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Normas de Vestir en la Iglesia Palmariana

Este documento explica las estrictas normas de vestimenta y comportamiento de la Iglesia Palmariana. Prohíbe la ropa indecente, las playas y piscinas públicas, las discotecas, lecturas y espectáculos obscenos. Justifica estas normas para proteger a los fieles de pecados como la lujuria y preservar la decencia cristiana. También advierte sobre los peligros de la moda y los medios de comunicación modernos que difunden la corrupción.
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Normas de Vestir en la Iglesia Palmariana

Este documento explica las estrictas normas de vestimenta y comportamiento de la Iglesia Palmariana. Prohíbe la ropa indecente, las playas y piscinas públicas, las discotecas, lecturas y espectáculos obscenos. Justifica estas normas para proteger a los fieles de pecados como la lujuria y preservar la decencia cristiana. También advierte sobre los peligros de la moda y los medios de comunicación modernos que difunden la corrupción.
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¡Adorada sea la Santa Faz de Nuestro Señor Jesucristo!

IGLESIA CRISTIANA PALMARIANA


DE LOS CARMELITAS DE LA SANTA FAZ
Residencia: “Finca de Nuestra Madre del Palmar Coronada”, Avenida de Jerez, Nº 51,
41719 El Palmar de Troya, Sevilla, España.
Apartado de correos de Sevilla 4.058 — 41.080 Sevilla (España)
Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Palmariana

VIGÉSIMA SEGUNDA CARTA APOSTÓLICA


¿Por qué la Iglesia Palmariana exige tanto en las Normas de vestir?
Nos, Pedro III, Sumo Pontífice, Vicario de Cristo, Sucesor de San Pedro, Siervo de los siervos de Dios,
Patriarca del Palmar de Troya, de Glória Ecclésiæ, Heraldo del Señor Dios de los Ejércitos, Buen Pastor de
las almas, Inflamado del Celo de Elías y Defensor de los Derechos de Dios y de la Iglesia.
Amadísimos hijos: Entre los requisitos de la Santa Iglesia Palmariana, se destaca que hay normas
estrictas para el vestir, y que se prohíbe conversar con personas indecentemente vestidas.
“El cuarto Mandamiento de la Iglesia, es cumplir con las normas de Decencia Cristiana establecidas por
Ella.” Así enseña el Catecismo Palmariano, y explica que este Mandamiento obliga: a vestir con decencia; a
no asistir a lugares en donde haya exhibiciones indecorosas; a no poseer ni leer revistas y otras
publicaciones prohibidas; a no presenciar espectáculos cuando en ellos haya peligro de inmoralidad: en la
calle, en el teatro, en el estadio, etc. Si uno se deja ser visto indecentemente vestido, sería pecado mortal por
el mal ejemplo y escándalo dado. Los fieles seglares palmarianos, tienen la obligación estricta de
comportarse siempre con la máxima decencia, ya estén en la casa, en el trabajo, en la calle, o cualquier otro
sitio, de forma que su vida sea la prolongación del Templo de Dios. De esta
manera, enseñarán al mundo a vivir digna y santamente.
Queda terminantemente prohibido a todos los fieles palmarianos ir a las
playas, piscinas, o lugares similares en donde pudiera haber exhibiciones
indecorosas, pues son lugares de escándalo y de ocasión próxima de pecado.
Estas normas son necesarias para proteger a los fieles de graves pecados y de
los peligros externos de lujuria. Esto es todo aquello que, por su aptitud para
provocar movimientos carnales desordenados, influye en la lujuria directa o
indirectamente; por ejemplo, las lecturas deshonestas, los espectáculos
inmorales, los bailes indecentes, las playas y piscinas, los medios de
comunicación social, y las modas provocativas.
Los bailes indecentes son los que implican escándalo, provocación o
indecencia; son siempre pecado, al menos por el peligro próximo de pecado, por
la provocación y por el escándalo. Las llamadas discotecas son lugares infernales en donde siempre hay
peligro próximo de pecar, dado el baile escandaloso, el ambiente diabólico, la música infernal y las ropas
provocativas. La discoteca es un lugar terminantemente prohibido, por su descarada perversidad.
En cuanto a las modas provocativas, la Moral Palmariana dice: “En los tiempos actuales, la perversidad
de las modas provocativas femeninas está llegando a grados de depravación como hasta ahora jamás fue;
máxime que las desorbitantes modas de ahora, están resaltando más la masculinidad en la mujer, que la
feminidad. La mujer ha llegado a tal extremo de degradación, que ya lo que menos le atrae es lo femenino; y
por eso, se preocupa muy poco de la estética en su ornato personal. Las modas actuales femeninas, son una
exaltación descarada de la sensualidad y al mismo tiempo son una degradación de la feminidad. La mujer
moderna, en su mayoría, se ha convertido en esperpento de la indecencia, de la fealdad, de la vulgaridad y
de la masculinidad. Las modas de ahora son, pues, uno de los mayores escándalos y por tanto uno de los
mayores medios de propagar la corrupción. Las mujeres travestidas, es decir que usan prendas masculinas,
implican una descarada aberración, ya que trastorna el plan natural de Dios sobre el sexo femenino. Lo
dicho para la mujer también se aplica al hombre en lo que le corresponde, ya que la moda masculina actual
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es también un atentado contra la Decencia Cristiana, por su extravagancia, su provocación, su
afeminamiento, su desnudismo, etc. Cuántos hombres se ven con pendientes en las orejas, con peinados
femeninos y otras cosas propias de mujer. No digamos ya de los travestidos, es decir de los hombres que se
visten de mujer, lo cual es una descarada aberración, ya que trastorna el plan natural de Dios sobre el sexo
masculino… Las mujeres palmarianas no pueden imitar las perniciosas y escandalosas modas del mundo, ni
preocuparse tanto de cuidar sus cuerpos, sino sobre todo sus almas, cumpliendo siempre con las normas de
la Decencia Cristiana.”
La Moral enseña que, en el mismo Día de la Creación, “tras la caída de nuestros primeros padres, Dios
les mandó que cubriesen decentemente sus cuerpos con vestidos. Y, para ello les enseñó a confeccionarlos
de las pieles de los animales; lo cual debe entenderse como un precepto universal dado por Dios a toda la
humanidad. Las modas provocativas son inspiradas por el mismísimo Satanás para fomentar los atractivos
carnales, difundir la corrupción de costumbres, etc. La indecencia en el vestido y en el ornato, es un
escándalo abominable y es un gravísimo obstáculo para la virtud. Las modas provocativas son, pues, fuente
de muchos pecados, pues arruinan el pudor, atentan contra la castidad, alimentan la vanidad, derrochan el
dinero, etc.… Y toda mujer que entra en el Templo de Dios con la cabeza descubierta, falta el respeto a Dios
y va contra la señal de su sujeción al varón. Bajo pena de excomunión
reservada al Papa, los hombres en el Templo o Capilla estarán con la cabeza
descubierta, y las mujeres estarán con la cabeza cubierta con mantilla.”
Se peca de impureza con los ojos cuando deliberadamente se mira alguna
cosa deshonesta con complacencia, o con malsana curiosidad o con peligro
grave de pecado. Se debe tener en cuenta, que no es lo mismo ver que mirar;
pues, lamentablemente el mundo pone a nuestro paso multitud de indecencias
que muchas veces vemos contra nuestra voluntad; mas, una vez advertidas por
nosotros, estamos obligados a no mirarlas por el peligro grave que puede haber
de pecado. No le es permitido a nadie el mirar cosas deshonestas, ni leer libros
licenciosos u otros escritos de cierto peligro moral, ni asistir a espectáculos
malos o peligrosos, etc.; y ni siquiera, por amor al arte, mirar estatuas y
cuadros cuando en ellos se representan figuras desnudas o escenas indecentes;
ni tampoco le está permitido a ningún escultor o pintor realizar tales obras.
Sólo, cuando hay causa verdadera y proporcionada, es lícito mirar cosas
deshonestas, por ejemplo, la enfermera que tiene que lavar a un paciente, o el aseo personal por razones de
higiene, etcétera; mas, aun en estos casos, hay obligación de actuar siempre con el máximo recato. Peca
mortalmente el que con pleno conocimiento y pleno consentimiento se complace de alguna manera con la
vista en cosas indecentes, o no aparta su mirada de aquello que pudiera ser grave peligro de pecado.
En cuanto a las lecturas deshonestas y espectáculos inmorales, queda terminantemente prohibido el tener
o mirar periódicos, revistas, vídeos, cine, películas o televisión, pues es pecado mortal asistir a espectáculos
obscenos, o verlos u oírlos. Y esto es debido a que en la actualidad en todas las publicaciones y demás
medios de comunicación, siempre hay cosas deshonestas o inmorales.
La prensa, radio y televisión son ahora instrumentos de corrupción. Según el Papa San Gregorio XVII
Magnísimo: “También en la radio se ha infiltrado la masonería; y donde más se ha infiltrado es en la prensa
escrita: periódicos, semanarios, revistas, documentales, etc., etc., etc. Ciertamente la prensa está
manipulada, articulada y propagada por la masonería internacional. Por tanto, vigilad toda prensa que cae en
las manos de vuestros hijos; no solamente vigilar, sino también prohibir severamente a vuestros hijos el
adquirir tales prensas… Prohibidlo con santa energía, con severidad y con justos castigos, por el bien de
vuestras almas, por el bien de las almas de ellos y para servir a la Iglesia Santa de Dios. No olvidéis que, en
la prensa, se practica toda clase de corrupción; entre ellas, la obscenidad a través de la pornografía; no
olvidéis que la pornografía es un invento satánico para desviar y destruir la Moral católica.”
Los ataques contra la modestia vienen del demonio y de los satanistas que rigen los gobiernos y la
prensa. Ellos se dedican a difundir la pornografía y obscenidades en sus diabólicos intentos de destruir las
almas. Es escándalo del tipo más grave, el escándalo diabólico. Peca mortalmente el que escandaliza de
palabra u obra incitando a otro a pecar mortalmente, ya que el pecado mortal es la muerte sobrenatural del
alma.
La Moral Palmariana explica que el escándalo es un dicho, hecho u omisión, que pone al prójimo en
ocasión de pecado. El escándalo es directo cuando se pretende expresamente el pecado del prójimo, o sea
induciéndole a pecar: como por ejemplo el autor, compositor, empresario, actores, etc., de una
representación en la que se impugna o ridiculiza la Religión, o la Fe, o las costumbres cristianas; y en
general, cualquier otra forma de inducir expresamente a pecar.
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El escándalo indirecto es cuando no se pretende expresamente el pecado del prójimo, pero se prevé que
se le pudiera hacer pecar, como en el caso de la mujer que se presenta en traje indecente por vanidad,
previendo que muchos tendrán malos deseos.
El escándalo diabólico es cuando lo que directamente se pretende con él es que el prójimo ofenda a Dios
y pierda su alma.
El escándalo, ya sea directo o indirecto, es siempre pecado contra el quinto Mandamiento, ya que con él
se le produce u ocasiona al prójimo, voluntariamente, un verdadero daño espiritual; y también es pecado
contra la virtud que induce a quebrantar. El que comete escándalo, peca mortalmente, aunque sería sólo
pecado venial si hubiera alguna circunstancia que eximiese de la gravedad. Lógicamente el escándalo
diabólico es siempre pecado gravísimo, propio de Satanás, que anda por el mundo tentando a los hombres
para que ofendan a Dios y pierdan su alma.
Pecan también mortalmente los que participan de alguna manera en algún acto escandaloso, aunque sólo
fuera como meros espectadores. El que daña, injuria, ofende o escandaliza a otro, está obligado a pedirle
perdón y a reparar los daños ocasionados. Hay obligación de reparar el escándalo, en cuanto sea posible, por
todos los medios lícitos a nuestro alcance. Por ejemplo, el que sedujo a otro, ha de procurar que el seducido
salga de su pecado y recupere su estado de virtud anterior, dándole después el buen ejemplo de una vida
ordenada. En aquellos casos donde la reparación de un escándalo es del todo imposible, el que escandalizó
está obligado a pedir fervientemente al Señor que Él se digne remediar los daños hechos.
Otro pecado grave es la cooperación al mal, que es el concurso físico o moral prestado a una mala acción
de otro; por ejemplo, consintiéndolo, alabándolo, ocultándolo, actuando como cómplice, callándolo,
defendiendo el mal que se ha hecho. Este pecado es una modalidad del pecado de escándalo, ya que implica
dejarse escandalizar por otro hasta el punto de cooperar con él en el mal que hace; y por tanto dañarse
espiritualmente a sí mismo, y también al instigador, ya que éste se entregará más fácil y decididamente al
mal que hace. Es uno de los pecados más comunes que se cometen.
La cooperación formal al pecado ajeno no es lícita, pues supone la aprobación del pecado ajeno, y esto es
intrínsecamente malo. Es grave o leve según el pecado a que se coopera; por lo que nunca será permisible
fingir que está bien que otro se vista indecentemente. La cooperación material al pecado ajeno tampoco es
lícita jamás, bajo ningún pretexto, aun desaprobando lo malo que el otro hace, ni para evitar disgustos con
otro. Habría también cooperación al mal y por tanto sería ilícito, por ejemplo, cooperar en la venta de libros
o ropas deshonestas, aun con riesgo de perder el empleo.
La Moral nos enseña también que hay que evitar las ocasiones de
pecar. Se pone en peligro de pecado el que no hace los debidos
esfuerzos para evitar las ocasiones del mismo, sabiendo, por
experiencia, por conocimiento común o por cualquier otra fuente
clara y evidente, que en las circunstancias que le ofrece tal ocasión,
le será fácil caer en pecado. Es un pecado de escándalo para consigo
mismo, ya que el quinto Mandamiento nos obliga a evitar la muerte
sobrenatural del alma. Sería grave, por ejemplo, ir a un lugar de
espectáculos deshonestos, porque hay obligación, bajo pecado mortal, de evitar las ocasiones próximas de
pecado mortal.
A fin de acelerar su Triunfo que fue prometido en Fátima, Nos, en octubre de 2020, hemos consagrado
Rusia al Inmaculado Corazón de María, de acuerdo con su petición. Pero también Nuestra Señora de
Fátima, en 1917, exigió la decencia en el vestir y dijo: “Se introducirán ciertas modas que ofenderán mucho
a Nuestro Señor.” Santa Jacinta Marto, vidente de Fátima, nos transmite las palabras de María Santísima:
“Los pecados que arrojan más pecadores al infierno son los pecados de la carne; se adoptarán modas que
ofenderán mucho a Nuestro Señor; la Virgen ha dicho que habrá muchas guerras y discordias en el mundo;
las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo; la Santísima Virgen no puede detener más el
brazo de su Amadísimo Hijo sobre el mundo; hay que hacer penitencia; si los hombres se arrepienten, el
Señor perdonará todavía; pero si no mudan de vida, vendrá al mundo el castigo más terrible que se ha
conocido.”
En Fátima, la Santísima Virgen María dio pruebas de la importancia de estas palabras mediante un
portentoso milagro ante cien mil testigos, por lo que es evidente que la apostasía de la iglesia romana y los
terribles castigos apocalípticos son consecuencia de haberse adoptado esas modas escandalosas que tanto
ofenden a Dios, y que la única manera de salvarse de los castigos más terribles es, primero, mudar de vida y
vestirse todos con la modestia que la Santa Iglesia exige. Y si no es tan evidente para todos, en esta Carta
Apostólica, Nos, vamos a explicarlo más detalladamente, para dejar patente que todos los seres humanos
están obligados a vestirse de acuerdo con las normas palmarianas.
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Dice la Santa Biblia: “La pérdida de la justicia original en nuestros primeros padres por su pecado,
conllevó que, tras la caída de Adán, se les abrieran a entrambos los ojos al ser conocedores del mal que
acarrea la pérdida de la inocencia, estando ya sujetos a la ley del pecado y a las concupiscencias humanas
que la misma conlleva. Y, además, desde ese momento, quedaron completamente desnudos, al hallarse
ambos privados del celestial ropaje que cubría sus cuerpos, y con sentimiento de mutua vergüenza, por lo
que se colocaron unas hojas de higuera para cubrir la desnudez.” Adán y Eva se contentaron con cubrirse lo
suficiente como para no sentir vergüenza. Pero el Señor no se conformó con eso, sino que intervino de
inmediato y les mandó cubrirse con todo recato. Dios dio a nuestros primeros padres instrucciones acerca
del vestido de sus cuerpos, y les enseñó a confeccionar unas túnicas con pieles de animales para que se
vistieran; lo cual es el precepto universal dado por Dios de que los hombres cubriesen decentemente sus
cuerpos con vestidos. Esto nos muestra que los hombres se inclinan a usar ropa que les hace sentirse a gusto,
pero que no vale que cada uno se vista lo suficiente para no tener vergüenza, sino que tiene que vestirse
como Dios manda. Ahora Dios no lo manda directamente a cada uno como entonces, sino por medio de su
legítimo representante en la tierra, el Papa, el cual es el único que está facultado para interpretar la Ley de
Dios en sus detalles y que tiene plena autoridad para exigir su cumplimiento en
nombre de Dios.
Nuestro Señor Jesucristo, por amor a los hombres y para nuestra salvación
eterna, vino a la tierra, sufrió y dio su vida por nosotros. El suyo era el máximo
amor. Las almas tienen un valor infinito porque Jesucristo ha pagado por ellas
con el derramamiento de su Preciosísima Sangre.
Entonces, por amor a Dios, no quieras ofender gravemente a Nuestro Señor y
Salvador Jesucristo, al hacer que tu hermano, hermana o tú mismo caigas en
pecado mortal. Tampoco quieras herir a tu hermano o hermana o al Señor Dios.
No quieras a tu hermano o hermana en pecado mortal ni te quieras a ti mismo en
pecado mortal, ya que el pecado mortal es nuestro mayor enemigo y, en última
instancia, lo único capaz de separarnos de la vida eterna.
La inmodestia en la vestimenta puede llevar a la pérdida de almas inmortales,
y es un pecado mortal para el que se vista así y ocasión de pecado para el
espectador de modas inmodestas. Los pecados causados por modas inmodestas
envían al infierno, o al menos hacen dignos del fuego del infierno, a las almas de muchos de los expuestos a
estas modas.
Es el deseo de nuestro Redentor que ninguno se pierda, pues Él, que se ofreció a Sí mismo como Víctima
por la salvación de todos, desea que todos, sin excepción, sean salvos. Lamentablemente, sabemos que esto
no sucede, siendo una verdad de Fe invariable en la Tradición, en la Escritura y en la enseñanza perenne del
Magisterio de la Iglesia Católica, que el infierno existe, y de hecho hay miles de millones de humanos que
están condenados. Nuestra Señora lo confirma en el Mensaje de Fátima. Sin embargo, sabemos que el
misterio de la Comunión de los Santos comparte la intercomunicación de méritos entre los miembros del
Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, algunos se salvan sólo mediante la colaboración de
otros miembros de este Cuerpo. San Pablo lo expresó así: “Me gozo en las aflicciones que he padecido y
padezco por vosotros, para completar con los sacrificios vuestros, y mis propios sacrificios, por medio de la
Santa Misa, lo que falta a la Pasión de Cristo, para el bien de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia.”
Muchas son las formas en que los fieles pueden y deben ayudar a otros en el interés de su eterna
salvación. Además de la oración, los sacrificios, todo tipo de buenas obras, los sufrimientos soportados con
paciencia y ofrecidos a Dios por las manos de María, los fieles son ayudados en el camino de la salvación
por el buen ejemplo de vida cristiana en el cumplimiento de todas las exigencias de nuestra Fe, porque antes
de llegar al Cielo el verdadero amor requiere sacrificio. “Y el que no carga con su cruz y viene en pos de
Mí, no puede ser mi discípulo.” (Evangelio). Tal exigencia incluye la modestia en la vestimenta porque la
modestia presupone primero el respeto por el cuerpo mismo como templo del Espíritu Santo o, mejor dicho,
con el amor y el respeto a Dios mismo presente en el cuerpo del cristiano, y luego la caridad al prójimo, que
puede sufrir tentaciones y caer en el pecado si no te vistes y te comportas con modestia.
Tal desorden en los apetitos es consecuencia del Pecado Original, por lo que el hombre tristemente tiende
hacia el mal. Jesucristo, nuestro Salvador, nos redimió, pero no reintegró nuestra naturaleza a ese estado de
perfección original. Heridos por el pecado, pero restaurados y revitalizados por la gracia santificante,
debemos trabajar con amor y temor en la obra de nuestra salvación. (Filipenses).
Y no debemos olvidar la advertencia hecha por el Señor mismo: “Es inevitable que haya escándalos,
dada la inclinación al mal que tiene el hombre; mas ¡ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!… El

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que escandalizare a uno de estos pequeñitos que en Mí creen, mejor le fuera que le colgasen a su cuello una
piedra de molino y le arrojasen al profundo del mar.” (Evangelio).
Por tanto, debemos recordar la exhortación de los Apóstoles, de cómo hay que acatar las órdenes de la
Jerarquía de la Iglesia: “Haced, pues, todas las cosas que ellos os manden, sin murmuraciones y sin
negligencia, para que seáis sencillos e irreprensibles ante los demás, como hijos de Dios que sois. Vivid
santamente en medio de esta generación mala y perversa, en donde resplandecéis como lumbreras.”
(Filipenses).
La invitación que Jesucristo nos extiende es hermosa y reconfortante, pero también requiere realizar los
sacrificios de nuestro deber diario con Dios, que incluye ayudar a nuestros hermanos y hermanas en el
camino al Cielo, y no ser un obstáculo para su salvación vistiéndonos inmodestamente.
La modestia cristiana es el guardián natural de la castidad. Tanto hombres como mujeres están sujetos a
la ley de la modestia, y es un error pensar que esta preocupación por la modestia es como algo anti-mujeres
o ‘machista’. Sin embargo, es mucho más común que el pecado de la inmodestia sea cometido por mujeres
y por eso son más graves las obligaciones de la mujer en este sentido. También los hombres deben
preocuparse por esta virtud, en un espíritu de imitación de la Santísima Virgen, modelo de pureza para todos
sus hijos que componen el Cuerpo Místico de Cristo.
Hay que alentar a otros a vestirse con modestia como María en cada situación, sin temor de ganarse la
antipatía de los demás, para así seguir los deseos de Nuestra Madre, María Inmaculada, en lugar de seguir
los decretos de los dictadores de la moda pagana.
La Iglesia es Una y Católica o universal, por lo que las normas de vestir son para todos los fieles en
cualquier lugar y de cualquier edad. La Iglesia es Apostólica, por lo que exige la misma modestia en el vestir
que exigieron los Apóstoles y que la Iglesia ha exigido durante veinte siglos. La Iglesia es Santa, y las normas
de vestir son fundamentales para proteger la santidad de sus miembros y apartarlos de las obscenidades y de la
corrupción del mundo.
El Magisterio de la Iglesia Católica emitió declaraciones sobre la modestia en 1930, 1954 y 1957, pero
desde entonces y hasta el traslado de la Santa Sede en 1978, guardó silencio porque la gente ya no
escuchaba. Dios permitió que los fieles fuesen castigados con ese silencio del Magisterio de entonces por
los pecados de no obedecer al Papa cuando habló. Esto es similar a la forma en que Dios respondió a la
dureza de corazón de la gente en el Antiguo Testamento. Como castigo, Dios no envió profetas durante
muchos años después de que los judíos mataron y rechazaron a tantos de los profetas que ya había enviado.
Aunque muchos sacerdotes no querían hablar de este tema de la modestia, Nuestra Señora de Fátima nos
obliga, para la salvación de las almas, a cumplirlo.
En Fátima, María Santísima lamentó que en nuestros tiempos los
ateos militantes, satanistas y miembros de otras sociedades
anticristianas, como los comunistas y humanistas seculares y sus
asociados, difundieran sus errores en contra de nuestra fe y moral
católicas, y dijo: “Rusia esparcirá sus errores por todo el mundo.”
También dijo: “Se introducirán ciertas modas que ofenderán mucho a
Nuestro Señor.” Y así la Santísima Virgen María enfatizó mucho la
modestia, porque también nos dijo en el Mensaje de Fátima: “Más
almas van al infierno por los pecados de la carne que por cualquier otra
razón.” Los pecados contra la santa pureza son particularmente
frecuentes hoy en día y están causando la pérdida de una multitud de
almas. Para confirmar la veracidad de estas advertencias, obró el
espectacular milagro del sol en presencia de cien mil testigos.
Para ayudaros a comprender más plenamente la importancia de la modestia en la vestimenta, algunos
antecedentes: Es debido al pecado original que todo hombre, mujer y niño experimenta dificultades para
controlar sus apetitos, incluso cuando la razón les dice lo que conviene hacer. Por ejemplo, todo el mundo
ha tenido la experiencia de comer demasiado después de que su razón y los sentidos le dicen que ya ha
tenido suficiente. Otros han sentido el deseo de beber más alcohol o fumar cigarrillos, aunque saben que el
alcohol en exceso y el tabaco no son buenos para su salud. Los apetitos de los sentidos, como por la comida
y la bebida, claramente quieren hacer lo suyo incluso dándose a los placeres cuando sea contrario a la razón.
No siempre tenemos control directo sobre cómo se sienten nuestros apetitos sensoriales. Sin embargo,
podemos controlarlos por la mortificación cristiana, así como por otros métodos indirectos. Al no mantener
la atención de nuestra mente centrada en la comida, la bebida o el tabaco, es más fácil no ceder al pecado de
la glotonería. Pero si seguimos pensando en la comida o la bebida, o en el placer que nos brindan, muchas
veces cederemos a nuestros apetitos incluso en contra de nuestro mejor juicio.
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Uno puede controlarse indirectamente mediante la mortificación del ayuno y la abstinencia, así como
evitando lo que tendería a despertar un deseo en este apetito. Se requiere muy poca provocación para
despertar deseos pecaminosos, que van en contra de la Ley de Dios y, por lo tanto, después de una reflexión
suficiente, si hay pleno consentimiento, la persona ha cometido un pecado mortal. Si no se arrepiente de este
pecado, le arrastrará al infierno por toda la eternidad.
Por lo tanto, conscientes de esta terrible consecuencia de la debilidad
humana como resultado del Pecado Original, debemos salvaguardar la virtud
vistiéndonos con modestia. Tanto hombres como mujeres están obligados a
vestirse con modestia, por estricta justicia y caridad, y transgredir en este
asunto es a menudo un pecado mortal. Ha ocurrido que el diablo, sus agentes
humanos y otras personas malvadas que luchan activamente contra nuestra
cultura y herencia cristianas, han conspirado para inducir a las mujeres a
vestirse de manera inmodesta.
Con esta estrategia, el diablo y sus seguidores logran hacer caer tanto a
hombres como a mujeres al infierno. Esto lo logran tentando a los hombres al
pecado mortal con deseos y acciones impuras, una vez que han visto a mujeres
vestidas de manera inmodesta. Las mujeres responsables están implicadas en
estos pecados por haber hecho que los hombres cayeran en desgracia. La
desorientación diabólica que los aleja de las tradiciones cristianas de modestia en la vestimenta, es en gran
parte responsable de que actualmente y de forma casi universal los llamados cristianos o ex-cristianos sean
esclavos de sus bajas pasiones en completa negación de sus promesas bautismales.
Cabe señalar que la castidad y la modestia son parte de la virtud de la templanza, que es una de las
Cuatro Virtudes Cardinales. Como ‘virtud’ significa ‘fuerza’, realmente denota fuerza de carácter para
practicar la castidad y la modestia, en lugar de la debilidad de seguir las máximas laxas del mundo.
Recordad que la modestia en la vestimenta ayuda a salvaguardar la virtud de la pureza y es exigida por la
ley moral de Dios. Las normas de vestir se basan en esta ley moral inmutable y en la tradición cristiana. La
vestimenta inmodesta es inmoral y pecaminosa, y es motivo de excomunión o de confesión. Aparte de la
excomunión que conllevara, y del pecado por faltar al cuarto Mandamiento de la Iglesia, también podría
haber pecado mortal por el mal ejemplo y escándalo dado, al ser visto indecentemente vestido. Tenemos
razones para creer que muchas almas están ahora en el infierno debido a la irreflexión de las mujeres y las
niñas que se visten de manera inmodesta. Por amor a Cristo y su Madre Inmaculada, y por el bien de otros
que luchan por ser puros, ¡vístete con modestia!
Atención a los ‘minimizadores’ del impacto e importancia de la indecencia; estemos alerta a sus falacias.
Los vestidos indecentes son armas de destrucción masiva que hacen daños más extensos, graves y duraderos
que las bombas atómicas. La vestimenta inmodesta está hecha para seducir e incitar al pecado. ¿Por qué la
llaman ‘sexy’ si no es para describir el efecto que tiene en el sexo opuesto?
Respuestas a algunas objeciones contra la absoluta necesidad de la modestia en la vestimenta de las
mujeres.
Podrías decir, ‘¿Qué maldad hay en mi forma de vestir?’ Debes sospechar que exponer el cuerpo de una
mujer, o el cuerpo de un hombre, como lo haces, puede ser terriblemente provocativo.
Podrías decir: ‘¡Aquellos que me ven de esta manera no están obligados a pecar!’ Sí, lo admitimos. Pero,
¿no deberíamos desear reducir las ofensas que nuestro Divino Señor recibe cuando podemos? ¡Ay de
nosotros si esto nos es indiferente! ¡Ay de nosotros si, debido a esta indiferencia, nuestra conducta induce a
otros a pecar! Esperamos que haya algunos buenos hombres que resistirán con tanto éxito la provocación de
cualquier mujer que no pecarán en lo más mínimo, e incluso ganarán mérito. Sin embargo, algunos otros, al
ser débiles, consentirán lo prohibido; y de acuerdo con las Escrituras, compartirás su pecado por haberles
provocado innecesariamente.
Podrías decir: ‘¡Todas las demás chicas se visten de esta manera!’ Admitimos el triste hecho de que
muchas son tan livianas. Pero incluso si todas fueran tan desconsideradas, no deberías seguir ese ejemplo.
Te consideras capaz de tomar tus propias decisiones acertadas en asuntos personales. Al ver que tienes la
libertad, el privilegio y el deber de perseguir la virtud y llegar al Cielo, ¿seguirías sin pensar a la manada
como lo hace el ganado? “Entrad, pues, por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el
camino que lleva a la perdición, y muchos son los que fácilmente siguen ese camino. Por el contrario, ¡qué
angosta es la puerta y qué estrecho es el camino que conduce a la vida eterna, y qué pocos son los que
siguen ese camino!” (Evangelio). Haz que un sentido de responsabilidad y rectitud te distinga de la manada.
Podrías decir que ‘no es mi intención hacer el mal.’ Puedo creer eso. Pero la travesura que estás haciendo
al vestirte sin preocuparte de las consecuencias, es un mal del que serás responsable.
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Podrías decir: ‘¡Pero lo importante es el corazón!’ Pero la Fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma.
Nuestros cuerpos, en el santo Bautismo, se convierten en templos del Dios vivo; son tabernáculos vivientes
de la Santísima Eucaristía. La dignidad de tu cuerpo cristiano exige vestimenta adecuada. “¿No sabéis que
vuestros cuerpos son miembros de Cristo, vuestra Cabeza?” (1 Corintios). “Os ruego por la misericordia de
Dios, que cada uno, al oír la Santa Misa, en unión al Sacerdote Celebrante, se ofrezca también como hostia
o víctima viva, santa y agradable a los ojos de Dios, para participar así, más eficazmente, con vuestras
buenas obras, en el Sacrificio Infinito de Cristo y María.” (Romanos). Cuando una mujer cubre su cuerpo
con modestia, no está escondiéndose de los hombres, sino que está revelándoles su dignidad.
Se podría decir: ‘Siento que debería estar a la moda y actualizado.’ Responderíamos que hay buenas
mujeres y niñas que, con un poco de ingenio, logran vestirse con un atractivo y un encanto modestos. Pero
cuidado con un estilo que, atrayendo a los hombres hacia la moral corrupta, sólo sirve a la vanidad y al
diablo; porque es un engaño trágico. No importa cómo cambien los estilos y los gustos populares, la ley
moral no cambia. El Papa San Pío XII dijo: “A menudo se dice casi con pasiva resignación que las modas
reflejan las costumbres de un pueblo. Pero sería más exacto y mucho más útil decir que expresan la decisión
y el rumbo moral que una nación pretende tomar: o naufragar en el libertinaje o mantenerse en el nivel al
que ha sido elevado por la religión y la civilización.”
Podrías decir: ‘A menudo es difícil juzgar si un vestido es modesto o no.’ Reflexiona: si sospechas que
un plato de comida está envenenado, no se lo sirves a nadie, por miedo a hacer daño. Más aún, ¿no deberías
actuar con prudencia cuando tienes una sospecha prudente de que tu forma de vestir será una fuente de
daño? ¿No considera la conciencia recta el pecado como el mayor de los daños?
Se podría decir: ‘¡Me niego a ser un fanático e hipócrita!’ Pero, ¿cómo
puede ser mal cumplir lo que Dios manda y actuar de acuerdo con una
conciencia recta, que te dice que una ofensa contra Dios, la misma santidad, es
verdaderamente el mayor de los males? Un fanático e hipócrita es aquel que
finge odiar el pecado y amar a Dios cuando en realidad no le importan estas
cosas. Y es preciso que te importen. ‘Pero, ¿qué tiene eso de malo?’ La
rectitud, que a veces requiere sudor, lágrimas y coraje, nunca es lo mismo que
la intolerancia e hipocresía. Y los santos que lucharon valientemente contra la
inmodestia, ¿eran fanáticos o hipócritas?
Podrías decir: ‘Los hombres me quieren de esta manera.’ Eso puede ser
cierto para los hombres que prefieren un poco de placer a la amistad de Dios;
pero no es verdad para los hombres que tienen una conciencia recta. Además,
es a Dios a quien un día debes rendir cuentas, no a los hombres.
Se podría decir: ‘Se supone que la belleza debe ser vista.’ Podríamos
responder que cuando la belleza corporal se muestra mucho, pierde su
hermosura. Pero hay una belleza física que no se puede exhibir sin convertirse en una trampa para tentar a
los hombres a satisfacciones prohibidas. Por otro lado, si piensas que hay belleza en exhibir tus piernas,
¿por qué no hay belleza en mostrar modestia cristiana y preocupación por el bien de las almas?
Podrías decir: ‘¡Pero tengo calor!’ Sabes aguantar el calor cuando quieres. Recuerda las palabras de
Santo Domingo Savio: “Si no podéis aguantar el calor del verano, ¿cómo haréis para soportar el del infierno
que os vais a buscar?” Seguro que vale la pena una buena conciencia sufriendo un poco de calor, pues
muchas almas buenas soportan voluntariamente el calor para ofrecerlo como penitencia a Dios. Pero es
triste decir que algunas mujeres en tiempo caluroso van escasamente vestidas en contra de la decencia
cristiana, mientras que se visten con modestia cuando deben trabajar en una oficina donde reciben todo tipo
de clientes, o cuando deben enseñar en la escuela, o cuando deben trabajar como vendedoras donde tienen
que satisfacer a todo tipo de clientes.
Se podría decir: ‘¡Pero tengo libre albedrío y puedo tomar decisiones con libertad!’ Pero ciertamente no
quieres ir al infierno y no necesitas ser un asesino convicto para ir. ¡Se necesita mucho menos que eso!
¡Pecar mortalmente contra cualquier Mandamiento es suficiente! ¡Y no queremos verte ir allí! Nos mismo
iríamos al infierno si no tratamos de evitar que vayas allí.
El Padre Xavier Schouppe relata: “Una dama noble, que era sumamente piadosa, pidió a Dios que le
diera a conocer lo que más desagradaba a Su Divina Majestad en las personas de su sexo. El Señor se dignó
milagrosamente escucharla. Abrió bajo sus ojos el Abismo Eterno. Allí vio a una mujer presa de crueles
tormentos y en ella reconoció a una de sus amigas, poco antes fallecida. Esta visión le causó tanto asombro
como dolor: la persona a la que vio condenada no le pareció que hubiera vivido mal. Entonces esa alma
infeliz le dijo: ‘Es cierto que practicaba la religión, pero era esclava de la vanidad. Impulsada por la pasión
de agradar, no temí adoptar modas indecentes para llamar la atención, y encendí el fuego de la impureza en
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más de un corazón. ¡Ah! ¡Si las mujeres cristianas supieran cuánto desagrada a Dios la inmodestia en la
vestimenta!’ En el mismo momento, esta alma infeliz fue atravesada por dos lanzas de fuego y sumergida en
un caldero de plomo líquido.”
Si quieres ser cristiana de hecho y no sólo de nombre, si quieres ayudar a reformar las conciencias y no
obstaculizar el trabajo de la gracia, y si mañana no quieres sentir remordimientos y cargar con un peso de
culpa, entonces haz el esfuerzo de vestirte con la modestia de María, para que puedas demostrarle que eres
una mujer cristiana y no una mera trampa para los hombres; que estás entregada a la Pureza para elevar e
inspirar el amor casto, y no a encender el placer prohibido. No permitas que nadie te engañe en el camino a
la santidad y tu eterna salvación. San Ambrosio impulsaba esta obra reformadora cuando dijo: “Si logro
reformar a las mujeres, al mismo tiempo habré reformado a los hombres; y nada es más apropiado para la
reforma de las mujeres que enseñarles el mérito, la grandeza y la gloria de la castidad y la virginidad según
el Evangelio. Por tanto, comencemos a predicar a las mujeres sobre la castidad y la virginidad.”
Las mujeres, al vestirse con modestia, se ganarán el respeto de los hombres y se volverán dignas en lugar
de ser degradadas y consideradas como un mero objeto de lujuria. En
lugar de vestirse de una manera irrespetuosa, deben vestirse de acuerdo
con un estándar más alto, y así recibirán el respeto que merecen.
Dios nos manda a practicar la Caridad, que es principalmente un
mandato de obedecerle a Él. Y la caridad es definida como el amor de
Dios. ¿Qué dijo Jesús sobre este amor? Que debes amar al Señor tu Dios
con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus
fuerzas.
Ser palmariana significa modestia sin compromiso: como María
Inmaculada, la Purísima Madre de Dios.
Los vestidos de tipo mariano, que imitan a María Santísima, tienen
mangas que se extienden hasta las muñecas, y faldas que llegan hasta los
tobillos, o al menos bien por debajo de las rodillas. Tales vestidos
requieren una cobertura completa y holgada para el pecho, los hombros y la espalda; el corte alrededor del
cuello debe cubrir la boca de la garganta, y llegar al cuello también en la parte posterior. Los vestidos como
los de María no son ajustados; son de tela tupida que oculta y no revela la figura del usuario.
Sería pecado llevar ropa que no pueda llamarse decente. Esperamos que los que están decididos a reparar
los pecados del mundo, especialmente los de inmodestia e impureza, hagan mucho más que lo mínimo, y
que realmente se esfuercen en imitar a la Santísima Virgen María en la virtud de la modestia.
Que seas como María siendo modesta; que seas modesta como María.
Poco después de que María Santísima lo anunció en 1917 en Fátima, se introdujeron las primeras modas
que ofendieron mucho a Dios. La Iglesia protestó enérgicamente. Pero los modistas anticristianos siguieron
adelante en su perversa obra, con el apoyo continuo del cine, la prensa y otros medios de comunicación,
todos dirigidos por los enemigos de Dios. Desanimados e indiferentes, el clero y el pueblo católico dejaron
de luchar con valor. Se resignaron a aceptar los cambios, como si la Ley de Dios tuviera que adaptarse a las
circunstancias y a las malas costumbres del siglo veinte, y se conformaron con las imposiciones de los
modistas. Mientras se quejaban de la pérdida de la fe y moralidad, se sometieron mansamente a la perversa
moda que propagaban el cine y las revistas. A partir del conciliábulo Vaticano II, con el diálogo con los
‘hermanos separados’ o herejes, cualquier perversión en la doctrina o moral fue considerada aceptable; cada
uno estuvo libre para pensar, actuar y vestirse como quería. Durante los casi quince años desde aquel
conciliábulo hasta el traslado de la Santa Sede al Palmar de Troya, sólo un reducto se mantuvo fiel a las
santas tradiciones; y a la muerte de San Pablo VI muchos de estos se desviaron al no reconocer al verdadero
Papa, San Gregorio XVII.
Cuando Nuestra Señora en Fátima dijo: “Se están introduciendo ciertos estilos y modas que ofenden
gravemente a mi Divino Hijo,” no introdujo ninguna innovación en las enseñanzas de su Divino Hijo, que
dijo: “Cualquiera que mirare a una mujer casada con el mal deseo de poseerla, ya adulteró en su corazón
con ella. Y cualquiera que en su interior deseara cualquier otra cosa mala, ya hizo el mal en su corazón.”
(Evangelio). A lo largo de los siglos, los verdaderos seguidores de Cristo han reconocido que, para preservar
la castidad de mente y cuerpo, es necesario evitar todas las ocasiones de pecado, sobre todo las modas
impúdicas por parte de las mujeres, que por su vanidad se convierten en horribles ocasiones de pecado para
los hombres, tal como advirtió Nuestro Señor. De hecho, si la vanidad de la mujer ha sido una prolífica
fuente de tentación a lo largo de los siglos, ¿qué se puede decir de nuestra propia época, en la que los estilos
y las modas se calculan deliberadamente para llevar a los hombres al pecado? ¡Recordemos la doctrina
inmutable de la Iglesia al respecto, y evitemos diligentemente, sin temor al respeto humano, esa terrible falta
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de modestia en la vestimenta, que es la causa de tantos pecados y ofensas contra el Doloroso e Inmaculado
Corazón de María, y el Sagrado Corazón de su Divino Hijo! Teniendo en cuenta esta trágica realidad,
reflexionad atentamente sobre esta advertencia a las mujeres de un grande y santo Doctor de la Iglesia:
“Llevas tu lazo a todas partes y extiendes tus redes por todos lados. Alegas que nunca has invitado a otros a
pecar. De hecho, no lo hiciste con tus palabras, pero lo has hecho con tu vestimenta y tu porte, y mucho más
eficazmente de lo que podrías con tu voz. Cuando has llevado a otro a pecar en su corazón, ¿cómo puedes
ser inocente? Dime, ¿a quién condena este mundo? ¿A quiénes castigan los jueces en los tribunales? ¿Los
que beben veneno, o los que preparan y administran la poción fatal? Has preparado la copa abominable, has
dado la bebida mortífera, y eres más criminal que los que envenenan el cuerpo; no matas el cuerpo, sino el
alma. Y no es con los enemigos a quienes haces esto, ni te impulsa ninguna necesidad imaginaria, ni nadie
te provoca una herida, sino por necia vanidad y orgullo.” Así habló San Juan Crisóstomo, que murió en el
año 407.
El Apóstol San Pablo escribió a Timoteo: “Asimismo, oren también las mujeres vestidas honestamente y
ataviadas con modestia y sobriedad; y, por tanto, no peinadas ni adornadas ni vestidas con exceso de lujo,
como superfluamente lo hacen las del mundo, sino como mujeres piadosas y virtuosas.”
Advertencia de San Antonio María Claret acerca de las modas inmodestas y mundanas: “Ahora, observa,
hija mía, el contraste entre la vestimenta lujosa de muchas mujeres, y las vestiduras y adornos de Jesús…
Dime: ¿qué relación guardan sus finos zapatos con las púas de los pies de Jesús? ¿Los anillos en sus manos,
con los clavos que perforaron las suyas? ¿El peinado de moda, con la Corona
de Espinas? ¿La cara pintada, con el Rostro cubierto de magulladuras?
¿Hombros expuestos por el vestido escotado, con los suyos, todos rayados
con Sangre? ¡Ah, pero hay una marcada semejanza entre estas mujeres
mundanas y los judíos que, incitados por el Diablo, azotaron a Nuestro Señor!
A la hora de la muerte de una mujer así, creo que se oirá a Jesús decir: ‘¿de
quién es ella la imagen?’ Y la respuesta será: ‘¡del diablo!’ Entonces dirá:
‘Que sean entregadas al Diablo las que han seguido las modas de él, y a Dios
las que han imitado la modestia de Jesús y María.’”
El Papa San León XII Magno, que murió en 1829, era ‘enérgica Fusta
contra los liberales y Apóstol de la Decencia Cristiana en el vestir.’ San León
XII decretó que “cualquier modista que vende vestidos con escote o
trasparentes incurre ipso facto en excomunión.” Hoy, en cambio, nadie
castiga, ni siquiera frena, a los promotores de la indecencia; parece que esos modistas y cineastas, y tantos
otros, gozan de impunidad en esta vida, por lo que su remuneración en la otra vida será mucho más temible.
San Guido de Fontgalland, de París, Doctor de la Iglesia, era Apóstol de la Decencia Cristiana. Siempre
se destacó por una pureza angelical. Con cuatro años de edad, corrigió a su propia madre cuando ella iba a
una fiesta con traje indecoroso, diciéndole que esto no agradaba a Jesús. Poco antes de su muerte pudo
decir: “Soy puro como un Ángel.” Murió el día 24 de enero de 1925 a los once años de edad.
Ciertas modas amenazan con retardar el triunfo de María y la paz mundial. El Padre Bernardo Kunkel, en
los años 1960, decía: ¿Es pecado usar pantalones cortos, vestidos con mucho escote, faldas cortas, pantalones
para mujeres, trajes de baño modernos, etcétera? Los llamados católicos romanos se dejaron llevar por la
tendencia de desvestirse en el atuendo femenino que comenzó al final de la Primera Guerra Mundial. Los
verdaderos católicos, los palmarianos, conscientes de las virtudes de la modestia y la pureza cristianas, se
niegan a dejarse llevar por la multitud a aceptar las modas voluptuosas. Saben que la Santísima Virgen María
nunca aprobará estos estilos paganos que son tan contrarios a la tradición cristiana sobre la modestia.
Nuestra Santísima Madre conocía de antemano el caos moral que seguiría a la introducción de estas
modas impías. Por eso vino personalmente a Fátima en 1917 para advertirnos. Al mismo tiempo, dio la
respuesta de antemano a la pregunta: ¿Es pecado seguir estas modas?, cuando confió a la pequeña Jacinta,
de siete años, esta profecía que contiene sus enseñanzas sobre las modas modernas: “Se introducirán ciertas
modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor.”
Parece que los seudo-teólogos romanos no se dieron cuenta de que estaban en serio conflicto con este
celestial mensaje cuando aprobaban la imitación de ‘ciertas modas’ por parte de tantas mujeres y niñas
católicas. No se puede santificar estas modas pecaminosas rociándolas con agua bendita. El veredicto de
nuestra Señora es que son mortalmente pecaminosas. Porque, en lenguaje teológico, ofender mucho a
Nuestro Señor significa pecado mortal. ¡Qué triste debe estar Nuestra Santísima Madre cuando tantos hacen
caso omiso su advertencia maternal! “Los hombres deben dejar de ofender a Dios, que ya está demasiado
ofendido,” suplica. En lugar de escuchar las súplicas de María, la multitud la rechazó como su modelo de
modestia y buscó sus modelos en el campo de su archienemigo, Satanás. ¿Cómo pudieron los católicos ser
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tan ciegos? ¡Qué triste también debe haber estado el Vicario de Cristo, el Papa San Pío XII, cuando lamentó
esta ceguera en su alocución en Roma el 17 de julio de 1954! Estas son las propias palabras del Santo Padre:
“Vivís en un mundo que se olvida constantemente de Dios y de lo sobrenatural, donde el único interés de la
multitud parece ser la satisfacción de las necesidades temporales, el bienestar, el placer, la vanidad…
¡Cuántas jovencitas hay que no ven ningún mal en seguir a ciertos desvergonzados estilos como tantas
ovejas! Ciertamente se sonrojarían si pudieran adivinar la impresión que causan, y el sentimiento que
evocan en quienes las ven. ¿No ven el daño que resulta del exceso en ciertos ejercicios gimnásticos y
deportes no aptos para chicas virtuosas? Qué pecados se cometen o provocan por conversaciones demasiado
libres, por espectáculos inmodestos, por lecturas peligrosas. ¡Qué laxas se han vuelto las conciencias, qué
paganas las costumbres!”
Se cumple la profecía de Fátima. La severa condena de las modas modernas por parte del Vicario de
Cristo muestra que la profecía de Nuestra Señora de Fátima, “se introducirán ciertas modas,” ya se había
cumplido en el Año Mariano de 1954. Sobre todo porque, poco más de un mes después, el 21 de agosto, el
Papa asombró al mundo al referirse a las modas modernas como “una gravísima plaga;” y ordenó a los
obispos de todo el mundo “a tomar medidas contra esta gravísima plaga de las modas inmodestas.”
Para enfatizar aún más la seriedad de ciertas modas, el Papa San Pío XII pidió a la Sagrada Congregación
del Concilio que hiciera un llamamiento contundente a todos los católicos, pero especialmente a los que
tienen autoridad, para que ayuden a remediar la situación. Así repitió la acción de su predecesor, San Pío
XI, quien había pedido a esa misma Sagrada Congregación que enviara las Instrucciones Especiales en 1930
ordenando que se siguieran los Estándares Romanos de modestia en la vestimenta, estándares que imitan a
María Santísima.
El Papa confirmó la advertencia de Fátima, aunque la herejía maldita del Modernismo se negaba a
escuchar el llamado tanto de la Madre de Dios como del Vicario de Cristo. ¿Qué podría ser más
condenatorio de estas ‘ciertas modas’ que esta segunda severa carta del Sagrado Consejo, que fue enviada
en 1954 a través de su Prefecto, Pietro Cardenal Ciriaci? La Carta decía: “Todos saben que especialmente
durante los meses de verano, se ven cosas aquí y allá, que seguramente resultarán ofensivas para cualquiera
que haya conservado cierto respeto y consideración por la modestia cristiana. En las playas, en los centros
turísticos del campo, en casi todas partes, en las calles de las ciudades y pueblos, en los lugares públicos y
privados y, de hecho, a menudo incluso en los edificios dedicados a Dios, ha prevalecido un modo de vestir
indigno e indecente. Debido a esto, los jóvenes en particular, cuyas mentes se inclinan fácilmente hacia el
vicio, están expuestos al peligro extremo de perder su inocencia, que es, con mucho, el adorno más hermoso
de la mente y el cuerpo. El adorno femenino, si se le puede llamar adorno, la ropa femenina, si se puede
llamar ropa a lo que no contiene nada que proteja ni el cuerpo ni la modestia, son a veces de tal naturaleza
que parecen servir a la lascivia más que al pudor… Bien dijo el antiguo poeta sobre este asunto, que el vicio
necesariamente sigue a la desnudez pública.”
Se pide a los obispos que actúen: “Pero especialmente vosotros, a quienes el Espíritu Santo ha
establecido como obispos para gobernar la Iglesia de Dios, debéis por supuesto, considerar este asunto con
cuidado, y cuidar y promover con todas vuestras fuerzas todo lo que tenga que ver con la protección de la
modestia y el fomento de la moral cristiana. Por lo tanto, es absolutamente imperativo amonestar y exhortar,
de la manera que parezca más apta, a las personas de todos los niveles, pero particularmente a los jóvenes, a
evitar el peligro de este tipo de vicio, de la vestimenta
inmodesta, que se opone tan directamente a la virtud
cristiana y cívica tan arriesgadamente… El augusto
pontífice desea sinceramente que esta causa se asuma
con entusiasmo, especialmente durante el presente año
mariano. Desea que los obispos, en particular, no dejen
piedra sin remover para lo que pueda ayudar a remediar
la situación; y que, con su consejo y liderazgo, el resto
del clero trabaje con prudencia, asiduidad y seriedad,
dentro de su propia jurisdicción, hacia el feliz logro de
esta meta.”
Vanas excusas para las modas desvergonzadas. A
pesar de los muchos discursos de varios Papas que condenan ‘ciertas modas’ modernas, muchas mujeres y
niñas persistían obstinadamente en “seguir ciertos desvergonzados estilos como tantas ovejas.” (San Pío
XII) ¿Y cómo justificaron su inmodestia? En muchos casos, repitiendo como loros este sofisma, que sólo
puede estar inspirado en el infierno: “¿Qué hay de malo en lo que llevo puesto? No me molesta. Malo para
el que piensa mal; será porque es un impúdico. Para los puros, todas las cosas son puras.” Es obvio que
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muchas de las mujeres no comprenden el funcionamiento de la mente del hombre, y cómo encaja en el plan
de Dios para la procreación de una nueva vida humana. De lo contrario, para volver a citar a San Pío XII,
seguramente se sonrojarían si pudieran adivinar la impresión que causan y el sentimiento que evocan en
quienes las ven.
Se ha perdido todo sentido de la modestia. ¿Por qué no se sonrojan? Dios le da a cada niña un especial
sentido innato de modestia que la hace sonrojarse al aparecer en público con ropa inmodesta. Este instinto
está destinado por Dios para la protección de su propia castidad, pero especialmente para ayudar al varón,
cuyo ayudante está llamada a ser, a controlar su ardiente pasión. Si ya no se sonroja, ha perdido ese precioso
sentido de la modestia. En este punto, literalmente está buscando problemas.
Algunas mujeres y niñas justificaban su inmodesta indumentaria con el sofisma: “Mi conciencia está
tranquila. Me dice que no hay nada de malo en usar pantalones cortos, vestidos con mucho escote, trajes de
baño, etcétera.” ‘Seguir tu conciencia’ es una regla segura, siempre y cuando añadas: ‘bajo la dirección de la
Iglesia.’ De lo contrario, estás siguiendo el sofisma moderno, ‘cada uno es su propio teólogo.’ Esto no es
más que el principio de interpretación privada, esencialmente el mismo que el error de los luteranos del
siglo dieciséis, que llevó a la rebelión protestante contra la verdadera Iglesia. Con respecto a los trajes de
baño, cuando en 1946 se estrenó el primer bikini, el diseñador no pudo encontrar ninguna modelo dispuesta
a exhibirse en un traje tan escandaloso, por lo que tuvo que emplear a una mujer de muy mala vida para
introducirlo al público.
“La hermana dice que son modestas.” Otras mujeres y niñas recurrían a la autoridad de un sacerdote o
incluso de una monja. Buscaban alrededor hasta encontrar uno imbuido de modernismo, o uno que no
estuviese muy familiarizado con los pronunciamientos de los Papas, o que no estuviese dispuesto a tomarlos
en serio. ¡Con qué frecuencia se escuchaba: cierta religiosa dice que no hay nada de malo con los pantalones
cortos, hombros descubiertos, bañadores! Desafortunadamente, algunas Hermanas usurpaban el rol de
teóloga, sin haber tenido nunca un curso de teología. Incluso con un curso de este tipo, la Iglesia no autoriza
a las hermanas, religiosas o maestros a tomar decisiones sobre cuestiones tan vitales e intrincadas como la
modestia en la vestimenta. Incluso si puede dar la misma cita que viene de un sacerdote, no se puede seguir
tal decisión. Si lo hace, sigue siendo culpable de haber cometido un delito, porque ni siquiera un sacerdote
está autorizado para tomar tales decisiones que contradigan las declaraciones oficiales del Vicario de Cristo,
ya que es sólo una autoridad delegada en la Iglesia. Todavía eres culpable de pecado al seguir los estilos
desvergonzados, aunque algo menos si, por causas ajenas a ti, ignoras las numerosas declaraciones papales.
En sus revelaciones, Santa Ana Catalina Emmerick dijo: “Mi guía me hace ver cómo tiene Dios en cuenta
los decretos y prohibiciones de los Papas, órdenes que Dios mantiene vigentes, aun si los hombres no las
reconocen.”
Los pastores, maestros, padres, y todos los que ejercen autoridad sobre los demás, tienen una grave
responsabilidad de promover la modestia en la vestimenta de acuerdo con la mente de la Iglesia. De lo
contrario, caerán bajo esta misma condenación pronunciada por Cristo contra los fariseos: “Dejadlos; ellos
son unos ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.”
(Evangelio).
La decencia es un prerrequisito para el Triunfo del Inmaculado Corazón de María. ¿Cómo podemos
esperar el triunfo de María y la paz mundial en una sociedad humana
obstinada en sus pecados? Y ¿cómo puede establecerse el reino de la pureza
mientras estas ‘ciertas modas’ continúen avivando furiosamente la llama de
la pasión en los corazones de los hombres? ¿No es evidente, a partir de los
mensajes de Nuestra Señora en Fátima, que la modestia en el atuendo
femenino es un requisito previo para su triunfo y para la paz mundial?
Usemos nuestra facultad de razonamiento dada por Dios. Nuestra Señora
nos dice que ‘los hombres deben dejar de ofender a Dios.’ Luego nos
recuerda que una de las formas en las que Dios se siente ‘muy ofendido’ es
por esas ‘ciertas modas.’ La conclusión debe ser clara. Estas modas
semidesnudistas retrasan el triunfo de María y son una de las principales
causas que llevan al mundo al borde de la aniquilación.
Nuestra Señora reveló además que “más almas van al infierno a causa de
los pecados de la carne, que por cualquier otra razón.” ¿Quién puede contar
los millones de pecados mortales de la carne que son ocasionados
diariamente por el atuendo inmodesto: pensamientos y deseos malvados,
caricias, abrazos impuros, besos, violaciones, etcétera? ¿Cómo puede

