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El Jugar Como Estructurante Doc de Catedra Natalia

Este documento describe las funciones del juego en la infancia según la perspectiva de R. Rodulfo. Explica que en los primeros meses de vida, el juego cumple dos funciones primordiales relacionadas con la constitución del cuerpo del niño. La primera función es la fabricación de superficies, donde el niño explora su cuerpo y el de la madre a través del juego, creando una superficie corporal continua y sin agujeros. La segunda función es la formación de contenedores y contenidos, donde el juego le permite al niño establecer relaciones
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El Jugar Como Estructurante Doc de Catedra Natalia

Este documento describe las funciones del juego en la infancia según la perspectiva de R. Rodulfo. Explica que en los primeros meses de vida, el juego cumple dos funciones primordiales relacionadas con la constitución del cuerpo del niño. La primera función es la fabricación de superficies, donde el niño explora su cuerpo y el de la madre a través del juego, creando una superficie corporal continua y sin agujeros. La segunda función es la formación de contenedores y contenidos, donde el juego le permite al niño establecer relaciones
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Facultad de Psicología Lic. y Prof.

en Psicología
Asignatura: Psicología Evolutiva I Año: 2018

EL JUGAR COMO ESTRUCTURANTE EN LA INFANCIA


Desde la perspectiva de R. Rodulfo
Lic. Natalia G. Savio

En el corazó n de la actividad propia del niñ o encontramos los juegos; por supuesto el
jugar no es solo cosa de niñ os, sino que lo podemos observar a lo largo de toda la vida de
distintas maneras.
Para el niñ o el jugar es cosa seria; todas las peripecias estructurales que deberá
atravesar para darse un cuerpo, una posició n sexual, un lugar para vivir, un espacio extra
familiar, etc., será n pasibles de ser atravesadas si se encarnan en el jugar.
Si observamos un bebé, no solo vemos que come, llora, duerme; sino que
trascendiendo el mero organismo emerge espontá neamente el jugar como algo impredecible
e irreductible. Asimismo, dado que la creació n del juego no es independiente del Otro 1, surge
en la dimensió n del encuentro. Sin él el jugar no sería posible dado que se requiere de un
“entre”. Un espacio constituido en los primeros momentos por el bebé y la madre, un espacio
potencial que se podrá llenar de juegos en forma creadora: movimientos, texturas,
caricias, sonidos… juegos compartidos irá n llenando el espacio que Winnicott
denomina «…campo de juego, porque el juego empieza en él».
En este encuentro sería erró neo pensar que el adulto le da el juguete al niñ o. Es el niñ o
quien produce el juguete en cuanto tal, algo se convierte en juguete cuando es inventado y
bautizado por la acció n del niñ o. Bajo ciertas condiciones un objeto puede resultar un juguete:
un sonido, un botó n, un pezó n, pueden devenir objeto de juego.
Para R. Rodulfo cualquier elemento puede transformarse por la posibilidad que otorga
al niñ o de mutar algo en simbó lico. Para este autor el jugar se caracteriza por producir
significantes. En esta articulació n se basa en la concepció n que desarrolla J. Lacan, a partir
de los aportes de la lingü ística estructural, subrayando las notas especificas del concepto: algo

