caras,
doctora —dije a la vez que le golpeaba
con un dedo el mentón, para que abriera
los párpados. Me estudió con sus
pupilas llenas de miedo y rencor—. Si
me lo permites, te voy a tutear. Creo que
ya hay suficiente confianza entre
nosotros. Como puedes advertir, han
cambiado las tornas de la partida, así
que por más que te pese y no lo quieras,
yo dictaré las normas ahora. —Me
acerqué un poco más a ella. Sentí la
cinta americana contra mi boca, pero me
incliné hacia delante y pegué mis labios
a su oído. Linda se estremeció—. No
podrás escapar de mí, así que no me
desafíes. Porque por más que corras, te
alcanzaré. Por más que te escondas, te
encontraré. —Me aparté y la miré a los
ojos para que pudiera percibir la verdad
en mí—. ¿He sido lo suficientemente
claro?
Gruñó de nuevo como una fiera.
Le sonreí y le retiré un mechón de
pelo de la cara a lo que ella respondió
alejando el rostro como si la efímera
caricia le hubiera herido la piel. No le
di importancia.
Linda podía rechistar todo lo que
quisiera. Me traía por culo si lo hacía,
porque aunque le jodiera en el alma y
sabía muy bien que lo hacía, ahora ella
estaba a mi merced.
8
Linda
Domingo, 30 de agosto de 2009
Sótano de La Cueva.
Mi estado de atolondramiento se disipó
cuando oí unas pisadas en el piso
superior, que hicieron vibrar las tablas
de madera situadas encima de mi
cabeza. Aturdida, entorné los párpados;
y cuando mi visión se ajustó a la
oscuridad, un estremecimiento apalió mi
cuerpo dolorido al recordar el encuentro
que me había conmocionado hacía pocas
horas, con él como protagonista.
Con la ansiedad por las nubes, giré
mi rostro hacia la derecha. Angy seguía
dormida con el cuello inclinado hacia un
ángulo incierto, en una postura
rocambolesca. Se notaba cansada,
ojerosa y exhausta, y me pregunté cuánto
más tendríamos que permanecer aisladas
contra nuestra voluntad, que poco valor
tenía en ese momento.
Cerré los ojos y reprimí un suspiro.
No podía creer que estuviésemos allí.
Cuando salí de la prisión, Morgan me
estaba esperando con el trasero apoyado
en el morro de mi coche. Sin
pronunciarse me obligó a deslizarme al
volante y él se acomodó en el asiento
del copiloto. Fue entonces cuando me
ordenó que condujera a Sacramento,
pero nunca llegamos a la ciudad. Tras
estar varios minutos en la carretera, me
dijo que me detuviera en el arcén y que
me bajase para intercambiar nuestras
posiciones. Me encontraba esquivando
la carrocería cuando, de repente, se me
nubló la vista y todo se tornó negro y
confuso.
A partir de ahí no recordaba nada
más. Recuperé la conciencia no sabía
cuándo, en una habitación oscura y un
dolor punzante en la nuca como
consecuencia del puñetazo que me había
dado ese infeliz, maniatada y
amordazada, con Angy a mi lado.
Quizás debería haber sido más lista;
no haber confiado en la palabra de un
tipo rastrero como Morgan; o haber
pedido ayuda a la policía. Pero ¿qué
hubiera ocurrido entonces con Angy?
Por lo menos ahora estaba junto a mí,
con vida, sana y salva.
Con los párpados aún cerrados, traté
de tranquilizarme pero no lo conseguí.
Oír sus pisadas cada vez más cerca me
estaba enloqueciendo. A pesar de las
duras condiciones a las que estaba
siendo sometida, prefería estar con el
desequilibrado de Morgan a con él;
aunque eso significara aceptar que nos
alimentaran por turnos, o hacer nuestras
necesidades más básicas en un cubo
metálico, sin intimidad.
De manera automática, mi corazón
apremió sus latidos. Notaba su
presencia al otro lado de la puerta; su
respiración calmada silenciando la mía,
que cada segundo se volvía más
irregular a la vez que imaginaba sus iris
de ese color misterioso que en breve
buscarían los míos.
Se oyó un crujido. Me quedé con la
mirada perdida hasta que la puerta se
abrió con un empellón y un atisbo de luz
se expandió en el sótano, apuñalando a
la penumbra. Esbocé una mueca cuando
de repente le vi en el umbral,
impactándome con una sonrisa sincera y
perversamente resplandeciente. Me
observó en silencio unos segundos hasta
que caminó hacia mí de ese modo
resuelto al que me tenía acostumbrada
mientras yo me esforzaba por mantener
el tipo y evitaba pensar en la pregunta
que le había formulado Morgan hacía
escasas horas.
Se acuclilló frente a mí y me miró
con atención.
—Apestas —dijo Zack tras inspirar
hondo, logrando que le odiara aún más.
Tenía razón. Por lo visto, él se había
aseado durante la noche, mientras yo
dormía como un tronco, pues se veía
mucho más presentable y presumía de
prendas pulcras que resaltaban su
virilidad; aunque tenía un pequeño
rasguño en el pómulo izquierdo. Vestía
una camiseta negra y encima de ella, una
camisa azul de cuadros blancos, de
franela, y unos vaqueros oscuros y unas
botas negras impermeables.
La soberbia con la que me miraba
hizo que me dieran ganas de gritar y
aunque empecé a chillar a causa de la
impotencia que traspasó cada músculo
de mi débil anatomía, aquel sonido mutó
a un quejido gutural cuando tiró de la
cinta que tapaba mi boca.
De cuajo.
—¡Estás loco! —bramé a la vez que
movía la mandíbula por el escozor que
sentía en la piel—. ¡Tú y tu amigo iréis
a la cárcel por esto!
Se rio en mi cara.
—Acabo de escapar de ahí y aunque
me metieran de nuevo, encontraría la
manera de huir otra vez. —Con un
movimiento veloz apretó mis mejillas
entre sus dedos y masculló en voz baja
—: Si quieres que tu amiguita siga
respirando te aconsejo que no me toques
los cojones. Y si me los tocas, hazlo con
cariño y como es debido.
Retiré mi cara con un gesto brusco,
pero enseguida me volteé hacia Angy al
darme cuenta de que el escándalo que
estábamos montando debería haberla
despertado o, por lo menos, haberle
sacado una reacción.
—¿Angy? —No se movió. Seguía
inconsciente. Y yo me puse de los
nervios—. ¡Angy! —grité meneándome
en el sitio—. ¡Despierta!
—Está viva —me informó él al
verme tan desesperada.
—¿Qué le habéis hecho?
—Morgan molió un par de
somníferos y los mezcló en su comida.
Para cuando despierte, tú y yo ya no
estaremos aquí. —Un escalofrío se
apoderó de mi cuerpo—. No volverás a
verla nunca más, a menos que hagas lo
que yo te ordene.
—No pienso ir a ningún lado contigo
—me opuse—. ¡Vete al infierno!
Ante mi bravuconería, se echó a reír
a la vez que se ponía de pie y sacaba un
revólver de alguna parte de su pantalón,
como si estuviera haciendo un truco de
magia.
Ahogué un grito en mi garganta.
—¿La mato? —preguntó apuntando
hacia Angy, pero no esperó respuesta. El
angustioso sonido del arma siendo
desmartillada me horrorizó—. ¿Quieres
ser la causante de su muerte?
—No la lastimes… —rogué con un
nudo en la voz, pero él continuó
encañonando a mi mejor amiga. La
mataría sin dudarlo. No podía
arriesgarme, por mucha inquina que le
tuviera—. ¡Por favor! ¡Déjala!
Sonrió al oír aquello de mis labios.
—Eso está mejor. —Se guardó la
pistola—. A partir de ahora te dirigirás
a mí con educación y no con esa
insolencia que me saca de quicio. Harás
lo que te diga y cuando te invadan esos
arrebatos de orgullo propio, te sugiero
que evoques la imagen de tu amiga, con
una pistola amenazándola, pero con
Morgan sosteniendo el arma. Y te lo
advierto, preciosa, si yo soy un hijo de
puta, él no se queda muy atrás.
Descendí la mirada hacia mis pies
hinchados.
—No le hará daño, ¿verdad?
—Depende de ti.
—¿Qué tengo que hacer?
—Lo sabrás más adelante. Despídete
como quieras de ella. Pronto nos
marcharemos.
—¿Cuándo la volveré a ver? —Su
silencio hizo que lo mirara a los ojos y,
para mi humillación, volví a suplicarle
—: Dímelo, por favor.
Él estudió mi expresión durante unos
segundos, pero en vez de darme una
respuesta que aliviara la desazón que me
estaba matando por dentro, como si
tuviera una soga al cuello, caminó hacia
la salida y se marchó. Quise chillarle
que regresara y me diera una
contestación, pero no lo hice. En
cambio, ignoré las ataduras, me encogí y
miré a Angy mientras sentía un miedo
muy parecido al que había
experimentado años atrás. Miedo a
perder a mis seres queridos. Miedo a
quedarme sola en el mundo. Otra vez.
Una fuerte constricción me arrancó
un gemido de pena, pero me obligué a no
llorar. No quería actuar como aquella
cría que tras perderlo todo se había
aislado del universo. No quería
enfrentar la realidad con debilidad. No
permitiría que aquello me superara y
que todo lo que había conseguido
desapareciera por culpa de otro hombre
tan ruin como el asesino de mis padres.
«Nunca más», me prometí a la vez que
estiraba las piernas. No afrontaría los
problemas con cobardía, sino con valor
y decisión. Lo haría por Angy porque
ella era una parte fundamental de mí
misma. Y también lo haría por mí; por
todo lo que me habían arrebatado y
pretendían arrebatarme de nuevo.
El eco de unas voces me produjo una
descarga de pánico. Se me secó la boca
y los sentidos se me aguaron cuando la
puerta se abrió de nuevo con la misma
brusquedad que antes, y Zack apareció
con Morgan pisándole los talones. Esta
vez no se anduvo con miramientos.
Empezó a cortar mis ataduras con una
navaja mientras yo me fijaba en su
amigo, que se había detenido a pocos
pasos de nosotros y examinaba a Angy
de un modo que no me gustó ni un
poquito.
—Si le pones un dedo encima, haré
que te arrepientas —gruñí como una
salvaje.
Morgan me miró con frialdad y se
encogió de hombros.
—¿Tan pronto has olvidado lo que te
dije? —me preguntó Zack y levantó mi
mentón con la hoja de la navaja. Apreté
la mandíbula y los labios hasta casi
formar un mohín altanero.
Él prefirió ignorarme, atrapó mi
brazo y me puso en pie. Sin embargo, no
pude mantener el equilibrio y terminé
cayéndome de rodillas.
—¡Mierda! —mascullé con las
palmas en el suelo—. ¡No, déjame! ¡No
quiero tu ayuda! ¡No me toques! —
Retrocedí cuando sus dedos rozaron mi
piel y el breve contacto me provocó un
sofoco en la parte baja del vientre. Fue
angustiante sentir aquello.
—¡Te aguantas, joder! —Rodeó mi
brazo, me alzó e hizo caso omiso a mis
protestas—. No tengo tiempo para tus
pataletas.
Echó a andar otra vez, pero volví a
caerme por culpa de los tacones.
—¡Eres un bruto, maldita seas! —me
quejé sintiéndome ninguneada. Tenía la
blusa pegada a la espalda, olía a perro
muerto y la falda me apretujaba por
todas partes como consecuencia de
haber estado dos días sentada sobre un
colchón desvencijado, pero Zack
parecía no entender mi incomodidad.
—Camina —ordenó arrastrándome
sin consideraciones.
Estábamos a punto de traspasar el
umbral cuando observé por encima del
hombro a Angy.
—Déjame despedirme de ella, por
favor.
—Tuviste tiempo suficiente para
decirle «adiós» —dijo, pero yo
permanecí inflexible. Exhaló un suspiro,
que me dejó claro que estaba harto de
mí—. Avanza por tu propio pie o te
cargaré yo mismo. Tú decides.
Se me heló la sangre.
Negué con la cabeza, acongojada.
—No he podido hablar ni cinco
minutos con ella. Ni siquiera he podido
darle un abrazo. ¿Es que acaso no tienes
corazón?
Alzó una ceja y siguió mirándome
inescrutable, con las yemas de sus dedos
sobre mi piel erizada por su cercanía,
pero entonces tironeó de mí y salimos
del sótano, diciéndome con hechos que
era un monstruo y que no tenía corazón.
En el pasillo de la primera planta,
me metió en un baño de invitados y me
limpió la cara con una toalla que ya
había mojado para mí. Una vez que tuve
el rostro limpio y no parecía un payaso,
nos desplazamos hasta la sala de estar.
Encima del sillón atisbé mi maletín
abierto. Mi billetera yacía sobre un
cojín, la barra de cacao para los labios
estaba a medio hundir en la alfombra y
la libreta que había usado para las
anotaciones durante las entrevistas,
había sido arrojada sobre la mesita de
centro.
Zack, como si hubiera tenido el
mismo pensamiento, se acercó
demasiado a mí y, con burla, dijo:
—No eres tan interesante para que
me haya molestado en leer lo que has
escrito sobre mí. Me da igual lo que
pienses. —Se adueñó de algo con la
mano derecha y, acto seguido, alzó un
pañuelo delante de mis narices—. Date
la vuelta.
Fruncí el ceño.
—Ya os he visto la cara.
—No es eso lo que me preocupa.
Date la vuelta. Es la última vez que te lo
repito.
No quería averiguar qué sucedería si
le desobedeciera, así que hice lo que me
pidió.
—Quiero llevarme el maletín —dije
mientras mi visión quedaba reducida a
nada.
—Tu móvil está en la basura, hecho
trizas. —Se cercioró de que el nudo
estuviera bien atado—. Te lo dije ayer,
no puedes librarte de mí. No hasta que
yo te lo permita.
Estuve en silencio tras su
declaración, que cada vez sonaba más
espeluznante en mi mente. Él también
persistió callado, detrás de mi espalda,
sin tocarme con sus pectorales. De
repente, se me precipitó la respiración
al notar su aliento en mi nuca, que me
produjo un intenso hormigueo por toda
la piel. Me estremecí y cerré los ojos,
aunque no podía ver nada, cuando el
calor de su cuerpo empezó a calentar el
mío como una manta térmica, aunque me
eché a temblar como si una llovizna de
aire glacial me hubiera envuelto en un
abrazo.
—No cometas ninguna locura —
susurró en mi oído. Él también se había
percatado de lo que fuera que se
estuviese dando entre nosotros. Una
marea de nervios aleteó en mi estómago
y suspiré al no entender qué sentía en mi
interior—. O ya sabes quién sufrirá las
consecuencias.
—No lo he olvidado. —Me tembló
la voz—. Tú te dedicas a recordármelo
todo el tiempo.
Creí que replicaría con alguna
expresión salida de tono, pero me
abandonó allí mismo y se fue hacia otro
lugar. A los pocos segundos, regresó y
me condujo hacia el exterior. El aroma
de la naturaleza, bañada por el rocío, se
sintió enriquecedor como un relajante
baño de espumas. Intuía que debía de
ser muy temprano por la mañana. A
tientas Zack me sentó en el asiento de un
vehículo, me abrochó el cinturón y
capturó mi muñeca derecha con unas
esposas.
—Así no te me escapas —comentó
con socarronería—. No te quites la
venda.
Cerró la puerta.
El olor a tabaco serpenteó en mi
nariz. Era obvio que no me encontraba
en mi coche. No tenía idea de qué
habrían hecho con él, pero dudaba
mucho que lo supiera pronto. Di un
respingo cuando la presencia de Zack se
proyectó a mi izquierda. Le escuché
bloquear las puertas y empezó a avanzar
por el abrupto camino.
—¿Por qué Morgan no viene con
nosotros? —pregunté tras varios minutos
de mordaz silencio.
—¿No es evidente?
—Angy no dirá nada a nadie.
Soltó una carcajada amarga.
Casi pude ver su sonrisa en mi
cabeza.
—Todos dicen lo mismo. Ya me
conozco esa táctica. Llevo mucho
tiempo en esto, así que no intentes
engañarme.
Exhalé un suspiro casi inaudible.
—¿Morgan es un asesino a sueldo
también?
—No.
—Pero pertenece a tu mundo.
—No se dedica a matar. —El humo
de un cigarrillo empezó a circular entre
nosotros—. Cuando una persona no está
al día en los pagos, se le suele dar una
advertencia; dos como máximo.
—¿Advertencias?
—Sí. —Esperó un momento antes de
continuar—. Morgan se encargaba de
hacerles saber a los morosos que, si no
pagaban las deudas que acumulaban, les
ocurrirían cosas desagradables.
—¿Quieres decir que les
amenazaba?
Se rio con suavidad.
—Las amenazas no sirven con gente
de esa calaña.
—¿Entonces…?
—Les daba palizas. Morgan iba a
sus casas y les decía, a base de hostias,
que debían pagar. —Le sentí exhalar por
la boca. El humo casi me asfixió—.
Funcionaba…, a veces. Pero no todos se
tomaban en serio las advertencias.
Me pasé la lengua por los labios
resecos.
—¿Qué sucedía tras la segunda
advertencia?
El silencio que se prolongó entre
nosotros durante extensos segundos me
aceleró el corazón.
—Ahí es cuando yo entraba en
escena.
Temblé de pies a cabeza.
—¿Me harás daño?
—Solo si tengo que hacerlo. —Por
el tono que empleó, supe que no era una
trola.
—¿Por qué? —No concreté la
pregunta. Y, por lo visto, tampoco hizo
falta.
—Porque te necesito —dijo sin
titubeos.
Algo dentro de mí ardió inflándose
como una ampolla al oír esas palabras
tan repletas de un significado recóndito
y poderoso.
—¿Y por qué Angy?
—Porque tú la necesitas a ella —y
antes de que pudiera añadir algo más,
me informó—: Ya puedes quitarte la
venda.
Liberé mis ojos del pañuelo y aleteé
las pestañas. No podía hacerme una idea
de cuántos minutos u horas habíamos
estado en la carretera, pero me asombró
que el paisaje fuese montañoso y
desolado, con pinos altos a cada lado
del arcén.
—¿Cuándo me dirás adónde vamos?
—Cuando lleguemos.
Sin saber qué más podría decirle, me
encerré en mis pensamientos. Él
continuó con la vista concentrada en la
vía hasta que mi estómago rugió
haciendo ruiditos extraños.
—Coge el maletín del asiento trasero
—me dijo con tanta brusquedad que me
asusté—. Pararemos a comer.
Viré la cabeza hacia atrás. Mi
maletín estaba ahí, pero no había rastro
de mis posesiones. Con el ceño
fruncido, mis ojos regresaron a su perfil,
pero él no se inmutó ante mi escrutinio.
En aquel instante en que me dediqué a
observar sus facciones varoniles y
bellamente pulidas, se me ocurrió que
podría hacerle dar un volantazo e
intentar escapar. Pero deseché enseguida
ese plan tan absurdo. Estaba esposada,
lo más probable es que él ya tuviera en
mente que yo haría una cosa de tal
dimensión y, además, podríamos perder
la vida.
Resignada, me estiré hasta enganchar
con un dedo la correa del maletín y me
topé con un par de sándwiches envueltos
en servilletas naranjas y dos botellines
de agua. Estacionó en un área de
descanso, se quitó el cinturón y esperó a
que le diera su sándwich. Cuando lo
hice, le propinó un suculento mordisco.
—Come.
No deseaba discutir con él y en
realidad estaba famélica, así que
mastiqué con calma y saboreé cada
bocado. La comida nos duró escasos
minutos. Zack agarró su botella y se
bebió más de la mitad mientras yo
situaba el maletín sobre la alfombrilla.
—Toma. —Lo miré con extrañeza
cuando me ofreció mi botellín sin la
tapa, en un claro acto de amabilidad—.
Bebe.
Me mordí la lengua para evitar decir
«gracias», pues Zack no merecía mi
simpatía y casi que tampoco mi
educación. Pero a él le dio lo mismo mi
silencio. Se encendió otro cigarrillo,
aumentó el volumen de la radio y
aceleró otra vez. Mientras conducía, le
lancé fugaces miradas por el rabillo del
ojo hasta que me sentí extenuada y
descansé mi cabeza contra la ventanilla.
Poco a poco el monótono panorama fue
tranquilizándome con los mismos
efectos de una tila caliente y aunque
luché por combatir la llamada del sueño,
se me cerraron los párpados y me quedé
traspuesta.
Desperté varias horas más tarde.
