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La presentación de Rosana Guber en las 2º Jornadas sobre la Cuestión Malvinas aborda la construcción de un objeto de investigación sobre la Armada Argentina en el conflicto de 1982, destacando la influencia de las posturas ideológicas en la interpretación de la guerra. Se identifican dos narrativas dominantes: la 'dictatorial', que ve el conflicto como una manifestación de la represión, y la 'heroica', que lo considera una lucha por la soberanía. Guber critica la tendencia de los investigadores a imponer sus propios marcos teóricos en lugar de comprender las experiencias de los sujetos de estudio, proponiendo una investigación más reflexiva y contextualizada.

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La presentación de Rosana Guber en las 2º Jornadas sobre la Cuestión Malvinas aborda la construcción de un objeto de investigación sobre la Armada Argentina en el conflicto de 1982, destacando la influencia de las posturas ideológicas en la interpretación de la guerra. Se identifican dos narrativas dominantes: la 'dictatorial', que ve el conflicto como una manifestación de la represión, y la 'heroica', que lo considera una lucha por la soberanía. Guber critica la tendencia de los investigadores a imponer sus propios marcos teóricos en lugar de comprender las experiencias de los sujetos de estudio, proponiendo una investigación más reflexiva y contextualizada.

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2º Jornadas sobre la Cuestión Malvinas – EDiCMa-UNLP, 28 de noviembre, 2019.

Haciendo Mar de guerra. Haciendo un problemas de investigación naval sobre el conflicto


por las Malvinas e islas del Atlántico Sur, 1982. 1

Rosana Guber (CIS-IDES/CONICET)

En esta presentación quisiera exponer, en primer lugar, el proceso de construcción de un


objeto de la investigación “Mar de Guerra” por parte de un equipo que dirijo hace unos
cuatro años y que trata sobre la ARA (Armada de la República Argentina) en el conflicto
armado de 1982; en segundo lugar, quisiera mostrar cómo ese objeto se vincula con mi
parte sustantiva del proyecto que es la referida al componente de la aviación naval. No
voy a abundar en qué significa “construcción del objeto” porque desde los años ’70 y
particularmente desde la publicación de El oficio de sociólogo, de P. Bourdieu, J.C.
Chamboredon y J.C. Passeron (1968), los investigadores sociales sabemos que nada está
ahí afuera listo para ser investigado, salvo que vinculemos alguna porción de lo real con
un problema teórico o, mejor todavía, que explicitemos la conexión con el sistema teórico
que nos llevó a mirar hacia esa porción empírica y mirarla de esa manera. En estos
minutos trataré de mostrar cómo aquello que estudiamos en lo que podríamos llamar “el
campo de investigaciones sobre la Guerra de Malvinas” está tramado teóricamente, y que
las teorías a las que apelamos y el modo en que las utilizamos están asentados y
justificados antes en principios morales, que en la investigación misma. En la Argentina,
los fundamentos de las investigaciones sobre la guerra reciben denominaciones que
corresponden a categorizaciones ideológico-políticas que suelen servir para auto-definirse
y, de paso, organizar el campo de interlocución entre propios y contendientes. Como toda
argumentación, particularmente si se esgrime con fuerza ideológico-política, cada cual
pretende concentrar la verdad de sus premisas y de sus evidencias. Lo que quisiera hacer,
a continuación, es señalar por qué esta forma de concebir y practicar la investigación tiene
muy serias limitaciones y, seguidamente, contarles cómo se me ocurre que podríamos
proceder para hacer de nuestras investigaciones, una forma de conocimiento que no
confirme lo que creíamos antes de empezarla. La temática relativa a la guerra de Malvinas
es ideal para visualizar algunas formas de pensar que, en la Argentina, permean a casi

1
“Mar de guerra. Estudios sobre experiencias de soberanía en el conflicto anglo-argentino de 1982”, proyecto
nº 2017-21090506-APN-SECPU#ME financiado en el marco de la 1º Convocatoria de Proyectos de Investigación
“Malvinas en la Universidad”. Secretaría de Políticas Universitarias-Ministerio de Relaciones Exteriores y
Secretaría de Asuntos Relativos a las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Espacios Marítimos Circundantes en el
Atlántico Sur. Concurso 2015, inicio formal 2017. Integrantes: Alejandra Barrutia, Hernando Flórez, Cecilia García
Sotomayor, Jazmín Ohanian, Laura Panizo y Héctor Tessey. Investigadora responsable: Rosana Guber.
2

todos nuestros temas de investigación y a casi todas las disciplinas que integramos las
ciencias sociales.

Cuando en 2018 participé de la mesa redonda “Por qué la cuestión Malvinas”, también
organizada por EdICMa, expuse las que me parecían, y aún me parecen ser las dos
posturas rectoras a las que solemos recurrir los argentinos—seamos o no investigadores—
para hablar sobre los hechos armados de 1982: la “dictatorial” y la “heroica”. Hago esta
distinción entre dos tendencias generales de pensamiento y encuadre, a sabiendas de que
toda tipificación busca simplificar líneas de pensamiento que, en la realidad reflexiva, son
bastante más complejas. Sin embargo, en el curso de las discusiones, especialmente en la
edad de las redes sociales, estas orientaciones suelen quedar reducidas a su esqueleto y,
por lo tanto, despojadas de cualquier matiz. Por eso me animo a presentarlas de un modo
tan esquemático. Veamos.

La posición dictatorial, a la que considero hoy hegemónica, concibe los hechos de 1982
como una nueva manifestación de la dictadura genocida. Por eso, sus protagonistas son
los militares y los soldados conscriptos argentinos, que representan a represores y a
víctimas, respectivamente. Los militares habrían procedido igual en ambos campos, el de
detención continental y el de la batalla insular, torturando a sus subalternos, es decir, a
los civiles conscriptos, “pibes de 18 años”, haciéndolos pasar hambre y frío, y
abandonándolos a la hora del combate ante un enemigo profesional. El pueblo argentino,
presa de una marea nacionalista, celebró a los dictadores en una guerra absurda que no
tenía posibilidades de vencer, porque su objetivo era contrarrestar la oposición popular a
la política económica y a la violación sistemática de los derechos humanos, y recuperar la
iniciativa política con una causa patriótica.