1
El Otro con mayúscula remite al Otro primordial, el Otro materno, es también un lugar, el lugar de lo
simbólico de la palabra y el lenguaje. Se diferencia del otro con minúscula que es el semejante. En los
momentos iniciales de la vida el lugar del Otro primordial es encarnado por la madre.
1
que se repite, tiene carácter transindividual, produce sentido, produce algo nuevo (carácter de
acontecimiento de un significante cuando adviene).
Podemos por tanto definir el jugar «…como producir significantes que lo representen
por parte del sujeto que juega (…) Al pasar por la mano del niño o por su boca, o por su mirada, o
más adelante por su palabra, el objeto cambia, sufre una metamorfosis: pasa de real a
significante. Se introduce una cosa en la boca, saca de allí, bautizado con su saliva, un
significante, “un chiche”.» (Rodulfo, 1986: 139).
Este “chiche”, -que podría también ser su propio puñ o- chupado, mordido, “comido
con los ojos“ de alguna forma hace su boca inscribiendo algo allí, va constituyendo su cuerpo y
nos permite observar «el jugar como algo constituyente constituyendo».
Precisa R. Rodulfo (1986): «Allí donde era el mito (cuerpo materno), el sujeto debe
advenir. Su posibilidad es hacerlo jugando (…) Para ser el sujeto debe encontrar significantes
que lo representen (…) y la única manera es inventarlos, producirlos, aunque en otro sentido
estén allí» (p.136).
En funció n de lo hasta aquí expuesto, podemos concluir que jugar no es un hecho má s
en la infancia, sino que «es la manera originaria de subjetivarse»; «el hecho capital de la
existencia psíquica en su emerger». Es decir, todo lo significativo en cuanto a la estructuració n
psíquica temprana pasa por esta actividad, por esta producció n subjetiva.
De las diversas actividades lú dicas el Fort/da muestra una importante conquista
simbó lica del sujeto y ha sido abordado por Freud y por diversos autores pos freudianos como
una manifestació n princeps y original en el niñ o. Empero, sin desconocer lo relevante de este
momento constitutivo, R. Rodulfo (tomando algunas ideas desarrolladas por Lefort) va a
postular que existen funciones del jugar más arcaicas y primordiales que las del
Fort/da.
El autor de marras subraya que en los distintos momentos de la estructuració n
psíquica observamos variantes, transformaciones en las funciones del jugar y que previo al
Fort/da se despliegan durante el primer añ o de vida otras dos funciones primordiales
relacionadas con la primer fabricación del cuerpo, es decir su constitución libidinal.
Durante estos primeros meses el niñ o se abocará a un intenso trabajo subjetivo que
dará como fruto el cuerpo en un estado de relativa continuidad como superficie y ademá s
entubado a través de ciertas relaciones oscilatorias continente contenido.

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Abordaremos ahora en detalle las funciones del jugar propuestas por el autor antes
citado en los distintos momentos de la estructuración psíquica:

I- La fabricación de superficies

Parafraseando a D. Winnicott en los primeros meses de vida “el bebé no existe”, lo que
hallamos es un bebé y su madre en un espacio lleno de sonidos, miradas, tacto, movimiento.
Una red de significantes en la cual el niñ o se va a insertar y tomar lo que necesite para vivir.
Este espacio al que la madre accede desde su “preocupació n materna primaria” se
sostiene en el apoyo de la intrincació n pulsional boca- mirada. Por ejemplo, cuando la madre
alimenta, mira al bebé, le sonríe, le muestra que los ojos no solo tienen correspondencia con la
boca en relació n a la succió n sino también pone de manifiesto una constelació n de canales:
surgen fonemas, actitudes, contactos a través del postural, movimientos como el acunamiento
que se constituirá n en aspectos importantes de la unificació n corporal.
Sami- Alí, quien delineó tres tiempos ló gicos para abordar la noció n de narcisismo,
ubicó en este momento un primer tiempo donde el sujeto está en el Otro primordial, es en el
Otro. “Ser” será entonces ocupar un lugar, cuestió n que el niñ o no puede realizar por sí solo
sino que requerirá de alguien, quien ocupe la funció n materna, que le ofrezca un lugar; que al
amarlo le done un espacio.
Es decir, que en estos primeros tiempos el niñ o, quien no cuenta con un cuerpo en el
plano simbó lico, vive en el rostro de la madre, en el cuerpo materno. En éste se encarna el
mito familiar (que funciona en los dichos, en las prá cticas de crianza, en los detalles de la vida
cotidiana) Aquí el niñ o es en la medida en que habita el mito familiar que es el cuerpo
materno. De este orden discursivo familiar, de este “gran archivo” extraerá los elementos
indispensables para constituirse.
Durante el primer añ o –en el que se despliegan las dos primeras funciones del jugar- el
niñ o vive en un Espacio de Inclusiones Reciprocas (Sami- Alí) «Espacio que designa la lógica
inconsciente mas originara, cuyas transformaciones encontraremos funcionando en el interior
mismo del otro mito que ocupa al Psicoanálisis: el de Edipo. Este espacio carente de pares
opositivos, donde si A contiene a B, B por lo tanto contendrá a A, lo encontramos ejemplificado
en los fantasmas básicos investigados por Melanie Klein donde “alguien es devorado por el pecho
que devora”» (Rodulfo, 1986: 26).