Parpadeando, visualicé una casita
vieja a pocos metros de distancia
mientras que Zack se disponía a salir del
vehículo. A paso austero cruzó el trecho
hasta la entrada al tiempo que yo
analizaba el funesto paisaje, aunque no
había mucho que observar. Lo único
reseñable era la mustia construcción de
aquella cabaña y los árboles de troncos
oscuros y misteriosos repartidos por
todo el terreno.
Volví a mirar a mi secuestrador,
quien derribó de una patada la puerta
principal y, entonces, se dio la vuelta,
como a cámara lenta. El vello se me
puso de punta cuando nuestras miradas
parecieron impactar en todo su
esplendor. Nos analizamos. Nos
medimos. Nos estudiamos. Hubo una
espesa quietud. Zack entornó sus ojos,
que resplandecían negros e
intimidatorios en el horizonte, como si
quisiera verme a través del cristal
opaco, mientras mis pupilas ansiaban
profundizar en las suyas, hasta que de un
segundo a otro, como si alguien hubiera
pisoteado nuestro momento, el repentino
hechizo que nos había embrujado se
fundió con nuestros silenciosos deseos.
Zack emprendió sus pisadas en mi
dirección, abrió la portezuela del
pasajero y me quitó las esposas.
—¿Dónde estamos? —pregunté a la
vez que me cogía por el codo, con
firmeza.
—Lejos.
Caminamos en silencio hasta la
entrada. El terreno estaba tapizado con
un denso disfraz de hojas amarillentas,
como si nadie hubiera barrido el camino
durante años. La estampa color cobrizo,
levemente verdoso, transmitía una
desolación innegable que, junto al
pausado canto del viento y el aullido de
las hojas bajo nuestros zapatos, me
amargó aún más la existencia. Nos
paramos en el umbral.
La oscuridad en el interior de la casa
era escalofriante.
—No quiero entrar ahí.
—No hay nadie dentro. Bueno… —
dudó—, está Joe, pero él es inofensivo.
—¿Quién es Joe?
—No querrás conocerle. —Colocó
una mano sobre mi espalda y me empujó
con poca delicadeza—. Entra. No hagas
que te cargue sobre mi hombro.
A pesar del aviso, no tenía ninguna
intención de hacerle caso. Él lo supo y
tomó medidas al respecto. Solté un
chillido cuando capturó mis manos entre
las suyas, me encerró entre sus brazos y
me arrastró dentro de la casa, sin
miramientos.
Me removí como una culebrilla hasta
zafarme de él, respirando con prisa.
Zack me lanzó una mirada a modo de
advertencia, pero me dejó ir a mi bola.
Yo estaba tan cabreada con sus brutas
formas, y con las circunstancias en
general, que preferí echar un vistazo a la
vivienda. Todo estaba oscuro. En el
suelo había varios trozos de madera
carcomida y basura de hacía años, lo
que hacía dificultosa la tarea de
moverse entre tanta porquería. Las
ventanas estaban sucias y tapadas con
infinitas telarañas, y olía a una apestosa
combinación a polvo, moho y humedad.
¿Quién podría vivir en esas
condiciones?, me pregunté hasta que el
tacón de mi zapato se quedó enganchado
en una pequeña fisura.
—No fastidies… —farfullé entre
bufidos, pero Zack no se hizo problema
por mi percance. Tiró de mi brazo hasta
casi dislocármelo y me guio hacia unas
escaleras próximas a la cocina.
—Por aquí.
Otro sótano.
Estaba harta de estar en esos lugares
que me ponían de los nervios, pero
tampoco quería tener sus electrizantes
dedos sobre mi piel, así que avancé más
rápido para imponer distancia entre los
dos. Alcanzamos una puerta cerrada.
Casi morí del susto cuando Zack me
arrinconó contra una pared, con sus
manos en mi estómago, y me apretó
contra el muro. Creí que abusaría de mí.
O que me mataría allí mismo. Pero mis
temores se dispersaron en el instante en
que me di cuenta de que solo estaba
haciéndose hueco para impulsarse sobre
la madera.
Destruyó esa puerta también. Cogió
el zippo de su bolsillo, lo encendió y la
llama iluminó la habitación de
dimensiones angostas. Sobre un mueble,
había un par de velas con un envase de
metal como soporte que no tardaron en
cobrar vida, coloreando de penumbra un
congelador horizontal apartado al fondo
del sótano.
Fruncí el ceño cuando le vi caminar
hacia allí, y agarró la tapa con las dos
manos.
—No hay electricidad —murmuré
deteniendo sus intenciones.
Zack, mirándome, sonrió sin alzar
del todo las comisuras de sus labios.
—Quizás quieras darte la vuelta.
—Ni loca.
Se encogió de hombros.
—Luego no digas que no te lo
advertí. —Y sin más protocolo, destapó
el congelador y arrojó el liviano, pero
descabellado, contenido al suelo
roñoso.
Me tapé la boca cuando un esqueleto
vestido de pies a cabeza se introdujo en
mis retinas.
—Te presento a Joe —dijo
hurgueteando en la chaqueta del pobre
hombre hasta hallar un humilde fajo de
billetes.
Me enervó la sangre que le robara a
un muerto.
—¿También lo mataste? —pregunté
mientras él ponía el esqueleto en su
sitio.
Se frotó las manos sucias de polvo.
—¿Aún te sorprende lo que haya
hecho? —Había cierto matiz de ironía
en la cuestión, pero también curiosidad.
—Creo que tienes la manía de
pensar que todos somos iguales que tú.
Dejó escapar una risita a la vez que
caminaba hacia mí, con calma, y me
estudiaba con minuciosidad, mientras yo
retrocedía sin darme cuenta. Mis nervios
se multiplicaron por mil cuando mi
espalda chocó contra la pared que había
detrás de mi figura, y él disminuyó sus
pisadas, con su pecho a punto de rozar
el mío.
Una dolorosa tensión en mi tórax
casi me hizo suspirar.
—Y tú no te pareces a mí, ¿cierto?
—Dio otro paso hacia delante. Nuestros
cuerpos se tocaron orquestando una
insólita conexión. Me invadió el deseo
de retroceder con la potencia de una
tempestad, pero no me fue factible. Él
me tenía a su merced, tal como había
asegurado horas antes—. Para tu
desilusión, Joe murió a causa de su
obesidad mórbida, aunque ahora mismo
no lo parezca. Su asquerosa dieta
consistía en comida saturada en grasas.
La palmó solo en esta cabaña. —Se
apretó un poco más contra mí y me
enjauló con sus palmas apoyadas a cada
ángulo de mi cabeza. Sentía cada uno de
sus duros músculos en contacto con mi
cuerpo, intimidándome, calentándome la
sangre—. El viejo solía lloriquear que
no quería ser enterrado bajo tierra,
porque es sucia, oscura y miles de
animales mean sobre ella. Un
refrigerador fue lo más pulcro que
encontré para él.
—Ese acto de «generosidad» no
cambia quien eres.
Me miró bajo sus pestañas y, con
mucha lentitud, aproximó su rostro hacia
mis labios. Con el pulso inquieto eché la
cabeza hacia atrás, buscando aire y
espacio.
—Tienes razón. No cambia quien
soy. —Sus labios acariciaron mi
barbilla al hablar. Podía oír la música
que creaban mis propios latidos en mis
tímpanos—. Eres una mujer inteligente.
Sabes que el hecho de que aún respires
no significa que yo sea menos hijo de
perra. No lo olvides. Nunca. Será lo
mejor para ti.
No me dio tiempo a procesar sus
palabras, pues me agarró por el brazo y
me forzó a andar hacia las escaleras.
Sopló las velas por el camino. Subimos
hasta la segunda planta, en dirección a
una habitación tan sucia y maloliente
como el resto de la cabaña. La visión de
una cama de dos plazas entumeció mis
pies.
—No voy a dormir ahí —dije con un
jadeo al ver una enorme cucaracha
deambulando sobre la colcha raída—.
Prefiero dormir en el coche. Tú puedes
quedarte aquí si te apetece.
Zack ignoró mi petición. Envolvió
mi cintura con un brazo, me pegó a su
pecho y caminó hacia la cama, conmigo.
—Acuéstate —ordenó, pero yo me
giré preparada para correr a toda
carrera. No fui tan afortunada. Me
encarceló entre su cuerpo y capturó el
insecto con los dedos. Intenté
esquivarle, en vano. Los bichos me
daban un asco tremendo. Él se rio de mi
reacción, abrió el cajón de la mesita de
noche y encerró la cucaracha ahí—.
Listo. Ahora acuéstate. El trayecto que
tenemos por delante es largo y pesado.
—Como me hice la sorda, suspiró a
través de los dientes y señaló la cama
—. Te doy tres segundos para hacerlo.
No me hagas usar la fuerza contra ti. Es
lo último que me apetece después de
tantas horas en la carretera.
Busqué sus ojos por encima de mi
hombro. Fue entonces cuando tuve la
certeza de que utilizaría lo que hiciera
falta para conseguir su cometido.
Quizás, hasta destriparme como había
confesado en una de las entrevistas.
Tragué saliva y, muy a mi pesar, me
tendí sobre el colchón a la vez que
procuraba no pensar en los bichos que
podrían estar vagando debajo de mi
cuerpo o los que podrían aparecer
mientras estuviera dormida.
Levantó mi muñeca y me inmovilizó
al cabecero con su, al parecer, juguete
favorito: las esposas. Aun así, no
protesté ni hice aspavientos con el
brazo. Cualquier intento sería inútil. En
cambio, procuré no estremecerme como
una boba cuando se recostó detrás de mí
en la posición de la cucharita y me
arrimó a su cuerpo. Su pecho generó una
ardiente fricción contra mi espalda
mientras iba deslizando con parsimonia
una de sus manos por mis costillas hasta
llegar a mi vientre.
Mi pulso aumentó al igual que mi
respiración. Toda yo reaccionaba a él.
Estar a su lado me retorcía las entrañas
y, a la misma vez, me conmovía de una
manera que seducía al delirio. La
calidez de su tacto, áspero y violento
como su corazón, me abrasaba la piel a
través de las prendas. Y fue a peor
cuando me asedió una sensación de
fuego al notarle duro contra mis nalgas.
Estaba excitado.
Muchísimo.
—Así no te me escapas —repitió
aquellas palabras y prosiguió con sus
caricias, cada vez más lentas y
maravillosas.
Embriagándome.
—Detente, por favor… —supliqué
con un hilillo de voz sintiéndome
confusa conmigo misma. Me tensé
dolorosamente. Como no respondió
ubiqué mi mano libre sobre la suya, que
no paraba de trazar diminutos círculos
en mi estómago. Él inspiró hondo y
hundió su nariz en mi pelo, rozando el
lóbulo de mi oreja con su boca caliente
—. ¿Por qué no dejas que me marche?
—Cierra los ojos y duérmete —dijo
ciñéndome más con el brazo derecho,
como si no quisiera dejarme escapar.
Estaba segura de que podía percibir los
fogosos latidos de mi corazón, que
chocaba como un caballo desbocado
contra mi pecho—. Y yo haré como si no
olieras peor que el viejo Joe cuando
estaba vivo.
Y para turbarme un poco más, trenzó
nuestros dedos. Con tirantez. No lo hizo
en plan romántico, sino posesivo. Otro
modo de asegurarse de que no pudiera
huir de él.
Exhalé un suspiro silencioso y
aunque lo único que me apetecía era
arrancarle los ojos con las uñas, cerré
los párpados. «Te odio, Zack Cassidy.
Te detesto con toda mi alma», pensé
durante toda la noche mientras deliraba
con la idea de escabullirme de sus
garras, antes de caer rendida varias
horas más tarde.
9
Linda
Lunes, 31 de agosto de 2009
La cabaña del viejo Joe.
Desorientada en mitad de la penumbra,
abrí los ojos al sentir una mano robusta
sobre mi garganta. Me incorporé con
dificultad, sudando por el miedo de la
pesadilla, a la vez que miraba hacia
todos los ángulos al no notar la calidez
que me había arropado durante gran
parte de la noche. Clavé la vista en un
punto difuminado y ahí estaba Zack…,
con la espalda recostada en la pared, a
pocos pasos de la cama, con un
cigarrillo en la boca. Sus iris
resplandecían en la oscuridad y obtenían
un tono rojizo cada vez que daba una
perezosa calada mientras me observaba
con una intensidad que rayaba lo
descomunal.
—¿Qué soñabas? —preguntó con la
voz algo ronca por el humo, y yo me
angustié sin poder evitarlo—. Te movías
mucho y gemías. Es casi imposible
dormir a tu lado.
Negué con la cabeza y eché un
vistazo a la ventana ubicada al otro
extremo de la habitación.
—No ha amanecido aún —desvié la
conversación hacia otro tema menos
espinoso.
Suspiró ante mi evasiva.
—Es hora de irnos. La madrugada es
más segura. —Tiró el cigarro al suelo y,
tras aplastarlo con la bota, vino hacia mí
y me despojó de las esposas.
—¿Dónde estamos?
—Un poco más allá de Sandy —
afirmó sin dar más explicaciones y me
ayudó a ponerme en pie. No me trató con
mucha brusquedad, pero aun así me
tambaleé y casi volví a caerme de
bruces.
—Espera. Espera un momento… —
Aunque me perturbaba su proximidad,
tuve que apoyarme en sus antebrazos—.
Los tacones me molestan demasiado.
Tengo los pies hinchados y me duelen
los dedos al doblarlos.
Reflexionó un segundo sobre mis
palabras.
—Dame tus zapatos. —Fruncí el
ceño al oír su petición. Cuando no me
moví, me hizo una seña con los dedos—.
Vamos. Dámelos.
Recelosa, se los entregué. Casi me
abalancé sobre él cuando les arrancó los
tacones ante mi perpleja mirada. Con
una sonrisa arrogante, me devolvió el
calzado destrozado.
—¿Cómo te atreves? ¡Eres un…! —
enmudecí cuando puso su dedo índice y
pulgar debajo de mi barbilla y presionó
lo mínimo en señal de advertencia.
—Cuidado con lo que dices.
Póntelos. Ya hemos perdido bastante
tiempo con esta estupidez.
Le enseñé un poquito los dientes y
me puse los zapatos de mala gana.
Salimos del dormitorio y, sin
detenernos, continuamos hasta el coche.
El cielo aún estaba lleno de decenas de
estrellas y la luna nos regaba con su
luminosidad. Apenas me senté, Zack
retuvo mi muñeca con las esposas y se
deslizó al volante.
Durante horas se limitó a conducir y
a fumar, distraído en sus cavilaciones.
Yo, en cambio, luché por hallar el modo
de rescatar a Angy. La única manera
sería tratando de ponerme en contacto
con la policía. Pero no sabía cómo, o si
aquello sería posible, pues Zack
siempre estaba vigilándome con sus ojos
de depredador, que me hacían
estremecer.
Los minutos avanzaron a un ritmo
sobrecogedor. El reloj marcaba las ocho
menos cuarto cuando mi estómago
empezó a protestar con los típicos
ruiditos que lograban que mis mejillas
se ruborizaran de vergüenza. No
habíamos comido más que el sándwich
de la tarde anterior y ya habían pasado
demasiadas horas de aquello.
—A cinco kilómetros hay una
gasolinera —dijo sin mirarme—.
Compraré algo para comer.
Realicé un gesto afirmativo.
Mientras el sol empezaba a
vislumbrarse con toda su majestuosidad
en el norte, nos adentramos en una
estación de servicio, a un lado del
surtidor. No había nadie salvo el
conductor de un monovolumen que
repostaba gasolina. Reposé la nuca en el
reposacabezas al creer que tendría unos
breves instantes de paz, sin amenazas y
sin preocupaciones, pero Zack no se
bajó del coche. Al contrario, se giró en
el asiento y me observó con fijeza; igual
como yo hice con él.
—Los vidrios están tintados —me
informó. Yo ya me había percatado de
ello—. En cuanto acabe de llenar el
depósito, iré a comprar comestibles y a
pagar —me hablaba despacio,
comedido, saboreando cada sílaba—. Te
quedarás sola y sé que intentarás
aprovechar la oportunidad, ya sea para
huir o hacerte notar, pero el que avisa no
es traidor. Haz algo de lo que haya
tramado esa terca cabecita tuya y me
cargaré a ese hombre de ahí, que está
punto de soltar la manguera. —Siseé
como una serpiente cuando me obligó a
mirar hacia el establecimiento—. Y
también al dependiente y a todo aquel
que me estorbe. Y entonces, depende de
lo cabreado que esté contigo,
telefonearé a Morgan y le daré carta
blanca para que le haga cosas horribles
a tu amiga. Esas muertes caerán sobre tu
conciencia. No sobre la mía. —Me soltó
—. ¿Me he explicado bien?
—Sí… —susurré. Le lancé una
mirada interrogante cuando empezó a
rebuscar en la guantera y cogió una
gorra negra con la que poder ocultar su
pelo.
—Perfecto. —Abrió la puerta y
deslizó una pierna fuera del coche—.
¿Café con o sin leche? —Lo fulminé con
los ojos; reacción que le resultó
divertida, ya que se marchó riéndose.
Inhalé hondo y cerré los párpados.
No tenía claro si me decía todo aquello
en serio o si, en un plan descabellado,
solo pretendía inquietarme. Lo cierto es
que a él le encantaba incomodarme,
hacerme sentir emociones, aunque casi
todas fueran molestas para mí. Le
gustaba verme más desinhibida, aunque
para conseguirlo tuviera que actuar de
un modo grosero, como un neandertal.
Zack retornó a los pocos minutos.
—Un espresso para ti —dijo
ofreciéndome el vaso de cartón
plastificado—. ¿He acertado con tus
gustos? Algo me dice que te gusta lo
soso y lo amargo.
Recibí el vaso a regañadientes.
—Es de mala educación hacer
insinuaciones de ese estilo —dije tras
dar un par de sorbitos.
Él aparcó debajo de un toldo de
acero y sacó dos bocadillos y una cajita
de donuts azucarados con glaseado de
chocolate y fresa de la bolsa que
acababa de comprar.
—No he dicho nada que no sea
cierto.
Capturé un donut y tras terminar de
masticar la deliciosa masa dulce, dije:
—La manera en que las dices es muy
ordinaria.
—O quizás tú eres demasiado
estirada, demasiado perfecta para mis
formas imperfectas.
—¡No soy estirada! —me defendí y
él se rio, irónico—. Y mucho menos
perfecta.
Resopló ante esto último.
—Te crees superior a los demás. —
Lo miré con cara de espanto—. Sí, lo
haces, aunque sea de manera
inconsciente. Y da igual que no sean
unos cabrones como yo. Desde el
principio me di cuenta de cómo
observabas a los guardias de seguridad
en la trena, con indiferencia y frialdad.
Así tratas a todo el mundo excepto a tu
amiga, quien más que seguro es tan
estirada como tú.
—¿Qué estás diciendo? —escupí
sintiendo la indignación mezclarse con
mi sangre. La frialdad a la que se refería
era el resultado de muchos años de
preparación, para parecer profesional
durante las entrevistas; aunque en más
de una ocasión me habían entrado ganas
de levantarme y abandonar la sala al oír
tantas atrocidades—. ¡Eso no es verdad!
Se metió medio donut en la boca y se
encogió de hombros.
—Quizás nos miras así porque no
tenemos el mismo nivel adquisitivo que
tú. ¿Te molesta compartir el mismo
espacio con una persona que no tiene
dinero?
—El dinero no tiene nada que ver en
esto. Y ¿quién te crees que soy?
¿Millonaria?
—Por tus ropas, es evidente que
tienes pasta.
—Vivo bien, cuido mis gastos y soy
muy ahorradora —comenté con fastidio
—. ¿Y por qué te estoy dando
explicaciones? —me reproché a mí
misma.
Se acercó antes de que lo hubiera
sentido moverse y enterró su puño en el
respaldo, con el cuerpo inclinado hacia
delante. Habló en voz baja. Fue apenas
un susurro.
—Si no es por el dinero, ¿por qué
miras a todo el mundo con ese aire de
superioridad?
—Te estás equivocando. —Tragué
saliva—. No me creo superior a nadie.
No me importa la economía ajena y
créeme, no soy perfecta. —Recordé las
pesadillas que solía tener cada noche;
mi forma apagada de ver y vivir la vida;
el aislamiento emocional al que yo
misma me había sometido. Sin duda, no
era perfecta. Ni siquiera en el trabajo.
La voz de Zack me resultó remota.
—Entonces ¿por qué eres así?
—¿Por qué soy como soy? —musité
con desesperación mientras buscaba en
sus ojos una solución a mis problemas
—. Creo que ni yo misma lo sé.