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triunfar el Inmaculado Corazón de María mientras tantas almas van al Infierno a causa de modas
desvergonzadas?
Una sociedad cristiana nunca toleraría la actual avalancha de literatura, películas, y la televisión, si no
hubiera tolerado primero la aparición pública de mujeres y niñas semidesnudas en la carne. Como señala
San Pío XII, “el vicio sigue necesariamente a la desnudez pública.” Lo cual implica que, cuando se tolera la
desnudez pública, siguen necesariamente innumerables pecados contra la pureza y la corrupción de la
humanidad. Sin embargo, ¿quién convencerá a las mujeres y niñas que se llaman católicas, de que su
vergonzoso atuendo es responsable de que tantas almas vayan al infierno?
Se necesitará un milagro para salvar a un mundo que se ha olvidado de Dios hasta tal punto que incluso
muchos que antes eran católicos han recurrido a la adoración de ídolos humanos en forma de culto al cuerpo
y a la sensualidad. Nuestra Señora de Fátima ha prometido este milagro que nos salvará de lo que San Pío
XII llama “la mayor catástrofe desde el diluvio,” con tal que hagamos la parte que nos corresponde.
Escucha las súplicas de la Virgen María por ‘oraciones y sacrificios.’ No cabe duda de que uno de los
sacrificios que son muy aceptables a Nuestra Señora es el sacrificio que se requiere para ser cada vez más
parecidos a Ella y promover enérgicamente en los demás el estilo de vida mariano que devolverá al mundo
la castidad y la modestia marianas. Esto acelerará la verdadera paz mundial, que sólo se promete mediante
el Triunfo del Inmaculado Corazón de María. Eso decía el Padre Bernardo Kunkel.
Si estás consciente de los terribles peligros morales que amenazan por todos lados, y consciente de tu
propia debilidad humana, debes voluntariamente ponerte, en cuerpo y alma, hoy y siempre, bajo el amoroso
cuidado y protección maternal del Inmaculado Corazón de la Purísima Virgen María. Conságrale tu cuerpo,
con todos sus miembros, pidiéndole que te ayude a no usarlo nunca como ocasión de pecado para otros; que
te ayude a recordar que tu cuerpo es un Templo del Espíritu Santo, y a usarlo de acuerdo con la Santa
Voluntad de Dios para tu propia salvación personal y la salvación de los demás. Conságrale tu alma,
pidiéndole que la cuide, y que la traiga a casa sana y salva para estar con Ella y con Jesús en el Cielo por
toda la eternidad. Que todo lo que eres, todo lo que tengas, sea de María, tu Madre, para que te guarde bajo
su manto de misericordia, como su propiedad personal.
En 1921, la Iglesia se pronunció enérgicamente contra las modas inmodestas. En ese momento el Papa
San Benedicto XV, en su encíclica ‘Sacra propediem’, decía: “Nunca podremos deplorar bastante la
ceguedad de tantas mujeres de toda edad y condición, las cuales ridículamente engreídas por el deseo de
agradar, no echan de ver que con la extremada locura de su modo de vestir, además de ofender a Dios,
desagradan a todo hombre sensato. Y no se contentan con aparecer en público con adornos tales que la
mayor parte de ellas los hubieran rechazado tiempo atrás
como enteramente reñidos con la modestia cristiana, sino
que se atreven a penetrar sin temor alguno en el sagrado
templo, y a asistir a las funciones sacras, y hasta a
presentarse en la Mesa Eucarística, donde se recibe al
Autor de la castidad, ataviadas con los incentivos de feas
concupiscencias. Y no hablemos de esas danzas, si una
mala otra peor, que salidas de la barbarie, han irrumpido
en los salones, sin que sea posible encontrar cosa más a
propósito que ellas para acabar con el último rastro del
pudor… Asimismo las Terciarias, por lo que a ellas toca, han de mostrarse no sólo en su manera de vestir
sino en todo el porte de su vida, ante las demás jóvenes y matronas, como dechado y ejemplo de santa
pureza: piensen que con ninguna otra cosa podrán merecer mejor de la Iglesia y de la república que con
preparar la enmienda de las malas costumbres.”
Durante más de veinticinco años, el Padre Bernardo Kunkel, que murió en 1969 y que fue párroco en
USA, libró una lucha casi imposible por la pureza y la modestia. Incluso entonces, la ropa habitual era
indecente. Estas son algunas de las cosas que escribió: “Uno de los fenómenos extraños de la historia es el
hecho de que el diablo ha tenido tanto éxito en mantener oculta la existencia del cuerpo corruptor de
Satanás, con su programa de largo alcance para la destrucción de la Iglesia. Los católicos simplemente
parecen no darse cuenta de que, tan pronto como Cristo instituyó su Iglesia, su Cuerpo Místico, el Diablo
también organizó su anti-iglesia, su cuerpo corruptor. San Agustín, San Juan, San Pablo y otros santos se
han referido a él, así como el Papa San León XIII y otros dirigentes de la Iglesia. El cuerpo corruptor de
Satanás todavía existe en nuestro tiempo y está muy bien organizado en sus esfuerzos por usar las modas
modernas, la literatura obscena, las películas indecentes, los programas de televisión paganos, las drogas, la
bebida, etcétera, a fin de destruir la Iglesia y el cristianismo. Su arma más eficaz ha sido la corrupción desde
dentro. Desde la caída de Adán y Eva en el Huerto del Edén, Satanás ha podido usar el arma de impureza
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muy eficazmente; en el siglo dieciséis utilizó como instrumentos suyos a los fundadores de las dos
religiones padres del protestantismo en Alemania e Inglaterra, Martín Lutero y el rey Enrique VIII. El
primer fundador vivió en concubinato sacrílego, el segundo adúltero. Una vez que habían destronado a
Nuestra Castísima Madre de sus corazones, no había otro camino lógico para ellos que exiliarla de sus
iglesias hechas por el hombre y de los corazones de sus millones de seguidores. Pero el diablo no podía
esperar corromper por completo el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia Católica, a menos que primero
lograra destronar a María, la Castísima Madre, de los corazones de los católicos. Nuestra Santísima Madre,
en todas sus apariciones, está completamente cubierta. En Fátima en 1917
apareció en un mundo que empezaba a recortar mangas y escotes y a recortar
faldas. ¿No debería ella, el modelo para niñas también en el siglo veinte,
mostrar algunos signos de seguir la tendencia moderna? Es cierto que, como
Reina Celestial, está vestida con túnicas reales. Aun así, podría cortar un poco
las mangas, el escote y la falda. ¿Por qué está tan decidida a aferrarse a los
estándares tradicionales? ¿Por qué no le da un respiro a la chica moderna y le
da alguna señal de que aprueba un pequeño corte aquí y allá? La respuesta es,
porque María no aprueba la tendencia moderna de descubrir esas partes del
cuerpo como el pecho, los brazos, los hombros y los muslos. Ella lo
desaprueba. De hecho, María bajó del Cielo a la tierra para advertir contra esta
tendencia de desvestirse. Escucha lo que le reveló a la pequeña Santa Jacinta de Fátima de diez años,
mientras Jacinta agonizaba en un hospital en Lisboa, Portugal en 1920: ‘Se introducirán ciertas modas que
ofenderán mucho a Nuestro Divino Señor. Aquellos que sirven a Dios no deben seguir estas modas. La
Iglesia no tiene modas. Nuestro Señor es siempre el mismo. Los pecados del mundo son demasiado grandes.
Si las personas supieran qué es la eternidad, harían todo lo posible por cambiar sus vidas. La gente pierde su
alma porque no piensa en la muerte de Nuestro Señor y no hace penitencia.’ Y también le reveló a Jacinta
que ‘los pecados que más almas llevan al infierno son los pecados de la carne.’ El diablo busca, por tanto,
destruir esa veneración que los fieles siempre han rendido al Cuerpo casto y virginal de María, a través del
cual Cristo entró en este mundo. Durante siglos ha tratado de encontrar una manera de eliminar a María
como nuestro modelo perfecto de castidad y modestia. Sólo entonces podría esperar provocar esa corrupción
masiva que podría llevar a los católicos a la religión mundial del demonio, la adoración impura del cuerpo y
la complacencia sensual desenfrenada. Esto es ciertamente lo que Satanás intentó a través de sus agentes,
los poderes de corrupción, durante la Revolución Francesa, cuando alzaron públicamente la bandera nudista
de rebelión contra la enseñanza de la Iglesia sobre la modestia, invitando a la mujer católica a alistarse en
ella; porque, el 10 de diciembre de 1793, una turba enfurecida se precipitó hacia la Catedral de Notre Dame
en París, agarró la estatua de la Santísima Virgen en el altar y la arrojó al suelo. ¿Odio a la Madre de Dios?
Evidentemente. Pero su odio se dirigía principalmente contra la Virgen Purísima con un atuendo modesto,
modelo de pureza y modestia. Esto se desprende de su posterior acción de entronizar en el altar, en el lugar
de María, a una mujer desnuda, la ‘Diosa de la Razón’. ¡Qué éxito han tenido sus planes! ¡En cuántos
corazones de mujeres católicas se ha entronizado esta ‘Diosa de la Razón’! Sólo al cumplir las santas
normas de vestir, se puede contrarrestar este terrible sacrilegio y volver a entronizar en los corazones
femeninos el glorioso estandarte de la Virgen María, en el que están inscritas en negrita las Normas de vestir
a imitación de María Santísima. Hasta el día de hoy, París sigue siendo la capital del mundo de la moda
semidesnuda. Pero, ¿por qué las mujeres deberían ser la primera víctima del complot del Diablo? Porque las
mujeres tienen un sentido de la modestia mucho más delicado, y es exactamente por eso que el diablo se
esfuerza primero por destruir este sentido femenino de modestia que hace de la mujer la guardiana de la
castidad en el mundo. Incluso con el éxito de la Revolución Francesa, el demonio de la lujuria fue
demasiado astuto para revelar de inmediato su programa completo de destrucción moral para que lo llevaran
a cabo sus agentes humanos. Para escapar de la detección, debía desarrollarlo gradualmente. Si todo el
programa se hubiera desarrollado a la vez, las mujeres cristianas se habrían levantado en abierta rebelión.
Sin embargo, mucho antes de que los vestidos femeninos se convirtieran en modernos, una parte de este
programa secreto y graduado fue revelado por un periódico francés, ‘la mujer francesa’, de la siguiente
manera: ‘Nuestros hijos deben realizar el ideal de la desnudez… Así, la mentalidad del niño es transformada
rápidamente. Para escapar de la oposición, el progreso debe graduarse metódicamente; primero, pies y
piernas desnudos; luego, mangas vueltas hacia arriba; luego las extremidades superiores e inferiores; la
parte superior del pecho; la parte de atrás; en verano los niños andarán casi desnudos.’ En otras palabras,
aplicando esto a nuestros días, quieren mantener a los niños en trajes de baño, o casi desnudos, mientras sea
posible, porque al acostumbrarse a esto, no verán nada de malo en exponer el cuerpo más adelante. Hacer
las blusas más transparentes año tras año; los suéteres y vaqueros más ajustados; los pantalones cortos, más
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cortos; los vestidos de día, sin mangas; los formales, con la espalda o los hombros descubiertos; los trajes de
baño más atrevidos; todo con la idea de que las modas deben revelar tanto como sea posible, en lugar de
ocultar. Para disfrazar mejor sus maniobras, siguen el consejo del comunista Lenin: ‘dos pasos adelante y
uno para atrás,’ para que cuando la gente vean que unos años las modas son más escandalosas, y algunas
veces parecen más decentes, lo atribuyan a los cambios fluctuantes de los gustos y no a una conspiración
anticristiana. ¿Quién sino el Diablo podría idear una intriga tan inteligente, sabiendo el resultado inevitable
que seguiría, debido a la naturaleza humana caída a causa del pecado original? Otra prueba de que la
degradación de la modestia es obra de la masonería es esta cita de la revista masónica “L’Humanisme” en
1968: “La primera conquista por hacer es la conquista de la mujer. La mujer debe ser liberada de las
cadenas de la Iglesia y de la ley. Para acabar con el catolicismo, debemos comenzar por suprimir la dignidad
de las mujeres, debemos corromperlas junto con la Iglesia. Difundimos la práctica de la desnudez: primero
los brazos, luego las piernas, luego todo lo demás. Al final, la gente andará desnuda, o casi, sin pestañear. Y,
una vez quitada la modestia, el sentido de lo sagrado se extinguirá, la moral se debilitará y la fe morirá de
asfixia.” Estos planes fueron publicados hace muchos años, pero vemos por las modas actuales cómo las
mujeres modernas han caído en la trampa, incluidas muchas que eran católicas. Dado que se hizo de manera
gradual, sin que ellas estuvieran al tanto de ningún programa organizado, ¿es de extrañar que nuestras
jóvenes pregunten: ‘¿Qué hay de malo en las modas modernas?’ Habiendo sido muchas criadas en ellas,
desde que eran niñas, no ven nada malo en esas modas, ni los peligros para ellas mismas o para los demás.”
“En 1846, el Gobierno Pontificio de Italia, bajo el Papa San Gregorio XVI Magno, se apoderó de
documentos secretos de los comunistas de entonces. Estos documentos el Papa los envió al historiador
Cretineau-Joly, quien los publicó en francés en 1875 con la aprobación del Papa San Pío IX Magno. Uno de
estos documentos es el más revelador: ‘Se ha decidido en nuestros consejos que debemos deshacernos de
los católicos, pero no queremos hacer mártires, así que luchemos por popularizar el vicio entre la gente.
Debe entrar por sus cinco sentidos: dejadlos que lo beban y se saturen con él… corromped los corazones de
los hombres y no tendréis más católicos. Hace poco escuché a uno de nuestros amigos burlarse de nuestros
proyectos y decir que para derrocar al catolicismo, se debe comenzar por suprimir el sexo femenino. El
dicho es, en cierto sentido, cierto, pero como no podemos reprimir a la mujer, corrompámosla junto con la
Iglesia… La mejor daga para herir de muerte a la Iglesia es la corrupción.’” Incluso si una declaración tan
atrevida de los poderes de las tinieblas nunca hubiera salido a la luz, puesto que los liberales han tratado de
mantenerla en la oscuridad, todavía sería evidente que tuvo que planearse de
esa manera y que no podría haber sucedido por accidente, pues tal programa
de inmodestia sólo puede haber sido planeado en la mente de Satanás.
“Nuestros jóvenes son grandes imitadores. Les gusta seguir a la multitud.
Esto está bien siempre que la multitud vaya en la dirección correcta. De lo
contrario, puede ocasionar serios problemas, especialmente en materia de
modas. Demasiados adolescentes dicen: ‘Todos los demás lo hacen, entonces,
¿por qué nosotros no?’ Si todos los demás saltaran frente a un tren en
movimiento rápido, ¿harías lo mismo? Porque ‘todos los demás lo hacen,’ no
es razón para que hagamos mal. No hay seguridad en los números. Lo que era
malo hace siglos en lo que concierne al pecado, sigue siendo malo hoy. Dios
no hizo disposiciones especiales para el siglo veinte. Si 99 personas hacen mal porque ‘todos los demás lo
hacen,’ Dios castigará a esos 99 y recompensará al uno que lo sigue a Él. Esto se comprobó en el momento
del diluvio, cuando destruyó todo, salvo Noé y su familia. El Papa San Pío XII, decía repetidamente: ‘El
mayor pecado de nuestra generación moderna es que ha perdido todo sentido del pecado.’ Esto es
particularmente cierto en lo que respecta a las modas y la virtud de la pureza.”
En 1954, el Papa San Pío XII encargó solemnemente a los Obispos del mundo considerar el asunto de la
Decencia con detenimiento, y tomar bajo su cuidado y promover con todas sus fuerzas todo lo que tenga que
ver con la protección de la modestia y el fomento de la moral cristiana. En el deseo de cumplir con este
encargo, un arzobispo americano, reconociendo su deber como pastor de proteger a su rebaño contra el
enemigo, y como un atalaya designado por Dios, hablando con advertencias claras y explícitas, para que los
pecados de los que yerran no sean cargados a su cuenta, se sintió impulsado a escribir una carta pastoral
sobre el tema general de la Decencia. Se pronunció con fuerza contra las modas inmodestas, y no sólo habló
del problema, sino que también habló de los efectos y recomendó remedios: “El problema corresponde a la
crisis moral de nuestros tiempos… El hombre, en lugar de vivir conforme a su dignidad sobrenatural, hará
lo que ninguna otra criatura puede: negará su verdadera naturaleza y destruirá todo lo que es bueno dentro
de sí mismo. Tal proceso de degradación está operando viciosamente en nuestro propio país, donde la
deificación de la carne continúa reclutando nuevos devotos. A través de la publicidad, el entretenimiento y
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la literatura, este culto pretende corroer nuestro sentido nacional de decencia… La Iglesia Católica nunca ha
dejado de otorgar al cuerpo humano una inmensa medida de honor. Afirma que originalmente fue creado
por Dios; en un caso fue asumido realmente por Él; en cada caso debería ser en la tierra su templo especial,
y es destinado eventualmente a reunirse con el alma en su Beatífica Presencia. Cualquier cosa que tiene de
intransigente en su enseñanza sobre el cuerpo humano se deriva de su realismo en dos puntos: el cuerpo,
aunque bueno, no es el bien supremo; y el cuerpo indisciplinado es notoriamente malo.”
La virtud de la castidad. No podemos escribir inteligentemente sobre la virtud de la modestia, a menos
que enfaticemos ante todo, la importancia universal de la pureza. Por su propia definición, la modestia se
considera el escudo y la salvaguardia de la pureza. La desaparición de la modestia se debe
fundamentalmente al desprecio de la virtud de la pureza como virtud necesaria para todos, en todas las
circunstancias de la vida. Por lo tanto, consideremos tres enseñanzas de nuestra santa Fe, que nos imponen
una obligación correspondiente: La primera es que la ley de la pureza se impone a todo ser humano. Obliga
a todos en público y en privado, en el matrimonio y fuera del matrimonio, en la juventud y en la vejez. Es
una de las graves leyes que Dios ha hecho, lo que significa que de ella depende la salvación de nuestra alma.
Es bastante obvio que esta ley de la pureza prohíbe la mala acción, (ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los
adúlteros… poseerán el Reino de Dios. 1Corintios) y la mala palabra (ni la fornicación ni otro género de
impureza, ni la avaricia ni cualquier otro desenfreno, se nombre siquiera entre vosotros, como corresponde a
quienes Dios ha hecho santos. Efesios). La misma ley de pureza prohíbe igualmente el pensamiento impío y
el deseo impío, pues echar una mirada impura es pecar en el corazón, y desear cosas malas es también hacer
el mal en el corazón. La impureza, por lo tanto, en el pensamiento y el deseo, así como en la palabra y en los
hechos, es una violación grave de una ley establecida por Dios mismo. Y es tan grave, precisa y
principalmente, porque transgrede la Ley de Dios. El acto externo es simplemente el fruto del pensamiento
y deseo interno. Es este pensamiento y deseo interno lo que es la fuente del acto externo: “del interior del
corazón del hombre es de donde salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones… Todos
estos males proceden del interior, y son los que manchan el alma del hombre.” (Evangelio).
La segunda enseñanza de nuestra Fe que conviene recordar aquí es la doctrina del Pecado Original. Todo
ser humano, excepto la Inmaculada Madre de Dios y el cuasi inmaculado San José, ha heredado por el
pecado original una naturaleza contaminada, que se manifiesta quizás más intensamente en inclinaciones a
la impureza que de cualquier otra manera. La batalla resultante con la concupiscencia no está limitada a una
edad o estado de vida determinados; debe ser librada por todos y en todo momento. Es una enseñanza de
nuestra fe que a través del pecado original la naturaleza del hombre ha sido herida. La herida en nuestra
naturaleza se experimenta a través de la lucha que tenemos para controlar nuestra imaginación y nuestras
pasiones. La imaginación por sí misma, lo sabemos, es simplemente un poder para crear imágenes.
Ciertamente es de gran utilidad para el intelecto del hombre, pero, debido al
pecado original, en los asuntos de la mente también puede desempeñar un
papel totalmente desproporcionado a sus méritos. Por lo tanto, alimentar la
imaginación con todo tipo de imágenes que sirvan para excitar las pasiones en
la naturaleza corporal del hombre es obviamente contra los planes y la
voluntad de Dios. Tales imágenes tienden a hacer que las pasiones se rebelen
contra el mando del intelecto y la voluntad, y a alejar la voluntad misma de la
conformidad con la voluntad de Dios. ¡Eso es pecado! El pecado original y sus
consecuencias en nuestra naturaleza caída nos imponen la obligación de
mantener la imaginación bajo el debido control del intelecto y la voluntad.
La tercera enseñanza de nuestra santa Fe es que esta debilidad de la naturaleza humana, que es el
resultado del pecado original, sólo se puede afrontar por medio de la prudencia y la razón correcta, y
utilizando los abundantes medios de gracias sobrenaturales que nos ha proporcionado nuestro Divino
Salvador. El mundo no usa ninguno de estos medios. La prudencia nos dice que debemos evitar
razonablemente todo lo que tienda a hacer que la imaginación se rebele contra el intelecto y la voluntad, y a
alejar a ambos de Dios. La prudencia, por lo tanto, que ve que la virtud de la pureza es un bien necesario,
también ve que ciertas cosas deben evitarse para ayudar a la voluntad en la búsqueda de ese bien. El mundo
no usa la prudencia en materia de pureza. Proporciona un flujo constante de incentivos a la lujuria, sin
prestar ninguna atención a la conexión íntima y necesaria entre la modestia y la pureza, y de hecho a
menudo niega la existencia del pecado de la impureza en sí. Enfatizando los dictados de la prudencia, Cristo
requiere: “Si tu mano o tu pie te escandaliza, córtalo y arrójalo de ti, porque más te vale entrar manco o cojo
en el Cielo, que tener dos manos o dos pies, y ser echado en el fuego eterno. Y si tu ojo te escandaliza,
arráncalo y arrójalo de ti, porque mejor te es entrar en el Cielo con un solo ojo, que tener dos ojos, e ir al
infierno.” El mundo no escucha esta amonestación de Cristo porque niega la realidad del pecado del
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escándalo, y porque ignora o desprecia los medios sobrenaturales de los Sacramentos y la oración para
preservar la pureza. Estos tres hechos de nuestra santa Fe apuntan a una triple obligación de nuestra parte.
Primero, amar la pureza por sí misma, como obligatoria para todos nosotros, en todas las relaciones públicas
y privadas de nuestra vida, como necesaria para la salvación de nuestras almas inmortales. En segundo
lugar, utilizar la prudencia y el sentido común para protegerla. En tercer lugar, utilizar los medios
sobrenaturales de la oración y los sacramentos para preservarla.
Es muy claro que con esta advertencia de arrojar el ojo que te escandaliza, nuestro Divino Salvador nos
exige sobre todo que nunca consintamos en ningún pecado, ni siquiera internamente, y que con firmeza
alejemos de nosotros cualquier cosa que pueda empañar levemente la hermosa virtud de la pureza. En este
asunto, ninguna diligencia, ninguna severidad puede considerarse exagerada. La huida y la alerta vigilancia,
mediante las cuales evitamos cuidadosamente las ocasiones de pecado, siempre han sido consideradas como
el método de combate más eficaz en esta materia. Además, para preservar la pureza sin mancha, deben
utilizarse también aquellas ayudas que superan por completo los poderes de la
naturaleza, a saber, la oración a Dios, los sacramentos de la Penitencia y la Sagrada
Eucaristía, y una ferviente devoción a la Purísima Madre de Dios y al Santísimo José.
San Juan Bosco decía a sus alumnos: “En los tiempos actuales, es necesario contar
con una modestia a toda prueba y con una castidad firme… Estad seguros de que
cuanto más puras sean vuestras miradas y palabras, tanto más agradaréis a la Virgen
María y mayores gracias os obtendrá Ella de su divino Hijo y Redentor nuestro… Si
queréis, amados jovencitos, ser los verdaderos amigos de Jesús y María, debéis no tan
sólo huir de los escandalosos, sino esforzaros con el buen ejemplo a reparar el gran
mal que éstos hacen a las almas… La pureza debe ser el centro de todas nuestras
acciones… Nunca serás bastante severo en las cosas que ayudan a conservar la
moralidad… La virtud de la pureza es tan preciosa y tan agradable a Dios Nuestro Señor, que jamás ha
dejado sin protección especial en todos los tiempos y circunstancias a los que la practican.” Y San Alfonso
María de Ligorio decía: “Debemos practicar la modestia, no sólo en nuestra apariencia, sino también en
todo nuestro comportamiento, y particularmente en nuestra vestimenta, nuestro caminar, nuestra
conversación y todas las acciones similares… La impureza, es la puerta más ancha al infierno.”
La virtud de la modestia. Esto nos lleva a considerar la virtud de la modestia en lo que respecta a la
virtud de la pureza. La virtud de la modestia, en general, puede describirse como aquella virtud que nos
impulsa a ser decorosos, de buen gusto, correctos y reservados, en la forma en que nos vestimos, nos
paramos, caminamos, nos sentamos, en general, en nuestra forma de comportarnos exteriormente. La virtud
de la modestia se considera particularmente la guardiana de la pureza de pensamiento, palabra y acción.
Santo Tomás dice que la virtud de la modestia es la virtud por la cual regulamos correctamente nuestra
conducta con respecto a aquellas cosas que pueden conducir a pensamientos, deseos y acciones impuros, en
nosotros mismos y en los demás. La modestia en el vestido debe ejercer su influencia sobre aquellos que
quieran ser castos y así ayudará a otros a preservar esta virtud. Con respecto a la vestimenta, la modestia
requiere especialmente dos cosas: primero, cuidar de que uno no dificulte la pureza para sí mismo, o para
los demás, con el propio modo de vestir; y, en segundo lugar, requiere una resistencia prudente pero firme y
valiente a los estilos y costumbres populares o difundidos o adoptados por otros, que sean un peligro para la
pureza. El Papa San Pío XII Magno, en un discurso a un grupo de muchachas en 1940, declaró: “Muchas
mujeres ceden a la tiranía de la moda, aunque sea inmodesta, de tal manera que ni siquiera parecen
sospechar que es impropio. Han perdido el concepto mismo de peligro; han perdido el instinto de modestia.
En general, se puede decir que es inmodesta cualquier forma de vestir que sirve para despertar la lujuria de
los hombres, o que sirva de escándalo, es decir, piedra de tropiezo, para la práctica de la virtud… Debemos
enfatizar en el lenguaje más fuerte posible qué es la enseñanza católica, basada en las palabras clarísimas de
Cristo mismo: que los pensamientos impuros y los deseos libremente satisfechos son pecados graves. Invitar
tales pensamientos y deseos impuros a través de la vestimenta o de los actos, o representada por escritos o
imágenes (literatura, películas, televisión) no puede evitar participar del grave pecado del escándalo y la
cooperación.” Ya en 1928, el Papa San Pío XI Magno intuyó adónde llevaría esta tendencia a descubrir más
y más del cuerpo si no se corregía y, en agosto de 1928, ‘denunció una vez más el peligro de la vestimenta
inmodesta que, por su fascinación seductora, amenaza a tantas almas desprevenidas’ y ordenó una Cruzada
contra las modas inmodestas, especialmente en las escuelas dirigidas por religiosos. La carta que contenía la
orden fue enviada a todos los obispos de Italia. Para llevar a cabo esta orden, el Cardenal-Vicario del Papa
Pío XI, Cardenal Pompili, emitió ciertas Normas de vestimenta, el 24 de septiembre de 1928. Los estándares
tenían que establecerse como normas fijas que no se rebajarían cada año para ajustarse a las modas
disponibles en el mercado. Con respecto a los Estándares de la Iglesia, téngase en cuenta que tan
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recientemente como en todo el siglo diecinueve y principios del siglo veinte, las mujeres usaban sus
vestidos cerca o hasta los tobillos, y sus mangas eran generalmente hasta las muñecas: Ya en la década de
1850, los más conservadores de la sociedad protestaron porque las mujeres habían “perdido el misterio y el
atractivo al deshacerse de sus túnicas sueltas,” cuando el énfasis no estaba tanto en la honestidad y la pureza
como en la sensualidad y la languidez. Durante la década de 1860, las mujeres usaban faldas de aro de largo
completo. En 1870, las faldas todavía eran largas, pero se habían estrechado. Alrededor de 1910, las mujeres
usaban faldas largas y angostas en los tobillos. A partir del año 1917, cuando empieza el Apocalipsis, la
decadencia moral se acelera. En la década de 1920 llegó el estilo ‘flapper’ de las chicas de la moda. Estos
eran vestidos cortos de línea recta, generalmente sin mangas, que terminaban en la rodilla o por encima de
ella. ¡Ese fue el comienzo de la tendencia actual! A partir de ese momento, las modas femeninas han ido
revelando cada vez más el cuerpo. Es cierto que ha habido períodos de moda modesta de vez en cuando,
pero, como dijimos antes, eso no es más que un truco psicológico para acallar las protestas de los que dicen
que va cada vez de mal en peor. No es tanto que los diseñadores de moda tienen que seguir cambiando los
estilos para que la industria de la ropa siga siendo un negocio lucrativo,
sino que es una conspiración diabólica en contra de Cristo y su Iglesia
santa. Luego, el 12 de enero de 1930, el Papa Pío XI mandó emitir una
carta fuertemente redactada sobre la modestia cristiana para todo el
mundo. Sin embargo, hasta el día de hoy, muy pocos católicos han oído
hablar de este documento, y casi nadie parece conocer su contenido,
redactado con seriedad. Las normas específicas emitidas por la Iglesia
fueron pasadas por alto casi por completo por la prensa liberal, para que
así muchos católicos no llegasen a conocerlas y para que nadie diese
importancia a las normas de modestia publicadas entonces. ¿Por qué
este documento importantísimo quedó relegado al olvido? Algo parecido a lo que dijo San Luis María
Grignion sobre su Tratado: “Preveo claramente que muchas bestias rugientes llegan furiosas a destrozar con
sus diabólicos dientes este humilde escrito y a aquel de quien el Espíritu Santo se ha servido para redactarlo,
o sepultar, al menos, estas líneas en las tinieblas o en el silencio de un cofre a fin de que no sea publicado.”
O sea, los enemigos infiltrados en la Iglesia ya estaban trabajando, y los sacerdotes apáticos no se
preocuparon. El liberalismo no veía la necesidad de la Cruzada de la Modestia de los Papas. Seguía
insistiendo en que ‘la costumbre’ determina lo que es modesto y lo que es inmodesto en el atuendo, incluso
cuando estas desvergonzadas costumbres sean introducidas para obtener ganancias por el comercialismo
pagano, o expresamente para llevar almas a la perdición eterna. Las normas de San Pío XI se colocaron
durante años en los vestíbulos de muchas iglesias. ¿Cómo podemos explicar la ignorancia generalizada
sobre este documento? La modestia es una virtud muy impopular en nuestros días, y la tendencia general
parece ser buscar excusas para evadir su práctica. Esto le facilitó al diablo, que cosecha muchas almas por
inmodestia, enterrar el documento en el olvido. A muchos les gusta jactarse de su lealtad al Vicario de
Cristo, y ser muy leales cuando no les cuesta nada. A pesar de todas las advertencias de los Papas, el mundo
persistió en la rebelión masiva contra la modestia cristiana, prefiriendo someterse a la vergonzosa esclavitud
de los dictadores de la moda pagana. Es evidente que, para conseguir la reforma moral del pueblo y
protegerlo de las modas corrompidas, no es suficiente colocar una nota en la puerta, sino que los sacerdotes
tienen que predicar con insistencia y usar su autoridad para imponer el cumplimiento de la Ley de Dios. De
otra manera sucede justamente lo que más ofende a Dios: que conocen las normas y no las cumplen.
Dirigida a todas las personas en autoridad: obispos y otros ordinarios, párrocos, padres, superioras y
maestros en las escuelas, esta carta de 1930 impuso la obligación de combatir las modas inmodestas y de
promover la modestia. Citaremos extractos de esta Carta de la Sagrada Congregación del Concilio, de 1930:
“En virtud del supremo apostolado que ejerce sobre la Iglesia Universal por Divina Voluntad, nuestro
Santísimo Padre el Papa Pío XI nunca ha dejado de condenar enfáticamente la moda inmodesta de vestir
adoptada por las mujeres y niñas católicas, que no sólo ofende la dignidad de la mujer, sino que conduce a
la ruina temporal de las mujeres y las niñas y, lo que es peor, a su ruina eterna, arrastrando miserablemente a
otros en su caída. No es de extrañar, por tanto, que todos los obispos, como es el deber de los ministros de
Cristo, se hayan opuesto unánimemente en sus propias diócesis a tal depravado libertinaje y promiscuidad
de modales, soportando a menudo con fortaleza el escarnio y la burla que se les hace por esta causa. Por
tanto, este sagrado consejo que vela por la disciplina del clero y del pueblo, mientras elogia la acción de los
Obispos, los exhorta de la manera más enfática a perseverar en su actitud y aumentar sus actividades, para
que esta enfermedad malsana sea definitivamente desarraigada de la sociedad humana. Con el fin de
facilitar el efecto deseado, esta Sagrada Congregación, por mandato del Santísimo Padre, ha decretado lo
siguiente: El párroco debe ordenar que el atuendo femenino se base en la modestia, y que el ornamento
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femenino sea una defensa de la virtud. Que también amonesten a los padres para que hagan que sus hijas
dejen de llevar ropa indecorosa.
Los padres, conscientes de sus graves obligaciones para con la educación, especialmente religiosa y
moral, de sus descendientes, inculquen asiduamente en el alma, con la palabra y el ejemplo, el amor a las
virtudes de la modestia y la pureza; y, ya que su familia debe seguir el ejemplo de la Sagrada Familia, deben
gobernar de tal manera que todos sus miembros, criados dentro de los muros del hogar, encuentren razón e
incentivo para amar y conservar la modestia. Que los padres nunca permitan que sus hijas se vistan con
ropas inmodestas.
Las superioras y las maestras no deben recibir en sus colegios y escuelas a niñas vestidas de manera
inmodesta, y ni siquiera deben hacer una excepción en el caso de las madres de los alumnos.
Las religiosas no deben recibir en sus colegios, escuelas, oratorios o recreo, ni, una vez admitidas, tolerar
a las niñas que no estén vestidas con Modestia cristiana; dichas monjas, además, deben hacer todo lo posible
para que el amor a la santa castidad y la modestia cristiana se arraigue profundamente en el corazón de sus
alumnos.
Las doncellas y mujeres vestidas de manera inmodesta deben ser excluidas de la Sagrada Comunión.
Además, si la ofensa es extrema, incluso se les debe prohibir la entrada a la Iglesia.” Recordad la sentencia
contra el convidado a la boda que no estuvo debidamente vestido: “Atadle los pies y las manos, y arrojadle
fuera, en las tinieblas exteriores, en donde será el llorar y el crujir de dientes.”
Fue en la fiesta de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1944, cuando el Padre Bernardo
Kunkel inició la Cruzada de la Pureza de María Inmaculada con la Bendición Episcopal de su Obispo. El
Papa San Pío XII Magno impartió su Bendición Apostólica a esta Cruzada de la Pureza, “y a todos los que
promueven su loable movimiento por la modestia en la vestimenta y el
comportamiento.” Se llamaba la Cruzada ‘Marylike’ o ‘semejante a María’,
porque quería que todos imitasen la pureza y modestia de María Inmaculada,
conforme a las normas estrictas de vestir establecidas por los Papas San Pío
XI y San Pío XII. Dado que la unidad de acción a través de la adopción de un
estándar unificado es necesaria, para que tal movimiento no rompa en las
rocas de opiniones discordantes, tiene que haber una norma clara y universal,
conforme a las enseñanzas del Papa:
“Hay que tener una modestia sin concesiones, en imitación de María, la
Madre de Cristo. Los vestidos tipo mariano tienen mangas largas, y faldas
que llegan por bien debajo de las rodillas, hasta que la feminidad cristiana
vuelva a recurrir a María como modelo de modestia en la vestimenta. Los
vestidos de tipo mariano requieren una cobertura total para el corpiño, el
pecho, los hombros, y la espalda.
Los vestidos de tipo mariano no admiten como modesta cobertura telas
transparentes, cordones, mallas, encajes, medias de nailon, etcétera, a menos que se agregue suficiente
respaldo. Sin embargo, su uso moderado como pasamanería es aceptable. Los vestidos de tipo mariano
ocultan más que revelan la figura del usuario; no enfatizan, indebidamente, partes del cuerpo, pues brindan
una cobertura total, incluso después de que se quita la chaqueta, la capa o el abrigo.
Las ropas a ejemplo de María están diseñadas para ocultar la mayor parte del cuerpo posible. Esto elimina
automáticamente las modas tales como faldas que sólo llegan hasta las rodillas, blusas transparentes y vestidos
sin mangas, y cualquier otra ropa escandalosa. Uno no puede menos que preguntarse si los católicos que se
visten de manera inmodesta o inapropiada, no han perdido la fe en la omnipresencia de Dios.
La imitación del ejemplo de María es una guía para inculcar un sentido de modestia. Una chica que sigue
este ejemplo, y admira a María como su ideal y modelo, no tendrá ningún problema con la modestia en la
vestimenta. Ella no será motivo de pecado ni fuente de vergüenza y pecado para los demás.”
Los hijos de María se reconocen porque imitan a su Madre. Así se puede ver dónde está la Iglesia, que es
santa en muchos de sus miembros. Para que llegue el triunfo de María Santísima, fue necesaria la
consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, porque Rusia había extendido sus errores por el mundo
entero. Así también es necesario, antes que nada, que se imponga la modestia en el vestir, porque las modas
indecentes fueron la raíz de la corrupción de costumbres que hoy reina en el mundo.
Nuestra Señora de Fátima dijo: “Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará
Rusia que se convertirá y será concedido al mundo algún tiempo de paz.” Rusia se convertirá; pero ¿qué
pasará con los antiguos países católicos que ahora están en la apostasía? El Señor dijo a Sor María de la
Natividad: “Mi gracia y mis luces son quitadas a aquel que abusa, para pasar a aquel que se hace más digno,
y, por la misma sustitución, mi religión pasa de una nación a otra.” Recordad como la aparición de la
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Santísima Virgen María de Guadalupe, que sirvió para convertir un nuevo continente, sucedió justamente a
tiempo para sustituir a las naciones de Europa que se perdieron al protestantismo, y así se cumplió lo de la
parábola de los invitados a la boda, y fue llamado a la Iglesia un pueblo que, sólo una década antes, todavía
se dedicaba a la idolatría y sacrificios rituales de humanos. Los que quieran salvarse tienen que poner de su
parte y, para empezar, vestirse como Dios manda.
El Papa San Pío XII Magno afirmó que la moda era la causa de la vestimenta inmodesta, y que la
vestimenta agradable, pero modesta, para las mujeres todavía era alcanzable. El Papa añadió: “La
desafortunada manía por la moda hace que incluso las mujeres honorables olviden todo sentimiento de
dignidad y modestia. Es posible vestirse con decoro de dama sin imitar la severidad monástica.” En un
discurso a la Unión Latina de Alta Costura el 8 de noviembre de 1957, el Papa San Pío XII Magno refutó
ciertos sofismos y declaró: “El más insidioso de los sofismas que normalmente se repiten para justificar la
falta de modestia, parece ser el mismo en todas partes. Uno de ellos resucita el antiguo dicho de que ‘no
haya discusión sobre las cosas a las que estamos acostumbrados,’ para tildar de ‘anticuada’ a la gente
honesta que se rebela contra las modas demasiado atrevidas. Esta falacia consiste en la noción implícita de
que el pecado cesa de ser pecado cuando uno se acostumbra. ¡Imagínese cuántos tipos de pecado se podrían
blanquear de esta manera! El hecho es que el hombre puede, por así decirlo, ‘acostumbrarse’ a casi
cualquier práctica pecaminosa que pueda mencionarse, como promiscuidad, fraude, engaño, mentira,
etcétera, pero eso no lo hace menos ofensivo para Dios o menos merecedor del castigo divino. Es algo
común que alguien así diga, aunque en realidad se autocondena: ‘No me molesta en absoluto; no veo nada
malo en eso.’ Y él tiene razón: que no ve nada malo en eso; pero esto no es un cumplido para él. Se ha
vuelto moral y espiritualmente ciego a causa de los repetidos pecados. ¡Su conciencia está muerta! Siempre
existe una norma absoluta que debe preservarse, por amplia y cambiante que la moralidad relativa de los
estilos pueda ser. El estilo nunca puede causar una ocasión próxima al pecado, y la ropa debe ser un escudo
contra la sensualidad desordenada. Otro sofisma que proponen los enemigos de la virtud es: ‘Debe de tener
una mente sucia si los estilos actuales son una tentación para él.’ El que tiene una mayor sensibilidad y
advertencia contra las trampas del mal, lejos de ser motivo de crítica a quienes lo poseen como si fuera sólo
un signo de depravación interior, es por el contrario la marca de un alma recta y de vigilancia sobre las
pasiones. La cuidadosa vigilancia de los ojos para que no vean la inmodestia, es más bien la marca de una
mente limpia. Una mente sucia no ve tentaciones en vestidos inmodestos. La suciedad ya está en esa mente
que no ve la necesidad de cerrar las persianas de los ojos, así como un ama de casa desordenada no se ve
afectada por los zapatos sucios que entran en su casa sucia.”
La vestimenta, tanto para hombres como para mujeres, ha cambiado drásticamente durante los últimos
cien años. Mucho de lo que se usa hoy en día está hecho para exponer en lugar de ocultar el cuerpo humano.
Durante siglos, los cristianos han aplicado la virtud de la modestia a la vestimenta con el fin de juzgar lo que
es apropiado. La tradición católica nos ha dado una valiosa definición de la modestia, que es la virtud que
regula las propias acciones y costumbres exteriores en materia sensual. La modestia es uno de los Doce
Frutos del Espíritu Santo, que son perfecciones que el Espíritu Santo forma en nosotros como primicias de
la gloria eterna: Caridad, gozo espiritual, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, fidelidad,
mansedumbre, modestia, continencia y castidad. Vestirse con
modestia es evitar provocar deliberadamente excitación sensual en
uno mismo o en el prójimo. Quien se viste con modestia evita la
ropa que se sabe o se espera razonablemente que produzca
excitación sensual en uno mismo o en los demás. La modestia es
obligatoria para todos, varones y varonas.
El Papa San Pío XII Magno (1939-1958), en armonía con el
Magisterio y los autores espirituales ortodoxos, abordó la
necesidad de cultivar la modestia: “El bien de nuestra alma es más
importante que el bien de nuestro cuerpo; y tenemos que preferir
el bienestar espiritual de nuestro prójimo a nuestras comodidades corporales. Si cierto tipo de vestimenta
constituye una ocasión grave y próxima de pecado y pone en peligro la salvación de tu alma y la de otros, es
tu deber renunciar a ella. Oh madres cristianas, si supierais qué futuro de ansiedades y peligros, de
vergüenza descuidada, preparáis para vuestros hijos e hijas, acostumbrándolos imprudentemente a vivir con
poca ropa y haciéndoles perder el sentido de la modestia, os avergonzaríais de vosotras mismas y temeríais
el daño que os hacéis a vosotras mismas, y el daño que les estáis causando a estos niños, que el Cielo os ha
confiado para que los eduquéis como cristianos. Chicas cristianas, pensad también en esto: mucho más
elegantes seréis, y más agradables, si os vestís con sencillez y discreta modestia.” En 1956, San Pío XII

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reafirmó la autoridad del Papa, y afirmó que los estándares de modestia establecidos por la Santa Sede eran
obligatorios para todos, independientemente de cualquier opinión contraria de los teólogos individuales.
En 1957, el Papa San Pío XII presentó los principios todavía válidos de la modestia en la vestimenta: La
ropa cumple tres requisitos necesarios: higiene, decencia y adorno. Estos están tan profundamente
arraigados en la naturaleza que no pueden ser rechazados o contradichos sin provocar hostilidad y
prejuicios. La higiene se relaciona principalmente con el clima, sus variaciones y otros factores externos
como el malestar o la enfermedad. La decencia implica la debida consideración de la sensibilidad de los
demás a los objetos antiestéticos o, sobre todo, como defensa de la honestidad moral y escudo contra la
sensualidad desordenada. El adorno es legítimo y responde a la necesidad innata, más sentida por la mujer,
de realzar la belleza y dignidad de la persona con los mismos medios que son adecuados para satisfacer los
otros dos propósitos. La moda ha alcanzado una importancia indiscutible en la vida pública, ya sea como
expresión estética de las costumbres, o como una interpretación de la demanda pública y un punto focal de
intereses económicos sustanciales.
La rapidez del cambio de estilos se ve estimulada aún más por una especie de competencia silenciosa, no
realmente nueva, entre la elite que quiere afirmar su propia personalidad con
formas originales de indumentaria, y el público que inmediatamente las
convierte a su propio uso con más o menos buenas imitaciones.
El Pontífice resaltó entonces la dificultad con la moda. El problema de la
moda consiste en la conciliación armoniosa de la ornamentación exterior de
una persona con el interior de un espíritu tranquilo y modesto. Al igual que
otros objetos materiales, la moda puede convertirse en un apego indebido,
incluso quizás en una adicción, para algunas personas. La Iglesia no censura
ni condena los estilos cuando están destinados al correcto decoro y
ornamentación del cuerpo, pero nunca deja de advertir a los fieles que no se
dejen engañar fácilmente por ellos. El cuerpo humano es la culminación de
la obra de Dios en el mundo visible; Jesús elevó el cuerpo humano al rango de templo e instrumento del
Espíritu Santo, y como tal debe ser respetado. Ciertas modas y estilos crean confusión en las mentes bien
ordenadas e incluso pueden ser un incentivo para maldad. Es perfectamente posible explicar cuándo se han
violado los límites de la decencia normal: el sentido de la decencia hace sonar una alarma en las conciencias
sanas cuando existe la inmodestia, la seducción, la lujuria, el lujo indignante o la idolatría de la materia.
Lo que dijo el Santo Padre en 1957 sigue siendo válido: no importa lo amplio y cambiante que sea el
aprecio de los estilos, siempre hay una norma absoluta que se debe mantener después de haber escuchado la
amonestación de la conciencia advirtiendo contra el peligro inminente; el estilo nunca debe ser una ocasión
próxima de pecado. Quienes diseñan, promueven y venden modas tienen una responsabilidad considerable. Si
alguien inculca intencionadamente ideas y sensaciones impías, eso es una técnica de malicia disfrazada. Para
que se restaure la decencia en la vestimenta, la intención de quienes diseñan las modas y quienes las usan debe
ser recta. En ambos debe haber un despertar de la conciencia sobre su responsabilidad por las trágicas
consecuencias que podrían resultar de la ropa demasiado atrevida, especialmente si se usa en público.
Claramente, la inmoralidad de los estilos corresponde en gran parte a los excesos de inmodestia o de lujo.
¿Cómo se juzga la falta de modestia? La prenda no debe ser evaluada según la estimación de una
sociedad decadente o ya corrupta, sino según las aspiraciones de una sociedad que valora la dignidad y
seriedad de su vestimenta pública. El lujo desenfrenado es también un exceso. Si el uso de las riquezas,
incluso las obtenidas moralmente, no se modera, entonces o se levantarán barreras espantosas entre clases, o
la sociedad entera quedará a la deriva, agotada por la carrera hacia una utopía de felicidad material. El Papa
San Pío XI, con su acostumbrada clarividencia, dijo: “Se podría decir que la sociedad habla a través de la
ropa que lleva. A través de su ropa, revela sus aspiraciones secretas y la utiliza, al menos en parte, para
construir o destruir su futuro.”
Consideremos bien los siguientes tres puntos sobre la modestia en la vestimenta.
La influencia de los estilos. Hay un lenguaje de la ropa que comunica ciertos mensajes, incluso los
destructivos. Aquel que con conocimiento y deliberación suele vestirse de manera provocativa para atraer a
otro a la impureza, comete un pecado mortal. Las almas de ambos están heridas. Jesús exigió pureza en
miradas, pensamientos, deseos y acciones y advirtió contra dar escándalo.
La importancia de la vigilancia. Los diseñadores de moda, críticos y consumidores deben recordar que el
estilo debe ser dirigido y vigilado en lugar de ser abandonado al capricho y puesto al servicio del demonio.
Aquellos que hacen estilo, no pueden permitir que la locura dicte, cuando esa tendencia en particular va en
contra de la razón correcta y la moral establecida. Los consumidores deben recordar que su dignidad les

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exige que, con conciencia libre e iluminada, se liberen de la imposición de gustos predeterminados,
especialmente gustos discutibles por motivos morales.
La moderación es necesaria. El respeto por una medida estándar es la moderación. Proporciona un patrón
para regular, a toda costa, el afán por el lujo, la ambición y el capricho. El Papa San Pío XII instó: “Los
estilistas, y especialmente los diseñadores, deben dejarse guiar por la moderación en el diseño del corte o
línea de una prenda y en la selección de su ornamentación, convencidos de que la sobriedad es la mejor
cualidad del arte.” Cuando la decencia cristiana está presente, entonces el vestido es el digno adorno de la
persona con cuya belleza se mezcla como en un solo triunfo de admirable dignidad.
No es necesario llevar ropa popular de hace décadas para ser modesto; sin embargo, hay normas que son
tan básicas que transgredirlas, independientemente de la época y de la buena intención o la ignorancia de
uno, es ofender la decencia. La ropa compuesta de material transparente no es modesta debido a su obvia
intención de exponer varias partes del cuerpo que necesitan cobertura.
Los hombres y los chicos no sólo tienen la responsabilidad de vestirse con modestia, sino que también
deben alentar en todo lo que puedan a las mujeres y chicas que conocen a vestirse con modestia, evitando
incluso a las que no lo hacen cuando ellos mismos se ven tentados a pecar, precisamente por esa ropa
inmodesta. Pero hay que reconocer que generalmente la vista de cuerpos
descubiertos, aunque sea parcialmente, de mujeres y niñas, ha inspirado
la lujuria y los malos deseos más que los cuerpos de hombres y niños.
Dios ha dignificado el cuerpo humano, mas la vestimenta inmodesta no
contribuye a la promoción de la persona humana ni al establecimiento
del Reino de Cristo.
La modestia practicada por Jesús, María, José y los santos es
alcanzable y necesaria para nosotros. Recordemos un ejemplo de esta
modestia sorprendente: A principios del siglo III, las santas mártires
Perpetua y Felicidad, jóvenes madres, fueron expuestas en el anfiteatro
de Cartago a la furia de una vaca muy brava. La primera en ser embestida y lanzada en alto fue Santa
Perpetua, y cayó de espaldas; pero apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se esmeró
en cubrirse las piernas, acordándose antes del pudor que del dolor. Acometida de nuevo con más violencia
por la vaca, se levantó en pie, y viendo a Santa Felicidad sumamente magullada, le dio la mano y la levantó
de tierra. Como el pueblo se manifestó conmovido, ambas santas fueron conducidas en medio del anfiteatro,
y allí fueron acuchilladas por los gladiadores; y así volaron con los demás mártires a poseer el paraíso.
Gestos como estos dejaban asombrados a los paganos. En la literatura de los Padres de la Iglesia hay
testimonios frecuentes de este asombro que en los paganos causaba el pudor de las mujeres cristianas, y la
admiración que en muchos casos suscitaba la belleza de la castidad. No parece excesivo afirmar que el
testimonio cristiano de la castidad y del pudor fue una de las causas más eficaces de la evangelización del
mundo grecorromano, que en gran medida ignoraba esas virtudes.
Tenemos también el ejemplo de la virgen mártir Santa Inés. Cuando tenía doce
años, el pretor de Roma le ordenó que renegase de la fe cristiana y adorase a una
diosa pagana. Y como ella se negase rotundamente a hacerlo, para presionarla, la
amenazó con llevarla a un burdel. Santa Inés no se turbó y dijo: “Haz lo que
quieras, pero te aviso que Cristo no abandona a los suyos. Él está con los que aman
la pureza y no me dejará sin socorro. Él, como Divino Esposo mío, no consentirá
en modo alguno que el tesoro de mi santa virginidad sea profanado. Hundirás en
mi seno el hierro impío, pero no mancharás mi alma con el pecado.” Fue llevada a
una de las casas malas que había, en donde fue despojada de sus ropas para ser
sometida al escarnio y pública vejación. Pero ninguno llegó a ver el cuerpo
desnudo de la santa virgen Inés, ya que milagrosamente su cabellera creció hasta
cubrirlo totalmente, como el vellón propio de la Heroica Cordera de la Pureza. El
hijo del pretor, que intentó acercarse a ella con fines deshonestos, cayó muerto,
abrasado por el fuego que emanaba de los cabellos de la santa. Ante tan insólito y
pavoroso suceso, el juez desistió momentáneamente de su propósito de dar muerte a la virginal doncella, la
cual milagrosamente volvió a quedar vestida con sus propias ropas. Interrogada de nuevo, Santa Inés rehusó
renunciar de la fe cristiana so pena de ser quemada viva, por lo que fue echada en una hoguera, y muchos
pudieron presenciar cómo las llamas respetaron su vida tras hacer ella el signo de la cruz en medio del
fuego. Convencido el juez de que sería inútil doblegar la voluntad de la cristiana, mandó cortar la cabeza de
la joven mártir, el 21 de enero del año 302.

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Tras el llamado a la modestia en la moda por los obispos de Irlanda en 1919, las mujeres irlandesas
iniciaron una liga para un vestido modesto. Declararon la guerra al ‘gladneck’ o ‘cuello alegre’ que es un
cuello abierto que no llega a cubrir totalmente hasta el cuello por delante. Establecieron la ‘Liga de Santa
Brígida,’ con la cálida aprobación de las autoridades de la Iglesia, para combatir las modas inmodestas. Los
conventos y los internados se constituyeron en la sede de esa nueva liga, y miles de misioneras jóvenes
anualmente continuaron la lucha en sus distritos de origen. Todos los miembros de la liga debían firmar el
siguiente compromiso: “Para la gloria de Dios y el honor de Irlanda, prometo evitar en mi propia persona
toda impropiedad en la manera de vestir, y mantener y transmitir la pureza y la modestia tradicionales y
proverbiales de la feminidad irlandesa.” Hicieron todo eso para combatir una mínima infracción contra la
modestia, equivalente a desabrocharse el cuello. Actuaron como el niño del cuento, que mantuvo su dedo en
el agujero del dique en Holanda, en el intento de parar el mal en el primer momento y evitar que se inundara
el mundo entero en un diluvio de corrupción. Lástima que la liga no se extendió lo suficiente.
¿Qué es la modestia católica? En pocas palabras, la modestia católica es ser puro en pensamiento,
palabra, obra y acción. Esto incluye abstenerse de blasfemia o difamación o chismes, ser prudente, no mirar
películas obscenas, evitar escuchar música obscena, practicar la custodia de los ojos, vestirse para la ocasión
y vestirse con modestia. Esto incluye tanto a mujeres como a hombres.
Los ojos de Santo Domingo Savio, muchacho inteligente y sensible, eran muy vivaces. Sentía
naturalmente una gran curiosidad de verlo todo y conocerlo. Sin embargo, a costa de muchos esfuerzos,
Domingo miraba solamente lo que quería mirar. El resto era como si no existiese para él. Al principio, este
ejercicio le costó mucho trabajo: hasta llegó a tener dolor de cabeza. Pero lo alcanzó. Seguramente que
muchos chicos de hoy ni siquiera entienden la importancia de semejante mortificación. Más de uno dirá que
es una exageración tonta, digna de compasión y hasta de desprecio. Pero un gran educador se vio obligado a
exclamar: “Sé muy bien que el mundo se ríe de esta mortificación de los ojos; pero sé también que los
jóvenes que no la practican difícilmente pueden mantenerse puros.” Domingo Savio lo sabía muy bien, y
decía: “Los ojos son las ventanas del alma. A través de las ventanas pasa lo que se deja pasar. Nosotros
podemos dejar pasar por estas ventanas lo mismo un ángel que un demonio, y dejar que el uno o el otro se
enseñoree de nuestro corazón.”
En 1880 el ilustre sacerdote alemán Padre Wilhelm Cramer escribió los siguientes párrafos para orientar
la madre cristiana en la educación de sus hijos:
“¡La gran importancia de la modestia! ¿Qué espíritu se nutre de ropa extravagante? Ciertamente no es un
espíritu cristiano. ¡Qué poca consideración se presta a menudo a la delicada y cristiana modestia y pureza!
¡Oh, madres cristianas, no actuéis tan cruelmente con vuestros hijos! ¡No alimentéis tan deliberadamente la
vanidad que les llevará a la ruina! Observad cierta modestia y moderación en la manera de vestir a vuestros
hijos, sin descuidar las exigencias de vuestro estado de vida. Acostumbrad pronto a vuestros hijos a saber
que el verdadero y más bello adorno de una persona consiste en la posesión de un corazón puro, sin pecado,
enriquecido con virtudes cristianas. ¡Ay de vosotras, si vosotras mismas practicáis la vanidad junto con
vuestros hijos, adornándolos desmesuradamente para hacerlos eclipsar a los demás! ¿No estáis poniendo en
peligro el verdadero bienestar de vuestros hijos para satisfacer vuestra propia vanidad? ¿No estáis causando
daño a las almas de vuestros hijos, algo así como esas madres paganas que
arrojaban a sus hijos, sacrificándolos, a los brazos al rojo vivo de los ídolos?
La madre cristiana insiste también en la modestia y la decencia en la
vestimenta. No es cuestión de moda; los vestidos inmodestos nunca son
permitidos por una madre concienzuda. Hablamos aquí de esa mala costumbre,
que se encuentra en muchas casas, de aparecer ante los demás, por ejemplo, por
la mañana después de levantarse, o en verano cuando hace calor, o en
determinadas tareas, sin estar lo suficientemente cubierto. En esto la decencia y
las buenas costumbres se violan indudablemente. Las madres deben insistir en
que sus hijos nunca abandonen el dormitorio sin al menos estar vestidos de tal
manera que la decencia y la modestia no se resientan; para que no tengan una
buena razón para sonrojarse cuando los ven extraños. ¡Cuánto es de lamentar ver
a los niños por la mañana casi medio desnudos, e incluso fuera de casa! Si esto es peligroso para su salud, lo
es mucho más para la fragilidad de su modestia, que es de tanta importancia, pero que con tal tratamiento
poco a poco desaparecerá. Así también, en verano, la comodidad o la conveniencia nunca pueden ser una
razón suficiente para que una madre permita que sus hijos se quiten la ropa de una manera que pueda ser
perjudicial para la decencia. Es muy deseable que las damas aparezcan por la mañana tal como deseen
vestirse durante el día. Si esto no fuera posible, al menos deberían aparecer vestidas para no avergonzarse de
ser vistas por personas fuera de la casa. Tampoco el pretexto de una mayor comodidad o facilidad puede
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otorgar ningún derecho a presentarse ante otros con un vestido que no está de acuerdo con los requisitos de
la santa modestia. Son cosas que sin duda merecen ser consideradas en muchas casas; el desprecio y la
indiferencia a estos detalles son seguidos por muchas tristes caídas.
Pero, además, qué poco respeto y cuidado se le da a la modestia en muchos hogares; ¡Cuántas cosas se
hacen y se permiten por las que la modestia se empaña! No nos atreveríamos a hablar de esto si no
estuviéramos seguros de que la importancia del asunto nos da derecho a hacerlo. Entonces, por ejemplo, es
incorrecto que una madre permita a sus hijos el descubrirse indecentemente cuando están sentados,
acostados o jugando. Es posible que los niños no tengan malos pensamientos al hacerlo, pero el sentido de
la modestia siempre se verá afectado. ¡Qué gran falta de vergüenza se ve a menudo entre las personas
mayores, incluso entre padres y madres, con respecto a tales asuntos! Es simplemente incomprensible;
muestra cuánto se ha embotado en ellos el sentido de la modestia. Pero en verdad, Dios ha plantado este
sentido de modestia en el corazón del hombre para que pueda ser fomentado y fortalecido, y sea, por así
decirlo, una barrera contra las inundaciones de impureza, un muro de defensa de la inocencia contra todo lo
que pueda ponerlo en peligro y dañarlo. Si este muro ha sido derribado, si esta barrera ha sido barrida, si
este sentimiento de vergüenza ha desaparecido del corazón del hombre, quedará abierto al espíritu de
impureza y a todos los vicios que lo acompañan; entonces el corazón estará maduro para cada pecado y, si
se presenta la ocasión, ciertamente caerá. Por lo tanto, es de la mayor importancia que este sentido de santa
vergüenza o recato se conserve intacto en los niños; que se fomente con todos los cuidados posibles; que se
mantenga vivo, y que se evite en la casa todo lo que pueda ponerlo en peligro.
Quiera Dios que lo que se ha dicho sea recibido en todas partes y atendido con el debido respeto, para
que la santa modestia, la inocencia y la castidad encuentren en las familias cristianas un lugar de refugio y,
en el caso de la madre, una bondadosa protección. Ahora cuando más reina el espíritu de impureza y cuando
amenaza con destruir toda vida santa y toda felicidad real en la tierra, ¡más debe reinar la santa disciplina en
nuestros hogares! Entonces, con la ayuda de Dios, se comprobará que en tal casa habita una generación
casta; padres castos y honestos, hijos inocentes y sirvientes modestos; y de esas familias también se
verificará lo que ha dicho el Espíritu Santo: ‘¡Oh qué hermosa y resplandeciente es la generación de los que
aman la castidad! Sus frutos son beneficiosos y dulces para comer, ya que brotan de árboles floridos por el
ejercicio de la virtud de la pureza. La memoria de los castos es inmortal, ya que es reconocida su virtud
delante de Dios y de los hombres. Pues, mientras están en la Tierra, son modelo de imitación; y cuando han
muerto son recordados con admiración. En el Cielo serán galardonados eternamente con la corona del
triunfo, que conlleva el premio a su continua lucha en la Tierra por conservar la castidad. La Gracia de ver a
Dios está reservada para aquellos que son limpios de corazón. ¡Oh qué vil y repugnante es la generación de
los que aman la lujuria! Sus frutos son nocivos y amargos para comer, ya que brotan de árboles corrompidos
por el desenfreno de la lascivia. El Señor abominará a los lujuriosos obstinados; ya que, si no se convierten,
morirán sin honor y estarán con eterna infamia entre los demás réprobos; porque Dios quebrantará las
pasiones desordenadas de ellos, les reducirá al silencio y a la extrema
desolación, y perecerá para siempre su memoria. Sus liviandades se levantarán
contra ellos para acusarles y atormentarles sin fin.’ (Sabiduría).”
Aun en esta vida la desvergüenza es fuente de desgracias. Es preciso que las
mujeres vuelvan a la modestia y descubran esta virtud perdida. Las mujeres se
sienten desdichadas; las masas aburridas y desensibilizadas de mujeres deben
usar su intuición femenina para encontrar una salida al desierto emocional
creado por la revolución moral. El feminismo salió terriblemente mal y está
provocando un desastre, incluso en el plano natural, en la vida de las mujeres
jóvenes, que reprimen su deseo natural de romance y niegan su necesidad de
tener familia e hijos. Muchas de las ideas de las feministas son responsables de
la infelicidad de la vida femenina y está haciendo un desastre en la vida de las
mujeres jóvenes. Las mujeres se han convertido en las que más odian a las
mujeres del mundo, habiendo aprendido a evitar todo lo femenino. Es preciso
que las mujeres vuelvan a ser mujeres, y que vean la profunda perversidad del
proyecto andrógino de las últimas décadas que exige la masculinidad de las mujeres y una disminución de la
masculinidad entre los hombres, pero se niega a tolerar la feminidad en las mujeres. Es cualquier cosa
menos una liberación de los viejos grilletes; en cambio, es una supresión de la feminidad, un asalto directo a
la tan publicitada bendición de la diversidad. En lugar de suprimir la feminidad, toda mujer que quiera
volver a ser ella misma necesita hacer un cambio que permita e incluso fomente las diferencias naturales y
complementarias frente a los hombres. La solución es volver a la modestia, la virtud tan difamada que fue
abandonada hace años. Que exploren el concepto rico en matices de la modestia. Se necesita un arreglo
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social en el que los hombres son hombres, las mujeres son mujeres, y ambos obtienen el máximo beneficio
de ello. El cuerpo no es un objeto apropiado de exhibición pública; hasta las feministas han tenido razón al
repetirlo, y deberían seguir adelante con la consecuencia natural: la modestia. La verdadera belleza de una
mujer está en su alma y en su corazón, en su piedad, devoción y amor por Cristo crucificado. Muy pocos
hombres entienden esto, pero aún menos mujeres lo entienden. Por otro lado, los enemigos de Dios saben
que una sociedad de buenos padres y de hombres valientes nunca les hubiera permitido imponer la
corrupción actual. Por eso subvirtieron la masculinidad, porque un hombre varonil lucha para preservar y
proteger a su familia.
La modestia es una cualidad inherente a las niñas; es su infinita capacidad de vergüenza, por sonrojarse,
por timidez, por rechazar los elogios. El hecho es, que la modestia es tan natural que tiene que ser destruida
deliberadamente a partir de niñas criadas por adultos perversos, mediante las tácticas degradantes de la
educación sexual, que fomenta la lujuria y la sodomía, y mediante la televisión y la esclavitud de la moda.
Sin embargo, las niñas sin pudor no son gatitos alegremente liberados; son mujeres que no tienen idea de
cómo proteger su propia feminidad innegable. La destrucción de la modestia es un proyecto odioso: es
precisamente negar la vulnerabilidad especial de una mujer y despojarla de su forma natural de
compensarla, lo que destruye la verdadera feminidad. La modestia es la defensa natural de la mujer cuando
es respetada por la sociedad. De hecho, los tipos feministas gruñones se sorprenderán al saber que alguna
vez sirvió como el gran factor de equilibrio, de nivelación entre hombres y mujeres, y no como la columna
vertebral de la dominación. El recato las salvaba de un sinfín de problemas, cuando aprendían desde el
principio a ejercer cierta moderación. La modestia les dio a las mujeres el derecho a apartarse de los
hombres con intenciones deshonrosas y, a su vez, obligaba a los hombres a hacerse dignos de las mujeres
que deseaban. La verdadera modestia toma sabiamente en cuenta las diferencias ineludibles entre hombres y
mujeres para protegerlos a ambos. Alentada a actuar inmodestamente, en contraste, una mujer expone su
vulnerabilidad y luego se convierte, de hecho, en la más débil. En ese caso, las mujeres son victimizadas
mientras que los hombres se convierten en depredadores, como demuestra nuestro desastroso estado actual
de guerras de género. En pocas palabras, la modestia saca lo mejor de todos. Las mujeres modestas viven de
alguna manera que hace que la feminidad sea más una cualidad trascendente e implícita que una cualidad
cruda y explícita. La feminidad realzada por la modestia se vuelve más sagrada, atractiva y venerable. A su
vez, esto tiene implicaciones serias y positivas para el personaje masculino. La modestia femenina provoca
una respuesta recíproca de los hombres, incitándolos a convertirse en caballeros, comportarse
honorablemente y desarrollar las virtudes varoniles que merecen el cuerpo y el alma de una mujer,
especialmente la castidad, la protección y la gentileza. De ahí la conexión muy sensible entre la modestia
femenina como virtud social y la modestia como virtud religiosa. En última instancia, la modestia es más
atractiva que el libertinaje. Aquí está en juego algo más de lo que parece a simple vista. Hay que recuperar
las reglas porque, con ellas, lo rebelde, lo escandaloso, lo excitante y lo erótico desaparecen en el aire. Ha
habido algunas heroínas y héroes modestos, por supuesto, que han mantenido los ideales de castidad incluso
a través de la revolución moral, pero eso ya no es suficiente, porque la extensión de la inmodestia y de la
inmoralidad es tal que pocas mujeres tienen la fuerza o incluso la gracia para combatirlo. Y entonces la
respuesta es convertirse en contrarrevolucionaria, reinstaurar el cartel de la virtud entre las mujeres. Esa es
la única manera de traer al caballero de vuelta a la escena en la sociedad, cuando sólo a través del honor, la
decencia y el compromiso con el amor eterno los hombres pueden ganarse el derecho a compartir la vida de
una mujer. Llámelo injusto, pero la iniciativa pertenece una vez más a las mujeres. No se hagan ilusiones: si
las mujeres quieren que los hombres sean buenos, ellas también deben querer serlo.
Diferentes son el hombre y la mujer; diferentes son sus
pensamientos, diferentes sus deseos, diferentes sus
inclinaciones y formas de sentir, tienen cualidades diferentes
pero complementarias, para que los cónyuges se completen
cuando se unan en matrimonio. Cada género tiene sus puntos
fuertes, y tiene sus debilidades. Según el admirable plan de
Dios, el esposo debe ayudar a su esposa a superar estas
debilidades para que todos los tesoros de su feminidad
florezcan por completo, y viceversa. Cuántos hombres se
vuelven verdaderamente ‘ellos mismos’ gracias al amor de sus
esposas. Cuántas esposas son transformadas por la fuerza y el
coraje de su esposo. ¿Por qué tienen la llave? Porque su influencia sobre los hombres es enorme cuando
realmente comprenden su función y misión. Por eso, antiguamente se escuchaba a muchos sacerdotes decir
que debían su vocación a su abuela o madre.
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La Modestia de la Santísima Virgen María obliga a que la vestimenta femenina de las hijas de la Iglesia
sea casta y refleje reverencia hacia Dios. La forma de vestir no debe ser un obstáculo para los demás. La
cuestión de llevar ropa modesta no debería ser: ¿Es esto lo suficientemente modesto? Eso es similar a
preguntar: Cuando se trata de modestia, ¿qué puedo hacer antes de que se me considere inmodesta? Esta
mentalidad empuja los límites de la libertad, porque es como preguntar: ¿Qué tan cerca puedo llegar al
fuego sin quemarme o quemar a otra persona? Por otro lado, siempre debemos tener en cuenta el bien de los
demás. En lugar de hacer tales preguntas, debéis enseñar a vuestras hijas a preguntar: ¿Cómo respeta este
atuendo la conciencia de mis hermanos cristianos? o ¿Cómo refleja este vestido mi compromiso con la
castidad también en el matrimonio? Siguiendo estos dos principios bíblicos de ropa distintiva de género y el
mejor interés de otros, podemos asumir con seguridad que algunas prendas de vestir claramente no deben
usarse. Debe evitarse cualquier prenda de vestir que envíe un mensaje incorrecto a los demás.
Sé un ejemplo. Es importante que vuestras hijas tengan un ejemplo de modestia. Madres, esta tarea recae
principalmente en vosotras. Uno de los efectos devastadores de la cultura contemporánea es que muchas
madres están atrapadas en la red de la inmodestia. Las mentiras que han tragado vuestras hijas también han
afectado a las madres; pero las madres tienen una maravillosa oportunidad de transmitirles a sus hijas el
gozo de someterse a Dios en cada área de su vida. Tienen la tarea encomendada por Dios de enseñar a sus
hijas el valor de la modestia, la belleza de la pureza y el gozo de glorificar a Dios en cada faceta de su vida.
Tus hijas te están mirando. Están examinando lo que llevas puesto. Están siguiendo tu ejemplo. Padres,
vosotros también debéis ser un ejemplo. Tus hijas te miran para saber cómo se supone que reacciona un
caballero ante su ropa. Si pasas por alto lo que viste tu hija sin darte cuenta, sin elogio o sin amonestación si
es necesario, ella irá a otra parte para satisfacer estas necesidades. Tus hijas también observarán la forma en
que respetas a tu esposa. Si no muestras tu gratitud y haces saber a tus hijos que aprecias sus virtudes, ellos
se darán cuenta. Padres, tenéis la oportunidad de ser una voz importante de afirmación en la vida de vuestras
hijas mucho antes de que aparezca cualquier pretendiente. También tienes la oportunidad de mostrar cómo
valoras la ropa modesta de tu esposa y aprecias su carácter interior. La forma en que trates a tu esposa y a
otras mujeres tendrá una gran influencia en tus hijas.
La belleza a menudo se define erróneamente; vivimos en una cultura que ha torcido su significado.
Debemos encontrar la fuente y la definición de la belleza considerando cómo Dios ve la belleza. Cuanto
más te pareces a María Santísima, más reflejas su belleza y más agradas a Dios. Cuando alentáis a vuestros
hijos e hijas a vestirse con modestia, les estáis pidiendo que encuentren la verdadera belleza en María
Santísima y que no sean esclavizados por perversiones culturales de belleza y hermosura. Estáis llevando a
vuestros hijos a la tarea encomendada por Dios de glorificarlo en todos los sentidos. Necesitáis ser ejemplos
y animar a vuestros niños mientras esta guerra se libra dentro de ellos.
Lo que antes se había considerado inaceptable y peligroso, ahora no solo se acepta, sino que ya es de uso
habitual en el mundo. ¡No es de extrañar que algunas personas tengan grandes dificultades en esta área! Es
una batalla para todos, protegerse del ataque de nuestra sociedad enloquecida por las obscenidades, y
muchos de nuestros niños no están siendo entrenados de manera efectiva para hacerlo. Sí, los cristianos
tienen la responsabilidad de controlar sus pensamientos y actitudes entre sí, pero también tienen la
responsabilidad de no echar leña al fuego. La forma en que una persona se viste también definirá el tipo de
persona que atrae, lo que a su vez afecta sus comportamientos y actitudes. Como dijo una joven, “Sé que el
tipo de ropa que uso atrae a cierto tipo de hombre. Y, en última instancia, el hombre que quiero tener como
marido es un hombre comprometido con la pureza. Si me visto de forma seductora, con lo que llevo puesto
voy a atraer a un chico que está de acuerdo con eso; mientras que si me visto modestamente, voy a atraer a
un chico que respeta y aprecia la modestia.” El mismo principio se aplica a los hombres jóvenes: su forma
de vestir y de comportarse atraerá a cierto tipo de chicas. En definitiva, la razón más importante para
abrazar la modestia es que Dios y su Iglesia nos dicen que lo hagamos. Si el Espíritu Santo vive en nosotros,
nuestros cuerpos son el templo de Dios, y queremos que todo lo que usamos,
hacemos y decimos sea para honrarlo. También queremos honrar a nuestro
cónyuge, o futuro cónyuge, pero las personas que muestran su cuerpo en
público o de manera tentadora a otras personas, en realidad están defraudando
a su futura pareja. Para vestirse bien, se requiere humildad sin orgullo ni
vanidad, ni ese vano deseo de ser llamada guapa; es importante desear agradar
y honrar a Dios, imitar a María Santísima y cumplir la Voluntad Divina.
La inmodestia de las hijas suele reflejar el impudor de la madre que no les
ha infundido el verdadero espíritu cristiano por medio del ejemplo, las
enseñanzas y el debido uso de su autoridad. Cuando lleguen las tribulaciones y
el momento de la criba, tememos que los primeros en caer serán los que no se
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esmeran en imitar la modestia de María Santísima. El día que algún palmariano esté buscando una novia, le
recomendamos que se fije únicamente en las que se distinguen por su recato y el cumplimiento fiel de las
normas de vestir, y evite a las que van al límite, porque éstas le llevarán por el peligroso camino que oscila
entre la vida y la muerte del alma. Además, aun cumpliendo la letra de las normas, se puede tener una
actitud o aire de inmodestia, con ademanes provocativos. Qué riesgo tan terrible están tomando, para su
propia alma y para las almas de sus hijos, los que desoyen deliberadamente las advertencias y peticiones de
Nuestra Señora, cumplen sólo al límite los mandatos, descuidan sus oraciones, el rosario y los Sacramentos.
Estos pobres cristianos dejan que el espíritu del mundo entre en su hogar; poco a poco se vuelven tibios y,
creyéndose buenos fieles, no ven más el gran peligro que los amenaza a ellos mismos y a sus familias.
La Iglesia en general reconoce en la mujer un elemento importante en la preservación de la tradición y
las buenas costumbres. La mujer poseía un gran sentido religioso que trasmitía a su familia, era ella la
primera orientadora espiritual de los hijos, era ejemplo de fe y de sumisión ante las autoridades religiosas.
Pero a partir del conciliábulo Vaticano II, en los años 1960, se presentaron cambios en la mujer en todos los
contextos.
El vestirse bien es una señal de obediencia y recato moral, y su origen se remonta al principio de la
humanidad, a tiempos de Adán y Eva: tuvo el Señor lástima de ellos y les hizo llevar unas túnicas de pieles
de animales y Él mismo les enseñó a confeccionarlas, para que tuvieran presente que, habiéndolos creado
semejantes a los ángeles, por su pecado se habían hecho semejantes a las bestias. Este fue el origen y
principio del vestido que Dios puso a nuestros primeros padres con el fin de que cubriesen su desnudez.
Entender la concepción del origen del vestido hace más comprensible la razón por la cual hay que ser tan
estricto y celoso en este tema, pues es preciso defender todo aquello que fue instituido por Dios.
Mirad el contraste entre las recatadas damas de antaño y las desvergonzadas del mundo de hoy, vestidas
de hombres o semidesnudas, y veréis el acierto de la decisión tajante de San Gregorio XVII Magnísimo de
defender el buen vestir y el recato, y de luchar con todo lo que tenía a su alcance para que las modas
indecentes no corrompieran las costumbres de la Iglesia. La verdadera Iglesia nunca se ha adaptado a los
tiempos en que ha vivido, porque de haberlo hecho habría perecido con ellos.
Las modas se propagan por diferentes medios: turismo, revistas, periódicos, la radio, el cine, la
televisión; en los almacenes se exhiben los últimos gritos de la moda. Aunque las advertencias de los Papas
y su lucha han sido constantes, la moda terminaría por imponerse, y es considerada como un símbolo de
progreso. El cambio en el modo de vestir, es decir, seguir los preceptos dados por la ‘moda’, representan
una manifestación tangible en la transformación que se estaba dando en la forma de pensar de la gente,
especialmente de la mujer, que rompió con la tradición y con la imposición dada por la Iglesia sobre la
forma de vestir, y se atrevió a usar prendas como el pantalón siguiendo parámetros de moda o de
comodidad, que son, en definitiva, una afrenta y señal de insubordinación a Dios. No se puede considerar la
crítica que los Papas hicieron a la nueva forma de vestir de la mujer como infundada o como una lucha sin
sentido. La ‘moda’ en el vestir era una forma de alejarse de lo establecido en
las Escrituras, particularmente cuando la mujer se pone ropa de hombre, y el
hombre se pone ropa de mujer, lo cual es abominable ante el Señor.
Pero en las mujeres modernas, estamos viendo su desvergüenza, su
desfachatez, su impudor con la profanidad de trajes con que pretenden
desmentir su condición, rechazando lo que Dios hizo, y le enseñó desde el
principio, y que tendría que hacer hasta el fin de los tiempos: salvar el pudor
cubriendo ella misma sus vergüenzas, como lo hizo Dios con Eva en el
Paraíso al verla escondida, cubierta con el ramaje.
Las costumbres cambiaron a un ritmo acelerado, rechazando la autoridad; y
una evidencia de esto era el nuevo modo de vestir de la mujer. Esto hacía
necesario identificar la causa de dichas transformaciones, para contrarrestarlas
y volver a lo bueno, a la tradición. El responsable de esta situación era la
masonería, como declara la revista ‘El mundo masón’: “Con nuestra
instrucción, las mujeres llegarán a sacudir el yugo clerical y desembarazarse
de las supersticiones que les estorben ocuparse de una educación que
armonice con el espíritu moderno.” Gran éxito ha tenido la masonería al subir
la orla de los vestidos de las mujeres casi a medio muslo. Ante semejante impúdico y escandaloso
espectáculo, todos sienten fastidio y vergüenza, tentaciones pasionales y pensamientos y deseos
deshonestos. El largo de los vestidos cortos de la mujer es, desde un punto de vista moral, una falta contra
las buenas costumbres que no sólo expone a la ‘infractora’ sino que además pone en peligro a toda la