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En esta «espacialidad inconsciente narcisista originaria por excelencia» ninguna de las
polaridades que luego organizaran la vida del psiquismo está n aú n vigentes (yo/no –yo,
sujeto/objeto, externo/interno). Espacio previo a todo dualismo donde no hay nada má s allá
de él, no hay afuera posible, no hay otro espacio aú n. El cuerpo del niñ o, la madre y demá s
elementos en una espacialidad bidimensional donde los dos puntos de cualquier polaridad
coinciden.
«Además, este espacio de inclusiones reciprocas es simultáneamente tiempo de
inclusiones reciprocas en la medida en que enfrentamos un orden en donde las categorías del
tipo pasado/futuro, por ejemplo, no han empezado a funcionar. Tampoco es cierto que haya un
perpetuo presente; esta es otra formulación defectuosa y excesivamente influida por el proceso
secundario. Acaso la mejor manera de representa este régimen temporal es tomando el gerundio
habitual en inglés como el playing, de Winnicott que supone algo que está continuamente
siendo, un sucediendo» (Rodulfo, 1993: 140).
Es en este tiempo y espacio que R. Rodulfo sitú a la primera función de jugar ligada a
la edificación del propio cuerpo: el trazado y la inscripción de una superficie sin
volumen y sin solución de continuidad, una superficie sin agujeros.
El autor antes citado describe a este niñ o como un albañ il de su propio cuerpo.
Dedicá ndose a explorar y a una actividad extractiva temprana que realiza con ojos y oídos, va
haciendo su cuerpo. Se va donando un cuerpo, un ser, a si mismo a través del jugar, apoyado
en el medio que por su parte estimula o bloquea, produce facilitaciones o constricciones.
Podemos observar así al bebé accionando sobre el cuerpo del Otro: tironea, inventa
agujeros que encuentra anató micamente dispuestos, chupa, come con la mirada, pellizca,
frota. Se dedica a un verdadero trabajo extractivo en el cual es fundamental que el cuerpo del
otro sea agujereable, se deje extraer.
Esta dependencia del Otro respecto de los materiales que necesita para fabricar su
cuerpo no significa pasividad, en esta tarea el bebé es muy activo. Es fá cil observarlo fascinado
en una actividad “horadante”: extrae, arranca, agujerea y con los materiales que se provee va
fabricando superficies continuas, extensiones, trazados sin solució n de continuidad. Se dedica
en este momento a hacer superficie embadurnando con entusiasmo su cuerpo y todo cuanto
encuentra a su alrededor. Papilla, moco, caramelo, baba, todo le sirve como materia prima
para extender y formar una película homogénea.
Esta es la actividad primera a la que el bebé se entrega a través del jugar, a construir
una película en banda continua. De esta forma «se autoinscribe bajo la forma de una
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superficie». Para R. Rodulfo el cuerpo no es má s que un gran pegado que se va estructurando
en dicha prá ctica. A su vez, el fruto de la misma será condició n indispensable para el logro de
operaciones del tipo dentro/ fuera, ya que estas requieren de apuntalarse en una anterior
continuidad.
Toda esta época está caracterizada en palabras de D. Winnicott por “grandes
continuidades existenciales”: superficies lisas de horarios, de ritmos, constitució n de rutinas
sin las cuales lo informe puede degenerar en caó tico. El autor de marras destaca lo
fundamental aquí de la funció n materna, dado que el bebé se halla en un estado de no
integració n, será quien ocupe dicha funció n quien provea la integració n faltante.
Agrega R. Rodulfo (1993) que «Las rutinas que un bebé requiere en este momento
suponen ciertas regularidades y ciertas previsiones para un sujeto al que todo le es imprevisible
o peor aún, impensable, dado que está en un mundo absolutamente nuevo. Las rutinas son otros
tantos nombres de la fabricación de superficies: cabe al Otro primordial ofrecer por medio de
ellas los medios para armar una cotidianeidad. Y ¿Qué es esta, si no un sistema de
continuidades unificantes? Su validez se extiende lo menos hasta la estructuración del fort/da,
que posibilita simbolizar la ausencia (la discontinuidad). Antes de educar la formación de
hábitos, forma cuerpo» (p. 132).
Es importante situar que esta superficie que va formando cuerpo aun está lejos de
constituir una dicotomía entre adentro y afuera, en todo caso la mejor manera de
representarse esta continuidad unificante es a través de la banda de Moebius donde puede
observarse có mo «lo ininterrumpido rebasa largamente la más tradicional distinción de dos
caras». Esta banda que da cuenta de la no solució n de continuidad que incluye no solo al
cuerpo del bebé, sino también a la madre y a otros elementos.