Al percatarme de lo que acababa de
admitir, aparté la vista. No tenía idea de
cómo la conversación había tomado un
rumbo tan personal, o por qué le había
dejado entrever que me sentía perdida,
que llevaba años dando bandazos por la
vida, que me era imposible ser feliz y, lo
más probable, que jamás pudiera abrir
mi corazón a nadie.
Él continuó mirándome, pero yo no
le devolví el gesto. Mantuve la mirada
en mi regazo. Como si captara la
indirecta, se recolocó en el asiento y
siguió comiendo. Yo picoteé sin ganas.
Mi apetito se había saciado con mi
propia confesión porque, a pesar del
pasado que me había tocado vivir, no
sabía por qué era de esa manera. Y no
me gustaba ser así. Pero tampoco podía
cambiar mi forma de ser. O quizás nunca
me lo había propuesto. Ni sabía cómo
remediarlo. Me sentía como un juguete
roto al que el destino no paraba de
martirizar y romper con viles pesadillas.
Cansada del torbellino de emociones
que me apabullaba sin cesar, metí lo que
no había comido en la bolsa e hice un
esfuerzo por beberme todo el café. Él,
pese a que aún tenía hambre, también
guardó las sobras y nos pusimos en
movimiento otra vez. El tráfico era
ligero, pero el viaje se me estaba
haciendo interminable y el silencio, más
asfixiante que nunca. Al cabo de algunas
horas decidimos parar en un parámetro
deshabitado, pues Zack quería descansar
un momento.
—Necesito ir al baño —dije
evitando hacer contacto visual con él,
pero no por vergüenza sino porque aún
estaba demasiado afectada por nuestra
escena anterior.
—Vamos juntos. No miraré.
—¿Qué dices?
Ahora sí lo observé, estupefacta y
boquiabierta.
—Me quedo contigo en el cubículo.
—¡Eres un canalla! ¡Que te jodan! —
declaré dándole a entender que prefería
aguantarme las ganas de mear a bajarme
los pantalones en su presencia.
Sonrió y descendió la cabeza al igual
que la voz, convirtiéndola en una
cosquilla perversa.
—Eso me encantaría. Que me
jodieras o me dejaras joderte yo a ti.
La temperatura incrementó de golpe,
como si me hubiera aproximado al sol y
este estuviera a punto de quemarme.
Respiré hondo al sentir aquellas
emociones inauditas en mí mientras él
recorría mi cuerpo con sus ojos
hambrientos. Sin embargo, aunque su
declaración no era ningún farol, me
permitió ir a una especie de cabina
nauseabunda, aislada y de plástico
verde, a hacer pis.
Él permaneció fuera, con la cabeza
gacha y los brazos cruzados sobre el
pecho. Después volvimos al coche y
estacionó en la zona de parking para
resguardarnos de los cegadores rayos de
sol. Sin decir nada me dio la espalda y,
al instante, se quedó dormido como un
bebé. Su respiración colmó la
atmósfera.
Yo estaba exhausta también, pero no
pude dormir y tampoco logré reprimir el
impulso que, con una potencia bestial,
bloqueó mi sensatez. Y aunque su actitud
me había agriado el día y su última
declaración no paraba de torturarme, me
volví hacia él y me dediqué a observar
cada centímetro de su cuerpo, como una
acosadora.
No podía negar que su imagen y sus
facciones eran arrebatadoras. Todo él
irradiaba magnetismo. Desde la anchura
de sus hombros. Sus brazos rociados por
una fina capa de vello claro. Su pelo
largo y sensualmente desordenado.
Hasta sus piernas y sus manos que
descansaban sobre el muslo derecho.
Zack era un espécimen de belleza
salvaje y el peligro que le precedía le
hacía aún más irresistible.
Repasé cada recoveco de su
anatomía, sin indagar demasiado en el
motivo de mis acciones. No sabía qué
esperaba ver en él, si es que de verdad
esperaba ver algo, pero habría seguido
recorriendo cada trozo de su piel si al
levantar la mirada no hubiera
descubierto que Zack había volteado su
cabeza y me estaba mirando con el ceño
fruncido.
Mis mejillas ardieron como dos
antorchas mientras sus profundos ojos un
tanto verdosos y azulados me estudiaban
con intensidad. No emitimos palabra.
Pasó un eterno e incómodo momento
hasta que se sentó erguido y volvió a
conducir sin prestarme la mínima
atención. Mientras dejábamos atrás
milla tras milla, me sentí cada vez más
abrumada por mis pensamientos. Leer a
Zack era de lo más complicado, por no
decir imposible. Era incapaz de
meterme en su mente. En cambio, para él
era demasiado sencillo meterse en la
mía.
El sol se estaba poniendo cuando nos
desviamos por otro camino. Un letrero
verde y rectangular me indicó que
estábamos próximos a Nuevo México, a
casi dos horas y media de allí, pero él
parecía no tener intención de dirigirse a
la gran ciudad. Tal como había supuesto,
la presencia de varios camiones, que
ralentizaban nuestra marcha, me dio a
entender que nos habíamos internado en
otra vía secundaria, transitada
mayormente por camiones y furgonetas.
Pero aquello dejó de importarme cuando
a los pocos minutos un rótulo luminoso,
con las letras «Sands Motel», apareció
en mi campo visual.
Exhalé un suspiro de satisfacción.
Eso significaba que pronto podría
disfrutar de una cama, con un poco de
suerte, en condiciones y sin padecer
dolor de espalda al día siguiente; o que
habría un aseo más o menos decente, con
luz artificial y una puerta para tener
privacidad; o que dispondría de una
ducha para quitarme el sudor y la
suciedad en las greñas.
La palabra «motel» significaba el
paraíso para mí.
Zack paró en una sección apartada
de la recepción, donde aún era visible la
panzuda silueta del dependiente, que
tenía la vista clavada en un pequeño
televisor ubicado en la mesa atestada de
papeles. Se puso la gorra y caminó a
paso seguro hacia la oficina. Desde la
distancia vi cómo Zack colocaba un par
de billetes sobre el escritorio. El
encargado despegó con algo de esfuerzo
los párpados del partido de fútbol y le
entregó un llavero de madera con una
única llave colgando de la argolla. Zack
firmó en el libro de registros de clientes
y masculló algo antes de regresar a mí.
El encargado apenas se dio cuenta de
ello.
—Pasaremos la noche aquí —me
informó mientras me liberaba de las
esposas. Se las guardó en el pantalón.
—¿Cómo lo has hecho para
registrarte?
Me miró como si hubiera nacido
ayer.
—Usando un nombre falso.
«Por supuesto», pensé con ironía.
—Qué listo…
—Nada de armar escándalo.
—No hace falta que me lo repitas
tantas veces. No soy tonta. Lo he
captado a la primera.
Me ignoró.
—Vamos.
Recogió la bolsa con restos de
comida y emprendimos la caminata a la
habitación alquilada. El complejo del
motel era grande, de apariencia
modesta, blanco con el techo color
granate; solo disponía de una planta y a
juzgar por la cantidad de luces
encendidas, la mayoría de las
habitaciones estaban ocupadas.
De repente, un escalofrío zigzagueó
por mi columna.
Zack había entrelazado nuestros
dedos al tiempo que aceleraba sus
pisadas. Cuando abrió la puerta, me
instó en silencio a que me internara
primero. Una cama de matrimonio
decorada con un edredón grueso, de los
antiguos, con dos mesitas de noche a
ambos costados, de madera muy oscura,
era lo que más destacaba a simple vista.
También había una cómoda y sobre ella,
un televisor que no tendría más de diez
canales. En general, el dormitorio era
perfecto.
El sonido de la cerradura junto al
llavero rebotando sobre la mesita de
café me hizo dar un respingo.
Zack acababa de esconder la llave
del dormitorio.
—Quiero tomar una ducha —dije en
tono reservado, y lo miré con
desconfianza.
—Nadie te lo impide. —Señaló la
única puerta que había en la habitación
mientras se sentaba en la cama para
quitarse las botas.
Fui hacia allí sin querer desperdiciar
ni un instante. No había mucho que decir
sobre el baño, pues poseía lo esencial.
De inmediato, despejé mis pies de los
zapatos sin tacón y me desabroché la
blusa con dedos anhelantes. Estaba a
punto de deslizar la prenda por mis
hombros cuando escuché cómo la puerta
se abría de par en par.
¡Aquello era el colmo!
Enfadada, me giré para exigirle a ese
cavernícola sin modales que se largara
de inmediato, pero no conseguí ni
separar mis labios. Una fuerza
seductora, que parecía fluir de forma
natural entre nosotros, se despertó en mí
agitándome por dentro cuando Zack
apareció caminando hasta mi posición,
descalzo y sin camiseta, con el botón de
los vaqueros desabrochado.
Lo miré de arriba abajo, con
descaro. No conocía el motivo, pero
algo me persuadía a hacerlo. Y no era
para menos, a decir verdad. Zack tenía
un cuerpo de infarto, aunque los
músculos de su abdomen no estaban muy
bien marcados. Sus pezones eran de un
tono oscuro y muy pequeños, y una
excitante hilera de vello nacía desde su
ombligo hasta perderse por el interior
de su ropa íntima. Pero lo más
alucinante y aterrador a la misma vez
era el tatuaje que cubría por completo su
brazo derecho.
Se trataba de la imagen de un águila
sosteniendo una serpiente en la boca,
sobre un flameante círculo de fuego y
con unos cuchillos cruzados. La víbora
se enroscaba una y otra vez en su brazo
hasta morir un poco más abajo de su
muñeca, donde la lengua bífida se
escurría entre los labios del reptil. Entre
las llamas se leía el número «17»
tatuado con tinta negra, que parecía estar
consumiéndose en el fuego.
Ese tatuaje rezumaba poder, peligro
y fortaleza.
—¿Qué… qué estás haciendo? —
atiné a balbucear cuando se situó delante
de mí.
Me sacaba varios centímetros de
estatura.
—He pensado que es mejor que sea
yo quien se dé una ducha primero. —Su
aliento fue como un mimo placentero en
la frente—. De hecho, lo prefiero así.
—Como quieras… —murmuré
encogiendo los hombros. El movimiento
causó que mi blusa se abriera. Él lo notó
también. Me aferré a la tela, pero estaba
tan cerca de mí que su pecho desnudo
acarició el dorso de mi mano—. ¿Qué
significa el tatuaje?
Me miró a los ojos y dio otro paso
hacia delante.
—Nada que a ti te importe.
—¡Qué borde eres! —dije
sintiéndome demasiado aturdida por
aquella atracción. Necesitaba poner
distancia. Necesita alejarme de él—.
Está bien. La ducha es toda tuya.
Caminé hacia la puerta, pero él me
impidió continuar.
—Tú te quedas.
Me empujó hasta atrapar mi muñeca
con las esposas, que no había visto en su
mano. Cuando quise darme cuenta, me
hallé a mí misma inmovilizada al tubo
de la calefacción.
—Pero ¿qué te pasa? —inquirí con
la mandíbula endurecida y los puños
apretados.
—No voy a dejarte sola para que
trames algo que pueda perjudicar a
centenares de vidas —dijo mientras se
fijaba de nuevo en mi blusa, que se
había vuelto a abrir, pero aquello no me
incordió. Estaba demasiado enfadada
con él. Y también conmigo misma.
—Has cerrado la puerta y ocultado
la llave de la habitación. —Mi voz
acusadora le hizo alzar la mirada de mi
canalillo. Entornó los ojos y yo entorné
los míos—. Por más que quiera, y
créeme cuando te digo que lo ansío,
¿cómo podría escapar de ti?
—Seguro que se te ocurriría algo. —
Giró el grifo de la ducha. Nuestra
discusión se extinguió en ese instante,
pero no porque no tuviéramos nada más
que reprocharnos sino porque se bajó el
pantalón y se quedó en calzoncillos.
De inmediato, me volteé con
demasiada torpeza hacia la pared. Su
risa resonó de fondo, amortiguada por el
chorro de agua que aterrizaba sobre el
plato de ducha. Respiré hondo al tiempo
que trataba de ignorar que había un
hombre desnudo a escasos centímetros
de mí. Pero Zack Cassidy no era un
hombre cualquiera. Ningún hombre que
conociera se parecía lo más mínimo a
él.
Le oí pisar la cabina y correr la
puertecita de cristal. Pero a pesar de que
fueron pasando los minutos, no pude
eliminar el intenso anhelo de virar el
cuello hacia atrás. Había una fuerza casi
sobrenatural que me estimulaba a actuar
de una forma chocante, contra mis
principios. Y aunque lo intenté por todos
los medios e incluso pugné por
convencerme de que aquello no estaba
bien, no conseguí aplacar mi pequeño
arrebato y con mucha prudencia, lo miré
a hurtadillas.
Zack estaba de espaldas a mí,
pasándose las manos por el pelo y
quitándose de vez en cuando la espuma
de la cara. Me mordí el labio. No podía
negarlo. Ese hombre llamaba la atención
por la maravillosa belleza ruda que le
había sido concedida. Y aunque lo
odiara y apenas aguantara estar junto a
él, no podía obviar que era muy
atractivo y me avivaba el corazón de un
modo insaciable. Pero eso no
obnubilaba la realidad. Sabía que era
todo lo opuesto a un príncipe azul. Zack
no te rescataba de la oscuridad; él te
arrastraba hacia ella. Zack no te
regalaba el oído con palabras bonitas; él
te trataba con una fuerza bruta que, en
otras circunstancias, podría resultar
adictivo, quizás hasta sensual. Sin
embargo, tener esa certeza no me afectó
lo más mínimo y continué fijándome en
sus músculos tensos, en el lento trayecto
de sus manos y en sus glúteos firmes y
llenos.
—¿Le gusta lo que ve, doctora? —Su
voz pecaminosa me devolvió al
presente.
Era la segunda vez que me pillaba
con los ojos puestos en él.
Volqué de nuevo mi mirada en la
pared. Me sentía demasiado anonadada.
Tenía las mejillas prendidas. Mi corazón
palpitaba a una velocidad desbordante.
—Puedes mirar todo lo que quieras.
No me molesta.
No respondí.
Esperé a que terminara de ducharse.
Cuando salió de la cabina, me di
cuenta de que las toallas estaban en una
balda posicionada a mi derecha. Por un
instante pensé en alargar el brazo y
tenderle una, pero su respiración cálida
y el efímero tacto de su piel húmeda me
advirtieron de lo cerca que estábamos el
uno del otro. Me tensé hasta morir
cuando una afilada tensión se instaló
entre mis muslos. Odiaba intensamente
reaccionar de ese modo tan lujurioso,
pero no lograba controlar la seducción
que me barría por dentro.
Respiré hondo.
Él también lo hizo.
Finalmente, cogió una toalla y tras
enroscársela alrededor de la cintura, me
privó de las esposas.
—Tu turno… —dijo descendiendo
de nuevo la vista hacia mis pechos. La
blusa estaba en su sitio, pero la tenía
adherida como una segunda piel por
culpa del vapor.
Carraspeé para llamar su atención.
—No entrarás sin llamar, ¿cierto? —
pregunté, pero no contestó. Recogió sus
prendas y fue hacia la puerta—. ¿Zack?
—insistí con nerviosismo, pero se
marchó sin responder.
No había pestillo, por lo que tendría
que conformarme con lo poco o nada
que tenía a mano. Me negaba a estar un
día más sin asearme. Terminé de
desvestirme y me planté debajo de la
alcachofa. Apenas quedaba gel de ducha
en el tubito cortesía del motel, pero me
bastó con eso. Mi cabello tuvo menos
suerte, pues no había champú.
Una vez concluida mi pobre sesión
de belleza, me sequé con una toalla
pequeña y me enrollé a mí misma en una
más grande, repudiando la blusa y la
falda con una mueca. No quería ni por
asomo volver a ponerme esa ropa.
Sujeté la toalla por un costado, cuadré
los hombros con falsa tranquilidad y salí
del baño.
Me paralicé apenas vi a Zack a un
lado de la ventana, fumando mientras
observaba las calles y los pocos
transeúntes. En cuanto oyó mis pisadas
en la moqueta, volteó su mirada hacia mí
y sus ojos me atravesaron como si
fueran dagas letales para mi corazón,
que se encogió hasta convertirse en un
órgano diminuto. Se había puesto los
vaqueros, pero aún andaba sin camiseta
y con el tatuaje al aire.
Vacilé un momento antes de sentarme
en la cama, consciente de que él seguía
todos mis movimientos. Compartir el
mismo espacio con él me hacía sentir
indefensa. Zack podría hacer lo que
quisiera conmigo y, por más que me
defendiera, no podría detenerle. Él
siempre me arrasaría con su fuerza.
Además, mis pensamientos tampoco
ayudaban mucho a sentirme más
tranquila.
Sin romper la calma que nos había
refugiado, apagó el cigarrillo a medio
terminar y se movió hasta situarse
delante de mí. Elevé la vista en busca de
la suya, pero él estaba concentrado en
mis manos, que agarraban con evidente
angustia la toalla.
—¿Piensas que voy a violarte? —
preguntó con una ceja enarcada y volvió
a mirarme. Una cadena de escalofríos
poseyó mi cuerpo—. Si hubiera querido
follarte, lo habría hecho en la cabaña
del viejo Joe. O en el sótano de La
Cueva. ¿Acaso crees que la presencia de
tu amiga me hubiera frenado? No me
importa tener público a mi alrededor.
—No me fío de ti.
—Nunca he tenido la necesidad de
violar a nadie para gozar de un poco de
sexo. —Hizo una mueca irónica—. Las
mujeres que han estado conmigo siempre
me han aceptado de buena gana.
—No me interesan tus hazañas
sexuales —espeté, pero mi corazón se
saltó un latido cuando encorvó su torso
hacia delante para que quedáramos a la
misma altura.
—No te tocaré hasta que tú me lo
pidas —aseguró a la vez que su
respiración absorbía la mía. Enrojecí de
irritación, aunque, sin embargo, percibí
cierta humedad en algunas zonas de mi
cuerpo que no deberían inmutarse.
—Ni en sueños te pediría semejante
locura.
—Lo harás —dijo muy seguro. Sus
ojos chispearon como diamantes
mientras se inclinaba un poquito más
hacia mí. Estuve a punto de sufrir un
infarto ante tanta tensión sexual no
resuelta—. Me suplicarás que te folle y
haga que te corras con mis dedos, con
mi boca e incluso con mi polla —
susurró con un efecto hipnótico en la voz
—. Y aunque no eres mi tipo de mujer, te
follaré para que te des cuenta de la
mierda de hombres patéticos que has
metido en tu cama.
Inspiré hondo en un intento por
dominar mis deseos más oscuros, unos
anhelos que no sabía que tuviese, pero
su aroma a pecado hizo que temblara
con poderío.
—No me interesas. Y tú tampoco
eres mi tipo. —No me pronuncié sobre
lo segundo que había afirmado.
—Me alegro. —Enterró los puños a
cada lado de mis caderas, pero su única
intención era apresar la camiseta que se
había puesto antes. Me la tendió con una
sonrisa—. Puedes dormir con ella.
—Gracias. —La aparté de un
manotazo—. Pero no la quiero.
—¿Prefieres dormir con tu ropa que
apesta?
Acepté la prenda, me puse en pie con
brusquedad y lo aparté de un empujón.
—¡Me exasperas! —exclamé
cambiando de tema. Todo aquello me
estaba sobrepasando. Zack me hacía
sentir cosas que no entendía; que jamás
había sentido y me confundían sentir con
una persona como él—. ¡Y no entiendo
por qué me has traído hasta aquí!
—Lo sabrás mañana —dijo
encendiendo el televisor, sin hacerse
mala sangre por mi malhumor.
—Te atraparán tarde o temprano. La
policía ya debe de estar buscándote…
—callé. La carne se me puso de gallina
al leer el subtítulo «Situación de crisis»
en el noticiario que retransmitían en ese
instante.
La voz informativa de la reportera
inundó la habitación.
«Continúa la investigación de las
causas de la reyerta que tuvo lugar el
pasado sábado veintinueve de agosto
en la Prisión de Nueva Folsom,
California. Tras más de veinte horas
tratando de apaliar el fuego que se
propagó por los distintos niveles del
centro penitenciario y tras contener la
furia de los miles de internos que
acoge el interior de la institución, la
policía nacional ha informado que la
revuelta se ha cobrado las vidas de seis
funcionarios y once reclusos que
cumplían condena por diversos delitos,
además de casi un centenar de heridos,
dos de ellos en estado muy grave.
Benjamin Donovan, director del centro,
aún no ha querido dar explicaciones
sobre cómo una cárcel de máxima
seguridad ha podido verse envuelta en
una rebelión de tal magnitud, pero ha
asegurado que se ha extremado la
vigilancia para evitar nuevos
incidentes y que aún sigue en marcha
la búsqueda de los cinco internos que
huyeron…».