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comunidad ya que en primer lugar es un mal ejemplo que puede extenderse, y en segundo lugar es un
escándalo que eleva el número de tentaciones que deben resistir los hombres.
La década de los sesenta marca la rápida transición en el campo educativo; se aprecian evoluciones que
revisten una gran trascendencia en el proceso de secularización. La enseñanza se hace mixta en los años
sesenta, al menos en la educación pública, pues anteriormente había colegios, mayormente regidos por
sacerdotes, únicamente para chicos, y las monjas educaban a las chicas. Estos factores tienen hondas
repercusiones en diferentes planos de la sociedad.
La necesidad de distinción. En primer lugar, observad que la forma tradicional de vestir de los hombres y
de las mujeres es diferente. E incluso en épocas anteriores, cuando los hombres usaban túnicas, sus prendas
eran claramente diferentes a las de las mujeres. Las túnicas de los hombres eran más estrechas y cortas. Las
túnicas de las mujeres eran más amplias y coloridas. Esto todavía se puede ver hoy en algunas culturas
orientales. Existe una tendencia peligrosa en nuestra cultura moderna a reducir o minimizar las diferencias
entre hombres y mujeres y sus roles complementarios. ¿No se ha reducido la forma de vestir más común y
popular tanto para hombres como para mujeres a pantalones vaqueros y una camiseta de algodón? Sin
embargo, Dios los creó varón y mujer; por lo tanto, aunque iguales en dignidad, de hecho están destinados a
ser distintos entre sí. Tanto es así que la Biblia dice: “El varón no se vista como la varona ni se comporte
como tal, ni tampoco la varona se vista como el varón ni se comporte como tal, por ser abominable al
Creador.” Dado que la sagrada escritura dice que una mujer vestida con ropa de hombre es abominable ante
Dios, el mero uso de la palabra “abominable” significa odioso; ofensiva; inmundo; ciertamente es digno de
nuestra atención y estudio. Parece persistir entre mucha gente la creencia errónea de que nos vestimos
principalmente contra las inclemencias del clima, para protegernos del frío, y que cuando llega el verano, y
el clima cálido, podemos quitarnos los trajes y vestidos y andar desnudo o semidesnudo. Sin la vestimenta
adecuada y sin vestimenta distintiva, simplemente ni siquiera somos humanos, sino cautivos del demonio.
Los dos endemoniados de Gerasa “no vestían ropa alguna” hasta que Cristo expulsó la legión infernal y los
dos hombres quedaron “vestidos y en sano juicio”: un hombre sano y juicioso se mueve por su mundo con
ropa decente y adecuada.
Nuestras ropas son los símbolos de nuestro estado de vida y de nuestra dignidad. En la manera en que
nos vestimos y nos presentamos, expresamos nuestra masculinidad y feminidad, manifestamos nuestras
creencias y convicciones, y también proclamamos nuestros proyectos e intenciones, y denotamos nuestros
gustos y tendencias. Por lo tanto, todavía se puede reconocer a un hombre y una mujer por la ropa que
visten.
De todo esto vemos la necesidad de distinguir en la vestimenta entre el hombre y la mujer. Pero, ¿por qué
la forma tradicional de vestir de las mujeres es un vestido largo o una falda? La respuesta radica en el hecho
de que los vestidos son una forma de vestir más digna que los pantalones y, por lo tanto, adornan y protegen
la hermosa y delicada feminidad de una mujer. De hecho, Chesterton señala que debido a que este estilo de
ropa es más digno, “cuando los hombres necesitan ser respetados con seguridad, como jueces, sacerdotes o
reyes, usan faldas, las túnicas largas y colgantes de la dignidad femenina.” Sí, usan tradicionalmente túnicas
distinguidas que significan la dignidad especial de su cargo. Su manera de vestir evoca el respeto de los
demás. Y aunque es apropiado que un hombre se vista con túnicas (de carácter masculino), como era la
costumbre en los tiempos bíblicos, el pensamiento aquí es que no es apropiado que una mujer degrade su
dignidad femenina usando pantalones. Como se dijo anteriormente, debido a las diferencias naturales en los
géneros, las mujeres son más propensas a ser tratadas con menos dignidad o
respeto que los hombres. Así, el Papa San Pío XII Magno enseñó que “la necesidad
innata de realzar la belleza y la dignidad es más sentida por la mujer.”
Un oficial de policía podría quejarse de que se sentiría más cómodo trabajando
con ‘jeans’ y una camiseta. Sin embargo, si se le permitiera hacer esto, no se le
reconocería como oficial ni se le otorgaría el debido respeto debido a su puesto.
Así, los policías visten uniforme y son respetados y obedecidos como agentes de la
ley. Del mismo modo, una mujer puede buscar comodidad y conveniencia al usar
pantalones, pero al hacerlo, es menos probable que sea reconocida y respetada
como dama. Más bien, ella se mezclará y bien puede ser tratada como un hombre
más. Al vestirse con atuendos femeninos tradicionales, las mujeres seguramente
serán reconocidas como damas, lo que provocará la admiración y el respeto de los
hombres, al tiempo que glorificará su feminidad dada por Dios. También harán
mucho para combatir el abuso al que a menudo son sometidas hoy.
También hay otra razón por la que “la necesidad innata de realzar la dignidad es más sentida por la
mujer,” pues una reverencia especial es debida al cuerpo femenino: El cuerpo femenino es, en cierto
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sentido, más sagrado que el cuerpo masculino, porque es el sitio elegido por Dios para dar vida a una nueva
persona humana creada a su imagen y semejanza e infundida con un alma inmortal que durará por toda la
eternidad. Reflexionando sobre este ‘asombroso privilegio,’ Chesterton se sintió impulsado a expresar que
“nadie puede creer en la igualdad de los sexos.” Debido a que el cuerpo femenino tiene este poder y
dignidad, debe ser tratado con reverencia y debe mantenerse ‘velado’ con ropa modesta; la ropa inmodesta
profana así su carácter sagrado.
Aquí nuevamente notamos que los vestidos son mucho más adecuados para una mujer que los
pantalones. Los vestidos cubren la figura de una mujer y cubren con misterio y dignidad el centro íntimo
donde la nueva vida humana surge en este mundo. Y los vestidos largos ayudan a las mujeres a salvaguardar
la modestia al agacharse, sentarse, trabajar y realizar sus tareas diarias. Los pantalones por otro lado, por su
naturaleza, están diseñados para ajustarse al contorno de una mujer, por lo tanto, incluso cuando están
sueltos pueden convertirse en un peligro. Es similar a la diferencia entre una manopla y un guante. ¿Cuál
revela más sobre la mano?
Dios no se contentó con vestir a Adán y Eva con pieles, como lo hemos visto, sino que ordenó de manera
terminante que la mujer no se pusiera vestidos de hombre ni el hombre vestidos de mujer. Así lo dice
expresamente en la Biblia: “El varón no se vista como la varona ni se comporte como tal, ni tampoco la
varona se vista como el varón ni se comporte como tal, por ser abominable al Creador.” El sabio intérprete
escriturario San Felipe Scío explica el porqué de este mandato divino: “Porque la mujer disfrazada de
hombre se desprende de la prenda que debe amar más y que le sirve de coraza para conservarse pura, que es
la vergüenza; y el hombre disfrazado de mujer se afemina y se degrada de aquella superioridad en que el
Señor le puso cuando le hizo cabeza de la mujer.” El Catecismo Palmariano establece que “Bajo ningún
concepto, ni en ninguna ocasión, podrá usar la mujer pantalones, ni siquiera para el trabajo; y si en los
colegios se lo exigiesen, por ejemplo para la gimnasia, tendrá que negarse rotundamente a ello.”
Cierto miembro de la masonería, al referirse a las minifaldas en 1969, reveló algo de su estrategia para
imponer la sensualidad: “No es sólo la cantidad de piel que está expuesta que hace que la ropa sea
seductora, sino otros detalles más sutiles muchas veces son provocativos: cosas como el movimiento y el
corte de la ropa, y el tipo de tela o el posicionamiento de los accesorios en la ropa. Si una mujer tiene un
cuerpo atrayente, ¿por qué no mostrarlo?” Al hablar de ‘ropa provocativa’ se refirió en particular a los
pantalones vaqueros que, según un ilustrado comentarista, “desde aquel momento los vaqueros azules se
cortan de una manera que son más ajustados en la entrepierna, y forman arrugas, las cuales en esencia son
como flechas o líneas que dirigen la vista a ciertas zonas de la anatomía, y el color de la tela cambia
sutilmente para resaltar algunas partes del cuerpo.” Por eso el Papa San Gregorio XVII, que bien lo sabía,
jamás toleraba los pantalones vaqueros y los rechazaba enérgicamente, conforme a una frase latina que él
repetía con énfasis en la consagración de nuevos obispos: ‘non dicas malum bonum, nec bonum malum: no
digas que lo malo es bueno ni que lo bueno es malo’. Los pantalones vaqueros son
la prenda ‘unisex’ por antonomasia, considerados tan ‘propios’ de hombre como
de mujer y, en consecuencia, son abominables ante Dios.
El Cardenal José Siri publicó en 1960 las siguientes aplastantes reflexiones
sobre la mujer y el vestido masculino: “El vestido del hombre usado por la mujer
es un atentado contra la modestia, muy preocupante por el aspecto moral. Lo más
importante y grave es que el vestido masculino usado por la mujer va
directamente contra la ley divina. En cuanto al hecho de cubrir, ciertamente los
pantalones cubren más que las modernas faldas femeninas. Pero no solo es
cuestión de cubrir. Es cuestión de lo ceñidos y estrechos que son, y que los
pantalones tienen la posibilidad de alcanzar un grado mayor de ajustamiento que
las faldas. Así, en general, tienen un mayor estrechamiento. Y este aspecto da
motivos para preocuparse, no menos que de la misma exhibición; por lo que el
uso de los pantalones masculinos por parte de la mujer es de por sí un grave
atentado contra la modestia.
Con todo, hay en el uso de los pantalones masculinos por parte de la mujer un aspecto que nos parece aún
más grave. El vestido masculino usado por la mujer: 1) Altera la psicología propia de la mujer. 2) Tiende a
viciar las relaciones entre la mujer y hombre. 3) Lesiona fácilmente la dignidad materna ante los hijos.
Primero, la vestimenta masculina altera la psicología de la mujer. En realidad, el motivo que empuja a la
mujer a usar pantalones es siempre la imitación; es más, la competencia con relación a quien se considera
más fuerte, más desenvuelto y más independiente. Este motivo manifiesta claramente que la vestimenta
masculina es la ayuda sensible para actualizar el hábito mental de ser como un hombre. Además, desde que
el mundo es mundo, la ropa exige, impone y condiciona gestos, actitudes y conductas, y desde lo externo
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llega a imponer una determinada exigencia psicológica. La mujer que busca ser como el hombre, niega su
condición femenina y por ende la posición que juega en la sociedad; es un problema que lleva consigo todo
un contenido en el cual se interpreta que se quiere romper con una relación de dominación del hombre sobre
la mujer. Téngase muy en cuenta que la mujer no fue creada para hacer todo lo que el hombre puede hacer,
sino para hacer todo lo que el hombre no puede hacer; algo importantísimo y diferente.
No se excluye pues que la vestimenta masculina usada por la mujer esconda, más o menos, una reacción
continuada contra su feminidad, que a ella le parece inferioridad, cuando sólo es diversidad. La
contaminación de la trama sicológica se torna evidente. Estas razones, que condensan otras más, son
suficientes para advertir sobre la deformación en la mentalidad de la mujer causada por el uso de la ropa
masculina.”
La expresión ‘llevar los pantalones,’ según el diccionario, es ‘dominar una situación; imponer alguien su
autoridad, especialmente en el ámbito familiar.’ Por ejemplo: ‘En mi casa es mi mujer la que lleva los
pantalones.’ Los pantalones son la prenda de vestir propia del hombre y, por tanto, de quien, teórica y
‘machistamente’ ejerce el mando.
La mujer que lleva pantalones está haciendo la competencia al hombre. El Catecismo enseña: “Si bien,
tanto el padre como la madre, representan la autoridad de Dios para con sus hijos, debe tenerse muy en
cuenta que en la familia el padre es la cabeza, y por lo tanto la máxima autoridad; y la madre es el corazón.”
El llevar pantalones la mujer, es una rebeldía contra Dios, parecida a la de Lucifer, capitán de los rebeldes,
que dijo: “¡No le serviremos!”; con una insubordinación parecida a la de los ángeles malos, están diciendo:
‘¡somos iguales a los hombres!’, lo cual es una rebelión contra Dios Omnipotente y Criador, el cual
estableció ese orden en la sociedad al decir a la primera mujer: “Estarás bajo la potestad de tu marido y él
tendrá poder sobre ti.”
Sigue el Cardenal Siri: “Segundo, la vestimenta masculina tiende a viciar las relaciones entre mujeres y
hombres. La base esencial de la mutua atracción entre el hombre y la mujer es la diversidad, que se hace
posible únicamente por el complemento del uno para con el otro. Si esta diversidad ya no es tan evidente
porque su elemento externo revelador ha sido anulado, y porque la conformación sicológica ha sido
disminuida también, se produce la alteración de un dato fundamental en las relaciones. La diversidad se
reconoce por la forma externa, en otras palabras, a la mujer la hace la falda y al hombre el pantalón, por lo
tanto no se puede romper este símbolo de identificación porque se alteraría la forma de relacionarse los dos.
Pero no es sólo esto. La atracción mutua es precedida naturalmente, y en el orden del tiempo, por ese
sentido de pudor o vergüenza que frena los impulsos, impone respeto, y tiende a levantar la estima mutua y
el temor saludable a un nivel más alto para así evitar cualquier acto menos controlado. La diversidad de la
ropa tradicional establece los límites y sirve de defensa, mas, cuando desaparecen las diferencias, se
derrumban las defensas vitales del sentido del pudor. Sin el freno del pudor, las relaciones entre el hombre y
la mujer se hunden de manera degradante a puro sensualismo, completamente falto de todo respeto o estima
mutua. La experiencia nos enseña que cuando la mujer es des-feminizada y se asimila al hombre, las
defensas disminuyen y la debilidad aumenta.
Tercero, la vestimenta masculina hiere la dignidad de la madre ante los ojos de sus hijos. Todos los niños
tienen instintivamente el sentido de la dignidad y decoro de su madre. El análisis de la crisis interna que
sufre el niño al primer abrirse a la vida, muestra cuánto vale para ellos el sentido de su madre. En este
punto, los niños son sumamente sensitivos. Generalmente los adultos han dejado todo eso atrás y no piensan
más sobre ello, pero muchas líneas de lo que después aparecerá en sus vidas han sido trazadas, y no siempre
por el bien, en estos primeros dramas de la infancia y la
juventud. Sería bueno repensar las austeras exigencias
instintivas que tienen los niños con relación a su propia madre
y las reacciones profundas, y finalmente, terribles, a las cuales
dan lugar las constataciones poco satisfactorias sobre el
comportamiento de la madre. El niño no conoce la definición
de lo que es el exhibicionismo, la ligereza, la frivolidad y la
infidelidad, pero posee un sexto sentido instintivo para intuir
cuándo suceden estas cosas, sufrir a causa de ellas, y ser por
ellas terriblemente herido en su alma.
La madre tiene gran influencia sobre los hijos y es
diferenciada del padre por su vestir; aquí podemos hablar de la
fijación y diferenciación de roles entre el padre y la madre a partir de un elemento externo, el vestido, que es
largo, no debe mostrar la silueta de la mujer, ni despertar ninguna pasión que pueda poner en riesgo el pudor
de la mujer. Lo importante es salvar con la modestia el sentido inmortal de la feminidad, esa característica
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por la cual los hijos continuarán encantados contemplando el rostro de sus madres por lo mucho que sus
virtudes significan para ellos.
Por la gente común, para un mundo que abraza la moda, que quiere vivir y disfrutar con novedades, esta
postura frente al uso de pantalones puede ser considerada como superficial y sin fundamento; pero es
preciso ver más allá de las apariencias, pues la alteración de la psicología femenina es un daño fundamental
e irreparable de la familia, de la fidelidad conyugal, de los afectos humanos y de la sociedad. Los efectos de
llevar ropa no adecuada no se vieron todos a corto plazo, pero lenta y solapadamente la sociedad se iba
debilitando, pervirtiendo y corrompiendo.
El vestir de la mujer ha de reflejar toda una simbología de sumisión, pudor, decencia, referentes de los
valores cristianos, defendidos por la Iglesia, y por ello es inadmisible la aceptación de las nuevas modas y
su adaptación. La Iglesia había observado cómo se fue subiendo el largo de la falda, el uso de camisas y
vestidos sin mangas, que incluso fueron llevados en las iglesias pese a las amonestaciones hechas, y no se
dio un paso atrás; esto para entender la gran preocupación existente por el uso de pantalones por parte de la
mujer.
Pensemos seriamente sobre la importancia de todo esto, aunque la exhibición de la mujer en traje
masculino puede momentáneamente no suscitar toda la desconcertante turbación de una grave inmodestia.
¿Por qué, durante todas las épocas, todos los pueblos han procurado irresistiblemente dar un traje distinto
para diferenciarse y dividir las competencias del hombre y de la mujer según las diferentes funciones
ejercidas? ¿No tenemos aquí un testimonio serio del reconocimiento de todo el género humano, respecto a la
existencia de una verdad y de una ley superiores a sí mismo? Por lo tanto, el uso de los pantalones por las
mujeres, a la larga, constituye una fuerza disolvente del orden humano.”
Con mucha razón la Sagrada Escritura dice que es ‘abominable al Creador’ que la mujer se vista como el
hombre, pues es algo que ha traído espantosas consecuencias. No sólo ha alterado la psicología femenina,
sino también la de sus hijos, y ha producido un sinfín de aberraciones morales que se derivan directamente
de ese perverso feminismo, que hace que las mujeres se consideren hombres y viceversa. Ha llegado a tanto,
que hasta en las escuelas enaltecen los trastornos y cambios de género, y hay leyes que prohíben criticar a
los perversos que cometen tales aberraciones. Esto no debe extrañarnos, porque el laicismo impuesto en las
escuelas, se vuelve semilla que germina en ateísmo, en un egoísmo perverso que propicia la avaricia, la
venganza y la lujuria, porque al negar la existencia de Dios y la vida después de la muerte, los actos se
vuelven intrascendentes; ¿qué importa matar, robar o violar, si nada es trascendente?
Dios ya está muy ofendido; se ha llegado hasta la negación del pecado, a justificar los más graves
desórdenes morales, en nombre de la libertad. En las naciones ‘cristianas’, se ha legitimado el gran delito
del asesinato de los inocentes en el seno de sus madres, delito que clama Justicia a Dios. La marca de la
bestia en la frente y en la mano, simbolizan la inteligencia y la voluntad humanas doblegadas para rechazar
los Mandamientos del Padre, con la mente y con las acciones.
Cierto investigador científico, para explicar por qué ahora tenemos una avalancha de chicos que piensan
que deberían ser chicas y viceversa, avanza la teoría de que en la confección de las más de setenta
inyecciones de vacunas que hoy se administran a los niños, se utilizan las líneas celulares de un feto
abortado femenino para cultivar virus, y que también se usa, para cultivar componentes virales de la vacuna,
el código dado a la línea celular fetal proveniente de un feto masculino abortado, y que así se inyecta el
ADN de una mujer en los hombres, y el de un hombre en las mujeres, por lo que se produce una sobrecarga
del cromosoma que no les corresponde, lo cual afecta más a los chicos que a las chicas, y en consecuencia
las vacunas o matan, mutilan o confunden a nuestra sociedad. No sabemos si hay algo de verdad en esto,
pero sí que aseguramos que es muy posible que, como justo
castigo por quebrantar la Ley Divina, Dios permita al diablo y
sus secuaces causar grandes daños a la humanidad por medio
de la tecnología.
Las advertencias que hizo el sabio Cardenal Siri en 1960,
tendrían que haber provocado en todos los responsables un
verdadero estado de alarma. Las graves amonestaciones no
fueron aceptadas por todos los sacerdotes, religiosos,
religiosas y educadoras, pues no se formaron una conciencia
bien definida y consecuente del problema, y no actuaron con
valor, sino más bien se contentaron con declararse frente a algo ineludible, como una evolución fisiológica
del hombre moderno, y se sometieron a la corriente.

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Quienes podían poner un freno a la situación eran los padres de familia, orientando a las hijas en el buen
vestir, y los párrocos haciendo ver el peligro que se corría al vestir pantalones, y los responsables de los
colegios no permitiendo uniformes que atentaran contra la buena moral y decencia de las niñas.
Las líneas sustanciales de la Ley Eterna nunca han cambiado, no están cambiando, y nunca cambiarán.
Hay límites que se pueden pisotear cuanto se quiera, pero tienen como consecuencia la muerte. La gente
puede ridiculizar o trivializar estos límites, pero la historia ha enseñado que
el resultado es siempre, tarde o temprano, una catástrofe.
Sobre las ruinas de las normas eternas se alinean las familias
quebrantadas, las vidas interrumpidas, los hogares destruidos, los viejos
renegados, los hijos degenerados y, finalmente, las desesperaciones y los
suicidios. Tales cosas atestiguan que la Ley de Dios resiste y no admite
adaptaciones a los delirios de los ilusos que erróneamente se llaman
filósofos.
Cuando en 1960 el valeroso Obispo Miguel Ángel Builes preguntó a otro
prelado por qué la jerarquía católica no ordenaba bajo alguna sanción que las
mujeres católicas no vistieran pantalones vaqueros o vestidos de hombres y
este respondió: “¿Para qué prohibimos esas y otras vestimentas si no han de
obedecer?” A lo cual el obispo Builes replicó sabiamente: “Entonces, ¿para
qué daría Dios sus Diez Mandamientos si no habrían de obedecerle? Es urgente, Excelencia, dar nuestras
disposiciones, aunque no se obedezcan.”
Todo esto condujo a la apostasía de la iglesia romana. No se puede ser tan débil de llegar al punto de
permitir una costumbre que lleva cuesta abajo y que está demoliendo la posición moral de todas las
instituciones. La obligación de los sacerdotes era tomar una línea fuerte y decisiva en el confesionario y
disuadir del uso del vestido masculino, de manera resuelta y tajante. La Jerarquía de la Iglesia tenía que
haber pensado en la necesidad de tener una línea unida de acción, con la cooperación de todos los hombres
de buena voluntad, para crear un verdadero dique para sostener la inundación, una auténtica muralla de
resistencia. Hubiera sido muy útil tener los medios de comunicación como aliados en tal campaña, pero eran
los enemigos. La posición tomada por las casas diseñadoras de ropa y de la industria del vestir, fue de una
importancia crucial en todo el asunto.
Vemos aquí con plena claridad los males gravísimos que en el orden moral y en el orden psicológico
resultan del uso del vestido de hombre por la mujer, en rebeldía contra los mandatos de Dios. Es preciso que
toda la Iglesia se forme una clara conciencia de alarma sobre este problema, y así limitar severamente su
tolerancia de modo habitual. Jamás debemos manifestar la debilidad de hacer creer que condescendemos
con los trajes que, por su confección, comprometen toda la moralidad. Hay que cumplir con el deber de
combatir el mal, y no quedar como soldados dormidos en sus puestos frente a las infiltraciones del mal.
El sentido del arte, del refinamiento y del buen gusto pueden unirse para encontrar soluciones adecuadas,
y a la vez dignas, y crear vestidos destinados incluso a las que usan las motos o hacen ejercicios o deben
realizar determinados trabajos. No se puede negar que la vida moderna pone problemas y presenta
exigencias desconocidas para nuestros abuelos. Pero también hay valores para salvar, mucho más necesarios
que las experiencias pasajeras; y para las personas inteligentes no faltan buen gusto y buen sentido para
resolver de modo aceptable y digno los problemas que surgen. Conmovidos por la caridad, estamos
luchando contra una degradación del hombre, contra el ataque sobre las diferencias sobre las cuales se
apoya la complementariedad de las funciones entre el hombre y la mujer. Cuando se ve a una mujer llevar
pantalones, hay que pensar no tanto en sólo ella, sino en la humanidad entera, en qué sucederá cuando todas
las mujeres se masculinicen del todo. Ningún humano va a ganar al promover tal época de monstruosidades.
La modernización trajo consigo todos los males: se permitió la presentación de cintas obscenas que
justifican el adulterio y la vida libertina e incitan a la imitación de las escenas más libidinosas y a la vida
licenciosa, haciendo hervir los cuerpos hasta el punto de que no hay más ansias en el espíritu y en la materia
misma, que la satisfacción del placer y la imitación de cuanto el celuloide les presenta, aunque sea lo más
truculento que pueda hallarse.
Es lamentable el impacto que genera el cine en desviar la juventud, es una sustitución del culto y
homenaje que se debe rendir a Dios, el cual es ofrecido a un hombre. El cine corrompe a la sociedad, al
igual que la moda, por lo cual el digno Obispo Monseñor Builes tuvo la respuesta clara y contundente:
volver a la tradición y a las buenas costumbres, por lo que generó una serie de disposiciones: “Las mujeres
deben dar a sus vestidos la longitud suficiente para cubrir hasta la media pierna. Las madres deben obligar a
sus hijas desde pequeñas a vestirse decentemente y no permitir que crezcan sin pudor, para esto también se
recomienda cuidarlas del cine y la televisión. Todas las religiosas y seglares que dirigen instituciones
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educativas están en la obligación de hacer vestir a sus alumnas con la decencia requerida, y los profesores
de estas deben dar el buen ejemplo. Las mujeres que se presenten vestidas de hombres o con pantalón, y las
parroquianas grandes o pequeñas que usen este vestido, no podrán ser admitidas en los templos ni capillas,
ni mucho menos ser madrinas ni recibir la sagrada Comunión.”
Los modernistas se opusieron a estos mandatos, por lo que Monseñor Builes contestó en 1964: “Nuestra
pastoral en vez de ser escuchada por nuestros feligreses, produjo soberbia, insumisión, desobediencia y
burla, al parecer porque somos anticuado y caprichoso, que no nos embarcamos en la nueva ola de carne
inmunda y horrenda corrupción. A estas que así se burlan de nuestras enseñanzas les diremos el viejo
adagio: ‘El último que se ríe, se ríe mejor’.” Monseñor expuso de forma más contundente el daño que se les
hacía a las niñas al no enseñarlas a vestirse bien y los pecados que estaban cometiendo las madres, no sólo
en su contexto inmediato, sino para toda la sociedad y, lo más importante, en la tarea de la salvación; para
esto citó una frase de una mujer que en sus palabras le había dejado desconcertado: “Prefiero condenarme y
arder eternamente en los infiernos antes que dejar la moda,” y a la cual él respondió: “¡Arderás,
desgraciada!,” y explicó: “Claro, ella tendrá el vestido de fuego crepitante, fuego que compenetrará las
carnes y arderá eternamente.”
Monseñor Builes sufrió la oposición y puesta al escarnio público de opositores e incluso de allegados; su
camino fue largo y difícil, pero seguía en pie de lucha; por esto no es de extrañar su conclusión: “Pero lo
que tendrá que suceder necesariamente es la destrucción universal, cumpliéndose las palabras de la Virgen
de Fátima: ‘Mi Hijo está ya desenvainando su espada y yo no tengo fuerza para detenerlo.’ Este es el
sentido de su llamamiento a la bondad de su Hijo Santísimo… Mientras la mujer no vuelva a sus carriles de
modestia femenina y mejore su conducta; mientras no obedezca a las disposiciones de Dios y de la ética
cristiana, el orden moral acabará por precipitarse en el abismo, y el lodo de la deshonestidad se ahondará
hasta absorber la humanidad entera y el cristianismo, quedando solo el paganismo como dueño y señor de
nuestra pobre Patria y del mundo entero.”
Este valiente obispo ordenó a los sacerdotes hacer cumplir las disposiciones sobre el vestir de la mujer,
so pena de sanciones para las infractoras: “Las mujeres que no se vistan con trajes que cubran por lo menos
hasta la media pierna tanto en el templo como fuera de él, no podrán recibir la sagrada Comunión. Las
madres que permitan que sus hijas, sean niñas o sean mayores, vistan deshonestamente, aunque ellas se
vistan bien, tampoco serán admitidas a comulgar. En caso de endurecimiento y terquedad, las culpables no
serán admitidas en templos ni capillas donde se reserva la Divina Majestad. Preferimos quedarnos sin el
sexo devoto, antes que callar y permitir semejantes violaciones de la Ley de Dios y del casto pudor. San
Pablo ordena que la mujer cubra su cabeza para entrar al templo por respeto a la Divinidad, y las mujeres de
hoy tienen la osadía de entrar con piernas y muslos desnudos, aberturas en los brazos y escotes vergonzosos.
Cargamos la conciencia de nuestros venerables sacerdotes para el severo cumplimiento de estas
disposiciones y la aplicación de las respectivas sanciones.” Sin
embargo, muchos de los sacerdotes hicieron caso omiso.
Estas disposiciones son coherentes dentro del discurso de un
Obispo que se había comprometido a pelear las buenas batallas de
la fe y que quiso ser santo; por ello no estaba dispuesto a transigir
con lo que consideraba como bueno y verdadero, y el vestir
apropiado de la mujer era fundamental en su tarea, ceder en este
tema era abrir la posibilidad de aprobación para actuaciones
pecaminosas, es por esto la claridad y constancia de su posición
frente al vestir de la mujer. He ahí un pastor de almas enfrentado
cuerpo a cuerpo contra la moda femenina. No medía el poder del enemigo sino su obligación de luchar. Para
tal lucha franca no bastan los arreos de un Obispo cualquiera, sino que son precisos los arrebatos de un
santo. Muchos otros Prelados, incluso en la Santa Sede, hablaron contra las modas indecentes, pero éste es
quizás el único que resolvió afrontar personalmente el combate. Les negó a los sacerdotes de su diócesis el
poder de absolver este pecado de la mujer que se vestía de pantalones.
La defensa de la tradición en una sociedad que estaba cambiando sus valores y formas de interpretación
del mundo de manera rápida y evidente hace ver a quien no acepta los cambios, a quien no se adapta a las
nuevas realidades como “irracional” perdiendo por ello validez en sus proposiciones; es así como fue
interpretado Monseñor Builes por parte de los progresistas, que no veían en la aceptación de las nuevas
formas de vestir un daño o perjuicio a la sociedad. Pese a esta situación no se puede desconocer la
influencia de Monseñor en su diócesis, en aquellos sectores de la sociedad que seguían sus orientaciones y
disposiciones; debemos considerar que si los cambios no son aceptados o asimilados por una población en
su totalidad, estos van permeando y ganando ‘adeptos’ o seguidores; esta situación era clara para el Obispo
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Miguel Ángel Builes y por ello el celo permanente, y ante los primeros casos actuó personalmente
dirigiéndose a las ‘infractoras’ para orientarlas o conducirlas nuevamente por el camino correcto. La
influencia de Monseñor sobre el vestir de la mujer y otras prácticas, se evidencia en el acatamiento de la
población de la diócesis en términos generales a sus disposiciones.
Otro prelado que luchó por la decencia en el vestir fue San Manuel González, el Obispo de los Sagrarios
Abandonados, que escribió hace casi cien años: “De mí os digo que me deja amargura en el alma para todo
el día, la mañana en que me veo precisado a dejar sin comulgar a alguna de esas inmodestas devotas, sin
duda más vanidosas o cobardes que malas, y que estoy viendo venir castigos terribles de Dios para esta
pobre sociedad que parece que tiene por principal ocupación y obsesión robar y hasta extirpar enteramente
el pudor de las mujeres honradas y cristianas y de los niños y las niñas… Leo que el Obispo de una
populosa ciudad italiana se ha visto precisado un domingo a mandar cerrar las puertas de su catedral a los
asistentes de la Misa de doce. ¡No le quedaba ya otro remedio de evitar esas sacrílegas exhibiciones de
desnudeces a que se van reduciendo muchas de esas Misas de días festivos!... En el siglo III de la Iglesia, un
gran apologista cristiano echaba en cara a los gentiles este apóstrofe: ‘¡os hemos dejado vuestros templos
solos!’ Dios mío, ¿habrá llegado la hora de convertir el apóstrofe a los paganos del apologista, en oración a
Ti?... Ante tanta mujer cristiana obstinada en preferir la insolencia de su desnudez al honor de su fe y a la
hermosura de su pudor, ¿no va llegando la hora de pedirte a Ti y de imponerles a ellas ¡que nos dejen solos
nuestros templos!? Mujeres cristianas, todavía muy numerosas, que aun tenéis ojos para ver, y oídos para
oír, y cara para enrojeceros de vergüenza, y corazón para compadecer y desagraviar: ¡a desinfectar de
inmodestias los Sagrarios acompañados! En honor y desagravio de la Hostia santa, pura e inmaculada y de
vuestro propio sexo, no vayáis a la iglesia sino decentemente vestidas.”
En El Palmar llevamos más de cincuenta años exigiendo la decencia en el vestir. Por ejemplo, la llamada
de la Virgen María, a través del Obispo Padre Clemente, para la Peregrinación Internacional de octubre de
1976, decía: “¡Acudid a El Palmar de Troya!, en donde se practica con todo rigor las Normas de la Decencia
Cristiana que la Iglesia siempre exigió: La mujer: Cabeza cubierta, vestido de manga larga, no
transparentes, no muy ceñidos, no pantalones ya que es prenda del hombre. El varón: Vestido con decencia
y dignidad: No mangas cortas, camisas cerradas, etc. Estas son las normas para entrar en el Templo de Dios.
¡Absténganse de venir a El Palmar de Troya la mujer con vestido indecente y con pantalón! El vestido ha da
pasar cuatro dedos por debajo de la rodilla.”
Cuando en 1974 todavía era un seglar, el vidente Clemente Domínguez en un discurso recordó a los
fieles presentes las enseñanzas que Nuestra Santa Madre la Iglesia Católica nos había dado a través de los
siglos, con respecto de la compostura que los fieles, en especial la mujer, deben tener en la Casa de Dios,
que son los Templos. Durante sus palabras, verdaderamente llenas de Doctrina Tradicional, se lamentó de
cómo se había perdido la costumbre, aún en vigor y obligatorio, de que la mujer lleve su cabeza cubierta
dentro de los Templos, y cómo la Casa de Dios era profanada por el desnudismo de la mujer y la falta de
respeto y adoración al Santísimo Sacramento… Rechazó y condenó con palabras llenas de gran energía
estas costumbres que el diablo ha introducido, valiéndose de la infiltración comunista en la Santa Iglesia
Católica, recordando que la doctrina marxista ha sido condenada por varios Pontífices. Recordó,
nuevamente, a la mujer, la obligación de llevar cubierta su cabeza en la Iglesia, así como cubierto su cuerpo,
según las normas que siempre ha habido en la Santa Iglesia, normas de la
Decencia Cristiana ahora en desuso, por la infiltración de sacerdotes comunistas
y por debilidad de carácter y falta de energía en los demás Sacerdotes.
Cuando fue consagrado Obispo, el Padre Clemente insistió sobre el mismo
tema, como en este sermón de 1976: “¡Cuántos sacerdotes cobardes habrá en el
infierno! Me aterra hablar de esta cuestión. ¡Cuántos sacerdotes, por cobardía,
arderán en el infierno eternamente! Porque, no hay derecho a que un Sacerdote
permanezca callado, viendo tanta falsedad como hay hoy. Y permitiendo tanta
corrupción, tanta indecencia dentro de los Templos, tanta impureza. ¡Revístanse
de valor y acepten la cruz!”
Los Mensajes del Palmar de Troya han exigido continuamente la decencia en
el vestir. El Señor dijo en 1970: “No permitáis que en este Sagrado Lugar entren
personas vestidas frívolamente,” y mandó poner un cartel bien visible y en
letras grandes requiriendo guardar decoro. También dijo el Señor: “Mirad, hijos,
que pronto llegarán los que os van a invitar a la rigurosa penitencia y a vestir de
saco. Si no estáis preparados, ¿cómo podréis aceptar esa penitencia?”
El Señor 1970: “Hoy se oye mucho: ‘Cada vez hay más personas en la Iglesia, vamos muy bien, nunca
he visto tanta fe, tantos comulgando…’ Pero, ¿No os dais cuenta que han abierto las puertas a los
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sacrílegos? Entran semidesnudos, con la desfachatez de recibirme tan escandalosamente. Prefiero que no se
acerquen y que quede, aunque sea uno, pero rectamente. Os aseguro que, si me hiciera visible en las
iglesias, nuevamente usaría el látigo para expulsar a cuantos no están con el debido respeto y veneración a
su Dios y Dueño. Pero antes emplearía el látigo contra mis ministros que permiten que entren de esa forma
los fieles. Habrá algunos, dándoselas de sabios, que al leer este Mensaje, digan: ‘Jesús no emplea palabras
tan duras.’ Que lean el Evangelio y verán cómo llamo ‘hipócritas, raza de víboras’ a los fariseos. El cielo y
la tierra pasarán, pero mis palabras no. Y lo que dije hace veinte siglos, digo hoy. Es muy bonito ver los
templos llenos, grandes hileras de comulgantes… Pero están recibiendo su propia condenación, porque no
se juega con mi Cuerpo, mi Sangre, mi Alma y mi Divinidad. ¿Cómo es posible que mis ministros
absuelvan de los pecados a los que se acercan a recibir los Sacramentos de forma indecorosa? ¿No saben
ellos que cometen un sacrilegio? Decid a mis ministros: ‘Mi Casa, es Casa de oración; mas, vosotros la
habéis convertido en una cueva de ladrones’. Y dirán: ‘Dios
no castiga, es Padre, Dios es misericordioso’. Pero Dios es
infinitamente justo y, conforme a mi Justicia Divina, debo
castigar a los perversos.”
El Padre Eterno en 1971: “¡Oh, oh, oh mundo
corrompido! ¡Oh, inmoralidad! A vosotras, mujeres, me
dirijo ahora: Cubrid vuestros cuerpos, ocultad vuestros
brazos, porque estáis llamando a mi Ira; el fuego os
abrasará; sois escándalo del hombre. Cubrid vuestra
desnudez. ¡Ay, de aquellas que vienen a este Sagrado Lugar
enseñando sus carnes, que puede dar lugar a escándalo y pecado! ¿Cómo es posible que vengan aquí con los
brazos al aire? ¿Qué creen, que vienen a un baile de máscaras? Mirad, hijos míos: Pronto Elías y Enoc
bajarán a la tierra y os exhortarán a vestir de saco. Idos preparando. Toda aquella mujer que a este Sagrado
Lugar venga indecorosamente vestida, le será dada a Satán libertad para llevársela con él; ya que a él le
pertenece, no a Mí. Son hijas de la perdición. Algunas de vosotras, las que con frecuencia venís aquí,
algunas todos los días, os observo que no vais dignamente vestidas. Ya podéis enmendaros, pues perderéis
las gracias. A vosotros hombres: Cuidad vuestra vista. Cerrad vuestros ojos al pecado o pereceréis en él.
Apartad la vista de las mujeres indecorosas; escupid en el suelo para mostrar vuestra ira. No las miréis;
pues, mirando, adulteraréis en el corazón. El hombre cree que es hombre porque peca con la mujer. ¡Pobre
bestia, entrega su alma a Satán! ¡Cuán grande es la virginidad en el hombre también! ¡Qué hermoso es el
hombre que se consagra a su Dios! Mas, si no puede, que se case y dignamente viva con su mujer,
sacramentado. ¡Oh, ingrata humanidad; estáis viviendo en el pecado, en la ignominia! ¡Oh pereceréis, pobre
humanidad! ¡Pedid perdón a vuestro Dios! ¡Doblad la rodilla ante Dios y arrepentíos, o el fuego será con
vosotros! No acudáis a películas indecorosas, apartaos de ellas. No veáis programas de televisión
indecorosos, no escuchéis conversaciones deshonestas, o pereceréis en el fuego también. Mirad, hijos míos:
Vuestro Dios no viene a este Lugar a distraeros. No. Viene a exhortaros a la penitencia, al amor, al
recogimiento, al ejemplo, a la vida cristiana… ¡Costa del Sol, qué bien lo pasáis, verdad, ofendiendo a
vuestro Dios! ¡Arderéis por las partes que más habéis ofendido y escandalizado: Vuestra desnudez! ¡Costa
Brava, cómo arderéis también, y cómo el agua os inundará! ¡Costa Blanca, Costa Verde! ¿Qué quedará de
todas ellas?”
El Señor 1973: “Hijitos míos: se aproxima a Europa la gran guerra, cuya gran guerra salpicará a toda la
humanidad… Y ¡ay las costas españolas! ¡Cuánta corrupción! ¡Esa Costa del Sol que está clamando la
destrucción propia, por tantos pecados como se acumulan en ella! ¡Ay, esa Costa Brava, esa Costa Blanca,
la Costa Verde, la Costa Levantina, la Costa Mallorquina, la Costa Canaria, y las verdes costas gallegas,
donde ya ha penetrado la corrupción! ¡Ay, de todas ellas! Si no clamáis para que venga la misericordia,
serán todas esas costas aniquiladas por el fuego devastador. Pero, ¡ay, también, de esas fecundas montañas,
donde se ha puesto de moda el turismo para el esquí! ¡Cuánta corrupción, cuánta depravación!”
La Virgen del Carmen en 1973: “Queridos hijos: Venid con Fe, con espíritu de oración y sacrificio.
Venid decentemente, con decoro y modestia.”
El Señor 1973: “Hoy, desgraciadamente, hay Obispos en la Iglesia que tratan de arrinconar a mi Madre.
¡He ahí el mal de la Iglesia!, pues es la hora en que muchos eclesiásticos están dando las espaldas a María,
que es la Madre de la Iglesia. ¡Oh, hijitos, cómo camináis! Andad con cuidado, pues el látigo caerá sobre
vuestras espaldas, igual que hice en el templo, arrojando a los mercaderes. Igual voy a hacer con vosotros;
porque estáis convirtiendo la Casa del Padre en una cueva de ladrones. ¡Esos templos profanados! Y
¿quiénes son los responsables? Vosotros, los Obispos y los Sacerdotes. ¡Limpiad el templo de tantas
impurezas! ¡Cómo es posible que en la Casa del Padre, entren tan indecorosamente! ¡Cómo es posible que
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las mujeres falten a la dignidad de María, al penetrar en el templo, vestidas indecentemente, provocando y
escandalizando a otros! Y vosotros sois los responsables; porque, vosotros, tenéis el poder de expulsar el
mal de la Iglesia; y, a la hora de la justicia, la severidad será mayor con vosotros. Porque, a veces, ellos
hacen las cosas por ignorancia; pero vosotros sabéis la conducta que hay que seguir. Contemplad el
panorama desolador en muchas partes del mundo: Guerras allá, guerras acá, terremotos en un lugar,
terremotos en otro, accidentes… Todo esto corresponde a la hora de los castigos, por la perversidad de la
humanidad. No olvidéis que Soy manso y humilde de Corazón. Soy misericordioso; pero, también, tengo en
la mano la Justicia.”
La Santísima Virgen María en 1974: “Saldrán grandes apóstoles que se extenderán por todas partes. Pero
es preciso, antes, acabar con la corrupción y la inmoralidad, sobre todo en la Casa de Dios. Vestid
decentemente y cubrid vuestras cabezas.”
El Señor en 1974: “¡Oh, hijitos queridísimos, cómo está la Casa del Padre! ¡Qué profanación! Ya veis
cómo acuden al templo muchas mujeres, que se llaman a sí mismas hijas mías. ¡Qué escándalo producen
con su comportamiento, con su forma de vestir y de actuar! Es preciso limpiar la Casa del Padre de todas
esas inmundicias. Es preciso que la mujer entre en la casa de Dios como siempre había entrado. Y en esto
hay más culpa en mis Ministros que en ellas. ¡Y qué decir de la forma en que reciben la Comunión! ¡Qué
poca preparación, qué poco respeto! Olvidan que al que reciben es al mismo Dios.”
La Santísima Virgen María 1974: “En estos tiempos, más que nunca, era necesario la intervención de
esta vuestra Madre, viendo por el camino que va la Iglesia. Un porcentaje elevadísimo de la jerarquía de la
Iglesia va por el camino de la perdición, dando motivo a que muchas
ovejas se descarríen. Observad el panorama actual de la Iglesia. Mirad
con detenimiento en qué se han convertido los Templos. Se han
convertido en una auténtica cueva de ladrones, pues la Casa del Padre
ha sido profanada. Mirad cuántos templos han dado cabida a la
inmundicia, a la indecencia, a la perversión, a la corrupción… Estad
atentos a todas las innovaciones que hay dentro de la Iglesia, para
rechazarlas; porque, la mayoría, vienen del enemigo. ¡Oh, hijitos
queridísimos! ¡Cuánta corrupción dentro del mismo seno de la Iglesia!
¡Cuánta depravación!”
El Señor en 1975: “Ésta es la Orden anunciada en tiempos
remotísimos: la Orden vestida de saco. Vuestros hábitos simbolizan el saco. El Hábito de la Orden de los
Carmelitas de la Santa Faz, es el saco; en una expresión de penitencia. Esta es la Orden anunciada desde los
antiguos tiempos. La Orden preparada a reinar Conmigo, preparando el Retorno.”
En las vidas de los Santos hay muchas revelaciones y profecías sobre la decencia en el vestir. Ya en
1815, Jesús mismo dio un mensaje sobre la modestia a Santa María Josefa Ráfols: “Las ofensas que Yo he
recibido, y las que todavía recibiré, son muchas; especialmente las ofensas de la mujer, con su vestimenta
inmodesta, su desnudez, su frivolidad y sus malas intenciones. Por todo esto, logrará la desmoralización de
la familia y de la humanidad.”
En Barcelona en 1401, San Vicente Ferrer predicó un sermón para recordar a sus oyentes el fin del
mundo, bajo el lema ‘Timéte Deum’ (Temed a Dios), y refiriéndose a los últimos tiempos dijo: “Vendrá un
tiempo que ninguno lo habrá visto semejante hasta entonces… llorará la Iglesia, las viudas se lamentarán,
hiriendo sus pechos, y no encontrarán consuelo. Ahora está lejos, pero vendrá sin falta… Llorad viejos y
ancianos; suplicad y llorad, si algunos sois testigos de aquel ‘estruendo, tan grande que ni fue, ni será, ni se
espera ver otro mayor, sino el que se experimentará en el Día del Juicio.’ Pero la tristeza se convertirá en
gozo. El Rey de Reyes y el Señor de los Señores todo lo purificará y regenerará… Veréis una señal y no la
conoceréis pero advertid que en aquel tiempo las mujeres vestirán como los hombres y se portarán según sus
gustos y licenciosamente y los hombres vestirán vilmente como las mujeres.” Esta es precisamente la señal
que ahora está a la vista de todos, y no la conocen.
La Santísima Virgen María dijo a Santa Teresa Musco en 1951: “Verás muchos cambios en la Iglesia.
Serán pocos los cristianos que oren, muchas almas se van al infierno. Pudor, vergüenza ya no habrá para las
mujeres: Satanás se viste de ellas para hacer caer a muchos Sacerdotes. Crisis comunes habrá en el mundo.
Los Sacerdotes, Obispos, Cardenales están desorientados, tratan de aferrarse a la política para ayudarse,
pero una vez más se equivocan. Una gran guerra sucederá. Habrá muchos muertos y heridos. Satanás grita
su victoria y ése es el momento en que todos verán a mi Hijo aparecerse sobre las nubes y entonces juzgará
a cuantos han pisoteado su Sangre inocente y divina. Y entonces mi Corazón triunfará.”
Sor María de la Natividad: “Ellos tratarán de lanzar el ridículo sobre los cristianos que todavía habrá, lo
cual hará caer y apostatar a un gran número; porque esta especie de persecución es tanto más terrible cuanto
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que ella es fortificada por el respeto humano, el amor propio, una falsa vergüenza, y sobre todo por las
pasiones que nos llevan siempre del lado que más les favorece.” Escribió: “Jesucristo lloraba entonces por
las ofensas a Dios, por la desolación de la Iglesia, por la extinción de la fe y de la caridad; por la pérdida de
las almas y la desgracia de los reprobados, de los cuales el infierno se llena, pese a todo lo que Él ha hecho
por su perseverancia.” El Señor quiso consolarla con la seguridad del triunfo de la Iglesia, diciéndole en
1821: “Voy a renovar a mi pueblo y a mi Iglesia. Ésta saldrá renovada de aquellas tormentas, encendida en
el primitivo celo de la Gloria de Dios, y será recordada universalmente por los pueblos. Voy a enviar
celosos sacerdotes que derramarán mi Espíritu para renovar la faz de la tierra. Voy a reformar las Órdenes
por medio de hombres santos y sabios. Voy a dar a Mi Iglesia un nuevo Pastor que, lleno de mi Espíritu y
animado de mi celo, ha de guiar mi grey.” Y le aseguró que tal obra tardaría como doscientos años en
llevarse a término, y que abreviaría ese tiempo gracias a la oración y penitencia de los hombres: “El tiempo
está en mis Manos… Reza y mortifícate…, que el tiempo no está tan lejos como tú crees… Vendrá la
reforma de la Iglesia… No se realizará esta gran obra sin un profundo trastorno de todo el mundo, de todas
las poblaciones, debiendo todos ser reformados según el Espíritu del Señor.” Dios se servirá de la oscuridad
para castigar a los impíos. “En seguida una claridad deslumbradora se extenderá sobre la tierra, como señal
de la reconciliación entre Dios y los hombres. La Iglesia será totalmente renovada y los hogares cristianos
parecerán conventos; tan grande será la renovación de los hombres.”
Septiembre de 1846, La Salette, Francia: La Santísima Virgen María se aparece
a dos niños y les da el siguiente mensaje: “Dios golpeará de una manera sin
precedentes. ¡Ay de los habitantes de la tierra! Dios agotará su ira sobre ellos y
nadie podrá escapar de tantas aflicciones juntos. La humanidad debe esperar ser
gobernada con vara de hierro y beber del cáliz de la ira de Dios. Lucifer y un gran
número de demonios serán liberados del infierno; acabarán poco a poco con la fe,
olvidándose la verdadera fe del Señor (La apostasía de la iglesia romana).
Abolirán los derechos civiles; todo orden y toda justicia serán pisoteados. Todos
los gobiernos tendrán un mismo plan, que será abolir y acabar con todo principio
religioso para dar paso al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a vicios de
todo tipo. Francia, Italia, España e Inglaterra estarán en guerra. La sangre correrá
por las calles. El francés peleará con el francés y el italiano peleará con el italiano.
Seguirá una guerra general (la Tercera Guerra Mundial) que será espantosa. Al
primer golpe de su espada atronadora, las montañas y toda la naturaleza temblarán
de terror, porque el desorden y los crímenes de los hombres han traspasado la bóveda de los cielos. París
arderá, Marsella se hundirá. Varias ciudades serán sacudidas y devoradas por terremotos. La gente creerá
que todo está perdido. No se verá nada más que asesinato. No se oirá nada más que el choque de armas y la
blasfemia. Las tres cuartas partes de la población mundial morirán… Dios permitirá que la serpiente antigua
siembre divisiones entre gobernantes, en todas las sociedades y en todas las familias; sufrirán castigos tanto
físicos como morales; Dios abandonará a los hombres a sí mismos y enviará castigos, uno tras otro, durante
más de 35 años. La sociedad de los hombres está en vísperas de los azotes más terribles y de los
acontecimientos más graves.”
Hay cientos de profecías de santos y religiosos a lo largo de los siglos cristianos, que apuntan a estos
eventos de Europa y más allá. Veamos algunos eventos particulares, cada uno a su manera destacando la
explosión casi inevitable de la Tercera Guerra Mundial y el Castigo intrínseco que esto significa.
El mundo entero estará involucrado en esta Tercera Guerra Mundial. Una característica única es la
desintegración interna de las democracias occidentales, el estallido de guerras civiles en Europa y una
invasión de Europa por enemigos extraeuropeos. San Columbano (siglo VI): “Escuche lo que sucederá en
los últimos días del mundo. Habrá grandes guerras; se promulgarán leyes injustas. La gente común creerá
ideas falsas.” El Obispo Jorge Miguel Wittman (siglo XIX): “Las sociedades secretas producirán una gran
ruina y ejercerán un gran poder financiero.” Condesa Francesca de Billiante (siglo XX): “Veo guerreros
amarillos y guerreros rojos marchando contra Europa. Europa estará completamente cubierta por una niebla
amarilla que matará al ganado en los campos. Las naciones que se rebelaron contra las leyes de Cristo
perecerán por fuego. Entonces Europa será demasiado grande para quienes sobrevivan.” San Antonio Abad
(siglo IV): “Los hombres se rendirán al espíritu de la época. Dirán que, en nuestros días, las cosas son
complejas; la Iglesia debe actualizarse y ser significativa para los problemas del día. Cuando la Iglesia y el
mundo sean uno, entonces esos días están cerca. Porque nuestro Divino Maestro colocó una barrera entre
sus cosas y las del mundo.”
La Iglesia será perseguida. La Iglesia está dividida, sin líderes y desorganizada. El Nuevo Orden Mundial
sale victorioso. San Pío X (siglo XX): “La maldad actual es sólo el comienzo de los dolores que deben tener
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lugar antes del fin del mundo.” Santa Ana Catalina Emmerick (siglo XIX): “Vi una secta secreta socavando
implacablemente la gran Iglesia.” San Juan de la Roca Grieta (siglo IV): “Los sufrimientos de la Iglesia
serán mucho mayores que en cualquier momento anterior de su historia.”
Apostasía universal. San Nicolás de Flüe (siglo XV): “La Iglesia será castigada porque la mayoría de sus
miembros, altos y bajos, se habrán pervertido. La Iglesia se hundirá cada vez más profundamente hasta que
por fin parezca extinguida y la sucesión de Pedro y los demás apóstoles haya expirado. Pero, después de
esto, será exaltada victoriosamente a los ojos de todos los que dudan.” Jeanne le Royer, Hermana de la
Natividad (siglo XIX): “Vi un gran poder levantarse contra la Iglesia. Saqueó,
devastó y puso en confusión y desorden la vid del Señor, hizo que el pueblo la
pisoteara y que todas las naciones la ridiculizaran. Habiendo vilipendiado el
celibato y oprimido el sacerdocio, tuvo el descaro de confiscar la propiedad de
la Iglesia y arrogarse los poderes del Santo Padre, cuya persona y cuyas leyes
despreciaba.” Santa Ana Catarina Emmerick (siglo XIX): “Veo ahora que en
este lugar (Roma) la Iglesia (católica) está siendo socavada tan hábilmente, que
apenas quedan un centenar de sacerdotes que no hayan sido engañados. Todos
trabajan por la destrucción, incluso el clero. Ahora se acerca una gran
devastación.” El Cardenal San Juan Enrique Newman (siglo XIX): “Doy gracias
a Dios que vivo en un tiempo en que el enemigo está fuera de la Iglesia y yo sé
dónde está, y lo que él está haciendo. Pero, preveo el día en que el enemigo va a
estar a la vez fuera y dentro de la Iglesia, y rezo por los pobres fieles que serán
atrapados en este bombardeo.”
Castigos. Tres días de tinieblas. Santa Hildegarda de Bingen (siglo XII): “Mediante una tremenda presión,
un cometa sacará gran parte del océano e inundará muchos países, provocando muchas carencias y muchas
plagas. Todas las ciudades costeras vivirán atemorizadas, y muchas de ellas serán destruidas por maremotos, y
la mayoría de las criaturas vivientes morirán, e incluso aquellos que escapen morirán de enfermedades
horribles. Porque en ninguna de esas ciudades se vive según la voluntad de Dios.” Marie Julie Jahenny (siglo
XIX): “La tierra se cubrirá de oscuridad. La tierra se convertirá en un vasto cementerio. Los cuerpos de los
impíos y los justos cubren el suelo.” Santa Ana María Gianetti de Taigi (siglo XIX): “Vendrá sobre la tierra
una intensa oscuridad que durará tres días y tres noches. No se puede ver nada, y el aire estará cargado de una
pestilencia que reclamará principalmente, pero no solo, a los enemigos de la religión. Será imposible cualquier
iluminación artificial durante la oscuridad, excepto las velas bendecidas. El que mire por la ventana o salga de
su casa, caerá muerto en el acto. Durante estos tres días, la gente debe permanecer en sus hogares, rezar el
Rosario y rogar a Dios por misericordia.” San Gaspar de la Preciosísima Sangre de Jesús (siglo XIX): “La
muerte de los impenitentes perseguidores de la Iglesia se producirá durante los tres días de oscuridad. El que
sobreviva a la oscuridad y al miedo de estos tres días pensará que está solo en la tierra porque el mundo entero
estará cubierto de cadáveres.” Hermana María de Jesús Crucificado (siglo XIX): “Todas las naciones serán
sacudidas por la guerra y la revolución. Durante los tres días de oscuridad, los seguidores de la causa del mal
serán aniquilados, de modo que sólo una cuarta parte de la humanidad sobrevivirá.”
Triunfo de la Iglesia de Dios. San Bartolomé Holzhauser (siglo XVII): “Cuando todo haya sido arruinado
por la guerra; cuando los católicos sean presionados por correligionarios y herejes traidores; cuando a la
Iglesia y sus siervos se les nieguen sus derechos. Entonces la Mano de Dios Todopoderoso obrará un
cambio maravilloso, algo aparentemente imposible según el entendimiento humano. Se levantará un
valiente monarca ungido por Dios. Será católico… Él gobernará supremo en asuntos temporales. El Papa
gobernará supremo en asuntos espirituales al mismo tiempo. Cesará la persecución y reinará la Justicia. La
religión estaba oprimida, pero con los cambios de reinos enteros se hará más firme. Desarraigará las falsas
doctrinas y destruirá el dominio del Islam. Su dominio se extenderá de Oriente a Occidente. Todas las
naciones adorarán a Dios su Señor según la enseñanza católica. Habrá muchos hombres sabios y justos. El
pueblo amará la justicia, y la paz reinará en toda la tierra. Todas las naciones se volverán católicas. Las
vocaciones serán más abundantes que nunca, todos los hombres sólo buscarán el reino de Dios y su justicia.
Los hombres vivirán en paz, y esto se les concederá porque la gente hará las paces con Dios. Vivirán bajo la
protección del gran monarca y sus sucesores.” Santa Hildegarda de Bingen (siglo XII): “La paz volverá al
mundo. Durante este período de paz, las personas no portarán armas y el hierro se usará sólo para fabricar
implementos y herramientas agrícolas. También durante este período, la tierra será muy productiva y
muchos judíos, paganos y herejes se unirán a la Iglesia.”
Estas profecías, extraídas del pasado y de las naciones católicas del mundo, son sólo algunas de las
cientos que existen y que indican lo que está sucediendo hoy y lo que va a suceder en el futuro cercano.
Podemos optar por hacerles caso omiso, optar por despreciarlas, u optar por mantener la Fe de nuestros
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Padres. Para lograr la Victoria contra el demoníaco Nuevo Orden Mundial, debemos obedecer una regla
fundamental: ¡primero Oración, luego Acción! Reza el Rosario que nuestra Santísima Madre, la Virgen
María, pidió en Fátima, e implora a Jesucristo que podamos merecer que Él nos salve.
Las siguientes profecías de San Columbano de Iona (siglo VI) apuntan a nuestra época actual: “Escucha,
hasta que te cuente las cosas que sucederán en las últimas edades del mundo. Se cometerá una gran
carnicería, se ultrajará la justicia, multitud de males, prevalecerá un gran sufrimiento y se administrarán
muchas leyes injustas. Llegará el tiempo en que no realizarán actos de caridad, y la verdad no permanecerá
en ellos. Saquearán la propiedad de la Iglesia, se burlarán continuamente unos de otros, se emplearán en la
lectura y la escritura; se burlarán de los actos de humildad. Vendrán tiempos de oscura aflicción, de escasez;
los monarcas serán adictos a la falsedad. Ningún pueblo de la raza de Adán observará ni la justicia ni el
pacto; se volverán duros de corazón y mezquinos, y estarán desprovistos de piedad. Los jueces
administrarán la injusticia, bajo la sanción de reyes poderosos e indignantes; la gente común adoptará
principios falsos. ¡Oh, qué lamentable será su situación! Los doctores en ciencia tendrán motivos para
murmurar, se volverán poco generosos de espíritu; los ancianos llorarán con profundo dolor, a causa de los
tiempos tristes que prevalecerán. Los cementerios se volverán todos rojos, como consecuencia de la ira que
seguirá a los pecadores; las guerras y las contiendas se extenderán en el seno de cada familia. Los hombres
excelentes se sumergirán en la pobreza, la gente se volverá inhóspita con sus invitados, la voz del parásito
les resultará más agradable que la melodía del arpa tocada por el dedo del sabio. Como consecuencia del
predominio general de las prácticas pecaminosas, la humildad no producirá fruto. Los profesores de ciencia
no serán recompensados, la amabilidad no caracterizará al pueblo; la
prosperidad y la hospitalidad no existirán, y la miseria asumirá su lugar.
Los cambios de las estaciones producirán sólo la mitad de su verdor, no se
observarán las fiestas regulares de la Iglesia; todas las clases de hombres
estarán llenas de odio y enemistad hacia los demás. La gente no se asociará
afectuosamente entre sí durante las grandes fiestas de las estaciones;
vivirán desprovistos de justicia y rectitud, desde la juventud hasta la vejez.
El clero será inducido a error por la mala interpretación de su lectura; las
reliquias de los santos serán consideradas impotentes, ¡toda raza de la
humanidad se volverá malvada! ¡Las mujeres jóvenes perderán el rubor!,
los ancianos serán de temperamento irascible; el ganado raras veces será
productivo como antaño; los señores se convertirán en asesinos. Los
jóvenes perderán vigor, despreciarán a los que tienen canas; ¡no habrá un
estándar por el cual se pueda regular la moral!, y los matrimonios se solemnizarán sin testigos. Difíciles
serán las últimas edades del mundo: los hombres, desde el momento en que abandonen los hábitos
hospitalarios, con el fin de ganarse el honor para sí mismos, se considerarán mutuamente objetos de burla.
Los poseedores de la abundancia caerán por la multiplicidad de sus falsedades; la codicia se apoderará de
todo glotón, y cuando esté satisfecha, su arrogancia no conocerá límites. Entre madre e hija, la ira y los
sarcasmos amargos existirán continuamente; los vecinos se volverán traidores, fríos de corazón, falso el uno
con el otro. La nobleza se volverá rencorosa con respecto a sus insignificantes donaciones; y los parientes
consanguíneos se enfriarán entre sí; la vida de la Iglesia se convertirá en propiedad laica. Tal es la
descripción de las personas que vivirán en las edades venideras; más injusta e inicua será la sucesión de la
raza de hombres. Los árboles no producirán la cantidad habitual de frutos, la pesca se volverá improductiva
y la tierra no producirá su abundancia habitual. Llegará el mal tiempo y el hambre, y los peces abandonarán
los ríos. El pueblo será oprimido por falta de alimento, se morirá de suspirar. Terribles tormentas y
huracanes los afligirán. Entonces prevalecerán innumerables enfermedades… durante estos tiempos de
terrible peligro. Entonces sucederá un gran evento… y si no sois verdaderamente santos, no podría
sucederos un acontecimiento más doloroso.”
A Santa María Josefa Ráfols, en 1836, el Señor señala los principales pecados para cuya purificación
permitirá los rigores de la prueba: “Son muchas las ofensas que he recibido sobre todo de la mujer con sus
vestidos impúdicos, sus desnudeces, su frivolidad y sus perversas intenciones, con lo que conseguirá la
desmoralización de las familias y de los hombres, y ésta será en gran parte la causa de que se irrite la
Justicia de mi Eterno Padre y se vea obligado a castigar a la humanidad por lo mucho que se alejará de Él y
de mi Iglesia Católica, de los mandatos de mi Vicario en la tierra y de los Divinos preceptos. Tanta
corrupción de costumbres habrá en todas las clases sociales y tantas deshonestidades se cometerán, que mi
Eterno Padre se verá obligado, si no se enmiendan después de este llamamiento Misericordioso, a destruir
poblaciones enteras, pues a tal extremo llegará la corrupción, que no se detendrán de escandalizar y
pervertir a los inocentes niños pequeñuelos, tan amados de mi Corazón.”
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Este último mensaje a Santa María Josefa Ráfols es de singular importancia, porque el Señor entonces
anunció muy claramente y con mucha antelación lo que iba a suceder: que la mujer, “con sus vestidos
impúdicos, sus desnudeces, su frivolidad y sus perversas intenciones,” iba a conseguir la desmoralización de
las familias y de los hombres, y así iba a irritar la Justicia del Eterno Padre y obligarle a castigar al mundo.
¡Qué pena que la humanidad no hizo caso de los muchos avisos del Cielo! Pero aunque ya estamos en
medio de los castigos, aquellos avisos sirven para orientarnos al camino de la salvación, porque al decirnos
la causa del mal, nos están indicando el remedio, el cual consiste primero en eliminar la causa. Es decir, que
lo primero que el mundo tiene que hacer es abandonar “sus vestidos impúdicos, sus desnudeces, su
frivolidad y sus perversas intenciones,” y vestirse con decencia. No hace falta ser un genio para ver eso;
mejor dicho, hay que ser muy tonto para no verlo. Con la indecencia vino la impureza y luego la pérdida de
la fe. Con la decencia cristiana volverá la pureza de costumbres y Dios entonces dará la luz de la fe.
Notad también que el Señor dijo que el Eterno Padre se vería obligado a castigar a la humanidad “por lo
mucho que se alejará de Él y de mi Iglesia Católica, de los mandatos de mi Vicario en la tierra y de los
Divinos preceptos.” En el Evangelio, increpando a los judíos, el Señor dijo: “Yo sé que el amor de Dios no
habita en vosotros. Yo vine en nombre de mi Padre; y, aun viendo vosotros que soy el Enviado de Dios
Padre, no me recibís. Mas, por vuestra ceguera de corazón, cuando otro os dijere falsamente que viene en
Nombre de mi Padre, vosotros le recibiréis,” refiriéndose aquí al Anticristo; pues, cuando éste venga,
haciéndose pasar por el Cristo, muchos le seguirán, y entre ellos el Pueblo Judío, hasta que se den cuenta de
ese engaño. “¿Cómo podéis creer vosotros en Mí, cuando sólo buscáis vuestra propia gloria en lugar de
buscar la gloria de Dios?” Es decir, que por haber rechazado a Cristo Rey, el antiguo pueblo de Dios, los
judíos, se desviaron tanto que ahora están preparando el terreno para el reinado del Anticristo. Igualmente,
cuando los miembros de la iglesia romana rechazaron los mandatos del Vicario de Cristo y rehusaron ser
apacentados por buenos pastores, Dios, como justo castigo, permitió que cayesen en manos de inicuos
pastores infiltrados y antipapas, y pronto ellos también estarán bajo el Anticristo, o ya lo están, porque el
Señor dijo en El Palmar en 1974: “Todas las naciones caminan hacia la izquierda. ¡Observad las leyes que
hoy se implantan en todas las naciones, a favor del aborto, a favor del divorcio! En una palabra: gobierna
Satanás a las naciones.” Multitudes aceptaron ciegamente, y sin resistencia, las enseñanzas de los falsos
pastores que adoptaron las modas escandalosas, procuraron la hermandad con los herejes y abolieron el
santo Sacrificio de la Misa. Su castigo ya va llegando, pues con la misma ciega obediencia se someten a sus
verdugos que les entregan a la muerte.
El famoso Atila, Rey de los Hunos, fue llamado el ‘azote de Dios.’ Esta figura del Anticristo era un
hombre cruel y devastador que, con su numeroso ejército, infundía terrible pánico por donde pasaba. Los
tiranos que hoy gobiernan el mundo son también ‘azotes de Dios’; por medio de ellos el mundo está
recibiendo el castigo de sus pecados. En todo el mundo la gente de buena voluntad se va dando cuenta de
que las fuerzas del anticristo están preparadas para destruirnos
a todos. La gente se levanta en marchas y protestas por las
ciudades, pero estas no sirven ni servirán para atajar el mal,
porque las manifestaciones multitudinarias no servirán para
aplacar la justa ira de Dios.
Si el mundo quiere librarse de la tiranía del demonio, lo
primero que tiene que hacer es reconocer la causa del mal. Al
igual que fue anunciada la destrucción de Nínive por causa de
sus pecados, así es en la actualidad. El profeta Jonás predicó la
penitencia, y todos se vistieron de saco e hicieron oración y penitencia. Se aplacó la santa Ira de Dios, y por
su misericordia se salvaron. Ahí está la solución: que todos se vistan de saco. Es decir, primero que
reconozcan sus pecados, y que los presentes males son por los pecados de la humanidad. Luego hay que
arrepentirse y vestirse de saco, es decir, vestirse con humilde sumisión a la Iglesia de Cristo de acuerdo con
sus normas de vestir, y terminar con esa rebeldía contra Dios, la cual se
manifiesta en los vestidos indecentes. ‘Vestirse de saco’ significa llevar
con humilde sumisión la ropa que Dios manda y así hacer penitencia
por la insubordinación anterior.
Lástima que en el mundo actual, ‘gobierna Satanás a las naciones’ y
no hay gobernantes que se interesen por el bien del pueblo, como aquel
rey de Nínive que, reconociendo el milagro de la ballena, llevó su
pueblo al arrepentimiento; si aquel rey anónimo reinase hoy, es creíble
que, movido por el milagro de Fátima, impondría la decencia en el
vestir y acabaría con los escándalos que atraen los justos castigos de Dios sobre el mundo. Pero lo más
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admirable de ese Rey de Nínive no es tanto su discernimiento en reconocer el inminente peligro, sino su
sagacidad en la manera de impedirlo. Para evitar la destrucción, no mandó fortalecer los muros de la ciudad,
ni aumentar el ejército, ni huir a un lugar más seguro, sino que, al considerar que la destrucción venía por
haber ofendido a Dios, sabía que no hay manera de escapar de su santa Ira, sino humillarse, corregir el mal y
pedirle perdón a Dios, y así lo hizo. Aquel rey era la antítesis de los actuales
gobernantes de la tierra, los cuales, lejos de procurar el bien del pueblo, avanzan
la agenda de los secuaces de Satanás, imponen leyes contrarias a las leyes divinas,
y conducen las naciones a la ruina espiritual y material. Dios lo ha permitido así
en castigo por los pecados y la apostasía del mundo. ¿Cómo podemos fiarnos de
gobernantes que matan a nuestros niños y ancianos, corrompen a nuestra juventud,
y nos llevan a todos hacia la destrucción? Al igual que Eva creyó a la serpiente, la
gente les creen cuando dicen que nos matan para que no suframos y para que el
mundo pueda respirar; cuando nos inundan con obscenidades dicen que es porque
tenemos libertad de divertirnos; cuando nos roban dicen que es para eliminar la
pobreza; y cuando nos llevan a un satánico gobierno mundial bajo el poder del
anticristo, dicen que es para proteger la naturaleza e imponer la paz.
En muchas ciudades de todo el mundo, se han multiplicado las protestas y manifestaciones en contra de
la tiranía de los gobiernos, de las restricciones a las libertades, de la escasez de alimentos, de los desempleos
y confinamiento, de la vigilancia, de las guerras y enfermedades, de los trastornos de la economía, y de
tantas otras imposiciones que la sociedad tiene que soportar en la actualidad. Poco o nada consiguen los
manifestantes, porque si alguna vez alcanzan alivio en un problema, luego sucede lo que dice la Imitación
de Cristo: “Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y puede ser más grave.” Pero tened en cuenta que
Dios no quiere que el mundo tenga que sufrir tantas calamidades, sino que todos vivan santamente
cumpliendo sus Mandamientos. Ya nos advirtió la Virgen Santísima en Fátima que las guerras y desgracias
son el castigo por los pecados. A causa de sus pecados y apostasía, Dios los ha entregado en manos de sus
enemigos. Si queremos librarnos de la destrucción que nos amenaza, la solución no está en organizar
manifestaciones, protestas y quejas, sino en seguir el ejemplo del rey de Nínive que, al oír del profeta Jonás
que Dios iba a destruir su ciudad, mandó a todos sus súbditos hacer penitencia, vestirse de saco y clamar
‘con toda su alma al Señor Dios de Israel, convirtiéndose cada uno de su mala vida.’ Exclamó: “¡Quién sabe
si así mudará el Señor su designio, y nos perdonará; y se aplacará el furor de su Ira, de suerte que no
perezcamos!” Su confianza no fue en vano, pues Nínive y las demás ciudades del imperio quedaban
perdonadas de la destrucción que les había sido anunciada. El remedio para salvarnos de todos los males
anunciados en el Apocalipsis es, primero, ‘vestirse de saco,’ que consiste en desterrar las ropas escandalosas
y vestirse de la manera que Dios manda, tal como la Santa Iglesia establece. Si el mundo quiere salvarse, lo
primero que tiene que hacer es dejar de imitar la rebeldía de Satanás en decir “no le serviremos” a Dios. Con
eso estará mostrando que quiere cumplir la ley de Dios, que se arrepiente de su vida de pecado, que quiere
amar y servir a su Creador. Y tenemos la prueba de ello, ya que está claro que la indecencia causó la
corrupción de costumbres y obscenidades que llevaron a la infidelidad a Dios y al rechazo de la sana
doctrina, culminando en la apostasía de la iglesia romana, que ahora está cosechando los frutos de esa
apostasía, pues por haber rechazado el yugo suave del Señor ahora el mundo está sometido al yugo tiránico
de Satanás. Esto nos muestra que si, por el contrario, el mundo resuelve vestirse con decencia, acabará en
seguida con las obscenidades y con innumerables pecados, por lo que Dios tendrá piedad y les dará la luz
para entrar en su Iglesia y serán librados de la tiranía del Anticristo. Esto coincide con lo que Jesús dijo a los
judíos: “Si vosotros perseverareis en mi palabra, verdaderamente seréis mis discípulos, y conoceréis más la
verdad, y la verdad os hará libres… En verdad, en verdad os digo que todo aquel que comete pecado,
esclavo es del pecado; y mientras se es esclavo del pecado, no se tiene derecho a la gloria eterna, ya que ésta
está reservada para los que posean la filiación divina. Pues, si el Hijo del Altísimo os hiciere libres con su
Gracia, verdaderamente seréis libres de la esclavitud del pecado y alcanzaréis la dignidad de hijos de Dios.”
Dios manda cubrirse el cuerpo, con excepción de las manos que son para trabajar y para el sentido del
tacto, y la cara, que es para los otros cuatro sentidos, el de la vista, el del oído, el del gusto y el del olfato. La
cara es también para respirar y para hablar, y tiene una función importantísima respeto al alma, como dice la
Sagrada Escritura: “El bien o el mal del corazón del hombre, se refleja en su rostro: Pues, el rostro es el
espejo del alma.” La belleza exterior nunca embellece al alma, pero la belleza del alma se refleja en el
rostro. Las mascarillas nos quitan nuestra expresión, nuestra sonrisa, nuestra humanidad; dificultan la inter-
comprensión. El rostro nos identifica; al taparlo se dificulta tanto el autoconocimiento como la
autoaceptación y se causa desidentificación. Las mascarillas reducen la capacidad de empatía, pues sin ver
el rostro del otro no se pueden entender sus sentimientos ni tampoco los propios. Deterioran las relaciones,
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por ausencia de la comunicación no verbal y de la expresión emocional; ni una sonrisa para animar al
prójimo. Deshumanizan, y son un paso hacia el transhumanismo, lo cual es un control total de las mentes, al
conectarlas a una fuente central de inteligencia artificial dirigida por Satanás y sus secuaces. Por eso,
aunque hay que cubrir decentemente el resto del cuerpo, Dios quiere que el rostro esté visible. Pero los
satanistas que dirigen la política se unen con su perverso maestro en decir al Creador ese “no serviremos” y,
para hacerle lo contrario, instigan a descubrir lo que Dios manda cubrir y mandan cubrir con mascarillas lo
que Dios quiere al descubierto. ¡Perversidad y blasfema rebeldía! Los satanistas que gobiernan el mundo
tienen su táctica. Todavía no abogan abiertamente por un reino satánico, sino que llevan suavemente a ese
camino cuestionando la existencia de Dios, exigiendo ‘liberación e independencia’ para las mujeres,
‘internacionalismo’, ‘diversidad’ y ‘tolerancia religiosa.’ Todos ellos tienen una agenda oculta: ‘socavar
todas las fuerzas colectivas excepto la nuestra.’ La humanidad está en las garras de un culto satánico vicioso
cuyo poder es tan grande que pueden hacer que su guerra contra la humanidad parezca normal e inevitable.
Incluso cuando se descubre su trama, pueden convencer a todos de que es racista y de mal gusto creerla.
Tienen a los hombres obsesionados con la pornografía mientras erigen un
estado policial. La sociedad occidental está moralmente en bancarrota.
Esta elaborada red satánica controla la política, la información y la
cultura. La mayoría de los líderes son engañados o traidores. La
‘intelectualidad’ ha sido sobornada mientras el público está distraído y
vive en un paraíso para los tontos. Las personas que piensan que el poder
y la riqueza ilimitados son mejores que el Amor Infinito se han apoderado
de la humanidad, y quieren apartarnos de Dios y esclavizarnos con ellos.
Este es el verdadero significado de nuestra política y de nuestro tiempo.
La Santa Biblia dice que los cuerpos de Adán y Eva “poseían un
misterioso resplandor que les cubría, a manera de celestial ropaje, y que conservaron hasta que Adán pecó…
Y, además, desde ese momento, quedaron completamente desnudos, al hallarse ambos privados del celestial
ropaje que cubría sus cuerpos, y con sentimiento de mutua vergüenza, por lo que se colocaron unas hojas de
higuera para cubrir la desnudez.” Ya que el alma ocupa todo el cuerpo, y todo es Templo del Espíritu Santo,
aquel celestial ropaje les cubría totalmente, a semejanza de como muchos animales están completamente
cubiertos por el pelo. Esto nos hace ver que la ropa debe cubrir todo el cuerpo, con excepción de las manos
para trabajar y del rostro que tiene su propia misión, pues nuestro Creador ha puesto los cinco sentidos
corporales allí, todos juntos, por lo que deben estar al descubierto.
San Fulgencio María de la Santa Faz, Doctor de la Iglesia, fue uno de los pocos sacerdotes que
cumplieron con su deber ante la indecencia, el cual, cuando era párroco antes de venir al Palmar, estaba
celebrando Misa y una mujer mal vestida entró en la iglesia, por lo que, indignado, detuvo la Misa y la
expulsó. Este mismo Santo lamentaba cómo las faldas de las mujeres no llegaban hasta los tobillos como en
tiempos pasados, y decía que las faldas más cortas son un espectáculo ridículo, carente de dignidad y de
estética, que parece que la mujer se apoya en dos palos; si nadie se ríe de ellas, es porque están tan
acostumbrados a verlo. Hace casi un siglo, los satanistas dijeron que “para evitar demasiadas reacciones,
habría que progresar de manera metódica: primero, desvestirse hasta el codo; luego hasta las rodillas; luego
brazos y piernas completamente descubiertos.” Mirad lo bien que funciona su astucia: ‘para evitar
demasiadas reacciones’ hacen desvestirse ‘hasta las rodillas’ y luego avanzan más; pero cuando nos
ponemos a restablecer la buena moral, la generalidad de las mujeres no se animan a hacer lo que más agrada
a Dios, sino sólo lo suficiente ‘para evitar demasiadas reacciones.’ Mirad las fotos de tiempos anteriores a
los ataques masónicos contra la decencia, cuando se usaban faldas largas incluso para los deportes; si
entonces fue posible, ahora también lo es. Como podéis comprobar en el libro de los Mensajes, ya en el año
1974 se exigía en El Palmar: “Falda cuatro dedos, por lo menos, por debajo de la rodilla.” Según ordena el
Catecismo Palmariano actual, los vestidos “tendrán que ser suficientemente largos para que, incluso cuando
se siente, no se vea nada de las rodillas.” Esto no significa en absoluto que la falda no tiene que ser tan larga
como antes, sino que reconoce que esos cuatro dedos son necesarios, debido al movimiento y al viento, para
que en todo momento las rodillas estén completamente cubiertas. Por desgracia, hay algunas palmarianas
que llevan ropas que van al límite en el cumplimiento de las normas, al borde del precipicio, que la falda
apenas cubre la rodilla, etcétera. Tomad nota de quienes son, y veréis que serán las primeras en apostatar
cuando lleguen los momentos difíciles que se acercan, y así se notará lo que vale la modestia. Recordamos a
los padres de familia su deber de vigilar el fiel cumplimiento de las normas de vestir en sus hijos y, cuando
haga falta, el marido tiene la obligación de imponer su autoridad para que su mujer esté dignamente vestida.
Para imponer las modas escandalosas que ahora se ven por doquier, las primeras en usarlas soportaron
muchas críticas y humillaciones a causa de sus escándalos, y fueron denunciadas por la gente sensata, pero
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lo aguantaron todo por llevar a cabo su complot. Una vez más se demuestra que los hijos de este siglo son
más interesados en sus negocios que los hijos de la Luz. El remedio está en amar sinceramente a Nuestro
Señor y recordar todo lo que sufrió por amor a nosotros. Para agradecerle, debemos estar deseosos de saber
lo que más le agrada, y así poder cumplirlo para darle gusto. Ya habéis aprendido que la verdadera devoción
está en mirar el ejemplo de María Santísima, que conoce bien los gustos del Señor, e imitarla hasta llegar a
ser ‘imágenes vivas’ de nuestra Madre Celestial. Mirad cómo se viste, como digno templo de Dios. Ahora
que estamos ornamentando la sagrada basílica, procuramos que todo se haga con el mayor decoro, desde el
suelo hasta lo más alto de la cúpula, incluso en los detalles, para que sea digna casa de Dios e inspire
devoción y recogimiento. Así también los palmarianos, que llevamos a Dios en nuestros corazones, por
encima de todo tenemos que vestirnos de una manera propia de un templo del Espíritu Santo. Por el honor
de su Divino Hijo, el Eterno Padre tuvo que crear a María Santísima pura de toda mancha; entonces, todas
las cosas que se relacionan con Dios tienen que ser santas y exentas de toda suciedad. El Rey David quiso
edificar el Templo de Jerusalén con toda magnificencia, porque no preparaba
morada para un hombre sino para Dios. Debemos entonces embellecer
nuestras almas con virtudes y nuestros cuerpos con modestia para que seamos
la morada más digna posible de Dios.
San Pío de Pietrelcina, sacerdote santo y estigmatizado que sufrió en su
propio cuerpo las sangrientas llagas de Cristo desde 1918 hasta su muerte en
1968, fue siempre un enemigo despiadado de la vanidad femenina y de las
modas modernas: nunca toleró vestidos con escote, faldas cortas o ajustadas, y
prohibió a sus hijas espirituales usar medias transparentes, y no fue el primero
en hacerlo, pues el Papa San Pío XI advirtió que las medias del color de la piel
también son impropias porque dan a entender que las piernas no están
vestidas. El Papa San Pío XI, fiel a sus propias enseñanzas, negó a 32 mujeres
y jovencitas la entrada a una audiencia, porque no estaban correctamente
vestidas.
Siguiendo una orientación especial del Cielo, San Pío de Pietrelcina
rechazaba incontables veces absolver cualquier mujer, fuese cual fuese su categoría social, si no usaba una
falda por lo menos veinte centímetros debajo de la rodilla, y también insistía que no usasen pantalones como
hombres. Pero hoy en día, debido a la ignorancia, a prejuicios y a la esclavización de la vanidad o de las
pasiones, esta directriz ha sido fuertemente combatida. San Pío de Pietrelcina combatía severamente las
modas, la impureza y cualquier falta contra la modestia. “Que aquellas que van a recibir la Santa Comunión
estén vestidas decentemente. Las mujeres que estén vestidas inapropiadamente han de excluirse del
Sacramento, tal como lo instruye la Ley Canónica,” decía San Pío.
La estricta necesidad de la modestia en la vestimenta ha sido la enseñanza constante de la Iglesia a lo
largo de los siglos. San Pío de Pietrelcina no permitía compromisos, sino que siempre insistía en vestidos
modestos claramente por debajo de las rodillas. De hecho, cuando llegaban a confesarse, si sus vestidos eran
escotados o demasiado cortos, San Pío despedía a las mujeres, negándoles este Sacramento. A medida que
los vestidos en los años ’60 se volvieron cada vez más escasos, rechazó a un número cada vez mayor de
mujeres. En los últimos años de su vida, su severidad aumentó enormemente, a medida que las modas se
volvieron siempre más impúdicas. Implacablemente despedía de su confesionario, antes de que pudieran
entrar, a todas las mujeres que juzgaba que estaban vestidas incorrectamente. En 1967, algunas mañanas,
rechazó una tras otra, hasta que terminó confesando a muy pocas penitentes. El inicio de la lucha sin
concesiones coincidió más o menos con la llegada de la minifalda. Todavía no había llegado a Italia cuando
el Padre Pío tronó contra las faldas cortas. Cuando anunciaron las casas de moda: “Veinte centímetros por
encima de la rodilla,” el Padre Pío advirtió: “Veinte centímetros por debajo de la rodilla.”
Finalmente, ya que estaba expulsando a tantas, sucedió que hizo que se colocara un letrero en la puerta
de la iglesia, que decía: “Por el deseo explícito del Padre Pío, las mujeres deben entrar a su confesionario
vestidas con faldas de al menos 20 centímetros (8 pulgadas) por debajo de las rodillas. Está prohibido pedir
prestados en la iglesia vestidos largos para usarlos en la confesión.” Si aquellas a quienes él rechazaba le
preguntaban por qué las trataba de esta manera, él respondía: “¿No sabes el dolor que me cuesta cerrarle la
puerta a alguien? El Señor me obliga a hacerlo. No llamo a nadie, ni me niego a nadie. Hay Alguien más
que los llama y los rechaza. Soy su herramienta inútil.” Ciertamente, esta acción fue la más apropiada, ya
que no habría sido correcto ni válido otorgarles la absolución vestidas de manera indecente. “Quiero que
todos vosotros, mis queridos hijos espirituales, luchéis con el ejemplo, y sin respetos humanos, una santa
batalla contra las modas indecentes. ¡Dios estará con vosotros y os salvará!,” dijo San Pío.