La perspectiva heroica, a la que actualmente considero en una posición defensiva, nos


dice que Malvinas fue una guerra internacional por un territorio de soberanía pendiente
reclamado ininterrumpida y vanamente por la Argentina desde su ocupación forzada e
ilegítima en enero de 1833 por Gran Bretaña. Los protagonistas principales de 1982 son
las Fuerzas Armadas argentinas y las británicas. En tal escenario, los combatientes,
incluyendo a los conscriptos clase ’62 y ‘63, estuvieron a la altura de las circunstancias,
aun cuando enfrentaban a la segunda potencia de la OTAN. En el plano táctico, el personal
militar llevó a cabo misiones sumamente exitosas, oponiendo un duro frente a la Royal
Task Force. Mientras tanto, el pueblo y la sociedad política de la Argentina defendieron la
causa y dieron su respaldo entusiasta a la recuperación y a sus agentes. La guerra de
Malvinas vale, pues, más allá de las intenciones de la Junta militar de perpetuarse en el
poder, de los errores político-estratégicos de la conducción argentina y, finalmente, de la
derrota ante Gran Bretaña el 14 de junio de 1982.
3

En suma, para “los dictatoriales”, la Guerra de Malvinas es principalmente un ejemplo de


crímenes de lesa humanidad sobre los soldados; conflicto armado internacional para los
heroicos es una guerra internacional; para los dictatoriales es un manotazo de ahogado de
la dictadura; para los heroicos, una guerra por una causa justa de soberanía pendiente.

Ambas posturas se fueron consolidando en la posguerra en una disposición que, más que
por sus contenidos fijos, se caracteriza por su contraposición. Esta disposición por
opuestos corresponde a lo que se suele llamar, en el estudio de las religiones, un
“dualismo excluyente”. A diferencia del dualismo complementario en que ambas partes se
necesitan para el funcionamiento del todo, como sucede en la cosmología andina o con el
ying y el yang, en el excluyente sólo una debe prevalecer, cosa que logra eliminando a la
contraria. Lo interesante de esta configuración, intrínsecamente bélica, es que la forma
“oposición” prevalece por encima del contenido que identifica a cada bando. Aunque sus
argumentos se nutran de nuestro proceso histórico-político, lo que prevalece en la
escucha, en la interpretación de los debates es la incompatibilidad de ambas posiciones.

Como los investigadores no somos extraterrestres, también estamos sujetos a estas


formas de sentir y de pensar, de ordenar el mundo y, por lo tanto, de interrogarlo y
analizarlo. Hace mucho, en mi primer libro de metodología El salvaje metropolitano
(1991), decía que a los investigadores no sólo nos afecta nuestra formación y elección
teórica y las particularidades de nuestra persona social (género, edad, grupo étnico, etc.),
sino también, y muy especialmente cuando hacemos trabajo de campo, nuestras
concepciones de sentido común como miembros de determinados sectores o
agrupamientos sociales. El inconveniente, entonces, es no advertir esta carga y suponer
que podemos caracterizar a los fenómenos sociales, incluso explicarlos, basándonos en el
supuesto de que nuestra formación científica es suficiente … suficientemente objetiva y
caracterizadora o suficientemente comprometida y e inspiradora. Pero estos supuestos no
se aplican ni en la Argentina, ni en ninguna parte del mundo, porque todas las
comunidades científicas están permeadas por sistemas culturales, políticos y sociales. En
el peor de los casos, nuestra indagación sigue el dictado de cómo se ubican los medios
académicos en las discusiones nacionales—en nuestro caso, cómo se ubican en la
oposición excluyente, sin interrogarla y reproduciéndola en nuestras preguntas de
investigación, en nuestros argumentos y en nuestras conclusiones. En el mejor de los
casos, pretendemos ubicarnos por encima o más allá de esa oposición en la Argentina,
como si pudiéramos ser ecuánimes sólo en base a nuestra voluntad. El resultado es el
mismo y es doble: uno es ignorar las matrices de comprensión desde las cuales
procedemos, imponiendo sus preceptos a nuestro problema de investigación, y otro es
aplicarle al campo de indagación una lógica que ese campo no tiene o, si la tiene, que le
resulta irrelevante. Entonces, la aproximación termina siendo “externa”, ajena o
4

impuesta, sea porque aquello de lo que decimos hablar no se corresponde con la realidad,
sea porque aquello de lo que decimos hablar carece de significación para los actores de
ese campo. Es obvio que este proceder es sumamente inconveniente para las ciencias
empíricas porque falsean lo real, y también porque lo vacían de autonomía y, sobre todo,
de interés.

Veamos un par de ejemplos. El primero es el recurso muy habitual de nuestros


investigadores cuando se disponen a entrevistar a veteranos de guerra y luego transcriben
textualmente lo que dijo cada uno, siguiendo el esquema temático y cronológico del
investigador. Éste actúa como si, en verdad, entendiera lo que le dice el entrevistado;
aparentemente, ambos hablan el castellano y, por eso, creen que hablan el mismo idioma
y hablan de lo mismo. Lo único que hay que hacer, piensa, es encajar fragmentos del
discurso del entrevistado en el casillero correspondiente al mapa cognitivo que el
investigador ya tenía diseñado antes de empezar la investigación o que ajustó ligeramente
en su transcurso. Así, no se pregunta si lo que el entrevistado le dice corresponde a uno
de los casilleros que el investigador tiene en su cabeza y en su diseño metodológico;
tampoco se pregunta si las categorías que para él son significativas, lo son para sus
entrevistados. Categorías y casilleros vienen del investigador, del medio académico, de sus
agendas y sus prioridades; pueden no estar relacionadas con las categorías, las agendas y
las prioridades de sus entrevistados. Veremos más adelante cómo funciona esta lógica con
algunos ejemplos de mis últimas dos investigaciones, pero es importante advertir que las
palabras de los entrevistados terminan siendo “habladas desde” las nociones del
investigador (y sus más caras construcciones teóricas). Como ningún término habla por sí
mismo, resulta que, quizás sin quererlo, el investigador despoja de los sentidos que sus
interlocutores deseaban comunicarle y los sustituye por los propios. Eso sí: afirma una y
otra vez que su método es cualitativo y etnográfico, y por eso es más auténtico. Pero en
verdad, el nombre del método es un disfraz que le hace decir al entrevistado lo que el
investigador quiso escuchar e interpretar2.