Mientras la periodista hablaba,
aparecieron cinco fotografías; entre
aquellos hombres se encontraba Zack. A
continuación, reprodujeron las
grabaciones de la prisión en llamas
mientras los policías se internaban
armados en el recinto y las ambulancias
llenas de heridos abandonaban a todo
gas la zona.
Boquiabierta, alcé la mirada hacia
Zack, que seguía absorto en la pantalla,
pero el murmullo con forma de mi
nombre hizo que volviera a interesarme
en el noticiario.
«Y seguimos con el caso CPS-
Folsom. Linda Evans, psicóloga
forense, de veintiocho años y residente
en la ciudad de Sacramento, continúa
en paradero desconocido desde el
pasado viernes. La última vez que fue
vista ocurrió aquella misma mañana
tras visitar a Zack Cassidy, uno de los
reclusos involucrados en el motín y del
que también se desconoce dónde se
encuentra. La doctora Evans, que
estaba cooperando en una
investigación con la aprobación de la
Junta de Tratamiento, está en busca y
captura por orden judicial por la
presunta conspiración que organizó
junto a Zack Cassidy, su presunto
amante, para ayudarle a huir de la ley.
Además, también se sospecha que la
desaparición de Angela Nichols,
supuesta amiga de Linda Evans,
también está relacionada con el caso.
Eso es todo por ahora. Volvemos en
cinco minutos».
Zack apagó el televisor, se dobló
sobre sí mismo y estalló en carcajadas.
Yo me sentía tan indignada que los ojos
se me pusieron vidriosos.
¿Cómo ha podido pensar Benjamin
Donovan que soy la amante de Zack?
¿Por qué ha pensado eso de mí?
—¡Para de reírte! —grité, pero él
respondió riéndose con más fuerza. Era
un canalla. De los mejores—. ¡No te
saldrás con la tuya! ¡Les diré que eso no
es verdad! ¡Les diré que me
secuestraste, tú y tu asqueroso amigo! ¡Y
a Angy también!
—¡Como si te fueran a creer! —Fijó
las manos sobre la mesa en busca de
apoyo—. Apenas te acerques a ellos, te
arrestarán.
Mi pecho subía y bajaba con
trémulas sacudidas. Zack tenía razón y
eso me irritó aún más. Lo miré una
última vez antes de ir hacia el baño, con
su camiseta arrugada entre mis puños,
pegando un portazo que vibró en el aire.
Empecé a quitarme la toalla mientras
intentaba sosegarme, pero no pude. Mi
vida entera se acababa de desdibujar de
un día para otro, mi nombre estaba
manchado con falsas acusaciones, mi
reputación como psicóloga no valía ni
un comino y mi dignidad como persona,
esa que había mimado con tanto esmero,
estaba por los suelos.
Me vestí con rapidez y me sostuve al
lavamanos, cabizbaja y con el corazón
alocado, a la vez que degustaba una
profunda tristeza. Sentía rabia, incluso
ganas de destrozar algo, pero cuando
levanté mi barbilla y capté mi reflejo en
el espejo, cobijada bajo la camiseta de
Zack, percibiendo su aroma en mi nariz,
me noté tan agotada que ansié llorar
durante toda la noche. Purgar con
lágrimas todas mis heridas. Sin
embargo, no lo hice.
Mojé mi rostro con agua fría. Estaba
un poco afiebrada, pero ese breve toque
me supo a gloria. A los cinco minutos
me desplacé hasta la cama e ignoré tanto
como pude a Zack, que había vuelto a
espiar por la ventana. Me acosté debajo
de la sábana y cerré los ojos, pero volví
a abrirlos apenas aprecié que me estaba
esposando otra vez.
Resoplé con amargura.
—No puedo huir, y lo sabes.
—Más vale prevenir que lamentar
—dijo antes de acomodarse detrás de
mí, tal como había hecho en la cabaña.
Instaló una mano sobre mi estómago y
presionó fuerte, transmitiéndome el
poder que emanaba de sus poros,
haciéndome notar una sensación
extraordinaria y desquiciante. Algo
parecido al anhelo.
O más bien… al deseo.
—¿Es necesario que estés tan cerca
de mí?
—¿Te molesta? —me habló bajito en
el oído.
—Sí. —Jamás había estado con
nadie de esa manera. Ese tipo de
cercanía era desconocido para mí.
—Entonces sí, es necesario.
Exhalé un suspiro lleno de
agotamiento mental.
—No entiendo por qué te empeñas
en hacerme enfadar.
—Porque es un soplo de aire fresco;
el único momento en el que te muestras
tal y como eres. —Me apretujó más
contra su pecho, pero aun así evité
descansar mi mano sobre la suya.
Aquello me había parecido un acto
demasiado íntimo—. Estás enfadada con
la vida. A mí no me engañas.
No desmentí sus palabras, porque él
sabría que le estaba mintiendo.
—Hablas con mucha convicción.
—Porque estoy seguro de lo que
digo.
—¿Por qué?
—Porque yo también me he sentido
así; cabreado con todo lo que me
rodeaba, incluso conmigo mismo.
Me crispé cuando curvó sus dedos
sobre mi vientre, aunque no me hacía
daño.
—¿Y ya no te sientes así? —Antes
de que pudiera replicar, le formulé otra
pregunta—. ¿Qué hiciste para despejarte
de esa rabia?
Coló la nariz en mi cuello, con su
frente sobre mi carne y enredando sus
piernas entre las mías.
Estaba duro otra vez.
Y yo… yo no sabía cómo me sentía.
—Hueles a mí… —dijo con un
ronroneo, ignorándome. Era cierto. Toda
yo olía a él. Su olor me embelesaba,
aunque batallara hasta la saciedad por
omitirlo. Permanecí en silencio
respetando que no quisiera
responderme; aunque quizás no lo hizo
porque aún no se había deshecho de
aquello que le consumía poco a poco—.
Deberías dormir. Mañana será bastante
arduo de digerir.
—¿Por qué? —pregunté con el pulso
acelerado, en un susurro—. ¿Qué va a
pasar?
Zack acarició mi cuello una última
vez antes de estirar el brazo hasta
alcanzar el interruptor de luz. Cuando
nos quedamos a oscuras, musitó en un
tono de voz tan vehemente como
angustiante, que me provocó un
estremecimiento en el alma.
—Me ayudarás a conocer parte de la
verdad.
10
Linda
Martes, 1 de septiembre de 2009
Sands Motel, Grants.
Hace frío. Mi cuerpo sufre violentos
espasmos. La angustia me tapona la
garganta cuando percibo que no puedo
gritar. Caigo en la más letal de las
depresiones y me hundo en la miseria
más absoluta. Tirito presa del pánico
mientras observo sus cuerpos sin vida,
exánimes sobre las baldosas bañadas
en sangre.
Alzo la mirada y miro al hombre
trajeado que se ha detenido frente a mí.
Sollozo al ver sus pómulos despejados
de vello facial, pero de repente me
congelo en el acto. Una resistencia me
impide elevar más mis ojos. No consigo
moverme; y, entonces, todo se
desvanece y sucumbo en el familiar
precipicio del dolor.
Jamás podré averiguar quién es ese
hombre.
Me desperté como si me hubieran
propinado un puñetazo en el estómago,
pero no abrí los párpados ni realicé
movimiento alguno. Permanecí quieta a
la vez que pugnaba por regular mi
respiración jadeante y también mi
corazón, que latía ansioso al saber que
Zack me estaba mirando no muy lejos de
la cama. No entendía esa extraña
fascinación que tenía por mirarme en
sueños, por verme retorciéndome
durante las pesadillas, pero no pensaba
volver a tocar con él un tema tan íntimo
y duro para mí. De repente, le oí
carraspear y ubicar algo liviano sobre el
colchón.
Aleteé las pestañas y lo hallé cerca
de mi cabeza, a punto de liberar mi
muñeca dormida.
—¿Qué hora es? —pregunté con la
voz pastosa.
La cortina color carmesí impedía
que la brillante luz del sol se infiltrara
por la ventana.
—Las ocho y media —dijo y, para
mi alivio, se alejó para recoger dos
bolsas de papel mientras yo me
incorporaba hasta sentarme. Por su
aspecto fresco, deduje que él se había
levantado hacía horas—. Te he traído
unos regalitos.
Fruncí el ceño.
Esa frase despedía sarcasmo a
raudales.
Perfiló una sonrisa de oreja a oreja
antes de extraer de la primera bolsa un
par de shorts idénticos, algunas
camisetas de tirantes y unas zapatillas
planas de color marfil. Mi mirada se
cubrió con un fogonazo de enfado y me
di cuenta de que sus prendas eran nuevas
también. Tenía puesta una camiseta
blanca y encima de ella, otra camisa de
franela, color negro, para ocultar su
tatuaje. En el cuello, colgaban unas
gafas oscuras, y sus jeans desgastados
combinaban a la perfección con su tez
dorada.
Solté una risita desganada.
La situación no me hacía ni pizca de
gracia.
—¿Por qué tengo que vestir
pantalones cortos y tú, en cambio, sigues
usando tus vaqueros?
Sacudió la cabeza a la vez que
doblaba la ropa y la acomodaba en el
colchón.
—Ya que tenemos que estar juntos,
por lo menos puedes alegrarme la vista
con tus preciosas piernas torneadas.
Ahí estaba de nuevo ese tono irónico
tan propio de él, pero que al mismo
tiempo sonaba tan ardientemente
sincero. Demasiado para poder hacerme
la loca.
—Siempre puedes dejarme marchar.
—No tan rápido. —Señaló la
segunda bolsa, con talante travieso—.
Esta es aún más interesante.
Mi mandíbula casi aterrizó a la cama
cuando sostuvo en alto un conjunto de
lencería en tono rojo y negro, con
encaje, de esos que lucen las strippers
en los programas de televisión mientras
se contonean sobre la barra de un bar de
carretera. Pero antes de que pudiera
transmitirle mi horror, me tendió otro
conjunto de bragas y sujetador muy
similar al primero, pero en colores lilas
y blancos, con transparencias, que
dejaba muy poco a la imaginación.
Dejé escapar un ruidito de
incredulidad.
—¿Qué mosca te ha picado?
—Los dos por tres dólares en la
pequeña tienda que hay a pocos minutos
de aquí —comentó haciendo caso omiso
a mis palabras—. Toda una ganga. Y es
de tu talla.
—¿Cómo…?
Siguió sacando más prendas.
—Este es más formalito. —Era un
sujetador de algodón celeste, muy
básico—. Y estos son una monada. —
Me entregó un estuche de plástico en el
que había cuatro braguitas—. Tienen
dibujitos.
Levanté las manos como si las
bragas me hubieran chamuscado la piel.
—¿Con qué derecho te atreves a
comprarme ropa?
—La tuya huele que espanta.
—Y ¿cómo sabes mi talla?
—Anoche dejaste todo esparcido en
el suelo del baño. —Situó a mi derecha
un cepillo de dientes, un tubo de pasta
de dentífrico, unas cuchillas de afeitar,
un desodorante y un peine—. Tan
recatada hasta para la ropa interior —
dijo con un brillo oscuro en los ojos.
Cogió un mechón largo de mi pelo entre
su dedo índice y pulgar y yo, con las
mejillas rojas, le propiné un manotazo
—. Hay otro regalo aún mejor que estos,
pero tendrás que esperar para verlo.
—No quiero más regalos.
Como si no me hubiera oído, dijo:
—Ahí tienes café y algo para comer.
Hay un bar, El cafecito, a una manzana
de aquí. No nos detendremos más de lo
necesario por el camino, así que yo que
tú me lo comería todo. —Y a
continuación fue hacia la cortina y se
quedó analizando las calles.
Mientras él parecía ajeno a mí,
engullí el desayuno. Por culpa de la
mala alimentación en los últimos días,
había perdido algo de peso. Para colmo,
tenía ojeras color violáceas bajo los
párpados y un patético aspecto de
cansancio, mucho más que el habitual.
Zack, al contrario que yo, no tenía
problemas con la falta de comida o las
escasas horas de descanso, y tampoco
perdía masa muscular. Se mantenía en
forma y con energía.
Tras lavarme los dientes, me aseé,
me desenredé el cabello entre tirones y
me vestí con la ropa que me había
comprado Zack, además del sujetador
celeste y unas braguitas con corazones
estampados en los bordes. Lo demás lo
introduje en la bolsa y retorné al
dormitorio, con las zapatillas nuevas
adornando mis pies.
Zack se giró en mi dirección y me
miró con una vehemencia apasionante en
su rostro. De manera mecánica, se
apartó de la ventana y caminó hacia mí,
con absoluta parsimonia. Nuestros
cuerpos estaban casi acoplados cuando
me preguntó en voz baja a la vez que
asimilaba mi nueva imagen con el ceño
fruncido:
—¿Dónde está la mujer seria y
formal que conocí en la trena?
Una amarga aflicción se asentó en el
centro de mi pecho.
—Sigo siendo la misma —aseguré,
pero en el fondo me veía diferente. O
más bien me notaba diferente, como si
me hubiera despojado del disfraz tras el
que me escondía cada día de la semana
—. No se ha ido a ninguna parte.
Hizo una mueca de desagrado.
—Por un momento creí que dirías
que habías metido a esa petarda en la
bolsa. —No me pronuncié al respecto.
Era absurdo admitir que me sentía más
joven y ligera vistiendo aquella
vestimenta barata—. ¿Estás lista?
—No hay mucho que recoger.
—Como siempre, rebozas alegría.
—Y tú destilas sarcasmo hasta
cuando duermes. —Hizo oídos sordos a
mi comentario y entornó la puerta de
calle, no sin antes cogerme de la mano y
apretármela a modo de aviso—. Lo sé,
lo sé…, nada de armar follón.
Fui a dar un paso al frente, pero me
acercó de súbito a sus pectorales.
Confusa, levanté la mirada para decirle
que no me apretujara tanto la muñeca,
pero sus ojos, que se habían opacado
con rapidez, me hechizaron por
completo.
—El sarcasmo es bueno… —dijo en
un murmullo mientras debilitaba su
agarre. Sus yemas me brindaron vagas
caricias en la piel, para apaliar el dolor.
—¿Para qué?
—Para ocultar a los demás los
demonios que nos acechan, que nos
dominan y no nos dejan vivir. —Me
pregunté si el demonio, la maldad con
forma de hombre, no sería él mismo.
Como si se arrepintiera de lo que
acababa de confesar, agitó la cabeza—.
Larguémonos. Ya he dejado la llave en
recepción.
Se puso las gafas y la gorra y me
llevó hasta el coche. Cuando abrió la
puerta del copiloto, no tuvo que darme
ninguna orden. Sin más protocolo, le
ofrecí mi muñeca. Cuanto antes
empezáramos, antes terminaríamos
también. Como ya era habitual, Zack
condujo adentrándose en las rutas
secundarias y manteniéndonos alejados
de los peajes. Estuvimos dos o tres
horas así, en pleno silencio, hasta que
me percaté de que, a medida que nos
acercábamos a nuestro destino, él estaba
cada vez más tenso y preocupado.
Aquello me alentó a ser la primera
en hablar.
—¿Adónde nos dirigimos?
Meditó la respuesta durante varios
segundos.
—Austin. Debes hacer una cosa allí
por mí.
—Y luego podré irme, ¿cierto?
—Claro —masculló sin mirarme ni
un momento—. Tu amiga y tú seréis
libres.
Cuando volvimos a quedarnos
callados, afirmé:
—Te gusta el silencio.
—Cuando estás años soportando
gritos y vejaciones constantemente,
agradeces más que nunca estos pequeños
instantes de paz.
—Y, sin embargo, cuando hablas
siempre eres muy irónico. —Se encogió
de hombros mientras yo observaba su
perfil lleno de sombras y misterios, de
violencia y criminalidad, de belleza y
crueldad—. Y estás empecinado con
meterte conmigo.
Me lanzó una breve mirada por
encima de sus gafas de sol.
—¿Tan espantoso te resulta dormir
conmigo?
—No estoy acostumbrada a dormir
de esa manera… —admití muy a mi
pesar.
Arqueó una ceja. Su expresión se
tiñó de suspicacia.
—¿Dormir abrazada a alguien?
—A que me abracen. —Estaba
volviendo a violar las normas que yo
misma me había obligado a seguir en los
últimos años: nada de hablar sobre el
pasado, nada de intimar con nadie, nada
de necesitar a otra persona para ser feliz
o, al menos, para continuar viviendo
como había hecho hasta entonces. Pero a
pesar de ello, confesé—: No estoy
acostumbrada a sentir. No domino bien
mis emociones. No sé qué hacer con
esos sentimientos.
—¿Nunca has estado enamorada?
¿Loquita de amor por algún guaperas en
la escuela secundaria? —Negué con la
cabeza y esperé más preguntas
incómodas. Pero lo que dijo a
continuación me dejó perpleja—. Estás
tan jodida como yo.
Puede ser que lo estuviera; sin
embargo, no quería hablar más de mí.
—¿Qué hay de ti? ¿Te has
enamorado alguna vez?
—En mi mundo, el amor puede
matarte. —Me miró como si quisiera
añadir algo más sin palabras—. Pero no,
no tenía tiempo para ese tipo de
ñoñerías.
—Entiendo… —resoplé—. Eres el
típico hombre que después de meterla se
desentiende de la chica.
Se rio con tantas ganas que casi
logró que riera con él.
—Te equivocas —susurró mientras
su expresión se tornaba penetrante. Su
voz rebosaba de deseo, lo que me
provocó una extraña picazón en el
estómago—. Soy el típico hombre que
después de meterla quiere meterla de
nuevo.
Sonreí un poco.
—Cuando no te comportas como un
capullo engreído, eres adorable. —Me
chocó decirle aquello dado su historial
delictivo, además de por lo que me
había coaccionado a hacer. Pero en
cierto modo era verdad. O quizás poco a
poco estaba acostumbrándome a su
sentido del humor tan atípico para mí.
Quizás lo que él encontraba refrescante
en mí, yo empezaba a verlo muy
paulatinamente en él.
—Adorable… —dijo la palabra con
sus labios torcidos en una mueca—. Sí,
eso es exactamente lo que suelen decir
de mí —calló un instante. Fue un
silencio denso. El diálogo agradable y
distendido había finalizado—. ¿Qué
soñabas hoy?
No pude evitar mentir.
—No me acuerdo.
—¿Siempre tienes pesadillas?
—Sí.
Cada noche desde que tengo uso de
razón.
—Puedes contármelo. No te juzgaré.
Con una impresión de vacío en mi
interior, consideré la idea de buscar
consuelo en alguien que no fuera en
Angy; aunque con ella lo había hecho
solo una vez. Necesitaba llorar todo lo
que no me había permitido; despejarme
de la melancolía que me marchitaba el
corazón. Porque ese era el precio de
acumularlo todo en silencio, de
ahogarme en mi propia soledad. Pero
pese a la tentación, me encerré en mi
cascarón y me distancié de la realidad.
—Quizás más adelante —dije a
sabiendas de que después de Austin ya
no habría más nosotros.
Ya no habría más Zack y Linda.

Llegamos a Austin por la tarde.


Zack no mintió cuando dijo que no
nos detendríamos más de lo necesario,
pues hizo una única parada para repostar
combustible y comprar dos cafés
grandes y un par de bolsas de patatas y
golosinas. Por fortuna, permitió que
fuera sola al «baño» sin que tuviéramos
que discutir. El sol no se había ocultado
aún y aunque los rayos no nos
deslumbraban con la misma intensidad
que antes, las farolas no estaban
programadas para iluminar las calles a
esas horas.
Nos internamos en una urbanización
aparentemente tranquila. Él no llevaba
ningún plano encima, pero sabía cuándo
girar y hacia dónde tenía que hacerlo; de
hecho, se conocía las avenidas y las
carreteras con una exactitud envidiable,
como si hubiera estudiado el mapa de
los Estados Unidos de América.
Dio un par de vueltas y un complejo
residencial se alineó ante nosotros.
Buscó el domicilio con el número
cuarenta y uno. Luego, paró el vehículo
y me miró más seco que nunca.
—No quiero que hables, protestes o
intentes escapar. Limítate a respirar y a
quedarte quieta. —La forma en la que
me hablaba me dio a entender que no me
agradaría lo que fuera que iba a pasar.
Menos aún de lo que ya había
presenciado.
—Está bien…
La duda en mi voz le irritó. Sus ojos
eran capaces de inyectarme veneno por
intravenosa.
Se aproximó hasta mí y se apropió
de las esposas.
—No me gustaría tener que
lastimarte —dijo en tono inflexible.
