LA LEONA
La leona, que estaba amamantando a sus hijitos, sintió el olor y advirtió
en seguida el peligro.
Pero ya era demasiado tarde: los cazadores estaban ante ella,
dispuestos a herirla.
A la vista de aquellas armas, la leona, aterrada, quiso escapar. Y de
repente pensó que sus hijitos quedarían entonces a merced de los
cazadores. Decidida a todo por defenderlos, bajó la mirada para no ver las
amenazadoras puntas de aquellos hierros y, dando un salto desesperado, se
lanzó sobre ellos, poniéndolos en fuga.
Su extraordinario coraje la salvó a ella y salvó a sus pequeñuelos.
Porque nada hay imposible cuando el amor guía las acciones.
EL CABALLO AMAESTRADO
Un ladrón que rondaba en torno a un campamento militar, robo un
hermoso caballo aprovechando la oscuridad de la noche. Por la mañana,
cuando se dirigía a la ciudad, paso por el camino un batallón de dragones
que estaba de maniobras. Al escuchar los tambores, el caballo escapo y,
junto a los de las tropa, fue realizando los fabulosos ejercicios para los que
había sido amaestrado.
¡Este caballo es nuestro! Exclamo el capitán de dragones. De lo contrario
no sabría realizar los ejercicios. ¿Lo has robado tu? Le pregunto al ladrón.
¡Oh, yo...! Lo compre en la feria a un tratante...
Entonces, dime como se llama inmediatamente ese individuo para ir en
su busca, pues ya no hay duda que ha sido robado.
El ladrón se puso nervioso y no acertaba a articular palabra. Al fin,
viéndose descubierto, confeso la verdad.
¡Ya me parecía a mí exclamo el capitán Que este noble animal no podía
pertenecer a un rufián como tú!
El ladrón fue detenido, con lo que se demuestra que el robo y el engaño
rara vez quedan sin castigo.
NUEZ DE ORO
La linda María, hija del guardabosque, encontró un día una nuez de oro en medio del
sendero.
-Veo que has encontrado mi nuez.
Devuélvemela -dijo una voz a su espalda.
María se volvió en redondo y fue a encontrarse frente a un ser diminuto, flaco,
vestido con jubón carmesí y un puntia-gudo gorro. Podría haber sido un niño por el
tamaño, pero por la astucia de su rostro comprendió la niña que se trataba de un
duendecillo.
-Vamos, devuelve la nuez a su dueño, el Duende de la Floresta -insistió, inclinándose
con burla.
-Te la devolveré si sabes cuantos pliegues tiene en la corteza. De lo contrario me la
quedaré, la venderé y podré comprar ropas para los niños pobres, porque el invierno es
muy crudo.
-Déjame pensar..., ¡tiene mil ciento y un pliegues!
María los contó. ¡El duendecillo no se había equivocado! Con lágrimas en los ojos,
le alargó la nuez.
-Guárdala -le dijo entonces el duende-: tu generosidad me ha conmovido. Cuando
necesites algo, pídeselo a la nuez de oro.
Sin más, el duendecillo desapareció.
Misteriosamente, la nuez de oro procuraba ropas y alimentos para todos los pobres
de la comarca. Y como María nunca se separaba de ella, en adelante la llamaron con el
encantador nombre de 'Nuez de Oro".
EL MUÑECO DE NIEVE
Había dejado de nevar y los niños, ansiosos de libertad, salieron de casa y
empezaron a corretear por la blanca y mullida alfombra recién formada.
La hija del herrero, tomando puñados de nieve con sus manitas hábiles,
se entrego a la tarea de moldearla.
Haré un muñeco como el hermanito que hubiera deseado tener se dijo.
Le salio un niñito precioso, redondo, con ojos de carbón y un botón
rojo por boca. La pequeña estaba entusiasmada con su obra y convirtió al
muñeco en su inseparable compañero durante los tristes días de aquel
invierno. Le hablaba, le mimaba...