Banda de Moebius

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Sintetizando, la primer forma de hacer una unificació n corporal es a través de la
construcció n de una superficie sin ninguna discontinuidad con el cuerpo del Otro. A esta
topología del espacio, Samí Alí la denominó Espacio de Inclusiones reciprocas (EIR).
Ahora podemos apreciar de qué manera la papilla, el pegote o cualquier material que
el niñ o se provee forma parte de su unificació n en trá mite y comprender su enojo cuando
intentamos eliminar aquella sustancia que lo cohesiona. Recordemos que para este momento
de simbolizació n nada forma parte de lo “externo”.
Este es un momento muy delicado de la constitució n temprana, en el que –señ ala
Winnicott- cualquier frustració n amenaza con agujerear, resquebrajar la incipiente
unificació n corporal. Ahora cualquier separació n abrupta y prolongada de la madre puede
como mínimo obligar al niñ o a desviar energías libidinales para adaptarse en vez de
invertirlas en su desarrollo estructural. Tal situació n es potencialmente pató gena y vivida
como un ataque, que difícilmente pueda desembocar en una castració n simbó lica sino que “es
en verdad una pura amputació n”.
Para concluir con esta primera funció n del jugar es importante subrayar que para R.
Rodulfo (1993) la operació n de constituir superficies es una invariante estructural no acotada
a un periodo de tiempo, sino un hacer a través del cual el sujeto hace cuerpo, o lo restituye si
lo ha perdido, o si nunca lo ha alcanzado lo inscribe de manera consistente.
Siguiendo al autor antes citado «Pregnante durante el primer año la actividad de hacer
bandas queda luego resignificada y recubierta por otras estructuras, puesta al servicio de ellas,
pasando entonces totalmente desapercibida. Pero esto no debe en absoluto entenderse en el
sentido de una desaparición: su subsistencia subterránea es indispensable a la existencia del
sujeto, casi diríamos al mantenimiento de la tensión que lo hace tal. El recubrimiento es posible
porque y no es problemática para el niño la constitución de superficies» (p. 135).

II- La Fabricación de un tubo

Nos encontramos en un segundo tiempo de construcció n del cuerpo dentro del


Espacio del Inclusiones Recíprocas, donde se da ahora una inflexió n: el bebé empieza a verse
como otro, el Otro empieza a funcionar como garante, legitimando con su mirada lo que se
inscribe del lado del niñ o.

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Para el desarrollo de esta segunda funció n del jugar, Rodulfo se apoya en conceptos de
Winnicott. Es un momento muy importante y delicado de la estructuració n psíquica en el que
la fusió n lograda será la condició n para alcanzar luego la separació n. Hay que estar muy unido
para poder separarse. En relació n a esto, Winnicott va a destacar la funció n estructurante de
la omnipotencia temprana, que implica que la ú nica forma de soportar la dependencia
extrema que tiene el bebé pude ser soportada en la medida en que no sea requerido a tomar
conciencia de ello muy tempranamente. Esto implicaría reconocer que aquel que lo sostiene
puede desaparecer lo cual podría tornarse aniquilante durante los primeros meses de vida.
Empero, sí todo va bien, como fruto del intenso trabajo subjetivo que el bebé viene
realizando, el cuerpo tendrá un estado de relativa continuidad como superficie y ademá s
entubado a través de ciertas relaciones oscilatorias continente contenido, que insinuará n el
pasaje al volumen.
A esto ú ltimo será conducido por la segunda funció n del jugar que implica la
formació n de un tubo caracterizado por dicha relació n de continente a contenido que, sin
embargo, no coincide con la delimitació n interno /externo.
A las actividades correspondientes a la primer funció n, se le encabalgará n las que se
despliegan con esta segunda funció n: juegos de inclusió n de objetos en otro, en los que se
incluye una cartera, cajones, armarios, etc. El bebé se dedica en este tiempo a meter y extraer
cosas operando sobre “objetos”. Aunque, en realidad, má s precisamente hace en el cuerpo del
sujeto. Recordemos que aun estamos en el EIR donde aun no opera la diferencia dentro/fuera,
externo /interno. Por tanto esta segunda funció n del jugar tiene como efecto el entubamiento
que atañ e a la constitució n de una interioridad sin volumen, bidimensional.
La relació n continente contenido que se constituye es reversible. Algo pequeñ o puede
incluir algo má s grande dado que permanecemos aun dentro del esquema de las inclusiones
reciprocas donde puede suceder que el contenido que es má s pequeñ o que el continente
puede, sin embargo, albergarlo a su vez.
«La reversibilidad, tanto espacial como temporal, de las relaciones de
continente/contenido- cuyo lazo es de ambigüedad y no de oposición-, permite que la fantasía
proceda con toda naturalidad a esta clase de operaciones, que se hallan en la base de lo que
denominamos omnipotencia en el imaginario infantil.» (Rodulfo, 1993: 141). Podemos
observar estas fantasías operando en la siguiente escena que arma un niñ o con su analista:
ambos está n en una nave espacial pero simultá neamente, él es un robot galá ctico que devora
la nave en cuyo vientre estaba refugiado.
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Como muestra esta viñ eta en los niveles má s arcaicos las relaciones chico/grande no
tienen significació n. En el campo de las patologías graves en la infancia es dable observar las
características que venimos subrayando intensificadas en las fantasías de ser devorado por el
inodoro o por la comida que se está a punto de ingerir.
Por ú ltimo, destaca R. Rodulfo (1986) que de fracasar la constitució n de este tuvo «…el
sujeto o bien funciona como pura superficie anexada al Otro o bien se vivencia como agujereado
(…) Además, la futura separación primordial del cuerpo materno (represión originaria) se ve
muy perturbada si la madre no ha podido ser retenida como contenido, lo cual es condición
necesaria para la producción de imagos que durante el segundo semestre empieza a esbozarse.»
(p. 145).