Estábamos tan juntos que nuestras
respiraciones se fusionaron. Si se
inclinara unos pocos milímetros más,
nuestras bocas chocarían. Separé los
labios cuando aquella idea me intimidó.
Un latigazo de lujuria sedujo todo mi
cuerpo—. Pero si tengo que hacerlo, lo
haré.
—Lo sé.
Y era verdad.
Lo sabía a la perfección.
Me miró un momento de reojo y
depositó las esposas en la guantera. Por
lo visto, no las necesitaría de momento.
En cuanto se retiró a su sitio, el aire
volvió a fluir en mis pulmones. Respiré
hondo, con alivio, y rocé el pomo de la
puerta con mis dedos.
—Linda. —Mi acelerado corazón se
derritió en su propia pista de hielo. Era
la primera vez que me llamaba por mi
nombre. Giré la cabeza hacia él y esperé
nerviosa—. No me cabrees.
Cuando salimos, Zack me mantuvo
pegada a él y sacó del maletero una
bolsa deportiva que hasta entonces no
había visto. Su cuerpo irradiaba tensión.
Fuimos hacia la puerta de la casa. Mi
alma tembló en sintonía con mi cuerpo
cuando el timbre resonó en el interior,
debilitando una voz femenina que apenas
fue perceptible para nuestros oídos.
—¿Quién es? —inquirió la mujer un
segundo antes de abrir.
Zack no respondió.
No fue necesario.
Apenas la señora miró a la bestia
que se erguía ante ella, se le contrajo el
rostro y se proyectó hacia la puerta para
cerrarla de un empujón, con los ojos
desorbitados. Pero él reaccionó a
tiempo. Sin soltarme, se arrojó sobre la
madera y con la mitad del tronco de por
medio, consiguió detener las intenciones
de aquella mujer desconocida que, al
verse acorralada, empezó a correr hacia
el vestíbulo. Sin embargo, Zack la pilló
en un par de zancadas mientras yo me
esforzaba por no caerme de bruces.
La mujer jadeó como si se estuviera
asfixiando.
—¡Quieta, joder! —bramó Zack
peleando con ella. La vi retorcerse
varias veces, pero sus esfuerzos fueron
en vano. En cuanto la tuvo retenida, me
miró como si estuviera considerando la
posibilidad de desengancharme de la
mano. Pero decidió no correr el riesgo.
Al fin y al cabo, podía controlarnos a
las dos a la vez.
—¿Qué quiere de mí? —gimió ella
con voz estrangulada.
Zack la arrastró hacia el salón y yo
les seguí tropezando con mis propios
pies. Allí me soltó con tosquedad,
agarró una silla con respaldo de
medallón y sentó a la mujer a la fuerza.
Ella, no obstante, se levantó con el
propósito de huir, pero se quedó tan
pasmada como yo al ver un revólver
entre los dedos de él.
No quería ser testigo de un asesinato.
De otro más, no.
—Siéntese, doctora Blair. —Les
observé comedida mientras ella tomaba
asiento. De repente, el sonido de un
peso cayendo al suelo me sobresaltó.
Era la bolsa deportiva—. Ábrela —me
ordenó Zack, impasible.
No lo hice y él me observó con una
ceja en alto. Fue entonces cuando supe
que, si le desobedecía, me haría daño tal
como me había advertido hacía pocos
minutos. Me acuclillé en el parqué
recién encerado y deslicé la cremallera
dejando al descubierto lo que ocultaba
la bolsa. Había varios metros de cuerda
gruesa, cinta americana, balas, un
pasaporte estadounidense y mil cosas
más que no quise ni toquetear.
—¿Qué saco de aquí?
—Átale los pies y las manos a la
silla, con la cinta americana. Hazlo,
Linda.
Mi nombre sonó diferente en esa
ocasión. Me entraron retorcijones, pero
no por cómo lo pronunció, sino porque
si acataba la orden me convertiría en
cómplice de sus locuras. Titubeé un
momento, pero cuando me taladró con
sus pupilas colmadas de brumas, cogí la
cinta y rodeé con ella los tobillos y las
manos de la mujer. Una vez que terminé,
me ordenó que tirara todo a la bolsa y
retrocediera. Lo estaba haciendo cuando
choqué contra un mueble lleno de libros
de psiquiatría.
La nueva prisionera de Zack era
psiquiatra.
—Es evidente que me conoce —
afirmó él mirándola desde arriba,
sirviéndose de su atlética estatura.
—No sé de qué me habla —
respondió ella y movió las muñecas en
un inútil intento por soltarse—. No le he
visto en mi vida.
—Hágase un favor y no me mienta.
Además, no soporto repetir la misma
pregunta, así que conteste de una puta
vez. ¿Quién la ha puesto al tanto de mi
situación?
Yo no podía ver el rostro de la
doctora. Ella estaba de espaldas a mí,
pero apreciaba su pelo canoso recogido
en un moño que apenas se había
alborotado tras el forcejeo, y su menuda
figura envuelta en delicadas prendas,
aunque no alcanzaban a ser de diseño.
En cambio, tenía un plano perfecto de
Zack. Su semblante no mostraba ninguna
emoción, aunque su mandíbula se
insinuaba rígida y sus gestos eran
premeditados. En ese momento me
percaté de la tontería que le había dicho
en el coche. Zack y «adorable» eran dos
conceptos contradictorios.
Imposibles.
Inconcebibles.
—Le juro que no sé nada… —El
ronroneo de un felino la interrumpió. Un
gato blanco de raza persa se asomó
enrollándose en la pierna de Zack. Él se
agachó, acunó con delicadeza al animal
y estudió a la mujer con una media
sonrisa.
Un escalofrío me recorrió hasta la
punta de los pies.
Y a juzgar por los temblores de la
psiquiatra, a ella también le sucedió lo
mismo.
—Le tiene cariño a su mascota. —
Era una afirmación. El gato maulló a
modo de respuesta.
—¡Por favor, no le haga daño a mi
pequeñín!
—Última oportunidad: ¿cómo me
conoce? Y no me diga que por las
noticias. No necesito observar mucho
para confirmar que no tiene televisor y
no le interesan los dramas ajenos. —
Mientras hablaba, acarició al gatito con
la punta del revólver. La mujer emitió un
chillido de horror y yo me tragué el
mismo sonido de pánico—. Sea sincera
o este bicho empezará a perder cada una
de sus extremidades delante de usted.
—¡Por favor! ¡Se lo ruego! —La
súplica de ella no funcionó. Zack instaló
la pistola en el estómago del felino, y
este se frotó contra el arma—. ¡Por
favor, deje a mi pequeño!
El miedo espesó la atmósfera.
—¡Basta! —exclamé tan aturdida
como la dueña del minino. Cuando
percibí el seguro del arma llenar el
vacío, no pude evitar gritar—: ¡No! ¡No
lo hagas, por favor!
Él hizo como si fuera a apretar el
gatillo…
—¡Benicio! —lloró la mujer—.
¡Benicio Velázquez me lo dijo! ¡Él me
dijo todo sobre usted!
Zack liberó al gato y este huyó
maullando y sacudiendo la cola. Un
sollozo de alivio escapó de mis cuerdas
vocales a la vez que el vértigo me
obligaba a sujetarme a la estantería. La
mujer lloriqueó también. Los ojos de
Zack se tornaron negros, atestados de
rabia y de rencor.
—¿Cuándo?
—Hace dos años. —Ella respiraba
con dificultad mientras que Zack ni
siquiera sudaba. Su frialdad era
impresionante—. Benicio contactó
conmigo. Yo ya trabajaba en el Hospital
Psiquiátrico, en el caso de Lucero
Velázquez, su mujer, así que cuando me
llamó acepté quedar con él aquí, en mi
casa. Me pidió privacidad.
—Siga.
Ella asintió varias veces seguidas.
—Comentó que estaba muy
agradecido por mis cuidados hacia su
esposa, pues hablar conmigo la calmaba;
aunque siguiera teniendo brotes y, a
veces, recayera en el llanto y la
autodestrucción. Pero que mis
atenciones no eran suficientes, que
Lucero estaba loca y jamás recuperaría
la cordura —se interrumpió a sí misma
antes de decir con voz contrita—:
Benicio me propuso una oferta que no
pude rechazar y cumplí a rajatabla sus
órdenes.
Con total serenidad Zack posó sus
puños en los reposabrazos de la silla y
se cernió sobre el cuerpo de la mujer
hasta que su rostro estuvo casi unido al
de ella.
—¿Qué te ordenó que hicieras?
—Me habló de usted; y de John. —
Zack gruñó al oír el nombre de su
hermano—. Dijo que algunos rumores
sobre sí eran ciertos, pero que no era un
asesino, que él no ordenó la ejecución
de John Cassidy, que la verdadera
culpable es… Lucero Velázquez.
—¡Eso es mentira! —rugió Zack a un
palmo de la cara de la mujer.
Di un respingo ante tal vozarrón.
Ella echó el cuello hacia atrás y
sollozó.
—¡Me juró que su esposa había
enloquecido mucho antes de que usted
matara a su hijo Pablo Velázquez! Y
yo… en aquel entones no poseía la
misma situación económica que tengo
ahora, así que acepté el dinero que me
ofreció a cambio de hacer algo por él.
—¿Qué cojones aceptaste? —Los
reposabrazos emitieron un crujido
cuando Zack agarró con más fuerza la
madera—. ¿Qué haces con Lucero
cuando estáis a solas?
—Intento que admita que fue ella
quien mató a John Cassidy, que dio la
orden de su muerte, que declare sus
crímenes ante la justicia y confiese que
Benicio es inocente de todos los cargos
que se le adjudican.
Era evidente que Benicio había
mentido para que Lucero se proclamara
culpable de los delitos que él mismo
había realizado, y así salir impune del
crimen de John Cassidy; el único caso
que podría meterle entre rejas, si la
policía consiguiera pruebas contra él.
Las consecuencias serían catastróficas
para Zack, que se vería atrapado en una
encrucijada. Y Benicio no se detendría
hasta conseguirlo.
Estaba segura de ello.
Y Zack también.
—¿Has logrado que se lo crea?
—No del todo —admitió, trémula—.
Lucero rara vez está lúcida, sufre
mucho, pero con la nueva medicación
que le diagnostiqué está un poco más
calmada. Suele llorar al recordar la
muerte de su hijo y cuando le explico lo
que le hizo a John Cassidy, se pone
histérica y tienen que atarla a la cama
para que no se autolesione.
—Benicio la visitó hace un par de
días. ¿Por qué?
—¡No lo sé! —Sonó desesperada—.
No he vuelto a hablar con él desde que
se marchó de aquí. Todos los meses
recibo el dinero que me prometió, en un
sobre sin remitente, sin ninguna palabra
o indicación, solo el fajo de billetes.
Incluso a mí me sorprendió que fuera a
visitar a su mujer.
Zack inspiró con impaciencia.
Yo no sabía qué pensar al respecto.
—Entonces, resumiendo, Lucero no
ha declarado ante nadie.
—No. Aún no he podido… —La
psiquiatra no pudo seguir hablando
porque Zack le cubrió la boca con cinta
americana. No había necesidad de
seguir escuchándola.
Él empezó a atar el cuerpo de ella
con las cuerdas, ignorando los penosos
lamentos que emigraban de los labios de
la mujer. Mientras le veía hacer un nudo
perfecto, avancé a paso tembloroso
hacia ellos, pero Zack alzó la cabeza y
me apuntó con el dedo índice. La mirada
que me dirigió me hizo detenerme de
inmediato.
—No te muevas —ordenó con las
pupilas dilatadas, y continuó
inmovilizándola. Después, recogió la
bolsa y me dijo que me acercara con un
movimiento de sus dedos. Al hacerlo,
me tomó de la mano y subimos a la
segunda planta mientras yo echaba un
vistazo hacia atrás. Los ojos de la
doctora lucían desencajados; y no
paraba de sollozar. Entramos en un
dormitorio espacioso—. Busca en el
armario y escoge algo que ponerte. Ya
sabes. Ropa elegante y aburrida, de esa
que sueles vestir siempre.
—¿Para qué?
—Tú hazlo.
Fui al armario doble empotrado y
tras revolver un poco entre las prendas,
encontré una falda negra, una blusa color
beige y unos zapatos negros de tacón
grueso.
—La blusa es un poco grande y los
zapatos no son de mi talla.
—Servirá.
Miró a derredor. Al dar con su
objetivo se precipitó hasta la mesita
auxiliar donde reposaban un bloc de
notas y un bolígrafo. Se adueñó de
ambas cosas y pegó mi pecho al suyo.
—Cuando bajemos, no quiero que
hables. No voy a permitir que lo jodas
todo solo porque no puedas mantener
esos hermosos labios sellados. —Trazó
el contorno de mi labio superior con su
dedo índice. Sus manos ardían como
láminas de fuego—. Ahora mismo me
gustas así: calladita. Cuando sea el
momento, dejaré que grites todo lo que
quieras.
Mis mejillas se tiñeron de rojo ante
aquella insinuación, pero no me dio
tiempo a replicar. Regresamos al salón.
La doctora seguía gimoteando cuando
Zack puso el bloc en el reposabrazos, le
tomó la mano derecha y cerró sus dedos
sobre el bolígrafo.
—Escriba. Sin jueguecitos. Si no me
decepciona, nos marcharemos de aquí.
Pero si me toca los huevos, deseará
haberse muerto antes de conocerme. —
Ella asintió aturdida. Las lágrimas
regaban sus exquisitos pómulos—.
Escriba lo que le dicte y fírmelo con su
nombre.
Las siguientes palabras me
horrorizaron, pero nadie emitió sonido
mientras la doctora Blair plasmaba las
frases en el papel y lo firmaba de su
puño y letra.
Tras asegurarse de que no había nada
que pudiera perjudicarle, Zack le
arrancó la hoja y tiró de mí hasta la
calle mientras la mujer volvía a llorar y
a sacudirse, con el felino ronroneando
desde el salón, despidiéndonos, siendo
abandonados a su suerte.

No pegué ojo en toda la noche.


Después del encontronazo con la
psiquiatra, compramos comida en un
local pobre, en los bajos suburbios, y
nos registramos en un motel llamado
Heart of Texas Motel. En la habitación,
bombardeé a Zack a preguntas que él se
negó a contestar, pues prefería comer en
silencio. Pero todo aquello carecía de
importancia.
En ese momento me encontraba
oyendo el taconeo de mis pisadas
mientras andaba por los amplios
pasillos del Hospital Psiquiátrico, tras
estar una eternidad en el despacho del
director del centro, explicándole por
qué la doctora Miranda Blair no había
avisado que se sentía indispuesta, pues
esos eran los problemas de salud
expuestos en la carta, para acudir a la
visita semanal con la señora Lucero
Velázquez.
Tuve que mentir con atrevimiento
diciendo que a todos nos había
sorprendido su reciente enfermedad y
que yo estaba ahí para hacerle un favor.
Como último recurso le tendí el
pasaporte a nombre de Rachel Moore,
mi nombre falso para la misión. De mala
manera el director accedió a que
reemplazara a la psiquiatra, aunque me
advirtió que hablaría muy seriamente
con ella.
De modo que ahí estaba yo, con el
maletín colgado en mi hombro,
acompañada de una enfermera. De
refilón, atisbé mi reflejo en una ventana
cuadricular y, como en un flashback, me
vino a la mente la reacción que tuvo
Zack cuando salí del baño del motel y
me vio vestida con las prendas robadas.
Fue un momento único y desconcertante.
Los dos habíamos permanecido
inmóviles a la vez que él me observaba
con erotismo y devoción desde la
distancia, comunicándonos y desvelando
nuestros anhelos sin palabras. Y, luego,
mientras yo me estremecía y no podía
hacer nada mínimamente coherente, le
había visto andar hacia mí, analizando
cada contorno de mi cuerpo.
Su mirada quemaba.
Cuando se detuvo delante de mis
ojos, casi me quedé sin respiración a la
vez que sentía temblar partes de mi
anatomía que no sabía que podían
hacerlo. Él no dijo nada, pero tampoco
fue necesario. El modo en el que me
miró, en cómo inspiró hondo mientras
me abotonaba un botón de la blusa que
se había desabrochado por casualidad,
para luego deslizar sus dedos por mi
vientre hasta llegar al borde de la falda,
fue más que suficiente para comprender
lo que él sentía en ese instante. Y
también para deducir lo que yo
empezaba a sentir hacia él.
Fue entonces cuando supe que tenía
que terminar cuanto antes con todo
aquello, en especial cuando una parte de
mí anheló que Zack no se pensara tanto
las cosas y presionara un poco más las
yemas de sus dedos sobre mi carne.
Debía alejarme de él antes de que
cometiera la estupidez más grande de mi
existencia porque, aunque tratara de
bloquear mis pensamientos, había
ciertos deseos que estaban ahí,
acechando mi mente. Ese absurdo juego
de pelearnos estaba yendo demasiado
lejos.
Frustrada, meneé la cabeza.
Los mechones cortos de la peluca,
que velaba mi melena, rozaron mis
mejillas. Ese era el último regalo que
había mencionado Zack. Una peluca de
cabellos color rojo caoba.
Llegamos a la habitación. Le ofrecí
una sonrisa de agradecimiento a la
enfermera. La joven abrió la puerta y,
después de que entré, cerró con llave.
La figura encorvada de Lucero me
produjo un escalofrío. Estaba sentada a
un borde de la cama. El pelo dorado le
caía sin vida y tapaba parte de su rostro.
Vestía un camisón de seda con
estampados florales, que le llegaba por
debajo de las rodillas. Como si recién
hubiera sido capaz de registrar que
había alguien más con ella, giró la
cabeza en mi dirección y atrajo sus
huesudas piernas hacia su pecho.
Me aproximé a Lucero, cautelosa.
Ella empezó a inclinarse hacia
delante y hacia atrás.
—Lucero. —Al oírme se paralizó un
momento antes de volver a mecerse—.
Me llamo Rachel, la doctora Rachel
Moore. Miranda Blair no ha podido
venir hoy, pero yo cuidaré de usted —
dije sentándome a su lado sin tocarla ni
incomodarla.
—Él ha venido… —susurró mientras
agachaba la cabeza y trataba de
esconderse.
—¿Quién? —pregunté con
delicadeza. Zack me había explicado
que mi cometido era conseguir cualquier
caudal de información de boca de
Lucero. Y averiguar por qué Benicio
Velázquez le había hecho aquella visita
hacía pocos días.
—John… John vino anoche —gimió
con pesar y angustia—. Me dijo cosas
horribles.
—¿Qué le dijo? —formulé la
pregunta, aunque era imposible que
aquello fuera cierto.
Su mente enferma distorsionaba la
realidad.
—Me dijo que, si yo no lo hubiera
asesinado, ahora mismo mi niño estaría
vivo. —Lloró como si le hubieran
clavado un puñal en el pecho—. ¡No
soporto este dolor! ¡Yo tengo la culpa!
—Se tiró del pelo con el rostro
enrojecido—. ¡Soy un monstruo! ¡Soy un
monstruo! ¡Yo tengo la culpa!
Me puse de pie y me situé frente a
ella.
—Eso no es verdad. Escúcheme. —
Cogí sus manos y las retiré con
delicadeza de sus cabellos. Tenía varios
mechones en los dedos, arrancados de
cuajo del cuero cabelludo—. Lucero,
usted no es la culpable de esas muertes.
Lo que le pasó a su hijo fue una tragedia,
y entiendo su dolor. Créame que lo
entiendo. Pero usted no tuvo la culpa.
—John viene cada noche a
torturarme. Quiere que confiese. Dice
que si no lo hago nadie podrá descansar
en paz. —Se aferró con las uñas a mis
brazos y aunque me lastimó, no la aparté
—. ¡Haz que se vaya! ¡Dile que me deje
tranquila! ¡Ayúdame, por favor!
—Lo haré —me apresuré a decir—.
La ayudaré.
Sus músculos se destensaron.
—¿De verdad?
—Sí, pero primero, para que yo
pueda hacerlo, tiene que decirme un par
de cositas. —Afirmó como un juguete al
que le habían dado cuerda, dispuesta a
todo—. Hace unos días la visitó su
marido. Necesito que me cuente el
motivo de esa visita. ¿De qué hablaron?
Nerviosa, se dio la vuelta como si
quisiera desaparecer.
—Es nuestro secreto —susurró con
un timbre anormal en la voz.
—Cuéntemelo. No diré nada. Se lo
prometo.
—Es nuestro secreto…
Suspiré con engañoso cansancio.
—No puedo hacer nada respecto a
John si no me lo dice. —Tembló ante
mis palabras—. Tiene que confiar en mí.
—Se enfadará conmigo.
—¿Quién?