Pero pronto los días empezaron a ser mas largos y los rayos de sol mas
calidos... El muñeco se fundió sin dejar mas rastro de su existencia que un
charquito con dos carbones y un botón rojo. La niña lloro con desconsuelo.
Un viejecito, que buscaba en el sol tibieza para su invierno, le dijo
dulcemente: Seca tus lagrimas, bonita, por que acabas de recibir una gran
lección: ahora ya sabes que no debe ponerse el corazón en cosas
perecederas.
LA GATA ENCANTADA
Erase un príncipe muy admirado en su reino. Todas las jóvenes casaderas
deseaban tenerle por esposo. Pero el no se fijaba en ninguna y pasaba su
tiempo jugando con Zapaquilda, una preciosa gatita, junto a las llamas del
hogar.
Un día, dijo en voz alta:
Eres tan cariñosa y adorable que, si fueras mujer, me casaría contigo.
En el mismo instante apareció en la estancia el Hada de los Imposibles,
que dijo:
Príncipe tus deseos se han cumplido
El joven, deslumbrado, descubrió junto a el a Zapaquilda, convertida
en una bellísima muchacha.
Al día siguiente se celebraban las bodas y todos los nobles y pobres del
reino que acudieron al banquete se extasiaron ante la hermosa y dulce
novia. Pero, de pronto, vieron a la joven lanzarse sobre un ratoncillo que
zigzagueaba por el salón y zampárselo en cuanto lo hubo atrapado.
El príncipe empezó entonces a llamar al Hada de los Imposibles para
que convirtiera a su esposa en la gatita que había sido. Pero el Hada no
acudió, y nadie nos ha contado si tuvo que pasarse la vida contemplando
como su esposa daba cuenta de todos los ratones de palacio.
EL HONRADO LEÑADOR
Había una vez un pobre leñador que regresaba a su casa después de una
jornada de duro trabajo. Al cruzar un puentecillo sobre el río, se le cayo el
hacha al agua.
Entonces empezó a lamentarse tristemente: ¿Cómo me ganare el sustento
ahora que no tengo hacha?
Al instante ¡oh, maravilla! Una bella ninfa aparecía sobre las aguas y dijo
al leñador:
Espera, buen hombre: traeré tu hacha.
Se hundió en la corriente y poco después reaparecía con un hacha de
oro entre las manos. El leñador dijo que aquella no era la suya. Por
segunda vez se sumergió la ninfa, para reaparecer después con otra hacha
de plata.
Tampoco es la mía dijo el afligido leñador.
Por tercera vez la ninfa busco bajo el agua. Al reaparecer llevaba un
hacha de hierro.
¡Oh gracias, gracias! ¡Esa es la mía!
Pero, por tu honradez, yo te regalo las otras dos. Has preferido la
pobreza a la mentira y te mereces un premio.
EL PAPEL Y LA TINTA
Estaba una hoja de papel sobre una mesa, junto a otras hojas iguales a
ella, cuando una pluma, bañada en negrisima tinta, la mancho llenandola
de palabras.
¿No podrias haberme ahorrado esta humillacion? Dijo enojada la hoja de
papel a la tinta. Tu negro infernal me ha arruinado para siempre.
No te he ensuciado. Repuso la tinta. Te he vestido de palabras. Desde
ahora ya no eres una hoja de papel, sino un mensaje. Custodias el
pensamiento del hombre. Te has convertido en algo precioso.
En efecto, ordenando el despacho, alguien vio aquellas hojas
esparcidas y las junto para arrojarlas al fuego. Pero reparo en la hoja
"sucia" de tinta y la devolvio a su lugar porque llevaba, bien visible, el
mensaje de la palabra. Luego, arrojo las demas al fuego.
EL CASTIGO DEL AVARO
Erase un hombre muy rico, pero también muy avaro. Un día acudió a la
feria, donde le ofrecieron un jamón muy barato.
-Se, lo compro! Después de todo, hago un negocio, pues con ese dinero ni
patatas hubiera adquirido.