El segundo procedimiento que ejemplifica la externalidad discursiva del investigador es


cuando éste reconoce explícitamente cuál es la oposición que rige el campo en cuestión
(en nuestro caso, el de Malvinas) y reconoce, también, que él participa en alguno de los

2
Por ejemplo, alguien me dice que en su unidad comían una vez por día y la comida estaba fría.
Inmediatamente, interpreto que a ese soldado lo mataban de hambre y confirmo que “a los soldados los
mataban de hambre”. No me relaciono con otros integrantes de la misma unidad, no hablo con los
suboficiales encargados de la cocina, no examino cuáles son las condiciones de la logística y no consulto con
los superiores de esos soldados, porque “sé” que me van a mentir. Pero hay otro matiz en decir que comían
una vez por día, y que proviene del modo de expresión: ¿el soldado lo dijo en tono de queja o de orgullo?
¿quería significar victimización o entrega a una situación de guerra? ¿y si se victimizaba, me lo decía porque
realmente fue así, porque está habituado a ser entendido de esa manera, o porque sabe que su experiencia
va a tener mayor valor ante una entrevistadora de la universidad?
5

términos. Entonces, decide conversarla con sus sujetos de investigación. Entonces, puede
adoptar lisa y llanamente el “libreto” del bando en que él se alinea, con lo cual convierte a
sus interlocutores en marionetas confirmatorias de ese libreto3. También puede exponer
la oposición ante sus interlocutores para discutirla con ellos. Este camino, mucho más
interesante, se torna inconducente si el investigador no se toma el trabajo de analizar qué
lugar ocupa esa oposición en el mundo estudiado. Y la verdad es que puede no ocupar un
lugar significativo en absoluto, pero el celoso investigador interpreta como renuencia y
ocultamiento lo que en realidad le resulta ajeno al grupo en cuestión, o bien, así
planteado, les resulta lisa y llanamente irrelevante. Lo contrario también sucede, y algo
que les interesa poderosamente no corresponde a las incumbencias del investigador.

A esta altura se impone la preguntas de si se les puede creer a los sujetos de estudio. Se
me dirá que ellos siempre tratan de aparecer de manera favorable ante los investigadores.
Es cierto, pero cabe preguntarse entonces si esas maneras favorables no son centrales
para comprender a los grupos sociales en sus propios términos. Más aún, esta precaución
no suele tenerse en cuenta para trabajar a los sectores llamados “vulnerables”, “pobres”,
“excluidos”, etc. Todos los humanos tratamos de comunicar imágenes de nosotros ante
los demás, y esto es parte de los estudios de la cultura y la sociedad. ¿O acaso creemos
que los pobres urbanos, los indígenas, los campesinos, etc., no tienen nada que perder, y
por eso no actúan ante los investigadores? Habría mucho que decir al respecto, pero lo
que me interesa destacar es que una cosa es tratar de conocer a un sector o grupo social,
y otra de incriminarlo antes de conocerlo.

Volviendo a nuestro argumento, quisiera proponer algunas vías para desmontar, sin
desconocerla, a la oposición dominante “dictatoriales vs. heroicos”, con la finalidad de
construir una problemática de investigación formulada de manera más próxima a los
términos de sus protagonistas. Precaución imperiosa para no convertir a los grupos
estudiados en inventos de nuestra imaginación (académica) 4. Entonces, la primera vía
para hacer que la oposición dominante gobierne nuestro trabajo de campo es reconocerla
y, la segunda, es reconocer nuestra relación como ciudadanos e investigadores sociales

3
Un investigador puede discutir con sus entrevistados, porque la entrevista es una relación social que
admite interacciones discursivas de contraposición. Pero cuando el investigador incorpora ese debate a sus
interpretaciones escritas, infiere que su interlocutor fue conquistado por “los heroicos” y no ve las cosas con
claridad crítica. Por supuesto, el investigador se siente con todo derecho a “aclarar las cosas” para el público
lector. Aclararlas a su manera.
4
Los antropólogos, que en modo alguno somos ajenos a estos sesgos, aprendimos a confrontarlos, al
menos, cuando empezamos a estudiar, hace más de 100 años, a humanos que se comportaban y pensaban
muy distinto de los occidentales de cultura europea. Dejar de describirlos como promiscuos y salvajes, y
mostrar cómo vivían su mundo en sus propios términos fue la gran conquista de la antropología moderna.
De todos modos, los antropólogos también tenemos nuestras inclinaciones y no siempre aplicamos estos
preceptos con ecuanimidad.
6

con esa oposición; la tercera es tratar de reconocer cómo se organiza el campo que
queremos estudiar, es decir, en torno a qué dilemas, qué le preocupa y cómo se refiere a
esas preocupaciones, cómo las nombra; la cuarta es ensayar cómo funciona ese nombre,
esa noción básica en los distintos elementos que componen el campo; la quinta es
averiguar cómo funcionan esas nociones y esos dilemas ante circunstancias concretas, en
nuestro caso, en un hecho definido como guerra. Lo que sigue es un intento de
aproximarme a estas recomendaciones.

Las oposiciones de la ARA y la apuesta inicial.