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Recordad la importancia de San Pío de Pietrelcina en El Palmar, como él mismo dijo en 1972: “Yo he
sido designado, por Nuestro Señor Jesucristo, para dirigir a los Apóstoles Marianos de los Últimos Tiempos.
Pido a todos los que quieran formar la Cruzada del Reinado de María, me tomen como Capitán de los
Ejércitos Marianos; os aseguro que María triunfará. Llevad por todo el mundo la devoción a la Santísima
Virgen María, Madre de Dios y Madre vuestra. Desde ahora, todos los verdaderos fieles de María,
organícense en Cruzadas para hacer el apostolado anunciado por San Luis María Grignión de Montfort.
¡Adelante los Cruzados de la Virgen María! Mi bendición a la Santa Cruzada, especialmente a todos
aquellos que propaguen este Mensaje.” Por lo tanto, si el Capitán exige 20 centímetros, ninguna fiel esclava
de María va a conformarse con menos.
El Padre Pío tenía una convicción muy firme sobre las modas de vestir en la mujer. Algunas mujeres no
iban con mini faldas, pero sí con faldas que eran cortas. El Padre Pío se molestaba mucho con esto. Si otras
mujeres se presentaban arregladas inadecuadamente, eran echadas por el Padre Pío, a veces gritándoles:
“¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!”
Su dureza aumentaba cada año. Echaba del confesionario a las mujeres incluso antes de entrar, si es que
percibía su manera inapropiada de vestir. El Padre Pío reprendía a algunas mujeres con palabras como,
“Váyase a vestir.” A veces añadía: “¡Payasas!” A ninguna le daba la aprobación, ya fueran conocidas de él o
las hubiera visto por primera vez o fueran hijas espirituales desde hace tiempo. En muchos casos, las faldas
llegaban hasta varios centímetros debajo de las rodillas, pero aun así no eran suficientemente largas para la
severidad del Padre Pío. Los muchachos y hombres tenían que vestir con pantalones largos, si es que no
querían ser echados de la iglesia.
Algunas consideraciones y anécdotas sobre el modo cómo este
Santo imponía la decencia en el vestir, sobre todo en las mujeres. El
Padre Pío no tenía nada en contra del cuidado de la propia persona.
Por la mañana, antes de bajar a la iglesia para celebrar la santa
Misa, con el peine se arreglaba los cabellos y componía un poco su
barba. Él, que tanto se interesaba por la santa pobreza y a menudo
vestía un hábito remendado y zurcido, quería que siempre estuviese
bien limpio. También quería orden, limpieza y dignidad en la ropa
de sus hijos espirituales.
A un administrador que quería ser más pobre en su vestir, el Padre
Pío le respondió: “Tú estás en tal lugar, y te tienes que vestir decorosamente. En esto no has de tener ningún
escrúpulo… Compra zapatos buenos, así te durarán más.” A cierta señora, casada con un conde, el Padre Pío
le dijo: “Tienes que ir vestida con dignidad; así conviene hacerlo siempre, y además lo tienes que hacer
también por tu marido. Si yo vistiese un hábito desgarrado, San Francisco no quedaría bien parado.” Cuando
una chica, que era muy descuidada en el vestir, fue a quejarse con el Santo porque no podía encontrar marido,
el Padre, que la veía muy melancólica, le contestó de forma inmediata: “Hija mía, arréglate un poco más.”
El Padre quería que sus hijos espirituales demostrasen tener sentido común en el uso de sus vestidos. A una
señora, que llevaba puesto un sombrero con una pluma grande, y que esperaba cerca de su confesionario, el
Padre Pío le dijo: “Tú vete a confesar con el diablo.” No sabemos si el Santo leyó algo más en aquella alma.
Pero a San Pío, sobre todo, le importaba mucho la modestia en el vestir, independientemente del lugar en
que se vivía. El motivo de esta preocupación del Santo era que vestir de modo indecente puede constituir un
escándalo, es decir, una incitación al pecado para un hermano. ¡La muerte espiritual puede llegar a través de
los ojos!
Una vez el Santo se asomó a la pequeña ventana de su habitación para saludar a la gente situada en el
patio delantero; y por el altavoz, que difundía su voz, pudo oírse: “¡Cuánta inmodestia en el vestir!
¡Avergonzaos!”
Por eso San Pío lanzaba continuas llamadas a la modestia, que tenían que observar sobre todo las
mujeres. Sus hijas espirituales nos dicen que él había llamado a una cruzada contra la moda indecente. La
razón era siempre la misma: ciertos modos de vestir pueden constituir un escándalo. Y el Padre aprovechaba
cualquier ocasión para lanzar su llamamiento; como cuando dijo: “Deseo que mis hijos espirituales entablen
una batalla contra la moda inmodesta, si quieren que les ayude en sus pruebas… Quiero que todas vosotras,
mis queridas hijas espirituales, con el ejemplo y sin respeto humano, libréis una santa batalla contra la moda
indecente.”
Viendo a una señora, mujer de un cónsul, con los brazos desnudos, le dijo: “Te cortaría los brazos,
porque sufrirías mucho menos de lo que tendrás que sufrir en el purgatorio.” En otra circunstancia dijo:
“Las carnes desnudas arderán.” Un día mandó decir a una mujer, que en la iglesia estaba con las piernas
cruzadas, que tomase una postura más adecuada.
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En la indumentaria de sus hijas espirituales no admitía ninguna imperfección en la decencia. Nos dice
una de ellas: “Una vez fui a la iglesia con un bonito vestido nuevo, que tenía un escote pequeño. El Padre
Pío me vio y me preguntó: “¿Quién te hizo el vestido?… No te lo vuelvas a poner.” Mas como yo sentía
mucho tener que tirarlo, se me ocurrió utilizar una bufanda para cubrir el escote. Unos días más tarde fui a
confesarme; el Padre, después de abrir la ventanilla, me dijo: “¿Crees que te puedes burlar de mí?… Con la
bufanda que te pusiste alrededor del cuello no cubres nada. ¡Te dije que no volvieras a ponerte aquel
vestido!”
Si cualquier ocasión era buena para llamar a la modestia, el momento más oportuno se le ofrecía al Santo
en el confesionario, y de nada servían las astucias para escapar a su ojo escrutador. Lo experimentaron dos
chicas que asistían a la Escuela de Enfermeras. Reservaron el turno para confesarse, pero, llevando casi
todos los días minifalda, pensaron que, vestidas de esa manera, no se podían presentar en el confesionario
del Padre. Entonces recurrieron a una solución sencilla. Antes de ir al convento, pasaron por el albergue
para que sus compañeras les prestaran un vestido más largo. Después de
vestirse con aquella ropa, que para ellas era inusual, y mirándose en el espejo,
se dijeron una a la otra: “¡Parecemos dos payasas!” Vestidas de ese modo, se
fueron a la iglesia y se pusieron en la fila esperando a que las llamasen. Poco
después llegó el Padre Pío; y deteniéndose delante de ellas, las miró y dijo al
Hermano encargado de la vigilancia del turno: “A aquellas dos payasas yo no
las confieso.” En otra ocasión, una mujer cambió su falda antes de presentarse a
la confesión; una amiga le prestó una falda más larga. Cuando entró al
confesionario, el Padre Pío abrió la ventanilla y la cerró de golpe diciendo:
“¿Pues qué? ¿Acaso nos estamos disfrazando para un carnaval?”
Para San Pío, no valía vestir de un modo en casa, y de otro en la iglesia. Más
de una vez el Padre Pío llamó ‘payasos’ a las personas que se vestían con ropa modesta sólo para acercarse
a él, cuando en realidad los demás días vestían de modo distinto.
En la primavera de 1967, en el tren del trayecto Nápoles-Foggia, se encontraron dos madres con sus
respectivas hijas que iban a ver al Padre Pío para confesarse. Las dos chicas se hicieron amigas rápidamente.
La que ya había estado con el Padre, viendo a su coetánea, que llevaba puesta una minifalda, le aconsejó
que cambiase de ropa una vez que llegaran a San Giovanni Rotondo, porque vestida en aquel modo el santo
fraile sin ninguna duda la alejaría del confesionario. Las dos chicas fueron juntas a una tienda, y la
napolitana, aconsejada por su nueva amiga, compró una falda larga que le llegaba por debajo de la rodilla, y
un par de medias gruesas; pero, mirándose al espejo, dijo: “¡Si me viese mi novio, pensaría que soy un
payaso!” El día de la cita con el Padre, la chica de Nápoles estaba esperando al lado del confesionario; pero,
cuando llegó su turno y se abrió la ventanilla, oyó que le decían: “¡Fuera, vete! Yo no confieso a los
payasos.” Con San Pío los trucos no funcionaban.
Por lo que se refiere al uso de cosméticos, hay que señalar que el Padre sólo permitía que las mujeres se
pintasen con mucha moderación. Un día, cuando se retiraba a su habitación después de haber distribuido la
comunión, se encontró con el pulgar y el índice de la mano derecha manchados con lápiz de labios. Y,
mostrando los dedos a los Hermanos, desaprobaba el exceso en el cuidado por parte de las mujeres. Y decía:
“Distribuyes la comunión y te manchas; y después manchas los labios de quien viene a continuación.”
Intervino otro sacerdote: “Pero Padre, ahora es de uso común entre las mujeres. Todas se ponen el carmín.”
Y San Pío: “Así lo justificáis vosotros: ‘todas hacen lo mismo.’ Razonando de esta manera, sois la ruina de
la Iglesia.” – “¿Pero qué tenemos que hacer? ¿Echarlas fuera?”, replicó el otro sacerdote. – “Alguna vez sí,”
respondió San Pío. – “Nosotros no lo podemos hacer. Si eres tú el que las echa fuera, la gente vuelve; pero
si lo hacemos nosotros, no vuelve nunca más.” Y San Pío replicó: “Mejor poca gente convencida que tanta
gente sin fe.”
Pero los otros sacerdotes de aquel tiempo no se dejaron convencer. Permitieron a las novias entrar
vestidas como cabareteras, y daban la Comunión a personas vestidas de playa. La mayoría de los Sacerdotes
no decían nada para impedirlo, porque eran partícipes: ellos mismos ya hacía tiempo que habían tirado sus
vestiduras al aire y al final convirtieron el Templo en un lugar profano, pues la gente hoy en día en vez de
vestida, va desvestida. Aquello que nos enseñaron nuestras abuelas de que a la Iglesia había que ir con los
brazos cubiertos, con chaqueta, quedó caducado. Los sacerdotes marcaron el ritmo de los tiempos
quitándose la sotana, las mujeres piadosas el velo en la iglesia, los hombres honrados el sombrero en la
calle, y se cambió la piedad por vulgaridad. Habría que preguntar a los sacerdotes por qué no fueron ellos
los primeros en dar ejemplo y enseñar a la gente a observar el decoro en la forma de vestir, ya que esto no
sólo se refiere a llevar mucha o poca ropa, sino a que esta sea apropiada. Tan irreverente era la novia con
camisón de gasa como el cura que la estaba casando y que iba con el alba sin la casulla, o el que iba al
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cementerio sólo con la estola o el que se paseaba con camisa de cuadros y pantalón de quinceañero. Resulta
todo igual de lamentable y todo contribuyó a desacralizar el espacio sagrado. Así se hizo normal que la
gente no comulgara de rodillas, pues no sabían ni dónde estaban ni Quién estaba en el Sagrario. Los
sacerdotes, si de verdad creen en Dios, no pueden permitir actitudes irreverentes durante la Santa Misa. En
1972, Nuestro Señor Jesucristo los reprendió en El Palmar: “¡Ay, ay, ay, sacerdotes! ¡Que sois pastores de
ovejas, que lo que vosotros hagáis o digáis van a hacer muchas ovejas; que sois responsables de que ellas se
desvíen, de que pierdan el verdadero camino! ¡Ay, Sacerdotes! ¡Que si vais ciegos, haréis que esas ovejas
caigan al hoyo en que vosotros caéis!… ¡Ay, hijos queridos, los llamados a ser modelos de imitación,
prefieren imitar al materialismo! ¡Es triste! ¡Muchos Sacerdotes han perdido la ruta! Mirad, un Sacerdote
con su sotana da más ejemplo del que muchos os imagináis. Porque es un signo. Llevan unas vestiduras
especiales: ¡Como que representan a un Reino que no es de este mundo! Son ministros de otro Reino: Sus
vestiduras van de acuerdo con el Reino al cual sirven ellos: Los soldados de
Francia no visten igual que los soldados de Inglaterra. Son distintos reinos.
Luego, mis Ministros deben llevar una señal palpable de que pertenecen a Mi
Reino. Hay una razón muy grande. Mirad: Un Sacerdote se beneficia
espiritualmente llevando la sotana, por muchos motivos: Porque al llevar aquella
señal, muchas cosas no las hará porque dará mal ejemplo. Mas, si viste de
paisano, pierde la noción, en muchos casos, de que es Sacerdote, y entonces hace
cosas que no debe hacer. Así que, hijitos míos, Sacerdotes: volved a coger
vuestra sotana. Lucid esa vestimenta real, porque representa a un reino noble,
porque representa vuestro ministerio, ¡que sois ministros!”
Ya sabéis lo que sucedió. El clero no hizo caso de estas advertencias, y el
pueblo cristiano se hundió cada vez más en su indecencia, hasta que el Señor se
cansó y los excomulgó a todos, excepto al pequeño rebaño del Palmar de Troya que se vestía como Dios
manda: así fue la apostasía de la iglesia romana a la muerte del Papa San Pablo VI. Naturalmente el nuevo
Papa, San Gregorio XVII, tuvo que seguir con la decencia tradicional y hacer lo mismo que hizo Cristo con
los que no cumplían: excomulgar a todos los que rechazan las normas de vestir, para así impedir que vuelva
esa corrupción a la Iglesia. Después de la fundación de nuestra santa Orden, el Señor dijo en 1976: “Todos
los Obispos de este Sagrado Lugar, han de vestir con los atuendos propios episcopales. Con toda la dignidad
que corresponde a Obispo y Pastor en la Iglesia. ¡Nada de falsas humildades! ¡Llevad el Episcopado con
toda la dignidad! En cuanto a los Sacerdotes, en esta Orden Religiosa, los Sacerdotes de El Palmar de
Troya, todos irán vestidos de sotana negra, para más realce… Todos los Sacerdotes de esta Orden Religiosa
de El Palmar de Troya, han de ir vestidos con los atuendos propios tradicionales.”
¿De quién es la culpa de toda la indecencia actual? Primeramente, y yendo a la raíz, de los gobernantes,
de los dirigentes de los países. Al no tener gobiernos ni monarcas católicos, las formas en el vestir las
marcan los productores de la moda y según lo que les interesa a ellos en su lucha contra el cristianismo. Es
curioso, pero real, que una mujer puede ir recatada no por convicción sino por moda. ¿Sabéis quiénes eran
los dirigentes de la moda en la época de nuestras bisabuelas? Los párrocos; porque el que era hombre de
Dios estaba a lo que tenía que estar, a la salvación de las almas. Antiguamente estas cuestiones se hablaban
y se consultaban en el Confesionario, pero cuando entró el modernismo, ningún Sacerdote se atrevía a
mencionarlo, ni en público ni en privado. La ropa a día de hoy no está ligada a la santidad sino a la
perversidad, a lo que nos marca el mundo. Cada época de la historia tiene sus prendas, sus colores, sus
tejidos y acorde a ello, debemos vestirnos con pudor y decoro. También los hombres de hoy son unos
indecentes y hay que decirlo alto y claro, ¿Cómo un señor hecho y derecho podía acudir a Misa con un
pantalón corto? ¡Pero, bueno! ¿Y el cura no le decía nada? ¿Y a su mujer y sus hijos, o su madre, les parecía
normal que un caballero pueda ir a Misa como si fuera a tomarse unas copas al chiringuito de la playa?
Los demonios consiguieron que las mujeres, en su gran mayoría, concurriesen a Misa con vestidos
impropios, sin que los Sacerdotes las mandasen afuera; por el contrario, hasta algunos decían que ‘es
preciso practicar el amor al prójimo… que no se puede juzgar a una persona por la manera inapropiada que
anda vestida, sino que lo que es preciso es mirar los sentimientos del corazón.’ Antiguamente era diferente:
Una persona de esas, o mejor dicho, ‘una descarada’, era expulsada de la Iglesia por el Sacerdote, porque
antiguamente había orden. Mas después dejaban entrar a cualquier ‘descarada’. Lo que entonces pasaba
cuando estas personas estaban en la Iglesia era absolutamente normal: todos volvían las cabezas y la oración
no tardaba en desaparecer.
Hace unos años, en la mayoría de los hoteles te encontrabas un letrero indicando las normas para acudir
al comedor. Alguno lo tenía expuesto en la puerta del comedor, es decir, para tomar una loncha de jamón
había que ir vestido con decoro, ¿y para ir a recibir al mismo Cristo, hecho un guiñapo? La relajación en las
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normas lleva al caos, al absurdo. Recordad las enseñanzas que nos dieron nuestros abuelos, lo primero,
vestir correctamente, y para ir a la Santa Misa reservábamos las prendas más nuevas que teníamos y los
brazos bien cubiertos. Para estrenar un vestido nuevo, había que esperar obligatoriamente al domingo. Qué
bonito, ¿verdad? Como princesas para el Amado. Así eran las madres santas que había hace setenta años;
enseñaban y cuidaban a sus hijos y les enseñaban a ser decentes. Hoy en día todo es muy distinto, las
madres quieren vestir como las hijas. Aunque haga calor, debemos mantener la dignidad en las formas hasta
el final, máxime en la casa de Dios, y no ser tan poco mortificados, pues aguantar el calor por amor a Dios,
también puede ser un gran entrenamiento para el alma.
En los colegios y en los catecismos se dejó de hablar de esto. Actualmente se viste muy mal, aquellas
fotografías en blanco y negro que mostraban la belleza en el vestir pasaron a un lugar en el recuerdo.
Mujeres con pantalones, escotes hasta el ombligo, mini shorts, transparencias; hombres con pantalón corto,
desaliñados, zapatos inapropiados; todo esto es la fauna que se llegó a encontrar en los templos.
Lógicamente todo esto conduce a la impureza y a otros muchos pecados graves. Se evitaba en la catequesis
hablarles a los niños sobre el decoro. ¿No sería conveniente explicar que una mujer que se va a casar debe ir
revestida de pureza por dentro y por fuera? ¿Por qué a los padres de los niños que van a recibir su Primera
Comunión o el Bautismo no se les explica que la Iglesia no es una pasarela de artistas? Porque es más fácil
consentir y callar y después quejarse de lo mal que está todo… ¡cobardes! Si las
iglesias parecían salas de fiestas es porque toda la jerarquía lo ha consentido, lo ha
fomentado y lo más grave, son parte de todo ese desmadre que llevó a la apostasía
de la iglesia romana.
La solución es abandonar el pecado y volver al camino de la santidad y de la
sana doctrina; así se ha hecho en la Santa Iglesia Palmariana, donde los Sacerdotes
tienen sus sotanas, las monjas sus hábitos y los fieles seglares tienen en la modestia
el adorno de su casa.
En una ocasión una mujer preguntó a un Sacerdote cómo debía vestir, y él
respondió: “Ten en cuenta la norma del recato y del pudor. Oculta tu cuerpo bajo la
ropa pudorosa, así lo requiere la Santísima Carne de Nuestro Señor Jesucristo
escarnecida en su Pasión y ofendida al quedar desnudo antes de crucificarlo. Así lo
requiere la Pureza de la Santísima Virgen. Así lo requiere cualquier alma que
quiera reparar tanta indecencia en el vestir dentro de la casa de Dios, ante el silencio y la complicidad de los
sacerdotes. Así lo requiere un alma verdaderamente enamorada de Cristo.”
El Santo Evangelio dice: “¡Ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!” El escándalo es algo que
hace tropezar al prójimo, que lo lleva a incurrir en pecado. La inmodestia lleva a tentaciones, provoca malos
pensamientos y malos deseos en otros. Excita la concupiscencia y puede llevar, incluso, al prójimo a
cometer actos impuros. El católico no debe vivir como todo el mundo y debe alejarse de ser causa de que
otros ofendan gravemente a Dios. Quien provoca el pecado mortal, peca gravemente. Y los pastores que se
convierten en canes mudos o los padres que cómodamente no educan a sus hijos en esta virtud, pecan
también por su grave omisión. Entre los no palmarianos, que no tienen la verdadera Fe, los padres no
pueden imponer la modestia a sus hijos sin luchar, porque no la reconocen como Ley de Dios para todos.
Las leyes humanas son discutibles, y así protestan: ‘¡Tengo derecho a usar lo que quiera! ¿Quién eres tú
para decirme qué debo ponerme?… ¡Pero esto es lo que está de moda!’ O si mandan no dar escándalo con
su inmodestia, son capaces de contestar: ‘¡Ese es tu problema, viejo sucio!… Bueno, ¿quieres que volvamos
a la época victoriana, cuando incluso la visión del tobillo desnudo de una dama causó un escándalo?’
No olvidemos que la modestia incluye no sólo la vestimenta, sino también los movimientos del cuerpo,
las posturas, los gestos y las palabras. La modestia emerge de una actitud interior y exalta la feminidad, no
la suprime. Le da honor y valer a la mujer, y dignidad al caballero. La modestia en el vestir no supone mal
gusto, sino al contrario, es inseparable del buen gusto. Quien carece de ese sentido, refleja su mal gusto
vistiendo honesta o inmodestamente. El buen gusto no implica necesariamente ropa costosa o telas muy
finas, sino que se centra más en la armonía de los colores, las formas y tamaños.
Tomemos como ejemplo a la dulcísima Virgen María en esta necesaria virtud y demos testimonio de
nuestra fe sin miedo alguno a las críticas y criterios del mundo, pues éste es uno de los tres enemigos del
alma. No busquemos quedar en el límite en esta virtud, pues por lo general nos equivocaremos. Seamos
siempre generosos con Dios y valientes ante el mundo y la sociedad, dando testimonio claro de nuestra fe.
Son muy pocos los católicos que tienen verdadero celo por vivir la santa pureza, la virtud en grado
heroico, evitando como la peste aquellos lugares que pueden ser ocasión de pecado y por consiguiente un
peligro para la salvación eterna. Hay una laxitud muy grande y el mundo ha perdido el sentido de pecado, de
la ofensa a Dios y el meditar en la eternidad del infierno y su trascendencia. Nos olvidamos que se puede
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pecar de pensamiento, de palabra, de obra y de omisión. No somos conscientes de nuestra debilidad y de
que es muy fácil ofender al Señor si bajamos lo más mínimo la guardia. Somos pecadores y a lo largo del
día cometemos un buen número de pecados veniales. Hay que luchar por combatir el pecado venial,
especialmente el pecado venial deliberado, a sabiendas, que endurece el alma y nos predispone para el
pecado mortal.
En el tema de la santa pureza, del sexto y décimo mandamiento, no hay parvedad de materia, lo que
quiere decir que todo pecado deliberado y consciente contra la santa pureza es de suyo grave. Otra cosa es
que uno tenga un mal pensamiento y no llegue a consentir, pero si consiente a sabiendas es de suyo grave.
Sabiendo esto y conscientes de nuestra debilidad, ya que el espíritu está presto pero la carne es débil,
debemos extremar las precauciones en esta materia. No sólo se peca contra la pureza con actos impuros sino
también se puede pecar fácilmente de palabra, de pensamiento y de omisión. Por eso debemos evitar todo
aquello que sea una ocasión de pecado, como las muchas películas, novelas y revistas indecentes, imágenes
y anuncios por la calle, curiosidad en las miradas etcétera, pues tras caer en la curiosidad es muy fácil que
venga el consentimiento y los pecados propios de la naturaleza caída. Siempre está la tentación de lo
prohibido, que como una espada de Damocles, amenaza nuestro estado de gracia, que pende de un hilo.
De la misma manera, si queremos ser santos y no pecar, ni poner en riesgo nuestra salvación eterna,
debemos evitar aquellos lugares que sean ocasión de pecado. Y es tan evidente que las playas, hoy en día
tan masificadas, son una ocasión de pecado que no habría casi necesidad de demostrarlo, aunque lo vamos a
hacer.
La mayoría de católicos tristemente consideran que no pasa nada por ir a la playa, pues es lo más natural
y no hay que ver pecado en todos los lados. La playa en sí no es mala; es algo creado por Dios. Pero bien es
cierto que, quitando algunas playas solitarias de difícil acceso, la mayoría de playas de la actualidad se
pueden considerar seminudistas, pues los trajes de baños son cada vez más ligeros. Está plenamente
demostrado que, salvo en caso de individuos asexuados, la mayoría de personas no permanecen indiferentes
en determinados ambientes como pueden ser las playas hoy en día y reaccionan a los estímulos sensuales.
Por eso los santos, perfectos conocedores de la naturaleza humana, siempre nos han advertido del peligro. El
Santo Cura de Ars perseguía duramente el baile, seguramente más inocente que determinados ambientes
actuales como playas y discotecas.
El pecado original nos dejó una propensión al mal, la concupiscencia, pero no destrozó la libertad
humana ni la responsabilidad. El que peca es libre para hacerlo y libre para arrepentirse; por eso es
responsable. Dicho esto, vemos que nuestra naturaleza caída tiene fácilmente la tendencia al pecado. Por eso
hay que hacer guerra contra esta tendencia y llevar una vida de oración y de sacramentos, evitando las
ocasiones de pecado, las malas compañías, malas lecturas etcétera. Dada nuestra debilidad, es muy
importante no acercarnos al peligro, evitar las ocasiones de caer en el precipicio. La Virgen nos advierte en
Fátima que la mayoría de las almas se condenan por pecados de impureza, y los pastorcillos vieron el
infierno abierto y cómo caían las almas en él; es algo que siempre conviene recordar.
El décimo Fruto del Espíritu Santo es la Modestia, que es quizás la virtud que
más nos asemeja a los Ángeles de Dios en el Cielo, y el diablo quiere privarnos de
esta virtud a toda costa. Aprended a apreciar su valor para que estéis dispuestos a
sacrificar todo lo que tenéis en el mundo antes que perder esta hermosa virtud.
El Cardenal Baronio relata que cuando una piadosa joven llamada Georgina
estaba a punto de morir, una gran multitud de blanquísimas palomas volaron
alrededor; y cuando llevaron su cadáver a la iglesia, las palomas volaron a la
parte del techo justamente encima de su féretro y quedaron allí hasta el entierro.
La gente corrió a la iglesia para ver esa maravilla, persuadidos que Dios había
enviado sus ángeles, bajo apariencia de palomas, para honrar a una que todos
apreciaban y reverenciaban por su modestia angelical.
San Luis Gonzaga, antes de ingresar en la Compañía de Jesús, fue enviado por
su padre a España, donde pasó dos años en la corte del emperador como uno de
sus pajes. Unos años más tarde, uno de sus compañeros le dijo: “Cuando la emperatriz llegue a Roma, tú
podrás reconocerla.” San Luis contestó: “Si estoy cerca y la oigo hablar, quizás podré conocerla por la voz,
pero no la conocería por la cara, porque nunca la miré.” Tal era la modestia de este joven Santo que, aunque
estuvo durante dos años al servicio de la corte, nunca había levantado los ojos para mirar a la emperatriz a la
cara. ¡Qué enseñanza para aquellos que desvían sus ojos para fijarse en cosas que nunca deben mirar!
Recordad la Decimocuarta Carta Apostólica de Nos, que habla de la virtud de la castidad. Esta es la virtud
blanca, la virtud de la belleza, de la blancura del alma. Todas las virtudes son ornamento riquísimo del alma,