Y se dio el gran atracón de jamón, manjar que nunca probaba. Resultó
que estaba podrido y al día siguiente, aquejado de fuertes dolores, hubo de
llamar al médico.
-Qué habéis comido? -le preguntó el galeno
El avaro, entre suspiros, mencionó su compra barata.
-¡Buena la habéis hecho! -se burló el médico-.
Entre la factura de la botica y la mía, caro va a saliros el jamón podrido.
Hubo una vez en un lugar de la Arabia un emir sumamente rico y muy caprichoso en el
comer. Los mejores cocineros de la región trabajaban para él, forzando cada día su
imaginación para satisfacer sus exigencias.
Harto ya de tiernos faisanes y pescados raros, un día llamó a su cocinero jefe y le dijo:
-Ahmed, voy a pedirte que me busques algún manjar que no haya probado nunca,
porque mi apetito va decayendo. Si quieres seguir a mi servicio, tendrás que ingeniarte
cómo hacerlo.
-Si me ingenio y logro sorprenderos, ¿qué me daréis?
Aquel gran glotón, repuso:
-La mano de mi bellísima hija
Al día siguiente, el propio Ahmed sirvió al Emir en una bandeja de oro, el nuevo
manjar. Parecían muslos de ave adornados con una artística guarnición.
Comió el Emir y gritó entusiasmado:
-¡Bravo, Ahmed! Esto es lo más exquisito que he comido nunca. ¿Puedes decirme qué
es?
-El loro viejo que conservabais en su jaula de plata, señor.
-Tunante! Me has engañado. ¡No te casarás con mi hija!
El Gran Visir intervino en el pleito. Y puesto que el Emir había proclamado que el
manjar era exquisito, sentenció a favor del cocinero, que fue dichosísimo con su
hermosa princesa.
EL EMIR CAPRICHOSO
LA GRATITUD DE LA FIERA
Un pobre esclavo de la antigua Roma, en un descuido de su amo, escapó al
bosque. Se llamaba Androcles. Buscando refugio seguro, encontró una cueva. A
la débil luz que llegaba del exterior, el muchacho descubrió un soberbio león. Se
lamía la pata derecha y rugía de vez en cuando. Androcles, sin sentir temor, se
dijo:
-Este pobre animal debe estar herido. Parece como si el destino me hubiera
guiado hasta aquí para que pueda ayudarle. Vamos, amigo, no temas, vamos...
Así, hablándole con suavidad, Androcles venció el recelo de la fiera y tanteó su
herida hasta encontrar una flecha profundamente clavada. Se la extrajo y luego
le lavó la herida con agua fresca.
Durante varios días, el león y el hombre compartieron la cueva. Hasta que
Androcles, creyendo que ya no le buscarían se decidió a salir. Varios centuriones
romanos armados con sus lanzas cayeron sobre él y le llevaron prisionero al
circo.
Pasados unos días, fue sacado de su pestilente mazmorra.
El recinto estaba lleno a rebosar de gentes ansiosas de contemplar la lucha.
Androcles se aprestó a luchar con el león que se dirigía hacia él. De pronto,
con un espantoso rugido, la fiera se detuvo en seco y comenzó a restregar
cariñosamente su cabezota contra el cuerpo del esclavo.
-íSublime! ¡Es sublime! ¡César, perdona al esclavo, pues ha sojuzgado a la fiera!
-gritaron los espectadores
El emperador ordenó que el esclavo fuera puesto en libertad. Lo que todos
ignoraron fue que Androcles no poseía ningún poder especial y que lo ocurrido
no era sino la demostración de la gratitud del animal.
PIEL DE OSO
Un joven soldado que atravesaba un bosque, fue a encontrarse con un mago. Este le dijo:
-Si eres valiente, dispara contra el oso que está a tu espalda.
El joven disparó el arma y la piel del oso cayó al suelo. Este desapareció entre los árboles.
-Si llevas esa piel durante tres años seguidos -le dijo el mago- te daré una bolsa de monedas de oro que nunca
quedará vacía. ¿Qué decides?