—Benicio. —Hizo un puchero—. Es
nuestro secreto.
—Ahora será el nuestro. No se lo
diremos a Benicio. No se enterará
nunca.
Me miró por el rabillo del ojo a la
vez que se relamía los labios con tanta
fuerza que se hizo sangre. De repente, se
apagó su mirada al tiempo que su voz se
sombreaba con los colores del odio.
Tras unos segundos realizó un gesto para
que me acercara, acomodó sus rodillas
sobre el colchón y me habló al oído,
balanceándose sobre mí. Sus labios
helados tocaron el lóbulo de mi oreja.
—Zack Cassidy pagará por todo el
sufrimiento que nos ha causado… —Un
sonido pérfido retumbó entre nosotras
cuando se echó a reír a pleno pulmón—.
¡Voy a matarlo! ¡Lo mataré! ¡Lo mataré!
¡Lo mataré!
Me aparté con brusquedad de ella.
—Usted no es una asesina.
Se encogió de hombros; un gesto
demasiado humano para venir de una
persona trastornada.
—Ellos lo harán.
—¿Quiénes?
—Los hombres que trabajan para mí.
—Lucero, nadie trabaja para usted.
—Ya he dado la orden.
—¿Qué orden? ¿Cuándo?
Gateó por la cama y se rio como una
niña, como si hubiera hecho una
travesura.
—Lo mataré. Lo mataré. Lo
mataré… —canturreó completamente
ida—. Lo mataré. Lo mataré. Lo
mataré…
Era hora de marcharme. No
conseguiría nada más de ella en ese
estado. Su locura la había consumido.
Golpeé la puerta y, de inmediato, la
enfermera me dio vía libre para salir al
rellano. Justo cuando la joven estaba
cerrando con llave, Lucero corrió veloz
hacia la puerta y empezó a aporrearla
con sus puños, gritando a vozarrones.
—¡Él morirá! —Su voz y sus
facciones habían cambiado, como si
estuviera poseída por el maligno—. ¡Y
yo recuperaré a mi hijo!
Exclamando un exabrupto, la
enfermera partió a avisar a los médicos
que la paciente se estaba autolesionando
mientras la pequeña franja de cristal de
la puerta de la habitación empezaba a
mancharse con la sangre que salía de los
nudillos de Lucero, debido a los
violentos golpes que se estaba
propinando a sí misma.
Espantada, empecé a retroceder sin
apenas percatarme y con el corazón
descontrolado, abandoné el pasillo a
trote urgente a la vez que la figura de
Lucero quedaba desfigurada por su
propia sangre, convirtiéndose en una
sombra sin alma. Dentro de mí, sabía
que ella no estaba adulterando la
verdad; aunque estuviera loca y el dolor
dominara toda su vida. Y también sabía
que más pronto que tarde aquella
realidad se transformaría en una
sangrienta pesadilla.
La peor y más mortífera de todas.
11
Zack
Miércoles, 2 de septiembre de 2009
Hospital Psiquiátrico, Austin.
Estuve esperando a Linda sentado en el
coche, sintiéndome jodidamente
impaciente por que saliera del centro
psiquiátrico. Pero cuando la vi caminar
en mi dirección, con el rostro pálido y el
cuerpo entumecido, tuve dudas de si
todo aquello había sido una buena
estrategia; si haber recorrido cientos de
kilómetros hasta Austin habría valido la
pena.
Apenas Linda se acomodó a mi lado,
oprimí el acelerador. No hablamos
durante el trayecto hacia el Heart of
Texas Motel. Por fortuna, cuando
entramos en la habitación, no hizo falta
que le exigiera hablar. Ella misma
empezó a relatar escena por escena,
palabra por palabra y cada pensamiento
macabro que le había confesado Lucero
como fruto de su demencia.
Linda parecía turbada mientras me
explicaba todo aquello. Y, joder, era
para estarlo. Pero a mí no me
sorprendió. Desde que abandonamos la
cabaña del viejo Joe, había presentido
que alguien nos estaba siguiendo. ¿Para
qué? Seguramente para matarme. ¿Por
qué no lo había hecho aún? Eso era algo
que aún desconocía. Pero daba igual. Yo
más que nadie sabía lo retorcido que
podía llegar a ser ese despojo humano
de Benicio. Mi muerte sería lenta y
dolorosa, una auténtica carnicería. En el
caso de John, fue bastante benevolente.
Linda dejó de parlotear y aguardó
una explicación de mi parte.
—No tiene a nadie trabajando para
ella —dije en tono mordaz.
Tenía mi culo apoyado en la mesa
lacada en negro y los brazos cruzados
sobre el pecho.
—Lucero no dijo eso.
—Porque está pirada. Mezcla la
verdad con las mentiras que ella misma
se inventa, o mejor dicho con las
mentiras que otros quieren que se trague.
—¿Otros? ¿Quiénes?
—¡Y yo qué sé!
—La doctora Blair…
—¿De verdad crees que Miranda es
la única involucrada en manipular a
Lucero? —la interrumpí rechinando los
dientes. Linda, al darse cuenta de lo que
aquello suponía, contuvo la respiración
—. Quizás hasta el propio director del
hospital esté involucrado en esta mierda.
O la enfermera que te atendió tan
amablemente. Benicio tiene policías a
sueldo, ojos y oídos en cualquier sitio,
incluso donde menos te lo esperas.
Afligida por mi revelación, tomó una
trémula bocanada de aire y bajó la
mirada. Permaneció así durante unos
segundos hasta que levantó la cabeza
con determinación, me miró con
expresión asesina y con toda la aversión
del mundo, clamó:
—¿En qué lío me has metido, Zack?
«Excelente pregunta», pensé.
Tras la conversación con Miranda,
Linda sabía lo suficiente como para que
su vida estuviera en juego; lo suficiente
para que Benicio la considerara una
amenaza, en especial ahora que
pretendía limpiar su maldita imagen
culpando a terceros para poder salir a la
luz y actuar con completa normalidad,
sin tener que esconderse de las
autoridades. Eso sí que me había dejado
noqueado.
—¿No vas a decirme nada? —
inquirió ante mi silencio—. ¡Da lo
mismo! —Se quitó la peluca y la arrojó
sobre la cama—. Yo ya he cumplido mi
parte. Te toca a ti. Me largo de este
infierno al que me has arrastrado sin mi
consentimiento, así que ya puedes ir
llamando a tu amigo para que suelte a
Angy.
Exprimí la mandíbula y descrucé los
brazos.
—Tú no te vas a ningún sitio. —Al
procesar el significado de mis palabras,
caminó con decisión hacia la puerta,
pero no logró dar ni dos pasos. Me
coloqué frente a ella y percibió el
peligro brotando de mí—. Te quedas
conmigo.
—¿Por qué? ¡Ya no me necesitas! —
me gritó a la cara. La vena del cuello le
palpitó con furia.
—Baja la puta voz… —gruñí.
Linda me estaba poniendo el cerebro
del revés.
—¡No! ¡Y esto se acaba aquí mismo!
¡He sido bastante considerada contigo!
¡He hecho todo lo que te ha dado la gana
pensando que, cuando hiciera lo que
querías de mí, me dejarías en paz!
La aproximé a mí con un rápido tirón
del brazo.
Su pecho ascendía y descendía con
agitación, rozándome, provocándome.
—Con todo lo que sabes de mi
mundo, de los que me rodean y de los
que han formado parte de él, eres un
blanco fácil. Te matarán apenas pises
una comisaría. —Comprimió los labios
y me encaró—. Pero en el remoto caso
de que se apiadaran de ti y te
permitieran seguir respirando, si te
suelto puedes putearme mucho más que
mis enemigos. —Le agarré la barbilla
con la mano libre y con la otra seguí
sosteniendo su brazo—. No tardarías ni
media hora en contarle todo a la poli.
—¡Ese es tu problema! —Me apartó
sin lucir ni un pelín asustada. En
realidad, estaba histérica—. ¡Yo no soy
como tú! ¿Me escuchas? ¡Maldición,
eres lo peor que he conocido nunca!
¡Eres tan tirano que no me has permitido
hablar con Angy desde que me
secuestraste! —Se le llenaron los ojos
de lágrimas—. ¡Ni siquiera sé si está
bien! ¡Joder! ¡Ni siquiera sé por qué me
has traído hasta aquí!
—¡Porque creía que Lucero sabría
dónde está Benicio! —chillé al igual
que ella. No se achicó, aunque dio un
brinco por el sobresalto—. ¡Porque
necesitaba que entraras en el puñetero
hospital y hablaras con esa loca de
mierda!
Me enterró el dedo índice en el
pecho.
—¡Pues te has equivocado! ¡Ahora
apártate y dime dónde está mi amiga! —
Respiré hondo en un intento por
tranquilizarme y evitar hacerla callar a
la fuerza. Pero mi sensatez pendía de un
hilo demasiado delgado—. ¡Hazlo!
—¡Sosiégate! —La zarandeé, la
sujeté por los hombros y la alcé un par
de centímetros. Nuestras narices se
tocaron—. Y baja la jodida voz de una
puta vez —gruñí sobre sus labios.
Me ignoró. Ni siquiera me
escuchaba.
—Tenías todo esto planeado,
¿verdad? Nunca tuviste intención de
dejarme libre. ¿Cómo no me di cuenta
antes? Con toda la ropa que me
compraste… ¡Eres un jodido lunático!
—No pude negar lo que acababa de
decir, porque tenía razón. Aunque mis
planes iniciales consistían en liberarla
después de que me echara un cable con
Lucero, dentro de mí siempre supe que
no lo haría; que la seguiría reteniendo a
mi lado—. ¡Dime dónde está Angy!
Cerré los ojos cuando el grito
reverberó en mis tímpanos.
—Baja la voz —ordené con otro
zarandeo, seguido de un empujón. Esa
mujer me sacaba de quicio—. No te lo
diré más veces.
—¡Eres patético, Zack! ¡Estás
obsesionado buscando algo que no
hallarás nunca! ¡Y al final te atraparán
antes de que encuentres a Benicio! ¡Y yo
le contaré a la policía todo lo que me
has obligado a hacer bajo chantaje
emocional!
Siguió chillando sin filtrar sus
palabras mientras yo observaba su
rostro acalorado y me sumergía en su
propia ira. Estaba tan colérica que no
parecía la mujer fría y contenida que
había escuchado todas las barbaridades
que ejecuté en el pasado, en las
entrevistas. Nuestra discusión había
estimulado a la verdadera Linda Evans y
aunque no me gustaba ese inacabable
griterío, verla así era mucho más
apasionante que aguantar el insípido
papel que interpretaba como psicóloga
forense en la trena.
Sin previo aviso, experimenté una
ferviente necesidad en lo más profundo
de mi ser. Y perdí el control de mí
mismo. Enterré las manos en su melena y
la atraje hacia mí.
Nuestras bocas colisionaron en un
duro golpe.
Con fuerza.
Con violencia.
Casi con odio.
El silencio retornó a nosotros
mientras percibía cómo su cuerpo se
ponía en tensión y los ojos se le
tornaban vidriosos, como si estuviera a
punto de llorar. No cerramos los
párpados. De repente, una espiral de
electricidad me entumeció los músculos,
como espinas envenenadas, aunque
enseguida me produjo un efecto
balsámico, profundo y visceral. Se me
aceleró el corazón como no lo había
hecho en muchísimo tiempo. Era una
sensación tan intensa que me causó hasta
dolor físico.
Sus labios eran suaves y esponjosos
comparados a los míos, crueles e
inclementes. Una desesperación
inigualable me barrió por dentro cuando
colocó sus delicadas manos sobre mi
pecho, pero no me apartó. O quizás yo
no sentí que me apartara. Linda estaba
confusa y abrumada. Lo advertía en su
mirada. Quería interrumpir el beso, pero
al mismo tiempo una urgencia mil veces
más primitiva la incitaba a continuar.
Deslicé mi lengua por sus labios,
ansiando introducirme en su cavidad.
Cuando no me permitió el paso, mordí
con avidez su labio inferior mientras
resbalaba lentamente mi palma derecha
hasta su cintura, obsequiándole sutiles
caricias en sus costados, arrimándola a
mi torso y guiándola hacia mí, hacia un
infierno placentero y lujurioso, a la vez
que con la otra mano jalaba de sus
sedosos mechones oscuros.
Gimió con los labios apretados. Sus
ojos se tornaron pesados por la
progresiva pasión que se estaba
adueñando de ella, y volvió a gemir
cuando apreció mi polla dura y gorda
contra su vientre, que insistía contra los
vaqueros. Se aferró con las uñas a mis
antebrazos y tembló como si su interior
fuera un volcán a punto de erosionar.
El dolor que me atenazó la piel me
arrancó un gruñido, pero aquel juego de
rol no era suficiente para mí. Necesitaba
más. Necesitaba que Linda lo deseara
tanto como yo, que nos empapáramos de
esa jodida y gloriosa locura que
habíamos deseado en silencio desde el
principio. Nos di la vuelta con salvaje
deseo sexual. Clavé mis dedos en la
tierna carne de su cintura y tironeé un
poco más de su pelo. La oí quejarse. Y
yo me maldije a mí mismo por no poder
finalizar nuestra conexión, por no poder
ocultarle lo empalmado que me había
puesto por ella.
La empujé contra la mesa,
literalmente.
Linda expresó un jadeo de sorpresa,
segundo que aproveché para meterle la
lengua con ansia. Se tensó como un
gatito indefenso, pero continué
saboreándola, e incrementé el ritmo de
mis labios. Ella cerró los ojos con
fuerza y empezó a respirar con dificultad
contra mi boca, como si estuviera
debatiéndose entre lo que debería hacer
o no. Justo cuando creí que no me
correspondería, me regodeé con el
primer roce de su lengua. Fue un
contacto tímido, pero los siguientes
fueron tan rudos y ardientes como los
míos. Esta vez gimió desatada cuando
volvimos a acariciarnos, cada instante
con más exigencia y más brusquedad
mientras volvía a hundir sus uñas en mis
brazos y me besaba como si lo
necesitara para sobrevivir. Yo también
cerré los ojos y me dejé cautivar por su
embrujo.
Con tortuosa demora subí mis dedos
desde sus caderas, deleitándome con
cada centímetro de su cuerpo y cada
maravillosa curva, hasta cubrir su
cabello con las dos manos. Linda se
apretujó más contra mí y yo, en
respuesta, le incliné la cabeza hacia
atrás, intentando ahondar nuestro beso,
convirtiéndolo en un ataque brutal y
fiero.
No podía pensar con claridad.
Ninguno de los dos estábamos pensando.
Pero aquello no me iba a detener.
Maldición. Sentir sus tetas contra mis
pectorales hizo que mi polla palpitara
dentro de los pantalones; aumentó de
grosor y las pelotas se me tensaron
dolorosamente cuando me imaginé con
ella en la cama, desnuda para mi
disfrute, lamiéndola entera y
follándomela hasta que el oxígeno se
negara a acudir a mis pulmones. No
podía parar. O mejor dicho no quería.
Linda, como si hubiera leído mi
mente, como si la parte racional hubiera
vencido a la irracional, separó nuestras
bocas y me miró con deseo y
perplejidad. Se estremeció al notar sus
labios hinchados, con los ojos abiertos y
la respiración fatigosa.
Jadeó con fuerza y tembló.
—Dios mío… ¿Qué hemos hecho…?
—se preguntó a sí misma en un susurro.
Esbocé una sonrisa genuina.
Ella sí que era adorable.
—Vas a destrozarme… —murmuré
contra sus labios. La breve caricia la
hizo temblar otra vez.
El corazón le bombeaba con tanta
desesperación que sus latidos hacían
eco entre nosotros y aunque el mío latía
a un ritmo menos excesivo, sentía cómo
chocaba contra mi tórax. Era una
sensación compleja de describir, como
si aquel órgano vital hubiera despertado
por fin de su letargo después de
muchísimo tiempo. O quizás después de
toda una vida.
—¿Qué?
—Tus uñas —dije mirándome los
brazos. Sus ojos siguieron el mismo
camino y retiró con rapidez sus dedos.
Yo desenredé los míos de sus mechones,
a regañadientes.
Se quedó unos segundos en silencio,
sin cesar de estremecerse, mientras yo la
miraba enmudecido.
—¿Por qué?
Supe a lo que se refería a pesar de la
concisa pregunta.
—Porque siempre hago lo que me da
la gana. —Le devolví sus palabras solo
para ver su reacción. Ella inspiró hondo,
hecha un manojo de nervios, pero
cuando se preparó para hablar unos
golpes en la puerta nos alteraron—.
¡Lárguese! —bramé con la voz aún
rasgada por el calentón mientras Linda
se relamía los labios en un acto
inconsciente. Estuve a punto de
considerar la idea de besarla otra vez,
pero el aporreo en la puerta tronó con
más insistencia. Esa mierda no era
normal. Desenfundé el revólver y le dije
a Linda—: Escóndete en el baño.
—¡Espera! No mates a nadie —se
preocupó—. Dile que se vaya, sin
violencia, por favor.
—Enciérrate en el baño —repetí con
sequedad—. Y oigas lo que oigas, no
salgas de allí.
—¿Sabes quién es?
—Ve, Linda. —La empujé unos
cuantos centímetros y caminé hacia la
puerta. Mientras la veía correr hacia el
aseo y hacía lo que le acababa de
indicar, le quité el seguro a la pistola, la
oculté detrás de mi espalda y abrí para
indagar quién era aquel incordio.
Un tío de unos treinta años, con unos
brazos duros como el acero y un peinado
a lo mohicano, tipo fanhawk, apareció
ante mí con una sonrisita estúpida en los
labios.
—¿Qué cojones son esos gritos,
socio? —me preguntó como si fuéramos
colegas de toda la vida.
Lo examiné un momento y aminoré la
presión en el gatillo.
—Disputas con la parienta.
Se rio a la vez que posaba una mano
en el marco, con confianza.
—¡Échale un puto polvo para que
deje de fastidiarnos, o yo qué sé! ¡Estoy
con un maldito dolor de cabeza desde
esta mañana y tu piba no para de dar la
lata!
—No os molestaremos más —asentí
con una sonrisa que no me llegó a los
ojos.
El desconocido dio un paso hacia
delante.
—¡Estupendo! Pero, en serio, calla a
tu chica, por favor. Es un coñazo tener
que escucharla todo el tiempo. Estamos
pared con pared, socio.
—Claro.
Se dispuso a pirarse de allí. Lo miré
con los ojos agudos y, entonces, empecé
a cerrar la puerta, convencido de que me
estaba volviendo bastante maniático.
Grave error. No debería haber bajado la
guardia porque, antes de que pudiera
analizar lo sucedido, me hallé a mí
mismo en el suelo con el arma a varios
metros de mi alcance.
El grandullón había corrido hacia mí
y me estaba golpeando sin parar con el
puño.
Como un autómata me cubrí la cara
con los brazos, formando una cruz, y le
aticé un enérgico puñetazo en la nariz.
Él se echó hacia atrás y gritó como un
bestia. De uno de sus orificios empezó a
brotar sangre. Sacando tajada de su
momentánea consternación, le propiné
una patada en el estómago y, de un salto,
me puse en pie para recoger el revólver
y acabar ya mismo con ese capullo. Pero
no lo conseguí. El cabrón apresó mi
tobillo con una mano, me hizo caer como
un saco de patatas y trepó sobre mí para
continuar con lo que se había propuesto
a hacer.
O mejor dicho lo que le habían
ordenado.
—¡Tienes suerte de que te quiera
vivo o ahora mismo estarías muerto! —
rugió mientras se colocaba a horcajadas
sobre mis caderas. Fue entonces cuando,
al levantar por completo el brazo, me
percaté del tatuaje que tenía grabado en
su piel morena. El mismo dibujo que
tenía yo, pero con un número diferente.
El que teníamos todos los que
pertenecíamos a la pandilla de Benicio
Velázquez.
¡Hijo de puta!
Esquivé el guantazo que iba con
destino a mi mandíbula y, actuando con
celeridad, introduje mis pulgares en la
concavidad de sus ojos y presioné con
todas mis fuerzas, inmovilizando su
cabeza con mis dedos. Dominado por el
dolor, chilló como un endemoniado
hasta quedarse sin aire. Aun así, logró
coger una navaja de una de sus botas y, a
ciegas, me apuñaló clavándome la
cuchilla en el brazo.
Escupí un juramento, doblé como
pude la rodilla y empujé esa tonelada de
músculos con la planta del pie. Su
enorme cuerpo se estrelló contra la
mesa, y el televisor se tambaleó en la
superficie. Lo miré a la cara, con la
sangre ardiéndome en las venas. El
mamón tenía los ojos rojos y
lagrimosos, y empuñaba la navaja con
más rabia que fuerza. Intenté gatear por
el suelo, buscando el revólver, pero no
fui muy lejos, pues estampó la silla de
madera sobre mi espalda y me obsequió
varias patadas en el estómago y en las
costillas; aun así, cuando distinguí la
pistola debajo de la cama, aquello me
dio aguante.