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pero ninguna la adorna con tanta gracia y hermosura como ésta. ¡Oh qué hermosa y resplandeciente es la
generación de los que aman la castidad!
Flores muy bellas de aroma encantador son las demás virtudes, pero la castidad es la azucena de las
mismas, el lirio que recrea y enamora al mismo Dios, que anda siempre entre lirios. También ha reservado
una bienaventuranza especial para ella: “Bienaventurados los limpios de corazón.” Y es que aunque todo
pecado, toda falta, es una mancha en el alma, parece que ninguna la mancha como la impureza; ésta es el
pecado feo, sucio, vergonzoso, más que ningún otro pecado. Es el más aborrecido de Dios, el que más
ofende los ojos purísimos e inmaculados de nuestra Madre. Para él reservó Dios sus mayores castigos, aún
aquí en la tierra: no dudó en enviar al mundo diluvios de agua y de fuego para purificarle de este vicio
repugnante y abominable. He ahí por qué este es el pecado que el demonio, en su afán de vengarse de Dios,
más promueve, y es, sin duda, el pecado que arrastra más almas al infierno.
La castidad es la virtud más delicada; cualquier hálito carnal la empaña y marchita. Es cierto que no se
pierde esta virtud solo por sentir la tentación, aunque sea ésta muy fuerte, muy repugnante, muy pesada.
Muchísimos santos, a pesar de su santidad, pasaron por la humillación de sentir estas tentaciones y no
dejaron, por eso, de ser grandes santos. Se peca y se pierde la castidad, cuando se consiente libre y
voluntariamente en cualquier cosa, por pequeña que sea, y aunque sea por poco tiempo. Fíjate bien, aunque
te parezca poca cosa; si es impura, ya es pecado, pues no existe, en este punto, la llamada ‘parvedad de
materias o materia leve.’ ¡Qué delicadísima es! Todo cuidado y mimo es muy poco siempre; nunca creas
que en esto puedes pecar por exageración. Las almas más puras, como la de un San Luis Gonzaga, fueron
las más exageradas en esta materia. ¿Cuál sería, pues, la delicadeza exquisita de nuestra Madre querida, si
tanto fue lo que Ella amó esta flor bellísima?
Es la virtud clara, la virtud de la luz. El alma casta está envuelta en la claridad de la luz divina. Por eso,
los limpios de corazón son los únicos que ven y verán a Dios. Luz para el entendimiento, luz para el alma y
el corazón. Los pensamientos puros son diáfanos, claros más que la luz. Los amores puros, son los amores
sinceros y verdaderos, los únicos que merecen este nombre; nunca se
rebaja tanto el amor como cuando se asienta en la impureza. Eso ya no
es amor, es una pasión baja, llena de egoísmos groseros y de
concupiscencias animales.
La castidad es luz para nuestro entendimiento, puesto que la impureza
es ceguera y oscuridad de espíritu, que priva al hombre del
conocimiento, primero, de sí mismo, esto es, de su dignidad, de lo que
es, de lo que debe ser, de lo que se debe a sí mismo. Si al cometer el
pecado se acordara el hombre de lo que es y de lo que va a ser después,
no lo cometería. El que peca así es un hombre animal, esto es, hombre carnal, incapaz de percibir las cosas
de Dios. San Bernardo dice que, en los demás pecados, por ejemplo, de avaricia, de soberbia, etcétera, peca
el hombre, pero en este pecado, peca el animal, porque esa pasión es tan baja y rastrera, que le pone al nivel
de las bestias. ¡Qué ceguera de sí mismo!
Pero también priva al hombre del conocimiento del pecado que comete, pues se le conoce cuando no se ha
cometido; entonces es cuando se tiene miedo, asco, repugnancia a este pecado. Pero cuando se le comete,
este conocimiento se debilita, se pierde el miedo y la vergüenza y se llega al escándalo, al endurecimiento
del corazón, al cinismo desvergonzado.
Además, priva al hombre del conocimiento de Dios. La impiedad y la incredulidad, y la misma apostasía,
son casi siempre efectos de la impureza. La idea de Dios, es algo que turba el placer del hombre carnal y,
para mejor entregarse a su pecado, reniega de Dios y se aparta de Él. Esto hizo Lutero, y tantos otros.
La castidad es la virtud noble. Toda nuestra nobleza y dignidad depende de nuestra parte espiritual, pero
ésta es la que cae vencida por la carne, por la materia en todo pecado carnal. Hay en nosotros una continua
lucha entre el espíritu y la carne; el primero aspira a subir hacia arriba, hacia Dios, que es su modelo, ya que
el alma es imagen suya; la carne tiende a bajar, a arrastrarse por el lodo y la tierra de donde brotó. He aquí la
lucha constante que se sostiene en nuestro interior. Si el espíritu sube, ha de ser triunfando de la carne; ésta
es la virtud de la pureza. Si se deja arrastrar por aquélla y es vencido por la carne, tenemos el pecado
impuro. De suerte que la pureza es el resultado de una victoria, y la impureza de una vergonzosa derrota.
Por eso es la virtud noble, digna, valiente, propia también de los valientes; es la virtud por excelencia viril,
enérgica, que no admite la más pequeña claudicación o transigencia.
Esta es la virtud de María. Es, ciertamente, la más querida, más buscada, mejor custodiada por la
Santísima Virgen. María es toda blancura, sin mancha posible, pero menos aún mancha carnal. Concebida
blanca, persevera en su blancura inmaculada hasta el fin de sus días. María es la Reina de la luz, que no
tiene menguantes, como la luna, ni ocasos, como el sol, sino siempre luz, toda luz, sin mezcla de sombra de
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ninguna clase. Todas las almas, aún las más santas tuvieron alguna mancha, alguna sombra. María es el
único espejo purísimo de la luz indefectible y eterna de Dios. ¿Cuál sería el conocimiento que tendría con
esa luz, de Sí misma, del pecado, de Dios? ¿Qué de extraño tiene que tanto ame la pureza, si es la virtud de
la claridad y de la luz? ¿No ves cómo el impuro gusta de la oscuridad y de las tinieblas? Ese es su ambiente:
oscuridad de infierno.
Contempla a María acrisolando su pureza, no con luchas ni pruebas, pues Dios no quiso que sintiera el
aguijón de la concupiscencia, pero trabajando, vigilando, orando, mortificándose como si la sintiera y como
si tuviera miedo de perder su virtud. ¡Qué energía tan encantadora la suya para guardar y conservar aquella
joya inmaculada! ¿Por qué no eres tú así?
La Castidad es la flor virginal. Todo lo dicho de la blancura, de la claridad y brillo, y de la nobleza y
dignidad de la castidad, se ha de decir, sobre todo de la castidad virginal, que es el grado más perfecto y más
excelso a donde puede llegar esta virtud; es el grado máximo que eligió la Santísima Virgen para su
castidad. Tanto más meritoria aparece la virginidad, cuanto más libre y voluntaria es en el hombre.
La castidad es obligatoria en todos los estados de vida que elijamos. Hemos de ser castos necesariamente
en pensamientos, deseos, palabras y acciones; a esto se reduce el fiel y exacto
cumplimiento del sexto precepto de la ley de Dios. Pero la virginidad es una
virtud voluntaria, a nadie obliga, sino que libre y espontáneamente la abraza el
que quiere.
Gracia muy grande de Dios es ésta, que supone una luz especial para que con
ella se conozca la hermosura, la belleza divina de la virginidad y así
conociéndola no se puede menos que enamorarse de ella, y recibirla, no como
una carga pesada, sino como un don excelentísimo que Dios concede. ¡Dichosas
las almas que han recibido esta luz! Si el mundo todo la recibiera, y conociera lo
que encierra la virginidad, no habría nadie que la desechara. Es, por tanto, el
tesoro escondido del Evangelio, que el que lo encuentra, da todo lo que tiene por comprar su posesión y por
no perderlo nunca. Sólo Dios puede inspirar y dar a conocer la belleza incomparable de la virginidad.
Virtud y flor angélica se llama a la castidad, pero singularmente estas palabras convienen a la virginidad,
porque esta virtud hace al alma virgen semejante a los ángeles, ya que de tal modo dignifica y ennoblece al
que la posee, que transforma, eleva y espiritualiza su carne de tal manera, que la hace vivir como si su alma
no estuviera encerrada en el cuerpo grosero y material, como si fuera espíritu puro, cual los ángeles.
Muchos Santos Padres comparan a las almas vírgenes con los ángeles, y prefieren a aquéllas, antes que a
éstos. San Ambrosio, dice: “Los ángeles viven sin carne, las almas vírgenes triunfan sobre la carne.” San
Pedro Crisólogo, añade: “Es más hermoso conquistar la gloria angélica, que recibirla por naturaleza; la
virginidad conquista en la lucha, y después de muchos esfuerzos, lo que los ángeles de Dios han recibido
naturalmente.”
San Bernardo, exclama: “El alma virgen y el ángel, sólo se diferencian en que la virginidad del ángel es
más dichosa, pero la del alma virgen es más valerosa y meritoria.” En fin, San Jerónimo escribe: “Apenas
entró el Hijo de Dios en la tierra, se constituyó una nueva familia, nunca vista ni conocida hasta entonces: la
familia de las vírgenes, para que Él, que en el Cielo era adorado por ángeles, lo fuera también por estos
otros ángeles en la tierra.”
He aquí por qué esta virtud hace al hombre tan amable y querido para los ángeles; porque los ángeles,
como todos los seres, aman a sus semejantes, y así no pueden menos de amar a los que tienen esa carne
angelizada, y que viven como ángeles en la misma naturaleza corpórea y material. Por esta misma razón, la
belleza de esta flor es perenne y eterna, como es la de los ángeles, pues no fundándose en razones carnales y
materiales que son corruptibles, carece de principio de corrupción; y así, cuando todo en la tierra se deshace
y se desmorona, y se deteriora con el tiempo, que todo lo consume, la carne virginal, aunque parezca que
con la muerte también se deshace y corrompe, conserva como germen la incorrupción moral y física, y un
como derecho a la inmortalidad. Ésta es la hermosísima y purísima generación de las almas vírgenes. Parece
que es como una nueva generación, distinta de las demás, que conserva dichosamente, en el mundo, el
recuerdo de aquel estado de inocencia y pureza, en que fue creado el hombre por Dios, en el Paraíso.
Ésta, es, por antonomasia, la flor de María, la flor predilecta de nuestra querida Madre, de tal suerte, que
esa virtud es la que la denomina con el nombre de ‘la Virgen’. Fíjate bien en ese nombre y la fuerza que
tiene al llamar así a María. No la llamamos “la Humilde”, ni “la Obediente”, etcétera, aunque fue todo eso y
modelo acabadísimo de todas las virtudes; en cambio, se la llama “la Virgen” y parece que ya está dicho
todo con llamarla de esa manera.
La Santísima Virgen María siempre fue tan excelente en la pureza y modestia que era digno Templo y
Sagrario de la Santísima Trinidad; y ahora que consiguió para sus hijos, nosotros, la gracia de ser templos
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de Dios, y que vive en las almas de los fieles de la Iglesia, tenemos que imitar la pureza y modestia de
nuestra Divina Madre para ser dignos de tanta dicha.
Ni en las tiendas de los Patriarcas, ni en el seno del pueblo de Dios, se conocía bien esta virtud. La
esperanza de engendrar al Mesías, apartaba a las hijas de Israel de apreciar la virginidad. Es que Dios quería
que el modelo perfecto de la virginidad fuese María, y así, con su abnegación sublime, renuncia a la
posibilidad de ser Madre de Dios, con tal de seguir la inspiración divina que la inclina a la vida virginal. Es
decir, que en cierto modo renuncia a Dios mismo, para ser más agradable a Dios. ¡Qué tiene de extraño que
ante este sublime ejemplo, miles de almas hayan querido formar parte de este ejército blanco, en el que
María tremola la bandera purísima de la virginidad! Sólo estas almas virginales son y serán eternamente las
hermosas azucenas que, sin doblar su tallo, y siempre mirando al Cielo, enamoran a Dios, y le obligan a
comunicarse con ellas de un modo más íntimo, más amoroso, más divino.
No es posible amar a María sin inundarse el corazón en los resplandores y aromas de su castísima y
purísima virginidad. Ella es el principio de la virginidad. La mirada de María, el trato y conversación con
María, engendra virginidad, la respira por doquier, la derrama por todas partes, como el lirio su fragancia.
Invita a reconocer en la virginidad un ideal de santidad. Efectivamente, es un gran ideal, magnífico ideal, el
ideal de María, el ideal de Dios. Pues bien, el ideal vale más que la vida. Todo debes sacrificarlo ante él,
todo dirigirlo y encaminarlo para sostener, conservar, defender ese ideal tan grande, que se lleva en vaso de
barro y que se puede quebrar.
La Castidad es el lirio entre espinas. Así se llama esta virtud, y con razón, pues sólo entre las espinas de la
mortificación, que la guardan y la defienden, puede crecer y desarrollarse. No olvidemos que es una flor
delicadísima y muy mimosa; cualquier cosita la puede marchitar, que hay
enemigos en todas partes dispuestos a presentar batalla, para hacernos caer; que
donde menos quizá lo pensamos, allí nos asecha el ladrón dispuesto a
aprovechar cualquier descuido y a arrebatarnos esa joya en cuanto pueda; en fin,
que el cofre que la guarda es de barro quebradizo y un solo golpe puede
romperlo.
Por eso, la castidad requiere un sacrificio constante, en muchos casos
equivaldrá a un verdadero martirio por lo duro, por lo constante del sacrificio.
San Ignacio mártir dice que “se debe apreciar y estimar a las almas vírgenes
como a verdaderos sacerdotes de Cristo, que en su corazón y en su cuerpo,
ofrecen sin cesar verdaderos holocaustos al Señor.” Sólo Cristo podía hacer esta
maravilla; que la debilidad humana obtuviera este glorioso triunfo del espíritu
sobre la carne. Sólo Él lo ha hecho. Gloria suya es la castidad, la pureza, la
virginidad. Fuera de Cristo, fuera de la Iglesia, no se da esta flor. Por eso, llegó
a decir San Atanasio, que era “la virginidad una nota característica de la Iglesia verdadera,” pues en ella y
exclusivamente en ella se da este heroísmo. Por lo tanto, ¿es de extrañar que el clero de la iglesia apóstata
de Roma haya dado tantos escándalos de impureza, si carecen de la Gracia de Dios para conservarse puros?
Mas por eso mismo que es un heroísmo, un sacrificio constante, un holocausto total y perfecto de nuestro
cuerpo y de nuestra alma al Señor, por eso requiere valor, cuidado, vigilancia y, en fin, la práctica y
ejecución de los medios indispensables para triunfar en esta lucha. También la Santísima Virgen es un
modelo en esto. Ni un solo descuido, como ya se ha indicado; se portó siempre en la guarda de esta virtud
como si tuviera miedo, como si hubiera estado rodeada de grandes tentaciones y de ocasiones peligrosas; y
es que ama tanto a esta virtud, que nunca creyó que hacía bastante para conservar la blancura del lirio de la
castidad. Mira, pues, a tu Madre; recorre estos medios indispensables y medítalos despacito, uno por uno.
Hay medios negativos; son los que más bien podemos llamar preventivos. ¡Cuánto mejor es prevenir que
curar! Pero, sobre todo, ¡cuánta verdad encierra esto en materia de castidad! Hay caídas tan mortales, que
parecen irremediables sin una gracia muy grande de Dios, y que después exigen una muy difícil reparación.
Lo primero, pues, es huir, evitar las ocasiones; esta fuga no es vergonzosa, no es de cobardes, sino de
prudentes y avisados. Imprudencia y locura es acercarse al fuego y no querer quemarse; necedad
inexplicable sería pasar junto a un león dormido y despertarle. ¿Quién sabe lo que pasaría después? El
Espíritu Santo lo advierte con toda claridad: “Quien ama el peligro, perecerá en él.” San Jerónimo exclama:
“¿Quién jamás durmió tranquilo junto a una víbora?” Acuérdate de que no es la salud, sino la enfermedad la
que se contagia. Por tanto, hay que huir del contagio, hay que desconfiar de todo, muy prudentemente.
No transigir con nada que se relacione con esta materia. No andes bordeando el precipicio, ni viendo
hasta dónde puedes llegar y hasta dónde no; que es materia resbaladiza y, puesto ya en el resbaladero, es
muy difícil detenerse y decir: ‘de aquí no paso.’ Todas las grandes caídas vinieron por pequeños resbalones,
por descuidos insignificantes. Hasta los paganos antiguos decían que las pasiones del alma, como las
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enfermedades, deben combatirse desde el comienzo para que no se agraven de tal modo que resulte todo
remedio impotente para dominarlas o curarlas. Da mucha importancia a los comienzos, no transijas con un
principio de enfermedad, aunque parezca pequeño.
Pueden figurar entre estos medios negativos, la mortificación y la penitencia, pues su fin no es tanto
castigar y reparar el daño cometido, como el de prevenirlo, quitando fuerzas a la carne y a los sentidos y así
hacer que la tentación no encuentre terreno apto para su desarrollo. Sin la guarda de los sentidos, nadie
logrará el don de la castidad. La mejor garantía y seguridad de la castidad, es la mortificación. Ama la
mortificación, que es madre de la pureza.
En cuanto a los medios positivos, la oración es, sin duda, el primero y más principal. Por eso Cristo tanto
insistió en ella para que no cayéramos en tentación. La oración nos pone en contacto con Dios, todo Pureza;
nos acerca a las cosas del Cielo y nos aparta de la tierra. Además, nos alcanza de Dios los auxilios
necesarios para combatir y para triunfar. La oración es necesaria para todo, para toda clase de virtudes, para
impetrar todo género de gracias, pero mucho más indispensable lo es para esta virtud, pues hay algunos
géneros de tentaciones que sólo pueden vencerse con la oración y la
penitencia.
Los Santos Sacramentos. El Sacramento de la Penitencia para lavarnos y
purificarnos, para blanquearnos, es el Sacramento de la limpieza, de la
pureza. Pero aún más, si a ésta se le añade la Santa Comunión. Comunión,
esto es, unión común, en una misma vida con Cristo. ¡Qué tiene de extraño
que la Comunión sea fuente de castidad y de virginidad! El Inmaculado, el
Hijo de la Inmaculada, el que se apacienta entre lirios y azucenas, el Esposo
de las almas vírgenes, hecho pan blanco para engendrar blancura de
virginidad. Es imposible comulgar bien, y no ser puro y casto.
Ejercitarse en otras virtudes, como la humildad, tan unida a la castidad,
que, según San Francisco de Sales, “no es fácil ser casto sin ser humilde,” y según otros santos, “Dios a
veces castiga al soberbio, dejándole caer en la humillante impureza.” Asimismo, es muy importante la
laboriosidad, pues en el campo de la ociosidad es donde más se da la impureza.
Por último, la devoción verdadera a la Santísima Virgen, pero devoción de imitación. Imitar su modestia y
vestirse con decencia, a ejemplo de la Virgen Santísima. Mira cómo apreciaba María su pureza, cómo la
cuidaba con la vida retirada y silenciosa, sin aparecer en público más que cuando la caridad o el servicio de
Dios lo exigía así; cómo la conservaba con su vida de laboriosidad, evitando toda ociosidad y ocupándose
con el trabajo de sus manos, con la mortificación de sus sentidos, de su lengua, de sus ojos, de sus oídos,
recogiéndolos con el más esmerado recato y la más pudorosa modestia, con su oración continua, de suerte
que jamás perdió la presencia de Dios, ni dejó de sumergirse y anegarse un momento en la fuente divina de
pureza. Mírala, examínala muy despacio hasta saber de memoria todo lo que hacía por su pureza virginal.
Invócala, llamándola con frecuencia, especialmente en las ocasiones, en los peligros, acude a Ella
instintivamente y dile, con el corazón, mil veces: “Mírame con compasión, ¡no me dejes, Madre mía!”
La Modestia es una virtud encantadora. La modestia tiene tal parentesco y relación con la castidad, que es
una parte de la misma, y así se asemeja a ella en la belleza, en la hermosura y en los encantos divinos que la
rodean. La modestia, al igual que la pureza, es una virtud agradabilísima a los ojos de Dios y también a los
ojos de los hombres. Mira qué repulsiva resulta una persona atrevida, desenvuelta, descocada y
desvergonzada. Compárala con aquella otra, al parecer tímida y encogida quizá, pero envuelta en ese velo
celestial de modestia, de sencillez, de pudor, y de ruborosa y simpática vergüenza.
Es el complemento necesario e indispensable de un alma pura y más aún de un alma virgen. San Pablo
nos anima a practicar la modestia cuando dice: “Que vuestra modestia sea manifiesta a todos los hombres.”
Si conserváis la presencia de Dios y os dais cuenta de que Dios preside todos vuestros actos, seréis
necesariamente modestos. San Francisco de Sales insiste en esto y dice que “en todos nuestros actos
debemos ser siempre muy modestos, pues siempre estamos en presencia de Dios y a la vista de sus ángeles.”
Mira claramente cómo esta virtud recibe, del Cielo mismo, todo su encanto, su dignidad y hermosura tan
atractiva. Y así comprenderás la razón de por qué la Santísima Virgen amaba tanto esta virtud. La
reverencia que sentía hacia la Majestad de Dios, a quien veía y tenía presente en la persona de su Hijo, el
amor santo y la veneración y respeto profundo que sentía hacia la divinidad, su perfectísima y continua
presencia y conversación con Dios, fueron la causa de que Ella apareciera siempre como Virgen
modestísima.
¡Qué modelo, María, de encantadora modestia! En su semblante, en su mirada, en sus modales, en su
compostura, aparecía una santa gravedad y seriedad, acompañada de inexplicable suavidad y de una dulzura
celestial y divina. Así era su modestia: grave y simpática a la vez, una modestia rigurosa que no admitía el
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más pequeño descuido, pero a la vez natural y sencilla, sin violencias ni ridiculeces, afable y atractiva, sin
ligerezas ni vulgaridades, sin soberbias ni desconfianzas. Todos los que la veían quedaban prendados de
aquella modestia y recato que no tenía nada de ceñuda, ni melancólica. Jamás se vio en Ella la más pequeña
inconveniencia, la más mínima incorrección. ¡Qué belleza tan armónica en todo su ser, producida por esta
tan encantadora modestia!
La modestia es la virtud protectora de la castidad, es su mejor defensa, es el baluarte natural de la pureza.
No es posible tener un alma pura, si los sentidos todos no están enfrenados y encauzados por la modestia. La
vista, el oído, la imaginación, son otras tantas puertas que si se dejan abiertas, o si se abren deliberadamente
a todas las impresiones que a ellos llegan, fácilmente entrará por ellas el pecado y la muerte de la
concupiscencia.
Además, la modestia nos aísla y separa de la vida del mundo y facilita la vida de fervor, evitando esa
disipación que produce el derramamiento de los sentidos, convirtiendo el alma en templo donde Dios habita
y permitiendo un trato de gran familiaridad con Él. Así amaba María su modestia, como a salvaguardia de
su virginal Corazón, como el mejor medio para desprenderse de todos los atractivos exteriores, como el
modo más práctico de vivir sólo y toda para Dios. Y como manifestación de esta su inmensa modestia,
contempla con fervor aquel rubor más que angelical que aureola su semblante.
Mírala delante del arcángel en su Anunciación; sorprendida por las alabanzas
inesperadas de aquel ángel se ruboriza, se tiñe de carmín su rostro, se turba, y
rinde, con esa ruborosa turbación, un homenaje a su profundísima humildad y a
su virginal modestia. ¡Ah, qué simpática es esta vergüenza que así se asoma a
la cara de quien posee un corazón humilde, inocente, delicado, puro y modesto!
Mira a aquel niño que se llamó Estanislao de Kostka, ruborizarse, avergonzarse
de tal modo, ante la palabra inconveniente, ante la expresión grosera o
malsonante, que su corazón envía toda su sangre a su rostro, se queda sin vida
y cae desmayado. ¿De quién aprendió esa delicadeza, esa exquisita
sensibilidad, sino de su Madre?, ¿de Aquélla a quien no podía menos de amar
porque era su Madre? La modestia, la vergüenza, el rubor, es el distintivo del
hombre sensato. Entre los animales no se da nada de esto, ni tampoco entre los
hombres que han llegado a ese estado de rebajamiento irracional, propio del
pecado animal y sensual. La modestia y la vergüenza es la barrera que se
levanta entre el hombre y la bestia, pero por eso la vergüenza, en presencia de la bestia, enrojece las mejillas
con lo que se ha llamado la púrpura de la castidad y es el rubor. Pide a tu Madre Celestial esta santa
vergüenza, este encantador rubor que demuestre al mundo entero, tu pasión por la pureza, por la castidad,
por la modestia que la defiende.
¡Qué hermosa y edificante aparece a los ojos de todos la modestia! Es algo que arrastra, que se impone,
que se pega a los demás. Todos los pecados hechos en presencia del prójimo, pueden servirte de escándalo y
de mal ejemplo, pero entre todos, el pecado impuro es el que más escandaliza y el que con más razón lleva
este nombre de escándalo.
Del mismo modo, todas las virtudes pueden servir de edificación al prójimo, pero la modestia se lleva la
palma. ¿Qué hay de mayor edificación que una modestia en el vestir, en el hablar, en el reír, en el andar, en
todo el porte de un alma que así se nos muestra en el exterior? Lo dice el Eclesiástico: “El vestir, el reír y el
andar, denuncian muchas veces lo que hay en cada ser humano.” Nadie miró a María que no se edificara y
no se convenciera de que era aquella modestia virginal la que arrastraba, a cuantos la contemplaban, a
amarla, y excitaba en todos una grande y poderosa afición a la virtud y a la santidad.
Si se cuenta de San Francisco de Asís, que predicaba sólo con su presencia humilde y modesta, y que
movía con su recogimiento y gravedad a devoción y a alabar a Dios y glorificarle, ¿qué no se dirá de la
Santísima Virgen? ¡Qué predicación la suya tan constante y tan eficaz! Ésa sería una de las obras de su celo
apostólico en bien de las almas. Su ejemplo era, sin duda, la suave y delicada y a la vez irresistible manera
de difundir y hasta de imponer a los demás, compostura y recato en palabras, modales y ademanes, vestidos,
etcétera. ¿Quién se atrevería, en presencia suya, a obrar de otro modo? ¿Por qué no la imitas en esto? ¿Por
qué no te impones para difundir también a tu alrededor amor a la pureza y a la modestia, y para que todo el
mundo sepa que en tu presencia no se puede obrar, o hablar, o presentarse en forma incorrecta e
inconveniente?
La base de la modestia es interior. En general, la modestia es la virtud que regula todos los actos externos,
dándoles la debida compostura y decoro, y presentándoles así a los ojos de los demás, como algo digno,
noble y hermoso. Pero la modestia exterior necesariamente ha de proceder de la interior, que consiste en
moderar y dirigir los movimientos desordenados del alma según la divina voluntad. La modestia exterior se
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puede fingir y será entonces un acto de repugnante hipocresía. La modestia interior es la única que puede
dar vida a la modestia exterior. No debes, por tanto, tratar de conseguir una apariencia de modestia, una
modestia postiza y mentirosa, con posturas y ademanes externos que así lo indiquen, y luego dejar a tu
corazón que sea víctima de las bajas inclinaciones de la concupiscencia.
Cuando la modestia verdadera existe, es tal la unión que se da entre la exterior y la interior, que la una no
va sin la otra, y las dos se ayudan mutuamente, de suerte que la compostura exterior debe proceder siempre
de un interior perfectamente compuesto y ordenado, y la interior encontrará su mejor defensa y sostén en la
exterior. San Francisco de Sales lo explica con esta comparación: “Como el fuego produce la ceniza, y la
ceniza sirve admirablemente para sostener y conservar el fuego, así sucede con estas dos modestias, que la
interior produce la exterior, y ésta mantiene y conserva la interior de donde brotó.”
Esta modestia interior, es de dos clases: una, que frena los movimientos de la concupiscencia y los actos
internos del entendimiento, de la imaginación y de la voluntad, que nos llevan al pecado de impureza; y otra
modestia es la que modera los movimientos del alma, que tienen relación con la soberbia y la vanidad. Así,
cuando alabamos a una persona, decimos que no queremos herir su modestia, y otras veces admiramos la
modestia de personas que por sus méritos, sus virtudes, su excelencia, podían darse más importancia. Esta
modestia, como se ve, prácticamente se reduce al ejercicio de la humildad verdadera; por eso el alma
humilde, necesariamente ha de ser modesta interior y exteriormente.
En cuanto a esta modestia, ya ves que nadie ha podido compararse con la Santísima Virgen; nadie con
más méritos, virtudes, santidad, excelencia y grandezas divinas. No obstante, ¿quién más sencilla, afable,
caritativa, pobre y humilde que Ella? Y, por tanto, ¿quién más modesta en cuanto al desprecio que hacía de
la importancia de su persona y de su propia excelencia? Y en cuanto a la modestia opuesta a la
concupiscencia, ¿dónde encontrar un orden más completo, una sumisión más perfecta de todos sus
pensamientos, afectos y amores a la regla de la razón y ésta a la de la
voluntad de Dios?
Esta modestia interior se ve reflejada en los actos exteriores y
principalmente en las palabras. Imagínate cómo serían las de la Santísima
Virgen, que estaba persuadida de no ser sino la última de las esclavas del
Señor, palabras de edificación y de modestia encantadora, si considera,
henchida de gozo, los beneficios inmensos que el Señor la ha hecho; a Él
dirige su agradecimiento y sus alabanzas, y se admirará de que el
Todopoderoso hubiese puesto sus ojos en “la pequeñez de su esclava.”
Ingenua y firmemente estaba persuadida de la falta de méritos por parte
suya y por eso ¡cuán lejos estaba, en sus palabras, de atribuirse nada a Sí misma! Aprende de Ella esa
modestia en el hablar, tanto en el tono de la voz, no queriéndote imponer con gritos, ni con palabras
nerviosas y excitadas, sino en la sencillez y caridad de tus expresiones.
A imitación de María, evita las palabras duras, bruscas, malsonantes. Mira el lenguaje de tu Madre, todo
tranquilo, afable, discreto, humilde, haciéndose simpática y atractiva por la dulzura de su voz, por la
bondad, pureza, caridad y hasta alegría santa de sus palabras. Cuida, en especial, de las disputas y
altercados, donde, aunque tengas razón, debes moderar tu juicio propio, cediendo, sin ser pertinaz ni tener
cabeza dura; es mejor practicar la caridad, ceder y callar con modestia, que salir triunfante con terquedad y
soberbia.
No está reñida con la modestia la sana alegría que en cuentos, pasatiempos y hasta bromas se manifiesta.
Pero, ¡ah!, qué fácil es, en todo esto, pasar los límites de la corrección y de la modestia. Recuerda lo dicho
ya en otra ocasión, de que las leyes de urbanidad y los principios de la buena crianza, están en completo
acuerdo con lo que dicta, en estos casos, la modestia.
En cuanto a la modestia en el vestido y en la habitación, la pobreza de la casa de Nazaret hace que en ella
todo sea humilde y modesto en máximo grado. La sencillez y modestia de su vestido, mídela por la extrema
necesidad de Belén y verás cómo, ni en casa de María, ni en su ajuar y vestido, encontrarás nada que huela a
lujo, a afectación de su persona, a comodidad de ningún género.
En sus viajes no usará carruajes, ni aun los más modestos de entonces. El Evangelio no dice más que fue,
por ejemplo, de Nazaret a Judá con prisa, pues urgía la caridad. Esa era su preparación y su equipaje: un
pobre envoltorio de ropa y mucho amor para con Dios, y para con el prójimo por amor a Dios. ¡Qué ejemplo
de sencillez y modestia!
No es modestia la suciedad, la falta de aseo, el desarreglo en el vestido; antes bien, puede darse la
modestia en medio de una sobria elegancia, con tal que ésta sea conforme a tu estado, a tu condición, y a las
circunstancias que te rodean; pero nunca será compatible con ella el lujo, la vanidad de los trapos, y menos
aún cualquier defecto, por pequeño que sea, en materia de honestidad.
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Ten cuidado excesivo en este último punto y no olvides, que en la Iglesia y en la calle, en público y en
privado, debes vestir siempre modestamente. Es intolerable el permitirse, para estar en casa, trajes
impúdicos o al menos muy libres; no hay pretexto ni razón que puedan autorizar esto. La modestia debe
acompañarte en todos los instantes de tu vida.
También en los modales, esto es, en todos tus actos exteriores que realizas ante los demás. Modestia en el
semblante y particularmente en tus ojos, no ya sólo para evitar las miradas pecaminosas, sino aún esa
excesiva curiosidad de quien todo lo quiere ver y atisbar. Modestia en las posturas al andar, al sentarte, no
buscando precisamente lo más cómodo, sino lo más conveniente. Modestia en todos tus movimientos,
evitando todo lo que sea liviandad y desenvoltura, y procurando con afán todo lo que sea decoroso y digno.
Acostúmbrate a esta modestia, aun estando a solas, para que así naturalmente la practiques ante los demás.
Es muy conocido el caso de San Francisco de Sales, quien observado cuando se encontraba solo en su
aposento, guardaba, no obstante, los más pequeños preceptos de la compostura y
de la modestia. Siempre obraba como si le vieran los ángeles del Cielo y en
presencia de Dios.
Mira especialmente todo esto en la Santísima Virgen María y verás un conjunto
admirable de todos sus actos ejecutados con aquella naturalidad, sencillez,
franqueza, y a la vez delicadeza, honestidad, y circunspección propias de la santa
modestia. Examínate un poco en esta materia, y pregúntate cómo guardas la
modestia interior de tu corazón, y la exterior de tu cuerpo y de tus modales todos.
Para proteger la pureza del alma, además de no causar escándalos con la
indecencia, hay que evitar mirar lo que es escandaloso. Por eso las normas de la
decencia cristiana mandan evitar los lugares donde hay personas escandalosamente
vestidas, y prohíben el tener o mirar periódicos, revistas, vídeos, cine, películas o
televisión. Esto no es nada nuevo en la Iglesia, pues ya en el año 1936 el Papa San
Pío XI Magno advirtió sobre el cine e impulsó la “Legión de la decencia,” para
que, a la manera de una cruzada, pusiese freno a la maldad del arte cinematográfico. Dijo que el arte e
industria cinematográfica, a grandes pasos, se salía del camino, y presentaba a la vista de todos, por medio
de las imágenes luminosas, delitos, crímenes y vicios, que sirven de incentivo a las malas pasiones y a los
intereses de sórdidos negocios. Lamentaba el grandísimo incremento de esta clase de espectáculos y la
fuerza creciente que tienen, lo mismo para inducir al bien que para inclinar al mal. Dijo que infería injuria a
la moral cristiana; que todo arte debe regirse por las normas y preceptos morales, y exhortó a todas las
personas de buena voluntad en nombre no sólo de la Religión, sino también en nombre del verdadero
bienestar moral y civil de los pueblos. Entre otras cosas, dijo que el cine podría ser un instrumento precioso
de instrucción y de educación y no de destrucción y de ruinas para las almas. Dijo que era necesario, y urgía
procurar, que los progresos del arte y de la ciencia se ordenasen a la gloria de Dios y a la salvación de las
almas y sirvieran, prácticamente, a la extensión del reino de Jesucristo en la tierra, a fin de que todos
pasásemos por los bienes temporales sin perder los eternos. Sostuvo que cuanto más admirables habían sido
los progresos del arte y técnica, tanto mayores habían sido los daños provocados a la moralidad y la religión
e incluso a la misma honestidad de la vida civil y de la sociedad entera.
Siguiendo la iniciativa de San Pío XI, los obispos fundaron la “Legión de la decencia,” como una
cruzada en favor de la moralidad pública para hacer reverdecer los ideales de la honestidad natural y
cristiana, y muchos católicos se comprometieron, obligándose a no asistir a ninguna representación
cinematográfica, que ofendiese la moral cristiana y las normas de decencia. Lucharon contra las películas
que exaltan los vicios y los delitos, que proclaman y enaltecen abiertamente el pecado, y que presentan al
espíritu tierno y excitable de la juventud, de una manera muy procaz, los falsos principios de vida. Pero
mucha gente quería ver representaciones que encienden las pasiones y despiertan los instintos bajos latentes
en el corazón de los hombres. Y al disminuir poco a poco la vigilancia de los obispos y la de los fieles, los
productores volvieron de nuevo a los antiguos métodos de antes. En definitiva, en el cine ha continuado la
exhibición del vicio y del delito, cerrando el camino de la diversión honesta mediante las películas.
Un pueblo que en sus momentos de descanso se dedica a diversiones que ofenden el recto sentido de la
decencia, del honor, de la moral, a recreos que son ocasiones de pecado, especialmente para los jóvenes, se
encuentra en grave peligro de perder su grandeza y su propio poderío nacional.
No existe hoy un medio más potente que el cinematógrafo para ejercer influencia sobre las multitudes; es
extraordinariamente propicio para suscitar un entusiasmo no común, tanto para el bien como para el mal, y
puede convertirse en instrumento de seducción, sobre todo para la juventud. Ya que puede determinar a la
mayor parte de los hombres a la virtud o al vicio con más fuerza que un puro raciocinio, convendrá que sea

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un instrumento útil a los fines de una conciencia cristiana, y que esté libre de todo aquello que pueda ser
causa de corrupción de las buenas costumbres.
¡Cuánto daño producen en las almas las películas malas! Cómo, alabando las concupiscencias y los
placeres, ofrecen ocasión de pecado, inducen a los jóvenes al camino del mal, exponen la vida bajo una falsa
luz, ofuscan los ideales, destruyen el puro amor, el respeto al matrimonio y el afecto a la familia.
Las buenas representaciones pueden ejercer una influencia profundamente moralizadora sobre aquellos
que las ven. Además de recrear, pueden suscitar nobles ideales de vida, difundir preciosas nociones,
aumentar los conocimientos de la historia y de las bellezas del país propio o del ajeno, presentar la verdad y
la virtud bajo una forma atrayente; crear, o por lo menos favorecer, una comprensión entre las naciones, las
clases sociales, las razas; promover la causa de la justicia, excitar a la virtud y contribuir con ayuda positiva
al mejoramiento moral y social del mundo.
El cine es una escuela de corrupción que ejerce fascinación con atractivo particular sobre los jóvenes,
sobre los adolescentes y sobre la infancia misma. En la edad en que se está formando el sentido moral y se
van desarrollando las nociones y los sentimientos de justicia y de rectitud, en que surgen los conceptos de
los deberes y de las obligaciones, de los ideales de la vida, el cinematógrafo, con su propaganda directa,
toma una posición de franca preponderancia. Y, por desgracia, en el estado presente de las cosas, con
frecuencia se sirve de ella para el mal. Tan es así, que al pensar en tanto estrago de las almas de los jóvenes
y de los niños, en tantas inocencias pisoteadas en las salas cinematográficas, viene a la mente la terrible
condenación de Nuestro Señor contra los corruptores de los pequeños: “El que escandalizare a uno de estos
pequeñitos que en Mí creen, mejor le fuera que le colgasen a su cuello una piedra de
molino y le arrojasen al profundo del mar.”
Una de las necesidades supremas de nuestro tiempo es vigilar y trabajar con todo
esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que
se transforme en un precioso instrumento de educación. Es deber de los obispos
vigilar esta universal y potente forma de diversión y de enseñanza, y hacer valer
como motivo de prohibición la ofensa al sentimiento moral y religioso y a todo
aquello que es contrario al espíritu cristiano y a sus principios éticos, no cansándose
de combatir cuanto contribuya a atenuar en el pueblo el sentido de la virtud y del
honor. Los obispos están obligados a responder delante de Dios de la moralidad de
su pueblo, incluso cuando se divierte. Su sagrado ministerio les obliga a decir, clara
y abiertamente, que una diversión malsana e impura destruye las fibras morales de
una nación; les incumbe insistir sobre esto y evitar el peligro que pesa sobre la
humana sociedad. La necesidad de proteger la moralidad del pueblo cristiano, e incluso la moralidad del
mundo entero, hace cualquier sacrificio más que justificado, ya que la eficacia de la Santa Iglesia resulta
disminuida, e incluso corre peligro, por la plaga de las películas malvadas y perniciosas.
Además del cine, los grandes propagadores de la corrupción son también la prensa, revistas y televisión,
por lo que es preciso cerrar las puertas a estos declarados enemigos de las almas, que están terminantemente
prohibidos bajo excomunión. Incluso si todo lo que difunde la televisión fuese de acuerdo con la sana moral,
y su uso estuviera permitido, su continuo uso no llevaría las almas a la felicidad eterna, porque, como
advierte San Ignacio “no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas
internamente.” El objetivo de la propaganda moderna no es sólo desinformar o impulsar una agenda. Es
agotar tu pensamiento crítico y aniquilar la verdad. Esto se hace también en los colegios actuales, donde la
educación es en sí misma una forma de propaganda, un plan deliberado para equipar al alumno, no con la
capacidad de sopesar ideas, sino con un simple apetito por tragar ideas ya hechas; el objetivo es hacer
ciudadanos dóciles al gobierno, y que no mediten en su corazón sobre las verdades eternas.
Se ha descristianizado sutilmente el mundo. Los llamados cristianos afirmaron, en oposición a las
enseñanzas de Jesucristo, que todas las religiones son igualmente buenas. Ahora denunciar los actos
pecaminosos que van contra la naturaleza humana, es convertirse en reo ante la justicia y los medios, es ser
señalado como homofóbico; por eso ahora nadie se atreve a educar cristianamente a los jóvenes; ni padres ni
maestros se atreven a enfrentarse con sus hijos y alumnos para corregirlos.
San Francisco de Sales dice: “Hija mía, cuando el diablo te tienta a hacer algo que ofende la virtud del
pudor, imita el ejemplo de los niños pequeños, que al ver algún animal que viene a lastimarlos siempre
corren a los brazos de sus padres, o al menos pedirles que vengan a ayudarlos. Corre así a los brazos de
Jesús y pídele que te proteja, o llama a María, tu Madre celestial, para que no se te acerque el Maligno;
corre hacia Ella en espíritu, y escóndete bajo su manto, y estarás a salvo, porque Satanás no puede tocarte
allí.” Un joven que ama esta gran virtud de la modestia, vigilará estrictamente sus ojos para que no vean
cosas que puedan tentarlo a ofender a Dios.
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Santa Clara de Montefalco cuando hablaba con alguien nunca le miraba, sino que siempre mantenía la
mirada modestamente baja al suelo. Cuando le preguntaron por qué siempre actuaba de esta manera, ella
respondió: “¿De qué sirve que uno mire el rostro de la persona a quien le habla, si es la lengua la que habla
y no los ojos?” Si el rey David sólo hubiera refrenado sus ojos, no habría tenido que derramar tantas
lágrimas amargas.
El Padre Mey, un santo sacerdote en Alemania, describe así a un niño modesto: “Un niño que es
realmente modesto, se levantará por la mañana con estas palabras en los labios: ‘Dios está aquí y me ve’,
luego tendrá cuidado de no hacer nada que sepa que desagradaría a Dios. Cuando ve por casualidad algo que
sabe que no debería verse, o escucha palabras que sabe que no deberían decirse, apartará los ojos para no
mirar, y se marchará lo antes posible para que no pueda escuchar esas palabras de nuevo. Si se encuentra en
compañía de los que hacen el mal y lo invitan a hacerlo con ellos, huirá tan rápido como si lo persiguiera un
lobo y buscará un lugar seguro para escapar de la destrucción… Por la noche se retirará a descansar en la
presencia de Dios y se quedará dormido con los brazos cruzados modestamente sobre el pecho.
Dondequiera que esté, siempre tendrá presente que Dios está en todas partes y ve todas las cosas, que su
ángel guardián está siempre a su lado para velar por él; y ¿quién se atrevería a comportarse de una manera
indecorosa en la presencia de Dios y sus santos ángeles?… Hijos míos, dejad que la virtud de la modestia
cristiana sea el protagonista de vuestra vida; porque los niños modestos y puros estarán para siempre en el
cielo con Dios; pero los inmodestos e impuros estarán para siempre en el infierno
con Satanás.” El medio más seguro y más fácil de preservar la santa pureza es ser
devoto de la Santísima Madre de Dios. Si le rezas para que te ayude en cada
tentación contra esa santa virtud, seguramente Ella te protegerá.
Veamos con más detención cómo entró tanta corrupción en la Iglesia santa de
Dios, que condujo a la apostasía de Roma. Recordad cómo, en tiempos de Moisés,
el perverso profeta Balaán traicionó al Pueblo de Israel. El Rey de Moab le
requirió para que le diera un consejo, de cómo debería proceder contra el Pueblo
de Israel, ofreciéndole, a cambio, gran cantidad de dinero y cuantiosos regalos.
Balaán, que llevaba una vida licenciosa y codiciosa de riquezas, dijo al rey de
Moab: “Diré, tanto a ti como al rey de Madián, qué artilugio debéis usar para
atraer la maldición de Dios sobre el Pueblo de Israel, y así vencerle.” Los pueblos
enemigos, llevando a cabo sus malvados consejos, procedieron al unísono contra el
Pueblo de Israel. El malévolo Balaán aconsejó al rey moabita y al madianita, que las mujeres de sus
territorios fuesen al campamento de los soldados del Pueblo de Dios para prostituirlos, ya que los israelitas
eran invencibles mientras se conservaran fieles al Señor. Mas, introduciendo entre ellos la corrupción y la
idolatría, el Señor les retiraría su ayuda y serían vencidos. Este perversísimo consejo, produjo sus funestos
resultados para los israelitas, ya que admitieron sin obstáculo, en su campamento, a unas mujeres paganas
que, con pretexto de venderles víveres, los indujeron a la fornicación y a la idolatría, consiguiendo, no sólo
que adorasen a sus dioses, sino que asistiesen a sus fiestas y juegos públicos, y participasen en sus
sacrificios paganos. El malvado consejo de Balaán dio tan lamentables frutos de perversidad, que muchos
varones israelitas estuvieron pecando con las mujeres idólatras durante varios meses. Mas, Dios, dejando
caer su Santa Ira contra los israelitas pecadores, les envió una peste que causó la muerte a unos cien mil
varones; y otros fueron ahorcados por orden de Dios. El Sacerdote Finés, movido por el celo de Dios, con
una lanza atravesó a dos pecadores dándoles muerte, y por tal hazaña Dios hizo cesar la plaga que venía
afligiendo al Pueblo de Israel.
Así también la masonería, después de luchar durante siglos contra la Iglesia de Cristo, ha seguido el
malvado consejo de Balaán de corromper a los católicos y convertirles en enemigos de Cristo. Sabéis por el
Tratado de la Santa Misa que la antiiglesia o sinagoga de Satanás, llamada con el tiempo masonería, fue
fundada el día siguiente a la manifestación pública del Niño Jesús en el Templo, por el inicuo Sumo
Pontífice Anás. Sus diabólicos planes contra Dios se centraron principalmente en estos tres objetivos:
Primero, se propuso consumar la corrupción de la jerarquía levítica; después, durante la vida pública de
Cristo, trató de desprestigiar su doctrina hasta darle Muerte, a fin de que no fuese tenido como el auténtico
Mesías; tercero, tras la Muerte de Cristo, decretó la perpetua persecución contra la verdadera Iglesia. Estos
sectarios, al consumar su apostasía con el abominable deicidio, endurecieron de tal manera sus corazones,
que pasaron a ser los enemigos más feroces de la Santa Madre Iglesia y los promotores de las principales
herejías y desórdenes del mundo. Los judíos no convertidos son los hijos mayores de Satanás, y por
consiguiente los fundamentos y columnas de la masonería, la cual es la madre de todas las revoluciones
contra Cristo y su Iglesia, y de todas las persecuciones que ésta ha sufrido a través de la historia. Han
luchado siempre contra la Santa Madre Iglesia usando de todos los perversos medios a su alcance,
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especialmente de la mentira, de la calumnia y del crimen, como bien lo prueban las actuaciones de ellos
contra los Apóstoles y primeros cristianos. En el curso de los siglos, fueron infiltrándose sagazmente en el
clero y en los gobiernos y pueblos católicos, a fin de destruir desde dentro la Iglesia que Cristo fundó. Han
promovido horrorosas matanzas y revoluciones, como las comunistas, las cuales han vertido verdaderos
torrentes de sangre inocente con suma crueldad e impiedad; han conseguido suplantar, en muchas de las
naciones, la Fe Católica por el materialismo, así como reducirlas a la esclavitud con la opresión, y adueñarse
al mismo tiempo de sus riquezas. Hoy día, los sionistas son los que dirigen los gobiernos del mundo, con la
aspiración de formar un solo gobierno universal.
Esa antiiglesia o sinagoga de Satanás nunca se cansa en su lucha contra Dios y en sus esfuerzos para
conseguir la perdición eterna de las almas. Dios dio los Diez Mandamientos a Moisés, pero antes había dado
Mandamientos y un Decálogo primitivo a Adán y Eva; les exigió vestirse siempre con decencia; mandó a
Adán ganar el pan con el sudor de su rostro y trabajar con grandes fatigas todos los días de su vida, hasta
volver a la tierra de la que fue tomado: “porque polvo eres, y en polvo te convertirás;” y dijo a la mujer:
“Estarás bajo la potestad de tu marido y él tendrá poder sobre ti.” Parece que la humanidad no se acuerda ya
de estas ordenanzas divinas, pero la antigua serpiente, que estuvo allí escuchándolas, está ahora haciendo
que el mundo las pisotee. De ahí viene la indecencia en el vestir, la insubordinación de las mujeres, el
quemar los cadáveres para que no vuelvan al polvo de la tierra, y el dar sueldos a los que no quieren
trabajar. El Altísimo dijo a nuestros primeros padres: “Creced y multiplicaos,
y llenad la tierra,” por lo que ahora los enemigos de Dios promueven el evitar
tener hijos y reducir la población del mundo. Para que la tierra pueda
alimentar a todos, después del diluvio Dios dijo a Noé: “Los animales os
servirán de alimento; así como los vegetales que también os entrego.
Vosotros, pues, creced y multiplicaos, y dilataos sobre la Tierra y pobladla;”
de ahí que quieren impedir la producción de carne, porque parece que los
masones, como satanistas que son, conocen mejor los Mandamientos de Dios
para pisotearlos, que los cristianos para cumplirlos.
Mirad cómo lograron la corrupción de costumbres: la masonería lo ha
decretado, y a la letra se cumple su programa infernal. Espectáculos, libros,
cuadros, costumbres públicas y privadas, todo está saturado, a propósito, de obscenidad y lascivia; el
resultado es infalible: una generación inmunda, inevitablemente saldrá una generación revolucionaria. Así
se nota el empeño que tiene el Liberalismo en dar rienda suelta a todo exceso de inmoralidad. Sabe bien lo
que ésta le sirve; es su natural apóstol y propagandista. En un Mensaje del Palmar en 1978, Santa Rosa de
Lima pregunta: “¿Cómo habría que llamar la acción de quedar bajo la Masonería? Sólo tiene una respuesta:
Esclavos de Satanás; lo que es lo mismo que llamar libertinaje.”
El gran medio de la masonería es el periodismo. Es incalculable la influencia que ejercen sin cesar tantas
publicaciones periódicas esparciendo cada día el Liberalismo como sistema político-religioso, por todas
partes. Ellas hacen, que, quiera o no, el ciudadano de hoy haya de vivir dentro de una atmósfera liberal. El
comercio, las artes, la literatura, la ciencia, la política, las noticias nacionales y extranjeras, todo se da casi
por conductos liberales, todo de consiguiente toma, por necesidad, color o resabio liberal. Y se encuentra
uno, sin advertirlo, pensando y hablando y obrando a lo liberal; tal es la maléfica influencia de este
envenenado ambiente que se respira. El pobre pueblo lo traga con más facilidad que nadie, por su natural
buena fe. Lo traga en verso, en prosa, en grabado, en serio, en broma, en la plaza, en el taller, en el campo,
en las pantallas, en todas partes. Este magisterio liberal se ha apoderado de él y no le deja ni un instante. Y
se hace más funesta su acción por su ignorancia casi general en materia de Religión. El Liberalismo, al
rodear por todas partes al pueblo de embusteros maestros, ha cuidado muy bien de incomunicarle con el
único que le podía hacer notar el embuste. Este es la verdadera Iglesia. Todo el empeño del Liberalismo
desde hace por lo menos cien años es paralizar a la Iglesia, que enmudezca, que no tenga a lo más sino
carácter oficial, que no logre contacto con el pueblo. A eso obedeció (confesado por los liberales) la
destrucción de los conventos y monasterios; a eso las trabas puestas a la enseñanza católica; a eso el tenaz
empeño en desprestigiar y ridiculizar al clero. La Iglesia se vio rodeada de lazos artificiosamente discurridos
para que en nada moleste la marcha avasalladora del Liberalismo, hasta que lograron infiltrarse y apoderarse
totalmente de la Iglesia en Roma. El Liberalismo promueve el absurdo principio de una moral independiente
de Dios, por lo que aprueba la infracción de todos los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y así es
claramente diabólico. Ciertamente es un espectáculo triste ver cómo la humanidad, seducida y enloquecida
por el espíritu del mal, trata de ahogar y de aniquilar a la Iglesia, su Madre y su Divina Tutora.
En la superficie de la historia, el ojo capta trastornos de imperios, civilizaciones que se hacen y que se
deshacen. Por debajo, la fe nos hace seguir el gran antagonismo entre Satán y Nuestro Señor; ella nos hace
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asistir a las astucias y a las violencias de que se vale el espíritu inmundo, para entrar en la casa de la que
Jesucristo lo expulsó. Al fin volverá a entrar en ella, y querrá eliminar de ella a Nuestro Señor. Entonces se
rasgarán los velos, lo sobrenatural se manifestará por todas partes; no habrá ya política propiamente dicha,
sino que se desarrollará un drama exclusivamente religioso, que abarcará a todo el universo.
Podemos preguntarnos por qué los escritores sagrados han descrito tan minuciosamente las peripecias de
este drama, cuando sólo ocupará algunos pocos años. Es que será la conclusión
de toda la historia de la Iglesia y del género humano; es que hará resaltar, con
un brillo supremo, el carácter divino de la Iglesia.
Por otra parte, todas estas profecías tienen el fin incontestable de fortalecer
el alma de los fieles creyentes en los días de la gran prueba. Todas las
sacudidas, todos los miedos, todas las seducciones que entonces los asaltarán,
puesto que han sido predichos con tanta exactitud, formarán entonces otros
tantos argumentos en favor de la fe combatida y proscrita. La fe se afianzará
en ellos, precisamente por medio de lo que debería destruirla.
Pero nosotros mismos tenemos que sacar abundantes frutos de la
consideración de estos acontecimientos extraños y temibles. Después de haber
hablado de ellos, Nuestro Señor dijo a sus discípulos: “Velad, pues, orando en
todo tiempo, a fin de que vosotros seáis dignos de no incurrir en estos males
venideros y así comparecer delante del Hijo del Hombre como elegidos
suyos.” Así, pues, el anuncio de estos acontecimientos es un solemne aviso al mundo: “Velad y orad para
que no caigáis en tentación.” No sabéis cuándo sucederán estas cosas: velad y orad, para que no os tomen
por sorpresa. Llegó la hora de la noche, la hora del poder de las tinieblas: velad para que vuestra lámpara no
se apague, orad para que el aturdimiento y el sueño no os venzan. “Cuando comenzaren, pues, a cumplirse
estas cosas, mirad, y levantad vuestras cabezas, porque cercano está el día en que la Tierra será purificada y
renovada.” Jamás se habrá visto el mal tan desencadenado; aunque nunca pasará del límite de lo permitido
por la mano de Dios.
La Iglesia, como Nuestro Señor, será entregada sin defensa a los verdugos que la crucificarán en todos
sus miembros; pero no se les permitirá romperle los huesos, que son los elegidos, como tampoco se les
permitió romper los del Cordero Pascual extendido sobre la cruz. La prueba será limitada, abreviada, en
atención a los elegidos; y los elegidos se salvarán; y los elegidos serán todos los verdaderos humildes.
Finalmente, la prueba concluirá por un triunfo inaudito de la Iglesia, comparable a una resurrección.
El fin del mundo no llegará sin que antes se revele el hombre del pecado, el anticristo. Y éste no se
manifestará sino después de una apostasía general: la de la iglesia romana, que dejó de ser, por su apostasía,
la verdadera Iglesia de Cristo el 6 de agosto de 1978, con la muerte del Papa San Pablo VI y con la
elevación al Pontificado del sucesor legítimo el Papa San Gregorio XVII Magnísimo; pues, en esta fecha el
Espíritu Santo salió de todos los moradores de dicha iglesia, dado que el Paráclito es el Alma de la Iglesia
Verdadera, la Una, Santa, Católica, Apostólica y Palmariana, y de ninguna otra. Entonces llegó el momento
de separar la cizaña del trigo; fue la apostasía en masa de las sociedades cristianas, que social y
particularmente habían renegado de su bautismo; fue la defección de estas naciones de Jesucristo. Esta
apostasía abrió las puertas a la manifestación, y la dominación, del enemigo personal de Jesucristo, en una
palabra, del Anticristo.
Nuestro Señor dijo: “Cuando viniere el Hijo del Hombre ¿pensáis que hallará Fe en la Tierra?”
(Evangelio). El divino Maestro veía declinar la fe en el mundo llegado a su vejez. No es que los vientos del
siglo puedan hacer vacilar esta llama inextinguible, sino que las sociedades, ebrias por el bienestar material,
la rechazarían como importuna. Volviendo las espaldas a la fe, el mundo va camino de las tinieblas, y se
convierte en juguete de las ilusiones de la mentira.
Al renegar de Jesucristo, es inevitable caer, mal que le pese, en las garras de Satán, a quien tan
justamente se llama príncipe de las tinieblas. No se puede permanecer neutro; no puede crearse una
independencia. Su apostasía lo pone directamente bajo el poder del diablo y de sus satélites.
Esta apostasía comenzó con Lutero y con Calvino. Es el punto de partida. Desde entonces ha recorrido
un camino espantoso. Hoy esta apostasía se ha consumado. Toma el nombre de Revolución, que es la
insurrección del hombre contra Dios y su Cristo. Tiene por fórmula el laicismo, que es la eliminación de
Dios y de su Cristo.
Así vemos a las sociedades secretas, investidas del poder público, encarnizarse en descristianizar Europa,
quitándole uno por uno todos los elementos sobrenaturales de que la habían impregnado quince siglos de fe.
Estos sectarios sólo han perseguido un fin: sellar la apostasía definitiva, y preparar el camino al hombre del
pecado.
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Los cristianos habrían debido reaccionar, con toda la energía de que disponían, contra esta obra
abominable; y para eso tendrían que haber hecho entrar a Jesucristo en la vida privada y pública, en las
costumbres y en las leyes, en la educación y en la instrucción. Por desgracia, hacía ya tiempo que en todo
eso Jesucristo no era lo que debería ser, a saber: todo. Hacía tiempo que ya reinaba una semi-apostasía.
¿Cómo, por ejemplo, después de que la educación fue paganizada, se habría podido formar otra cosa que
semi-cristianos?
Deberíamos estar evangelizando la cultura, no al revés. Deberíamos hacer salidas para promover la
modestia desde el interior de la Iglesia, en lugar de llevar los indiscretos adornos de la cultura dentro de sus
puertas. Estamos llamados a ser testigos de una santidad severa, no a mezclarnos con la cultura para pasar
desapercibidos, y eso incluye cómo nos vestimos.
Al trabajar en el sentido directamente opuesto a la Francmasonería, los cristianos habrían atrasado el
advenimiento del hombre del pecado; habrían facilitado a la Iglesia la paz y la independencia de que tiene
necesidad, para captar y convertir al mundo. Pero los bautizados no correspondieron a su vocación y dejaron
que se consumase la apostasía, que en un breve lapso de tiempo ha de permitir la manifestación del
Anticristo. Los cristianos tenían que haber obligado a los gobiernos a volver a adoptar las tradiciones
cristianas, fuera de las cuales no ha habido más que decadencia para las naciones europeas.
Observemos, que los francmasones se oponen ante todo y sobre todo a la restauración del poder cristiano.
Si un príncipe o jefe de estado se anuncia como cristiano, se ponen en obra todos los medios para
deshacerse de él. Ellos lograron la paulatina destrucción de las monarquías cristianas, pues, el poder
cristiano era lo que impedía a la secta alcanzar su objetivo; desde la revolución francesa, la caída del
imperio austro-húngaro, la revolución rusa, etcétera. Por eso, en el pasado reciente lucharon tan
encarnizadamente contra San Francisco Franco, el cual fue más que un Caudillo; fue un verdadero apóstol
de la sacrosanta Fe católica, más piadoso que muchos obispos españoles y más católico que gran parte del
clero infectado con ideas liberales.
Dijimos que los escritores sagrados han descrito minuciosamente los sucesos de los Últimos Tiempos, a
fin de fortalecer el alma de los fieles creyentes en los días de la gran prueba, pues todas las dificultades que
entonces los asaltarán, han sido predichas con tanta exactitud que formarán entonces otros tantos
argumentos en favor de la fe combatida y proscrita. La fe se fortalecerá en ellos por medio de lo que debería
destruirla.
Recordemos que la Iglesia fue lavada y renovada por agua en tiempos de Noé: lavada por inundar la
corrupción y renovada al salvar a flote la Iglesia sobre las aguas. Fue lavada y renovada por Sangre en
tiempos de Cristo: la Nueva Iglesia nació lavada y renovada del Costado
derecho de Cristo en el Calvario, con la Sangre divina que lava de los pecados y
renueva las almas con la sabiduría de los Sacramentos. La Iglesia será lavada y
renovada por fuego en los últimos tiempos: lavada por el fuego que destruye el
mal y renovada por fuego amoroso del Espíritu Santo.
Las profecías de las Sagradas Escrituras y de los místicos se centran en estos
tres eventos trascendentales. Noé predicó la penitencia y avisó de la proximidad
del castigo divino durante cien años antes del Diluvio Universal, para dar a
todos la oportunidad de alcanzar la salvación eterna. Las principales profecías
del antiguo Testamento se refieren a la venida del Mesías prometido, y a los
misterios de su vida, sagrada Pasión y Muerte. A los discípulos de Emaús,
Cristo ya resucitado dio un repaso general de lo vaticinado por los profetas y
por Él mismo, les dijo: “¡Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿Pues
qué, no fue menester que el Cristo padeciese estas cosas, y que así entrase en su gloria?” Y comenzando Él
desde Enoc, pasando por Abrahán, Moisés, David, Isaías y todos los profetas, les declaraba lo que las
Escrituras hablaban acerca del Mesías. Así es cómo las profecías sirvieron de base para la predicación de los
Apóstoles y como prueba de la divinidad de Jesús y de luz para entender el misterio de la Pasión de “Cristo
Crucificado, el cual es escándalo para dichos judíos y locura para dichos gentiles.” Además, las antiguas
profecías dan testimonio contra los judíos apóstatas que rechazaron a Cristo en quien se habían cumplido,
como explicó el protomártir San Esteban.
El Apocalipsis y la mayoría de las profecías de los Santos son para los Últimos Tiempos. Se refieren a
cómo la Iglesia va a ser lavada y renovada por tercera vez, predicen las grandes luchas, y muestran cómo
llegó la gran apostasía por los pecados. ¿Por qué tantas profecías para nuestros tiempos? Porque son
necesarias, para advertirnos de los peligros y llevar el mundo al arrepentimiento. Ahora cuando todo parece
perdido y las fuerzas del infierno están ya preparándose para dominar el mundo entero, humanamente no
hay remedio posible, pero tenemos las promesas del Señor y su Madre Santísima que nos aseguran que
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pronto su Iglesia triunfará; por eso debemos llenarnos de confianza y hacer todo lo posible para serles fieles:
dedicarnos a la oración, ser muy fieles en el cumplimiento de los Mandamientos de Dios, y hacer siempre lo
que sea más agradable a Dios, particularmente en nuestra manera de vestir. En los tiempos apocalípticos la
Iglesia sufrirá la Pasión, y cuando, al igual que Cristo, llegue a sentirse abandonada del Padre, con el
sentimiento de la más terrible orfandad, tendrá firme esperanza en esas palabras que prometen su asistencia
perpetua y afirman que las puertas del infierno jamás prevalecerán contra su Iglesia. Nos abren los ojos para
entender nuestra misión de reparar a Dios por los pecados del mundo y, en esta Pasión, asociarnos al
sacrificio de Jesús y María. La Santísima Virgen María en 1970 dijo en El Palmar: “Hijos míos: Tened
cuidado; se acerca la llegada del Anticristo: Él dirá que es Hijo de Dios, pero no creáis; pues hasta que no se
vea la Gran Cruz en los cielos, no ha llegado la hora de la venida del Hijo de Dios. El Anticristo coincidirá
con el reinado de Satán, el cual ocupará tronos, estados, principados, repúblicas, y toda clase de gobiernos;
ya que en esa época el mundo estará bajo el poder de la satánica doctrina marxista. Será una época caótica;
pero mis hijos, los que sigan fieles a Mí, no serán engañados. Yo soy su Madre
y los cubro con mi Manto. Llegará un día que la propia Iglesia esté sufriendo
hasta la última gota de sangre, para resucitar con Cristo después.”
Dios ha querido que los destinos de la Iglesia de su Hijo Unigénito fuesen
trazados de antemano en las Escrituras, como lo habían sido los de su Hijo
mismo. La Iglesia, como debe ser semejante en todo a Nuestro Señor, sufrirá,
antes del fin del mundo, una prueba suprema que será una verdadera Pasión.
Los detalles de esta Pasión, en la cual la Iglesia manifestará toda la inmensidad
de su amor por su divino Esposo, son los que se encuentran consignados en los
escritos inspirados del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. “He aquí
la Pasión de la Iglesia durante el reinado del Anticristo; pues, sus persecuciones
causarán innumerables mártires como jamás se ha conocido en la historia de la
Iglesia”, se explica en el libro de Jeremías.
El Señor, en 1972, dijo en El Palmar: “Estáis viviendo una hora triste de la
Iglesia. Estáis viviendo la Pasión de la Iglesia. Es la hora del poder de los infiernos. Es la hora de la
obscuridad. Es la hora de las tinieblas. Es la hora de Satán. Evidentemente, todo está por Mí permitido, ya
que él no puede dar un paso sin mi permiso. Él me ha solicitado tentar a mis ovejas, cribar a mis apóstoles.
Yo se lo he concedido: Le he dado rienda suelta en estos Últimos Tiempos, como estaba escrito que había
de suceder. La Iglesia, poco a poco, peldaño a peldaño, con la Cruz sobre sus hombros, va subiendo el
Gólgota. Y, a imitación de su Maestro, debe sufrir la crucifixión, para después resucitar gloriosamente. Hoy,
más que nunca, es la hora de la criba. Mas, no os extrañéis. Es necesario que así ocurra. Todos vosotros
seréis cribados; mas, a todos os daré fuerzas. Pero, también, debéis velar para no caer en tentación.
Amadísimos hijos de mi Corazón: Hoy está palpable el poder infernal sobre la faz de la tierra. Hoy Satán
campea a sus anchas, con el beneplácito de muchos, y hasta invocado por otros… En esta hora de crisis de
la Iglesia, se combate con todo furor, con todo poder satánico, los Dogmas Mariológicos; se ataca a María
con más fuerza que nunca, porque es la hora suya también: es la hora de María… ¡Pobre Iglesia mía, sufre
la Pasión! Y si Yo, siendo Dios, pedí al Padre que, si fuera posible, apartara de Mí el cáliz… ¡qué pedirá mi
pobre Iglesia!” Ciertamente, viene una gran criba en la Iglesia, y los que no tienen un sincero amor a Dios
no van a superarla. Los religiosos y fieles necesitan tener un gran amor a Dios, amarle con todo el corazón y
estar dispuestos a morir por Él. Muchos palmarianos no tienen ese intenso amor a Dios, y así no van a
superar las pruebas que se acercan. Llegan tiempos terribles para la Iglesia y empiezan los grandes castigos.
Estamos en los últimos tiempos; tiempo de luchas y batallas. Las fuerzas del anticristo están luchando
contra la Iglesia, y los pocos hijos fieles de María Santísima están aquí para defender la fortaleza. Aunque
somos débiles, alcanzaremos la victoria, porque confiamos en las palabras de Cristo que prometió que las
puertas del infierno no prevalecerán contra su Iglesia, y que al despedirse en el día de su Ascensión dijo:
“Mirad que Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos.” Pero nosotros también
tenemos que estar con Cristo; es decir, que tenemos que amarle y cumplir sus Mandamientos. Sabemos muy
bien que el único mal en el mundo son los pecados, y los demás males son consecuencias directas del
pecado. Por lo tanto, es evidente que si queremos estar con Cristo y María, y contra el anticristo, tenemos
que abrazar la verdadera Fe y someternos al Papa, cumplir los Mandamientos y, en particular, vestirnos de
acuerdo con las santas normas de decencia cristiana. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas
estas cosas os serán dadas por añadidura.”
Pongamos toda nuestra confianza en la Santísima Virgen María, que, en El Palmar en 1972, dijo lo que
hizo en el Calvario: “Yo hacía el papel que me correspondía como Corredentora de la humanidad. Y es lo
que sigo haciendo al sostener en mis brazos el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, especialmente en
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esta hora de la Pasión de la Iglesia. Yo estoy acompañando a la Iglesia hacia el Gólgota. Estoy asistiendo a
todos mis hijos; y, cuando llegue el momento de la Crucifixión de la Iglesia, a imitación de su Fundador, Yo
estaré para tomar en mis brazos a todos los mártires y para alentar a las almas que sean menos fuertes, para
infundirles la fortaleza.”
En estos tiempos el demonio está victorioso porque el mundo obedece sus asfixiantes normas de vestir
mientras rechazan las normas divinas de vestir. Todos los ciudadanos llevan mascarillas bajo el dudoso
pretexto de conservar la salud o para evitar multas; pero para agradar a Dios, ganar el Cielo y evitar el
infierno, no están dispuestos a incomodarse tanto y vestirse bien.
Pobre mundo, que hace caso omiso de estas verdades, pues en 1972 Nuestro Señor Jesucristo dijo: “¡Ay,
terrible hora esta hora de las tinieblas, del poder de las tinieblas! Es doloroso cuando alguno de mis
Ministros, en las llamadas homilías, dice: ‘La Segunda Venida de Cristo es cuando ha llegado la hora de la
muerte de una determinada persona, y que llegará como ladrón.’ Hasta ahí, muy bien. Pero se callan la
Gloriosa Segunda Venida o Retorno a la Tierra. ¿Por qué se lo callan? Porque está cerca esa venida, y ellos
están ciegos, como ocurrió en mi Primera Venida, que, los que tenían las Sagradas Escrituras en las manos,
negaron mi Primera Venida. Los pontífices de la Iglesia eran depositarios de las verdades reveladas; sabían,
hasta el más mínimo detalle, las señales que habían de venir, los signos, las características; mas, me tuvieron
entre ellos, y, sin embargo, se atrevió Caifás a llamarme blasfemo, porque Yo había dicho que era Hijo de
Dios. Pues, eso pasa hoy, en muchos casos, que os llaman blasfemos, herejes, endemoniados, porque vais en
el camino de la Verdad. Desgraciadamente, hay muchos ciegos que, teniendo ojos, no ven en esta hora de
las tinieblas. Están los signos y señales por todas partes; mas, a todo quieren dar explicación científica; y
todo esto es motivado porque el hombre se ha endiosado. ¡Ay!,
¡qué terrible materialismo reina hoy en el mundo! ¡Tanto culto a
los hombres!…”
Ya que estamos en los últimos tiempos, veamos algunas de las
profecías que fueron dadas hace siglos, precisamente con el fin de
animarnos y fortalecernos en la fe a nosotros, a quienes ha tocado
mantener el estandarte de la Santa Fe Católica en medio de las
presentes y futuras tribulaciones.
Nuestra Señora había anunciado en su mensaje a Sor María
Ana de Jesús en Quito, Ecuador, el 2 de febrero de 1634, esta terrible situación para nuestro tiempo: “A
finales del siglo XIX y durante gran parte del XX, florecerán diversas herejías en esta tierra, que se habrá
convertido en una república libre. La luz preciosa de la Fe se apagará en las almas debido a la corrupción
moral casi total; en esos tiempos habrá grandes calamidades físicas y morales, en privado y en público. El
pequeño número de almas que guarde la Fe y practique las virtudes padecerá un sufrimiento cruel e
indecible; a través de su prolongado martirio, muchos de ellos irán a la muerte debido a la violencia de sus
sufrimientos, y aquellos contarán como mártires que dieron su vida por la Iglesia o por la patria. Para
escapar de ser esclavizados por estas herejías se requerirá gran fuerza de voluntad, constancia, coraje y gran
confianza en Dios. En esos días el espíritu de impureza, como un diluvio de inmundicia, inundará las calles,
plazas y lugares públicos. El libertinaje será tal que no habrá más almas vírgenes en el mundo. Al hacerse
con el control de todas las clases sociales, las sectas tenderán a penetrar con gran habilidad en los corazones
de las familias para destruir incluso a los niños. El diablo se gloriará en alimentarse pérfidamente del
corazón de los niños. La inocencia de la infancia casi desaparecerá. Así se perderán las vocaciones
sacerdotales, será un verdadero desastre. Los sacerdotes abandonarán sus deberes sagrados y se apartarán
del camino marcado por Dios para ellos.” También dijo la Virgen Santísima: “… En estos tiempos
desdichados, habrá un lujo desenfrenado que, actuando así para enredar a los demás en el pecado,
conquistará innumerables almas frívolas que se perderán. Ya casi no se encontrará la inocencia en los niños,
ni el pudor en las mujeres, y en este momento supremo de necesidad de la Iglesia, los que deberían hablar
callarán.”
Ahora que estamos en los últimos tiempos, ¿está nuestra alma en mayor peligro de perderse para siempre
en estos tiempos que en siglos pasados? ¿Son las palabras de San Pablo a Timoteo para nuestro tiempo?
“Vendrán tiempos en que los hombres no podrán soportar la sana doctrina, sino que, deseosos de novedades,
recurrirán a una caterva de falsos doctores para satisfacer sus desordenados deseos, y cerrarán sus oídos a la
Verdad, y los aplicarán a las fábulas.” (2 Timoteo.) Para responder a estas preguntas, la misma Virgen vino
a la montaña de La Salette en 1846 y nos advirtió: “Lucifer y un gran número de demonios serán liberados
del infierno; pondrán fin a la fe poco a poco, incluso en los dedicados a Dios. Los cegarán de tal manera
que, a menos que sean bendecidos con una gracia especial, estas personas tomarán el espíritu de estos
ángeles del infierno; varias instituciones religiosas perderán toda la fe y perderán a muchas almas. Los
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libros malos abundarán en la tierra y los espíritus de las tinieblas esparcirán por doquier un debilitamiento
universal en todo lo que concierne al servicio de Dios. Los jefes, los líderes del pueblo de Dios han
descuidado la oración y la penitencia, y el diablo ha oscurecido su inteligencia. Se han convertido en
estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlas perecer. Sí, los sacerdotes piden
venganza, y la venganza se cierne sobre sus cabezas. ¡Ay de los sacerdotes y de los consagrados a Dios que
por su infidelidad y su vida perversa están crucificando de nuevo a mi Hijo!” Nuestra Señora prosigue en su
mensaje apocalíptico para describir con mucha precisión todos los flagelos que azotarán a la humanidad: la
venida del Anticristo junto con sus persecuciones contra los fieles y contra la Iglesia. Luego termina
describiendo la derrota final de Satanás y sus ángeles y, por lo tanto, el triunfo final de Dios sobre sus
enemigos. Ahora, cuando Nuestra Señora dijo en 1846 que estos tiempos terribles comenzarían una vez que
Lucifer y un gran número de demonios fueran liberados del infierno, ella realmente quiso decir que a partir
de esa fecha la humanidad ya no estaría en el curso normal de la historia, sino que habría entrado en el
último período de la saga terrenal de la humanidad, un período en el que Satanás lideraría su batalla final y
más sangrienta para seducir y destruir almas.
El Papa San León XIII Magno, que recibió el 13 de octubre de 1884 una
revelación de que Dios le había dado permiso a Satanás para intentar demoler su
Iglesia, tomó esta advertencia muy en serio y compuso las Oraciones Leoninas
para ser dichas después de cada Misa. Luego publicó el famoso exorcismo de San
Miguel contra Satanás y los ángeles rebeldes para proteger a la humanidad contra
las plagas venideras. Más tarde, en 1903, el Papa San Pío X, no dudó en referir las
calamidades actuales, la gran perversidad de las mentes y los furiosos esfuerzos
“por borrar la memoria y el conocimiento de Dios, como anticipo y quizás
comienzo de estos males reservados para los últimos días.”
Estamos en los últimos días del mundo, y esto se comprende también por los
mensajes de Fátima, pues allí se dijo que el diablo está librando una batalla decisiva contra la Santísima
Virgen; y una batalla decisiva es la batalla final donde un lado saldrá victorioso y el otro lado sufrirá la
derrota. Por tanto, a partir de ahora debemos elegir bando. O somos para Dios o somos para el diablo. No
hay otra posibilidad. El mensaje decía que Dios está dando dos últimos remedios al mundo. Estos son el
Santo Rosario y la Devoción al Inmaculado Corazón de María. Estos son los dos últimos remedios, lo que
significa que no habrá otros. No los aprovecharon, y por eso vino el castigo: la apostasía de Roma.
Dios en sus planes, antes de castigar al mundo, siempre agota todos los demás recursos. Entonces,
cuando ve que el mundo no le presta atención alguna, nos ofrece con cierta inquietud el último medio de
salvación, su Santísima Madre. Es con cierta inquietud porque si desprecian y rechazan este último medio
no tendremos más perdón del Cielo porque habremos cometido lo que se llama pecado contra el Espíritu
Santo. Este pecado consiste en rechazar abiertamente, con pleno conocimiento y consentimiento, la
salvación que Él ofrece. Recordemos que Jesucristo es un muy buen Hijo y no permite que ofendamos y
despreciemos a su Santísima Madre. Hemos registrado a lo largo de muchos siglos de historia de la Iglesia
el testimonio evidente que demuestra, cómo Nuestro Señor Jesucristo siempre ha defendido el honor de su
Santísima Madre, por los terribles castigos que han sufrido los que le han atacado.
Si consideramos ahora el trágico colapso de la Iglesia católica desde el conciliábulo vaticano, que se
manifestó con la caída impresionante de la práctica religiosa y de las vocaciones, con el cierre y venta de
tantas iglesias, conventos y monasterios, la pérdida de la fe y valores morales básicos entre los sacerdotes y
los fieles, junto con la espantosa y vasta propagación de las obscenidades, se entiende la aplicación literal de
las palabras de Nuestra Señora en La Salette a nuestro propio tiempo. “Se creía que el concilio
(conciliábulo) traería un día de sol para la Iglesia, pero ha llegado la tempestad y la oscuridad. Ha
intervenido el poder del adverso, el humo de Satanás, ha entrado en el santuario y envuelto el altar,” dijo el
Papa San Pablo VI en 1972. ¿Quién no puede ver que hemos llegado a los tiempos descritos en la profecía
citada anteriormente de San Pablo a Timoteo? ¿Es irrazonable pensar que tal conducta también cumple la
profecía de Nuestra Señora de La Salette de que Roma perdería su Fe? Los pobres católicos dejaron que el
espíritu del mundo entrara en su hogar; poco a poco se volvieron tibios y, creyéndose buenos católicos, no
vieron el gran peligro que los amenazaba a ellos mismos y a sus familias.
Si consideramos que, desde 1975, los hombres han estado matando legalmente a unos 50 millones de
bebés al año, ¡más de dos mil millones de bebés que han sido masacrados por orden de su propia madre!,
¿cómo no ver que la furia de Satanás, que utilizó para cegar y corromper a la humanidad, ha alcanzado un
nivel sin precedentes en la Historia? Cuando consideramos lo que han logrado los gobiernos masónicos en
todo el mundo para destruir la familia y poner patas arriba todos los valores morales en los que se basaba la
civilización cristiana, ¿no somos los testigos horrorizados de un mundo sumido en un estado de barbarie,
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que solamente puede terminar en su propia destrucción? No podemos dejar de ver en la construcción de este
Gobierno único Mundial masónico la realización de la profecía de Nuestra Señora advirtiéndonos que:
“Todos los gobiernos civiles tendrán un mismo plan, que será abolir y acabar con todo principio religioso,
para dar paso al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a vicios de todo tipo.”
Es vertiginoso considerar incluso algunas de las realizaciones de este único y mismo plan masónico: la
legalización del divorcio y el aborto, la accesibilidad incluso a los niños de todo tipo de anticoncepción, la
educación sexual en los programas escolares, la degradación de la
mujer a través de modas inmodestas, homosexualidad, eutanasia,
violencia y pornografía en los medios, el cine y el teatro ¿Quién no
puede ver que estos crímenes están clamando al Cielo para vengarse y
que la venganza debe estar a nuestras puertas? “La sociedad de los
hombres está en vísperas de los flagelos más terribles y de los
acontecimientos más graves. La humanidad debe esperar ser gobernada
con vara de hierro y beber del cáliz de la ira de Dios,” dijo Nuestra
Señora de La Salette.
Teniendo en cuenta estas consideraciones, parece bastante obvio que
efectivamente hemos entrado en los últimos tiempos. Y lamentablemente debemos decir que nuestra alma
está en mayor peligro. Cuando los eclesiásticos de los más altos rangos actuaron en contra de los intereses
de la Iglesia y el bien de las almas, hasta llevarlas a la apostasía, cuando la sociedad legisla contra la Ley
Divina y Natural, cuando todo tipo de corrupción y vicio son amplia, constante y fácilmente accesibles a
todos, incluso a los más jóvenes, ¡indudablemente un número mucho mayor está perdiendo sus almas ahora
que en el pasado! Nuestras almas corren un tremendo peligro de ser tragadas por esta formidable marea de
apostasía y corrupción, que ha devastado la Iglesia y el mundo.
El conocimiento de estos mensajes que hemos citado o mencionado, como Fátima, Quito y La Salette, es
tan importante para comprender la terrible situación social y religiosa de la humanidad en nuestro tiempo,
que conviene difundirlos lo más ampliamente que sea posible. “Cuanto más se difunda, más despertará un
temor saludable y numerosos retornos a Dios,” dijo la vidente de La Salette, Santa Melania Calvat.
Estas advertencias de Nuestra Señora también hacen evidente a todos los católicos que el deber de
mantener la Fe y preservar el alma en el estado de gracia es mucho más exigente en nuestros días que en el
pasado debido al mayor poder de los demonios, la crisis sin precedentes de la Iglesia y el estado general de
corrupción y apostasía del mundo. Para mantener la verdadera Fe y guardar su alma pura y limpia de
cualquier pecado, el cristiano deberá entonces hacer esfuerzos especiales en la práctica de las virtudes, en la
oración constante y la recepción de los Sacramentos, además de huir de las vanidades, placeres y modas del
mundo que son la causa de todo tipo de tentaciones y pecados.
Vemos el completo fracaso de la jerarquía romana modernista en atraer almas a Cristo, por lo que el
Señor ha tenido que formar un nuevo Colegio Apostólico en El Palmar. Ahora es necesario que cada uno de
nosotros comience a reformarse espiritualmente. Cada uno no sólo debe salvar su propia alma sino también
las almas que Dios ha puesto en nuestro camino. El diablo hace todo lo que está en su mano para distraernos
y quitarnos el amor por la oración.
Escuchad las advertencias de Nuestra Señora, que quiere más que nadie protegeros a vosotros y a
vuestras familias de la corrupción de este mundo, que quiere vuestra santificación, que quiere
fervientemente vuestra salvación y la de vuestros hijos. Cuidado, los tiempos son malos, el mundo es
corrupto, la ira de Dios está cerca y deben venir castigos terribles para purificar al mundo de sus pecados.
No sigas las modas del mundo; no dejes que tus queridos hijos sean corrompidos por el sistema escolar,
la televisión, las malas compañías, la mala música, la mala literatura, la maldad del internet. Que también
las madres den siempre, a imagen de María, un buen ejemplo de Modestia cristiana hacia sus hijos.
“Mientras no se ponga en práctica la modestia, la sociedad seguirá degradándose… La sociedad revela lo
que es por la ropa que usa,” dijo el Papa San Pío XII. De la misma manera, una persona se revela por la ropa
que lleva. Por ejemplo, la moda hoy en día para las mujeres muestra que son marionetas del diablo. Hasta
hace poco, esa manera de vestir indicaba que era una mujer de mala reputación incitando a sus clientes a
pecar. Obviamente hemos entrado en los últimos tiempos. ¿No son estas las modas señaladas y condenadas
por Nuestra Señora en Quito y La Salette? Desgraciadamente, es de temer que sólo los castigos venideros
podrán abrir los ojos a tantos ciegos.
Estas modas impuras, que exaltan las formas del cuerpo y exhiben la carne, revelan, como dice el Papa
San Pío XII, lo que esta sociedad es realmente y lo que representa. Pero sabemos que esta sociedad, que
promueve estas modas impuras, es la misma que promueve la educación sexual a los niños, que vende y
exhibe pornografía por todas partes, que aborta a sus bebés y promueve la homosexualidad. ¿Cómo es
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entonces, que algunos palmarianos pueden conversar o tener amistad con personas que siguen estas
abominables modas, símbolos y expresiones de todos estos crímenes de esta sociedad decadente? ¡Que los
que llevan la gracia del bautismo en sus almas, consideren su responsabilidad al hacerlo! Que reflexionen
sobre las lágrimas de Nuestra Señora del Monte de la Salette y que, por el amor de Dios y de María, no se
acerquen nunca más a estas modas que arrastran las almas al infierno. No porque sea la moda actual y
porque todo el mundo lo hace, la inmodestia ya no es pecado. Dios no ha cambiado su Ley, y las palabras
del Espíritu Santo por boca de San Pablo todavía se aplican: “Habéis de saber y entender que ningún
fornicario o impúdico o avariento, o dado a cualquier otro desenfreno, todo lo cual viene a ser culto
idolátrico a sí mismo, si no se arrepiente, no tiene herencia en el Reino de Dios Padre que nos ganó su
Divino Hijo Jesucristo. Cuidad bien que ninguno os desvíe al error con palabras engañosas, porque Dios
descarga su Ira sobre los que son rebeldes a la Verdad. No queráis, por tanto, tener parte alguna en los que
obran la iniquidad.” (Efesios).
Una vez más, prestemos atención a la advertencia de Nuestra Señora de Fátima: “Llegará un momento en
que ciertas modas ofenderán mucho a Nuestro Señor. Las personas que sirven a Dios no deben seguir estos
estilos.” Estas ciertas modas son las que hoy hay que denunciar ‘a tiempo y a destiempo,’ porque muchos
han perdido el sentido de la decencia e ignoran por completo la nobleza y el valor de la modestia. ¡Tan
pocos escuchan las advertencias de Nuestra Señora! Es mucho más fácil seguir las modas del mundo para
evitar ser retratado como anticuado, de mente estrecha, fanático y cosas por el estilo. Tantos católicos, ay,
pensaban que esta cuestión de la moda es un asunto sin importancia, a pesar de que la Santísima Virgen
María, San Pablo, los Papas y tantos santos insistieron siempre en este tema, lo que indica que está lejos de
ser una nimiedad. Esto es lo que Santa Jacinta Marto, repitiendo la advertencia de Nuestra Señora, tiene que
decir al respecto: “Los pecados que arrojan a la mayoría de las almas al infierno, son los pecados de la
impureza. Se inventarán ciertos estilos que ofenderán mucho a Nuestro Señor. Las personas que sirven a
Dios no deben seguir estas modas.”
Aquí radica la clave o la lógica de este misterio mencionado anteriormente. ¿Cómo es posible que estas
modas que ofenden mucho a Nuestro Señor hayan llegado a ser adoptadas por familias cristianas? La
pequeña Jacinta, inspirada en Nuestra Señora, responde a la pregunta y nos dice que estas modas se iban a
inventar. Seamos muy conscientes que han sido inventadas nada menos que por las sectas masónicas que
sirven al diablo e intentan destruir la Iglesia Católica. Prestad especial atención a lo que tienen que decir
ellos mismos sobre este diabólico invento que han fomentado en sus Logias: “El
catolicismo no teme una espada muy afilada más de lo que lo temían las
monarquías. Pero estos dos fundamentos del orden social pueden colapsar bajo la
corrupción; no nos cansemos nunca de corromperlos. Tertuliano tenía razón al decir
que de la sangre de los mártires nacen los cristianos; no hagamos mártires; pero,
popularicemos el vicio entre las multitudes; que lo respiren a través de sus cinco
sentidos; que lo beban y se saturen. Haz corazones viciosos y no habrá más
católicos. Es corrupción a gran escala la que hemos emprendido, una corrupción
que algún día debería permitirnos llevar a la Iglesia a la tumba. Últimamente,
escuché a uno de nuestros amigos reírse filosóficamente de nuestros proyectos
diciendo: ‘Para destruir el catolicismo, debemos acabar con las mujeres.’ La idea es
buena en cierto modo, pero como no podemos deshacernos de las mujeres, corromperlas con la Iglesia.
Corrúptio óptimi, péssima: La corrupción del óptimo es pésimo. La mejor daga para golpear a la Iglesia es
la corrupción.” (Carta de Vindice a Nubius [seudónimos de dos líderes de la Alta Véndita italiana], fechada
el 9 de agosto de 1838). Esta carta que revela la invención diabólica denunciada por Jacinta fue escrita solo
ocho años antes del mensaje de Nuestra Señora en La Salette. Da la impresión que Nuestra Señora estaba
haciendo el contenido de la carta público para advertir a la Iglesia y a todos los católicos contra el peligro
inminente de este ataque vicioso y diabólico de los masones. ¡Es una lástima que tantos católicos hayan
abandonado esta batalla por la modestia cuando los masones no la han abandonado! Si para los católicos
liberales la modestia es una bagatela, ¡ciertamente no lo es para la masonería! La siguiente cita de una carta
a una revista masónica muestra cómo propagan sus consignas en las naciones y la sorprendente
determinación y tenacidad que tienen de llevar su plan a buen término. “La religión no teme la punta del
puñal; pero puede desaparecer bajo la corrupción. No nos cansemos de la corrupción: podemos usar un
pretexto como el deporte, la higiene, los balnearios. Es necesario corromper, que nuestros niños y niñas
practiquen el nudismo en la vestimenta. Para evitar demasiadas reacciones, habría que progresar de manera
metódica: primero, desvestirse hasta el codo; luego hasta las rodillas; luego brazos y piernas completamente
descubiertos; más tarde, la parte superior del pecho, los hombros, etcétera.” (Revista Internacional de
Francmasonería, 1928).
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La Alta Véndita masónica, entonces, se sentó tranquilamente a considerar los mejores medios para lograr
este diseño. Satanás y sus ángeles caídos no pudieron idear métodos más eficaces de los que descubrieron.
Resolvieron esparcir la impureza por todos los métodos usados en el pasado por los demonios para tentar a
los hombres a pecar, hacer que la práctica del pecado sea habitual y mantener a la infeliz víctima en el
estado de pecado hasta el final. Al ser hombres vivos, tenían medios para lograr este propósito, que los
demonios no podrían haber usado sin su ayuda. La civilización cristiana establecida sobre las ruinas del
libertinaje del paganismo había mantenido pura a la sociedad europea. El vicio, cuando apareció, tuvo que
esconder la cabeza por vergüenza. La decencia pública, apoyada por la opinión pública, lo mantuvo bajo.
Mientras existiera la moralidad como virtud reconocida, la Revolución no tenía posibilidades de éxito
permanente; y así los hombres de la Alta Véndita resolvieron devolver al mundo a un estado de brutal
libertinaje no sólo tan malo como el del paganismo, sino a un estado en el que incluso la moralidad de los
paganos se estremecería. Para hacer esto, procedieron con precaución. Su primer intento fue hacer que el
vicio perdiera su horror convencional y liberarlo del castigo civil. La desafortunada clase de seres humanos
que hacen un triste comercio con el pecado, deben ser tomados bajo la protección de la ley y mantenidos
libres de enfermedades a expensas del Estado. Las casas debían ser autorizadas, inspeccionadas, protegidas
y entregadas a sus propósitos. La deshonra asociada a su infame condición era, en la medida en que la ley
pudiera afectarla, para ser eliminada. Aumentaron el número y la seducción de esas desgraciadas, mientras
que el gobierno masónico cerraba los ojos a sus excesos y confabulaba sus atentados contra la juventud del
país. Entonces la literatura se volvió sistemáticamente lo más inmoral posible y se difundió con una
perseverancia y un trabajo dignos de una mejor causa. Las estaciones de tren, los quioscos de periódicos, las
librerías y los restaurantes se llenaron de producciones infames, mientras que las mismas se difundieron a la
gente por todos los países. La enseñanza de las Universidades y de todas las
escuelas intermedias del Estado, no sólo debía volverse atea y hostil a la religión,
sino que en realidad estaba enmarcada para desmoralizar a los desafortunados
alumnos en una época de la vida siempre demasiado propensa al vicio.
Finalmente, además de la más libre licencia para la blasfemia y la inmoralidad,
y la exhibición y difusión de cuadros, pinturas y estatuas inmorales, se hizo un
último intento sobre la virtud de las jóvenes con el pretexto de educarlas hasta el
nivel del progreso humano. Por lo tanto, las escuelas de clase media y alta
debían, independientemente de los gastos, proporcionarse a las niñas, que
deberían ser, a cualquier precio, alejadas del cuidado protector de las monjas.
Debían ser enseñadas en escuelas dirigidas por maestros laicos y siempre
expuestas a influencias que debilitaran, si no destruyeran, su pureza y, como
consecuencia segura, su fe. Desde entonces, estas escuelas han estado al servicio
de la masonería en todo el mundo. “Para destruir el catolicismo, es necesario
comenzar por reprimir a las mujeres. Debemos corromper a las mujeres; cuando los mejores se corrompen,
se convierten en los peores… Si no podemos reprimir a la mujer, permítanos corromperla con la Iglesia,”
dijeron, y han actuado fielmente sobre este consejo. La terrible sociedad secreta que planeó estos medios
infernales para destruir la religión, el orden social y las almas de los hombres, continuó sus operaciones
durante muchos años. Su “instrucción permanente” se convirtió en el evangelio de todas las sociedades
secretas satélites de Europa. Sus agentes, como Piccolo Tigre, viajaban incesantemente por todos los países.
Sus órdenes fueron recibidas, según el sistema de la masonería, por los jefes y las bases de las logias como
tantos decretos inevitables de la gran conspiración. Por eso, después de leer estas citas a la luz de los
grandes mensajes de Nuestra Madre Celestial, comprenderéis de dónde provienen estas modas inmodestas e
indecentes. Son la realización de un plan diabólico para destruir a las familias, la sociedad y la Iglesia
Católica. Este colapso de todos los valores morales, que destruyen todo lo que lleva el nombre de Cristo, ha
sido anunciado por Nuestra Señora para los tiempos en que nos encontramos. Es por eso que, después de
haber sido informados de este plan masónico y de los mensajes de Nuestra Señora, ya ¡no podemos pensar
ingenuamente que estas nuevas formas son sólo el resultado normal de los cambios en la sociedad y que no
son tan gravemente pecaminosos como lo eran antes! El plan diabólico todavía no ha terminado, pues no se
ha cumplido del todo: después de haber conseguido la gran apostasía de casi toda la Iglesia, ahora están
preparando la implantación del reinado del Anticristo.
No os dejéis seducir por el canto de sirenas de los tiempos modernos y no penséis que esta marea
inmunda, que ha devastado nuestros países occidentales y la Iglesia, es una evolución inocente de
costumbres que podemos seguir impunemente. Por eso, con María y por María, luchad por la santificación y
la salvación de vuestra alma: “No sigáis estas nuevas modas, ofenden mucho a Nuestro Señor y arrojan las
almas al infierno.” Las palabras de Nuestra Señora, la enseñanza de los Papas, los ejemplos de los santos y
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el conocimiento de los diabólicos planes de la masonería para destruir la Iglesia católica mediante la
inmodestia y la liberalización de la mujer deberían bastar para convencer a cada miembro de la Iglesia de
huir de tales modas y vigilar todo lo que entra en sus hogares. Pero no olvidemos que esta enseñanza de
Nuestra Señora y de la Iglesia se basa ante todo y fundamentalmente en la enseñanza de Nuestro Señor en el
Evangelio y en las abundantes referencias de las Epístolas de San Pablo a este tema. Cuando Jesús dice en el
Evangelio: “Cualquiera que mirare a una mujer casada con el mal deseo de poseerla, ya adulteró en su
corazón con ella,” podemos estar seguros de que si los hombres son seriamente culpables por su mirada
lujuriosa, también en el caso de las mujeres, las mujeres ciertamente no son inocentes por ofrecer de nuevo
la fruta prohibida para comer, ni por romper las normas de modestia impuestas por la Iglesia. Es entonces
sobre esta clara declaración de Nuestro Señor que debemos basar nuestro juicio hacia la moda, la música
moderna, los bailes, las películas y todo este tipo de entretenimiento. La pregunta que un fiel debe hacerse
sobre estas cosas no es si están actualizadas y de moda o si todo el mundo lo está haciendo, sino si son, para
él y para los demás, una ocasión de pecado. No es por otra razón, por ejemplo, que la música ‘rock’ sea tan
malvada, porque esta música y su baile son una incitación directa y voluntaria a las pasiones y a toda clase
de impurezas. “Como de la vista de la serpiente, huye de los pecados; pues, si te acercas a ellos, te
morderán.” (Eclesiástico).
Tened una mayor vigilancia en estos tiempos convulsos por vuestras almas y por las almas de vuestros
hijos. Nuestras almas están, en efecto, en mayor peligro en estos días de los últimos tiempos, pero no nos
desanimemos y no olvidemos que Dios en su infinita misericordia nos dará gracias aún más abundantes para
superar esta tremenda dificultad. Nunca dejará que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, pero esas
fuerzas, sólo las conseguiremos por medio de la oración
continua. Id entonces con confianza a esta fuente de gracias
que es el Sagrado Corazón de Jesús, y Él derramará sus
misericordias en abundancia sobre vuestras almas.
Un maestro de la vida espiritual, el Padre Adolfo
Tanquerey, habla así de la modestia del cuerpo: “Para tener a
raya a nuestro cuerpo hemos de comenzar por guardar bien las
reglas de la modestia y de los buenos modales; hay aquí
abundante materia de mortificación. El principio que ha de
servirnos de regla es aquel de San Pablo: ‘¿No sabéis que
vuestros cuerpos son miembros de Cristo, vuestra Cabeza?…
¿No sabéis que sois templos de Dios al morar el Espíritu Santo en vosotros por el estado de Gracia?’ Hemos
de respetar nuestro cuerpo como un templo santo, como un miembro de Cristo. Nada, pues, de vestirle con
vestidos poco decentes y que no se idearon sino para incitar la curiosidad y el regalo.”
Referente a la modestia de los ojos, dice: “Hay miradas gravemente pecaminosas, que hieren no
solamente el pudor, sino también la castidad, y de las que ciertamente hemos de abstenernos. Otras hay que
son peligrosas, cuando, sin razón para ello, fijamos la vista en personas u objetos que de suyo pueden mover
a tentación. Por eso nos advierte la Sagrada Escritura que no debemos parar los ojos en ninguna doncella,
para que su belleza no sea para nosotros motivo de escándalo: ‘No pongas indiscretamente tus ojos en la
doncella, para que su belleza no sea ocasión de tu ruina’ (Eclesiástico). Y ahora, cuando la licencia en las
exhibiciones, la inmodestia en el vestir, la procacidad de las representaciones teatrales, y de algunos salones,
nos cercan por todas partes de peligros, ¿qué recogimiento no habremos de tener para no caer en pecado?
Por eso el cristiano de verdad, que quiere salvar su alma cueste lo que costare, va mucho más allá, y para
estar seguro de no rendirse al deleite sensual, mortifica la curiosidad de sus ojos. Se distingue entre las
miradas gravemente pecaminosas, las peligrosas y las de mera curiosidad. Y acerca de las peligrosas, el
alma que aspire seriamente a santificarse huirá como de la peste de toda innecesaria ocasión peligrosa. Y
por sensible y doloroso que le resulte, renunciará sin vacilar a espectáculos, revistas, playas, amistades o
trato con personas frívolas y mundanas, que puedan serle ocasión de pecado. Por la calle, sobre todo en las
ciudades populosas modernas, extremará la modestia de sus ojos para no tropezar con la procacidad de los
escaparates, la inmodestia descarada en el vestir, la licencia desenfrenada de las costumbres. Y andará
vigilante y alerta para no dejarse sorprender.”
Todo cristiano debe evitar tajantemente las ocasiones próximas e innecesarias de pecar, y debe sentir al
mismo tiempo un verdadero horror a escandalizar, es decir, a ser para otros ocasión próxima de pecado. En
esta cuestión del escándalo la palabra de Cristo es terrible: “¡Ay de aquel hombre por quien viene el
escándalo!” Aplicando esto al tema del pudor que nos ocupa, la ocasión próxima de impureza en muchas
modas, playas y piscinas es indiscutible. También se ve la inconveniencia de las playas y piscinas por sus
consecuencias negativas en el conjunto de la vida moral: “Por sus frutos los conoceréis.” La persona que
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acepta en público un estado de semi-desnudez, ciertamente contrario a la Ley de Dios, tiende a disminuir o a
perder el sentido del pudor. Es perfectamente comprensible. En este sentido, playas y piscinas son
verdaderas escuelas de impudor, en las que tantos cristianos fueron ‘educados’ desde niños.
Y la disminución o pérdida del pudor trae consigo una debilitación de la castidad en el uso de la
televisión y de los espectáculos, en las modas y costumbres, así como en la conducta de niños y muchachos,
jóvenes y adultos. Esos mismos pecados contra el pudor, reiterados, habituales y bien consentidos, es decir,
no combatidos, apartan de la amistad con Dios; acrecientan la vanidad, la soberbia y el egoísmo; por la
pereza y el culto al placer, destruyen el amor a la Cruz, la abnegación propia y la caridad hacia el prójimo.
En una palabra, causan muy grandes males en la vida del cristiano y llevan irremediablemente a la
apostasía.
El impudor en las modas y costumbres, en playas y espectáculos, al menos como un fenómeno social
generalizado, ha ido siempre unido a otros fenómenos sociales negativos; y ha coincidido con un aumento
de las obscenidades, del divorcio y del adulterio, y de la lujuria en todas sus modalidades. Son causas que se
causan mutuamente. Que históricamente todos estos crecimientos malignos han ido juntos es, en buena
medida, un hecho fácilmente comprobable. Son fenómenos que hunden al pueblo en la descristianización y
en el pecado.
Las consideraciones hechas sobre el pudor y la castidad, con especial referencia a la desnudez y las
miradas, deben extenderse a otros muchos temas semejantes; y concretamente, por ejemplo, al uso que los
cristianos han hecho del cine, de la televisión y de las revistas, especialmente después del conciliábulo
vaticano II. Hubo católicos que se consideraban cristianos fieles porque mantenían un rechazo de las
películas, revistas o programas de televisión abiertamente obscenos, pues tales cristianos conservaban al
menos una conciencia moral de la perversidad de estas maldades. Pero al mismo tiempo, incluso entre
cristianos practicantes y religiosos, hubo una aceptación generalizada de la inmodestia en semanarios,
programas de televisión, al principio con alguna resistencia, después ya sin mayores problemas de
conciencia. Suplementos semanales de ciertos diarios, por ejemplo, o muchos programas de televisión, que
hubieran sido considerados, con toda razón, claramente obscenos hace ochenta años, luego fueron recibidos
pacíficamente en los hogares cristianos y no pocas veces hasta en los mismos conventos. Con alguna
reticencia mínima, todas esas manifestaciones pornográficas llegaron a ser considerados con frecuencia
como normales, aceptables, tolerables, o, si se prefiere, inevitables, al menos para los cristianos seculares, y
en cierta medida incluso para los religiosos. Y eso no pudo suceder sino en un pueblo cristiano que,
rechazando una tradición católica de veinte siglos, e incluso a veces avergonzándose de ella, apenas tenía ya
conciencia del pudor.
¿Cuáles fueron los frutos del conciliábulo Vaticano II? Se replantearon veinte siglos de catolicismo que
fueron puestos en duda, la tradición se desechó; se protestantizó el dogma, lo
social por encima de lo sobrenatural, el hombre y su unión, por encima de
Jesucristo y su doctrina, que ocasionó su crucifixión: cisma que rompió con la
tradición; herejía que instauró el falso ecumenismo; y apostasía de la nueva
iglesia posconciliar. En el Vaticano II, se dedicaron frases amistosas a budistas,
hindúes, judíos, etc.; en oposición a como se actuaba antes del Vaticano II, en que
la Iglesia en su conjunto combatió por veinte siglos las mentiras, vestidas de
verdad, de las falsas religiones.
Hubo veinte siglos de unidad católica, pero gracias al conciliábulo y su ‘nuevo
comienzo’, brindó como primeros frutos pos-conciliares, la renuncia de más de
cien mil sacerdotes que abandonaron su vocación. Desde entonces la unidad en la
Iglesia quedó quebrantada, dividida entre tridentinos, liberales, ortodoxos,
modernistas, carismáticos, lefebristas, etcétera; con diferentes modos de ‘hacer la homilía’ y con grandes
discrepancias en sus explicaciones de la doctrina.
La sana conciencia se iba apagando gradualmente como las luces de un salón, y acontecimientos que en
otras épocas habrían herido profundamente la sensibilidad del pueblo, hoy a casi nadie inquietan. Todo es
ahora permisible. Se está actuando en el campo de la guerra psicológica y revolucionaria, para quitarle al
pueblo la voluntad de resistir; es la pérdida de la identidad moral.
El espíritu y la doctrina tradicional católica sobre el pudor, como hemos podido comprobar, es
continuamente el mismo a través de los siglos, siempre fiel a un mismo espíritu, que es el Espíritu de Jesús.
Eso mismo nos hace ver que, en realidad, esa línea doctrinal y conductual ‘se quiebra’ en muchos cristianos
solamente al llegar a la segunda mitad del siglo veinte. No es fácil, lógicamente, reconocer esa quiebra
cuando se ignora o se rechaza la anterior tradición espiritual. En todo caso, debe quedar claro que la
‘excepción’ en la historia del cristianismo es el grave impudor contemporáneo, siempre creciente desde hace
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un siglo al menos, y que existió en la Santa Iglesia hasta el traslado de la Santa Sede al Palmar. Y que este
impudor no es, en modo alguno, un progreso de la conciencia cristiana, una más pura asunción de la
condición corporal humana. No. Es una actitud errónea, pues se avergüenza de una tradición cristiana
siempre fiel a sí misma, o a veces simplemente la ignora.
En cuanto a los vestidos, hasta principios del siglo veinte se imponían en la sociedad ciertas modas
uniformes, de las cuales no era del todo fácil alejarse sin producir un penoso contraste separador. En
cambio, la sociedad actual, por una parte, impone una uniformidad universal de formas, que acaba con
aquellos vestidos, danzas, músicas, costumbres, que antes tenían configuraciones muy locales, regionales,
nacionales; impone formas globalizadas a todas las naciones: bailes y música rítmica de rock, pantalones
vaqueros, camisetas simples de algodón, zapatillas deportivas, etcétera, de modo que en la fisonomía
exterior y en ciertas costumbres, al menos en algunas cuestiones, apenas hay diferencias en los modos de las
diversas naciones y aun continentes. Pero al mismo tiempo, y en forma contraria, una de las características
de la sociedad actual es la multiplicidad de diferencias de sus formas. En un mismo barrio, sobre todo en las
grandes ciudades, podemos encontrar cristianos, budistas, vegetarianos, blancos, negros, agnósticos,
ecologistas, nacionales, extranjeros, etcétera. Hace no mucho la sociedad era mucho más uniforme dentro de
cada nación.
Y en la misma moda femenina, muy al contrario de otros tiempos, una mujer queda perfectamente libre
para elegir sus maneras de vestir: puede llevar pantalones largos o cortos, ceñidos o muy amplios, o puede
optar por las faldas, y entre éstas le es dado elegir cualquier color y forma, y optar porque sean largas, cortas
o muy cortas, estrechas o de gran vuelo… En una palabra, no está obligada por la moda, sino que, al menos
en principio, es perfectamente libre para vestirse como prefiera. Pues bien, esto ofrece a la mujer cristiana
de hoy una facilidad históricamente nueva para vestirse con gran libertad respecto del mundo, en perfecta
docilidad a la Iglesia y al Espíritu Santo. Si viste, pues, con indecencia, no tendrá excusa, ya que
perfectamente podría vestir decentemente.
Y para vestir así, cristianamente, convendrá que recuerde las exhortaciones
antiguas de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo: “El adorno externo de las
mujeres ha de ser con discreción y modestia cristianas; y, por tanto, evitando
aquellos peinados, vestidos y exornos que son producto de la vanidad y de la
inmodestia paganas. El adorno de las mujeres ha de ser preferentemente en el
interior del corazón, con el atavío incorruptible de un espíritu de modestia y de
paz, lo cual es el más precioso exorno a los ojos de Dios. Porque así se
ataviaban antiguamente aquellas santas mujeres que esperaban en Dios,
estando sujetas a sus propios maridos, al modo que Sara era obediente a
Abrahán, a quien llamaba su señor; pues de ellas vosotras sois hijas
espirituales, si hacéis siempre el bien sin amedrentaros por ningún temor o
miramiento humano.” (1 Pedro). “Que las ancianas enseñen el pudor a las
mujeres jóvenes solteras.” (Tito).
Estas mismas normas apostólicas fueron inculcadas por los Padres de la
Iglesia, que trataron del tema con relativa frecuencia: San Juan Crisóstomo,
hacia el 390, comenta largamente las normas apostólicas ya citadas:
“Arráncate todo adorno, y deposítalo en las manos de Cristo por medio de los
pobres.” Y a la mujer inmodesta le dice: “Vas acrecentando enormemente el
fuego contra ti misma, pues excitas las miradas de los jóvenes, te llevas los
ojos de los licenciosos y creas perfectos adúlteros, con lo que te haces responsable de la ruina de todos
ellos.” San Juan Crisóstomo, siendo obispo de Constantinopla, se encontró por el camino con una dama
vestida con mucha vanidad e inmodestia. Le echó una severa mirada y le dijo: “¿Adónde va vestida de esta
manera?” “A la Iglesia,” le respondió ella. “Pero ¿es que en la iglesia hay por ventura alguna fiesta de baile?
Tú vas a hacer el oficio de diablo; a escandalizar a las almas y hacer en ellas verdaderos estragos. ¡Vuelve
inmediatamente a casa y avergüénzate y llora tus escándalos!”
Hace veinte siglos, en los comienzos del Evangelio en el mundo, sobre todo en el ámbito del mundo
griego y romano, el pudor cristiano tuvo que afirmarse con sumo esfuerzo en medio de un impudor
generalizado. Fue ésta una de las grandes victorias del cristianismo sobre la vieja corrupción del paganismo.
Y es de notar que en el primer encuentro, o mejor encontronazo, del Evangelio con el mundo, la Iglesia
puso un gran empeño en afirmar y difundir el pudor y la castidad. Es un hecho hasta cierto punto
desconcertante, pero muy cierto, que los Padres, obispos y teólogos, estando enfrentados con gravísimos
problemas filosóficos, dogmáticos y disciplinares; más aún, viendo cada día al pueblo cristiano amenazado
en su misma supervivencia a causa de persecuciones muy violentas, se ocuparon, sin embargo, una y otra
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vez en sus escritos, también los que eran maestros de la más alta especulación teórica y mística, de
cuestiones bien concretas referentes al pudor, la castidad conyugal y vidual, la virginidad, los espectáculos,
etcétera. Ése es un hecho histórico cierto, que debe ser conocido y recordado. En efecto, en la historia de la
Iglesia naciente, el desarrollo social del pudor y de la castidad, así como de la virginidad y del sagrado
matrimonio monógamo, constituye uno de los capítulos más impresionantes. En esa historia se comprueba
que, realmente, el Espíritu Santo tiene poder para “renovar la faz de la tierra.” El Evangelio, en efecto,
teniéndolo todo en contra, vence al mundo y crea con todos esos valores una nueva civilización.
Las religiosas que son fieles a su tradición espiritual y a su Regla, son dóciles al Espíritu de Jesús en
todos los aspectos de su arreglo personal, al que no dedican más atención que la estrictamente necesaria. Sus
hábitos, sus vestidos, reúnen las tres cualidades del vestir cristiano: expresan el pudor absoluto, el espíritu
de la pobreza conveniente y la dignidad propia de los miembros de Cristo. Son, pues, plenamente gratos a
Cristo su Esposo.
Pues bien, esas mismas cualidades, aunque en modalidades diferentes, han de darse en el vestido de las
cristianas laicas, que también están desposadas con Cristo desde su bautismo, y que por tanto han de tratar
de agradar al Señor en todo, incluso en su apariencia. Ellas han de vestir con dignidad, modestia y espíritu
de pobreza, como corresponde a quienes son miembros consagrados del mismo Cristo.
Sin embargo, las seglares cristianas del siglo veinte, no se preocuparon por ninguno de los tres valores:
gastaron en vestidos demasiado dinero y demasiado tiempo; aceptaron modas muy triviales, impropias de la
dignidad del ser humano; y las llamadas católicas siguieron las modas mundanas que no guardan el pudor,
alegando: ‘somos seglares, no religiosas.’ Algunas iban un pasito detrás, y al vestir con menos indecencia
que las mujeres más mundanas, ya pensaban que vestían con decencia, pues llevaban, por ejemplo, traje
completo de baño cuando la mayoría de las mujeres vestía bikini, etcétera. De esta triste manera, siguiendo
la moda mundana, que acrecentaba cada año más y más el impudor, aunque siguiéndola algo detrás, se
quedaron tranquilas porque decían que ‘no escandalizan’; como si su ideal consistiera en no escandalizar.
Por lo demás, no se les hizo problema de conciencia asistir asiduamente con su
‘decente’ atuendo a playas y piscinas que no son decentes. Ilusiones falsas y
mentiras. ¡Qué gran pena! Abandonaron el camino del Evangelio y de la
perfección cristiana, y siguieron el camino del mundo, aunque un pasito detrás
en lo malo.
Si recordamos la historia, por lo demás, comprobaremos que el vestir de las
religiosas y el de las cristianas seglares, con las diferencias convenientes, ha
guardado constancia durante muchos siglos. Por eso, cuando en el siglo veinte
los modos de vestir se hicieron clamorosamente múltiples entre unas y otras,
eso indicaba que en gran medida se había mundanizado y descristianizado el
arreglo personal de las mujeres laicas. Cuando las seglares cristianas, según sus
modos propios, imitan la modestia de las religiosas, unas y otras evangelizan el
mundo. Es un proceso ascendente. En cambio, cuando las religiosas imitan en
el vestir a las seglares, y éstas a las mujeres mundanas, crece la vanidad y el
impudor. Es un proceso descendente.
Es muy conocida la degradación de los espectáculos del mundo romano, que rodeaba a los primeros
cristianos. Pues bien, ellos, alertados y sostenidos por sus pastores, viéndose obligados a vivir en un mundo
corrompido, de ningún modo aceptaban sumergirse en aquellas ciénagas de impudor. Fieles a las
instrucciones de los Apóstoles, tenían buen cuidado hasta en abstenerse “de toda apariencia de mal.” Huían
de todo mal, y hasta de lo que tenía apariencia de mal. La primera señal por la que durante los primeros
siglos los paganos reconocían a un nuevo cristiano es que ya no asiste a los espectáculos; si vuelve a ellos,
es un desertor.
Antes del Bautismo éramos esclavos del diablo, mas el Bautismo nos transformó en esclavos de
Jesucristo. En este Sacramento adquirimos ciertos compromisos, como explica la Moral Palmariana: “el
Bautismo implica para el bautizado la obligación irrevocable y eterna de servir a Dios y al Cuerpo Místico
de Cristo como verdadero fiel; pues, a ello se comprometió, libre y voluntariamente, con toda su persona, al
menos a través del que le representó al recibir el Bautismo, si no tenía uso de razón… El bautizado contrae,
pues, los siguientes compromisos: La renuncia a Satanás, a sus obras, a las seducciones del mundo y a las
inclinaciones desordenadas de la carne. Renunciar a Satanás es manifestar que ya no quiere uno ser más de
él, ni obedecerle, ni escuchar sus perversas sugestiones; y renunciar a sus obras, es renunciar a todo
pensamiento, palabra, deseo u obra contrarios a la Ley de Dios, pues los pecados son las obras del
demonio.” Esa renuncia al mundo, a sus obras y a las seducciones de Satanás, a las pompas del diablo,

