Por qué leo a mujeres
En este momento preciso de mi vida, justo en este momento de soledad absoluta, de noches insomnes y
precariedad, necesito las vidas de ellas, sus cuerpos, sus historias, sus maneras de mirar
Carmen G. de la Cueva 21/03/2020
Mujer joven con libro. Alexander Deineka.
Uno de los últimos libros que he leído con verdadera admiración y curiosidad
es Proscritas. Cinco escritoras que cambiaron el mundo (Alba, 2020) de Lyndall Gordon,
en traducción de José C. Vales. En el capítulo dedicado a Virginia Woolf, Gordon cuenta
que la autora «siempre anduvo tras la pista de los vacíos y las zonas oscuras de las gentes
del pasado» y, quizá por eso, su primera tentativa de escritura profesional fue un texto
sobre su peregrinaje a la casa de la familia Brontë, en Haworth, que escribió en la casa de
su tía Caroline Stephen. Woolf se preguntaba si su «amiga Charlotte» seguiría siendo la
misma. Incluso, animada por la esperanza de encontrar en aquella casa las huellas de
alguna de las hermanas, miró en el hueco de la escalera donde Emily ataba a su perro
Keeper cuando se atrevía a dormir en su cama. En el artículo, publicado en diciembre de
1904 en el suplemento femenino de un periódico parroquial llamado The Guardian,
Woolf confesaba su emoción al encontrar un pequeño taburete de roble «que Emily se
llevaba cuando iba a dar sus solitarios paseos por los páramos y en el que se sentaba, si
no para escribir, como dicen, al menos para pensar». He leído con pasión y esmero a
Virginia Woolf, pero desconocía completamente este artículo que demuestra, una vez
más, su interés por seguir las migas de pan como muchas hacemos hoy con ella:
peregrinamos a Monk´s House y contemplamos extasiadas aquel ajado escritorio con
vistas al jardín donde todavía reposa su pluma.
Es en los libros escritos por mujeres donde encuentro el impulso de vida que es lo que
me lleva a leer. En cierta manera, cuando las leo, siento que me hablan a mí, algo que no
me suele ocurrir cuando leo a un autor hombre
Desde que comencé a publicar artículos –y a comentar públicamente mis gustos
literarios–, no han sido pocas las personas que se han acercado a mí con la eterna y
clásica pregunta de “por qué solo leo a mujeres”. En su mayoría, han sido hombres los
que me han hecho notar esta cuestión que, aparentemente, les parece muy preocupante.
Con más o menos pericia me han animado a leer a hombres y a no dejarme seducir por lo
que muchos consideran “una moda” o “una marea” feminista. Imagino que si lo definen
así deben de pensar que es algo que, como el agua del océano, fluctúa, sube y baja,
avanza y retrocede. Unas veces, con el ánimo encendido, procedo a argumentar las
razones que me llevan a leer a mujeres. Otras, me limito a callarme para no acabar a
guantazos. Soy, demasiadas veces, una pesada contrincante.
Pero siempre acabo dándole vueltas cuando voy de camino a casa si la charla ha tenido
lugar en un bar o librería o cuando cierro el portátil en el caso de que las dudas acerca de
mi criterio como lectora las haya sembrado un periodista en una entrevista. Y me
pregunto: si todos las obras que leo hubieran sido escritas por autores varones, ¿me lo
habrían hecho notar? Siempre he leído a más autoras que autores, desde que tengo
memoria; empecé con Louisa May Alcott y Jane Austen, seguí con Sylvia Plath, Alejandra
Pizarnik o Carmen Laforet y hasta ahora, a mis treinta y cuatro años, confieso que es en
los libros escritos por mujeres donde encuentro el impulso de vida que es lo que me lleva
a leer. En cierta manera, cuando las leo, siento que me hablan a mí, algo que no me suele
ocurrir cuando leo a un autor hombre. Y en este momento preciso de mi vida, justo en
este momento de soledad absoluta, de noches insomnes y precariedad, necesito las vidas
de ellas, sus cuerpos, sus historias, sus maneras de mirar. Llamémoslo instinto,
llamémoslo sentir una mano en el hombro. O llamémoslo buena literatura. ¿Acaso
Valeria Luiselli o Vivian Gornick o Margaret Atwood o Edna O´Brien o Elena Ferrante o
Siri Husdvedt no están escribiendo en estos momentos libros cruciales para entender
nuestra época? La reparación histórica, en el caso de estar dándose, les corresponde a las
editoriales, a los programas académicos. No niego que hay cierta vocación por la
búsqueda y el rescate, por completar los huecos de una historia literaria que ha dejado las
obras de las mujeres en las profundidades de la tierra. Sin embargo, los lectores, las
lectoras comunes como yo, lo que estamos haciendo es disfrutar con tanta variedad de
historias y vidas, con tantos relatos de todas esas vidas pequeñas, muchas veces
consideradas insignificantes y secundarias, que se han quedado en los márgenes de la
literatura.