Me levanté jadeando, le di la
espalda y me impulsé hacia atrás contra
él. Lo arrojé al filo de la mesa y la
navaja resbaló de sus extremidades.
Repetí mis embestidas una y otra vez,
pero no podía permitirme extender más
nuestra pelea. La mirada de esa escoria
me decía que estaba a punto de mandar a
la mierda las órdenes de Benicio, así
que tras descargarle otro impetuoso
codazo en la nariz, me lancé al suelo,
rodé por la moqueta verde, enganché el
arma y disparé.
Sus sesos salieron dispersos hacia la
pared que había detrás. Todo quedó
salpicado de sangre y de su propia
carne. Su cuerpo cayó exánime ante la
gravedad.
Respirando hondo, descansé mi nuca
en el suelo. Me quedé así durante varios
segundos, tendido boca arriba y tratando
de recobrar el aliento, mientras la
sangre de la herida emergía de mi brazo
izquierdo y resbalaba en zigzag por mi
piel. Una vez que me repuse y me sentí
más calmado, me puse en pie a
sabiendas de que Linda habría oído todo
aquel escándalo. Hice caso omiso a la
quemazón que me punzaba los músculos
y, sin vacilaciones, entré en el baño,
imaginando que la encontraría
arrinconada o abrazándose las rodillas.
Nada más lejos de la realidad. Linda se
echó sobre mí y peleó como una
guerrera.
—¡Soy yo! —exclamé de malas,
pero ella continuó pataleando sin
mirarme a la cara. La retuve por las
muñecas y grité con más vigorosidad—.
¡Joder! ¡Soy yo! —Al distinguir mi voz,
me observó con el rostro contrariado y
la respiración desenfrenada.
—Pensé… pensé que te habían
matado —musitó con un temblor en el
cuerpo.
Torcí los labios en una sonrisa
cínica.
—No es tan fácil deshacerse de mí.
—Mutó de expresión al oír aquello,
pero opté por pasarlo por alto. No había
tiempo que perder—. Tenemos que
irnos.
—¿Qué ha pasado?
—Vámonos. —No cedió—. Joder,
¿volvemos a lo mismo de antes?
—Quiero irme a casa.
—Olvídalo.
—Pero…
—Sé lo que dije. —Tomé su barbilla
entre mis dedos. Estaba helada—. Y te
mentí. No voy a arriesgarme a que le
chives todo a la policía y estropees mis
planes. —Trencé nuestras manos, pero
Linda forcejeó a lo que yo respondí
forcejeando también. A esa mierda
podíamos jugar los dos—. En el fondo
te estoy haciendo un favor. Estás más
segura conmigo que sin mí.
—Lo dudo. —Miró mi brazo y mi
pómulo que había empezado a hincharse
—. Estás herido.
Su afirmación me hizo recordar la
herida del navajazo. Mascullé entre
dientes a la vez que me aferraba a su
muñeca para evitar que se alejara, y
enjuagué el corte con agua fría. El
escozor se intensificó por el contraste de
temperatura, pero me aguanté las ganas
de darle una patada a algo y limpié los
restos de sangre con la toalla.
—Cuando dé con el paradero de
Benicio, serás libre y tu amiga también.
Eso sí, tendrás que apañártelas tú sola.
Yo estaré demasiado ocupado para
salvarte el culo. —Aunque no me
creyera, era cierto que se había
convertido en un objetivo a derribar.
Tras algunos instantes asintió, sumisa.
Me alegré por su cambio de actitud—.
Bien, larguémonos de aquí.
Salimos del cuarto de baño.
Linda se detuvo al ver la pared
ensangrentada y el cadáver tirado en el
suelo.
Apartó la mirada.
—¿Venía a por mí también? —me
preguntó en voz baja.
—No lo sé, pero si saben que yo
estoy aquí, entonces también estarán al
tanto de que tú estás conmigo. Vamos —
ordené, pero no logramos recorrer ni un
paso. Esa vez fui yo el causante del
repentino parón—. Espera. ¿Qué coño
es esto?
Había algo en el bolsillo trasero del
grandullón.
La postal de un paisaje que reconocí
al momento.
—¿Tiene algún significado especial
para ti? —indagó Linda echando un
vistazo por encima de mi hombro.
—No estoy seguro… —dije mientras
observaba las avenidas llenas de luces
de colores y las decorosas
edificaciones, con las estrellas y el cielo
nocturno como componentes principales
de la escena. Con una ceja arqueada,
cacheé al matón, pero no hallé nada más
—. No entiendo por qué lleva esta
mierda encima.
—Hay unas letras ahí detrás.
Le di la vuelta a la postal y descubrí
una única palabra escrita a mano.
—Princesa… —murmuré pensativo,
pero enseguida puse mi atención en
Linda. Su rostro había palidecido y se
abrazaba a sí misma, consternada—.
¿Qué sucede?
—Nada.
—Dímelo.
Dejó escapar un sonido parecido a
un suspiro.
—Así es como solía llamarme mi
padre cuando yo era pequeña —susurró,
mirándome con angustia.
Le sostuve la mirada durante un
segundo antes de volver a escrutar
aquella palabra, con el entrecejo
arrugado. «Princesa», repetí varias
veces en mi cabeza mientras pugnaba
por descifrar aquel acertijo. Para mi
jodida desgracia, no me costó mucho
hacerlo. De inmediato, se me crisparon
los músculos de la cara, pero me
obligué a relajar el gesto para evitar que
se me partiera la maldita mandíbula.
Linda no pareció reparar en mi
reacción. Estaba demasiado distraída en
sus recuerdos.
Me guardé la postal en el bolsillo.
—Será una coincidencia. —
Entrelacé sus dedos con los míos. Por
suerte, no puso resistencia. Caminé con
ella hacia la cama, recogí la peluca y
nos largamos de allí.
Nuestra ropa la había embutido en la
bolsa deportiva temprano por la
mañana, en el maletero, antes de que nos
dirigiéramos hacia el Hospital
Psiquiátrico, así que nos metimos de
inmediato en el coche y aunque Linda
lucía lejana a todo, apresé su muñeca al
reposabrazos. Mientras conducía,
fulminé de manera constante el espejo
retrovisor y pese a que nadie parecía
seguirnos, persistí atento. Linda, por
otro lado, no habló y yo tampoco le di
pie a entablar conversación.
Era mejor que nos mantuviéramos de
ese modo, que las cosas fueran distantes
y prácticas entre nosotros. Ya suficiente
habíamos tenido con ese beso que por
poco se nos había ido de las manos.
Agité la cabeza cuando la visión de
Linda, notando mi polla contra su
estómago mientras nuestras lenguas
estaban enredadas en saliva, se recreó
en mi mente. No, joder…, no podía
pensar en eso ahora. Debía desechar esa
necesidad de mi organismo, pues
follármela solo me traería problemas.
Sin embargo, había estado a punto de
joderlo todo y si se me presentara de
nuevo la oportunidad, lo más probable
era que volviese a sucumbir.
Horas más tarde, a unos treinta y tres
kilómetros de Lubbock, me interné en
una estación de servicio. La noche se
había cernido sobre nosotros y había
oscurecido el asfalto y el territorio
sombrío. Cuatro o cinco estrellas
titilaban en lo alto. Aparqué junto a dos
árboles frondosos y salí sin darle
explicaciones a Linda. El brazo aún me
sangraba un poco, por lo que busqué la
camisa de franela para cubrir la herida,
que había adquirido un color verdoso.
Mientras me la ponía, entré en la cabina
y marqué los números, cabizbajo y con
la cadera apoyada en el vidrio.
Los pitidos colmaron la línea.
Percibí el descolgar del teléfono
seguido de una respiración parsimoniosa
e insinuante.
El primero en romper el silencio fui
yo.
—Lucero no sabe nada.
—¿Qué has averiguado? —preguntó
Morgan tras escuchar mi voz tirante.
—Excepto que está más loca que
cuerda, no mucho. Lo único que confesó
es que Benicio planea inculparla por la
muerte de mi hermano, para que no
puedan relacionarle más conmigo ni con
el homicidio de John.
—¡Será cabrón! —gruñó sin poder
contenerse—. Y ¿qué ha hecho la arpía
de Lucero?
—Nada.
—Por ahora.
Exhalé el aire a través de los
dientes.
—Si declara a favor de su marido, si
afirma que ella es la que lleva la batuta
de todos los negocios ilegales, ese hijo
de perra quedará impune. Además,
Lucero ya está metida en el psiquiátrico,
con lo cual caso cerrado. Benicio tendrá
campo libre para aparecer, matarme y
esconder mi cuerpo hasta que me pudra
en el olvido. Nadie me echará de menos,
al fin y al cabo.
—Estamos como al principio.
—Quizás no tanto. —Hice una
mueca. La carne del brazo me
molestaba, como si me la estuvieran
abrasando con un soplete—. Creo saber
cómo dar con ese capullo.
—¿Cómo? —preguntó, sorprendido.
—Envió a uno de sus secuaces a por
mí. —Eché un vistazo al coche. Los
vidrios ahumados me impedían ver a
Linda; pero estaba seguro de que ella me
observaba a mí—. Por lo visto, sabía
que me acercaría a Lucero. Mientras
peleaba con su peón, que por cierto ya
tenía el tatuaje y por la intensidad del
color era reciente, ese tío comentó que
tenía suerte de que no pudiera matarme.
—Porque Benicio quiere hacerlo por
sí mismo.
—Lo sé. Pero cuando terminé con su
vida, descubrí una postal en uno de sus
bolsillos. —Eché otra moneda para que
no se interrumpiera la llamada—. Y
había una palabra escrita en el dorso.
—¿Un mensaje dirigido a ti?
—Más o menos… —suspiré con
cansancio y me pasé una mano por el
pelo sucio y sudado—. El asunto es que
debo ir a donde el Nene. La postal es
una pista.
Soltó una risita de estupefacción.
—¿Por qué cojones mandaría a uno
de los suyos a darte una paliza con la
condición de que no te matara? Al fin y
al cabo, si ese desgraciado te hubiera
apaleado, la postal no le habría servido
de nada.
Fruncí el ceño y, a continuación,
reflexioné un momento hasta atrapar la
respuesta.
—Porque sabía que yo derribaría a
su empleado. ¡Joder! Le envió a una
muerte segura.
—Exacto. —Hizo una pausa antes de
añadir—: No sé si has visto las noticias,
pero la mayoría de las ciudades están en
alerta. La frontera está cerrada y se han
desperdigado más de cien hombres con
uniforme por las calles de California y
cercanías. Por tu seguridad, debes
mantenerte lejos de las capitales más
importantes.
—Morgan…, me niego a estar
encerrado en una puñetera habitación de
motel.
—¿Puedes pensar un momento con la
cabeza? No vayas a…
—Escúchame —lo corté,
malhumorado—. Debo hacerle una
visita a ese tipo. El Nene es la única
persona que maneja los hilos tras el
telón.
Resopló.
—Eres un jodido dolor de huevos,
Zack —farfulló Morgan, molesto—. No
he sabido nada de ese hombre desde
hace años. Tú verás. Si te pegas el viaje
hasta allí, cabe la posibilidad de que te
encuentres con nada, sin olvidar que te
estarás exhibiendo demasiado. Un
control de carretera, un despiste, y a la
mierda todo.
—Benicio confía en él para todos
sus negocios. Ese tío es el que realiza
las negociaciones y los tratos con
líderes del Cártel de Sinaloa para que la
mercancía traspase la frontera.
—¿Y si ya no trabaja para Benicio?
—Lo hace. —Eché otra ojeada hacia
atrás. Todo seguía igual, cubierto en
penumbra—. Sé que lo hace y sé que
podrá decirme algo útil, aunque tenga
que coserlo a balazos para que hable.
Benicio no ha dejado esa pista así
porque sí. Él quiere que vaya a por ese
tipo, sea cual sea el motivo.
—¿Y qué va a pasar con la chica?
—Linda se viene conmigo.
—Con que Linda, ¿eh? —No pareció
divertirle aquello—. Te la has follado
—me recriminó; él opinaba igual que yo
sobre las relaciones amorosas. El amor
te mandaba a la tumba.
—No te confundas, Morgan. Ella y
yo somos incompatibles. Además, aún
me toca las pelotas y no de la forma que
a mí me gusta.
Exhaló con brusquedad.
Esa mierda mental era agotadora.
—No voy a decirte en qué hoyo
deberías o no meterte, pero ten cuidado
con lo que haces.
Me sostuve a un lateral de la cabina.
—¿Qué hay de su amiga?
—Bien, muy bien. —Carraspeó—.
Está más calmada que cuando se
despertó en el sótano y no vio a su
colega por ninguna parte. Ahora mismo
está atada a la cama viendo un programa
de televisión. Es la única manera de que
esté con el pico cerrado y no me insulte
como si fuera la jodida niña del
exorcista. Creo que ya no nos gustamos
demasiado. La confianza ha roto la
magia. —Rio sin humor.
—Cuidado con lo que haces… —Le
devolví la pelota mientras metía la mano
en el bolsillo.
Mis nudillos rozaron la postal.
—Al contrario que tú, yo tengo la
cabeza bien despejada. Las dos, por
cierto —concretó para más señas.
Sonreí un poco antes de declarar más
sereno:
—Tienen que volver a sus vidas.
—Me parece lo más acertado.
Y lo más correcto, pensé.
—Te llamaré en unos días.
—Esperaré.
Colgó.
Situé el teléfono en su lugar
correspondiente, pero no fui hasta el
coche. En cambio, agarré la postal y leí
el mensaje escrito. Ese maldito apodo
estaba jodiéndome el cerebro,
retumbando todo el rato en mi cabeza; un
mote que persistiría conmigo en los
próximos amaneceres, desarmándome y
ahogándome en silencio.
«Princesa.»
12
Linda
Miércoles, 2 de septiembre de 2009
Lubbock, Texas.
Aquel día me pareció el más agotador
de todos los que había vivido en las
últimas cinco noches. Había pasado por
tantos acontecimientos que apenas podía
asimilarlos todos, pero si me detenía a
recapitular uno por uno, si era honesta
conmigo misma, la única situación que
realmente residía en mi memoria era el
beso que me había dado Zack. El beso
que yo le había devuelto. El beso que
casi había acabado conmigo.
Nadie podía negar que Zack era
intenso en todos los sentidos de la
palabra, pero lo que más me abrumaba
de él era el mundo al que pertenecía. Su
mera presencia representaba mi pasado,
mis miedos y mis demonios y, sin
embargo, había dejado que me besara.
Era oficial.
Había perdido la cordura.
Se me contrajo el vientre al recordar
la manera en que tomó mi boca, con
brusquedad y sin mi permiso; o cómo
separé mis labios para responderle con
el mismo anhelo que me demostraba su
exigente lengua. Fue como vivir de
verdad, como alimentarme de una fuente
extraordinaria. Nunca antes había sido
tan consciente de las sensaciones que
podía experimentar mi cuerpo como
cuando nos estábamos acariciando con
nuestras lenguas. Aquello había sido una
insensatez de mi parte, pero es que
nunca nadie se había portado así
conmigo. Nunca me habían robado un
beso y esa chispa de intimidad entre
nosotros me gustó.
Me encantó demasiado.
Por primera vez sentí cosas a las que
no podía ponerles nombres. Pero eso no
fue lo más angustiante, sino que, cuando
nuestras bocas estaban unidas y nuestros
dientes se tantearon con avidez, ansié
más. Muchísimo más. Lo quise todo,
incluso su lado menos puro y ese
pensamiento me asustó. Fue entonces
cuando me aparté de él antes de que me
embriagara su sabor y no pudiera parar
jamás.
Quizás él tenía razón.
Estaba jodida de la cabeza.
Lo miré por el rabillo del ojo. Zack
estaba conduciendo con el ceño
fruncido, en busca de un lugar donde
pudiéramos pernoctar. Hacía escasos
minutos se había detenido a realizar una
llamada telefónica, pero no me habló
tras incorporarse a la carretera. Yo
tampoco lo hice. Preferí fingir que no
estaba por la labor de dialogar. Y en
cierto modo era así, pero no por las
razones que él creía.
Era verdad que me había impactado
leer la palabra «Princesa» en el dorso
de la postal que habíamos hallado en el
cuerpo del matón. Ese mote poseía un
significado muy singular para mí y me
disgustó que un recuerdo tan bonito y a
la vez doloroso se viera mancillado por
un mundo pintado de injusticia, de
sangre y de brutalidad, pero escogí
tomarme aquello con filosofía y deseché
todos los sentimientos contradictorios
que habían empezado a apenarme el
corazón.
Sin embargo, ese apodo poca
importancia tenía comparado con el
confuso revoltijo que aún revoloteaba en
mi interior, porque tras todo lo ocurrido
en un mismo día lo único que no
conseguía quitarme de la cabeza era
nuestro beso.
De repente, el cuchicheo del motor
se atenuó con un suspiro. Estábamos en
un recinto oscuro, pero podía vislumbrar
las luces de la recepción situada a pocos
metros de nosotros. El rótulo con fondo
negro en el que figuraban las letras
Travelers Inn Motel, en color rojo,
apenas era visible en mitad de la
penumbra.
La voz de Zack, áspera y con matices
profundos, saturó el espacio.
—Ponte la peluca —dijo mientras se
acomodaba la gorra en la cabeza y luego
me arrebató las esposas. Su herida había
menguado de sangrar durante el camino
—. Descansaremos aquí.
Obediente, oculté mi melena. No era
estúpida, pero tampoco una ilusa. Sabía
que podría salir a la calle y correr hasta
que sintiera mis piernas arder, pero él
me cazaría a los dos pasos, así que
cogimos la bolsa del maletero y nos
internamos en la recepción.
La oficina era diminuta, de paredes
color crema descolorido. Detrás del
escritorio de un tono anaranjado, había
una joven de no más de veinte años que
hojeaba una revista de cotilleos de
famosos. Era guapa, de cuerpo esbelto y
pechos grandes. Cuando advirtió la
cautivadora imagen de Zack andando
hacia ella, levantó la vista y abrió con
exageración los ojos. Incluso bizqueó un
poco.
—Hola… —balbuceó y lo miró
boquiabierta. De mí ni siquiera se
percató—, ¿puedo hacer algo por usted,
señor?
Zack sonrió al comprobar que la
muchacha no le había reconocido.
Quizás ni siquiera estuviera al tanto de
lo que sucedía en nuestra nación.
—Espero que sí —dijo él apoyando
los codos sobre la mesa e inclinándose
hacia delante. Ese movimiento tan
aprendido me recordó a nuestras
conversaciones en la sala de las
entrevistas—. Una cama para dos estaría
de lujo. —Ella agrandó sus hermosos
ojos color amatista al malinterpretarle.
Con una mirada poderosa se corrigió a
sí mismo, como si no lo hubiera hecho a
propósito—. Para pasar la noche, me
refiero.
—¡Oh, por supuesto! —Se rio ella
con infantil nerviosismo a la vez que se
retocaba un mechón de pelo rubio ceniza
detrás de la oreja—. Pensé que… ¡Ay,
Dios mío! ¡Lo siento! ¡No me haga caso,
por favor!
Zack esbozó una amplia sonrisa, y la
joven se quedó absorta en sus labios. No
podía culparla. Su sonrisa tenía el poder
de seducir y excitar cada zona erógena
del cuerpo, pero que aquella
desconocida fuera la causante de la
hermosa curva que se reflejaba en su
boca, me fastidió como nunca. Sin
embargo, ambos se pusieron a coquetear
y me ignoraron como si fuera un mueble
más.
Mientras pasaban de mí, me dediqué
a observarlo todo con una mueca de
aburrimiento. Necesitaba distraerme
para evitar apartar de un empujón a esa
niñata. Entonces, vi algo entremedio de
un par de revistas viejas. Mi corazón
bombeó a toda velocidad la sangre a mi
cabeza a la vez que oía la persuasiva
voz de Zack, que intentaba convencer a
la joven para que le fuera a comprar
algo de comer a un local cercano
llamado Denny’s. Ella se hizo la difícil,
lo que me proporcionó un tiempo ideal
para reflexionar sobre mis
pensamientos. Pero, contra todo
pronóstico, tomé una decisión mucho
más rápido de lo que esperaba.