Desde 1989, cuando empecé mis investigaciones sobre la guerra de Malvinas, siete años
después de su ocurrencia, vengo escuchando una posición y dos sentencias. La posición es
que la Armada (en adelante ARA) es la gran derrotada de Malvinas, y las sentencias son
que replegó la Flota de Mar sin combatir a los británicos, y que todo lo que la ARA sabía
hacer era secuestrar, torturar y desaparecer a ciudadanos argentinos en la ESMA, la
Escuela de Mecánica de la Armada. Si bien hay quienes pronuncian ambas sentencias
juntas, los emisores pueden y suelen ser diferentes. Lo de la ESMA es norma en el mundo
universitario, y por lo tanto en el medio académico al cual pertenezco (“dictatorial” por
excelencia); lo del repliegue de la Flota de Mar al litoral patagónico después del
hundimiento del Crucero General Belgrano (2 de mayo) requiere algún conocimiento más
detallado del conflicto bélico, y es habitual en parte del medio castrense (ciertamente no
entre los marinos), pero trasciende a los comentarios generales que esgrimen algunos
argentinos cuando hablan livianamente de la guerra.

Sea por mi pertenencia académica, sea por mis trabajos en el campo malvinero, ambas
sentencias me resultaban bastante familiares. Mi aliciente a investigar la ARA en Malvinas
no fue tanto la ESMA, de la que creí poder escapar porque no veía la relación con la guerra
propiamente dicha. El incentivo fue, decididamente, venir de analizar una unidad de la
Fuerza Aérea, institución que, especialmente después de Malvinas se ubicó en las
antípodas (otra vez la oposición) de la Marina. Precisamente para ésta el tema de la
guerra resultó poco apropiado y escasamente tratado de cara a la sociedad. El contraste
no podía ser mayor, con una institución aeronáutica siempre ávida de difundir sus
misiones por todos los medios posibles. Por su parte, la institución naval se limitó a dar a
conocer el enorme costo de su contribución al conflicto: la mitad de los muertos
argentinos (323 sobre 649) el día del ataque y hundimiento del Crucero General Belgrano.
Para mí, ese lugar subordinado con el cual la ARA aparecía ante la opinión pública, al
encarnar las dos herencias políticas del autodenominado “Proceso de Reorganización
Nacional”—el terrorismo de Estado y la derrota en Malvinas—fue una razón suficiente
para tratar de averiguar, con mis propias armas, las antropológicas, qué fue Malvinas para
7

los marinos. Si los ex soldados se negaban a aparecer como “los pobres chicos de la
guerra”, me resultaba difícil aceptar que los marinos se avinieran a aquella imagen de
rehuir el combate. Con algunos colegas jóvenes, interesados en trabajar aspectos de la
ARA en Malvinas, encaramos una investigación tomando, cada uno de nosotros, un
componente o aspecto de la institución: los submarinos, la infantería de marina, la
aviación naval, y por supuesto los buques. Pero ¿qué tenían en común estas diversidades,
más allá de la institución? Lo que acabó siendo el título de nuestro proyecto: Mar de
Guerra. Fue una verdadera apuesta o, como se dice en el mundo de la ciencia, una
hipótesis que suponía que la protagonista de nuestra investigación sería la Armada, la
fuerza militar que entiende de, se adiestra para, y combate en y desde el medio marítimo.

Concentrarnos en el mar, al menos para empezar, suponía que efectivamente y pese a


algunas diferencias y matices, los marinos comparten el mismo medio. Decir “mar” es
evocar experiencias, formaciones, valores y prácticas a las que cada integrante de cada
componente asigna su propia significación. Pero el mar siempre está: en el nombre de las
publicaciones Gaceta Marinera y Desembarco, en la aguda observación del sabio de
submarinos Roberto Pertusio, cuando dice que lo primero que uno extraña cuando
embarca en uno de ellos es, precisamente, el mar, y cuando un aviador naval dice que es
“un marino que vuela”. Esta perspectiva requería hacer otro desplazamiento crucial:
enfocar la guerra de Malvinas no en el territorio insular, más habitual en la literatura, sino
en un espacio distinto, por momentos inabarcable, por momentos delimitado.

Preguntarnos cómo fue aquella guerra para los hombres de mar” era válido, pero un tanto
excesivo o, si se quiere, ambiguo. Por eso, y siempre siguiendo la topografía marítima y la
organización institucional, creímos necesario reconocer las regiones del mar. Esto
implicaba otro importante supuesto: que cada elemento o componente de la Armada
había vivido la guerra en el mar de manera diferente. Un integrante del equipo se
encargaría de cómo vivieron la guerra los marinos que habitaban el interior del mar (el
ARA San Luis, de la fuerza de submarinos), otro en la superficie oceánica (los buques de
guerra y particularmente el Crucero General Belgrano), otro en el espacio aéreo (la
aviación naval) y otro en los bordes o márgenes marinos, es decir, la costa y sus
inmediaciones (la Infantería de Marina y las fuerzas especiales, como los buzos tácticos y
los comandos anfibios. Un híbrido entre buque y costa eran los barcos auxiliares que
navegaban bordeando las islas del archipiélago. Esta distribución seguía de cerca la
organización de la Armada misma, así que nuestro mapa reproducía el mapa que los
marinos observaban en su propia organización institucional.

La investigación siguió cursos paralelos donde cada cual hizo su propio trayecto, tratando
de entender qué se jugaba en cada componente, mientras nos familiarizábamos con las
8

problemáticas de cada elemento, cosa que en algunos puntos no era del todo sencilla. Al
menos no lo fue para mí.

Las oposiciones en una investigadora

Ya que venía trabajando hacía casi dos décadas en alguna temática malvinera y que mi
última investigación había tratado no sobre los ex soldados (tema de mi tesis doctoral),
sino sobre los pilotos del Grupo 5 de Caza de la Fuerza Aérea, supuse que el mundo de la
aviación naval me resultaría sencillo de recorrer. De hecho, me sentía con bastante
confianza porque, además, en 1982, un sector de la Aviación Naval (ANA) había utilizado
los mismos aviones que los pilotos: los A-4 Skyhawk de una y de otros eran prácticamente
los mismos, rebautizados en la Argentina como A-4B por la Fuerza Aérea y como A-4Q por
la ARA. Con este optimismo, hoy diría que excesivo, también me acompañó cierta
sospecha, casi un temor, que el tiempo se encargó de confirmar: que tuviera que des-
aprender lo que había aprendido con los aeronáuticos (me refiero a los oficiales y pilotos
de la Fuerza Aérea). Efectivamente, fue este movimiento el que más me costó vislumbrar
y luego transitar. Cambiar la cabeza de piloto a aviador me llevó, prácticamente, toda la
investigación.