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implica el apartamiento de aquellas diversiones normales del mundo, que son deshonestas y escandalosas,
propias del neopaganismo de hoy.
San Juan Crisóstomo (+407) exhorta a los catecúmenos ya próximos al bautismo: “No hagas caso alguno
ya de las carreras de caballos, ni del inicuo espectáculo del teatro, pues también eso enardece la lascivia…
Os lo suplico: ¡no seáis tan despreocupados al decidir sobre vuestra
propia salvación! Piensa en tu dignidad, y siente respeto… Mira que no
es una sola dignidad, sino dos: dentro de muy poco vas a revestirte de
Cristo, y conviene que obres y decidas en todo pensando que Él está
contigo en todas partes.”
Esas exigencias evangélicas de renuncia a los males del mundo, son
necesarias a cualquier discípulo de Cristo. Basta con ser cristiano para
que sea necesario mantenerse alejado de toda corrupción mundana, por
generalizada que esté. Y si los Padres de la Iglesia daban a los fieles estas
instrucciones tan exigentes porque el mundo pagano, ignorando todavía a
Cristo, estaba muy corrompido, tengamos hoy clara conciencia de que el mundo apóstata actual, rechazando
a Cristo, está igual o peor.
Los cristianos de todo tiempo, “no son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo,” dijo Cristo. Son
‘personas consagradas’ por el Bautismo, por la Confirmación, por la Santa Comunión, por el Sacramento
del Matrimonio, por la habitación de la Santísima Trinidad, por la comunión de gracia con los santos y los
ángeles. ¿Cómo deberán usar ellos, estando en el mundo, las modas y costumbres, los espectáculos y
medios de comunicación mundanos, si de verdad quieren ser santos?
En estas cuestiones y en todo, deberán aplicar criterios verdaderamente evangélicos: habrán de ‘sacarse
el ojo’ si les escandaliza, ‘vender todo’ lo que sea preciso para adquirir el tesoro escondido, ‘negarse a sí
mismos’ y ‘perder la propia vida’ en cuanto esto sea necesario para salvar el alma y para ayudar en la
salvación de los hermanos.
En esta plena independencia con respecto al mundo, bajo la gracia de Cristo, está la verdadera alegría
evangélica. Y es en esta actitud en la que los cristianos, por obra del Espíritu Santo, tienen fuerza
sobrenatural para transformar el mundo, es decir, las maneras vigentes y las modas, las leyes y costumbres,
la cultura, el arte, los espectáculos, las escuelas y universidades, y todo cuanto da forma al siglo presente.
Pero si están mundanizados, son “sal insípida”, sin fuerza alguna para preservar al mundo de la
corrupción, y carecen de toda fuerza para transformarlo. Ésa es ya una sal que “para nada sirve ya, sino para
ser arrojada y pisada por las gentes.” (Evangelio).
Antes los fieles ayunaban para hacer penitencia y reparación a Dios en la santa cuaresma; ahora si
ayunan es para hacer dieta y así quedar bien en sus escasos vestidos del verano.
Mirad la modestia y pudor en los religiosos. Los religiosos han dado siempre al pueblo cristiano un
notable ejemplo de modestia y pudor.
San Francisco de Asís no miraba a la cara de las mujeres, y según él mismo confesaba, solamente
conocía la fisonomía de dos, que quizá serían su madre y Santa Clara. Santo Domingo de Guzmán considera
culpa grave la costumbre de “fijar la mirada donde hay mujeres.”
En el siglo veintiuno la gente se escandaliza de la ascesis tradicional de los
religiosos: rechaza las tradiciones espirituales mantenidas durante muchos siglos
por muchos santos y santas, y se avergüenza de ellas. Sin embargo, ese gran
recogimiento de la vista, que durante tantos siglos han practicado tantos
religiosos santos, sigue siendo válido y santificante.
Los religiosos han tenido siempre clara conciencia de su ejemplaridad para
todo el pueblo cristiano; tienen que ser ejemplos en todo para los laicos.
También en el pudor. Santa Clara de Asís (+1253), por ejemplo, sabe bien que
los religiosos están obligados a dar un ejemplo estimulante al pueblo seglar
cristiano, y escribe en su Testamento: “El mismo Señor nos ha puesto como
modelo para los demás… como un ejemplo y espejo para quienes viven en el
mundo.” Que esta ejemplaridad de los religiosos esté viva y sea recibida por los
laicos es algo de suma importancia para la santificación del pueblo cristiano.
La pobreza que viven los religiosos, guarda a los laicos en la sobriedad. Las
penitencias de los religiosos estimulan a los laicos a la austeridad, tan difícil a veces en un mundo
consumista. La perfecta castidad de la virginidad y del celibato es una formidable ayuda para la castidad de
los laicos, sean niños o jóvenes, casados o viudos.

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De modo semejante, el pudor y el recogimiento de los sentidos, tan propio de los religiosos, han de ser
también imitados, en sus modos propios, por supuesto, por quienes viven en el mundo secular, sometidos a
unas tentaciones tan continuas, tan fuertes y tan insidiosas. De hecho, los religiosos siempre han exhortado a
los fieles a vivir la modestia en los modos que les corresponden.
San Pablo de la Cruz (+1775) exhorta a los seglares a vivir el más estricto pudor y a guardar una
modestia total, una modestia totalmente grata a Dios y a la Virgen María, que sea tan perfecta que no deje ni
un mínimo resquicio a la liviandad, al lujo, a la vanidad o al impudor. Esto lo exhorta San Pablo de la Cruz
a laicos, a seglares. A una joven de 23 años, le escribe: “Guarda tus sentidos todos, en especial los ojos, y
también tu corazón. Sé modestísima y guarda la mayor compostura de noche y de día en todos tus gestos.
Esta virtud de la modestia debes amarla y guardarla con el máximo celo; no te fíes de nadie y, sobre todo,
desconfía de ti misma.” No podríamos entender siquiera el pudor que han de vivir hoy los fieles, si no
tuviéramos en cuenta la gran tradición cristiana del pudor, considerada también ésta en la vida ejemplar de
los religiosos.
¿Son por eso tristes, los religiosos? Algunos se imaginan que ‘los religiosos, con su vida penitente de
privaciones, llevan un camino triste, y por eso mismo se quedan sin seguidores, sin vocaciones. Y que en
todo caso no es bueno para los laicos.’ Pero están completamente equivocados. A más perfecta y evangélica
‘renuncia al mundo’ más atractiva resulta la vida religiosa, más vocaciones atrae, y para los laicos también
es más edificante y estimada. El pudor cristiano, que hace suya la modestia de los religiosos en formas
seculares, como todas las virtudes evangélicas, produce necesariamente paz y alegría. Participando de la
Cruz, se participa también de la Resurrección.
El que se imagina triste la vida penitente de los religiosos ¿ha conocido, por ejemplo, el ambiente
espiritual del Carmelo teresiano? ¿Sabe algo, quizá, de “la perfecta alegría” de San Francisco de Asís,
hallada justamente en el hambre, el frío y el oprobio?
Cuántas veces corresponde a los que han renunciado al mundo el hermoso ministerio de consolar a
quienes lo poseen. Cuando éstos no saben tener el mundo como si no lo tuvieran, necesariamente padecen
tristezas y tribulaciones. Cuántas veces un fraile de pobre hábito tuvo que confortar a seglares vestidos con
elegancia y lujo. No suele suceder al revés. ¿Quiénes son los que viven la verdadera alegría?
Dicen otros: ‘esa modestia pudiera tener validez santificante en otros tiempos; pero no en la época
actual.’ Ésta es la pobre actitud de los modernistas. Y los cristianos que se vistieron con decencia en
tiempos del paganismo romano, ¿eran en aquellos tiempos fuerzas retrógradas o progresivas? ¿Vivían
plenamente en su siglo, siendo en buena parte sus protagonistas, o eran más bien elementos anacrónicos,
imitadores repetitivos del Bautista, del profeta Elías o de algún otro personaje aún más antiguo? Responder
bien a estas cuestiones tiene gran importancia para la valoración de la historia del
pudor cristiano, considerado éste tanto en religiosos como en laicos.
Cuando Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, pone tanto interés en que sus
monjas velen sus rostros y no los manifiesten sino a los familiares, ¿se sujeta a
alguna costumbre de su época, es una mujer de su tiempo, el siglo XVI, o se sitúa
más bien al margen de su siglo y del brillante y paganizante espíritu renacentista?
¿Da ella con eso unas normas de vida religiosa válidas únicamente para su
tiempo? ¿Muestra quizá un sentido del pudor morboso, propio de una mujer
desequilibrada, excesivamente medrosa, al establecer en sus Constituciones esas
normas?
Ella dispone, efectivamente, en las Constituciones para sus monjas: “Han de
tener cortado el cabello, para no gastar tiempo en peinarle. Jamás ha de haber
espejo, ni cosa curiosa, sino todo descuido de sí. A nadie vea sin velo, si no fuere padre o madre, hermano o
hermana,” salvo en caso prudente, y entonces “no para recreación, y siempre con una tercera.” Santa Teresa
tiene experiencia de la vida, empezando por su propia experiencia de jovencita vanidosa. A San Jerónimo
Gracián, primer provincial de los Descalzos, que en 1581 iba a revisar en el Capítulo de los Carmelitas ésta
y otras normas de las Constituciones teresianas, le escribe: “Ponga vuestra paternidad lo del velo en todas
partes, por caridad. Diga que las mismas descalzas lo han pedido.” Puede, es cierto, convenir a veces dar
licencia de excepción al velo, “mas yo tengo miedo que no la dé el provincial con facilidad.”
Santa Teresa quiere para sus religiosas contemplativas unas normas de pudor extremadamente exigentes,
1º, para fomentar en ellas el recogimiento contemplativo, evitándoles lo más posible todo peligro de vanidad
o impudor; 2º, para dar un ejemplo muy fuerte de modestia a las mujeres seglares, animándoles a ser
modestas, según su modo secular propio; 3º, para expiar penitencialmente los muchos pecados de impudor y
de vanidad que se cometen, sobre todo en el mundo; y, 4º, para obtener la conversión de los pecadores.
¿Puede oponerse a todo esto alguna objeción fundamentada?
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Un hombre mundano, un hijo de su siglo, repetirá: ‘hoy es necesario… hoy no es posible…’ y considera
que hay que conformarse con la ortodoxia social vigente de su tiempo. Por el contrario, solamente el
hombre cristiano, que vive en Cristo, está libre del mundo y libre de su siglo, y consiguientemente, solo él,
por obra del Espíritu Santo, puede renovar la faz de la tierra. Puede y debe hacerlo, porque es misión suya,
ya que está viviendo en Jesucristo, Señor y renovador de los tiempos: “Jesucristo, el mismo que ayer es hoy,
y lo será por los siglos de los siglos… el Alfa y la Omega, el Principio y el fin de todas las cosas.”
La apostasía y el impudor han crecido en los últimos tiempos simultáneamente, de modo especial, en los
pueblos más ricos de Occidente. La disminución o la pérdida del pudor no es, pues, en modo alguno, un
fenómeno aislado ni insignificante. Los hombres llegan a la pérdida del sentido del pudor porque dan culto a
la criatura en lugar de dar culto al Creador. Por eso Dios, aunque no les niega las gracias necesarias de la
salvación, les abandona a los deseos de su depravado corazón, y vienen a dar entonces en toda clase de
inmundicia e impudor, hasta el punto de que, perdiendo toda vergüenza, se glorían de sus mayores miserias.
Apostasía e impudor, con muchos otros males intelectuales y morales, han crecido de forma simultánea.
Al mismo tiempo y en las mismas regiones del mundo cristiano, se ha desarrollado una avidez desordenada
de gozar de esta vida, el rechazo de la Cruz y de la vida sobria y penitente, la aceptación de ideologías y
costumbres mundanas, el alejamiento de la Misa dominical y del sacramento de la Confesión, la escasez o la
ausencia de las vocaciones y de los hijos, la debilitación o la pérdida de la fe, así como la corrupción total de
costumbres. El impudor generalizado es uno de varios fenómenos sociales de la descristianización.
Otros causantes de la impudicia fueron los infiltrados que el Fundador y Padre General, el Obispo Padre
Clemente Domínguez, denunció en un Sermón en 1976: “Una caterva de inicuos pastores gobiernan hoy
dentro de la Iglesia. Hasta ahí ha llegado el colmo de la astucia del enemigo infernal, Satanás, infiltrándose
dentro del seno de la Iglesia, y poniendo inicuos Pastores, para extender y propagar falsas doctrinas. Sobre
todo, para ponerse en contra de la Reina de Cielos y Tierra, la Virgen Santísima, Nuestra Madre.”
Junto a esas causas generales, podemos señalar ciertas falsificaciones concretas del cristianismo que más
directamente conducen al impudor, y que lo explican mejor en nuestro tiempo. Los ‘cristianos pelagianos’
que, como Pelagio (siglo IV), niegan que el pecado de Adán se haya transmitido a su descendencia, que no
quieren ver al hombre como un ser espiritualmente enfermo, herido por un pecado original, inclinado
fuertemente al mal por la concupiscencia, y que, por tanto, requiere un régimen de vida sumamente estricto,
concretamente en su relación con el cuerpo y con el mundo. No. Ésas son, según ellos, visiones antiguas,
oscuras, pesimistas, que devalúan la naturaleza humana, y que felizmente están superadas por el llamado
‘cristianismo’ actual, tan optimista que dice que todos van al Cielo aunque vivan de espaldas a Dios. Pues
bien, el pelagianismo es una herejía perenne, al menos como tentación intelectual y práctica, y hoy tiene
innumerables seguidores en las iglesias descristianizadas. Es una de las malas raíces que produce el
impudor.
En sintonía con esa visión pelagiana, y rechazando la tradición católica, se iba formulando en el siglo
veinte un ‘cristianismo naturalista,’ en el que, negando o silenciando el pecado original, se estima posible
para la humanidad una vida sana y feliz. Dicen que no es necesaria la gracia, pues basta con la naturaleza;
que no es necesaria la Sangre de Cristo; basta con su ejemplo. Esta multiforme falsificación del cristianismo
surge sobre todo en los países más cultos y ricos, hoy, en general, los más profundamente descristianizados.
Después de la catástrofe de la II Guerra Mundial, en Escandinavia se estableció un cristianismo-pagano,
en el que el sentido del pudor desaparece ante una naturalidad
corporal que dice “yo no tengo nada que ocultar.” Negar ‘la
vergüenza de la desnudez’ (Apocalipsis), o afirmar su licitud,
procede de la apostasía o conduce a ella, porque es como decir
que el pecado original es un cuento.
Pero “si dijéremos que no hemos pecado, tachamos a Dios
de mentiroso, y a nosotros mismos nos engañamos y por tanto,
no andamos en verdad, pues Él ha dicho que todos los
hombres somos pecadores. Pero, si confesamos humildemente
nuestros pecados, fiel y justo es Dios para perdonárnoslos y
lavarnos de toda iniquidad, según su promesa de salvación.” (1
Juan).
En la segunda mitad del siglo veinte se aviva mucho la avidez de gozar de este mundo presente. Y este
impulso coincide en muchos ambientes cristianos, con el naturalismo, que haciendo caso omiso del pecado
original y la necesidad del recogimiento y del pudor, falsifican la vida cristiana y, pretendiendo llevarla a la
alegría, la llevan a la tristeza del pecado.

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Y así como Cristo en este mundo “fue haciendo el bien por todas las partes que pasó” (Hechos), así
también los cristianos estamos en este mundo no para gozar de la vida, sino para pasar por él haciendo el
bien. No tenemos, pues, como ideal supremo gozar lo más posible del mundo presente, sino que, muy
distintos de aquellos que no sirven a Cristo nuestro Señor sino a sus concupiscencias, estamos crucificados
para el mundo visible, que atravesamos caminando como peregrinos, y en él vivimos con la esperanza
gloriosa de los bienes celestiales, pensando en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Por eso, es normal
que la sobriedad en todo, la modestia y el pudor, caractericen siempre el estilo de la vida cristiana. Como
también es normal que el impudor y la avidez desordenada de todos los goces temporales, lícitos o no,
caractericen a quienes tienen el corazón puesto en las cosas de la tierra.
Con todo, el cristiano es en este mundo mucho más feliz que el pagano. A más Cruz, más Resurrección.
Si el hombre pierde la vida terrena por el Reino Celestial, la gana, y si entrega algo por Dios, recibe el
ciento por uno. Sólo el cristiano conoce la alegría que proviene de vivir todos los acontecimientos con Dios,
como procedentes de Dios, como medios que conducen a Dios, es decir, como verdaderos dones que
manifiestan y comunican el amor de Dios.
Llegó después el ‘modernismo-progresista’ que piensa que la tradición católica está plagada de
ignorancias, errores y falsificaciones. Cuando ven que la tradición católica ha afirmado siempre el pudor en
formas frontalmente contrarias a las que ellos propugnan, los progresistas dicen que el cristianismo
tradicional estaba equivocado en estos temas. El católico progresista desea la vuelta del pueblo cristiano al
impudor nudista del paganismo. Echa a un lado despectivamente aquella tradición cristiana del pudor, que
se desarrolló en la historia, y no vacila en pensar que todos aquellos antiguos cristianos, muchos de ellos
grandes santos, estaban equivocados. Sencillamente, el progresista estima que los antiguos partían de una
visión errónea del cuerpo y del pudor, de un pesimismo heredado de los Santos Padres, o imagina alguna
otra explicación erudita semejante. Según esto, la historia del pudor cristiano vendría, pues, a ser la historia
de un gran error de la Iglesia, del que ésta sólo ha podido librarse en la segunda mitad del siglo veinte,
cuando los cristianos progresistas, felizmente, se abrieron mucho más al influjo del mundo pagano. Pobres
insensatos.
San Pablo, en su primera carta a los corintios, les llama con insistencia a la castidad, queriendo apartarlos
de la lascivia generalizada y del impudor que ésta necesariamente lleva consigo. Y para ello emplea varios
argumentos de gran fuerza. Les dice que el hombre en estado de Gracia es templo del Espíritu Santo:
“¿Acaso no sabéis ya que, por vuestra vida sobrenatural, sois templos vivos del Espíritu Santo? ¿No os he
enseñado en mis predicaciones que habéis de comportaros como tales santuarios sagrados? Mirad, hijos
míos, que, al habitar el Espíritu Santo en vuestras almas, habita en ellas la misma vida trinitaria. Sois, pues,
templos y sagrarios de la Trinidad Augusta.… Vuestra filiación divina os exige, os insta, os apremia a que
os apartéis de lo que os pueda contaminar… Algunos dicen falsamente: ‘Los placeres son para el cuerpo y
el cuerpo para los placeres.’ Mas, yo os digo que tanto el uno como los otros, tendrán su fin, como está
determinado por Dios. El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo;
pues, somos miembros de su Cuerpo Místico cuya Cabeza es el mismo
Cristo y cuyo Cuello es María. Y así como Cristo resucitó glorioso de
entre los muertos por su propia virtud divina, también nos resucitará a
nosotros.”
Sois miembros de Cristo: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son
miembros de Cristo, vuestra Cabeza? Por tanto, ¿habéis de profanar
vuestros cuerpos, que son miembros de Cristo, haciéndolos miembros de
una ramera? No lo permita Dios… Quien está unido con el Señor, es con
Él un mismo cuerpo y un mismo espíritu. Huid de toda deshonestidad;
pues, el que obra deshonestamente, hace siempre objeto del pecado a su
propio cuerpo. Por ventura ¿es que no sabéis ya que vuestras almas y
vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo que habita en vosotros,
que ya sólo pertenecen a Dios y que ya no son vuestros?; pues, fuisteis
redimidos a gran precio. Glorificad a Dios y llevadlo dentro de vosotros.”
Temed el castigo divino contra la lujuria: “¿No sabéis que los inicuos
no poseerán el Reino de Dios? No os engañéis, pues ni los fornicarios, ni
los idólatras, ni los adúlteros, ni los que se afeminan, ni los sodomitas, ni
los ladrones, ni los avaros, ni los dados a embriaguez, ni los maldicientes, poseerán el Reino de Dios, si no
cambian de proceder y se arrepienten. Tales habíais sido algunos de vosotros, pero fuisteis regenerados por
el Bautismo; y, por tanto, fuisteis santificados por el Espíritu Santo en virtud de los méritos de Nuestro
Señor Jesucristo.”
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Pero a diferencia de los corintios del tiempo de San Pablo, los que ahora se llaman cristianos apenas
tienen conciencia muchas veces de su pecado, al que quizá desde niños están ya acostumbrados. Y por eso
permanecen en el pecado, porque casi nunca les llega sobre este tema la luz de la Palabra divina, la única
que podría sacarles de sus tinieblas miserables. ¿Y cómo apreciarán el valor del pudor y de la castidad si
apenas lo conocen? ¿Y cómo lo conocerán y lo vivirán si no se les predica? ¿Por qué hoy apenas se predica
el pudor y la castidad?
Se diría que cuanto más abunda en la Iglesia un mal concreto, con más insistencia ha de ofrecerse allí la
medicina adecuada, que en estos casos, como en todos, es la Palabra divina. ¿Cómo es posible, entonces,
que llegando el pueblo cristiano a estar tan enfermo de lujuria, casi nunca se le predicaba la castidad y el
pudor?
La pregunta está al revés. La falta de predicación del Evangelio de la castidad es la causa mayor de la
abundancia de la lujuria y del impudor en el pueblo cristiano y en el mundo pagano. El apagamiento de la
luz evangélica del pudor y de la castidad es la causa principal de que las tinieblas de la lujuria se hayan
difundido tanto en los últimos cien años, apoderándose de modas y costumbres, del cine y de la televisión,
del internet, de la prensa y de los espectáculos, de las costumbres de jóvenes, novios y casados, de la
publicidad comercial y de todo. Cuando un lugar se queda a oscuras, atribuimos esa oscuridad total o parcial
a que total o parcialmente se ha apagado la luz. ¿No es ésa la causa principal de la oscuridad?
Pero volvamos a la pregunta inicial: ¿Por qué se dejó de predicar la verdad católica sobre el pudor y la
castidad? Algunas de las razones principales son las que siguen.
Porque se estimaba que es o era una doctrina falsa. Está claro: no se predica aquello en lo que no se cree.
No sería honrado. Muchos pastores y predicadores silenciaron la doctrina católica sobre la castidad y el
pudor porque se avergonzaban de ella, porque la consideraban errónea. Estimaban que es en nuestro tiempo
cuando hemos dado con la verdad en estos temas, mientras que nuestros hermanos cristianos antepasados,
aquellos Santos, Clemente, Cipriano, Atanasio, Francisco, Pablo de la Cruz, Antonio María Claret y otros,
estaban afectados por una visión morbosa del cuerpo, y en general de todo lo humano, mundano y terreno.
Los que así piensan andan errados, o quizás quieren dar licitud a sus propios pecados.
Por temor a la cruz. No se predicaba la castidad y el pudor porque se temía que tal predicación trajera
persecución y cruz. En este supuesto, el predicador, crea o no crea en la verdad del pudor cristiano, calla
sobre el tema porque tiene miedo a la cruz que pueda sobrevenir a causa de su predicación. La predicación
del Evangelio del pudor hoy, estando el impudor tan arraigado en el mundo y en buena parte del pueblo
cristiano, no puede hacerse sin que traiga, sin duda, no pequeñas cruces. Estas cruces caerán en primer lugar
sobre el predicador; pero también, y grandes, sobre los cristianos que quieran vivir ese Evangelio fielmente.
Si los cristianos reciben ese Evangelio, tendrán muchas veces que entrar en confrontación con las
costumbres del mundo, o tendrán de marginarse de ellas en mayor o menor medida. Y todo esto puede ser a
veces sumamente penoso.
Por miedo a desprestigiar a la Iglesia. La razón que acabamos de señalar, el miedo a la cruz, puede tener
una versión menos tosca, pero en cierto modo aún peor. Se silencia el Evangelio del pudor, aun en el supuesto
de que se crea en él, para evitar que por su causa la Iglesia fuese más
despreciada o perseguida por el mundo de nuestro tiempo: ‘no ocasionemos
la aversión a la Iglesia por una causa moral que, después de todo, tiene una
importancia secundaria.’ Son muchos los que, avergonzándose abiertamente
de las enseñanzas bíblicas y tradicionales acerca del pudor, tan humildes, tan
realistas, tan verdaderas, no solamente las silenciaban, sino que con un celo
propio de conversos, se empeñaban incluso en combatirlas y hacerlas olvidar,
con la ‘sana’ intención de liberar a la Iglesia de ‘un pasado doctrinal tan
lamentable, que la desprestigia y que colabora a hacerla increíble al hombre
actual.’ Es una idea mundana y falsa. Si San Juan Bautista, si nuestro Señor
Jesucristo, si San Esteban, si los Apóstoles hubieran seguido esa lógica
funesta: ante todo y sobre todo evitar a la Iglesia la persecución del mundo, ni
siquiera hubiera llegado a nacer la Iglesia.
En efecto, si se hubiera aplicado la lógica de esos pensamientos, no
habría sido plantado en el mundo el árbol de la Cruz, y ciertamente no
habría sido regado con la Sangre de Cristo y de todos sus discípulos mártires, ni hubiera dado frutos
maravillosos de salvación para todos los pueblos. Avergonzarse de la Cruz de Cristo es algo diabólico.
También San Pedro se avergüenza en un principio de la cruz del Maestro, pero se arrepiente luego. La
primera vez que Jesús anuncia a los discípulos que “será rechazado” por todos y que incluso “será entregado
a la muerte,” Pedro comenzó a disuadirle: “¡Lejos esto de Ti, Señor, no quieras que esto suceda contigo!”
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Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: “Quítate de delante, Satanás, estorbo me eres, porque no entiendes las
cosas que son de Dios, sino las de los hombres.” Y seguidamente dijo Jesús a sus discípulos: “Si alguno
quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz, y sígame. Porque el que, a costa de perder su
alma, conserva su vida, perderá la vida eterna; y quien perdiere su vida por Mí, la volverá a hallar en el
Cielo.”
Otros razonamientos y cálculos, relacionados con los ya señalados, y también falsos, explican igualmente
el silenciamiento de las leyes de decencia y del pudor. Decían: ‘Estando los hombres tan alejados del
Evangelio, prediquémosles las virtudes fundamentales, las más urgentes, y no estas otras, como el pudor,
que son mucho menos importantes.’ Los enemigos de la Iglesia sabían mejor que el clero relajado, que la
modestia en el vestir es precisamente el fundamento que asegura el cumplimiento de los Mandamientos de
Dios, que protege de las insidias del infierno y nos acostumbra a cumplir la Voluntad de Dios y a vivir
continuamente en su presencia. Por eso mismo, pues, porque pudor y castidad están entre las virtudes más
elementales, por eso es preciso predicarlas con fuerza a los cristianos, sobre todo a los que viven en medio
de un mundo entregado a las obscenidades. Solamente así superarán con la gracia de Dios el culto al cuerpo,
y quedarán abiertos y dispuestos a recibir gracias aun mayores.
Sin salir de Egipto, no hay modo de llegar a la Tierra prometida. Egipto es el mundo, y todo lo que hay
en el mundo, codicia de los ojos, arrogancia orgullosa, avidez de dinero, eso no viene de Dios, sino del
mundo y del demonio. La indecencia es una rebeldía contra Dios que impide toda amistad con Él. Otros
decían: ‘Guardemos silencio sobre el pudor y la castidad, pues demasiado se habló en el pasado de esas
virtudes.’ Hay que predicarlo hasta que la modestia reine en el mundo, ya que sin esa luz no pueden librarse
de las tinieblas de la impureza. Por otra parte, no hay que conceder tan fácilmente que en la historia de la
Iglesia la predicación tradicional sobre la castidad, como la de San Pablo, la de los Padres, y la de otros
predicadores, fue excesiva. Las protestas de los mundanos contra la predicación tradicional cristiana sobre
la castidad y el pudor, no justifican el silenciamiento de esos valores evangélicos en el siglo veinte. Quizás
la castidad y el pudor a veces se han predicado mal, con motivaciones precarias, mas no en exceso. El
remedio está en predicar bien esos valores evangélicos, y no en silenciarlos.
Decían también: ‘Quienes hoy incurren en la indecencia, como ignoran el pudor, no tienen culpa. No es,
por tanto, tan urgente predicarles la modestia.’ La misión de la Iglesia es enseñar al que no sabe. No
olvidemos aquella enseñanza de Jesús: “Todo hombre que obra mal, aborrece la Luz, y no viene a la Luz,
pues no está dispuesto a que se le reprenda por sus malas obras; a las cuales no quiere renunciar, diciendo
que obra bien con sus pecados, y prefiere condenarse. Mas, el que desea obrar según la verdad y salvarse,
viene a la Luz, para que se manifiesten sus buenas obras, al estar hechas conforme Dios quiere.”
(Evangelio). Al menos entre los cristianos, por mucho que vivan en medio de un mundo corrompido, no es
tan fácil exonerar de toda culpa el impudor, tan claramente opuesto a la Voluntad divina, y causa tan patente
de otros pecados de pensamiento o de obra, palabra o deseo.
El diablo es el padre de la mentira, y pretende hacernos ver lo malo como
bueno y lo bueno como malo. Por eso la Iglesia tiene que predicar, para que
se conozca la verdad. Cuando los cristianos aceptan la indecencia no sólo
con su voluntad, sino que incluso aceptan el criterio mundano y dicen que
está bien, ¿cómo volverán al buen camino, si no es con la predicación de la
verdad evangélica? Por eso Cristo manda predicar el Evangelio a toda
criatura, porque la verdad nos hace libres, del demonio y del pecado. Eso
hace exclamar al Apóstol: “¡Ay de mí, si no evangelizare!” Y ay de
cualquiera que silencia la predicación de la decencia cristiana.
‘Dejémosles en su ignorancia del pudor, y no les creemos problemas de
conciencia,’ decían algunos. Es curioso. No se piensa así cuando se trata de
la injusticia social y de otras muchas miserias morales. Se desea entonces
sacar de ellas cuanto antes a los hombres, y en primer lugar por la
evangelización, es decir, por la iluminación de sus mentes y conciencias,
haciéndoles conocer que lo que están haciendo u omitiendo es un crimen.
¿Por qué, en cambio, en lo referente al pudor y a la castidad se ha de dejar a
los paganos, e incluso a los mismos cristianos, en la ignorancia? En todo
pecado hay un engaño del padre de la mentira. Engaño de la antigua
serpiente fue el primer pecado de los hombres, y ésa misma sigue siendo la
causa principal de todo pecado. Luz, hace falta la luz clara de la verdad para salir del pecado.
Algunos aconsejaron ‘dejar a las personas en la ignorancia, para no gravar sus conciencias, pues si hay
conocimiento y consentimiento plenos, los pecados son formales y más graves.’ Pero la indecencia, sea
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pecado formal o pecado material, causa gravísimos males en el impúdico y en la sociedad: vanidad, dureza
de corazón, egoísmo, embarazos de adolescentes, adulterios, divorcios, malos deseos, dificultad apenas
superable para la oración, disgusto de Dios y de las cosas de Dios, alejamiento de los Sacramentos,
mentiras, escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas, etcétera. Sencillamente, cualquier mal que se haga
crónico en la persona causa en ella otros grandes males.
Sí, es preciso predicar el Evangelio de la castidad y del pudor, y educar en este espíritu a todos los fieles.
De este modo, como en los primeros siglos de la Iglesia, la belleza martirial de la modestia y de la castidad
será hoy para el mundo uno de los testimonios más eficaces en favor de Cristo, el formador poderoso de una
nueva humanidad.
Hoy el resto fiel del pueblo cristiano vive en medio de un mundo totalmente corrompido, como Sodoma
y Gomorra. Y por eso mismo, para que el pueblo fiel no se pierda, ha de ser iluminado y fortalecido
constantemente por la Palabra divina, la única que transmite al Espíritu Santo, que es a un tiempo luz de
conocimiento verdadero y fuego de vida: “Vivid santamente en medio de esta generación mala y perversa,
en donde resplandecéis como lumbreras al conservar la luz espiritual de la palabra de Dios que os ha sido
predicada, y que os siguen predicando vuestros Sacerdotes.” (Filipenses).
En el tema que nos ocupa, lo primero que se ha de hacer, sin duda, es creer: creer en el Evangelio del
pudor. El Señor comenzó a predicar el Evangelio del Reino de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido y
se ha acercado el Reino de Dios. Haced penitencia y creed en el Evangelio.” A la luz nueva de esa fe en que
se ha creído, hay que revisar en concreto los diversos aspectos de la vida personal, también, claro está, en lo
referente al pudor.
No hay fórmulas concretas que permitan lograr discernimientos precisos en cuestiones relativas al pudor,
si no nos guiamos por las Normas de la Iglesia, que están conformes con los criterios bíblicos y
tradicionales y fieles al Espíritu Santo. En ellas se encuentra los criterios prácticos de discernimiento en las
diversas cuestiones del pudor, como modas, palabras y gestos, vestidos y costumbres, playas y piscinas,
espectáculos y publicaciones.
Daos cuenta de que sois miembros de Cristo y de que no debéis someter a Cristo a costumbres y lugares,
gestos y modas, que de ninguna manera son dignos de Él. Sabed igualmente que sois templos de la
Santísima Trinidad, y así como dentro de una iglesia no se debe cometer ciertas ligerezas, disculpables en
un ambiente más profano, vosotros, conscientes de vuestra dignidad de templos consagrados, debéis guardar
vuestros cuerpos en un gran pudor, digno de Jesús, de María, de José y de todos los santos.
Aceptad en la fe que la desnudez, y aquello que, ciñendo o descubriendo el cuerpo, se aproxima a ella,
ofende a Dios, es contrario a su voluntad, es pecado; material o formal, pero pecado. Sería difícil señalar
detalladamente qué gestos, modos y modas ofenden el pudor cristiano, o medir la impudicia de un lugar, de
un espectáculo o de un escrito. Pero reconoced la verdad de ese principio de creer en el Evangelio y ateneos
a él. Si no aceptarais esa verdad, si os avergonzarais de una tradición católica
de veinte siglos, eso significaría que preferís los criterios del mundo. Y
ciertamente entonces, con toda seguridad, erraréis en vuestros discernimientos.
Considerad también de que, siendo cristianos, estáis destinados a la cruz, y
que si no tomáis la cruz en vuestra vida diaria, también en las cosas referentes
al pudor, no podréis seguir a Cristo. No conoceréis la verdad de la vida
cristiana, si no descubrís su íntima dimensión penitencial. A una vida penitente
estamos llamados todos, no solo los religiosos, también los laicos. Y en este
sentido, convenceos de que el pudor, tal como está el mundo, no puede hoy
vivirse perfectamente sin una cruz que a veces puede ser bastante pesada; otras
no tanto. En otras palabras: el que hoy no sufre cruz alguna a causa del pudor,
es que en esta cuestión no sigue a Cristo. No os engañéis, pues, pensando que
podéis eludir la cruz con buena conciencia. Trataréis quizá de justificaros para
ello con muchas razones, pero serán todas falsas. Decidíos, pues, a llevar la
cruz del pudor, que, como toda cruz, es fuente de resurrección y de gozo.
Recordad siempre que a más cruz, más resurrección. A más penitencia, más
alegría. No falla.
Acabad de enteraros de que no sois del mundo, pues tampoco Cristo es de
este mundo, y que de ningún modo habéis de sentiros ‘obligados’ a los usos mundanos, cuando éstos se
muestren inconciliables con el Espíritu que procede del Padre y del Hijo. Por tanto, ni en asuntos de pudor
ni en ninguna otra cuestión, por muy laicos y seglares que seáis, “No queráis, pues, acomodaros a las
vanidades del mundo, sino transformaos con la renovación de vuestro espíritu, a fin de que conozcáis qué es