Al verles sonriéndose con
complicidad mientras ella asentía con un
coqueto aleteo de pestañas, me apoderé
del cúter que descansaba en la
superficie del escritorio y lo sepulté
debajo del conjunto de falda y blusa. La
ropa de Miranda Blair.
Durante peliagudos minutos
presencié las miradas que se
intercambiaban ellos dos, soportando a
duras penas los falsos cumplidos que
salían de los labios de Zack. Todo por
parte de él era una actuación digna de
ser premiada con un Oscar, pero, a pesar
de ser consciente de ello, un calor
sofocante se expandía por mis mejillas
cada vez que él la miraba con una
lujuria muy similar a la que había
experimentado horas antes conmigo. Y
no había razón para que me sintiera tan
violenta.
¿Qué andaba mal conmigo?
—Entonces… ¿lo harás por mí? —
preguntó Zack y dio un paso hacia atrás.
El flirteo había terminado.
—No debería, pero sí. —La joven se
mordió el labio inferior para luego
deslizarlo entre sus dientes. Se lo
humedeció con la lengua—. Pero
primero tienes que firmar aquí.
Él garabateó en el libro de registro
de clientes usando el nombre Paul
Sanders.
No me sorprendió que estuviera
utilizando el nombre de un muerto.
—Te daré el dinero después. —Le
devolvió el bolígrafo. Ella lo aceptó con
una sonrisa, le proporcionó una llave y
rodeó el escritorio.
—No te preocupes —ronroneó—. Sé
dónde encontrarte.
Zack, como todo un galán, abrió la
puerta de la recepción y me hizo una
seña para que les precediera antes de
volver a volcar su atención en la
muchacha. Otra vez ese ardor mordaz
pareció quemarme la piel, junto a una
opresión en algún punto inconcreto en el
pecho, pero no repliqué ni me negué a
hacer lo que me había ordenado sin
palabras. Salimos. Ella echó llave a la
cerradura y cuando se giró, suspiró al
tener las manos de Zack en su rostro
juvenil.
—Te estaré esperando arriba —
susurró él mientras mis ojos iban y
venían de un lado a otro.
La joven afirmó con fervor.
—¡No tardaré mucho! —Y se alejó
de nosotros.
Zack se dio la vuelta y nuestras
miradas tropezaron de forma casual. El
silencio rugía vilmente denso. Los dos
percibimos la rigidez en nuestros
músculos, pero no articulamos sonido.
Sin más ceremonias y sin mucho tacto,
me agarró por la muñeca y me condujo
hasta la habitación de la segunda planta
del bloque de viviendas de estuco
blanco, techos negros y puertas color
verde musgo.
—No sabía que te gustaran tan
jovencitas —dije sin poder contenerme
mientras le veía introducir la llave en la
ranura—. Podrías ser su padre.
Empujó la puerta con la palma y
entramos.
—Pero no lo soy —dijo con una
sonrisita que me cabreó bastante.
Mientras se quitaba la gorra y la
mantenía entre sus dedos, me senté en la
cama y él se apoyó en la puerta cerrada
—. Mi límite está en los dieciocho. Las
menores causan muchos follones, pero
cuando llevas años sin estar con una
mujer te conformas con cualquier cosa.
Me maté por mostrarme indiferente
ante sus venenosas palabras.
«Un beso no puede cambiarte tanto»,
me regañé en silencio.
—Antes hablaste por teléfono —
cambié de tema—. ¿Fue con Morgan?
¿Cómo se encuentra Angy? —Exhaló un
suspiro y asintió. Como no realizó nada
más, pregunté—: ¿Podrías decirme qué
tal está? —y al no obtener respuesta,
añadí con una hiriente delicadeza—: Por
favor.
—Tu amiga está bien, estaba viendo
la televisión.
—¿No le ha hecho daño Morgan?
Caminó hacia mí con demasiada
tranquilidad y colocó la bolsa deportiva
cerca de mi pierna derecha. Procuré no
empequeñecerme ante su gélida mirada.
—Desde que viste a tu amiga por
última vez, ¿ha habido bajas? —Fruncí
el ceño. Él aclaró su pregunta—. ¿He
matado a alguien? Excepto al hijo de
puta de hoy.
—No.
—Entonces, deberías saber que
Morgan no le ha puesto ni un dedo
encima a tu amiga.
—Se llama Angy. —Me mordí la
lengua—. Y gracias.
—¿Por qué?
—Por no herirla.
Se rio a desgana.
—Ya conoces las normas. Te portas
bien y haces lo que te ordene, y tu amiga
seguirá intacta y entera.
La conversación empezaba a ir por
mal camino, así que me levanté y
construí un muro imaginario entre
nosotros.
—Voy a ducharme si no te importa.
Varias arruguitas se dibujaron en su
frente, como si le extrañara mi repentina
docilidad.
—Ve antes de que traigan la cena —
acotó, aunque yo ya había empezado a
cruzar la distancia hasta el cuarto de
baño. Notaba el cúter manosear la piel
de mi espalda, pero me paralicé cuando
su voz penetró en el ambiente—. Linda,
espera.
Mi corazón me dio una patada en las
costillas. Me giré hacia él y nos
miramos a los ojos.
—¿Sí?
—Ven.
—¿Qué sucede? —dije
aproximándome a él hasta quedar a un
palmo de su pecho.
Me observó durante varios instantes,
con audacia y algo receloso, y yo creí
que me daría un infarto. Me fallaron un
poco las rodillas y me mareé
ligeramente, pero todo cobró sentido
cuando asió la bolsa y sacó una de sus
camisetas.
—Para después de la ducha. —Me la
ofreció con demasiada amabilidad.
—Gracias. —Extendí mi mano para
envolver la prenda blanca y palpé sus
dedos sin querer. Temblé ante el fugaz
contacto y alcé la mirada. Sus párpados
se habían entornado y habían adquirido
un color obscuro que insinuaba al
pecado.
Me marché a toda prisa de su lado y
me aislé en el baño. Debía hallar el
modo de mantener a Zack cautivo en el
dormitorio, para que yo pudiera hablar
con la policía y explicarles lo que había
sucedido. Ese era mi plan. Ellos me
ayudarían a encontrar a Angy. Estaba
segura de que las autoridades no me
dejarían desamparada. Además, si Zack
estaba retenido, no podría llamar a
Morgan y por lo tanto Angy estaría cien
por ciento a salvo de futuras represalias.
Debía ceñirme a esa estrategia. Por el
bien de todos y, en especial, por el mío.
Me desnudé, tapé el cúter con la
ropa y me ubiqué dentro de la ducha sin
esperar a que el agua se entibiara. Esas
frescas caricias me abstrajeron de todo
lo vivido. La verdad es que precisaba
de ese ligero pasatiempo; que el hombre
que había cometido innumerables
crímenes por dinero, y no se arrepentía
de ello, estuviera lejos de mi mente. Sin
embargo, no pude evitar recrearme de
nuevo en nuestro beso y me pregunté qué
habría pasado si no le hubiera detenido.
La respuesta era incuestionable.
Habríamos llegado hasta el final. Habría
accedido a que me poseyera, a que me
tumbara sobre la cama y me penetrara
con fuerza o como más se le antojara.
Era demasiado aterrador tener esa
certeza.
Cerré el grifo. Había estado tan
sumida en mis propias fantasías que no
me había dado cuenta de que estaba
tiritando. Empecé a secarme el cuerpo,
pero di un respingo al escuchar dos
golpes suaves en la puerta del
dormitorio. Era ella. La joven de la
recepción. Con cierta rabia arrojé la
toalla al suelo, me vestí con la camiseta
de Zack y tras encajar mi desastrosa
melena en la peluca, disimulé el cúter
entre la tela de mi ropa íntima y regresé
a donde estaban ellos.
El brazo derecho de Zack estaba
recostado sobre el marco; y con la mano
izquierda sostenía una bolsa de plástico.
Por culpa de su estatura, no podía ver a
la rubia. Pero ella sí me vio a mí
sentarme en el colchón. Se acercó a él y
en un murmullo bastante indiscreto,
preguntó:
—¿Es tu novia?
Zack viró la cabeza hacia mí un
segundo antes de mirarla con una cálida
sonrisa.
—No, es una prima. Lejana —
añadió con sorna mientras yo arrugaba
el edredón entre mi puño.
—Te mira mucho.
—No le hagas caso.
La joven tiró de su camisa de
franela, en busca de intimidad. ¿La
estaría besando como me había besado a
mí? Se me estrujó el corazón ante
aquella pregunta; pero era un dolor
distinto al que estaba habituada a sentir.
De repente, la oí reírse en voz alta y,
después, soltar un gemido que me
revolvió el estómago. Incapaz de
justificar esas nuevas sensaciones, me
ladeé hacia delante. ¿Estaba celosa?
¿Era así como se sentían los celos?
Volví a ladearme, inquieta. Fue entonces
cuando recordé lo que escondía bajo mi
camiseta. Mirando de reojo la salida,
cobijé el cúter debajo de mi almohada,
en el lado en el que yo solía dormir.
Me paré y caminé hacia el exterior.
—Mi padre no vendrá esta noche...
—dijo ella con voz morbosa—.
Podríamos ir a la oficina. Allí
tendremos total privacidad para… —
calló cuando aparecí como un fantasma
a su lado.
La vi dar un traspiés.
Zack no se alteró en absoluto.
—Tengo hambre, primo —dije con
una mueca irónica, arrastrando la última
palabra.
Él me miró durante un eterno
instante. Había un brillo divertido en sus
iris.
—Toma. —Me entregó la bolsa y
para desilusión de la joven, añadió—:
Me reuniré contigo en un momento.
Algo más contenta, alcé las cejas a
modo de despedida y me desplacé hasta
la cómoda, sin cerrar la puerta.
Regodeándome con los lloriqueos de
ella y los falsos «Lo siento. No puedo
dejar sola a mi prima» y miles de
excusas más por parte de Zack,
inspeccioné el contenido. Había una
caja de cigarros, dos bocadillos de
jamón cocido, chorizo mexicano, salami
con extra de queso y un sinfín de
ingredientes más, dos latas de cerveza,
dos botellines de agua y un recipiente
hasta arriba de patatas fritas con dos
botecitos de kétchup y mostaza.
Mi estómago rezongó de hambre, así
que capturé una patata crujiente y la
hundí en el bote de las salsas. Poco
después Zack despachó a la muchacha,
pero evité mirarlo a pesar de que le
sentí ponerse a escasa distancia de mí.
Como si nada me adueñé de otra patata,
pero el vacío que reinaba en mi interior
se negó a llenarse con comida. Y él lo
sabía. No era ningún ingenuo.
Alcé la mirada y nos estudiamos en
el espejo colgado encima de la cómoda.
—¿La besaste?
Se quitó la gorra y se peinó el pelo
con los dedos. Luego caminó hasta mi
posición, se pegó a mi espalda y sin
respetar mi espacio personal, colocó sus
puños a cada lado de mi cintura. La
tensión, que no paraba de acentuarse
entre nosotros desde que nos conocimos,
desde mucho antes de que hablásemos
por primera vez, condensó el aire y lo
tornó opresivo.
—Nadie se ha comido tus babas.
Enderecé los hombros a la
defensiva.
—No creo que nos haya dado tiempo
a intercambiar fluidos.
Retrocedió con una risita incrédula y
se deshizo de la camisa y de la camiseta
con movimientos arrogantes y sensuales.
Se me secó la boca al ver su torso y sus
bíceps perfectos.
—Sí nos dio tiempo —murmuró muy
despacio—. Aún tengo tu sabor en mi
lengua.
Sus palabras me sonaron
condenadamente eróticas.
—Ese corte luce horrible —dije
como si acabara de darme cuenta,
dándome la vuelta y dirigiéndome lo
mínimo hacia él—. Todavía te sangra un
poco.
Le echó un vistazo a la herida, casi
con desdén.
—Menos mal que no me dio en el
brazo derecho.
—Deberías limpiarla.
—Tráeme la toalla que usaste para
secar tu cuerpo.
Tragué saliva y lo miré por encima
de mis pestañas.
—Está empapada.
—Por eso mismo la quiero. —
Sonrió.
Me quedé algo atolondrada al
imaginar que su piel tocaría la misma
toalla que había usado yo, pero una
bofetada de sensatez me zarandeó el
cerebro y troté hasta el baño. Retorné
tras quitarme la peluca y le entregué la
toalla. Mientras se limpiaba la sangre,
cogí un bocadillo y un botellín de agua,
y me senté a devorar la comida para no
quedarme babeando ante la visión de su
firme y llamativo abdomen.
Zack no tardó en sumarse a mí, pero
no hablamos ni encendimos el televisor
y tampoco mencionamos el tema de
nuestro beso ni lo que estuvo haciendo
con la joven rubia cuando yo no pude
verles. Una vez que terminé de comer,
reposé mi cabeza en la almohada.
Estaba tan agotada que no me azoré al
sentir las esposas en mi muñeca.
—Te tomas muchas molestias
conmigo.
—Será porque no me fío de ti.
Se tumbó a mi lado.
Pensé que haríamos la cucharita, así
que encogí las piernas como si fuera un
feto. Pero para mi sorpresa, nada
agradable a su vez, él no se acercó a mi
cuerpo. Lo miré por encima del hombro,
con un nudo en la garganta. Zack
sostenía un cigarrillo entre sus dedos y
tenía la mirada fija en el techo infestado
de manchas de humedad.
—Buenas noches —musité para
llamar su atención.
Sus ojos se volvieron con pereza
hacia los míos, casi como si le
aburriera.
—Buenas noches.
Puse mi cabeza de nuevo en la
almohada, pero procuré no dormirme.
Pasaron los minutos, o quizás las horas,
hasta que apagó la luz y se acurrucó
entre la delgada manta que cubría el
colchón. Fue entonces cuando me
permití abrir los ojos. La única ráfaga
de luminosidad provenía de las farolas
en las calles y la clara nitidez de la luna.
Durante varios minutos, que me
parecieron meses, vigilé la respiración
de Zack hasta confirmar que se había
dormido. Solo entonces me giré con
tiento hacia él. Dormía boca arriba. Su
pecho desnudo vibraba a un ritmo
sostenido. Sus labios estaban algo
separados y el botón de sus pantalones,
desabrochado, exponiendo aquella
sugerente línea vertical de vello que
desaparecía poco a poco.
Ese hombre era la tentación
personificada.
Me acerqué a su rostro lo máximo
que me permitieron las esposas, con
cautela y atraída por su belleza, mientras
apreciaba que sus facciones no se
habían relajado por el sueño. Apreté los
dientes antes de palpar el bolsillo
derecho de sus vaqueros, buscando la
llave de las argollas, fracasando.
Realicé lo mismo con el bolsillo
restante, pero cesé de hacerlo cuando
Zack emitió un quejido ronco. Estaba
soñando. Trémula, aguardé con
nerviosismo sin permitir que su
imperfección me embelesara hasta que
volvió a quedarse quieto y pude
continuar con lo que estaba haciendo.
Nada. La llave no estaba ahí.
¡Mierda! ¿Dónde la habrá
escondido?
Sin la llave, no podía escapar de él.
Pero todavía había otra salida, una
más arriesgada y muchísimo más
efectiva.
De manera inconsciente, pesqué el
cúter de debajo de mi almohada. El
instinto de supervivencia me provocó un
estremecimiento helado, aunque hacía
bastante calor en la habitación. Empecé
a jadear cuando me percaté de que había
aproximado la cuchilla a su garganta y
estaba a punto de cortarle la piel. Mi
corazón latió a un ritmo inseguro al ver
que si apretaba un poco la hoja, si
ejercía una mínima presión, su carne se
abriría en canal y aquel infierno
acabaría para mí. Su existencia no sería
más que una lejana pesadilla, que
terminaría olvidando con el tiempo y se
llevaría las múltiples emociones que
sentía con él.
Qué soñadora era.
Jamás podría huir de sus garras.
Todo lo que estaba viviendo era una
ilusión creada por él mismo.
—Hazlo ahora o no tendrás una
segunda oportunidad. —Su voz fue como
una puñalada para mi inteligencia.
Grité fuera de mí cuando Zack se
acomodó a horcajadas sobre mis
caderas y atrapó mis manos por encima
de mi cabeza. Forcejeé, pero me
infringía tanto dolor que grité de nuevo,
más alto, con más potencia y más rabia.
—¡Suéltame!
—¡Cállate! —rugió e impuso más
fuerza sobre mis muñecas. Pero me
negué a soltar el cúter—. ¿En serio
crees que no veo venir tus intenciones?
Te lo dije, Linda, a mí no me engañas.
Te conozco mejor de lo que te conocerás
nunca a ti misma.
Unas esquirlas de sabor amargo se
deslizaron por mi espalda hasta la punta
de mis pies.
—¡Estoy harta de ti! —Me ardía la
garganta. Estaba segura de que tenía la
cara roja de frustración—. ¡Harta!
Endureció la mandíbula.
—Yo también estoy harto de ti. Me
tienes hasta los mismísimos cojones de
tus rebeldías. —Me empujó contra el
colchón y me inmovilizó con sus
caderas. Le sentía duro y cálido contra
mi vientre, y aquello me enloqueció.
Nuestra pelea, junto a mis intentos por
escabullirme, nos estaba produciendo un
efecto excitante—. Deberías hacer esto
más sencillo para los dos, pero te
empeñas en estropearlo todo una y otra
vez.
—¿De qué hablas? Eres tú el que…
—me interrumpí con un jadeo trémulo
cuando su pecho descendió hasta
aplastar el mío. Nos miramos y nuestros
alientos se moldearon ante la cercanía
de nuestros rostros. Su furiosa mirada se
había empezado a empañar por la lujuria
y su bragueta estaba tensa por su gruesa
erección.
Un escalofrío se proyectó hacia
abajo, en dirección a mis muslos, y
apreté las piernas.
—Lo que ocurrió no debería haber
pasado. —Tembló al verme
relamiéndome los labios. Bajó un poco
más la cabeza y cerró los ojos cuando
mi saliva le humedeció la boca—.
Joder, Linda… Esto no debería estar
pasando. —Estiró más mis brazos,
arqueándome de un modo doloroso y
exquisitamente delicioso.
—Haz que pase —dije sin pensar,
sorprendiéndonos a los dos. Su cuerpo
era un imán para mis anhelos. La pasión
que perfumaba la atmósfera me catapultó
—. Lo deseo… —reconocí en voz baja,
asustada por mi revelación—. Creo que
lo deseo desde la primera vez que te vi
en la cárcel. Haz que pase…, o me
volveré loca.
Me miró con sus pupilas que
destilaban una fuerte excitación.
Y para mi estabilidad mental…
sucedió.
Su boca abarcó la mía, con hambre y
devoción. Suspiré, introduje mi lengua
en él y me deleité con sus lengüetadas
rudas y apasionadas, que me seducían
con su agresividad. Quería demostrarle
que me moría de ganas por fundirme con
su cuerpo. Que, por alguna extraña
razón, necesitaba vincularme a él;
aunque fuera de esa manera tan
primitiva. Zack me hacía volverme
maleable.
La urgencia del beso incrementó.
Zack me devoró con sus labios, con su
lengua y con sus dientes. Mi clítoris
palpitó al mismo compás de mi corazón,
sintiéndome extasiada por su aroma y
por todas las sensaciones que él me
hacía probar. Cuando colocó una pierna
entre mis muslos, me abrí para hacerle
hueco y elevé las caderas, ansiosa por
acelerar nuestro enardecido contacto. Su
erección se restregó contra el vértice de
mi cuerpo. Estábamos flotando en el
limbo del placer.
Sus manos apretaron aún más mis
muñecas y, enseguida, su boca abandonó
la mía para descender por mi cuello a la
vez que lamía mi piel. Su pene se
insinuaba grueso y duro contra mi carne,
que ardía en ese momento. La fricción
que creaban nuestros cuerpos fue
aumentando, siendo cada vez mayor,
siempre a más.
Con los talones tiré de su trasero
hacia mí, y él respondió embistiéndome
con la ropa. El pantalón se le había
bajado entre arremetida y arremetida,
por lo que podía notar el ardor que se
acumulaba allí abajo, deseoso por
explotar en espirales de liberación. De
repente, me mordió un pecho y se
incorporó para mirarme. Entre gemidos
meneé las caderas y me froté contra su
pene a la vez que él atravesaba mi
cuerpo con su mirada, en una lenta
inspección. Sus ojos se nublaron y
exhaló deprisa por la nariz al ver mi
imagen. A mí…, abierta de piernas, con
su camiseta que apenas me velaba y las
braguitas con estampados de ositos que
se adherían a mi carne húmeda. Sentí el
primer espasmo cuando su erección se
puso aún más dura contra mi clítoris. Y
perdí la razón de mi existencia.
Me dolía esa necesidad.
M