III- Fabricación de un espacio tridimensional

El tercer tiempo implica una gran conquista simbó lica: nace la categoría de lo extrañ o
que constituye la primer fisura importante en el Espacio de Inclusiones Reciprocas. De este
espacio caracterizado por la especularidad se pasará a la tridimensionalidad.
Como antecedente de dicha puntuació n René Spitz abordó la angustia del octavo mes
exteriorizable ante el extrañ o. En la lectura que de esto realiza Sami Alí esta angustia daría
cuenta que algo se está inscribiendo por primera vez como extrañ o a la madre: «…si no todo es
madre, hay un elemento no madre, al menos uno, basta con uno, yo no soy ella tampoco y ella no
es yo» (Rodulfo, 1993: 160). Los desarrollos de angustia, crisis, reacciones de adherencia
ansiosa de estos momentos mostrará n la magnitud del trabajo de simbolizació n emprendido.
Hasta aquí todo había trascurrido dentro del EIR en la dimensió n de la presencia, en
un solo espacio. Estallado aquél, surge un espesor en el tiempo y en el espacio
(tridimensionalidad). Emerge el antes y el después; adentro y afuera, cerca y lejos. El
“mañ ana” en el lenguaje de los niñ os muestra esta transformació n.
La tercera funció n del jugar- que se despliega generalmente durante el ú ltimo cuarto
del primer añ o- tendrá que ver entonces con esta constitució n de un espacio despegado que
ya no es un espacio aplastado sobre el cuerpo materno (EIR). En esta transformació n opera el