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lo más bueno, lo más agradable y lo más perfecto que Dios quiere de vosotros.” (Romanos). Es preciso
guiarse por la Ley de Dios y no por la inclinación de la carne, ni tampoco por las costumbres del mundo.
Leed vidas de santos, y eso os ayudará a modelar vuestras vidas con una gran libertad respecto al mundo
y con una ilimitada docilidad al Espíritu Santo. No haréis en muchos asuntos las mismas cosas concretas
que ellos hicieron, pero sí obraréis según su mismo espíritu, es decir, según el Espíritu Santo y según la
Voluntad de Dios.
Siendo seglares, recordad en las cuestiones del pudor el
ejemplo de vuestros hermanos religiosos. Ellos son gente
que vive una ‘vida consagrada,’ sí, pero vosotros también
vivís una ‘vida consagrada’ a la Trinidad Divina desde el
Bautismo. Ellos pretenden alcanzar la santidad, pero
vosotros también. Ellos ponen los medios adecuados para
tan alto fin, pero vosotros también habéis de ponerlos:
serán los vuestros ‘otros medios,’ pero han de estar
igualmente ordenados a ese mismo fin, la santidad. Por
tanto, aplicando todo esto a las cuestiones concretas del pudor, sea vuestro pudor total, como el de los
religiosos, y tome formas no iguales, pero sí correspondientes con las que ellos eligen para sí, haciendo
frente al mundo en todo lo que en cada circunstancia sea preciso.
Tened en cuenta que estáis enviados a evangelizar al mundo, y que no debéis pretender solamente ‘libraros
del mal’ mundano o ‘no escandalizar.’ Mucho más alto es el fin de vuestra vocación. Mucho más atrevido ha
de ser vuestro intento, dejándoos guiar por la Santísima Virgen María. Tenéis, pues, que ser la luz del mundo
que ilumina allí donde hay tinieblas, y sal que preserva a la masa de la corrupción. No penséis que por el
hecho de que a veces vuestra conducta sea menos indecente que la de otros, siendo éstos mayoría, ya por eso
es decente. Puede seguir siendo ocasión de escándalo, aunque sea menor, y por eso pueden seguir pesando
sobre ella las terribles palabras del Señor: “¡Ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!”
Pues bien, si seguís las santas normas de la decencia cristiana palmariana con fidelidad y valentía,
ciertamente que en todas las cuestiones del pudor, por obra del Espíritu Santo, acertaréis con
discernimientos verdaderos y santos. La Inmaculada, la Llena de Gracia os ayudará.
Hay individuos que niegan la autoridad del Papa para imponer Normas de acuerdo con la Ley de Dios,
pues el liberalismo niega toda autoridad divina y humana. Así niega la fe del Bautismo cuando admite o
supone la igualdad de todos los cultos; niega la santidad del matrimonio cuando afirma la doctrina del
llamado matrimonio civil; niega la infalibilidad del Sumo Pontífice cuando rehúsa admitir como ley sus
oficiales mandatos y enseñanzas, o se atreven a juzgar del contenido. En el orden de los hechos el
liberalismo es radical inmoralidad. Lo es porque destruye el principio o regla eterna de Dios imponiéndose a
la humana; establece el absurdo principio de la moral independiente, que es en el fondo la moral sin ley, o lo
que es lo mismo, la moral libre, o sea una moral que no es moral. Además, el Liberalismo es todo
inmoralidad, porque en su proceso histórico ha cometido y sancionado como lícita la infracción de todos los
Mandamientos, desde el que manda amar a Dios sobre todas las cosas, que es el primero del Decálogo, hasta
el que prescribe ayudar a la Iglesia en sus necesidades económicos, que es el último de los cinco
mandamientos de la Iglesia. Por donde cabe decir que el Liberalismo, en el orden de las ideas, es el error
absoluto, y en el orden de los hechos, es el absoluto desorden. Y por ambos conceptos es pecado gravísimo;
es pecado mortal. “Con el liberalismo, desaparecerá la distinción entre el bien y el mal; terminará
justificando como lícito, todo aquello que agrade a los sentidos,” dijo el Papa San León XIII Magno.
Después de la Revolución Francesa, la exaltación de ‘la dignidad del hombre’ y de la supremacía de la
‘conciencia individual’, basada en los principios masónicos de “Libertad, Igualdad, Fraternidad,” comenzó a
erosionar el concepto de obediencia a la autoridad y a la estructura jerárquica de la Iglesia, y llevó al
libertinaje moral y a la tolerancia universal, por lo que los modernistas sostienen que todas las religiones son
verdaderas. El Papa San Pío X nos da la clave para entender a los modernistas cuando dice: “El modernismo
es una guerra del exterior, al interior de la Iglesia, para destruirla; pretenden que el cristianismo sólo lo sea
de nombre.” Después de Jesucristo, sólo hay dos caminos, dos maneras de vivir. O se está con Jesucristo, o
se está contra Él.
Las personas que se rebelan contra la Ley de Dios se hacen hijos del diablo, el primero en exclamar: “No
serviremos.” Los que se niegan a vestirse como Dios manda, son también rebeldes y desobedientes. Su
manera de vestir es escandalosa, que incita a otros a pecar contra Dios, y hace que otros sigan su mal
ejemplo en el vestir, por lo que se multiplican los escándalos. Son auténticos criminales, porque su
indecencia atrae sobre el mundo la santa Ira de Dios y, en consecuencia, Dios está castigando a los
inmodestos y a los que les permitieron ofenderle y a los que les miraron. ¿Pueden las autoridades permitir a
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la gente vestirse como quiera y decir que cada cual tiene libertad para usar la ropa que más le guste aunque
se oponga a la modestia cristiana? La primera obligación de toda autoridad en la tierra es defender la Ley de
Dios e imponer su cumplimiento, so pena de hacerse cómplice y culpable de todas las infracciones
cometidas. Esto se aplica a los gobernantes de las naciones, a la jerarquía de la Iglesia y a los padres de
familia, etcétera. Mirad lo que hacen los perversos gobiernos actuales; ninguno impide la indecencia y los
escándalos, sino todo lo contrario: establecen impías leyes y abusan de su autoridad para defender a los
criminales e imponer una satánica tiranía. En cambio, qué diferente es la actitud del Papa San Pío V Magno
que, para acabar con los escándalos, mandó quemar a todas las prostitutas de Roma, y también fue el
impulsor de la batalla de Lepanto donde pereció la flota musulmana; fue reconocido como Santo incluso
durante su vida, y ahora está gozando en la Gloria por estas victorias en defensa de la Ley Divina.
Igualmente, en la Santa Iglesia Palmariana, empezando con San Gregorio XVII, siempre hemos combatido
contra la indecencia, y lo sancionamos con el mayor de los castigos, que es la excomunión, la privación de
la Gracia, la expulsión del Cuerpo Místico de Cristo y, Nos, seguiremos empleando las Llaves que Cristo ha
entregado a su Vicario en la Tierra, para cerrar la entrada en el Reino de los Cielos a esos rebeldes que se
niegan a vestirse de acuerdo con la Ley de Dios o rehúsan cumplir las demás normas de la decencia
cristiana. Así como una alma santa atrae bendiciones celestiales sobre todos los miembros de la Iglesia, así
también los impúdicos atraen la maldición de Dios sobre toda la Iglesia; entonces, en beneficio de todos, es
preferible extirpar el mal y expulsar de la Iglesia de Cristo a los que descaradamente desprecian la Ley de
Dios y siguen los criterios de Satanás.
El Cielo y la Gracia son para los que aman a Dios y cumplen su Ley, su Voluntad. Lo explica el Señor en
El Palmar en 1975: “La virtud la encontraréis en este Deífico Corazón de vuestro Rey y Señor, Cristo Jesús
que os habla. He ahí la Virtud, he ahí el Medio, he ahí el Camino, la Vida, la Palabra de Dios, las
Enseñanzas Eternas. Fuera de este Deífico Corazón, no encontraréis la Virtud, ni el Camino, ni la Verdad, ni
la Vida. Quien quiera tener rectitud, siga a este Deífico Corazón, que es manso y humilde y que gobierna las
Naciones con la Sabiduría Eterna. Mas, respeta la libertad de los hombres y permite que el mundo se
gobierne por el mismísimo Satanás. Si todas las Naciones pusieran en práctica el Evangelio, en su
autenticidad, tal cual Yo os lo anuncié, el mundo sería otro.”
Recordemos algunas de las profecías sobre estos tiempos apocalípticos, relativas a las causas y
consecuencias de la indecencia. Dios Padre está enviando las señales de que el mundo está próximo a una
gran guerra y, como Sodoma y Gomorra, la tierra quedará cubierta por nubes de fuego, pues no tolerará
tantos pecados por mucho tiempo más.
“En ese tiempo, los hombres se dejarán llevar por la soberbia, la lujuria, la envidia y la avaricia, se
volverán cada vez más ciegos y miserables; cada pecado, llevará a otro. Vi con horror, un gran número de
sacerdotes sumidos en las tinieblas. En la secta secreta que socava la Iglesia… son destructores; forjarán la
apostasía dentro de la Iglesia. Vi triunfante al enemigo de Dios, cuyos espíritus malignos, estaban en
continuo movimiento, para empujar al mal, a ese grupo de personas, a través de la excitación sensual. Los
sacerdotes se volverán irreverentes hacia la Santa Misa. Cuando la demolición estuvo bastante avanzada, los
vi penetrar en la Iglesia con la Bestia. No habrá más cristianos en el sentido antiguo de la palabra. Se socava
y sofoca la religión, en una forma tan hábil, que no queda sino apenas una centena de sacerdotes que no
serán seducidos. Una gran devastación está próxima. Había miembros de sectas
y apóstatas infiltrados, que la demolían siguiendo un mismo plan. Son todos
fariseos.” Revelaciones a Santa Ana Catalina Emmerick.
Los videntes de Fátima dijeron: “Dios va a castigar al mundo de una manera
tremenda. Muchas naciones desaparecerán de la faz de la Tierra. En el libro del
Apocalipsis está escrito todo lo que pronto acontecerá.”
“Los tiempos serán, cuando sea difícil reconocer un hombre de una mujer,”
San Nilo, 350.
“Nuestro Señor Jesucristo, está cansado de los bailes escandalosos, del lujo
desenfrenado y la indecencia… Estén prevenidos, el tiempo apremia,”
Venerable María de Tours, 1857.
“La humanidad marcha hacia una tragedia espantosa; dividirán los
pueblos… Entonces se desencadenarán todas las fuerzas de la naturaleza, en un
espantoso huracán y movimientos de Tierra, como no ha habido.” Santa Berta
Petit (1870-1944).
“Se levantará un viento de muerte, que vendrá del norte; arrasará con los que queden… Antes que el
cometa choque con la Tierra, la gran nación en el océano, será asolada por catástrofes naturales. La caída
del cometa, ocasionará hambruna, terremotos y maremotos… Casi todos los seres vivos serán destruidos;
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aquellos que queden vivos, morirán de una epidemia horrorosa,” Santa Hildegarda. “Antes del último día, el
mar inundará Irlanda,” San Claudio de Colombière.
“El mundo se ha pervertido; me aparecí en la Salette, en Lourdes y Portugal; pocos han escuchado…
Verán muchos cambios en la Iglesia, serán Cardenales contra Cardenales… Los cristianos que recen, serán
pocos… Las mujeres perderán el pudor y la vergüenza… El maligno seducirá a los científicos, fabricarán el
arma que destruirá gran parte de la humanidad… Tendrá lugar una gran guerra… Las aguas de los océanos,
se convertirán en fuego y vapor… Los sobrevivientes envidiarán a los muertos,” revelación de María
Santísima a Santa Teresa Musco (1943-1976).
“Un inusual castigo, caerá sobre la raza humana, hacia el fin de los tiempos,” Santa María de Jesús de
Ágreda. “Está próximo a caer sobre el mundo, un castigo terrible, que excederá a cuanto ha acontecido en la
historia… América será destruida por desastres naturales,” Santa Teresa Neumann (1898-1962). “Vendrá la
bancarrota mundial, a partir de lo cual, el mundo entrará en rebelión; peor que los sucesos de la Revolución
Francesa,” dijo Santa Magdalena Porsat, 1832.
“Vendrá un temporal como nunca se ha visto, se producirá un estruendo sin igual… El Rey de Reyes y
Señor de Señores, regenerará todo por el fuego y el agua,” San Vicente Ferrer (1350-1419).
“Los hombres abusarán de la libertad, blasfemarán de todo lo que no pueden comprobar; corromperán su
naturaleza, de la misma manera como lo hacen los animales. Ridiculizarán la religión cristiana, como tonta
y sin sentido… Los dogmas religiosos y sagrados, serán cuestionados con preguntas sin sentido y con
argumentos engañosos; los herejes tendrán gran poder… Inesperadamente atacarán la Iglesia y la
destruirán,” San Bartolomé Holzhauser, siglo XVII.
“Dios castigará al mundo cuando los hombres hayan ideado maravillosos inventos que los llevarán a
olvidar a Dios. Tendrán carruajes sin caballos y volarán como pájaros. Pero se reirán de la idea de Dios,
pensando que son muy inteligentes. Habrá señales del cielo, pero los hombres, en su orgullo, se reirán de
ellas. Los hombres se complacerán en la voluptuosidad y se verán modas lascivas… Creerán que su ciencia
los hace independientes del Creador; entonces, Dios los castigará,” Bernardo Rembordt, siglo XVIII.
“Hacia los últimos tiempos, aquellos que cometen los mayores abusos, serán tenidos en gran estima
(artistas, magnates, etcétera.) … Será después del año 2000 que el Anticristo se revelará al mundo,” San
Juan de Clef Rock, siglo XIV.
“Antes que la última guerra comience, habrá terremotos continuos y señales en el sol. La comida será
cara, habrá poco trabajo para los obreros… La oscuridad cubrirá la tierra, cuando todos crean que la paz ha
sido asegurada… La revolución final estallará en Italia y Francia.” Santa Catalina Labouré.
“Durante los tres días de oscuridad, sólo la cuarta parte sobrevivirá,” Santa María de Jesús Crucificado.
“En esos tiempos, las mujeres abandonarán sus deberes y habitarán con hombres fuera del matrimonio,”
San Senán, siglo VI.
“Cuando se haya perdido enteramente el temor de Dios, guerras atroces y crueles se sucederán a porfía;
una multitud de personas serán por ellas inmoladas y muchas ciudades se convertirán en montones de
ruinas. Así como el hombre gana por su fuerza sobre la debilidad de la mujer y el león supera a todos los
animales, del mismo modo algunos hombres, de una ferocidad sin igual, suscitados por la justicia divina, se
burlarán del reposo de sus semejantes. Así ha sucedido desde el principio del mundo; el Señor volverá a
poner en manos de nuestros enemigos la vara de hierro destinada a
vengarlo cruelmente de nuestras iniquidades.” “La señal será precedida por
el tiempo en que las personas por igual desconocerán la autoridad del Papa;
será un tiempo que se servirán de las Sagradas Escrituras para corromper su
verdadero sentido… Entonces las naciones, serán azotadas… La gran
nación en el océano, que está habitada por gente de diferentes tribus, será
devastada por un terremoto y una gran marejada, será dividida y gran parte
se sumergirá; perderá sus colonias. Luego, el cometa llegará,” Santa
Hildegarda, siglo XII.
“La humanidad enfrentará el peor castigo jamás impuesto por Dios,”
San Pío XII.
“El mundo pretenderá, con elocuencia engañosa, apartaros de la verdad;
os llamarán fanáticos, pero no desfallezcáis en la oración, la Comunión y el
deber para con Dios. Buscad refugio en la Madre de la Gracia para que
seáis librados del flagelo. Los ángeles exterminarán a todos aquellos que se ríen de Jesucristo: Tempestades,
lluvias ininterrumpidas, terribles terremotos y huracanes de fuego, descenderán de las nubes e incendiarán la
tierra, por tres días continuos. Todo sucederá en invierno, en una noche muy fría. Rayos y centellas saldrán
de incandescentes nubes, que encenderán y reducirán a cenizas, todo lo que ha estado en pecado. El viento
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rugirá y la destrucción será total: Cerrad puertas y ventanas, no habléis, ni le abráis a nadie que quede
afuera, aquellos que no hagan caso, morirán. El aire traerá gases sulfurosos, asfixiantes, que a su paso todo
arrasarán… Encomendaos a la protección de la Santísima Madre, a pesar de lo que veáis y escuchéis, orad
bajo la protección de la Santa Cruz; cuanto más firmes y perseverantes seáis a Cristo, más os defenderá;
rezad el Rosario… Tendréis que perseverar hasta que se calmen los terrores, al tercer día; aceptad la nueva
vida con humilde gratitud,” San Pío de Pietrelcina (1887-1968).
“La crisis llegará en un instante, el castigo, a todo el mundo; vendrán tres días de tinieblas. Sólo las velas
de cera benditas iluminarán durante estas tinieblas… rayos y centellas, tormentas y terremotos; ¾ partes de
la humanidad serán aniquiladas. El castigo será mundial,” Santa María Julia Jahenny (1850-1941).
“El mundo se ha sumergido en la corrupción; hablan de paz, pero preparan la guerra para destruir las
naciones… La corrupción de la juventud es lo que más le duele a Dios… El rezar ya no se practica, la
humanidad vive en el pecado y en desconocimiento de Dios… El castigo de fuego purificará la tierra de los
perversos, porque la Justicia de Dios exige reparación por las ofensas y crímenes que cubren la tierra…
Anuncia a la humanidad que debe cambiar, para salvarse de la justicia de un Dios despreciado… Si supieran
los estragos que vendrán por sus pecados de impureza… La familia cristiana ha dejado de existir… El día
del Justo Juez está muy cerca… El mundo será lanzado a una guerra como nunca ha habido. Italia y Roma
serán castigadas. Rusia se impondrá… Una tempestad de fuego caerá sobre la Tierra; será un castigo como
nunca se ha visto, que durará 70 horas… Acudid al Inmaculado Corazón para salvar por lo menos una parte
del mundo… Cuando en el cielo aparezca una señal extraordinaria, sabed que el castigo de fuego está
próximo. La humanidad será lavada con su propia sangre… Habrá naciones que desaparecerán por
completo,” Estigmatizada Maria Elena Aiello, 1961.
“Dios enviará dos castigos, uno en forma de guerra y otro que descenderá del cielo… La oscuridad
durará tres días y tres noches, nada será visible y el aire se volverá pestilente y nocivo. No habrá luz
artificial y los fieles deberán permanecer en sus casas, rezando el Santo Rosario… Millones morirán en una
guerra imprevista,” Santa Ana María Gianetti de Taigi (1769-1837).
“Todos aquellos que van pisoteando la santa religión y la Divina Ley, que se sirven de las Sagradas
Escrituras para corromper su verdadero sentido y respaldar sus torcidas intenciones, serán abandonados…
Dios empleará las fuerzas del infierno para la exterminación de estos impíos herejes que quieren derrocar la
Iglesia y destruir sus fundamentos… Cuando los siete pecados capitales reinen sobre la Tierra; entonces
vendrá la restauración del Señor, por un trastorno mundial jamás visto,” Santa Isabel Canori de Mora (1774-
1825).
“De Polonia, saldrá una chispa que preparará al mundo para mi segunda venida… la próxima vez,
regresaré como justo Juez, mi amor no lo quiere, pero mi justicia lo demanda… Haré una señal en el cielo,
toda luz se apagará y aparecerá la señal de la Santa Cruz; de cada una de mis llagas, saldrán luces que
iluminarán por un momento la Tierra… Después vendrá el día terrible, de la Justicia Divina… Los ángeles
tiemblan, al pensar en ese día,” Jesucristo, a Santa María Faustina Kowalska (1905-1938).
San Anselmo: “¡Ay de ti villa de las siete colinas, cuando la letra ‘K’ sea aclamada dentro de tus
murallas (Karol Wojtyla, antipapa JP2); entonces tu caída estará próxima, tus gobernantes serán destruidos
porque habrán irritado al Altísimo con sus blasfemias, perecerás en la derrota y en la sangre!”
El Papa San Gregorio I Magno, en sus proféticos comentarios sobre el Santo Job, contempla a la Iglesia,
al fin de los tiempos, bajo la figura de Job humillado y sufriente, expuesto a las insinuaciones pérfidas de su
mujer y a la amargura de sus propias reflexiones; él, delante de quien en otros tiempos se levantaban los
ancianos y los príncipes guardaban silencio. La Iglesia, dice el gran Papa,
hacia el término de su peregrinación, será privada de todo poder temporal;
incluso se tratará de quitarle todo punto de apoyo sobre la tierra. Pero va
más lejos, y declara que será despojada del brillo mismo que proviene de
los dones sobrenaturales: “Se retirará el poder de los milagros, será
quitada la gracia de las curaciones, desaparecerá la profecía, disminuirá el
don de una larga abstinencia, se callarán las enseñanzas de la doctrina,
cesarán los prodigios milagrosos. Eso no quiere decir que no habrá nada
de todo eso; pero todas estas señales ya no brillarán abiertamente y de mil
maneras, como en las primeras edades. Será incluso la ocasión propicia
para realizar un maravilloso discernimiento. En ese estado humillado de
la Iglesia crecerá la recompensa de los buenos, que se aferrarán a ella únicamente con miras a los bienes
celestiales; por lo que a los malvados se refiere, no viendo en ella ningún atractivo temporal, no tendrán ya
nada que disimular, y se mostrarán tal como son.” ¡Qué palabras terribles: se callarán las enseñanzas de la
doctrina! Pero ya se cumplió; la generación actual no ha oído la verdadera doctrina ni sabe lo que Dios
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manda en el vestido. San Gregorio I proclama en otras partes que la Iglesia prefiere morir a callarse; por lo
tanto, ella hablará: pero su enseñanza será obstaculizada, su voz será ahogada; ella hablará: pero muchos de
los que deberían gritar sobre los techos no se atreverán a hacerlo por temor a los hombres. Y eso será la
ocasión de un discernimiento temible. San Gregorio I vuelve frecuentemente sobre esta verdad, de que hay
en la Iglesia tres categorías de personas: los hipócritas o falsos cristianos, los débiles y los fuertes. Ahora
bien, en esos momentos de angustia, los hipócritas se quitarán la máscara y manifestarán abiertamente su
apostasía secreta; los débiles, desgraciadamente, perecerán en gran número, y el corazón de la Iglesia
sangrará de ello; finalmente, muchos de los mismos fuertes, demasiado confiados en su fuerza, caerán como
las estrellas del cielo. A pesar de todas estas tristezas punzantes, la Iglesia no perderá ni la valentía ni la
confianza. Será sostenida por la promesa del Salvador, consignada en las Escrituras, de que esos días serán
abreviados por amor a los elegidos, y se entregará, en lo más recio de la tormenta, a la salvación de las
almas con una energía infatigable.
El sábado 19 de septiembre de 1846, la Santísima Virgen en La Salette, Francia, dijo con lágrimas en sus
ojos: “Pasan por alto los mandamientos de Dios, están haciendo que la mano de mi Hijo, sea cada vez más
pesada… Los malos libros abundan en la Tierra, los espíritus de las tinieblas extienden por todas partes un
relajamiento universal; habrá iglesias para servir a esos espíritus… Cada individuo querrá guiarse por sí
mismo… El amor a los placeres carnales se extiende por toda la Tierra… En los conventos, las flores de la
Iglesia están corrompidas; los que estén al frente de las comunidades religiosas, vigilen a las personas que
han de recibir… Usarán de toda su malicia para introducir en las órdenes religiosas a personas entregadas al
pecado… Los sacerdotes, por su mala vida, por sus irreverencias, por su impiedad, por su amor al dinero, a
los honores y a los placeres, se han convertido en cloacas de impureza. Los pecados de las almas
consagradas a Dios claman al Cielo justicia; no hay almas dignas de ofrecer la Víctima Sin Mancha al
Eterno… Dios va a castigar de una manera sin precedentes… La naturaleza temblará. Grandes ciudades
serán engullidas… Todos los hombres dados al pecado perecerán; la Tierra quedará como desierta… ¡Roma
perderá la Fe y será la sede del Anticristo!”
En 1917 la Virgen del Rosario en Fátima, Portugal: “‘Oren mucho y hagan sacrificios por los pecadores,
porque son muchas las almas que se van al infierno… Mi Corazón está cercado de espinas, que los hombres
ingratos me clavan sin cesar, por sus blasfemias e ingratitudes… Pidan perdón por sus pecados, no ofendan
más a Nuestro Señor Jesucristo que ya está muy ofendido; para salvar el mundo, Dios quiere que el Papa
junto con todos los Obispos del mundo, consagre Rusia al Inmaculado Corazón’… Abrió de nuevo las
manos: Vimos como un mar de fuego, las almas parecían como si fuesen brasas trasparentes de forma
humana. Las llamas salían de ellas mismas, dolor y desesperación que horrorizan… ‘Habéis visto el
infierno… Si hacen lo que pido, se salvarán muchas almas… La guerra terminará pronto (1ª Guerra
Mundial, era 1917) pero si no dejan de ofender a Dios, comenzara otra (2ª Guerra)
y si aun así no cambian’… Hemos visto un ángel con una espada de fuego, parecía
incendiar todo el planeta (¿Guerra Nuclear, Asteroide?)”
El 13 de julio de 1944, en Montichiari, Italia, la vidente tuvo una visión del
infierno, vio almas consagradas y sacerdotes. La Virgen María, Rosa Mística,
pidió reparación por las ofensas cometidas contra Jesucristo, por las almas
consagradas y dijo: “Invocad la protección del Arcángel San Miguel, para que
proteja la Iglesia contra todos los engaños de sus enemigos, porque jamás se ha
encontrado en tanto peligro como hoy… Oren mucho, porque viven en tinieblas, la
Iglesia de mi Hijo se encuentra en una gran lucha, hay urgencia de oración y
expiación. Nuestro Señor Jesucristo está hastiado de tantas ofensas de la
humanidad, sobre todo por los pecados contra la pureza; la humanidad corre hacia
su gran ruina…”
La Santísima Virgen María nos avisa a tiempo de los males que se acercan, para
que estemos prevenidos. Y los enemigos de la Iglesia también notifican sobre lo
que van a hacer, para que sus aliados colaboren y todos se sometan. La masonería
está imponiendo un solo poder mundial, una revolución que transforma las
relaciones de los sexos, destruyendo la base principal de la sociedad cristiana: la
dependencia de la mujer con respecto al hombre y la de los hijos con respecto a sus
padres, al obligar a la mujer a trabajar, mediante la crisis económica que han
creado a nivel mundial. Anunciaron sus planes hace muchos años; por ejemplo el siniestro Bertrand Russell
afirmó: “La familia será debilitada gradualmente, el gobierno central prohibirá la propaganda del
nacionalismo y la reemplazará por la lealtad hacia el estado mundial; no habrá alternativas, habrá una tasa
para nacimientos y la elite regirá la propiedad y la educación. El gobierno será una oligarquía, que impondrá
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la sumisión a la gran masa mundial; gobierno que tendrá medios ingeniosos para ocultar su poder, dejando
intactas las formas de la democracia.” Aldous Huxley añade: “Habrá un método no farmacológico, que hará
que la gente ame su estado de siervos; entonces se impondrá una dictadura sin dolor ni lágrimas. Personas
que disfrutarán su estado de enajenación mental, mientras serán usurpados de sus riquezas; será la
revolución final.”
San Francisco de Asís: “Sed fuertes, mis hermanos, tomad fuerza y creed en el Señor. Se acerca
rápidamente el tiempo en el que habrá grandes pruebas y tribulaciones; abundarán perplejidades y
disensiones, tanto espirituales como temporales; la caridad de muchos se enfriará, y la malicia de los impíos
se incrementará. Los demonios tendrán un poder inusual; la pureza inmaculada de nuestra Orden y de otras,
se oscurecerá en demasía, ya que habrá muy pocos cristianos que obedecerán al verdadero Sumo Pontífice y
a la Iglesia con corazones leales y caridad perfecta… Si esos días no se acortaren, según las palabras del
Evangelio, aun los escogidos serían inducidos a error, si no fuere porque serán especialmente guiados, en
medio de tan grande confusión, por la inmensa misericordia de Dios. Aquellos que preserven su fervor y se
adhieran a la virtud con amor y celo por la verdad, tendrán que sufrir injurias y persecuciones; serán
considerados como rebeldes y cismáticos, porque sus perseguidores, empujados por los malos espíritus,
dirán que están prestando un gran servicio a Dios mediante el exterminio de la faz de la tierra de hombres
tan pestilentes. Pero el Señor será el refugio de los afligidos, y salvará a todos los que confían en Él. Y para
ser como su Cabeza, estos, los elegidos, actuarán con esperanza, y por su muerte comprarán para ellos
mismos la vida eterna; eligiendo obedecer a Dios antes que a los hombres, ellos no temerán nada, y
preferirán perecer antes que consentir en la falsedad y la perfidia.”
Santa Brígida de Suecia: “Cuarenta años antes del año 2000, el demonio será dejado suelto por un tiempo
para tentar a los hombres. Cuando todo parecerá perdido, Dios mismo, de improviso, pondrá fin a toda
maldad. La señal de estos eventos será: cuando los sacerdotes habrán dejado el hábito santo y se vestirán
como la gente común, las mujeres como los hombres y los hombres como las mujeres.”
María des Vallées: Sobre el juicio al mundo dice que será por el fuego y describe los ‘Tres Diluvios’ y el
Castigo: Será un diluvio de fuego, precursor del diluvio de gracias del Reino del Espíritu Santo que Nuestro
Señor le anunciaba… “Lo que se entiende del tiempo en el cual el Espíritu Santo pondrá el fuego del amor
divino sobre toda la tierra y en qué hará su diluvio. Porque hay tres diluvios, los tres son tristes, y que son
enviados para destruir el pecado. El primer diluvio es el del Padre Eterno, que ha sido un diluvio de agua; el
segundo es el diluvio del Hijo, que ha sido un diluvio de sangre; el tercero es el del Espíritu Santo, que será
un diluvio de fuego. Mas, será triste como los otros porque encontrará mucha resistencia y cantidad de
madera verde que será difícil de quemar. Dos ya han pasado, pero el tercero permanece; y cómo los dos
primeros han sido predichos largo tiempo antes de que llegaran, así el último, solo Dios conoce el tiempo.”
Madre Mariana de Jesús Torres, Quito. La Virgen del Buen Suceso, año 1610: “Este conocimiento sólo
vendrá para el público en general en el siglo veinte. En esa época la Iglesia
se encontrará atacada por hordas terribles de la secta masónica, y esta pobre
tierra… estará agonizando a causa de la corrupción de las costumbres, el
lujo desenfrenado, la prensa impía, y la educación secular. Los vicios de la
impureza, la blasfemia, y el sacrilegio dominarán en este depravado tiempo
de desolación, y quien debe hablar estará en silencio… Prepara tu alma para
que, cada vez más purificada, puedas entrar en plenitud a la Alegría del
Señor. ¡Oh! ¡Si los mortales, y en particular las almas religiosas, pudieran
saber lo que es el Cielo y lo que es poseer a Dios! ¡De qué manera diferente
vivirían! ¡Ni ellos mismos escatimarían sacrificios con el fin de poseerlo!”
“Grandes herejías se abatirán sobre la Tierra a finales del siglo XIX y
todo el XX. A medida que estas herejías se extiendan y dominen, la preciosa
luz de la Fe se extinguirá en las almas por la casi total corrupción de las
costumbres. En esos tiempos estará la atmósfera repleta del espíritu de
impureza… habrá grandes calamidades tanto físicas y morales, como
públicas y privadas… Habrá un ambiente envenenado de impureza que
reinará, que a manera de un mar inmundo correrá por calles, plazas y sitios
públicos con una libertad asombrosa, de manera que no habrá en el mundo
almas vírgenes… El pequeño número de almas que se oculten, conservarán
el tesoro de la Fe y las virtudes; ellas sufrirán un martirio indeciblemente
cruel y prolongado. Muchas sucumbirán a la muerte por la violencia de sus sufrimientos, y los que se
sacrifiquen por la Iglesia y el país se contarán como mártires. Los hombres libres de la esclavitud de esas
herejías, aquellos a quienes el Amor Misericordioso de mi Hijo Santísimo destinará para la restauración,
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tendrán una gran fuerza de voluntad, constancia, valor y mucha confianza en Dios. Para probar esta fe y la
confianza de los justos, habrá ocasiones en las que todo parecerá estar perdido y paralizado. Esto, entonces,
será el feliz comienzo de la restauración completa.”
“El espíritu de impureza que saturará la atmósfera de aquellos tiempos, al igual que un océano sucio,
correrá a través de las calles, plazas y lugares públicos, con una libertad asombrosa. ¡Ay, de los niños de ese
tiempo! El Sacramento del Bautismo lo recibirán difícilmente, la Confirmación, de igual manera.”
“No habrá casi ningún alma virgen en el mundo,” dijo la Virgen. La delicada flor de la virginidad se
vería amenazada por la completa aniquilación. Añadió: “Sin virginidad, sería necesario que el Fuego del
Cielo cayera sobre estas tierras para purificarlas.” Sin embargo, prometió que siempre habría algunas almas
buenas en los claustros donde puedan echar raíces, crecer y vivir como un escudo para desviar la Ira Divina.
“Habiéndose apoderado las sectas masónicas de todas las clases sociales, tendrán tanta sutileza para
introducirse en los hogares domésticos, que perdiendo a la niñez, se gloriará el demonio de alimentarse con
el exquisito manjar de los corazones de los niños. En esos aciagos tiempos, apenas se encontrará inocencia
infantil, de esa manera irán perdiéndose las vocaciones para el Sacerdocio, lo cual será una verdadera
calamidad… Se desbordarán las pasiones y habrá una total corrupción de costumbres, por reinar Satanás
con las sectas masónicas por doquier, decididos principalmente a corromper a los niños para sostener con
ese medio la corrupción general, apagándose la luz preciosa de la fe hasta llegar a casi una total y general
corrupción de costumbres; esto, unido con la educación laica, será motivo de que escaseen las vocaciones
sacerdotales y religiosas.”
Una vez más Nuestra Señora prometió que: “Durante este tiempo todavía habrá comunidades religiosas
que sostengan a la Iglesia y sagrados Ministros del Altar; almas ocultas y bellas, que trabajarán con valentía
y celo desinteresado por la salvación de las almas. Contra ellos, los impíos desencadenarán una guerra cruel,
dejando caer sobre ellos vituperios, calumnias y vejaciones con el fin de impedir el cumplimiento de su
ministerio. Pero, al igual que columnas, se mantendrán firmes y lo enfrentarán todo con el espíritu de
humildad y sacrificio con el que ellos están investidos, en virtud de los Méritos infinitos de mi Santísimo
Hijo, quién les amará en las fibras más íntimas de su Corazón Santísimo y tierno… Las almas escogidas
como apóstoles, si son activas y fervorosas recibirán grandes bendiciones. Pero, ¡ay de las que incautas y
ociosas no quieran cumplir su sublime misión!”
“Escasearán las vocaciones sacerdotales, y ¡cuántas vocaciones religiosas perecerán, por falta de
formación!… El Clero secular estará muy lejos de su ideal, porque los sacerdotes se volverán descuidados
en sus deberes sagrados. Perdiendo la brújula divina, se apartarán del camino trazado por Dios para el
Ministerio Sacerdotal y buscarán el bienestar y la riqueza, que se esforzarán por obtener indebidamente…
El desprecio que tendrán los vivientes de ese siglo por el Sacramento de la Penitencia; como enraizados en
el pecado tratarán de desconocerlo, para ellos nada será pecado; los mundanos harán caso omiso de él; los
sacerdotes, unos lo mirarán con indiferencia, otros no lo administrarán, o lo harán despectivamente,
alejando a las almas de él. El Sacramento del Matrimonio, el que representa la unión de Cristo con la
Iglesia, será atacado y profanado en toda la extensión de la palabra… Se aprobarán inicuas leyes procurando
extinguirlo, facilitando a todos vivir mal y propagándose la generación de hijos mal nacidos y sin la
bendición de la Iglesia, irá decayendo rápidamente el espíritu cristiano… El Sacramento de la
Extremaunción, por ese tiempo en el que faltará… el espíritu cristiano, será poco acatado y muchas
personas morirán sin recibirlo, ya por descuido de las familias, o como por un mal entendido afecto hacia
sus enfermos… El Sacramento del Orden será ridiculizado, oprimido y despreciado… El diablo tratará de
perseguir a los ministros del Señor en todo lo posible; él hará el trabajo con cruel y sutil astucia, para
desviarlos del espíritu de su vocación y corromper a muchos de ellos.
Estos sacerdotes depravados, que escandalizarán al pueblo cristiano,
traerán el odio de los malos católicos y de los enemigos de la Iglesia
Católica y la caída de todos los sacerdotes de la Iglesia Apostólica…
¡Ay, cuánto siento manifestarte que habrá muchos y enormes
sacrilegios públicos y también ocultos, profanando la Sagrada
Eucaristía!… Mi Hijo Santísimo se verá rodado por el suelo y
pisoteado por inmundas plantas. Por lo tanto, rezad con insistencia sin
cansaros y llorad con lágrimas amargas en el secreto de vuestros
corazones. Implorad a Nuestro Padre Celestial, pidiendo que ponga
fin a tan malvados tiempos, por el Amor del Corazón Eucarístico de
mi Hijo Santísimo y de su Preciosa Sangre derramada con tanta
generosidad… Él podría tener piedad de sus ministros, poniendo fin a aquellos tiempos ominosos, y
enviando a la Iglesia el Prelado que restaure el espíritu de sus sacerdotes.
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Mi Hijo Santísimo y Yo amaremos a este hijo predilecto con un amor de predilección, y le haremos el
regalo de una capacidad poco común, humildad de corazón, docilidad a la inspiración divina, fortaleza para
defender los derechos de la Iglesia, y un corazón compasivo, para que, como otro Cristo, él ayude a los
grandes y pequeños, sin despreciar a las almas más desafortunadas que piden por luz y consejo en sus dudas
y dificultades. En sus manos se colocará la balanza del Santuario, para que todo sea pesado con la debida
medida, y Dios sea glorificado.”
Nuestra Señora continuó: “Es la noche oscura de la Iglesia, muchos perderán su espíritu por la falta de un
Prelado y Padre que vele con amor, suavidad, fortaleza, tino y prudencia. Son necesarias muchas oraciones
para que Dios ponga fin a tan aciagos tiempos enviando a quien restaurará la Iglesia y el espíritu de sus
sacerdotes… Para la venida de este restaurador, hará contrapeso la tibieza de las almas consagradas a Dios.
Igual responsabilidad tendrán de que el maldito Satanás se apodere de estas tierras; todo lo conseguirá por
tanta gente sin Fe que como una nube negra oscurecerá el cielo…
Con esta gente, todos los vicios van a entrar, lo que atraerá a su vez todo tipo de castigo, tales como
plagas, hambrunas, luchas internas y conflictos con otras naciones, y la apostasía, la causa de la perdición de
tantas almas tan queridas por Jesucristo y por Mí. Con el fin de disipar esta nube negra que impide a la
Iglesia disfrutar el día claro de la libertad, habrá una guerra formidable y espantosa, que verá el
derramamiento de sangre de compatriotas y extranjeros, de sacerdotes, seglares y religiosos. Esta noche será
la más horrible, ya que, humanamente hablando, el mal parecerá triunfar. Ésta, pues, marcará la llegada de
mi Hora, cuando Yo, de una manera maravillosa destronaré a los soberbios y maldeciré a Satanás,
pisoteándolo bajo mis Pies y atándolo en el abismo infernal. Así, la Iglesia y el país estarán finalmente
libres de su cruel tiranía.”
“Debido a la dejadez y descuido de las personas que tienen cuantiosas riquezas, que verán con
indiferencia que la Iglesia estará siendo oprimida, perseguida en su virtud, triunfante la maldad, sin emplear
santamente las riquezas en la destrucción del mal y en la restauración de la Fe, y también, debido a la
indiferencia de la gente al permitir que el Nombre de Dios se extinga progresivamente y por la adhesión al
espíritu del mal, se entregarán libremente a los vicios y pasiones. ¡Ay! ¡Mi hija predilecta! Si se te hubiera
dado vivir en esa época tenebrosa, morirías de pena al ver todo lo que les he revelado que tendrá lugar.
¡Pero mi Hijo Santísimo y Yo tenemos un Amor tan grande por esta tierra, nuestra herencia, que deseamos,
incluso ahora la aplicación de tus sacrificios y oraciones para acortar la duración de tal terrible catástrofe!”
Sor de la Natividad de la Bretaña, Francia, 1800: “El Juicio General está cerca y mi Gran Día está por
venir. ¡Ay! ¡Qué dolor traerá su llegada! ¡Cuántos niños perecerán antes de nacer! ¡Cuántos jóvenes de
ambos sexos serán aplastados por la muerte en el medio de su vida! Los niños lactantes perecerán con sus
madres. ¡Ay de los pecadores que aún vivirán en pecado sin arrepentirse!”
“Un día me encontré a mí misma en una vasta llanura a solas con Dios. Jesús se me apareció desde lo
alto de una pequeña colina, mostrándome un hermoso sol en el horizonte, y me dijo con tristeza: ‘El mundo
está muriendo y el tiempo de mi venida se acerca. Cuando el sol está a punto de ponerse, uno sabe que el día
está por terminar y que la noche caerá pronto. Los siglos son como días para Mí. Mira este sol; ve lo mucho
que aún tiene que viajar y estima el tiempo que queda en el mundo.’ Miré fijamente y me pareció que el sol
se ponía en aproximadamente dos horas. Jesús dijo: ‘No hay que olvidar que esas no son milenios, sino sólo
siglos y, son pocos en número.’ Pero, comprendí que Jesús reservó para Sí mismo el conocimiento del
número exacto y no quise preguntarle más. Me bastó conocer que la paz de la Iglesia y la restauración de la
disciplina iban a durar un tiempo razonablemente largo…”
“Antes de que llegue el Anticristo, el mundo será
afligido por sangrientas guerras. Los pueblos se
levantarán contra los pueblos; las naciones, a veces
unidas, a veces divididas, lucharán a favor o en contra
del mismo partido. Los ejércitos chocarán terriblemente
y llenarán la tierra de asesinatos y matanzas. Estas
guerras intestinas y extranjeras causarán enormes
sacrilegios, profanaciones, escándalos, males infinitos.
Los derechos de la Santa Iglesia serán usurpados;
recibirá grandes aflicciones. Además que puedo ver que
la tierra será sacudida en diferentes lugares por terremotos espantosos. Veo montañas enteras agrietándose y
separándose con un terrible estruendo. Uno sería feliz si pudiese escapar con no más que una herida, pero no
veo salida de estas enormes montañas, torbellinos de humo, fuego, azufre y alquitrán que reducen pueblos
enteros a desgarros. Todo esto y otros miles de desastres deben llegar antes que el hombre de pecado
(anticristo)…”
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“Unos años antes de la venida de nuestro gran enemigo, Satanás despertará falsos profetas que
anunciarán al Anticristo como el verdadero Mesías prometido… Aumentará el número de hijos del
Anticristo, y disminuirá el número de los elegidos. Esta reducción se hará por el gran número de elegidos
que el Señor atraerá hacia Él, para salvarlos de los terribles azotes que golpearán a la Iglesia, y por el gran
número de mártires; lo cual disminuirá grandemente el número de los hijos de Dios en la tierra, pero la fe
será fortalecida en aquellos a quienes la espada no ha cosechado. Por la multitud de apóstatas que
renunciarán a Jesucristo para seguir el curso de su enemigo, será la más fatal de las herejías. La fe
experimentará una nueva expansión…”
“El Espíritu de Satanás levantará ligas, asambleas y sociedades secretas contra la Iglesia… La Iglesia
condenará primero su doctrina. Entonces los siervos de Satanás se esconderán en las sombras y producirán
muchas obras que harán mucho daño. Todo pasará en silencio, envuelto en un secreto inviolable. Será como
un fuego ardiendo bajo, sin ruido, y que se extenderá poco a poco. Será aún más grave y peligroso para la
Santa Iglesia que no sabrá de estos fuegos. Algunos sacerdotes verán el humo de este fuego maldito. Se
levantarán contra aquellos en los que notarán singularidades de devoción que difieren de las buenas
costumbres de la Iglesia. ‘Tenga cuidado de no ser descubierto. No digamos de qué se trata y cuál es nuestro
secreto… Aparentemente, seamos sumisos como niños pequeños sin defensa. Acerquémonos a los
sacramentos… No discutamos, sino actuemos con paz y dulzura.’ Cuando vean que han ganado un gran
número de discípulos, tantos como un gran reino, entonces estos lobos arrebatadores saldrán de sus cuevas,
vestidos con pieles de ovejas. ¡Oh, la Santa Iglesia tendrá que sufrir! Ella será atacada por todos lados, por
extraños a ella misma, pero también por sus propios hijos, que, como las víboras, le arrancarán las entrañas
y se pondrán al lado de sus enemigos. En el principio mantendrán escondida su ley maldita. Esta ley será
aprobada por todos sus cómplices, pero sólo saldrá unos años antes de la llegada del Anticristo… Esta
herejía se extenderá hasta el punto de que parecerá que envuelve a todos los países y estados. ¡Ninguna
herejía habrá sido tan fatal!”…
“Dios me ha hecho ver la malicia de Lucifer y la intención diabólica y perversa de sus agentes contra la
Santa Iglesia de Jesucristo. A las órdenes de su jefe, estos malvados, han recorrido la tierra como furiosos,
con los designios de preparar las vías y los senderos al Anticristo. Por el aliento corrompido de este espíritu
soberbio, ellos han envenenado los hombres, que como otros apestados se han comunicado el mal los unos a
los otros, y el contagio se tornó general. ¡Qué trastorno; qué escándalo! He aquí, Padre, lo que yo he visto
pasar bajo mis ojos. Era Satán en persona, que distribuía a sus satélites, que él hacía cómplices de sus
criminales disposiciones, y una cierta materia infecta con la cual él les tocaba en la frente o sobre cualquier
otro lugar de la piel, como para imprimirles carácter. Estos satélites, así tocados, me parecían
inmediatamente cubiertos de una lepra con la cual ellos iban a infectar todas las personas que se dejaban
tocar por ellos. Esta figura, Padre, tiene relación con el interior y el exterior de la Iglesia; y aunque ella deba
tener su perfecto cumplimiento en la Revolución que comienza, expresa bien las disposiciones y los sucesos
que la prepararon desde largo tiempo. Son los esfuerzos del infierno para destruir en las almas el Reino de
Jesucristo, y perturbar los fieles en el ejercicio de su religión. Estos
emisarios del demonio, estos precursores del Anticristo, así se me ha
hecho conocer, son los escritores impíos que, por sus sistemas licenciosos
y seductores, desde hace mucho tiempo han lanzado los fundamentos de la
irreligión que domina la materia infecta, que comunica por todos lados el
contagio, y que no es otra cosa que esta impura composición de la
impiedad… libertinaje que gana todas partes y que causa todo el mal, bajo
el nombre engañoso de ‘filosofía’, que ella no merece jamás.
Mas, Padre, he aquí las palabras que yo escuché muy claramente, y de
las cuales yo os pido nada cambiar; ellas me han parecido venir de parte
de Dios: ‘Los centinelas se han dormido; los enemigos han forzado las
barreras y han entrado en el corazón de la ciudad. Ellos han llegado hasta
las ciudadelas, donde han colocado su sede. La potencia de las tinieblas ha
extendido su imperio; se ha hecho una sinagoga; ella se ha erguido altares
donde ha colocado los ídolos para hacerse adorar, Satán acaba de entrar en
su sinagoga, etcétera.’
He visto tambalear las columnas de la Iglesia, he visto, inclusive, caer un gran número de los cuales se
tenía motivo para esperar más estabilidad… Sí, Padre, entre aquellos que debían sustentarla, se han
encontrado cobardes, indignos, falsos pastores, lobos vestidos con piel de corderos, que han entrado en el
rebaño para seducir las almas simples, degollar el aprisco de Jesucristo, y dejar la heredad del Señor a la
depredación de los ladrones, y los templos y los santos altares a la profanación…
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‘Desgracia a los traidores y a los apóstatas. Desgracia a los usurpadores de los bienes de mi Iglesia.’ He
aquí lo que dice el Señor en su cólera y en la justa indignación que ha concebido: ‘Desgracia a los traidores
y a los apóstatas’.”
“Los crímenes de los cuales parecía más afectado, y que Él lloraba con más amargura, eran las
infidelidades, las prevaricaciones y los escándalos de los malos sacerdotes y de todos los eclesiásticos que
por sus desórdenes y su vida escandalosa, profanan los sacramentos, deshonran su sacerdocio y hacen
blasfemar su Santo Nombre…”
“Jesucristo lloraba entonces por la ofensa de Dios, por la desolación de la Iglesia, por la extinción de la
fe y de la caridad; por la pérdida de las almas y la desgracia de los reprobados, de los cuales el infierno se
llena, pese a todo lo que Él ha hecho por su perseverancia.”
“’Hija mía, ¿lo creerás tú? se han encontrado en mi Iglesia Judas que me han traicionado y vendido: Yo
he sido abandonado, Yo he sido renegado de nuevo; se ha librado a Barrabás y se me ha condenado a
muerte. Yo he sido cruelmente flagelado y coronado de espinas. Se me ha cubierto de vergüenza y de
oprobios; se me ha conducido al suplicio para ser crucificado por segunda vez… ¿Qué castigos merecen
tantos y tan sangrientos ultrajes? Sin embargo, Yo he escuchado las preces de mi Iglesia, sus gemidos y sus
suspiros me han hecho violencia, y Yo he resuelto abreviar el tiempo de su exilio…’ Por la extinción de la
fe en los católicos, Él se iría a los paganos. ‘Mi gracia y mis luces son quitadas a aquel que abusa, para pasar
a aquel que se hace más digno, y, por la misma sustitución, mi religión pasa de una nación a otra’.”
Santa Isabel Canori de Mora, que murió en 1825: “De repente, dice, me fue mostrado el mundo. Lo veía
en completa revolución; el orden y la justicia ya no reinaban. Los siete vicios capitales (soberbia, avaricia,
lujuria, ira, gula, envidia y pereza) parecían haber llegado al triunfo. Por todos lados imperaba la injusticia,
la mentira, el libertinaje y toda clase de iniquidades. El pueblo estaba mal formado, sin fe y sin caridad.
Todos estaban sumergidos en la crápula y en las perversas máximas de la filosofía moderna. Observaba que
tenían más fisonomía de bestias que de hombres, de tal modo los tenía el vicio desfigurados.”
Vio “cuatro árboles de bendición,” debajo de los cuales se cobijaban los hombres que se mantenían fieles
a la Ley de Jesucristo. “Todos los fieles que habían guardado en su corazón la fe en Jesucristo, así como los
religiosos y religiosas que conservaban fielmente el espíritu de su instituto, se verán amparados debajo de
estos grandes árboles; amparados y libres de un horrible castigo. Pero, ¡ay de los religiosos que no observan
las reglas! ¡Ay, ay, de todos los sacerdotes indignos de Dios Todopoderoso! ¡Ay de los sacerdotes que se
entregan al libertinaje! ¡Ay de los sacerdotes que se dejan llevar por las máximas de la filosofía moderna,
condenada por la Iglesia! Estos miserables, por su detestable conducta de negar la fe en Jesucristo,
perecerán bajo el brazo exterminador de la Justicia Divina, de la cual nadie escapará.” A los que se
mantenían en el espíritu y amor de Jesucristo, los veía bajo el símbolo de blancas ovejitas, conducidas por
San Pedro a la sombra del misterioso ramaje.
“De repente se cubrió el cielo de un tétrico tenebroso azul que causaba
espanto el sólo contemplarlo. Se desencadenó entonces sobre la tierra un
furioso vendaval que, con su agudo y terrorífico silbido, se dejaba sentir en
el aire, como tremendo rugido de feroz león, cuyo eco hacía retumbar el
universo. El terror y el espanto se esparcían entre los hombres, incluso entre
los animales. Todos los hombres que se rebelaron, fueron muertos y
despedazados sin piedad. Durante este sangriento combate, la Mano
vengadora de Dios caía sobre aquellos desgraciados, y en su Omnipotencia,
castigará el orgullo y la temeridad de los mismos. Él se servirá del poder de
las tinieblas para exterminar a estos hombres sectarios, que quisieron echar
por tierra a la Iglesia y abatirla hasta los cimientos. Estos hombres, en su
audaz malicia, pretendían derrumbar a Dios de su Trono Supremo, pero Él se reirá de ellos y a una señal de
su Mano poderosa, castigará a estos pérfidos y blasfemos, permitiendo que las potestades tenebrosas salgan
del Infierno. Entonces legiones enteras de demonios recorrerán el mundo entero ejecutando las órdenes de la
Divina Justicia, destruyendo y reduciendo a ruinas las propiedades, las ciudades, los pueblos, las casas y
nada será perdonado de lo que existe en la tierra, permitiendo Dios que estos difamadores y mentirosos sean
castigados por haber dado crédito a estos demonios, dándoles muerte rápida y bárbara, porque
voluntariamente se sometieron al poder del Infierno haciéndose aliados contra la Justicia Divina.”
“A fin de que mi pobre espíritu se compenetrase bien de este sentimiento de Justicia, Dios me mostró una
prisión. Vi entonces abrirse una espantosa caverna de fuego, de dónde salía una multitud de demonios que,
habiendo tomado la forma de bestias, venían a infestar el mundo, dejando por todos lados sólo carnicería y
ruinas. Felices los buenos y verdaderos católicos. Ellos tendrán a su favor la protección de los Apóstoles
Pedro y Pablo, que velarán sobre sus personas a fin de que no les acontezca daño alguno, ni a sus bienes, ni
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a ellos mismos. Los malos espíritus devastarán los lugares donde Dios ha sido ultrajado, blasfemado y
tratado de una manera sacrílega. Estos lugares serán arruinados, aniquilados y de ellos no quedarán ni ruinas
ni vestigios.”
Le dijo el Señor: “Voy a renovar a mi pueblo y a mi Iglesia. Ésta saldrá renovada de aquellas tormentas,
encendida en el primitivo celo de la Gloria de Dios, y será recordada universalmente por los pueblos. Voy a
enviar celosos sacerdotes que derramarán mi Espíritu para renovar la faz de la tierra. Voy a reformar las
Órdenes por medio de hombres santos y sabios. Voy a dar a mi Iglesia un nuevo Pastor que, lleno de mi
Espíritu y animado de mi celo, ha de guiar mi grey… Vendrá la reforma de la Iglesia… Lo único que sí
puedo decir, es que no se realizará esta gran obra sin un profundo trastorno de todo el mundo, de todas las
poblaciones, incluso de todo el clero…”
La Santa dijo que Dios se servirá de la oscuridad para castigar a los impíos. “En seguida una claridad
deslumbradora se extenderá sobre la tierra, como señal de la reconciliación de Dios y los hombres. La
Iglesia será totalmente renovada y los hogares cristianos parecerán conventos; tan grande será la renovación
de los hombres.”
San Gaspar de la Preciosísima Sangre de Jesús, que murió en 1837, habla de la destrucción de los
perseguidores de la Iglesia durante los tres días de tinieblas egipcíacas, declarando que los que veneran la
Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, serán salvos de esta catástrofe. “Aquel que sobreviva a los tres
días de tinieblas y espanto, se verá a sí mismo como solo en la tierra, porque de hecho el mundo estará
cubierto de cadáveres. El mundo no ha visto nada semejante desde los días del diluvio.”
Santa Ana Catalina Emmerick, que murió en 1824, habla del oscurecimiento de la Iglesia: “¡Vosotros
sacerdotes, que no os movéis! ¡Estáis dormidos y el redil arde por todos lados! ¡No hacéis nada! ¡Cómo
lloraréis por eso un día! ¡Si tan solo hubierais dicho un Padrenuestro!… ¡Veo tantos traidores! No soportan
que se diga: ‘esto va mal’. ¡Todo está bien a sus ojos con tal de que puedan glorificarse con el mundo! ¡Los
servidores de la Iglesia son tan laxos! Ya no hacen uso de la fuerza que poseen por el sacerdocio. ¡Si algún
día las almas reclamaran lo que el clero les debe al ocasionarles tantas pérdidas por su injuria y su
indiferencia, sería algo terrible! Vi muchos buenos y piadosos obispos, pero estaban mudos y débiles y el
mal partido tomaba a menudo la fuerza. Veo una cantidad de eclesiásticos castigados de excomunión, que
no parecen inquietarse ni incluso saberlo. Vi cuán funestas serían las consecuencias de esta falsificación de
la Iglesia. Yo la vi crecer, vi a los heréticos de todas las condiciones venir a la ciudad (Roma). Vi
acrecentarse la tibieza del clero local, vi hacerse una gran oscuridad… Los sacerdotes dejaban que se hiciera
cualquier cosa. Vi en el futuro la religión caída muy bajo y conservándose únicamente en algunos lugares,
en algunos hogares y en algunas familias que Dios ha protegido también de los desastres de la guerra.”
Sor Elena Aiello (1895-1961): “No puedes imaginar lo que va a pasar. Estallará una gran revolución y las
calles se mancharán de sangre. Los sufrimientos del Papa en esta ocasión bien pueden compararse con la
agonía que acortará su peregrinaje en la tierra. Su sucesor piloteará el barco durante la tormenta. Pero el
castigo de los impíos no será lento. Será un día tremendamente espantoso. La tierra
temblará tan violentamente que asustará a toda la humanidad. Y así, los malvados
perecerán según la inexorable severidad de la Justicia Divina. Si es posible, publica
este mensaje en todo el mundo, y exhorta a todo el pueblo a hacer penitencia y
volver ahora mismo a Dios.”
Palabras de Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Mira las
orejas manchadas de sangre, magulladas por golpes, rasgadas por espinas. Sin
embargo, las almas son obstinadamente sordas a la voz de la gracia… es la impureza
que traspasa el Corazón de Jesús… El pecado de la impureza hace al hombre
aborrecible… Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.”
El Viernes Santo de 1954: “Se me apareció Jesús, cubierto de heridas y
sangrando, diciéndome: He aquí hija mía, mira a qué fin me han reducido los
pecados del hombre. El mundo se ha rebajado en una corrupción desbordante. Los
gobiernos de los pueblos se han levantado como demonios encarnados y, mientras
hablan de paz, se preparan para la guerra con los más devastadores instrumentos
para destruir pueblos y naciones. Los hombres se han vuelto ingratos con mi
Sagrado Corazón, y abusando de mi Misericordia, han transformado la tierra en un
escenario de crimen.”
“Numerosos escándalos están arruinando las almas, especialmente a través de la corrupción de la
juventud. Agitados y desenfrenados en el disfrute de los placeres del mundo, han degradado su espíritu en la
corrupción y el pecado. El mal ejemplo de los padres entrena a la familia en el escándalo y la infidelidad, en