Empecé mi labor con siete años de trabajo con “pilotos de caza y ataque” aeronáuticos y,
sobre todo, con sus halcones de Villa Reynolds (San Luis). Esto suponía haber aprendido
algunas cosas básicas: que la FAA se entregó al combate y que la ARA lo retaceó (siendo el
ejemplo principal, no el único, el repliegue de la Flota de Mar después del ataque fatal al
Crucero General Belgrano); que la Aviación Naval prácticamente no combatió, que los Q
hicieron menos misiones y pagaron con menos bajas que la FAA; que los SUE, equipados
con la última tecnología misilística, podían dar en el blanco con sus AM-39 Exocet,
atacando a distancia prudencial y poniendo a salvo a sus aviadores, capacidad con la que
no contaba ningún sistema de armas de la Fuerza Aérea. Pero mi principal aprendizaje fue
que los marinos tenían todos los medios a su disposición y todo el entrenamiento para
desempeñarse en una guerra naval, pese a que el personal de la FAA se puso la guerra al
hombro, sin experiencia en ese medio.

Mi objetivo, al elegir trabajar con los aviadores navales no era probar si todo esto era
cierto; tampoco, justificar a los navales ante la mirada de los aeronáuticos. Mi objetivo
era, más bien, entender cómo se forjaban las diferencias desde ambas instituciones,
desde sus capacidades (e incapacidades) y desde sus condiciones. En Malvinas ambos
habían volado sobre el mar pero, más allá de las posiciones de los comandantes de sendas
instituciones, habían vivido guerras diferentes. Por eso, y a modo de experimento, di a
conocer mi libro Experiencia de Halcón escrito desde la perspectiva aeronáutica, a mis
primeros conocidos aviadores. Algunos no me hablaron del asunto, y me consuelo
9

pensando que no llegaron a leerlo. Otros me tuvieron una paciencia infinita. El Capitán
(CN) Rodolfo ‘Zorro’ Castro Fox me puntualizó todos los puntos que él consideraba (y a
esta altura, creo que efectivamente eran), cuanto menos, discutibles. Tomé nota y
prometí hacer las correcciones en una eventual reedición que, por ahora, nunca llegó.
Pero en ningún momento me retiró la palabra, ni las respuestas, ni los encuentros. Desde
una seguridad tan humilde como envidiable, me empezó a mostrar otras vías de
interpretación acerca de la 3ª Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque, cuya aeronave era
la misma que yo había estudiado en Reynolds: el A-4 Skyhawk monoplaza, de fines de los
años ’50, producido por la MacDonell Douglas para la guerra de Corea, pero estrenado en
Vietnam, un avión importado por la Argentina en 1966 y 1968 para la FAA y en 1971 para
la ARA.

En ese proceso de aprendizaje, nunca dejé de escuchar que “los aviadores navales somos
marinos que vuelan”, que “todos empezamos y todos hicimos la Escuela Naval Militar”,
que “nuestro lugar es el buque”, que “participamos del espíritu de buque”, que “el
enganche es el clímax de un aviador naval”, que “en Malvinas hicimos lo que hacíamos
siempre, aquello para lo cual nos preparó la Armada”. Escuché y registré estas expresiones
una y otra vez, creyendo que las entendía porque, para mí, los aviadores navales eran
pilotos que se diferenciaban por pertenecer a otra institución, la ARA. Es que, según lo veo
ahora, yo creía que el que vuela, vuela y, por lo tanto, todo es igual para ellos; también
pensaba que en lo concerniente a la guerra del ‘82, lo escrito por los marinos servía para
justificar o para disimular el triste papel de la ARA. Es cierto que algunos hechos
contribuían a esta serie de supuestos: efectivamente, la Flota de Mar fue replegada a
partir del hundimiento del Belgrano; como consecuencia de ese (temprano) repliegue que
incluyó al portaaviones ARA 25 de mayo, los aviones de caza y ataque empezaron a operar
desde la base costera de Río Grande, en la Isla de Tierra del Fuego, prácticamente codo a
codo con los pilotos de uno de los escuadrones de FAA que manejaba los M-V Dagger.
Esta vecindad, donde los oficiales subalternos de A-4Q y de M-V compartían la intimidad
de las noches en un mismo galpón con secciones de 4 literas, parecía confirmarme que lo
que vuela, vuela, y que no hay tantas diferencias ni tanto misterio. Pero había.

Esta convicción (fundada en una relativa ignorancia) hacía que yo conversara con
aviadores navales pero los escuchara como a pilotos, es decir, como si estuvieran colgados
del cielo. Sin quererlo, había olvidado que yo misma había llamado al proyecto Mar de
Guerra y que con ese título había pretendido hacer centro en el mar. Sin embargo, con
este modo de escucharlos, le daba al mar un sitio periférico, casi un telón de fondo. A lo
sumo, la primera vez que conversamos en 2017, pude comprender lo que me describió
muy pedagógica y pacientemente Juanjo Membrana, acerca de la vastedad marítima, sin
recurso humano próximo, sin coordenadas (más que las electrónicas o las celestes), sin
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pueblos ni cordilleras, sin siquiera costas. El mar no es sólo inmenso; tiene sus propias
reglas, es inconmensurable, amenazante e imprevisible.