El joven se mostró de acuerdo. Disfrazado de oso y con dinero abundante, empezó a recorrer el mundo. De
todas partes le echaban a pedradas. Sólo Ilse, la hermosa hija de un posadero, se apiadó de él y le dio de comer.
-Eres bella y buena, ¿quieres ser mi prometida? -dijo él.
-Sí, porque me necesitas, ya que no puedes valerte por ti mismo -repuso llse.
El soldado, enamorado de la joven, deseaba que el tiempo pasase pronto para librarse de su disfraz.
Transcurridos los tres años, fue en busca del mago.
-Veo que has cumplido tu promesa -dijo éste-.
Yo también cumpliré la mía. Quédate con la bolsa de oro, que nunca se vaciará y sé feliz.
En todo aquel tiempo, llse lloraba con desconsuelo.
-Mi novio se ha ido y no sé dónde está.
-Eres tonta -le decía la gente-; siendo tan hermosa, encontrarás otro novio mejor.
-Sólo me casaré con "Piel de Oso"
-respondía ella.
Entonces apareció un apuesto soldado y pidió al posadero la mano de su hija. Como la muchacha se negara a
aceptarle, él dijo sonriente:
-¿No te dice el corazón que "Piel de Oso" soy yo?
Se casaron y no sólo ellos fueron felices sino que, con su generosidad, hicieron también dichosos a los pobres
de la ciudad.
LA VENTA DEL ASNO
Erase un chicuelo astuto que salió un día de casa dispuesto a vender a buen precio un
asno astroso. Con las tijeras le hizo caprichosos dibujos en ancas y cabeza y luego le
cubrió con una albarda recamada de oro. Dorados cascabeles pendían de los adornos,
poniendo música a su paso.
Viendo pasar el animal tan ricamente enjaezado, el alfarero llamó a su dueño:
-Qué quieres por tu asno muchacho?
-iAh, señor, no está en venta! Es como de la familia y no podría separarme de él,
aunque siento disgustaros...
Tan buena maña se dio el chicuelo, que consiguió el alto precio que se había
propuesto. Soltó el borrico, tomó el dinero y puso tierra por medio.
La gente del pueblo se fue arremolinando en torno al elegante asnito.
¡Que elegancia! ¡Qué lujo! -decían las mujeres.
-El caso es... -opuso tímidamente el panadero-, que lo importante no es el traje, sino lo
que va dentro.
-insinúas que el borrico no es bueno? -preguntó molesto el alfarero.
Y para demostrar su buen ojo en materia de adquisiciones, arrancó de golpe la
albarda del animal. Los vecinos estallaron en carcajadas. Al carnicero, que era muy
gordo, la barriga se le bamboleaba de tanto reír. Porque debajo de tanto adorno,
cascabel y lazo no aparecieron más que cicatrices y la agrietada piel de un jumento que
se caía de viejo.
El alfarero, avergonzado, reconoció:
-Para borrico, yo!
LA BOBINA MARAVILLOSA
Erase un principito que no quería estudiar. Cierta noche, después de haber recibido una buena
regañina por su pereza, suspiro tristemente, diciendo:
¡Ay! ¿Cuándo seré mayor para hacer lo que me apetezca?
Y he aquí que, a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama una bobina de hilo de oro de la
que salió una débil voz:
Trátame con cuidado, príncipe.
Este hilo representa la sucesión de tus días. Conforme vayan pasando, el hilo se ira
soltando. No ignoro que deseas crecer pronto... Pues bien, te concedo el don de desenrollar el
hilo a tu antojo, pero todo aquello que hayas desenrollado no podrás ovillarlo de nuevo, pues
los días pasados no vuelven.
El príncipe, para cerciorarse, tiro con ímpetu del hilo y se encontró convertido en un
apuesto príncipe. Tiro un poco mas y se vio llevando la corona de su padre. ¡Era rey! Con un
nuevo tironcito, inquirió:
Dime bobina ¿Cómo serán mi esposa y mis hijos?