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Fort/da en su funció n agresiva de “arrojar” afuera. Al arrojar con la mano y con la palabra
produce un afuera que no existía.
EL fort/da devendrá respuesta a la preguntas ¿Có mo puede existir algo en calidad de
ausente? ¿Có mo simbolizar la ausencia materna o cualquier ausencia? ¿Có mo se puede ir a
buscar algo que no está ? Ahora por tanto, el niñ o podrá empezar a creer que algo existe
aunque haya desaparecido de su campo visual, podrá ir en su bú squeda.
Asimismo, retomando los aportes de R. Spitz, en este momento surge el “no”, primer
abstracció n, primer palabra sin referente imaginario. Durante su segundo añ o, el niñ o
empieza a jugar con el no, respondiendo con el “no” a cualquier solicitud del Otro, juega a no
querer.
R. Rodulfo (1993) considera que la aparició n en el lenguaje verbal del no preludia o es
coextensiva de la denegació n originaria. Toda la compleja gama de fenó menos y juegos
articulado al “no” son «… decisivos en la constitución subjetiva dese el texto freudiano de 1925,
trascendental al realizar la articulación teórica entre la formulación denegatoria y lo pulsional
plasmada en el par opositivo “lo trago/lo escupo”. Claro que la elección del lenguaje oral no debe
sobrevalorarse: lo veo/ no lo veo, lo veo /dejo de verlo, lo toco/ya no lo puedo tocar, Me
acerco/me alejo, y, como estas, infinidades de modulaciones son igualmente valederas para
categorizar esta operación mucho mas abarcativa que la oralidad como tal, ya que envuelve
todos los planos del desarrollo de la simbolización del sujeto.» (p. 163).
De esta forma vemos al niñ o sumido en el juego del escondite, pequeñ as prá cticas de
aparició n y desaparició n, generalmente reduplicadas por el adulto. A partir de esto se
multiplicará n y complejizará n los juegos con un rasgo en comú n: el goce en ocultarse. Lo que
antes causaba angustia- y por momentos sigue generá ndola- ahora empieza a ser motivo de
risa y diversió n.
Otras prá cticas a las que también el niñ o se entrega ahora está n articuladas al
descubrimiento de la puerta en su funció n de cierre. Si en el momento anterior era relevante
la funció n del espejo ahora se destaca la funció n de la puerta. A diferencia del tiempo de juego
anterior (formació n del tubo) en el que el niñ o si se acercaba a una puerta (del placard, baú l
etc.) esta era solo un borde del entubamiento sin verdadera exterioridad ni importancia,
ahora sucede algo distinto: cierra cuanta puerta encuentra desapareciendo o haciendo
desaparecer.
En este trayecto del espejo a la puerta, el niñ o también descubre el vidrio, fascinado,
va tomando nota de su característica esencial: a través de algo se ve pero no se puede tocar.
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Invisible para los ojos, sin embargo cumple la misma funció n de la puerta como separació n
simbó lica, de demarcació n en el espacio de un límite, un borde, un no –yo.
Como venimos situando en torno a la operació n del fort/da podemos inventariar una
multiplicidad de jugares, podemos agregar el dejar caer cosas (Winnicott) al que luego se le
suma el arrojarlas con fuerza, jugar a hablar por teléfono, taparse los ojos, entre otros. Donde
se juega el destete no solo articulado clá sicamente a lo oral sino también a la mirada.
« Existen entonces también un destetarse de la mirada materna: esos momentos fugaces,
escenas que en lo factico duran segundos, cuando un chico se deja caer o deja caer la mirada que
lo sostiene, escapa y reaparece con el goce duplicado del escondite y del reencuentro. Trátese
aquí de un verdadero fenómeno de destete porque se está produciendo una separación
fundamental yo/no yo, participación simbólica, escisión básica de la que depende toda la
proliferación imaginaria sobre lo externo y lo interno. Triple desprendimiento, podríamos decir,
ruedan por el suelo la mirada, el seno (…) y el sujeto mismo.» (Rodulfo, 1993: 158).
Para concluir este apartado nos interesa resaltar la instancia de viraje decisivo que
constituye la operació n del fort/da en cuanto logro en su capacidad simbó lica que le
posibilitará autosustentarse y de esa manera veremos como alrededor de los dos añ os logra
por momentos separase e ir a jugar un ratito solo, logra – en palabras de Winicott- ir
constituyendo “su capacidad de estar a solas”.
Como puntuamos anteriormente, puede suceder que la construcció n de superficie
continua falle y esto se manifieste ahora obstaculizando la operació n del fort/da. Entonces la
separació n podría quedar implicada como sinó nimo de destrucció n de sí mismo, de su propio
cuerpo. «…es absolutamente necesario simbolizar la diferencia entre separar y destruir del
modo más rotundo, ya que en el momento mismo en que diferenciación se homologa a
destrucción, toda separación, aun mínima, es imposible, obligando al niño a fusionarse
desesperadamente para evitar el caos. » (Rodulfo, 1993: 169).
Aquello que era peligroso e insoportable antes del fort/da se torna ahora pensable,
imaginarizable, representable y por tanto permite dar un curso diferente a la regulació n de la
angustia. Lo que esta simbolizació n no alcanze permanecerá persecutorio. Deviniendo todo
fracaso en el logro del fort /da inevitable complicació n para toda la problemá tica edípica.