En suma: yo hacía lo que hace cualquiera cuando no escucha, o mejor dicho, cuando no
tiene recursos conceptuales para entender lo que le dicen. Por eso, no basta con
entrevistar, ni grabar, ni transcribir. Por mi parte, podría haber seguido hablando de los
aviadores navales con sus particularidades, como si fueran pilotos aeronáuticos. ¿Qué me
hacía falta para que reconocerlos en sus propios términos? La mediación entre el avión y
el mar. Esa mediación, según me insistían y yo no escuchaba, es el buque. Pero no sólo su
envase, ni siquiera su tipo o especialidad (destructor, crucero, portaaviones, etc.), sino el
buque como organización social de sus habitantes, su tripulación. Lo que hacía falta para
escucharlos era darle prioridad absoluta a una expresión que debo haber escuchado
cientos de veces a lo largo de estos 4 años, pero que sólo se hizo clara al final.

El espíritu de buque

Pude abrir una puerta a ese re-aprendizaje cuando la oí por enésima vez, pero ésta la
pude escuchar. Esa expresión se refería, según la entiendo hoy, a un modo de
organización social que descansa en la dependencia recíproca, el desempeño de roles y la
ocupación de posiciones en el organigrama general marcado por la actividad, la
capacitación, la jerarquía y la noción de destino común. Allí, cada cual cumple su rol con
idoneidad, como si fuera una pieza en un complejo engranaje; cada cual depende del
superior inmediato y del subalterno inmediato por las indicaciones, y cada cual depende
del anterior de quien toma el turno y del posterior a quien se lo entrega en el turno
siguiente. Esta definición, un poco de entrecasa, la compuse en base a muchas anécdotas,
lecturas y explicaciones, pero la visión general me la lograron transmitir dos integrantes
del equipo y un “nativo” con gran capacidad de observación. Los dos del equipo, no
casualmente, habían estado embarcados en un buque de guerra: Héctor Tessey recordaba
que el comandante del destructor ARA Hércules comía solo y no en el comedor de los
oficiales superiores y Jazmín Ohanian transcurrió 4 días en la fragata ARA La Argentina, en
los cuales aprendió los elementos básicos de un orden sincronizado en sus mínimos
detalles y funciones de todo su personal, incluso ante un principio de incendio.
Precisamente, años atrás yo había presentado una pequeña conferencia en el Centro
Universitario Devoto, que la UBA tiene en el Penal de Villa Devoto. Allí expuse el tema
“Cómo se sale”, y ante la mirada atónita de los internos, el primer caso que referí fue
“Cómo se sale de un buque de guerra doblemente torpedeado y que está a punto de
hundirse”, es decir, el Belgrano. La respuesta a la pregunta venía con una sucesión de
cuadros que iban de menor a mayor gravedad, concluyendo en el “Zafarrancho de
abandono”. Cuando yo era chica, se decía que alguien había “armado un zafarrancho”,
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para decir que había hecho un lío bárbaro. Tal era una de las acepciones de la Real
Academia Española: riña o destrozo. La otra acepción, que era la empleada por la Armada,
refería todo lo contrario: la organización del buque con alguna finalidad, especialmente en
una situación extrema: incendio, combate, hasta el abandono de buque (tal como nos lo
muestra Laura Panizo con los hechos del 2-3 de mayo de 1982).

El aviador naval y veterano de guerra Benito Rótolo agregó el nombre de todo esto: el
espíritu de buque, el cual se fundaba en tres principios: la ética, la subordinación y la
confianza. La ética era el cumplimiento de órdenes moral y legalmente buenas; la
subordinación se refería a la disciplina, a ocupar el lugar que a cada cual le corresponde y
relacionarse con los demás de manera acorde, haciendo o mandando a hacer lo que hay
que hacer según las circunstancias; y finalmente, la confianza suponía creer que la orden
recibida era ética, útil y atinada porque quien la impartía sabía lo que estaba haciendo.

Este cuadro bien podría reconocerse en las otras FFAA, organizadas según un orden de
integración jerárquico. Pero la ARA tiene una particularidad exclusiva que es el mar, y que
impone el aislamiento de un grupo de hombres (la tripulación, la dotación) que no pueden
abandonar la unidad; que no tienen contacto inmediato con otros grupos humanos; que
comparten el mismo destino extremo, que es la vivencia o la amenaza común de la
muerte, independientemente de la jerarquía, del cargo, de la especialidad 5.

El espíritu de buque tiene una cabeza, el comandante, cuya autoridad debiera ser
incuestionada e incuestionable, y esto por varias razones: porque la dotación de un buque
de guerra es personal armado; porque todos están forzados a la convivencia por el tiempo
que dure la misión, pese a sus contratiempos y sinsabores; porque deben compartir y
llevar a cabo las tareas asignadas; y porque de esas tareas depende la vida del buque y la
sobrevida de su tripulación, especialmente ante el riesgo. Riesgo que, conviene
recordarlo, no procede sólo del enemigo, ni de la ocasión de encuentro, sino de los
caprichos del mar y de la meteorología en sus entrañas y su espacio exterior.

El orden del buque, entonces, se vive, se aprende y se reproduce a lo largo de toda la


trayectoria de un marino. Los indicios son variados y sorprendentes. El orden del buque y
su espíritu empiezan a incorporarse, lógicamente, en la Escuela Naval Militar (ENM) que,
entonces, debe aparecer a quienes se integran a ella como si fuera, en sí misma, un barco.
No casualmente, sus primeras dos sedes fueron buques, para luego radicarse en una isla
(Río Santiago), casi un buque pero en tierra firme. Suele destacarse que en la Escuela uno
no ve oficiales, sino cadetes. A partir del orden de un buque, un cadete novato sólo
necesita la presencia de sus inmediatos superiores, es decir, a los cadetes de los años