En el mismo instante, una bellísima joven, y cuatro niños rubios surgieron a su lado. Sin
pararse a pensar, su curiosidad se iba apoderando de él y siguió soltando mas hilo para saber
como serian sus hijos de mayores.
De pronto se miro al espejo y vio la imagen de un anciano decrépito, de escasos cabellos
nevados. Se asusto de sí mismo y del poco hilo que quedaba en la bobina. ¡Los instantes de su
vida estaban contados! Desesperadamente, intento enrollar el hilo en el carrete, pero sin
lograrlo.
Entonces la débil vocecilla que ya conocía, hablo así:
Has desperdiciado tontamente tu existencia. Ahora ya sabes que los días perdidos no
pueden recuperarse. Has sido un perezoso al pretender pasar por la vida sin molestarte en hacer
el trabajo de todos los días. Sufre, pues tu castigo.
El rey, tras un grito de pánico, cayó muerto: había consumido la existencia sin hacer nada
de provecho.
EL CEDRO VANIDOSO
Erase una vez un cedro satisfecho de su hermosura.
Plantado en mitad del jardín, superaba en altura a todos los demás
árboles. Tan bellamente dispuestas estaban sus ramas, que parecía un
gigantesco candelabro.
Plantado en mitad del jardín, superaba en altura a todos los demás
árboles. Tan bellamente dispuestas estaban sus ramas, que parecía un
gigantesco candelabro.
Si con lo hermoso que soy diera además fruto, se dijo, ningún árbol del
mundo podría compararse conmigo.
Y decidió observar a los otros árboles y hacer lo mismo con ellos. Por
fin, en lo alto de su erguida copa, apunto un bellísimo fruto.
Tendré que alimentarlo bien para que crezca mucho, se dijo.
Tanto y tanto creció aquel fruto, que se hizo demasiado grande. La
copa del cedro, no pudiendo sostenerlo, se fue doblando; y cuando el fruto
maduro, la copa, que era el orgullo y la gloria del árbol, empezó a
tambalearse hasta que se troncho pesadamente.
¡A cuantos hombres, como el cedro, su demasiada ambición les
arruina!
LA VERDADERA JUSTICIA
Hubo una vez un califa en Bagdad que deseaba sobre todas las cosas ser un soberano justo.
Indagó entre los cortesanos y sus súbditos y todos aseguraron que no existía califa más justo
que él.
-¿Se expresarán así por temor? -se preguntó el califa.
Entonces se dedicó a recorrer las ciudades disfrazado de pastor y jamás escuchó la menor
murmuración contra él. Y sucedió que también el califa de Ranchipur sentía los mismos
temores y realizó las mismas averiguaciones, sin encontrar a nadie que criticase su justicia.
-Puede que me alaben por temor -se dijo-.
Tendré que indagar lejos de mi reino.
Quiso el destino que los lujosos carruajes de ambos califas fueran a encontrarse en un estrecho
camino.
-Paso al califa de Bagdad! -pidió el visir de éste.
-Paso al califa de Ranchipur! .-exigió el del segundo.
Como ninguno quisiera ceder, los visires de los dos soberanos trataron de encontrar una
fórmula para salir del paso.
-Demos preferencia al de más edad -acordaron.
Pero los califas tenían los mismos años, igual amplitud de posesiones e idénticos ejércitos.
Para zanjar la cuestión, el visir del califa de Bagdad preguntó al otro:
-¿Cómo es de justo tu amo?
-Con los buenos es bondadoso -replicó el visir de Ranchipur-, justo con los que aman la justicia
e inflexible con los duros de corazón.
-Pues mi amo es suave con los inflexibles, bondadoso con los malos, con los injustos es justo, y
con los buenos aún más bondadoso
-replicó el otro visir.
Oyendo esto el califa de Ranchipur, ordenó a su cochero apartarse humilde-mente, porque
el de Bagdad era más digno de cruzar el primero, especialmente por la lección que le había
dado de lo que era la verdadera justicia.