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IV- Fabricación de identificaciones sexuales

Mientras todo el transito anterior implicó inscribir que “la madre no es él” y resolver
la cuestió n del ser, ahora a través del Edipo deberá inscribir que “la madre no es de él” y
construir una respuesta en cuanto ser sexuado. Del ser al tener para logra una cierta posició n
e identidad sexual.
Encontrarnos frente a un pequeñ o Edipo implica que se ha producido cierta torsió n en
el Espacio de inclusiones reciprocas y que se ha construido a partir del fort/da la categoría del
extrañ o. Condiciones indispensables para llegar a un polo paterno en una triangulació n
edípica.
Así como en el narcisismo la funció n clave –no ú nica- la constituyó la materna, ahora
deviene clave la funció n parterna. Señ ala Rodulfo (1986): «Si el Edipo no va a quedar truncado,
mochado, es en la medida y solo en la medida en que el padre advenga a una posición deseante-
deseable. Estamos en el terreno del deseo: un viraje tal como dejar de girar el mundo subjetivo
en torno a la madre solo es posible con las armas mismas del deseo. Si el padre no adviene a esta
posición, el complejo como tal no puede atravesarse. » (p. 127).
En este momento la funció n de jugar tendrá que ver con fabricar identificaciones
sexuales: jugar al papá , a la mamá , con las muñ ecas, a los soldados, etc., como modo de
practicar posiciones sexuales fantaseadas, elaborar teorías sexuales, angustias de castració n ,
ambivalencias ligadas a la situació n edípica, etc. Aquí lo importante es que la erotizació n se
mantenga reprimida, dado que su surgimiento puede detener el jugar.

V- Fabricación de un espacio transicional

Durante la adolescencia suceden cambios importantes en cuanto al jugar que


involucran el espacio transicional (Winnicott). Se amplían los materiales utilizable como
significantes del sujeto má s allá del territorio del mito familiar. El fort/da se reactualiza sobre
una nueva dicotomía de trascendental importancia en este momento: lo familiar y lo extra-
familiar.

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A modo de cierre
La experiencia de jugar cumple un papel fundamental en la subjetivació n, es una
prá ctica normal temprana del aparto anímico, un modo de ser en el mundo por el cual el niñ o
se expresa, divierte, crea, aprende.
Es un fenó meno universal que para D. Winnicott se correlaciona con la salud y
promueve la formació n y el enriquecimiento de distintos aspectos del ser humano.
Como situá bamos anteriormente toda operació n simbó lica, transformació n subjetiva
encarna en el jugar. Precisa R. Rodulfo (1993): «A lo largo del proceso de estructuración y en la
medida de ella, el jugar se va resignificando…por ej., la fabricación de continuidades en
superficie pasa luego a ser material de la angustia de castración; el daño al cuerpo en banda se
transforma en injuria imaginaria en el nivel fálico, básicamente referido a los genitales…. Por
todo esto, tanto más esencial es que no se produzcan interferencias de importancia que también
obstaculizarían el trabajo futuro de la resignificación.» (p.151).
Si una estructura precedente no se ha estabilizado o se ha constituido fallidamente el
avance sobre la “siguiente” eleva má s allá de lo tolerable el monto de angustia. Por ejemplo si
el niñ o no ha logrado hacer una superficie continua el intento del diferenciació n del cuerpo
materno será vivido como amenaza de desintegració n.
Si bien, el niñ o, posee la capacidad de curarse a través del jugar respecto de una serie
de puntos potencialmente traumá ticos; «…cuando las fracturas e interferencias dislocan las
simbolizaciones incipientes atacando el proceso del jugar, el sujeto ya no dispone de ese su único
recurso de asimilación», (Rodulfo, 1993: 151). Cuanto má s afectado se ve el aquel en su
constitució n subjetiva mayor es la dificultad y hasta la imposibilidad en el jugar.

Bibliografía
Rodulfo, Ricardo (1986) Clínica Psicoanalítica en niñ os y adolescente. Bs. As. Lugar Editorial.
--------------------- (1993) El niñ o y el significante. Bs. As. Editorial Paidó s.
---------------------- (2013) Los bebés saben jugar. Pá gina 12. 21 de Septiembre.
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Adolescentes.
……………………..…. (2008) Clase 17 de Septiembre. UBA. Cá tedra Clínica de Niñ os y
Adolescentes.
Sami Ali (1976) El espacio imaginario. Bs. As. Amorrortu Editorial.
Savio, Natalia (2012) Mú ltiples usos del jugar en la clínica con niñ os. Trabajo Final Mó dulo:
Cuestiones Técnicas I. Especializació n en Psicoaná lisis con Niñ os. UCES
Winnicott, Donald (1985) Realidad y juego. Bs. As. Gedisa.

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