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lugar de la virtud y la oración, que está casi muerta en boca de muchos. Manchada y marchita es la fuente de
fe y santidad del hogar.”
“La voluntad de los hombres no cambia. Viven en su obstinación por el pecado. Más severos son los
azotes y las plagas para hacerlos volver al camino de Dios; pero los hombres todavía se enfurecen, como
bestias heridas (y endurecen sus corazones a la Gracia de Dios). El mundo ya no es digno de perdón, sino
solo del fuego, la destrucción y la muerte.”
“Debe haber más oraciones y penitencias de las almas fieles a Mí, para apaciguar la Justa Ira de Dios y
templar la justa sentencia de castigo, suspendida en la tierra por la intercesión de mi Amada Madre, que
también es Madre de todos los hombres.”
“¡Oh!, qué triste está mi Corazón al ver que los hombres no se convierten, ni responden a tantas llamadas
de amor y dolor, manifestadas por mi Madre Amada a los hombres descarriados. Vagando en la oscuridad,
continúan viviendo en pecado, ¡y más lejos de Dios! Pero cercano está el azote del fuego, para purificar la
tierra de las iniquidades de los impíos. La justicia de Dios requiere reparación por las muchas ofensas y
fechorías que cubren la tierra y que ya no pueden ser toleradas. Los hombres son obstinados en su culpa y
no vuelven a Dios.”
“La Iglesia se opone, y los sacerdotes son despreciados por los malos que dan escándalo. Ayúdame,
sufriendo, a reparar tantas ofensas, y así salvar al menos en parte, la humanidad precipitada en un pantano
de corrupción y muerte.”
“Haz saber a todos los hombres que, arrepentidos, deben volver a Dios y, al hacerlo, pueden esperar el
perdón y ser salvados de la justa venganza de un Dios despreciado.” ‘Al decir esto, Nuestro Señor Dios
desapareció. Entonces se me apareció la Virgen. Estaba vestida de negro, con siete espadas atravesando su
Inmaculado Corazón. Acercándose, con expresión de profundo dolor y con lágrimas en las mejillas, me
habló y me dijo:’ “Escucha con atención y revela a todos: Mi Corazón está triste por tantos sufrimientos en
un mundo inminentemente en ruinas. La justicia de Nuestro Padre es la más ofendida. Los hombres viven en
su obstinación en el pecado. La Ira de Dios está cerca. Pronto el mundo se verá afectado por grandes
calamidades, revoluciones sangrientas, huracanes espantosos y el desbordamiento de arroyos y mares.”
“Clama hasta que los sacerdotes de Dios presten sus oídos a mi voz, para advertir a los hombres que el
tiempo está cerca, y si los hombres no regresan a Dios con oraciones y penitencias, el mundo será volcado
en una nueva y más terrible guerra. ¡Las armas más mortíferas destruirán pueblos y naciones! Los
dictadores de la tierra, ejemplares infernales, demolerán las iglesias y profanarán la Sagrada Eucaristía, y
destruirán las cosas más queridas. En esta guerra impía se destruirá mucho de lo que ha sido construido por
las manos del hombre.”
“Nubes con relámpagos, destellos de fuego en el cielo y una tempestad de fuego caerán sobre el mundo.
Este terrible flagelo, nunca antes visto en la historia de la humanidad, durará setenta horas. Las personas
impías serán aplastadas y exterminadas. Muchos se perderán porque permanecen en su obstinación por el
pecado. Entonces se verá el poder de la luz sobre el poder de las tinieblas.”
“No te calles, hija mía, porque se acercan las horas de oscuridad, del abandono. Estoy inclinada sobre el
mundo, sosteniendo en suspensión la justicia de Dios. De lo contrario, estas cosas ya habrían sucedido. Las
oraciones y las penitencias son necesarias porque los hombres deben volver a Dios y a mi Inmaculado
Corazón, la Mediadora de los hombres a Dios, y así el mundo será, al menos en parte, salvo. Grita estas
cosas a todos, como el eco mismo de mi voz. Que esto sea conocido por todos, porque ayudará a salvar
muchas almas y evitará mucha destrucción en la Iglesia y en el mundo.”
Mensaje del Viernes Santo de 1955: La Santísima Madre, hermosa y majestuosa,
pero con lágrimas en las mejillas, habló: “Hija mía, es tu Madre quien te habla,
escucha atentamente y da a conocer todo lo que te digo, porque los hombres, a pesar
de las advertencias repetidas, no están regresando a Dios… Hija mía, mira mi
Corazón traspasado por las espinas de tantos pecados; mi rostro desfigurado por el
dolor; mis ojos llenos de lágrimas. La causa de tanta tristeza es la visión de tantas
almas yendo al infierno, y porque la Iglesia está herida, por dentro y por fuera…”
“Los hombres hacen caso omiso de todas estas advertencias y no están dispuestos
a convencerse de que mis lágrimas son señales claras para informarles que eventos
trágicos van a caer sobre el mundo y que se acercan tiempos de grandes
tribulaciones…”
“Debes transmitir estas advertencias a todos, a fin de que la nueva generación sepa que a los hombres se
les había advertido a tiempo que se volvieran a Dios haciendo penitencia, y así podrían haber evitado estos
castigos.” ‘Pero, ¿cuándo sucederá todo esto?’, le pregunté a Nuestra Señora. “Hija mía, respondió la
Santísima Madre, el momento no está lejano. Cuando los hombres menos lo esperen, se cumplirá el curso de
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la Justicia Divina. Mi Corazón es tan grande para los pobres pecadores, y hago uso de todos los medios
posibles para que puedan ser salvos. Mira este manto, qué grande es. ¡Si no estuviera inclinado sobre la
tierra para cubrirlo todo con mi amor maternal, la tempestad de fuego ya habría estallado sobre las naciones
del mundo!”
Entonces exclamé: ‘Mi querida Madre, nunca antes te había visto con un manto tan grande’. La
Santísima Virgen, con los brazos abiertos, respondió: “Este es el Manto de Misericordia para todos aquellos
que, arrepentidos, regresan a mi Inmaculado Corazón. ¿Ves? La mano derecha sostiene el manto para cubrir
y salvar a los pobres pecadores, mientras que con la mano izquierda retengo la Justicia Divina, para que el
tiempo de la Misericordia aún se prolongue.”
Viernes Santo de 1950, la Santísima Virgen dijo: “La Iglesia sufrirá dolores de parto, ¡pero las fuerzas
del infierno no pueden prevalecer! Debes sufrir por el Papa y por Cristo, y así Cristo estará seguro en la
tierra; y el Papa, con su palabra redentora, salvará, en parte, al mundo.”
Entonces la Virgen se acercó y con una expresión triste, me mostró las llamas del infierno. Ella dijo:
“¡Satanás reina y triunfa en la tierra! Mira cómo las almas caen al infierno. ¡Mira qué altas son las llamas y
las almas que caen en ellas como copos de nieve, como brasas transparentes! ¡Cuántas chispas! ¡Cuántos
gritos de odio y de desesperación! ¡Cuánto dolor! ¡Mira cuántas almas sacerdotales! ¡Mira el signo de su
consagración en sus manos transparentes! (¡En las palmas de sus manos se veía claramente la señal de la
cruz, en un fuego más vivo!) ¡Qué tortura, hija mía, en mi Corazón maternal! ¡Grande es mi dolor al ver que
los hombres no cambian! La justicia del Padre requiere reparación; de lo contrario, muchos se perderán.”
“¡Mira cómo arderá Rusia!” Ante mis ojos se extendía un inmenso campo cubierto de llamas y humo, en
el que las almas se sumergían como en un mar de fuego.
“Y todo este fuego”, concluyó la Virgen, “no es el que caerá de las manos de los hombres, sino que será
arrojado directamente por los Ángeles (en el momento del gran castigo o
purificación que vendrá sobre la tierra). Por eso pido oraciones, penitencia y
sacrificio, para poder actuar como Mediadora de mi Hijo para salvar almas.”
“¡Todas las naciones serán castigadas, porque el pecado se ha extendido por
todo el mundo! Tremendos serán los castigos, porque el hombre ha llegado a una
contienda insoportable con su Dios y Padre, y ha exasperado su bondad infinita…”
“¡Oh!, ¡qué pena ver al representante de Cristo en la tierra odiado, perseguido,
ultrajado! Aquel que es el Padre espiritual del pueblo, el defensor de la fe y de la
verdad, cuyo rostro, radiante de luz, ilumina al mundo, es muy odiado. ¡Al que
personifica a Cristo en la tierra, haciendo el bien para todos, se ultraja así con
impunidad!… La única salvación es un completo arrepentimiento y regreso a Dios,
y una verdadera devoción a mi Inmaculado Corazón, particularmente en el rezo
diario de mi Rosario.”
“Mi Corazón de Madre y Mediadora de los hombres, cercano a la misericordia
de Dios, invita, con muchas manifestaciones y muchos signos, al pueblo a la
penitencia y al perdón. Pero responden con una tormenta de odio, blasfemias y
profanaciones sacrílegas, como cegados por una rabia infernal. Deseo oraciones y penitencia, para poder
obtener nuevamente misericordia y salvación para muchas almas; de lo contrario, se perderán.”
Fiesta de la Inmaculada Concepción, 1956. Nuestra Santísima Madre habla: “El mundo me honra hoy, pero
mi Corazón de Madre está sangrando, ¡porque el enemigo está a nuestras puertas! ¡Los hombres están
ofendiendo demasiado a Dios! Si te mostrara el número de pecados cometidos en un solo día, morirías de
horror y dolor. Los pecados que más angustian a Dios son los de las almas que deben perfumar el aire con la
fragancia de sus virtudes. En cambio, contaminan (con sus vidas pecaminosas) a quienes se acercan a ellos…”
“¡No puedes imaginar lo que pasará! En esos días tristes habrá mucha angustia y llanto. Habrá una gran
revolución y las calles estarán rojas de sangre. El Papa sufrirá mucho, y todo este sufrimiento será como una
agonía, que acortará su peregrinaje terrenal. Su sucesor guiará el barco en la tempestad.”
“Sin embargo, el castigo de los impíos no se demorará. ¡Ese día será el más terrible del mundo! ¡La tierra
temblará, toda la humanidad será sacudida! Los impíos y obstinados perecerán en la tremenda severidad de
la justicia del Señor.”
Mensajes de 1959: Jesús, chorreando sangre y con mirada dolorosa y sufriente, dijo: “¿Quieres unirte a
Mí en mi agonía? ¡Mira cuánto sufro! ¡Los pecados de los hombres me han reducido a esto! Qué amargura
se vierte en este Corazón, traspasado por muchas almas, que en lugar de amarme con sacrificios y huir de
las vanidades pecaminosas del mundo corrupto, cometen mucha iniquidad.”
“Ayúdame a sufrir consolando mi Corazón afligido, y repara los muchos pecados. ¡Oh mi amada esposa,
si supieras el dolor que sufre mi Corazón por la pérdida de tantas almas! Satanás camina victorioso sobre
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toda la tierra pecadora. Necesito almas generosas para apaciguar la justicia ultrajada del Padre, porque el
mundo se encamina hacia la ruina inminente. ¡Se acercan las horas de oscuridad!”
Entonces, se me apareció la Virgen, triste y derramando lágrimas. Ella dijo: “Este gran manto que ves, es
la expresión de mi misericordia por cubrir a los pecadores y salvarlos. Los
hombres, en cambio, se cubren con aún más suciedad y no quieren confesar sus
verdaderas faltas. Por tanto, la justicia de Dios pasará por encima del mundo
pecaminoso para purificar a la humanidad de tantos pecados, cometidos
abiertamente y ocultos, especialmente los que corrompen a la juventud.”
“Para salvar las almas, deseo que se propague en el mundo la consagración al
Inmaculado Corazón de María, Mediadora de los hombres, dedicada a la
Misericordia de Dios y a la Reina del Universo…”
“Los hombres ya no hablan según el verdadero espíritu del Evangelio. La
inmoralidad de la época ha alcanzado su punto máximo. Pero los hombres no
escuchan mis advertencias maternas, por lo que el mundo pronto debe ser
purificado.”
“Rusia marchará sobre todas las naciones de Europa… y Roma será purificada
con sangre por sus muchos pecados, ¡especialmente los de impureza! El rebaño está a punto de ser
dispersado y el Papa debe sufrir mucho.”
“El único medio válido para aplacar la Justicia Divina es rezar y hacer penitencia, volviendo a Dios con
sincero dolor por las faltas cometidas, y entonces el castigo de la Justicia Divina será mitigado por la
misericordia. ¡La humanidad nunca encontrará la paz, si no vuelve a mi Inmaculado Corazón como Madre
de Misericordia y Mediadora de los hombres; y al Corazón de mi Hijo Jesús!”
Viernes Santo de 1960; la Virgen habla: “¡Cómo vive la juventud en la perdición! Cuántas almas
inocentes se ven envueltas en una cadena de escándalos. El mundo se ha vuelto como un valle inundado,
rebosante de suciedad y barro. Algunas de las pruebas más difíciles de la Justicia Divina aún están por
llegar, antes del diluvio de fuego…”
“En estas horas trágicas, el mundo necesita oración y penitencia, porque el Papa, los sacerdotes y la
Iglesia están en peligro. ¡Si no oramos, Rusia marchará sobre toda Europa, y particularmente sobre Italia,
trayendo mucha más ruina y estragos! Por lo tanto, los sacerdotes deben estar en la primera línea de defensa
de la Iglesia, con el ejemplo y la santidad en la vida, porque el materialismo está brotando en todas las
naciones y el mal prevalece sobre el bien. Los gobernantes del pueblo no entienden esto, porque no tienen el
espíritu cristiano; en su ceguera, no ven la verdad. En Italia, algunos líderes como lobos rapaces con piel de
oveja, mientras se autodenominan cristianos, abren la puerta al materialismo y, fomentando acciones
deshonestas, llevarán a Italia a la ruina; pero muchos de ellos también caerán en confusión.”
“Propaga las devociones a mi Inmaculado Corazón, de Madre de Misericordia, Mediadora de los
hombres; que crean en la misericordia de Dios y de la Reina del Universo…”
“Que difundan la devoción a mi Inmaculado Corazón, para que muchas almas sean conquistadas por mi
amor y muchos pecadores regresen a mi Corazón Materno. No temáis, que acompañaré con mi protección
maternal a mis fieles, y a todos aquellos que acepten mis urgentes advertencias, y ellos, especialmente por el
rezo de mi Rosario, serán salvos. Satanás atraviesa furiosamente este mundo desordenado y pronto mostrará
todo su poder. Pero, por mi Inmaculado Corazón, el triunfo de la Luz no demorará en triunfar sobre el poder
de las tinieblas, y el mundo, finalmente, tendrá tranquilidad y paz.”
Habla la vidente: “¡Oh, qué visión tan horrible veo!… Estos ateos siempre
están gritando: ‘No queremos que Dios nos gobierne; ¡queremos que Satanás
sea nuestro maestro!’” Nuestra Santísima Madre vuelve a hablar: “Solo unas
pocas personas realmente aman a la Iglesia. Pero no está lejano el día en que
todos los malvados perezcan, bajo los tremendos golpes de la Justicia Divina.”
Cierto sacerdote tradicionalista denunció que “la Iglesia Católica enfrenta
enemigos en su interior, quienes propagan ideas para llevar a los católicos al
paganismo. Estamos en una batalla durísima, que no está haciendo mártires
como antes, porque no persiguen a la Iglesia con armas, sino a través de los
medios de comunicación como la radio y la televisión; están logrando dañar
muchísimo al Cuerpo Místico de Jesucristo… La Iglesia se encuentra en la
lucha más dura que jamás ha sostenido en sus dos mil años de historia, la cual está causando más
destrucción que nunca… Esta lucha la sostiene el sionismo internacional, apoyado por el Banco Mundial,
integrado por grupos de judíos que quieren destruir la Fe católica y el cristianismo del mundo entero. Logias
masónicas de Inglaterra, Holanda, Alemania y Estados Unidos… En 1945 se creó la organización rusa
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llamada “Magisterio Paralelo” quienes infiltraron los seminarios… Estas fuerzas lograron penetrar en la
Iglesia Católica… Después se han extendido más, para destruir a la familia, aprobando leyes como el aborto
y la eutanasia.”
El diablo es el padre de todo engaño y, gradualmente, ha hecho que la humanidad, y especialmente el
clero y la jerarquía de la Iglesia, se adormezca en un falso sentido de seguridad, en una actitud indiferente
sobre los problemas morales del día y en cuanto a lo que significa ser un verdadero cristiano.
Si amas a Dios, y lo dices en serio, sabrás que cualquier cosa que valga la pena no es barata. Cualquier
llamada a la decencia en el vestir encontrará muchas críticas y un rechazo obstinado. Considera estos
pecados contra el Espíritu Santo: La impugnación de la verdad conocida, que incluye el contradecir las
enseñanzas de la Iglesia. La obstinación en el pecado, que sucede cuando se rechazan los Mandamientos de
Dios o de su Iglesia y se decide no cumplirlos. La impenitencia deliberada, que puede ser consecuencia de
los otros dos. La presunción, que es cuando se espera conseguir la salvación sin necesidad de arrepentirse de
los pecados y se continúa cometiéndolos sin ningún temor a los castigos de Dios. Uno de los siete pecados
capitales es la pereza: pereza para hacer lo correcto, o descuido para cumplir las obligaciones y practicar la
virtud, debido a los problemas que conlleva. Tres de las obras espirituales de misericordia son: enseñar al
que no sabe, dar buen consejo al que lo ha menester, y corregir al que yerra. Hay que instruir al ignorante,
aconsejar a los dudosos, y amonestar al pecador con caridad. La Sexta Bienaventuranza es: Bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Tales reflexiones son obligatorias para aquellos que aman a Jesús y a nuestra Santísima Madre y para
aquellos que desean entrar en el Cielo. Nadie será admitido allí hasta que no sea
purificado de sus hábitos terrenales y se vuelva manso y humilde de corazón. La
modestia y la pureza son un problema moral importante en la actualidad, siendo
esto uno de los mayores obstáculos para nuestra salvación; es necesario un cambio
de estilo de vida y una limpieza. Si aceptas e implementas, en tu vida, la Verdad
divinamente guiada de la Iglesia con respecto a la pureza y la modestia, puedes
estar seguro de recibir las gracias suficientes para salvar tu alma en una era
incrédula y, aún más, para convertirte en un gran santo. Pero, si, después de leer y
comprender la cuestión, decides por tu propia voluntad rechazar esta Verdad, haz
una pausa y considera el Día del Juicio Final, cuando Nuestro Señor dirá a los que
estén a su izquierda: “Apartaos de Mí, malditos de mi Padre, id al fuego eterno.”
Nadie se burlará de Dios. Si nuestra Santísima y Purísima Madre ha dispuesto que
te enteres cómo Ella quiere que te vistas, se te ha dado una gran gracia a través del
amor de Dios, para cambiar tu vida para cumplir con su Voluntad. Uno de los mayores pecados que comete
el hombre es el rechazo de la gracia de Dios.
La modestia cristiana es hoy la virtud olvidada. Sin embargo, es indispensable para la protección de la
castidad. A partir de 1960, se predicó muy poco sobre la modestia, y la mayoría de las personas que
escribieron sobre este tema sólo contribuyeron a confundir cada vez más a las mujeres católicas por sus
muchos sofismas, su compromiso con las visiones mundanas sobre esta frágil virtud, o incluso su plena
aceptación de los principios paganos. Es inútil tratar de restaurar la castidad en el individuo, en la familia y
en la sociedad, mientras su salvaguardia, la modestia, sea despreciada o violada a una escala tan grande
como lo es hoy. Cualquiera que hoy se atreva a defender públicamente la modestia cristiana tradicional es
considerado una persona escrupulosa, un perturbador de la conciencia o un chiflado.
Sin embargo, los Papas durante los últimos cien años han emitido una y otra vez directivas sobre la
modestia cristiana y la refutación de muchos de estos errores modernos. ¿No es esta la razón por la que Cristo
estableció en su Iglesia la Autoridad Suprema de Enseñanza, para proteger a la Iglesia de los errores y corregir
al clero, a los maestros y a los padres que, intencionalmente o de buena fe, propagarían los errores?
El Papa San Pío XII ha afirmado: “Principalmente a través de los pecados de impureza, las fuerzas de las
tinieblas subyugan las almas.” Esto refleja las palabras de Nuestra Señora de Fátima: “Los pecados que
llevan a la mayoría de las almas al infierno son los pecados de la carne.”
Tras una ruptura generalizada de la modestia, la impureza se ha convertido en la pasión dominante del
mundo. Es como un cáncer espiritual que devora lentamente la vida espiritual de las almas. Ha llevado al
mundo al borde de otra Sodoma y Gomorra, esta vez a escala mundial. Nos enfrentamos a la amenaza de lo
que San Pío XII llamó “la mayor catástrofe desde el diluvio.”
¿No parece en esta época una cruzada de pureza sin esperanza? Esto es lo que al diablo le gustaría
hacernos creer. Con nuestro silencio estaríamos dejando todo el campo de la moralidad en sus manos. La
misión de los palmarianos es defender con tesón el único bastión de la sana moralidad y doctrina que queda
en el mundo.
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El Papa San Pío XII en 1954 señaló la gravedad de la situación general del mundo, así como el remedio:
“La amenaza de esta terrible crisis nos llena de una gran angustia, por lo que con confianza recurrimos a
María nuestra Reina.” Así también la Cruzada de la decencia palmariana no se basa principalmente en
medios naturales, sino que con confianza recurrimos a María Inmaculada y luchamos bajo su estandarte, con
la seguridad del cumplimiento de lo que predijo en Fátima: “Al final mi Inmaculado Corazón triunfará.” La
Cruzada de María Santísima tiene asegurada la victoria final, porque la restauración de la pureza y la
modestia en un mundo corrupto es un requisito previo para el prometido triunfo de María. No solo tenemos
la predicción de María en una revelación, sino la propia promesa de Dios en las Sagradas Escrituras cuando
dijo al demonio: “Ella quebrantará tu cabeza.” Ciertamente, María Nuestra Reina y Madre, aplastará la
cabeza de la serpiente más insidiosa y venenosa, el Demonio de la Impureza. Pero Dios quiere que este
triunfo se logre, no por nuestra indiferencia y letargo, sino por la cooperación de los hijos de María que
marchan bajo su glorioso estandarte.
Rusia extendió sus errores por todo el mundo; el Papa, en unión con los obispos, la consagró al
Inmaculado Corazón de María para que se convierta y extienda la verdad por el mundo. Las modas
indecentes llevaron el mundo a su destrucción, y para arreglarlo el Papa ha dado normas claras sobre cómo
hay que vestirse; pero corresponde a todos los miembros de la Iglesia ponerlas en práctica para que la sana
moralidad se extienda por el mundo.
Recordemos cómo el Caudillo Matatías Macabeo, en su celo devorador por la gloria de Dios, se
lamentaba delante de sus hijos diciendo: “¡Ay de mí! ¿Por qué nací para ver la ruina espiritual de la gran
mayoría de mi pueblo? ¿De qué nos sirve la vida, si con nuestro heroico esfuerzo no restituimos, en todo el
extenso territorio de Israel, la honra y gloria que le son debidas al Señor Dios de los Ejércitos?” Matatías
encabezó siempre su proclamación de la Santa Cruzada con las siguientes palabras: “Todo aquel que tenga
celo por la Santa Ley, y guarde firme la Alianza del Señor Dios de los Ejércitos, salga en pos de mí. Aunque
muchos obedezcan al rey Antíoco, apartándose así del yugo de la Santa Ley de Dios, y consientan en los
impíos mandamientos del rey, yo, mis hijos y todos cuantos quieran seguirme, obedeceremos la Ley Santa
de nuestros padres Abrahán, Isaac y Jacob. Dios nos ampare y nos libre de abandonar su Ley y sus
mandamientos. No daremos, pues, oídos a las palabras del impío rey Antíoco, ni sacrificaremos a los ídolos
traicionando los mandamientos de nuestra Ley Divina, desviándonos por caminos de perdición.” Y
Matatías, devorado por el celo de la gloria de Dios, repetía
constantemente las palabras que siglos antes profirió el Santo Profeta
Elías: “Yo me abraso de celo por el Señor Dios de los Ejércitos.”
En defensa de los mandatos de Dios, Santa Juana de Arco encabezó
su ejército, portando el estandarte de los sagrados nombres de Jesús y
María, y así alcanzaron gloriosas victorias. Así también, los
palmarianos, llevando el estandarte de la modestia de Jesús y María,
tienen que encabezar la cruzada apocalíptica contra las fuerzas
infernales. La modestia va por delante, y la pureza y santidad de vida vienen detrás, pues estas son los frutos
de la decencia cristiana. María es el modelo perfecto para todos los cristianos, y sobre todo para sus hijos
que luchan por el honor de la Divina Madre, en una Cruzada para promover la castidad y la modestia a
través de la imitación de María, nuestra Reina y Madre Castísima.
La Cruzada de María Inmaculada está promovida también por su Capitán, el cual ha luchado tenazmente
contra la indecencia, pues el Señor dijo en El Palmar en 1974: “Envío a ese apóstol, para que sean
preparados al gran apostolado de los Últimos Tiempos, cuyo Capitán es el Padre Pío… Prepárense para
formar el Gran Ejército de María. El ejército que va a luchar en este tiempo contra los ejércitos de Satán. Y
el Capitán será el Padre Pío. Y los grandes guerrilleros serán la multitud de los Santos que habitan en el
Cielo, en conexión con los ejércitos que vais a formar vosotros. Tened en cuenta que estos tiempos se
distinguen por dos facetas: O Ejército de María, o ejército de Satán. Y ambos no pueden ser compatibles.
Así que no os queda más que, a los hijos de María, pertenecer al Ejército de María. Que se os grabe bien en
vuestras cabezas: Ejército, Ejército. Y esos Ejércitos Marianos están amparados por los Ejércitos de las
Milicias Celestiales: Los Ángeles. Mis queridos hijos: ¡Adelante los Ejércitos! Y llegará la hora en que será
pedido, a los ejércitos de la tierra, que colaboren con los Ejércitos Celestiales, para preparar mi Retorno.”
Dijo San Francisco de Sales: “El enemigo nos rodea, y pereceremos a menos que peleemos. Si realmente
luchamos, se nos da la seguridad de la victoria… Con los herejes; con quienes propagan herejías contra la
religión católica, hay que ser fuertes y no permitir que se les apoye ni se les alabe, porque el mal que pueden
hacer es muy grande. Caridad es gritar que viene el lobo, para que no logre matar a las ovejas.”
La raza de los hombres, después de su miserable caída por desobediencia a Dios, el Creador y Dador de
los dones celestiales, ‘por la envidia del diablo’, se separó en dos partes diversas y opuestas, de las cuales
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una lucha incansablemente por la verdad y la virtud, la otra por aquellas cosas que son contrarias a la virtud
y a la verdad. Uno es el reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera Iglesia de Jesucristo; y aquellos que
desean de corazón estar unidos a Él, para obtener la salvación, deben necesariamente servir a Dios y a su
Hijo Unigénito con toda su mente y con toda su voluntad. El otro es el reino de Satanás, en cuya posesión y
control están todos aquellos que siguen el ejemplo fatal de su líder, aquellos que se niegan a obedecer la Ley
divina y eterna, y que tienen, en su desprecio a Dios, muchos objetivos contra Dios. En cada período de
tiempo los unos han estado en conflicto con los otros, con variedad y
multiplicidad de armas y de guerras, aunque no siempre con igual ardor y asalto.
En esta época, sin embargo, los partidarios del mal parecen estar combinándose y
luchando con vehemencia, unidos, liderados o asistidos por esa asociación
fuertemente organizada y extendida llamada francmasonería.
Nunca permitamos que nos desanimemos en esta batalla de los últimos
tiempos, cuando la antigua serpiente se atreva a lanzar su desafío final, abierta y
públicamente, contra la realeza de nuestra Madre Castísima. Corresponde también
a la Cruzada señalar las muchas trampas colocadas por el Demonio de la Impureza
para atrapar especialmente a nuestra juventud.
La Virgen Purísima y Madre Castísima, ha de ser nuestro ideal de pureza y
modestia, y nuestro modelo perfecto para la imitación. Cada uno debe esforzarse
primero por alcanzar el ideal de parecerse a María Santísima en su propia vida.
Sólo entonces podrá esperar cosechar resultados en sus esfuerzos por reformar la
vida familiar y social. La oración y el sacrificio forman la base de todos los
esfuerzos de cruzada. La castidad y la modestia están vinculadas, van juntas. La castidad significa el control
del apetito sensual de acuerdo con los Mandamientos; la modestia, por otro lado, es la salvaguardia de la
castidad. A menudo se compara con un muro que protege a uno mismo y a los demás de los frecuentes
ataques contra la castidad.
Hay una modestia personal y una social. La modestia personal implica un control estricto sobre los
propios sentidos, especialmente los ojos, que a menudo se denominan las ventanas del alma. Así, una
persona modesta no permitirá innecesariamente que sus ojos miren a ninguna persona, imagen, historia
impresa u otro objeto que pueda introducir pensamientos malos o impuros en su mente o imágenes malas en
su imaginación; porque estos, cuando se entretienen deliberadamente, conducen naturalmente al pecado. La
misma regla se aplica a los oídos, que deben estar cerrados a canciones inmorales o sugerentes, charlas
perversas, chistes obscenos, etcétera. Asimismo, para los demás sentidos del tacto, el gusto y el olfato. La
inmodestia personal es un pecado, a pesar de las ilusiones de algunas personas que intentan inventar un tipo
de inmodestia sin pecado. La eliminación del muro de la modestia admite al enemigo, la impureza. El
debilitamiento de este muro lo invita a entrar y, por lo tanto, es una amenaza seria para la pureza de
pensamiento, deseo, palabra o acción.
La modestia social puede definirse como la virtud que busca proteger la castidad de otras personas, o al
menos no ponerla en peligro; siempre tiene cuidado de evitar cualquier cosa que esté calculada para excitar
malos pensamientos y deseos en otros o para llevarlos a acciones pecaminosas. La modestia social requiere
un atuendo decente en presencia de otros, incluso en el hogar; la evitación de toda familiaridad indebida, y
miradas, al hablar, al andar y, en general, una prudente reserva en toda su apariencia y comportamiento.
Una vez más, hay algunos que tratan de excusarse del pecado si no hay mala intención relacionada con la
inmodestia social. Por lo tanto, no ven nada de malo en usar un vestido indecente sólo para estar a la moda.
Pero está mal y es pecado grave, porque en este caso, además de desobedecer los Mandamientos, quebranta
la ley de la caridad. Independientemente de las intenciones de uno, existe una obligación en la conciencia de
evitar tentaciones innecesarias a los demás por tal falta de modestia, ya sea en la vestimenta o de otro modo.
La inmodestia social se clasifica como pecado de escándalo, que es un pecado mortal muy grave. Esto se
prueba por el terrible “ay” que Jesús pronunció contra los causantes del escándalo. Si uno tiene la intención
de tentar a otros a la impureza con su inmodestia, es un pecado mortal, no importa cuán leve sea la
inmodestia. La modestia en los vestidos de mujer es algo extremadamente importante, mucho más de lo que
la mayoría de las mujeres y niñas se dan cuenta. De hecho, es el punto de partida necesario para cualquier
auténtica Cruzada de la Pureza.
Solo después de la introducción a gran escala de modas indecentes en la sociedad, los poderes de
corrupción pudieron tener éxito en inundar el mercado con literatura altamente obscena y saturar las ondas
de radio y los teatros con imágenes descaradamente inmorales. Entonces, ¿cómo podemos esperar
limpiarlos, mientras nos falte el coraje para tomar el primer paso hacia la pureza social, que es el estricto
cumplimiento de las normas de decencia?
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Muchas mujeres se niegan a creer que su atuendo semidesnudo sea la fuente de numerosas y serias
tentaciones para el hombre. Algunas renuncian a cualquier responsabilidad por llevar a otros al pecado de
esa manera. Otras intentan cubrir su propia culpa con insinuaciones desagradables, acusando a los hombres
de tener una mente perversa. Muchas son conocedoras del mal de vestir indecentemente, pero no quieren
reconocerlo. La pregunta implícita es: ‘¿Por qué los hombres deben ser tentados por la escasa vestimenta de
las mujeres?’ Otros comentan con ligereza: ‘Es sólo piel’, sin sospechar que es precisamente la piel la que
despierta la concupiscencia en los hombres. Tales diferencias de criterios muestran la necesidad de que haya
una voz autoritativa para declarar lo que es correcto y lo que es escandaloso; y eso es lo que Dios ha dado a
su Iglesia en la persona del Papa.
No hay una razón sólida para dejar que las mujeres permitan tanta ignorancia en asuntos serios. Cuando
una mujer es inmodesta, se convierte en la tentadora de muchos hombres normales, que sucumben a tales
encantos, pues por mirarla con mal deseo, “ya adulteró en su corazón con ella.” Las mujeres indirectamente
inmodestas están incluidas en esta acusación, por ser cooperadoras con los pecados de los hombres. Eso no
significa que siempre tales hombres tengan una mente perversa. Dios ha hecho a la mujer hermosa y
atractiva para el hombre, para que encaje con su plan de procreación en el matrimonio legítimo. Como
resultado del pecado original, el hombre debe luchar constantemente para regular esta atracción. Si no lo
hace, y si no se fortalece con la oración, el pecado entrará rápidamente en su alma, con ‘adulterio en su
corazón.’
Esta es la razón por la que los escritores ascéticos advierten a los hombres que no miren fijamente el
rostro de una mujer. El mundo consideraría a San Luis Gonzaga como un tonto por hacer el voto de nunca
mirar a la cara a una mujer, incluida su propia madre. Pero el Santo se dio cuenta de que, para un hombre
que está decidido a pasar por la vida sin mancha de pecado mortal, la vida del hombre en la tierra es una
guerra. El mundo, incluidos los católicos mundanos, hace caso omiso de las sanas reglas del ascetismo, que
ya fueron establecidas en el Antiguo Testamento, tales como: “No pongas indiscretamente tus ojos en la
doncella, para que su belleza no sea ocasión de tu ruina… Aparta tus ojos de la mujer licenciosamente
ataviada, y no curiosees en la hermosura ajena; pues, por la hermosura de la mujer, muchos se han perdido,
y por ella se enciende como fuego la pasión.” (Eclesiástico).
No se trata de considerar que la mujer es mala y que debe evitarse. Pero su grado de bondad depende de
cuán fielmente lleve a cabo el papel que Dios le ha dado como ayudante del hombre, en lugar de su
tentadora. Con su modestia puede usar su encanto para domar las pasiones del hombre; por su falta de
modestia su belleza se convierte en piedra de tropiezo para el hombre. Esto hace que sean las mujeres las
guardianas de la castidad en el mundo. Por eso Dios le ha dado a la mujer un sentido de modestia mucho
más delicado que al hombre. No solo para proteger su propia integridad, sino también para proteger al
hombre contra la furia de sus pasiones. Cuando la mujer es modesta, el hombre sólo puede culparse a sí
mismo si sucumbe a la tentación de la carne. Pero cuando decide mostrar partes de su cuerpo que deben
cubrirse, se convierte en una seductora y comparte la culpa del hombre. De hecho, la teología enseña que el
pecado del seductor es mucho mayor que el del seducido.
Este sentido de modestia está ausente en tantas mujeres, porque lo han perdido. Esto ocurre a menudo en
la infancia, cuando las madres tontas adiestran a sus hijas pequeñas para que consideren la ropa escasa como
algo normal. Este sentimiento de vergüenza o culpa se nota, aunque en menor
grado, en otros pecados. Así, cuando un niño dice su primera mentira, se sonroja.
Después de su centésima mentira, no pasa nada. Así también, cuando una niña
aparece en público por primera vez con un atuendo inmodesto, experimenta el
sentimiento de vergüenza; el sentido de la modestia todavía está presente. Después
de repetidas actuaciones, este sentimiento de vergüenza se desvanece rápidamente.
Pero Dios plantó ese sentido de modestia en el corazón de cada mujer.
Los padres comparten la culpa de este triste estado de asuntos, porque
imprudentemente acostumbran a sus hijos a vivir escasamente vestidos y así les
hacen perder el sentido de la modestia, lo cual es un daño casi irreparable en los
pequeños que el Cielo les ha confiado para que sean criados en la dignidad y la
cultura cristianas. Esta advertencia debería darles a los padres motivos para
considerar incluso la moda infantil; las prendas para niños que apenas cubren el
pañal y solo tienen tirantes y no tienen mangas, y los ‘vestidos’ de niña, más correctamente llamados
‘blusas’, que dejan el pañal completamente expuesto, el remedio común para el cual es agregar un volante o
encaje que no hace nada para cubrir las piernas completamente desnudas. Es preciso instruir a un niño en el
camino que debe seguir. ¿Es de extrañar entonces que, a medida que avanzan estos niños, desde tan
vergonzosos comienzos, hayan perdido el sentido de la modestia? Desde las modas infantiles semidesnudas,
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la marea de modas inmodestas arrastró a todos los grupos de edad y a ambos sexos hacia grados aún
mayores de desnudez. Considerad también la culpabilidad de los padres, que no desean ser calificados de
anticuados, evitan la autoridad parental dada por Dios y permiten que sus hijas e hijos usen ropa inmodesta
o del sexo opuesto, diciendo: “Es sólo una moda adolescente, todo el mundo lo lleva puesto, ¡es
inofensivo!”
El feminismo ha hecho avances trágicos al socavar la autoridad legal del padre en el hogar, burlándose de
su instinto natural de proteger y salvaguardar la modestia y la pureza de su descendencia femenina. Su
naturaleza noble, dada por Dios, ha de ser patriarcal y con autoridad, para que no se haga cómplice de
Satanás en exponer a las mujeres y niñas a los deseos y pasiones de los apetitos
de la moda mundana, al dejarlas sin ningún defensor que proteja su honor.
Muchos padres afectuosos han sido obligados a callar por esposas e hijas
modernas, esclavas de la moda, cuando objetan su atuendo inmodesto.
Lamentablemente, su compromiso de ‘paz en el hogar’ no es caridad sino
cobardía. Significa un abandono de su deber de ser protectores de la inocencia y
de la virtud como Cristo manda.
Existen otras vías de corrupción por las cuales nuestros hijos pierden el
sentido de modestia. Una de las formas de corrupción más sutiles e insidiosas a
las que están expuestos nuestros hijos son las muñecas anatómicamente
correctas. Especialmente ofensivas son las ‘muñecas de moda’. Los plásticos
revolucionaron la capacidad de los fabricantes para crear muñecos ‘realistas’.
Desafortunadamente, la modestia era la menor de sus consideraciones. Sin pensarlo, los padres tontos
hicieron fila para asegurarse de que sus hijas tuvieran las muñecas más nuevas y ‘mejores’. Las muñecas de
moda tremendamente populares, sin embargo, fueron una herramienta excepcionalmente efectiva, a través
de la cual el diablo proporcionó a las niñas pequeñas efigies de mujeres desnudas para jugar, sin mencionar
la curiosidad que despertó en los niños pequeños, sembrando las semillas de la concupiscencia en sus
corazones. Cuando los niños juegan, imitan la vida para prepararse para la edad adulta. El primer impulso
de un niño es desnudar una muñeca. ¿Qué padre le daría a su hijo un libro con fotos de mujeres desnudas
para que las revisara? Sin embargo, los padres no tienen reparos en darle a su hijo una pequeña mujer
desnuda de plástico para que la toque, mire y represente su fantasía. ¡Deberían sonrojarse al ver estos
“juguetes” tirados por ahí!
Para colmo, las modas inmodestas con las que están equipadas estas muñecas animan a las niñas a aspirar
a llevar este tipo de atuendos. La ropa ‘seductora’ se convierte en un estándar de belleza para nuestros
preciosos inocentes en la edad más impresionable. Consideremos con honestidad el tipo de publicidad que
promociona estos muñecos entre los niños. La muñeca siempre es ‘genial’, ‘a la última moda’ y ‘¿no te
gustaría ser así?’ ¡Qué plan diabólicamente oportuno! De esta manera, nuestros intentos ciegos o ingenuos
de ofrecerles entretenimiento se convierten en una doble fuente de escándalo. La forma de corregir esta
situación, es no comprar muñecas con cuerpos de plástico anatómicamente correctos. Hay muchas muñecas
aceptables disponibles con cuerpos de tela y cabezas, pies y manos de plástico. Y si los hijos ya tienen estos
tipos de muñecas ofensivas, aprovecha esta oportunidad para darles a tus hijos una lección de modestia.
Pídeles que te ayuden a pegar o coser permanentemente ropa interior modesta. Modifica o quita prendas
indecentes del guardarropa de las muñecas. Recuerda: ejercerás la autoridad paterna que Dios te dio para
hacer esto. ¡Dios te dará la gracia de ser fuerte y discreto al implementar y mantener tu posición!
El caso más escandaloso de esto es quizás la famosa ‘Barbie’, de la que desde 1959 han vendido más de
mil millones de muñecas, y sigue ganando alrededor de un billón de dólares cada año con la venta de casi
sesenta millones de muñecas y sus complementos. Fue prohibida en Arabia Saudita porque ‘la Comisión
para la promoción de la virtud y prevención del vicio’ decretó que “las muñecas judías ‘Barbie’, con sus
ropas reveladoras y sus vergonzosas posturas y accesorios, son un símbolo de la decadencia del pervertido
occidente; estemos alertas ante sus peligros y tengamos cuidado.” En cambio, la iglesia romana no hizo
nada para proteger sus niñas de tal escándalo. Naturalmente, las muñecas mal vestidas están prohibidas en la
Santa Iglesia Palmariana.
¿Cómo pueden las mujeres que han perdido el sentido de la modestia juzgar entre un vestido modesto y
uno inmodesto? No pueden sin ayuda. Han desarrollado una conciencia defectuosa, laxa o perpleja. El
sentido de la modestia era para ellos lo que una brújula es para el marinero. Habiendo perdido esta brújula
dada por Dios, deben buscar otra para dirigir su rumbo y, en la medida de lo posible, restaurar esa
vergüenza que llamamos el sentido de la modestia. Deben seguir estándares definidos de vestimenta
modesta establecidos por la autoridad competente; o sea, es imprescindible que se sometan fielmente a las
normas de decencia dictadas por la Iglesia.
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Si la costumbre pudiera hacer de la desnudez pública una virtud, ¿por qué Dios consideró necesario en el
paraíso cambiar la costumbre de Adán y Eva proporcionándoles ropa para cubrir su vergüenza después de la
caída? La costumbre también podría decidir lógicamente que la deshonestidad pública se ha convertido en
una virtud. La opinión que permite que la costumbre decida la cuestión de la modestia es refutada por el
Papa San Pío XII en una breve frase: “Siempre existe una norma absoluta que debe conservarse en la
modestia de la vestimenta.” La costumbre presta poca atención a las normas absolutas, pero es producto de
otro principio falso: ‘La mayoría no puede equivocarse.’ Decir que ‘la
modestia es una cuestión de costumbre’, es tan erróneo como decir que ‘la
honestidad es una cuestión de costumbre’. Pero cuando se peca por
costumbre, el pecado habitual es el estado de pecado de quien no se ha
arrepentido.
Aun cuando todos los demás se vistan mal, hay que declarar con Santa
Teresa: “Cristo y yo, mayoría,” pues el que es fiel a Dios se atreve a ser
diferente de la multitud. Lo único que cuenta es cómo juzga Dios la modestia
o la falta de modestia del atuendo de uno. El pecado es tan desagradable y
dañino hoy como siempre, y las deficiencias en la vestimenta no se disculpan
con el argumento de que todos lo están haciendo. Es posible evitar hacer el
mal, incluso si todos lo hacen. Aunque no esté de moda vestirse con modestia,
nunca se puede decir que está bien vestirse de manera indecente. Es Dios, no las personas, quien declara lo
que está bien y lo que está mal; Él tiene razón, y su Iglesia y los Vicarios de Cristo con Él, ¡aunque el
mundo entero pueda llamarlo incorrecto! La miseria del mundo se debe a ese egoísmo que antepone su
propio placer, orgullo y conveniencia a la Voluntad de Dios.
Hay otra consideración importante. Cada mirada consciente estampa una imagen en la imaginación. Esta
imagen de una mujer vestida de manera indecente puede desaparecer rápidamente de la memoria. Entonces,
de repente, quizás incluso cinco o diez años después, emerge del ático de la mente y se proyecta de nuevo a
la conciencia para plagar a sus víctimas contra la santa pureza. Estas lecciones oportunas de los escritores
espirituales son desconocidas o despreciadas por las personas de mentalidad mundana.
Hay muchos que se oponen a las normas definidas de modestia en la vestimenta. Una sociedad que ha
derribado los estándares tradicionales de vestimenta decente, difícilmente agradecería los intentos de
restablecerlos. Algunos ‘católicos liberales’ se opusieron a normas específicas de modestia en la vestimenta,
porque el liberalismo por su naturaleza busca una falsa libertad de leyes, reglas, regulaciones y todo tipo de
restricciones. Sin embargo, tanto si a la gente le gusta admitirlo como si no, toda su vida está regulada por
normas de una forma u otra. Tenemos colores y tamaños estándar, marcas comerciales que estandarizan la
calidad e incluso un tiempo estándar dictado por el sol. Tenemos estándares de modales y cortesía que nos
dirigen en los más mínimos detalles. En todo momento uno se enfrenta a normas. La gente las acepta sin
dudarlo, incluso hasta el punto de la esclavitud y el absurdo. ¿Se negará sólo a la virtud de la modestia el
derecho a ser regulada y protegida por normas? Si estamos dispuestos a aceptar lo que aprueben las
autoridades seculares, los católicos debemos estar mucho más ansiosos por aceptar ‘lo que apruebe María
Inmaculada’ y lo que mande la Iglesia.
Demasiadas mujeres, o grupos, intentan reducir la evaluación de la modestia de María a su propio nivel
de pensamiento. Creen sacrílegamente que la Santísima Virgen estaría dispuesta a cortarse las mangas y
rebajar el escote, y comprometer su sublime modestia a favor de los dictadores de la moda pagana y sus
tendencias nudistas. María Santísima aprueba solo lo que la Iglesia aprueba, que es lo que Dios ordena.
Las normas palmarianas son casi idénticas a las normas emitidas por la Santa Sede en 1930, que solo
difieren en la forma. Debido a que representan la tradición cristiana sobre la modestia en la vestimenta,
llevan a imitar a la Virgen Purísima. Estas normas provienen de la Autoridad docente de la Iglesia, de los
legítimos sucesores de los Apóstoles, a saber, el Sumo Pontífice para la Iglesia Universal y los Obispos en
comunión con él para los fieles confiados a su cuidado; no hay otros maestros divinamente constituidos en
la Iglesia de Cristo. En consecuencia, las instrucciones de 1930 del Papa colocaron el problema de la
modestia social de la vestimenta en manos de la única Autoridad Oficial de Enseñanza. Desafortunadamente
algunos sacerdotes y monjas aprobaron normas muy relajadas, pero estaban excediendo su autoridad, ya que
ellos no son parte de la Autoridad Docente Oficial de la Iglesia. La suya es una autoridad delegada, que
debe conformarse con la Autoridad Docente Oficial. El Maestro Supremo les delega la facultad de enseñar,
y tal facultad siempre queda sujeta a esa autoridad. Los tiempos han cambiado, pero las normas de 1930 no
han perdido validez, pues aunque los tiempos y las costumbres pueden cambiar, las leyes de Dios nunca
cambian ni pasan de moda. Tampoco cambia la concupiscencia.

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“Siempre existe una norma absoluta que se debe preservar, no importa cuán amplia y cambiante sea la
moral relativa de los estilos,” dijo el Papa San Pío XII en 1957. Los estándares de 1930 no se han
modificado; se han adaptado a las circunstancias actuales, por la misma autoridad que emitió las normas,
que es el Papa, pues esta no es una cuestión que puede ser decidida por católicos individuales.
La verdadera felicidad viene de Dios. La infelicidad proviene de quebrantar sus Mandamientos por el
pecado. La desobediencia es el espíritu de Lucifer: “¡No serviré! ¡Dios y su Iglesia no pueden decirme qué
he de hacer!” Dado que el pecado mortal es una grave ofensa contra la Ley de Dios, es la mayor tragedia del
mundo. Dios te hizo su hijo y amigo en el Bautismo. Él te da su Vida, la vida sobrenatural a través de los
Sacramentos, y luego, por egoísmo, le das la espalda. Cuando quebrantas la Ley de Dios, ofendes a Dios y
te lastimas a ti mismo al romper tu relación de amor con Él. El quebrantar la Ley de Dios mediante la
impureza y la indecencia significa muerte: muerte del alma por la pérdida de la Gracia santificante. La
muerte espiritual a través del pecado mortal trae miseria e infelicidad en este mundo y la condenación eterna
en el próximo.
Algunos ‘teólogos’ modernistas aconsejaban dejar a las personas ‘de buena fe’
solas, y no corregirlas. Pero una de las obligaciones de nuestra Santa Religión es
‘corregir al que yerra;’ de lo contrario, las personas pronto perderían todo sentido
de pecado. El diablo ya ha hecho uso de este engaño a gran escala, manteniendo a
las personas responsables en silencio, y en consecuencia, como decía San Pío XII,
“el mundo ha perdido toda noción del pecado.”
La moda y ‘el nuevo orden mundial.’ La industria de la moda ha hecho del
cuerpo humano un objeto de culto a la sensualidad, por lo que es preciso
establecer parámetros donde la inmoralidad no pueda reinar justificada en el
cuidado del cuerpo material. El vestido es parte de una condición ligada
directamente al pecado original. El ser humano fue creado en un estado de pureza
perfecto, y esa naturaleza se ha corrompido con el pecado original. Dios, al
desterrarlo del Paraíso, lo cubre con pieles y le enseña a vivir con su propia malicia adquirida con el pecado,
escondida a sus propios ojos.
El diablo, en su astucia maligna, incita al hombre a presentarse físicamente expuesto a su naturaleza
original, como si nunca la carne se hubiese corrompido, alegando su belleza y la necesidad de admirarla sin
complejos ni prejuicios en su estado de desnudez, con toda ‘naturalidad’, haciendo olvidar
convenientemente al hombre de una realidad innegable en la que el pudor es materia esencial de una vida
cristiana, y comprometiéndolo con una sensualidad libidinosa que lo sumerge en un abismo de pecado de
impureza. Satanás ha inducido al hombre de hoy a penetrar un abismo de impureza que es un ingrediente
esencial en la moda. Desde este elemento impuro y de ley animal bruta, se proyecta uno de los más grandes
males a la humanidad.
Encontramos hoy un movimiento de moda gobernado por un cuerpo numeroso de gente sin escrúpulos,
los cuales han llevado a plasmar su vida depravada artísticamente dentro del diseño del vestido. Han
corrompido el cuerpo humano en una forma execrable, en que la mujer se ha convertido en objeto sensual.
Le han ensuciado su imagen ante el hombre, vendiéndola como animal de consumo sensual, como diosa de
los pecados, como alimento de los apetitos y pasiones de la carne. Presentándola seductora y agresiva,
descubriéndole partes vitales de su cuerpo a los ojos del hombre, de una forma tan perversa que desata en la
naturaleza del hombre una fuerza sensual que sólo se desahoga en los brazos de la promiscuidad, llevando al
hombre a perder todo respeto por la naturaleza esencial y vital de la mujer, como es su vida interior, sus
cualidades de madre, su fortaleza espiritual, todas sus cualidades femeninas innatas que la hacen una
compañera ideal del hombre. Eliminando la posibilidad de unirse a ella en un matrimonio donde los
principios de la moral y la integridad espiritual son el centro del matrimonio y, en cambio, sumergiéndola en
un estado de decadencia ante el hombre, la transforma en una compañera que principalmente representa la
naturaleza animal humana de la sensualidad.
Este mismo grupo de degeneración sensual que gobierna la moda de hoy, ha introducido una
masculinidad tan afeminada que por medio de los modelos de ropa interior masculina se ha presentado, a la
juventud, el cuerpo del hombre con un aspecto débil, maquillado, con aretes y portando un lenguaje corporal
totalmente afectado por la ropa vestida con un espíritu de mujer. Así como la mujer es representada como
un cuerpo anoréxico, enfermizo, como un simple gancho de ropa, el hombre es representado como un
gladiador sin fuerza, quien forrado en voluminosos músculos y perfecto torso, parece al final más como una
mujer que porta un cuerpo masculino. Es la caída de un imperio humano que presenta todas las señales del
final, cuando ‘los hombres parecen más como mujeres y las mujeres como hombres’, lo cual indica que ya
han llegado esos tiempos anunciados por los profetas de antaño.
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Es muy común encontrar muchachos adolescentes con su pelo teñido, sus cejas depiladas, sus uñas
pintadas y sus rostros maquillados en los colegios de hoy, usando aretes, collares y accesorios propios del
uso de la mujer. La influencia de los depravados diseñadores, maquilladores y comerciantes de ropa es tal,
que la juventud femenina no se alcanza a enterar hasta dónde se ha expuesto a excitar al hombre con la
forma de vestir. Que la mujer tiene que estar ‘bella’; esa belleza de que se habla es la de seducir con su
forma de vestir a los hombres. Lo que la mujer no está observando, es que al mismo tiempo que el vestirse
‘sensual’ la puede llevar a encontrar a un hombre que inicie una relación amorosa en serio, también está
causando que los demás sean llevados a la excitación sensual con sólo verla pasar. Razón por la cual, la
violación carnal se ha convertido en uno de los crímenes más comunes de hoy. Un hombre que se encuentre
en un estado de embriaguez, o drogado, o desequilibrado mentalmente, no pensará dos veces en atacar a una
mujer que lo seduzca con su forma de vestir, pues lo tomará como un permiso, se sentirá autorizado en una
forma subliminal pero muy directa. La indecencia es un pecado contra la pureza y por lo tanto trae
consecuencias funestas porque no existe protección divina sobre un comportamiento impuro.
Sobre esto de la moda se podrían hacer muchas más denuncias, se puede apreciar la simbología de la
Nueva Era, la mitología de la sensualidad proyectada en el vestido, en el
maquillaje, en las máquinas como los automóviles y la tecnología. Todos
estos símbolos mágicos dirigidos a producir dinero, poder y placeres
humanos, son parte de toda una red de brazos que están extendidos desde el
mismo abismo de los infiernos. Cada cultura aporta su dosis de decadencia
donde aflora la presencia de la inmoralidad y degeneración por medio de la
moda. El ‘piercing’ que de los aborígenes de África y Sudamérica, fue
implantado por las comunidades ‘punk’ inglesas, que lo unieron al satanismo
en la automutilación, como el ‘piercing’ de la nariz, lengua, ombligo, y
muchas otras partes del cuerpo humano. Otra innovación de la subcultura
punk es la degradante moda de llevar pantalones vaqueros rotos, rajados y
desgastados, como manifestación de su desprecio de la dignidad sobrenatural
del hombre y su rechazo de las sanas tradiciones. Todo esto dirigido más que
nada a producir un impacto de choque y de escándalo en el corazón del prójimo, lo cual es el centro de la
filosofía punk por llamarlo de alguna forma. Acciones éstas por medio de las cuales ese grupo encuentra
placer y desfogue a su espíritu de rebeldía y violencia. Dentro de toda esta influencia inglesa se palpa la
influencia permanente del ocultismo y de la brujería a través de los siglos.
La cultura norteamericana, incansable pionera de la más escandalosa decadencia en la moda, contribuye
en diferentes etapas con una buena dosis de oscuras propuestas, como la idolatrización de personajes de la
música rock. En medio de esto se estaba fraguando otro espíritu, trayendo la inyección de lo malo y oscuro
espiritual. Los movimientos de protesta para la ‘libertad e igualdad’ terminan por protestar contra las reglas
morales y religiosas y se enfrentan en contra del matrimonio y la familia, promoviendo la unión libre y
desatando la liberación de sexos, la proliferación de las drogas alucinógenas, y la revolución del vestido, las
largas cabelleras y barbas de los hombres que aparecen con aspecto medieval; se multiplican las influencias
agregándoles el oportunismo de las religiones paganas de oriente, las cuales infiltran a la juventud con
filosofías del yoga y la meditación trascendental. Ahora esto se convierte en forma de vida, ha desaparecido
el matrimonio y toda regla moral y religiosa es abolida. Se crea una nueva sociedad nacida en San
Francisco, California, pero con brazos extendidos a toda la humanidad. Una
sociedad de la muerte en todo aspecto. El pecado exaltado en la forma más
artística jamás imaginada y sólo posible por las manos del diablo.
En unos pocos años, el hipismo embriagó a la juventud mundial y sus
propuestas, en principio artísticas musicales, se tornaron cada vez más en un
espectro de magia, superstición y toda clase de prácticas ocultistas. Esta
influencia es tan fuerte y variada que se desplaza por medio del cine, la televisión
y la literatura abarcando varias generaciones. Podemos con certeza decir hoy, que
la familia humana ha vivido una revolución cultural drástica a partir de los años
sesenta y que en vez de tender a moderarse en esa carrera a la decadencia moral,
más bien se acelera hacia un abismo de la pérdida total de valores. Luego el
consumismo se disparó a los más altos niveles. Las compañías multinacionales se
convirtieron en gigantescos pulpos de los que se desprenden más brazos y
abarcan más territorio. Dan un claro espectro de un nuevo orden mundial que será
estrictamente regido por una fuerza y poder económico del que pocos podrán estar fuera. Estas fuerzas
centralizadas en una, al final rigen a la humanidad entera controlando el comportamiento humano por medio
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de la publicidad, imponiendo la moda de acuerdo a las estrategias de su frío y calculado mercado. En esta
forma se crea el nuevo orden mundial, el cual irremediablemente termina en un solo gobierno mundial. La
industria farmacéutica comercializa una inmensa cantidad de productos que están lejos de ser la solución y,
por el contrario, se convierten en destrucción de la salud. La industria de la banca se ha convertido en el más
serio elemento de la esclavitud: masas inmensas de la humanidad se levantan todos los días alrededor de la
tierra a servir los intereses de esclavizantes sistemas de crédito del cual nunca se pueden liberar. Se podrían
llenar páginas enteras sobre el macabro espectro de todo este cuadro oscuro del mundo de hoy, pero no se
trata de escribir un tratado terrorífico para asustar a la humanidad. Si algo se busca al denunciar estos
eventos, es crear una conciencia clara al católico fiel sobre donde está el enemigo y cómo actúa, para que
viva una vida cristiana enfocada en un territorio claro, con un discernimiento sano, y así le pueda dar a su
existencia humana una vida sencilla y lejos de fantasías mundanas, ofreciéndoles a sus familias y hermanos
en la Fe un testimonio grato e iluminado en el vivir sujeto a la obediencia a Dios y no a las propuestas de
una sociedad que perdió toda relación con Él.
Estándares aceptables similares a los de María se han revelado en muchas revelaciones privadas desde
1917 en todo el mundo. Las normas se basan en las dos reglas fundamentales de la modestia: cobertura
suficiente y ajuste adecuado. Este estándar busca re-entronizar a María, el
modelo perfecto de modestia, en los corazones de sus hijos.
En cuanto a las telas transparentes, muchas mujeres no se dan cuenta de
que los vestidos transparentes son sugerentes y provocativos; se burlan de las
pasiones. Por lo tanto, las telas transparentes están prohibidas para aquellas
partes del cuerpo que requieren estar cubiertas. Las mujeres que se parecen a
María se negarán a convertirse en peones en manos de Satanás para promover
este moderno ardid de seducción, que él usa a gran escala. Las novias como
María y sus asistentes no se atreverán a pararse ante el altar nupcial, en
presencia de su Señor Eucarístico, ataviadas con túnicas de material
translúcido o con la cabeza media descubierta, poniendo así en peligro la
bendición de Dios ofrecida por la Iglesia para la vida conyugal.
Madres que imitan a María Santísima nunca permitirán que sus inocentes
hijas se pongan los ligeros y transparentes vestidos de Primera Comunión que ahora inundan el mercado,
que son un insulto al Rey de Reyes que se digna entrar en sus inocentes corazoncitos por primera vez en sus
vidas; y que les hace perder el ‘sentido de la modestia’ en los tiernos años, incluso en la Casa de Dios.
Respecto al color carne, este color no se considera objetable en sí mismo para vestidos, sino sólo cuando
se usa para sugerir la piel desnuda en partes del cuerpo que requieren cobertura. Por lo tanto, el color de la
carne sería muy censurable cuando se usa como adorno en el pecho, el estómago, etcétera. Los vestidos que
brindan suficiente cobertura pueden ser todavía muy inmodestos debido al ajuste, que los hace sugerentes.
Deben ocultar la figura. Por lo tanto, una blusa ajustada o ceñida al cuerpo no es permisible. Las mujeres
modestas siempre usan una combinación o enaguas que ocultan y sujetadores de ajuste adecuado. El vestido
más parecido a María puede volverse muy inmodesto, por ejemplo, si se usa sobre sostenes puntiagudos o
levantados.
María Santísima no le pide a ninguna mujer que use los estilos de vestidos en boga en su día, sino lo que
María apruebe para nuestros días. La modestia no tiene que ver directamente con el tipo, estilo o corte del
vestido, sino con la cobertura adecuada del cuerpo. ‘Pasado de moda’ es un susto muy efectivo creado por el
Demonio de la Impureza para asustar a muchas mujeres. Incluso lograron alistar ‘católicos’ en puestos de
responsabilidad para mostrar este espantapájaros del ridículo ante los ojos de las esclavas femeninas de las
modas paganas. Por ejemplo, algún eclesiástico modernista, en 1955, escribió un comentario burlón sobre
las escuelas católicas que intentaban imponer las normas de decencia, diciendo que protestaron “personas
indignadas contra el siniestro complot papista para vestir a las mujeres como viejas.” Así es cómo el diablo
odia a las mujeres discretas, modestas y excelentes, y busca empujarlas a aceptar prendas inmodestas
mediante el ridículo.
Muchas personas tienen un miedo tan morboso a ser puestas en ridículo, que prefieren dejarse dominar
por el diablo antes que sufrir una burla. Sin embargo, el ridículo no es un argumento en absoluto. A menudo
es el único recurso de personas que no están familiarizadas con el asunto que tratan, o que no desean ver la
verdad. En la Cruzada de María, hay que desafiar esta arma mortal del ridículo y atreverse a ser diferente.
¿Pueden los vestidos ‘Marylike’ ser atractivos para una mujer o una niña? Cabe señalar que para los
esclavos de la moda, ‘atractivo’ y ‘última moda’ son sinónimos. Para ellos, el vestido más extravagante se
considera ‘atractivo’ siempre que sea el ‘último grito.’ La palabra ‘atractivo’, como la usan los adoradores
de la moda, es un encubrimiento de la vanidad pecaminosa. Por supuesto, un vestido modesto bien diseñado
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siempre es atractivo a los ojos de las personas modestas. Lógicamente, un vestido impúdico siempre es
‘atractivo’ para los ojos impúdicos, siempre que sea el ‘último grito,’ porque el hombre sensual no percibe
las cosas que son del espíritu de Dios.
Ciertamente, los hombres están tan ligados a la modestia como las mujeres. Sin embargo, existe una
diferencia de estándares basada en las diferencias naturales, por lo que el hombre se ve tentado mucho más
fácilmente por la escasa vestimenta femenina que al revés. La llamada “igualdad de mujeres con hombres en
todas las cosas” es un mito. La igualdad de acuerdo con las naturalezas de los respectivos seres, por
supuesto debe ser respetada; pero no el falso ‘feminismo’ que hace caso omiso de las diferencias naturales
entre el hombre y la mujer, y que promueve rechazar el orden establecido por Dios en la familia.
Sin embargo, de ninguna manera un hombre está exento de la virtud de la modestia. La modestia
masculina es necesaria hoy tanto como la femenina. Pero el hecho es que las normas afectan más a las
mujeres y niñas. El hombre no debe usar ropa ajustada que revele el cuerpo, sino usar ropa holgada. Los
hombres no deben usar camisas y pantalones de colores afeminados, que son
brillantes o llamativos, como a cuadros y flores. Más apropiados son los colores
más sencillos y el material liso, pues el material brillante y estampado pertenece
al atuendo de las mujeres.
En cuanto a los trajes deportivos y de gimnasia, el Papa San Pío XI ha
insistido en que las niñas estén ‘completamente vestidas’ para los juegos y
concursos, en las instrucciones especiales de 1930: “Que los padres mantengan a
sus hijas alejadas de los juegos y concursos públicos de gimnasia; pero si sus
hijas se ven obligadas a asistir a tales exhibiciones, que se aseguren de que estén
vestidas completa y modestamente. Que nunca permitan que sus hijas se pongan
ropa inmodesta.” A pesar de todos los mandatos del Papa, los trajes de gimnasia
en la mayoría de las escuelas católicas llegaron a ser escandalosos en su escasez.
Fue un oprobio para el sistema escolar católico que sucediera así, ya que el Papa
ordenó que “las superioras y maestros hagan todo lo posible para inculcar el amor a la modestia en los
corazones de las doncellas confiadas a su cuidado y las insten a vestirse con modestia.”
Hasta tal punto las escuelas católicas habían comenzado a imitar las modas paganas, que en 1956 los
trajes de gimnasia decentes ya no estaban disponibles en el mercado, habiendo sido etiquetados como ‘poco
prácticos’ o un ‘impedimento para el juego deportivo efectivo’. El grado en que la desnudez pagana ha
crecido en los deportes se ve fácilmente en el atuendo que expone el cuerpo en las competiciones deportivas
internacionales, como en el caso de las gimnastas, nadadoras y patinadoras en los Juegos Olímpicos. Lo
hacen en nombre de la estética (patinaje artístico), juicios más precisos (gimnasia), y menor resistencia al
viento o al agua (atletismo, ciclismo, natación). Especialmente ofensivo es el ‘spandex’ o elastano, y hay
también atuendos escandalosos en otras recreaciones populares, pues nadie se acuerda de la Ley de Dios.
Las reglas básicas que se aplican a los vestidos son cobertura suficiente y ajuste apropiado, pues la
decencia tiene que ver con la adecuada ocultación del cuerpo. Todos los estilos modernos de trajes de juego,
trajes de sol, trajes deportivos y trajes de baño, violan las leyes de la decencia y se convierten en un festín
diabólico para los ojos, propio del exhibicionismo público mundano tan extendido hoy, alimentando la
concupiscencia descaradamente. Igualmente, cualquier atuendo, no importa cuán decente, se vuelve
inmodestamente pegajoso y expone la figura cuando se moja.
Algunos liberales decían que lo inmodesto en la calle puede ser
perfectamente modesto en la playa, y que hay que vestirse de acuerdo con las
circunstancias del tiempo y del lugar. Son los discípulos de la llamada
‘modestia relativa’, que hace que la modestia dependa menos de su base real
de ocultar el cuerpo, y tienen una escala móvil para medir la modestia según
las circunstancias, y lo utilizan como un mecanismo de escape de los
requisitos de la decencia. Este mecanismo establece una doble medida para la
modestia pública: unas ropas para la calle y otras más ligeras para el deporte
y para la playa. Las medidas dobles están destinadas a llevar a la confusión
de las normas, o una reducción del estándar superior al nivel del inferior.
Incluso vino la tendencia a establecer como una ‘costumbre’ la aparición en
la calle con atuendo de playa y, en consecuencia, la ropa de playa tendrá que
tornarse aún más indecente. Aquí puede verse el ‘mecanismo de escape de
los requisitos naturales de la modestia’ en acción. Los pronunciamientos de los Papas no hacen distinciones
para varios tipos de prendas. Así, el Papa San Pío XII afirmó en 1954 que “ha prevalecido una forma de
vestir indigna e indecente,” sin señalar ninguna distinción de lugar, “en las playas, en los centros turísticos
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del campo, en casi todas partes, en las calles, etcétera.” Recordad que cita un poeta antiguo romano diciendo
que “el vicio sigue necesariamente a la desnudez pública,” lo cual se aplica a todos los lugares, playa o
cualquier otro lugar. El Cardenal Primado de España emitió las siguientes directivas en 1959: “Los baños
públicos en playas, piscinas y riberas representan un peligro especial para la moral. Se debe evitar el baño
mixto entre hombres y mujeres, que casi siempre es una ocasión aproximada de pecado y un escándalo.”
La experiencia muestra que, si los diseñadores de moda dictaran que los suéteres son ‘el estilo’ para julio
y agosto, y unos pantalones cortos para enero y febrero, muchas mujeres aceptarían servilmente sus
decisiones irracionales. Pero cuando la Iglesia exige el cumplimiento de las reglas sensatas de la modestia
cristiana basadas en la Ley Divina, inmediatamente se oponen y recurren a todo tipo de excusas.
La concupiscencia es un factor importante en la toma de decisiones sobre la modestia de las prendas. Si
un hombre se siente seriamente tentado por la vista de una mujer mal vestida desfilando por las calles, esta
tentación será mayor en la playa, donde puede asumir otras posturas sugerentes que serían condenadas en
cualquier otro lugar por pura seducción. El rey David era un santo, un hombre ‘según el Corazón de Dios.’
Sin embargo, solo se necesitó ver a una mujer bañándose, a quien espió desde el techo de su palacio, para
derribarlo. La vista de esta mujer encendió en su corazón el fuego de la concupiscencia, que lo condujo al
doble crimen de adulterio y asesinato. Hoy en día, las ‘bellezas del baño’ continúan golpeando a sus
víctimas, a pesar de todas las ruidosas profesiones de buenas intenciones, y así impiden a todos disfrutar de
los placeres inocentes que una playa puede ofrecer.
En lugares sagrados la ropa indecente es un horrible insulto a Dios, un sacrilegio. En agosto de 1979, el
Papa San Gregorio XVII visitó el Santuario en el monasterio benedictino de la montaña de Montserrat. Un
inmenso gentío visitaba aquel Santuario, de forma muy indecente. Al paso del Papa San Gregorio XVII, los
curiosos se agolparon en derredor suyo. El Santuario estaba totalmente lleno de turistas, ya que no se
pueden llamarles fieles, el 95% de ellos casi desnudos, peor que una inmunda playa. El aspecto era
desolador, y era una vergüenza ver a las mujeres y a los hombres en traje de baño, mostrando sus carnes,
profanando el templo. Bien claro está que la iglesia romana es “la Gran Ramera de los Últimos Tiempos.”
El Papa San Gregorio XVII, después de venerar a la Sagrada Imagen de la Virgen de Montserrat, desde el
camarín donde se divisaba la inmundicia del templo lanzó potentemente la ‘maldición’, reiteradamente:
‘¡Sean todos malditos!’, resonó en todo el templo, y el pagano auditorio quedó petrificado. La maldición del
Papa fue dirigida, en primer lugar, contra los frailes de Montserrat, que permitían, e incluso fomentaban,
aquella espantosa inmoralidad; y contra toda aquella plebe de bañistas que ensuciaban el templo de Dios
con sus asquerosas carnes.
Es preciso esforzarse por ser modesto en pensamiento, palabra y conducta, en todo momento y en todo
lugar; negarse a usar las modas paganas a las que Nuestra Señora hizo referencia en su aparición en Fátima
en 1917 al decir que ofenderían mucho a Nuestro Señor; usar sólo vestidos que cumplan con las Normas
dictadas por los Papas; y esforzarse por promover la modestia como la de María siempre que se presente la
ocasión.
Nos, requerimos a todos los miembros de la Santa Iglesia Palmariana, que os apartéis bien del borde del
precipicio, que dejéis de acercaros tanto a los límites de lo permitido en las Normas de vestir, y que os
empeñéis en imitar la modestia virginal de María Santísima, el modelo ideal de todas las virtudes.
En esta Carta hemos visto las nefastas consecuencias de la indecencia, por cuya causa han venido y
vendrán grandes aflicciones sobre el mundo y sobre la Iglesia. Lo que nos falta ahora es el remedio, para
que todas las almas alcancen la Bienaventuranza Eterna. Lo primero es vestirse
debidamente y dejar de ofender a Dios. Luego hay que hacer reparación;
oración y penitencia como María Santísima pidió con tanta insistencia. “Velad
y orad para que no caigáis en tentación… Velad, pues, orando en todo tiempo, a
fin de que vosotros seáis dignos de no incurrir en estos males venideros y así
comparecer delante del Hijo del Hombre como elegidos suyos.” (Evangelio). Y
sobre todo hacer muchos actos de amor a Dios, porque, aunque hemos ofendido
mucho al Señor, tenemos el ejemplo de San Pedro, que negó a Cristo por tres
veces en el peor momento, y lo reparó con tres actos de amor cuando el Señor le
preguntó: “¿Me amas?”
Advertimos severísimamente a todos, que después de leer esta Carta
Apostólica, deben reflexionar seriamente y revisar escrupulosamente todos los
roperos de la casa y quitar todas las prendas de vestir que son ofensivas y
pecaminosas a los ojos de Dios, incluso aun cuando pueda haber guerra entre el esposo con la esposa, o de
padres con hijos. No hay excusa, ya que Dios está por encima de todo.

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¿Cómo se puede amar a Dios sobre todas las cosas, llamarse Hijo de María, e imitar a la Santísima
Virgen María, Modelo de todas las virtudes, sabiendo que en casa hay ropas de vestir que son para tentar de
lujuria a otras personas, ropas ofensivas, ropas pecaminosas, ropas que apenas cumplen con las Normas?
La parte exterior de una persona es el espejo que refleja la parte interior. Por la modestia o por la
indecencia en el vestir, se revela el estado del alma. Y como hay obligación de huir de los peligros para
nuestra salvación eterna, hay que evitar la familiaridad con los corruptores y corrompidos, y naturalmente le
incumbe al Papa, con su apostólica autoridad, exigir que así se cumpla.
Sabemos que de momento casi nadie del mundo va a hacer caso de esta Carta Apostólica, pero ante Dios
y María Santísima, Nos, estaremos tranquilo por haber hecho algo para defender la modestia y decencia en
el vestir. Mas tenemos también la seguridad de que en un futuro no muy lejano, esta Carta servirá para
mostrar a los sobrevivientes de los grandes castigos apocalípticos, cómo tienen que actuar para recuperar la
amistad con Dios; y cuando todos se vistan dignamente con modestia cristiana será el glorioso día del
triunfo del Inmaculado Corazón de María.
Dado en El Palmar de Troya, Sede Apostólica, día 8, Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima
Virgen María, diciembre del MMXXI, Año de Nuestro Señor Jesucristo y sexto de Nuestro Pontificado.
Con Nuestra Bendición Apostólica
Petrus III, P.P.
Póntifex Máximus

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