5
Será por eso que, según me explicó el Capitán Juan Carlos Poceiro, cada sigla referida al nombre de un
buque (CRBE, Crucero Belgrano; POMA, Portaaviones 25 de Mayo) se conoce como “destino”.
12

siguientes, igual que sucede en el organigrama de un buque en navegación donde cada


cual cumple su función y se relaciona directamente con personas que hacen a su actividad
y a las órdenes correspondientes. Claro que quienes conducen la política educativa de la
ENM, su funcionamiento, su estructura y su abastecimiento, como quienes conducen el
buque, pertenecen a la oficialidad propiamente dicha. El orden del buque fundado y
experimentado originalmente en la Escuela, explica por qué no pasar por la ENM es como
no tener la “marca en el orillo” (una expresión extraída de las piezas textiles que llevan la
marca de autenticidad en uno de sus bordes). Los “Gurruchagos” que se graduaron de
guardiamarinas en las especialidades de infantes de marina y de pilotos navales en la
Escuela Complementaria de la Armada “Francisco de Gurruchaga” de Mar del Plata, según
el requerimiento institucional de incrementar ambas especialidades, se recibieron sin
pasar por los 4 años de la ENM; tampoco tuvieron la ocasión de “hacer el viaje” en el
Buque Escuela, que hoy es la Fragata Libertad6. Ese orden del buque explica, también, por
qué los marinos del mundo son tan parecidos y solidarios entre sí y suelen contar
anécdotas acerca de su inmediata empatía, pese a no conocerse. Esto ocurre no sólo
porque comprenden sus formas análogas de organización “en el medio del mar”.
También, porque dependen siempre y potencialmente unos de otros en caso de sufrir
accidentes en un medio que, más allá de los mares territoriales, no pertenece a nadie y les
incumbe a todos, y en el cual son y deben ser necesaria y mutuamente solidarios.

Algo similar sucede con los suboficiales, que son los encargados de “mover el buque”,
cosa que logran por ser parte tanto de la organización social humana, como por ser casi
parte de sus dispositivos eléctricos, mecánicos, electrónicos y armeros, como lo muestra
Jazmín Ohanian. Así, y contrariamente a las generalizaciones habituales acerca de “los
militares”, “los oficiales”, “los marinos”, “los soldados”, etc., en la ARA nos encontramos
con una diversidad y, a menudo, con una complementariedad y una articulación que
evaden la generalización homogeneizadora tan usual en buena parte de la literatura
académica y ciertamente en la “dictatorial” y, acaso, en la “heroica”. Efectivamente, aquí
es donde se hace escuchar la ESMA, la gran escuela técnica, el semillero de los magos de
todos aquellos recursos que permiten a los humanos vivir, y a veces sobrevivir, en las
masas oceánicas. Cada uno de los edificios del viejo predio del barrio de Núñez en la
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y que conservan aún las placas identificatorias
originales, dan cuenta de qué se enseñaba en cada uno, es decir, qué aprendían los

6
Esta “discriminación” o clasificación entre dos orígenes de oficiales navales diferentes, requirió de los
egresados de la Escuela Complementaria el doble de esfuerzo a lo largo de toda su trayectoria. Cuando
empleo la palabra “discriminación” me refiero, precisamente, al acto de diferenciación, no necesariamente
de rebajamiento, racismo y prejuicio. Castro Fox, Alberto Philippi y otros empezaron a volar antes que sus
pares de la Escuela Naval Militar y, luego, de la Escuela de Aviación Naval, pero debieron compensar en los
años siguientes esta trayectoria abreviada al avión.
13

jóvenes que se enrolaban como suboficiales en la Armada para tener un oficio, para hacer
una carrera, para ser marinos, para salir del pequeño pueblo, para conocer el mundo.

El espíritu de buque y la presencia de mar

Todo esto nos lleva a preguntar cómo es el espíritu de buque en una fuerza tan diversa,
sea por escalafón, por rango, por cargo, por especialidad. Podríamos empezar por advertir
que, en la caracterización de cada componente hay más o menos mar, y esto en dos
sentidos: porque su desempeño es más o menos marítimo, es decir, depende, circula y
opera en, con y para el mar, y porque su capacitación y aprendizaje ha insumido más o
menos tiempo de permanencia en este medio.

Pareciera que en el polo “más marítimo” está la llamada Fuerza de Submarinos, y en el


menos, la “Infantería de Marina”. Es de suponer que el espíritu de buque sea más nítido
en el submarinista que en el infante. Pero entonces: ¿cuál es la lógica con que la Armada
asegura que cada componente se le subordine y le siga perteneciendo, experimentando y
encarnando el espíritu y la organización de la institución? En casos como los Submarinos,
según lo estudió Hernando Flórez, el vínculo es inconmovible, y aunque siempre exista la
posibilidad de un motín a bordo, el espíritu de buque y la omnipresencia directa y visual
del comandante (dado el ínfimo espacio disponible para la vida, el trabajo y la convivencia,
y la inminencia de un destino compartido, como ha demostrado en el tiempo de esta
investigación la desaparición y el luctuoso hallazgo del ARA San Juan) confirman
incesantemente la existencia de esa unidad. Flórez analizó ese espíritu de buque en la
producción del silencio en el ARA San Luis, mientras éste era perseguido y buscado por las
fuerzas enemigas7.

En otros casos, notablemente en la Infantería de Marina, la dinámica, el despliegue y la


operatividad se parecen más a las de las fuerzas terrestres. En este sentido, una unidad
puede recibir a combatientes que no le pertenecen, o puede subordinarse a un jefe que
no sea de la ARA, según las circunstancias. También puede ocurrir que el batallón
desembarque en un buque en el clásico VAO (Vehículo Anfibio a Oruga) o que llegue al
lugar en un avión de transporte. Sin embargo, pertenecen a la ARA y se jactan del “espíritu
de unidad” que, en su propio idioma y con matices, se refiere al de buque, tal como lo
estudió Héctor Tessey.