Si he dejado de leer a Michel Houellebecq, por ejemplo, o a Mario Vargas Llosa o a Javier
Marías, no será por desdén o castigo, sino por aburrimiento
En Expuesta. Un ensayo sobre la epidemia de la ansiedad (Alpha Decay, 2019), Olivia
Sudjic afirma que limitar la diversidad de voces está profundamente arraigado en las
narrativas patriarcales. Y eso es lo que yo sigo pensando cuando, por ejemplo, abro un
suplemento literario: la ausencia de diversidad de voces y el género masculino de la
mayoría de estas. Si he dejado de leer a Michel Houellebecq, por ejemplo, o a Mario
Vargas Llosa o a Javier Marías, no será por desdén o castigo, sino por aburrimiento. Poco
hay en sus últimos libros que me pueda atraer ni temática ni literariamente. Sin embargo,
en una jovencísima Sudjic (1988) encuentro una reflexión que conecta conmigo, con
cuestiones que como escritora y lectora llevo planteándome los últimos años: «En
ocasiones, leo para sentirme viva desde una distancia de seguridad. A través de Ferrante,
Cusk, Offill, Lispector, Nelson y Kraus, puedo experimentar el temor de la exposición de
manera indirecta, verme a través del prisma de otra o ver mis propios pensamientos
enajenados. Viéndolo así, desde fuera, siento que se ha conquistado algo. Es una
sensación convincente que puede hacer que desee buscar a la autora del libro para
decirle: “A mí también”». Cuanto más leo a mujeres, más quiero leerlas.
Me resulta inevitable volver a Virginia Woolf porque muchas de estas cuestiones ya las
expuso ella lúcidamente en Un cuarto propio (1929). ¿Cómo no voy a estar leyendo ahora
mismo a más mujeres, a autoras que nos brindan sus historias como parte de una cadena
de vida que va mucho más atrás? El día que Woolf decidió ver qué habían escrito las
mujeres en los tiempos isabelinos, no encontró nada. Ella sabía bien que son las
condiciones materiales las que han determinado históricamente por qué las mujeres no
han escrito o no han escrito tanto, por qué hay vacíos oscuros y profundos en la historia
literaria que todavía estamos intentando llenar. «La novela», escribió, «el trabajo
imaginativo, no se desprende como un guijarro, como puede suceder con la ciencia; la
novela es como una telaraña ligada muy sutilmente, pero al fin ligada a la vida por los
cuatro costados. A veces apenas se percibe la ligadura; las obras de Shakespeare, por
ejemplo, parecen suspendidas por sí solas, completas y autónomas. Pero basta tirar de la
telaraña en los bordes o desgarrar el centro para recordar que esas telas no han sido
tejidas en el aire por seres incorpóreos, sino que son el trabajo de criaturas dolientes, y
que están ligadas a cosas burdamente materiales, como la salud y el dinero y las casas en
que vivimos».
Woolf inventa a Judith, la hermana de Shakespeare, una joven que, empujada por su
vocación, dejó la casa familiar, se lanzó a probar suerte en Londres y acabó suicidándose
una noche de invierno. Judith podría yacer enterrada bajo alguna de las anónimas aceras
de Elephant and Castle. Dijo Woolf que cada historia que leemos sobre una bruja tirada al
agua o una mujer poseída por los demonios o una curandera que vendió hierbas a la
madre de un hombre célebre puede ser la historia de una novelista o una poeta, una
«Jane Austen muda y sin gloria, una Emily Brontë rompiéndose los sesos en el páramo o
recorriendo con desolación los caminos, trastornada por la tortura de su genio». La
literatura que permanece oculta, la que se escribió y nunca leímos y también la que
nunca se escribió forma, una vez más, una telaraña ligada a la vida de todas las escritoras
mudas.
Mi vocación de lectora común me lleva a leerlas a ellas, a citarlas, a nombrarlas y a
recomendarlas. Lo que más me interesa en los últimos años, lo que busco
incesantemente en los libros que leo y releo es explorar los abismos a los que se
enfrentan las mujeres que escriben. El “a mí también” de Sudjic me interpela porque mi
educación literaria y mi educación sentimental han recorrido caminos paralelos que han
tardado años en encontrarse: mientras leía a los “grandes autores” en la escuela y en la
universidad, las mujeres de mi entorno me ofrecían enseñanzas que los libros nunca han
considerado legítimas. Si por una vez en la historia de la literatura las obras que escriben
las mujeres están en primer plano abordando cuestiones que no han tenido demasiada
cabida hasta ahora –la maternidad, los cuidados, los afectos, la violencia sexual– la
necesidad de leerlas me arrastra irremediablemente. Porque desde que leí hace años La
loca del desván de Sandra Gilbert y Susan Gubar tengo muy presente aquello de que «las
mujeres padecerán en silencio hasta que se creen historias que les otorguen el poder de
nombrarse a sí mismas».