Los buques que integran la Flota de Mar son la insignia de la Armada, pero también ellos
admiten una gran diversidad de funciones, magnitudes y capacidades. Los buques de
guerra son, al mismo tiempo, vehículos militares y sistemas de armas; pueden ser

7
Tal es así que el Alte (R) Daniel Martin nos dijo, refiriéndose a los integrantes de esa arma: -Nosotros no
gritamos.
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destructores, cruceros, avisos, rompehielos, hospitales, etc. Pueden ser barcos mercantes
y otras embarcaciones apropiadas por la Armada argentina durante el conflicto, como fue
el caso de los llamados “barcos auxiliares”. Como lo analizó Alejandra Barrutia, el
Penelope y el Monsunen eran barcos de mar, pero bordeaban las orillas de todo tipo de
costa, expuestos a la meteorología invernal subantártica, la topografía de origen glaciar, la
flora marítima como el alga kelper que se enreda en las hélices y denuncia piedras, y la
fauna enemiga con su bombardeo aéreo y naval. Finalmente, están en una mínima escala
humano-oceánica las embarcaciones de supervivencia, las balsas, que permitieron salvar
las vidas de 770 tripulantes del Crucero General Belgrano, tal como nos enseña Laura
Panizo y su fino sentido del dramatismo. Dramatismo que comprende, incluso, a quienes
se fueron con el Crucero fatalmente herido, hacia el fondo del mar. El espíritu de buque,
entonces, bajo el comando del Capitán Alfredo Bonzo, se sostuvo entre los vivos y los
muertos a quienes se recuerda, año tras año, cada 2 de mayo en todo el territorio
argentino, no sólo en las jurisdicciones navales militares. Como estudió Cecilia García
García Sotomayor, ese recuerdo alcanza a los pequeños pueblos del interior, cuyos
habitantes nacieron y crecieron tan lejos del mar.

Una lógica en situación de combate

Hasta ahora, y recapitulando, hemos visto cuán imprescindible es esclarecer la posición


con la que llegamos los investigadores a nuestros campos empíricos, los cuales siempre
están previamente estructurado. En el caso argentino, esa estructura sigue los
lineamientos de las posiciones político-ideológicas antagónicas y excluyentes. Desde mi
experiencia, sólo reconociendo esas posiciones es posible hacer verdaderos avances hacia
un conocimiento distinto y novedoso, y más aún si se trata de estudiar a grupos sociales
tan moralmente connotados como son, en nuestro país, las Fuerzas Armadas8. Esos
avances pueden ganarse en base a nuestro aprendizaje de las claves de aquéllos a quienes
queremos conocer, en vez de seguir reproduciendo esquemas que les son ajenos, sea
porque proceden del mundo social del investigador (el universitario), sea porque
proceden de otros campos que el investigador ya recorrió (como fueron, en mi caso,
distintas organizaciones castrenses). Ahora bien. La nueva vuelta de tuerca es no
detenernos frente a la reconstrucción de la lógica, en este caso, de la ARA, sino avanzar
hacia cómo esa lógica se desplegó y se puso en movimiento en circunstancias concretas.
La guerra de Malvinas fue, desde mi punto de vista, una circunstancia concreta y
privilegiada para poner a prueba la lógica que los mismos nativos esgrimen de sí mismos.

8
Cabe preguntarse si no habría que proceder del mismo modo con los conjuntos sociales connotados
positivamente, como los pobres urbanos y los pueblos originarios.
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Es que Malvinas puso en acto años de formación y de adiestramiento y también los puso a
prueba. Desconocer la lógica práctica que conlleva la organización social de, por ejemplo,
una institución es el principal problema de quienes sostienen que Malvinas fue pura
improvisación, que los oficiales se dedicaron a huir y hambrear a soldados mientras,
además, los castigaban y torturaban. No sólo es ésta una simplificación brutal de la
gigantesca y compleja estructura militar en las naciones modernas, que sólo busca su
demonización. Es, además, lisa y llanamente imposible, porque ninguna sociedad, grupo o
conjunto social opera sin estructura organizativa en las situaciones de crisis. Ni las bandas
primitivas, ni los civiles desesperados, ni un grupo de soldados sin jefe carecen de
organización y de principios normativos o, al menos, cierta “forma de hacer las cosas”.
Alguna vez fueron socializados como humanos y, por lo tanto, como partes de una
organización social y política. Desconocer la lógica práctica es, también, el principal
problema de quienes trabajan sobre Malvinas desde lo que algunos entienden como
“memoria”. Y esto no sólo porque esas investigaciones consisten básicamente en
transcripciones de los dichos de los entrevistados, a los que llaman “testimonios”, un
término más próximo al orden jurídico que al del encuentro entre veteranos o ex
combatientes e investigadores. También, y fundamentalmente, porque no toman en
cuenta la pauta organizativa de quienes recuerdan y los convierten, como decía la primera
antropóloga social argentina Esther Hermitte, en “bocas que hablan”. Entonces, los
trabajos que dicen recuperar “las memorias” o analizar “la memoria social” de tal o cual
grupo humano terminan transcribiendo palabras cuyo sentido no es explicado. Lo más
probable es que los recortes de discurso, decididos por el investigador acaben
persuadiendo al lector de su pretendida agenda.

*** ***** ***

Cada una de las personas que integramos este equipo de investigación tiene su pasado, su
disciplina, sus ideas y, seguramente, alguna investigación anterior. Estas páginas no
pretenden borrar esos antecedentes. Hacerlo nos impediría pensar y aprender, porque
sólo podemos conocer a partir de quiénes somos y quiénes fuimos. Por eso, estas páginas
buscaron reconocer cómo todos nosotros convergemos en este nuevo emprendimiento,
desafiando nuestras viejas certezas, para relativizarlas y aprender de nuevo. Quizás así
logremos restituir la complejidad de Malvinas, tanto en nuestras cabezas como en
nuestros escritos.

Cada una de las personas que conocimos en este tipo de navegación llamada Mar de
Guerra también tiene su pasado, su disciplina y sus experiencias, con gente que se parece
a nosotros. Aun cuando siempre nos facilitaron la planchada para subir a sus distintos
buques, no siempre nos creyeron y, a veces, tampoco nos comprendieron. Quizás porque
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tampoco nosotros sabíamos cómo sería nuestra navegación. Pero cuando logramos
entendernos, cuando nuestros referentes empezaron a ser compartidos, sentimos que
había valido el esfuerzo y que las palabras nuestras podían convertirse en un saber sobre
el pasado, la experiencia y la vida. Entonces, nos deseamos Buen viento y aquí estamos,
encarando la tarea, sin pretender la palabra final, para seguir navegando.

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