No leo para buscar confort o satisfacción personal, no leo apoltronada en el sillón de la
complacencia, sino que leo de pie, caminando por la calle, con el ensordecedor traqueteo
del autobús. Leo para incomodarme. Hay desdichas que tienen arreglo, como la de leer a
autoras que han sido borradas, silenciadas o fragmentadas. No me parece que su ausencia
en la historia literaria pueda considerarse un hueco más –verlo así me resulta casi una
frivolidad, apreciación digna de un lector privilegiado– sino un enorme sesgo que ha
empobrecido llamativamente el abanico de lecturas y experiencias posibles. Hay toda una
estructura ideológica que ha reconocido y valorado la creación de los hombres en
detrimento de las obras escritas por mujeres. No es un hueco, no es una profundidad
desatendida, es una injusticia histórica que ni siquiera ahora comienza a repararse.
En definitiva, la pregunta que cabe hacerse ahora es cómo no voy a leer a mujeres si están
escribiendo la mejor literatura. Supongo que la historiadora británica Mary Beard tiene
razón cuando dice que todavía sucede muchas veces que cuando los oyentes escuchan
una voz femenina, no la oyen como una voz de autoridad porque no han aprendido a oír
la autoridad en ella. O como escribió la poeta Emily Dickinson: «Disimular –es un trabajo
corrosivo– / para ocultar lo que somos».
Mujeres leyendo
Publicado por Alberto Granados
16 diciembre, 2011
El año pasado, al llegar este día, hice mi particular manifiesto por la lectura. Se llamaba
“Dejarte abrazar” y apareció publicado en Pliegos de Alborán, la separata cultural de la
revista El Faro de Motril, donde suelo colaborar. El texto es este:
Leer es dejarse abrazar, mecer, acariciar, engañar, seducir… por algo tan dudoso,
contradictorio y desleal como un libro, un objeto extraño incrustado en los entresijos de
nuestro espíritu, algo ajenamente nuestro, que nos elige como un predador selecciona a su
presa.
Tú, lector, puedes llegar a pensar que eres quien elige un libro. ¡Torpe ingenuidad! Es su
extraña irrealidad (la campaña previa de publicidad, la reseña leída en un periódico, la
recomendación de alguien de tu entorno, la posición en el expositor de la librería, el impacto
visual de su portada…) quien te selecciona a ti con un fatal determinismo para el que no
tienes defensa alguna, pues llegado el libro a tus manos, lector, caerás en el impulso atávico
de sentarte en torno a una hoguera imaginaria, para escuchar lo que te dice el chamán,
que te desgrana, palabra a palabra, un universo que sin ser el tuyo, pasa irremisiblemente a
ser tu propia entidad, tu ser más profundo, repitiendo una liturgia mil veces vista: la de dejarte
seducir por lo que ese libro-chamán quiera proponerte, sea buscar por los siete mares a un
obsesivo monstruo llamado Mobby Dick, perpetrar una venganza largamente meditada desde
la prisión injusta de la isla de If, sentir la zozobra espiritual de una Ana Ozores o una Emma
Bovary, dividida entre mil impulsos antagónicos, comprobar en Macondo que las estirpes
condenadas a cien años de soledad no tendrán otra oportunidad sobre la tierra, o seguir la
atormentada biografía del jorobado Orsini, cristalizada en las pavorosas estatuas, llenas de
una convulsa belleza, con que llenó su misterioso jardín.
Y es que el libro, como una tentación, está lleno de formas seductoras; como una cortesana
experta, está lleno de promesas; como una criatura mítica, te propone perderte en un
laberinto de emociones; como un simple objeto doméstico, que te rodea a diario, apenas
perceptible, te llena de pequeños placeres caseros, en cuyas redes caerás inexorablemente.
Libros: objetos que te liberan al tiempo que te hacen su presa, que te eligen en el momento
en que los eliges, que te hacen suyo en el mismo momento en que decides adquirirlos, que te
enredan en su trama y que te obligan a abrazar causas, en muchas ocasiones perdidas,
absurdas, ajenas, inexplicables… Que juegan contigo tan caprichosamente como los antiguos
dioses jugaban con sus criaturas.
Y tú, lector, ingenuo e inerme, sólo puedes doblegarte, aceptar tu irremediable destino de
gozosa víctima; rendirte a tu libro, a la peripecia de sus personajes, a las pasiones que los
azotan al mismo tiempo que a ti, incauto lector, que te adentraste cándidamente en sus
páginas; someterte a los ritmos, cadencias y tempos de su posesiva música, una música a
cuyo son, bailarás, como una diabólica marioneta, lo que el libro determine; aceptar que
cuando terminas su lectura, las situaciones, conflictos y personajes se han metido de manera
inexorable en tu alma, de la que ya serán indisolubles; que cuando lo devuelves a la balda de
tu estantería, cuando abandonas a esos personajes, algo se rompe en tu universo interior,
pues es una dolorosa despedida, sino una traumática separación en toda regla, aunque
abierta a eventuales reencuentros, a relecturas…
De este modo, el libro, finalmente, te poseerá, lector, y no tendrás más remedio que dejarte
abrazar por la fatalidad del destino, extrañamente decidido por ese objeto que tú pusiste,
ingenuo, entre tus manos.
MUJER LEYENDO UN LIBRO
No sé quién es el autor, pero el cuadro de la muchacha leyendo tiene su encanto y me cautiva.